Flavio Rubén Quiroga Ocho de Diciembre, día de la Pura y Limpia Concepción del Valle

Ocho de Diciembre, día de la Pura y Limpia Concepción del Valle
El Misterio de la Concepción Inmaculada de María En este día celebramos la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Madre de Dios. El Evangelio de Lucas de la misa, nos habla del momento en que Ella acepta esta misión con aquella maravillosa r frase “Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra” A partir de ese momento se hizo presente en su vientre el Hijo de Dios. Por este motivo, la Virgen fue preservada de todo pecado. La redención de toda la humanidad que Cristo llevó a cabo con su muerte y resurrección, le fue dada a su Madre por adelantado. Para que podamos entender un poco más, podríamos decir que la Virgen fue como bautizada antes de nacer, directamente por Dios, desde que comenzó a existir. Por eso desde el primer instante de su ser Ella no tuvo pecado alguno. Como cuando una criatura es recién bautizada, no tiene ningún pecado y está absolutamente llena de Dios, así María, jamás tuvo pecado y siempre estuvo colmada de Dios. Por supuesto que esto fue un privilegio que Dios le hizo a causa de que Ella iba a ser la Madre de Jesucristo, Nuestro Salvador.

La imagen de la Virgen del Valle La Iglesia, para representar este Misterio de la Inmaculada Concepción de María, recurrió a imágenes. Ellas no son en sí mismas la persona viva de María, sino una su figura. Como nuestras fotografías que son figuras nuestras, pero no nosotros mismos, así las estatuas o estampas de la Virgen, de los Santos y de Dios mismo, son realizadas para ayudarnos a tenerlos presentes y comprender mejor los misterios de nuestra fe. No es que pensemos que Dios o la Virgen o los santos son esas representaciones. Por tanto, se equivocan quienes dicen que los católicos adoramos yesos o maderas.

Flavio Rubén Quiroga Ocho de Diciembre, día de la Pura y Limpia Concepción del Valle

Una de esas imágenes de la Inmaculada Concepción apareció misteriosamente en una gruta de Choya, sin que se le conozca autor, ni fecha de confección. Aborígenes que ya serían cristianos o estarían por bautizarse, la encontraron allí y comenzaron a rendirle culto, con mucho cariño. Con el tiempo, la imagen fue llevada al poblado cristiano, donde había también españoles. En un primer momento estuvo en casa de Don Manuel de Zalazar. Como era una imagen de la Inmaculada Concepción se la comenzó a llamar como La Pura y Limpia Concepción del Valle. Por eso la Virgen del Valle se celebra todos los 8 de Diciembre. No se trata de dos fiestas de María, sino de una única celebración de la única Madre de Dios, la Santísima Virgen del Valle.

La sacralidad de la persona humana En las circunstancias presentes de nuestro País y uniéndonos al querer del Santo Padre, podemos centrar nuestra reflexión de hoy en la sacralidad de la Persona Humana, desde su primer momento de vida, hasta su desenlace final. La Concepción Inmaculada de María, nos pone frente al hecho de la existencia humana desde su primer instante. Dios mismo, la preservó de todo pecado, desde ese primer instante. Desde que físicamente María, podía considerarse como un montoncito de células vivas, cuyo crecimiento era independiente del cuerpo de su madre y cuyo punto final era la constitución de un cuerpo humano femenino, distinto del de su madre, Dios la tuvo en cuenta. Esto no quiere decir otra cosa que el Señor, autor de la vida, constituyó a María, como persona humana nueve meses antes de nacer. Si miramos el Evangelio de hoy, cuando la Virgen acepta ser la Madre de Jesús, nos daremos cuenta de lo mismo. El Padre, pide la aceptación de María para que (por obra del Espíritu Santo) comience a gestar a Cristo en su vientre. Obviamente, esta petición es antes de que el Hijo se haga carne en sus entrañas de mujer ¡No le manda preguntar si quiere ser mamá cuando la criatura ha nacido, sino nueve meses antes! Y esto por qué, porque desde entonces, desde que la persona es concebida (no desde que nace), es un ser humano.

Flavio Rubén Quiroga Ocho de Diciembre, día de la Pura y Limpia Concepción del Valle

La dignidad humana, compartida por el varón y la mujer, en igual grado, se inicia desde que son concebidos. Porque ese montoncito de células comienza a desarrollarse hasta constituir un cuerpo humano distinto del cuerpo de la madre, se desarrolla y crece, debido no solamente a que recibe nutrientes, sino también a que tiene un alma. Si careciera de ella, de nada valdrían los elementos químicos que la madre pudiera darle. Esa alma es la que le confiere dignidad de persona y esa alma comienza a mostrarse desde que el conjunto de células empieza su desarrollo. Cuando nazca y crezca el individuo, esa alma se manifestará en su capacidad de amor, en su capacidad de descubrir ideales, en su deseo de obrar bien. Esta alma es la que lo hace humano y ella comienza a existir desde la concepción. Por eso la vida de todo hombre es inviolable, ni bien es concebido. La dignidad de la persona humana por lo tanto no depende de la posición social de sus padres, ni de su calidad de vida, ni de su ingreso económico, ni de su nivel cultural. No depende tampoco de lo que digan los demás, ni de su identificación política o racial. No depende de ninguna ley que despenalice o castigue el aborto, ni de la sentencia de ningún juez. La dignidad de la persona depende de su realidad de hombre: varón o mujer. Y esa realidad está constituida por su alma, en correspondencia con su cuerpo. El alma y su cuerpo correspondiente son una única realidad que hacen de cada ser humano, una imagen y semejanza de Dios. Dicho de otra forma, somos parecidos a Dios, como una miniatura suya. Podemos arruinar o cultivar ese parecido con Dios, pero sea lo que sea que hagamos con él (de lo cual depende nuestra felicidad), no podemos destruirlo; no debemos hacerlo. No podemos aniquilar ese parecido en nuestros semejantes, ni en nosotros mismos. La semejanza con Dios es lo que hace de cada uno de nosotros no solamente un ser vivo, sino un ser inviolable y sagrado. Nos hace sagrados también la Encarnación del Hijo de Dios. Dios se hizo hombre, con cuerpo y alma, para salvar esa imagen y semejanza, quebrada por el pecado. Y si Dios hizo semejante cosa por nosotros ¿quiénes nos creemos nosotros para destruir cualquier vida humana?

Flavio Rubén Quiroga Ocho de Diciembre, día de la Pura y Limpia Concepción del Valle

La familia, esperanza de la vida Las legislaciones politizadas pueden decir lo que quieran, pero no podrán jamás cambiar lo que Dios ha hecho y lo que nosotros creemos. Más todavía, serán una traición a nuestra identidad si contradicen nuestros valores comunitarios y uno de esos valores es el de la vida. En la familia es donde este valor puede crecer y robustecerse, aún en contra y a despecho de intereses creados y extraños a nuestro sentir. Pero este valor puede elevarse y fortalecerse siempre que cada casa tenga presente a Dios, porque una casa sin Dios se viene abajo, sin valores, sin amor, sin paz. En el hogar que cada hijo de este pueblo va construyendo, debe ir siendo cada vez más fuerte el respeto por la vida, el respeto por el otro, sobre todo por aquel que comparte mi pan y mi techo; pero también por el que comparte mi trabajo, mi educación, mi esfuerzo por un mundo mejor. Un respeto que me arranque del aislamiento egoísta, donde me interesa sacar ventaja para mí y nadie más. En cada rancho humilde de este valle debe ir creciendo, aunque sea poco a poco, ese respeto mutuo que tuvieron nuestros mayores, mostrado y hecho evidente, en esa verdadera red de colaboración mutua, de compromiso y participación, donde el destino de uno era el destino de todos. Donde cabía dejar atrás diferencias y rencores viejos, si estaba en juego la vida de alguno, o el beneficio de todos. Ese respeto de mano abierta, generosa, sacrificada y trabajadora, que le dio origen a todos nuestros poblados. Mano capaz de empuñar la herramienta, pero también de dar un apretón a la mano de otros y de desgranar las cuentas de un Rosario. Le pidamos a la Limpia y Pura Concepción del Valle, imagen en la que están estampados nuestros rasgos, la gracia de amar nuestra vida y la de los demás como lo que es: la imagen de Dios que hace sagradas cada una de nuestras personas.

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