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CONFLICTO Y REFORMA UNIVERSITARIA EN AMÉRICA LATINA

Una perspectiva comparada del movimiento estudiantil entre México y Colombia


1968

Resumen:

La dinámica del movimiento estudiantil en América Latina se inscribió en un contexto de


problemas globales en los años sesenta, relacionado con la revolución cultural del medio
siglo de la juventud en el mundo y con una fase del imperialismo y la Guerra Fría que
incidió de manera directa en la política pública educativa de la universidad. Una
perspectiva comparada de este fenómeno entre México y Colombia, 1968, permitirá
aproximarse a este proceso de conflicto y reforma universitaria, que no es otra cosa que
una etapa muy particular de la historia de la universidad latinoamericana y mundial.

Si 1968 estaba destinado en México a ser al año de las Olimpiadas y de la masacre de los
estudiantes en la plaza de Tlatelolco el dos de octubre, diez días antes de prender la llama
que daría inicio a los juegos, en Colombia aquel año pasaría a la historia como el de la
denuncia al Plan Básico para la educación superior y los clamores de reforma en un
ambiente de protestas y batallas contra la fuerza pública en la mayoría de universidades del
país. Un año en el que la juventud rebelde protestó en todo el mundo mientras que la guerra
de Vietnam proseguía en plena confrontación de la Guerra Fría. Pero sin duda este será el
año del movimiento revolucionario de mayo francés que se convirtió en una de válvula de
escape para la juventud rebelde y en una forma de rechazo a todo tipo de autoritarismo.

Los estudiantes de todo el mundo se tomaron las calles para protestar contra el
establishment y denunciar la guerra de Vietnam y el imperialismo norteamericano. Pero
1968 no podría entenderse sin las circunstancias previas a este boomerang, que en palabras
de Eric Hobsbawm hizo parte de la gran revolución cultural de la juventud de mediados del
siglo XX en casi todos los rincones del planeta1. Tres aspectos caracterizaron a la juventud
de este periodo: en primer lugar, la juventud no se asumió como una fase preparatoria sino
culminante del pleno desarrollo humano; en segundo lugar, esta juventud se convirtió en
dominante de las economías de mercado; y en tercer lugar, se internacionalizó al compartir
roles y consumos a través de la televisión, la radio, el turismo juvenil internacional y las
universidades2.

Durante los años sesenta la idea revolucionaria contra la explotación, la desigualdad, el


imperialismo y la represión política dio origen a un ímpetu irrefrenable. Después de la
crisis de los misiles en 1962 que puso en alerta a todas las naciones del mundo ante una
nueva confrontación mundial, y pese a que éstos finalmente fueron desmantelando por la

1 HOBSBAWM, Eric, Historia del siglo XX, Buenos Aires, Crítica-Grijalbo, 1998, pp. 322-345.
2 Ibid., pp. 327-329.
Unión Soviética, Cuba no dejó de ser el foco de la revolución para América Latina y
África.

Jorge Volpi en su libro La imaginación y el poder, señala que la “toma de conciencia” fue
para esta generación un programa que definía al verdadero revolucionario en cinco puntos
básicos: expresar la ideología y la visión del mundo; poner en tela de juicio la realidad
social; fomentar las artes y las ciencias; sacrificar toda función y toda responsabilidad;
luchar con las armas oponiendo la violencia justa a la violencia criminal 3. Vale también
señalar que esta generación se identificó por los radicalismos de izquierda, en ciertos casos
expresados de manera intolerante y autoritaria, al igual que por la movilidad social que le
proveyó el título universitario4.

Sobre esta agenda de “toma de conciencia”, podría también decirse que hubo unidad de
acción y comportamientos de esta generación rebelde frente a temas, roles y consumos: el
antiimperialismo y la guerra de Vietnam; las solidaridades contra la injusticia, entre ellas la
muerte de Martin Luther King; la cultura hippie, el sexo y las drogas; las jergas y los
consumos de la música y la televisión.

Esta fue una revolución cultural de magnitudes globales que creó un sentimiento de rechazo
hacia el imperialismo norteamericano, no sólo entre los comunistas sino también entre los
intelectuales de Estados Unidos y de Europa. Pero lo que tal vez le dio el sello de identidad
a esta época fue la contracultura hippie fundada en su abierto rechazo a los valores del
momento. Por primera vez se habla en forma abierta del sexo y de las drogas. El cabello
largo en los hombres se puso de moda, los Beatles ejercieron una influencia mayor que
todos los teóricos de la revolución; el pacifismo y el culto a la droga iban de la mano, al
igual que la libertad sexual y el desprendimiento material o la devoción a Marx y las
religiones orientales. Un nuevo argot se tomó a los jóvenes y entre los intelectuales se
compartió la idea de que el poder subversivo de las palabras sería capaz de liberar a los
hombres y a las sociedades5.

Si bien para Colombia no hay estudios sobre el consumo de psicotrópicos, aunque se sabe
del uso común de la marihuana, en México y Estados Unidos la cultura del ácido y la
marihuana se extendió por todas sus fronteras. Dice Jorge Volpi que su origen estaba en las
“experiencias casi religiosas de los beatniks con la marihuana y el peyote, así como al
hecho de que las tropas estadounidenses en Vietnam pudiesen adquirir drogas a precios
muy bajos”6.

La sensación de estar vigilados por la CIA en América Latina o asumir que el poder era una

3 VOLPI, Jorge, La imaginación y el poder: Una historia intelectual de 1968, 1ª reimpresión, México, Era,
2001, pp. 101-102.
4 Sobre el comportamiento autoritario y la movilidad social de esta generación, véase: ACEVEDO
TARAZONA, Álvaro, Modernización, conflicto y violencia en la universidad en Colombia: Audesa (1953-
1984), Bucaramanga, UIS, 2004; HURTADO OROZCO, César, “Contribución al estudio del movimiento
estudiantil colombiano (1960-1975)”, en Utopía Siglo XXI, Vol. 2, No. 7, noviembre de 2001, pp. 80-85.
5 Ibid., pp. 106-113.
6 Ibid., p. 114.
especie de gobierno invisible del que nada bueno se podría esperar fue otro de los
elementos identificativos de aquella juventud rebelde7. El gobierno invisible con su poder
omnímodo era una especie de monstruo vendido al gran capital o al socialismo, que se
debía combatir más allá de las diferencias partidistas o de las ideologías 8. La muerte de
Martin Luther King en 1968, una de las primeras y más dolorosas en aquella época,
contribuyó a crear esta sensación de planes malévolos detrás del poder, entre los cuales ya
había antecedentes como la invasión frustrada a Cuba con el apoyo de los Estados Unidos
(Bahía Cochinos, 1961), la crisis de los misiles en Cuba en 1962 que casi conlleva a una
tercera conflagración mundial o la muerte de Kennedy en 1963.

Si en 1968, por breves días, México sería la capital del mundo, y de contera una sociedad
“civilizada”, atenta y pacífica9, en Colombia se denunciaría en casi todos los diarios la
conspiración de un comunismo internacional impulsado por la juventud rebelde, llamado a
destruir la democracia.

Si los mexicanos debían olvidarse de la guerra de Vietnam, la revolución cubana, la muerte


de Che o la captura de Regis Debray, para construir el futuro como una nación
ejemplarizante, los estudiantes universitarios colombianos debían olvidarse de las
denuncias al Plan Básico para la Educación Superior agenciado por el modelo universitario
norteamericano, la apuesta por una reforma universitaria más auténtica y los atropellos de
la fuerza pública en las universidades.

Pero lejos estaba de cumplirse estos “loables” propósitos. A partir de 1968 se desató una
violencia incontenible en todo el mundo. Sin ser un acto plenamente conciente o
deliberado, los jóvenes del mundo se unieron para transformar la sociedad moderna y
conseguir un mundo nuevo. En Gran Bretaña, entre 1967 y 1968, hubo serios incidentes en
escuelas y universidades, al igual que manifestaciones contra la guerra de Vietnam y el
sistema educativo. En Italia, durante todo el año de 1968, los estudiantes también se
manifestaron por todo el país contra la guerra de Vietnam y el sistema educativo. En
Alemania no fue distinto y los estudiantes se manifestaron contra la guerra de Vietnam y el
imperialismo norteamericano y soviético. En este país el líder estudiantil Rudi Dutschke
fue herido en la cabeza al salir de una manifestación en Berlín. Como protesta los
estudiantes arremetieron violentamente contra las empresas periodísticas tanto en Berlín
occidental como en Alemania federal10.

En Estados Unidos el movimiento estudiantil ya tenía antecedentes desde las elecciones


presidenciales de 1960. El movimiento por los derechos civiles comenzó a defender a las
minorías raciales en los estados del sur. Hacia mediados de la década una nueva generación
de jóvenes inconformes se sumó a las protestas en una especie de cruzada en pro de la
libertad de expresión. En 1964 también surgió en la Universidad Berkeley un movimiento

7 Ibid., pp. 123-124.


8 Sobre estos imaginarios y representaciones para el caso colombiano, se recomienda ver: ACEVEDO
TARAZONA, Alvaro. Imaginarios discursivos y representaciones estudiantiles universitarias. En: Diálogos
Educativos. Año 3. No. 3 (2002); pp. 109-120.
9 VOLPI, Op. cit. p. 24.
10 Ibid., pp. 154-156.
más allá de estas reivindicaciones hasta politizar los recintos universitarios. A lo largo de la
década la juventud norteamericana se vio dividida en diferentes grupos (la no violencia, la
lucha contra el autoritarismo, la guerra, la pobreza; el poder negro, los hippies, los
académicos de la nueva izquierda) hasta que al final el sello de identidad lo creó la misma
represión estatal y la reacción violenta que los hizo reaccionar como uno solo11.

En Europa del Este también hubo marchas y protestas de inconformidad por parte de los
estudiantes aunque de naturaleza distinta. La lucha contra la ocupación soviética y los
gobiernos títeres fue el sello que aglutinó a esta juventud y a la población en sus clamores
de la libertad. Las mayores protestas y brotes de inconformidad se darían en
Checoslovaquia y Polonia12. El resultado de todo esto fue la invasión a Praga en 1968 y la
humillación de todo un pueblo.

Pero sin duda el epicentro de esta revolución cultural fue Francia. Una revolución que en el
plano político fracasaría, pero que durante el mes de mayo logró desestabilizar al gobierno
francés. Los conflictos se habían iniciado meses atrás en la Universidad de Nanterre,
arengados por su líder Daniel Cohn Bendit, Dany le Rouge, bajo la consigna de rechazar la
guerra de Vietnam y exigir una reforma educativa integral. Cuando las autoridades de
Nanterre decidieron cerrar el claustro, numerosas organizaciones estudiantiles se dirigieron
a la Sorbona en busca de solidaridad, pero en el Barrio Latino fueron detenidas por la
policía, insuflándolas aún de mayor fuerza. El 10 de mayo los estudiantes decidieron no
retroceder, evocando la comuna de 1848, lo cual llevó a un enfrentamiento de unas cuarenta
horas que dejó cientos de heridos y detenidos. Poco después hubo una marcha gigantesca
en apoyo a los estudiantes (800 mil personas), y antes de terminar la semana 10 millones de
trabajadores, las dos terceras partes de la fuerza productiva francesa, estaba en huelga. En
los siguientes acontecimientos se creó una Asamblea Nacional que reclamó la cabeza de
Charles de Gaulle mientras que los obreros se declararon dispuestos a negociar con el
gobierno. El 30 de mayo De Gaulle se negó a retirarse y disolvió la Asamblea Nacional13.

¿Por qué fracasó este movimiento revolucionario, especialmente en la segunda fase (14 al 2
de mayo) cuando los obreros declararon la huelga? Esta es la pregunta central que se hace
Eric Hobsbawm en su análisis del mayo francés de 1968, y la respuesta la encuentra en los
análisis de Alain Touraine y sus propias conclusiones. Si bien este movimiento fue
revolucionario, además que no ha habido en la historia otro movimiento que haya contenido
una proporción mayor de personas que leían y escribían libros –acota Hobsbawm–, su
fracaso tiene que ver, en parte, con la formulación revolucionaria de una contrautopía de
comunismo libertario para responder a la utopía dominante de los sociólogos, académicos y
los científicos políticos. En este mismo orden de ideas, para Touraine el fracaso se debió a
que la crisis revolucionaria desatada, social, política y cultural, no concentró la lucha y
tampoco creó instrumentos eficaces para la acción. Argumento que comparte Hobsbawm al
señalar que el movimiento en sí no tenía ningún objetivo político, pese a que tenía un
discurso político. “De manera que “sin descontentos sociales y culturales profundos,
dispuestos a salir empujados por un ímpetu relativamente frágil, no puede haber ninguna
11 Ibid., p. 160-161.
12 Ibid., 162-166.
13 Ibid., p. 156-159.
revolución a gran escala”14. Mayo del 68 –agrega Hobsbawm apoyándose en Touraine– es
menos importante para la historia de las revoluciones que la Comuna de París. A lo sumo
demostró que las revolucione pueden estallar, pero no triunfar en los países occidentales.

La rebeldía de Mayo del 68, sin embargo, se extendió a todo el mundo. En octubre de aquel
año la plaza Tlatelolco en México sería el campo de batalla por varias horas. La prensa
tituló que había sido un enfrentamiento entre terroristas y soldados, pero muy lejos estaban
los mexicanos de creerle tamaña charada al gobierno de Díaz Ordaz. La rebelión juvenil era
uno de los acontecimientos más importantes de la década, y México no era ajeno a ellos.
Aquel año de 1968 se expresó como la tensión entre un movimiento estudiantil que
proponía manifestar su acción política durante los Juegos Olímpicos y un gobierno
interesado en hacer cumplir el lema de los mismos: “Todo es posible en la paz”. Pero los
estudiantes no iban a ceder frente a dos temas que consideraban vitales: la ocupación de la
UNAM desde el 18 de septiembre y el denominado “equilibrio mexicano” que parecía
realizar la síntesis ideal del progreso social y la sabiduría política y económica. Las
máscaras, denunciarían también los estudiantes, eran precisamente uno de los símbolos de
México, al igual que el giro inexorable hacia la derecha del Partido Revolucionario
Institucional. Por su parte, el gobierno trató de mostrar que el problema era causado por
“profesionales de la subversión” interesados de perturbar el orden en vísperas de la gran
justa deportiva15.

Como ya es conocido en la historia de México, que se resiste a olvidar estos hechos, el


saldo del miércoles 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, según cifras oficiales, fue
de 27 muertos, cien heridos, cerca de 500 detenidos y una cacería de brujas hacia un grupo
de intelectuales y políticos que había “conspirado” contra las instituciones de México y las
Olimpiadas, según las delaciones, valga aclarar sin pruebas, que en los días posteriores a la
masacre hiciera el estudiantes Sócrates Amado Campus Lemus y acto seguido Elena Garro
contra “intelectuales extremistas que lanzaron a los estudiantes a una loca aventura”16.

El ambiente de persecución y dureza contra los intelectuales y todo aquello que


representara la “conspiración contra México” prevaleció durante los diez días que
separaron el 2 de octubre de las Olimpiadas. Por fin, el 12 de octubre, día de la raza, la
llama olímpica pasó por Teotihuacan y fueron inaugurados los juegos de la XIX Olimpiada
en un ambiente emotivo y una ceremonia que olvidó por completo la masacre de Tlatelolco:
la prensa escudada en la inercia de los acontecimientos y los políticos enmascarados detrás
del espíritu deportivo17.

Tlatelolco fue el grito de una juventud rebelde contra el PRI y su estructura moderna de
pirámide azteca. Era cierto que tal vez ninguna nación latinoamericana, a excepción de
Cuba desde 1959, había hecho tanto por la educación como México (Cerca de 50 mil

14 HOBSBAWM, Eric, “Mayo de 1968”, en HOBSBAWM, Gente poco corriente, Barcelona, Crítica, 1999,
p. 189.
15 ARREOLA, Carlos, El movimiento estudiantil mexicano en la prensa francesa, México, Jornadas 88,
1979, pp. 73-117.
16 VOLPI, Op. cit., pp. 350-358.
17 Ibid., pp. 367-368.
estudiantes se inscribieron aquel año en la UNAM y 45 mil en las diferentes escuelas del
PIN, pero los estudiantes mexicanos no querían compararse con otros países de América
Latina sino con el atraso de su propio sistema educativo. De ahí sus anhelos de hacer una
reforma universitaria por un México menos simbólico y más democrático. Para los
estudiantes y muchos sectores inconformes de la sociedad mexicana, las mutaciones del
partido gubernamental (nacido en 1929 como Partido Nacional Revolucionario, en 1937
con el nombre de Partido de la Revolución Mexicana y en 1945 con el nombre de Partido
Revolucionario Institucional) había respondido a ciclos precisos y solución de conflictos
internos, pero era evidente que hacia 1968 el partido había mudado hacia una pesada
maquinaria burocrática y una democracia más aparente que real. El hecho era que el partido
abarcaba y controlaba todas las actividades de la nación: los sectores productivos (agrario,
obrero, popular), los sindicatos, los líderes campesinos y los nuevos empresarios. Para
aquella juventud rebelde México no era otra cosa que una democracia formal y un Estado
de progresos insuficientes, avalado por la presencia del capital norteamericano y el
conservadurismo de sus dirigentes18.

Si bien la realidad política mexicana era muy distinta a la colombiana, la juventud rebelde
de las universidades públicas y privadas de este país también protestó contra la asfixia
política que había creado el Frente Nacional (1958-1978) al erigirse como el único garante
de la estabilidad nacional y de paso la única opción “democrática”. Durante toda la década
del sesenta los estudiantes universitarios se h1964abían manifestado contra este modelo.
Para 1968 ya habían nacido tres grupos subversivos (el ELN, 1964; las FARC, 1964; el
EPL, 1967) en abierta confrontación hacia al modelo político de exclusión
frentenacionalista. La caótica apertura de una nueva clase social media emergente, entre
ella una parte absorbida en la universidad, se enfrentó a este pacto de unificación política de
las clases dominantes. No podía entonces surgir otra cosa que una generación universitaria
que estalló políticamente al no encontrar los espacios de participación que exigía.

Los acontecimientos previos a 1968 son la fiel de esta tensión entre


universitarios y gobierno. El 24 de octubre de ese mismo de 1966, la situación
empeoró cuando el presidente Lleras decidió desafiar al estudiantado al asistir a la
inauguración de las instalaciones del Instituto Agropecuario en los predios de la
Universidad Nacional, en compañía de John D. Rockefeller, cuya fundación, en su nombre,
había financiado la obra. Al respecto, Francisco Leal Buitrago precisa en señalar que ante el
acto de sabotaje por parte de los universitarios, el ejército invadió la ciudad universitaria,
detuvo sesenta y seis estudiantes y anunció Consejo de Guerra a los responsables. Como
consecuencia de la huelga inminente, el gobierno detuvo a varios miembros de la
Federación Universitaria Nacional (FUN), decretó la prohibición de viajar a Cuba y
anunció el confinamiento de los “subversivos”19.

En los hechos referidos por Leal Buitrago es importante destacar que en forma paralela se

18 ARREOLA, Op, cit. pp. 115-116.


19 LEAL BUITRAGO, Francisco, “La participación política de la juventud universitaria como expresión de
clase”, en VARIOS AUTORES, Juventud y política en Colombia, Bogotá, Fescol, 1984, pág. 192. Aquellos
que vivieron estos hechos no dudan en reconocer que el incidente con Rockefeller fue desmesurado e
irrespetuoso, pero que nunca dio pie para justificar una retaliación como la que emprendió el mandatario.
desató una campaña en la prensa contra la FUN. Una semana después de los disturbios en
la Nacional, permanecían sesenta estudiantes presos, y a mediados de noviembre aún seis.
Para Leal Buitrago es claro que la FUN después de esta persecución de sus dirigentes
quedó prácticamente desmantelada20.

En su momento, y posterior a estos hechos, muchos se preguntaron a qué se debió a la


inquina de Lleras Restrepo contra la universidad. Para R. H. Moreno la explicación de este
hecho no sólo habría que buscarla en el incidente con Rockefeller, pues si fue innegable
que el acontecimiento fue irrespetuoso, nunca dio pie para emprender tal retaliación por
parte del mandatario21. En su lugar, R. H. Moreno explica que la verdadera razón hay que
buscarla en el año de 1964, por la difícil situación que Lleras vivió en el Aula Máxima de
Derecho de la Universidad Nacional, en donde con una rechifla unánime se le impidió
hablar, después de lo cual debió recluirse en la oficina de la decanatura hasta que fue
rescatado tres horas después por el escritor y entonces ministro de educación Pedro Gómez
Valederrama22.

En 1967 el ambiente que se respiraba en las universidades se orientó al rechazo de la


ocupación armada en los predios universitarios, e incluso por primera vez el profesorado en
forma pública criticó los atropellos de la fuerza pública a las universidades 23. Las partes
enfrentadas, estudiantes por un lado y directivas universitarias y gobierno por el otro, en sus
arengas, discursos y acciones expresaron objetivos incompatibles para resolver los
conflictos y no manifestaron posibilidades reales de llegar a acuerdos en los que no se
tuviera que hacer uso de la coacción o la fuerza física. La polarización planteada cada vez

20 Ibid.
21 MORENO DURÁN, R. H., R. H., “La memoria irreconciliable de los justos: la Universidad Nacional en la
década de los sesenta, en Análisis Político, No. 7, mayo-agosto de 1989, p. 81.
22 Ibid., pp. 81-82. El incidente es narrado así por el autor: “La verdadera razón hay que buscarla en
noviembre de 1964, cuando Lleras fue postulado a la Presidencia con tanta anticipación que la oposición
decidió llamarlo El Prematuro. Una de sus primeras intervenciones fue programada en el Aula Máxima de
Derecho y a las seis de la tarde decidió dar comienzo el mitin, pero una rechifla unánime de los estudiantes se
lo impidió. Intentó hacer gala de sangre fría pero esas cosas no se improvisan, así que el decano, Abel
Naranjo Villegas, al intuir el peligroso desenlace decidió trasladar al frustrado orador a la oficina de la
decanatura, en el segundo piso del edificio. Los ánimos de los estudiantes se encrespaban cada vez más y
todos corrieron tras los fugitivos y por momentos parecía que la puerta iba a ceder bajo la fuerza persecutora.
Fue entonces cuando Lleras le dijo a su guardaespaldas, que se llamaba Rojitas, que le prestara su pistola pues
estaba dispuesto a vender cara su vida. El decano ya se las había ingeniado para llamar al Palacio de San
Carlos y pedirle al presidente Valencia le enviara un pelotón de soldados para rescatar al candidato, aunque
aquí vino lo extraordinario: el pelotón no podía ir porque ningún militar había puesto jamás los pies en la
Universidad y a lo mejor los soldados se extraviaban en la noche y eran objeto de alguna bochornosa
emboscada por parte de los estudiantes. El presidente Valencia –preocupado más por los golpes que le
preparaba el general Ruíz Novoa y la huelga de fotógrafos que se negaban a retratarlo- debatió el asunto y al
fin llegó la solución en la persona del ministro de Educación, que era el escritor Pedro Gómez Valderrama, y
que, como abogado, tenía una ligera idea donde quedaba la facultad de Derecho. El ministro encabezó el
pelotón de rescate y casi tres horas después, tal como fue recreado en el toque de Diana (una novela del
autor), llegó a la facultad, se abrió paso y rescató al candidato, que sudaba hielo y mascullaba frases
ininteligibles. Después, como todos saben, fue la debacle”.
23 LEAL BUITRAGO, Francisco, “La frustración política de una generación. La universidad colombiana y la
formación de un movimiento estudiantil, 1958-1967”, en Desarrollo y Sociedad, No. 6, julio de 1981, pág.
321.
incitaba más a la violencia, mientras la universidad veía perder espacios de consenso y
democratización.

Nada más previsible entonces que la confrontación entre gobierno y estudiantes


hubiese continuado su marcha. Para el 24 de enero de 1968, se había fijado el
juicio de los estudiantes de la UIS: Jairo González Miranda, Pedro Claver Parra,
Eusebio Barrera Martínez, Sergio Parra Correa y Enrique Granados Gómez, de
quienes se presumía eran miembros del ELN. Se les acusaba de delitos como
asociación para delinquir, complicidad, autoría y encubrimiento de actos
delictivos en zonas urbanas de Bogotá, Bucaramanga y Barrancabermeja. Este
juicio, que estuvo en el punto de mira de toda la opinión pública, fue en cierta
medida una forma de escarmiento ejemplar para aquellos estudiantes que
tuvieran nexos con la subversión 24 .

Pero éste sólo era el abrebocas del gran problema universitario y obrero que se le
presentaría al gobierno del presidente Carlos Lleras Restrepo. A los pocos días, el 25 de
mayo de 1968 hubo una gran manifestación obrera en los sectores productivos de la nación.
A la manifestación se unieron casi cuatro mil estudiantes de las Universidades del Atlántico
y Cartagena, también estudiantes y obreros de Cartagena, Córdoba, Santa Marta,
Bucaramanga, Tunja, Barranquilla, Bogotá (ocho mil universitarios y dos mil obreros) y
Pasto. Así mismo, las protestas se extendieron hacia los sindicatos de empresas como
AVIANCA, Grasas Vegetales, Mogollón, Lemaitre, Hospital Bocagrande, Almacenes Tía,
almacenes de calzado, Arrozbarato, Andian, Lesa y Hospital La Manga. De igual forma
obreros y empleados de otras tiendas y establecimientos de comercio al detal se
solidarizaron con las protestas. Casi el 70% de los profesores en el nivel universitario
también respondieron afirmativamente a esta gran protesta nacional25.

Los estudiantes aprovecharon la coyuntura para demandar la eliminación del Plan Básico
para la Educación Superior, la organización de elementos de reforma universitaria, la
disminución en el costo de matrículas y hasta la creación de una Federación Universitaria
Costeña. También protestaron por la actuación del gobierno contra la universidad
colombiana y le exigieron a éste la destitución de varios rectores, además de elevar el nivel
académico y dar cumplimiento a la autonomía universitaria. En medio de esta extraña
fusión de intereses académicos universitarios y gremiales, se llegó incluso a proponer un
frente obrero-campesino-estudiantil de solidaridad en países como Chile, Argentina,
Venezuela, España, Francia y Checoslovaquia en los que también el problema
universitario había llegado a altos niveles de confrontación26.

En diferentes ciudades del país se unieron padres de familia, universitarios y centrales


obreras en manifestaciones públicas, y el 8 y 9 de junio de nuevo se conmemoró la muerte
de los universitarios elevados a la categoría de mártires, no sólo del estudiantado sino de
toda la sociedad colombiana “vapuleada y explotada por los intereses patronales”27. La
24 Vanguardia Liberal, enero 24 de 1968.
25 Ibid.
26 Ibid.
27 Ibid.
protesta, expiraría el 26 de junio de 1968 con la detención de algunos estudiantes acusados
de incitar al pueblo a la toma del poder por medio de la violencia28. A pesar de los
continuos llamados para el retorno a clases y el anuncio de drásticas medidas contra los
huelguistas, los estudiantes de la UIS y de la Universidad de Cartagena no se presentaron a
clases y sus respectivos semestres académicos fueron cancelados. Otras universidades
como la Libre decretaron vacaciones29.

Como un paliativo a toda la ola de represión oficial, se acordó que el Consejo Superior,
máximo organismo rector de las instituciones universitarias, estuviese integrado por
representantes de la Sociedad Colombiana de Ingenieros, Colegio de Academias,
Asociación Colombiana de Universidades, un representante de los profesores, otro de los
estudiantes, la Iglesia, el Ministro de Educación o su delegado y un representante del sector
privado30.

En la Universidad de Cartagena se nombró un rector interino, quien no recibió el apoyo de


los estudiantes. Una marcha que se había programado desde la Costa Atlántica fue detenida
antes de llegar a Bucaramanga, en Bosconia (departamento del Magdalena). La policía
dispersó rápidamente y fuertemente al estudiantado costeño para impedir la unión con el
gran número de estudiantes bumangueses de la UIS y de algunos colegios oficiales31.

No había llegado la calma al ámbito universitario, cuando la prensa reseñaría dos nuevos
paros. El primero, el 27 de julio, protagonizado por 403 estudiantes del Colegio Mayor del
Rosario de la ciudad de Bogotá, por la supuesta elección fraudulenta de Samuel Barrientos
como rector de la institución. El segundo, el 30 de octubre, protagonizado por unos 500
estudiantes de las Universidades Nacional, Libre y Externado de Colombia quienes se
tomaron las instalaciones de la Nacional en las horas de la tarde para protestar por el
decreto que reglamentaba la profesión de abogado y creaba el título de Magister. En
apariencia, estos últimos conflictos no tuvieron mayores repercusiones, pese a la captura de
veinte “revoltosos”, según las cifras registradas32.

Si en México, en poco menos de treinta años, el otrora Partido Nacional Revolucionario


había mudado su función incluyente y participativa, en Colombia el reformismo de la
Revolución en marcha del presidente Alfonso López Pumarejo no logró quitarle el control
de la educación a la Iglesia, pese a que reestructuró la Universidad Nacional por medio de
la ley 68 de 1935 y le proveyó un campus en el corazón de la capital. Este elemento
conservadurista y casi perenne en la sociedad colombiana, unido a la abierta confrontación
que los estudiantes desde 1954 ya habían expresado contra la fuerza pública, cuando
murieron nueve estudiantes en la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla, y luego el
ambiente de traición que se respiró entre los universitarios cuando no fueron llamados a
participar en el gobierno en el año en que cayó Rojas en 1957, creó un clima de

28 La República, junio 26 de 1968.


29 Ibid.
30 Ibid.
31 LEAL BUITRAGO, Francisco, “La participación política de la juventud universitaria como expresión de
clase, op. cit., págs. 154-204.
32 Ibid.
desconfianza y de rebeldía en algunos sectores minoritarios de la juventud universitaria
contra el bipartidismo. Desde 1960 la huelga se convirtió en el principal mecanismo de
presión de aquellos estudiantes, motivada por la politización de izquierda y la búsqueda de
una sociedad más justa, participativa e igualitaria.

Pero como en México, los estudiantes no lograron sacar de la universidad sus situaciones
políticas presentes –lo que si ocurrió en Francia–, tal vez por un exceso de confianza y
mesianismo político unido a la idealización de los grupos alzados en armas. El espejismo
de una revolución inminente condujo a una minoría de estudiantes a unirse a las guerrillas
del ELN y EPL, entre ellas la decisión hoy tan cuestionada del padre Camilo Torres en
1965. De otro lado, la mayoría de universitarios colombianos sólo entró en esta dinámica de
confrontación con el Estado en forma coyuntural o cuando veía amenazada la movilidad
social que le proveería el título universitario.

Sin embargo, la politización universitaria en Colombia fue un hecho en los años sesenta
como en toda América Latina y el mundo. Mientras que los estudiantes protestaron contra
el cercamiento bipartidista del pacto del Frente Nacional, el Estado trató de frenar su
ímpetu con incumplimientos y restricciones presupuestales para el funcionamiento de las
universidades, al igual que con la reestructuración académica bajo la orientación del
modelo norteamericano de educación superior, del que se esperaba, en forma funcional y
orgánica, paliar la problemática social del país y cooptar los cuadros militantes más
rebeldes de aquella juventud. Caso contrario, combatirlos en los propios recintos
universitarios, de ahí que durante 1967 y 1968 las protestas de los estudiantes universitarios
se orientaran hacia el rechazo de la ocupación armada en los campus y las continuas
denuncias contra el Plan Básico para la Educación Superior. A partir de entonces la
confrontación de los estudiantes con el Estado se desbordaría para conducir hacia un único
“diálogo” visible con la fuerza pública, según la expresión de Francisco Leal Buitrago que
traduce el título de uno de los artículos ya citados a pie de página en el presente escrito: “La
frustración política de una generación”33.

Por supuesto, la historia del movimiento estudiantil colombiano no termina en 1968.


Vendrán años de procesos organizativos interesantes entre los universitarios en el primer
lustro de la década del setenta, pero también la anarquización del movimiento estudiantil.
Los muertos, detenciones, choques con la policía, marchas, también se contarían en
aquellas protestas para ser olvidados casi por completo en el decenio siguiente.

Hoy, a casi cuarenta años del 68, el olvido es la constante en la historia de este país. En
México, en cambio, no triunfó la amnesia. Al menos no del todo, señala Jorge Volpi34. Pero
“en lugar de erigir altares, de utilizar la historia como arma política y de mediatizar el
movimiento estudiantil como le ha ocurrido a la figura del Che [agregaríamos también que
del comandante Marcos], quizás sea más justo y relevante profundizar el análisis de las
causas y las razones de lo que ocurrió entonces”35. Nada más cierto, porque así como
33 LEAL BUITRAGO, Francisco, “La frustración política de una generación. La universidad colombiana y la
formación de un movimiento estudiantil, 1958-1967, Op. cit.
34 VOLPI, Op. cit., p. 417.
35 Ibid., p. 433.
Tlatelolco no debe ser visto como un paraguas que divide la historia de México en dos, sino
como un episodio central de la prolongada lucha de la democracia en el país –acota el
autor–, en Colombia sucede lo mismo con tantos acontecimientos como la marcha de
Bucaramanga a Bogotá del año 64 de los estudiantes de la UIS o las numerosas protestas
con su estela de estudiantes detenidos y muertos. Hoy en Colombia como en México o
cualquier país latinoamericano, por sólo señalar los de este continente, la arbitrariedad, la
injusticia y la desigualdad siguen llamando a la inconformidad.

Claro que no se trata de hacer una historia apologética o edulcorada de las derrotas o de los
triunfos o las derrotas del movimiento estudiantil. Es muy cierto cuando Jorge Volpi llama
la atención de aquellas interpretaciones segadas, que en uno y otro caso se alientan para
justificar las actuaciones. Mientras que para el gobierno mexicano de entonces la masacre
de Tlatelolco fue sólo un exceso, un desvío del poder legítimo, para los defensores del
movimiento, por su parte, todas las conquistas democráticas de la sociedad mexicana
derivan de él36. Los mismos sesgos se podrían extrapolar para el caso colombiano. Si los
sobrevivientes de Tlatelolco con una inocua ceremonia en México, todos los años, tratan de
exorcizar la masacre, en Colombia, el 8 y 9 de junio, la conmemoración de los estudiantes
caídos no es más. Si en México centenares de jóvenes que aún no habían nacido en 1968 y
algunos políticos de turno recuerdan a los mártires, y luego algunos estudiantes pintan
bardas y edificios, rompen parabrisas y ventanas e insultan a voz en cuello al presidente de
turno, en Colombia se sucede la misma escena año tras año.

Si en Colombia la movilidad social fue un hecho para la mayoría de esta juventud


universitaria, e incluso la mayoría de ellos fueron recibidos como héroes en aquella nueva
sociedad urbana emergente, en México no ocurrió nada distinto. Si desde su fundación el
PRI había sido creado para sobrevivir a los cambios de mentalidad y acomodarse a las
circunstancias del momento, como se hizo evidente en el nuevo gobierno de Luis
Echeverría que trató de asumir posiciones contrarias a las de Estados Unidos, convertirse en
una especie de voceros de los países del Terro Mundo y asumir una posición crítica frente a
la masacre de Tlatelolco, no pasó mucho tiempo para entender que su viraje fue más
retórico que real. En Colombia el fin del pacto bipartidista en 1974 tampoco representó
nada en términos de cambios políticos de fondo, menos aquellos en materia de educación.
La represión incluso se agudizó más, el estado de sitio hizo evidente una represión aún
mayor que la anterior hasta llegar a la guerra sucia de las desapariciones forzosas en los
años ochenta y noventa.

Intelectuales que en su momento se solidarizaron con la masacre en la Plaza de las Tres


Culturas como Carlos Fuentes, Octavio Paz y muchos otros, en los años posteriores viraron
hacia un discurso menos comprometido, y diríase que fariseo en algunos casos. Algo
similar ocurrió en Colombia. En los dos casos, el Estado cooptó a muchos de aquellos
militantes y jóvenes rebeldes, sino a la mayoría. El desmoronamiento de este ímpetu
rebelde tiene varias explicaciones para el caso colombiano: la marcha de algunos líderes
estudiantiles a las guerrillas, el ocultamiento de algunos en su trabajo profesional, el
traslado de la formación ideológica casi exclusivamente a los escasos programas de

36 Ibid., p. 430.
ciencias sociales y el comportamiento pasivo de la gran masa estudiantil, pese a sus
destellos anarquistas en momentos coyunturales37. Claro que los años setenta son de otro
ímpetu y de cierta variación política, en especial el primer lustro, por lo que habría que
sopesar lo dicho con tanta seguridad.

1968 no fue para México el año de la paz, ni de los transplantes de corazón ni de las
Olimpiadas, tampoco el año que marcó el fin de la guerra de Vietnam, pero si el año de las
revueltas juveniles, según acota Jorge Volpi38. En Colombia podría afirmarse que 1968
tampoco fue el año del cambio de la reforma universitaria o de la desocupación de los
campus universitarios por parte de la fuerza pública.

Los éxitos o fracasos del pasado no se pueden trasladar al presente como una fiel
calcomanía. Si en México no ha faltado quien afirme que el levantamiento zapatista no es
una consecuencia extrema de 1968, sino una purificación y un triunfo extemporáneo del
movimiento estudiantil, y miran el rostro encapuchado de Marcos como si fuera una
especie de Che resucitado, capaz de vengar a los caídos de Tlatelolco casi cuarenta años
después, en Colombia la imagen de Camilo, aunque con menos impacto mediático, cumple
la misma representación. El éxito mediático de Marcos debe ser estudiado en el marco de la
globalización y la búsqueda afanosa de encontrar nuevos héroes para cualquier tipo de fin,
incluyendo los del mercado. Hay que estar de acuerdo con Jorge Volpi cuando dice que
pueda que Marcos haya trastocado la vieja retórica de las guerrillas latinoamericanas con su
carga marxista y revolucionaria, adaptando el principio de la indignación justa para
sociedades tradicionales como la indígena y la mestiza39, pero las consecuencias
revolucionarias de este movimiento aún está por analizarse con toda la carga crítica que
requiere. Lo cierto es que las guerrillas colombianas están muy lejos de parecerse por lo
menos al impacto mediático del comandante, y cada día están más aisladas del contexto
internacional, pero sobre todo de la posibilidad de luchar por una reivindicación más justa e
igualitaria de toda la sociedad colombiana.

37 LEAL BUITRAGO, Francisco, “La frustración política de una generación. La universidad colombiana y la
formación de un movimiento estudiantil, 1958-1967, Op. cit., p. 322.
38 VOLPI, Op. cit., p. 417.
39 Ibid., pp. 426-427.
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