Erase una vez un otoño lluvioso y frío.

Conocí por la mañana a una mujer muy hermosa en un hotel de paso de una ciudad cualquiera. Cruzamos las miradas varias veces en las escaleras y en el ascensor, pues su habitación contigua a la mía. Desprendía un perfume afrutado que me sedujo al instante. Por la tarde, después de la siesta me atreví a acercarme no sin antes presentarme. Hubo un silencio. Miré a sus ojos llenos de deseo, mientras ella, tímida, bajaba su rostro y guardaba su gesto tras una cortina de su cabello. Entonces me atreví a susurrarle: No debes dudar nunca ante el placer, o el placer se burlará de ti si se le antoja. Si lo rechazas, es posible que tarde en volver a insinuarse. Ella sonrío, exhaló un poco de aire, percibí en sus ojos que yo le resultaba atractivo y entró en su habitación cerrando la puerta con un golpe seco y muy sensual, asegurándose de que yo, un desconocido, no me propasara y entrara en la suya. Esa misma noche mi cuerpo estaba tan tenso y anhelante que temí que fuera a estallar: el simple contacto con las sábanas me enardecía y las imágenes que acudían a mi mente me sumergían en un estado de insoportable embriaguez. Tambaleante y sudoroso, me levanté de mi cama, decidido a correr en pos de la causante de mis ardores. Para mi sorpresa, aquella mujer tan atractiva estaba en la puerta, su pelo mojado seguramente recién duchado, envuelta en un fino albornoz del cual se insinuaba sus deliciosas curvas. Me agité, y dí unos pasos hacía ella. Vi como transportaba una bandeja de toda clase de frutas exóticas. Me acerqué a ella, la besé en los labios sin mediar palabra, dando su tiempo para que me rechazara o en cambio, como así fue, me aceptara y me invitara a entrar a su habitación. Desabroche la cuerda de su albornoz, separé delicadamente sus piernas y mis dedos se adentraron en una vulva ardiente y húmeda. Gimió de manera ostensible cuando el placer le anegaba mientras ella apresaba mis dedos con su vagina, me lamía y succionaba con sus contracciones. Ella se apartó de mí sudando y me miró a los ojos. Ella estaba completamente empapada y traspuesta; su cuerpo emitía constantes corrientes de feroz sensualidad y la penumbra de su habitación reforzaba una complicidad preexistente entre nosotros. Me despojé muy lentamente de mi camisa y mi pantalón y, sin dejar de envolverme con su mirada, ella se quitó el albornoz. Me arrodillé ante ella y bajé sus braguitas con dientes y lengua. Mi boca se hundió en su sexo tan vorazmente que parecía que quisiera engullirlo; la recorrí entera sorbiendo sus jugos, escupí mi saliva dentro para recogerla después con la lengua. Lamía su vagina acompasadamente, en un vaivén suave unas veces y violento otras, sin olvidar un solo recoveco. Ella empezaba a contraerse en torno a mi lengua en un intento de

La taladraba lentamente. Cuando mis movimientos se tornaron más perentorios. al derramarse. su coño estaba tan lleno que temí pudiera reventar. . la papilla de higos y uvas adquirió una textura más cremosa. sentí que mi placer llegaba a pasos agigantados y aceleré el ritmo para unirme a ella en el estallido final. Sin parar en mis acometidas. Ella meneaba impaciente las caderas. Cuando mi pene empezó a temblar visiblemente. Me sumé a su placer. por su habitación quedó. disfrazada de árbol frutal. me levanté y la tendí sobre la cama echada de espaldas. me coloqué encima de su pubis e introduje la punta en su vulva. Intensifiqué el frenesí del galope. Mientras. las frutas se desplazaban más en su interior y acariciaba su coño el cual me succionaba como una lengua inmensa y viscosa.atraparla y yo empujaba hasta lo más hondo de sus entrañas. los hombros y los pechos. Entonces una portentosa vorágine sacudió su cuerpo e hizo brincar su coño con violentas contracciones. se mezclaban con su propia humedad y formaban un magma que me lamía y me arrancaba un concierto de sensaciones nuevas y placenteras. La textura de las uvas era agradablemente esponjosa y resbaladiza. al reventar dentro uno por uno. a la mañana siguiente. mi pene trituraba los alimentos con más eficacia y yo arremetía con más fuerza a cada embestida. Luego me senté encima de ella. Tomé un puñado de uvas e higos de la bandeja. la ayudé a incorporarse para que pudiera gozar al ver la penetración. con nuestros cuerpos embadurnados y enroscados como lianas. restregué mis testículos contra sus pechos al tiempo que ella chupaba y pellizcaba suavemente mi prepucio que apuntaba desafiante hacia el norte. ella aceptó encantada y se ensalivó la mano y me masturbó mientras mi polla estaba duro y reluciente de deseo mientras separaba mi piel para mostrar el glande que con el jugo de las cerezas lo teñía de pulpa rojiza. Ambos caímos exhaustos el uno encima del otro. un fuerte olor a frutas maduras. inyectó un líquido caliente en su interior que se unió a su crema. Disfrutábamos contemplando la suave penetración de mi polla. Me vistió mi polla de higos dejando que asomara el prepucio para sentir su roce. Cada vez que mi verga se hincaba un poco más hondamente en su vagina. También los higos. la restregué por todo su cuerpo y le llené la vulva con ella. yo ansiaba clavarme en lo más recóndito de su cuerpo. tomé con ambas manos una parte de la crema viscosa que ya desbordaba de su coño por nuestros muslos y la unté con ella el cuello. Tomé entonces un puñado de higos y le pedí que los engarzara en mi verga. Le retiré la lengua antes de que ella llegara a correrse. y mi leche. hundiendo la polla tan sólo unos milímetros a cada movimiento.

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