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Historiadores Chilenos Frente Al Bicentenario

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Una vision de la historia de Chile
Una vision de la historia de Chile

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Universidad de Concepción

El diario La Tercera de Santiago, en su edición del 6 de diciembre de
2006, editorializa sobre los cambios que se estima necesario introdu-
cir en el mercado del trabajo, destacando las declaraciones hechas por el
ministro de Hacienda Andrés Velasco, luego de viajar a Copenhague en
visita de estudio. Esas declaraciones se referen a las ventajas del modelo
de fexiseguridad danesa en materia laboral. Tal sistema consiste en una
mixtura entre fexibilidad y seguridad, produciéndose una rotación en los
empleos, en mayor grado que en todos los otros países europeos, “pero
con menor desempleo y en que los cesantes reciben una fuerte ayuda es-
tatal para acceder rápidamente a un nuevo puesto de trabajo”, según lo
mencionado por El Mercurio de Santiago en su edición del 8 de diciembre
de 2006. Meses antes un senador socialista, Carlos ominami, había asom-
brado con su crítica al sistema de indemnizaciones por años de servicio,
aduciendo que ellas tenían efectos nocivos para los trabajadores, pues in-
centivaban la desocupación y fomentaban la precariedad de las labores
informales.

Cien años atrás, en los tiempos del centenario, el panorama de las re-
laciones capital-trabajo era muy diferente. Pasado el trauma de la matanza
de Santa María de Iquique, se asistía a un proceso ascendente de sindica-
lismo y partidismo popular, cuyas denuncias y reivindicaciones eran difun-
didas en una frondosa prensa obrera. De doscientas cuarenta sociedades
obreras en la última década del siglo xix, se pasó a cuatrocientas treinta y
tres en 1910. El año anterior se formó la primera gran asociación proleta-
ria del siglo: la Federación obrera de Chile. En 1912 Luis Emilio Recaba-
rren fundó en Iquique el Partido obrero Socialista, que en los comienzos

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de la década siguiente pasó a ser el Partido Comunista de Chile. En 1936 se
estableció la Confederación de Trabajadores de Chile, que fue uno de los
soportes del Frente Popular que llevó al gobierno a Pedro Aguirre Cerda,
apoyando el proceso de industrialización y disminuyendo notoriamente el
número de huelgas. Así se verifcó una simbiosis entre el asociacionismo
obrero y el gobierno, guiada por propósitos compartidos.
Sin embargo, hubo disensiones entre los trabajadores, que pasados
los mediados del siglo, trataron de subsanarse mediante la creación de
la Central única de Trabajadores, encabezada por el mítico líder popular
cristiano Clotario Blest, aunque terminó siendo dominada por los partidos
Comunista y Socialista. La Central única de Trabajadores agrupó “a los tra-
bajadores del cobre, del carbón, del salitre, de la electricidad, del gas, de
industrias metalúrgicas, de textiles y, además, a los empleados públicos”.
Entonces reaparecieron las huelgas y los llamados a paros generales. Pero
los antagonismos no terminaron.

“Entre 1956 y 1970 –afrman Gabriel Salazar y Julio Pinto
en el volumen ii de su libro Historia contemporánea de
Chile– el movimiento gremial atravesó su etapa más po-
litizada y antiestatal, radicalizada por la lucha entre la iz-
quierda y la Democracia Cristiana. Los dirigentes gremiales
de la DC no compartieron los principios revolucionarios y
el marxismo ideológico de la CUT. De hecho, terminaron
separándose de ella en la década del 60, acusándola de ser
un instrumento al servicio de Moscú y de atacar, sin objeti-
vidad alguna, al presidente Eduardo Frei Montalva...”.

Con todo, el movimiento sindical ascendente tuvo su culminación du-
rante los gobiernos de Eduardo Frei Montalva y de Salvador Allende. En el
primero de ellos, se permitió la sindicalización campesina (ley Nº 16.625)
y se dictó la ley Nº 16.640 de Reforma Agraria. Durante la Unidad Popular
se profundizaron estas reformas. El número de trabajadores afliados a sin-
dicatos subió de cerca de trescientos mil en 1965 a más de medio millón
en los años de Salvador Allende y, dentro de ellos, los campesinos sindi-
calizados entre los mismos años pasan de poco más de dos mil a cerca de
quince mil. Sólo en el primer año de gobierno de la Unidad Popular, se ex-
propió casi igual cantidad de predios que en todo el período de Eduardo
Frei M. Además, en el sector manufacturero se creó el Área de Propiedad
Social.

El evidente y fuerte ascenso del factor trabajo fue aplastado por el gol-
pe militar y por la implantación del modelo económico neoliberal a partir
de 1975. El salario real se redujo en más de un 30 % entre 1973 y 1975. El
derecho a huelga quedó prácticamente conculcado, perdiendo los traba-
jadores su poder de negociación; decreció drásticamente el aporte de los
empleadores a la previsión (del 40% en la década del sesenta a menos de
3% en los ochenta). El número de familias en estado de pobreza aumen-
tó del 28% al 44% entre 1970 y 1980, y en 1983 el desempleo alcanzó la
exorbitante cifra de un 26,4%. Según Patricio Meller, el desempleo efecti-

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vo, esto es, incluyendo los programas especiales de empleo público que
reclutaban trabajadores con pagos muy reducidos, alcanzó en 1983 a más
del 30%. Ello en el contexto de una crisis internacional que azotó, una vez
más, muy fuertemente a la economía chilena.
Con el retorno a la democracia, sólo se han revertido parcialmente los
indicadores económicos desfavorables al mundo del trabajo. Algunos en
forma acentuada, como es el caso del desempleo que en 1997 descendió a
6,6%, pero siempre con la amenaza latente y efectiva de nuevos incremen-
tos de los desocupados; de ahí que se haya planteado la tesis del “desem-
pleo estructural”, es decir, que el modelo conlleva necesariamente un mar-
gen de cesantía que se estima aceptable. En cuanto al número de pobres
que bordeaba los cinco millones de personas al término del régimen mili-
tar, descendió a 3.300.000 en 1996; pero cerca de un 25% de la población
continuaba en condiciones de pobreza. Uno de los indicadores negativos
más pertinaces ha sido el de la distribución del ingreso, ubicándose Chile
entre los países del mundo con peor registro en esta materia.
Aunque la rueda de la historia no se detiene, pareciera que es muy
difícil que los asalariados y sus organizaciones recuperen protagonismo.
El peso del actor empresarial se ha instalado como un pedestal cada vez
más vigoroso. En tal circunstancia sólo es dable esperar que en los inters-
ticios que deja la economía triunfante, se encuentren vías para paliar la
iniquidad. Pudiera ser una de éstas la del modelo de fexiseguridad danés,
pero debe considerarse que en Dinamarca existe una fuerte carga impositi-
va, que es la que nuestros empresarios quieren evitar. Puede preguntarse,
además, ¿a qué nivel se consideraría adecuado que se situaran los salarios?
Ya Adam Smith planteaba el concepto de la “tasa natural del trabajo”, que
signifcaba que los patronos no podían pagar salarios por debajo de cier-
to nivel que permitiera la subsistencia del trabajador y de su familia. En
las condiciones socioeconómicas de América Latina y también, dentro de
ella, en nuestro país, mucha gente está más abajo del límite smithiano; son
aquéllos que viven en la indigencia.
En ocasiones, los empresarios manifestan que estarían dispuestos a
subir el precio del trabajo, siempre que contaran con mano de obra capa-
citada. Ello conecta el problema de las relaciones capital-trabajo con el de
la educación, tema que excede el marco de estas breves páginas. Sólo se-
ñalaré, como referencia ilustrativa, que en conversaciones con profesores
de enseñanza básica y media, al preguntarles sobre qué materias estaban
tratando, me han respondido que dada la masividad de los cursos y el
consiguiente alboroto, más que preocuparse de qué materias tenían que
enseñar debían afanarse en tratar de mantener tranquilos a los inquietos
alumnos. La referencia puede parecer exagerada, pero no deja de ser un
refejo de las difíciles condiciones en que se lleva el proceso educativo.
En síntesis, creo que desde la perspectiva de análisis por la que he op-
tado en este escrito, el panorama para el bicentenario no resulta alentador.
Pero cabe la esperanza en la voluntad del cambio, para que, parafraseando
a Gabriel García Márquez, “las estirpes condenadas a cien años de soledad
‘los pobres’ tengan por fn y para siempre una segunda oportunidad sobre
la tierra”.

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Al fnalizar el presente año la presidenta Michelle Bachelet anuncia
una reforma en el sistema de pensiones, mediante la cual, entre otras me-
didas, se establecerá una pensión básica solidaria de $ 60.000 a partir del
1 de julio de 2008, subiendo a $ 75.000 en julio de 2009. El título del pro-
yecto, más específcamente parte de él (solidaria), contribuye a cimentar
las ilusiones de empezar a construir en estos años próximos al bicentena-
rio una sociedad menos individualista y menos polarizada.

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CHILE 1810-2010
ENTRE LA ILUSIóN Y LA FRUSTRACIóN

rené miLLar

Pontifcia Universidad Católica de Chile

Siempre resulta interesante efectuar una refexión histórica a partir de la
conmemoración de algún acontecimiento signifcativo para una comu-
nidad o sociedad determinada. En este caso, se trata nada menos que de la
conmemoración del bicentenario de la independencia de nuestro país.
Cualquier análisis de lo que han signifcado estos doscientos años de
vida independiente debe pasar por un examen de la situación del país a
comienzos del siglo xix. Es decir, debemos tener claro de dónde partimos,
para saber realmente lo que hemos recorrido para llegar al estado en que
nos encontramos.

Deteniéndonos en ese aspecto no podemos perder de vista que duran-
te la época española Chile fue la colonia más pobre del imperio y de hecho
siempre le signifcó a la Corona un alto costo fnanciero. A pesar de que
durante el siglo xviii el país había logrado un cierto crecimiento económi-
co, merced a las exportaciones agropecuarias y mineras, el panorama ge-
neral no experimentó mayores transformaciones, manteniéndose la posi-
ción secundaria respecto al resto de los territorios americanos. El mercado
interno era ínfmo y buena parte del dinamismo dependía de un mercado
externo también muy reducido y circunscrito fundamentalmente a Perú.
El país llegaba a las postrimerías del siglo xviii y comienzos del siglo

xix teniendo una sociedad bastante homogénea, debido en gran medida
a que el grueso de la población indígena había quedado segregada al sur
del Biobío. La sociedad chilena se había consolidado entre La Serena y
Concepción, territorio donde la población aborigen era menos numero-
sa, la que, además, experimentó los efectos negativos del contacto con el
español, que le afectó a través de la transmisión de enfermedades, regíme-

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nes de trabajo y mestizaje. La jerarquización social dependía de la mayor
o menor sangre indígena que se poseyera. La gran masa de la población
estaba constituida por mestizos que se desempeñaban como trabajadores
libres con una remuneración de subsistencia. Había también un pequeño
grupo intermedio de artesanos y medianos propietarios agrícolas. La elite
la integraban los oriundos de la metrópoli y los criollos, en parte, des-
cendientes de los conquistadores o primeros pobladores, no exentos de
sangre indígena. Era un grupo reducido, que centraba su poder en las vin-
culaciones con el aparato administrativo estatal, en la posesión de tierras
y en el comercio. Esas actividades por lo general las desarrollaban simul-
táneamente, lo que les permitía gozar de una gran estabilidad. Además, la
clase dirigente se manejó con habilidad para garantizar la permanencia de
las familias en el tiempo. Buscaron los matrimonios de conveniencia, apro-
vecharon las leyes de sucesión para mantener indivisas las grandes pro-
piedades y coparon la burocracia. Esta elite tenía aspiraciones nobiliarias,
pero en la práctica no pasaba de constituir una aristocracia, preocupada
de blanquear su sangre y dispuesta a obtener ingresos de diversas fuen-
tes, incluso, de actividades poco honorables para la nobleza castellana,
como el comercio. Muchos de sus miembros tenían una buena formación
cultural adquirida en los establecimientos de enseñanza locales o de Pe-
rú, Alto Perú y Río de la Plata. La Independencia le permitió controlar en
su totalidad el poder político y, a diferencia de lo que aconteció en otros
territorios de América, las guerras que la hicieron posible no la afectaron
más que marginalmente.
El proceso de consolidación del nuevo orden político fue breve en
comparación con lo ocurrido en la mayoría de las ex colonias hispanas.
El caudillismo y la revuelta social afectaron el desarrollo en muchas de
aquéllas. En cambio en Chile, la elite, que llevó adelante la emancipación,
logró salir de ese acontecimiento con no muchas heridas. Hubo divisiones
y confictos en su seno, pero no se buscó el exterminio de los adversarios.
El caudillismo y la exaltación doctrinaria se fueron diluyendo ante una ma-
yoría pragmática y conservadora que predominaba en el seno de la clase
dirigente, como ha sido destacado por los autores de todos conocidos.
La elite, mientras por una parte le daba una institucionalidad al nuevo
orden político, por otra, aprovechaba las posibilidades económicas que
brindaba la apertura internacional. El marco institucional que se estructu-
ró, en el fondo lo que hizo fue adaptar el viejo orden colonial a la realidad
de una república independiente sin producir un corte radical y mante-
niendo muchos aspectos del antiguo régimen. Paralelamente, la elite acep-
tó de buena gana la presencia de empresarios y comerciantes extranjeros,
siguiendo por lo demás la tendencia ya tradicional frente a la receptividad
de los europeos. Estos nuevos elementos contribuyeron a darle un gran
impulso al comercio y a la minería, al introducir técnicas y capitales y ser
portadores de un espíritu emprendedor.
Los logros de esas políticas quedaron pronto a la vista. A la vuelta de
pocos años, a mediados del siglo xix, Chile se había transformado en una
república bastante estable, comparativamente con el vecindario, y había
dejado de ser el pariente pobre de la América del Sur. El futuro se veía

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promisorio y los viajeros extranjeros, equivalentes a los actuales periodis-
tas y analistas, ponían de manifesto las bondades del país y el desarrollo
alcanzado. Con todo, las difcultades e insufciencias que subsistían eran
enormes. Desde el punto de vista social, se mantenía una estructura muy
desequilibrada, con una masa enorme de trabajadores agrícolas y mineros
muy pobres y con empleos precarios por su estacionalidad y remunera-
ción. Las condiciones de los trabajadores urbanos, es decir, gañanes o jor-
naleros, no era mucho mejor. Vivían en rancheríos miserables y ganaban
sólo para subsistir. Los artesanos y empleados del comercio y la adminis-
tración eran muy reducidos y con pocas posibilidades de surgir. La apertu-
ra de la economía, si bien favoreció el comercio exterior, que alcanzó gran
dinamismo, ató el desarrollo del país a las fuctuaciones de la economía
internacional, que en la época se caracterizaba por su evolución cíclica,
con períodos de auge, crisis y depresiones. Chile, que vivía de las expor-
taciones de trigo, harina, cobre y plata, se benefciaba de los aumentos de
demanda en los períodos de prosperidad, pero sufría intensamente con
las crisis y consiguiente depresiones.
El éxito en la Guerra del Pacífco, consecuencia en parte de una so-
ciedad relativamente homogénea, con una identidad nacional bastante
defnida, y de una clase dirigente responsable y consciente de su papel,
permitió incorporar al país los ricos territorios salitreros, abriéndole im-
portantes perspectivas de desarrollo. Sin embargo, esas posibilidades sólo
parcialmente pudieron concretarse. El salitre se transformó en el factor
determinante de la actividad económica nacional. Le permitió al Estado
contar con recursos que jamás antes había tenido, con los que se embar-
có en ambiciosas políticas de obras públicas, de modernización estatal y
de servicios públicos, incluidos educación, salud, justicia y defensa, entre
otros. La disponibilidad de divisas se incrementó de manera notoria, por
lo que también aumentó la capacidad de importación. Uno de los proble-
mas fue que el país en su conjunto quedó demasiado dependiente de un
solo producto. Los otros bienes que se exportaban, por diversas razones,
fundamentalmente precios y demanda, quedaron fuera de los mercados
internacionales. Al depender tanto del salitre, la fragilidad de la economía
fue mayor y el impacto de las crisis mundiales y las depresiones ulteriores
fueron mucho más intensas. El hundimiento de las exportaciones agrícolas
afectó a los campos, estimulando la migración a los centros mineros y a las
ciudades, en que tímidamente se iniciaba un proceso de industrialización.
La intensa migración campo-ciudad generó graves problemas de vivienda,
trabajo y salubridad, conformándose una situación social compleja, donde
campeaba la amargura y el resentimiento.
Frente a ese panorama, la clase dirigente, que mantenía incólume su
fortaleza y poder, tuvo difcultades para responder con prontitud a los
nuevos desafíos. En parte esto se debió a que fue perdiendo homogenei-
dad y dejó de tener unidad de propósitos. La división entre conservadores
y liberales adquirió una intensidad tal que afectó la convivencia. Además
se dio una situación paradójica, pues mientras la amplia mayoría de la
población era católica, el gobierno quedó en manos de los liberales, los
que impusieron una legislación laica contraria a los intereses de aquélla

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y de la Iglesia. El otro factor de disenso fue el debate en torno al tipo de
régimen de gobierno que debía tener el país, el que no se pudo zanjar por
la vía institucional, desembocando en la guerra civil de 1891. Un amplio
sector de la clase dirigente creyó que después del triunfo de la coalición
antibalmacedista se iba a poder entrar en una fase de progreso que permi-
tiera aprovechar la riqueza del salitre y la unidad que habían alcanzado las
fuerzas políticas. Al poco, la realidad mostró que ese objetivo tenía nume-
rosos y complejos obstáculos. Pero, a pesar de ello, lo cierto es que para el
centenario el país estaba en una situación esperanzadora y, sin desconocer
las difcultades, aparecía mucho mejor posicionado que muchos países
americanos, diferente, por lo tanto, al panorama de 1810.
Con todo, el balance que varios ensayistas hicieron en torno al cente-
nario fue por lo general muy crítico. La tónica fue la frustración y el repro-
che por el escaso o nulo progreso de las grandes mayorías. Esas opiniones,
que percibían una realidad poco halagüeña, refejaban un determinado
estado de ánimo. Pero no puede obviarse que, en más de un caso, aquellas
apreciaciones estuvieron infuenciadas por una coyuntura negativa, que
condicionó la visión general. En 1907 la economía del país experimentó
una crisis profunda, que dio paso a una depresión que se extendió por
algunos años. Los efectos sociales de la paralización del salitre y de la quie-
bra de numerosas empresas fueron devastadores y envolvieron a la socie-
dad en un manto de pesimismo.
El país, durante el siglo xx, mostrará un comportamiento diferente. La
tendencia ascendente predominante en casi todas las esferas de la vida na-
cional que se dio en el Chile decimonónico, cambiará de signo y lo carac-
terístico serán ahora los avances y retrocesos encadenados que terminarán
por afectar los logros fnales, a tal punto que frente al resto de América, el
país se irá frenando hasta quedar en posiciones muy secundarias, en casi
todos los rubros. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué se produjo esa situación?
¿Cómo se concilia aquello con la positiva imagen internacional que tenía
el país en esos años?

Varios son los factores que explican esa evolución. Para simplifcar el
análisis los agruparemos en político-institucionales, sociales y económi-
cos, aunque con la advertencia de que todos están vinculados, pero no
todos tuvieron la misma signifcación. En el ámbito político-institucional
está una de las claves del escaso progreso relativo que tuvo el país duran-
te el siglo xx. Y en este aspecto mucho se ha responsabilizado al régimen
parlamentario (1891-1924) y no sólo de los problemas de las primeras dé-
cadas de la centuria sino de las posteriores, por haber hipotecado el futuro
desarrollo. En otras palabras, la clase dirigente habría dilapidado la rique-
za salitrera, sin aprovechar sus recursos de manera productiva, mientras
se empecinaba en guerrillas políticas menores que obstruían el despacho
de leyes de trascendencia y derrochaba dinero en las capitales europeas.
Pues bien, como lo han mostrado Carmen Cariola y osvaldo Sunkel en La
historia económica de Chile: dos ensayos y una bibliografía, el salitre
contribuyó de manera signifcativa al desarrollo de la época, aportando re-
cursos para obras públicas en general y ferrocarriles en particular. Gracias
a esos fondos se amplió la cobertura educacional, se construyeron cole-

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gios y establecimientos hospitalarios. La industria salitrera fue un mercado
importante para la industria nacional y sobre todo para la agricultura, muy
afectada por la pérdida de los mercados externos. El comportamiento de
la economía en esas décadas fue más que satisfactorio, como lo refejan los
índices de crecimiento de la producción de los diferentes rubros. Una de
las falencias fue la infación, que en promedio bordeaba el 6% anual y que
afectaba con intensidad sobre todo a las masas trabajadoras urbanas que
no tenían mecanismos para defenderse de las alzas. En materia institucio-
nal, aparentemente el panorama era muy negativo, como podría despren-
derse de la inestabilidad de los gabinetes y la larga tramitación de algunas
iniciativas legales. Pero aquí también hay que considerar otras perspecti-
vas. Tras esa inestabilidad superfcial, el régimen de gobierno mostraba
una gran estabilidad, producto del consenso que predominaba en la clase
política en la mayoría de los temas importantes. Los proyectos que se eter-
nizaban eran los que se referían a esas materias no consensuadas, pero en
las otras, la actividad legislativa fue muy intensa. Por cierto, que todo lo
anterior no signifca que no hubieran problemas y algunos importantes,
como la corrupción en determinados momentos y sobre todo la cuestión
social, que los partidos políticos y la clase dirigente no lograron enfrentar
de buena manera.

El punto de infexión en el desarrollo nacional se produjo con la crisis
mundial de 1930. Ésta tuvo efectos trascendentes en el largo plazo, tanto
por la manera como se actuó en su momento frente a ella, como por lo
que se hizo luego para superar sus efectos. No se puede omitir el dato que
sitúa a Chile como el país en el ámbito mundial que experimentó de ma-
nera más intensa la depresión económica de los años treinta. Esto fue el
resultado de un excesivo dogmatismo doctrinario del gobierno de Carlos
Ibáñez para enfrentar la crisis, que profundizó la contracción del comercio
exterior, generando un colapso de toda la actividad productiva. Al país le
costó más de una década alcanzar los niveles de producción anteriores a la
crisis. Pero además, la magnitud de la catástrofe llevó a amplios sectores de
la clase política a responsabilizar de la situación a las políticas económicas
liberales y al sistema capitalista, al tiempo que veían como única solución
de los males nacionales a un régimen socialista. De esa manera, en Chile
se reproducía el debate que se estaba dando en Europa.
En defnitiva, el país avanzó raudamente en la implementación de po-
líticas socialistas, a instancias de la nueva izquierda marxista, de sectores
socialcristianos y sobre todo del Partido Radical. Las coaliciones de cen-
tro-izquierda, lideradas por los radicales, fueron estructurando un Estado
cada vez con mayores responsabilidades. Para estimular la producción y
el empleo se impusieron políticas proteccionistas. La Corporación de Fo-
mento de la Producción fue el paradigma del nuevo papel del Estado, el
que no sólo fomentaba y estimulaba la iniciativa privada sino que asumía
como empresario propiamente tal. Los créditos al sector productivo gene-
raron altas tasas de infación, como nunca antes se habían conocido. Para
evitar el descontento social se otorgaron reajustes de remuneraciones, que
a veces fueron superiores a la infación, con lo que ésta se estimulaba aún
más, generando un circulo vicioso, que se trataba de romper mediante sis-

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temas de controles de precios y poderes de compra estatales. No faltaron
quienes sostuvieron que la infación era el costo que había que pagar por
la industrialización, es decir, por activar el modelo de sustitución de im-
portaciones, que permitiría superar la fase exportadora de materias primas
y hacer de Chile un país desarrollado. Se pretendía que la economía dejara
de depender de las exportaciones de cobre, que, después de la crisis de
1930, habían ocupado el lugar que antes había tenido el salitre. La prime-
ra década de aplicación de las nuevas políticas mostraron un crecimiento
muy fuerte de la producción industrial, que pasó a ser uno de los sectores
más dinámicos de la economía. No obstante, en los años siguientes hubo
un estancamiento en ese proceso, que llevó a los teóricos del modelo a
sostener que la culpa de esa situación estaba en la agricultura, donde se
mantenían sistemas arcaicos de explotación de la tierra. Mientras no au-
mentara la productividad agrícola y los campesinos no dispusieran de un
poder adquisitivo equivalente a los trabajadores urbanos, la industrializa-
ción y, por lo tanto, el desarrollo no sería posible. Tras estos planteamien-
tos había una fuerte infuencia externa, sobre todo de la revolución cubana
y de la Alianza para el Progreso y también de organismos internacionales,
como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe.
El paso siguiente fue, por lo tanto, la reforma agraria, que no sólo la
pedían los partidos de izquierda sino, también, la Democracia Cristiana,
que le disputó el centro político a los radicales y que la toma como ban-
dera electoral. Era evidente que la agricultura estaba deprimida, pero, en
parte, se explicaba por la falta de incentivos y por los controles de precios,
que resultaban discriminatorios con respecto a lo que acontecía con la
industria. El resultado de estas políticas desarrollistas en cuanto a niveles
de producción, en el largo plazo fue más bien pobre, al extremo que hasta
1973 los índices de crecimiento per cápita eran tan bajos que, de mante-
nerse, el país nunca podría superar el subdesarrollo. Pero, en la medida
que los objetivos que se iban proponiendo no se lograban, la respuesta
era aumentar la intervención del Estado con miras a la construcción de un
sistema socialista, que merced a la planifcación (mejor uso de los recur-
sos y mejor distribución de la riqueza) permitiría mayor progreso y mayor
justicia social. otro hito en el proceso de la estatización de las riquezas lo
constituyó la nacionalización de las empresas de la gran minería de cobre,
que, por estar en manos extranjeras, contó con el apoyo de todas las fuer-
zas políticas.

El régimen de gobierno, instaurado con la Constitución de 1925, con-
tra la opinión de la mayoría de los partidos, tenía un buen funcionamiento
aparente. Después de un período de inestabilidad que se extendió hasta
1932, el nuevo régimen logró consolidarse. La renovación de autoridades
se encausó democráticamente y el sistema electoral se fue perfeccionando
hasta eliminar las distorsiones más relevantes. Lo cierto, es que en deter-
minado momento buena parte de la imagen positiva que tenía el país en
el extranjero estaba asociada al funcionamiento de la democracia, que re-
sultaba ejemplar con respecto al resto de América. Pero en el fondo había
problemas que fueron profundizándose con el tiempo. El régimen presi-
dencial no contemplaba soluciones institucionales a los confictos entre

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los poderes del Estado, lo cual podía producirse con cierta facilidad de-
bido a que no coincidían las elecciones de aquéllos y había una gran frag-
mentación en los partidos, que hacía casi imposible que uno llegara a con-
trolar las cámaras. A lo anterior se agregaba una gran polarización entre las
fuerzas de izquierda y de derecha, que durante bastante tiempo logró ser
atemperada por la acción del Partido Radical, que tenía alrededor del 20%
del electorado, y actúo como centro político, evitando las tensiones. El pa-
norama se complicó cuando los radicales perdieron protagonismo ante la
irrupción del Partido Demócrata Cristiano, el que se negó a desempeñar
el papel de centro político y se defnió como de izquierda, con propuestas
que pretendían quitarle banderas a los partidos marxistas. La consecuen-
cia fue una extrema polarización de la vida política, pues los partidos de
izquierda, para diferenciarse de la Democracia Cristiana, acentuaron sus
postulados, y la derecha hizo lo propio con los suyos al sentirse amenaza-
da. Estas tensiones, que no pudieron zanjarse institucionalmente por falta
de mecanismos apropiados, culminaron en la crisis de 1973.
Pero los primeros dos tercios del siglo xx tuvieron también varios as-
pectos positivos. Quizá el de mayor relevancia tuvo que ver con la conso-
lidación, fortaleza y protagonismo de los sectores medios, que desde la
segunda década del siglo controlaron el poder y se instalaron en la admi-
nistración de un Estado, cada vez más poderoso, que era, a su vez, una
fuente de empleos y factor de desarrollo de los mismos grupos. Asociado
al protagonismo de ese sector social está la educación pública, de gran ni-
vel para la época, que formará los cuadros de empleados y profesionales.
El desarrollo de sectores medios también tuvo una contrapartida, pues los
radicales, que se identifcaban con ella y que tenían en la burocracia estatal
su clientela electoral, se preocuparon de favorecerla mediante reajustes
específcos de remuneraciones y la creación de sistemas previsionales pro-
pios, en desmedro de los obreros y campesinos. Sólo los trabajadores de
las grandes empresas del cobre y en general los agrupados en sindicatos
poderosos fueron los que lograron obtener redes protectoras ante las ini-
quidades del sistema.

Desde la década de 1980 hasta ahora se ha logrado romper esa evolu-
ción cíclica que tenía el país, que pasaba de períodos cortos de prosperi-
dad y optimismo a otros de decadencia y frustración. Nunca en la historia
del Chile independiente el país había gozado de tantos años de crecimien-
to económico casi ininterrumpido. Posiblemente nunca se habían dado,
como ahora, las condiciones para salir efectivamente del subdesarrollo.
Y hacía mucho tiempo que Chile no era visto con admiración en muchas
partes de América y del resto del mundo. Desde mediados del siglo xix que
no ocupaba los primeros lugares entre los países de América en el ámbito
del desarrollo. Todo esto ha sido posible en la medida que se alcanzaron
diversos consensos en la clase dirigente y en los partidos políticos. Dramá-
ticamente, se tomó conciencia de las terribles consecuencias que pueden
provocar las posturas extremistas y los afanes por imponer a la sociedad en
contra de la mayoría, recetas utópicas. El aprendizaje fue duro y a un costo
social y humano demasiado elevado, cuyas heridas costará mucho cerrar.
El gobierno militar y Augusto Pinochet realizaron una revolución muy im-

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Historiadores chilenos frente al bicentenario

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portante en el plano económico y en el de la modernización de las insti-
tuciones y del Estado. Sin embargo, esos logros siempre serán opacados
por los atentados a los derechos humanos, que alcanzaron una dimensión
desconocida en el Chile republicano.
En defnitiva, Chile llega al bicentenario con grandes y promisorias
expectativas que le permitirían dar el gran salto cualitativo al que se aspi-
ra desde hace tanto tiempo. Para lograrlo se requiere, en primer término,
mejorar la calidad y la equidad de la educación. También, deben ejecutarse
diversos procesos modernizadores en el Estado y en otros ámbitos. Y, por
último, es necesario que los consensos no sólo se mantengan sino que se
fortalezcan y amplíen, de tal manera que persista en el tiempo la unidad
de propósitos en lo fundamental, por sobre las discrepancias en lo acce-
sorio.

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HISToRIA DEL TIEMPo PRESENTE:
TIEMPo HISTóRICo, MEMoRIA Y PoLíTICA CoMo
DESAFíoS DISCIPLINARIoS

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