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La Memoria Olvidada. Historia de Los Pueblos Indigenas de Chile

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Vision sobre los indigenas chilenos
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I NTRODUCCIÓN

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MEMORIA OLVIDADA

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MIDEPLAN, ha comprometido su esfuerzo en la difusión de este libro

GOBIERNO DE CHILE
MINISTERIO DE PLANIFICACIÓN Y COOPERACIÓN

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La memoria olvidada. HISTORIA DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS DE CHILE
Compilación del Informe de la Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato

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La memoria olvidada
HISTORIA DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS DE CHILE

José Bengoa
Compilador Subcomité Identidad e Historia Comisión Bicentenario

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CUADERNOS BICENTENARIO
PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA

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MEMORIA OLVIDADA

BENGOA, JOSÉ La memoria olvidada. Historia de los pueblos indígenas de Chile / José Bengoa, compilador Santiago: Publicaciones del Bicentenario, 2004 768 p.; 16 x 26 cm I.S.B.N.: 956-7892-04-0 HISTORIA DE CHILE 983

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Primera edición : noviembre de 2004 I.S.B.N.: 956-7892-04-0 Editor: Arturo Infante Reñasco Edición de textos: Jorgelina Martín Diseño: Patricio Andrade. Impresión: Andros impresores, Santiago de Chile Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información en ninguna forma o medio, sea mecánico, fotoquímico, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo, por escrito de la Secretaría Ejecutiva de la Comisión Bicentenario. Comisión Bicentenario, Presidencia de la República Nueva York 9, piso 17, Santiago de Chile Teléfono: (56-2) 672 9565. Fax: (56-2) 672 9623 Correo electrónico: comision@bicentenario.gov.cl www.bicentenario.gov.cl

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A Armando de Ramón, profesor y amigo, Premio Nacional de Historia y Miembro de la Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato

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ÍNDICE

Prólogo del señor Patricio Aylwin, ex Presidente de la República y presidente de la Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato Presentación del compilador Reconocimientos INTRODUCCIÓN Cronología de la historia indígena Del período anterior a la Conquista a la consolidación de la República de Chile Período de la “asimilación forzosa” La radicación y reducción del pueblo mapuche Período de la “integración frustrada” Fracaso de las políticas de integración PRIMERA PARTE LA LARGA HISTORIA INDÍGENA DE CHILE CAPÍTULO I. LA DOMESTICACIÓN DEL TERRITORIO Nuestros primeros antepasados La formación del Norte Grande Los primeros habitantes de Atacama Tiwanaku Esplendor de los pueblos de los oasis de Atacama y del Loa Los inkas y su influencia hasta la Zona Central Poblaciones del Norte Chico Poblaciones de la Zona Central Los mapuches Poblaciones del extremo Sur Capítulo II. LA DESAPARICIÓN DE LOS INDÍGENAS DE LA ZONA CENTRAL Chile Central al momento de la invasión europea ANEXO 1. WAJONTU MAPU PIKUNCHE (LIMARÍ-BIOBÍO) Frontera Norte del Wajontu Mapu Poblamiento y división territorial del pikunmapu La destrucción de la población del Chile Central

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ANEXO 2. LOS TRASLADOS DE POBLACIÓN Los Pueblos de Indios Defensa y resistencia de los Pueblos de Indios Voces a favor de los indígenas El orden republicano y la nacionalización de los indígenas SEGUNDA PARTE LOS PUEBLOS DEL NORTE Capítulo III. LOS AYMARAS DEL NORTE DE CHILE El inicio del orden colonial: indígenas en la institución de la encomienda Circulación y distribución espacial de los indígenas en el siglo XVII Extirpación de idolatrías y abusos en el siglo XVII El Período Colonial Tardío: los levantamientos anticoloniales andinos del siglo XVIII La independencia y el Período Republicano peruano (1821-1854) El Período Salitrero Las políticas del Estado chileno y la chilenización Políticas del Estado chileno a mediados del siglo XX El impacto de la doctrina de Seguridad Nacional Comunidades aymaras, minería y reajuste en las economías tradicionales Migraciones aymaras en la Región de Tarapacá Situación actual y nuevas demandas ANEXO 3. LA VERDAD DEL PUEBLO AYMARA Capítulo IV. LOS ATACAMEÑOS DE LOS OASIS DEL DESIERTO El dominio español en Atacama Transformaciones en el siglo XVIII Los movimientos de resistencia Atacama y la población atacameña en el proyecto de formación de un Estado nacional boliviano (1825-1879) La economía y sociedad atacameña en el siglo XIX El período salitrero Atacama y el Estado chileno Arrieros, productores y mineros El patrón de integración regional atacameño del siglo XX Una sociedad atacameña translocalizada La cultura atacameña y las industrias culturales La democracia y la nueva legislación indígena durante los ’90 Realidad actual y nuevas demandas Capítulo V. LA COMUNIDAD QUECHUA HABLANTE DE OLLAGÜE El antiguo poblamiento El período colonial La incorporación del territorio al Estado chileno Territorio y control estatal Comunidad quechua de Ollagüe en la actualidad

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Capítulo VI. LOS COLLAS DE LA CORDILLERA DE ATACAMA Los collas de la Cordillera El origen de los collas Migración colla desde el Noroeste argentino a la Cordillera de Atacama Llegada de los collas a la Cordillera de Atacama El territorio ocupado por los collas Los collas y la hacienda Potreros de la Iglesia Conflictos ambientales, territoriales y migraciones collas La lucha por la tierra (1950 a 1973) Los años difíciles Reconocimiento y demandas de las comunidades colla Capítulo VII. LOS DIAGUITAS DE LA QUEBRADA DEL HUASCO Ocupaciones prehispánicas: espacios, recursos y vida social Complejo El Molle El Complejo Las Ánimas La cultura diaguita hasta los albores de la Conquista De la Conquista al siglo XVII El Pueblo de Indios de Huasco Alto: un refugio diaguita Los diaguitas del Huascoalto El territorio huascoaltino La descendencia diaguita TERCERA PARTE EL PUEBLO MAPUCHE Capítulo VIII. CONQUISTA, RESISTENCIA Y PARLAMENTOS La organización social de los antiguos mapuches Invasión, destrucción y transformación La cuestión de los Parlamentos ANEXO 4. EL SISTEMA DE PARLAMENTOS Parlamento de Yumbel Parlamentos de Negrete y Nascimiento Parlamento de Tapihue La sociedad mapuche al finalizar la Colonia Capítulo IX. LA REPÚBLICA Y LA INVASIÓN DE LA ARAUCANÍA Las primeras miradas posteriores a la Independencia La guerra a muerte Las leyes de ciudadanía Educación indígena La inmigración europea La situación económica y su impacto en la ocupación de la Araucanía ANEXO 5. EL PARLAMENTO DE TAPIHUE AL FINALIZAR LA GUERRA A MUERTE La invasión de la Araucanía Las reducciones, la radicación y la entrega de Títulos de Merced La Comisión Radicadora de Indígenas ANEXO 6. EL PROCESO DE RADICACIÓN Tierras y usurpación entre los ríos Biobío y Malleco Las tierras de Arauco Los remates de las tierras mapuches

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La Colonización La radicación Radicación en colonias de indígenas Radicaciones judiciales (1875 a 1882) Radicación con Títulos de Merced (1884-1929) La Comisión Parlamentaria de Colonización Los informes de los Protectores de Indígenas Sobre los abusos cometidos por particulares en contra de los indígenas y la incapacidad de los protectores para defenderlos Propuestas de transformación al protectorado, para hacer más efectiva la acción de los protectores de indígenas Lista de reclamos en las audiencias públicas de la Comisión Parlamentaria XII Capítulo X. LA INTEGRACIÓN FRUSTRADA La usurpación de tierras ANEXO 7. LOS JUZGADOS DE INDIOS Y LA PÉRDIDA DE TIERRAS MAPUCHES El fracaso de la integración División de las comunidades y Propiedad Austral El horizonte de la integración respetuosa Los mapuches y la Reforma Agraria a) El “problema indígena” y las reivindicaciones b) La Reforma Agraria durante la Unidad Popular c) El Golpe de Estado y la Contrarreforma Agraria ANEXO 8. DEVOLUCIÓN Y TRANSFERENCIA DE PREDIOS DESPUÉS DE LA REFORMA AGRARIA La división de las tierras mapuches La lucha por el reconocimiento Capítulo XI. LAS TIERRAS PERDIDAS Títulos de Merced y pérdida de tierras a) Revocación de la radicación con Títulos de Merced b) Superposición de deslindes de fundos colindantes sobre el Tíítulo de Merced, en forma parcial o total c) Pérdida parcial o total de tierras por enajenación de hijuelas en comunidades mapuche divididas Tipología de pérdidas de tierras mapuche en los Títulos de Merced a) División y pérdida de tierras en los Títulos de Merced b) Tipos de ocupantes al interior de los Títulos de Merced Metodología del estudio a) Fuentes cartográficas de roles de propiedad b) Identificación de los propietarios y nombres de los predios c) Identificación de los Títulos de Merced sobre el mosaico predial d) Identificación inicial de los casos de Títulos de Merced con pérdida de tierras e) Análisis de la muestra y discriminación de roles de particulares al interior de un Título de Merced f) Cálculo de superficie del Título de Merced g) Cálculo de la superficie de tierra pérdida en los Títulos de Merced h) Restricciones y potencialidades de la información presentada a) Restricciones del estudio b) Potencialidades del estudio

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Presentación de la información a) Cuadros estadísticos b) Mapa Ficha Resultados del estudio por región, provincias y comunas Cuadros estadísticos Tierras perdidas en los Títulos de Merced por provincia, comuna y número de Título de Merced Capítulo XII. LOS PEHUENCHES DE LA CORDILLERA Los pehuenches durante la Colonia El orden republicano La irrupción del Estado El latifundio y la radicación El régimen de propiedad individual Capítulo XIII. LOS HUILLICHES DE VALDIVIA Y OSORNO El período colonial La Independencia y la desregulación de la propiedad La apropiación de las tierras huilliches: los fundos de particulares y la inmigración La Comisión Radicadora La Ley de Propiedad Austral Las comunidades huilliches: demandas y conflictos de tierras Gobierno militar y segundo período de subdivisión Capítulo XIV. EL TERRITORIO HUILLICHE DE CHILOÉ Los Títulos Realengos La anexión de Chiloé al territorio chileno. La Firma del Tratado de Tantauco y la República Los mecanismos de pérdida de tierras La Ley de Propiedad Austral Las organizaciones mapuche-huilliche y los conflictos por tierras CUARTA PARTE LOS PUEBLOS AUSTRALES Capítulo XV. LOS PUEBLOS CAZADORES DEL SUR LOS AÓNIKENK a) Los primeros contactos con “el hombre blanco” b) La acción del Estado chileno LOS SELK’NAM a) Los primeros contactos con “el hombre blanco” b) La acción del Estado chileno: la colonización del territorio mediante las concesiones ganaderas c) Los resultados de la Misión de San Rafael y la acción de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego d) El colapso demográfico

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Capítulo XVI. LOS PUEBLOS CAONEROS DEL SUR LOS KAWÉSQAR a) Los primeros contactos con “el hombre blanco”. Las relaciones con los gobernadores de Magallanes b) Las relaciones con cazadores de lobos marinos y el tráfico comercial c) El descenso numérico de la población. Las nuevas condiciones de vida en el siglo XX d) El caso de Lautaro Edén e) Las últimas décadas del siglo XX LOS YAGÁN a) Los primeros contactos con “el hombre blanco”. La misión anglicana b) La acción del Estado chileno: la colonización c) El siglo XX y las condiciones actuales del pueblo yagán ANEXO 9. INTERVENCIÓN DEL SEÑOR JUAN CARLOS TONKO PATERITO ANTE LA COMISIÓN DE VERDAD HISTÓRICA Y NUEVO TRATO ACERCA DE LA SITUACIÓN DEL PUEBLO KAWÉSHKAR QUINTA PARTE LOS RAPA NUI DE TEPITO TE HENUA Capítulo XVII. EL PUEBLO RAPA NUI El poblamiento ancestral Los barcos: esclavitud y colapso demográfico Misioneros y primeros colonos europeos (1864-1882) El Acuerdo de voluntades entre el Ariki Atamu Tekena y el Capitán de Corbeta Policarpo Toro Explotación ganadera e inquilinaje Inscripción de la Isla de Pascua en el Registro Conservador de Bienes Raíces La administración de la Armada (1953-1965) a) El lunes fiscal b) La mirada naval de la justicia c) El calabozo de los castigos El Gobierno civil a partir de 1965 La situación a partir de 1990 ANEXO 10. EXPOSICIÓN DEL SR. ALBERTO HOTUS, PRESIDENTE DEL CONSEJO DE ANCIANOS ANTE LA COMISIÓN DE VERDAD HISTÓRICA Y NUEVO TRATO EN SU SESIÓN DEL 28 DE MAYO DEL AÑO 2001 ÍNDICES Y GLOSARIOS ÍNDICE DE CUADROS ÍNDICE DE MAPAS GLOSARIO ONOMÁSTICO GLOSARIO TÉCNICO GLOSARIO DE VOCES INDÍGENAS BIBLIOGRAFÍA BIBLIOGRAFÍA GENERAL COMPLEMENTARIA

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PRÓLOGO Patricio Aylwin
Ex Presidente de la República Presidente de la Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato

El Comité Editorial de la Comisión Bicentenario ha tenido la feliz idea de
incluir entre sus publicaciones el presente libro sobre “LA MEMORIA OLVIDADA. Historia de los Pueblos Indígenas de Chile”, obra que se edita bajo la responsabilidad –con el modesto calificativo de “compilador”– del destacado profesor José Bengoa. Nada más justo y necesario que la inclusión de este trabajo con motivo de la conmemoración del Bicentenario de nuestra independencia. Porque es preocupante, en mi concepto, el poco conocimiento –o mejor dicho, la ignorancia– que prevalece en la sociedad chilena acerca de los pueblos indígenas que forman parte de nuestra nación y ocupan lugar en la historia patria. El presente texto es, en lo substancial, fruto del trabajo realizado por la “Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato de los Pueblos Indígenas” que creó el Presidente de la República en enero de 2001 para asesorarlo “en el conocimiento de la visión de nuestros pueblos indígenas sobre los hechos históricos de nuestro país” y formularle “recomendaciones para una nueva política de Estado que permita avanzar hacia un nuevo trato de la sociedad chilena y su reencuentro con los pueblos originarios”. Tuve el honor de presidir esa Comisión, de la que formaron parte –entre otros destacados especialistas en el tema– los catedráticos José Bengoa Cabello, Armando de Ramón y Lautaro Núñez. Fruto del trabajo de esa Comisión fue el Informe que entregamos a S.E. el Presidente de la República don Ricardo Lagos Escobar, en ceremonia que tuvo lugar en La Moneda el 28 de octubre del año último. Dicho Informe estuvo formado por varios volúmenes, el primero de los cuales versó específicamente, en su Primera Parte, sobre “La Historia de los Pueblos Indígenas de Chile y su relación con el Estado” y en su Segunda Parte, sobre “Propuestas y Recomendaciones para un Nuevo Trato entre el Estado, los pueblos indígenas y la sociedad chilena”. El texto que en esta edición publica la Comisión Bicentenario bajo el acertado título “LA MEMORIA OLVIDADA. Historia de los Pueblos Indígenas

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de Chile” corresponde a la primera parte del referido Informe, cuya redacción el profesor Bengoa ha perfeccionado. La publicación de este trabajo constituye un valioso aporte para que la sociedad chilena conozca la verdad histórica acerca de los pueblos indígenas que forman parte de nuestra patria, lo que por sí solo merece entusiastas felicitaciones. PATRICIO AYLWIN AZÓCAR

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PRESENTACIÓN DEL COMPILADOR José Bengoa
Compilador

Este es un libro colectivo, pero que pretende ser leído como un relato
unitario. Es un libro que incorpora numerosas voces, también diferentes memorias. Por ello se mantienen expresamente muchos temas abiertos o incluso interpretaciones diferentes. Habla de una larga historia, muchas veces olvidada por nuestra sociedad, pero viva en la memoria de los pueblos indígenas de Chile. Este libro es la publicación de una compilación de textos resultantes de los trabajos de la Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato y entregados al Presidente de la República. El presidente de la Comisión, señor Patricio Aylwin Azócar, ex Presidente de la República de Chile, entregó un total de ocho tomos. El primero consistía en el resultado de la Subcomisión de Revisión Histórica, que ha servido de base e hilo conductor al libro que acá presentamos. Para confeccionar este libro se han revisado y editado los textos guardando la fidelidad de los originales. Se han cambiado títulos y subtítulos de modo de hacer un texto más fácil para el lector no especialista. Junto a esta voz proveniente de intelectuales indígenas y no indígenas reunidos en un esfuerzo común, se han adjuntado los resultados de algunos Grupos de Trabajo, en particular aymaras y mapuches, y algunos testimonios, que entregan voces diferentes y en algunos casos opiniones diversas, a partir de un legítimo “nosotros”. Por razones de dimensión del texto no se han podido incorporar más anexos, los que se encuentran en la versión completa del informe. Se ha incorporado un capítulo con los resultados de la investigación que realizó la Comisión de Verdad Histórica sobre los Títulos de Merced entregados por el Estado al Pueblo Mapuche. Se trata de una investigación única en su género y de gran importancia para la comprensión de los fenómenos actuales que ocurren en el sur de Chile. Este libro es una compilación de los conocimientos adquiridos acerca de la historia de los pueblos indígenas de Chile. En muchos casos, el especialista conocerá las fuentes sobre las cuales se han construido los textos.

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Encontrará también temas y asuntos no publicados y quizá una mirada nueva sobre los mismos. En cambio, para un público amplio seguramente será de utilidad en la medida que resume una numerosa bibliografía que se puede consultar al final y conocimientos expuestos por investigadores indígenas y no indígenas, especializados en estos temas. El libro tiene por objeto principal la relación de los Pueblos Indígenas con el Estado. Esta perspectiva central ha impedido incorporar una serie de temas de mucha importancia. Por una parte, ha sido compleja la inserción de la cosmología propia de los Pueblos Indígenas y su particular visión de la historia. En este sentido no se trata de una historia de los indígenas realizada por los propios indígenas, sino una suerte de intento de “historia intercultural”, en la que se produce un encuentro entre las perspectivas indígenas y no indígenas. Por otra parte, una mirada histórica de tan largo plazo, como la adoptada, ha dejado en la sombra una serie de procesos y situaciones recientes, entre ellas la de los “indígenas urbanos”. En este libro no se han podido detallar estos procesos sociológicos actuales y muchos otros. Finalmente este libro no incorpora otros aspectos y trabajos realizados por la Comisión de Verdad Histórica, en particular los referidos a las políticas conocidas como “Nuevo Trato”, las de carácter legislativo o de desarrollo económico social, las que pueden ser consultadas en la versión completa. JOSÉ BENGOA

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RECONOCIMIENTOS

La Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato realizó un enorme trabajo contando con la participación y aporte de una gran cantidad de personas, profesionales, historiadores, intelectuales indígenas y no indígenas, que hicieron finalmente posible, entre otros logros, la obra que aquí presentamos. La Comisión fue presidida por el ex Presidente de la República don Patricio Aylwin Azócar y formada por Antonio Alcafuz Canquil, José Bengoa Cabello, Sandra Berna Martínez, Sergio Contreras Navia, Enrique Correa Ríos, Armando de Ramón Folch, Alberto Hotus Chávez, Francisco Huenchumilla Jaramillo, Aucán Huilcamán Paillama, Carlos Inquiltupa Tito, Felipe Larraín Bascuñán, José Llancapán Calfucura, José Santos Millao Palacios, Sonia Montecino Aguirre, Samuel Palma Manríquez, Carlos Peña González, Ivonne Quispe Osorio, Galvarino Raiman Huilcamán, Ricardo Rivadeneira Monreal, Víctor Caniullán Coliñir, José Quidel Lincoleo y Rosamel Millamán Reinao. El texto principal de este libro proviene de la Primera Parte del Informe presentado al Presidente de la República titulado Historia de los Pueblos Indígenas de Chile y su Relación con el Estado, que contó con la participación de los miembros del Grupo de Trabajo Revisión Histórica, y de una Comisión Redactora, además de otros especialistas en diversas áreas que abarca el tema indígena. Dichas contribuciones se expresaron en la redacción de borradores, formulación de sugerencias y observaciones, en la revisión y corrección exhaustiva de los capítulos que formaron parte del informe y que en este libro se han tratado de transcribir en forma fidedigna, habiendo sido solamente editados y seleccionados para facilitar la lectura de un público amplio. La responsabilidad del texto que aquí se presenta cabe finalmente al compilador. Si bien el trabajo fue colectivo, es preciso señalar y reconocer algunos énfasis y contribuciones específicas. El profesor Lautaro Núñez, Premio Nacional de Historia (2003), junto a la profesora Andrea Seelenfreund, supervisaron y corrigieron el capítulo primero, La domesticación del territorio de Chile. El capítulo segundo, Los Indígenas de Chile Central, fue escrito sobre la base de

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un trabajo preparado especialmente para la Comisión por el profesor Leonardo León Solís. La segunda parte, titulada Los Pueblos Indígenas del Norte, comprende cinco capítulos. El primero de ellos, sobre El Pueblo Aymara, contó con la importante colaboración, tanto en el aporte de contenidos como en la corrección del texto, del profesor Jorge Hidalgo, Premio Nacional de Historia (2004). En la elaboración de los capítulos El Pueblo Atacameño y El Pueblo Quechua, el profesor José Luis Martínez entregó valiosa información y contribuyó en la corrección de sus contenidos; asimismo, el profesor Lautaro Núñez colaboró en la preparación y corrección del texto. Los capítulos El Pueblo Colla y El Pueblo Diaguita fueron confeccionados a partir del trabajo realizado por el geógrafo señor Raúl Molina Otárola. La preparación de la parte referida al Pueblo Mapuche y sus diferentes capítulos se realizó en base a los aportes hechos por los profesores Rosamel Millamán, José Quidel, Víctor Caniullán, Rolf Foerster, Jorge Pinto, Héctor Painequeo, Raúl Molina, Martín Correa, Manuel Muñoz Millalonco y Ana María Olivera. El profesor Jorge Pinto de la Universidad de La Frontera tuvo a su cargo la supervisión de las versiones finales. La elaboración y coordinación del estudio que dio lugar al Informe relativo a la situación de las Tierras y Territorio mapuche, que se presenta en el Capítulo las “Tierras perdidas”, estuvo a cargo del geógrafo Raúl Molina O., quien trabajó junto a Pamela Carvajal, cartógrafa, de mucha experiencia, quien hizo la cartografía digital, Pedro Campos Sarmiento, antropólogo, que hizo el trabajo de terreno, y a los profesionales de la Secretaría Ejecutiva y el equipo de redacción, sobre la base de un estudio inicial realizado por Juan Sebastián Barros. La parte sobre Los Pueblos Indígenas del Extremo Sur y los capítulos que la conforman, Los Aónikenk, Los Selk’nam, Los Yagán, Los Kawésqar, contó con las importantes observaciones obtenidas en el trabajo realizado con los miembros de las organizaciones Kawésqar y Yagán, en sendos encuentros realizados en Punta Arenas y Puerto Williams, en los que participaron y los que fueron sistematizados por los antropólogos Carmen Gloria Godoy y Oscar Mendoza. También se contó con la valiosa cooperación de la profesora Andrea Seelenfreund en la revisión de estos capítulos. La última parte, El Pueblo Rapa Nui, fue redactada por la profesora Andrea Seelenfreund, junto a Alejandra Grifferos (historiadora), Paloma Hucke (antropóloga) y José Miguel Ramírez (arqueólogo), a la que se incorporaron correcciones y observaciones realizadas por el Consejo de Ancianos Rapa Nui. Debemos agradecer al profesor Grant McCall de la Universidad de Gales del Sur, Sidney, Australia, por los documentos que puso a consideración del Informe y que aquí se transcriben. Monseñor Sergio Contreras, integrante de la Comisión, revisó cuidadosamente en particular los capítulos referentes al Pueblo Mapuche. Finalmente, el profesor Armando de Ramón, recientemente fallecido, Premio Nacional de Historia e integrante de la Comisión, revisó y formuló detalladas observaciones al conjunto de los capítulos.

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El Grupo de Revisión Histórica se reunió constantemente y analizó y discutió los textos que se presentan en este libro, los que fueron hechos suyos por la Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato, integrándolos al Informe Final que puso a consideración del Presidente de la República. El grupo estuvo formado por Eugenio Alcamán Toloza: antropólogo e historiador; Margarita Alvarado Pérez: profesora del Instituto de Estética de la Pontificia Universidad Católica de Chile; José Bengoa (Coordinador), profesor de la Escuela de Antropología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano; Martín Correa Cabrera: historiador, investigador en Historia Indígena; Cornelio Chipana Herrera: profesor de Historia y Geografía; Rolf Foerster González: antropólogo, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile; Jorge Hidalgo Lehuedé: etnohistoriador, profesor de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile y Premio Nacional de Historia 2004; Leonardo León Solís: historiador, profesor de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile; José Luis Martínez Cereceda: etnohistoriador, profesor de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile y de la Escuela de Antropología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano; Rosamel Millamán Reinao: antropólogo, profesor de la Carrera de Antropología de la Universidad Católica de Temuco; Raúl Molina Otárola: geógrafo; Manuel Muñoz Millalonco: antropólogo, profesor Universidad ARCIS, Patagonia; Lautaro Núñez Atencio: arqueólogo, profesor del Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Museo Gustavo Le Paige S. J., Universidad Católica del Norte, San Pedro de Atacama, Premio Nacional de Historia 2002; Héctor Painequeo Paillán: profesor del Departamento de Lenguas, Literatura, Comunicación e Investigador del Instituto de Estudios Indígenas de la Universidad de La Frontera; Jorge Pinto Rodríguez: historiador, profesor del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de La Frontera, vicedecano de la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad de La Frontera; Andrea Seelenfreund Hirsch: arqueóloga, profesora de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. La Comisión redactora entrevistó a numerosas personas para conocer su opinión sobre estos tópicos, entre ellos, señores Gonzalo Vial, Armando Marileo, Antonio Alcafuz, Roberto Morales, María Eugenia Queupumil, Teresa Durán, Augusto Nahuelpán, José Manuel Zavala, Carlos Lincomán. Se han adjuntado como anexos los resultados de varios grupos de trabajo. En el caso del Grupo de Trabajo Aymara se contó con la activa participación de: Zenón Alarcón Rodríguez: presidente de la Asociación Indígena Confraternidad de Agrupaciones Folclóricas Andinas de Arica; Carmen Alarcón Rodríguez: presidenta de la Asociación Indígena Aymara para la Salud Aymara Collasuyo; Cornelio Chipana Herrera: profesor de Historia y

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Geografía, Subdirector Nacional CONADI-Norte; Carlos Choque Marino: Programa Orígenes, Reinaldo Elguero Cámara: representante de Ancianos Quechuas Yachay wasi; Carlos Fernández Blanco: ex Consejero Consejo Nacional Aymara de Arica; Emilio Fernández Canque: coordinador Magíster en Educación Intercultural Bilingüe, Universidad de Tarapacá, Arica; Alejandra Flores Carlo: representante Aymara en Ecuador; Aldo García Colque: consultor Minera Cerro Colorado; Joaquín García Choque: presidente Comunidad Indígena Pisiga Centro; Marcela Gómez Mamani: ex presidenta Consejo Nacional Aymara, presidenta Comunidad Indígena de Muyuri; Carlos Inquiltupa Tito: consejero CONADI; Fernando Lázaro Lázaro: Comunidad Indígena Aymara de Camiña; Juan Pablo León: presidente de la Asociación Gremial de Propietarios Andinos (AGPRA), profesor Liceo A-1, Arica; Antonio Mamani Mamani: coordinador Asociación Municipios Rurales; Lino Mamani Vicente: supervisor Fondo de Tierras y Aguas de CONADI-Arica; Fortunato Manzano Manzano: Yatiri, Arica; Wilfor Moscoso Moscoso: presidente Asociación Andina de Deporte y Recreación; Gilda Palape Rojas: dirigenta del Consejo Provincial Aymara (COPRAY); Javier Vilca Ticona: dirigente del Consejo Provincial Aymara (COPRAY) y la Secretaría Ejecutiva estuvo a cargo de Francisca Fernández, antropóloga. La Comisión autónoma de trabajo mapuche, COTAM, reunió a un importante equipo de profesionales y dirigentes en la ciudad de Temuco que produjo un documento que, integrado al Informe Final de la Comisión, fue presentado al Presidente de la República y del cual se presentan algunos capítulos seleccionados en este libro. El trabajo de la COTAM estuvo coordinado por los señores José Quidel, profesor de la Universidad Católica de Temuco; Rosamel Millamán, profesor de la Universidad Católica de Temuco; Víctor Caniullán, machi; Maurico Huenchulaf, ingeniero, y contó con la participación de Jorge Abello Romero, de la Asociación Consejo de Lonkos Pikun Huilli Mapu; Marcial Colín Lincolao, dirigente mapuche de Villarrica; Francisco Chureo Zúñiga, presidente Asociación Indígena Perale Lawen de Makewe; Fernando Huaiquil Paillal, presidente de Consejales y Alcaldes Mapuche IX Región; Manuel Muñoz Millalonco, antropólogo y werken Consejo de Caciques Futaka Huilli Mapu Chiloé; Galvarino Raimán Huilcamán, dirigente del Territorio Negche Malleco; y Santos Reinao Millahual, dirigente de las Comunidades del Área de Desarrollo Indígena del Lago Lleu Lleu, todos ellos integrantes de la COTAM. Se ha compilado en este libro parte del Tomo Segundo referido a Tierras y Territorios cuya primera parte contó con la participación y redacción de los profesionales Jimena Pichinao Huenchuleo, Fresia Mellico Avendaño, Ernesto Huenchulaf Cayuqueo, Raúl Molina Otárola, Martín Correa Cabrera, Nancy Yáñez Fuenzalida, Carole Sinclaire Aguirre y Ximena Navarro Harry. La segunda parte fue realizada en base al trabajo de Raúl Moli-

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na Otárola, Martín Correa Cabrera y Nancy Yáñez Fuenzalida. En el informe de COTAM y en particular en los otros capítulos del Informe que por referirse a otros temas o por razones de espacio no se incluyen en este libro, participaron los profesionales María Salamanca Huenchullán, Ramón Maureira Huircamán, Javier Quidel Cabral, Verónica Núñez Gallardo, Ronny Leiva Salamanca, Noelia Carrasco H., René Montalba N., Héctor Mora N., Aldo Vidal H., Dra. Teresa Durán, Marcelo Berho, Gabriel Llanquinao, Alvaro Ugueño, Loreto Eyzaguirre, Rodrigo Contreras, Patricio Burgos, Juan Miguel Castillo, Ana María Alarcón, Enrique Hauenstein, Rodrigo Lillo, Rosa Huenchulaf, Gloria Melipil, José Araya Cornejo, Victorino Antilef, Beatriz Chocori Huenullanka, Jorge Abello Romero, Eva Barriga, Jorge Hueque, Prosperina Queupuán Ch., Noelia Carrasco, Loreto Eyzaguirresa Benard, Miguel Cheuquemán, Luxciardo Monsalves, Juan Pimentel, Bjorn Seyl y Daniel Stosiek. El estudio “Pueblo Williche de Chiloé” fue ejecutado por el Consejo General de Caciques de Chiloé, y su autoría es del equipo técnico compuesto por Manuel Muñoz Millalonco, Ana María Olivera Fuentes y María del Carmen Espoz L. El trabajo colectivo del Informe de la Comisión de Verdad Histórica presentado al Presidente de la República fue organizado y coordinado por el antropólogo Gerardo Zúñiga N. quien también ha participado activamente en la elaboración y cuidado del libro que aquí presentamos. Una Comisión redactora reunió los borradores, redactó párrafos y finalmente le dio orden a los documentos. En diferentes momentos participaron en ella Claudio Espinoza Araya, antropólogo, quien coordinó la última fase del estudio y preparó los capítulos sobre los mapuches; Cecilia Osorio, profesora de Historia, quien coordinó la primera fase del estudio; Antonio García Quiroga, antropólogo, quien tuvo a su cargo particularmente la redacción de los capítulos pehuenches y huilliches; Carmen Gloria Godoy Ramos, antropóloga, quien tuvo a su cargo especialmente el estudio de los indígenas del norte chico y del extremo sur y participó en la preparación de la Bibliografía y del glosario de voces indígenas que se presenta en este libro; Marie Karolina Núñez Srytr, antropóloga, a cargo de los capítulos sobre el pasado prehispánico y los indígenas del Norte. Colaboraron con este equipo Oscar Mendoza Uriarte, antropólogo; Rebeca Pizarro, profesora de Castellano; Raúl Rupailaf Maichin, técnico en Gestión Pública y Planificación Social; Pedro Wild del Campo, antropólogo; Francisco Castro Arredondo, ingeniero comercial; Nancy Yánez Fuenzalida, abogada, que colaboraron en diversas fases de los estudios. Los planos y la cartografía han sido supervigilados por Raúl Molina Otárola, geógrafo, y la investigación y realización por Pamela Carvajal Dervich, cartógrafa, ambos con larga experiencia en la cartografía indígena de Chile. El apoyo de la secretaría ha sido realizado por Mario Rojas Contreras, programador en Computación; Mónica Asenjo González, secretaria;

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Nancy Vásquez Kaufmann, secretaria; María Mercedes Arredondo Huerta, profesora, secretaria. Finalmente es necesario señalar que el proyecto de este libro fue acogido por el Comité Editorial de la Comisión Bicentenario, el que es presidido por su Secretaria Ejecutiva Patricia Roa y formado por Sonia Montecino, Horacio Salinas, Gutenberg Martínez, Carlos Montes y Arturo Infante, quienes apoyaron la publicación de este texto. La Secretaría Ejecutiva de la Comisión Bicentenario ha dado el apoyo necesario, eficiente y entusiasta para que se publique esta compleja obra. JB
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INTRODUCCIÓN

Esta es una historia olvidada, también, en ciertos casos, negada, no pocas
veces, ocultada: es la memoria olvidada de nuestra sociedad, la historia de los pueblos indígenas de Chile, de los que hoy existen y de los que desaparecieron. Este libro tiene por objeto recuperar esa memoria, aunque sea parcialmente. Cada pueblo indígena, como es evidente, tiene su propia historia. Es una historia que se trasmite de padres a hijos. En ella se da cuenta de los orígenes, de los padres fundadores, de los sucesos míticos que explican la existencia de una sociedad, de una cultura, de un territorio, de la vida humana en esa singular parte del mundo. Kai Kai y Tren Tren, Mama Ojlo y Manco Capac, Hotu Matua, y tantos otros relatos explican el origen del mundo de los humanos de acuerdo a cada tradición ancestral. Las historias de familias, de sucesos, de atropellos y esperanzas, se suceden interminables en noches de recuerdos. Es una historia a la cual los extraños tienen difícil acceso. No solo está la barrera de la lengua, del idioma vernáculo, sino también el modo de narrar la historia, las historias. A veces llegamos a conocer pequeños retazos. Muy distinta es la historia de las relaciones de los pueblos indígenas con las culturas occidentales primero y con el Estado nacional posteriormente. Es la historia de encuentros y desencuentros, de sobrevivencia, resistencia y también de humillaciones y atropellos. Esta historia la podemos reconstruir, mediante la memoria, los documentos, los testimonios arqueológicos, el trabajo paciente de la ciencia, la reflexión, la investigación. A esta historia se refiere este libro, este trabajo que aquí se presenta. La mayor parte de los pueblos indígenas de Chile, que habitaron el territorio de Chile, se desarrolló, asimismo, a lo largo de cientos de años o más, con relativa independencia, unos de otros. En algunos casos hubo contactos, pero en otros, los mismos eran muy lejanos o inexistentes. Isla de Pascua y el pueblo rapa nui, por ejemplo, han tenido seguramente más relaciones con la Polinesia y muy pocas o ninguna con los mapuches del

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Sur de Chile, y estos, por su parte, escasas con aymaras y otros pueblos del Norte del país. ¿Cómo comprender entonces de manera adecuada la historia de todos los pueblos indígenas que habitan el territorio chileno actual? Es sin duda un asunto complejo y el desafío de este trabajo. Existe un largo período de la historia de los pueblos indígenas en el que cada uno se desenvuelve de manera relativamente autónoma. Sin embargo, no es despreciable el conjunto de relaciones ocurridas en tiempos precolombinos entre pueblos vecinos e incluso entre aquellos que vivían a grandes distancias. Aún sabemos muy poco de ello. Será, por lo tanto, el proceso de expansión de la conquista europea el que irá reuniendo y dando sentido genérico a la historia de la mayoría de los pueblos indígenas. Estos pueblos se vieron obligados a reaccionar y enfrentar brutalmente al nuevo actor, situación común y presente en toda América. El accionar de la empresa conquistadora los expondrá a todos, a cada uno de los pueblos y agrupaciones indígenas, a presiones semejantes, tales como: apropiación de territorios, trabajo servil, dominación política, imposición cultural y religiosa. Cada uno de los pueblos responderá de manera diversa a estos procedimientos1. A partir de allí, la historia indígena, cada historia, es inseparable de los factores externos que la determinan. La Conquista es por ende el fenómeno histórico determinante de la historia que tratamos de describir y relatar. No cabe duda de que los pueblos americanos tienen un evidente antes y un después. El período anterior a la Conquista ha quedado en las sombras y no es fácil de rescatar. La arqueología y la etnohistoria nos brindan conocimientos, muchas veces

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La definición, hoy día internacionalmente aceptada, de pueblos indígenas, realizada por el Relator Especial de las Naciones Unidas, señor Martínez Cobo, establece la conquista como un elemento central. Sería ese aspecto el que diferenciaría a los grupos indígenas de otros grupos minoritarios donde no se produjo este fenómeno. La definición es la siguiente: “Son Comunidades, Pueblos y Naciones Indígenas, los que, teniendo una continuidad histórica con las sociedades anteriores a la invasión y precoloniales que se desarrollaron en sus territorios, se consideran distintos de otros sectores de las sociedades que ahora prevalecen en esos territorios o en partes de ellos. Constituyen ahora sectores no dominantes de la sociedad y tienen la determinación de preservar, desarrollar y trasmitir a futuras generaciones sus territorios ancestrales, y su identidad étnica como base de su existencia continuada como Pueblo, de acuerdo con sus propios patrones culturales, sus instituciones sociales y sus sistemas legales”. (E/CN.4 / Sub. 2 / 1986/7/Add. 4, párr. 379) El Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo “Sobre Pueblos Indígenas y Tribales en países independientes” define en el mismo sentido del anterior: “... considerados indígenas por el hecho de descender de poblaciones que habitaban en el país o en una región geográfica a la que pertenece el país en la época de la Conquista o la Colonización o del establecimiento de las actuales fronteras estatales y que, cualquiera sea su situación jurídica, conservan todas sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas o parte de ellas...”. (Convenio 169 OIT. Parte 1. Política General. Artículo 1. Letra b) La ley indígena Nº 19.253, vigente, de 1993, señala en su Art. 1º: “El Estado reconoce que los indígenas de Chile son los descendientes de las agrupaciones humanas que existen en el territorio nacional desde tiempos precolombinos, que conservan manifestaciones étnicas y culturales propias siendo para ellos la tierra el fundamento principal de su existencia y cultura”. (Título 1, De los indígenas sus culturas y comunidades. párr. 1).

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parciales, de los que tratamos de dar cuenta. La vida humana en el continente, y en lo que hoy es Chile, comenzó hace miles de años. Desde los primeros cazadores recolectores que cruzaron las montañas y valles actualmente habitados, hasta los agricultores prósperos que encontraron los españoles al ingresar al territorio, pasaron miles de años. La Conquista constituyó una ruptura violenta. Muchos pueblos desaparecieron, áreas densamente ocupadas quedaron vacías, como la zona central de Chile, otros fueron diezmados, a pesar de lo cual mantuvieron su existencia, defendiéndose, adaptándose, resistiendo y también mezclándose con los recién llegados. Nuevos pueblos nacieron de este profundo cataclismo social. Es el origen, querido o no, aceptado o rechazado, de todos nosotros, los chilenos y los indígenas. La cuestión indígena surge de esta palpable situación histórica. Un pueblo mestizo, compleja combinación de invasores e invadidos, va surgiendo del desencuentro inicial. Al finalizar la Colonia ya es una realidad no solamente demográfica, sino crecientemente consciente de su carácter, ni español, ni indígena. Los indígenas mantienen algunos espacios territoriales, en algunos casos derechos específicos y ciertas características distintivas del resto de la población. Es en ese momento que comienza una segunda etapa de la historia, la Republicana, en la que la relación de los pueblos indígenas se establecerá con el Estado nacional. El territorio de Chile colonial no es exactamente el mismo que existió durante la República2. Fue durante el siglo XIX cuando cambia, se expande y consolida3. En este proceso, el Estado se encuentra con la existencia de numerosos pueblos indígenas que habitaban esos espacios, en los que no se ejercitaba la soberanía de manera efectiva o simplemente no pertenecían a la nación chilena. El actual territorio en que el Estado de Chile ejerce su soberanía se constituye definitivamente apenas en los inicios del siglo XX y se consolida recientemente con el delineamiento definitivo de sus fronteras. Es por ello que la historia de la Conquista y del Período Colonial va a estar mayormente marcada por la relación de los europeos con los mapuches del Centro y Sur del país. La relación entre el Estado y los pueblos indígenas del Norte, de Rapa Nui y del extremo Sur vendrá recién a establecerse a fines del siglo XIX, en el momento en que se consolida el actual territorio nacional, el Chile contemporáneo.
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Recordemos que durante la Conquista y parte de la Colonia el denominado Reyno de Chile abarcaba, por ejemplo, entre otros, los territorios de Cuyo y Tucumán. En este trabajo obviamente no nos hacemos cargo de la situación planteada con los indígenas de esos territorios, quienes posteriormente no formaron parte de la República de Chile. Hay numerosos casos de traslado de indígenas desde la vertiente argentina de la Cordillera al lado chileno, como es el caso de los llamados “indios huarpes”, sobre los que no nos detendremos en este estudio. 3 Uno de los cambios no expansivos más importantes fue el Tratado de Límites con Argentina en 1881, en que parte de la Patagonia pasó a la soberanía argentina.

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A partir de fines del siglo XIX todos los pueblos indígenas que habitaban el territorio nacional ya constituido enfrentarán las mismas políticas estatales y tendrán como interlocutor al mismo Estado. Es en ese momento en que podemos decir que las historias de los diferentes pueblos indígenas empiezan a reconocerse en un relato común, en cuanto van a estar influidas en su desarrollo particular por las acciones y políticas delineadas por el Estado. Se produce entonces una historia que va a ir unificando, paulatina y crecientemente, las diferentes “historias indígenas”, en la medida que se unifica el interlocutor y sus problemas. Podemos hablar con propiedad, a partir de ese momento, de una “historia indígena”, en la medida en que la situemos dentro de las relaciones con el Estado4. Más aún, esto, en el caso de Chile, es parte de una realidad histórica, ya que, a partir de las últimas décadas del siglo XIX, el Estado chileno, altamente centralizado, ha llevado a cabo políticas semejantes y específicas, tanto en el Norte del país como en Isla de Pascua, en el extremo Sur y en el área mapuche, expresando todas ellas una coherencia interna en relación con los intereses y visiones predominantes en cada período. Es por ello que vamos a señalar que todos los pueblos indígenas desde ese momento estarán sometidos a un mismo tipo de acción política estatal y su historia se aunará desde esa situación y punto de vista5. CRONOLOGÍA DE LA HISTORIA INDÍGENA La cronología de la historia indígena de Chile no es necesariamente la misma que la de la historia de Chile. Por cierto, como se ha dicho, se verifica una primera escisión entre el mundo precolombino y el posterior a la Conquista. Hay varios subperíodos en el tiempo colonial, pues hubo diversos tratos y maneras de abordar la cuestión indígena por parte de la Corona española. Se habla en este trabajo de la “Baja Colonia” o período de la conquista, y de la “Alta Colonia”, correspondiente al siglo y medio final del Imperio Español, marcado por una política de carácter más pro4

Por esta razón señalamos que este Informe no es propiamente una historia desde el exclusivo punto de vista indígena. La historia de cada pueblo indígena puede ser construida desde sí misma y no teniendo como eje las relaciones con el Estado, criterio adoptado en este caso y que es central. Un ejemplo de ello son las historias de linajes, de familias, las que el centro está colocado en la propia sociedad y no en sus relaciones externas. 5 Esta construcción de una historia indígena común a los diversos pueblos indígenas de Chile es un proceso abierto y aún lejos de estar concluido. Como se trata de una historia de relaciones, puede haber diversas interpretaciones. En este caso se ha tratado de que la interpretación sea de carácter interétnico, esto es, de un encuentro respetuoso en la interpretación y no una visión unilateral, en este caso de los no indígenas. Por cierto hay otras posibilidades interpretativas. La Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato acogió interpretaciones propias de las actuales dirigencias de los pueblos indígenas, las que se encuentran en los documentos entregados al Presidente de la República y cuyos contenidos se han tratado de incorporar de la mejor y leal manera posible en este trabajo, en algunos casos como capítulos anexos, mostrando de este modo la diversidad interpretativa de un fenómeno tan complejo y de este modo eludiendo una interpretación única y mucho menos oficial.

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tector hacia los indígenas del continente. La independencia de las colonias americanas, y concretamente la de Chile, no fue necesariamente un momento de quiebre profundo para los indígenas y su historia6. Para muchos de ellos nada cambió, por lo que en la cronología seremos cuidadosos en no asimilar los tiempos de la sociedad chilena a los de la sociedad indígena. En el caso del Sur de Chile, la independencia de la Zona Central significó que la guerra entre patriotas y realistas se trasladara hacia allá, en lo que se denominó la “Guerra a Muerte”7. La cronología indígena cambia notablemente a fines del siglo XIX. En ese tiempo se anexan al territorio nacional las provincias del Norte Grande donde habitaban y habitan aymaras, quechuas y atacameños. En el año 1879 comienza la denominada Guerra del Pacífico, la que se extiende hasta el año 1883, firmándose, en el mismo año, el Tratado de Ancón8 con el Perú. En el mismo período, el 9 de septiembre de 1888, se suscribe el “Acuerdo de Voluntades” entre el pueblo rapa nui, liderado por el Ariki Atamu Tekena, y el capitán Policarpo Toro, que tuvo como consecuencia la incorporación de Isla de Pascua al territorio y a la soberanía nacional. En esa misma década se produce el avance expansivo hacia el Sur de las líneas de fronteras establecidas en el río Malleco en el año 1866, concretándose la ocupación completa de la Araucanía por parte del ejército chileno. El 24 de febrero de 1881 es fundado el Fuerte Temuco y el 1 de enero de 1883 se refunda la ciudad de Villarrica. Coincidentemente con estos hechos, en el extremo Sur se inicia la ocupación ganadera de la Patagonia e Isla de Tierra del Fuego, que tendrá efectos desastrosos sobre las poblaciones indígenas que allí habitaban y, en especial, para los pueblos aónikenk y selk’nam. Efectivamente, la primera concesión de tierras a empresas ganaderas se concreta en el año 18859. Es por todo lo
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Fue en la zona central de Chile donde las leyes liberales, dictadas por el joven gobierno republicano, tuvieron mayor impacto. Efectivamente, los denominados Pueblos de Indios fueron desafectados de las políticas proteccionistas de la Corona, por medio de las leyes dictadas en los primeros años de la República. En las décadas siguientes, con ritmos diferenciados, las tierras de esos pueblos fueron siendo adquiridas o simplemente absorbidas por las haciendas circunvecinas. En muchos casos implicó la desaparición de esos poblados y la fusión de sus habitantes mediante el mestizaje. Este tema se trata en el Capítulo “Los indígenas de Chile Central”. 7 Esta materia se trata en la parte del Informe titulada “El pueblo mapuche”, en el Capítulo Primero: Los mapuche en la historia y el presente. Apartado 6.1. “Los primeros años después de la Independencia: entre la valoración y la negación del mapuche”. 8 Dicho tratado dejaba subordinada la situación geopolítica de las ciudades de Arica y Tacna a un plebiscito que debía realizarse en 1893, pero que, sin embargo, nunca se llevó a cabo. Esta situación se prolongó por casi cincuenta años, hasta 1929, cuando Tacna es reincorporada al Perú y Arica queda bajo la soberanía de Chile. Ver: II. Los pueblos indígenas del Norte, Capítulo Primero, El pueblo aymara. Apartado 5.1. “Las primeras políticas del Estado chileno y la chilenización”. 9 Se trata de la Sociedad Werhahn y Cía. a la que se conceden 123 mil hectáreas en Tierra del Fuego, lugar habitado por los selk’nam. Esta materia se trata en la parte correspondiente a Los pueblos indígenas del extremo sur, Capítulo segundo, Los selk’nam. Apartado 3. “La acción del Estado chileno: la colonización del territorio, mediante las concesiones ganaderas”.

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anteriormente expuesto que el segundo gran hito histórico, después de la conquista europea, en la Historia de los pueblos indígenas de Chile, será el proceso expansivo del Estado de fines del siglo XIX. Hasta poco más allá de la primera mitad del siglo XIX, como se ha visto, el territorio ocupado efectivamente por el Estado chileno era muy diferente al del siglo XX. La mayor parte de esos espacios, considerados por el Estado como “baldíos”, estaba habitada por indígenas. La acción expansiva del Estado en esos años fue muy grande. Avanzó hacia el Norte, hacia el Sur y hacia el Pacífico. En todo este proceso no hubo políticas de protección hacia los indígenas que fueran efectivas. Más bien se los consideró como un obstáculo para incorporar económicamente esas nuevas áreas a la economía nacional. Generalmente, como se trataba de zonas muy lejanas, el Estado en su afán de hacer efectiva su soberanía sobre el territorio encomendó a empresas privadas la “explotación” de los recursos naturales y la “civilización” de los indígenas que allí vivían. Esas empresas fueron, en gran medida, las responsables de la cuasi desaparición o exterminio de los habitantes originarios del extremo austral, y del sometimiento del pueblo rapa nui a un régimen que, entre otras cosas, contemplaba su reclusión forzosa, que les impidía el libre desplazamiento por los campos de la isla. No fue muy diferente la política de concesiones desarrollada en vastos territorios de la Araucanía, origen de muchos de los conflictos que perduran hasta hoy. Desde la década de los 80 del siglo XIX, hasta la década de los 30 del siglo XX, se abre un período que hemos denominado de “asimilación forzada”. Se caracteriza por la aplicación de políticas de Estado hacia los pueblos indígenas, con el objetivo de transformarlos en ciudadanos chilenos, bajo un concepto de identidad nacional homogéneo, sin considerar la diversidad cultural existente. En el Norte, la política oficial será conocida como “chilenización”, aplicada compulsivamente en las primeras décadas del siglo XX, debido a los conflictos fronterizos. En el Sur, este período estará en manos la Comisión de Radicación de Indígenas y es cuando se constituirán las “reservaciones” o “reducciones indígenas”, que limitan y fragmentan el territorio que estos ocupaban. En Isla de Pascua se producirán fenómenos semejantes, siendo concentrada la población rapa nui en Hanga Roa, y entregándose el territorio restante en arriendo. En el extremo Sur, frente a la acción depredadora de las así denominadas empresas explotadoras, un gran número de miembros de los pueblos selk’nam y kawésqar fueron trasladados a la Misión de San Rafael en Isla Dawson, con el doble propósito de alejarlos de los “cazadores de indios” e introducirlos en la “vida civilizada”, lo que tuvo trágicas consecuencias. Durante este período muchos observadores creyeron ver el exterminio de los indígenas de Chile. El período que se inicia en las últimas dos décadas del siglo XIX –período de la “asimilación forzada”– tiende a cambiar en los años 30 del

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siglo XX. Allí comienza un largo período caracterizado por las políticas de integración, basadas fundamentalmente en la educación, castellanización y comprensión de los indígenas como campesinos y partes integrantes no diferenciadas de la sociedad y pueblo chilenos. Lo denominamos de “integración frustrada”, porque, a pesar de las intenciones del Estado, los pueblos indígenas no se integraron plenamente, logrando sobrevivir al período anterior, manteniendo su identidad y sus propias características culturales. Con pequeñas diferencias y momentos históricos específicos, esta política se extiende desde 193110 hasta la década del 70, en que se dictan leyes de mucha importancia para algunos –no todos– de los pueblos indígenas de Chile. La Reforma Agraria, en el caso de los mapuches del Sur, va a jugar un papel central en ese período, al igual que la ley relativa a Isla de Pascua11. Durante este largo período del siglo XX hay diversos subperíodos, en algunos de los cuales se reforzarán elementos de integración y, en otros, se impulsarán políticas de fomento, protección e incluso desarrollo. Es por ello que en el texto distinguimos lo que ocurre en los años 30 y 40, caracterizados principalmente por la asimilación; de los años 50 y parte de los 60, signados por el indigenismo, y, fines de los 60 y comienzo del 70, marcados por la Reforma Agraria y los cambios estructurales a que se vio sometido el conjunto de la sociedad chilena y del que no fueron ajenos los pueblos indígenas. Finalmente, incorporamos algunos elementos de la “historia contemporánea”, esto es, desde 1973 en adelante, período caracterizado por diversas relaciones entre el Estado y los pueblos indígenas. La cercanía de estos hechos históricos y su carácter muchas veces confrontacional nos ha conducido a no encerrar la interpretación en un marco excluyente y ser extremadamente prudentes con los juicios emitidos en este Informe, incorporando datos objetivos y abriendo más preguntas que respuestas hacia el futuro. DEL PERÍODO ANTERIOR A LA CONQUISTA A LA CONSOLIDACIÓN DE LA REPÚBLICA DE CHILE Los pueblos indígenas que existen y existieron en Chile son descendientes de los pueblos originarios que habitaron el continente americano. Específicamente en Chile, estos pueblos poseen un pasado de larga duración, su historia es extensa y se remonta a miles de años. Junto con ello, estos
10 La fecha de 1931 corresponde a la dictación de las leyes indígenas, destinadas al pueblo mapuche, que reúne las leyes del año 1927 y leyes de colonización, y que de una u otra forma regularán las relaciones con el Estado durante buena parte del siglo XX. 11 La Ley Nº 16.441 del año 1966, conocida como “Ley Pascua”, crea el Departamento de Isla de Pascua en la provincia de Isla de Pascua, fijando normas para la organización y funcionamiento de diversos servicios públicos y facultando al Presidente de la República para otorgar títulos de dominio en terrenos fiscales urbanos de Rapa Nui a personas naturales. Ver: III. El pueblo rapa nui. Apartado 9. “El Gobierno civil a partir de 1965”.

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primeros habitantes realizaron una apropiación del territorio y una domesticación12 de los recursos naturales, que les permitió vivir en estas tierras desarrollando sociedades y culturas únicas y originales. En este sentido, las organizaciones políticas prehispánicas dan cuenta de su propia historia. Son los “primeros pueblos” constituidos en el territorio que hoy ocupa Chile. En este trabajo se trata de rescatar un eje fundamental de y para la cultura del país: la larga ocupación territorial y la diversidad de sociedades que en estas tierras han vivido13. El segundo momento estudiado considera la invasión europea y la constitución del orden colonial. No cabe duda, siguiendo la metodología anteriormente expuesta, que es el principal hito histórico que provocó un antes y un después en los pueblos indígenas. La Conquista correspondió, como es evidente y sabido, a la expansión económica y política de Europa y, al mismo tiempo, fue vista como un proyecto “civilizatorio” y religioso. La Conquista se realizó por medio de acciones militares de gran violencia, a las que se sumó la introducción de enfermedades infectocontagiosas, frente a las cuales los pueblos americanos carecían de defensas. En este trabajo no hay necesariamente un juicio sobre la Conquista, sino intentos por comprender sus resultados y consecuencias para los pueblos indígenas de Chile. La apertura del debate es más importante que su cierre en una u otra posición. El orden colonial constituido significó la instauración de hecho de un sistema de clases y castas en el que las personas catalogadas como indígenas ocuparon, casi siempre, un lugar de subordinación. Hubo un primer período colonial de gran violencia en el que los indígenas fueron sometidos al servicio de las encomiendas y al trabajo forzado. En la mayoría de los casos ofrecieron resistencia y en algunos, como el mapuche, recuperaron espacios de libertad, aunque vieron constreñidos sus movimientos y debieron acomodarse internamente, manteniendo relaciones políticas con el Estado colonial. En este sentido, es preciso destacar que los pueblos indígenas poco a poco y a medida que avanzaba el proceso colonial, fueron reconocidos como tales. Ejemplos de esto último son los tratados y los parlamentos. Este reconocimiento implicaba la conciencia de la particularidad y diversidad de los habitantes del territorio. Una de las
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Domesticación se refiere, por una parte, al conocimiento sobre las plantas cultivadas, las plantas medicinales y, en general, la nominación de la flora del lugar. En segundo lugar, se refiere a la domesticación propiamente tal de los animales y también al conocimiento detallado y la nominación de la fauna. Finalmente, el concepto amplio de domesticación dice relación con el conjunto del territorio, el cual es nombrado (toponimia), recorrido, conocido, utilizado, en fin, transformado en un espacio donde el ser humano habita y del que se provee. 13 El Capítulo Primero resume el conocimiento que existe hoy en día del largo período de poblamiento del territorio, que actualmente ocupa Chile. A la Comisión le pareció importante afirmar la calidad de “originarios” y “primeros ocupantes” de los actuales pueblos indígenas de Chile.

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características, por tanto, del período colonial tardío –especialmente segunda mitad del siglo XVII y siglo XVIII– es la ambigüedad y contradicción de las políticas: si bien hubo reconocimiento por parte de la Corona, también se produjeron sangrientas represiones de los indígenas como la de Tupac Amaru en el Cuzco, Alto Perú, alcanzando también al Norte de Chile. De esta forma, los pueblos sometidos al control colonial se vieron presionados a reformular muchos elementos de su cultura, lo que les permitió adaptarse e influir sobre las condiciones coloniales. Sus liderazgos, concepciones religiosas, relaciones con el Estado se fueron transformando, considerando las nuevas circunstancias, con el objeto de preservar sus costumbres, memoria, lengua y territorio. Son historias múltiples, profundas y constantemente reinventadas. Los pueblos indígenas, durante el largo período colonial, existieron en una compleja relación de resistencia, adaptación, cambio cultural, reafirmación de sus tradiciones y creatividad. Este trabajo quisiera dar cuenta de estos procesos y no presentar una imagen de “quietismo” e inmovilidad de los pueblos y comunidades indígenas, sino mostrar su carácter creativo y dinámico. Durante la última parte del período colonial las relaciones de la Corona, específicamente en el caso del pueblo mapuche, estuvieron reguladas por los parlamentos. Los acuerdos logrados en ellos por lo general giraron en torno al establecimiento de condiciones de convivencia entre ambos. La estrategia parlamentaria comienza con la suscripción del tratado de Quilín en 1641, en el que se reconoció la frontera del territorio mapuche en el río Biobío y la autonomía de sus habitantes al Sur de dicho deslinde. Las cláusulas del parlamento de Quilín estipularon condiciones de paz, entre el gobierno colonial y las autoridades mapuches, en las que se estableció el reconocimiento del territorio mapuche comprendido entre los ríos Biobío y Toltén, el despoblamiento español de los territorios mapuches ocupados, y, a su vez, el compromiso de los mapuches de no vulnerar la frontera, devolver a los prisioneros y dejar predicar a los misioneros en su territorio14. En este sentido, el tema de los parlamentos tiene una importancia evidente para el debate jurídico actual. Los criollos, descendientes de los conquistadores, nacidos en América, y muchas veces mestizos, se rebelaron y apropiaron del Estado colonial, independizándose de la Corona española, y acometieron la construcción del Estado-Nación. La voluntad fundadora inicial supuso, principalmente, la unificación de la población teniendo como base la ciudadanía jurídica común y la supresión del sistema de castas existente al

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Con posterioridad al de Quilín, se suscribieron varios otros parlamentos, entre los que destacan: Parlamento de Yumbel de 1692; Parlamento de Negrete de 1726; Parlamento de Tapihue de 1774; Parlamento de Negrete de 1803.

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final de la Colonia15. En este contexto, se excluyó en la práctica la participación del indígena en su calidad de tal en el sistema político, no reconociéndosele especificidad16. No obstante, la población que dio vida a la nueva República era mestiza e indígena, y es la base de la actual población del país. A pesar de que hoy los chilenos y chilenas se consideren blancos o blancos mestizos, existe un fuerte componente indígena en su sangre que ha sido obviado en pos de construir e imponer la imagen de una nación homogénea, tanto cultural como étnica y racialmente. Asimismo, se ha definido un momento histórico que engloba lo que se puede llamar la constitución y consolidación del orden republicano. Al respecto, es importante considerar que la ideología de los criollos estuvo dominada por concepciones liberales, que intentaron desarrollar y adaptar al nuevo orden interno. La crítica a los títulos de nobleza y la defensa de la ciudadanía jurídica los llevó también a eliminar los curacazgos o cacicazgos, con lo cual la población autóctona perdió sus representantes, muchas veces aceptados en el orden colonial e incluso reconocidos por el poder dominante. Es necesario hacer notar que Chile se benefició de un proceso fecundo que llevó, en efecto, a la consolidación temprana de las instituciones republicanas, pero la contracara de dicho proceso fue la exclusión y negación de lo indígena. En este período se tendió, además, a considerar y privilegiar los derechos individuales, aunque no para defender a los indígenas, en cuanto tales, sino para facilitar su “inclusión” y la apropiación de sus territorios. Esta política asimilacionista fue especialmente eficaz en la zona central de Chile, donde las leyes de ciudadanía dictadas por la joven República condujeron a la supresión de los Pueblos de Indios, de sus tierras y a la asimilación de sus habitantes. Sin embargo, para el caso mapuche, hacia mediados del siglo XIX se debatió acerca de su reconocimiento en la legislación e incluso se sancionó legalmente la diferencia, discutiéndose en el Parlamento acerca de la ocupación de Arauco y estableciéndose una política y relación específica entre el pueblo mapuche y el Estado. La sociedad chilena durante el siglo XIX se imaginó a sí misma ligada a la cultura europea y trató de establecer fronteras con las raíces indígenas o con los pueblos y culturas indígenas que la rodeaban. De este modo, no
El análisis de la formación del Estado en Chile y la dictación de leyes de ciudadanía en las que se abolía la sociedad de castas y la protección de los indígenas, es un asunto central en la comprensión de la historia de los pueblos indígenas de Chile. Estas leyes se encuentran analizadas en la Tercera Parte del libro, Capítulo IX, las primeras miradas posteriores a la Independencia. 16 Aun cuando gobernantes como Bernardo O’Higgins los incorpora en el discurso fundacional de la chilenidad, especialmente al pueblo mapuche. En 1817, se refería a él como el lustre de la América combatiendo por su libertad. Ver el capítulo señalado en la nota anterior, p. 314 y ss.
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es de extrañar que se desconozca profundamente en esa época la existencia de estos pueblos, se incentive la migración extranjera y se emprendan políticas de concesiones para la explotación extractiva de los recursos naturales ubicados en sus territorios. Un aspecto importante para la construcción de este imaginario nacional no indígena es lo que ocurrió en la Zona Central del país donde los denominados “Pueblos de Indios” fueron absorbidos durante el siglo XIX. La cuestión indígena fue “expulsada” a las “fronteras” del Estado, en la medida que en la zona central no se percibía la existencia de descendientes de esas poblaciones. Durante este período hubo numerosos pueblos indígenas que no estaban aún en el territorio nacional de Chile de ese entonces y con los que el Estado chileno no tenía contactos, como los rapa nui, aymaras, atacameños y otros del Norte del país. Las relaciones con los indígenas del extremo Sur eran muy escasas y solo algunos viajeros señalaban su existencia. Las relaciones se establecían principalmente con los mapuches, tanto con aquellos que aún vivían en “Pueblos de Indios”, en la zona central del país17, como con quienes habitaban hasta ese momento en la región de la Araucanía, zona que mantenía su independencia. PERÍODO DE LA “ASIMILACIÓN FORZOSA” El segundo período que se analiza es el que corresponde a las dos últimas décadas del siglo XIX y las primeras tres del XX, tiempo marcado por la mayor indefensión de los indígenas. Este período se caracteriza por las políticas “liquidacionistas” del Estado y lo hemos denominado de “asimilación forzosa”. Es este el lapso (1881-1931) en que se produce la ocupación de la Araucanía y el sometimiento de los indígenas mapuches a “reservaciones” o “reducciones”. Es el tiempo en que, tras su incorporación a la soberanía chilena, el año 1888, se entregará la Isla de Pascua completa como concesión, primero en 1895, a Enrique Merlet, de origen francés, y luego a la empresa británica Williamson & Balfour, conocida también como la Compañía Explotadora de Isla de Pascua18, que transformó a Rapa Nui en una estancia ovejera, manteniendo a la población pascuense, como ya se mencionó, forzada a habitar solo en el sector de Hanga Roa. Es el tiempo también en que las concesiones entregadas por el Estado a empresas en las tierras australes y especialmente en Tierra del Fuego condujeron a la muerte y desaparición física de pueblos enteros, como sucedió con los selk’nam, frente a lo cual el Estado se mantuvo pasivo.
17 De hecho, las leyes de ciudadanía de los indígenas en las que se les permite “comprar y vender” se aplicaron casi exclusivamente en la zona central del país, en los así llamados “pueblos de indios”. 18 Este período de la historia de la Isla de Pascua está tratado en la Quinta Parte de Tepito te Henua en el subtítulo Explotación ganadera e inquilinaje.

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Este es un caso que podría ser calificado en el lenguaje contemporáneo como de genocidio. Este estudio analiza en detalle y considera este hecho en todo su peso e importancia19. Es el período, además, de la anexión de los territorios del Norte Grande y de la política conocida como de “chilenización forzosa”, la que, referida al caso indígena, tuvo profundas consecuencias. Efectivamente, la “chilenización” fue muy compulsiva, al menos en las primeras tres décadas del siglo XX, y fue aplicada por el gobierno central, el que, por razones geopolíticas, no consideró las diferencias culturales y regionales. Esta tendencia hacia la homogeneización cultural caracterizó las políticas estatales hasta casi finales del siglo XX, implicando ante todo el establecimiento de sólidas estructuras gubernamentales en la región: desde municipios hasta cuarteles de frontera. Asimismo, la sociedad aymara y su economía quedaron afectadas por el sistema de fronteras que generó controles estrictos de la circulación de mercancías y grupos. Para la población aymara, esta parte de la historia en relación con el Estado de Chile se denomina “des-aymarización”, desnaturalización que se valió de la violencia, el amedrentamiento, la intolerancia y la imposición de costumbres ajenas. En ese contexto, además, se produce el auge salitrero, la destrucción de las comunidades tradicionales de los valles, generalizándose el desconocimiento de las especificidades de las comunidades indígenas de esa región. De igual manera, a comienzos del siglo, la presión sobre las comunidades atacameñas condujo prácticamente a la desaparición de la lengua kunza y de varias otras vernáculas. Los atacameños sufrieron, al igual que los otros pueblos indígenas, un largo período de ocultamiento. Es una etapa en la que, en el plano internacional, se dan también procesos semejantes, enmarcados en la expansión del capitalismo mundial sobre tierras, territorios y culturas, hasta ese momento fuera de su alcance. La mayor parte de los observadores de esas primeras décadas del siglo XX consideran que las poblaciones indígenas van a sucumbir ante la presión y, a veces, ante el ataque frontal de que son objeto20. Es lamentablemente el momento en que las diversas historias que en este texto se relatan se unen, de una manera por momentos terrible, en una sola historia, la de las relaciones entre el Estado chileno, la sociedad chilena y los pueblos indígenas de Chile, historia que oscila entre la reducción territorial y el exterminio. Hasta ese momento han sido por lo general historias

19 Ver: Cuarta Parte. Los Pueblos Australes, Capítulo XIV. Los pueblos cazadores del sur. Los selk’nam. El colapso demográfico. 20 En los primeros años del siglo XX hay muchos “estudiosos”, tanto chilenos como extranjeros, que tratan de “rescatar” lo que ellos pensaban eran los últimos vestigios de las culturas indígenas. En el primer caso, don Tomás Guevara escribe Las últimas familias araucanas, el Padre de Moesbach el famoso libro dictado por el cacique Pascual Coña y muchos otros misioneros tratan de dejar escritos los testimonios de esas sociedades sometidas a fuertes presiones externas.

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separadas, independientes unas de otras. A partir de ahora, el Estado tiene una política común que se expresa en Isla de Pascua, en los valles y altiplano chilenos, Tierra del Fuego y la costa de Temuco. El Estado y por ende la sociedad asumen el costo de esas políticas y sus responsabilidades. Es muy importante señalar que las medidas aplicadas a los indígenas durante este período (1881 a 1931) son debatidas en el Congreso nacional, adquiriendo el estatus de leyes de la República, y no son simplemente el resultado de la acción improvisada de aventureros, agentes espontáneos o situaciones incontrolables, que si bien las hubo, siempre estuvieron sujetas a las leyes y a la acción del Estado. Va a ser en esta época, década del 70 y 80 del siglo XIX principalmente, en la que se producirá una grieta insalvable entre la vida chilena, en particular santiaguina, y la forma de vida de los indígenas del Sur de Chile. Se pensaba estereotipadamente a los mapuches, a los ojos evolucionistas de la sociedad criolla, como una “raza” en decadencia, degradada por el alcohol, en definitiva, seres que estaban muy lejos de ser los héroes relatados por Alonso de Ercilla. Se multiplicaban los artículos en la prensa que se referían en estos peyorativos términos a los pobladores de la Araucanía. El país del centro comienza a formarse una imagen distorsionada de los indígenas del Sur, y circula la idea de que los mapuches, además de estar acabados, eran cada vez menos. Comenzó a afirmarse que quedaban muy pocos indígenas en el Sur y que las tierras estaban desocupadas. El país del centro se imaginó algo que no era tal, pero que le servía para justificar la ocupación de la Araucanía y someter a los indígenas al régimen reduccional. Hay un primer momento de la ocupación de la Araucanía, denominado “colonización espontánea”, que consistió en la penetración y ocupación de tierras en territorio mapuche por parte de chilenos, particulares, desde la primera mitad del siglo XIX. Para el caso pehuenche este proceso comenzará antes, ya que la “infiltración chilena” se inicia en 1840 con el ingreso de hacendados, que arriendan pastizales e internan ganado. Esta primera etapa de apropiación efectiva será la base para un posterior y rápido proceso de incautación de tierras mediante compras de carácter fraudulento. En el caso huilliche, esto es al Sur del río Toltén, inmediatamente producida la Independencia se intensifica el proceso de compras de tierras indígenas con el posterior establecimiento de haciendas, situación que ya venía ocurriendo desde la época colonial. Durante la Colonia, sin embargo, existía un estricto control sobre estas compras; el gobernador de Valdivia le encargaba a “los capitanes de amigos”, al “Comisario de naciones”, una serie de trámites destinados a verificar los límites y condiciones de las compras. Sin embargo, a partir de 1820 las normas dejan de respetarse y se ignoran. En vista de esta situación, el Intendente José de Cavareda decide reponer el cargo de Comisarios de Naciones, siguiendo el

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modelo que imperaba durante la Colonia. Estos funcionarios van a entregar entre 1824 y 1848 los denominados Títulos de Comisario a los caciques de la zona, por lo que las familias huilliches no tan solo tendrán la posesión material de algunos de sus predios, sino también el reconocimiento legal del dominio. Un segundo momento de ocupación de las tierras mapuches tiene relación con políticas explícitas del Estado. En 1866 se dictan las primeras leyes de ocupación que, entre otras materias, establecen al territorio mapuche como zona de colonización, declarando sus tierras como fiscales. Con ello se buscaba evitar que estas fueran apropiadas por aventureros y especuladores que no dejaran espacio para la colonización extranjera, objetivo primordial de las autoridades. Los mapuches resisten esta invasión chilena hasta 1881, año en que entran las tropas del ejército chileno. Allí se fundan fuertes, entre ellos Temuco, y se avanza hacia Villarrica. Las ruinas de la antigua ciudad española, arrasada casi trescientos años antes, se habían transformado en un símbolo, tanto para los mapuches como para los chilenos. El descubrimiento de las mismas en medio de un espeso bosque y la nueva fundación de la ciudad que existe actualmente marcaron el final de la campaña. En el caso de la cordillera, donde habitaban los pehuenches, la guerra osciló entre el ejército chileno y también el argentino. En 1880, como consecuencia de la primera fase de la “campaña del desierto” –como se denominó a la acción del ejército argentino respecto a los indígenas del Sur de esa nación– 14.000 indígenas son reducidos, hechos prisioneros o muertos. Muchos se van a refugiar en la cordillera. Después de ocupada la Araucanía, el ejército chileno se dirige al Alto Biobío y construye varios fuertes, con el doble objetivo de, por una parte, consolidar la ocupación del territorio para que los pehuenches no se unieran a la resistencia mapuche en el valle y, de otra, contener la avanzada de tropas argentinas que venía en busca de indígenas fugados. Junto con las tropas llegan a la Araucanía los agrimensores, dirigidos entre otros por el conocido ingeniero Don Teodoro Schmidt. A medida que se va estudiando la real situación de la ocupación de las tierras, se dieron cuenta las autoridades de que no estaban vacías como se pensaba en Santiago. Todo el territorio estaba subdividido entre los caciques y poblado por familias mapuches. La idea de un Sur deshabitado, tejida en el centro del país, era falsa. Los mapuches ocupaban densamente la Araucanía y había una suerte de propiedad establecida, con deslindes bastante claros. Es en este contexto, entonces, donde surge la idea de reducir las tierras indígenas para entregar las sobrantes a remate. A la par, muchas personas, particulares del centro de Chile, vieron una posibilidad cierta de hacerse de tierras en el Sur del país de una manera relativamente fácil. Las leyes de radicación pretendían entregar las

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tierras declaradas fiscales a colonos extranjeros y nacionales, diseñándose un plan para ello. Sin embargo, nada pudo impedir la entrada de inescrupulosos particulares quienes, recurriendo a las más variadas argucias, no dudaron en expulsar y arrebatarles sus tierras a numerosos indígenas. LA RADICACIÓN Y REDUCCIÓN DEL PUEBLO MAPUCHE El proceso de radicación, reducción y entrega de Títulos de Merced, entre los años 1884 y 1929, estuvo acompañado de abusos contra los mapuches y tuvo consecuencias que transformaron de manera profunda a esta sociedad. La reducción significó que los mapuches perdieran la mayor parte de sus tierras, quedando reducidos a cerca de 500 mil hectáreas que el Estado entregó como Títulos de Merced. Por otro lado, la forma de radicar consistió en que la “Comisión Radicadora” encargada del proceso nombrara a un determinado cacique, entregando las tierras y otorgando el Título a su nombre. Junto a dicho cacique ubicaba a otras familias extensas que tenían sus propios caciques o jefes, transformándolas en dependientes del nominado con el Título de Merced. Este hecho provocó un quiebre crítico en la sociedad mapuche, poniéndose en cuestión el orden social imperante hasta ese momento. De esta manera, el Estado chileno rompió con los sistemas de organización internas constitutivos de la sociedad mapuche, los agrupó en forma arbitraria y los obligó a vivir de una forma completamente artificial. Además, el proceder de la Comisión Radicadora fue lento, engorroso y arbitrario. Por ejemplo, la misma establecía que se entregarían en Merced los terrenos ocupados por indígenas, debiendo estos probar la posesión efectiva y continua por lo menos de un año, lo cual implicó, entre otras cosas, el desconocimiento de las tierras de pastoreo. El trabajo de la Comisión era extremadamente lento, por lo que cuando llegaba a un sector, muchas de las tierras mapuches ya habían pasado a manos de particulares, siendo imposible probar la posesión efectiva. En muchas ocasiones se repartieron tierras a particulares, en donde ya se habían radicado mapuches, entregando al particular una parte o la totalidad del Título de Merced, como sucedió en la comunidad Huenucal Ivante de Lonquimay, la que fue expulsada de sus tierras por los “nuevos dueños”, a pesar de haber recibido con anterioridad el Título de Merced. En otros casos, se radicó a mapuches al lado de tierras rematadas y adjudicadas a particulares. La ambición de los colonos poco a poco llevó a las corridas de cerco y a la progresiva usurpación de los Títulos de Merced. Finalmente, la Comisión de Radicación Indígena, en muchas ocasiones, no entregó lo que realmente correspondía en Título de Merced a los mapuches, reduciendo aún más la superficie en su poder. En el caso pehuenche, el Estado no tuvo la capacidad de establecer dominio efectivo sobre las tierras cordilleranas, por lo que solo se limitó a

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verificar las compras por parte de particulares. En muchos casos, el Estado trató de imponer un control mínimo al proceso de colonización. Sin embargo, su acción se vio permanentemente dificultada por la oposición de los particulares amparados por los tribunales. En la zona pehuenche, la enajenación de las propiedades indígenas tuvo distintas maneras de operar. Por ejemplo, en el caso de Trapa Trapa, en 1881, se compraron acciones y derechos de un terreno de dos mil cuadras, en tanto que los deslindes implicados llegaban a cifras superiores a las diez mil cuadras. En otros casos, y como fue una tónica en todo el territorio mapuche, no se concretaba ninguna compraventa, sino que los particulares llegaban y ocupaban terrenos expulsando a los mapuches, expandiendo sus propiedades a la fuerza. Otros casos en la zona pehuenche se relacionan con que después de entregado un Título de Merced, esos mismos terrenos eran puestos a remate a particulares. Por ejemplo, en el valle de Quinquén, las mismas tierras de la comunidad Paulino Hueiquillán, que recibe su Título de Merced en 1906, son entregadas a remate a particulares en 1911. En el caso huilliche, las pérdidas de tierras se relacionan con los mismos mecanismos utilizados en la Araucanía, esto es, compras fraudulentas y apropiación por la fuerza. La Comisión Radicadora comenzó a operar en territorio huilliche recién en 1908, y en declaraciones su presidente señala la dificultad de encontrar terrenos con indígenas, ya que muchas tierras estaban en manos de particulares. Por otro lado, algunos huilliches se niegan a ser radicados pues consideran que serán reducidos a una porción de tierra que no se condice con sus derechos. En total, fueron entregados en territorio huilliche alrededor de 500 Títulos de Merced. En resumen, para el caso mapuche, a partir de 1884 y hasta 1929, actuó la Comisión Radicadora de Indígenas, entregando Títulos de Merced a las comunidades mapuches que quedaron en el territorio ocupado por el Estado chileno. En los territorios de las actuales provincias de Arauco, Biobío, Malleco y Cautín, con una superficie aproximada de cinco millones de hectáreas, se otorgaron 434.063,65 hectáreas, lo que representa un 11,5 % del territorio de estas provincias que en la actualidad forman parte de la VIII y IX regiones. En esta superficie se radicaron 74.534 personas, con un promedio de tierras per cápita de 3.92 hectáreas en las provincias de Arauco, de 8.56 hectáreas en Malleco, de 5.29 hectáreas en Cautín y de 20.73 hectáreas en la provincia del Biobío, promedio este último que se explica por las características de los suelos cordilleranos del Alto Biobío, que tienen mayor superficie por las condiciones ecológicas locales. Como es fácil percibir, la pobreza indígena tiene un origen estatal, en la medida que las tierras entregadas por el Estado eran ya en ese momento insuficientes para permitir una vida relativamente digna.

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RADICACIÓN CON TÍTULOS DE MERCED EN LA ARAUCANÍA ENTRE 1884 Y 1929
PROVINCIA Arauco Biobío Malleco Cautín Total N° RESERVAS 77 6 280 2.038 2.401 SUPERFICIE HA N° PERSONAS PROMEDIO HA/PERS. 9.700,59 16.667,00 80.900,75 326.795,31 434.063,65 2.477 804 9.455 61.798 74.534 3.92 20.73 8.56 5.29 9.62 % TERRITORIO PROVINCIAL 1.79 1.11 6.03 17.72 6.66

Fuente: Archivo de Asuntos Indígenas-CONADI. Ex Indap Dasin. Cuadro elaborado por Héctor González (1986), Propiedad Comunitaria o Individual: Las Leyes Indígenas y el Pueblo Mapuche. Revista Nütram. Año II, N° 3. Santiago. Chile.

En este período también surgieron quejas de parte de los indígenas frente a la acción del Estado y sus políticas. En este trabajo se transcriben las resoluciones y actas de la Comisión Parlamentaria que, constituida por el Senado de la República, viajó al Sur del país a conocer lo que allí estaba ocurriendo. Sus conclusiones no pueden ser más claras y objetivas, y se consignan por la importancia que tienen en tanto documentos oficiales del Estado chileno. Las listas de reclamantes y las causas de sus reclamos constituyen la primera petición masiva de “amparo”. Lamentablemente, los resultados de esa Comisión no fueron eficaces y muchos de los hechos denunciados continuaron ocurriendo en el Sur de Chile y en las otras áreas donde habitaban indígenas21. De este modo, la apropiación del territorio mapuche, primero, y luego la forma en que se llevó a cabo el proceso de radicación y el reparto de las tierras pertenecientes a este pueblo, están en el origen de un conflicto que, a la vez de tener efectos inmediatos sobre la sociedad mapuche de entonces, entrampó hasta nuestros días a numerosas comunidades mapuches en largos litigios con particulares. Frente a estas situaciones, a comienzos del siglo XX comienzan a levantarse, tímidamente al inicio, voces críticas a la política respecto de los indígenas. Ya en los años 30, personalidades de tanta significación cultural como Gabriela Mistral van a asumir la defensa indígena y a criticar ácidamente al Estado de Chile. La presencia de grupos mapuches políticamente activos será un elemento que va a ir poco a poco cerrando este segundo y terrible período de la historia indígena de Chile.
21 Ver: Capítulo IX. La República y la invasión a La Araucanía, subtítulo La Comisión Parlamentaria de Colonización. Allí se transcribe el masivo “recurso de amparo” que las familias mapuches solicitan a los parlamentarios. Es necesario hacer notar que se trata de prácticamente todas las agrupaciones mapuches de comienzos de siglo las que manifiestan sus quejas. La Comisión Parlamentaria de Colonización recibió en su corta vigencia (1911) un total de 563 denuncias y solicitudes de mapuches, que daban cuenta de lo que estaba ocurriendo con las tierras indígenas: “Solicitudes de Amparo en las tierras ocupadas 278; Solicitud de Radicación o Título de Merced 130; Aumento de terreno de la radicación 63; Deslindes con particulares 42; División de la comunidad 23; Exención del pago de contribuciones de haberes 11; Nulidad de escrituras de ventas 10; Remensuras de terrenos 6”. (C.P.C: 1912)

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PERÍODO DE LA “INTEGRACIÓN FRUSTRADA” Las leyes indígenas de carácter liberal del año 1927 y su consolidación en el año 1931 podrían ser consideradas como el final del período que hemos denominado de la “asimilación forzada”. Este nuevo período que se inaugura pretendió integrar a los indígenas a la sociedad, siendo más cuidadoso en no realizar acciones que condujeran a situaciones de “exterminio” físico. Se trata, por ejemplo, del desarrollo de una dinámica de división de las tierras comunitarias en el caso mapuche y de disolver a la población en el mestizaje generalizado. Es también el momento de menor reconocimiento de los derechos colectivos de los pueblos indígenas por el Estado. Es el tiempo denominado de la “integración frustrada”, ya que todas las políticas estatales pretenderán integrar al indígena a la generalidad del pueblo chileno. Esta propuesta política no tiene éxito y a partir de los años 40 comienzan a escucharse nuevas voces de defensa indígena, muchas de ellas ligadas al indigenismo que se ha abierto paso en América Latina. Podría marcarse como una fecha simbólica el año 1941, en que el Presidente de la República, Don Pedro Aguirre Cerda, invita y envía como su delegado a la reunión interamericana de Pátzcuaro en México al joven dirigente mapuche don Venancio Coñoepán Huenchual. En esa reunión se crean el Sistema Indigenista Interamericano y el Instituto Indigenista Interamericano, integrado años más tarde por el Estado chileno. Durante este período la legislación indígena estuvo únicamente orientada hacia el pueblo mapuche, específicamente en lo concerniente a la regulación de la propiedad de las tierras. Es por esta razón que ponemos mayor énfasis en su situación. A partir del período de la radicación, se produjo en forma simultánea el proceso de usurpación de las tierras mapuches otorgadas por el Estado en Títulos de Merced. A fines de la década del 1930, individuos no mapuches llegaron a detentar un quinto de las posesiones mapuches. Esto, evidentemente, desencadenó una serie de movilizaciones de las comunidades, las que demandaron al Estado su protección y la devolución de las tierras así enajenadas. Por ejemplo, en 1929 se habían presentado ante los tribunales 1.219 juicios por recuperación de tierras comunales, es decir, más de un tercio de las reducciones estaba demandando justicia. Las usurpaciones fueron acompañadas por hechos de mucha violencia entre las comunidades indígenas y con propietarios particulares. La presencia del Estado solo alcanzaba a las ciudades, pero en los sectores rurales, especialmente en la zona de frontera, dominaba la ley del más fuerte. Ante la violencia, los mapuches renuevan su capacidad de adaptarse y resistir culturalmente, transformándose así en una sociedad de resistencia que logra su supervivencia conservando un fuerte control cultural sobre sus costumbres, tradiciones, cultos y lengua. Al respecto, en el año 1914 don Manuel Manquilef, presidente de la Sociedad Caupolicán y futuro diputado, señalaba que la puesta en prácti-

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ca de la radicación “ha sido la conquista más pesada y dura: engaños, violencias, asesinatos, quemar rucas e indios”, y que si bien en un principio la Comisión Radicadora respetó los verdaderos territorios mapuches, sobre todo los campos de pastoreo, con los años los ingenieros encargados de las mensuras “... hicieron lo que se les antojó, y arrojaron a los indios de sus tierras para darlas a colonos o rematantes, y al fin se dio por establecido por esta comisión que el indio no podía ocupar más de 3 ó 4 hectáreas...”. A ello agregó que a causa de la pérdida de tierras “... tuvo que morir de hambre el 95 % de las numerosas masas de ganado de que eran dueños antes de radicárseles...”, para finalizar calificando esta situación como “... una burla a la ley, un sarcasmo, un crimen nacional con engaño primero, violencia en las personas y fuerza en las cosas después...”22. Quien así hablaba era diputado del Partido Liberal. Una vez finalizada la radicación, se regula legalmente la división de las comunidades mapuches a través de sucesivos cuerpos legales, entre los que destaca el Decreto Ley 4.111, del 12 de junio de 1931, que establece la creación de cinco Juzgados de Indios. Dichos Juzgados verán las causas de usurpación de tierras, las solicitudes de radicación, autorizarán la división de las comunidades cuando un tercio de sus miembros lo soliciten, y la venta de tierras mapuches. En estas divisiones se encuentra el origen de muchos de los conflictos posteriores que llegan hasta el día de hoy23. Previo a dicho decreto, el 29 de agosto de 1927, se dicta La ley N° 4.169, que crea un Tribunal Especial para proceder a la división de las comunidades indígenas y establece el procedimiento al efecto. Siendo la intención del legislador proceder efectivamente a la división de las comunidades, señala que esta puede ser solicitada por cualquiera de los comuneros. Bajo este marco normativo, su articulado dispone que antes de proceder a la división, el Tribunal deberá restituir la integridad de los terrenos comprendidos en el Título de Merced y en los planos respectivos24. La crítica a estas políticas no se hizo esperar. Al respecto, el respetado dirigente mapuche y profesor don Martín Alonqueo señala que los Jueces de Indios “... no operan de acuerdo con la ley que tiene apariencia protec22 Para mayores antecedentes sobre los dirigentes, programas y proyectos de las organizaciones mapuches ver: Organizaciones, líderes y contiendas mapuches (1900-1970), Rolf Foerster y Sonia Montecino. Editorial CEM. Santiago. 1988. 23 La Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato realizó una investigación acerca de la propiedad actual de las tierras comprendidas en una muestra de 413 Títulos de Merced, cuyos resultados se presentan en el Capítulo XI de este libro. 24 Esta normativa consolida la usurpación particular al interior de los Títulos de Merced, a través de los siguientes mecanismos: dispone que los títulos otorgados por el Estado o reconocidos por este, prevalezcan sobre el Título de Merced; declara que son de utilidad pública y expropiables los terrenos que los particulares deben devolver a indígenas por sentencia judicial; y permite la enajenación de las tierras indígenas, previa autorización del Juzgado de Indios, requisito que con posterioridad también será suprimido. En el estudio de tierras mapuches, aparecerán muchos casos de actuales disputas cuyo origen se encuentra en estas disposiciones.

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cionista, pero que realmente no lo es, porque han sido incapaces de solucionar los problemas mapuches de tierras, favoreciendo siempre a los particulares compradores de acción y derecho...”, para luego agregar que “... La interpretación y aplicación de las leyes a favor de los mapuches, a quienes se quería favorecer, ha sido parcial, contribuyendo en la gestación de injusticias sociales y depresión económica a través de los Juzgados de Indios y Juzgados de Letras de Indios que han hecho la división de las reducciones circunvecinas a Temuco, favoreciendo a los terceros particulares quienes compraron la tierra dividida de los mapuches para transformarlos en peones e inquilinos mendigantes...”. Concluye Alonqueo sentenciando: “...los mapuches han perdido la fe y confianza en la justicia, porque han sido y son víctimas de enormes tramitaciones inútiles y los han empobrecido miserablemente por la acción nefasta de los “rábulas” que pululan alrededor de los juzgados...”25.
DIVISIÓN DE TÍTULOS DE MERCED POR LEYES 4.111 Y 14.511 1931-1971
PROVINCIA N° DE RESERVAS DIVIDIDAS 28 1 156 551 87 9 832 % SUPERFICIE ORIGINAL 5.291.11 366.00 40.484.75 78.550.26 7.773.50 298.10 132.763.72 % SUPERFICIE N° DE HIJUELAS RESULTANTE DE RESULTANTES DE LA REMENSURA LA DIVISIÓN 6.933.63 415.43 47.943.15 81.352.58 6.270.01 280.42 143.195.22 620 23 3.889 7.738 427 40 12.737 PROMEDIO HA/PERS 11.18 18.06 12.33 10.51 14.68 7.01 11.24

Arauco Biobío Malleco Cautín Valdivia Osorno Total

36.4 16.7 55.7 27.0 18.2 22.5 28.5

54.5 2.2 50 24 11 5.5 26

Fuente: Archivo de Asuntos Indígenas –CONADI. Ex Indap Dasin. Cuadro elaborado en base a antecedentes aportados por Héctor González (1986), Propiedad Comunitaria o Individual: Las Leyes Indígenas y el Pueblo Mapuche. Revista Nütram. Año II, N°3. Santiago, Chile.

La división de comunidades permitió que muchos retazos de Títulos de Merced pasaran a manos de particulares. El estudio sobre tierras mapuches muestra que en este proceso se encuentra el origen de numerosos conflictos actuales en el sur de Chile.26 Los Juzgados de Indios, en primer lugar, anularon Títulos de Merced27, en segundo lugar, permitieron la división de las tierras y su poseAlonqueo, Martín. Mapuches ayer-hoy. Imprenta y Editorial San Francisco. Padre Las Casas. Chile. 1985. 26 Se ha realizado un estudio de un total de 413 Títulos de Merced, cuyos resultados se le entregaron en el segundo volumen de la Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato al Presidente de la República y cuyas principales conclusiones aparecen en el capítulo respectivo de este libro. 27 La mayoría de estos títulos corresponden a la zona de Panguipulli, donde particulares concurrieron con documentos señalando que esas tierras eran de su propiedad.
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sión por parte de particulares, disminuyendo de ese modo la cabida de tierras indígenas. La tercera fórmula de reducción de las tierras de los Títulos de Merced fue la usurpación directa que particulares han efectuado superponiendo los deslindes de los fundos vecinos sobre los de los Títulos de Merced. Estas usurpaciones de tierras fueron reclamadas en algunos casos ante los Juzgados de Indios, interponiéndose causas reivindicatorias y de restitución de tierras28. FRACASO DE LAS POLÍTICAS DE INTEGRACIÓN En torno a los años 50 y en particular en los 60, el Estado comienza a desarrollar diversas políticas, la mayor parte de ellas muy erráticas, tendientes también a asimilar a estos pueblos, pero en condiciones de mayor respeto y protección. Este período se diferencia del inmediatamente anterior, en que se trata de políticas de “integración”, frente a políticas de asimilación forzosa y en algunos casos exterminio. La presencia gravitante del movimiento indígena e indigenista, autodenominado “araucano” en el Sur de Chile, de la política de “protección y control” de la Armada de Chile29 sobre la población de Isla de Pascua, la dictación de leyes con objetivos variados de fomento agrícola, las posteriores leyes indígenas y referidas a Pascua en la década del 70, la aplicación de la primera fase de la Reforma Agraria para la integración de los indígenas y los primeros planes de “integración del Altiplano”, son el marco de este período complejo. Los instrumentos y políticas del Estado buscaron la homogeneización cultural de la sociedad chilena y, en este sentido, el desarrollo de las escuelas rurales tuvo como objetivo explícito la imposición del castellano como lengua, la comprensión de una sola historia nacional, una cultura y un tipo de conocimiento básico común a todos los habitantes. Si bien muchas comunidades y pueblos lograron mantener sus propias costumbres, lenguas y especificidades culturales, en muchas otras partes la educación estatal jugó un papel de asimilación y disolución de las diferencias etnoculturales de los habitantes del país. La contradicción de este proceso radica en que al mismo tiempo los Pueblos Indígenas fueron requiriendo mantener sus tradiciones y particularidades para la sobrevivencia cultural y adquirir las herramientas que se les imponían, como la lengua castellana, para conquistar o reclamar sus legítimos derechos de ciudadanía o sobre las tierras, el agua y sus recursos patrimoniales.

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28 El estudio de tierras mapuches da cuenta de la pérdida de 21 Títulos de Merced completos, con una superficie de 2.847,28 hectáreas, debido a la expansión urbana, principalmente de la ciudad de Temuco. 29 Las denuncias acerca de malos tratos a la población rapa nui conduce a que el 3 de diciembre de 1952 se dé término al arriendo de Isla de Pascua y con el Decreto Supremo 1.731 de septiembre de 1953 la misma pasa a ser administrada por la Armada de Chile. Este período dura hasta 1966 en que se dicta una ley especial para Rapa Nui, la Ley 16.411.

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Las políticas denominadas de “integración” no tuvieron los resultados esperados por el Estado y, por el contrario, condujeron a aumentar las contradicciones entre las sociedades indígenas y la sociedad nacional. La migración a las ciudades se incrementó en este período, así como la pauperización de las comunidades y familias que se mantuvieron en los territorios indígenas. No sólo no hubo ni se alcanzó la integración, sino que, por el contrario, se mantuvo y acrecentó una situación de mayor lejanía, discriminación y marginalidad. Relacionado con el proceso de pérdida territorial al interior de los Títulos de Merced, a partir de 1970 el gobierno de Salvador Allende instruyó al Instituto de Desarrollo Indígena la creación de una “Comisión de Restitución de Tierras Usurpadas” para que recuperara las tierras reclamadas por las comunidades mapuches. Dicha Comisión calculaba en ese año que en los Títulos de Merced faltaban entre 100 mil a 150 mil hectáreas, las que se encontraban en poder de particulares u ocupadas por los fundos colindantes. Este período de integración frustrada concluye con la Reforma Agraria, los enfrentamientos campesinos en el Sur del país, la represión habida, los cambios institucionales del año 1973 y sus consecuencias posteriores. Allí comienza el período que denominamos “la historia contemporánea” indígena. En este período hay leyes y decretos leyes dictados a fines de los años 70, en que se estableció la voluntad explícita del Estado de “integrar” con medidas de mucha fuerza a las comunidades indígenas al régimen y cultura nacional. La legislación que determinó la “división de las comunidades indígenas”, en particular las mapuches, corresponde al Decreto Ley 2.568 de 1979, uno de cuyos objetivos consistía en promover el pleno acceso a la propiedad individual mediante la entrega de títulos de dominio. La aplicación de dicho Decreto Ley tuvo como consecuencia la división y liquidación de las comunidades, legitimando la propiedad privada al interior de los Títulos de Merced.
DIVISIÓN DE TÍTULOS DE MERCED EN EL PERÍODO 1979-1986
PROVINCIA N° DE RESERVAS DIVIDIDAS 45 1 87 1.273 305 28 1.739 % SUPERFICIE ORIGINAL 4.233,98 43 14.417 211.676,48 52.500,65 4.978,3 287.849,41 % SUPERFICIE N° DE HIJUELAS RESULTANTE DE RESULTANTES DE LA REMENSURA LA DIVISIÓN 5.388,45 85,07 13.986,28 180.940,04 53.964,83 4.863,54 259.228,21 1.093 21 3.089 38.865 4.848 430 48.346 PROMEDIO HA/PERS 4.93 4.05 4.53 4.66 11.13 11.31 5.36

Arauco Biobío Malleco Cautín Valdivia Osorno Total

58.4 16.7 31.1 62.5 63.9 70 59.6

43.6 0.3 17.8 64.8 74.1 90.1 56.4

Fuente: Archivo de Asuntos Indígenas –CONADI. Ex Indap Dasin. Cuadro elaborado en base a antecedentes aportados por Héctor González (1986), Propiedad Comunitaria o Individual: Las Leyes Indígenas y el Pueblo Mapuche. Revista Nütram. Año II, N° 3. Santiago, Chile.

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Otra expresión de este período fue la creación de “escuelas de concentración fronteriza” en el extremo Norte, cuyo objetivo era la castellanización y “chilenización” de las poblaciones de frontera, en su mayoría de origen indígena. Sumado a ello, el nuevo Código de Aguas (D.F.L. Nº 1.222) del año 1981 afectó profundamente a las comunidades aymaras y atacameñas en cuanto al acceso, manejo y administración de este recurso. Esta situación se agravó porque las presiones del mercado hacia la enajenación de los recursos productivos indígenas, como por ejemplo el agua, hacia los enclaves mineros, fue facilitada por las políticas y legislación vigentes. Todo esto promovió que los particulares y empresas mineras contravinieran los intereses de las comunidades aymaras, atacameñas y quechuas, lo que no solo generó problemas legales, sino también el mantenimiento de las ya precarias condiciones agrarias. Además, respecto del actual manejo del agua, las presiones hacia las comunidades y salares de la región continúan, bajo la venta de agua a las empresas mineras para solventar sus operaciones. Una consecuencia directa es el progresivo desecamiento de vegas y bofedales de la región. En ese mismo contexto surgirán las primeras organizaciones aymaras de carácter urbano, durante los años 80. En lo que respecta al pueblo rapa nui, es en este período que empiezan a reconstituirse formas asociativas y representativas de la población y, en 1983, se crea el Consejo de Ancianos30. En el caso mapuche, son creados los “Centros Culturales Mapuches”, apoyados fuertemente por sectores de la Iglesia Católica. El discurso mapuche cambia de línea, dando nacimiento a un movimiento étnico de larga duración, en cuyo discurso y accionar se observa una fuerte reafirmación étnica. Al contrario de lo que había ocurrido a lo largo del siglo XX, donde la sociedad mapuche había buscado permanentemente vías de comunicación con la sociedad chilena, una “integración respetuosa”, y esta había establecido alianzas con otros movimientos sociales (por ejemplo, durante la Unidad Popular, plegándose al movimiento campesino de la Reforma Agraria), a partir de los 80 los mapuches van a mostrar su diferencia y distancia con los otros movimientos sociales, formando asociaciones y reivindicaciones autónomas. Como se puede ver, las relaciones del Estado por razones históricas y relativamente fáciles de comprender, se dieron principalmente con la población mapuche. El período de la Conquista y Colonia está íntimamente ligado a las relaciones entre los conquistadores y los mapuches, y la historia de Chile se funde con la historia mapuche. En la medida que se van delimitando las fronteras modernas, en que se ocupa efectivamente el territorio del país, comienzan a establecerse
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Ver: Capítulo XVII. Rapa Nui.

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relaciones con otros pueblos indígenas. En muchos casos se produjo una total despreocupación estatal por ellos, sin legislaciones especiales, e incluso sin políticas mínimas de protección, como en el caso del extremo Sur. El Estado hasta la década del 70 solamente incluye a los mapuches en la así denominada cuestión indígena, en las leyes que dicta y en las políticas que desarrolla. Las leyes acerca de la isla de Pascua son un primer paso en la ampliación del concepto y posteriormente en los 70 se hablará en general de los indígenas del país sin mayor claridad sobre sus especificidades. Solamente en los años 90, la legislación y las políticas del Estado abarcarán paulatinamente a todos los pueblos indígenas de Chile, otorgándoles similar categoría. Sin embargo, el proceso está evidentemente inconcluso, entre otras cosas, debido a que la Reforma a la Constitución y el reconocimiento de esta realidad aún no se traduce a nivel de la más alta juridicidad del Estado. Quizá estos años recientes sean los del fin de un largo período de “integración frustrada”. No es fácil señalar siquiera la iniciación de un nuevo período, ya que hay muchos elementos en las políticas estatales que provienen del período anterior y políticas fragmentarias que anuncian la voluntad de relaciones diferentes. Quizá lo más importante no provenga de las políticas del Estado sino al nacimiento de voces, organizaciones y movimientos indígenas, que frente a estas políticas de marcado carácter integracionista comienzan a plantear con fuerza la demanda por “reconocimiento” y afirmación de su carácter específico. Por otra parte, la llamada globalización ha contribuido crecientemente a ver estos temas de una forma totalmente diferente a la de los períodos anteriores. Existe un conjunto de normas internacionales que refuerzan este carácter diferenciado y la cuestión indígena tiene hoy en el campo internacional un estatuto que le es propio. El cambio principal de este período es la “emergencia indígena” no solo en Chile sino en toda América Latina. Nuevos dirigentes indígenas asumen el mando y conducción del proceso y reemplazan a las antiguas voces indigenistas. Surge un nuevo sujeto social, nuevas demandas, nuevos métodos de acción y las políticas integracionistas del Estado se muestran incapaces de dar respuesta a los problemas planteados. Esta parte de la historia se está escribiendo en la actualidad. Este libro da cuenta de estos fenómenos, de los diversos y diferentes pueblos indígenas que habitan el territorio nacional y las relaciones que han tenido y tienen con la sociedad y el Estado. Relatar parte de lo ocurrido es un ejercicio necesario para que algún día podamos hablar de la memoria recuperada.

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PRIMERA PARTE

LA LARGA HISTORIA INDÍGENA DE CHILE
Chile, el territorio que hoy ocupa la Nación chilena, entre mar y cordillera, ha estado habitado por el ser humano durante varios miles de años. Es una larga historia de ocupación territorial. A los primeros habitantes les debemos el descubrimiento de estas tierras, el nombre dado a los animales y plantas, a los cerros, ríos y paisajes. Quienes llegaron de Europa encontraron un territorio domesticado, nombrado e incluso ordenado. El impacto de la Conquista condujo a la desaparición de miles y miles de personas que aquí habitaban. El Valle Central se despobló primero y luego se repobló con personas nacidas del mestizaje, del encuentro, no siempre voluntario, entre conquistados y conquistadores. Al construirse la República, los indígenas del Valle Central habían desaparecido del imaginario nacional, y se los ubicaba, como hasta el día de hoy, en los bordes, en las zonas limítrofes, en las cordilleras del Norte, en la lejanía de la Isla de Pascua o en el Sur fronterizo y lejano de los centros de poder. En esta Primera Parte se relata esta larga historia de ocupación territorial y lo ocurrido en el Valle Central donde se instaló, física y simbólicamente, el poder político republicano.

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CAPÍTULO PRIMERO LA DOMESTICACIÓN DEL TERRITORIO

El territorio del Chile actual ha estado poblado desde tiempos inmemoriales. Hace unos 10.000 años e incluso muchos más, según algunos autores, arribaron desde el Norte grupos de cazadores-recolectores que constituyeron las primeras comunidades a lo largo de la zona comprendida entre la Cordillera de los Andes y el mar. Vestigios de este habitar subsisten desde el desierto, al Norte, hasta la zona austral, los que dan cuenta de su enorme capacidad para ocupar diversas partes del territorio, así como de su movilidad. Ellos son los primeros habitantes de nuestro país. A lo largo de aproximadamente catorce siglos, los descendientes de estos primeros habitantes fueron transformándose poco a poco, diversificándose en culturas y pueblos, constituyéndose en los pueblos indígenas de Chile, aquellos que sobreviven y también los que han desaparecido. Estos pueblos y comunidades domesticaron un territorio salvaje, nombraron los cerros, ríos y paisajes, ocuparon por años y años las tierras donde hoy vivimos. Las primeras poblaciones, probablemente pequeñas, gradualmente aumentaron en densidad, en capacidad tecnológica, en producción agrícola. Los descendientes de esos primeros pueblos, muchos siglos después, tuvieron que enfrentarse a los europeos cuando estos llegaron. La intención de este capítulo es resaltar que existían, en la franja que hoy conforma Chile, muchos siglos antes de la llegada de los colonizadores europeos, distintas culturas, cada una de las cuales poseedora de sus propias formas de desarrollo y dominio de su entorno natural, así como de sus creencias y valores. Esta línea temporal se extiende desde las primeras ocupaciones hasta la actualidad. Esta mirada aspira a ampliar la visión tradicional de una historia que, para algunos, comenzaría recién en el siglo XVI. NUESTROS PRIMEROS ANTEPASADOS31 Los verdaderos y primeros conquistadores de América fueron esos hombres y mujeres, quienes, provenientes del noreste asiático, penetraron en
31 Este capítulo contó con la supervisión del arqueólogo y Premio Nacional de Historia, profesor Lautaro Núñez.

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el continente americano, probablemente siguiendo la emigración de las manadas animales. El estrecho de Bering, en el extremo Norte de América, vinculó a estas poblaciones, originarias de Asia, con el continente a través de una vía terrestre. Esta vía se habría conformado durante la glaciación Wisconsin. Este puente congelado no siempre estuvo disponible, lo que sí se sabe es que fueron al menos tres las posibilidades de ingreso a nuestro continente y en tres tiempos diferentes. Estas comunidades serían las más antiguas del continente americano y nuestros primeros antepasados. Cuando el clima pleistocénico comenzó a mejorar, grupos de cazadores, en reducidas agrupaciones familiares, se desplazaron de Norte a Sur por el territorio americano hasta alcanzar las tierras que hoy comprenden Chile32. Los primeros hombres y mujeres, llamados “paleoindios” por los especialistas, o “los antiguos habitantes” en una nominación libre33, ocuparon distintos escenarios nunca antes habitados, alcanzando la Patagonia alrededor de los 9.000 años a.C. Iban, según se desprende de los antecedentes arqueológicos, tras la caza de milodones, caballos americanos y camélidos antiguos, utilizando distintas armas, entre las que se destacan aquellas con puntas de proyectil llamadas Fell, muy parecidas en su forma a “las colas de pescado”34, debido a que la base que penetra en el dardo presenta esa semejanza. En el territorio árido del Norte, estos “antiguos habitantes” probablemente ocuparon los entornos de lagos de agua dulce, bosques y valles, en espacios donde existían recursos suficientes. En el desierto habitaba, además, un grupo humano antiguo llamado actualmente Tuina, el cual vivía en cuevas –buen refugio natural–, iniciándose así el poblamiento alrededor de los 9.000 años a.C. Más hacia el Sur, otros cazadores antiguos dejaron sus huellas en tres sitios arqueológicos representativos: Quereo, territorio semiárido cercano a Los Vilos; Taguatagua, lugar fértil de la Zona Central en el valle del Cachapoal, donde había una gran laguna; y Monte Verde, cerca de Puerto Montt. Este último sector da cuenta de una larga ocupación indígena y conocimiento del territorio, con una datación probable de 33.000 años35:

32 Núñez, Lautaro. “Los primeros pobladores (20.000 ? a 9.000 a.C.)”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.), pp. 13-31. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1989. p. 13. 33 Como es bien sabido, el término “indios” proviene del equívoco de Cristóbal Colón, quien buscaba y creyó encontrar “las Indias”. El término “prehistóricos”, por otra parte, supone que la “Historia” comenzó con el arribo de los europeos, por lo tanto no lo utilizaremos. 34 Bird, Junius. “Antiquity and migration on the early inhabitants of Patagonia”. Geographical Review 281. New York. 1938. 35 Ardila, G. y G. Politis. “Nuevos datos para un viejo problema: investigación y discusiones en torno del poblamiento de América del Sur”. Boletín del Museo del Oro N° 23, pp. 3-45. 1989.

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El sitio arqueológico Monte Verde entrega una de las fechas más tempranas de nuestro continente y evidencia la gran antigüedad de la presencia humana en América. Sus datas radiocarbónicas demuestran que en esta época ya existían en el Sur de Chile pequeños grupos humanos viviendo perfectamente adaptados36.

Sobre el primer sitio, Quereo, en la costa cercana a Los Vilos, el nivel más antiguo, designado I por los arqueólogos, se remonta aproximadamente a los 10.000 años a.C. Presenta evidencias de origen humano, asociadas a la caza de caballos americanos. Las condiciones de aridez, al término del Pleistoceno, habrían acelerado la explotación de mamíferos de grandes proporciones37 en el nivel Quereo II38. 9.000 años a.C., y en relación con el segundo sitio, “... las ocupaciones paleoindias se relacionan estrechamente con labores de caza especializada de megamamíferos...”39, vinculadas a artefactos líticos, como la punta de proyectil del tipo Fell, usados en el extremo Sur y Centro de Chile para cazar y faenar mastodontes. En el tercer sitio, ubicado en el extremo más meridional, las familias paleoindias suman a la caza del mastodonte –elefante americano– la explotación de recursos vegetales que implican readaptaciones al singular bosque húmedo austral40. Las fechas de 12.500 años a.p. de Monte Verde II dan cuenta de un grupo de personas que no eran solo cazadores de megafauna, sino que conocían ampliamente el territorio, explotaban una veintena de plantas distintas, con propiedades medicinales, características conocidas actualmente, además de la recolección de papas, el aprovechamiento de los entornos marinos –algas– y cordilleranos41. En la Patagonia existen evidencias de presencia humana desde al menos 12.000 años antes del presente (a.p.), en sitios como la cueva Los Toldos, Lago Sofía (11.500), Tres Arroyos (11.800) y Fell, cuyos niveles más profundos y, por tanto, más antiguos, dan cuenta de una ocupación ocurrida hacia los 11.000 a.p.
36 Adovasio, J. y D. R. Pedler. “Monte Verde and the antiquity of humankind in the Americas”. Antiquity N° 71. 1997. p. 573. Estos hallazgos se deben al trabajo del arqueólogo Tom Dillehay, 37 Llamados megafauna o megamamíferos, entre los que el más famoso es el elefante o mastodonte, grandes caballos americanos que después desaparecieron, ciervos de enormes dimensiones, el ya conocido milodón y otros animales de ese período. 38 Núñez, Lautaro, Juan Varela, Rodolfo Casamiquela y Carolina Villagrán. “Reconstrucción multidisciplinaria de la ocupación prehistórica de Quereo, centro de Chile”, pp. 99-118. Latin American Antiquity. Vol. 5. Nº 2. The Society American Archaeology. USA. 1994. p. 99. 39 Núñez, Lautaro, Juan Varela, Rodolfo Casamiquela, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer y Carolina Villagrán. “Cuenca de Taguatagua en Chile: El ambiente del Pleistoceno y ocupaciones humanas”. Separata de la Revista Chilena de Historia Natural, pp. 503-519. Vol. 67. Nº 4. Sociedad de Biología de Chile. Santiago. 1994. p. 504, 513. 40 Núñez, Lautaro. “Los primeros pobladores...”, op. cit. p. 28. Tom Dillehay. “Monte Verde: aporte al conocimiento del paleoindio en el extremo sur”. Gaceta arqueológica andina 1 (4-5). 1982. Lima. 41 Dillehay, Tom. The Settlement of the Americas. A New Prehistory. Basic Books. 2000.

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Hacia fines de los años 10.000 –fines del Pleistoceno–, pequeñas agrupaciones de hombres y mujeres habitaban el territorio y explotaban una amplia gama de recursos y paisajes. En el Holoceno temprano, por el aumento de la temperatura y humedad, se observa una mayor diversificación del aprovechamiento de ambientes, recursos y hábitat como bosques templados, bosques húmedos y zonas costeras, que trajo aparejados una proliferación de tecnologías locales y cambios culturales acelerados; aumento demográfico, crecimiento del tamaño de los grupos y un incremento de la densidad de las poblaciones. Con ello, se sientan las bases de la diversidad cultural que se desarrollará posteriormente durante el período denominado Arcaico. A partir de este período y durante varios miles de años, comienza a producirse una gradual diversificación de las poblaciones humanas, lo que se puede conocer gracias a la arqueología contemporánea42. En el Norte, los antiguos cazadores de la Puna también llamados “arcaicos”, en términos técnicos, han dejado vestigios que registran fechas fluctuantes entre los 9.000 a los 6.000 años a.C.43. En ese largo lapso se pueden ir comprendiendo los cambios en esas poblaciones. Los mismos son lentos, mirados desde hoy, pero de gran importancia en la medida que permiten observar que el ser humano fue poco a poco adaptándose al territorio, a sus recursos y apropiándose de ellos44.

En este trabajo asumimos la teoría de que el ser humano habita en el territorio que hoy ocupa Chile desde muy antiguo como se puede ver en los datos entregados en el texto y que poco a poco se ha ido diversificando, complejizando sus culturas, siendo influenciadas por las de más al norte y finalmente dando lugar a las culturas que encontraron los españoles a su llegada. Como puede verse en este texto no se está de acuerdo con teorías que señalan que, por ejemplo, los mapuches provendrían de territorios del centro de América o de otros lugares. Probablemente hubo en esos miles de años muchas influencias, migraciones, pero no las conocemos y los datos en cambio que entrega la arqueología son claros en señalar una secuencia de la habitabilidad humana en el territorio que ocupa hoy nuestro país. 43 Santoro, Calógero. “Antiguos cazadores de la puna (9.000 a 6.000 a.C.)”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.), pp. 33-55. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1989. p. 33. 44 El Arcaico Temprano se subdivide en dos etapas temporales. Del sitio Tuina, que se caracteriza por ser la primera fase en la Puna de Atacama (9.000 a 7.500 a.C.), se sabe que eran cazadores de camélidos que preferían las alturas moderadas –prealtiplánicas–, estableciendo un ambiente particular en los valles serranos; y Patapatane, la segunda fase, localizada en la Puna ariqueña (7.500 a 5.000 a.C.), con un patrón más estable de asentamiento, de carácter más estacional y en ambientes de más altura. Posteriormente, en el período Arcaico Medio (6.000 a 4.000 a.C.) se advierte cierto abandono de ocupación, situación que tal vez avalaría que estas poblaciones estarían articulando el litoral a raíz de ciertos impactos de sequías. El período Arcaico Tardío propiamente tal muestra en ambas punas una especializada adaptación a la caza y recolección. En la puna salada (Puna de Atacama) se conoce un uso especializado de recursos donde las poblaciones estaban organizadas en eficientes circuitos de trashumancia, asociados a campamentos –conjunto de habitaciones y labores– semipermanentes coincidente con la domesticación de camélidos. También en la puna seca se avistan campamentos estables o semipermanentes en zonas de bofedales, caza especializada y probable domesticación de animales.

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Estos pueblos cazadores andinos son los responsables de los inicios de la vida en el Altiplano y la Puna, con aportes tan importantes como la domesticación de las llamas, el inicio de cultivos y la construcción de formas de vida semisedentarias. Se han encontrado “campamentos” cada vez más complejos que eran recintos habitacionales y de servicio, con mayores recursos constructivos, en los que la densidad poblacional era mucho mayor. Estos campamentos presentaban algunos rasgos especiales tales como bodegas, cementerios, depósitos de basura, etc. Son los antecedentes de lo que siglos después serán las culturas andinas y los primeros vestigios de lo que posteriormente serán pueblos y ciudades. Paralelamente, alrededor dels 9.000 antes de Cristo (a.C), esto es, 11.000 antes de la actualidad, el litoral estaba ocupado por poblaciones pescadoras y recolectoras. Se ha podido establecer que estos habitantes estaban relacionados con dos maneras de subsistencia, unos más ligados a la caza y recolección y otros especializados en la pesca, por lo que se les denomina “arcaicos cazadores-recolectores” y “arcaicos pescadores”. Mucho tiempo después (7.000 a.C.), se ha podido comprobar que las poblaciones del litoral combinaban sus actividades económicas entre el litoral y los oasis cercanos del desierto tarapaqueño, por ejemplo en Acha, Camarones, Tiliviche, etc... Las actividades pesqueras se acentúan por los 5.000 años a. C. Gracias al anzuelo, logran explorar las profundidades del mar45 . Este novedoso instrumento contribuyó a que la forma tradicional de caza y recolección se desplazara hacia la consolidación de grupos de adaptación marítima arraigados al piso ecológico costero.
Sin embargo, al avanzar hacia el Sur el agua dulce se convierte en un bien cada vez más abundante y extensivo; lo mismo que los recursos proteicos terrestres –fauna– y los carbohidratos –flora–, haciendo que, a partir de determinadas latitudes, fueran más productivas la caza y la recolección que la pesca. Esta situación se acentúa desde el río Choapa hacia el Sur46.

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Es por ello que en el Norte, muy árido, los pescadores se especializarán en la producción marítima, intercambiando sus recursos con comunidades agricultoras. Las informaciones muestran que desde muy antiguo comenzaron a existir intercambios entre las agrupaciones de la costa, dedicadas a la pesca, y las del interior. Este va a ser el origen de un grupo pescador netamente especializado en actividades marinas. Cabe recordar aquí que hacia los 3.000 años a.C. los pescadores llamados Chinchorro, de
45 Llagostera, Agustín. “Caza y Pesca marítima (9.000 a 1.000 a.C.)”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.), pp. 57-79. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1989. pp. 61, 67, 72, 76 y 78. 46 Op. cit.

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Arica, presentan momificaciones humanas artificiales únicas en el mundo, con evidencias de alta complejidad ritual47. Las familias cazadoras y recolectoras gradualmente comprendieron la importancia de la producción de sus propios alimentos, esto es, la domesticación de los animales y la instauración, por la misma vía, de una vida de carácter cada vez más sedentario; de este modo, “... de la caza se transitó a la crianza, de la recolección vegetal a la horticultura o agricultura de ‘jardín’ y de los pequeños huertos a una agricultura plena... ”48. Este proceso maravilloso de la historia humana ocurre durante un largo período. Comienza en los años 5.000 antes de Cristo. Como se ha dicho, entre los años 5.000 a los 2.000 a.C., en las tierras altas del territorio árido del Norte, las familias practicaban cacerías especializadas y tenían campamentos semisedentarios. La trashumancia entre los Andes y las tierras más bajas perduró hasta los 3.000 a 2.000 años a.C., “... cuando de esta matriz de caza surgen labores pastoriles con la domesticación de llamas en quebradas –sitio Puripica–...”49; probablemente vinculadas a los primeros huertos cercanos a los oasis, en los ríos puneños. Pero será a partir del primer milenio a.C. que el paisaje será domesticado y los cambios agropecuarios, como la misma producción de alimentos, se multiplicarán notablemente, entre el Centro y Norte de Chile. Surgen así, las primeras manifestaciones de vida sedentaria. En este período hay una importante influencia de los avances culturales provenientes de las regiones cercanas al lago Titicaca. Comienza a producirse un cambio de sistemas productivos en los que se incrementa la utilización de llamas como alimento y carga, los cultivos como maíz, yuca, porotos, papas, zapallos, ají, etc. En este contexto surgen las primeras aldeas, los primeros conjuntos de viviendas e instalaciones de servicio50, tales como las localizadas en Alto Ramírez –Arica–, Caserones –Tarapacá–, Guatacondo, Tulor, Tilocalar y otros en la Puna de Atacama. Probablemente, la influencia de las culturas del Norte fue transformando las formas de vida y de producción de los habitantes del Norte Chico y de la Zona Central de Chile. Hacia el 1.000 a.C, no solamente se encuentran los campamentos estacionales anteriores, de los cazadores recolectores, sino que se pueden hallar, poco a poco, asentamientos fortificados51. En esta parte del territorio se “... difundieron los beneficios agraStanden, Vivien. “Pueblos de la costa”. Pueblos del Desierto. Entre el Pacífico y los Andes, pp. 29-44. Ediciones Universidad de Tarapacá. Departamento de Arqueología y Museología. Museo San Miguel de Azapa. Universidad de Tarapacá. Arica. 2001. p. 37. 48 Núñez, Lautaro. “Hacia la producción de alimentos y la vida sedentaria (5.000 a.C. a 500 d.C)”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.), pp. 81-105. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1989. p. 81. 49 Op. cit. p. 102. 50 Op. cit. p. 104. 51 Ampuero, Gonzalo (ms.). “Arqueología del Norte Chico: proceso cultural y relaciones”. III Congreso de Arqueología Argentina. Salta. 1974.
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rios y ganaderos con el apoyo sustancial de cacerías, recolección marina y vegetal, expandiendo sus influencias incluso más hacia el Sur”52. Este proceso de domesticación de los animales, del cultivo de las plantas, siempre combinados con actividades pesqueras y de recolección, permitió a los antiguos habitantes de la zonas Norte y Central de Chile desarrollar una forma de vida de carácter más sedentario. El tránsito de la sociedad cazadora a la agrícola condujo a una mayor concentración de los espacios habitacionales con el objeto de proteger las áreas cultivadas y, en otros casos, aparece asociada a la domesticación de animales, lo que consolida con el tiempo una mayor organización de los pueblos53. Es así como “... se enriqueció la cultura con la aparición de la cerámica y la metalurgia –de cobre principalmente–, se perfeccionaron los utensilios de trabajo, (...), surgen nuevos cultos relacionados con el agua y la tierra”54. De esta manera, el período llamado Formativo del Norte Grande de Chile representó precisamente la formación de un nuevo estilo de vida productor de alimentos, creándose las bases “... para la gestación de una nueva sociedad en el Norte Grande”55. LA FORMACIÓN DEL NORTE GRANDE Alrededor de los 2.000 a 1.000 años a. C. se producen cambios muy importantes en los sistemas de vida de las poblaciones que vivían en el Norte Grande. Se pasa del período denominado “arcaico” por la arqueología al que se designará como “formativo” ya que allí comienzan a constituirse propiamente lo que serán, en los siglos posteriores, las culturas andinas propiamente tales. Las sociedades cazadoras, recolectoras y pescadoras van dando lugar a otras de mayor sedentarismo. Se caracteriza este período por la aparición de “... obras artísticas, artesanales y aspectos tecnológicos que, junto con cambios en los patrones de entierro y residenciales, marcaron el inicio de la remoción de estructuras ideológicas de los pueblos –arcaicos– del norte de Chile”56. En el período formativo, así denominado por la arqueología, se fusionó el temprano desarrollo cultural especializado en caza, recolección y pesca, con otras poblaciones provenientes del altiplano57. A través de los contactos con las caravanas altiplánicas y de los
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Núñez, Lautaro, “Hacia la producción...” Op. cit. p. 104. Muñoz, Iván. “El período formativo en el norte grande (1.000 a.C. a 500 d.C.)”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.), pp. 107-128. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1989. p. 107. 54 Op. cit. 55 Op. cit. p. 128. 56 Op. cit. p. 111. 57 Que son todos los pueblos que se ubican en la Puna de Atacama o en su contorno inmediato, por lo mismo involucra a ocupaciones humanas del Norte de Argentina y la segunda región de Chile. Los pueblos propiamente altiplánicos del Centro-Sur andino son aquellos que ocupan las tierras altas del Centro-Sur de Bolivia, Sur peruano y la primera región del Norte chileno.

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valles, las poblaciones locales incorporan nuevos cambios y se inicia el auge de la textilería y la práctica funeraria de los enterratorios en forma de túmulo, nombre que recibe porque se disponían los cuerpos y las ofrendas bajo acumulamiento de tierra mezclada con ramas, troncos y esteras, entre otros elementos constitutivos de estos montículos58. Con el tiempo, se fue consolidando la vida en las aldeas, la producción de excedentes y una actividad agrícola, pecuaria y artesanal con nuevas normas de convivencia. Sitios representativos de estas ocupaciones son Alto Ramírez, Caserones, Guatacondo y Tulor, por citar algunos. Con los excedentes originados por una alta productividad en la agricultura, se intensificó el intercambio con sociedades costeras y altiplánicas y, a partir de estos contactos, se incorporaron en las sociedades locales nuevas representaciones –iconos– como el “... culto al sacrificador, al cóndor y al puma, representado en la simbología textil y en hueso, la que aparece en tabletas de uso ritual para la inhalación de alucinógenos”59. En relación con las evidencias e interpretaciones arqueológicas, se sostiene que, a fines del período Formativo, “... hubo algunos personajes o dirigentes que tuvieron cierta connotación sacerdotal; funcionarios que, posiblemente, además de ejercer actividades religiosas, coordinaban actividades económicas y poseían cierto predominio en la organización social de estos grupos aldeanos”60. El período Formativo dio paso a poblaciones locales o pueblos, los que entraron en contacto con la colonización Tiwanaku, cultura que se venía desarrollando en los bordes y cercanías del lago Titicaca. LOS PRIMEROS HABITANTES DE ATACAMA Particularmente en la cuenca del Salar, oasis de Atacama y valle del Loa, que forman parte de un gran desierto, el más árido del mundo, según se afirma, arribaron hace 9.000 a.C. los primeros grupos de familias cazadoras y recolectoras, quienes, caminando por el altiplano y la alta puna, dominaron desde las alturas esta tierra que consideraron suya. Ellos fueron los verdaderos descubridores de la Puna de Atacama y los primeros creadores de lo que llegará a ser con el tiempo la sociedad atacameña, integrante de la matriz del Centro-Sur andino61. Los habitantes atacameños del pasado se relacionaron con el espacio de los Andes y lo domesticaron a su medida en toda su territorialidad; incluso se sabe que vivieron en alejados enclaves transandinos y también

Muñoz, Iván. “El período formativo...” Op. cit. pp. 108, 111, 125-128. Op. cit. pp. 108, 128. 60 Op. cit. p. 128. 61 Los antecedentes arqueológicos que se presentan en esta parte se encuentran disponibles en: Núñez, Lautaro. Breve Historia de los Pueblos Atacameños. Documento de Trabajo Nº 59. Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato. San Pedro de Atacama. 2002. En el documento citado también se encuentran vastas referencias bibliográficas en relación con las fuentes arqueológicas prehispánicas.
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en algunas caletas del Pacífico. A partir de estas referencias, podemos deducir que la sociedad atacameña no era sedentaria, sino esencialmente dinámica62. Estos genuinos pobladores originarios del desierto, actualmente localizados al interior de la segunda región de Chile, domesticaron el territorio mediante una vida en movimiento entre pequeñas aldeas y “estancias” de pastoreo, lo que, junto a las labores ganaderas, agrícolas, mineras y artesanales, más el tráfico caravanero les significó una mayor complejidad de vida y mejores éxitos de adaptación. Es por ello que, luego de la estabilización pecuaria y agrícola63, la sociedad se desarrolló con distintas características sociales, culturales y étnicas. Por lo mismo, los antepasados indígenas entregaron una región más domesticada, en términos de que los españoles muy poco debieron agregar, desde el punto de vista de las más indispensables respuestas de tipo civilizador. La pregunta que surge naturalmente es ¿cómo ocurrió el desenvolvimiento de estos pueblos circumpuneños64, desde los primeros cazadores al tiempo de la conquista inkaica? La primera ocupación del borde oriental del gran Salar de Atacama y del río Loa se localizó en los sectores más altos del territorio, entre la puna y la prepuna, concentrándose en las cuevas de San Lorenzo –área de Toconao–, Tuina –área de la bajada de Calama– y Chulqui –área del río Loa superior. Ya desde los 7.000 a los 5.500 años a.C. se trasladaban tras las manadas de camélidos –antiguas vicuñas y guanacos65. Así, los primeros cazadores y recolectores de frutos silvestres se caracterizaron por su trashumancia, permanentemente se desplazaban entre los oasis, quebradas intermedias, hasta las playas de los grandes lagos altoandinos en tiempos de estaciones cálidas, donde la adquisición de los recursos significaba la práctica de la caza para la obtención de carne, lana y huesos, con los cuales confeccionaban sus vestimentas y objetos para pervivir. Los primeros asentamientos propiamente tales, como las vegas de Tambillo –al Sur de San Pedro–, surgen alrededor de 5.500 años a.C., y eran visitados estacionalmente cuando advenía el frío invernal en las tierras altas. Con el tiempo, aumentó la población y aparecieron múltiples campamentos construidos al aire libre en torno a lagos andinos, arroyos intermedios y oasis piemontanos66.
Acta. Sesión del 30 de abril de 2001. Documento de Trabajo Interno. Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato. Santiago. 2001. 63 Durante el Holoceno tardío, desde los 1.000 años a. C. el clima fue más húmedo junto a una vida vegetal y animal más abundante, útil para los inicios del período Formativo Temprano, que se corresponde con las labores innovadoras de ganadería de llamas y agricultura. 64 Los pueblos circumpuneños son todos aquellos que se ubican en la Puna de Atacama o en su contorno inmediato, por lo mismo involucra ocupaciones humanas del Norte de Argentina y la segunda región de Chile. 65 Núñez, Lautaro. Cultura y conflicto en los oasis de Atacama. Editorial Universitaria. Santiago. 1992. pp. 17, 18. Y del mismo autor: Breve historia... Op. cit. p. 6. 66 Op. cit. p. 19.
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Después de esos años, comenzó un clima tan seco (4.000-1.000 a.C.) que incluso los lagos de altura quedaron con sus fondos expuestos al Sol. A causa de la sequía, los cazadores ya no dispusieron de tantas frutas, plantas y animales silvestres, de modo que varios grupos familiares se desplazaron hacia pequeños oasis con vertientes, utilizándolos como ecorrefugios67. De este modo pudieron superar parcialmente las sequías, mientras otros se trasladaron al Pacífico, donde los alimentos del mar no estaban expuestos a la sequía del interior. Otros se quedaron en varios ecorrefugios del Loa, puesto que allí la crisis no fue tan pronunciada debido a que los ríos –aun cuando sus caudales eran débiles– mantenían recursos escasos, pero suficientes para sobrevivir. Otros tantos, buscaron lugares más ricos para la caza de animales –preferentemente camélidos–, mientras también se practicó la recolección de alimentos silvestres, con intensa molienda. Vivieron en campamentos localizados en la unión del río Salado con el Loa, entre las vegas de Chiu-chiu y, principalmente, junto a los recursos paleolacustres68 de Puripica. En ese entonces –por los años 3.000 a 2.000 a.C.– en estos oasis comienza el fenómeno del pastoralismo, el que vino a transformar radicalmente la vida de las comunidades cazadoras. Este surge cuando comienzan a darse cuenta de que era posible atrapar y criar camélidos salvajes y que los mismos, gradualmente domesticados, podrían ser más útiles a la sociedad arcaica, terminando así, aunque parcialmente, las agotadoras expediciones de caza, recurrentes en los tiempos de sequía69. De esta manera, en este territorio circumpuneño las poblaciones preagropecuarias o antiguas –arcaicas– de los inicios del 2.000 a.C. alcanzaron un verdadero virtuosismo en sus prácticas de caza y recolección y desarrollaron, de una manera incipiente, la crianza de llamas y algunos cultivos. Lo que vendrá después, será el incremento expansivo de la vida pastoril junto a una mayor implantación agraria, con más uso de artesanías –alfarería, metalurgia, carpintería, textilería, cestería y talabartería. Con ello, se multiplicarán las aldeas sedentarias y los desplazamientos a tierras lejanas, tanto para la provisión de productos como para trasladar los excedentes de la nueva economía agropecuaria y artesanal70. Además, entre los 2.000 y 1.500 a.C., gradualmente termina el régimen de sequía y
67 Parte de un territorio de tamaño reducido, donde la población se refugia por causas de stress ambiental. 68 Son lagos que existieron hacia el fin de la edad glacial hasta el Holoceno temprano (9.000 años a.p.). 69 Fue tal el impacto del surgimiento de este nuevo modo de vida, que en Puripica y Kalina (Loa) surgió el culto de un nuevo animal doméstico “creado” por los experimentos de crianza a cargo de los cazadores arcaicos: la llama. Seguramente también se inician los primeros cultos relacionados con la reproducción de ganado que, dicho sea de paso, será el mayor productor de carne y lana conocido en todos los Andes sureños. (Núñez, Lautaro. Breve historia... Op. cit. pp. 7, 9). 70 Núñez, Lautaro. Cultura y conflicto en los oasis de San Pedro de Atacama. Editorial Universitaria. Santiago. 1992. p. 27.

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comienza el retorno de intensas lluvias, incrementándose la población que recién había controlado las primeras crianzas de llamas y cultivos hortícolas –inicios agrícolas. Unos 2.500 años antes de la llegada de los españoles, las redes de caminos, metalurgia, tejidos, conservación de alimentos, labores de agricultura, aldeas, ganadería de llamas, medicina vegetal, artesanías, ya habían sido generadas por la sociedad atacameña. Esto significó que los procesos económicos y culturales fueron suficientemente intensos para que las respuestas culturales y sociales fueran francamente útiles y duraderas71. Entonces será el tiempo de los agricultores y pastores de llamas, quienes, a partir de 1.500 a 1.200 a.C., producirán sus propios alimentos. Así, se consolidan el consumo de carne de llamas y los cultivos de pequeñas parcelas en torno a los arroyos y vegas de las quebradas y oasis de Tulán cerca de Peine, entre aquellos de San Pedro de Atacama y en las vegas y suelos del río Loa medio y alto con sus afluentes. Se trata también de una época de extraordinaria movilidad humana, gente que buscaba, desde distintos lugares –altiplánicos, selváticos y circumpuneños–, aquellos ambientes fértiles apoyándose en el retorno de un régimen más lluvioso en el lado occidental de la puna, donde se implantaron mejor los cultivos de plantas semitropicales de las yungas, traídas desde el oriente de los Andes. Estos logros se incorporaron a la gran experiencia local de los criadores de llamas. Estos pueblos formativos, llamados Tilocalar, conocían la metalurgia del cobre y oro, la cacería especializada, la alfarería y producían, como excedentes, muchísimas cuentas de piedras y de conchas del Pacífico. Se distribuyeron desde el Salar de Atacama al río Loa medio y superior. Durante este tiempo se inicia la “formación” de pueblos más avanzados con base de subsistencia en la ganadería de llamas, en la medida que, gradualmente, la agricultura de los oasis comienza a aumentar su potencial para lograr un equilibrio entre la crianza y los cultivos. Aproximadamente desde los 400 años a.C. a los 100 años d.C. la población de pastores intensifica las labores agrarias con técnicas y semillas, y comienzan ahora la verdadera conquista agrícola de los oasis precordilleranos. Los oasis ubicados a baja altura como los de Lasana, Chiu-Chiu, Calama, San Pedro de Atacama, Peine, Tilomonte, Toconao ya estaban por este tiempo bajo la primera ocupación agrícola. La humedad subterránea y los ríos de los oasis alimentaban los bosques de algarrobos y chañares, además de la vegetación de matorrales –brea–, vegas y plantas acuáticas –totora–, útiles como alimentos, combustible y materias para confeccionar objetos. Los ríos San Pedro de Atacama y el Loa eran –y son– los más
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importantes en términos de concentrar el mayor porcentaje de población. Ahora se trata de producir más para sostener a estos primeros pueblos sedentarios de los oasis que se multiplicaban en los primeros ayllos aislados entre sí. En verdad, estos cambios radicales comenzaron a operar a través de las obras de regadío, realizadas para inundar racionalmente los suelos más adecuados, convertirlos en chacras y huertos orientados a cultivos alimenticios, dando origen a los actuales ayllus72. Sin duda, este escenario era más favorable para la implantación de una labor agrícola diversa y dominante, con tiempos de siembra y de cosecha, en cuyos intervalos se multiplicaron también las labores artesanales, crianza de animales, fundición de metales, las artes de la cerámica y la textilería. Esto ocurría en las aldeas bien temperadas con sus muros de adobones y quincha que cobijaron a densas poblaciones estables, generando también los primeros cementerios aglomerados. Es el inicio de la tradición del desierto o árida, establecida en todos los oasis apegados al gran Salar de Atacama. En esta época ya se usan más intensamente las rutas del tráfico caravanero para el traslado de productos de intercambio y colonización de recursos distantes, apoyados en la base productiva generada por pueblos bien sedentarios, con especial énfasis en la producción de bienes de estatus como la metalurgia, artesanías o para rituales y piezas de piedras semipreciosas. Se observa un incremento de la población, de modo que la producción agrícola, gracias al regadío artificial, comienza a ser diversa y estable. Las artesanías también se diversifican, puesto que se multiplicaron las ofrendas en cementerios y se elaboraron con más virtuosismo objetos de huesos, tejidos, maderas, metales y cestería. Por otro lado, aparecen las primeras tabletas para la inhalación de alucinógenos, las que, más tarde, se popularizarán en este territorio. Durante el primer milenio, estos pueblos han crecido y ocupado las mejores tierras aledañas a los ríos que bañan los oasis del desierto de Atacama, y recogen las costumbres como las tradiciones de los pueblos anteriores. Una población bien identificada en los ayllus de San Pedro de Atacama da cuenta de estos pueblos en Quitor, Sequitor Oriental, Toconao Oriente, Solor, Tulor y Tchapuchayna. De los primeros pueblos formativos avanzados, el campamento de Turi –Noreste del Pukara– representa bien este periodo (150 a 200 d.C.), en el que se conectaban los caravaneros del Loa medio con el Noroeste argentino. Estos primeros pueblos formaban grupos muy similares a aquellos que habitaron los ayllus de San Pedro de Atacama entre los años 100 a
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La ventaja de los microclimas de los oasis es que presentan temperaturas más cálidas respecto a la alta Puna, con suelos más extensos y grandes arboledas sombreadoras que mantienen la evaporación del suelo regado. (Núñez, Lautaro. Breve historia... Op. cit.)

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400 años d.C., los cuales también estaban en contacto con las poblaciones agropecuarias del Noroeste argentino. TIWANAKU73 La cultura Tiwanaku se expandió en territorios que actualmente se vinculan con Bolivia, Perú, Noroeste argentino y Norte de Chile. Particularmente, entre los 600 y 1.000 d.C., partes del territorio chileno como Arica, Tarapacá y Atacama estuvieron bajo la directa influencia de esta74. Tiwanaku incorpora “... una periferia de colonos del altiplano en los valles del extremo Norte de Chile (...) y un espacio marginal de intercambio de bienes en el borde occidental de la Puna de Atacama...”75; la periferia está representada arqueológicamente por la fase Cabuza en Arica (300 a 700 d.C.), en tanto que la ultraperiferia por la fase Quitor (400 a 700 d.C.)76 en los oasis atacameños. En los valles ariqueños se alcanzan complejos beneficios culturales y productivos, y otro tanto, en el valle de Atacama. Estos espacios se incorporan a este nuevo sistema cultural debido a la influencia de las caravanas de llamas que efectúan el intercambio de bienes. La estrategia de Tiwanaku, primero, fue la de crear una semiperiferia alrededor del Titicaca, controlando sus dominios y sumando una considerable fuerza de trabajo, así como bienes y productos altiplánicos. Esta semiperiferia circunlacustre –alrededor del lago– consolidó una intensa producción agropecuaria, artesanal y de bienes de prestigio. La incorporación de una periferia en las tierras bajas y altas en ambos bordes de la meseta implicó la explotación directa, diversa y complementaria de otras zonas ecológicas y de diferente tipo de producción. Allí se implantaron filiales con colonos altiplánicos (mitmaqkunas), articulando una suerte de “archipiélago vertical” que significó la ocupación de territorios discontinuos donde cada uno de ellos tenía productos y productividades distintas, pero complementarios entre sí. De este modo cada territorio es como una isla, de allí el concepto de archipiélago77. A través de este modelo, se nutrió de maíz, coca, ají, calabazas, jíquima, yuca, pescado, mariscos y varios artículos de importancia económica y social. Entre los años 1.000 y 1.200 d.C., Tiwanaku pierde su dominio en el lago Titicaca. A raíz de un fuerte impacto de sequías reiteradas, esta cultu-

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73 Se ha optado por escribir Tiwanaku, hoy de uso generalizado y más preciso que Tiahuanaco, o Tiaguanaco. 74 Berenguer, José y Percy Dauelsberg. “El Norte Grande en la época de Tiwanaku” (400 a 1.200 d.C.)”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.), pp. 129-180. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1989. p. 129. 75 Berenguer, José y Percy Dauelsberg. “El norte grande...” Op. cit. p. 146. 76 Op. cit. pp. 147, 153. 77 Concepto del antropólogo John Murra. Formaciones económicas y políticas del mundo andino. I. E. P. Lima. 1975.

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ra, que mantuvo bajo su control a etnias de las tierras altas y bajas, por su gradual desintegración, cede el paso a los señoríos regionales que, en tiempos del contacto español, se reconocerán como kollas, lupagas, pakajes, charkas, karangas, aricas, picas, lípez, atacamas, chichas y otros78. Las poblaciones del Norte Grande de Chile que se involucraron en este dinámico período ocuparon los valles y oasis, las quebradas que llegan al mar. En Lluta, Azapa y Codpa se asentaron los carangas y en los valles de Lucumba y Sama, los lupacas79. En la vertiente occidental circumpuneña se identifica la unidad lingüística kunza de las poblaciones atacameñas de la cuenca del Salar, valle de Atacama y valle del Loa y sus afluentes. En tanto que el complejo Toconce-Mallku se identifica con la tradición altiplánica de grupos étnicos probablemente aymarizados instalados en enclaves del río Loa, que se evidencia en ciertos topónimos y nombres que han pervivido hasta hoy80, incluyendo asentamientos preinkaicos y altiplánicos propiamente tales. ESPLENDOR DE LOS PUEBLOS DE LOS OASIS DE ATACAMA Y DEL LOA En los comienzos del milenio, continuó el intenso poblamiento del valle de Atacama y en las tierras más fértiles del Loa, reflejado en el crecimiento de densos asentamientos y cementerios, con ofrendas culturalmente muy sofisticadas que sugieren una vida aldeana más organizada, con jerarquías políticas y religiosas. Aquí el culto a los muertos es uno de los rituales más reveladores. Se enterraban en cementerios cercanos a las aldeas –no fortificadas–, emplazadas en la proximidad de los campos de cultivos y arboledas de molles, algarrobos y chañares. Se advierte aquí el surgimiento en los oasis de San Pedro de Atacama de una de las etapas culminantes, respecto de sus mejores logros agrarios, pastoriles y artesanales, en especial aquellas artesanías elaboradas con materias primas locales: tallados en madera, piezas de cobre, aplicaciones de piedras semipreciosas; todo esto, confeccionado con excedentes para ser trasladados a otras poblaciones que lo requerían. Un hecho importante en la constitución histórica y cultural de las poblaciones circumpuneñas es la expansión de la cultura Tiwanaku desde los 400 años d.C. En esta época, reconocida como Quitor (400 a 700 d.C.), el régimen de Tiwanaku Clásico –cuyo centro monumental, religioso y económico se localizaba cerca de La Paz, en Bolivia– ejerció su influencia en estos oasis con un estilo que se reconoce en los objetos ofrendados en sepulturas, junto con la cerámica negra pulida local. Los símbolos sagra78

Op. cit. y Núñez, Lautaro. Cultura y conflicto en los oasis de San Pedro de Atacama. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1992. p. 59. 79 Hidalgo, Jorge. La organización colonial de la sociedad andina. (ms.). 1984. 80 Schiappacasse, Virgilio, et al. “Los Desarrollos Regionales en el Norte...” Op. cit. p. 185.

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dos, en especial los escultóricos, provenientes de los templos altiplánicos, ahora son miniaturizados a través de objetos vinculados con el uso de alucinógenos. La representación de chamanes con atuendos y símbolos muy elaborados explica la alta complejidad de los rituales y de la participación comunitaria bajo un culto que combinaba la idiosincrasia de la cultura San Pedro con los cultos Tiwanaku. La conexión planteada entre la ciudad sagrada de Tiwanaku con los oasis de Atacama y sus diversos centros provinciales involucró la intensificación del uso de tabletas para inhalar alucinógenos. La inhalación de los polvos vegetales –cebil–, provenientes de las selvas orientales del Noroeste argentino, les permitió “entrar” en un mundo mágico-religioso; cosmovisión conducida por chamanes que acercaban la comunidad a los valores que representaban los símbolos del felino, las llamas, las aves y las serpientes, entre los más significativos. Además, un intenso tráfico de caravanas de llamas, con arreadores especializados, permitió que tanto los excedentes de estatus y domésticos, altiplánicos como selváticos, y aquellos de Atacama, fueran redistribuidos, obteniendo ventajas mutuas en términos de alimentos, artesanías, materias primas y objetos de status social y ritual. Por otro lado, se busca una mayor expresión de identidad y posición social practicando deformaciones del cráneo, usando determinados tocados y sombreros, collares de turquesa y malaquita. Otras caravanas con artesanías provenían del Noreste argentino, como aquellas de los pueblos Isla y Aguada, situación que señala que los oasis de Atacama permanecieron abiertos a contactos con otros pueblos andinos cercanos, con el fin de establecer relaciones interétnicas. Estas conexiones parecen haber sido importantes, puesto que era muy frecuente el uso de conchas de caracoles de agua dulce de las tierras bajas de Bolivia y Argentina, probablemente vinculadas con depósitos de sustancias alucinógenas y pinturas rituales. Es probable también que estos alucinógenos, que con tanta intensidad se usaron en estos oasis, se trasportaran de un territorio a otro, con ventajas para todas las “naciones” que participaban de estas redes de relaciones de intercambio y arreglos políticos tras la ocupación directa del espacio productivo pactado entre las elites. Los pueblos de Atacama más que los del Loa fueron percibidos como territorios importantes para el régimen Tiwanaku, porque el establecimiento de alianzas entre las autoridades locales y aquellos de los centros Tiwanaku del altiplano nuclear y meridional, permitió sustentar una red de caravanas que vinculaba los intereses socioeconómicos, tanto externos como de las elites locales. En los ayllus de San Pedro de Atacama, claramente se encontraba el poder político y religioso más importante de todos los oasis atacameños en su conjunto –alrededor del 400 a 900 d.C. Al parecer, todo indica que se

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establecieron alianzas políticas y religiosas entre los señores del culto altiplánico de Tiwanaku con los señores de la “elite” de los ayllus de San Pedro de Atacama. Desde hace tiempo que el poderío económico y cultural de los pueblos del valle de Atacama se sustentaba en el tráfico de productos de prestigio como objetos de metal, mineral de cobre, conchas del Pacífico y otros, esta vez intercambiados con la elite Tiwanaku. No existían colonos altiplánicos de este régimen trabajando aquí para sus señores; los atacameños lo hacían mejor en su medida y sabían trasladar estas riquezas hacia otros pueblos andinos. El carácter culminante de estos pueblos de Atacama y del Loa se reconoce a raíz de la amplia distribución de su cerámica típica negra pulida, registrada desde los asentamientos trasandinos hasta el litoral del Pacífico. La presencia de estos tiestos negros pulidos clásicos en el extremo Sur de Bolivia, en varios oasis del Noroeste argentino, en la costa del desierto de Atacama, así como sus platos bicolores negro-rojo hallados en Taltal, señalan, sin duda alguna, que durante esta época la cultura San Pedro estaba muy conectada con caravaneros que se desplazaban entre asentamientos trasandinos de oasis y costeros. Los pueblos locales –principalmente los de Atacama– siguieron bajo la influencia de Tiwanaku –etapa llamada Coyo entre los 700 a 1.200 años d.C. Al final de esta etapa, cuando aún se detectan objetos con decoración Tiwanaku, la cerámica “casi pulida” desaparece gradualmente entre las ofrendas funerarias. Sin embargo, se identifica una mayor integración cultural local, configurando una identidad étnica muy marcada y diferenciada del resto de los pueblos de la región. Tal vez la conexión con el altiplano nuclear de Tiwanaku creó las bases para un mayor desarrollo interno. En efecto, dentro del área Centro-Sur, la cultura y culto de mayor magnitud fue el de Tiwanaku, que vinculó, a raíz de su prestigio cultural, político y económico, el altiplano, sus yungas, ciertos valles que bajan al Pacífico entre el Norte de lo que hoy corresponde a Chile y el Sur peruano, incluyendo los oasis del valle de Atacama. Los trabajos metalúrgicos de tradición local realizados entre los pueblos de Atacama y el Loa se perfeccionaron considerablemente en esta época, puesto que existía un notable control y un mayor laboreo de las minas de cobre de la región. Al respecto se ha asegurado que, a raíz de los vínculos con Tiwanaku, se exportaban objetos de cobre hacia el altiplano central. El descubrimiento de un minero, datado en los 500-600 años d.C., en una galería soterrada de Chuquicamata –encontrado cuando se iniciaron las labores modernas–, confirma esta antigua especialización de oficios. Está claro que el mayor impacto de estos contactos extraterritoriales se produjo con los pueblos Tiwanaku y, en menor escala, con aquellos del Norte argentino. Mientras ocurrían estos hechos se incrementaban diver-

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sos oficios, aumentaba la jerarquía de los líderes locales, y se ampliaba la sociedad: agricultores, pastores, artesanos, constructores, mineros, caravaneros traficantes, colaboradores del culto y jóvenes formados en las labores productivas. Con ello, no sería extraño afirmar que esta incipiente y pequeña “nación” comience, aproximadamente en los 900 años d.C., a configurar gradualmente una identidad étnica y territorial, con personajes que administraban el culto y la circulación de la riqueza regional. A lo menos, hay tumbas con ofrendas tan complejas que sugieren que ya se había consolidado un estamento dirigente de alto prestigio, bajo la cobertura ideológica de los símbolos de Tiwanaku y de aquellos propios de la identidad local o atacameña. Estos dignatarios habrían sido los organizadores de la ideología y de la productividad de la región, basada en el tráfico de recursos mediante caravanas de llamas adecuadas a los traslados de larga distancia. En este sentido, los oasis de San Pedro de Atacama y del Loa lograron centralizar y configurar un verdadero núcleo de gentes y cargas que se desplazaban desde la costa hasta las tierras trasandinas y viceversa. LOS INKAS Y SU INFLUENCIA HASTA LA ZONA CENTRAL La actual ciudad peruana del Cuzco fue la capital de una gran confederación andina llamada Tawantisuyu. Tempranas fuentes históricas indican que, en la primera mitad del siglo XIV, el Inka Pachakutek comenzó la conquista del Kollasuyu –parte meridional de este imperio–, derrotando al poderoso reino kolla que se ubicaba al Sur del Titicaca. En esta época, es posible que la expansión inka haya llegado hasta la región de Tarapacá, al conquistar los reinos aymara del altiplano que ya ocupaban las cabeceras y valles altos de esa región. Posteriormente, el sucesor de Pachakutek, Topa Inka Yupanqui, somete definitivamente a los kolla, termina de conquistar a los señores aymara y extiende su dominio sobre el Noroeste argentino y el territorio de Chile hasta el río Maipo81. Sobre el Sur del Maule hasta la “frontera del Biobío”, se señala que:
Al parecer hubo dos cruentas batallas; la primera, tentativamente desarrollada en el río Cachapoal, no impidió que patrullas exploradoras [inkas] rebasasen su cauce, llegando hasta las márgenes del Biobío, donde, tras permanecer una corta temporada, hubieron de retornar al Norte buscando seguro refugio en dominios ya pacificados. Durante el retroceso, hostigados continuamente, pudieron haber enfrentado a sus perseguidores en el Maule, antes de ampararse en la cuenca de Santiago82.
81 Aldunate, Carlos. “El Inka en Tarapacá y Atacama”. Tras la huella del Inka en Chile, pp. 18-34. Museo de Arte Precolombino. Santiago. 2001. p. 19. 82 Silva G., Osvaldo. “¿Detuvo la batalla del Maule la expansión inca hacia el sur de Chile?”. Cuadernos de Historia Nº 3, pp. 7-25. Departamento de Ciencias Históricas. Facultad de Filosofía y Humanidades. Universidad de Chile. Santiago. 1983. p. 14.

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Los inkas dominaron diferentes regiones culturales, y realizaron alianzas políticas en el Norte hasta el Maule y en el Centro de Chile. De este modo, se imponen nuevos cultos, se enfatiza la explotación de metales, se ocupan de una manera directa los caminos e instalaciones a través de centros administrativos y tambos, manejo de poblaciones de colonias –mitimaes– para mayor labor y tributación al “imperio”. Sin embargo, no hacía mucho tiempo que los inkas habían estructurado sus provincias del Sur –Chile–, cuando se produce la invasión de Almagro. Sin embargo, no hay que olvidar que antes de que los inkas llegaran al Norte Grande, Chico y parte de la Zona Central, allí se habían desarrollado numerosas culturas. En el Norte, la ocupación inkaica fue evidentemente más política que cultural, ya que se fundamentó en alianzas con las autoridades atacameñas, las cuales estaban preparadas para este entendimiento, a raíz de la conducción del tráfico multiétnico que existía desde antes. De esta manera los inkas capturan la “riqueza” atacameña a través de la imposición del trabajo obligatorio local –mita–, con lo cual podían preparar desde Catarpe las cargas de retorno que, de acuerdo a su planificación, eran indispensables para su “imperio”. Los alimentos –charqui, papas, harinas–, metales –cobre y oro–, piedras semipreciosas, madera, etc., proporcionaban los bienes que requerían tanto las poblaciones altiplánicas, como aquellas que sustentaban el estatus cuzqueño en su capital. Por otro lado, Catarpe era el paso obligado de la riqueza tributada, a través de las caravanas que transitaban, desde el centro de Chile”83, por el llamado “camino del inka”. La actual ciudad peruana del Cuzco fue la capital de un gran imperio llamado Tawantisuyo de carácter panandino, cuyos límites se extendían desde el Ecuador por el Norte hasta el río Maule por el Sur. Justo cuando los señores de los oasis y quebradas altas de Atacama habían configurado sus territorios, arribaron a esta región los inkas84. Su dominio en Atacama fue más directo de lo esperado, a raíz de sus intereses en la expansión de la explotación minera, dado que estos territorios eran y son muy ricos en rocas preciosas y minerales.
“El viaje del inka habría pasado hasta el río de la Plata, para dirigirse posteriormente, remontando su curso, hasta Chile, llegando hasta lo que pareciera ser el valle de Aconcagua. La tradición oral cuenta que, más adelante, y

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Núñez, Lautaro. Cultura y conflicto... Op. cit. p. 73. Sobre la fecha de la expansión inka hacia el Norte de Chile, es importante señalar que algunos estudios dan cuenta de fechas más tempranas en relación con las descritas para el año 1450 y/ó 1470. Se sugiere entonces que la expansión inka ocurrió muy probablemente en el siglo XIV, año 1370, hacia la Sierra de Arica y con datas similares para el Norte chico y Centro de Chile. (Muñoz, Iván. “El Inka en la Sierra de Arica” Revista Tawantinsuyo. Gastón, Castillo; Rodrigo Sánchez. Ver estudio de Virgilio Schiappacasse: “Cronología del Inca”. Estudios atacameños Nº 18, pp. 133-140. Universidad Católica del Norte. San Pedro de Atacama. 1999).

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en la misma expedición, los destacamentos inkaikos habrían avanzado hacia Copayapu85 y Atacama, desde el sur, conquistando ambos territorios. Como los de Atacama eran ‘gente guerrera’, el inka envió adelante a los de Chile y Copayapu, con quienes tenían contacto e intercambio. Una vez en Atacama, Thupak Inka Yupanqui dividió nuevamente sus tropas en cuatro partes. Unos salieron por el camino ‘de los llanos y por costa a costa de la mar hasta que llegase a la provincia de Arequipa’; otros lo hicieron por los karankas y aullagas; los terceros recorrieron el camino de la derecha, para que desde Atacama ‘fuesen a salir a Caxa Vindo y de allí se viniesen a las provincias de los chichas’86.”

En los oasis de Atacama, los inkas se relacionaron con las autoridades políticas atacameñas establecidas en los pukaras. Luego, construyeron sus principales centros administrativos en Peine, Catarpe y Turi, uniendo a los valles de Atacama y los del Loa a través de los propios caminos ya existentes antes de su conquista. De esta manera, la ocupación inkaica fue evidentemente política y económica, ya que se fundamentó en alianzas con las autoridades atacameñas, las cuales estaban preparadas para este entendimiento, a raíz de la conducción del tráfico multiétnico que existía desde antes. Esta situación de contacto entre pueblos con culturas diferentes debió dejar rastros profundos en el modo de vida de la población local, en aspectos políticos, administrativos, económicos y religiosos. Hacia los valles de Atacama, los inkas llegaron para incrementar la producción minera y agrícola, tal como ocurrió en el oasis alto de Socaire, en un extraordinario manejo de agricultura con obras de andenerías. Esto explicaría la construcción del centro administrativo de Peine, con innumerables bodegas que también parecen contener la producción de excedentes de carácter agropecuario de las tierras de Socaire, Peine y Tilomonte, incluyendo las minas de cobre del lugar. En este sentido, las evidencias del centro administrativo de Catarpe, con restos de fundición y objetos metálicos, también se vincularía con la concentración de mano de obra atacameña para acumular recursos agropecuarios y mineros, esta vez cerca de las minas cupríferas de San Bartolo, Caspana, Abra, etc., en convivencia con los funcionarios inkas. Para establecer sus conexiones con el altiplano del Sur de Bolivia, construyeron además varios tambos y centros religiosos a los pies del volcán Licancabur; allí pernoctaban las caravanas de paso y acudían como en una suerte de “romería” los devotos del culto solar y del espíritu de la montaña, en determinadas épocas del año.
Copayapu vendría a ser el actual Copiapó. Martínez, José Luis. “Entre plumas y colores. Aproximaciones a una mirada cuzqueña sobre la puna salada”. Memoria Americana Nº 4, pp. 33-56. Cuadernos de Etnohistoria. Instituto de Ciencias Antropológicas. Facultad de Filosofía y Letras. UBA. Buenos Aires. 1995. pp. 36, 37.
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Los inkas administraron las redes viales longitudinales preexistentes, como las transversales trascordilleranas vía Ascotan, Licancabur, Chilique, Peine, etc., puesto que antes de su dominio todos los oasis y quebradas junto con las regiones vecinas ocupadas por los atacameños y sus aliados estaban suficientemente comunicados. Pero al parecer no modificaron los buenos resultados del trabajo agropecuario, sino que más bien intensificaron las obras de minería en tanto que mantuvieron la riqueza móvil del tráfico interregional de bienes de estatus hacia los centros administrativos del altiplano y el Cuzco. Se sabe que el ejército español derrotó al inkaico, de modo que todas las naciones andinas del Sur quedaron atrapadas en una tensa vigilia, a la espera de un invasor extraño e inesperado. Ahora los chasquis o mensajeros inkas y aquellos de las propias naciones andinas del Sur comenzaban a difundir órdenes y rumores: la guerra antiespañola debía sostenerse donde fuese posible. El encuentro de dos mundos distintos y distantes estaba avanzando de Norte a Sur, de una manera irreversible. Los señores de los oasis de Atacama y del Loa, si bien pudieron integrarse al Tawantinsuyo, ahora perderían su autonomía al interior del régimen absolutista de los europeos. POBLACIONES DEL NORTE CHICO En estos valles se había desarrollado el complejo El Molle. En los valles transversales se encuentran vestigios de esta cultura en la que destaca la existencia de un adorno labial conocido como el tembetá, usado preferentemente por hombres; pero la industria más importante era el tratamiento de metales como el cobre; la utilización de minerales y la pigmentación; la industria de piedra tallada; la utilización de conchas de moluscos que, además, da cuenta de contactos, movilidad e intercambios de estas poblaciones hacia y con el litoral; las prendas de decoración personal; y una cerámica de variados tratamientos que los representa como los primeros ceramistas especializados del Norte Chico. En menor proporción, pero no por ello inexistente, artefactos en huesos y textilería. En esta cultura, que se extendió desde Copiapó al Choapa, se conocen las expresiones de arte rupestre ligadas a técnicas de petroglifos –grabados sobre rocas– y pictografías –pinturas sobre peñascos– con variadas temáticas87 que dan testimonio de sus pensamientos y formas de vida. No existe una transición clara que informe de una secuencia prehispánica regional, entre el paso del complejo El Molle al de Las Ánimas (800 a 1.200 d.C.), vinculado principalmente con la zona de Coquimbo88. So-

Op. cit. pp. 250-258. El principal sitio de Las Ánimas se encontró bajo la Plaza de Coquimbo cuando se realizaron trabajos de restauración. En el Museo de La Serena se pueden encontrar exposiciones
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bre la articulación de los recursos en el complejo Las Ánimas se sabe que en algunos campamentos cultivaban maíz, explotaban algarrobo y chañar, consumían carne de camélidos y tenían acceso a recursos marinos –pescados y mariscos–, lo que refleja la complementariedad de bienes locales con otros obtenidos a partir de desplazamientos lejanos, en los que “... los grupos recorrían rutas descendentes en busca de recursos del Pacífico, y ascendían a los rincones cordilleranos para conseguir materias primas tales como la obsidiana89”, un vidrio natural de origen volcánico. En términos generales, sus artefactos de uso cotidiano se fabricaron de distintos materiales: arcilla, metal –cobre y plata–, hueso de camélidos y aves marinas, piedra, madera, conchas marinas, lana y fibras vegetales. En la ornamentación de la cerámica se incorpora de manera definitiva la combinación de colores. Los testimonios de la vida socioeconómica de este complejo indican que este habría desplegado una actividad pesquera, recolectora, de caza, agraria y ganadera suficiente90. La cultura diaguita (1.200 a 1.470 d.C.) se basa en el proceso cultural iniciado en el complejo Las Ánimas91, hacia el siglo X. Desde una visión general, “... la cultura diaguita chilena (...) cubre el período tardío con dos fases de desarrollo, una temprana y otra tardía, a la que hay que agregar dos momentos de transculturación: primero diaguita inkaico y segundo (...) diaguita hispano”92. En este contexto, cabe destacar que la llamada cultura diaguita habría potenciado las actividades de explotación agrícola y ganadera, además de controlar ricos recursos marinos a través de los espacios costeros del Pacífico. “... Su área de dispersión abarcaba, hacia 1536, desde el valle Copiapó hasta las inmediaciones del río Aconcagua”93, situación que fuera irrumpida por el dominio inkásico, una vez que estos ocuparon los espacios de la elite tarapaqueña, atacameña y copiapina –copayapu–. Desde la conquista hasta comienzos del siglo XVII, el gentilicio diaguita se aplicó para designar a los habitantes del Norte Chico94. Sobre la

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sobre estos fragmentos culturales. La colección Diaguita de este Museo es de una calidad y espectacularidad muy grande, sobre todo en el tipo de cerámica que se fue desarrollando en esta parte del territorio. 89 Op. cit. p. 274. Campamentos representativos para esta descripción, son los sitios La Puerta y Tres Puntas. 90 Op. cit. pp. 267, 273, 275. 91 Ampuero, Gonzalo. “La cultura Diaguita Chilena (1.200 a 1.470 d.C.)”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.), pp. 277-287. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1989. p. 286. 92 Montané, Julio. “En torno a la cronología del Norte chico”. Actas de V Congreso Nacional de Arqueología. La Serena. 1969. p. 169. 93 Ampuero, “La cultura Diaguita...” Op. cit. p. 287. 94 Hidalgo, Jorge. “Culturas protohistóricas del Norte de Chile”. Cuadernos de Historia Nº 1. Santiago. 1972.

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lengua de esta cultura, Gerónimo de Vivar alude a cinco y su área de expansión la de: “...Copiapó, Huasco, Coquimbo, Limarí y aquella que se hablaba desde Combarbalá hasta el valle de Aconcagua”95. La economía de los diaguitas al tiempo del contacto hispano se basaba en la agricultura, ganadería, pesca y caza. De los productos que se cultivaban en los valles, los cronistas hacen mención al maíz, frijoles, papas y quínoa; y se añade el algodón que solo se cultivaba en Copiapó y Huasco, en tanto el zapallo se menciona desde Huasco al Sur96. Además, se aprovechaba la recolección de frutos silvestres como el algarrobo y el chañar. Los interfluvios –área geográfica entre dos arterias, ríos principales o sus valles– eran sectores utilizados para la caza y pastoreo de camélidos. Por otra parte, sus aldeas eran de dos tipos; las primeras, pueblos donde habitaban en tiempos de paz y estaban elaboradas con material ligero, básicamente de origen vegetal. Las segundas, se identifican con los pukara o aldeas fortificadas que actuaban como refugio en tiempos de guerra. Sobre la administración de la tierra, se carece de información; no obstante, y según el relato de Mario Góngora, se avizoran algunas señas: “... no vivían concentrados cada uno en una comarca, sino que usaban varios pedazos de tierras distantes entre sí, y también se observa en algunos el desplazamiento estacional en los años de sequía”97. Se sabe, además, que existían diferencias sociales, jerarquía entre sus componentes, expresada en el tamaño de las casas, vestimentas, cantidad de esposas, pero estas diferencias no indicaban un grado de oposición a la sociedad de clase. Dentro de su organización sociopolítica, sobresale que cada valle fuera una unidad integrada por dos partes o mitades, que distinguía “... el sector alto y el sector bajo o costero de cada valle. Cada uno de estos sectores estaba gobernado por un jefe que, simbólicamente, era considerado hermano del jefe de la otra mitad”98. Esta cultura tenía el carácter de una federación de señoríos99. POBLACIONES DE LA ZONA CENTRAL En la Zona Central también existieron poblamientos diferentes a lo largo de la historia antigua. Los vestigios de los indios antiguos o antiguos habitantes, fueron dando paso a asentamientos donde se utilizó la fabricación
95 Hidalgo, Jorge. “Diaguitas chilenos protohistóricos”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.), pp. 289-293. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1989. p. 289. 96 Op. cit. p. 290. 97 Borde, Jean y Mario Góngora. Evolución de la propiedad rural en el valle de Puangue. Capítulos I, II y III y M. Santiago. 1956. 98 Hidalgo, “Diaguitas chilenos...” Op. cit. p. 292. 99 Op. cit.

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de alfarería y el trabajo agrícola, conocido como el período agroalfarero, concepto que involucra globalmente a los pueblos formativos y de desarrollos regionales, es decir, a todas las poblaciones postarcaicas. Chile Central es una zona intermedia que generó vinculaciones entre grupos de los “... valles transversales nortinos, con el noroeste y centro-oeste argentino y con la zona sur de Chile ”100. Desde esta perspectiva y durante este Período Temprano Agroalfarero –o formativo temprano–, se distinguen coexistencias de poblaciones aún del Período Arcaico, con otros grupos de vinculación nortina –tradición Bato–, y otros con desarrollo espacial más locales –complejo cultural Llolleo101. La tradición Bato se organiza en los lomajes litorales junto con sistemas de quebradas y, en los valles interiores, en ambientes cordilleranos, y la tendencia fue la de ocupar con más intensidad los sectores del Norte del río Maipo. Lo anterior se demuestra por el uso que hacen estas poblaciones del tembetá y de la alfarería que las relaciona, por sus contactos, con los grupos Molle del Norte Chico y sectores transandinos –vinculación septentrional. Por el contrario, la integración de los grupos Bato en la Zona Central no habría sido demasiado fuerte102. Las ocupaciones Llolleo –así conocidas porque el principal yacimiento se encuentra en la localidad de Llolleo, cercana a San Antonio– articularon las rinconadas de grandes valles fluviales, creciendo su demografía hacia el Sur del río Maipo –vinculación meridional. Su alto grado de cohesión interna se reflejó en una marcada identidad visible en sus manifestaciones culturales y funerarias, además de una extensa articulación de recursos y espacios geográficos o pisos ecológicos –costa, valle, cordillera y áreas transandinas103. La consolidación agroalfarera, agraria, ganadera y pescadora en Chile Central (900 a 1.470 d.C.) se produjo durante el Período Tardío, como se conocen los siglos finales antes de la llegada de los españoles, representado por el complejo cultural Aconcagua, entre los ríos Petorca y Cachapoal. Estas ocupaciones también dan cuenta de la vinculación y utilización del hábitat y de los recursos de la Cordillera de los Andes, junto con la costa del Pacífico104. La articulación de extensos territorios implicó una relación de integración –más que meros contactos esporádicos– con la población diaguita y también transandina –cultura Viluco de Cuyo, por
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Falabella, Fernanda y Rubén Stehberg. “Los inicios del desarrollo agrícola y alfarero: zona central (300 a.C. a 900 d.C.)”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.), pp. 295-311. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1989. p. 299. 101 Op. cit. 102 Op. cit. p. 309. 103 Op. cit. pp. 309, 310. 104 Durán, Eliana y María Teresa Planella. “Consolidación agroalfarera: zona Central (900 a 1.470 d.C.)”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.), pp. 313-327. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1989. pp. 313, 314.

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ejemplo105. El rasgo que caracterizó a este complejo es la cerámica decorada geométricamente, que sugiere que los artesanos que hacían este trabajo presentaban una gran especialización, siendo la cerámica Aconcagua Salmón106 la que la inviste de una mayor identificación cultural. La adscripción étnica de la población Aconcagua, aun cuando es una problemática por definir, podría asociarse a la de picunches, picones o promaucaes107. Por una parte, la información etnohistórica en contexto inkaico señala a una población local de picones “... contigua a la del valle del río Mapocho, y en parte replegada al sur de Angostura y asimilada a promaucaes”. Desde otro ángulo, los datos arqueológicos proponen que es la población del complejo cultural Aconcagua al momento inkaico la que formó parte importante de la población de la Zona Central “... en su última fase de aculturación...”, y que fue descrita por los primeros cronistas respecto de esta región108. En definitiva, cuando los inkas llegan a la Zona Central de Chile se encuentran con culturas sedentarias, que además practicaban la agroalfarería. Probablemente, muchas de ellas convivían al mismo tiempo, siendo algunas más antiguas que otras. Hasta el río Aconcagua, la lengua será la mapuche, el mapudungun, y de allí hacia más al Norte será la de los diaguitas. Tal vez se habría requerido de una unidad lingüística para las comunicaciones y de allí que se unificaban las formas de hablar en el territorio. LOS MAPUCHES Los mapuches provienen de estas formaciones humanas antiguas que poco a poco fueron desarrollándose en el territorio actual de Chile. Hay elementos cerámicos mapuches propiamente tales muy parecidos a los encontrados en la llamada cultura Llolleo, en la Zona Central de Chile, lo que muestra una cierta transición que iría de Norte a Sur. No cabe duda de que las influencias tenían ese sentido. Las culturas agrícolas y alfareras del Norte iban poco a poco influyendo a quienes vivían más al Sur. Sin embargo, en un cierto momento, las del Sur, con su lengua y modo de ser, influyeron a todas las que quedaban ubicadas hasta el valle del Aconcagua. En el Sur del país, esto es al Sur del río Itata, en lo que hoy es Chillán, se puede decir que, a partir de los 500 años d.C. “... se produjeron distintos desarrollos culturales alfareros sobre una matriz que les imprime una
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Op. cit. pp. 324, 325. Op. cit. p. 320. 107 La denominación Picón se encuentra presente en Bibar (1558), Oviedo y Valdés (1557), Mariño de Lobera (1580). Por otra parte, Pedro de Valdivia (1545), Góngora Marmolejo (1575), Ovalle (1646), Jerónimo de Quiroga (1690) se refieren en sus escritos a los promaucaes, denominación que es reemplazada en el siglo XVIII por la de picunche, que aparece en 1775 en el mapa de ocupación indígena del territorio de San Juan de la Cruz. Cano y Olmedilla (Durán y Planella, “Consolidación agroalfarera...” Op. cit. p. 327). 108 Op. cit.

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cierta homogeneidad”109. Los diferentes desarrollos culturales permiten diferenciar tres sectores geográficos donde se asientan las raíces de la cultura mapuche. En el sector septentrional –desde las cuencas del río Ñuble e Itata hasta el cordón de Mahuidanche-Lastarria– y a mediados del primer milenio, ciertos grupos se establecieron preferentemente en la Cordillera, desarrollando al parecer actividades recolectoras, evidentes en esas regiones, por ejemplo del pehuén o piñón. La arqueología los conoce como el complejo Pitrén “... que representa la primera ocupación agroalfarera del Sur de Chile”, hasta ahora conocida. Su tecnología cerámica, muy bien lograda y estrechamente vinculada a desarrollos formativos septentrionales, sugiere procesos de difusión a través de los Andes. Este proceso posiblemente aportó también el cultivo del maíz, el cual, junto al de la papa, se realizó en pequeña escala en los claros de bosque de robles o por medio de tala y roza110. A fines de este primer milenio se aprecian nuevas influencias provenientes del Norte y cuyo aporte, al parecer, estaría asociado a la agricultura. Es muy probable que en este tiempo se extendiera el cultivo del maíz, complementado con el de porotos, ají, zapallo y quínoa. Asimismo , se domestica el chiliweke o la llama de los Andes. A esta nueva forma cultural se la reconoce como complejo Vergel, el cual se establece sobre Pitrén, lo que se manifiesta claramente en los contextos funerarios de carácter cerámico111. El sector meridional –cordón transversal Mahuidanche-Lastarria, altura Loncoche, hasta el golfo de Reloncaví– se caracteriza por sus condiciones climáticas húmedas y una alta pluviosidad, situación posibilitadora de algunas prácticas agrícolas, básicamente de tubérculos, en aquellas partes del valle central donde las condiciones permitían la supervivencia del bosque de robles. A este sector, alrededor de los 600 años d.C., llega el complejo Pitrén y se establece en los lagos cordilleranos y probablemente per109 Aldunate, Carlos. “Estadio alfarero en el sur de Chile (500 a ca. 1800 d.C.)”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.), pp. 329-348. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1989. p. 346. 110 “Cuyo verdadero significado es siembra en jardín o pequeños espacios aledaños a chozas o aldeas. (Silva, Osvaldo. “Guerra y Trueque como factores de cambio en la estructura social. Una aproximación al caso mapuche”. Economía y comercio en América Hispana. Serie Nuevo Mundo: Cinco siglos N° 5. 1990. p. 84) 111 “El enterratorio en urnas parece ser una difusión de formas culturales nortinas, en tanto que la aparición de la inhumación en tronco de roble ahuecado (wampo), sin duda es de creación local y manifestación evidente de la adaptación al medio”. (Gordon 1978 en: Carlos Aldunate “Estadío alfarero...” Op. cit. p. 347). Sin embargo, Menghin señala que las urnas funerarias de El Vergel representan una clase de cerámica muy especial y el modo de enterramiento es un interesante indicio con respecto a la dirección de su procedencia, pues las tumbas de urnas son un fenómeno bien conocido en el noroeste argentino, sobre todo en la cultura Candelaria, pero también más al norte, en la región Amazónica y paranaense. (Menghin, O. “Estudios de Prehistoria Araucana”. Acta Praehistórica III-IV, pp. 49-120. Buenos Aires. 1962. p. 99)

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manece en ese lugar hasta la conquista. Las condiciones ecológicas locales no favorecieron el establecimiento del complejo El Vergel, que presenta un mayor énfasis agrícola112. En el sector oriental –precordillera y pampas argentinas ubicadas en el Norte y Centro de la provincia del Neuquén– se ha postulado la presencia de una fase del complejo Pitrén asentada en estos territorios a fines del primer milenio, la cual “... aporta rasgos de las pampas orientales y del sur de Mendoza”113. Como el complejo El Vergel basaba su productividad en lo agrícola y las condiciones ecológicas y climáticas que brindaba el sector oriental tampoco eran favorables, se ha planteado que tampoco el mismo llegó a este sector y se postula entonces, más sostenidamente, que el complejo Pitrén basaba su economía en la recolección, esta vez asociada al consumo del piñón. La cultura mapuche surge de estas culturas anteriores representada entonces en sus antepasados Pitrén y El Vergel114. Al paso del tiempo, en cientos de años se fueron expandiendo esos rasgos culturales y homogeneizándose, hasta llegar en el año mil de nuestra era a constituir lo que ya puede ser reconocido plenamente como cultura mapuche.
Este pueblo fue conocido por los conquistadores con el nombre genérico de araucano, usado por primera vez por don Alonso de Ercilla en 1589, aunque a menudo se usaron otros gentilicios que aludían a las diferentes localidades de origen (p. ej. purenes), o a puntos cardinales de los que procedían, respecto de los referentes (picunches, picuntos, huilliches)115.

Por razones del alto potencial de flora y fauna silvestre útil a la sociedad, la agricultura mapuche se desarrolló al mismo tiempo que las actividades de caza y recolección. A partir del año mil de nuestra era es evidente que la sociedad mapuche del Sur de Chile era agricultora, productora de una gran cantidad de bienes agrícolas, había domesticado a varias especies de animales y desarrollaba una excelente textilería, en fin, se trataba de una sociedad sedentaria firmemente establecida en el territorio. La influencia del Norte, de sus culturas y, posteriormente, de los inkas tampoco fue pequeña adoptando numerosos productos del “enemigo”, el que no logró ingresar a su territorio. En las últimas décadas antes de la llegada de los espanoles, el último siglo se podría decir, la sociedad mapuche se organiza teniendo como espejo a los inkas que venían del Norte. En esa relacion, de adopción cultural y rechazo militar, se fortaleció la socieAldunate, Carlos. “Estadío alfarero...” Op. cit. pp. 332, 347. Op. cit. p. 347. 114 El Vergel queda ubicado principalmente en la zona de Angol y lleva su nombre por los sitios descubiertos en una Escuela Granja que allí sostiene la Iglesia Metodista. Existe un hermoso Museo en ese lugar con materiales de esta cultura, así llamada. 115 Op. cit. p. 333.
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dad mapuche de tal suerte que esto le permitió resistir a los europeos que llegarán a mitad del siglo dieciséis. POBLACIONES DEL EXTREMO SUR La prehistoria de la Patagonia es tan prolongada como la de otras regiones del país y durante todo ese tiempo hubo cambios como para hablar de una secuencia de diferentes culturas. Si bien hacia el Sur la información arqueológica no es suficiente como para comprender de una manera amplia el desarrollo cultural indígena de Tierra del Fuego, se sabe de la presencia de cazadores terrestres en el extremo Sur de Chile, a través de vestigios, de aproximadamente unos 11.000 años, de fogones y restos de huesos de animales consumidos por estos habitantes. En sus recorridos ocupaban temporalmente la Cueva Fell, un pequeño alero rocoso ubicado a orillas del río Chico en la XII Región, 200 kilómetros al Norte de la actual ciudad de Punta Arenas. La existencia de estos cazadores dependía fundamentalmente del guanaco, pero también de la caza de algunos animales como el caballo americano y probablemente el milodón –ambos, extinguidos a fines de las glaciaciones. Utilizaron dardos propulsados por estólicas y rematados con puntas talladas, denominadas por los arqueólogos “cola de pescado”, por la forma de su base. Estos primeros habitantes se caracterizaron por su movilidad y desplazamientos en cientos de miles de kilómetros en espacios de bosque abierto – como los que rodean las cuevas del Medio y del Milodón–, así como el estepario del sector de Pali Aike, y el Norte de Tierra del Fuego, en ese tiempo aún unida al continente116. 8.000 ó 9.000 años atrás, mientras los primeros grupos llegaban a los faldeos de la Cordillera en las pampas de Aysén, una antigua lengua glaciar, que prácticamente cortaba el continente en el extremo Sur, terminó por hundirse, dando origen al Estrecho de Magallanes, uniendo así ambos océanos y separando para siempre a los antecesores del pueblo selk’nam y aónikenk, en cuanto a sus características culturales. Fue así como los grupos del extremo Sur, que en un principio eran una sola cultura, comenzaron a diferenciarse. Sin embargo, las sociedades del Norte del estrecho –Patagonia meridional–, como las del Sur –Tierra del Fuego– siguieron siendo cazadoras especializadas en el guanaco y otros animales de las estepas, con algunas diferencias menores producto de distintos ambientes –por ejemplo, el ñandú no habría existido en Tierra del Fuego117.

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Francisco Mena, “Culturas del extremo sur: donde la cordillera se hunde en el mar”. Museo Chileno de Arte Precolombino, artículos en línea. Disponible en <http:// www.precolombino.cl> 117 Op. cit.

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De este modo, queda claro que hacia los 9.000 años a.C. “... un grupo de antiguos cazadores terrestres había ingresado a Tierra del Fuego”118, dejando vestigios arqueológicos en el sitio Tres Arroyos que derivan de una ocupación temporal del sector, con evidencias de caza de guanaco, consumo de cánidos, aves y eventualmente roedores y mariscos. Por el octavo milenio a.C., otros grupos de cazadores llegaron al extremo Suroriental de Bahía Inútil –sitio Marazzi. Al parecer tanto Tres Arroyos como Marazzi dan cuenta de poblaciones de cazadores terrestres –de tierra firme. Tiempo después, alrededor de los 5.000 años a.C., los cazadores habrían llegado hasta el extremo meridional de Tierra del Fuego. Hacia el año 1.000 a.C., se estima que las ocupaciones humanas tardías –en el sector de Isla Grande– corresponderían a los grupos protoselk’nam históricos119. En la península de Mitre –extremo suroriental de Tierra del Fuego–, se evidencia “... un subgrupo étnico de cazadores terrestres denominado haush120, o con sus antecesores directos que vivían separados de los grupos selk’nam, al parecer confinados en una posición geográfica extrema de refugio... ”121, quienes se distinguían de estos últimos, pero al parecer vinculados o emparentados. Es muy posible entonces que los grupos selk’nam y haush provengan de un antiguo tronco común de cazadores terrestres continentales patagónicos –de época pretehuelche–, que ocuparon el territorio de la gran isla fueguina122. Respecto de la emergencia del modo de vida canoero, se produjo hace unos 6.000 a 5.000 años, correspondiendo a uno de los momentos más dinámicos de las poblaciones patagónicas porque significó la “ampliación de horizontes” para los tradicionales cazadores terrestres. Algunas investigaciones han planteado que la emergencia de este modo de vida en el extremo Sur está relacionada con las nuevas condiciones boscosas en la costa –producto del aumento de la temperatura–, que derivaron en la disminución de alimentos terrestres como el guanaco, junto con la mayor disponibilidad de madera para la fabricación de canoas, arpones y otros elementos para la explotación de los recursos costeros. Los grupos humanos de la zona –descendientes de grupos paleoindios y ya adaptados por milenios a la caza terrestre– habrían iniciado la caza de aves y lobos marinos, dependiendo cada vez más de la recolección de moluscos y de la
118 Massone, Mauricio. “Los cazadores de Tierra del Fuego (8.000 a.C. al presente)”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.), pp. 349-366. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editorial Andrés Bello. Santiago.1989. p. 349. 119 Op. cit. pp. 352, 353. 120 También llamados mánekenk (Massone “Los cazadores de Tierra...” Op. cit. p. 360). 121 Op. cit. p. 354. 122 Op. cit. pp. 360, 366. Habría que agregar que en la costa meridional y occidental de Tierra del Fuego hay evidencias que dan cuenta de grupos canoeros de economía marítima (por tanto, no terrestre), conocidos como yámana y alakaluf (Massone, “Los cazadores de Tierra...” Op. cit. 361).

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DOMESTICACIÓN DEL TERRITORIO

pesca, hasta dar origen a un modo de vida totalmente nuevo, que cimentará las bases de la cultura kawésqar y yagán. En el extremo Sur de Chile se encuentran los vestigios de la ancestral presencia de los cazadores terrestres y canoeros, la que se remonta a épocas tan antiguas como el paleoindio y que completó el poblamiento de América iniciado a través del Estrecho de Bering123...

... Esta es la historia larga de Chile donde nuestros antepasados lograron una de las hazañas más impresionantes: domesticar y civilizar un territorio, dándole nombre a los ríos, a los cerros, trazando sus senderos, cultivando plantas y criando animales, habitando un espacio anteriormente vacío. Hasta hoy quedan vestigios, recuerdos, nombres del territorio domesticado por los antiguos habitantes de Chile.

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Ortiz-Troncoso, Omar. “Ancestros de los pescadores australes (8.000 a.C. a ca. 1.500 d.C.)”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds), pp. 367-379. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1989. pp. 352, 367, 379.

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CAPÍTULO SEGUNDO LA DESAPARICIÓN DE LOS INDÍGENAS DE LA ZONA CENTRAL

La sociedad chilena, principalmente de la Zona Central del país, se ve a sí
misma como no indígena, ubicando esa entidad en los territorios fronterizos, ya sea en el Norte o Sur del territorio. Desde muy temprano, en la historia chilena, la cuestión indígena fue relegada simbólicamente del centro político y cultural del país. Esta visión acerca de sí misma tiene una relación directa con lo ocurrido, en los primeros años y décadas de la Conquista, en la Zona Central de Chile. Es, por tanto, necesario revisar lo ocurrido con las numerosas poblaciones indígenas que allí vivían, y que, durante el primer período, además, resistieron tenazmente la invasión de los conquistadores, y que finalmente desaparecieron en complejos procesos de absorción, usurpación y mestizaje. CHILE CENTRAL AL MOMENTO DE LA INVASIÓN EUROPEA En el siglo XVI, antes de que llegaran los españoles, los pueblos que ocupaban el Valle Central habían logrado desarrollar la agricultura de riego. A la gran cantidad de cursos naturales de agua –ríos, arroyos, lagunas, etc.– se sumaba un extenso sistema de canales de regadío que cruzaba los valles de Aconcagua y Mapocho; veintidós acequias grandes o principales para Aconcagua y veintiséis para Mapocho. La vida de la población dependía fundamentalmente de la agricultura, pero se mantenían presentes actividades asociadas a la caza y a la recolección. La base de la alimentación eran la papa y el maíz, ambos de alto rendimiento y posibilidad de almacenaje en invierno124. En el valle de Rancagua también se observa una situación similar respecto de la existencia de actividades de siembras asistidas por regadío artificial, sistema amplia-

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Farga, Cristina. “El valle de Aconcagua en el siglo XVI: Un espacio social heterogéneo”. Tesis Magíster en Historia con mención en Etnohistoria. Universidad de Chile. Santiago. 1995. pp. 25-27.

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mente difundido entre las parcialidades indígenas del sector, mucho antes de la llegada de los españoles125. Otra fuente de subsistencia –que si bien se dio en menor medida y probablemente habría constituido un símbolo de prestigio– fue el “chiliweque”, carnero de la tierra, como le llamaron los españoles, parecido a la llama y al guanaco, del cual se aprovechaba la carne y la piel. También es posible que mantuvieran en cautiverio, por cortos períodos, a guanacos que bajaban de la Cordillera durante las temporadas de altas temperaturas, aunque en el valle de Aconcagua este recurso podría no haber sido demasiado abundante. Además, contaban con recursos silvestres tales como bosques de arrayanes, sauces, molles, laureles, algarrobos, espinillos, guayacanes, de los que obtenían madera, frutos, y en los que abundaban insectos comestibles126. De igual forma, los primeros cronistas mencionan una amplia variedad de aves y peces de agua y mar. La miel, era otro de los recursos, así como una serie de plantas y partes de animales utilizadas para curar enfermedades –y envenenar enemigos–, tales como las “piedras bezares”, obtenidas del estómago de algunos guanacos; roedores, pájaros, peces de río. Asimismo, la recolección de tubérculos –“cebolletas”– y de frutos –algarrobo– habrían sido vitales para la dieta de algunas de estas comunidades. Durante el siglo XVI, en los valles de Aconcagua y Mapocho, habitó una población local de agricultores con asentamiento permanente, un pequeño número de cazadores recolectores cordilleranos estacionales que llegaban en verano, atraídos por los guanacos y el trueque; así como colonias de mitimaes provenientes de distintas zonas de la región andina, vinculada a los intereses administrativos y “militares” del incario en los valles. Como es sabido, los incas trasladaban poblaciones desde el Norte con el objeto de constituir colonias de carácter militar y tambien con fines de colonización, las que conocemos con el nombre de “mitimaes”. Es posible, también, que por estos territorios transitaran familias de grupos indígenas “vecinos”, incluso del otro lado de la Cordillera, convirtiendo a ambos valles en espacios pluriétnicos y multiculturales127. Las diversas denominaciones y divisiones de orden político entre los grupos que habitaban el valle central indicarían diferencias étnicas entre ellos. En este sentido, el valle de Aconcagua representa el límite Norte de una población con una base cultural y lingüística común, reflejada en el uso de la lengua mapuche, el mapudungun128. Los primeros documentos

125 Planella O., María Teresa. “La propiedad territorial indígena en la cuenca de Rancagua a fines del siglo XVI y comienzos del XVII”. Tesis Magíster en Historia con mención en Etnohistoria. Universidad de Chile. Santiago. 1988. p. 22. 126 Farga, Cristina. “El valle de Aconcagua...” Op. cit. pp. 32, 33. 127 Op. cit. p. 39. 128 Op. cit. p. 16.

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generados para el “reino de Chile”, por cronistas y conquistadores, indican la existencia de varias provincias en el territorio. En algunos casos, son nombradas con el apelativo dado a sus habitantes, como promaucaes o picones; en otros, recibían un nombre genérico asociado al espacio geográfico de Chile, Mapocho, Apalta, Maule o Itata, el que, a su vez, podía designar a los habitantes como mapochoes, apaltas, maules o itatas129. En el valle del Mapocho se encontrarían algunas diferencias respecto a las poblaciones cercanas. Hacia la costa, próximos a Melipilla, se encontrarían los picones; hacia el Sur, la “provincia de los promaucaes”, desde el Maipo a Angostura130. El término promaucaes proviene de la conquista incásica. Los indígenas del Sur de la angostura de Paine se resistieron fuertemente al avance de las tropas inkas, de ahí que estos los denominaran purun aucas, que alude a “rebeldes o enemigos no sometidos”, según el vocabulario de Diego González Olguín (1608). El cronista Jerónimo de Vivar, en cambio, aseguraba que derivaría de pomaucaes, voz que significaría, en sentido figurado, lobos monteses. La palabra, en todo caso, refiere a poblaciones rebeldes al Tawantinsuyo y no constituía un gentilicio local131. Jerónimo de Vivar señalaba respecto a los denominados picones, quienes habrían tenido rasgos comunes con lo habitantes del Mapocho, que una de las diferencias entre aquellos y los promaucaes radicaba en que los primeros fueron conquistados por los incas, adquiriendo sus usos y creencias, mientras que a los segundos los definiría el hecho de “... haber rechazado dicha conquista y luego no querer ‘servir’ a los españoles, huyendo de sus tierras”132. El territorio y asentamiento de Pico se situaba al Norte del río Maipo. Se menciona la existencia del pueblo de Pico a mediados del siglo XVIII, junto al de Pomaire, ubicado en la ya –a esas alturas– hacienda de Pico133. Si bien se cree que el término picón es el más adecuado para designar al grupo étnico denominado como promaucae, no existe claridad acerca de su significado, el que podría estar vinculado a la palabra mapuche piku –Norte. En mapudungun pikuküraf tiene como significado viento Norte, mientras que nortino o gente del Norte equivale a pikümche. Pico probablemente sería una corrupción o traducción castellana defectuosa de piku134. Por otro lado, si bien tradicionalmente a las poblaciones estable-

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Manríquez, Viviana. “Purum Aucca Promaucaes. De “no conquistados enemigos” a indios en tierras de Puro, Rapel y Topocalma. Siglos XVI-XVIII”. Tesis Licenciatura en Historia. Pontificia Universidad Católica de Chile. Instituto de Historia. Santiago. 1997. p. 31. 130 Farga, Cristina. “El valle de Aconcagua...”. Op. cit. p. 23; Manríquez, Viviana. “Purum Auca...” Op. cit. 131 Téllez, Eduardo. “Picones y promaucaes”. Boletín de Historia y Geografía Nº 8, pp. 23-33. Universidad Católica Blas Cañas. 1991. p. 24. 132 Op. cit. p. 30. 133 Op. cit. p. 24. 134 Op. cit. p. 25.

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cidas entre los ríos Aconcagua e Itata se les ha designado como pikunches, las diferencias culturales existentes en el siglo XVI entre dichos grupos llevaron a los propios españoles “... a encarar parecidas dificultades al momento de proceder a delimitar la identidad de las diversas comunidades étnicas. Los peninsulares del siglo XVI jamás utilizaron un nombre genérico al definir la población del Centro. Aluden a indios de Aconcagua, mapochoes o cauquenes, nunca pikunches. Dos siglos más tarde se seguía hablando de quillotanos, mapochoes y promaucaes para referirse a la población autóctona... ”135. Entonces, un complejo panorama étnico se configura en estos territorios: aconcaguas, mapochoes, maipoches, picones, cachapoales, promaucaes –en los territorios situados entre el río Maipo y el Maule– e itatas, chiquillanes, andalienes y reinogüelenes, en la región cordillerana de la costa. Si bien es probable que muchas de estas denominaciones pudieron haber correspondido a agrupaciones de índole socioterritorial de familias extensas que conformaban un determinado linaje, “... con un sistema de asentamientos dispersos, y que se organizan con una jerarquía interna fraccionada, expresada en la existencia de caciques, señores y principales, e indios sujetos a ellos, algunos de los cuales en los primeros años de la conquista son mencionados como ‘principales cabezas del reino’. Es el caso de los ‘capitanes’ Cachapoal, Teno y Gualemo... ”136, en lo que respecta a la “provincia de los promaucaes”. ANEXO N° 1137 WAJONTU MAPU PIKUNCHE (LIMARÍ-BIOBÍO) FRONTERA NORTE DEL WAJONTU MAPU
Mapunche Wajontu Mapu es el concepto mapuche que nombra al territorio en su totalidad y dentro de este identificamos un área territorial denominada Pikunmapu o tierras ubicadas al Norte del río Biobío y que llegaba, en virtud de la existencia de asentamientos mapuche, hasta la cuenca el río Limarí. El Wajontu Mapu pikunche, en el siglo XVI, limitaba con otros pueblos en fronteras con franjas de coexistencia territorial; por el Norte con los Diaguitas; por el Este con Diaguitas y Pwelche (Huarpes-Chiquilllanes y Pewenches); por el Oeste, con el mar Pacífico y por el Sur, con el resto del territorio mapuche, el río Biobío de por medio. Una parte del pikunmapu, desde el río Limarí hasta el río Maipo, se encontraba bajo dominio del Inca, región que formaba parte del Collasuyo cuzqueño. El pinkunmapu fue sometido a un particular proceso histórico, que lo diferenció de los ocurridos al Sur del Biobío durante todo el periodo colonial –siglos

Op. cit. p. 22. Manríquez, Viviana. “Purum Auca...” Op. cit. p. 40. 137 Informe de la Comisión Autónoma Mapuche, COTAM, entregado a la Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato y que consta en el tomo tres, capítulo segundo, del Informe entregado al Presidente de la República.
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XVI, XVII y XVIII–, donde los mapuches ultra Biobío lograron mantener la independencia territorial. Aún así, estos territorios y población constituían una continuidad con los de más al Sur, siendo parte del mismo pueblo, de la cultura de la sociedad mapuche, La frontera septentrional del Mapunche Wajontu Mapu, a principios del siglo XVI, era la cuenca del río Limarí. Hasta allí se reconocían asentamientos de población mapuche, pero el río Aconcagua aparecía como deslinde de la preeminencia mapuche y en ellos los españoles señalaron que se encontraban los indios Chili. Sin embargo, existía, hasta el río Limarí, un área de coexistencia territorial de asentamientos mapuche con asentamientos diaguitas138. Para avalar la presencia mapuche en un territorio compartido, señalamos los testimonios que en 1633 hicieron en Santiago ante el Oidor de la Real Audiencia Pedro Machado de Chávez, los mapuche o indios Chile, llamados Alonso y el Logko Marcos, todos asentados en pueblo de indios de Sotaquí, ubicado a orillas del río Limarí, alegando por la posesión de sus tierras que correspondían a los Lof formados en Cogotí y Combarbalá, territorios que habitaban desde antes de la llegada de los españoles. En la visita al sitio se recogieron los testimonios de los mapuche el viejo Logko Juan Guentemanque y el indio Llau Llau reivindicaron las tierras desde el vallé de Cogotí pasando por Combarbalá hasta Pama: “Habrá cien años antes más o menos que mi abuelo vino de Santiago y se pobló aquí con veinte indios y otro cacique llamado Quepuemehuelen que aún no era cristiano cuando vinieron los españoles y dieron la paz y con otros veinte el cual mi abuelo se pobló en tierras del valle del río de Cogotí que es donde nació mi padre”. También el Logko Kare Kare de Huana señala que el padre de Guentemanque le había contado que su gente había poblado el valle de Cogotí, “..ahí estuvieron muchos años hasta que por la justicia española que vinieron a estas tierras los redujeron al valle de Sotaquí para que tuviesen doctrina y se les administraran los santos sacramentos”. Otro tesminonio dado por el cacique Sal-

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La discusión de la frontera territorial étnica mapuche y diaguita ha sido debatida por varios autores desde la perspectiva de los territorios ocupados por cada uno de estos pueblos. Latcham, Ricardo. Arqueología de los indios diaguitas. Boletín de Historia Natural. Tomo XVI. Santiago. Chile. 1937, p. 18, reconoce al país diaguita ocupando los valles de cordillera a mar desde los ríos Copiapó hasta el Choapa; Cornely, Francisco, Cultura diaguita y cultura El Molle. Santiago. Chile. 1956, p. 20, señala los mismos límites para los diaguitas al igual que Oyarzún, Aureliano. “Los aborígenes de Chile”. Estudios antropológicos y arqueológicos. Santiago. Chile.1927, p. 98. Mostny, Grete. Culturas precolombinas de Chile. Editorial Universitaria. Santiago. Chile. 1954, p. 45, hace llegar a los diaguita por el Sur hasta el departamento de Petorca. A su vez, los mismos autores identifican a los mapuche picunches habitando desde el río Choapa al Sur. A su vez, Latcham, Ricardo. La prehistoria chilena. Boletín del Museo de Historia Natural. Tomo XVI 1928 p.153, habla de los picunches como asentados desde el Choapa al Itata y Oyarzún, Aureliano, op. cit. p. 99, señala igual parecer para los mapuche picunche. Guevara, Tomás. Historia de Chile prehispánico. Tomo I. Santiago. Chile. 1925, p. 250, en cambio, plantea que los mapuche llagaban hasta Coquimbo. Es Larraín, Horacio. Etnografía. Colección Geográfica de Chile. Tomo XVI. Instituto Geográfico Militar. Santiago. Chile. 1987, s/p., el que señala que el área comprendida entre el Limarí y el Aconcagua presenta un poblamiento interdigitado de comunidades indígenas Diaguitas y Mapuche, siendo la primacía del poblamiento Diaguita entre Copiapó y Limarí y la mapuche desde Aconcagua al Sur, idea que también es presentada por Téllez , Eduardo. “Diaguitas y mapuches. Confinidad y transferencia étnica en el Norte Chico”. Boletín de Historia y Geografía N° 11. Universidad Católica Blas Cañas. Santiago. Chile.1995, s/p.

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vador señalaba que su padre escuchó decir “...muchas veces que el abuelo del cacique Juan Guentemanque habría venido desde Santiago a poblar el valle Cogotí”139. Las evidencias culturales de la presencia mapuche hasta las cercanías del río Limarí, al año 1535, fecha de la irrupción hispana, son aportadas por Gerónimo de Bibar, el que escribió que existían diferencias culturales entre los valles de Límarí y Combarbalá, pues a partir de este último se hablaba una lengua distinta que era la misma hasta el valle de Chile o Aconcagua. Más al Sur, en la zona comprendida entre los ríos Aconcagua y Maipo, aunque los Ayjarewes mapuche ocupaban prácticamente todo el territorio, aparecían algunas zonas compartidas de asentamientos de población mapuche y diaguita. A la llegada del inca en 1470, se instala población quechua, diaguita y de otras zonas traída como mitimaes, trasladada para trabajos tributarios, que se asentó en algunos sectores de los Ayjarewes mapuche de la cuenca de Santiago y el Aconcagua140. Las fronteras entre pueblos indígenas no eran rígidas, compartían territorios de asentamientos, rutas de comercio, espacios económicos y de intercambio cultural, aunque suponemos que, muchas veces, estas relaciones no estaban exentas de conflictos. Ello no impidió los acuerdos como ocurrió con la alianza mapuchediaguita para resistir la entrada del español141. Hacia la Cordillera de los Andes, zona de poblamiento temporal mapuche, la frontera del Wajontu Mapu pikunche se relacionaba con otros pueblos cazadores recolectores y agricultores transandinos, con los que se establecieron intercambios, con los llamados puelche, formados por chiquillanes, pewenche y huarpes y diaguitas142. Lo mismo ocurría con

139 Palma, Marisol. “Memoria de un tiempo lejano. Indicios de pueblos indios en Limarí”; en Valles. Revista de estudios regionales. N° 3. Museo La Ligua. Chile. 1997, pp. 57-58. 140 Téllez, E. op. cit., p. 26 citando a Durán et al. “Sistema adaptativo de poblaciones prehispánicas en el cordón de Chacabuco”. Actas del Congreso Nacional de Arqueología chilena XII, Tomo II, 1991, p. 246, plantea que no debe pensarse que la población diaguita en la cuenca de Aconcagua y hasta el río Maipo se debe solo a mitimaes traídos por el inka, “...locaciones del cordón de Chacabuco (caso Hijuela La Victoria) muestran ... (el ) entrecruzamiento de elementos diaguitas y del Complejo Aconcagua (denominación de la arqueología para probablemente mapuches prehistóricos) en época preinka (siglos X al XIII d.C)”. Respecto de las colonias de mitimaes inka una de estas se encontraba en Talagante, lugar al Oeste de Santiago, la que fue intercambiada por los españoles de territorio por los mapuche del cacique Huelen Huala del cerro Huelen al momento de la fundación de la ciudad en 1541. Otra colonia mitimae se encontraba en Quilicura (González et al., “Análisis de las prácticas funerarias incaicas de Chile central”. En Actas del XII Congreso Nacional de Arqueología chilena. Temuco, 14 al 19 de octubre de 1991. Boletín del Museo Regional de la Araucanía. N° 4. Tomo II. Temuco. Chile. 1991, pp. 224-225 y otra en cerro La Cruz en Quillota, valle del Aconcagua, que constituía un centro administrativo del incanato. (Rodríguez et al., “Cerro La Cruz. Un enclave económico administrativo incaico. Curso medio del Aconcagua”. En Actas del XII Congreso Nacional de Arqueología chilena. Temuco, 1991. s/p.) 141 Téllez, E., op. cit. pp. 27-28, señala que la resistencia mapuche y diaguita a la invasión hispana se verificó con largueza, pues en 1541 los diaguitas traspusieron la cuenca del Choapa, para unirse a las fuerzas de Michimalonco en el asalto a Santiago. Al revés, contingentes mapuche del Valle de Chile pasaron el Choapa para combatir en Limarí. En el asalto diaguita a la ciudad de La Serena en 1549, contingentes mapuches de Aconcagua se sumaron a la rebelión. 142 Stehberg, Rubén y Sotomayor, Gonzalo. “Cabis-guacas-fortalezas y el control incaico del valle de Aconcagua”. Revista de estudios atacameños N° 18, 1999, p. 249, en relación al Lof de Logkocahuin, ubicado en el Ayjarewe de Curimón en la parte superior o mitad de arriba del valle del río Aconcagua, señala la relevancia que tenía en el periodo prehispánico: “La

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las relaciones al interior del territorio del pikunmapu, donde se establecía la complementariedad de las economías para diversificación de la dieta e intercambio de productos y manufacturas como parte del trueque, entre los diversos Lof y Ayjarewes situados en territorios con características ambientales y productivas particulares.

POBLAMIENTO Y DIVISIÓN TERRITORIAL DEL PIKUNMAPU
La distribución de la población mapuche en el pikunmapu, desde Limarí hasta Concepción, ocupaba espacios geográficos que comprendían principalmente valles intermontanos de las cuencas de los ríos Limarí, Choapa y Aconcagua. Rinconadas con aguas, bosques y suelos planos y bordes de esteros y ríos en la zona de la precordillera, en el Valle Central y en los valles y planicies de la Cordillera de la costa y el litoral. Todos estos espacios asociados a las cuencas de los ríos Mapocho, Maipo, Cachapoal, Mataquito, Maule e Itata. Existían sectores con menos densidad de asentamiento entre las zonas de los ríos Claro y Laja en la depresión central, debido a la presencia de una geografía, vegetación de espinos y suelos volcánicos que daban un aspecto seco y un medio ambiente más limitado en recursos naturales. En general, los asentamientos se verifican en las orillas de los ríos y en los valles costeros donde existían grandes bosques, abundancia de aguas, lagunas y pesca marina y lacustre. Los territorios menos fértiles eran ocupados como zonas de caza, pastoreo y recolección y asentamiento temporales. La organización social de los mapuche del pikunmapu correspondía a familias vinculadas por linaje que tenían un asentamiento territorial basado en relaciones de parentesco, como la relación existente en el valle de Aconcagua entre MichimaLogko y Tanjalonco, que eran nombrados Logkos principales del valle. Al momento de contacto con el español eran tío y sobrino, respectivamente, como lo indica el padre Rosales143: “Llego la nueva entrada del Mariscal Almagro, y sus españoles, al valle de Aconcagua..., y los caciques Michamalonco y Tanjalonco su sobrino, llamaron a ...”. Entre los muchos linajes mapuches que ocupaban la zona del Limarí al Biobío, a los inicios del contacto mapuche–español en el siglo XVI, se pueden destacar los “Logko” (MichimaLogko, InviraLogko), los “hueno” (Antihueno); los “gualguen” ( Quirogualguen); los “pillan” (Guaunpillan, Melipillan ); los “milla” (Loncomilla); los “pangue” (Malopangue);los “llanga”(¿?); los “manque” (Chinguaimanque); los “lande” y muchos otros, como se puede apreciar en el cuadro siguiente:

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importancia relativa de esta comunidad y de su cacique residía en que se ubicaba estratégicamente en un punto tal del valle, que controlaba el acceso a las veranadas y minerales de la cordillera y el paso a la vertiente oriental andina. Las aguas que regaban todo el valle pasaban por el medio de sus tierras y nacían en las cordilleras de su propiedad. De tal suerte, que simbólicamente esta parcialidad controlaba los pastizales y vegas estivales, las fuentes minerales y vidrios volcánicos, el origen del agua, los accesos a las altas cumbres sagradas y el comercio trasandino”. 143 Rosales, Padre Diego de, Historia general del Reyno de Chile, Flandes Indiano. Tomo I. Editorial Andrés Bello. Santiago. Chile. 1989 [1670], p. 326.

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ALGUNOS LONKOS DEL PIKUNMAPU SIGLO XVI
Logko o cacique Michimalonco Tanjalonco Chinguaimanque Aloande Turioande Maquinanpe Inviralongo Perquitalongo Antehueno Landagueno Lugar Valle de Aconcagua Valle de Aconcagua Valle de Aconcagua Santiago Santiago Santiago Santiago Santiago Santiago Santiago Santiago, Tobalaba Santiago, Vitacura Año 1541 1541 1541 1541 1541 1541 1549 1549 1549 1549 1552 1552

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Catarongo Quirogualguen

Nimaogualguen Guara Guara Guandalongo PianeLogko Victolio Loncopillan Guahunpillan Quilacanta

Santiago, Vitacura Santiago, oriente Santiago, entre el Mapocho y el Maipo Lampa Lampa Lampa Lampa Indio del Perú

1552 1546 1549 1541 1552 1552 1552 1541

Longomilla Elicosa Quelengari Guachinpilla Hernando Painavillo y Lonquie Conelquenau, y otros.

Maipo Maipo Maipo, Cauquín ribera sur. Maipo, ribera del río Maipo, ribera del río

1541 1545 1545 1547 1549 1541 1541

Fuente: León, Leonardo. “La merma de la sociedad indígena en Chile Central y la última guerra de los promaucaes. 1541-1558”. Institute of American Studies. University of St. Andrews. 1991, pp. 87-88.

LA DESTRUCCIÓN DE LA POBLACIÓN DEL CHILE CENTRAL144 A la llegada de Diego de Almagro y Pedro de Valdivia, la Zona Central cercana a Santiago estaba organizada de acuerdo a una estructura de mando correspondiente a señoríos locales y territorios delimitados. Algunos caciques habrían mantenido su lealtad hacia el Inka. Quilicanta –lonko del valle de Aconcagua– y Michimalonko –lonko del Mapocho– disputaban su
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En la redacción y supervisión de esta sección participó, entre otros, el profesor e historiador León Solís.

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predominio en la zona, respecto a sus vínculos con el Cuzco, como en cuanto a su apoyo o rechazo a los hispanos145. La principal característica de la guerra desatada por los lonkos o caudillos de Chile central contra los españoles fue la combinación de la fuerza –a través del enfrentamiento bélico– y la política –diversas gestiones de negociación diplomática. Siguiendo la cronología indígena, el primer acto fue empobrecer al país, destruyendo, quemando o consumiendo los bienes materiales que podían servir a los enemigos. Mensajeros del Inka Manco II alertaron a los habitantes del Norte y Centro de Chile sobre la venida de los españoles, sugiriéndoles que ocultasen sus alimentos y ropas, especialmente el oro, para desilusionar a aquellos, obligándolos a marcharse. El corto período situado entre los años 1541-1544 fue el más intenso y problemático para los habitantes de Chile central. El fracaso de una estrategia militar conjunta, mediante la cual se esperaba destruir la ciudad con un movimiento simultáneo desde Aconcagua y Rancagua –liderados por Michimalonko y Cachapoal, respectivamente–, fue seguido por intensos enfrentamientos que solamente terminaron en 1544, cuando Valdivia logró cruzar los territorios hasta Maule. En esta época, la mayor parte de la población –mapochoes, maipoches, tagua-taguas, promaucaes y chiquillanes– emprendieron el primer gran éxodo registrado en la historia de Chile. Quemando sus campos y destruyendo sus aldeas, los habitantes originarios de Chile central comenzaron a disgregarse y migrar hacia las tierras del Sur. Mientras tanto, la población hispana se establecía en el valle del Mapocho, escogiendo aquellos terrenos donde hasta hoy se ubica el centro comercial y administrativo de la ciudad de Santiago: el territorio que se extiende al Oeste del cerro Huelén –Santa Lucía de acuerdo a la denominación dada por los españoles– y al Sur del río Mapocho entre su curso y un brazo seco, que más tarde formó la cañada o alameda de la ciudad. Se trataría del mismo lugar en que se encontraba un poblado indígena que debió formar parte del “centro administrativo” incaico y que, al instalarse los españoles, implicó el traslado de sus originales moradores; quienes, por lo demás, mediante el sistema de mitas146 participaron en la construcción de los primeros edificios de la naciente ciudad147. Tanto españoles como incas escogieron los mismos lugares en los que se habían levantado con anterioridad los “pueblos de indios”, aprovechando las tierras agrícolas, canales y acequias existentes. Paralelamente, alrededor de los sectores de La Chimba148 –al Norte del río Mapocho– y El Salto, Ñuñoa y los terreJocelyn-Holt, Alfredo. Historia General de Chile. Tomo I. El Retorno de los dioses. Editorial Planeta. Santiago. 2000. p. 128. 146 Sistema de trabajo por turno. 147 De Ramón, Armando. Santiago de Chile (1541-1991). Historia de una sociedad urbana. Editorial Sudamericana. Santiago. 2000. p. 17. 148 Donde también se asentaron indígenas provenientes del Perú, producto de la migración forzada. Luego también se asentarían mestizos, mulatos y negros, constituyendo una po145

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nos del convento de San Francisco al Sur de La Cañada, por la actual avenida Brasil, y las tierras que llegaban hasta el cerro de Navia, al Oeste de Santiago, los habitantes originales del valle comenzaron a asentarse en “rancherías”, establecidas en las fronteras de la ciudad, junto a población proveniente de otras regiones, producto de la migración forzada. En este sentido, aunque formalmente se respetó el derecho de los indígenas a sus tierras, la posesión final de estas por los conquistadores fue posible gracias a los traslados sucesivos de población149. La consolidación de la conquista de la cuenca de Santiago se produce mediante un pacto suscrito probablemente en un parlamento general celebrado por Valdivia en 1544 –del cual aún no se tiene evidencia– en el que se sientan las bases del proceso de repoblamiento indígena de las tierras situadas entre Maule y Aconcagua. Luego de una guerra de tres años, los indígenas, que se habían replegado hacia el Sur, son forzados a regresar a sus lugares de origen. Sus obligaciones, que quedaron explícitas en numerosos documentos de la época, consistían en el trabajo por turno en las encomiendas, desplazamiento forzado hacia los obrajes y lavaderos de oro y colaboración con guerreros y bienes en la guerra que explotó en el Biobío. A cambio, algunos fueron exentos de toda forma de tributación, se asignó tierras a las comunidades a lo largo del llano y la costa, se establecieron las tasas que fijaban los salarios, los que, fundamentalmente, consistían en piezas de vestuario y alimentación, y se reconoció la legitimidad de los jefes o caciques de indios. Los datos proporcionados por los cronistas, respecto de la cifra que alcanzaba la población indígena, al menos en el valle de Aconcagua, en los años posteriores a la llegada de Pedro de Valdivia difieren: 25.000 –Vivar, 1558–; 50.000 –Mariño de Lovera, 1580–; 60.000 –Olavarría, 1594– y 80.000 “indios” –Ovalle, 1646; Rosales, 1670. Estas discrepancias podrían deberse a lo impreciso de la delimitación geográfica de las observaciones, y porque se estarían incluyendo grupos indígenas de menor tamaño que vivían en sectores aledaños e, incluso, a grupos cercanos pero diferentes150. Lo cierto es que, hacia fines del siglo XVI, el panorama étnico-geográfico había cambiado sustancial y definitivamente. El colapso demográfico, en ese sentido, fue notorio y dramático. A ello se sumaron las enfermedades importadas por los hispanos y los esclavos –viruelas, influenza, tuberculosis–, la desestructuración de las economías domésticas a causa del traslado de hombres y mujeres a los obrajes y labores de servicio personal, y el creciente impacto de las malas condiciones de vida.

blación flotante que servía en casas de españoles y sin domicilio propio y fijo. Ver: Jara, Álvaro. Trabajo y salario indígena siglo XVI. Editorial Universitaria. Santiago. 1987. (Capítulos I y III). 149 Op. cit. p. 16. 150 Farga, Cristina. “El valle de Aconcagua...” Op. cit. p. 45.

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Hacia 1620, el número de indios de servicio, yanaconas y esclavos sumaba un total de casi nueve mil. Estos números, calculados sobre la base de los tributarios, indicarían la presencia de una población de 25.000 personas, incluyendo mujeres y niños. Jerónimo de Vivar señalaba que el descenso de la población alcanzó los dos tercios, entonces la población autóctona de Chile central en 1540 habría ascendido a 75.000 habitantes, disminuidos por las migraciones, alzamientos, pestes y fugas protagonizadas en esos años. Describiendo las dificultades que presentaba la introducción de un nuevo marco jurídico que regulara las relaciones hispano– indígenas, Fernando de Santillán puntualizó en 1558, entre las causas que habían provocado el colapso demográfico, el maltrato físico –marcado por la crueldad– aplicado a los indígenas, así como las enfermedades y el hambre producto de la pérdida de sus tierras151. Muchos de los pueblos originarios que habitaban el valle central no lograron sobrevivir, otros lo hicieron a través del mestizaje y la asimilación de sus costumbres a las del invasor, trabajando para los encomenderos. Por ejemplo, de acuerdo al título de encomienda otorgado a Francisco Martínez de Vergara –incluyendo los distritos de Colina, Chicureo, Painabilque y Chacabuco–, la suma total de indígenas asignados no superaba el número de setecientos152. La misma suerte tuvieron, en un período mayor de años, los contingentes de huarpes trasladados desde la provincia de Cuyo para trabajar en las estancias y obrajes españoles de Chile central, mitigando la caída de la población local. Igual de dramática fue la rápida desaparición de los denominados picones y guaicoches, de la región de Melipilla y de las tierras de Apoquindo, respectivamente, y la desarticulación de los cacicatos de Reinohuelen y Andalien en la frontera penquista. Exterminados por las pestes o por los traslados forzosos o simplemente absorbidos por otros grupos. Hacia fines del siglo XVII, era notoria la desaparición de la población indígena, producida también, y en parte, por la aceleración del proceso de
“Por haberse usado contra ellos más crueldades y excesos que con otros ningunos, ansí en la primera entrada que los cristianos entraron en aquella tierra con el adelantado Almagro, como después con Pedro de Valdivia, matando mucha suma dellos debajo de paz, e sin darles a entender lo que Su Majestad manda se les aperciba, aperreando muchos, y otros quemando y encalándolos, cortando pies y manos e narices y tetas, robándoles sus haciendas, estrupándoles sus mujeres e hijas, poniéndolos en cadenas con cargas, quemándoles todos los pueblos y casas, talándoles las sementeras de que les sobrevino grande enfermedad, murió grande suma de gente de frío y mal pasar y de comer yerbas e raíces, y los que se quedaron, de pura necesidad tomaron por costumbre de comerse unos a otros de hambre, con que se menoscabó casi toda la gente que había escapado de los demás...”. Declaración de lo que el Licenciado Fernando de Santillán, oidor de la Audiencia de Lima, proveyó para el buen gobierno, pacificación y defensa de Chile, 4 de junio de 1559. En: Jara, Álvaro y Sonia Pinto. Fuentes para la historia del trabajo en Chile. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1982. p. 19. 152 Medina, Alberto y Eduardo Téllez. “Francisco Martínez de Vergara y la cacica de Chacabuco. Un capítulo del mestizaje “aristocrático” en el Chile colonial”. Encuentro de Etnohistoriadores. Serie Nuevo Mundo (Cinco Siglos 1). Universidad de Chile. Santiago. 1988. p. 166.
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mestizaje. “... En 1695 se denunció al rey la escasez de brazos, es decir, de trabajadores “... por haberse consumido los indios... ” en los campos, lo cual había acarreado el “... descaecimiento de las haciendas del campo...”. Lo mismo, se expresaba, había ocurrido con las encomiendas que se componían las más de indios y todas se reducían ya “... al corto número de cinco o seis indios, (...) por haberse consumido los pueblos con las continuas epidemias”153. En 1779, se lleva a cabo el primer censo de población para el Obispado de Santiago, el que para el corregimiento de Santiago da como resultado un 15,43% de población mestiza y un 13,43% de indígenas, lo que significa casi un 30% de población definida como no hispano-criolla. La población indígena se concentraba en las estancias de Maipo, Melipilla y Talagante, lugares en donde existían aún varios pueblos de indios –Pomaire, Chiñihue y Maipo–, mientras que los mestizos se ubicaban en el sector urbano de Santiago154. Para fines del siglo XVIII, el mestizaje era predominante, sobre todo en los sectores considerados más bajos dentro de una sociedad que definía como “castas” a los grupos que no podían ser clasificados como de “raza española pura”155. Por otra parte, también es posible tomar en cuenta el hecho de que pese al constante traslado de la población indígena, pudo haber casos en los que los indígenas habrían mantenido el lugar de origen y los lazos parentales establecidos entre ellos, como un referente fuerte y permanente para establecer su pertenencia e identidad156. ANEXO N° 2 LOS TRASLADOS DE POBLACIÓN
Los traslados de población desde un pueblo de indios a otro, o de un pueblo a una hacienda fue el común denominador que ayudó a la disminución constante de población mapuche del centro del país en los asentamientos originarios. Esto fue posible debido a que el poder español sometió a los mapuche y otros indígenas al sistema de encomienda, obligando a todos los hombres de entre 18 y 50 años a servir en las haciendas de sus encomenderos, lo que provocó que en los pueblos de indios solo quedase población en su mayoría infantil, de jóvenes mujeres y adultos, muchos de estos trasladados para servicio personal157. El traslado de población muchas veces sirvió al español para impulsar usurpaciones de las tierras a

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Op. cit. p. 79. Op. cit. p. 91. 155 De Ramón, Armando. Santiago de Chile (1541-1991). Op. cit. p. 110. 156 Manríquez, Viviana. “Purum Auca...” Op. cit. p. 51. La autora pone como ejemplo el caso de 24 familias originarias del pueblo del tambo de Malloa (dentro del territorio definido como promaucae) que fueron trasladadas al pueblo de indios de Rapel sin lograr acostumbrarse al lugar. Además de otros casos, en los que la práctica constante de juegos de chueca y borracheras pueden ser considerados como rituales que ayudan a fortalecer los lazos de origen y la pertenencia a un lugar determinado. 157 Góngora, Mario. El origen de los inquilinos del Valle Central. ICIRA. 1974. p. 30.

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través de la ocupación directa de los terrenos abandonados y para fundar proposiciones de confinamiento de pueblos de indios a unos pocos asentamientos, cuestión que aunque se intentó dio pocos resultados, pues la población mapuche, a pesar del constante desarraigo y traslados, mantuvo la memoria y la reivindicación de sus tierras. Son numerosos los traslados de población mapuche. Para formarse una visión de estos procedimientos describimos algunos casos que permiten entender la situación de constante migración forzada que en muchos caso se transformó en desarraigo definitivo y otros en un poderoso aliciente para volver a sus tierras ancestrales, lo que fue regulado en 1621 por la Tasa de Esquilache. En la zona de Pirque al sur de Santiago,” los indios que fueron de la encomienda de Rodrigo de Quiroga, ocuparon y cultivaron como dueños el valle de Cochancache –correspondiente a las tierras ubicadas entre la junta del río Maipo y Clarillo, y el camino real a Chada– y como arrendatarios también cultivaron Pirque (...) que el cacique Lienagual sembró en esas tierras como arrendatario de ellas ...” hasta que “ ...Rodrigo de Quiroga se llevó a sus indios a Apoquindo, esas tierras quedaron desamparadas, no quedando en ellas ningún indio”158. El encomendero Francisco de Aguirre en el siglo XVI “... cambió la encomienda de Gualemu en Teno a Andacollo, en Codao había una encomienda trasladada de Catentoa o de Aconcagua, que tuvo un nuevo traslado a fines del siglo XVIII a Navidad”159. En 1602-3, en la hacienda de Macul se concentraban diversos indígenas desde yanaconas e indios “de servicio personal” venidos de Peteroa y de otros pueblos del Maule160. Y en 1697, dos terceras partes de los mapuche del Pueblo de Indios de Chacabuco son trasladados por el encomendero Pedro Gutiérrez de Espejo a la hacienda de San Pedro, quedando el otro tercio de las familias a cargo de los cultivos y cuidado del ganado. Casos de traslados completos de un pueblo a otro es el ocurrido en el pueblo de indios de Chada, a fines del siglo XVIII, que ocurrió debido a la presión ejercida sobre sus tierras por parte de los hacendados. “[...] se han trasladado todos los indios del pueblo de Chada al de Codegua que esta en medio de la Hacienda...”161. Traslados de población por litigio de tierras ocurren en 1628 en Quilicura, al ser trasladada la población a Talagante162, que correspondía a una de las parcialidades del mismo ayllarrehue, como se desprende de la declaración efectuada por el Logko Calbin

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158 Izquierdo, Carmen. “La explotación de la tierra entre los ríos Maipo y Claro hacia 16001660”. Revista Historia. Pontificia Universidad Católica de Chile. Santiago. Chile (sin fecha), p. 178. 159 Hanisch, Walter. Peumo. Historia de una parroquia. 1662-1962. Instituto de Historia. Pontificia Universidad Católica de Chile. Sntiago. Chile. 1963, p. 39. 160 Los trabajos del indígena encomendado en las haciendas como encomendados y tributarios corresponden a artesanos rurales (carreteros, botijeros, curtidores, albañiles, carpinteros, zapateros, incluso un tejedor), vaqueros y caballerizos, y como gañanes o trabajadores comunes de campo, sea, en fin como “muchachos” o “pajes”, en lo que les mandan. Góngora, M. Op. cit, p. 27. 161 Odone, María. “El valle de Chada. La construcción colonial de un espacio indígena de Chile Central”. Revista Historia. Vol 30. Pontificia Universidad Católica de Chile. Santiago. Chile. 1997, p. 202. 162 Silva, Fernando. Tierra y Pueblos de Indios en el Reino de Chile. Serie de estudios de historia del Derecho chileno N° 7. Editorial Universidad Católica. Santiago. Chile. 1962, p. 72.

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que señala en otro juicio que su posesión es inmemorial en los terrenos de Talagante. El periplo de la mano de obra al que eran sometidos los indígenas por sus encomenderos recorría de Norte a Sur. Los encomenderos, ante la falta de población, comenzaron a congregar más de una encomienda en una sola estancia. Así las encomiendas de Liguiemo, Tango y Tobalaba se congregaron en Putupur, en el valle de Quillota, y luego fueron trasladados a la estancia de Peteroa en el Maule. Finalmente, al quedar vacante la encomienda, los indígenas fueron radicados en Mallaca en tierras dejadas por los encomenderos en Quillota, pero alegando no ser de allí los indígenas volvieron a Ligueimo163. Hacia el norte de Aconcagua, otro ejemplo de traslado y concentración de distintas encomiendas de varios pueblos de indios en una sola hacienda era lo que ocurría en 1630 en La Ligua, donde aparte de los indígenas del valle se encontraban encomendados “...algunos beliches, indios de Putaendo e indios de Codegua”, a su vez “... gran número de indios de La Ligua y los de Curimón, Apalta y Llopeo estaban asentados en la Hacienda de Pullally. También fueron mudados a ese lugar las encomiendas de Rapel y Pucoa”164. Este constante periplo laboral de la población mapuche encomendada llevó a que la Tasa de Esquilache considerara una solución jurídica para evitar el despoblamiento de los pueblos de indios y a la vez de las haciendas; dispuso que los indígenas que a la fecha se encontraran fuera de sus lugares originarios de residencia por más de diez años se quedarían en el lugar donde se encontraban radicados y los indígenas que se encontraran ausentes por menos tiempo deberían volver a sus pueblos. “Al pregonarse, en 1621, la Tasa de Esquilache en Curimón, partido de Aconcagua, se estableció que los indios de los pueblos de Aconcagua, Curimon y Apalta se encontraban dispersos en las estancias vecinas a La Ligua, así como en las minas cercanas con sus mujeres e hijos y durante muchos años sin mudarse, o bien en Santiago”165. Aunque la Tasa de Esquilache reguló el tiempo de trabajo, la cabida mínima de tierras de los pueblos de indios y trabajo en las haciendas, esta no evitó la disminución de población en los pueblos de indios166. Viviendo en pésimas condiciones, los indígenas asentados en la periferia de la ciudad de Santiago son vistos como fuente de desorden y se recela de ellos en ocasiones, tales como los días de fiesta, en las que se producían masivas reuniones. Durante los años posteriores a 1580 el Cabildo de la ciudad envió continua-

Hanisch, op. cit., s/p. Silva, op. cit. pp. 75-76. 165 Silva, op. cit. p. 76. 166 La disminución de la población en los pueblos de indios llevó, entre otras medidas, a que los Obispos de Santiago exigieran el tributo de los indígenas de haciendas, negros y mestizos, realizándose un empadronamiento de población en Colchagua y Maule en 1641. Los resultados señalaban que los indígenas se encontraban concentrados principalmente en las haciendas españolas y era poca la población que se mantenía en los Pueblos de Indios. Los Pueblos de Indios empadronados en las doctrinas de Malloa, Teno, Cauquenes, Loncomilla, Peteroa y Lora fueron los siguientes: Malloa: 1 cacique y 5 indios casados, 4 solteros. Indios de Tagua Tagua: un principal, 6 casados, 3 solteros. Copequén: 1 principal y 21 casados, Teno 1 cacique y 4 indios. Nancagua: 1 cacique y indios. Colchagua, Pueblo Cauquenes 2 caciques y un indio, Pueblos de Sanio: 1 cacique, 1 fiscal. Pueblo de Loango, 1 cacique, 3 indios. Pueblo de Reloca: 4 indios. Catentoa: 1 cacique, 3 solteros 19. Pueblo de Peteroa: 8. Pueblo de Vichuquén: 7. Pueblo de Lora: 6. Pueblo de Huenchullami: 1 cacique y 10 indios. Góngora, op. cit., pp. 122-124.
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mente comisiones a las “rancherías” para evitar las borracheras, castigando tanto a vendedores como consumidores de alcohol. En junio de 1625 se dicta la prohibición de cerrar todas las pulperías tanto de indios, mulatos y mestizos167. Con el objetivo de ordenar la sociedad que surgía en el Chile central –en el contexto de una sociedad de castas– las autoridades coloniales dictaban normas con las que pretendían regular el comportamiento y apariencia de sus miembros, especialmente de mestizos e indígenas, permitiendo establecer rasgos distintivos para cada cual. Un edicto de mediados del siglo XVII ordenaba que los “... mestizos y mestizas que hubiere en esta ciudad se vistan de españoles y los indios e indias que anduvieren en hábito de españoles se vistan de indios, eligiendo cada uno el traje que le toca”168.

LOS PUEBLOS DE INDIOS La encomienda se constituye en un instrumento de colonización territorial en la medida que son los encomenderos quienes, en un principio, se establecen entre los indígenas del grupo que les ha sido asignado. La encomienda –eliminada a fines del siglo XVIII por el gobernador Ambrosio O’Higgins– por sí misma no proporcionaba derecho sobre la tierra más allá de la ocupación de hecho. Si bien todas las tierras de “las Indias” eran consideradas parte del Real patrimonio, solo por gracia o merced se hacían repartimientos de ellas a los españoles, respetándose en un comienzo los derechos de los habitantes originarios169. De esta manera, la merced era el único título jurídicamente válido para la ocupación del suelo –introducida en América a partir de 1495 y 1497 junto a la noción de “colonia”–, pero los encomenderos pedían y obtenían, generalmente, mercedes junto a las agrupaciones donde vivían los indígenas, los que, con el tiempo, se denominaron Pueblos de Indios170. Los asentamientos indígenas fueron reestructurados en beneficio de los lavaderos de oro y obrajes171 que los españoles establecieron en sus tierras. Ese fue el caso de la encomienda de Francisco de Jufré que, centrada en el pueblo de indios de Perquilauquén, aglutinaba a las localidades de Cloyuman, Lluca, Pagui, Rapilav, Talca, Melillanga y Chillán172. El total calculado de indígenas en condiciones de tributar habría ascendido a 204 personas, de un universo de 800.

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De Ramón, Armando. Santiago de Chile (1541-1991)... Op. cit. p. 58. Citado por Valenzuela, Jaime. “Une société depersonnalisee? Ordre colonial et referents identitaires á Santiago du Chili au XVII siècle”. En: Bernard Lavallé, Transgressions et stratégies du métissage. Paris. 1999. p. 156. 169 Op. cit. p. 25. 170 Góngora, Mario y Jean Borde. Evolución de la propiedad... Op. cit. p. 29. 171 Centros productivos instalados por los españoles, especializados, por ejemplo, en la producción de textiles, como es el caso del Obraje de Melipilla, creado en 1603 por el gobernador Alonso de Rivera –para proveerse de materiales de campaña para el ejército– y cuyo funcionamiento se extendió hasta 1660 aproximadamente. Ver: Bravo, Guillermo A. “El Obraje de Melipilla en el siglo XVII”. Cuadernos de Historia Nº 7, pp. 119-135. Universidad de Chile. 1987. pp. 123-125. 172 Retamal, Julio. “El oro de Millaun: Un lavadero en Perquilauquén, 1599”. Boletín de Historia y Geografía Nº 14, pp. 129-165. Universidad Católica Blas Cañas. 1998. p. 133.

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No obstante, en Chile, al concederse una merced no fue adoptado ningún mecanismo eficaz para proteger la propiedad indígena. Esta podía ser otorgada en el centro del pueblo de indios, debiendo sus habitantes ser trasladados de asiento, existiendo dos casos importantes para la ciudad de Santiago, el de Bartolomé Flores, en Talagante, que “... ocupó la mejor parte del pueblo y trasladó a los indios a una tierra inferior cercana [y el de] Tomás Pastene[, quien] obtuvo en 1583 merced en Curacaví, un antiguo tambo de propiedad de sus encomendados, y desplazó a estos a Pomaire (...). En Chile, los protectores no intervinieron en la posesión, de modo que el único recurso posible para los indios era el litigio posterior, con todos sus problemas y sus costos...”173. La desaparición total o parcial de los indígenas servía de fundamento, generalmente, para otorgar mercedes del pueblo a algún español. El régimen de indios aplicado por la Gobernación de Chile implicó la destrucción casi completa del sistema de pueblos o reducciones, propiciado por la legislación de la metrópoli española y por las órdenes religiosas en toda América, en favor de la encomienda y, más tarde, del asentamiento en las estancias de los españoles174. Los denominados “pueblos de indios”175, considerados como forma de pequeña propiedad aldeana, en los que se mezclaba la propiedad individual y comunal, fueron organizados bajo la presión legislativa española, pero en Chile no tuvieron posibilidad de expansión. Su existencia, en el contexto de las disposiciones de la Tasa de Gamboa (1580) solo habría obedecido a la política de reducción y constitución de la propiedad indígena desde los inicios de la Conquista, mientras su organización implicaba el otorgamiento o “reconocimiento” de los indígenas a ciertos derechos sobre las tierras que ocupaban, pero sin tener un alcance jurídico preciso. Al monarca español correspondía el dominio directo y al indígena el útil. En razón del dominio directo, el rey podía entregar tierras a los indígenas, sin que implicara la pérdida del dominio. Mediante el dominio útil los indígenas podían usufructuar de sus tierras, pero esta disposición era más de índole doctrinaria que práctica176. El reparto de tierras respondía a un patrón determinado: “... cada indio tributario recibía cinco cuadras, el cacique diez y la india viuda tres y a cada diez indios se daban veinticuatro cuadras para su comunidad... ”177. Cada pueblo debía contar con una iglesia, cárcel y cepo, eligiéndose entre los
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Góngora, Mario y Jean Borde. Evolución de la propiedad... Op. cit. p. 79. Op. cit. 175 Los españoles habrían denominado así en un comienzo a ciertos sectores, generalmente partes de valles o quebradas, cercanas a ríos o aguadas, en los que habitaban indígenas que de acuerdo a su óptica mostraban un tipo de organización sociopolítica. Ver: Silva, Fernando. Tierras y pueblos de indios... Op. cit. p. 30. 176 Op. cit. pp. 31-34. 177 Op. cit. p. 36.

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indígenas dos alcaldes y un alguacil, además del corregidor y administrador178. Los pueblos de indios lograron de alguna manera conservarse hasta el siglo XIX, pero con una superficie de menor tamaño respecto a la originalmente mensurada, además de ser constantemente amenazados por las estancias vecinas y los encomenderos. El hecho de estar privados de la lógica económica imperante, habría influido en el debilitamiento progresivo de los grupos étnicos afectados179. En el caso, por ejemplo, de los primeros núcleos indígenas del valle del Puangue, los únicos que mostraron alguna capacidad de subsistencia fueron los de Melipilla y Pomaire180. Los indígenas de Melipilla y Pichidegua que, desde comienzos del siglo XVII, se concentraban en el obraje creado por el gobernador Alonso de Ribera, estaban sujetos inicialmente a un régimen excepcional en Chile: los que eran propiedad del Rey cumplían su obligación en el trabajo personal, los que pertenecían a un encomendero particular le pagaban solamente el tributo por intermedio de las autoridades reales. Pero en 1619, en su totalidad, fueron encomendados a Juan Bautista de Ureta, cuyos descendientes, establecidos en la estancia de Guaulemo, vecina al pueblo de indios, comienzan a absorberlos en las labores de la tierra. La Real Audiencia intentó en 1660 la restauración del obraje y la reducción de los indios, pero al realizarse una visita de corregidor, en 1679, todos estaban dedicados a las labores de la estancia, y dotados en ella de tierras, como yanaconas181. El informe de las “doctrinas” de las diócesis de Santiago, de mediados del siglo XVII, da cuenta también de los pueblos de indios y en algunos casos si estaban habitados o no. Los pueblos mencionados se pueden observar en los Mapas 1 y 2 y eran: “Choapa, en la doctrina de igual nombre; La Ligua, en la doctrina de La Ligua, en la que los indios están muy disminuidos; Quillota y Mollaca (Mallaca) en la doctrina de Quillota; Curimón, Aconcagua, Putaendo y Apalta en la doctrina de Aconcagua; Colina y Lampa en la doctrina de Colina; en la doctrina del Salto, Huechuraba y Quilicura, despoblados y en la de Melipilla, Guachún, despoblado y Melipilla. La doctrina de Llopeo tenía los pueblos de Llopeo y Pico y la de Ñuñoa, los pueblos de Apoquindo, Macul e indios guaycoches; la de Tango el pueblo de ese nombre. Aculeo, Chada, Maypo, despoblado y El Principal, son los pueblos de la doctrina de Aculeo. En Rancagua, el pueblo de Apaltas, despoblado por su traslado a Aconcagua, y el de Rancagua; Malloa, Taguatagua y Copequén en la doctrina de Malloa; en la de Rapel, el pueblo de igual nombre y en Colchagua, los pueblos de Colchagua, Pichidegua, despoblado y Peomo; en Chimbarongo se incluyeron los pueblos de Ranca178 179 180 181

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Op. cit. p. 89. Góngora, Mario y Jean Borde. Evolución de la propiedad... Op. cit. pp. 82, 83. Op. cit. p. 79. Op. cit. p. 80.

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gua, Teno y Rauco, despoblado (...) la doctrina de Peteroa y Lora, que están unidas, con los pueblos de Gualemo, Mataquito, Gonza, Ponigüe, Vichuquén y Huenchullami. En la doctrina de Maule, los de Duao, Rauquén y Pocoa y en la de Cauquenes, los de Putagan, Cauquenes y Chanco”182. Como puede observarse, la mayor parte de estos Pueblos de Indios se transformaron en aldeas, villas y ciudades. El asunto de la propiedad y las formas de trabajo de los indígenas de la Zona Central preocupó a las autoridades durante la Colonia ya que veían un permanente descenso de esa población que, como se ha dicho, era fundamental para la producción agrícola y minera. Es por ello que se suceden diversas “Tasas”, nombre que recibían los sistemas de trabajo, sus regulaciones y, en síntesis, las relaciones de los colonizadores con la población indígena. En 1620 se había dictado la Tasa de Esquilache, mediante la cual se reformaba el sistema de encomiendas sobre la base de la libertad de “servicio personal” de los indígenas. La situación de aquellos era ya en ese momento difícil, dado que muchas de las sociedades locales se habían perdido, tanto por la progresiva disminución de las tierras de encomiendas como por el asentamiento en las haciendas de los encomenderos183. Para contrarrestar esta situación, los indígenas de cada comunidad fueron divididos en grupos de trabajo para que pudieran retornar a sus lugares de origen a sembrar y cosechar, volviendo luego a las haciendas. Se prohibía la sustracción de indígenas de sus pueblos sin autorización del Gobernador. Aquellos que habían permanecido fuera de su pueblo por más de diez años, debían permanecer en los lugares en los que se habían establecido, mientras que los que habían estado ausentes por menos de diez años debían retornar a sus pueblos de origen. La tasa de Esquilache consideraba la concesión de tierras para la siembra de cereales y legumbres, así como la entrega de animales y herramientas para la labranza, correspondiendo a cada indio, fuera padre o hijo, un pedazo de tierra distinto184. Sin embargo, estas modificaciones no alteraron de manera importante el sistema de vida que hasta ese momento tenían las poblaciones indígenas dentro del orden colonial. Además, en muchos de los pueblos de indios, no vivían necesariamente indígenas, sino y a pesar de la prohibición, mestizos y españoles. El proceso de mestizaje y de “desindianización” en los Pueblos de Indios comenzó desde temprano mediante numerosos mecanismos entre los que se encontraba la política de “extirpación de idolatrías” y, en particular, la guerra contra la brujería.

182 183 184

Silva, Fernando. Tierras y pueblos de indios... Op. cit. pp. 79, 80. Op. cit. p. 121. Op. cit. pp. 123, 124.

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No es por casualidad que a muchos Pueblos de Indios como Talagante, hasta hoy, se los siga identificando como lugares de brujos. Muchos indígenas, a raíz de algunas de sus prácticas, sobre las que se desconocía su significado, fueron transformados en brujos y hechiceros, de acuerdo a la concepción católica. Los indígenas aparecían ante los ojos de los españoles como sujetos arraigados en su pasado, que no podían asimilar las costumbres y creencias de los hispanos. Por eso, una de las acusaciones más recurrentes y fáciles de formular contra ellos era la de brujería, pues allí se entrecruzaban los peores prejuicios con los temores más arraigados, sin que los inculpados pudieran lograr demostrar su inocencia de modo fehaciente. En esas causas judiciales se desplegaba públicamente el universo de las creencias, populares y oficiales, mezcladas con los múltiples incidentes que se sucedían en el entorno rural. Más que ninguna otra fuente, los expedientes de hechicería dejan al trasluz la frágil posición en que se encontraban los indígenas ubicados en las fronteras de las ciudades. Así se desprende del caso judicial iniciado en 1723 contra Juan Molbún, ‘indio’ nacido en el fuerte de Purén, a quien el alférez Antonio de Espinoza y su esposa, Juana de Vergara, acusaron “por haber hecho maleficio a su hija Águeda”. Además, le acusan de haber tomado formas de pájaro y animal y ser brujo y dañino. Autoinculparse de brujo –en circunstancias de que no eran más que curanderos expertos en el uso de hierbas y alucinógenos– llevaba a hombres y mujeres, como Molbún, a transformarse, a los ojos de sus vecinos no indígenas, en verdaderos agentes del mal y de las fuerzas que solamente algunos iniciados sabían convocar. De ese modo, en lo que se podría interpretar como una lucha contra el poder institucionalizado, se desplegaba la hechicería como un poder que fortalecía la imagen de misterio que rodeaba a los afuerinos, transformándolos en hombres peligrosos e intocables185. DEFENSA Y RESISTENCIA DE LOS PUEBLOS DE INDIOS186 Durante los siglos XVI, XVII y XVIII, los mapuches debieron defenderse de las usurpaciones realizadas por los hacendados a través de la acción judicial de defensa y reivindicación, recurriendo al protector de indígenas o directamente a las autoridades. Una revisión sumaria demuestra que, en algunos casos, los mapuche pierden sus tierras, pero en la mayoría logran mantenerlas a pesar de la situación de desmedro y dominación en la que se encontraban. Relatamos algunos casos: En 1642, en el pueblo de Aculeo, los mapuche son arrinconados por los capitanes Francisco Ortiz y Domingo García Corbalan y por Francisco

185 Auto cabeza de proceso en causa criminal contra Juan Molbún por maleficio, Lonquén, Quirihue, 12 de febrero de 1723, en A.N.J.Q., Legajo 9, pieza 4, 6 fojas sin foliar. 186 Acápite tomado del Informe de la COTAM, ya citado.

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de Salinas. El Logko del pueblo de indios exige al protector de indígenas el respeto por las tierras que establecían las ordenanzas. De allí que la Real Audiencia, el 31 de enero, dictaminara que los acusados deberían esperar la entrega de las tierras faltantes a los mapuches, para luego ocupar las sobrantes. En 1652, el cacique Cristóbal Guenumanque de Vichuquen denuncia que los mapuches son despojados paulatinamente de sus tierras. Reclama ante las autoridades hispanas y solicita la restitución de las tierras de Llico (Yllo) que han sido usurpadas en los años pasados por los españoles, tomándose algunas de estas que pertenecían a la parcialidades indígenas del pueblo de indios. “Este pleito permite reconocer ciertos aspectos de la tendencia señalada sobre la constricción de la territorialidad indígena de Vichuquén. Claramente, a los indios se les están quitando sus tierras y además, se les está ordenando el espacio, pues se señala que en 1642 se había realizado la mensura del pueblo y que a cada indio, en función de categoría socio-económica, se le habían asignado las cuadras de tierra correspondientes”187. En Pomaire, los mapuche disponían, desde 1604, de 320 cuadras de tierras dejadas por la mensura de Ginés de Lillo a 2 caciques y 48 tributarios, pero los conflictos de tierras con los hacendados vecinos, Mendoza y Agüero, y las usurpaciones habían reducido con el tiempo las cabidas territoriales, ya que en 1679 la remensura del pueblo de Pomaire arrojó un total de 196 cuadras; eran entonces 1 cacique, 24 tributarios y 3 viudas. Los mapuche renuevan la demanda de tierras, insistiendo en la recuperación de lo usurpado para lo que interponen a través del Protector de Indios el reclamo. La reivindicación fue rechazada por la Real Audiencia de Santiago, la que ordenó entregar a cada indígena las tierras de las ordenanzas (las mismas dadas por Lillo es decir: 10 cuadras al cacique, 5 a cada tributario, 3 a las viudas, y 24 cuadras en común por cada 10 indios) incluyendo a los mapuches presentes y ausentes, como si fueran naturales; si faltaban tierras para cumplir con la distribución debían tomarse de las estancias vecinas y los españoles que habían recibido mercedes de tierras del pueblo debían seguir poseyendo, pero pagando un canon a la Caja de censos de indios188. En 1698, los mapuche de Rapel lograron hacer reconocer sus derechos a la tierra que se encontraba usurpada, al ser amparados en sus tierras y ordenada la repartición de estas de acuerdo a las ordenanzas que establecían una legua de largo por otra legua de ancho. Por esos años, en Tagua Tagua los mapuches se defendían de los intentos de usurpación por parte de propietarios españoles.

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187 188

Odone, op. cit. p. 31. (1998). Borde et al, op. cit. p. 82. (1956).

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En 1710, en Malloa, los mapuche iniciaron juicio contra Santiago de Larraín y Vicuña, el que había comprado 1.500 cuadras a Isabel de Reyes, la que a su vez había usurpado las tierras de Malloa, una vez que estos en 1700 fueron trasladados a Aculeo como encomendados y al volver vieron que sus tierras vacantes estaban en manos de particulares, logrando que se les restituyeran las tierras en 1719 y a Larraín (la Ryan) solo le reconocerían las tierras sobrantes de la mensura. En 1746 en Codegua, un largo juicio de tierras fue llevado por los mapuche en contra de la Hacienda de Rancagua, de propiedad de los Jesuitas del Colegio Máximo de San Miguel. El conflicto comenzó en 1628 cuando Catalina de los Ríos ganó la merced de tierras indígenas de Codegua en ausencia de los mapuches que habían sido trasladados encomendados a La Ligua. Las tierras, después de largos años, pasaron a formar parte de la Hacienda de los Jesuitas, pero el Protector de Indios señaló que dichas tierras estaban a disposición de los mapuches para cuando volvieran de las encomiendas. Al no poder volver a recuperar las tierras, iniciaron el juicio reivindicativo en 1746 logrando que las tierras de Codegua se les restituyeran en virtud de las ordenanzas de Lillo y la Real Audiencia. En 1750 en Coelemu los mapuche del pueblo de indios se trababan en juicio con los españoles respecto de las usurpaciones de tierras de que eran objeto por los hacendados vecinos. En dicha ocasión, para que se respetaran las tierras, los jesuitas invocaban el respeto de las ordenanzas de Lillo y de la Tasa de Esquilache en cuanto a respetar la cabida mínima de tierras. En Peumo, la resistencia mapuche por la defensa de las escasas tierras que conservaban se expresó durante el siglo XVIII, con motivo de los intentos del párroco de apellido Zúñiga de establecer una villa en las tierras indígenas ”... a pesar de estar casi extinguido el pueblo, tuvo la tenaz resistencia del cacique Catrileo y no consiguió cambiar la índole de su parroquia – doctrina”189. La insistencia por fundar la villa para avanzar en la evangelización y formar nuevas parroquias, llevaba a discutir acerca de la población mapuche de Peumo. “Unico incoveniente que dicho terreno –para fundar la villa de Peumo– pertenece a la encomienda de indios del Pueblo de Peumo, (...) pero quedán sólo 11, fuera de mujeres y chicos (...) por lo que pudieran éstos agregarse al pueblo de Codeu, que dista tan solamente dos leguas o al pueblo de Copequén (Pelequén?) que dista diez, y hay muy pocos indios en él, o al de Tagua Tagua que dista diez”190. El Cacique de Peumo, Cipriano Catileu, se opuso al cura doctrinero y mantuvo su decisión de defensa de sus

189 190

Hanisch, op. cit. p. 39 (1963). Hanisch, op. cit. p. 101 ( 1963).

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tierras, logrando que en 1763 se nombrara un defensor de indígenas. Años más tarde, Ambrosio O’Higgins, en 1793, oficiaba para que se informe de la oposición del Cacique de Peumo, Nicolás Catrileu191. Peumo y otros pueblos de indios pervivieron en el tiempo, y a fines del periodo colonial aún mantenía las tierras de la primera mensura. El Dr. Zúñiga, encargado de elaborar un informe acerca de los pueblos de indios de Codehua, Rancagua y Peumo, decía un año antes de que llegara el siglo XIX, el 13 de enero de 1799: “El pueblo de indios de esta mi doctrina de Peumo consta de 550 cuadras de tierras todas muy pingües, con abundancia de aguas. Los indios que son casados alcanzan a 23, los que tienen las tierras correspondientes, las que ocupan en siembras y algunos arriendan alguna parte recibiendo el precio correspondiente”192.
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VOCES A FAVOR DE LOS INDÍGENAS193 El proceso de Conquista en América y en Chile estuvo lleno de contradicciones, de discursos y opiniones encontradas. Quizás debido a los abusos realizados por los conquistadores españoles sobre los pueblos indígenas durante las campañas de descubrimiento y conquista de Las Indias, es que, desde muy temprano (1514), comenzaron a surgir voces que clamaban por el término y el castigo de las injusticias y crueldades que se cometían contra las poblaciones indígenas. Estas voces especificaron dos vicios originales que quitaban legitimidad al proceso iniciado en Las Indias luego de la invasión europea. El primero se refería a la legitimidad o ilegitimidad del proceso conquistador, impugnando los títulos que esgrimía la Corona española para hacerlo. Esto dio lugar al debate llamado de los “Justos Títulos” que pusieron en duda la realización de campañas militares de conquista y se procedió a un intenso debate cuya culminación tuvo lugar durante los años 1540 cuando Bartolomé de Las Casas fundamentó en Valladolid la ilicitud de dicha invasión. El segundo vicio decía relación con el trato que se daba a la población indígena americana y también con sus prerrogativas y derechos, complicando más aún, con sus disputas y discusiones, tanto en España como en la propia América española, el proceso conquistador.

191 El linaje indígena de Peumo es relevante y es uno de los pocos documentados hasta la actualidad, aparece en los tomos 2953 y 2318 de Real Audiencia (p. 9, 13 fs.) “En 1744 era cacique Diego Antipelay, que falleció ese año, y le sucedió José Catileu, hijo de Juana Arias, hermana de Antipelay, y de Juan Charagüilla. José Catileu fue cacique y se casó con Josefa Pérez, que también fue cacique y le sucedió en el cargo su hijo Nicolás Catileu, casado con Marta Salvatierra. Hanisch, op. cit. p. 105. 192 Hanisch, op. cit. p. 107. 193 Esta sección contó con la supervisión del historiador y Premio Nacional de Historia señor Armando de Ramón (q.e.p.d.).

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De este debate surgieron algunos resultados que se concretaron en leyes protectoras de la población aborigen americana, las que fueron codificadas en el libro VI de la Recopilación de Leyes de los Reinos de Indias. Aunque puede aducirse que estas leyes no se aplicaron, lo cual es discutible, o que lo fueron en forma imperfecta, cabe recordar que, salvo España, ninguna otra potencia europea de su tiempo, conquistadora o colonizadora en América, Asia o África, se cuestionó la licitud de dominación. Papel destacado en estas acciones, gestiones y debates cupo a la Iglesia Católica, la cual en toda la América española y, en particular, en Chile durante el siglo XVI, desplegó intensa actividad para mejorar la suerte de la población originaria. En esta tarea debe destacarse a numerosos sacerdotes, entre los cuales hay que nombrar a fray Gil González de San Nicolás, a Antonio de San Miguel, obispo de La Imperial (1567-1585), y a Diego de Medellín, obispo de Santiago de Chile (1576-1593). Estos dos últimos viajaron juntos al Concilio III de Lima (1582-1584) y participaron en sus sesiones e influyeron en las conclusiones de este respecto de la licitud de las empresas conquistadoras. Uno de sus decretos prohibía a los eclesiásticos participar como capellanes en nuevas empresas descubridoras o conquistadoras. Se fundamentaba esta disposición en el principio de que estas expediciones iban en perjuicio directo de los bienes y la libertad de los naturales quienes debían sufrir el peso de estas empresas militares y sus depredaciones. Aunque no podía prohibir la expedición misma, la disposición citada equivalía a poner un obstáculo grave a su realización ya que escasearían los que quisieran participar en una empresa condenada por la Iglesia. En el caso concreto de Chile, la principal acción a favor de la población indígena fue patrocinada por el jesuita Luis de Valdivia, quien obtuvo del Rey la autorización para que la guerra fuese solo defensiva y que el Reino de Chile y el estado de Arauco (Mapuche) fijaran como frontera el río Biobío, consagrando así la autonomía de aquel pueblo por 280 años. En la Zona Central del país, los indígenas sufrieron un primer impacto liquidador, del cual no pudieron recuperarse quizá nunca más. Muchos huyeron hacia el Sur, hacia la zona mapuche rebelde, la que mantuvo por siglos su independencia. Otros se fundieron en las relaciones de mestizaje, sus tierras pasaron a ser parte de la pequeña propiedad de la Zona Central, o la mayoría de ellas terminaron siendo incorporadas a las haciendas. En esta región las políticas que pretendían favorecer al indígena, que no fueron pocas, ya no tenían mucha eficacia dado que la población decrecía cada vez más. La población mestiza, en cambio, se desarrollaba y se iba transformando en lo que posteriormente sería el pueblo chileno.

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EL ORDEN REPUBLICANO Y LA NACIONALIZACIÓN DE LOS INDÍGENAS El concepto de ciudadano, surgido con la independencia de Chile, se basaba en el principio de igualdad. Tal como lo planteaba Camilo Henríquez,
El deseo de la libertad se acompaña siempre con el de la igualdad, conviene pues que se persuadan que los reconocemos por iguales a nosotros, que nada hay en nosotros que nos haga superiores a ellos, que la opinión estará a favor suyo, serán entre nosotros elevados a todas las dignidades, se estrecharán nuestras familias con las suyas por los vínculos de la sangre, siempre que no haya disonancia en la educación, religión, modales y costumbres194.

Sin embargo, bajo este supuesto, subyacía la idea de que los indígenas solo serían considerados en pie de igualdad si abandonaban su carácter de tales, su identidad y pertenencia étnica. Juan Egaña, constitucionalista de la elite emergente, refiriéndose al régimen de castas que había prevalecido durante la época monárquica, afirmaba:
Hombres que tienen la infamia vinculada a su color y que por ello deben vivir sin esperanza de alguna consideración, no pueden tener costumbres, ni honor, gozan lo que pueden, que es el placer de los vicios; ellos se unen a la restante plebe, y la hacen igualmente vil. En Chile no hay ramo de industria que ejerciten los negros ni los indios, con que no son necesarios…195.

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No obstante, en 1813, la Junta de Gobierno dicta un ReglamentoLey cuyo objetivo era generar una legislación protectora de los indígenas. En este sentido, la primera acción importante consistía en erradicar a la población indígena de los “pueblos de indios”, para evitar su separación del resto, por lo cual se decide rematar estas tierras. Con los fondos obtenidos cada indígena sería dotado de un “rancho” y de una “propiedad rural”, herramientas para la labranza y semillas. Lo que no asegurará la propiedad de los indígenas sobre estos sitios, aun cuando en 1823 se decreta que sus posesiones hasta ese momento son de carácter perpetuo. Sin embargo, ese mismo año, las tierras “sobrantes” de los pueblos de indios son también puestas en “pública subasta”, lo que habría acelerado el proceso de absorción de sus habitantes por las haciendas vecinas y, como máximo, en calidad de inquilinos196. De esta forma, los indígenas del Valle Central no fueron incorporados en su calidad de tales a la realidad de la nación que se estaba conforHenríquez, Camilo. Escritos Políticos. Santiago. 1960. Citado por Martínez, Melchor. Memoria histórica sobre la revolución de Chile desde el cautiverio de Fernando VII hasta 1814. Vol. 1. Santiago. 1960. p. 142. 196 Lipschutz, Alejandro. La comunidad indígena en América y en Chile. Su pasado histórico y sus perspectivas. Editorial Universitaria. Santiago. 1956. pp. 147-149.
195 194

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mando, sino que, y fundamentalmente, a través de la historiografía nacional serán transformados en personajes de un pasado mítico, lejano y, en este sentido, adquieren un papel preponderante solo aquellos que opusieron resistencia a la invasión y luego a la conquista española, mientras que el resto de ellos fue olvidado y silenciado bajo la sombra de un imaginario mestizo que niega su raíz indígena y la diversidad de aquella74. Chile central se vio a sí mismo como imagen de todo el país. El mestizaje generalizado que ha sido explicado en estas líneas, el proceso de transformación de los indígenas en el “pueblo chileno” no fue igual al ocurrido en las fronteras, en los bordes, en donde los indígenas se mantuvieron como tales a pesar de todo. La cuestión indígena moderna se trasladó al Norte aymara y atacameño, a Rapa Nui, a la frontera del Sur, donde el pueblo mapuche mantuvo sus fueros por siglos hasta muy entrado el diecinueve, y a los extremos del territorio donde los diversos pueblos de canoeros y fueguinos debieron sufrir la extinción, prácticamente, al comenzar el siglo veinte. La revisión de la historia de Chile muestra que el pasado y presente indígena se confunden en una realidad permanente. No solo los nombres y la toponimia persiguen el imaginario cotidiano, sino que las demandas de los derechos indígenas sacuden y cuestionan a la sociedad chilena al comenzar el siglo veintiuno.

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Los tejidos en crin de Rari, las cerámicas de Pomaire, las fajas de Melipilla y muchas otras artesanías (desde la mirada actual) delatan fragmentos del pasado indígena de la Zona Central de Chile.

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SEGUNDA PARTE

LOS PUEBLOS DEL NORTE
El Norte de Chile es árido. Quizá, por las dificultades que ofrecía el paisaje, el ser humano desde hace miles de años se vio obligado a emplear al máximo su inteligencia y paliar con cultura lo que la naturaleza no le brindaba. Grandes culturas surgieron en el antiplano, en los valles que caen de la Cordillera de los Andes, en los oasis de los desiertos y en los valles transversales de lo que hoy denominamos Norte Chico. En esta parte del libro hablamos de los aymaras originarios de los Andes y que constituyen uno de los pueblos indígenas más numerosos de América y también de Chile. De los atacameños, antigua lengua kunza de los salares de Atacama donde floreció una cultura privilegiada; y de agrupaciones que han logrado resistir por siglos y que, aunque pequeñas en número, representan la diversidad de nuestra sociedad: quechuas, collas y diaguitas. El Norte árido de Chile ha sido, y sigue siendo, primero en desarrollo cultural.

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CAPÍTULO TERCERO LOS AYMARAS DEL NORTE DE CHILE

La llegada de los europeos trastocó radicalmente la historia americana. Se
produjo una ruptura violenta del antiguo orden y el comienzo de uno nuevo, largo y complejo: el orden colonial. Una de las escenas más dramáticas de la historia americana fue cuando Francisco Pizarro, en Cajamarca, toma prisionero al Inka Atahualpa, quien en 1533 será ejecutado. Ese mismo año el conquistador avanza hacia el Cuzco y, a pesar de las hostilidades de las tropas leales al Inka, se apodera del territorio198. Este nuevo orden español incluye las encomiendas y diversas formas de trabajo a las que es sometida la población indígena. El territorio del Corregimiento de Arica, al momento de la conquista hispana, era un espacio de vinculaciones multiétnicas compuesto por poblaciones locales y altiplánicas, siendo dominantes aquellas de habla aymara199. (Ver Mapa Nº 2). Dentro de la cosmovisión andina, el territorio se organiza de acuerdo a una división sustentada entre arriba y abajo, arajj saya –territorio de arriba– y manqha saya, territorio de abajo o de adentro. Las markas eran las grandes comunidades históricas no necesariamente formadas en el período prehispánico.
En las tierras altas de la región de Tarapacá, se pueden encontrar vestigios de markas en Cariquima e Isluga en lo que es hoy la comuna de Colchane; Gualletire y Parinacota en la comuna de Putre y los Ayllos de Cosapilla y Tacora, en la comuna de General Lagos. Estas agrupaciones sociopolíticas estaban construidas por “estancias” o pequeños caseríos ubicados en las áreas de pastoreo de grupos de patriparientes. Dentro de lo que son vestigios de estas agrupaciones sociopolíticas o administrativas, los ocupantes de las estancias funcionaron inicialmente como indios tributarios del corregimiento colonial respectivo. En general, entre

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198

Pease, Franklin. Los Incas. Una introducción. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima. 1992. pp. 173-175. 199 Hidalgo, Jorge. “Relaciones protohistóricas...” Op. cit. p. 167.

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los siglos XVI y XVII se observa cierta flexibilidad en el acceso al territorio altiplánico200.

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Algunas áreas situadas en valles precordilleranos y otras zonas aparecen como tierras de pastoreo de comunidades, con grupos familiares locales. En ambos casos, es normal la recepción de familias que procedan de otros sitios en calidad de forasteros. Con el tiempo, en la documentación aparecen los “amparos de tierras” como una forma de reconocimiento legal y escrito de la posesión de estas. Por intermedio de oficiales y funcionarios judiciales, se otorgaba dominio sobre ciertos sectores de vegas y pastizales, tanto a uno o más hogares –normalmente emparentados–, de modo tal que el usufructo exclusivo estuviera garantizado por la administración colonial y los indígenas amparados pudieran hacer efectivo el pago de los tributos correspondientes201. EL INICIO DEL ORDEN COLONIAL: INDÍGENAS EN LA INSTITUCIÓN DE LA ENCOMIENDA202 En el año 1538 Francisco Pizarro concedió a su primo Pedro Pizarro una encomienda de 500 indígenas de la provincia de Colesuyo. En 1540, se le otorgó al mismo Pedro Pizarro y a Hernando de Torres otra de 1.400 indios de Tacna. Una tercera fue concedida a Lucas Martínez de Vegazo por Francisco Pizarro el día 22 de enero de 1540. A través de esta institución se le otorgaron los indígenas que habitaban entre Arequipa y Tarapacá. Parte de esta merced estaba ubicada en las áreas de los valles de Lluta y Azapa. A raíz de las guerras civiles en el virreinato del Perú, creado en 1544, en 1548 le es quitada esta encomienda a su primer beneficiario y es transferida a Jerónimo de Villegas, quien fallece unos años después, volviendo la misma a manos de Lucas Martínez, quien, además, recibe por permuta los indios de la encomienda de Pica y Loa203. Entre 1570 y 1575 se efectuó la Visita General del Perú ordenada por el virrey Toledo y a raíz de ella se registró a la población indígena y se estableció el tributo que debía pagar. En términos del orden jurisdiccional, el Corregimiento de Arica fue creado en el año 1565 por el Gobernador del Perú, Lope García de Castro. Sus fronteras eran: por el Norte los Corregimientos de Ubina y Arequipa,

200 201

González, Héctor. “Disponibilidad, acceso...” Op. cit. p. 68. De Ramón, Armando. “Pueblos Andinos del Norte chileno (Una revisión de artículos)”. Academia Chilena de Historia. Separata del Boletín N° 107. Santiago. 1997. pp. 68, 69. 202 En este capítulo sobre el Norte se ha contado con la redacción y supervisión de los profesores Jorge Hidalgo, Premio Nacional de Historia; José Luis Martínez y la opinión activa de los profesores Lautaro Núñez y Armando de Ramón, Héctor González y Hans Gundermann. 203 Hidalgo, Jorge. “Relaciones protohistóricas...” Op. cit. pp. 163, 165, 167.

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por el Sur los de Lípez y Atacama, por el Este los de Chucuito, Pacajes y Carangas204. La costa se constituía como su frontera Oeste, en la que la ciudad de San Marcos de Arica –fundada en 1546– se articulaba como el puerto y enclave urbano más importante. Durante el siglo XVI la forma de productividad española se había superpuesto a la territorialidad indígena preexistente. Los recursos tradicionales, como el maíz, el ganado, el algodón, el pescado y las actividades mineras, fueron reorientados en términos económicos y productivos, utilizando los ambientes de la costa, valles y quebradas y las propias rutas de tráfico de los indígenas. En torno a determinados espacios fueron concentrándose las actividades que exigía la tributación hispana: Tarapacá, Pica y el litoral. Con los años, se maximizó la productividad española al volcarse a las áreas de Potosí y Arica, a partir de la eficiencia productiva de los recursos de pescado, guano y ají, así como de otros manufacturados, tales como el vino, aguardiente, trigo, aceite y azúcar205. Ello exigió transformaciones en la organización del trabajo indígena: utilización de mano de obra individual, en las actividades extractivo-productivas, y en el transporte de recursos y productos206. CIRCULACIÓN Y DISTRIBUCIÓN ESPACIAL DE LOS INDÍGENAS EN EL SIGLO XVII Hacia mediados del siglo XVII, como consecuencia de un proceso, la propiedad española se restringió a los valles bajos y piemontanos del desierto, no sobrepasando los 2.000 m sobre el nivel del mar; y si no se acentuó el
204 Esta situación se mantuvo hasta avanzado el siglo XVIII, cuando el Virrey Amat y Junient crea el Corregimiento de Tarapacá, debido fundamentalmente a la importancia que alcanzó Tarapacá en el siglo XVIII, debida a su producción de plata. (Villalobos, Sergio. Economía de un Desierto. Ediciones Nueva Universidad. Santiago. 1979. pp. 18-20) 205 Odone, Carolina. “El tejido de las estrategias de distribución y circulación espacial en Tarapacá: un registro colonial”. Memoria Americana N° 4, pp. 57-80. Cuadernos de Etnohistoria. Instituto de Ciencias Antropológicas. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Buenos Aires. Buenos Aires. 1995. p. 63. 206 Hidalgo, Jorge y Víctor Díaz. “Cartas del Obispo de Arequipa sobre los indios del Corregimiento de Arica; 1620-1638. Cuatro documentos inéditos”. Chungara N° 15, pp. 77-97. Universidad de Tarapacá. Arica. 1985. p. 91. Por otra parte, es importante recordar que no solo la mano de obra indígena estuvo ocupada en las actividades productivas españolas, sino también la de la población negra proveniente de África. Ya en el año 1555, aproximadamente, quinientos negros en calidad de esclavos fueron internados a Arica. Para la misma época, en las costas sur peruanas se encontraban unos 1.200 esclavos negros. Sin embargo, es importante mencionar que con Diego de Almagro y Pedro de Valdivia se internó población negra en Chile; al menos en la hueste del descubridor, un 13% era de sangre africana. (Thomas, Hugh. La trata de esclavos. Historia del tráfico de seres humanos de 1440 a 1870. Editorial Planeta. Barcelona. 1998. p. 102) Además, en 1609 a propósito de un empadronamiento de negros, los oficiales reales mencionan en sus informes la necesidad de empadronar a los descendientes de negros que pasaren de cuarta generación. Esto demuestra que la presencia esclava en la zona se remontaría, sin duda, al siglo XVI. (Wormald, Alfredo. El Mestizo en el Departamento de Arica. Ediciones Ráfaga. Santiago. 1966. p. 66) No obstante, el Corregimiento de Arica no se destacó –en relación al resto del virreinato– por su alta población esclava.

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avance hacia zonas más altas de la gradiente, muy posiblemente fue debido a los factores climáticos que afectaban las producciones de interés hispano. Por otra parte, la mayor concentración de pueblos de indios se localizaba en esas cotas –altura– bajas207. Dentro de la dominación colonial en el siglo XVII, se reconoce una matriz de organización basada en el establecimiento de territorios continuos y homogéneos, con poblaciones indígenas fijas y relacionadas directamente a las actividades productivas españolas. Sin embargo, los desplazamientos de indígenas a Tarapacá sugieren que bajo el mapa territorial definido por el español –en términos administrativos, eclesiásticos y económicos– existía también uno territorial determinado por lo indígena y ordenado en función de las prácticas de distribución y circulación, desarrolladas en un espacio discontinuo y heterogéneo con poblaciones indígenas móviles vinculadas a los múltiples espacios productivos. Esto representa “...un patrón de territorialidad indígena que subyace y se expresa bajo las lógicas coloniales administrativas o mercantiles”. Esto también sugiere un mapa multicultural de las vinculaciones de diferentes poblaciones –aparte de las locales– en el Corregimiento de Tarapacá, vale decir, Pacaxes, Carangas, Quillacas, Uros, Lípez, Atacamas, Camanchacas. Todo esto da cuenta que, a mediados del siglo XVII y comienzos del XVIII, el Corregimiento de Tarapacá agrupó un mosaico de poblaciones indígenas. La presencia multiétnica al interior del espacio tarapaqueño desarrolló estrategias de distribución y circulación espacial que les permitió acceder y privilegiar determinados ambientes y localidades, al igual que las poblaciones locales208. (Mapa N° 3)
207 González, Héctor. “Los aymaras de la región de Tarapacá y el Período Republicano Temprano (1821-1879)”. Documento de Trabajo Nº 45. Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato. Santiago. 2002. p. 2. 208 Odone, Carolina. “El tejido de las estrategias...” Op. cit. pp. 59, 61-63. En relación con las presencias multiétnicas, es importante señalar que las poblaciones que ocuparon el territorio del extremo Norte –aparte de las indígenas y al tiempo que el orden colonial se establecía en el siglo XVII– fue la negra descendiente de negros del siglo XVI y otros que llegaron a esta zona por el tráfico de esclavos. Ya en el siglo XVII (1614) el virrey Marqués de Montesclaros manda a levantar un censo de la población del virreinato y de él se desprende que en la población de la ciudad de San Marcos de Arica y poblados de su distrito había 1.300 negros, bozales, criollos y libres pertenecientes a diferentes castas: 600 hombres, 700 mujeres (Cavagnaro, Luis. Materiales para la historia de Tacna, Tomo III: Dominación hispánica siglo XVIII. Fondo editorial de la Universidad Privada de Tacna. Tacna. 1994. p. 113) Hacia el siglo XVIII (1792) otro censo es efectuado en Tarapacá. Este informa que la población negra era de 253 esclavos y 528 pardos libres, de un total de 7.923 personas (Villalobos, Sergio. Economía... Op. cit. p. 237) Aunque Tarapacá ya no correspondía en términos jurídicos al Corregimiento de Arica, aquella población y sus ancestros se asentaron (libre o bajo servicio) en Tarapacá en épocas más tempranas, cuando Pica, la Quebrada de Tarapacá y Guarasiña, Tana, Tiliviche y Matilla correspondían al antiguo territorio jurídico, registrando entonces el tránsito, la movilidad y la presencia innegables de esta población. La presencia de esclavos negros incluso se registra en los minerales de plata de la zona, como en la mina Candelaria y Santa Rosa de Huantajaya. En estos territorios del Norte Grande, la población negra, en condición de esclava, fue ocupada en la agricultura; como

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EXTIRPACIÓN DE IDOLATRÍAS Y ABUSOS EN EL SIGLO XVII En el siglo XVII se producirá un proceso de adoctrinamiento religioso y la administración eclesiástica necesitará ejercer un mayor control en los territorios, puesto que resurge la preocupación por las idolatrías indígenas junto con acciones concretas para exterminarlas:
“En algunos pueblos de yndios halle muchos sepulcros, o guacas antiguas con cuya occassion se conservaban entre esta gente barbara algunas supersticiones de la gentilidad y ydolatria y para quitarles delante de los ojos estas memorias que serían mas de tres mill, los hise derrivar todos a mis costa y e borrado otros rostros de ydolatrias que se an descubierto, sea para gloria de Dios y bien destas plantas nuebas en la fe...”209.

Sin embargo, también ocurre, en este tiempo, una serie de abusos contra los indígenas, tanto de sacerdotes como de corregidores. Una denuncia efectuada por los indígenas de Tarapacá en el año 1620 contra del clérigo Melchor Maldonado, le tocó resolver a la Real Audiencia y al obispo de Arequipa. El tenor de la misma es el siguiente:
“ (...) y como no tiene sinodo aquella doctrina ha tomado a los indios las mejores tierras del valle y sembrandolas para si en que ha hecho una muy gran sementera lo qual ha hecho con mano poderosa de Padre y contra su voluntad. Les apremia a que la beneficien sin pagarles cosa alguna trayendo

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maestros y oficiales de diferentes oficios; en órdenes religiosas; como transporte marítimo y terrestre; en organismos estatales (en trabajos de obras públicas), como arrendados por sus dueños (por años, meses o días), trabajos pesados en el cabildo u hospitales, entre otros más. (Mellafe, Rolando La esclavitud en Hispano-América. Eudeba, Editorial Universitaria de Buenos Aires. Buenos Aires. 1964. pp. 75-77) El servicio doméstico y la agricultura fueron espacios privilegiados para la ocupación de mano de obra esclava desde comienzos de la vida colonial en América. Basilio de la Fuente –importante hacendado de la zona de Tarapacá– en sus propiedades agrícolas utilizó una gran cantidad de esclavos. Sus tierras producían desde viñedos hasta alfalfa, maíz y árboles frutales. Aquí la labor de los esclavos, que en algunos casos eran mayoritariamente mujeres, debieron circular en labores de cosecha, siembra, almacenamiento y/o mantención de las tierras, por citar algunos casos. Se ha logrado determinar que en el siglo XVIII algunos esclavos comprados en Tacna provenían de Santiago de Chile y de algunas otras ciudades del Alto Perú. En ambos casos el centro de distribución era Buenos Aires. (Cavagnaro, Luis. Materiales para la Historia... Op. cit.) También esta vía de ingreso pudo haber sido la manera de abastecer las necesidades de mano de obra esclava de Arica y los valles. Con todo, es importante recalcar que desde el siglo XVI en adelante hubo una población negra en condición de esclavos y/o libres en el territorio extremo Norte de Chile. Actualmente, los descendientes de estas poblaciones habitan la actual región de Tarapacá y han generado sus propias organizaciones, por cierto, que en otras condiciones: de ciudadanía en la República de Chile. 209 “El Obispo de Arequipa da cuenta a su Magestad de la visita efectuada al Partido de la Costa de Arica en 1636”. 18 de abril de 1638. En: Hidalgo, Jorge y Víctor Díaz. “Cartas del Obispo...” Op. cit. p. 83.

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muchachos y muchachas de todos los pueblos que estan apartados mas de diez leguas para que la riegen (sic) y guarden y guaneen las dichas chacras por lo qual no pueden acudir a las de sus padres los quales viendose apurados y afligidos sean huydo muchos dellos por no tener tierras en que sembrar, ni las que han sembrado no tienen quien las beneficie por averles quitado sus hijos y el agua que ay poca en el dicho valle y asi no tienen caciquez de quien cobrar la tasa (...) y todo esto es digno de remedio mandando Vuestra Alteza quitar al dicho Padre y se les den a los indios los fructos de las dichas chacras (...)”210.

Otro documento que da cuenta de la explotación indígena en manos de españoles, particularmente de los corregidores y sus tenientes, es el siguiente:
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En 1637, el Obispo de Arequipa, Pedro de Villagómez, informa al Rey que los corregidores o sus tenientes, excusando que los indios de Pica eran ebrios, expropiaban los viñedos de los tributarios indígenas y los entregaban a los hacendados españoles para que los administraran. El Obispo señala, además, que estos hacendados utilizaban a los indígenas como mano de obra para la explotación de tales viñedos. De este modo, los españoles obtenían el fruto de la propiedad y del trabajo indígena sin pagar el diezmo y, además, pagaban los salarios de sus trabajadores indígenas en vino212.
210 “Representación de los indios de Tarapacá contra el cura, 1620. Copia de una provisión que despacha la Audiencia de Lima contra el cura de Tarapacá sobre algunos excesos que le imputan sin dar parte a su Obispo ni a juez eclesiástico alguno”. 6 de diciembre de 1621. En: Hidalgo, Jorge y Víctor Díaz. “Cartas del Obispo...” Op. cit. p. 80. 211 “Carta del Obispo de Arequipa sobre los abusos cometidos por los corregidores de Arica con los indios”. 31 de marzo de 1637. En: Hidalgo, Jorge y Víctor Díaz. “Cartas del Obispo...” Op. cit. p. 92. 212 Hidalgo, Jorge. “Dominación y resistencia en el cacicazgo de Pica”. Revista de Historia Indígena N° 4, pp. 49-74. Facultad de Filosofía y Humanidades. Departamento de Ciencias Históricas. Universidad de Chile. Santiago. 2000. p. 52. Es importante señalar que la doctrina de Pica fue erigida en curato en el año 1620; sin embargo, su proceso doctrinal ya estaba en vigencia en la época de las primeras encomiendas. Op. cit. p. 51. Copia de “Carta del Obispo de Arequipa sobre los abusos cometidos por los corregidores de Arica con los indios”. 28 de marzo de 1637. En: Hidalgo, Jorge y Víctor Díaz. “Cartas del Obispo...” Op. cit.: “Cartas del Obispo...” Op. cit. pp. 88, 89.

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EL PERÍODO COLONIAL TARDÍO: LOS LEVANTAMIENTOS ANTICOLONIALES ANDINOS DEL SIGLO XVIII En la segunda mitad del siglo XVIII, se suscita una serie de rebeliones tanto en la sierra peruana como en el Alto Perú, las que habrían tenido relación con el sistema de repartimientos forzosos, legalizado para el Perú por Real Cédula del 15 de junio de 1751213. Este sistema tendió a romper la autosuficiencia de los productores campesinos y consistió en:
“... autorizar a los corregidores de indios en el virreinato del Perú para obligar a los indígenas de sus respectivos distritos a comprar ‘todo tipo de mercancías’ y a exigir el pago de las mismas ‘utilizando los recursos policiales y judiciales a su disposición’. La propia real cédula citada, justificaba esta monstruosa disposición legal aduciendo que era ‘notoria la desidia, flojedad y pereza de aquellos naturales a todo género de trabajo, por ser inclinados a la ociosidad, embriaguez y otros vicios”.

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En noviembre de 1780, José Gabriel Condorcanqui –un cacique provinciano que declaró descender de los Inkas y poseer el apellido Tupac Amaru–, inició, en el Virreinato del Perú, una rebelión que remeció el estado colonial (Ver Mapa Nº 3), la que se extendió por todo el territorio que corresponde actualmente al sur peruano, boliviano, Norte de Argentina y Norte de Chile. En esta última región, el virrey Amat y Junient había creado en el año 1767 el Corregimiento de Tarapacá. (Ver Mapa Nº 4). Dentro de los motivos de la insurrección, se consideraron el reparto forzado de mercaderías y los abusos cometidos por los corregidores y otros estamentos o sectores vinculados al mundo indígena, junto al aumento de diversos impuestos incluidos en las reformas borbónicas del siglo XVIII214. Las rebeliones también habrían tenido un carácter mesiánico, en tanto se proclamaba el retorno del Inka tal como se encuentra señalado en la mitología: “...volverá el Inka y el Inka dejará un nuevo orden en este Estado...”, lo que se realizaría a través de la figura de Tupac Amaru. A la rebelión iniciada en 1780 se suman, a partir de enero de 1781, la de los pueblos altos de Arica y Tarapacá215. Las revueltas tupacamaristas tuvieron como consecuencia la implantación de una serie de medidas destinadas a asegurar el buen funcionamiento del régimen colonial, esto es, su reordenamiento e incremento de las principales rentas fiscales. En 1780, se abolió el sistema de repartos en un intento de liberar el comercio monopolizado hasta esa fecha por los
213 Hidalgo, Jorge. Indian Society in Arica, Tarapacá and Atacama, 1750-1793, and its response to the rebellion of Tupac Amaru. A thesis presented for the Degree of Ph.D. in the University of London. London. 1986. 214 González, Héctor. “Los aymaras de la región...” Op. cit. p. 10. 215 Hidalgo, Jorge. “Amarus y Cataris: Aspectos mesiánicos de la rebelión de 1781en Cuzco, Chayanta, La Paz y Arica”. Chungara 10, pp. 117-138. Universidad de Tarapacá. Arica. 1983.

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corregidores mediante los repartimientos forzados de mercancías. En 1784, siguiendo un proyecto de ordenamiento político-administrativo de corte centralista, se creó el sistema de intendencias de las cuales dependían ahora subdelegados provinciales que reemplazaron la figura del corregidor, quien, desde la legalización de los repartos de mercancías y del aumento de otras tasas, además de su accionar discrecional, se había constituido en el símbolo de la explotación indígena216. En los momentos previos a la independencia peruana, se inicia un proceso de fragmentación de los espacios regionales hacia los cabildos pueblerinos y de reforzamiento de la autonomía de las comunidades indígenas. A su vez, se perfila una incipiente burocracia que va accediendo al poder local, interfiriendo por vez primera en los derechos de las comunidades imponiendo “caciques” recaudadores, demanda de servicios personales y ocupando tierras217. Estas medidas determinan una fragmentación jurisdiccional. A comienzos del siglo XIX se manifestaron cambios de importancia en el ámbito político, particularmente en los sistemas de manejo del poder. Después de las rebeliones y, al mismo tiempo, con el objeto de prevenirlas, la corona española estableció una serie de medidas para acabar con los caciques hereditarios, que se perfilaban como figuras del control político y mediadores entre la administración española y los indígenas locales. En reemplazo de la antigua jurisdicción cacical, advienen los alcaldes de indios elegidos anualmente218. Además, en los inicios del siglo XIX y con la independencia de las colonias americanas de la corona española, deviene la emergencia de los estados nacionales que marcará el camino de la modernidad recorrido por Latinoamérica. Así se abre un período, en el marco de la construcción del Estado, que impactará en las relaciones con su población criolla, mestiza e indígena. LA INDEPENDENCIA Y EL PERÍODO REPUBLICANO PERUANO (1821-1854) En sus inicios, el Estado peruano no se vinculaba intensamente con el altiplano y con las comunidades andinas del Sur. Luego, se establecerá un duro período de usurpaciones de tierras comunales, trabajo obligatorio y pauperización de la economía de las aldeas y ayllos aymaras. A pesar de ello, las comunidades gozaban de alguna relativa capacidad para darse a sí mismas un ordenamiento a través de sus prácticas, costumbres y maneras de relacionarse entre sí mediante intercambios, debido a que las nuevas fronteras republicanas no lograban aún establecer las barreras para impedir las migraciones de grupos familiares.
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González, Héctor. “Los aymaras de la región...” Op. cit. p. 5. Op. cit. p. 6. Op. cit. p. 7.

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Con la implantación de un nuevo Estado-Nación por parte de las elites criollas, ocurrieron cambios para los indígenas de la naciente República. Su transformación en “ciudadanos” de una nación de “iguales” implicó más bien una circulación étnica forzada, a raíz de una correspondencia unívoca entre nación y territorio, y su conversión en propietarios particulares de sus tierras bajo régimen de libre disposición –libres de la relación de “vasallaje” con la corona española– permitió el usufructo a cambio del pago de un tributo y otras obligaciones. Esto último reflejaría una “reforma agraria”, puesto que los indígenas debían transformarse en pequeños propietarios libres de ataduras corporativas –sus comunidades– y de la intermediación –caciques, por ejemplo. Ampliando esta doble transformación, se decretaron medidas inspiradas en ideas liberales de la época: en 1821, José de San Martín decretó que los indios eran ciudadanos de la Nación, debiéndoseles el reconocimiento de peruanos, además de la abolición del tributo indígena y prohibición de sujeción de indios. En 1824, Simón Bolívar declaró la disolución de las comunidades indias en Perú, la entrega de las tierras a sus ocupantes de manera particular, la venta de los terrenos de apropiación colectiva y la desaparición de cacicazgos, como de los títulos nobiliarios de indígenas219. Sin embargo, en 1826 el Estado, presionado por falta de recursos fiscales, reintrodujo el tributo mediante un nuevo concepto: contribución de indígenas. Un año después y a partir de los conflictos que devinieron de la distribución de tierras, la repartición se suspende y, finalmente, en 1828 se dicta una ley que declara que los indios, y esta vez también los mestizos, serán propietarios de tierras220. La necesidad de restablecer el tributo indígena se impuso por la urgencia de aumentar los ingresos del Estado, ya que cargaba con altas deudas generadas por la guerra de Independencia y por el descenso de los ingresos provenientes de la minería. Sin embargo, otros autores han planteado la instauración del tributo como barrera cultural, desde la cual las elites criollas se distinguían o separaban de los indígenas221. Pero, en todo caso, se ha subrayado que la continuidad del “pacto colonial” –por lo menos en comunidades del Norte de Potosí– entre el Estado y las comunidades indígenas hasta inicios de 1870, da cuenta de que los mismos indígenas defendieron la tributación durante la república, puesto que a través de una “ciudadanía tributaria”, que imponía estatus, podían demandar ilustración, educación y protección legal222.
Op. cit. Op. cit. p. 8. 221 Peralta, Víctor. En pos del tributo. Burocracia estatal, elite regional y comunidades indígenas en el Cusco rural (1826-1854). Centro Bartolomé de Las Casas. Cuzco. 1991; citado en: González, Héctor. “Los aymaras de la región...” Op. cit. p. 10. 222 Platt, Tristan. Estado boliviano y Ayllu andino. Tierra y tributo en el norte de Potosí. Instituto de Estudios Peruanos. Lima. 1982; citado en: González, Héctor. “Los aymaras de la región...” Op. cit. p. 11.
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Habría que agregar también que la contribución de indígenas no era la misma que la colonial, aun cuando tenía algunas semejanzas. Los indios –ahora “indígenas”– ya no eran la población colonizada que “tributaba” a sus vencedores, sino ciudadanos que “contribuyen” al sostenimiento de su Estado223; aunque el trasfondo del “pacto” –incluidas las castas– contribuyó a fomentar categorías raciales de raigambre colonial. En el año 1854, el presidente Ramón Castilla abolió definitivamente la “contribución de indígenas” y las comunidades perderían la importancia política corporativa conservada aún en las primeras décadas republicanas. Así, el Estado se orienta hacia el desarrollo de la autonomía de las unidades familiares. A la par, los indígenas se vincularán al mercado de fuerza de trabajo como agricultores y/o peones. El Estado, en tanto, tratará a esta población sin distinción a su origen –serán agricultores, por ejemplo. En este proceso, entonces, devienen varios elementos de cambio y una nueva etiquetación: de un pasado indígena a mestizos y, en general, al concepto mayor de “andinos”, más vinculados a la unidad doméstica en desmedro de la comunidad. Las poblaciones indígenas más afectadas por este proceso se asentaban en los valles y las menos, en el altiplano. Además, los efectos anteriores se asocian históricamente a la emergencia de enclaves mineros, particularmente con los inicios de la producción salitrera, que tenderá a la integración de la economía y mano de obra indígena a estas nuevas labores224. Estos procesos no fueron interrumpidos por la Guerra del Pacífico (1879), cuando esta área pasa a jurisdicción chilena. La expansión de la producción del salitre por la apertura al mercado internacional de inversiones, así como la multiplicación del comercio, contribuyeron a acentuar los procesos migratorios hacia fuera de las comunidades y una mayor conexión mercantil con los centros económicos regionales. Más profundamente, el Estado chileno iniciará su penetración en el seno de los pueblos indígenas con una red de sistemas de controles de tipo policial, tributarios, educacionales, sanitarios, políticos y legales. Como se verá más adelante, el proceso consecuente de “chilenización” en esta etapa será el resultado de las políticas generales aplicadas por un Estado centralizado, sin consideración de las diferencias culturales y regionales. Esta tendencia hacia la homogeneización cultural caracterizará las políticas estatales hasta casi finales del siglo XX225. EL PERÍODO SALITRERO Los años más significativos del período salitrero transcurrieron entre 187080. El mismo se abre con el auge en el área de las exportaciones, que le
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González, Héctor. “Los aymaras de la región...” Op. cit. p. 12. Op. cit. pp. 15, 18-20. Op. cit. p. 20.

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permite, hasta el año 1930, ocupar un lugar de preeminencia como fuente de riqueza y actividad nacional. Finalmente colapsa principalmente por las repercusiones económicas de la crisis de 1929. No obstante, algunas oficinas quedaron abiertas hasta la década del setenta. Habría que recordar que este ciclo se inició y se desarrolló tanto antes como después de la Guerra del Pacífico, situación en la que los recursos del desierto también alentaron esta confrontación. Asimismo, las comunidades indígenas se incorporaron, durante la segunda mitad del siglo XIX y en el primer tercio del XX, a un proceso social y económico plenamente moderno e intercultural. A partir de mediados del siglo XIX, se dieron intensos procesos modernizadores, sobre todo debido al temprano desarrollo de una economía capitalista orientada a la extracción minera, implementación de vías ferroviarias y puertos de exportación226. Una faceta de todo ello es el desarrollo de relaciones modernas entre capital y campesinado aymara, definidas exclusivamente con arreglo a vínculos de mercado entre agentes económicos autónomos, sin rasgos señoriales. En consecuencia, se crea un espacio de influencia de la economía salitrera en el espacio andino con características modernas, puesto que, desde mediados del siglo XIX en adelante, difícilmente podría hablarse de servidumbre, neocolonialismo, colonialismo interno o alguna fórmula de este tipo227. Con el ciclo salitrero, los indígenas de Tarapacá ocuparon diversos oficios, con excepción de los administrativos, lo que indicaba,
“…que la necesidad de mano de obra, por un lado, y las características tradicionales de los oficios, por otro, permitieron que esa población se adaptara rápidamente a las salitreras, constituyéndose en uno de los grupos humanos más importantes de la explotación salitrera y a la vez, uno de los más injustamente ignorados, al ser asimilados en categorías globales como obreros o campesinos”228.

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Años previos a la Guerra del Pacífico, el censo de 1876 logra al menos dar cuenta de las poblaciones insertas en las salitreras. Así, entre Camarones y El Loa se tipificaron en categorías de blancos, indios, negros, mestizos y asiáticos, donde los “indios” –indígenas– alcanzaron las tasas más altas de población. En Tarapacá, los quechuas y aymaras eran los dos
226 Gundermann, Hans. “Sociedad aymara y procesos de modernización durante la segunda mitad del siglo XX”. Documento de Trabajo Nº 38. Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato. San Pedro de Atacama. 2002. p. 6. 227 Op. cit. p. 7. 228 González, Sergio. “Quechuas y aimaras en las salitreras de Tarapacá”. La Integración Surandina. Cinco siglos después”. En: Javier Albó, María Inés Arratia, Jorge Hidalgo, Lautaro Núñez, Agustín Llagostera, María Isabel Remy y Bruno Revesz (Comps), pp. 353-361. Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de Las Casas. Corporación Norte Grande Taller de Estudios Andinos. Universidad Católica del Norte. Cuzco. 1996. p. 353.

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pueblos más relevantes229; sin embargo, su inserción fue distinta: “... mientras los primeros fueron, en primer lugar, mano de obra y después comercio de larga distancia, los segundos fueron comercio de corta distancia, en primer lugar, y después mano de obra”230. Por su parte, los aymaras se vincularon de una manera más activa con las salitreras, en tanto estaban asentados más cerca de ellas. Los pueblos localizados en cotas bajas –1.000 y 1.500 m sobre el nivel del mar– liberaban mayor población como mano de obra y al avanzar por la gradiente altitudinal los pueblos ubicados en el altiplano –3.500 y 4.500 m sobre el nivel del mar– también vieron disminuida su población, pero en menor cantidad si se la compara con Huarasiña, Tarapacá, Tiliviche, La Huayca y otros más cercanos a las salitreras, por lo menos en el período entre 1862 y 1920231. Pero particularmente a partir del año 1880 se produjo un acelerado crecimiento poblacional por los flujos migratorios provenientes del Norte Chico y de la región central de Chile. La primera de estas regiones habría aportado casi un 65% del total de la población migrante al Norte Grande. El poblamiento adquiere un marcado carácter urbano, tanto por la distribución de la población en unidades concentradas –unidades relativamente pequeñas, pero numerosas– como también por la incorporación de esta a un mercado de productos de consumo humano provenientes de la región central y de servicios y bienes de ciudades importantes como Santiago y Valparaíso232. Hacia 1879 la población indígena de Tarapacá no solamente se encontraba al margen de los motivos de la guerra, sino también de los tres Estados en conflicto. La relación entre el Estado chileno y las comunidades indígenas será posterior a la guerra, incluso podría decirse en rigor que será a comienzos del siglo XX233. En los inicios de 1890, el Estado de Chile reorganizó la provincia de Tarapacá bajo sus leyes, debido a la necesidad de reanudar las actividades productivas salitreras, donde Humberstone señalaba “... que la provincia quedó materialmente en manos de los chilenos, y el gobierno hizo lo posible para establecer el orden y poner en marcha las oficinas...”234. A partir de la anexión de la provincia de Tarapacá a Chile, los primeros intendentes fueron consolidando la autoridad chilena, a través de normativas y nombramientos de autoridades en las localidades importantes del territorio; sin embargo, con la emergencia de las repúblicas, parte de la sociedad andina, así como su economía, quedó frag229 230

Op. cit. p. 355. Op. cit. p. 358. 231 Op. cit. pp. 356, 357. 232 Gundermann, Hans. “Sociedad aymara y procesos... “ Op. cit. pp. 9, 10. 233 González, Sergio. “El Estado chileno y el mundo andino: los efectos de la Guerra del Pacífico”. Documento de Trabajo Nº 46. Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato. Santiago. 2002. p. 1. 234 Op. cit. pp. 2-3.

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mentada e inscrita en un nuevo orden que “...pudo arrinconar aún más a las comunidades altoandinas, especialmente por la presión de fronteras político-administrativas que comienzan a tener controles estrictos a la circulación y controles de mercancías y personas...”235. Además, los efectos de la guerra no dejaron a los aymaras indiferentes, puesto que se entendió que una nueva república implicaba registrar otra vez sus propiedades. Por tanto, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX se regularizaron las posesiones de valle y altiplano, que los vinculaba a un reconocimiento –de ciudadanía– por parte de la autoridad chilena a través del derecho de residencia a quien lo solicitase. Por otra parte, el Estado chileno registraba como terrenos fiscales a aquellos que no estaban inscritos en los conservadores de bienes raíces236. Paralelamente, en los primeros años del siglo XX la expansión salitrera continuaba y, a modo de ejemplo, los avisos publicados en diarios de la época como El Tarapacá –16 de junio de 1905– solicitaban mano de obra indígena para diversas faenas salitreras, desde particulares hasta maquinistas, donde lo distintivo fue la claridad de la población a la cual se dirigía el mensaje: el documento estaba escrito en quechua237. Con la producción salitrera, que abarcó un largo período, se fundó la experiencia histórica del mundo minero de los habitantes de la región. Con ello también sobresale la pampa como el lugar del nacimiento del movimiento obrero a partir de la creación de mancomunales, de la militancia política en la Federación Obrera y en el Partido Obrero Socialista: movimiento de reivindicaciones económicas y culturales. Asimismo, estos vínculos entre hombres y mujeres con la pampa se van tejiendo a través del imaginario religioso y la emblemática Tirana, así como la comprensión de los ciclos de crisis y, a la vez, de prosperidad, como parte del destino de los pueblos y ciudades del desierto como, asimismo, la imagen cosmopolita basada en una economía de exportación238. Finalmente, la disminución progresiva del crecimiento de la población en las dos últimas décadas de la fase de expansión es un buen indicaOp. cit. p. 4. Op. cit. p. 7. 237 González, Sergio. “Quechuas y aimaras en las salitreras...” Op. cit. p. 353. Además, en el mercado de fuerza de trabajo las relaciones económicas entre poblaciones indígenas en Chile y otras que se encuentran en otros países no se circunscriben en la “...circulación de bienes de consumo o mercancías por medio de los sistemas campesinos de intercambio o actividad comercial. De hecho, las faenas agrícolas y mineras en el lado de Chile requirieron de considerable fuerza de trabajo indígena...”. De este modo, en la variada explotación y actividad minera la fuerza de trabajo indígena ha sido quechua en mayor medida y aymara, y, en general, los enclaves mineros han sido espacios donde han convergido indígenas de distintas regiones y en algunas ocasiones de distintas etnias, entre los siglos XIX y XX. (González, Héctor y Hans Gundermann. “Organizaciones aimaras...” Op. cit. p. 409) 238 González, Héctor. “Apuntes sobre el tema de la identidad cultural en la Región de Tarapacá”. Estudios Atacameños Nº 13, pp. 27-45. Universidad Católica del Norte. San Pedro de Atacama. 1998. pp. 32-33.
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dor de la evolución de la crisis salitrera. Esto es particularmente efectivo en la década de 1920-30, porque los flujos emigratorios fueron de enorme magnitud. Por tratarse de una fuerza de trabajo minera sujeta a relaciones de producción capitalista, organizados como clase y afiliados políticamente, su ruralización e inserción en sistemas de explotación hacendales no habría sido una alternativa viable. Son entonces, flujos migratorios que tuvieron un impacto de concentración urbana importante, especialmente en Santiago. Además, las ciudades de Iquique, primero, y Arica, después, sumida la primera en una grave crisis económica, recibirán una parte de la migración pampina. De este modo, los centros urbanos presentarán mejores condiciones para “salvar” la crisis, si se comparan con los campamentos mineros. Asimismo, si la fase expansiva tuvo como consecuencia la redefinición del poblamiento y la ocupación regional con una impronta urbana notoria, la crisis más que cambiar esta situación habría reforzado este patrón de concentración urbana regional239. LAS POLÍTICAS DEL ESTADO CHILENO Y LA CHILENIZACIÓN Los territorios donde se asentaba la población aymara formaban parte, hasta la Guerra del Pacífico (1879-1883), de la República del Perú. Si bien las poblaciones indígenas de Arica y Tarapacá se mantuvieron al margen de dicha guerra, sus territorios fueron objeto de un conflicto geopolítico que concluye con la parcelación del espacio tradicional entre tres naciones. El principal efecto sobre las comunidades indígenas radica en los procesos ideológicos e institucionales asociados a la integración forzada a Chile y de los mecanismos aplicados desde el Estado para asegurar la soberanía en estos nuevos territorios. De este modo, el proceso de chilenización se abre en el año 1879 y continúa hasta 1990, y ha consistido, ante todo, en establecer sólidas estructuras estatales en la región, desde municipios hasta poderosos cuarteles de frontera240. Aun cuando la historia oficial nos hable de una anexión de los territorios del Norte, ya en 1883, ciertamente, la misma no se dio automáticamente en términos ideológicos y sociales. Si bien, concluido el conflicto, las autoridades chilenas adoptaron medidas para afianzar la ocupación y establecieron el marco jurídico e institucional sobre el cual se regularon las relaciones entre el Estado y los aymaras en las décadas siguientes. La naturaleza de la relación entre el Estado chileno y la población indígena de Arica y Tarapacá se explica principalmente en atención a su rol político frente a una disputa que, desde un comienzo, les era ajena. Su situación geopolítica quedó subordinada a un plebiscito acordado en el Tratado de Ancón (1883) y que, aunque debió realizarse en 1893, nunca se materiaGundermann, Hans. “Sociedad aymara y procesos...“ Op. cit. pp. 10-11. Albó, Javier. “Aymaras entre Bolivia, Perú y Chile”. Estudios Atacameños Nº 19, pp. 4373. Universidad Católica del Norte. San Pedro de Atacama. 2000. pp. 55-56.
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lizó. Esta situación se prolongó por casi cincuenta años, hasta 1929, cuando Tacna se reincorpora al Perú y Arica queda bajo la soberanía de Chile241 (Ver Mapa Nº 5). Esto significó para los habitantes de los territorios de Tacna y Arica un trato especial que, sin lugar a dudas, buscaba someterlos a un ejercicio de aceptación del régimen chileno ante un eventual plebiscito, atacando directamente al patriotismo peruano e introduciendo una simbología y discurso favorables a la ocupación y al poder dominantes. Esta campaña de dominio tuvo lugar en los centros urbanos de Arica, Tacna y en los poblados más importantes del sector rural, desarrollándose en dos etapas: la primera, entre 1880 y 1910, a cargo de las autoridades civiles, y la segunda, hasta 1929, encabezada por la Vicaría Castrense y autoridades políticas en la provincia242. La chilenización de Tarapacá se efectúa de una manera compulsiva durante las primeras tres décadas del siglo XX243, iniciándose en “...1907 efectivamente la chilenización en Tarapacá”244. La sociedad criolla, peruana y chilena instalada en la costa, estigmatizó como “india” a aquella población que se encontraba en los sectores del interior245 –tierras altas, valles y oasis. Para el pueblo aymara, este período de la historia ha sido denominado también como desaymarización, porque tendió a un proceso de violencia, intolerancia, amedrentamiento e imposición de costumbres ajenas246. La implantación de un principio republicano y democrático –igualdad formal, soberanía política de los ciudadanos– abrió paso a un cambio desde la sociedad colonial estamentaria a una sociedad organizada según un pacto social moderno, que, en los hechos, fue exclusiva y excluyente respecto de los indígenas. Ellos quedaron fuera de un proyecto de modernización política que rápidamente se definió como elitista. Con la ruptura del “pacto colonial” no hubo un cambio estructural en la posición de los indígenas dentro de la sociedad nacional. Tras todo este divorcio entre discursos liberales y prácticas conservadoras, lo que se

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Tudela, Patricio. “El Estado y sociedad chilena ante los Aymaras de Tarapacá (I Región de Chile): Factores y consecuencias de su integración entre 1930-1973”. Documento de Trabajo Nº 24. Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato. Santiago. 2002. p. 3. 242 Op. cit. 243 González, Héctor y Hans Gundermann. “Organizaciones aymaras, identidad étnica e integración”. La Integración Surandina. Cinco siglos después. En: Javier Albó, María Inés Arratia, Jorge Hidalgo, Lautaro Núñez, Agustín Llagostera, María Isabel Remy y Bruno Revesz (Comps), pp. 395-416. Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de Las Casas. Corporación Norte Grande Taller de Estudios Andinos. Universidad Católica del Norte. Cuzco. 1996. p. 403. 244 González, Sergio. “Quechuas y aimaras en las salitreras...” Op. cit. p. 360. 245 González, Héctor y Hans Gundermann. “Organizaciones aimaras...” Op. cit. p. 403. 246 Subgrupo de Trabajo Pueblo Aymara. “Informe Final Preliminar”. Documento Nº 73. Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato. Arica. 2003. p. 4, en el Anexo de este capítulo.

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encuentra en el fondo es la igualdad jurídica entre quienes son profundamente desiguales en el plano social. En la situación creada, los grupos criollos dominantes consolidaron su poder y dominación sobre las poblaciones indígenas247. A comienzos de siglo, se introduce la escuela pública en la provincia de Tarapacá248 y, en general, en los principales valles interiores, especialmente en las quebradas bajas y oasis y en los puertos de Pisagua e Iquique. Estas escuelas, en los primeros momentos, respondían más a iniciativas de carácter privado que estatales249. Las escuelas serán la vía para la implementar modernidad y difusión de lo chileno entre los aymaras. De este modo, desde un primer momento, se otorgó una gran importancia a la instrucción escolar en los territorios anexados, relevancia reforzada aún más en la primera década del siglo XX, cuando, ante el riesgo de un resultado desfavorable en el plebiscito pendiente, la chilenización exigió en materia educacional desarrollar una conciencia nacional y crear un lazo ideológico con el Estado chileno, particularmente en los territorios de Tacna y Arica250. Este proceso de chilenización, fomentado entre los años 1910 a 1929, en las ciudades de Arica e Iquique, fue tan intenso, que se lo recuerda como un período oscuro de la historia, porque a través de la formación de ligas patrióticas se persiguió y expulsó a los ciudadanos peruanos que se asentaban en estos territorios. En ese momento, se consideró fundamental reforzar la implementación del programa de instrucción, a través de la red de escuelas rurales en el sector andino, creando nuevos establecimientos y prohibiendo el ejercicio de la docencia a profesores peruanos. Sin duda alguna, el objetivo era eliminar la peruanidad de la provincia a través de una chilenización compulsiva. Al dictarse la Ley de Enseñanza Obligatoria o Instrucción Primaria (1917), esta se volvió un derecho y obligación en el territorio y, al mismo tiempo, fue una herramienta útil en favor de los intereses nacionalistas de las autoridades chilenas. Dentro del ámbito de la soberanía, la instalación de la escuela fiscal en Tarapacá permite entender los profundos cambios que afectaron a los aymaras de valles y altiplano por ejemplo, Isluga y Cariquima251.
Gundermann, Hans. “Sociedad Aymara y procesos...” Op. cit. p. 6. González, Sergio. “El Estado chileno... Op. cit. p. 17. 249 González, Sergio. “La escuela chilena en los Andes de Tarapacá”. Pueblos Indígenas. Educación y Desarrollo, pp. 83-127. Centro de Estudios para el Desarrollo de la Mujer. Instituto de Estudios Indígenas. Universidad de la Frontera. Temuco. 1997. p. 83. Hay que tomar en cuenta sus antecedentes más tempranos, porque la instalación de la escuela ocurrió en los primeros años del siglo XVII, tanto en Camiña y Sibaya en 1600 y Pica con Tarapacá en 1608 y 1614, respectivamente. 250 González, Héctor. “Apuntes sobre el tema... Op. cit. pp. 29-30. Tudela, Patricio. “El Estado y sociedad chilena...” Op. cit. pp. 4-6. 251 González, Sergio. “Los aymaras de Isluga y Cariquima: un contacto con la chilenización y la escuela”. Investigaciones científicas y tecnológicas Nº 3, pp. 1-5. Universidad Arturo Prat. Iquique. 1993. pp. 2-3.
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La primera escuela chilena del siglo XX, establecida en el sector rural del Departamento de Arica, fue creada en Putre (1905), luego Ticnamar y Socoroma. En 1912 se fundó otra escuela en Chapiquiña. Hacia 1925 prácticamente no había localidad importante sin un establecimiento educacional en donde se impartieran creencias, valores y normas propios de la cultura de la sociedad chilena. Estábamos ya en la época del Estado docente252. Además, la preocupación por la educación rural fue asumida también por otras instituciones:
“...en aquellos sectores del interior poblados por indios sin las más rudimentarias nociones de civilización, los carabineros, tanto con la palabra como por el ejemplo, están constantemente introduciendo en dicha gente hábitos de higiene y de cultura en general...”253.

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Se aplicaron también otros mecanismos más directos de “resocialización”. Mientras los capellanes militares recorrieron los sectores rurales infundiendo entre la población indígena un espíritu patriótico favorable a Chile, las autoridades civiles chilenas instauraban el Servicio Militar254. Con el cierre de los templos en 1907, la expulsión de los religiosos peruanos en 1910, la fundación de la Vicaría Castrense en 1911, se inicia también la violencia ideológica que viven los aymaras en su relación con la sociedad chilena. La Iglesia Católica chilena juega un papel fundamental, legitimando la ocupación y labor modernizadora del poder político. La evangelización –catecismo– y la chilenización fueron dos corrientes fuertemente vinculadas que se caracterizaron por la intransigencia y falta de tolerancia frente a las prácticas y creencias locales. Las costumbres propias del rito y las celebraciones andinas despertaron un espíritu “extirpador de idolatrías”255. Para el Estado, la Iglesia y la sociedad chilena, los aymaras debían ser chilenos. Ciertamente, el discurso religioso dirigido a ellos se acompañó de una ideología nacionalista. A los símbolos propios de la tradición religiosa, se agregaron otros elementos como la bandera chilena, cuya semántica Patria, Nación y Progreso, junto con su simbología, se relacionaba directamente con el espíritu de la época y el de la sociedad chilena256. En las provincias de Arica y Tarapacá, el nacionalismo y, a veces, el racismo, alimentaron el etnocentrismo que guiaba la acción del Estado y la sociedad frente al “indio”, en búsqueda de su progreso material y espiOp. cit. p. 3 y también González, Sergio. “El poder del símbolo en la chilenización de Tarapacá: violencia y nacionalismo entre 1907 y 1950”. Revista de Ciencias Sociales N° 5, pp. 29-40. Universidad Arturo Prat. Iquique. 1995. 253 González, Sergio. “La escuela chilena...” Op. cit. p. 94. 254 González, Sergio. “Los aymaras de Isluga y Cariquima...” Op. cit. p. 3. 255 Op. cit. 256 Op. cit.
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ritual. Por ejemplo, una crónica publicada en el diario ariqueño El Pacífico, en el año 1925, y escrita por el sacerdote Bernardino Abarzúa, revela el etnocentrismo, el nacionalismo y el racismo. Mientras que el ingeniero Pedro Canales, en la misma fecha, muestra el prejuicio y la intolerancia, propios de la época, ante el aymara y sus costumbres. Se creía que el desarrollo económico, la inculcación del ideario occidental a través de la educación y la igualdad de derechos, produciría un efecto homogeneizador sobre esas “poblaciones atrasadas”257. La ideología promovida por autoridades civiles y religiosas rechazaba los símbolos, valores y conductas centrales de la tradición peruana y religiosa de las comunidades de la región –Santa Rosa de Lima, la fiesta patronal de la comunidad, consumo de coca, etc.– y proponían la aceptación de los valores: la homogeneidad lingüística y cultural, la superioridad de lo chileno ante cualquier otra forma de vida y desarrollo cultural. La chilenización dejó huellas en la identidad del aymara de Arica y Tarapacá. Sin duda, esta ideología nacionalista fue asimilada, al menos en lo formal, por la población indígena, y constituyó el sustento que legitimó las fuerzas exógenas que desencadenaron las transformaciones que tuvieron lugar en las primeras décadas, pero que, luego de algunas generaciones, asimilaron algunos elementos de la cosmovisión occidental. Por otra parte, la presencia de la policía a comienzos de siglo impone las leyes de comportamiento –orden público– y su labor establece vinculaciones entre las comunidades y la autoridad designada en un territorio que comenzaba a poblarse y cuyos flujos de personas y mercancías debían protegerse258. Un extracto de la Memoria del Subdelegado de Tarapacá del año 1919 ilustra lo dicho:
“En una quebrada tan extensa donde existen tantos pequeños pueblos y caseríos, que dan vida a los habitantes de la rejión y aún a los de los países limítrofes, por estar comprobado que desde Bolivia se internan artículos alimenticios, licores, ganado, etc., que deben pagar fuertes derechos aduaneros, que es imprescindible establecer un pequeño servicio policial, que ejerza vigilancia, que evite estos fraudes y que garanticen el cumplimiento de las órdenes de este jusgado...259.

Durante los años treinta y setenta, si bien Carabineros cumple una importante labor de control de fronteras, esta institución se transforma en el icono del control social formal del Estado chileno sobre los aymaras, fundamentalmente desde el punto de vista del cumplimiento de las leyes, tránsito fronterizo e instrucción escolar260.
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Tudela, Patricio. “El Estado y sociedad chilena...” Op. cit. pp. 6-8. González, Sergio. “El Estado chileno y el mundo andino...” Op. cit. p. 14. Op. cit. p. 15. Tudela, Patricio. “El Estado y sociedad chilena...” Op. cit.

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POLÍTICAS DEL ESTADO CHILENO A MEDIADOS DEL SIGLO XX Entre 1930 y 1973, los aymaras experimentaron presiones ideológicas basadas en una visión chilena del progreso, la identidad nacional y la civilización. El mundo occidental se “acerca” aún más a la comunidad, a través de la construcción de una infraestructura de comunicaciones –red vial– e implementación de una red de escuelas fiscales. Pero también la población andina se acerca progresivamente a lo occidental, moderno y citadino, migrando a la costa. Si bien después de 1929 las autoridades regionales parecen invertir pocos esfuerzos en mantener el ritmo de la chilenización, aplicado desde comienzos de siglo, el análisis del desarrollo de la infraestructura escolar en Arica y Tarapacá muestra que, a pesar de que el número de establecimientos educacionales rurales no aumenta entre 1935 y 1950, la instrucción escolar continuó siendo la principal herramienta. Desde 1950 hasta 1969, se realizó el máximo esfuerzo por extender la instrucción escolar a todos los sectores de la región. Esta tendencia coincidió con el auge de la ciudad de Arica, gracias al D.F.L. N° 303 que la declara “Puerto Libre” –25 de julio de 1953– y con la creación de la Junta de Adelanto de Arica –Ley N° 13.039 de 15 de octubre de 1958–, que reflejó el interés geopolítico sobre el Norte chileno del entonces segundo gobierno de Carlos Ibáñez del Campo. Durante toda la década del sesenta se construyeron escuelas en diversos sectores rurales de Tarapacá261. Asimismo, también en la década de los sesenta, se decretaron algunas donaciones de terrenos o edificaciones por parte de los comuneros aymaras para la implementación de escuelas; el decreto Nº 1.760 –Santiago 1962–, señala que:
“Visto los antecedentes, DECRETO: Acéptanse, a contar desde la total tramitación del presente decreto, las cesiones de los locales y créanse a contar desde la misma fecha las escuelas que a continuación se indican: 1º Acéptase, por un plazo indefinido, la cesión gratuita que a favor del Fisco hace don Jerónimo Mamani Gómez, en representación de la comunidad de Escapiña, de local de propiedad de dicha comunidad, ubicado en el lugar denominado “ISLUGA-ESCAPIÑA” del Departamento de Pisagua, a fin de destinarlo al funcionamiento de una Escuela Pública. Créase, una ESCUELA MIXTA DE SEGUNDA CLASE rural la que funcionará con el Nº 20 del Departamento de Pisagua, en el local cuya cesión se acepta por el párrafo anterior262.”

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González, Sergio. “La escuela chilena...” Op. cit. p. 97. Y Tudela, Patricio. “El Estado y sociedad chilena...” Op. cit. p. 17. 262 Decreto Nº 1.760 (1962) citado en: González, Sergio. “La escuela chilena...” Op. cit. pp. 110-111.

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A esto se asocia la decisión modernizadora, ligada a la Reforma Educacional que se promulgó definitivamente en 1965; ley proclamada bajo el gobierno de Eduardo Frei Montalva, siendo Ministro de Educación, Juan Gómez Millas263. Comercio, industria regional y establecimientos educacionales constituyeron los ejes sobre los cuales se debía alcanzar el progreso en las provincias de Arica y Tarapacá. Entre 1930 y 1960, los gobiernos se ocuparon de impulsar planes y programas de desarrollo en el sector pesquero, minero, industrial y agropecuario, fundamentalmente asociado a los centros urbanos de la costa. Desde la década del sesenta, se incorporaron las comunidades indígenas a los beneficios del “progreso” y del desarrollo socioeconómico. Sin embargo, por lo general, la población rural no fue objeto de un verdadero programa de desarrollo. El anhelo de integración y progreso económico de la región constituyó uno de los ejes de la política internacional de Chile para la región de Arica y Tarapacá en el marco de las disputas y demandas de Bolivia por una salida al mar. En efecto en 1951, el Presidente Gabriel González Videla expresaba su inquietud por el atraso del Norte chileno y, también, la perspectiva de un potencial desarrollo sobre la base de una negociación de energía hidroeléctrica y agua para el riego del desierto con el propósito de construir una “moderna California” en esos territorios. En los comienzos de la década del cincuenta había conciencia del escaso progreso alcanzado, del “subdesarrollo” y de los problemas sociales de la zona. El Estado, entonces, se esforzó por desarrollar una infraestructura que sustentara y potenciara el desarrollo productivo de la región, particularmente en el sector minero y agropecuario, en la construcción de caminos que conectaran los espacios cordilleranos con la costa, y en la captación de aguas para el uso doméstico e industrial264. A contar del año 1958 –año de creación de la Junta de Adelanto de Arica (JAA)– se iniciaron programas de asistencia técnica, médica, escolar y de urbanización. Paralelamente, más al Sur, CORFO, entre los años 1959 y 1963, desarrolló un programa de asistencia a las localidades precordilleranas y del altiplano. Este consideró el equipamiento de las localidades con escuelas, sedes sociales para las juntas de vecinos, centros de madres, alumbrado eléctrico, mejoramiento de las vías de comunicación y de la red vial entre los poblados cordilleranos y las ciudades costeras. Se puso especial interés en lograr un progreso económico autosostenido de la región rural andina.

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Op. cit. p. 112. Por ejemplo, el fallido proyecto de construcción de un embalse en Pachica (1937); la Estación Agrícola de Colchane (1944); la idea de canalizar aguas desde el Lago Titicaca al extremo Norte en el marco de posibles negociaciones de una salida al mar para Bolivia (1951); la canalización del río Lauca (1961); la empresa geotérmica de Puchuldiza (1973), son testimonios de lo afirmado. En: Tudela, Patricio, “El Estado y sociedad chilena...” Op. cit. pp. 8-11.

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Particularmente durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva (19641970), más allá de continuar incentivando la creación de nuevas escuelas y plazas docentes para promover la educación formal, se implementaron “programas de asistencia social” a través de la Consejería de Promoción Popular, que involucraba la constitución de centros de madres, juntas de vecinos, cooperativas, formación de líderes y dirigentes juveniles, entre otros; y, paralelamente también, programas de “asistencia” técnica y económica –créditos– a través del Instituto de Desarrollo Agropecuario, la Corporación de Reforma Agraria, el Servicio Agrícola y Ganadero, la Corporación de Fomento de la Producción. En este período, se realizaron importantes experiencias agrícolas y ganaderas. Como resultado de los esfuerzos de integración del sector rural cordillerano, este contaba a fines de los años sesenta con una infraestructura básica que facilitaba a los aymaras el contacto con el mundo urbano y, desde la ciudad, la incorporación al uso de los medios de comunicación. De este modo, hubo un “acercamiento” de la comunidad a la ciudad y a la sociedad chilena –emigración, red vial, nacionalismo, etc.–, como efecto de la chilenización, la instrucción escolar y la penetración de las sectas evangélicas desde la década del sesenta. Sobre esto último, “...desde el año de 1958 aproximadamente, se empieza a expandir por la zona altiplánica, concretamente en Cariquima, el movimiento pentecostal”265. Cabe precisar que el objeto del esfuerzo por impulsar el desarrollo e integración del sector rural cordillerano no es la población aymara en sí, sino la propia región. La población andina, desde este punto de vista, es “marginal” al desarrollo. En efecto, el desarrollo impulsado tiene un carácter basado en el crecimiento urbano y regional. Esta forma de “desarrollo” debilita a la comunidad, porque la pone en una posición de competencia en el marco de una racionalidad secular y de mercado. Las políticas de desarrollo de la región se caracterizaron entonces por la ignorancia y el etnocentrismo frente a la realidad indígena de la región. Esta situación no se reproduce en los diseños y propuestas de desarrollo que se alcanzaron a formular durante el gobierno de Salvador Allende Gossens (1970-1973) y que reflejaron un importante cambio en la visión y el enfoque sobre el desarrollo regional y su vínculo con la población indígena a través de la Ley 17.729. Esta nueva mirada se acompaña de la primera iniciativa legal durante ese siglo, que busca otorgar nuevos derechos y reconocer la deuda pendiente con los pueblos indígenas de Chile.

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265 Guerrero, Bernardo. “Identidad Aymara e identidad Pentecostal: notas para la discusión”. Investigaciones científicas y tecnológicas Nº 3, pp. 15-24. Universidad Arturo Prat. Iquique. 1993. p. 21.

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EL IMPACTO DE LA DOCTRINA DE SEGURIDAD NACIONAL Durante el régimen militar,
“... la Doctrina de Seguridad Nacional encuentra una de sus expresiones más claras en la política educacional implementada a partir de 1973 en las zonas fronterizas en general y en la región aymara en particular, a través del establecimiento de las escuelas de Concentración Rural Fronterizas. A través de estas escuelas y de los contenidos de la educación que imparten, se trata de chilenizar, así como afianzar el poblamiento tradicional de la región deteniendo el proceso migratorio con fines geopolíticos”266.

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Sin lugar a dudas, este proceso educativo desconoció las particularidades culturales propias del pueblo aymara, lo que conllevó al desarraigo de los niños de su cultura, y, en parte también, se vinculó con las migraciones entorno a la ciudad267. Además, este tipo de escuelas de concentración fronteriza, concebidas para albergar a un batallón en caso de guerra, constituyeron el símbolo más expresivo de la nueva ideología militarista268. Esta visión geopolítica asimilacionista y de frontera tendió a reunir al educando aymara en escuelas ubicadas en pueblos centrales –Colchane y Cariquima–, desarraigándolo de sus comunidades de origen y de las actividades habituales269. El período militar significó un retroceso en lo que en materia de legislación indígena se refiere, porque quedaron inoperantes los cuerpos legales que habían sido promulgados durante el gobierno de Salvador Allende –Ley 17.729–, afectándose las comunidades a través de la división de las mismas por el Decreto Ley 2568270. Por otra parte, a través del DL N° 349 del año 1974, se impusieron las Juntas de Vecinos como forma de organización social aplicable a las comunidades aymaras, que más bien sirvió para mantener un férreo control político administrativo sobre la región. De hecho, esta nueva organización no recogió los aspectos productivos, sociales y culturales más sentidos por los aymaras271. La intervención militar en los territorios de la primera región respondió, por cierto, al interés de consolidación de las fronteras. De este modo, el endurecimiento de ellas, la presencia activa del Estado y de las
266 Dominique Hervé y Antonia Urrejola, “La Legislación Indígena en Chile desde la Independencia”. Documento de Trabajo Nº 14. Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato. Santiago. 2002. p. 10. 267 Op. cit. 268 González, Sergio. “La escuela chilena...” Op. cit. p. 112. 269 Op. cit. p. 118. 270 Este decreto también generó un fuerte impacto en otras comunidades indígenas del país. Un caso importante de señalar es el de las comunidades mapuche, el cual se revisará en el capítulo correspondiente al pueblo mapuche. 271 Dominique Hervé y Antonia Urrejola, “La Legislación Indígena...” Op. cit. p. 10.

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Fuerzas Armadas, era constante en estas zonas dada su importancia geopolítica. Asimismo, la municipalización del espacio andino fue una acción derivada de la reforma político administrativa de principios de la década de 1980, con la cual se pretendió la descentralización a través de la implementación de las municipalidades fronterizas de orientación asistencialista. Con ello, se continuaba con el proceso de chilenización apoyado con las escuelas fronterizas. Un hecho indiscutible, en directa referencia con los recursos vitales del desierto y el pueblo aymara, es el acceso y manejo de las aguas. Un grave problema para estas comunidades es la vigencia del nuevo Código de Aguas –D.F.L. Nº 1.222 del año 1981–, que otorga a los particulares, mediante un derecho de aprovechamiento de ellas, derecho real que pasa a ser propiedad del titular, quien puede usar, gozar y disponer de su prerrogativa de conformidad con la ley. Este derecho es transferible, transmisible y prescriptible, y se constituye en un acto de autoridad, independiente si el solicitante es dueño o no de la tierra donde está ubicada el agua. Así también, comienza un progresivo desecamiento de vegas y bofedales, agravado, bajo el gobierno militar, por las presiones del mercado hacia la enajenación de los recursos productivos indígenas, como, por ejemplo, el agua derivada hacia los enclaves mineros, facilitada por las políticas y legislación abiertamente orientadas al capital. Todo esto promovió que los particulares y empresas mineras contravinieran los intereses de las comunidades aymaras, lo que no solo generó problemas legales, sino también de mantenimiento de las ya precarias condiciones agrarias. Además, respecto del actual manejo del agua, las presiones hacia las comunidades y salares de la región continúan bajo la venta de la misma a las empresas mineras para solventar sus operaciones; presiones que, en el pasado, se tradujeron en la desecación de valles completos, a causa de las aducciones de agua para las ciudades emergentes de la costa272. COMUNIDADES AYMARAS, MINERÍA Y REAJUSTE EN LAS ECONOMÍAS TRADICIONALES La situación de las comunidades aymaras en relación con el reajuste de sus economías no se puede comprender sino desde una mirada que abarque los finales del siglo XIX y XX. Entre los años 1860 y más allá de 1930 hubo una intensa actividad minera en la región. En ella la mano de obra aymara y los enclaves de abastecimiento alimenticio, también aymara, fueron fundamentales en las actividades mineras: en primer lugar, el salitre en Tarapacá (1860-1925), el azufre en Arica (1900-1950) y la industria del oro (1960-1990). A raíz de estos emplazamientos, las comunida272

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Acta. Sesión del 30 de abril de 2001. Documento de Trabajo Interno. Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato. Santiago. 2001.

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des reorientaron su economía modificando cultivos, aumentando la producción de ciertas especies más demandadas y emprendiendo nuevas actividades. La incorporación al ciclo salitrero condujo a un ajuste estructural de la economía y sociedad aymara. Se trata de economías en las que no tienen lugar cambios tecnológicos profundos, pero sí una consistente reorientación de la producción. De este modo, la tónica general del siglo XX será la transformación de economías domésticas que pasan de ser solo agrícolas para empezar a ser, simultáneamente, dependientes de remuneraciones salariales, a través del trabajo minero o de la prestación de servicios: arrieraje y actividades conexas, entre otros; y la obtención de rentas de talajeo de animales de trabajo o de servicios de arrieraje. En relación con ello, el patrón de ingresos campesinos se vuelve complejo y una cierta cantidad de las unidades familiares ve diversificados y aumentados sus ingresos así como también las posibilidades de abastecimiento, en especial de productos de origen externo. De esta manera, la economía andina se mercantiliza extensivamente y con ello se hace relativa su orientación principal de economías domésticas de base comunitaria, que giraban en el marco de relaciones económicas microregionales, al incluirse en el trabajo minero asalariado, al tiempo que se pierde su condición centralmente agraria273. Las consecuencias o efectos de la incorporación al mercado minero no son, sin embargo, completamente uniformes. En las zonas de valles fue más intensa, respecto de las tierras altas en donde esa relación se basa principalmente en el mercado de productos campesinos, lo cual goza de mayor continuidad que en el caso de los valles andinos. En estos últimos, la propia complejidad de sus relaciones con la economía del enclave hace más extensos y profundos los ajustes y cambios correlativos a la crisis. Por otra parte, también hay diferencias respecto de la zona andina de Arica, porque más que una relación con la minería del salitre, se desarrolló durante el siglo XIX una participación andina en el arrieraje que conectaba el puerto de Arica con el Norte de Bolivia –región de La Paz. Con intermitencia se mantuvo activo también, un mercado de la fibra de camélidos para los criadores de alpacas en las alturas del área. La arriería entra en crisis con la puesta en funciones –a principios del siglo siguiente– del ferrocarril Arica-La Paz, pero esta misma vía favoreció el desarrollo de la minería del azufre en Tacora y otras actividades extractivas de alta montaña, con la que se conectaron los pobladores andinos de la región. A lo anterior, debe agregarse el largo proceso de constitución de soberanía sobre la zona, con consecuencias de ruptura de los circuitos de intercambio y espacios económicos andinos del siglo XIX republicano. Con todo esto, también la zona andina de Arica vivió sus momentos de incertidumbre,
273

Gundermann, Hans. “Sociedad aymara y procesos...” Op. cit. pp. 40, 41.

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rezago y ajuste. Tal parece, sin embargo, que por existir un centro minero en operación en la altura –la azufrera de Tacora– y debido a la actividad promovida por el ferrocarril Arica-La Paz –explotación de combustibles vegetales para Arica, faenas ferroviarias rutinarias–, las repercusiones de estos cambios no habrían tenido una expresión tan aguda, como la que se dio con el salitre en la década de 1930-40274. Un agro andino así estructurado, se reorganiza parcialmente durante el período de la crisis salitrera. Si consideramos también el caso de la región de Arica, habría que definir tales cambios en los términos, un tanto más amplios, de procesos de constitución de economías de enclave, de creación de infraestructura moderna y de procesos políticos de anexión territorial, así como de constitución de soberanía nacional sobre esos espacios; todo ello durante las dos décadas de finales del siglo XIX y las primeras cuatro del siglo XX. La dependencia de los mercados de fuerza de trabajo disminuye progresivamente, el de productos campesinos también se reorganiza para el abastecimiento urbano. El vacío dejado por el cierre de los mercados de fuerza de trabajo minero, de servicios conexos y de arrieraje, se llena con las migraciones que, primero siguen la estela de las migraciones obreras, y después usan la ruta de la economía andina del abastecimiento hortofrutícola urbano y de combustibles vegetales275. Un nuevo factor más tardío, pero igualmente importante, respecto del cambio económico y de la reorganización de los espacios sociales andinos fue, ya en la década de los años de 1960, la inauguración de la Carretera Panamericana. Esta facilitó e hizo más económico el transporte por vía terrestre de numerosos productos, de los cuales los aymaras eran proveedores regulares en los centros urbanos y de los que obtenían ingresos de importancia. La modernización de las condiciones de transporte, distribución y abastecimiento de bienes de consumo para la población regional, que en este caso consistió en un incremento de la integración vial del Norte con el centro del país y con regiones vecinas vía ferrocarril –Bolivia–, y la apertura a la integración con otras zonas debido a procesos políticos –región peruana de Tacna–, bloqueó y obligó a recrear la relación entre las comunidades indígenas y la región276. En la medida que la economía aymara se acomodaba y transformaba, según los avatares de los procesos económicos y sociopolíticos regionales, y su población cambiaba los patrones de movilidad, inaugurando las migraciones definitivas al desierto y los centros urbanos costeros, la propia condición campesina de esas economías se modificó. Por lo pronto, es una economía considerablemente más heterogénea y diferenciada. Dado lo anterior, resulta ser, en su conjunto, una economía desagrarizada, es
274 275 276

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Op. cit. p. 41. Op. cit. Gundermann, Hans. “Sociedad aymara y procesos...” Op. cit. p. 42.

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decir, dirigida a un conjunto bastante más diversificado de actividades económicas en el que lo agrario es todavía un componente importante, pero está lejos de ser el único. Al ser más diversa y realizarse en varias ubicaciones geográficas –cordillera, desierto, costa, sectores rurales, áreas urbanas, etc.–, entonces, en buena medida, se deslocalizó, redistribuyó sus localizaciones mucho más allá de las comunidades históricas de las tierras altas. Si esto es así y si se reconoce que la presencia andina urbana es considerable, entonces, también se desruralizó parcialmente. En este hacerse más compleja y heterogénea, cambió profundamente, pero esto no significa simplemente una ruptura con los orígenes tradicionales o con los cambios iniciales promovidos por las primeras fases de la modernización regional; también hay continuidades notables277.
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MIGRACIONES AYMARAS EN LA REGIÓN DE TARAPACÁ278 La migración altiplánica es un fenómeno iniciado hace unos 35 años y que ha tendido a incrementarse paulatinamente. Durante el período hay un incremento de la intensidad de los flujos migratorios, aunque sin grandes oscilaciones. Pero, mientras en el altiplano Norte ese flujo se inaugura más tempranamente con caudales altos y relativamente estables de migrantes, que se mantienen hasta hoy, en el altiplano Sur la migración se inicia con intensidad en la segunda mitad de la década del setenta para disminuir a inicios de los años ochenta279. La migración de los valles, mucho más antigua, se inaugura en la década de los años treinta, luego del impacto de la crisis del salitre sobre la actividad económica regional. Los flujos migratorios se prolongan hasta hoy, con porcentajes visibles de migrantes, sin embargo, la mayor intensidad se habría dado entre fines de los años cincuenta y finales de los setenta. Durante esas dos décadas se modificó la composición de las comunidades agrícolas, se redistribuyó la población rural regional y empezó a hacerse visible un segmento de población aymara urbano. Además, lo que sí es notorio es la tendencia a que estas migraciones sean más tardías en la medida que las comunidades agrícolas estén ubicadas a mayor altura. De esta manera, aunque la migración aymara moderna lleve casi siete décadas desde su iniciación, la formación de un contingente urbano significativo de migrantes aymaras en torno al cual empiecen a constituirse las comunidades translocales, es un fenómeno relativamente tardío, de fines de los años sesenta. Ese contingente y las estructuras sociales a las que dan nacimiento se asocian directamente a una historia de migracio277 278

Op. cit. pp. 42, 43. Esta parte pertenece al investigador Hans Gundermann. “Sociedad aymara y procesos...” Op. cit. pp. 13-20. 279 Lo que es atribuible a la disminución de oportunidades de empleo e ingresos, que generó la recesión que azotó las ciudades de la Zona Norte (así como a todo el país).

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nes recientes. De hecho, el promedio de años de residencia urbana de los migrantes llega a 21,9 años. De lo anteriormente expuesto, resulta que se valora el proceso en el cual se encuentra la mayoría de los migrantes y la creación de redes sociales, grupos y organizaciones urbanas como fenómenos de adaptación e integración a los medios citadinos. La vida aymara en las ciudades no se reduce a procesos de adaptación y rearticulación comunitaria. Hay un contingente de aymaras, crecientemente mayor, a medida que muchos migrantes establecen hogares familias en los centros urbanos. Si es que aún no se ha producido, no está lejano el momento en el cual las generaciones de aymaras nacidas en ciudades constituirán la mayoría de esta población y de la aymara regional. Si a los migrantes puede considerárseles, en cierto sentido, como campesinos en la ciudad, llegará el día en que tenga que hablarse con pleno derecho de una etnia indígena urbana. De hecho, mientras todavía los flujos de población migrante desde los valles se mantenían altos, se encuentran descendientes de individuos originarios de los valles y oasis agrícolas que migraron hacia la pampa salitrera y que representaron la vanguardia de los que se trasladaron a Iquique y luego a Arica, al desencadenarse y desarrollarse la crisis de la industria salitrera. Lo mismo sucedió con los descendientes de aquellos que migraron a los valles cercanos a Arica y que fueron los primeros en dirigirse a esta última ciudad, cuando la economía del puerto empezó a activarse hacia la mitad de los años cincuenta. La segunda generación en franca expansión y la tercera ya en ciernes, son las que protagonizan y protagonizarán el desarrollo de procesos de formación de nuevos espacios sociales e instituciones culturales más allá del piso adaptativo que pavimentaron sus progenitores. Se entiende que aquí hay un pronunciamiento menos por la emergencia de una sociedad andina urbana que por la sociedad que organizan los migrantes. Cabe destacar que no solo existe un tipo de emigración constante y principal hacia los centros urbanos, sino también desplazamientos de población dentro del mismo sector rural. Estos se deben a la apertura de nuevos espacios para la agricultura, como ocurrió con las zonas de colonización creadas por la Reforma Agraria en los valles de Lluta y Azapa, a los cuales llegó, durante los años sesenta y sigue llegando hasta hoy, una parte importante de la población aymara migrada desde tierras altas. También obedecen a la posibilidad de instalarse en áreas que van quedando desocupadas por efectos de la migración de sus habitantes originales, como ocurre en la zona de valles, económicamente deprimida para sus primitivos habitantes, pero aún atractiva para personas provenientes de sectores más altos. Asimismo, se hacen presentes para satisfacer las necesidades de mano de obra –temporal o permanente– que generan, especialmente, las zonas agrícolas más dinámicas ubicadas en valles bajos y oasis. La movilidad y migración internas son claramente mecanismos de redistribución de la población aymara, la que sigue una lógica económica.

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Es notoria, por ejemplo, la relación entre el aumento de la superficie cultivable de ciertos sectores bajos con el incremento de la población de origen aymara en los mismos –reemplazando, incluso, a otro tipo de campesinos. Estos procesos no se detienen en la agricultura. Desarrollan ramificaciones hacia las ciudades. Se trata de migraciones escalonadas, que tardan en concretarse, a veces, dos generaciones. No obstante, hoy las migraciones directas hacia los medios urbanos, tienden a crecer280. La alta cordillera y altiplanicies también se incorporan a las migraciones. Empiezan a trasladarse de manera notoria desde los años setenta y ello se mantiene hasta ahora, engrosando los flujos y definiendo, en cierto modo, una segunda oleada migratoria. Están al margen de la corriente principal de migraciones de mitad de siglo por encontrarse menos involucrados en la crisis, y por la existencia de factores culturales como el monolingüismo imperante que se transformaba en una barrera a las migraciones urbanas, además de encontrar en el agro condiciones de ingresos y bienestar todavía suficientes. Estas condiciones cambiarán posteriormente. Se generarán presiones de expulsión asociadas con el crecimiento de la población durante la segunda mitad del siglo, lo que, a su vez, estaría en relación con mejoramiento de las condiciones sanitarias; el deterioro de las condiciones ambientales –proceso de desecamiento paulatino–; y la desaparición de fuentes de trabajo, ingresos y acceso a productos que se habían integrado a la economía campesina o que formaban parte de sistemas de economía campesina microrregionales en rápida transformación. Se darán asimismo condiciones para la migración, radicadas en: un aumento de la castellanización; demandas educativas y de servicios no provistas por las localidades rurales; una mejoría del transporte y las comunicaciones, así como factores de atracción tales como oferta de bienes y servicios no disponibles en las zonas andinas de altura y espacios de trabajo e ingresos. En este proceso, las comunidades del altiplano y de la precordillera alta se han transformado en expulsoras netas de población. Los sectores altos, incluidos los de Bolivia en la frontera con Chile, son los que proveen constantemente de población de reemplazo a los sectores agrícolas más bajos. Sin embargo, quienes se instalan en estas zonas, preferentemente en aquellas más dinámicas –como Lluta y Azapa–, siguen contactados con sus comunidades de origen, manteniendo generalmente derechos. Incluso aquellos instalados en las ciudades pueden seguir vinculados al sector rural a través de actividades ligadas a la agricultura y mecanismos de renta. En efecto, existe también un grupo importante de residentes urbanos que todavía conservan derechos sobre pastizales o mantienen algunos animales en el altiplano, o terrenos de cultivo en valles. Esto origina una
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González. Héctor. En: Gundermann, Hans. “Sociedad aymara y procesos...” Op. cit. p. 16.

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gran cantidad de arreglos que toman la forma de relaciones de custodia o “cuidado” de propiedades, que operan generalmente entre parientes. En el altiplano Norte la migración se activa más tempranamente que en su homólogo sureño. La migración tuvo inicialmente por blanco, además de la ciudad de Arica, los valles agrícolas de la cadena de comunidades ubicadas entre Putre y Tignamar. En la actualidad se da preferentemente de manera directa hacia la costa –Arica y los valles de Lluta y Azapa. Se detectan todavía algunos casos de migración a las aldeas de altura, pero son proporcionalmente poco significativos. Aparecen también desplazamientos en el mismo altiplano en búsqueda de tierras de pastoreo y trabajo. En el altiplano Sur, por su parte, las migraciones son más recientes y siguen presentando una imagen escalonada. Incluye cabeceras de valles en la alta cordillera –compras de terrenos de pastoreo y residencia en ellos, al menos temporal–, valles precordilleranos –de las quebradas de Tarapacá y Camiña–, valles bajos y oasis piemontanos –parte baja de la quebrada de Tarapacá, el Oasis de Pica–, el desierto –ocupación ganadera de reservas forestales en la Pampa del Tamarugal–, pueblos del desierto –Pozo Almonte, ubicado en un nudo de carreteras provinciales y localidad con una creciente actividad relacionada con la minería del cobre– y la costa –la ciudad de Iquique, especialmente en Alto Molle y Alto Hospicio. Con todo, si en los primeros momentos la orientación agropecuaria de la migración tuvo la primera importancia, hoy la adquiere la instalación en sitios desde los cuales se logren articular provechosamente actividades de comercio y transporte. Cabe precisar que actualmente, la migración y el comercio-transporte están dándose simultáneamente. Debido a las posibilidades de desarrollar comercio y transporte fronterizo en las zonas rurales, cuando la migración se asocia a estas actividades, ya no consiste en el desplazamiento de individuos y hogares que optan por desarrollar labores por cuenta propia en esas áreas. Migran, entre otras razones, para articular mejor oportunidades de negocios y actividades de transporte desde medios urbanos. Es importante, para la comprensión de las comunidades transloca281, el hecho de que porcentajes considerables de migrantes del altiplales no y de los valles sigan manteniendo derechos o propiedades en sus comunidades de origen. Por un lado, ello permite el mantenimiento de rebaños y chacras o al menos condiciones para un eventual retorno. Por el otro, origina comuneros urbanos y un sistema de tenencia precaria de la tierra –bajo esquemas de custodia y aparcería. Todo lo anterior genera, en ciertas oportunidades, arreglos laborales y residenciales complejos.

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“Que han perdido su condición estrictamente local, aunque sin disolverse”; Gundermann, Hans. “Sociedad aymara y procesos...” Op. cit. p. 2.

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SITUACIÓN ACTUAL Y NUEVAS DEMANDAS Con la promulgación de la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza LOCE N° 18.962, en la víspera de la asunción del gobierno democrático de Patricio Aylwin, se pone fin a las escuelas de concentración fronteriza282.
“Los noventa enfrentan el cierre definitivo de muchos establecimientos por el despoblamiento de estancias y comunidades, producto de migraciones económicas severas, precisamente cuando como nunca antes las innovaciones curriculares son una oportunidad para la población andina regional”283.

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Las organizaciones aymaras reconocen que, a partir de la promulgación de la Ley 19.253, se configura un escenario más democrático para las relaciones entre las “etnias indígenas” y el Estado nacional. Si bien se rompe, a partir de ella, con las dinámicas de integración-asimilación que históricamente habían caracterizado la acción del Estado, al posibilitar la implementación de un conjunto de iniciativas tendientes al mejoramiento de la calidad de vida de los pueblos originarios, así como al fortalecimiento de su propia cultura e identidad, resulta claramente insuficiente en lo referente al reconocimiento del carácter pluriétnico del país, al no incorporar el concepto de “pueblos” a la base territorial necesaria para el desarrollo indígena y a los grados de participación política de las comunidades indígenas en la toma de decisiones284. Pero, en lo concreto, a partir de la ley indígena N° 19.253, se regularizó el derecho de constitución de al menos “82 comunidades en la macrorregión norte de Chile, de las cuales 16 se reconocen para la comuna de Colchane, mientras que 6 corresponden a las inscritas por la comuna de Huara”285. La población aymara del Norte de Chile es mayoritariamente urbana; es decir, que reside en sectores urbanos, particularmente en las ciudades de la costa, del desierto y en localidades de la primera región286. (Ver Mapas Nos. 4 y 5). De acuerdo a la información proporcionada por el Censo de 1992, la población aymara se estima en 48 mil personas287. De esta cantidad de población, dos tercios habrían migrado desde su lugar de origen –las altiplanicies ubicadas en el sector fronterizo con Bolivia y Perú–, hacia

González, Sergio. “La escuela chilena... Op. cit. p. 112. Op. cit. p. 113. 284 Subgrupo de Trabajo Pueblo Aymara. “Informe Final Preliminar” Op. cit. Arica. 2003. 285 Op. cit. 286 Según los estudios de los investigadores González, Gundermann y Kessel. (González, Héctor y Hans Gundermann. “Campesinos y aymaras en el norte de Chile”. Serie Documentos de Trabajo. Taller de Estudios Andinos. Arica. 1989. Y Kessel van, Johannes. Holcausto al progreso. Los aymaras de Tarapacá. Hisbol. La Paz. 1992) 287 Aylwin, José. “Pueblos Indígenas de Chile. Antecedentes Históricos y Situación Actual”. Instituto de Estudios Indígenas. Universidad de La Frontera. Serie Documentos N° 1. Temuco. 1997. p. 7.
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las ciudades y pueblos del desierto –por ejemplo, Pozo Almonte– o a los puertos costeros más próximos –Arica e Iquique, principalmente. El tercio restante mantendría su carácter rural, campesino comunero o minifundista. La mitad de este último sector seguiría habitando la región altiplánica fronteriza y ocupándose principalmente de la ganadería de camélidos, en tanto que el resto se distribuiría en pequeños valles y quebradas precordilleranas –bajo los 3.500 m sobre el nivel del mar–, dedicándose al cultivo agrícola dependiente del riego288. Lo anterior es fundamental para comprender que los aymaras ya no son ni serán presumiblemente una minoría rural; en contraparte y como segmento de población urbana de la región de Tarapacá, no pueden sino entenderse como una realidad urbana289. Por otra parte, uno de los problemas más graves que afecta a las comunidades aymara del altiplano, es la privatización y pérdida de sus aguas ancestrales en virtud del Código de Aguas (D.F.L. N° 1.222) dictado por el régimen militar en el año 1981. La aplicación de este Código en la zona durante esos años permitió el desarrollo de un proceso de apropiación de las aguas ancestrales de los aymaras por parte de compañías mineras, privando a sus comunidades de este recurso vital para el desarrollo de sus actividades agrícolas, provocando impactos ecológicos en el desecamiento de bofedales y acentuando la migración de sus habitantes290. Las sucesivas políticas de chilenización que ignoraron el reconocimiento étnico han afectado profundamente a la sociedad aymara, tanto en el ámbito cultural como económico. En la actualidad, producto de este proceso, es posible distinguir dos segmentos diferenciados entre los aymaras que aún habitan las zonas rurales: a) Pastores agricultores del altiplano que trabajan en forma independiente y cuyo vínculo con el mercado regional es muy débil o prácticamente inexistente. Tienen un arraigo a su identidad cultural e instituciones tradicionales; se encuentran asentados en pequeños caseríos y poblados dispersos, y conservan algunas funciones económicas y sociales comunitarias. b) Campesinos, pequeños propietarios agrícolas, parceleros de valles: su producción agrícola está más vinculada a los mercados regionales y entre ellos se relacionan por lazos parentales. Se encuentran localizados en poblados, con una interacción de vecindad y con acceso a mayores ingresos monetarios291. Estos agropastores andinos tienen parcelas bajo riego y terrenos de secano en propiedad individual, mien-

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Dominique Hervé y Antonia Urrejola. “La Legislación Indígena ...” Op. cit. p. 10. Gundermann, Hans. “Sociedad Aymara y procesos...” Op. cit. p. 11. Dominique Hervé y Antonia Urrejola. “La Legislación Indígena ...” Op. cit. p. 9. Op. cit. p. 11.

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tras que en uso comunal comparten los pastizales pertenecientes a cada una de las comunidades y de usufructo de todas las familias292. Finalmente y en palabras del pueblo aymara,
“El proceso de desarrollo del Estado de Chile, se basa en ideas como el crecimiento, la competencia, la acumulación de capital, la incorporación de tecnologías y el manejo de información. Si bien algunos hermanos han logrado incorporar algunas de estas ideas, la mayoría de ellos que se mantienen en sus comunidades de origen, son personas de edad vinculadas a prácticas tradicionales de cultivo de la Pachamama. Para nosotros el concepto de desarrollo occidental, con cualquier apellido que quiera ponérsele no refleja nuestro pensamiento como Pueblo Aymara. Preferimos hablar de la “Suma Qamaña”, el “vivir bien” en armonía. Esta idea es igual a la sumatoria crecimiento material, más crecimiento espiritual, más gobierno de los ecosistemas293.”

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ANEXO N° 3 LA VERDAD DEL PUEBLO AYMARA294
Los aymaras de las antiguas provincias de Arica y Tarapacá295, a diferencia de nuestros hermanos que permanecieron en territorio peruano –o boliviano–, aparte del Estado colonial, hemos formado parte de dos Estados nacionales: Perú y Chile. Del primero, entre 1821 y 1879, en el período comprendido entre el momento de su independencia de España y la Guerra del Pacífico; y, del segundo, desde 1879 hasta hoy, luego de la definición de ese conflicto bélico y la consecuente anexión de estas provincias a Chile, como país vencedor. Producto de esta situación, hemos enfrentado no solo distintos contextos sociales, económicos y políticos, de acuerdo a la impronta marcada por cada uno de estos Estados y sus respectivas coyunturas históricas nacionales y regionales, sino también, hemos debido de hacer frente a dos ideologías de forma diferente y con definiciones distintas de sus “límites” y “soberanías”, frente a las cuales hemos debido de plantear modalidades particulares de inclusión o exclusión y, además, distintas estrategias para enfrentar las leyes y prácticas gubernamentales destinadas a regimentar el acceso a nuestras propias tierras, necesarias para nuestra reproducción económica, social y cultural o nuestra integración a la sociedad mayor dominante.

Op. cit. p. 10. Subgrupo de Trabajo Pueblo Aymara. “Informe Final Preliminar” Op. cit. p. 24. 294 El documento que a continuación se presenta es el texto final refundido del Subgrupo de Trabajo Pueblo Aymara del Grupo de Trabajo Pueblos Indígenas del Norte, de la Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato. Este informe se ha elaborado a partir de distintas fuentes, como son documentos históricos elaborados por profesionales aymaras y no aymaras a solicitud de la Comisión, aportes de las discusiones de las reuniones realizadas a la fecha y testimonios personales de nuestros Jilatanaka (hermanos) y Kullakanaka (hermanas) referidos a acontecimientos históricos. En los RECONOCIMIENTOS al inicio de este libro se señalan los nombres de los participantes de este subgrupo. 295 Estas dos provincias, además de un sector altiplánico de la antigua provincia de Tacna, que corresponde aproximadamente a lo que es hoy la comuna de General Lagos, constituyen el territorio de la actual Región de Tarapacá.
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Las comunidades indígenas aymaras, desde tiempos de la Colonia hasta el período republicano, hemos padecido la tributación hacia el Estado. Es decir, con nuestros impuestos, ya fuese a la Corona Española o al nuevo Estado-Nación, hemos financiado gran parte de la burocracia colonial y estatal en dicho período. Las distintas leyes creadas, promulgadas, abolidas y modificadas han tenido a lo largo del tiempo como principal propósito la contribución de los indígenas. (Sánchez-Albornoz, 1978: 192) En la permanente discusión generada en los primeros años de la república, finalmente se impuso la dramática necesidad de ingresos del Estado nacional. Pero los incentivos para reimplantar el tributo indígena no fueron solamente económicos. Según V. Peralta (1991), también había una intención de segregacionismo y racismo de las élites criollas como una forma de marcar una barrera cultural que les permitía seguir separados de los indígenas. La contribución indígena producía aproximadamente el 40% de las rentas del Estado nacional peruano y un porcentaje aún mayor de los presupuestos departamentales. Para el caso que nos interesa acotar antecedentes, de acuerdo al padrón de contribuyentes de 1845 correspondiente a la provincia de Tarapacá, la contribución indígena era de todas formas la más importante, ya que representaba el 82,5% del total de ingresos recaudados en esa época por el fisco296. La declaración de la independencia de Perú y la presencia de los ideales liberales emancipatorios de la época no mejoró la situación de nuestras comunidades aymaras. La independencia de España y la implantación del nuevo Estado-nación peruano por parte de las elites criollas, trajo consigo dos consecuencias muy importantes para la población indígena, la población mayoritaria de la naciente república. Por un lado, su transformación en “ciudadanos” de una nación de “iguales” que excluía cualquier tipo de diferencias; por otro, su conversión en propietarios particulares de sus tierras bajo un régimen de libre disposición y, por tanto, libres de la relación de “vasallaje” con la Corona española, que solo les permitía su usufructo a cambio del pago de un tributo y otras obligaciones. La primera propone una circulación étnica forzada, ya que plantea una correspondencia unívoca entre nación y etnia: dentro del territorio de la nueva república todos sus habitantes son “peruanos” y, para alcanzar la ciudadanía prometida, los 2º

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Este padrón fue publicado por Guillermo Durand (1977) y figura con el número 061 en el Archivo Histórico de Hacienda; el correspondiente al de indígenas (número 0308 del mismo depositorio) no es incluido por el editor por encontrarse en mal estado. Afortunadamente, actualmente existe una transcripción de este último rescatado por Héctor González C. en el Archivo General de la Nación en Lima. En teoría estos padrones debían actualizarse cada cinco años. G. Kubler (1952), que realizó un recuento demográfico para todo el Perú entre 1795 y 1940 y utilizó este tipo de fuentes, menciona para Arica solamente dos Padrones de Castas para 1827 (código 0136) y 1830 (sin número de catálogo y correspondiente a Tacna). Para Iquique, en tanto, anota dos de Indígenas (códigos 0621 y 0308) y dos de Predios e Industrias (códigos 0621, ambos) para los años 1839 y 1845, respectivamente. Los de 1845 son los mismos utilizados o mencionados por Durand.

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indígenas debemos traspasar las fronteras étnicas “fijas” que durante la colonia sostuvieron la separación estamental entre indios y españoles. La segunda ofrece una verdadera “reforma agraria”: para alcanzar el “progreso económico” los indígenas debemos convertirnos en pequeños propietarios, libres de ataduras corporativas (las “comunidades”) y de la intermediación (caciques u otras autoridades nativas), que sostenían la “república de indios” (opuesta a la de los “españoles”) durante el período colonial. En 1821 José de San Martín decretó que los Indios eran “ciudadanos” de la nación, que debían ser reconocidos como “peruanos”, abolió el tributo indígena y prohibió estrictamente la sujeción de los indios a cualquier tipo de servidumbre involuntaria. En 1824 Simón Bolívar declaró la disolución de las comunidades indias en Perú, la entrega de las tierras a sus ocupantes de manera particular, la venta de los terrenos de apropiación colectiva y la desaparición de los cacicazgos y títulos nobiliarios de indígenas. (G. Figallo, 1994) La incorporación de los territorios de las Provincias de Arica y Tarapacá al Estado de Chile fue un proceso cargado de violencia, imposición de elementos simbólicos y persecución, que afectó principalmente a la población aymara de dichas provincias. Los historiadores y profesionales de las Ciencias Sociales denominan este proceso histórico como la “chilenización”, definido por Patricio Tudela como: “...un intento por concientizar a la población local que obedece al deseo de reducir por todos los medios posibles el contingente peruano, por aumentar y facilitar la solidaridad de la población local con la República chilena, reemplazando el patriotismo peruano y engendrar en la población un espíritu patriótico favorable a Chile”. “Transformación Religiosa y Desintegración de la Comunidad Aymara Tradicional en el Norte de Chile”, Holos, Bonn, 1992, página 26 La chilenización fue una política implementada por el Estado de Chile conscientemente hacia la población indígena de estas provincias. Comenta Tudela: “En el momento de la ocupación la población indígena de Arica y Tarapacá se encontraba en una situación de aislamiento geográfico y social. Pero para las autoridades chilenas, ella lejos de ser una minoría representaba más del 50% de la población de esas provincias. Es por esto que el gobierno chileno implementó medidas para concientizar y asegurar la autoridad y el control sobre la población local reunida en los ayllu-comunidades.” (“Transformación Religiosa y Desintegración de la Comunidad Aymara Tradicional en el Norte de Chile”, Holos, Bonn, 1992, página 26) Para el Pueblo Aymara dicho período de nuestra historia, que llamaremos “des-aymarización” por ahora, fue un proceso violento, de miedo, amedrentamiento, muerte e imposición de costumbres ajenas, de intolerancia y falta de visión de las autoridades chilenas de la época, al igual como ocurriera a partir de 1492. 3º

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La ocupación de los territorios ancestralmente ocupados por las comunidades aymaras por parte del Estado de Chile y la implantación del status jurídico de la igualdad jurídica, significó el no reconocimiento del derecho ejercido a partir de la costumbre respecto del uso ancestral de nuestro territorio. Una de las primeras medidas que impone el Estado de Chile en los territorios ocupados es otorgar la condición de ciudadanos chilenos por derecho de residencia a todos aquellos quienes lo solicitaran. Esta medida implicó en la práctica, ser ciudadano chileno “sin distinciones”, es decir se impone la ley chilena en todos los territorios, sin tomar en cuenta que nuestras comunidades poseían formas distintas de ocupación y definición de la tierra, nuestra “Pachamama”. Se desconoce la existencia de tierras comunales. Las tierras son consideradas fiscales en aquellos casos en que no existía escritura de propiedad privada. En 1911, un decreto del subdelegado de Putre da cuenta de lo anterior: “Visto lo expuesto por el Gobernador con fecha 27 del mes precedido he venido en acordar y prohíbese a todos los vecinos de Putre, Socoroma, Caquena y Parinacota el pastisaje de sus animales en todos los terrenos de las serranías y planos de propiedad fiscal. Los vecinos deberán solicitar el correspondiente permiso a la subdelegación”. Decreto de la Subdelegación de Putre, del 6 de Octubre de 1911, Archivo Museo San Miguel de Azapa, Arica. Citado por Patricio Tudela. Asimismo, no solo se nos limitó el acceso a nuestras tierras comunales para el pastaje, sino que además dichas tierras, ancestralmente nuestras, fueron repartidas entre funcionarios públicos venidos desde fuera. “Sírvase remitir a esta gobernación una lista de las propiedades fiscales que existen en esa subdelegación ocupadas por funcionarios públicos y las que aún están desocupadas especificando su ubicación, calidad aproximada y objeto a que se les destina actualmente (...) De las propiedades que no están ocupadas Ud. se servirá indicarme las personas, chilenas se entiende, a quienes se les puede entregar su custodia y su cultivo (...) El infrascrito estima que hay conveniencia en que cada funcionario público tenga una extensión de terreno fiscal para su cultivo y aprovechamiento...” Documento Nº 988, Carta del Gobernador de Arica, Luis Arteaga, dirigida al Subdelegado de Putre Con fecha 6 de Noviembre de 1913. Archivo Museo San Miguel de Azapa, Arica. Citado por Patricio Tudela. A partir de estos antecedentes bibliográficos y los testimonios de nuestros “tatas”, podemos afirmar con toda certeza que las comunidades aymaras sufrimos la usurpación de nuestras tierras comunales, ya que estas fueron, primero declaradas fiscales y luego entregadas, en parte, a propietarios chilenos.

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El proceso denominado de “chilenización” continúa hasta el día de hoy. Muchos historiadores plantean este período histórico entre 1884 y 1930, dividiéndolo en dos fases. La primera entre 1884 y fines de siglo, y la segunda desde principios de siglo hasta 1927. Sin embargo, muchos testimonios de nuestros hermanos demuestran que dicho proceso de amedrentamiento, persecución y de miedo continuó casi hasta finales del siglo XX. “En el año 1945 (aproximadamente), en la localidad de Cariquima, cuentan que para la fiesta de San Juan realizada en noviembre, llegaron unos comerciantes de Chuzmiza con mulas, licor y ropa militar para vender. Estos comerciantes estaban acompañados por un grupo de carabineros, quienes dieron la orden a los habitantes para comprar los productos, incluso vestir la ropa militar que compraban (a través del trueque). A los habitantes les quedaba grande la ropa y les daba vergüenza, pero por miedo lo hacían igual. Al único que no obligaban a ponerse la ropa era al alférez del pueblo. Este hecho, revela la fuerte forma de amedrentamiento y abuso ejercido sobre los ciudadanos. Cuando éramos niños, los carabineros nos pegaban cuando andábamos en la calle y usábamos nuestra vestimenta típica (acso) o hablábamos en aymara. Además, yo creo que también hubo una opresión en las escuelas, para mi estas fueron “laboratorios de transformación” y esto a mi parecer todavía existe.” Testimonio del Jilata Javier Vilca, de Lirima. “Yo hablo de mi experiencia en Visviri (frontera con Perú y Bolivia). Cuando hablábamos aymara, los carabineros nos decían “se van a Bolivia o los matamos”. Mis abuelos dicen que habían muchos abusos, “los carabineros mataban”, dicen que en Ancopujo (Comuna de General Lagos) hay enterradas varias personas. Había mucho sufrimiento, sobre todo cuando entregaron Tacna a Perú.” Testimonio del Jilata Fortunato Manzano, de Visviri. “La gente de mi generación también se ve marcada por el proceso de “chilenización”, (última oleada), ya sea por Carabineros o por el educador (profesor). Pero lo más importante es que también fuimos chilenizados por nuestros propios padres. Eran ellos los que nos exigían una forma de comportamiento, lo que teníamos o no que decir, etc. Es decir, ellos también estaban chilenizados y tenían un cierto orgullo de eso. Lo anterior ocurría más con los varones porque la “mujer” es y fue la principal transmisora de cultura, manteniendo las usanzas y costumbres aymaras.” Testimonio del Jilata Lino Mamani, de Copaquilla-Chapiquiña. “Pienso que también existió la presión psicológica, ya que yo también viví esa época. Por ejemplo, cuando éramos niños nosotros comíamos nuestra comida típica, el mote, chuño, tostado, etc., pero cuando llegó el profesor llegó obligando a comer otras comidas como los “porotos”, diciendo que eso comían los chilenos no lo otro. También nos obligaba a cantar cantos chilenos... con todo esto torturaban. Uno andaba asustada, tenía miedo... yo creo que todavía existe esa presión.” Testimonio de la Kullaka Gilda Palape, de Coscaya.

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Al incorporarse los territorios de Arica y Tarapacá al Estado de Chile, los censos de población nunca consideraron la variable étnica hasta recién el Censo de 1992. La situación de la población indígena de Tarapacá quedó, por lo mismo, bajo una mirada constitucional diferente a la peruana. El censo peruano de 1876 reconocía que había en Tarapacá 16.686 indios de un total de 38.225 personas, es decir un 43,7%. Sin embargo, los censos chilenos no considerarán la variable étnica, puesto que el indígena no estaba incluido como tal en la visión positivista sarmientina297 de un Estado que se sentía moderno y “civilizado”. Esto nos demuestra una vez más que el proceso de asimilación de nuestro pueblo continuó casi permanentemente hasta fines del siglo XX, puesto que el Estado-Nación aún funcionaba con la idea positivista de la unidad en torno a una razón universal y única. 135 La demarcación de las nuevas fronteras después del término de la Guerra del Pacífico y el Tratado de Paz y Amistad de 1904 con Bolivia no tomó en consideración los límites históricos de las comunidades aymaras. Esto ha derivado en conflictos que se arrastran hasta el día de hoy, principalmente en torno a la propiedad de las grandes extensiones de terreno para el pastoreo, en particular con nuestros bofedales. Los tratados internacionales permitían a los aymaras chilenos ejercer su derecho a la propiedad en Bolivia como a los aymaras bolivianos a ejercer la suya en Chile. Este punto trajo consigo importantes conflictos entre aymaras de ambos países, el que se fue acentuando con el proceso de “des-aymarización (chilenización). Cabe destacar que ciertas comunidades aymaras como Pisiga Carpa, que está en territorio chileno, y Pisiga Colque, en el territorio boliviano, sufrieron importantes modificaciones en sus bofedales producto de la definición de la frontera internacional, quedando parte de ellos en el otro país. 8º La presencia de Carabineros de Chile fue un elemento de control y represión para nuestras comunidades en este período. Carabineros se autoimpuso una finalidad educativa en el proceso de asimilación de estas comunidades a la sociedad nacional. 7º

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En Chile Domingo Faustino Sarmiento había ejercido la primera dirección de la escuela normal, generando una gran influencia en el círculo intelectual progresista del país. Una de sus opiniones es la siguiente: “Países hai, donde como el Perú i Bolivia, la tribu salvaje está incorporada a la sociedad cristiana, con su toldo en lugar de casa, con su idioma rebelde a la dilatación de la esfera de los conocimientos, con su vestido secular que apenas cubre su desnudez orijinal, i con su destitución de todos los medios que la civilización ha puesto en manos de los hombres para su mejora i bienestar. En otros países como Chile i la República Arjentina, el salvaje, antiguo habitante de estas comarcas, ha sido domesticado por la obra de tres siglos, desagregado de tribu, interpolado, mezclado en la sociedad de orijen europea, i adquirido su idioma, sus usos, i los primeros rudimentos de la cultura; pero en cambio ha transmitido a nuestras masas muchos de sus defectos de carácter antiguos, i muchos de sus usos...” El monitor de las escuelas primarias, Tomo I n° 3, octubre 15 de 1852.

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INSTRUCCIÓN PRIMARIA OBLIGATORIA (Extracto) “...Las comisarías rurales dependientes de esta Prefectura, por intermedio de los señores oficiales a sus órdenes, han dictado conferencias en los centros obreros de las oficinas salitreras, tratando de hacer entender el rol que corresponde a carabineros en su misión fiscalizadora y procurando a la vez, un acercamiento con los elementos en referencia e inculcándoles el amor patrio y el respeto hacia las autoridades y leyes. Por otra parte, y en aquellos sectores del interior, donde todos sus habitantes los constituyen indios sin las más rudimentarias nociones de civilización, los carabineros, tanto con la palabra como con el ejemplo, están constantemente introduciendo en dicha gente, hábitos de higiene y de cultura en general...” Memoria de Oficinas Públicas Archivo Intendencia Tarapacá. 136 La “igualdad jurídica” como elemento homogeneizador de la sociedad chilena. En el período que va de 1883 a 1929, la población indígena de Arica y Tarapacá no gozó de una condición jurídica especial. Se aplicó un criterio de “igualdad jurídica” con la consecuencia evidente de que no se nos concedió reconocimiento legal a nuestros derechos ancestrales sobre las tierras y los recursos de que disponíamos desde tiempos inmemoriales. En 1911 nuestras tierras fueron consideradas como propiedad fiscal, en aquellos casos en que no existía escritura (terrenos comunitarios asociados a la iglesia), decisión que se enmarcaba en una suerte de discriminación sistemática que buscaba favorecer a los colonos chilenos venidos desde el sur298. En alguna medida esta disposición afectó las bases de la estructura comunitaria, ya que desencadenó un proceso de inscripción ante el Registro de Propiedades de la Gobernación y la privatización del recurso comunitario299. La creación de nuevas instituciones como elemento integrador, de control social y desestructurador de las instituciones tradicionales. Nuestras autoridades tradicionales solo fueron parcialmente reconocidas por las autoridades chilenas. Se creó una red, que más allá de ser funcional al ejercicio de la autoridad, también servía para el control de las actividades en las diferentes localidades. Se redefinieron los títulos, cargos y responsabilidades en las localidades rurales. En Belén, Putre y Codpa, por ejemplo, se establecieron los Subdelegados y Jueces de Subdelegación; en otras, Inspectores y Jueces de Distrito (Caquena) que actuaron hasta comienzos de los años sesenta. En los poblados menos importantes se nombraron “cabos celadores” o vigilantes. (Guallatire) Todos ellos obedecían las instrucciones directas del Gobernador Provincial. Pero, más allá de redefinir y reor10º 9º

298 Ejemplos de discriminación en materia de terrenos se consignan en documentos de la época; Doc. N° 988 del Gobernador de Arica al Subdelegado de Putre (6 de Noviembre de 1913); Ver Tudela, Patricio. “Chilenización: cambio ideológico y secularización entre los Aymaras del norte de Chile”. Revista Chilena de Antropología, Universidad de Chile, Santiago, 1993-1994, Nº 12, p. 210. 299 Bernhardson, Wayne. “Tierra, trabajo y ganadería indígena en la economía regional de Arica“. Revista Chungará, Universidad de Tarapacá, Arica. 1985, N° 15; pp. 152-157.

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ganizar las unidades político-administrativas, también se introdujeron nuevas instituciones, como el Registro Civil, Juzgados y el Correo (1905), y se elaboran los primeros planes para unir diferentes puntos y centros rurales. En ambos casos esta nueva institucionalidad abre la comunidad hacia un espacio sociopolítico diferente y ajeno y contribuye a socavar el respeto hacia nuestras autoridades tradicionales. La intervención también buscaba en el plano social configurar estructuras de poder favorables a la nación chilena. Este es el caso del Repartidor de Aguas y de las Juntas Locales de Desarrollo. Estos cambios condujeron a una desestabilización de las instituciones tradicionales de organización que caracterizaban el ayllucomunidad de la segunda mitad del siglo XIX. Lo anterior no ocurrió sin el rechazo y resistencia de parte de algunos líderes aymaras, como Antonio Mollo, descrito en documentos oficiales como Principal de Putre e instigador en Putre, Chañupalca y Caquena de una serie de actos que desde el punto de vista de la historia Oficial eran actos de rebeldía y rechazo de las prácticas religiosas chilenizantes de los capellanes que se establecieron en la zona después de la expulsión de los religiosos peruanos el 21 de Enero de 1910300. Pero para nosotros su conducta refleja la defensa de la dignidad y el derecho de nuestro pueblo aymara a ocupar los espacios que siempre habíamos ocupado, por siglos. Igualmente emblemático es el caso de Pedro Humire en Socoroma. “Acuso recibo a su oficio Nr. 1 del corriente y cuaderno adjunto que contiene sumario levantado por el sçSr. Juez de esa subdelegación, para establecer los delitos cometidos por Antonio Mollo y otros, que han pretendido adueñarse de los terrenos de propiedad fiscal... Entretanto proceda ud. a dar estricto cumplimiento a la siguiente orden: Expulsar con la fuerza pública, si hubiera resistencia, a todo ocupante de propiedades fiscales que no exhiba el permiso del Gobierno para dicha ocupación. Procederá también a destruir todo trabajo, obra o sembrío que se hubiere hecho en las propiedades, sin el permiso correspondiente”. Doc. 161 de la Gobernación de Arica. Carta del Gobernador Luis Arteaga al Subdelegado de Putre, con fecha 20 de febrero de 1914, Archivo Museo San Miguel de Azapa, Arica. Citado por Patricio Tudela, 1992, pág 32. La importancia que tuvo la actitud y la valentía de nuestro hermano Antonio Mollo para defender lo que era nuestro desde antes de la creación siquiera del Estado de Chile se refleja en este otro testimonio: “...pero hoy nuevamente es ocupada por otra hija de este mismo, llamada Francisca, quien en compañía de la mujer de este Marcelo fueron a ese terreno con ganado; y habiéndose expresado de que ellos no hacían caso al Inspector porque él no era auto-

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Ver, por ejemplo, Carta del Inspector del 3er. Distrito, Caquena, Sr. Emiterio C. Medina, del 27 de Febrero de 1907, dirigida al Subdelegado de Putre, Hemilio Herrera. Doc. nr. 161 de la Gobernación de Arica, del 20 de Febrero de 1914, dirigida al Subdelegado de Putre. Carta del Oficial del Registro Civil de Putre, del 10 de Junio de 1914, dirigida al Gobernador de Arica. Doc. nr. 883 de la Gobernación de Arica, del 30 de Julio de 1914., entre otros. Archivo Museo de San Miguel de Azapa, Arica.

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ridad y en otros términos que es un perro y más porque dice que son espaldeados por el Sr. Antonio Mollo, quien les ha dicho que tomen posición, diré a Ud. que es preciso que se castigue como manda la ley”. Carta del Inspector Interino de Caquena, Alfonso Aranda, al subdelegado de Putre, dirigida el 1 de agosto de 1914, Archivo Museo San Miguel de Azapa, Arica. 11º La creación de escuelas como elemento de homogeneización cultural. La escuela se convirtió en la herramienta privilegiada de una chilenización que buscaba la homogeneización cultural, ideológica, lingüística e institucional. La primera escuela chilena en el sector rural del Departamento de Arica fue creada en Putre (1905), luego Ticnamar y Socoroma; en 1912 se fundó una escuela en Chapiquiña. De esta forma, hacia 1925 prácticamente no había localidad importante sin una escuela donde se impartieran creencias, valores y normas propias de la cultura educacional de la sociedad chilena. Era ya la época del Estado docente. Muchos de nuestros hermanos e hijos dan cuenta de que, hasta el día de hoy, hay una des-aymarización del profesor hacia los niños. Las Comunidades Aymaras sustentaron, en gran parte, la explotación minera de la región. El factor económico ha sido uno de los principales agentes de cambio en las comunidades aymaras del Norte de Chile. La actividad minera regional entre 1860 y 1930 fue un polo económico importante para nuestros hermanos (como mano de obra) y de su economía (como fuente de abastecimiento) en las actividades productivas de la región. Primero la industria del salitre en Tarapacá (1860-1925), luego del azufre en Arica (1900-1950) y finalmente la industria del oro (1960-1990), estimulan y desencadenan cambios en nuestras comunidades. A raíz de la demanda de recursos y mano de obra, nuestras comunidades deben reorientar su economía modificando sus cultivos, aumentando la producción de ciertas especies y emprendiendo nuevas actividades. Las oficinas salitreras en la Pampa de Tarapacá y los centros azufreros de Arica pasaron a ser “pisos ecológicos” o centros de actividad económica a partir de los cuales nuestras comunidades obtenían otros. Al mismo tiempo, esta actividad introdujo mecanismos ajenos a los tradicionales: la moneda (comercio) y el trabajo asalariado. Esto condujo a la competencia de dos sistemas económicos diferentes. Los centros mineros en Arica y Tarapacá fueron el escenario donde el aymara entró en contacto con un sistema de mercado y formas de vida diferentes. En el sector de Tarapacá las comunidades reorientaron sus labores productivas asimilando, por ejemplo, cultivos de alfalfa y dedicándose a una ganadería menor para proporcionar carne a las oficinas salitreras. El tiempo demostrará, sin embargo, que la participación de la economía indígena en la demanda regional fue funcional a la industria del salitre, mostrando una capacidad de adaptación que se repetirá en otros momentos del siglo XX. Una situación similar ocurrió en el altiplano de Arica y Tacna entre los años 1887 y 1950. Allí tuvo lugar una intensa explotación de azufre y oro, pero nunca 12º

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alcanzó las proporciones ni el tamaño de la industria del salitre. No obstante, la adaptación, alteración y efecto en la economía aymara fue similar. En el sector cordillerano de Arica se introdujo la alfalfa y el orégano (particularmente desde 1940) como los dos principales productos de cultivo301 y la población indígena migró a los centros mineros y se dejó contratar como asalariada. En 1940, por ejemplo, todavía funcionaban 19 establecimientos mineros en el entonces Departamento de Arica, reuniendo una población de 622 personas, de las cuales un alto porcentaje eran aymaras. De ellas, 516 se concentran en los distritos de General Lagos y Putre302. Otros se dedicaron al comercio de mercaderías, llareta y carbón, intercambiando esto por azúcar, harina, arroz y otras especies, aumentando así la demanda por bienes de consumo disponible solo en el mercado urbano. Otros se dedicaron a la venta de tejidos y la exportación de lana, como ocurría con las hilanderas de Alcérreca en 1955303. Es posible que los efectos de la actividad minera sobre las comunidades aymaras no hubiesen sido tan desastrosos si, paralelamente, no se hubiese consolidado cambios en el sistema de propiedad. El detonante de este proceso de “privatización-individuación” fue la imposición del concepto de propiedad fiscal (1911) y el no reconocimiento de la propiedad común tan característico de la tradición andina. Desde el punto de vista legal, el Estado chileno introdujo una forma de trato Estado-Individuo y no Estado-Comunidad. En Parinacota, ya desde la ocupación de la zona por tropas chilenas, surge un inusual interés por legitimar el uso de los recursos (pastos y áreas de cultivo) ante el Estado. La concentración de tierras y la estratificación económica, apoyadas por los mecanismos de herencia, colaboran en esta dirección304. La ocupación efectiva de los terrenos y la inscripción en los registros de propiedad desencadenó disputas entre familias aymaras y también con colonizadores sureños. Los terrenos de cultivo y de pastoreo quedaron en manos de las familias residentes en una estancia o caserío, condicionando de esta manera el acceso a ellos. De este forma, hacia 1946 el Censo Económico Nacional revela la tenencia y el uso de la tierra en el altiplano ariqueño, pero también la existencia de propiedades de mediano y gran tamaño en manos de algunas pocas familias (por ejemplo, compárese la Comuna de General Lagos con la Comuna de Belén). La propiedad, a través de programas de regulación de títulos de dominio, se tornó individual305, ya que fue condición para el acceso a créditos, asistencia técnica y otros beneficios.
301 La importancia del orégano para exportación persiste. Por ejemplo, entre 1965 y 1978 la superficie de hectáreas cultivadas en Belén y Putre pasa de 350 ha a un poco más de 1.800 ha (514%). 302 Keller, Carlos. El Departamento de Arica. Santiago, Edit. Zig-Zag. 1946, p. 236. 303 El Censo Económico Nacional de 1945 consigna 1.253 grupos laborales textiles en el Depto. de Arica, de los cuales un 33% se ubican en la Comuna de Belén, un 25,6% en la Comuna de Putre, un 18,9% en la Comuna de General Lagos y un 18,3% en la Comuna de Codpa. En 1955 esta práctica es descrita por Concha, Manuel. “Establecimientos humanos...”, p. 67. 304 Bernhardson, Wayne. “Tierra, trabajo y ganadería indígena en la economía regional de Arica”. Revista Chungará, Universidad de Tarapacá, Arica. 1985, p. 158. 305 Hacia 1955 se realiza la siguiente descripción de la propiedad en Putre: “La propiedad es actualmente individual, es divisible por herencia y compra de acuerdo con las leyes chilenas vigentes, aunque hace años se observó una preferencia por el hijo mayor. Están inscritas sólo el 50 % de las propiedades; aún hay casos de comunidades y donde entre a actuar,

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La sobreexplotación de nuestros recursos naturales ha sido a causa de la actitud depredadora y poco consciente de la propia población chilena. Muchas veces se ha querido presentar una visión del hombre aymara como un ser que ha o que quiere depredar su medio ambiente, siendo la realidad todo lo contrario. La historia de nuestros padres y abuelos cuenta que fueron precisamente Carabineros, militares y los funcionarios públicos del Estado de Chile quienes cazaban indiscriminadamente la vicuña, ya fuese por deporte (propio de la sociedad occidental) o por su lana. Y posteriormente viene su casi extinción, se decreta su protección y se crean una serie de restricciones en cuanto a su explotación que las comunidades aymaras deben soportar y subsidiar indirectamente. Entre 1930 y 1973 el Pueblo Aymara experimenta presiones ideológicas basadas en una visión chilena de progreso, identidad nacional y civilización. El mundo occidental se “acerca” aún más a la comunidad, gracias a la construcción de una infraestructura de comunicaciones (red vial) e implementación de una red de escuelas fiscales. Pero, también la población andina se acerca progresivamente a lo occidental, moderno y citadino migrando a la costa. En estas décadas se hacen presentes nuevas categorías y formas de pensamiento alterando las pautas tradicionales de conducta. Ideologías occidentales seculares y religiosas concurren entonces con valores y pautas de conductas tradicionales. La presencia de dichas ideologías acentúan, por una aparte, la pérdida de la hegemonía que ocupaba la religión aymara-cristiana –como soporte ideológico de la comunidad– e introducen nuevos componentes identitarios y sociales. Esta mayor “competencia cognitiva e ideológica” del aymara ante la cosmovisión occidental es, en parte importante, producto de la intervención desde el Estado chileno, de la implementación de programas de instrucción escolar y de programas de desarrollo que buscaron la “modernización” e “integración” . Estas acciones perduraron por varios años, hasta el punto que los efectos de la chilenización son perceptibles en localidades pequeñas y alejadas, como Cultane, en la década de los sesenta306 y también en la propia cultura del docente asignado a las escuelas rurales307. El despoblamiento de nuestras comunidades y el inicio de la pobreza y la marginalidad urbana. Una de las consecuencias de la política de des-aymarización (chilenización) y de la orientación de la nueva estructura político-administrativa hacia la costa y los centros mineros, es el despoblamiento de nuestras comunidades. 14º

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generalmente, Bienes Nacionales, para hacer entrega de concesiones para la explotación de la llareta, que desgraciadamente se realiza sin ningún control; y aunque no hay mediería se observa una aparcería que consiste en la entrega de un terreno para su explotación, la que debe ser devuelta al cabo de 5 años a su dueño, alfalfada”. Concha, Manuel. “Establecimientos humanos...”, 1966, p. 77. 306 Testimonio de Don Raúl Salazar, en González, Sergio. “Civilizando al yatiri: La labor docente de los maestros normalistas en el mundo andino de la Provincia de Iquique antes de la Reforma Educacional de 1965”. Revista de Ciencias Sociales, Universidad Arturo Prat, 1996, p. 21. 307 Testimonio de Don Germán Piñones Lobos, en González, Sergio. “Civilizando al yatiri…”, p. 44.

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La evolución de la población en la región entre 1930 y 1973 se caracteriza por los siguientes hechos: a) El acelerado aumento de la población no-nativa en la región a contar de la década de 1950; b) El lento crecimiento de la población indígena, que destaca comparativamente por su baja tasa de crecimiento; c) A raíz de lo anterior, la rápida transformación a minoría que experimenta la población, en comparación con la población regional chilena (de un 25% a un 17%, entre 1907 y 1970308). Este proceso de “minorización” es sectorizado, pues la población no-aymara se concentra inicialmente en los sectores de los valles bajos y la costa. La evolución de la población residente en la costa de la Primera Región revela un aumento de un 329% entre 1907 y 1970; particularmente significativo entre 1952 y 1970309. Este crecimiento se debe a la aplicación de medidas que facilitan el desarrollo comercial e industrial de las ciudades de la costa. No obstante, la variaciones de población residente en la cordillera y altiplano de la región (1907-1982) muestran un comportamiento demográfico inverso. Entre 1940 y 1970, la población rural de la actual Primera Región varía de 46,3% a un 10%, graficando el notable despoblamiento del hábitat andino. A comienzos de la década del setenta al menos un tercio de nuestros hermanos vivía en la costa o valles bajos310. Los flujos migratorios han sido distintos. Una corriente tan importante como la observada en Tarapacá311, corresponde a la migración de bolivianos al sector cordillerano de Arica, que comenzó a mediados del siglo XIX hacia los centros mineros de Tarapacá312, siendo aún más fuerte a inicios de siglo, manteniéndose hasta la década del sesenta313. Este flujo fue originado por la contratación de bolivianos como personal de cuidado de tierras y ganado, y de reemplazo de mano de obra a causa de la emigración al Perú y a la costa. Luego, entre 1930 y 1960, esta corriente aumentó por la oferta de empleo a raíz de las explotaciones azufreras de los volcanes Tacora y Tarapacá (Aguas Calientes, Alcérreca). Finalmente, desde 1960 en adelante314 la mano de obra

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Estimación realizada por van Kessel, “Los aymaras contemporáneos de Chile...”, p. 11. Tudela, Patricio. “Transformación religiosa y desintegración...”, p. 18. (Cuadro N° 4) 310 Hacia 1985 se calcula que la población aymara que reside en sectores urbanos es casi el triple de la población residente en el sector rural. Gundermann, Hans & Cornelio Chipana. “Antecedentes sobre la familia aymara y su rol de socialización en un proceso de aculturización“. Documento de Trabajo. Universidad de Tarapacá, Arica. 1986, p. 17. 311 La primera corriente migratoria es el traslado de la población hacia los centros mineros de la pampa. Ello ocurre especialmente desde el siglo pasado hasta 1930 (Kessel, Juan van. Holocausto al progreso. Los aymara de Tarapacá. CIEDLA, Amsterdam. 1980 pp. 31-34 y 241249). Esta emigración hacia pisos ecológicos más bajos condujo a una fuerte disminución de la población joven masculina en las comunidades del sector. 312 González, Sergio. “Cochabambinos de habla quechua en las salitreras de Tarapacá (18801930)”. Revista Chungará, Universidad de Tarapacá, Arica. Vol 27, N° 2, 1995, pp. 135-151. 313 Wormald, Alfredo. “El mestizo en el Departamento de Arica”. Anales de la Universidad del Norte, N° 5, 1966, p. 211. 314 Es interesante también el efecto de la emigración desde el altiplano boliviano al sector chileno. Un ejemplo de ello es la Comunidad de Llica, ver Rodríguez, Humberto. “Cambios sociales en una comunidad del altiplano (Bolivia)“. 36º Congreso de Americanistas. Sevilla, 1966, pp. 331-346.
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boliviana de origen aymara es contratada nuevamente para el cuidado de las propiedades mientras sus dueños migraban a la ciudad315. Se calcula que durante el período 1965-1970, el porcentaje de inmigrantes bolivianos en el área de Putre alcanzó a más del 5%316. Otra importante corriente migratoria acontece desde la zona cordillerana hacia los centros urbanos en la costa. Esta emigración ocurre desde 1940. Entre las principales causas se menciona la sequía, la educación, la presión social, el trabajo, la salud y el Servicio Militar317. Entre 1930 y 1970 la población en las localidades de la precordillera (Codpa, Camiña, Mamiña y Guatacondo) disminuye de 872 a 714 (22,1%); mientras que en las localidades del altiplano (Paricanota, Putre, Socoroma, Belén, Isluga y Cariquima) la reducción alcanza de 1806 a 837 (53,7%). Por otra parte, las mayores tasas de despoblamiento ocurrieron en el Departamento de Arica (Comuna de Putre –59,8% y Comuna de General Lagos –27,2%) entre 1960 y 1970, a diferencia de las comunas de más al sur, como son Camiña –17,6% y Colchane –0,9%. Uno de los efectos de la emigración a la costa es que los aymaras comenzamos a vivir el prejuicio, la discriminación, la pobreza y la marginalidad al enfrentarnos con escasas herramientas para salir adelante en el espacio urbano-occidental. Para los que se quedan en sus comunidades de origen, la estructura de edad de la población residente en el sector rural varió notablemente. Ellas resintieron el abandono de los jóvenes318. Pero, más relevante aún –dada su naturaleza– es que la emigración hacia los sectores bajos y urbanos llevan a la familia aymara a una readecuación de su estrategia de subsistencia en función de los intereses de los jóvenes emigrados y asimilados culturalmente, llevándola a un replanteamiento de las formas tradicionales de vida y de las relaciones al interior de las comunidades rurales319 y familias en el sector cordillerano y altiplánico. El examen de las pirámides de población de Putre y Camiña320 señala que los emigrantes tienden a ser jóvenes de 20 a 30 años y jovencitas desde los 14

Alvarado, Luis. La vida rural en el altiplano chileno. ICIRA, Santiago. 1970, p. 78. Baehr, Jürgen. “Migration im Grossen Norden Chiles“. Bonner Geographische Abhandlungen Nº 50. 1975, p. 286. 317 El descenso de la población en localidades precordilleranas (Codpa, Camiña, Sibaya, Pachica) y cordilleranas (Putre, Socoroma, Belén, Chiapa, Guaviña) es significativo, especialmente entre 1952 y 1970. 318 En 1955 el geólogo Manuel Concha tiene la oportunidad de visitar el sector cordillerano y altiplánico de Arica y plasma sus impresiones sobre los cambios demográficos en la siguiente cita: “Sólo el ferrocarril, construido entre 1906 y 1913, está permitiendo un mayor contacto con la costa; hasta donde hoy emigra gran parte de la población joven. En todo caso, puede decirse que los elementos blanco-mestizos chilenos están allí representados por los funcionarios públicos, profesores y carabineros. Es indudable que la integración es lenta, y en las áreas de bofedales hay evidentes contactos entre los pastores altiplánicos de éste y del otro lado de la frontera, que por otro lado está muy lejos de constituir una barrera física o cultural”, Concha, Manuel. “Establecimientos humanos...”, p. 61. 319 Por ejemplo, entre 1965 y 1976 la superficie de tierras cultivadas se reduce de 2.729 ha a 1.566 (-42,6%) en el sector rural del Depto. de Arica en parte debido a la emigración de la población hacia la ciudad. 320 Baehr, Jürgen. “Migration in Grossen Norden...,1975, p. 121. Un estudio más reciente confirma lo señalado para décadas posteriores. Por ejemplo, ver Guerrero, Víctor. “Transformaciones en los asentamientos humanos rurales: El caso de Iquique”, p. 9.
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años de edad. En el primer caso, se trata de jóvenes que ya han cumplido el Servicio Militar Obligatorio. A su término, muy pocos regresan a sus pueblos de origen, deslumbrados por la ciudad buscan mejores condiciones de vida. En el segundo caso, las jóvenes tienen más posibilidades de encontrar trabajo en la ciudad (generalmente como empleadas domésticas). Este flujo migratorio se acrecienta aún más en décadas posteriores321 con los consiguientes problemas de aculturación y marginalidad social. Las políticas económicas globales han impactado de manera negativa nuestras economías locales aymaras y la población tiene que emigrar, tal como sucedió en la época del puerto libre y la Junta de Adelanto de Arica. El no reconocimiento de las estructuras tradicionales y la imposición del Derecho Positivo da origen a una estratificación socioeconómica dentro del mundo aymara. A partir del proceso de acumulación facilitado por la privatización y la compra-venta de terrenos, se activa un germen de cambio estructural en la comunidad, que desde la mitad de siglo facilita la aparición del asalariamiento y la diferenciación social, basada en la acumulación de recursos, lo que da origen a una estratificación socioeconómica. Las causas de este proceso son diversas, pero hay dos factores decisivos. En primer lugar, la población aymara ya no se restringe únicamente al sector rural y a la actividad agropecuaria. En segundo lugar, el cambio en la propiedad de los recursos y medios de producción han tenido como efecto generalizado la alteración del sistema de relaciones sociales. Ambos factores contribuyen a que la economía y organización comunal experimenten un proceso de atomización social acelerado. Paralelo a esto, la desintegración de la propiedad comunal desencadena dos procesos relacionados, de enormes consecuencias. La privatización de la propiedad –debida a la pérdida del control sobre los recursos comunales–, que acelera la desestabilización de la autoridad tradicional; y, la acumulación de recursos en manos de algunas familias, que desencadena y acentúa la diferenciación interna entre los miembros de la comunidad. De esta forma, entre 1930 y 1973, tiene lugar el desmantelamiento de la autoridad tradicional. Esto ocurre en dos etapas: se inició con la “des-aymarización” (chilenización), ejercida con aún más fuerza desde comienzos del siglo XX; y, luego, desde la segunda mitad de este siglo, con la modernización impulsada por instituciones estatales sobre las comunidades de Arica y Tarapacá, y que –particularmente durante la década de los sesenta– conducen a adoptar formas de organización social propias del mundo urbano occidental (como son las Juntas de Vecinos, Centros de Madres y Asociaciones Deportivas). Ellas –aún cuando no de manera abrupta y definitiva– tienden a reemplazar el espacio de encuentro tradicional privilegiado, alterando las formas acostumbradas de relacionamiento. 15º

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Ya en 1985 el porcentaje de individuos migrados desde el altiplano alcanzaba a 72,4%; mientras que en la precordillera llega a 90,3%; Gundermann, Hans & Cornelio Chipana. Antecedentes sobre la familia aymara, 1986, pp. 18-19.

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A modo de ejemplo, es posible citar el caso de la extinción del cargo de principal en el sector altiplánico de Arica. Desde la tercera década, cuando el sacerdote Julio Ramírez322 menciona la existencia de un Principal en Guallatire, no se encuentra alguna otra evidencia de un rol semejante o mallku entre las comunidades del extremo Norte de la región aymara chilena. Más al Sur, en Cariquima la desaparición del cacique ha sido fechada hacia mediados de la década del sesenta; en Isluga el último cacique (del Araj Saya) habría cumplido funciones hasta comienzos de la década del ochenta323. Al parecer la pérdida del ethos andino fue más rápida y profunda en el sector ariqueño que en Tarapacá. En Isluga, por ejemplo, hacia comienzos de la década del setenta se consigna la importancia de “juez de paz” y su rol en la comunidad, como también su reemplazo por las Juntas de vecinos324. El deterioro de la autoridad tradicional se acompaña también de la presencia de otras formas de control social. Por ejemplo, la presencia de la policía impone las leyes de comportamiento, actúa de árbitro en los conflictos y desplaza en importancia e influencia a la autoridad religiosa en lo civil y lo político. Así, durante los años 30 y 70, si bien Carabineros cumplía una labor de control de fronteras, esta institución se transforma en el icono del control social formal, y en muchos casos de represión, del Estado chileno sobre nuestro pueblo, no solo desde el punto de vista del cumplimiento de las leyes y el tránsito fronterizo, sino muy particularmente por su dedicación en materia de instrucción escolar, inculcamiento del patriotismo a punta del miedo y la persecución y la represión de todas aquellas manifestaciones tradicionales, incluido nuestro idioma, principal fundamento de la identidad de nuestro pueblo. En síntesis, las formas tradicionales de producción de bienes y servicios han cambiado; así también las formas de autoridad y organización comunal. Hacia mediados de la década del setenta, la comunidad aymara, que en el siglo pasado asumía rasgos andinos por estar fundada en el parentesco (ayllu), asume un estilo más occidental, aun cuando todavía se puede reconocer el uso de categorías andinas de elección y decisión, como en el caso de la asignación de un cargo (obligatoriedad) y el ejercicio de la autoridad religiosa comunal325. Indudablemente, nuestras comunidades de la década de los setenta tienen un aspecto más heterogéneo y diferente al ayllu-comunidad de comienzos de siglo. Posee rasgos característicos de la sociedad chilena-occidental y también de las antiguas instituciones, que confirman su origen andino. La sola integración, gracias a la red vial y comunicaciones nacionales, y los mecanismos de participación en la sociedad y ante autoridades chilenas, junto a los factores arriba examinados, pone en peligro la permanencia de “lo andino”.

Ramírez, Julio. Por la pampa adusta, notas e impresiones. Santiago, 1927, p. 175. Salinas, Javier. ”La comunidad andina“. Documento de Trabajo. Taller de Estudios Aymaras, TEA. Arica. Ms. p. 6. 324 Provoste, Patricia. “Diferenciación e integración social en el altiplano chileno”, América Indígena, Vol XXXIX, N° 4, Octubre-Diciembre 1979. 325 Para una descripción de las prácticas religiosas tradicionales del sector altoandino de Arica, ver Tudela, Patricio. “La religión tradicional entre los aymaras de Arica”. Revista Chilena de Antropología, N° 15 (1999-2000) Santiago, 2001, pp. 99-118.
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La implementación de una educación que no reconoce la cultura tradicional y autóctona genera profundas divisiones generacionales e interrumpe la transmisión del conocimiento tradicional y oral La escuela es y ha sido la principal vía para la implementación de la modernidad y la difusión del nacionalismo chileno entre nuestro pueblo. Esto explica la importancia que, desde un primer momento, se le dio a la instrucción escolar en los territorios anexados ya en 1883, relevancia reforzada aún más a comienzos del siglo XX cuando –ante el riesgo de un resultado desfavorable en el Plebiscito pendiente– la “des-aymarización” (chilenización) exigió, en materia educacional, desarrollar una conciencia nacional y crear un lazo ideológico con el Estado chileno. En ese momento el Estado considera fundamental reforzar la implementación del programa de instrucción a través de la red de escuelas rurales en el sector andino, creando nuevos establecimiento y prohibiendo el ejercicio de la docencia a profesores peruanos. De igual forma, todas las escuelas debían ceñirse a desarrollar habilidades de lectura, escritura y cálculo, pero también Historia y Geografía de Chile, cuyos contenidos eran reafirmados en las celebraciones escolares326 de las principales efemérides. Si bien al dictarse la Ley de Enseñanza Obligatoria o Instrucción Primaria (1917), esta se vuelve un derecho y una obligación en el territorio, al mismo tiempo ella fue también una herramienta útil en favor de los intereses nacionalistas de las autoridades chilenas. Entre las consecuencias de esta primera etapa de la escuela chilena entre los aymaras (hasta 1930) destacan: a) el conflicto de identidad entre las generaciones jóvenes y los más adultos, puesto que mientras los padres se habían criado en una sociedad ágrafa los hijos comenzaban a recibir una socialización chilenizante y literaria; b) la puesta en duda del acervo cultural que se transmitían a través las instancias exclusivas de socialización tradicional (la familia) y que con el tiempo es el germen del desmantelamiento de la comunidad tradicional y de la crisis de identidad; c) la diferenciación social y generacional como consecuencia de una aplicación diferenciada e intencional desde el Estado chileno; y, d) la introducción de una educación monocultural y monolingüe ajena a su realidad. Si bien después de 1929 las autoridades regionales parecen invertir pocos esfuerzos en mantener el ritmo del proceso de “des-aymarización” (chileniza-

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326 Ya en 1885 se fundan los primeros centros educacionales chilenos en áreas urbanas: Tacna (1885); Iquique (1886) y Antofagasta (1888), y se señala que “queda prohibida la enseñanza de las jeografías descriptivas por el texto publicado en Lima (...) bajo apercibimiento de una multa de $ 50 pesos a los infractores i sin perjuicio de las otras medidas a que hubiere lugar”. Notas de la Intendencia de Tacna 1885 (Archivo Vicente Dagnino, Univ. de Tarapacá, Arica). El Doc. nº 376 del Ministerio de Interior dirigido a la Intendencia de Tarapacá, con fecha 28 de enero de 1915, describe el Decreto de Ley 2977 que identifica las fechas de celebración más importantes que deben respetarse estrictamente en la región (Archivo Diócesis de Iquique). La anterior ordenanza es reiterada años después en el Doc. nº 930 de la Gobernación de Arica dirigida a los establecimientos de enseñanza del Departamento, el 9 de diciembre de 1921, que reproduce el Decreto 5582, del 31 de octubre de 1921. (Archivo Municipal de Arica) Respecto a los contenidos de la enseñanza en décadas posteriores, ver la interesante descripción que nos aporta González, Sergio, en “El poder del símbolo en la chilenización de Tarapacá...”, p. 36.

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ción) que habían aplicado desde comienzos de siglo, el análisis del desarrollo de la infraestructura escolar en Arica y Tarapacá muestra que –a pesar de que el número de establecimientos educacionales rurales no aumenta entre 1935 y 1950– la instrucción escolar continuó siendo la principal herramienta para inculcar el nacionalismo chileno y el desarraigo del conocimiento tradicional de las generaciones jóvenes (Cuadro N° 1). Desde 1950 hasta 1969 ocurre el máximo esfuerzo por extender la instrucción escolar a todos los sectores de la región. El programa educacional se inserta en una estrategia que busca el desarrollo de las comunidades aymaras de la región integrándolas a la sociedad chilena. Sin embargo, a raíz de las ideas asociadas a este concepto, la comunidad experimenta un quiebre de las instituciones de socialización tradicional, produciéndose un proceso de diferenciación institucional. Al interior de la comunidad el rol educador es asumido por docentes bajo contrato, como ocurrió en 1950 en Guallatire. La contratación de profesores para que asumieran plazas en escuela que los mismos aymaras habían organizado, habla de cómo la demanda de una educación occidental se hizo durante esta etapa parte de la propia comunidad de Arica y Tarapacá327. Antes, en la década del cuarenta y del cincuenta –cuando no había profesor– generalmente Carabineros de Chile desempeñaba esta tarea. Desde un punto de vista étnico, no hay duda del impacto negativo de la escuela en la comunidad aymara. En un primer momento, el problema deriva de la coexistencia de dos sistemas educacionales cuyos orígenes, orientación y propósitos (finalidad) son diferentes y la violencia simbólica con que se imparte el saber occidental-chileno. Ello se expresa en diversos aspectos, desde la imposición de la lengua hasta la no-valoración de lo andino, desde un rol de menor relevancia de la familia en la socialización hasta la orientación citadina. Las diferencias entre ambas formas de socialización son indiscutibles y enormes: mientras que en el primer caso se trata de una socialización dirigida a la comunidad, en el segundo caso es una socialización orientada a la sociedad chilena. La función de la primera es mantener y fortalecer la integración social a través de la enseñanza de valores de interés comunitario, como la reciprocidad y la complementariedad, la religión y cosmovisión aymara-andina, cuyos contenidos se relacionan con el hábitat tradicional, buscando la integración tecno-funcional del niño-joven al núcleo familiar y la comunidad por medio de la observación y la repetición de conductas y del empleo de la lengua materna. Sin duda, este sistema tradicional de educación era eficaz a la hora de recrear y reproducir la organización político-social, la tecnología y la economía andina. En el segundo caso, la escuela busca generar y garantizar la integración a la sociedad chilena a través de la enseñanza de valores occidentales, como son el amor a la patria, el respeto a las autoridades civiles y políticas, integrando conceptos relacionados a la vida en la ciudad y orientados a hacia el desempeño de un rol especializado en el contexto de la vida al interior de la sociedad chilena. Esto se logra a través de una técnica de adiestramiento en un tiempo creado y especializado para esta función (unida-

327 González, Sergio. “Civilizando al yatiri....”, p. 51; y, también, Gundermann, Hans. “La lengua aymara en el norte de Chile: antecedentes sociolingüísticos”. Taller de Estudios Aymaras, Arica, 1991, pp. 36-37.

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des pedagógicas, horas de clases, vacaciones), donde el idioma obligatorio es el castellano escrito y oral. El impacto de este proceso de enseñanza-desarraigo puede tener dos lecturas. Desde el punto de vista del Estado y los indicadores que hoy día se utilizan puede decirse que la introducción de la escuela occidental formal redujo el analfabetismo, si tomamos como parámetros el saber leer y escribir el castellano (entre 16 y 36 puntos porcentuales en algunas comunas entre 1930 y 1970, Tabla N° 1). Pero este proceso también puede interpretarse como el aumento del analfabetismo cultural aymara, la pérdida del idioma materno y la pérdida del conocimiento tradicional del medio geográfico. CUADRO N° 1. EVOLUCIÓN DEL ANALFABETISMO EN EL SECTOR RURAL ANDINO DE ARICA (1907-1970) (PORCENTAJES)
CENSOS 1907 1930 1952 1970 COMUNA DE GENERAL LAGOS 73,0 68,1 41,0 52,2 COMUNA DE PUTRE 80,9 58,9 36,9 28,9 COMUNA DE BELÉN 68,8 64,8 42,9 28,8 39,9 25,1 COMUNA DE CODPA

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Los efectos del sistema escolar chileno entre los aymaras se pueden dimensionar en dos planos: en lo ideológico y en lo social. En el primer caso, los contenidos de la instrucción conducen a una crisis ideológica, por la influencia del nacionalismo, desarrollismo y positivismo328. El conocimiento científico hace que los jóvenes adquieran una racionalidad diferente y perciban la realidad de manera más secular o desacralizada. Lo anterior es experimentado con menos conflictos en el caso de los jóvenes católicos. Los jóvenes en general están abiertos a asumir las “verdades” que transmite la enseñanza escolar. Lo anterior pone en evidencia cómo por medio de la instrucción escolar la visión religiosa, que concibe la realidad de manera distinta, compite con una concepción y racionalidad secular, perdiendo vigencia en su función cognitiva, como modelo explicativo. La mayoría de los jóvenes ya no creen en las explicaciones de los ancianos. Su actitud frente a la tradición religiosa andina es de descrédito, la visión religiosa andina no logra la hegemonía ideológica que antes poseía. Por otra parte, en la conducta y la identidad de los aymaras se puede observar un segundo efecto de la instrucción escolar. Atendidos los contenidos de los progra-

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Kessel, Juan van. Holocausto al progreso. Los aymaras de Tarapacá. CEDLA, Amsterdam, 1980, p. 339. Un estudio posterior confirma la ausencia de “lo aymara” en los textos escolares utilizados por alumnos entre 11 y 14 años en el período 1960-1990. Ver Slootweg, Johanna. “Los olvidados y los más olvidados en el libro escolar: Currículum en perspectiva de género: La presencia de Hombres y Mujeres Indígenas chilenos en los Textos Escolares utilizados por alumnos entre 11 y 14 años de edad entre el período de 1960-1990”. Tesis de Magíster en Educación, Universidad de Tarapacá, Arica, 1998.

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mas de estudio, el sistema escolar es la principal herramienta ideológica estatal para la “des-aymarización” (chilenización)329. Por integración social se entendía transformar a las comunidades indígenas por medio de la enseñanza y difusión de valores y patrones culturales (tradición histórica, idioma y símbolos patrios), integrándolas a la sociedad y cultura dominantes a través de una extensa liturgia secular330 que sobrevaloraba la segunda y desconocía el valor e importancia de las instituciones tradicionales. Evidencia de lo anterior son los testimonios consignados en el caso de los docentes normalistas que jugaron un rol muy relevante en la zona331. La familia aymara tuvo que adaptarse a las exigencias que le impuso el sistema escolar. Ella perdió hegemonía sobre sus hijos y jóvenes, y con ello la comunidad perdió también una fuente importante de legitimación de los valores y conductas tradicionales. Esto explica el hecho de que en la actualidad vivan las consecuencias de una crisis generacional. Los más adultos y ancianos viven “lo aymara” según cánones tradicionales, mientras que por su parte los más jóvenes viven según una mezcla de experiencias escolares y citadinas teñidas de un esfuerzo por ser “más”, “mejores” y “distintos” de sus progenitores y antepasados. La escuela chilena interrumpe la transmisión de elementos culturales y sociales de la tradición andina. Otra consecuencia importante de la escuela occidental, chilena y fiscal entre los aymaras es la desorientación y la anomia. En efecto, en el plano individual la instrucción escolar produce una crisis respecto de la orientación tradicional, poniendo en cuestión la legitimidad y validez de los valores y cosmovisión de raíz andina. En este contexto, el alumno queda progresivamente –aun definitivamente– en una suerte de crisis existencial entre un “ser” y un “no-ser”; esto es, no es plenamente apto para desempeñarse en el espacio andino-aymara y tampoco en el espacio urbano-occidental. La escuela fiscal contribuye, más que a prepararlos, a acelerar y expandir la marginalidad y la pobreza en los espacios urbanos. Ella resulta ineficaz desde la perspectiva andina, por cuanto sus contenidos no consideran las necesidades de la comunidad rural. Ella busca incorporarlos definitivamente a la sociedad chilena, a través de la difusión de un esquema etnocentrista, nacionalista y occidentalizante. Ello genera un cambio de hábitos, mentalidad, intereses, expectativas y perspectivas para el aymara. 17º Los programas de desarrollo han incentivado el asistencialismo y un desarrollo basado en conceptos occidentales de “desarrollo”. “Es así como me encontré en esta región chilena, con pueblos que muestran signos evidentes de retraso social, cultural y económico. La falta de una carretera para
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Roberto Munizaga en 1954 afirmaba que la escuela está para transmitir “la imagen de lo que es un buen chileno y, al mismo tiempo, el sistema de principios y la tabla de valores que definen lo más preciado de la vida chilena, ejemplificado en lo que es el chileno del mar, de la montaña, del campo y la mina, de la industria y del esfuerzo bélico, el chileno del laboratorio y del libro”. Principios de Educación, Edit. Universitaria, Santiago, 1954. 330 Ver, por ejemplo, documento de 1945, que describe la celebración del 21 de mayo en Pachica, presentado por González, Sergio, en “El poder del símbolo en la chilenización de Tarapacá....”, pp. 36-37. 331 González, Sergio. “El poder del símbolo en la chilenización de Tarapacá....”, pp. 15 y ss.

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vehículos motorizados que una directamente a Putre con el puerto, impide el acceso de embajadas de agricultura, que podrían operar un cambio fundamental en la ideosincracia de estos pueblos, aparte de que operarían positivamente contra las influencias perturbadoras de países fronterizos tan perjudiciales para el sentido de chilenidad que queremos hacer prevalecer en toda la zona” Carta de Rodolfo Tejerina, Subdelegado de Putre, al Gobernador Provincial, dirigida el 31 de Octubre de 1950. Comercio, industria regional y establecimientos educacionales constituyen los ejes sobre los cuales se debía alcanzar el progreso de las provincias de Arica y Tarapacá. Entre 1930 y la década del sesenta los gobiernos se ocupan de impulsar planes y programas de desarrollo en el sector pesquero, minero, industrial y agropecuario, fundamentalmente asociado a los centros urbanos en la costa. Las comunidades indígenas quedan al margen de esta política y solo durante la década del sesenta se toma conciencia sobre la necesidad de incorporarlas a los beneficios del “progreso” y del desarrollo socioeconómico. No obstante, la población rural nunca fue objeto de un verdadero programa de desarrollo. El anhelo de integración y progreso económico de la región constituyó uno de los ejes de la política internacional de Chile para la región de Arica y Tarapacá en el marco de las disputas y demandas de Bolivia por una salida al mar. En efecto, en 1951 el Presidente Gabriel González Videla expresaba su inquietud por el retraso del Norte chileno332 y, también, la perspectiva de un potencial desarrollo sobre la base de una negociación de energía hidroeléctrica y agua para el riego del desierto con el propósito de construir una “moderna California” en esos territorios333. En la década del cincuenta existía conciencia del escaso progreso alcanzado, del subdesarrollo y los problemas sociales de la zona debido a los insuficientes esfuerzos desde el Estado334, como también de la importancia geopolítica de la región. En este etapa el Estado hizo esfuerzos por desarrollar una infraestructura que sustente y potencie el desarrollo productivo de la región, particularmente el sector minero y agropecuario. La construcción de caminos conectando los
332 “Conozco personalmente a nuestras provincias del norte; he visto de cerca la ruda vida del trabajador de la pampa; he admirado su espíritu heroico y sufrido y he soñado siempre que algún día será posible cambiar la totalidad de su existencia, introduciendo en ella factores que la hagan menos áspera y más acogedora y más humana”; 30 de marzo de 1951. 333 “Conociendo el progreso técnico alcanzado en la creación de grandes centrales hidroeléctricas en Chile y Estados Unidos, abrigo la seguridad de que será posible traer a nuestro país la energía eléctrica… y aprovechar así toda el agua subterránea de las provincias del norte, las cuales podrán algún día transformarse en una moderna California. Se que las aguas del altiplano esperan el impulso que las haga fecundas y permita también la riqueza y abundancia, lo que hoy sólo es un desierto estéril… Se abre adelante de nosotros una nueva era de prosperidad, no sólo para Chile, sino para Bolivia y el Perú. Para Chile el aprovechamiento de la fuerza hidroeléctrica de los lagos no sólo da la posibilidad de irrigar las áridas tierras... proporcionar energía abundante al cobre y al salitre; disminuyendo los costos de producción sino es fundamentalmente indispensable para crear la industria química pesada...”; 30 de marzo de 1951. 334 Al visitar la zona en 1955, el geólogo Manuel Concha señala: “El carácter, en general, del área se asienta en una indudable tradición que no ha podido ser vencida por diferencias apreciables en lo que se refiere al mejoramiento del grado cultural en función del área y de la facilidad de las comunicaciones con el resto del territorio ariqueño. Es allí de fácil comprensión la absoluta necesidad de ligar los establecimientos altiplánicos a los centros poblados agrícolas por vías más expeditas...”. Concha, Manuel “Establecimientos humanos...”, pp. 80-81.

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espacios cordilleranos con la costa, la captación de aguas para el uso industrial y doméstico –por ejemplo, el fallido proyecto de construcción de un embalse en Pachica (1937); la Estación Agrícola de Colchane (1944); la idea de canalizar aguas desde el Lago Titicaca al extremo Norte en el marco de posibles negociaciones de una salida al mar para Bolivia (1951); la canalización del río Lauca (1961); la empresa geotérmica de Puchuldiza (1973)– son testimonio de lo afirmado. A contar del año 1958, año de creación de la Junta de Adelanto de Arica (JAA), se inician programas de asistencia técnica, médica, escolar y de urbanización335. Paralelamente, más al Sur, la CORFO desarrolla el programa de asistencia a las localidades precordilleranas y del altiplano (1959-1963). Estos consideraban el equipamiento de las localidades con escuelas, locales para las juntas de vecinos, centros de madres, alumbrado eléctrico, el mejoramiento de las vías de comunicación y de la red vial entre los poblados cordilleranos y las ciudades costeras. Se puso especial interés en lograr un progreso económico autosostenido de la región rural andina. Diversas instituciones fiscales (CORFO, Inconor, Orplan, Minvu, U. de Chile, U. del Norte) elaboraron estudios y programas336, algunos de los cuales no se llegaron a implementar. Sin embargo, el denominador común de estos esfuerzos era que confundían programas de desarrollo con programas de asistencia, es decir, se puso más énfasis en las necesidades que en las potencialidades337. Sin embargo, cabe precisar que el objeto de este esfuerzo no es la población aymara en sí, sino la propia región. La población andina, desde este punto de vista, es “marginal” al desarrollo. En efecto, el desarrollo impulsado tiene un carácter exógeno, esto es, en función del crecimiento urbano-regional-occidental. Este “desarrollo” debilita la comunidad, porque la pone en una posición de competencia, en el marco de una racionalidad secular y de mercado. Las políticas de desarrollo de la región se caracterizaron por la ignorancia y el etnocentrismo frente a la realidad indígena de la región. Esta situación no se reproduce en los diseños y propuesta de desarrollo que se alcanzaron a formular durante el gobierno de Salvador Allende Gossens (19701973) y que reflejan un importante cambio en la visión y el enfoque sobre el desarrollo regional y su vínculo con la población indígena, pero sigue promoviendo un desarrollo exógeno desde una perspectiva económico-social338. Esta nueva

335 Por ejemplo, el Programa de la Junta de Adelanto de Arica consignaba, entre sus principales puntos, la “rehabilitación general de la región interior del Departamento”, lo que involucraba prevención de ausentismo; mejoramiento de las condiciones de vida, etc. En la sección “Pueblos del Interior” se señalaba construcción de postas, caminos, escuelas primarias (13). “Síntesis del Programa de la Junta de Adelanto de Arica para el desarrollo Regional”. Revista Industria. Boletín de la Sociedad de Fomento Fabril. Vol. 77, Septiembre de 1960, pp. 23-27. 336 Ver, por ejemplo, el “Plan Andino de Desarrollo”, elaborado por la Junta de Adelanto de Arica (JAA), “Estrategias de desarrollo del interior y el altiplano de las provincias de Tarapacá y Antofagasta”, ODEPLAN, 1972 y “La vida rural en el altiplano chileno”, ICIRA, 1970. 337 Pérez, Eduardo. “Políticas de desarrollo en la zona del interior y altiplano: TarapacáChile”. CIREN, Iquique. Año VIII; N° 9, 1984, 58 págs. 338 Pérez, Eduardo. “Políticas de desarrollo en la zona del interior...”. pp. 40-41.

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mirada se acompaña de la primera iniciativa legal durante ese siglo que busca otorgar nuevos derechos y reconocer la deuda pendiente con los pueblos indígenas en nuestro país339. Con la implementación de asistencia técnica (en la crianza y salud de los camélidos, el mejoramiento de los cultivos, etc) se populariza la idea de que la tecnología del mundo moderno es más eficaz que el rito andino ancestral. En este contexto, los ritos propiciatorios pierden importancia. Por otra parte, la radio y luego la televisión acercan el hombre andino a la vida moderna y secular. Hoy, la política económica del Estado y su vinculación a los procesos de globalización es un ejemplo más que dicha política no toma en cuenta nuestras realidades particulares. Por ejemplo, el Acuerdo de Complementación Económica Chile-Perú, como otros acuerdo han sido perjudiciales por la mirada global que ha hecho el gobierno y que en definitiva perjudica a nuestras comunidades. A partir de dicho acuerdo hoy ingresa orégano peruano más barato y se exporta al mundo como orégano chileno, teniendo esta situación a las comunidades cordilleranas productoras de orégano en una situación catastrófica, puesto que dicho producto representa la principal fuente de ingresos para ellas. El proceso de desarrollo del Estado de Chile se basa en ideas como el crecimiento, la competencia, la acumulación de capital, la incorporación de tecnologías y el manejo de información. Si bien algunos hermanos han logrado incorporar algunas de estas ideas, la mayoría de ellos, que se mantienen en sus comunidades de origen, son personas de edad vinculadas a prácticas tradicionales de cultivo de la Pachamama. Para nosotros el concepto de desarrollo occidental, con cualquier apellido que quiera ponérsele no refleja nuestro pensamiento como Pueblo Aymara. Preferimos hablar de la “Suma Qamaña”, el “vivir bien” en armonía. Esta idea es igual a la sumatoria crecimiento material, más crecimiento espiritual, más gobierno de los ecosistemas.

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Entre las principales características de la Ley N° 17.729, promulgada y comunicada en el Diario Oficial N° 28.362, el 26 de septiembre de 1972 , destaca que este cuerpo legal reconoce la pluralidad cultural, pone término al proceso de división de las tierras indígenas e impulsa la recuperación de tierras a través de la expropiación y restitución; y promueve el desarrollo económico y social indígena a través de cooperativas comunitarias.

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CAPÍTULO CUARTO LOS ATACAMEÑOS DE LOS OASIS DEL DESIERTO

Las sociedades de la amplia cuenca de Atacama , con distintos compo*

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nentes culturales, legaron una cultura avanzada en la cual un sistema de complementariedad ecológica parece normar todo un conjunto de presencias indígenas entre grupos y territorios vecinos, como producto de una larga tradición de relaciones. La subárea circumpuneña340 del siglo XVI estaba compuesta por “poblaciones entretejidas y de territorialidad interdigitada” dando cuenta de presencias étnicas atacamas, lipes, humahuacas y chichas, por citar algunas, que sugieren identidades diferentes, pero no necesariamente etnicidades distintas341. En el espacio que ocupó el Corregimiento de Atacama (Ver Mapa Nº 6), la administración colonial distinguió una población distinta y con diferente lengua respecto de los atacamas, y esta estaba constituida por los camanchas o camanchacas, habitantes de la costa, especialmente del asentamiento de Cobija. En general, estos pescadores que vivían a lo largo de la costa del Norte Grande llamaron la atención de los europeos por su condición de vida “miserable”, “pobre”, de “gente bruta” y “bárbaros”, y también por la movilidad y aprovechamiento integral del lobo marino para la construcción de balsas, viviendas, vestuario, alimento, recipientes y cordelería. Estas poblaciones lograron una buena adaptación a los ambientes costeros-marinos, como la Cordillera de la Costa; además dispusieron de

* Este capítulo para su redacción y supervisión contó con la colaboración de los profesores señor Lautaro Núñez y Jorge Hidalgo, Premios Nacionales de Historia (2003), José Luis Martínez y Hans Gundermann y, especialmente, del Subgrupo atacameño, cuyas conclusiones y análisis se encuentran incorporados al texto. 340 Corresponde al segmento más meridional de lo que la arqueología andina ha denominado como “Área Centro-Sur Andina” y que se extiende aproximadamente por todo el macizo altiplánico y sus vertientes amazónica y oceánica. (Martínez, José Luis. Pueblos del Chañar y el Algarrobo. Los atacamas del siglo XVII. Ediciones DIBAM. Colección Antropología. Santiago. 1998. p. 25.) 341 Martínez, José Luis. “Acerca de las Etnicidades en la Puna Árida en el siglo XVI”. En S. Arce, R. Barragán, L. Escobari y X. Medinacelli (Comps.), pp. 35-65. Etnicidad, Economía y Simbolismo en los Andes. II Congreso Internacional de Etnohistoria. Coroico. 1992. p. 41. Y el mismo autor, Pueblos del Chañar... Op. cit. pp. 53-55, 59.

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MAPA Nº 6

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excedentes –productos del mar secos y/o salados, conchas, guano– intercambiables por otros recursos y bienes de las tierras altas342. Durante el siglo XVI, la población indígena presente en Cobija fue denominada indistintamente: camanchacas, urus, proanches y changos. Lozano Machuca hace referencia a los urus de Cobija en el año 1581, afirmando que en la “ensenada de Atacama, ques donde está el puerto, hay cuatrocientos indios pescadores urus (...)”. El empleo de este término en la documentación colonial del siglo XVI para referirse a los distintos grupos de pescadores de la costa del océano Pacífico, de Arica hacia el Sur, se debería más bien a una extensión semántica peyorativa destinada a describir “grupos inferiores”, y no necesariamente emparentados étnicamente con las poblaciones lacustres del altiplano343. En cuanto a la voz camanchaca, al parecer una de las primeras menciones proviene de Francis Drake en el año 1578, haciendo referencia a los habitantes de la costa de Copiapó344; sin embargo, más específica es la información de Juan Segura del año 1591, al señalar a camanchacas de Cobija, denominación que siguió en uso hasta mediados del siglo XVII345. En esta misma centuria, el apelativo de proanches los identifica como originarios de Copiapó y Morro Moreno, aunque inscritos en partidas de bautismo y matrimonio de Cobija. En este mismo siglo se empieza a usar la denominación de changos, la que, a partir de 1665, es la única que permanecerá vigente para identificar a las poblaciones de Cobija y de Copiapó hasta el siglo XIX346. Sin embargo, no se puede descartar la posibilidad de que esta diversidad de nombres étnicos de los grupos de pescadores de la costa de Atacama pudiera deberse a que, efectivamente, se tratara de agrupaciones distintas, así como que correspondieran a distintas especializaciones en la pesca y recolección marina, o a categorías clasificatorias sociales o culturales, independientemente de su origen étnico e impuestas –por otros– a grupos considerados marginales347.
342 Bittmann, Bente. “Interrelaciones étnicas establecidas a lo largo de la costa del norte de Chile y sur del Perú en el contexto de la colonia”. Estudios Atacameños Nº 7, pp. 443-454. Universidad del Norte. San Pedro de Atacama. 1984. 343 Wachtel, Nathan. “Hommes d’eau: le problème Uru (XVI-XVII siècle)”. Annales E.S.C. 33 année, N° 5-6, pp. 1127-1159. París. 1978; citado en: Martínez, José Luis. Pueblos del Chañar... Op. cit. p. 64. 344 Bittmann, Bente. “Cobija y alrededores en la época colonial (1600-1750)”. Actas de VII Congreso de Arqueología de Chile, Volumen II, pp. 327-356. Ediciones Kultrún. Santiago. 1979. p. 339. 345 Martínez, José Luis. “Información sobre el comercio de Pescado entre Cobija y Potosí, hecha por el corregidor de Atacama, Don Juan Segura (19 de julio de 1591). Cuadernos de Historia N° 5, pp. 161-171. Departamento de Ciencias Históricas. Facultad de Filosofía, Humanidades y Educación. Universidad de Chile. Santiago. 1985. p. 164. Bittmann, Bente. “Cobija y alrededores...” Op. cit., p. 339. El Libro de Varias Ojas sitúa a los camanchacas en Tocopilla, Cobija y Chiuchiu (Martínez, José Luis. Pueblos del Chañar... Op. cit. p. 66) 346 Libro de Varias Ojas, en: Casassas, José María. La región atacameña en el siglo XVII. Universidad del Norte. Editorial Universitaria. Antofagasta. 1974. p. 140. 347 Martínez, José Luis. Pueblos del Chañar... Op. cit. pp. 66, 65.

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Sobre las lenguas que se hablaban en Cobija, los documentos del siglo XVII denotan que “hablan diferente lengua y tan rudas que no ai, quien los entienda, si bien hablan la Española”348, y, por cierto, el kunza, toda vez que las etnias costeras recibieron por largo tiempo el flujo caravanero de los atacameños. Además, existieron otros grupos étnicos que se vincularon con los atacamas. Es el caso de los lipes, al parecer una denominación étnica, y los picas o guatacondos, que más bien haría referencia o identificaría lugares de origen, pero quienes ya –desde antes de los inkas– se conectaban por los senderos que unían los valles y oasis tarapaqueños por Quillagua, como se ve en los geoglifos de Chug-Chug-Loa Medio. Las referencias documentales de lipes en Atacama durante el siglo XVI, son aisladas; sin embargo, en el XVII se las encuentra de manera gravitante en los registros parroquiales. En las primeras décadas habría una ocupación directa de lipes en varios nichos ecológicos de Atacama, congregándose en los poblados de Chiu Chiu y Calama, así como en Aiquina, Caspana, Toconce e Inacaliri. Los poblados de “Calama y Chiu Chiu –centros privilegiados para la obtención de algarrobos y chañares– estaban vinculados a la red de tráfico de pescado seco desde la costa hacia Potosí, por rutas que cruzaban el corregimiento de Lipes, y sumado las estancias ganaderas de Toconce e Inacaliri, se notará que la presencia de los lipes abarcaba una amplia gama de actividades y obtención de recursos; junto con ello, los lipes se vincularon a la arriería y establecieron relaciones sociales con la población local, tal como lo demuestran los matrimonios entre originarios de Lipes con atacamas y residiendo en la zona por períodos que abarcarían varias generaciones. En el siglo XVIII su presencia disminuye, sin embargo, hacia el siglo XIX nuevamente se hace significativa en los archivos parroquiales”349. Limítrofe con el corregimiento de Atacama, hacia el Norte, se extiende la región de Tarapacá constituida por la Pampa del Tamarugal, el desierto y las quebradas altas cordilleranas. Hacia el Sur de esta región, se localizan los oasis de Pica y la quebrada de Guatacondo, los que, junto a otras localidades más pequeñas –como Quillagua y Puerto Loa–, formaban la doctrina de San Andrés de Pica. Hay varias referencias que dan cuenta de que en el siglo XVI los originarios del Sur tarapaqueño se relacionaban con los atacamas; Vivar señala que los tarapaqueños les advirtieron a los habitantes de Atacama, con anticipación, del paso de los ejércitos invasores de Pedro de Valdivia (1540). Tanto tarapaqueños como ataca-

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Hidalgo, Jorge y José Luis Martínez (Eds.). “Padrón y Revisita de Atacama del Corregidor Alonso de Espejo, ordenada por el virrey Duque de la Palata”. 1683. Transcripción de Jorge Hidalgo, Nancy Hume, María Marsilli y Rebeca Correa. Estudios Atacameños Nº 10, pp. 79-124. Universidad Católica del Norte. San Pedro de Atacama. 1992. p. 79. 349 Martínez, José Luis. Pueblos del Chañar... Op. cit. pp. 74, 78, 79.

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mas compartieron –y comparten– espacios y recursos en ambos territorios; sin embargo, durante el siglo XVII los registros parroquiales señalan una mayor estadía de atacamas en Tarapacá, mientras que en el XVIII hay un aumento de registros de presencia de tarapacás en Atacama, ya que picas y guatacondos se encuentran en varias estancias, minerales y poblados de la cuenca del río Loa, en tanto que muy pocos casos se localizan en la cuenca del Salar de Atacama350. (Ver mapa Nº 7) En este sentido, en el territorio atacameño –particularmente Atacama la baja– se percibe un panorama multiétnico, y como correlato de ello, los datos lingüísticos apuntan a una suerte de multilingüismo351. A partir del siglo XVI, la clasificación atacameño cubre con un manto de homogeneidad a los indígenas que, bajo ese nombre –de acuerdo a los documentos coloniales–, fueron identificados por la administración española respecto de toda la población que habitaba el territorio352. La invasión europea y la constitución del orden colonial en estos territorios se hará intensa hasta la independencia de la Corona española de los nacientes estados nacionales. EL DOMINIO ESPAÑOL EN ATACAMA Atacama formó parte de los límites de la Gobernación de Nueva Toledo, que había sido otorgada a Diego de Almagro en el año 1534353. El dominio español no se asentó aquí, sino con grandes dificultades. Por el año 1535, los adelantados españoles tenían una visión del territorio como una frontera inhóspita ocupada por indios atacamas354. En este contexto, arriba Diego de Almagro (1536) y se confrontan españoles y atacameños en la primera batalla de Quitor, que debía resolverse en la toma del Pukara del mismo nombre. El resultado de este conflicto dio la “victoria” a los atacameños: “y mediando el mes de octubre se halló (...) en el pueblo principal de Atacama(...) hallaron la tierra alzada é de guerra, y la gente por

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Op. cit. pp. 81-84. Op. cit. p. 85. 352 Op. cit. p. 45. 353 Téllez, Eduardo y Osvaldo Silva G. “Atacama en el siglo XVI. La conquista hispana en la periferia de los Andes Meridionales”. Cuadernos de Historia Nº 9, pp. 45-69. Departamento de Ciencias Históricas. Facultad de Filosofía y Humanidades. Universidad de Chile. Santiago. 1989. Es importante señalar que el territorio que en la Colonia recibió el nombre de Atacama comprende actualmente la provincia de El Loa (puna aledaña, su franja costera de la región de Antofagasta y el Salar de Atacama). (Castro, Victoria. “Atacama en el tiempo...” Op. cit. p. 27) 354 Dentro de la documentación dispuesta para el siglo XVI, son muy escasas las referencias sobre “un grupo llamado atacamas. La forma más usual de referirse a los habitantes de ese territorio es la que antepone al nombre la preposición posesiva “de”. Por ejemplo, los habitantes de Atacama, del valle de Atacama, etc. Ya en el siglo XVII se consolida o populariza el empleo de la entidad atacamas en la documentación colonial. Ver José Luis Martínez. Pueblos del Chañar...” Op. cit. pp. 68, 69.

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los montes, fuera de sus casas é asientos, y puestos en montañas y sierras muy ásperas (...) que no se podían sojuzgar”355. Además, otro destacamento de hasta “mill y quinientos indios chichas”, presentaron una resistencia antieuropea, en un lugar a 18 leguas antes de llegar a Atacama356. Posteriormente, en 1540, se produjo el avance español que permitió ejercer el control sobre la única vía de ingreso al centro de Chile, porque a través de la segunda batalla de Quitor la rebeldía atacameña fue reducida bajo el control de Francisco de Aguirre. Sin embargo, la resistencia indígena fue un factor de inestabilidad regional durante varios años. En 1545, Valdivia señala en carta a Carlos V que Atacama es un centro de abastecimiento para las tropas que vinieran a Chile y suponía a la provincia en paz, dado que el Perú había sido pacificado por el gobernador Vaca de Castro357. Sin embargo, se sabe que es del todo improbable que Almagro, Valdivia y sus compañeros, hubiesen dejado algún establecimiento permanente, y si dejaron algo fue destruido por los atacameños en guerra hasta 1557. En ese año, la situación se tornó insostenible entre atacamas y españoles, a tal punto que la resistencia de los primeros no pudo impedir que los contingentes españoles vaciaran sus graneros y robaran el ganado –a modo de saqueos. Es por esta razón que se impone la necesidad de pactar. De esta forma surge el Acta de Pacificación de 1557358. El encuentro en Suipacha –territorio Chicha– celebrado el año 1556, entre Juan Velásquez Altamirano, representante de la Real Audiencia de Lima, y Juan Cotocotar –o Catacata–, cacique principal de Atacama, tuvo como objetivo consagrar acuerdos favorables para ambas partes. En ese encuentro reconocieron haber dado muerte a algunos españoles, pero en defensa de sus provincias y haciendas frente a los intentos de robos359. La prueba inequívoca de aprobación del trato, por parte de los atacameños, fue el bautismo y la asistencia a una misa. Un año después, en Atacama se convocaron

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Fernández de Oviedo, Gonzalo. Historia General y Natural de las indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano. Colección de Historiadores de Chile. Tomo XXVII. Santiago. 1902 (1557). p. 247. 356 Martínez, José Luis. “Acerca de las Etnicidades...” Op. cit. p. 39. 357 Hidalgo, Jorge. “Fechas coloniales de fundación de Toconao y urbanización de San Pedro de Atacama”. Chungara Nº 8, pp. 255-264. Departamento de Antropología. Universidad del Norte. Arica. 1981. p. 256. 358 El Texto del documento original se encuentra publicado: “Expediente sobre lo actuado a petición de Juan Velázquez Altamirano por haberse apaciguado los indios del valle de Atacama en el Perú (1557)”. AGI Patronato 188 Nº 4, 4 fs. Año 1557. Transcripción de José Luis Martínez. Estudios Atacameños Nº 10, pp. 12-15. Universidad Católica del Norte. San Pedro de Atacama. 1992. Respecto de las razones que hubo para pactar, véase: Martínez, José Luis. “Información sobre el comercio...” Op. cit. pp. 169, 170. Timmermann, Freddy. “El poder español en el desierto de Atacama. Siglo XVI”. Boletín de Historia y Geografía N° 16, pp. 29-48. Universidad Católica Cardenal Raúl Silva Henríquez. Santiago. 2002. pp. 32, 33, 47. 359 Hidalgo, Jorge. “Fechas coloniales...” Op. cit. p. 256.

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Velázquez de Altamirano y los representantes atacameños con el objeto de alcanzar un arreglo de paz, que la historia denominó “la Pacificación de Velásquez”360. Con ello, un relativo control europeo y aparente estado de paz, se sucedió después de 1557: “Atacama fue en realidad conquistada por Juan Velásquez Altamirano (...), sin lograr por completo su pacificación por la influencia de las parcialidades rebeldes del Noroeste argentino”361. En 1557 o tal vez un año después, Juan Velásquez de Altamirano fundó en el camino real un pueblo que se llamó Toconao. Con ello, de alguna manera se aseguraba la paz y el tránsito entre las ciudades de la Plata y Chile. De este modo, el primer centro administrativo español y permanente en la provincia de Atacama con agrupamiento de indios, fue en Toconao y no en San Pedro de Atacama, muy probablemente por el temor de los españoles de que ocurrieran ataques sorpresivos en el sector de los ayllus de San Pedro, donde la foresta y densidad demográfica favorecían las acometidas362. Cabe destacar aquí que, dentro de la administración colonial, el corregimiento de Atacama formó parte de la Audiencia de Charcas en el año 1559 –integrante del Perú–363. Más tarde (1564), la Corona justifica la presencia de corregidores en Atacama, porque era “necesario proveerse el corregimiento de Atacama por ser el Paso para la provincia de Chile porque no habiendo juez allí se alzan luego los indios, cesa el paso para aquella provincia. El cual paso es muy necesario”364. En el año 1562, el tratado de Paz –reseñado más arriba– significó que el virrey otorgara a Juan Velázquez Altamirano a los atacameños en enco-

Martínez, José Luis. “Expediente sobre lo actuado...” Op. cit. pp. 12-15. “El control europeo en Humahuaca (Tucumán) no fue sino hasta la prisión de Viltipoco en 1595 que se pudo pacificar la quebrada y sus alrededores. La ciudad de La Serena fue quemada por “indios diaguitas” como señalaran los documentos de esa época y en la selva del valle de Copiapó (San Juan de la Selva) la población local se refugió durante largos años, oponiéndose al dominio español. En la otra vertiente de la Cordillera, en los valles calchaquíes, la resistencia antieuropea se prolongó hasta avanzado el siglo XVII. Todo esto fue, hasta muy tarde, una zona de guerra o frontera de la misma”. (Martínez, José Luis. “Esquema General Atacamas Collas”. Documento de Trabajo Interno. Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato. Santiago 2002. p. 31. Hidalgo, Jorge. “Fechas coloniales...” Op. cit. p. 258. 362 Probablemente, en la medida que el área en su conjunto se fue pacificando, los españoles se establecieron en San Pedro. Hidalgo, Jorge. “Fechas coloniales...” Op. cit. p. 257. Sin embargo, “pronto se quebró el reposo del desierto porque en 1563 ya se prevenía en el Perú que la ruta de los despoblados que conducían a Chile, imperaba el indio de contienda” (Téllez, Eduardo. “La guerra del siglo XVI: implicancias y trascendencia de un siglo de insurrecciones indígenas en el despoblado de Atacama”. Estudios Atacameños Nº 7, pp. 399-421. Universidad del Norte. San Pedro de Atacama. 1984. p. 414.) 363 Hasta la Independencia en el año 1825. Hidalgo, Jorge. “Incidencias de los patrones de poblamiento en el cálculo de la población del Partido de Atacama desde 1752 a 1804. Las revisitas inéditas de 1787-1792 y 1804”. Estudios Atacameños Nº 6, pp. 53-111. Universidad del Norte. San Pedro de Atacama. 1978. p. 56. 364 Documento presentado en: Téllez, Eduardo y Osvaldo Silva G. “Atacama en el siglo XVI...” Op. cit. p. 62.
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mienda365. Se sabe entonces que esta autoridad española influenció la zona entre 1557 a 1591 y será el prototipo –a escala regional– “del español que une sus deberes administrativos con los comerciales”, es decir como encomendero y hombre de negocios366. El padre Francisco Bocos Cárdenas, atestigua que:
“Velázquez ocupa “muchos indios de la mar” de cobija, haciendo que los Atacamas trasladen el pescado hasta Chiu-Chiu y Potosí (28 a 30 leguas), que en el presente año les han sacado aun más pescados, que no se los pagaban, y si los indios lo venden, debe ser al precio que Velázquez impone. También afirma que los Atacamas alimentan a Velázquez, el que no les paga por ello y que ocupa un gran número de indios en su casa impidiendo así que estos acudan a recibir doctrina”367.

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Esta fuente demuestra las irregularidades de los métodos y actividades de Velázquez, contraviniendo la petición del virrey Hurtado de Mendoza, quien le entregara la mitad de los indios existentes en el “valle de Atacama” o “provincia de Atacama” en encomienda, advirtiéndole de no exigir tributos excesivos, además de solicitarle que,
“... los trate bien y procure su conservación y multiplicación y amparo y defensa y los haga doctrinar en las cosas de nuestra santa fe catolica ley natural e buena policia y sy en ello algun descuydo tovieredes cargue sobre su conciencia y no de la de su magestad e mia“368.

Pero, a su vez, también indica que tempranamente los españoles diferenciaron a las poblaciones del interior de Atacama y a los grupos costeros; incluso en la encomienda otorgada a Velásquez Altamirano, queda suscrita la distinción cuando se le entregó “la mitad del repartimiento de yndios de
365 Que muy probablemente disponía del cargo de Corregidor. (Martínez, José Luis. “Información sobre el comercio de Pescado...” Op. cit. p. 163.) Es importante advertir que el sistema de encomiendas fue previo al de corregidores. La encomienda del siglo XVI se disolvió paulatinamente en el tributo personal. Los indios pagaban un tributo por cabeza y desde 1578 solo lo hacían los indios de entre 18 a 50 años. Además, Atacama quedó al margen de las provincias –que bajo las ordenanzas toledanas debían adherir a la mita de Potosí–, lo que no los excluía de mitas locales en minas o tierras del Corregidor. (Casassas, José María. La región atacameña... Op. cit. p. 92. Hidalgo, Jorge. “Incidencias de los patrones de poblamiento...” Op. cit. p. 59). 366 Martínez, José Luis. “Información sobre el comercio...” Op. cit. pp. 162, 163. 367 Martínez, José Luis. “Información sobre el comercio...” Op. cit. pp. 169, 170. Timmermann, Freddy. “El poder español...”. Op. cit. p. 39. 368 Hidalgo, Jorge y José Luis Martínez (Eds.). “Autos fiscales con don Pedro de Córdova, vecino de la Plata (Charcas), sobre el derecho a una encomienda que tenía su mujer, doña Teresa de Avendaño en los indios de Atacama, cuyo pueblo permutó por otro, a causa de haber querido el virrey, Marqués de Cañete, fundar allí una población para poderse comunicar con Chile”. BNBA. Colección García Viñas. Documento 1400, 90 págs. Año 1562. Transcripción de G. García Viñas. Estudios Atacameños N° 10, pp. 16-29. Universidad Católica del Norte. San Pedro de Atacama. 1992. pp. 24, 25. Timmermann, Freddy. “El poder español...” Op. cit. p. 40.

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la dicha prouincia [de Atacama] (...) y ansi mismo uos encomiendo los yndios que estan en el puerto del dicho ualle de Atacama (...)”369. El tráfico de pescado reseñado más arriba será una de las primeras manifestaciones de la arriería colonial, porque el tráfico caravanero de los productos marinos se incorporó tempranamente en los circuitos mercantiles370, tal como queda de manifiesto con las acciones de Velázquez. Así, la población de Atacama en el siglo XVI transitará desde el tráfico caravanero tradicional al arrieraje colonial. La integración de esta actividad a sus estrategias andinas les permitirá reproducir sus patrones de movilidad, circulación de una variedad de recursos locales, y continuidad en los circuitos de tráfico interregional371. Respecto de la población de la provincia de Atacama, no se disponen de datos certeros; sin embargo, se han sugerido desde unos 700 hombres de guerra –que multiplicado por cinco miembros que conforman aproximadamente una familia, serían 3.500 habitantes– en el año 1535, unos 1.000 indios solo en el Pukara de San Pedro de Atacama –1540– a 2.000 indios en 1581, los cuales se encontraban en una zona bastante extensa372; por lo que provocó un gran impacto las reducciones toledanas. El virrey, entonces, hace de las reducciones el eje de su política indígena373. El proceso reduccional se desarrolló como un intento de transformación del orden espacial indígena por uno nuevo que posibilitaría la implementación del proyecto hispano en sus dimensiones de control cultural, económico y político. La base programática de la reducción se resume en la siguiente frase de Francisco de Toledo: “para deprender a ser cristianos, tienen [los indios] primero necesidad de saber ser hombres y que se les introduzca el gobierno y modelo de vivir político y razonable”. De este modo sobresalen los criterios europeos ligados a un concepto de vida urbana, porque lo que se quería transmitir era la cualidad de la policía que implicaba un conjunto de comportamientos relacionados con conceptos europeos de vida civilizada –hábitos de vestimenta, higiene, etc.–374.
369 Con ello, pareciera desprenderse que los grupos costeros fueron ‘pacificados’ y reducidos con posterioridad a los que poblaban los valles y oasis del interior. Martínez, José Luis. Pueblos del Chañar... Op. cit. pp. 62, 63. 370 Martínez, José Luis. “Adaptación y cambio en los atacameños: los inicios del período colonial. Siglos XVI y XVII”. Andes N° 3, pp. 9-25. Instituto de Estudios Contemporáneos. Santiago. 1985. pp. 16-18. 371 Sanhueza, Cecilia. “Tráfico caravanero y arriería colonial en el siglo XVI”. Estudios Atacameños N° 10, pp.169-182. Universidad Católica del Norte. San Pedro de Atacama. 1992. pp. 173, 180. 372 Cifras de Oviedo, Bibar y Sande, respectivamente. En: Hidalgo, Jorge. “Culturas y etnias protohistóricas: Área Andina Meridional”. Chungara Nº 8, pp. 209-253. Departamento de Antropología. Universidad del Norte. Arica. 1981. p. 215. Y el mismo autor en: “Incidencia de los patrones de población...”. Op. cit. p. 74. 373 Castro, Victoria “Huacca Muchay...” Op. cit. p. 27. 374 Durston, Alan. “El proceso reduccional en el sur andino: confrontación y síntesis de sistemas espaciales”. Revista de Historia Indígena Nº 4, pp. 75-101. Departamento de Ciencias Históricas. Facultad de Filosofía y Humanidades. Universidad de Chile. Santiago. 1999-2000. pp. 76, 79.

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Pero por sobre todo implicaba vida urbana, bajo una forma de gobierno legítima, o sea, vida en ‘república’. Para que los indios estuviesen en policía era necesario que viviesen en pueblos según el modelo colonial –pueblos nucleados, con organismos municipales, y con calles y plazas trazadas según el modelo del damero– de manera que estuviesen “... sus repúblicas fundadas y se gobiernen entre sí, dándoles ordenanzas y manera de vivir”375. Al menos en Chiuchiu y Toconao, hubo un proceso reduccional. Este modelo formal de organización urbanística confrontó dos formas de percibir, organizar y significar el espacio: indígena e hispana. Asimismo, la reducción se organizó para crear una visibilidad general ya que el damero permitía una vigilancia visual o panóptica, que posibilitaría la erradicación de ciertas prácticas proscritas como contrarias a la policía y a la cristiandad. Además, la organización urbanística buscaba controlar y encauzar la circulación de la población según rutas que convergían en el conjunto iglesia-plaza-atrio, fomentando una evangelización verbal y visual376. En cada pueblo, junto a un cacique que gobernaba a los indígenas –descendiente de los gobernantes prehispánicos–, se creaba un cabildo –consejo municipal. Vivían dependientes de los productos de la tierra, empero bajo los efectos negativos de la guerra, flujos migracionales y los colapsos biológicos derivados de las nuevas enfermedades, por lo que la población debió disminuir en un número importante377. Sin embargo, a pesar de la presión colonial, la estructura de los ayllos no se derrumbó con la conquista. Finalmente, este territorio fue penetrado y transitado, pero no sometido sino hasta fines del siglo XVI. En tal sentido, se considera un caso de “conquista retardada” en la periferia árida del Perú, Charcas y Chile378. En algún momento del siglo XVII, el empleo del nombre “atacama” como propio de los nacidos en ese corregimiento colonial, se consolida en la documentación de la época hispana. Los atacamas constituían un grupo étnico que habitaba un territorio cuyos centros eran las dos hoyas hidrográficas de la región. Ocupaban de preferencia los oasis de altura, las que-

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Op. cit. p. 79. Op. cit. p. 85. Es importante hacer una aclaración respecto de las ‘idolatrías en el siglo XVI’: la iglesia no se ocupa sistemáticamente de ello, porque básicamente se afana en construir los primeros templos y equipar las primeras doctrinas. “No debe sorprendernos que durante los cinco o diez primeros años de la Conquista, saqueo y extirpación aparezcan entrelazados y sería equivocado que consideráramos que la destrucción de los templos indígenas y de sus ídolos fue determinada por el celo de un catolicismo militante. En esos años era muy frecuente que la extirpación fuera un cómodo y provincial pretexto para el pillaje, puesto que los objetos de oro abundaban, especialmente en los templos del demonio”. (Castro, Victoria “Huacca Muchay...” Op. cit. p. 5) La extirpación de idolatrías se hizo intensa en el siglo XVII y en la zona de Atacama, recién en la segunda mitad de esa centuria. 377 Núñez, Lautaro. Cultura y conflicto... Op. cit. p. 102. 378 Téllez, Eduardo y Osvaldo Silva G. “Atacamas en el siglo XVI...” Op. cit. p. 47.
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bradas y algunos sitios de la puna379. Atacama la Baja del siglo XVII presentaba un escenario de multietnicidad. (Ver Mapa Nº 8). El corregimiento de Atacama fue dividido administrativamente en dos sectores con sus respectivas doctrinas: Atacama la Baja y Atacama la Alta. En el año 1611 ya se mencionaban estas dos parroquias, la primera se ubicaba en la cuenca del río Loa y su centro político y económico era San Francisco de Chiuchiu; y, la segunda, en la hoya hidrográfica del salar de Atacama con San Pedro de Atacama como cabecera380. (Ver Mapa Nº 8) El Duque de La Palata Melchor Navarro decidió realizar un censo general que incluyera también las provincias no afectas a la mita, como era el caso de Atacama. En 1683 se ordenó el levantamiento del censo de población, cuyo propósito “... fue numerar a los indígenas en su lugar actual de residencia para obligar a los forasteros a compartir el peso de la carga fiscal con los originarios”381. Este padrón permitió reconstruir un panorama de la dispersión de la población a través de las siguientes categorías: “1) tributarios presentes; 2) tributarios ausentes que pagan tasas; 3) tributarios ausentes que van y vienen; 4) tributarios ausentes que no se sabe dónde residen y son los únicos que no pagan tasas”382. De todo ello, se desprendió que un alto número de atacameños –de los tributarios de Atacama la Alta–, vivía fuera de Atacama en ese año –Sur Bolivia, Noroeste argentino–, sin embargo continuaban pagando su tasa tributaria al cacique de su ayllu383. Esto quiere decir que la mitad de la población masculina adulta, mujeres y familias se encontraba en territorios distantes de sus núcleos de origen, en lugares que correspondían a la jurisdicción de otros corregimientos y, por tanto, a territorios en los cuales también estaban presentes otras unidades étnicas. Así se registraron desplazamientos, permanentes o transitorios, de originarios de Atacama a Chichas, Lípez, Tucumán y Tarapacá, “... lo que permite percibir la magnitud e importancia de estas áreas como zonas de atracción y de interdigitación interétnica384”.

379 Martínez, José Luis. Pueblos del Chañar... Op. cit.: 69. Recuérdese que en el siglo XVI se antepone al nombre la preposición “de”; es decir las poblaciones de Atacama y no los atacamas. Ver en este documento el pie de página Nº 31. 380 José Luis Martínez advierte que no queda claro si la existencia de dos sectores en Atacama corresponde a una simple división administrativa colonial, o a patrones organizativos prehispánicos de la sociedad atacameña. Jorge Hidalgo ha sugerido la posibilidad de que la sectorización “alta-baja” pudiera estar reflejando una organización dual. Por su parte, Gentile sostiene que la segmentación se basaba seguramente en una división inkaica. En: Martínez, José Luis. Pueblos del Chañar... Op. cit. pp. 60, 71. 381 Hidalgo, Jorge y Viviana Manríquez. “Mercado y etnicidad: lecturas de la Revisita de Atacama de 1683”. Estudios Atacameños Nº 10, pp. 149-167. Universidad Católica del Norte. San Pedro de Atacama. 1992. pp. 149, 150, 165. 382 Op. cit. p. 154. 383 Hidalgo, Jorge. “Complementariedad ecológica y tributo en Atacama. 1683-1792”. Estudios Atacameños Nº 7, pp. 422-442. Universidad del Norte. San Pedro de Atacama. 1984. p. 438. 384 Martínez, José Luis. Pueblos del Chañar... Op. cit. p. 122.

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Hacia fines del siglo XVII, en el corregimiento de Atacama, se visualiza un proceso de dispersión y movilidad de la población, “... cuyas motivaciones parecen corresponder en sus líneas centrales con la presión económica monetaria, pero que en su estructura formal conserva muchos resabios de la tradición prehispánica...”385. El siglo XVII será el tiempo en donde se van a consolidar las políticas de dominio colonial en la vida material y espiritual andina, las que después se irradiarán en el próximo siglo. La actividad eclesiástica se delineó en este territorio desde 1536 hasta fines del siglo XVII y, durante la segunda mitad del mismo, se llevó a cabo un fuerte proceso de extirpación de idolatrías. A través de este transcurso, se pretendió eliminar las creencias, símbolos e ídolos, de Sotar Condi –deidad regional– y en los pueblos, Quma Quma de Chiuchiu, Socomba de Aiquina, Sintalasna de Caspana, de entre los más conocidos en Atacama386. De este modo, la erradicación de idolatrías y la demostración de las verdades del cristianismo fueron los dos puntales sobre los que descansa toda la obra de cristianización en estos territorios. Por mandato del Arzobispado de La Plata, año 1641, Francisco Otal fue nombrado vicario y juez eclesiástico “... para la extirpación y castigo de las ydolatrias y supersticiones que ay entre los indios de la prouincia de atacama...”; y este clérigo realizó sus actividades tanto en la costa como en las tierras altas387:
“... y Procediendo en la d[ich]a causa a hallado auer más de mill y quinientos indios e indias que acompañado con otro sacerdote que se llama don Joseph Caro de Mundaça los an todos confesado Porque todas las confeciones que an hecho de muchos años a esta parte an ssido nulas y les ha cogido todos los ydolos que tenian que son desde el tiempo del inga Los quales a rremitido a su señoria ilustrísima d[ic]ho señor arçobispo e ba procediendo a castigar a los que son cabeças de todos estos ydolatras procurando estirpar de todo la d[ic]ha idolatría...388”.

Para Otal, las idolatrías eran el culto a los cerros, ídolos, lugares donde se practicaban las ceremonias indígenas, y un tipo de ritual que incluía fuego y objetos de ofrenda. Asimismo, los idólatras fueron también los

Hidalgo, Jorge. “Complementariedad ecológica...” Op. cit. p. 423. Como se verá más adelante, este proceso de movilidad con fines económicos, inserta dentro del modelo de complementariedad ecológica, perdurará hasta fines del siglo XVIII. 386 Casassas, José María. La región atacameña... Op. cit. Castro, Victoria. “Huacca Muchay...” Op. cit. pp. 81, 183-198. 387 En lo respectivo a los métodos utilizados por el sacerdote –persuasivos como autoritarios– estos fueron aplicados casi literalmente a las normas eclesiásticas coloniales provistas para evangelizar y extirpar idolatrías. Sin embargo, hubo varios religiosos que dejaron dolorosas huellas en estas tierras. (Castro, Victoria. “Huacca Muchay...” Op. cit. pp. 126, 132, 140, 237). 388 Documento presentado en: Castro, Victoria. “Huacca Muchay...” Op. cit. p. 126.

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especialistas en el ritual sacrificial y todos aquellos que participaron de cualquier modo en este culto. También aquellos que dieron indicios de creer en alguna de estas costumbres, realizadas en cuevas o casas. Teniendo en cuenta esto, entonces se evangeliza primero extirpando las idolatrías ejemplarmente389.
“Es casi una certeza la suposición de que sus acciones punitivas fueron noticias de amplia y profunda repercusión en un nivel macroregional; provocaron que la población nativa practicara aún más ocultamente sus costumbres. Al mismo tiempo, los indígenas fueron construyendo su propia religión andina con elementos de la cristiandad390.”

Se ha planteado la tesis de la “doble articulación”, que significa que los miembros del mundo andino conservaron sus cultos ancestrales y se vincularon con las autoridades coloniales –y luego estatales–, por medio del culto católico tradicional391. En la segunda mitad del siglo XVII, la administración eclesiástica colonial aumenta significativamente el clero secular en el virreinato del Perú. También dentro de su actividad evangelizadora, toma a su cargo la educación, salud de la población y de manera más sistemática los registros de nacimiento, matrimonios y defunciones392. A fines de la misma centuria, la castellana era la lengua franca en el área, pero al mismo tiempo, las lenguas originarias estaban lejos de caer en desuso393. TRANSFORMACIONES EN EL SIGLO XVIII En el siglo XVIII –bajo el contexto del despotismo ilustrado– el corregidor Francisco de Argumaniz puso en práctica en Atacama un proceso de cambios dirigidos a extirpar la lengua kunza. Rasgos importantes de la tradición atacameña, como su lengua y el control de los recursos lejanos, tendieron a desarticularse en este tiempo. La situación de predominancia del kunza sobre el español, a mediados del siglo XVIII, se convirtió posteriormente en la paridad kunza-español, donde comenzó a predominar la lengua castellana. El aniquilamiento de la lengua atacameña se acentuó después de mediados del siglo XVIII, al menos en los pueblos principales del

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Castro, Victoria. “Huacca Muchay...” Op. cit. pp. 236, 237. Op. cit. p. 238. 391 Abercrombie, Thomas. “Articulación doble y etnogénesis”. En: Segundo Moreno y Frank Salomón (Comps.), pp. 197-212. Reproducción y Transformación de las sociedades andinas. Siglos XVI-XX. Tomo I. Ediciones ABYA YALA. Quito. 1991. 392 Castro, Victoria. “Huacca Muchay...” Op. cit. p. 250. 393 Hidalgo, Jorge. “Descomposición cultural de Atacama en el siglo XVIII: lengua, escuela, fugas y complementariedad ecológica”. Simposio Culturas Atacameñas, pp. 221-249. 44° Congreso Internacional de Americanistas. Universidad del Norte. Antofagasta. 1984. pp. 221, 222.
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corregimiento de Atacama. De este modo, hacia 1777 la situación lingüística varió considerablemente394. En 1777, bajo la administración del general Francisco de Argumaniz Fernández, se fundaron las escuelas más tempranas o antiguas de la región. Así, los maestros de Toconao y San Pedro de Atacama eran indígenas “civilizados” (sic), instruidos y ladinos en el idioma castellano, practicándose la instrucción escolar en la casa de cabildo, ya que en esos tiempos la escuela no tenía aún una estructura independiente395. A través de esa ordenanza, surgió uno de los agentes transformadores más “eficientes”, así a los niños se les tenía completa prohibición de hablar la lengua kunza, ya sea entre ellos o con sus padres. Toda esta imposición escolar afectó a una generación de niños en San Pedro, Toconao y seguramente en Chiuchiu, puesto que amplió la castellanización y, a la vez, disminuyó el prestigio de su lengua materna, debido también a las amenazas de castigos –pecuniarios o físicos– para quien la hablase. La implantación de la instrucción escolar refleja muy bien el despotismo ilustrado del siglo XVIII, donde la escuela resultó una eficiente práctica dirigida a extirpar esta lengua atacameña396. En una carta al virrey del Perú, Argumaniz señalaba esforzarse en “... la sivilizacion de aquella inculta gente en quien aun perseveran muchos efectos de la barbarie...”; “... se les prohibía a los niños beber bebidas alcohólicas, tener conversaciones indecentes y jurar con ofensa a Dios. Se les estimulaba a tener barrida y aseada la escuela, rezar el ‘Bendito’, besar las manos de sus padres, asistir y ayudar en las misas...”397. El panorama de comienzos del siglo XVIII en el corregimiento de Atacama, acentuaba el despoblamiento local que se desplazaba dentro de su territorio y al otro lado de los Andes –territorios de la actual Argentina y Bolivia, por ejemplo. Al parecer, esta situación de dispersión de la población, motivada por el régimen mercantilista colonial, entró en crisis durante el siglo, donde incluso algunos fueron considerados bajo la categoría fiscal de forasteros. Más tarde –1750–, el cobro del tributo hizo crisis por la confusión en identificar cuáles eran los territorios “originales” de donde debían recibir el beneficio; asimismo, varios caciques se vieron presionados por los corregidores para cumplir dicha empresa de cobro. Como un ejemplo de lo intolerable que se tornaron las exigencias que debían sufrir los caciques: “... En Chiu-Chiu, Antonio Bernardo Echeverría, viudo de 33 años, con 4 hijos huyó a Copiapó por haberlo elegido de cacique, arro-

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Op. cit. pp. 221, 229, 230. Op. cit. pp. 232, 233, 245. 396 La erradicación de la lengua kunza fue “todo un éxito”, puesto que ya en el siglo XIX muy poco se pudo rescatar de ella. Hoy en día, su uso está restringido a algunos vocablos que dan cuenta de topónimos, plegarias y cánticos ceremoniales, preferentemente en la zona del Salar de Atacama. 397 Hidalgo, Jorge. “Descomposición cultural de Atacama...” Op. cit. p. 230.

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jó el padrón y se fue...”. De este modo, como era difícil cobrar los tributos se recurrió a la violencia y con ello los pobladores huían de Atacama398. Un caso interesante de apropiación de los recursos y control político de las comunidades atacameñas fue practicado por el Corregidor de Atacama Manuel Fernández Valdivieso –también a mediados del siglo XVIII–, en tanto obligaba a los indígenas a la aceptación del reparto de mercaderías, la venta a precios irrisorios de sus propios productos, la usurpación de sus tierras y minas.
“Como ingreso, este corregidor no sólo recibía el reparto, sino que forzaba a los indígenas a que le vendieran a él, a precios mucho más bajos de los que se obtenían en San Pedro y en Salta, los cueros y lanas de animales; entregaba lana a las mujeres para que le tejieran ponchos que vendía en Potosí; obligaba a la comunidad para que trabajaran en tierras agrícolas a su favor, le cuidaran su ganado y trabajaran en el servicio de su casa. Aplicaba multas por cualquier motivo y llegó hasta a apropiarse de una mina de oro indígena en Loaros399”.

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Con el fin de impedir que los indígenas recurrieran a la Real Audiencia de La Plata –empero igualmente lo hicieron años más tarde– para denunciar los abusos despóticos, el corregidor aplicó una estrategia destinada a desviar las acusaciones y dirigirlas hacia los propios indígenas. En consecuencia, acusó a algunos curanderos de Atacama de brujería y hechicería y, de este modo, las tácticas punitivas desplegadas en el disciplinamiento y transformación de los mismos, justificaban las acciones del corregidor400. Con ello hubo una manipulación que vinculó la acusación de brujería a curanderos de Atacama y el control de las comunidades indígenas atacameñas, ejercida por dispositivos coloniales hispanos e indígenas. Es decir, que, con identificar y relacionar al curandero con las prácticas de brujerías, se establece el poder de una representación ideológica que se extendió –al menos entre su población y sus autoridades locales– en la región de Atacama hasta el siglo XVIII; sobre todo si se considera que hacia 1749 esta representación fue manipulada para lograr un control más efectivo y la sujeción de los indígenas. Como los maleficios representaban delitos y desviaciones del esquema de dominación colonial, en la medida que suponían un pacto con el demonio, fue precisamente esta desviación la que legitimó la racionalidad de las tácticas punitivas que utilizó el Corregidor401.
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Hidalgo, Jorge. “Complementariedad ecológica y tributo...” Op. cit. pp. 429, 430. Hidalgo, Jorge. En: Castro, Victoria: “Huacca Muchay...” Op. cit. p. 288. 400 Hidalgo, Jorge y Nelson Castro. “Fiscalidad, punición y brujerías. Atacama, 1749-1755”. Estudios Atacameños Nº 13, pp. 105-135. Universidad Católica del Norte. San Pedro de Atacama. 1998. pp. 106, 133. 401 Op. cit. pp. 105,106, 119-121.

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La presión económica que afectaba a los indígenas con el reparto de mercancías, abusos y factores ideológicos, hizo que estos se fueran polarizando y asimismo se produjeran fugas de los mismos a fines del siglo XVIII en respuesta a las presiones del régimen opresor. En consecuencia, la gestión de los corregidores españoles derivó en una serie de disturbios políticos y administrativos. La etapa que se extiende entre los años 1749 y 1757 es un período que da cuenta de inestabilidades políticas; entre 1758 y 1774 existe un silencio documental; y, hacia 1770, se sitúa la mayor agitación, que culmina con la rebelión de 1781, tupacamarista y catarista en Atacama402. LOS MOVIMIENTOS DE RESISTENCIA Esta zona, entonces, estará marcada por el surgimiento de varias rebeliones. En el año 1775, en el pueblo minero de Incahuasi, se inicia la protesta contra del corregidor Francisco de Argumaniz –en estamentos de comerciantes y mineros españoles. Un año después se creó el Virreinato del Río de la Plata –bajo cuya jurisdicción quedó Atacama– y estableció un crítico reajuste administrativo porque esta nueva dependencia dificultaba los trámites administrativos, entrabándose una serie de operaciones que perjudicaron aún más a las comunidades locales403.
En consecuencia, a fines de 1780 los efectos de la sublevación general indígena que se había iniciado en Chayanta por las acciones de Tomás Catari y que después de su muerte el 5 de Enero de 1781 se fundió con el movimiento de Tupac Amaru iniciado en Tinta el 4 de Noviembre de 1780, provocaban una agitación de tal naturaleza que el corregidor de Atacama no se atrevía a cobrar el tributo ni a emprender una nueva revisita404.

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La figura de Tupac Amaru da inicio a la rebelión más grande del período colonial, la que se extenderá desde el centro del Perú hasta el Noroeste argentino, y por el Sur hasta San Pedro de Atacama; rebelión que estuvo motivada por el desmesurado abuso, obligaciones y opresiones sobre atacameños de Atacama y Chiuchiu. Dentro de este contexto aparece la figura del líder Tomás Paniri, con cargo de Cacique y Alcalde Capitán General del movimiento insurreccional, quien difundía el legado de Tupac Amaru. Nacido en Ayquina, afianzaba la acción libertaria a través del dominio de todas las lenguas andinas regionales, incluyendo la de los españoles, el castellano. Fue un experimentado caravanero de pescado seco

402 Hidalgo, Jorge. “Fases de la rebelión indígena de 1781 en el Corregimiento de Atacama y esquema de la inestabilidad política que la precede. 1749-1781”. Chungara Nº 9, pp. 192246. Universidad de Tarapacá. Arica. 1982. pp. 192, 195, 201. 403 Op. cit. pp. 204, 205. 404 Op. cit. p. 206.

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desde Cobija al altiplano, y poseía un acabado conocimiento de sus gentes, la geografía y del rol opresor que mantenían los corregidores405. Paniri ejerció una fuerte influencia política en el territorio aymara de los chichas y no sería extraño que su apellido representara algún valor mítico-religioso, por cuanto uno de los volcanes de la región atacameña lleva ese mismo nombre desde la antigüedad406.
El caudillo Paniri designó sus capitanes de la milicia indígena siguiendo el modo español. Habían sublevado incluso aquellas localidades como ChiuChiu en donde existía una firme resistencia española frente a estos acontecimientos. (...) Todos los intentos de duda sobre el origen de su poder eran aplacados por el caudillo, recordando que al otro lado de la cordillera había 2.000 indios en armas. Él mismo solía presentarse ante las autoridades religiosas con sable al cinto y su honda terciada en bandolera. Por un lado, el sable representaba la rebeldía india al exhibir un arma prohibida, y la honda como un signo del poder de la antigua resistencia indígena407.

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El entusiasmo provocado entre los partidarios de Paniri se reflejó en las acciones emprendidas por sus capitanes en Calama –Juan Zandon y Pasqual Nieves– quienes mandaron a las españolas que residían en ese pueblo y alrededores: “... Se pusiesen en traje de Indias con Urcos y Alpargatas para quando viniesen su capitan General Thomas Paniri y que de lo contrario morirían sin remedio produciendo que ya no había Dios a quien apelar ni María Santísima a quien interceder... ”408. A través de este discurso se denota el rechazo a la religión católica, reflejando el pensamiento de un sector de la población indígena: “... Siendo el traje un símbolo de una situación étnica y social, la imposición del urco o anako representaba para las españolas y mestizas una humillación, pero con ello crecía el prestigio de lo indígena...”409. Sin embargo, la contrarresistencia fue organizada precisamente en Chiu-Chiu por el sacerdote Alejo Pinto, logrando que toda la región de Atacama la Baja volviera a ser leal a la Corona, sustentada por una organización militar que buscaba recuperar la región de San Pedro de Atacama; asimismo el rol de este sacerdote de Chiuchiu será crucial en la sofocación de la rebelión. Finalmente, Paniri fue hecho prisionero, sumariado y remitido a Pica, y desde allí enviado a la “hisla del Puerto de Yquique”. Reconoció la muerte de cinco españoles y su participación en el ajusticiamiento de un sacerdote. Su sentencia de muerte se hizo efectiva el 14 de mayo de 1781. Los atacameños aliados con lipes aún no eran sometidos
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Op. cit. p. 213. Op. cit. p. 215. Núñez, Lautaro. Cultura y conflicto... Op. cit. p. 133. Hidalgo, Jorge. “Fases de la rebelión indígena...” Op. cit. p. 218. Castro, Victoria: “Huacca Muchay...” Op. cit. p. 294.

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por Valdivieso y Mendiola; incluso se sabe que intentaban vengar la muerte de Paniri. No obstante, hacia 1781 los indígenas de San Pedro de Atacama estaban pacificados y a pesar de la derrota, ellos conservaron cierta capacidad de negociación410. La situación de movilidad con fines económicos inserta dentro del modelo de complementariedad ecológica, aceptada por los españoles en tanto los indígenas pagaran sus tasas, fue eliminada a partir de 1792 cuando:
Se estableció el sistema de empadronar a los indígenas de acuerdo al criterio de residencia y no al de afiliación. Con ello terminaron los viajes de los caciques de Atacama al Tucumán y la población atacameña experimentó un brusco descenso: de 729 tributarios en 1787, pasó a 502 en 1792. La disminución se hizo sentir particularmente en el repartimiento de San Pedro de Atacama que en esos años pasó de 587 a 346 tributarios, lo que implica una disminución del orden del 47.7%411.

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El poder español debilitó la riqueza de la sociedad indígena, incluyendo sus recursos agropecuarios. Puesto que las mejores tierras comienzan ahora aparecer bajo los rótulos de los grandes hacendados criollos, descendientes de los funcionarios colonos y mineros españoles, la tierra más importante deja de ser indígena o mestiza412. Sin embargo, cuando un pueblo crea su propia lengua, es porque ha estado mucho tiempo en ese territorio y se ha entendido muy bien con otras gentes de los territorios aledaños; es por eso que existe tanta toponimia kunza en las tierras circumpuneñas. Los atacameños fueron bien recibidos, desde antes de los inkas hasta ahora, en territorios no originarios. Así se explica que hayan convivido con poblaciones altiplánicas y con las de los valles vecinos, como los tarapaqueños, también desde antes de los inkas como durante la Colonia, conformando una gran integración entre los pueblos de “arriba” y “abajo”, a través de relaciones de complementación cultural y económica. Esta intensa movilidad, es algo también muy propio de los atacameños, quienes nunca han sobrevivido exclusivamente de sus recursos agropecuarios, en consecuencia y siguiendo su propio perfil histórico, se han relacionado con otras poblaciones413. Con la ruptura del orden colonial en los inicios del siglo XIX –con un régimen administrativo colonial ya muy disgregado– el virreinato del Perú se disuelve en varios proyectos de Estados nacionales. El Estado boliviano heredará de la Colonia,

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Op. cit. pp. 219, 220, 223, 224, 227. Hidalgo, Jorge. “Descomposición cultural de Atacama...” Op. cit. p. 234. Núñez, Lautaro. “Breve historia...” Op. cit. Op. cit.

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“... el sistema fiscal y la tiránica opresión al indígena por la que se obligaba al que tuviera la condición de tal a un vasallaje al Estado, por el cual tenía que pagar tributos y prestar servicios personales. Esta obligación fundamentada en la imposibilidad de los republicanos de encontrar otro ingreso económico de igual importancia, es también debida a haber heredado un sistema de castas, de opresión racial y cultural. Se reconocía a los indios propiedad de tierras y posesión de ganado; muchos de los caciques fueron importantes propietarios; pero la circunstancia de ser indios, los obligaba a pensiones y trabajos de los que estaban libres los mestizos y los blancos...”414.

ATACAMA Y LA POBLACIÓN ATACAMEÑA EN EL PROYECTO DE FORMACIÓN DE UN ESTADO NACIONAL BOLIVIANO (1825-1879) Atacama, que en la época colonial pertenecía a la Audiencia de Charcas en el llamado “Alto Perú”, pasó a formar parte de la República de Bolivia, cuando Simón Bolívar en la batalla de Ayacucho libera lo que constituía el Virreinato del Perú. Esta situación se prolongará hasta 1879, fecha en que, como consecuencia de la Guerra del Pacífico, fue integrada a Chile y anexada años más tarde, en 1904. En los comienzos de esta nueva república, Bolívar y Sucre impusieron una política liberal que prontamente fue apartada por una fracción conservadora –ex realistas de la independencia. De este modo, el diseño de la sociedad boliviana del siglo XIX será de una estructura social neocolonial que reproducirá la división de la sociedad: por una parte indígena y por la otra, la oligarquía que ejerce el poder y control sobre las tierras y el trabajo indígena415. Bajo el gobierno de Bolívar, se proyectó la construcción de un puerto que funcionara de manera autónoma416. A través de expediciones hacia

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Cajías, Fernando. La provincia de Atacama (1825-1842). Instituto Boliviano de Cultura. Editora Universo. La Paz. 1975. p. 357. 415 Cajías, Fernando. La Provincia... Op. cit. pp. 153, 154. Y Gundermann, Hans. “Los atacameños del siglo XIX, una Antropología Histórica Regional”. Documento de Trabajo Nº 51. Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato. San Pedro de Atacama. 2002. p. 8. Este último autor enfatiza algunas precisiones entre el concepto de colonialismo y neocolonialismo: “Para el siglo XIX de Atacama, bajo el dominio de Bolivia, es posible hablar de relaciones neocoloniales. Con posterioridad a este período lo que hay son relaciones de subordinación, estas son poblaciones no sólo relativamente marginales geográficamente, sino que en términos de relaciones de poder son también subordinadas. Pero, lo que hay más tarde, luego de la anexión a Chile, no es una subordinación neocolonial. Es un tipo de subordinación moderna de poblaciones periféricas. Respecto del concepto de relaciones coloniales, creemos que se ha empleado mucho en los últimos años, pero con bastante poca precisión. Es importante enfatizar que un adecuado análisis histórico debe situar estas relaciones neocoloniales en contextos en donde ciertas instituciones que arrancan desde tiempos coloniales son re-inventadas, re-armadas. Puesto que son “nuevas” relaciones de tipo colonial, se debe entender que no son puramente replicadas o reinstauradas, sino que es una fórmula que entronca con relaciones coloniales, pero que se arma o establece con importantes modificaciones y en relación con un contexto también cambiado. Esto es importante de señalar para entender la arquitectura política de la sociedad atacameña del siglo XIX boliviano”. (Op. cit. p. 10). 416 Cajías, Fernando. La provincia... Op. cit. p. 379.

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el litoral, se comienza la habilitación del Puerto de Cobija bajo el nombre de Puerto de Lamar, que unirá a Bolivia con el Pacífico por la vía CobijaPotosí; –decretado por Simón Bolívar en el año 1825417. De este modo, entre 1825 a 1842, la provincia de Atacama abarcaba desde el río Loa por el Norte, hasta Paposo por el Sur que, a su vez, era el límite Norte de Chile –allí estaba la Intendencia de Copiapó–, y la costa del Océano Pacífico por el Oeste hasta la provincia boliviana de Lípez junto con las provincias argentinas de Salta, Tucumán y Catamarca, incluyendo la puna de Atacama –que era parte de Lípez y parte de Atacama–, por el Este418. Sin embargo, la habilitación del puerto fue lenta, puesto que era necesario mejorar los caminos, buscar postas con agua, pastos y comida, construir almacenes, aduanas, casas, muelles, iglesia, escuela, hospital, y todo lo necesario para atraer el comercio. En este sentido, poblar el puerto y fomentar la arriería eran tareas de primer orden419; y, por ello, las poblaciones que se asentaban en las riberas del río Loa se convertirán en las intermediarias del tráfico trasandino a larga distancia. A mediados del año 1827 se dio inicio a la habilitación formal del puerto de Cobija. No obstante, la falta de agua para sembrar y la falta de gente para establecerse allí fueron los grandes obstáculos para el ideal de puerto que buscaba Bolivia. Al tiempo que Atacama estaba bajo la jurisdicción boliviana, sus autoridades no exigieron la tributación a los atacameños por temor a que ellos emigraran hacia Argentina. A esto se suma las grandes expectativas de desarrollo económico que se tenían sobre la reactivación de Cobija. Pero la ausencia del tributo duró muy poco tiempo, puesto que la Asamblea Constituyente boliviana la reimpuso en 1826 –bajo el nombre de contribución directa– y la restableció definitivamente en Atacama en 1827420. Los atacameños fueron explotados a través del tributo y en numerosos servicios personales: empleados domésticos, sirvientes en tambos y posadas, cargadores, transportistas de correo, mozos de iglesia, etc.421. Como consecuencia, más de la mitad de las finanzas del Estado fueron obtenidas por este medio, es decir, el tributo indígena sostuvo en gran parte al Estado boliviano y, a pesar de su definición moderna –de Estado– , continuó la dependencia crónica de un tipo de pacto político premoderno que conservó formas neocoloniales de relación con la población indí-

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Según el informe de O’Connor –que exploró la zona como comisionado de Bolivia– Cobija era el lugar más apropiado. (Cajías, Fernando. La provincia... Op. cit. pp. 44, 45) 418 Cajías, Fernando. La provincia... Op. cit. p. 31. 419 Op. cit. p. 46. 420 Cajías, Fernando. La provincia... Op. cit. p. 331. 421 Op. cit. pp. 329, 330. 422 Op. cit. p. 217.

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gena422. Este pacto político de subordinación consistía en que el Estado reconocía la propiedad de la tierra a los indígenas y en retorno, ellos cancelaban el tributo423. Fue en la figura del Gobernador, representante del Estado, donde radicó la reproducción de este pacto de dominación. En este contexto, habría que agregar que los tributarios atacameños bordearon las mil personas y la tributación fue invertida básicamente en obras destinadas a la ruta oficial Cobija-Potosí424. Atacama va adquiriendo importancia para Bolivia, tanto por su proximidad al puerto de Cobija –ahora autónomo–, por el cual circulaban bienes e información crucial para el país; como también por las guaneras ubicadas en la costa425, por la producción de plata, exportada por este puerto, cobre y después salitre. Por el año 1829 y con el fin de otorgar una mayor autonomía al puerto y atraer a los comerciantes ultramarinos, Santa Cruz “... independizó la provincia de Atacama de la prefectura de Potosí, erigiéndose el Litoral como un gobierno independiente...”426. Es importante destacar, por una parte, que al restablecerse el tributo en Atacama en el año 1827, con ello también se reconoció en las comunidades indígenas “... la posesión de bestias como de tierras... ”, precisamente para que cumplieran con el pago del tributo. Por otra parte, en el mismo año se habilitó Cobija y se decretó la repartición de terrenos a los nuevos pobladores para fomentar el puerto, extendiéndose deliberadamente una política de repartición de tierras a pobladores foráneos, con títulos individuales. Mientras tanto, la tenencia de la tierra indígena al interior de la región, estuvo bajo una serie de irregularidades, aún más, aquellos suelos de las comunidades atacameñas que se encontraron sin uso –ni poblados o cultivados–, también fueron concedidos427. La verdad es que había una duda general en todo el país sobre
Acta. Sesión del 30 de abril de 2001. Op. cit. Gundermann, Hans. “Los atacameños del siglo XIX...” Op. cit. pp. 9, 10. 425 Que fue la causa principal para que esta provincia despierte interés en el gobierno de Chile, particularmente por la valorización del guano en los mercados europeos. (Cajías, Fernando. La provincia... Op. cit. pp. 30, 376) 426 El 1º de julio de 1829, el Mariscal Andrés de Santa Cruz, como Presidente de la República, dictó el siguiente decreto: CONSIDERANDO: Que el Puerto de Lamar en la costa sur , provincia de Atacama, es el único que proporciona a la república las ventajas del comercio marítimo; y que por lo mismo es necesario adelantar este importante establecimiento, por cuantas medidas dicte la prudencia, he venido a decretar y DECRETO: Art. 1º.— Del pueblo de Cobija, puerto Lamar, en la provincia de Atacama, se erige su gobierno Litoral, independientemente del departamento de Potosí. Art. 2º.— El gobernador que fuere nombrado, se entenderá directamente con el supremo gobierno, a quien pasará todas sus comunicaciones por el ministerio que corresponda. Art. 3º.— El gobernador de la provincia de Atacama estará sujeto a las órdenes del Puerto y, dependerá inmediatamente de su autoridad, como lo era antes la prefectura de Potosí... (Cajías, Fernando. La provincia... Op. cit. pp. 35, 161) 427 Con ello también se incentiva la ampliación de las áreas de cultivo a los nuevos pobladores, a través de la oferta de tierras, bueyes y arado; además se difunde la técnica de sementeras protegidas por muros. De esta manera, se incrementan los topos de alfalfa dispuestos al interior de los muros para abrigar las zonas de cultivo. Op. cit.
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el derecho de propiedad de los indígenas y, en consecuencia, se dicta una ley al respecto:
“... que se les declare la propiedad a los caciques, extinguidos de sangre y sus legítimos descendientes de los terrenos que como tales poseían y gozaban en tiempo del gobierno español; igualmente que a los indígenas contribuyentes de aquellos en cuya pacífica posesión se hayan mantenido por más de 10 años...”428.

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Al indígena no se le otorgó el derecho de vender sus tierras y por ello en el año 1838, se decretó nula la venta de tierras de indígenas429. El Estado boliviano no establecía distinciones entre las diversas poblaciones locales, sino que las agrupaba a todas bajo el rótulo general de indígenas, de este modo las diferenciaciones locales fueron adquiriendo mayor importancia430. En la documentación disponible para esta época se describe la condición de “marginalidad” de la región de la puna, donde algunos de sus habitantes fueron designados como “primitivos” y más “pobres”, en relación con aquellos que habitaban las tierras bajas de Atacama, quienes fueron considerados más propensos a ser “civilizados” (sic.). La diferenciación radicaba en las condiciones hostiles del medio y sus bajas potencialidades agrícolas431, porque las capacidades cultivables de la tierra eran el principal referente para establecer si una comunidad poseía recursos. Estos habitantes de Atacama, eran considerados como “... gente pobre con pocos ganados y mal versados. Más inclinados a vivir en cuevas, que a asociarse con gente de razón... ”432. Esta condición, permitió a los indígenas la adquisición de una situación tributaria diferente, “... por la situación deplorable en que se hallan los indijenas de los cantones de Susques y del Rosario. Estos hombres no pueden humanamente pagar la tasa, porque carecen de terrenos para poder sembrar pues viven en los mas fragoso de la cordillera...”433.

Op. cit. p. 329. Cajías, Fernando. La provincia... Op. cit. p. 329. 430 Gundermann, Hans. Conferencia. Caspana, 13 de mayo 2002. En: Subgrupo de Trabajo Pueblo Atacameño. “Informe Final”. Op. cit. pp. 113-126. 431 Sanhueza, Cecilia. “La población de la puna de Atacama y su relación con los Estados Nacionales. Una lectura desde el archivo”. Revista de Historia Indígena Nº 5, pp. 55-82.Facultad de Filosofía y Humanidades. Departamento de Ciencias Históricas. Área de Historia Indígena. Universidad de Chile. Santiago. 2001 “La población de la puna de Atacama...” Op. cit. p. 57. 432 Cajías, Fernando. La provincia... Op. cit.: 329. Sanhueza, Cecilia. “La población de la puna de Atacama...” Op. cit. p. 58. 433 Carta del Gobernador Ibáñez al Ministro de Hacienda (1830). En: Sanhueza, Cecilia. “La población de la puna de Atacama...” Op. cit. p. 58.
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Además, como Argentina no cobraba tributo, la República boliviana estaba en una situación de tensión frente a la probabilidad de que los habitantes de Atacama emigraran hacia esa República. De este modo, la solicitud de bajar el tributo –bajo presión de migración– se entiende como una estrategia indígena. Aparte del temor por la migración, el Gobernador de Atacama manifestaba en su correspondencia al Ministro de Hacienda la precaria presencia del Estado boliviano en la región fronteriza, donde se ejercía una soberanía más bien nominal:
“... considere V.S. que estos individuos viven a las distancias de noventa y cien leguas de la capital de aquella parte de la cordillera: que esta es intransitable en la estacion de frios, y que por estos motivos apenas conservan una dependencia nominal de nuestra República; (...) Concluyo, no obstante, repitiendo a V.S. la circunspección que demandan los cantones de la frontera arriba referida, no perdiendo de vista que aquellos indígenas participan ya mucho del caracter argentino, y que es necesario contemporizarlos en alguna manera, para evitar su emigracion y el despueble de esta provincia que tanto necesita de brazos...”434.

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Aramayo, quien fuera desde 1826 Gobernador de Atacama, suspendió la recaudación en los anexos de la Puna de Atacama en el año 1831, hasta establecer los montos a cobrar. Entonces, el gobierno boliviano presentó un proyecto de ley para rebajar el tributo en Antofagasta de la Sierra, Susques y Rosario, el que finalmente fue aprobado un año después. Todo esto describe la capacidad activa de los dirigentes indígenas para intervenir y defender sus intereses ante el poder político. Además, “... el asentamiento disperso, la escasa población y la condición de ‘indios’ de sus habitantes –carentes además de todo compromiso hacia el resguardo soberano hacia el territorio– representaban para el Estado boliviano los principales obstáculos a una gestión más eficiente...”435; y estos factores, más la inestabilidad política, le permitió a la población local mantener una relativa autonomía. Pero otra lectura se relaciona con el desconocimiento y desinterés por comprender las pautas de poblamiento de estas agrupaciones indígenas, de su movilidad y del patrón de asentamiento disperso, muy complejos para ser percibidos por los funcionarios de aquella época436. LA ECONOMÍA Y SOCIEDAD ATACAMEÑA EN EL SIGLO XIX Los comienzos del XIX son claves para entender el cambio de régimen de la tierra, es decir cambio del campesino de las chacras de “panllevar”, a

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Carta del Gobernador Ibáñez al Ministro de Hacienda (1830). En: Sanhueza, Cecilia. “La población de la puna de Atacama...” Op. cit. p. 59. 435 Sanhueza, Cecilia. “La población de la puna de Atacama...” Op. cit. pp. 60, 61. 436 Martínez, José Luis. Pueblos del Chañar... Op. cit.

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grandes “fincas” de alfalfales. Esto sucede por una política económica para fomentar la agricultura a raíz de la habilitación del puerto de Cobija y el comercio, además de las actividades mineras que se aceleran con los animales de tiro y con el ganado para alimentar a los mineros/obreros en torno a los yacimientos de plata, cobre y salitre437. En este contexto, es importante destacar que la población de Atacama no era solo la atacameña, sino que continuaba la presencia y relaciones con las poblaciones del altiplano –Lípez y Chichas–, así con la puneña argentina, fuerte en el siglo XIX. De este modo, Atacama seguía siendo “interdigitada”438. El interior de la región tenía dos tipos de funciones económicas importantes: minería y arriería. La primera actividad se vinculaba con los yacimientos de cobre que estaban activos en la Cordillera de la Costa; más al interior con el salitre –con mayor productividad hacia 1860–, y con las explotaciones de plata por el año 1860. Estos centros productivos ya revelaban la vocación minera de esta región. La segunda dimensión económica –la arriería– operaba en un campo de acción bastante amplio: desde correo oficial hasta el transporte particular de todo tipo de bienes. En la medida que aumentaba la actividad minera y asimismo los centros mineros, se intensificaron las necesidades de abastecimiento de insumos productivos, y con ello se incrementó progresivamente el arrieraje del transporte de bienes. Pero como las condiciones ecológicas del desierto no pudieron proveer todas las demandas, se abrieron circuitos de arrieraje muy activos desde el Noroeste argentino que proporcionaron ganado mayor –vacuno y mular–, hasta las zonas de actividad económica en Atacama y en el pueblo de Cobija. San Pedro de Atacama y sus áreas más cordilleranas se constituyeron en puntos de enlace en el aprovisionamiento de ganado mayor y menor439. Este activo mercantilismo generó un intenso tráfico de bienes, tanto en las zonas atacameñas como también en el Noroeste argentino440. La población atacameña en tiempos del Estado boliviano no podía sostener su abastecimiento solo con sus chacras y animales, sino que dependía de los recursos monetarios que se originaban en economías externas a sus comunidades y también con los recursos naturales de valor comercial posibles de explotar. Por ejemplo, a medida que avanza este siglo, destaca la comercialización de productos cárneos a los centros mineros.

Cajías, Fernando. La provincia... Op. cit. p. 320. Núñez, Lautaro. “Breve Historia...” Op. cit. Martínez, José Luis. “La formación del actual pueblo de Toconce. Siglo XIX”. Chungara Nº 15, pp. 99-124. Universidad de Tarapacá. Arica. pp. 99, 100. 439 Gundermann, Hans. “Los atacameños del siglo XIX...” Op. cit. p. 7. 440 Subgrupo de Trabajo Pueblo Atacameño. “Informe Final”. Documento de Trabajo Nº 50. Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato. San Pedro de Atacama. 2002.
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En particular sobresalían el ganado menor y la venta de leña para abastecer las necesidades de los centros mineros, como Caracoles –plata–, que por aquel entonces tuvo un importante crecimiento. Asociado a lo anterior, destaca también la explotación de pieles de chinchilla y lana de vicuña. Con ello, se generaban recursos para la subsistencia y para solventar las obligaciones fiscales441. A medida que se extiende la minería regional en el desierto y en la costa, comienza también a poblarse el primero con otros agentes sociales. Así, la sociedad atacameña se vinculará con las nuevas poblaciones, por ejemplo con los campamentos mineros a través de la comercialización de productos alimenticios, forrajes, combustibles, productos de caza y recolección, y menos por el salario442. La sociedad atacameña del siglo XIX estará compuesta por comunidades locales que no tienen reconocimiento oficial del Estado, por tanto sin el estatus de corporaciones que ostentaron durante el siglo XVIII y comienzos del XIX. En ella, estarán presentes las costumbres, instituciones y prácticas con continuidad desde tiempos coloniales y sus vinculaciones económicas y sociales se asentarán en torno a la tierra. En este tiempo predominaban dos grandes modelos de identidad colectiva en Atacama, por una parte, la comunidad en la cual las identidades locales, las localidades, constituían el nicho de la cultura –con atributos culturales y rasgos de diferenciación cultural con otras poblaciones–, y la indígena, que como categoría sociocultural, estará marcada por la subordinación443. Son comunidades con una matriz cultural que alberga una religiosidad andino-católica y, en relación con ella, una ética y moral correspondiente a esta religiosidad indo-católica, con un tipo de pensamiento dual aplicado en diversos aspectos de la vida religiosa, organización social y, en general, en la vida cotidiana. Todo lo anterior es el resultado de más de tres siglos de vida indígena sujeta a un sistema colonial. También, dentro de su organización social existe una vida comunitaria asociada a un sistema de obligaciones sociales y religiosas, que implicaba una estratificación derivada del prestigio social alcanzado en la comunidad, más que en diferencias de riquezas444. En los umbrales de la Guerra del Pacífico, al menos en San Pedro de Atacama, persistía el sistema de castas, distinguiéndose familias de ancestro español, criolla y ciertos mestizos como portadores de estatus y poder.

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Gundermann, Hans. “Los atacameños del siglo XIX...” Op. cit. p. 12. Op. cit. p. 13. 443 Op. cit. p. 17. 444 Nathan Wachtel citado en: Gundermann, Hans “Los Atacameños del siglo XIX...” Op. cit. pp. 13, 14.

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En la comunidad indígena, se le reconocían los derechos de tierra y ganado a sus miembros, pero se jerarquizaba a los caciques que tenían bienes y tierras de importancia. Sin embargo, el estigma de “indios” los marginaba racial y culturalmente. En consecuencia, parte importante de la “propiedad” atacameña pasa a manos de algunos hacendados relacionados con el comercio del flete de ganado, concentrándose así los primeros capitales en San Pedro de Atacama445. EL PERÍODO SALITRERO Entre las décadas de 1870 y 1880, el litoral y el desierto del Norte Grande adquirieron mayor importancia económica por los descubrimientos de minas, yacimientos de guano en la costa y los mantos salitreros. El auge de estos recursos incentivó el surgimiento de nuevas empresas, como también una nueva prefectura en Caracoles, ubicándose en Antofagasta la capital del departamento. Evidentemente todos estos cambios de carácter más moderno y asociados a la proliferación de centros urbanos alteraron la forma de vida de las poblaciones del interior de los oasis y valles atacameños. Existieron tres recursos y centros mineros de importancia. Caracoles era el nombre de un yacimiento de plata distante a unos noventa kilómetros de San Pedro de Atacama, el cual fue descubierto en el año 1870 por cateadores chilenos y persistió hasta el año 1880, primero bajo la administración boliviana y después bajo la chilena. Chuquicamata es un yacimiento de cobre que agrupó a una serie de minas ya conocidas y explotadas por los “mineros” atacameños antes del tiempo inka; y fue en el siglo XX cuando comenzó a operar industrialmente en manos de la empresa Chilean Exploration. Esta será la gran minería de producción de cobre a gran escala conocida como Chuquicamata, que continúa sus operaciones hoy en día. En tercer lugar, se encuentran las numerosas oficinas salitreras del desierto que cubrieron un amplio período de explotación, sin embargo, el mayor auge se produjo entre los años 1880 a 1890. Es por ello que, a mediados del siglo XIX, las necesidades de abastecimiento que surgieron de estas labores extractivas fueron proveídas en parte por los recursos locales y transcordilleranos, predominando los potreros de alfalfa de los oasis y valles atacameños, y aquellos localizados a lo largo del río Loa y tarapaqueños, así como la demanda de gran contingente de mulares argentinos que fueron utilizados como animales de tiro –carretas– en las faenas salitreras446.

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Núñez, Lautaro. Cultura y conflicto... Op. cit. p. 185. Op. cit. pp. 203, 211, 212, 253, 255. Y Rivera, Francisco. “Identidad en el laberinto: la búsqueda del sentido étnico en San Pedro de Atacama”. Estudios Atacameños Nº 11, pp. 185194. Universidad Católica del Norte. San Pedro de Atacama. 1994. p.192.
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En los tiempos de ‘bonanza’, San Pedro de Atacama fue uno de los grandes abastecedores de insumos para las ciudades y centros salitreros447. A través de la arriería, los atacameños fueron los intermediarios del comercio fronterizo y de la sustentación del ganado en pie. Pero no solo los arrieros atacameños eran irremplazables en el conocimiento de la geografía y las rutas, sino que también los gauchos mestizos y criollos salteños como aquellos del valle de Cachi, que recuerdan las travesías cordilleranas de sus antepasados hacia los centros salitreros. Por su parte, los de Salta se detenían en Socaire, San Pedro de Atacama y Calama para el descanso del ganado, ocasión también oportuna para informarse de las demandas de carne en las salitreras, mientras que los atacameños les ofrecían alfalfa. Desde mediados del siglo XIX hasta las primeras décadas del XX, los potreros de San Pedro de Atacama fueron gradualmente prósperos, hasta la construcción del ferrocarril Oruro-Antofagasta en el año 1892, que afectó el flujo arriero –de las recuas de ganado por tierra– hacia las salitreras del desierto. Esto se debió a que la red ferroviaria permitía un eficiente y numeroso transporte de animales que superó las posibilidades de la arriería a larga distancia. Sin embargo, se mantuvo el arreo local y el comercio trasandino. Un caso más drástico –y como consecuencia de la incorporación del ferrocarril– fue la inestabilidad del manejo de recuas de mulas que se concentraban en Calama y de su capacidad forrajera. Sin ir más lejos, Calama era un gran potrero de alfalfa y paradero obligado dentro de los tramos que desembocaban en las oficinas salitreras, por tanto tuvo que reajustar su actividad para no convertirse solo en una estación de ferrocarril448. Pero también el impacto del ferrocarril –que unía Bolivia con Chile– influenció el desarrollo de la actividad minera, permitiendo integrar la zona del interior con el resto del país. Los poblados atacameños, en general. no se vieron muy afectados con esta situación, sino más bien aquellos que se encontraban al paso del tren.
“La vida tradicionalmente organizada en comunidades en donde se combinaban las labores familiares y colectivas a través de las actividades de agricultura y pastoreo, se mantuvieron sin cambios sustantivos, a pesar de que el auge de la arriería les restaba mano de obra. Sólo se restringieron las labores de arriería en aquellos tramos localizados a lo largo de la red ferroviaria449.”

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No obstante, mientras existiera salitre, las producciones de las tierras forrajeras del Loa y San Pedro de Atacama se reorientarían hacia las sali-

447 Rivera, Francisco. “Procesos de articulaciones socio-identitarias y reformulaciones étnicas en Atacama”. Estudios Atacameños Nº 13, pp. 61-73. Universidad Católica del Norte. San Pedro de Atacama. 1998. p. 65. 448 Núñez, Lautaro. Cultura y conflicto... Op. cit. pp. 216, 217, 255. 449 Op. cit. pp. 219, 220.

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treras en la colocación y mantenimiento de productos alimenticios y abundante pasto para los mulares de la pampa y otros centros minerales. Con los intensos movimientos, contactos comerciales y sociales, poco a poco Calama y Chuquicamata fueron recibiendo a las poblaciones atacameñas, quienes, en una gradual migración –también fomentada por los cierres de frontera en tiempos de la República de Chile–, fueron generando con el tiempo un paulatino deterioro de sus huertos y potreros de origen450. ATACAMA Y EL ESTADO CHILENO Terminada la Guerra del Pacífico, recién en el año 1883, aunque “de facto”, se incorpora la región a la soberanía chilena, junto con el resto de la Puna. Fue en 1888, por ley, que se crea el Departamento de Antofagasta, donde se establece a San Pedro de Atacama como capital de la 9ª subdelegación que incluía pueblos y asentamientos del Salar y los territorios de la Puna de Atacama451. En el año 1885 –y ya consolidado el dominio geopolítico sobre la región– se maximizó la explotación minera del desierto como también las políticas de integración nacional en los planos de la jurisprudencia452. Sin embargo, catorce años más tarde Chile debió ceder a Argentina una porción de esta región, de acuerdo a un juicio arbitral a cargo del Gobierno de los Estados Unidos. Estos cambios en términos administrativos consiguieron demarcar fronteras en un territorio aún percibido por los atacameños como uno solo; donde también “... cada burocracia estatal trató de ‘dibujar’, para sí misma, una determinada representación de los espacios, territorios, poblaciones y riquezas, necesarias para fijar los límites del ejercicio de la soberanía...”453. La mirada de los funcionarios chilenos hacia los indígenas de la Puna fue la de comunidades aisladas de todo contacto externo y al margen de la “... civilización y el progreso...”454. La siguiente cita da cuenta de esta percepción, junto con la distinción de la población:
“Mientras los indios del lado occidental viven reunidos en poblaciones, los del lado oriental viven apartados unos de otros... De allí proviene el relativo adelanto de los que llamaré ‘occidentales’, mientras que los orientales están aún casi en las tinieblas del coloniaje455.”

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Op. cit. p. 256. Sanhueza, Cecilia. “La población de la puna de Atacama...” Op. cit. p. 64. 452 Rivera, Francisco. “Identidad en el laberinto...” Op. cit. p. 187. 453 Martínez, Nelson, José Luis Martínez y Viviana Gallardo. “Presencia y representación de los indios en la construcción de nuevos imaginarios nacionales (Argentina, Bolivia, Chile y Perú 1880-1920)”. Nación, Estado y Cultura en América Latina. Edición Santiago. 2003. p. 199. 454 Sanhueza, Cecilia. “La población de la puna de Atacama...” Op. cit. p. 65. 455 Vaïsse, Emilio (párroco de Atacama). Artículo publicado por el diario El Industrial. Antofagasta, 21 de junio de 1894. En: Sanhueza, Cecilia. “La población de la puna de Atacama...” Op. cit. p. 65.
451

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Asimismo, los exploradores Bertrand y San Román también diferenciaban a los indios “civilizados” de San Pedro de Atacama de aquellos de “raza pura” de la Puna; los últimos eran descritos como de aspecto repugnante y en estado semisalvaje, entre los límites de la humanidad y animalidad456. La siguiente cita explica más claramente esta visión de fines del siglo XIX:
“Estábamos en plena puna de Atacama, en medio de aquella raza indígena degenerada, uraña a todo contacto con el hombre social; envilecida por la humillación; embrutecida por una ignorancia que excluye toda noción de cultura i lleva cada día más i más a esas pobres jentes al divorcio con toda idea de civilización457.” 183

La población indígena localizada en la Puna no fue considerada como potencialmente chilenizable y, en parte también, se excluía a la localizada en las tierras bajas de la subdelegación. Desde la visión chilena, la categoría “indio” no tenía alguna relación con un tipo de pertenencia nacional: “Según el intendente de Antofagasta, la única dificultad que presentaba la administración de San Pedro de Atacama era la falta de chilenos, pues sus habitantes son en casi su totalidad indios”458. Prima hacia los inicios del período republicano un discurso de marginalidad y aislamiento respecto de los indígenas, pero hubo voces indígenas, aunque escasas en la documentación, representadas por sus dirigentes que se relacionaron con los poderes regionales y nacionales, incorporando el manejo de la escritura en su interpelación ante las autoridades459. En un segundo momento, las políticas de constitución de soberanía y el proceso intenso de chilenización en los territorios atacameños se materializarán a comienzos del siglo XX460:
“... a los atacameños se les obligó a nacionalizarse como chilenos o, al contrario, a optar por permanecer como bolivianos y –en ese caso– a abandonar sus tierras (...) Si bien se trata de una situación que no terminó con “el problema del indio” como se lo llamó también en otros países de América Latina, sí puso fin a su fase de violencia más abierta y dio paso a un proceso

456 San Román, Francisco. Desierto y cordilleras de Atacama. III volumen. Santiago. 1894. P. 254. Y Bertrand, Alejandro. Memoria sobre las cordilleras del desierto de Atacama y regiones limítrofes. Imprenta Nacional. Santiago. 1885. pp. 276-277. Relatos presentados en: Sanhueza, Cecilia. “La población de la puna de Atacama...”. Op. cit. p. 65. 457 San Román, Francisco. Desierto y cordilleras..., Op. cit. p. 243. 458 Sanhueza, Cecilia. “La población de la puna de Atacama...”, Op. cit. p. 66. 459 Op. cit. pp. 69-71, 80. 460 Gundermann, Hans. “Etnicidad, identidad étnica y ciudadanía en los países andinos y el norte de Chile. Los términos de la discusión y algunas hipótesis de investigación”. Estudios atacameños Nº 13, pp. 9-26. Universidad Católica del Norte. San Pedro de Atacama. 1998. p. 19.

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de implantación de las estructuras estatales en la zona (...) los indios de Chile saldrán de los discursos oficiales como objeto de preocupación nacional y quedarán básicamente relegados a una discusión aparentemente de carácter mas bien regional461...”.

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A comienzos del siglo XIX la independencia de las colonias americanas de la Corona española también planteó la cuestión de la igualdad entre los distintos segmentos sociales que ya estaba entretejida y construida en la Colonia: “...los ‘indios’, una categoría estamentaria originada en un ordenamiento colonial con claras huellas feudales, era uno de ellos...”462. Lo que se buscaba era la implantación de principios republicanos y democráticos a través de la igualdad formal y de la soberanía ejercida por los propios ciudadanos en un concepto mayor de construcción de nación. Sin embargo, para los indígenas, tanto la igualdad como la ciudadanía, en los hechos no fue real463. El Estado, entonces, resolvió la cuestión de las sociedades indígenas por medio de la asimilación, a través de medidas tendientes a la desaparición de la distintividad e identidad étnica en la fusión con la población mayoritaria. Al menos en los atacameños del Norte de Chile se manifiesta “... la existencia de procesos de asimilación y un activo involucramiento indígena en la incorporación desde el momento en que estos territorios pertenecían todavía a Bolivia...”464. De este modo, para el Estado chileno la zona del interior no tenía importancia, excepto cuando se trataba de temas fronterizos. Lo que realmente importaba y en lo que el Estado se hacía presente, era la zona salitrera y los puertos, manifestándose través de la permanencia de pequeños destacamentos de guardias, policías y algunos administrativos como los subdelegados465. En definitiva, todo el proceso de instauración de la soberanía chilena sobre los territorios anexados, particularmente en las regiones cordilleranas, no tuvo una presencia estatal sólida, remitiéndose al nombramiento de autoridades locales, solo si la jurisdicción chilena peligraba; aquí los indígenas representaban una población heredada dentro del proceso de anexión territorial466. El territorio del interior se abre a un intenso proceso de chilenización, porque definitivamente durante la posguerra del Pacífico, la administración chilena se hace cargo de territorios y poblaciones andinas ‘marginales’ y de difícil ‘lectura’, toda vez que hasta esa época la visión de la construcción de una idea de país no contaba con gentes, culturas y tierras altoandinas.
Martínez, Nelson, et al. “Presencia y representación de los indios...” Op. cit. pp. 4, 8. Gundermann, Hans. “Etnicidad, identidad étnica y ciudadanía...” Op. cit. p. 19. 463 Op. cit. p. 19. Incluso, el mismo autor plantea que muy forzadamente podría hablarse de ciudadanos indígenas en el siglo XX, porque más bien se trataría de una ciudadanía en construcción. 464 Gundermann, Hans. “Etnicidad, identidad étnica y ciudadanía...” Op. cit. p. 19. 465 Gundermann, Hans. “Los atacameños del siglo XIX...” Op. cit. p. 21. 466 Sanhueza, Cecilia. “La población de la puna de Atacama...” Op. cit. pp. 64, 79.
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El Estado reconocerá a esta población de Atacama como eventuales ciudadanos, al menos de un modo nominal, y esta será la imagen de la relación moderna que se separará de la previa experiencia boliviana. Al momento de la ocupación chilena, se señaló que quedaban abolidas las obligaciones fiscales –contribución indigenal–, indicando que, en lo sucesivo, el ejército de Chile, el Estado, el Gobierno y los funcionarios del Estado, tratarían al integrante de la población indígena como un habitante más de la región. Esta imagen se distingue y se separa diametralmente de la relación neocolonial entre el Estado boliviano y la población indígena de esta zona durante el siglo XIX. Pero sin embargo, aquella fue una acción interesada que claramente se dirigió a ganar la voluntad de la población indígena y doblegar una eventual resistencia467. La idea de que todos los individuos serán tratados en iguales condiciones, marcará un cambio importante, porque en la práctica la visión de los propios agentes del Estado fue la de tratarlos como obreros, campesinos, trabajadores de la faena, pequeños productores, habitantes rurales, gente de la zona interior y no como indígenas468. En relación con la chilenización, se organizaron –a modo de las ligas patrióticas– persecuciones para que los bolivianos fueran expulsados a Bolivia. Este proceso generó también pautas nacionalistas y racistas entre los chilenos469, visión que en lo sucesivo se incrustará durante el siglo. El proceso de chilenización se intensificará con el establecimiento de numerosas escuelas en el Norte del país. Así, en las primeras décadas del siglo XX aumentó la escolaridad en las zonas atacameñas, donde había escuelas, al menos en las comunidades más importantes. Esta estructura estatal implantada en la zona, si bien opera como un instrumento de “chilenización” y, por tanto, de occidentalización, produce transformaciones que, en cierta medida, influyen para que, dentro de las mismas comunidades, surja la inquietud por integrarse al sistema educacional470. Pero la escuela tuvo sus antecedentes más antiguos en la administración del General Francisco de Argumaniz Fernández, porque fue en 1777 cuando se funda una de las escuelas más tempranas de la región, la de Toconao. Con todo, en el siglo XX se inicia en buena medida la chilenización de estas zonas fronterizas471. ARRIEROS, PRODUCTORES Y MINEROS El patrón de integración regional atacameño tendrá relación con la vida rural de los pequeños productores atacameños. Desde el punto de vista
467 468 469 470 471

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Gundermann, Hans. “Los atacameños del siglo XIX...” Op. cit. p. 22. Op. cit. p. 23. Núñez, Lautaro. “Breve historia...” Op. cit. Gundermann, Hans. Conferencia... Op. cit. Hidalgo, Jorge. “Descomposición cultural de Atacama...” Op. cit. pp. 232, 233, 245.

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económico, en el período entre los años de 1879 y 1929 se constata una mayor incorporación al mundo obrero. Si se recuerda, esta es la época más activa del ciclo salitrero en la región, el que demandó muchos recursos alimenticios, animales y transporte. Algunas de estas demandas se canalizaban en dirección a la fuerza de trabajo y en los recursos que manejaban las comunidades andinas, junto con la incorporación atacameña al ciclo salitrero a través de las actividades de arriería y mano de obra472. Alrededor de 1930, los pobladores de Atacama se ocupaban en las actividades agrarias, arriería, crianza de animales, etc. y, a partir de esa fecha, comenzarán a concentrarse en la minería, ya sea migrando a las salitreras o hacia Chuquicamata473. La inserción en la sociedad chilena se verá facilitada por la conexión con las estructuras urbanas de este centro minero474. A fines de la década del treinta, el Estado chileno se hace socialmente incluyente y los sectores sociales pasan a formar parte de un proyecto de sociedad que buscará el progreso y la modernidad. El Estado buscaba que las poblaciones indígenas fueran incluidas a través de la participación ciudadana en la expresión del ejercicio de derechos civiles, políticos, en el acceso a servicios y colaboración social desde el Estado475. Después de la crisis de 1929, se suceden una serie de acontecimientos que impactaron en la economía atacameña y en los que el Estado interviene. Primero, y por la crisis del salitre, no solo hubo despidos masivos, como producto del cierre de las oficinas del desierto, sino que disminuyó notablemente la demanda de carne y, en general, de aquellos bienes de carácter alimenticio, en los cuales los atacameños –como intermediarios– tenían un rol importante. Con ello se quiebra el sistema de arreo de ganado hacia las salitreras, situación que en parte ya venía gestándose, con los efectos del ferrocarril Oruro-Antofagasta. A lo anterior se suma otra construcción ferroviaria, ahora entre Salta-Antofagasta –1948–, golpeando severamente este sistema de tráfico. Ante esto, interviene la presencia gubernamental a través de personeros del Estado, en atención a la productividad y nuevas alternativas económicas. A tal efecto, se sucede la formación de las cooperativas, comités y asociaciones. El tramo de esta historia tiene un momento desarrollista que comienza con la gran debacle de 1930 y termina en 1973 con otra crisis, esta vez de tipo político. Desde allí, se abrirá un largo período autoritario hasta el
472 Gundermann, Hans. “Los atacameños del siglo XIX...” Op. cit. p. 25. Habría que recordar también que desde comienzos del siglo XIX la mayoría de la población masculina de Atacama engrosó la lista de los “enganchados” a la pampa, y con lo cual comenzará un brusco cambio en el patrón de subsistencia de los atacameños. En: “Informe Final. Subgrupo de Trabajo Pueblo Atacameño”. Op. cit. 473 Gundermann, Hans. Conferencia, Op. cit. 474 Subgrupo de Trabajo Pueblo Atacameño. “Informe Final”. Op. cit. p. 49. 475 Gundermann, Hans. “Etnicidad, identidad étnica y ciudadanía...” Op. cit. p. 23.

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retorno a la democracia. Desde una visión más global, entre los años 1930 a 1970 se dará una época que se caracterizará por la presencia de un Estado desarrollista, puesto que en el país se implementa un modelo económico de sustitución de importaciones, que apunta a resolver, a través de la industrialización, la crónica dependencia exterior que mantenía el país. El Estado también mostró más interés y preocupación por la inclusión social desarrollista modernizante, que propendía acciones de integración, con gran presencia de valores de progreso, cambio y participación. Una intensa incorporación de estos ideales se reflejó en la población indígena y, asociados a ellos, también se produjeron intensos cambios culturales. Es así como la documentación de la década de 1950 y 1960 alude a las organizaciones atacameñas en este impulso interno modernizador, en demandas de caminos, escuelas, vías de transporte, profesorado, mejores servicios educativos, desarrollo, etc. Además, los atacameños –ya por los años de 1930– crean numerosas organizaciones y actividades dentro de las cuales se encuentran el fútbol, los campeonatos, las olimpíadas entre comunidades, etc. También surgen otras instancias que sugieren la modernidad en ciertos aspectos de esta sociedad: centros de hijos de pueblo, para el progreso de las comunidades, etc.476. La sociedad atacameña, entre 1940 y 1960, comienza a abandonar su condición rural y se conecta más a las ciudades cercanas, sobre todo a Calama, dependiendo fuertemente de la minería y de las actividades urbanas. En estos tiempos, las actividades agropecuarias no alcanzan a cubrir el sustento de una familia atacameña477, lo que implicó la disgregación de la fuerza laboral en el trabajo asalariado, básicamente en la actividad minera478. En este contexto, también es necesario mencionar el arribo de familias “yugoeslavas” a los oasis de San Pedro de Atacama. Las familias Ivanovic, Yutronic, Radic y otras lograron concentrar grandes ganancias y con el tiempo fueron adquiriendo tierras de atacameños. La familia Yutronic, por ejemplo, representa el paso de un comercio próspero al manejo de grandes propiedades o fincas situadas en suelos muy fértiles –Yaye, Cucuter, Solor, Checar y Quitor. Esta llegó a ejercer una fuerte influencia económica en toda la población de los oasis de San Pedro, tanto en la formación de grandes propiedades como en la canalización de las aguas de regadío479.

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Op. cit. pp. 40, 42. Datos reseñados por Lobos (1954), Aranda (1964) y por el Taller de Estudios Andinos (1993) para el caso de San Pedro de Atacama. En: Rivera, Francisco. “Identidad en el laberinto...” Op. cit. p. 189. 478 Además de recordar como contexto que, a partir de 1960 el control de las fronteras se hace más riguroso y gradualmente se detiene el flujo de los caravaneros fronterizos (Núñez, Lautaro. Cultura y conflicto... Op. cit. p. 225). 479 Op. cit. pp. 225, 226.

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Políticas de desarrollo paralelas al Estado se implementaron a través del Plan Cordillera –1955–, cuyo objetivo fue generar actividades para la reactivación de las áreas agrícolas, ganaderas y artesanales en las comunidades atacameñas. Esta iniciativa fue impulsada por la Iglesia Católica y la Universidad del Norte, desde la ciudad de Antofagasta. Estas instituciones en la implementación del Plan Cordillera se introdujeron en varios poblados atacameños, tanto en valles y oasis del Loa, como en los de la cuenca del Salar de Atacama. Un caso interesante fue la influencia en la comunidad de Peine –último pueblo atacameño hacia el Sur, antes de comenzar el “Despoblado de Atacama”–, que indica que la misión católica, aun bajo la figura de reactivación agraria, artesanal, etc., es sostenida y aún recordada por la comunidad. Por otra parte, con la dictación de la ley de juntas de vecinos a mediados de la década del sesenta, se impuso en las comunidades indígenas un modelo organizativo diferente –de tipo urbano– que, con el tiempo, se fue adaptando a las necesidades y aspiraciones de cada una de ellas. Estas entidades serán reconocidas por el Estado como interlocutoras más formales de las comunidades. La intervención del gobierno autoritario en los territorios atacameños del interior de la segunda región respondió al propósito de integrarlos como “territorios marginales” a la soberanía nacional y endurecer las fronteras a través de la presencia activa del Estado. Esta importancia geopolítica se implementó por medio de una serie de acciones que generaron subsidios, apoyo alimenticio, escuelas de concentración fronteriza, junta de auxilio escolar y becas, asistencia social, operativos de salud; que, aunque siguió una pauta vertical, fue eficiente, pero no democrática480. El gobierno autoritario, en el interior de Antofagasta, imprimió lo nacional por sobre la historia local y constituyó el momento de la presencia de un Estado que “borra” y niega lo atacameño,y lo indígena de Chile, en términos más ampliados. Ante los problemas fronterizos se generó también un fuerte proceso de chilenización en la población andina, principalmente con la proliferación de una serie de escuelas de concentración fronteriza, en las cuales primaba un discurso de integración con la realidad nacional chilena, que resaltaba los valores patrios y símbolos nacionales de la historia patria481. La municipalización del espacio andino es una acción derivada de la reforma político-administrativa de principios de 1980, con la que se pretendió alcanzar efectos de descentralización –aunque más bien tendió a la desconcentración de la gestión del Estado. De este proceso surgieron dos nuevas comunas fronterizas: San Pedro de Atacama y Ollagüe482, mecanis480 481 482

Gundermann, Hans. “Los atacameños del siglo XIX...” Op. cit. p. 49. Subgrupo de Trabajo Pueblo Atacameño. “Informe Final”. Op. cit. p. 51. Op. cit.

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mos utilizados también para chilenizar a la población atacameña a través de una orientación asistencialista483. En este contexto, hubo una intervención directa del Estado a través de la municipalización, e incorporación de organismos privados como las ONGs, las que generaron una interrelación entre la sociedad criolla y los atacameños484. En materia de legislación, lo indígena y las comunidades, así como los recursos naturales tan importantes como el agua, se afectaron notablemente. El período militar significó un retroceso en lo que en materia de legislación indígena se refiere, porque quedaron inoperantes los cuerpos legales que habían sido promulgados durante el gobierno de Salvador Allende –Ley 17.729–, y con ello se afectaron las comunidades indígenas a través de la división de ellas por el D. L. 2568485: “... Artículo Iº– Sustitúyese el Título I de la Ley número 17.729 –De los indígenas y de las tierras indígenas–, por el siguiente: De los Indígenas, de las Tierras Indígenas, de la división de las Reservas y de la liquidación de las Comunidades Indígenas...”486. La vigencia del nuevo Código de Aguas –D.F.L. Nº 1.222 del año 1981– afectó a los atacameños al igual que a los otros pueblos de la región como se analiza en el capítulo III y se hace alusión en el V respecto de los quechuas. Las acciones del gobierno autoritario en estas zonas, entonces, no tuvo que ver con una preocupación sobre lo indígena, sino más bien por los intereses del mundo militar acerca de estos territorios en tanto fronterizos junto a los intereses económicos por ser esta una región esencialmente minera. De este modo, la mirada nacional no será una mirada étnica sobre la población; lo étnico será folclorizado. Con todo esto, se producirá un reforzamiento y exacerbación de la idea de la identidad nacional basada en una comunidad única que no visualiza y menos deja espacio a la población indígena487. EL PATRÓN DE INTEGRACIÓN REGIONAL ATACAMEÑO DEL SIGLO XX En lo económico se va consolidando un patrón de integración que consiste en la incorporación de los atacameños como asalariados en la minería y, en lo sucesivo, esta será la característica del siglo XX.
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Gundermann, Hans. “Los atacameños del siglo XIX...” Op. cit. p. 50. Rivera, Francisco. “Procesos de articulaciones socio-identitarias...” Op. cit. p. 70. 485 Op. cit. 486 Bajo el gobierno de Salvador Allende: Ley 17.729. Promulgada el día 15 de noviembre del año 1972 y publicada el día 26 de septiembre del mismo año. Bajo el gobierno de Augusto Pinochet: D.L. 2568, promulgada el día 22 de marzo del año 1979 y publicado el día 28 de marzo del mismo año. Ministerio de Agricultura.(Biblioteca del Congreso Nacional; buscador de Leyes) 487 Gundermann, Hans. “Los atacameños del siglo XIX...” Op. cit. p. 51.

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Existieron tres hitos de importancia que muestran la vocación minera en la región: la explotación de plata, cobre y salitre; todos abastecidos con parte de la productividad agroganadera y con fuerza de trabajo de las comunidades del interior de la zona. Los primeros archivos de Chuquicamata, por ejemplo, muestran los listados de obreros procedentes de las comunidades del Loa y del Salar de Atacama quienes, en cierto sentido, fueron los iniciadores de la gran minería norteamericana. Se privilegiaban para estas labores a los andinos por su plataforma fisiológica y cultural bien adaptada a los ambientes cordilleranos y porque eran los únicos que en ese territorio podían trabajar en las alturas488; pero también se les privilegiaba por conformar una fuerza laboral de bajo costo. Paralelamente con la industria del cobre, se generaron impactos ambientales, en particular sobre los recursos naturales, porque los enclaves mineros como Chuquicamata se apropiaron del agua y la llareta para las operaciones mineras, situación que perjudicó enormemente a las comunidades489. Un caso que se reitera en las comunidades atacameñas y en particular con las crisis que se generó al sistema agroganadero, sucedió en Toconce. La presión de la economía de los enclaves urbano-mineros alteró el equilibrio ecológico de la región. Durante la primera mitad del siglo XX la inserción de los habitantes de la subregión del río Salado490 en la economía de mercado, “... fue a partir de su participación en las azufreras, en tanto estas estaban en el área, así como en las llareteras que suministraban combustible a Chuquicamata, porque ellas estaban en sus cerros y no en otros lugares...”491. Había más de mil llamas cargando llareta a este centro explotador de cobre492. Seguidamente, con la extracción de las aguas se secaron las vegas y aguadas, en las cuales los pastores toconcinos manejaban su economía ganadera; fue la vega de Inacaliri, que reunía una gran cantidad de animales, la más grande de la subregión, la que se secó por las aducciones de agua para el mineral de Chuquicamata493. Con los años, los centros explotadores de minerales del siglo XX pondrán el acento en la migración de atacameños a la industria minera, transformando gradualmente a esta población campesina en obreros asalariados. De este modo, el patrón de integración atacameño a la región hasta 1930 tenía relación con la producción campesina –bases agropecuarias. Después de la crisis de 1930, se establece con más fuerza el asalariamiento minero. Será a partir de la década de 1960 cuando se constata una dependencia económica sustentada en una economía externa y no en las bases
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Núñez, Lautaro. “Breve historia...” Op. cit. Op. cit. 490 En esta subregión se localizan los poblados de Ayquina, Caspana, Cupo y Toconce. 491 Martínez, José Luis. “La formación del actual...” Op. cit. p. 103. 492 Situación observada directamente por Hanson y relatada en su publicación del año 1926. Hanson en: Martínez, José Luis. “La formación del actual...” Op. cit. p. 116. 493 Martínez, José Luis. “La formación del actual...” Op. cit. pp. 105, 109.

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agropecuarias494. Esto se vinculará directamente con una acentuada migración de atacameños a las ciudades más cercanas, como Calama y Chuquicamata. Es un momento también –la década de los sesenta– en que tiene lugar una importante modernización de las comunicaciones y el transporte. Esto anticipa cambios relativos a la población y de las economías atacameñas respecto de la región, porque la economía campesina se verá desplazada por la modernización tecnológica. Por ejemplo, la Carretera Panamericana impactó en la comercialización de las producciones locales como las de Toconao, porque desde otros sectores del país se trasladó fruta a bajo costo. El ferrocarril, por su parte, colapsó el sistema de arrieraje de animales desde Argentina y encadenadamente con el rol forrajero que cumplía San Pedro de Atacama y los oasis495. Hacia la década de 1980 y durante 1990, la agricultura atacameña ya no puede entenderse, sino en referencia con la región y la minería. De este modo y por la extensa incorporación de población andina a la industria minera, las comunidades atacameñas tendrán tres funciones principales: espacio de reproducción de fuerza de trabajo, que actualmente ha tendido a declinar; lugar de repliegue frente a las crisis económicas, donde quedan cobijados en las redes sociales de sus comunidades rurales para sortear los malos tiempos; y la función de retiro de la fuerza de trabajo gastada que implica muchas veces el regreso de familias que han hecho sus vidas en Calama o Chuquicamata. De esta manera, las comunidades atacameñas tienen capacidad de acción, pero además hay que entenderlas en relación con la situación regional y con los procesos regionales496. En este contexto de asalariamiento dominante, hay que recordar que las economías mineras son economías de enclave que no dejan de tener efectos sobre los espacios sociales y geográficos adyacentes. Se las denomina además de enclave porque no generan un polo de desarrollo local estable, ya que, al retirarse de los espacios explotados, generalmente dejan una crisis en ciernes497. El manejo y control comunitario sobre los recursos naturales tierra y agua son importantes de considerar en este contexto geográfico caracterizado por su aridez. Por tanto, son recursos esenciales en estas comunidades, sin agua no hay posibilidades de agricultura y de incorporación de nuevos miembros. Esta es una situación vulnerable que se hace más crítica con el emplazamiento de las empresas mineras –en su tiempo industriales y ahora modernas– junto con el usufructo de los recursos natura-

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Gundermann, Hans. “Los atacameños del siglo XIX...” Op. cit. pp. 43, 44. Op. cit. p. 26. Op. cit. p. 44. Op. cit. p. 25.

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les, a la vez indispensables para la sobrevivencia, en este caso, de un enclave explotador que reside aledaño a una comunidad campesina.
“Desde los albores del siglo se empezó a extraer agua desde las nacientes de los ríos de la cuenca del Loa. Primero fueron las fuentes de agua de la vega de Inacaliri, después las nacientes del río Toconce y, más tarde, el mismo Loa. Este es un proceso que no se detiene aún y que ha obligado a los indígenas a abandonar, paulatinamente, sus tierras y lugares de pastoreo, para ir a conseguir trabajo en las ciudades. La acelerada desertificación de áreas afectadas añade otro impacto negativo, a su vez, en las unidades domésticas que aún persisten en su intento por subsistir de acuerdo a sus patrones tradicionales de vida498.” 192

Lo anterior indica que cuando una empresa minera se emplaza cercanamente a una comunidad, se producen transformaciones o impactos en ella, porque esta nueva modalidad de “convivencia” puede generar y/o acentuar cambios en sus actividades productivas, sociales y en las maneras de ocupar su espacio, por ejemplo. Hoy en día no se podría afirmar que la sociedad atacameña basa su economía solo en el autoconsumo y en una productividad agroganadera, puesto que se deben considerar otras variables que también predominan en el ingreso familiar. Entonces, la posición económica de cada familia se relaciona con los distintos procesos de producción y de acumulación, donde convergen los ingresos prediales –por lo general, agrícolas, ganaderos, frutícolas, artesanales, etc.–, los cuales se destinan al autoconsumo y a la venta, y los ingresos extraprediales –salario. La predominancia de uno de ellos caracterizará la economía de una familia y en términos más ampliados la de una comunidad, tanto en la hoya del Loa como en la del Salar de Atacama, en relación por cierto con las posibilidades de apertura a un mercado también más ampliado. UNA SOCIEDAD ATACAMEÑA TRANSLOCALIZADA La migración, la movilidad y en las últimas décadas la translocalización, será el sello definitorio de la sociedad atacameña. Es una sociedad regionalizada o deslocalizada, porque ya no tiene por límite la localidad; son entonces espacios sociales más distendidos y amplios499. Esta sociedad, hoy se inscribe y distribuye en espacios urbanos, rurales, semirrurales, semiurbanos, y no exclusivamente en lo local. Por lo demás, el concepto de atacameño comienza a usarse como pueblo y ya no solo
498 Castro, Victoria y José Luis Martínez. “Poblaciones indígenas de Atacama”. Etnografía. Sociedades indígenas contemporáneas y su ideología. En: Jorge Hidalgo; Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate, Pedro Mege (Comps.), pp. 69-109. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1966. pp. 80, 81. 499 Gundermann, Hans. “Los atacameños del siglo XIX...” Op. cit. p. 46.

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como definición geográfica y de clasificación de sus habitantes a partir de aquella. Asimismo, las identidades locales continúan con sus prácticas sociales atacameñas, proporcionando referencias de significado en las vidas de las personas. En torno a los pueblos también permanece un sentido de adscripción y de pertenencia a una comunidad de parientes y vecinos500. Sin embargo, también es importante detenerse en la relación entre un poblado, las estancias y sus comuneros y los miembros de una comunidad que haya emigrado a la ciudad. Esto se vincula con los patrones de asentamiento tradicional de raigambre antigua, donde el nucleamiento central se da en el pueblo o aldea, mientras que las estancias están dispersas para un mayor aprovechamiento de los recursos y por ello se pueden localizar en distintos pisos ecológicos. El pueblo, entonces, concentra las actividades sociales, religiosas y agrícolas, en tanto que la estancia se caracteriza por las actividades agropastoras; con ello se entiende la doble residencia –una más permanente que la otra– y la movilidad que tienen los comuneros atacameños en su manera de articular los espacios501. Con la alta emigración hacia la ciudad, hoy por hoy se entiende que esta sociedad no tenga por “límite” la localidad porque al estar regionalizada básicamente por la integración económica hacia el mercado regional, incorpora otros espacios, tales como los urbanos. Lo importante de las dinámicas de movilidad y las formas como lugares de residencia es que el pueblo de origen mantiene el sentido de pertenencia y conexión con lo propio; así los que viven fuera de su comunidad, año tras año vuelven para participar de la fiesta religiosa u otras festividades importantes, como un miembro más de la comunidad, porque el pueblo concentra y representa esa capacidad de identificarse con lo social y religioso. También no es menor señalar que por lo general cuando los migrantes atacameños envejecen, retornan a sus pueblos. Como las culturas son dinámicas, hay identidades y pertenencias étnicas que destacan sus diferencias entre lo que hoy se aspira a empaquetar en una uniforme y única propuesta étnica llamada atacameña. Así, los ayqueños no se vinculan con el kunza ni con el quechua de Toconce, y no se sienten atraídos por el concepto atacameño, a no ser que lo acepten para legitimizarse ante la actual legislación indígena. En esta legalidad los atacameños son todos del Loa y oasis del Salar de Atacama, pero hay distinciones. Del mismo modo como los de San Pedro de Atacama se “separan” de los así llamados collas, indígenas que emigraron de Talabre y Machuca a San Pedro de Atacama, con quienes los locales establecen una relación de franca segregación. No obstante, perviven desde el mundo prehispánico y colonial aquellos aspectos ideológicos y rituales que tienen
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Op. cit. p. 47. Castro, Victoria y José Luis Martínez. “Poblaciones indígenas...” Op. cit. pp. 74, 76.

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que ver con la herencia andina de aquí y de allá, de los “abuelos” o antepasados –“de los antiguos”–, con cargas de rogativas ancestrales dominantes que no han sido cubiertas totalmente por la occidentalización y la doctrina cristiana. De la misma manera como la ciencia occidental no ha logrado eliminar los propios conocimientos andinos en torno a sus recursos y territorios, donde todo está unido y vivo, bajo conceptos propios que los distinguían del resto de la sociedad nacional: ceremonias del agua, cerros sagrados, Santa Tierra, Pachamama, “chuspeando la coca”, ofrendas en coveros, waky –ofrenda–, mesas y sin olvidar el culto de San Antonio “llamero”, en donde la superposición de rituales cristianos y prehispánicos sigue todavía a la vista. Esta matriz es válida para todos los pueblos andinos, al margen de cuán atacameño sea, pero les otorga cohesión y certidumbre para convivir con la modernidad502. LA CULTURA ATACAMEÑA Y LAS INDUSTRIAS CULTURALES En esta convivencia con la modernidad, la sociedad atacameña está interviniendo en un mundo mucho más abierto de información, imágenes y valoraciones diversas que fluyen, en general, a través de los medios de comunicación. Pero esto no es nuevo. En la década de 1920, los arrieros del Noroeste argentino llegaron a la zona de Atacama con la revista El Gráfico, especializada en fútbol y desde allí partió su difusión en el área. Por otra parte, las sectas protestantes se introdujeron en la década de 1920 en las pampas salitreras del Norte Grande y desde allí fueron penetrando hacia el interior andino503. Esto último es bastante importante dentro de los efectos que ha ocasionado un nuevo culto en las comunidades atacameñas. Pero para comprender los efectos hay que entender primero que las comunidades son devotas de los santos patronos locales –de herencia hispano-católica–, ya que la tarea principal del patrono es proteger al pueblo y la comunidad debe de manifestarle respeto, y siguiendo la lógica andina de la reciprocidad, se le devuelve algo de lo recibido; así algunos pueblos se identifican como Santiago de Río Grande, San Pedro de Atacama, San Lucas de Toconao, San Roque de Peine, entre otros. Entonces, las diferencias entre católicos y otros comuneros que pertenecen a alguna de las iglesias protestantes –sean pentecostales o adventistas– están dadas en que los segundos rechazan el culto a los santos y prohíben el consumo de bebidas alcohólicas, práctica ampliada en estas festividades andinas; en consecuencia, se marginan de las actividades comunitarias: “... p’ al trabajo igual todos van a trabajar. Juntos vamos todos igual. Ni mentan eso siquiera. Los evangélicos no hacen enfloramiento. Esos no creen en nin502

Núñez, Lautaro. “Breve historia...” Op. cit. Castro, Victoria. “Atacama en el tiempo...” Op. cit. 503 Gundermann, Hans. “Los atacameños del siglo XIX...” Op. cit. p. 48.

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guna cosa. No hacen pagos, nada. No van a las Challas. Perdieron todas las costumbres...”504. Sin embargo, la influencia de nuevas visiones y valoraciones en la comunidad atacameña, también fueron generadas por las escuelas; en un comienzo muy dramáticas y después con una mayor aceptación, –recuérdese la implantación temprana –1777– de la instrucción escolar en la región de San Pedro de Atacama. En los últimos años la penetración del turismo ha inducido valoraciones muy diversas en las comunidades. Respecto de ello, ha afectado los sistemas de vida, principalmente de San Pedro de Atacama y sus ayllu, donde se asentaron las bases de esta actividad que experimentó un gran desarrollo desde la década de los noventa. No obstante, las comunidades atacameñas han empezado a concebir este desarrollo como una oportunidad y no como una amenaza, aprendiendo también que los factores que los han afectado negativamente como el altísimo crecimiento turístico, también pueden ser aprovechados positivamente si son controlados en su desarrollo y en una armonía con el medio ambiente circundante505. LA DEMOCRACIA Y LA NUEVA LEGISLACIÓN INDÍGENA DURANTE LOS ‘90 A pocas semanas de haber asumido el gobierno de la Concertación, se crea por decreto supremo la Comisión Especial de los Pueblos Indígenas (CEPI), produciéndose, a través de ella, una vinculación directa entre los representantes de organizaciones indígenas, partidos políticos y el gobierno. El resultado final fue la promulgación, en el año 1993, de la Ley Indígena506.
La Ley N° 19.253 permite promover, coordinar y ejecutar la acción del Estado a favor del desarrollo integral de las personas y comunidades indígenas en Chile, especialmente en lo económico, social y cultural, y de impulsar su participación en la vida nacional. En la línea de favorecer los programas de desarrollo integral, MIDEPLAN a propuesta de CONADI, puede establecer Áreas de Desarrollo Indígena (ADI) de acuerdo con el artículo 26° de la ley, las que quedan definidas como “espacios territoriales en que los organismos de la administración del Estado, focalizarán su acción en beneficio del desarrollo armónico de los indígenas y sus comunidades507.

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Relato de una campesina refiriéndose a los evangélicos de Ayquina. (Valdés, Ximena, et al. 1983 p. 56) En: Castro, Victoria y José Luis Martínez. “Poblaciones indígenas...” Op. cit. p. 89. 505 Subgrupo de Trabajo Pueblo Atacameño. “Informe Final”. Op. cit. p. 55. 506 Gundermann, Hans. “Las organizaciones étnicas...” Op. cit. pp. 81-84. 507 Rodrigo Valenzuela, “Políticas públicas y Desarrollo Indígena en Chile. Caracterización y Diagnóstico”. Documento de Trabajo Nº 19. Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato. Santiago. 2002. p. 43.

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Entre las ADI creadas en el país, se encuentra San Pedro de Atacama –Decreto N° 70 de marzo de 1997. En diciembre de 1998 se constituyó formalmente un Comité Directivo encabezado por el Intendente de la Segunda Región e integrado por los once representantes de las comunidades atacameñas. En este contexto de políticas concretadas por el Estado hacia las poblaciones indígenas en el territorio chileno, se incluye ahora –a través de esta Ley– la dimensión de lo étnico en la relación del Estado con las poblaciones atacameñas –entre otras indígenas–, que al menos da cuenta del comienzo de una importante iniciativa, aún en construcción. (Ver localización de las comunidades atacameñas en el Mapa N° 9) Con el retorno a la democracia se constituye la Comisión Especial de Pueblos Indígenas que presenta el proyecto de ley, que finalmente genera la Ley Indígena 19.253, la cual establece el reconocimiento de las comunidades atacameñas como una de las etnias constitutivas de la República de Chile. De este modo, la CONADI implementó una serie de políticas de ayuda y desarrollo social, tendientes a mejorar la calidad de vida y las condiciones materiales de las comunidades indígenas que, en la actualidad, se han complementado con otras iniciativas gubernamentales como la promulgación durante 1997 del Área Indígena Atacama la Grande, que se ha traducido en una esperada coordinación de todos los programas de Gobierno, en pro del desarrollo de la etnia y pueblo atacameño508. (Ver Mapa Nº 9) REALIDAD ACTUAL Y NUEVAS DEMANDAS Se estaría produciendo un proceso de reetnificación, debido a las altas expectativas generadas por la nueva legislación indígena y por el nuevo contexto en el que se sitúa la población atacameña. Efectivamente, la cultura atacameña pasó momentos muy silenciosos en que no se expresaba más que localmente. En los últimos años se ha producido un fenómeno de reculturización en el que numerosos jóvenes, especialmente, vuelven a desplegar la imaginación propia de una cultura viviente509. Este proceso llamado etnogénesis se remonta a dos décadas atrás cuando surgen organizaciones que se plantean objetivos dirigidos al desarrollo de una etnicidad como distintividad, identidad étnica como un nivel de identidad colectiva y un proyecto de pueblo. Esto resulta de una coyuntura histórica que se originó bajo el gobierno militar en el que se implementaban medidas decididas de asimilación e incorporación. Más tarde y mediante el retorno de la democracia, la situación se revierte a través de la promoción de la identidad desde el Estado, intelectuales, iglesia, ONGs, partidos polí-

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Subgrupo de Trabajo Pueblo Atacameño. “Informe Final”. Op. cit. p. 53. Entrevista a José Luis Martínez por miembros del Equipo Redactor.

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ticos, circulación de discursos, etc. De este modo, la etnogénesis postula una identidad étnica y la implementación de una forma de ciudadanía diferenciada como una nueva forma de vinculación entre los indígenas y el Estado510. Respecto al tema del agua, el problema de la legislación radica en que su formulación se lleva a cabo lejos de los territorios afectados. Por lo anterior, la Ley Indígena aún no es suficiente para solucionar los problemas del pueblo atacameño. El agua continúa siendo un caso representativo puesto que todavía existen conflictos sobre los efectos que generan las operaciones de las empresas mineras por la apropiación de este recurso. En esta Ley no se reconoce el derecho ancestral de las aguas, las tierras y medio ambiente, usufructuados por las empresas mineras. Por ello, se solicita al Estado la aprobación del Convenio Internacional 169 de la OIT, el cual ya ha sido ratificado por otros países –Perú, Bolivia, Argentina–, junto con el reconocimiento constitucional de los pueblos originarios de Chile, con sus derechos ancestrales, lengua, organización sociopolítica y culturales. Respecto de la población atacameña, en el penúltimo censo de población la adscripción a la etnia atacameña no fue considerada respecto a la pregunta que solicitaba identificarse como indígena y de qué etnia, situación que cambió con el último censo de población y vivienda levantado en el año 2002. En la comuna de San Pedro de Atacama, algunas comunidades han crecido en número de familias; mientras que otras, son pequeñas y compuestas por doce a catorce familias. De este modo, es importante manejar este tipo de información para comprender claramente la situación actual de este pueblo; información importante también, para identificar políticas y programas de desarrollo para cada una de las realidades. Lo anterior da cuenta de la importancia que tiene la institución de la Comunidad en este territorio atacameño, que se manifiesta como la organización más difundida. Ella es la que articula la red de relaciones sociales, económicas y religiosas en torno a sus pautas culturales511. Esto es sumamente importante, porque la Comunidad está constituida por la organización comunal y por las familias –unidades domésticas– que están asentadas en un territorio colectivo512. Su campo de acción será la organización, manejo y control de los recursos naturales y sociales, como la prác-

510 Gundermann, Hans. “Etnicidad, identidad étnica y ciudadanía...” Op. cit. pp. 23, 24. Y el mismo autor: “Las organizaciones étnicas...” Op. cit. pp. 75, 76, 90. 511 Castro, Victoria y José Luis Martínez. “Poblaciones indígenas de Atacama”. Etnografía. Sociedades indígenas contemporáneas y su ideología. Hidalgo, Jorge; Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate, Pedro Mege (comps.), pp. 69-109. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1996. pp. 78, 79. Además, los autores agregan que “Muchas de las comunidades de la región, tienen una existencia que documentalmente puede fijarse desde el siglo XVII y, probablemente con anterioridad”. Op. cit. p. 79. 512 Plaza, Orlando y Marfil Francke. Formas de dominio, economía y comunidades campesinas. DESCO. Lima. 1981.

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ATACAMEÑOS DE LOS OASIS DEL DESIERTO

tica de tareas colectivas, control social y administración de la justicia. Además otorga a sus miembros identidad, sentido de pertenencia y defensa de los intereses comunales. Las manifestaciones políticas y sociales, ya sean colectivas o individuales, se expresan a través de la Asamblea Comunal y sistema de cargos513. Actualmente, cada una de las organizaciones comunitarias atacameñas se ve afectada y tensionada por los efectos de la economía de mercado y por las entidades estatales que, de una u otra manera, han debilitado el manejo organizativo y esa capacidad de controlar los recursos naturales más básicos –tierra y agua, por ejemplo. Asimismo, el control social y la aplicación de la justicia local también se han fragmentado por la imposición de la legislación nacional que ha transformado a las comunidades en juntas de vecinos514. Así, el poder de control y manejo que tenían los “viejos” que representaban la autoridad local en una comunidad ha sido reemplazado por una junta de vecinos que posee un sistema de cargo diferente, desde la década de los sesenta en adelante. Es esta entidad la que reconocen los agentes estatales y con las cuales se relacionan. Estos cambios de autoridades, controles, administración de la justicia, que se imponen en las comunidades y en toda su territorialidad, representan tensiones de sistemas culturales diferentes y a veces contradictorios que incluyen también a los estamentos policiales y militares. Entre las diversas demandas atacameñas, se encuentran algunas relacionadas con la constitución y saneamiento de las tierras reivindicadas por las comunidades indígenas, bajo un criterio de coherencia territorial; el reconocimiento y resguardo del Territorio Patrimonial Atacameño; la suspensión de la entrega de permisos de exploración y derechos de aguas subterráneos en el interior de la segunda región, mientras no se regularicen las tierras comunitarias y patrimoniales de las comunidades atacameñas; evitación del otorgamiento de tierras a terceros, dentro de la superficie reivindicada por las comunidades atacameñas; y, fundamentalmente, el reconocimiento, respeto y protección de la cultura atacameña515. Con todo, uno de los desafíos más importantes que enfrenta el pueblo atacameño frente al nuevo milenio es de incorporarse a los adelantos de la modernidad, conservando la cultura e identidad étnica y que estos alcancen a todos los habitantes de las localidades andinas de la precordillera de la segunda región. De esta forma, si bien el desafío es aprender a vivir en una sociedad de mercado global, también supone la proyección del rico legado cultural de esta significativa población étnica516.

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Castro, Victoria y José Luis Martínez. “Poblaciones indígenas...” Op. cit. p. 79. Op. cit. Subgrupo de Trabajo Pueblo Atacameño. “Informe Final”. Op. cit. Op. cit. p. 57.

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CAPÍTULO QUINTO LA COMUNIDAD QUECHUA HABLANTE DE OLLAGÜE

En la actual comuna de Ollagüe –Provincia de El Loa, II Región– se encuentra una comunidad que se reconoce a sí misma como hablante de la lengua quechua. La mayoría de sus integrantes son probablemente descendientes de quienes desde hace muchos siglos mantenían relaciones en la zona, tanto con las comunidades de lipes –en el actual territorio fronterizo de Lípez, en el sur de Bolivia– como con las comunidades y pueblos atacameños. Se trata, por lo tanto, de un grupo humano con una larga raigambre en ese espacio altiplánico y con el cual poseen un vínculo ancestral. En términos administrativos, la comuna de Ollagüe limita al Norte y Noroeste con la Región de Tarapacá, desde la cumbre del volcán Olca hasta el cerro Alconcha; al Oeste con la comuna de Calama, desde el cerro antes mencionado hasta el volcán San Pablo. Al Sur, nuevamente con la misma comuna, en una línea que va desde el volcán San Pablo, pasando por el cerro Lay Lay, hasta Inacaliri. Al Este limita con Bolivia. El territorio en su totalidad está ubicado en altura –más de 3.200 m–, presentando diariamente grandes variaciones térmicas debido a su alto índice de continentalidad y se caracteriza también por sus importantes precipitaciones en verano. En términos culturales, este espacio es parte de uno mayor, sobre todo por sus relaciones con Lípez –Bolivia. Esta comunidad está integrada por una población indígena quechua parlante que está en vía de constituirse como pueblo, a través de un proceso reciente de génesis identitaria conocido como etnogénesis, el que alcanzó un nuevo énfasis a raíz de su promoción por la Ley Indígena 19.253517. Como otras comunidades y pueblos indígenas en América, la de Ollagüe ha hecho de su idioma, el quechua, el rasgo más distintivo de su identidad cultural, con todo lo que conlleva una lengua en cuanto a categorías ordenadoras de la cosmovisión, el pensamiento, las relaciones sociales, etc.
517 La Ley Indígena reconoció la existencia, en nuestro país, entre otras, de “comunidades Quechuas” (art. 1º).

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Como se verá, la suya es una historia de la ocupación de un territorio o espacio mayor que se relaciona con otras poblaciones y/o comunidades indígenas –atacameños, lipes y piqueños, por ejemplo. En tal sentido, su historia colonial, republicana y actual, no difiere de la de los otros pueblos indígenas del Norte de Chile. EL ANTIGUO POBLAMIENTO518 A partir de los datos disponibles, se plantea que hacia los años 8.000 a. p. habitaban, en la cuenca San Martín, pequeñas bandas de cazadores-recolectores, quienes aprovechaban los recursos proporcionados por los sistemas de salares y quebradas. Vestigios de esta etapa han sido encontrados en las antiguas playas de los salares de San Martín y Ascotán, así como en las vegas y lagunas de Cuchicha, Aguas Calientes, Sapunta y Luna asociadas a los salares antes mencionados, además de quebrada del Inca519. Al parecer, fueron estos espacios los que articularon la movilidad de los cazadores recolectores para la obtención de variados recursos. Es posible, también, que la movilidad estacional de estas poblaciones haya alcanzado sectores como la cuenca del Loa, el altiplano de Lípez y las inmediaciones del salar de Uyuni, ocupando y articulando este espacio como un sector que conectaba diferentes pisos ecológicos. (Ver Mapa N° 10) Luego del proceso de domesticación de plantas y animales, la zona de Ollagüe fue ocupada –de manera dispersa– por grupos de pastores vinculados culturalmente a los habitantes del altiplano boliviano colindante, particularmente de Lípez. Consolidado el sistema de vida agropastoril, entre los años 900 al 1.380 d.C., se continuó ocupando el sector Oeste del salar San Martín. Además de la caza de guanacos y avifauna, aseguraron la supervivencia y reproducción de rebaños de llamas y alpacas. De acuerdo al tamaño y cantidad de los sitios arqueológicos encontrados para este período reseñado, la población asentada en este sector parece no haber sido numéricamente importante, seguramente debido a que se trataba de espacios pastoriles periféricos con relación a los territorios ubicados en el Norte de Lípez, con cuya población se encontraban culturalmente emparentados los pastores de Ollagüe. De este modo, a diferencia del sistema estanciero ollagüino, en Lípez se construyeron y habitaron aldeas de mayor y menor envergadura y estancias dispersas a lo

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518 Es importante señalar que su antiguo poblamiento debe entenderse como una unidad diferente respecto del atacameño, porque, como se señaló en el capítulo anterior, en Atacama había y hay un poblamiento multiétnico, donde los lipes tienen una importante presencia. Así, los ollagüe son diferentes de los atacameños y son parte de los lipes. 519 Le Paige, Gustavo. “Antiguas culturas atacameñas en la cordillera chilena”. Anales de la Universidad Católica de Valparaíso Nº 4-5. Valparaíso. 1958. Bravo, L. “Sociedad y economía en el altiplano de Ollagüe”. Ms. s/f. Núñez, Lautaro. “Desarrollo cultural prehispánico en el norte de Chile”. Estudios Arqueológicos Nº 1. Universidad de Chile. Antofagasta. 1965.

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largo de la meseta altoandina, a las que se suman algunos pukaras o sitios defensivos520. Respecto a todo lo anterior, es importante mencionar que la información etnohistórica plantea que, durante este período, el altiplano de Lípez –integrado también por la puna ollagüina– se encontraba habitado por poblaciones que hablaban varias y diferentes lenguas, entre las que destacan el aymara, probablemente el uruquilla, el kunza y el kakán –este último era la lengua hablada por los diaguitas y otros grupos de la puna de Tucumán y de Atacama. Es muy probable que estas poblaciones conocieran solo posteriormente el quechua con la llegada del Inka521. En esta etapa, Ollagüe se visualiza como un espacio de comunicación entre los atacameños y las poblaciones altiplánicas, permitiendo la articulación de áreas económicamente complementarias. Ollagüe pudo operar como uno de los sectores de tránsito de las caravanas de llamas que transportaban productos desde y hacia estas zonas, conectando las poblaciones costeras, valles, oasis y altiplánicas, que ocupaban la actual región de Antofagasta en Chile y el Departamento de Potosí en Bolivia. Hacia el siglo XIV, estas poblaciones del altiplano de Lípez y de la región atacameña se ven envueltas en el proceso de expansión del Tawantinsuyo, observable en los tramos del Camino del Inka, en la presencia de su patrón arquitectónico en los asentamientos locales, cerámica, vestuario522. Hay varias tradiciones orales cuzqueñas que atribuyen a diferentes inkas la incorporación de esos territorios al control del estado incaico. Según el inca Garcilaso de la Vega, fueron las tropas comandadas por Phawaq Mayta Inka, hermano de Wiraqocha Inka, quien conquistó el territorio de

Arellano y Berberián. “Mallku: el señorío Post-tiwanaku del Altiplano Sur de Bolivia (Provincia Nor y Sur Lípez, Dpto. de Potosí)”. Bulletin del’Institut Francais d’Etudes Andines Nº 10 (1-2), pp. 51-84. 1981. Nielsen, Axel. “Tendencias de larga duración en la ocupación humana del altiplano de Lípez (Potosí, Bolivia)”. Los desarrollos Locales y sus Territorios, Arqueología del NOA y sur de Bolivia. María Beatriz Cremonte (Comp.), pp. 65-102. Universidad Nacional de Jujuy. Jujuy. 1999. 521 Martínez, José Luis. “Acerca de las Etnicidades en la Puna Árida en el siglo XVI”. En: S. Arce, R. Barragán, L. Escobari y X. Medinacelli (Comp.), pp. 35-65. Etnicidad, Economía y Simbolismo en los Andes. II Congreso Internacional de Etnohistoria. Coroico. HISBOL/IFEA/ SBH-ASUR. La Paz. 1992. Castro, Victoria. “La dinámica de las identidades en la subregión del Río Salado, Provincia de El Loa, II Región”. Programa de Desarrollo e identidades Culturales. Departamento de Investigación y Desarrollo. Universidad de Chile. Santiago. 1998. 522 Aldunate, Carlos. “Arqueología del pukara de Turi”. Actas del XII Congreso Nacional de Arqueología Chilena, pp. 61-78. Temuco. 1993. Castro, Victoria. “Nuevo registro de la presencia Inka en el Loa”. Gaceta Arqueológica Andina, vol. VI, Nº 21, pp. 139-154. Lima. 1992. Castro, Victoria; Fernando Maldonado y Mario Vásquez. “Arquitectura en el Pukara de Turi”. Actas del XII Congreso Nacional de Arqueología Chilena, pp. 70-106. Temuco. 1993. Adán, Leonor y Mauricio Uribe. “Cambio en el uso del espacio en los períodos agroalfareros: un ejemplo en ecozona de quebradas altas, la localidad de Caspana (Provincia El Loa, II Región)”. Actas del Segundo Congreso de Antropología Chilena, Tomo II, pp. 541-555. Valdivia. 1995. Y los mismos autores: “El Inka en la localidad de Caspana: un acercamiento al pensamiento político andino (río Loa, Norte de Chile)”. Tawantinsuyu, Nº 6. Canberra (en prensa). 1999. Nielsen. “Tendencias de larga duración...” Op. cit.

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Lípez. Según los descendientes de Thupaq Inka Yupanqui, habría sido este quien, después de conquistar Atacama, se dirigió hacia los lipes523. Es probable que la ruta seguida por este último inka, desde Atacama cruzando por el sur de Lípez, haya atravesado por las proximidades del actual territorio de Ollagüe. EL PERÍODO COLONIAL El período colonial produjo profundos cambios en la población indígena. Uno de ellos tiene relación con la organización territorial preexistente, la que sufre una drástica transformación producto de la reducción de los indígenas a “pueblos de indios”, norma promulgada a fines del siglo XVI por el virrey Toledo y que consistía en agrupar en pueblos nuevos, construidos especialmente, a diversas comunidades, alejadas unas de otras y muchas veces pertenecientes a unidades sociales o políticas diferentes, imponiéndoles, de paso, una nueva forma de organización social: el sistema de cargos rotatorios anuales, que perdura hasta el día de hoy en muchas de las comunidades andinas y en las de Atacama. Con este proceso se estructura el proyecto de una sociedad colonial dividida, con un segmento social espacialmente situado y separado de los españoles –“la república de indios”– y, por esta y otras razones, sujeto a formas eficientes de control524. En este contexto, es probable que las poblaciones del sector de Ollagüe fueran afectadas por el proceso de reducción de los lipes, que inició el Corregidor Márquez de Moscoso, a fines de 1602. Algunas de las localidades vecinas o próximas a Ollagüe, como las de Amincha y Alota, fueron reducidas de esta manera, de donde se puede pensar que ese proceso impactó igualmente a los habitantes del sector de Ollagüe. (Ver Mapa Nº 10) Un segundo cambio se relaciona con el proceso de evangelización, que significó, entre sus medidas más extremas, la denominada extirpación de idolatrías, a través de la cual se prohibía a los indígenas la práctica de sus creencias525. No obstante, ellos generaron diversos mecanismos para mantener sus prácticas, ya sea a “escondidas” o combinándolas con las impuestas, dando origen al catolicismo andino-indígena. Por otra parte, las actividades económicas regidas por un sistema de complementariedad ecológica obligaba una alta movilidad dentro de un

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523 Martínez, José Luis. “Entre plumas y colores: aproximaciones a una mirada cuzqueña sobre la puna salada”; Memoria Americana N° 4, pp. 33-56. Buenos Aires. 1995. 524 Gundermann, Hans. “Comunidad Aymara, Identidades colectivas y estados nacionales en los albores del siglo XX”. Ms. s/f. 525 Castro, Victoria. “Huacca Muchay. Evangelización y religión andina en Charcas: Atacama la Baja (XVII-XVIII)”. Tesis para optar al grado de Magíster en Historia, Mención Etnohistoria. Facultad de Filosofía y Humanidades. Departamento de Ciencias Históricas. Universidad de Chile. Santiago. 1997.

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espacio macrorregional; movilidad que, al parecer, también estuvo relacionada –en parte– con la necesidad de los indígenas de liberarse de los tributos. Al parecer, en los momentos más tardíos de la Colonia era cada vez más común no encontrar tributarios en su núcleo de origen526. LA INCORPORACIÓN DEL TERRITORIO AL ESTADO CHILENO Una vez anexado este territorio al Estado chileno –después de la Guerra del Pacífico (1879)– se transita de un sistema de dominación neocolonial –sostenido por el Estado boliviano– marcado por el impuesto a la tierra de los indígenas, a una economía capitalista de enclave, centrada en la minería y en la explotación de ultramar527. Las poblaciones pastoriles de Ollagüe comienzan a vincularse al desarrollo de la minería bajo diferentes modalidades, ya sea vendiendo sus productos pecuarios a los centros mineros, o, una vez iniciado el funcionamiento de las azufreras y la explotación del cobre a gran escala, a través de la venta de combustible vegetal –llareta– a estos centros mineros. En este contexto, el trabajo agrícola estará condicionado por las restricciones que impone el medio ambiente –puna árida salada, escasas precipitaciones y un régimen térmico extremo. La política del Estado chileno hacia fines del siglo XIX y en la primera mitad del XX, desconoce en gran medida la especificidad de los pueblos indígenas del Norte, rotulándolos bajo la categoría de campesinos. La zona de Ollagüe, utilizada históricamente como lugar de paso y tráfico de rutas, se sitúa de forma periférica dentro del marco sociohistórico de relaciones entre pueblos indígenas y Estado chileno, debido no solo a la alta movilidad de su población, sino también a que la economía minera extractiva de azufre produjo un constante flujo y reflujo de población –principalmente quechua boliviana– que trabajó bajo condiciones muy precarias. Durante la ocupación chilena, los centros de mayor actividad económica en la región de Antofagasta estaban situados en la pampa salitrera. En este contexto, Ollagüe era un distrito minero marginal con yacimientos de baja actividad y escaso nivel tecnológico, debido a la ausencia de capitales. Sin embargo, la imagen de fuerte actividad que evocan los restos de minas, plantas e instalaciones mineras, no es posible entenderla sin la existencia del ferrocarril Antofagasta-Bolivia. Casi todo fue posible gracias a este tendido, ya que se trataba de explotaciones a gran escala para la época, cuya producción estaba destinada al mercado interno –azufre–, pero la mayoría a la exportación de bórax y cobre. Es así como con el ferrocarril se incentiva la apertura y ampliación de las explotaciones mineras.
Hidalgo, Jorge. “Tierras, exacciones fiscales y mercado en las sociedades andinas de Arica, Tarapacá y Atacama, 1750-1790”. La Participación Andina en los Mercados Surandinos. CERES. La Paz. 1987. Martínez, José Luis. “Acerca de las Etnicidades...” Op. cit. Castro, Victoria. “La dinámica de las identidades...” Op. cit. 527 Gundermann, Hans. “Etnicidad, identidad étnica y ciudadanía en los países andinos y el norte de Chile. Los términos de la discusión y algunas hipótesis de investigación”. Estudios atacameños Nº 13, pp. 9-26. Universidad Católica del Norte. San Pedro de Atacama. 1998.
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Entre las empresas extranjeras que se instalaron en la zona se encontraba La Bórax Consolidated Ltda., que inició sus actividades a fines del siglo XIX –1885–, funcionando hasta alrededor de 1966. Mientras los operarios y trabajadores de pampa eran casi exclusivamente bolivianos provenientes de los poblados de frontera pagados por trato, los empleados y personal de mayor rango y responsabilidad eran chilenos, provenientes de la zona –Ollagüe, Amincha–, los que trabajaban por sueldos fijos; sistema que impera hasta hoy. Más tarde, la explotación de azufre en esta zona estuvo vinculada con la demanda generada por Chuquicamata desde la década de 1920 y por Mantos Blancos, posteriormente. Las explotaciones más antiguas e importantes de la zona fueron Aucanquilcha y el volcán de Santa Rosa u Ollagüe. Hacia 1950 la planta se trasladó al campamento de Amincha, donde permanece hasta hoy. La paralización de sus faenas, en el año 1992, desencadenó una crisis en la población que vive en el presente en la comuna de Ollagüe. La azufrera Buenaventura de Borlando, por su parte, paralizó sus actividades en el año 1976. Otra importante actividad económica del siglo XX, que vinculó a Ollagüe y sus inmediaciones, fue “el ciclo de la llareta”. Entre 1930 y 1955 esta actividad involucró a un contingente de poblaciones locales: atacameñas del sector del río Salado y quechuas de Bolivia. La principal demanda provenía de Chuquicamata y de las empresas mineras de la zona que ocupaban grandes cantidades de este combustible vegetal en los procesos de secado, calcinación, fundición, funcionamiento de generadores eléctricos y maquinaria a vapor. Las familias o pequeños grupos de familias aisladas que realizaban el transporte y venta de llareta no sumaban más de treinta; estas se asentaban con su ganado en sectores provistos de agua, pastos permanentes y praderas estacionales, entre los cuales se rotaba el pastoreo. En la mayoría de los casos, los ingresos generados por la venta de productos pecuarios no eran suficientes para asegurar la reproducción de las familias528. Entonces, y mediante una estrategia de diversificación de ingresos, laboraron por mucho tiempo en las llareteras de los cerros aledaños a su lugar de residencia, o trabajaron de manera estable o esporádica en las mismas faenas mineras. Con el fin del ciclo de la llareta después de 1955, que implicó el cierre de las faenas y el progresivo decaimiento de la actividad económica local, muchos de los pastores migraron, preferentemente a Calama, junto con los mineros. En este sentido, el fenómeno de la migración hacia los centros urbanos cercanos es un proceso de larga data, que se relaciona con las características e impactos de este tipo de actividad extractiva.
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Gunderman, Hans y Héctor González. Estudio de diagnóstico Comuna de Ollagüe. Estudio solicitado por la Ilustre Municipalidad de Ollagüe. 1993.

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En la relación que existe entre el poblamiento de la zona y la actividad minera –apertura y cierre de fuentes laborales– se observan bruscas variaciones de la población en los diferentes asentamientos mineros, en contraste a la estabilidad que presentan los pastores. Hacia 1970, la comuna de Ollagüe contaba con 911 habitantes, decreciendo notablemente en lo sucesivo y acentuándose dramáticamente a fines del año 1992, como producto del cierre definitivo de la última mina de azufre en explotación. Los saldos migratorios arrojaban para 1993 una tasa de crecimiento de la población de un -47%529. TERRITORIO Y CONTROL ESTATAL El poblado de Ollagüe se constituyó alrededor de la última estación del mismo nombre del ferrocarril Antofagasta-Bolivia, la que junto a San Pedro es la más importante del tramo comprendido entre Calama y la frontera. Por su carácter de estación terminal fronteriza, dispuso de servicios básicos para la administración: bodegas, almacenes, casas del personal e instalaciones anexas. Asimismo, contó con servicios estatales, un Juez de Distrito y la presencia de un Cónsul boliviano –en tanto territorio limítrofe– asignado permanentemente en el lugar. Como centro del movimiento neurálgico ferrocarrilero, en algunos momentos el poblado llegó a tener 1.500 habitantes. La reestructuración político-administrativa de Chile, llevada a cabo durante la década de 1980, significó la creación de la Municipalidad de Ollagüe, imprimiéndole un carácter geopolítico que se mantiene hasta el día de hoy, con un rol subsidiario respecto a la población, pero sin involucrar la definición de una política de desarrollo económico. El carácter geopolítico del poblado es de vital importancia, dado que allí se ubican, además de la Municipalidad, una oficina de Aduana, Policía Internacional, Servicio Agrícola y Ganadero y Tenencia de Carabineros. Por su carácter de territorio fronterizo, se requiere el control del movimiento de personas y bienes entre Chile y Bolivia, pero la presencia de estos organismos fiscalizadores ha afectado en gran medida el tránsito de personas y productos, realizado históricamente por este sector, limitando y contribuyendo significativamente al desabastecimiento del lugar. La impronta estatal en Ollagüe se hizo notar con mayor fuerza a través de una serie de instituciones creadas durante el gobierno militar a partir de 1973, bajo el conocido “proceso de chilenización” que impuso los lineamientos de la Doctrina de Seguridad Nacional a los territorios fronterizos. Para los indígenas del Norte, en general, y para los quechua-

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529 Romo, Marcela. “Percepción y representación del ambiente en un grupo de pastores”. Memoria de Título para optar al título de Antropólogo con Mención en Antropología Social. Departamento de Antropología y Arqueología. Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de Chile. Santiago. 1998.

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parlantes de Ollagüe, en particular, esto se expresa notoriamente con la implantación de las Escuelas de Concentración Rural Fronterizas que, como parte de este proceso, tuvieron un enorme impacto en la población: chilenizar intensificando “los valores e historia patria”. Considerando estos antecedentes y a luz de lo que ocurre actualmente en la localidad en relación con el abandono sistemático de la lengua –principal transmisor de cultura–, el pueblo quechua responsabiliza de esto a la escuela, la que es percibida como una institución que históricamente negó el uso de su principal forma de comunicación –practicada en los espacios comunitarios y familiares. Además, se produjo la pérdida progresiva de la lengua por prestigio social y desplazamiento lingüístico al castellano en desmedro del quechua, con la consiguiente negación de la identidad local junto con una notoria marginación socioeconómica y cultural, situación que actualmente limita con la pérdida casi total de la lengua originaria. Las principales políticas y cuerpos legales que han afectado a los quechuas –sobre la base de lo planteado en las demandas de las propias organizaciones– corresponden al Código de Aguas, cuerpo legal que ha permitido a las empresas mineras aprovechar el escaso recurso presente en el territorio de Ollagüe, y de vital importancia para el mantenimiento y desarrollo de las actividades agropastoriles practicadas hasta el presente por las familias quechuas530. En 1981 se dicta el Nuevo Código de Aguas –D.F.L. Nº 1.222 de 1981–, que reformuló la legislación vigente desde 1969. Conforme a ello, las aguas, no obstante ser bienes nacionales de uso público, se otorgan a los particulares mediante un derecho de aprovechamiento de ellas, el que pasa a ser de propiedad del titular, quien puede usar, gozar y disponer de su derecho en conformidad con la ley. Este derecho es transferible, transmisible y prescriptible, constituyéndose por un acto de autoridad, independientemente de si el solicitante es dueño o no de la tierra donde se ubica el agua, lo que implica no reconocer el derecho histórico de las comunidades a la propiedad de los acuíferos, por intermedio del uso ancestral que han hecho de ellos. Para la comunidad indígena de Ollagüe el agua tiene importancia en dos aspectos, el primero radica en la cosmovisión, como generadora de vida y vínculo con los elementos de la naturaleza, y el segundo en relación con la actividad pastoril, que aún desarrolla parte de la población.

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530 Un hecho preocupante para la comunidad quechua hablante de Ollagüe y que tiene que ver con las presiones que reciben de los enclaves mineros, sucedió en mayo del año 2002, cuando la empresa CODELCO-Chuquicamata le ofreció una cantidad de dinero por los derechos de agua de un acuífero del sector. (Subgrupo de Trabajo Pueblo Quechua. “Informe Final”. Documento de Trabajo N° 49. Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato. Ollagüe. 2002. p. 39)

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COMUNIDAD QUECHUA DE OLLAGÜE EN LA ACTUALIDAD Producto de la fuerte migración, una gran cantidad de descendientes de esta población quechua hablante se ha desplazado hacia la ciudad de Calama, emigrando de sus asentamientos de origen en búsqueda de nuevos horizontes. Se presentan dos tipos de organizaciones: las territoriales y las funcionales. En relación con las primeras, se identifica la Comunidad Indígena Quechua de Ollagüe, creada en el año 1995 bajo el amparo de la Ley Indígena 19.253 –con estatutos y reglamento–; y la Junta de Vecinos N° 1, que existe con antelación a la Comuna –1980– y fue reestructurada en el año 1998 –con personalidad jurídica–; la Asociación Indígena de Progreso, Desarrollo y Cultura del Pueblo de Coska, que posee personalidad jurídica y pertenece a la comuna de Ollagüe. Por ello es considerada dentro de este grupo, pero sus integrantes son migrantes que viven en Calama; Agrupación de Artesanas de la comuna de Ollagüe –constituida en el año 2001–, formada por un grupo de tejedoras de fibras naturales de llama, alpaca y oveja, sin personalidad jurídica. Las organizaciones funcionales se ubican en Calama, reuniendo a los migrantes de la comuna y sus descendientes. A este tipo corresponden la Agrupación Deportiva, Social, Cultural y Recreativa San Antonio de Padua, formada en 1998 y con personalidad jurídica; Círculo Juvenil de Ollagüe, creado en 1997; Club Social Cultural y Deportivo UNIFAM, creado en 1992 y con personalidad jurídica, y el Consejo Comunal, de la Cultura que posee personalidad jurídica desde año 2000, reactivándose en el año 2002. El territorio que articula la Comunidad de Ollagüe no se restringe a la localidad, sino que se extiende a los sectores de ríos –vados del Loa–, quebradas, vegas, aguadas y bebederos, llaretales y cerros de la región. (Ver Mapa Nº 11) Allí se practican las actividades de cultivo, pastoreo en las praderas y bofedales, pesca, aprovechamiento de canteras, explotación de minerales y recolección de plantas medicinales, entre otras actividades económicas. En esta vasta área también se localizan sitios arqueológicos y lugares en los cuales las prácticas rituales y ceremoniales son efectuadas por la Comunidad Quechua hablante de Ollagüe531. La falta de empleos en la comuna es actualmente un hecho notorio, sin embargo, la principal fuente laboral son los servicios públicos –municipalidad, escuela, carabineros, posta, etc. El aislamiento geográfico redunda en problemas de abastecimiento y comunicaciones; existe particular carencia de frutas y verduras, mientras la carne es menos escasa, ya que eventualmente puede obtenerse de los ganaderos de la zona.
531 Corporación Nacional de Desarrollo Indígena-Datura Consultores. “Guía Informativa Seminario. Estado y Comunidades Indígenas: Perspectivas para el reconocimiento y resguardo del Patrimonio Territorial Indígena en la II Región”. Proyecto: Subsidio para la regularización de Tierras atacameñas y quechuas de la provincia de El Loa. 1999.

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No obstante, Ollagüe sigue siendo el poblado más importante de la zona y constituye un polo de atracción para los pastores de la comuna que migran temporal o definitivamente. Allí está ubicada la Escuela San Antonio de Padua, con enseñanza básica completa y un internado –ambos gratuitos– al que, en 1996, asistían 43 alumnos –7 de ellos internos. Existe también un centro de acogida para niños menores de 6 años, dependiente de la Fundación INTEGRA, en el que son cuidados y alimentados diariamente. La Posta, atendida por un auxiliar paramédico, se encuentra debidamente equipada, pero la mayoría de la población atiende sus problemas de salud con la ronda médica y recurre al tratamiento mediante la medicina tradicional. Por otra parte, la existencia de servicios básicos más los medios de comunicación –televisión y radio– también constituyen un foco de atracción. Sin embargo, las dificultades para determinar el número actual de población autorreconocida como quechua se relacionan fundamentalmente con la ausencia de esta categoría de adscripción étnica en los censos de población anteriores al año 2002. Esto ha provocado que la acción estatal en pro de los indígenas no sea eficientemente canalizada, sobre todo hacia los integrantes de esta comunidad que habitan en centros urbanos. En este sentido, la relación entre ellos y el Estado chileno se vincula a la imagen de un área marginal, tanto en términos poblacionales como económicos. Los quechua hablantes de Ollagüe se ven amenazados actualmente por las presiones de una sociedad que avanza vertiginosamente, asimilando e imponiendo modos de vida que son ajenos a las realidades de las comunidades. Aunque existe una legislación vigente, esta no tiene incidencia categórica frente a los problemas más graves que aún afectan a las comunidades. Es evidente la gran responsabilidad que implica legislar en temáticas tan sensibles y a la vez con intereses tan claros como: agua, territorio, patrimonio, educación y cultura, manejo de recursos naturales, desarrollo económico productivo, entre otras, las que deben ser vistas y evaluadas a la luz de los patrones culturales existentes para efectivamente saldar, en parte, la deuda histórica. Sin duda, este desafío constituye un acontecimiento histórico para la nación, el que, a su vez, determinará los caminos a seguir en una sociedad dinámica que apuesta a reivindicar a los indígenas como un sector de la población que históricamente fue marginado junto con sus propias expresiones.

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CAPÍTULO SEXTO LOS COLLAS DE LA CORDILLERA DE ATACAMA

El pueblo colla es un pueblo originario de este territorio, cuyas fronteras nos fueron impuestas con la invasión española y luego, con la creación de las repúblicas. Siempre hemos sido un pueblo andino532.

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El pueblo colla está conformado hoy en día por un conjunto de comunidades indígenas que habitan la cordillera de Atacama en las provincias de Copiapó y Chañaral, III Región de Chile, entre la quebrada Juncal por el Norte y el río Copiapó por el Sur, localizándose sus asentamientos en El Salvador –sector Portal del Inca–, Potrerillos, Quebrada Paipote, Quebrada San Miguel, Quebrada Carrizalillo y el Río Jorquera y sus afluentes. Muchas familias collas también se han radicado en ciudades y pueblos, como Copiapó, Estación Paipote, Diego de Almagro, Inca de Oro, Tierra Amarilla y Los Loros. (Ver Mapa Nº 12) LOS COLLAS DE LA CORDILLERA Hacia la segunda mitad del siglo XIX, grupos de familias collas533 comienzan a migrar a estos territorios desde el Noroeste argentino y desde el Sur de la puna atacameña. Hasta el período previo a 1879, fecha de inicio de la
* Este capítulo ha sido redactado y supervisado, en una primera versión, por el geógrafo señor Raúl Molina Otárola. 532 Subgrupo de Trabajo Pueblo Colla. “Informe de Verdad Histórica y Nuevo Trato del Pueblo Colla”. Documento de Trabajo Nº 60. Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato. Copiapó. 2002. 533 “(...) la institución de la familia refleja la verdadera organización comunitaria colla. Para este caso, el ámbito familiar alude al grupo de procedencia y procreación, es decir, el grupo familiar en que el colla ha vivido, formado, y vive en la actualidad. En el contexto colla, y según lo cotejado a través de las observaciones y entrevistas, también se considera familia a todo aquel que se le reconoce como tal, ya sea que tengan lazos de filiación o no. Entre los collas se practica el criar hijos ajenos, a los que se les denomina hijos y hermanos de crianza, y como tales son reconocidos como familia. La familia colla es la contenedora de todas las actividades productivas, sociales, políticas y rituales. Por lo tanto, es la Familia el contexto organizacional y socializador que reproduce el estilo de vida cordillerano, haciéndolo extensivo para quienes viven en la ciudad”. (Gahona, Alfredo. “Informe antropológico”. En: INAS. Acciones de apoyo para el traspaso de predios fiscales a favor de comunidades, asociaciones familiares y otras organizaciones indígenas de la tercera región. CONADI-Iquique. 2000)

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Guerra del Pacífico, la zona de Antofagasta de la Sierra, Susques y Rosario eran territorios puneños pertenecientes a la república de Bolivia; los valles de Jujuy, Salta y Catamarca eran argentinos, mientras la frontera Norte de Chile llegaba hasta el cerro El Chaco en los Andes y cerca de Paposo en la costa. A partir de esa fecha y tras la Guerra del Pacífico, el territorio puneño del Noroeste argentino quedó en disputa entre Bolivia, Argentina y Chile, cuestión resuelta en 1900 cuando Bolivia cede el territorio a la Argentina. El arribo de los collas al sector cordillerano de Atacama se produjo, entre otros motivos, por la búsqueda de pastizales dentro de sus circuitos de trashumancia ganadera, el desarrollo de actividades de arrieraje, el abastecimiento de productos para las actividades mineras o urbanas y el trabajo como peones de minas. La actual ocupación territorial de las comunidades collas se sustenta en la ganadería y cultivos en pequeña escala. La ganadería caprina, mular, caballar y ovina se desarrolla en un sistema de trashumancia que considera el uso de pisos ecológicos diferenciados por la altura, denominados invernadas y veranadas. Este sistema se rige por las disponibilidades de pastos y aguas para el ganado, y por las condiciones climáticas de temperatura y precipitación. Las invernadas corresponden a las quebradas de precordillera –2.000 a 2.800 m sobre el nivel del mar–, cuando en períodos de invierno y dependiendo de las precipitaciones, los suelos se cubren de hierbas y arbustos, alimento esencial para el ganado. Las veranadas se localizan entre los 3.000 a 4.200 m sobre el nivel del mar y las temperaturas en invierno bajan a cero grado Celsius, produciéndose precipitaciones de nieve, lo que obliga a trasladar el ganado a zonas más bajas y protegidas. En el verano, con el aumento de las temperaturas, los deshielos y el crecimiento de los pastos de primavera y verano, las familias de pastores concurren con sus animales a las vegas, aguadas y campos de pastoreo de altura. La trashumancia o desplazamiento de los pastores con su ganado entre invernadas y veranadas se produce en el mes de noviembre que corresponde a lo que se denomina “subida”, mientras que el desplazamiento de veranadas a invernadas o “bajada” se realiza entre abril y mayo. Las distancias recorridas entre las invernadas y veranadas, y viceversa, son extensas y abarcan un vasto territorio de pastoreo estacional, cuya base son los pastos de las vegas de los fondos de quebradas y las cubiertas de pastos estacionales de las laderas de los cerros o zonas de altiplanicie. Estas últimas corresponden a los campos de pastoreo, extensas zonas de pastizales o de hierbas que se encuentran en las laderas o mesetas de cerros, las quebradas y la puna, y que cuentan con una cubierta vegetacional aprovechada estacionalmente por el ganado. Así, los campos de pastoreo comprenden pajonales en las partes de veranadas, y plantas y arbustos

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en las invernadas. A estos se deben sumar los pastos estacionales de invierno-primavera, de las zonas más bajas, y los pastos de verano que surgen del retiro de las nieves y el aumento de las temperaturas. Los campos de pastoreo, dependiendo de la cubierta vegetacional de que se trate, son utilizados para distintos tipos de ganado, pero especialmente para los caprinos ya que son los animales más asiduos al ramoneo y pastoreo de laderas y mesetas de alturas. Además del desplazamiento en busca de pastos para los animales, se precisa ubicar fuentes de agua constituidas por vegas y aguadas, las que se localizan en fondos de quebradas, cajas de ríos, laderas, mesetas y altiplanicies. Ambos componentes, pastos y agua, constituyen la base que determina el circuito trashumante de las familias collas, los que se encuentran condicionados por la existencia de precipitaciones durante el año, lo que hace que los territorios de pastoreo sean dilatados y que la trashumancia se produzca entre estas zonas en búsqueda de recursos. También se encuentran algunos terrenos de cultivos en los fondos de valles y quebradas con disponibilidad de aguas. Los cultivos solo alcanzan hasta un límite máximo en altura de 2.800 metros, que coincide con la distribución de las especies nativas denominadas Dadín (Baccharis sp) y Cachiyuyo (Atriplex sp.). El cultivo principal es la alfalfa, que constituye el complemento para la dieta de animales en invierno. Otras actividades son la pequeña minería, artesanía, recolección de leña y confección limitada de carbón. Sin embargo, la ganadería es la actividad que posibilita una mejor reproducción social, económica y cultural de los collas. Los asentamientos collas tradicionales se localizan dentro de este territorio de manera dispersa y pueden ser de carácter permanente o temporal. Los primeros se caracterizan por la existencia de viviendas construidas con piedras, barro, quincha y zinc, ubicadas en las invernadas, y que se componen de una cocina y pieza-habitación separadas, además de la existencia de un corral cercano. En los asentamientos temporales, vinculados a la trashumancia tanto en invernadas como veranadas, se construyen los “puestos”, pequeños refugios construidos de pirca cubierta de ramas, telas o plásticos y zinc. En cambio, en torno a las vegas grandes con abundante pasto y en los campos de pastoreo del altiplano, los “puestos” son más parecidos a las habitaciones de invernada, debido a que la permanencia allí se prolonga por varios meses. Estos asentamientos se pueden observar en Cerro Blanco, Pedernales y El Asiento, en el sector de Potrerillos y en las vegas de Piuquenes y Pircas Negras, en río Jorquera. También se encuentran agrupaciones de poblados, como los de Aguada Castilla, Aguada San Juan y el Agua Dulce en la zona de Potrerillos, en los que varias viviendas se encuentran en torno a una aguada, curso de agua o vega, y algunas con un centro ceremonial o altar para realizar las ceremonias religiosas.

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Dentro de estos territorios, los sitios rituales y sagrados collas son frecuentados por las comunidades en su circuito trashumante, algunos de ellos ocupados desde larga data. En ellos se preservan lugares de ritos y ceremonial como Cerro Blanco, Cerro Los Piques, Salitral, Cencerrito y Vega Redonda en la zona de Potrerillos, donde se efectuaban ceremonias de Challa o Pascuas Espiritas, rituales ganaderos como Floreo y Señalada, y ceremonias agrícolas.
“Cerro Blanco, estas posiciones, mi abuelita por parte de madre me contaba que aquí se hacían las fiestas religiosas, Pascuas, años Nuevos, las Challas, el Floreo, y aquí se juntaba la mayoría de la gente de estas posiciones de Pircas Negras, Cencerrito, Los Piques, Salitral (donde también había bastante población) y se juntaban en estos lugares para hacer las fiestas, que duraban 2 ó 3 días. Acá se juntaba mucha gente y se hacían las Challas, el Floreo, la Señalada, la Marcada, se domaban animales, se hacían las primicias, se entregaba la ofrenda a la Pachamama, se ofrecía el mejor cabro, el mejor fruto, lo que tu cosechabas y se ofrecía, por eso este lugar es muy rico, es ceremonial. Vega Redonda era otro lugar donde también se hacía el floreo. Ahí estaban los Quiroga, los González, y otras familias más que no recuerdo (...) en la Agua de La Estancia, donde veraneaba mi padre... es un lugar que posee una importancia religiosa relacionada con las fiestas originarias, como en Cerro Blanco. Ahí hay corrales grandes con muestras visibles, esos lugares avalan nuestra historia, nuestros ancestros, nuestros recursos. (Salomón Jerónimo, octubre de 1997)”534.

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En la quebrada de Paipote se encuentran centros ceremoniales en El Bolo y vega El Dadinal535. En río Jorquera, en el sector de Cuestecilla, se encuentra la apacheta de la comunidad donde se realizan las ceremonias de pago a la pachamama. Estas ceremonias rituales poseen una gran importancia,

534 Las prácticas culturales collas de la cordillera de Atacama estarían vinculadas a la cosmovisión del mundo andino. “La cosmovisión Colla del mundo, su base ideológica y religiosa, los acerca a los indígenas del norte de Chile. Su concepción personal del universo y de la humanidad perdura en la conciencia del pueblo andino. A través de sus fiestas privadas en el hogar y en la montaña, podemos percibir las prácticas religiosas andinas unidas a la religión cristiana”. (Ver: Cervellino, Miguel. “Ritos Collas en la región de Atacama”. Museos, N° 15. Dirección de Archivos y Museos. Santiago. 1993) 535 El Bolo es un lugar privilegiado para el encuentro de las comunidades collas de la Quebrada de Paipote, allí se realizan ceremonias para honrar al día de los muertos y se han revitalizado antiguos ritos vinculados al inka. Recientemente, el 8 de enero del año 2002, la comunidad colla como parte del rescate cultural realizó la ceremonia Pay Inka o Carnaval del Inka, para pedir por el bienestar de su pueblo, su comunidad, sus animales y de agradecimiento a la pachamama o madre tierra. No sabemos si este rito fue traído por las migraciones collas desde el Noroeste argentino o si es parte de la memoria colectiva del valle de Copiapó, donde la presencia inka fue relevante y uno de los principales asentamientos mineros y pastoriles que deslindaban antes de atravesar la cordillera y el despoblado de Atacama.

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“(...) consiste en la peregrinación hasta la misma [apacheta], al son del tambor que otorga el marco de recogimiento y solemnidad al acto propiciatorio liderado por el guía espiritual. Antes de subir hasta la Apacheta, el grupo se detiene en un descanso al pie del cerro, donde se entierra una ofrenda especialmente preparada, conformada por comida y bebida destinada a la Madre Tierra o Pachamama como retribución a sus dones536”.

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Las actuales posesiones territoriales collas se componen de los diversos espacios productivos culturales y sociales, donde se encuentran los asentamientos de población permanentes y temporales, y en los que se llevan a cabo las actividades materiales y espirituales que conectan a los collas con la naturaleza. Los espacios productivos corresponden a las vegas, aguadas, campos de pastoreo, zonas de cultivos, lugares de recolección de hierbas y leña, áreas de caza, zonas de minería y de extracción de materiales para la construcción. Los espacios culturales corresponden a los asentamientos, sitios rituales, lugares naturales de connotación sagrada y los espacios sociales donde está la comarca, la vivienda y los lugares de reunión y fiesta. El pueblo colla se compone de nueve comunidades que habitan en la Cordillera, pueblos y ciudades de la región atacameña, formadas en virtud de la Ley Indígena. Están situadas en las comunas de Copiapó, Tierra Amarilla y Diego de Almagro. Los collas en la actualidad se encuentran en un proceso de reconstrucción de su legado histórico-cultural, y demandan el reconocimiento de sus derechos y la posesión de los territorios habitados, a lo menos desde mediados del siglo XIX; a la vez que exigen que las autoridades reconozcan sus derechos al dominio de las tierras, agua, minerales y pastos. (Ver Mapas N° 12 y 13) EL ORIGEN DE LOS COLLAS La denominación “colla” es reconocida en la literatura especializada del siglo pasado y ha sido utilizada para identificar a los indígenas que habitaban antiguamente, y en el presente, las quebradas y el extremo meridio-

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Según el antropólogo Alfredo Gahona, la apacheta está vinculada a los rituales de la tierra: “La tierra parece ocupar el mayor valor jerárquico en los rituales ejercido por esta comunidad de collas, que se expresaría en la ceremonia de la apacheta (pequeña pirca de piedra) que contiene bendiciones, peticiones, pecados y bondades de los mortales, y que desde dentro de la lógica de la trashumancia representa el movimiento de los ciclos de la tierra, de las estaciones, y el encuentro entre lo sagrado y lo profano durante los momentos de transitoriedad entre un ciclo y otro, “este altar simboliza a la Naturaleza y ha sido objeto de amplia difusión entre las culturas precolombinas. Como expresión tradicional se encuentra arraigado profundamente en la costumbre y estilo de vida del hombre andino”. Ver: Gahona, Alfredo. “Informe antropológico...” Op. cit. Y del mismo autor: “Estudio Línea de Base Socioeconómica Proyecto Aldebarán. Aspectos Patrimonial Histórico-Cultural”. Empresa Minera Adebarán. 1997. Gahona, Alfredo. “Pastores en los Andes de Atacama: Collas de Río Jonquera”. Revista Museos N° 24. Dirección de Archivos y Museos. Santiago. 2000.

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nal de la puna del Norte chileno, del Noroeste argentino y del Sur de Bolivia. Su uso referido a los indígenas que ocupan la cordillera de Copiapó y Chañaral, es conocido desde las primeras décadas del siglo XX. No obstante, desde largo tiempo eran identificados por los habitantes de los campamentos mineros537. Algunos autores señalan que “lo colla”, en regiones como el Salar de Atacama –II región–, está asociado a “lo más indio”, a los habitantes de las zonas de pastoreo de la puna que se encuentran menos integrados a los procesos económicos regionales o locales, y que se ocupan de las actividades ganaderas y la trashumancia en extensos recorridos538. En la cordillera de Copiapó y Chañaral lo colla connota lo propiamente indígena, cuya cultura material e inmaterial corresponde al modo de vida y cosmovisión andina con una actividad caracterizada por la trashumancia y el nomadismo como eje articulador de las comunidades, las que se han adaptado a un medio natural hostil desarrollando actividades ganaderas en territorios considerados, desde el siglo XIX, aptos únicamente para actividades mineras539. Hasta el momento, se plantea que el origen de los collas se encontraría en la unidad de ciertas agrupaciones indígenas localizadas en la región del actual Noroeste argentino, las cuales comparten una identidad étnicocultural andina. Esta identidad une a distintos gentilicios que formaban parte de los pueblos indígenas que poblaban, a la llegada de los españoles, los valles, las quebradas y la puna de las actuales provincias de Jujuy, Salta y Catamarca540.
El colla es descrito como “eterno viajero de la puna, [al que] suele vérsele con su vestimenta típica con más frecuencia por el lado argentino. Sin embargo, aparece ocasionalmente en los pueblos chilenos de San Pedro de Atacama a El Salvador y Potrerillos”, lugares que frecuenta y sobre los que permanece desde largo tiempo. (Bahamonde, Mario. Diccionario de Voces del Norte de Chile. Editorial Nascimento. Santiago. 1978) 538 Rivera, Francisco. “Identidad en el Laberinto: la búsqueda del sentido étnico en San Pedro de Atacama”. Estudios Atacameños Nº 11, pp. 185-194. Universidad Católica del Norte. San Pedro de Atacama. 1994. Garrido, Cristina. “El hervor de la vida contenida en las voces de ancianos atacameños”. Universidad Austral de Chile. Valdivia. CINPRO Consultores. “Ordenamiento Catastral de las Comunidades Indígenas del Altiplano de la II Región. Provincia de El Loa”. Informe Final preparado para la División del Catastro Nacional de Bienes del Estado del Ministerio de Bienes Nacionales. Santiago-Chile. 1997. 539 En las conclusiones de Philippi de su viaje por la cordillera de Atacama en 1860, se señala que “el Despoblado carece de todo recurso para hacerlo habitable y para permitir que sea una vía de comunicación y de comercio”. Philippi, Rodulfo. Viaje al Desierto de Atacama. (Hecho por orden del Gobierno de Chile en el verano de 1853-54. Librería de Eduardo Antón. Santiago. 1860) Aunque existieron voces que discreparon de la sentencia de Philippi, estas se refirieron siempre a las posibilidades de explotación de las riquezas mineras, pero nunca a la actividad ganadera o agrícola. (Vicuña, Manuel. La Imagen del Desierto de Atacama (XVI-XIX) Colección Humanidades. Ensayo. Editorial Universidad de Santiago. Santiago. 1995. pp. 99-101) De allí que los únicos en poblar estos territorios serían los collas y los descendientes del Pueblo de Indios de San Fernando de Copiapó. 540 Algunos autores asocian a los collas actuales con el reino Colla del periodo Tiwanaku (400-1.000 d. C.) que se localizaban inmediatamente al Sur del lago Titicaca. Así hablan de los Collas-Aymaras y los conectan con este origen a través de la expansión de la población.
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En la zona de la puna atacameña, el orden colonial implementa el sistema de encomiendas y mercedes de tierras, dando origen a grandes haciendas y a la expropiación de las tierras de los indígenas. Esto, sumado a la política de transferencia de población, dio origen a una compleja red de relaciones culturales entre las distintas agrupaciones locales, con los grupos trasladados desde otras zonas andinas, situación que contribuyó a formar una nueva y compleja identidad, la que, durante el periodo republicano, pasó a identificarse como “colla”. “(...) durante estos cuatro siglos se produce un fenómeno cultural: los apatamas, los omaguacas y parte de los diaguita-calchaquíes, en base a la afinidad de su cultura andina, se nuclean en una nueva etnia, los collas”. A lo anterior se debe señalar que estos territorios también recibieron población quechua y aymara parlantes trasladada por el inka en el periodo prehispánico, y durante la Colonia se agrega población apatama541 de habla kunza y durante el período republicano arriban migrantes indígenas desde el Sur de Bolivia542. Bajo el dominio hispano, las agrupaciones indígenas originarias y las colonias de mitmakunas establecidas en esa zona por los inkas, son sometidas al sistema de encomienda, mitas y yaconazgo, sus tierras expropiadas y la mano de obra obligada al trabajo forzado. A la vez, la autoridad colonial efectúa numerosos traslados de población desde otras zonas geográficas, en especial desde los ayllus del Salar de Atacama. “(...) durante el siglo XVIII, periodo para el cual se menciona el desplazamiento de los atacamas hacia lugares como Fiambalá, Laguna Blanca, Concho, Aconquija, Tacuil, San Antonio de los Cobres y otros, todos puneños”543. Durante el siglo

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Esta asociación no es sustentable, debido a que los Colla es una etnocategoría surgida en los últimos siglos para denominar a un conjunto de pueblos originarios que ocupaban el Noroeste argentino y que luego emigran y se asientan en la cordillera de Atacama y algunos en la cuenca del Salar de Atacama. Ver: Rojas, Carlos. “El mundo mágico de los collas”. Memoria (Profesor de Estado en Castellano) Universidad de Chile. La Serena. 1976. Grebe, María Ester. Culturas Indígenas de Chile: Estudio preliminar. Editorial Pehuén. Santiago. 1999. A mediados del siglo XIX, Bertrand, en su relato de viaje por la cordillera de Atacama, menciona a algunos habitantes del pueblo puneño de Antofagasta de la Sierra, bajo la denominación de “coyas”, lo que hace suponer que los indígenas que llegan a la cordillera de Atacama desde ese lugar lo hacen con ese etnónimo. (Bertrand, Alejandro. Memoria sobre las Cordilleras de Atacama i regiones Limítrofes. Imprenta Nacional. Santiago. 1885. pp. 45,46) 541 Mariscotti, Ana María. “Pachamama Santa Tierra”. Suplemento Revista Indiana Nº 8, pp. 7-421. Ibero Amerikanisches Institut Preussischer Kultubesitz. Berlín. 1978. 542 Los collas actuales del Noroeste argentino y los que arribaron a Chile, recibieron el influjo cultural de las antiguas agrupaciones, una de estas fue la diaguita, pueblo hablante de la lengua kakan. Esto hace decir a Cortázar: “Si bien la lengua cacana y la índole guerrera desapareció para siempre, ¡Cuantas otras supervivencias subsisten, como testimonio de los diaguitas que poblaron el valle (Calchaquí)! La raza misma, desfigurada por cruces y mestizajes innúmeros, asoma sin embargo en los rasgos antropológicos de muchos coyas de hoy”. (Cortázar, Augusto Raúl. El carnaval en el folklore calchaquí. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 1949. p. 68) 543 Martínez, José Luis. Pueblos del Chañar y el Algarrobo: Los atacamas en el siglo XVII. Ediciones DIBAM. Colección Antropología. Santiago. 1998.

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XIX y hasta mediados del siglo XX del período republicano se mantiene el sometimiento del indígena en el Noroeste argentino, arriban migraciones de indígenas del Sur de Bolivia, incrementándose la diversidad étnica, pero vinculada a la cosmovisión andina con participación de elementos culturales locales. Por tanto, se puede decir que los collas surgen como categoría étnica producto de la síntesis de distintas poblaciones indígenas originarias y de otras trasladadas durante la ocupación inka y el tiempo colonial, y de las migraciones en el período republicano, en especial desde Bolivia. Colla, como denominación, dará cuenta de la identidad indígena de lo originario y en algunas etapas de la historia de lo subordinado, pero también de lo peligroso para los poderes locales, cuando los indígenas inician procesos de reivindicación y defensa de sus derechos a la tierra544. MIGRACIÓN COLLA DESDE EL NOROESTE ARGENTINO A LA CORDILLERA DE ATACAMA Los factores que impulsan las migraciones collas hacia la cordillera de Atacama en la segunda mitad del siglo XIX son de variada índole. Se relacionan principalmente con las condiciones de sometimiento de los indígenas en el Noroeste argentino y a la falta de acceso a la tierra545, así como a la necesidad de trabajos complementarios a la ganadería –minería y arrieraje–, búsqueda de espacios libres y desocupados para la crianza y pastoreo de animales; y, probablemente, al interés por encontrar refugio luego del levantamiento indígena ocurrido entre 1872 y 1875 en la Puna y las quebradas de Salta y Jujuy546. Estas migraciones se vieron facilitadas por el conocimiento previo que los collas tenían del territorio de Atacama, debido al tipo de actividad económica que realizaban. La cordillera de Atacama –su extremo

Los traslados diversos de población quedaron tanto en los apellidos y nombre de los lugares que son identificados por Ricardo Nardi para el Noroeste argentino, estableciendo los porcentajes siguientes: “De los nombres asignados a lenguas individualizadas (sin considerar las variantes gráficas y las repeticiones) el 67,74% son kakanes (diaguitas), el 14,51% son quechuas, el 9,67% son aymaras y el 8,06% son kunsas (atacamas)...“. De los topónimos asignados a lenguas individualizadas, sin tomar, tampoco las variantes gráficas y las repeticiones, el 66% son kakanas, el 16,9% son quechuas y otro 16,9% son kunsas”. (Nardi, no registra topónimos aymaras. Nardi, Ricardo. “Observaciones sobre nombres indígenas documentados en el noroeste argentino”. En: Margarita Gentile. El control vertical en el noroeste argentino (Notas sobre los Atacamas en el Valle Calchaquí). Casimiro Quirós Editor. Buenos Aires. 1986. p. 171) 544 Ver: Karasik, Gabriela. “Plaza grande y plaza chica: Etnicidad y poder en la Quebrada de Humahuaca”. En: Gabriela A. Karasik (ed.). Cultura e identidad en el noroeste argentino. Buenos Aires. Centro Editor de América Latina. 1994. p. 41. 545 Ver: Fritis, Eulogio. “Los Collas”. En: América Indígena. XXXI (2), pp. 375-388. 1971. 546 Ver: Rutledge, Ian. “La rebelión de los campesinos indígenas de las tierras altas del norte argentino. 1872-1875”. En: Alejandro Islas (comp.). Sociedad y Articulación en las tierras altas jujeñas. Buenos Aires, Investigación y Desarrollo-Proyecto ECIRA. 1992.

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meridional– presentaba a lo menos tres condiciones favorables para albergar las migraciones collas: primero, la puna y las quebradas formaban un espacio territorial relativamente abandonado para las actividades pastoriles; segundo, existían numerosos lugares propicios para la crianza de animales y desarrollo de la caza y recolección; y, tercero, estos territorios eran ecogeográficamente la continuidad natural de la Puna de Atacama. Por otra parte, la migración colla permanente y temporal se vio favorecida por el auge de la actividad minera en Atacama. Este repunte económico de la región comenzó a gestarse a mediados del siglo XIX en Copiapó, al descubrirse y reactivarse nuevas minas de oro, plata, cobre en las serranías y cordilleras547. Posteriormente, a mediados de la década de 1870, comienza el auge salitrero cerca de Taltal, en el sector de la Aguada Cachiyuyal, después llamada El Agua Verde, y la explotación del bórax en el salar de Pedernales y Maricunga548. Otro factor a considerar es el tratado de libre tránsito y comercio de Chile con la República Argentina firmado en 1856, que aumentó el arrieraje y el tránsito en la cordillera549. Lo anterior facilitó el contacto entre Copiapó y el Noroeste argentino y la llegada de población, que en un primer momento –a mediados del siglo XIX– estuvo vinculada a la explotación del mineral de plata de Chañarcillo550. Las zonas de tránsito utilizadas para cruzar la cordillera eran la quebrada

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En efecto, a mediados del siglo XIX el auge minero en la zona era relevante: “El impulso dado al presente a la industria minera se hace sentir ya en todas partes, porque, desde el mes de enero de 1851 hasta abril de 1853, 2 minas antiguas, de oro, 98 de plata y 105 de cobre han sido puestas nuevamente en explotación en la sección de Huasco, y en la misma época se han emprendido trabajos en 5 minas de oro, 82 de plata y 138 de cobre recién descubiertas”. Pérez Rosales, Vicente. Ensayo sobre Chile. Ediciones de la Universidad de Chile. Santiago. 1986 [1857]. p. 277. 548 En 1871 se inicia la búsqueda de nitrato de soda en la zona de Taltal; se descubren los primeros yacimientos en la Aguada Cachiyuyal, también entre la zona de la Ola y el cerro Salitral, cercano al salar de Pedernales y en El Llano contiguo a la quebrada El Chaco, a 14 leguas de la costa. La falta de agua, caminos y puertos de embarque, posterga la explotación de salitre, la que se retoma en 1878-1879 cuando se inicia la construcción de las oficinas salitreras Santa Luisa, Germania y lagunas. Bermúdez señala que “la producción en Taltal y Aguas Blancas se inició en forma sostenida en el segundo semestre de 1879”. (Bermúdez, Óscar. Historia del salitre. Ediciones de la Universidad de Chile. Santiago. 1963. p. 302) Las minas de bórax o borateras ya se conocían en 1864. Descritas por Burmeister en Viaje i Descripciones de las Provincias de Tucumán y Catamarca, “La quebrada de las Tres Cruces desemboca en la hoyada de las borateras de Maricunga”. (Bertrand. Alejandro. Memoria sobre las Cordilleras... Op. cit.) 549 Vicente Pérez Rosales dice que: “El gobierno contribuyó poderosamente a favorecer este impulso (entre otras obras)... por el tratado concluido con el gobierno de la Confederación Argentina, el 30 de abril de 1856, el cual suprime todos los derechos de importación y exportación por la vía de la cordillera, entre las dos naciones. Este acto, cuya importancia es incalculable para Chile en general y para la provincia de Atacama en particular, va a contribuir de un modo muy eficaz a activar la explotación de las minas cuyo rendimiento no bastaba a cubrir los costos de extracción”. Pérez Rosales, Vicente. Ensayo sobre Chile... Op. cit. 550 Hasta antes del tratado de libre comercio y tránsito por la cordillera de 1856, las relaciones entre la cordillera de Atacama y el Noroeste argentino eran ya frecuentes y se traficaba

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de Paipote hasta laguna Santa Rosa, salar de Maricunga y hasta el paso de San Francisco y el camino de río Jorquera, que seguía El Turbio, Pircas Negras y Come Caballos, lugares en los que aún pueden verse las huellas de caminos antiguos551. Desde Catamarca, los dueños de ganado contrataban a arrieros para conducir las tropas de vacunos hasta Copiapó, en cambio hacia Bolivia se llevaban recuas de mulas para comercializar en la zona de Huari y otras áreas limítrofes. La actividad del arrieraje de ganado, desde Catamarca a Chile, se mantuvo vigente hasta fines del siglo XIX, pero después comenzó a declinar la actividad comercial debido al aumento de los impuestos y condiciones económicas establecidas por los gobiernos de la época552. Además, una cierta caída del auge minero se había comenzado a producir en la década de 1880, quedando el espacio del desierto con menos valor que el alcanzado durante la mitad del siglo XIX, en que se descubrieron los minerales de plata de Chañarcillo y Tres Puntas, que dieron esplendor y

la cordillera con ganados y mercaderías para abastecer la población de Copiapó y de los minerales de plata de Chañarillo y Tres Puntas, donde vivían importantes contingentes de población. El contrabando en esa época era importante y perseguido por las autoridades. Así lo apreció Ignacio Domeyko en su viaje de 1844 a la cordillera por el río Jorquera. En la quebrada Cachitos se encuentra con funcionarios que fiscalizan el tráfico: “Entre los inmensos fragmentos y amontonamiento de granito rosa –de la quebrada Cachitos–, se ven ruinas de antiguas familias indias y encontramos en ellas a dos hombres calentándose ante una fogata; son funcionarios del gobierno al acecho de algún contrabandista.” Domeyko, Ignacio. Mis viajes: Memorias de un exiliado. Tomo I. Ediciones de la Universidad de Chile. Santiago. (1978). p. 453. En el viaje de 1840 a Copiapó, Domeyko, refiriéndose a la población que la componía, destacaba la presencia de los “cuyanos” y señala: “Copiapó cuenta ahora con diez a doce mil habitantes, siendo su población una mezcolanza de todas partes del mundo. Franceses, alemanes, yanquis, inmigrantes de diversas partes de América española, sobre todo los llamados cuyanos, (de la provincia de Cuyo, o sea Mendoza, San Juan, etc.) forman esta población, cuya mitad apenas componen chilenos”. Domeyko, Ignacio Mis viajes... Op. cit. p. 403. 551 Entrado el siglo XX en el Norte de Chile se conocía a la población argentina del Noroeste de manera genérica como “cuyanos”, pudiendo ser estos catamarqueños o riojanos o salteños, debido a que el término cuyano se heredó de la Colonia, cuando Cuyo pertenecía a la Capitanía del Reyno de Chile. De allí, que lo señalado por Domeyko puede corresponder también a población del Noroeste argentino. Respecto a la población argentina que había en la provincia de Atacama, a mediados del siglo XIX, Reyes indica que siete u ocho mil argentinos se desparramaron por toda la provincia. (Reyes, Edmundo. “Visión panorámica de Atacama”. En: Seminario de problemas regionales de Atacama. Ediciones del Departamento de Extensión Cultural de la Universidad de Chile. Santiago. 1957) 552 Lo anterior se desprende de una carta enviada por los vecinos de Santa María de Catamarca, que señalan en 1902: “Los negocios de hacienda a Bolivia y Chile, que eran una fuente de riqueza, actualmente no dan resultados, pues el cambio de mando en Chile y Bolivia y el fuerte impuesto que tiene el ganado en Chile absorben por completo las pocas utilidades”. (Arch. Administrativo de la Gobernación. Carpeta departamental. Catamarca, 1902, foja 227) Meister, Albert ; Susana Petruzzi y Elida Sonzogni. “Tradicionalismo y Cambio social. Estudio de Área en el valle de Santa María”. Publicación N° 1. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad Nacional Laboral. Rosario. 1963. p. 32.

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auge a la zona553; reemplazados más tarde por el trabajo en las salitreras cerca de Taltal. A fines del siglo XIX y principios del XX, la cordillera y la puna no solo eran transitadas por peones, arrieros y comerciantes, sino también por familias de pastores collas que se asentaban en aguadas y vegas, construyendo un circuito trashumante en el territorio de pastoreo. Estos movimientos migratorios se localizaban en lugares relativamente aislados y con poca accesibilidad, con presencia eventual de algunos mineros o viajeros. A diferencia de los pastores collas, los comerciantes y arrieros bajaban a los pueblitos del valle de Copiapó y permanecían temporalmente en ellos. Los únicos pobladores asentados en la cordillera eran los collas y algunos pastores que provenían del pueblo de indios de Copiapó.
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LLEGADA DE LOS COLLAS A LA CORDILLERA DE ATACAMA Las primeras migraciones collas a la cordillera de Atacama –al Sur de la quebrada El Chaco– de las que se tiene antecedentes testimoniales, datan de fines de la década de 1870, y para Potrerillos se han reconstruido fechas aproximadas para los años 1877-1878554. Algunos de los lugares de procedencia son el salar de Antofalla, Antofagasta de la Sierra, Salta, Pastos Largos, Potrero Grande, Fiambalá, Tinogasta, Belén y Palo Blanco. Arribaron por el Norte utilizando pasos cordilleranos, en especial el paso del Cerro El Chaco, León Muerto, San Francisco y Pircas Negras-Come Caballos y otras quebradas intermedias existentes entre las serranías555. Otros collas atravesaron primero al salar de Atacama y desde Peine cruzaron el “Despoblado” por El camino del Inca, para asentarse en la Cordillera de Atacama556.

Reyes señala que “Después de la Guerra del Pacífico, la declinación de Atacama se acentúa. Ya en 1869, la Municipalidad de Copiapó cede una prima de diez mil pesos para quien descubra algún yacimiento importante de plata en el Departamento. El 70 ya no se hace historia, se la escribe... en 1889. La minería, la principal industria de Chile pasa por una gran crisis”. Reyes, Edmundo. Visión panorámica...” Op. cit. 554 Molina, Raúl y Martín Correa. Informe proyecto “Regularización de Tierras Collas. Componentes demarcación territorial, catastro de vegas y aguadas, estudio del poblamiento y justificación de la tenencia material de tierras y de la trashumancia colla”. Grupo de Investigación TEPU-CONADI Iquique. (ms.) 1996. Gahona, Alfredo. Estudio Línea de Base Socioeconómica Proyecto Aldebarán. Aspectos Patrimonio Histórico-Cultural. Empresa Minera Aldebarán. Informe Técnico-Manuscrito. 2001. p. 36. 555 “Los vínculos con Catamarca se perciben más claramente al constatar las recurrencias lingüísticas de los gentilicios y de la toponimia existente entre ambos lados de la cordillera andina”. (Manríquez, Viviana y José Luis Martínez. “Investigación Etnohistórica del Estudio Diagnóstico de la Población Colla de la III Región”. (Preinforme Final) Sur Profesionales Ltda. Departamento de Antropología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Santiago. 1995.) 556 Es muy probable que este territorio haya sido frecuentado por la misma etnia colla desde muchas generaciones antes o por sus antecesores directos; quizá remontándose al periodo prehispánico (Atacamas, Diaguitas-Calchaquies y Humahuacas), tanto del lado chileno como argentino.

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Las migraciones collas en algunos casos fueron pendulares, es decir, de tráfico ida y vuelta entre la cordillera de Atacama y el Noroeste argentino, y otras tuvieron carácter definitivo para quedarse desarrollando la ganadería, la minería, el arrieraje, el abastecimiento de leña, la caza y la recolección en esta parte del territorio circumpuneño suroriental. Al sector de Potrerillos, llegan las familias Ramos, Quispe, Marcial, Cruz y Jerónimo557. Los primeros pobladores que arriban a la quebrada Paipote fueron los miembros de la familia Quiroga, descendientes de don Agapito Quiroga. Llegaron de Argentina alrededor del año 1880 para trabajar en el oro del salar de Maricunga, fijando su residencia en el sector de El Bolo. Posteriormente lo hicieron los Araya, quienes ocuparon la quebrada de Cortadera, hasta la actualidad: “... mi tío, que fue don Segundo Quiroga, él era el fundador de esto de aquí en la Quebrada de Paipote. De los Quiroga, él era hermano de la finada de mi mamá. Él nació aquí. Todos. Toda la familia fueron nacidos en esta parte. En toda esta quebrada...”. (Paulino Bordones) También, los collas se instalaron en la quebrada de San Andrés, tributaria de la quebrada de Paipote, los que se unen en el sector denominado San Luis. Allí se asentaron los Cardozo. “... El primer antecedente al respecto habla que fue su bisabuelo, don Emeterio Cardozo, quien luego de recorrer la zona de Potrerillos, Inés Chica, Inca de Oro y Carrera Pinto, se asentó en San Andrés cerca de la Hacienda La Puerta, hizo potreros y se dedicó a la crianza de animales...”558. Otras familias collas, como los Quispe, se asentaron en la quebrada de San Miguel, ubicada al Sur de la quebrada Paipote. Ambas quebradas se unen en las veranadas del Patón y Leoncito en la cuenca alta del río Figueroa y afluente del río Jorquera, camino que fue recorrido por las familias collas para instalarse en las riberas de este último, alrededor de fines del siglo XIX.
557 Paz da cuenta que los apellidos Gerónimo y Quispe se encuentran en la zona de Jujuy, Noroeste argentino, y aunque pueden ser más extendidos coinciden con el área geográfica nombrada por la memoria histórica de los collas de Atacama. Paz, Gustavo. “Campesinos, terratenientes y Estado. Control de tierras y conflicto en la puna de Jujuy a fines del siglo XIX”. En: Alejandro Islas (comp.). Sociedad y articulación en las tierras altas jujeñas. Investigación y Desarrollo-Proyecto ECIRA. Buenos Aires.1992. En efecto, en el caso del apellido Gerónimo, aparece en la subdivisión de la finca Yoscaba realizada a principio del 1900 (Idelfonso Gerónimo y Polonia Gerónimo), y el apellido Quispe (José F. Quispe), aparece en el Departamento de Yavi, como propietario del predio Quiaca en 1860, y como adjudicatarios en 1903 del rodeo Lumara ubicado en Cochinoca se nombra a Ignacio Quispe y Felipe Quispe. Apellidos Ramos, aunque no coinciden con el lugar señalado por los collas de su origen, sí aparecen en la misma zona de Cochinoca. Ver: Castillo, Gastón; Miguel Cervellino y Daniel Quiroz. Los Collas, Fantasmas en la Cordillera. Fondo de Apoyo a la Investigación. Informes. Centro de Investigaciones Diego Barros Arana. DIBAM. Santiago. 1993. 558 Molina, Raúl y Martín Correa. Estudio e Informe para “Solicitud de Fondos de Valles y Quebradas Ocupadas por las Comunidades Collas, Diego de Almagro, Paipote y Río Jorquera”. Grupo de Investigación TEPU-CONADI Iquique. (ms.). 1997.

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“Don Vicente Quispe, (...) colla antiguo de Antofagasta de la Sierra, toda esa familia viene de allá. La mamá se llamaba Santos Cardozo, esa era la mamá de las niñas Quispe, esa es de aquí de San Miguel. (...) Los Quispe venían del Norte, de San Pedro de Atacama, pasaron a Potrerillos y de ahí se venían vega por vega. Manuel Quispe también vivía en la cordillera, muchos años, después empezaron a vivir en el pueblo, a Potrerillos, cuando empezaron a marcar y vender los pocos animales que tenían”. (Paulino Bordones, 67 años, 2 de noviembre de 1997)

EL TERRITORIO OCUPADO POR LOS COLLAS De Norte a Sur, se distinguen tres áreas de ocupación y asentamiento colla que se conservan desde las primeras migraciones. (Ver Mapa Nº 13) a) La primera y más extensa está formada por los campos de pastoreo y las quebradas que contienen vegas y aguadas desde Chaco-Juncal por el Norte hasta Chañaral Alto por el Sur, además de los cerros Bravos e Indaguaz, y los lugares denominados quebrada El Asiento, Pastos Cerrados y el Agua Dulce, el cerro llamado Vicuña que se encuentra inmediatamente al Sur559. También en esta área se consideran los campos de pastoreo de Doña Inés, Pedernales y Cerro Blanco. b) Una segunda área de poblamiento colla son las quebradas Paipote, San Andrés y San Miguel como terrenos de invernada complementadas por los campos de pastoreo de El Patón y Llano del Leoncito en la cuenca alta del río Figueroa, más la quebrada y el salar de Maricunga que actúan de veranadas. c) La tercera área y más austral corresponde a la cuenca del río Jorquera formada por los ríos Figueroa, Turbio, Pircas Negras y Nevado La Gallina. En la primera área de poblamiento los collas comienzan a ocupar extensos territorios de pastoreo en el sector puneño y las quebradas, teniendo su principal asentamiento en el Agua Dulce, lugar cercano a la quebrada Pastos Cerrados o quebrada Jardín. Las familias collas provenientes del Noroeste argentino que recorren estos parajes son los Ramos, Villanueva, Quispe, Jerónimo, Marcial y Julio.
“En las veranadas de La Encantada, en el Agua de La Piedra para arriba, que en este tiempo no hay nadie, no hay familias ahí viviendo. Antes la familia que estábamos ahí éramos nosotros, los Ramos Villanueva, en todas estas partes, incluso la zona de El Bolsón en la quebrada Juncal, está todo a la

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Los lugares denominados Asiento, Pasto Cerrado y el Agua Dulce, corresponden a la quebrada de actual ocupación de la comunidad colla de Potrerillos. Pasto Cerrado es la actual quebrada Jardín, nombre que fue puesto por los norteamericanos de la Andes Copper Mining Company. Don Esteban Ramos, señala que desde antes de la llegada de los collas se llamaba Pastos Cerrados y fueron los gringos quienes le cambiaron el nombre por quebrada Jardín.

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misma altura, está cerquita, y cuando no había pasto por acá bajábamos a El Bolsón, que está casi a la misma altura de La Cruz. Cuando en tiempos de invierno estaba malo para La Cruz, nos bajábamos a El Bolsón, y después en el verano siempre nos veníamos a reunir a La Encantada (...) En la Quebrada de Inés Chica los viejitos que habían eran don Víctor Quispe, doña Guillermina Julio, que eran casados; había otro matrimonio entre don Rosalino Marcial y doña Gregoria Jerónimo; había otro viejito que era solo que se llamaba Pedro Nolasco; y de repente también por ahí estaba don Eustaquio Jerónimo y doña Candelaria, esa era la gente más antigua que había por ahí. Pero ellos tenían un grupo de familias que era fabuloso, los hijos, nietos, ellos fueron los que iban allá, ahí pasaban el invierno, eran familias grandes, hijos, abuelos, papás, tenían cada uno su ganado aparte. Es que ahí habían unos potreros muy re bonitos antes, cuando había agua, para pasar el invierno. Pero las familias más grandes ahí eran los Quispe y los Marcial, cordero, cabra, toda clase de ganado tenían. Mis bisabuelitos eran los dueños de Agua Dulce560.” (Esteban Ramos Villanueva).

El espacio de ocupación y poblamiento se basaba en la trashumancia, en busca de pastos y aguadas que para las familias collas del sector de Potrerillos implicaba el uso de un extenso territorio que integraba quebradas, tales como El Bolsón, El Carrizo, Inés Chica y Vicuña al Norte de la actual ciudad de El Salvador, y al Sur de esta, ocupaban la cuenca del río Salado y sus principales quebradas, como Pastos Cerrados, El Asiento, Río de La Sal y Chañaral Alto, la cuenca del río La Ola, con sus quebradas de Pastos Largos, Carachapampa y Pedernales, y la cuenca alta de la quebrada de San Andrés, en el cerro Indaguaz. En este dilatado territorio había ‘posesiones’ familiares, donde estaban las viviendas, puestos estacionales y pequeños cultivos en las invernadas; en verano cada familia acudía a sus vegas y aguadas con los animales para el pastoreo. Dichas posesiones eran reconocidas como terrenos propios por las mismas familias y la posesión se acreditaba por el uso y las mejoras y cercos, que transmitía el derecho de uso a través de padres a hijos. La ocupación y uso de los extensos campos de pastoreo altiplánicos ubicados entre el salar de Pedernales y Maricunga, constituían zonas de excelente pastaje. La forma de poblamiento tradicional también consideraba los campos de pastoreo de la zona alta de la quebrada El Asiento, en el sector de Cerro Blanco. Durante la década de los cuarenta, el poblamiento indígena de las quebradas y la puna en Potrerillos comenzó a ser afectado por la acción de la fundición minera de Potrerillos que contaminará los pastos, provocando el éxodo de las familias collas.
560

Molina, Raúl y Martín Correa. “Solicitud de Fondos...” Op. cit.

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En la segunda área de poblamiento colla, correspondiente al sector de la quebrada de Paipote, fue iniciada la ocupación por las familias Quiroga y Araya en la quebrada Cortadera. Estas dos familias fundadoras se radicaron en el área y trabajaron en la extracción de minerales. Posteriormente llegaron a poblar esta quebrada algunos ‘enganchados’ a la mina de cobre “Dulcinea”, ubicada en la quebrada Carrera Pinto, sector de Puquios, como es el caso de la familia Bordones, quienes arribaron al sector de Pastillo en 1910 y luego se trasladaron a Pastos Grandes, en el año 1911. En la quebrada San Andrés se instaló en el siglo XIX la familia Cardozo, desarrollando actividades ganaderas. Allí, realizaban rituales para propiciar al ganado y el lugar continuó siendo ocupado por su descendencia, entre los que se cuenta el padre de doña Jesús Cardozo, quien murió en el año 1959 a la edad de 125 años.
“En la Quebrada San Andrés, donde nací yo (...) para el año nuevo nos juntábamos con mi padre de crianza para los Sanjuanes cuando se celebra el año nuevo, en la víspera del 23 de Junio mi padre hacía un corralito de monte, un hoyito al medio, traía los animales y les cortábamos la oreja que es la señal, se echaba ahí y se tapaba, después los animales grandes se marcaban, y de ahí él hacía todos sus ritos, sus gracias, sus ceremonias, la danza de la vidala. Entonces ahí se pedía, como se hace manda a la Virgen por ejemplo, que venga el año bueno, que cunda más los animales, que le de más vida a uno y a la familia, eso se le pedía a la tierra, al sol y al cielo, que viniera, que lloviera, que le diera más luz a la tierra para que creciera, a la Pachamama... Para San Juan, una vez que mi padre hacía su rito, prendía el corralito de monte y allí él iba con su botellita de aguardiente y coca.” (Jesús Cardozo, septiembre de 1996)

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En río Jorquera las familias collas ocuparon el área geográfica que comprende las quebradas del río Jorquera, Carrizalillo, Romero, Los Piques, de Serna, Calquis, Río Figueroa, Paredones, Aguas Blancas, Río Turbio, Mondaca, Río Cachitos, Río Piuquenes, Río Nevado y Pircas Negras, los que mantienen una posesión tranquila y sostenida en el tiempo hasta mediados del siglo XX. LOS COLLAS Y LA HACIENDA POTREROS DE LA IGLESIA Desde su llegada, en la segunda mitad del siglo XIX, los collas habitan territorios que eran visitados solo por algunos cazadores de guanacos, chinchilla, pirquineros o arrieros eventuales. En algunas zonas existían pequeños enclaves mineros. Estos territorios, entre los salares de Pedernales y Maricunga, los llanos y quebradas sobre los 2.000 y 4.000 metros, entre el río Copiapó por el Sur y la quebrada Juncal por el Norte, formaban parte de la hacienda “Potreros de La Iglesia”, que desde largo tiempo eran propiedad de la familia Cousiño Goyenechea.

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La hacienda “Potreros de la Iglesia” debe su nombre a la merced de tierras que hace en 1643 el gobernador de Copiapó a la parroquia local, en el proceso de reparto de las tierras marginales al valle561. La hacienda durante el período de la república comprendía una gran extensión, según consta en la inscripción de la posesión efectiva de doña Isidora Goyenechea de Cousiño de 1874:
“Los Potreros de La Iglesia, llamados también Hacienda de Jorquera, comprenden la extensión de ese nombre y los potreros llamados Castaño, Figueroa, Río Turbio, Aránguiz, San Miguel, Paipote y San Andrés, siendo los límites de la propiedad denominada Jorquera, que comprende los potreros mencionados, los siguientes: por el Norte la República de Bolivia; por el Oriente la Confederación Argentina de la cual la divide la cadena principal de Los Andes; por el Sur el valle de Copiapó y la Hacienda Las Juntas; y por el Poniente con terrenos fiscales o el Camino del Inca562”.

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A la llegada de los collas, las tierras de la hacienda “Potreros de la Iglesia” se encontraban abandonadas, sin actividad agrícola y ganadera, solo albergaban en su seno algunas minas. La situación de abandono se extendía desde décadas atrás, como lo constata en 1844 Ignacio Domeyko, en su viaje por la cordillera de Copiapó563. El abandono de las tierras por sus propietarios continúa todo el resto del siglo XIX y hasta las primeras décadas del siglo XX, cuando son arrendadas para la explotación agrícola. Las tierras de la gran hacienda estaban ocupadas por los collas y por algunas familias de pastores que provenían del pueblo de indios de San Fernando, ubicado entre la ciudad de Copiapó y la junta de la quebrada de Paipote, lugar donde en la actualidad se encuentra el poblado Estación Paipote. De allí que las quebradas y la puna de la cordillera constituyeron espacios de encuentros entre collas del
Sayago señala que la hacienda “Potreros de la Iglesia” tiene origen colonial y data de mediados del siglo XVII, siendo producto de las reparticiones de mercedes que se hacen fuera del valle de Copiapó. Sayago, José María. Historia de Copiapó. Editorial Francisco de Aguirre. Santiago. 1997 [1874]. 562 El predio se encuentra inscrito a Fojas 30 Nº 56 en el Conservador de Bienes Raíces de Copiapó del año 1874, como sucesión de Isidora Goyenechea. 563 “Viajando, pues, a lo largo de este último Río Figueroa llegué a pocas millas de su confluencia con el Río Turbio al fundo Jorquera (a 1.965 m. sobre el nivel del mar) que pertenece hoy a la familia Goyenechea. Se trata del primer y casi único lugar habitado en toda esta extensión desde la loma más alta de la cordillera hasta la antes mencionada confluencia de los tres ríos en Las Juntas. A este fundo, al cual –a juzgar por los edificios y por algunas personas de la servidumbre y gañanes que lo habitan– vale menos que la más mísera hacienda de nuestra tierra, pertenecen todas estas montañas y las Cordilleras desde el este hasta la frontera chilena, desde el norte, a través del desierto de Atacama, hasta la frontera boliviana, limitando por el sur con las posesiones de los habitantes del valle de Pulido. Son entre 200 y 300 millas cuadradas, pero así y todo, se me aseguró que toda esta propiedad no aportaba hasta ahora ni siquiera mil táleros al año. (...) En todo el cortijo no había otro edificio que la casita del mayordomo que, sin duda, jamás fue visitada por el millonario dueño”. (Domeyko, Ignacio. Mis viajes... Op. cit. p. 460)
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Noroeste argentino, de algunos pastores de los pueblos de indios, pirquineros eventuales y arrieros564. CONFLICTOS AMBIENTALES, TERRITORIALES Y MIGRACIONES COLLAS El abandono de las tierras de la hacienda Potreros de la Iglesia permitió por varias décadas la ocupación tranquila e ininterrumpida de los collas, cuestión que cambiará una vez iniciado el siglo XX, al ser arrendados los terrenos por la familia Cousiño que le disputará el dominio y ocupación a los collas. Lo mismo ocurrirá con las empresas mineras que instalan sus faenas en los territorios de pastoreo, contaminando los pastos y envenenando el ganado. Ambos factores, disputa territorial y contaminación, provocarán la emigración de algunas familias collas a la Argentina. Los collas que se quedan mantienen la actividad trashumante alejándose de los centros poblados o vinculándose a la actividad de abastecimiento de leña y carne de los centros mineros y ciudades, complementando la subsistencia con la caza y recolección. Otras familias collas se enrolarán en el trabajo minero, para luego volver a las actividades ganaderas y mantenerse en los territorios que habitan desde décadas. En Potrerillos, desde 1894, operaba la Compañía Minera de Potrerillos fundada por Felipe Tapia, que tenía un trabajo intermitente de minerales de cobre oxidados de alta ley en 38 pequeñas explotaciones mineras con métodos manuales y antiguos. En 1913, William Braden inicia la exploración minera en Potrerillos y en 1916 forma la empresa Andes Copper Mining Company, comenzando a prospectar en 1917, y en 1924 empieza la construcción de las instalaciones mineras. En 1927 se inicia la explotación de la mina y se comienza a producir el primer cobre blister de minerales sulfurados. Luego, se explota el mineral de quebrada El Hueso y se establece un campamento minero, el cual comienza a captar las aguas de las que se abastecía el ganado de las comunidades collas; se apropian de las tierras y, posteriormente, con la inauguración de la fundición de cobre en la década de 1940, se contaminan los campos de pastoreo de la quebrada Pastos Cerrado o Jardín, Pedernales y Cerro Blanco. La instalación de la mina de Potrerillos provoca la huida de las familias collas del lugar, desplazándolos alrededor del año 1922 hacia territorios ubicados al Norte y Sur de la quebrada Jardín565. Otras familias se enrolan en el trabajo minero de las pearas carreteras para transportar el mineral o insumos hacia la mina.
Ver: Gigoux, Enrique. “Notas, observaciones y recuerdos de los indígenas de Atacama”. En: Revista Universitaria. Vol. III. N° 8, Año 12. Universidad Católica de Chile. Santiago. 1927. pp. 1080-1081. Y Cruz, Carlos. “Gran minería del cobre en Atacama”. (Relaciones Públicas de la Minera Anaconda) En: Seminario de problemas regionales de Atacama. Ediciones del Departamento de Extensión Cultural de la Universidad de Chile. Santiago. 1957. 565 Ver: Gigoux, Enrique E. “Notas, observaciones y recuerdos...” Op. cit. p. 1082.
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“Los abuelos comenzaron prestando servicios por conocedores de lugares, terrenos y experiencia, por supuesto en animales. Ellos eran los capataces de las pearas carreteras, ellos tenían a su cargo los animales, los alojamientos y todo eso (...) de eso hay versos muy bonitos porque ellos prestaban servicios como artesanos también, porque usted sabe que las carretas eran un vehículo y necesitaban mantención. Esa mantención era gente nuestra (...) mi abuelo era herrero artesano y hacía las llantas metálicas de las carretas, incluso había que darle una medada en forma artesana en la fragua y ensamblarla con la madera en una sola pieza...566” (Zoilo Jerónimo)

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La contaminación de las vegas y aguadas ocupadas por familias collas cambiará la suerte de quienes vivían de ellas. Respecto al antiguo pastoreo de llamos y las causas de su desaparición, el testimonio es el siguiente:
“Nosotros no tenemos llamos desde hace un tiempo suficiente, pero desde la edad mía alcancé a conocer los llamos, que nadie los tenía incorporado a su ganado pero habían en el lugar. Eso fue como hace 50 años, y se acabaron porque los hermanos que criaban los llamos emigraron a sus antiguas tierras, a la Argentina, entonces quedamos nosotros, los que andábamos trabajando con ellos y no éramos dueños de esos piños de llamos, entonces los que quedaron, quedaron sin dueño. (...) la [razón] que influyó más fue la contaminación de los lugares una vez que empezó a trabajar la fundición de cobre de Potrerillos, por el arsénico que soltaron al aire y contaminó toda la cordillera, y el arsénico comenzó a matar todo el animal, hasta guanacos murieron en esa época. Además está la toma de las aguas que permitían el cultivo de los collas y dar agua al ganado que tenían, y una vez que tomaron esas aguas prácticamente ya no alcanzaron. También estaba la discriminación racial, a balazos los corrían cuando llegaban a las aguadas. Y como en Argentina estaban sus familiares también por eso regresaron”. (Zoilo Jerónimo, septiembre 1996)

Respecto al arribo de la gran minería:
“Acá la Fundición empezó a trabajar en el año 1947, antes sólo se construía, desde el año 10 más o menos, con la construcción del Ferrocarril, la misma Fundición, caminos de acceso a la mina, para empezar a funcionar como Fundición como el año 47. De ahí para adelante fue lo más crítico, cuando empezar la Fundición, el humo era puro veneno, mi padre y otros ancianos recuerdan que a los perros en el campamento el ácido le comía las patitas, la nariz, se las rompía, los únicos que pudieron soportar fueron el caprino y el burro, pero igual al final de enfermaban y morían“. (Salomón Jerónimo)

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En: Cassigoli, Rossana y Álvaro Rodríguez. “Estudio Diagnóstico de la Población Colla de la III Región. (Preinforme Final)”. Investigación Antropológica. Sur Profesionales Ltda. Departamento de Antropología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Santiago. (ms). 1995. p. 19.

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Estos testimonios muestran la transformación de la economía colla, la que trajo consigo el desarraigo y la crisis en los asentamientos indígenas de Potrerillos:
“Primeramente se abandonaron las vegas y aguadas por el asunto de la contaminación, eso es claro, el pastoreo de acá de la cordillera se abandonó por eso. Todo lo que es Cordillera del Bravo hasta La Ola, esta cordillera, un tiempo estuvo contaminada. Tan contaminada que los animales de trabajo se tenían que reponerse todos los años, si usted compraba 10 burros para trabajar en este verano a vuelta de verano estos animales no estaban, porque con la contaminación del arsénico los animales se morían así que había que reponer año a año este tipo de herramientas de trabajo. Ese fue uno de los motivos de que los pastoreos quedaran abandonados, y por esa razón tuvimos que empezar a buscar nosotros como laborar de otra manera que sea más favorable. Esa es la otra razón: por las partes laborales nosotros tuvimos que empezar a buscar los recursos, y al encontrar los recursos la familia y los descendientes empezamos a venir a laborar de otra manera, cambiamos totalmente el trabajo.” (Zoilo Jerónimo,1996)567

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Más al Sur, en la quebrada Paipote, la llegada de los arrendatarios de tierras de la sucesión Goyenechea, en la década de 1930, obligó al abandono del lugar de algunas familias collas que migraron al trabajo minero, otras se refugiaron en quebradas inaccesibles, algunas aceptaron el sistema de mediería y compartir la producción de alimentos, animales y recolección de leña con los arrendatarios, y otras decidieron volver a la Argentina.
“En el Dadinal (vega de la quebrada de Paipote), donde está la higuera por ahí pa’ abajo, en un bosque que había grande, estuvo la finaíta de mi abuela. Ahí sembró, hizo un potrero que sembró con maíz. Cuando vieron (la gente de Justo Juárez) el potrero que está listo hubo que desocuparlo. Se fue (la abuela) con los hijos, tenía muchos hijos, eran como diez los hijos. Una se llamaba Carmen, era nacida en El Borax, (salar de Pedernales) en 1880. Más de cien años. Otra se llamaba Corina Quiroga y la otra era Rosa Quiroga” (...) “Se fueron porque el viejo (Justo Juárez) los corrió. Se fueron todos ellos, se fueron todos los hermanos y se fueron varias familias que estaban en Potrerillos. Que eran por parte de ella, eran parientes también po’h. Todos se fueron juntos. Si hicieron una caravana muy grande. Sufrieron harto para llegar porque se fueron en marzo568”. (Paulino Bordones, septiembre 1996)

Citado en Molina, Raúl y Martín Correa. “Solicitud de Fondos...” Op. cit. Marzo es época de lluvias altiplánicas o invierno boliviano y la zona de travesía atraviesa la puna salada, por el salar de Pedernales o Maricunga, Laguna Verde, Paso San Francisco y desde allí se baja a la provincia de Catamarca, cuyo viaje en mulas o a caballo duraba siete días hasta Fiambalá.
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Luego de estas migraciones, Justo Juárez instaló a inquilinos a trabajar los potreros de la quebrada de Paipote, que ahora se llama hacienda La Puerta569.
“...era el que tenía estas tierras por un pago que le tenía a Cousiño, le dejaron la hacienda para que se pagara. Él no dejaba que trabajara nadie, y todo lo que se sembraba él lo quitaba o tenía que darle las partes por iguales. Justo Juárez tenía a toda la gente que quedó cesante en la minería trabajando aquí, como inquilinos, al día, pero nadie podía sembrar para cada uno. Aquí se trabajaban los potreros, pero nadie podía tener sus animales aquí, porque eran crianceros, tenían que tenerlos en la cordillera...” (Paulino Bordones)570

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Después de Justo Juárez, llegó a la hacienda La Puerta, Arnoldo Papaprieto, quien comenzó a administrar las tierras imponiendo nuevas restricciones a las familias que habitaban el lugar, en especial los impuestos a la explotación de leña y fabricación de carbón.
“...desde 1940 en adelante la mayoría de la gente trabajaba la leña. Leña de carbón era el fuerte que tenían, y en aquel entonces los señores Papaprieto no dejaban sacar leña ni hacer carbón, no se podía vender leña directamente a Copiapó, sino a través de Justo Juárez quien hacía de intermediario y pagaba con víveres”. (Marco Bordones Segura)

A pesar de las dificultades, los collas mantuvieron sus posesiones y para defender sus derechos formaron el Sindicato de Leñadores que les permitió enfrentar a los arrendatarios de tierras que exigían el pago por las tierras ocupadas y la recolección de leña. El conflicto por el uso del territorio se prolongó hasta que los particulares abandonaron las tierras en la década de 1960, cuando, producto de una larga sequía, se redujo la disponibilidad de agua de riego para los cultivos de la hacienda. Don Paulino Bordones recuerda:
“... se secó toda el agua, no había agua en ninguna parte, ni en la hacienda La Puerta, en Dadinal no había ni una gota. Aquí no vivía casi nadie en esos años, lo abandonó todo la gente y empezamos a subir más arriba, Las Juntas, Chinches, de Pastos Grandes para arriba ya no mermó el agua. El trabajo en la Hacienda se terminó todo. Acá abajo quedamos siempre los Bordones y los Araya, en Tapia, Pastillo, Pastos Grandes, esos eran los lugares donde había agua y donde se podía sembrar. Después se empezó a poblar de nuevo.”(Paulino Bordones)571

569

Esta hacienda La Puerta es otra diferente de la hacienda La Puerta de Tierra Amarilla, junto al río Copiapó. 570 Molina, Raúl y Martín Correa. “Solicitud de Fondos...” Op. cit. 571 Op. cit.

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En río Jorquera, el poblamiento colla y de otras familias que mantenían sus posesiones con cultivos y ganadería se vio interrumpido con la llegada de Alfonso Prohens en el año 1955, quien se dice dueño de la hacienda Jorquera. Con ello, se inicia el primer conflicto por los derechos a pastaje de los animales que viene a terminar con la posesión tranquila y mantenida ininterrumpidamente por sus ocupantes desde fines del siglo XIX. El particular inicia acciones para desalojarlos, obligándolos a que se localicen sobre el área de la Tranca de Los Monos que es un estrecho de rocas que se encuentra aguas arribas de la confluencia del río Jorquera en el Copiapó. LA LUCHA POR LA TIERRA (1950 A 1973) A principios de los años sesenta el conflicto por la ocupación de las tierras desaparece por el abandono de los particulares. En adelante, y hasta 1973, los collas se abocan al trabajo ganadero, agrícola y minero. En Potrerillos, los collas que se quedaron en esta parte de la cordillera combinan el pastoreo del ganado con el trabajo minero. Muchas familias se alejan a las quebradas de más al Norte, Doña Inés y La Encantada, que se encuentran libres de contaminación, mientras otras se quedan en el circuito trashumante entre las aguadas de invernada cercanas a Potrerillos y El Salvador y los campos de veranada de Pedernales y Cerro Blanco, ocupando las tierras de la quebrada de Agua Dulce y de la quebrada El Asiento. En la década de 1960 la apertura de la mina El Salvador exige la canalización de nuevos recursos de agua que son llevados al mineral con tuberías, impactando sobre la economía de la comunidad colla, al reducir aún más los escasos recursos hídricos disponibles para el pastoreo.
“(...) esta zona de aquí (Montandón) para arriba las tomaron todas, si las que quedan son las agüitas que le he nombrado, son unos poquitos no más, poquito de vertiente no más que hay. Si por ejemplo de aquí para arriba hay un agua donde está mi hermana, que tiene majada todavía, que es El Asiento, y esa agua corría hasta aquí, hasta El Jardín, como 30 kilómetros por esta quebrada, y toda esa la tomaron toda, Quebrada Larga. Empezaron a tomar arriba, entonces las aguas se fueron secando, y después aquí abajo, una vega grande que hay, que se llama Asiento, colocaron bomba, como 5 bombas, chuparon todo. Así fueron quitando las aguas y secándose las vegas, principalmente, que es lo que más uno aprovecha en tiempo de verano, en cualquier tiempo, si habiendo agua el animal come cualquier cosa. Ahí en la parte de Inés Chica se secaron las aguas con los años malos, hay pero muy poca.” (Esteban Ramos, septiembre de 1996)

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A pesar de las condiciones cada vez más adversas para la crianza de animales, esta actividad fue mantenida por las familias Jerónimo, Marcial,

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Ramos y Quispe, combinando el pastoreo con el trabajo en la mina de Potrerillos o el mineral de El Hueso. En la quebrada de Paipote los arrendatarios de la hacienda La Puerta restringieron el derecho al trabajo de las familias collas, obligándolas a pagar arriendo o trabajar como inquilinos. Para defender sus derechos fundaron una organización reivindicativa: el Sindicato de Leñadores, cuyo objetivo era terminar con las cargas y restricciones impuestas por los arrendatarios de tierras.
“En 1955 se formó el Sindicato Profesional de Leñadores, ahí nos reuníamos todos, no ve que el hombre recorrió toda la cordillera, don Santiago Piñones, él venía de San Andrés y formaba sindicatos, él también pleitó con Justo Juarez. En ese tiempo se hacía leña de varilla, de caspiche y de pingo, y se llevaba a Copiapó. Al principio no se podía llevar leña a Copiapó, cuando estaba Justo Juarez sólo se le podía vender a él y él pagaba con víveres, luego con el sindicato se pudo bajar la leña a Copiapó. Justo Juarez como el 55, el mismo tiempo, se fue a Copiapó. De ahí le arrendaron los Papaprieto.” (Paulino Bordones; septiembre de 1997)

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Las tierras de la quebrada de Paipote y San Andrés fueron abandonadas por los arrendatarios, quedando como únicos pobladores las familias collas que mantuvieron la tenencia material de las tierras, dedicándose a la ganadería, pequeños cultivos, la minería y la explotación de leña y confección de carbón, durante toda la década de 1960 y hasta 1973. En río Jorquera, en 1955 aparece Alfonso Prohens, reivindicando las tierras ocupadas por las familias collas y no collas, solicitando el pago por derecho a pastaje de los animales. Estas se defienden a través del Sindicato, señalando que Prohens no tiene derechos sobre las tierras porque son fiscales. Plantean al Intendente Provincial que toda la cordillera de la Provincia, incluidas las tierras de los Cousiño, eran fiscales en virtud de las inscripciones generales realizadas por el Estado. En virtud de ello, solicitaban la regularización de la antigua ocupación ganadera y agrícola. Según los comuneros de río Jorquera, el Intendente les señaló que los terrenos de la hacienda Jorquera eran propiedad de Prohens, de acuerdo a lo informado por la Oficina de Regional de Tierras. Los comuneros mantienen su demanda alegando que no existe legitimidad ni dominio en lo pretendido por Alfonso Prohens, que este no posee título inscrito y que las tierras que involucra a los Potreros de la Iglesia de la sucesión Cousiño, de los que la hacienda Jorquera forma parte, se encuentran en juicio con el Fisco. A pesar de la reivindicación, los comuneros de Jorquera fueron desplazados de sus posesiones ancestrales, obligándolos a abandonar la cuenca del río Jorquera, las más fértiles tierras para el cultivo y las que poseían todas las vegas de pastoreo. Los collas se recluyeron en los cerros y las quebradas más secas, con menos pastos como San Miguel y Carrizalillo.

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En este conflicto solicitaron apoyo a los parlamentarios de la zona, el diputado Roberto Flores Álvarez y el senador Alejandro Chellen Rojas, quienes apoyarán sus demandas en la recuperación de las tierras de las que habían sido expulsados:
“De allá los parlamentarios nos mandaban muy buenas informaciones, y nosotros al tiro, ‘corajudos’, nos volvimos a tirar al río Jorquera, al pastizal acá, todo este río para arriba llamado Río Figueroa, Pastos Grandes, Laguna Seca, Caserón, La Guardia, Torín, Pájaro Verde, todas esas partes. Y cuando este señor (Prohens) sabía que nosotros caíamos al río Jorquera al tiro subía con carabineros a desalojarnos, y con violencia. Esto fue como el año 56, 57, es que fueron como tres o cuatro años de lucha firmeza. Los carabineros con metralleta, con las armas preparadas, nos rodeaban ahí y nos obligaban a salir. Teníamos que salir, ir a buscar los burritos, aparejarlos, arreglar los monitos, y vamos saliendo por el mismo río p’arriba, otros pa’ los campos criollos, Carrizalillo, San Miguel. De repente ya volvíamos y partía la directiva para Copiapó a informarle a la señora Violeta Moraga, que era quien nos ayudaba, se volvían a hacer las diligencias y nos mandaban otra vez cartas, y volvíamos otra vez a lo mismo. Siempre llegaban con la misma violencia, no ve que nos veían porfiados, así que nos trataban más mal, más duro.” (Demetrio Cruz Ordenes: octubre de 1996)

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El conflicto por la ocupación de las tierras se mantuvo hasta 1957, cuando se logra un acuerdo en la vega La Guardia, donde participaron, entre otros, el diputado Roberto Flores, el Secretario de la Intendencia, el Jefe de la Oficina de Tierras, el Prefecto de Carabineros, Alfonso Prohens y la directiva del Sindicato de Ganaderos y Leñadores de Río Jorquera. Los acuerdos de la negociación implicaron la repartición de las tierras entre Alfonso Prohens y los comuneros de Río Jorquera, deslindándose las ocupaciones en el sector de “Tranca de Los Monos”, quedando para Prohens las partes bajas de la hacienda Jorquera, y para las familias collas los terrenos fiscales de la parte superior del río Jorquera y sus afluentes. No obstante, las familias collas siguieron ocupando materialmente los terrenos que quedaron en dominio de Alfonso Prohens, debido a que estos eran parte de las invernadas bajas con buenos suelos para cultivos y campos de pastoreo. LOS AÑOS DIFÍCILES Producto de las condiciones políticas en que vive el país, luego del Golpe de Estado de 1973, los collas se ven expuestos a medidas destinadas a restringir o eliminar las actividades de subsistencia, en especial el pastoreo y la explotación minera, obligando a algunas familias a abandonar las quebradas y a radicarse en pueblos y ciudades en busca de trabajo. A mediados y fines del gobierno militar, se favoreció la constitución de la pro-

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piedad particular sobre algunas de las tierras ocupadas por miembros de las comunidades collas, lo que provocó su desalojo y desplazamiento hacia terrenos fiscales donde se encontraba el resto de la comunidad y, en otros casos, se impuso el arrendamiento de las tierras a los collas ocupantes, dejando en condición de precariedad a quienes se mantuvieron como ocupantes de sus territorios ancestrales sin reconocer dominio ajeno. Una de las primeras medidas tomadas consistió en la disolución de los sindicatos desde los cuales los collas participaban. En la quebrada de Paipote se disolvió el Sindicato de Leñadores, provocándose la dispersión de las familias y socios; lo mismo sucedió en río Jorquera. El trabajo minero se suspendió por las restricciones impuestas al manejo de explosivos para seguridad del gobierno militar, ya que los mineros adscribían al gobierno de la Unidad Popular. Respecto al tema de restricción al manejo de explosivos, don Paulino Bordones señala:
“...a nosotros nos cortaron los brazos como pequeños mineros cuando se ordenó que los que tenían un cartucho de dinamita eran guerrilleros, cuando entró Pinochet. Aquí había mucho pirquinero, en todas las familias, habían minitas de cobre de buena ley. Nosotros trabajamos en la Mina La Gloria, ahí en Cerro Grande. Antes las mujeres cuidaban los animales y los hombres las minas y la leña, nos íbamos en octubre y volvíamos en mayo, a la azufrera de Codocedo.” (Paulino Bordones, septiembre de 1996)

Un fuerte impacto se produjo también sobre la economía de estas comunidades al prohibirse la explotación de la leña y la fabricación de carbón, cuestión que fue dispuesta por la Corporación Nacional Forestal. Además, se intentó terminar con la actividad ganadera caprina por parte del Servicio Agrícola y Ganadero. Estas medidas conducían al término de sus actividades económicas y al poblamiento de la cordillera con el pretexto de preservar especies vegetales, restringiéndose así las actividades de subsistencia al impedir la recolección de leña, la fabricación de carbón y el pastoreo en la cordillera.
“El trabajo de la leña y el carbón duró hasta como el año 1974. Ese año salió un decreto que prohibió la corta de leña y, a la vez, la fabricación del carbón. Incluso salió un decreto para eliminar todo el ganado caprino. Esto se peleó en Santiago, con dirigentes de los dos sindicatos, de Paipote y de Jorquera, porque aquí ya no había ningún recurso, y de Santiago (como a los tres meses) llegó una contraorden al decreto que se había hecho en Copiapó. Pero no se peleó el asunto del carbón y de la leña, sino el puro asunto del ganado ya que mucha gente –tal como ahora– dependía del ganado, de las cabras, para su familia. “(Marcos Bordones Segura, septiembre de 1996)

Estas restricciones afectaron a todas familias collas de la cordillera, desde Potrerillos hasta río Jorquera, debiendo abocarse casi exclusivamente

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al trabajo de la ganadería, obligando a muchos descendientes de collas a migrar a pueblos y ciudades para desarrollar trabajos relacionados con la fruticultura en el valle de Copiapó, como empleados u obreros en ciudades, o en faenas mineras, manteniendo siempre los vínculos con la cordillera. Cierra esta seguidilla de hechos de persecución política, social y económica un episodio que conmovió y aún conmueve a todas las familias collas. Se trata de la trágica muerte de las hermanas Quispe en el sector de La Tola-El Patón, en circunstancias aún no aclaradas. Algunas versiones advierten que su muerte fue producto de la represión de la dictadura, crimen cometido por militares que las acusaron de ayudar a perseguidos políticos a cruzar la cordillera hacia la Argentina.
“Lo de las hermanas Quispe ha dado mucho que hablar, mucho comentario ha habido en eso. Yo conversé con un caballero que traficaba por aquí en un camión de la ESSO que trabajaba para la mina Marte y un día yo me embarqué aquí y él me conversó: ‘¿Las niñas Quispe que mataron para la cordillera venían por aquí?’, me preguntó. Sí le conteste.., (me dijo) yo sé verdaderamente que las mataron porque un hermano mío las mató, uno que era milico y que andaban con un Teniente registrando la cordillera, y las mataron porque las niñas estas daban facilidad a los comunistas para que se arrancaran para la Argentina, por eso las mataron’... Me dijo que tenían animales cargados porque una de ellas estaba en punto de irse para donde estaban los papás de ellas, así que ahí quedaron todos los animales, todo, ahí me conversó tal como era. Ellas estaban para la Quebrada de La Tola, para el lado de Figueroa, frente a Monardes, ellas venían de abajo, por el río Figueroa para arriba, por Cuestecilla (río Jorquera) (...) Las mismas niñas le conversaron antes al caballero Villegas que habían llegado 2 hombres jóvenes y altos que andaban de civil, que estuvieron conversando con ellas y que se fueron para el lado de San Miguel, como dos días antes, que andaban buscando gente que se arrancaba (...), por aquí también anduvieron, por aquí para arriba, andaban de a pie y se posesionaron ahí en Juntas, y ahí se iban relevando y llegaban otros y después otros. Ese hombre que me contó que su hermano había sido el que las mató me dijo que lo había hecho lastimosamente pero ‘órdenes son órdenes’, así como ha muerto mucha gente.” (Paulino Bordones, septiembre de 1997) 239

A pesar del clima de represión y restricciones a su economía los collas conservaron la actividad ganadera, desarrollando el pastoreo y la trashumancia, lo que ayudó a mantener sus formas tradicionales de vida, sus ritos y la ocupación y uso del territorio. En la década de 1980, comenzaron a definirse los conflictos de tierras a favor de los particulares y el Fisco de Chile, marginando a los collas del acceso a la propiedad territorial. El antiguo problema de tenencias de tierras, que presentaba la hacienda Potreros de la Iglesia, se mantenía pendiente de resolución. Por una parte, la ocupación material y uso del terri-

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torio se realizaba por las familias collas de Quebrada Paipote y Río Jorquera y, por otra, existía la demanda de particulares sobre las mismas tierras, mientras el Fisco de Chile mantenía un juicio con la Sucesión de Goyenechea por el dominio de estas tierras cordilleranas. La influencia de los grandes propietarios locales en el gobierno regional fue un factor para alcanzar el reconocimiento de tierras que ahora cobraban valor para las plantaciones de uva de exportación. Las tierras del valle del río Jorquera, incluidas en la hacienda Potreros de la Iglesia, eran reivindicadas por uno de los principales empresarios frutícolas, Alfonso Prohens, quien logró que el Ministerio de Bienes Nacionales le reconociera en 1981 un total de 3.475 hectáreas en el sector más bajo del valle, cercano a la confluencia con el río Copiapó, con varios kilómetros de extensión sobre el fondo de valle hasta el sector de Salto de los Monos572. El reconocimiento de la propiedad de las tierras a Alfonso Prohens significó la formación de la hacienda Jorquera, y el inicio de un período de conflicto con las familias collas que ocupaban estas tierras como invernada y sobre las que muchos crianceros de ganado conservaban sus posesiones por largos años. El desenlace de esta situación fue el desalojo de las familias collas de la comunidad de río Jorquera, que ocupaban las tierras reconocidas por el Ministerio de Bienes Nacionales a Alfonso Prohens. Este, en el año 1989, procedió sin orden judicial a expulsar a las familias collas de las posesiones que mantenían por más de 20 años, incendiando aquellas para obligarlos a abandonar las tierras.
“Yo me instalé en Jorquera y estuve como 22 años y el año 1989 me corrieron. Yo bajé para el pueblo a hacer mis diligencias y cuando volví estaba todo ardiendo, los cercos que tenía yo, en la casa me quemaron algunas cosas, unas monturas, unos aparejos. Entonces fui y di cuenta a carabineros, ellos vinieron y presenciaron todo lo que se había quemado, me corrieron sin orden judicial ni nada, y de ahí me vine a esta parte de aquí (Cuestecilla, aguas arriba del río Jorquera). “(Santos Cruz, noviembre de 1997)

572

En efecto, como reza la inscripción Nº 1811, a fojas 3.056 vta., del Registro de Propiedades del Conservador de Bienes Raíces de Copiapó, a “18 de Agosto de 1981, don Alfonso Prohens Arias, domiciliado en el Fundo La Puerta, es dueño del inmueble ubicado en el lugar Río Jorquera, comuna de Tierra Amarilla, (...), tiene una superficie aproximada de 3.475 hectáreas, y cuyos deslindes son los siguientes: Norte, terrenos fiscales eriazos; Este, terrenos fiscales eriazos; Sur, Las Juntas; y Oeste, terrenos fiscales eriazos, Río Jorquera y camino de penetración de por medio. Dicho inmueble lo adquirió por Resolución Definitiva N° 365 de fecha 28 de Julio de 1981 dictada por el Señor Director de Tierras y Bienes Nacionales don Homero Illanes Glasinovic (...). La presente inscripción se practica conforme a lo dispuesto en el artículo 14 del Decreto Ley Nº 2.695 del Ministerio de Tierras y Colonización de fecha 30 de Mayo de 1979”. (Molina Raúl y Martín Correa. Estudio e Informe para “Solicitud de Fondos...” Op. cit.)

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Posteriormente, en el año 1986, la Sucesión de Isidora Goyenechea, propietaria de la hacienda Potreros de la Iglesia, logró por sentencia judicial que se le reconocieran un total de 2.928,56 hectáreas sobre los terrenos de invernadas de las quebradas de Paipote y San Andrés, ocupadas en ese entonces por familias collas, las cuales fueron obligadas a pagar arriendo por las tierras. Otras familias quedaron como meros ocupantes dentro de la propiedad particular573. En el caso de los collas de Potrerillos, la ocupación de tierras de pastoreo y trashumancia de invernada, en gran parte pertenecían a la Corporación del Cobre CODELCO División El Salvador, propietaria de los predios “El Encanche” y “Vegas Quemadas”, además de una servidumbre minera574, y las zonas de veranada correspondían a tierras fiscales. Esto demostraba la precariedad de la posesión, a pesar de haber habitado estos lugares por largo tiempo. Todo lo anterior significó un despoblamiento relativo de los espacios ocupados ancestralmente, debido a que muchas familias collas migraron obligadamente a centros mineros, ciudades y pueblos cercanos, en busca de trabajo y educación para sus hijos, manteniendo la actividad ganadera aquellas familias que siguieron pastoreando sobre amplios territorios de las quebradas y la puna.
El predio “Potreros de la Iglesia” o “Hacienda Jorquera”, de propiedad de la Sucesión de don Luis Cousiño Sebire, adquirió por herencia del citado causante, según título inscrito a Fjs. 142 y ss. Nº 169 del Registro de Propiedad del Conservador de Bienes Raíces de Copiapó, correspondiente al año 1919 y según Decreto Supremo N° 743, de 4 de Diciembre de 1986, del Ministerio de Bienes Nacionales, sobre cumplimiento de sentencia y fijación de deslindes, caratulado “Fisco de Chile con Sucesión Isidora Goyenechea”, que se redujo a escritura pública de fecha 19 de enero de 1987, otorgada ante el Notario de Santiago doña María Gloria Acharán Toledo, con lo cual se reconoció a la sucesión de don Luis Cousiño el dominio sobre una superficie total de 2.928 hectáreas y 56 áreas, según planos archivados bajo los N°s 359 y 360 en el Registro de Documentos del Conservador de Bienes Raíces de Copiapó, correspondiente al año 1990. Estos planos corresponden a la parcelación de las 2.928 hectáreas y 56 áreas en dieciséis parcelas que fueron adjudicadas a los herederos de la Sucesión Cousiño Sebire, según consta de la escritura pública de adjudicación de 31 de agosto de 1990, otorgada ante la Notario de Santiago doña Ana María Sepúlveda Fuentes, practicándose las inscripciones de dominio correspondientes a nombre de cada uno de los herederos en el Conservador de Bienes Raíces de Copiapó. La posesión efectiva de la herencia quedada al fallecimiento de don Luis Cousiño Sebire, se concedió por resolución de fecha 29 de Junio de 1970, del Quinto Juzgado Civil de Santiago, la que se inscribió a fojas 1.341, bajo el N° 933, del Registro de Propiedad del Conservador de Bienes Raíces de Copiapó, correspondiente al año 1982. La inscripción especial de herencia del predio, rola a fojas 1.589 vta. N° 1.073 del Registro de Propiedad del Conservador de Bienes Raíces de Copiapó, correspondiente al año 1982. (Molina, Raúl. et. al. “Diagnóstico Territorial Colla...” Op. cit.) 574 Los terrenos de propiedad de CODELCO se encuentran ubicados en la quebrada del Agua Dulce, comuna de Diego de Almagro, Provincia de Chañaral, III Región de Atacama, denominados “Vegas Quemadas” y “El Encanche”, los cuales se encuentran inscritos a su nombre a fojas 3 vta., bajo el número 5 y a fojas 4, bajo el número 6, respectivamente, en el Registro de Propiedad del Conservador de Bienes Raíces de Chañaral, correspondiente a 1970. Además, CODELCO-Chile, División Salvador es titular de un derecho de Servidumbre Minera, sobre una superficie de 1.810 hectáreas, otorgadas por Decreto Supremo N° 1.284, del Ministerio de Tierras y Colonización, de fecha 23 de octubre de 1957, inscrita a fojas 7, bajo el número 5 del Registro de Hipotecas y Gravámenes del Conservador de Bienes Raíces de Chañaral, correspondiente al año 1958.
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RECONOCIMIENTO Y DEMANDAS DE LAS COMUNIDADES COLLA Con el advenimiento de la democracia en 1990, comenzó a operar un proceso de recomposición de la identidad colla y de su reconocimiento como pueblo indígena. Dirigentes collas con apoyo de parlamentarios de la región viajaron a Santiago y a Valparaíso para dar testimonio de su existencia ante la Comisión Especial de Pueblos Indígenas (CEPI) y la Comisión Parlamentaria que discutía la Nueva Ley de Pueblos Indígenas, solicitando expresamente la incorporación del pueblo colla de la III Región de Atacama al nuevo texto legal, lo que quedó consagrado el 5 de octubre de 1993 al dictarse la Ley N° 19.253 que estableció en su artículo primero: “El Estado Chileno reconoce como principales etnias indígenas de Chile a: la Mapuche, Aymara, Rapa Nui o Pascuenses, la de las comunidades Atacameñas, Quechuas y Collas del norte del país...”575. La Ley Indígena permitió la organización en comunidades, iniciándose un proceso de organización colla que agrupó a las familias que se encontraban en la zona cordillerana de Potrerillos, Quebrada Paipote y Río Jorquera, teniendo como base las relaciones de parentesco y linajes, incorporando también a miembros que han pasado a formar parte de una familia colla sin tener lazos de consanguinidad, y que formaban la base de la comunidad indígena desde antes de la dictación de la Ley Indígena. Las primeras comunidades collas constituidas en virtud de la Ley Indígena fueron las de Potrerillos, quebrada de Paipote y río Jorquera en el año 1995. A partir de estas comunidades, se inició un proceso de rescate y fortalecimiento de la identidad colla y, en 1998, las familias de quebrada de Paipote dieron origen a las comunidades collas de Pastos Grandes y Sinchi Waira. Posteriormente, continuó el proceso de organización con la formación de las comunidades collas Waira Manta Tuj’sí de Tierra Amarilla (2001), Pacha Churi Kai de Los Loros (2002), Geocultuxial de Diego de Almagro (2002) y Pai-ote de Estación Paipote (2002). La formación de las comunidades ha sido parte de un proceso de autorreconocimiento de las familias collas, de su identidad cultural y de su historia. Un testimonio de una de las socias de la comunidad de la quebrada de Paipote relata cómo pasó a formar parte de la comunidad colla: “... yo sabía que era colla, entonces cuando me dijeron que formemos la comunidad colla, ‘bueno’, dije.” (Jesús Cardoso, septiembre de 1996) La principal demanda de las comunidades collas desde su formación ha sido el reconocimiento de las tierras ocupadas desde más de un siglo y que forman parte de sus territorios de asentamiento y de sus espacios de desenvolvimiento social, cultural y económico. Estos comprenden los campos de pastoreo, vegas, aguadas, lugares de asentamiento, de recolección y caza, lugares con recursos mineros y los espacios sagrados y rituales, que
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Artículo 1º, Inciso 2º.

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son comprendidos dentro de un perímetro de cumbres y filos de cerros576. Estos territorios collas son muy extensos, debido a la trashumancia y al desplazamiento ganadero en busca de pastos. La comunidad colla de Río Jorquera abarca un territorio de 451.957,61 hectáreas, las comunidades de la Quebrada de Paipote comprenden un territorio de 289.941,04 y las comunidades de Potrerillos y Diego de Almagro ocupan un extenso territorio entre Quebrada Juncal por el Norte y la Quebrada Chañaral Alto por el Sur577. Las distintas formas de ocupación económica, social y cultural del territorio cordillerano por las comunidades collas son consideradas para el reconocimiento que el Estado de Chile debe efectuar en los procesos de regularización de tierras. La Ley Indígena Nº 19.253 establece la aplicación a las comunidades collas de todas las normas contenidas en los artículos 62 al 65 y que refieren a que en cualquier proceso de constitución de la propiedad se deberán considerar la casa habitación de invernadas y veranadas, los terrenos de cultivos, los terrenos de pastoreo de uso permanente y eventual, tanto en laderas de cerros como en altiplanicies y fondo de quebradas u hondonadas, lo que significa que se asegura el reconocimiento de todo el territorio ocupado por las comunidades collas, considerando además que la ley establece el traspaso de los sitios ceremoniales578. En virtud de lo anterior, las comunidades demandan la gran extensión de territorios que comprenden sus espacios económicos, sociales y culturales, los que no han sido reconocidos por las autoridades, a excepción de los fondos de quebradas y de valles de ríos, excluyendo los campos de pastoreo que comprenden los territorios más dilatados. Es así como las comunidades collas efectuaron en el año 1997 una solicitud formal de reconocimiento de una parte del territorio consistente, precisamente, en fondos de valle y quebradas.
Previo a la demanda comunitaria de tierras, algunas familias solicitaron el reconocimiento de las tierras fiscales ocupadas ante la Secretaría Regional Ministerial de Bienes Nacionales. Así en la zona de río Jorquera, Santos Cruz a fines de 1988 solicitó 10 hectáreas en la zona de Cuestecilla, Demetrio Cruz, solicitó en el sector El Chañar, y Domingo Órdenes en 1989, hizo la solicitud por los terrenos que tiene en Vado Diego. Las respuestas fueron negativas. 577 Molina, Raúl y Martín Correa. Informe proyecto “Regularización de tierras Collas...” Op. cit. 578 El artículo 62 establece la aplicación a las comunidades Collas de todas las normas contenidas en este párrafo, es decir del artículo 62 al 65, en cuanto sujetos de los derechos reconocidos en los citados preceptos: El artículo 62 inciso 2º dispone: “Estas disposiciones (para las comunidades aymaras y atacameñas) se aplicarán a otras comunidades indígenas del norte del país tales como quechuas y collas”. El artículo 63, dispone respecto a los procesos de saneamiento y constitución de la propiedad de las comunidades señaladas en este párrafo, la Corporación (CONADI) deberá salvaguardar los siguientes tipos de dominio: Tierras de propiedad de indígenas individualmente consideradas, que por lo general comprende la casa habitación y terrenos de cultivo y forraje; Tierras de propiedad de la Comunidad Indígena constituida en conformidad con esta ley y correspondiente, por lo general, a pampas y laderas de cultivo rotativas. Tierras patrimoniales de propiedad de varias Comunidades Indígenas tales como pastizales, bofedales, cerros, vegas y otras de uso del ganado auquénido, caprino, mular, ovino, bovino y caballar en el caso de los collas.
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La Comunidad Colla de la Comuna de Diego de Almagro o Potrerillos solicitó 33.450 hectáreas que incluyen 43 vegas, 44 aguadas y campos de pastoreo del altiplano. La Comunidad Colla de la Comuna de Copiapó o Quebrada Paipote solicitó la transferencia de 3.546,48 hectáreas, que comprende 42 vegas y 17 aguadas, representando la solicitud un 1,22% de la superficie territorial total demarcada en 1996. La Comunidad Colla de Río Jorquera y sus afluentes solicitó un total de 13.236,74 hectáreas que considera 204 vegas distribuidas en tres secciones continuas. La demanda de tierras representa solo el 2,93% del total territorial demarcado en 1996. Estas solicitudes no han sido resueltas y en el transcurso de los años el Ministerio de Bienes Nacionales ha reducido sistemáticamente los terrenos solicitados por las comunidades collas, que sustentan su demanda en la ocupación ancestral y permanente de estos espacios, desde a lo menos la segunda mitad del siglo XIX. Las comunidades collas enfrentan actualmente la disputa por las aguas con empresas mineras como CODELCO-El Salvador, Minera AldebaránCerro Casale, con particulares propietarios de las tierras de la quebrada de Paipote, con empresas sanitarias que han capturado las aguas para abastecimiento de pueblos y con empresarios agrícolas del valle de Copiapó y la Junta de Vigilancia del río, que han inscrito las aguas del río Jorquera. Los collas han perdido sistemáticamente los derechos de aprovechamiento de las escasas aguas existentes en su territorio de poblamiento, impidiéndoles la ampliación de los cultivos que favorezcan la producción agrícola de autosubsistencia y la alimentación complementaria del ganado. Igualmente, estos espacios cordilleranos carecen prácticamente de inversión en infraestructura social y comunitaria, no existiendo escuelas, establecimientos de atención de salud permanente, movilización y otros servicios, quedando al margen de la mayoría de planes de desarrollo local por carecer del dominio de las tierras. De este modo, a las familias collas se las obliga a repartir sus miembros entre la zona rural y las zonas urbanas; en las primeras para mantener la actividad pastoril y en las segundas, para resolver problemas de educación, trabajo y salud. A pesar de las dificultades para el asentamiento permanente muchas familias collas siguen poblando las quebradas y recorriendo durante el verano la puna en la actividad ganadera trashumante, demandando el reconocimiento de las tierras para iniciar el repoblamiento y el desarrollo seguro de sus actividades económicas. Las comunidades collas se han mantenido ocupando los espacios de las quebradas y la puna de la cordillera de Atacama como espacios ancestrales que heredaron de sus padres y abuelos, y que han logrado conservar, superando las dificultades a lo largo de su historia. Así mantienen actualmente el pastoreo de animales a través del sistema de trashumancia entre invernadas y veranadas, adaptándose a las rigurosas condiciones

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COLLAS DE LA CORDILLERA DE

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ambientales que imponen a veces los largos periodos de sequía. Los collas han acompañado la demanda de reconocimiento de sus derechos territoriales para que se asegure el poblamiento de la Cordillera de Atacama, con el rescate y reforzamiento de su identidad, revitalizando sus ritos y tradiciones que los vinculan al mundo andino.

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DIAGUITAS DE LA QUEBRADA DEL

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CAPÍTULO SÉPTIMO LOS DIAGUITAS DE LA QUEBRADA DEL HUASCO

El capítulo que a continuación se presenta muestra los antecedentes arqueológicos, históricos y los procesos de reconstrucción de identidad que están ocurriendo en la actualidad en la tercera región, y que han desembocado en que parte de los miembros de las comunidades agrícolas de Huasco Alto, en virtud de su historia local y descendencia indígena, se autoidentifiquen como diaguitas, en un reciente proceso de etnogénesis. La denominación diaguita, utilizada por las ciencias arqueológica e histórica, corresponde a una convención establecida por Ricardo Latcham, quien propuso, en las primeras décadas del siglo XX, en virtud de un estudio comparativo con los diaguitas argentinos y de antecedentes arqueológicos, tanto históricos como lingüísticos, que se denominarán diaguitas chilenos a los habitantes de los valles ubicados entre Copiapó y Choapa. A partir de ese momento, los estudios arqueológicos e históricos asumieron esta denominación. Sin embargo, existen antecedentes históricos de que el etnónimo diaguita fue utilizado durante el período de Conquista, Colonia y República, para nombrar a la población indígena del Norte Chico. Finalmente, los descendientes del antiguo Pueblo de Indios Huasco Alto, basándose en historias locales y en la discusión de antecedentes de su pasado histórico, han comenzado a autoidentificarse como descendientes de los diaguitas. OCUPACIONES PREHISPÁNICAS: ESPACIOS, RECURSOS Y VIDA SOCIAL Las familias del complejo El Molle han dado paso a otro desarrollo agroalfarero más avanzado conocido como el complejo Las Ánimas, en el cual se asientan las bases del desarrollo diaguita chileno579. Ellos son los antepasados de los diaguitas que hoy en día habitan el territorio de Huasco Alto y sus alrededores.
579

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Niemeyer, Hans, Gastón Castillo y Miguel Cervellino. 1889. “Los primeros ceramistas del Norte Chico: Complejo El Molle (0 a 800 d. C.)”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.), pp. 227-263. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editorial Andrés Bello. Santiago. p. 227.

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COMPLEJO EL MOLLE El territorio chileno donde se desarrolló el complejo El Molle fue la región de Atacama, específicamente al Norte del río Salado y por el Sur hasta la cuenca del Choapa, con una extensión longitudinal de 630 kilómetros580. Estas poblaciones tenían una vida económica variada y de carácter complementario. Para una vital economía de subsistencia, El Molle “ocupaba diferentes ecotonos con marcada intensificación en los valles, en la precordillera y en las quebradas de interfluvios semiáridos y casi ninguna actividad económica en relación con el mar”581. Ellos cultivaban con prácticas de riego artificial –acequias o canales–, lo que implicó un poblamiento más estable. Dentro de sus cultivos en las cotas altas, destacaron el maíz, poroto, zapallo y quínoa, entre otros. En los interfluvios y valles recolectaban frutos silvestres tales como algarrobo, chañar, pimienta; sin embargo, con menos frecuencia, hubo recolección de moluscos marítimos. Por la alta presencia de la industria de piedra tallada –particularmente punta de proyectil–, la caza debió constituir uno de los rubros económicos más relevantes. Al parecer, criaban camélidos, aun cuando no se sabe con exactitud si hubo domesticación582. Los rasgos más significativos de su desarrollo cultural en la cuenca del Copiapó se manifiestan en las estructuras funerarias situadas sobre conos de deyección –túmulos en quebradas laterales– y en el cementerio El Torín583 –población de alta movilidad, con horticultura y crianza de camélidos– junto con Carrizalillo Chico que era un complejo aldeano. Tanto en El Torín como en Carrizalillo Chico se advierte una “convivencia con los muertos” por la importancia de conservarlos en túmulos enterratorios elaborados con alto gasto de energía. Además, son conocidos en esta área los elementos de molienda, piedras de molino y morteros584. Sobre la cultura Molle en la cuenca del río Huasco y en “la búsqueda de un denominador común para todas las manifestaciones de la época, se formuló la fase Río Huasco”. De este modo, los artefactos más definitorios de esta cultura son las piedras silicificadas que, finamente pulidas, se utilizaron para confeccionar los tembetás –adornos labiales-; pipas en forma de T invertida y otros instrumentos tallados, además del tratamiento de minerales como el cobre y pigmentos colorantes585. En el interfluvio Huasco-Elqui, la población acusa una intensiva recolección y prácticas de caza. Algunos sitios presentan estructuras funera580 581

Op. cit. Op. cit. p. 262. 582 Op. cit. pp. 261, 262. 583 Niemeyer, Hans y Miguel Cervellino. “El Torín, un sitio temprano en la cuenca alta del río Copiapó”. Actas del IX Congreso Nacional de Arqueología. La Serena. 1982. 584 Niemeyer, Hans et al. “Los primeros ceramistas...” Op. cit.: pp. 230-233, 250, 260. 585 Op. cit. pp. 237, 238, 239.

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rias con acumulaciones de piedras blancas con forma de “huevillo”, tembetá, cerámica, collares de cuentas de malaquita y hueso, tratamientos de cobre, etc. El Molle, en la cuenca del Elqui, se caracterizó por sus cementerios marcados con piedra “huevillo” blancas de río. De los componentes de su cultura material, destacan los tembetás ampliamente difundidos y de varios tipos, pipas de “piedra talcosa” en forma de T invertida, piezas de alfarería más variada, anillos, brazaletes. Además, utilizaron conchas en pendientes y cerámica. Sin embargo, no abundan artefactos de actividades de tipo agrario586. En la cuenca del río Limarí, algunos sitios arqueológicos dan cuenta de nuevos enterratorios con novedosas decoraciones en cerámica. A la utilización del cobre, se suma el tratamiento de la plata y el oro. Sin embargo, se advierte la ausencia de la pipa invertida en forma de T. Por otra parte, los tembetás se han localizado en ciertos sitios del área587. En el área de la cuenca del río Choapa, lamentablemente no existen contextos excavados científicamente, lo que no permite conclusiones definidas. No obstante, lo que se puede advertir con mayor claridad es la influencia significativa de la población de Chile Central. Lo interesante de las relaciones geográficas y culturales de esta área es definir “...si los rasgos como tembetás y pipas u otros de tipo Molle son producto del desarrollo de esta población en dicho valle o se deben a la expansión de los procesos de Chile Central, que, como se sabe, también cuentan con materiales parecidos...”588. Aun cuando, en el extremo Norte de El Molle –cuenca del Salado–, se denota más claramente su relación con la puna, el área meridional hacia la frontera Sur del complejo El Molle –valle Choapa– se enmarca más en los procesos de Chile Central y muy probablemente con su desarrollo temprano. De esta manera, este complejo presenta elementos comunes y recurrentes en las cuencas revisadas. Sumariamente, entre ellos destacan el tembetá o botoque como artefacto más generalizado y usado preferentemente por varones; tratamiento de metales como el cobre; utilización de minerales y pigmentación; industria de piedra tallada; uso de conchas de moluscos que, además, dan cuenta de contactos, movilidad e intercambios de estas poblaciones hacia y con el litoral; prendas de decoración personal; cerámica de once tipos de tratamiento. En menor proporción, pero no por ello inexistente, se hallan artefactos de huesos y textilería. Se asocian al complejo El Molle desde Copiapó al Choapa las expresiones de
586 587 588

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Op. cit. pp. 242, 243. Op. cit. pp. 244, 245. Op. cit. p. 247.

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arte rupestre ligadas a técnicas de petroglifos y pictografías con variadas temáticas589. EL COMPLEJO LAS ÁNIMAS En este extenso territorio ocupado y articulado durante casi 800 años d. C. por la cultura Molle, surge a través de un importante cambio cultural el complejo Las Ánimas. Esta será una población de agricultores y pescadores del Norte Chico. A partir del análisis de colecciones de cerámicos obtenidos en Copiapó, Huasco, Elqui y otros de más al Sur, Julio Montané determina que “...dicha alfarería fue creada por un grupo humano cronológicamente ubicado entre las poblaciones El Molle y Diaguita...”590. Y esa cultura constituirá entonces, el complejo Las Ánimas. Los sitios más conocidos de esta cultura se encuentran localizados en la franja del litoral y en los cursos de los valles. En cambio, hacia el interior de los interfluvios su presencia es escasa, distinguiéndose la diferencia con los asentamientos El Molle591. Sobre la articulación de los recursos, algunos campamentos cultivaban maíz, explotaban algarrobo y chañar, consumían carne de camélidos y accedían a los recursos marinos –pescados y mariscos. Esto último da cuenta de la complementariedad de recursos locales con otros obtenidos mediante desplazamientos hacia lugares distantes, en los que “...los grupos recorrían rutas descendentes en busca de recursos del Pacífico, y ascienden a los rincones cordilleranos para conseguir materias primas tales como la obsidiana...”592. De esta manera, la vida social y económica de esta población adopta una serie de estrategias, tales como la articulación de nichos ecológicos tendientes al manejo agropecuario y de recursos marinos. En términos de articulaciones de territorios de manera longitudinal, se establecen contactos más densos con el área Norte, “...donde derivan influencias que contribuyen para que en el mencionado valle se acentúen costumbres que prácticamente no se expanden hacia áreas meridionales...”593. En términos generales, sus artefactos domésticos se fabricaron de distintos materiales. Destacan entre ellos la arcilla, metales en usos domésticos y ornamentales por el tratamiento del cobre y la plata, con menor intensidad; huesos de camélidos y aves marinas, uso narcótico y artefactos
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Op. cit. pp. 250-258. Montané, Julio. En: Castillo, Gastón. 1989. “Agricultores y pescadores del Norte Chico: el Complejo Las Ánimas”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.). pp. 265-276. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editorial Andrés Bello. Santiago. p. 265. 591 Op. cit. p. 267. 592 Op. cit. p. 274. Campamentos representativos para esta descripción son los sitios La Puerta y Tres Puntas. 593 Op. cit. pp. 273, 274.

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para las actividades marinas; piedra, madera y conchas marinas también en usos domésticos y ornamentales; lana y fibras vegetales. En la ornamentación de la cerámica se incorpora de manera definitiva la combinación de colores y el motivo más característico “...es una franja triangular de color negro, con sendos pares de líneas oscuras a cada costado, recorrida en su centro por una figura ancha en forma de rayo de tono rojo o crema...”. Los testimonios de la vida socioeconómica de este complejo indican que habría alcanzado una suficiente actividad pesquera, recolectora, de caza y ganadera –restos de camélidos594. Basado en el proceso cultural iniciado con el complejo Las Ánimas, se propone el inicio de la cultura diaguita chilena hacia el siglo décimo595. LA CULTURA DIAGUITA HASTA LOS ALBORES DE LA CONQUISTA Desde una visión general, “...la cultura Diaguita chilena (...) cubre el período tardío con dos fases de desarrollo: una temprana y otra tardía, a la que hay que agregar dos momentos de transculturación: primero diaguita inkaico y segundo (...) diaguita hispano...”596. De acuerdo a la arqueología, esta cultura se aborda a partir de tres fases. Caracterizan a la fase 1 los sitios arqueológicos representativos como Punta de Piedra –Valle del Elqui– y Parcela 24 de Peñuelas –cementerio. Los componentes que identifican esta fase se reconocen en la cerámica, sepulturas en baja profundidad y ceremonia fúnebre con sacrificio de animales –llamas y/o alpacas597. De esta manera se estaría en presencia de una cultura y economía basada en la ganadería, agricultura y actividades marinas. La fase 2 está representada por los sitios Punta de Piedra y Parcela 21 de Peñuelas. Se identifica por la presencia de sepulturas elaboradas con piedra de laja de granito. Estas tienden a ser colectivas, lo que indicaría un uso de carácter familiar. En su cerámica, se utilizan los colores negro-rojo sobre blanco-rojo. Además, en la arcilla de tipo más utilitario o de cocina se encuentran los conocidos jarros zapato o asimétricos y los jarros pato, que, por lo general, son piezas de ofrenda598. Los artefactos que enriquecen esta fase son las espátulas de huesos con representación de personajes o animales, probablemente utilizadas en contexto de alucinógenos; aros de cobre y plata, cuchillos, cinceles,
594 595

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Op. cit. pp. 267-273, 275. Ampuero, Gonzalo. “La cultura Diaguita Chilena (1.200 a 1.470 d. C.)”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.), pp. 277-287. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1989. p. 286. 596 Montané, Julio. “En torno a la cronología del Norte Chico”. Actas de V Congreso Nacional de Arqueología. La Serena. 1969. p. 169. 597 Op. cit. p. 280. 598 Op. cit. pp. 282, 283.

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anzuelos y pinzas depilatorias. En abundancia se hallan agujas, punzones, puntas de flecha y torteros de piedra y hueso599. La fase 3 presenta la transculturación inka diaguita, “...aparentemente sin un momento de transición entre ambas...”. En especial, lo que llama la atención en los investigadores ha sido la capacidad y rápida incorporación de técnicas inkas por parte de los artesanos diaguitas, representadas en la cerámica local600. De esta manera, la transculturación se denota en la cerámica a través de una decoración mixta –por una parte, la de influencia inka y, por la otra, la local. Además, la presencia de sitios de adoratorios de altura, pukaras –aun cuando escasos– dan cuenta de la rápida fusión cultural. Se presume que la conquista inka debió haber ocurrido hacia 1.470 d.C., lo que deja un período de 66 años de transculturación601. En este contexto, la cultura diaguita chilena habría potenciado las actividades de explotación agrícola y ganadera, además de controlar ricos recursos marinos a través de los espacios costeros del Pacífico. Su área de expansión, al tiempo de la invasión de Almagro en 1536, abarcaba los territorios desde el valle del río Copiapó hasta las inmediaciones del río Aconcagua602. DE LA CONQUISTA AL SIGLO XVII Desde la Conquista hasta comienzos del siglo XVII, el gentilicio diaguita se aplicó para designar a los habitantes del Norte Chico603. Sobre la lengua de esta cultura, Jerónimo de Bibar alude a cinco e indica que su área de expansión era: “Copiapó, Huasco, Coquimbo, Limarí y aquella que se hablaba desde Combarbalá hasta el valle de Aconcagua...”604. Sobre los diaguitas argentinos, es más clara la familia lingüística conocida como “cacacacana”605. Respecto de la población diaguita y tomando en cuenta las crónicas y otras fuentes, se logra establecer que hacia 1540 habría “...más de 5.000 personas en Copiapó, 4.000 en Huasco, 6.000 en Coquimbo, 2.500 en Limarí, 2.500 en Comabarbalá y Choapa y 7.500 en Aconcagua...”606. Sin embargo, el número de habitantes debió haber sido mayor antes de la venida de Almagro, puesto que este utilizó como cargadores a numerosos
599 600

Op. cit. p. 283. Op. cit. pp. 283, 285. 601 Op. cit. p. 286. 602 Op. Cit. p. 287. 603 Hidalgo, Jorge. 1972. “Culturas protohistóricas del Norte de Chile”. Cuadernos de Historia Nº 1. Santiago. 604 Hidalgo, Jorge. 1989. “Diaguitas chilenos protohistóricos”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.), pp. 289-293. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista. Editorial Andrés Bello. Santiago. p. 289. 605 Op. cit. p. 289. 606 Op. cit. p. 290.

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diaguitas para su regreso al Cuzco; aún así, se estima que hacia 1545 la población indígena bordeaba los 15.000 habitantes607. Su economía se basaba en la agricultura, ganadería, pesca y caza. Respecto de los productos que los diaguitas cultivaban en los valles, los cronistas hacen mención al maíz, frijoles, papas y quínoa; el algodón solo lo cultivaban en Copiapó y Huasco, en tanto el zapallo se menciona desde Huasco hacia el Sur608. Además, aprovechaban la recolecta de frutos silvestres como el algarrobo y chañar, y utilizaban los interfluvios como sectores de caza y pastoreo de camélidos. Sus aldeas eran de dos tipos. Las primeras, los pueblos donde habitaban en tiempos de paz, eran estructuras elaboradas con material ligero, básicamente de origen vegetal. Las segundas, se reconocen por los pukaras o aldeas fortificadas que actuaban como refugio en tiempos de guerra, y estaban construidas en piedra con materiales resistentes –murallas– y algunas en madera con estacadas o palenques. En las aldeas, así como también en los pukaras, los alimentos eran conservados en silos colectivos o comunales. Como eran economías agrícolas autosuficientes, también debían por este medio guardar las semillas para la próxima siembra y así tener la posibilidad de abastecer los núcleos familiares y asegurar los cultivos609. Sobre la propiedad de la tierra y su administración, se carece de información; no obstante, y según el relato de Mario Góngora, se logran algunas señas: “...no vivían concentrados cada uno en una comarca, sino que usaban varios pedazos de tierras distantes entre sí, y también se observa en algunos el desplazamiento estacional en los años de sequía...”610, lo que implica control de territorios sin uso simultáneo de pisos altitudinales ni desplazamiento de colonias, pero sí de complementariedad de recursos entre grupos geográficamente distantes, pero emparentados611. Dentro de la organización sociopolítica diaguita, cada valle era una unidad integrada por dos partes o mitades, que distinguía “...el sector alto y el sector bajo o costero de cada valle. Cada uno de estos sectores estaba gobernado por un jefe que, simbólicamente, era considerado hermano del jefe de la otra mitad...”612. Aun cuando faltan datos para obtener una mirada más local frente a los diaguitas en este “tiempo de la invasión hispana”, cada jefe tendría ciertos privilegios que los distinguiría del resto: viviendas y vestuarios des-

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Op. cit. p. 290. Op. cit. 609 Op. cit. pp. 290, 291. 610 Borde, Jean y Mario Góngora. Evolución de la propiedad rural en el valle de Puangue. Capítulos I, II y III. Santiago. 1956. 611 Hidalgo, Jorge. “Diaguitas chilenos...” Op. cit. pp. 291-292. 612 Op. cit. p. 292.
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tacados, matrimonios con varias mujeres –diez a doce de ellas–, sus actividades eran vistas con veneración, armas sostenidas por un paje mientras dialogaban con los españoles, privilegios económicos en virtud del número mayor de animales y tierras en comparación al resto, etc. Ciertamente, estas características podrían plantear un tipo de estratificación; sin embargo, en esta sociedad no se hace mención de servidores. Más bien las decisiones, al parecer, debieron tomarse por el colectivo a través de asambleas o ceremonias. Finalmente, lo que podría afirmarse es que esta cultura alcanzó una organización de federación de señoríos613. EL PUEBLO DE INDIOS DE HUASCO ALTO: UN REFUGIO DIAGUITA La descendencia de este grupo indígena ha permanecido en la zona del Huasco Alto desde tiempos pretéritos. Para conocer más su trayectoria temporal se han recogido datos de la historia oral y antecedentes que permitieran fijar hitos en la historia local y encontrar elementos para una explicación preliminar acerca de la procedencia, permanencia y refugio en esta zona de cordillera de familias de raigambre diaguita. La exploración se centra en el análisis de la pre y protohistoria regional del Huasco, teniendo en el otro extremo de la línea temporal y territorial la existencia de evidencias arqueológicas, que permiten reconocer la presencia de la cultura Molle y Las Ánimas en los mismos sitios ocupados por los huascoaltinos614. Para efectuar una aproximación a la identidad etnohistórica de los huascoaltinos, se tuvo presente que los cronistas hispanos solo se refieren a estos grupos indígenas locales como “naturales de estos valles”615: Géronimo de Vivar, Cristóbal de Molina y Mariño de Lobera, a excepción de Lizárraga616, quien los compara e identifica con los diaguita-calchaquí. La denominación de “naturales” se sigue utilizando en otros documentos coloniales posteriores617 y, en el caso de los autores chilenos, los identifican como “descendientes de los primeros indios”518. Solo los estudios reOp. cit. Niemeyer, Hans. “Investigación arqueológica en el valle del Huasco”. Notas del Museo Nº 4. Museo Arqueológico de La Serena. La Serena. 1955. Y del mismo autor: “Cultura El Molle de río Huasco. Revisión y síntesis”. Actas del VIII Congreso de Arqueología Chilena. Valdivia. 1979. Iribarren, Jorge. “Arqueología del Valle del Huasco. Provincia de Atacama”. Revista de la Universidad Católica de Chile. Años Xl y XLI Nº 1. Santiago. 1956. 615 Bibar, Géronimo de. Crónica y relación copiosa y verdadera de los reinos de Chile. Fondo Histórico y Bibliográfico. José Toribio Medina. Santiago. 1966. Molina, Cristóbal de. Conquista y Población del Perú. En José Toribio Medina 1888-1902. 1895. Santiago. Y Mariño de Lobera, Pedro. Crónica del reino de Chile. Biblioteca de Autores Españoles. Tomo CXXXI. Madrid. 1867. 616 Lizárraga, Fray Reginaldo de. Descripción del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile. Historia 16. Madrid, 1987 [1607]. 617 Jara, Álvaro y Sonia Pinto. Fuentes para la Historia del Trabajo en el Reino de Chile. Legislación 1546-1810. Tomo II. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1983. 618 Sayago, Carlos María. Historia de Copiapó. Editorial Francisco de Aguirre. Santiago. 1997 (1874). Y Domeyko, Ignacio. Mis Viajes. Memorias de un exiliado. Tomo Y. Ediciones de la Universidad de Chile. Santiago. 1977 [1840].
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gionales de Ricardo Latcham, en las primeras décadas de este siglo, han permitido considerar a los huascoaltinos dentro del contexto de una identidad regional para estos habitantes originarios, es decir, considerarlos ‘diaguitas chilenos’ de acuerdo a la proposición de Latcham619. Al plantear el carácter de descendientes diaguitas de los huascoaltinos, se recurre a Lizárraga620, quien, en su crónica del siglo XVII, establece el parentesco entre los diaguitas-calchaquí y los indios habitantes de los valles de Copiapó y Huasco. El trabajo de Nardi621 indica que la terminación “ay” es típica e identificatoria de la cultura diaguita del Noroeste argentino. También el estudio propositivo de Ampuero622 habla de la “nación diaguita” para la población de estos valles del Norte Chico, y la propuesta de Ampuero-Hidalgo623 postula reconocer en la estructura social de los indígenas de estos valles una “Federación de Señoríos duales Diaguitas”. Finalmente, Ricardo Latcham propone, en las primeras décadas de este siglo, que se les debe llamar ‘diaguitas chilenos’ a los habitantes originarios de los valles de Copiapó a Choapa, en virtud de evidencias arqueológicas, antropológicas y etnohistóricas de los indígenas de Atacama y Coquimbo:
“...a esta rama (indígenas del Norte Chico) no se ha asignado un nombre oficial, hablándose de ella simplemente como naturales de los diversos valles que ocupaban”. (...) “Hace veinte o más años, el que esto escribe, confirmando sospechas insinuadas por el Dr. Moreno y otros escritores argentinos, propuso que se diera a estos indios el nombre de ‘Diaguitas Chilenos’, el que poco a poco ha sido adoptado por autores posteriores...”624.

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La propuesta de Latcham de denominar diaguitas a los indígenas del Norte Chico fue asumida por los arqueólogos e historiadores. Sin embargo, la denominación diaguita solo se ha utilizado para el período pre y protohistórico y para la ergología y cronología arqueológicas, existiendo escasos estudios sistemáticos para el período colonial postconquista625, y

619 Latcham, Ricardo. “Los Indios Antiguos de Copiapó y Coquimbo”. Revista Universitaria. Universidad Católica de Chile. Santiago. 1923. 620 Lizárraga, Fray Reginaldo de. Descripción del Perú... Op. cit. 621 Nardi, Ricardo. “Observaciones sobre los nombres indígenas documentados en el noroeste argentino”. En: Gentile, M.: El “control vertical” en el noroeste argentino, pp. 170-174. Casimiro Quirós. Edic. Buenos Aires. 1986. 622 Ampuero, Gonzalo. La Cultura Diaguita. Museo de La Serena. La Serena. 1986. p. 33. 623 Ampuero, Gonzalo y Jorge Hidalgo. “Estructura y proceso en la prehistoria y protohistoria del Norte Chico de Chile”. Chungará Nº 5. Universidad del Norte. Arica. 1975. 624 Latcham, Ricardo. “Los indios antiguos...” Op. cit. p. 893. 625 Téllez, Eduardo. “La Identidad Diaguita”. Publicado en Etnika, Actas de Historia Indígena. Universidad Católica Blas Cañas. Departamento de Historia y Geografía. Santiago. 1994. Y del mismo autor: “La Dominación Hispana y la Desintegración de la Sociedad Diaguita: Un estudio de Facetas”. Proyecto Fondecyt Nº 193-0311. En: Biblioteca Fondecyt. Santiago. 1995.

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para el republicano, que den cuenta del destino de los primeros naturales. Más bien para estos, se adoptó la teoría de la aculturación y el mestizaje que explicaban la pérdida de los rastros culturales de estos indígenas626. Se hizo común hablar de la cultura diaguita en Chile como vestigios materiales de hombres y mujeres hoy inexistentes o desaparecidos en el mestizaje cultural y racial o dispersos por el desarraigo. Un ejemplo sintético de esta concepción fue expresada por el profesor Horacio Zapater, quien identifica como diaguitas a las culturas indígenas de los valles de Copiapó, Huasco, Elqui, Límari y Choapa, pero agrega: “...al sur del desierto de Atacama, en los valles del Norte Chico, los modos de vida indígena perduraron poco tiempo, ya fuera por el mestizaje o por la asimilación cultural...”627. Sin embargo, es probable que la asimilación cultural y el mestizaje haya hecho desaparecer los rasgos de la cultura diaguita así como también la presencia indígena solo en algunos valles –especialmente Elqui, Limarí y Choapa–; sin embargo, en otros perduraron, en distintos grados, los modos de vida originarios, pero con desaparición de la lengua kakán. La presencia de familias descendientes de diaguitas era todavía reconocida hasta entrado el siglo XX en los últimos vestigios del Pueblo de Indios San Fernando de Copiapó628. En el caso del reducto diaguita huascoaltino, perduró a través de la tenencia de las tierras del pueblo de indios de Huasco Alto, y su uso, ocupación y asentamiento se mantuvo a lo largo del período colonial (Ver Mapa Nº 14) y republicano, constituyendo los valles de la cordillera en la cuenca del río Tránsito un espacio de refugio de los diversos linajes indígenas. LOS DIAGUITAS DEL HUASCOALTO
“...Ya entre las montañas, en una grieta continental permanece de los tiempos precolombinos el reducto indio Guasco Alto, cuyos habitantes conservan el color y las facciones de los americanos primitivos, aunque olvidaron ya el idioma y las costumbres antiguas...”629.

Las tierras diaguitas en el valle del Huasco no estuvieron exentas de conflictos durante la Colonia, puesto que en varias ocasiones debieron defender sus dominios territoriales del interés de los invasores por utilizar

Medina, José Toribio. Los aborígenes de Chile. Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina. Santiago. 1952 [1882]. Zapater, Horacio. Los aborígenes chilenos a través de cronistas y viajeros. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1973. 627 Zapater, Horacio. Los aborígenes chilenos... Op. cit. p. 32. 628 Sayago, Carlos María. Historia de Copiapó... Op. cit. Gigoux, Enrique. “Notas, observaciones y recuerdos de los indígenas de Atacama”. Revista Universitaria Nº 8. Año 12. Vol III. Universidad Católica de Chile. Santiago. 1927. 629 Domeyko, Ignacio. Mis viajes... Op. cit.

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sus tierras. A mediados del siglo XVIII, los representantes del poder colonial trataron de establecer villas y asentamientos de población española, disponiendo para ello de las tierras diaguitas intentando relocalizar a los indígenas en el pueblo de indios de Paitanas, ubicado en el curso medio del río Huasco, sin respetar la propiedad indígena constituida sobre la base de la legislación colonial. Fue así como los diaguitas del Pueblo de Indios de Huasco Bajo enfrentaron los designios del corregidor general Antonio Martín de Apeolaza, quien ordenó la fundación de la villa de Huasco Bajo y de la parroquia de Santa Rosa del Huasco, instruyendo que los diaguitas debían agregarse al pueblo de indios de Paitanas, lo que implicaba su traslado y pérdida de las tierras. Los diaguitas se opusieron a los intentos del corregidor e iniciaron un juicio en 1755. Los españoles trataron de demostrar que la fundación de la villa no perjudicaba las tierras de los diaguitas, planteando que estas alcanzaban las 600 cuadras –936 hectáreas– y que a la fecha en el pueblo de Huasco Bajo existían 60 tributarios y 12 reservados. Los alegatos y defensas de las tierras exigidas por los diaguitas no fueron escuchados por las autoridades hispanas y el Fiscal de la Audiencia, José Perfecto Salas, no dio crédito a los alegatos indígenas, para autorizar la fundación de la Villa: “(...) ni ay indios ni ay nada recio, que todas son quimeras, que sobran tierras para esta Villa y para otras muchas como sucede en todo el reino que faltan pobladores...”630. La extensión de las tierras de los indígenas del Valle del Huasco durante la Colonia se ubicaba en tres asentamientos a lo largo del valle, uno cercano a la costa, otro en el sector centro y otro en la cordillera, los que se denominaban Huasco Bajo, Paitanas –Vallenar– y Huasco Alto, respectivamente. En 1789, la extensión de estos pueblos era la siguiente: Huasco Bajo tenía 280 cuadras –436,8 hectáreas–; sin embargo, no se tienen más antecedentes de Paitanas y Huasco Alto, excepto que esta última “...es considerada por compuesta en más de 30 leguas hasta su confín, que es el pie de la cordillera...”631. La superviviencia de estos pueblos de indios se debía –entre otras razones– a la actividad económica que desarrollaban, en especial, de cultivos agrícolas, lo que les permitía pagar el tributo a la Corona. Los pagos de tributo de los pueblos de indios de Huasco Bajo y Huasco Alto en 1795 a 1797 eran “...en legumbres, trigo, higos y cebada”. La importante actividad económica estaba asociada a la extensión de los terrenos de cordillera y de valle que poseían en el río Tránsito o río de los indios, que abarcaba desde la entrada hasta los confines del pie de la cordillera. En 1789 se señalaba por el Subdelegado de Huasco, Martín Gregorio del Villar que
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M.M., tomo 185, N° 4177. Silva, Fernando. Tierra y Pueblos de Indios en el Reyno de Chile. Editorial Universidad Católica. Santiago. 1962. p. 154. 631 C.G., Vol. 501, N° 6395. Silva, Fernando. Tierra y Pueblos de Indios en el Reyno de Chile. Editorial Universidad Católica. Santiago. 1962. p. 195.

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“(...) la principal ocupación de los naturales es la labranza y pocos a las minas. Los que más se distinguen en este ejercicio son los de Guasco Alto pues con sus cosechas abastecen en mayor grado a este partido, vien que lo facilita también la estención de su terreno (...)”632. EL TERRITORIO HUASCOALTINO En la cordillera de la III Región, provincia de Huasco, pasando el poblado de Alto del Carmen se inicia un desfiladero entre montañas que penetra aguas arriba por el río Tránsito, conocido también como río de los indios o naturales en el siglo XIX y por el nombre de Paitanasa desde tiempos precolombinos633, lugar donde por siglos se refugió un contingente indígena del pueblo diaguita que habitaba el valle de Huasco. Recientemente, en 1997, el Estado chileno ha reconocido la propiedad de la tierra a varias familias descendientes de los antiguos indígenas, los que después de largos años han regularizado la propiedad territorial de 395.000 hectáreas, comprendidas en tres estancias de cordillera denominadas Huascoaltinos, Chollay y Valeriano, las que poseían sus habitantes como dominio regular e inscrito desde principios de siglo634. Estas tierras abarcan toda la cuenca del río Tránsito y sus afluentes, el río Conay, Chollay y Valeriano, desde la zona de confluencia en el río del Carmen hasta el límite con la República Argentina635, que corresponde a un territorio que desde tiempos coloniales se denomina como Huascoalto y que constituyó un asentamiento pretérito de la cultura El Molle, Las Ánimas y reducto de indios diaguitas desde la Colonia636. El reducto huascoaltino, formado como pueblo de indios, si bien quedó desde el inicio del período colonial segregado del valle más fértil y ancho Alto del Carmen a San Félix, mantiene en su interior pequeñas porciones de tierra que permiten la producción agrícola en pequeña escala, compleC.G., Vol. 556, N° 6842. El topónimo es asociado por Strube probablemente a la lengua kakán hablada por los diaguitas. Señala en su artículo: “Paitanas, cabecera del Huasco, río del Tránsito o río de los indios (ya que el río del Carmen es de los Españoles). Tiene otro topónimo afín en Catamarca (Noroeste Argentino, antiguas provincias diaguitas) donde la depresión de Paitas (...). (Strube H., León. “Toponimia de Chile Septentrional (Norte Chico y Grande)”. Publicaciones del Museo y de la Sociedad de Arqueología de La Serena. Boletín Nº 10. La Serena. 1959. p. 6.) 634 Las escrituras de propiedad que avalan la superficie territorial son las de estancia de los Huascoaltinos adquirida por prescripción a Fojas 31 Nº 49 del Conservador de Bienes Raíces de Vallenar de 1903; estancia Torres y Páez a Fojas 11, Nº 6 del Registro de Propiedad de 1945 y estancia Jarillas. 635 Ver informe preparado por la Consultora INAS, Ingenieros Asociados para el Ministerio de Bienes Nacionales, sobre análisis Jurídico y Mensuras de las estancias de Huascoaltinos, Chollay y Valeriano. Copiapó 1996. 636 El censo de Pueblos de Indios realizado por el Obispado de Santiago en 1795 señala la presencia de 3.306 habitantes indígenas que se reparten en los pueblos: Huasco Alto y Bajo, San Fernando de Copiapó, Choapa, Tambo, Marquesa Alta, Molle, Poya, Guamalata, Tuquín, Sotaquí y Combarbalá. (Manuscrito Sala Medina. Biblioteca Nacional, Volumen 329; ff. 434-435)
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mentaria de la ganadería doméstica, caza y recolección. Cuando se habla de reducto indígena, se está diciendo que no es un territorio autárquico o cerrado, sino que, de acuerdo a los antecedentes documentales y testimoniales, desde épocas muy tempranas, se vinculó y conectó en distintas direcciones con pisos ecológicos diferentes y áreas de intercambio intra e interregionales, lo que explica en parte su permanencia histórica. La memoria de los huascoaltinos aún evoca los largos viajes realizados en el siglo pasado para traer ganado desde Argentina, llevar pescado seco desde Paposo o viajar a las ferias anuales de Huari en Bolivia637. En efecto, se puede apreciar que las relaciones con los espacios circundantes del reducto indígena huascoaltino son múltiples: por el Norte con la cuenca formativa del río Copiapó a través del valle del río Manflas, subiendo desde el poblado Conay hasta la cabecera del río Cazadero, atravesando un portezuelo de 4.070 m. sobre el nivel del mar. Por el Este se atraviesa al Noroeste Argentino por el paso Conay que endilga por el Norte hacia las provincias de Salta y Tucumán, y por el paso de Chollay que baja hacia la provincia de La Rioja y San Juan. Por el Sur, se enlaza por medio de la quebrada de Pinte, trasponiendo la sierra de Tatul hasta el río Carmen o directamente desde el sector de La Junta se remonta el río del Carmen hasta enlazar con la cordillera de Doña Ana que tributa a la cuenca alta del río Elqui. Y por el Oeste se conecta con el valle Huasco medio y bajo hasta la zona costera638. Las relaciones geográficas descritas permiten suponer la importancia de este territorio para las culturas indígenas originarias –Molle, Las Ánimas y Diaguita– pues en los mismos lugares en torno al río Tránsito y las cuencas del Chollay y Conay, donde se encuentran los asentamientos permanentes y temporales de la población actual, presentan continuidad desde tiempos precolombinos, como lo atestiguan los sitios arqueológicos denominados Pinte, asociado al complejo de la cultura El Molle y Chancho-

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Manríquez, Viviana y José Luis Martínez. “Investigación Etnohistórica del Estudio Diagnóstico de la Población Colla de la III Región. (Preinforme Final)”. Sur Profesionales Ltda. Departamento de Antropología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Santiago. 1995. 638 Es necesario trabajar el tema de las conexiones territoriales diaguitas y de las culturas pretéritas, a partir de las relaciones geográficas existentes en el territorio huascoaltino. Como hipótesis, el Sr. Raúl Molina plantea que la difusión y conexiones económicas de las culturas El Molle, Las Ánimas y Diaguitas prehistóricas, las tuvieron en los valles cordilleranos que eran las principales zonas de comunicación e intercambio. La zona del Huasco Alto era un área de articulación territorial no sólo para el sector del Noroeste argentino, sino también hacia las cuencas del río Copiapó y Elqui, en especial la caída desde Conay hacia el valle del río Manflas que desemboca en la Iglesia Colorada, y la llegada por el Sur a la cuenca del valle del Elqui y caída a la cuenca alta del Elqui de los sitios arqueológicos y asentamientos de valles altos que fue predominante por la disponibilidad permanente de recursos hídricos, mayor biodiversidad que la del sector costero (vegetación, fauna) y microclimas favorables para las actividades de caza, recolección y agricultura.

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quín Chico, Juntas de Valeriano y Paso de la Flecha, pertenecientes al complejo Las Ánimas. Estos últimos sitios localizados en lugares de ocupación temporal se encuentran muy a la cordillera en zonas utilizadas solo en verano. La coincidencia en la continuidad de la ocupación se explica por el carácter móvil y las relaciones económicas de intercambio interregionales que jugaron un rol de complementariedad ecológica con los recursos existentes en el intraterritorio huascoaltino. LA DESCENDENCIA DIAGUITA En la actualidad la población que se identifica con el nombre de huascoaltinos se ubica a lo largo del río Tránsito en asentamientos tradicionales de larga data (Ver Mapa N° 14), donde se encuentran los poblados y localidades llamadas: Juntas, La Marquesa, El Olivo, Chihuinto, Las Pircas, Alto Naranjo, Los Perales, Chanchoquín, La Fragua, La Arena, La Junta de Pinte, La Pampa, Conay, San Vicente, Junta de Valeriano y Albaricoque; cada una con agrupaciones de pocas viviendas. Allí se hallan sus moradores ancestrales, como las familias Campillay –principal linaje–, Tamblay, Eliquitay, Cayo, Pauyantay, Seriche y Liquitay639, compartiendo con otras provenientes de Argentina desde el siglo pasado, o de algún criancero-cateador que se quedó a vivir entre esos angostos valles y cerros640. La primera evidencia de la adscripción étnica diaguita de las familias huascoaltinas son sus apellidos. Estos se conservan desde siglos atrás y mantienen uno de los apócopes distintivos de la lengua kakán: la terminación “ay”. Para Nardi641, una de las características típicamente kakán,

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639 Es interesante resaltar un testimonio de los valles calchaquíes del Noroeste argentino, que reconoce la vinculación ancestral de los diaguitas, porque se está en presencia de la misma familia de apellidos kakan, de los cuales emana la fuerza ancestral de apellidos terminados en la misma desinencia “ay”, típicamente diaguita. Dice el investigador Augusto Cortázar: “Uno de ellos, el moto Carpanchay, cuyo solo apellido es una evocación ancestral...”. (Cortázar, Augusto. El Carnaval en el Folklore Calchaquí. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 1949. p. 68) 640 En el caso del asentamiento de Valeriano, los habitantes de Huasco alto dicen que fue fundado por las familias Campillay, Villegas y Bordones... “los Bordones esos eran netos argentinos, a esos les decían los cuyanos cuando llegaron aquí”, sentencia Jorge Campillay (Cassigoli, Rossana y Álvaro Rodríguez. “Investigación Antropológica del Estudio Diagnóstico de la Población Colla de la III Región. (Preinforme Final)”. Sur Profesionales Ltda. Departamento de Antropología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Santiago. 1995). Bordon es un apellido muy común entre las comunidades collas de la cordillera de Copiapó y Chañaral (Molina, Raúl y Martín Correa. “Informe sobre la ocupación territorial de las comunidades collas de Río Jorquera, Quebrada Paipote y Potrerillos”. Grupo de Investigación TEPU. Santiago. (ms.). 1996. Y de los mismos autores: “Informe de solicitudes de tierras de Fondo de valles (vegas, aguadas, campos de pastoreo) para las comunidades collas Río Jorquera, Quebrada Paipote y Potrerillos. Santiago. (ms.). 1997. Y también en el Huasco el apellido Bordon es reconocido como indio en los archivos de la parroquia del Tránsito en el año 1895. Además es necesario advertir que las migraciones argentinas se relacionaron con el auge minero de mediados del siglo XIX y que provocaron un influjo de población colla para el trabajo de arriería, cuidado de animales y abastecimiento de leña. 641 Nardi, Ricardo. “Observaciones sobre los nombres...” Op. cit.

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aunque no exclusiva de estos apellidos indígenas, es la terminación “ay”, la que constituye una evidencia para la identificación de los diaguitas del Noroeste argentino. Esta terminación dialectal o desinencia también se encuentra presente en los apellidos y vocablos históricos de los primeros pobladores de los valles de Copiapó, Huasco y Elqui, y específicamente en el Huasco Alto642. Para Latcham, los apellidos de estos indígenas constituyeron una evidencia irrefutable de su pertenencia a la cultura diaguita en tiempos históricos, indicando que los apellidos encontrados en los archivos parroquiales aún son usados por sus descendientes:
“La semejanza y a menudo la identidad de los apellidos es todavía más concluyente (para denominarlos diaguitas chilenos). Entre aquellos que se han sacado de los antiguos registros parroquiales de Copiapó, Huasco y La Serena, hallamos muchos que son iguales a los de igual procedencia argentina. De los que todavía se usan en las provincias en cuestión, podemos citar: Albayay, Abancay, Calchin, Campillay, Caymanqui, Chanquil, Casmaquil, Chavilca, Chapilca, Chupiza, Liquitay, Pachinga, Lainacache, Payman, Quilpitay, Quismachay, Sapiain, Talmay, Talinay, Tamango, Salmaca, Chillimaco, etc.”643.

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Refuerza la adscripción diaguita de los apellidos huascoaltinos el análisis comparativo de la desinencia “ay “, también encontrada en un documento referido al pueblo de diaguitas en el valle del Elqui, donde el 16 de noviembre de 1764 el maestro de campo Vicente Cortés, de más de 80 años de edad, nombraba a los caciques y familias cuyos apellidos son Angulay, Zaranday y Guengulay, todos habitantes de los pueblos de Tuquí, Pama, Lumí, pertenecientes al valle de diaguitas en el Elqui644. Igualmente es necesario observar que el apellido Alballay o Aballay, extendido en la zona de Taltal, aparece registrado en el archivo parroquial en el año 1885. En el año 1680 aparece como don Pedro Aballay cacique y mantiene su vigencia y cargo este linaje en la zona de Malfines de Catamarca, difundiéndose después en el lado chileno. Ricardo Latcham, aunque no nombra la terminación “ay” en su argumentación acerca de las evidencias lingüísticas kakan, que permiten llamar a los indígenas del lado chileno también diaguitas, sí nombra otras complementarias referidas a topónimos: “...a ambos lados de los Andes, encontramos nombres de lugares que terminan en gasta o su apócope ga, il, til, qui, quil, ama o cama, ao, ahoho, mar, alá, etc.” En la zona huasco-

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Sayago, Carlos María. Historia de... Op. cit. Latcham, Ricardo. “Los indios antiguos...” Op. cit. pp. 894, 895. 644 Téllez, Eduardo. “El Pueblo de Diaguitas”. Proyecto Fondecyt Nº 193-0311. Folleto Publicado por la Carrera de Pedagogía en Historia y Geografía. Universidad Católica Blas Cañas. Santiago. 1995.

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altina, la evidencia lingüística es un elemento de importancia para el análisis comparativo de numerosos topónimos diaguitas y de otras lenguas. La terminación “ay” también se presenta en la toponimia como ‘Conay’ y ‘Chollay’ referidos a poblados, ríos y pasos cordilleranos. Otros topónimos diaguitas de este territorio son Colimay –cerro y afluente de la quebrada Chanchoquín–; Chanchoquín –cerro, paraje asociado a minerales–; Pachuy o Pochay –río huascoaltino–; Tatul –cordón cordillerano– y Pinte quebrada. Las evidencias de la continuidad de los apellidos diaguitas a través de la terminación dialectal kakana “ay” en el área del Huasco, se remonta al período colonial. Así en 1535 aparece como señor del Huascoalto el cacique Mercandey (ay) y su hermano en la parte baja. En 1540, tras la muerte de los primeros, aparece el cacique Sangotay como cacique del Huasco645. En el siglo XVII aparece el apellido Saguas como cacique mandón del Huasco Alto y en el mismo siglo en los archivos parroquiales se señalan para el valle del Huasco los apellidos Quilpatay, Chuñe, Yallique, Cangas y Saguas. Las noticias de Domeyko se referían a los moradores de las tierras, es decir, a los antepasados directos de las actuales familias huascoaltinas. Ya a fines del siglo XIX, en las parroquias de Alto del Carmen y San Félix, se registraban algunos de los apellidos diaguitas que aún se conservan y se reconocen actualmente entre los huascoaltinos, especialmente los nombrados en las escrituras notariales de principios de siglo. La continuidad pretérita se verifica en los registros de las parroquias de San Félix y Alto del Carmen, circundantes al territorio huascoaltino. En efecto, en la parroquia del Tránsito entre los años 1887 y 1889 se anotan los siguientes apellidos: Campillai, Luincara, Lucuima, Liquitay, Cayo, Pauyanta o Payanta, Cayo, Puilpalay o Puilpatay, Bordón. Para la parroquia de Alto del Carmen en el año 1886 se encuentran los apellidos Campillai, Lucuime, Liquitai y Paquilicuime646. Es necesario señalar que esta continuidad territorial en el reducto diaguita huascoaltino debe haber tenido una dinámica interna de permanencia y relevo de población indígena, debido a que, siendo un lugar de tránsito interandino e incluso refugio de otras familias indígenas provenientes de otros valles, no pudo estar exenta de recibir nuevos moradores, pero siempre con el consentimiento de quienes eran los amos y señores de las tierras: los diaguitas huascoaltinos647. (Ver Mapa Nº 15)

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Bibar, Gerónimo de. Crónica y relación copiosa. Op. cit. Hidalgo, Jorge. “Culturas Protohistóricas del Norte de Chile”. Cuadernos de Historia Nº 1. Santiago. 1972. 646 Manríquez, Viviana y José Luis Martínez. “Investigación etnohistórica...” Op. cit. 647 A fines del siglo XVIII la fuga de indios que servían en las minas de Copiapó hacia el valle del Huasco fue una situación difícil de manejar para los mineros de Copiapó, quienes, en julio de 1780, envían una representación a las autoridades hispanas para que pongan fin

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La etnoterritorialidad de los huascoaltinos se construyó históricamente. En un inicio todo el valle del Huasco pertenecía a los diaguitas y a sus señoríos “duales” –dividido en parte alta y baja–, estructura heredada del período de la dominación inkaica, de acuerdo a algunos autores. Esta estructura de ocupación territorial fue desarticulada por la penetración hispana, que ocupó las tierras más fértiles y segregó a los terrenos más agrestes a los diaguitas; en concreto, se les expulsó del fértil valle del río del Carmen a las tierras del valle de Paitasana, hoy río Tránsito, donde establecieron su refugio. La memoria colectiva de las familias huascoaltinas de los Campillay, Eliquitay, Cayo, Seriche y otros, recuerda este hecho como leyenda que habla de la separación de la población española de la indígena en dos valles, la que se produjo tras una violenta contienda:
“...entre naturales e invasores, al cabo de la que los advenedizos se atrincheraron en el valle más prospero y estratégico: el de San Félix, mientras los antiguos señores fueron confinados al valle del Tránsito. Desde entonces ambos han sido antagónicos: en el uno los indios y en el otro los blancos...”648.

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La legendaria pero pertinente explicación de la actual localización anida en la memoria colectiva huascoaltina; tiene su anclaje temporal en

a las fugas de peones mineros desde los obrajes y castiguen a los que los acogen, regulando la actividad de prestación y contrato de trabajo, advirtiendo que cesan en el pago de tributo a las arcas de la Real Hacienda. “...Nos vemos obligados a representar a V.M. la dificultad de continuarlo por el desorden de los peones en quienes crece cada día la insolencia, y falta al cumplimiento de sus obligaciones”. Quienes los acogen por “amistad o interés en su servicio”, se ubican en el valle del Huasco, y los mineros solicitan que se debe hacer tomar razón a los tenientes de dicho lugar de las ordenanzas del Reino; “...Lo que se debe ejecutar con los que hacen fuga y pasan a otros minerales, cuya observancia importaría se mandare bajo de responsabilidad a los Tenientes del Guasco que es Asiento de la jurisdicción de V. M. a que suelen transportarse”. Respecto de las penas propuestas para los infractores se hace diferencia entre indígenas (diaguitas) y españoles: “Mayor castigo merecen los que encubren a dichos peones en los ranchos y haciendas, y convendría se publicase también la Ordenanza que prohibe consentirlos por más tiempo de una hora, ni aún con título de alojamiento, mandando a V.M. que todos y cualesquiera persona inclusos los mayordomos de haciendas, y fincas tengan particular cuidado en despedirlos, y que en caso de resistirse los referidos peones, avisen prontamente a la justicia, que deberá enviarlos a la cárcel de esta villa (Copiapó), para que se les den cincuenta azotes en el Rollo, quedando sujetos a igual pena los que no cumpliesen con dicha despedida, y aviso, salvo si fuesen españoles, que se les impondrá una multa competente”. (Jara, Álvaro y Sonia Pinto. Fuentes para la historia Op. cit. pp. 215, 216) La ordenanza solicitada por los mineros fue motivada por la pérdida de la escasa mano de obra indígena disponible para el trabajo minero y por los incumplimientos de contratos, prefiriéndose los indígenas arrancarse hacia lugares de faenas agrícolas y mineras ubicadas fuera del valle de Copiapó, en especial, hacia el valle del Huasco. La solicitud de los mineros de Copiapó fue respondida por el Bando Dictado en La Serena el 11 de marzo de 1795, que aunque tarde dio acogida a lo solicitado en 1780. 648 Cassigoli, Rossana y Álvaro Rodríguez. “Investigación antropológica...” Op. cit. p. 33.

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el período de conquista hispana, la que, además de los primeros cronistas, también ha sido analizada por diversos autores649. Los datos etnohistóricos disponibles permiten reconstruir la trayectoria de estas tierras diaguitas hasta la actualidad, junto con la permanencia indígena en ellas. De esta manera reivindicaron el dominio que tuvieron desde siempre durante los siglos coloniales y republicanos, y en el año 1903 los huascoaltinos logran por sentencia judicial inscribir el dominio, alegando la prescripción adquisitiva, es decir, por haberlas poseído como señores y dueños desde tiempos inmemoriales.

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Advis, Patricio. “Noticias de cronistas e historiadores sobre la travesía de los Andes realizada por la hueste de Almagro durante la jornada de Chile”. Boletín del Museo de Historia Regional de Atacama Nº 4. Copiapó. 1994. Ampuero, Gonzalo y Jorge Hidalgo. “Estructura y proceso. Op. cit. Ampuero, Gonzalo. Cultura... Op. cit. Cervellino, Miguel. “La Resistencia Indígena a la Invasión Española y su población estimada en los valles de Copiapó y Huasco. (S. XVI al S. XVIII)”. Boletín del Museo de Historia Regional de Atacama Nº 4. Copiapó. 1994. Y del mismo autor: “Relatos de una expedición: Almagro en los Andes, por la ruta de la muerte”. Boletín del Museo de Historia Regional de Atacama Nº 4. Copiapó. 1994.

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TERCERA PARTE

EL PUEBLO MAPUCHE
La historia de Chile se confunde, combina, relaciona íntimamente con la historia del Pueblo Mapuche. No bien llegados los primeros conquistadores se producen los enfrentamientos que van a marcar ambas historias. Del choque brutal surgirá también el pueblo mestizo de este país. Un intento de balancear las historias que se han relatado y que se enseñan en las escuelas, debería conducir al esfuerzo de mirar desde el punto de vista indígena lo ocurrido. No es fácil, por el conjunto de estereotipos e imágenes que se han creado. En esta parte se intenta resumir la larga historia de los mapuche, desde antes de la Conquista hasta nuestros días.

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C APÍTULO O CTAVO : C ONQUISTA ,

RESISTENCIA Y PARLAMENTOS

CAPÍTULO OCTAVO CONQUISTA, RESISTENCIA Y PARLAMENTOS

El pueblo mapuche es resultado del desarrollo de diversas agrupaciones y
culturas que en miles de años poblaron el territorio actual de Chile. Los datos aportados por la arqueología permiten señalar que el territorio chileno habría estado ocupado desde muy antiguo por grupos cazadores-recolectores, que se desplazaban a lo largo y ancho de él. Este desplazamiento ocurría, por lo general, por zonas más o menos estables. La base económica de estos grupos era, en gran medida, la caza de guanacos, huemules y otros tipos de animales; la recolección de frutos como el piñón y el algarrobo, y de moluscos en las zonas costeras. También se practicaba la pesca en ríos y algunos grupos se aventuraban en el mar. Podría plantearse, de manera hipotética, que uno de estos grupos se habría erigido por sobre los demás, difundiendo su cultura y, fundamentalmente, su lengua. Se sostiene que este grupo pudo ser externo al área chilena o que vivía desde antiguo en esta región. No lo sabemos. Solo existe cierta evidencia de que, alrededor de los años 500 a 600 a.C., ya existía, en el Sur de Chile, una cultura a la que se puede denominar mapuche. Estas evidencias de la presencia del pueblo mapuche desde tiempos muy antiguos le han restado validez científica a la hipótesis propuesta primeramente por Ricardo Latcham y luego reproducida por el historiador Francisco Antonio Encina, la que, finalmente, fue transformada en versión oficial y consignada en los textos escolares. En ella se plantea la aparición de una “banda de origen guaraní”, que se habría incrustado en medio de poblaciones no mapuches, anteriores a aquella. La tesis de la denominada “cuña araucana” tuvo por objeto explicar, en un período marcado intelectualmente por el evolucionismo, la belicosidad de los mapuches, afirmando que se trataba de un pueblo “nuevo” o “joven”, de carácter conquistador y que habría venido desde el centro del continente americano, las zonas cálidas del Chaco. Esta tesis desconoce la homogeneidad étnica y cultural que había en el territorio, y la explica como un proceso de dominación y sometimiento650.
650 El fundamento empírico de esta hipótesis es muy confuso. Al conocer algunos autores de comienzo de siglo la existencia de toponimia araucana o mapuche en el lado argentino,

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Ahora bien, uno de los elementos que permite plantear hoy más claramente la influencia que ejercieron los grupos mapuches en una extensa zona del territorio chileno actual es, sin lugar a dudas, la unidad lingüística que logró configurarse en un momento determinado de la historia de las poblaciones que habitaban, al menos, entre los valles centrales y Chiloé651. No existe claridad en torno al momento preciso en que se hace efectiva esta influencia; no se sabe cómo ocurrió el particular fenómeno de que todos hablaran la misma lengua o una muy semejante, que se unificaran la mayoría de las costumbres, ritos y procedimientos sociales y políticos, sin tener un Estado centralizado en una extensión tan grande y larga; sin embargo, ya al arribo de los españoles es posible observar claramente este fenómeno. A mediados del siglo XVI, una parte significativa del territorio chileno era ocupado por grupos indígenas que hablaban la misma lengua. Las crónicas de aquella época señalan que “... desde el río Choapa hasta el archipiélago de Chiloé se hablaba el idioma araucano...”652. Existía una relativa homogeneidad cultural, dada por elementos que se podrían denominar genéricamente “araucanos”. Se dice relativa homogeneidad, pues, al parecer, existían ciertas diferenciaciones entre los innumerables linajes territoriales que componían la sociedad mapuche. (Ver mapa Nº 16) Desde la perspectiva mapuche existía otro tipo de diferenciación reflejada en la utilización de distintos denominativos étnicos –etnónimos–, para hacer referencia a las poblaciones ubicadas en distintos puntos geográficos. De esta manera se habla de cuatro orientaciones geográficas tales como Huillimapu, donde a su gente se les denomina huilliches; Pincunmapu, para hacer referencia en general al Norte del Bío Bío, lugar de asentamiento pikunche; Puelmapu, para hacer referencia a la población de la Cordillera y de allende los Andes, generalmente denominados como

supusieron que la dirección de la migración había sido desde el Chaco a la Cordillera de los Andes y al territorio chileno. Don Tomás Guevara, sabio etnohistoriador y autor de numerosas obras, criticó desde su inicio esta tesis señalando que el camino había sido justamente al revés, como se verá más adelante en el texto. En el siglo XVII aproximadamente los mapuches de la vertiente occidental, esto es chilena, se adentraron en las pampas “araucanizando” a los grupos no mapuches que allí vivían. Este proceso de “araucanización” de la pampa argentina duró tres siglos y de allí que exista mucha toponimia mapuche en esa zona. Hoy día la tesis de la “cuña araucana” sigue repitiéndose majaderamente en los textos escolares. 651 El nombre que los inkas y luego los españoles le otorgan al valle del Mapocho y a sus habitantes como “mapochoes”en la traducción que hacen los españoles, podría señalar que era el primer valle donde se hablaba plenamente el idioma mapuche y como tal era el valle de los mapuches. En los valles de más al Norte, se hablaba la lengua mapuche, como está bien probado, junto con las lenguas anteriores provenientes de los diaguitas del Norte Chico. Era quizá una zona de transición. Los cronistas, por su parte, senalan que hasta Chiloé se hablaba la misma lengua mapuche. 652 Zapater, Horacio. Aborígenes chilenos a través de cronistas y viajeros. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1978. p. 43.

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puelches, por último, está el Lafquenmapu, que hace referencia a la costa y a su población lafquenche653. Las denominaciones dependen muchas veces del lugar en el que se encuentra quien habla, siendo los del Norte o del Sur los que se refieren a su situación geográfica. Si bien todas estas poblaciones han formado y forman parte del pueblo mapuche, históricamente se ha sostenido que la población mapuche propiamente tal, es decir la que se denominaba solo con el etnónimo mapuche, se asentó desde el río Itata hasta el Tolten. Los pehuenches, gente del pehuén o piñón, aparecen caracterizados desde muy temprano por los cronistas españoles como un grupo diferenciado, ubicado en sectores precordilleranos y cordilleranos, desde las alturas de Chillán hasta Lonquimay, y en una franja cordillerana desde los lagos Icalma al Panguipulli y Villarrica. Los huilliches, desde el Sur del río Toltén hasta Chiloé, han tenido una historia relativamente diferenciada por lo que también se los trata en un capítulo aparte, aunque evidentemente son integrantes del pueblo mapuche. Algo semejante se podría decir de los lafquenches, situados en la franja marítima extendida desde Cañete hasta el río Tolten654, a quienes también se los percibe, desde un inicio, con características propias. Por último, se habla en general, y así lo haremos, de pikunches cuando se hace referencia a la población que, a la llegada de los españoles, se ubicaba desde los valles centrales hasta el río Bío-Bío655. (Ver Mapa Nº 16) No cabe duda de que es muy grande la complejidad del asunto de la nominación de los diferentes grupos indígenas y las definiciones que realizamos son solamente de carácter operativo, requiriéndose mucha más investigación sobre un asunto que consideramos abierto.

653 Es necesario consignar que el término lafquenche no sólo haría referencia a población mapuche ubicada en la costa marítima, sino también a la cercana a ciertos lagos. También es necesario decir que existen otras denominaciones que reconocen otras identidades territoriales del pueblo mapuche, tales como nagche, huenteche y otros. Sin embargo, las cuatro orientaciones generales más mencionadas son el huillimapu, pincunmapu, puelmapu y lafquenmapu. 654 Ver: Zapater, Horacio. Aborígenes chilenos... Op. cit. p. 44. 655 Los nombres de pikunches o gente del Norte, huilliche o gente del Sur fueron utilizados de manera relativa durante mucho tiempo. Los mapuches del lado Norte del Bío-Bío eran conocidos como pikunches por los de la otra banda y asimismo estos les denominaban huilliches. En muchos mapas antiguos la palabra huilliche designa a los mapuches del centro de la Araucanía. A los de la zona de Osorno, hoy denominados huilliches, se los denominó durante mucho tiempo como “cuncos”. La cuestión de la denominación de los pueblos indígenas, en general, y del pueblo mapuche, en particular, es muy compleja y no obedece a las razones y lógicas del mundo y cultura occidentales. No es este el estudio adecuado para entrar en una complicada y técnica polémica. Por ello se ha optado por hablar de pueblo mapuche, ya que ese es el nombre que actualmente parece el más adecuado a los propios descendientes, los mapuches. La denominación “araucano”, de origen español, la utilizaremos solamente cuando sea preciso hacerlo y señalando entre comillas la particularidad y sentido de su uso. Por ejemplo, en el caso de “araucanización” de otros grupos indígenas no mapuches, ya que ese concepto se ha impuesto en la historiografía moderna.

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La penetración del denominado por los españoles Imperio Inca –Tawantinsuyo, en lengua quechua– alcanzó solo hasta la Zona Central. Los grupos mapuches de más al Sur opusieron una tenaz resistencia, lo que no permitió dependencia o vinculación política a dicho Imperio656. En este sentido, se ha establecido convencionalmente que el río Maule fue una primera frontera mapuche. Entre el río Maipo y el Maule se estableció una zona de transición, y entre el Maule y el Itata, lo que hoy es Chillán, otra de protección y seguridad, que mantenían, vigilaban y cuidaban los mapuches del Bío-Bío, aunque existen testimonios de que los inkas habrían llegado también hasta este río, sin instalarse en sus inmediaciones. Según cálculos basados en las descripciones de los primeros cronistas, la población mapuche se estima, en general, a la llegada de los españoles, en más de un millón de personas, subdividiéndose de la siguiente forma: la de los valles centrales habría oscilado entre las 40 mil y las 60 mil personas657. Al Sur del río Maule la cantidad iba en aumento, llegando a establecerse un número cercano al millón de personas. Sin embargo, esta cifra se vio rápidamente disminuida a partir de los primeros contactos con los españoles debido, principalmente, a las muertes provocadas por las epidemias y, en menor medida, a las pérdidas de guerra658. Es posible observar una relación directa entre la forma de vida mapuche y la utilización de los recursos naturales que existían en su territorio. Las actividades orientadas a la satisfacción del sustento alimenticio combinaban tres formas de producción: la caza, la recolección y la agricultura659. Estas actividades determinaban, en cierta medida, los lugares y tipos de asentamientos de la población. La horticultura estuvo representada fundamentalmente por hortalizas y productos tales como papa, maíz ajíes, porotos pallares, quinua y diversas otras plantas cultivadas, las que

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656 Esta resistencia, sin embargo, no impidió que los mapuches se apropiaran de ciertas tecnologías útiles para su economía; en este sentido se entiende la incorporación de elementos como el maíz y la quinua, provenientes del Perú. 657 Esta cifra fue estimada por Rolando Mellafe en la Introducción al XII Censo General de Población y I de Vivienda de 1952, Santiago, 1956, p. 12. Ver también: Bengoa, José. Historia del Pueblo Mapuche.Ediciones LOM, Santiago 2001 (6ª. Edición), p. 43. Citando a Gerónimo de Bibar en Crónica del Reyno de Chile, señala que “... en el valle del Mapocho no había más de 5.000 indios y en Aconcagua habría de 3 a 4.000; por cada indio para encomendar habría que multiplicar por el número de su familia, lo cual haría una población entre 20 y 30 mil personas en cada valle”. En este capítulo se incluye un mapa de la etnografía de Chile a la llegada de los españoles que permite apreciar la diversidad de pueblos existentes en el siglo XVI y reconocidos por los investigadores chilenos a mediados del siglo XX. 658 Bengoa, José. Historia del Pueblo Mapuche... Op. cit. p. 16. 659 Este tipo de agricultura se caracteriza por contener una rotación de cultivos en diversos territorios en que muchas veces el fuego ocupa un papel fundamental para limpiar el terreno y fertilizar. Se lo denomina en Chile como “roce” y en muchas partes de América como el método de “roza, tumba y quema”. Es característica también la presencia activa y especializada de mujeres en el trabajo hortícola, cuestión que en la cultura mapuche se mantiene hasta el día de hoy.

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permitían una alimentación variada y generosa, como lo prueban los testimonios tempranos. El hecho de haber desarrollado un sistema horticultor, consistente en una tecnología relativamente simple660, y que necesitaba de un clima generoso, aceptaría un tipo de explicación respecto al por qué la población se asentó preferentemente en extensos terrenos pluviosos del Sur del país661. El tipo de agricultura utilizado por los mapuches, de tala y roce, requiere necesariamente de una superficie extensa, por lo tanto, sería incompatible con la formación de grandes y concentrados asentamientos estables, ya que está asociada al uso de pequeños lotes de tierra por permanencia en cada época de cultivo662. Otro criterio que guiaba el lugar de asentamiento se relacionaba con las otras dos actividades económicas, la caza y la recolección. La población, preferentemente, se ubicaba en las áreas que tuvieran grandes recursos alimenticios, así los lugares más densamente poblados eran la zona de Arauco, la vertiente oriental de Nahuelbuta –Angol y Purén– como también el extremo Sur de dicha cordillera –Imperial–. En lo que hoy es Cañete, Lebu, Arauco, Contulmo y el lago Lanalhue existía una población numerosa, sedentaria, establecida, con habitaciones cercanas unas de otras. Es entonces, en sectores como los mencionados, donde se concentraba la población mapuche; lugares de abundancia en recursos naturales, con lagos, ríos, mar y la flora y fauna asociadas a dichos ecosistemas, todo lo cual redundó en la conformación y desarrollo de un sistema económico que complementaba la horticultura en jardines muy productivos, como las vegas de los ríos, la agricultura propiamente tal y la caza, la pesca y la recolección en la que los piñones de las cordilleras y los mariscos del mar jugaban un papel central. Es a causa de este conjunto de elementos productivos que se sostiene
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“Núñez de Pineda y Bascuñán, el feliz cautivo, describe los sistemas de siembra del maíz en tierras húmedas, las que eran rozadas y apenas removidas en el momento mismo de la siembra con instrumentos muy generalizados, los cuales por sí solos no demuestran ninguna especialización agrícola”. En: Aldunate, Carlos: “Mapuche: Gente de la Tierra”. En: Jorge Hidalgo; Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate, Pedro Mege (Comps.), pp. 11-139. Etnografía. Sociedades indígenas contemporáneas y su ideología. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1996. p. 117. 661 Desde la perspectiva de los propios mapuches, existen otros tipos de explicaciones respecto al tipo de asentamiento, son aquellas que se relacionan con estructuras religiosas propias de la cultura y cosmovisión mapuche. Por ejemplo, en cada asentamiento, que en mapudungun recibe denominaciones tales como lof, rehue o quiñelmapu existe un Treng Treng, especie de fuerza protectora del pueblo mapuche, presente en ciertos cerros; por tanto, el asentamiento se relaciona fuertemente con el contexto geográfico, no solo en lo visible, sino también en cuestiones como la protección que otorgue la naturaleza en determinados espacios. Otros criterios que guían y explican el tipo de asentamiento se constituyen a partir de los conceptos de tugun, kupalme, ananmapu y otros, que, en resumen, pueden interpretarse como las distintas formas que tienen las familias mapuches para posicionarse y formar parte de un determinado contexto físico y simbólico, y cómo, a partir de esas adaptaciones, ordenan el tipo de asentamiento y desplazamiento del pueblo mapuche. 662 Dillehay, Tom. Araucanía: Presente y pasado. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1990. p. 42.

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que es posible observar en los mapuches, anteriormente a la llegada de los europeos, un tipo cultural de rasgos semejantes a los de las sociedades sedentarias, con sentido de territorio circunscrito y demarcado; y, por otro lado, otro tipo cultural que continuaba poseyendo la movilidad propia del cazador-recolector, no inserto en la lógica de horarios de labranza ni del trabajo sistemático de las culturas agrarias... Es decir, una combinación que surge de la práctica de la agricultura y de las actividades de caza, pesca y recolección. A la luz de lo anteriormente expuesto, el cuadro se torna más complejo para la comprensión de la sociedad mapuche, pues no se trata de asociarla a un estadio evolutivo similar al de las bandas de cazadoresrecolectores, sin territorio ni organización claramente definida, ni tampoco a una sociedad agraria, con los asentamientos propios de estas ni con la libertad natural de los cazadores. Es desde esta contradicción social de donde surge una de las explicaciones para entender el carácter libertario e independiente del pueblo mapuche, el que, ayudado por una naturaleza generosa en recursos, le permitió persistir, mucho más allá que otras, con características propias de sociedades cazadoras-recolectoras, y “...que no fuera pobre, ni discriminada, ni escasa en cuanto población.”663 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL DE LOS ANTIGUOS MAPUCHES No es fácil saber cómo era la organización social de los mapuches antes de la llegada de los españoles. No es fácil por varias razones. La primera, radica en que las informaciones de la época provienen de los propios conquistadores, quienes ven y observan de una manera muy peculiar a la sociedad indígena. En principio, no pueden imaginarse que una sociedad sin Estado y organización centralizada les pueda dar la guerra e incluso vencerlos. Por ello tratan por todos los medios de comprender e inventar quizá una organización, como la que ellos conocían y habían dejado atrás en Europa. En general, los indígenas fueron percibidos siempre desde una perspectiva fuertemente etnocéntrica, calificando las diferencias culturales de estos como carencias, estimadas como behetría, término que se empleaba de manera recurrente para designar a las organizaciones de las poblaciones situadas en la frontera Sur del Tawantinsuyo. Los indígenas fueron percibidos como grupos sin rey, sin fe ni ley, entidades sin historia, ubicadas en los márgenes de la civilización664.

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Bengoa, José. Historia del Pueblo Mapuche. Op. cit p. 22. En este sentido, la mayoría de las crónicas coinciden en la descripción, aunque no siempre de manera explícita, de la sociedad mapuche, como una sociedad abundante, rica en recursos naturales, bien aprovechados por sus integrantes. 664 A Santiago de Tesillo se le debe la frase, “No tienen Dios ni Rey”, que era para la mentalidad española la demostración misma de la barbarie. No era pensable en la Europa semifeudal que un individuo no tuviese un señor al que obedecer y servir, y un Dios

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Por otra parte, tampoco es fácil comprender la organización social, dado que esta cambió fuertemente a lo largo de los siglos posteriores y, por lo tanto, lo que hoy día se recuerda y conoce como organización antigua es la del siglo diecinueve y evidentemente era diferente, y muy diferente, a la del período precolombino. Por estas dos razones es necesario ser muy prudente en el análisis. La importancia del tema es evidente y exige detenerse un instante. Por lo general, los estudios antropológicos han coincidido en que las sociedades que han practicado un tipo de economía como la mapuche prehispana –tala y roce, junto a un sistema de caza y recolección– poseen un tipo de organización social de comunidades pequeñas, dispersas, autónomas y carentes de centralización. Se sostiene que con estas características económicas, por lo general, las tierras son ocupadas por familias individuales, clanes o aldeas, y dificultan el advenimiento de una autoridad política centralizada que ejerza control sobre los recursos básicos665. Una explicación para entender las razones por las que dichas sociedades no convergieran en un poder centralizado es que la competencia de los distintos grupos por el control de la tierra generaría guerras entre los distintos asentamientos, lo que, a su vez, impediría la organización política de los diferentes grupos666. Sin embargo, el hecho de contar con un territorio abundante habría impedido la generación de conflictos al interior de la sociedad mapuche; no había escasez de tierras, por lo cual no tenía sentido una estricta demarcación territorial interna; la ganadería era incipiente, por la inexistencia de ganado para disputar o robar, y el sistema de producción no permitía la generación de excedentes, por tanto no habría o no existiría escasa acumulación, lo que convertía al robo de alimento en una tarea más bien inoficiosa, todo lo cual reducía considerablemente los argumentos generadores potenciales de conflictos entre grupos. Quizá el único motivo de disputas internas pudiera haber provenido del denominado “intercambio de mujeres”, sin embargo, esto es relativo, pues dicho intercambio contaba con principios y reglas claras entre las alianzas políticas de las familias o lof. Por lo demás, en la eventualidad de que el “intercambio de mujeres” pudiera haber sido causal de conflictos, no habría sido problemático antes de la llegada de los españoles. Este hecho se podría haber acentuado con la disminución de población ocurrida inmediatamente después de dicha llegada. Sin embargo, no es posible determinar si esto efectivamente ocu-

enmarcado en una estructura eclesiástica, a quien venerar y quien daba el sentido moral de la vida. 665 Dillehay, Tom. Araucanía... Op. cit. p. 44. 666 Esta idea se encuentra presente en: Vayda, Andrew. “Expansion and Warfare among Swidden Agriculturalists”. American Anthropologist, Vol. 63. 1961. Citado en Dillehay, Tom. Araucanía... Op. cit. p. 44.

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rrió así, pues en ningún lugar se ha descrito a la sociedad mapuche colonial como caótica o con características similares. Ahora bien, es necesario aclarar que cuando se señala que este tipo de sociedades, por lo general, poseen un tipo de organización compuesta por comunidades pequeñas, dispersas, autónomas y carentes de centralización, no quiere decir, en ningún caso, que no exista un ordenamiento social más allá de los linajes. Solo se trata de que el tipo de organización obedece a una lógica distinta a la occidental y, por lo mismo, y en el caso mapuche, fue y es escasamente comprendida por los observadores externos a dicha sociedad. De esta forma, puede decirse que la estructura social y política de los mapuches antes de la llegada de los españoles estaba constituida, en su unidad más fundamental, por la familia o por las relaciones establecidas entre las familias, que se habrían designado en lengua mapuche como ruka667 o rukache. Existe consenso en que lo más probable es que la familia mapuche haya sido amplia y extensa, y donde primara un patrón de residencia basado en la patrilocalidad, es decir, donde convivían todos o la mayoría de los descendientes masculinos del padre o jefe de familia. De esta forma, las mujeres adoptaban la residencia de su esposo. Un nivel más amplio de integración social era el agrupamiento de familias, que podría ser entendido como un caserío, y que en mapudungun recibiría el nombre de lof 668. Al parecer el lazo que unía a las distintas familias era de consaguinidad, los integrantes habrían pertenecido al mismo linaje del lonko, sin embargo, cada familia conservaba una autonomía territorial, manteniendo, muchas veces, el patrón de residencia disperso669. La figura del lonko representa el liderazgo, se lo podría traducir como cabeza, prin667

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El antropólogo Louis Faron, refiriéndose a las designaciones mapuches anteriores a la reducción, dice que “la designación corriente para la familia es ruka (casa), y se emplea sin ninguna referencia especial a la composición familiar”. Faron, Louis. Los Mapuches, su estructura social. Instituto indigenista interamericano. Ediciones especiales: 53. México. 1969. p. 80. 668 Para el Consejo de Todas las Tierras, “... El lof, desde el punto de vista social, es un conjunto de familias que están asentadas en un espacio de tierras muy bien definido, a partir del cual se funda su identidad individual y colectiva. La identidad de cada integrante de un lof se funda en dos elementos básicos, el tuwun (lugar de origen) y el kupalme (tronco familiar). Estos elementos son determinantes para la pertenencia al lof. Estando claramente establecidos los dos elementos, una persona tiene definida su identidad social y territorial. La organización social y el lof estaban estructurados en base a las familias que lo constituían (...) El derecho a la adquisición, posesión y transmisión de las tierras no pasaba por la controversia social, ya que el lof era el espacio de convivencia, de unidad familiar, basado en la justicia y la reciprocidad...” Aukiñ Wallmapu ngulam, Consejo de Todas las Tierras, El Pueblo Mapuche y sus Derechos Fundamentales. Wallmapuche. Temuco, Chile, pp. 9-10. En un documento reciente elaborado por José Quidel y Víctor Caniullan, se define a los lof como unidades básicas fundamentales más pequeñas que los rehues. El lof estaría constituido por dos tipos de familias. En primer lugar está anümche, que son las familias que han estado asentadas en un determinado sitio desde tiempos inmemoriales. La otra categoría corresponde a akunche, y son aquellas familias que llegaron a asentarse en el territorio en un periodo posterior. 669 Aldunate, Carlos. “Mapuche: Gente de la Tierra”... Op. cit. p. 129.

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cipal, jefe e ideas similares. Se trata de un tipo de “jefatura” en que el servicio a los suyos y el prestigio que eso redunda está en la base de su mandato y poder. La organización social mapuche no había llegado al estado de una división del trabajo más allá de la familia amplia, extensa y compleja, que sería algo así como la única institución social permanente. Nada parece mostrar procesos de diferenciación social que estuvieran presagiando un sistema señorial, donde un grupo dominara socialmente sobre otro. Al no existir diferenciación social significativa, no se requería de sistemas de gobierno más allá de la unidad de producción y reproducción, que era la familia. Esto no implica la ausencia de estructuras sociopolíticas, pues en la documentación temprana aparecen relatos de diversos sistemas de alianzas, resolución de conflictos y, en definitiva, diversos niveles de integración social. Para regular conflictos, estaban los grandes sabios, viejos por lo general, que hacían las paces entre grupos, impartían justicia, daban consejos. Se llamaban toquis de tiempos de paz, pero no tenían más poder que aquel que les otorgaban las partes en conflicto. En la vida cotidiana eran como cualquier otro mapuche. Existían también sistemas de alianzas, que se realizaban no solo para la guerra, sino también para faenas económicas, como la recolección del piñón o los viajes de pesca en el mar; alianzas permanentes selladas por el parentesco –intercambio de mujeres– y alianzas puntuales, para las que se elegía un toqui que dirigiera las faenas o la guerra. Sobre estas instancias de estructura social y política mapuche, algunos historiadores, y muchas organizaciones y especialistas indígenas, han establecido ciertas hipótesis respecto a la estructura organizacional mapuche antigua. Las distintas instancias de alianzas de la sociedad mapuche, son conocidas, en mayor o menor grado, de la siguiente manera. Por ejemplo, se menciona como un nivel de integración por encima del lof, el quiñelob, instancia que habría integrado a varios lof, y en los cuales los miembros se prestaban ayuda y cooperación para las actividades económicas y de eventuales amenazas de guerra. Por encima del quiñelob estaría el lebo, la instancia “... donde se resolvían las cuestiones relativas a la guerra –incluyendo la formación de alianzas– y la paz, esto es, allí se ventilaban las cuestiones de política interior y de política exterior...”670. En la instancia del lebo también se desarrollaban las reuniones rituales de reproducción simbólica, cuyo centro ceremonial lo constituía el rehue671. El ayllare-

670 Boccara, Guillaume. “Etnogénesis mapuche: resistencia y reestructuración entre los indígenas del centro-sur de Chile (siglos XVI-XVIII)”. Hispanic American Historical Review, Duke University Press. Durham 1999. p. 431. 671 Boccara, cuando habla de todas estas instancias, lo hace en referencia a la sociedad reche, que es el nombre que habrían usado los antiguos mapuches para referirse a sí mismos. La palabra reche significaría hombres verdaderos (re=verdadero, che= hombres). El

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hue –nueve rehues– constituía una instancia donde se resolverían conflictos de guerra. Esta unidad político-guerrera, al parecer, no poseía un carácter permanente, incluso hasta en los momentos de guerra, cada lebo o rehue conservaba su autonomía y su capacidad de decisión672. Sin embargo, desde la perspectiva de los propios mapuches, los ayllarehues eran instancias que trascendían la coyuntura de la guerra y que permanecían para el tratamiento de otros temas. Un nivel de integración social superior al ayllarehue lo constituye el futamapu o ‘tierra grande’, formado a partir de varios ayllarehues673. Es necesario reiterar que estos sistemas más amplios no constituyen una organización social y política permanente, no hay toquis o ulmenes o loncos fuera del nivel familiar, que dominen territorios, grupos amplios. Hay un sistema de regulación de conflictos –justicia se podría llamar hoy día– y un sistema para hacer alianzas y emprender acciones comunes674. Aunque existen algunas divergencias respecto a este tema, podría plantearse como institución permanente la ruka o rukache, entidad base, sobre la cual los mapuches estructuraron su sociedad. Otra unidad sociopolítica permanente de la organización de los mapuches, sería el lebo o rehue675. Sin duda, se trata de una sociedad compleja, que vivía en parcialidades autónomas, las que, en ocasiones, se unían para diversas labores, que poseía instancias para uniones temporales, coyunturales y que, debido a sus abundantes recursos naturales, no requirió de la conformación de poderes centralizados tales como gobernantes, reinados o alguna otra forma de centralización del poder, sino que conformó una organización social de

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autor sostiene esta hipótesis, aduciendo que en la documentación temprana no aparece el etnónimo mapuche, sino que el de reche para calificar a la población ubicada en la región comprendida entre los ríos Itata y Toltén, y que el etnónimo mapuche correspondería a “un conjunto étnico que surge como consecuencia de un profundo proceso de transculturación”, durante el siglo XVIII. Compartiendo el hecho de que la sociedad mapuche sufre enormes transformaciones debido al contacto primero con los españoles y después por el accionar del Estado chileno, no creemos oportuno compartir las apreciaciones de Boccara respecto al nombre de los antiguos mapuches. De hecho, muchos cronistas, cuando van describiendo pueblos desde el valle central hacia el Sur, escriben “... y estos también hablaban la lengua del mapocho...”, nombre que, pensamos, podría derivar de mapuche. 672 Boccara, Guillaume. “Etnogénesis mapuche...” Op. cit. p. 432. 673 Según Boccara, existen dudas respecto de la existencia de estos futamapu como distrito geopolítico antes de la invasión española, puesto que solo son mencionados por primera vez a principios del siglo diecisiete, y agrega que “parece que si los futamapu existían durante la época prehispánica no tenían este mismo carácter permanente sino que la alianza de diferentes ayllarehue ocurría únicamente en tiempos de guerra”. Op. cit. 674 Bengoa, José. Historia del Pueblo Mapuche... Op. cit. pp. 26, 27. 675 Uno de los cambios notables en la estructura sociopolítica y territorial que Boccara observa en la sociedad reche (mapuches antiguos) fue justamente la institucionalización de los ayllarehue y de los futamapu, los que, de unidades temporarias prehispánicas que funcionaban en periodos de guerra pasarán a ser agregados permanentes al sistema colonial tardío dotados de representantes políticos propios. Boccara, Guillaume. “Etnogénesis mapuche...” Op. cit. p. 434.

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acuerdo a las circunstancias específicas que se fueron dando durante su desenvolvimiento como sociedad. En consecuencia, se puede caracterizar la sociedad mapuche anterior a la llegada de los españoles como una estructura armónica tanto en sus relaciones con la naturaleza como internas. No es que se quiera ver al “buen salvaje” viviendo en felicidad en medio de las selvas. Sin embargo, todas las evidencias obligan a concluir que la sociedad mapuche prehispana no era una sociedad de escasez, ni tampoco sometida a la guerra permanente entre sus miembros. En definitiva, se trata de una organización social distinta, ni mejor ni peor que la actual, solo distinta, que se hallaba en una determinada situación frente a una naturaleza abundante en recursos, la que le permitía crecer en tamaño y desarrollar adecuadamente a sus hombres, mujeres y niños. No son muchas las sociedades que en la historia han conseguido esto, y vale la pena señalarlo. INVASIÓN, DESTRUCCIÓN Y TRANSFORMACIÓN Con la llegada de los “huincas” se desencadenan procesos inéditos en estas tierras y que aún continúan dejando su marca. El proyecto de conquistar a los mapuches y sus espacios –Sur del Biobío– fracasa, dando paso a lo que la historia de Chile llama: la Colonia676. Los europeos avanzan hacia el Sur con ánimo de conquista. Se producen enfrentamientos y un período marcado por la violencia, la guerra, la destrucción de la sociedad indígena. Esa historia es conocida. Sin embargo, la conquista fracasa reiteradamente. El Gobernador de Chile es muerto en la batalla de Tucapel y son despobladas las ciudades del Sur, incluyendo Concepción. Lautaro avanza hasta el Mataquito. Vuelven refuerzos españoles del Perú y se reinstalan los europeos en tierras al Sur del río Biobío. Los mapuches no se dejan vencer y son muy pocos los años en que los españoles logran ponerlos a trabajar en las minas de oro, los famosos lavaderos de Quilacolla, Valdivia y Villa Rica. Continúan años y décadas de una violencia inusitada hasta que, a fines del siglo XVI, un grupo de pureninos descubre al gobernador Óñez de Loyola en Curalaba o Curalaf y le da muerte, siendo el segundo Gobernador en caer muerto, transformándose la Guerra de Arauco en un caso único en toda la conquista de América. La invasión y conquista hispana tuvo efectos similares en todo lo que es el continente americano. En Chile hubo una cierta resistencia al sometimiento español por parte de los pueblos del Norte y centro del territorio; sin embargo, sucumbieron a los ejércitos hispanos y terminaron por incorporarse a la lógica de dominación que los españoles traían; esto es,
676 Foerster, Rolf. “Esquema para el tema Mapuche”. Documento de Trabajo Interno. Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato. Santiago. 2002.

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fundamentalmente, la incorporación de la mano de obra indígena al sistema de producción español, que se conoce como encomienda677. Sin embargo, los españoles no pudieron imponer su sistema en el territorio del Sur de Chile, en territorio mapuche. Allí la dominación no surtió los efectos esperados por los hispanos, la conquista española fracasa; la respuesta se encuentra en la férrea resistencia militar que opuso el pueblo mapuche; situación que cambiará drásticamente el sistema de relaciones que deberá asumir la Corona española respecto de aquel678. Los mapuches, entonces, logran resistir la ocupación española. Logran sobreponerse a la penetración inicial de los hispanos, al establecimiento de los primeros fuertes y ciudades –Tucapel, Purén, Angol, Imperial y otras– en su territorio y a la distribución de su población en encomiendas. Después de numerosas batallas y hacia fines del siglo XVI, los mapuches logran la expulsión y el afianzamiento de una autonomía política y territorial sobre el espacio de la Araucanía. (Ver Mapa Nº 17) Posteriormente al alzamiento de Curalaba679, los españoles, al no poder penetrar los territorios mapuches, se ven obligados a constituir y fortalecer una frontera en los límites que señala el río Biobío. A partir de aquí, la Corona española se ve obligada a reconocer la zona ubicada al Sur de dicha frontera, como un territorio autónomo perteneciente a otro pueblo. Esto la llevará a entrar en una dinámica absolutamente inédita en el resto del continente, lo que ha sido conocido por los historiadores como “La Frontera”680. En síntesis, los mapuches poseen la admirable peculiaridad de haber permanecido independientes de España por espacio de más de 260 años. A pesar de todos los intentos realizados por los españoles, los mapuches, gracias al equilibrio militar que presentaron a los ejércitos hispanos, lograron mantener su independencia. Las explicaciones que se han dado para entender esta resistencia de los mapuches a los españoles, inédita en la historia americana, han sido muchas y variadas. Se ha hablado latamente de una supuesta condición racial de los mapuches, que los colocaría por encima de otros pueblos en su condición de hábiles guerreros, así se ha llegado a hablar de un “espíriV. en el capítulo acerca de la Zona Central el trabajo de Góngora sobre la encomienda. Sobre este período ver: José Bengoa. Historia de los antiguos mapuches del sur. Desde antes de la llegada de los españoles hasta las paces de Quilín. Editorial Catalonia. Santiago. 2003. Y del mismo autor Conquista y Barbarie. Ensayo crítico acerca de la Conquista de Chile. Ediciones Sur. Santiago. 1992. 679 El hecho de que en muchos textos escolares se mencione como “el desastre de Curalaba”, cuando desde el lado mapuche bien podría ser “la victoria de Curalaba”, vendría a demostrar toda la carga racista y eurocentrista que ha caracterizado, por mucho tiempo, a gran parte de la historiografía nacional. 680 Aldunate, Carlos. “El Indígena y La Frontera”. En: Sergio Villalobos, Carlos Aldunate, Horacio Zapater, L. Méndez y C. Bascuñán, pp. 67-86. Relaciones Fronterizas en la Araucanía. Ediciones Universidad Católica de Chile. Santiago. 1982.
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tu guerrero” o de “raza militar”. Hoy en día, los estudios de antropológicos han demostrado que no existe ninguna información que pueda establecer una relación de correspondencia entre los componentes biológicos hereditarios del ser humano y su comportamiento cultural. Es decir, las conductas, comportamientos y habilidades de un determinado pueblo, no pueden ser atribuibles a su condición genética ni nada que se le parezca, sino que dichas expresiones son el resultado de la adaptación a su entorno, a su recorrido histórico, a su relación con otros pueblos, en fin, a lo que en términos antropológicos se denomina cultura681. En la actualidad, cuenta con bastante aceptación una explicación que fundamenta las razones de esta victoria militar: el tipo de organización social mapuche682. A diferencia de los inkas y aztecas, que poseían gobiernos centralizados y divisiones políticas internas, los mapuches tenían una estructura social no jerarquizada, sin poder central, siendo cada familia una unidad independiente. En los primeros casos, los ejércitos españoles golpearon el centro del poder político y, al conquistarlo, se aseguraron el dominio del Imperio. En el caso del pueblo mapuche esto no era posible, ya que su conquista y sometimiento pasaba por el de cada una de las miles de familias independientes. Para los españoles, entonces, la existencia de una estructura sociopolítica mapuche no centralizada y que, por tanto, no obligara a sus miembros a obedecer, constituyó el principal obstáculo para su conquista. Al llegar los españoles, y observar con una mirada etnocéntrica a los mapuches, fijan su atención en todo lo que aquellos no tienen, en relación a la cultura europea. Para empezar observan esta carencia de poder centralizado y, luego, la ausencia de la figura omnipotente y omnisciente
681 La concepción que vinculaba el comportamiento social y cultural del ser humano con sus características hereditarias es propia del modelo evolucionista del siglo XIX, y que encuentra su raíz en los planteamientos de Darwin, y para el caso de las sociedades humanas en H. Spencer. Estos autores pensaron, correctamente, que la evolución biológica y la evolución cultural estaban íntimamente relacionadas. Así por ejemplo, puede verse que en la transición del hominoide al homínido ocurren cambios biológicos y socioculturales que se refuerzan mutuamente. Dentro de los homínidos ocurre algo similar; los cambios socioculturales están en directa relación con cuestiones biológicas como el tamaño del cerebro, por ejemplo. Sin embargo con el Homo Sapiens Sapiens –humanidad–, los cambios y diferencias biológicas se han estabilizado y su importancia en el comportamiento social es prácticamente nula. Sin embargo, esta información no era manejada en los ámbitos científicos del siglo XIX, que es cuando se tejen todas estos imaginarios respecto a las llamadas sociedades salvajes. “Así Spencer ni sus contemporáneos aceptaban que la propia relación entre el repertorio hereditario y el aprendido ha sufrido una evolución a lo largo de la cual la modificación de las formas culturales se ha hecho cada vez menos dependiente de cambios genéticos concomitantes”. De esta manera, hoy se acepta como plenamente válido para todas las poblaciones humanas, que “en el estadio de desarrollo biológico y cultural en que se encuentran actualmente, un grupo cualquiera puede adquirir el repertorio aprendido de otro grupo diferente sin que sea necesaria ni una sola innovación genética”. Harris, Marvin. El Desarrollo de la teoría antropológica. Historia de las teorías de la cultura. Editorial Siglo XXI. (13ª edición) México. 1997. p. 113. 682 Jara, Álvaro. Guerra y Sociedad en Chile. La transformación de la guerra de Arauco y la esclavitud de los indios. Editorial Universitaria. Santiago. 1971.

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del Dios cristiano, lo que significaba que los indígenas estaban incapacitados de distinguir entre el bien y el mal. Para el español esta doble ausencia de un poder claramente definido en el mundo terrenal y también en el celestial, “implicaba lógicamente la inexistencia de la ley. Hundía a estas sociedades en la más total confusión y la más grande inestabilidad...”683. Ahora bien, a pesar de la mirada fuertemente etnocéntrica de los hispanos acerca del pueblo mapuche, el hecho de no poder conquistarlo los habría obligado a reflexionar permanentemente sobre los mecanismos que lo estaban imposibilitando. Esto necesariamente los condujo a fijar su atención en las características organizacionales de este pueblo. Respecto a ello, dos son los aspectos más relevantes que aparecen en los documentos de la época y que hacen referencia a la organización política de los antiguos mapuches: en primer lugar, el tipo de asentamiento disperso y la guerra como reacción frente a la invasión europea. Los españoles notaron que, si bien en tiempos de paz los grupos vivían en relativa autonomía e independencia, para la guerra se reunían bajo la autoridad de un solo jefe684. Lo anterior pretende demostrar que si bien a los ojos hispanos la sociedad mapuche se presentaba como caótica, sin estructuras políticas, sí poseía mecanismos de articulación sociopolítica. El análisis más detallado permite observar que la diferencia radica en que estos mecanismos eran distintos a los de los españoles y que ellos mismos no tuvieron la capacidad de comprenderlos685. De este modo, la Corona española se vio en la necesidad de modificar sustancialmente las estrategias de dominación que hasta el momento del contacto con los mapuches le habían reportado exitosos resultados, y tuvo que entrar en una negociación que la obligó a reconocer a los mapuches como actores distintos con los cuales debía negociar, cuestión que se refleja en la política de los parlamentos. Sin embargo, antes de pasar al tema de los parlamentos, es necesario decir algo respecto a cómo la llegada y guerra contra los españoles significó importantes cambios en la propia sociedad mapuche. Puede decirse, en primer lugar, que la guerra la transforma de manera radical. En principio se produce un abrupto descenso de población, debido a los muertos en batalla; pero, sobre todo, a las pestes que contagian los españoles. La sociedad mapuche, hasta ese momento cazadora, recolectora y horticultora, se transformará en guerrera, y comenzará a adquirir una importancia creciente la maloca686. En este sentido la incorporación del caballo español a
Boccara, Guillaume. “Etnogénesis mapuche...” Op. cit. p. 428. Op. cit. 685 Por otro lado, la guerra como reacción frente al invasor supone de manera clara la defensa de un territorio claramente delimitado, apropiado, organizado, que debe ser defendido. 686 Palabra mapuche que derivaría de malón, malocan, y que significaría ser hostil con el enemigo, saqueando sus ranchos y todo cuanto se pueda. Ver: Jara, Álvaro. Guerra y Sociedad en Chile... Op. cit. p. 144.
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la cotidianeidad del pueblo mapuche es fundamental. Los mapuches rápidamente dominan las técnicas ecuestres transformándose en grandes jinetes, cuestión que se transformará en un arma determinante durante la “guerra de Arauco”; pero también el caballo condicionará el tipo de economía que van a adoptar los mapuches después de la guerra, significará cambios en el tipo de desplazamiento y también en los intercambios. Así, los mapuches se irán transformando en una sociedad ganadera, extenderán su territorio desplazándose hacia las pampas del actual territorio argentino, “araucanizando” a los grupos trasandinos. A pesar de los innumerables cambios de esta sociedad, muchas de sus instituciones ancestrales lograrán mantenerse, por ejemplo, el asentamiento disperso: los mapuches no necesitaron formar pueblos. Por otro lado, logran permanecer sin constituir una organización política de poder centralizado; por tanto, se mantendrá el derecho de cada familia a decidir en forma autónoma e independiente687. En fin, esta primera etapa de contacto entre españoles y mapuches está marcada por la guerra, finalmente favorable a los mapuches, a pesar del costo brutal que significó el exterminio de la sociedad indígena prehispánica. Al fracasar la lógica del sometimiento español, se inaugura una segunda etapa en la relación mapuche-conquistador que está marcada por la política de los parlamentos. Este hecho, indudablemente, provoca cambios en la sociedad colonial española, y también genera una reflexión al interior mapuche, que lleva a una autoconcepción distinta; ahora hay un “otro”diferente frente a ellos. Con la política de los parlamentos, se producirá una suerte de reconocimiento del “pueblo-nación” mapuche y de una frontera entre ambas naciones. Sin embargo, dicho reconocimiento será un mal menor, pues ambas partes desearían la desaparición del otro en un todo mayor que los incluyera. En este contexto de frontera, cuyo límite es la guerra –su fantasma–, se da el mestizaje –al revés y al derecho– que no logra superar la barrera entre ambos pueblos, sino que produce todo lo contrario: un blanqueo y una mapuchización688. Una lectura posible de todo el proceso que originan los parlamentos es ver cómo los mapuches aparecerán desde siempre como arquitectos, coprotagonistas en toda la configuración de la Frontera; no son simplemente objetos del accionar hispano, sino, por el contrario, coprotagonis-

687 Bengoa sostiene que, “aunque cambia el sistema económico, se mantiene la “democracia” fundamental que gobierna todas las decisiones colectivas. Hay sistemas de regulación del conflicto y alianzas, pero siempre se mantendrá una delegación parcial del poder: se otorga poder para solucionar tal o cual conflicto; para dirigir la guerra con un objetivo preciso, etc. A pesar de los cambios que ocurrirán en los siglos posteriores, el mapuche conservará estos elementos centrales de su cultura”. Bengoa, José. Historia del Pueblo Mapuche. Op. cit. pp. 27-28. 688 Foerster, Rolf. “Esquema para el tema Mapuche”. Op. cit.

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tas de esta historia. En este sentido, el eje que permite comprender por qué el sujeto mapuche entra en esta red de relaciones es el de la reciprocidad, las relaciones de respeto mutuo. El mapuche quiere evitar la guerra y busca un pacto de cogobernabilidad que le permita convivir de manera pacífica con los españoles; todo lo cual queda reflejado posteriormente en el sistema de convivencia, en el régimen de parlamento y en todo lo que es el desarrollo de una política para la región. Es decir, toda la institucionalidad surgida en la Frontera, desde el siglo XVI en adelante, está gestada en ese espacio a partir del diálogo entre los actores; y, en este sentido, el mapuche no habría sido nunca un objeto de conquista, sino, al contrario, un sujeto que resiste la guerra y que después de ganarla muestra una inmensa capacidad de diálogo en la consecución de acuerdos que le permitan vivir pacíficamente689. LA CUESTIÓN DE LOS PARLAMENTOS La guerra entre mapuches y españoles deja, como primera consecuencia, una demarcación fronteriza en el Bío-Bío. Desde ahí, las relaciones entre ambos pueden ser calificadas como de guerra relativa. Si bien los ejércitos hispanos no pueden entrar al territorio del pueblo mapuche, se va produciendo una lenta penetración de criollos y mestizos hacia dicho territorio, acompañada por el incremento del comercio entre los mapuches y quienes ocupaban la frontera Norte. Por otro lado, comienza una tarea pacificadora realizada por misioneros jesuitas, encabezada por el Padre Luis de Valdivia690 la que, sin embargo, no logra unir a mapuches y españoles.

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Esta lectura fue expuesta por el profesor Leonardo León y compartida por los profesores José Bengoa y Rolf Foerster en una reunión del Grupo de Trabajo de Revisión Histórica. El profesor Foerster, sin embargo, piensa que acerca de los parlamentos existe una doble lectura; una primera que es la que señala Leonardo León, pero también otra que se relaciona con lo que ha señalado Boccara, y donde se ve al parlamento, también, como un instrumento de dominación, de control étnico, en términos de Foucault, como un aparato disciplinario, que le permite al estado colonial mantener controlada a una población rebelde. Esto quedaría reflejado en la documentación donde se ve a las autoridades españolas preguntándose: ¿qué es esto en que estamos metidos? a muchos españoles les repugna participar en estas ceremonias. Sin embargo, más allá de la voluntad de ellos, lo cierto es que, imposibilitados de conquistar a los mapuches, se ven en la obligación de pactar, parlamentar con el pueblo mapuche, lo que lleva al reconocimiento de su territorio, de sus autoridades, de sus derechos, de sus actividades culturales, etc. y, en este sentido, con el tiempo, los españoles notan que con el mapuche se puede conversar y llegar a acuerdos, que es lo que efectivamente sucede durante el periodo colonial. 690 Los jesuitas no dudaron en asumir la defensa de la población indígena. Esta defensa no era por razones de contingencia política, sino porque estaban convencidos de que podían convertir al cristianismo a los mapuches. Los mapuches rechazan esta ofensiva evangelizadora jesuita, “agreden a los misioneros y se burlan de ellos. Los mapuches defienden lo suyo y resisten el cristianismo”, pues percibieron que, tanto los jesuitas como los franciscanos, “perseguían vaciar al indio de su cultura, para introducirlos en el cristianismo”. Pinto, Jorge. “Etnocentrismo y Etnocidio. Franciscanos y Jesuitas en La Araucanía 1600-1900”. Revista Nütram Nº 24. Ediciones Rehue. Santiago. 1991.

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Después de algunos encuentros entre ambos actores, que toman el nombre de parlamentos691, se produce uno de los más significativos. Este encuentro es conocido como las paces de Quillín, y tendrá lugar 91 años después de iniciada la “guerra de Arauco”. Los acuerdos de este parlamento son los siguientes: se reconoce como frontera el río Biobío y la autonomía del territorio mapuche. Los españoles deben despoblar la ciudad de Angol, y los mapuches se comprometen a no vulnerar la frontera, devolver a los prisioneros y dejar predicar a los misioneros en su territorio. A pesar de este acuerdo, continuó la tensión de la guerra, tensión que de pronto explotaba y se expresaba fundamentalmente en campañas que iniciaban ejércitos reales hacia el interior de la Araucanía en épocas de verano “...ya para escarmentar a un grupo de mapuches por un supuesto atropello, o simplemente para hacer ‘piezas’ –cautivos– que eran vendidos como esclavos en Santiago o a los encomenderos del norte del país... ”692. La paz solo se lograría consolidar con posterioridad a la sublevación de 1723693. Sin embargo, es en la Frontera donde se configura un cuadro de relaciones que trascendieron el límite geográfico marcado por el Biobío; es posible observar un nuevo escenario de las relaciones mapuche-españolas, en el que, por sobre la guerra, va a dominar una paz “parlamentada” que permanentemente está a punto de romperse, como muchas veces ocurrió. Sin embargo, es también un período en el que, a diferencia del anterior, era posible llegar a acuerdos. Ahora bien, ni la paz parlamentada ni las relaciones fronterizas que existieron y la acompañaron transformaron a los mapuches ni debilitaron su identidad. Por el contrario, los obligaron a desarrollar un discurso cada vez más diferenciador frente a los criollos, mestizos y diversos grupos sociales que formaban parte de la sociedad no indígena694. Es necesario detenerse un momento en el tema de los parlamentos. Tradicionalmente se ha entendido a estos como una estructura sociopolítica implantada por la Corona española, y que, por lo tanto, suponía un mecanismo de aculturación y subordinación de los mapuches hacia los españoles. Sin embargo, un análisis diferente podría liberar a los mismos

Dentro de los principales parlamentos entre hispanos y mapuches pueden contarse el de Paicaví, de título desconocido y que ocurrió en 1605. En 1612 ocurren dos encuentros, cuyos títulos son parlamentos del Padre Valdivia y que ocurren en las localidades de Catiray y Paicaví nuevamente. Los parlamentos hispano-mapuches se sucederán hasta 1803 en el denominado Parlamento general de Negrete. 692 Bengoa, José. Historia del Pueblo Mapuche... Op. cit. p. 34. 693 Méndez, Luz María. “La organización de los parlamentos de indios en el siglo XVIII”. En: Sergio Villalobos, Carlos Aldunate, Horacio Zapater, L. Méndez y C. Bascuñan. Relaciones Fronterizas en la Araucanía. Ediciones Universidad Católica de Chile. Santiago. 1982. 694 Entrevista realizada al profesor Foerster por el equipo redactor.

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de esta perspectiva unidireccional, considerando el carácter interactivo de todo contacto interétnico695. Las relaciones fronterizas no solo están determinadas por la forma de dominación de la institucionalidad española, sino también por los mecanismos de contacto que existieron y, en el caso del parlamento, estaría muy presente la influencia de la estructura sociopolítica mapuche. El parlamento, en última instancia, sería una institución híbrida y transcultural establecida entre dos actores étnicos distintos. Es, sin duda, un instrumento de contacto que usaron los españoles; sin embargo, también es posible plantear que se trata de un instrumento utilizado por los mapuches que les permitió establecer relaciones con los hispanos de acuerdo a sus propios criterios. Incluso podría decirse que los españoles, incapaces de imponerse por la fuerza, “cayeron en la trampa” de las formas de negociación indígenas, y no les quedó otra alternativa que aceptar, “protegidos” por el término “parlamento”, un tipo de encuentro ritual que los mapuches practicaban mucho antes de la llegada de los españoles y que estos calificaron despectivamente de “borracheras”696. A pesar, entonces, de que para los ojos occidentales no fuera posible captar las instituciones de la estructura social y política del pueblo mapuche, existía una organización sociopolítica detrás de los cahuines y borracheras que describen los primeros españoles, y que no eran más que las juntas de guerra donde se establecía el sistema de jerarquías y poder, el sistema de gestión y organización en función de la tarea por todos acordada. Se trataba de una centralización funcional del poder político. De este modo, los mapuches eran poseedores de una instancia para resolver las necesidades y conflictos generados697. Lo interesante de todo esto es que durante la Colonia se habría logrado constituir un equilibrio entre dos “naciones independientes”, que man695 Zavala, José Manuel. “Aproximación antropológica a los parlamentos hispano-mapuches del siglo XVIII”. Versión revisada de “L’envers de la Frontière du royaume du Chili: le cas des traités de paix hispano-mapuches du XVIIIe siècle”. Revista Histoire et Sociétés de l’Amérique latine. Nº 7. París. 1998. 696 Op. cit. p. 3. El autor señala tres aspectos respecto de los cuales el parlamento sería una institución más cercana al mundo mapuche que al hispánico. En este trabajo sólo nos limitaremos a mencionarlos: En primer lugar está el aspecto ritual que se inscribe en gran parte de la tradición indígena, como segundo aspecto menciona su carácter de comunicación interétnica que privilegia la lengua y el estilo discursivo indígena. En último lugar, como mecanismo de contacto político que se inserta coherentemente en la lógica indígena del “don”. 697 En este sentido, para el profesor Rosamel Millaman de la Universidad Católica de Temuco, la ausencia de un poder central ha influido negativamente en la imagen que se tiene del pueblo mapuche. Sin embargo, sostiene, se debe considerar que existe unidad cultural, pero también diversidad, en ámbitos como el del liderazgo, por ejemplo, en el que hay muchos y variados, y cambian permanentemente. Podría observarse una especie de continuidad en esta estructura sociopolítica, tomando en consideración todas las transformaciones que ha vivido la sociedad mapuche. Entrevista realizada a Rosamel Millaman en Temuco por el equipo redactor durante el mes de agosto, 2002.

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tenían relaciones, pero eran autónomas y se reconocían mutuamente. Esto no debe ser idealizado, pues coexiste junto al deseo de hacer desaparecer al otro, en un todo mayor que los incluya. Solo que, al no poder conseguirlo, se establecerán relaciones más horizontales, en las que permanecerá la obligación de parlamentar con el otro. Además, se insiste en que, a fines del siglo XIX, se habría llegado a una convivencia relativamente pacífica, la que será rota como consecuencia de la irrupción del Estado chileno en la Araucanía. De esta manera, mapuches y españoles convivieron en la Frontera desde el siglo XVII al amparo de una complementariedad que contuvo el conflicto y favoreció las relaciones pacíficas (Ver Mapa Nº 17). Se crea un sistema de gobernabilidad basado en una complementariedad, que habría generado una “...interesante integración regional al interior del espacio y de este con el resto del sistema colonial, configurando una realidad regional muy dinámica, con protagonistas que supieron aprovechar los beneficios de esa complementariedad...”698. Las organizaciones indígenas mapuches han asumido con mucha fuerza la importancia de los parlamentos, como fuente de legitimación de sus demandas territoriales y culturales. Desde una perspectiva históricojurídica, se sostiene que estos, los que tuvieron lugar durante la Colonia, dentro de los cuales destacan los de Quilín de 1641 y 1647 y más tarde el de Negrete –1726–, significan un reconocimiento del estatus independiente del pueblo mapuche y de su territorio, la Araucanía. Si bien es cierto que en estos tratados los mapuches debieron asumir múltiples obligaciones, los parlamentos coincidieron en reconocer la frontera en el Bío-Bío, la que ninguno podía cruzar sin el permiso del otro, diferenciando así los territorios y jurisdicciones de ambos pueblos. Se trataría entonces de un tratado internacional entre naciones soberanas. En los últimos años, esta concepción ha sido apoyada por distintas instancias nacionales como internacionales699. El debate acerca de la importancia jurídica contemporánea de los parlamentos indígenas está planteado no solamente en Chile. En el caso del Acuerdo de Waitangi, entre los maoríes de Nueva Zelanda y la Corona
698 Pinto, Jorge. De la Inclusión a la Exclusión. La formación del estado, la nación y el pueblo mapuche. Colección Idea. Santiago. 2000. p. 9. Ahora bien para el profesor Héctor Painequeo en este parlamentar, en esta forma de relacionarse entre el Estado colonial y los mapuches y después entre el Estado republicano y los mapuches, no hay diálogo; el diálogo no es tal, ”puesto que lo que allí hay no es un diálogo, sino que un tipo de intercambio donde cada uno trata de ganar, y sacar provecho para sí mismo; mientras que un diálogo consiste en tratar de comprender al otro.” Entrevista al profesor Héctor Painequeo realizada en Temuco por el equipo redactor. 699 Por ejemplo, la organización mapuche Consejo de Todas las Tierras (Aukiñ Wallmapu Ngulam; y también por el Relator Especial de las Naciones Unidas Miguel A. Martínez . “En el Informe Final de su estudio sobre los tratados que involucran a los pueblos indígenas sostiene que los tratados suscritos entre los europeos y los pueblos indígenas eran relaciones contractuales entre

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británica, como en muchos otros, la Corte Suprema de ese país lo ha reconocido no como tratado internacional, sino como un elemento de criterio en el análisis de los debates, juicios y asuntos relacionados con los pueblos indígenas700. En el caso chileno, los tribunales los han desestimado cada vez que han sido presentados como argumentación. Los elementos y argumentos aquí entregados muestran que los parlamentos deben ser analizados como evidencia jurídica, que se trata de una relación reconocida y respetada y aunque aún no tengan valor probatorio en los tribunales debieran ser tomados en cuenta como un antecedente de la mayor importancia frente a situaciones de controversia contemporánea. ANEXO N° 4 EL SISTEMA DE PARLAMENTOS
A instancias del Marqués de Baides, se desarrolla en los llanos de Quillín, en el mes de enero de 1641, un concurrido parlamento, del que participaron los más importantes y poderosos logkos701 de la Araucanía: Chicaguala, de Maquehua, que contaba a la sazón con mil lanzas; Loncopichón, con tres mil lanzas; Butapichón, quien representaba a los capitanes, generales y logkos, y el intrépido Lientur, quien habló a nombre de los conas, de los guerreros de Arauco. Una vez finalizados los discursos se firmaron las siguientes condiciones de paz: “El Gobernador los dejaba libres en su territorio y sin que pudieran ser reducidos a esclavitud, obligándose además a no permitir que ningún español pisase sus tierras, a no ser los misioneros jesuitas, y a destruir el fuerte de Angol; todo lo cual equivalía a reconocer de hecho la independencia de Arauco y a declararse vencido e impotente el ejército español al retroceder la línea de sus fronteras con la destrucción de Angol, como en efecto se llevó a cabo luego después. He ahí pues reconocida por un acto oficial la soberanía de Arauco. En cambio, los Araucanos se obligaban a entregar los cautivos, a permitir la entrada de los misioneros a su territorio y a combatir a los enemigos de los españoles, como por ejemplo a los corsarios ingleses y holandeses que intentaban desembarcar en las costas de la Araucanía y hacer alianza con los araucanos para combatirlos a ellos”702.

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naciones soberanas, con implicancias legales. Martínez se refiere en su Informe a los parlamentos celebrados entre los mapuche y los españoles durante la colonia en Chile, señalando que “...el origen, causas y desarrollo de estos instrumentos jurídicos podría compararse, prima facie y desde ciertos puntos de vista, a los de ciertos tratados indígenas en los territorios británicos y franceses de Norteamérica”. (Ver Martínez, 1999) El estudio de Miguel Alfonso Martínez muestra, sin embargo, las diferencias importantes que hubo entre los tratados firmados por la Corona británica y los acuerdos en parlamentos y otras formas de reconocimiento que realizaron la Corona española y portuguesa. Es por ello que muchos tratados en Canadá y Estados Unidos tienen vigencia legal y, en cambio, en América Latina la situación adquiere una mayor complejidad. 700 Ver el Informe citado del Relator Especial Sr. Miguel Alfonso Martínez Cobo, presentado a la Subcomisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en el año 2000. Este estudio, si bien no tiene ningún valor vinculante, es de gran utilidad, ya que ha abierto el debate internacional sobre estas complejas materias jurídico-históricas. (E/CN.4/Sub.2/1986/7/ Add. 4, párr. 379). 701 Explican significado de la voz logkos. 702 Lara, Horacio. Crónica de la Araucanía, Tomo II, Imprenta El Progreso. Santiago. Chile. 1889, pp. 48-49.

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En la práctica, los resultados del parlamento serán los siguientes: reconocimiento de la independencia de los mapuches en el territorio que se extendía al Sur del Biobío hasta el Toltén; despoblamiento de Angol por parte de los españoles; permiso para la entrada de misioneros al territorio indígena para evangelizar; devolución y canje de prisioneros, entre los que se contaba un número importante de mujeres españolas cautivas. A ello se agregaba el dar fin a la encomienda, institución que era causa de la mayoría de los males indígenas. Con el Parlamento de Quillín se inauguraba una nueva forma de relación entre los españoles y la gente de la tierra, por lo menos existe un compromiso formal de ambas partes respecto de hacer realidad los acuerdos convenidos. Mención aparte merece la esperanza de los misioneros jesuitas, quienes ven en ellos un fértil camino para realizar la evangelización. A fin de dar a conocer los resultados del Parlamento de 1641, el Gobernador ordena celebrar en 1647 un nuevo Parlamento, también en los llanos de Quillín, y otro, en 1651, en Boroa, el 24 de enero, el que, en palabras del padre Diego de Rosales: “acabóse con gran regocijo de todos el juramento de las paces y fue este día el más festivo que se ha visto en Chile, por no haberse visto jamás, sino es hoy, todo Chile de paz desde Copiapó a Chiloé, sin que hubiese en todo el reino indio, ni provincia ni guerra; que si bien muchas veces y en tiempos de estos gobernadores se han celebrado paces, siempre ha quedado alguna provincia de guerra, pero ahora no quedó provincia que no se hallase en este parlamento y diese la paz a Dios y al Rey”703. No bien se firmaban las paces y se lograban acuerdos de sobrevivencia, la convivencia pacífica entre mapuches y españoles llegaba a su fin al poco tiempo, generalmente a causa de incursiones españolas en busca de indios esclavos, o bien, a causa de malocas indígenas en busca de recuperar esclavos y capturar animales. Sin embargo, aparte de dichas incursiones, hubo momentos en que se produjeron levantamientos de importancia mayor, los que han sido conocidos como ‘rebeliones generales’; es el caso de la gran rebelión de 1654704.

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La historia nos enseña que corría el año 1654 cuando naufragó en las costas de Valdivia una embarcación, de la cual los indios cuncos extrajeron los bienes que llegaban a la costa y dieron muerte a los sobrevivientes. A causa de lo anterior, y con el argumento de vengar la afrenta (no obstante el tener como motivación tomar indios en guerra y, por tanto, esclavos), el maestre de campo Juan de Salazar realizó una expedición punitiva compuesta por 900 soldados y 1.500 indios amigos que salen desde el fuerte de Nacimiento. Muchos de ellos murieron al cruzar el río Bueno, donde comenzaba la frontera cunca. Fracasada la empresa, al año siguiente (1655) parte desde Concepción una nueva expedición española, estimulada por el mismo deseo de tomar indios en esclavitud. Paralelamente, en febrero de 1655 se levantaba la Araucanía entera, alcanzando hasta el río Maule, levantamiento del cual fue culpado el Gobernador AcuFerrando, Ricardo. Y así nació la Frontera. Editorial Antártica. Santiago. Chile. 1986, p. 212. Villalobos, Sergio. Vida Fronteriza en la Araucanía-El mito de la Guerra del Arauco. Editorial Andrés Bello. Sabtiago. Chile.1995, p. 60 y ss.
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ña y Cabrera, cuñado de Juan de Salazar, a quienes las autoridades españolas de la época acusaron de solo tener interés pecuniario, el que satisfacían con la captura de esclavos, y que esa habría sido precisamente la causa del levantamiento indígena. Lo anterior implicó la eliminación de cualquier presencia española al Sur del Biobío, la destrucción de todas las estancias hasta el Maule y el despoblamiento de Chillán. Asegurada nuevamente la frontera en el río Biobío, y ante la orden de la corona española de prohibir la esclavitud de indios, se desarrollará en adelante un período de relativa paz, no obstante que cada tanto hubieran encuentros bélicos menores y focalizados. A fines del siglo XVII, en los llanos de Yumbel, se produce un nuevo encuentro entre las autoridades españolas, asentadas en la Capitanía General de Chile, y las autoridades locales representantes de una multiplicidad de ayjarewes repartidos en “cuatro Butanmapus según su modo están los tres en el hueco que hace a la cordillera nevada y en el mar y el otro pasada la cordillera nevada del lado del oriente, y están compuestos en cuatro líneas, de norte a sur, donde ellos residen, y por cada Butanmapu se siguen sus comunicaciones, de confidente a confidente, y tiene cada Butanmapu por su línea más de cien leguas de longitud y ocho a diez leguas de latitud”705. El Parlamento de Yumbel, que se desarrolla en diciembre de 1692 y al que asisten más de 5.000 personas, 200 caciques y alrededor de 500 mocetones, el Gobernador y Capitán General del Reino de Chile Thomas Marín de Poveda había convocado a fin de comunicar “el deseo que asiste a sus Majestad Católica de que gozasen el beneficio principal de la paz que tocaban y otras cosas tocantes a la religión”706. La importancia territorial de dicho encuentro, que en definitiva se convocaba para tratar temas religiosos, radica en que la Corona española, a través de sus representantes, reconocía la autoridad de los caciques, desistía de sus intentos por avanzar hacia la Araucanía, trataba a los habitantes al Sur del Biobío como vasallos de la Corona, ya no como bárbaros e incivilizados, levantaba la necesidad de una paz duradera y reconocía la autonomía de la gente de la tierra. Por otro lado, se reconocían los constantes agravios de los que había sido objeto el pueblo mapuche y ahora solo se les solicitaría la autorización para que religiosos ingresen al territorio del que la Corona española no tenía jurisdicción. Al respecto, el intérprete relató que el Gobernador había viajado a España, informando a Su Majestad, quien “le mandó que viniese a gobernar a estas provincias y a solicitar el mayor bien de los indios, y mantenerlos en paz y justicia no permitiendo que se les hagan molestias ni agravios, finalmente a tratarlos y a que sean tenidos por Vasallos de su Majestad como lo son los demás sujetos a su corona gozando enteramente su libertad.” En síntesis, se reconoce formalmente el ser vasallos del mismo rey, asunto que a los mapuches no les significaba dejar de lado sus autoridades, y que además el reconocimiento español como iguales a quienes habían denostado y demonizado y, aún así, no habían podido vencer. A las autoridades indígenas se les ofrecía paz duradera, “estar quietos en sus tierras gozando de sus haciendas, familias y ganados” y estos se debían comprometer a

705

Ver Leon, Leonardo. “El pacto colonial hispano-araucano y el parlamento de 1692”. Nütram Nº 30. Santiago. Chile. 1992/4. 706 Op. cit. pp. 27-28

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permitir la difusión de la doctrina católica en su territorio, a fin de poder lograr una comunión religiosa y “vencer algunas dificultades que ocasiona el modo de vivir que tienen los indios”, para lo cual el Gobernador solicita a las autoridades indígenas admitan misioneros “que los instruyan y bauticen y los casen según orden de Nuestra Santa Madre Iglesia y esto solo aquellos que voluntariamente solo quisieren ser Cristianos”707 (P. 34). A nombre de los mapuches, quien en primer lugar dirigió sus palabras a los asistentes al Parlamento fue Luis Guilipel, en cuya jurisdicción se realizaba el encuentro, el que agradecía e invitaba a aceptar las propuestas del Gobernador “después de los errores pasados”. Lo anterior fue apoyado por el cacique Guenchunaguel, de Calbuco, consejero del Fütalmapu de Guilipel, quien luego de señalar las conveniencias de la paz y reconocer la voluntad real, plantea “que sólo ponía el reparo que en la ley Católica no se admitía mas que una mujer, y que en la que ellos vivían con multiplicidad de ellas, pues será el continuo vivir de su usanza, y mantenerlas las mujeres de chicha y vestuario en que fundaban su grandeza y ostentación”708, alocución que contó con el apoyo de la multitudinaria asistencia. A fin de salvar el entuerto, el Gobernador Marín de Poveda plantea que dicha objeción no era más que fruto del desconocimiento de la doctrina, y que esta “no prohibía las criadas para el servicio y podían casarse con una mujer y que las demás se tratasen como sirvientes y de este modo no se impedían los ostentaciones de sus personas, y con esto tenían quien asistiese a las distribuciones de sus casas,(...) pues de ello resultaba apartarse solamente de la costumbre de dormir con ellas”709. Finalizó el encuentro con las palabras del cacique Anulabquen, del Fütalmapu Bafkehche, quien “cerró su discurso entregando al señor Capitán General los bastones que tenía en las manos de los caciques de cuatro Fütalmapus y quedó concluso el parlamento.” Siguiendo a Leonardo León, solo pueden juzgarse las palabras e intenciones de los caciques asistentes al parlamento a la luz de los hechos siguientes, es decir, se entra a un período de respeto mutuo entre la Corona y el mundo mapuche, de crecimiento de las relaciones mercantiles fronterizas y, de una manera u otra, de relaciones pacíficas. Al respecto, León señala que a los caciques solo “se les pedía la conversión paulatina al catolicismo. La propuesta del gobernador no incluía la instauración de la institucionalidad imperial, el cobro de tributos o impuestos, la construcción de fuertes o villas, la apertura de caminos ni el servicio del ejército; solamente se mencionó a los misioneros y a los capitanes de amigos como agentes exclusivos de la corona en la región. El río Bio Bio seguía siendo una frontera entre ambos mundos. Los caciques demostraron estar conscientes que el precio que se les pedía por la paz y la autonomía era relativamente menor, más todavía si ello significaba solamente autorizar la construcción de misiones en sus comarcas”710. A los antecedentes expuestos, que tendrán gran trascendencia en el desarrollo posterior de las relaciones entre el Estado español y el mundo mapuche, se suma la gran concurrencia de caciques y autoridades mapuches, como también la

293

707 708 709 710

Op. cit. p. 34 Op. cit. p. 38 Op. cit. p. 39 Op. cit. p. 49

LA

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multiplicidad de espacios territoriales representados, que presentamos a continuación711: CUADRO N° 2 REPRESENTACIÓN INDÍGENA Y TERRITORIAL EN EL PARLAMENTO DE YUMBEL
LOF (REDUCCIÓN) Colcura Arauco Carampangue La Albarrada Yndes Rrepu Lavapié Quidico Quiapo Rrampuel Lebo Carammauida Lincoia Tucapel Cayocupil Molguilla Pangue Chan Leubu Danqueleo Traboelboro Antequina Lleulleu Eguide Raguelgue Coicomo y Relomo del Salado Tirúa Guenimavida Taleo Quilligui LOGKO (CACIQUE) Anteli, Guenual, Lleubalicán Cheuquecán, Ancaguenu, Painemilla, Cheuquemilla Labquemguere, Curipidén Guenchuguere, Conguebude Quilipile, Melguamanque, Gualullanca Ybunchen, Alcaman, Guiquili Penipillán, Categuaguelen Curimal, Millanco, Togomacha Curelipi, Teiguepillán Yrib labquen, Paillán, Lienquen, Naguelgueche Aigopillán, Millalonco, Llebuelicán Guentegueno, Biuchalab, Colocolo, Cambitar Curian, Udaman, Pichuman, Chodque, Tagomal Anteni, Coliepi, Aucallanca, Marinaguel Guilipel, Aigopillán, Colelan Loncoan, Painamun Liempi, Puicon, Picumán Paillalicán, Guenchupangui, Napomán, Nancupil, Colepi Cheuquene, Lienllanca, Maripel, Guerima Fogoante, Puicoante, Upallante, Guechucoi, Guebiante, Pichunante Pillantur, Amali, Paillante, Caiancura Paiguigelu, Quilatur, Pillulai, Ancamenu Mannao, Naguelante, Guentequl, Maliguenu, Guenudane, Quinellanca, Ruguillanca, Neuclean Nebaltar, Lleubulicán, Melillanca, Lloncollanca Caiamacra, Guaquinilo, Lincolab, Guichulap Amoibueno, Gueracan, Marilebu, Cincomalco, Guentelicán, Lleubalicán Curibanco, Guiria Toki, Guelevi Llancabilo, Tanacal, Caiomari, Cuilipel Poelpague, Quinchamengue, Pailaqueupu, Ygueipillan, Colepague, Curiguala

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711 Por ejemplo, la organización mapuche Consejo de todas las Tierras (Aukiñ Wallpapu Ngulam; y también por el Relator Especial de las Naciones Unidas, Miguel A. Martínez. “En el Informe Final de su estudio sobre los tratados que involucran a los pueblos indígenas sostiene que los tratados suscritos entre los europeos y los pueblos indígenas eran relaciones contractuales entre naciones soberanas con implicancias legales. Martínez se refiere en su Informe a los parlamentos celebrados entre los mapuche y los españoles durante la colonia en Chile, señalando que “…el origen, causas y desarrollo de estos instrumentos jurídicos podrían compararse, prima facie y desde ciertos puntos de vista, a los de ciertos tratados indígenas en los territorios británicos y franceses de Norteamérica”. (Ver Martínez, 1999). El estudio de Miguel Alfonso Martínez muestra, sin embargo, las diferencias importantes que hubo entre los tratados firmados por la Corona Británica y los acuerdos en Parlamentos y otras formas de reconocimiento que realizó la Corona española y portuguesa. Es por ello que muchos tratados en Canadá y Estados Unidos tienen vigencia legal y, en cambio, en América Latina la situación adquiere una mayor complejidad.

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RESISTENCIA Y PARLAMENTOS

LOF (REDUCCIÓN) Curicuien Budi Rucacura Talcamavida Santa Juana Angol Mininco Guadava Arquen Yapaguere Purén Guepin Llopeoian Mantupulli Lumaco Renico Didaico Colpi Guellol Pubinco Repocura Boroa

LOGKO (CACIQUE) Quintelemu, Quenanaguel, Loncopangue, Talgacuidi, Guenupangui, Llecamanque, Leubapillán Millanaguel, Paillaguere, Reuguigala, Peinenanco Curiñanco, Naguelgueno, Cheuquelile Cheuquecan, Guiracacheo, Gueicumilla, Guiricheo, Curellanca Curemalin, Butapichun, Llanoaguena, Inacar, Naupiante Curipel, Aioguere, Eviqui, Suiq, Quinchaltur, Manquedebu, Mariguen, Millapi Marique, Anaquen, Marcollanca Reinanco, Pailacura, Tureman, Llancamal, Guicumilla Queputur, Caniuqueupu, Cadiburi, Antequeo, Guaipquita Guelene, Lilpulli, Millallanc, Ancamilla, Calleguere Paguianca, Yenepillan, Tanamai Minchellanca, Calbucán, Lincancura Millaguin Chobquecura, Calbuleo, Mallalonco, Curipi, Guerapi Calbuman, Carimanque, Gueiculupel, Nagpi, Tecamán, Guanimán Ancatur, Aigui, Guilipel Quelerman, Udalebe, Antetipai Catrillanca Piutimella, Chiuea Guaiquimilla Gueiculep, Millananco, Ancallu, Guanquelonco, Cabrapagui, Pichintur, Reuqueante, Catellanca, Calbamanque, Tanamaico, Ranmanque Guenubilo, Maripil, Guircananco, Quinelama, Nancamal, Pilcollanca, Quechambilu, Guenman, Naguelcura, Licancura, Licancura, Buchamalal, Caterupai, Guercapie, Reinaguel, Antecura

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Cholchol Toltén el Alto La Imperial Quechucaguin San Cristóbal Santa Fé Bureu Molchén

Calbuquea, Reumaylabquen, Chiguicura, Mencollanca, Cariqueo Millaio, Llanqueman, Maribulo Naguelguala, Antipal, Chaguegueno, Calbuguenu, Maribilu, Gunchullanca, Ligueque Guilipel, Paioibilo Huilipel, Llancamali Lientur, Milaguala, Guiragueno, Tureupil, Paillacheo Quinchaleubu, Guaiquiguere, Guenopillan, Guanquepai, Reuqueiembe, Guaiquian, Elpuente, Reuqueante, Llanquemanque, Cambimante Guenullanca, Quedeante, Udalevi, Quentequen, Punalevi, Millachigue, Linculeubu, Millal, Paillachet, Lincota, Naguelguere, Querupichun, Paillacán, Rapian, Deumanguin, Quenteguere

Colgue Monquico

Curelama, Biemche, Ancalleo, Ybuinchet, Llancamilla Cheuquileu, Llanquelicán, Millaguenin, Deanllanca, Yngaipillán, Calbulemu, Naguelguala, Raipilqui, Mariguala, Guentelabquén, Tanconpai, Leplipe, Anteleui, Caiomilla

Malleco Chacaico Choque Choque

Paguinamon, Ayllapán, Catepillán, Naguelpán, Catelpán, Paguianca, Udaleui, Llancanao, Lepicalquin Maloñanco, Lipaygueque, Menchelab, Tagomilla, Teimellin, Catheren, Yaupillanquen, Malolab Paillaguanque, Quetulevi, Painemal, Quechereguas, Paillalicán, Colompillán, Camulevi

LA

MEMORIA OLVIDADA

LOF (REDUCCIÓN) Adeuil Requén Birquen Pellamalín Llameco Calbuco Maquehua Chomui Champulle Quellaino

LOGKO (CACIQUE) Colicheo, Pellucambi, Millalicar, Millaie, Cheuquelinco, Gueitalabquén Guechapillán, Catheguer, Altigue, Meliguere, Millalicar, Huenchullanca, Pichuncura, Dugueleui Anteranai, Ancamilla, Leniguenu, Loncollanco Loncoñanco, Queligueno, Gueracan, Ninanco, Millarelmo, Guenucal, Paillalicán Guenchunaguel, Loncotipai, Aielguen, Quelabichhun, Ricananco, Calbuñanco, Pichunante Gauminaguel, Paguinamun, Butapichun, Caurapague Catalbquén, Permanllanca, Painequeo Millapal, Millaguala, Antegueala, Caiopilqui Neipague, Liencura, Cadepoco Lipicalquín Codeguala Curaleb, Cheugdu, Lemullanca Puitillanca, Guiquipagui Raiguechun Ancachevo Millachigue Calbunanco, Guenchuante Malihueno, Biatipai Guencullanca Quedetur, Marillanca, Tenamante Millante, Ancaguala, Pucareo, Curequelebe Colicheo, Pichanante, Millabende, Catemapo Picheguala, Luanchiun, Curenanque, Curenaguel Millamanque, Antetipai Loncotipai, Quilenpangui, Ligainanco, Butapi Curiquien, Millaguenu Chenquenaguel, Llallinguanque Lemunan, Anenaguel Talcapillán Millatipai Lucanaquien Peranaguel Cadepague Rainecuelen Guenavilo, Guelmellanca

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Lalguen Rregue Cura Guambalí Peulla Aquelen Tempuelo Cudeleubu Chaguel Loncopitriu Compudo Quilacura La Villarrica Pucón Lolco Ranquel Anguaiecu Temenco Icalma Lolquinco Rucachiroy Guachipén TufTuf Proquena Malloe

Fuente: “Expediente del Parlamento celebrado con los indios en la Plaza de San Carlos de Austria, llamado comúnmente Yumbel, fuera de las murallas, en el campo, en 16 de Diciembre de 1692”.

En los mismos términos anteriores, y refrendando lo señalado en Yumbel, se desarrolla en Choque Choque un nuevo parlamento en 1693, cerrando un siglo que comenzó con la victoria de Curalaba, con la fijación de la frontera en hispano mapuche en el Biobío, continuó con la experiencia de la guerra defensiva, inauguró el sistema de Parlamentos y terminó con el reconocimiento formal de un extendido territorio jurisdiccional mapuche, entre el Biobío y el Toltén, el que se mantendrá incólume durante toda la colonia.

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RESISTENCIA Y PARLAMENTOS

PARLAMENTOS DE NEGRETE Y NASCIMIENTO
No obstante que, fruto de los Parlamentos reseñados, y que en la línea de frontera se desarrollaban grados crecientes de relaciones comerciales, en la Araucanía de principios del siglo XVIII se vivía una paz inestable, sujeta en cualquier momento a resquebrajarse, y en algunos momentos más álgidos, a quebrarse. Como señaláramos, los encuentros bélicos entre españoles y mapuches no cesaban, pero no pasaban de ser encuentros esporádicos, focalizados, los que alcanzaron niveles de enfrentamientos mayores durante el siglo XVIII en dos ocasiones: entre 1723 y 1726, y entre 1766 y 1771. La primera de las rebeliones se produce entre la primavera de 1723 y el verano de 1724, momento en que se levantan todos los ayjarewes de Biobío al Sur, fruto de los múltiples abusos cometidos por los Capitanes de Amigos con los mapuches, al ser estos últimos obligados a trabajos forzados y al servicio personal, y por “las especulaciones comerciales del maestro general del ejército, Manuel de Salamanca, que se sirvió de los capitanes de amigos y de la presión que podía ejercer sobre los mercachifles, para crear una especie de monopolio en el comercio con los naturales y que derivó en imposiciones abusivas y hasta maltrato. Según muchos testimonios de la época, los capitanes de amigos, respaldados por su jefe superior violentaron la voluntad de los indios y se acumuló un fuerte descontento.” En definitiva, el 9 de marzo de 1723, es asesinado el Capitán de Amigos de la parcialidad de Quechereguas Pascual Delgado, quien “se había atraído el odio de los indios por la arrogante soberbia con que los trataba y por los castigos crueles y arbitrarios que les infligía”712. Con la muerte del Capitán de Amigos se inició la rebelión general. A ello le siguió el saqueo y destrucción de las haciendas cercanas, con el consiguiente robo de animales, y el paso a las inmediaciones de Purén, para luego avanzar a la Isla de la Laja, mientras en forma paralela se mantenían incomunicados los fuertes españoles, se sumaban a los llanistas los mapuches del lafquenmapu (costinos) y los cuncos. Finalmente, “... a causa de la rebelión, el gobernador Gabriel Cano y Aponte estimó que los fuertes avanzados al sur del Biobío no se justificaban, porque sólo eran puestos de vigilancia y que no habiendo plan de extender la dominación no prestaban utilidad real, originando gastos y preocupación innecesarios”713. Con el despoblamiento de la Araucanía por parte de los españoles, se llega a un nuevo Parlamento, el que se realiza en Negrete el 13 de febrero de 1726, que se centró en regular las relaciones comerciales fronterizas y cuyo resultado principal fue el prohibir el monopolio comercial de los oficiales. En los llanos de Negrete, el Gobernador Cano y Aponte propuso las condiciones de paz, entre las que se señalaba que los mapuches debían deponer las armas, reconocerse vasallos del Rey de España y enemigo de sus enemigos, no oponerse a la reconstrucción de fuertes al Sur del Biobío, y aceptar la evangelización de los misioneros. De ello se deduce que los intereses expansionistas españoles, si bien se congelaban, continuaban vivos.
712 Casanova, Holdenis. “La Araucanía colonial: discursos y estereotipos” en Del discurso colonial al proindigenismo. Ensayos de historia latinoamericana. Ediciones Universidad de La Frontera. Temuco. 1996, p. 17. 713 Villalobos, S. Op. cit. p. 23. (1989)

297

LA

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En todo caso, las resoluciones más importantes tuvieron que ver con la regulación del comercio, el que es reglamentado ya que “por cuanto de los conchavos nacen los agravios que han dado motivo en todo tiempo a los alzamientos por hacerse éstos clandestinamente, sin autoridad pública, todo en contravención de las leyes que a favor de los indios deben guardarse, será conveniente que los tengan libremente pero reducidos (...) a tres o cuatro ferias al año o las más que juzgaren necesarias y pidieren...”714. Fruto de la paz concertada, las hostilidades se reducen notablemente, si bien no totalmente, como era la costumbre, y la generalidad de las escaramuzas encontraban su causa en abusos de los españoles. Como sea, el siglo transcurre en la Araucanía, espacio en el que se está incubando una nueva rebelión, que revienta en el año 1766, y en la que tiene mucho que ver una nueva política a desarrollar en el territorio jurisdiccional mapuche: la construcción de pueblos. Lo anterior se desarrolla en el siguiente contexto. Antonio de Guill y Gonzaga es nombrado por Carlos III Capitán General y Gobernador de Chile y a poco de tomar posesión del cargo (4 de octubre de 1762) decide erigir poblados en la Araucanía, a fin de concentrar en ellos a la población indígena, asunto que desde inicios del siglo XVIII se venía realizando al Norte del Biobío. Los objetivos de la fundación de pueblos eran religiosos y políticos, ya que “concentrar a los mapuche era ponerlos al alcance de los misioneros para que éstos pudieran evangelizarlos. La dispersión dificultaba una comunicación permanente con los religiosos y, por lo tanto, la enseñanza de la doctrina. La reducción era dirigida, a demás, a controlar, vigilar y disciplinar a los naturales e impedir sus prácticas ancestrales. Era según Bartolomé Meliá, ‘el instrumento esencial para el cambio que se pretendía en los indios, que era hacerlos pasar de la infidelidad al cristianismo y de la barbarie a la vida política’”715. A fin de llevar a cabo dicha política, en el Parlamento realizado en Nacimiento en 1764 Guill y Gonzaga plantea a las autoridades mapuches el “reunirse a pueblos en el paraje que quisiesen y en el número de familias que tuviesen por conveniente para cada uno”716, según lo señalara en carta al Rey. Además de sus intenciones, en dicha misiva señalaba al monarca la aceptación de los caciques de Angol, Mininco, Lucán, Cullén, Repocura y Maquehua. Según el encargado de las obras, el maestre de Campo Salvador Cabrito, a ellas se fueron sumando los indígenas de Requen, Malleco, Marben, Quechereguas, entre otros. Así, las autoridades hispanas centraban sus esfuerzos en convencer a las otras parcialidades mapuches, como también a enviar a cada nuevo pueblo herramientas, hachas, bueyes, con el objeto de llevar adelante los trabajos. En conjunto con lo anterior, el Maestre de Campo decretaba autorizaciones para el levantamiento de pueblos a caciques que así lo solicitaren, como es el caso del cacique de Angol Juan Lebulabquen, a quien se le autorizó la construcción de pueblos en Ranco, Meseta, Albarrada, Melilupu, Llico, Quirico, Quiapo, Deunco y Lebu. El maestre de campo, además de la autorización, entregaba al peticionario los elementos de trabajo y la orden de que, en definitiva, el nombre del nuevo poblado era prerrogativa del Gobernador.

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Casanova, H. Op. cit. p. 43 (1987) Casanova, H. Op. cit. p. 43 (1996) 716 Casanova, H.Op. cit. Carta del Gobernador Guill y Gonzaga al Rey Carlos III, 1 de marzo de 1765. p. 60. (1987)

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RESISTENCIA Y PARLAMENTOS

En definitiva, si bien no hay claridad respecto de la totalidad de villas realmente levantadas, y de cuantas quedaron solo en el nombre o en la intención, el Gobernador Guill y Gonzaga informa de la fundación de las siguientes villas: “En el partido de Angol las villas de San Carlos, San Miguel y San Julián, en el de Rocalgüe la de Nuestra señora de la Purísima concepción, en el partido de Marben San Ignacio de Marben, San Antonio de Burén, San Javier de Chacaico, San Juan de Dios de Requen, San Borja de Malleco y San Juan Evangelista de Quechereguas, en el partido de Tucapel hasta Tirúa, en distancia de veinticinco leguas la costa, la Asunción de Lleulleu, los Remedios de Caramavida, Belem de Marquilla, la Soledad de Pagne, Dolores de Tucapen, Natividad de Cuinco, Nieves de Yecumavida, Carmen del Alma, Candelaria de Collico, Tránsito de Hique, la Paz de Rimeguelme, Consolación de Guericó, Mercedes de Tenapegue, Guadalupe de Raihue, Atocha de ATokinga y Loreto de Paicalú. En la jurisdicción de Arauco, las villas de San Joaquín de la Mazeta, los Santos Reyes de Rauco, San Esteban de Melipulu, San Blas de Llico, San Nicolás de Tolentino de Guirico, San Benito de Quiapu, San Vicente Ferrer de Deunco, San Salvador de Lobu y San Rafael de la Alberrada”717. No obstante los trabajos realizados, y el parecer de las autoridades hispanas respecto del acuerdo de los mapuches en cuanto a aceptar ser reducidos a pueblos de indios, el 25 de diciembre de 1766 se produce un importante levantamiento indígena, en el que se abalanza en forma simultánea un gran número de indígenas sobre las villas levantadas o en construcción, quemando las casas y destruyendo las iglesias de las misiones, obligando a la mayoría –si no todos– de los hispanocriollos a refugirse en los fuertes aledaños al Biobío o a arrancar hacia el Norte de dicha frontera fluvial. Si bien la rebelión, conocida como el malón de Curiñanco, fue generalizada, su extensión en el tiempo no lo fue y llegó a su fin en la medida que la intención de fundar pueblos quedó solo en eso, en intención. De acuerdo a Villalobos, “las alteraciones iniciadas en 1765 derivaron de la intensificación de las relaciones pacíficas, (...) que era factible agrupar a las reducciones en pueblos si se lograba convencer a los caciques y su gente”718, para lo cual se dispusieron los fondos, encargando la dirección a Capitanes de Amigos y Misioneros, y los caciques ordenaron trabajar la madera. Sin embargo, continúa Villalobos, “la vida en pueblos contrariaba completamente las costumbres y creencias de los nativos, cuya vida se organizaba en aldeas de rucas dispersas y relativamente alejadas. Además, los pueblos significarían el sometimiento a los blancos, controlarlos mejor y quizás obligarlos a trabajar para ellos. Por esas causas, comenzaron a resistir las órdenes y, finalmente, se alzaron, cayeron sobre las obras y obligaron a huir a los pobladores hispanocriollos que se habían establecido en ellas. No hubo matanzas, sin embargo. El levantamiento de los indígenas de los Llanos, que eran los más afectados, cesó inmediatamente que las autoridades dejaron sin efecto la fundación de los pueblos. Pero

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717

Casanova, H. Op. cit. Carta de Guill y Gonzaga a Julián de Arriaga, 17 de febrero de 1766. p. 67. (1987) 718 Villalobos, S. Op. cit. p. 23. (1989)

LA

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hasta 1770 hubo intranquilidad y se efectuaron operaciones en el sector costero de Arauco y en la Isla de la Laja para contener a los Pewenches...”719. Las autoridades españolas reaccionaron ante la rebelión mapuche y plantean un cambio de la política a desarrollar para la sumisión de los naturales. Así, el mismo Gobernador Guill y Gonzaga, que en carta al rey escrita en 1765 le relataba que le señalaba que a los caciques que eligieran dónde y cómo levantar las villas en pos de “vivir como racionales con seguridad para sus casas, familias, haciendas y muebles” escribía al monarca Carlos III, en 1767, la conveniencia de “hacerles guerra hasta sujetarlos hasta perpetua obediencia o aniquilar a los rebeldes sacándolos a todos de sus tierras y distribuyéndolos por el Reino, especialmente por las Provincias de Coquimbo, Copiapó, Huasco y sus despoblados, y distribuyendo a las mujeres y párvulos por las haciendas del Reino, de modo que no llegue a unirse ni congregarse, ni quede familia de ellos en sus propias tierras, que siendo las más fértiles y ricas en minas, se pueblen inmediatamente de españoles para que no les permitan la entrada a los indios...para lo cual sólo se necesitan fusiles, pólvora y balas”720. Situación especial ocurría con los pewenches de ultracordillera, a quienes el Gobernador Guill y Gonzaga proyectó hacer extensivo el plan de erigir ciudades en su Fütalmapu, como también de desarrollar un proceso evangelizador. Para dicho fin, se realizó un encuentro entre el maestre de campo y el gran Logko Levian, quien fue acompañado de pewenches de San Lorenzo y Villucura. Si bien los pewenches en un principio aceptaron la idea, a desarrollar en Rucalhue, luego no mostraron interés ni compromiso, también en el interés de no cambiar su forma de vida.

PARLAMENTO DE TAPIHUE
Finalmente, entre el 21 y el 29 de diciembre de 1774, en los llanos de Tapihue, a 2 leguas de la Plaza de Yumbel, se lleva cabo un concurrido Parlamento, al que asisten “los caciques e indios principales y mocetones de los cuatro Fütalmapus, o cantones de los indios que habitan desde la otra banda del río Biobio hasta la jurisdicción de Valdivia, y de mar a cordillera incluso los Pewenches”721. Con gran pompa y boato, se ungió como representante de los cuatro Fütalmapus al Cacique gobernador de Angol Agustín Curiñancu, siendo el máximo representante de la Corona española el Capitán General, Gobernador y Presidente de la Real Audiencia Agustín de Jáuregui, quien comenzó su discurso planteando su grave disconformidad con los hechos que se sucedieron en el levantamiento de 1769-70, haciendo una descarnada descripción de la sublevación de los pewenches, naüqches y bafkehches contra la autoridad militar apostada en la frontera, para luego agregar su satisfacción por el recobrado ambiente de paz que reinaba desde los Parlamentos de Negrete (1771) y de Santiago (1772). Como fuere, sus palabras, ya refiriéndose al Parlamento del que estaban formando parte comenzaban así: “Les amonesto y requiero en nombre del rey la más debida y firme fidelidad a su Soberanía”, queriendo con ello dejar claro el que si bien respetaba la

719 720

Op. cit., p. 24 Casanova, H. Carta de Guill y Gonzaga al Rey Carlos III, 1 de mayo de 1767, Op. cit. p. 65. (1996) 721 “Acta del Parlamento de Tapihue”, 1774

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RESISTENCIA Y PARLAMENTOS

autoridad indígena, esta debía sujetarse a la voluntad de una autoridad superior: el Rey de España. El conjunto de capitulaciones del presente Parlamento hablan de los intereses que guían la política de la Corona hacia la Araucanía, y se refieren, en lo principal, a lo que sigue722: Ratificar el nombramiento de Caciques embajadores723, quienes residirán en la ciudad de Santiago, y tendrán plenos poderes y facultades, a fin de tratar y acordar todo lo relativo a la mantención de la paz, como objetivo común “de sus mismas naciones y la de los españoles”; reconocimiento de la soberanía de la Corona, obligación de obedecer sus ‘reales órdenes’ y prestarle servicios en la medida que la autoridad real lo requiera; se reconoce al indígena como fiel vasallo del mismo rey, con lo que se creaba un vínculo directo entre el mapuche y el rey; se encarga a los mapuches el no permitir en sus tierras españoles, mulatos, negros ni yanaconas, a fin de no perturbar la paz mapuche; se encarga a los caciques castigar a aquellos miembros de sus reducciones que pasaren a robar a la Isla de la Laja, Arauco u otros ‘parajes de españoles’; que los indígenas son libres y no han de valer ni subsistir las ventas que se hicieren de cualquiera pieza porque la ha de perder el comprador. La distribución de los asistentes al Parlamento, de acuerdo a los Fütalmapus y el lugar específico del que provienen es la siguiente: CUADRO N° 3 REPRESENTACIÓN INDÍGENA Y TERRITORIAL EN EL PARLAMENTO DE TAPIHUE
LLANISTAS ARRIBANOS, INAPIREMAPU O FÜTALMAPU DE LA CORDILLERA LOF REDUCCIÓN LOGKO (CACIQUES) CAPITANEJOS KOHA (MOCETONES) 12 12 56

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San Cristóbal Paylligüe Santa Fe

Marben Bureu Mulchén Colgue

Requen Reñaico

Gobernador: Clemente Curilemu; Domingo Pilquileb, Cristóbal Millaleb Domingo Necultipai Gobernador: Ignacio Levigüeque; Juan Guilleguangue, Julián Millanamun, Miguel Lebuepillán Gobernador: Juan Pyllamán Francisco Mariluán Alonso Millabidi, Francisco Ydalevi Gobernador: Agustín Leguelemu; Juan Pichiñancu, Martín Guichulab, Martín Cunilemu, Lorenzo Caniulab, Francisco Cheuquemilla Juan Paineguir, Martín Calleuñir, Lorenzo Minchequeupu, Ignacio Rañiqueupu Gobernador: Cristóbal Cheuquelemu; Francisco Talcapillanca

1

1

1 1 1 1

18 12 12 38

1 1

14 33

722 Un análisis detallado del tema lo encontramos en “El Parlamento de Tapihue”, Leonardo León, Nütram Nº32, 1993 723 Institución originada en el Parlamento de Santiago, de 1772

LA

MEMORIA OLVIDADA

LOF REDUCCIÓN Malleco Chacaico Quechereguas

LOGKO (CACIQUES) Gobernador: Francisco Ayllapan; Felipe Panianca, Andrés Naipangui Gobernador: Domingo Llaubulemu, Juan Catrirupay Gobernador: Cristóbal Traipilabquén; Domingo Naguelbur, Miguel Rucalab, José Colipichun, Francisco Guaiquilabquén

CAPITANEJOS 1 1 4

KOHA (MOCETONES) 30 22 50

Llamuco

Gobernador: Juan Naminahuel; Juan Anenanul, Francisco Vilumilla, Francisco Guircañancu

1

18

Tuf-Tuf

Gobernador: Curiguillin y Córdoba; Juan Sandoval, Pedro Rucalabad, Francisco Cayupil, Antonio Painecura, Domingo Casaquipo, José Leviguala, Diego Quidilabquén, Francisco Vilamilla, Juan Canilabquen, Francisco Lienlabquén, Mauricio Nincolav, Luis Marilapa, Marcelo Millagual LLANISTAS DE ANGOL, FÜTALMAPU DE LOS LLANOS

67

302

LOF REDUCCIÓN

LOGKO (CACIQUES)

CAPITANEJOS

KOHA (MOCETONES) 18

Talcamávida

Santa Juana Angol

Purén el Viejo

Minas Lumaco Canglo Deuco Guadava Maquegua

Gobernador: Andrés Curipil; Francisco Llancamilla, Javier Ancalevi, Segundo Cheuquianti Gobernador: Isidro Guaiquiguirri; Augustín Levilpán, Pedro Meliene, Ignacio Guechual Gobernador: Augustín Curiñancu; Manuel Marihuenu, Ignacio Apelevi, Juan Guenupillán, Juan Guenupichun, Bartolo Millalevi, Pedro Quidalevi, Juan Calbeguenu, Juan Linconao, Sebastián Tramilla, Francisco Guaiquillanca Gobernador: Augustín Quintripillán; Ignacio Antelab, Francisco Yenepil, Pedro Guechuguro, Alonso Carimán, Juan Paillalay, Antonio Coyllipi Gobernador: Juan Pilconanco; Juan Callelebi, Pedro Cheuquelepi Francisco Quenonogal, Francisco Quilancun Francisco Quichalipu, Juan Paillavi, Alonso Tragolab, Francisco Gualiquilabquén Juan Levique, Francisco Antemilla, Juan Maripil, Juan Antequeu, Antonio Guinaypillán Gobernador: Juan Guichalab Gobernador: Juan Antumilla; Francisco Conancumilla, Alonso Lepiguala, Martín Quidilabquen, Francisco Marivilu, Francisco Llancavilu, Jacinto Navarrete Fernando Guechuqueupe, Angel Pallanti

1

1

12 120

38

39 20 1

26

2

34

Noguen

1

9

C APÍTULO O CTAVO : C ONQUISTA ,

RESISTENCIA Y PARLAMENTOS

COSTINOS, LABQUENMAPU O FÜTALMAPU DE LA COSTA LOF REDUCCIÓN Mochita San Pedro Colcura Alberrada Arauco el Viejo Meseta Casas Viejas Millatabu Merilupu Lavapié Quidico Yani Llico Lacoy Quiapo Lebu Molguilla Yenico Tucapel CACIQUES Gobernador: Joseph Reynancu; Juan Huentelemu, Pedro Udalevi Miguel Ancalicán Gobernador: Pascual Meliqueupu; Luis Chiguyallanca Gobernador: Francisco Neculbud; Ignacio Reuqueant Juan Mariñani Ignacio Callupichán Felipe Guaiquiñir Juan Llancanahuel Ramón Udalevi Juan Guayquilicán Juan Catricau Matías Lienpi Juan Ancalevi Matías Millalabquén Juan Marilevi Ramón Chicahuala, Juan Levilicán Gobernador: Ignacio Llancalahuenu Agustín Quilentaro Gobernador: Antonio Catrileu; Miguel Antemanque, Juan Colipil, Ramón Lienán, Bernardo Llancamán Caramavida Cayocopil Traniboro Linquehue Panilhue Choque Cura Llencan Lleuler Tranaquepe Quidico Tirúa Rafael Guenchuguala, Pedro Iloncoli Juan Marinán Juan Antillanca, Martín Pormollanca Francisco Guenulabquen, Bartolo Melien Gobernador: Marcos Guenchunau; Joseph Pillantu, Francisco Millaleb Pedro Huentecol, Jacinto Millanau Francisco Lipillanca Juan Antimán Agustín Yaupi, Francisco Caniuli Francisco Marileb Juan Curilabquen Gobernador: Martín Curimilla; Francisco Guentelemu, Martín Liencoanti, Pedro Millacaniu, Juan Pilquiant, Francisco Ybuencheu, Lorenzo Tokillanca Yecumahuida Gobernador: Felipe Ynalican; Felipe Ynalican, Alonso Guenumancu, Joseph Calbullanca, Pedro Calbuñir, Luis Puiñancu Peaucho Rucacura Gobernador: Francisco Ymilqueu Gobernador: Juan Pilquiant 2 7 7 2 3 3 3 28 13 12 12 15 19 16 14 6 3 8 4 7 4 6 9 6 5 8 8 12 7 14 CAPITANEJOS 2 MOCETONES 19

303

LA

MEMORIA OLVIDADA

LLANISTAS MERIDIONALES LOF REDUCCIÓN LOGKO (CACIQUES) Gobernador: Juan Cheuquecoyán; Francisco Guenuvilu, Ignacio Painecura, Francisco Canihuante, Ignacio Pichunmanque, Antonio Liencura, Antonio Guechuguala, Bartolo Guirirlevi, Francisco Naguelvilu, Tomás Guenchupán, Felipe Collamanti, Francisco Buricoyan, Pascual Mochaguala, Ignacio Cuyupichun, Juan Buricoyan, Ignacio Calbulemu, Francisco Calvumanque, Bartolo Guelquenav, CAPITANEJOS KOHA (MOCETONES) 98

Boca de Imperial

304
Imperial Imperial Alta

Ignacio Naguelpil, Francisco Pañipil, Asencio Payllaquen Felipe Caullamán Gobernador: Lorenzo Caniuleumu; Toki General: Juan Painelebu; Gabriel Catrillanca, Luis Cariñancu, Francisco Quinteguere, Martín Marilab, Juan Antiñir, Martín Quintrequeo, Alonso Calbulemu, Felipe Quedecoyán, Juan Trunecoy, Francisco Manqueguala, Cristóbal Malillanca, Joseph Nacuenti, Nicolás Millagual, Martín Marinau, Pedro Cuyubileun, Jacinto Imiguala, Ignacio Nahuelpillán Boroa Gobernador: Pedro Ignaitaru; Alonso Utaman, Pedro Payllableu, Alonso Colimilla, Alonso Gamillanca Cholchol Gobernador: Antonio Trabollanca; Felipe Navarrete, Juan Navarrete, Bartolo Navarrete, Juan Ychanvilo, Ramón Quilanquinque, Juan Chiguailab Repocura Gobernador: Pedro Guaquiguenu; Juan Guircolao, Nicolás Nahuelpillán, Antonio Coñuepan, Juan Debunleo, Juan Mariant 46 1 33 1 55 11 44

REDUCCIONES SOMETIDAS LOF REDUCCIÓN LOGKO (CACIQUES) Bartolo Rogolpan, Nicolás Lepimanque, José Maripillán, Alejo Alcamen, Juan Payllapoco, Pablo Unumancu, Pedro Chacón, Manuel Pichiantu, Miguel Cachillanca, Juan Piseco, Pedro Corovilo, Pablo Vircapichun, Juan Turuante Partido de Chillán Lucas Quinchamal, Pablo Lopabidi, Manuel Catrillanca 23 CAPITANEJOS KOHA (MOCETONES)

Partido de Itata

42

C APÍTULO O CTAVO : C ONQUISTA ,

RESISTENCIA Y PARLAMENTOS

FÜTALMAPU PEWENCHE LOF REDUCCIÓN LOGKO (CACIQUES) Gobernador: Juan Levián; Pascual Guillaquiñin, Pedro Curilepi, Llanquelevi, Coviante, Quieco Quilaco Cule Lolco Antuco Neuquén Alico Andrés Curiñancu Gobernador: Lorenzo Colguemán Matel Malean Gobernador: Ignacio Pailabquén; Manuel Manquelevi, Francisco Tokilevi Gobernador: Juan Manquelab; Francisco Catrihuenu, Ignacio Levimanque Andrés Curripil Narciso Cheuinun 1 1 18 6 2 66 1 13 2 38 CAPITANEJOS KOHA (MOCETONES) 63

Villucura

2

305

Fuente: División realizada por Leonardo León en Nütram Nº 32, 1993, Ediciones Rehue Ltda., “Acta del Parlamento de Tapihue”

En términos espaciales, la distribución territorial y poblacional de la Araucanía, en los inicios del siglo XIX, es recogida por el fraile Francisco Xavier Ramírez, quien en el año 1805 informa a los Reyes Católicos de la siguiente distribución: CUADRO N° 4 DIVISIÓN POLÍTICA DE LOS FÜTALMAPUS
FÜTAL MAPU Bafkeh Mapu DESCRIPCIÓN De la costa o marítimo AYJAREWE Arauco, Tucapel, Lleulleu o Ranquilhue, Tirúa, Cautín o Ymperial, Collico, Boroa, NagToltén o Toltén el Bajo Lelfün Mapu De Angol o de los Llanos Encol, Purén, Repocura, Maquehue, Ymperial Alta Ina Pire Mapu Corre por el pie, o faldas occidentales de Los Andes Pire Mapu Wiji Mapu Andino, tierra de los Pewenches Del sur Marven, Colhue, Chacaico, Quecheregue, Guenague Quilaco, Rucalgüe, Callaqui y Lolco Toltén, La Mariquina, Ganigue, Niebla, Valdivia, Arique, Quinchilca, Río Bueno, Cudico, Dagllupulli, Osorno
Fuente: FR. FRANCISCO XAVIER RAMIREZ, “Cronicon Sacro-Imperial de Chile”, Fuentes para el estudio de la Colonia, transcripción de Jaime Valenzuela M., Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, Santiago, 1994, pp. 67-71.

REWE 100

HBTES. 40.000

HOMBRES 13.000

MUJERES 27.000

50 43 29 sobre 150

30.000 20.000 10.000 12.000

10.000 6.000 3.000 5.000

20.000 4.000 7.000 7.000

El cuadro transcrito da luces sobre la distribución espacial en la Araucanía, el que se mantiene incólume desde aquel lejano Parlamento de 1641, momento en que se reconoce la frontera entre la sociedad española y la sociedad mapuche en el río Biobío. Al respecto, es también fundamental analizar la importancia que tuvo políticamente el último parlamento entre las autoridades mapuches y las autoridades

LA

MEMORIA OLVIDADA

306

coloniales españolas. Nos referimos al Parlamento de Negrete, celebrado los días 3, 4 y 5 de marzo de 1803724. En el campo de Negrete, comparecieron “los Gobernadores de los cuatro Fütalmapus con doscientos treinta y nueve caciques y cantidad de capitanejos y respetados hasta el número de mil y tantas personas, colocándose en lugar y asiento que les estaban preparados”, a quienes se dirigió don Pedro Quijada, Brigadier de los reales Ejércitos y Comandante del Batallón de Infantería de Frontera, quien presidió el parlamento en la forma siguiente: Tengo la mayor complacencia, caciques principales, mis amigos, de veros hoy congregados en este campamento para celebrar el Parlamento General con los cuatro Fütalmapus que comprende la tierra desde el río Bío-Bío al sur, hasta los países más meridionales del continente, y desde el mar a la cordillera”, para luego pasar a exponer las capitulaciones. En su Artículo 1º, las partes reconocen por “Rey y Señor Natural al poderoso Soberano Señor Don Carlos Cuarto,” del cual son vasallos, y como tales “amigos de sus amigos y enemigos de sus enemigos” Luego, en términos territoriales, tienen vital importancia los artículos 2º y 6º, que en síntesis plantean: “... libre comercio que podrían hacer los naturales en todas las plazas, villas y ciudades del Reino transitando libremente por todos nuestros caminos y tierras, con las especies que conduzcan, y del mismo modo los españoles por las suyas, franqueándose los caminos recíprocamente libres” (art 2º); 6º.– “Que hallándose esta mar llena de embarcaciones extranjeras con pretexto de pescar Ballena, se introducen sagazmente en sus costas, como ya sucedió en las de Tirúa en los últimos años durante la guerra con la nación Británica, que no deben permitir de ningún modo el cumplimiento de las ordenes del Rey y también por los graves perjuicios que les resultarían de tratar con unas naciones que solo aspiran a introducirse en sus tierras haciéndose dueños de ellas con destrucción de sus habitantes, como ya tiene acreditada la experiencia, añadiendo que para el caso de guerra con cualesquiera nación extranjera, deben por obligación de buenos vasallos concurrir personalmente a la defensa de estos dominios de S.M. siempre que se hallen atacados, conforme lo tienen prometido y jurado los cuatro Fütalmapus, cuya obligación se les recuerda ahora, a fin de que cuando llegue el caso ocurran armados y bien montados a unirse con las tropas del Rey a las órdenes de sus jefes, y embarazar cualesquiera desembarco que se intente en las costas de este Reino manteniéndose mientras duren estas expediciones, con las raciones que se asiste en tales casos a todas las tropas, cuerpos y milicias de españoles”. El primer día se eligió como representante de los cuatro fütalmapus al Gobernador de la Reducción de Angol Don Francisco Curinagüel, y a continuación hablaron el Logko Tranamilla de la Reducción de Temulemu, al que le siguieron “... ciento y tantos caciques se explicaron en los mismos términos poco más o menos con expresiones tan vivas de reconocimiento que acreditaban la nueva disposición de sus corazones para observar todo lo prevenido, y siendo ya las cuatro de la tarde suplicaron cesase la Parla, que se continuaría en el día siguiente”. El día siguiente “continuó el Gobernador Curinagüel en los mismos términos que el día antecedente con los que aún restaban y no habían recibido sus palabras, cuya Parla y contestación de ciento veintisiete Caciques, duró hasta las cuatro y media de la tarde”.

724

Parlamento General celebrado en el Campo de Negrete en los días 3, 4 y 5 de mil ochocientos tres años.

C APÍTULO O CTAVO : C ONQUISTA ,

RESISTENCIA Y PARLAMENTOS

Finalmente, el día 5 se dirigieron a la asamblea el cacique Gobernador de Maquegua Vilumilla, su hermano Coygüenjir, Chicaguala y Pichuman; los caciques Pewenches de Callaqui, Quilaco y Huinquién, llamados Coliman, Liupay y Coygüemán; el Cacique de Cura Millalem, por consejo de sus parciales Gúgñir, Pagitur; los caciques de Angol, Maquegua, Lobcoyán; los caciques Gobernadores de Arauco, Tucapel, Tirúa, Boroa, de la Imperial, y lo mismo los de Angol, Repocura, Maquegua, Chacayco, y generalmente todos los Llanos, dijeron que los tratados del libre comercio estaban en su fuerza e “igualmente dijeron los Gobernadores de los cuatro Fütalmapus, generalmente todos los Caciques congregados, que de ningún modo permitirían en sus costas, embarcaciones ni gentes extranjeras como ya lo tenían ofrecido en otros Parlamentos, pues no ignoraban sus designios depravados, y que los caciques de Arauco, Tucapel, Boroa, de la Imperial y de toda la ribera del mar hasta Valdivia debían de ser los más celosos, como más interesados y que el resto de los Fütalmapus ayudaría gustoso a cualesquier caso de esta naturaleza para lo sucesivo añadiendo que por lo que hace el comercio y escrupulosa conducta en las pampas y provincias de Buenos Aires tienen acreditada su buena fe en estos últimos años”. Reproducimos casi en su totalidad los artículos 2º y 6º, en la medida que estos son esenciales para entender la autonomía política y la jurisdicción territorial mapuche en los Fütalmapus emplazados en el Wijimapu. Así entendido, el artículo 2 no es otra cosa que un Tratado de Libre Comercio entre las partes contratantes, y el artículo 6 es un tratado de defensa recíproca, artículos que por sí solos, o los dos en conjunto, hablan de una nación independiente o soberana, no se entiende de otra manera la posibilidad de que un Estado puede celebrar tratados de libre comercio con otro Estado y tratados de defensa recíproca. En definitiva, y siguiendo a Leonardo León, “... en la Araucanía, hasta fines del siglo XIX, no hay historia de los vencidos. En realidad, lo que ocurrió en esta historia fue que los araucanos lucharon y triunfaron. El triunfo fue reconocido cuando la corona de España abandonó definitivamente los planes de expansión y conquista, desistió de sus planes de abastecer de mano de obra esclava a las estancias de Chile central... La guerra terminó cuando el rey y sus representantes, finalmente expresaron su respeto por los guerreros de Arauco, que a costa de tanta sangre y sacrificios consiguieron que la política del despojo y el abuso se transformara en una propuesta de coexistencia pacífica”725.

307

LA SOCIEDAD MAPUCHE AL FINALIZAR LA COLONIA Como ya fuera señalado, entre el siglo XVII y la primera mitad del XIX, la sociedad mapuche sufrió transformaciones importantes respecto al periodo prehispánico. El contacto, primero a través de la guerra y después a través del comercio, transformó a la sociedad indígena, y también a la colonial criolla. Muchos mapuches, huyendo de la expansión hispana, comenzaron a refugiarse en la Cordillera de los Andes. Por otra parte, la incorporación de diversos elementos externos a ellos mismos fue modificando esta sociedad, convirtiéndola en ganadera, lo que también contri-

725

Leon, L., op. cit. p. 50. (1992/4)

LA

MEMORIA OLVIDADA

308

buyó a la expansión de sus fronteras allende los Andes. Se produce un proceso que ha sido denominado de “araucanización de las pampas”, que permitió controlar los pasos cordilleranos para así arrear el ganado desde el sector actualmente argentino. Esto provocó que el territorio ocupado por los mapuches tuviera una extensión trasandina726. Efectivamente, durante el siglo XVIII y sobre todo la primera parte del siglo XIX, hasta la década del setenta, los mapuches dominaron y ocuparon para sus actividades pastoriles, ganaderas, cazadoras, un territorio enorme, quizá el de mayor tamaño que un grupo étnico o pueblo indígena haya controlado en toda América. (Ver mapa Nº 18) El ganado equino, vacuno y ovino se multiplicó rápidamente en la Araucanía. No mucho tiempo después del triunfo de Curalaba, los mapuches tenían más caballos que todo el conjunto del ejército español. En el proceso de cuidado y reproducción del ganado, los mapuches, en busca de pastos y animales para comerciar, se fueron internando en la Cordillera de los Andes, intensificando las relaciones con la población pehuenche, y siguieron incursionando en las montañas hasta llegar a las pampas trasandinas, ocupándolas plenamente a fines del siglo XVIII. El viaje hacia y desde las pampas tenía una motivación principalmente económica: la búsqueda del ganado, para su venta en la frontera con Chile central, y también de sal727. Estos viajes a las pampas han quedado en el recuerdo del pueblo mapuche. Eran tiempos de abundancia, se trataba de viajes preparados con anticipación. Se cambia la ruca por el toldo, en fin, hubo una serie de trasformaciones que han quedado en la memoria de los mapuches. En un estudio reciente, se sostiene que esta relación de los mapuches de la Araucanía con las pampas argentinas pasó a formar parte constitutiva de la

Tanto la profesora Teresa Durán de la Universidad Católica de Temuco, como el profesor Rosamel Millamán de la misma Universidad insistieron mucho en la necesidad de que el informe señalara el carácter trasandino del territorio mapuche, la Dra. Durán incluso habló de “Nación trasandina”. 727 Zapater presenta documentación del siglo XVIII, donde soldados del ejército español del lado argentino se refieren a esta araucanización de las pampas argentinas: El capitán don José Bazán de Pedraza observaba y comentaba con respecto a los indios pampas de Argentina: “...que de poco tiempo a aquella parte se habían hecho de armas, que no han sido del uso de su nación, porque sus armas fueron bolas de piedra; usan lanzas y adargas, y tienen armas defensivas, como son petos de cuero y coletos y algunas espadas anchas: lo cual les ha procedido de la comunicación que tienen con los indios infieles guerreros (aucáes) de Chile, los cuales alentaban a los dichos pampas para que hicieran daño a los españoles”. Ahora bien, el hecho de que los mapuches contaran con armas españolas da cuenta del estrecho contacto e intercambio que se dio en la frontera entre españoles y mapuches. Zapater nos dice que “... en los primeros decenios del siglo XVII el hambre empezó a cundir en las huestes hispanas. Los mapuches lanzaban sus caballos por la noche para que con sus cascos destruyeran los sembrados de trigo, maíz y cebada. La desmoralización en el campamento español llevó a los soldados a proporcionar secretamente armas a los indios a cambio de comida”. Zapater, Horacio. “La expansión araucana en los siglos XVIII y XIX”. En: Sergio Villalobos, Carlos Aldunate, Horacio Zapater, L. Méndez y C. Bascuñán. Relaciones Fronterizas en la Araucanía. Ediciones Universidad Católica de Chile. Santiago. 1982. pp. 90-93.

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C APÍTULO O CTAVO : C ONQUISTA ,

RESISTENCIA Y PARLAMENTOS

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MAPA Nº 18

LA

MEMORIA OLVIDADA

310

identidad étnica mapuche, lo que es posible de comprobar por los significados que llegó a adquirir el viaje de los hombres hacia el Este. “Tal situación se puede percibir hasta los tiempos actuales en relatos orales de personas mayores. El recuerdo de los viajes a las pampas está adherido a la memoria mapuche y se expresa en la elaboración y uso de un corpus lingüístico específico para referirse a él728. El desplazamiento hacia las pampas fue un imperativo que se generó a partir de las presiones producidas por la guerra con los españoles, pues hasta antes del siglo XVII los contactos mapuches con dichas áreas habrían sido mínimos; sin embargo, una vez que se produce la consolidación de los viajes pampeanos, a través de numerosas rutas llamadas rastrilladas, la población mapuche de la Araucanía como la de las pampas, consolida un espacio en el cual logra una armonía con la naturaleza, dependiendo solo de los productos que logran producir y reproducir en esos entornos ecológicos. Se trata sin lugar a dudas de un territorio amplio y abundante en recursos naturales, ideal para la cría de ganado. De esta manera la sociedad mapuche experimenta cambios profundos en su estructura social. El cambio más radical, como fuera dicho, afectó la esfera económica, donde puede observarse la apertura del proceso productivo a nuevas áreas, a saber: la ganadería, la maloca –empresa de pillaje en busca de ganados ajenos, fundamentalmente hispano-criollo–, y el comercio. Estas nuevas actividades modificaron la división sexual del trabajo, pues el hombre mapuche centró sus actividades hacia el exterior, dejando las domésticas para el desempeño femenino. El mapuche durante el siglo XVIII es un maloquero y conchavador; es decir, se dedica a las malocas en distintas estancias fronterizas, ya sea del lado chileno como argentino, y después las comercia en los puestos fronterizos729. Las mujeres se ocupan en actividades domésticas, y son además las encargadas de tejer los ponchos que después se venden en las fronteras. Otra consecuencia de esta expansión territorial de los mapuches y de su producción ganadera fue que, a partir de las nuevas relaciones económicas, se produce una transformación de su estructura social y política, lo que condujo a una creciente jerarquización social y centralización del poder político. Comenzó a generarse una marcada división social entre caciques –lonkos–, y guerreros-lanzas, conas. Empezó a producirse una alta concentración de los ganados y conas, luchando por el control de los pastos –territorios amplios de talaje–. Unos pocos caciques fueron adquirien-

Bello, Álvaro. “Nampülkafe: El viaje mapuche a las Pampas Argentinas o Puelmapu (siglos XIX y XX)”. En: Espacio de Convergencia. Primer y segundo encuentro de investigadores jóvenes. Museo Nacional Benjamín Vicuña Mackenna. Ediciones LOM. Santiago. 2001. 729 León, Leonardo. Maloqueros y conchavadores en Araucanía y las pampas, 1700-1800. Ediciones de la Universidad de la Frontera. Temuco. 1991.

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C APÍTULO O CTAVO : C ONQUISTA ,

RESISTENCIA Y PARLAMENTOS

do mayor influencia y mayor riqueza acumulada, y empezaron a formarse alianzas entre distintos lonkos, provocándose verdaderas formas germinales de centralismo político. Respecto a ello, “... la alianza entre los arribanos, pehuenches y pampas de Calfucura, dominaban las tres cuartas partes del territorio. Se había unificado el mando y el ‘Ñidol Lonco’ era cacique tanto en tiempos de paz como de guerra... ”730. Se da una transformación de los caciques mapuches, de “Gran Hombre” a “Jefe”, puesto que ya no es en la guerra donde se funda el liderazgo político mapuche, sino en el área económica, especialmente por medio de la acumulación de un capital económico; en el área política, en los parlamentos con los españoles y, a partir de un capital de información determinado por la posición central de los caciques, en un campo de poder desde ahora bastante integrado, y por la constitución de amplias redes de alianzas políticas, matrimoniales y económicas con otros grupos indígenas. El “gran hombre” cuya distinción se realizaba sobre la base de sus habilidades guerreras es reemplazado por un ulmen que se lanza en una nueva competición económica y en hábiles negociaciones políticas731. En suma, durante el siglo XIX la sociedad mapuche es muy distinta a la que se observaba a la llegada de los españoles. La guerra, el comercio, transforman su economía, la estructura social y política y, modifican, en definitiva, sustancialmente lo que había sido la sociedad antigua732. Sin embargo, y a pesar de los cambios que la afectaron, puede decirse que dicha sociedad, al finalizar este periodo, era abundante, rica en recursos, sin problemas de escasez. La prueba palpable respecto de la riqueza del pueblo mapuche queda reflejada en la adquisición de monedas de plata que se efectúa en el intercambio fronterizo. Dichas monedas fueron ocupadas para la confección de la platería mapuche; cuestión que, en términos económicos, no les reportaba ningún beneficio directo como alimentación o vestuario.

311

Bengoa, José. Historia del Pueblo Mapuche... Op. cit. p. 45. Boccara, Guillaume. “Etnogénesis mapuche...” Op. cit. p. 449. 732 Boccara sostiene que estos cambios observados a fines del siglo XVIII modificaron la percepción que los indígenas tenían de sí mismos y también de los otros. “... si en el tiempo inmediato a la conquista los reche (mapuches antiguos) definían su identidad en relación al rehue, ya para finales del siglo XVIII lo hacían en función de su pertenencia a una unidad macrorregional y en oposición al huinca...” Todo esto, entonces, según el autor, habría llevado a una identificación como conjunto más unificado, y no tanto como un conjunto de grupos dispersos y autónomos esto, a su vez, habría permitido que apareciera el etnónimo mapuche alrededor del año 1790, justamente “...en el momento que hemos registrado cambios notables en la organización sociopolítica y económica indígena...”. Op. cit. p. 457.
731

730

LA

MEMORIA OLVIDADA

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C APÍTULO N OVENO : L A

REPÚBLICA Y LA INVASIÓN DE LA

A RAUCANÍA

CAPÍTULO NOVENO LA REPÚBLICA Y LA INVASIÓN DE LA ARAUCANÍA

Ha concluido la Colonia y las guerras de la Independencia sacudirán la Zona Central de Chile.* Nada ocurre en el territorio mapuche. Concluyen las batallas cerca de Santiago y algunas tropas realistas se dirigieron al Sur a establecer focos de resistencia. Se alían con algunos caciques mapuches y ocurre lo que en la historiografía nacional se conoce como la “Guerra a Muerte”, llamada así por Benjamín Vicuña Mackenna con el objeto de resaltar la diferencia entre las batallas de la Independencia y esta guerra de guerrillas que se da en el Sur fronterizo733. Una vez terminado este episodio viene un largo período en que el Estado no va a tener capacidad de preocuparse de lo que ocurre en el lejano Sur. Se mantienen las mismas relaciones fronterizas del período colonial, el mismo sistema de administración y también un ejército de fronteras de características similares al colonial. Muchos de los soldados y oficiales, además, son hijos y descendientes de esa milicia. Las guerras civiles “montistas” van a sacudir el Sur indígena los años 1851 y 1859. Angol, recién fundado, será atacado y

313

Esta sección contó con la supervisión, contribución y especial dedicación de los profesores Héctor Painiqueo, Jorge Pinto, Rolf Foerster, Leonardo León Solís y el análisis crítico de los profesores Rosamel Millamán, José Quidel, Víctor Caniullán y Raúl Molina. 733 Vicuña Mackenna, influido ya por el ideario positivista, considera que las primeras eran guerras civilizadas y las segundas “bárbaras”. Por ello le llama a muerte, como si en las anteriores (Chacabuco, Cancha Rayada, Maipú, etc...) no hubiese habido muertos, ni la muerte de los enemigos fuese el objetivo del combate. Como se puede apreciar en el siguiente extracto: “Cierto fue que en la prosecución de las ignotas campañas de que en este libro se da auténtica y minuciosa noticiosa no intervino la letra de una declaración que consagrara oficialmente la guerra sin cuartel, como entre Morrillo y Bolívar en la antigua Colombia. Pero la espada y el banco, la tea y la horca, fueron el decreto vivo de esa contienda atroz, cuya única ley era el exterminio en masa de los bandos, y en que el hombre y el plomo, el heroísmo como la infamia cubrían incisamente de cadáveres nuestros campos del sur, del Maule al Imperial. (...) En el solo espacio de noventa días diéronse aquellas terribles huestes no menos de seis batallas campales, y en cada una de ellas corrió más abundante sangre que en aquellos pomposos hechos de armas de la primera guerra que nuestra impericia y el entusiasmo de nuestros reclutas engrandeció con el nombre de batallas”. Vicuña Mackenna, Benjamín. La Guerra a Muerte. Editorial Francisco de Aguirre. Santiago. 1972 [1868]. pp. XXXVII-XXXVIII.

*

LA

MEMORIA OLVIDADA

314

destruido por Mangin o Mañil Huenu, cacique de Victoria. Muchos revolucionarios penquistas, de Concepción, se refugiarán en la Frontera, en las comunidades indígenas734. La guerra con España va a comenzar a cambiar las cosas en el gobierno de Santiago y a aumentar la preocupación por el tema fronterizo. Va a ser en la década del sesenta, cuando Cornelio Saavedra es nombrado Intendente de la nueva Provincia de Arauco y son aprobadas las leyes de ocupación de la Araucanía, de construcción de fuertes en la “línea del río Malleco”, por el Norte y en la “línea del río Toltén”, por el Sur. Esas dos líneas aprisionan a la sociedad mapuche, que tiene salidas solo hacia la Cordillera y al territorio trasandino, donde el ejército de ese país también ha construido “líneas de fortines”, para la provincia de Buenos Aires. Comienza un período de enfrentamientos militares entre los mapuches y el ejército chileno y argentino. Esta “segunda guerra de Arauco” concluye en el año 1881 con la fundación de Temuco en el lado chileno y de Bariloche, por parte del General Roca, en el lado argentino. En el año 1884, el ejército chileno llega simbólicamente hasta las antiguas ruinas de Villarrica, ocultas al interior de un bosque centenario. A pesar de la resistencia que opone el cacique Epulef se refunda esa ciudad, significando el retorno de las ciudades del Sur destruidas al comenzar el siglo XVII. Habían transcurrido 280 años. (Ver Mapa Nº 19) LAS PRIMERAS MIRADAS POSTERIORES A LA INDEPENDENCIA Las primeras décadas después de la independencia de Chile van a constituir un período marcado por distintas percepciones desde la sociedad nacional hacia la sociedad mapuche. Se observa, en primer lugar, una valoración de parte de los criollos hacia los indígenas. Esta valoración positiva va a demostrarse en muchas manifestaciones e incluso en intentos jurídicos. Al momento de iniciarse la independencia, las nuevas autoridades que estaban asumiendo el control del país miraron hacia la Frontera tratando de asociar su lucha a la resistencia que había opuesto el pueblo mapuche al conquistador español. En ciertos ámbitos, como el de la Logia Lautaro, el título de algunos periódicos como Las Cartas Pehuenches y, en general, la admiración que despertaba la lucha de los araucanos contra el español, hicieron presumir a O’Higgins Carrera, Freire, Camilo Henríquez y varios hombres de la época, que invocar el pasado indígena hacía bien a la causa de la Independencia. Surgió así un sentimiento de respeto y admiración hacia los mapuche, quienes son incluidos en el discurso patriótico como los altivos luchadores por la libertad y es elocuente que, para la fiesta del primer aniversario del 18 de septiembre, las damas asistieran al

734

Ver el estudio de Arturo Leiva. El primer avance a la Araucanía. Angol,1862. Ediciones Universidad de La Frontera. Temuco. 1984.

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baile de gala celebrado en el palacio de gobierno vestidas como “indias”. Dentro de este contexto aparece el interés de los primeros gobernantes de Chile por la Araucanía; Bernardo O’Higgins, tenía en mente la idea de incorporarla definitivamente a Chile, incluyendo a toda la población indígena de este y el otro lado de la Cordillera. En 1817, O’Higgins se refería a los araucanos, como “... el lustre de la América combatiendo por su libertad...”, agregando que estos formaban una preciosa porción de nuestro país que, seguramente, no abandonaría sus suelos para irse en pos de un español que sólo quería esclavizarles y hacerse feliz a costa de la servidumbre de sus moradores... ”735. La aristocracia criolla, durante esos primeros años de constitución de Chile como una nación independiente, se ve en la necesidad de reflexionar sobre la construcción de la identidad nacional y la idea de nación. El discurso giró en torno a las instituciones consideradas tradicionalmente sustentadoras de la identidad nacional: el ejército, la iglesia, la aristocracia, sin embargo, necesariamente debieron aludir a la presencia de las poblaciones indígenas del territorio. Por tanto, lo que ocurre es un determinado tipo de etnificación de lo indio desde el discurso proveniente del poder y de las elites, funcional a la construcción identitaria nacional736. Este discurso no es homogéneo, puesto que fluye desde diversos ámbitos de la actividad pública de la época –políticos, eclesiásticos, militares, próceres de la independencia, gestores del republicanismo–, además no va a ser exclusivo de los primeros años del siglo XIX, sino que, paradójicamente, va a extenderse hasta los momentos más críticos y dramáticos que caracterizarán la acción del Estado chileno hacia el pueblo mapuche. Así vemos, por ejemplo, cómo en 1888, Horacio Lara, en la dedicatoria a su libro Crónica de la Araucanía, se refería al tema en los siguientes términos:
“...no ha obedecido a otro móvil que a la inspiración de un elevado sentimiento de patriotismo guiado de un sano propósito: el de reconstruir el pasado histórico de un pueblo heroico que, como el araucano, tan profundas huellas ha dejado marcadas en nuestra vida nacional en tres siglos de la más tenaz de las luchas que haya sostenido en América una reducida porción de hombres encerrados entre estrechos linderos en honra a su independencia, o ya en defensa de sus campiñas, sus selvas i sus bosques que sombrean la humilde choza que oculta en su oscuro seno la robusta i altiva prole que desde los primeros vajíos de la existencia empieza a atisbar en su

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Pinto, Jorge. De la Inclusión a la Exclusión... Op. cit. p. 46. Gallardo, Viviana. “Héroes Indómitos, Bárbaros y Ciudadanos Chilenos: El discurso sobre el indio en la construcción de la identidad nacional”. Revista de Historia Indígena Nº 5. Universidad de Chile. Ediciones LOM. Santiago. 2001. p. 120.

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corazón el sagrado fuego del patriotismo... Antes que ese pueblo cuna de tantos héroes i ara de inmolación i sacrificio de tantos mártires desaparezca del todo del escenario de nuestra sociabilidad, hemos querido recoger en su lecho de agonía el postrimer aliento i estamparlo por decirlo así en estas pájinas...737”.

Es así, entonces, que en un primer momento se produce una valoración del mapuche, la que se complementa con la idea de incluirlo en el proyecto de nación que se estaba gestando para construir con él y sus territorios el nuevo país que surgía desde las ruinas del mundo colonial738. Se percibe un ambiente de profundas buenas intenciones en la construcción del nuevo Estado-Nación que se estaba formando, primando la idea de una gran hermandad. En esta dirección habría apuntado, por ejemplo, un proyecto de “Pacificación de la Araucanía” presentado en el año 1823 por Mariano Egaña, que permitiese ocupar la región con colonos nacionales y extranjeros, prefiriendo para ello a los propios mapuches. El proyecto debía necesariamente ser acordado con los indígenas por medio de un parlamento, tal cual lo habían efectuado durante la Colonia, españoles y mapuches. LA GUERRA A MUERTE Sin embargo, se visualiza un cuadro bastante contradictorio en la medida que se produce la llamada “Guerra a Muerte”. Pues, si bien en una primera instancia los mapuches aparecen gestando los antecedentes de la nacionalidad, gracias a la “sangre araucana” derramada en pos de la libertad, el primer contacto directo que tuvieron los patriotas libertarios con los mapuches adquirió un carácter más bien traumático, con esta denominada “Guerra a Muerte”. Los mapuches se vieron envueltos en una guerra ajena, entre patriotas y realistas, pero fieles a los acuerdos y a la palabra empeñada, mantuvieron sus compromisos contraídos en los parlamentos con los españoles. En ellos, los españoles reconocían el territorio y autonomía del pueblo mapuche, en cambio los patriotas pensaban en un territorio unificado bajo la bandera chilena desde el Norte hasta el Cabo de Hornos. Los mapuches percibieron esta diferencia entre chilenos y españoles y temieron, con evidente previsión, la constitución de un gobierno central en Santiago que, poseedor de fuerzas armadas ofensivas, atacara y sometiera definitivamente el territorio739. De esta manera, los mapuches adhirieron mayoritariamente al bando realista y lucharon contra los chilenos, contra los fundadores de la
737 Horacio Lara, “Crónica de la Araucanía. Descubrimiento y Conquista”. Tomo I. Imprenta de El Progreso. Santiago. 1888. 738 Pinto, Jorge. De la inclusión a la exclusión... Op. cit. p. 47. 739 Bengoa, José. Historia del Pueblo Mapuche… Op. cit. p. 141.

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patria. En este sentido, decae en el imaginario nacional la figura mapuche que cimentaba la lucha por la libertad y la defensa de los derechos como pueblo independiente. Por otro lado, la forma de lucha que se dio en la Frontera tuvo un carácter en el que la caballerosidad no era el signo más característico. El accionar de los mapuches transforma radicalmente la imagen que se había construido de ellos frente a la naciente sociedad nacional. Aparece el estereotipo del bárbaro, la imagen de seres salvajes, primitivos, que no coincide o no está a la altura del proyecto de nación liberal civilizada que se pretende edificar. Será esta actitud contradictoria de Chile frente al pueblo mapuche –su historia y su presente– la característica principal del problema indígena contemporáneo. “Marcará a su vez las relaciones de la sociedad mapuche con la chilena y las diversas estrategias de integración que sus dirigentes desarrollarán...”740. LAS LEYES DE CIUDADANÍA Esta actitud contradictoria del Estado queda reflejada en la promulgación de leyes, las cuales presentan un cuadro bastante peculiar, aunque determinante para este intento de integración estatal respecto de los mapuches. Por una parte, en el año 1822, en la Constitución de O’Higgins, se expresa claramente quiénes serán chilenos, estableciéndose que dicha condición sería para todos los nacidos en el territorio de Chile; dichas personas serían iguales ante la ley, sin distinciones de rango ni privilegios. Pero, por otro lado, en esa misma Carta Fundamental, se expresaba claramente que no todos los chilenos podrían tener tal calidad de ciudadanos; solo podrían serlo quienes cumplieran con una serie de requisitos: “...son ciudadanos todos los que tienen las calidades contenidas en el artículo 4, con tal de que sean mayores de veinticinco años o casados y que sepan leer y escribir, pero esta última calidad no tendrá lugar hasta el año de 1833...”741. Evidentemente, los mapuches de la época, en su inmensa mayoría, no sabían leer ni escribir el castellano, no es ocioso recordar que poseían una cultura distinta, en la cual no existía la escritura; y, como fue mencionado, basada en la oralidad, así como poseedora de una lengua propia: el mapudungun. Por otra parte, la Constitución no hacía ninguna mención a los indígenas, simplemente eran todos chilenos, excepto los menores de 25 años. Los mapuches comienzan a ser mirados desde la óptica del evolucionismo, teoría que comenzaba, por aquellos años, a difundirse en los ámbitos científicos, la cual concebía a los grupos indígenas como niños, como seres que transitaban una etapa primaria, primitiva, de minoridad,

740 741

Op. cit. Gallardo, Viviana. “Héroes Indómitos... Op. cit. Citando a Luis Valencia Avaria, “Los Anales de la República”. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1986.

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en la que su padre –occidente– debía guiarlos en el camino hacía el desarrollo, el progreso y la civilización. Se aprecia entonces, cómo el Estado, por un lado, no reconoce a los mapuches como un pueblo independiente, sino que busca integrarlo; pero no lo hace como uno más, sino como una especie de ciudadano de segunda clase. De hecho, les niega a sus integrantes la calidad de ciudadanos; y, en último caso, si llegasen a cumplir con los requisitos para acceder a dicha condición, se les exigiría que dejasen de ser lo que son, que olvidasen lo que han sido y adoptasen los patrones de la nueva sociedad que se estaba formando; en definitiva, se produce un franco desconocimiento de los mapuches; en primer lugar, como actores políticos distintos, independientes y, en segundo lugar, como actores culturales también diversos. El Estado está diciendo: “...ustedes son chilenos, ya no son más mapuches...”. La Constitución de 1823 consagra restricciones aún mayores para acceder a la ciudadanía chilena: “... Es ciudadano chileno con ejercicio de sufragio en las asambleas electorales, todo chileno natural o legal que, habiendo cumplido veintiún años, o contraído matrimonio tenga alguno de estos requisitos: una propiedad inmueble de doscientos pesos, un giro o comercio propio de quinientos pesos; el dominio o profesión instruida en fábricas permanentes; el que ha enseñado o traído al país alguna invención, industria, ciencia o arte, cuya utilidad apruebe el gobierno; el que hubiere cumplido su mérito cívico, y por último, todos deben ser católicos romanos...”742. Nuevamente se evidencia la negación del “ser mapuche”, dado que de acuerdo a estos requisitos prácticamente se le estaba diciendo a los integrantes de este pueblo: “ustedes no podrán ser ciudadanos”. En el trasfondo, se buscaba borrar todas las diferencias existentes entre los habitantes del territorio chileno y homogeneizar, aun desde el discurso público, a los “chilenos”; pues, como se verá, las fronteras entre unos y otros siguieron presentes en la cotidianeidad de la vida nacional. El camino hacia la homogeneización –que se percibía como vital para la construcción del Estado-Nación– había comenzado antes, con la presencia en la Araucanía de los misioneros católicos. Estos penetraron en territorio mapuche con el propósito de evangelizar a sus habitantes, convertirlos al cristianismo, enseñarles la lengua castellana y, en definitiva, transformarlos. La labor homogeneizadora desde el Estado se tornará sistemática durante el siglo XIX, mediante una serie de aparatos institucionales, funcionales a dichos propósitos. En esta actitud homogeneizadora desde el Estado hacia el pueblo mapuche está presente una serie de mecanismos de dominación; de ahí que se señale la importancia de conocer cuáles fueron

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Op. cit.

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estos instrumentos de “ciudadanización del mapuche”, recalcando que se trata de un proceso que sigue vigente hasta el día de hoy743. Entre dichos elementos, destacan, en primer lugar, los medios jurídicos, que se constituían en piezas claves para la formación de la nación. A través del andamiaje legal, las autoridades podían extender a toda la población los mecanismos de control para construir el país que deseaban. Se trataba, por lo tanto, “...de establecer instrumentos jurídicos capaces de otorgar un sentido de pertenencia y que abarcara a todos los ‘chilenos’...”744. En este sentido, en el escenario posterior a la Colonia, va a ser el Estado Chileno quien, a través de distintos medios jurídicos, va a generar los conflictos con el pueblo mapuche, los que se mantienen hasta el día de hoy. La creación de la provincia de Arauco en 1852 es un hito importante, ya que, como instancia jurídica, permite al Estado intervenir, sin previa consulta, directamente sobre este territorio: “... es como si hoy día el Estado chileno decidiera crear una provincia en territorio argentino y se le pone un nombre...”. La provincia es el ropaje jurídico que le permite al Estado iniciar el camino de apropiación de un espacio que era de otro pueblo745. EDUCACIÓN INDÍGENA Un segundo elemento o mecanismo destinado a consolidar el proyecto del Estado-Nación se encuentra en el ámbito de la educación. El interés de las autoridades por impulsar tempranamente su desarrollo se percibió así porque se creía que la educación “... sacaría al pueblo de las tinieblas...” y lo haría respetuoso de las normas jurídicas y valores que regirían los destinos de Chile746. La escuela, además de haberse constituido en un mecanismo de dominación, subordinación y negación del mapuche, es el lugar por donde

Entrevista al Profesor Rosamel Millamán, realizada en Temuco por el equipo redactor. Pinto, Jorge. De la inclusión a la exclusión... Op. cit. p. 82. 745 Es importante recordar que al iniciar la República, el territorio mapuche gozaba de un estatus jurídico particular a consecuencia de los parlamentos realizados con las autoridades españolas, el último de los cuales (Negrete, 1803) había reconocido una vez más la frontera en el río Biobío. Como se puede apreciar, en ese tiempo al Estado chileno poco o nada le importaron este tipo de estatutos. 746 Pinto, Jorge. De la inclusión a la exclusión... Op. cit. p. 90. En esta misma página el autor cita un párrafo de una artículo publicado en 1818 en El sol de Chile, donde se establecen claramente los criterios sobre los cuales giraría el accionar del Estado y el valor que se le asignaba a la educación: “...Nada interesa tanto a las naciones para conservar su libertad y defender sus derechos como la instrucción de todos sus ciudadanos (...) Una educación que acostumbre a conocer el valor de la verdad y a estimar a los que la descubren o saben emplearla, es el único medio de asegurar la felicidad y la libertad de un pueblo. La educación es quien sabe dar a las almas el carácter nacional, dirigiendo de tal modo las opiniones y gustos de los ciudadanos, que todos ellos sean patriotas por pasión, por inclinación y por necesidad...”.
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fluye, a veces implícitamente, la expresión del racismo y la discriminación747. Lo cierto es que la educación también se erige en un elemento y mecanismo de homogeneización cultural y, por tanto, en un aparato negador de las especificidades culturales que no cuadran con el proyecto del naciente Estado nacional. Va a ser esta política homogeneizadora y negadora de las diferencias culturales, instaurada por la educación formal chilena, la que hoy permite comprender porqué existen tan pocos mapuches que, por ejemplo, dominen su propia lengua, que hablen el mapudungun. Los testimonios de estos al recordar sus experiencias escolares suelen ser dramáticos: se les prohibía hablar en su lengua y se les castigaba en caso de ocuparla y no hablar el castellano. Hacia la década del cuarenta del siglo XIX, el Estado chileno realiza un intento para relacionarse de manera más estrecha con los mapuches de la frontera Sur. La estrategia utilizada recayó en el ámbito de la educación formal; de esta manera se recurrió a las escuelas misionales de franciscanos Italianos, contratados por el gobierno de Joaquín Prieto. Bajo el supuesto de que estas misiones podrían ayudar a transmitir los valores ciudadanos a los mapuches y reemplazar los principios de las sociedades tradicionales por la lógica de la racionalidad748. LA INMIGRACIÓN EUROPEA Un tercer elemento que contribuyó a los intentos de homogeneización cultural del país fue el fomento de la inmigración europea. La presencia de inmigrantes europeos fue percibida también como una posibilidad de ir generando actitudes favorables al desarrollo de la nación. Por lo mismo, la inmigración no solo representó un medio para aumentar la población, sino también una propuesta encaminada a formar a los chilenos, “... contribuyendo a desarrollar en ellos una conducta imitativa que muchas veces nos ha llevado a menospreciar nuestra cultura y a transformar nuestra identidad en una identidad híbrida...”749. Así se desprende de las palabras de Vicente Pérez Rosales, agente de colonización, quien reprochaba a los habitantes de la zona y a algunas autoridades los obstáculos que habrían puesto al establecimiento de los colonos:
“Entristece el recorrer la anterior lista [de inmigrados], viendo cuán despacio, cuán de mala gana y con cuántas interrupciones llega a fecundizar nues-

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747 Entrevista realizada al profesor Rosamel Millamán... En este mismo sentido el profesor Héctor Painequeo dice: “En mi caso particular empecé a sentir la existencia del racismo sólo cuando asistí a un colegio urbano, antes, éste era un problema inexistente, porque hasta entonces había recibido una formación desde una precisa identidad, no necesariamente en la escuela, sino que en el seno de mi hogar, actualmente vigente”. 748 Pinto, Jorge. De la inclusión a la exclusión... Op. cit. p. 92. 749 Op. cit.

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tros desiertos ese riego de población y de riqueza que tantos prodigios obra en todas; que, como no debemos cansarnos nunca de repetirlo, es el único medio que en nuestro actual estado puede elevarnos pronto a una envidiable altura entre las naciones civilizadas750.”

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En el Chile de la época se había instalado ya el eje conceptual civilización/barbarie, el que se desprendía de las corrientes evolucionistas que lideraban el pensamiento científico; corrientes que, en breves palabras, consideraban que las sociedades humanas se encontraban en distintos estadios evolutivos, los que, en el caso de H. L. Morgan, uno de sus principales exponentes, transitaban desde el salvajismo, pasando por la barbarie, hasta llegar al estadio de civilización. Obviamente en la cúspide de la pirámide se encontraba Europa y, a medida que los rasgos culturales se alejaban de tales patrones, se clasificaba a dichas sociedades en estadios inferiores de desarrollo y evolución. Estas corrientes evolucionistas sirvieron en el mundo entero como argumento para justificar la mayoría de las políticas expansionistas y colonialistas del siglo XIX. En el pensamiento latinoamericano, liberal y positivista del siglo XIX, la civilización –la modernidad– podía alcanzarse reemplazando el patrón cultural “indo-ibérico” por uno abierto a Europa y Estados Unidos. Las ideas de Domingo Faustino Sarmiento, respecto a esta confrontación entre civilización y barbarie, eran ampliamente aceptadas en Chile751. Junto con lo anterior, a mediados del siglo XIX, comienza a agudizarse una crisis económica que llevará prontamente a mirar hacia las tierras del pueblo mapuche. Cuando entre los años 1857 y 1861 se produce esta crisis económica, los grupos dirigentes de la nación intentaron buscar una solución al problema que se dejaba sentir fuertemente en la sociedad chilena y sin que dicha solución comprometiera la plataforma básica de la economía chilena del momento, es decir, las exportaciones. El vasto territorio mapuche serviría para elevar la producción agrícola y estrechar lazos con el mercado argentino, mercado que serviría como alternativa a los de California y Australia, en franca decadencia752.

Pérez Rosales, Vicente. Recuerdos del pasado. Editorial Francisco de Aguirre. Buenos Aires. 1971 [1882]. p. 559. 751 Larraín, Jorge. Identidad chilena. Ediciones LOM. Santiago. 2001. p. 94. Las ideas de Sarmiento, por otra parte, apuntaban también al carácter de despoblado, de “desierto”, de los territorios indígenas, que además implicaba una escasa productividad y aporte al desarrollo del país desde la perspectiva occidental. Así como en ellas no se reconocía ni especificidades culturales en cuanto al patrón de ocupación territorial, ni del estilo de vida de los pobladores originarios de las pampas argentinas, ni de la Araucanía para el caso de Chile. Precisamente la incorporación de ambas a la “civilización” se dará, paralelamente, en lo que conocemos en nuestro país como “pacificación de la Araucanía” y que será profundizado más adelante. 752 Pinto, Jorge. “Crisis Económica y Expansión Territorial: La ocupación de la Araucanía en la segunda mitad del siglo XIX”. Estudios Sociales, N° 72. Santiago. 1992. p. 86.

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LA SITUACIÓN ECONÓMICA Y SU IMPACTO EN LA OCUPACIÓN DE LA ARAUCANÍA Durante el siglo XIX la economía chilena fue una proyección de la economía colonial; es decir, un modelo de crecimiento “hacia fuera”. Este modelo económico, basado en exportaciones de materias primas, permitía a los grupos dirigentes controlar el país y, al Estado, financiar la hacienda pública. Este sistema generó consenso y no despertó ningún tipo de resistencia entre los sectores que podían intervenir en la conducción del Estado y su economía. De esta manera, se fueron consolidando “las tres patas de la mesa” que sostuvo la economía nacional durante el siglo XIX: minería, agricultura y comercio todos sectores interesados en impulsar una economía exportadora al servicio de sus intereses753. En un comienzo el modelo fue exitoso, gracias a la demanda externa generada por los mercados del Pacífico, California y Australia; sin embargo, dicho patrón poseía una fragilidad inherente: el escaso papel que los países exportadores juegan en el control de los factores que hacen funcionar la economía. Baste decir que ni la intensidad de la demanda ni su calidad podían ser manejadas desde Chile754. Los sectores agrícolas y mineros respondieron a la gran demanda inicial; no obstante, eso no quiso decir que la respuesta fuera de buena calidad. Por otra parte, la mayor producción agrícola no significó una modernización del agro, y buena parte de la producción minera se efectuó con capitales extranjeros. Los sectores agrícolas y mineros se mostraron reacios a desplazar utilidades a sus respectivas actividades, lo que posteriormente impidió producir a bajos costos para poder hacer frente a la competencia de nuevos centros de abastecimiento. La primera crisis del modelo exportador se da entre los años 1857 y 1861, y ocurre fundamentalmente a partir de la brusca desaparición de los mercados californianos y australianos. El mercado californiano había alentado fuertes especulaciones al interior de la economía chilena, con lo que surgieron enormes endeudamientos, pues nadie dudaba en solicitar créditos, con lo cual se fue creando una riqueza imaginaria que alentó gastos que una economía como la chilena no pudo resistir. Después de desaparecer el mercado californiano, éste se transforma en competencia de la producción triguera chilena, arrebatándole los mercados del Pacífico. En la prensa comienzan a circular una serie de artículos que trataban la crisis, asociándola con la incapacidad de cancelar con mercaderías chilenas los productos de importación, forzando así una exportación de monedas que anunciaba la recesión. También aparecía la preocupación por la pérdida del mercado californiano y los altos precios que estaban alcanzan753 754

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Op. cit. p. 87. Op. cit. p. 90.

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do los productos agrícolas. La solución que con más claridad se presentó en la prensa del momento tuvo que ver con la obtención de capital, es decir, “... mercaderías vendibles en el exterior que permitieran equilibrar la balanza de pago y ordenar una economía que antes de la caída no había mostrado flaquezas...”755. Desde este momento, en Chile se empiezan a desarrollar acciones tendientes a sacar al país de la crisis y a pensar en modernizar las haciendas, los cultivos y todo lo demás. A partir de ahí, Chile comienza a mirar hacia la Araucanía. Es desde la década del 50 que esta zona adquiere verdadera relevancia para los intereses chilenos. En 1856 el periódico El Ferrocarril se refería a ella como una zona de recursos inagotables, “... manantial de riquezas que requería de brazos y capitales para gozar de una próspera agricultura... ”. Tres años más tarde se señalaba que la Araucanía era la zona más rica de “nuestro territorio”756. En palabras del profesor Jorge Pinto, era vista por la sociedad chilena del centro como una gran hacienda inculta. Los artículos de prensa se siguieron multiplicando, y la mayoría coincidía en señalar que con la ocupación de la Araucanía se ganaría en tres aspectos: tierras, mano de obra y la posibilidad de abrir un mercado alternativo al californiano, vía Argentina. La campaña pro ocupación de la Araucanía fue prácticamente dirigida por El Mercurio de Valparaíso, el órgano más representativo de los intereses de los inversionistas chilenos757. La sociedad chilena del centro del país comienza a mirar hacia el Sur, y se piensa que el destino “natural” debe ser su ocupación. Es entonces, a partir de la ineptitud mostrada por los inversionistas chilenos antes, durante y después de la crisis económica de mediados del siglo XIX, unida al eje conceptual de barbarie y civilización, que se va generalizando la idea de que los mapuches, así como su abundante territorio, se encontraban en un estado donde reinaba la incultura, el primitivismo, etc. Y que, por tanto, era “deber” de la población chilena “civilizada” intervenir allí y llevar el progreso y la civilización a todos los rincones del territorio nacional. Un párrafo del diario El Mercurio, que reflejaría una suerte de “ideología de la ocupación”, lo expresa en forma clara:

755 756

Fragmento de un artículo publicado en El Ferrocarril. Citado por Pinto. Op. cit. p. 98. Es necesario señalar que el interés por el territorio mapuche existía desde los tiempos de Pedro de Valdivia; sin embargo, al fracasar la incorporación de dicha zona a la corona española se da la dinámica fronteriza de convivencia entre ambas naciones. Esto fue ayudado porque los mercados periféricos al Virreynato del Perú se dieron cuenta de que podían ser útiles para la economía colonial sin necesidad de explotar la minería. Por ejemplo, el Valle Central de Chile producía alimentos y cueros que Potosí necesitaba. Todo esto permitió, hasta el fin de la Colonia, una convivencia pacífica. El interés por el territorio mapuche vuelve a aparecer con los patriotas chilenos y muy especialmente a mediados del siglo XIX. 757 Op. cit. p. 103.

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“No se trata sólo de la adquisición de algún retazo insignificante de terreno, pues no le faltan terrenos a Chile; no se trata de la soberanía nominal sobre una horda de bárbaros, pues esta siempre se ha pretendido tener: se trata de formar de las dos partes separadas de nuestra República un complejo ligado; se trata de abrir un manantial inagotable de nuevos recursos en agricultura y minería; nuevos caminos para el comercio en ríos navegables y pasos fácilmente accesibles sobre las cordilleras de los Andes... en fin, se trata del triunfo de la civilización sobre la barbarie, de la humanidad sobre la bestialidad...758”.

La sociedad chilena, agraria, santiaguina, que miraba hacia Europa y que surgió en las primeras décadas del siglo XIX, no tuvo la capacidad de comprender al pueblo mapuche. Así, desde la capital, los araucanos eran mirados con conmiseración: “... Eran seres primitivos, salvajes; a lo más, bárbaros. En esas tierras del sur de Chile no había llegado aún la civilización...”759. Eso se decía en la época. Lo anterior era reafirmado al observar la poligamia, práctica que no logró ser comprendida dentro del contexto mapuche, y el nomadismo, también considerado cercano a la barbarie, por la sociedad católica del centro del país. El diario El Mercurio insistía en que los indios son enteramente incivilizables, y publicaba en 1859, con respecto a ellos: “... Todo lo ha gastado la naturaleza en desarrollar su cuerpo, mientras que su inteligencia ha quedado a la par de los animales de rapiña, cuyas cualidades posee en alto grado, no habiendo tenido jamás una emoción moral...”760. Esta mirada de los indígenas como animales de rapiña, como hordas de salvajes –campaña permanente de El Mercurio– vino a crear una justificación moral para la ocupación de los territorios de La Araucanía a cualquier precio. Otro artículo de la época se refiere al tema en los siguientes términos:
“Los hombres no nacieron para vivir inútilmente y como los animales selváticos, sin provecho del jénero humano y una asociación de bárbaros, tan bárbaros como los pampas o como los araucanos, no es más que una horda de fieras que es urgente encadenar o destruir en el interés de la humanidad y en bien de la civilización...761.

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Es en esta época, a mediados del siglo XIX, donde se produce “... una grieta insalvable entre la vida chilena santiaguina y la forma de vida que

758 “Valdivia. Correspondencia de El Mercurio. Una cuestión de primera importancia”, 5 de julio de 1859. Citado por Pinto, Jorge. De la inclusión a la exclusión... Op. cit. p. 131. 759 Bengoa, José. Historia de un Conflicto. El Estado y los mapuches en el siglo XX. Editorial Planeta. Santiago. 1999. p. 31. 760 Citado en Pinto, Jorge. De la inclusión a la exclusión... Op. cit. p. 132. 761 Op. cit.

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llevaban los indígenas del sur de Chile...”. Se pensaba en los mapuches como una “raza” en decadencia, degradada por el alcohol. A los ojos evolucionistas de la sociedad criolla estos seres estaban lejos de ser los héroes relatados por Alonso de Ercilla. Se multiplicaban los artículos de prensa referentes a los pobladores de la Araucanía, en términos similares. El país comienza a formarse una idea errónea acerca de los indígenas del Sur. Asimismo comienza a difundirse el arquetipo de los mapuches quienes, además de estar acabados, eran cada vez menos. De ahí que se convirtió en certeza el supuesto de que quedaban muy pocos indígenas en el Sur y de que las tierras estaban baldías. El país del centro se formó esta idea, conveniente, aunque falsa, por cierto, para ocupar la Araucanía y someter a los indígenas al régimen reduccional762. De esta manera, desde 1850, comienza a clarificarse la actitud del Estado y de la sociedad chilena frente al pueblo mapuche del Sur de Chile. Se desencadena una serie de factores que llevarán a la ocupación del territorio, con lo cual se desintegrará el viejo espacio fronterizo que habían logrado construir españoles y mapuches por más de dos siglos. Todo el peso del Estado en formación se dejó caer entonces sobre la Araucanía, imponiendo a la región el proyecto de país y nación elaborado por los grupos dirigentes que gobernaban Chile desde Santiago763. Chile configura su territorio durante esta época y lo hace con una clara vocación expansionista. Durante la segunda mitad del siglo XIX incorporó Magallanes, la Araucanía, la Isla de Pascua y las Provincias del Norte. Se produce la ocupación de regiones hasta ese entonces inexploradas. Es el período de expansión del capitalismo mundial. En el ámbito nacional, las razones se relacionan con la estrechez del mercado de la tierra, lo que constituía la base de la política inmigratoria que fomentaba el Gobierno chileno de la época y posibilitaba la crisis económica de 1857. Por aquella época los choques con el Ejército de frontera motivó a los “araucanos” de aquellas zonas –a diferencia de los que vivían más al Sur– a que buscaran lugares apartados para vivir, sembraran el mínimo para su subsistencia y se dedicaran al acarreo de animales, ya que aquello era más seguro frente a los robos ejecutados por los militares presentes en la zona. La relación con este ejército además se caracterizó por contactos de dominación a través de la entrega de los ‘bastones de mando’ a los caciques locales. Se trataba de caciques reconocidos por el gobierno “... con un cierto rango de funcionarios. Tenían el derecho de administrar justicia, y a veces se les destinaban policías para apoyarlos en su tarea de poner orden
762 Bengoa, José. Historia de un conflicto... Op. cit. p. 32. Héctor Painequeo sostiene que es esta mirada la que explica la relación que se va a gestar entre la sociedad chilena y los pueblos originarios, él dice, si no “...cómo se entiende que hayan sido tan exageradamente generosos con los inmigrantes europeos y tan cruelmente injustos con los indígenas...”. 763 Pinto, Jorge. De la inclusión a la exclusión... Op. cit. p. 109.

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en la zona...”764. Junto con ello, se los invitaba a parlamentar y se les brindaban las atenciones típicas de ese entonces, “... mucho mosto y mucha música...” se decía en la época. El mapuche, con una larga tradición de respeto por las invitaciones, se veía comprometido por el agasajo y consideraba que estaba contrayendo una deuda de honor. “... No es una cultura del aprovechamiento. Por el contrario, la mapuche es una cultura del honor, de la palabra empeñada que vale oro...”765. Como ya fuera señalado, el Estado nacional, y la sociedad santiaguina en general, consideraban los territorios de la Araucanía como vacíos, desocupados; una tierra de nadie. A mitad del siglo XIX se lleva a cabo un censo de población, estimándose para toda la Araucanía tan solo alrededor de treinta mil personas. Como fuera mencionado anteriormente, el interés por ocupar esos territorios estuvo presente desde los inicios del proceso de independencia, pero dicho interés solo se vuelve sistemático después de 1850. A partir de estos años comienzan a llegar los primeros colonos alemanes a Valdivia, Puerto Octay, Puerto Montt. Dichos colonos comienzan a instalar industrias, fabrican vapores, empieza a consolidarse una economía pujante en el Sur del país. Es entonces cuando la suerte de los mapuches se sella, y se los coloca entre dos fuegos expansivos. Por una parte, estaba el Chile central que necesitaba más tierras para continuar la implantación de su modelo agrícola hacendal y, por el Sur, la exitosa colonia alemana, que instauraba un modelo de lo que debía hacerse con esas tierras. En ese tiempo no hubo espacio para pensar en otras alternativas. Es necesario señalarlo y decirlo, de lo contrario la historia sería incomprensible, o sería un conjunto de maldades, de perversidades, si se piensa con categorías actuales y se las aplica a las conductas de ayer. Los mapuches aprisionados entre dos fuegos se encontraron inermes frente al proceso de colonización que se les venía encima766. ANEXO N° 5 EL PARLAMENTO DE TAPIHUE AL FINALIZAR LA GUERRA A MUERTE*
Como señaláramos, parte importante de las huestes realistas derrotadas en 1818 se traslada a la zona de Concepción, desde donde se organizan los frentes que cubrirían toda la región, encabezados por Vicente Benavides, y cuyos seguidores señalamos a continuación, a fin de reconocer la amplitud de quienes formaban el movimiento en cuestión: “Acompañaban a Benavides en esta guerra a muerte, como jefes de montoneras, los caudillos Juan de Dios y Dionisio Seguel en Yumbel; José María Zapata y Jervasio
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Bengoa, José. Historia de un conflicto… Op. cit. p. 36. Op. cit. p. 38. 766 Op. cit. p. 43. * Anexo extraído del Informe de la COTAM, Volumen II.

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Alarcón, Lantaño, Vicente Elizondo (hermano del que fue Obispo de Concepción del Mismo apellido) y otros jefes de montoneras de Chillán. En Rere figuraban también como jefes de montoneras el cura Ferrabú de aquel lugar y el coronel don Vicente Antonio Boccardo de Santa María, quien gozaba de grandísima influencia entre las tribus Pewenches. Ambos caudillos pertenecían a conocidas familias de Concepción. Y por fin, en la Laja, figuraba Juan Ruiz, de Nacimiento.”767 No obstante la importancia de los poderes locales, escribe Horacio Lara en su Crónica de la Araucanía, “el centro y la base de la fuerza del bandolero de Arauco estaba en la misma Araucanía... Estaba allí pues su cuartel general y el centro de sus recursos y el antemural de su resistencia. Como de tiempos inmemoriales distinguiose en esta época la Araucanía en indios costinos, llanistas, Wijiches y Pewenches, moradores los primeros de la costa desde Nahuelbuta al Mar y desde el Biobío al Tolten; los segundos comprendidos en el valle central desde el Biobío al Tolten y desde Nahuelbuta a las primeras serranías de Los Andes; los Wijiches habitantes de estas mismas serranías; por último, los Pewenches encerrados en los fértiles valles transversales en el interior de Los Andes. Los costinos obedecían a los caciques Güerchinquir, Lencapí y Martín Cheuquemilla; los llanistas al terrible y célebre Mariluan, a Juan Colipí, Venancio Coihuepan, Catrileo, dueño de Purén, y Curiqueo, jefe de los Boroanos. Los Wijiches prestaban obediencia a Mañil Huenu, que se decía era hermano del general José María de la Cruz; y por fin, los Pewenches que reconocían por jefes a Martín Toriano, Juan Neculman, Chuica y Melican. De estos indígenas sólo Juan Colipí, dueño de los llanos de Angol, Venancio Coihuepan, dueño de las comarcas de Lumaco, y Melican, jefe de algunas tribus de Pewenches eran los únicos que protegían con sus lanzas las armas de la República. Los demás pertenecían a Vicente Benavides.”768 Así, en octubre de 1820 la ciudad de Concepción es sitiada y tomada por las fuerzas de Benavides, quien dominaba entonces desde el río Maule al Sur. Sin embargo, en noviembre de 1820, las fuerzas patriotas –encabezadas por Freire– y sus aliados dirigidos por el cacique Colipí, vencen a Benavides en Concepción, el que se refugia en Arauco, y ordena a su lugarteniente, Juan Manuel Picó, “que se hallaba en Santa Juana, que en unión de los jefes montoneros y de los indios costinos, llanistas y Pewenches incendiaran todos los pueblos del sur desde San Pedro a Chillán. Picó había reunido más de dos mil indios. Con estas hordas se arrojó Picó sobre las poblaciones indefensas; y fue incendiando una tras otras las poblaciones, saqueando, degollando, violando las mujeres, cometiendo, en fin, cuanto crimen es imaginable. Así quemaron en Diciembre (1820) a San Pedro, Santa Juana, Nacimiento, Talcamávida, San Carlos de Purén, Santa Bárbara, Yumbel y Tucapel nuevo.”769 Benavides ordenó luego avanzar hacia el Sur del Biobío, y el 20 de septiembre de 1821 cruza el gran cauce con 1.500 hombres por el Vado de Monterey. Sin embargo, es sorprendido en las Vegas de Saldías por Joaquín Prieto, por lo que huyó hacia Arauco, de ahí a Lebu, y en vela hacia el Norte, hasta la costa de San

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Lara, H. Op. cit. p. 143 (1889). Lara, H. Op. cit. pp. 144-145. Lara, H. Op. cit. p. 163.

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Fernando, donde pretende surtirse de víveres y es entregado por sus mismos marinos a las autoridades. Una vez preso, es ahorcado en Santiago el 23 de febrero de 1822, para luego ser enviados sus brazos y cabeza a Concepción, en donde fueron expuestos en la plaza pública. Los combates continuaron, si bien sus líderes no eran los mismos. Muerto luego –en octubre de 1822– el cura Ferrabú, el caudillo de la Costa, encabeza las filas rebeldes Juan Manuel Picó. Decide Picó atacar Santiago, en 1823, y en su ausencia “fue conquistado de parte de los patriotas su más fiel y último aliado, el poderoso cacique Mariluan, que equivalía a un verdadero rey de la Araucanía. Al regreso de su campaña, negose Mariluan a acompañarlo en nuevas correrías en 1824; y desde aquel día derrumbose de súbito el edificio del poder del que se ha llamado el último jefe español en Arauco”770. Poco tiempo después, Picó era entregado por dos de sus soldados, cuya cabeza también fue expuesta en la Plaza de Concepción. En concordancia con lo anterior, y pretendida la idea de haber sofocado los aires autonomistas, las autoridades de la República citan a las autoridades mapuches a un parlamento en los llanos de Tapihue, el que se lleva a cabo el 7 de enero de 1825, en donde se celebraron las primeras Paces Generales entre la República y la Araucanía: “Desde entonces comenzó a llamarse también oficialmente Chile a nuestra República, pues en las guerras de la independencia se designaba con el nombre de Patria al país, dándose el nombre de Chile únicamente a la sección del territorio comprendida desde el Maule al Norte, o más propiamente, al Valle de Aconcagua. La región del Sur era considerada por sus habitantes casi como un país independiente de la región del Norte; y con mayor razón desde que la Araucanía, el gran centro del Sur, permanecía completamente libre desde el siglo anterior.”771 El texto del Parlamento de Tapihue, celebrado “para tratar con los naturales de ultra Biobío y D. Francisco Mariluan Gobernador de 14 reducciones”, señala, en algunas de sus partes, lo que sigue: “El Estado se compone desde el despoblado de Atacama hasta los últimos límites de la provincia de Chiloé” (art. 2) “Todos los que existen entre ambas líneas serán tratados como ciudadanos chilenos con goce de todas las prerrogativas, gracias y privilegios que les corresponden...” (art. 3) “Queda obligado de ultra Bio-Bio entregar a todo oficial o soldado enemigo y que, casualmente se abrigue en sus territorios, persiguiéndolos hasta su total exterminio...”(art. 8). “Siendo ya una sola familia nuestros comerciantes serán tratados fraternalmente cuando se internen en sus terrenos...” (art. 17) “Los gobernadores o caciques desde la ratificación de estos tratados no permitirán que ningún chileno exista en los terrenos de su dominio por convenir así al mejor establecimiento de la paz y unión, seguridad general y particular de estos nuevos hermanos...” (art. 18) “Haciendo memoria de los robos escandalosos que antiguamente se hacían una y otra parte, queda desde luego establecido, que el chileno

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Lara H. Op. cit. p. 180. Op. cit. p. 182.

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que pase a robar a la tierra, y sea aprehendido, será castigado por el cacique bajo cuyo poder cayere; así como lo será con arreglo a las leyes del país el natural que se pillase en robos de este lado del Biobío que es la línea divisoria de estos nuevos aliados hermanos...” (art. 19) “No obstante que la línea divisoria es el Biobío el gobierno mantendrá en orden y fortificadas las piezas existentes, o arruinadas al otro lado de este río, como también a sus pobladores en los terrenos adyacentes del modo que antes lo estaban. (art.20); “Se declaran por boquetes habilitados para el pase al otro y este lado de la cordillera los del Llaima, Lonquimay, Cunco, Villucura y Antuco; y por inhabilitados todos los que desde el último hubiesen hasta el río Maule...” (art. 23) “Hecha la paz, y no siendo necesario destacamentos de línea en lo interior de la tierra, ordenará el Gobierno se retiren a incorporarse a sus respectivos regimientos...”. (art. 32)772. 330 De acuerdo a lo señalado por Tomás Guevara, “En Enero de 1825 se reunieron los mapuches y el ejército chileno en Parlamento en la localidad de Tapihue, lugar donde se realizaban parlamentos desde el tiempo de los españoles. Mariluan aceptaba la tregua i reconocía el nuevo sistema de Gobierno i Barnechea (capitán chileno) reconocía a los araucanos a nombre del gobierno, los mismos derechos de los demás chilenos”773. De acuerdo a ello, por el parlamento de Tapihue, señala Bengoa, “... los Mapuches aceptaron las paces pero no se sometieron al ejército chileno, se mantuvo el statu quo tradicional. La frontera seguía siendo –en general– el Biobío, se mantenía un ejército de línea acantonado en Concepción y Chillán, se refundó el fuerte de Arauco, y posteriormente Los Angeles y otras poblaciones al sur del Río Laja. El camino entre Concepción y Valdivia bordeaba la costa y era de mucha peligrosidad ya que no siempre los costinos, Tirúanos y del Budi estaban dispuestos a otorgar paso libre.”774 El efecto más relevante del Tratado de Tapihue, en cuanto a la legitimación de los actos de ocupación del territorio indígena, se da en dos perspectivas. Los mapuches, por una parte, reconocen que al Norte del Biobío se ha constituido un nuevo Estado Nacional del que ellos no forman parte, y que sus aliados hispanos han sido derrotados. A la vez, el Estado Chileno reconoce a los mapuches los

772 Ver “Tratado o Parlamento de Tapihue del 7 de Enero de 1825”, en Parlamento y Territorio Mapuche, Pablo Mariman (compilador); Instituto de Estudios Indígenas, Universidad de la Frontera, Temuco, 2002, p. 103 y siguientes. 773 Bengoa, José. Historia del pueblo mapuche. Editorial LOM. Santiago. Chile. 2000. p. 149. En relación a los contenidos del tratado de Tapihue se debe establecer que lo indicado como “... Barnechea (capitán chileno) reconocía a los araucanos a nombre del gobierno, los mismos derechos de los demás chilenos”. Significa que la igualdad de derechos que aquí se reconoce se funda en el Decreto Supremo de 4 de Marzo de 1819, que hasta antes del parlamento de Tapihue de 1925 no había tenido aplicabilidad en territorio Mapuche. El Bando Supremo de 4 de Marzo de 1819, otorga la ciudadanía a los indígenas y los exime del tributo personal. “... El sistema liberal que ha adoptado Chile no puede permitir que esa porción preciosa de nuestra especie continúe en tal estado de abatimiento. Por tanto, declaro que para lo sucesivo deben ser llamados ciudadanos chilenos, y libre como los demás habitantes del Estado.” 774 Bengoa, J. Op. cit. p. 150.

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mismos derechos ciudadanos que al resto de los chilenos. Los hechos posteriores darán cuenta de que este reconocimiento no será útil al pueblo mapuche en ningún ámbito de su reproducción económica, social, política y cultural. En efecto, este reconocimiento se constituye en la principal amenaza para la integridad territorial de los Fütal Mapu Mapuche, pues los derechos reconocidos son carta blanca para los chilenos que deseen apropiarse de tierras indígenas. Al reconocerse a los mapuches el derecho a celebrar contratos –arrendar, prestar, vender y comprar tierras– este “derecho ciudadano” solo beneficiará al usurpador de tierras ante el Estado Chileno, el que acreditará de múltiples fórmulas fraudulentas la adquisición de tierras de indígenas como segura propiedad. En conclusión, el Tratado de Tapihue es el camino inicial de una de las formas de usurpación de tierras en la zona de frontera, pues el reconocimiento de los derechos ciudadanos se inspira en lo consagrado en la legislación de 1819 referida al reconocimiento de la plena capacidad para celebrar toda clase de contratos775, y estos serán casi exclusivamente contratos de arriendos, compraventas fraudulentas y otros métodos que terminan despojando a los mapuches de sus tierras. Estas adquisiciones fraudulentas se verificarán en el área de Arauco, Nacimiento, Mulchén y Angol ubicadas al Sur del Biobío. La aplicación y el imperio de la norma de igualdad de derechos significó, en la práctica, que durante toda la primera mitad del siglo XIX la llamada “Alta Frontera” –que correspondía al territorio entre la Cordillera de los Andes y la Cordillera de Nahuelbuta– y la “Baja Frontera” –que abarcaba el espacio entre la Cordillera de Nahuelbuta y el Mar– fueran objeto de ocupación y usurpación de tierras por parte de los chilenos. Fundamental es en este punto lo señalado en el Parlamento de Tapihue, en el que se acordó que “Desde el Despoblado de Atacama hasta los últimos límites de la Provincia de Chiloé ... todos serán tratados como ciudadanos chilenos en el goce de las gracias y privilegios correspondientes y con las obligaciones respectivas.”

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LA INVASIÓN DE LA ARAUCANÍA776 Desde 1850 en adelante se comienzan a infiltrar en el territorio mapuche un sinnúmero de chilenos que se asentarán en la zona, ya sea como trabajadores, arrendatarios o simplemente como propietarios de terrenos que fueron adquiridos de manera fraudulenta. Este proceso, denominado “colonización espontánea”, se llevó a cabo en los territorios mapuches comprendidos entre los ríos Biobío y Malleco –Alta frontera– y entre el Biobío
775 Los demás derechos ciudadanos, como la defensa de sus causas, contraer matrimonio, comerciar, elegir las artes que tengan inclinación y ejercer la carrera de las letras y las armas, para obtener los empleos políticos y militares correspondientes a su aptitud, serán una ficción o tendrán una deficiente, incompleta y parcial aplicación. 776 Pacificación, ocupación, invasión de la Araucanía son los conceptos que se han usado. Después de un largo debate se optó por el concepto de “invasión”, ya que se trataba de una parte del territorio del país ocupado, al que se sometió a la jurisdicción del Estado, que no existía con anterioridad. Pacificación se refiere a una supuesta guerra intestina que hubiese habido en ese territorio, lo que es impropio e inexacto históricamente. Ocupación de la Araucanía se refiere a la “ocupación” de un terreno vacío, lo que es también inexacto históricamente y por tanto inapropiado.

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y el río Lebu –Baja Frontera o Arauco–. Por el Sur la jurisdicción efectiva del Estado chileno se encontraba en San José de la Mariquina, al Norte de Valdivia777. (Ver Mapa Nº 20) Junto con ello, y a medida que el ejército chileno también comienza a internarse en territorio mapuche, se empieza a crear un conjunto de normas legales sobre la Araucanía. Como se ha dicho, la primera de ellas es la Ley de 1852 que crea la Provincia de Arauco, abarcando el territorio comprendido entre el río Biobío y el Toltén, zona mapuche por excelencia. En 1866 se dictaron las primeras leyes de ocupación, momento en que el concepto “territorio de indígenas” es cambiado por el de “territorio de colonización”. Las tierras fueron declaradas fiscales para evitar que los aventureros y especuladores se apropiaran de todos los recursos y no dejaran espacio para la inmigración extranjera, que era, en definitiva, el verdadero objetivo. Hasta 1881 los mapuches lograron resistir el avance de los chilenos. En ese año se abren caminos, se construyen puentes, se fundan fuertes y ciudades. Se funda el fuerte Temuco, lugar de mayor densidad indígena de todo el Sur de Chile. No hubo conversaciones ni tratados de paz, como insiste alguna tradición. El parlamento de la Patagua en el Cerro Ñielol, en que los caciques le entregaban la tierra al ministro Recabarren para que fundara Temuco, nunca existió. No se ha encontrado nunca un documento que pueda atestiguar esa leyenda778. Junto con las tropas llegaron los agrimensores, dirigidos por Teodoro Schmidt. A medida que las tierras eran medidas, se fueron dando cuenta de que aquellas no estaban vacías como se pensaba en Santiago. Todo estaba subdividido entre los caciques, y poblado por familias mapuches. La idea de un Sur deshabitado era una idea falsa que se había tejido en el centro del país; los mapuches ocupaban densamente la Araucanía, y había una suerte de propiedad establecida en la zona que contaba con deslindes bastante claros. Muchos particulares del centro de Chile vieron una posibilidad cierta de hacerse de tierras en el Sur del país, de una manera relativamente fácil. Las leyes de radicación pretendían entregar las tierras declaradas fiscales a colonos extranjeros y nacionales, se había diseñado un plan para ellos; sin embargo, nada pudo impedir la entrada de inescrupulosos particulares, quienes, recurriendo a las más variadas argucias, no dudaron en expulsar y arrebatarles sus tierras a numerosos indígenas. Los mapuches reaccionaron activamente frente a los hechos que venían ocurriendo. Algunos historiadores locales como Leandro Navarro, Horacio Lara y Tomás Guevara dejaron testimonios de las protestas indí-

777 Correa, Martín, Raúl Molina y Nancy Yánez. “La Reforma Agraria y Las Tierras Mapuches”. Cultura, Sociedad e historia contemporánea. América Latina, Revista del doctorado en el estudio de las sociedades latinoamericanas. Santiago. 2002. 778 Op. cit. p. 46.

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genas; sin embargo, la historiografía tradicional nada consigna respecto de la reacción del pueblo mapuche y de las estrategias empleadas por sus dirigentes. Personalidades mapuches, como José Santos Quilapán, tuvieron plena claridad sobre lo que estaba ocurriendo y plantearon a sus aliados una estrategia de oposición a la “entrada de los chilenos”, como decían en esa época. Numerosos testimonios que provienen de la historia oral mapuche, demuestran la capacidad e inteligencia de los dirigentes para actuar frente a esa invasión. Tres posiciones se debaten en la sociedad mapuche de fines del siglo XIX. Por una parte quienes están por enfrentar del modo militar la invasión que se venía encima. Quien dirige esta tendencia es el lonko Quilapán de los arribanos o wenteches. Hay un segundo sector liderado por el cacique de Quechereguas, Pailahueque, que trata de establecer alianzas y negociaciones. Para ello incluso viaja a Santiago a solicitar el fin de la ofensiva. Es apoyado por los frailes franciscanos italianos. Un tercer sector o tendencia de opinión política trata de establecer una alianza con los chilenos y sus dirigentes. La encabeza el lonko de Chol Chol, Venancio Coñoepán779. Estas tres “líneas políticas” que se registran en la sociedad mapuche de la década del setenta y ochenta del siglo XIX muestran una enorme continuidad. Unos creen que el camino es la resistencia, otros la negociación con diferentes aliados y otros la adaptación. Habría que decir, al revisar la historia, que lamentablemente los mapuches y sus dirigentes no tuvieron muchos espacios de negociación. Como han señalado diversos autores aquí citados, la sociedad chilena santiaguina se había dejado convencer de que era necesario ocupar violentamente la Araucanía780. Es por ello que hubo una combinación de estrategias, por una parte de carácter bélico, de negociaciones y, minoritariamente, de aceptación. Durante quince años se produce un período de mucha violencia. Desde 1866 hasta la fundación de Temuco y el ataque que todas las agrupaciones mapuches hicieran el 5 de noviembre de ese año al fuerte allí establecido fue un período de continua guerra. Como en todas las guerras hubo mucho sufrimiento y muchos desplazados. Las familias de la Frontera, cercanas a la recién construida línea del Malleco huyeron a lugares más lejanos, hacia la Cordillera. Los guerreros cruzaban la Cor779 El apellido Coñoepán se repite muchas veces en la historia mapuche. Con el mismo nombre será diputado nacional Venancio Coñoepán Huenchual. El primer Venancio Coñoepán lucha al lado de los patriotas chilenos en la Guerra a Muerte. Ver Historia del pueblo mapuche de José Bengoa, ya citado y el estudio sobre la familia Coñoepán realizado por José Ancán y Pablo Marimán de la Sociedad de Estudios Liwen. 780 El profesor mapuche Jorge Calfucura, ha insistido en sus trabajos acerca de la necesidad de contar con las alianzas de intelectuales mapuches y no mapuches como forma de establecer plataformas básicas de comprensión y entendimiento. Este análisis lo hace a partir de su lectura de los hechos que aquí estamos relatando.

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dillera peleando contra el ejército chileno, así como contra el argentino. Poco sabemos de los detalles de ese período y falta mucho aún que investigar para conocer con mayor detalle lo ocurrido en esta “segunda guerra de Arauco”, en que la Araucanía fue ocupada por parte del ejército de Chile781. El entonces Coronel Cornelio Saavedra le escribía al Gobierno que esta campaña le había costado “... Mucho mosto, mucha música y poca pólvora...“, frase llena de orgullo y soberbia que ha quedado en los anales de la historiografía chilena y que hizo creer a muchos autores que la campaña del Sur había sido “un paseo por el prado”. No son pocos quienes adhirieron a esta idea levantando teorías que señalan que los mapuches ya estaban “aculturados” en ese momento y que la ocupación de la Araucanía se realizó sin oposición de ninguna especie. Las pruebas históricas empíricas desmienten absolutamente esta manera de ver la historia. El propio Cornelio Saavedra se dio cuenta de esta situación. En un texto menos citado, pero que anticipa el conflicto que se estaba generando, escribe a las autoridades de Santiago lo siguiente:
“... llevada (la guerra) por el sistema de invasiones de nuestro ejército al interior de la tierra indígena, será siempre destructora, costosa i sobre todo interminable, mereciendo todavía otro calificativo que la hace mil veces más odiosa i desmoralizadora de nuestro ejército. Como los salvajes araucanos, por la calidad de los campos que dominan, se hallan lejos del alcance de nuestros soldados, no queda a estos otra acción que la peor y más repugnante en esta clase de guerra, es decir: quemar sus ranchos, tomarles sus familias, arrebatarles sus ganados i destruir en una palabra todo lo que no se les puede quitar. ¿Es posible acaso concluir con una guerra de esta manera, o reducir a los indios a una obediencia durable?782”

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Por cierto que frente a un ejército moderno como el que ingresó el año 1881, que venía vencedor en Chorrillos y Miraflores en el Perú, no había forma de enfrentársele en las mismas condiciones. Sin embargo, esa diferencia tecnológica y numérica no amilanó a los mapuches, quienes se defendieron, atacaron las caravanas, cortaron los telégrafos, asaltaron pueblos, ciudades y fuertes, muriendo muchos en el combate, como está establecido. La gran insurrección final de noviembre de 1881 unió a todos
Los relatos de este período se encuentran en los trabajos de Bengoa, Pinto y León, principalmente. 782 Saavedra, Cornelio. “Cuenta de las operaciones i trabajos practicados en la parte del territorio indígena que está bajo mis órdenes, dirigida al Ministro de Guerra, 1 de junio de 1870”. En: Cornelio Saavedra. Documentos relativos a la ocupación de Arauco. Imprenta La Libertad. Santiago. 1870. p. 205. Citado Por Jorge Pinto, “La ocupación de la Araucanía a través de historiadores, novelistas, poetas y dirigentes mapuche”. Investigando y Educando: Estudios para el Análisis y la Aplicación. Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación. Santiago. p. 3.
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los sectores mapuches, desde los lafquemches de Tirúa, los imperialinos y del Budi783, los nagche de Lumaco, Purén y Cholchol y los wenteche que asaltaron el fuerte de Temuco desde diferentes partes, sin que prácticamente faltara a la cita ninguna agrupación o lof. LAS REDUCCIONES, LA RADICACIÓN Y LA ENTREGA DE TÍTULOS DE MERCED La idea de reducción aparece paralelamente a la llegada de los agrimensores a la Araucanía, cuando constatan que la tierra que se había pensado vacía estaba ocupada densamente por los mapuches. Es ahí cuando aparece, entre las autoridades del país, la idea de la “reducción”784. La ley de 1866 y las leyes posteriores establecieron que a los indígenas se les daría un título gratuito sobre las tierras que poseían. De este carácter gratuito y por haber sido dados como una merced por parte del Estado viene su nombre: “Título de Merced”. Pero hasta que no se llegó a medir físicamente la Araucanía, no se percibió que esas propiedades indígenas eran muy grandes y que en muchas áreas ocupaban en forma plena el territorio. Se le consultaba a un cacique por los deslindes de su propiedad y los señalaba con claridad, al igual que se hace hoy en día en cualquier propiedad, nombrando a sus vecinos y los accidentes del terreno que los separaban. Llegó la noticia a Santiago de que no había espacios vacíos en el Sur y se le encomendó a la Comisión que redujera las tierras de los indígenas. Existe un documento antiguo, en que se establece cuántas hectáreas le deben ser otorgadas al jefe de familia, a la mujer indígena y a los hijos, esto es, a partir de un criterio diferente al de la tierra que ocupan. No se aplicó literalmente el principio allí establecido, pero se impuso la idea de reducir la tierra indígena. El proceso de radicación, reducción y entrega de Títulos de Merced ocurre dentro de los años 1884 y 1929, y estuvo acompañado por todo tipo de abusos en contra de los mapuches. Tuvo innumerables consecuencias que transformaron de manera cruel y definitiva a la sociedad mapuche: en primer lugar, se viola el territorio autónomo y reconocido por los españoles a través de acuerdos políticos. El Estado chileno liquida los espacios territoriales jurisdiccionales de los mapuches, y reduce las propiedades de las tierras de labranza alrededor de las casas que con anterioridad habían tenido. Por otro lado, la radicación consiste en que la Comisión Radicadora nombre a un determinado cacique y le entregue tierras; pero, junto a dicho cacique ubica a otras familias extensas que, a su vez, tienen

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La insurrección del Lago Budi, Puerto Saavedra e Imperial está relatada en detalle por Pascual Coña en el libro dictado al Padre Ernesto Wilhem de Moesbach: Memorias de un cacique mapuche. Editorial Pehuén. Santiago. 1992. 784 Esta fue una idea internacionalmente utilizada y aceptada.

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sus propios caciques o jefes, transformándolas en dependientes del cacique nominado con el Título de Merced; cuestión que va a provocar un quiebre crítico al interior de la propia sociedad mapuche. No está de más recordar el tipo de organización basada en linajes de la sociedad mapuche; los radicadores de indígenas simplemente actuaron con criterios económicos, y redujeron a familias distintas en espacios reducidos, en los que debían estar bajo la tutela de otro cacique designado por ellos. Esto condujo a numerosísimas disputas internas. Ahora, los conflictos entre mapuches se sumaban a las usurpaciones por parte de particulares no indígenas. En la documentación de la época existe una serie de demandas y reclamos de mapuches que, a la par de reclamar contra el abuso de particulares no indígenas, lo hacen por problemas al interior de las reducciones con otros mapuches. De esta manera, el Estado chileno rompió con las solidaridades internas constituyentes de la sociedad mapuche, agrupó a sus miembros en forma arbitraria y los obligó a vivir de una forma completamente artificial. Aquí se encontraría un elemento que ayuda a explicar la división interna mapuche: “No es casualidad que hoy día sigan en muchos casos divididos y que las desconfianzas entre ellos sean tan fuertes. En buena medida, esa es también obra de la dominación y colonización, llevada a cabo por la acción del Estado...”785. Es por esta razón que se sostiene que el Estado chileno ha sido el principal actor y responsable de las políticas desarrolladas en torno de la sociedad mapuche. Todas las consecuencias de la ocupación militar de la Araucanía constituyen el origen de la situación actual del pueblo mapuche. El Estado chileno, al optar por esta integración forzada y violenta, con la consiguiente reducción de las familias mapuches en miles de pequeñas reservas –reducciones–, que comprendió quinientas mil hectáreas, una porción ínfima del antiguo territorio mapuche786, origina buena parte de las actuales contiendas territoriales mapuches: una doble pérdida, tierras y autonomía con un eje común: el no reconocimiento como pueblo787. Frente a estos hechos que ocurrieron con gran violencia hubo voces disidentes a esas formas de proceder. En un documento de la época, se observa cómo el diputado Matta, en 1868, expresa su alarma por la negación de justicia que ha rodeado la ocupación de la Araucanía; señala que “... un plan de esta naturaleza no traerá otro resultado que el exterminio

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785 Bengoa, José. Historia de un conflicto... Op. cit. pp. 53-55. El autor sostiene que hubo una política maquiavélica: “Dividir para reinar”. 786 Recordar que el territorio mapuche comprendido solo entre el río Itata y el río Cruces posee 5.4 millones de hectáreas. Es decir, de cinco millones de hectáreas, como mínimo, que poseía el pueblo mapuche, fue reducido a apenas, quinientas mil. 787 Foerster, Rolf. “Esquema para el tema Mapuche”. Op. cit.

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o la fuga de araucanos; porque persiguiéndolos por todas partes no tendrán más que perecer víctimas de la superioridad de nuestras armas i número. Entonces los bárbaros no serán ellos, seremos nosotros...”788. Se inicia así el período de mayor conflicto, contradicción y destrucción en las relaciones entre el Estado y los pueblos indígenas. Todos los pueblos indígenas de Chile sufren en ese período la invisibilización social y la acción destructiva del Estado chileno. LA COMISIÓN RADICADORA DE INDÍGENAS El proceso de radicación, reducción y entrega de Títulos de Merced se desarrolló entre 1884 y 1929. El primer Título de Merced fue entregado al cacique Ancapi Ñancucheo, en la localidad de Huequén, actualmente un barrio de la ciudad de Angol. “... Fueron 880 hectáreas de superficie para sí y 98 personas más de su familia. Firmaron este documento don E. Fuentes, don Raimundo Ansieta y don Teodoro Schmidt. El último Título de Merced entregado por el Estado fue a don Juan Meliveliu el 14 de noviembre 1929 por una extensión de 230 hectáreas en la zona de Truful Truful, en la comuna de Cunco...”789. (Ver Mapa Nº 21) La radicación comienza a hacerse efectiva en 1883 con la creación de la Comisión Radicadora de Indígenas, la que estaba conformada por un abogado –que la presidía– y dos ingenieros. Su objetivo fundamental consistía en radicar a los indígenas en espacios delimitados, las reservaciones, de modo que el resto del territorio quedase libre y expedito para la colonización790. Ciñéndose a las reglas establecidas en la Ley del 4 de diciembre de 1866 “... la Comisión Radicadora procedía al deslinde de los terrenos ocupados por los indígenas, debiendo éstos probar una posesión efectiva y continuada de al menos un año. Una vez resueltos y fijados estos deslindes, dicha comisión procedía a redactar, en un libro, un acta de todo lo realizado, y expedía a favor del o de los poseedores un Título de Merced a nombre de la República, insertando copia de dicha acta y anotando el título en otro libro que servía de registro conservador de la propiedad indígena791.

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Citado en Pinto, Jorge. De la inclusión a la exclusión. Op. cit. p. 146. En la misma página el autor señala que desde otro lugar y quizá desde donde más se sintió la crítica fue desde la Revista Católica, la que, “... se oponía tenazmente al empleo de la fuerza. El ciudadano chileno, decía en sus páginas, apoyará la idea de civilizar a los araucanos, pero jamás estará de acuerdo con arrebatarles su independencia como precio de la civilización que se les ofrece. Acusó a El Mercurio, de proclamar la civilización de la crueldad y el pillaje, amparada en una codicia que podría servir para justificar la invasión del Asia, África, América y Oceanía, con secuelas de sangre y campos sembrados de cadáveres”. 789 Bengoa, José. Historia de un conflicto... Op. cit. p. 53. 790 Bengoa, José. Historia del pueblo mapuche... Op. cit. p. 343. 791 Aylwin, José. Estudios sobre tierras indígenas de la Araucanía: Antecedentes Histórico Legislativos (1850-1920). Serie Documentos Nº 3. Instituto de Estudios Indígenas. Universidad de la Frontera. Temuco. 1995. p. 37.

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No obstante, su trabajo fue lento y engorroso, demorando años en llegar a zonas con un importante número de población indígena, lo que influyó para que al momento de su arribo gran parte de la tierra ya hubiese pasado a manos de particulares, impidiendo la radicación. Alrededor de un tercio de la población mapuche no habría sido radicada por la Comisión, ya que esta prácticamente no llegó a las provincias de Valdivia, Osorno y Llanquihue. En estas zonas las tierras no les habrían sido reconocidas como propias, y se mantendrían vigentes los títulos de Comisarios entregados por la Corona792. Por otra parte, de acuerdo a la lectura de los Títulos de Merced se deduce que la Comisión actuaba de preferencia en los períodos de primavera y verano. El procedimiento seguido era el siguiente793:
340 “...se toma matrícula por el Secretario de la Comisión de Títulos o por un ingeniero i a veces por su mismo Presidente, de los indígenas existentes en una zona dada. Practicado este trabajo los indios deben comparecer a esa oficina con testigos que establezcan su calidad de tales i que declaren que han poseído por más de un año el terreno en que pretenden radicarse. Rendida la información se le estiende título de merced que es notificado al señor promotor fiscal y al infrascrito”. (Memoria del Protector de Indígenas de Cautín, Eulogio Robles, 1902, p. 170)794.

Este trámite podía demorar en algunos casos hasta tres años en completarse y, cuando esto sucedía, debía efectuarse una nueva matrícula, pues lógicamente en ese lapso el número de población encuestada había variado. El proceso de radicación era lento y estaba permanentemente interrumpido por la ausencia de uno u otro funcionario de la Comisión, que poco motivados por sus bajos sueldos y las dificultades cotidianas demoraban y tramitaban la radicación por diferentes motivos. La Comisión tenía instrucciones de no entregar Títulos de Merced sin antes resolver litigios de posesión y deslinde, lo que debía efectuarse en el período que iba entre la petición de radicación y la entrega de Títulos de Merced, si no había reclamaciones. Sin embargo, en muchos casos, la solicitud de radicación no llegaba a ser atendida, lo que se supone ocurrió a lo menos en 89 casos. En la zona de Cañete, hacia 1904, prácticamente todos los radicados tenían problemas de deslindes y usurpaciones con ocupantes nacionales, los cuales se habían instalado a la fuerza en aquellos lugares. Un caso extremo es el del cacique Francisco Huelate de Licauquén (Cañete), el

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Op. cit. p. 5. Bello, Álvaro. “La Comisión Radicadora de Indígenas, su paso por la Araucanía (18661929)”. Nütram Nº 34. Ediciones Rehue. Santiago. 1993. p. 37. 794 Op. cit.

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que tenía 13 juicios por restitución y deslindes con diferentes ocupantes nacionales. Otro ejemplo es la zona de Cunco, al oriente de la ciudad de Temuco. En esta zona, a orillas del lago Colico, los indígenas radicados en 1910 debieron soportar nueve años más tarde la remensura y reubicación de sus posesiones debido a la formación de la Concesión Silva Rivas, la que lindaba con casi todas las reducciones. En este proceso fueron muchos los que perdieron parte de su ya disminuida cabida de tierras. Otras áreas de conflicto, para la Comisión Radicadora, eran las zonas de LonquimayBiobío y prácticamente la totalidad de las provincias de Valdivia, Osorno y Llanquihue. La acción estatal en la reducción y reparto del territorio usurpado al pueblo mapuche trajo consigo numerosos pleitos y conflictos, durante y después de producida la radicación de los indígenas. De esta manera el territorio mapuche es objeto de innumerables acciones usurpadoras de tierras efectuadas por particulares que se habían instalado como vecinos de las comunidades mapuches o por el propio Estado, cuando, a través de los remates de tierras, no respetaba los deslindes establecidos por los Títulos de Merced, así como ya no lo había hecho con las tierras ocupadas ancestralmente por el pueblo mapuche y que con el proceso de radicación le fueron sustraídas. En este sentido, el Estado chileno fue el responsable de crear un conflicto que tuvo efectos inmediatos en la zona y que afectó fuertemente a la sociedad mapuche; pero además el Estado proyectó el conflicto indígena, haciéndolo permanente hasta el día de hoy, no solo por haberse apropiado de un territorio que no le pertenecía, sino porque además, a través del proceso de radicación y reparto de las tierras de la Araucanía, entrampó a numerosas comunidades mapuches en fuertes y largos litigios con particulares, cuestión que puede verse con toda claridad hasta nuestros días. En muchas ocasiones se repartieron tierras a particulares donde ya se había radicado a mapuches, entregando al particular una parte o la totalidad del Título de Merced, como ocurrió con la comunidad Huenucal Ivante, de Lonquimay, la que fue expulsada de sus tierras por los “nuevos dueños”, a pesar de que la misma había recibido con anticipación el título de merced795. En otros casos se radicó a mapuches al lado de tierras rematadas y adjudicadas por y a particulares. En estos casos, la ambición de los colonos poco a poco llevó a las corridas de cerco y a la progresiva usurpación de los Títulos de Merced. Finalmente, la Comisión de Radicación Indígena, en muchas ocasiones, no entregó a los mapuches lo que realmente correspondía en Título de Merced, reduciendo aún más la superficie que quedaba en poder de aquellos.
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Correa, Martín, et al. “Reforma Agraria...” Op. cit. p. 227.

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Por otro lado, la Comisión Radicadora habría demostrado con los hechos, que el buen trato hacia los indígenas solo quedaba en el ámbito de la formalidad. La falta de atribuciones y poderes de la Comisión y de los Protectores de Indígenas –cargo creado en el mismo período– caracterizados por su inoperancia y lentitud para actuar, “... demostraban la dificultad de la sociedad chilena para plantearse ante los indígenas y la incapacidad del Estado de articular una política coherente frente a los mapuches –un Estado nación que aún se percibía en formación fundamentalmente preocupado de integrar tierras productivas...”796. Asimismo, de acuerdo a los criterios utilizados para aplicar la política de radicación, se pensaba que esta permitiría que los mapuches dejaran su condición de “indios primitivos” y fueran absorbidos por la sociedad nacional y su cultura. La forma más común en que operaba la reducción, consistía en otorgarle al dueño de casa la tierra que tenía abierta, cercada, limpia para la agricultura; esto es, evidentemente, trabajada. Las tierras de montaña casi nunca se les reconocieron, como tampoco ocurrió con las de grandes vegas o lomajes que no estaban siendo trabajados en ese momento. Quienes fueron radicados, dejaron de ser dueños de las grandes extensiones de territorio que ancestralmente les pertenecían para ser confinados a una parte ínfima de este. Por lo general, se les entregaron las tierras más apartadas y de más baja calidad agrícola. Cabe señalar a este respecto que mientras en el mismo período el Estado vendía a particulares lotes de 500 hectáreas de tierras de las que se había adueñado a través de la legislación y concedía gratuitamente a colonos extranjeros hijuelas de 40 hectáreas para cada familia –más de 20 hectáreas por cada hijo varón mayor de 12 años–, los mapuches eran obligados a subsistir en territorios con una alta concentración de población –6,18 hectáreas por persona, como promedio. De esta forma, se limitó al mapuche a un hábitat reducido al cual no estaba acostumbrado, alterando gravemente su forma de vida y haciendo más difícil su subsistencia material. En la provincia de Malleco, la Comisión privó, en la práctica, a la mayoría de las comunidades mapuches de parte importante de sus territorios, ya que dejó fuera de los Títulos de Merced las tierras ocupadas en pastoreo, para extracción de leña y recolección. En virtud de ello, solo se otorgó a las comunidades título por los terrenos concebidos como “posesiones indígenas”, es decir, las casas y huertos familiares, privándoseles de aquellos otros alejados de sus posesiones, las tierras antiguas, que permitían la supervivencia de los mapuches797. Ver el Mapa N° 21 que grafica los lugares donde se entregaron estos títulos.
Bello, Álvaro “La Comisión Radicadora...” Op. cit. p. 33. Aylwin, José y Martín Correa. “Tierras Indígenas de Malleco: Antecedentes Histórico Legislativos y Estudio de Comunidades”, pp. 55-66. Tierra, Territorio y Desarrollo Indígena. Instituto de Estudios Indígenas. Universidad de La Frontera. Temuco. 1995. p. 59.
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Se debe decir, además, que muchos particulares compraron varios lotes de tierras, a través de la acción de “palos blancos”, por lo cual la idea de hacer de la región una zona de numerosas hijuelas, no pudo concretarse, pues se reprodujo, en el Sur, la realidad de grandes propiedades de la Zona Central. Como ya fuera dicho, estos propietarios extendieron sus terrenos ocupando, por lo general, las tierras mapuches, a través de corridas de cercos y corridas de ríos. Esta situación era ayudada por la inexistencia de documentos legales en manos mapuches, con lo cual, a través de escritos firmados en notarías bajo el engaño del indígena o simplemente en su ausencia, se apropiaban “legalmente” de dichos terrenos. De esta manera, y en gran parte, la acción de la Comisión Radicadora no respetó los deslindes naturales que separaban a una comunidad de otra, trazando líneas en los planos y creando figuras geométricas alejadas de la ocupación real. Coincidentemente, muchas comunidades dejaron de colindar entre sí, ya que fueron entregadas, a colonos chilenos y extranjeros, hijuelas adjudicadas en remates fiscales como tierras sobrantes798. Frente a este escenario, ya desde los primeros años del siglo XX, comienzan las críticas al proceso de radicación en determinados sectores de inspiración católica o ligados al Partido Democrático, ante quienes ya se encontraba desprestigiado. Los denominados Protectores de Indios799, debido al contacto cotidiano con los conflictos suscitados, fueron los primeros en considerar lo perjudicial de la radicación para los mapuches, sin embargo, sus comentarios respecto de estos hechos no fueron tomados en cuenta. El poder de la Comisión Radicadora era prácticamente nulo frente a las ocupaciones con Títulos y mucho menos frente a las ocupaciones de hecho. Esta era la realidad de Arauco, las provincias de Valdivia, Osorno y Llanquihue, zonas en las cuales las leyes de prohibición demoraron varios años en llegar. En estas últimas provincias el despojo fue violento y los Protectores de Indígenas denunciaban permanentemente asesinatos, desalojos por la fuerza, ocupaciones de hecho, etc. Estas situaciones fueron permanentemente amparadas por juzgados de menor cuantía, notarios y una variedad inmensa de funcionarios780. Los Protectores de Indígenas, siguiendo estrictamente la ley, señalaban respecto de esto que el objetivo de la creación de la Comisión era el deslinde de la propiedad indígena y no otras funciones. Por otra parte, los Títulos de Merced, otorgados a los indígenas en nombre de la República, no concedían terrenos, sino que documentaban
Op. cit. p. 13. Funcionario encargado de asuntos indígenas. 780 “Un indignado Protector llega a mencionar hasta diez diferentes formas conocidas por él de cómo arrebatar terrenos a los mapuche”. Bello, Álvaro. “La Comisión Radicadora...” Op. cit. p. 40.
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un hecho: la posesión. No se radicaban indígenas en terrenos baldíos del Estado: “... los indígenas no reciben nada del fisco: por el contrario, este quita a aquellos, pues con la radicación los estrecha, los limita en sus posesiones para adquirir el sobrante.” (Protectorado de Indígenas de Valdivia. Memoria de don Carlos Iribarra, 1911, p. 645)781 Este habría sido uno de los puntos centrales del cuestionamiento de quienes criticaban la radicación, pues se distribuían pequeños retazos de tierras a quienes eran poseedores históricos de ellas. Otros criticaban el proceso de radicación porque este reconocía, en parte, la estructura sociopolítica de los mapuches, además de la poligamia y la negativa de ellos a inscribir a sus hijos en el Registro Civil. La radicación debía ir acompañada, entre otros aspectos, de elementos “civilizatorios” tales como el matrimonio civil, la monogamia, la inscripción de los hijos en el registro correspondiente782. Entre quienes se oponían a la radicación también estaban aquellos que creían que no se debía continuar con las leyes de protección y menos con la radicación por familias, pues esto alejaría cualquier posibilidad de “civilizarlos”, por cuanto los indígenas seguían reproduciendo en ese espacio sus mismas “... condenables costumbres ancestrales...”783. Pero también los mismos indígenas manifestaron su oposición a la radicación, sobre todo en aquellos lugares en donde el sobrante de tierra parecía ser mayor. Se daban cuenta de que al ser sometidos a reducciones perdían toda oportunidad de ensanchar sus posesiones. Creían también en la posibilidad de que sin la existencia de leyes de prohibición y sin la radicación podían aumentar sus cabidas, vía arriendo, ventas y compras de terreno; es decir, como cualquier ciudadano. Sin embargo, este hecho permitió que en Valdivia, Osorno y Llanquihue, antes de las leyes de prohibición de 1893, se los despojara de la manera como se hizo. Si se estudia en aquellas áreas la ubicación de los Títulos de Merced, estos se agrupan en las zonas cordilleranas y lacustres y en la costa. En el llano central la cantidad de títulos entregados es muy baja784. En definitiva, el proceso de reducción significó un empobrecimiento dramático de la sociedad mapuche, resquebrajó las solidaridades internas y les dejó escasísimas alternativas para subsistir. Quizá el único camino posible sería la asimilación, cuestión que el pueblo resistirá una vez más. Respecto al empobrecimiento del pueblo mapuche, en 1924 Manuel Manquilef señalaba que la radicación “... ha sido la conquista más pesada y dura: engaños, violencia, asesinatos, quemar rucas e indios...”, y, aunque en un principio se respetaron los límites de los títulos de merced, con el
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Op. cit. Op. cit. p. 40. Op. cit. Op. cit. p. 41.

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tiempo los ingenieros hicieron lo que se les antojó y arrojaron a los mapuches de sus tierras para darlas a colonos o rematantes. Decía la Comisión Radicadora, que “... el indio no podía ocupar más de 3 ó 4 hectáreas...”. Agregaba Manquilef, que a causa de la pérdida de tierras “... tuvo que morir de hambre el 95% de las numerosas masas de ganado de que eran dueños antes de radicárseles...”785. De esta manera, la sociedad mapuche pasa de un estado de riqueza y abundancia, alcanzado durante la Colonia y mantenido hasta los primeros años de la República, a un estado signado por la pobreza que se prolongará hasta la actualidad. Como fuera dicho, mapuches y, en menor grado, no mapuches, denunciaron estos hechos que ocurrían en el Sur del país, el problema es que, por lo general, estas denuncias no fueron escuchadas. ANEXO N° 6 EL PROCESO DE RADICACIÓN786 TIERRAS Y USURPACIÓN ENTRE LOS RÍOS BIOBÍO Y MALLECO
En esta zona el Estado chileno inició el proceso de ocupación militar de la Araucanía al decretar la refundación de Angol en 1862 y la instalación de la Frontera en el río Malleco, fortificando todo su curso. La nueva frontera en el Malleco vino a deslindar un territorio ocupado de otro independiente. La situación territorial de la “Alta Frontera”, entre el Biobío y el Malleco, un año después de refundado Angol, en 1863, es relatada por Manuel T. Thompson: “Los araucanos son poseedores hoy día de todos los terrenos que están al Sur del Biobío, con excepción de los siguientes: Los comprendidos: entre el Biobío y Bureo; los de la isla de Vergara, limitados por el Renaico, Bio-Bio, Vergara y estero de Malven, y finalmente los ocupados por las colonias de Mulchen y Angol”787. La propiedad chilena se ha constituido en las zonas de infiltración en base al despojo y al abuso, lo que es denunciado por el Teniente Coronel Cornelio Saavedra, quien en la “Memoria del Comandante en Jefe del Ejército de Operaciones en la Costa de Arauco”, fechada en Santiago el 1 de junio de 1869, señala:

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Correa, Martín, et al. “Reforma agraria...” Op. cit. p. 228. Nota del Compilador. En esta sección anexa se han reunido tres capítulos de gran valor del Informe de la COTAM, que dan cuenta detalladamente de la manera cómo se realizó el reparto de las tierras mapuches a fines del siglo diecinueve y comienzo del veinte. El detalle de estos datos es complementario con lo señalado en el texto y permite una comprensión de los fenómenos de mayor complejidad y profundidad. Este trabajo se basa en los estudios realizados por los especialistas Raúl Molina, Martín Correa y Nancy Yáñez, quienes lo preparon para la COTAM. 787 “Jeografía de Chile, Informe de la comisión exploradora del río Bio Bio i sus afluentes, pasados al Gobierno por don Manuel T. Thompson, jefe de la expedición, el 20 de junio de 1863”. Anales de la Universidad de Chile. N° 2 Tomo XXIII, Agosto de 1863. Santiago, Chile.
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“...no cesaré de repetir anualmente la imperiosa necesidad de poner término a los escandalosos abusos que se cometen por los particulares con el fin de apropiarse los terrenos que quedan