ÉL ERAS TÚ, Y YO OTRA MUJER

Escritor: JUAN PABLO VÁSQUEZ (Autor de Cabeza de Ángel, 2008; Editorial Cambridge Brickhouse, Boston, MA)

Fue una grata sorpresa volver a ver a tu madre después de tanto tiempo. También han pasado muchos años de no vernos, Carlos, muchos. Ambas nos topamos en la fila del banco, ella cambiaba un cheque, yo iba a pagar la mensualidad del préstamo de la casa. Me contó que te graduaste de medicina, trabajas en la clínica privada de tu tío Gaspar, y aún estás soltero. Imagino que viajas mucho, tu gran sueño (recuerdo cuando éramos novios en nuestros tiempos de universidad y decías que no te morías sin antes ir a París), te diviertes y disfrutas la vida al máximo. Pero no lo digo porque me lo Haya dicho tu madre, de hecho casi no hablamos de ti; lo supuse con sólo mirar la alegría que irradiaron sus ojos cuando te nombraba. Tu, Carlos, su hijo más responsable y por ende, el más querido; muy diferente a tu hermana Luisa que le ha dado tantos dolores de cabeza, pero que por lo que me contó tu madre se casó con un buen hombre, tiene una hija, y sentó cabeza. Sabes Carlos, por mi parte yo también me casé, sí, su nombre es Iván Rojas Castro. Lo conocí cinco años después de nuestro noviazgo. Es abogado, tiene su propio bufete. A ambos nos va bien y tenemos una hermosa niña de dos años, Tania; además de una gran casa en las afueras de la ciudad y cada uno un carro. El mío no es tan lujoso pero me ayuda a movilizarme con Tania del trabajo a la guardería. La gente que me conoce de seguro piensa que no tengo nada más que pedirle a la vida, que estoy completa. Y en cierta forma lo estoy, pero olvidan que el corazón de una mujer es capaz de guardar secretos que nadie sospecha. Con tu adiós me hiciste tanto daño que aún sufro las secuelas de ese dolor.

Quizás fue porque en esa época aún era una muchacha inmadura y estaba locamente enamorada de ti. Para serte sincera, nunca entendí por qué te fuiste si yo te quería tanto. Si bien al final me fuiste infiel en realidad no me importó: yo te perdoné. Lo único que quería era estar contigo. Lástima que ni mi perdón, ni mi abierta disposición, ni mis súplicas fueron suficientes para que regresaras. Seguro te cansaste de mí. Al final todos los hombres terminas cansándose de las mujeres; entre más buenas somos peor para nosotras. Sabes Carlos, nunca me diste la oportunidad para decírtelo, pero tu partida fue tan definitiva -nunca me volviste a llamar o devolver mis llamadas-, que tuve que resignarme a tu ausencia con gran dolor. Bueno, aunque sería una mentira si te dijera que después de ti estuve recluida en un convento. Tuve muchos novios, aunque más bien fueron amantes, no podía tolerar mi soledad sin ti. Sin embargo, todos fueron transitorios. Absorbí tu forma de querer y estar con alguien sin enamorarme era en cierta forma un tributo hacia ti, un recordatorio, un legado, una caminata de la conocida bondad a la desconocida maldad, una larga espera sin garantía. Al final perdí más de lo que pude ganar. Fui sensata conmigo misma: de seguir así nunca terminaría de pagar mi error por quererte tanto. Entonces sobrevino otro largo periodo en el que me sentía bien sin salir de casa, veía mucha televisión, gané algunos kilos y concentré mi esfuerzo y tiempo en terminar la universidad. Al poco tiempo de trabajar apareció Iván. A decir verdad no me gustaba, era diez años mayor, un poco gordo y escaso de cabello; pero su paciencia venció mi terquedad de pensar que el vacío que dejaste nadie lo podría llenar. A pesar de mis reiteradas negativas nunca se cansó de invitarme a salir hasta que un día, halagada por su interés, no tuve más remedio que aceptar.

Sabes Carlos, tengo un secreto que nunca he comentado a nadie. Algo extraño me pasaba mientras conocía a Iván. Por alguna razón pensaba que él eras tú, y yo, otra mujer. ¡Extraño! ¿no? déjame explicarlo mejor porque a veces ni yo misma lo entiendo. Por decir algo, cuando Iván me abría cortésmente la puerta del carro, sin poder controlarlo, por instantes me sorprendía pensar que así debías actuar tú con otras mujeres; si me tomaba la mano, abrazaba o intentaba darme un beso mientras bailábamos, no era Iván el que actuaba, sino Carlos con otra mujer que en ese momento era yo. En otra dimensión, por brevísimos instantes tenía la certidumbre de verte a ti con otra mujer sentados en la misma banca donde Iván y yo nos encontrábamos comiendo un helado y charlando. En sus gestos divisaba a la distancia los tuyos, aunque fueran físicamente diferentes, mientras en los míos imaginaba los de esa chica de rostro y nombre desconocido, pero que existía, así como existía yo ante la presencia de Iván. Como era de esperar la persistencia de Iván, las buenas intenciones y el paso del tiempo te fueron borrando de mi vida, aunque no del todo, a veces me siento como un papel en el que alguien escribió tu nombre y al darse cuenta de su error trató de borrarlo con un borrador de lápiz. Iván es un buen hombre, me quiere y a estas alturas de la vida sólo me basta eso para quererlo. Al año de matrimonio Dios nos bendijo con Tania, de la noche a la mañana cambió todos mis esquemas, es la razón de mi vida. Ahora que lo pienso en retrospectiva lo que realmente me molestó de nuestro rompimiento no fue tu ausencia, al ser tan definitiva era como si estuvieras muerto y eso no era tan malo aunque suene feo decirlo, sino el egoísta hecho de que estuvieras en libertad de acostarte con otras mujeres. La sola idea de pensar eso me volvía loca. Acostarte con cualquiera echaba por tierra el valioso tributo que había sido entregarte mi cuerpo, pisoteabas el

valor especial del que al parecer nunca te diste cuenta. Para mí hacer el amor contigo era algo más que sexo, no sé de qué forma calaste tanto mis fibras que irremediablemente te convertiste en mi único dueño. Carlos, la verdad no sé por qué te estoy escribiendo esta carta en mitad de la noche, quizás el toparme con tu madre fue el catalítico de una reacción largamente contenida, el punto de quiebre de una neurosis a la que ya me había acostumbrado. Aunque sé que nunca leerás esta carta es la única forma que tengo de comunicarme contigo. Es lo más cercano de tenerte frente a frente, mi cobardía no me permite ir más allá. Sé que es un acto inocente igual a muchos que he cometido en tu nombre, (sospecho que si lo supieras te reirías de mí y no puedo más que sentir lástima por mí y furia y odio por ti), pero es la única arma que tengo a la mano para sobrevivir a esta noche implacable. Son las dos de la mañana, Iván duerme y estoy sentada sobre la cama matrimonial mientras escribo. Acabo de resolver quemar la carta apenas termine. Quizás, después de ese pequeño "ritual" pueda soñar que estoy en el portal de mi casa, Iván esta a mi lado, me abraza y yo cargo a Tania. Entonces tú pasas caminando al frente de nosotros, sonríes y nos dices adiós con la mano. Luego, quizás al despertar, mire a Iván para descubrir que no tiene nada ajeno a él que me recuerde a ti.
San José, C.R. 12/03/2000

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