Entremés misceláneo Apenas arribita (o abajito) de comer carnitas de perro está comer ser humano.

En el capítulo treinta del primer libro de sus ensayos, Montaigne documenta una costumbre de la France Antartique –Brasil–, donde hombres rostizan y jamban a sus enemigos, y a sus amigos ausentes les envían itacates (et en envoyent des loppins à ceux de leurs amis, qui sont absens). También declara que esto no se hace por alimentación, sino por una venganza extrema. Siempre conciliador y amable, Montaigne agrega: “Creo que es más bárbaro comerse a un hombre vivo que comérselo muerto; desgarrar por medio de suplicios y tormentos un cuerpo todavía lleno de vida, asarlo lentamente (le faire rostir par le menu), y echarlo luego a los perros o a los cerdos; esto, no sólo lo hemos leído, sino que lo hemos visto recientemente, y no es que se tratara de antiguos enemigos, sino de vecinos y conciudadanos, con la agravante circunstancia de que para la comisión de tal horror sirvieron de pretexto la piedad y la religión. Esto es más bárbaro que asar el cuerpo de un hombre y comérselo, después de muerto.” Shakespeare no fue insensible a Montaigne, ni a las noticias que llegaban del nuevo mundo. El protagonista caribeño de The Tempest es Caliban (anagrama de caníbal), y la historia de la vida de Otelo incluye batallas, sitios y fortunas, montes cuyas cimas tocan el cielo, “Cannibals that each other eat, The Anthropophagi, and men whose heads Do grow beneath their shoulders…” Y es que, por ejemplo, Sahagún escribió (aunque ni Shakespeare ni Montaigne lo hubieran leído) que en Azcapotzalco había una feria donde se vendía esclavos cebados, y que “tomaban los esclavos ya muertos, y llevábanlos a su casa y en llegando los mismos, aderezaban el cuerpo, que llamaban tlaaltili, y cocínale.” Genial y finalmente, el curioso banquete inspiró uno de los textos más divertidos y feroces de la historia: A modest proposal (1729) de Swift, donde, para disminuir la sobrepoblación de Irlanda, propone se pase a cuchillo, se venda y coma una parte del parque infantil, pues un niño de un año de edad, bien cebado, haría un delicioso alimento, ya sea estofado, al horno o pochado, “y no dudo que servirá igual de bien en un fricassé o en un ragù”. También aclara la política económica de la decisión –las mejores partes irán a los caseros, que a buen título tienen derecho a los niños, “al fin que ya se devoraron a los padres”– y su injerencia en la moda: la piel, bien arreglada, puede servir para guantes admirables para damas o botas de verano para el fino caballero... Su propuesta, nos avisa, no tiene interés personal, sino el solo motivo del bien público del país mediante “el avance de nuestro comercio, la provisión de infantes, el alivio de los pobres, y un poquito de placer para los ricos”. A mí, al menos en el papel, sí se me antoja.

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