Delicias de la resurrección Luis Alvarenga Lo más increíble de la novela El arte de la resurrección, del autor chileno Hernán Rivera Letelier

(Alfaguara, México, 2010. 254 pp. ISBN: 978-607-110539-4) es que precisamente el personaje más increíble de todos, el Cristo de Elqui, fue un personaje real: un hombre que recorrió Chile diciendo que era la encarnación del Mesías, que profetizaba el inminente fin del mundo y a cuyo paso surgían más y más seguidores. Un personaje así no puede dejar de inquietar a los poderes establecidos. El Cristo de Elqui histórico, al igual que el que salió de la pluma de Rivera Letelier, fue perseguido por la jerarquía eclesial, capturado por la policía y encerrado en un asilo de locos. La sublime locura, no de la palabra divina, sino de la palabra de un loco que hace ver que los locos somos nosotros. Y que necesitamos el fuego de la locura de un redentor que combina las palabras sobre lo divino con consejos para guardar la salud. A este mesías loco, Nicanor Parra le dedicó un poema, “Sermones y prédicas del Cristo de Elqui” Como ocurre en el resto de la obra narrativa de Rivera Letelier, El arte de la resurrección, novela con la que el autor ganó el Premio Alfaguara de novela este año, está ambientada en la zona salitrera del norte de Chile. Fue ahí donde nació el futuro narrador y donde escuchó historias, fantásticas y reales, de los hombres y mujeres que vivían y se desvivían en las minas salitreras. Otro de sus libros, Santa María de las flores negras, relata la matanza de mineros en la escuela de Santa María de Iquique, a principios del siglo XX. Sobre esa matanza, episodio terrible de la historia chilena, Rivera Letelier tuvo que investigar arduamente, pues, según cuenta, los periódicos de la época no lo mencionaron. El Cristo de Elqui es un Cristo carnal. Se lanza en peregrinaje en pos de Magalena, una prostituta de la cual ha oído que es también una santa, que está consagrada a la adoración de la Virgen. La quiere como discípula y como amante. Prostitución y santidad: ¿acaso no tienen mucho en común? Ya Baudelaire decía en sus Diarios íntimos que el amor es prostitución. Si entendemos la prostitución en un sentido metafórico, en la pérdida de “lo sublime”, en el envilecimiento del aura, en la sustitución de la inmaculada concepción por el parto sangriento y doloroso de la vida, no es raro encontrar vasos comunicantes entre este Cristo loco, al que conocemos sucio y cotidiano en su vida pública, y esta puta santa, a la que encontramos sublime también en su vida pública y cuya historia apunta al crimen de los funcionarios de la santidad. El objetivo del Cristo de Elqui está condenado al fracaso. Como una monja al revés, Magalena no renuncia a su “profesión” por encadenarse al loco mesiánico. Inútil todo lo que haga el Cristo de Elqui, inútil como el intento diario de otro loco de remate, don Anónimo, de barrer todo el desierto. El Cristo de Elqui muere o cree morir, y resucita, o al menos nos hace creer que resucitó de todas las formas posibles, incluyendo la cordura, esto es, la peor de todas ellas, la derrota de don Quijote y la victoria decadente de don Alonso Quijano el Bueno. La horrible cordura de los dueños de las minas, de los enganchadores y demás fauna dedicada a cosas “cuerdas”, como

arrancarles las entrañas a los hombres y mujeres de las salitreras. No conocerán jamás la resurrección, la deliciosa resurrección de los locos que pueden caminar en el agua y ser amados por las multitudes desesperanzadas.

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