WALTER D.

MIGNOLO
ELEMENTOS
PAI\A UNA 'moníA
DEL TEXTO LITERAIUO
EDITORIAL CRITICA
PHILOLOGIA. f.f. Ciencia
compuefta y adornada de la
Gramática, Hhetórica, Hifto-
ria, Poesía, Antigüedades,
Interpretación de Autores, y
generalmente de la Crítica,
con efpeculación general de
todas las demás Ciencias. Es
voz Griega. Lat. Philologia.
Diccionario de Autoridades
ELEMENTOS
PARA UNA TEORíA
DEL TEXTO LITERARIO
FILOLOGíA
Director: FRANCISCO RICO
WALTER MIGNOLO
ELEMENTOS
PARA UNA TEORíA
DEL TEXTO LITERARIO
EDITORIAL CRíTICA
Grupo editorial Grijalbo
BARCELONA
Para Wylie.
PREFACIO
El libro que presento en estas líneas es el resultado de un deseo) de
una obsesión. Ambos son inseparables, si ello noes, también, redundan-
te; ambos se remontan a los años de preparación de la licenciatura en
letras) se continúan en la tesis doctoral) en la enseñan-za; ambos jus-
tifican las virtudes) defectos del libro. En la fórmula «virtudes) de-
feaos» no debe leerse un temprano pedido de disculpas, sino más bien
una alusión a cierta realidad del campo de estudio reconocido como
hispanismo: en los años de preparación de la licenciatura (mediados
de la década de los sesenta), nos encontrábamos con una tradición esti-
lística pero, al mismo tiempo, con una ausencia de revisiones) aauali-
7,!tciones de los planteamientos teóricos, con relación a lo que estaba
ocurriendo en otras áreas de los estudios literarios. Tal ausencia nos de-
jaba en un estado de cierta insatisfacción ante lo que el campo hispánico
ofrecía. Teníamos, sinduda, los esbo7,fJs deunatradición: laspropuestas
teóricas de Amado) de Ddmaso Alonso; sus prolongaciones en las in-
vestigaciones de C. Bousoño; dos libros fundamentales (El deslinde
) La crítica en la edad ateniense) de Alfonso Reyes;), posteriormen-
te La estructura de la obra literaria de Félix Martínn.. Bonati. N o
creo que olvide muchos nombres;) si no menciono la escuela filológica
fundada por don Ramón Menéndn.. Pidal) sus prolongaciones, tanto
en España como en América, es porque -pese a su importancia- su
, relación con los problemas que nos preocupaban era, a mi entender, in-
o directa. Contaba además el hecho deque la tradición teórica era, deal-
guna manera, marginal en un área de estudios donde las tendencias do-
minantes se orientaban hacia la investigación empírica, más que hacia
los planteamientos teóricos (ésta es la constatación de un hecho más que
10 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
una evaluación; nopretendo decir quelas investig,aciones empíricas ten-
g,an «menor» importancia que las investig,aciones teóricas). Debido a
esta situación de{ campo de estudio del área hispánica, toda investig,a-
ción teórica emprendida hacia mediados de la década del sesenta era
una empresa necesariamente aislada, a causa, precisamente, de la ausen-
cia de una tradición en la cual inscribirla. Poresta ra7!n, la presenta-
ción de este libro comien7.tl con una referencia personal más que con su
inscripción en el marco de un pensamiento teórico o de una «escue-
la»; por esta ra,ón, también, comenzamos hablando de «virtudes y
defectos».
La experiencia personal tiene, vista en retrospección, dos momentos
básicos: el primero es el de las inoestigaciones para completar la tesis
doctoral; el seg,undo, posterior a ella, es la experiencia didáctica. Con
respecto al primero, al,reali7.tlr la tesis en un centro de estudios (École'
Pratique des Hautes Études) enrolado en otra leng,ua y otra cultura,
los problemas del hispanismo fueron, para mí y durante este período,
ajenos a la experiencia teórica. Con respecto al seg,undo, mi habilita-
ción para la enseñan7.tl de literaturas hispánicas, y la posibilidad de
comen7.tlr la experiencia didáctica en una universidad francesa (Tou-
louse), donde el hispanismo forma parte de las leng,uas extranjeras,
hi7,p emerg,er el reverso de la primera experiencia: la teoría era total-
mente ajena a los problemas' del hispanismo. Esta experiencia docente
tiene su particularidad en relación a la que se pueda tener en países
hispánicos: al ser el hispanismo parte de las leng,uas extranjeras, es en
estos casos más acentuada la tendencia a considerar que los estudios
teóricos conciernen a los departamentos de literaturas nacionales (fran-
cesa o ing,lesa), o, en último caso, a los departamentos de literaturas
comparadas. Al enfrentarme con estudiantes que asistían a las clases
interesados en las literaturas hispánicas, se acentuaba más la separa-
ción entre el prog,rama de estudios hispánicos y mis preocupaciones por
la teoría literaria. Esta separación, relacionada con el programa de
estudios que el estudiante debía cumplir en vistas a los exámenes que
debía preparar, restring,ía el tiempo dedicable a los problemas teóricos.
La situación se dificultaba debido al hecho de que la bibliog,rafía exis-
tente estuviera referida a las literaturas no hispánicas. De esta situa-
ción fue naciendo la necesidad deforjarme mi propia concepción de la
PREFACIO II
teoría del texto literario, para sortear el «entre-espacio» que separaba
el deseo de la obligación. Este proceso fue transformando la tesis doc-
toral en las páginas del presente libro.
El orden topo-lógico -y no necesariamente crono-lógico- de los
problemas que en él se anali7¿ny el orden de sudistribución tiene, como
momento inicial, las reflexiones sobre el objeto y la forma de la teoría:
los aspectos sustantivos y los aspectos metodológicos. Con respecto al pri-
mero es evidente, desde el formalismo ruso, que el objeto de estudio no
está constituido por la literatura sino por su especificidad, la literarie-
dad. N o obstante, las cosas no son tan claras puesto que con la tradi-
ción del término hemos heredado, no sólo el problema, sino también la
respuesta: la literariedad interpretada sobre la base de determinados
mecanismos verbales. A poco que se indague, la respuesta resulta insa-
tisfactoria por dos ratpnes: la primera es que la literariedad, en su in-
terpretación, reduce el fenómeno literario al privilegio de un número
reducido de estructuras verbales; la segunda es que la interpretación de
la literariedad se apoya demasiado en un tipo de literatura que se co-
rresponde con un modelo lingüístico: el fonológico. Entre los muchos
fenómenos que este modelo no puede explicar se encuentra, en su adya-
cencia inmediata, el de la poesía que se construye más sobre la grafía
que sobre el sonido. Pero también, a poco de indagar, nos dimos cuenta
de que la herencia delformalismo ruso había dejado dos líneas de con-
tinuidad: una que pasa por Praga y termina en R. Jakobson; otra,
mássilenciosa, que pasa por M. Baktiny termina en la escuela de Tar-
tu (e.g., J. Lotman, B. Uspenski). De la primera aprendimos a reco-
nocer equivalencias y paralelismos; de la segunda a diferenciar el texto
del no-texto, el sistema primario de modeli7¿ción del sistema secunda-
rio de modeli7¿ción. La distinción entre el texto y el no-texto resulta
de una importancia fundamental, puesto que pone en evidencia que el
primero es el resultado de un procesamiento cultural de la información:
el no-texto, producido y olvidado, es un punto de referencia (y la clase
complementaria) del texto, producido y almacenado en la memoria
cultural. Llegados a este punto es necesario hacer explícitas las dimen-
siones del sustantivo «texto» y del adjetivo «literario»: si el texto es
una construcción verbal que cumple una función cultural, J por el/a
12 PARA UNA TEORÍA DELTEXTO LITERARIO
se conserva en una cultura, el texto literario resulta de una operación
de selección de un subconjunto de estructuras verbales a partirdel con-
junto total de las estructuras del texto.
Puesta la cuestión en estos términos, el problema no es tanto el de
definir la literariedad, sino el de describir las condiciones bajo las
cuales ésta llega a darse. Al formular en forma abstracta las relacio-
nes entre el no-texto, el texto y el texto literario, se hace evidente que
la interpretación de la literariedad no es una cuestión que ataña a la
teoría, puesto que la interpretación (como respuesta a la preguna «¿ qué
es lo que hace de un mensaje verbal una obra de arte?J») es un hecho
producido constantemente en la evolución cultural, variable según los
momentos históricos y las concepciones estéticas, a las cuales la teoría no
puede reducir a una de valor «unioersal». De esta manera la litera-
riedad deja de exigir a la teoría una interpretación, porque ella está
siendo constantemente interpretada (por cada escuela, por cada autor,
por cada movimiento). En relación a la teoría, el concepto debe «va-
ciarse') de una respuesta, de un contenido, de una interpretación, por-
que respuestas, contenidos e interpretaciones son variables en el proceso
histórico; al vaciarse de contenido, el concepto pasa a ser un punto mó-
vil y abstracto cuya variabilidad es la variabilidad de la historia li-
teraria misma.
Planteado en estos términos el problema del objeto. es necesario
hacer una breve referencia sobre la forma de definirlo (en la teoría).
El hecho fundamental al respecto es que la teoría no es una estruc-
tura conceptual que se «aplica» o se ((proyecta» sobre un objeto
existente y externo a ella. sino que el objeto es parte de la estruc-
tura conceptual de la teoría. Porque el objeto no es externo a la teo-
ría, es por lo que su definición no es posible sin referencias al discurso
que lo define. Aunque, la mayoría de las veces, la definición del ob-
jeto pasa en silencio el discurso que lo que lo construye,
dejando a éste en la transparencia de un discurso neutral que postula
la universalidad. Esta constatación no sólo es básica para la construc-
ción de una teoría del texto literario, sino también para la
forma de otras teorías.
Así esbo7.,!ldos, los problemas del objeto y de la forma de la teoría
pueden resumirse en dos grandes líneas: 1) especificar las condiciones
PREFACIO 13
abstractas .'fue definen el objeto de estudio (especificidad literaria, li-
terariedad) y describir las condiciones empíricas en las cuales se ma-
nifiesta la literariedad en diversos períodos históricos; 2) explicitar
la forma de la teoría, su alcance y su ámbito operativo.
1) En la indagación de la especificidad literaria, los aspectos
del aprendn¿je de la lengua y del aprendi7,!lje de la literatura se pre-
sentan como un punto capital, dado el énfasis puesto en la transposi-
ción de modelos lingüísticos a los fundamentos de la teoría literaria.
Al pensar esta relación, surgen varias inconsistencias: una es la depen-
sar la literatura como un sistema, paralelo al sistema de la lengua;
la otra es la depensar en una competencia literaria, paralela a la com-
petencia lingüística. Al comparar los hechos de lengua con los fenóme-
nos literarios, la diferencia radical surge en el momento de comprobar,
por un lado, lo temprano e «inconsciente- del aprendi7,!lje de la len-
gua; por otro, lo tardío y «consciente» del aprendi7,!lje de la literatu-
ra. Además, entre uno y otro, es necesario considerar una serie de ni-
veles que median entre la lengua y la literatura (e.g., los grados de con-
ceptuali7,!lción, el manejo creciente de estructuras conceptuales no ver-
bales, etc.). Al comprobar esta diferencia, es útil recurrir a las nocio-
nes de sistema primario y de sistema secundario y reducirla a una ex-
trema abstracción: por un lado nos encontramos con los fenómenos de
la lengua, de incumbencia del lingüista (sistema primario); por otro,
con los de la literatura, de incumbencia del teórico de la literatura
(sistema secundario). Al tra"Zar esta distinción, se hace también evi-
dente que, si hasta este momento hemos contado con «teorias lingüís-
ticas de la literatura», es necesario despegarse de ellas y pensar en c<teo-
rías literarias de la lengua». En el límite entre el texto y el no-texto,
entre el sistema primario y el secundario, muchos fenómenos son comu-
nes a lingüistas y teóricos de la literatura. Pero sabemos también que
los fenómenos son neutrales en relación a los datos que en ellos selec-
cionan las teorías. El objeto de la teoría del texto literario comien7,!l
a bosquejarse, de esta manera, en las relaciones entre dos conjuntos: el
del sistema primario y las estructuras verbales del no-texto; y el del sis-
tema secundario y las estructuras verbales del texto. Las ra\9nes que
justifican esta orientación son, por un lado, el hecho de que el texto y
14 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
el texto literario estén formados por la materia verbal, y porello nosea
siempre posible tra7,!lr las distinciones entre estructuras (frásticas, na-
rrativas, figurales) que se inscriben en el sistema primario o el secunda-
rio; por otro lado, el hecho de que, partiendo de una estructura verbal
cualquiera, reconocida su inscripción en el sistema secundario, es posi-
ble describirla mediante una regla; pero, al mismo tiempo, las estruc-
turas generables a partir de tal regla, no necesariamente se inscribirán
en el sistema secundario y/o en el texto literario.
Estas constataciones nos conducen a abandonar la búsqueda de la
especificidad literaria en los fenómenos puramente verbales y a cons-
truir otra dimensión. Ésta, que parte de la distinción entre texto y no-
texto, entre sistema primario y sistema secundario, se configura en tres
aspectos:
a) La inscripción de estructuras verbales en el sistema secunda-
rio (e.g., texto y texto literario) es el resultado de un proceso intencio-
nal (consciente en cuanto intención de producción), pensable como pro-
ceso de semiotización o semiosis. Este proceso es el que nos permite
analÍ7,!lr la transformación de las estructuras verbales inscritas en el
sistema primario en estructuras verbales inscritas en el sistema secun-
dario.
b) El proceso de !emioti7,!lción no depende exclusivamente de las
formas que adquieren determinadas estructuras verbales (e.g., metá-
foras), sino también del conocimiento, por parte del emisor y del recep-
tor, de los códigos pragmáticos [situacionales} que regulan lasformas
posibles de semioti"Zación.
En el caso del texto literario es necesario contar, además de con
las condiciones pragmáticas, con una metalengua literaria (que de
ahora en adelante mencionaremos con la forma abreviada de meta-
lengua), en la cual se constituye el concepto de literatura, y en la que
se «decide» el tipo de estructura verbal que puede o noser semioti7,!lda,
que debe serlo de talo cual manera, de modo que «la marquesa salió
a las cinco», por ejemplo, puede encontrarse como estructura verbal re-
lacionable con una metalengua que postula la mimesis, pero no con
una metalengua que postula contra ella. En este momento, la metalen-
gua aparece como un condicionante fundamental del texto literario,
PREFACIO 15
dado que éste comien7.fl a bosquejarse como un tipo de texto cuya exis-
tencia se delimita en su auto-definición. Tal afirmación no implica
que el texto literario sea el único cuya delimitación es inseparable de
la metalengua, sino que su especificidad parece residir en la metalen-
gua que lo autodefine. La metalengua, como manifestación, puede en-
contrarse no sólo en discursos externos al texto literario mismo (cartas,
ensayos, tratados), sino también en los incluidos como parte deéste (e.g.,
Don Quijote).
e) El proceso de semioti7.flción que permite explicar la literarie-
dad por las relaciones entre el texto y el no-texto, por un lado, y, por
otro, entre el texto y la metalengua, exige también, en tercer lugar, re-
lacionar la semiosis con un sistema comunicaaonal en el cual ésta se
cumple en la interacción de un organismo emisor y de un organismo
receptor. De ello resulta que si, por una parte, la especificidad litera-
ria es «indecidible» en términos de estructuras aisladas y sin la pro-
yección de las estructuras verbales en el conjunto conceptual de la me-
talengua, por otra parte, resulta también impensable sin referencia a
un organismo emisor y a un organismo receptor en cuyas intenaonali-
dades se procesa la información.
2) Al pasar de los problemas sustantivos a los metodológicos,
al ámbito operativo de la teoría, es necesario comen7.flr por una serie
de distinciones. En primer lugar, diferenciar el sentido amplio de la
noción de teoría de su sentido restringido. En sentido amplio, pode-
mos decir que desde la reflexión platónica y aristotélica existieron teo-
rías de la literatura. Pero, a su ve; cuando hablamos de teoría en sen-
tido amplio nos referimos a un tipo de teoría en la, cual ésta va ligada
a la metalengua. Al revisar las poéticas tradicionales, nos damos cuen-
ta de que, al mismo tiempo que se postula una teoría literaria general,
ésta se asienta sobre una concepción de la literatura que es, desde nues-
tro punto de vista, manifestación de la metalengua (e.g., el concepto
de mimesis ilustra, a mi entender, el «encabalgamiento» entre teoría
y metalengua). La teoría en sentido amplio y en sus la
metalengua definen un paradigma que podemos llamar normativo:
laspoéticas nosólo trataban de describir elfenómeno literario sino tam-
bién (en sus relaciones con las retóricas) de suministrar las reglas del
16 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
bien hacer. del hacer con arte. Es ésta una de las ratpnes porlas cua-
les las poéticas, en el paradigma normativo, estuvieron unidas al arte
como ciencia del hacer, más que (o también) a la filosofía como cien-
cia del saber (volveremos sobre este punto en el capítulo 1). El para-
digma normativo se ve despla'Z¿1do cuando la denominación de «poé-
tica», recuperada porelformalismo ruso, se incorpora al paradigma de
I ~ ciencia moderna: la poética, como teoría literaria, se sitúaen la cien-
cia del saber. A esta concepción de teoría es a la que nos referimos como
teoría en sentido restringido (analítico), y cuyo punto de referencia lo
constituye la definición de teoría en la filosofía de la ciencia.
En el ámbito de la teoría en sentido restringido, podemos distin-
guir, a su Ve7" entre teoría general y teoría particular o regional. La
primera define su objeto buscando explicaciones plausibles delfinómeno
literario; las segundas, definen su objeto buscando explicaciones plausi-
bles de aspectos particulari'Z¿1dos del finómeno literario. Esta distin-
ción implica, a su Ve7" la especificación de las relaciones que se estable-
cen entre el/as. Estas relaciones pueden plantearse bajo dos aspectos:
a) una teoría regional puede formularse sin hacer explícitos los prin-
cipios de la teoría general; ésta, no obstante, siempre existe, aunque no
esté claramente formulada; b) una teoría regional puede formularse
como expansión de una teoría general; en este caso las teorías regiona-
les se formulan como derivación del cuerpo central de la teoría gene-
ral hacia la descripción de finómenos empíricos específicos.
Al tra7,!lr esta segunda relación, podemos volver sobre la primera
y proponer que las teorías regionales, sin una teoría general explícita
que las soporte, pertenecen al orden de las generali-zaciones empíricas.
Esta afirmación tiene sufundamento en un principio aceptado: pode-
mos reconocer dos tipos de afirmaciones, aquel/as que se relacionan con
observaciones directas y aquel/as que intentan formular leyes genera-
les. Por el contrario, si la teoría regional está ligada y es el resultado
de la derivación de la teoría general, lasgenerali7,!lciones no serán em-
píricas, sino reguladas por el ámbito operativo de la teoría general. E,¡
el primer caso, la generali7,!lción emptrica es el resultado de una teoría
no explícitamente formulada y de injerencias extraídas a partir de los
datos; en tanto que, en la segunda, los datos delimitados en el cúmulo
defenómenos empíricos están regulados por el cuerpo central de la teo-
PREFACIO 17
ría general. Esta segunda alternativa es la que tratamos de exponer
en este libro.
En 1) nos referimos a los problemas sustantivos; en 2) a los pro-
blemas metodológicos. Ambos configuran lo que aquí denominamos
ceteorla del texto literario» y cuya distribución es la siguiente:
En el capítulo 1 se discuten, por un lado, los problemas relaciona-
dos con los fenómenos que designan nociones tales como «literatura»
y y, por otro, la relación de estos conceptos con eldiscurso con-
ceptual en el cual se insertan (teoría o metalengua). En este marco de
referencia se discuten los aspectos sustantivos de la teorfa del texto li-
terario (el concepto fundamental es el de proceso de semioti7.tJción) y
los aspectos metodológicos, es decir, la definición del objeto conceptual
(texto literario), y el desarrollo de la descripción del objeto en un mode-
lo teórico (teoría del texto literario). Finalmente, se anali7.tJn las no-
ciones de teorla general, teoría regional y sus relaciones mutuas. Los
capítulos 2 y 3 están destinados a ampliar la definición del proceso
de semioti7.tJción. En el capítulo 2, se anali7.tJn las áreas de contacto
(límites) entre las estructuras verbales inscritas en el sistema primario
y las semioti7.tJdas e inscritas en el sistema secundario. Los ejemplos
elegidos para ilustrar este punto no deben hacer perder de vista que el
problema fundamental no es talo cual tipo de semiosis, sino el proceso
mismo de semioti7.tJción. En el capítulo 3, la atención se despla7.tJ de
los límites entre sistema primario y secundario, hacia la configuración
de este último. Para ello, partiendo de las relaciones entre uno y otro
sistema anali7.tJdas en el capítulo 2, el capítulo 3 pone énfasis en la
semiosis y en sus relaciones con la metalengua. El capItulo 4 está des-
tinado a bosquejar los aspectos fundamentales del sistema comunica-
cional, sobre el cual es posible proyectar elproceso de semioti7.tJción ana-
li7.tldo en los capítulos 2 y 3. Se anali7.tJn laspropiedades de la comu-
nicación literaria y las condiciones para la elaboración de modelos des-
tinados a describir la conducta del organismo emisor y del organismo
receptor en el proceso de semioti7.tJción.
Finalmente, seria preciso anotar que hay, al menos, dos maneras
extremas de acercarse al fenómeno literario: una mediante la construc-
ción de modelos abstractos; otra, tomando los hechos tal como ocurren
2.-MIGNOLO
18 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
y describiéndolos en sus particularidades. Cada una de estas maneras
estaría, a su v ~ sujeta a distintas posibilidades. Nuestro interés se
sitúa en la primera. Una de las estrategias posibles, en este caso, sería
la construcción de modelos formales (basados en la lógica), en los que
la construcción de «sistemas formales» iría incorporando, paso a paso,
laspropiedades del texto literario. Otrade las estrategias (la que segui-
mos en este trabajo) sería construir modelos «menos» formales puesto
que, para nosotros, el problema fundamental es, precisamente, el de ex-
plicitar cuáles son para la teoría las propiedades que reconocemos como
pertinentes al texto literario. De esta forma, los aspectos sustantivos
ocupan un lugar central en nuestro análisis: creemos que, cualesquiera
sean las ventajas de la formali-r.:zción, ésta resultaría de poca utilidad
si se construye sobre una concepción no analítica del concepto de litera-
tura o de texto literario.
Este libro, como ya dije, es la prolongación de la tesis detercer ciclo
(Modeles et poérique/ presentada en 1J73 ante la École Pratique
des Hautes Études (París). Desde ese momento hasta laficha, las deu-
das han crecido. Quiero expresar, en primer lugar, mi reconocimiento
hacia la Universidad Nacional de Córdoba, por una beca para estu-
dios de post-graduado en el extranjero; a R. Bartbes, G. Genette,
J. Andreu y G. Baudot porfacilitar el camino de la terminación de
la tesis; a A. M. Barrenechea, E. Pe7...:\9ni, H. Libertella y T. Ka-
mens-r.:zin, por leer y comentar la primera versión del manuscrito en es-
pañol. Y, finalmente, a L. Lápet¿ Grigera, F. Martíne-z Bonati y
C. Goié, quienes contribuyeron en las correcciones finales del manus-
crito. El resultado es por cierto de mi responsabilidad, y en nada com-
promete a quienes destinaron gentilmente parte de su tiempo a señalar
errores y deficiencias. He seguido las observaciones que se me han hecho
hasta donde me fue posible. Los errores y deficiencias restantes deberán,
espero, ser corregidos en el futuro.
Ann Arbor, mayo 1976 - mayo 1977.
Capítulo 1
ELCAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS
1.1. INTRODUCCIÓN
1.1.1. Gran parte de los estudios literarios,' en el presente
siglo. intentan organizarse bajo los modelos de la lingüística, de
la semiología y de la filosofía de la ciencia, De esta triple expe-
riencia comenzamos a entrever que el problema fundamental no
reside tanto en buscar modelos en una disciplina particular e in-
corporarlos a los estudios literarios, sino en repensar el objetivo
mismo de la teoría literaria, Podemos adelantar ya que al resul-
1, Nos cucontramos aqui con una vanedad tcrminolú¡(ica 'lu,' quisier« especificar
en rclaciún al uso 'lU" haremos de ella en este libro. En primer lugar, por «estudios litera-
rios•• nos retcrinu» un campo inditcrenciado de.' actividades e intuitivamente rcconn-
cido. Dentro J,' ,'''e campo..Ip.ln'ce un tipo especifico Je actividad 'lu,' '" con
muchas scmejanza«, u lucr.rria u. «Teoría Jr l.. literatura u. «Cicncu de la lireraru-
ra», ce Poética». y con .d!{unols nociones m.is. Estos términos Sl' emplear.in cuan-
Jo se rriier.lIl a su contexto J,' origen: es decir, si hahLllnos J,' R. \V cllck y A. Warren,
nos rvferircnu» a l.. «rcoria de.' l.1 literatura», si formalismo ruso, usaremo-, «poética»,
etc. El marco epistemolú¡(ico 'lue subyace a cIJa una de las expresiones con 'lue '"
laactividad teórica. scr.i l'hoz.•Jo en ,'sle capitulo. A partir de entonces uvarcmos la <"Xpre-
siún trori« dtl texto ltterurto en un sentido l'pl'l'iiico [se dcscrihc en d aparta-
Jo 1,5,) 'lue la ditcrcnci.r J,' l." rcst.uucv. Por otr.• p.mc, si .0\ contronr,rr lemias habla-
mos Je lenri.• del 1<"X10 literario en referencia .11 fomulismo ruso, por "j,'mplo. dio im-
plica 'lue "SI.II11os haciendo nuestros tal,'s o cuales aspeclos 'lue, para dios. correspondían
la poéuca. Lo mismo ocurre.' con ti' expresiones «literatura», «liicraricdad». «poevia »,
«pocncid,rd». P.IrJ valen la, mismas advertencias hl'ch;l' con respecto a la teoría.
Por nuestra p.&rtl' propondremos en correspondencia con la c.'xprr!'lo¡(')J1 teori« di¡ texto
literario. 1.1 nocion J"/tx/o v Je texto ltterarto, '1",. ser.in JáiniJ"s en 1.4.
20 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
tado de esta reflexión la denominaremos «teoría del texto litera-
rio». La enseñanza extraída de las transposiciones de modelos lin-
güísticos y semióticos es la de haber comprendido que no es del
todo evidente cuál es el objeto de la teoría del texto literario y
además que debemos desconfiar de la evidencia según la cual este
objeto estaría dado por las obras entendidas o aceptadas como
literarias. Desconfiar de la evidencia nos obliga a buscar otras al-
ternativas. Entre ellas la fundamentación de una teoría del texto
literario que explicite sus aspectos sustantivos y metodológicos.
Vale decir. qué es lo que debe ser estudiado por la teoría del texto
literario y cuáles son las formas más adecuadas para hacerlo. Nin-
guno de los dos aspectos sugiere la elaboración de una receta. sino
más bien la delimitación de un campo de problemas que se cons-
tituye como campo de trabajo.
Este campo de trabajo -en su generalidad y en el mundo his-
pánico- ha sido ya señalado por Dámaso Alonso a mediados de
siglo al apuntar que «estarnos en los comienzos de los caminos
que pueden llevar hacia la creación de una Ciencia de la Litera-
tura» (1951. p. 11). Sabemos también que D. Alonso nunca dejó
aclarado el objeto de tal ciencia de la literatura y éste quedó expre-
sado en formulaciones ambiguas: « Y esa pregunta ("qué es un
poema...• este poema?") es una pregunta científica. estrictamente
hablando. la única pregunta científica sobre materia literaria» (1951.
p. 45). Sin asumir necesariamente estas propuestas específicas.
podemos insistir en las generales: «Y hemos echado a andar sin
esperanzas de meta, pues a la meta -el conocimiento científico
total de la obra literaria- sólo podrá aproximarse la investiga-
ción mediante el trabajo coordinado de muchos años y de verda-
deros equipos de estudiosos» (1951. pp. 11-12). Dejemos de lado
entonces el hecho que la meta sea {(el conocimiento científico to-
tal de la obra literaria». e insistamos -apoyados en principios que
explicitaremos en su momento- en que la teoría del texto litera-
rio puede ser concebida como un programa de investigación. como
la elaboración de la plataforma de ese programa, cuyo desarrollo
sobrepasa los esfuerzos y las posibilidades individuales.
No debe verse. en esta afirmación. una posición que sostenga
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 21
la «unificación de la teoría del texto literario». Ni, en consecuen-
cia, ver en ella la creencia en un campo homogéneo de trabajo.
Si hay «homogeneidad», ésta es sólo un momento de un «pa-
radigma sociológico» 2 que agrupa a los investigadores unidos
por su preocupación en el ámbito de la «teoría literaria» o «poé-
tica». La heterogeneidad se hace evidente cuando consideramos
las posibilidades que ofrece el campo para la elaboración de di-
versas «teorías paniculares». Ahora bien, al considerar lo ya he-
cho, es inevitable el intento de homogeneizar. Es decir, las dife-
rentes, teorías son «evaluadas» en referencia a una teoría especí-
fica. Esta, como punto de referencia, es un punto móvil, y no fijo,
dado que será inmediatamente descentrado cuando. ya no sea pun-
to de referencia del análisis, sino una de las teorías analizadas.
¿Cuál es entonces nuestro «punto de referencia», como momen-
to del análisis en el cual se intenta explicitar la teoría del texto li-
terario como programa de investigación?
1.1.2. Comencemos, como primer paso, recordando la si-
tuación en la que nos encontramos, haciendo una breve referencia
2. La noción de «paradigma» remite obviamente a la obra de lb. Kuhn (1962.
1970, 1974). Lo que no es tan obvio es en qué sentido remite a ella. El propio Kuhn,
refiriéndose a los críticos que le reprocharon no haber agregado un índice conceptual a su
primer libro (1962) sobre el tema, se defiende diciendo que, en tal libro, el artículo
«paradigma» hubiera tenido una entrada como «p. I y passim». M. Masterrnan (1970)
puntualizó 21 sentidos del término «paradigma» en el libro de Kuhn. Por nuestra parte,
siguiendo a M. Masterman y a Kuhn (1974), hablaremos de paradigma en tres senti-
dos: a) «paradigma metafísico», con el cual nos referiremos a las creencias, a los princi-
pios generales que sustentan toda teoría: los principios generales no explicados sino asu-
midas; b) «paradigma sociológico» será empleado para referirnos al grupo de investiga-
dores que se «reúne» en torno a un tipo de actividad [e.g., la actividad teórica en el
campo de los estudios literarios podría también ser aplicado a la agrupación de «especia.
listas» en un área literaria determinada): «reúne», entrecomillado, significa que el grupo
dista de ser homogéneo: pero, a la va, hay un grupo que «detenta el poder» y que re-
presenta las pautas de investigación en el área; es este grupo, también. el que detenta el
poder «judicial» con respecto a los nuevos investigadores que entrarán o no entrarán en
¿I: () finalmente, hablaremos de un «paradigma conceptual» (<<construct paradigm», en
términos de M. Masterrnan] para referirnos a los «instrumentos» (conceptos) que «reú-
nen», en este sentido, a los investigadores en un área específica (e.g., las nociones de sin-
tagma y paradigma trasladadas de Saussure a los estudios literarios); de nuevo aquí «reú-
ne» implica que este campo no es homogéneo, puesto que las mismas nociones pueden ser
empleadas en distintos paradigmas metafísicos,
22 PARA UNA TEORfA DEL TEXTO LITERARIO
histórica. La expresión Literaturwissenschafi ingresa en el vocabu-
lario de los estudios literarios hacia fines del siglo XIX (E. R. Cur-
tius, 1948, p. 11). Esto se produce en el contexto de las discu-
siones que, generadas por el positivismo, separan las «ciencias de
la naturaleza» de las «ciencias del espíritu» (R. Aaron, 1969,
pp. 65-67). Gran parte de la trayectoria seguida en los progra-
mas para una «ciencia de la literatura» mantiene esta base epis-
temológica. Pero, por otro lado, la re-introducción del vocablo
«poética» operó un desplazamiento epistemológico en relación
a ella. Nos encontramos así -a principios del siglo XX- frente,
a dos alternativas: una que podríamos clasificar como idiográfica
(énfasis en el acontecimiento); otra como nomotética (énfasis en
lo general). Ambas tendencias tienen, sin embargo, un punto en
común: son ellas las que reemplazan el discurso normativo sobre
la literatura representado por las «poéticas», las investigaciones
empíricas de la filología, el análisis de textos, la crítica literaria...
Podríamos ver aquí el primer momento de gestación de un para-
digma sociológico y conceptual.
La escisióndel paradigma conceptual se da, desde sus comien-
zos, en la separación entre tendencia nomotética y tendencia idio-
gráfica. No obstante, y paradójicamente, ambas tienen sus bases.
en la lingüística. Para la primera, el acontecimiento lo constituye
la obra literaria en su singularidad (<<este poema» en la expresión
de D. Alonso); la segunda reemplaza la singularidad por la bús-
queda del sistema. Resumido metafóricamente: la una da impor-
tancia al habla, la otra a la lengua. Esta metáfora tiene sus fun-
damentos. La publicación de la Estética de B. Croce (1908) y
de Positivismus und Idealismus in der Sprachwissenschafi de K. Voss-
ler (1904 y 1905) marca la aparición de una tendencia que'se
manifiesta contra los neogramáticos, dado que éstos, al buscar
determinaciones empíricas para describir los actos lingüísticos,
dejan de lado el aspecto espiritual de la producción. F. de Saussure,
como Vossler, también se manifiesta contra los neogramáticos,
pero por diferentes razones: lo hace para subrayar la falta de defi-
nición del objeto teórico de la lingüística, dado que sus investi-
gaciones no apuntan hacia el sistema de la lengua, sino hacia las
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 23
manifestaciones concretas de unidades lingüísticas. D. Alonso de-
riva, como se sabe, su aparato conceptual de Saussure (D. Alon-
so, 1950, pp. 20-33; D. Alonso y C. Bousoño, 1951, pp. 23-
41), pero lo corrige integrándolo en el molde de la tradición voss-
leriana. O, si se quiere. en el de un Bally más cercano de Vossler
que de Saussure, Esta toma de posición, en el contexto de la es-
tilística hispánica, está sugerida en la introducción de Amado Alon-
so a la traducción de la Filosofía del lenf,uaje de K. Vossler (A.
Alonso, 194h, pp. 16-17). En ella A. Alonso señala que K. Voss-
ler quiere que la lingüística sea una ciencia del espíritu y, en con-
secuencia, busca -en el complejo fenómeno del lenguaje- aque-
llos aspectos que lo manifiestan. Estas manifestaciones son, a su
vez, menos dóciles a las conclusiones mecánico-cuantitativas. La
conducta del espíritu, prosigue Alonso, no es igual a la conducta
de la materia; por lo tanto, una ciencia (o conocimiento sistemá-
tico) que tenga como objeto propio la actividad del espíritu, no
puede calcarse sobre las ciencias cuyo objeto son las condiciones
de la materia. El objetivo de la lingüística, concluye, es un pro-
ducto para el positivismo de Saussure; en Vossler, en cambio, se
antepone la producción al producto. el momento espiritual de la
creación al momento mecanizado del sistema.
La tendencia nomotética surge, en el campo de los estudios
literarios, en la obra de R. Ingarden (1931) y en la tradición de
'la filosofía del lenguaje; y, también, en el formalismo ruso, en for-
ma paralela y confluyente con la lingüística de Saussure. A la obra
de R. Ingarden nos referiremos más en detalle en el apartado si-
guiente. En cuanto al formalismo ruso, se encuentra un programa
resumido de la tendencia nornotética en R. Jakobson y J. Tynjanov
(192 8, pp. 79-81). En este artículo se examina la utilidad que
las nociones de lengua y habla, sincronía y diacronía. pueden pres-
tar a los estudios literarios; como también la necesidad de fundar,
sobre una base estable. la ciencia literaria y lingüística en Rusia.
La expresión «una base estable» nos permite resumir lo que en
ellos vemos, hoy, como la primera toma de conciencia y el primer
acercamiento a los problemas metodológicos y epistemológicos
que involucra la formulación de una teoría (B. Eikhenbaum,
24 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
1925).3 A lo largo de cincuenta años, han variado las posiciones
metodológicas. No obstante -como lo veremos en los apartados
2 y 3 de este mismo capítulo- se acepta todavía la creencia de
que la formulación de una teoría del texto literario debe trabajar
sobre la generalidad de su objeto y no sobre la particularidad del
acontecimiento.
Años después, T. Todorov (1968, pp. 102-103) define la
tarea de la poética afirmando que ésta no es la de articular una
paráfrasis, un resumen razonado de la obra concreta, sino la de
proponer una teoría de la estructura y del funcionamiento del dis-
curso literario: las obras particulares sólo son las manifestaciones
del sistema; en consecuencia, para este autor, la ciencia literaria
no se ocupa de la literatura real sino de la literatura posible. Ante
las previsibles objeciones que puede generar esta afirmación, re-
lativas a la desnaturalización del objeto «literatura», Todorov las
previene recordando a Kant y afirmando que el método es el que
crea el objeto y que, por lo tanto, el objeto de una teoría no está
dado naturalmente sino que es el resultado de una elaboración
abstracta. Se podría resumir esta posición diciendo que en ella el
acierto fundamental es la preocupación por delimitar el objeto de
la teoría, y que sus limitaciones residen en la poca atención otorga-
da a la estructura de la teoría. Estas se advierten en su busca in-
tuitiva del objeto a través de los conceptos de la lingüística estruc-
tural en un momento en que ésta es cuestionada en sus funda-
mentes."
3. Como ejemplo de esta afirmación podemos recordar un párrafo de B. M. Ei-
khenbaum que data de 1929 [Eikhenbaum, 1929) y encabeza su artículo (de gran inte-
rés, por otro lado. para la "evolución» interna del formalismo) sobre "d contexto litera-
rio..; "We do not apprehend aUehe facrs at once; it isn'r always the same faers we rake
in. and not always the sarne correlations of faces we need bring out. Nol tvtrylhi"gwt
or (ollldgtl lo a (O""ta;o" i" Ollr ",i"ds lI"dlrso",t sptlifi( (O,,(tplllal signo
that is, rurns from sheer contingency into a faer of certain particular meaning (...)
Without theory no historical system would be possible because there would beno prin-
cipie for selecting and conceptualizíng facts» (p. J6; la cursiva es mía).
4.' T. Todorov, en 1973. modifica ligeramente su posición de 1968 [Todorov,
1973. 1968). No obstante. dio no invalida nuestra apreciación puesto que la reacción de
T. Todorov (1973) ante ciertas tendencias recientes a la superteorización (p. 27) le lleva
a poner énfasis en la necesidad Jr conceptualizar, Pero. ¿cómo es posible proponer con-
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 25
Un paso fundamental en la tendencia nomotética lo consti-
tuye el surgimiento de la lingüística generativo-transformacional
y las transposiciones a las que da lugar en la busca de fundamen-
tos de la teoría del texto literario. La importancia de ésta no debe.
sin embargo. situarse en la novedad de los conceptos que propone.
sino más bien en su gesto de base que consiste en precisar. no sólo
el objeto. sino también la estructura de la teoría lingüística (N.
Chomsky. 1965. pp. 15-17; 30-47). Es éste. además. uno de
los puntos básicos sobre los cuales N. Chomsky (1964) traza la
diferencia entre lingüística estructural y lingüística generativo-
transformacional. Esta táctica comienza a manifestarse. en los es-
tudios literarios, a mediados de la década del sesenta (M. Bier-
wisch, 1965; K. Hanneborg, 1967). y tiene su expresión más
decisiva en T. van Dijk (19.72, pp. 165-178). T. van Dijk pone
énfasis en la necesidad de delimitar el dominio de la investigación
literaria; considera necesario eliminar los malentendidos que. entre
algunos investigadores de la literatura, llevan a suponer que el
objeto está naturalmente dado. Para disipar este malentendido
opina que debemos, por una parte, seleccionar y hacer explícitas.
en los textos literarios. las propiedades relevantes que han de ser
descritas por la teoría; y. por otra parte, que es necesario decidir
los criterios sobre cuya base tal selección puede realizarse. Define
los fundamentos teóricos de la investigación literaria no sólo por
su objeto sino también por el modo de acercamiento a tal objeto.
vale decir, por el tipo de discurso que se construirá para dar cuen-
ta de las propiedades del objeto; lo cual requiere llevar adelante
los principios de una fundamentación metateórica. T. van Dijk
destaca la necesidad de considerar los criterios, los objetivos y
cepeos si carecemos de una teoría que guíe nuestra conceptualiaaciénj' Cuando esto ocu-
rre. y lo vemos a menudo en nuestros días. la conceptualización resulta muchas veces de
una transposición a veces inconsciente. a veces apresurada. de los conceptos de otras dis-
ciplinas: la teoría no se construirá comenzando por transponer concq>tos sino que debe-
rá, primero. delimitar su objeto de estudio y la estructura de la teoría para saber. preci-
samente. qué conceptos pueden ser de utilidad. Esta afirmación es extrema. soy cons-
ciente, puesto que los dos fenómenos no se pueden deslindar de manera tajante; no obs-
tante, asumo el dogmatismo por cuanto intuyo en este aspecto un problema no sólo de la
actividad teórica, sino también de una gran parte del campo de los estudio. literarios.
26 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
los métodos adecuados de investigación literaria en relación con
los criterios de la investigación científica en general. Por otra par-
te. al tomar la teoría lingüística como modelo «analógico» de la
organización de la teoría literaria. propone. también, una primera
delimitación del objeto de la teoría: la extensión previa de la lin-
güística de la frase a una lingüística del discurso le permite pensar
que. por un lado. la literatura -antes de ser caracterizada como
«discurso literario»- es lisa y llanamente un discurso con eepre-
ponderancia» de estructuras lingüísticas particulares. micro y ma-
cro-estructurales (gráficas y fónicas. sintácticas y semánticas; te-
matizaciones antitéticas. permutaciones temporales. etc.). De ello
deriva que una de las primeras tareas de la teoría literaria o poé-
tica es la de describir las «reglas suplementarias» que dan cuenta de
tales estructuras particulares en relación a las estructuras «nor-
males» de la frase y del discurso.
1.1.3. Estas consideraciones. aunque breves. pueden ser
suficientes para situar el ámbito operativo de una teoría del texto
literario en la generalidad de un campo de estudio. En primer lu-
gar. el hablar de teoría nos fuerza a situarnos en la tendencia no-
motética, o. en caso contrario. a hacer explícito el sentido que le
damos al vocablo. Ahora bien. ¿qué relación tiene entonces la teo-
ría con otro tipo de actividades que podemos también incluir en
el campo de los estudios literarios? Recordemos que R. Wellek
y A. Warren (1956) dividían el campo entre la crítica. la historia
y la teoría. y daban a ésta un lugar de privilegio en relación a las
otras dos. Para D. Alonso (1950). y luego para R. Barthes
(1967). el campo se divide en la lectura. la crítica y la ciencia.
Hoy. crítica y lectura tienen sentidos ambiguos: la primera man-
tiene su sentido tradicional a la vez que. modificada con el adje-
tivo «nueva crítica». altera su sentido de origen. Por otro lado.
el uso de lectura. al ser extraído también de su sentido original.
tiende. por una parte. a reemplazar al vocablo crítica y a la acti,
vidad que éste designa y. por otra. tiende a ser su equivalente. En
cuanto a la historia. ésta es separada completamente de la ciencia
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 27
por D. Alonso (1951, pp. 46 Y 74), a la va que hoy podemos
decir, recuperando ciertas afirmaciones del formalismo ruso, que
la historia no puede ser concebida como una mera sucesión crono-
lógica (de autores, de obras, de movimientos) y que necesita de
una base teórica, por la simple razón de que sería difícil hacer his-
toria en un campo específico sin saber de qué se hará la historia.
Para evitar las ambigüedades que subyacen a las divisiones
del campo de estudio antes mencionadas, convendría -quizás-
diferenciar actividades por el tipo de acercamiento al objeto: las
«tres semiologías», propuestas por G. G. Granger (1968, pp.
141-143) podrían sernos de cierta utilidad. Podríamos así ha-
blar de una «semiología 1», agrupando bajo este rótulo todas
aquellas actividades que se inscriben en la mayor cercanía del acon-
tecimiento singular (obras), y que podríamos ejemplificar con la
crítica (<<nueva y vieja»], con distintas formas de lectura y con
ciertas tendencias filológicas y hermenéuticas. Cualesquiera sean
las diferencias que puedan establecerse entre los ejemplos citados,
nos interesa recalcar que su proximidad al objeto singular las reúne
en sus objetivos. Por otro lado. podríamos hablar de una «semio-
logía 11» cuyo mejor ejemplo, fuera del campo literario, lo ofre-
cen las descripciones de mitos de Claude Lévi-Strauss, La semiolo-
gía 11 tendría como característica distintiva la busca de «simu-
lacros del objeto», lo cual le daría un primer grado de alejamiento
del hecho singular. En el campo de la literatura podría ejempli-
ficarse con lo que R. Barthes llamó «actividad estructuralista» y
definió, precisamente, como la constitución de simulacros del ob-
jeto. Por fin, hablaríamos de una «semiología 111». en la que in-
cluiríamos las tendencias propiamente teóricas, y cuyo objetivo
se define en la constitución de discursos cuasi-formales cuyo sis-
tema conceptual envía sólo virtualmente a los hechos singulares.
En palabras de A. C. Benjamín (1936), podríamos decir que la
semiología 111 (Benjamin hablaba de la ciencia), «a través del
discurso formal, habla de cosas que no existen para transmitir in-
formación sobre cosas que, obviamente. sí existen».
28 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
1.2. EL CONCEPTO DE LITERATURA
1.2.1. Puede parecer extraño. o paradójico, plantear la ne-
cesidad de volver sobre el concepto de literatura. puesto que el
hábito lo impondría como un concepto evidente en sí mismo." Di-
cha evidencia comienza a adquirir una incómoda movilidad si se
relaciona el concepto con las tres semiologías. En la semiología 1
es donde éste tiene quizás su lugar más estable: el estudio crítico
de la singularidad literaria implica una selección y una herencia
y en ellas se trasmite el ámbito del concepto. Para la semiología Il
esta seguridad al menos se debilita. puesto que el simulacro ate-
núa las connotaciones estéticas y emotivas. reduciendo la singu-
laridad a esquemas conceptuales. Para la semiología III es un pro-
blema puesto que, en una primera aproximación. el concepto de
literatura no podría aludir al objeto mismo de la teoría. ya que
éste nos «ofrece» las incertidumbres de la ambigüedad; nos se-
ría difícil. para dar un primer ejemplo. aceptar. sin más, la divi-
sión entre lo literario y lo no-literario. de la misma manera que
la lingüística asume lo gramatical y lo no-gramatical. Continuan-
do con el ejemplo de la lingüística. nos encontramos. quizás. al
proponernos la elaboración de una teoría del texto literario. ante
~ . Digamos también qut el conctI'tO de literatura, y la familia correspondiente, son
conctptos «vacíos» [semejante a los de «lo bello», «lo bueno», etc.], donde las ambigüe-
dades son inevitables debido a las propias características del conctpto: al ser «vacíos»
estos conctI'tos permiten qut se los interprete según la conveniencia de los prtsuputstos
ideológicos qut rigen el discurso en el cual se insertan. E. Dupréel llamó a este tipo de
conctptos «ideas confusas» (E. Dupréel, 1949). J. M. Ellis (1974) trata de combatir vi-
gorosamtntt esta situación. No obstante la riqueza de ideas qut siembran este trabajo.
Ellis mantiene un campo de «ideas confusas» cuando se refiere a «los estudios literarios».
«la teoría literaria», «la crítica literaria». Estas expresiones no sólo son intercambiables
sino qUt adquieren, en su trabajo. una movilidad difícil de circunscribir. La prtgunta es
entonces: ~ cómo se puede combatir la noción de literatura si no se comienza por el dis-
curso qut la conceptualiza P La noción de literatura, o bien es una noción de consumo gt-
neral, qut designa cierto «producto en el macado», o bien es un concepto teórico y cons-
truido. En este último caso, la validez y alcance del conctI'to dependerá del sistema de
conceptos con el cual el de literatura tstá en correlación; su «definición», por lo tanto.
es relativa al discurso qut concepeualiza. Creo, por estas razones, qUt no es posible definir
el ser d. la literatura sin referencias al serdel discurso qUt la define, Es claro. en este sen-
tido. el intento de R. Ohmann (1971); en cuanto al «concepto» literatura, puede con-
sultarse a M. Beardsley ( I 973).
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 29
la misma necesidad que forzó a Saussure a separar los elementos
pertinentes a la lengua de aquellos espúreos que correspondían o
al habla o al lenguaje.
1.2.2. Toda teoría es inseparable de su objeto. Por esta
razón, los formalistas rusos introdujeron el concepto de literariedad
para designar el objeto de estudio y escapar, así, a las ambigüeda-
des propias de la noción de literatura. Sobre el concepto de litera-
riedad volveremos en las páginas siguientes. Lo que nos interesa,
por el momento, es la operación que pone de manifiesto su apa-
rición. Ésta puede verse, en primer lugar, como una operación
«normal» de mención y de clasificación de un campo de hechos,
mediante el uso de conceptos: toda clasificación depende de los
atributos que seleccionamos. Esquemáticamente expuesto:
Un campo de hechos X se menciona y se clasifica mediante un
conjunto conceptual Y. Si queremos dar un paso más, podemos
hablar de un tercer nivel de conceptos, Z, que se refiere a las re-
laciones entre X e Y. Ésta es, simplemente, la operación que pun-
tualiza el problema: ¿qué conjunto de hechos X designamos con
el conjunto conceptual Y (e.g., literatura)?; ¿de qué manera po-
demos analizar esta relación mediante un «meta-conjunto» con-
ceptual Z?
La historia de un concepto es, al mismo tiempo, la historia
de una clasificación. Cuando esta clasificación es una operación
teórica, en su sentido general, podemos creer que las clasificacio-
nes están dadas en la naturaleza o en la cultura, y que nuestro tra-
bajo consiste en descubrir/as. Sin entrar en esta ardua discusión
filosófica, prefiero asumir por conveniencia operativa que a las
30 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
clasificaciones las inventamos y no las descubrimos (J. Bruner, J.
Goodnow, A. G. A. Austin, 1956, pp. 1-22): inventamos la cla-
sificación de X mediante un discurso conceptual Y; a su vez, ana-
lizamos esta relación mediante un discurso conceptual Z. No creo
ser redundante si, bajo esta perspectiva, recuerdo algunos de los
momentos, como ejemplo ilustrativo del problema de la delimi-
tación del conjunto X en la teoría literaria, de las clasificaciones
poesía / literatura. Ello nos llevará, también, a establecer relacio-
nes con Y y con Z.
1) En la antigua Grecia hacer estaba relacionado con la cosa
hecha, con la acción de hacer y con el hacedor. La célebre obser-
vación de Platón (El Banquete, 205c) designa la fa-
bricación de todo objeto como poiesis: y el hacer poesía es sólo una
parte de la actividad de fabricación, cuyo hacedor es el poeta. Te-
nemos así esbozado el conjunto conceptual Y que distribuye el
campo de X en dos sub-conjuntos. el primero del cual (hacer poe-
sía). que designaremos con Xl' está incluido en X (poiesis); pero,
para poder distinguir Xl de la generalidad de X (y para clasificar-
lo dentro de ella), XI debe tener ciertos atributos seleccionables
para su clasificación. Si aceptamos con E. R. Curtius (1948. p.
213). que «La dignidad metafísica de la poesía no (proviene) de
la subjetividad del poeta, sino de una fuerza sobrehumana», y lla-
mamos a esta «fuerza sobrehumana» Xz, entonces XI adquiere su
particularidad dentro del conjunto X en cuanto se ve impregnada
por un principio «exterior» designado por Xz' Tenemos así una
de las primeras «interpretaciones» de la relación entre el discur-
so y y los hechos X. Esta relación se establece por la clasificación
de X que inventa el discurso Y. Hagamos un paréntesis e intro-
duzcamos en él una observación: nos interesa mantener siempre
el esquema abstracto, puesto que en él puede apreciarse que, si
bien continuamos tratando de resolver el mismo tipo de relación.
cada interpretación que demos de ella, está sujeta a las formas ge-
nerales mediante las cuales toda cultura organiza el «mundo».
Esta obvic=dad, muchas veces olvidada, se hace más clara si recor-
damos que Aristóteles, no sólo organiza el conjunto X mediante
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 31
un discurso Y. al igual que Platón, sino que también inventa el dis-
curso Z: analiza la situación de la poética como discurso sobre la
poesía. Para ello le es necesario cambiar de nivel y es así que, para
Aristóteles, la poética es inseparable de la filosofía: divide a ésta
en teórica. práctica y poiética.
2) Sin embargo, por lo que sabemos de la problemática la-
tina. el discurso poético (como discurso conceptual) pierde interés,
mientras que parece haber ocupado su lugar otro tipo de discurso y,
que no procede de un pensamiento filosófico sino de una pragmá-
tica: la retórica. Cuando el vocablo lttteratura entra en el diccio-
nario, lo hace como calco latino correspondiente al de grammatica
griego; y. como él, con el doble sentido de uso de la lengua y de
arte de leer y de escribir. En este caso, los hechos del tipo x'-X2'
son designados como «poetarum enarrationern», y llegan a cons-
tituirse como el objeto estudiado por dos tipos de discurso: la gra-
mática y la retórica. El campo se re-distribuye porque el obje-
to XI-X2 se clasifica por un doble discurso en Y:
X (X,-X2: «poetarum enarrationem»]
~ ~
Y, (gramática: «recti 4 _-. Y2 (retórica: «beni
loquendi scientia ») discendi scientia»]
Z (discurso del litteratus: conocedor
de la gramática, de la retórica y
de la «poetarum enarrationern»]
3) Pasemos, en un tercer ejemplo, a principios del si-
glo XVIII. Pero antes recordemos, que el Renacimiento redescu-
bre la poética y la distingue de la retórica. En esta dirección se
puede interpretar la preocupación y aclaración del Pinciano de
llamar a su estudio Pbilosopbia A Iltigua Poética (1 596), f('cupe-
32 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
randa, a fines del siglo XVI. el sentido originario del término; y
pasando, de este modo, sobre la redistribución gramática y retó-
rica que lo había. eclipsado en la Edad Media latina. Este eclipse
del sentido de «poética», y su paulatino resurgimiento explicaría,
además, las interferencias entre retórica y poética en los siglos XII
y XIII, según se puede inferir de Les arts poétiques recopiladas por
E. Faral (1971).
Para el siglo XVIII podríamos, valiéndonos del Diccionario
deAutoridades, y de las fuentes de los siglos XVI y XVII que en éste
se citan, clasificar dos familias de palabras: a) literatura, letras,
literato (literatissimo) y b) poema, poesía, poeta, poética.
a) La palabra LITERATURA no parece coincidir con el uso
que, en nuestros días, designa «obras literarias». Sería sin embar-
go más cercano, aunque sin coincidir exactamente, el uso que en
la actualidad designa el estudio y no las obras. Para LITERATURA
la entrada es, en dicho Diccionario: «El conocimiento y ciencia
de las letras. Es voz puramente latina: Literatura». Este sentido
se deriva, presumiblemente, de la tradición gramática y retórica,
dado que, para LITERATO, la entrada es: «Erudito y docto y
adornado de letras. Es voz latina: Literatus». Por su parte, LETRAS.
para el mismo diccionario, está también ligada a la ciencia. La
cita de santa Teresa parece referirse, claramente, a la teología;
en tanto que la de Alderete (((En todo el qual tiempo se habló
en Roma aquella lengua; si bien no tan elegante y copiosa como
quando se professaban buenas letras»), si bien pudiera hacernos
pensar que está más cerca del sentido moderno debido al sintagma
buenas letras, parece referirse al de «las humanidades e.P Por su
6. Es quizás en este sentido en el que el diccionario agrega LITERATISSIMO: «Mui
literato y erudito»; y lo ejemplifica con «El mui venerable varón e lireraeissimo varon
Antonio de Nebrixa, nuestro Preceptor». Por su parte. Hurtado de Mendoza (Guerra dt
Granada, libro 1), emplea la noción de letrado: y letras en relación a la jurisprudencia:
«(...) cosas públicas en manos de letrados, gente media entre los grandes y pequeños (...)
cuya profesión eran lnras legales. comedimiento, secreto. (...)>>. Cervantes (Don Qu;jott.
l. 37) se refiere, claramente. a las letras humanas -en oposición a las divinas- en rela-
ción con la jurisprudencia: «(...) hablo de las letras humanas. que es su fin poner en su
punto la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo. entender y hacer que las
buenas leyes se guarden».
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 33
parte, la voz latina Literatas genera dos vocablos castellanos: uno,
el ya aludido, LITERATO; y el otro, LETRADO. Éste, a su vez,
tiene dos entradas que nos interesa recordar: 1) «El docto en las
ciencias que porque estas se llaman letras, se le dió este nombre.
Viene del latino Literatas, que significa lo mismo». La cita de san-
ta Teresa, en esta entrada, lo liga a la entrada que el diccionario
da para LETRAS, y 2) «LETRADO: Se llama comúnmente al
Abogado». En este sentido, LETRAS está también ligada a la ju-
risprudencia. Finalmente, para LITERARIO. la entrada es: «Lo
que pertenece a las letras, ciencias o estudios. Es voz latina: Li-
terarius», Esta última referencia es ilustrativa por cuanto parece
resumir, de alguna manera, la familia de palabras que estamos ana-
lizando: lo LITERARIO nos remite al conjunto Y (ciencia o estu-
dios) y no al conjunto XI-X2 (fenómenos descritos por el discur-
so Y). La referencia al padre Suárez, en la entrada de LITERARIO.
parece establecer una relación entre lo literario y lo filosófico. Esta
relación se explica. aparentemente, en la entrada de CIENCIA:
«Conocimiento cierto de alguna cosa por sus causas y principios:
por lo cual se llaman assi las Facultades, como la Theologia, Phi-
losophia, Jurisprudencia, Medicina y otras». Las referencias an-
teriores bien podrían hacer suponer que LITERATURA sería una
de las «Facultades que se llaman Ciencia» y que en la entrada de
CIENCIA no se mencionan (sey otras»].
b) Veamos ahora la otra familia. PoÉTICA se define como:
«Lo mismo que Poesía. También se llama así la obra o tratado
en que se señalan las reglas y preceptos necesarios para la mayor
perfección de las obras poéticas». ¿De qué manera POÉTICA es
lo mismo que Poesía? Lo es en cuanto. para POESÍA. podríamos
dividir en dos la entrada correspondiente: 1) «Ciencia que ense-
ña a componer y a hacer versos»; y 2) «Se llama también la mis-
ma obra o escrito compuesto en verso», Lo mismo, en la entrada
de POÉTICA. parece referirse al punto 1) de la entrada de POESÍA.
pero no al 2). Vale decir que POÉTICA es, también. la ciencia que
enseña a hacer versos y, por añadidura. el tratado en donde tal cien-
cia se trasmite. Para POEMA tenemos: «En su riguroso sentido
significa qualquier obra. en verso o en prosa, en que se imita a la na-
J. - MIGNOLO
34 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
turaleza» (la cursiva es mía). En este caso POEMA se refiere cla-
ramente al conjunto xl-xZ' POETA. por su parte y en oposición
a LITERATO. no es el que sabe sino el que hace: « El que tiene nu-
men de hacer versos o los hace según arte». Por lo tanto. POÉTICA
y pOEsíA. en su sentido compartido ((ciencia que enseña a com-
poner y a hacer versos»), es ciencia del hacer y no ciencia del saber.
La clave. si la hay. sería el «hacer según arte», puesto que la en-
trada para ARTE nos dice: «La facultad que prescribe reglas y
preceptos para hacer rectamente las cosas. Debajo de este nom-
bre se entiende la generalidad de las artes liberales y mecánicas».
Dejemos de lado la tentación de ramificamos por las «artes li-
berales y mecánicas», pero digamos, sin embargo. que la distri-
bución aristotélica parece haber sido re-distribuida. En la redis-
tribución se mantiene un elemento: la diferencia entre las artes
útiles (mecánicas) y las hermosas (liberales); y se ha modificado
otro: la poética ya no es ciencia del saber. como part) de la filo-
sofía, sino del hacer. como parte de las artes. El saber ha sido ocu-
pado por LITERATURA y las dos familias de palabras son así dos
paradigmas bien diferenciados: el uno integra la literatura a la cien-
cia (Y1); y el otro, la poética a las artes (Yz). Poema y poesía (esta
última en su segunda definición) designan el conjunto XI-XZ' El
discurso Z parece haber sido relegado a las letras cuyo agente es
el Literato.
4) Hasta este momento vemos que de ninguna manera el
concepto de literatura se emplea para designar los hechos x ¡-Xz.
Este empleo surge, al parecer, en la Edad Moderna. Y. como con-
secuencia, literatura y poesía pasan a ser conceptos que distribuyen
el conjunto XI-XZ en fenómenos de distinta naturaleza. El ejern-
plo más claro en este sentido, y también por su relación con la tra-
dición retórica y poética esbozada en las páginas anteriores. es el
de Benedetto Croce. Para Croce uno de los problemas es el de
trazar la diferencia entre literatura y poesía (1935). Al repartir
el campo de fenómenos en XI-XZ' el vocablo literatura ingresa como
designador de una parte de los fenómenos que deben ser estudia-
dos y no ya del conjunto o discurso conceptualizador. Este dis-
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 35
curso (Y), para Croce (en la tradición de Hegel), tiene el nombre
de Estética. El problema comienza, para el autor, cuando com-
prueba que los mismos conceptos que aparecen en las Poéticas
aparecen también en las Retóricas. Pero Crece encuentra, en las
segundas, un total desconocimiento y una «ofensa» del ser de la
poesía (1951, p. 268). Al mismo tiempo, esta constatación le ofre-
ce las bases necesarias para trazar la distinción entre literatura y
poesía: la diferencia reside en la función de la palabra en una y
en otra. En la poesía no es aplicable el concepto retórico de lo
conveniente, ni tampoco la división entre forma y contenido, ni
tampoco la diferencia entre palabra literal y palabra figurada: la
expresión poética es siempre literal y siempre figurada ((La pa-
rola nella poesia non é veste della poesía, ma é la poesía stessa»;
1951, p. 268). El concepto de lo conveniente, como también las
divisiones entre forma y contenido, entre sentido literal y sentido
figurado, sí son aplicables a la literatura. De esta manera, la lite-
ratura se sitúa en el reino de la prosa y de la retórica, en tanto que
la poesía en el de la poética y en el del verso. La diferencia, en
su generalidad, reside en las «actitudes del espíritu»: la belleza, .
único criterio de la poesía, es «fulgor teorético»; lo convenien-
te, único criterio de la prosa, es «orden práctico». La distribución
de Crece, en relación al diagrama 2 consiste, entonces, en dife-
renciar dos tipos de fenómenos entre los hechos a estudiar (litera-
tura y poesía) y en dar otro nombre (con todas sus consecuencias
conceptuales) al discurso Y que los estudia. Éste, a su vez, divi-
dido en dos aspectos de acuerdo con la división en el objeto: la
estética, cuyo objeto es la poesía, y la historia de la civilización,
que se ocupa de la literatura.
1.2.3. Los ejemplos analizados hasta aquí nos muestran
la variabilidad entre el objeto y el discurso que lo conceptualiza.
Hay, por cierto, una constante. Pero ésta, como sistema concep-
tual, varía con el desplazamiento de conceptos que se producen
en el discurso teórico o en la metalengua. La pregunta a formu-
lar sería: ¿esa constante es indicadora. de alguna manera, de al-
36 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
guna esencia universal que puede ser caracterizada de una vez para
siempre, más allá del desplazamiento histórico de los conceptos?
Pregunta fundamental para la teoría del texto literario; dado que
x¡-Xl es el objeto de Y. la definición del primero será lo que ca-
racterice el objeto de la teoría. Pero, entonces ¿qué atributos de-
bemos seleccionar en el fenómeno Xl-Xl? Comenzamos esta dis-
cusión mencionando el toncepto de literariedad, como una posi-
ble respuesta. Pero. todavía. ¿este concepto se refiere a atributos
constantes y universales? 0, por el contrario. si consideramos el
desplazamiento de conceptos. ¿el concepto de literariedad es uno
de los que, antes de ser aceptado como objeto de la teoría, debe
ser analizado en el marco epistemológico del desplazamiento dé
conceptos? Si aceptamos la segunda posibilidad ¿qué nos queda
como designación del objeto de la teoría. ya que el de lirerariedad,
aunque discutido. presentaba. sin embargo. una solución cómoda?
Retomemos dos de los mayores intentos. en el presente siglo, de
formular el objeto de estudio sobre bases sistemáticas: el que trata
de delimitar la estructura de la obra de arte literaria y el que tra-
ta de delimitar lo específico de la literatura (e.g., la lirerariedad).
A) La obra de R. Ingarden (1931) es un esfuerzo por de-
limitar los atributos de la relación Xl-Xl' cuyo título testimonia
un desplazamiento paradigmático que se traducirá en el área de
los conceptos: (obra de arte, producción artística) remi-
te. por un lado. a la conceptualización de poesía / poema que vi-
mos para el siglo XVIII: pero también remite, Ingarden lo seña-
la, a la opinión general (doxa) que se tiene, en su momento. de
la obra literaria. Ingarden señala, al respecto, que a diario nos en-
frentamos con obras literarias. las leemos, las evaluamos, etc., y
su existencia nos resulta tan natural que nos parece conocer el ob-
jeto, universal y exhaustivamente. A esto agrega que nuestro co-
nocimiento de la obra de arte literaria no es sólo inadecuada sino
también vaga e incierta. El intento de Ingarden consistirá en dar
bases sistemáticas a nuestra doxa. El primer paso, en esta tarea,
consiste. en la separación de todo lo que es espúreo en la consti-
tución del objeto (evaluación. estudio del autor, etc.], operación
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 37
que no deja de recordarnos la preocupación de Saussure por se-
parar la lengua de! habla y de! lenguaje. Una vez marcado lo es-
púreo, Ingarden se dedica a definir los cuatro estratos que carac-
terizan y definen la esencia óntica de la obra literaria. En este mo-
mento, e! concepto de obra de arte literaria pasa a ser una cons-
trucción abstracta. Nos interesa señalar dos aspectos de esta po-
sición: e! primero es que e! esfuerzo por delimitar e! objeto, su esen-
cia óntica, tiene como presupuestos (o como paradigma metafísico)
la tradición de la filosofía de! ser (lo cual genera e! concepto de
esencia óntica) y, a la vez, una tradición más reciente que, en opo-
sición al estudio empírico de hechos aislados y al principio de cau-
salidad de la mecánica clásica (ver 1. 5.2.), producirá las nociones
de sistema y de estructura. De la confluencia de un paradigma con-
ceptual filosófico y otro experimental, pero dominado por el pri-
mero, surge entonces la delimitación de! objeto. Si aceptamos esta
lectura de la obra de Ingarden podemos decir que su operación
se define por lo que presupone: que es posible aceptar una noción
de literatura y luego definir rigurosamente los fenómenos a los
cuales ésta alude; que es necesario definir la esencia óntica de! fe-
nómeno «obra de arte literaria». De esta operación resultaría que
tal esfuerzo postula las características universales como generaliza-
ción de presupuestos históricos particulares.
En e! mundo hispánico, el libro de Félix Martínez Bonati
I (1960) se inscribe en e! paradigma que funda Ingarden. La dife-
rencia que se establece es conceptual y consiste en desplazar la
estructura óntica hacia la estructura fenoménica. A Martínez Bo-
nati le resulta necesario este desplazamiento puesto que, nos dice,
en e! planteo de Ingarden «toda obra literaria es de la misma
construcción óntica, pero no muestra en todo sentido la misma
estructura fenoménica, la cual difiere considerablemente (oo.) en
e! drama, la narración y Ía lírica» (p. 36). El riguroso estudio de
Martínez Bonati no debe ocultarnos que, en cuanto al concepto
de literatura que nos ocupa en este apartado, se mantiene e! pa-
radigma metafísico de Ingarden. Bonati contribuye, además, a
aclararnos la reducción que se opera en el concepto: «Entende-
mos "literatura" en e! sentido estricto de esta expresión, que co-
38 PARA UNA TEORiA DEL TEXTO LITERARIO
rresponde al sentido lato de "poesía". Las expresiones "literatu-
ra". "obra literaria". "obra poética". "poesía" y "poema" son
usadas aquí indistintamente» (p. 13). Como resultado de esta de-
finición podemos ver que el desplazamiento del paradigma con-
ceptual. propuesto por Bonati, queda. como dijimos. absorbido
en el paradigma metafísico fundado por Ingarden y vale para el
primero la observación que hicimos para el segundo sobre el es-
fuerzo por buscar las características esenciales que sobrepasan las
diferencias históricas. La discusión de estos presupuestos (que
preocupó a los lingüistas en los últimos años) nos llevaría dema-
siado lejos; puesto que. si es discutible la postulación de una «gra-
mática universal», resulta todavía más discutible la del concepto
de literatura o de obra literaria: ésta. en oposición a la gramáti-
ca. se sitúa -al parecer- más cerca de la actuación que de la com-
petencia (ver I. 5.• y cap. 4). Por esta razón creemos que la cons-
trucción de un discurso conceptual (Y) que trata de delimitar la
universalidad del objeto literario (XI-X2)' resulta -reconocido el
rigor de las postulaciones y su validez histórica- inadecuada como
conceptualización del «fenómeno literario».
B) La noción de lirerariedad, como alternativa. surge en
otro paradigma metafísico y conceptual que no apunta hacia la
esencia sino hacia la especificidad: no busca la estructura ontoló-
gica sino ciertas características distintivas en los mecanismos lin-
güísticos que particularicen el discurso verbal literario. Para si-
tuar esta postulación. vale la pena recordar que el desplazamiento
metafísico. marcado por las «ciencias experimentales» más que
por el discurso filosófico. guarda. sin embargo. ciertas huellas de
este último. La diferencia entre «lengua literaria» y «lengua poé-
tica» (manifiestas en las tesis de 1929 del Círculo Lingüístico de
Praga) nos remite a la distinción croceana: la poesía es concebida
como «lengua poética» y ésta. que no debe confundirse con la
lengua de comunicación. se caracteriza por mecanismos verbales
que radican en los planos fonológico. léxico. sintáctico y semán-
tico; la «lengua literaria». por el contrario. se distingue de la len-
gua popular y expresa la vida de la cultura y de la civilización;
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 39
su función cultural radica en la ampliación y modificación del vo-
cabulario. En el plano de los conceptos, aparece aquí una primera
ambigüedad que no será resuelta: el concepto «literariedad»
para designar fenómenos que corresponden a la «poeticidad».?
R. Jakobson, en 1921, afirmaba que «El objeto de la ciencia lite-
raria no es la literatura sino la literariedad, es decir, aquello que hace
de una obra dada una obra de arte» (citado por B. Eikhenbaum,
1925). En 1960 (R. Jakobson, 1960), el mismo autor sistema-
tiza esta primera formulación al fundamentar lo que podríamos
llamar «teoría lingüística de la literatura» (pero que el mismo R.
Jakobson llama «poética»], Esta fundamentación, como se sabe,
se basa en unos pocos principios: a) el lenguaje poético desplaza,
en relación al sistema de la lengua y de su manifestación en el ha-
bla, el principio de equivalencia del eje de la semejanza al eje de
la contigüidad; b) este desplazamiento caracteriza una de las seis
funciones del mensaje, la que está centrada sobre el mensaje mismo,
y c) esta función es designada como función poética. Función poé-
tica sería entonces equivalente a Iiterariedad: en 1973, R. Jakob-
son (p. 486) nos dice, por un lado, que la literariedad se define
como una operación que transforma la palabra en obra poética y,
por otro, que la poética puede ser definida como el estudio lingüís-
tico de la función poética, tanto el de los mensajes verbales en ge-
neral, como el de la poesía en particular. Tenemos aquí entonces
caracterizado el conjunto Xl-X2 como función poética o literariedad
y el conjunto Y como poética. Lo que surge, en primer lugar, es
que la validez de la definición de la función poética lo es sólo para
un período histórico y para un tipo de poesía (obsérvese su insis-
tencia en Hopkins); pero deja de lado otro tipo de poesía del mis-
mo momento histórico (¿por qué Hopkins y no Mallarmé o Apol-
. 7. Las relaciones entre los conceptos de poericidad y de lirerariedad son de sumo
.para analizar de qué manera el desplazamiento de un paradigma hacia otro man-
t,;ne. Sin embargo. las huellas metafísicas del primero. Esta distinción se mantiene toda-
via entre algunos de la gramática textual (que denominaremos de ahora en
adelante, «gramática del discurso» para evitar las confusiones del uso de la expresión texto
y textual en el sentido que damos en este libro; ver nota 10): ver J. Petófi (197S.
pp. 117 Y 123). Sobre la noción de poencidad puede consultarse también el interesante
artículo de F. Lázaro Carreter (1975).
40 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
linaire?) que escapa al modelo de base fonológica que sustenta la
poesía de Hopkins y que se corresponde con el interés del lingüis-
ta, y deja también de lado el hecho de que, en ciertos períodos
históricos, la función poética fuera localizada en la conativa o la re-
ferencial. De modo que, si aceptamos esta formulación, debe-
mos hacerlo no en su postulación original que intenta fundamentar
la poética, sino en su alcance particular que es la fundamentación
de una poética como un modelo que permite describir y explicar
ciertos fenómenos lingüísticos."
Llegados a este punto, podemos decir que, tanto en el para-
digma conceptual-metafísico que se funda en la búsqueda de la
estructura de la obra literaria como el que se funda en la búsqueda
de la función poética, es necesario distinguir dos facetas: la pri-
mera, que intenta la delimitación del objeto de estudio (cosa que
implica su definición) y que postula la generalización de un con-
cepto de la literatura que es histórico, debería ser considerada como
una «generalización empírica» (ver nota 13), cuya validez está
limitada por los hechos (o datos) particulares que le sirven de fun-
damento; la segunda, que intenta describir ciertos fenómenos par-
ticulares de las experiencias empíricas reconocidas como literarias,
que debería ser analizado en su aspecto metodológico. Para nues-
tras intenciones (resumidas al final de 1.1.1., al hablar de nuestro
punto de referencia para proponer una teoría del texto literario), la
más relevante es la primera faceta: ella es la que constituye nuestro
ll. El prohlcm.• fundamental reside. a mi entender. en que -desde un pumo de vis-
IJ k.¡.\ico- cuando se afirma que la función poética se corresponde con la función del
mensaje qu,' se centr.• en el mensaje mismo. se mezclan en esta afirmación dos niveles:
por un lado. un nivel que propont un mecanismo (función) del mensaje que se define. tamo
bién, por lo que no ,"S [i.e.. las cinco funciones restantes que se relegan cuando la «domi-
nanten l'\ I.t función mcnsaic-mensaje}; por otro lado, se asume un principio metafísico:
que esa ,"S la función poética y no otra. I..<í¡.\icamente tal proposición sería semejante a: la
estructura verb••1 A. m.ís el principio metafísico B. " i¡.IUal a la función x. Pero. en este
momento. podemos dOl.•r del principio B a cualquiera de las Olras tunooncs. Y aparen-
temente hay ejemplos: ver, e.g.. el resumen introductorio de ,\1 H Abrams (19 ~ 3) don-
de clasifica cuatro tipos. de "definiciones" del hecho iiterar io que se podrían hacer corres-
ponder con otras funciones de IJS seIS mencionadas en el modelo comunicacional de
R. jakobson.
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 41
punto de referencia, punto de referencia que hemos tratado de
especificar con las notas sobre la variación del concepto literatura /
poesía y con el breve resumen de las tendencias teóricas en el si-
glo xx. Comenzamos a derivar. entonces, a partir del punto de
referencia.
1.3. DEFINICIONES REALES Y DEFINICIONES OPERATIVAS
Para aclarar este problema que acabamos de plantear, a la vez
que para introducir nuestra perspectiva ante él. nos puede ser de
utilidad recordar algunos conceptos manejados en la filosofía de
la ciencia. C. G. Hempel (1952) distingue entre dos tipos de defi-
niciones: las reales y las nominales; estas últimas son definiciones
en el interior de un sistema teórico. Considera como definiciones
reales (o esenciales) aquellas que intentan captar «la naturaleza
esencial» o los «atributos esenciales» de alguna entidad; pero ob-
serva que la noción de naturaleza esencial es demasiado vaga para
prestar utilidad a los propósitos de una investigación rigurosa. por
cuanto toda definición real o esencial implica la postulación de lo
universal. Si relacionamos estas observaciones con nuestro plan-
teamiento en torno a la noción de literatura y a los fenómenos que
ésta designa. el problema surge cuando pensamos que todas las
definiciones consideradas se acercan al tipo de definición real: se
seleccionan determinados atributos y se «eleva» a estos a la cate-
goría de universal. Dicho de otra manera: toda definición de lite-
ratura / poesía es válida en su ámbito específico. como toda defi-
nición. pero da lugar al cuestionamiento cuando lo específico se
postula como general. En cuanto tales. las definiciones reales o
esenciales presentan un problema de difícil solución cuando se tra-
ta de decidir cuál de entre ellas es la más adecuada. Una primera
decisión sería la de sostener que todas y ninguna. Todas. porque
rescatan una clase de fenómenos relevantes y. al hacerlo. sitúan su
marco de referencia histórico y epistemológico; ninguna. porque la
operación que transforma lo específico en general deja de lado la
selección de atributos relevantes para otras definiciones. igual-
42 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
mente válidas, del objeto. En consecuencia, no puede haber «acu-
mulación y crecimiento» de las formas de conocer el objeto, pues-
to que las definiciones reales no se integran en un proceso evo-
lutivo sino acumulativo. Esta observación tiene su fundamento en
la creencia de que todo conocimiento teórico (científico) está
hecho de conjeturas y de refutaciones, y, en este proceso, hay una
constante transformación evolutiva en la cual la teoría T2 es una
refutación de TI' de modo que T2 se construye sobre los «restos»
de TI' Tal interacción no existe en las definiciones reales y por eso
se tiene la sensación de que, a cada paso, es necesario «empezar
todo de nuevo». Por esta razón dijimos que en las definiciones
reales el conocimiento es acumulativo y no evolutivo.
Este es, a mi entender, el serio problema que nos presentan las
definiciones reales de lo literario / poético. Creo que seguir por
este camino (redefinir nociones ya establecidas sin cuestionar el
ámbito de su gestación) nos conduce a un callejón sin salida. Más
que proponer nuevas definiciones, que tomen atributos no selec-
cionados por las anteriores (R. Ohrnann, 1971), se hace entonces
necesario replantear las condiciones mismas de las definiciones del
objeto de estudio. Es decir, debemos cambiar el tipo de definición
más que ofrecer nuevas definiciones reales del objeto. Una alter-
nativa la ofrecen las definiciones nominales dentro del sistema de
una teoría o las definiciones operativas. Antes de llegar a estas últi-
mas, indaguemos un poco más en la definición real: una definición
real supondría, para el caso de la literatura, una operación que
puede expresarse de la manera siguiente:
1) X es una obra o un discurso literario / poético si y sólo
si satisface las condiciones C;
2) r., == C
x
donde C representa un complejo de condiciones necesariasJ suficien-
tes para caracterizar la entidad L. La ventaja de esta formulación
es la de ser lo suficientemente comprensiva como para permitirnos
analizar la situación de las definiciones reales. C
x
es, de alguna
manera, un conjunto vacío, una constante cuyas variables están
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 43
constituidas por los conceptos instrurnenralizados de toda defi-
nición real. ex puede tener, entonces, diversas interpretaciones que
especifiquen la estructura y la función de Lx. Pero, en este caso, de
nuevo la misma pregunta: ¿de qué manera decidir cuál es (da me-
jor» definición?
Para ofrecer alternativas a estas definiciones es necesario
ampliar el campo de la argumentación. Al hacerlo, comprobamos,
en primer lugar, que las definiciones existentes de lo literario / poé-
tico apelan tanto a características internas como a principios de
orden metafísico. En ningún momento se considera que la exis-
tencia del fenómeno «literatura» sea un complejo que, como es-
tructura verbal, depende (y se delimita) en relación a todas las con-
ductas verbales de un mundo cultural; ni tampoco se considera que
el discurso literario / poético sea un tipo de discurso que se auto-
clasifica y que para hacerlo produce su propio metalenguaje. Vale
decir que la función verbal comunicativa común a todos los grupos
humanos que, como tales, se definen por el uso de la palabra, puede
considerarse como una parte de los «procesos sociales primarios).
Estos procesos, a su vez, dan lugar a formaciones simbólicas (en
sentido general) cuya existencia surge del empleo, de las formas
materiales, de los procesos primarios en diferentes contextos de
comunicación. Digamos que estas formaciones simbólicas pueden
ser designadas como «procesos secundarios». Dentro de esta
categorización, la operación que decide clasificar las distintas for-
mas de los procesos secundarios, puede analizarse desde dos pers-
pectivas: por un lado, puede considerarse como parte de estos
procesos, y en este caso tendríamos las formas de la metalengua,
inseparable de los procesos mismos de simbolización; por otro
lado, tendríamos un nivel operativo que se ocupa de analizar,
tanto un determinado tipo de formación simbólica como la meta-
lengua que contribuye a definirlo. No todos los procesos simbó-
licos van acompañados de su propio metalenguaje: así podemos
comprobar que lo que intuitivamente denominamos folklore es
una «práctica» sin metalengua; en tanto que lo que denomina-
mos literatura / poesía es una práctica más su metalengua. Si esto
es cieno, todo intento teórico de «definir» la literatura / poesía
44 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
es una operación redundante (y quizás reductora) puesto que la
definición es un hecho cultural que acompaña al discurso litera-
rio / poético (y quizás marca su existencia misma). De esta ma-
nera podemos decir que ciertos procesos secundarios implican
la creación de una metalengua, por medio de la cual un tipo de
discurso se define a sí mismo, a la vez que se diferencia de otros
tipos de discursos, en cuanto procesos secundarios. En el caso
de lo que intuimos como literatura, cualquiera sea la manifesta-
ción de este metalenguaje (tratados específicos, canas. ensayos
o inclusión directa en las «obras literarias»: e.g. Don Quijote).
éste va produciendo «conceptos de literatura / poesía» cuya va-
riación es indicada por la variación de normas (estéticas. evalua-
tivas, morales. etc.]. En consecuencia, en el metalenguaje. como
sistematización de una norma. todos los conceptos de «literatura /
poesía» son igualmente válidos: tanto el de Hopkins basado en
los paralelismos. como el de Lezama Lima construido sobre los
conceptos de lo causal y de lo incondicionado, o la tradición aris-
totélica fundada sobre la mímesis. Estas observaciones nos permi-
ten desplazar el contexto en el cual el concepto de literatura fue
tradicionalmente discutido y definido:
a) Si postulamos. junto al discurso literario, una rnetalengua
como proceso secundario de conceptualización, ésta es una indi-
cación de que los fenómenos «literario / poéticos» aparecen en el
momento en que se toma conciencia de la diversidad de formacio-
nes simbólicas y se intenta clasificarlas. La primera consecuencia
de esta comprobación es que toda definición real o esencial corre
el riesgo de confundirse con la definición de la metalengua. Las
definiciones normativas de la metalengua no pueden ser generali-
zadas porque ellas son parte de los fenómenos que deben ser descritos y
explicados por la teoría. Lo cual nos fuerza a situar en distintos pla-
nos metalengua y teoría.
b) Como consecuencia de a), es necesario deslindar los varios
usos que podemos dar a la noción de teoría. Se conoce. en primer
lugar. la insistencia reciente sobre el hecho de que la literatura es
una práctica que engendra su propia teorización. A esta dimensión
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 45
de la noción de teoría la denominamos metalengua. Ella no es,
como puede advertirse, privilegio de un determinado tipo de lite-
ratura. sino quizás una de las particularidades que trazan los lími-
tes del universo que reconocemos como literario. La metalengua,
como teoría, difiere de lo que aquí denominaremos «teoría del
texto literario» porque se sitúan en diferentes planos de especula-
ción. En este último caso. podemos decir que la noción de "teoría»
adquiere la dimensión de "programa de investigación»; mientras
que, en el primer caso (el de la metalengua), la "teoría» es expre-
sión de una norma y como tal implica un cuerpo de proposiciones
de escritura y de lectura. Para la "teoría» del texto literario pode-
mos aplicar el criterio de reducción: una teoría TI es reductible a
una teoría T
z
si T
z
propone un sistema de hipótesis más compren-
sivo para describir y explicar los hechos que se había propuesto TI.
El criterio de reducción no es aplicable al caso de la teoría como
metalengua, puesto que, en él, todas las teorías tienen igual vali-
dez en su dimensión histórica; el único criterio de evaluación.
en este caso. sería de orden ideológico. Lo cual no quiere decir que
en la teoría como programa de investigación el criterio ideológico
no sea aplicable: el criterio de reducción nos lleva a decidir. en el
proceso de evolución del conocimiento, por qué una teoría es
mejor que otra. No podríamos decir lo mismo, aplicando el crite-
rio de reducción. para decidir que el Naturalismo es mejor que el
Romanticismo; o que el principio de equivalencias es «mejor» que
el principio mimético para caracterizar lo literario / poético. Aun-
que no sean reductibles los unos a los otros, los metalenguajes se
evalúan mutuamente (principio de acción y de reacción); para la
teoría del texto literario éstos son equivalentes, en cuanto rnetalen-
guajes, y aquélla no puede "hacerse cargo» de los valores que
éstos sustentan. Lo que "evalúa» la teoría del texto literario no son
los metalenguajes sino otras teorías que se sitúan en el mismo nivel
que ella. Por esta razón pudimos «evaluar» algunos de los intentos
de fundamentar una poética o teoría literaria, en el presente siglo,
viendo en ellos la confusión a propósito de la definición esencial,
que se toca con la metalengua, al mismo tiempo que se propone
como delimitación general del objeto de estudio.
46 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
La distinción entre teoría como metalengua y teoría como pro-
grama de investigación. puede ser una primera vía para explicarnos
por qué ha sido tan difícil responder a la pregunta «¿qué es litera-
tura?», puesto que en la metalengua todas las definiciones son váli-
das en sí mismas y. para la teoría. como programa de investiga-
ción. se trata de una pregunta mal formulada. R. Carnap (1969.
p. 312) imagina un filósofo que podría afirmar lo siguiente: «Has-
ta ahora nadie ha podido darnos. y quizás nadie podrá darnos
nunca. una respuesta directa al interrogante: "¿ Qué es la electri-
cidad?': Así. la electricidad será siempre uno de los grandes e in-
sondables misterios del universo». R. Carnap concluye diciendo
que no hay aquí ningún misterio. O. si lo hay. es porque éste es
creado por una pregunta mal planteada. puesto que la pregunta
exige definiciones imposibles. En la teoría este «error» puede co-
rregirse formulando preguntas a las que se responde con definicio-
nes operativas más que esencialistas. El camino a este acceso lo se-
ñala el ejemplo de las matemáticas: en matemáticas se entiende
por teoría un sistema axiomático (teoría de conjuntos. teoría de
grupos. de matrices. etc.), Estos sistemas no «refieren» al mundo
empírico y la teoría denota un orden puramente analítico. Por el
contrario. cuando la noción de teoría se emplea para designar sis-
temas axiomáticos con alcance empírico (teoría de la relatividad.
teoría cuántica. teoría económica. etc.), cambia su sentido pri-
mero. puesto que los términos del sistema axiomático (electrón.
campo. valor de uso. inconsciente. etc.) deben ser interpretados de
a/g,ún modo que pueda vincularlos con fenómenos específicos (ob-
servables e inobservables). A este «algún modo» es al que podemos
darle la dimensión de definición operativa e ilustrarla con un rá-
pido ejemplo: cuando la teoría de la relatividad devaluó la noción
de Tiempo Absoluto (noción discutida en el discurso filosófico me-
diante el empleo de definiciones reales). las definiciones opera-
tivas se impusieron en los métodos de la física. Estas no asumen
que las propiedades (o atributos) sean inherentes al objeto que es
necesario definir. sino que las propiedades son nombres otorgados
a las interacciones de un objeto con el mundo exterior. El color deja
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 47
así de concebirse como una propiedad específica de los cuerpos
para ser concebido como interacción de un cuerpo con la luz del
día. La interacción es la propiedad que interesa, puesto que el color
cambia según la intensidad de la fuente luminosa y desaparece con
la ausencia de luz (J. O1lmo, 1967, pp. 632-634). Extendiendo
estas observaciones hacia el campo de problemas que se presentan
a la teoría del texto literario, podemos sugerir que una definición
operativa de la literatura no hay que buscarla en las propiedades
esenciales (estructura óntica) o específicas (.literariedad) del objeto,
sino en las interacciones entre, por un lado, un conjunto de estímu-
los verbales y, por otro, un sistema de valores localizados en los
«ejecutores" de este sistema: quienes escriben, quienes leen, quie-
nes interpretan.
lA. EL PROCESO DE SEMIOTIZACIÓN: UNA DEFINICIÓN
OPERATIVA DEL TEXTO LITERARIO
1.4.1. En el párrafo precedente tratamos de sostener que
toda respuesta a la pregunta sobre la naturaleza de la literatura,
sobre qué es lo que hace de un mensaje verbal una obra de arte, et-
cétera., es necesariamente una respuesta parcial, sujeta a condicio-
nes históricas que, por tanto, resulta imposible aceptar como pos-
tulación de la «universalidad» literaria. Sugerimos que toda defi-
nición semejante de la lirerariedad responde a las características
de las definiciones reales de un objeto, y, además, que estas defi-
niciones dificultan la programación de investigaciones empíricas
más que contribuir a ellas. Por lo tanto, sería contradictorio diri-
girnos hacia la búsqueda de nuevas definiciones reales que cubran
los huecos de las definiciones precedentes. Nos parece, en cambio,
más eficaz dirigirnos hacia la elucidación de los[enomenos a los cua-
les nos referimos, por tradición, con los adjetivos literario / poético,
ya la elucidación de sus condiciones de existencia. Vale decir, ¿qué
implicamos cuando designamos un conjunto de fenómenos discur-
sivos como literario / poéricos r, ¿cuáles son los fenómenos del
mundo externo con los cuales los fenómenos literario / poéticos
48 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
intersectan? Para responder a estas preguntas, debemos distinguir
dos momentos en el análisis: el que se refiere a la formación del
texto y el que se refiere a la formación de lo literario. Sobre el uso
que daremos de ahora en adelante a este vocablo, son necesarias
dos observaciones: en primer lugar, resumimos en él todos aquellos
fenómenos que se han designado, en la tradición, como literarios
o como poéticos. Vale decir que ignoramos, en un primer momen-
to, la distinción propuesta por B. Croce; en segundo lugar, y este
aspecto es el que justifica el paréntesis del título de este apartado
(que eliminaremos en las páginas siguientes por comodidad expo-
sitiva), el término «literario» designa un espacio que debe ser ca-
racterizado y, por lo tanto, el paréntesis vale también como signo
de interrogación. Volvamos, para tratar de responderla, a una de
las preguntas formuladas líneas más arriba: ¿cuáles son los fenó-
menos del mundo externo a los fenómenos literarios con los cuales
éstos intersectan? Enumeremos algunas de las posibilidades que
pueden conducirnos a una definición operativa:
a) El concepto de literatura, extraído de su ámbito interno y
situado en una perspectiva que contemple la organización de la
cultura, designa un tipo de mensajes reconocible como tal -e intui-
tivamente- por cualquier persona que ha sido socializada en tal
o cual organización cultural. Podemos decir, siguiendo a J. Lot-
man (1976a), que este fenómeno pone en funcionamiento un doble
código: serían literarios aquellos fenómenos que, por un lado, es-
tán codificados según las reglas de la lengua natural (incluidas
las «figuras» puesto que, en la práctica, construimos a diario sími-
les y metáforas; y con sólo una escolaridad elemental somos
capaces de reconocerlas) y, por otro lado, por un código extralin-
guístico que podemos designar como norma. Vale decir que la pro-
ducción y recepción de un discurso como literario actualiza un pro-
ceso lingüístico y un proceso psicosocial que otorga, al proceso lin-
güístico, una valencia; esta valencia otorga a los mecanismos ver-
bales su lugar de pertenencia como miembros de conjuntos discur-
sivos. Podemos imaginar esta valencia como una matriz social que
dieta la organización y distribución de formas discursivas en el
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 49
sistema de la cultura. Tal matriz sería pensable no como un «fiche-
ro» sino más bien como la fut1'7.fl que permite su reorganización
constante.
Las clasificaciones de discursos, en el interior de un grupo so-
cial, pueden realizarse en varios niveles. El primero sería el nivel
de reconocimiento pragmático de situaciones en las cuales tal tipo
de discurso es permitido y tal otro no. B. Malinowski (1928,
pp. 96 - 111) analizó las situaciones pragmáticas que, entre los me-
lanesios, admiten el cuento folklórico, el relato mítico o la leyenda.
El segundo nivel se daría cuando una o cada una de las formas
discursivas intenta codificar (o cifrar) -desde el «interior» de su
situación pragmática- los límites de tal tipo de discurso. En este
caso podríamos hablar del surgimiento de una metalengua, en la
cual una forma discursiva se auto-define. Esta noción es de suma
importancia para el caso de los discursos literarios puesto que po-
dríamos avanzar, de manera general, que una de las condiciones
primarias de la caracterización de lo literario se debe, precisamente,
a la metalengua. En fin, un tercer nivel estaría dado por la teoría
para la cual el dominio de análisis está dado tanto por la forma
discursiva (lengua objeto) como por la auto-reflexión de ésta (meta-
lengua). Para el caso de la literatura, la metalengua, cualquiera
sea la forma en la cual ésta se manifiesta (tratados específicos,
inclusión directa en las propias obras, cartas o ensayos de los mis-
mos escritores), va produciendo ((conceptos de literatura» cuya
variación es indicada por la variación de normas estéticas. En la
metalengua, corno sistematización de una norma, todos los con-
ceptos de literatura tienen igual validez.
b) Retomemos, desde otra perspectiva, la noción de doble
código. Este supone un proceso de comunicación en el cual existen
un organismo productor y un organismo receptor en los cuales el
doble código se actualiza. Es decir, ambos organismos conocen
una lengua determinada, como así también un conjunto de valores
cuya función es la de otorgar una valencia a determinadas estruc-
turas verbales en determinados contextos situacionales. Las es-
tructuras verbales pueden transmitirse como conjunto de sonidos o
4.-MIGNOLO
50 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
como conjunto de signos gráficos en una superficie plana (página.
piedra. cuero. etc.). EL hecho de que estos estímulos (gráficos o
acústicos) sean algo más que estímulos. es un indicio del código que
los sustenta. Podemos referir. como ejemplo. el diagrama l. Ahora
bien. al introducir a los participantes de la situación de comunica-
ción. habría que distinguir diferentes posibilidades que condicio-
nan «la forma» general del mensaje. En el primer tipo. la co-
presencia de dos interlocutores produce la forma dialogada. la cual
es abierta en su programación. Es decir, no hay una situación de
diálogo condicionada por una regla: la frase a debe ser la primera
(la que abre el diálogo) y la frase 't la última (la que cierra el diá-
logo). En el segundo tipo. la ce-presencia de los interlocutores
no implica necesariamente que los roles de emisor y receptor se
intercambien. dado que éstos están asignados desde el comienzo
(i.e.. una conferencia). En este caso la «forma» del mensaje no es
abierta sino cerrada: debe haber un plan de comienzo y fin de la
conferencia. Dijimos un plan. Es obvio que el plan es una estruc-
tura básica que podemos pensar en toda situación de comunicación
en la cual el rol del emisor está marcado. Este plan inicial se orga-
niza (o detalla) mediante bloques semánticos (estructuras de con-
tenido) que se manifiestan. a su vez. en estructuras sintácticas y
proposicionales (ver cap. 4. para más detalles). El final de este
proceso es una superficie acústica de sonidos que recibe la audien-
cia. Supongamos ahora, como tercer tipo, que la situación no es la
de un conferenciante y su audiencia sino la de un escritor y sus
lectores. El proceso. en su generalidad, es el mismo; sólo que lo
que reciben los lectores es una superficie gráfica de signos. De
modo que. en las situaciones de comunicaciones marcadas (donde
los roles de emisor y receptor no son intercambiables). podemos
imaginar un organismo productor que. para producir una superficie
de signos acústicos o gráficos. procesa y selecciona -a partir del
cúmulo de información proveniente del mundo externo- aquella
que es pertinente para el proyecto que debe cumplir. El criterio de
pertinencia. que permite seleccionar la información. estaría funda-
mentalmente marcado por la capacidad del organismo para organi-
zar estructuras conceptuales mediante la concatenación de uni-
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 51
dades lingüísticas; y. además. por la capacidad para poder adecuar
este proceso a la situación. la cual está marcada por las expectati-
vas del organismo receptor. De modo que «la forma general del
mensaje» no es una propiedad del mensaje mismo. sino de un acuer-
do (código) presupuesto que sitúa «frente a frente» un organismo
emisor y un organismo receptor (cE. cap. 4).
Hasta este momento hemos elaborado la situación teniendo
sobre todo en cuenta el rol del emisor. En el organismo receptor.
el proceso es inverso. Lo primero que éste «encuentra» son las
señales acústicas o gráficas que reconstruye. primero. en estruc-
turas proposicionales y organiza luego en bloques semánticos para
reestructurar. finalmente. el plan o esquema general: momento de
«comprensión». si así se puede expresar, del mensaje. En todo or-
den de comunicación. la expresión «no entiendo», por parte del
receptor. se debe -aparentemente- a la imposibilidad de recons-
truir la estructura o plan general del mensaje. En algunos casos.
ciertos tipos de estructuras comunicacionales exigen que el plan.
que reconstruye el receptor. coincida con el «intentado» por el emi-
sor; en cuyo caso es posible hablar del «éxito del acto sérnico»
(1. Prieto. 1968). En el tipo de comunicación literaria la situa-
ción es. obviamente, más compleja. En primer lugar. podríamos
decir que en ella hay siempre éxito del acto sérnico, se corres-
ponda o no el plan de recepción con el plan de emisión. Este
sería el caso que estudian los psicólogos como «respuesta lite-
raria» (literary response, N. N. Hollands, 1968) y correspondería
a la «lectura» como actividad social. En segundo lugar. podríamos
hablar de un tipo de recepción en la cual el criterio de «éxito del
acto sérnico» no es pertinente: sería el caso de toda crítica (semio-
logía 1) o de todo análisis que reconstruye un simulacro (se-
miología 11) que no «intenta» reconstruir el plan general sino «in-
terpretar» la organización proposicional y/o los bloques semánti-
cos. Finalmente, cabría un tipo de recepción para el cual sí es perti-
nente el criterio de «éxito del acto sérnico» y sería aquella posición
sostenida (y re-evaluada) por los hermeneutistas (E. D. Hirsch.
Jr.• 1967). Para la teoría del texto literario. no se trata de propo-
s
DIAGRAMA 1
+
Plan/Esquema
~
ORGANISMO __....,
----. PRODUCTOR
e:
e
t
o
Cúmulo -+
de: -+
Información -+
Bloques semánticos
~
Estructuras smtáctico-
proposicionale:s
Superficie:
gráfica o
fónica
S
e
L----. ORGANISMO.-
RECEPTOR
e
e
.-- Cúmulo
.-- de
'--Información
o
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 53
ner un nuevo tipo de recepción sino de describir (y enumerar) las
condiciones bajo las cuales todo acto de recepción es posible.
e) Además de los elementos «externos» enumerados en los
aparrados a) y b), deben considerarse también los factores que afec-
tan la forma misma del discurso: lo que toda literatura tiene en co-
mún con toda forma discursiva verbal. En primer lugar, el discurso
puede ser conceptualizado como una derivación. En las ciencias
formales, la derivación es una operación sintáctica que consiste en
la construcción de frases bien formadas y en la sucesión de secuen-
cias ordenadas de frases, la formación de frases y de secuencias
generadas por reglas de formación y de transformación lo suficien-
temente explícitas como para indicar, sin ambigüedades, qué es lo
permitido y qué lo no-permitido en una derivación. Una de las
condiciones básicas, en este proceso, es que la verdad (lógica) sea
conservada en la derivación. La derivación formal ha sido tomada
como modelo analógico para concebir el discurso «natural» como
una derivación en la cual una de las restricciones fundamentales es
que, en la conexión de frases, no debe preservarse la verdad sino
«cierta información semántica» contenida en las frases preceden-
tes. Además de esta información semántica, en la cual suponemos
se apoya la organización derivativa del discurso natural, es nece-
sario contar también con la «referencia», que es también un ele-
mento de cohesión en el proceso derivativo. En segundo lugar, si
la derivación mantiene cierta información semántica y cieno cam-
po referencial constituye un primer nivel de la construcción del dis-
curso, es necesario dar cuenta de un segundo nivel de mecanismos
verbales, los cuales pueden, o no, estar directamente relacionados
con la conservación de la información semántica o con el campo
referencial. Un discurso puede integrar repetición de sonidos, cons-
trucciones sintácticas y semánticas paralelas, alteraciones tempo-
rales, etc.; en fin, toda una clase de mecanismos verbales que no
pertenecen al orden de la lengua (y de la lingüística) y que pode-
mos denominar «figurabilidad discursiva». Estos mecanismos, vale
la pena insistir, no son de por sí «literarios» sino que, para serlo,
necesitan ser «proyectados» sobre un código normativo.
54 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
d) ¿En qué sentido podemos elaborar tal «código norma-
tivo»? Para esbozar una respuesta supongamos, primero, dos mo-
mentos en los que puede analizarse el discurso tal como ha sido
expuesto en el punto anterior: al primero lo llamaremos «sistema
primario»? y nos referimos, como ejemplo ilustrativo, a toda rea-
9. Las conceptos de sistema primario y sistema secundario provienen de la semió-
tica soviética y. en el sentido que les damos aquí. de J. Lotman (1970. pp. 34-40). No
obstante. el empleo que de ellos hacemos en este libro difiere de la concepción pro-
puesta por el autor citado. La propuesta de J. Lotman puede resumirse en los puntos
siguientes :
1) El arte es un sistema secundario de modelización. entendiendo la noción de
secundario en relación a la lengua natural. que ejemplificaría el sistema pri-
mario de modelización. Pero. con ello. Lotrnan quiere significar mis que el
uso de la lengua natural como rnacerial de los sistemas secundarios. puesto que
si así fuera sería imposible hablar de sistema secundario de modelización en la
pintura. la música; en fin. para las otras artes,
2) La relación que se establece entonces entre el arte como sistema secundario de
modelización y la lengua natural como sistema primario. puede considerar-
se en dos aspectos:
a) La lengua natural no es sólo el primer sistema de signos sino el sistema
de comunicación más poderoso en la colectividad humana. Y. en virtud
de su misma estructura. ejerce una influencia decisiva en la psicología
humana y en la conducta social.
b) Como consecuencia de la asunción anterior. Lotrnan propone que los
sistemas secundarios de modelización (verbales y no verbales) se confi-
guran sobre la base del sistema de la lengua natural. El ejemplo que ilustra
esta proposición es el siguiente: la música es claramente distinta de las
lenguas naturales puesto que no tiene relaciones semántico-referenciales
obligatorias. No obstante. encontramos en nuestros días la descripción
de un texto musical como una organización sintagmática. La mismo ocurre
en el caso de la pintura y del cine (J. Lotman, 1970).
Aceptamos entonces la distinción de Lorman, pero diferimos de sus proposiciones
en los siguientes puntos:
e) El hecho de que la teoría contemporánea encuentre en la música o en la
pintura organizaciones sintagmáticas y paradigmáticas no es una evidencia
convincente (y me animaría a decir pertinente] para mostrar que las artes
no verbales se modelan sobre la base del sistema de la lengua. Todo Jo que
el ejemplo muestra es que EL MODELO TEÚRICO PRODUCIDO PARA DES·
CRIBIR LA LENGUA PUEDE EXTENDERSE A LA DESCRIPClÚN DE OTROS
SISTEMAS DE SIGNOS Y. en consecuencia. es un ejemplo de una opera-
ción teórica que consiste en la extrapolación de modelos. PERO NO NECE·
SARIAMENTE LAS RELACIONES ENTRE LOS OBJETOS QUE LOS MODELOS
DESCRIBEN
d) La propuesta de Lotman se basa. a mi entender. en la aceptación de la
lengua como modeladora de los procesos cognitivos. Sobre este punto me
p.uece más convincente la posición inversa sostenida por E. Lenneberg
(1967. pp. 255-266.329-362): a saber. que la estructura de los procesos
cognitivos es la que modela la lengua y. en consecuencia. todos los proce-
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 55
lización verbal en el orden de la comunicación cotidiana; al segun-
do lo llamaremos «sistema secundario» y éste sería ilustrado por
toda realización verbal que, por un lado, no pertenezca al orden
del sistema primario y, por otro lado, necesite de situaciones de
comunicación distintas del primero. llamaremos «verbo-simbó-
licas» a las conductas verbales que se inscriben en el sistema secun-
dario. Ahora bien, todo hablante de una lengua y miembro de una
cultura está capacitado para producir y entender formas verbo-sim-
bólicas. Pero no toda producción simbólica tiene el mismo «desti-
no» en el interior de una comunidad cultural: la cultura conserva
ciertos discursos que se inscriben en el sistema secundario y rechaza
(o ignora) a otros. Así, por ejemplo, una carta no es conservada
a menos que el emisor de ella tenga asignado un rol de cierta rele-
vancia en la estructura social. O se recupera, si una carta ha que-
sos «simbólicos». Por lo tanto. lo debería contarse como base de los
sistemas de modelación, serían las capacidades humanas para organizar la
información idtntificando. diftrtnciando y combinando. Y. en segundo lugar.
los objetos simbólicos a partir de tales capacidades cogni-
tivas. La lengua (natural) sería así una de las estructuras simbólicas posi-
bles cuya categorización de sistema primario no indicaría. necesariamente,
ella sea la base modeladora de todo sistema simbólico. Lo primario
indicaría. en este caso. sólo la función comunicativa que ella time m el
grupo social y su utilización «iguale» a los usuarios en la simetría de
roles. Contrario a lo ocurre en los que actualizan el sistema
secundario (pero. en este caso. no entendiendo el artecomo único ejemplo
del sistema secundario) en donde la estructura de comunicación se define por
la asimetría de roles: el sermón del párroco. una conferencia, un libro mar-
can el polo de la emisión y el de la recepción como asimétricos. Si bien
el arte puede considerarse como parte dd sistema secundario. aquél no
cubre la totalidad de este último. Además, y por lo acabamos de decir,
la lengua natural puede considerarse como moddadora del «arte verbal
literario», no necesariamente de las otras artes. Para ello sería nece-
sario considerar. para cada caso. la correspondiente manifestación primaria
en rdación a las bases cognitivas Así. para la pintura. las estruc-
turas primarias estarían dadas por la conceptualización visual del espacio
y los signos producidos para su representación (e.g.• línea. figuras geomé-
tricas. etc.]. De igual manera, para el caso de la música. sería necesario
elaborar la estructura del sistema primario, teniendo en cuenta la capacidad
humana para articular sonidos. que sobrepasa, como es obvio. la articu-
lación «fonética» de los sonidos en la lengua natural.
Con estas observaciones subrayar el hecho de que.cuando hablamos de sis-
tema primario y de sistema secundario. nuestro «universo del discurso» lo constituyen
sólo y únicamente los actos verbales [orales y escritos] de lenguaje.
56 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
dado olvidada y si la persona X ha llegado a tener una importan-
cia social que no tenía en el momento de haberla escrito. Este ejem-
plo pone de manifiesto un primer orden de hechos con respecto
a la conservación de discursos verbo-simbólicos. Podemos intro-
ducir un segundo orden: la existencia misma de la forma epistolar
en una cultura permite que ésta aproveche de ella y la extraiga de
su contexto de origen. para insertarla en otros discursos. y darle
así distintas valencias en cuanto estructura simbólica: así vemos,
en la tradición de occidente. que la epístola ocupa un lugar de im-
portancia en ciertas retóricas y que. por otro lado, se toma como
«forma fictiva» de discursos literarios. Mencionamos. en el ejem-
plo de la carta, dos órdenes de hechos: el primero ilustra el caso
en el cual las estructuras verbo-simbólicas son conservadas en una
cultura puesto que tienen en ella una función determinada. Lla-
maremos texto, 10 en consecuencia. a toda forma discursiva verbo-
simbólica, que se inscribe en el sistema secundario J que, además. es
conservada en una cultura. A partir de este principio podemos de-
rivar la noción de texto literario. Para ello nos es necesario des-
hacer lo hecho y volver sobre la noción de doble código: el texto
se define por un doble código en el cual, primero, las estructuras
verbales que se inscriben en el sistema primario son «transforma-
10. Llegamos aquí a otra cuestión terminológica. El vocablo texto se emplea hoy
en numerosos sentidos. En el primero. texto se tmp/ta en un uso generalizado y reemplaza.
en este caso. a la noción de obra; cualesquiera que sean los presupuestOS que llevan a este
reemplazo. En un segundo sentido. y de una manera rigurosa. se emplea en la «rext-
grammaro para definir la construcción abstracta, «equivalente o a la noción de fras« en la
lingüística que traza su límite en ella: texto y frase se diferencian. cornn construcción
abstracta. de enunciado y discurso que refieren a ocurrencias concretas. En tercer lugar.
J. Krisreva emplea texto en un sentido más cercano a Lacan que a la lingüística: d texto.
para J. Krisreva (1974) se define: a) como una práctica que pone en juego la situación
del sujeto en la lengua (p. 30). Yb) en tanto práctica. el text» se diferencia de otras prác-
ticas discursivas definidas. ellas también. por o en relación a la situación dd sujeto: la me-
talengua, la narración y la contemplación (pp. 86-84). En cuarto lugar. la semiótica so-
viética emplea la noción de texto no sólo con referencia a las construcciones verbales. sino
de todo conjunto de símbolos que tiene una función en la cultura (J. Lorman y A. M. Pja-
tigorskij. 1972); por lo tanto. la cultura no sólo se define como un sistema compuesto de
textos sino que ella es a su vez un texto (8. Uspenski Yotros. 1973; J. Lotman. 1970.
pp. 89-127). Por nuestra parte, emplearemos el concepto de texto: a) como derivación
dd sentido que tiene en la semiótica soviética; b) lo limitaremos a las estructuras verba-
les. y c) lo fundaremos en el proceso de serniotización,
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 57
das» en estructuras verbo-simbólicas que se inscriben en el siste-
ma secundario; segundo, algunas de estas estructuras son conser-
vadas cuando la matriz social puede atribuirles cierta valencia.
Lo literario, en consecuencia, es sólo un caso particular del texto:
lo literario se define por un conjunto de motivaciones (normas) que
hacen posible la producción J recuperación de textos en cuanto estruc-
turas verbo-simbólicas en función cultural.))
1.4.2. Resumamos los argumentos avanzados hasta aquí:
1) En primer lugar, tenemos el discurso como construcción
derivativa y figural; tal discurso. en la comunicación cotidiana
se inscribe en el orden del sistema primario (SP);
2) para que un discurso perteneciente a SP pueda inscribir-
se en el sistema secundario (SS) es necesaria una transformación
del contexto en el cual el discurso se produce; y/o una transfor-
mación de ciertas estructuras verbales de la derivación o de la figu-
rabilidad. Si se dan estas condiciones entraríamos en el orden de
las estructuras verbo-simbólicas (EVS) ;
3) no todos los discursos del orden EVS son conservados.
110 Es oportuno recordar. aunque no nos detendremos sobre ello. las distinciones
entre el texto y el antitexto (B. Uspenski y otros. 1973. p. 11): el antitexto ocupa un
lugar ambiguo entre el texto y el no-texto (entre el sistema primario y el secundario], Po-
dría decirse que el antitexto es el indicio de un conflicto de fuerzas en la cultura. en el cual
el texto como representación de la «norma cultural» marca sus límites expulsando lo que
lo pone en peligro. No obstante. la expulsión no llega necesariamente a relegar el texto
que se margina al no-texto: lo relega hasta sus límites; en los límites entre ambos surge el
antitexto. Los ejemplos que pueden ilustrar este momento de conflicto abundan: la des-
trucción de los libros de «izquierda» en los regímenes totalitarios; la manifestación sim-
bólica en R. Bradbury: Farmbeit 4J 1; la selección de libros al comienzo de Don Quijote;
La Celmina se cuenta. en América. entre los textos que hay que relegar al antitexto:
«(..o) por lo cual mandamos a todas las personas. hombres y mujeres de todo nuestro obis-
pado de cualquier estado y condición que sean. que so pena de excomunión mayor. den-
tro de cuatro días de publicación de esta constitución sinodal. nos traigan y envíen a las
casas de nuestras moradas todos los libros que se titulan Dianas. de cualquier autor que
sean. y el libro que se tirula de Celestina. y los libros de caballerías. y las poesías torpes
y desonestas» (constitución del sínodo diocesano de Tucumán, en 1597; citado por
I. Leonard, 19B. P: 86)0 Podría recordarse también que en España -Luis Vives (Im-
tru((ión de la mujer cristiana, 1524) y también Antonio de Guevara (Aviso de privados
J doartn«de cortesano), 1539)- La Celestin« se considera como uno de los libros que «es
affrenta nombrarlos»: desde el sistema de sus presupuestos. el libro es antitexro.
58 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
Si lo son, tales discursos pasan al nivel de texto. Ahora bien, no
todas las EVS en SS cuentan con una metalengua. Si ésta existe,
ella regula y hace explícitas las motivaciones que llevan a conservar
el sub-conjunto X del conjunto EVS Si la metalengua no existe
en forma explícita, ello no anula su existencia. Ella se manifiesta,
de hecho, por la distribución que el grupo social practica en la cla-
sificación de sus producciones verbales. Hablaremos, en conse-
cuencia, de una rneralengua explícita (Mg
e)
y de una metalengua
implícita (Mg¡). De modo que el texto sería un conjunto que puede
representarse:
a) T= {EVS+Mge_i}
4) La literatura, o lo literario, se define como un sub-conjunto
del conjunto texto (T) que se diferencia (o se delimita) por una par-
ticularidad de Mg
e.
Es decir que, en la representación abstracta,
debemos dotar a la expresión Mg
ex
de un sub-índice x el cual es un
lugar vado y abierto a distintas interpretaciones (e.g., la belleza o el
principio de equivalencia para lo poético, la conveniencia para lo li-
terario, la mímesis para uno y otro, etc.). De modo que el texto
literario estaría «definido» por una variante en los elementos del
conjunto a):
b) TL= (EVS+Mg
ex
I
5) La caracterización desarrollada de 1) a 4) depende, tam-
bién. de las condiciones de emisión y de recepción. En el proceso
de producción, Mg impone condiciones para que se intente -de
acuerdo con el contexto de situación- la inscripción de un «rnen-
saje» en SS o en SP, en T o en TL. A su vez, en el proceso de re-
cepción, como proceso individual pero dependiente de la colec-
tivización de las normas, el receptor tiene total libertad para re-
distribuir los valores y, en consecuencia, desplazar una estructura
verbal (en su generalidad de discurso) a cualquiera de los órdenes
posibles. Así, por ejemplo. los discursos históricos del siglo XVI
fueron producidos (en Hispanoamérica) con intención de inscri-
birlos en el subconjunto T de SS. No obstante. los cambios de
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 59
normas y de valores hacen que hoy los captemos, también, como
inscritos en el subconjunto TL;
6) Finalmente, podemos adelantar que el objeto de la teoría
del texto literario, en los términos que acabamos de conceptuali7.,!lr, es
el proceso de transformación de SP a SS. En este proceso (que desde
el apartado siguiente en adelante construiremos como proceso de
semioti7.,!lción), que involucra también la emisión y la producción,
los dos momentos fundamentales están marcados por a) la conver-
sión de discursos en textos, y b) la especificación de ciertos textos
como literarios.
1.5. EL OBJETO DE LATEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
De acuerdo con lo dicho hasta aquí, se desprende que la no-
ción de literatura designa fenómenos de distinto orden. En pri-
mer lugar, podemos referirnos con ella -en un sentido general-
a un dominio aceptado como tal en el proceso social de intercam-
bio de mensajes de diversos órdenes. En segundo lugar, literatu-
ra / poesía designarían propuestas programáticas (de escritura y
de lectura) y corresponderían al orden del metalenguaje (Mg);
finalmente, para la teoría, y en la perspectiva que asumimos en el
presente libro, literatura designa una construcción abstracta y bajo
la cual se integran sólo aquellos aspectos que la teoría se formula como
preguntas a responder (i.e., el proceso de semiotización como ob-
jeto de la teoría): explicitar la fundación teórica, construir -en esa
operación- el concepto de literatura, son objetivos generales de
la teoría del texto literario.
Para poder avanzar en la construcción de este programa, po-
demos arriesgar algunas proposiciones basadas en la organización
de teorías más fuertemente estructuradas: así, es posible sugerir
que el «contenido» de la teoría del texto literario (TTL) estaría
formado, básicamente, por tres órdenes de problemas, organiza-
dos, como se verá, en dos niveles:
a) en primer lugar, el orden de conocimientos establecidos en
el dominio de los estudios literarios (i.e., el caudal de cono-
60 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
cimientos empíricos del que disponemos cuando nos enfren-
tamos a un tópico específico ligado a los objetivos de la
teoría) ;
b) en segundo lugar. el cuerpo de hipótesis. modelos y genera-
lizaciones que, sobre la base del conocimiento empírico. y a
partir de la transposición de modelos analógicos (ver
1.4.1.b). dan «forma» a TTL;
c) en tercer lugar. y a medida que se configura la estructura de
la teoría mediante el cuerpo de hipótesis. modelos, etc.• se
organiza la selección de conocimientos adquiridos. tomando
aquellos que son relevantes para la teoría; es decir, aquellos
para los cuales, en cada momento del desarrollo teórico, es
posible encontrar respuestas adecuadas.
En a) y c) estarían bosquejados los aspectos sustantivos de los dos
niveles mencionados y en b) los aspectos metodológicos de la teo-
ría. De esta primera organización de TTL surgen tres tipos de
preguntas: 1) ¿qué es lo que conocemos sobre el fenómeno a in-
vestigar? (en nuestro caso, ¿qué tipo de hipótesis han sido ya for-
muladas que puedan ser integradas en el proceso de serniotización,
aunque éstas. en su contexto de origen. no hayan sido propuestas
como tales?); 2) ¿qué es lo que queremos «descubrir» en el fenóme-
no a investigar?; 3) ¿cuáles son los instrumentos más adecuados
para llevar adelante la tarea propuesta? A las preguntas 1) Y2) res-
ponderemos con principios generales (aspectos sustantivos) que se
desprenden del objeto de la teoría; a 3) responderemos con un sis-
tema de conceptos y con la constante vigilancia sobre su pertinen-
cia o adecuación para estructurar los principios generales: así. los
conceptos ya introducidos. de SP. SS, EVS. Mg. etc. En 1. 5.1. Y
1. 5.2. discutiremos por separado estos dos aspectos.
1.J.1. Aspectos sustantivos
Los principios generales que configuran el aspecto sustantivo tie-
nen. como marco de referencia. la definición operativa del con-
cepto de literatura: TL = {EVS + Mg
ex
}. Esta definición irn-
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 61
plica un proceso de transformación, como particularidad del pro-
ceso de serniotización, de las inscripciones de SP en SS. Excep-
tuando las posibles vías mediante las cuales podemos describir el
proceso de serniotización (PS), podemos ver en éste la manifesta-
ción de un dispositivo específico de una matriz•. social (puesta en eje-
cución. claro está. por el individuo) que tiene por función la distri-
bución de discursos y de textos en el orden de SP y SS. Este pri-
mer principio puede enunciarse:
1) Toda organización cultural cuenta con un dispositivo tipoló-
gico (DT) que distribuye y ordena discursos verbales en el
orden SP o SS. y clasifica las estructuras verbales (EY) como
inscritas en SP y las estructuras verbo-simbólicas (EVS)
como inscritas en SS.
De acuerdo con este principio, toda definición de lo literario
en M g ~ x (o toda definición esencialista en la teoría) constituiría
una «interpretación» (ejecución) de DT. De tal manera que pode-
mos sustentar la definición operativa de literatura con un segundo
prmClplO:
2) La existencia de textos literarios consiste en (es el resultado
de) una operación que proyecta un conjunto de valores, ex-
presados en Mg
a
, en un conjunto de mecanismos verbales
EVS.
Podemos dar un paso más y ver en 2) un corolario de un prin-
cipio de carácter más general válido para todo tipo de texto:
3) En todo universo cultural, la existencia de textos T. del tipo
y o del tipo X. consiste en (es el resultado de) una operación
que proyecta un conjunto de valores x oJ. expresados en Mg,
o implícitos en Mg¡, sobre un conjunto de mecanismos ver-
bales EVS.
Este principio nos permite comprender que no es sólo el con-
junto de mecanismosverbales el que define un tipo de texto, sino
que, en la clasificación, es fundamental la existencia de una nor-
ma que activa la «evaluación» del dispositivo. Así, por ejemplo,
un mecanismo verbal como el verso no es suficiente para clasificar
62 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
lo literario / poético ya que éste se encuentra en discursos / textos
que reconocemos como folklóricos, publicitarios, litúrgicos, etc. De
ello podemos inferir que, por un lado, cuando el investigador en-
cuentra lo poético (R. Jakobson, 1966) o también lo literario (F.
Kramer, 1970) en discursos que son a la vt\.folklóricos, éste extrae
determinados mecanismos verbales de su contexto de origen para
transponerlos al contexto de su marco de referencia (metalengua o
teoría). Lo cual supone, a su vez, que todo universo cultural distri-
buye cede hecho» (Mg¡) sus formas discursivas / textuales, aun-
que éstas no estén «organizadas» en Mge.
Los tres principios enumerados permiten inferir un cuarto, el
cual se refiere, más explícitamente, al proceso de serniotiza-
ción (PS):
4) El dispositivo tipológico que distribuye y ordena clases de
discursos / textos en una cultura, puede ser construido (teóri-
camente) como un doble proceso de semiotización: 1) un pro-
ceso que convierte las inscripciones EV de SP en EVS en SS; el
resultado de este proceso es el texto (T); 2) un proceso que
otorga una cualidad L (literario) a los EVS en T; el resultado
de este proceso es la conversión de las EVS de T en EVSL
de TI..
Tratemos de' especificar el principio 4) con la ayuda del dia-
grama 2 :12 Dentro de las posibilidades que ofrece una lengua L.
la formulación más general del proceso de semiotización puede ser
representada por:
1)
PS
Es decir, los elementos EV del conjunto SP son serniotizados en
EVS del conjunto SS, como:
a) en el proceso de producción, intención que transforma o
. ~ 2. Este diagrama no tiene por objetivo el de representar la totalidad de la distri-
bución de textos en una cultura. sino el de ilustrar -con más detalles-e nuestro concepto
de prociSO de semtotrzaadn.
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 63
reproduce mecanismos o estructuras EV para que sean inscritas
en T. Un ejemplo que ilustra el caso de reproducción pueden ser
los textos realistas los cuales, según el principio de la metalengua,
tienen que reproducir el discurso o las estructuras discursivas del
sistema primario, para que el texto sea aceptado, precisamente,
como «real»; otros ejemplos pueden encontrarse en el énfasis del
romanticismo en la lengua cotidiana; o en el esfuerzo de los escri-
tores «gauchescos» por reproducir el habla del gaucho. Un ejemplo
del proceso de semiotización, como transformación, puede encon-
trarse en la poesía moderna: el símil, para tomar un caso, es una
estructura común en el sistema primario. En la poesía de Pablo
Neruda (Residencia en la tierra), el símil, abundantísirno, pretende
su inscripción en el «texto literario» como exigencia de la meta-
lengua «surrealista»; exigencia que por otro lado lleva, necesaria-
mente, a construir símiles que son anómalos semánticamente.
Podemos decir que, en el caso de la transformación, el proceso de
semiotización es marcado, en tanto que en la reproducción es no-
marcado; entendiendo que, desde el momento en que una EV se
reproduce como PS, la no-marca es una manera especial de marcar;
b) en la recepción, la intención está condicionada por la me-
talengua: el receptor puede o no «aceptar» la intención del emisor
para que EVS se inscriba en T. Volvamos al ejemplo de la epís-
tola: ésta puede ser «producida» por el emisor con intención de
inscribirla en T, si éste es «consciente» de las reglas del juego
((carta literaria»): puede, por el contrario, ser «producida» como
inscripción en SP (<cana amical»). En este segundo caso, el pro-
ceso de recepción tiene la posibilidad de proyectar en la epístola
ciertos valores de una metalengua Mg
ex
si la carta lo permite y/o
el emisor de la carta ocupa un rol social significativo como para
que la «carta arnical» sea de interés general. En este caso, es el
proceso de recepción el que produce la inscripción y la carta pasa
a constituir parte del acervo «literario» de una cultura. Podríamos
considerar también la posibilidad de un proceso inverso que po-
dríamos llamar de «deserniotización» (PdS): un ejemplo sería el
caso de una metáfora que, por su impacto cultural, se convierte en
«cliché» y pasa a formar parte del «acervo» de SP. Lo que ocurre,
DIAGRAMA 2
LENGUA L
---- PS interno -+ 1
E.
PS
ss
1
Texto
1-PSi,,,rno----+ í
= = = = = = l ~ ~ El El
SP
1
No-texto
1
-¡;
>
i
PS interno 4.. -------
-¡;
>
i
PdS
(EVS: colectivas
orales; memoria
oral)
..
(EVS: colectivas
registradas;
memoria escrita)
a) (EVS + Mg
ex:
pro-
ducción y transforma-
ción en el paradigma
Mg
ex
)
b) (El YEl inscritos en
E
4
: operación de Mg
ex
que «recupera» la lite-
ratura popular: villan-
cicos, romances, co-
plas)
2)
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 65
entonces. es que la metáfora conserva su inscripción en SS. como
inscripción histórica. a la va. que. de ahí en adelante, ingresa
en SP.
Ejemplifiquemos aún tomando el nivel 2) del diagrama. La re-
presentación más simple del proceso de semiotización sería:
~ E l
E ) - - . ~ E 3
E
4
Este nivel nos permitiría situar el proceso de semiotización no
sólo en relación a estructuras verbales específicas. sino también en
relación a «tipos de textos». De esta manera podemos ver que. a
partir del estado) (El)' inscrito en el sistema primario, El marcaría
un tipo de semiotización de carácter colectivo y transmitido oral-
mente. En E
3
, los textos conservados en forma oral pasan a ser
guardados en la «memoria» gráfica de la cultura. En E
4
tendría-
mos. entonces, dos tipos:
a) el primero correspondería a la definición operativa de TL:
producción y recepción de «textos literarios» dentro de un
paradigma especificado por la metalengua literaria a lo largo
de su transformación histórica;
b) el segundo correspondería a los textos que se inscriben en E
4
mediante una pura operación de la metalengua: «recupera-
ción» de la literatura «popular» (villancicos. romances, coplas,
refranes, etc., los cuales, en cuanto intención original de emi-
sión. se inscribían -de manera consciente o no- en El o en
E
3
) ·
El párrafo anterior pretende ser una descripción de la «fórmu-
la» 2). No obstante. si se observa con detenimiento el ejemplo de
la recuperación de la literatura popular. es fácil ver que estamos
ante un proceso de semiotización ligeramente distinto al esque-
matizado en 2). En el primer caso se trata de un proceso «exter-
no»: de SP a SS; en tanto que, en el ejemplo de la recuperación de
la literatura popular, el proceso es «interno»: en el interior de SS.
De manera que podríamos reescribir 2) como:
l.-MIGNOLO
66 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
-----..
3) El
E
4
Podríamos ilustrar el proceso interno de semiotización con un
ejemplo de la literatura gauchesca. Hilario Ascasubi publica en
1851 (Comercio del Plata, Montevideo, 25 de mayo de 1851) su
«Cielito Gauchi-Patriótico». El cielito, sabemos. es una forma
popular que podemos situar en E
2
y en E ~ . Esta forma pasa, como
proceso de semiotización interno. en la literatura gauchesca. a E.¡.
Este ejemplo es claro y simple. Pero queda todavía otro proceso.
de E.¡ a E
3
y E
2
que resulta de mucho más interés. El primer cuar-
teto del cielito de Ascasubi se lee:
Por prima alta cantaré
un cielito de a caballo
i y viva la Patria Vieja
y el veinticinco de Mayo!
En el año 1921, bajo los auspicios del Consejo Nacional de
Educación, se realizó una encuesta folklórica (Encuesta Folkló-
rica del Magisterio) en la cual se recogieron varias versiones ora-
les del cielito de Ascasubi. En ellas no sólo hay variaciones del
original. sino que, también, se ha olvidado el nombre del autor.
Este hecho constituye ya un ejemplo de semiotización interna como
paso de E.¡ a Es- Veamos. sin embargo. cuáles son las particulari-
dades de este paso, como forma de semiotización popular. En una
de las versiones que recogió la encuesta, el cuarteto de Ascasubi
pasa a ser:
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 67
Un cielito por pirmanda
les cantaré de a caballo
i a la salú de Entre Ríos
y al veinticinco de Mayo!
Las variaciones que interesa tener en cuenta. por la manera en
que revelan el proceso interno de serniotización, son: a) introduc-
ción de un regionalismo "Entre Ríos" que reemplaza al término
más nacional de "Patria Vieja" (no olvidemos que el cielito de
Ascasubi es publicado el 25 de mayo, fecha de conmemoración
de la independencia); b) alteración de los sintagmas del primero y
segundo verso: /"Por prima alta cantaré" - "Un cielito por pir-
manda'Y; /"un cielito de a caballo" - "les cantaré de a caba-
llo"¿ La alteración es significativa por dos razones: por una parte,
"cielito" y "prima alta" tienen cierta correlación semántica
puesto que el primero se refiere a la composición y el segundo a la
música; por la otra, "les cantaré" y "de a caballo" también la tie-
nen por cuanto el primero se refiere al cantor y el segundo a la si-
tuación o al modo en que cantará. No obstante esta correlación,
la distribución es cruzada en el cuarteto de Ascasubi; en tanto que
es paralela en la versión popular; e) cambio de "prima alta" por
"pirrnanda", Al parecer no se ha comprendido. en la versión popu-
lar. el sentido de "prima alta" y se ha conservado sólo una «serne-
Janza sonora».
El objeto de la teoría del texto literario, repitamos. es el pro-
ceso de serniotización en su doble aspecto: conversión de estruc-
turas del sistema primario en el sistema secundario y clasificación.
en el interior de éste, de un subconjunto particularizado como lite-
rario. A partir de esta «primera etapa)), el trabajo teórico puede
seguir dos direcciones: a) elaboración abstracta de modelos que
describan los mecanismos y las condiciones de los procesos de
semiotización ; b) elaboración de modelos que describan ocurren-
cias empíricas de procesos específicos de semiotización literaria.
Volveremos sobre este segundo punto cuando, en el apartado 1.6..
hablemos de la relación entre los niveles de generalización.
68 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
1.f.2. Aspectos metodológicos
1.f.2.1. Antes de abordar los aspectos metodológicos, con-
viene mencionar claramente el doble camino que estamos siguien-
do: por un lado, y en un orden de mayor generalidad. nuestra
discusión se orienta hacia las condiciones de toda «teoría litera-
ria»; por otro lado, y en un orden más específico. nuestra discusión
rnetateórica apoya una teoría que estamos proponiendo: la que
denominamos teoría del texto literario y cuyo objeto es el proceso
de semiotrtacidn. Insistamos. con respecto al orden de la genera-
lidad, en que al plantear el problema de la teorización en un campo
específico -en este caso el literario. en sentido amplio- es inevita-
ble referirnos a la tradición de las ciencias empíricas -cuyo «pa-
radigma» lo constituyen las ciencias físicas y naturales- y. funda-
mentalmente, a la filosofía de la ciencia. Es de esta última. más
que de las primeras, de la que podemos extraer los ejemplos-guías
para la construcción de la teoría del texto literario. Esta insistencia
en la teorización que -para algunos puede resultar obsesiva, en
tanto que para otros ingenua- no debe ocultar dos hechos de
singular importancia. El primero es que, al referirnos a la filosofía
de la ciencia como ejemplo-guía, debemos hacernos eco de las
transformaciones -críticas. inseguridades, contrapropuestas, etc.-
que afectan, en estos momentos. al campo de esta disciplina; rápi-
damente esbozado, el concepto de teoría que se institucionaliza con
el positivismo lógico y que concibe a éstas fundamentalmente en
la forma axiomática, no es ya opinión común (volveremos sobre
este punto en el apartado 1.6.). El segundo es que, desde la pers-
pectiva de la semiología I y/o II, todo intento de teorización pue-
de parecer un esfuerzo sistemático. pero limitado; desde otras pers-
pectivas más avanzadas (lingüística. antropología, etc.], la teoría
del texto literario puede parecer amplia y poco sistemática.
1
3
13. Definir lo que es una teoría no es tarea fácil. Un ejemplo claro del problema es
el artículo de S. Bromberger (1963). Para nuestros propósitos actuales es suficiente re-
cordar la posición sostenida. entre los filósofos de la ciencia. por P. Feyerabend (1962.
pp. .28.9!). Feyerabend acepta un punto quizás común entre los filósofos de la ciencia:
la distinción entre teoría y generalizaciones empíricas. Para nuestro caso. tal distinción es
pernnente puesto que en el campo de los estudios literarios nos manejamos. mayormente.
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 69
Hechas estas salvedades. y con el fin de acercarnos a los
aspectos metodológicos. podemos resumir el estado en que se
encuentran las tentativas de teorización en el campo de la litera-
con generalizaciones empíricas. Ahora bien. el problema es que. si bien las generaliza-
ciones empíricas no conducen necesariamente a una teoría. ello no les quita su valor heu-
rístico. Pero. al ser generalizaciones basadas sobre hechos observados. son restringidas
en su aplicación y refutables de una manera muy simple y directa mediante la mostración
de evidencias contrarias. Un ejemplo en los estudios literarios: F. Stanzel ( 195 5) intenta
explicar la diferencia entre la epopeya y la novela. gnurali7.!zndo sobre la posición del
narrador. Su argumento es el siguiente: a) uno de los rasgos centrales de la novela es su
«mediación en la presentación». pero b) descubre que este rasgo es aplicable también a la
epopeya; r) generaliza entonces diciendo que la diferencia entre una y otra reside en la
posición del narrador en uno y otro caso; ti) en la novela. lo que caracteriza al narrador es
su posibilidad de «introducirse» en el relato. Basta mencionar La A raucana para res-
tringir la generalización empírica a un número limitado de casos.
Volviendo a Feyerabend, nos interesa recordar que este autor sostiene que las teo-
rías son muy generales y no restringidas a la evidencia: una teoría no se abandona ni se
refuta con evidencias contrarias. sino mediante otro tipo de asunciones muy generales
y no restringidas: es decir. por otra teoría. De ello se deriva que la teoría no surge de las
investigaciones empíricas. sino que son las observaciones empíricas las que están guiadas
por la teoría. No debe verse por cierto una separación extrema en este caso puesto que las
teorías no surgen del vacío sino que surgen de las observaciones realizadas por las teorías
anteriores. así como de sus dificultades para resolver el comportamiento de ciertos fenó-
menos (ver 1.5.2.2; con respecto a la validez de las investigaciones empíricas ver el inte-
resante artículo de P. Feyerabend. 1968). Ahora bien. lo interesante en la posición de
Feyerabend -dado que lo expuesto hasta aquí no difiere radicalmente de la concepción
de la investigación teórica propuesta por K. Popper (1935)- es que. al definir las teorías
de la manera expuesta, considera como teorías no sólo a aquellas que son reconocidas en
el reino de la ciencia sino a toda construcción conceptual que se define por sus asunciones
generales y no restringidas. 1ndependientemenre de las críticas que se les puedan hacer a
estas propuestas (P. Suppe, 1974). lo que me interesa señalar. en relación a nuestra
discusión en curso. son tres puntos: a) las teorías surgen cuando. como decía Platón en
algún diálogo (o presumiblemente Sócrates). debemos deádir sobre cuestiones más com-
plejas que la de saber si en el canasto hay ocho o cinco manzanas (en este caso no hace
falta la teoría porque la cuestión se resuelve contando las manzanas); la teoría es nece-
saria cuando no podemos resolver un dilema de esta manera. Para Feyerabend, los mitos
o las creencias religiosas serían también especies de teorías; b) si aceptamos esta propues-
ta. entonces la teoría no se define por su estructura [i.e.• axiomática. como lo sostuvieron
los representantes del positivismo lógico: P. Achinsrein y S. F. Barker, 1969). sino
-quizás. podríamos arriesgar- por su función; r) el problema es entonces el de decidir
cuándo una teoría. aceptada como tal. es científica o no. Dos criterios podrían aplicarse
para resolver esta cuestión: el uno pragmático y el otro semántico. En el primero. una
teoría sería aceptada como científica de acuerdo al paradigma de la ciencia «normal»
en el sentido de Kuhn (1962); en el segundo. que sería a su vez un elemento del primero,
podría ejemplificarsecon el criterio de «refurabilidad» propuesto por K. Popper (1967.
pp. 43-79; ver nota 14). Lo que quiero señalar. finalmente. es que teoría no necesaria-
mente se identifica con formalización: la diferencia reside entre tener una teoría y expre-
sar una teoría; la formalización es una posibilidad del txpresar (P. Achinsrein, 1968).
70 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
tura, recordando una observación general de M. Bunge (197 Zb,
p. 421): «Las primeras teorías que se presentan en un campo
ocupado por los coleccionistas de datos serán muy probablemente
objeto de la irrisión de estos, porque serán por fuerza demasiado
artificiales. demasiado abocetadas y demasiado imprecisas. Pero
este tipo de fácil crítica no suele promover el trabajo teorético y
responde a una errónea concepción de la naturaleza de las teo-
rías». La concepción de las teorías. en Bunge. consiste en la bús-
queda de un «sistema nervioso» (197 Zb, p. 414) que articule un
conjunto inconexo de hipótesis. En la etapa preteórica, precisa-
mente, las hipótesis no se conectan mutuamente sino que se presen-
tan. la mayoría de las veces, en forma aislada: «un manojo de
hipótesis sin coordinar, aunque siempre es mejor que la completa
falta de ellas. puede compararse con un cúmulo de protoplasmas
sin sistema nervioso» (M. Bunge, 1972b, p. 415). Estas obser-
vaciones de Bunge, que pueden chocar por su metaforismo deci-
monónico. tienen sin embargo la ventaja de articular los pasos
de las teorías y ser analíticos en la imprecisa generalidad que con-
cibe las teorías como «conjunto coherente de conocimientos».
Sin duda que toda teoría lo es. ¿pero cómo? ¿de qué manera?, y
¿de qué nos sirve esta generalidad cuando debemos elaborar o
analizar teorías?
Volvamos a los aspectos metodológicos: asumiremos como
primer principio, sobre el cual analizaremos los aspectos metodo-
lógicos. que a) las teorías son parciales y sólo se ocupan de ciertos
conjuntos de datos (en nuestro caso. aquellos relacionados con el
proceso de semiotización y. de ninguna manera. una totalidad que
se puede situar bajo la noción general de literatura); b) las teorías
son aproximadas y. por lo tanto. no están libres de errores; como
es hoy generalmente aceptado, el proceso de construcción teórica
está hecho de conjeturas y de refutaciones. 14
14. hoy. en general. la posición básica de K. Popper (1967) ljue con-
cibe el conocimiento científico como un de conjeturas y de refutaciones. El crite-
rio de refurabilidad es, además. para Popper, el único permite establecer el «status»
científico de una teoría. Si una teoría no es refutable. bien puede ser teoría en el sentido
de Feverabend, pero. para Popper. no es científica. (Esta posición tiene un desarrollo
epistemológico más detallado en K. Popper. 1972. especialrnent e pp. l· 3 I )
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 71
1.J.2.2. Para formular una teoría de alcance empmco es
necesario contar con un modelo (analógico) para la teoría. Este
modelo es el que sirve de base no sólo a una teoría específica sino
que, en cuanto metáfora dominante, se constituye como modelo de
varias teorías. que intentan dar cuentas de diversos aspectos de
la «realidad empírica». Así. por ejemplo. bajo la física newtoniana
se vivía en un mundo de cuerpos esféricos. de trayectorias pre-
decibles y de acontecimientos B que eran causados por aconte-
cimientos A. Para explicar esta causalidad se necesitaban deter-
minados conceptos y. para ello. fueron creados los de energía y
materia. No obstante. el viejo principio de causalidad empleado
en la mecánica clásica comenzó a resultar insatisfactorio y se fue
gestando un nuevo «paradigma» que dejó de considerar los acon-
tecimientos aislados. para buscar las fuerzas que situaban un acon-
tecimiento en relación con otros y configuraban. de este modo. un
sistema. Al pasar del análisis de los procesos independientes al
análisis de los procesos relacionales, se introdujeron los conceptos
de estructura y sistema. Éstos reemplazaron a los de energía y ma-
teria y se constituyeron. a la vez. como los índices de una nueva
metáfora dominante que sirvió de modelo analógico a diversas
teorías: de esta manera, el marco epistemológico del modelo sis-
témico explica la coincidencia del surgimiento de la lingüística
estructural y del formalismo ruso. A su vez. con la emergencia de
la cibernética, el modelo sistémico -si bien no podría decirse que
fuera reemplazado- se vio confrontado con el modelo denomina-
do de la caja negra. Éste. en las ciencias humanas. dio lugar a un
desplazamiento del objeto de estudio: si bajo el modelo sistémico
se trataba de describir el mensaje presuponiendo que éste estaba
regulado por un sistema (i.e.. la lengua en la teoría de Saussure},
Queda así por discutir. y espero poder hacerlo en próxima oportunidad. el nivel
Je .. cienci •• empírica .. o de "hermenéutica u de la teoría del texto literario y de la teoría
litcran•• ea general. Pienso en los trabajos que comienzan a plantear el problema (ver
nota I j) y. específicamente. en el análisis .. metareórico .. de Esa Irkoncn (1974) en re-
lación a la lingüística [ver, especialmente. pp. 277.3(7).
72 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
bajo el modelo de la caja negra se trata de describir, hipotética-
mente, qué es lo que sucede (en la «mente» considerada como
caja negra) cuando se produce o se recibe un mensaje. La teoría
del texto literario adopta, en un segundo momento, este modelo
alternativo: dicho brevemente Chomsky reemplaza a Saussure.
Ahora bien, si es cierto que la lingüística generativo-transfor-
macional sirve de guía para la fundación de la «poética gene-
rativa» (T. van Dijk, 1972), este hecho no debe ocultar el otro:
a saber, que el modelo analógico no «proviene» de la lingüís-
tica, sino que -como matriz epistemológica- se extiende a toda
teoría que delimita, en su objeto de estudio, los procesos cogni-
tivos. Si de estas generalidades queremos pasar al caso especí-
fico de la teoría del texto literario, podemos decir que tanto nues-
tra definición operativa de la literatura como su relación con los
procesos de emisión y de recepción, analizados en 1.4.l.b Y re-
sumidos en el diagrama 1, están basados en el modelo de la caja
negra (ver, también, capítulo 4). De esto podemos inferir que toda
definición operacional es parcial y, además, no se produce en el
vacío sino que está limitada por el modelo analógico que le sirve
de base. En consecuencia, y de manera general, podemos también
afirmar que el primer paso metodológico en la formulación de una
teoría es el que concierne al proceso de decisiones (de alcance epis-
temológico) en el cual se selecciona el modelo para la teoría. Este
paso, a su vez, es el que conecta una teoría específica con los pro-
blemas generales de la actividad teórica. En consecuencia, por
«joven e inmadura» que sea toda tentativa de teorizar en el domi-
nio de la generalidad literaria, no pueden dejar de tenerse en cuen-
ta esos problemas: ellos son los que guiarán el ámbito de su estruc-
turación como teoría en un dominio específico de investigación. Por
lo tanto, los objetivos generales de la actividad teórica (i.e., clari-
ficar los objetivos de la actividad teórica en el campo de los estu-
dos literarios, analizar críticamente las teorías que emergen en el
campo del estudio, discutir sus alcances en un campo de estu-
dio, etc.] no pueden ser ignorados en las «teorías regionales».
De estos presupuestos podemos inferir que los problemas meto-
dológicos que conciernen a la teoría del texto literario son el objeto
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 73
de la filosofía de la ciencia: por lo tanto, estos principios deben
ser actualizados en cada teoría regional. En otras palabras pode-
mos decir, siguiendo a M. Bunge (1972b, p. 46) que la estrategia
científica, que tiende a construir estructuras conceptuales a partir
de estructuras factuales, debe también ser resuelta mediante tácticas
particularizadas en cada teoría regional. De esta manera, la teoría
del texto literario no deberá perder de vista que la ciencia, como
programa de investigación, es un proceso (el proceso de su estra-
tegia) que cumple un ciclo normativizado: a) un cuerpo de cono-
cimientos disponibles; b) la emergencia de un problema; c) la
formulación de hipótesis que tienden a resolverlo; ti) la contrasta-
ción de hipótesis; e) un nuevo cuerpo de conocimientos disponi-
bles ; fJ la emergencia de un nuevo problema, etc. 1j
Si queremos relacionar el esquema del ciclo normativizado de
la investigación o de la actividad teórica con nuestra concepción
de la teoría del texto literario, nos encontramos con que en el
punto a) disponemos, en los estudios literarios, de un cuerpo con-
solidado de conocimientos empíricos, pero no podríamos decir lo
mismo con respecto a los conocimientos teóricos. Al hacer esta
afirmación, sería necesario distinguir, claro está, entre el tipo de
«teorías» que son las antiguas poéticas y retóricas y el concepto
de teoría tal como se maneja hoy en filosofía de la ciencia. Podría
agregarse, además, que, si bien no disponemos de un cuerpo cohe-
rente de teorías, disponemos, en cambio, de brotes o de esbozos
(j incluido el presente estudio l) que resumimos en la introducción
a este capítulo. Con respecto al punto b), y refiriéndonos concre-
tamente a la teoría del texto literario, el problema emerge cuando
I 5. Quiero insistir sobre este punto para evitar la creencia de que la generalidad de
la estrategia científica opera como una estructura madre. en algún mundo de conceptos. al
cual las teorías regionales deberían alcanzar. Si bien la estrategia científica. en la defini-
ción de Bunge, puede tomarse como una guía o programa de trabajo. no debe otorgársele
la rigidez que. quizás. no pretende. La importancia de la autonomía regional reside en
el descentramiento de las estructuras madres (para la lingüística. N. Chomsky. 1964;
R. Botha, 1970). El problema de la autonomía regional. desde una perspectiva episte-
mológica que difiere radicalmente de aquella que proviene de la "clásica » filosofía de la
ciencia. fue destacada por M. Serres (1972). En la teoría literaria general. estos proble-
mas comienzan ya a ser discutidos; S. J. Schmidt (197 3a. 1973b. 1976; J. Ihwe, 1976;
H. Gónner, 1976; B. Hrushovski, 1976; A. Lefevere, 1977).
Cuerpo de
conocimientos
disponible
~ Problema 1
I
Técnica de
contrastación

Consecuencias
contrastables
-. Estimación
Nuevo cuerpo
de
de
~ conocimientos
/
hipótesis
I
Nuevo problema 1
~
Evidencia
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 75
se delimita el objeto de la teoría. La formulación de las hipótesis,
punto r), puede ser ejemplificada con la definición operativa de
«texto literario». Este aspecto. creo, necesita mayores especifica-
ciones. puesto que él es, a mi entender. un punto clave en la for-
mulación teórica. Para ampliarlo introduciremos las nociones de
modelo objeto (o modelo conceptual) y modelo teórico propuestas por
M. Bunge (l972a. pp. 39- 52). 16 Bunge entiende por modelo
objeto cualquier representación esquemática de un dominio con-
creto: el modelo objeto es una esquernatización que ignora la mayor
parte de las variaciones individuales y del cúmulo de datos que
se desprenden de los hechos concretos. De tal modo. podemos de-
cir que nuestra definición operativa, en su extensión, se constituye
como modelo objeto: por esta razón pudimos afirmar que «el
proceso de semiotización es el objeto (modelo objeto, podríamos
agregar ahora) de la teoría del texto literario». El modelo objeto
es modelo de la teoría y debe ser diferenciado del modelo analó-
gico en cuanto éste es modelo para la teoría: es, precisamente, en
el modelo teórico en donde incide el modelo analógico puesto que.
para desarrollar el modelo conceptual en un modelo teórico, éste
a su vez debe ser insertado en una teoría de un grado mayor de
generalidad representada por el modelo analógico (modelo sisté-
mico. de la caja negra, etc.].
16. Con la noción de modelo ocurre algo semejante a lo <jue ocurre con la noción
de teoría. Además de los dos sentidos del término <jue aceptamos en este trabajo. pue-
den consultarse R. B. Braithwaire (1962): K. W. Deutsch (19n\; M. Hesse (1963.
1965): E. H. Hurten (1954): G. Frey (1960); P. Achinsrein (1968): P. Caws
(1965): L. Apostel (1960).
76 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
Modelo Modelo Modelo
teórico¡
teóricol teórico"
i !
i ¡
i ¡
Modelo Modelo Modelo
objeto I objero j objeto ,
Sobre tal diagrama podemos decir que el modelo teórico es
una teoría regional; o. mejor. que una teoría regional se «expre-
sa» en el modelo teórico. Por otra parte. el modelo analógico re-
sume un paradigma conceptual y metafísico en cuanto. por un
lado. representa las asunciones compartidas por diferentes modelos
teóricos (i.e.• describir el sistema: lingüístico. biológico. social. li-
terario. etc.}; por otro lado. representa un paradigma conceptual
por cuanto los distintos modelos teóricos. basados en el mismo
modelo analógico. tienen en común una misma red de conceptos
(i.e., lengua / habla; estructura latente / estructura manifiesta:
etc.). Lo que caracteriza a los diferentes modelos teóricos es la for-
ma de articular los conceptos y. como consecuencia. su relación con
el modelo objeto.
La relación entre modelo objeto y modelo teórico es doble
puesto que. por un lado. a partir de un modelo teórico [intuido
o claramente formulado) podemos formular un modelo conceptual;
por otro lado. una vez que se ha formulado el modelo conceptual.
es necesario explicitar el marco de la teoría para que éste alcance
el nivel del (o sea desarrollado en el) modelo teórico. En a l g u n o ~
casos. este modelo podría ser desarrollado mediante la inserción.
en una teoría regional. de un modelo formal axiomático ya existen-
te. al cual se le otorgaría una interpretación empírica. En otros
casos. en que la teoría formal no sea pertinente o no sea «desea-
da», es necesario construir el «sistema nervioso» que permita des-
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 77
plegar el modelo objeto en una red conceptual. Tal red conceptual
tiene su base en el modelo analógico pero, a su vez, el modelo
teórico (como teoría regional) extiende, de hecho, la red de con-
ceptos en la medida en que el modelo teórico debe desplegar el
modelo objeto. En el despliegue podemos leer el punto d) del
ciclo normativo de la investigación científica (la contrastación de
hipótesis): es la capacidad del modelo teórico para describir y
explicar, en forma comprensiva, los fenómenos empíricos delimi-
tados en el modelo conceptual y en la hipótesis inicial, la que
pondrá a «prueba» el valor de la hipótesis y la validez de la teoría.
En resumen, nos encontramos aquí frente a un problema básico
de los aspectos metodológicos: en primer lugar, el de la descrip-
ción de un modelo objeto que trace el objeto de la teoría; en
segundo lugar, el «despliegue» de éste en un modelo teórico, li-
gado a un modelo analógico que le sirva de marco de referencia.
Valgan estas sugerencias como posibles guías de búsqueda de
respuestas a las preguntas que, implícitamente, nos sirvieron de
punto de partida en este apartado: ¿cómo puede ser definido el
objeto de la teoría del texto literario?, ¿de qué manera pueden
ser formulados sus problemas y objetivos?, ¿cuáles son los pro-
blemas metodológicos fundamentales?
1.6. OBSERVACIONES FINALES
A manera de resumen de lo dicho hasta el momento, nos
ocuparemos de dos aspectos que se desprenden de las observa-
ciones anteriores: el primero de ellos se refiere al carácter general
de la investigación teórica y, como consecuencia, a qué tipo de
generalizaciones conduce la teoría del texto literario; el segundo,
consecuencia del primero, se refiere a la distinción entre la noción
de teoría, en sentido amplio y en sentido estricto.
1.6.1. Una de las posibles cnncas a los objetivos de la
teoría del texto literario puede provenir de aquellos que sostienen
78 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
que la obra es única y compleja. Estos argumentos podrían ser:
a) la generalización es inalcanzable porque todo hecho particular
es irreductible en su complejidad, y b) la generalización es inútil
porque pasa por sobre la «experiencia» (sensaciones, reacciones,
respuestas) que provoca el hecho único. En el caso de los estudios
literarios, estas objeciones podrían manifestarse, de manera más
concreta, como c) la obra literaria se caracteriza por su pluralidad
de sentidos y, por lo tanto, la teoría es impotente frente a ella.
Sin duda que estas objeciones tienen un innegable grado de
verdad (y de obviedad): el hecho singular es complejo. La falacia
del argumento no residiría en su aserción sino en su presuposición:
la creencia de que la teoría debe dar cuenta de la complejidad de la
experiencia vivida ante un hecho singular; o que asumir la singu-
laridad es la única manera de acercarnos al fenómeno literario.
Lo curioso, como ejemplo ilustrativo del problema, es el dilema
ante el que se encontró D. Alonso (y que, en mi conocimiento,
nunca resolvió) entre la generalización de la «ciencia literaria» y
la unicidad del «hecho literario». 17
Habría al menos dos maneras de responder a estas objeciones.
La primera respuesta podríamos intentarla en relación a la expe-
riencia de las ciencias sociales en las cuales el problema se presentó
en términos semejantes R. S. Rudner (1966, pp. 68-70) trata de
responder al mismo tipo de objeciones sosteniendo, por un lado,
que éstas son el resultado de un malentendido con respecto a los
objetivos de la ciencia (y de las teorías), que presume que el obje-
tivo de ésta es la reproducción de la realidad y que, por lo tanto,
17. Un ejemplo claro de este dilema puede verse en algunos párrafos del propio
D. Alonso (D. Alonso y C. Bousoño, 1951): «y esa prrgunta ("qué es un porma.... este
poema?"] es una prrgunta científica, estrictamente hablando. la única prrgunta cientí-
fica sobre materia literaria. Con otras palabras: resolver ese problema es el objeto de una
ciencia todavía inexistente [aunque otra cosa se mienta a veces por ahí): la Ciencia de la
Literatura» (p. 43). Por otra pane. después de haber organizado la «táctica de los con-
juntos semejantes», D. Alonso concluye: «He aquí un inmenso campo literario reducido
a riguroso sistema. Por la naturaleza misma del objeto. esa reducción era fácil. Si todo en
la materia literaria pudiera ser tratado así. la constitución de una Ciencia de la Literatura
no sería un problema» (p. 73). Ambos casos no sólo consisten en hacer ciencia de lo par-
ticular sino. como consecuencia. el objtJO de la ciencia de la literatura no tiene límites,
puc:sto que se confunde con el dominio dd fenómeno literario.
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 79
fracasa en la realización de tal tarea; por otro lado. que las ciencias
sociales fracasan en el intento de captar la alegría de un niño en el
juego social con sus padres, la angustia de un adolescente. o los
matices de interacción social en una reunión de directores de
empresas. La segunda respuesta eliminaría la objeción mostrando
su aspecto paradójico: si es posible reconocer el fenómeno único
es porque tenemos un marco de referencia general para reconocerlo
como hecho único.
Ahora bien, ¿qué tipo de generalizaciones permite la teoría del
texto literario en los términos en que ha sido planteada? Este
problema requiere un tratamiento más extenso del que puedo darle
aquí. Por otra parte. es importante mencionarlo para dar ciertas
proyecciones a la teoría. El problema, en su sentido más amplio, es
el siguiente: una teoría T es definida por su «cuerpo central»
(<<hard core», 1. Lakatos, 1970, pp. 132-138) Y es éste el que
determina el conjunto de sus posibles aplicaciones. Los axiomas
(o principios) que configuran el cuerpo central bosquejan las
áreas a las cuales T puede ser extendida y las áreas a las cuales no
puede. Vale decir. ¿qué tipo de datos son releuantes'" para la teoría
y qué tipo de modelos son relevantes para la extensión del modelo
teórico? Ejemplifiquemos: los dos principios a) (da literariedad
es el objeto de la poética» y b) (do que define la literariedad son
las construcciones equivalentes», pueden ser analizados en dos
direcciones. Una de ellas, a la cual ya nos referimos, la caracteriza
por sus presupuestos esencialistas. Esto no quita que tales prin-
cipios se constituyan como el ((cuerpo central» de una teoría. De
este modo, estos principios permiten extender la hipótesis y apli-
carla a descripciones empíricas sólo en aquellos casos en que la
literariedad, definida en b) tenga aplicación. La misma operación
bosqueja el área de las no-aplicaciones (cartas, crónicas, memo-
rias, etc.]. El criterio de relevancia es entonces fundamental, en el
análisis y en la construcción de teorías, para considerar el área de
fenómenos pertinentes en su campo de investigación. Siguiendo
18. La noción de relevancia en los estudios literarios fue tratada por H Giiuncr
(1976). Para la filosofía de la ciencia ver P. Achinstein (1968. pp. 1-46 l·
80 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
estas premisas, podemos enumerar, a modo de ejemplo, algunas
áreas relevantes para la teoría del texto literario:
1) El primer tipo de generalización es, obviamente, el del
cuerpo central de la teoría. Vale decir que la contrastación de la
hipótesis puede realizarse de dos maneras: una, «poniéndola a
prueba» en los enunciados que configuran el cuerpo central. Esta
«prueba» consistirá en la contrastación de la hipótesis con datos
de la misma clase que los que sustentaron su formulación (de este
aspecto nos ocuparemos en los tres capítulos siguientes); una
segunda manera es la de «extender» el ámbito operativo de la
hipótesis del cuerpo central de la teoría para describir conjuntos
de datos relevantes (pero no de la misma clase que los que sustenta-
ron su formulación) para la teoría. Este último caso nos conduce
a un segundo tipo de generalización.
2) Al concebir el texto literario como proceso de semiotiza-
ción (resumido en la «fórmula»: TL= {EVS + Mg
ex
} ), pode-
mos «derivan} (o pensar) en estructuras o subsistemas a partir de
esta postulación inicial. Esta posibilidad no contradice la intuición
que, en los conocimientos ya adquiridos en el campo de estudio, ha
clasificado distintos tipos y distintos niveles de textos literarios.
La cuestión sería: ¿de qué manera una aproximación derivada
de la teoría puede organizar (e integrar) los hechos empíricos como
datos de la teoría?, ¿una aproximación semejante puede agregar
nuevos conocimientos a los ya adquiridos? No estoy en condi-
ciones de responder a estas preguntas. Los ejemplos que siguen
sólo intentan sugerir posibilidades de hacerlo.
Caso 1. En el campo general de los estudios literarios se habla
de «literatura picaresca», «literatura pastoril», «literatura. gau-
chesca», etc. Olvidemos los adjetivos, por el momento, y pensemos
en subsistemas abstractos que podemos denominar P, N, O. Ua-
memos a estos subsistemas «universos», y tratemos de caracte-
rizar a uno de ellos. El primer paso sería el de establecer la relación
de tales universos con la caracterización (definición operativa) del
texto literario:
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 81
1) Todo universo P, construido como derivación de TL =
= {EVS + Mg
cx
} es, por definición, un universo que
pertenece al orden de los sistemas secundarios. También por
definición el universo P debe estar compuesto por:
la) estructuras verbo-simbólicas EVS;
lb) una metalengua Mg
ex
que regula la conducta de los prac-
ticantes (((escritores))) que producen tal universo.
2) Todo universo P debe contener, además de los elementos men-
cionados en 1), informaciones que lo particularizan como uni-
verso P:
2a) un vocabulario específico del universo P; que a su vez lo
diferencia de los universos O y N;
2b) recurrencias de estructuras particulares EVS específicas
del universo P; que a su vez lo diferencian de O, N;
2e) una metalengua Mgcp que caracteriza las particularidades
de P.
Tomemos, para ilustrar los puntos 1) Y2) algunos ejemplos del
«universo» gauchesco. En relación a 2a) los textos que son carac-
terizados como gauchescos deben contener un vocabulario que sea
identificable con la región rioplatense de América del Sur y con
un tipo específico de grupo social; en relación con 2a), las parti-
cularidades de EVS pueden ser localizadas en la restricción que se
impone en el habla de los personajes (y/o de los narradores): el
vocabulario específico debe integrarse a una morfología particu-
lar que caracteriza este habla, de otra manera el texto no es con-
siderado como parte del universo (el «Santos Vega» de Bartolo-
mé Mitre, 1838, por ejemplo, no es considerado dentro del uni-
verso); por otra parte, las condiciones que restringen la construc-
ción del universo permiten que sean semiotizadas estructuras de
los estados que designamos como E
2
y E, (refranes); con respec-
to a 2e) podemos citar, como ejemplo contundente, algunos ver-
sos de «Contestación del Gaucho a su amigo Marcelo Miran-
da» de Hilario Ascasubi:
6. - MIGNOLO
82 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
si ainsí es el gauchajé!
deje que allá el dotoraje
se pronuncie en lo profundo.
que los gauchos en el mundo
tenemos nuestro lenguaje.
Mi papel es peticito,
pero es gaucho. y han de ver
que al Diablo le ha de correr
en cuanto a decir verdades;
Estos versos son indicadores de la metalengua que auto-define
(auto-regula) la constitución del universo: el «ser del gaucho», el
doble sentido de «tener un lenguaje» (como morfología y como
concepto) y, finalmente, el uso de tal lenguaje para decir «clara-
mente las verdades». El metalenguaje. a su vez, traza los pro-
pios límites del universo: «deje que allá el dororajeo.!?
Caso 2. El caso 2 puede ser construido tomando sólo, en un
primer momento. el punto la) (estructuras verbo-simbólicas) del
caso l. Lo que necesitamos para ello es descomponer el conjunto
EVS: vale decir, enumerar los posibles elementos del conjunto.
Supongamos que los elementos de ese conjunto sean concebidos
de la manera siguiente:
19. Un ejemplo interesante de esta posibilidad lo constituye el trabajo de M. Mcv-
lakh (1975); como propuesta abstracta, J. Lorrnan (1975).
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 83
Destinatario
participa- no-partici-
ción en el pación en el
enunciado enunciado
La combinación de un elemento del plano del enunciado con
un elemento del plano de la enunciación nos daría una combina-
ción elemental. Ésta implica, obviamente. dos (o más elementos) y
reglas de combinación. Tomemos, como ejemplo, tres combina-
ciones:
1) Destinador = Agente
2) Destinatario = Agente
3) Acciones + estructuras temáticas del tipo x
4) Acciones + formas métricas.
En estas combinaciones las dos reglas aplicadas son = y +. Intro-
duzcamos dos reglas de distinto nivel a las anteriores que nos
permitan combinar las unidades elementales: la regla de compati-
bilidad y la regla de incompatibilidad. La función de estas dos
84 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
reglas es la de bosquejar el alcance empírico de las combinaciones.
En la teoría es siempre posible aplicar la regla de compatibilidad;
por el contrario, en la empiria es necesario aplicar las dos y la
aplicación de la regla de incompatibilidad está regulada por los
datos que extraemos de los hechos empíricos. Así, por ejemplo, es
compatible, en la teoría, construir una combinación como:
5) Destinatario = Agente (COMP) Acciones + formas mé-
tricas.
En la empiria esta regla es aplicable en el caso del tipo de textos
clasificados como «líricos» (yen alguno de ellos), en los que el
destinatario se identifica con el agente mediante el tú empleado
por el destinador; es, por el contrario, incompatible (INCOMP)
con el tipo de textos clasificados como novela, para el cual debe
modificarse uno de los elementos del segundo miembro de la regla:
Acciones + formas no-métricas. Para que sea compatible con la
empiria es necesario especificar el elemento «formas no-métricas»
como «prosa» ya que si la primera es especificada como «verso
libre» tendríamos nuevamente incompatibilidad.
Valga este escueto ejemplo para señalar dos aspectos de la
generalización en este orden: el primero se refiere a la descripción
de las posibles combinaciones de unidades elementales (1 a 4); el
segundo a la combinación de la combinación de unidades elemen-
tales (5). Este aspecto de la generalización nos conduciría a au-
mentar nuestro conocimiento sobre la forma «interna» de las
estructuras verbo-simbólicas (EVS); el segundo está ligado a la
posible confrontación de lo que, en el cuerpo de conocimiento ya
adquirido en los estudios literarios, se estudia como géneros
(J. Donohue, 1943; el. Guillén, 1970). Este es, sin duda, un pro-
blema que no podemos tratar aquí. No obstante podemos señalar,
en cuanto está ligado con el caso 2, que el género, tal como lo co-
nocemos en este momento, parece ser el resultado de dos instancias:
una, es la particular combinación de varias combinaciones elemen-
tales; otra, es función de la metalengua: vale decir, lo que una
metalengua específica considera como épica, lírica, novela, etc.
EL CAMPO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 85
Caso J. Un tercer caso de generalización lo constituía el
estudio de los «cambios literarios». Para ello debemos contar, pre-
viamente. con una formulación explícita de la estructura interna
de EVS; en segundo término. necesitamos introducir un factor
temporal (t) que nos permita formular el problema en los términos
siguientes:
1) la combinación elemental X, en el tiempo ti se modifica de la
manera y en el tiempo ti+ 1
Esta fórmula es también válida para la metalengua, lo cual
puede conducir a un análisis combinado de ambas o por separado.
Con respecto al cambio en la metalengua es válida. para la teoría
del texto literario. la observación de R. Jakobson (1960) sobre la
poética: la elección que toda escuela o movimiento literario hace
del pasado es un problema que atañe a la diacronía. En forma
general podríamos bosquejar este aspecto de la generalización to-
mando las combinaciones elementales señaladas de 1) a 4):
Destinador = Agente
(A)
R, - ti 1s, - ,-,
Acciones + estructuras te-
máticas de tipo x
(C)
Destinatario = Agente
(8)
Acciones + formas métricas
(D)
Las relaciones que ilustran el problema del cambio serían.
fundamentalmente:
86 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
1) A-C: compatibles en el tiempo ti (surgimiento de la novela.
por ejemplo: Robinson Crusoe); incompatible en ti _1 cuando.
en la épica. por un lado, la relación era Destinador 1= Agente
y. por otro, se encuentran variaciones en las estructuras temá-
ticas;
2) C-B: compatibles en el tiempo ti (la poesía romántica interpreta
al destinatario como «naturaleza» (le habla al océano, al pai-
saje, etc.] y. en consecuencia. las estructuras temáticas se corres-
ponden con el tipo de agente-destinatario; son incompatibles
en un tiempo ti + 1 donde el destinatario-agente ya no es inter-
pretado como naturaleza. 20
En resumen. el cambio puede ser tratado. dentro del «cuerpo
central» de la teoría del texto literario, como un fenómeno de
recornbinación, de hibridación o de entrecruzamiento de confi-
guraciones que, formuladas de manera teórica como construcción
del conjunto EVS y sus posibles combinaciones, encuentran su
«realización» en las obras (en cuanto hechos que suministran
los datos) y en la metalengua. En el conjunto de conocimientos ad-
quiridos, es bien conocido el principio de acción y de reacción que
caracteriza el cambio de las propiedades de un sistema B como
reacción ante un sistema A. El estudio del cambio es, para la teoría
del texto literario. un tipo de generalización que analiza. en la
diacronía, las posibilidades de recombinación de los elementos del
conjunto EVS.
1. ~ . 2 . Agreguemos. finalmente, dos palabras para situar el
alcance que le damos al concepto de teoría en el campo de los estu-
dios literarios. En primer lugar, hablamos de «teoría literaria»
en sentido amplio, como término rnetateórico, con el cual designa-
mos a todas las posibles teorías generales en el campo de estudio: es
20. Algunas observaciones más extensas sobre este aspecto en W. Mignolo ( 197 ~ .
1976a). donde se contiene también una bibliografía sobre discusiones recientes de este
tópico.
EL CA..\1PO DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS 87
decir, aquellas que, como tales, conceptualizan el fenómeno lite-
rario. En este plano no interesa que la teoría sea de tendencia
«esencialista» o de tendencia «Iogicisra» (operativa). Lo que
cuenta es el hecho de situarse o de pertenecer al nivel de la semio-
logía III. El análisis metateórico no ha comenzado todavía en
los estudios literarios, pero ello no es obstáculo para que podamos
adelantar su aparición. De modo que teoría literaria, en sentido
amplio, resume la existencia de teorías específicas en el campo de
estudio: la teoría lingüístico-transformacional sería así una teoría
específica en el interior de la teoría lingüística, en sentido amplio,
que contiene, a su vez, otras teorías específicas: estructural, fun-
cional, tagmémica, etc. De esta manera podríamos situar a la teoría
del texto literario como una teoría específica dentro del campo de
los estudios literarios y de la teoría literaria general. Por lo tanto,
si la teoría específica se identifica como tal por su «cuerpo cen-
tral» (definición operativa del modelo objeto y de los principios
y/ o axiomas iniciales), el campo extensivo, que regula la teoría
específica y que permite contrastar la hipótesis en diversos tipos de
generalizaciones (ver 1.6.1.) constituiría el dominio de las subteo-
rías o de los modelos de la teoría. Un ejemplo, exterior a los estu-
dios literarios, lo suministraría la lingüística. J. Katz (1971,
p. 104) se representa la teoría lingüístico-transformacional como
formada por tres componentes (fonológico, sintáctico y semánti-
ca). A éstos los denomina «teoría fonológica», «teoría sintác-
tica» y «teoría semántica». Obviamente, el término teoría, en
este caso, se sitúa en un plano distinto al de la denominación «reo-
ría lingüístico-generativo rransforrnacional». La ampliación de
toda teoría específica implica necesariamente una ampliación de su
«cuerpo central» mediante la formulación de subteorías o de
modelos de la teoría.
Los aspectos señalados en 1.6.1. y 1.6.2. son posibilidades que
se derivan de la teoría del texto literario. Los restantes capítulos
estarán concentrados en su «cuerpo central».
Capítulo 2
LA CONFIGURACiÓN
DEL SISTEMA PRIMARIO
2.1. INTRODUCCIÓN
2.1.1. Después de una página y media, en la apertura de
ceLa pharmacie de Platon», J. Derrida (1972, p. 73) escribe:
«No estamos lejos de haber dicho ya lo que queríamos decir. Nues-
tro léxico está casi agotado. (...) Puesto que hemos ya dicho todo,
se deberá ser paciente si continuamos todavía un poco». Puede
resultar una impertinencia la inserción de Derrida en un estudio
de este tipo. No obstante, sus palabras no distan de esta situación:
los capítulos siguientes son una extensión, sobre lo dicho en el
prImero.
En este capítulo nos ocuparemos de bosquejar los elementos
del sistema primario para localizar en él los elementos del conjunto
de las estructuras verbales (EV), que son semiotizadas, en el sis-
tema secundario, para configurar el conjunto de estructuras verbo-
simbólicas (EVS). Hasta ahora hemos supuesto que sólo las estruc-
turas verbales del sistema primario son semiotizadas. Nos hemos
limitado a ellas para facilitar nuestros argumentos, pero sería erró-
neo suponer tal cosa. Para dar una representación más adecuada
del sistema primario, debemos también contar en él con un con-
junto de estructuras no-verbales (EnV). No obstante, y este es
90 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
un punto de suma importancia. el proceso de semiotización reduce
las EnV a estructuras verbo-simbólicas. Un ejemplo de este pro-
ceso es el de la mimesis: «el arte verbal» debe imitar o represen-
tar «hechos con palabras». Hecha esta aclaración, lo que ocupará
nuestra atención, en el presente capítulo, es el «punto de con-
tacto» entre los sistemas primarios y secundarios: cuando los estu-
dios de la gramática de una lengua toman ejemplos de obras
literarias, ejemplifican, de manera clara, esta movilidad de ciertas
estructuras verbales en ambos sistemas. En primer lugar, nos ocu-
paremos de mostrar este punto de contacto en estructuras de frases
y en conexiones discursivas. En segundo lugar, daremos un ejem-
plo de la serniotización «anagramárica», como un caso extremo
en el cual las estructuras verbales serniotizadas tendrían, en el
sistema primario, su manifestación en el juego de palabras y en
la lengua articuladora de los sueños. Este es, a su vez, un caso
en que es difícil trazar el límite entre lo verbal y lo no-verbal. Al
salir de la frase y de las estructuras lingüísticas discursivas, el
punto de contacto será localizado en las estructuras conceptuales.
Éstas pueden ser rápidamente ejemplificadas, en el sistema pri-
mario. refiriéndonos al caudal de conceptos con los que, en nues-
tra vida cotidiana, organizamos el mundo. Ahora bien. estas
estructuras, atendiendo a la perspectiva estrictamente lingüística.
son no-verbales, pero son verbales si consideramos que se mani-
fiestan en la lengua. Son, nuevamente, no-verbales si aceptamos
que la lengua es el instrumento más usual para conceptualizar, pero
no el único. Finalmente, nos ocuparemos del aspecto enunciativo
y, en este caso, la reducción a la situación verbal es inevitable,
puesto que la enunciación remite a un acto verbal oral o escrito.
2.1.2. Las extensiones de la gramatIca de la frase a la
gramática del discurso 1 abrieron nuevos caminos para la concep-
l. Sobre los problemas de la gramática del discurso (text-t,rammar). y en cuanto a
las referencias indirectas de este párrafo. J. Petófi y H. Rieser (1973): J. Peróf (1975).
Cuando hablo de las relaciones entre text-grammars y teoría literaria. lo hago -fundamen-
talmente- sobre la base de T A van Dijk (1972): J. Ihwe (1973); J. Petof (1973).
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 91
tualización del fenómeno literario. Un hecho fundamental es el
de hacernos comprender que el texto literario es, ante todo y tam-
bién, simplemente discurso. Esta constatación modificó la creencia
que nos hacía concebir ciertas estructuras verbales como especí-
ficamente literarias. Símiles, metáforas, y otras tantas figuras del
discurso que pululan en los manuales de retórica y ocupan todavía
la atención de la renovación lingüístico-semiótica de las antiguas
retóricas, pasan a tener otra dimensión cuando se considera que
estas figuras no son privativas de la literatura; también metafori-
zamos y construimos símiles en la lengua natural, y la filosofía de
la ciencia otorga un capítulo especial a la analogía y a la metáfora.
Es decir, las estructuras verbales que creíamos eran específicas de
la literatura son, en realidad, momentos de una travesía que va
de la lengua natural a diversos tipos de textos. Otro ejemplo de
la importancia de este hecho puede verse en las anomalías que se
presentaron en el análisis «estructural» del relato. El hecho de
que un modelo fundado sobre el material folklórico pudiera ser
extendido a relatos literarios, pictóricos, cinematográficos, tiras
cómicas, etc., presentaba cierta incomodidad para resolver la espe-
cificidad de los relatos literarios. Una manera más clara de con-
ceptualizar y escapar a la anomalía es la de haber llegado, primero,
a comprender que el relato es un componente del sistema primario
y, segundo, que su función es la de organizar la conexión de accio-
nes. La mayor complejidad, o la «semejanza», que encontramos
en los relatos literarios es, precisamente, un ejemplo del proceso
de semiotización de las estructuras disposicionales primarias. Las
motivaciones de su semiotización literaria, sus fundamentos esté-
ticos y pragmáticos, los encontramos -desde temprano- en la
metalengua de las poéticas y de las retóricas. La anomalía del
relato puede así ser mejor tratada, si se considera a éste como un
elemento del conjunto EV, en el sistema primario, y se analizan
luego los procesos de semiotización que lo convierten en elementos
del conjunto EVS, en el sistema secundario.
Para tratar este problema, dentro' del cuerpo central de la
teoría del texto literario, tendremos como base diferentes niveles
de análisis:
92 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
2
...._------A....-----
( '\
/1 Gf
Discursos de Gramática /'
una lengua L --+ general de L --+ Gd
~ G l
~
1
r
En 1) tendríamos. en primer lugar. el área de los fenómenos verba-
les de los que se ocupa la lingüística: gramática de la frase. Gf. Y
gramática del discurso. Gd; en segundo lugar. tendríamos el ám-
bito de una teoría lingüística de la literatura mediante la construc-
ción de una gramática literaria. G¡. de la lengua L (T. van Dijk,
1972. pp. 192-201). La teoría del texto literario comenzaría
en 2). donde termina la lingüística: mediante la construcción
de modelos de estructuras verbales frásticas (M de EVr). mode-
los de estructuras verbales discursivas (M de EVd) y. finalmente.
modelos de estructuras verbales «literarias» (M de EV¡).
Esta primera lectura del esquema requiere algunas observa-
ciones adicionales: en primer lugar. los modelos de estructuras
verbales tienen como objeto. en este nivel. trazar el punto de con-
tacto entre los sistemas primarios y secundarios. Se podría así
decir que si en 1) se trata de una teoría lingüística de la literatura.
en 2) se trata de una teoría «literaria» de la lingüística. En segun-
do lugar. y en lo que respecta a M de EVf. la disposición en el
diagrama responde a la necesidad de una «imagen clara» de las
correspondencias. No obstante. no hay que olvidar que el ejemplo
con el que aclaramos este caso es el del juego de palabras o la ló-
gica de los sueños que tienen su lugar de pertenencia en el sistema
primario. Especificando aún estos dos puntos diríamos que:
1) Dada nuestra definición operativa de texto literario. el
aspecto discursivo de todo texto. que puede ser descrito mediante
los mecanismos o técnicas de G¡ y G). tiene. sin embargo. una
LA CONH(JURACION DEL SISTEMA PRIMARIO 93
función distinta cuando éste es serniotizado en el texto literario.
Toda frase que integra un texto literario y que tiene, a la vez. la
misma estructura normativa de la gramática de una lengua en el
sistema primario. se sitúa en un nivel semiótico distinto en el sis-
tema secundario. Podemos hablar. en este caso, de serniotizaciones
no marcadas: las que constituyen, por así decirlo. «el esqueleto»
de un texto literario. Si un texto literario semiatiza estructuras de
reconocimiento inmediato, podemos decir que éstas corresponden
a los aspectos no marcados de la serniotización. Un ejemplo: un
enunciado como «Juan fue a la esquina» puede encontrarse tanto
en un contexto del sistema primario como en un contexto del siste-
ma secundario. La función. en el segundo, puede ser simplemente
una información que contribuye a configurar la estructura narra-
tiva. Tal frase no tiene otra función que la de suministrar. en el
sistema secundario, la información necesaria para la secuencia
narrativa. Otro ejemplo: «Cuando volví al museo era casi de
noche» (A. Bioy Casares. La Invención de More/). En este caso
lo que es semiatizado es la estructura semántico-conceptual de la
secuencia narrativa: «Volví al lugar x, en el tiempo 1». Pero
la frase, como tal. no lo es. Por otro lado. el grado cero o no mar-
cado no debe confundirse con un fenómeno semejante. en cuanto
a estructura, que ejemplifica la novela «realista», En este caso. toda
frase tiene una marca semiótica por cuanto, en la meralengua, el
texto realista se propone como «imitación»; y la imitación es
impensable si se viola la estructura y el léxico normativo de una
lengua 1. La marca. en este caso, consiste en fingir la no-marca.
Por eso este tipo de serniotización ha podido ser caracterizado
como un discurso que se construye con un léxico «de bolsillo»
(G. Genette, 1968). o como un discurso que imita a otro discur-
so (J. Kristeva, 1968. p. 61). Por el contrario, en una frase como
«Asustar a un notario con un lirio cortado», la violación de cierta
norma conceptual es el indicador inmediato de la semiotización
marcada.
2) La segunda modificación del esquema es la siguiente: si
tal partición gramatical de los textos de una lengua L es válida
para la lingüística del discurso. no necesariamente lo es para la
94 PARA UNA TEORfA DEL TEXTO LITERARIO
teoría del texto literario. Para ésta, la «ayuda» que puede prestar
la lingüística frástica y discursiva es la de suministrar un conjunto
de técnicas para describir y situar, en relación a una lengua L, el
tipo de estructuras lingüísticas semiotizadas. Cuando debemos
encontrar, en la teoría, descripciones plausibles de la semiotización
del concepto de tiempo físico en los cuentos de J. L. Borges, los
instrumentos de la lingüística son ya de poco alcance.
2.2. CONEXIONES DISCURSIVAS
2.2.1. Aspectos !,enerales de la discursividad
¿De qué manera la lingüística del discurso puede ser un punto
de referencia para la teoría del texto literario? En primer lugar,
los aspectos que corresponden a la conexidad y a las condiciones
necesarias para que un discurso sea captado como una secuencia
conectada y estructurada de enunciados. Este hecho, como tal,
no es una «novedad». Se podrían citar numerosos ejemplos de
análisis literarios, donde la conexidad está siempre presupuesta
pero nunca planteada. La «novedad» consiste en haber introdu-
cido la noción de conexidad y en haberla formulado como uno de
los aspectos relacionales (sobre el cual se pueden enumerar reglas
de combinación) de los enunciados en el discurso.!
Este aspecto no escapó, por cierto, a los teóricos de la litera-
tura. Roman Ingarden (1931, p. 144) nota que hay situaciones
en las cuales un número de enunciados se siguen los unos a los
otros sin conexiones entre sí. La lista de actividades de una agenda
sería un ejemplo. Las conexiones no residen en la información de
los enunciados sino en la forma misma de la agenda. En otros ca-
2. Los problemas de la conexidad fueron tratados en los últimos años sobre la
base de los trabajos de 1. Bellerr (1970) Yde H. Hiz (1969). Interesan. en este sentido.
especialmente el de J. Lipski (1974) Yel de Z. Saloni y H. Trybulec ( 1974). En la lin-
güística funcional inglesa. la importancia que M. A. K. Halliday otorgó a la noción de
cohesión (e.g.. 1964. pp. 248 ss: 1962). produjo algunos trabajos específicos sobre otras
lenguas: Th. H. Crowell (1973) YJ. Whetley (1973).
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 95
sos, la sucesión de enunciados puede ser considerada como dis-
curso (y aun como texto), aunque las conexiones no sean siempre
claras o precisas. Un ejemplo lo constituirían las «máximas» y
los «pensamientos». Las conexiones en este caso serán globa-
les y estarán sostenidas por las informaciones sobre una concep-
ción del mundo, sobre las ideas de un autor, sobre el sistema de
ideas de una época, etc. De estas observaciones podemos deri-
var que el receptor, frente a una sucesión de enunciados, debe ac-
tivar dos tipos de códigos para llegar a procesarlos: uno, contex-
tual, que le permite situar la sucesión de enunciados en relación
a «formas» culturales codificadas (máximas, agendas, novelas,
etc.}: otro, cotextual, que le permite ligar los enunciados entre sí
a partir de la información sintáctica y semántica que éstos sumi-
nistran. Siguiendo con las observaciones de R. Ingarden, toda
sucesión de enunciados requiere que éstos sean tratados como
miembros de una organización mayor (párrafos, capítulos). Y és-
tos, a su vez, «resumidos» y organizados en estructuras globales.
Es obvio, en estos ejemplos, que la conexidad es un fenómeno bá-
sico de EV y EVS; y que, en ciertos casos, la conexidad puede
dar lugar a un proceso de semiotización marcado. Si no lo es, el
discurso, semiotizado en el sistema secundario, presupone la cone-
xidad del sistema primario. La complejidad de los procesos co-
nectivos plantea, para Ingarden, preguntas tales como: ¿cuáles
son las propiedades de los enunciados sobre los cuales se articu-
lan las conexiones?, ¿qué debe entenderse por conexiones entre
enunciados?, ¿las conexiones (eagregan» algo y, en caso afirmati-
vo, qué es lo que- agregan?, ¿cuáles son los tipos posibles de cone-
xiones?
Para responder a algunas de estas preguntas, haciéndolas nues-
tras, comencemos por imaginar un dispositivo abstracto (receptor)
que debe «leer» un discurso. Para realizar esta tarea de manera
tal que la entrada (input) de la información verbal se «convier-
ta» en discurso a la salida (output), el dispositivo debe ser capaz
de conectar y estructurar la sucesión de enunciados. Es decir que
el análisis de la conexidad hace intervenir a un receptor como ins-
tancia abstracta de la construcción teórica (ver cap. 4). Es en la ins-
96 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
tancia de la recepción donde podemos imaginar las reglas de los
códigos, cuya actualización hace que las informaciones de los enun-
ciados se conviertan en secuencias ordenadas y estructuradas de
frases. Vale decir que, por un lado, suponemos que las reglas no
están en el enunciado, sino en el dispositivo receptor; por otro
lado, asumimos esta suposición como una construcción teórica,
cuyo concepto de referencia es el de dispositivo, Baste decir, por
el momento, que la conexión no es suficiente para que el disposi-
tivo acepte la sucesión de enunciados como discurso, sino que debe,
además, otorgarles cierta organh,flción, El dispositivo debe, por
lo tanto, ser capaz de realizar operaciones tales como: a) cons-
truir un «fichero» que registre todos los elementos (objetos, acon-
tecimientos, nombres propios, pronombres) mencionados en el
discurso; b) para que cada elemento registre lo que se ha dicho
sobre él; c) distinga e integre la introducción de todo nuevo ele-
mento. El registro de tales apariciones permitirá, en la sucesión
de izquierda a derecha y del comienzo al fin, organizar (por pri-
mitiva que sea tal organización) los elementos del discurso. Así,
por ejemplo:
a) María compró un automóvil.
b) Los automóviles son muy necesarios en la vida moderna.
c) La vida moderna está llena de complicaciones.
d) Las complicaciones hacen insoportable a Pedro.
Los elementos (nombres propios, sustantivos, etc.) que se re-
piten, en pares de enunciados, serán reconocidos por el dispositi-
vo; pero tal operación no será suficiente para atribuir organiza-
ción alguna a tal sucesión. La conexión, en este caso, se produce
mediante la simple repetición de un elemento. Muy diferente es
la sucesión siguiente extraída de A. Machado, Cancionero apócrifo:
a') La plaza tiene una torre.
b') La torre tiene un balcón.
c') El balcón tiene una dama.
d') La dama una blanca flor.
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 97
Intuimos en este caso, sin embargo, semejante al primero, cierta
organización. Podemos diferenciar los elementos y establecer en-
tre ellos relaciones de inclusión (torre incluida en plaza; balcón
en torre, etc.}, que permiten un primer grado de estructuración.
Además, todas las relaciones de inclusión están gobernadas por
un mismo verbo (tener), que articula la inclusión de nuevos indi-
viduales. Por lo tanto, como primera aproximación, podemos de-
cir que la conexión, en un sentido general, es todo tipo de rela-
ción que puede establecerse entre, al menos, dos elementos de un
discurso. Esta relación puede ser representada, simplemente, como
r (X, Y), lo que se lee «X está en relación r con Y>l. Tratemos de
indagar en las concreciones posibles de r (X, Y) para luego dar
una versión más específica de ella.
2.2.2. Coordinación y conexidad
Los fenómenos coordinativos llamaron mayormente la aten-
ción, en los estudios literarios, a raíz del tipo de coordinación anó-
mala manifiesta en la poesía moderna. Los fenómenos coordinati-
vos fueron, también, notados por los estilistas, puesto que, en cier-
tos casos, su relieve cuantitativo permitía encontrar particularida-
des de estilo (L. T. Milic, 1970, pp. 243-257). La base de coor-
dinación, en el sistema primario, lo constituyen los morfemas co-
nectivos (u otras formas semejantes; Th. Crowell, 1973; J. Whet-
ley, 1973) de las cuales disponen todas las lenguas (M. A. K.
Halliday, 1966). Para el español, por ejemplo, tenemos morfe-
mas de coordinación copulativos, distributivos, disyuntivos y ad-
versativos (Real Academia Española, 1973, pp. 5O5-51 3).
2.2.2.1. Para el caso de los textos literarios, J. Cohen
(1966) -apoyado en una observación de G. Antoine (1958),
según la cual el discurso es una inmensa coordinación de enuncia-
dos- señala que este fenómeno, aunque poco estudiado, es de fun-
damental importancia para la poesía, la novela, la pintura, el cine.
7.-MIGNOLO
98 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
La importancia de la coordinación es la de poner en evidencia
las restricciones, particularmente semánticas, a las cuales están
sujetas las secuencias de enunciados. Si bien podemos comenzar
por dos formas coordinativas simples, una conexión sintáctica me-
diante morfemas conectivos (y, pero, o, noobstante, porlotanto, etc.]
o por simple yuxtaposición (<<Son las cinco»; «Es hora de par-
tir»], lo interesante es que, semánticamente, no toda secuencia o
cualquier secuencia de enunciado puede ser coordinada: «Hace
frío y cuesta mil pesOS)) no sería admitido, excepto en condicio-
nes bajo las cuales hubiera un contexto de sobreentendidos en los
cuales ambas proposiciones tuvieran sentido. Los problemas de
la coordinación fueron vistos y analizados por Amado Alonso
(1940, pp. 10 3-106), en la poesía de Pablo Neruda. Alonso re-
cuerda que la ley de coordinación requiere que los miembros coor-
dinados sean de una misma categoría sintáctica: sustantivos, ad-
jetivos. Y que, por lo tanto, también lo requiere la coordinación
de enunciados. La equivalencia es entonces una restricción de la
sintaxis: se coordinan entre sí imperativas, afirmativas, interro-
gativas, etc.; pero coordinar una interrogativa con una afirmativa
o con una negativa, resultaría desconcertante. Uno de los ejemplos
tomados por Alonso:
y hagamos fuego. y silencio. y sonido.
y ardamos. y callemos. y campanas.
En este ejemplo Alonso, obviamente, ve una anomalía coordinati-
va que «consiste en seriar un sustantivo con dos verbos, uniéndo-
los con la conjunción J, que, según las leyes del lenguaje, sólo une
elementos del mismo rango sintáctico: ardamos y callemos y (...)
[verbo)» (p. 97). Básicamente, entonces, una coordinación es
una construcción que consiste en dos o más miembros (X, Y) que
son (o deben ser) equivalentes en su función gramatical y estar
ligados, en el mismo nivel de la jerarquía estructural, por medio
de un mecanismo conectivo (r) (S. Dik, 1968, p. 24). Tal defi-
nición exige una serie de precisiones con respecto a su «status»
gramatical, que no consideraré aquí.
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 99
2.2.2.2. ¿De qué manera la coordinación puede ser situa-
da en el «Íimite» compartido entre el sistema primario y el secun-
dario? Avancemos tres posibles vías de tratamiento:
1) Las severas restricciones sintácticas, a las cuales están su-
jetos los fenómenos coordinativos, que son de interés del lingüista,
deben ser distinguidas de los fenómenos de orden más general
que escapan a la sintaxis, pero en los que. sin embargo, ésta es un
punto de referencia. No el único. sin duda. y es su cuestionamiento
el que -en n u e s t r o ~ días- ha recuperado, en oposición. la «sin-
taxis» del sueño (J. F. Lyotard, 1971, pp. 239-279; J. Kristeva,
1974. pp. 83-86 Y265-274). Estos son, precisamente. los límites
que interesan a la teoría del texto (en el sentido empleado en el
cap. 1) Ydel texto literario. Tomemos. en primer lugar, el principio
sintáctico regulador de los discursos de una lengua, para poner de
relieve otros modos de coordinación que no dependen, estricta-
mente, de él. Un caso sería el principio de linealidad (Saussure,
1916, pp. 170-171). Este no es un principio de la sintaxis, dado
que el mero hecho de que dos elementos sean consecutivos no
garantiza su coordinación sintáctica. Tal posibilidad. en el sistema
primario, da lugar a serniotizaciones marcadas del principio de li-
nealidad en el sistema secundario: aquellos discursos construidos
eliminando. intencionalmente, los morfemas conectivos de la
lengua. Otro caso sería el de la presencia de elementos equiva-
lentes: los elementos que figuran en un enunciado lingüístico son
equivalentes, con respecto a su «status» en la estructura total del
enunciado, y con respecto al lugar que ocupan en la secuencia
lineal: en (( La casa de la esquina tiene un techo rojo», techo rojo
es un sintagma nominal a la derecha del verbo, en la secuencia
lineal; pero, también, depende de casa en la reorganización semán-
tica de presencias equivalentes en el enunciado. Este principio se
apoya, psicológicamente, en la habilidad del dispositivo para
memorizar los elementos sucesivos de una secuencia, y someterlos
a interpretaciones inferidas de la base sintáctica de coordinación.
100 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
En la novela moderna, por ejemplo, es común eliminar los morfe-
mas conectivos o presuponerlos. Ello hace que, en la memoria del
receptor, dos enunciados o secuencias de enunciados consecutivos
en la estructura lineal, 'no sean necesariamente conectados entre sí,
pero, por el contrario, sí pueden serlo cuando, en la linealidad, el
dispositivo se encuentra con un enunciado o secuencia de enuncia-
dos que pueden conectarse, por su ce equivalencia», con uno de los
enunciados o secuencias de enunciados precedentes. Lo que inte-
resa al lingüista es la organización que subyace a los fenómenos
coordinativos (S. Dik, 1968, p. 56; A. Reichling y E. M. UWen-
beck, 1964). Desde la perspectiva de la teoría del texto literario, el
interés que presentan los principios de linealidadJ de equivalencia, es
el de permitirnos analh¿r instancias de sobre la base
sintáctica de coordinación.
2) En el plano semántico, todo enunciado contiene un cierto
grado de información lingüística (sernas, rasgos distintivos), pero,
en el contexto de situación, el enunciado contiene más información
que la de su mera categorización semántico-lingüística (ver 3.2.3.):
un enunciado puede ser interpretado, en parte, por la información
almacenada por el dispositivo receptor. Esta información incluye,
no sólo un conocimiento de la lengua, sino también el de una
situación particular en la cual ocurre el enunciado, el de un cono-
cimiento del mundo y el de la información suministrada por los
enunciados que preceden a uno en particular. La interpretación
ccfinal» es, entonces, una función composicional entre la informa-
ción lingüística del enunciado y la de aquellas no contenidas en
él, sino en la memoria del dispositivo receptor. Este aspecto cons-
tituye, quizás, una de las razones por las cuales ciertas concepciones
de la semántica se encuentran en un callejón sin salida cuando
tienen que distinguir, por un lado, los elementos del enunciado
que pueden ser categorizados como lingüísticos, y, por otro,
aquellos que pertenecen a un conocimiento no lingüístico del re-
ceptor (J. Katz y J. Fodor, 1964). Así, por ejemplo, fuera de Ar-
gentina, el enunciado «El presidente actual» puede dar lugar a
comentarios de supuestos malentendidos y a una pregunta irónica,
no por lo que conlleva el enunciado mismo, sino por lo que el
LA CONFIGURACiÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 101
receptor «conoce» sobre la inestabilidad política y los cambios
frecuentes de presidentes. En el caso de «Juan no ama a María
sino a la hija del patrón». el hecho de que tal enunciado pueda
ser interpretado como: a) Juan ama a María, no por lo que ella
es. sino porque María es la hija del patrón, y b) Juan no ama a
María. sino a otra mujer que es hija del patrón. requiere. para eli-
minar su ambigüedad, un conocimiento contextua} que refiere las
relaciones amorosas entre Juan y María y que no están contenidas
en el enunciado mismo. Es decir, que los dos miembros coordinados
«Juan no ama a María. Juan ama a la hija del patrón», no presen-
tan ninguna anomalía en cuanto a su función gramatical, pero la
coordinación resulta ambigua sin la información contextual, o sin
el conocimiento que el receptor tiene de la situación en la cual el
enunciado se produce. Nos encontramos aquí con otra posibilidad
de serniotizar coordinaciones en el orden semántico. La búsqueda
de la ambigüedad sería la marca de semiotización en las reglas
semánticas de coordinación que regulan el discurso en el sistema
primario.
3) Sabemos que, en español, las conjunciones copulativas
enlazan, como sumandos y sin connotaciones especiales, oraciones
o elementos análogos de una oración gramatical (Real Academia
Española, 1973, p. 506). Pero que, además y en ciertos casos, la
coordinación copulativa puede otorgar un valor adversativo,
causal, consecutivo o temporal; casos en los cuales se trata de un
cambio de significado y no de forma: «Cuando la primera oración
es negativa y la segunda positiva afirmativa. suelen unirse simple-
mente por). El sentido es, también, adversativo, como correspon-
de a dos juicios contrarios; v. gr., Muchos teólogos ha) que no son
buenos para el púlpito, ) son bonísimos para conocer lasfaltas o sobras
de los que predican» (Cervantes, Quijote, 11. 3) (Real Academia
Española, 1973, p. 508). En estos casos, podemos recurrir a la
noción de valor semántico para referir a lo «nuevo» que se produce
en este tipo de coordinación. Así:
1) María trabaja y Juan estudia.
2) María trabaja. pero Juan estudia.
3) María trabaja. aunque Juan estudia.
102 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
En el caso más simple, que es el de 1), el valor sería el mismo que
el de la yuxtaposición (sumando). Pero en los casos 2) y 3) no se
trata solamente de «unir» los dos miembros de la coordinación,
sino de insertar un tipo de información que se produce por ella. La
importancia de este mecanismo reside en el hecho de imponer una
perspectiva conceptual mediante la coordinación:
Dieron su nombre a cada mes; contaron los medios meses por la cre-
ciente y menguante della: contaron las semanas por los cuartos. aunque
no tuvieron nombres para los días de la semana. (Garcilaso de la Vega.
Comentarios reales. libro II. cap. XXIII; la cursiva es mía.)
La coordinación adversativa (aunque) distribuye jerárquicamente
una escala de valores: reconocimiento (implícito en el enunciante)
de los valores admitidos en el hecho de «nombrar los días de la
semana» y desvalorar el ceno tener nombres para ellos». Esta infor-
mación se agrega a los miembros coordinados. En Garcilaso, el
morfema de coordinación adversativa (aunque) tiene, por un lado,
un valor que es paralelo al de la lengua. Como tal, su valor se-
mántico puede ser resuelto mediante el ce-texto dado que sabemos,
por el resto del libro, el esfuerzo de Garcilaso por destacar las
virtudes de los Incas en detrimento de los vicios de los no- Incas:
vale decir que, en el valor semántico de una simple coordinación
en el sistema primario, se articula toda una estructura temática del
discurso en el sistema secundario. Valdría entonces, para este caso
(en donde se mantiene y se proyecta el valor semántico de EV en
una EVS), la imposición de verdad como «natural» (dada su apo-
yatura en el sistema primario) en la organización de grupos so-
ciales. En otros casos, la semiotización adversativa se encuentra,
con rasgos distintos, en la literatura moderna. Por ejemplo:
1) Ana María era grande. Es larga y ancha todavía cuando se extien-
de en la cabaña y la cama de hojas se hunde con su peso. Pero en
aquel tiempo yo nadaba todas las mañanas en la playa; y la odiaba.
2) En el mundo de los hechos reales. yo no volví a ver a Ana María
hasta seis meses después. Estaba' de espaldas. con los ojos cerrados.
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 103
muerta, con una luz que hacía vacilar los pasos y que le movía
apenas la sombra de su nariz. Pero ya no tengo necesidad de ten-
derle trampas estúpidas (J. C. Onetti, El Po'l,!J. 1939).
La coordinación adversativa repite. aquí. su función normativa en
la lengua. La diferencia es que. como proceso de semiotización,
ella es realizada en un ca-texto presupuesto: la información necesaria
para entender el pero (en 1) está eliminada en el ce-texto prece-
dente y suministrada, con posterioridad (en 2). en el desarrollo
lineal del discurso. En el caso del Inca podemos decir que el pro-
ceso de serniotización utiliza y repite lo que está implícito en el
sistema primario; en el caso de Onetti, la semiotización marca la
posibilidad que ofrece el sistema primario «jugando» con los prin-
cipios de linealidad y de equivalencia: la linealidad. interrumpida
como secuencia de informaciones, es «recuperada» -tardíamen-
te- como información equivalente a la información que introduce
la conjunción pero. En suma. dos ejemplos de serniotización en el
borde entre el sistema primario y el sistema secundario; entre la
lengua y el texto.
2.2.3. Pronombre J conexidad
La coordinación. como ejemplo de EVf. es, en el sistema pri-
mario y en la noción lingüística de coordinación, un caso curioso
porque. a la vez que se toma en la lingüística de la frase (c. Smith,
1969, pp. 95-142), ilustra un caso límite entre frase y el discurso:
las coordinaciones unen dos o más frases. Los pronombres, como
ejemplo de EV-t, son, también, un caso en cuestión, puesto que
la lingüística los estudia en el interior de la frase (D. A. Reibel y
S. A. Schane, 1969, pp. 143-224). Los «antecedentes faltan-
tes» (J. Grinder y P. M. Postal, 1971, pp. 27 5-278) crearon.
sin duda, una serie de problemas, tanto como los «islotes anafó-
ricos» (P. M. Postal. 1969), puesto que en:
1) Lo vieron ayer en el parque.
104 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
se necesita «algo más» que la frase aislada para completar el sen-
tido (G. L. DeLisle, 1973): lo remite a un él implícito como pa-
ciente del enunciado, en tanto que la desinencia n remite a un ellos
como agentes del enunciado. Esta frase necesita, para adquirir su
sentido cabal, del ca-texto previo o de un contexto de situación
en el cual agente y paciente son conocidos por el receptor. ~
Este hecho ocurre porque «Hay una propiedad común a todos
los pronombres que no es morfológica ni propiamente sintáctica, aun-
que tenga consecuencias de orden sintáctico. Son nulos o escasos
los contenidos semánticos del pronombre. No sabemos lo que signi-
fica el pronombre esto, por ejemplo, pero sí para lo que sirve: para
señalar algo que está ante nuestros ojos o algo que acabamos de
pronunciar o escribir» (Real Academia Española, 1973, p. 202;
la cursiva es mía). La gramática de la Academia recupera -de la
gramática griega-e, para el primer caso (cuando se señala algo
por el demostrativo o algo que recordamos), el designativo deíctica;
para el segundo (algo que acabamos de pronunciar o escribir), el
designativo anafórico. K. Bühler (1934, pp. 199-201) propuso
una distribución ligeramente distinta pero más cómoda: para lo
que vemos, usaba su conocida demostratio ad aculas; en tanto que
para lo que recordamos o acabamos de decir, su deixis en fantasma.
Lo que nos interesa, en este apartado, es, principalmente, la deixis
en fantasma. La demostratio ad aculas pertenece a otro nivel, que
analizaremos al final de este capítulo. Para adelantar la termino-
logía, tanto en este capítulo como en la sección mencionada,
emplearemos embrague para la demostratio ad aculas y anáfora para
la deixis en fantasma. Esta división debe ser tenida en cuenta puesto
que el embrague delimita el campo mostrativo en la coparticipa-
ción de los interlocutores: en «esta casa», esta refiere a la casa
que vemos mi interlocutor y yo y no a la que ha sido mencionada
en el discurso. En tanto que en «esa casa», esa puede ser ad aculas
(embrague) en situaciones donde es mostrativo; y en fantasma
3. Entre los estudios recientes sobre la pronominalización en español, baste rnen-
cionar el detallado estudio de E. C. García (19n). el qU( contiene, además, una com-
pleca bibliografía.
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 105
(anáfora) si la casa es la que se acaba de mencionar en el discurso.
Ambos pertenecen a la categoría general de la deixis,"
Lo que nos retiene en este apartado es. entonces, la propiedad
anafórica de los pronombres y las relaciones que se establecen en
el umbral entre sistema primario y secundario. entre Gr y EV
t
. La
propiedad anafórica de los pronombres hace que. en la extensión
del discurso. ellos funcionen como los puntos conectivos de una red.
Si tomamos anáfora en sus dos sentidos posibles, como referen-
cialidad a otras partes del discurso y como refirencialidad hacia
atrás, podemos usar catdfora como rejerencialidad hacia adelante
(H. Híz, 1969). En cuanto los pronombres pueden tener ambas
propiedades. su función en el discurso puede ser imaginada como
los puntos de una red unidos por varios caminos.
2)
Expresión metafórica sin duda: el pronombre, por su propiedad
anafórica anida o teje (entre-teje). Esta propiedad referencial,
tanto como la base de la composición con una red, fue puesta de
relieve por K. Bühler (1934), insistiendo. además. en « el des-
conocimiento moderno de la anáfora» (p. 563) Y en la importan-
cia de K. Brugman y H. Paul en la recuperación de este concepto
existente en la gramática griega. Lo importante, desde nuestro
punto de vista. son los datos que recupera Bühler para señalar el
papel articulador de la metáfora:
4. Un ejemplo de la extensión de las relaciones anafóricas de la frase (P Postal,
1972) lo ofrece el artículo de L. Lonzi (1970).
106 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
El que dice enlace, en caso de que sea sensible a los valores etimológicos,
piensa en lazos y nudos; los hechos se lo permiten. Ya los griegos lla-
maban a las palabras de cierta clase a ú v o E a ~ o l (oúvóeou«), y los la-
tinos uncían mediante sus conjunaiones dos frases a un «yugo»; eran las
mismas palabras en la unidad de varias frases, que sugerían a los griegos
la imagen de los lazos y a los latinos la dd yugo. Los creadores de la
palabra texto pensaban en tejido; pero no sé exactamente qué querían
trasladar específicamente del tejido a lo lingüístico (p. 562).
No sé si hoy podemos decir si sabemos ya lo que «querían tras-
ladar específicamente del tejido a lo lingíiístico», pero segura-
mente lo intuimos. J. Kristeva (1969. p. 81) ha recordado, opor-
tunamente, la etimología griega de anáfora:
le mot anaphore signifie étymologiquement un mouvernent atraten un es-
pace: anaphore en grec veut dire «surgissernent», «élévation», «ascensión»,
«montée d'un fond ou retour vers l'arriere»: anaphori/cos = rdatif a;
le préfixe ana qui exige le génitif, le datif ou l'accusatif signifie «rnou-
vement vers, sur, ou a trauers quelque chose; il s'emploie aussi pour
désigner une prisence continue dans la rnémoire ou dans la bouche ; pour
Homere el d'autres poétes l'adverbe ana signifie «s'étaler sur tout
l'espace, atravers et partout».
Con estas referencias en mano, volvamos a nuestro problema de la
relación G, y EV
t
en la teoría del texto literario:
t) Tal vez esté lleno de rencor conmigo por haberlo dejado solo en
nuestra última hora. it) Porque era también la mía iit) Él vino por mí.
iv) No los buscaba a ustedes, simplemente era yo el final de su viaje, la
cara que él soñaba ver muerta, restregada contra el lodo, y pisoteada
hasta la desfiguración. v) Igual que lo que yo hice con su hermano; pero
lo hice cara a cara, José Alcancía, frente a él y frente a ti y tú nomás
llorabas y temblabas de miedo. Vt) Desde entonces supe quien eras y
cómo vendrías a buscarme. Te esperé un mes (...) (Juan Rulfo, El
hombre).
En todo discurso. cada objeto designado tiene su designador (nom-
bre, pronombre) y toda ocurrencia de una expresión que refiere al
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 107
mismo objeto debe introducir la repetición del nombre original
un sinónimo o un nuevo nombre para el objeto designado (E. V.
Paduóeva, 1970). En todos estos casos es necesario que las rela-
ciones entre los nombres sean diferenciadas o identificadas.
Un enunciado como «Juan fue a Craporepeck», Crapotepeck
no tiene un referente (al menos yo no conozco ningún lugar con
este nombre), pero tiene una referencia impuesta por la proposi-
ción: el verbo fue indica que Crapotepeck debe ser categorizado
como lugar. En tanto que «[uan tiene un crapotepeck» obliga a
identificar la categorización de objeto. De modo que nos interesan
aquí los mecanismos de identificación y de diferenciación de la re-
ferencia; son fundamentales en la reconstrucción y conexión del
discurso.
Así, en el ejemplo citado, una operación básica es la identifica-
ción del narrador (del enunciante], y la diferenciación de éste con
respecto a los otros actores mencionados en el discurso. En este
proceso podemos identificar: 1) un actor designado por el pronom-
bre ¡l, implícito en 1), que conforma el nosotros en conjunción con
el yo narrativo, en el cual éste se incluye (<<era también la rnía»]
y se excluye (celos buscaba a ustedes»}; 2) un él que identificamos
con el agente del viaje (<<era yo el final de su viaje»] y que es pro-
nominalizado en iil) (<<Él vino por mí») y en iv) (cela cara que él
soñaba ver muerta»}; 3) un él que pronominaliza hermano en v),
que identificamos en relación a un nosotros que incluye al agente
del viaje (en iii y iv) y donde el narrador cambia de niveles cuando
designa a ellos (celo que yo hice con su hermano» en v), y tam-
bién cuando se refiere como tú al agente del viaje (ccfrente a él y
frente a ti» en v). En suma, podemos identificar, aunque sólo de-
signados por el pronombre, cuatro actores, divididos en dos clases,
que son:
- El narrador que se presenta como paciente (que podemos
identificar como paciente): «él vino por mí»; y un él tam-
bién identificado como paciente (<<haberlo dejado solo»],
- Un ¡l, designado también por un nombre propio (ccJosé Al-
cancía»] identificado, primero, como agente (ccsu viaje»;
108 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
«vino por rní»] y un él identificado como «hermano» del
agente.
Si estas identificaciones son posibles, es porque, al mismo tiempo,
operamos diferenciativarnente, y tal diferenciación se realiza en la
medida que identificamos a un actor como paciente y al otro como
agente, y que relacionamos a los otros actores con el uno o con el
otro. Podemos esquematizar estas formas de ligar y diferenciar
individuales del discurso como sigue (B. Palek, 1968, p. 262):
3)
...--- M I ~ ml----" ~ mi ---... m h
R ~ R= R= R=
'- M m¡: m' rnj,:
""---' • Z J ____
R# M
n
m,·· m J•• m h'
En este diagrama, M representa la entidad introducida en el dis-
curso; y los sub-índices indican distintas entidades o individuales.
Además, m y sus sub-índices representan, por un lado, las distintas
propiedades mediante las cuales identificamos una entidad; y, por
otro, propiedades por las cuales diferenciamos una entidad de
otra. Horizontalmente, R indica las relaciones de identificación
(=); y. verticalmente, las relaciones de diferenciación (:#=).
El diagrama 3 como una posible ampliación de 2: muestra
el papel articulador de la propiedad referencial (anafórica y cata-
fórica) de los pronombres; y, también. la similaridad entre texto
(en sentido de articulación del discurso en el sistema primario) y
tejido: la propiedad anafórica no es exclusiva del texto literario
sino de las EV en el sistema primario. Éstas pueden tener la misma
función en los textos del sistema secundario, como mero esqueleto
articulador. Por el contrario. si están marcadas como en el juego
pronominal del cuento de Rulfo, la semiotización enfatiza las posi-
bilidades anafóricas en el sistema primario: la articulación entre
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 109
los agentes del cuento se «fija» en el pronombre y la ambigüedad
del título (¿a cuál de los agentes designa el hombre?) se expande en
la red pronominal como serniotización de las propiedades anafó-
ricas pronominales en el sistema primario. Podemos dar otros
ejemplos que ilustren el umbral compartido, en los pronombres,
por EV y EVS. Cobra, de Severo Sarduy, comienza de la siguiente
manera:
4) Los encerraba en hormas desde que: amanecía, les
aplicaba comprc:sas de: alumbre. los castigaba (...)
Vale para este caso, en el plano EV
t
, lo dicho con respecto al
ejemplo 1). La función catafórica del pronombre, como serniotiza-
ción, es la de referir a un nombre que todavía no ha sido mencio-
nado. En EV
t
el comienzo de Cobra sería un «comienzo mal
formado del discurso» (G. L. DeLisie, 1973) puesto que los ras-
gos (+HUMANO) (-HUMANO. +ANIMADO); (-HUMANO,
-ANIMADO) serían indecidibles (aun contando los verbos, sus-
tantivos y adjetivos), sin la mención previa del nombre ni de un
contexto apropiado. En las condiciones pragmáticas admitidas
por ciertas normas del sistema secundario, la semiotización es
posible, precisamente, como «comienzo mal formado»: el nombre
(cdos pies») vendrá después del pronombre. En «Todos los
fuegos, el fuego» de Julio Cortázar:
5) Su obligación es mirar al palco (...)
se encuentra al comienzo de un párrafo. El pronombre posesivo
debiera referir. en la secuencia del discurso, a los nombres de
Roland, o de Jeanne o de Sonia, que figuran en el párrafo que
precede, inmediatamente, al párrafo que comienza con el posesivo.
Sabemos, por otra parte, que el empleo de su da lugar a ambigüe-
dades y que, por esta razón, suele sustituirse el posesivo por formas
proposicionales: «su, de él». En el ejemplo de Cortázar, la semio-
tización consiste en eliminar, en el comienzo del párrafo, la forma
proposicional aclaratoria; y, además, en poner de relieve la ausen-
110 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
cia de esta forma separando -por la inserción de un párrafo ínte-
gro- el nombre (Marco) al cual remite el posesivo. Este meca-
nismo, además, es uno de los varios empleados para producir, en
el cuento, los fenómenos de ambigüedad sobre los fenómenos de
conexidad. (W. Mignolo, 1976b)
En resumen, la pronominalización, en la frase y en el discurso,
es un fenómeno de EV que puede, por un lado, ser tratado por la
lingüística (Gf o G
t
) . Nuestro análisis destacó, en primer lugar, la
segunda posibilidad. Pero, al mismo tiempo, la pronominalización,
como fenómeno de EV, fue tratada, desde la perspectiva de la
teoría del texto literario, como EV
t
. Al dar este segundo paso
vimos, en el fenómeno de la pronominalización, un fenómeno de
conexiones anafóricas en red, que dan lugar a semiotizaciones posi-
bles en EVS
t
.
2.2.4, Paragrama y conexidad
En el apartado 2.2.2., punto 1), señalamos ciertas posibili-
dades de análisis de conexiones no estrictamente sintácticas (prin-
cipios de linealidad y de equivalencias). El ejemplo del principio
anafórico, en 2.2.3., Piede verse como una extensión «espacial»,
en relación al de linealidad y de equivalencia. Por ello hablamos,
metafóricamente, de red. El principio para-gramático (introducido
por Saussure, después de algunas vacilaciones; J. Starobinski,
1971, p. 31) nos ofrece la posibilidad de dar un paso adelante en
la dirección que acabamos de trazar.
La noción de paragrama ha suscitado ya una abundante biblio-
grafía l y, al mismo tiempo, variados puntos de vista, Debido a
ello, es necesario volver brevemente sobre su historia con el fin
de especificar en qué sentido paragrama, como principio relacional,
puede ser un concepto de la teoría del texto literario. En las inves-
5. La noción de paragrama ha provocado un número destacable de trabajos. entre
los cuales Th. Aron (1970); A. S. d'Avalle (1973); F. Rastier (1970); P. Wunder-
li (1972). A. [ohnson, 1977.
LA CONFIGURACiÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 111
tigaciones de Saussure, paragrama fue empleado para designar un
conjunto de fenómenos que, localizados en el lenguaje, eran, sin
embargo. irreductibles a los principios de la lingüística: el dis-
curso, ante el paragrama, se presentaba como una «máscara», de-
bajo de la cual un significante se resistía al significado. Años
después. la convergencia que produce J. Lacan (1966, pp. 493-
530). de S. Freud con Saussure, da lugar. en las investigaciones
literarias, al establecimiento de relaciones entre la noción de para-
grama. por un lado. y las de condensación y desplazamiento. de
origen freudiano, por otro: estos últimos conceptos permitirían
explicar ciertos aspectos de la lengua poética que reemplazan el
encadenamiento lineal de frases. por un tipo de organización que
sería mejor representada por la teoría de los grafos (o gráficos)
(J. Kristeva, 1974, pp. 230-231). El desplazamiento y la con-
densación. como matriz del paragrama, lleva también, a J. Kris-
teva, a buscar la formulación de una teoría del sujeto en la lengua.
Además de la línea de problemas que surgen de la convergencia
señalada, las investigaciones que llevaron a Saussure a introducir
la noción de paragrama, provocaron -por otro lado- una aper-
tura de orden epistemológico, en estrecha relación con la teoría
del sujeto en el psicoanálisis de J. Lacan.
Mencionamos estas direcciones de problemas que se despren-
den de la noción con el objeto de separarlos del sentido que da-
remos a paragrama en la teoría del texto literario. Dicho esto,
podemos comenzar recordando la primera reinterpretación de la
noción introducida por J. Kristeva (1969, pp. 183-184), sin ne-
cesariamente tomar otros empleos que esta autora da al término
(1969, pp. 80-83). El paragrama, entonces, es reinterpretado
como: 1) el conjunto del lenguaje poético concebido como una
espaciali'\!lción y un tipo especial de relación entre secuencias, que
lo distinguen de la organización lineal, significante-significado,
implicada por la concepción del signo lingüístico. y 2) este tipo de
relaciones y de espacialización particular del lenguaje poético se
representa como un sistema de conexiones múltiples que puede
describirse como una estructura en redparagramática, representable
mediante un modelo tabular no lineal. El modelo tabular, pro-
112 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
puesto originariamente por M. Serres (1964, pp. 11-21), en el
campo de la filosofía, nos permite pensar el tipo de relaciones
paragramáticas como relaciones no lingüísticas, en el sentido en
que son concebidas en G, o G r- Esta es otra de las razones que
nos llevaron a hacer ciertas advertencias cuando, en la introducción
de este capítulo (2.1.1.), establecimos relaciones entre G( y EVS
I
,
y entre G, y EV
t
. Estamos ahora en condiciones de retomar y
especificar el paso de la gramática del texto a los modelos de
estructuras verbales y verbales simbólicas en la teoría del texto
literario.
Tomemos un caso que nos ejemplifique la posibilidad de inte-
grar en la teoría del texto literario el tipo de modelos que pueden
captar las conexiones paragramáticas, así como la de especificar
los aspectos sustantivos que ellas presentan.
l ) llamaría como un tubo lle:no de: vie:nto o llanto.
o una botell« echando c:spanto a borbotonc:s
(P. Neruda, Residencia en la tierra, «Barcarola»],
En primer lugar podemos anotar, en estos versos, lo que salta a la
vista. Dos isotopías de sonido: la repetición del fonema 11/ y del
fonema Ibl, y sus dos alófonos (b) y ~ ) ; además, podernos con-
siderar la semejanza de sonidos entre Ibl y Ipl, por un lado, y
Ipl YItl, por el otro. Estas semejanzas de sonidos están contem-
pladas ya en el sistema primario. Lo que resaltaría, en relación
a él, es la combinación de los dos isotopías IY y Ibl, isotopías que
tienen en común sólo el rasgo sonoro. La combinación de estas
dos isotopías resulta, en relación al sistema primario, una «impo-
sición» o una «suplernentariedad». Lo interesante es que tal su-
plernentariedad adquiere la función de una «regla» que genera
una cantidad notable de versos en Residencia en la tierra. Un ejem-
plo lo encontramos en «Oda con un lamento»:
2) Tu lloras de: salud, de: ceéolla, de: abe:jas.
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 113
Ahora bien. esta super-articulación del sonido «ignora». por así
decirlo. las relaciones con el sentido: la sintagmatización de sus-
tantivos acompañados de preposición. prepara las equivalencias
semánticas (i.e.• lloras de angustia. de miedo. de desconsuelo), que
han sido «desplazadas» por la «regla» de la isotopía sonora su-
plementaria. en el sistema secundario.
En «Barcarola» podemos, además. ejemplificar la super-ar-
ticulación paragramática en relación al nivel morfológico:
3) esparcido en desgracias y olas desvencijadas:
de lo sonoro el mar acusa
sus sombras recostadas, sus amapolas verdes (vv. 29· 31)
4) frente a una nueva noche.
llena de olas.
y soplaras en mi corazón de miedo frío.
soplaras en la sangre sola de mi corazón
soplaras en su movimiento de paloma con llamas (vv. 34-48)
NO contamos con ninguna «regla». en el sistema primario, que
nos autorice a tomar. de estos versos y a primera vista. las palabras
«amapolas» y «palomas»; no habría instrumentos, en la lin-
güística, que nos permitieran justificar esta abrupta selección. ex-
cepto la virtud que tienen las palabras de ser identificadas por su
separabilidad, pausa sonora o espacio de la página. Hechas estas
salvedades. podemos comenzar a «imaginar»; reescribamos las
dos palabras: /amap(ola)s/ y /p(al.0)masl. En la primera recono-
cemos. entre paréntesis, una palabra. ola, y. en la segunda. la
misma palabra con la posición invertida de las vocales. abo Es
quizás ya menos abrupto. ahora, encontrar olas, en la primera lí-
nea del ejemplo 3); y. también. olas en la segunda línea del
ejemplo 4). Es quizás también posible señalar la repetición de
/s(o)p(la)ras/ en las tres últimas líneas del ejemplo 4); como
así también la repetición de /s(ola)mente/, al comienzo del poema
(vv. 1 y 2); y. para no insistir demasiado. el título mismo: Bar-
car(ola). Tenemos aquí bosquejada otra «regla», de orden para-
gramático. que genera una cantidad notable de versos en Resi-
8 - MIGNOLO
114 PARA UNA TEORfA DEL TEXTO LITERARIO
dencia en la tierra: en «Oda para un lamento» encontramos de
nuevo la trilogía que ilustra la regla: palomas, en el primer verso;
amapolas en el décimo, y olas en el trigésimo; al mismo tiempo
encontramos /des(ola)dos/, /(o)ndu(las)f. y quizás, ya que entra-
mos en el juego, el título mismo: «Oya para un Oa)ment(o)>>.
Consideremos, finalmente, un ejemplo con el
orden sintáctico-semántico:
5) Yo hago la noche del soldado. el tiempo del hombre sin
melancolía ni exterminio
(ReJidencia en la tierra, "La noche del soldado»).
Melancolía y exterminio están conectados por un morfema (<<sin ...
ni»], que en español es una doble negación. Pero, en este caso, los
miembros conectados no penenecen a la misma jerarquía funcio-
nal: exterminio es un sustantivo derivado de un verbo. Tal deri-
vación es imposible en el caso de melancolía, ya que no existe un
verbo melancoli7¿r. Si pudiéramos imaginar tal verbo, éste sería
intransitivo y no transitivo, como lo es exterminar. Ambos pueden
aparecer en estructuras de superficies semejantes: «El exterminio'
de la ciudad», «La melancolía de la mujer», pero difieren en la
estructura de base. Además, como sustantivos conectados, el uno
puede ser sub-categorizado como (+ESTADO; +ABSTRACTO),
en tanto que el otro como (+ACCIÓN: -CONCRETO). A pesar
de todas las informaciones que los sitúan en distintos órdenes de
la jerarquía funcional, ambos pueden ligarse paragramáricarnente
mediante informaciones que ellos sugieren y que están contenidas
en la lengua.
Comencemos por el diccionario. La entrada, con respecto a
exterminio, es: «Acción de exterminar. Destruir totalmente una
especie de cosas (..,). Aniquilar o devastar un sitio habitado; por
ejemplo, en la guerra: .. Los invasores exterminaron la ciudad"»
(María Moliner, Diccionario de uso del español). Con respecto a
melancolía, la entrada es: (( Propensión, habitual y circunstancial, a
la tristeza: .. En cuanto estoy sola, me invade la melancolía" ». Lo
primero que resalta, de las dos entradas, es la conexión de ambas
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 115
mediante la relación «cruzada» de invadir-invade, como verbo y
como sustantivo: (( Los invasores exterminaron la ciudad », donde
exterminar (verbo) es acompañado de invasores (sustantivo). En
tanto que en «Me invade la melancolía», melancolía, como sus-
tantivo, va acompañado de invadir, como verbo. Es decir, existe
una configuración en la cual melancolía y exterminio se conectan,
en el conocimiento de la lenra, mediante un verbo posible de
sustantivizar (invadir, invade. Además, melancolía y exterminio
aceptan en su campo connotativo el rasgo "soledad". Para me-
lancolía está contenido en el mismo ejemplo del diccionario:
«Cuando estoy sola, me invade la melancolía». En cuanto a:
«Los invasores exterminaron la ciudad» puede verse "melanco-
lía" como rasgo connotado, ya que usualmente (en las noticias
periodísticas), las referencias a exterminio o a destrucción van
acompañadas de sustantivos como de-sola-ción, donde "soledad"
es un rasgo implícito. Si admitimos estas conexiones, como con-
densación de diferentes series, admitiremos también que «La
noche del soldado» (como título) impregna un campo connotativo
en el cual "soledad" es fácilmente reconocible como información
cultural: sabemos de la «soledad», «tristeza», «melancolía» de
las noches de los soldados. Llegados a este punto podemos, toda-
vía, poner en funcionamiento nuestra capacidad para el juego de
palabras, para el trasvasarniento (condensación) de series signifi-
cantes: los rasgos "solo" y "soledad" están contenidos en el sig-
nificante de [soldado]: "sol(dad)o"; en tanto que "soldado" y "so-
ledad" tienen una misma matriz significante: sol(e)dad(o)' o una
base de identificación [soldad], sobre la cual se traza la diferencia
mediante dos vocales en distintas posiciones. Informaciones sufi-
cientes para conectar, en el paragrama (super-articulación), lo que
aparece como anomalía (desconexión) en el discurso. Estos ejem-
plos extrañarían a cualquier defensor de la semántica formal. No
obstante, no podemos dejar de lado este aspecto de la produc-
ción y recepción de discursos que son indicios de tipos posibles de
procesamientos de la información en cuanto serniotización mar-
cada de los planos fonológicos, morfológicos y sintáctico-semán-
ticos de la lengua.
116 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
Hasta aquí hemos considerado algunos ejemplos de conexio-
nes paragramáticas. La super-articulación de estas conexiones nos
enfrenta con una situación para la cual, su misma complejidad, se
organiza por un tipo de mediación, cuya referencia la constituye
nuestro conocimiento de la lengua; pero las conexiones paragra-
máticas se super-ponen a ella. Las estructuras más cercanas, o se-
mejantes. que encontramos en el sistema primario, son el «juego
de palabras» (de ahí las relaciones que se establecen, después de
Freud, entre el lenguaje de los niños y la lengua poética), en el
chiste (en su relación con el inconsciente) y en los sueños. Como
proceso de semiotización, los ejemplos considerados tienen, ade-
más, en la metalengua, una norma que preconiza la producción de
este tipo de estructuras (semiotización de estructuras primarias), y
que se resume en la fórmula «escritura automática».
En la propuesta de M. Serres ( 1964), el modelo tabular puede
ser desarrollado a partir de los siguientes elementos: a) un instante,
b) una pluralidad de puntos, y c) una pluralidad de ramificaciones.
Como ilustración, podríamos sugerir, para el caso de la sernioti-
zación de las relaciones «morfológicas» en «Barcarola», una
representación:
Ola
I
¡.
Solamente
...
+
Sola Barcarola
..
Amapola
l
Soplaras
.-------- --------.
paloma ... lamento
+-- .-
El diagrama. en su totalidad, corresponde al instante; las palabras
a los puntos. y las flechas a los caminos: en éstos se marcan dos
tipos de articulaciones: el primero.. indica la relación de depen-
dencia (marcada a partir de la palabra identificable o matricial); el
la relación de analogía (formas análogas de inserción
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 117
de la palabra matricial). Esta representación permite destacar las
conexiones paragramáticas, como conexiones múltiples. que se
superponen a la representación lineal discursiva «<adelante»,
«atrás», en las conexiones anafóricas); o, en otras palabras. 10 que
nos interesa es el paso, en el modelo, de la línea al espacio.
Para terminar, y relacionar fenómenos paragramáticos y mo-
delo tabular con cuerpo central de la teoría. podríamos decir que
este tipo de semiotización de estructuras primarias consiste en un
movimiento que produce una espesura en la línea. una super-articu-
lación que opaca el significado o lo desplaza. Estas dos propieda-
des. que pueden encontrarse en el lenguaje de los niños o en el
juego de palabras, como EV. al ser semiotizadas, se acentúan (se
marcan). produciendo cierta «violencia» en el espacio lingüístico.
Esa violencia no puede ser captada por los modelos de la gramá-
tica del discurso y es, por lo tanto. necesario buscar otro tipo de
modelos para poder integrar estos procesos de semiotización en la
teoría del texto literario.
2.3. CONEXIONES GLOBALES
2.3.1. Conexidad J narratividad
El descubrimiento que se hizo de V. Propp ( 1928), en Europa
y en América. en el último cuarto de siglo. constituyó una especie
de tercera alternativa para el análisis de las estructuras narrativas,
en el campo de los estudios literarios. En la primera alternativa se
podría situar la tradición de las retóricas y de las poéticas. Para
la poética, la «narración literaria» (en la clasificación de H. Laus-
berg, 1966. p. 261) estaba dividida en dos sub-genera: a) la narra-
ción de cosas y procesos (subdividida. a su vez, en la fábula, la
historia y el argumentum). y b) la narración personal (a la cual el
mismo Lausberg agrega una dudosa comparación: «como novela
psicológica: Illud genus narrationis quod in personis positum
est»], Para las retóricas. en cambio, la narración era parte de la in-
oentio, que se dividía en exordium, narratio yargumentatio. La narra-
118 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
tio, de acuerdo a los fines pragmáticos de las retóricas, era «utilis ad
persuadendum expositio». Como segunda alternativa aparecen, por
los mismos años en que V. Propp lleva adelante sus investigacio-
nes, las primeras propuestas para el estudio de la narración nove-
lesca (P. Lubbock, 1921; E. M. Forster, 1927; E. Muir, 1929);
esta tradición reaparece en los últimos años y tiene su resumen
en el clásico libro de W. C. Booth (1961). La obra de Propp in-
troduce, frente a las dos alternativas, una «retórica del cuento
folklórico», para la cual el objetivo mayor lo constituye su morfo-
logía.
Las tres alternativas tienen, a pesar de las diferencias, un rasgo
en común: son descripciones de estructuras ya semiotizadas. Por
ello, y de acuerdo con nuestros propósitos, es necesario situarnos
en un momento anterior al de los conocimientos que nos ofrecen
estas alternativas, y pensar que la narración (el hecho de narrar)
es una actividad que practicamos a diario. Las estructuras narrati-
vas, en este sentido, deben ser situadas en el sistema primario para
poder, sobre ellas, analizar el proceso de su semiotización. Al asu-
mir esta perspectiva, podemos todavía precisarla diciendo que, en
la tradición aludida, se puso de relieve el resultado más que el
proceso de semiotización. Si, en cambio, partimos del sistema pri-
mario, la narratividad puede ser tomada como el indicio de la
capacidad que tenemos para resumir y organizar estructuras glo-
bales, sobre la base de la información lineal discursiva. Esta capa-
cidad, aparentemente, nos remite a la articulación de estructuras
conceptuales. El aspecto de la conexión de estructuras globales
tampoco escapó a las poéticas, si bien, a juzgar por un ejemplo, la
conexidad parecía ser una preocupación por la manera correcta de
producirlas más que por los modos de articulación: «Los episodios
épicos han de ser partes de la misma fábula y han de tener conexión
con el asunto de ella. De lo contrario se origina el defecto de las
fábulas episódicas,yerro propio de poetas irnpéritos, que, queriendo
hermosear y abultar sus poemas, e ignorando el verdadero modo y
arte de hacerlo, echaron mano de episodios inconexos y fuera de la
fábula» (Luzán, libro IV, cap. V; la cursiva es mía).
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 119
2.3.2. Conexidad, mención J representación de acciones"
2.3.2.1. En el apresuramiento por «aplicar» el modelo de
Propp al análisis de relatos literarios, pasó inadvertida (o no se le
prestó demasiada atención) una oportuna observación de C. Bre-
mond (1966, p. 76). Bremond observa que. a los tipos elemen-
tales de narración. corresponden las formas más generales del
comportamiento humano. Propone. en consecuencia. buscar. a
partir de las formas más simples de la narratividad (tales como
las secuencias, los roles. los encadenamientos de situaciones), las
clasificaciones de tipos simples de relatos. Concluye diciendo que
la semiología del relato, como técnica de análisis literario. puede
ser fecunda integrada a una antropología. La observación de Bre-
mond nos remite, a mi entender. a las formas de la narratividad
en el sistema primario. Son ellas las que nos darán las posibilidades
de situar. en el plano del relato. los procesos de su semiotización.
Comencemos por un caso simple:
Abrió la puerta. Entró en el piso.
Es probable que la mayor parte de los receptores de estos dos
'enunciados los interpreten algo así como: «Quien abrió la puerta
y entró al piso es quien vive en él». Si esto ocurre. es porque
a la información del enunciado agregamos ciertas presuposiciones
y asumimos que el piso pertenece a quien abrió la puerta. Además.
suponemos que la puerta abierta es la puerta del departamento y
no la del automóvil, la del baño. o la de la casa de Juan; supone-
mos que el orden de las acciones (abrir. entrar) corresponden al
orden de los enunciados. El orden de los enunciados podría alte-
rarse (ee Entró al piso después de abrir la puerta»}, pero no el or-
6. Un panorama general de los problemas relacionados con la teoría de la acción.
en A. R. Whire. ed. (1968); N. Care y Ch. Landesman, eds, (1968); M. Nowakows-
ka (1973). En relación a la «narranvidad literaria», T. A. van Dijk (1976).
120 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
den de las acciones. La información que agregamos a aquella
suministrada por el enunciado, es un ejemplo de las pautas de
reconocimiento que operan como normas del comportamiento y de
su comprensión: «normalmente» quien abre la puerta del piso y
entra en él es el dueño; «normalmente» para entrar en el piso
hace falta abrir la puerta, etc. Tales normas. institucional y social-
mente organizadas e interiorizadas por el receptor, son partes del
código de comunicación que gobierna nuestra percepción de los
acontecimientos, de una manera semejante a como la gramática
gobierna la percepción de la sintaxis del enunciado (H. Sacks,
1972; A. Cicourel, 1974; B. Bernstein, 1971). Así, por ejemplo,
retomando una de las observaciones anteriores, podemos ver
cómo la norma nos «dicta»: a) quien abrió la puerta y entró estaba
afuera dado que b) la puerta se abre también para salir. En fin,
la norma es un mecanismo socializado que categoriza las acciones
y los acontecimientos en clases apropiadas (H. Sacks, 1972.
pp. 338-339).
Estas observaciones nos permiten trazar un esquema inicial
diferenciando. a partir de «las acciones realizadas», los diferentes
niveles de análisis:
1) las acciones realizadas;
2) las acciones percibidas y la descripción que hacemos de ellas
en nuestra conducta verbal cotidiana; los tipos de enunciados
que empleamos para describirlas;
3) los lenguajes formales (o cuasi-formales) construidos para des-
cribir la relación entre 1) Y2): filosofía de la acción, sociolo-
gía. ciencias de la conducta, semiología del relato;
4) los lenguajes formales (o cuasi-formales) que construimos
para describir la manera en que describimos acciones: filosofía
analítica.
Los dos primeros puntos nos remiten al objeto que debe ser anali-
zado; los dos últimos. al lenguaje teórico. Aprovecharemos, en
consecuencia, conceptos ya establecidos en el lenguaje teórico
para situar el objeto de análisis en el sistema primario, sugiriendo
LA CONHGURACION DEL SISTEMA PRIMARIO 121
-al mismo tiempo- modos posibles de semiotización que seran
analizados más en detalle en 3.4.1.2.
2.3.2.2. El formalismo ruso (B. V. Tomachevski, 1925,
p. 269) había diferenciado entre la «fable)) y el «sujct»: «Un
fait divers que lauteur n'aura pas inventé peut lui servir de fable.
Le sujet est une construction entiérernent artistique». Tzvetan
Todorov (1966. p. 126). haciendo una transposición metafórica
de Ernile Benvenisre (1966. p. 238). llama «histoire» lo que
para Tomachevski es «fable» y «récit» lo que para éste es «su-
jet». Estas divisiones (independientes de las de Benveniste que
refieren al tiempo verbal) establecen una relación entre el punto
2) y 3): cuando «leernos» o escuchamos. no acciones
reali7.:zdas (motivaciones, deseos. condiciones sociales) sino infor-
mación verbal; la semiología del relato es. fundamentalmente. un
lenguaje para analizar. 2) y no 1). Sabemos que. en los estudios
literarios. la con-fusión de estos dos niveles alimentó el trabajo
crítico (además de ser una de las formas corrientes de lectura),
analizando los «personajes» como «personas». Ello se explica
dado que. como dijimos. la manera en que concebimos las acciones
está estrechamente ligada a nuestra capacidad para describirlas.
Por lo tanto. el análisis de las condiciones bajo las cuales es posible
conectar estructuras globales (basadas en acciones o acontecimien-
tos). debe tener en cuenta. en primer lugar. que la manera en la cual
percibimos las acciones. puede sólo ser analizada sobre la base de
la socialización de los signos mediante los cuales las representamos
(imágenes. signos verbales. diseños. etc.). Lo cual implica -y es
probablemente el origen de la con-fusión aludida- que los signos
son el punto donde se articula el análisis de la acción, y el análisis
de la manera en que representamos las acciones. A su vez. necesi-
tamos nuevos signos (lenguajes formales o cuasi-formales) para
hablar de las acciones como comportamiento humano y social y
de su representación verbal (N. Rescher, 1967. pp. 216-219).
Veamos. en primer lugar y con el objetivo de deslindar campos de
trabajo. cuáles son los elementos necesarios para describir la
122 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
manera en la que, en el sistema primario, nos «representamos las
acciones» :
a) un agente que realiza la aceren:
b) un tipo de acción que puede clasificarse como acto-tipo: la
existencia de un ente (animado) que produce un cambio, con
un objetivo y bajo ciertas circunstancias. Estos actos-tipos
los concebimos o los designamos con un verbo que puede ser
generalizado en el orden del «hacer»;
e) una modalidad de la acción: «abrir la puerta con violencia,
dulcemente, impetuosamente», etc., que representamos mediante
modificadores ;
ti) un lugar de la acción que la sitúa en el espacio, en el tiempo
y en relación al curso de actos cumplidos o de estados modi-
ficados;
e) una racionalidad de la acción, concebida mediante conceptos
como «motivación», «intención», «causa».
2.3.2.3. - Suponiendo que los aspectos enumerados de a) a
e) corresponden al análisis que -en el lenguaje teórico de 3)-
hacemos de 2), podemos pasar, entonces, a pensar cómo, en el
lenguaje teórico, podemos también representarnos el nivel 1) (ac-
ciones realizadas). En la elaboración de G. H. von W right ( 1967,
pp. 12 1-1 35), los componentes de la acción pueden organizarse
en un proceso que consiste en la transformación de un estado¡ a
un estadoy. Representado en un diagrama en forma de árbol, ten-
dríamos:
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 123
Eh
(*) T • Eh'
______h • c:::::::::: •
L
· E ~ ) T;._••
TI /" -----.------ --
El, c->:
. - - - . ~ . E i Ti __•
-"------. • En
._E_k T_k• c:::::::: :
Podemos encadenar una sucesión de acciones que comienzan
en E¿ (estado inicial) que tiene la primera transformación en TI; Y
que da, como estado final, una de las posibilidades,y sólo una, de las
marcadas a la derecha de TI (Eh, E¡, Ej, Ek). A su vez, cada estado
final puede ser estado inicial de nuevas acciones y de procesos de
transformación (Th, Ti. Tj, Tk), cuyo estado final está representado
a la derecha (Eh' ...E
n).
En la medida en que sólo una de las
acciones es realizable, el agente se encuentra, en cada punto de los
caminos, frente a un proceso de decisiones. La acción de un orga-
nismo (dejando de lado las acciones que deben realizarse en forma
paralela, como respirar, mirar, oír, etc.] es un proceso de decisiones
que implica una conducta serial: una acción y sólo una puede reali-
zarse a la vez. En este sentido, toda conducta implica un sistema
de elecciones (basado en una lógica de preferencias) y decisiones que
ejecutan las elecciones realizadas. Es obvio, como paréntesis, que
este tipo de análisis puede ser pertinente para conceptual izar las
acciones (o para describir las acciones realizadas), pero no necesaria-
mente para conceptualÍ7,t¿lr el relato de acciones, Es importante señalar.
al respecto, que el modelo propuesto por C. Bremond (1966) no
contempla la conducta de los agentes de la acción (o no sólo a és-
tos), sino, fundamentalmente, el proceso de decisiones en el que
está involucrado el narrador de una secuencia de acciones. En el
modelo de Bremond (p. 61), la libertad para elegir el desarrollo
de la acción o de la secuencia implica un proceso de decisiones y
de elecciones del acto narrativo y no en las acciones narradas.
124 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
Volviendo al orden de la representación de la acción en el
lenguaje teórico, podemos agregar que el proceso de elecciones,
para ser representado. necesita de un operador que indique su
modalidad y especifique sus posibles restricciones. Las modalida-
des pueden ser del orden de lo permitido o de lo preferido, y son
ellas las que restringen la «libertad» del agente. De esta manera,
podríamos agregar, en el diagrama 1, un signo (*) que indique la
existencia de restricciones posibles en el análisis de la acción. Tal
operador contemplaría, al menos. tres tipos de restricciones: a) en
ciertos casos, el agente estaría completamente obligado a la ejecu-
ción de la acción y, por lo tanto, no habría ni proceso de elección
ni proceso de decisión; b) en ciertos casos, el agente estaría restrin-
gido por un número mínimo de posibilidades elegibles o conde-
nado a la pasividad; c) en ciertos casos, el agente tendría varias
elecciones posibles y, en consecuencia. el máximo grado de liber-
tad. Este esquema, obviamente, es un esquema tipo y a él debería-
mos agregar, para el análisis de la acción empírica. un número
determinado de variables psico-sociales. También es obvio que
no nos interesa continuar por este camino. sino rescatar. de lo
dicho hasta el momento, aquello que pueda ser relevante para la
«traducción» verbal de acciones no verbales. Siguiendo. entonces,
con la enumeración de las restricciones posibles de las acciones
no-verbales, podríamos agregar otro orden de restricciones: las
acciones pueden ser ejecutadas por a) la capacidad biológica para
realizar acciones (el hombre no puede volar o el pájaro no puede
hablar) y b) la capacidad socializada para actuar violando o respe-
tando las reglas del orden legal. moral, político, etc. En consecuen-
cia, podemos decir que actuar es una función de aplicación de un
conjunto de capacidades en un conjunto de posibilidades. Conceptual-
mente. en el lenguaje teórico, la descripción de la acción estaría
basada sobre este conocimiento implícito; y este conocimiento
implícito sería, a la vez, una estructura conceptual que subyace a
toda descripción de la acción.
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 125
2.3.2.4. Las observaciones que preceden intentan bosquejar
algunas posibilidades de representar, en el lenguaje teórico, accio-
nes realizadas en la conducta social. Ello nos permite proponer que
los procesos de semiotización pueden estar basados tanto en las
acciones realizadas como en la acción verbal mediante la cual, en la
«vida diaria», representamos las acciones. El famoso episodio de
Remedios elevándose al cielo, en Cien años desoledad (G. G. Már-
quez, 1967), puede servirnos de ejemplo: el primer dato que tene-
mos es que se ha semiotizado una capacidad biológica (el ser huma-
no no puede elevarse, por sus propios medios, de la tierra); segun-
do, para alguien que participa del contexto cultural donde el hecho
narrado se sitúa, el proceso de semiotización puede resultar sólo la
«repetición» o «reproducción» de una manera de conceptualizar
acciones en la vida diaria en que se asume metafóricamente, por
ejemplo, que la ocurrencia de tales o cuales hechos se le figura al ser
humano como elevación física; tercero, para alguien que no parti-
cipa del contexto, la violación de la capacidad biológica de la ac-
ción puede resultar un hecho ce fantástico», y esta parece ser la base
de la interpretación cerealista mágica» de una semiotización de las
posibilidades de la acción. En cuanto a la semiotización de la con-
ducta verbal mediante la cual nos representamos la acción, podría-
mos ejemplificar con las conocidas categorías de «verismo», {(COS-
turnbrismo», «realismo». En estos casos, no sólo se respetarían
las capacidades biológicas y la capacidad socializada de la acción,
sino que también se semiotizarían, como reproducción, las formas
verbales en las cuales un grupo humano conceptualiza la acción: la
mímesis y lo verosímil estarían relacionadas con este segundo prin-
cipio. En otros casos, como en las novelas de M. Puig (e.g., Bo-
quitas pintadas), podemos pensar que su «resistencia» al «realis-
mo», «verismo», etc. proviene del hecho de que el proceso de
serniotización marca claramente la manera en la cual un grupo hu-
mano v e r b a l i ~ las acciones: la marca en el lugar común de la len-
gua (todos los personajes hablan o se expresan con frases hechas),
separa la fusión de acción realizada y verbalización, como en el
realismo, para marcar fundamentalmente la serniotización de la
conducta verbal.
126 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
Diferenciadas ya acción realizada y conducta verbal que las
conceptualiza, podemos pasar al análisis de esta última (cf. D. Da-
vidson, 1967). Supongamos un enunciado tal que
1) Juan fue a Madrid en mayo de 1965.
Podemos señalar un estado El' en el cual Juan no está en Madrid,
una transformación T que es la acción de viajar, y un E
2
que es
Juan en Madrid. Pero ¿qué hacemos con la fecha? Podemos decir
que, con la fecha, indicamos el momento de la acción, de tal ma-
nera que 1) sería una descripción del tipo:
2) La acción x consiste en el hecho de que Juan fue a Madrid; y la
acción x tuvo lugar en mayo de 1965.
Ahora bien, no es obvio que aquí se trate de la representación de una
acción más bien que de la mención de dos acontecimientos: uno es la
acción propiamente dicha y el otro es la fecha y el lugar de la ac-
ción. La representación de la acción tendría lugar cuando conec-
tamos las menciones que la detallan. Es decir, cuando éstas van
acompañadas de informaciones del orden de la modalidad o de la
racionalidad de la acción; en el caso de «[uan fue» habría coinci-
dencia de la mención y de la representación:
3) Juan fue a Madrid en mayo de 1965 por razones de familia (racio-
nalidad). El viaje le costó muchos inconvenientes porque tuvo que
pedir licencia en su trabajo (modalidad).
Lo que ganaríamos al diferenciar entre mención y representación de
la acción es separar la acción «receptada» (representación) de la
manera en que es verbalizada (mención). En otras palabras, es po-
sible conceptual izar una misma acción aunque esté mencionada en
diferentes formas verbales: en el proceso de recepción retenemos
un esquema que se corresponde con los elementos de base me-
diante los cuales conceptuali7.,!lmos la acción. Podemos decir, por lo
tanto, que la socialización de los conceptos de la acción prima
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 127
sobre las estructuras verbales que la mencionan. Los elementos que
conectamos cuando, en la recepción, representamos estructuras
globales son, entonces: a) mención del agente y de la acción
((Juan fue»], b) mención de lugar y tiempo (Madrid, 1965) y c)
mención de la racionalidad de la acción (<< Fue a Madrid por cues-
tiones de familia»).
2.3.2.J. Ahora bien, en un relato no se trata de la mención
de los componentes de una acción, sino, por el contrario. de la
conexión de representaciones de varias menciones:
4) El padre de Amalia murió cuando ella tenía seis años. El marido de
Amalia murió cuando ella tenía dieciocho años. Después. Amalia
fijó su residencia en Buenos Aires.
En este caso, tenemos la mención sucesiva de tres acontecimien-
tos, en una secuencia verbal de enunciados. Suponiendo que 4) pu-
diera ser una secuencia -como ejemplo de la mención de aconteci-
mientas en la «vida cotidiana»->, las relaciones que podemos esta-
blecer para describir la secuencia en un lenguaje teórico serían,
aproximadamente:
4a) El acontecimiento x consiste en el hecho de que X murió.
X tiene una relación de familia (padre) con el agente Y [Ama-
lía).
4b) El acontecimiento 'Z consiste en el hecho de que Z murió.
Z tiene una relación de familia (esposo) con y; -;;. es posterior
a x.
4c) El acontecimiento y es que Y cambia su residencia de O (lu-
gar no mencionado) a P (Buenos Aires); y es posterior a x
po;;,
Ahora bien, 4) puede ser mencionado de otra manera:
128 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
5) Arnalia perdió al marido en el primer año de matrimonio y. como
tampoco tenía al padre. fijó su residencia en Buenos Aires.
En 5) las tres menciones se repiten, pero se agrega todavía una, la
racionalidad de la acción: Amalia fijó su residencia en Buenos
Aires a causa de la muerte de su padre y de su marido. En 4) los
tres acontecimientos están mencionados en el orden sucesivo de su
acontecer; pero, en 5) se agrega una relación de dependencia semán-
tica entre las acciones: las acciones x y \. dependen de y. La relación
de dependencia marca de alguna manera las acciones. puesto que
ya no las situamos a todas en el mismo nivel: las acciones depen-
dientes contribuyen a marcar la acción principal. En este caso, x y
\. preparan, utilizando un término de Propp, la acción y.
Estas distinciones nos permiten proponer que:
6) La representación de la acción es una operación que consiste en
establecer relaciones de dependencia semántica entre. al menos.
tres órdenes de menciones de acontecimientos: a) relación de
dependencia semántica entre mención de acciones; b) relación de
dependencia semántica entre mención de agentes. y e) relación
de dependencia semántica entre mención de objetos y mención
de estados.
La regla 6) da lugar a especificar las particularidades de las rela-
ciones de dependencia semántica, tanto en el proceso de produc-
ción como en el de recepción de un relato: quien produce (cuenta)
un relato tiene la «libertad» de ser redundante y agregar toda la
información necesaria, para que las relaciones de dependencia pue-
dan ser inferidas, sin equívocos. por el receptor. Esta particula-
ridad la supondríamos válida. en su generalidad. para el sistema
primario. No obstante. en el sistema secundario (textos literarios)
ella dependerá, por un lado, de la metalengua ; y. por otro, del tipo
de menciones de acontecimientos que soportan la redundancia.
O. podría ocurrir también, como en la «novela moderna», que se
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 129
suprima información para que las relaciones de dependencia se-
mántica sean ambiguas; es decir, den lugar a varios conjuntos de
inferencias. En estos tres casos, vemos obviamente la semiosis de
la representación de la acción ligada a la metal engua: así como
en la novela moderna la semiosis consiste en dar lugar a ambigüe-
dades en las relaciones de dependencia semántica, en otros casos la
redundancia puede semiotizar la mención de estados (novela ro-
mántica) o la mención de objetos (novela realista) (ver 3.3.2.2.).7
2.3.2.6. La posibilidad de distinguir tres órdenes en lamen-
ción de acontecimientos (regla 6) y de establecer entre ellos rela-
ciones de dependencia semántica, nos suministra los instrumentos
necesarios para dar el primer paso hacia el análisis de las relacio-
nes EV y EVS en la semiotización del relato:
7) Sola. abandonada en el mundo. Amalia, como esas flores sensitivas
que se contraen al roce de la mano o a los rayos desmedidos del sol,
se concentró en sí misma a vivir con las recordaciones de su infancia
o con las creaciones de su imaginación alumbradas con los rayos
diáfanos y dorados de las ilusiones que. de VC'Z en cuando. se esca-
pan de la luz íntima de los espíritus poetizados. y cruzan por ese
mundo sin forma ni color. que los sentidos no palpan, pero que exis-
te, sin embargo. para la imaginación y para el alma.
Sola. abandonada en el mundo. quiso también abandonar su tierra
natal. donde hallaba a cada instante: los tristísimos recuerdos de sus
desgracias, y vino a Buenos Aires a fijar su residencia (J. Mármol,
Amalia, 1855).
Si relacionamos este ejemplo (en donde lo principal, cuantitativa-
mente, es la mención de estados y la «incidencia» de los aconteci-
mientos x y 'Z en J, anaforizados en «sola y abandonada») con el
diagrama de la acción analizado en 2.3.2.2., vemos que los nudos
(El' T, E
2
) son expandidos por medio de la adición de inforrnacio-
7. Algunos desarrollos en la teoría del relato. con posterioridad a Bremond y fuera
de los que ha tenido en el folklore. en W. O. Hendricks (1972. 1973). Th. Pavel
(1973). J. Ihwe (1972).
9.-MIGNOLO
130 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
nes atribuidas al agente; o que especifican la incidencia de ciertos
acontecimientos en la conducta de éste. Esta información puede
considerarse irrelevante en la dependencia semántica entre accio-
nes (W. O. Hendricks, 1973). Pero no lo es, obviamente, para las
configuraciones conectivas globales (representación de la acción)
en el proceso de recepción de un relato (ver 3.4.1. l.). Las infor-
maciones agregadas connotan, por ejemplo, "belleza", "soledad",
etc. Estas connotaciones pueden dar lugar a conectar las mencio-
nes de un agente con otros agentes del relato, y justificar futuras
características de la información contenida en 7):
7a) Enunciados como «se concentró sobre sí misma" corresponde-
rían a los atributos de estado. del orden del «pensar". «querer".
«desear» o. con una terminología más sospechosa. serían des-
cripciones de los «estados interiores del agente" [verbalizadas
por "querer" y «concentraríse]»: y sustantivizadas por «ilusio-
nes". «imaginación". «recordaciones»], La introducción de la
comparación amplía el orden de los atributos ((com(} esas flores
sensitivas»).
7b) Podernos considerar otras maneras de agregar información li-
gadas al agente. En 7a) los atributos son del orden del «ser" y
del «querer. desear»: otros atributos pueden agregarse en el orden
del «tener" o del «estar»: «( ... ) Amalia. envuelta en un peinador
de b.nista. euab« sentada sobre un sillón de damasco caña. de-
l.mre de uno de los magníficos espejos de su guardarropa ("),,
( )1)67. p. 162; la cursiva es mía); en donde el verbo y el posesivo
indican la 1 ~ ~ / ( a de la adición atributiva.
h) Un tercer tipo de adición sería el que corresponde al estar m que
se refiere a ti situación del agente en un entorno de "bll'tos físicos
(mención de ohjetos}: « En medio de este museo de delicadezas fe-
meniles. donde todo se reproducía al infinito (",)" (p. 162).
Estos tres puntos que sugieren la «lógica del agregado» que
Hcndricks (1973) refiere como «description assertions» y que no
LA CONFIGURACIÚN DEL SISTEMA PRIMARIO 131
son relevantes para las dependencias entre acciones. son los pun-
tos en donde podemos ver, con mayor claridad, las relaciones entre
las pautas internalizadas del curso de acciones y la verbalización
de éstas. Los atributos expanden la gama de posibilidades en la
totalidad del relato. Así los atributos del agente Y pueden ser
conectados con la misma clase de atributos del agente P, para esta-
blecer dependencias semánticas entre los agentes. La connotación
«belleza», por ejemplo, en el orden del «sen). es un elemento co-
nectivo (y diferenciativo), en la novela de Mármol. cuando Amalia
es «comparada» con la belleza de Agustina (pp. 214-217). La com-
paración, en la estructura conceptual, puede resumirse en una
fórmula simple; «Amalia es más bella que Agustina». Podríamos
extendernos sobre el ejemplo 7), y analizar diferentes formas de
dependencia semántica. Creemos que los ejemplos dados aclaran
suficientemente el problema. Es válida, para este caso, la obser-
vación de R. Barthes (1966. p. 7) sobre el hecho de que. en un re-
lato, todo significa. El problema consiste en trazar la red de las
conexiones significativas. En ella pueden localizarse dos formas de
semiotización narrativa; la semiotización de mención de aconteci-
mientos, en sus diversos tipos, y la de las dependencias semánticas
entre ellos.
2.3.3. Conexidad conceptual
2.3.3.1. Las nociones de mención de acontecimientos y de
representación de acciones, introducidas en las páginas que prece-
den, señalan un campo de problemas que se presenta antes de llegar
al análisis de la función, tal como se sugiere en la obra clásica de
V. Propp (1928). Para Propp, una proposición como: « Un miem-
bro de la familia se aleja de la casa» es reductible a la función ale-
jamiento. En este caso están involucradas dos operaciones que de-
ben ser distinguidas: la primera es realizar la paráfrasis. la segunda
dar a la paráfrasis el nombre de una función. Dar un nombre a la
función implica, claramente la entrada en el nivel del concepto.
Esta última operación es de fundamental importancia. para Propp,
132 PARA UNA TEORÍA' DEL TEXTO LITERARIO
puesto que no interesa. en su análisis. quién realiza la acción sino su
modalidad: lo importante son las funciones (valores constantes) y
no las variables (mención de los acontecimientos. en nuestra termi-
nología). Propp, a partir del análisis conectivo de funciones. llega
a proponer que puede llamarse cuento maravilloso. desde el punto
de vista morfológico, todo desarrollo que. partiendo de una fe-
choría, o de una falta, pasa por funciones intermedias. para llegar.
finalmente, al matrimonio o a otras funciones utilizadas como de-
senlace. A este desarrollo es al que Propp llama secuencia (p. 133):
tales secuencias constituyen un ejemplo introductorio del aspecto
que corresponde a las conexiones conceptuales.
2.3.3.2. Cuando pasamos de la mención y de la representa-
ción de acciones a la interpretación de la mención, como función,
debemos tener en cuenta que las relaciones entre funciones no tie-
nen la misma jerarquía. Turnemos un ejemplo extraído del mismo
Propp para ilustrar este punto. Propp nos dice que las funciones
ABC t ("Fechoría"; "Transición"; "Principio de la acción contra-
ria"; "Partida") representan el nudo de la intriga (p. 51). La ac-
ción (en términos de Propp) se desarrolla a continuación. Señala.
además. que la función A es de extrema importancia, porque da al
cuento su movimiento. Por lo tanto. las funciones anteriores a A
pueden ser consideradas como la parte preparatoria del cuento.
Vale decir que tenemos ya, en esta observación, una primera orde-
nación jerárquica de las funciones. Obviamente todas son funcio-
nes, y todas son mención de acciones. pero unas son clasificadas en
la preparación, las otras en la intriga. Tendríamos aquí esbozado el
problema de las dependencias entre funciones. Para aclarar su di-
mensión. podemos sugerir tres tipos de dependencias:
Tipo 1. Dependencias jerárquicas. Este primer caso estaría repre-
sentado por el ejemplo ya analizado: la primera función de la intri-
ga (A: "Fechoría") y las preparatorias están en relación de depen-
dencia jerárquica porque las funciones preparatorias dependen de la
"Fechoría": vale decir, ellas están puestas para que la fechoría ocurra.
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 133
Tipo 2. Dependencias cronológico-semánticas. Un primer análisis
de la relación entre las funciones ABC t nos conduce a la depen-
dencia cronológica entre ellas: B ocurre después de A, etc. En la
cronología, la relación es de izquierda a derecha: la "Fechoría"
provoca la "Transición", etc. En las dependencias semánticas, por
el contrario, la relación es de derecha a izquierda. O, si se quiere,
ABC están puestas para provocar la "Partida" del héroe: de modo
que ABC dependen de t. Esta distinción es importante: de ella.
resulta que podamos ver las relaciones cronológicas, en correspon-
dencia con nuestra manera «cotidiana» de percibir la acción o las
secuencias de acciones realizadas. Por el contrario, las dependen-
cias semánticas, ligadas a e inseparables de las cronológicas, pon-
drían de manifiesto la manera de encadenar menciones de accio-
nes por quien las relata: en la dependencia cronológica, la "Parti-
da" ocurre porque antes ha ocurrido la "Fechoría"; en las dependen-
cias semánticas, la "Fechoría" ocurre para que se produzca la
"Partida". Si Propp puede decir que en A comienza la intriga y
que, después de la intriga (ABCt), comienza la acción, es porque A
está puesta en el relato para llegar a t.
Tipo 3. Dependencias mutuas. Propp señala que muchos cuentos
se detienen en la función "Socorro" [n.? 22) cuando el héroe es sal-
vado de sus perseguidores. La función anterior (n.o 21) es "Perse-
cución". En la función "Partida" el héroe sale a perseguir; en
"Persecución" es perseguido. El nombre otorgado a las distintas
funciones no debe ocultarnos el hecho de que ambas tienen un ele-
mento en común (el desplazamiento del héroe) y distintas motiva-
ciones (perseguidor en un caso, perseguido en otro). El cuento, nos
dice Propp, no se termina nunca antes de la función "Socorro": vale
decir, que hay una pauta, en el cuento folklórico, que hace que no
haya "Partida" sin "Persecución"; ni, obviamente, "Persecución"
sin "Partida". Al mismo tiempo, la secuenciaseinscribe en estos dos
extremos: la nueva secuencia comienza cuando la "Fechoría"
(Propp, 1928, p. 72) se repite: la dependencia mutua de dos fun-
ciones paralelas e invertidas traza entonces los límites de la secuencia.
134 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
En los dos primeros tipos de dependencias. encontramos la
posibilidad de la organización entre funciones internas a la se-
cuencia; el tipo 3 nos ofrece la posibilidad de organizarlas en un
orden superior que es el de la secuencia misma. Ambas posibilida-
des son ejemplos de las maneras mediante las cuales, tanto en la
acción realizada como en su verbalización, reducimos la mención
de acontecimientos y la representación de la acción a conceptos
para, luego, establecer relaciones de diferentes tipos entre ellos:
son ejemplos de la reducción de las acciones realizadas, o de su for-
ma verbal, a una organización conceptual. El resultado del análi-
sis de estos procesos jerárquicos nos muestra que podemos cons-
truir, a partir del modelo de la percepción de la acción (E¡,T,E
l
) ,
modelos que nos permitan describir distintos niveles de conceptua-
lización de la acción (i.e., conexidad conceptual). Estos niveles,
situados en el sistema primario, nos permiten localizar procesos de
semiotización, como inscripción conceptual de la narratividad en
el sistema secundario: para poder analizar la serniotización del rela-
to debemos, primero, contar con una «forma» válida para el sis-
tema primario. De esta manera, la serniotización puede analizarse
en: a) la mención de acontecimientos y b) en los diversos tipos de
dependencias semánticas, sean éstas entre elementos del mismo
orden (función con función, mención de estado con mención de
estado, etc.], sean éstas entre elementos de distinto orden (función
con mención de estado; mención de acción con función, etc.). Al
igual que en otros casos, es necesario tener en cuenta las serniotiza-
ciones marcadas y no marcadas. La semiotización no marcada del
relato es, muchas veces, el esqueleto que soporta otros tipos de
serniotización que no radican en la acción; puede haber también
una semiosis en la cual la no-marca esconde una marca: tal es el
caso del relato mimético, para el que es necesaria la «reproduc-
ción» de la manera en que conceptualizarnos la acción (verbal y no-
verbal) en el sistema primario. Otra posibilidad es la de serniotizar
las dependencias cronológico-semánticas, como es el caso en el tipo
de relato que se ha impuesto en la novela moderna.
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 135
2.3.4. Conexidad y procesamiento de la información
2.3.4.1. Comenzamos este capítulo señalando la importan-
cia de los fenómenos conectivos como una de las posibilidades de
configurar las estructuras verbales en el sistema primario y de tra-
zar -sobre ellas- los procesos de serniotización que las inscriben
en el sistema secundario. Un tratamiento riguroso de las conexio-
nes requiere un entendimiento de las propiedades de los objetos
conectados. de su posición de antecedente o consecuente (en la línea
del discurso) y de sus analogías en el espacio del paragrama. Para
ambos casos vale la pregunta: ¿qué propiedades se conectan y qué
tipo de relaciones se establecen? Para limpiar el camino y trazar un
«común denominador», podemos comenzar por una extensión de
la relación r (X,Y). con la que terminamos el apartado 2.2.2.1.:
1) Dado un discurso D y dos (o más) proposiciones. pr( y pr2'
las conexiones entre ellas pueden establecerse, en diferentes
niveles. seleccionando las propiedades Px de pr( y Py de pr2;
especificando, en cada caso, el tipo de relación R;
2) La enumeración de tipos de conexión, formulada en 1). váli-
dos en el sistema primario, es la base necesaria para analizar
los procesos de su serniotización en las formas conectivas de
estructuras verbales inscritas en el sistema secundario;
3) La enumeración de tipos de conexión. formulada en 1). sobre
cuya base se analizan los procesos de su semiotización, formu-
lado en 2), permitirá analizar el proceso de producción como
una semiosis que marca las jugadas. y el proceso de recepción
como una semiosis que las infiere.
Para los casos 1) Y 2) necesitamos modelos descriptivos de
la conexidad y modelos descriptivos del proceso de serniotización:
para el caso 3) necesitamos modelos del procesamiento de la infor-
mación en el acto de producción y en el acto de recepción. Sobre
este último aspecto volveremos. más en detalle, en el capítulo 4.
136 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERAIÜO
2.3.4.2. Sobre la base de la conexidad analizamos, con res-
pecto al relato, dos niveles -descompuestos en varios aspectos-
del procesamiento conceptual de la información:
A: 1) realizamos acciones no-verbales;
2) las analizamos mediante un lenguaje teórico;
B: 1) realizamos acciones no-verbales;
2) percibimos acciones no-verbales;
3) «traducimos» acciones no-verbales en formas verbales
(emisión);
4) interpretamos información verbal (recepción);
5) analizamos las instancias 1), 2), 3) Y 4), en un lenguaje
teórico, en sí mismas o en su relación.
Lo que nos interesa primariamente son las instancias B: 3) Y
4); su análisis nos sitúa en el nivel 5). La capacidad perceptiva
(procesamiento de la información verbal y no-verbal) tiene su base
en el sistema primario. El mundo no-verbal está representado por
clases en las categorías verbales: los sustantivos organizan clases
de objetos, las preposiciones relaciones en tiempo y espacio, los
verbos movimientos o acciones, etc. En consecuencia, podemos
decir que, cuando procesamos información verbal, nuestro conoci-
miento de la lengua nos sirve de base. En esta operación, no sólo
acumulamos los conceptos inferidos del enunciado o de la secuen-
cia, sino que vamos más allá que éstos: todo procesamiento de la
información, verbal y no-verbal, en el sistema primario, presupo-
ne, entonces, diversos tipos de operaciones mediante las cuales la
organizamos. Dejaremos aquí este punto para retomarlo en
4.3.3.5. y 4.4.
2.4. MECANISMOS ENUNCIATIVOS
En los dos apartados precedentes hemos tratado de configu-
rar el sistema primario, ateniéndonos, solamente, al enunciado.
El acto enunciativo puede ser analizado en su autonomía, sobre
todo después de la atención que recibió, en los últimos años, tanto
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 137
en los estudios literarios como en la lingüística. Al hacerlo, podre-
mos trazar las correspondencias entre acto enunciativo, en el sis-
tema primario, y formas de inscripción, en el sistema secundario,
de la misma manera que lo hicimos para el enunciado.
Cuando decimos mecanismos enunciativos," podemos estar
refiriéndonos a dos clases de fenómenos, que es preciso deslindar
desde el comienzo: uno es el acto enunciativo mismo y el otro es
el punto de vista. Aunque, presumiblemente, el segundo tenga su
base en el primero, nuestro propósito no es el de indagar en esta
particularidad, sino el de poder deslindarlos. Después de hacerlo,
podremos detenernos, más específicamente, sobre el acto enuncia-
tivo. Antes de dar este paso, conviene recordar que, si bien esta-
mos familiarizados con la importancia otorgada en el siglo actual
al punto de vista, primero en la novela (N. Friedman, 1955;
F. van Rossum-Guyon, 1970) y segundo al análisis de la enuncia-
ción en la lingüística (R. Jakobson, 1963, pp. 176-196; E. Ben-
veniste, 1970), los mecanismos enunciativos no escaparon a las
antiguas poéticas ni a las retóricas. Siguiendo a H. Lausberg
(1966, t. 1, p. 265, sin entrar en el detalle de otras clasificaciones
consideradas: 1967, t. 11, p. 455), podemos enumerar, a modo de
simple ejemplo, tres genera que dependen, en su clasificación, cla-
ramente del acto enunciativo; o, en palabras de Lausberg, de la
«cualidad de la exposición»: el de la comedia y la tragedia, donde
obran las mismas personas representadas por los actores; el genera
en el cual hay un informante o relato que cuenta las acciones y dis-
cursos en estilo indirecto y, finalmente, el informante que cuenta y
relata, pero que reproduce los discursos de los personajes en estilo
directo. Esta tradición fue absorbida por la atención que se le
prestó a la narración, en donde los «grados de directez» (H. Laus-
berg, 1966, t. 11, p. 454) quedaron subordinados a ésta. Un se-
gundo momento, de fundamental importancia, de donde presumi-
8. Esquematizando quizás demasiado. podríamos ver. en el análisis de la enuncia-
ci6n en lingüística (yen cuanto repercuten en Jos estudios literarios). además de los fun-
damentos que encontramos en R. Jakobson y E. Benveniste, aquellos que ofrece la teoría
del «speech act»: J. L. Austin (1962); J. Searle (1969). Algunos trabajos posteriores
en O. Ducrot(1970). L.J. Cohen(1970). R. M. Hare(1970). T. Cohen(1973).
138 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
blemente viene la acepción «punto de vista». es la perspectiva. que
surge en el Renacimiento ligada a la pintura (P. Francastel. 1951;
B. Uspenski, 1972). Estas tradiciones, directa o indirectamente,
son las que adquieren relevancia en los estudios actuales (B. Rom-
berg,1962; F. Stanzel, 1955; R. Humphrey,1954) y son, también.
las que, según G. Genette (1972, pp. 183 Y226). no han diferencia-
do entre el modo y la vo; entre el punto de vista y la enunciación.
2.4.1. Enunciación y punto de vista
2.4.1.1. El punto de vista constituye. qUizas. uno de los
problemas que todavía no ha tenido una formulación sistemática en
los estudios literarios. Las clasificaciones existentes aparecen más
como una lista de proposiciones al azar, donde las categorías pare-
cen acumularse porque de alguna manera se relacionan con el pun-
to de vista (N. Friedman, 1955), que como una articulación siste-
mática. El primer hecho a notar. con respecto al punto de vista.
es, a mi entender, que éste, aunque articulado sobre la lengua. va
más allá del alcance de sus categorías. para situarse en una dimen-
sión más conceptual que lingüística. Por lo tanto, su tratamiento re-
quiere un tipo de aproximación que indague por los caminos de la
filosofía analítica del conocimiento más que por los de la lingüís-
tica. Repito que ello no implica abandonar las categorías de la len-
gua, puesto que toda inferencia sobre el punto de vista, en la
conducta verbal, no puede eludirlas; pero éstas dependen del con-
cepto que, en un nivel superior, articula el punto de vista. Tome-
mos un ejemplo que ilustre esta dependencia. E. Verón (1969,
pp. 133-138) analizó dos artículos de periódicos que informan
sobre la muerte de Rosendo García, un gremialista de la Confede-
ración General del Trabajo de Buenos Aires. En el análisis de los
artículos, E. Verón pone de manifiesto el contenido ideológico
que subyace a la organización del mensaje. Sería muy complicado
ejemplificar con su análisis (interesante, sin embargo. porque mos-
traría el «punto de vista» articularse en la dispositio del mensaje).
pero podemos tomarlo de base. En los dos periódicos. según el
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 139
análisis de Verón, que se manifiestan en favor de Rosendo García,
la palabra utilizada, para designar el hecho y (en uno de los perió-
dicos) preguntar por los culpables, es el lexema asesinar. La pre-
gunta retórica es: «¿ Quién asesinó a Rosendo?». Años más tarde,
Rodolfo Walsh (1969) publicó un libro en el que trata de «acla-
rar el misterio» (puesto que la muerte de Rosendo García, como
toda acción política semejante, se ocultaba en la bruma), y el libro
se tituló ¿Quién mató a Rosendo? No es necesario leer el libro, ni
conocer la posición política de R. Walsh, para saber que, en él. se
sostiene un «punto de vista» opuesto a los anteriores: el español
dispone de dos posibilidades para designar un acto voluntario que
podemos parafrasear como «quitar la vida»: matar y asesinar. Ma-
tar puede emplearse tanto para seres humanos como para seres no-
humanos; en cambio, asesinar es únicamente aplicable a los se-
res humanos: es inaceptable, en el uso, un enunciado como «asesi-
naremos un pollo para el almuerzo del domingo». En el primer
caso, la inserción de asesinar en el discurso enfatiza la afectividad,
destacando la «maldad» de los culpables frente a la «boridad» de
la víctima. En R. Walsh, para quien Rosendo García era un «ca-
pitalista de juego», es «imposible» emplear asesinar puesto que tal
inserción léxica marca, connotativarnente, la simpatía del enun-
ciante hacia la víctima. Como bien lo señala B. Uspenski (1973,
p. 104), los planos fraseológicos e ideológicos son no-concurren-
tes: el plano fraseológico se subordina al plano ideológico. No
obstante, el punto de vista depende, en este caso, de la elección
entre dos posibilidades lexernáticas, es decir. de la lengua.
2.4.1.2. Cabría pensar, al presentar el problema del punto
de vista en estos términos, que una manera factible de tratarlo es
comenzar por la manifestación lingüística del discurso, para, lue-
go, construir sobre ella la estructura conceptual que revela la posi-
ción narrativa frente a los hechos narrados. Pero, si tomamos, por
ejemplo, la propuesta de B. Uspenski (1973), vemos que éste sitúa
el nivel ideológico, y no el fraseológico, como el componente com-
posicional de base ((deep compositional structure»]. Los tres res-
140 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
tantes componentes (fraseológico, espacio-temporal y psicoló-
gico) se sitúan en la estructura de superficie «(csurface compositio-
nal structure»]. Lo que surge del estudio de B. Uspenski es que,
primero, resulta difícil sostener el equilibrio de su sistema, si situa-
mos el componente ideológico como componente de base. Esta
posibilidad sería, por un lado, admitida si se explicara, previa-
mente, que el tópico en cuestión es el punto de vista ideológico y
no el punto de vista en general. La estructura queda en desequili-
brio porque el componente fraseológico también tiene, como el
ideológico, participación en los tres restantes. Por otro lado, po-
dríamos restituir el equilibrio del sistema tomando por otro ca-
mino. Así podríamos asumir, en primer lugar, y haciendo una tras-
posición metafórica que autoriza la propia imagen de B. Uspenski,
que la ideología es «un sistema de reglas semánticas para generar
mensajes» (E. Verón, 1971, p. 253). Así definida, la ideología se
concibe como una matriz que antecede al lenguaje mismo; o, a la
inversa, que el lenguaje se inscribe en la ideología. En segundo lu-
gar, podríamos también tomar e interpretar ideología recuperando
su denotación de origen: «He tratado de hacer una descripción
exacta y detallada de nuestras facultades intelectuales, de sus prin-
cipales fenómenos y de sus circunstancias más destacadas, en una
palabra. de los verdaderos elementos de la Ideología» (Destutt de
Tracy, 1801, vol. 1, prefacio). En este sentido podríamos inter-
pretar ideología, en sentido general, como «sistema de ideas» cuya
base se encuentra en nuestras facultades intelectuales. Este concep-
to, aplicado a la noción de punto de vista, designaría, en este caso,
el «sistema de ideas» de un personaje, del narrador, del autor. Pero.
entonces, sería necesario hablar de «punto de vista ideológico». en
el sentido que acabamos de exponer reservando el concepto de
ideología. a secas, para designar un nivel que subyace y antecede
a cualquier observador, sobre el cual quiere determinarse el punto
de vista. Vale decir que esta distinción nos lleva a establecer dos
niveles bien diferenciados de análisis: por un lado, situamos un ob-
servador (organismo biológico, en una situación social determi-
nada) marcado por los parámetros ideológicos de su cultura; y. por
otro lado, nos ocupamos de una situación meramente discursiva
LA CON¡;ll;URACION DEL SISTEM.\ PRIMARIO 141
para diferenciar, en ella, las distintas maneras en yue el objeto o
acontecimiento es concebido. Estos dos planos, sin lugar a dudas,
pueden ponerse en correlación pero, antes de hacerlo, hay yue
empezar por no confundirlos. Un esqut:ma básico de los aspectos
yue se presentan en el análisis del punto de vista se podrían resu-
nur en:
cv.ilu.n

I
ver
L ..L.-_-r-_....L- ----l
saber
Punto de
vista:
Orden:
1)
Enunciado:
1ntormación
discursiva
Enunciación:
Contexto de la
enunciación:
Observador
r
ldenlogía
Retomemos la cuesnon donde la abandonamos: la decisión
sobre el componente de base, disputado por el componente ideoló-
gico y fraseológico. La propuesta de B. Uspenski ofrece, sin lugar
a dudas, una sólida base de discusión. Partiendo de ella, y teniendo
en cuenta las distinciones que acabamos de hacer, deben;os, enton-
ces, resolver una contradicción entre, por un lado, nuestra afirma-
142 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
ción inicial (el punto de vista es un fenómeno que debe ser analiza-
do mediante categorías no-lingüísticas); y, por otro, nuestra afir-
mación última: el nivel fraseológico es fundamental en el punto de
vista. Creo que la contradicción podría existir en el nivel sustan-
tivo; pero creo, también, que no hay tal contradicción, puesto que
el problema se presenta en el nivel metodológico. Aceptando los
cuatro niveles propuestos por el propio B. Uspenski, necesitamos,
sin embargo, un componente de base que, por una parte, esté des-
provisto de las cargas semánticas de los cuatro en cuestión, y, por
otra, los incluya igualmente a todos. Ese componente puede en-
contrarse en el concepto que da origen al fenómeno: la perspec-
tiva. El diagrama 1 representa las diversas perspectivas desde las
cuales el observador Y aprehende el acontecimiento u objeto X.
Teniendo la perspectiva como base composicional, el diagrama
representaría los ~ a s o s y niveles siguientes: para aprehender el
objeto X, el observador Y produce un discurso. En el discurso se
incluyen las informaciones lingüísticas que permiten inferir cuatro
órdenes: lo que sabe el observador, lo que ve, lo que jU7.¡,a y lo
que evalúa. Cada orden está relacionado con un punto de vista:
temporal, espacial, psicológico e ideológico. Las flechas marcan el
«grado de directez» del observador en su propio discurso: vale
decir, si presenta el objeto X de manera «objetiva» o «subjetiva».
Hasta aquí los elementos del diagrama composicional del
punto de vista. Si queremos integrar la ideología, debemos traba-
jar con otro tipo de categorías analíticas que escapan al problema
cornposicional, y que nos remiten a las categorías que definen las
condiciones de producción de discursos como una actividad social
(M. Pécheux, 1969, pp. 16-23). Volviendo al aspecto composi-
cional, podemos hacer algunas observaciones específicas que mues-
tren su «funcionamiento». Sabemos, por ejemplo, que las lenguas
(al menos las occidentales) disponen de categorías para marcar las
relaciones temporales y espaciales, y también las evaluativas y los
juicios. Sabemos, también, que no sólo estas categorías evidencian
el punto de vista sino que, del mismo modo, puede hacerlo la
dispositio: no siempre podemos decir directamente lo que quere-
mos, o no deseamos hacerlo. En ciertos casos «arreglamos» nues-
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 143
tro discurso de manera tal que la «evaluación», por ejemplo, no
surja directamente de la frase, sino de la disposición de los compo-
nentes del mensaje. En cuanto al punto de vista espacial y tempo-
ral, podemos justificarlo diciendo que la perspectiva espacial
implica siempre un ver del observador ante el objeto X; en cambio,
lo temporal referiría al saber, aunque, claro está, la temporalidad
no podría reducirse a esta categoría. No obstante, lo que el obser-
vador no ve pero, sin embargo, menciona-evalúa-juzga-describe es
lo que sabe: ese saber se refiere o bien a un ver anterior o a una
información, también anterior, cualquiera sea el modo de su adqui-
sición. Podemos todavía, para justificar el funcionamiento del
diagrama, tratar de interpretar algunas de las categorías de N.
Friedman (1955) sobre esta base. Tomemos, como primer caso, el
punto de vista omnisciente ({(editorial ornniscience»). Este punto
de vista se explicaría, en nuestro diagrama, primero, por la inser-
ción del observador en su enunciado f¡ ; segundo, por una «in-
vasión ilimitada) de los órdenes del ver y del saber en la aprehen-
sión del objeto: el narrador lo ve y lo sabe todo. Un segundo caso
sería el de la omnisciencia selectiva múltiple: [omultiple selective
omniscience»). En esta situación de observación, la primera particu-
laridad sería que los observadores son varios y no uno; o, mejor
dicho, que el observador «disfraza» su posición desplazándola ha-
cia múltiples observadores; la segunda particularidad sería que
estos observadores otorgan, al observador que los presenta, los
poderes de la omnisciencia del primer caso. Si, en este caso, se
puede decir que no hay narrador, es porque el observador que pro-
duce la escena o el cuadro deja un «espacio vacío» para que el
receptor pueda situarse en su propia perspectiva (ver 3.5.1.2.). Fi-
nalmente, estos aspectos composicionales podrían ligarse a la
ideología por cuanto, en la estructura composicional, el observador
tiene a su disposición los medios y las técnicas de un momento
histórico, en los que, como conjunto, se manifiesta la ideología.
Creo que la discusión precedente, si bien no intenta fundar
una «teoría del punto de vista», es suficiente para deslindar los
problemas que atañen a éste y, al mismo tiempo, diferenciarlos de
los mecanismos enunciativos.
144 PARA UNA TEURIA DEL TEXTO LITERARIO
2.4.1.J. ¿En qué consisten los mecanismos enunciativos?
¿Cómo se configura e! espacio enunciativo? Comencemos por
recordar lo ya conocido por todos. R. Jakobson (1963. p. 181), al
proponer una clasificación de las categorías verbales relacionadas
con la situación en la que dos interlocutores intercambian mensa-
jes, propone distinguir: 1) la enunciación, por un lado, y, por
otro, su objeto o materia enunciada; además, 2) e! acto o proceso
en sí mismo de uno cualquiera de sus protagonistas. De estas dos
distinciones, se derivan cuatro componentes: a) un acontecimiento
narrado o proceso de! enunciado; b) un acto de! discurso o proceso
de la enunciación; e) un protagonista de! proceso del enunciado, y
d) un protagonista de! proceso de la enunciación, sea este emisor
o receptor. Para nuestros propósitos agregaremos a este esc¡uema
dos distinciones más: la primera se refiere al tiempo de la enuncia-
ción; la segunda a los niveles de la enunciación. Nos ocuparemos
de ellas y por separado en los apartados siguientes.
2.4.1.J.a. Es necesario distinguir, en todo acto enunciativo,
entre dos ejes temporales: uno corresponde al ego, como eje de la
enunciación; e! otro corresponde al ego (protagonista) como eje del
enunciado. Un caso extremo, que ilustra la importancia de esta
distinción (y que nos servirá luego para referirnos a su serniotiza-
ción], es e! de la fusión de estos dos ejes en la simultaneidad del
decir y de! hacer. Si digo «estoy moviendo la silla», el ego del
enunciado es, por una parte, e! mismo que e! ego de la enuncia-
ción; por otra, e! acto de mover la silla y e! acto de decir C¡Ut la
muevo se cumplen al mismo tiempo. Ahora bien, hay casos en qut'
e! tipo de actos no permite esta simultaneidad: no puedo decir
ccestoy tomando e! café» y hacerlo simultáneamente, puesto que
tomar e! café implica obstruir e! órgano que produce la enuncia-
ción. En este caso debe, necesariamente, producirse una relación
«antes-después». por mínima que sea, entre la enunciación y el
acto cumplido. Por e! contrario, si escribo «estoy escribiendo estas
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 145
líneas», tendríamos. nuevamente. fusión del decir y del hacer.
Estos ejemplos son útiles para diferenciar dos aspectos en el tiempo
de la enunciación: el primero se refiere a la distinción entre enun-
ciación oral, por un lado. y escrita, por otro; el segundo retoma
la distinción ya hecha (separación del eje temporal de la enuncia-
ción del eje temporal del enunciado). para referirse fundamental-
mente al ego de la enunciación. Nos ocuparemos, de inmediato.
de 2); por su parte. 1) será retomado en 2.4.4.
É. Benveniste (1970, p. 15) nota que las formas verbales
articulan, en el presente de la enunciación. las formas axiales de
la temporalidad. La correspondencia entre forma verbal y organi-
zación temporal es crucial, desde nuestra perspectiva. para situar
los problemas relativos al tiempo de la enunciación en el sistema
primario. y analizar. sobre esta base, los procesos de su semioti-
zación. Benveniste, en el mismo artículo. cuestiona la base innata
de la temporalidad y la remite a la subjetividad de los parámetros
enunciativos. ya que, sostiene, el tiempo es producido en y por la
enunciación. Para ello, agrega, la lengua distingue. entre las cate-
gorías verbales. aquellas que tienen un estatuto pleno y permanen-
te, de aquellas que son vacías y contingentes. Estas últimas sólo
existen en y por la enunciación ((ahora)), «mañana», «des-
pués». etc.). Estos hechos. en el sistema primario, están ligados
a un fenómeno perceptivo básico. las categorías temporales son
una de las formas elementales para organizar, en los procesos
cognitivos, la información proveniente del «mundo». El organis-
mo no procesa información según el orden de «entrada», sino que
la procesa en secuencias organizadas por el «antes-ahora-des-
pués». Esta base perceptiva nos enfrenta, por un lado, con el «ori-
gen» de la categoría de tiempo en la organización consciente de
la secuencialidad (W. Kóck, 1973, p. 41); y, por otro, sirve de
base a la organización lingüística del tiempo, que sitúa al ego
como eje de la enunciación. Sobre estos dos hechos que acabamos
de mencionar, y que le sirven de fundamento, podemos situar la
distinción entre el eje temporal de la enunciación y el del enun-
ciado: quien enuncia debe hacerlo desde una perspectiva posterior,
simultánea o anterior a los hechos que son la materia de su enun-
III - ~ 1 1 t ; N O L U
146 PARA UNA iEüRiA DEL TEXTO LITERARIO
ciado. Estas relaciones comienzan, obviamente, en el sistema pri-
mario y de ninguna manera constituyen un privilegio del relato
literario. Un ejemplo de la situación de «anterioridad» y «pos-
terioridad» de la enunciación lo encontramos en la situación co-
mún del diálogo cotidiano donde. por un lado. los interlocutores
(situados en la «posterioridad» de la enunciación) comentan los
acontecimientos de la jornada y. situados en la «anterioridad».
hacen planes para el futuro. La simultaneidad tendría su manifes-
tación en el intercambio de ideas dialogadas: cuando un interlocu-
tor dice «sobre tal punto yo pienso que... », su enunciación es
-aplicando un concepto de J. L. Austin (1962) en otro contexto-
el momento en que el decir es simultáneo con el hacer. Tenemos
aquí configurado un primer aspecto del espacio enunciativo en el
sistema primario; éste da lugar a los procesos de serniotización que
lo inscriben. de manera particular. en el sistema secundario. Bás-
tenas decir, ya que volveremos sobre este tópico en 3.5 .. que la si-
tuación enunciativa «normal», no marcada, es aquella que se sitúa
con posterioridad a los hechos narrados. Por el contrario, tanto la
simultaneidad como la anterioridad dan ya la sensación de cierta
marca puesta sobre el proceso de enunciación: en la simultaneidad.
la «extrañeza» se produce por el hecho de que el narrador debe
mantener una simultaneidad constante entre el hacer y el decir; en
la anterioridad. porque tiene que hablar de cosas que no han ocu-
rrido; y de esta manera se alteran. en primer lugar. los órdenes
del ver y del saber que habíamos analizado en el punto de vista. La
simultaneidad. por otra parte, sería más aceptada en ciertas formas
de la lírica donde el enunciante se dirige a un tú que. según presu-
pone. comparte el espacio de la enunciación. El problema. obvia-
mente, es más complicado de lo que lo hacen aparecer estas pocas
observaciones. y lo retomaremos en su momento. Debemos. antes.
ocuparnos de los niveles de la enunciación y de la configuración
del espacio enunciativo.
2.4.1.3.b. Para situar el problema de los niveles de la enun-
ciación es útil comenzar por un diagrama simple.
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 147
2)
Emisor - - - - - ... Enunciado - - - - - ... Receptor
Receptor .... - - - - - Enunciado ..- - - - - Emisor
en el que supúnemos una escena dialogada, donde emisor y recep-
tor están ca-presentes e intercambian constantemente sus roles.
Agreguemos, sin embargo, un elemento que complica ligeramente
el esquema. Supongamos que el emisor A cuenta, al receptor B, lo
ocurrido al amigo común C. Supongamos, también, que A le infor-
ma a B no sólo de lo que C hi1Jl sino de lo que C dijo. Cualquiera
sea la manera que A elige para informar sobre el decir de C (estilo
directo o indirecto), lo que importa es que el hecho mismo de
informar sobre la acción verbal de C crea un espacio de enuncia-
ción dentro del enunciado de A: un espacio de enunciación donde
el ego lo constituye C. Este hecho es, sin duda, más perceptible
en las «obras literarias» (debido a una complicación «artificial»
de la situación enunciativa primaria, que veremos de inmediato),
Por esta razón G. Genette (1972, p. 238) puede analizar con
éxito esta interacción de niveles en la obra de M. Proust. No obs-
tante, antes de llegar a las obras literarias, nos interesa sacar pro-
vecho de estas distinciones en el sistema primario. Por lo tanto, y
de acuerdo con la situación imaginada entre emisor A y receptor B,
el diagrama 2 puede ser reestructurado así:
3)
Emisor,
(A)
Enunciado de A
I
+
Receptor,
(K)
Para A. el enunciado incluye la enunciación de C; para C. su enun-
ciado es el que traza su relación con el receptorl (cuya existencia
puede o no estar mencionada en el enunciado de A. pero que está
implícito si lo que A informa es lo que dijo C). El enunciado de A
148 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
y de e, y por lo tanto sus respectivas posiciones enunciativas, se
sitúan en distintos niveles: adaptando la terminología de G. Ge-
nette (1972, pp. 238 ss.) a nuestros propósitos, podemos decir que
la enunciación de e se sitúa en la diégesis de A; en tanto que la
enunciación de A se sitúa en la extradiégesis.
2.4.2. 5ituación contextual y situación discursiva de la enunciación
Los dos niveles que acabamos de diferenciar se corresponden
con dos situaciones distintas de enunciación: llamaremos situación
contextual a la que corresponde al emisor A; y situación discursiva a
la que se corresponde con la enunciación de e, dentro del enuncia-
do de A. En la situación contextual, un hecho básico es que el
receptor tiene, como punto de referencia enunciativo, al emisor que
está frente a él. Esta evidencia básica de la situación contextua] ha
provocado, en los estudios literarios, una abundante bibliografía
que confunde el «autor» con el emisor (hablante lírico o narrador)
ficticio de la enunciación. Podemos ahora sugerir que la causa de
esta confusión reside en la no diferenciación entre las dos situacio-
nes de enunciación: el autor se sitúa en la enunciación contextua],
en tanto que el emisor ficticio lo hace en la enunciación discursiva.
Dado que de ahora en adelante adoptaremos esta distinción, es
preciso adoptar también una terminología que diferencie al agente
de uno y otro tipo de enunciación: los agentes de la situación
contextual serán mencionados como emisor y receptor; en tanto
que para los de la situación discursiva adoptaremos las designa-
ciones de destinador y destinatario. De esta manera podemos bos-
quejar la relación entre situación contextual y situación discursiva
en la «obra literaria» (dejamos de lado, por el momento, el pro-
ceso de semiotización y hablamos simplemente de «obra litera-
ria», para marcar las correspondencias entre situación enunciativa,
contextual y discursiva, en el sistema primario y en el sistema se-
cundario):
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 149
4)
Enunciado¡
I [, 1 I ]
Emisor (Autor) Destinador Destinatario
1
IV'
Situación discursiva
------------,v
Situación contextua)
En primer lugar, al igual que en diagrama 3 el enunciado , del
emisor incluye al destinador, a su enunciado- y al destinatario. El
enunciado, se produce en una situación contextual de enunciación,
en la cual no nos interesa, por el momento, trazar las diferencias
entre la ea-presencia de emisor y receptor en la transmisión oral
(folklore) y la no ca-presencia en la transmisión escrita. La situa-
ción discursiva, en cambio, se refiere a la situación « ficticia» en la
que se encuentran destinador y destinatario. No vale la pena hoy
insistir sobre la autonomía de este nivel sobre el cual ya se ha
insistido en demasía (F. Stanzel, 1955; W. Kayser, 1955, 1970;
f. M. Bonati, 1960). Pero, sí vale la pena recordar la distinción
entre persona gramatical y persona psicológica, sobre la que insis-
tió la lingüística moderna. Esta distinción nos importa por dos
razones: la primera, que desarrollaremos en 3.5., nos permite anali-
zar situaciones serniorizadas en las cuales se juega, en diferentes
niveles, con la identificación de yo gramatical con yo psicológico; la
segunda, que sí desarrollaremos a continuación. nos permite ar-
ticular la diferencia entre situación contextua] y situación discursiva
sobre el triángulo pronominal y. sobre la base de éste. analizar la
función de los deícticos en una y en otra. Veremos cómo esta
diferencia entre dos situaciones de enunciación produce formas de
semiosis que la inscriben, de manera particular, en el sistema se-
cundario. Retomando las categorías verbales que constituyen los
embragues (R. Jakobson, 1963, pp. 176-196). podemos trazar
el esquema 5:
ISO

y,;
(iSlr)
I
PARA UNA TEüRIA DEL TEXTO LITERARIO
Él
[aquél]


I
Este esquema intenta mostrar la distinta función que tienen los de-
mostrativos cuando éstos embragan, por un lado. sobre la situación
contextual (triángulo externo) y cuando lo hacen en la situación
discursiva (triángulo interno). En el primer caso, se trata de un
organismo que procesa información del mundo y. en consecuencia.
los embragues organizan esta información; en el segundo caso, no
se trata de un ente biológico que utiliza las categorías de la lengua
para referirse al «mundo», sino de un ente gramatical, ficticio. que
fija un ego de enunciación discursiva y que articula el espacio
enunciativo en distintos niveles y en sus correspondientes coorde-
nadas temporales."
2.4.3. Compensación J situación discursiva
2.4.3.1. É. Benveniste (1970. pp. 12-18) bosquejó el apa-
rato formal de la enunciación. De sus propuestas conviene retener.
en primer lugar y en relación a la situación contextual de la enun-
ciación, la distribución de las diferentes categorías verbales (a las
cuales aludimos en 2.4.3.); en segundo lugar, las formas tempo-
rales determinadas por el ego como centro de la enunciación; y.
9. Es preciso recordar aquí la atención K. Hamburger (19n. p. 125)
a la función de los deícticos en lo aquí llamamos situación discursiva de enunciación.
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 151
en tercer lugar. las categorías modales, según las cuales el emi-
sor se adhiere o no a su enunciado (interroga, niega o afirma).
Tal aparato. inscrito en el código lingüístico, subyace a toda
situación comunicativa. A éste deben agregarse los componentes
pragmáticos que. en la situación contextual, condicionan el empleo
de tal aparato formal. Agreguemos que. de acuerdo con nuestras
proposiciones, la situación pragmática debe también especificarse
según se refiera a las normas del sistema primario o a las del sis-
tema secundario. Para comenzar. lo que nos interesa retener del
componente pragmático son dos casos: primero. el que determina
la situación en la ce-presencia de emisor y receptor y. segundo. el
que se construye cuando emisor y receptor no participan del mismo
contexto de enunciación. Para elaborar esta distinción, comen-
zaremos recordando el concepto de compensación. introducido por
A. Martinet (1962) para distinguir la comunicación oral de la
escrita, con relación al contexto de enunciación. Para este autor, la
compensación es necesaria en la comunicación escrita porque lo
suprasegmental de la oral -entonaciones, gestos. etc.- se pierde
en la primera: si en la versión oral yo cuento un determinado he-
cho con expresiones de enojo. ira. etc.• y quiero. también, que
éstos se evidencien en la descripción escrita. tengo que recurrir
sea a signos específicos o a aclaraciones como. «dije con ira y en
alta voz que (oo.)>>. Ahora bien. la noción de compensación podría
ser aplicada. también, en sentido inverso, dado que. para Martinet,
líay una sola dirección: primero lo oral y luego lo escrito. Si acep-
tamos la dirección inversa. la expresión «dije con ira (oo.)>> debe
ser compensada. en la versión oral. con lo suprasegrnenral que
imite la ira que me invadía en el momento de ocurrir el hecho que
estoy narrando. Hechas estas aclaraciones. utilizaremos la noción
de compensación para analizar los componentes de la situación
discursiva. Para ello, extenderemos el ámbito de referencia que
esta noción tiene en Martiner.
2.4.3.2. É. Benveniste (1970. p. 18) observa que sería ne-
cesario distinguir la enunciación oral de la enunciación escrita. La
152 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
razón es que esta última. para Benveniste. se sitúa en dos planos:
el escritor se enuncia escribiendo y. en el interior de su escritura.
hace que otros individuos ((des individus»] enuncien. Los apar-
tados 2.4.2. y 2.4.3. estuvieron destinados a aclarar estos niveles.
Nuestra conclusión difiere de la de Benveniste: el «desdoblamien-
to» es válido tanto para la comunicación oral como para la escrita.
Vale decir que puede haber también situación discursiva en la
comunicación oral. Retomemos este análisis después de haber
introducido la noción de compensación. Supongamos un caso en
el que voy a contar mis vacaciones del verano pasado en Francia
a un amigo X que tengo frente a mí; y que luego se las contaré.
también. a mi amigo Y. ausente. para lo cual tendré que dirigirme
por carta. Agreguemos que el episodio que me interesa contar
ocurrió un sábado por la tarde. en la ciudad de Toulouse, en un
bar del «boulevard de Strasbourg». Lo ocurrido. digamos. fue
una disputa con el propietario del bar. Puesto que se trata de una
disputa. tanto el propietario del bar como yo mismo. en tanto pro-
tagonista de mi propio enunciado, hemos hablado. De modo que
tengo que contarles a mis amigos X e Y. dos tipos de aconteci-
mientas: los verbales y los no-verbales. Resulta obvio que tanto
en la comunicación oral con mi amigo X, como en la escrita con
mi amigo Y. el diálogo de la disputa. entre yo mismo y el propie-
tario del bar. debe ser compensado: resulta obvio que. tanto en la
comunicación oral como en la escrita. alguien enuncia (yo) y. en
el interior de su enunciado. otros enuncian (yo y el propietario).
De modo que. «normalmente». la compensación de la situación
discursiva es necesaria por las propiedades que la definen: las de
una enunciación en el interior de un enunciado. proferido en una
situación contextua] específica.
Tomemos, como ilustración. un caso más complejo. extraído
de Leopoldo Lugones ((La metarnúsica», Las fuero,fls extrañas.
1926):
1) Como hiciera vanas semanas que no lo veía. al encontrarlo le
pregunté:
- ~ Estás enfermo?
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 153
-No. mejor que nunca y alegre como unas pascuas. Si supieras lo
que me ha tenido absorto durante estos dos meses de encierro.
Éstas son las primeras palabras del cuento. El emisor es. obvia-
mente. Lugones y el receptor yo o usted. o cualquiera que lea el
cuento. En nuestros roles de emisor y de receptor. Lugones, usted
y yo estamos en la situación contextual. Dejemos. entonces. de
lado este aspecto. Pasemos a los dos niveles enunciativos que se
articulan en el ejemplo. La primera frase (<<Como hiciera (...))
es una información del destinador¡ (narrador del cuento) a su
destinatario. (tácito). De modo que el primero le cuenta al segundo
que encontró a un amigo A. La forma de la expresión hace suponer
que el destinatario. conoce también al agente A; puesto que el
destinador¡ se refiere a él por formas pronominales: «no lo veía».
«le pregunté». El discurso podría continuarse en estilo indirecto.
refiriéndose siempre al agente A por medio del pronombre. Pero
Lugones prefiere introducir el estilo directo. Al hacerlo, introduce
una nueva situación discursiva: el destinador¡ pasa a ser destina-
dorj, y su amigo A el destinatarioj. Éste. a su vez, pasará a ser des-
tinadory, dada la situación de diálogo que reproduce el estilo direc-
to. Lo que interesa aquí es lo siguiente: el destinador¡ se encuentra
en una situación discursiva. y, desde tal posición, compensa la situa-
ción discursiva. en la cual, él y su amigo A enunciarán. La compen-
sación se da en la frase inicial: «Como hiciera varias semanas que
no lo veía (...)>>. Sin esta compensación. el cuento hubiera empeza-
do por: «Al encontrarlo le pregunté: -¿Estás enferrno P». Si este
hubiera sido el caso, la ausencia de compensación nos haría supo-
ner que el destinatario¡ sabe que el destinador¡ le preguntó a A si
estaba enfermo porque hacía varias semanas que no lo veía; y sabe
también que el destinador¡ supone que A estaba enfermo porque
hacía varias semanas que no lo veía. Vale decir que la compensa-
ción de la situación discursiva- da, al destinatario de la situación
discursiva ¡, las razones que llevaron a tal intercambio de palabras.
Al haber dos situaciones discursivas, los parámetros temporales
adquieren sentido según que el ego de la enunciación se encuentre
en la situación discursiva) o en la situación discursivaj, De este
154 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
modo. «varias semanas» corresponde a la situación., en tanto que
cedas meses» a la situacióny. Llegados a este punto, podemos
reformular la observación de Benveniste, y decir que, en los men-
sajes escritos u orales. tanto en aquellos producidos en contextos
pragmáticos primarios como secundarios, lo que interesa es espe-
cificar y diferenciar los niveles de la situación discursiva J los grados
de su compensación.
2.4.3.3. En e! ejemplo de Lugones, e! grado de compensa-
ción podría considerarse como un nivel de serniotización no mar-
cada: bien podría ser esta una compensación que se encuentra en la
cana a mi amigo Y. cuando, al hablarle de una persona conocida
por ambos. le digo: «El otro día al encontrarlo le pregunté». Pero
la compensación puede dar lugar. también. a serniotizaciones mar-
cadas. El libro de Carlos Fuentes. Las buenas conciencias (19 59).
nos suministra algunos ejemplos para ilustrar este caso:
2)
3)
Pertenecían, en palabras del tío Jorge Balcárcel, a una familia gua-
najuatense de no escasos méritos y de extendido parentesco. Guana-
juato es a México lo que Flandes a Europa: el cogollo, la esencia
de un estilo. la casticidad exacta.
-¡Te acuerdas? A veces una familia de otro Estado contaba la
violencia y el saqueo. Entonces mamá decía que ésta no era la
primera revolución.
Señalemos, en primer lugar. que en 2) la situación en la que «el
tío Balcárcel» enuncia está compensada por la mención misma
de! enunciante: vale decir. que e! destinatario de esta información
conoce al «tío Balcárcel» y este conocimiento es e! que justifica
la referencia familiar y e! estilo indirecto libre con que el destina-
dar informa sobre las palabras del «tío»: «una familia guana-
juarense de no escasos méritos y de extendido parentesco)). Si
comparamos 2) con 3), vemos que ambos tienen en común la refe-
rencia a las palabras de otro enunciante. Pero, en 3). se trata de
una enunciación dentro de otra enunciación (la del narrador de la
LA CONfIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 155
novela). De modo que en 3) tenemos una situación discursiva, que.
a su vez. introduce una tercera: «Entonces mamá decía que (...)).
Lo que interesa en este pasaje de la situación, a la situación} es que
el enunciante sustituye «aquélla» por «ésta» y se sitúa, por así
decirlo. en el lugar del ego (mamá) de la situación}. Al producirse
esta sustitución. el demostrativo adquiere la doble función de
deictico y de embrague: deíctico, por cuanto se refiere a la men-
ción que, en el diálogo en curso, se hizo de la revolución (((Una
familia de otro Estado contaba la violencia y el saqueo»}: embra-
gue. en la medida en que articula la conversación sobre el hecho
«revolución». Si algo semejante ocurriera en una situación contex-
tual, en el sistema primario, trataríamos de explicarlo como forma
dialectal, desconocimiento de ciertas reglas de la gramática, etc.
Pero. si nos encontramos con estas formas en el sistema secundario,
vemos en ellas las marcas de un proceso de serniotización.
2.4.3.4. Tomemos otra perspectiva para analizar este mis-
mo problema: imaginemos la de un receptor, en la situación con-
textual de comunicación. Cuando éste se encuentra con las prime-
ras líneas de una novela como la citada, de C. Fuentes:
4) Jaime Ceballos no olvidaría esa noche (...)
El demostrativo al comienzo del discurso tendría, para el receptor.
únicamente la función de embrague de la situación discursiva. Para
el receptor, esa no puede ser deíctico, dado que no tiene un ce-texto
anterior al cual el demostrativo pueda referirse. En cambio, cuando
el receptor se encuentra, en la última página de la novela. con:
5) Aqut//a noche. en el callejón oscuro de Guanajuaro. las palabras le
atravesaron con dolor la lengua.
El demostrativo aquella organiza más «claramente» las cosas:
con respecto a la situación discursiva. destinador y destinatario
quedan situados, mediante el aquella, como los interlocutores co-
156 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
presentes en relación a un hecho del cual ellos están ausentes. En
cambio. al comienzo de la novela, la sustitución de esa por aquella
acentúa. can respecto al destinador y al destinatario y no al recep-
tor. más su función de deíctica que de embrague. Para el receptor,
en cambio. la función deíctica de aquella es directa, puesto que
refiere a la noche en cuestión que se acaba de narrar. En 4), el
parámetro temporal también está marcado: puede decirse. en este
caso, que ayer sitúa al narrador en la «conciencia» del personaje.
Preferiría sostener que ayer es otra marca de semiotización por
la cual el emisor (o, si se quiere, el autor) marca las jugadas deic-
ticas de la situación discursiva. No encuentro otra explicación para
aclarar, por un lado, estas recurrencias en la novela de C. Fuentes
y, por otro. el hecho de que, en la segunda página de la novela,
cuando comienza la narración retrospectiva que conducirá al
desenlace de esa noche, la primera frase sea:
6) Esta es la gran casa de cantera, habitada hasta el día de hoy por
la familia.
El demostrativo. nuevamente, tiene dos lecturas. Una en su fun-
ción de deíctico, dado que la «introducción» de la novela. que
comienza con el párrafo citado en 4), termina con: «La mansión
de cantera de la familia Ceballos abría su gran zagúan verde para
recibir a Jaime (...)>>. En este caso. esta podría referir a la mansión
que se acaba de mencionar. Pero, también cabría interpretar el
demostrativo en su autonomía de apertura del relato: esta sería
así un embrague inicial en la que el receptor puede indicar al
destinador, señalando con la punta del dedo o con la cabeza, la
casa de referencia. Estos ejemplos nos llevan a suponer que el hecho
fundamental, en este tipo de semioti7.tlción, es la eliminación de la
compensación: se ha eliminado la situación discursiva 1 que encontrá-
bamos en el ejemplo de Lugones. Todas estas ambigüedades. en
la interpretación de los demostrativos, no tendrían lugar si. en 5),
tuviéramos un comienzo de capítulo semejante a:
7) Cuando finalmente se encontraron frente a la casa de los Ceballos,
X -señalándola con el dedo- le dijo a Y:
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA PRIMARIO 157
- Esta es la gran casa de: cantera, habitada hasta el día de: hoy por
la familia.
2.4.3.J. Concluyamos: estructuralmente, la distinción entre
situación discursiva y situación contextua] es válida tanto para el
sistema primario como para el sistema secundario. Los niveles de la
situación discursiva y los fenómenos de compensación pueden darse
tanto en uno como en otro. Diremos, entonces, con referencia al
sistema secundario, que en estos casos la situación discursiva, tal
como la encontramos en el sistema primario, se inscribe en el sis-
tema secundario de modo no marcado. Pero, por otro lado, la
situación discursiva puede ser marcada. Esta marca se manifestaría,
en el sistema secundario, por el uso consciente y ambiguo de los
deícticos y por la ausencia de compensación de la situación discur-
sivay. La noción de compensación nos permite, entonces, percibir
las homologías entre la situación discursiva en ambos sistemas
(primario y secundario) y, a la vez, nos da un punto de referencia
para analizar su semiosis en el texto literario. Dicha noción, ade-
más, no se explica por sí misma, sino que es inseparable de las
condiciones pragmáticas que regulan, por un lado, la situación
contextual en el sistema primario y, por otro, la situación contex-
tual en el sistema secundario.
Capítulo 3
LA CONFIGURACiÓN DEL
SISTEMA SECUNDARIO
3.1. INTRODUCCIÓN
En el capítulo precedente hemos tratado de señalar lo que la
«familia» texto literario tiene en común, por un lado, con la «fa-
milia» texto (definido como estructuras verbales conservadas); y,
por otro, lo que ambos (texto y texto literario) tienen de base
no-textual (definida como estructura verbal inscrita en el sistema
primario). Tomamos, como punto de partida, la perspectiva de
la «poética generativa» (T. van Dijk, 1971, pp. 5-35) en donde
se propone concebir, en una lengua L, dos tipos de discursos y,
por lo tanto, dos tipos de gramáticas: una gramática natural (G
n)
que daría cuenta de las estructuras «normativas» de una lengua, y
una gramática literaria (G¡), que daría cuenta de las estructuras
«suplementarias» de tal lengua. Esta hipótesis supone, a su vez,
dos tipos de competencia. una lingüística y la otra literaria, siendo
la última el modelo objeto de la poética. Esta hipótesis es suges-
tiva, pero contiene una falacia, reconocida, sin embargo. por el
propio T. van Dijk (1972. pp. 194-195): las construcciones
abstractas de estructuras G¡ pueden. de hecho, no ser aceptadas
como literarias por un grupo cultural. Este hecho muestra que la
falacia reside en proponer una gramática (G¡) como descripción
de la competencia literaria del hablante nativo, cuando -en reali-
160 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
dad- el fenómeno literario. al parecer, tiene su fundación en
la actuación y no en la competencia.
Para resolver esta contradicción. introdujimos el concepto de
proceso de semiotización, y con él designamos el modelo objeto
de la teoría del texto literario. Esta hipótesis tiene. a nuestro pa-
recer, la ventaja de delimitar. como objeto de estudio, el proceso
que convierte las estructuras verbales (analizadas por la lingüística
en la competencia y en la actuación), en estructuras verbales con-
servadas (textos). Este proceso, que se evidencia en la actuación,
podría articularse. si se quieren conservar las categorías de la
poética generativa, con la postulación de una «competencia co-
municativa».' Pero, para ello. es necesario distinguir, en la compe-
tencia comunicativa, dos complejos pragmáticos enteramente distin-
tos: a estos complejos los diferenciamos refiriéndonos, a uno. como
sistema primario y, al otro, como sistema secundario. Al proponer
esta hipótesis pasamos de la teoría lingüística del texto literario (o
de la literatura) a la teoría del texto literario (como teoría autóno-
ma). Para diferenciar estas dos posiciones propusimos, metafóri-
camente, llamar. a la primera, «teoría lingüística de la literatura»
y. a la segunda, «teoría literaria de la lengua». Esta distinción.
obviamente. no tiene el valor de concepto de la teoría y. por lo
tanto. su alcance es más didáctico que teórico. El proceso de se-
miotización fue, primero, propuesto como un doble proceso y,
segundo. analizado en varios aspectos: a) diferenciamos el no-
texto (discurso verbal no-conservado) del texto (discurso verbal
conservado); b) propusimos el criterio de conservación como deli-
mitador de la noción de texto; c) analizamos el proceso de sernio-
tización como operación que convierte el no-texto en texto; d)
definimos el texto literario como un subconjunto del conjunto
texto; e) situamos la particularidad del texto literario en la conjun-
ción entre metalengua y estructura verbal y no en la especificidad
de esta última (literaria o poética): la metalengua es la que, en
1. Me refiero aquí a la extensión de la noción de «competencia lingüística .. a la et-
nolingüística como noción de «competencia comunicativa» : D. H. Hymes (1972a y
1972b). Es interesante al respecto la discusión de R. Carnpbell y R. Walles (1970).
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 161
nuestra hipótesis, impone un principio «externo» (X2 y XI' anali-
zado en 1.2.) a las estructuras verbales y -en esta operación-
condiciona la marca intencional del emisor y la inferencia interpre-
tativa del receptor. Vale decir que la metalengua explícita o implí-
cita [Mg, o Mg.) subyace, por un lado, a los procesos de
emisión y de recepción y, por otro. son los procesos de emisión y
de recepción los que modifican la estructura conceptual de la meta-
lengua;j) analizamos como consecuencia de e) el proceso de semio-
tización, en el texto literario. como una jugada marcada (intención)
del emisor (autor), y como una jugada inferida (interpretación) del
receptor (lector. crítico, analista, historiador). La teoría del texto
literario, que también es un proceso de recepción, no tiene como
objetivo, sin embargo. inferir y proponer tales o cuales procesos
de semiotización; sino. por un lado, describir y explicar las estruc-
turas generales y las condiciones de tal proceso; y, por otro, anali-
-r¿r procesos de semiotización ya aceptados como marcas o como
inferencias. El primer aspecto corresponde a los objetivos genera-
les de la teoría; el segundo a los particulares (ver 1.6.). Los puntos
a) y j) soportan la definición del texto literario como doble proce-
so de semiotización: una operación que proyecta estructuras verba-
les en valores culturales (texto); y una operación que proyec-
ta el texto sobre un conjunto de normas «estéticas» (texto lite-
rario).
En el capítulo 2. indagamos las relaciones entre sistema pri-
mario y sistema secundario. En este capítulo. nos ocuparemos de
un aspecto del segundo: el del proceso de semiotización que con-
vierte estructuras textuales en estructuras textuales literarias. Tama-
remos como premisa implícita la articulación en la semiosis del
texto, y analizaremos la semiosis del texto literario. En consecuen-
cia. así como las nociones de sistema primario y de sistema secun-
dario fueron las bases de la argumentación en el capítulo 1, la
metalengua lo será del presente capítulo: el/a es, a nuestro entender.
la condición necesaria y suficiente para que un texto sea, a la ve'\.y
también, un texto literario.
II.-MIGNOLO
162 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
3.2. SEMIOTIZACIÚN DE ESTRUCTURAS FRÁSTICAS
y SUPLEMENTO
3.2.1. Introducción
Analizaremos, en primer lugar, la hipótesis de R. Jakobson
(1960, p. 358), según la cual el discurso poético se define como
un discurso que desplaza el principio de equivalencias del paradig-
ma al sintagma, de la selección a la combinación. En el capítulo 1,
se analizaron las consecuencias epistemológicas de este principio.
En éste nos detendremos sobre sus alcances sustantivos y metodo-
lógicos. Este análisis nos permitirá: a) ver, detrás de esta hipótesis,
un mecanismo más general, del cual las equivalencias son sólo un
caso: un tipo de semiotización que consiste en marcar estructuras
(conexiones), teniendo como base las estructuras discursivas (cone-
xiones) del discurso comunicacional; b) ver que la formulación de
reglas discursivas para describir este fenómeno no es suficiente
para explicar su «poeticidad» (su inscripción en el texto literario);
y que esas reglas necesitan de los principios de una norma, que
se manifiestan en la metalengua.
Comencemos por el ya bien conocido principio de selección y
de combinación. Roman Jakobson (1963, pp. 43-67) propuso
que toda construcción discursiva presupone una operación de selec-
ción, paradigmática, entre formas equivalentes en la lengua, y
una operación de combinación de estas estructuras en el sintagma.
Esta doble operación, que caracteriza el discurso comunicacional,
debe ser modificada para explicar el funcionamiento del discurso
poético: éste tiene en común, con el primero, los dos principios
enunciados, pero, además y a diferencia de aquél, sintagmati7il
combinaciones equivalentes. Vale decir que de la selección de equi-
valencias en el discurso comunicacional, pasamos a la combinación
de equivalencias en el discurso poético; si el discurso comunica-
cional presupone la presencia de estructuras no equivalentes, el
discurso poético presupone la sintagmatización de estructuras equi-
valentes. Jakobson se encuentra, sin embargo y de inmediato, con
un problema: la metalengua (en el sentido que le da este autor y
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 163
no en el que le damos en este libro, como «rnetalengua literaria»],
puede, también, explicarse a través del desplazamiento del princi-
pio de equivalencias (ola función poética proyecta el principio
de equivalencia del eje de la selección al eje de la cornbinación»).
En consecuencia. un enunciado como: « La yegua es la esposa del
caballo (A= A)) puede ser explicado por la misma hipótesis. Pero.
entre la poesía y la metalengua, nos dice Jakobson, hay una dife-
rencia radical: en la metalengua, la secuencia se utiliza para cons-
truir una ecuación; en la poesía, es la ecuación la que se utiliza
para construir una secuencia. Explicación, sin duda, elegante; pero
no del todo satisfactoria.
Manfred Bierwisch (1965, p. 100) 2 ha sugerido la posibili-
dad de considerar la propuesta de R. Jakobson e integrarla en el
cuadro de la gramática generativo-transformacional. De este
modo habría que explicar la hipótesis de Jakobson mediante la
construcción de reglas suplementarias que describirían la compe-
tencia poética, como «suplemento» de la competencia lingüística.
Pero, si la tarea de la gramática consiste en construir un aparato
que procese frases por medio de un dispositivo,
1)
¡-"'lllllTpr ct a' -¡"lIl
sem.muca
¿cómo conectar la descripción de estructuras suplementarias (para
Bierwisch poéticas) con la descripción gramatical de la frase? ¿De
qué manera esta hipótesis nos asegura que los fenómenos que des-
cribe son poéticos; o, en nuestra terminología, estructuras semio-
2 Otra ,dt'Tll.Illl,1 l., otrcce el trabajo Je N Ruwcrt (1 en llW1W a di"',,,i,,-
!le' «polémicas» puede rccord.ir-v a M. I{il"fatl'rn' \ I Culler (1 l. 1{ Fowler
(
164 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
dudas? Este problema podría descomponerse en dos aspectos: el
de las estructuras «suplementarias» no-prosódicas y el de las pro-
sódicas.
3.2.2. Estructuras no-prosódicas
Agreguemos al diagrama 1, siguiendo a Bierwisch, un opera-
dor SO (descripción estructural), el cual especificaría todas las rela-
ciones contenidas en la frase (sintácticas, fonéticas y semánticas).
En adición, habría que considerar un mecanismo PS, que seleccio-
naría dos tipos de SO generados por la gramática: SD
1
daría la
descripción estructural de las frases que corresponden a la compe-
tencia lingüística, en tanto que S02 especificaría las que correspon-
den a la competencia poética. 0, de manera menos drástica,
PS determinaría cuáles de las dos SO corresponden más de cerca
a regularidades receptibles como poéticas. Podemos pensar, de esta
manera, que en toda secuencia de enunciados seleccionamos aque-
llos datos que son descriptibles mediante las reglas de Gn ; tendría-
mos, como resultado, descripciones estructurales SO i- Estas
descripciones constituirían, a su vez, la base sobre la cual sería
posible marcar grados de «poeticidad» caracterizados por descrip-
ciones estructurales S02' Los dos tipos de descripciones estructu-
rales, SOl y S02' podrían reducirse a uno (SO), el cual estaría
formado por dos complejos (e y C) de estructuras verbales. ¿Qué
ganaríamos en tal caso? Hagamos algunos comentarios sobre el
ejemplo clásico del análisis de equivalencias de R. Jakobson y C.
Lévi-Strauss (1962):
Les arnoureux Icrvents et les savants ausréres
Aiment également. dans leur mure saison,
Les chats puissants et doux, orgueil de la maison,
Qui cornme eux sont frileux et comrne eux sédentaires.
El cuarteto. en su organización sintáctica (N. Ruwer, 1968) puede
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 165
ser enumerado, a modo de normalización, en una serie de enun-
ciados de base:
1) les arnoureux fervents airnent les chats puissants e! doux
2) les savants austéres airnent les chats puissants et doux
3) les chats sont puissants et doux
4) les chats sont l'orgueil de la maison
5) les chats sont frileux et sédentaires
6) les amoureux fervents sont frileux et sédentaires
7) les savants ausreres sont frileux et sédentaires
Cada una de estas frases admite, en primer lugar, una descripción
estructural SOl; pero, en segundo lugar, nos harían falta reglas de
transformación (e.g., la inserción de la cláusula, «qui»; la inser-
ción de una frase subordinada, «dans leur mure saison», etc.]
para obtener la estructura de superficie. Ahora bien, en el cuarteto
hay otro tipo de información que, si bien es lingüística, no depende
estrictamente de las reglas gramaticales. Jakobson y Lévi-Strauss
observan, por ejemplo, que: a) los dos sujetos de la proposición
inicial tienen un solo predicado y un solo objeto; b) de esta ma-
nera «Les amoureux fervems et les savants austéres» terminan por
encontrar su identidad; e) tal identidad aparece por un interme-
diario, «chats», que es semánticamente opuesto al sujeto (+ hu-
mano vs. - humano). No obstante, ello sirve para unir dos condi-
ciones humanas opuestas, subcategorizadas por /sensual/ vs. /in-
telectual/; el) estas inferencias ponen de relieve un desplazamiento,
en el cual, el sujeto es asumido por «les chats» que son, a su vez,
«savants» y «arnoureux». Estas conclusiones son el resultado de
las inferencias realizadas a partir del principio de combinación de
equivalencias. Podemos introducir, ahora, en la descripción estruc-
tural del cuarteto, los dos complejos C y C'. Al primero corres-
ponden las informaciones organizadas por las reglas de la gramá-
tica de la frase. Al segundo, aquellas informaciones que, basadas
en las primeras, escapan a la gramática de la frase y se organi-
zan en las reglas suplementarias que describen el principio de equi-
valencia. Los dos complejos se conectan mediante un número n de
elementos, comunes a SOl y a S02' Bierwisch (1970, p. 106)
166 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
sugiere una fórmula para visualizar el principio de equivalencia
con relación a la descripción de la frase:
2)
SD (C,C') ---+, SD (R (C, C') )
En esta fórmula, R (e,C') señala la relación entre ambos complejos
y, como consecuencia, las estructuras equivalentes en la relación
de ambos complejos. Pero Bierwisch, al hacer esta sugerencia, es
lo suficientemente cauteloso como para advertir que esta formula-
ción es dudosamente suficiente como explicación de los efectos
poéticos. De este modo, en los casos en los que pueda aplicarse,
se necesitaría, además, de otras condiciones para explicarlos. Vale
decir que esta fórmula sólo indicaría la capacidad del hablante para
producir y recibir estructuras complejas, a partir de estructuras
lingüísticas simples, pero no necesariamente su «competencia
poética»: los avisos publicitarios serían también descriptibles
mediante esta regla, pero, no obstante, por muy «buena» que sea
la publicidad, nadie le atribuiría función poética. 0, de atribuirla
como función secundaria (((1 like Ike»], ésta dependería no sólo
de factores lingüísticos, sino también extra-lingüísticos. La función
dominante del mensaje publicitario es conativa, pero esta función
no puede inferirse sólo de las informaciones lingüísticas; sino que
se necesita, además, de condiciones pragmáticas.
Dijimos que las equivalencias, como estructuras verbales suple-
mentarias, son un ejemplo de un tipo de semiotización. Esta clase
de fenómenos, como todo proceso de serniotización, no se explica,
en su calidad de texto literario, por lo específico de su construcción
verbal, sino por su correspondencia con una metalengua y en
condiciones pragmáticas específicas. Tomaremos otro ejemplo,
cuya característica reside en la «violación» sintagmática de rela-
ciones paradigmáticas. 0, si se prefiere otra terminología, en la
construcción de frases semánticamente anómalas. Retomemos el
poema «Barcarola», de Pablo Neruda, que ya nos sirvió de
ejemplo en el capítulo l.
1) Sonaría con un ruido oscuro, con sonido de ruedas de tren con
sueño.
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 167
En primer lugar, «tren con sueño» viola las reglas ca-textuales de
la lengua porque «sueño» necesita de un sujeto (+ ANIMADO), Y
«tren» se categoriza (- ANIMADO). Tendríamos una semi-frase
anómala. Pero, claro está, esto no es todo. Si dejamos de lado
la semi-frase «con un ruido oscuro», podríamos parafrasear 1):
2) X sonaría con el mismo sonido con que suenan las ruedas de (del o
de un) tren con sueño.
Si comparamos 1) con 2), vemos que uno de los problemas lo
constituye la preposición en lugar de un morfema comparativo:
«sonaría como sonido de tren con sueño» sería más «aceptable»
que «sonaría con»; las propiedades de la proposición con (unión,
adyacencia, concurrencia) no son aceptadas por un verbo como
sonar y la repetición del mismo verbo después de la preposición:
«sonaría con un ruido» es más aceptable que «sonaría con un so-
nido». Además, el comparativo haría menos notoria la ausencia
del indefinido (<<un»): «sonaría como sonido» sería más acepta-
ble que «sonaría con sonido».
Esta «incongruencia» del uso de la preposición que, como
acabamos de ver, genera una serie de posibilidades interpretativas,
es una manera de marcar la semiosis de la estructura sintáctica. Al
leer los poemas de Residencia en la tierra, comprobamos que la
preposición articula un número notable de versos, en los cuales
intuimos ciertas anomalías:
3) a) con un ruido de llamas húmedas, quemando el cielo
b) tu lloras de salud, de cebolla. de abeja
c) solo puedo quererte con olas a la espalda
ti) asustar a un notario con un lirio cortado
e) dar muerte a una monja con un golpe de oreja
j) yo paseo con calma. con ojos. con zapatos. con furia. con olvido
Podríamos analizar en detalle los distintos aspectos de estos
ejemplos. Para acortar el camino, sólo retendremos de ellos un
aspecto: cada uno de estos versos puede ser descrito mediante
168 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
reglas gramaticales. Deberíamos agregar, a cada regla, en la des-
cripción de la preposición, las «licencias» otorgadas a ésta. Una
vez que hayamos especificado las reglas que contemplan ciertas
licencias en el uso de la preposición, podremos generar un número
infinito de frases semejantes: es obvio que no todas ellas serán
aceptadas como poéticas simplemente porque violan la inserción de
la preposición o las correspondencias semánticas entre el verbo y el
complemento unidos por la preposición.
llegamos así a comprobar que, tanto para las equivalencias
como para cualquier tipo de alteración sintáctico-semántica, pode-
mos «inventar» reglas que describan el «suplemento» estructu-
ral. Ello no nos garantiza, sin embargo, que la aplicación de la
misma regla genere, automáticamente, enunciados poéticos. En
este momento nos es necesario recurrir a la metalengua y a situa-
ciones pragmáticas de comunicación. En el caso de Neruda, sabe-
mos que la «licencia» a la que nos referimos está «otorgada» por
la norma (metalengua) surrealista. Pero, si buscamos explicaciones
por este camino, nos encontraremos con el mismo problema que
acabamos de rechazar: podemos producir un tipo específico de
verso, aplicando ciertas reglas gramaticales en conjunción con
ciertas normas literarias, pero esto todavía no nos garantiza la
poeticidad. Es entonces necesario introducir el componente prag-
mático, dado que una frase o discurso es considerado poético en
la conjunción de estructuras lingüísticas y metalengua, y en
relación con un conjunto de textos (memoria cultural y/ o indivi-
dual) que le sirven de marco de referencia al texto en cuestión: un
texto no es poético en sí mismo, sino en relación con otros textos.
llegamos aquí a un problema delicado cuando intentamos referir
estas conclusiones al emisor y al receptor. Los dos polos del espec-
tro presentan características bien distintas: el emisor puede inten-
tar un discurso como poético pero éste necesita de la sanción del
grupo cultural que lo procesa. De manera que si el hacer poético es
una actividad que se inscribe en una norma, o que intenta transfor-
mar una norma existente e imponer otra, esta intención y su resul-
tado necesitan, también, de las inferencias de la recepción para
que el acto cumplido pueda inscribirse en la norma.
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 169
En suma, la semiotización de estructuras verbales que podemos
concebir, aceptando la concepción lingüística, como estructuras
suplementarias, son ejemplos de semiosis marcadas de estructu-
ras no prosódicas. Éstas no pueden ser explicadas en su singulari-
dad «poética», sino que deben ser integradas a la generalidad del
proceso de semiotización: para el caso del texto literario (E
4
) , a
la metalengua como norma que genera el «estilo»; y a la estruc-
tura comunicacional (ver capítulo 4) que procesa el texto.
3.2.3. Estructuras prosódicas
Un segundo problema, que nota Bierwisch, con respecto a las
relaciones entre las reglas gramaticales y el «sistema poético», es
el de las estructuras prosódicas, tanto métricas como no-métricas
(rima, aliteración, asonancia, etc.). Por un lado, el sistema métrico
se construye sobre la base de elementos del enunciado y de la
conexión entre enunciados; por otro, las estructuras no-métricas
son -al igual que las métricas- estructuras parásitas que tienen su
base en las estructuras lingüísticas primarias. Para referirnos al
posible tratamiento de este aspecto en la teoría del texto literario
tomaremos un solo ejemplo; las estructuras métricas. Supongamos
que sea posible hablar de una competencia métrica partiendo del
principio que la periodicidad rítmica, manifiesta en todo discurso,
es un fenómeno arraigado en nuestra capacidad para pautar so-
nidos. El ritmo (caída y aumento de la entonación) que está a la
base de todo acto de habla, es un principio organizador y una
técnica temporal de articulación. El paso siguiente, en la formación
simbólica, es la organización consciente (explícita o implícita) de
tal ritmicidad y la producción de enunciados rítrnicamente medi-
dos. Que la base de la organización rítmica sea la cantidad o el
acento es un factor que depende de períodos culturales y que
está sujeto a la metalengua (e.g., la discusión con respecto al
acento, como factor relevante del verso en la lengua castellana,
que comienza con la Gramática de la lengua de Nebrija), pero que
en nada modifica sus fundamentos biológicos. Lo que interesa
170 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
(T. Navarro Tomás, 1966. p. 35)
El papel del verso como parte de la expresión rítmica del pensamiento
se completa en la armonía de la estrofa. La estrofa en sus manifestaciones
primarias respondía a las líneas del canto acomodado a las evoluciones y
mudanzas simétricas de la danza. Sin duda contribuyó también en otro
terreno a definir la estrofa el ejemplo de las correlaciones de secuencias
y tropos de las melodías litúrgicas (...) Gran parte de los rasgos métricos
que distinguen a cada período se fundan en el carácter de las estrofas.
, (T. Navarro Tomás, 1966. p. 41)
En tanto que la métrica es una pauta que se «superpone» a la
organización del enunciado, el verso tiene su base en ésta, además
de otras pautas que se superponen a los enunciados y que conectan
versos en la estrofa. En consecuencia, lo que cuenta fundamental-
mente, en la métrica, es que organiza el discurso mediante dos tipos
de pautas: las marcadas y las no-marcadas. Ello se construye sobre
la base de las conexiones sintáctico-semánticas de una lengua dada,
y agrega la «suplementariedad» métrica. De lo cual se deriva
que el plan «métrico» es opcional para la conexión del discurso. Un
buen ejemplo de este hecho lo constituyen los estudiantes de primer
año de literatura que se fijan en el contenido conceptual y no en
las estructuras prosódicas. La base fuertemente regulada de las
medidas, silábicas o acentuales, ha llevado a los estudiosos de la
señalar es que la métrica, sea acentual o silábica, se construye
como suplemento de las estructuras gramaticales de una lengua
determinada (J. Lotz, 1960, pp. 135-148) Ytiene, como estruc-
tura subyacente, una capacidad biológica para pautar sonidos.
Comencemos por alguna parte donde rápidamente se sinte-
ticen los problemas de la métrica ;'
El verso determina su figura y sus límites mediante la combinación
de sílabas, acentos y pausas (...) El lenguaje adquiere forma versificada
tan pronto como tales apoyos se organizan bajo proporciones semejantes
de duración y sucesión.
3. Entre los trabajos recientes sobre las teorías métricas, además de los de M. Ha-
lle y S. Keyser (1966). el número especial de Poetics editado por Beaver e Ihwe (J. C.
Beaver y J. Ihwe eds., 1974), K. Magnuson (1974). En cuanto al estudio de textos
«no-literarios» (o, al menos, no claramente). P. Kiparsky, 1970. De especial interés para
la posición sostenida aquí es elde J. Lotman ( 1976a).
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 171
versificación a introducir la noción de «competencia métrica».
El hecho de que el verso se estructure sobre sílabas. acentos y
pautas. lo hace depender de las reglas de una lengua determinada.
Pero las pautas métricas están. además, condicionadas por reglas
pragmáticas que restringen la situación de enunciación (¡ no se
habla métricamente por teléfono para encargar pasteles !). Por otro
lado, si teóricamente se pueden construir versos de extensiones
ilimitadas en el desempeño, éstos tienen un límite. dado que sería
difícil percibir versos de cuarenta y dos sílabas. De ahí que, a
partir de la sílaba duodécima inclusive, los versos sean considera-
dos compuestos. es decir. formados por dos versos simples separa-
dos por una cesura. Podemos ahora preguntarnos: ¿en qué medida
es posible hablar de competencia métrica? Morris Halle (1970) Y
M. Halle y S. Keyser (1966) parecen implicarlo. Wolfgang Klein
(1974). entre los jóvenes teóricos. separa radicalmente el proceso
de aprendizaje de la lengua, del proceso de aprendizaje del metro.
Sostiene que, por un lado. la competencia lingüística es adquirida
en el curso de un largo y complejo proceso. en el cual están involu-
cradas tanto las habilidades innatas como una larga experiencia
acompañada de práctica. Por el contrario. podría hablarse -según
Klein- de una capacidad métrica innata, dado que las reglas que
gobiernan las pautas métricas se aprenden de la misma manera
que las fórmulas matemáticas o las leyes físicas. Creo que el argu-
mento de Klein es erróneo y dos tipos de evidencias pueden ser
aducidos en favor de mi asunción:
a) Siguiendo el tipo de ejemplos que sostienen la argumentación
de Klein, es exacto que si preguntamos a un hablante nativo:
«,1 El nido desierto de mísera tórtola es un verso dactílico. anfi-
bráquico o anapéstico?», difícilmente obtendremos respues-
ta correcta e inmediata de la manera que podríamos obtenerla
si preguntamos: «¿ El muchacha golpeó el puerta es grama-
tical o no?». Klein (p. 33) argumenta que para responder a
cuestiones sobre el verso. como la primera. se necesita alguien
que conozca explícitamente los principios de la métrica en
cuestión. Esto es. sin duda. cierto pero. a mi entender. este
172 PARA UNA TEORÍA OEL TEXTO LITERARIO
argumento es falaz porque mezcla dos niveles. Lo que corres-
pondería preguntar, en el primer caso, es si el verso es pauta-
do (métrico) o no. Esta pregunta tendría una respuesta afir-
mativa inmediata por parte de un hablante de español. aunque
éste no conozca a Navarro Tomás. Por el contrario, pregun-
tar si un verso es anfibráquico o anapésrico sería como pre-
guntar, a otro nivel: «¿El sujeto del enunciado es un hacedor
implícito de la acción o viola reglas de subcategorización?».
Estas preguntas pueden ser sólo contestadas por alguien que
haya aprendido «explícitamente» ciertas categorías de aná-
lisis de la lengua. En resumen, la falacia del argumento de
Klein es la de confundir la capacidad para producir y recibir
pautas en los segmentos con la elaboración posterior capaz de
describir y clasificar tales segmentos.
b) Podemos entonces hablar de una competencia métrica si por
ella entendemos la capacidad para percibir organizaciones
pautadas de sonidos. Habría que determinar en qué momento
se adquiere ésta. Los libros para niños están escritos, a me-
nudo, en pautas rítmicas y emplean también la rima. Eric
Lenneberg (1967, p. 7) ha mostrado que durante un minuto
de discurso oral ocurren de 10.000 a 15.000 movimientos
neurornusculares. Este hecho lleva a Lenneberg a preguntarse
si hay algún principio organizador que nos permite distinguir
o marcar los sonidos. En la música es posible reconocer melo-
días golpeando con los dedos o moviendo la cabeza. Después
de diez segundos de escuchar el golpeteo, podemos decir si
el golpeteo es pautado o realizado al azar (e.g., los baterías
de los conjuntos de jazz). Lo que está involucrado, en la
pauta, es el tiempo que organiza la secuencia de sonidos. Esta
organización temporal del sonido es aparentemente válida,
no sólo para el oído como órgano receptor, sino para todo
tipo de percepción sensorial: las pautas temporales consti-
tuyen organizaciones moduladas. E. Lenneberg habla, en este
caso, de ritmo. El ritmo puede ser marcado por pulsos sepa-
rados temporalmente o por oscilaciones que son alteraciones
periódicas entre dos estados. El ritmo que subyace al habla
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 173
parece estar marcado por alteraciones entre altos y bajos
tonales. Esta formulación, aunque no se tengan evidencias
empíricas satisfactorias, puede aceptarse como construcción
teórica. Ahora bien, tanto si el ritmo implícito en el habla
es un principio organizador como una técnica temporal de
articulación. eso quiere decir que tenemos en él una base sub-
yacente y potencial de la métrica, una pauta de organización
de los movimientos que producen los sonidos del habla (E. Len-
neberg, 1967, p. 118). Si la hipótesis de Lenneberg se sos-
tiene, entonces la construcción verbal suplementaria pauta-
da tiene, en primer lugar, sus bases en nuestra capacidad
para hablar y, en segundo lugar, en nuestra capacidad para
producir organizaciones artificiales (sistema secundario), a
partir de las conductas verbales del sistema primario. Habría
una competencia métrica, en consecuencia, si por métrica no
sólo entendemos al contenido de los manuales de prosodia.
sino, fundamentalmente, la capacidad para organizar series
pautadas de sonidos y superponerlas a la base sintáctico-
semántica.
El metro organiza la medida del ritmo, la pauta del ritmo. La
base esencial del ritmo son los apoyos del acento espiratorio. Por
lo tanto, definimos el discurso como una sucesión de enunciados
D = El'" E2 ... En' en la cual todo enunciado E¡ (i :5 1) provee
informaciones sintáctico-semánticas que se conectan con las que lo
anteceden; E¡ tiene, además, en el caso del verso, informaciones
del tipo x xx x Xx que indican sus tiempos marcados y no-marca-
dos. La marca que corresponde a las palabras acentuadas de un
idioma, y que se diferencian de las no-acentuadas, debe estar dis-
puesta en forma regulada para que un enunciado sea percibido
como rítrnicamente pautado. Teoréticarnente, el verso se definiría
como una frase (F -+ SN + SV + SV), a la cual agregaríamos
un calificador (*). indicador de un dispositivo que describe las
pautas de sonidos acentuados. Esto nos permite postular el verso
como un enunciado, más un calificador y, a la vez, separar el verso
de unidades que se basan en otros principios tales como la estrofa
174 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
y el poema. Es decir, la estrofa, como organización interna, corres-
ponde más bien a un plan o esquema organizativo que no depende
de principios lingüísticos (aunque «suplementarios»] como el
verso, sino que obedece a otra clase de reglas semióticas.
Hemos tratado de sostener que la «intuición» para producir y
receptar grupos pautados de sonidos es una capacidad biológica.
En este sentido, podría hablarse de «competencia rítmica» dado
que las reglas de acentuación y de la organización numérica de
las sílabas en el verso, reguladas por altos y bajos tonales, tendría
su base en la capacidad para pautar sonidos. Si esta suposición
es correcta, tendríamos que es esta capacidad la que se semiotiza
cuando, tanto en el folklore (E
z
) como en el texto (E
4
) , encon-
tramos formas verbales construidas y organizadas mediante un
«suplemento» del enunciado; las medidas silábicas o acentuales
que definen el verso. Cronológicamente, el verso aparecería como
una semiotización simple (no-marcada) de la competencia rítmica.
Sabemos que el verso nace unido a la danza. Este caso constituiría
un primer proceso de semiosis. La «métrica» sería ya una expre-
sión de la metalengua por cuanto su surgimiento estaría ligado
a la «reflexión» sobre la competencia rítmica, y al cómputo silá-
bico o acentual consciente: vale decir, tendríamos reducción del
verso a medida, y su expresión en la metalengua. Momento en el
cual la competencia rítmica, manifiesta primero en E
z
, pasaría
a E
4
.
A partir de este momento, el estudio diacrónico nos mostraría
más claramente el doble juego entre la competencia rítmica y la
competencia métrica: la segunda sería así un resultado de la refle-
xión sobre la primera. Sabemos por ejemplo que, en español, el
octosílabo es el verso más antiguo y figura en gran proporción en
los cantares de gesta. Este hecho no presenta ninguna sorpresa: es
el más antiguo porque, al tener sus raíces en la medida básica de los
grupos fónicos de la lengua (Navarro Tomás, 1966, p. 71), es el
menos marcado como proceso de serniotización, y es el que puede
surgir como proceso de semiotización que no requiere una rnetalen-
gua explícita. Dicho de otra manera, el octosílabo sería, para el
español, el primer ejemplo de semiotización de la competencia
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 175
rítmica. Este hecho es, quizás, lo que hace que el octosílabo esté
ligado a textos folklóricos o a textos literarios, cuya metalengua
impone un tipo de semiotización que tiene su base en el primero.
En este sentido es interesante notar el destino que sufre el octosí-
labo en el Renacimiento. Navarro Tomás (1966, p. 214) habla
de expansión del octosílabo. La expansión se explicaría por una
complicación de los tipos octosilábicos: «Del examen de algunos
ejemplos se puede deducir que el octosílabo en el presente período
(Renacimiento), era manejado con amplia libertad en lo que se
refiere al empleo de sus variedades rítmicas». Navarro Tomás nos
dice, además, que en el Renacimiento, el tipo trocaico ocupaba la
posición dominante. Tampoco este hecho debe sorprendernos: de
los tres tipos de versos octosílabos (trocaico, dactílico y mixto), el
trocaico es el que distribuye las pautas sonoras con mayor simetría.
Esto hace que su pervivencia esté marcada por dos aspectos: a) su
base en los grupos fónicos de la lengua lo haría sobrevivir en la
forma popular (donde tiene su origen); sobrevive así en el teatro
y en la difusión del romance; b) la metalengua sería la que permite
explicar que, en el Renacimiento, el tipo de verso dominante fuera
el trocaico, que presenta, como dijimos, el mayor grado de simetría
entre los versos octosílabos. Una conclusión semejante podríamos
extraer si examináramos las formas estróficas de las composiciones
en versos. El soneto, por ejemplo, por su forma fija, representa
un alto grado de artificialidad en las composiciones estróficas.
Además, el soneto está estrechamente ligado al endecasílabo. Sa-
bemos que nace en Italia en el siglo XIII y que de ahí pasa a Es-
paña. Ahora bien, los períodos literarios que más lo privilegian,
como es de esperar por el carácter de éste, son el eeSiglo de Oro»
y el «Modernismo»: « Recuperó el soneto en el Modernismo
prestigio semejante al que había alcanzado en sus mejores tiem-
pos» (Navarro Tomás, 1966, p. 400). Los «mejores tiempos»,
sabemos, es el Siglo de Oro: «Fue el soneto la composición pre-
ferida entre las estrofas endecasílabas del siglo de oro» (p. 252).
El soneto, como forma estrófica ligada a la metalengua tiene, como
es de esperar, una caída, como forma estrófica dominante, en el
Romanticismo. Creo que estos casos son suficientes para ejempli-
176 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
ficar nuestra hipótesis sobre el proceso de semiotización en las
formas prosódicas: base rítmica en el sistema primario designada
como «competencia rítmica»; semiotización no marcada en las
formas versificadas en la danza y en el folklore: toma de concien-
cia de tal capacidad y surgimiento de la metalengua (jue se mani-
Iesta, por un lado. en el cómputo silábico. y, por otro. en las
formas complejas de la versificación. En cuanto a las formas
estróficas. el soneto sería un ejemplo de serniosis marcada por: su
forma fuertemente codificada; su relación con el endecasílabo
como forma «artificial» del verso; su empleo cuando la metalengua
dominante codifica las preferencias por formas artificiales (e.g.,
Siglo de Oro y Modernismo).
3.3. SEMIOTIZACIÓN DE CAMPOS SEMÁNTICOS
3.3.1. Campos semánticos y estructura léxico-conceptual"
Antes de Saussure la semántica estudiaba o bien la relación de
las palabras con sus referentes (J. Lyons, 1968. cap. 9). o bien
la evolución del sentido de una palabra. Después de Saussurc, se
comenzó a hablar de campos asociativos asumiendo que toda
unidad léxica puede asociarse con otras mediante conexiones de
sentidos o puramente formales: un término dado es el centro
de una constelación. el punto donde convergen términos coordina-
dos y donde la suma es indefinida. El ejemplo clásico del campo
asociativo es para Saussure (1916. p. 175) el de enseignement-
enseigner-enseignons / dément-justement / changement-armement / etc.
En la lingüística estructural de Bloomfield, el léxico fue cuasi olvi-
dado porqu<' se lo consideraba como un campo poco estructurado
(H. Gleason, 1962). Aun la gramática generativa. en su primer
4 Dos resúmenes de )", problema, que se presentan en esta área de invc"'tigaci"'n.
hasta los aúos cincuenta, "1I1 1", de H, Basihus ( 1952) YS Ohman ( 195 31, Una PCTS'
pecriva más actual en el libro de E. A. Nida (1975 j. Má, cspecificamcntc merecen rccor-
darse los trabaj", de E. Coseriu ( 1')64. 1')68l. L:n amplio resumen Jc' las tl'Orí..s exis·
tenrcs se encuentra en el libro de H. Geckeler ( 197 1l.
LA CONFIGURACION DEL SISTEMA SECUNDARIO 177
momento. subordina el léxico a la sintaxis. Con el surgimiento de
la teoría semántica como teoría independiente. el léxico. si bien
queda subordinado a la sintaxis. tiene también su objeto autónomo
de estudio: J. Katz y J. Fodor (1964. p. 493) sostienen. en una
primera versión de la teoría. que ésta debe explicar los hechos bá-
sicos que permiten determinar. al hablante nativo. el sentido de
una frase en función de sus constituyentes léxicos. Para explicar
este fenómeno. prosiguen estos autores. la teoría debe estructu-
rarse en dos componentes: un diccionario de las unidades léxicas
de una lengua y un sistema de reglas de proyección. Estas reglas
operan sobre la descripción gramatical de la frase y sobre la entra-
da del diccionario. para producir interpretaciones semánticas de
todas las frases de una lengua. Tanto este modelo semántico como
el presentado por J. Greimas ( 1966). fueron los que renovaron. en
los estudios literarios. la descripción de estructuras léxico-temáti-
cas (T. van Díjk, 1969; F. Rastier, 1972) relegadas hasta enton-
ces al estudio de «grandes temas»: el amor. la muerte. la socie-
dad. etc.
En forma paralela a esta línea. rápida y esquemáticamente
trazada. había surgido. con posterioridad a Saussure, la teoría de
los campos semánticos. La aparición de los trabajos de J. Trier
(1931). inspirados en parte por la teoría de Saussure, mostraron
que era posible pensar el léxico de una lengua como una totalidad
organizada y estructurada. Los conceptos de campo semántico y
campo conceptual se introdujeron para articular la estructura lé-
xica de una lengua. Bajo estas premisas. J. Trier estudió el campo
léxico-intelectual del alto alemán medio hacia 1200 y. lo comparó
con la distribución del mismo campo un siglo más tarde. En el
primer caso. el resultado que obtuvo fue la organización del campo
de los lexemas visbeit, k..unst y list. Este conjunto tenía, en 1200,
un significado totalmente distinto al del alemán moderno: k..U11J/
se refería a las habilidades cortesanas y caballerescas; en tanto
que list, a las habilidades que caían fuera de la esfera cortesana.
Ambos podían ser reemplazados por uisbeit, que los agrupaba: el
último resumía así el campo conceptual. dividido en dos campos
semánticos por los lexemas k..unst y list. Esta trilogía. en su organi-
12 - MIGNULU
178 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
zacion semántico-conceptual, sostenía dos principios fundamen-
tales de la civilización medieval: el feudalismo y la universalidad.
Pero. un siglo después. cuando se desvanece la infraestructura
social, list desaparece del léxico del campo intelectual debido a
sus componentes peyorativos. Quedan wisheit, /e.unst y wá... ~ n :
estos tres lexemas articulan el campo. hacia 1300. de una manera
distinta a la que se manifestaba en el siglo anterior. No se trata.
para J. Trier, de un simple cambio léxico. sino de una reestructura-
ción total del campo: wisheit ya no abarca el campo de toda la sa-
biduría humana. sino que su valor se ha reducido para designar las
experiencias religiosas y místicas; a la vez. /e.unst y w i ' Z ~ n comien-
zan a distinguir entre el conocimiento y el arte. Además. en esta
nueva distribución del campo semántico. los tres lexemas están en
el mismo nivel jerárquico. sin que ninguno de ellos lo resuma.
como había sido para wisheit un siglo anterior.
En un libro reciente. E. A. Nida (1975. pp. 174-193) ha
bosquejado. desde la perspectiva del análisis cornponencial, varios
de los problemas que se presentan en el estudio de los campos
semánticos (para Nida «sernantic dornains»). Ha propuesto la
organización de cuatro dominios conceptuales que tienen. para
Nida. la particularidad de ser universales. tratando de mostrar
que todas las lenguas hacen uso de ellos. Sin discutir esta última
suposición. tomaremos su clasificación como instrumento de tra-
bajo. dada la ventaja de su amplitud. Mantendremos el término
de dominio semántico para estas categorías comprensivas. reservan-
do el de campo semántico (CS) y el de campo conceptual (CC) para
las organizaciones específicas del léxico de los dominios semán-
ticos. Para Nida (p. 175). los cuatro dominios son:
1) Entidades u objetos; pueden dividirse entre contables (hombres.
árboles. animales) y no contables (sal. agua).
2) Acontecimientos; tanto acciones como procesos (correr. ir. ve-
nir. haber. etc.).
3) Cualidades abstractas (lo bello. lo bueno; términos de la afec-
tividad. etc.},
4) Cantidad (mucho. poco. alguno. etc.).
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 179
Nida señala que cada una de estas esferas o dominios pueden tener
su correlato con las unidades gramaticales (entidades = sustanti-
vos; acontecimientos = verbos. etc.}; pero, sostiene también. que
el estudio del campo léxico debe realizarse en su propia autonomía.
sin referencias a la gramática.
Sobre esta base, y para los fines que perseguimos en este libro,
necesitamos una estructura analítica que nos permita distribuir, en
unidades menores. la organización del campo semántico y con-
ceptual en alguno de los dominios semánticos. La unidad de base
es el lexema. Ahora bien, para que un lexema pueda ser organizado
en campos semánticos. necesitamos reconocer en él algunas propie-
dades sobre las cuales basar su estructuración, en relación a otros
lexemas del campo. Un lexema se analizaría, en primer lugar. en
dos componentes: los designadores y los formadores (G. Leech,
1974, pp. 34 Y61). Con respecto a los primeros conviene recordar
que en toda lengua pueden presentarse dos casos: un lexema tiene
varios referentes; y un referente puede tener varios lexemas. Am-
bos casos resumen el componente referencial de un lexema. En
cuanto a los segundos, consideraremos al lexema compuesto por
unidades menores como los fonemas y los sernas.
1)
1
torrnadorcs
n
Lexema
I
un R
I
varios L
I
dl'signadorl's
I
varios R un L
A su vez necesitamos determinar las relaciones que nos permi-
tan organizar los lexemas entre sí, en uno o más campos semán-
ticos: utilizaremos los conceptos de semema, arcbilexema y clase
léxica con valor de conct"ptos relacionales. Los primeros organizan
los sernas de un lexema; los segundos agrupan lexemas de un mismo
campo semántico; y las clases léxicas agrupan lexemas de distin-
180 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
tos c a m p o ~ semánticos. Esta distribución es necesaria puesto que.
si tomamos por ejemplo el dominio entidades, podemos intentar
la organización de un campo conceptual. partes del cuerpo. distri-
buyéndolo en dos campos semánticos:
2)
ce
PARTES DEL CUERPO
/ ~
CS
1
l
Lexema:
. 1
Sememas .
humano
boca
dientes
manos
ojos
etc.
CS
z
Lexema: 1animal
Sernernas :1hocico
dientes. colmillos
patas
oJos
etc.
Los lexemas organizados en 2), en relación al campo conceptual
partes del cuerpo pueden, a su vez. ser organizados en otros campos
conceptuales y tomar, como tales, a humano o animal:
3)
ce:
HUMANO
~ ~
CS¡ CS
z
Lexema: 1femenino Lexema: 1masculino
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 181
4)
CC:
ANIMAL
¡
t
¡
CS
1
CS
Z
CS
l
~ ~
¡
Archilex:
~ domésticos
Archilex: salvajes Archilex:
~ de trabajo
~
Lexemas: gato Lexemas: tigre Lexemas: caballo
perro león buey
Podríamos, todavía, tomar uno de los sememas (e.g., boca) del
cuadro 2) y organizarlo como campo conceptual con relación a
los campos semánticos que boca actualiza en una lengua. Sabemos
que en castellano, como en inglés, boca puede ser usado en varios
contextos: uno de ellos como «desembocadura de un río». Ten-
dríamos así:
5)
CC:
BOCA
es,
l
Semema: boca (partes del
cuerpo)
+
Sernas: objeto físico
concreto
inanimado, parte de
entidad animada
abertura
para hablar, comer
es,
¡
Sernema: boca (de un río)
¡
Sernas: objeto físico
concreto
inanimado. parte de una
entidad inanimada
abertura
donde las agua, son
descargadas
182 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
Cualquiera que sea el tipo de refinamiento analítico que pueda
encontrarse entre los especialistas. lo que nos interesa con estos
ejemplos no es competir con ellos. sino ilustrar el principio de orga-
nización de los campos conceptuales y semánticos. Este nos per-
mite señalar que. por un lado, los campos semántico-conceptuales
organizan el léxico de una lengua en el sistema primario; y. por
otro. que podemos trazar, sobre este tipo de organización léxica,
las particularidades de los procesos de semiotización del espacio
semántico y conceptual. Los puntos que siguen (descomposición
léxica, clases semánticas, variaciones léxicas y fusión conceptual)
intentan ilustrar. sobre esta base, las posibilidades de los procesos
de semiotización léxica, abiertas a las investigaciones empíricas.
3.3.1.1. Descomposición de lexemas (neologismos). - Podemos
hablar. para comenzar. de dos tipos de neologismos: externos e
internos a la lengua. El primer tipo no lo trataremos aquí, puesto
que su operación de «traducción» nos llevaría a un terreno dis-
tinto al de los campos semánticos de una lengua. Baste decir. para
nuestros propósitos. que ellos no son menos interesantes como
procesos de semiotización: el neologismo externo manifiesta la
existencia de un conflicto en la lengua donde se produce el texto;
y este conflicto. que genera el neologismo. tiene también su mani-
festación en la metalengua: los neologismos de Rubén Darío (ana-
lizados por J. López-Morillo, 1944) son inseparables de la meta-
lengua en la que Darío manifiesta su posición ante el español
«literario». No es menos significativo el ejemplo de Dante, en la
confluencia del latín y del «volgare» (E. Curtius, 1948, p. 504):
De vulgari eloquentia sería. desde nuestro punto de vista, la meta-
lengua que justifica y motiva el neologismo.
En los neologismos internos, lo que nos interesa es que, en su
estructura, ellos son el resultado de la descomposición de lexemas
y. por lo tanto. implican la fusión de dos campos semánticos.
Todos conocemos los neologismos en la poesía de César Vallejo.
G. Meo Zilio (1967) los ha analizado en detalle y ha clasificado
las reglas de su formación. Tomemos dos ejemplos (Meo Zilio,
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 183
1967, p. 42): «es de madera mi paciencia I sorda, vejetal» e
«yen mal asfaltado oxidente de muebles indúes vira I se asienta
apenas el destino». Ambos neologismos se forman por la sustitu-
ción de signos gráficos (g, j: ce, x); fonéticamente, Ixl para el
primer grupo y Iksl para el segundo.'
6)
Oxidente
óxido occidente
es, es¡
Vejeral
n
Lexemas
- - - - + ~ vegetal vejez
orizinarios
C" CS, CS¡
Vernos. en este caso, la importancia de los fonemas entre los for-
madores del lexema: la operación de descomposición y formación
de un nuevo lexema tiene su punto de articulación en el grupo
fónico. Pero, el resultado es la integración de dos campos semán-
ticos cuyos lexemas vejn.:vejetal se resumen en el neo-logo:
5, Es rreciso notar que la coincidencia fonética es sólo para el área hispánica que
sesea: para e seseo. la grafía « de orridenre pertenece al grupo fónico Iks/: mientras que.
para las zonas que lo distinguen. el grupo fónico es Ik-tt/.
184 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
7)
ce.
VEJETAL
Lexema:
Semas:
T
1
vegetal
inmovilidad
sin sistema
nervioso
alimento
inorgánico
Lexema:
Sernas:
vejez
estado
edad
aplicado a humanos
y no humanos
aplicado a objetos
animados e inanimados
En cuanto a su función en el texto. es obvio decir que la relación
del neologismo con la metalengua justifica su «status» textual,
dado que no es necesario ser poeta para tener la licencia del neolo-
gismo: este es un mecanismo verbal tan válido en el sistema pri-
mario como en el secundario. En el caso de la poesía de C. Vallejo
el neologismo. en su función textual. no puede ser explicado sólo
por su estructura sino que debe ser inscrito en cierta metalengua
de las «estéticas de vanguardia) que proponen «Ía fusión de lo
inesperado). Este aspecto de la metalengua es el que otorga al sí-
mil y a la metáfora un lugar privilegiado en la poesía de vanguar-
dia. puesto que en ellos encuentran la posibilidad más directa de
reunir lo imprevisto. El neologismo interno. en Vallejo. es otra
manera de semiotizar tal principio de la metalengua: la descom-
posición léxica fusiona «inesperadamente» dos campos semánticos
de valor desigual; dos campos semánticos cuya fusión no existe
en el «entremundo» de la lengua. en el sistema primario. y que se
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 185
impone en el proceso de semiotización como exigencia y fundación
de una metalengua.
3.3.1.2. Clases semánticas. - Las clases semánticas. en opo-
sición al campo conceptual. permiten la organización de dos cam-
pos semánticos sobre la base de un serna en común: sea que estos
campos correspondan a categorías de un mismo dominio (enti-
dades) o a categorías de distintos dominios (entidades-aconteci-
mientos). Tal organización presupone un grado más complejo que
el del campo conceptual. debido. precisamente. a la clasificación
«cruzada». Para los campos semántico-conceptuales puede decir-
se que éstos son reconocidos. intuitivamente. en el sistema prima-
rio. Si las clases semánticas también lo son. es cierto además que
la clasificación «cruzada» exige un esfuerzo de comprensión mayor
que el primero: las clases semánticas organizan dos campos semán-
ticos a partir de un serna en común. El esquema general sería:
1)
es, Clase semántica, : CS¿
Serna: x x'-'x Serna: x
Clase semántica¿:
Serna: y y.-.y Serna:
y
Ilustremos este caso con más detalles. E. A. Nida ( 197 5. pp. 178-
186) resume los dominios semánticos bajo los cuales se está orga-
nizando el diccionario griego del Nuevo Testamento cuyo uso
está destinado. principalmente, para los traductores de la Biblia.
Pese a la complejidad de este trabajo, podemos sin embargo to-
mar. en resumen. la clasificación de Nida, para ejemplificar algu-
nos aspectos de las clases semánticas. Tendríamos entonces:
186 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
Dominio 1: ENTIDADES
Categoría A: No animadas
l. Naturales
2. Manufacturadas
Categoría B: Animadas
l. Animales
2. Humanos
3. Poder sobre-natural
Dominio 11: ACONTECIMIENTOS
l. Físicos
2. Fisiológicos
3. Sensorios
4. Intelectuales, etc.
Dominio 111: ABSTRACTOS
l. Tiempo
2. Volumen
3. Edad, etc.
Siguiendo esta clasificación, vemos que si reunimos animales y
humanas, en el campo conceptual partes del cuerpo, lo hacemos «sa-
biendo intuitivamente» que éstos corresponden a una misma cate-
goría semántica y a un mismo dominio. Pero si tenemos que rela-
cionar partes del cuerpo con partes del mobiliario, sabemos que éstas
convergen en el dominio (entidades) y divergen en las categorías:
animadas / no animadas. Pero la relación es posible en cuanto orga-
niza clases semánticas: ambos tienen el serna fisico en común. Por
el contrario, si se trata de relacionar el campo semántico-intelec-
tual con partes del mobiliario, sabemos que éstos pertenecen a dos
dominios totalmente distintos (entidades-acontecimientos); y por
ello podemos marcarlos con sernas semejantes pero opuestos (físico;
-físico), (actividad; -actividad). etc. Este tipo de organización es
de gran relevancia para el análisis de cierto tipo de serniorización
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 187
léxica: aquella que se define por la selección (y, por lo tanto, la pre-
sencia o la ausencia) de: a) determinados campos semánticos de
la lengua presentes en el texto (marcados cuantitativamente). y b)
determinados campos semánticos ausentes del texto porque la pre-
sencia de uno implica, en relación a la organización conceptual del
sistema primario. la ausencia del otro. Este tipo de semiotización
léxica se pone de relieve cuando organizamos el campo concep-
tual en clases semánticas.
Tomemos, como ilustración. un ejemplo que tiene la ventaja
de estar computado. En un análisis del léxico de Emma de Jane
Austen y Jacob's Roomde Virginia Woolf, las estadísticas dan los
cómputos siguientes (K. Kroeber, 1967):
Emma .lacob 'J Room
Sustantiuos
Partes del cuerpo 31 128
Ocupaciones 3 28
Muebles. partes de la casa 19 I O ~
Tiempo 67 108
Sonidos 3 3 ~
Emoción. reacciones emocionales 74 l ~
Acciones mentales 47 13
VerboJ
Sonidos escuchados (específicos) 9 29
Movimientos. posiciones 28 83
Adjetivos
Color 1 ~ 2
Emoción 49 22
Valor 6 ~ 33
En primer lugar. podemos resumir parte de los resultados en el
diagrama 2:
188 PARA UNA TEORfA DEL TEXTO LITERARIO
2)
Emma Jacob's Room
F
c
o
N
o
F
c
o
Partes del
cuerpo -
+
es¡
Muebles
es,
-
+
Emociones
es,
+
-
Acciones
mentales
+
-
es.
En segundo lugar, podemos leer el diagrama en relación a los cam-
pos semánticos organizados en clases semánticas. Tendremos así
dos tipos de organizaciones en clases:
Clase A: I ) los campos semánticos partes de/ cuerpo y mobiliario se
organizan en una clase semántica convergente mediante
el serna (+ físico). pero divergente en cuanto la cate-
goría (animado-inanimado)
2) los campos semánticos reacciones emocionales y acciones
menta/u, se organizan en una clase semántica convergen-
te mediante el serna (- físico) y convergente en el domi-
nio (acontecimientos)
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 189
Clase: B: 1) los campos semánticos parlf.! del cuerpo. por un lado, y
reacciones emocionales y acciones mentales, por otro. diver-
gen en el serna (+ físico; - iísico) y en el dominio (enti-
dad es-acontecimientos)
2) los campos semánticos mobiliario, por un lado. y reac-
ciones emocionales y acciones mentales, por otro. divergen
en el serna (+ iísico; - iísico) y en el dominio (entida-
des-acontecimientos)
Jacob's Room está caracterizado, de esta manera, como sernioti-
zación léxica, tanto por la presencia indicada en A.I) como por la
ausencia que tal presencia implica: B.I) Y B.2.). De la misma
manera, Emma se caracteriza por la presencia de campos semánti-
cos convergentes señalados en A.2), y por la ausencia que tal pre-
sencia implica: B.I) y B.2.).
En la semiosis léxica entra en juego todo el dominio concep-
tual que «organiza el mundo» en un momento y en una cultura.
De modo que el proceso de serniotización impone una selección en
tal dominio: marca en cuanto selecciona, pero finge una no-marca
si la selección se corresponde con la articulación de los dominios
semánticos en el sistema primario. Este sería el caso de Emma y
Jacob's Room; no lo sería en el caso del neologismo analizado en
VaBejo o en el tipo de fusión conceptual que predomina en parte
de la literatura del siglo xx. Ahora bien, si leemos el cómputo
estadístico de las dos novelas siguiendo estas premisas, vemos que,
en Emma, predominan los lexemas caracterizados por el rasgo
no-físico; en tanto que en Jacob's Room es a la inversa. Los títulos
de las novelas son claros en cuanto a esta serniouzación: el uno
marca el nombre; el otro el objeto (cuarto, habitación). Obvia-
mente esta selección es una semiosis que no puede explicarse
sino en conjunción con la metalengua que condiciona tal selec-
ción: al romanticismo en el caso de Emma, y las pervivencias de
la metalengua «realista» en Jacob's Room; fuera del hecho de que,
en Virginia Woolf, comience a manifestarse otra metalengua que
marcará los aspectos de la construcción novelesca, más que los de
la serniotización léxica.
190 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
3.3.1.3. Variación y acumulación de sentidos. - 6 Este es
un caso especial dentro de la semiotización léxica, puesto que invo-
lucra no sólo la organización de campos semántico-conceptuales
intuidos por el hablante nativo, sino también la configuración de
un campo semántico-conceptual para el cual no es suficiente la
información derivada de los componentes lexemáticos en un
estado de la lengua. Para estos casos es necesario contar con la
«enciclopedia». Esta configuración del campo léxico es operativa
cuando la semiosis tiene lugar en un estado de la lengua alejado
del estado en el cual se encuentra el teórico. La particularidad de
este caso requiere algunas distinciones con respecto al conocimien-
to léxico de un «hablante nativo), en un estado específico de una
lengua:
a) De las discusiones de E. Coseriu (1973, pp. 212-218) sobre
las relaciones entre diacronía y sincronía, se desprende que la
lengua funciona sincrónicamente y se constituye diacrónicamen-
te. Este hecho es el que lo lleva a diferenciar (1966, p. 192)
las estructuras funcionales de las estructuras de la lengua. En otro
lugar, Coseriu sostiene que «La lengua no es primero sistema
6. Dijimos al comienzo de este apartado que la semántica se había ocupado funda-
mentalmente del estudio de las palabras con relación al referente y del cambio de sentido
de las palabras. Gracias a estos estudios tenemos un material empírico abundante. Pero.
lo que necesitarnos en estos momentos -y pienso en la teoría del texto literario- son hi-
pótesis -más que datos- que nos lleven a discernir en ese terreno ambiguo del que se
ocupó la semántica histórica (cfr. Leo Spitzer). Por «ambiguo» no debe entenderse un
gesto valorarivo. No es mi intención «enjuiciar» a la semántica histórica. Por «ambiguo»
remito al hecho de que en estos estudios (y por esto el ejemplo de L. Spitzer es pertinente]
las fronteras entre el sistema primario y el secundario no se trazan; si lo que interesa es
la historia de una palabra en la lengua. la literatura puede contribuir a ello: si. por el con.
trario, se trata de describir la recurrencia de una palabra en alguna obra literaria. entonces
los avatares de la palabra en la lengua pueden contribuir a ello. Las hipótesis son necesa-
rias en el momento en '!ue pretendemos subrayar esa línea difusa y móvil entre la lengua y
el texto. entre el sistema primario y secundario; las huellas de la semiosis en la historia de
un vocablo. La lingüística moderna. en su preocupación por la semántica. no nos ayuda
en esto porque la historia de la semántica. en los último. años. es la historia de un des-
pojo. Algunas sugerencias que indaguen en un nivel de «inclusión» de información pueden
encontrarse en U Eco ( 1976) Yen G. Leech ( 1974. pp. 1-68). Las páginas que siguen
sólo pretenden subrayar el problema en relación a lo que nos interesa. la semiosis en rela-
ción a la acumulación de información.
LA CONI'(GURACION DEL SISTEMA SECUNDARIO 191
y luego tradición. sino que es al mismo tiempo y en todo mo-
mento. "tradición sistemática" o "sistema tradicional"»
(1973. p. 214). Ello conduce a postular la existencia de he-
chos diacrónicos en la sincronía y a reconocerlos como una
parte del conocimiento léxico del hablante. Para E. Nida
( 197 5. p. 37) estos hechos serían el aspecto del conocimiento
de la lengua que no pueden ser representados en el diccionario
teórico. puesto que éste sólo puede contener aquellas infor-
maciones de orden general que captan la «competencia léxi-
ca» del hablante nativo.
b) Este hecho nos lleva. cuando no se trata de la lengua sino del
texto en donde se actualiza la lengua. a introducir otras dife-
rencias: 1) Cuando nos encontramos con textos alejados en el
tiempo. ya no podemos basarnos sobre el conocimiento de la
lengua de que disponemos. como teóricos. con respecto al tex-
to moderno. Este aspecto lo conocen muy bien los filólogos.
2) Por lo tanto. el problema que se presenta en este caso. es el
del reconocimiento de las estructuras léxicas marcadas o no-
marcadas en el proceso de semiotización. En el primer caso.
surgen una serie de preguntas: ¿Cuáles son las huellas de esa
marca? ,:Cuáles eran las estructuras funcionales (diacrónicas)
en tal o cual estado de la lengua. que subyacían a tal lexema?
¿Qué campos semánticos organizaba?
Un ejemplo que puede ilustrar este problema. para la teoría del
texto literario. lo constituyen los versos introductorios de las Sole-
dades de Góngora, y las interpretaciones a que ha dado lugar:
Pasos de un peregrino son. errante.
cuantos me dictó versos dulce Musa:
en soledad confusa.
perdidos unos. otros inspirados.
(<<Soledad Primera»]
El lexema soledad, tanto en el español actual como en el del
siglo XVII. organiza dos campos semánticos: uno que podemos
192 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
descomponer (estado; + físico) y otro (estado; afectivo). K. Voss-
ler (1941, pp. 12-15) señala que el portugués dispone de dos con-
juntos de lexemas para designar ambos campos. Para el primer
caso dispone de «soidao», «solidao», «isolarnento», «retiro»; en
tanto que para el segundo dispone de «soidade» y «suidade».
Parece también confirmar esta interpretación el análisis y las citas
de Menina Mora que hace F. López Estrada (1974. p. 377): «El
amor es creador de soledad. y Ribeiro lo formula en esta expre-
sión, que es definitoria de la obra: "Quantas donzellas corneo jaa
aterra com as soidades que lhe deixararn cavaleiros, que corneo
outra terra com outras soidades?"D. En cambie para el español,
que sólo dispone de soledad, no es siempre claro cuál es el campo
semántico aludido. En el libro Inventario (publicado en Medina
del Campo en 1565), Y estudiado por F. López Estrada (1949,
pp. 99-133). uno de los relatos contenidos es Ausenciay soledad de
amor. El título es sugestivo por lo que aparece como redundante:
ausencia y soled,ad: ambos lexemas admiten los campos semánticos
(estado; + físico) y (estado ; afectivo). La pieza parece contenerlos
a ambos: (c( ...) en las primeras páginas el amante se encuentra arro-
jado de un mundo hermoso. cuya belleza no deja de exaltar»
(López Estrada. 1974. p. 369). Después que Góngora publica
sus Soledades, J. de Jáuregui parece ignorar (voluntariamente o no)
el doble campo semántico de soledad, y acusa a Góngora de haber-
lo usado «impropissirnamente»: «Donde había tanta vecindad de
pueblos y tanta caterva que baila. juega. canta y zapatea hasta
caer, cómo diablos pudo llamarle SoledadD (J. de jáuregui, Antído-
to contra las Soledades). restringiendo el campo a (estado; + físico).
En la defensa que hace de Góngora, D. García de Salcedo Coro-
nel (Soledades de L. GÓngora). este autor. al contrario de jáuregui,
extiende el campo semántico del lexema:
Este poema que D. Luis intitula "Soledades" (porti ajunto oporti verJo)
es un género de composición que los latinos llamaron silva (oo.) Presumo
que D. Luis quiso que a esta voz siloacorrespondiese Joltdad en nuestra
lengua, y no impropiamente. pues si la silva significa en castellano selva o
bOJqut, qué cosa más solitaria.
LA CONFIGURACiÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 193
En la interpretación de Salcedo Coronel se ha extendido, en pri-
mer lugar. el campo conceptual mediante una operación asocia-
tiva. que relaciona con la forma del verso, pero ignorando. tam-
bién. el campo semántico (estado; afectivo); en segundo lugar.
reemplaza el significado de soledad, en el poema. por su significan-
te silva; en tercer lugar asocia la raíz etimológica de dos campos
semánticos en español (silva y selva); asocia finalmente con selra
el sentimiento de soledad. La «operación l) de Salcedo Coronel po-
dría resumirse:
1)
madrigal
soneto
silva (Iatrn)
~
siltia .•elea
~ ~
CC
1
: C S ~ ; CC
1
: CS
1
:
I I ! I
geografía bosque
llanura
forma literaria
etc.
Referencia --. tipo de forma
métrica sin
orden íijo
agrupación +- Referencia
de árboles
• soledad -.Connotación
Podremos o no estar de acuerdo con Salcedo Coronel. pero no po-
demos negar la legitimidad de su operación: uno de los privilegios
de nuestra capacidad cognitiva es el de ir «más allá» de la infor-
mación receptada. Esta operación. además. traza las corresponden-
cias entre la serniotización (léxica en este caso) en el proceso de
emisión y en el de recepción: toda semiotización (en la emisión)
que hace ambigua a una estructura verbal. desencadena la plura-
lidad de interpretaciones (campos semántico-conceptuales. en este
caso) en el proceso de recepción. De esta manera sería legítimo
13 MI(iMII.O
194 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
agregar, al diagrama, otras informaciones que nos llevarían a mo-
dificar el esquema:
a) La relación entre la refirencia de silva y de selva es conocida
en el contexto: Pedro Mexia en su Silva de varia lección
(1 542) sostiene que ((y por esto le puse por nombre Silva, por-
que en las selvas están las plantas sin orden ni regla».
b) Cuando D. Alonso (1956, p. 187) explica el sentido posible
de pasos y versos en relación a soledad, en ello parece implicarse
que. como paráfrasis, podría aceptarse: (dos versos (son) ins-
pirados en soledad confusa / los pasos (son) perdidos en sole-
dad confusa».
Si esto fuera así, su aceptación nos llevaría a buscar informaciones
no sólo sobre el lexema soledad, sino también sobre confusa, en la
medida en que el sentido de oscuro, turbado, intrincado, que el Dic-
cionario de Autoridades da para confuso, haría suponer que, en la
serniotización léxica, se está jugando con los dos campos semán-
ticos (marcados en los designadores), que ya expresaba Pedro
Mexia.
No es mi intención terciar en esta disputa ni proponer la co-
rrecta interpretación de estos versos. Sólo quiero señalar la impor-
tancia que la información «enciclopédica» tiene cuando se trata de
describir semiosis léxicas que, en la historia, van unidas a la orga-
nización del campo semántico en el proceso de recepción. Se po-
dría objetar que no habría tanta diferencia en el análisis de este
caso en relación a los dos anteriores (3.3.2.1. y 3.3.2.2.): que
podríamos. a la manera de Trier, disponer de una estructura del
campo semántico de soledad a principios de los siglos XVI y XVII
respectivamente. Pero, quedaría por ver todavía, a) cuáles son las
relaciones entre la estructura del campo semántico conceptual del
lexema soledad en la lengua (en el español de los siglos XVI y XVII),
Y b) si esta estructura es suficiente para describir un proceso de
serniotización que hace ambigua la estructura del campo por inter-
ferencia con otros; o si, por el contrario, estas relaciones deben ser
capturadas por las operaciones con clases semánticas relacionando
campos divergentes (soledad, confuso, silva, selva); contando, ade-
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 195
más, con la «movilidad» de la estructura del campo motivada por
la acumulación de sentidos.
7
3.3.1.4. La fusión conceptual. - Algunos de los mecanismos
lingüísticos que con más asiduidad caracterizan la «creatividad
poética», hasta el punto de olvidar que éstos pertenecen a una clase
que es válida tanto en el lenguaje científico como en el lenguaje
cotidiano, son aquellos que tienen como base la analogía8 (símil,
metáfora, sinestesia). No pretendo aquí decir nada nuevo con res-
pecto a problemas tan largamente discutidos. Sólo quiero señalar
las bases que los fenómenos analógicos tienen en el sistema prima-
rio; y el carácter «parásito» de su semiosis que da, a estos meca-
nismos, un rango especial entre los fenómenos verbales. De más
está decir que todo tipo de metáfora, o de símil, como los que
siembran los manuales y los estudios literarios como ejemplos con-
tundentes de la literariedad, son ejemplos de «actuación»: ellos ilus-
tran distintos hallazgos, que se recortan sobre las analogías insti-
tucionalizadas que han sido acumuladas en una lengua; acumu-
lación sobre la cual se inserta, como «novedad», la analogía en
cuestión. Encontrar las analogías ocultas parece ser un aspecto de
la creatividad lingüística, independiente del hecho de que ciertas
culturas -como la occidental- hayan teorizado y hecho conscien-
te tal fenómeno. La metáfora, por ejemplo, se caracteriza (en los
manuales), por una relación verbal condensada por la presencia
de una o más ideas distintas. La relación metafórica ha sido des-
crita como comparación, contraste, analogía, similaridad, fu-
sión, etc. Los avances lingüísticos en la caracterización de las
7. Una interpretación semántica. y reciente. de estos versos en M. Molho (1969).
8. La bibliografía sobre el tema. como se sabe. es inmensa. La única que representa
un cambio «técnico» en el análisis de la analogía es la que ha surgido en los últimos años:
J. Cohen (1968). D. Bickerton (1969). F. Guenthner (1975). D. Mack (1975); es im-
portante también señalar la segunda edición del Diaionnaire Jt poitiqut etdt rhitoriqut de
H. Morier, quien dedica una extremada atención al símil y a la metáfora. Para la analo-
gía y la metáfora en la filosofía de la ciencia. M. Black (1966). R. C. Lewontin(1963).
M. Hesse (1963. 1966). La relación. en estos casos. entre la metáfora y el modelo marca
el aspecto conceptual de la primera.
196 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
estructuras verbales primarias nos han conducido a plantear el
problema de la metáfora en otros términos. Pero, al mismo tiem-
po, nos han puesto ante la presencia del mecanismo en diversas
escalas de la actividad verbal y conceptual. 9
El descubrimiento de Kepler, dicen, proviene de una analogía
entre la función del Padre en la Sagrada Trinidad y la función del
Sol en el Sistema del Universo. La analogía es un mecanismo co-
mún en el lenguaje científico (M. Hesse, 1963). El pensamiento
metafórico es un modo peculiar de lograr una «penetración inte-
lectual», que no necesaria y únicamente puede interpretarse como
un sustituto ornamental del pensamiento llano (M. Black, 1966,
p. 232), tal como ocurre en la tradición retórica, donde la metá-
fora es pane de los tropos o figuras: «Nosotros vemos, dice Aris-
tóteles, una cosa en otra, y esto lisongea maravillosamente á la
imaginación, porque nada le agrada tanto como la semejanza de
los objetos ó las comparaciones. Estas relaciones ó ideas acesorias
suelen recordar á nuestra memoria mayor variedad de circunstan-
cias, que la principal, herir mas agradablemente á la imaginación,
seducir el corazon con mas suavidad, é inflamar el espíritu con
mas energía» (Don Francisco Sánchez, Principios de retórica y
poética, 1805, p. 10). Concebir las analogías como «mecanismos
suplementarios» no es lo mismo que concebirlas como «ornarnen-
9. No es mi intención aquí la de entrar en el detalle del análisis de la metáfora y
de sus «adyacencias». Pero es sí necesario recordarlas para aclarar el sentido en que
aquí usamos el concepto de analogía. En la Poitica (14 57b) se define la metáfora como
el despla-¡¿miento que da a un objeto el nombre de otro. La transferencia se funda. de esta
manera. sobre la relación de género a especie. de especie a género y de especie a especie.
Es en estas relaciones donde se funda. también, la analogía. Pero en la actualidad se
clasifican como metonimia y sinécdoque. que se oponen a la metáfora. los tropos en los
cuales la transferencia se realiza del género a la especie (mortales por hombres) o una
relación de la parte al todo (lItlas por navíos). La metáfora. entonces, en la definición
de la Poitica es una metáfora condensada: así «la mañana de la vida» sería una rela-
ción A:B::C:D. por cuanto se podría decir que «la mañana es al día lo que la juventud
a la vida». Es también en este caso en que podemos hablar. y es lo que nos interesa aquí,
de la fusión conceptual de dos campos semánticos. Esta relación valdría. obviamente.
también para el símil: «la olla rodeada de pavas. como el ñandú por sus charabones»
se leería de esta manera como «la olla es a la pava lo que el ñandú es a sus charabo-
nes». Desde este punto de vista la diferencia entre símil y metáfora es de «superficie.. :
el símil incluye en el enunciado todos los elementos en juego en tanto que la metáfora
los «supone» (cf. Ch. Perelman, 1969).
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 197
tos» (o «ideas accesorias»]: el suplemento se produce en la fusión
conceptual de dos campos semánticos. La suplernentariedad es
un rasgo que se relaciona con la conservación del texto (en su fun-
ción cultural), y con el sobre-trabajo en mecanismos verbales ins-
critos en el sistema primario. En este caso, el problema reside en
situarlos dentro del esquema de la configuración textual. Comen-
cemos por los siguientes casos:
1) El café es dulce y el sonido agudo.
2) El café es agudo y el sonido dulce.
3) El café es agudo como el sonido.
4) El café es un sonido agudo.
Difícilmente alguien aceptaría estos enunciados como poetlCos.
No obstante. reconocería en ellos ciertos rasgos de los que hemos
aprendido en los manuales como definición de la sinestesia, del
símil, o de la metáfora. En el caso 2), fuera del hecho de que el
«sonido dulce» es más aceptable que «el café (es) agudo», el meca-
nismo es el mismo: en primer lugar, se trata del desplazamiento de
una adjetivación de un sustantivo a otro y. al mismo tiempo,
de la violación de cienos rasgos ce-textuales -«café» no admite
«agudo» y «sonido» no admite «dulcee->, En otro nivel de inter-
pretación, diríamos que lo que se percibe por uno de los órganos
sensorios (gusto). es atribuído a lo que percibimos con otro (oído).
En cuanto a 3), diríamos que el café tiene un rasgo (agudo), entre
otros, que puede compartir con el sonido:
café sonido
x
':\.
y
f
agudo' agudo
En 4). no se dice que a es como b sino que a es b. En todos estos
casos hay transferencias de rasgos o fusión de conceptos. La dife-
rencia es que en 2) los dos miembros están coordinados con la con-
junción (Y), en 3) por el comparativo (como), y en 4) por el verbo
(ser). Es decir, la diferencia reside en la distribución sintáctica de
198 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
rasgos semánticos. Ahora bien, de qué manera la distribución sin-
táctica afecta, además, el sentido (en diversos niveles jerárquicos),
es una cuestión que tocaremos, incidentalmente, refiriéndonos so-
bre todo a la primera.
Retomemos las observaciones sobre la estructura léxica avan-
zadas en 3.3.1. 2. La teoría semántica puede pensarse en términos
de un diccionario sémico y de reglas de proyección. El diccionario,
dijimos, especifica las propiedades de los elementos léxicos (pala-
bras) en términos de rasgos distintivos (+ Animado, - Animado,
+ Humano, - Humano, etc.). Los rasgos no están todos al mismo
nivel, sino que se establecen entre ellos relaciones jerárquicas (J.
Kan, 1972, p. 75). Las reglas de proyección combinan los dife-
rentes rasgos y los integran en el ce-texto (estructura del enunciado
o del discurso). Podemos, entonces, distinguir entre dos tipos de
rasgos: formales y ce-textuales. Los primeros especifican; los se-
gundos son los que restringen o determinan el co-texto en el cual,
un determinado lexema, puede aparecer. En consecuencia, podría-
mos explicar lo que ocurre en 1), 2) y 3) como violación de los
rasgos ce-textuales, y así diríamos que «el café es agudo» es una
violación de reglas ce-textuales, dado que «agudo» no puede ser
atribuido a «café». «Agudo» puede ser atribuido a un sustantivo
que acepta los rasgos de la escala «ruido-silencio», o a una «viola-
ción» ya codificada, como «una observación aguda», pero no a un
sustantivo dominado por el rasgo «liquidez». Ahora bien, podría
objetarse que la lista de rasgos o es infinita o se dejan de lado en
ella otros rasgos pertinentes (D. Bolinger, 1965). Pero, ¿cuál
sería el marco de referencia para tal objeción? Podemos formular
lo anterior, para salvar el escollo, de una manera diferente, y decir
que la estructura semántica de una unidad léxica en un enunciado
consiste en una proposición para-frástica de ese enunciado, y que
ésta contempla las relaciones entre las unidades léxicas. En tal caso
asumimos, por un lado, un «programa» de actividades (la propo-
sición, la paráfrasis), y, por otro, un conocimiento de la lengua y
del «mundo». En este procedimiento, la paráfrasis opera como un
mecanismo de proyección de nuestros conocimientos sobre un
enunciado. Estas observaciones son válidas para el análisis ais-
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 199
lado de la analogía, pero ¿qué ocurre cuando pasamos del enun-
ciado al discurso? Comencemos por algunos enunciados y trate-
mos de ver bajo qué condiciones se insertan o forman parte de
un discurso:
1) (...) en el fogón, bajo cuya campana tomó lugar la olla.
rodeada de pavas, como ñandúes por sus charabones,
[Güiraldes. Don Segundo Sombra, 1926. p. 98)
2) si soplaras en mi corazón, cerca del mar, llorando
sonaría con un ruido oscuro, con sonido de ruedas de tren con sueño.
como aguas vacilantes,
como el otoño en hojas.
como sangre,
con un ruido de llamas húmedas quemando el cielo,
soñando como sueños o ramas o lluvias,
o bocinas de pueno triste.
(Neruda, «Barcarola», Residencia en la tierra. 1925-(931)
3) El tiempo. como una substancia líquida. va cubriendo. como un an-
tifaz, los rostros de los ancestros más alejados (...)
(Lezama Lima, Paradiso, 1968. p. 84)
Sobre la base de estos ejemplos podemos anotar una serie de
aspectos sustantivos: en los tres casos, se trata de una confronta-
ción entre sentido literal y sentido figurado. El sentido figurado no
constituye el suplemento, puesto que tanto el uno como el otro son
mecanismos que se inscriben en el sistema primario: hablamos a
menudo en sentido figurado. El suplemento entonces es una sernio-
tización, bajo determinadas condiciones de producción de men-
sajes, de la relación entre sentido literal y figurado. En este caso,
igual que en el de la semiotización léxica con respecto al vocablo
soledad, el suplemento es una sobre-información, que resulta del
proceso de semiotización. La información que sobrepasa el sentido
(aún en el sistema primario) literal, involucra un conocimiento
200 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
conceptual (codificado), que debe ser tenido en cuenta al describir
las reglas ce-textuales: sabemos que un tren no puede tener sueño.
Todo tipo de construcción analógica, que agrega, además, infor-
mación suplementaria, requiere contextos adecuados de produc-
ción y de recepción. No puedo decir «el tren tiene sueño», si al-
guien me pregunta, en una estación de ferrocarril, si conozco las
causas del atraso del tren de las cuatro. La sobre-información, que
en un momento puede ser considerada como «creación» (semio-
sis) tiene, como referencia, un estado particular de la lengua. Pero,
también, toda creación analógica puede, a su vez, ser sobre-codifi-
cada y convertirse en frases hechas que circulan en la lengua coti-
diana: la metáfora del Martín Fierro, ce Yo soy toro en mi rodeo y
torazo en rodeo ajeno», ha pasado a ser, en Argentina, «slogan»
publicitario para el anuncio del vino Toro.
En 1) Y 3) las comparaciones no violan rasgos co-textuales.
Esto sí ocurre en 2). Además, nos es más fácil intuir las compara-
ciones 1) Y 3) que las comparaciones de 2), lo cual implica que
la violación de rasgos ce-textuales es, a la vez, la «transgresión» de
estructuras conceptuales: podemos conceptualizar el tiempo como
una «substancia líquida»; nos resulta más difícil imaginar el «soni-
do del corazón» como eeaguas vacilantes» o como un «fantasma
blanco». El rasgo más notable del caso 2) sería esta violación de
estructuras conceptuales que tiene, en su base, la configuración
de rasgos semánticos.
El símil tiene una estructura abstracta general (<<a es como b»),
en la cual los rasgos de b son atribuidos a ay, por el mismo gesto,
la inversa es también posible. Dada la direccionalidad de la com-
paración, la relación es simétrica en el fondo, aunque asimétrica
en la superficie. Por otro lado, en cuanto el comparando (a) es un
articulador básico del discurso, el comparante (b) puede ser consi-
derado como el articulador de una arborescencia de sentidos
suplementarios. Mientras que la estructura lineal del discurso co-.
necea enunciados y estructuras globales, las comparaciones articulan
una arborescencia semántica suplementaria en la cual los compa-
rantes extienden los nudos discursivos constituidos por los com-
parandos. Es notable comprobar que el discurso «realista» prác-
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 201
ricamente no emplea la comparación. En Don Segundo Sombra,
construido bajo la metalengua «mundonovista», pero todavía re-
gido de alguna manera por las normas naturalistas. el discurso
comparativo no abandona jamás. pese a la gran cantidad de com-
paraciones. la caracterización del campo semántico de la estruc-
tura lineal: todas las comparaciones se cierran sobre las estructuras
temáticas de la pampa; el comparante no «abandona» el campo
semántico establecido por los comparandos. Resultarían sorpre-
sivos o inaceptables comparaciones del tipo: «el fogón. bajo cuya
campana tomó lugar la olla. rodeada de pavas. como la molécula
por sus átomos». Si bien esta comparación presupone. de alguna
manera. lo mismo que presupone «ñandúes por sus charabones»
(i.e.• un núcleo y elementos que lo circundan). sería inaceptable
o sorpresiva dado que escaparía a las reglas propuestas por la me-
talengua en la cual se inscribe el texto. En consecuencia. las com-
paraciones no alteran. obstruyen ni opacan el sentido del compa-
rando. Caso contrario al de Neruda. En primer lugar. las compa-
raciones de Neruda se basan (aunque no todas) en la anomalía
semántico-conceptual. En segundo lugar. la línea discursiva pri-
maria se esparce en las arborescencias comparativas. En ce Barca-
rola», por ejemplo:
como aguas vacilantes
como el otoño en hojas
si soplaras en mi corazón (éste) sonaría ~ _ - ~ como sangre
como sueños o ramas () lluvias
como un fantasma blanco
etc.
El tema «<sonido del corazón»] se dispersa en diferentes campos
semánticos: «aguas vacilantes», «otoño en hojas», «sangre)). etc.
Algo semejante ocurre en Paradiso donde. además de las compa-
raciones (como). la analogía está introducida por verbos (parecer,
recordar) o por morfemas (semejan/es a, comparados con, erc.] que.
sin ser anómalas. conectan el nudo comparando. con campos se-
mánticos extraños a él.
Las observaciones anteriores nos permiten puntualizar lo si-
202 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
guienre: primero, el símil y la metáfora, como estructuras enuncia-
tivas aisladas (no integradas en un discurso), pueden ser analizadas
y clasificadas, en sus diferentes posibilidades constructivas, a par-
tir de una fórmula básica (D. Mack, 1975): la proposición A,
compuesta por un argumento (ARG
I)
y su correspondiente pre-
dicado (PREDI) es comparada (COMP) con la proposición B
compuesta por un argumento (ARG
l
) , por la repetición del pre-
dicado de A (PREDI):
La olla está rodeada de pavas /como/ el ñandú (está rodeado) de charabones
\..... -/ \ / \.....- _' \ ---'1
V Y V y-
ARG
1
PREDI ARG
2
PRED,
' - - - - ~ v r - - - - - - ' /
Proposición A COMP
La mayor particularidad de este esquema es la que ARGI Y
PREDI, de A, son siempre afirmados; mientras que PREDI, de B,
es siempre presupuesto. La presuposición se apoya en un conoci-
miento conceptual en la cultura en la cual el símil se produce: se
sabe que el animal, cualquier animal, también el ñandú, está
rodeado por sus «hijos». En el caso de las comparaciones de Ne-
ruda. la dificultad reside en no saber cuál es el PREDI presu-
puesto, de la comparación, en la proposición B: no hay una pre-
suposición codificada para «el sonido del fantasma blanco» como
la hay para «ñandúes por sus charabones».
Insistamos, después de este ejemplo que nos remite a la estruc-
tura de base de la analogía, sobre sus particularidades en el sistema
primario. Hablamos ya de las operaciones de categorización y de
diferenciación; y de la peculiaridad «humana» que ellas represen-
tan, al hacer explícito el proceso (común a los animales desarro-
llados) que organiza la información sensorial (E. Lenneberg,
1967, pp. 331 Y 141 ss.). Aprendemos. desde niños. palabras
como mamá y perro. por ejemplo. También sabemos que en ciertos
estados del desarrollo del niño, toda mujer cercana a él es desig-
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 203
nada por mami y todo animal designado por perro. Aparentemente,
hay ciertos rasgos, como sexo y edad, que determinan lo primero;
y rasgos, como cuadrúpedo o algo así, que determinan lo segundo.
La categorización va acompañada de la diferenciación, j ya que
el niño no se equivoca y llama perro a un ente bípedo de sexo feme-
nino y de cierta edad; ni llama mami a un ente cuadrúpedo! Ahora
bien, supongamos que el niño se enfrenta con una perra rodeada
de sus perritos y que se le dice que la perra es mami. Esta informa-
ción le sorprendería. La sorpresa vendría del choque entre dos
campos semánticos. Si el niño aprendió a diferenciar perro de mami,
¿cómo un perro puede ser mami? En un estado superior, el niño
aprenderá a clasificar correctamente: esta clasificación implica que
se ha comprendido la transferencia de sentidos que operan en un
enunciado como la eeperra es mami». La comprensión de la trans-
ferencia implica la incorporación de una nueva regla para la forma-
ción de conceptos. Este hecho nos permite comprender que la
transferencia es un mecanismo básico del aprendizaje de la lengua y
del aprendizaje de estructuras conceptuales. Si estos pudieron ser
«privilegiados», como ornamento, en los tratados de retórica, de-
bemos tener en cuenta que tal caracterización es posible para las re-
glas suplementarias exigidas por el texto y no para las estructuras
no-textuales puestas en práctica -en todo discurso. En un caso, la
metáfora y el símil son parte de los mecanismos no-textuales;
en otro, forman parte de un conjunto de reglas suplementarias
que otorgan, a los símiles y a las metáforas. su derecho de ins-
cripción en el texto. Dada esta doble función de la analogía que
constituye el símil y la metáfora, ¿cuáles son las relaciones entre
analogía, sinsentido y anomalía? La metáfora o el símil -la analo-
gía en general- no implican, necesariamente, el uno o el otro. El
sinsentido o la anomalía surgen cuando la analogía se produce sobre
presuposiciones no codificadas en una cultura: esta es la tarea de la
«invención» o de la «creación» artística y / o científica. Es sobre
la base del conocimiento presupuesto como puede medirse la «no-
vedad» de la invención (Eco, 1976, p. 27 5). Ahora bien, el movi-
miento mismo de la cultura puede procesar tales estructuras con-
ceptuales anómalas, corroer la metáfora, hasta hacerla pasar al
204 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
«cliché» (M. Riffaterre, 1971, pp. 161-181) o al sentido común:
a este proceso inverso es al que llamamos de-semiotización.
La suplementariedad de la analogía. su articulación en el dis-
curso, y su inscripción en el texto. puede plantearse teniendo en
cuenta, al menos. tres niveles: 1) Tendemos a retener y a conectar.
en las conexiones globales, lo que en el mecanismo abstracto de la
analogía sería la proposición afirmativa (ARG, y PROP
1
) . El
comparante es retenido en la medida en que converge y «aclara»
al comparando. Lo presupuesto (PREP
1
de ARG
2
) , es lo ccagre-
gado» o suplementario, en la medida en que retenemos la lineali-
dad de lo afirmado; 2) Esta tendencia «natural» puede plantearse
de otra manera y considerar el discurso con expansiones analógicas
como un discurso configurado por diversos campos semánticos que
se estructuran en la expansión comparativa. Si aceptamos esta
posibilidad, entonces debemos concebir el discurso como espacio
y no como línea. Aceptada esta proposición, la suplementariedad
de la analogía es cuestionable. dado que ésta es un componente
más de la estructuración del espacio y no una estructura parásita
de la línea; 3) Las posibilidades de concebir la analogía en el dis-
curso de la manera 1) o 2). requieren un tratamiento metodológico
adecuado para la representación de su forma abstracta. Sin entrar
en este ámbito. quiero señalar un segundo problema relacionado
con la inscripción textual de la analogía: las condiciones pragmá-
ticas del acto enunciativo analógico. Si el niño, por ejemplo, dice
«tragué para afuera» para decir que vomitó, o dice que ccel árbol
sangra» para decir que la savia corre por la parte exterior del
tronco, la sonrisa de la madre no es la respuesta a la creación de
una analogía metafórica. sino más bien una respuesta a la ingenio-
sidad (inconsciente) del niño. Por otra parte, si me encuentro
con enunciados semejantes (ccalas negras del mar», por ejemplo)
y no son producidos por un niño sino por alguien que, en la socie-
dad. es reconocido como poeta y el enunciado se encuentra en
uno de sus poemas (Neruda, «Barcarola»}, entonces diré que se
trata de una «creación metafórica». Las condiciones pragmáticas
(¿quién enuncia?, ¿en qué contexto se produce la analogía?) son
fundamentales con respecto a la función que la analogía cumple (el
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 205
lugar que ocupa) en la historia de una lengua, su conservación
como ejemplo en el diccionario o como información en la «enci-
clopedia». Ligadas a este nivel pragmático de «quién enuncia»,
corresponde analizar las formas de «cómo enuncia». En este caso
la forma «exterior» de la analogía, y su función en la cultura, de-
pende en gran medida de la metalengua (literaria) de un período;
metalengua a la cual adhiere la producción analógica, se pliega al
código o se separa y llega a ser pane de un proceso de invención.
Si esto ocurre, ello es el indicio de la instauración de una nueva
metalengua (e.g., la poesía de vanguardia) y de la creación de
nuevas analogías.
3.4. SEMIOTIZACIÓN DE ESTRUCTURAS GLOBALES
3.4.1. Introducción
En el apartado 2.3 nos referimos a la organización de estruc-
turas globales, tomando como base del análisis la mención de
acontecimientos y la representación de acciones. Mencionamos,
también, algunos aspectos en la tradición retórica y poética, cuan-
do ésta se había ocupado de los aspectos narrativos. Dijimos,
además, que tales análisis se justifican, en tal tradición, en tanto
análisis de estructuras ya serniotizadas: una narración entra en el
reino de la poesía mediante la evaluación de sus propiedades imi-
tativas. De otra manera, y en cienos casos, es relegada al discurso
histórico (López Pinciano, Phi/osophia Antigua Poetica, epistola
quarta, 1596). En ambos casos, texto histórico o texto literario, la
clasificación se basa sobre el resultado de la semiotización.
En este párrafo retomaremos las estructuras narrativas y des-
criptivas desde otra perspectiva. En primer lugar y con respecto
a las condiciones de su integración en un discurso narrativo; en
segundo lugar, señalaremos la relación de la descripción con la
metalengua que la marca, en su función particular, con respecto
a las estructuras narrativas. Con respec,to a estas últimas. fueron
ya tratadas en su base no-textual en el capítulo 2. En éste supon-
206 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
dremos, además de este aspecto. un segundo. que corresponde a
tipos de semiotización no-marcada. Cuando esto ocurre. el héroe
o el tipo de acciones narradas. deben ser significativas. de algún
modo. para el grupo cultural donde el relato se produce. Las fun-
ciones dominantes. en ese caso. aplicando una terminología ya
conocida. serían referencial y conativa: el relato no instaura nin-
guna marca específica. y crea las condiciones de recepción que no
alteran los códigos de aceptación en el grupo cultural donde el
relato se produce. Este hecho es el que quizás justifique el que un
mismo modelo narrativo, forjado para el folklore. fuera aplicable
a relatos literarios. Sobre la base. por un lado, de las estructuras
narrativas inscritas en el sistema primario. y. por otro, la de las
semiotizaciones no-marcadas. nos ocuparemos de dos ejemplos
de semiotizaciones narrativas marcadas.
3.4.1.1. Descripción. - Los manuales de literatura presentan
la descripción como un mecanismo cuya función es la de «pintar
escenas y circunstancias». Secundariamente, la subordinan a otras
formas de composición: argumentatio, expositio, narratio. Como
tercera particularidad. se agrega que la descripción está especial-
mente subordinada a la narración. con la cual va de la mano.
Gérard Genette (1969. pp. 49-70) ha dedicado un minucioso
estudio a las relaciones entre descripción y narración a partir de la
tradición aristotélica. Nota que. si bien la descripción es opuesta
a la narración. esta oposición es un rasgo reciente de nuestra «con-
ciencia literaria». Genette hace esta afirmación sosteniendo que
tal distinción no aparece ni en Platón ni en Aristóteles. No pre-
tendo trazar la historia de la noción de descripción de las antiguas
retóricas. Sólo quiero recordar la importancia que ésta adquiere en
las retóricas latinas clásicas y fundamentalmente en las retóricas
medievales. como ejemplo de la atención recibida por la descrip-
ción en función de la suplernentariedad que le otorga el proceso
de semiotización (E. Faral. 1971. p. 75; J. Murphy. 1974, pp.
163-170). Matthieu de Vendóme, sin ser el único que se preocu-
pa de la descripción. la incluye y la analiza como pane de su
LA CONFIGURACiÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 207
«teoría. de los atributos de personas y de cosas (Ars oersificatoria,
1175? pp. 77-92 Y94-114). En cuanto a la descripción de per-
sonas. puede centrarse en dos clases: descripción superficia/is, que
se relacionaba con la belleza del cuerpo y con las apariencias. y
descripción intrínseca, que corresponde a los atributos interiores
de la persona. Para la descripción de objetos o de cosas. M. de
Vendórne (11, pp. 107. 108, 111), da como ejemplo la descrip-
ción de un jardín y la de las estaciones del año. Las descripciones
de batallas suministran los mejores ejemplos de la descripción liga-
da a la narración. En general. para las retóricas, la descripción era
parte de la amplificación. Un cambio se produce en las retóricas
del siglo XVIII. Aunque se considera todavía en este siglo, en gran
parte. bajo el orden de la amplificación, ésta se ve modificada en
sus fundamentos epistemológicos. Así Joseph Priestley (A Course
01Lec/ures on Üratory and Criticism, 1777. lecture V), por ejemplo.
sostiene que una narración debe ser concisa, mencionando sólo los
acontecimientos más importantes y amplificándolos mediante el
detalle minucioso. Lo primero es suficiente en cuanto cumple con
el propósito de informar al lector sobre un hecho o acontecimien-
to particular; lo segundo es necesario, si el escritor quiere captar
el interés del lector o afectarlo ernotivarnente. Esta concepción
de la descripción. el mismo Priestley lo señala, tiene como modelo
los Principia Ma/hematica de Newton. La demostración en este
tratado. afirma Priestley, es extremadamente concisa; un gran
número de pasos han sido omitidos en ella y pocos son los lectores.
aún matemáticos. capaces de entenderlo sin comentarios. El co-
men/ario, como la descripción, amplifica, supliendo los pasos que
fueron suprimidos. A base de ello, Priestley da un paso fundamen-
tal que ayuda a comprender las diferencias entre la descripción en
las novelas del siglo XIX con la descripción que se encuentra en
textos anteriores: Priestley advierte la diferencia entre lo particular
y lo universal y habla. así, por un lado, de justicia, /emplan7tl, ue-
racidad, crueldad, etc., y por otro. de vicio y virtud. La novela del
siglo XIX es lo que quizás mejor ilustra esta tendencia a lo particu-
lar que comienza a marcarse en las retóricas del siglo XVII I. las
cuales, basadas en el modelo de Newton, oponen lo general de la
208 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
filosofía a lo particular de la poesía. De esta particularización, el
detalle en la descripción es un punto en cuestión. Estas variaciones
en la relevancia que la descripción va adquiriendo entre la Edad
Media y el siglo XVIII, es correlativa con los cambios ocurridos en
la estructura general del pensamiento. No obstante, ambas preocu-
paciones justifican, pragmáticamente, la inserción de la descripción
en el discurso por medio de propósitos morales o estéticos; estruc-
turalmente, la descripción se considera, en ambos períodos, una
parte de la amplificación. Lo que cambia es la tendencia a particu-
larizar. Nos detendremos sobre este segundo punto. Con respecto
a la inserción de la descripción en el discurso, G. Genette (1969,
pp. 49-70) nota que, si bien puede haber descripción sin narración,
la inversa no es posible. En el siglo XVIII, Hugh Blair (Lectures
on Rbetoric and Belles Lettres, 1777, lecture XL) notaba algo seme-
jante: hay pocas composiciones que puedan llamarse estrictamente
descriptivas, en las cuales el poeta quiera sólo describir sin emplear
la narración de acciones o de sentimientos. Blair concluye soste-
niendo. que la descripción es generalmente introducida para embe-
llecer, más que como tema específico de una obra.
Podemos entonces tratar de resumir esta cuestión en dos pre-
guntas: ¿Cuál es la función estructural de la descripción?, ¿cómo
se inserta una descripción en un discurso? Tomemos un ejemplo
para, luego, detenernos sobre estas preguntas:
1) Juan fue a la esquina y habló por teléfono.
2) Juan, vestido con camisa a cuadros y pantalones blancos llegó a la
esquina, mostrando una sonrisa de satisfacción por lo que acababa
de pasar. Antes de abrir la puerta de la cabina telefónica, contempló
el sol de la mañana, el parque, etc. Finalmente discó el número y
quedó a la espera de la voz que interrumpiera el sonido monótono
del timbre, del otro lado del tubo.
La diferencia entre 1) Y 2) no reside en la mención de la acción
sino en la información que especifica la mención de estados. Por
su parte, no todos los atributos de las menciones de estados son
semejantes; y es necesario distinguir entre las varias «clases» de
informaciones descriptivas. En el ejemplo 2), podemos ver: a) un
LA CONFIGURACiÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 209
aspecto externo ((camisa», «pantalones»}: b) un indicio de un
«estado interior» ((sonrisa de satisfacción»] ligado a una acción
que ya había tenido lugar ((por lo que acababa de pasan»; c) in-
formaciones sobre el entorno ligadas a b) ((el parque», «el sol de
la mañana»]: d) un aspecto ligado a la acción que está por cum-
plirse ((el sonido monótono»]. Por su parte, estos atributos se
distribuyen. con respecto a la enunciación en dos órdenes diferen-
tes: en uno, el narrador es un observador que. al parecer. «ve» y
«sabe» lo que le ocurrió a Juan y «conoce» sus reacciones interio-
res. Este «saber» es o bien imaginado o bien el narrador está re-
pitiendo, sin mencionarlo. la narración que el mismo Juan le hizo.
En otro, el narrador presenta los hechos sin penetrar en la interio-
ridad del personaje. De manera que nos encontramos con dos
tipos de problemas relacionados con el análisis de la descripción:
el primero se refiere a su relación con los restantes elementos del
discurso [i.e., agentes u objetos); el segundo se refiere a la posición
enunciativa y toca al «punto de vista». Este segundo aspecto lo
dejaremos aquí de lado (ver, sin embargo. 2.4.). Detengámonos,
por el momento. en el primero, tomando para ello algunos ejem-
plos extraídos de Sin rumbo (Eugenio Cambaceres, 1885) y de
Ama/ia (José Mármol. 1855):
1) (oo.) Arnalia. envuelta en un peinador de batista. estaba sentada
sobre un sillón de damasco caña. delante de uno de los magníficos
espejos de su guardarropa; su seno. casi descubierto. sus brazos
desnudos. sus ojos cerrados y su cabeza reclinada sobre el respaldo
del sillón. dejando que su espléndida y ondeada cabellera (oo.)
Había algo de resplandor celestial en esa criatura de veintidós
años. en cuya hermosura la Naturaleza había agotado sus tesoros
de perfecciones. y en cuyo semblante perfilado y bello. bañado de
una palidez ligerísima. matizado con un tenue rosado en el centro
de sus mejillas, se dibujaba la expresión melancólica )' dulce de
una organización amorosamente sensible.
(Amalis)
2) En 1840 tenía apenas veinticinco años. La Naturaleza. pródiga.
entusiasmada de su propia obra. había derramado sobre ella una
14 - MIGNOLO
210 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
lluvia de sus más ricas gracias. y a su influjo había abierto sus
hojas la flor de una juventud que radiaba en todo el esplandor de
la belleza. De una belleza de estatuario. de pintor. y a quien ni
el uno ni el otro podrían imitar exactamente. El cincel quebraría
los detalles del mármol antes de dar a la estatua los contornos
del seno y de los hombros de esa mujer; y el pincel no encontraría
cómo combinar en las tintas el color indefinible de sus ojos. bri-
llantes y aterciopelados unas veces. y otras con la sombra indecisa
de la media luz de ese color; ni dónde hallar tampoco el carmín
de sus labios. el esmalte de sus dientes y el color de leche y rosa
de su cutis.
(Amalia)
3) El óvalo de almendra de sus ojos ne"gros y calientes. de esos ojos
que brillan siendo un misterio la fuente de su luz. las líneas de su
nariz ñata y graciosa. el dibujo tosco. pero provocante y lascivo.
de su boca mordiendo nerviosa el labio inferior y mostrando una
doble fila de dientes blancos como granos de mazamorra. las
facciones todas de su rostro parecían adquirir mayor prestigio en
el tono de su tez de china. lisa. lustrosa y suave como un bronce
de Barbedienne.
(Sin rumbo)
4) Al cruzar una sobre otra las piernas. alzándose la pollera. mostró
el pie. un pie corto. alto de empeine. lleno de carne. el delicado di-
bujo del tobillo. la pantorrilla alta y gruesa. el rasgo amplio de los
muslos y al inclinarse. por entre los pliegues sueltos de su camisa sin
corsé. las puntas duras de sus pechos ricos y redondos.
(Sin rumbo)
5) Alta. morena. esbelta. linda. sus ojos hoscos y como engarzados
en el fondo de" las órbitas. despedían un brillo intenso y sombrío;
el surco de dos ojeras profundas los bordeaba revelando todo el
fuego de su sangre romana.
Desnuda. se adivinaba en ella la garra de una leona y el cuerpo de
una culebra.
(Sin rumbo)
6) Los ojos de aquél (Andrés) se detuvieron entonces en el pie de
la prima donna, cuyos dedos se dibujaban calzados por los dedos
de seda de la media. en la inflexión elegante de su pierna. a la vez
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 211
esbelta y gruesa, que el recogido de su pollera de Aída descubría
hasta más arriba de la rodiUa.
(Sin rumbo)
Todas estas descripciones son informaciones sobre agentes mar-
cados (+ Fem). Todas ellas ponen en funcionamiento una orga-
nización fuertemente pautada. A saber:
a) En 1) «ojos cerrados»; en 2) «el color indefinible de sus
ojos. brillantes y aterciopelados unas veces. y otras con la
sombra indecisa de la media luz de ese colon). En 1) Yen 2).
la introducción de los ojos está precedida por el «seno» y
el «hombro»; en 2) «los contornos del seno y de los hom-
bros»; en 1) «su seno, casi descubierto».
b) En 3). lo primero que ve Andrés. cuando llega al rancho de
Donara, es que «se alzaba con la otra mano el ruedo de la
enagua para taparse los senos» (p. 34). En una página más
adelante, introduce la cabeza: «Acababa de trenzarse el pelo
largo y grueso», a lo cual siguen los ojos: «ojos negros y
calientes. de esos ojos que brillan siendo un misterio la fuente
de su luz».
c) En 4), la descripción se concentra y revela lo que 1) Y 2)
ocultaba bajo la descripción de la vestimenta: piernas, pie,
pantorrilla. muslos; y dejando ver lo que en 1) Y2) se sugería:
((puntas duras de sus pechos ricos y redondos».
d) En 5), la introducción de los ojos está precedida por el
«aspecto general» (alta. esbelta. morena, linda) que en 1) Y
2) es referido por una hipérbole (((algo de resplandor celes-
tial». «sus más ricas gracias»], que contrasta con la eco-
nomía del adjetivo: «sus ojos (...) desprendían un brillo
intenso y sombrío» (semejanza con «brillan siendo un mis-
terio la fuente de su luz») y revelan «todo el fuego de su
sangre romana» (semejanza con «ojos negros y calientes»).
e) Finalmente. en 6) la insistencia en el pie, la pierna, el muslo
(((más arriba de la rodilla») muestra una progresión inversa;
esta vez de «abajo» hacia «arriba».
212 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
A base de los ejemplos y observaciones anteriores podemos
avanzar en el análisis de la estructura y función de la descripción,
en cuanto a su inserción en el discurso. En general, podemos decir
que el relato. estructura posibilidades lógico-temporales en tanto
que la descripción estructura posibilidades lógico-espaciales: la
descripción estructura campos semánticos a partir de informa-
ciones lexemáticas. Tomemos como base la descripción de un
«personaje». La fórmula mínima de tal descripción sería, en este
caso, algo así como Ag + Atr. Los atributos pueden ser interpreta-
dos como sexo, edad, estatuto social, propiedades físicas, mora-
les, etc. Estamos, todavía, en la formulación de M. de Vendórne.
Un segundo caso sería el de considerar la descripción del entorno
en el cual se encuentra el agente: Ag + Atr + Ent. Para ligar Atr
o Ent a Ag necesitamos una función. Ésta puede ser localizada
en lo que el narrador (informante, enunciador) ve o sabe que en
tal momento tal Ag tiene tales Atr. El ver o saber justifica los
lazos entre ellos. No importa que en una situación discursiva, el
punto de vista cambie y sea otro (el agente X) que ve o que sabe
que el agente Y tiene tales propiedades o atributos. En el ejemplo
5), podría discutirse si es el narrador o si es Andrés quien justifica
la información final: «Desnuda, se adivinaba en ella (oo.)J. Lo
mismo vale para la descripción del entorno y para la justificación
de su inserción en el discurso. Éstos, en general, están también
justificados por el uer o el saber:
7) La luz de la mañana entraba en el retrete que los lectores conocen
ya. al través de las dobles cortinas de tul celeste y de batista, e
iluminaba todos los objetos con ese colorido suave y delicado que
se esparce sobre el Oriente cuando despunta el día.
(Amalia)
En este caso, la función (F) que introduce la descripción es «inter-
pretada» por «la luz de la mañana entraba en el retrete», infor-
mación que «cabalga» sobre «Ía luz de la mañana» y justifica
la inserción del Ent en el cual se situará al Ag:
214 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
3) TI • rostro (de Donara)
N • ojos, nariz, boca, dientes
Pr -----. que brillan siendo un misterio la fuente de su
luz; como granos de mazamorra; lustrosa y
suave como un bronce de Barbedienne,
Si aceptamos esta representación de la estructura que subyace a
toda descripción. podemos entonces deducir de ella las formas en
las cuales una descripción puede insertarse en un bloque narrativo:
4) Op -----. Agente + F + Complejo Descriptivo (CO)
Agente -----. nombre propio, pronombre
f .• -----. ver, mirar, encontrar a, introducir a
eo --+TI + N + Pr
TI --+conjunto de elementos agrupados bajo un sus-
tantivo
N --+especificación de los elementos de conjunto TI
Pr --+comparaciones, asociaciones, adjetivación
Podemos ahora sugerir dos posibles maneras de responder a
las preguntas que planteamos al comienzo de este apartado: a) si
la descripción organiza posibilidades léxico-espaciales, es entonces
posible pensar que su inserción en el discurso, a medida que se
introducen nuevos agentes y nuevos entornos, responde, en la emi-
sión y en la recepción, al procesamiento y organización de estruc-
turas globales; b) si la descripción llamó la atención de las anti-
guas retóricas y poéticas es porque, pese a su estructura y función
semejante en los discursos del no-texto, cuando ésta se incluye en
el texto, su relevancia ya no depende sólo de su estructura y de su
función, sino de la metalengua que la justifica como inserción en el
sistema secundario. Así para Blair. la descripción se introduce
como embellecimiento. Para el Pinciano, tres siglos antes, la des-
cripción se justifica por su valor imitativo de objetos y lugares:
«Assí que las descripciones de tiempos, lugares, palacios, bosques
y semeja(n)tes, como sean con imitación y verisimilitud. serán
poemas; y no lo será( n) si de imitación carece( n}» (E pistola quar-
ta). Parece evidente que el carácter textual de la descripción resulta
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 215
de una aplicación de las normas (metalengua) que. en un contexto
determinado. le dan su función de texto (histórico o literario).
Nadie tomaría el enunciado «Juan. vestido con camisa a cua-
dros (...)>> como una descripción literaria. no obstante reconocer
en el ejemplo los elementos que particularizan a una descripción.
La norma que condiciona la inclusión de la descripción en el texto.
condiciona también el tipo de interpretación que se hace de su
estructura básica (TI + N + Pr). En el tipo de normas bajo las
cuales escribe Mármol, una inserción predicativa como «Desnuda,
se adivinaba en ella la garra de una leona y el cuerpo de una cu-
lebra» sería inaceptable en Amalia. No lo es en el discurso de
Cambaceres, ¿Por qué? Porque el texto literario instaura aquí su
propio orden de selección semántica para verbalizar una estructura
abstracta y tiene, en conjunción, la metalengua naturalista. Así,
por ejemplo, Mármol nunca «baja» del uno, siempre cubierto y
como parte integrante del busto en el cual Amalia es descrita. En
tanto que Carnbaceres «baja» al pie para «subir» luego (eepan-,
torrilla», «rnuslos»]. Repitamos entonces que la serniotización
de la descripción aparece como una proyección de la metalengua
en el texto y viceversa; siendo, a su vez, esta proyección la que
inscribe la descripción en el texto. Como resumen, vale la pena
recordar la observación de Roland Barthes (1968, pp. 86-87)
con respecto a la descripción de Rouen insertada en Madame Bo-
l'ary. Barthes nota que esta descripción, aparentemente desligada
de toda secuencia funcional o de significados caracterológicos, no
es escandalosa y se encuentra justificada por las leyes de la litera-
tura: su «sentido. depende de la conformidad a las reglas cul-
turales de la representación y de los imperativos de la norma
realista.
3.4.1.2. Relato y «mundos posibles». - En 2.3.3.2., vimos
de qué manera nuestra concepción de las acciones está estrecha-
mente ligada a nuestra manera de representarlas. Ello nos permitió
proponer que en la recepción de tal tipo de discursos se activa una
capacidad (socializada) para percibir estructuras conceptuales a
216 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
partir de estructuras discursivas. De ello derivamos el aspecto
cognoscitivo involucrado en este proceso de recepción. A ello po-
demos agregar que la clasificación mimética de enunciados que
mencionan estados o acciones, importa quizás menos en su relación
con el referente. que con la manera en la cual tales menciones se
pliegan a las convenciones conceptuales socializadas. De esta
manera deberíamos situar el criterio mimético en el proceso de
recepción y analizarlo en relación a códigos perceptivos. Por lo
tanto. desde la perspectiva mimética. como caracterización de un
tipo particular de recepción. el enunciado que menciona estados
no difiere del enunciado que menciona acciones. Un primer grado
de serniotización de ambos (ampliamente discutido en la tradición
retórica) reside en la mayor adecuación a las expectativas filosó-
ficas. morales o estéticas del grupo que detenta el poder del juicio
(literario). en un momento y en una cultura determinada. Al res-
pecto. vimos en el apartado precedente que las menciones de
estados. organizadas en descripciones. se insertan en discursos más
amplios; y de qué manera la semiotización de esta conducta verbal
del no-texto se realiza en conjunción con la metalengua. Algo
semejante podría sostenerse con respecto a un primer nivel de
serniotización del discurso. que organiza la mención de acciones
en relato. La mayoría de los relatos que se conservan (novelescos.
épicos. etc.) no se diferencian de los relatos del no-texto por la
estructura. sino quizás por el tipo de acciones representadas. Accio-
nes que. por una u otra razón. son consideradas significativas en
un grupo cultural. En los relatos épicos. por ejemplo. la serniotiza-
ción radica no tanto en el relato como en la versificación. en el
rango del héroe, en la significación social de sus acciones. y en
las condiciones pragmáticas en las cuales tiene lugar el acto de
narrar. Este complejo de condiciones parece otorgar. a un relato.
su lugar especial (textual) entre todos los relatos posibles. En cier-
tos relatos novelescos. de manera semejante. no hay semiotización
particular de las estructuras narrativas. sino que ésta radica. quizás.
en la semiotización de la descripción o en la configuración del
plan global y en las referencias (explícitas o implícitas) a formas
de conductas sociales. En resumen, la semiotización de un discurso
LA CONI;((.;URAC10N DEL SISTEl\IA SECUNDARIO 217
descriptivo de acciones. en este primer nivel. se corresponde con
nuestros códigos perceptivos (en cuanto estructuras narrativas) y
se refiere a creencias y expectativas que son marcadas. por su
significación en un grupo cultural. En este caso. como en la des-
cripción. se trata fundamentalmente de la proyeccidn de estructuras
no-textuales sobre un conjunto de ualores y de expectativas fuertemente
socialrzadas expresadas en la metalengua.
3.4.1.2.1. Lo que nos interesa aquí analizar es un tipo de
serniotización narrativa que opera «alterando» los códigos per-
ceptivos. cuya recepción satisfactoria requiere una modificación de
la manera de conceptualizar y conectar estructuras globales. Cuan-
do digo satisfactoria. me refiero a un criterio de aceptación por el
receptor mismo: la información que no puede ser integrada (y .11-
macenada] por los dispositivos perceptivos es «rechazada»; sólo se
incorpora aquella que tiene acceso al ordenamiento acumulativo.
En la recepción de textos. este nivel está indicado por las reaccio-
nes. en las aulas de clase. tales como «Ah. ahora entiendo» o
«No. todavía no entiendo». Aparentemente. este tipo de semio-
tización de las estructuras narrativas (del cual Borges constituye
uno de los mejores ejemplos) está relacionado. en la modernidad.
con un cambio epistemológico que. al menos en parte. es generado
por la física relativista y por su manera de afectar a la noción
de tiempo. En este sentido. y dicho primero en forma general para
entrar de inmediato en algunos detalles. se alteran las estructuras
narrativas. concebidas como una línea que va de izquierda a dere-
cha y en donde las acciones realizadas y no-realizadas tienen el
mismo «status». Es decir. que el agente. ante la necesidad de eje-
cutar entre A o B. ejecuta A y B. Estas modificaciones en el relato
son inseparables de la metalengua que lo concibe. Los ejemplos
los encontramos en el mismo Borges.
Detengámonos en este aspecto. J. L. Borges ( 1941) comenta
que Ts'ui Pén concibe el tiempo de una manera diferente a la que
se encuentra en los tratados filosóficos en la tradición de occi-
dente:
218 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
1) A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su [Tsui Pén] ante-
pasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas
series de tiempos. en una red creciente y vertiginosa de tiempos
divergentes. convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos lJue
se aproximan. se bifurcan. se cortan o que secularmente se ignoran,
abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos
tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros. yo, no usted; en
otros. los dos. En éste. que un favorable azar le depara, usted h,l
llegado a mi casa; en otro. usted. al atravesar el jardín. me ha
encontrado muerto; en otro. yo digo estas mismas palabras. pero
soy un error. un fantasma.
(( El jardín de senderos que se bifurcan ..)
Estas observaciones de Borges presuponen la interiorización de
pautas lineales de percepción a las cuales modifica la concepción
de Ts'ui Pen.
I O
Lo «extraño» de la concepción de Ts'ui Pén es
«extraño» porque se destaca sobre celo común» que garantiza su
existencia, Esta concepción teórica del tiempo afecta y sostiene el
suplemento en la estructura narrativa de Ts'ui Pén que opera, en
este caso, como modificación de la consecución lineal de acciones
y de la temporalidad. Cuando hablamos de la organización de
acciones en secuencias, a partir del esquema El (T) E
2
• no pres-
tamos demasiada atención al factor temporal que está involucrado
en el esquema, La conducta serial, en la ejecución de acciones.
implica que una preceda a la otra o viceversa. Esta concepción
temporal básica tiene, quizás, su origen en la manera en que pro-
10. Es preciso notar aquí la distinción entre tiempo cronológico (para el cual dis-
ponemos de los días de la semana• del año. erc.): tiempo físico. que conceptual izamos.
en el sistema primario. en la intuición del acontecer y. en el sistema secundario-cultural.
con las teorías sobre d tiempo; y tiempo lingüístico (E. Traugott, 1975). Un enunciado
como" El traje <jue vestiré ayer .. produce un sentimiento extraño por la incompatibilidad
entre el verbo y el sustantivo. Su efecto es más lingüístico <jue físico-conceptual. Por el
contrario. en el caso de Borges, el tiempo lingüístico no se altera y la «operación .. del
relato consiste en alterar el tiempo físico-conceptual. De manera <jue, si d concepto del
tiempo es inseparable de una "lógica.. [i.e .• resultado de una racionalidad). estos relatos
nos sugieren la necesidad de «otra lógica » (i.e .• otra racionalidad). Lo curioso es <jUl' esa
lógica comienza a buscarse (A. N. Prior. 1957; N. Rescher y A Urquhart, 1971;
N. Rescher, 1968j.
LA CONFIGURACIÓN DEL SiSTEMA SECUNDARIO 219
cesamos y almacenamos todo tipo de información. Somos capaces
de concebir sucesiones, de una manera no problemática, en todos
los fenómenos de nuestra vida cotidiana. El reconocimiento de un
orden secuencial implica, obviamente, la temporalidad (¡desde la
cocción de cualquier comida hasta la lectura de Cervantes !). Una
pauta secuencial subyace a nuestra percepción de fenómenos indi-
viduales. Por lo cual, una secuencia puede pensarse como un pro-
grama de sucesiones temporales, que involucra estados-tipos (re-
glas), repetibles en infinitos estados-ocurrencias (ejecuciones).
Este esquema básico lo aplicamos en la recepción de cualquier
narración verbal. El primer fragmento de Borges se articula, como
suplemento, sobre esta estructura: sobre la base de la linealidad, es
posible proponer la bifurcación. Podemos imaginar, como ejemplo,
un sistema como estado de cosas (W. Ross Ashby, 1960, pp. 21-
63). Tal estado no es instantáneo, sino que se sostiene en intervalos
temporales, por cortos que estos sean (microsegundos, minutos,
años). Cada intervalo temporal exhibe, en consecuencia, un estado
particular del sistema. El sistema, por lo tanto, está gobernado
por leyes de transición cuya función es la de especificar que, si el
estado del sistema en ti es D, en ti+ 1 será D'. Las leyes que go-
biernan el sistema pueden pensarse como determinadas o indeter-
minadas (o probabilitarias). Una ley determinada tendría la forma
de: «El estado D es siempre e invariablemente seguido por el esta-
do D'». Una ley indeterminada tendría la forma de: «Un estado
D es seguido por un estado D' con la probabilidad p y por el
estado D" con la probabilidad t'» (N. Rescher y A. Urquhart,
1971). El estado probabilitario sigue las leyes de las cadenas de
Markov (Ross Ashby, 1960, pp. 226-236), en el sentido de que
la probabilidad, que el sistema asumirá en el tiempo ti, es una
función del estado del sistema en el tiempo ti-l ; Yes totalmente
independiente del estado o de la historia del sistema, anterior a
ti-l. Es fácil relacionar este sistema imaginario con las restricciones
en la ejecución de acciones discutidas en 2.3. 3.2. Este esquema,
válido para las acciones realizadas, lo es también para la «liber-
tad» narrativa que organiza la secuencia de acciones. En narra-
ciones fuertemente pautadas, como en los relatos que constituyen
220 PARA UNA TEüRIA DEL TEXTO LITERARIO
la comunicación de masas, algunos estados del sistema están total-
mente determinados: quien comete un crimen sed irremedia-
blemente castigado, No lo son menos en muchos de los relatos
"literarios», Cierto efecto estético se alcanza cuando, precisa-
mente, un relato escapa a las probabilidades codificadas e instala
una nueva probabilidad o, en cierto sentido, una improbabilidad,
En otros casos tales secuencias narrativas pueden pasar a formar
parte de lo "fantástico» o de lo «maravilloso». En el caso de la
no-alteración de las probabilidades del sistema estaríamos, de
nuevo, ante los efectos miméticos que no alteran las probabilidades
admitidas por los códigos interiorizados por el grupo receptor.
La improbabilidad puede ser rechazada y relegada al olvido (al
no-texto), o recuperada como «fanrástico» o "maravilloso», De
nuevo, las retóricas pueden suministrarnos los ejemplos necesarios
en su constante resumen de creencias y expectativas, Francisco
Sánchez (Principios de retórica J poética. 1805, cap, VI). a co-
mienzos del siglo XIX. elimina las «furias y los espíritus» como
probabilidades narrativas: "No creemos en hadas ni en encan-
tamientos que en otro tiempo formaron el maravilloso de algunos
modernos, Las furias, los espíritus infernales, las virtudes y vicios
alegóricamente personificados, ya en vez de causarnos agrado, nos
fastidian», Tal codificación reduce a cero las probabilidades de la
inserción de hadas y espíritus como parte de la estructura narra-
tiva,"
11. Este aspecto era ya notado por el Ta"o. cuando intenta 'IIU.lr d del
milagro COII plena conciencia de 'lue lo maravilloso (prodigio ° nene 'u h,l'" ,'11
convenciones socializadas: no es verosímil 11I creíble par,. d ni'tI.llI" 1" 'lue h.•h,.1 "d"
creído por el idólatra: «Quanto dunque il maravigli"'o che port.ln" "'0' i (ji"vi e
Apollini sia acompagnato da ogni probabilirá. da ogni verisinuluudinc. da o¡.:ni
da o¡!ni grazia e da ogni autorirá, ciascuno di mediocre ¡(uidllio '" IH' potr.i 1.11I1ml'lltl
avedere, leggendo I rnoderni scritrori. lila ne poeti annchi 'lu,'"'' (O," deoll" •.",'1' lene
con altra considerazione e quasi con altro non come ricrvutr d.rl \"ol¡..:o, 'l1.l
come approvale de 'ludia rdigiolle. qualunque dla lo"e» (Dl\fOnl del /,Uf'III<I "1'''1111
1594, 11), Ercilla, en La Araucan« (parte 11. canto IX) se encuentra ,'011 UII prohkm.1
semejante cuando tiene que contar un « Si lo, hombre... no \TIl t.m-
tos I como se vieron en la edad pasad.• / es causa haber a¡(01'a pOl'!" s.lmos. / , rvt.rr l..
ley cristiana autonzada.» Moraleja: el problema que se preSl'll!a vn el .11I;¡li", lucr.mo, \
que toca a la clasificación «semántica» de cierto tipo de textos (fant;l!'ltiro. m.ir.rvillo-,o.
extraño. «realismo rn.igico»], debcri.r, .mtc ... lit' ;.l JrprnJc.'1l
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 221
La ficción de Ts'ui Pén opera sobre otro tipo de probabili-
dades. O mejor. las anula reduciendo a cero la probabilidad del
cumplimiento de una acción o de la otra, ya que todas se cumplen:
2) En todas las ficciones. cada vez que un hombre se enfrenta con
diversas alternativas. opta por una y elimina las otras; en la del
casi inextricable Ts'uí Peno opta -simultáneamente- por todas.
Crea. así, diversos porvenires. diversos tiempos. que también proli-
feran y se bifurcan. De ahí las contradicciones de la novela. rango
digamos. tiene un secreto (E
u);
un desconocido llama a su puerta
(El); Fang resuelve matarlo. Naturalmente. hay varios desenlaces
posibles: Fang puede matar al intruso (El)' el intruso puede matar
a Fang (E ¡). ambos pueden salvarse (E
4
) . ambos pueden morir (E .],
etcétera. En la obra de Ts'ui Peno todos los desenlaces ocurren:
cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones.
(( El jardín de senderos que se bifurcan»)
El modelo narrativo corriente, en cualquiera de sus versiones,
respeta el sistema de probabilidades y la lógica de las acciones, en
la medida en que toma una sola línea como real y reduce las otras
alternativas a probabilidades no realizadas. En la ficción de Ts' ui
Pén tal modelo no es adecuado, dado que no se trata de variantes
de un mismo hecho, sino de historias que abarcan alternativas in-
compatibles en un sistema ramificado. En éste, además. cada una
de las probabilidades cumplidas es el punto de articulación de nuevas
ramificaciones. Supongamos una secuencia de acontecimientos El
... E
2
... E
4
. El modelo narrativo continuo, de tiempo unilineal,
asume que, si el acontecimiento El es causa de E
2
• El es anterior
a E
2
• En estos casos hay siempre una marca en el acontecimiento
(Reichenbach, 1927, p. 36) o en la organización narrativa del
acontecimiento (Barthes, 1966. pp. 11-14) que permite tal deci-
sión. En un modelo de alternativas ramificadas. podemos ver la
serie (El ... E
2
... E
4
) como una entre varias: (El ... E
2
... E
l
; El
del marco sem.innco-conceprual de un momento cultural. plantearse en su base abstracta
t. interacción de campos semántico-conceptuales v sus relaciones con las posibilidades de
pensar los límites de la dimensión humana.
222 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
... E
3
•.. E
b
) , etc. Antes de proseguir este desarrollo. es conveniente
relacionar el esquema abstracto con los ejemplos borgianos. Tra-
duzcamos las proposiciones de la segunda cita a las secuencias
alternativas de acciones, que acabamos de esquematizar:
fango digamos. tiene un secreto (E
o
)
Un desconocido llama a la puerta (F 1)
fang puede matar al intruso (El)
El intruso puede matar a Fang (E,)
Ambos pueden salvarse: fang se salva (E
4
) : el intruso se salva (El)
Ambos pueden morir: Fang muere (E
o):
el intruso muere (E))
Etcétera.
Todas estas posibilidades pueden ser representadas en un diagrama
en forma de árbol (A. Prior. 1957; Rescher y Urquhart, 1971,
pp. 68-76):

--+ tiempo ramificado
El modelo ramificado de la lógica temporal y las estructuras
ramificadas de los relatos de Borges trastornan el concepto new-
toniano-kantiano de la dimensionalidad temporal (Kant, Crítica
de la ra7in pura, libro 1). La diferencia entre ambos radica en que
el modelo kantiano permite una posible configuración de aconteci-
LA CONFIGURACiÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 223
miemos (una historia); en tanto que el modelo ramificado permite
la configuración de posibles acontecimientos (varias historias). El mo-
delo lineal toma una secuencia (digamos El' E
2
• Ej. E10) Ydeja las
otras como alternativas posibles. En «El jardín de senderos que
se bifurcan», por el contrario. todas se realizan simultáneamente.
En «La otra muerte» (Borges, 1949). el «escándalo de la razón»
proviene de la realización de dos alternativas en conflicto que
crean «dos historias universales». En la primera (digamos El' E
2

E
IO
) Pedro Damián murió en Entre Ríos. en 1946; en la segunda
(digamos El' E
7
) en Masoller, en 1904. Al atribuir una co-
nexión de estados (determinables o indeterminables). podemos
concebir que esas sucesiones de estados corresponden a «mundos
posibles» que difieren en sus niveles. Es decir. que la sucesión El'
E
2
• E
IU
Y la sucesión El' El' E
7
se realizan simultáneamente en
diferentes «mundos posibles»: «esa trama de tiempos que se apro-
ximan. se bifurcan. se cortan o que secularmente se ignoran.
abarca todas las posibilidades». Podríamos agregar «todas las pro-
habilidades». Lo importante de esta concepción ramificada del
tiempo es que. en la sucesión de estados. las secuencias pueden rea-
lizarse simultáneamente. Es lo que ocurre en varias de las «histo-
rias » de Borges. Ellas se construyen presuponiendo la concepción
lineal del tiempo. sobre la cual la consecución de acciones se rami-
fica y da lugar a concebir «mundos posibles o.l/ en los cuales los
acontecimientos pueden ocurrir «al mismo tiempo» y en «distintos
mundos»: Dahl:nann puede morir en el hospital) en el sur al
mismo tiempo. pero en distintos «mundos posibles».
Para destacar más este tipo de serniotización. conviene como
pararla con algunas posibilidades de complicación de la estructura
lineal. a partir de las informaciones que permiten localizar los
parámetros temporales del discurso representativo de acciones. En
12. La uocion .. mundo posible» di' la En d sentido en 'llll'
Jol tomo ol'luí. se en A. N. Prior ( 1962l y en J. H intika ( 197 1l. Su scnud..
neral denota «posible suceder de acontecimientos». y como «mundos posible... u rcnutc .•
l." modalidades: conocer. creer, recordar, etc. La importancia 'lUI' tiene p"r"
novotro. 1', Ja de a los limites de! nos imponen e! hlll"'I11ICO di'
conceptos real/irreal: realrdad/imaginación. v abundan en la inllTpn'lolCi,'JI1 di'
B.. y de semejantes
224 PARA UNA -tEORIA DEL TEXTO LITERARIO
estos. un acontecimiento A¡ en el tiempo t¡ . está relacionado con el
que lo precede (t¡-d y con el que lo sigue (t¡+ I). En los relatos que
no transgreden la linealidad narrativa. estas informaciones son,
en general, explícitas. Así. por ejemplo. el comienzo de Amalia:
«El 4 de mayo de 1840. a las diez y media de la noche. seis hom-
bres atravesaban el patio de una pequeña casa de la calle de Bel-
grano. en la ciudad de Buenos Aires». Establecido el punto de re-
ferencia inicial. sobre el cual se fundarán las acciones sucesivas. el
relato puede avanzar complicando los parámetros que constituyen
el punto de referencia. Gérard Generte (1972. pp. 77-121) ha
estudiado en detalle algunas de estas posibilidades. Tomemos
como ejemplo dos de ellas: supongamos una secuencia de accio-
nes (El' E
2
••• E
n).
Esta sucesión puede ser complicada de la si-
guiente manera: a) Dentro de la sucesión de hechos narrados entre
(El ... E
n).
puede insertarse, en un momento determinado del dis-
curso. la acción E¡ que es «anterior» a E i- Si el relato primero ha
fijado su punto de referencia en 1840. por ejemplo. E¡ puede co-
rresponder a un hecho ocurrido o situado en 1839. Esta tenden-
cia es manifiesta en las narraciones del período romántico en la
literatura de América Latina. como así también en la generación
mundonovista (c. Goié. 1972); b) La segunda posibilidad es la de
insertar (en el discurso) la acción E¡. con posterioridad a la acción
E
2
• Pero E¡ se sitúa -en la sucesión de acciones (historia)- con
«anterioridad» a E
2
y con «posterioridad» a El' Obviamente que
estas manifestaciones retrospectivas pueden pensarse también de
manera prospectiva. En su forma retrospectiva. ellas son detecta-
bles desde los relatos homéricos (Geneue, 1972. p. 90).
Ahora bien. hay una gran diferencia entre la estructura que
subyace. por un lado. a la organización temporal lineal y. por otro.
a la estructura ramificada. En la primera. el suplemento proviene
de la complicación cuantitativa mediante la inserción de aconteci-
mientos que se superponen a la estructura lineal: las secuencias o
acciones imbricadas están siempre afectadas por índices temporales
y espaciales no-convergentes. Tendríamos en este caso la siguiente
regla:
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 225
1) Si el agente A ejecuta (o es protagonista de) la acción¡ (El) en tiY
li. para que el agente A pueda ejecutar (o ser protagonista de) la
acción, (E
2
) . deben modificarse o ti o li.
En tanto que para la bifurcación temporal sería válida una regla
como:
2) Si el agente A ejecuta (o es protagonista) de la acción I (E¡) en tiY
li. para que el agente A pueda ejecutar (o ser protagonista de) la
acción, (E
2
) . sin modificación de los parámetros de tiempo y lugar
(ti y li). el «mundo posible» debe cambiar.
En 2), tenemos dos posibilidades: a) diferentes acontecimientos se
cumplen en diferentes mundos y se conectan mediante la permanen-
cia de los parámetros temporales y espaciales. y b) un mismo
acontecimiento que ocurre en diferentes «mundos». Estos esquemas
básicos pueden explicar las diferencias entre la concepción del
tiempo activada en relatos como Pedro Páramo (Rulfo, 1955),
que serían derivables de 1); de relatos como Farabeuf(Elizondo,
1962) o « La otra muerte» (Borges, 1949), derivables de una es-
tructura de base como 2). En estos casos tenemos la sensación de
que «algo se nos escapa», dado que un acontecimiento se desp/a-za
o se repite en distintos «mundos posibles».
3.4.1.2.2. Podemos sugerir un tercer tipo de serniotización
narrativa que requiere la percepción de la «dimensión» más que
de la «línea». Si tomamos un relato como «Todos los fuegos, el
fuego» (J. Cortázar}, éste puede ser leído como dos acciones para-
lelas, aceptando como «fictivo» el hecho de que una pueda situarse
(mediante nuestro conocimiento del mundo) a varios siglos de
distancia de la otra. Una forma de lectura (en tanto proceso de
recepción) es aquella que corresponde a nuestras formas percep-
tuales en el procesamiento cotidiano de la información, y a nues-
tro conocimiento del «mundo». Otra forma de lectura es aquella
que suplementa la línea con la dimensión. Veamos más en detalle
esta afirmación, deteniéndonos sobre el cuento de Julio Corrázar,
226 PARA UNA DEL TEXTO LITERARIO
El primer elemento global percibido en el cuento son los dos mun-
dos: romanidad (que podemos designar por A) y modernidad (que
designamos por B). En cuanto a la percepción de estructuras glo-
bales. es fácilmente intuible la división de ambos «mundos» en dos
bloques: Al y B
I
; A
2
Y B
2
• Los dos primeros bloques (Al y B
I
)
se cierran con la muerte de Marco y de Jeanne; en tanto que los
dos segundos (A
2
y B
2
) . con la muerte del resto de los «persona-
jes» producida por el fuego. Esta intuición nos sugiere que la com-
petencia comunicativa permite conectar estructuras globales. iden-
tificar intrigas independientes. e inferir formas conectivas. Lo que
interesa. en este caso. es el tipo de inferencias conectivas realiza-
bles a partir de la información suministrada por el relato. Pode-
mos. para comenzar, trazar un encadenamiento de funciones a par-
tir de la representación de acciones en cada una de las micro-
secuencias Al y B
1
. De esta manera:
1) Al (en el circo romano):
AC (,ducha a realizar»]
PA (<<proceso de la lucha»)
AR (<<fin de la lucha»]
2) 13
1
(entre [eanne y Roland):
AC (<<ruptura a realizar »)
PA (<<proceso de ruptura »)
AR [.«ruptura realizada »)
La conexión entre ambas secuencias aparece en su desarrollo para-
lelo v. fundamentalmente. en las conexiones entre enunciados. Así.
por en A). el momento en que Licas y el procónsul intu-
yen la derrota de Marco. el procónsul se siente culpable por haber
llevado a Marco a una arena de provincia y dice:
«AIg<) de él se ha quedado en Roma. bien se ve... «y el
resto se quedará aquí. con el dinero que le aposté ...
ríe Licas. « Por favor. no te pongas así... dice Roland.
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 227
La inserción de las palabras de Roland (B1)' a continuación del
diálogo entre el procónsul y Licas «conecta», en la forma dialo-
gada. los dos mundos. Hasta la mención de Roland, el diálogo
bien puede tomarse como una respuesta del procónsul a l ~ afirma-
ción de Licas. No obstante estas conexiones de los enunciados.
la lucha (literal) entre Marco y el gigante negro en Al y la lucha
(en sentido figurado) entre Roland y Jeanne en Bl' mantienen su
autonomía. En las secuencias A
2
y B
2
se produce, en cambio. no
sólo la conexión entre enunciados sino un tipo especial de imbrica-
ción entre las secuencias narrativas. Estas dos secuencias tienen, en
primer lugar. una conexión temática: la muerte de los protagonis-
tas a causa del fuego. Así podemos especificar A
2
y B
2
• marcando
por a la paráfrasis de la acción; y por [la función que es posible in-
ferir a la acción:
3)
A
z
:
AC (j: «posibilidad de incendio»; a: acción no descrita en la
estructura de superficie)
PA (j: «propagación del incendio»; a: lienzo del viejo velario
que se desgarra)
AR (j: «incendio consumado»; a: acción no narrada - presu-
mible muerte de Irene, el proc6nsul y Licas)
B
z
:
AC (j: «posibilidad de incendio»; a: el pañuelo de gasa que
arde en llamas)
PA (j: «propagación del incendio»; a: acción no descrita en la
estructura de superficie)
AR (j: «incendio consumado»; a: muerte de Sonia y Roland)
Podemos. para ser más claros, resumir estas observaciones en un
cuadro de doble entrada:
228 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
AC PA AR
+ +
El hecho capital que surge de esta «normalización» de las se-
cuencias de acciones y de funciones es que, en ambos «mundos»,
ha y una acción ausente (no-descrita), en la estructura de superficie:
una secuencia de funciones (((posibilidad de incencio», ((propaga-
ción del incendio», «incendio consumado») articula dos secuencias
de acciones: la del circo romano y la del departamento de Roland.
El comiemp (AC) del incendio está ligado al departamento de Ro-
land, la propagación (PA) al circo romano y la culminación (AR) al
departamento de Roland. La suplementariedad como marca resi-
de, en este caso, en la semiotización de las formas conectivas,
tanto de los enunciados corno de las secuencias narrativas, Estas
conexiones no son sólo «temáticas» sino que, en la semiotización,
el texto propone informaciones suficientes para que, en la recep-
ción, este tipo de inferencias sea posible. Correlativamente. la posi-
bilidad de estas inferencias implica la «adición» de reglas suple-
mentarias con respecto a la actividad perceptiva de narraciones
no-textuales.
En resumen, hemos intentado situar tres tipos de serniotiza-
ciones narrativas: a) Una posibilidad se refiere a la complicación
de la estructura lineal y es, sin duda. el tipo más común dado que
hacemos uso de este mecanismo en el no-texto. Lo practicamos.
por ejemplo, cuando en el curso de una narración llegamos a un
punto en el cual nos damos cuenta de que hemos omitido alguna
información. e insertamos. con anterioridad al puma en cuestión
la información que creernos necesaria para su comprensión. b) Una
segunda posibilidad está dada por una modificación de las formas
perceptuales de la temporalidad. Presumiblemente este es un hecho
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 229
de reciente surgimiento y está ligado a modificaciones en las con-
cepciones del tiempo en el pensamiento filosófico. c) Una tercera
posibilidad, que involucra también la temporalidad, aunque no
está fuertemente marcada, es la de semiotizar las interacciones
entre acontecimientos paralelos que se conectan por medio de se-
cuencias narrativas. Todos estos tipos de semiotización son de
orden conceptual más que lingüístico y pueden ser analizados en
las diferentes posibilidades que ofrecen los tiempos verbales; en
cuanto éstos son las bases lingüísticas para la organización con-
ceptual del tiempo físico y cronológico.
3.5. SEMIOTIZACIÓN DEL ESPACIO ENUNCIATIVO
3.J.l. Introducción
Para analizar, pues, este caso de semiosis, partiremos, en
primer lugar, de la distinción entre situación contextual y situación
discursiva analizada en 2.5. II En segundo lugar, introduciremos
dos nuevos conceptos: el de axia/idad y el de figuración. El pri-
mero se refiere a la organización del espacio pronominal (pro-
nombres, deícricos, embragues) de la situación discursiva de la
enunciación. El segundo, a la posición que ocupa el destinador en
cuanto destinador: qué informaciones o ausencia de informaciones
tenemos sobre él, qué inferencias (y a partir de qué niveles] pode-
mos realizar para reconstituir la «imagen. del destinador, Figura.
en latín, significaba también simulacrum: podemos decir que el
problema, en la figuración, es cómo se simula el destinador.
3.J.1.1. Axia/idad. - En primer lugar, es necesario reto-
mar el diagrama 5 de 2.4. 3.
13. Algunos de los trabajos que se relacionan con esta discusión aparecidos en los
últimos años. además del número especial de Langages, n" 17. dedicado a la enunciación.
importan los de S. Lecointre y J. Lecalliot ( 1972. 1973); para el estudio de lo que aquí
llamamos destinatario. G. Prince (1973); y. desde una perspectiva cercana a la nuestra.
N. Tamir (1976). En cuanto a los estudios "clásicos» sobre el narrador. los de W. Kay-
ser ( 1 9 ~ ~ . 1970).1'. Sranzel ( 1 9 ~ ~ ) . B. Romberg (1962). K. Hamburger (1951.
pp. ~ ~ -194) YMartíncz Bonati ( 1960. especialmente. pp I 12 YI I 7-125).
230 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
i\
él = (yo/tú del enunciado
/
\ con
\'d. " ,"""",,'6"1
/'0 "',
yo
A este diagrama agregaremos una nueva dimensión: el que los pro-
tagonistas de la situación discursiva puedan tener o no tener corre-
latos con los protagonistas de la situación contextual (indicado por
la doble flecha En la situación discursiva de enuncia-
ción. ia ausencia o presencia de correlación son ambas posibles;
y son grados distintos de semiotización. El caso de la presencia
de correlación es el que más lleva a «confusiones» con respecto a
la falta de autonomía de la situación discursiva y, por ende. a la
identificación del yo de la situación discursiva con el yo de la situa-
ción contextual. Lo mismo es válido para el caso de los otros pro-
nombres. De la misma manera que el él de la situación discursiva
puede ser correlacionado con una «persona)), exterior al espacio
enunciativo. también pueden serlo los demás componentes del
enunciado (descripciones. acciones. etc.]: nos encontramos en
este caso con el ya aludido. en estas páginas. efecto mimético.
Sobre el diagrama 1 podemos también señalar que el término
«relato en tercera persona)), para el caso de la narración, es un total
contrasentido: no es posible narrar en tercera persona. La confi-
guración misma de la enunciación (tanto discursiva como contex-
tual) hace que la única forma de narrar (de enunciar) sea en primera
persona. Tampoco puede haber. en consecuencia. «relato en se-
gunda persona)). Estos casos sólo representan diferentes organi-
zaciones axiales del espacio enunciativo. Puede haber enunciación
personal o impersonal: es decir. el destinador deja las huellas
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 231
evidentes de su paso en el enunciado o trata de borrarlas, y dar
así la sensación de objetividad. Para este último caso se ha llegado
a decir que no hay propiamente narrador (K. Hamburger, 1957,
pp. 134-142). Valdría mejor decir que, de lo que se trata, es
de una manera especial de semioti7,!lr el espacio enunciativo, tan codi-
ficada como cualquier otro tipo de semiotización. Sabemos, como
bien lo señala R. Barthes (1970, p. 149), que las ausencias signi-
fican por el hecho mismo de ser ausencias: es decir, que sí hay na-
rrador, pero semiotizado como ausente. En cuanto a la «narración
en segunda persona», su particularidad reside en la distribución
axial que ésta actualiza. Cuando, por ejemplo, en la situación con-
textual de enunciación se dice «tu leerás el diario», tal enunciado
se inscribe en los actos de habla «elocutivos» (illocutionary) de or-
den. En tanto que en la situación discursiva, tal enunciado no es
solo «elocutivo» sino también y al mismo tiempo constatatiuo: 14
decir «tú leerás el diario» o «tú tomarás el tren de las ocho a Mi-
lán» significa que, en el relato de esta «orden» es, a la vez, una
acción cumplida. Este tipo de enunciación es el reverso de la enun-
ciación en la cual el yo que enuncia y el yo que actúa se identifican:
en el enunciado elocutivo / constatativo de la situación discursiva
de enunciación, el tú de la enunciación y el tú del enunciado (el tú
como destinatario de la enunciación y el tú como agente del enun-
ciado) son uno y el mismo.
Volvamos a la correlación entre los componentes axiales de la
situación discursiva y contextual. Esta correlación no debe lle-
varnos a desatender la autonomía de la primera, ya que es ésta la
determinante a la cual la segunda se subordina. Ello produce, claro
está. una particular distribución del tiempo y de los niveles de la
enunciación, paralelos a la distribución axia!' La Araucana, de
Ercilla, ofrece un buen ejemplo para ilustrar el tipo de serniotiza-
ción en el cual la distribución axial correlaciona los miembros de
la situación discursiva con aquellos de la situación contextua]. 11
14. Ver J. L. Austin (1971).
15. Sobre el narrador en La Araucana. A1barracín Sarmiento (J966. 1972) Y
Aura Bocaz (1976). quien. aunque estudia sólo a Tegualda como narradora, extiende
sus observaciones a la situación general del narrador en el poema.
232 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
a) Comencemos por analizar las relaciones yo-tú, en la situación
discursiva y sus correlaciones con la situación contextua] (Er-
cilla, Felipe 11). En la apertura del libro se instaura un nivel
de enunciación, prolongado a lo largo de la narración, en el
que el destina dar se dirige. en registro argumentativo, al des-
tinatario (yo-tú); además. esta direccionalidad implica a las
personas que se correlacionan con el destinador y el destinata-
rio (Ercilla-Felipe 11). Esta doble correlación. en la distribu-
ción axial de los participantes del acto enunciativo (discursivo
y contextual}, lo inscribe en las formas ya codificadas de
enunciación que se identifican con la epístola y. en cierto sen-
tido. con la autobiografía. Pero. además. se establecen lazos
directos con la enunciación del discurso histórico, por cuanto
el destinador asume la verdad de lo dicho (<<es relación sin co-
rromper sacada / de la verdad. cortada a su medida», parte 1,
canto 1). Sabemos que re/ación, en este caso y en el siglo XVI.
significaba. en primera acepción. narración o informe. y que
sus fuentes latinas eran re/atio y narratio. Y. en segunda acep-
ción. re/ación remite al romance de sucesos. En este caso, el co-
rrelativo latino es recitatio me/rica. En el caso de Ercilla, re/a-
ción puede estar referida a ambos significados. con el énfasis
en el primero: asume la recitatio metrica, pero e n f a t i ~ la narra-
tio y la oeritas. La verdad está garantizada por el testimonio
directo (visto y oído). y este hecho sirve. además. para corre-
lacionar al destinador del discurso con la persona presencial
de los hechos. Al mismo tiempo, la artificialidad de la trans-
misión del testimonio (semiosis enunciativa), que «finge» la
versión oral de lo que se escribe (<<Dad orejas. señor. a lo que
digo / que soy parte dello buen testigo», parte 1, canto 1),
marca la situación discursiva de enunciación en relación a la
recitatio me/rica. El primer hecho a señalar. después de estas
observaciones. e s ~ que en la distribución axial, y en los presu-
puestos del acto enunciativo. ésre se presenta en forma de rela-
to épico; pero la correlación ixial «identifica» el acto enun-
ciativo con la epístola, la autobiografía y el discurso histórico.
!
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 233
b) Un segundo aspecto de la distribución axial corresponde a la
correlación interna de la situación discursiva: entre el yo de la
enunciación y el yo del enunciado. Esta correlación se com-
plica. puesto que. por un lado. tenemos ya la correlación entre
el yo de la enunciación y la {(persona» Ercilla ; pero. por otro.
tendremos la correlación del yo, agente del enunciado. con
el «soldado» Ercilla, en posición de él en la situación contex-
tual. Tomemos. en primer lugar. la correlación interna a la
situación discursiva entre destinador y agente. Los límites. en
este caso. son difíciles de trazar. No obstante, podemos co-
menzar diferenciando lo que el agente ve y lo que el destina-
dor sabe. En el primer caso. la información circula del agente
al destinador: puesto en términos abstractos (que eliminen
la confusión en la «unidad» de la persona psicológica y sepa-
ren las instancias discursivas). el dispositivo que observa trans-
mite información al dispositivo que la procesa (escribe). En el
segundo caso. el dispositivo que sabe y el que procesa son partes
de un mismo sistema; puesto que el sistema que procesa es el
que ha recogido información que ni el agente, ni la persona,
ni el soldado pueden ver (e.g .• las escenas que ocurren entre
los araucanos). Esta direccionalidad es importante porque la
correlación entre agente y destinador permite, en el segundo
caso. cambiar la direccionalidad y hacer circular la informa-
ción en sentido inverso: lo que sabe el desrinador se trans-
mite al agente. y el agente. que toma el lugar de narrador.
cuenta lo que ha recibido del destinador a otros soldados (la
historia de Dido). Esta situación se complica aún puesto que,
en el enunciado. no sólo encontramos el agente. que se corre-
laciona con el soldado, sino que el propio yo de la enunciación
discursiva pasa a ser materia del enunciado. Estos son los
momentos en los cuales el propio acto de escribir forma parte
del relato: el acto de enunciación es la materia (el tema) del
enunciado y se verbaliza por las referencias a lo que se dijo.
se está diciendo o se dirá: ce Digo. pues, que los bárbaros lle-
gando (oo.)>> (parte 1, canto IX); «en medio del repose de la
gente / queriendo proseguir en mi escritura» (parte 11, canto
234 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
XVII). etc. La función de esta sustancialización de la materia
de la enunciación enfatiza la posición enunciativa misma.
puesto que la función de esta inserción es la de marcar la dis-
tancia y la transparencia (J. Dubois, 1969. pp. 104·106) que
transcribe (ordena. distribuye) los hechos ocurridos. De esta
manera tenemos un segundo aspecto de la correlación en el
vértice superior del triángulo: por un lado. el agente (sol-
dado Ercilla) y los hechos del relato; por otro. los agentes
y hechos de la guerra del arauco.
c) Retengamos, del punto anterior, dos instancias:
c.l) aquella en la cual el destinador se confunde con el agen-
te y testigo (soldado);
c.2) aquellas en las GUales el campo de los hechos narrados
le está vedado al agente (escenas entre los araucanos)
y sólo tiene acceso el destinador del mensaje en su fun-
ción de narrador (lo que sabe o lo que imagina; pero
que presenta, en el artificio. como visto y oído).
Nos detendremos sobre este segundo aspecto a los efectos de
ver de qué manera la distribución axial de la situación discur-
siva afecta la función de los parámetros temporales y espa-
ciales. Comencemos por dos ejemplos:
1)
Tenemos hoy la prueba aquí en la mano de Rengo y
Tucapel, que peleando por sólo presunción y orgullo
vano, como fieras se estan despedazando.
(parte 1Il. canto XXX)
2)
Déjolo aquí indeciso, porque viendo el brazo en
alto a Tucapel alzado. me culpo. me castigo y
reprehendo de haberle tanto tiempo así dejado;
pero a la historia y narración volviendo. me
oisteis ya gritar a Rengo airado. que bajaba
sobre él la fiera espada por el gallardo brazo
gobernada.
(parte JJI, canto XXX)
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 235
En el primer verso de 1) hOJ y aquí operan como embragues
de la situación de enunciación y fijan la posición del destina-
dar frente a los hechos narrados; este nivel es válido para la
situación discursiva pero no para la situación contextual, con
la cual, en este caso, no hay correlato. Pero, además, la prue-
ba entre los dos embragues da a éstos un valor de deícticos,
puesto que la prueba es el exemplum que sostiene la argumen-
tación sobre la «presunción y el orgullo» que precede a los
versos citados. El ejemplo 2) es más claro en cuanto al doble
juego de la situación discursiva (embrague sobre el enunciado
y deíctico sobre la enunciación): dejol» aquí indeciso remite,
anafóricamente, al discurso, al tema en discusión que «deja
indeciso»; pero, al mismo tiempo, este sintagma corta el tema
del argumento para seguir con el relato: viendo, que finge la
presencia del narrador ante los hechos, es impensable en corre-
lación con el contexto: por lo tanto. «ver el brazo alzado» es
también «ver el relato detenido» por el argumento sobre el
orgullo y la presunción. De la misma manera. «haberlo tanto
tiempo así dejado» es, también, abandono del relato y no de
la presencia ante los hechos: « pero a la historia y narración
volviendo». Doble juego de la situación discursiva que finge
una «presencia» ante los hechos, por medio de los parámetros
temporales; pero en donde, a la vez. los embragues y los deíc-
ricos marcan el acto de escribir sobre la observación del acto de
luchar (lucha entre Tucapel y Rengo). desplazadas en su fun-
ción de referencia espacial.
el) Este movimiento constante entre el «yo que escribe» y el «yo
(fingido) que ve» da lugar a otro fenómeno interesante en
la distribución axial: la conversión de verbos ceno perforrnati-
vos» en función de «perforrnativos». Sabemos que J. L. Aus-
tin (1962) llamó perforrnativos a los verbos que realizan la
acción que expresan: ce Te digo que te calles». Los verbos como
volver y dejar quedan fuera de esta clasificación: eeJuan rolui»
de Europa» o «Juan dejó el libro» no tiene nada de performa-
tivo puesto que son dos cosas bien distintas el acto de decir y
la acción sobre la que éste informa. En La Araucana, debido
236 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
al doble juego aludido en la situación discursiva, la distribu-
ción del destinador entre quien ve y quien escribe produce la
transformación de los verbos constatativos en performativos:
3)
A Lautaro dejemos. pues en esto.
que mucho su proceso me detiene
que llegar a Penco me conviene
(parte 1, canto IV)
Los verbos dejar, detener, /legar, volver son, en la lengua, ver-
bos constatativos ; pero, en este caso, su función es perforrna-
tiva : decir que se deja a Lautaro, que su proceso lo detiene,
que es forzoso volver y /legar a Penco, son acciones cumplidas.
puesto que de hecho se deja la narración de Lautaro que lo
detiene en la narración de otros sucesos; se vuelve y se /lega a
Penco en el relato, pero no en el desplazamiento físico del
narrador. Decir que se llega a Penco es, al mismo tiempo, ha-
cerlo en el relato, fingiendo el desplazamiento espacial del
testigo. Esta operación es casi una regla en la tercera parte
de La Araucana.
e) Veamos, como último ejemplo, la correlación temporal entre
el yo que enuncia en la situación discursiva, y la «persona») Er-
cilla en la situación contextua]. Sabemos que Ercilla llegó a
Chile en I 557 Yvolvió a España en 1563. La primera parte
de La Araucana fue publicada en 1569. la segunda en 1578
Y la tercera en 1589. El recorrido de los treinta años en la
composición de las tres partes está indicado, por la situación
contextua] de enunciación, en los prólogos de cada parte. La
situación discursiva, por su parte, marca un tiempo distinto:
el tiempo del relato se corresponde con los tres años pasados
por Ercilla en Chile: La A raucana termina narrando el em-
barque de la ('persona» Ercilla. De manera que la última par-
te del libro. escrita en la década de 1580, narra la partida del
agente Ercilla y de la persona Ercilla (doble correlación; una
la persona y la otra el soldado) en 1560 (parte II 1, canto
LA CONHGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 237
XXXVI). En la medida en que la situación discursiva fija
esta dimensión temporal, y que semiotiza temporalmente la
distribución axial, la batalla de Lepanto ( l 57 1) debe necesa-
riamente entrar como prospección en el relato, dado que la se-
miotización temporal ha situado al narrador entre 1557 Y
I 560, Y éste da cuenta de una batalla que ocurrirá más de
un decenio después. Se introduce entonces, como artificialidad
o como semiosis, el tópico del cansancio ((queriendo prose-
guir en mi escritura / me sobrevino un súbido acidente»], re-
pite el tópico del «poeta transportado» (Juan de Mena, Labe-
rinto defortuna, estr. 13-19), Ydesde lo alto de una colina ue
la batalla: «Tu desde aquí podras mirar atento / las diferentes
armas y naciones / (... ) / Quien fuera de lenguaje tan copioso /
que pudiera explicar lo que alli vida» (parte I1, canto XVII).
Hemos tratado de mostrar, a través de un ejemplo, las gene-
ralidades de la serniotización del espacio enunciativo. Es también
válido, para este caso, que cada tipo de semiotización del espacio
enunciativo responde a una metalengua en vigencia. Para el caso
de Ercilla resulta interesante que, si bien adopta la «forma» de
la epopeya, no sigue esta metalengua sino que se pliega a la me-
talengua del discurso histórico del siglo XVI hispanoamericano:
decir lo visto y lo oído, decir verdad. Del choque de la forma de
la epopeya y de las exigencias del discurso histórico surge, como
resultado, esta particularidad de la semiotización axial. Ello no
se da, obviamente, en los otros cronistas donde lisa y llanamente
identifican, sin mediaciones, el espacio de la situación conrextual
con el de la situación discursiva. Ello no quiere decir que el JO
contextua] sea igual al JO discursivo: la construcción de la persona
«Inca Garcilaso de la Vega» en Los comentarios reales es, al igual
que la construcción de la persona « Ercilla », una serniotización
del JO contextual de enunciación. La diferencia reside en que la
mediación es más directa, dado que la elección del discurso his-
tórico no está «forzada» por la interferencia de una forma (la
epopeya): la crónica, en la cual el destinador se construye en corre-
lación con su persona, instaura, en la construcción del discurso,
238 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
una particularidad en la semiotización del espacio enunciativo que,
quizás, no se conocía hasta el momento. Al parecer, el espacio
enunciativo del discurso histórico tenía, en la Edad Media espa-
ñola (Benito Ruano, 1952, pp. 50-104), una configuración ente-
ramente distinta a la que encontramos en el siglo XVI.
3,J.l.2. Figuración. - Henry James dijo, alguna vez, que hay
unos 5.000.000 de situaciones narrativas. Si relacionamos la afir-
mación de James con la axialidad, podemos reducir tal cantidad a
unas pocas combinaciones en el doble triángulo pronominal. Si la
referimos a la figuración, al parecer no hay más que tres posibi-
lidades: o el destinador (narrador o hablante) finge una comuni-
cación oral, o finge una comunicación escrita, o, en las «técnicas»
más actuales, finge un momento anterior al lenguaje (oral o escrito)
que se ha denominado «monólogo interior e.!" No hay otra posi-
bilidad puesto que el texto literario no puede escapar al punto de
referencia de la verbalización. Aparentemente, James se refería a
otra cosa: la figuración de la persona que narra (un escritor, un
trotador de mundos, un pícaro, etc., etc.}, y a la situación en la que
narra o finge hablar. Éstas sí son tan infinitas, como lo son las
posibilidades de genera: infinitas frases partiendo de una sola regla
de gramática. Las tres posibilidades señaladas son básicas y es
posible derivar de ellas otros modos de figuración enunciativa. Así,
por ejemplo, la correlación entre el JO de la situación discursiva y
el JO contextual: la correlación del JO de la situación discursiva
con el JO agente del enunciado son circunstancias que dan lugar
a la construcción figural sobre la construcción axial: la figuración
surge de la simulación enunciativa, inferida de las informaciones
sobre la persona (e.g., Ercilla}, o sobre el agente (e.g., Ercilla
soldado). Pero, al mismo tiempo. la figuración del enunciante no
puede escapar a las referencias verbales: al acto de escribir o al de
hablar.
Partiendo entonces de las tres posibilidades básicas de la fi-
16. Ver R. Humphrey (1954) y D. Cohn (1966).
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 239
guración. trataremos de especificar algunas de las formas en que
el destinador las «finge»:
a) La figuración es un mecanismo enunciativo cuya función es la
de compensar. por un lado. el contexto en el cual emisor y
receptor están eo-presentes; y. por otro. compensar las reglas
pragmáticas que regulan la situación de comunicación en el
sistema primario. En el sistema secundario. la comunicación
oral (folklore) se realiza en la ca-presencia de emisor y re-
ceptor: la figuración enunciativa se da. no obstante. por el
cambio de situación pragmática o, en ciertos casos, por la
teatralidad de la máscara o del gesto. Cuando el enunciado de
la transmisión oral serniotizada (E
2
) se transcribe (E
3
) . su
lectura produce de inmediato la sensación de la falta de com-
pensación figurativa del contexto. Vemos así la diferencia
entre las piezas recogidas del folklore en las cuales, por ejem-
plo, el tropo «Aquí me pongo a cantan> remite en forma mí-
nima a la situación enunciativa. Pero. por el contrario. cuando
J. Hernández lo adapta como comienzo del Martin Fierro
(E
4
) , el «Aquí me pongo a cantan> se convierte en el nudo
que organizará la construcción figurativa del cantor. Las con-
diciones pragmáticas del sistema secundario, así como la me-
talengua del universo gauchesco (ver 1.6.1.), exigen la com-
pensación, como figuración, del narrador: es una exigencia
del universo que el narrador se figure gaucho. Condición sine
qua non para que el universo sea reconocido como tal: de
ahí entonces la abundancia de referencias, en muchos de los
textos de la poesía gauchesca, a la compensación de la situa-
ción discursiva de enunciación (el encuentro entre dos gau-
chos, el saludo, el comienzo del relato) como exigencia de
la figuración enunciativa. Esta exigencia es tan marcada que.
cuando no es el mismo narrador el que cuenta y «presenta la
escena» (como en el comienzo del Martin Fierro), se intro-
duce un narrador cuya función es la de presentar la escena
donde se desarrollará el canto o el cuento; pero éste nema-
rtamente tiene que figurarse. al menos en el habla. como gau-
240 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
cho. Es decir. sabemos por su dialecto y por la adopción del
mismo tipo de versificación adoptado por el agente-narrador,
que el narrador de la situación primera de enunciación (ver
3.4.2.2.) se figura como gaucho (e.g .• Santos Vega. H. Asea-
subi). Sabemos, también. que esta regla es básica para la cons-
titución de universos que se identifican, en el dominio del
texto literario. por la figuración del narrador: «la novela pi-
caresca» se inscribe, aparentemente, bajo esta condición.
Si consideramos ahora aquellos casos en que el destinador no
se identifica con el narrador principal e introduce a otro des-
tinador del discurso, podemos encontrar un ejemplo intere-
sante en la serniotización figural impuesta por el siglo XVIII:
el destinador que se presenta como editor de cartas o de
manuscritos encontrados. Dentro de este tipo de serniotiza-
ción podrían, a su vez, distinguirse varios sub-tipos: 1) El
destinador que. sin intermediario de un editor figurado. se
figura como el escritor de un diario. En este caso la particu-
laridad de la figuración se centra en la relación entre destina-
dor y destinatario: tanto en el diario como en las memorias,
destinador y destinatario son uno y el mismo. I 7 El esquema
comunicacional aquí se re-distribuye puesto que en una punta
del espectro se figura un JO y. en la otra, el mismo yo que
reemplaza al tú. 2) Si el narrador se figura emitiendo un
relato oral y no escrito. deberemos suponer. en la estructura
figural, un narrador «anterior» (implícito o explícito) que
cuenta por escrito lo que el narrador del relato que leemos
cuenta en forma oral.
b) Un segundo tipo de serniotización figural se presenta cuando,
en el enunciado de la situación discursiva. se figura la eeper-
sona» del «autor». Un ejemplo. ya mencionado. es el de
Ercilla: la figuración que, sobre la axialidad, construye a Er-
cilla soldado y a Ercilla autor. informaciones que agregamos
17. Este caso se correspondería con la modificación qU( prop<lO( J. Lotman al
modelo comunicacional de R. Jakobson. considerando qU( una posibilidad (S 'lU(. tanto
en uno como en otro extremo de la cadena, no se encuentre la relación yo-tú sino yo-yo
(J. Lotman, 1973j.
LA CON¡";IGURACION DEL SISTEMA SECUNDARIO 241
a la figuración enunciativa. Deben en este caso distinguirse.
entre el tipo de informaciones que remiten a la axialidad, de las
que remiten a la figuración. Podemos ver esta diferencia to-
mando un caso más simple que el de La Araucana. Un análi-
sis de todos los momentos en que, en Los comentarios reales, se
encuentran informaciones sobre el Inca Garcilaso de la Vega.
mostraría cómo se construye la figura del «Inca Garcilaso»
como figuración enunciativa. En tanto figuración. tal cons-
trucción es cerrada: se limita a las únicas informaciones que
tenemos en el libro; en cuanto persona, ésta sobrepasa las
informaciones que han sido otorgadas en el texto. Una bio-
grafía del Inca, pongamos por caso, no podría "reconstruir»
la "persona» del Inca con la sola información de Los comen-
tarios reales. En cuanto construcción axial. la serniotización
figural no la modifica. puesto que ésta ha establecido desde el
comienzo, la correlación entre desrinador y emisor (autor).
No la modifica: la confirma y la amplía. Este tipo de figura.
ción es el que caracteriza cierto universo de textos cuya fina-
lidad es el documento, en los que la figuración se justifica en
cuanto el narrador es testigo de los datos que describe o narra.
El caso extremo de este tipo de construccion figural es la
autobiografía. En ella, el agente del enunciado nos remite. a
cada instante, a la estructura figural de la enunciación. Dentro
de este tipo de serniotización figural. podrían considerarse
dos tipos: b.l) una figuración que tiene la forma que acaba-
mos de describir, pero que. a diferencia de ella. no establece
ningún lazo entre el yo de la situación discursiva y el yo de la
situación contextual: es lo que se ha llamado "biografía fic-
ticia» (Lázaro Carreter, 1968). cuyo ejemplo lo constituye
El Lazaril!» de Tormes: b.2) en segundo lugar. tendríamos
una figuración que es exactamente igual a la descrita en b) y
en la que la única variante consiste en que remite a la persona
del autor; pero el autor es ficticio: un ejemplo paradigmático
lo constituye el La'l,!lrillo de ciegos caminantes de Concolor-
corvo. Sabemos que Concolorcorvo es un seudónimo (con-
color-corvo) de una "persona ficticia». quien, no obstante,
16. - MIGNOLO
242 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
aparece como autor del libro. En la semiotización, no es
sólo esto lo que cuenta, sino que el supuesto « autor» se cons-
truya figuralmente en el enunciado, dando informaciones
sobre su origen, su condición social, su aspecto físico, su
educación, etc.
c) Un tercer tipo, ya mencionado, y quizás el más común, es
aquel en que el espacio enunciativo no es aludido como espa-
cio figural: el caso en que no hay, en el enunciado, ninguna
referencia «directa» sobre el narrador. La ausencia de refe-
rencia directa no debe hacernos pensar que no hay, en estos
casos, figuración. La figuración se mantiene en la función de
quien narra: ésta consiste en «unir» los párrafos, los capítu-
los, las escenas, etc. Hay siempre una sobre-información, una
redundancia, que establece la unión y en la que encontramos
la marca figural del enunciante. Este tipo de figuración es
importante, sobre todo en relación al tipo de figuración enun-
ciativa de la novela de los últimos años del siglo XX. cuando
una narración se presenta con «varios» enunciantes y cada
uno de ellos tiene su esfera autónoma de enunciación. En
este caso, la narración no está controlada por un narrador
«principal» que otorga la palabra a los otros enuncianres
(algo semejante a lo que ocurre en el teatro o en la narración
cinematográfica); lo que ocurre es que el espacio de la figu-
ración enunciativa del narrador, cuya función es conectar, se
ha eliminado. En su lugar encontramos un «espacio vacío».
La importancia del espacio vacío es la de hacer que, en la
figuración, el destinador y el destinatario ocupen el mismo
espacio: este espacio es también, figurativa y provectiva-
mente, ocupado por el receptor de la situación contextual.
Lo que semiotiza esta figuración es la relación destinatario-
receptor y, al hacerlo, elimina las «guías» del denominado
«narrador ausente»: la eliminación de las conexiones explíci-
tas en el texto la crea el «espacio vacío» como construcción
figural. El receptor (lector), al ocupar ese espacio. debe eepo-
nerlas»: es quizás este tipo de semiotización el que ha lle-
vado a hablar de «la hora del lector».
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 243
Ejemplifiquemos, para cerrar este punto, de qué manera se
pueden establecer relaciones entre la semiotización figural y la
metalengua. Algunas especulaciones pueden ilustrar este aspecto.
Las Confesiones de San Agustín (E. Vanee, 1973, pp. 163-167)
no tienen el mismo carácter que las Conjessions de Rousseau. En
primer lugar, San Agustín no narra una vida que se identifica con
la de la persona (psicológica) cuya firma sostiene el discurso, sino
que construye un diálogo, a veces una argumentación, con un
destinatario que es Dios. Rousseau narra la vida que se identifica
con la persona del autor, cuyo destinatario son los hombres: ccJe
forme une entreprise que n'eut jamais dexernple et dont 1'exécution
n'aura point d'imitateur. Je veux montrer a mes semblables un
homme dans toute la vérité de la nature; et cet homme ce sera
rnoi» (libro 1). Entre San Agustín y Rousseau, Montaigne (Essais)
se acerca a San Agustín porque no narra sino que argumenta (o usa
el ensayo), pero tal argumentación, que no se encuentra en San
Agustín, hace del autor el tema: «Ainsi, lecteur, je suis moy-
mesmes la matiére de mon libre» ((Au lecteur»). La afirmación
de Montaigne puede tomarse como el indicio de una serniotización
nueva que conducirá a la forma de la autobiografía. No pretendo
pronunciarme demasiado en cuanto a la exactitud de estas ligeras
afirmaciones, que simplemente están destinadas a ejemplificar la
serniotización del espacio figural-enunciativo y su relación con la
metalengua. Para ello, quiero refirirme también a las cautelosas ob-
servaciones de Paul Zumthor ( 197 5, pp. 165-180). Aparentemente
no existe la autobiografía en la Edad Media, lo cual implica, en
otros términos, que la correlación entre el JO de la situación dis-
cursiva y el JO de la situación contextual no es semiotizada en
este período. Siguiendo a Zumthor, podemos agregar que la rela-
ción autoral que comporta el uso del pronombre JO está condicio-
nada. en el período aludido, por las particularidades de la meta-
lengua. y que, presumiblemente, ésta ha cambiado entre el siglo XII
y el siglo XVIII. Si bien este punto toca a la relación de la sernioti-
zación enunciativa con la metalengua, nos importa. por el mo-
mento, volver sobre las formas que la primera asume. Podemos
244 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
dar. para ello. otra serie de ejemplos sobre el mismo proceso. Por
la misma razón de que no existe la autobiografía en la Edad Media
(no es detectable tal serniotización del espacio enunciativo). es por
lo que La vida de La7,!lrillo de Tormes introduce. en los códigos de
producción textual. una semiotización que puede ser considerada
como forma nueva. Por lo cual parece correcto afirmar que este
texto inicia una forma que se codificará luego en el Gu'Zmán de
Alfaratbe (C. Guillén, 1966). Lo primero a notar. en la sernio-
tización de este espacio nuevo. es la posibilidad de otorgar al
La7,.t;lrillo la categoría de autobiografía. aunque con el agregado
de fiaioa (F. Lázaro Carretero 1968). Ahora bien. cuando una
forma de semiotización, como estructura nueva. se conserva en
la cultura. ésta se impone como una elección posible de futuros
textos. Así. por ejemplo. Carlos de Sigüenza y Góngora incluye
entre sus Relaciones históricas (1690) los «Infortunios de Alonso
Rarnírez» en donde opta por el espacio ya serniotizado de la
«autobiografía fictiva», en el cual el narrador cuenta su propia
vida pero no se identifica con el autor. De la misma manera que
una forma nueva se impone y se repite. puede. además. modificarse
al interferir con otras formas discursivas. Se han discutido larga-
mente las relaciones entre El la7,!lrillo de ciegos caminantes y la
novela picaresca (M. Bataillon, 1960; R. Mazzara, 1963). Lo
interesante de esta comparación. en cuanto a la serniotización del
espacio enunciativo. es que. en el caso de Concolorcorvo (como lo
nota E. Carilla. 1973. pp. 27-29). se trata de una estructura dis-
cursiva o textual que corresponde más al «diario de viajes» que a la
"autobiografía» (y es así como se lo recoge en determinados es-
tudios de erudición. J. Torre Revello, 1940). Es decir. que la
autobiografía fictiva en la novela picaresca es a la autobiografía. lo
que el diario fictivo (en Concolorcorvo) es al diario de viajes. Lo
cual sugiere una modificación radical del espacio enunciativo: en
La vida de Lazarillo de Tormes, por ejemplo. la autobiografía
asume la forma de Carta (Guillén. 1966; F. Rico. 1966). en
tanto que Concolorcorvo asume la forma de Diario que se con-
funde con las Memorias del visitador: "Después de haber des-
cansado dos días en Potosí, pidió el visitador este diario. que
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 245
cotejó con sus memorias y le halló puntual en las postas y leguas»
(parte l. cap. X). Parafraseando la observación de Zumthor, po-
demos decir que algo ha pasado entre los «dos lazarillos». y ese
acontecimiento es inseparable de la metalengua.
3.6. ENMARQUE
Finalmente debemos mencionar. aunque sea de manera breve.
e! fenómeno de! enmarque. Dos serían los puntos de referencias
en relación a los cuales podemos situar e! enmarque en e! sistema
primario y. a partir de él, derivar las formas posibles de semiotiza-
ción: a) por un lado. e! enmarque se caracteriza por su ausencia
en la situación de comunicación verbal: en ésta no existe ninguna
pauta que indique y marque e! principio y e! fin de un diálogo;
b) por otro lado. e! enmarque asociado a «principio-fin», tiene
sus raíces profundas en la interacción de! hombre con e! ambiente:
los movimientos milenaristas, cuya «distopía» marca e! fin como
destrucción. presuponen un comienzo; la Biblia se estructura desde
e! Génesis hasta e! Apocalipsis; imaginamos. en nuestra conducta
cotidiana. e! fin y e! comienzo de una vida como una trayectoria
enmarcada. etc.
No obstante. parecería que e! enmarque. relacionado con los
conceptos «principio-fin», fuera una particularidad específica de
los «textos artísticos». Limitándonos al texto literario. podríamos
comenzar señalando dos maneras a las cuales está sujeto el en-
marque: la una es «física,) y equivale al marco en la pintura o a la
escena de! teatro o la pantalla en e! cine: la página y el libro: la
otra es cultural y está representada por e! módulo principio-fin.
Un ejemplo de la operatividad de este segundo aspecto puede
ofrecerlo la estructura fuertemente marcada. como principio y fin.
de! soneto. Podemos decir que e! soneto es soneto porque las
reglas métricas son opcionales frente a lo obligatorio del enmarque.
Podríamos visualizar esta afirmación en un diagrama:
246 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
Soneto
opcionales
-<.
metro rima
obligatorias
-<.
14 versos 4 estrofas
»<.
2 cuartetos 2 tercetos
e ilustrar e! diagrama con un soneto de Lope de Vega (La niña
de plata, acto tercero, escena 1V) :
Un soneto me manda hacer Violanre
que en mi vida me he visto en tanto aprieto
catorce versos dicen que es soneto
burla burlando van los tres delante.
Ya estoy en el segundo y aun sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce y está hecho.
Ambos aspectos de! enmarque (físico y cultural) pueden ser semio-
tizados en e! texto literario. El estudio de ambas semiosis puede
resumirse, para centrar su importancia, en:
a) El límite físico de! libro se asume, por un lado. como semiosis
no marcada, cuando éste se emplea corno e! sostén (o canal)
físico en e! cual se transmite e! mensaje y donde se marcarán,
en la serniosis, otras estructuras (semánticas, prosódicas, na-
rrativas, etc.). Por e! contrario, en otros casos, e! libro mismo
puede estar sujeto a una semiosis marcada (e.g .. DOr/ Quijote,
que lee e! libro sobre él cuando lo estamos «levendo» como
personaje). de la misma manera que en la pintura puede se-
rniotizarse e! marco (e.g., Las Meninas); o en e! teatro, e!
marco de la escena (e.g. Pirande!lo).
LA CONfiGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 247
b) En lo que respecta al módulo principio-fin, la semiotización
puede. por un lado. ser no-marcada. cuando este módulo se
toma como un hecho «natural», y, por otro. puede ser se-
miotizado 1) en el principio; 2) en el fin; o 3) en la ausencia
de ambos. En el primer caso, tendríamos aquellos textos que
marcan el comienzo. inscribiendo en él el comienzo de un
hecho cultural de importancia y cuya continuación está abier-
ta al futuro: la historiografía indiana del siglo XVI podría
constituir un ejemplo de la semiotización del principio: éste
está marcado por el «descubrimiento». en tanto que el futuro
queda abierto al desarrollo histórico. Otro ejemplo lo cons-
tituirían los relatos novelescos. autobiográficos o biográficos,
que marcan el comienzo o el principio del libro con el co-
mienzo de la vida del personaje. Por la misma razón, estos
libros pueden, al contrario, semiotizar el fin si lo que interesa
se localiza en el desenlace del tema o de la vida y no en el
comienzo. Finalmente, en los textos literarios actuales, la
semiosis se centra en la anulación del principio y del fin. y
tiene su expresión metafórica, en la metalengua, en la frase
«obra abierta».18
3.7. OBSERVACIONES FINALES
3.1.1. Me/alengua
Cuando P. Francastel estudia el «nacimiento de un espacio»
en el Quattrocento, parte de una premIsa general que toca a toda
«expresión artística». P. Francastel (195 r. p. 24) observa que.
en el dominio de la invención, hay dos aspectos absolutamente dis-
tintos: el primero es el descubrimiento de un cuerpo. de un objeto
Il!. Este tema no cuenta con demasiada bibliografía en los estudios literarios, al
menos en mi conocimiento. No obstante. el enmarque es tratado en B. Uspenski (1973.
pp. I 37-IIU). en J. Lotman (1976b. pp. 197-20 1). v. con rt'SpeclOa la marca en el fin.
B. 11. Smirh ( I 96l!). También poniendo énfasis en el fin. pero en un sentido más cultu-
r..I. el helio lihro de F Kerrnode (1966).
248 PARA UNA TEüRIA DEL TEXTO LITERARIO
desconocido, de un principio, o de un nuevo método de la inter-
pretación de hechos ya conocidos. Subraya, además, que es esta
etapa la que constituye fundamentalmente la invención, aunque
ella no sea suficiente para producir lo que Francastel llama «obras
humanas»: la invención, como segundo aspecto, desarrolla sus
posibilidades en la medida en que los principios o los métodos de
interpretación encuentran su realización en las «obras». Concluye
afirmando que esta / ~ Y explica por qué, en el Quartrocento, pode-
mos hablar de la aparición de un nuevo método de representación
plástica del espacio. Esta paráfrasis de Francastel tiene por obje-
tivo ejemplificar. con un caso exterior al-texto literario, la relación
entre texto y metalengua: las estructuras verbales, como las plás-
ticas, no se producen al azar, por dictado de la musa o por inspi-
ración sobrehumana del artista, sino que van indisociablernente
ligadas a un «principio o método de interpretación»: en otras
palabras, a la invención de la meralengua. Cuáles son las relaciones
«cronológicas» entre el texto y la metalengua (i.e.. si la metalengua
es «sentida» pero no formulada y, de igual manera, surge el tex-
to; si el texto surge «antes» que la metalengua, etc.) es un hecho
empírico que debe ser investigado para cada caso. pero que en
nada cambia la hipótesis sobre la relación entre el texto y la me-
talengua.
Podemos formular esta hipótesis de manera general (recor-
dando, a la vez, las observaciones realizadas en 1.4.e.): todo texto
es proyectado sobre estructuras conceptuales que se expresan en
la rnetalengua. La metalengua no debe confundirse con el tratado
específico que la manifiesta o con la posición de un autor, sino
que, en la teoría, ella debe ser reconstruida. como modelo objeto.
a partir de las informaciones dispersas (y a veces aparentemente
contradictorias) entre los autores que la asumen y la practican, y
entre los textos que la manifiestan. En términos abstractos, las
relaciones entre el texto y la metalengua serían representables
como una aplicación entre conjuntos: uno, el de las estructuras
verbales serniotizadas, y el otro, el de las estructuras conceptuales
de la metalengua. O viceversa, dado que la direccionalidad del
proceso, como lo señalamos en el párrafo precedente, es una cues-
1)
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 249
tión de realización empírica que no invalida la hipótesis. Por lo
tanto. en la aplicación. el conjunto de partida y el de llegada son
intercambiables. Podemos formular estos dos conjuntos. en primer
lugar. en los términos siguientes: los elementos del conjunto texto
literario (TL) serían las estructuras verbales del sistema primario
(EV) y las estructuras simbólicas del sistema secundario (EVS).
Por su parte. los elementos del conjunto metalengua (Mg) serían
un sistema de creencias (SC) (estéticos. conceptuales). un conjunto
de técnicas (CT) y la racionalidad (Ra) de SC y CT. De manera
que todo proceso de semiotización, ligado a la metalengua, tendría
como fórmula de base:
TL ={ EV, ={Se. CT. Ra}
en donde .. - - J_ --.... se lee «función de proyección» y la di-
rección de la proyección opera. como dijimos. en ambos sentidos.
Ahora bien. dado que toda proyección entre conjuntos es una
operación que traza las correspondencias entre un elemento x de
un conjunto X. y lo asocia con uno y sólo un elemento y del con-
junto Y. la correspondencia entre un elemento del conjunto Y y
dos elementos del conjunto X. o viceversa. puede darse cuando
trabajamos con conjuntos con más de un elemento. De esta ma-
nera. podríamos visualizar 1) en 2):
2)
TL Mg

z ::::.---------- p
y 4 q
En el presente capítulo tratamos. si no de desarrollar. al menos de
ejemplificar la relación entre el proceso de serniotización y la
metalengua.
250 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
3.1.2. Modelos sistémicos
En el apartado 1.6.1., hablamos del «cuerpo central» de la
teoría y de las «extensiones» del cuerpo central hacia la estructu-
ración de fenómenos empíricos. Introdujimos, para este caso, el
criterio de relevancia: el estudio de fenómenos empíricos, como
extensión del cuerpo central de la teoría, implica una selección
de datos entre la totalidad de los hechos. En tal selección se mani-
fiesta el principio de relevancia, puesto que no toda la información
inferible de un grupo de textos es pertinente para la teoría. Reto-
maremos la distinción entre cuerpo central y «extensión» para
introducir los conceptos de modelos sistémicos, que designan los
modelos constitutivos del cuerpo central, y de modelos textémi-
cos, que designan la clase de modelos que «extienden» el cuerpo
central.
El ámbito general en el cual pueden operar los modelos sis-
témicos fue ejemplificado a lo largo de los capítulos 2 y 3. En estos
casos no tratamos con fenómenos empíricos concretos, con obras
o conjunto de obras, dado que ellas, como «unidad», sobrepasan
el dato que la teoría busca. Lo que nos interesó no fue la estructura
de la obra, sino la estructura del objeto de la teoría: éste, designado
como proceso de semiotización, se articulará en el conjunto de
modelos sistémicos que describan y expliquen las diferentes facetas
de su estructura. Hacer de la obra, o de un conjunto de obras, el
objetivo, modifica enteramente la racionalidad de la investigación
teórica, puesto que ésta no puede «analizarse», como fenómeno
empírico, por un modelo o por una teoría, sino que requiere, como
todo fenómeno empírico que quiera «totalizarse» (i.e., decir sobre
ella <do más que podamos»], una pluralidad de modelos. De
acuerdo con estas premisas, podemos esquematizar el alcance de
los modelos sistémicos diciendo que su función es la de a) describir
estructuras verbales del sistema primario, que son relevantes para
los procesos de semiotización, y b) describir la semiotización de
estructuras verbales en su doble proceso: por un lado, inscripción
en el texto; y por otro, inscripción en el texto literario; contando,
LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA SECUNDARIO 251
para este último caso, con la proyección de las estructuras verbales
en la metalengua.
3.1.3. Modelos textémicos
Los modelos textémicos, como extensión del cuerpo central
de la teoría, relacionan a ésta con los hechos empíricos a la vez
que la suponen en todo momento. Vale decir que no es pertinente,
para los modelos textémicos, la determinación del proceso de se-
miotización y de los principios mediante los cuales las estructuras
verbales semiotizadas actúan en conjunción con una metalengua,
sino que lo es el estudio específico de un conjunto de estructuras
verbales X en conjunción con una metalengua X'. La función de
estos modelos no debe confundirse con la aplicación de la teoría (lo
cual daría por resultado lo que la teoría trata de evitar; e.g.• tra-
bajos del tipo « Los campos semánticos en la novela Y del autor
Z»). Deberíamos. mejor. hablar de (interpretación de los mode-
los sistémicos». entendiendo por interpretación la aplicación de
contenidos empíricos en los modelos formales (P. Suppes, 1960.
pp. 295-300; 1962. pp. 253-261). Por extensión, en la medida
en que los modelos sistémicos pueden o no ser formalizados (en el
sentido fuerte del término), hablaremos de interpretación como
aplicación de los modelos textémicos en los conceptos de los modelos
sistémicos.
Capítulo 4
LA CONFIGURACiÓN DEL
SISTEMA COMUNICACIONAL
4.1. INTRODUCCIÓN
En lA.b. introdujimos los conceptos de organismo emisor
y organismo receptor. A lo largo de los capítulos 2 y 3 aludimos
a ellos. usando la forma simple de receptor y de emisor. Este capí-
tulo está destinado a clarificar estos conceptos y a integrarlos en
la configuración del sistema comunicacional. Al hacerlo. intenta-
remos integrar el sistema comunicacional al objeto de la teoría del
texto literario. 1
l. Los aspectos relacionados con la producción y recepción del texto no fueron
atendidos en los últimos años. Debido. quizás. al énfasis en la «estructura». la obra de
R. lngarden que más se atendió fue su estudio de 1931. Su trabajo de 1937 (R. Ingar-
den. 1931 y 1937). que también estudia con inusitado rigor el proceso «cognitivo» de
la obra literaria. fue recibido con más entusiasmo por la filosofía que por la teoría lite-
raria. No vaya discutir las formulaciones de Ingarden. Las menciono como punto de re-
ferencia. Mi proposición. en este capítulo. es una alternativa. cuyas bases pueden resu-
mirse como sigue: a) en primer lugar la relación entre «autor» y «lector» se asume como
una situación de comunicación v de intercambio de información: C. Cherrv (1957).
W. Haas (1963). D. MacKay (1969). N. Wiener (1948. capítulo VIII: ;dnforma-
ción, lenguaje y sociedad»), S. Goldman (19 l3); b) los modelos cibernéticos permitie-
ron fundar un área de los estudios cognitivos. en oposición a la tendencia conductisra,
en la cual interesan los fenómenos de la percepción y la construcción de modelos (simu-
lados) que permitan describir el proceso que va de los preceptos a los conceptos: D. M.
Armstrong (1961). R. Atkinson y R. M. Shiffrin (1968). R. N. Haber. ed. (1969).
W. Wathen-Dunn, ed, (1967). W. B. Weimer y D. S Palerrno (1974). M. Maron
( 196 5); e) la construcción de modelos que describen el proceso que va de lo, preceptos
254 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
Las ventajas, posibilidades y desventajas de tal propuesta se ve-
rán sobre la marcha. No obstante, es preciso adelantar algunas dis-
tinciones para evitar los malentendidos a que puede dar lugar la no-
ción de «comunicación literaria», en los momentos en que el con-
cepto de comunicación está cuestionado aun en la lingüística (O. Du-
crot, 1972, pp. 1- 24). La teoría de la comunicación (en el sentido
de transmisión de informaciones) representa la perspectiva más ge-
neral y abstracta en relación con situaciones semióticas de comunica-
ción (entendiendo por semiótica el intercambio de signos en un gru-
po cultural), y por lo tanto reduce la complejidad del proceso a sus
aspectos más elementales. C. Shannon y C. S. Weaver (1949,
pp. 31-35) presentan el problema fundamental en términos de re-
producción, en un extremo del espectro, del mensaje seleccionado
en el otro extremo. Con frecuencia, dicen los autores, el mensaje
tiene sentido: está referido a alguna entidad física o a algún sistema
conceptual. Este aspecto semántico de la comunicación es irrele-
vante, prosiguen, para el problema que se plantea el ingeniero de
la comunicación: el aspecto importante es que el mensaje en cues-
tión es uno que ha sido seleccionado entre varios mensajes posibles.
Por lo tanto, concluyen, el número de mensajes seleccionables de
un conjunto se concibe como referencia de la cantidad de infor-
mación producida cuando un mensaje es elegido entre varias posi-
bles alternativas; alternativas que tienen, por otra parte, el mismo
valor. De manera que, como concepción abstracta, la cuantifica-
ción de la información está relacionada con un conjunto categorial
de alternativas: en la teoría comunicacional, centrada sobre la
transmisión de información, el objetivo no es tal o cual aconte-
cimiento ocurrido (tal mensaje), sino el de su realización en el uni-
verso de todos los mensajes posibles. Vemos así que cuando un
ingeniero de la comunicación (S. Goldman, 1953, pp. 30 ss.)
construye modelos ideales, en los cuales un conjunto fijo de aconte-
cimientos está relacionado con un conjunto fijo de mensajes, la
a los conceptos. suministra. por un lado. una base de discusión para el procesamiento
de un tipo específico de información que es la información verbal y semiotizada, y. por
otro. la extensión del modelo perceptivo a la interacción entre dos organismos que inrer-
cambian información: H, Blumer (1969). W. H. Geoghegan (1971).
CONl'llilIRr\CION DEL SISTHIr\ CO¡\ll1NICACIONt\1. 255
variabilidad y «CITación" de la experiencia humana no tiene ca-
bida. En el caso del ingeniero es posible predecir qUl'. para cada
ocurrencia de un acontecimiento ,¡). de! conjunto A. se producirá
un mensaje 1\1 l' Ypara cada ocurrencia b). de! conjunto B. se pro-
ducirá un mensaje 1'v1
2
• Las alternativas están fijadas de antemano
en e! modelo. y obviamente éste está lejos de captar la complejidad
de la comunicación humana. aun en e! sistema primario.
¿Qué queremos decir. entonces. cuando hablarnos de «comu-
nicación literaria" y de transmisión de información? D. MacKay
(1956. 1959) concibe la información como una cuestión de adap-
tacion representactonal. La representación es. a su vez. una cuestión
de asociaciones. correlaciones. pautas complejas. Gltegorizacio-
nes, etc. El hombre. con su capacidad para la organización simbó-
lica. ha desarrollado medios poderosos de representado» (el habla.
la escritura. los símbolos lógicos y matemáticos). Gracias a esta
capacidad. no sólo llega a representaciones adecuadas de la infor-
mación. sino a producir el concepto mismo de información y pasar
así al meta-nivel de la representacion de la representacion (teorías ljue
tienen por objeto otras formas simbólicas). Por lo tanto. cuando
hablamos de comunicación y de transmisión de la información
(comunicación literaria). implicamos un sistema de representacion
que. para el caso del organismo emisor. es e! mensaje como resul-
tado del procesamiento de información verbal y no-verbal; y para
el organismo receptor es un mensaje que se construye a partir del
mensaje representado por el organismo emisor. Por representación
no debe entenderse. en este contexto. lo que se entiende en rér-
minos literarios: representación es todo sistema simbólico de sig-
nos. independiente de su carácter referencial o no referencial del
«mundo». Por lo tanto. al hablar de comunicación literaria. nos
referimos a un sistema abstracto sobre el cual podemos construir
a) el intercambio de representuaones entre dos organismos: b) la
descripción de las particularidades de tal intercambio. y e) las par-
ticularidades de un tipo de intercambio en el cual ciertas estruc-
turas verbales adquieren determinados valores. y se manifiestan
mediante características específicas de emisión y recepción (proceso
de semiotización).
256 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
4.2. TEXTO y DISCURSO
Las observaciones que preceden justifican la necesidad de
desarrollar e! concepto «comunicación literaria». Podemos comen-
zar diciendo que una estructura verbal tiene la calidad de texto
literario cuando existe un organismo receptor o emisor para quien
tal decisión es posible; pero, además, esta operación no sólo pre-
supone ambos organismos, sino que también presupone paráme-
tros temporales y espaciales, sobre los cuales trazar e! contexto
psico-sociológico de! intercambio de información. Es decir que:
1) Todo O R o O E está preparado para asigndr un valor f a un com-
picjo de estructuras verbales scmiotizadas ; y la forma de la asigna.
ción de la función f depende de las condiciones socio- culturales
marcadas por un tiempo y un lugar.
2) El valor f depended de la l's!úa de acción de todo OE y/o ORo
y de LlS normas socializadas llue le permitan proyectar un conjunto
de normas (estéticas. culturales] sohre un conjunto de estructuras
verbales.
El de semiorización, desde el punto de vista pragrná-
rico, puede ser construido a partir de tales condiciones de recep-
ción y de emisión: si. en un primer momento, construimos a O E
YO R como organismos que información, en un segundo
momento, debemos especificar las particularidades l.Jue definen al
procesamiento de la información verbal y verbal semiotizada.
Para avanzar en esta dirección. comenzaremos por una iorma
simplificada del esquema comunicacional para. luego. situar en
él las diferencias entre el procesamiento de la información verbal
en el sistema primario y en el secundario:
1)
OE verh.dl'S --------.... OR
Al hablar de comunicación y marcar « estímulos verbales », no ha-
CONFIGURACiÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 257
blamos de la transmisión de sentidos. sino de señales gráficas (es-
tímulos). que son el punto de llegada en el proceso de OE. y el
punto de partida en el proceso de OR. El sentido que se atribuya
a los estímulos será una función de los códigos socializados por O E
Y OR. pero de ninguna manera manifiestos en los estímulos ver-
bales. Esta situación lleva a diferenciar el texto del discurso:
En el proceso de comunicación. el primer estado es el de la
mera existencia de estímulos físicos (fónicos o gráficos). Para que
OR otorgue un sentido a esos estímulos. debe reconocer en ellos
una organización. Si O E la reconoce. ello presupone que los es-
tímulos físicos fueron producidos por O R de acuerdo a ciertas
pautas. En lingüística. tales pautas están representadas por las
reglas gramaticales. En psicología cognitiva. se las reconoce como
códigos. Siguiendo estas enseñanzas. podemos suponer que las
pautas de reconocimiento. en el caso de los estímulos verbales.
están constituidas por dos tipos de reglas: aquellas que permiten la
comprensión de frases y aquellas que se refieren a la concatenación
de frases en discursos. De esta manera. podemos situar la noción
de discurso en el sistema primario. De modo que el reconocimiento
del texto y del texto literario implicaría otro tipo de pautas de reco-
nocimiento dependientes de valores culturales: para dar cuenta del
proceso de serniotización en el cual O E u O R otorgan a un dis-
curso la categoría de texto. es necesario presuponer un discurso
semiotizado mediante la aplicación de «reglas suplementarias».
Este doble proceso. que nos ocupó en los capítulos 2 y 3. puede ser
resumido en el diagrama 2.
El diagrama 2 es una reproducción del diagrama l. en el
cual se ha reemplazado «estímulos verbales» por las categorías
mediante las cuales podemos representar la «comunicación litera-
na» entre OE y ORo Si relacionamos el diagrama 2 con el dia-
grama l tendremos una idea de lo que implica. por un lado. la
transmisión de información (estímulos tísicos): y. por otro. la «re-
construcción» que debe tener lugar en ambos extremos del es-
pectro: todo tipo de intercambio de «estímulos físicos», en con-
diciones pragmáticas adecuadas para el proceso de serniotización,
implica que OE y OR participan. si no en todas. al menos m
DIAGRAMA 2
Couduaa I'frbdlen ,}P PS
I>I'CUI{'O ~
Micro-
estructuras
SP = Sistt'm.l primario
SS ~ Sistt'm.l secundario
PS Proceso dc semiotización
~
OR
SITUACIÓN
CONTEXTUAL
Versificación
(prosodia)
Equivalencias-
acoplamientos
Campos semánticos
(anomalía. símil.
mer.ifora)
Estructuras
narrativas
Descripciones
Personajes
Niveles y estructu-
ras temporales
[.«mundos posi-
bles..)
Compensación
Ernbragues-deícticos
Axialidad
Figuración
Conducta cerba! enS'}
TEXTO LITERARIO
Fónica»
Sintácticas ~ .
Sem.inucas - ~
Referenciales ..............
Agentes
Acciones
Estados
Procesos
Situación
discursiva
f
f
¡
Macro-
estructuras
Enunciación OE
"ITUACION
CONTEXTUAL
CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 259
algunas de las pautas de reconocimiento bosquejadas en el diagra-
ma 2. Los estímulos verbales son los «activadores» de tales
pautas. Desde la perspectiva de OE (siguiendo la lectura del dia-
grama), la serniotización del discurso 'j su conversión en texto
sería, entonces, un ordenamiento especial de los estímulos: marcar-
los para que aquello que no está presupuesto permita a OR ejercer
sus pautas de reconocimiento. De esta manera podemos decir que,
en toda semiosis, el proceso de emisión tiene la ventaja de marcar
las jugadas; en tanto que el de recepción tiene la obligación de infe-
rirlas. La comunicación literaria, por lo tanto, no debe ser enten-
dida como una «transmisión de sentidos», de OE hacia OR, sino
como una estructura compleja en la cual se actualizan códigos de
reconocimiento, y éstos, a su vez, se proyectan sobre la organi-
zación de los estímulos verbales en su doble función: discursiva y
textual.
4.3. EL SISTEMA COMUNICACIONAL
4.3.1.. Direcaonalidad
Las observaciones anteriores nos ofrecen una base de elabo-
ración del sistema de comunicación literario, a la vez que pueden
responder a las posibles objeciones sobre lo irreductible del texto
literario al sistema comunicacional. Estas objeciones, que parten
fundamentalmente de la direccionalidad de izquierda a derecha
(dd autor al lector), serían desplazadas en el momento en que
consideramos tal direccionalidad sólo en el plano de los estímulos
verbales. De esta manera podemos retomar el esquema 1), especi-
ficado en el esquema 2), y marcar sobre él la direccionalidad en
diversos planos del sistema comunicacional:
260 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
3)
TEXTO: EVS: SS
2
PS
DISCURSO: EV: SP 2
üE - - - - . ~ Estímulos verbales - - - - . ~ OR
Como ya lo señaláramos, la direccionalidad de izquierda a de-
recha sólo se cumple en l. En 2 y en 3 se produce un lugar de en-
cuentro en el cual las «intenciones» de OE deben ser reconocidas y
evaluadas por O R. Así, por ejemplo. en el proceso que se cumple
en 2, no todas las marcas puestas por OE serán necesariamente in-
feridas por OR. Por otro lado. O R puede realizar inferencias (de-
bido a un estado especial de su sistema), que lo llevan a resultados
interpretativos que no se corresponden con las «intenciones» de
OE. En el sistema de comunicación literario. un factor primordial
de esta ocurrencia es que OE y OR no están ca-presentes en la
misma situación contextua] de comunicación. Por esta razón las
condiciones de comunicación son aún más complejas cuando am-
bos están separados por grandes períodos temporales, y el contexto
de OE difiere radicalmente del de OR. En estos casos, el «desti-
no» de los estímulos verbales fijados en la grafía depende, en gran
medida, de las decisiones de O R. Esta complejidad del sistema co-
municacional que radica en la direccionalidad es la que justifica la
necesidad, en la teoría del texto literario, de elaborar modelos de
síntesis y de análisis que describan los procesos de producción y de
recepción; además de los modelos descriptivos de estructuras
verbales que serán la base sobre la cual asentar los primeros. De
esta manera, un esquema más general de los objetivos de la teoría
del texto literario quedaría resumido como sigue:
1) elaboración de modelos descriptivos de la configuración dis-
cursiva no-textual y semiotizada (textual-literaria), que nos
ocuparon en los capítulos 2 y 3;
CONl-'tlJURACION DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 261
2) elaboración de modelos de la conducta del emisor (síntesis), y
3) elaboración de modelos de la conducta del receptor [análisis].
Desde una perspectiva metodológica, pensar O E YO R como
una construcción abstracta tiene la ventaja de dejar abierto el ca-
mino a elaboraciones sistemáticas que reemplacen las proyecciones
intuitivas del analista con respecto al emisor (do que el autor
intenta decir»), o de lo que se intuye como proyección personal
hacia todo lector ((en este momento de la novela el lector intuye
que... » o «lo que siente un lector leyendo tal poema, una mañana
de sol en la alameda del parque»]. Propondremos dos perspecti-
vas para analizar diferentes aspectos de los sistemas O E Y O R:
una pragmática y otra cognitiva. A ellas dedicamos las páginas
siguientes.
4.3,2, OEY OR: perspectiva prag,nática
La necesidad de elaborar las condiciones pragmáticas 2 del
sistema de comunicación literario puede justificarse mediante cua-
tro puntos fundamentales. En primer lugar, porque el carácter de
implicaciones de un lexema o de una estructura verbal serniotizada
es restringido por el contexto pragmático de su aparición. Sea
esto algo que hacemos cuando interpretamos, sea que el contexto
lo fuerza, porque tal lexema o estructura verbal está fuertemente
codificada en él. Así, si identificamos una estructura verbal como
verso, la actitud interpretativa que adoptemos hacia ella depen-
derá, además, de nuestra aceptación -o de la codificación con-
textual- de su carácter folklórico. publicitario, literario. etc. De
ello se desprende, en segundo lugar, que hay una estrecha relación
2. El sentido en e! cual empleo la nocion de pragm.itic« tiene su fundación C'11 Ch.
Morris (1939). La actualidad y transformaciones de esta herencia sOI1 di-cund.« por
Ch. Sayward (1974) Y por Hans Heinrich Lieb (1971). Por otro lado, dl'iJc' cont.irvr
con las renovaciones propuestas en la pragmática de R. ;l.lonta¡(lIl' (!')6X) y. l'I1 ot!"., Ii·
nea, por H. P. Grice (1968). En estas consideraciones SI¡(O tund.rnunt.dmcntc ,1
L. Aposrel (1971). Es de interés también el reciente libro, editado por T ('.111 Dijk
(1976).
262 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
entre el contexto de uso (emisión y recepción) y los «mundos po-
sibles» que serán invocados para determinar el valor y la función
del lexema o de la estructura verbal. En tercer lugar. podemos
agregar que los «mundos posibles» son, por una parte, internos y
dependen de la competencia frástica y discursiva de OE y OR.
Por lo tanto, hay un plano del procesamiento de la información
que corresponde sólo a este nivel y que podría tener el mismo
valor en diversos contextos. Pero, por otro lado y en cuarto lugar,
toda situación contextua] relevante (así como la memoria que tiene
el sistema de situaciones anteriores) condiciona las relaciones (y la
interpretación) de los diversos «mundos posibles» (o «textos par-
ciales». ver 4.4.) que OE marcará y que OR inferirá.
Para avanzar en la elaboración de estas condiciones, es nece-
sario otorgar una estructura interna a los sistemas OE y OR, en la
cual puedan localizarse diferentes estados y diferentes momentos
del proceso. Podemos, entonces, comenzar suponiendo que, previo
a la ejecución del acto discursivo (semiotizado o no). el organismo
se encuentra en un estado algo semejante a: ccOE sabe, cree que
OR no sabe (le interesa) p». en donde p representa cualquier tipo
de información que condiciona y/o motiva la producción verbal
de OE. Esta motivación de base conduce a un proceso de decisio-
nes en el cual OE debe elegir. según las restricciones del contexto.
la forma adecuada para ejecutar p. De ello podemos derivar que, en
tal estado del sistema. üE tiene un conocimiento parcial y presu-
puesto del estado de O R, el cual condicionará su proceso de deci-
siones. Podemos entonces dotar a OE de un segundo sistema
«modal»: además de creer o saber que OR no sabe (o le intereJa) p.
OE debe querer, desear, esperar que a OR le interese p. Sin este se-
gundo componente modal no podríamos pensar la motivación ini-
cial que conduce a la producción del discurso. A partir de estas dos
modalidades de O E Y O R en el sistema de cornuniccación, pode-
mos imaginar. basados en L. Apostel (1971). una serie de situa-
ciones que subyacen al acto de emisión-recepción:
1) OE produce un acontecimiento complejo D (discurso) que
se manifiesta como estímulo verbal;
2)
3)
4)
5)
6)
7)
8)
9)
CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 263
oR percibe el acontecimiento complejo D';
D' es una función x en D (D' = f (D, x)) dado que -por las
razones expuestas al considerar la direccionalidad- las señales
verbales de D son los estímulos que inician el proceso de
recepción;
O E (sabe, cree) que OR percibe la función x de D', o que
tiene posibilidades de percibirla. De otra manera no emitiría
su mensaje;
OE (quiere, desea) que OR perciba D de la manera mencio-
nada en 4). Si esto ocurre podríamos decir que, en el caso
ideal D = D';
OR (sabe, cree) que OE produjo el complejo D;
OE (sabe, cree) que si OR percibe D, entonces OR sabe que
OE (sabe, cree) p;
OE (quiere, desea) que OR sepa que OE (quiere, desea) p;
la percepción de D' produce en O R un cambio de estado,
dado que este tiene que reconocer en D' una clase de aconte-
cimientos verbales) (conversación. publicidad, literatura) y
diferenciarlos de la clase '\.; etc.
Este tipo de situaciones que, debemos suponer, subyace a la
situación comunicati va, indica la complejidad de su realización.
El caso más simple sería aquel que se representa en 5): O R infiere
lo que OE «quiso decir» (en la comunicación no-textual), o lo
que «quiso hacer» en el plano de la semiotización discursiva. En
este último caso el plan (ver 4.3.6.). reconstruido por OR. corres-
pondería al plan imaginado por O E. En términos propuestos
por L. Prieto (1968), estaríamos ante el éxito del acto sérnico;
en tanto que D f= D' correspondería a su fracaso. Ahora bien, esta
formulación tendría validez sólo en el sistema primario; sería más
difícil su aplicación en el plano de la serniotización discursiva que
da lugar al texto literario, dada la complejidad direccional que
supusimos en este sistema de comunicación. Lo cual nos conduce
a suponer que la correspondencia D = D' sea sólo teórica y casi
imposible en la práctica. Los ejemplos que pueden ilustrar estas
conclusiones abundan. É. Zola. en el prefacio a la segunda edición
264 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
de Tbérese Raquin, trata de poner en claro que el lector noentendió
el sentido que él quiso producir. Sánchez Ferlosio, en la quinta
edición de El Larama -ante la favorable acogida que el comienzo
y el final de su novela (consideradas como sus «mejores páginas»)
tuvo entre sus lectores-c. se ve impelido a aclarar que éstas fueron
«extraídas» de un libro de geografía. Amado Alonso (1940,
p. 119), al discutir ciertas formas del «sentido» en la poesía de
Pablo Neruda, recuerda unas palabras de Robert Brown: «Cuan-
do escribí esos versos, sólo Dios y yo sabíamos su sentido; j hoy
sólo Dios lo sabe!». En el caso de Zola podríamos ver un ejemplo
de la situación en la cual OR atribuye a D' una función que OE no
intentó en D. En el caso de Ferlosio. OE sabe que lo que cree OR
no es adecuado según lo que OE sabe que no sabe OR. En el caso
de Brown, podemos ver que OR tiene la mayor libertad con res-
pecto a la modalidad del querer de OE, en cuanto éste no marca
D para que OR llegue a inferir el plan que subyace a su producción
discursiva.
Debido a que en la comunicación literaria OE y OR no están
co-presentes (excepto en los casos de «poesía oral» que no con-
templamos aquí) y que, además, la no ce-presencia puede estar
marcada por grandes intervalos de tiempo, la relación entre ambos
puede manifestarse en diversas formas: 1) la recepción no se
corresponde con la «intención» de OE, dado que OE y OR están
situados en «mundos distintos», cualesquiera sean los datos que
consideremos para marcar esta diferencia; 2) OR no tiene suficien-
te información y, por lo tanto, no puede realizar inferencias ade-
cuadas a partir de D'. Sería el caso en que el (elector no entien-
de», y esta «no-comprensión» se debería al desconocimiento de
los códigos presupuestos en la acción discursiva de OE; 3) OR
tiene más informaciones que OE, caso en el cual OR realiza infe-
rencias que no fueron intentadas como marca en la producción de
OE. Teniendo en cuenta estas tres posibilidades, podemos sugerir
una regla general que las contemple. Para ello agregaremos la
denominación de mensaje (M) a la función (f(D', x)) que delinea-
mos en los casos 4) y 9), anteriormente:
CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 265
lO) La percepción de un mensaje M provoca en OR un estado
E. por cuanto OR debe asumir que M pertenece a un con-
junto determinado de mensajes M' (e.g.• literarios). La
descripción estructural de M (descripción de estructuras
discursivas textuales y serniotizadas]. que tiende a repre-
sentar la conducta de O R. operará asumiendo que sólo
aquellos mecanismos verbales que siguen ciertas reglas R
(e.g., de semiotización) producirán mensajes del tipo M'.
Es en la especificación de R donde podemos localizar diver-
sos estados del proceso receptivo, cuyas inferencias permiten dar
interpretaciones plausibles de la función f (O', x). En la recepción
podemos localizar. al menos, cuatro órdenes distintos en los que
las reglas R serían operativas: en primer lugar, la disponibilidad
del mismo código lingüístico con respecto al discurso producido;
en segundo lugar. los códigos que permiten identificar y diferen-
ciar tipos de discursos; en tercer lugar, un «conocimiento del
mundo» que completará la información semántica del código lin-
güístico; en cuarto lugar. los códigos de orden valorativo (e.g., es-
téticos) que sitúan el discurso O en un orden jerárquico con respec-
to a otros discursos conocidos por ORo La interpretación que hace
A. Alonso de «El fantasma del buque de carga)) (P. Neruda, Re-
sidencia en la tierra) puede ilustrarnos la aplicación de algunos
aspectos de la regla 10). Alonso propone que el el sentimiento pro-
voca la actividad de la fantasía y la fantasía da estructura al sen-
timiento» (1940. p. 58). En esta interpretación podemos ver que
las inferencias se ordenan de la siguiente manera: se asume que M
pertenece a la clase de mensajes M' (poéticos); se deriva que los
mensajes M' están motivados por una fuerza afectiva; se concluye
que M'. motivado por la afectividad, se estructura sobre la base
de la fantasía. Esta, a su vez, es la premisa que justifica la presu-
posición de que M' pertenece a la clase de mensajes poéticos.
Volvamos sobre la situación específica de la comunicación
literaria. caracterizada por la no co-presencia entre OE y OR. Es
decir, que en las situaciones pragmáticas que regulan el fenómeno
«literario» (i.e.• situaciones reguladoras de la producción y recep-
266 PARA UNA TEORIA DEL TEXTO LITERARIO
C10n de un tipo especial de mensajes). üE debe «imaginar» ()
"pre-suponer)) un estado especial de ORo Podemos todavía ex-
traer más consecuencias de este hecho: la presuposición () imagi-
nación de üE está condicionada por el "espacio social» que
ambos organismos comparten. No puede entrar. sin duda. en el
proceso de decisiones de O E ningún tipo de consideración sobre
un O R en un futuro que escapa a las condiciones socio-culturales
compartidas. En el proceso de decisiones de OE. en un espacio
social compartido en el cual imagina a ORo cuenta también su
poder enunciar. En el poder enunciar se localiza un rol social: un
sermón en la iglesia sólo puede ser producido por un párroco; la
defensa del acusado sólo puede hacerse por alguien que haya
cumplido requisitos que le otorgan tal rol en el grupo social. etc.
En la "institución literaria» tal poder es un reconocimiento social
de faao. Es este reconocimiento. y la conciencia de él por parte
de O E. lo que condiciona e! proceso de decisiones. Proceso de
decisiones que conduce a una elección de un tipo de discurso en
e! cual se involucra la «imaginación" de ORo Así. por ejemplo.
Karl Vossler (1960) testimonia la situación socio-cultural que
condiciona. en gran medida. e! surgimiento del trocar dos: e!
deseo del vate de ser admirado y pertenecer a la corte es lo que
condiciona la modalidad de! querer como intención dirigida hacia
su receptor. En sentido inverso. la aceptación, por el grupo. de
la «oscuridad» de su discurso es un valor presupuesto en O E por
e! cual este asume que O R le otorga el poder de la palabra. Un
ejemplo simétrico y opuesto lo ofrece la aparición de determinadas
formas poéticas «oscuras" hacia mediados del siglo XIX En este
caso. la «oscuridad- indica un deseo de separación de cierta clase
de OR y la imaginación de un ORo distinto al del grupo mayo-
ritario. Por un mecanismo paradójico. es por la existencia de O R
Y por la constitución virtual de OR' (en la medida en que las
formas nuevas son incorporadas en los receptores). por lo que O E
siente o sabe que nene otorgado el poder de la palabra (J. Kristeva,
1974. pp. 315-335. analiza el mismo fenómeno desde otra pers-
pectiva).
Hay todavía otros elementos (pragmáticos) a tener en cuenta
CONfiGURACIÓN OEL SISTEMA COMUNICACIONAL 267
con respecto a la manera en que el espacio cultural compartido
condiciona el proceso de decisiones de OE, y lo fuerza a la elec-
ción de una forma discursiva. Si el candidato a presidente, por
ejemplo, cuenta a su esposa cuáles son los puntos fundamentales
de su plataforma política, el discurso que construya para hacerlo
diferirá del discurso que deba producir para convencer a sus elec-
tores. Y, viceversa, si la segunda fuera la forma que adopta para
comunicarse con su esposa, ésta lo tomaría como una broma o
como un ejercicio, dado que consideraría no apropiada la aplica-
ción de ciertas normas del contexto político a la situación de la
comunicación marital. Estas condiciones pragmáticas (externas)
condicionan también el proceso de decisiones cuando se trata de
producir estructuras discursivas con la conciencia de su plano
semiótico. Un ejemplo de esta situación lo constituye el momento
en que el latín da lugar al surgimiento de las lenguas romances.
En este caso, es la conciencia de los sistemas primarios y secunda-
rios la que impone restricciones a la producción de discursos (e.g.,
Dante, Di volgare eloquentia), por cuanto las normas institucio-
nales dictan cuáles discursos deben/pueden escribirse en «vol-
gare» y cuáles en latín. López Pinciano escribe su Philosophia
antigua poetica en romance, pero tiene el cuidado de aclarar la
particularidad del hecho. Puesto en nuestros términos: este sería
un caso en el cual, en el espacio social compartido, OE sabe que
el tipo de discurso T está ligado, por convención, a la lengua L.
Por lo tanto, hacerlo en la lengua L' exige a OE advertir a OR
que OE sabe la posible incompatibilidad de la decisión con respec-
to a la norma. En otros casos, cuando OE opera «contra» las
normas socio-culturales compartidas y produce una determinada
organización de las señales verbales, de tal manera que «impide»
un reconocimiento receptivo inmediato, estaríamos en la generali-
dad de los fenómenos de «invención» o de cambios. En estos
casos, la invención o el cambio sería un fenómeno localizado en
la producción, como un tipo especial de marca, que obliga a O R
a un tipo especial de inferencias que, hasta ese momento, y en un
espacio cultural determinado, no se había practicado (e.g., el arte
de vanguardia).
268 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
4.3.3. Coherencia y proceso de recepción
En el capítulo 2 analizamos los aspectos conectivos del dis-
curso. Las conexiones son fenómenos relacionales que consisten.
principalmente. en la organización de informaciones equivalentes.
Las equivalencias. en los ejemplos analizados en el capítulo 2.
estaban «dictadas» por presuposiciones teóricas. Sabemos además
que. si bien la teoría puede hacer explícitos los criterios sobre los
cuales basa el «descubrimiento» de equivalencias. éstas no son un
privilegio teórico del lenguaje, sino que responden a un fenómeno
más general que tiene como base el principio de identificación.
Por otra parte, podemos suponer que la recepción de todo discurso
presupone en OE una cierta organización. aunque no explícita,
para la cual OE está capacitado. Presumiblemente. la atribución
de coherencia a una sucesión lineal de estímulos verbales es el
resultado de un proceso organizativo que consiste en relacionar un
número mínimo de informaciones equivalentes. Si esto es así, po-
demos asumir que la coherencia es fundamentalmente un fenómeno
receptivo. En última instancia, el procesamiento de informaciones
equivalentes, que permite atribuir sentidos a un discurso, sería el
momento en el cual el receptor llega a reconstruir, a partir de los
estímulos verbales, los códigos que fueron actualizados por el emi-
sor del mensaje. De ello se deriva la limitación de toda posición
que pretende sostener que toda la información para el procesa-
miento de un discurso está contenida en él y sólo ella es necesa-
ria. El único tipo de discurso para el cual esta premisa sería válida
estaría ejemplificado por el discurso formal. Es quizás por esta
razón por lo que la noción de coherencia, mucho antes de ser intro-
ducida en el análisis de discursos naturales (1. Bellert, 1970),
tiene una larga trayectoria en el discurso filosófico. unida a las
nociones de sistema y de verdad. Tanto en los discursos naturales
como en los discursos semiotizados, no son sólo las reglas (axiomá-
ticas) las que juegan un papel definitorio en el acto de comunica-
ción. sino que en éste interviene (como bien lo señala Bellert,
CONHGURACION OEL SISTEMA COMUNICACIONAL 269
1970) un «conocimiento del mundo» que comparten DR y DE.
Veamos un poco más de cerca las razones que pueden justificar
que la noción de coherencia designe la autosuficiencia de un sis-
tema formal, pero que. a la vez. sea insuficiente como principio
de organización de los discursos naturales y serniorizados, para
los cuales se requiere «otra" información. además de la contenida
en el discurso. F. H. Bradley (1914. p. 223) sugiere. para el
discurso filosófico basado en los discursos formales. que la noción
de verdad es una expresión ideal del Universo; que es. a la vez.
coherente y comprensiva. Por lo tanto. no debe entrar en conflicto
con ella misma y debe ser realizada como un todo sistemático. No
voy a entrar en los detalles de la confluencia. así expresada. entre
las nociones de coherencia y de estructura. La noción de cohe-
rencia adquiere mayor operatividad cuando. extraída de las reso-
nancias metafísicas de la posición de Bradley. A. C. Ewing (1934.
pp. 229-230) le otorga un contenido lógico: un conjunto de dos
o más proposiciones es coherente si 1) cada una de las proposi-
ciones del conjunto sigue a las precedentes según una necesidad
lógica. y las precedentes llenan el requisito de verdad: y 2) ningu-
na de las proposiciones de la totalidad es lógicamente indepen-
diente de las restantes proposiciones dd conjunto. Ewing justifica
estas premisas. y en especial 2). sugiriendo que una manera simple
de entender el contenido de esta noción es la de considerar aquellos
casos en los cuales d ideal de coherencia es admitido en los límites
o en el interior de un ámbito determinado. Los ejemplos que sumi-
nistra son. por cierto. el de las teorías matemáticas y el de las
teorías bien definidas fuera de éstas. «Bien definidas" significa.
en este caso. que la definición de los elementos, de las reglas de
formación y de transformación. son la sola y única garantía de la
coherencia del discurso como derivación formal. La garantía de
coherencia está dada por las características mismas del sistema. Un
lenguaje formalizado está compuesto por las frases bien formadas
según: 1) un conjunto de símbolos o alfabeto y 2) un conjunto de
reglas de formación que determina las combinaciones posibles
entre los símbolos. El aparato deductivo es así especificado a
partir del lenguaje formalizado. para la obtención de un sistema
270 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
formal. Dicho de otra manera, el sistema formal es el lenguaje
formalizado y el aparato deductivo más 3) los axiomas constituidos
por alguna fórmula del lenguaje formalizado y/o un conjunto de
reglas de transformación que determinan cuáles fórmulas es posible
deducir de 3). De esta manera podemos caracterizar una deriva-
ción formal en su aspecto sintáctico (construcción de frases bien
formadas), semántico (valor de verdad) y pragmático (cierto fin,
orientación del discurso en el conjunto de los sistemas formales).
Vemos, entonces, que sólo metafóricamente podemos carac-
terizar un discurso natural como una derivación (ver 1.4.(.). El
único criterio que lo aproximaría al lenguaje formal sería el reco-
nocimiento, por parte del receptor, de una frase bien formada que
cumpliría con las exigencias de las reglas sintácticas. Pero sabemos
también que este criterio es relativo y depende de condiciones
pragmáticas, puesto que lo que es considerado como bien formado
en un sistema dialectal, puede ser considerado como mal formado
(no-gramatical) en otro. Además, la noción de coherencia se aplica
más al aspecto semántico-pragmático que al sintáctico. Una frase
como «El hijo menor de María está en México» no sólo requiere
su aceptación como bien formada, sino que el receptor debe tam-
bién saber y/o presupcner que María tiene más de un hijo, que
María no vive en México, que México refiere tanto a un país
como a una ciudad y que, por ello, si el contexto no lo ha especifi-
cado el interlocutor debe pedir explicaciones al emisor, etc.
En los discursos naturales y semiotizados, la coherencia es una
operación de segundo orden en relación a la conexidad. Dijimos,
en el capítulo 2, que una sucesión de enunciados puede estar co-
nectada pero no estructurada. La estructuración, atribución de
coherencia, no es una función ni necesaria ni suficiente de la co-
nexión. Ésta depende de los grados de organización que üR pueda
atribuir a una sucesión de estímulos verbales, mediante la activa-
ción de códigos socializados comunes con los de OE. En el proce-
so conectivo, las informaciones lingüísticas son fundamentales
aunque no únicas (e.g., «El hijo menor de María está en Mé-
xico»). en tanto que, en el cohesivo, es necesaria la activación de
códigos de reconocimiento que organicen las conexiones. Es en
CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 271
este proceso donde operan las modalidades del saber y del querer:
una construcción anómala, por ejemplo, tenderá a ser estructurada
en forma coherente, si el receptor sabe que ella es una licencia
(literaria) permitida por la norma, o si sabe que el emisor no conoce
bien su propia lengua y es todavía incapaz de construir frases
sintácticamente bien formadas. Marcadas las diferencias entre dis-
cursos formales y naturales, nada impide que recurramos a los
primeros, tomándolos como modelo analógico para especificar el
ámbito de los fenómenos cohesivos en la configuración discursiva
y en su proceso de semiotización. Supongamos, para empezar y
teniendo como referencia discursos no semiotizados, una deriva-
ción simple en la cual los símbolos sean A, B, C, D, E, F, Ydonde
contemos con una regla de implicación. En tal sistema, cada
proposición debe estar implicada por la anterior. Supongamos,
además. que (A,B,C) sea un conjunto de proposiciones, dos de
las cuales, A,B, permitan derivar la tercera C. Supongamos tam-
bién que (D,E,F) sea un conjunto semejante pero independiente del
primero. El sistema S, compuesto por los dos conjuntos (A,B,C) y
(D,E,F) debe satisfacer un principio como:
1) Cada proposición. en el sistema. sigue lógicamente a las preceden-
tes, si todas las otras son verdaderas.
Pero, por definición, no satisface el principio 2):
2) Ningún conjunto de proposiciones puede ser lógicamente indepen-
diente de las proposiciones restantes en el interior del sistema.
dado qi.le supusimos que (A,B,C) y (D,E,F) son semejantes pero
independientes. Para que el sistema cumpla o satisfaga el principio
2}, es necesario introducir otras «exigencias» en la definición de
S. Entre estas exigencias deberíamos contar las condiciones de
conexión entre ambos sub-conjuntos y establecer que éstas son ne-
cesarias para que S pueda ser considerado coherente:
3) Una proposición cualquiera de S debe tener. al menos. una conexión
con todas las proposiciones de S.
272 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
Este principio nos permitiría introducir uno de mayor generalidad
que sostiene el criterio de coherencia:
4) Las proposiciones de S forman un tejido en el cual cada uno de los
elementos (proposicionales) se relaciona lógica o semánticamente
con todos los elementos del conjunto pertinente y también del
conjunto complementario.
Sobre la base de este principio, podríamos afirmar que S define
una red conectada y estructurada, a la cual podemos aplicar el cri-
terio de coherencia. Los principios enunciados son lo suficiente-
mente generales como para referirse, al mismo tiempo. a discursos
formales y naturales. Para ser más específicos, deberíamos trabajar
con definiciones de la verdad lógica para el primer caso, y de infor-
mación semántica para el segundo.' Esto sería así debido a que la
conservación de la verdad es requisito primario para el sistema
formal; pero no lo es para los discursos naturales, debido a que la
exigencia mínima para éstos es que conserven cierta información
semántica. suministrada por los enunciados que preceden al enun-
ciado en consideración. Dicho de otra manera. un enunciado Si
deberá conservar informaciones sémicas, temáticas y/o referen-
ciales. en relación a los enunciados SI ...Si-I' A partir de estas
consideraciones. podemos retomar las posibilidades de 1) a 9)
enumeradas en 4.3.2. Consideremos sólo dos como ejemplifi-
cación:
1) OE produce un acontecimiento complejo D que se manifiesta
como estímulo verbal;
4) OE (sabe, cree) que OR percibe la función x de D', o que tiene
posibilidades de percibirla.
Para que estas dos condiciones se cumplan. üE debe saber o creer
que üR está en condiciones de conectar y de estructurar la secuen-
cia D. que él emite. La coherencia será establecida. al menos en el
discurso natural, cuando üR atribuya la función x y. en esta fun-
ción. perciba el discurso como estructurado. según los parámetros
CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 273
de la situación en la que OR y OE se encuentran ca-presentes. Si
esta condición no se cumple, OR tiene la posibilidad de interrogar
a su interlocutor, pidiéndole más informaciones; y OE tiene la
posibilidad de corregir a su interlocutor, si, en el desarrollo del
intercambio, aquél percibe que OR no ha aplicado la función
correcta. El caso es enteramente distinto en el sistema literario de
comunicación. Tomemos un ejemplo antes de especular sobre esta
diferencia. D. Alonso (1956, p. 22 3) interpreta unos versos de
L. de Góngora, marcados con letras mayúsculas, en relación a la
paráfrasis que, siguiendo a D. Alonso, damos de ellos:
(oo.) seguida
la novia sale de villanas ciento A
a la verde florida palizada,
cual nueva Fénix en flamantes plumas B
matutinos del Sol rayos vestida,
de cuanta surca el aire acompañada
monarquía canora
y, vadeando nubes, las espumas
del rey corona de los otros ríos, C
en cuya orilla el viento hereda ahora
pequeños no vacíos
de funerales bárbaros trofeos D
que el Egipto erigió a sus Ptolorneos. E
La paráfrasis que sugiere D. Alonso:
A = La novia sale con otras aldeanas;
B = La Fénix resucitada con su cortejo de pájaros;
C = La Fénix va volando hasta coronar el Nilo;
D = El Nilo está a las orillas de las Pirámides;
E = Las Pirámides fueron erigidas por Egipto a sus Ptolorneos.
La organización del ejemplo está realizada de tal manera de
poder confrontarla con la definición del sistema abstracto co-
nectado y estructurado que discutimos en las páginas precedentes:
S = {(A,B,C); (D,E,F)}. En el discurso (semiatizado) de Gón-
gora podemos ver que A está ligado a B por analogía. Lo que se
preserva, en este caso, es la información necesaria que funda la
1M - MIGNOLO
274 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
analogía. A partir de e ya no es demasiado «claro» qué es lo que
se preserva de A. Una posibilidad sería la de continuar el símil
con una metáfora: (da novia vuela». A partir de C. podríamos
hablar de conexión no estructurada (sugerida en 2.2.2.). en donde
el «predicado» de e es «sujeto» de D. y el «predicado» de D es
«sujeto» de E. Podríamos seguir suponiendo. Lo que quiero sub-
rayar con ello es que las conexiones (y la eventual coherencia) son
enteramente un proceso de inferencias de ORo en el que éste actuali-
za su «saber acumulado» y donde acepta los presupuestos pragmá-
ticos que sostienen al sistema de la comunicación literaria. Es decir
que OE necesita de un criterio de relevancia que le permita organi-
zar las conexiones en sub-estructuras (nudos) coherentes; y. ade-
más. que le permita organizar estas sub-estructuras entre sí. En la
interpretación de D. Alonso. el criterio de relevancia se evidencia
en dos premisas: 1) estamos frente a un mecanismo recurrente en
la poesía de Góngora (es decir. conocimiento de otra información
que no proviene del discurso considerado); 2) estamos frente a
una comparación frecuente ((mujer hermosa = Fénix»] en la
poesía grecolatinizanre. Este criterio de relevancia no es. sin
embargo. suficiente para soportar la coherencia de todo el párrafo.
y Alonso concluye con un (desgraciadamente» que implica una
ausencia de criterios para integrar. de manera relevante. C. O y E.
por un lado. en relación con A y B. por el otro. Estos ejemplos
nos permiten sugerir una interpretación más general del principio
4). proponiendo que el criterio de coherencia. en el proceso recep-
tivo. no depende de la información contenida en los estímulos
verbales. sino en un «acto de invención» de OR que consiste en
recolectar informaciones del discurso y en organizarlas sobre
la base de las informaciones acumuladas por la memoria del sis-
tema. Este proceso puede ser representado en el esquema siguiente:
DIAGRAMA 1

Nudo,
(Lexemas)
1
1
11l1.,rma,iúll
~
Informaciún
-ununistrad.,
••
Nudo,
acumulada y
por d discurs»
(Frases)
codificada en OR
i
i
Nudo,

(Acciones.
personajes. etc.]
276 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
La invención de la coherencia está limitada por los códigos que
restringen todo tipo de conducta verbal y por dimensiones prag-
máticas. Este proceso consiste, primero, en la operación de conexi-
dad que agrupa la información en sub-conjuntos (nudos) y, segun-
do, en la de «cohesionar» los nudos entre sí (una extensión de este
punto en 4.3.5.). Este esquema general que sitúa el criterio de
coherencia en el sistema de comunicación y no lo hace depender
únicamente de los estímulos verbales, coincide con ciertas obser-
vaciones -realizadas desde diferente perspectiva teórica- de Ro-
man Ingarden (1937). Ingarden nota que las conexiones son invi-
sibles. Por lo tanto, el receptor trata de encontrarlas y se asombra
cuando no las encuentra. Lo cual nos vuelve sobre los criterios
pragmáticos que condicionan la atribución de coherencia: "en-
contrar las conexiones» implica organizar la información de ma-
nera tal que la totalidad pueda ser procesada como conectada y
estructurada. Podemos reconocer de inmediato conexiones discur-
sivas, pero necesitamos una segunda operación de «búsqueda»
para atribuir la coherencia. La primera lectura de ciertos poemas
de Trilce constituyen un ejemplo. Llegar a organizar la informa-
ción de ellos de manera coherente implica la articulación de las
conexiones en la cual éstas se organicen según criterios de relevan-
cia. De ahí que 1. Bellert subraye que la coherencia de un discurso
no se resuelve únicamente en las inferencias lingüísticas. sino que
necesite también del "conocimiento del mundo» del receptor. En
el campo de los estudios literarios podemos comprobar que la
tarea de la crítica ha sido y sigue siendo un trabajo de "inven-
ción" de la coherencia: la coherencia es un problema de estrategia
de interpretación. Desde esta perspectiva podemos preguntar:
¿Cuáles son las condiciones que posibilitan la selección de una
clase de conexiones. para aceptar un discurso conectado como
coherente r, ¿de qué manera un enunciado contiene las informa-
ciones que le atribuimos? ¿de qué manera establecemos conexiones
con otros enunciados y recolectamos la información para agru-
parlas en nudos? Si aceptamos los principios del sistema de comu-
nicación literario esbozados hasta aquí. podemos sugerir que las
informaciones ljue agrupamos en nudos son los datos ljue selec-
CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 277
ciona el interpretador (OR). Atribuir coherencia a un discurso D.
implica construir un sistema relacional consistente que organice
los datos extraídos del conjunto total de enunciados de D. Pode-
mos suponer entonces que: a) todo receptor que acepta un discurso
literario como coherente (expresión común: «lo entiende»], reali-
za una operación en la cual una masa amorfa de información es
procesada mediante una serie consistente de inferencias; b) el tipo
especial de procesamiento de la información que exige el sistema
de comunicación literario consiste en una «imposición» de la
estructuración. Los puntos a) y b) se establecen desde una cierta
perspectiva teórica. Por lo tanto. estos puntos constituyen «pro-
blemas» para la teoría, cuya tarea consiste en elaborar (abstractar)
las condiciones bajo las cuales a) y b) son posibles. Dado que esta-
mos aceptando, en este capítulo, la importancia de OE y OR en
el sistema cornunicacional literario, puede sernos de utilidad con-
siderar a éstos desde una perspectiva cognitiva.
4.3.4. OE) OR: aspectos cognitivos 3
4.3.4.1. Presupusimos, desde el comienzo, la importancia
de los componentes culturales en la conformación de lo que reco-
nocemos como texto literario. La importancia que pueda tener
esta presuposición radica en su posición teórica: en primer lugar.
porque tiene detrás de sí la hipótesis que, en los últimos años.
subrayó la prioridad y autonomía de los «estímulos verbales»
(estructuras); en segundo lugar. porque este reconocimiento nos
fuerza a buscar modelos posibles y adecuados que permitan siste-
matizar la información que llamamos «componentes culturales».
En 4.3.2. y 4.3.3. prestamos atención a los aspectos pragmáticos.
3. En estas consideraciones me "poyo. fundamentalmente, en ios estudios ya clá-
sicos de F. C. Barden (19 32). Miller, Galanter y Pribram (1960) Y U. Neisser (1967).
Estudios comprensivos de estos problemas en psicología cognitiva. con amplia bibliogra-
fía. son los de B. Anderson (1975). A. Paivio (1971). W. B. Weimer y D. S. Paler-
mo (1974). D ~ especial interés con los problemas aquí tratados es también el de P. Gar·
vino ed (1970).
278 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
Ellos nos permitieron seleccionar cierto tipo de información rele-
vante en el sistema de comunicación literario. pero no nos avanzó
demasiado en el conocimiento «interno» de lo que llamamos OE
y OR. Aparentemente es necesario recurrir aquí a otro tipo de
modelos. El porqué y el qué tipo de modelos están sugeridos por
ciertas proposiciones recientes con respecto a la función cultural
del texto y a los «actos de invención» concebidos como altera-
ción de códigos constituidos. Veamos más de cerca dos aspectos.
Por una parte, recordemos que en las tesis para el estudio
semiótico de la cultura. B. Uspenski y otros (1973) proponen una
serie de aspectos que conciernen la relación OE y OR (para dios
destinador y destinatario). Dado que el texto depende fuerte-
mente de valores culturales, es necesario. en primer lugar, distin-
guir aquellas culturas que se orientan, en la producción textual,
hacia el uno o el otro extremo del sistema. Por ejemplo, toda
cultura que dé prioridad a la historia y a otras formas de la prosa
(leyes, novelas. etc.) estará marcada, al mismo tiempo. por una
orientación hacia OR. En este caso coinciden. por así decirlo,
celo más valioso» con celo más inteligible». Por el contrario, las
culturas orientadas hacia O E serán de tipo esotérico. Los textos
«poéticos» (en un sentido general) constituyen el mejor ejemplo
para este caso. Ambas orientaciones pueden resumirse apuntando
que. en el primer caso. OE respeta las pautas exigidas por OR.
En tanto que. en el segundo. O R debe adaptarse a las pautas de
OE. Ambos aspectos pueden contemplarse en la totalidad de
grandes bloques que podemos identificar como culturas, o como
«dominantes» en el interior de una cultura. En este caso nos es
forzoso contemplar el aspecto diacrónico para analizar las fuerzas
que condicionan el movimiento de la tendencia dominante mar-
cando la orientación hacia O E u O R. Otro de los aspectos seña-
lado por Uspenski y otros es el que se relaciona con la «canti-
dad» de información suministrada por un texto: ésta no depende
del texto de referencia, sino de una función del texto en relación
a un conjunto de textos. El conjunto de textos puede determinarse
en relación a un agregado que. considerado en su aspecto colectivo.
podemos llamar con Lotrnan «receptor actual». La selección de
CONFIGURACiÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 279
textos, por este receptor, estará regida por un conjunto de varia-
bles tales como las normas estéticas, los valores generacionales y
la pertenencia a un grupo social. La selección, por parte del emi-
sor, puede contarse, en primer lugar, como una operación común
al grupo cultural al que el receptor pertenece; pero el receptor tiene
también la «facultad» de aceptar o de rechazar, y proponer -por
ejemplo- nuevas normas estéticas. En este momento del proceso
podemos localizar también la orientación: si rechaza las normas,
el texto se orientará hacia OR; si no lo hace, se orienta hacia OE.
Ahora bien, para la selección, es necesario que -tJnto en OE
como en OR- dispongan de cierta información acumulada
(estructura de la memoria) que oriente la selección como procesa-
miento de la información. Por otra parte, U. Eco (1976) analiza
los modos de producción de signos y propone un modelo básico
que contempla al emisor y al receptor. Habría, según este mode-
lo, un proceso que consistiría en tres etapas representadas en el
diagrama 2 (Eco, 1976, p. 248).
De esta manera el proceso de producción de signos se piensa,
primero, como una etapa en la cual la información suministrada
por el ambiente (cultural) es seleccionada por el sistema perceptivo;
segundo, la información seleccionada por el sistema perceptivo se
proyecta sobre una representación semántica (conceptual); tercero,
esta representación semántica se proyecta sobre un conjunto de
técnicas expresivas, ya codificadas; o, cuarto, se proyecta sobre
reglas de transformación que permiten, a partir de una representa-
ción semántica, generar una estructura sobre la base de la similari-
dad. A partir de este esquema, el acto de invención tendría lugar
cuando el «resultado expresivo» se constituye como un tipo de
información que no puede ser procesado por el receptor, porque
su aparato perceptivo y conceptual «no está preparado» para
recibir tal tipo de información.
Estos dos ejemplos nos autorizan a retomar las instancias de
los procesos de síntesis y de análisis, referidos para el análisis prag-
mático, sobre la base de los modelos cibernéticos, elaborados para
dar cuenta de los procesos cognitivos. Para el cibernético, la
tarea consiste en diseñar máquinas que actúen de manera «inreli-
XI
(
-.
Modelo
perceptivo
Proyección
por
abstracción
DIAGRAMA 2
Modelo
semántico
Proyección
por
similitud
Expresión
CONflGURACIÚN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 281
gente». Pero. al buscar analogías entre la máquina y el cerebro
(W. Ross Ashby. 1960). se presentan varias diferencias. Cuando
el cibernético. por ejemplo. habla de una máquina. piensa en un
computador más un programa. En el ser humano. esta diferencia
no es clara y puede quizás ser vista analógicamente como una
estructura biológica (e.g.. el sistema nervioso). más factores heredi-
tarios y su interacción con el ambiente (físico y cultural): debemos
pensar. en este caso. en un organismo «condicionado» genética-
mente. cuyo «programa» se constituye en la interacción con el
ambiente. Sólo en este sentido es válida la metáfora: el cerebro
es una máquina que procesa información. Aceptando la analogía.
podemos avanzar hacia nuestro objetivo: el procesamiento de
«cierto tipo de información» (discursos verbales y discursos
verbales semiotizados). Antes de llegar a él. es necesario detenernos
en algunos aspectos generales que conciernen al procesamiento de
la información. Postulada la metáfora inicial según la cual el ce-
rebro es una máquina que procesa información. debemos distinguir
entre los procesos primarios y los secundarios. Con respecto a los
primeros. cuenta la información recibida por los órganos recepto-
res. No nos interesa aquí llegar a especificar las zonas del cerebro
en las cuales estos procesos son localizados (Barry F. Anderson,
1975. pp. 25-108). sino marcar la diferencia entre los dos para
posteriores consideraciones del modelo de la comunicación lite-
raria. Desde una perspectiva filogenética (que refiere a la evolu-
ción de las especies) se ha comprobado que los organismos más
primitivos sólo perciben la luz. la situación. el movimiento y el
tamaño; en tanto que algunos organismos más avanzados perciben
formas y pautas más complejas. En este sentido podemos decir
que los procesos primarios son aquellos en que la transformación
de energía física en actividad nerviosa constituye el primer nivel
del procesamiento de la información. Esta transformación implica
una selección de la información del ambiente y tal selección tiene
como límite la constitución misma del organismo. Los procesos
secundarios comienzan cuando esta información es combinada y
también cuando el organismo va más allá de la información reci-
bida. Para dar este paso. es necesario que el organismo tenga
282 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
cierta información acumulada (memoria), sobre la cual proyecta
y procesa toda nueva información. Referiremos a los procesos
secundarios como producción simbólica, dando a este término un
sentido general que abarca todo tipo de actividad instrumental y
conceptual que caracteriza al organismo «humano».
Podemos asumir, de acuerdo con estos principios, que el orga-
nismo interactúa con el ambiente, para mantener su estabilidad,
intercambiando energía y materia. El intercambio presupone en el
organismo una selección que es, a la vez, una reducción de la com-
plejidad del mundo externo. Para que haya selección y reducción,
debe existir un principio de relevancia. Para los procesos primarios,
podemos sostener que el criterio de relevancia es condicionado
biológicamente: no podemos percibir el sonido cuando éste sobre-
pasa cierta frecuencia. Por otro lado, estas capacidades biológicas
dependen del tipo de organismo. El organismo animal dispone de
un «programa congénito» que le permite ejecutar ciertas acciones
(caminar, comer) qne al organismo humano le requieren cierto
entrenamiento y aprendizaje. Por otro lado, es el aprendizaje y el
entrenamiento el que condicionará el criterio de relevancia en los
procesos secundarios: podemos captar ciertos «sonidos desafi-
nados» aunque no sepamos música; y, si la hemos estudiado, reci-
biremos más información que otra persona que no haya tenido tal
entrenamiento. Podemos esquematizar diciendo que el cerebro
es un procesador de información en dos grandes órdenes: a) aque-
lla información que intercambia para mantener la estabilidad del
organismo y b) aquella a la que nos referimos como «estructuras
simbólicas» y que conforman «el ambiente cultural». El criterio
de relevancia es importante en este segundo caso dado que, de la
misma manera que podemos comprobar un umbral en la recepción
de la información física (umbral constituido por el programa
genético), lo podemos suponer también para la información cul-
tural (umbral constituido por el programa simbólico). De esta
manera, el procesamiento de la información verbal (en sus diferen-
tes planos) se nos presenta como un tipo o sub-conjunto específico
que pertenece al orden de la información simbólica. La consecuen-
cia mayor de esta presuposición es que la estructura de la lengua
CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 283
se funda en los procesos cognitivos y no a la inversa (E. Len-
neberg. 1967. pp. 284-292). Se trataría en el caso de la lengua y
de toda construcción semiotizada a partir de ésta. un "desarro-
llo» de las dos operaciones básicas: identificación y diferen-
ciación.
4.3.4.2. La construcción de modelos de la conducta de OE
y OR, que se integren a la teoría del texto literario partiendo de las
premisas sugeridas en el párrafo anterior, hace necesario con-
templar ciertos principios metodológicos destinados a circunscribir
el alcance de la metáfora cibernética. Esta necesidad se funda, en
primer lugar, en el hecho de que el momento y el lugar de teori-
zación es un aspecto particular del sistema OR. En segundo lugar,
porque al asumir la metáfora "el cerebro es como una máquina»
estamos asumiendo, al mismo tiempo, que la construcción de los
sistemas OE y OR deberían ser «isomorfos» a los sistemas de
cada individuo emisor y receptor. No obstante la posibilidad de
postular esta creencia. hay serias restricciones para justificar el
isomorfismo entre el modelo del sistema OE y OR, por un lado, y
«Ío que ocurre en la ernpiria», por el otro. Veamos estos dos as-
pectos por separado.
El hecho de que el «momento» de teorización sea un aspecto
general del sistema O R, obliga a tener en cuenta cuatro premisas:
1) La construcción teórica se sitúa en el lugar de un «observa-
dor externo» al sistema de comunicación, OE .... estímulos
verbales .... OR. Pero, a la vez, en cuanto es parte del pro-
ceso de recepción, la teoría es también un momento de la
producción de signos (Eco, 1976) que pasa a formar parte
de la información simbólica en general y que incide -por
un movimiento de retroalimentación (ver cuadro 3, p. 308),
tanto en O E como en O R.
2) La construcción teórica describe las estructuras verbales dis-
cursivas y serniotizadas que pasan a ser, así. el sistema de pre-
ceptos y de conceptos que la teoría supondrá en O E Y O R.
284 PARA UNA TEORIA DEL TEXTO L1TERAKIO
como sistemas que procesan información. Vale decir que la
«colección» de estructuras verbales descritas por la teoría
es el punto de partida para determinar el tipo y el modo
de la información verbal que procesan OE y OR.
3) Los estímulos verbales que constituyen el intercambio entre
OE y üR y que la teoría describe como estructuras verba-
les (discursivas y semiotizadas) son las que posibilitan la de-
terminación del principio de relevancia en O R: por ejemplo.
hasta el momento en que los paralelismos gramaticales y las
equivalencias fónicas. sintácticas y semánticas no fueron
«creadas» como estructuras verbales que pasan a ser siste-
ma de preceptos y de conceptos en O R. éstas no eran con-
sideradas relevantes. porque el sistema no estaba preparado
para percibirlas y procesarlas.
4) Hasta el momento supusimos que OE y OR son dos siste-
mas que funcionan en «entidades» (individuos. organismos)
diferentes o distintos. Esta situación es una de las posibles.
por cuanto podemos considerar ambos sistemas en un mis-
mo organismo. Llamemos S, al sistema de producción que
supusimos en OE. y llamemos S2 al sistema de recepción
que supusimos en OR. Ahora bien. en cuanto todo O E es
también un recep_or antes de ser un emisor. OE está dota-
do de S, y de S2' A su vez. por cuanto OR -que naturalmente
está provisto de S2- es a su vez un emisor potencial y está
también dotado de Sl' independientemente del hecho de <jue
lo lleve al nivel de ejecución. Esta formulación tiene ciertas
semejanzas con la metáfora de la relación «escritura-lectu-
ra» que popularizó la crítica de los últimos años.
Tomemos el segundo de los aspectos metodológicos señala-
dos. La importancia que adquirió la noción de competencia en la
lingüística generativo-transformacional llevó a tomar literalmente
lo que en realidad puede ser considerado como una metáfora: el
hecho de que las reglas gramaticales. descritas por la teoría. repre-
senten lo que «realmente ocurre» en la cabeza de un hablante nati-
vo. Es decir. que las reglas teóricas estén en relación isomorfa con
CONfiGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 285
los procesos mentales. Esta creencia fue pronto cuestionada en la
lingüística (Y. Wilks. 1974. pp. 77-95) y. mucho antes. por los
estudios que se enfrentaban con el mismo problema en la antropo-
logía cultural (A. Wallace y J. Atkins, 1960. pp. 58-80; R. Bur-
ling. 1964. pp. 113-132). El carácter de observador del teórico.
que le permite. en ciertos casos. inferir reglas a partir de la con-
ducta de un organismo. no debe ocultar el hecho de que es inevi-
table la proyección de lo que el mismo observador sabe con res-
pecto a esa conducta. puesto que él mismo la practica. De manera
que. en lugar de postular el isomorfismo entre las «reglas formu-
ladas» por el teórico y lo que ocurre en la mente del emisor y del
receptor. es quizás menos brillante. pero más realista. suponer que
tales reglas son mecanismos convenientes y plausibles para descri-
bir lo que ocurre en los sistemas O E Y O R cuando procesan y ge-
neran información. De manera que el ámbito metodológico que
opera en el momento en que la teoría del texto literario se enfren-
ta a la descripción de las conductas de OE y ORo debe ser reco-
nocido como una construcción que tiene una estructura del tipo:
DIAGRAMA 3
inferencias
descripciones de
Conducta observada
(e.g. autores que se
___________---+. manitiesrun en sus
obras. cartas. etc. ;
lectores que se mani-
fiestan verbalmente o
por escrito)
Reglas. códigos .... 41------------
estructuras
formuladas
Procesos mentales
286 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
El proceso de inferencias, a partir del cual se formulan las re-
glas (estructuras, códigos, etc.], implica que el observador sabe o
ha aprendido las reglas del juego. Se debe saber «leer» o «jugar al
ajedrez», antes de teorizar sobre los procesos de lectura o las reglas
del juego. Por lo cual, el ámbito metodológico, en este aspecto,
puede resumirse en dos puntos: a) como teóricos somos miembros
de un grupo cultural con el cual compartimos ciertos códigos que
generan una conducta común; b) tratamos de describir las formas
de esa conducta de la cual somos también actores. Ahora bien, si
al hacerlo no podemos todavía asumir la relación isornórfica entre
nuestros diagramas sobre el papel y los procesos mentales, esto no
invalida ni el carácter heurístico de la teoría ni tampoco su rol
ideológico al introducir, en el campo de los estudios literarios, tales
exigencias de teorización.
4.3.f. Recepción: preceptos, categorías, conceptos
4.3.J.1. Hasta el momento hemos hablado del proceso de
comunicación literaria teniendo en cuenta, al mismo tiempo, OE Y
ORo En las páginas que siguen serán considerados por separado.
El hecho de comenzar por la recepción estaría doblemente justifi-
cado. La primera razón que podríamos aludir es que es «más fácil»
comprender que ejecutar: primero se comprende una lengua y lue-
go se habla. Por el mismo motivo, y como segunda justificación,
porque la incorporación del valor «literario», en el organismo, es
tardío y también precedente a la etapa de producción. Así, por
ejemplo, si bien el niño incorpora rápidamente estructuras narrati-
vas (cccuentos infantiles»] y puede, a su vez, narrar cortas historias
hasta en un segundo momento tardío de su socialización no llegará
a aceptar y producir estructuras narrativas «literarias». Dado qUt"
la recepción de la «lirerariedad. es un hecho tardío, comenzaremos
por tener en cuenta los aspectos más generales del acto de recep-
ción para, luego, insertar en él la particularización receptiva del
fenómeno literario.
DIAGRAMA 4
-------1
I
. I
Técnicas 1
. I
xpreslvas:
r--'
ención ;
mbio :
I
;-
I
5 1
1. Si_tema 2 Sistema ejecutor 4. Sistema
1
+--
1
-..
I
~
perceptivo conceptual
le
.
-
~
---+ ...-
~
........
~ 6.
.--
3 Memoria
----.
Mant
o ca
". __ ...
-+
~
t ~
+
t
¡
t
7. Sistema de valores
..
o.
n
.1
n
"
m
s Retroalimentación
288 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
El proceso que podemos describir," en el diagrama 4, es el
siguiente: en «O» suponemos el cúmulo de información verbal que
constituye la intorrnación disponible para OR. En {( 1» suponemos
un sistema de receptores (preceptos) constituidos, principalmente,
por las reglas lingüísticas (frásticas y discursivas) que le permiten
seleccionar aquella para la cual OR está preparado para procesar
Así, por ejemplo, no sería seleccionada ninguna información de un
discurso en un idioma que OR no conoce; o frases y conexiones de
frases que no respetan la gramática de OR y que, por lo tanto, éste
no «entiende». En «2» podríamos hablar de un «sistema ejecutor»
que estaría destinado a «organizar» (comparar, clasificar) la infor-
mación seleccionada en « 1», Esta organización se ejecuta con la
ayuda del sub-sistema marcado en « 3», en el que suponemos las
unidades almacenadas (memoria) de experiencias previas. Es decir,
si OR puede entender la frase «Juan es tonto» es porque tiene, o
cuenta con, una regla N + V + Ad que le permite entender todas
las frases semejantes. Esto independientemente de la «imaginería»
que puede acompañar la calificación de una persona como «tonta»,
que se agregaría a la información de la frasco A la vez que el sis-
tema ejecutor org,anhil' sobre la base de la información almace-
nada en la memoria, puede también enviar a ésta todo trozo de in-
formación que sea considerado nuevo y relevante. En {(4)> se repre-
sentaría la etapa final del acto comprensivo donde, como resultado
de {( 2» y {( 3», se formaría el concepto; éste podría, a su vez, ser
emitido y/o ejecutado como expresión. Para realizar esta etapa,
OR dispondría de «técnicas» adecuadas y vigentes en la organi-
zación cultural (así, por ejemplo, en el caso de la expresión ver-
bal, dispondría de la lengua), señaladas en « 5»; y, en el caso de
estructuras simbólicas más complejas, OR se encontraría ante un
proceso de decisiones en su expresión: la mantención o la modifica-
ción de las pautas que la cultura le suministra para ello. Extendien-
do, rápidamente, el esquema al caso de la «interpretación» de tex-
4. Contemplamos aquí sólo algunos aspectos del esquema con el propósito de bos-
quejar la generalidad del proceso de recepción y de runtualizar algunos de los problemas
sustantivos que se presentan en la «construcción» de sistema ORo
CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 289
tos literarios, podemos decir que, si esta expresión se socializa (e.g.,
signo escrito que circula en el grupo), pasa a ser, por un proceso de
retroalimentación (marcado en ce 8»), fuente de información (mar-
cado en ceO»), para un nuevo proceso de recepción. Además, en
ce 7», tenemos en cuenta una etapa fundamental del proceso: el que
corresponde a los valores que operan en la etapa de organización
({( 2»), de memorización (ce 3») Yde conceptualización (ce 4»). Pode-
mos entonces ver que, con respecto al organismo receptor, el pro-
ceso de semiotización no radicaría en la capacidad del organismo
para captar estructuras verbales, sino para recibir estructuras ver-
bales de cierto tipo, cuya decisión la haría el sistema ejecutor, sobre
la base de ce 7».
La discusión llevada a este extremo puede parecer, de pronto,
sin mucho sentido con relación al fin perseguido. Descendamos
para conectarla con algunas de las preocupaciones teóricas con
respecto a la recepción de textos literarios. J. Culler (1975,
p. 127) discute la manera en la cual las teorías del relato pueden
ser evaluadas, y concluye diciendo que éstas pueden serlo sólo en
la medida en que tienen éxito en la descripción (o sirven de mo-
delo) de algún aspecto particular de la competencia literaria. Cita,
como ejemplo, la habilidad del lector para reconocer y resumir
relatos, para agrupar relatos semejantes, etc. El problema es
¿cómo decidir cuál es la teoría que tiene mayor éxito en la des-
cripción de la competencia si no disponemos de modelos (útiles y
manejables) acerca de la conducta de tal «lector»? Otro caso:
S. J. Schmidt (197 3b, p 27) traza una lista de factores que deben
ser considerados en el análisis de la recepción del texto. Entre ellos
menciona: a) entrada (el texto como conjunto de signos); b) per-
cepción del texto; c) descodificación: ti) reconocimiento de estruc-
turas; e) análisis formal y estilístico. Esta enumeración debe ser
comprendida sobre la base de los tres tipos de recepción que tiene
en cuenta Schmidt: la lectura, la crítica, los estudios literarios.
Ahora bien, ¿de qué manera podemos trazar esta diferencia si
tampoco contamos con un modelo general de los procesos de re-
cepción?, ¿cómo podemos dar cuenta de la descodificación si no
intentamos elaborar, al mismo tiempo, modelos de las conductas
290 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
receptivas en general y no sólo para los textos literarios? La teoría
del texto literario, entonces, puede ser concebida en dos grandes
órdenes: uno que tiene como tarea la elaboración de un lenguaje
adecuado (formal y/o cuasi formal) para describir estructuras ver-
bales y estructuras verbales semiotizadas; el otro que tiene como
tarea la elaboración de un lenguaje (formal o cuasi formal) para
describir las conductas de emisión y de recepción. Resulta pre-
cario, por lo tanto, asumir que una teoría es válida cuanto más se
adecua a la competencia del {elector» o tener en cuenta, en el siste-
ma de comunicación literaria, el aspecto de la descodificación sin
-ni en uno ni en otro caso- avanzar en la elaboración del sistema
receptor.
En 2.3.4. Y en 3.3. enumeramos algunas posibilidades de la
organización conceptual de la información verbal. En ese mo-
mento, nuestro interés era, sobre todo, la primera de las tareas que
asignamos a la teoría del texto literario (e.g., elaboración de un len-
guaje adecuado para describir estructuras verbales y semiotizadas).
En este momento, podemos volver sobre ellas y relacionarlas con
el cuadro trazado, como primera aproximación a la descripción de
los procesos de recepción. El cuadro elaborado anteriormente indi-
ca, en general, las etapas en las cuales, podemos suponer, que toda
información es recibida y organizada. No intentaré elaborar en
detalle cada una de ellas. Me detendré en un ejemplo, para indicar
las posibilidades que esta perspectiva puede ofrecer en la elabora-
ción de los procesos de recepción del texto literario. Comence-
mos por lo obvio, retomando como ilustración el cuento de J. Rulfo
«El Hombre» (ver 2.2.3.). La comprensión de la historia reque-
rirá cierta forma de organización de la información, de tal manera
que se identifique a uno de los hombres como "perseguido" y al
otro como "perseguidor". Esta identificación implica, al mismo
tiempo, una relación y en la relación el establecimiento de la dife-
rencia. Estas dos operaciones implican que se debe reconocer, en el
texto, toda información que sea atribuida a uno o a otro de los pro-
tagonistas. Vale decir que, junto con la operación de identificación
y de diferenciación, es necesario contar con la de clasificación de la
información en la clase que se atribuye al perseguidor o al perse-
CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 291
guido. El fracaso en la ejecución de estas operaciones dará. como
resultado. la no comprensión de la historia. Ahora bien. el ejem-
plo elegido es particular. por cuanto el ordenamiento lineal de la
información (de la primera a la última página del cuento) dificulta
la realización de estas operaciones por parte de un lector no acos-
tumbrado a manejarse en él. No obstante. podemos suponer que el
mismo tipo de operaciones se lleva a cabo para un relato que no
ofrezca alteraciones en la disposición. Si esto ocurre. estamos ante
un caso en el que la organización de los estímulos verbales no alte-
ra los modos o las pautas de identificación. diferenciación y clasi-
ficación que el organismo ha aprendido en el proceso de sociali-
zación. En uno y otro caso lo que ocurre es la puesta en práctica.
en el sistema ejecutor, de la capacidad para categ,orh,flr y concep-
tua/i7,flr (ver 4.4.). Estas. supuestamente. están a la base de los pro-
cesos cognitivos. Por ejemplo. se considera que la capacidad para
organizar en clases y en dicotomías (i.e.. "perseguido" vs. "per-
seguidor") aparece en la infancia temprana. y las clasificaciones
imbricadas y cruzadas (e.g.• la clasificación de instituciones -reli-
gión, familia. gobierno- y cultura -hopi. winnebago. romana.
española-o en donde cada institución está presente en cada cultura
y cada cultura cuenta con todas estas instituciones) se aprenden al
final de la infancia (L. S. Vigotsky. 1962. pp. 33- 57; J. Pia-
get. 1964).
Podemos suponer. en consecuencia. que la capacidad para «re-
conocer y resumir» relatos está ligada a la capacidad para concep-
tualizar a partir de las operaciones de categorización. Categorizar
sería. en un sentido. la operación mediante la que el organismo
reduce la complejidad de la información que extrae de un discurso
(propiedades. atributos. formas. sernas. etc.] mediante su ordena-
ción. Caregorizar sería. también. la identificación como acto de "co-
locación" según un reconocimiento: si podemos identificar a un
actor corno "perseguido" y al otro como "perseguidor", es porque
tenemos ya almacenada la información necesaria para que tal iden-
tificación sea posible. De no tenerla. deberíamos preguntar qué es
lo que trata de hacer uno de los hombres con respecto al otro. Ca-
tegorizar sería. también. reducir la necesidad de aprendizaje: cada
292 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
vez .que leamos un relato en el cual A persigue a B, no tenemos
necesidad de aprender de nuevo qué significa perseguir, quién es
el agente y quién el paciente en la acción de perseguir, etc. El «re-
sumen de la historia» sería así un resultado posterior a las ope-
raciones de categorización. Si decimos que ccA persigue a B, por-
que B mató a la familia de A», y que «B mató a la familia de A
porque previamente A había matado al hermano de B», haríamos
un resumen presumiblemente compartido por todo lector del cuen-
to de Rulfo. «Presumiblemente» tiene aquí todo su peso, dado que,
a falta de observaciones empíricas de cómo el lector llega a dar una
respuesta-resumen a partir de la información de un relato, no po-
demos hacer otra cosa que manejarnos en la especulación con
suposiciones.
El ejemplo anterior presupondría un lector "ingenuo", quien
procesa la información verbal de acuerdo a la manera de procesar
la información en su contexto socio-cultural. Si consideramos otro
tipo de lectura, como aquel que ejemplifican la crítica o los estu-
dios literarios, nos encontraremos no con la aplicación de catego-
rías ya adquiridas sino con su invención: es decir, con la búsqueda
constante de nuevas formas de agrupamiento. Tomemos de nuevo
un ejemplo. El análisis de las estructuras equivalentes en poesía
practicado por R. Jakobson puede ilustrarnos el caso. La operación
consiste en agrupar cierto tipo de información y luego, en un se-
gundo momento, organizarla en dicotomías. Para ello la forma del
soneto es apropiada: así las dicotomías se organizan sobre el pri-
mer cuarteto y el último terceto; sobre el segundo cuarteto y el
primer terceto; sobre los dos tercetos o los dos cuartetos. Ahora
bien, la categorización de la información fónica, sintáctica y se-
mántica (de la manera en que la practica Jakobson) es una histo-
ria completamente diferente al ejemplo supuesto en un lector "in-
genuo", con respecto a la categorización y conceptualización de
un relato. Para llegar a percibir tal información en un soneto el
organismo necesita de un entrenamiento especial. Si bien la cate-
gorización es un proceso o una operación común a todo organis-
mo, y podemos suponer que -en cierto nivel- la información lite-
raria se procesa sobre la base de nuestro conocimiento (incons-
CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 293
ciente] de la lengua y nuestro «conocimiento del mundo». la in-
vención de categorías corresponde a la etapa en la cual el organis-
mo receptor inventa descripciones funcionales del universo (ver
4.3.). Estas invenciones son las que corresponderían a las etapas
«5» y «6» de nuestro diagrama y que, por un proceso de retroali-
mentación (<< 8»). pasarían a formar parte de la información dispo-
nible para el organismo y. eventualmente, a ser incorporadas en él.
La invención de categorías pasa a ser. en este momento. parte de
las capacidades generales del organismo para procesar este tipo de
información. semioti7¿da en la producción (emisión) e inventada en
la recepción. De las observaciones anteriores se deriva, entonces.
que un «lector» puede procesar la información de un texto (o de un
discurso) sin tener necesariamente en cuenta una clasificación espe-
cífica de éste (i.e.• literario): puede así leer un relato por su interés
«humano». Llegar a tomarlo en su calidad de literario implica que
el organismo receptor ha incorporado ciertas reglas de lectura
(para lo cual se requiere el entrenamiento), y un orden de valores
que le permiten proyectar. en un cúmulo de información verbal, un
orden jerárquico que distingue y distribuye la información verbal
en clases de discursos.
4.3.6. Plan, imagen, emisión
Abandonemos. por un instante, la estructura y conducta de
OR y pasemos a üE. Para considerar una organización posible
de OE podemos partir de tres hechos. El primero es que todo or-
ganismo. para actuar. requiere un plan. El segundo es que la pro-
ducción verbal está marcada por un orden creciente (orden en el
aprendizaje) que va de la estructura simple de la frase a estructuras
complejas de subordinación y de imbricación (E. Lenneberg. 1967.
p. 285). En el proceso de serniotización de la conducta verbal,
esta capacidad puede desarrollar estructuras imbricadas y subor-
dinadas de un alto grado de complejidad (W. Mignolo, 1976b y
1976c). En tercer lugar. debemos considerar el hecho de que. en la
producción del texto literario, el emisor es «consciente» de las
294 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
normas y de las expectativas de sus interlocutores. Estos hechos
marcan grados diferentes en cuanto a la ejecución de conductas
verbales. En un diálogo cotidiano, por ejemplo, el plan de (do que
vamos a decir» se produce de manera casi instantánea con lo que
vamos diciendo. Por el contrario, si se trata de una conferencia,
la confección del plan es previa y más detallada.
Siguiendo con la analogía aceptada en 4.3.4. ((el cerebro es
como una máquina»], podemos suponer que en el desarrollo cul-
turo-social del niño, éste va siendo «programado» para entender y
producir frases en su lengua. A diferencia de la máquina, el cere-
bro tiene la capacidad de ir más allá de las instrucciones del pro-
grama y puede intentar la ejecución de nuevas acciones. La inten-
ción va ligada a un plan: si intento ir a Nueva York, debo realizar
una serie de actos que deben, obligatoriamente, estar en cierto or-
den (debo tener el billete antes de tomar el avión). Esta serie de ac-
tos se organizan en el plan, el cual en algunos casos puede ser confec-
cionado con papel y lápiz; en otros, sólo se «bosqueja mentalmen-
te». Escribir (producir) un texto tiene. en cuanto al trabajo con la
lengua. un grado mayor de complicación que el intento de tener
una conversación con un amigo después del trabajo, o de tomar el
avión para Nueva York. No obstante, podemos pensar que la ne-
cesidad del plan subsiste. En la literatura oral, aparentemente, la
confección del plan es cuasi simultánea con su ejecución y, en este
caso, la memoria (presumiblemente) tiene una importancia funda-
mental. Albert B. Lord (1964, p. 31) observa que hay una creen-
cia establecida de que los hombres de edad son mejores «cantores»
que los jóvenes. j Un joven puede destacarse por su voz o por su
manera de cantar. pero ello no borra la creencia de que un hombre
de edad ha tenido mástiempo para memorriar un canto que un hom-
bre joven. La memoria y el plan tendrían. en la literatura oral, su
punto de encuentro en la fórmula (((a group of words which is
regularly employed under the sarne metrical conditions», M. Par-
ry. citado por Lord, 1964. p. 30). Lord agrega, siguiendo a
5. Algunas extensiones y discusiones recientes de estos aspectos. en B. A. Stolz
y R. S. Shannon, ed, (1976).
CONHGURACION DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 295
Parry, que la fórmula no sólo sería importante para la audiencia,
sino más, y fundamentalmente, para el cantor en «la rápida com-
posición del cuento" (1964, p. 30): en la literatura oral se debe
recurrir a la fórmula para ejecutar el plan. En la literatura escrita,
el caso es opuesto. El escritor puede disponer de años para eje-
cutarlo. Éste, a su vez, puede ir modificándose a medida que se
cumplen las primeras etapas, y también porque, en el largo tiempo
de la ejecución, el escritor puede ir incorporando informaciones
que lo conducen a modificar el plan original. Un caso extremo se-
ría, al menos conscientemente declarado, cierto tipo de literatura
moderna que negaría esta confección previa del Flan, para afirmar
que éste se va constituyendo con el acto mismo de la escritura.
Sería una manera específica de ejecución, cercana quizás a la de
la literatura oral que, sin embargo, no invalida la necesidad del
plan. De todas maneras, cualquiera sea la vía seguida para su con-
fección, es evidente que si, en la recepción, es posible comprender
una narración o un poema es porque se proyecta sobre ellos una
estructura global. Si esto ocurre, es porque el discurso suministra
las informaciones necesarias para que OR «reconozca», en ellas,
las huellas del plan de ejecución. De otra manera, el discurso sería
relegado al orden de lo ininteligible.
Lo que he intentado sugerir, en estas observaciones generales,
es que el proceso de emisión puede ser considerado como la eje-
cución de una serie de etapas que, partiendo de un discurso de re-
ferencia, tienen un sentido «inverso» al de las etapas de la recep-
ción. Mientras el proceso de recepción comienza, por así decir,
con el contacto entre O R Ylos estímulos verbales, el de emisión
debe ser considerado en los pasos previos cuyo resultado es la ca-
dena discursiva. Uspenski y otros (1973, p. 16), al plantearse el
problema de la recodificación filológica de antiguos textos eslavos,
han considerado la necesidad de la formulación de una teoría gene-
ral de la reconstrucción (recodificación) que se base en un sistema
común de postulados y de procedimientos formales. Para avanzar
en tal reconstrucción han imaginado que la representación de las
etapas de producción de un texto puede postularse en forma aná-
loga al trabajo de llna máquina automática que desarrollaría el tex-
296 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
to desde la «intención general» hasta los niveles inferiores (fone-
máticos y grafemáticos). El esquema general es:
DIAGRAMA 5
Intención general del texto
!
Plano de los bloques semánticos mayores
¡
Estructuras sintáctico-semánticas de las frases
¡
Plano de las palabras
¡
Nivel de grupos fónicos (sílabas)
!
Nivel de los fonemas (o grafemas)
No vaya proseguir aquí las consecuencias que tal formulación
puede tener para los estudios filológicos. Me interesa más bien
aprovechar este diagrama para desarrollar las posibilidades de
análisis de üE. En este punto, el diagrama podría ser empleado
para dos objetivos distintos. Por un lado podríamos tomarlo como
«esquema» teórico para la generación (abstracta) de textos. En este
sentido nos acercaríamos a los objetivos de la «gramática tex-
tual» (J. Perófi, 1972, pp. 56-99). Por otro lado, y es la vía que
seguiremos en las páginas siguientes, tal diagrama (y su desarrollo)
representaría los códigos y las estructuras inferidas, para dar cuen-
ta de (describir) la conducta del emisor (ver esquema 3, en
4.3.4.2).
Para avanzar hacia un modelo conceptual de la conducta de
üE debemos suponer, en éste, el sistema trazado para üR; dado
que, como ya dijimos, previo a la ejecución se constituye el aparato
de recepción. De modo que üE está dotado de un «programa))
CONFIGURACiÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 297
que, en el desarrollo socio-cultural, le ha facultado -primero-
para ejecutar y comprender conductas verbales y -segundo-
para otorgar un valor (semiotización); el dispositivo evaluativo
del programa le permite distribuir las estructuras verbales en tipos
de textos e intentar inscribirlas en la producción en determinadas
expectativas culturales. De modo que, si üE se «propone» (in-
tenta) producir un texto literario (dejo de lado el caso en que un
texto sería producido sin esta intención, y la calidad de talle fuera
otorgada, con posterioridad, y en otro marco de referencia), el
programa sería el estado inicial, y en él se constituirían las posi-
bilidades de trazar el plan. Para ello no es suficiente contar con
el organismo y el programa, sino también con el contexto (prag-
mático) en el cual el plan puede trazarse y ejecutarse. De esta
manera podríamos desarrollar el diagrama 5 en el 6.
DIAGRAMA 6
1) a) Conocimiento de una lengua y de un conjunto de códigos
textuales literarios (semióticos).
b) Condiciones socio-culturales en las cuales se encuentra OE.
1
1
2)
3)
4)
Plan general: deseo (bajo las condiciones 1) de comunicar (pro-
ducir un discurso).
Elección de una forma de discurso de acuerdo a las posibilidades
en juego: e.g.. aceptación de formas existentes o producción de
formas emergentes (im'tlltio). Esta etapa involucra una evaluación
de la situación de comunicación qUl' condicionan las modalidades
del querer y del desear.
Plan panicular:
ti) Estructuras de base (conceptual) del discurso.
b) Proposiciones (enunciados. párrafos) que verbalizan la estruc-
tura conceptual de base. acciones. agentes. descripciones. etc.
e) Inserción léxica y manifestación micro-estructura] (conexión
entre enunciados j.
d) Manifestación concreta de signos: «obra literaria u.
298 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
La etapa 2) correspondería a un proceso general de decisiones con
respecto a la posibilidad de producir un tipo de discurso (e.g., lite-
rario) en el marco general de tipos de textos y de normas dispo-
nibles en el contexto cultural. Esta primera decisión se restringiría
en la etapa 3), en la medida en que en el interior de la clase de
textos literarios, hay varias opciones posibles (<<géneros»); ade-
más, habría que contar la opción entre el deseo de mantener ciertos
códigos aceptados en su cultura o de innovarlos. En 4), el «plan
particular» marcaría el comienzo del discurso específico a produ-
cir cuya decisión ha tenido lugar en 2) y 3). El plan, en ambos
casos, opera como una jerarquía de instrucciones (G. Miller, E.
Galanter y K. Pribrarn, 1960) y representa la manera en que OE
controla, jerárquicamente, el orden de las operaciones. Ejemplifi-
quemos esta suposición en los pasos de la etapa 4), que es la que
se corresponde más de cerca con el esquema propuesto por B.
Uspenski y otros (1973). Miller, Galanter y Pribram conciben la
conducta que organiza el plan en dos tipos de unidades: molares
y moleculares. En nuestro caso podrían cambiarse estas denomina-
ciones por las utilizadas en el campo de los estudios literarios y
hablar de macroestructuras y de microestructuras. De esta manera,
podríamos interpretar 4.a) como la organización (o planificación)
de las unidades macroestructurales (e.g., el tema de un poema o las
situaciones de una novela). Esta etapa, situada en relación al pro-
ceso de recepción, sería el resultado final de la lectura en la cual
OR llega a «reconstruir» su plan; sea éste coincidente o no con la
intención de OE (ver 4.3.2.). Volviendo a las etapas de produc-
ción, podemos ver que estas unidades macroestructurales se pre-
sentan como el «esqueleto» del plan, y que ellas necesitan -para
su concreción- de la realización de secuencias microestructurales
localizadas en 4.b) y 4.c). Indicando con mayúsculas las primeras
y con minúsculas las segundas, podemos representarnos este proce-
so en el diagrama 7:
CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 299
DIAGRAMA 7
r d ' C = ' f ~
A B C
La,b,c--1
El esquema (A, B, C) guía el plan en tanto que las etapas micro-
estructurales (a, b, e; d, e, f) lo ejecutan. Refiriendo de nuevo este
esquema a la recepción, comprobamos nuevamente el proceso in-
verso, en la medida en que el receptor debe pasar, primero, por
las unidades microestructurales para reconstruir, luego, el esque-
leto del plan. La restricción aquí sería que, en la recepción, es
necesario pasar primero por la linealidad del discurso para llegar
a la categorización y a la conceptualización. En el proceso de pro-
ducción, por el contrario, si bien se cuenta con el plan global, su
ejecución requiere proceder paso a paso, completando sus partes
y desplazándolo hacia la concreción de las otras. Sabemos, por
experiencia y / o por intuición, que la producción de un discurso
debe proceder mediante la construcción de enunciados; y para ellos
es necesaria la selección léxica, la combinación de componentes
macro y microcstructurales, la introducción de figuras, etc. Y sa-
bemos también que la elección de los componentes verbales que
se insertarán en el discurso dependerán «de la idea que tenemos
de lo que queremos hacer» (4.a).
Lo dicho hasta el momento es sólo parte del proceso general.
Para dar una idea más completa de la estructuración y ejecución
del plan es necesario tener en cuenta la imagen. Miller, Galanter
y Pribram (1960) caracterizan la imagen como la totalidad del
saber acumulado por el organismo. Esta definición incluye no
sólo los datos memorizados, sino también los «códigos» de catego-
rización, clasificación y evaluación. Aceptando esta definición
de la imagen, podemos ver, al mismo tiempo, que el plan forma
parte de la imagen, dado que su construcción y ejecución forma
parte de lo que el organismo ha aprendido y almacenado. A su vez,
la imagen es fundamental para la ejecución del plan, puesto que
300 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
las etapas de la construcción de éste y su desarrollo depende de
aquélla. Además, el plan (como proceso jerárquico de control del
orden en el que las secuencias de operaciones deben ser ejecutadas)
puede «controlar» a la imagen. Pero también la imagen puede
«irrumpir» en el plan. En ambos casos, el plan está fuertemente
sujeto a la imagen. En el caso de la «irrupción» de la imagen en
el plan, podemos localizar muchos de los fenómenos a los cuales
estamos acostumbrados en la literatura moderna. Una declaración
como la de Robert Brown (en la cual afirmaba que en el momento
de escribir el poema sólo Dios y él sabían su sentido) indica que,
si bien la construcción de un poema está guiada por la estructura-
ción de un plan, es en la microestructura donde la imagen ejercería
su función de opacidad, interfiriendo en la transparencia del
sentido. Por otra parte, podemos buscar ejemplos donde el plan
controle a la imagen. Éstos pueden encontrarse en las épocas en
las cuales las «normas» dominantes tienden hacia la función refe-
rencial del discurso. Estamos acostumbrados, por los estudios filo-
lógicos, a ver cómo un autor -en el lapso de algunos años- corri-
ge sus escritos. En estos casos podemos decir que ha ocurrido un
cambio en la imagen (acumulación de nuevos conocimientos) que
ha producido un cambio en el plan, pero que -a la vez-, en la
corrección del manuscrito, ha controlado a la imagen. Así, los
cambios producidos en el estilo de Antonio de Guevara entre la
edición de Marco Aurelio (Sevilla, 1528) Y Relox de Príncipes
(Valladolid, 1529) nos darían un ejemplo en el que la imagen
modifica al plan, pero éste se ejecuta con un control total de la
imagen: (((...) la elocutio se convierte en fin último de todo y se-
cundariamente se advierten modificaciones en las estructuras de la
composición» (L. López Grigera, 1975): las modificaciones no
alteran la base del plan, que reside, precisamente, en la compo-
sición.
Las nociones de plan y de imagen no son útiles, quizás, para
realizar un análisis individual, para «interpretar» por qué deter-
minado autor X introduce la frase tal, el vocablo talo el personaje
tal. La utilidad que esos conceptos pueden prestarnos es la de
poder describir y explicar aspectos más generales de la producción
CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 301
de textos literarios. ¿De qué manera, no obstante. podemos ser
más concretos sobre la relación entre la imagen y el plan? Dijimos
que la comprensión de un discurso como estructurado y conectado
presupone no sólo el conocimiento de reglas lingüísticas sino tam-
bién un conocimiento del mundo. Esta premisa no es sólo asumida
por los lingüistas (1. Bellert, 1970) sino también por los estu-
diosos de los procesos cognitivos (J. D. Bransford y N. S.
MacCarrell, 1974. p. 208). Puesto en otros términos. la compren-
sión de la conducta verbal presupondría un doble código (A. Pai-
vio. 1971, pp. 20-25): en el discurso ni las frases ni las palabras
son almacenadas en la memoria sólo por su información lingüística.
sino también por la información de la «imaginería no-verbal».
Esto hace que una frase como «El muchacho resbaló en la nieve»
sea comprendida. por un lado. en su estructura lingüística; pero.
por otro, también por las posibles «imágenes» que asociamos a
tal acontecimiento. cualesquiera sean las diferencias individuales
entre individuos que viven en un lugar de nieves permanentes o de
individuos que viven en un ambiente tropical. Por otra parte, una
frase como «El cuadrado de ocho es sesenta y cuatro» suprime
(o restringe) la imaginería y debe ser descodificado únicamente en
su aspecto verbal o conceptual. La imagen. podemos suponer. está
compuesta por el almacenamiento de las «huellas» de experien-
cias previas (U. Neisser, 1967. pp. 286 ss.). Ahora bien. estas
huellas no sólo se activan para comprender, sino también para
producir: una vez que he comprendido y almacenado una frase
como «El muchacho resbaló en la nieve». no sólo puedo utilizar-
la para repetirla frente a un hecho semejante. sino que puedo
emplearla del mismo modo en un caso tal que ce Tuvo una caída
espectacular como alguien que resbala en la nieve». aun cuando
tal caída pueda haberse producido en pleno verano. No importa
cuáles sean los atributos que selecciono del «hecho actual» para
relacionarlo con el hecho «memorizado». Lo importante es que.
en el plan de lo que quiero decir, la imagen viene en mi ayuda.
Busquemos un ejemplo más complejo. A. Alonso, en el cotejo del
manuscrito y de la edición definitiva del Fausto de Estanislao del
Campo. anota las siguientes variantes (A. Alonso, 1943b, p. 25):
302 PARA UNA TEORfA DEL TEXTO LITERARIO
Manuscrito
caiba
traiba
crei
creta
Edición difinitilla
cáia
tráia
créi
créia
La «intención» de las variantes es clara: hacer que las expresio-
nes lingüísticas provoquen una mayor sensación de «lengua gau-
cha». En los términos que hemos expuesto, podemos decir que las
variantes se corresponden con diversas etapas de la concreción
del plan, cuya intención está guiada por la «reproducción» de la
«lengua gaucha». Esta decisión está sostenida por la imagen: de
qué manera los sonidos han sido almacenados y de qué manera
se puede conseguir una grafía que dé lugar a una «imaginería»
semejante a la que el emisor posee. Esa imagen se concreta en una
regla del plan: acentuar la primera vocal y suprimir la consonante
final.
4.4. NIVELES DEL PROCESAMIENTO DE LA INFORMACIÓN
4.4.1. Insistamo . sobre la validez y/o alcance del modelo
comunicacionai que estarnos proponiendo. Su alcance no puede ser,
por el momento, más que conceptual. Ello no disminuye, sin em-
bargo, su valor heurístico, sobre todo cuando pensamos que en los
estudios literarios, cuando se hacen referencias al «lector» o al
«autor», se hacen, en la mayoría de los casos, de manera muy poco
sistemática. A veces, esta situación debe ser cuidadosamente ana-
lizada, puesto que la categoría «lector», por ejemplo, se emplea
como una categoría explicativa y no meramente como «una ma-
nera de hablar». Así es interesante observar que F. Stanzel (1955,
pp. 28-29) basa su teoría de las formas narrativas, tomando como
categoría descriptiva y explicativa lo que él imagina puede pensar
el lector. En ningún momento, y a pesar de la importancia que
adquiere el concepto, se hace referencia alguna a su alcance y va-
lidez. Creo, por estas y otras razones semejantes, que si, por un
CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 303
lado, el sistema comunicacional es un componente del objeto de
la teoría del texto literario, por otro, tal elaboración podría tam-
bién extenderse al análisis de los sentidos que -en el campo lite-
rario y fuera de la teoría- adquieren los conceptos de «lector»
y de «autor».
El carácter abstracto de un modelo conceptual de los niveles
del procesamiento de la información verbal exige, desde el co-
mienzo, hacer ciertas distinciones. En primer lugar, hay que tener
en cuenta que los modos de lectura (procesar información de un
texto) son infinitos y que, si se los considera individualmente, no
son sistematizables. Si, por el contrario, pasamos del individuo al
grupo, nos encontramos en un grado de mayor generalidad, en el
que las formas de procesar información deberán relacionarse con
el «status» social, el acceso económico a la «cultura» y, funda-
mentalmente, el grado de educación del grupo. Además de estas
dos categorías de lectores, podríamos considerar aquellos para los
cuales la lectura es su propio trabajo. También aquí podríamos dis-
tinguir planos, puesto que, por un lado, estaría el tipo de receptor
cuya lectura se manifiesta en la crítica de difusión, y, por otro, el
«investigador» cuya preocupación es el refinamiento de los instru-
mentos para procesar información; finalmente, los «autores» cuya
particularidad de lectura está también ligada a su propio trabajo.
La simple mención de algunos aspectos culturales que condicionan
las formas de recepción, nos indica la necesidad de investigaciones
empíricas para hablar con cierta propiedad sobre el problema.
Pero, al mismo tiempo, nos muestra que necesitamos también mo-
delos conceptuales del procesamiento de la información para que
las investigaciones empíricas no se conviertan en clasificación de
datos, de relativa importancia para la teoría. La importancia de
las distinciones de los niveles socio-culturales en el proceso de
recepción no debe, tampoco, invalidar el alcance del modelo con-
ceptual: es sensato pensar que -además de estas diferencias- tene-
mos, en cuanto seres humanos, ciertas pautas comunes que apli-
camos en el procesamiento de la información. Esta afirmación
no intenta ocultar la desigualdad social bajo conceptos cognitivos;
sólo pretende deslindar niveles de análisis.
304 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
Podríamos comenzar considerando dos estados en el proceso
receptivo: un estado I, en el cual consideraríamos las formas más
«simples» mediante las cuales la información se organiza. Este
estado correspondería, según dijimos antes, a lo que, en psico-
logía cognitiva, se denomina percepción primaria y percepción
secundaria. La primera es la que comienza en la superficie de los
órganos sensoriales, donde la energía física se transforma en activi-
dad nerviosa. La percepción secundaria es la que (Cagrega» de-
talles a los objetos «bosquejados» por la percepción primaria. En
la percepción primaria se realizan dos operaciones básicas: una
es la de seleccionar los rasgos pertinentes de la información reci-
bida, y luego combinarlos entre ellos; la otra sería la de relacionar
los rasgos seleccionados y combinados con la información alma-
cenada en la memoria. Habría que distinguir aquí entre el modo
de seleccionar, combinar y relacionar, como un proceso que depen-
de del aprendizaje y la existencia misma de tal capacidad, que se
relaciona con la constitución biológica del hombre y del animal
(Barry Anderson, 1975, pp. 25-108; E. Lenneberg, 1967, pp.
227-303).
El estado II se diferenciaría del anterior en las diferentes ma-
neras de organizar y relacionar la información seleccionada y com-
binada, por una capacidad ejercitada (entrenada) para ir más allá
de la información recibida. De esta manera, el estado l se caracte-
rizaría en la ejecución «natural» de las capacidades receptivas; en
tanto que el estado II se caracterizaría por la ejecución de una capa-
cidad entrenada para procesar tal o cual tipo de información: la
«lectura» de un parque botánico o de una ciudad no tendrá el mis-
mo resultado en mi representación «ingenua» que en la de un arqui-
tecto o la de un botánico, quienes han sido entrenados para leer
tales signos. Su lectura se corresponde, en este caso, con el esta-
do 11; la mía con el estado 1. Un lector «ingenuo» de una novela
tomaría, presumiblemente, los personajes, y las «reglas de combina-
ción» serían aplicadas para reunir, en torno a ellos, las propieda-
des de su ser como personajes. En la medida en que este lector no
tiene «entrenamiento. literario, las informaciones serían reunidas
en torno al personaje y relacionadas con las actitudes de personas
CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 305
que tal lector reconoce en la vida diaria. Por el contrario, un lector
«avisado» aplicaría las reglas de combinación para relacionar de
otra manera la materia. Así, por ejemplo, prestaría atención a las
diferencias en la descripción de los personajes. a la adjetivación, a
las secuencias narrativas, etc. Podríamos así seguir los pasos de
una extrema sofistificación en la cual, y con plena conciencia de las
reglas del juego, el lector «avisado» organizaría sérnicarnente la
descripción del personaje. Dicho brevemente, cuanto mayor es la
conciencia «literaria» (procesos de serniotización), mayor es la com-
plejidad de las unidades identificables y de las formas de agrupa-
miento.
Estas observaciones presuponen que todo fenómeno de recep-
ción de la información discursiva verbal no se realiza mediante la
acumulación caótica de información, sino que, en él. se identifican
unidades que luego se agrupan mediante la aplicación de reglas de
combinación. Además, el tipo de unidades identificables y la ma-
nera de organizarlas dependen del estado del sistema OR: del de-
sarrollo de su sistema perceptivo y de su sistema ejecutor. Ahora
bien, cualquiera sea el estado del sistema. podemos asumir que la
diferencia entre el estado 1 y el estado II es de grado y no de natu-
raleza. La representación se resume en el diagrama 10:
306 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
DIAGRAMA 10
hgura J
hgura 2
Estado [
Estado l l
La figura I correspondería a bajos niveles de identificación y a for-
mas pobres de agrupamiento. En este caso. toda la información se
agrupa bajo un mismo principio (regla); e.g.. todos los personajes
de una novela son identificados en relación a la experiencia de la
vida diaria. Por esta razón. el lector tendría dificultades en leer un
texto del siglo Xi l , precisamente porque carecería de esa informa-
ción. La figura 2 correspondería a las formas de procesamiento
de la información de un lector más entrenado. en el cual son mayo-
res las identificaciones y mucho más complejas las formas de agru-
pamiento. En ninguno de ambos casos se trataría de la interpreta-
ción «total» de la información de un texto (puesto que. a medida
que el sistema se enriquece. mayores son. las identificaciones y las
combinaciones). sino de agrupaciones «parciales» de la información
de un texto. Los niveles de procesamiento tendrían. como resul-
tado. la organización de la información en "textos parciales».
CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 307
4.4.2. Con la introducción de la noción de «texto parcial»
podemos volver sobre algunas de las observaciones realizadas. De
lo dicho hasta aquí se desprende que la «obra literaria» es un cú-
mulo de información (gráfica o fónica) enmarcada. El proceso de
recepción tiene los límites del enmarque como restricción. Las se-
ñales enmarcadas son la actuali7¿ción de un plan, en el proceso de
producción (Plan.], y el origen de la reconstrucción de un plan en el
proceso de recepción (Plan.). La relación Planl-Planz puede ser
igualo desigual: OE produce un conjunto de estímulos (aplicando
reglas discursivas y su conocimiento del mundo) e intenta proyec-
tar estos estímulos sobre un conjunto de valores (textuales y lite-
rarios); üR recibe estos estímulos (direccionalidad de izquierda a
derecha), los proyecta sobre su conocimiento de las reglas discur-
sivas y sobre su conocimiento del mundo y también sobre el con-
junto de valores textual-literarios. La direccionalidad en ambos
casos opera como un lugar de encuentro en los códigos presupues-
tos de üE y de ORo En el proceso de recepción no se ((agota» la
información generada por los estímulos, sino que se «parcializa» y
se acumula. Ello nos autoriza a «romper)) el concepto de «totalidad
de la obra» y proponer la representación del proceso de recepción
como la organización de textos parciales.
Volviendo al diagrama 10, la «obra» es un espacio incierto,
en el proceso de recepción, entre el discurso como una posibilidad
y los textos parciales como actualización: el discurso no se agota
en una interpretación y en cada interpretación organizamos dis-
tintos niveles parciales. En cada una de esas interpretaciones, un
subcoujunto de señales concretas (estímulos) se organi\!J en discurso y
se proyecta sobre las posibilidades (valores) del texto y de lo literario.
El texto y lo literario no son un sistema (equivalente a la langue),
sino el resultado de una capacidad «generativa» que permite apli-
car reglas de semiotización sobre el conjunto de estímulos verbales:
corrigiendo nuestra afirmación anterior podemos agregar que si la
«obra literaria» es un lugar incierto es porque el concepto de obra resu-
me, en otro marco epistemológico, el proceso de recepción que acabamos
de descomponer. El texto parcial es un concepto postulado en corres-
308 PARA UNA TEORIA OEL TEXTO LITERARIO
pondencia con la actividad del proceso de recepción. Explicitar
la noción de texto parcial, describir su funcionamiento, es. al mis-
mo tiempo. avanzar en la descripción de los procesos receptivos.
Por lo tanto. su inserción permite comenzar «una nueva etapa» y
pasar de las estructuras verbales y los procesos particulares de se-
miotización (metáfora, descripción, narración, ete.) al análisis de
niveles en el procesamiento de la informaciér : el texto parcial es
una unidad teórica resultante de la posibilidad de actualización de
las formas básicas de procesamiento de la información (estado 1).
Tales niveles pueden describirse como «formas de agrupamiento»:
a) Clases. Cuando comenzamos a leer un texto (supongamos una
narración novelesca). recibimos informaciones de orden con-
ceptual que necesitamos agrupar para avanzar en la lectura.
Una forma primaria de esta organización es la de coleccionar
informaciones y organizarlas en clases. Podemos así clasificar
los agentes por el sexo o por la edad. El discurso puede sumi-
nistrarnos otras informaciones que clasificamos en el orden
de la familia, de la clase social, etc., y así sucesivamente, a me-
dida que encontramos distintos y nuevos agentes en el relato.
A cada caso, lo que hacemos es seleccionar determinados ras-
gos de un agente. y reunirlos y/o separarlos de los rasgos de
otros agentes. Cuando dos cosas se reúnen en la misma clase
es porque las diferencias entre ellas no son tenidas en cuenta.
En suma, conectar estructuras conceptuales globales implica,
como primera operación, la clasificación. el ordenamiento de
los rasgos semejantes (de un agente. de los atributos. de una
acción, de objetos, etc.). Esta estrategia de agrupamiento es
un ejercicio cuyo hábito adquirimos desde la infancia y que se
manifiesta en los chistes del tipo: ¿En qué se parecen x e J?
o ¿En qué se diferencian x eJ? Es posible, así, poner en una
misma clase un diario. una pintura y un libro, porque todos
ellos «cuentan historias»; una campana, un tocadiscos y un
teléfono, porque todos «hacen ruido»; o clasificar juntos la
radio y el teléfono, porque «se oyen»; el diario y el libro. por-
que «se leen», etc. (J. Bruner y R. Olver, 1965).
CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 309
b) Dicotomías. La tendencia a pensar en forma dicotómica es
importante en la organización de las actitudes, si aceptamos
que la actitud está formada por una memoria y un compo-
nente evaluativo (B. Anderson, 1975, p. 234). Las actitudes
involucran «sentimientos», y los sentimientos se organizan en
torno a lo positivo y a lo negativo. En este sentido, la dico-
tomía es una operación sobre las clases y consiste en tomar
dos clases y agregar a ellas valores opuestos. Cierto tipo de
comunicación de masas hace hincapié en este nivel recep-
tivo, marcando, por ejemplo, «el héroe bueno y blanco» en
oposición al «héroe malo y no blanco» (U. Eco, 1966, p. 91).
Tipo de organización que se encuentra también marcada en la
«buena literatura». En fin, la organi7,!Zción dicotómica consiste
en agregar a las clases un valor que las opone en cuanto clases.
c) Jerarquías. Una de las estructuras fundamentales del orde-
namiento es la de dependencia (o de dominación semántica de
un término sobre otro). En un plano elemental (perceptivo),
actualizamos las ordenaciones de dependencia en los roles,
cuando relacionamos a éstos por el «más» o el «menos». Así,
por ejemplo, si retomamos la relación entre Amalia y Agus-
tina, Agustina es primero presentada como una mujer bella.
La entrada de Amalia nos obliga a establecer una relación con
Agustina de la cual inferimos que «Amalia es más bella
que Agustina». Si la dicotomía organiza clases y elementos de
las clases entre sí, otorgándoles un valor, las jerarquías orga-
nizan los elementos de una clase en órdenes de mayor y me-
nor: los elementos que en la recepción agrupamos en una mis-
ma clase, no los consideramos a todos en el mismo plano, sino
que les otorgamos distintos órdenes jerárquicos. En términos
lingüísticos, las categorías de las que disponemos para organi-
zar las jerarquías (<<más que», «igual», «menos que»], son in-
feribles de marcadores léxicos (H. Clark, 1969, 1972).
ti) Imbricación. La imbricación es una operación paralela a la
jerarquización. En una misma clase, los elementos no se orde-
nan por dependencias jerárquicas sino por inclusión: los pája-
ros blancos es un conjunto incluido en el conjunto de los pá-
310 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
jaros; talo cual agente está incluido entre los héroes buenos o
malos; las marcas silábicas o acentuales están incluidas en el
metro, etc. El ejemplo más claro de este proceso es, de nuevo,
la organización narrativa global en la cual podemos distinguir
entre la «línea principal de la acción» y acciones subordinadas
o imbricadas en ella.
Este modelo conceptual para describir los niveles del procesa-
miento de la información podría resumirse sobre la base del mode-
lo propuesto por R. Atkinson y R. Shiffrin (1968):
salida
/
entrada -...
Registros
sensorios
Estado ..--
-----+ procesal
l •
\
Estado
procesal
11
pérdida l pérdida 2
En primer lugar, la información de un texto no se percibe, dijimos,
en su totalidad; la entrada a través de la vista o el oído tiene una
primera pérdida en el nivel de los órganos sensorios. Esto nos ocu-
rre a menudo cuando, creyendo que hemos leído bien un texto,
alguien nos señala un aspecto que habíamos dejado de lado o que
incluso no recordamos. Los niveles del procesamiento de informa-
ción que acabamos de describir (clases, dicotomías, jerarquías, im-
bricaciones) son pertinentes para el estado I. Habría aquí un se-
gundo momento de pérdida, porque no todo lo que retenemos en
la lectura lo empleamos en su totalidad cuando ordenamos la infor-
mación en clases o en jerarquías. A su vez, el estado 11 que impli-
caria. por un lado, la memoria de largo alcance proyectada sobre
toda nueva información receptada (input), representaría, por
otro, el desarrollo de las capacidades perceptivas del estado I. Vale
decir que, en el estado 1, tendríamos las formas pobres de agrupa-
CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA COMUNICACIONAL 311
miento; en tanto que en el estado 11 tendríamos la elaboración
consciente y el «refinamiento» de las categorías perceptivas básicas
del estado 1: el modelo semántico de A. J. Greimas (1966), por
ejemplo, podría verse, en nuestro modelo perceptivo, como el «re-
finamiento» de la capacidad, en la percepción secundaria, para
organizar los elementos de una clase en relaciones de oposición;
en tanto que las equivalencias elaboradas por R. Jakobson (1960)
serían el refinamiento de nuestra capacidad para organizar la infor-
mación en clases e, incluso, para otorgarle formas lógicas de un
alto grado de complejidad (W. Fischer, 1973). En la elaboración
perceptiva del estado 11, procederíamos «generando posibles orga-
nizaciones» y «eliminando» aquellas que no se corresponden con las
premisas y los axiomas que sostienen nuestra construcción (B. An-
derson, 1971, pp. 5-24). Un modelo perceptivo de este orden
no nos conduce a hablar de un (elector ideal» o de un (elector corn-
petente)) (S. Fish, 1970) -el cual no sería quizás más que proyec-
ción de lo «competente)) que es el analista-; sino más bien a la
construcción abstracta de un (elector posible», como organismo
receptor, elaborado sobre la base de nuestro conocimiento de la
actividad cognoscitiva. Ello nos permite intentar cierta sistema-
tización de los procesos receptivos que reemplaza en las especu-
laciones no explícitas, ya mencionadas, del tipo «ante tal pasaje
el lector piensa que.,.)), «tal descripción hace que el lector sienta
que... ». En su reemplazo, la construcción abstracta de un (elector
posible» -como modelo de análisis- implica la elaboración de
modelos que especifiquen nuestra capacidad para conceptualizar,
nuestra capacidad para organizar los conceptos en clases, en dico-
tomías, en jerarquías; y que especifiquen también las característi-
cas de estas operaciones en el procesamiento de la información
verbal y no-verbal. Si esta elaboración es posible, habremos dado
un gran paso en la comprensión de los procesos de información
verbal más complejos (textos literarios), los cuales no pueden sepa-
rarse de los mecanismos mediante los cuales procesamos la infor-
mación verbal en el no-texto.
Capítulo 5
CONCLUSIONES:
LA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
COMO PROGRAMA DE INVESTIGACiÓN
5. l. En el capítulo 1 bosquejamos someramente la «historia
de la teoría literaria» en la presente centuria. Dijimos que una de
las debilidades de estas tentativas es la de usar el término teoría
(Wellek y Warren, 1956, pp. 38-45; P. Stevick, 1967) o ciencia
(L. Spirzer, 1960; D. Alonso, 1950, pp. 395 -416) por su supues-
ta connotación de rigor, sin cuestionar, paradójicamente, el campo
de la investigación literaria. La noción de teoría/ciencia es me-
ramente impuesta sobre un campo de problemas, en lugar de ser
el punto donde se articula una «nueva distribución del saber».
Dámaso Alonso, por ejemplo, reconoce que la ciencia de la lite-
ratura debe buscar lo general, pero esta generalidad la traza sobre
«las obras literarias». El intento más riguroso para fundar los estu-
dios literarios de una manera sistemática es sin duda el de Roman
Ingarden (1937 Y 1931 ). No obstante, su ontologización de la
estructura de la obra literaria mantiene, por un lado, el presu-
puesto «obra» y, por otro, cona el camino a todo posible «progra-
ma de investigación», dado que su esfuerzo cierra el círculo de
planteas en un «sistema» cuya única posibilidad quedaría en una
decisión sobre su verdad o su falsedad (o por su reemplazo). El
«momento estructuralista» marca el primer momento de un cam-
bio de dirección, que se había anunciado ya en el formalismo ruso,
en el cual la noción de sistema reemplaza a la de obra. La gra-
314 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
manca transformacional, que da lugar a las formulaciones de la
poética generativa, da también lugar a un segundo desplazamien-
to. Subrayando los «errores» previos, dedica un gran esfuerzo
para aclarar las perspectivas metodológicas y poner a la teoría lite-
raria en conexión con los problemas de la filosofía de la ciencia.
El objeto de la teoría se postula entonces como una construcción que
consiste en seleccionar y explicar las propiedades relevantes de
todo texto y de los textos literarios en particular (T. van Dijk,
1972). En segundo lugar, se postula la necesidad de decisiones
sobre criterios metodológicos, los cuales son básicos para la des-
cripción adecuada del objeto conceptual. El énfasis de esta ten-
dencia puesto en la resolución de los problemas metodológicos
dejó, sin embargo, los aspectos sustantivos en un segundo orden.
La diferencia básica entre una gramática textual y una gramática
literaria no tuvo en cuenta la función cultural de la noción de texto
y el proceso de semiotización que requiere la existencia de éste en
la estructura socio-cultural. Son los trabajos de la semiótica sovié-
tica (J. Lotman, 1970; B. Uspenski y otros, 197 3) los que intro-
ducen esta nueva exigencia en la construcción del objeto de la
teoría literaria. Finalmente, los trabajos provenientes del campo
de la antropología y de la psicología cognitiva ponen de relieve,
basados en el modelo cibernético, la importancia de los modos de
procesar la información. Estos estudios repercuten en la teoría del
texto literario en la medida en que permiten revisar la hipótesis
según la cual la poeticidad residiría en el acto de comunicación
que subraya el mensaje mismo. El cambio fundamental reside en
el desplazamiento de las «estructuras» hacia la construcción teó-
rica o hacia la proyección que la teoría puede realizar para dar
cuenta de los procesos de emisión y de recepción. Mi intención ha
sido la de bosquejar, sobre la base de este contexto, el ámbito ope-
rativo de las preguntas (problemas) teóricas. Al hacerlo, mis
propuestas bordearon la línea entre dos planos: uno, el de las cues-
tiones metateóricas ; otro, el de la propuesta de un modelo-objeto
definido por el proceso de semiotización y por la configuración
del sistema comunicacional.
CONCLUSIONES 315
5.2. La tendencia hacia la fundamentación de la teoría del
texto literario puede considerarse como parte de un movimiento
general de «formalización de las ciencias humanas» (G. Gaston
Granger, 1960). la cual incorpora. en los estudios literarios. una
orientación teórica que se produce en los años que siguen a la se-
gunda guerra mundial. M. Bunge (197 2a) señala. al respecto. que
este cambio surge cuando la tendencia a clasificar y a especular se
reemplaza por la construcción de sistemas hipotético-deductivos.
y por el uso de la noción de modelo. A partir de entonces se con-
cibe la construcción de una teoría en términos de la delimitación
de un modelo objeto (modelo conceptual) y de la inserción de éste
en un modelo teórico (ver 1.4.b). La introducción de la noción de
modelo y de modelo analógico (para la teoría) nos permitió situar
la introducción de la noción de sistema. en la teoría del texto lite-
rario. como la irrupción de un nuevo «paradigma».
f.2.1. El modelo comunicacional que funda en gran parte
las formulaciones teóricas de la lingüística se transpuso a la poé-
tica (R. jakobson, 1960). El énfasis en la estructura del mensaje
hizo olvidar. quizás. que en el sistema de comunicación cuenta.
también. la conducta de OE y ORo Para incorporar este aspecto
se consideró la noción de «competencia». en la lingüística gene-
rativo-transforrnacional, en términos de los modelos de la «caja
negra» (Ju. Apresian, 1973. p. 91). La «caja negra») es una trans-
lación metafórica de una noción cibernética definida en el ámbito
de la ingeniería eléctrica. Ésta consiste en una «caja cerrada» con
terminales de entrada (input) en las que puede aplicarse cualquier
tipo de perturbación. La caja está provista. además. de terminales
de salida (output) de las que debe deducirse lo que ha ocurrido en
la «caja». al ser transformada la información de entrada en salida
(W. Ross Ashby. 1960. pp. 122-164). Puesto en términos que
permitan una mayor generalización teórica. la relación podría ex-
presarse como: .
316 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
O=MI
donde 1 refiere al estado inicial del sistema o al conjunto de estímu-
los (input); O representa el estado final o output; y M un operador
que vincula 1 con O (M. Bunge, 1972a. p. 62). Mario Bunge
agrega una variante del «cajanegrisrno» y observa que este modelo
puede dar lugar a dos posibilidades: a) si el análisis se realiza sobre
1 u O. y M queda sin especificar. podemos hablar propiamente
de «caja negra». pero si b) se intentan dar explicaciones del me-
canismo M. entonces se trata de modelos de la «caja traslúcida».
Más específicamente: «Esta interpretación comporta la hipoteti-
zación de las entidades que componen M y la asignación de sig-
nificado específico (físico. biológico. etc.) a todos los parámetros.
de lo contrario no-interpretados. que usualmente infestan las teo-
rías fenomenológicas» (1972a. p. 63).
f.2.2. Dejando de lado la tentación de extender la última
observación de M. Bunge a casos específicos de los estudios lite-
rarios. a los cuales podría ser fácilmente «aplicada», tomaré la dis-
tinción entre «caja negra» y «caja traslúcida» como marco de refe-
rencia para situar los Modelos sistémicos y textémicos en relación
a los modelos del sistema comunicacional. En el primer caso, la
tarea de la teoría del texto literario tendría como objeto la cons-
trucción de modelos sistémicos y texrérnicos, dejando sin especi-
ficar los sistemas OE y ORo Esta tarea presupone la descripción
del proceso de serniotización, ignorando lo que ocurre en la caja
negra. Por el contrario. la incorporación de modelos que repre-
senten la conducta de üE y de OR nos sitúa en el nivel de la caja
traslúcida:
CONCLUSIONES 317
Teoría del texto
literario
modelos de la
caja negra
modelos de la
caja traslúcida
{
{
sistémicos
textémicos
conducta de OE
conducta de O R
En el modelo de la caja traslúcida, la tarea consistiría en la descrip-
ción de M que, hasta ahora, designamos por O E Y por OR. En
este punto, es preciso recordar que ni el sistema de producción es es-
pecífico de O E, ni el de recepción de O R: ambos sistemas están
presupuestos en el organismo emisor y en el organismo receptor
(todo individuo dispone de ambos sistemas). Si designamos por SI
al primero y por S2 al segundo, podemos resumir los aspectos
generales de la relación O E-OR en los puntos siguientes:
1) SI Y S2 son sistemas construidos para dar cuenta de la con-
ducta de OE;
2) S1 Y S2 son sistemas construidos para dar cuenta de la con-
ducta de OR;
3) S1 se construye para dar cuenta de cierta conducta de OE y
S2 para dar cuenta de cierta conducta de O R.
Ahora bien, si queremos otorgar una dimensión empírica a los sis-
temas abstractos S1 Y S2 Y así relacionarlos con los procesos de
semiorización, podemos introducir algunas variables que deben ser
consideradas parte de la «actividad" que pueden desarrollar SI y
S2; «actividad» que se constituye como el objeto que deben descri-
bir los modelos de la caja traslúcida.
4) En primer lugar tendríamos los problemas de la herencia: ¿En
qué momento, en la construcción de SI YS2, podemos trazar
318 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
la diferencia entre lo que es heredado de lo que es semiotrtado?
De manera más directa: ¿En qué momento de la socializa-
ción, el niño o el adolescente adquieren la conciencia «litera-
ria»? ¿Cuáles son las pautas adquiridas, hasta ese momento,
que condicionan la incorporación de un módulo que la cultura
le impone? Dijimos que el ritmo puede considerarse como un
elemento heredado o biológicamente fundado; pero también
dijimos que el proceso que hace del ritmo un componente del
poema y que basa en él las medidas de versificación es un pro-
ceso tardío de semiotización: por lo tanto, ¿de qué manera y
hasta qué punto la «herencia» condiciona los procesos de se-
miotización?
5) El punto 4) toca también los problemas de la adaptación cul-
tural. Desde este punto de vista, el proceso de semiotización
puede considerarse como parte del proceso de «exploración
del ambiente» y del descubrimiento (intuitivo) de diversos ni-
veles de la conducta verbal: los poemas que todos escribimos
en nuestra adolescencia ilustran este punto desde la perspec-
tiva de la emisión; el descubrimiento que, en la misma época,
hacemos de «autores famosos» o de «libros importantes» ilus-
tra el de la recepción. Este aspecto de la «estrategia de explo-
ración» marcaría el momento en el que una decisión es posi-
ble, y en el que tal decisión pasa de la «estrategia de explora-
ción» a la «estrategia de entrenamiento»: aprendizaje (como
entrenamiento) de mecanismos de emisión (escritura) o de
mecanismos de recepción (lectura, adquisición de conocimien-
tos, refinamientos de las interpretaciones, etc.},
6) Finalmente, deberíamos considerar la etapa en la cual, üE y
OR, habiendo pasado por los niveles 4) y 5), llegan al mo-
mento de producción y de transformación: la adaptación al am-
biente ha sido desplazada por el momento de la ejecución.
Dentro de las alternativas que le ofrece el medio ambiente, la
ejecución (de emisión o de recepción) se ve constantemente
presionada por, en términos extremos, dos probabilidades:
emitir o receptar (interpretar) de acuerdo a los códigos adqui-
ridos en el momento de la adaptación cultural; o transformar
CONCLUSIONES 319
esos códigos para que ellos, a su vez, sean los que modifiquen
la adaptación cultural de las generaciones futuras. Como
ejemplo de esta etapa podemos mencionar el de los cambios
literarios. Cuando se producen cambios literarios, ellos impli-
can una transformación de las condiciones de adaptación cul-
tural. Al mismo tiempo. este proceso de transformación dis-
tribuye un lluevo orden de relaciones entre O E Y O R:
6a) OE está en condiciones de producir estructuras ver-
bales que OR todavía no ha incorporado y, por lo tan-
to. no está en condiciones de receptar (e.g.• movimien-
tos de vanguardias);
6b) OR tiene, como parámetros, un contexto y un tiempo
posterior al acto de emisión de OE y, por lo tanto. OR
«sabe más» que OE y «Íee» en el mensaje de OE infor-
maciones que éste no «intentó»;
6c) OE YOR se sitúan en el mismo proceso de adaptación
cultural y las pautas de recepción se «asemejan» a las
pautas de producción.
Los modelos de la «caja traslúcida» tendrían como objetivo la
descripción de la configuración del sistema comunicacional en tér-
minos de la estructura de S, y 52 Yde los procesos mediante los
cuales éstos actúan en el entorno (herencia, adaptación, transfor-
mación).
5.3. Cuando nos enfrentamos con la experiencia de las cien-
cias formales y las ciencias empíricas formalizadas, nos encontra-
mos con dos posibilidades: la primera es la de partir de modelos
formales y darles una «interpretación»; la segunda es la de formu-
lar una «teoría intuitiva» acerca de ciertos hechos antes de discutir
las posibilidades de formalización. La expresión «intuitiva» no debe
entenderse como obra del azar sino de las condiciones históricas
(la historia de una disciplina particular, estado del conocimiento en
distintas disciplinas) en un momento dado. Sería una decisión du-
dosa la de buscar modelos para el modelo objeto de la teoría lite-
320 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
raria en las ciencias formales, sin antes haber decidido (de acuer-
do con la materia empírica que se quiere explicar y con la tradición
y elementos disponibles a partir de otras disciplinas) qué es lo que
se quiere explicar. Sin pretender una toma de posición empirista se-
gún la cual una teoría debe surgir de la acumulación de datos, ni
negar que la teoría debe ser formulada deductivamente, tampoco
podemos olvidar los datos que queremos describir en nombre de
fórmulas que queremos «aplicar». Este es sin duda un espinoso
problema cuyas discusiones comienzan (S. Schmidt, 1976; J. Ihwe,
1976) y que no nos detendrá en este momento. Lo que nos inte-
resa es situar, con respecto a estas últimas reflexiones sobre la
construcción de la teoría literaria, el terreno que hemos explorado:
1) El modelo objeto o modelo conceptual está constituido por
la entidad texto literario en el proceso de comunicación entre
OE y OR. El texto literario implica la comunicación y la
conservación (en una cultura) mediante un proceso de semio-
tización de la conducta verbal. En consecuencia, la teoría del
texto literario es un aspecto particular de la teoría general del
texto en la cual la gramática textual (GT) es también parte de
ella. La importancia de GT reside en la elaboración detallada
de modelos descriptivos de estructuras no textuales en el sis-
tema primario (no-semiotizadas).
2) En la descripción del proceso de comunicación no se actualiza
la totalidad del texto, el cual es un conjunto abierto represen-
tado por los modelos sistémicos y textémicos, sino un con-
junto de enunciados enmarcados en el discurso, a los cuales
OE y OR otorgan el valor de texto.
3) El discurso, a su vez, puede considerarse como una estructura
heterogénea compuesta por sub-estructuras particulares que
llamamos textos parciales (unidades semiotizadas). Esta formu-
lación tiene, por un lado, la ventaja de escapar a la noción de
«obra» y reemplazarla por las nociones de discurso y de texto
parcial como construcciones teóricas (ni resumibles, ni iden-
tificables con unidades como la obra, el poema o el libro) del
modelo objeto: en el sistema comunicacionaL la teoría no se
CONCLUSIONES 321
interesa tanto en describir «cómo se produce y recepta un li-
bro». que describir como se producen y receptan estructuras
verbales semiotizadas.
4) Para describir y esplicar el funcionamiento de la configuración
textual (texto y textos parciales) en el sistema de comunica-
ción literario es necesario elaborar la forma abstracta de OE
Y OR. de las circunstancias socio-lingüística-culturales que
condicionan este proceso. y de su adaptación al ambiente.
Para esquematizar el ámbito operativo de estos problemas.
podemos distinguir tres áreas de trabajo que indican la orientación
de las investigaciones de los últimos años. a la va. que proponen
un campo de problemas a resolver y de formulaciones a especificar:
A) La teoría del texto literario puede ser elaborada sobre la
base de la actividad que caracteriza la estrategia científica (ver
l. 5.2.2.). Esta estrategia no constituye una receta sino una «matriz
disciplinaria) (T. Kuhn. 1974. p. 463) que define un tipo de acti-
vidad y reúne a quienes la practican. De la misma manera. quizás.
que la metalengua es una «matriz disciplinaria) que reúne a los
practicantes de la literatura (escritores). La estrategia científica
general debe elaborarse en tácticas particulares que constituyen las
diferentes disciplinas cuyos objetivos delimitan campos específicos
de investigación. S. Schmidt (l973b). siguiendo a 1. Lakatos, ha
sugerido concebir la teoría del texto literario como un programa de
investigaciones, como una táctica integrada a la estrategia cientí-
fica. Al concebir la teoría del texto literario como un programa
(particular) de investigación. es necesario poner de relieve dos
aspectos involucrados en éste:
1) El programa de investigación. en la concepción de 1. La-
katos (1969). es cercano a una de las acepciones del paradigma de
Kuhn: el paradigma definido como «matriz disciplinaria». La
«matriz disciplinaria» es, para Kuhn (1974), uno de los aspectos
que da cohesión a la comunidad científica y cuyos elementos fun-
damentales lo constituyen la generalización simbólica (<<lenguaje»
particularizado construido en las disciplinas formales). los mode-
21- MIGNOLO
322 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
los (modelos conceptuales que proveen analogías interpretativas) y
los «ejemplos» (soluciones de problemas tomados como «ejemplos
paradigmáticos»]. Si a estos elementos de la «matriz disciplinaria»
agregamos el ciclo normativizado de la estrategia. obtenemos una.
representación bastante adecuada de los postulados básicos de la
actividad científica como «programa de investigación». Éste. po-
demos decir. genera modelos parciales como reproducciones con-
ceptuales de estructuras factuales: «La ciencia. en cambio, no con-
sigue más que reconstrucciones de la realidad que son problemáti-
cas y no demostrables. En realidad, y por eso mismo. no suminis-
tra nunca un modelo único de la realidad en cuanto todo, sino un
conjunto de modelos parciales, tantos cuantas teorías tratan con dife-
rentes aspectos de la realidad (...) El resultado de la investigación
es un conjunto de enunciados (fórmulas) más o menos verdaderos
y parcialmente interconectados. que se refieren a diferentes aspec-
tos de la realidad» (M. Bunge, 1972b. p. 47).
2) La noción de paradigma tiene un contenido psicosocioló-
gico que. a mi entender. no puede desligarse del primero (ver, sin
embargo, Lakatos, 1969. pp. 149-151. 181-184). En este sen-
tido, el paradigma designa la comunidad científica. compuesta por
los practicantes de una especialidad cuya cohesión está asegurada
por la educación (la cual transmite un «objetivo cornpartido») y
por el poder que ésta ejerce a través de los juicios en materia profe-
sional. En la comunidad constituida por los investigadores de la
literatura. el surgimiento de la teoría del texto literario crea ciertas
polarizaciones debido a la existencia de «programas de investiga-
ción en conflicto». Los estudios literarios están «dominados», en
gran medida. por una comunidad que ejerce el poder y cuyos valo-
res se orientan hacia la «cantidad de conocimientos adquiridos»,
más que hacia la elaboración de programas de investigación; y
también. como se suele decir hoy. por quienes se orientan hacia
el «crecimiento del curriculurn» (traducible en retribuciones eco-
nómicas), más que hacia «el crecimiento del saber». En este sen-
tido, la tarea «técnica» de la construcción de la teoría del texto lite-
rario va acompañada de una tarea político-institucional.
CONCLUSIONES 323
B) Un segundo aspecto es el que concierne a la discusión de
modelos para la teoría. Al hablar de modelos. en las páginas pre-
cedentes. hablamos fundamentalmente de modelos de una teoría.
En este caso (modelos para). los problemas a resolver, dentro de
un programa de investigaciones. son de dos órdenes:
1) Uno corresponde a la discusión de los modelos analógicos
sustantivos para la teoría del texto literario. Por ejemplo, la
asunción de que la literatura constituye un sistema como obje-
to de la teoría (R. Jakobson y J. Tvnjanov, 1928; T. Todo-
rov, 1973); la asunción de que la literatura puede concebirse
como una capacidad (competencia comunicativo-literaria)
para producir y comprender determinado tipo de textos
(T. van Dijk, 1971; M. Bierwisch, 1970); o que el sistema
literario de comunicación debe concebirse como un tipo par-
ticular de comunicación dentro del proceso de comunicación
social (S. Schrnidt, 1976; G. Wienold, 1971). constituyen
modelos analógicos sustantivos para la teoría del texto literario.
2) Por otro lado, es necesario discutir la adecuación de los mo-
delos analógicos metodológicos. De esta manera, las decisio-
nes conciernen al tipo de metalenguaje a emplear para la des-
cripción de los componentes del modelo objeto. Éste puede
provenir de la lógica, la lingüística o, en el caso de los com-
ponentes OE y OR, de la teoría de sistemas o de la psicología
cognitiva. En cada caso, la discusión sobre la adecuación de
tales modelos (sustantivos y metodológicos) corresponde a
decisiones a tomar dentro del programa de investigación
como estrategia particular.
C) Finalmente. y con respecto a los modelos teóricos de la
teoría, es necesario modificar la noción de modelo teórico pro-
puesta en el punto 5.3. Lo que propusimos, siguiendo a Bunge,
como modelo teórico, tiene, para este autor, una referencia formal
(lógico-matemático). En la teoría del texto literario esta puede ser
una dimensión del modelo teórico. En consecuencia. debemos sub-
rayar, para el modelo teórico. aquella dimensión que lo liga a la
324 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
función de la metáfora. Esta noción. introducida por Max Black
(1966). sostiene que los modelos teóricos pueden analizarse como
ficciones heurísticas o como verdades existenciales. Lo que tienen en
común ambos tipos de modelos es la fusión conceptual. Lo que los
diferencia es la forma del símil, en los primeros, y la forma de la
metáfora, en los segundos. Black elabora la diferencia con un ejem-
plo extraído de Maxwell, para los primeros. y de Lord Kelvin, para
los segundos. Rápidamente dicho, el primero correspondería a la
forma «El éter es como una materia real entre nosotros y las estre-
Has» ((colección de propiedades imaginarias» de Maxwell); y el
segundo correspondería a la forma ee El éter es una materia real
entre nosotros y las estrellas». La propiedad del modelo teórico
consiste en «introducir un nuevo lenguaje o dialecto, sugerido por
una teoría conocida, pero ampliado a un nuevo dominio de apli-
cación» (p. 225). La ventaja de esta operación surge cuando
Black lo compara con la metáfora:
El empleo de modelos teóricos se asemeja al uso de metáforas por reque-
rir la transferencia analógica de un vocabulario: la metáfora y la cons-
trucción de modelos revelan relaciones nuevas (p. 234).
Una metáfora memorable tiene fuerza para poner en relación cognosciti-
va y emotiva dos dominios separados. al emplear un lenguaje directa-
mente apropiado a uno como lente para contemplar el otro: las impli-
caciones, sugerencias y valores sustentantes entrelazados con el uso lite-
ral de la expresión metafórica nos permiten ver un nuevo tema de una for-
ma nueva; (...) Cosas muy parecidas pueden decirse sobre el papel de los
modelos en la investigación científica. (...) los modelos memorables de la
ciencia son "instrumentos especulativos», (...) ellos también dan lugar a
un maridaje de cuestiones dispares. en virtud de una peculiar operación
de transferencia de las implicaciones de unos campos cognoscitivos rela-
tivamente bien organizados (... ) (p. 232).
El uso de un modelo determinado puede no consistir en otra cosa que
en una descripción forzada y artificial de un dominio suficientemente
conocido ya de otra forma; pero puede ayudarnos también a advertir co-
sas que de otro modo pasaríamos por alto. y a desplazar la importancia
relativa concedida a los detalles: brevemente, a ter nuevas vinculaciones
(pp. 232-233).
CONCLUSIONES 325
En suma. el maridaje terminológico que se entreteje en las ela-
boraciones de la teoría del texto literario es una operación. en mu-
chos casos inconsciente. del empleo de modelos teóricos. Ahora
bien. si el valor heurístico de estos modelos no deja lugar a dudas.
el empleo adecuado de ellos constituye una tarea fundamental de la
teoría como programa de investigación. La construcción del mo-
delo objeto (texto literario) mediante el uso de modelos teóricos. es
~ n a forma de trabajo que no implica la reificación del modelo.
Este. en un programa de investigación. es un conjunto de condicio-
nes iniciales que no se propone como definitivo. sino, por el con-
trario. que está destinado -como los mitos en la concepción de
Lévi-Strauss- a ser pulverizado para que nuevos modelos surjan
de sus restos. El empleo de modelos teóricos nos permite subrayar
el aspecto heurístico de la teoría del texto literario como programa
de investigación. Sin negar la importancia que pueda tener la for-
malización. podemos concluir parafraseando a M. Black, y decir
que si hemos destacado tanto la importancia de los modelos y de
las referencias a la construcción de teorías. ello se debió a la con-
vicción de que la ciencia, como las humanidades o la «literatura»,
es un asunto de imaginación.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Las referencias bibliográficas que se detallan, remiten a las referencias teóri-
cas y a la bibliografía relacionada con los ejemplos tratados (obras. períodos lite-
rarios, etc.], Los ejemplos extraídos de las obras literarias. as! como las mencio-
nes de tratados de retórica o de poética (anteriores al siglo XVIII). tienen sus re-
ferencias junto a la cita. Para su ubicación el lector se remitirá al índice de nom-
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íNDICE DE NOMBRES
Aaron, R., 22, 327
Abrams, M. H., 40 n., 327
Achinsrein, P., 69 n., 75 n.,
79 n., 327
Agustín, San, 243
Albarracín Sarmiento, C; 231 n.,
328
Alderete, B. J. de, 32
Alemán, M., 244
Alonso, A., 9, 23, 98. 264,
265, 301, 328
Alonso. D., 9, 20, 22, 23, 26. 27,
78 Yn., 194.273,274,313.
328
Andcrson, B. F., 277 n.. 281.
304, 309, 311, 328
Anderson, R., 333
Andreu, J. 18
Antoine, G., 97, 329
Apollinaire, G., 39-40
Aposrel, L., 75 n., 261 n., 262.
329
Apresian, Ju. D., 315. 329
Aristóteles. 30, 31, 196, 206
Arrnstrong, D. M., 253 n., 329
Aron, Th., 110 n., 329
Ascasubi, H., 66, 67,81-82.240
Atkins, J.. 285, 364
Atkinson, R., 253 n., 310, 329
Aura Bocaz, S., 231 n., 329
Austen, j., 187, 188. 189
Austin. A. G. A.. 30, 333
Ausrin, l- L., 137 n., 146, 231 n.•
235, 330
Ausubel, D.. 333
d'Avalle, A. S.. 110 n.. 230
Baktin, M.. 11
Bally. Ch., 23
Bar-Hillel, Y.. 329, 344
Barker, S. F., 69 n., 327
Barrenechea, A. M., 18
Barrhes, R., 18, 26. 27. 131.
215, 221, 231. 330
Bartlerr, F. c.. 277 n., 330
Basilius, H.. 176 n., 330
Baraillon. M., 244. 330
Baudot, G., 18
Baumrin, B.. 333
Beardsley, M.. 28 n., 331
Beaver, J. C, 170 n.. 331
Beck, M.. 354
Békésy, G. v., 331
Bellert, 1.. 94 n.. 268, 269, 276,
301. 331
368 PARA UNA TEORIA J)EL TEXTO LITERARIO
Benjarnin, A. c. 27. 33 I
Benveniste, É.. 121. 137 Y n.•
145.150.151. 152. 154.
331
Bernstein, B.• 120. 331
Bickerton. D.• 195 n.• 331
Bierwisch, M.. 25. 163. 164.
165. 166. 169. 323. 331.
343. 35i)
Binnick. R.. 357
Biov Casares. A.. 93
B l a ~ k . M.. 195 n.• 196. 324.
325. 332
Blair. H.. 208. 214
Bloomfield, L.. I 76
Blurner. H .• 254 n.• 332
Bogdan, R.. 339
Bolinger, D.. 198. 332
Bonati, F. Martínez, 9. 18. 37.
38. 149. 229 n., 332
Boorh, W. c.. 118. 332
Borges, l L.. 94, 21 7. 218 Yn.,
219. 222, 22 3 Y n., 225
Borha, R. P.• 73 n.• 332
Bouazis, e, 330
Bousoño, C, 9, 23. 78 n.• 328
Bowles, E., 348
Bradbury. R., 57 n.
Brad!ey. F. H.. 269. 332
Brady, 331
Braithwaite, R. B., 75 n., 333
Bransford. lO.. 301, 333
Bremond, e, 119. 123. 129 n.,
333
Bromberger, S., 68 n., 333
Brown, R., 264. 300
Brugman, K.. 105
Bruner, j, 30. 308, 333
Bühler, K., 104. 105, 333
Bunge, M., 70, 73 Yn., 75,315,
316. 322, 323. 334
Burling. R., 285, 334
Cambaceres, E., 209. 210. 21 l.
215
Campbell, R., 160 n.. 334
Campo. E. del. 301
Careo N. S., 119 n., 334
Carilla. E.. 244. 334
Carnap. R.• 46. 334
Caws, P., 75 n.. 334
Cervantes, 15,32 n., 44.57 n.,
101. 219. 246
Chabrol, c., 360
Cherry, c.. 253 n.. 334, 352
Chomsky, N., 25. 72. 73 n., 335
Cicourel, A., 120. 335
Clark, H., 309, 335
Cohen, l, 97, 195 n.• 33 5
Cohen, L. J., 137 n.. 335
Cohen, T., 137 n., 336
Cohn, D., 238 n., 336
Concolorcorvo, 241, 244
Cortázar, J. 109, 225
Coseriu, E., 176 n., J90,191. 336
Crece, B.. 22. 34. 35. 48, 336
Crowell, Th. H., 94 n., 97. 336
Crystal. D., 336
Culler, J., 163 n., 289. 337
Curtius, E. R., 22. 30. 182,337
Dante. 182, 267
Darío, R., 182
Dary, D.. 336 .
Davidson, D.. 126, 337
Davis, L.. 354
ÍNDICE DE NOMBRES 369
De Ioe. D.. 86
DeLisle. G. L.• 104. 109. 337
Der Eng, l van. 363
Derrida. J.• 89. 33 7
Destun de: Tracy. 140
Deutsch, K. W .• 75 n.• 337
Dijk. '1'. A. van. 25. 72. 90 n.•
92.119 n.• 159. 177.261 n.•
314.323. 337
Dik. S.• 98. 100. 338
Donohue, J.. 84. 338
Dubois, l. 234. 338
Ducrot, O.. 137 n.• 254. 338.
362
Dupréel, E.. 28 n.. 338
Eco. U.• 190 n.• 203. 279. 283.
309. 338
Eikhenbaum, B.. 23. 24 n.. 39.
339
Elizondo, S.. 22 5
Ellis. J. M.. 28 n.• 339
Ercilla, A. de. 69 n.• 220 n.• 231
Y n.• 232. 233. 234. 236.
237. 238. 240, 241
Ewing. A. c.. 26<), 33<)
Faral, E.. ~ 2. 206. B<)
hig!. H.. 33<)
Feycrabend, P. K.. 68 n.. 6<) n..
70 n.• 339
Fischer, W L.. 3I l. 33<)
Fish, S.. 3J 1. 340
Flasche. H.. 34<)
Fodor, J. A.. 100. 177. 335.
347
Forster, E. M.. 118. 340
Fowler, R.• 163 n.• 337. 340
Francastel, P.• 138. 247. 248.
340
Freernan, D. e, 332. 347
Freud, S., 111
Prey, G., 75 n., 340
Friedman, N., 137. 138. 143,
340
Fuentes. c. 154. 155. 156
Galanrer, E., 277 n., 298. 299.
354
García, E. C; 104 n.• 340
Garcia, R.• 138. 139
García Márquez, G.• 125
Garcilaso de la Vega (Inca). 102.
103. 237. 241
Garvin, P.• 277 n.. 340
Gcckeler, H.. 176 n.• 341
Genene, G.. 18. 93. 138. 147.
148. 206. 208. 224. 341
Geoghegan, W. H.. 254 n.. 341
Gleason, H.. 176. 341
Goodnow, J. J.. 30. 333
Goié. c. 18.224.341
Goldrnan, S.• 253 n.. 254. 341
Góngora, L. de. 191. 192. 27 3
Gottner. H.. 73 n.. 79 n.• 341
Granger, G. G.. 27.315.342
Greimas, A. J.. 177. 311. 342.
358
Grice. H. P.. 261 n.• 342
Grinder, J.. 103. 342
Grygar. M.. 363
Guenthner, F.• 195 n.. 342
Guevaru, A. de. 57 n.. 300
Guillén, c.. 84. 244. 342
GÜiraldes. R.. 199. 201
370 PARA UNA TEORiA DEL TEXTO LITERARIO
Gumperz, J. J.. 34 5. 360
Haas, W .. 253 n.• 342
Haber. R. N.. 253 n.. 342
Halle. M.. 170 n.• 171.343
Halliday. M. A. K.. 94 n.. 97.
343
Hamburger, K.• 150 n.. 229 n.•
231. 343
Hamon, Ph.. 213. 343
Hanneborg, K.. 25. 34 3
Hare, R. M .. 137 n.• 343
Hegel. G. W. F.. 35
Heidolph, K.. 343. 356
Heinrich Lieb. H.. 261 n.. 344
Hempel, C. G.. 41. 344
Hendricks, W. O.. 129 n.. 130.
344
Hernández, J.. 239
Hesse, M. B.. 75 n.. 195 n..
196. 344
Hintika, J.. 22 3 n.. 344
Hirsch. E. D.. 51. 344
Híz. H.. 94 n.. 105. 344
Hollands, N. N.. 51. 34 5
Holmes, J.. 345
Hopkins, J. M.• 39. 40. 44
Houseldor, 341
Hrushovski. B.. 73 n.. 34 5
Humphrev, R.. 138. 238 n.. 345
Hutten, E. H.. 75 n.. 345
Hyrnes, D. H.. 160 n.. 345. 360
Ihwe, J.. 73 n.• 90 n.• 129 n..
170 n.. 320. 345
Ingarden, R.• 23. 36. 37. 38.94.
95.253 n.. 276. 313. 346
ltkonen, E.. 71 n.• 346
Jakobson. R.• 11. 23. 39. 40 n.•
62.85. 137 Yn.• 144. 149.
162. 163. 164. 165.240 n.•
292. 311. 3I 5. 323. 346
James. H .• 238
[aúregui, J. de. 192
[ohnson, A. L.. 110 n.• 347
Karnenszain, T.. 18
Kant. I.. 24. 222
Katz, J. J.. 87. 100. 177. 198.
335. 347
Kayser, W.. 149. 229 n.. 347
Kelvin, W. Th.. 324
Kepler, 196
Kermode, F.. 247 n.. 347
Keyser, S. J.. 170 n.. 171. 343
Kiparsky. P.. 170 n.. 347
Klein, W.. 171. 172. 347
Klibansky. R.. 354
Kóck, W. K.. 145. 348
Krarner. F.. 62. 348
Kristcva. J.. 56 n.. 93. 99. 106.
111. 266. 348
Kroeber, K.. 187. 348
Kuhn. Th. S.. 21 n.. 69 n.. 321.-
348
Lacan, J.. 56 n.. 111. 348
Lakatos, I.. 79. 321. 322. 348.
349. 353
Landesrnan. Ch.. 119 n.. 334
Lane, M.. BO
Lausberg, H . 117. 137. 349
ÍNDICE DE NOMBRES 371
Lázaro Carreter, F., 39 n., 241,
244, 349
Lecallior, J. 229 n., 349
Lecointre, S., 229 n.• 349
Leech, G., 179. 190 n., 349
Lefevere, A., 73 n., 350
Lenneberg, E. H., 54 n., 172,
173,202,283,293.304.
350
Leonard, I. A., 57 n., 35O
Levene, R., 362
Lévi-Strauss, e, 27, 164, 165.
325, 346
Lewontin, R. c., 195 n., 350
Lezarna Lima, j., 44, 199, 201
Libertella, H., 18
Linsky, L.. 344
Lipski, l. 94 n., 350
Lonzi, L.. 105 n., 350
Lope de Vega. 246
López Estrada. F., 192, 350
López Grigera, L., 18. 300, 350
López-Morillo, l, 182, 351
López Pinciano. véase Pincia-
no (El)
Lord, A. B., 294. 351
Lotman, J., 11,48, 54 n., 56 n.,
82 n.. 170 n., 240 n.. 247 n.,
278.314,351
Lorz, j., 170, 351
Lubbock, P., 118. 352
Lugones, L., 152. 153. 154. 156
Lund, H., 335. 358
Luzán, I. de, 118
331, 334.
Lyorard, J. r., 99, 352
MacCarreIL N. S.. 301, 333
Machado. A., 96
Mack, D., 195 n., 202,352
MacKay, D., 253 n., 255, 352
Magnuson, K.. 170 n., 352
Mallarmé, S., 39
Malinowski, B., 49. 352
Mármol. J., 129, 131, 209, 210,
212.213,215.224
Maron, M. E., 2D n., 353
Martinet, A.. 151, 353, 357
Martínez Bonari, F.. véase Bonati,
f. Martínez
Masterrnan, M . 21 n., 353
Marejka. L.. 339. 346
Maxwell, J. c.. 324
Maxwell, G.• 339
Mazzara, R. A.. 244. 353
Mclntosh, A., 343
Mena. Juan de. 237
Mendoza, Hurtado de. 32 n.
Menéndez Pida!' R., 9
Meo Zilio. G.. 182. 353
Mexia, P.. 194
Meylakh. M.. 82 n., 353
Mignolo, W., 87 n.. 110. 293.
353
Milie, 1.. T.. 97. 354
MilJer. G. A.. 277 n., 298. 299.
354
Mitre. B., 81
Molho, M.. 195 n., 354
Moliner, M.. 114
Montague, R.• 261 n.• 354
Montaigne, M., 243
Morier, H., 195 n
Morris, Ch., 261 n.. 354
Muir, E.. 118. 355
Murphy. J. J.. 206, 355
Musgrave, A.. 348. 349. 353
372 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
Nagel, 333
Navarro Tomás, T., 170, 172.
174,175,355
Nebrija, A. de, 32 n., 169
Neisser, U., 277 n., 301, 355
Neruda, P., 63, 98, 112, 113,
114, 166, 167, 168, 199.
201, 204. 264. 265
Newton, l., 207, 218
Nida, E. A., 176 n., 178, 179,
185, 191, 355
Nidditch, P., 339
Niiniluoto, i., 339
Nowakowska, M., 119 n., 355
Ohrnan, S.. 176 n., 355
Ohmann, R., 28 n.. 42, 355
Olver, R., 308, 333
Oneni, J. c.. 103
Paduceva. E. V., 107, 356
Paivio, A.. 277 n., 30l, 356
Palek, B., 108, 356
Palermo, D. S., 253 n., 277 n.,
333. 365
Palmer, 331
Parry, M.. 294. 295
Paul, H., 105
Paulkay. E., 341
Pave!. Th., 129 n., 356
Pécheux, M.. 142. 356
Perelman. Ch., 196 n., 356
Petóf], J. S., 39 n.. 90 n.. 296.
345. 348. 356. 357
Pezzoni, E., 18
Piaget, J., 291, 357, 363
Pinciano (El), 31, 205, 214, 267
Pirandello, L., 246
Pjarigorskij, A. M., 56 n., 351
Platón, 30, 31, 69 n., 206
Pomorska, K., 339, 346
Popper, K. R., 69 n., 70 n., 357
Postal, P. M., 103, 105 n., 342,
357
Pribram, K. H., 277 n., 298,
299, 354
Pride, J. B., 345
Priestley, J., 207
Prieto, L., 51, 263, 357
Prince, G., 229 n., 331, 357
Prior, A. N., 218 n., 222, 223
n., 357
Propp, V., 117, 118, 119, 128,
131, 132. 133. 358
Proust, M., 147
Puig, M., 125
Rastier, F., 110 n., 177, 358
Reibel, D. A., 103, 358
Reichenbach. H.. 22 I. 358
Reichling, A .. 100, 358
Rescher, N., 121, 218 n., 219,
222.337.358,365
Reyes. A., 9
Rieser, H., 90n.. 345. 348, 357
Rico. r., 244, 359
Ritfaterre, M., 163 n.. 204.359
Rojas. F. de, 57 n.
Rornberg. B.. 138. 229 n., 359
Ross Ashby. W., 219. 281, 315,
359
Rossum-Guyon. F. van, 137.
359
ÍNDICE DE NOMBRES 373
Rousseau, J. J.. 243
Ruano. B.• 238. 359
Rudner, R. S.. 78. 359
Rulfo, l. 106. 108. 225. 290.
292
Ruwer, N.• 163 n.• 164. 359
Sacks, H.. 120. 360
Salcedo Coronel. García de. 192.
193
Saloni, Z.. 94 n.. 360
Sánchez, F.• 196. 220
Sánchez Ferlosio, R.• 264
Saporta, 341
Sarduy, S.. 109
Saussure, F. de. 21 n.• 22. 23.
29.37.71. 72. 99.110.lll.
176. 177. 360
Sayward. Ch.• 261 n.. 360
Schade, l. 353
Schane, S. A.. 103. 358. 361
Schmidr, S. J.. 73 n.• 289. 320.
321. 323. 360
Schopenhauer, A.. 218
Searle, l. 137 n.• 330. 347
Sebeok, T.. 346. 351
Serres. M.. 73 n.• 112. 116.
360
Shannon, c.. 254. 361
Shannon, R. S.• 294 n.• 361
Shiffrin, R. M.. 253 n.. 310.
329
Sigüenza y Góngora, C. de. 244
Smirh, B. H.. 247 n.. 361
Smith, c.. 103. 361
Spene, J. T.. 329
Spene, K. W.. 329
Spitzer, L.. 190 n.. 313. 361
Stanzel, F.• 69 n.• 138. 149.
229 n.• 302. 361
Srarobinski, l. 110. 361
Srevick, Ph.. 313. 361
Srolz, B. A.. 294 n.. 361
Strevens, P.• 343
Suárez, F.• 33
Suppe, F.• 69 n.. 348. 362
Suppes, P.. 251. 333. 362
Tamir, N.• 229 n.
Tarski, 333
Tasso, T.. 220 n.
Teresa. Santa. 32. 33
Todorov, T.. 24 Yn.. 25 n.• 121.
323. 339. 362
Tomachevski, B. V.. 121. 362
Torre Revello, J.. 244. 362
Traugon, E.. 218 n.• 362
Trier, J.. 177. 178. 194.363
Trybulec, H .. 94 n.• 360
Ts'ui Peno .217. 218. 221
Tynjanov, J.. 23. 323. 346
Uhlenbeck, E. M.. 100. 358
Ullmo, J.. 47. 363
Ureña, P. H.• 363
Urquhart, A.. 218 n.• 219. 222.
358
Uspenski, B.. 11. 56 n.. 57 n..
138. 139. 140. 141. 142.
247 n.. 278. 295. 298
314. 351. 363
Vallejo. c.. 182. 184. 189
Vanee, E.. 243. 363
374 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
Vendóme, M. de, 206, 207
212
Verón, E., 138, 139, 140, 364
Vigotsky, L. S., 291, 364
Vives. L., 57 n.
Vossler, K., 22, 23. 192. 266.
328, 364
Wallace, A., 285, 364
Walles, R., 160 n., 334
Walsh, R., 139
Warren, A., 19 n., 26,313,365
Wathen-Dunn, W., 253 n., 364
Weaver, C. S., 254, 361
Weimer, W. B., 2 ~ 3 n., 277 n.,
333, 365
Wdlek, R., 19 n., 26, 313, 365
Whetley, J., 94 n., 97. 365
White, A. R., 119 n.. 365
Wiener, N., 253 n., 353, 365
Wienold, G., 323, 365
Wilks, Y., 285, 365
Woolf, V., 187, 188, 189
Wright, G. H. von, 122, 365
Wunderli, P., 110 n., 366
Zola, É., 263, 264
Zumthor, P., 243. 245, 366
íNDICE DE CONCEPTOS FUNDAMENTALES
La selección de conceptos no es aquí total. sino que se han contemplado
aquellos que son de mayor peso en la argumentación. En algún sentido este
índice complementa el «sumario» del libro. contribuyendo así a mostrar las rela-
ciones que se establecen entre capítulos.
aprendizaje:
de la lengua. 13
de la literatura. 13. 318- 319
caja negra. 71-72. 315·316
caja traslúcida. 281-282.316-317.319
coherencia (y recepción). 268·277
competencia:
comunicativa. 160
lingüística. 13. 159
literaria. 13. 159
métrica, 17 3-174
rítmica. 173-174
conexidad (definición). 135-136
conocimiento (fundación biológica del). 281·282
descripción. 205 ·215
(historia). 206·208
(estructura). 212-21 5
doble código:
en semiótica. 48- 53
en psicología cognitiva. 301
enunciación:
compensación. 15O, I 57. 2 39
376 PARA UNA TEORíA DEL TEXTO LITERARIO
conrextual, 148-1 50
discursiva. 148-150. 151-157
niveles. 146-148
oral! escrita. 22. I 52
Ypunto de vista. I 38-143
temporalidad. 145-146
J axia/idad, 229-230. 238
estructura de la axialidad, 231-234
Y meralengua, 237
J figuración, 238-245
del canal de transmisión. 240
Y compensación. 239
oral/escrita/ monologada. 238
Y meralengua, 243-245
de la persona. 240- 241
estudios literarios. 26-27
gramática de la frase y del discurso. 90-94. 159
gramática literaria. 93. 110. 159
hispanismo. 10-11
litaaturalpocsía:
concepto de. 28 y n.• 47-48. 59. 90
clasificación. 29-35
definiciones normativas. 44
definiciones operativas. 57-60. 92-93
definiciones reales. 41-44
familia de la palabra literatura. 32-33
familia de la palabra poesía. 33-34
obra de arte literaria. 36-38
y estructura. 249
y texto parcial. 307-308
y unicidad. 79
metalengua literaria:
definición. 44-45
en conjunción con el texto literario. 58-59. 248-249
explícita/implícita. 18-60. 63. 80. 161
Y semiotización de:
anomalías semánticas. 166-169
estructuras métricas. I 74-1 76
estructuras léxicas. 184-185
lNlJlCE DE CONCEPTOS FUNDAMENTALES 377
estructuras léxico-temáticas. 186-189
analógica. 2 0 J - 2 0 ~
relato. 227·228
estructuras temporales, 22 3-22 ~
niveles del relato. 228-229
campos semánticos. 190-194
la axialidad, 238- 241
la figuración. 243-244
la descripción. 205. 214-215
Y emisión/recepción. 257-259. 293
Y formas discursivas. 49
modelo:
analógico (para la teoría). 71-77
cibernético. 71. 279. 314-319
cognitivo. 72. 277-286
comunicativo. 253-259. 315-316
lingüístico. 11. 13. 72
de la teoría. 68-74. 77-80. 92-93. 323-325
objeto (conceptual). 75-77. 315. 319-320
para la teoría. 71-77. 80. 315. 323
tabular. 116-117
teórico. 75-77. 31 5. 32 5
texrémico, 25I
sistémico. 250-251
proceso de semiotización, 11·1 5. 67-68. 80. 89-91. 160-161
definición. 60-67
marcado vs. no-marcado. 63. 93.135.161. 169. 174-176.
205-206
Y metalengua, 166
objeto de la teoría del texto literario. 59-60. 160
pronominal, 108-110
coordinarivo, 97-100
paragrarnático. 111-117
Y equivalencias. 162-166
y anomalías. 166-169
y estructuras métricas. 169-1 76
Y estructuras léxicas. 182. 185-189. 193·19-1
Y estructura léxico-temática. 186-189
Y analogía (símil y metáfora). I 9 5-205
378 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
y relato. 125-133,215-229
Ydescripción, 212-21 5
Y estructuras temporales, 218-22 5
Yfunciones del relato, 228-229
y neologismo. 182-184
y axialidad, 230-238
Yfiguración. 238-245
Y emisión/recepción. 63-67. 259. 293
relato:
mención de acciones, 119-131
representación de acciones, 119-131
modalidades de la acción, 122-127
encadenamiento de acciones. 126-131
encadenamiento de funciones, 132-134
dependencias entre acontecimientos/funciones, 129-134
conceptualización de la acción. 126. 134
descripción (teórica) de la acción, 124
sistema comunicacional:
teoría de la comunicación. 253-255
la comunicación literaria. 17.255-257.259-261
modelos de la comunicación literaria. 259-261
emisor-receptor. 14. 17, 50-51, 261-267,317·319
modelo conceptual de emisión/recepción. 283-286, 303-311
proceso de emisión (producción). 63. 72
estructura de. 296-298
plan, 293-299
imagen. 299-301
proceso de recepción, 63. 72
estructura de. 288-293. 310-311
Ycoherencia. 268-277
y diferenciación, 283. 290-291
e identificación. 283. 290-291
contexto de. 262-267
sistema primario y sistema secundario. 89-91
definición, 54-58
articulación de, 105-1 09
en la pronorninalización, 105-109
en la coordinación. 103-104
en el paragrama, 11 7
INDlCE DE CONCEPTOS 379
en la mención de acciones. 119-134
en el espacio enunciativo. I 36-1 50
composición:
estímulos verbales. 50. 256-259. 262. 307-308
estructuras verbales. 13-14. 57- 59. 89-90. 106-110. 129
estructuras verbo-simbólicas. n -59. 89. 109. I 12. 129
modelos de estructuras verbales y verbo-simbólicas. 91-92
teoría:
naturaleza de. 69 n.• 72
objeto de. 11. 12
forma de. 11. 12
aspectos .sustantivos y metodológicos. 11-14
en sentido amplio. I 5-16
en sentido restringido. 16
general. 16. 86
particular. 12. 87
regional. 72-76
paradigma conceptual. 21 n.
paradigma metafísico. 21 n.
paradigma sociológico. 2I n,
teoría del texto literario. 12. 45-47. 68. 160. 313- 314. 325
definición. 19 n.
historia. 22-26
forma (estructura) de. 12. 59-60.72-77.316.319-320.325
aspectos metodológicos. 11. 17. 20. 60. 68-77. 283-286
aspectos sustantivos. 11. 17. 20. 59. 60-67
niveles de generalización. 77-87
universos literarios. 80-82
conjuntos literarios. 82-84
cambios literarios. 85-86
paradigmas de. 20-21. 39-40
cuerpo central. 79-80. 117
objeto de (definición). 59-67. 283-286
objetivos de. 13. 59-60.71. 78-79.161. 260
Yciencias humanas. 3I 5
como programa de investigación. 21. 32 1-325
texto. 11. 13.48.56 n.. 159-161. 215.320
definición. 58-59. 256-257
Y discurso. 256-259. 270
380 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
no-texto, 11, 13-14, 58·59, 160,215
ami-texto, 54- 55 n.
texto parcial, 307-311, 320
texto literario, 159-161
definición operativa, 56- 59
Y recepción, 291-293
y emisión, 293·302
íNDICE
Prefacio. 9
Capítulo l. - El campo de los estudios literarios. 19
1.1. Introducción . 19
1.2. El concepto de literatura . 28
1.3. Definiciones reales y definiciones operativas. 41
1.4. El proceso de semiotización: una definición operativa del
texto (literario) . 47
1.5. El objeto de la teoría del texto literario . 59
1.5.1. Aspectos sustantivos . 60
1. 5.2. Aspectos metodológicos 68
1.6. Observaciones finales . 77
Capítulo 2. - La config,uración del sistema primario. 89
2.1. Introducción . 89
2.2. Conexiones discursivas . 94
2.2.1. Aspectos generales de la discursividad 94
2.2.2. Coordinación y conexidad . 97
2.2. 3. Pronombre y conexidad I 03
2.2.4. Paragrama y conexidad. 110
2.3. Conexiones globales. 117
2.3.1. Conexidad y narrarividad . 117
2.3.2. Conexidad. mención y representación de ac-
clones. 119
2.3.3. Conexidad conceptual . 131
2.3.4. Conexidad y procesamiento de la inforrnación . 135
2.4. Mecanismos enunciativos . l 36
382 PARA UNA TEORÍA DEL TEXTO LITERARIO
2.4.1. Enunciación y punto de vista. 138
2.4.2. Situación contextua] y situación discursiva de la
enunciación . 148
2.4.3. Compensación y situación discursiva. 150
Capítulo 3. - La configuración del sistema secundario. 159
3.1. Introducción . 159
3.2. Semiotización de estructuras frásticas y suplemento. 162
3.2.1. Introducción. 162
3.2.2. Estructuras no-prosódicas . 164
3.2.3. Estructuras prosódicas . 169
3.3. Semiotización de campos semánticos . 176
3.3. l. Campos semánticos y estructura léxico-conceptual 176
3.3.1.1. Descomposición de lexemas (neolo-
gismos) 182
3. 3.1. 2. Clases semánticas . 18 5
3.3.1. 3. Variación y acumulación de sentidos. 190
3.3.1. 4. La fusión conceptual. 195
3.4. Serniotización de estructuras globales. 205
3.4.1. Introducción. 205
3.4.1.1. Descripción 206
3.4.1.2. Relato y «mundos posibles» 21 5
3.5. Serniorización del espacio enunciativo. 229
3.5.1. Introducción. 229
3.5 1.1. Axialidad . 229
3.5. 1.2. Figuración 238
3.6. Enmarque. 245
3.7. Observaciones finales . 247
3.7.1. Meralengua . 247
3.7.2. Modelos sistémicos. 250
3.7.3. Modelos texrérnicos . 25 1
Capítulo 4. - La configuración del sistema comunicaaonal . 253
4.1. Introducción . 253
4.2. Texto y discurso. 256
4.3. El sistema comunicacional . 2 59
4.3. 1. Direccionalidad . 2 59
4.3.2. OE YOR: perspectiva y pragmática. 261
ÍNDICE 383
4.3.3. Coherencia y proceso de rece:pclOn 268
4.3.4. OE Y OR: aspectos cognitivos. 277
4.3. 5. Recepción: preceptos, categorías. conceptos . 286
4.3.6. Plan. imagen. emisión. 293
4.4. Niveles de procesamiento de la información. 302
Capítulo 5. - Conclusiones¡ La teoría del texto literario como pro-
grama de investigación 313
Referencias bibliográficas 327
lndtce de nombres . 367
India de conceptos fundamentales. 375
FILOLOGtA
Director: Francisco Rico
Títulos publicados:
Marcel Bataillon
ERASMO y EL ERASMISMO
Mauricio Molho
SEMÁNTICA y POtTICA
(GÓNGORA,QUEVEDO)
Walter Mignolo
ELEMENTOS PARA UNA TEORÍA
DEL TEXTO LITERARIO
Carlos Blanco Aguinaga
JUVENTUD DEL 98
Maxime Chevalier
FOLKLORE y LITERATURA:
EL CUENTO ORAL
EN EL SIGLO DE ORO
En preparación:
Rafael Lapesa
LA LENGUA ESPAÑOLA
EN LA tPOCA MODERNA
Leo Spitzer
ESTILO y ESTRUCTURA
EN LA LITERATURA ESPAÑOLA
Raimundo Lida
PROSAS DE QUEVEDO
Francisco Rico (ed.)
HISTORIA Y CRtTICA
DE LA LITERATURA ESPAÑOLA
Fernando Lázaro Carreter (ed.)
LENGUA ESPAÑOLA
Y LINGüíSTICA MODERNA
WALTEH D. l\IIGNOLO
ELEMENTOS
PAHA UNA TEOHfA
DEL TEXTO LlTEHAHlO
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Mignolo define lúcidamente
e Hu. u .. con oignificativo.
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puenteo .... la
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la lil.rotura.
EDITORl4..L CRÍTICA