I

El progreso del Dogma









Escrito por James Orr


II
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ÍNDICE _____________________________________ II
PREFACIO__________________________________ VI
CAPÍTULO I. IDEA DEL CURSO: RELACIÓN DEL
DOGMA A SU HISTORIA. PARALELISMO DEL
DESARROLLO LÓGICO E HISTÓRICO. __________ 2
CAPÍTULO II. IDEAS PRIMITIVAS APOLOGÉTICAS
Y RELIGIOSAS FUNDAMENTALES
CONTROVERSIA CON EL PAGANISMO Y EL
GNOSTICISMO (SIGLO SEGUNDO) ____________ 34
CAPÍTULO III. LA DOCTRINA DE DIOS; LA
TRINIDAD Y LA DIVINIDAD DEL HIJO Y DEL
ESPÍRITU. CONTROVERSIAS MONARQUIANA,
ARRIANA MACEDÓNICA (SIGLOS TERCERO Y
CUARTO) ___________________________________ 71
CAPÍTULO IV. LAS CONTROVERSIAS ARRIANA Y
MACEDONIANA (SIGLO CUARTO)____________ 100
CAPÍTULO V. LA DOCTRINA DEL HOMBRE Y DEL
PECADO; LA GRACIA Y LA PREDESTINACIÓN. LA
CONTROVERSIA AGUSTINIANA Y PELAGIANA
(SIGLO QUINTO) ___________________________ 124
CAPÍTULO VI. LA DOCTRINA DE LA PERSONA DE
CRISTO LAS CONTROVERSIAS CRISTOLÓGICAS:
APOLINARIA, NESTORIANA, EUTIQUIANA,
MONOFISITA, MONOTELITA (SIGLOS QUINTO AL
SÉPTIMO)__________________________________ 159
SUPLEMIENTO. LAS IDEAS PRESENTADAS EN LA
CONFERENCIA ANTERIOR SE PUEDEN


III
SUPLEMENTAR HACIENDO REFERENCIA A DOS
DESARROLLOS CRISTOLÓGICOS RECIENTES. 192
CAPÍTULO VII. LA DOCTRINA DE LA EXPIACIÓN
DESDE ANSELMO Y ABELARDO A LA REFORMA
(SIGLOS ONCE AL DIECISÉIS) _______________ 194
CAPÍTULO VIII. LA DOCTRINA DE LA
APLICACIÓN DE LA REDENCIÓN; LA
JUSTIFICACIÓN POR LA FE; LA REGENERACIÓN,
ETC. EL PROTESTANTISMO Y EL CATOLICISMO
ROMANO (SIGLO DIECISÉIS) ________________ 226
CAPÍTULO IX. LA TEOLOGÍA POSTERIOR A LA
REFORMA; LUTERANISMO Y CALVINISMO
NUEVAS INFLUENCIAS ACTIVAS SOBRE LA
TEOLOGÍA Y SUS RESULTADOS EN EL
RACIONALISMO (SIGLOS DIECISIETE Y
DIECIOCHO) _______________________________ 260
CAPÍTULO X. REFORMULACIÓN MODERNA DE
LOS PROBLEMAS DE LA TEOLOGÍA, LA
DOCTRINA DE LAS POSTRIMERÍAS (SIGLO
DIECINUEVE) ______________________________ 291
APÉNDICE_________________________________ 337
NOTAS DEL AUTOR_________________________ 337
EPÍSTOLA A DIOGNETO_____________________ 341
Epílogo_______________________________________ 351
LA DIDACHE (LA DOCTRINA DE LOS DOCE
APÓSTOLES) ENSEÑANZA DEL SEÑOR
TRANSMITIDA A LAS NACIONES POR LOS DOCE
APÓSTOLES________________________________ 355
Primera Parte. El Catecismo O Los "Dos Caminos" _ 355
Segunda Parte. De La Liturgia Y De La Disciplina __ 359


IV
DOCTRINA DE LOS APÓSTOLES (DOCTRINA
APOSTOLORUM) ___________________________ 366
TRATADOS SOBRE LA GRACIA. DE SAN AGUSTÍN.
DE LA GRACIA Y DEL LIBRE ALBEDRÍO______ 370
Capitulo I ____________________________________ 370
Capítulo Ii ____________________________________ 371
Capitulo Iii ___________________________________ 376
Capitulo Iv ___________________________________ 377
Capitulo V____________________________________ 382
Capítulo Vi ___________________________________ 386
Capitulo Vii___________________________________ 389
Capitulo Viii __________________________________ 391
Capitulo Ix ___________________________________ 394
Capitulo X____________________________________ 395
Capitulo Xi ___________________________________ 397
Capitulo Xii___________________________________ 398
Capitulo Xiii __________________________________ 400
Capitulo Xiv __________________________________ 402
Capitulo Xv___________________________________ 406
Capitulo Xvi __________________________________ 407
Capitulo Xvii__________________________________ 409
Capitulo Xviii _________________________________ 415
Capitulo Xix __________________________________ 418
Capitulo Xx___________________________________ 420
Capitulo Xxi __________________________________ 423
Capitulo Xxii__________________________________ 427
Capitulo Xxiii _________________________________ 429


V
Capitulo Xxiv _________________________________ 430





































VI
¹'l¦"lC ¹'l¦"lC ¹'l¦"lC ¹'l¦"lC
Las conferencias de este volumen fueron
pronunciadas en el otoño de 1897, en el Western
Theological Seminary, Allegheny, Pennsylvania,
U.S.A., como el cuarto curso de una serie de
conferencias patrocinadas por el Elliot Lectureship
Fund, Ahora son publicadas a petición del
profesorado del College, prácticamente tal como
fueron pronunciadas, sólo con cambios ligeros de
forma, no de sustancia. No hay que decir que en
esta obra no se intenta tratar la Historia de la
Doctrina de modo exhaustivo. El propósito de las
conferencias no va más allá de proveer bosquejos
amplios, que puedan bastar para ilustrar los
principios expuestos al comienzo, y servir como una
introducción al tema. Las conferencias fueron bien
recibidas, y el autor espera que puedan ser útiles a
algunos que, sin ser eruditos o especialistas, sientan
un interés inteligente en el curso y tendencias del
pensamiento teológico durante los siglos. Se
conseguirá su objeto si se implanta la convicción de
que aquí hay también un «propósito creciente», a
través de los siglos, y que la labor de miles y miles
de mentes en la formación del dogma no ha sido,
como muchos creen en nuestros días, totalmente
fatua, y un forjar cadenas para el espíritu humano.
La literatura sobre el tema que se trata es enorme, y
se han hecho valiosas ediciones a la misma, incluso
después de ser pronunciadas las conferencias. El
material de las conferencias es el resultado de la
acumulación de años de pensamiento y estudio, y ni
tan sólo se ha intentado reconocer en detalle las


VII
fuentes inmediatas, pues habría sido imposible, Este
curso no era para especialistas, en todo caso, sino
para principiantes, por lo que no había oportunidad
para entrar en referencias minuciosas a la literatura.
Por esta razón, las notas son escasas, y la mayor
parte son de obras en inglés o traducidas al inglés.
Las citas se dan de modo invariable en su
traducción, por las razones indicadas. Hay más
profusión de referencias a obras como la Historia del
Dogma de Hamack, por la razón obvia de que uno
de los objetivos de las conferencias es combatir
ciertas posiciones de este brillante autor.
Al tratar material de un campo tan amplio que
implica una masa inmensa de detalle histórico y
literario, el autor no puede esperar que haya
detectado todos los errores, por lo que los expertos
notarán los que haya, Sólo desea que lo erróneo
sean puntos de menos importancia. Se da perfecta
cuenta de que su punto de vista general no está en
armonía con las tendencias prevalecientes, y no se
sorprenderá de encontrar opiniones discordantes
para muchas de sus afirmaciones y conclusiones.
Pero es precisamente a causa de estas diferencias
de opinión que fueron redactadas las conferencias.
No les queda más recurso que apoyarse en su
propio poder para producir convicción.
Si se desea un tratamiento más a fondo de los
puntos teológicos, el autor puede referirse a su
volumen en The Christian View of God and the
World (5a edición, Andrew Elliot, Edinburgo); y si se
quiere un bosquejo de la historia y literatura del
período primitivo, a un libro de rudimentos que
acaban de publicar Hodder and Stoughton, en The
Early Church: Its History and Literature se puede


VIII
seguir un acuerdo general entre esta obra y las
conferencias presentes, pues siguen líneas de
pensamiento similares. He de agradecer al Rev. J.
M, Wilson, B.D. Glasgow, la corrección de las
pruebas, su amabilidad en las pruebas.
JAMES ORR. Glasgow, 1901.
















2
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'l¦1C' 'l¦1C' 'l¦1C' 'l¦1C'lC lC lC lC
Permítaseme, al presentar este curso, expresar mi
placer por poder hablar a esta audiencia, como una
voz del otro lado del Atlántico, sobre algunos de los
temas más elevados que pueden ocupar el
pensamiento humano. Se insiste cada vez más en la
idea de la gran hermandad de las naciones, los
vínculos de la cual nos regocijamos en ver que se
estrechan cada día, y cuya influencia unificadora de
modo supremo es la fe de los hombres en
Jesucristo. Separados por la situación geográfica,
con historias y vocaciones distintas, mantenidos
aparte por intereses absorbentes, con frecuencia
rivales, que son propios de la vida de los pueblos
independientes, nos hallamos de nuevo unidos por
esa fe que acariciamos en un mismo Señor viviente,
al compartir la comunión mundial de su Iglesia, y por
nuestras labores comunes dedicadas a los objetivos
de su reino. Se dice en uno de los escritos más
hermosos de la Iglesia primitiva -la Espístola a
Diogneto- que «lo que el alma es en el cuerpo, los
cristianos lo son en el mundo» (cap. VI). Esta alma


3
palpita en Escocia; palpita en Norteamérica; y el
corazón que alimenta sus pulsaciones es el mismo
en los dos países: el Cristo que vive, y murió, y he
aquí está vivo por los siglos de los siglos»
(Apocalipsis 1:11). Si procuro ayudar a vuestra fe y
conocimiento respecto a la gran herencia de la
verdad que nos ha llegado del pasado, que ha
adquirido su forma presente a lo largo de conflictos
prolongados entre fuerzas opuestas, y está
personificado como la expresión de nuestra fe en los
credos históricos sobre los que reposan nuestras
iglesias, tengo confianza que puedo contar con
vuestra simpatía y vuestro deseo de obtener una
idea tan clara como sea posible de este sector de
los estudios cristianos.
Porque, expresándolo brevemente, éste es el tema
sobre el cual tendré el honor de hablaros: en qué
forma se ha formado el dogma en la historia, qué ley
ha guiado su desarrollo, y qué valor permanente
poseen sus productos. No me propongo discutir la
historia del dogma en un espíritu estrictamente
histórico, o como cuestión de mero interés para
amantes de antigüedades. He de preguntar si hay
alguna ley reconciliable en el progreso del dogma, y
si la hay, qué ayuda nos proporciona para
determinar nuestra actitud hacia un sistema
teológico hoy, y para guiar nuestros pasos en el
futuro. Esta es una pregunta que sin duda es
práctica y urgente.
Pero, ¿hacemos bien hablando de un sistema de
verdad dogmática? Hay sistemas, naturalmente, que
son venerables, productos del desarrollo de siglos;
pero, ¿son la verdad? Como sabéis muy bien, la
Dogmática --un sistema teológico- en estos días no


4
es muy bien recibida. Es como un barco entre
arrecifes, atrapado por corrientes adversas, batido y
sacudido por las olas por todas partes. ¿Va a
sobrevivir a los embates? 0 bien ¿cederán los
maderos de su quilla? ¿Se partirán sus mástiles?
¿No va a desmoronarse su estructura respetada por
los siglos y quedará hecha una ruina melancólica?
Esto es lo que muchos esperan y que otros temen; y
vosotros, que sois los maestros del futuro, sin duda
os dais cuenta de la gravedad de la crisis. Para
cobrar aliento, demos una mirada tan imparcial
como podamos a la situación, y observemos los
sectores desde los cuales amenazan los peligros
principales. Hay algunos, primero, que quisieron
excluir totalmente el dogma del Cristianismo,
insistiendo en que no tiene lugar legítimo en el
mismo. El vínculo de la unión en la religión de Cristo,
nos dicen, no se halla en conceptos intelectuales,
sino en la participación en el espíritu de Cristo. El
hacer depender el Cristianismo, en el grado que sea,
de «doctrinas» o «dogmas» es falsificar la esencia
del Evangelio de Cristo. Las disputas sobre doctrina
--que dividen, desorientan y escinden la Iglesia-- no
han contribuido al progreso del Cristianismo, sino
que han sido una fuente copiosa de ira, falta de
caridad, acerbidad y persecución. Según este modo
de ver, el desarrollo del dogma que intentamos
estudiar, en vez de llevar a resultados estables en la
mejor captación de la verdad cristiana, es un
monumento descomunal a la locura humana, una
aberración monstruosa del espíritu del hombre, un
duende o íncubo en el progreso intelectual y moral
de la raza. Este tipo de objeción al dogma
probablemente se considerará que se elimina a sí
mismo por su exageración manifiesta. Son pocos los
que reflexionan seriamente sobre el Cristianismo


5
que no concedan que hay en él ciertos elementos de
doctrina, por nebulosos que se consideren; o que no
admitan que es inevitable que el espíritu humano
busque alguna «forma» para concebir su fe,
apropiado a su nivel de conocimiento y cultura. La
cuestión de la «doctrina» o «dogma» se reduce, en
gran parte a lo consideremos el contenido del
Cristianismo.
Hay una segunda clase que no va tan lejos.
Conceden que los radicales se pasan de la raya,
pero todavía consideran que el curse dogma, si no
exactamente una equivocación -siendo así que ha
un curso de necesidad histórica-, es una desviación
amplia de original del Cristianismo, hasta el punto
que es un proceso «patológico» en vez de normal y
sano. El dogma, tal como lo conocemos, dic
resultado de un malentendido inicial del
Cristianismo, que ha viciado su desarrollo; una
amalgama de ideas cristianas primitivas con e
pedidos prestados a las escuelas griegas; «una obra
del espíritu» según la describe el profesor Harnack,
«sobre el terreno del Evangelio» resultado general
de la cual fue «la helenización del Cristianismo». En
Este proceso el Evangelio contribuye su parte, sin
duda; pero el espíritu obrando con sus propios
instrumentos intelectuales, e importando a cada
punto sus nociones filosóficas, es realmente el factor
dominante, y el elemento cristiano -una gota,
diríamos en un vaso de líquido extra halla tan
manipulado, diluido, cambiado, que a menudo es
reconciliable con dificultad. La pretensión de los que
defienden estas ideas, en consecuencia, es que,
rompiendo con el pasado, empecemos «de novo», y
hacia atrás, incluso a los apóstoles, y, empezando a
partir de la in inmediata del Cristo histórico,


6
emprendamos la construcción de «una nueva
teología», que se hallará libre de presupuestos
metafísicos. El ambiente está saturado del clamor
que pide «una nueva teología»; sólo que la teología
que exige la edad no parece cuajar todavía. Como
dice de ella un representante norteamericano, «no
es una teología, sino una tendencia» Los intentos --
continentales y transatlánticos-- que se han hecho
para darle forma muestran principalmente lo poco
que están de acuerdo entre sí sus adherentes. No
pocas de las nuevas teologías parecen estar
dispuestas a combinarse con la filosofía y la ciencia,
con tal que el santo y seña o lema sea bastante
moderno; las mejores existentes en modo alguno
están libres de críticas. La suposición fundamental
de esta escuela, es decir, que la historia del dogma
ha sido un desviarse persistente en los caminos del
error, será considerada en el curso de las
conferencias.
Finalmente -para aludir sólo a otra fase del ataque-,
no sólo se impugna el edificio completado, sino la
certeza de los mismos fundamentos del dogma;
porque en las ideas de muchos, el criticismo ha sido
traído en juego con un efecto tan mortífero en el
contenido del Antiguo y del Nuevo Testamento -las
viejas concepciones de la revelación y la inspiración
han sufrido tal daño, y el progreso del conocimiento
científico ha hecho tan difícil defender incluso la
posibilidad de las ocurrencias sobrenaturales que la
estructura del dogma edificada en una base tan
insegura no puede tener, se piensa, ninguna
aceptación racional --no ya seguir en el rango de las
ciencias, y menos jactarse de ser la reina de las
mismas--. Llegamos aquí a una línea divisoria real,
lo admito; porque si realmente los fundamentos de la


7
religión histórica son subvertidos; si Dios, en verdad,
no ha entrado de palabra y de hecho en la historia, y
dado al hombre un conocimiento seguro y de
confianza respecto a sí mismo, su carácter y su
propósito; si el Hijo no ha venido verdaderamente
como Salvador del mundo, y si la promesa del
Espíritu de guiamos a toda la verdad no se ha
cumplido realmente, entonces, sin la menor duda, la
legitimidad, y aun la posibilidad de dogma -sobre
todo la legitimidad de un desarrollo del dogma tal
como la historia nos lo presente-, cae por los suelos.
Pero con esto falla también toda la fe cristiana. Al
presente, apelo, sin embargo, no a los que no
poseen esta fe, sino a los que la poseen; los que,
conociendo algo de los resultados del criticismo en
el pasado, retienen una confianza razonable de que
de los movimientos críticos del presente no va a
surgir finalmente nada que pueda afectar
materialmente a nuestras concepciones de los
grandes perfiles de la revelación histórica de Dios u
obliterar las evidencias de un organismo de verdad
en la Escritura que se impongan, casi sin buscarlas,
a la mente observadora.
¿Debe, pues, la teología, cuyo hijo es el «dogma», a
la vista de estas fuerzas hostiles, abandonar su
trono y resignar a sus pretensiones por tener
algunos resultados seguros y verificables que
presentar a los hijos. Esto es lo que se dice con
frecuencia, pero yo estoy muy lejos de que sea
correcto. Aunque espero que soy consciente de los
límites del pensamiento en un tema así, creo, como
siempre he creído, que hay para la teología doctrinal
y necesidad de ella; que hay una verdad de
verdades, implicada en la revelación bíblica, a la
cual la Iglesia deber de dar testimonio; que el


8
Cristianismo no es algo totalmente y vago, sino que
tiene un contenido que se puede averiguar y
declarar, que le corresponde a la Iglesia el hallarlo,
presentarlo, defenderlo y, con mayor perfección,
procurar desplegarlo en la conexión de sus en
relación con el conocimiento que adelanta; que su
contenido de verdad no es algo que se pueda
manipular y ser modelado según la fan hombre, sino
algo con respecto a lo cual no creemos imposible
conseguir acuerdo en una gran parte, si es que, en
realidad, las protestantes no lo han conseguido ya.
Creo también --y esto en más directa a nuestro tema
presente-- que la historia del dogma, ser fatua,
ilusoria, según muchos suponen, está regida por una
v ley y lógica que subyacen en su progreso, hay un
verdadero propósito y guía divinos en sus
desarrollos, una comprensión más profunda y
completa en sus relaciones múltiples que va siendo
obrada por sus labores; y que su progreso no ha
sido sin mucho conflicto, mucho error, muchas
implicaciones con el pecado y las debilidades
humanas, y aunque dista mucho haberse
completado, este progreso ha sido en su mayor
parte hacia y ha producido resultados que ningún
progreso posterior puede del mismo modo que
ningún futuro desarrollo de la ciencia va modificar
digamos, los descubrimientos de la circulación de la
sangre o de la ley la gravitación universal.
I. Estoy convencido que las afirmaciones que he
hecho en los párrafos anteriores respecto al dogma -
-especialmente la de la estabilidad de muchos de
sus productos-- va a sonar a muchos como
desatinada. Con todo, incluso en este párrafo,
permítaseme observar que, como ya he indicado, no
afirma nada que no vaya implicado en cualquier


9
aseveración de que la teología sea una ciencia.
Porque la ciencia parte universalmente de la
hipótesis de que hay algo en el tema de que trata
que pueda ser conocido, y que, si se emplean los
métodos adecuados, se pueden esperar resultados
seguros. Tendría que renunciar a su pretensión de
ser una ciencia si su curso fuera un descubrimiento
perpetuo de que todos los pasos previos han sido
equivocados, que no hay nada en ella que pueda ser
averiguado y sentado como cierto. El científico, por
ejemplo, no trabaja bajo la hipótesis de que
probablemente la ley de gravitación va a resultar una
especulación infundada; que la química se
demostrará que es tan ilusoria como la alquimia, o
que la astronomía resultará igual a la astrología. Se
dirá, naturalmente, que, aunque esto es verdad de
las ciencias experimentales, la teología se halla en
una situación distinta. En muchas maneras sí, pero
su carácter científico a pesar de ello depende, tanto
como el otro caso, de la posibilidad de lograr
resultados concretos y dignos de confianza, a partir
de los cuales puede seguir progresándose. La
ciencia física reconoce también la ley del progreso.
Prosigue por medio de pequeños incrementos de
conocimiento; puede haber, y en realidad hay
constantemente, equivocaciones, teorizaciones
precipitadas, tentaciones a desviarse siguiendo
pistas falsas, a exagerar las conclusiones; pero
estos errores son corregidos por la experiencia, y la
suposición que hay en todo ello es que un progreso
sólido, la edificación de una estructura estable, es
posible y se está consiguiendo mediante la lenta
adición de verdad tras verdad. Lo que afirmo es que
éste ha de ser el caso también de la teología, si ha
de dar validez a su pretensión de ciencia. Si tengo
razón al pensar que la cosa es así, y que la historia


10
dogma se nos presenta con un avance análogo, es
sin duda una ve es conveniente proclamar en los
días que corremos, en que todo lo t es echado en el
crisol, y las doctrinas, desgajadas de su contexto en
la historia y en el sistema de la fe, son tratadas con
frecuencia del modo más arbitrario, en plan de
aficionado; o es posible que se les cambie todo su
carácter por la influencia de alguna teoría
semicientífica o simifilosófica, al mismo tiempo,
quizá, que se protesta contra la importación de
metafísica en el Cristianismo.
Persiste el hecho, sin embargo, de que el dogma, tal
como lo tenemos es un desarrollo en el tiempo, una
obra del espíritu humano operando en material
provisto por la fe en la revelación divina. ¿Le
perjudica? más bien, ¿no es un testimonio singular
de la profundidad y la plenitud de la revelación divina
el que tenga esta significación prolongada --un
contenido que incluso el curso de los siglos no ha
podido llegar a agotar? Me esforzaré, durante el
resto de esta conferencia, en ilustrar un poco las
relaciones del dogma con su historia, lo cual nos
ayudará a contestar esta pregunta, y hará luz, en
una forma preparatoria, sobre lo que quiero decir
con una ley de progreso en el dogma, y mostrará
que esto admite el ser aplicado en corroboración o
corrección del sistema teológico.
Pero, primero, ¿qué es precisamente el dogma? He
usado el término hasta aquí sin definirlo, pero es
deseable, antes de seguir adelante, llegar definición
más precisa. En el uso corriente la palabra es
empleada evidentemente en un sentido amplio y otro
estrecho. Cuando el profesor Harnack, por ejemplo,
rebatiendo la posición de Sabatier, dice que «el


11
Cristianismo sin dogma, sin una expresión clara de
su contenido, es inconcebible» que el Cristianismo
«no sólo despierta el sentimiento, sino que un
contenido definido que determina, o debiera
determinar, el sentimiento» es evidente que no usa
la palabra «dogma» en el sentido más estricto usual
en que él mismo lo hace, sino que lo emplea
prácticamente como sinónimo de «doctrina». En
general, «dogma» se usa, a distinción de este para
las formulaciones de la doctrina cristiana que han
sido reconocidas autorizadamente en amplios
sectores de la Iglesia, y se hallan personificadas en
los credos históricos. Hay, en realidad, tres términos:
«doctrina» «dogma» y «teología», que están
estrechamente relacionados, pero entre los cuales
habría que marcar diferencias; tanto más, por el
hecho de que se han conectado prejuicios con el
«dogma» que no se asocian en el mismo grado con
los otros dos. La «doctrina», como dice Harnack
muy bien en el pasaje anterior, es esencial en el
Cristianismo; es la expresión directa, cándida, por la
fe cristiana del conocimiento que posee, o de las
convicciones que sostiene, con respecto a Dios y las
cosas divinas. Proporciona su base y material a la
«teología», la cual, a su vez, es doctrina --doctrina
en forma elaborada--. La «teología» puede ser
descrita como el ejercicio reflexivo de la mente sobre
las doctrinas de la fe. Intenta dar una cuenta precisa
y correcta de la doctrina cristiana, dándole forma y
base científica, reduciéndola a un sistema a la luz de
un principio central; explorar los problemas que
sugiere, y exhibir, en cuanto posible, su racionalidad
y relaciones con otros departamentos de la verdad.
La teología, como la doctrina, por tanto, antecede y
tiene un alcance más amplio que el «dogma», el
cual, como se ha indicado, se entiende propiamente


12
como las formulaciones de la doctrina cristiana que
han sido sancionadas eclesiásticamente, y se hallan
personificadas en los credos. Consideradas así, las
labores de la teología se ve que son la
presuposición del dogma; este último, a su vez, pasa
a ser la base de nuevos esfuerzos teológicos. Pero
hay mucho teologizar que nunca alcanza el rango de
dogma acreditado. De modo injustificado, según me
parece a mí, el profesor Harnack restringe lo que él
llama la «génesis» del dogma a los tres primeros
siglos, y lo considera de modo peculiar la obra del
espíritu griego. La teología de Agustín, por ejemplo,
es tan trascendental realmente como la de los
Padres de Nicea, y en modo alguno puede
caracterizarse como griega, sino que es más bien lo
opuesto. Es igualmente inadmisible su intento de
restringir el dogma a la Iglesia Católica. El
Protestantismo ha tenido también una participación
invaluable en esta obra. Incluso las labores de la
teología a partir de la época de la Reforma --
especialmente los ricos y fructíferos desarrollos del
siglo pasado-- no pueden ser excluidas de esta
evaluación; porque si no ha emanado ningún credo
de estas labores, con todo, han alterado,
profundizado y ampliado la interpretación de los
credos antiguos, y han preparado efectivamente el
camino para la «reconstrucción» del dogma a la luz
de las necesidades modernas que llegarán a su
debido tiempo.
Una ventaja principal que puede esperarse que
proporcione el estudio de las relaciones del dogma a
su historia es la prueba o test de que la historia del
dogma nos capacita a aplicar el mismo dogma. De lo
que siente principalmente necesidad nuestra época,
me atrevo a decir, en medio de las confusiones que


13
la asedian, es, de alguna manera, de llevar las
doctrinas teológicas a una verificación más elevada
que el juicio individual. Hay muchas teorías
circulando; nuevas especulaciones, nuevas
construcciones de doctrina; cada uno reclamando el
derecho de poner a un lado el pasado y
reemplazarlo con su fantasía recién acuñada. ¿Hay
alguna manera de llevar estas opiniones conflictivas
a una decisión objetiva, o en teología ocurrir algo
distinto de lo característico de las demás ciencias, a
sabe homines, tot sententiae? Han pasado los días
en que podemos apelar, con la Iglesia primitiva, a
una tradición apostólica reciente; rehusamos irnos,
como se hacía en la Edad Media, a las decisiones
de los concilios y los canonistas; repudiamos la
suposición romanista de una cabeza infalible de la
Iglesia; declinamos, al revés de los racionalistas, el
someterlo la regla de la razón natural. Con todo, en
la evolución del dogma es imperativa la necesidad
de algún criterio por el cual se puedan discriminar
los desarrollos sanos y saludables, de los que no lo
son. ¿Existe un criterio así?
Naturalmente, la mente se dirige aquí
inmediatamente a la Escritura, que siempre ha de
ser la prueba definitiva. Hay por lo menos un uso al
que se puede aplicar siempre la Escritura --negativo,
y, con todo, de inmensa importancia para clarificar
gran parte de lo que no pertenece al sistema de
verdades que la Iglesia se ve llamada a defender--.
Puede haber di sobre la autoridad de las Escrituras;
pero no debería haberlas sobre esto: que todo lo
que no se halla en las Escrituras, o que no puede
deducirse legítimamente de ellas, no es parte de la
verdad de la revelación, de la cual la Iglesia es
puesta como «columna y baluarte» (1ª Timoteo


14
3:15). Esto considero, es la distinción entre el
Protestantismo y el Catolicismo romano, y nos
autoriza a rechazar directamente una gran masa de
lo que pasa como dogma católico, y corta, no
menos, las raíces de muchas de las teorías del
protestantismo moderno. En el lado positivo,
igualmente, la Sagrada Escritura es la fuente última
de nuestro conocimiento de los hechos y de la
revelación divina. Pero, aparte de las dificultades a
que hemos referido antes, queda el hecho de que
todos los sistemas apelan igualmente a la Escritura,
y que parece haber la necesidad de un tribunal que
decida sobre esta apelación. Es fácil hablar de
apelación a las Escrituras, pero hay que recordar
que esta misma aplicación de las Escrituras no
puede divorciarse de esta comprensión profunda en
su plan y propósito --en la unidad orgánica y la
armonía fundamental de su contenido doctrinal--,
que es el resultado, en parte, de nuestro método
mejorado de usarlas, pero, en también, de esta
misma historia del dogma que nos proponemos
poner a prueba por medio de ella. Dependemos del
pasado más de lo que pensamos incluso en nuestra
interpretación de las Escrituras; y sería tan fútil que
alguien intentara sacar su sistema de doctrina de
primera mano de la Escritura, como lo sería el que
un hombre de ciencia sacara su conocimiento
científico directamente de la naturaleza, sin la ayuda
de libros de texto o las minuciosas investigaciones
de miles y miles de estudiosos en el mismo campo o
departamento.
Hay criterios secundarios de lo sano de un sistema
doctrinal que no tengo intención de despreciar en
modo alguno, es más, son de hecho de un gran
valor. Hay, por ejemplo, una coherencia interna y


15
correlación de partes en el sistema en sí -su unidad
orgánica- que es un freno contra el que un miembro
del sistema sea manipulado o separado del resto.
Hay, además, la correlación de las doctrinas del
sistema con la experiencia vital cristiana, por la cual
quiero decir no simplemente la experiencia casual
del individuo, sino la experiencia de la Iglesia como
conjunto --de sus almas más grandes como de las
más humildes: sus Agustines y Anselmos, sus
Bernardos y Luteros, así como los santos más
oscuros, y de entre éstos, sus estados de ánimo
más elevados así como los más deprimidos-. Sólo
puede ser verdad lo que es apto para sostener esta
experiencia, para bucear sus profundidades y para
proporcionar la provisión plena de sus necesidades.
Una especie de juicios de valores, éstos, a los
cuales nadie objetará. Hay, además, la apelación a
los efectos prácticos, la verificación por los
resultados. Una forma simple en que se puede
aplicar esta prueba --aparte de sus frutos morales---
es el hecho de que sea operable. Hay
denegaciones, según todos sabemos, a casi todas
las grandes doctrinas de los credos evangélicos --de
la divinidad del Salvador, de su obra expiatoria, de la
regeneración por el Espíritu, de la justificación por la
fe--, pero es singular que los responsables de estas
denegaciones raramente intentan establecer una
Iglesia sobre ellas. Cuando lo hacen, no prosperan.
Las mismas iglesias en que los impugnadores de las
doctrinas promulgan sus denegaciones reposan en
la profesión pública de las doctrinas que ellos
mismos tratan de subvertir, y perderían su vitalidad y
poder si se les cortara de la fe en ellas.
Estas pruebas son todas ellas valiosas, y no digo
que sean insuficientes. Con todo, se puede pensar


16
que, en el estado divergente de opinión que nos
rodea, no eliminan, después de todo, de modo
suficiente, el elemento subjetivo: que hay necesidad
todavía de un criterio más objetivo, un criterio que
nos eleve por encima de las incertidumbres y la
fiabilidad del juicio individual, y nos coloque los pies
en un terreno más estable. ¿Existe un criterio así?
No existe, naturalmente, en el sentido absoluto, pero
el enfoque más cercano al mismo es probablemente
el método que me propongo seguir en las
conferencias presentes: el de una apelación al
veredicto prácticamente infalible de la historia, que
es imparcial y riguroso, casi podría decirse, si se le
concede suficiente tiempo. Aquí hay un tribunal ante
el cual la ecuación personal del juicio individual es
cancelada; los elementos accidentales en el
pensamiento de una época se desprenden, y sólo es
retenida la contribución permanente a la verdad.
Estamos familiarizados con el dicho de Schiller que
la historia del mundo es el juicio del mundo. Es
verdad, por lo menos, que la historia del dogma es el
juicio del dogma. De un cosa estoy persuadido de
modo absoluto, y es que, por imperfecciones
inherentes que haya en nuestros credos existentes,
no hay fase de ninguna doctrina la Iglesia haya
rechazado con plena deliberación --y que, en cada
ocasión de su reaparición, ha persistido en rechazar-
- que pueda levantar la cabeza ahora con
esperanzas de que será aceptada de modo
permanente. Y este principio solo, como veremos,
nos lleva muy lejos. La historia del dogma critica al
dogma; corrige equivocaciones, elimina elementos
temporales, suplementa defectos; incorpora las
ganancias del pasado, al mismo tiempo que abre
horizontes más amplios para el futuro. Pero su reloj
nunca vuelve atrás. Nunca vuelve sobre sí mismo


17
para recoger como parte de su credo lo que ha
rechazado de modo formal y con plena conciencia
en algún estadio previo.
A veces pienso que, en nuestra rebeldía o repudia al
«dogma» tradicional, se da poco peso al hecho de
que el sistema de doctrina personifica nuestros
credos es el producto de siglos de desarrollo y
pruebas prolongadas en los fuegos de la
controversia. Espero que antes de haber terminado
este curso de conferencias será aparente que no
estoy en oposición al progreso real en la teología.
Me sitúo aquí, en realidad, en la más moderna de
las doctrinas, la doctrina de la evolución, que
algunos suponen fatal a la permanencia del dogma.
Ha habido evolución de la doctrina en el pasado, y la
habrá en el futuro. Pero evolución significa que ha
habido algo formándose; y por tanto, si la evolución
no ha sido totalmente fatua, que haber, como
hicimos notar sobre la ciencia, resultados de este
paso a la vista. De lo que me quejo es que muchos
de los apóstoles de la «teología», esto es, en su
afán por lo nuevo, no hacen caso realmente del
artículo primario de su propio credo. Porque,
después de todo, no empezamos de novo en
nuestra búsqueda de un sistema teológico, como
hacemos en la ciencia, en su estudio de la
naturaleza, empezando en el mundo deshabitado.
Aquello con que nos enfrentamos cuando
consideramos la cuestión es que en todas las
grandes Iglesias protestantes hay un sistema de
doctrina que rige, un sistema que se supone está
basado en la Escritura, y personificado, en sus
puntos esenciales, en los credos reconocidos de la
Reforma. No pretendo, naturalmente, que, debido a
que una doctrina se halle en uno o en todos estos


18
credos, tenga que ser verdadera por necesidad;
pero lo que digo es que cuando estamos en busca
de un criterio para decidir lo que pertenece y lo que
no pertenece al contenido doctrinal genuino del
Cristianismo, este cuerpo de doctrina admitido
prácticamente en los credos de las grandes iglesias
es un hecho que no puede ser pasado por alto --es,
en realidad, un hecho de peso por el que empezar--,
un hecho que da a este cuerpo de doctrina un
derecho sólido prima facie para que lo tengamos en
consideración. El hecho de que estos credos sean,
los productos de un desarrollo histórico, como se
nos recuerda a menudo en detrimento de los
mismos, es precisamente el hecho que les da su
valor peculiar como testigos, a mi modo de ver. No
son la creación de mentes individuales. Tienen
siglos de desarrollo, de conflicto, de testimonio
ofrecido, tras ellos. Su éxito en la historia es la
contrapartida del fallo de puntos de vista opuestos
para recomendarles el que hayan sostenido su
terreno en la batalla. Representan la «supervivencia
de los más aptos» en la doctrina bajo la presión más
severa posible. Ni una de estas doctrinas ha dejado
de ser combatida encarnizadamente, de modo que
si no hubiera sido fundada en la palabra de Dios y
se hubiera visto que era verdadera a la experiencia
cristiana, ya habría dado el último suspiro haría
muchos años. Con todo, los hombres se
desentienden de ella y la echan a un lado como si el
mero hecho de que es vieja --ha sobrevivido a todo
este combate-- fuera suficiente para condenarla sin
más. No se explica por qué, en todas las demás
esferas, el producto que sobrevive en un proceso
evolutivo se considera el más apto, y sólo el dogma
ha de ser una excepción.


19
Hay una respuesta que va a darse a esta línea de
argumentación y es que, considerando que el
proceso revolucionario no es completo todavía, no
podemos decir lo que nos traerá el futuro qué
cambios, qué transformaciones--; es más, al
adherimos a lo viejo y anticuado, detenemos el
progreso futuro, y negamos el hecho mismo de la
evolución. Tras esta objeción me parece a ml que
hay una doble falacia. Primero, hay una falacia en la
hipótesis inicial de que un proceso evolutivo haya de
tener un flujo y cambio ilimitado, y no rinda
productos estables en su curso -una hipótesis
contraria a todo principio de la ciencia-; y segundo,
se pasa por alto el hecho de que una evolución
verdadera es orgánica, es decir, es una continuación
de los desarrollos del pasado, no una reversión de
los mismos. La evolución genuina ilustra una ley de
continuidad. No es un romper violento con las
formas precedentes, sino que prueba su legitimidad
por su capacidad de adaptarse a un desarrollo que
quizá ya se ha realizado en gran medida. De la
misma manera, la prueba del sano desarrollo
teológico no es su independencia de lo que ha
tenido lugar antes, sino el grado de su respeto por el
mismo, la profundidad de su comprensión del
mismo, y su capacidad de unirse con él y de hacerlo
avanzar a un estadio más allá hacia su cumplimiento
y perfección.
II. Sin embargo, aunque hablo en estas conferencias
de la historia de la doctrina como una prueba de un
sistema teológico y de una ley o dc esta historia,
deseo decir ahora que tengo a la vista algo mucho
más específico que estos principios generales
implicados en todo desarrollo. El Dr. J. H. Newman,
por ejemplo, en su famoso ensayo sobre el


20
Development of Christian Doctrine, estableció lo que
hemos de reconocer son principios generales sanos
--los más sanos-- por mucho que discrepemos de la
aplicación de los mismos. El primer punto de un
desarrollo genuino nos dice, es la Preservación del
tipo; el segundo es la Continuidad del principio, el
tercero, el Poder de asimilación; el cuarto, la
Continuidad lógica; quinto, la Anticipación del futuro;
el sexto, la Acción conservadora pasado; el séptimo,
el Vigor persistente (cap. V). Los principios son
excelentes, con su ayuda creo que podemos refutar
con éxito gran parte de las opiniones del mismo Dr.
Newman. Con todo, precisamente debido
generalidad, es cierto que, si no tuviéramos nada
más, nos quedaríamos al fin de nuestra búsqueda
muy cerca de donde estábamos antes de empezar.
La idea que deseo ilustrar en estas conferencias es
distinta. No es recóndita en su naturaleza; con todo,
en cuanto he observado, no ha sido muy en las
discusiones sobre la historia del dogma. No son
principios generales de la evolución los que estamos
buscando, sino la ley inmanente historia real; y
cuando captemos la naturaleza de esta ley, según
creo, no sólo nos impedirá para siempre considerar
el desarrollo del dogma un laberinto de
irracionalidad, sino que veremos que nos
proporciona una corroboración del mismo, y hasta
cierto punto una razón explicativa de nuestros
credos evangélicos protestantes; nos dará una clave
para su comprensión correcta, y, lo que no es
menos importante, una ayuda para su
perfeccionamiento ulterior.
Habéis pensado alguna vez, pues --algo que no
hallaréis en los libros corrientes, pero estoy seguro
que ha atraído vuestra atención sin que hayáis


21
percibido que en ello hay más de lo que se ve a
primera vista--, que hay un paralelo singular entre el
curso histórico del dogma, por un lado, y el orden
científico de los libros de texto sobre la teología
sistemática por La historia del dogma, como se
descubre pronto, es simplemente el sistema de
teología total esparcido a lo largo de los siglos --
teología desmenuzada--, y esto no sólo por lo que
se refiere al contenido general, sino incluso respecto
a la sucesión concreta de sus partes. El orden
temporal y el lógico se corresponden. La distribución
del sistema en los libros de texto es la misma
distribución del sistema en su desarrollo en la
historia. Pongamos, por ejemplo, cualquier libro de
texto teológico acreditado y observemos el orden de
su tratamiento. Lo que hallamos en general es lo
siguiente. Sus secciones iniciales las ocupan
probablemente las materias de los Prolegómena
Teológicos --con la apologética, la idea general de la
religión, la revelación, la relación de la fe y la razón,
la Sagrada Escritura, y otras así--. Luego siguen las
grandes divisiones del sistema teológico: la Teología
propia, o sea la doctrina de Dios; la Antropología, o
la doctrina del hombre, incluyendo el pecado
(algunas veces una división aparte); la Cristología, o
doctrina de la persona de Cristo; la Soteriología
(objetiva) o sea la doctrina de la obra de Cristo,
especialmente la expiación; la Soteriología subjetiva,
o la doctrina de la aplicación de la redención
(justificación, regeneración, etc.); finalmente, la
Escatología, o doctrina de las postrimerías. Si ahora
nos situamos al término de la edad apostólica y
damos una mirada hacia el curso de los siglos que
se suceden, hallamos, tomando como una guía fácil
las grandes controversias históricas de la Iglesia,
que lo que vemos es simplemente la proyección de


22
este sistema lógico en una vasta pantalla temporal.
Una mirada a los temas de mis conferencias, con los
detalles que seguirán inmediatamente, debería
convencer a cualquiera de este punto. Entretanto,
suponiendo de momento que las cosas son como
digo, quisiera pediros que reflexionéis sobre lo que
implica esta notable coincidencia. Creo que nos
muestra una cosa indiscutiblemente: que no se trata
de una ordenación arbitraria en uno ni otro --que hay
una ley y una razón subyacente--; y otra cosa que se
nos hace evidente es que la ley de estos dos
desarrollos --el lógico y el histórico-- es la misma.
Me hago cargo de que puede que alguien vea con
suspicacia todo intento de forzar la historia en
categorías sistemáticas. Hegel lo intentó con la
historia en general, y Baur aplicó el mismo método,
con gran ingenio, a este mismo campo de la historia
y doctrina de la Iglesia. Sin embargo, no es en este
sentido metafísico que os pido que consideréis la
presencia de una ley en la historia. Los hechos que
señalo no necesitan manipulación por mi parte para
que se ajusten a las exigencias de una teoría
particular. Yacen en la misma superficie, y exigen
una explicación de quien los observe con atención.
Probemos, en primer lugar, de entender la ley que
se deja ver en la ordenación lógica, luego
consideremos lo cercano del paralelo histórico.
En el bosquejo que hemos dado de la ordenación
del sistema teológico, el orden seguido no sólo es el
corriente, sino que se puede ver que hay una razón
para este orden, un principio lógico que lo
determina. El método, diciéndolo brevemente, es
tomar simplemente las doctrinas en el orden de su
dependencia lógica; en la que una forma el
presupuesto de la otra. La doctrina de la redención,


23
por ejemplo, presupone la de la persona del
Redentor, y, antes de ésta, la doctrina del pecado, la
doctrina del pecado, a su vez, nos lleva a la doctrina
general del hombre, y también al carácter, ley y
administración moral de Dios; la doctrina de Dios,
por otra parte, se halla en la base de todo: la
doctrina del hombre, del pecado, de Cristo, de la
salvación, del propósito del mundo, del destino
humano. Es posible alterar o invertir este orden,
indudablemente; empezar, por ejemplo, como hace
el Dr. Chalmers, con el pecado como la enfermedad
a la que se provee remedio, o como hacen algunos
teólogos recientes, empezar con el Reino de Dios
como el objetivo del propósito divino. Es verdad
también que es sólo a la luz de las últimas doctrinas
que se pueden descubrir plenamente la riqueza y
alcance de las primeras. Con todo, en el orden
lógico de dependencia, la ordenación es la que
hemos indicado. Tal como en la naturaleza se vería
que es imposible explicar la química adecuadamente
sin el conocimiento precedente de la física, o la
biología sin algún conocimiento de química y de
física, del mismo modo en teología la doctrina
derivativa no puede exponerse de modo exhaustivo
hasta que las que la presuponen han sido
explicadas, por lo menos hasta cierto punto. Este es,
realmente, el principio adoptado en la clasificación
de las ciencias naturales -lo más simple precede a lo
más complejo-, y el intento de proceder de otro
modo en teología, el considerar, por ejemplo, la
doctrina del pecado, o de la expiación, sin una
investigación previa de las doctrinas escriturales de
Dios, del hombre y de las relaciones entre los dos,
sólo puede terminar en la superficialidad y el error.


24
Tal es, pues, el sistema lógico, el principio sobre el
cual está construido. Mirando luego el desarrollo de
la doctrina, tal como se halla ante nosotros en la
amplia página de la historia, ¿qué es lo que
encontramos? Como dijimos antes, simplemente
este sistema lógico proyectado en una vasta pantalla
temporal. El curso entero de conferencias será una
extensa ilustración de esta tesis, de modo que sólo
se necesita aquí dar una indicación general.
Usando, pues, las controversias que impulsaron a la
Iglesia a la formación de su credo como una pauta,
nótese, en una ojeada rápida, la exactitud del
paralelo. El siglo segundo en la historia de la Iglesia,
¿en qué consistió? Fue la época de la Apologética y
de la reivindicación de las ideas fundamentales de
toda religión --de la cristiana en especial-- en
conflicto con el Paganismo y con los gnósticos. Esta
fue la doble batalla de la Iglesia en aquella edad. Por
una parte, tenía que reivindicar en sus apologías su
derecho a existir y a ser tolerada en el Imperio; y por
otra, tenía que defender sus concepciones
esenciales contra las especulaciones desbordadas y
las tendencias desintegrantes de una filosofía
religiosa fantástica. No fueron las doctrinas de la fe
cristiana todavía las que estaban en discusión -
aunque éstas se vieron arrastradas parcialmente a
la misma---, sino más bien las verdades más
amplias que subyacen a toda religión: la unidad,
espiritualidad y el gobierno moral de Dios, la libertad
y responsabilidad del hombre, la certeza del juicio, la
necesidad de arrepentimiento, la idea de la
revelación, el canon de la Escritura, la reivindicación
de los hechos primarios del Evangelio contra los que
alegorizaban estos hechos en sucesos del mundo
de los espíritus, etc. El profesor Harnack y su
escuela reprochan a los apologistas del siglo


25
segundo el que convirtieran el Cristianismo en una
teología natural. Sin duda, hay mucha verdad en la
acusación de que lo que llamamos teología natural
ocupó mucho espacio en los tratados dirigidos a los
paganos, lo cual fue así por la necesidad del caso.
Pero lo que he de indicar ahora es la forma en que
todo esto se halla todavía en la antesala de la
teología; tal como, en el mismo lugar en el esquema
lógico, o disciplina preparatoria a la misma,
encontramos la teología natural, la apologética, la
canónica, las ideas de religión y revelación, y la
historicidad de los hechos cristianos. Las cuestiones
más fundamentales, en resumen, son las que son
puestas en tela de juicio primero en el juicio de la
Iglesia.
Si pasamos al próximo estadio del desarrollo, ¿qué
es lo que encontramos? Precisamente lo que viene
después en el sistema teológico --la Teología en sí--:
la doctrina cristiana de Dios, y especialmente la
doctrina de la Trinidad. Este período queda cubierto
por las controversias monarquiana, adriana y
macedoniana de los siglos tercero y cuarto, en las
cuales la Iglesia se vio obligada a impugnar estas
formas variadas de error; primero, en oposición a las
tergiversaciones unitaria, patripasiana, y sabeliana,
reivindicando la doctrina general de la Trinidad
personal; segundo, contra las negaciones del
Arrianismo, defendiendo la divinidad verdadera y
esencial del Hijo; y tercero, contra el
Macedonianismo, afirmando la verdadera divinidad y
personalidad del Espíritu Santo. Estas controversias
clásicas, como puede observarse, siguen el orden
lógico de Padre, Hijo y Espíritu, y representan
posiciones conquistadas al enemigo, fortalezas
fronterizas capturadas, líneas establecidas, de las


26
cuales la Iglesia cristiana no ha sido desalojada
nunca, y probablemente nunca lo será. Sus
resultados han entrado en todos los grandes credos,
y forman, por lo que podemos creer, una posesión
inalienable de la teología.
¿Qué viene luego? Así como en el sistema lógico la
Teología va seguida por la Antropología, igualmente
en la historia del dogma las controversias que
hemos mencionado son seguidas, a comienzos del
siglo quinto, por las controversias agustiniana y
pelagiana, en las cuales, correspondiendo al cambio
de actividad teológica del Oriente al Occidente, el
centro de interés se desplaza de Dios al hombre, de
las discusiones trascendentes sobre la Trinidad a las
cuestiones intensamente reales y prácticas del
pecado y la gracia, que el Oriente, con su sentido
más fuerte de libertad, se sentía tentado a pasar por
alto demasiado superficialmente. En la Iglesia latina,
por otra parte, desde los días de Tertuliano --
pasando por Cipriano, Hilario y Ambrosio-- había ido
preparándose el camino para el estudio serio de
estas cuestiones. Pero fue la mente poderosa de
Agustín, iniciado en sus profundidades por una
experiencia costosa, y llevada a una formulación
más precisa de las cuestiones a través del conflicto
con el Pelagianismo, quien las llevó por primera vez
a la maduración. A pesar de sus innegables
limitaciones, no se ha levantado en la Iglesia
cristiana una figura mayor que la de Agustín, un
hombre educado de modo peculiar y
providencialmente apto para la obra que tenía que
hacer, como el mismo apóstol Pablo. El también
ganó para la Iglesia posiciones de las que las
doctrinas protestantes de la gracia son el desarrollo
consecuente; en tanto que el Catolicismo, después


27
de reconocer su supremacía prácticamente durante
toda la Edad Media, se ha vuelto a hundir en una
especie de semipelagianismo.
El Agustinismo, sin embargo, en conflicto con el
Pelagianismo, no es el único gran desarrollo de la
época posterior a Nicea. Como en el sistema
teológico la Cristología sigue a la Antropología, y
forma la transición de la última a la Soteriología, lo
mismo vemos aquí. A partir de la muerte de Agustín
vemos a la Iglesia que entra en aquella larga y
confusa serie de controversias conocidas como
cristológicas --nestoriana, eutiquiana, monofisita,
monotelita-- que la tuvieron en continua
efervescencia, y la dividieron en apasionamientos
muy poco cristianos durante los siglos quinto y
sexto, hasta casi el fin del siglo séptimo. Esta es
quizá la serie de disputas más insidiosas, excepto
quizá algunas en la Iglesia Luterana, y es triste
reflexionar que es precisamente la persona del
Salvador la que dio ocasión a las mismas (ibid.). Sin
embargo, incluso aquí, como nos convencerá una
inspección imparcial, había lógica en el proceso; los
hombres más entendidos conocían la importancia de
las cuestiones por las que pugnaban, y las
decisiones de Calcedonia han sido aceptadas por la
mayoría de las iglesias, si no como una formulación
final --porque ¿qué fórmula puede ser considerada
como final en un tema así?--, por lo menos
delimitando los límites dentro de los cuales se ha de
mover la verdadera doctrina de la persona del
Señor.
Esto concluye el desarrollo de la doctrina en la
Iglesia antigua. Entretanto, creciendo junto a ella, y
amenazando con detener todo nuevo progreso en


28
una dirección sana, había un vasto sistema
sacerdotal, con conceptos teológicos propios, cuya
influencia nefasta siguió intacta hasta la gran
revuelta de la Reforma. Con todo, el progreso de la
doctrina no quedó detenido durante este intervalo.
La Teología, la Antropología, la Cristología habían
tenido su apogeo, cada una, en el orden del sistema
teológico, que la historia todavía sigue
cuidadosamente: ahora le tocaba el turno a la
Soteriología. Hasta aquí, la doctrina de la expiación,
aunque siempre manteniéndose firme y central en la
fe de la Iglesia, como se verá, nunca había sido
investigada teológicamente como las otras doctrinas
lo habían sido, y se habían mantenido muchas
concepciones crudas y provisionales junto con las
aprensiones más profundas. Ahora, con Anselmo,
en su Cur Deus Homo, el problema entró
definitivamente en la mente de la Iglesia para su
examen y solución, y las cuestiones cristológicas
fueron puestas formalmente en relación con la
Soteriología. La teología de Anselmo, aunque
personificaba elementos de profunda verdad, tenía
los defectos inevitables de los primeros grandes
intentos, y se requirió la explícita antítesis de
Abelardo, que representa el principio de la teoría
moral contra las de la satisfacción en la expiación,
para traer claridad a la naturaleza de las cuestiones
implicadas. El problema, sin embargo, quedó ahora
definitivamente enfocado. Bernardo y Tomás de
Aquino trabajaron en él no sin resultado; hasta que,
en la Reforma, cuando la muerte de Cristo fue
captada en su pleno significado en relación con la
ley divina, como la base de la justificación del
pecador, se puede decir que la doctrina alcanzó en
lo esencial la forma en que ha entrado en los
grandes credos protestantes.


29
La Soteriología, pues, ocupa el lugar que
deberíamos esperar en la teoría del paralelismo del
desarrollo lógico e histórico; pero, si nuestra
hipótesis es válida hasta ahora, no es refutada por el
próximo paso, tomado por los reformadores en el
desarrollo de la doctrina de la Aplicación de la
Redención. Esta, como vimos, es la próxima gran
división en el sistema teológico --Soteriología
subjetiva, como algunos la llaman-- que incluye las
doctrinas de la justificación, la regeneración, la
santificación y la nueva vida. El paralelo aquí es tan
evidente que no tengo por qué poner énfasis en
esto. Los reformadores, como a veces se indica,
como reproche, no del todo justificado, adoptaron
prácticamente los resultados intactos de los
desarrollos previos en la doctrina: la Teología, la
Antropología, la Cristología, y la doctrina de la
expiación en la Iglesia más antigua; pero
concentraron toda su energía en lo que se refiere a
la redención en la relación de Dios con el pecador
individual: en la Justificación, en la Regeneración, en
la Santificación y en las buenas obras. Estas, como
se sabe bien, fueron las grandes cuestiones vitales
del período de la Reforma --su contribución especial
a la historia de la doctrina--. Y sus resultados
también permanecen.
¿Qué diré ahora de la rama restante del sistema
teológico, la Escatología? Había, indudablemente,
una Escatología en la Iglesia primitiva, pero no era
concebida teológicamente; y una Escatología
mística existía en la Iglesia medieval --una
Escatología del Cielo, del Infierno y del Purgatorio--,
a la cual me referiré más adelante. Pero la Reforma
se desembarazó de todo esto, y, con sus estados
contrastados abruptamente de bienaventuranza y


30
miseria, apenas se puede decir que puso nada en su
lugar, o incluso que hizo frente, verdaderamente, a
las dificultades del problema según se impone a la
mente moderna, con su perspectiva más amplia en
los caminos de Dios y la providencia. Es probable
que no me equivoque al pensar que, además de la
necesaria revisión del sistema teológico como
conjunto, que no podía ser propiamente emprendida
hasta que el desarrollo histórico que he bosquejado
hubiera seguido su curso, la mente moderna se ha
entregado con un interés especial a las cuestiones
escatológicas, movida a ello, quizá, por la solemne
impresión de que en su tiempo ha llegado el final del
mundo y que se está acercando alguna crisis en la
historia de los asuntos humanos. Incluso aquí, no
espero que los grandes hitos de la doctrina cristiana
hayan de sufrir algún cambio serio. El resultado
principal puede ser enseñarnos precaución al hablar
sobre un tema del que muchos de sus elementos se
hallan más allá de nuestro alcance.
III. Confío haber conseguido mostrar en perfil lo que
quiero decir cuando hablo de un paralelo entre el
sistema teológico y el desarrollo histórico del dogma
y de una ley lógica subyacente en los dos. La ley es,
indudablemente, la misma en los dos casos. El
desarrollo no es arbitrario, pero está modelado por la
razón y necesidad internas del caso. Lo simple
precede a lo más complejo; las doctrinas
fundamentales preceden a las que necesitan a
aquéllas como su base; los problemas, en el orden
en que surgen de modo natural e inevitable en la
evolución del pensamiento. El resultado es que, en
vez de una confusión inextricable en la historia,
vemos la creación de un organismo-, en vez de
fatuidad y error, la evolución gradual y la


31
reivindicación de un sistema de verdad. Así se crea
una prueba del valor no simplemente del sistema
doctrinal existente, sino de cualquier teoría que
pretenda ser una ampliación de las antiguas formas
de la fe o su sustituto. No discuto, ni mucho menos,
que hay todavía lugar para nuevos desarrollos en la
teología. Los sistemas existentes no son los últimos;
como obras del entendimiento humano tienen que
ser por necesidad imperfectas; no hay ninguna que
en algún grado no esté afectada por la naturaleza
del ambiente intelectual, y los factores que la mente
tenía a su disposición, al mismo tiempo de su
formación. No pongo en duda, pues, que hay
todavía lados y aspectos de la verdad divina a los
que no se ha hecho aún plena justicia, mejorías que
se pueden hacer en nuestra concepción y
formulación de todas las doctrinas, y en su
correlación una con otra. Todo lo que digo es que un
desarrollo así será dentro del Cristianismo y no
alejándose de él; que reconocerá su conexión con el
pasado y se unirá orgánicamente con él; y que no
despreciará el desarrollo pasado como si no se
hubiera conseguido con él nada de valor
permanente. Como ya he intentado mostrar, lejos de
que esta actitud despectiva hacia el pasado esté en
armonía con el espíritu de la verdadera ciencia
evolutiva, es una desviación flagrante de la misma.
Todo descubrimiento de una nueva ley en la ciencia
encaja con los desarrollos previos, y lleva a éstos a
un estadio más adelante; se vale de las
generalizaciones pasadas como una ayuda a
nuevos progresos; y los comprueba por medio de
verdades nuevas y más amplias a las que guía. En
cuanto una teoría es verdadera, al mismo tiempo
explica los hechos previos y es comprobada por
ellos.


32
Con todo, aquí de nuevo, quizá, haya necesidad de
unas palabras de precaución. No estoy seguro de no
errar, como hacemos a menudo, al hablar de lugar
para el avance en la teología como si fuera algo
indefinido de modo absoluto; como si la parte
principal de la tarea de la teología se hallara delante
todavía; como que queda tanto por hacer como si
nuestros padres no hubieran entrado en liza; como
si, en resumen, la obra de la teología estuviera aún
sólo en sus comienzos. No siempre se recuerda que
en todo departamento del conocimiento, la teología
incluida, tenemos, como en la agricultura, que
aceptar una ley de resultados disminuidos. En el arte
y en la ciencia esta ley es válida. En la arquitectura,
no podemos hacer planos y edificar como si los
griegos y los romanos, los normandos y los
teutones, no hubieran edificado antes que nosotros;
en música no esperamos superar las creaciones de
Handel y de Haydn, de Mozart y de Beethoven; en
ciencia no es cierto que los descubridores e
inventores del siglo veinte tendrán un campo para
sus operaciones tan amplio y claro como sus
predecesores. Las grandes líneas de las ciencias,
en todo caso, están señaladas, sus fundamentos
están puestos, gran parte de su estructura edificada,
y ésta es una obra que no ha de hacerse de nuevo
jamás. Así, en la teología, creo, tenemos que
reconocer el hecho de que nuestros padres han
laborado, y que nosotros hemos entrado en sus
labores; que la historia ha estado de parto con estos
temas durante los diecinueve siglos que nos
preceden, y ha dado a luz bastante más que viento;
que no estamos tratando con meras especulaciones
humanas, sino con una revelación divina, cuyo
testimonio ha estado en las manos de los hombres
desde el principio, y sobre la cual la mente de los


33
hombres se ha dirigido con deseo intenso y orando,
pidiendo luz, y que Cristo prometió a sus discípulos
que el Espíritu los guiaría a toda la verdad, y esto no
fue empezando por los eruditos del siglo diecinueve;
y que hay que asumir -por no decir tener la
certidumbre-- que los hitos decisivos de la teología
ya están fijados, y que no se nos llama a quitarlos de
su lugar ni tampoco podríamos. Naturalmente,
siempre está abierta, incluso en la ciencia, la
posibilidad de que el hombre elabore una teoría que
proceda de la suposición de que todos los
desarrollos del pasado están equivocados esto es,
por ejemplo, que la Tierra no es una esfera, que la
teoría de Copérnico es falsa--, pero en general no le
consideraríamos a este hombre como sabio. Dentro
de ciertos límites, lo mismo hemos de decir respecto
a la teología. Los hombres que nos han precedido
han puesto los cimientos, y nosotros hemos de
contentamos, considero, en edificar sobre los
fundamentos que ellos han puesto. Esto nos deja
mucho trabajo por hacer, pero no es el que hicieron
ellos. No hemos de hacer menos progresos por el
hecho de damos cuenta que hay un cimiento bien
sólido en el pasado del cual hemos de partir.
Podemos sentir aliento de los que nos han
precedido de que nuestra labor no tiene por qué ser
en vano.




34
"¹l1(iC ll l\l"¦ "¹l1(iC ll l\l"¦ "¹l1(iC ll l\l"¦ "¹l1(iC ll l\l"¦
¹'l°l1l`"¦ "¹CiCGl1l"¦ ¹'l°l1l`"¦ "¹CiCGl1l"¦ ¹'l°l1l`"¦ "¹CiCGl1l"¦ ¹'l°l1l`"¦ "¹CiCGl1l"¦
` 'lilGlC¦"¦ ` 'lilGlC¦"¦ ` 'lilGlC¦"¦ ` 'lilGlC¦"¦
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C`1'C`l'¦l" C` li C`1'C`l'¦l" C` li C`1'C`l'¦l" C` li C`1'C`l'¦l" C` li
¹"G"`l¦°C ` li ¹"G"`l¦°C ` li ¹"G"`l¦°C ` li ¹"G"`l¦°C ` li
G`C¦1ll¦°C ´¦lGiC G`C¦1ll¦°C ´¦lGiC G`C¦1ll¦°C ´¦lGiC G`C¦1ll¦°C ´¦lGiC
¦lG(`\C ¦lG(`\C ¦lG(`\C ¦lG(`\C
Se ha afirmado en el capítulo anterior que la historia
del dogma, entendida debidamente, no es sino el
elaborar la solución del problema de lo que
pertenece al contenido esencial del Cristianismo.
Los artículos doctrinales complicados que se hallan
incluidos en nuestros credos en realidad parecen
hallarse muy lejos de la simplicidad del evangelio
original, y en un sentido están aparte del mismo.
Con todo, tienen que ser juzgados por su pretensión
a desplegar y exhibir, en una forma que ha resistido
la prueba del tiempo, el contenido de esta revelación
original --para dejar desarrollado o explícito lo que
está implícito, o sólo expresado de modo
fragmentario y no sistemático, en los testimonios
escriturales--. Sin embargo, tratando, como me
propongo, sólo las épocas principales, puedo


35
permitirme pasar por alto los estadios preliminares y
entrar de pleno en el siglo segundo, que ya he
descrito como la época de los Apologetas, y la
polémica contra el Gnosticismo. Se hallará que hay
una identidad más profunda entre estas formas de
conflicto de la que aparece a primera vista. En una y
otra el Cristianismo está luchando por su misma
existencia. En una y otra, también, se ve forzado a la
defensa en la reivindicación de las ideas que se
hallan en la base tanto de la religión natural como la
revelada. Me propongo mostrar en esta conferencia
la forma en que se dirimió el conflicto, e ilustrar su
carácter típico y el valor permanente de sus
resultados para la teología.
I. La aparición de la apología escrita en el siglo
segundo está relacionada íntimamente con las
características de la edad en que nació. Era una
edad de predicación, enseñanza, discursos,
declamatoria más allá de todo precedente. Los
fundamentos del nuevo orden fueron puestos en el
siglo anterior por el emperador Vespasiano, el cual,
aunque él mismo en modo alguno un literato,
concibió la idea de establecer una alianza entre los
filósofos y el Estado, e instituyó una jerarquía de
maestros asalariados en Roma y las ciudades
provinciales. La simiente sembrada de esta forma
pronto dio su fruto en la época de los Antoninos.
Renan califica acertadamente el reinado de Marco
Aurelio llamándolo «El reino de los filósofos». En
este reinado, por una vez en la historia mundial,
llegó casi a realizarse el sueño de Platón; el Estado
tenía a un filósofo como su soberano, y los filósofos
monopolizaban casi todos los lugares de poder. Era
inevitable que, apareciendo en esta edad, la
apología adquiriera una forma literaria y filosófica --


36
llevara, lo que tiene en Justino y la mayoría de los
otros apologistas, el garbo de una «nueva filosofía»-.
Lo significativo es que apareciera en absoluto.
«Muestra», como he dicho en otro punto, «no sólo
que el espíritu de la edad había afectado al
Cristianismo, sino también que el Cristianismo se
había abierto paso en los círculos literarios y ya
estaba atrayendo su atención. Deja claro que los
cristianos estaban empezando a tener confianza en
sí mismos; ya no se contentaban siendo "unos
tontos cuchicheando por los rincones" como los
describían despectivamente sus enemigos, sino que
se habían armado de valor para presentar su caso al
foro abierto de la opinión pública, y a reclamar un
veredicto a su favor en base a su inherente
racionalidad».
La cantidad y alcance de la literatura apologética
que ha llegado hasta nosotros de este período
despierta nuestra admiración y sorpresa. La mayoría
de los escritores son hombres de conocimientos y
cultura; no pocos eran filósofos y retóricos de
profesión. Los primeros son Quadratus y Arístides
en el reinado de Adriano. Justino Mártir es el centro
de un distinguido grupo en la época de los
Antoninos. Entre ellos se hallan Taciano, discípulo
de Justino; Atenágoras, Teófilo de Antioquía, Melito
de Sardis, con Minucio Félix, fundador de la
Apología Latiria, cuyo diálogo Octavius Renan
califica de «perla de la literatura apologética en el
reinado de Marco Aurelio». Tertuliano, hacia el fin
del siglo, forma la retaguardia. Orígenes podría ser
incluido legítimamente en nuestra lista, porque,
aunque pertenece al siglo siguiente, su gran clásico
es una réplica a Celso, de este siglo. Las obras de
estos escritores representan una extensa área. Hay


37
dos o tres de Atenas; varias de Roma; dos son del
Asia Menor, una es de Siria; una de Pella, en
Macedonia. Por lo menos siete de estas apologías
son dirigidas a emperadores; algunas, como las de
Teófilo y de Minucio Félix, van dirigidas a individuos
particulares; otras son generales, como la de
Taciano: A los griegos. Además, en la mayoría de
ellas alienta un espíritu noble y elevado: el tono de
hombres que se dan cuenta de la historia que se
acerca. Qué dignidad delicada, por ejemplo, marca
el exordio de la primera apología de Justino: «Al
Emperador Antonino Pío, y a su hijo Verissimus
(Marco Aurelio), el filósofo, y a Lucio, el filósofo, el
hijo adoptado de Pío, y al sagrado Senado, con todo
el pueblo de los romanos, yo, Justino, el hijo de
Prisco, el nieto de Bacchius, natural de Flavia
Neapolis, en Palestina, presenta este discurso y
petición en favor de aquellos de todas las naciones
que son odiados injustamente y maltratados
inexcusablemente, contándome yo entre ellos».
«Porque», sigue, «hemos venido no a halagarte con
este escrito, ni a complacerte con nuestro discurso,
sino a pedirte que pases juicio después de un
examen a fondo y preciso, no halagado por
prejuicios, o por el deseo de agradar a hombres
supersticiosos, ni inducido por un impulso irracional
o por rumores malignos que han prevalecido desde
hace tiempo, para que des una decisión que sea
contra vosotros mismos. Porque nosotros,
consideramos que no se nos puede hacer ningún
daño, a menos que seamos convictos como
malhechores, o se pruebe que somos hombres
malvados; y tú puedes matamos, pero no hacemos
daño.» Esta es una nueva manera de dirigirse a los
emperadores. Nada de adulación ni sumisión aquí;
sino palabras nobles, osadas pero dignas; el


38
lenguaje de una hombre que defiende la verdad más
bien que el pellejo; el tono que corresponde a un
verdadero hombre libre en Cristo.
Es una expresión común decir que cada edad
requiere una apologética apropiada a la misma. Por
una ilusión muy natural, tenemos tendencia a pensar
que las exigencias hechas a un apologista en el
siglo diecinueve son más severas y arduas que en
períodos precedentes. No estoy convencido de que
esta idea sea correcta. El carácter del ataque es
distinto; las condiciones de la defensa han variado;
pero pongo en duda el hecho de que la Iglesia
Cristiana tenga una tarea más pesada a realizar hoy
que la que tenía la Iglesia del siglo segundo. Una
simple reflexión va a mostramos que era una
apologética muy compleja, realmente, la que tenía
que emprender la Iglesia de aquella época; y si lo
consideramos imparcialmente, nuestro sentimiento,
creo, será de admiración por el hecho de que, a
pesar de todos los obstáculos, la tarea fuera
realizada tan bien. Es fácil, sin duda, enjuiciar la
obra de hombres con la ayuda de cuyas espaldas
nos hemos encaramado a la altura que ocupamos
hoy; que fueron las avanzadillas de sus respectivos
departamentos. La obra de Justino, por ejemplo,
podemos admitir que presenta defectos en muchas
formas. No es sistemática, ni crítica, sino que
avanza al azar. Su exégesis es a menudo
caprichosa; el uso de la alegoría es excesivo. Funda
argumentos en el texto griego que el hebreo no
sostiene. Pero incluso estas críticas pueden
exagerarse. La apología de Justino no nos serviría;
pero me atrevo a decir que, con todas sus faltas, sus
libros contienen una masa ingente de
razonamientos, partes de los cuales ni aun hoy son


39
anticuados. Los que menosprecian su originalidad
deben recordar lo poco que se había hecho todavía
en la dirección de la apologética o la teología.
Muchos de sus argumentos los juzgamos comunes
sólo por el hecho de que ahora nos son familiares.
Me parece que Justino prepara su argumento,
tomándolo en conjunto con gran destreza; y que
muchos de sus pensamientos --por ejemplo el de la
palabra espermática-- son a la vez originales y
profundos. Haremos mayor justicia a la complejidad
y dificultad de este segundo siglo apologético si
reflexionamos en el doble conflicto que tenía que
sostener la Iglesia de aquel tiempo. Tenía que
defenderse como un cuerpo proscrito contra los
ataques externos hechos contra ella en nombre de
las leyes, y esto en unos días en que su número era
reducido, su prestigio nulo, y la nube de odio y
calumnia que la envolvía parecía casi impenetrable;
y tenía que defenderse contra los ataques vivos y
poco escrupulosos de contrincantes como Fronto,
Celso y Luciano, que luchaban con armas
intelectuales. En lo que sigue será conveniente que
consideremos los ataques literarios primero; luego
miremos la apología con que eran contestados éstos
y otros ataques, a medida que se iba formando bajo
las condiciones reales de su ambiente.
Hallamos, pues, que las condiciones literarias de la
edad ya pueden llevamos a esperar que la aparición
de la apología tenga como contrapartida ataques
escritos contra la religión cristiana. Nos
equivocaríamos mucho si no diéramos la
importancia que merecen a la agudeza o la habilidad
intelectual de estos ataques. Celso (e. 160 d. de J.)
es el representante clásico. Baur no exagera cuando
dice: «En agudeza, en aptitud dialéctica, en cultura


40
madura y versátil, tanto filosófica como general,
Cleso no se queda atrás de ninguno de los
oponentes al Cristianismo. Su obra Palabra
verdadera, en la que ataca la fe cristiana, nosotros la
conocemos sólo a través de extractos de la misma
en Orígenes, pero éstos son tan copiosos, y con
frecuencia empleando las mismas palabras de
Celso, que es posible reconstruir la mayor parte de
la obra, labor que ha realizado, en efecto, Keim. El
plan, en particular, se echa de ver fácilmente.
Haciendo uso de considerable ingenio, Celso hace
salir primero a un judío, cuya tarea es presentar
contra el Cristianismo todas las objeciones y
calumnias que puede acumular desde el punto de
vista de la sinagoga. Una vez lo ha hecho, el judío
es despedido y Celso dirige el argumento a su
propia persona. Ahora miremos el tema desde el
punto de vista de la verdadera filosofía. Judíos y
cristianos son antagonistas que se neutralizan el uno
al otro, pero a los ojos del sabio pagano, sus
posiciones son las dos absurdas. La idea del mundo
de la que procede Celso es en algunos aspectos
distinta de la moderna; en otros, tiene un aspecto
sorprendentemente moderno. Excluye de antemano
toda revelación, encarnación y milagros. El mundo
está ceñido por los lazos férreos de la necesidad, y
su curso no puede ser alterado. En un sistema así,
dice Orígenes, «la libre voluntad o libre albedrío
queda aniquilada». La materia es la fuente de todo
mal, y la cantidad de mal es fija e inalterable (iv. 62).
Con estas ideas, Celso se dirige al Cristianismo, y
todo lo que halla en él, por necesidad es
inaceptable. Apenas se le escapa nada en el curso
de sus objeciones. Las críticas de escritores
posteriores contrarios a los Evangelios --como los
Deístas, Voltaire, Strauss-- se ven presentadas aquí


41
casi de modo completo. Pero es en la doctrina de la
redención que vierte su máximo desprecio. La
redención era para Celso algo increíble, porque la
consideraba como una imposibilidad. Si la suma de
los males es una cantidad fija, es indudablemente
imposible que nadie tenga el poder de disminuirla en
nada. Es prácticamente inconcebible un cambio de
malo a bueno en la naturaleza humana (iii. 67-69). El
perdón del pecado no tiene lugar en su sistema. Que
el mundo fuera creado, o sea gobernado, para el
beneficio del hombre le parece la más ridícula de las
ideas. Para atacar al Evangelio no vacila en
degradar al hombre en la escala de la creación por
debajo del rango de los brutos (iv. 23-25, 78, 79).
Considera una ofensa peculiar que el Cristianismo
sea una religión de pecadores. La proclamación en
los Misterios es a aquellos que son de puro corazón
y vida íntegra; pero el Evangelio invita a los
malvados, indignos y ruines. No hay necesidad de
proseguir su ataque en mayor detalle, pero, teniendo
en consideración su época, se puede decir sin
vacilar que era una critica formidable y efectiva,
tanto o más que la que procede de la artillería
pesada de la incredulidad de nuestros días.
Sin embargo, lo singular es que, en cuanto
sabemos, esta obra de Celso hizo muy poco impacto
en su tiempo. Ni tan sólo oímos hablar de su
existencia hasta ochenta o noventa años más tarde,
cuando Orígenes, a instancias de un amigo,
emprende su refutación. En todo caso no consiguió
detener la marcha triunfal del Cristianismo hacia la
victoria en el Imperio. ¿Por qué? ¿Por qué un libro
tan agudo y hábil, escrito por un hombre tan
inteligente --un libro que ya había recogido casi
todas las objeciones principales al Cristianismo


42
según hemos indicado-, falló en su objetivo? No
puedo aquí ni intentar bosquejar la línea de la réplica
magnífica de Orígenes, pero hay unas pocas
razones que se hallan sobre la superficie que hacen
resaltar, creo, por lo menos las causas principales
de su fracaso, y por esta razón son instructivas. Una
razón, se puede afirmar confiadamente, era la
evidente parcialidad del libro. Celso, ni tan sólo
intenta ser imparcial. Se dedica con afán a retorcer,
ridiculizar, desfigurar, dar la peor idea posible de
todo. Esto podía divertir a los paganos, pero no
podía producir efecto alguno en los cristianos o
aquellos que sabían cómo vivían los cristianos.
Estos no necesitaban argumentos para refutar a
Celso. Los creyentes sabían por su propia
experiencia que no decía la verdad; no hacía justicia
a sus libros, su religión, su moral, sus vidas.
Semejante a ésta, hay una segunda razón, que es la
extraña ceguera en el libro a la grandeza moral y
espiritual del Cristianismo. Celso no la ve en
absoluto, o si la ve, no la reconoce. Pero los demás
no eran tan ciegos, y cuando la verdad en Jesús era
puesta delante de los hombres, éstos contemplaban
su gloria espiritual y sentían su poder salvador. En
presencia de una visión así las objeciones de Celso
se desvanecían como fantasmas al amanecer. Una
tercera razón para explicar el fracaso era la
inadecuación de las explicaciones que Celso tenía
para ofrecer acerca del Cristianismo. Esta es la
prueba que todos los sistemas de incredulidad
tienen que pasar. No basta con refutar al
Cristianismo; hay que explicarlo, y Celso no tiene
explicación satisfactoria que ofrecer. Forzado a
hacerlo, no tiene mejor hipótesis a sugerir que
impostura por parte de Jesús y sus discípulos. Pero
la conciencia humana nunca se reconciliará con esto


43
como una explicación adecuada de un sistema como
el Cristianismo. Se aparta de ella, retrocede, y a
menos que la incredulidad se desentienda de esta
idea, y en formas más sutiles o más burdas nunca lo
ha logrado, no conseguirá el asentimiento general.
Una cuarta razón a dar por el fracaso del libro es la
extraña perversidad con que Celso convierte las
cosas que son la gloria del Cristianismo en un
argumento en contra del mismo. Esto se aplica a su
invitación a los pobres, los ignorantes, los
pecadores, que para Celso era la principal «piedra
de escándalo». Una última razón se puede dar en
que Celso, si bien rechaza el Cristianismo, no tiene
sustituto que ofrecer. Su idea del mundo no era
defendible, ni a la luz de la razón ni ante las
necesidades del corazón, frente a la del cristiano.
Los hombres creían que en la doctrina de un Dios-
Padre que los amaba, y que había enviado a su Hijo
para salvarlos, y los llamaba a ser sus hijos, tenían
algo que el frío racionalismo o el implacable
fatalismo de Celso no podía ofrecerles. El espíritu de
Celso no les atraía si el Cristianismo fallaba. Así su
argumento quedaba desvirtuado y el Evangelio
siguió su camino sin sufrir mella. El caso es típico.
Las mismas causas que explican la derrota de Celso
dan la razón por la que la historia de la cruz halla su
entrada cada semana en miríadas de corazones, en
tanto que los tomos eruditos en que se pretende
triturar la religión cristiana van acumulando polvo en
los estantes de las bibliotecas, sin que nadie los lea.
Esto me lleva ahora a hablar de la tarea de la
Apología cristiana en sí. He dicho que si
consideramos imparcialmente la magnitud y
dificultad de esta tarea, nos sentimos llenos de
admiración por la habilidad con que la ejecutaron.


44
Comprenderemos mejor la forma que asumió si
damos una mirada a la misma a la luz de su triple
objetivo, que es defensivo, agresivo y positivo. En
primer lugar, el Cristianismo había de reivindicar su
derecho a la existencia, librarse de las calumnias y
aspersiones que se le echaban encima, fuera por
ignorancia o por malicia. Esta era su tarea
defensiva. Tenía que emprender esta tarea con
respecto a judíos y gentiles. Tenía que contrarrestar
y refutar las calumnias y falsificaciones del antiguo
pueblo judío, sus tergiversaciones de los hechos del
Evangelio, su negativa de la mesianidad de Jesús.
Tenía una tarea más difícil aún en relación con los
gentiles. Aquí el Cristianismo se hallaba fuera de la
protección de las leyes, y, como religión proscrita y
perseguida, tenía que suplicar tolerancia, el mero
derecho a existir. Tenía que mostrar el motivo por el
que los decretos contra ellos tenían que ser
abrogados, y ellos habían de recibir reconocimiento
legal pleno. Al hacerlo tenía que enfrentarse, como
señalamos, a una masa de superstición, odio,
prejuicios, ignorancia, de cuya densidad ahora nos
es difícil hacemos cargo. Levantó la voz pidiendo
justicia frente a todo el poder del Estado romano en
contra de él. Esta primera parte de su labor
apologética hay que admitir que la Iglesia primitiva la
realizó con nobleza y con éxito. La reivindicación de
la fe cristiana de las acusaciones calumniosas que
se hacían a sus adherentes ocupa mucho espacio
en todas las Apologías (Justino, Tertuliano, etc.).
Las acusaciones son contrarrestadas señalando la
ausencia de evidencia en apoyo de las acusaciones;
mostrando la inconsecuencia de conducta alegada
con el espíritu y preceptos del Evangelio; sobre todo
apelando al testimonio público de los caracteres y
vidas de los cristianos, que presentaban un


45
contraste tan marcado con los de los paganos,
relajados y disolutos, que les rodeaban.
La segunda parte de la Apología cristiana era
agresiva, y aquí su relación con el Judaísmo difiere
por necesidad de su relación con el Paganismo. Los
cristianos reconocían la realidad de la revelación del
Antiguo Testamento. Por tanto, hasta cierto punto,
tenían un terreno común con los judíos, y es en este
terreno común que es hilvanado el argumento. Lo
que tenían que mostrar a los judíos era que la Ley
mosaica, cuyo origen divino admitían, era temporal
por su misma naturaleza; que había habido una
dispensación anterior en que los padres no
observaban la ley; y que sus propias Escrituras
predecían un día en que Dios haría un nuevo pacto
con su pueblo y traería un sistema más espiritual.
Esto ponía sobre el apologista la tarea de distinguir
entre los elementos temporales y eternos de la ley;
de demostrar su carácter de tipo y de sombra; de
demostrar la mesianidad de Jesús, puntos todos
ellos que requerían un manejo delicado y cuidadoso,
y al tratar con los cuales no tenemos que
sorprendemos si los defensores del Cristianismo
tropezaran de vez en cuando. En relación con el
Paganismo, la primera actitud del apologista era por
necesidad polémica. Tenía que limpiar el terreno de
los errores existentes, para conseguir que se le
escuchara. Todos los apologistas, en consecuencia,
dedican mucha atención a la exposición de la locura
y absurdidad de la idolatría, y el carácter pueril e
inmoral de la mitología pagana. En esto obtuvieron
ayuda abundante de los mismos poetas y filósofos
paganos. Una verdadera apología, sin embargo, no
puede ser enteramente negativa. Los escritores
cristianos, pues, no se contentaron con atacar


46
simplemente a las religiones paganas, sino que
presentaron por su parte las grandes verdades de la
religión natural. Proclamaron, con una claridad y
seguridad en sorprendente contraste con la
vacilación de las escuelas, las grandes doctrinas de
la unidad de Dios, de su providencia universal, de su
gobierno moral, de la vida venidera, del juicio futuro.
Para muchas de estas doctrinas podían también
aducir el testimonio de escritores paganos; pero aquí
aparece una marcada diferencia en los rangos de
los distintos apologistas. Una escuela --en la cual se
pueden considerar como típicos Taciano, Teófilo y
Tertuliano-- adoptó una actitud francamente hostil a
la filosofía y estudios paganos. Su obra había
terminado cuando mostraban los errores,
contradicciones y absurdos en que habían caído los
escritores paganos. Otra escuela, de más enjundia --
representada principalmente por Justino y Orígenes-
, adoptaba una posición más liberal con respecto a
la filosofía, y de buena gana se valían de todo rayo
de que hallaran en la sabiduría pagana. Reconocían
tan claramente como los demás lo inadecuado de la
guía de la razón, y no dejaban de mostrar la
naturaleza confusa y conflictiva de las opiniones de
los antiguos paganos. Pero su relación a la sabiduría
pagana no se agotaba en esta actitud negativa. Con
Pablo no despreciaban el argumento: «Como ha
dicho alguno de vuestros poetas» (Hechos 18:28).
Aquí se incluye la doctrina de Justino de la palabra
espermática, que ya hemos mencionado. Todos los
hombres, dice, tienen en sí una porción de la
palabra divina. «Todas las cosas», por tanto, se
atreve a afirmar, «que han sido dichas con rectitud
entre los hombres son propiedad de nosotros los
cristianos». Los sabios y los legisladores tenían una
porción de esta Palabra; en Cristo poseemos toda la


47
Palabra. Cristo, pues, proporciona el canon por el
cual distinguimos lo verdadero de lo falso en la
enseñanza de la antigüedad.
Pero, finalmente, la tarea de esta apologética era
también en parte positiva --en relación, quiero decir,
con el Cristianismo mismo-. No era bastante denibar
los sistemas rivales idólatras, o incluso que
quedaran establecidas en su lugar las verdades de
la religión natural. El carácter positivo del
Cristianismo como una revelación de Dios debía
también ser defendido. Los apologistas afirmaban la
divinidad, la mesianidad, el nacimiento sobrenatural,
la resurrección, el reinado celestial de Jesús, y
sostenían que, por medio de El, Dios había dado a
los hombres una revelación nueva y definitiva. Una
parte indispensable de su obra apologética, pues,
era establecer la realidad de esta revelación
aducida, y aquí las líneas de evidencia se
caracterizaban como sigue. El lugar principal lo
ocupaba siempre el argumento de la profecía, y
puede decirse que la fori-na en que los apologistas
manejaban este argumento, si bien era poco crítica,
era, en lo sustancial, sana. Los pasajes en que
insistían principalmente eran aquellos que la Iglesia
siempre ha considerado como mesiánicos (por ej.
Isaías 53), y que probablemente retendrán este
carácter a pesar de la luz vertida por el criticismo
sobre sus relaciones históricas. No se ponía el
mismo énfasis sobre los milagros como en tiempos
posteriores, principalmente debido a que los
milagros no eran impugnados, sino adscritos a
brujería. Pero Quadratus, el primer apologista
(Eusebio iv. 3), y Orígenes, en su respuesta a Celso,
muestran bien que no es el milagro como mera obra
de poder, sino el milagro en su carácter moral, y en


48
su relación con el agente, que ofrece la prueba de
ser divino (i. 68; ii. 49-51). Se hace apelación,
además, repetidamente, por parte de Justino y
Orígenes, por ejemplo, a la notable difusión del
Cristianismo como evidencia de su inherente
energía espiritual. Este argumento tiene fuerza
peculiar en un tiempo en que el Paganismo usaba
todos los medios violentos a su disposición para
frenar su progreso victorioso, si bien acaba
triunfando sobre todos. Pero el argumento cumbre
era la apelación al cambio en el carácter y vida de
los seguidores de Cristo --los milagros morales
obrados por el Evangelio en las almas de los
hombres-. Con el cambio de vida venían relaciones
cambiadas: un nuevo ideal en el matrimonio, una
vida de familia purificada, una nueva concepción del
deber social, nuevas obras de amor, etc. El
argumento era irresistible, ya que una religión que
producía estos frutos no podía ser otra cosa que
divina.
En este punto, sin embargo, aparece una cuestión
de considerable importancia para la recta
comprensión de los apologistas y de su obra. Se
trata de la cuestión presentada por el profesor
Harnack y los que piensan como él, sobre: hasta
qué punto los apologistas que estamos estudiando
habían captado debidamente la naturaleza distintiva
del Cristianismo, después de todo. Según este
erudito, casi todos ellos se han quedado cortos de
una captación apropiada del evangelio cristiano. La
sustancia del Cristianismo, dice, para ellos se
hallaba sólo en el contenido racional --en las
doctrinas de Dios, de la virtud y la vida futura-, y el
único valor de los hechos objetivos del Cristianismo
(la encarnación, resurrección, etc.) es dar


49
certificación y confirmación de estas doctrinas. El
Cristianismo es un sistema de religión natural con
sanciones sobrenaturales. Las doctrinas que he
clasificado como de la religión natural --Dios,
inmortalidad, virtud, son la esencia de la cuestión,
todo lo demás es la maquinaria de la revelación y la
atestación. Como no puedo estar de acuerdo con
este veredicto, por lo menos sin considerables
modificaciones, es propio que dé una o dos razones
por mi disconformidad.
Es una consideración preliminar obvia que las obras
que consideramos eran apologías, y no tratados
doctrinales. Son, pues, libros escritos con un
objetivo perfectamente definido, a saber, refutar las
calumnias lanzadas contra los cristianos, y
reivindicar para ellos el derecho de vivir quieta y
pacíficamente bajo las leyes, en obediencia a sus
propias conciencias. Dirigidas a los paganos e
idólatras, adoptan naturalmente las líneas de
argumentación más apropiadas a esta audiencia. No
entran en las especialidades de la religión cristiana,
sobre las cuales los paganos no sabían nada y aun
les importaban menos, sino que se mantenían en las
verdades amplias en que el contraste entre su
propia fe y el de la idolatría establecida era más
palpable. Lo mismo podría ser acusado Pablo por
confinar su predicación ante Félix a la justicia, la
templanza y el juicio venidero (Hechos 24:25), o por
empezar en la base de la religión natural en su
discurso a los atenienses (Hechos 17:22 y sig.; ver
14:15-17), que estos apologistas por no discutir las
doctrinas interiores del Cristianismo ante personas
que todavía no estaban convencidas de las
verdades elementales del teísmo. Los escritores de
nuestros propios días no suelen discutir los misterios


50
de la justificación o la regeneración en tratados que
tienen por objeto refutar el agnosticismo de Huxley o
de Spencer.
Con esta reserva, se puede admitir libremente que
los apologistas dan prominencia a lo que he llamado
los artículos fundamentales de la religión, y con
unanimidad se esfuerzan en convencer a sus
oponentes de la verdad y razonabilidad de los
mismos. Las verdades que declaraban, pues,
incluían el ser, la unidad y la espiritualidad de Dios;
su creación libre del mundo y la dependencia del
mismo de El para su existencia continuada; su
providencia y administración moral. La realidad e
inmutabilidad de la ley moral; la certidumbre del día
del juicio, y de un estado futuro de recompensas y
castigos. Es evidente que éstas eran verdades que
era necesario sacar a relucir y hacer hincapié
enérgicamente en ellas frente a la idolatría
prevaleciente, el ateísmo epicúreo, el panteísmo y
fatalismo estoico, la negación por todos de la
creación, y con frecuencia también de la
providencia. Sería muy aventurado inferir de esto,
sin embargo, que los apologistas no sabían nada de
doctrinas cristianas más específicas, o que no
discutían estas doctrinas con sus compañeros
cristianos. Hamack mismo lo admite 2 aunque esto
deja romo en gran parte el filo de su propio
argumento. No era contra las doctrinas específicas
de los cristianos que se objetaban generalmente,
sino contra el hecho de que no dieran cumplimiento
al culto establecido, el que no usaran imágenes,
templos, etc. Cuando se hacían objeciones contra
doctrinas especiales, como en el caso de Celso,
eran aceptadas y contestadas por los apologistas.
Pero incluso los ocho libros de respuesta de


51
Orígenes a Celso nos darían una idea muy pobre del
contenido de la teología de Orígenes. Un hecho
ulterior sobre el que es necesario insistir es que las
doctrinas mencionadas, puestas en primer plano por
los apologistas, son partes muy reales del sistema
cristiano. Una verdad no deja de ser cristiana por el
hecho de que esté en consonancia con la razón,
aunque esto podría parecer que es precisamente la
idea de gran parte del criticismo de los apologistas.
Las doctrinas de la unidad de Dios, de su gobierno
moral, del juicio venidero, del estado futuro de
recompensas y castigos, son partes fundamentales
del sistema bíblico, y como tales exigen ser
explicadas, defendidas y puestas en vigor. Es
verdadero también que estas doctrinas no eran clara
y finnemente captadas por el mundo pagano, y que
el Cristianismo puso nueva claridad, precisión y
certeza en ellas. ¿Por qué no habían de darles
prominencia los apologistas? Estas son,
verdaderamente, las doctrinas fundamentales, y
hasta que sean reconocidas no es posible hacer
progresos.
Hasta aquí me he basado en el supuesto de que los
apologistas, como se dice, no contienen
esencialmente nada más que una teología y
cosmología racionales --la doctrina del Logos, en
este sentido, siendo parte de la cosmología-. Sin
embargo, ahora quisiera dar un paso más e
impugnar la justicia de esta suposición. El profesor
Harnack ha de modificar su juicio atrevido, y
reconocer que en el caso de Justino por lo menos (ii.
pp. 203, 220), si no de otros (p. 169), hay muchos
elementos de carácter más específico. Pero de
nuevo se retracta de esta admisión, y la doctrina de
Justino se reduce a «moralismo», con la explicación


52
de que en Justino, Cristo aparece sólo como un
maestro que revela las verdades antes
mencionadas, mediante cuyo conocimiento el
hombre es capaz en su propio poder de alcanzar el
arrepentimiento y la virtud, y con ello hacerse digno
de la vida eterna. Cristo ha dado a los hombres la
ley perfecta. Estos son salvos por la obediencia a la
misma, y no tienen necesidad más allá de esta recta
instrucción (ii. pp. 221, 227; ver pp. 216-20). Se
requerirían razones muy poderosas para poder
atribuir al autor de las Apologías y el Diálogo con
Trifón este frígido legalismo --la doctrina de la
salvación por medio de los esfuerzos independientes
de uno mismo, que es una subversión total de la
gracia, y ciertamente sería un relapso en los peores
errores del Judaísmo. Pero no puedo estar de
acuerdo en que sea justo acusar a Justino de esta
doctrina. La teología de Justino. tiene muchos
defectos, pero no pertenece a ellos el considerar la
encarnación, vida, muerte y resurrección de Cristo
como teniendo por objeto sólo el dar confirmación a
un esquema racional de verdades, o que ignore una
redención objetiva. Su enseñanza tiene muchos
elementos positivos cristianos. Con los demás
apologistas hizo mucho para poner los fundamentos
de la doctrina de la Trinidad. Es explícito sobre la
encarnación. Reconoce, por más que de modo
inadecuado, la debilidad de las potencias de la
naturaleza humana a causa del pecado, y habla del
hombre en su estado caído como el hijo de la
necesidad y la ignorancia.' Sus escritos abundan en
afirmaciones que muestran que atribuía una eficacia
redentora a la muerte de Cristo, y esto no
simplemente por medio de su efecto moral, sino
objetivamente, y en sí misma. Conoce la llamada al
arrepentimiento y la fe, y la remisión de pecados por


53
la gracia gratuita de Dios, como resultado de la
obediencia a esta llamada. El bautismo es para él
«regeneración» o «nuevo nacimiento»; y en su
enseñanza eucaristica afirma una incorporación
mística con Cristo. Incluso las doctrinas a que
hemos aludido antes, si bien se insiste en su
carácter racional, no son presentadas por Justino y
sus compañeros apologistas como verdades
escuetas de la religión natural, sino que son
exhibidas como verdades de revelación, y son
vinculadas con elementos específicos cristianos. La
creación del mundo, por ejemplo, es conectada con
el Logos, que históricamente pasó a encarnarse en
Jesucristo; la doctrina de la inmortalidad es asociada
a la resurrección y las esperanzas cristianas; hay un
juicio, pero Cristo es el juez, etc. Lo que se puede
decir legítimamente como crítica de los apologistas
creo que es lo siguiente:
Que la fon-nación filosófica de algunos,
mezclándose con el hábito de pensar de la época,
daba un matiz predominantemente filosófico a sus
escritos y les llevaba a, ver el Cristianismo más bien
como una «nueva filosofía» que como un método de
salvación; y
Que entonces, como ocurre hoy todavía, el interés
peculiar del apologista tiende a desviar sus ojos de
las doctrinas más características del Cristianismo a
las que pueden ser racionalmente defendidas, y de
esta manera causa peiJuicio a las proporciones de
la verdad. Pero sólo es en un sentido relativo que
esto se puede afirmar de ellos; y contra esto hay que
poner de relieve el servicio que rinden al unir el
Cristianismo con el pensamiento mejor y más


54
verdadero del mundo antiguo respecto a Dios, el
alma, la virtud y la vida venidera.
Como evaluación del conjunto creo que es evidente,
como dije al principio, que no tenemos motivos por
los que hayamos de avergonzamos de este segundo
siglo apologético. Tenían una tarea difícil de realizar,
y la hicieron bien. No eran superficiales. No fue una
apologética superficial y escasa, sino copiosa y
compleja, tratando a muchos adversarios, y con gran
variedad de lados de la verdad. Fue una
apologética, además, que tenía toda la fuerza de la
realidad. Los hombres se daban cuenta que estaban
enzarzados en una lucha de veras, mortal, y no
tenían tiempo para esgrima. Escribían con intención,
y su propósito daba poder y decisión a sus plumas.
La Iglesia entonces les estuvo agradecida, y
nosotros podemos recordarles hoy con gratitud.
II. Voy ahora a hacer notar que, en tanto que los
apologistas iban peleando la batalla que he descrito
contra los ataques del paganismo de fuera, la Iglesia
estaba expuesta a un peligro más sutil y más
mortífero y tenía que afianzarse para una lucha más
onerosa dentro, en su controversia con lo que es
conocido como Gnosticismo. Si la primera lucha --la
de los apologistas-- representa el conflicto de la
verdad con el error en su aspecto racional y ético, la
lucha con el Gnosticismo puede decirse que
representa este conflicto en su lado religioso; porque
las cuestiones de la pugna gnóstica indudablemente
van más adentro, y tocan al Cristianismo en sus
partes más centrales y vitales. Aquí entramos más a
fondo de lo que hemos hecho hasta ahora en la
teoría del origen griego del dogma. Según las ideas
del profesor Harnack, los gnósticos no eran herejes


55
en absoluto; él los levantaba a tronos de honor como
«los primeros teólogos cristianos» (i. pp. 227, 255
[trad. inglJ). Harnack cree que procuraban conseguir
en forma rápida la helenización del Cristianismo que
la Iglesia llevó a cabo después a través de un
proceso más gradual (i. pp. 226, 227). He de admitir
que veo difícil saber cómo hay que entender la
teoría del Cristianismo implicada en esta afirmación.
El prof. Harnack pierde de vista que hay teología y
«teología». Hay una teología que mantiene viva la
base de los hechos cristianos, y procura
interpretarlos al conocimiento; y hay una teología,
cuyo centro de gravedad se halla por completo fuera
del Cristianismo, que intenta subvertir estos hechos
y disipar el Cristianismo en una nube de
imaginaciones humanas. La mayoría de pensadores
de casi cada escuela están de acuerdo en admitir
que el triunfo del Gnosticismo, a pesar de los
gérmenes de verdad de algunos de los sistemas
más elevados, habría significado la disolución del
Cristianismo histórico y la niina cierta de la Iglesia.
«La crisis», dice el Dr. Hatch, «era de una gravedad
tal, que es difícil evaluarla con exageración. Ha
habido crisis desde el comienzo de la historia del
Cristianismo, pero no hay ninguna que iguale a ésta
en importancia, de cuyo resultado dependía, de
modo definitivo, el que el Cristianismo fuera un
cuerpo de doctrina revelada, o bien el caput
mortuum de un centenar de filosofías: si la base del
Cristianismo debería ser un credo concreto,
interpretado de modo concreto, o un caos de
especulaciones». No acabo de entender en qué
forma puede ser considerado como un estadio
legítimo en el desarrollo del dogma dentro del
Cristianismo, lo que habría dado lugar a la


56
destrucción del Cristianismo y la subversión de la
posibilidad del dogma.
El Gnosticismo es uno de los fenómenos más
singulares del siglo segundo y de cualquier edad.
Hemos visto algo del carácter literario de este siglo
en su primera parte. Pero, más allá de esto, se
trataba de una edad de sincretismo, de choque y
conflicto de sistemas, de reunión y mezcla de
corrientes de Oriente y de Occidente, de entusiasmo
inquieto y febril en el pensamiento y en la religión,
una edad marcada por una gran efervescencia de
opinión sobre todos los temas, humanos y divinos.
El aire estaba emponzoñado por la superstición; con
todo, en medio de la confusión había anhelos
religiosos profundos, pero insatisfechos, y un fuerte
deseo por parte de las mentes más osadas de
captar el secreto de la existencia, que, a pesar de la
filosofía griega y los misterios orientales, parecía
esquivarles. El Cristianismo entró en esta masa de
opiniones conflictivas como un fermento poderoso, y
la intensidad del fermento se puede medir mejor por
la magnitud de los efectos que produjo.' Los
elementos de los sistemas prevalecientes
empezaron a adaptarse en nuevas relaciones bajo la
acción de las ideas cristianas; surgieron sistemas
del carácter más extraño y estrafalario imaginable, y
se multiplicaron como hongos en su rapidez;
finalmente se formaron vastas y complicadas teorías
cuyo objetivo era a la vez ser una filosofía de Dios y
del Universo, una teodicea divina, una filosofía de la
revelación judaica y cristiana, y una base de práctica
religiosa. Baur ha dicho en verdad: «El Gnosticismo
da la prueba más clara de que el Cristianismo ahora
había pasado a ser uno de los factores más
importantes en la historia de la época; y --nuestra


57
especialmente qué tremendo poder de atracción
poseían los nuevos principios cristianos para la vida
intelectual más elevada que entonces se hallaban en
el mundo pagano o el judío.»
Sin embargo, se nos escapará del todo el significado
de este notable fenómeno si lo consideramos como
una mera tergiversación, una locura y una
alucinación inexplicable. El Gnosticismo era, a su
propia manera, un intento de explicarlas cosas, y las
cuestiones que trataba eran, en su mayor parte, las
que brotan de la naturaleza de nuestra inteligencia, y
no pueden por menos que grabarse en la mente
reflexiva. Estas cuestiones eran: la relación de lo
infinito y lo finito, la explicación del mal y la
imperfección del mundo, el significado de este gemir
y suspirar en busca de liberación que es, en medio
de todas las cosas, la naturaleza de la revelación y
la filosofía general de la historia, la manera y
naturaleza de la redención. En todas estas
cuestiones, los gnósticos no se conformaban con
respuestas comunes. Ellos sentían un desprecio
aristocrático por las respuestas que circulaban en la
Iglesia. No se contentaban con oír que Dios había
creado el mundo. ¿Cómo podía lo infinito crear lo
finito? ¿De dónde venía la materia, la misma
antítesis, según ellos la concebían, del espíritu? No
bastaba referirles la historia de la serpiente que
tentó a la mujer en el Edén. Ellos querían ir tras
esto. ¿De dónde venían este mal e imperfección que
parecían inherentes a la misma naturaleza de las
cosas? No bastaba decir, Cristo ha venido al mundo
para redimirlo. ¿Qué hay en el hombre que le hace
capaz de redención? ¿Cómo llegó el hombre a ser lo
que es, y cuál es la explicación de las diferencias
que existen entre los hombres en cuanto a dones,


58
fortuna, posición y capacidad espiritual? ¿De dónde
vienen estos anhelos del alma, que parece hay
tantos que comparten, por la verdad, la
bienaventuranza y la libertad? Admitida la realidad
de la revelación, ¿cómo explicar los contrastes entre
la antigua revelación y la nueva? ¿Y cómo se
relaciona el conjunto con la teoría general del
universo? Estos son los problemas, profundos e
importantes, y también legítimos, con tal que nos
contentemos con las respuestas que son posibles y
hagamos las preguntas con la debida humildad. La
falta del gnóstico se halla no en sus preguntas, sino
en sus respuestas, lo impropio de sus métodos y las
imaginaciones vanas de su fantasía, que ponía en
lugar de conocimiento.
El Gnosticismo, pues, como el nombre denota,
profesa dar «conocimiento», un conocimiento
absoluto, que sólo pueden apropiarse las mentes de
clase más elevada. Las formas infinitamente
variadas asumidas por los sistemas hacen casi
imposible el clasificarlos, o incluso dar un informe de
sus ideas principales que no esté abierto a
objeciones. Lo mismo podríamos intentar clasificar
los productos de una selva tropical, o las formas y
matices de las nubes en el ocaso, que cambian bajo
nuestra vista cuando las mirarnos. Hay las formas
tempranas e incipientes de Gnosticismo, con sus
raíces en la época apostólica, de las cuales
nombramos a Cerinto como representante; hay los
sistemas incoados o semidesarrollados, de los
cuales el grupo principal es el Ofita (llamado así por
el papel de la serpiente en la mitología); finalmente,
hay los sistemas plenamente desarrollados, los de
Basflides, Valentino y Marción, con sus escuelas
respectivas. Estos últimos --por lo menos los


59
sistemas de Basflides y Valentino, porque Marción
queda aparte-- eran realmente, como se ha
sugerido, grandes filosofías religiosas, los prototipos
de los sistemas absolutistas que han brotado en
Alemania en nuestro propio siglo, con la pretensión
de explicarlo todo. Basítides, con su poderoso
alcance especulativo y su proceso evolutivo que lo
abarca todo, podría ser llamado el Hegel del
movimiento; Valentino, con su ropaje de fantasía y
su triple caída y redención, era su Schelling;
Marción, con su tendencia práctica severa, su
doctrina de la fe y su antítesis del justo Dios y el
bien, podría ser llamado su Ritsclil, sin forzar las
cosas.' Lo que más destaca en estos sistemas es el
ropaje mitológico con el cual se revisten las
concepciones que en el fondo son metafísicas. No
es fácil decir hasta qué punto esto pertenece a la
esencia del pensamiento o es un velo poético o
alegórico echado conscientemente sobre sus
concepciones por los inventores de los sistemas. Es
difícil creer, por ejemplo, que las aventuras de la
mística Sofía en Valentino se puedan tomar como
historia literal, y no más bien como una parte de un
gran poema divino --la simbolización de las
verdades o ideas que, de otro modo, no podrían ser
tan bien expresadas-. Es como si, pongamos por
caso, las categorías de la lógica hegeliana fueran
traducidas al lenguaje de la emanación, y
representadas como eones desarrollados el uno del
otro en series.
No hay rasgos comunes absolutos en los sistemas
gnósticos; sólo podemos presentar rasgos típicos
destacados. En general, Dios es concebido como un
Abismo insondable entre el cual y la creación finita
hay interpuesta una larga cadena de eones o


60
poderes,' emanaciones de lo divino, que constituyen
en su totalidad el Pleroma o Plenitud de la esencia
divina. El mundo no es una creación del poder
divino, sino el resultado de una ruptura o fallo en el
Pleroma. En algunos sistemas la materia se hallaba
al lado de Dios como un poder malo independiente;
en otros es explicada como un resultado del
desarrollo, o es derivada de una caída espiritual. En
todos los sistemas se hace una distinción entre el
Demiurgo, que forma esta creación visible, o sea el
Dios del Antiguo Testamento, y el Dios supremo,
revelado en la plenitud de los tiempos en Cristo. El
Dios del Antiguo Testamento es un ser inferior e
imperfecto --limitado, apasionado, vengativo-, en
tanto que el Dios de Cristo es identificado con la
fuente primaria de virtud, bondad y verdad. Cristo
mismo es, o bien un ser celestial, un Eón, que
aparece en un cuerpo fantasmal entre los hombres
para redimirlos (Docetismo), o es el Jesús terreno,
con quien se asocia temporalmente el poder más
elevado. Los hombres se distinguen en dos clases:
espirituales y físicos; algunas veces en tres:
espirituales, hílicos (materiales), y psíquicos
(anímicos), que es una clase intermediaria. Sólo el
espiritual es capaz de conocimiento elevado, en lo
cual consiste la salvación. La influencia práctica del
sistema era doble, según, por un lado, se hiciera, de
la doctrina del mal de la materia, la base de la
práctica ascética; o bien, por otro, el espíritu
procurara mostrar su superioridad a la carne,
restringiendo la indulgencia y el libertinaje. El
sistema de Marción evitaba el trascendentalismo de
los eones, pero oponía el Dios del Antiguo
Testamento al del Nuevo, y era docético en sus
ideas sobre Cristo.


61
Así pues, había aquí una crisis que amenazaba la
misma vida de la Iglesia, que requería los esfuerzos
más denodados de las mentes más poderosas para
resistirla. Las sectas gnósticas --algunas de las
cuales poseían la dignidad de escuelas influyentes--
tienen que haber abarcado una porción considerable
de la membresía total de la Iglesia de aquel tiempo.
Minaban por todas partes y direcciones a la Iglesia,
y con sus especulaciones seductoras atraían a la
«élite» que deseaba combinar la filosofía y la cultura
con el Cristianismo. Podemos ver mejor la forma en
que el Gnosticismo hacía sentir su peso en la
conciencia del período, al observar el espacio que
ocupa en la literatura del mismo. Con ligeras
excepciones, al hablar de herejía los Padres del final
de siglo segundo y principios del tercero entienden
simplemente Gnosticismo. «Todo Ireneo, gran parte
de Tertuliano, todo Hipólito prácticamente, y gran
parte de Clemente de Alejandría está dedicado a su
refutación. Esto no trae a la cuenta los tratados
perdidos». Pero la obra que emprendieron los
Padres fue realizada con eficacia. La mayor parte
del cuerpo de la Iglesia se mantuvo firme y
resueltamente resistió a los teoristas gnósticos.
Después del hecho de su rápido crecimiento en
consecuencia, lo más notable sobre el Gnosticismo
es su carácter efímero. Tuvo un curso brillante,
meteórico, pero la crisis aguda, relacionada con él,
en todo caso, pronto pasó. Brotó hacia el fin del
primer siglo; alcanzó su acmé hacia la mitad del
segundo; ya se hallaba en decadencia hacia el final
del mismo, aunque era todavía una fuerza con la
que había que contar; después desapareció,
dejando sólo huellas oscuras de sí mismo
esparcidas por las sectas? Sólo tuvo un avivamiento
importante, el Maniqueísmo, en el siglo tercero, si


62
puede describirse así esta aparición en el suelo de
Persia. El Gnosticismo, de hecho, fue el producto de
una edad peculiar, y de una serie peculiar de
condiciones de esta edad, y cuando éstas
cambiaron, se desvaneció como una pesadilla. Sólo
podemos compararlo a las emanaciones de un
pantano o ciénaga, que producen luces extrañas y
variadas, fuegos fatuos que se desvanecen al
amanecer.
Un movimiento de esta clase, sin embargo, no podía
venir y desaparecer sin efectos reactivos poderosos
en la Iglesia y ganancias duraderas para el
desarrollo teológico. Inevitablemente, en el curso de
este conflicto, la Iglesia se vio forzada a afianzarse
en las capas más profundas de sus convicciones
religiosas, y obligada a formular y defender las ideas
que se hallan en los cimientos de toda religión, y
más las reveladas. Esto es lo que el profesor
Hamack llama la «helenización» del Cristianismo, y
que considera en el mismo plano que los esfuerzos
de los gnósticos mismos.' Según Harnack, los
Padres simplemente cayeron en el error de sus
contrincantes al valerse de las armas de la filosofía
griega, y, especialmente a través de su doctrina del
Logos, dieron al Cristianismo un carácter intelectual
que difería en la clase, pero no en el grado, del
Gnosticismo que combatía. También aquí creo que
se requeriría evidencia sólida para hacer aceptable
una teoría intrínsecamente tan improbable; y esta
evidencia, estoy persuadido que no va a
proporcionarla el estudio imparcial de los hechos. Si
fuera verdad, los Padres mismos tienen que haberse
engañado de modo extraño, porque, según la
admisión del propio profesor Harnack, para ellos la
filosofía griega era la madre de todas las herejías. El


63
objetivo principal que estos Padres del antiguo
período católico tenían a la vista era la conservación
--la preservación de la fe tal como la habían
recibido-, y lo último que habrían intentado habría
sido entregar el Cristianismo a la filosofía, o construir
un nuevo Gnosticismo en lugar del que combatían.'
En cumplimiento de su tarea no podían por menos
que sentirse impelidos a oponer a los sistemas
gnósticos --que, como vimos, eran simplemente
filosofías egregiamente iluminadas de Dios, el
hombre y el universo-- su propia concepción de lo
que podría ser llamada la filosofía cristiana del
mundo, y esto estaba en la dirección de un
desarrollo sano, y no implicaba un abandono de las
bases cristianas, a menos que se pueda mostrar que
el Cristianismo fue interpretado equivocadamente.
¡Y esto no se consigue simplemente alegando en
contra la doctrina del Logos!
Fue una necesidad desgraciada de su posición en
esta controversia que la Iglesia tuviera que entrar en
el conflicto con sus formidables adversarios
desprovista de la mayoría de las defensas que
después poseía contra el error --sin un canon de la
Escritura fijado, sin un credo generalmente
reconocido, incluso sin un tribunal de apelación
eclesiástico, tal como pasaron a ser más adelante
los concilios-. Todo estaba por hacer --por lo menos
por definir-; y resultó ser precisamente una de las
ganancias de la controversia gnóstica el que la
Iglesia se viera obligada a procurarse estos medios
de defensa y erigiera baluartes contra las
incursiones de la especulación no autorizada, que
no sólo servía al fin inmediato de la seguridad sino
que era de valor permanente. Sé que en esta región
muchas cosas aún son disputadas, pero los


64
expertos competentes están tolerablemente de
acuerdo en cuanto al resultado? El Dr. Hatch con
razón atribuye a Ireneo y a Tertuliano el mérito de
haber dado con la concepción de lo «apostólico»
como lo que debía guiar a la Iglesia en esta crisis;
pero no es menos importante observar que, al hacer
hincapié en esta concepción, estos Padres no
pretenden haber introducido nada nuevo, sino
solamente expresar lo que la Iglesia siempre había
reconocido, pero que no había tenido ocasión de
expresar de modo explícito.
La primera ganancia importante para la Iglesia como
resultado de la controversia en que se había
lanzado, fue la colección de un cuerpo de Escrituras
del Nuevo Testamento, o sea la formación de un
canon del Nuevo Testamento. No es que la Iglesia
no supiera antes de este tiempo que se hallaba en
posesión de escritos inspirados y autoridad. Los
Evangelios en particular hacía mucho tiempo que
eran usados en las iglesias, y se habían hecho
colecciones muy temprano de las Epístolas de
Pablo. Estas colecciones, sin embargo, se
incrementaron de modo no oficial, con miras a
propósitos de edificación, y sin una idea conciente
presente al formarlas de lo que nosotros queremos
decir por Canon de la Escritura. Sólo hemos de
recordar lo cercana que estaba la Iglesia del
segundo siglo de la Edad Apostólica, y qué énfasis
se ponía todavía en la tradición viva apostólica, para
ver hasta qué punto se hallaría lejos de la mente de
los hombres el erigir estos escritos de los apóstoles
y hombres apostólicos en una regla de fe y práctica
permanente para toda la Iglesia. Ahora, bajo la
presión de la controversia gnóstica, cuando la Iglesia
se vio enfrentada por el Canon mutilado de Marción,


65
y vio sus fronteras invadidas por producciones
seudónimas y apócrifas, era inevitable que se
sintiera impulsada a emprender seriamente la tarea
de hacer una colección de los libros que eran
considerados como apostólicos --que sabía por su
historia y su uso establecido desde mucho tiempo
que lo eran-, y que éstos debían ser separados
definitivamente de la masa flotante y elevados a una
posición de autoridad exclusiva. A esto se añade
otro motivo: el de hallar en estas Escrituras --
coleccionadas así y unificadas-- una base desde la
cual asaltar las teorías de sus contrincantes, y
defender la doctrina de la Iglesia contra sus ataques.
Con miras a conseguirlo, era necesario hacer
hincapié en que en los escritos que les daban su
autoridad --a saber, su carácter apostólico, u origen,
fuera directamente de los apóstoles o de hombres
pertenecientes a los primeros círculos apostólicos, y
teniendo la sanción apostólica para su obra-. Así fue
formándose hacia el fin del segundo siglo la
concepción de una colección de las Escrituras del
Nuevo Testamento --de un Nuevo Testamento,
como ahora empezó a ser llamado---, que a partir de
entonces ocupa su lugar al lado del Antiguo
Testamento como de igual validez y autoridad. Se
hacen listas de los libros sagrados, y los Padres de
la Iglesia del período muestran de modo bien claro
que saben están tratando con un código de escritos
de origen apostólico, de carácter inspirado y de
autoridad normativa.
Pronto se hizo aparente, sin embargo, que no
bastaba meramente con fijar el Canon de la
Escritura. Apareció luego la cuestión de la
interpretación de las Escrituras, cuando los hombres
las tuvieron. Los gnósticos no podían ser reducidos


66
al silencio mediante una simple apelación a un libro.
No siempre admitían la autoridad de las Escrituras,
pero, incluso cuando lo hacían, tenían sus propias
maneras de sacar de ella el sentido que deseaban.
Los escritos de los Padres están llenos de ejemplos
de la exégesis extraordinaria por medio de la cual
sus oponentes conseguían sacar concepciones
mitológicas estrafalarias de las palabras más
simples de la Escritura. Los mismos Padres distan
mucho de estar libres del vicio de la interpretación
alegórica; pero, como puede verse al comparar, su
uso de la Escritura era la sobriedad misma
comparado con el de los gnósticos a quienes
combatían. La cuestión, simplemente, no era ya
sobre el Canon de la Escritura, sino sobre el sentido
que había que sacar de ella. Fue aquí, que los
Padres retrocedieron a una segunda línea de
defensa, buscada por ellos no en la filosofía griega,
sino en lo que llamaban la Regla de la Fe---en la
tradición constante y firme de la fe que había sido
mantenida en las Iglesias desde los días
apostólicos-. Decían: Hay algo anterior a las
Escrituras. La Iglesia fue fundada por la palabra oral
de los apóstoles y sus seguidores. Su testimonio
había sido transmitido en todas las grandes Iglesias;
había adoptado modelo definido en las formas
prácticamente anuentes de sus confesiones
bautismales. Consúltese allí y se hallará que es
uniforme y único: una tradición católica definida, que
poseían todas la Iglesias, y que ellos trazaban
unánimes a una fuente apostólica. Ayudaba a esta
apelación el que hacia la mitad del siglo segundo la
fórmula bautismal de las Iglesias ya había
cristalizado en una forma tolerablemente fija ---en
una forma sustancialmente idéntica a nuestro Credo
apostólico-. En otras palabras, a la especulación


67
desenfrenada de los que procuraban imponer a la
Escritura un sentido que no tenía, oponía el
testimonio anuente de todas las grandes ramas de la
Iglesia desde los días de los apóstoles en adelante.
Esto, sin duda, era la introducción del principio de
tradición, que en su desarrollo posterior causó tanto
daño. Pero era un uso legítimo del principio en un
tiempo en que la tradición estaba todavía viva. Fue
usado no para sobreseer o poner a un lado las
Escrituras, sino para corroborarlas; no para
establecer una autoridad rival, sino para actuar
como freno al desenfreno y extravagancia de una
interpretación que de otro modo no habría tenido
límite.
De utilidad más dudosa era la tercera línea de
defensa establecida, en el intento de asegurar, a su
vez, una garantía para la pureza de la tradición: un
obispado histórico continuo, concebido como
depositario y guardián de la verdad, por ordenanza
divina. De modo preeminente, como es natural, la
verdad había que buscarla en las grandes Iglesias,
por ejemplo, Roma, Antioquía, Corinto, que se creía
habían sido fundadas por los apóstoles; y se dan
listas de sucesión de obispos en algunas de estas
Iglesias, con sumo cuidado, en prueba de la
posibilidad y realidad de esta transmisión de la
doctrina apostólica. No se puede negar que hay una
importante verdad en esta concepción de una
cadena de testigos fieles de la tradición apostólica;
pero la forma precisa que se le dio de una sucesión
de obispos ha de ser impugnada. No es necesario
aceptar la sucesión episcopal apostólica para ver en
la victoria sobre el Gnosticismo un triunfo de la fides
catholica et apostolica.


68
Las ganancias para la teología doctrinal como
resultado de este conflicto del segundo siglo contra
el Gnosticismo no son menos notables. La primera
parte de la obra de los grandes Padres
antignósticos: Ireneo, Tertuliano, Clemente, Hipólito,
etc., era, como la de los apologistas, polémica.
Tenían que llevar la guerra al campo enemigo --
mostrar la falta de base, el carácter no cristiano, las
tendencias inmorales de las fantasías gnósticas-.
Nadie que estudie la gran obra de Ireneo Contra las
Herejías, o del poderoso tratado de Tertuliano
Contra Marción, puede negar la capacidad con que
fue ejecutada esta obra. Pero la tarea principal
impuesta a la Iglesia fue positiva; y aquí lo
concienzudo del ataque gnóstico --el carácter
fundamental de las preguntas hechas, algunas de
las cuales, como la de la relación entre el Antiguo
Testamento y el Nuevo, la Iglesia se había sentido
tentada a pasar por alto, o a deslizarse fácilmente
por encima de ella-- obligó a sus representantes a
escarbar en los problemas teológicos más
profundos. Tenía que rescatar la idea cristiana de
Dios de las especulaciones mitológicas que la
deformaban; asegurar la idea de la creación contra
la de la emanación involuntaria; reivindicar, como
había hecho Pablo antes, la gloria del Hijo contra la
tendencia a fundirle en un enjambre de eones;
defender, con Juan, la verdadera humanidad de
Cristo contra una variedad de negaciones docéticas;
sostener la unidad de la revelación y la identidad de
Dios en el Antiguo Testamento con el Dios del
Evangelio; presentar batalla por la historicidad de los
grandes hechos de la vida de Cristo --su nacimiento
virginal, sus milagros, su muerte, su resurrección--
contra teorías que los resolvían en alegorías; y
reivindicar la receptividad universal de los hombres


69
al Evangelio, en contra del exclusivismo y orgullo
gnósticos. ¿Habrá alguien que diga que esta obra no
fue bien realizada, o que los resultados tienen
alguna semejanza real con las ideas de la filosofía
griega? No tengo interés en negar que en las
especulaciones de algunos Padres ---en la escuela
de Alejandría especialmente-- hay una influencia
perceptible de Platón y los estoicos en la
construcción cristiana. Incluso esto no tiene por qué
ser condenado como un mal en sí, porque el
Cristianismo tiene parentesco con los pensamientos
más elevados de todas las filosofías, y derecho a
asimilarlos. Pero se hallará que es precisamente el
elemento que era más funesto para el Platonismo --
su concepción de Dios como un ser abstracto,
exaltado por encima de todos los predicados
definidos-- que la teología posterior trabajó para
vencer. Si, por otra parte, tomamos la teología de un
Ireneo como un tipo de obra constructiva del
período, hallamos, a pesar del hecho de que sus
ideas no son presentadas de modo sistemático en
absoluto, una riqueza de pensamientos profundos,
algunos de los cuales la teología moderna está sólo
empezando a apreciar plenamente. Tendremos que
volver a este sistema más adelante (capítulo VII).
Entretanto, sólo hago observar que una teología que
toma la encarnación como su centro; que la usa
como la clave de las doctrinas de Dios, de la
creación, del hombre, de la redención, del resultado
final de las cosas; que une la creación en la forma
más íntima con la redención; que ve en Cristo la «
recapitulación » de la humanidad --su gran
Personaje y su Nueva Cabeza-; que le representa
reuniendo todas las cosas creadas en una, en sí
mismo (Efesios 1:10); que explica la redención de
los pecadores mediante el mismo principio de Uno


70
que represente a todos en la obediencia que El rinde
a Dios, su victoria sobre Satanás, y su sufrimiento
de lo que era debido a la justa ordenanza de Dios
que conectaba la muerte con el pecado, es una
teología de tal calibre, digo, que no es presuntuoso
sostener que la Iglesia tiene que andar mucho
trecho si quiere dejarla detrás.















71
"¹l "¹l "¹l "¹l1(iC lll i" \C1'l`" 1(iC lll i" \C1'l`" 1(iC lll i" \C1'l`" 1(iC lll i" \C1'l`"
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1l'l'C ` ("'1C 1l'l'C ` ("'1C 1l'l'C ` ("'1C 1l'l'C ` ("'1C
La obra de los Padres antignósticos tenía que ser
realizada antes de que la Iglesia estuviera
plenamente preparada para entrar en la
construcción de sus doctrinas peculiares. Sin
embargo, una vez que se, hubo puesto el
fundamento y se hubieron aclarado las cuestiones,
aparecieron nuevas preguntas en el conflicto con el
politeísmo pagano y el emanatismo gnóstico, y la
Iglesia, con instinto seguro, se dirigió osadamente al
corazón de la materia en la determinación del
concepto cristiano de Dios como Trino, y la
reivindicación de la suprema Divinidad del Hijo y del
Espíritu. Estas doctrinas fueron delimitadas pronto
en el campo de la controversia por la negación
herética. Las controversias que tratan de ellas son
las conocidas como Monarquiana, Arriana y


72
Macedónica, en los siglos tercero y cuarto. Sin
embargo, hubo desarrollos preparatorios a los
cuales será necesario prestar atención. Primero
referiré los estadios iniciales de la historia de las
doctrinas; luego hablaré de las controversias en las
que fueron puestas a prueba estas conclusiones
previas.
I. La doctrina de la Trinidad es la que ha pasado a
ser costumbre señalar como debida a la influencia
de la metafísica griega, por encima de todas las
demás. Por tanto, haremos bien recordando, que los
que lucharon esta batalla en contra de las diversas
formas de la negación herética tenían la convicción
uniforme de que la doctrina por la que luchaban, si
bien no había sido formulada teológicamente, se
hallaba en la fe de la Iglesia desde el principio,
implicada en su confesión de Padre, Hijo y Espíritu.
Los Padres de esta edad nunca habrían admitido
que se les acusara de traer nuevas doctrinas, o
importar especulaciones de la filosofía, que no
tuvieran base escritural. Su objetivo aquí, como en
las controversias gnósticas, era la conservación -la
defensa de los intereses vitales de la fe contra
teorías que ellos creían las negaban o entraban en
componendas con ellas-. Su apelación, Pues, como
antes, fue a la Escritura y a la tradición continua
cristiana. Cuando, por ejemplo, Hipólito, o
quienquiera que escribió el libro titulado El Pequeño
Laberinto, al comienzo del siglo tercero, estaba
refutando a los unitarios de su tiempo (los
artemonitas), apeló con confianza a la Escritura, a la
enseñanza de los escritores anteriores y a los
salmos e himnos cristianos. «Quizá», dice, «lo que
alegan podría ser creíble, de no ser que las
Escrituras divinas les contradicen... Porque, ¿quién


73
hay que no conozca las obras de Ireneo y Melito, y
los demás, en las cuales Cristo es anunciado como
Dios y Hombre? Todos los salmos e himnos que
fueron escritos por hermanos fieles desde el
principio celebran a Cristo como el Verbo de Dios,
afirmando su divinidad» (Eusebio v. 28). En ambos
lados de la controversia se consideró siempre que la
evaluación dada de la persona de Cristo era decisiva
para la fe y la teología. Pero la confesión de la
verdadera divinidad del Hijo y del Espíritu por
necesidad llevó a la distinción trina de la misma
divinidad; y el bautismo en el triple nombre' fue un
reconocimiento continuo de que esta distinción
pertenecía esencialmente a la idea cristiana.
Los primeros impugnadores de la divinidad de Cristo
que conocemos fueron los Ebionitas, que eran
judíos cristianos, que ciertamente no representan el
elemento vivo, progresivo del Cristianismo primitivo,
sino que se hallaban desde el principio en un nivel
inferior, y debido a su fracaso en captar la
naturaleza esencial del Evangelio, se volvieron más
y más reaccionarios y sus ideas fueron
empobreciéndose al pasar el tiempo. Para ellos
Jesús era simplemente un hombre en quien había
descendido el Espíritu de Dios por su piedad en el
Bautismo, calificándole para su mesianidad. Incluso
la sección de ideas más claras de este grupo -los
Nazarenos- se desgajó del gran cuerpo del
Cristianismo gentil en desarrollo y, encogidos por su
ambiente, tendieron a hacerse más y más una mera
secta, un anacronismo histórico, como ocurre en
casos semejantes de desarrollo detenido. El
Ebionismo desapareció hacia el siglo quinto.


74
No podemos ir a los llamados Padres Apostólicos -
Clemente de Roma, Bernabé, Hermas, Ignacio,
Policarpo y el resto- para hallar mucha ayuda en el
desarrollo de la doctrina. Más importante es notar
que la cristología de estos Padres, por regla general,
es notablemente fuerte y clara. La nota clave de
todos, según dice con razón Harnack, se halla en las
palabras iniciales del segundo Clemente:
«Hermanos, deberíamos pensar de Jesucristo que
es Dios, como el Juez de los vivos y los muertos.»
Ignacio, cuyo principal interés teológico se halla en
oposición a las negaciones docéticas de la realidad
de la humanidad de Cristo, no es menos decisivo en
su afirmación de la verdadera divinidad de Cristo,
llamándole «Nuestro Dios, Jesucristo» (Efesios,
xviii). Incluso el tratado recientemente descubierto
Didache, tan escaso doctrinalmente, habla bien claro
aquí. El bautismo ha de ser administrado en el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu, y se dirige
a Cristo en las oraciones eucarísticas como «el Dios
de David». Menciono a estos Padres, sin embargo,
principalmente para referirme a la teoría del profesor
Harnack, que se halla en conexión con su idea
general de la doctrina de la Iglesia primitiva, pero
con la cual yo no puedo estar de acuerdo. A juicio
del profesor Harnack, hemos de distinguir entre los
escritos de este período no, uno sino dos tipos
cristológicos, llamados por él, respectivamente, el
Adopcionista y el Pneumático. En el primer, Jesús
es considerado como un hombre en quien Dios, o el
Espíritu de Dios, reside, y que, después de su
aprobación en la tierra, es adoptado por Dios y
elevado a la gloria celestial; en el último es
considerado como un ser espiritual celeste, el más
elevado después de Dios, que ha asumido la carne,
y después de su obra en la tierra regresa al cielo. En


75
el uno tenemos a un hombre que pasa a ser Dios,
en el otro un ser casi divino que se hace hombre?
Quisiera hacer los siguientes comentarios a esta
teoría. En primer lugar quisiera señalar que el único
escrito que el profesor Harnack puede aducir para
su cristología «adopcionista» es el alegórico Pastor
de Hermas. Se concede que la cristología del resto
del grupo (Clemente, Bernabé, Ignacio, Policarpo,
etc.) es lo que él llama «Pneumática». En segundo
lugar, pongo en duda la corrección de su descripción
incluso de la cristología «Pneumática». Harnack
halla el prototipo de esta Epístola a los Hebreos, la
Epístola a los Efesios, y los escritos de Juan, en el
Nuevo Testamento. Pero por lo menos induce a
error el dar la impresión que estas Escrituras
enseñan sólo la encarnación de un ser espiritual
celeste, sin reconocer que este ser es considerado
de modo expreso, en un sentido pleno, como divino.
Si los Padres Apostólicos enseñan una doctrina de
la divinidad del Hijo tan alta como la de Juan, o
Pablo, o la Epístola a los Hebreos, no creo que se
pueda pedir razonablemente más. Pero, finalmente,
¿enseña incluso Hermas sólo una cristología
«adopcionista»? No puedo admitir que lo haga. Hay,
sin duda, elementos ambiguos en la cristología de
Hermas, pero se refiere más bien a otro punto: la
relación del Hijo con el Espíritu de Dios. Con
respecto a Cristo mismo parece haber pocas dudas
de que Hermas afirma una verdadera encarnación
del Hijo preexistente. En un lugar,' por ejemplo, se le
manifiesta a Hermas una roca y una puerta, y se le
dice que denotan al Hijo de Dios. ¿Cómo pregunta
él, puede ser esto, siendo así que la roca es vieja y
la puerta es nueva? Se le contesta: El Hijo de Dios
es más antiguo que toda la creación, y fue el
consejero del Padre en su creación. Por esta razón


76
es antiguo. Pero la puerta es nueva, porque fue
manifestado en los últimos días, para que los que
son salvados puedan entrar por medio de ella en el
Reino de Dios. Esto, sin duda alguna, no es una
cristología «adopcionista». Lo que Harnack describe
bajo este título es realmente el punto de vista de
Pablo de Samosata, hacia fines del siglo tercero.
En los Apologistas, cuya posición general y cuya
obra discutimos en la última conferencia, hallamos
cómo había que esperar un considerable progreso
teológico. Se concede -y el que se admita es
importante- que estos escritores sostenían
firmemente la fórmula trinitaria, y, además, que
creían unánimemente que era la segunda persona
de la Trinidad, el «Logos», una en esencia con el
Padre la que se encarnó en Cristo. Sin embargo, la
nueva escuela hace una acusación seria contra los
apologistas. Se alega, primero, que cambiaron el
centro de gravedad en la teología cristiana, y lo
llevaron por una vía falsa por el mero hecho de
introducir esta especulación del Logos, y segundo,
que el Logos para estos Padres era una concepción
cosmológica y no primariamente cristológica- y, por
tanto, es una parte de la «teología natural» en la
cual, se les reprocha, han convertido el Cristianismo-
. Se defiende que es el interés cosmológico y no el
cristiano lo que les atrajo a la doctrina del Logos.
¿Es válida esta acusación? Creo que sólo lo es en
un grado muy parcial. En primer lugar, en cuanto al
origen de la noción, si bien Filón de Alejandría tiene
una doctrina del Logos, es una suposición, que no
se puede probar, que los apologistas sacaron su
idea de Filón, y no de una fuente mucho más
próxima, o sea el apóstol Juan. El apóstol Juan
sabemos que había estado en sus manos, y Teófilo


77
de modo expreso se funda en él (cap. xxii), pero
Filón no se menciona ni una sola vez en sus
páginas. La cosa varía con respecto a los
alejandrinos, los cuales usan a Filón. Además, el
argumento en favor de la divinidad de Cristo, y de
distinciones en la Divinidad, no se halla en este
término solamente, sino que está basado
ampliamente en el testimonio del Evangelio y en el
Antiguo Testamento? Luego, en cuanto a la
Cosmología, si bien es verdad que, como
corresponde a su objetivo apologético, dan una
prominencia especial al lado racional de esta
doctrina y, como teólogos y filósofos cristianos, la
usan, como hicieron también los apóstoles, para
conectar la cristología con la cosmología -elevando
con ello el Cristianismo claramente por encima de
las limitaciones judaicas, y apartándolo de las
mismas-, no puedo admitir que quede establecido
que el interés primario de su fe fuera el cosmológico.
Lo primero que vemos en estos escritores es
indudablemente el hecho del Logos encarnado; de
esto regresaron, con el Nuevo Testamento, a la
conexión del Logos o Hijo con la creación. El
resultado fue su convicción de que el principio de la
revelación era al mismo tiempo el principio de la
creación, y viceversa -una base muy importante para
la refutación del Gnosticismo y para una sana
filosofía de la religión.
Con todo, hay que admitir que la doctrina del Logos
de los apologistas no es todavía la de la teología
posterior nicena; y que, juzgada por este criterio,
tiene defectos serios. Sería demasiado esperar que
un intento de esta clase tuviera éxito al instante; no
lo tuvo. La tarea que estos escritores tenían delante,
pues, era indudablemente muy difícil. Estaban


78
prácticamente de acuerdo en su doctrina del Logos,
e intentaban conservar la divinidad entera y perfecta
de Cristo. Pero al hacer llegar la distinción de Padre
e Hijo en la divinidad, no podían renunciar a la
obligación de mostrar en qué forma se podía
reconciliar esto con el monoteísmo. Tenían delante
la tarea de reconstruir su doctrina de Dios de modo
que incluyera la distinción de Padre e Hijo, y también
de Espíritu. Tenían que intentar no sólo una teología
de la persona de Cristo, sino una teología de la
Trinidad. Y la teoría que construyeron, aunque es la
precursora de la de Nicea, muestra brechas lógicas
que la controversia subsiguiente había de sacar a la
luz. La diferencia principal era que, aunque atribuían
al Logos un modo real y eterno de subsistencia en
Dios, al parecer no consideraron este modo de
subsistencia como personal, sino que sostuvieron
que el «surgir» o «engendrarse» del Hijo como una
hipótesis distinta era inmediatamente previo a la
creación y con miras a ella. Esto es decir que el
Logos era eterno, pero su subsistencia personal
como Hijo no lo era. Además, en contraposición a la
idea gnóstica de la emanación involuntaria, esta
generación del Hijo para la obra de la creación
estaba representada como un acto de la voluntad
del Padre. Esta es la idea de Justino probablemente,
y de los otros principales apologistas,
indudablemente; y siguió siéndolo a la vista de la
Iglesia latina. Tertuliano expresó: «Hubo un tiempo
en que el Padre no tenía Hijo.» Es evidente que esta
doctrina del Logos de los apologistas prestó apoyo a
las elaboraciones posteriores sabelianas y arrianas;
a los sabelianos, en la idea del Logos como una
distinción modal, no personal, en la Divinidad; y a los
arrianos, en la admisión de que hubo un tiempo en
que el Hijo no existía, y que fue producido por un


79
acto de la voluntad del Padre. Con todo, en modo
alguno podía hallarse esto en la mente de los
apologistas para dar apoyo a ninguno de estos
modos de ver. Su doctrina difiere diametralmente de
la de los arrianos en que ellos sostenían que el Hijo
era verdaderamente de la esencia del Padre; y
difiere de los sabelianos en que afirmaban la
existencia de tres distintas hipóstasis, o personas,
en la Divinidad, antecedentes a la Creación y
después de ella.
Esto nos lleva a la consideración de los
antignósticos, especialmente los Padres griegos, los
cuales pusieron los fundamentos reales de esta
doctrina de la Trinidad. En Ireneo, el primero de
estos Padres, se halla pleno y claro el enunciado de
esta doctrina. El limpia la declaración de las
ambigüedades que hemos visto se adherían a la
misma en los apologistas, y firmemente afirma la
subsistencia eterna, la plena divinidad y la distinción
personal del Logos, que después se encarnó en
Cristo. «El Logos», según expresa Harnack, «es la
revelación-hipóstasis del Padre, "la revelación propia
de un Dios consciente de sí mismo", y, realmente, la
revelación propia eterna. Porque, según él, el Hijo
siempre existía con Dios, siempre revelaba al Padre,
y había sido la plena Divinidad que El revelaba en sí
mismo. En otras palabras, es Dios en su naturaleza
específica, verdaderamente Dios, y no hay distinción
de esencia entre El y Dios.» Tertuliano, como hemos
visto, siguió en los pasos de los apologistas en la
doctrina del Hijo; con todo, en controversia eliminó
muchos pensamientos importantes, y tuvo una
influencia decisiva en la nomenclatura de la teología.
Es a él, por ejemplo, que debemos expresiones
como «generación», «una sustancia», «tres


80
personas».'Concibe la Trinidad como una dispositio
o economia en Dios que antecede a la creación, y
defiende la unidad con la idea de que la unidad no
es abrogada cuando deriva la Trinidad de sí misma.'
Pero es tan enfático como los Padres nicenos en
afirmar que el Hijo y el Espíritu son de «la misma
sustancia» que el Padre. Sin embargo, son los
teólogos alejandrinos los que fueron más efectivos
en el desarrollo de nuestra doctrina, y éste es el
lugar, quizá, en que se digan unas pocas palabras
sobre el carácter general de esta importante
escuela. Alejandría era la ciudad más maravillosa
del mundo antiguo, en el aspecto intelectual,
segunda sólo a Atenas. Es difícil dar una idea
adecuada de la misma, con su población abigarrada,
su vida febril, el choque de centenares de filosofías y
religiones; la fusión de los modos de pensamiento
griego, judío y oriental -la ciudad de Filón, en que
enseñaba Basilides, en que nació el neoplatonismo,
donde Atanasio rigió más adelante-. Es fácil predecir
el carácter de la teología que surgida bajo estas
condiciones. Como mucho antes, en Filón, tenemos
la fusión de ideas judías con la filosofía griega, lo
mismo ahora había que ver de antemano que el
intento sería el unir el Cristianismo con el
pensamiento y la cultura que predominaban en este
centro de actividad. Esto es, de hecho, lo que
ocurrió. El nuevo espíritu halló su encarnación en la
famosa Escuela Catequística de la ciudad,
comenzando por Panteno, luego presidida con tal
distinción por Clemente (hasta el año 202), y a
continuación por Orígenes (hasta 231). La
característica de esta escuela es que adopta una
actitud cordial hacia la cultura pagana, no se separa
de modo tajante de la misma, sino que más bien
procura asimilar lo que hay de bueno en ella. Cree


81
que el Dios del Evangelio es también el Dios de la
primera Creación, y que todo el conocimiento y
ciencia -todo desarrollo de las facultades del
hombre, concedidas por Dios- son sagrados, o son
capaces de llegar a serlo. Así procura conectar el
Cristianismo, como el principio de una nueva
humanidad, con todo el círculo de los intereses
intelectuales y morales del hombre. Al mismo
tiempo, lo hace en el terreno cristiano, no buscando
exaltar el conocimiento sobre la nueva fe, como a
veces se la acusa de hacerlo, sino sosteniendo, más
bien, que el verdadero conocimiento siempre se ha
de basar en la fe, el amor y la obediencia. En su
tendencia la escuela era especulativa, idealizadora,
espiritualizante. Pero la Gnosis que procura
desarrollar no es anticristiana, sino cristiana. Los
grandes maestros ocupan su puesto explícitamente
en la «Regla de Fe» cristiana -el canon
ecclesiasticus- y en las Escrituras, a las cuales
apelan como una autoridad final. Orígenes, en su
Primeros Principios --el intento más primitivo que
conocemos de un sistema de teología-, con
propiedad distingue entre las cosas creídas con
certeza por la Iglesia, y sus propias especulaciones
sobre puntos no incluidos en la enseñanza de la
Iglesia, a los cuales no concede la misma autoridad?
Con todas sus faltas, me atrevo a creer que la
escuela de Alejandría tenía un ideal que haríamos
bien en abrazar, y daba testimonio de una verdad de
importancia, a saber, que el Cristianismo es el
principio de transformación para toda nuestra
humanidad.
En esta escuela, pues, aunque no en un sentido no
cristiano, vemos el enfoque más cercano a la teoría
del profesor Harnack de una fusión del modo de


82
pensar cristiano con el griego. En nuestro tema
presente de la doctrina de Dios hallamos en los
Padres alejandrinos tanto progreso como
deficiencias. La mente de Clemente es
superlativamente idealista; pero en la Trinidad
sostiene que el Logos o Hijo es eternamente
preexistente con el Padre. Así, Ireneo se desprende
de la idea de los apologistas de que la subsistencia
personal del Hijo empezó con ocasión de la
Creación. Con todo, la personalidad del Hijo parece
siempre en este Padre en peligro de volverse a
fundir en un simple atributo de la razón divina.
Orígenes, por otra parte, hace hincapié en la
distinción personal, y da a la doctrina un desarrollo
que marca un progreso real. Tanto él como
Clemente tratan a Dios en su exaltación demasiado
platónicamente; pero la distinción de Orígenes de
los gnósticos se ve en el hecho de que, como admite
su crítico, «atribuye conciencia de sí mismo y
voluntad a esta esencia superesencial, en oposición
a Valentino, Basílides y los neoplatonistas
posteriores... Concibe a Dios en una forma más viva,
y, por así decirlo, más personal, que los filósofos
griegos». Es decir, su doctrina no es la de los
gnósticos o filósofos en absoluto, y el profesor
Harnack yerra al procurar sugerir continuamente una
identidad fundamental.
La peculiaridad de Orígenes en la doctrina de la
Trinidad es doble. Primero, para él es debida a la
introducción en la teología de la noción de la
«generación eterna» del Hijo -significando con ello
un origen intemporal inefable de la esencia del
Padre, que se ha de distinguir de la Creación---. La
idea de Orígenes sobre este punto puede ser
considerada propiamente, como sugiere Dorner,


83
como la de una unidad superior de las ideas de los
teólogos precedentes. Los apologistas y Tertuliano
sostienen una genosis- del Hijo -una generación, un
surgir en existencia hipostática-, pero no era eterno.
Clemente reconoció la distinción eterna; pero la suya
era una Trinidad, por así decirlo, in statu, --
estacionaria-, en la cual la personalidad del Hijo
quedaba asegurada sólo de modo precario.
Orígenes supera esto introduciendo en la doctrina la
concepción de un movimiento vivo o proceso -de
una vida circulante constantemente en la Divinidad
en virtud del cual el Hijo es engendrado eternamente
del Padre, y el Espíritu procede eternamente de
ambos. Esto es, retiene la noción de la genosis pero
la hace retroceder a la eternidad. Domer remarca de
modo apropiado como prueba del valor de esta
concepción que, en tanto que otras concepciones de
Orígenes -su doctrina de la creación eterna, de la
preexistencia de las almas, de la restitución final,
etc.- nunca han obtenido reconocimiento
eclesiástico, «su doctrina de la generación eterna
del Hijo, al contrario, obtuvo, por su propio peso, la
posición de piedra del ángulo del edificio doctrinal de
la Iglesia» (ii. p. 114).
Orígenes, pues, había asegurado la hipóstasis del
Hijo; ¿no había el riesgo ahora de hacer peligrar la
unidad divina? Esta es la segunda peculiaridad de
este modo de ver: la manera en que procura
salvaguardar la unidad divina en medio de estas
distinciones. Esto se esforzó en conseguirlo
mediante su doctrina de la subordinación. El Padre,
en su existencia absoluta, inderivada, es
considerado como la fuente primaria axo de la
Divinidad; el Hijo, aunque la imagen perfecta del
Padre, tiene una existencia derivada. El Espíritu se


84
deriva en un grado aún más remoto. El Padre solo,
por tanto, es el Dios Altísimo. Cristo, aunque divino,
está relacionado con el Padre como un ser
derivativo y subordinado. Orígenes se afirmó en las
palabras de Juan: «Mi Padre es mayor que yo»
(Juan 14:28). Habla incluso del Hijo como un «Dios
segundo» (denteros teos) Es fácil ver que este modo
de ver diera un punto de contacto preparado para el
arrianismo posterior. Porque si la plena Divinidad se
hace consistir en los atributos de la autoexistencia,
la ausencia de generación, etc., y éstos son
reservados para el Padre, y se declaran
incomunicables, ¿cómo puede decirse que el Hijo, a
quien se niega atributos, tiene una divinidad
perfecta? Aquí hay una debilidad en la teoría de
Orígenes que la doctrina atanasiana había de
superar; y nos es difícil echar de ver dónde surge
esta debilidad. Surge precisamente de la influencia
indebida de la concepción platónica de Dios como el
eon incomprensible -un Ser elevado por encima de
las determinaciones finitas, casi por encima de la
misma existencia-. De ello proveyó el antídoto, la
propia doctrina de Orígenes de un movimiento
eterno y vivo en la naturaleza de Dios,' pero que fue
purgada de modo más perfecto por la teología
posterior. No niego, pues, una influencia griega
relativa en la formación de la doctrina alejandrina:
sólo insisto en que no es, como la presentan
Harnack y los otros, el resorte motor en el desarrollo,
que aquí, como en otras partes, sigue su propia
lógica a pesar de las desviaciones parciales.
II. Queda ahora abierto el camino para la
consideración de la serie de controversias con que
habían de ponerse a prueba las conclusiones que
hemos visto se iban formando en el desarrollo


85
precedente. Se verá, al proseguir, que siguieron un
orden lógico de temas -la monarquiana referida
(principalmente) al Padre; la arriana, al Hijo; y la
macedoniana, al Espíritu Santo.
Tal como el siglo segundo fue el período de las
herejías gnósticas, el tercero fue de modo
preeminente el período de las herejías
monarquianas. Y así como del conflicto con la
oposición gnóstica la Iglesia emergió con una
comprensión más clara de las verdades
fundamentales de la religión, también del conflicto
con el Monarquianismo emergió con una
comprensión más firme del concepto cristiano de
Dios -de la idea de Dios, a saber, que está implicada
en su propia afirmación de una encarnación real, y
una obra real del Espíritu-. A la luz de lo que se ha
dicho en las páginas previas, no es difícil
comprender de qué manera se originaron las formas
de herejía que voy a describir. Tan pronto como
empezó a ser formulada una doctrina explícita de la
Trinidad, era inevitable que hubiera oposición a la
misma, aunque no fuera bajo otras premisas que las
de su supuesta novedad. Era inevitable que
apareciera la pregunta: ¿En qué forma puede
reconciliarse la doctrina de una Trinidad con el
artículo fundamental de la unidad de Dios? La
«Monarquía» divina -el gobierno exclusivo de Dios,
contra la idea politeísta- parece hallarse en peligro.
Pero no sólo parece ponerse en peligro con el
proceso del desarrollo el interés teológico; incluso el
interés cristológico parece sufrir. La fuerte
subordinación de ciertos Padres, -por ejemplo, los
apologistas y Orígenes-, la manera en que procuran
asegurar la hipóstasis distinta del Hijo hablando de
El como un «Dios segundo», la forma precaria en


86
que relacionan el Logos con la voluntad del Padre,
evocaron el sentimiento de que no era sólo la unidad
de Dios, sino la verdadera divinidad de Cristo que
quedaba comprometida. No era, después de todo,
un verdadero Dios el que se manifestaba en Cristo.
Fueron estos dos intereses en combinación --el
teológico y el cristológico, el interés en la unidad
divina y el interés en la divinidad del Hijo- que dieron
lugar al tipo de herejía que llamamos Monarquiana;
la cual llevó -por ejemplo, en los Patripasianos- al
rechazo total del Logos hipostático, y a la afirmación
de que el mismo Padre se había encarnado en
Cristo. Sólo de esta manera, creían, podía
asegurarse que en El había el Dios verdadero y
absoluto. Estos intereses más profundos se
cruzaban en muchas mentes, naturalmente, con
otros más superficiales: la simple reacción de
rechazo ante el misterio, el deseo de hacerlo todo
claro y simple, fácil a la comprensión común, y la
falta de aprecio para los elementos más profundos
de la doctrina cristiana. Sin embargo, ya se ha dicho
bastante para mostrar que las herejías de que hablo
no hay que achacarlas al puro amor al error -hay
pocas herejías serias que lo sean-, sino que son
claramente explicables por la naturaleza del caso y
las circunstancias de los tiempos. Ni se pueden
descartar, tampoco, como de poco interés para
nosotros. El tercer siglo es un hervidero de teorías
que tienen semejanzas en extremo notables con las
de nuestros propios días; en realidad, muchas
teorías modernas no son más que reproducciones
de ellas, prácticamente; y al estudiarlas en el terreno
en que la Iglesia las rechazó, obtendremos mucha
ayuda para resolver nuestros propios problemas.


87
El Monarquianismo, como forma de error, procede
de los últimos decenios del siglo segundo. Tertuliano
es el primero que da su nombre.' Denota en general,
como ya hemos explicado, la tendencia al énfasis en
la unidad de Dios, y rechaza la Trinidad personal.
Este rechazo, sin embargo, puede tener lugar en
dos formas ampliamente distintas. Allí donde el
interés teológico es fuerte y el interés cristológico
débil, por un lado, tenemos una exaltación, de modo
natural, de la unidad divina a expensas de la
verdadera divinidad de Cristo -un Monarquianismo
Ebionítico o Unitario-. Allí donde el interés
cristológico es predominante --donde, por ejemplo,
el motivo es salvaguardar la verdadera divinidad de
Cristo- tenemos, por otro, una identificación de
Cristo con la única persona de la Divinidad, la cual
entonces se considera que asume este modo
particular de manifestación -un Monarquianismo
modalístico: en la forma primera es el
Patripasianismo, y en su forma más desarrollada el
Sabelianismo---. Tenemos, pues, dos clases de
Monarquianos: 1) los Ebioníticos, unitarios o
Monarquianos: dinárnicos; y los Monarquianos
modalistas en sus dos divisiones de Patripasianos y
Sabelianos. Voy a dar una breve referencia de los
dos.
A la cabeza del Monarquianismo tipo Ebionítico,
quizá en las dos formas, hay la oscura secta de los
Alogi, en Asia Menor (cer. 170-180 d. de Jc.) -
Sinopticistas, podríamos llamarlos-, que, por un
motivo antimontanista, se mantuvieron firmes en lo
que consideraban como la Cristología de los
Evangelios Sinópticos, y rechazaban la doctrina del
Logos del Evangelio de Juan. Por ello su nombre,
«negadores del Logos». No está claro si admitían la


88
divinidad de Cristo en alguna forma-, sabemos que
por lo menos aceptaban el nacimiento sobrenatural.
Más tarde, durante varias décadas, el principal
escenario del movimiento fue Roma. Allí, a principios
del siglo tercero, estuvo en boga una forma de
monarquianismo puramente unitario, primero bajo un
tal Teodoto de Bizancio, un curtidor que fue
excomulgado por el obispo Víctor; luego, un Teodoto
más joven, un banquero; finalmente, en el partido
afín de los Artemonitas, llamados así por ser su
fundador Artemón. El primer Teodoto era un hombre
bien versado en la cultura griega. Se dice que había
enseñado que Cristo era un «mero hombre»
(antropos) pero admitía su nacimiento sobrenatural.
El descenso del Espíritu sobre El en el bautismo fue
la recompensa de su piedad preeminente. Con todo,
no era Dios, aunque algunos de su partido se dice
que enseñaban que Jesús pasó a ser Dios después
de la resurrección -un punto de vista parecido al de
Pablo de Samosta. Las ideas de los artemonitas no
eran muy distintas. Fueron refutadas en el libro
titulado El Pequeño Laberinto, por Hipólito, o bien un
presbítero, Cayo, al cual ya se ha hecho alusión. Lo
que nos interesa en estas discusiones es que la
apelación a los escritores de la Iglesia es en
especial la Escritura, que ellos acusan a sus
oponentes de abandonar para seguir a Euclides,
Aristóteles, Teofrasto y Galeno.
Más peso tiene, en cuanto a su significación, el otro
tipo de Monarquianismo -el que he llamado
modalista-. Su forma patripasiana inicial tuvo una
historia breve pero curiosa. La esencia de esta
modalidad, como ya se ha explicado, es que el
mismo Padre se había encarnado en Cristo, y
sufrido en El y con El. A nosotros nos es difícil


89
concebir que alguien pudiera sostener esta
identificación, viendo que Cristo, como Hijo, es
distinguible claramente del Padre -pudiera defender,
en resumen, que el Padre y el Hijo eran el mismo-.
Con todo, esta teoría no sólo fue defendida, sino
que, como testifica Tertuliano, recibió durante algún
tiempo una amplia aceptación. Se estableció en
Roma durante varios obispados, fue favorecida por
los obispos de Roma, y tuvo seguidores de
influencia entre los laicos. El primer representante
de este punto de vista que conocemos fue Praxeas,
un confesor de Asia Menor y un fuerte contrincante
de los Montanistas. Llegó a Roma probablemente
durante el episcopado de Eleuterio (170-190), y no
sólo indujo a este último a cancelar cartas de paz
que había enviado en favor de los Montanistas, sino
que le persuadió a adoptar sus propias ideas. Con
ello, dice Tertuliano, hizo un doble servicio al diablo
en Roma: «expulsó la profecía y trajo la herejía;
puso en fuga al Paracleto, y crucificó al Padre».
Después fue a Cartago y diseminó sus ideas allí.
Tertuliano pretende haberle convertido; pero la
«cizaña» que había sembrado brotó, e hizo
necesario el tratado del Padre africano. Praxeas
representa las ideas patripasianas en su forma más
burda. El Dios Único Todopoderoso, el Padre,
enseñaba, se ha encarnado literalmente en
Jesucristo. Como prueba alega los pasajes: «Yo soy
Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de
mí» (Isaías 45:5); «Yo y el Padre, una cosa somos»
(Juan 10:30); «El que me ha visto a mí, ha visto al
Padre» (Juan 14:9, 10), tratando estos tres pasajes,
dice Tertuliano, como si fueran toda la Biblia.
Presionado por la dificultad de cómo el Padre podía
ser al mismo tiempo el Hijo, se refugió en la
distinción de que el Espíritu, o elemento divino en


90
Jesús, era el Padre, y la carne que había asumido le
hacía el Hijo. La objeción de que la teoría sometía al
Padre a la pasividad y al sufrimiento la obviaba
diciendo que el Padre sufría en simpatía con el
sufrimiento de la carne. Tertuliano no tuvo dificultad
en mostrar que, bajo el pretexto del
Monarquianismo, Praxeas realmente introducía una
nueva dualidad. La carne es la humanidad, y el
Padre no es sino la Presencia revestidora. El Hijo y
el Padre, aunque afirmaba que eran uno, son de
nuevo separados y la teoría deriva hacia una forma
dinámica. Una forma mucho más sutil se da a la
doctrina patripasiana en otro representante, Noeto
de Esmirna, probablemente bajo el obispo Víctor
(190-200). Su escuela fue activa bajo los dos
episcopados siguientes: los de Ceferino (200-218) y
de Calixto (218-223), los cuales consintieron el error.
La peculiaridad de la doctrina es su atrevida
afirmación de que el Padre, mediante un cambio en
su modo de ser, literalmente pasó a ser su propio
Hijo. Se dice que es suya la afirmación: «Cuando el
Padre no había nacido, pues, se le llamaba
simplemente Padre; y cuando le plugo sufrir
generación, pasó a ser su propio hijo, no de otro... A
causa del nacimiento que había tenido lugar, se
confesó a sí mismo ante los que le contemplaban
como Hijo, sin duda; con todo, no tuvo inconveniente
en dar a conocer a aquellos que podían
comprenderle, que era un Padre» (ix. 5). Esta idea la
fundaba Nocto en la doctrina especulativa de que
está en la naturaleza de Dios el combinarse a sí
mismo en modos contrarios de ser. Cuando fue
llamado a dar cuenta de sus ideas por la Iglesia, se
defendió osadamente diciendo: «¿Qué mal estoy
haciendo al glorificar un solo Dios?» Sin embargo,
fue excomulgado y formó una escuela separada.


91
Todavía queda mencionar otro nombre como
representante de este modo de ver: Berilo de Bostra,
en Arabia, a quien Orígenes tuvo la satisfacción de
hacer reconocer sus errores. Nuestra información
con respecto a Berilo es muy escasa -un oscuro
pasaje de Eusebio (vi. 33)--, pero parece haber
sostenido en alguna forma una doctrina de la
autolimitación divina, o, como él la llamaba,
«circunscripción» (perigraon), análoga quizá a la
moderna «kenosis». Lo divino en Cristo, dice, no era
una divinidad suya propia (idea teoros)), sino del
Padre-, y esta divinidad, después de la encarnación,
existe en una circunscripción del ser que no
pertenecía antes al mismo.
En estos intentos primitivos hemos visto, en varias
formas, que se desarrolla la idea de modos en la
existencia divina. Hemos de ver ahora esta idea
elaborada en una forma más completa por Sabelio.
El Sabelianismo tiene sus ventajas sobre las teorías
previas por el hecho de que procura hacer justicia a
la distinción Trinitaria, indudablemente implicada en
la revelación del Nuevo Testamento, y procura dar
una razón explicativa de esta distinción, en armonía
con los principios monarquianos. Dicho en breve, su
solución es: la sustitución de una Trinidad de
revelación en lugar de una Trinidad inmanente; la
sustitución de una Trinidad de modos o aspectos, de
un solo ser divino, en lugar de una Trinidad de
Personas. Sabelio, el autor de la herejía, empezó su
carrera en Roma, donde fue excomulgado por
Calixto, el cual era un patripasiano. Más tarde su
doctrina tuvo un poderoso avivamiento en el norte
de África, hacia el año 260, y aún otro en el siglo
cuarto, cuando Atanasio, Basilio, etc., fueron
arrastrados a la controversia. Por lo que se refiere a


92
su principio general, el Sabelianismo ha tenido
muchos defensores y representantes modernos -por
ejemplo, Schleiermacher-, y reaparece en varias
formas populares, aunque no siempre es reconocido
por lo que es. Nuestras fuentes de información
respecto a su forma son fragmentarias y deficientes,
pero el carácter general del sistema se puede
averiguar de modo imparcial y suficiente.
Sabelio empieza con Dios en su unidad absoluta,
idéntica a sí mismo -en su vida silenciosa,
introspectiva-, antes de todo movimiento y
revelación, y esto él lo llama «Monas». Pero el
Monas no permanece en esta condición absoluta,
encerrado en sí mismo; se despliega o explicita; el
Dios silencioso pasa a ser el Dios parlante o el que
habla. En esta transición a la revelación o habla el
Monas es llamado «Logos». Logos, en esta variante
de la teoría sabeliana, no es el Hijo, sino el principio
de toda revelación: el Monas en el acto de revelarse
o desplegarse -Dios parlante-.
Un punto difícil de la teoría es el lugar señalado a la
creación. La Trinidad sabeliana de Padre, Hijo y
Espíritu no tiene nada que ver con la creación.
Presupone el mundo del tiempo y espacio, y se
refiere sólo a la historia. Al parecer, hemos de
suponer algún acto más de autoexpansión de Dios,
dentro del cual tienen lugar sus actos especiales de
revelación. El sistema propiamente empieza cuando
llegamos a los estadios de la revelación de la Biblia.
Sabelio ilustra los modos de la revelación de Dios
por medio de varias metáforas, especialmente por
las figuras estoicas de la expansión (platusmos
ektasis)) y contracción (sustola), o por el brazo
extendido y contraído de nuevo. Es menos un acto


93
libre, que es lo que sugieren estas imágenes, que un
movimiento rítmico de la naturaleza divina, una
expansión y contracción alternantes del Monas,
según una ley de necesidad interna. La revelación
Trina, como se ha dicho, pertenece del todo a la
esfera de la historia, y, en realidad, la historia
religiosa. Dios como Padre se da a conocer en el
Antiguo Pacto y la Ley; Dios como Hijo, en la
encarnación de Jesucristo; Dios como Espíritu, en
su revestimiento de los corazones de los creyentes
en la Iglesia. Bajo estos aspectos, se indica, Dios
entra continuamente de modo más íntimo y más
perfecto en sus relaciones con la humanidad en la
Ley; en Cristo residió entre ellos como individuo; en
el Espíritu Santo es el principio animador de las
almas de los creyentes. Sobre la naturaleza de esta
Trinidad, en contraste con la doctrina de la Iglesia,
hay que hacer notar: Primero, que es sólo una
Trinidad de revelación. Es uno y el mismo Dios -el
Monas original- que se revela en estas palabras en
su propio sentido, proosopa, -caras, aspectos,
manifestaciones-. Segundo, las revelaciones son
sucesivas. La Trinidad es sucesiva, no simultánea.
Hay las extensiones sucesivas del brazo divino, y
cada una ha de ser retraída para que tenga lugar la
otra. La prosopon del Padre termina antes que
empiece la del Hijo; y la del Hijo termina antes que
empiece la del Espíritu. El efecto de esto, en tercer
lugar, es que la encarnación, como las otras
prosopa, es sólo un fenómeno pasajero. Como Dios
ha cesado de ser Padre antes que pase a ser Hijo,
del mismo modo ha de cesar de ser Hijo antes que
pase a ser Espíritu. La forma de Hijo viene a su
término con la resurrección y la ascensión. Sabelio
se nos dice que incluso enseñó que la humanidad
de Cristo fue entonces reabsorbida en lo divino. Así


94
el significado permanente de la persona de Cristo se
pierde por completo. No sabemos nada de las ideas
de Sabelio sobre la redención, pero se puede inferir
de los principios de su sistema que el objetivo de
todo el desarrollo es que la creación finita será
reabsorbida en la Divinidad, la cual pasa de nuevo a
ser el todo en todos.
Al examinar el sistema de Sabelio como un conjunto,
no podemos por menos de ver que tiene una
amplitud y comprensión considerables, y era
apropiado para ser un rival formidable de la doctrina
de la Iglesia. Dio al Monarquianismo un carácter
desarrollado, y quizá elaboró sus principios en una
forma tan plausible como la que más de las
aparecidas posteriormente. Obligó a la Iglesia
claramente a hacer frente a la hipótesis de una
Trinidad moda] como una alternativa a su propia
doctrina. Con todo, es evidente también que la
teoría, en la forma que recibió de Sabelio, no era en
realidad verdaderamente cristiana. Su base, para
empezar, era panteísta, un panteísmo, como vieron
los Padres, afín al de los estoicos; fallaba, además,
en todo punto en hacer justicia a los hechos de la
revelación cristiana. No es en el Antiguo
Testamento, o como Legislador, que Dios se revela
peculiarmente como Padre. Pero, aparte de esto, el
Padre y el Hijo, en esta teoría, no tienen relación el
uno con el otro. El Padre no es el Padre del Hijo; el
Hijo no es el Hijo del Padre. Es una contradicción del
punto de vista cristiano el hablar del Padre como no
inexistente a partir de la aparición del Hijo; y todavía
más, representa la encarnación como sólo una
aparición temporal. Toda la esperanza cristiana está
enlazada por la fe a la existencia continuada del
Redentor. El decir que la unión de la Divinidad con


95
El llega a un término final es disolver la conexión de
los creyentes con Cristo y destruir la existencia de la
misma Iglesia. En comparación con estas
objeciones, las demás son de importancia reducida.
Es una indiscutible debilidad de la teoría el que falle
en subsumir todas las revelaciones de Dios bajo
esta forma de Trinidad, y nos da sólo un capítulo de
un libro mucho mayor --deja sin explicar, en
particular, la manifestación inicial de Dios en la
creación, y toda la manifestación providencial de
Dios en la historia fuera de Israel-. La actividad de
Dios en la creación y en el gobierno general del
mundo evidentemente no queda suspendida en
tanto que se manifiesta en los modos trinitarios
dispensacionales. Esto afecta a la teoría más de
cerca de lo que podríamos suponer, porque
interrumpe la idea que yace en el fundamento del
sistema: que Dios sólo puede existir en un solo
modo o prosopon a la vez. Demuestra, al contrario,
que Dios puede revelarse simultáneamente en
diferentes modos, y así lo hace.
Como paso final, demos una mirada a la culminación
de todo este movimiento monarquiano en Pablo de
Samosta, obispo de Antioquía (260-270 d. de J.), el
cual representa la fase dinámica del
Monarquianismo. La simple reflexión fácilmente nos
sugiere lo cercana que está la idea sabeliana de la
persona de Cristo de la ebionítica, sin intentar que lo
sea, y lo fácilmente que se pasa de la una a la otra.
El punto de dificultad en la teoría sabeliana se halla
en saber qué hay que hacer con la humanidad de
Cristo después de la ascensión. La suposición de su
absorción cuando la del Hijo llega a su fin es
demasiado violenta para poder ser defendida de
veras; la tendencia, pues, es a representar la


96
divinidad y la humanidad como separables, por
ejemplo, conectar las dos sólo dinámicamente. Y
esto nos vuelve al Ebionitismo. Sin embargo, no son
sólo los resultados en Pablo de Samosata; en su
persona también tenemos un ejemplo conspicuo del
espíritu esencialmente irreligioso que era el rasgo
marcado del desarrollo. El Monarquianismo
Ebionítico de la Iglesia primitiva era un producto
superficial en el mejor de los casos, que apenas deja
su rastro de su profundidad o seriedad religiosa en
su curso. En este sentido, Pablo de Samosta es el
representante clásico: su sumo sacerdote por
nacimiento. La fuente principal de nuestra
información con respecto a él es una carta circular
enviada por los obispos y clero que le condenaban;
y después que se han hecho todas las concesiones
posibles a la parcialidad y prejuicios, es un cuadro
realmente extraordinario el que se nos presenta.
Prescindiendo de la conducta severa y modesta que
corresponde a un obispo cristiano, Pablo parece
haber vivido en un estilo de esplendor y ostentación,
combinando con su cargo eclesiástico una
magistratura civil que le proporcionaba un salario
cuantioso. Con esto, y mediante una mala
administración eclesiástica llena de desparpajo,
alcanzó una posición de riquezas inauditas. Su
orgullo, lujo y opresión le hicieron aborrecible a sus
hermanos. Era vano no menos que rico; se hizo
erigir un elevado tribunal y un trono para su uso;
aparecía en público con una multitud de sirvientes
que le abrían paso; se pavoneaba por el Foro
leyendo sus cartas y dictando las respuestas. Pero
su comportamiento en la iglesia era de lo más
ofensivo. Prohibió en la iglesia los himnos cantados
en honor de Cristo, e hizo componer himnos en su
propio honor, que eran cantados por un coro de


97
mujeres en el festival de Pascua. Su predicación era
teatral, acompañada de gestos y movimientos
estrafalarios; y se animaba al pueblo a aplaudir
agitando pañuelos o se les reprendía si no lo hacían.
Su conducta privada era igualmente escandalosa.
Con todo, su riqueza y poder eran tales, debido al
favor de la reina Zenobia, que pocos se atrevían a
tocarle.
Este era el hombre, pues, que pasó ahora a ser la
cabeza del Monarquiarusmo. Su sistema es un
desarrollo del de los primitivos representantes del
Monarquianismo unitario -los Teodocianos y los
Artemonitas-, pero difería de ellos en que sostenía
que Cristo, comenzando como hombre, fue elevado
por su desarrollo progresivo (prokopo) a la dignidad
de Hijo de Dios, obteniendo rango divino por su
excelencia. El Logos en Dios, se decía, era lo que es
la razón en el hombre. Cristo era un mero hombre:
era, según lo expresaba Pablo, «de abajo»
(katoten). No parece, sin embargo, que negara su
nacimiento sobrenatural. La unión del Logos con
Cristo no difería, excepto en grado, de su unión con
cualquier otro hombre. En grado, sin embargo,
difería, porque el poder de lo divino penetraba en la
humanidad de Cristo como no lo hacía en ningún
otro. Este revestimiento del Logos, o sabiduría
divina, o poder divino en Cristo no es de persona,
sino de calidad (kata poiotota). Mediante su
interpretación por el poder divino, Cristo avanzó
progresivamente hasta que llegó a ser Dios
(teteopoiostai). Se levantó al rango divino: de
hombre pasó a ser Dios (es antropon gegone teos).
Pablo, pues, puede hablar de una apoteosis -una
identificación de Cristo-; pero divinidad aquí sólo
significa que Cristo, por su mérito peculiar, fue


98
considerado digno por Dios de honores divinos -no
que pasara a ser Dios por naturaleza---. Era una
Divinidad de rango, no de esencia. Era deificación
por gracia. Pero esta idea la Iglesia la rechazó de
modo enfático.' Dos Sínodos influyentes (años 264,
269) fueron convocados en Antioquía para tratar del
asunto. Al principio Pablo consiguió imponerse a los
obispos con sutilezas plausibles-, en el segundo sus
sofismas fueron expuestos, y sus ideas fueron
condenadas definitivamente. Pasaron tres años, sin
embargo, antes que el partido ortodoxo pudiera
desposeerle de su cargo. Un punto de interés en
relación con este Sínodo (año 269) es que rechazó
el término homoousios, que más tarde pasó a ser el
santo y seña de la ortodoxia nicena, a causa del
abuso a que fue sometido por Pablo. Esto, de
nuevo, es evidencia de que en estas discusiones la
Iglesia no estaba luchando por vocablos -griegos o
lo que fueran- sino por cosas e ideas.
He presentado este modo de ver de Pablo de
Samosata con minuciosidad, principalmente por la
razón de que en principio no es diferente de muchas
teorías corrientes entre nosotros hoy día; es, en
realidad, el tipo de las teorías dinámicas de todos los
tiempos. Hemos visto que la esencia de ella es que,
aunque Cristo en su naturaleza es sólo un hombre,
es elevado a la Divinidad -una Divinidad honoraria-
mediante la operación de un poder divino dentro de
él. La relación de la Divinidad a la humanidad es
dinámica; pero termina en la exaltación de Cristo al
rango divino. Esto está de acuerdo con una
tendencia muy extendida en la teología reciente de
asignar a Cristo el predicado «Divinidad», cuando en
realidad no se le reconoce más que como un
hombre. El dilema en que se coloca toda clase de


99
teorías es evidente. Si se le adscribe a Cristo
verdadera Divinidad, no puede ser sólo o
meramente un hombre; si, al revés, Cristo es
considerado en su naturaleza y persona sólo un
hombre, por más que sea exaltado por la posesión
del Espíritu divino, no es en un sentido real, sino
simplemente figurativo, que se ha de decir que ha
sido elevado a la Divinidad. La Divinidad no es algo
que pueda empezar en el tiempo, o ser conferida
como un título de honor sobre un ser creado. Esta
idea, pues, bajo cualquier disfraz, sigue siendo
Unitaria. Si se pudiera suponer que un ser que no es
originalmente divino pudiera por su desarrollo
alcanzar el rango de la Divinidad (algo contrario a la
razón), esto nos haría llegar a un resultado
igualmente extraordinario del cual incluso una teoría
como la de Rothel no está libre: que a partir de la
encarnación ha sido añadida literalmente una nueva
persona a la Divinidad. Esto sin duda es una
reducción al absurdo.








100
"¹l1(iC l` i"¦ "¹l1(iC l` i"¦ "¹l1(iC l` i"¦ "¹l1(iC l` i"¦
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("'1C ("'1C ("'1C ("'1C
Las controversias monarquianas del tercer siglo
sobre la Trinidad y la suprema divinidad de Cristo no
eran sino preludios de una inmensa batalla: la de la
controversia arriana del cuarto. La cuestión
fundamental a dirimir era cómo había que reconciliar
estas afirmaciones peculiares de la fe cristiana con
la unidad de Dios; por encima de todo, en qué forma
había que concebir la relación de Cristo con el
Padre, de modo que, por un lado, no quedara
comprometida su verdadera dignidad divina, y, por
otro, no pusiera en peligro la Monarquía divina. Esta
cuestión sólo podía ser contestada -y fue
contestada- mediante la presentación de todas las
alternativas posibles, poniendo a prueba una por
una y rechazando las que se vieran inadecuadas.
Hemos de ver este proceso ejemplificado con
respecto a la divinidad del Hijo y del Espíritu en la
controversia que examinaremos ahora.
Antes de iniciarse la controversia arriana, había
tenido lugar un cambio decisivo en la fortuna externa
de la Iglesia. La lucha con las fuerzas de un
paganismo persecutor que había durado tres siglos,
había terminado con la derrota decisiva de este
último. En 313 d. de J., después de la última y


101
terrible persecución de Diocleciano, vino el edicto de
Milán, que daba tolerancia universal, y en el año
323, Constantino, habiendo derrocado a su último
rival Licinio, pasó a ser el único soberano del
Imperio. El año siguiente, 324, vio el llamado
establecimiento de la religión cristiana, un suceso
que, si bien exteriormente favorable, introdujo un
nuevo factor en la historia del desarrollo del dogma -
un factor casi siempre dañino y perturbador-, o sea
el ejercicio de la autoridad imperial. Sin embargo,
antes de este paso fatal, la Iglesia quedó envuelta
en la controversia que vamos a estudiar.
No obstante, no fue en los aspectos externos sólo
que había tenido lugar un cambio en la condición de
la Iglesia. La Iglesia triunfó porque ya era
internamente la fuerza más poderosa del Imperio.
Incluso en el tercer siglo era formidable --organizada
de modo compacto, capaz de dirigir, influyente no
sólo por su número, sino por el rango de muchos de
sus miembros-. Su reconocimiento por Constantino
en el cuarto no fue sino la admisión de la
preponderancia de una influencia ya ganada. En el
aspecto intelectual el avance había sido también
considerable. Las tendencias teológicas estaban
asumiendo forma distinta, y habían empezado a
desarrollarse marcados contrastes en las escuelas.
Uno de estos contrastes ha de ser mencionado aquí,
a causa de la profunda influencia que ejerció en la
teología posterior, a saber, el contraste entre las
escuelas de Alejandría y la de Antioquia. El
comienzo de la escuela de Alejandría ya ha sido
descrito. Sus representantes principales durante el
siglo cuarto fueron, primero, el renombrado
Atanasio, y después de él los tres grandes Padres
capadocios, Basilio, Gregorio de Nacianzo y el


102
hermano de Basilio, Gregorio de Nisa. Durante todo
el siglo retuvo su carácter liberal, especulativo,
idealizante, que le había impartido su maestro,
Orígenes; pero en su nueva forma se mantuvo libre
de la subordinación a Orígenes, y la superó. La
escuela de Antioquía tenía características opuestas.
Era sobria, literal, gramatical, racional; en la frase de
Coleridge, era una escuela del entendimiento más
bien que de la razón. Hemos visto la influencia
ejercida en Antioquia por Pablo de Samosata, y la
levadura de sus enseñanzas, sin duda, continuó
activa después de haber sido expulsado. El
verdadero fundador de la escuela de Antioquía, sin
embargo, fue Luciano, martirizado en el año 311, el
cual estampó en ella su carácter predominante
exegético y en parte racionalizador. De esta escuela
procedió Arrio, y la mayor parte de los líderes del
partido que le apoyaba. El profesor Hamack va más
lejos y da un detalle concreto y minucioso de las
opiniones de Luciano, sobre el cual sólo diré que me
parece en gran parte hipotético, no respaldado por
las autoridades (iv. pp. 3-7, trad. ingl.). Según
Harnack, Luciano es simplemente un arrio antes de
Arrio. Adoptó la cristología de Pablo de Samosata y
la combinó con la doctrina del Logos. Su doctrina es
la de Pablo, con la diferencia de que, en vez de un
hombre, es un ser celestial creado, el que pasa a ser
Dios. El énfasis es en la creación de la nada, y en la
deificación mediante un desarrollo progresivo. Sin
embargo, no hay evidencia de Pablo, que yo sepa,
de que Luciano fuera discípulo de Pablo de
Samosata, o de que sostuviera que el Logos fue
creado de la nada, o que Cristo pasara a ser Dios
mediante un desarrollo progresivo. Que sus ideas
tendían en alguna forma al Arrianismo, podemos en
justicia admitirlo; es cierto, además, que estuvo con


103
su escuela, durante tres obispados, fuera de la
comunión de la Iglesia, y que sólo fue reconciliado
poco antes de su mierte. Esto, sin embargo, no es
razón suficiente para que le atribuyamos un tipo de
doctrina tan específica como el que hemos indicado.
I. La disputa arriana tuvo su origen hacia el año 318
en Alejandría, donde Arrio, un presbítero destacado,
tuvo un conflicto con su obispo sobre el tema de la
Trinidad. Las descripciones que tenemos de Arrio
nos lo describen como un hombre alto, enjuto,
ascético en hábito y vestido, de pelo largo,
enmarrañado, y una curiosa práctica de contorcerse,
pero en conjunto de porte y costumbres atractivos, y
con una considerable mezcla de astucia y vanidad.
De esto último da prueba la introducción a su libro
titulado Thalia: «Soy un hombre conocido, que ha
sufrido muchas cosas por la gloria de Dios, y siendo
enseñado por Dios, ha obtenido sabiduría y
conocimiento». No obstante su suavidad aparente,
era un hombre de pasiones fuertes y vehementes.
Pronto se rodeó de una multitud de partidarios, y fue
incansable en la diseminación de sus ideas. La
condenación de sus opiniones por un concilio local
(año 321) sólo aventó la llama de la controversia.
Los sentimientos se hicieron intensamente vivos en
ambos lados. Cada bando procuraba fortalecerse
pidiendo el apoyo de obispos de influencia; en
conjunto, la Iglesia pronto estuvo trastornada; en los
mismos teatros resonaban, con ridículo, las disputas
de los cristianos. Constantino, cuyo máximo interés
era la paz de su imperio, estaba profundamente
preocupado por este inesperado acontecimiento, ya
que él consideraba que sus causas eran cosa de
poca monta, y escribió con urgencia tanto a
Alejandro como a Arrio, rogándoles que se


104
comportaran mutuamente con tolerancia y
comprensión. Cuando esto falló y se le abrieron
quizá los ojos algo más para darse cuenta de la
gravedad de la cuestión, concibió la idea, según él
creía inspirada por el cielo, de convocar un concilio
de todo el mundo cristiano para decidir la cuestión.
La controversia así entablada proporciona un tema
favorito para los que están dispuestos a
menospreciar las controversias teológicas en
general. Todo se reducía, según este modo de
pensar, a una logomaquia estéril, una disputa sobre
menudencias, en las que la esencia del Cristianismo
ni tan sólo era afectada. Gibbon se divierte por el
hecho de que el mundo entero esté revuelto a causa
de un diptongo. Así que, según él, todo se trata de
una sola letra, la que causa la diferencia entre
«teísta» y «ateísta», o sea ateo. Las mentes más
profundas juzgan la controversia de modo muy
distinto. Harnack, a pesar de su teoría del origen
griego del dogma, deja bien claro que el mismo
Cristianismo estaba en peligro. Dice: «Sólo como
cosmólogos son los arrianos monoteístas; como
teólogos y en religión son politeístas. Hay profundas
contradicciones en el fondo: un Hijo que no es Hijo;
u Logos que no es Logos; un monoteísmo que no
excluye el politeísmo; dos o tres ousias, que han de
ser adoradas, en tanto que hay sólo una que s
distingue realmente de la creación; una naturaleza
indefinible que primer pasa a ser Dios cuando se
hace hombre, y que no es todavía ni Dios n
hombre... Los oponentes tenían razón; esta doctrina
se dirige otra vez a paganismo. La doctrina
ortodoxa, al contrario, tiene un valor permanente en
la defensa de la fe que, en Cristo, Dios mismo ha
redimido al hombre y le ha llevado a su comunión.


105
Esta convicción de fe fue salvada po Atanasio contra
una doctrina que no entendía la naturaleza interna
de la religión en general, que hacía de la religión
sólo enseñanza, y que finalmente halló su
satisfacción en una dialéctica vacía.»
El significado histórico del Arrianismo, pues, como
ya hemos sugerido, se halla en el hecho de que dio
expresión a ciertas tendencias operantes en la
teología, y obligó a la Iglesia a enfrentarse con ellas
y pronunciar juicio. Vemos que, en el período
precedente, había influencias que tendían a la
exaltación de la «Monarquía» divina, a expensas de
una clara hipóstasis del Hijo; que por otra parte,
como resultado de la influencia de Orígenes, había
una fuerte corriente de subordinación por parte de
aquellos que sostenían esta hipóstasis. Esta
tendencia, insisto, fue fortalecida -si no es que fuera
su causa principal- por la forma platonizante de
considerar a Dios como causado en sí mismo,
inefablemente exaltado, un ser incomprensible, que
era sólo Dios en el sentido más elevado. Esto llevó,
primero, a que Dios fuera puesto a una distancia
infinita de su creación; luego, a la necesidad de
interponer algún ser intermedio para efectuar la
transición a la última; tercero, que el Hijo, que fue
engendrado para este propósito, fuera puesto en
segundo rango, como no poseyendo los atributos
que se suponían constituían la Divinidad absoluta.
Las tendencias subordinacionistas de esta clase
estaban en actividad en la Iglesia antes de Arrio, por
ejemplo en Lactancio, en Eusebio de Cesarea,
probablemente en Luciano; pero fue sólo cuando se
les dio expresión concreta, y Arrio sacó de ellas sus
consecuencias lógicas, que se echó de ver su plena
importancia. En breve, Orígenes había hablado del


106
Hijo en el sentido de que ocupaba una relación
secundaria con el Padre, en tanto que al mismo
tiempo defendía su generación eterna y su identidad
de esencia con Dios. Estas dos tendencias era
inevitable que acabaran entrando en conflicto. Si la
identidad de naturaleza con el Padre se mantenía,
había que conceder Divinidad plena y verdadera al
Hijo, y los elementos subordinantes, en lo que
afectaban al conflicto con esta concepción, tenían
que ser eliminados. Si, por el contrario, se seguía el
punto de vista subordinacionista, el resultado lógico
era la doctrina de Arrio.
No es mi intención entrar en detalles de la historia
de esta controversia, sino presentar las grandes
cuestiones implicadas, los principios en juego, la
lógica, como la llamaría, del movimiento. Nos
ayudará en nuestro objetivo si, antes de dar una
mirada a los procedimientos del Concilio de Nicea,
consideramos los bandos afectados y sus
respectivas posiciones. Esto nos mostrará con
claridad aceptable el curso histórico que había de
seguir.
Al tiempo de la apertura del concilio se habían
formado tres bandos con cierta delimitación.
Primero, el bando de Atanasio -para nombrar a
Atanasio como su representante destacado-- era el
único de los tres que tenía un fondo sin ambigüedad
alguna. El Hijo, a su modo de ver, era de la misma
esencia (snoomsios) que el Padre -Dios mismo y
Dios verdadero---. En este modo de ver el interés
genuino cristiano era conservado, al que Atanasio
volvía constantemente, a saber, que ninguna
criatura, sino sólo Dios, podía unimos con Dios. No


107
era menor la claridad del otro punto en este bando,
el de que era necesaria una verdadera encamación
para conseguir la redención. Sólo el Hijo divino
podía expiar los pecados del mundo. En el hecho de
poner la divinidad del Hijo en conexión con la
salvación del hombre, da un paso más allá de los
Padres que la relacionaban de modo primario con la
creación, y en algunas de sus posiciones
prácticamente se anticipa a Anselmo. Con todo,
Atanasio insiste en que no introduce nada nuevo,
sino que está defendiendo lo que siempre había sido
la fe de la Iglesia.
En el polo opuesto de Atanasio estaba el puro
partido arriano, dirigido primero por Arrio, y en un
estadio subsiguiente de la controversia por Aëcio y
Eunomio (de donde en los Padres posteriores
hallamos el nombre eunomilianos). El procedimiento
general de Arrio lo caracteriza así Domer: «En la
esfera de lo relativo, sus movimientos son fáciles y
hábiles; en el manejo de las categorías de la lógica
da evidencia de destreza dialéctica, pero las aplica
como el criterio de todo, y es incapaz de elevarse
por encima de ellas. Está desprovisto totalmente de
capacidad estrictamente especulativa» (ii. p. 239).
En su tratamiento, la distinción del Hijo del Padre es
llevada a su límite lógico extremo. Su punto de
partida era el término Hijo, que él sostenía implicaba
la prioridad del Padre. El Hijo, decía, era un ser
creado -Creado «de la nada» . Era la primera y la
más grande de las criaturas, y fue traído a la
existencia para que por medio de El el mundo fuera
creado. No era eterno; no era de la sustancia divina;
era mudable, esto es, podía caer en el pecado; no
era capaz de comprender al Padre. Fue en el
terreno de sus méritos previstos como hombre que


108
recibió los nombres de Logos, Hijo, etc. El Hijo,
concedían los arrianos, era pretemporal, antes de
las edades; pero esto era debido a que sostenían
que el tiempo empezó con la creación del mundo.
Esta idea la expresaban en la fórmula «Era cuando
no era» (nu steous nu).
Intermedio entre los dos bandos descritos, había un
tercero, el semiarriano, o partido subordinacionista,
que se distinguía de Atanasio por su rechazo del
término omoousios No iban más allá de la vaga
afirmación de que el Hijo se parecía al Padre, o era
«de sustancia semejante» (omoiousios) a la del
Padre. Pero aquí se distinguían especialmente dos
clases. Había, primero, una sección imbuida de
doblez y mala fe, los Eusebianos -Como solían ser
llamados por su líder Eusebio de Nicomedia, uno de
los defensores más activos de Arrio-, cuyas ideas
reales eran fuertemente arrianas, pero hacían uso
de toda clase de subterfugios para disimular sus
opiniones y empleaban los métodos más mezquinos
de intriga y violencia contra sus contrincantes. Han
sido llamados los herodianos de la controversia
arriana. Más tarde abandonaron la fórmula
omoiousion y se refugiaron en la mera declaración
de que Cristo era «como» (dmoios) el Padre (de
donde el nombre «Homoeanos»); o insistían en que
sólo debían usarse términos escriturales. Son
conocidos en este estadio como los Acacianos, por
su nuevo líder Acacio. Pero, además, había otro
sector más numeroso -el de los sinceros
semiarrianos, como puede llamárseles-,
subordinacionistas en tendencia, cuya objeción
principal era a la palabra omoousios-, que a su
modo de ver tenía asociaciones indeseables, más
bien que a una doctrina representada por la misma.


109
En los últimos estadios de la controversia, este
partido, repelido por el arrianismo evidente de
algunos de sus aliados, se acercó a los ortodoxos y
finalmente aceptó su fórmula, aunque todavía sin
una unidad de miras total.
Estos, pues, eran los bandos cuyas opiniones
entraron en colisión en el famoso Concilio de Nicea.
Sigamos un poco más allá las implicaciones lógicas
de las ideas arrianas, según fueron discutidas
entonces y después. Algunas de las evasivas o
subterfugios del sistema --por ejemplo, sobre el
tiempo- no fue difícil para Atanasio y otros el
eliminarlas. La frase: «Era cuando no era», no
significaba nada a menos que se introdujera en ella
una relación de tiempo. Sólo servía para despistar a
los simples, que tenían la impresión de que Arrio
afirmaba algo así como una eternidad para el Hijo,
cuando admitía que nació antes de todas las
edades. Además fue fácil mostrar que en la teoría
arriana «engendrar» significaba lo mismo que
«crear». El Hijo era una criatura, ni más ni menos; la
relación con el Padre y el Hijo era, pues, puramente
casual. Y esto, cuando llegó el momento, Arrio lo
admitió francamente. El Hijo, dijo, fue creado «de la
nada». Además, la razón por la que fue creado el
Hijo es que Dios es tan exaltado que no podía crear
el mundo de modo inmediato. Era necesario un ser
intermedio que llenara la brecha entre Dios y su
creación. Pero como el Hijo es El mismo una
criatura, queda claro que existe la misma dificultad
con respecto a El mismo. La diferencia entre Dios y
la criatura ha de ser siempre infinita. Si, pues, Dios
es demasiado exaltado para crear al Hijo, se
necesita un nuevo ser para llenar el abismo entre


110
Padre e Hijo; otro para llenar el abismo entre Dios y
el nuevo ser, y así ad infinitum.
Estas objeciones se hallan en la superficie. Pero, en
realidad, habiendo admitido la naturaleza de criatura
de] Hijo, el Arrianismo sólo podía seguir un curso
lógico; y los estadios son, como de costumbre,
virtualmente también los históricos. Arrio, como es
natural, empezó intentando exaltar al Hijo tanto
como pudo, acercando su modo de ver a la doctrina
de la Iglesia tanto como pudo. Fue llevado a esto
también por su idea de que el Hijo era el
intermediario de la creación. Porque si Dios es
demasiado elevado para crear el mundo, el Hijo ha
de ser representado como un ser muy exaltado si
Dios ha de crearle a El. El Hijo de esta manera es
puesto tan cerca de Dios que la incompatibilidad
entre El y Dios está a punto de desaparecer, y por
ello no parece haber necesidad de una oposición
violenta a la doctrina de la Iglesia (ver Domer, ii. p.
237). Arrio, en una carta, incluso habla de Cristo
como «Dios perfecto» (ploros teos) e «inmutable»
(Teodoreto, i. 5), expresiones del todo contrarias al
tenor de su doctrina ordinaria. Pero, luego, estos
elevados predicados concedidos a Cristo no podían
disimular el hecho de que, a la vista de Arrio, el Hijo
era sólo una criatura, no era verdaderamente de la
esencia de Dios; que la relación del Padre con El
era, como se ha dicho, sólo de tipo causal. A partir
de esto Arrio desarrolló lógicamente sus otras
proposiciones, que el Hijo era temporal, mudable,
incapaz de comprender a Dios, etc. Ahora es la
distancia entre Dios y el Hijo el pensamiento
dominante, y en esto se halla el verdadero nervio de
la doctrina arriana. Pero si el Hijo es sólo una
criatura, extraño en esencia a Dios, ¿sobre qué base


111
se le llama o bien Logos o Hijo9 Ya no es Hijo por
naturaleza; ¿por qué, pues, darle este nombre? Arrio
contesta que El recibe el título en base al
conocimiento previo que tiene Dios de sus méritos
como hombre. La filiación es tomada por el lado
divino, y basada en méritos humanos. Se está
haciendo una transición no disimilar a la de Pablo de
Sarnosata. La hipóstasis preexistente pasa a ser lo
que llama Dorner «un apéndice embarazoso,
confusionista, que debería ser extirpado al ocupar
este nuevo punto de vista» (ii. p. 242). Además, en
este modo de ver no había obra alguna que hubiera
de realizar Cristo que requiriera esta elevada
naturaleza. Históricamente, pues, la persona de
Cristo fue progresivamente rebajándose en manos
de los arrianos; y, en general, se da el caso de que,
siempre que ha aparecido arrianismo, ha tendido a
terminar en Unitarismo.
II. El primero de los llamados Concilios ecuménicos
fue convocado para reunirse en Nicea, en Bitinia, en
mayo o junio del año 325. Allí, después de algunos
procedimientos preliminares, fue formalmente
abierto con gran esplendor por el mismo emperador
en persona. Bastará dar una breve relación de lo
ocurrido. Participaron unos 300 obispos
(tradicionalmente 318) (ver Atanasio, Sócrates,
Teodoreto, etc.), pero había una multitud de
presbíteros, diáconos, acólitos, que engrosaron la
asistencia hasta mil o incluso dos mil. El espíritu que
inspiraba los debates por el lado ortodoxo fue
Atanasio, joven diácono de Alejandría, que estaba
presente para ayudar a su obispo. Los arrianos
claros eran pocos. Incluso los eusebianos eran
apenas una veintena? Un credo propuesto por los
arrianos fue rechazado con horror: el credo fue


112
literalmente rasgado en pedazos (Teod. i. 8). La
dirección del partido medio fue asumida por Eusebio
de Cesarea, el cual ahora presentó un credo, que él
dijo había aprendido cuando era catecúmeno en
Cesarea; pero éste, también, a pesar de la gran
influencia del que lo proponía, y del apoyo del
emperador, fue rechazado a causa de la
ambigüedad de sus expresiones. Se necesitaba algo
que marcara de modo preciso la distinción entre los
dos partidos, y esto, se dice, lo proporcionó, sin
tener intención de hacerlo, Eusebio de Nicomedia
mismo en el término «omoousios». La mayoría del
Concilio se dio cuenta que la fórmula de que el Hijo
era «de la misma sustancia» que el Padre
expresaba exactamente aquello por lo que luchaban,
y excluía ambigüedades por medio de las cuales el
partido eusebiano procuraba evadir la fuerza de los
otros términos. Por tanto, se le concedió aceptación.
El emperador también vio ahora que si había que
conseguir unanimidad había de lograrse sólo en el
terreno de esta fórmula. Por tanto echó su influencia
en la balanza, y quedó asegurado el triunfo de la
fórmula de homoousion. Se redactó un nuevo credo
a base del de Eusebio, y su aceptación fue hecha
obligatoria por decreto imperial. Esto me parece a mí
que es una presentación del curso de los sucesos
más probable que la que suele darse, que presenta
a la mayoría del Concilio como perteneciente al
partido semiarriano, y supone que fue el emperador
que impuso sobre ellos la aceptación de la fórmula
homoousion. Da la impresión de que las simpatías
del emperador, en cuanto fueron manifestadas, se
inclinaban al otro lado. Eusebio de Cesarea era su
consejero, y había dado ya su aprobación al credo
eusebiano. Es evidente que sólo cuando vio que la
fórmula de Atanasio era la única que tenía


113
probabilidades de ser aceptada por el Concilio en
conjunto, el emperador dio el peso de su apoyo al
mismo. Esto no es incompatible con la idea de que
la mayoría del Concilio estaba más o menos
indeciso originalmente; y sólo cuando la discusión
fue avanzando, llegaron a percibir claramente que
Atanasio estaba luchando por la esencia de la fe,
según ellos mismos la habían sostenido siempre.
Este famoso símbolo, el más antiguo de los credos
eclesiásticos -si exceptuamos el llamado Credo de
los Apóstoles, del cual es realmente una expansión-,
no corresponde exactamente en su forma original a
la que hoy tenemos. Su contenido es el siguiente:
«Creemos en un Dios, Padre, Omnipotente, Hacedor
de todas las cosas visibles e invisibles; y en
Jesucristo, el Hijo de Dios, engendrado del Padre,
Unigénito, esto es, de la sustancia del Padre, Dios
de Dios, Luz de Luz, verdadero Dios, Dios mismo,
engendrado, no hecho, que es de la misma
sustancia (omoousios) que el Padre; por el cual
fueron hechas todas las cosas tanto en el cielo como
en la tierra; que para nosotros, hombres, y para
nuestra salvación, descendió y se encarnó y se hizo
hombre; padeció y al tercer día resucitó; ascendió al
cielo, y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Y
en el Espíritu Santo. Pero los que dicen "Era cuando
no era", y "Antes que fuera engendrado no era---, y
que "Fue hecho de la nada", y los que dicen que el
Hijo de Dios es de otra "sustancia" o "esencia", o
que el Hijo de Dios es "creado" o ,,mudable" o
"alterable", son anatematizados por la Iglesia
Católica y Apostólica.» Como se verá, el Credo
consiste en dos partes: el Credo propio, o parte
doctrinal, que declara la fe católica, y la parte
anatematizadora, que condena los errores de Arrio.


114
En los cambios hechos más adelante podemos
notar, primero la omisión de dos cláusulas, a saber,
«Unigénito, esto es, de la sustancia del Padre, Dios
de Dios», y tanto en el cielo como en la tierra», y
finalmente, toda la parte anatematizadora; y
además, aparte de la inserción de varias cláusulas,
como «Unigénito» antes de las palabras «Hijo de
Dios», la frase «antes que todos los mundos»
después de «engendrado del Padre», y
especialmente una adición considerable después de
las palabras «el Espíritu Santo». Los cambios se
verán bien si se compara el original, más corto, con
el Credo tal como se halla en los devocionarios o
libros de oraciones presentes.
El Concilio había hablado, pero su decisión, lejos de
terminar la controversia, fue en un sentido sólo el
comienzo de la misma. La batalla fue transferida
ahora a la Iglesia en conjunto, y siguió fortunas
cambiantes durante medio siglo más, hasta el
tiempo del Concilio de Constantinopla en el año 381.
La Iglesia estaba ahora cosechando el fruto de una
imprudente concesión a los emperadores, al darles
el poder de intervenir en los asuntos eclesiásticos,
un poder que hizo de las decisiones sobre la
doctrina, las determinaciones de la fe cristiana, con
demasiada frecuencia son un asunto de capricho
imperial e intrigas cortesanas, e introdujo en la
Iglesia el principio de persecución empleado antes
contra la Iglesia, o sea en la relación de los bandos
entre sí. En este largo conflicto de la fe de Nicea con
sus adversarios, el hombre que destaca por encima
de todos es el noble Atanasio. La historia de la
controversia arriana después de Nicea es poco más
que la historia de las persecuciones de Atanasio.
Hooker no exagera cuando resume la situación en


115
su famosa frase: «Esta era la condición simple de
aquellos tiempos: todo el mundo contra Atanasio, y
Atanasio contra el mundo» (Ecc1. Polity, v. 42). En
medio de estas pruebas brilla el carácter de
Atanasio con espléndida grandeza. De todos los
santos de la Iglesia primitiva, como dice Stanley, es
el único que ha encandilado realmente las páginas
frías y críticas de Gibbon en una hoguera de
entusiasmo. El decir que Atanasio es el hombre más
grande de su época es decir muy poco. En
comparación con los hombres que se le oponían,
intrigantes, cambiadizos, sin escrúpulos; en
comparación con los emperadores que le empujaron
al destierro, descuella como un gigante en estatura
moral y fuerza de propósito. En buena fama y en
mala fama sostuvo en alto su fe sin vacilar. Los
métodos que usó en sus luchas están en contraste
conspicuo con los de sus adversarios. Procuró
vencer con argumentos, persuasión, no por la
violencia. En la hora de la victoria fue generoso y
tolerante. Los hombres contra los que pugnaba, en
cambio, en lo que menos fiaban era en la justicia de
su causa. Su único intento, según muestra la historia
del período, era entramparle, rodearle, destruirle, y a
este fin ningún acto era demasiado ruin, ninguna
medida demasiado mezquina. Fue enviado cinco
veces al exilio, y los hombres que le reemplazaron
fueron un oprobio para la humanidad y la religión.'
En el terreno moral solamente, al margen de la
cuestión de verdad y error, el partido arriano del
siglo cuarto ya queda condenado.
De las fases especiales del conflicto, sólo puedo
hablar en términos brevísimos. No tardó mucho en
cambiar la política de Constantino, y volvió a traer a
Arrio y procuró imponerlo a la Iglesia, un paso


116
frustrado sólo por la muerte súbita del gran
heresiarca en la hora de su triunfo (336). Pero fue
bajo el sucesor de Constantino, Constancio -un
hombre de espíritu estrecho y despótico, débil e
irresoluto, herramienta en manos de intrigantes, sin
el genio de su padre, pero con toda la afición de éste
para intervenir en los asuntos eclesiásticos-, que la
crisis se hizo realmente aguda. Los hitos principales
en la historia son el Concilio (semiarriano) de
Antioquia en el año 341, notable por el número de
sus credos; el Concilio (ortodoxo) de Sardica en 343,
del que se retiró el bando de Eusebio, y estableció
un concilio rival en Filipópolis; los concilios y credos
múltiples de Sirmium, 351, 357 (arriano), 358
(semiarriano), 359; finalmente los concilios gemelos
de Ariminum y Seleucia, 359, en conexión con los
cuales, después de una prolongada resistencia,
prevaleció la fuerza para asegurar la aceptación de
una fórmula de la corte, y en que, en frase
memorable de Jerónimo, «el mundo entero gimió y
se asombró de hallarse arriano». Nos falta el
espacio para contar en qué forma después de esto
los partidos semiarrianos divergieron gradualmente;
cómo la persecución del sector sincero de los
mismos bajo Valente los llevó a los brazos de la
ortodoxia; cómo las vicisitudes de fortuna llevaron a
Teodosio al trono del Oriente, y dieron un nuevo giro
a los asuntos en la capital, en que la predicación de
Gregorio Nazianceno ya había dado oportunidad
para un cambio en la opinión del pueblo; y que al
final, en 381, fue convocado en Constantinopla el
Concilio con el que termina la historia de la
controversia arriana. Este Concilio, cuando se
reunió, era puramente oriental; y fue sólo la
adopción subsiguiente de sus decisiones por toda la
Iglesia en general lo que le dio el título de


117
«ecuménico». Tradicionalmente se adscriben al
mismo las implicaciones al Credo de Nicea a que
nos hemos referido antes. Esto se sabe ahora que
es una equivocación. Las adiciones que recibió el
Credo de Nicea no fueron la obra de este Concilio,
sino que tuvieron un origen anterior. La mayoría de
las cláusulas, por ejemplo, se hallan en el Credo de
Cirilo de Jerusalén, hacia 350, y en un Credo de
Epifanio de Salamis, hacia 374. El Credo así
ampliado fue el adoptado por la mayoría y
sancionado por el Concilio de Constantinopla --el
«Concilio de los 150» , y aun de esto no hay
evidencia contemporánea. El Credo ampliado fue
atribuido a este Concilio por el Concilio de
Calcedonia en 451.
Este fue, pues, el resultado doctrina de esta
controversia larga y atribulada, y se puede juzgar
hasta qué punto fue un triunfo para la filosofía griega
o una victoria para la fe cristiana. La verdad es que
toda la fuerza de Atanasio se aplicó al rescate de la
idea cristiana de Dios de manos de las influencias
derivadas de la filosofía griega que intentaba
subvertirla. Sohm, en su fogoso bosquejo de la
historia de la Iglesia, dice con justicia que la lucha
del Concilio de Nicea «no fue una disputa estéril
sobre palabras, ni una pugna para introducir una
idea especulativa más en la teología. Fue una lucha
para la expulsión definitiva de la filosofía pagana del
territorio cristiano, para que la esencia del
Cristianismo no tuviera que ser buscada en una
explicación lógica del Universo, ni su resultado en el
establecimiento de una teoría filosófica. La
helenización del Cristianismo fue combatida con
éxito por Atanasio y el Concilio de Nicea». Las
afirmaciones de Nicea son «metafísicas» sólo en el


118
sentido de que todas las afirmaciones que
relacionan al ser o esencia -afirmaciones, por
ejemplo, sobre la existencia, personalidad,
absolutez, eternidad de Dios, o también de nuestra
propia identidad y libertad personal- son metafísicas.
Pero estas afirmaciones, después de todo, son
necesarias. El habla ordinaria está saturada de ellas,
y no podríamos pasamos sin ellas. Lo que puede
afirmarse verdaderamente es que, precisamente
debido a que las definiciones nicenas se refieren a la
esfera del ser y la esencia -son «metafísicas» en
este sentido---, requieren ser suplementadas por
otras sacadas de la esfera moral y espiritual. La
manifestación más elevada de la Divinidad de Cristo
hay que buscarla, según todos estarán de acuerdo,
en la esfera del carácter y de la voluntad: en lo que
hace lo humano en Cristo la imagen y exponente de
lo divino: «Vimos su gloria, la gloria del unigénito del
Padre, lleno de gracia y de verdad» (Juan 1:14).
Aquí, indudablemente, la teología moderna viene a
suplementar las deficiencias de la teología nicena.
Pero la teología moderna nunca puede prescindir del
fundamento puesto en el testimonio de la teología
nicena a la divinidad esencial de Cristo.
III. La divinidad suprema del Hijo ha sido
establecida, pero el círculo de la doctrina trinitaria no
había quedado completo todavía. No podía serlo
hasta que se hubiera dado una expresión similar a la
suprema divinidad y personalidad del Espíritu Santo.
Esta era una fase de la controversia que no podía
por menos que surgir, como escuela a las
discusiones nicenas, y al mismo tiempo había de ser
ayudada a una decisión por medio de ellas.


119
La controversia, pues, pertenece al siglo cuarto,
pero los primeros estadios requieren unos
comentarios.
La edad más primitiva de la Iglesia muestra pocos
rastros de reflexión en la doctrina del Espíritu Santo.
Desde el principio la Iglesia reconoció el triple
nombre de Padre, Hijo y Espíritu, y por ello, de modo
implícito, se puede decir que confesaba la divinidad
y personalidad del Espíritu. Pero no había
tratamiento dogmático del tema. La Iglesia poseía el
Espíritu y no sentía la necesidad de discutirlo.
Durante mucho tiempo la riqueza de material en las
Epístolas apostólicas quedó inexplorada. Los Padres
Apostólicos, en su mayor parte, se contentan
usando las frases escritúrales. Hermas parece haber
confundido el Espíritu con el Hijo (ver Sim. v.). Los
apologistas están exclusivamente ocupados con el
Logos para tener mucho que decir sobre el Espíritu.
No niegan ni su personalidad ni su deidad, pero, tal
como en el caso del Hijo, no consideran su
procesión como eterna, y, en consonancia con su
inclinación subordinacionista, le colocan en el tercer
rango de la Divinidad.' Teófilo, uno de los
apologistas, es el primero en usar la palabra Trias.
El movimiento montanista en el siglo segundo puede
ser considerado como una reacción en favor del
reconocimiento del Espíritu Santo; pero pasó a la
extravagancia en su pretensión de inaugurar una
nueva era del Paracleto. Los primeros Padres
Católicos llevan la doctrina más adelante. La
divinidad y personalidad del Espíritu es reconocida
plenamente por Ireneo, Tertuliano, Clemente y
Orígenes. Tertuliano lo llama expresamente «Dios»,
y hace hincapié en su unidad de esencia con el
Padre y con el Hijo. Los Padres alejandrinos (no


120
Tertuliano) reconocen su origen eterno, pero
Orígenes, siguiendo la tendencia suya general, pone
énfasis en la subordinación del Espíritu .2 Así como
llama al Hijo un denteros teos, bién en un lugar
habla del Espíritu como genoton (originado), aunque
le exalta en honores y dignidad, como también en
eternidad, sobre toda genota. Sus expresiones,
pues, tienen un punto de conexión con las ideas
sueltas del siglo cuarto; pero, en realidad, Orígenes
sostenía firmemente la consustancialidad del
Espíritu Santo con Dios.' Las herejías monarquianas,
tanto en su forma unitaria como modal, por
necesidad arrastraron consigo la negación del
Espíritu como una persona distinta.
Sin embargo, fue en el siglo cuarto, como he dicho,
y como resultado de la controversia arriana, que la
doctrina del Espíritu llegó a ser discutida
formalmente. Se había decidido en esta
controversia, con respeto al Hijo, que no era una
criatura, sino que tenía su personalidad en la esfera
de lo divino. En este lado más elevado y eterno de
su ser era omoousios- con el Padre. Pero si el Padre
y el Hijo eran personas divinas, ¿qué podía decirse
del Espíritu, el tercer miembro del círculo sagrado?
La fórmula nicena no pronunció dictamen sobre esta
cuestión, y sólo dijo brevemente, como una especie
de apéndice al resto del Credo: «Y en el Espíritu
Santo». Era aparente que se daba por sentado que,
admitida la personalidad y divinidad del Hijo,
también sería reconocido el Espíritu, pues de hecho
no había sido puesto en entredicho por ningún
sector de la Iglesia Católica. No fue hasta la mitad
del siglo que parece haber mucha discusión sobre el
tema. Los arrianos, negando la divinidad real del
Hijo, naturalmente no podían reconocer la del


121
Espíritu Santo, y parece que le consideraban como
una criatura del Hijo, así como el Hijo era del Padre.
Después del año 350, sin embargo, estalló la
controversia verdadera sobre el Espíritu. La
aproximación gradual de los semiarrianos a la
aceptación de la fórmula homoousion no implicaba
que estaban igualmente dispuestos a extender esta
fórmula al Espíritu. Empezaron a circular opiniones
en contra libremente, desfavorables para el
reconocimiento de la divinidad del Espíritu. Se
declaraba por parte de muchos que era una criatura,
y aun un espíritu ministrante, similar a los ángeles, y
que difería de ellos sólo en grado (ver Sozomen, iv.
27). Atanasio halló que esta forma de creencia
prevalecía en Egipto, y escribió en refutación de ella
una serie de cartas a Serapio, un obispo en el Delta.
El tema fue presentado en un concilio celebrado en
Alejandría en el año 362, y la negación de la
divinidad del Espíritu fue formalmente designada
como herejía. Desde 360 el partido halló un jefe en
el obispo depuesto de Constantinopla, Macedonio,
un hombre violento y sin escrúpulos; y por medio de
sus esfuerzos las nuevas ideas se esparcieron entre
los semiarrianos. La Iglesia se vio de nuevo hundida
en una confusión indescriptible. «¿Qué tormenta en
el mar fue nunca tan violenta como esta tempestad
en las Iglesias? En ella todas las marcas puestas
por los Padres fueron quitadas; todo baluarte de
opinión fue sacudido; todo iba a la deriva, lanzado
de acá para allá. Nos atacamos los unos a los otros,
nos derrocamos los unos a los otros; si nuestro
enemigo no es el primero en herimos, somos
heridos por el camarada a nuestro lado».


122
Sería pesado enumerar los sínodos y credos que
intentaron frenar esta herejía macedoniana
(«Pneumatomachian»). Los tratados sobre el
Espíritu Santo, o contra los macedonianos, ahora se
incorporan a los escritos de los Padres con los
escritos contra los eunomianos y otros herejes.
Entre los extravíos que pintan de modo tan gráfico,
la mente de los lectores nunca vaciló respecto al
punto donde estaba la verdad, ni la Iglesia, bajo su
guía, vaciló en el testimonio público que dio. Aparte
de otras razones, los defensores de la divinidad del
Espíritu tenían siempre este gran argumento a su
favor: que si se admitía la homoousion del Hijo con
el Padre, era difícil negar la aplicabilidad de la idea
al Espíritu, el cual, se dijera lo que se dijera de El,
siempre es reconocido en las Escrituras como divino
en pleno sentido. Son pocos los que al parecer
negaron la personalidad del Espíritu, aunque
sabemos por Gregorio que los había. En los tiempos
modernos, por otra parte, es generalmente la
personalidad, no la divinidad, lo que se niega. Sin
embargo, si se admite que son personales los dos
miembros del círculo trinitario, el tercero, por esta
misma razón, se puede suponer que lo es también.
Es esta implicación lógica de la doctrina con la otra
lo que hace que sea raro que para los que admiten
la personalidad y divinidad del Hijo nieguen una
personalidad y divinidad semejantes al Espíritu. La
misma implicación lógica explica el hecho de que la
controversia sobre la divinidad suprema del Espíritu,
si bien aguda, fue también corta. La herejía
macedoníana fue condenada definitivamente junto
con la de Arrio en el Concilio de Constantinopla en el
año 381. Después de esto parece muerta, por lo
menos no se oye ya mucho de ella. Ha dejado su
recuerdo en la cláusula ampliada en el Credo Niceno


123
a la cual nos hemos referido antes. Cito el conjunto
de esta nueva porción, que deja explícita la divinidad
del Espíritu, y reafirma ciertos artículos ya
abarcados en el Credo de los apóstoles. «Y
[creemos] en el Espíritu Santo, Señor y dador de la
vida; que procede del Padre, que con el Padre y el
Hijo juntamente es adorado y glorificado; que habló
por los profetas. En una Iglesia santa, católica y
apostólica. Reconocemos un bautismo para la
remisión de los pecados; esperamos la resurrección
de los muertos y la vida del mundo venidero.»
Se observará que la palabra controvertida
omoousios- no ocurre en esta adición al Credo. Es
posible que fuera omitida a propósito para no herir
las susceptibilidades de nadie; pero la afirmación de
la divinidad suprema del Espíritu queda
suficientemente clara, y las cláusulas pueden
considerarse como regidas por la afirmación
respecto al Hijo. La Iglesia nunca ha vacilado en la
interpretación que se le da. Será difícil también
señalar nada en estas cláusulas que pueda ser
llamado «metafísico» en justicia, o que tenga
analogía alguna con la filosofía griega. Incluso el
término «procede» no tiene el sentido teológico fijo
que ha adquirido más tarde. Su uso se basa en la
idea etimológica de espíritu como algo que es
respirado, expirado, y se emplea para distinguir el
modo de origen del Espíritu del Hijo, que, en
armonía con la relación filial, se dice que es
«engendrado». Hay indudablemente una distinción
cubierta por la diferencia de términos, pero debe ser
reconocido libremente que pasamos aquí al reino de
lo inefable.


124
"¹l1(iC ` i" \C1'l`" "¹l1(iC ` i" \C1'l`" "¹l1(iC ` i" \C1'l`" "¹l1(iC ` i" \C1'l`"
\li 'C°¹'l ` \li \li 'C°¹'l ` \li \li 'C°¹'l ` \li \li 'C°¹'l ` \li
¹l"\C i" G'"l" ` i" ¹l"\C i" G'"l" ` i" ¹l"\C i" G'"l" ` i" ¹l"\C i" G'"l" ` i"
¹'l\l¦1l`"lC` i" ¹'l\l¦1l`"lC` i" ¹'l\l¦1l`"lC` i" ¹'l\l¦1l`"lC` i"
C`1'C`l'¦l" C`1'C`l'¦l" C`1'C`l'¦l" C`1'C`l'¦l"
"G(¦1 "G(¦1 "G(¦1 "G(¦1l`l"`" ` l`l"`" ` l`l"`" ` l`l"`" `
¹li"Gl"`" ´¦lGiC ¹li"Gl"`" ´¦lGiC ¹li"Gl"`" ´¦lGiC ¹li"Gl"`" ´¦lGiC
(l`1C (l`1C (l`1C (l`1C
El próximo paso importante en el desarrollo de la
doctrina se asocia con el nombre de Agustín. Con la
teología de Agustín pasamos del Oriente al
Occidente, y de la región de la teología en sí a la de
la antropología. No es que este gran Padre no fuera
un teólogo en el sentido más estricto también.
Ningún hombre se ha hundido más adentro que él
en los misterios de la naturaleza divina en sus
discusiones sobre la Trinidad; o se ha encumbrado
más alto en la captación de las cuestiones
especulativas implicadas en la relación de Dios con
el mundo y el tiempo. Siguió firmemente por la
senda marcada por las decisiones de Nicea; pero,
debido a sus estudios más profundos sobre el
pecado y la gracia, pudo llevar sus investigaciones
en la doctrina de Dios a regiones no exploradas


125
todavía. La teología griega se había ocupado
principalmente de lo que algunas veces llamamos
determinaciones «metafísicas» de la Divinidad: la
Trinidad y las relaciones de las personas divinas
entre sí. Pero hay cuestiones más profundas y
desconcertantes incluso que las relaciones trinitarias
-cuestiones que aparecen en el momento en que
empezamos a reflexionar en el hombre y la libertad
en sus relaciones con Dios, y en los problemas del
pecado y la gracia-, las cuales, también debido a
que están vinculadas a los intereses prácticos de
nuestra salvación, nos afectan de modo más vital, y
evocan emociones que la contemplación
especulativa de la vida interna de la Divinidad no
estimula. Es evidente que estas cuestiones no
podían ser investigadas satisfactoriamente hasta
que la doctrina general de Dios hubiera quedado
establecida firmemente -que, en orden lógico, vienen
después-. Es claro también que hasta que hubiesen
sido ventiladas no se podía hacer progreso
satisfactorio en la Cristología o la Soteriología.
Porque la primera requiere la investigación de la
naturaleza del hombre así como la de Dios; y la
última tiene como sus presupuestos concepciones
adecuadas de la del pecado y la gracia, y la relación
de Dios con una y otro.
Este grupo de cuestiones antropológicas, en
consecuencia, es el que, en la providencia de Dios,
es traído ahora para su determinación en la Iglesia;
y que la «hora» había llegado para ellas --que
estaban «en el aire», esperando ser discutidas- se
ve en la aparición simultánea de los dos hombres
que representan los polos de doctrina opuestos en
este tema: Agustín y Pelagio. Lo que fueron
Atanasio y Arrio en la controversia arriana; lo que


126
fueron Anselmo y Abelardo en la controversia
soteriológica; lo que Calvino y Arminio fueron en la
controversia posterior a la Reforma en cuanto a la
aplicación de la Redención, esto lo fueron Agustín y
Pelagio en la controversia antropológica. Por tanto,
es una señal de debilidad en un teólogo el
menospreciar el significado de la teología occidental
o agustiniana en comparación con la oriental. El
hecho de que la elaboración de este aspecto de la
teología fuera concedido a la Iglesia latina, y en
especial a Agustín, se relaciona con la diferencia de
tendencia en Occidente y Oriente, respectivamente.
En general, la teología latina se distingue de la
griega por su menor sutileza y carácter especulativo
-aunque en Agustín la facultad especulativa está
combinada con la práctica en un grado notable, por
su adherencia más fuerte a la tradición, por su
preferencia al tratamiento de la clase de doctrinas
que he llamado antropológicas- las doctrinas de la
naturaleza humana, y del pecado y la gracia-, en vez
de interesarse, como en la Iglesia griega, en las de
la Trinidad y la Persona de Cristo. La teología
agustiniana nunca echó raíces en la Iglesia griega;
de ahí en gran parte su esterilidad y su
estancamiento. Por otra parte, el movimiento rico y
progresivo de la teología en el suelo de Europa, su
vitalidad y productividad, son en gran parte debidos
al hecho de revolverse en ella las profundidades del
pensamiento humano mediante la teología
agustiniana, y la impregnación de la mente
occidental con sus ideas. El camino para Agustín
había sido preparado ya, sin duda, por los Padres
latinos que le precedieron, especialmente Tertuliano,
Hilario y Ambrosio. Tertuliano había puesto énfasis
en los hechos del pecado, la corrupción hereditaria,
la servidumbre moral y la necesidad de la gracia


127
divina para redimir al hombre de ellas; en tanto que,
como hizo después Agustín, no falló en insistir en la
relación inherente e indestructible a Dios del alma, y
su capacidad para la salvación. Pero los
pensamientos que en estos Padres con frecuencia
carecen de profundidad, y sólo son unificados de
modo imperfecto, en Agustín están desarrollados
totalmente y exhaustivamente en un sistema
maravilloso, en que cada parte rebosa vida y poder
en conexión con su propia experiencia. Este
sistema, como se verá, tiene aspectos de limitación
e inconsecuencia, pero no por ello deja de ser un
esfuerzo inmenso, gigantesco, que asegura para
este Padre una supremacía bien merecida por
encima de las mentes de los hombres en la Edad
Media, y gana para sus concepciones una nueva
época de vida en forma aún más vigorosa en la
Reforma.
I. La teología de Agustín, como ya hemos indicado,
es sólo comprensible por referencia a la experiencia
de Agustín. La biografía aquí es más que
información; es comentario y clave. Por fortuna, para
conocer la experiencia de Agustín no necesitamos
viajar más allá de sus propias y maravillosas
Confesiones, un testimonio en que son expuestos
los secretos de su corazón y de su vida con una
fidelidad sin paralelo en la literatura. No hay
ostentación, no hay amor a la exhibición mórbida o
postura personal, en estas revelaciones de los
desvaríos y recuperación de un alma, sino la más
completa humildad, unida a una alabanza y
adoración a la gracia que le rescató del laberinto
casi sin esperanza de sus errores morales e
intelectuales, y le restauró a la fuente de todo bien.
La historia de sus años tempranos y sus


128
aberraciones juveniles; de las oraciones de su santa
madre, una madre que nunca perdió su confianza en
Dios de que su hijo le sería devuelto; de su inquietud
de su corazón en medio de sus excesos; de cómo,
aun en Cicerón, cuyas cláusulas bruñidas le
parecían más preciosas que las Escrituras, echaba
de menos el sabor del nombre de Cristo «porque
este nombre» nos dice, «por tu misericordia, oh
Señor, este nombre de mi Salvador, tu Hijo, mi tierno
corazón lo había bebido incluso en la leche de mi
madre, y lo había atesorado profundamente, y todo
lo que carecía de este nombre, por tan erudito,
pulimentado o verdadero que fuera, no tomó
posesión de mí» (iii. 4, 5); de cómo cayó en los lazos
de los maniqueos en su búsqueda de una solución
al problema del mal y durante nueve años fue
cautivo de esta secta; de su gradual desilusión y su
atracción durante un tiempo al Platonismo; de su
desplazamiento a Milán, y su contacto con
Ambrosio, cuya influencia personal y predicación, y
no menos la dulce música de su iglesia (ix. 6, 7),
derribó sus prejuicios y volvió a ganarle para la fe;
de la crisis maravillosa de su conversión en el jardín
de su casa en Milán, donde, en profundo
desasosiego al oír el relato de la conversión de otros
dos, se echó bajo una higuera, y lloró luchando por
su perdón, y pidiendo fuerza para romper con sus
pecados (viii. 6-12), todo esto, supongo que os es
familiar. Bautizado en el año 387, cuando era joven,
a los treinta y tres años; poco después fue
nombrado presbítero de Hipona; fue elegido obispo
de esta ciudad en 395, y allí trabajó hasta su muerte
en 430, llenos sus años de labores incesantes, y
controversias, primero con los maniqueos, luego con
los donatistas, finalmente con los pelagianos. De sus
otras obras, menciono sólo su magnum opus sobre


129
La Ciudad de Dios, una de las apologías cristianas
más comprensivas, porque es la última de las
apologías cristianas y al mismo tiempo el primer
bosquejo de una filosofía cristiana de la historia. La
«Ciudad de Dios» es identificada por Agustín con la
Iglesia Católica, en su forma existente entonces;
pero su concepción es mucho más amplia
realmente, porque las dos ciudades -«dos clases de
sociedad humana», según él las describe-
retroceden hasta el principio, y realmente
representan lo que llamaríamos el reino de Dios en
el tiempo, con su antítesis en la porción de la
humanidad que vive según la carne y no según el
Espíritu (ver libro xiv).
Se ha discutido con frecuencia la cuestión del grado
de influencia que tuvo el prolongado contacto de
Agustín con el Maniqueísmo en la modelación de su
teología, si es que tuvo alguno. A este origen
muchos atribuyen lo que consideran sombrío y
exagerado de sus ideas sobre el mal de la
naturaleza humana. Pero caben pocas dudas de que
esta opinión es errónea, según creo. No fue el
Maniqueísmo lo que llevó a Agustín a sus ideas
sombrías sobre la naturaleza humana, sino más bien
su profunda experiencia de la discordia moral dentro
de sí lo que le llevó a simpatizar con el error
maniqueo; tal como fue su creciente comprensión en
el carácter ético de esta oposición entre la voluntad
camal y Dios --esto es, en su carácter real como
pecado- lo que le apartó del dualismo maniqueo,
para el cual el mal es una cosa de la naturaleza -
sustancial, eterno, inalterable- y le forzó a buscar
una solución más correcta. No hay nada a que
Agustín se aferré con más insistencia que al hecho
de que cada naturaleza, cuando es creada por Dios,


130
es buena, y que el pecado y la corrupción tienen un
origen voluntario. Y, aunque se le acusa con
frecuencia de esto, nunca pone énfasis en la
corrupción de la naturaleza humana en el sentido de
implicar que esta naturaleza ha perdido totalmente
los rastros de su origen divino. Al contrario, la
esencia de su enseñanza es que el alma nunca
puede separarse del todo de Dios, su verdadero
bien, de modo que ya no sienta la necesidad de El y
cese de sentir un anhelo instintivo hacia El. Su
propia experiencia era la prueba convincente de ello,
y sus palabras al comienzo de sus Confesiones son
la expresión de lo mismo: «Tú nos has hecho para
Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que
descansa en Ti» (i. l). El mal, es verdad, era un tema
que estimulaba sus pensamientos más profundos,
pero podemos estar seguros que no era el
Maniqueísmo, sino su propia experiencia, sobre
todo, de donde salió la fuente de su doctrina del
pecado.
Por otra parte, no hay que negar que la teología de
Agustín tiene sus limitaciones e inconvenientes de
otra clase. Su teología tiene dos lados, en efecto; el
uno, un lado eclesiástico, o «católico antiguo», en el
cual se mantiene tenazmente en terreno cipriánico
en sus ideas sobre la naturaleza de la Iglesia, su
unidad, su obispado, su autoridad, sus sacramentos,
la necesidad de conexión con ella para la salvación;
el otro, un lado doctrinal, del cual los protestantes
pueden legítimamente considerarse herederos, en
sus doctrinas del pecado y la gracia, con las cuales
están unidas sus ideas sobre la caída y corrupción
de la naturaleza humana, por una parte, y la
predestinación, por otra. Estos dos lados de la
teología de Agustín nunca han sido reconciliados


131
plenamente, y, en realidad, no pueden ser
reconciliados. Con respecto al primero, Agustín era
un hombre de iglesia supremo, y el Catolicismo
puede en justicia reclamarlo como suyo. Esto
aparece de modo peculiar en la controversia
donatista. La línea de su experiencia aquí
probablemente no fue distinta de la de John Henry
Newman en su propio día, en su anhelo por una
autoridad objetiva, capaz de ser conocida por
marcas seguras. Incluso en este caso, nos
equivocaríamos mucho si creyéramos -algo que
desmiente su propia historia- que fue sujeción a una
autoridad externa, y no la experiencia interna, y una
irresistible convicción de la verdad misma, lo que
realmente decidió a Agustín a hacerse cristiano y le
dio color distintivo a su teología. Hemos visto cuáles
fueron sus luchas; lo activamente que estaba
ocupada su mente en la búsqueda de lo verdadero y
lo falso; y hasta qué punto vino la decisión en la
agonía de una poderosa crisis espiritual.
ciertamente, no se puede decir que lo que es
peculiar en su teología le fuera impuesto por la
autoridad de la Iglesia; Porque es precisamente en
la región en que trabaja -las doctrinas del pecado y
la gracia- que la teología previa había sido débil y
vacilante. Agustín dio a la teología de la Iglesia
infinitamente más de lo que sacó de ella. La verdad
es que las posiciones de Agustín sobre el tema de la
autoridad de la Iglesia dejan mucho de ser
armoniosas. Cuando discutía con los maniqueos
(esto, a pesar de sus primeros años como cristiano),
le acomodó basar su aceptación de la Escritura en la
autoridad de la Iglesia; pero, después, en el conflicto
con los que decían ser ellos mismos la verdadera
Iglesia, no permitió que esta pretensión fuera
resuelta por otra evidencia que la de las Escrituras.


132
Sus adversarios han de probar la genuinidad de su
Iglesia, no mediante apelaciones a concilios, obispos
o milagros, sino por la ley y los profetas y por la
palabra de Cristo solamente. En sus controversias
teológicas, la apelación a la autoridad de la Iglesia
juega un papel muy subordinado.
Si el Catolicismo puede reclamar a Agustín en el
lado de su teoría de la Iglesia, la cosa cambia en el
lado de la doctrina. Aquí, como he dicho, estaba
mucho más cerca del Protestantismo -especialmente
su tipo calvinista-, en tanto que el Catolicismo en
gran parte ha abandonado su terreno como
incompatible con su visión sacerdotal, y han
retrocedido a un vago Semipelagianismo. Con todo,
hay diferencias características. En dos aspectos, en
particular, podemos notar una diferencia en la
teología de Agustín respecto a la doctrina
protestante posterior, y ambos resultan del cruce
con el principio sacramental.
Primero, Agustín difiere de la posición protestante
corriente al extender el significado de la
«justificación», tal como hace en general el
Catolicismo, de modo que incluya no meramente el
perdón gratuito de los pecados y la aceptación del
pecador por causa de Cristo, sino en el cambio
interior, o impartición de una nueva naturaleza o
vida, que se supone tiene lugar en el bautismo. No
es que Agustín niegue o pase por alto lo que los
protestantes quieren decir con la «justificación»; al
contrario, la afirma con fuerza? En su controversia
con los donatistas, por ejemplo, dice osadamente:
«Nadie me libra del pecado sino Aquel que murió
por nuestros pecados y se levantó para nuestra
justificación; porque creo, no en el ministro por el


133
que soy bautizado, sino en Aquel que justifica al
inicuo, que mi fe puede serme contada por justicia».
Se podrían citar muchas declaraciones semejantes.
No obstante, no deja de ser verdad que las ideas de
la justificación y de la regeneración y justificación no
son mantenidas claramente distintas en su
enseñanza; y el que las confunda, unido a que las
mezcla con el bautismo, añade una influencia
oscurecedora a su tratamiento del perdón del
pecado postbautismal.
Un segundo punto de diferencia entre la teología de
Agustín y el Protestantismo (calvinista) posterior se
halla en su doctrina de la predestinación. Tanto
Agustín como Calvino (y la mayoría de los otros
reformadores) eran predestinatarios estrictos. Pero
es evidente que Agustín se veía implicado en una
dificultad aquí, a causa de su aceptación, al mismo
tiempo, de la doctrina de la Iglesia de la
regeneración bautismal. Porque si todo el que es
bautizado es regenerado, y si el bautismo es
administrado por la voluntad del hombre, ¿qué pasa
con la soberanía de la gracia divina, o de la
certidumbre de la elección? Parece difícil combinar
una doctrina de la elección con otra que hace de una
persona bautizada debidamente un hijo de Dios. La
manera en que Agustín superó esta dificultad fue
haciendo que la prueba de la elección fuera no
simplemente la regeneración, sino la perseverancia.
Todo el que es bautizado es regenerado, pero es
verdaderamente elegido el que tiene la gracia de la
perseverancia? Esto, evidentemente, no es
satisfactorio; porque si ha de haber una distinción en
absoluto entre los elegidos y no elegidos sin duda
debería hacerse girar en la realidad de la
regeneración en el uno en comparación con el otro;


134
en tanto que Agustín permite que ambos sean
regenerados y justificados,` sólo uno recibe la gracia
de perseverancia y el otro no. La verdad es que no
hay doctrina consecuente de la predestinación que
pueda unirse con una teoría consecuente de la
regeneración bautismal, y las iglesias que sostienen
esta última se ven obligadas a modificar o renunciar
a las ideas de Agustín sobre la predestinación.
II. Voy ahora a considerar directamente el sistema
agustiniano, que ha tenido una influencia inmensa
en la teología subsiguiente. El sistema de Agustín
maduró en su propia mente diez años antes, por lo
menos, de que empezara la controversia pelagiana.
Será conveniente, pues, que muestre al principio las
posiciones principales de su teología, aparte de la
oposición pelagiana; luego, examinarlas en conexión
con esta controversia, en la que las verdaderas
relaciones e importancia de sus principios acabaron
haciéndose del todo manifiestas.
El punto de partida para una comprensión apropiada
del sistema de Agustín se halla indudablemente en
su doctrina de Dios y la relación del alma con El.
Agustín no empieza, como hizo la Iglesia Oriental,
con una doctrina especulativa de la Divinidad -
aunque está de acuerdo con la Iglesia en sus
decisiones sobre la Trinidad-, sino que para él Dios y
el alma son vistos en relación el uno al otro. Dios es
el sumo bien del alma; el alma está hecha para Dios;
e incluso en su estado no caído, nunca se intentó
que subsistiera aparte de El, o de modo distinto que
en dependencia continua de El. En tanto que la
doctrina pelagiana, como veremos, presenta al
hombre manteniendo de modo natural un estado
intermedio entre el bien y el mal, y capaz de realizar


135
su destino mediante la razón y la voluntad libre, sin
necesidad de más ayuda de Dios, Agustín hace
hincapié en el hecho de que, incluso sin tener
pecado, el hombre sólo podía realizar su destino
mediante una dependencia habitual de Dios, o sea
el sacar constantemente la provisión de su vida de
El. La comunión con Dios era la condición de toda
verdadera bienaventuranza y libertad. El alma no es
una unidad que obre por sí misma, sino un vaso
receptor, y su vida consiste en que Dios
continuamente se imparta en ella, sosteniéndola y
dándole forma con su bondad. Esto es, sin duda,
una concepción muy distinta de la de nuestra
moderna filosofía evolutiva; pero la aceptación o
rechazo de ella se hallará que afecta vitalmente al
carácter de un sistema teológico del principio al fin.
Pero, en segundo lugar, de esta posición
fundamental Agustín deriva, después, su doctrina
del pecado. En oposición a los maniqueos, pone
énfasis en la naturaleza voluntaria del pecado; esto
es, lo saca, como he dicho, de la base natural en
que lo han puesto los maniqueos y lo coloca en una
base ética. El acto del pecado, dice, sin embargo, es
un interrumpir la comunión original del alma con
Dios, y, al separarse de su fuente de vida y sostén
en El, le pone bajo el dominio del mal de modo
necesario. Ya no puede realizar su destino o querer
este bien verdadero que tiene su principio en el
amor de Dios. Esto no significa que el alma pierda
todo sentido de su relación original con Dios, o cese
de anhelar y suspirar por El. Pero significa que ya no
tiene poder para comprender el verdadero bien de
su ser, y, a causa de su ignorancia y malos hábitos,
se hunde constantemente más y más en la
servidumbre. El análisis de Agustín del origen y


136
naturaleza del pecado es muy sutil. Su esencia
consiste, dice, en la defección o abandono de Dios,
el Bien Supremo y fuente de vida. No es, pues,
como pensaba en sus días maniqueos, algo positivo,
sino negativo; una privación, o el resultado de una
privación; no una adición a la existencia, sino una
substracción de la existencia, que resulta en una
corrupción positiva. Tenemos una analogía en el
organismo vivo, el cual, en tanto que las funciones
vitales son ejecutadas en salud, se sostiene en
integridad y hermosura, pero cuando el principio vital
es retirado, cae presa de las fuerzas de la
descomposición. En un sentido, la descomposición -
corrupción- que sigue es algo positivo; en otro, es el
resultado de la retirada, o substracción, de una
fuerza esencial al ser. Como la enfermedad y la
muerte, ésta resulta también de la privación
(Enquiridion, 11). El principio radical del pecado lo
encuentra Agustín, no en las solicitaciones del
sentido, sino en el amor a uno mismo; porque sólo
cuando el alma ya ha caído interiormente a causa de
la sustitución del amor de Dios por el amor a uno
mismo, estas solicitaciones del sentido tienen poder
sobre él.2 En la frase de Kant, el pecado resulta
cuando una «máxima» opuesta al amor de Dios es
incorporada a la voluntad. El resultado general de la
defección a Dios es la concupiscencia, o el poder
exagerado del deseo sensual, contrario a la ley de la
razón en el alma. Del pecado, y del disturbio que
introduce, viene la muerte. Porque el hombre, según
Agustín, fue creado por Dios, como corresponde a
una inteligencia moral, no en una condición neutral,
sino en posesión de santidad y libertad, aunque
capaz de abusar de esta libertad y dañarse a sí
mismo. No fue creada inmortal, en el sentido de
haber sido elevada por encima del poder de la


137
muerte, sino que tenía la capacidad de la
inmortalidad (corporal). Si hubiera sido obediente,
habría sido confirmada en la santidad -en frase de
Agustín, habría pasado del estado de «ser capaz de
no pecar y morir» (posse non peccare et mor¡) al
estado de «no ser capaz de pecar y morir» (no
posse peccare el mor¡), un estado como el de los
santos ángeles, o de los santos en la gloria, o de
Cristo, como el de Dios mismo-. Porque, como
muestran estos ejemplos, la máxima libertad aquí es
lo mismo que la máxima necesidad -si se puede
llamar necesidad a lo que es establecimiento tan
completo de la voluntad en la bondad, que la
defección a la misma ya ni se puede pensar-. Pero
el hombre cayó, y por medio de la conexión
subsistente orgánicamente entre él y sus
descendientes, transmite su naturaleza caída, con la
culpa y corrupción adheridas a la misma, a su
posteridad. Agustín concebía esta relación de Adán
con su posteridad, no simplemente, como en la
teología posterior, corporativamente, sino
realísticamente, considerando el conjunto de la raza
como generalmente presente en su progenitor y
compartiendo con él su culpa y su ruina. La caída de
Adán implica a la raza, no debido a una constitución
arbitraria, sino por el hecho de que potencialmente
él era la raza, y lo que procede de una fuente
dañada y en desorden tiene que ser igualmente
dañado y desordenado. Es fácil en forma doctrinaria
criticar esta teoría de Agustín, que, con todo, tiene
tanto apoyo en la doctrina moderna de la herencia;
pero debe observarse que el punto que toca el
criticismo es realmente la justicia de una constitución
orgánica de la raza en absoluto. Porque, para bien o
para mal, la raza no está constituida en una forma
puramente individualista, sino bajo un principio


138
orgánico. ¿Puede justificarse esto? Creo que pocos
pondrían en duda que en sí esta constitución es
buena, y, operando bajo condiciones normales, es
apropiada para rendir el máximo beneficio a los
individuos y a la raza en conjunto; que por medio de
ella las ganancias de la humanidad se acumulan, y
son pasadas a otros de forma que no podrían serlo
de otro modo. Pero, ¿prueba esto que es injusto?
¿No es completa la reivindicación del Creador
cuando se muestra su beneficencia original?
Esto lleva, en tercer lugar, a la doctrina agustiniana
de la gracia. Hemos visto que Agustín se niega a
considerar la criatura, incluso antes de caer, como
independiente de Dios. La gracia es necesaria,
pues, incluso para el que está sin pecado. Mucha
más gracia es necesaria ahora que la criatura ha
caído, y se ha perdido su libertad original para el
bien. Agustín no niega -y aquí, de nuevo, toco una
representación errónea común de su sistema que la
voluntad tiene todavía cierta libertad natural; «es
libre», dice, pero no «liberada»; esto es, es capaz de
actos civilmente buenos, es más, desde un punto de
vista inferior moralmente elogiosos. Con todo,
estando separada de Dios, y bajo la culpa y dominio
del mal, el hombre no puede querer lo que es bueno
a la vista de Dios. Porque sólo es bueno a la vista de
Dios lo que brota del principio de amor a EU La
voluntad del hombre está, pues, en necesidad no
sólo de ayuda y refuerzo, sino de renovación, y ésta,
sólo puede darla Dios, en la omnipotencia de su
gracia. Además, esta obra de renovación, en la
naturaleza del caso, es totalmente de Dios, es una
obra de gracia desde el principio al fin. No hay nada
en ella de que la voluntad del hombre pueda
merecer crédito. Es necesario entender


139
debidamente a Agustín aquí, para evitar hacer
injusticia a sus concepciones. Porque cuando
Agustín habla de la gracia divina como la única que
afecta a la obra de la renovación humana, y sobre
todo como «irresistible» --esto es, que efectúa con
certeza su resultado---, podemos pensar que la
libertad humana queda aniquilada. Y esto es lo que
muchas veces se dice. Pero ésta no es, ni mucho
menos, la intención de Agustín, ni es realmente el
efecto de su doctrina. Cuando Agustín habla de la
gracia como «irresistible», lo que tiene a la vista no
es una gracia que se sobrepone y doblega la
voluntad, o que pone una fuerza o presión extraña
sobre ella, sino una gracia que renueva la voluntad,
y la restaura a su libertad verdadera -por lo que la
voluntad actúa de tal forma, como resultado de ello,
que libremente escoge el bien-; o sea, en palabras
familiares, «persuade y capacita» a la voluntad a
hacer lo que de otra manera no estaría dispuesta o
sería impotente para hacer. En modo alguno la
«gracia irresistible» significa que Dios puede
rectificar las leyes de la naturaleza humana que El
mismo ha ordenado, o que lo hace, y que por un
puro acto de poder, puede convertir al individuo en
cualquier momento o bajo cualquier circunstancia.
En este supuesto sería difícil explicar por qué son
usados los medios en absoluto, o por qué no son
todos convertidos. Pero lo que Agustín sostiene es
que Dios puede usar tales medios, puede tratar de
tal forma al individuo en su providencia y gracia,
puede traerlo bajo tales disciplinas externas e
internas, que, en armonía con leyes de la libertad
humana, es más, a través de ellas, puede vencer su
resistencia. La gracia, pues, no esclaviza la
voluntad, sino que hace libre. Aquí viene en el gran
dicho de Agustín: «Da lo que mandas, y manda lo


140
que quieras.» Si se dice que la posesión de libertad
implica que, aun cuando la gracia ha hecho lo
máximo para un alma, hay todavía la posibilidad de
resistirla, Agustín contestaría que hay una libertad
más elevada todavía: la libertad en que incluso el
deseo a resistir el bien es vencido, y que por tanto,
con certeza, aunque no menos libremente, escoge a
Dios. La gracia para Agustín, pues, como para
Pablo, es la primera palabra y la última en nuestra
salvación. Es la fuente de todo bien en nosotros. A
través de esta concepción, aunque acepte la
doctrina católica de los méritos, consigue
transformarla en un sentido esencialmente
evangélico. Al conceder vida eterna como
recompensa, Dios, dice, «corona sus propios dones,
no tus méritos»? Y en otro lugar: «Se sigue, pues,
más allá de toda duda, que como vuestra vida buena
no es otra cosa que un don y gracia de Dios
igualmente, la vida eterna, que es la recompensa de
una buena vida, es el don y gracia de Dios; además
es la recompensa de un don libre y gratuito. Pero la
buena vida, premiada así, es sólo y simplemente
gracia; por tanto, la vida eterna, que es su
recompensa -y por el hecho de ser su recompensa-,
es gracia por gracia, como si fuera una
remuneración de justicia; a fin de que pueda ser
realizada, porque es verdad que Dios -
recompensará a cada uno conforme a sus obras".»
De las doctrinas precedentes como premisas se
sigue ahora, en cuarto lugar, la doctrina de la
predestinación. Reducida a su esencia, esta doctrina
es simplemente la afirmación de que lo que Dios
hace en el tiempo en la salvación del creyente, ha
querido hacerlo desde la eternidad. En sus escritos
primeros, Agustín estaba dispuesto a considerar la


141
predestinación como condicional a la voluntad libre
del hombre y a la fe, y así se esforzó por interpretar
Romanos cap. 9. Dios eligió a las personas que El
sabía de antemano eran los que creerían en EU
Pero, poco después, cuando su pensamiento hubo
madurado, vio que para ser consecuente con sus
doctrinas de la gracia, así como para la justa
interpretación de la Escritura, había de considerar la
buena voluntad en sí como el efecto de la gracia -
Dios está obrando en nosotros el querer lo mismo
que el hacer, según su buena voluntad-, y su
doctrina de la predestinación fue modificada en
consecuencia. Siempre, y por todas partes, Agustín
ve la predestinación en esta conexión estricta con la
salvación. Es la salvación del creyente vista,
podríamos decir, sub specie aeternitatis. Siempre es
predestinación para vida y salvación, nunca para
pecado y muerte. Visto así -por dificultades
especulativas que puedan seguirse- es simplemente
la expresión de una experiencia que se halla en la
raíz de toda conciencia genuina cristiana, a saber,
que en esta cuestión de la salvación personal, la
última palabra es siempre la gracia, no la naturaleza;
que no son nuestro querer y correr los que nos han
llevado al reino de Dios, sino su misericordia; que es
El quien primero encendió en nosotros el deseo de
El, que nos atrajo a sí, que toleró nuestro descarrío y
resistencia a su Espíritu, que paso a paso venció
nuestra resistencia, y finalmente nos trajo al número
de sus hijos; y que todo esto no fue una idea súbita
de Dios, sino un consejo eterno de su amor, que
ahora se ha efectuado en nuestra salvación. Este es
el interés religioso de la doctrina de la
predestinación que le da su valor permanente. Como
una experiencia religiosa, nadie podría pensar en
poner en duda que la actitud fundamental del


142
espíritu cristiano es la que lo adscribe todo a la
gracia en su salvación; que cualquier pensamiento
de un reparto -un adscribir tanto a Dios y tanto a uno
mismo- es aborrecible al sano sentimiento cristiano.
Sólo es cuando se da la vuelta a esta experiencia
religiosa y se hace, como dirían los ritsclilianos, el
tema de la reflexión teórica que aparecen
dificultades. La consideración de cuáles son estas
dificultades, y en qué forma pueden ser tratadas,
vamos a aplazarla hasta que hayamos considerado
la oposición pelagiana.
III. Fue en la controversia pelagiana que fueron
probados los principios señalados por Agustín, al ser
confrontados por sus opuestos lógicos. Era
inevitable en la naturaleza de las cosas que
apareciera un conflicto del tipo representado por
esta controversia. Nunca se había intentado un
tratamiento tan profundo de los problemas del
pecado y la gracia antes, y algunas de las
posiciones de Agustín eran nuevas para la Iglesia.
La rama oriental de la Iglesia, en particular, nunca
había profundizado en esta clase de cuestiones.
Echaba mano, con preferencia, del elemento de la
libertad en la naturaleza humana, y daba
prominencia a éste en oposición a las ideas paganas
del hado y el destino. Que la naturaleza humana
había sido debilitada por la caída -había sido
sometida a tentación sensual, al dominio de Satanás
y a la muerte-, esto era realmente reconocido, y se
mantenía adherida a la impartición de una nueva
vida sobrenatural en el bautismo. Pero se
consideraba suficiente, como hace notar Neander
(iv. p. 279 [Bohn), afirmar la gracia y el libre albedrío
uno al lado de otro, sin intentar definir sus relaciones
de modo exacto. El tratamiento más a fondo de


143
Agustín, que lo derivaba todo en la salvación,
incluido el libre albedrío o voluntad libre, de la
gracia, no podía por menos que entrar en colisión
con esta indebida exaltación de los poderes de la
libertad humana, con el resultado de poner estas
cuestiones claramente a la vista, y obligar a una
decisión entre ellas. Esto es lo que tuvo lugar en la
controversia pelagiana, y da a esta controversia su
importancia como uno de los puntos culminantes de
la historia de la doctrina.
Pelagio, que da su nombre a esta controversia, no
era del Oriente, sin embargo, sino del Occidente.
Era un monje de Bretaña, un hombre de vida
austera y carácter intachable, pero sin ninguno de
los conflictos con el pecado, o experiencias
profundas de una gracia del todo renovadora, que
moldearon la teología de Agustín. Había ido a
Roma, y al oír citar las palabras de Agustín: «Dame
lo que me mandas, y mándame lo que quieras», se
enojó en gran manera, y, dice Agustín,
«contradiciéndoles excitado con exceso, casi llegó a
una reyerta con los que las habían mencionado»
(Sobre la Perseverancia, 53). El sostenía, como hizo
después Kant, que el dar una orden presuponía en
aquel que la recibía el poder de obedecer; y creía
que era de la máxima importancia en los intereses
de la santidad poner énfasis en el poder pleno y
completo del hombre en su fuerza natural para
obedecer toda la ley de Dios. Algún tiempo antes de
409, ganó para su lado al abogado Coelestius, un
hombre más lógico y hábil en el debate que él
mismo, por el cual fue formulado en realidad el
sistema conocido como Pelagiano. Este sistema
pelagiano era en todos los aspectos la antítesis
directa de lo que he descrito como el de Agustín.


144
Conseguiremos más claridad si hacemos resaltar
algunos de los contrastes principales.
Un primer contraste se refiere a la naturaleza de
Dios y el hombre. Agustín, como vimos, hacía al
hombre dependiente de Dios y de la impartición de
su gracia a lo largo de toda su existencia. Pelagio, al
contrario, veía al hombre como dotado por su
Creador de razón y libre albedrío, y capaz, después,
de proseguir su curso y realizar su destino
independientemente, en virtud de sus poderes
naturales.
Un segundo contraste se refiere a la naturaleza de la
voluntad y la libertad. Agustín sostenía que no
existía tal cosa como una condición neutral
moralmente de la voluntad. Una voluntad ha de ser o
buena o mala, según tenga como su principio el
amor de Dios o el amor a sí mismo. Pelagio veía la
voluntad como una facultad natural de elección,
sosteniéndose intacta en el punto medio entre el
bien y el mal, y capaz de escoger libremente uno u
otro. La libertad, en consecuencia, se reducía al
mero poder de elección, y se consideraba que
implicaba en cada punto la posibilidad de una
elección contraria. Agustín, por otra parte, colocaba
la esencia de la libertad en el poder de querer el
bien y lo recto; y sostenía que la libertad más alta
era aquella en que la voluntad se confirmaba en la
bondad, y se elevaba por encima de la posibilidad
de pecar. El hombre verdaderamente libre es el
hombre virtuoso; y la perfección del carácter virtuoso
no es una libertad de indiferentismo, sino formada
por hábitos de bondad. El buen carácter es el
carácter del cual uno puede depender, de cuya
acción en las cosas morales uno puede fiarse con la


145
certeza con que uno se fía de una ley de la
naturaleza.
Un tercer contraste y de peso en los sistemas se
refiere a la naturaleza de la virtud y el vicio -es decir,
si éstos consisten sólo en actos o residen también
en disposiciones; sobre todo, si la cualidad de bueno
o malo puede adherirse a disposiciones innatas o
hereditarias-. Pelagio adoptó el criterio de que no
puede achacarse responsabilidad al hombre por
nada que no sea el producto libre de su propia
voluntad -por nada, pues, que sea hereditario-. Esto
excluye la posibilidad del pecado original o
hereditario. Agustín, en cambio, sostenía que el bien
o el mal es inherente en disposiciones como también
en actos, es más, que las buenas disposiciones han
de preceder a las buenas voliciones, y que son ellas
las que dan la cualidad moral a los actos. El
mandamiento supremo de la ley, por ejemplo, es
que amemos a Dios. Pero nosotros no creamos
amor a Dios con nuestros actos; hemos de tener el
amor de Dios antes que podamos hacer actos de
amor. El árbol ha de ser bueno antes de producir
buen fruto (ver Gracia de Cristo, 20). Es la antigua
cuestión propuesta por Aristóteles: ¿Es un hombre
virtuoso porque hace actos virtuosos, o son los actos
virtuosos porque son los de un hombre virtuoso? Es
más frecuente, sin embargo, con respecto a las
disposiciones viciosas que a las buenas, que se
presente la cuestión de si pueden ser hereditarias, y,
si lo son, si el hombre puede considerarse
responsable de ellas. Naturalmente, nosotros, de
modo natural, adscribimos mérito a los hombres por
sus buenas disposiciones, tanto si son innatas como
si no lo son. Pero ¿hay disposiciones viciosas
innatas? Agustín contestaría sin vacilar «Sí», y


146
señalaría como prueba los rasgos de ruindad,
desprecio, egoísmo, malicia en el carácter humano,
que con frecuencia se exhiben desde la infancia ---
cualidades que reprobamos y condenamos de modo
instintivo--. Estas cualidades, como malas
éticamente, Agustín admitiría que han de tener un
origen voluntario, pero el origen va más allá de
nuestras voluntades personales: retrocede al
comienzo de la raza. En otras palabras, hay la vida
de la raza, así como la vida individual, en el mal en
el cual nos vemos implicados. La presencia de una
perturbación moral en la naturaleza -la
predominancia no santa de lo cama] sobre lo
espiritual- de cualidades innatas que nos vemos
obligados a declarar malas, diría, es un hecho de la
experiencia, sea cual sea la explicación que se le
dé. La voluntad, sin duda, comienza su obra muy
pronto sobre esta base natural, convirtiéndola en el
material de la vida personal, pero esto no prueba
que la disposición original sea sin cualidad moral
buena o mala.
En lo que hemos dicho queda implicado un cuarto
contraste: que los sistemas difieren en gran manera
en lo que se relaciona con la caída del hombre y sus
efectos en la naturaleza humana. Agustín, como
hemos visto, considera la caída como dando lugar a
la pérdida del poder para el bien espiritual, y en una
corrupción de la naturaleza que, con un estado
mortal del cuerpo, desciende sobre todo hijo de
Adán. Pelagio, por otra parte, ve las potencias de la
naturaleza humana no afectadas por la caída, y
atribuye la prevalencia del pecado en el mundo a la
mala educación y el ejemplo. No hay «pecado
original», o daño a la naturaleza moral que se derive
de Adán. Los hijos han nacido en el mundo tan


147
puros y perfectos como era Adán. Todo ser humano
tiene la capacidad natural de cumplir la ley de Dios,
y ha habido, de hecho, casos de vidas sin pecado.
El último contraste entre los sistemas se refiere a la
idea y operaciones de la gracia. Hemos visto que
para Agustín la gracia es el todo en la vida espiritual:
la fuente de toda bondad, y de libertad espiritual.
Pelagio, para ser consecuente con sus principios, no
puede admitir la necesidad de la gracia, pero
concede las ventajas de la misma como una ayuda
al hombre en el cumplimiento de su destino. Cuando
se le llama la atención específicamente sobre el
punto, sólo puede explicar la gracia en el sentido, o
bien de las facultades naturales mismas como dones
de Dios, o de la ley y la doctrina, o de la enseñanza
y ejemplo de Cristo. Sólo raramente hace uso de
expresiones que podrían implicar una iluminación y
ayuda interior del Espíritu, y una concepción así no
parece que tenga lugar alguno, realmente, en su
sistema. Como dice Agustín, habla mucho de la
gracia, pero cuando se busca el significado en el
fondo, sólo halla «ley y doctrina» (Gracia de Cristo,
11, etc.).
Los rasgos principales de la teoría pelagiana se
pueden ahora bosquejar brevemente. Adán, se
enseña, era mortal por naturaleza, y la muerte no
fue el resultado de su pecado. La caída de Adán
sólo le causó daño a él, pero a nadie más, y deja el
poder de la naturaleza humana para el bien intacto.
Los hijos vienen al mundo tan perfectos como Adán
antes de su caída, esto es, no hay transmisión
hereditaria de una naturaleza pecaminosa o de
culpa. El hombre, en su condición existente, es
capaz perfectamente de guardar los mandamientos


148
de Dios, y la aparente universalidad del pecado es el
resultado de la educación y el mal ejemplo. Pelagio,
sin embargo, reconoce las ventajas de la gracia
como una ayuda; pero la gracia es interpretada
como dones naturales, o pasa a consistir,
totalmente, o en gran parte, en algo externo, como la
enseñanza o el ejemplo. En concordancia con el uso
de la Iglesia, concede que los niños han de ser
bautizados (una dificultad clara sobre su teoría),
pero explica el bautismo como un rito de
consagración, o como una anticipación del perdón
futuro. Con todo, ¡lógicamente sostiene que los
niños que mueren sin bautizar son excluidos del
reino del cielo, aunque no de un estado de felicidad
inferior, que es llamado todavía «vida eterna».1
Finalmente, como no hay caída o muerte en Adán,
tampoco hay resurrección en Cristo.
IV. Es evidente que no pueden hallarse dos
sistemas que sean tan opuestos, en principio, como
los dos delineados. La controversia que siguió en la
Iglesia con respecto a los mismos tuvo tres cortas
fases. La primera ocurrió en Cartago en 411-12, en
que las opiniones de Coclestius fueron condenadas
por un concilio; la segunda en Palestina en 414-16,
en que dos sínodos se congregaron para enjuiciar a
Pelagio, pero fueron desviados por sus
explicaciones especiosas para que miraran su causa
de modo favorable, y en el último incluso se le
declaró del todo inocente; y la tercera en 41618, en
Roma, adonde fue remitida la causa por el primero
de los sínodos de Palestina. La vacilación del obispo
de Roma, Zósimo, en este caso de Pelagio es un
curioso comentario sobre la doctrina de la
infalibilidad papal. En el primer momento Zósimo
absolvió a Pelagio, dándole un certificado de


149
ortodoxia y censurando a sus acusadores. «Apenas
puedo abstenerme de las lágrimas», dijo, «al hallar a
hombres tan íntegramente ortodoxos que puedan
ser objeto de sospecha. ¿Hay un solo pasaje en la
carta (de Pelagio) en que la gracia o la ayuda divina
no sea mencionada?» Después, bajo una fuerte
protesta por parte de un Concilio de Cartago, invirtió
su decisión, y dio juicio con igual énfasis contra
Pelagio y sus adherentes, anatematizando su
doctrina, y deponiendo y expulsando a los que
rehusaban sumisión a sus decretos. Finalmente,
como una fase cuarta y suplementaria de esta
controversia, se puede mencionar que las doctrinas
de Pelagio y Coelestius fueron condenadas, con las
de Nestorio, en el llamado Concilio ecuménico de
Efeso, en 431.
Entre los extremos de estos dos sistemas -
Agustinianismo y Pelagianismo- era natural que
apareciera un movimiento conciliatorio y mediador, y
ésta es la naturaleza del sistema conocido como
Semipelagianismo. Este sistema sirvió para dejar
claro que sólo el punto de vista de Agustín, con su
fuerte cohesión lógica, podía mantener el terreno
con éxito frente al ataque de Pelagio. El
Semipelagianismo denota un modo de ver que
procura soslayar la dificultad dando un lugar en la
conversión tanto a la gracia divina como a la
voluntad humana como factores coordinados; y
basando la predestinación, como había hecho
Agustín antes, en la fe y obediencia previstas. No
negaba la corrupción humana, pero consideraba la
naturaleza humana como debilitada, o enferma, más
bien que fatalmente afectada despúes de la caída.
La naturaleza caída del hombre retiene un elemento
de libertad en virtud del cual puede cooperar con la


150
gracia divina, y la conversión es el producto conjunto
de los dos factores. Agustín, por otro lado, como
vimos, considera la voluntad en la conversión como
puesta en movimiento y liberada espiritualmente por
la gracia divina. Estas ideas semipelagianas,
surgidas hacia los últimos años de Agustín, se
esparcieron, especialmente en la Galia del sur. Su
representante principal fue Jean Casian, abad de
Massilia (Marsella), por lo que el bando suele
llamarse los Massilianos. El sistema tuvo hábiles
defensores durante el resto del siglo quinto (a saber,
Fausto de Rhegium, Gennadio de Massilia), pero era
demasiado vago y carecía de coherencia interna
para prevalecer contra la doctrina agustiniana. En el
siglo siguiente (año 529) fue condenado, y fue
reivindicado un Agustinianismo moderado en el
importante Concilio de Orange, los decretos del cual
fueron sancionados por el papa Bonifacio 11 (año
530). Por otra parte, Agustín tuvo dificultades hacia
el fin de su vida con un sector que procuraba
empujar su doctrina predestinataria a un extremo de
fatalismo, y convertirlo en una excusa para el
pecado. Agustín escribió dos importantes obras
contra estos perturbadores; las ideas de Agustín
hallaron defensores también en escritores como
Prosper Aquitanus, y el autor de un libro anónimo
sobre la Llamada de los Gentiles (De Vocationem
Gentium), que, con gran habilidad y éxito, se esforzó
en presentar la doctrina de la predestinación en una
forma que suavizara su aparente dureza y conciliara
el sentimiento cristiano. El impulso dado por Agustín
a la teología perduró, como se ha dicho, a lo largo
de toda la Edad Media. La mayoría de los grandes
escolásticos, como Anselmo, Bernardo, Pedro
Lombardo, Tomás de Aquino, Bradwardine, así
como eruditos anteriores como Beda y Alcuino,


151
fueron discípulos suyos. La controversia
predestinataria tuvo un breve resurgimiento en el
siglo noveno en la disputa entre el monje Gottschalk
y Hincmar, arzobispo de Reims. Gottschalk
sobrepasó al mismo Agustín en el rigor de su
defensa de la predestinación, en tanto que Hincmar
era semipelagiano. Las ideas de este último fueron
condenadas en dos Sínodos -una prueba de la
influencia de Agustín-, pero las opiniones extremas e
inflexibles de Gottschalk fueron causa de que sus
propios amigos finalmente le abandonaran.
V. Del ingente sistema de Agustín, veremos luego
que los mejores elementos fueron apropiados por
los reformadores e incorporados en los credos
protestantes. Estoy convencido de que, en lo
esencial, van a permanecer en ellos. Nuestra
estimación del valor e importancia del sistema estará
en proporción a lo completo y concienzudo de
nuestras ideas sobre el mal del pecado, y sus
efectos sobre la naturaleza humana -sobre la
naturaleza esencial del hombre, y la ruina que ha
obrado el pecado en su constitución y condición---.
Sólo me referiré, en este punto y brevemente, a la
parte del sistema de Agustín que ha sido objeto en
especial de crítica hostil: su doctrina de la
predestinación. El criticismo de esta doctrina puede
tomar la forma de un criticismo de la doctrina de la
predestinación en general, o un criticismo de la
forma particular que defendió Agustín. Ya hemos
ofrecido algunos comentarios sobre este último
punto, especialmente sobre la inconsecuencia que
resulta de la combinación del mismo con la doctrina
sacramentaria. Las otras objeciones más
fundamentales son debidas, algunas a un concepto
erróneo de sus ideas, otras parecen sugerir la


152
necesidad de una alteración en nuestro punto de
vista al tratar del alcance del propósito divino -una
alteración que nuestros modos de pensar modernos
y una comprensión más profunda en las Escrituras
deberían hacernos fácil su comprención.
Una objeción común a la doctrina agustiniana es que
representa la predestinación para la salvación como
un acto por completo arbitrario de Dios --el decreto
de una voluntad que actúa sin ninguna otra base
que su propia complacencia o beneplácito-. Esto es
incorrecto, ciertamente. Agustín, como ha de ver
todo el que capta sus posiciones fundamentales, no
sabe nada de actos arbitrarios en Dios. El terreno de
la acción divina en la providencia y en la gracia, las
razones finales de las determinaciones divinas, son,
sin la menor duda, inescrutables para nosotros,
pero, no obstante, sin la menor duda son el
resultado de una sabiduría, justicia y amor eternos.
La fe no puede vacilar en la convicción de que Dios
gobierna al mundo, y ordena todas las cosas del
mismo, con miras al bien máximo. Lo que Agustín
quiere decir es que, en cualquier teoría del universo,
las últimas razones de la constitución y curso del
mundo siempre hay que ir a buscarlas en el consejo
de una sabiduría eterna que nosotros somos del
todo incapaces de sondear. Todos reconocemos
esto en la providencia externa --en la historia y
distribución de los pueblos, en sus funciones
providenciales en el mundo; en la diversidad de
rango, fortuna, privilegio, oportunidad y dones de los
individuos; en los enigmas torturantes de la vida,
que con tanta frecuencia nos desconciertan y
oprimen-. Pero la fe se mantiene firme en la certeza
de que detrás de todo ello, si pudiéramos verlo,
hallaríamos una voluntad de justicia y amor. La


153
misma soberanía la presenciamos en la historia de
la revelación y la salvación: en la llamada de
Abraham, por ejemplo, y en la elección de Israel; en
la distribución de privilegio bajo el Cristianismo -
algunas naciones favorecidas con el Evangelio,
otras todavía en las tinieblas y muerte del
paganismo---; en los resultados varios que siguen
del disfrute de privilegios que parecen iguales. Para
ser consecuente con su doctrina de la gracia,
Agustín no podía por menos que sostener que la
base última de todo esto, y de la salvación
individual, debía hallarse en el consejo de Dios; pero
éste es un consejo de sabiduría y bondad eternas.
Un criticismo más profundo, pero que se basa, hasta
cierto punto, en una captación errónea, se refiere a
las relaciones de esta doctrina con el libre albedrío y
la responsabilidad. Aquí también a la doctrina de
Agustín se le achacan con frecuencia consecuencias
que en modo alguno le pertenecen en justicia. Con
referencia a la predestinación en sí, debe recordarse
que en el sistema de Agustín la predestinación sólo
aparece en conexión con una raza que ya ha
perdido su libertad espiritual, y tiene como objetivo la
restauración de esta libertad, y por medio de ello el
cumplimiento del propósito divino en la salvación.
Agustín, sin embargo, va más hondo que esto, y
responde al objetor que no hay punto de vista de la
libertad humana defendible que soslaye esta
dificultad sobre la cuestión. Es una palabra fácil de
usar: libertad; pero los que lo hacen no siempre se
dan cuenta que están jugando con una noción que
no han analizado, y que, si lo analizan, verán que la
mayoría de sus antiguas dificultades vuelven a
aparecer. Muchos creen, por ejemplo, que se
desprenden de esta dificultad al basar la


154
predestinación en el conocimiento previo. La verdad
es que, como se ha demostrado, la dificultad vuelve
aquí tan aguda como siempre. Porque la pregunta
se presenta inmediatamente: cómo puede ser
conocido de antemano un acto libre. Un acto libre,
en el sentido del objetor, es el que brota
exclusivamente de la voluntad de la criatura-, que no
tiene causa más allá de la voluntad; que depende
sólo del agente o autor el decir lo que será. Esto
presenta la dificultad de suponer que ha de ser
conocida de antemano una acción antes de que la
criatura, que es únicamente la que determina lo que
será, haya ni tan sólo recibido existencia. Por otra
parte, si se concede que estos actos libres pueden
ser conocidos de antemano, no se adhiere ninguna
dificultad insuperable a la suposición de que puedan
ser tomados como elementos en un plan divino que
lo abarque todo.
Una objeción más seria se puede presentar contra
esta doctrina: que, incluso si se prescinde de la
acusación de arbitrariedad, entra en conflicto con las
ideas justas del amor divino, y, en particular, es
incompatible con la creencia cristiana en la
paternidad divina. Agustín se descarga de la
acusación de injusticia alegando que, considerando
que el conjunto de la raza está justamente implicada
en condenación -una massa perditionis-, no puede
haber injusticia para los que son pasados por alto en
el hecho de que, en el inescrutable propósito de
Dios, algunos sean escogidos para salvación y otros
rechazados. Pero, incluso suponiendo que se acepta
esto (no espero que pueda satisfacer del todo a
nadie), reaparece la pregunta: si no injusticia, ¿qué
pasa con el amor? El giro moderno que se da a la
objeción es: ¿Qué pasa con la Paternidad divina?


155
Incluso este argumento, sin embargo, puede ser
pasarse de la raya, por el hecho de no observar las
dificultades que la doctrina de la Paternidad divina
tiene, en todo caso, para hacer frente a la
constitución actual del universo. No siempre se
considera que la predestinación, en cualquiera de
sus formas, no altera un ápice o grado la
constitución real de las cosas, como nos revelan la
historia y la experiencia -no añade una anomalía a
las que ya existen en el universo, no hace que se
salve un alma más o que se pierda, de las que estén
realmente salvadas o perdidas-. Si la constitución
actual de las cosas es en último término
reconciliable con el amor o Paternidad de Dios -y en
último término ha de serlo-, se puede en justicia
intimar que la predestinación, que simplemente hace
regresar este estado de cosas a su última base en la
voluntad de Dios santa, sabia y buena, ha de ser así
también. No es sino la condición existente de las
cosas, con todas sus anomalías, desigualdades y
resultados en salvación o pérdida existentes,
realizada, como ya se ha dicho, a la luz de la
eternidad, vista sub specie aeternitatis.
Con todo, hay que admitir francamente que en tanto
que esta doctrina esté confinada a la doctrina que
tiene en Agustín, es imposible librarse totalmente de
la apariencia de conflicto con este amor de Dios que
es al mismo tiempo afirmado como de la esencia de
Dios. Una indicación de esto se ve en la necesidad
de Agustín de limitar a los elegidos la fuerza de los
pasajes que hablan de la voluntad de amor de Dios
al mundo. ¿Dónde está, pues, el defecto, y dónde la
posibilidad de solución? La falta de la doctrina de
Agustín, me atrevería a decir, se halla en que
considera el tema demasiado exclusivamente en su


156
relación con la salvación individual y no en conexión
con una visión orgánica del propósito divino en su
relación con el mundo y la historia, o por lo menos
no lo hace de modo suficiente. En tanto que nos
limitamos a ver a la raza humana como simplemente
una massa damnata, de la cual, por las razones que
sean, santas y sabias naturalmente, se hace la
selección de unos cuantos para salvación, no
podemos eliminar de esta doctrina un aspecto de
dureza y parcialidad. Pero esto no es la visión plena
o escritural de la doctrina. La elección se halla
siempre en conexión con un propósito de Dios que
se desarrolla, y tiene por objetivo, no la exclusión de
otros, sino la bendición y salvación última y más
amplia de otros. Un ejemplo típico nos lo
proporciona la elección de Abraham. Dios escogió a
Abraham, e hizo su pacto con él. Pero esto se hizo,
no sólo para la salvación de Abraham únicamente,
sino con miras a que en él fueran benditas todas las
familias de la tierra (Génesis 123). Fue elección con
miras a una amplia comprensión: la elección de uno
con miras a la bendición de muchos. Sólo de esta
manera, empezando en un punto -con una persona
y trabajando con miras a un resultado más amplio,
podía realizarse el fin divino. Lo mismo ocurre con la
nación elegida, el pueblo de Israel. Fue escogido él
solo de entre las familias de la tierra, pero no fue un
acto de parcialidad, sino con miras a que pudiera, en
la plenitud de los tiempos, ser una luz a los gentiles,
y el medio de difundir la gloria de Dios por toda la
tierra. Agustín, quizá, se acerca a este punto de
vista cuando habla, como hace con frecuencia, de
Cristo mismo como el ejemplo más elevado de
predestinación. Pero Cristo -el elegido--- es la
prueba suprema de que la elección no tiene un


157
aspecto exclusivo en cuanto al mundo, sino que es
un medio de hacerle llegar bendición.

Por tanto, al considerar este tema, hemos de
descartar en absoluto de la mente toda idea de
arbitrariedad, y poner el propósito divino en la
elección dinámicamente en íntima conexión con la
historia en la que se realiza. Sólo un necio puede
preguntar: ¿Por qué Dios, de un simple impulso de
su omnipotencia, no cambia los corazones de todos
los hombres, en vez de elegir a uno, Abraham, o
elegir a una nación, Israel, para ser el recipiente de
su entrenamiento, o de enviar a un Cristo a un
pueblo particular en una época del mundo? ¿Por
qué este dejar su reino al progreso lento y desigual
que ha tenido a lo largo de los siglos? Se puede
decir que, a todo el que tenga el concepto más
elemental de los métodos de Dios en el obrar en la
providencia y la gracia, esta simultánea conversión
de todos los pueblos, mediante un simple ejercicio
del poder divino, es una idea imposible. Esta
persona verá al instante que la única manera en que
se pueden alcanzar los elevados propósitos que
Dios persigue, en armonía con las leyes de la
naturaleza y la libertad, es la manera que se ha
adoptado en realidad -esto es, el obrar desde un
punto a otro en la línea del desarrollo histórico-,
estableciendo siempre nuevos puntos de ventaja a
medida que se les abre camino. La elección significa
que no es el hacer del mismo hombre, o su
merecimiento, u otra cosa cualquiera, sino la gracia,
lo que a lo largo de toda la línea de desarrollo
provee estos puntos y establece estos centros de
nueva influencia. Aquí hay otro error que es


158
necesario evitar. Es una idea superficial de la
elección divina la que la considera como un simple
valerse de felices variedades de carácter y
temperamento espontáneamente presentes en la
historia; como un obrero, por ejemplo, podría
seleccionar una serie de herramientas hechas, las
más apropiadas para su propósito. Hay una frase en
algún punto en la Dogmática de Lange que dice con
agudeza: «La elección preside la formación de sus
objetos». La aparición de grandes hombres en las
coyunturas particulares de la historia, por ejemplo,
no puede atribuirse a la casualidad. La cuestión no
es simplemente en qué forma, dado un hombre de
los dones y calificaciones de Abraham 0 Moisés,
podría Dios usarlo en la forma que lo hizo; sino más
bien en qué forma un hombre de este molde vino
precisamente en esta coyuntura para hallarse allí en
aquel momento -brotó en aquel momento preciso en
el árbol genealógico---. Este es el verdadero
problema, y la solución sólo se puede hallar en el
obrar de este propósito divino, que desde «la
fundación del mundo» ha venido preparando los
medios para su propia realización. Los mismos
principios se aplican a las almas más humildes que
Dios llama a su Reino. Las dificultades no es posible
quitarlas nunca del todo, pero si se comprenden y
retienen firmemente estos principios, nos
proporcionan, creo, una clave por medio de la cual
podemos hallar nuestro camino en medio de este
intrincado tema y lleno de perplejidades. A lo que
nos hemos de aferrar es que, tanto si podemos
explicar el misterio de los tratos de Dios con otros
como si no, nuestra propia salvación, si hemos sido
llevados a su Reino, y la salvación de todos los que
comparten su llamamiento divino, es debida a una
gracia que no hemos buscado ni merecido.


159
"¹l1(iC `l i" "¹l1(iC `l i" "¹l1(iC `l i" "¹l1(iC `l i"
\C1'l`" \l i" \C1'l`" \l i" \C1'l`" \l i" \C1'l`" \l i"
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C`1'C`l'¦l"¦ C`1'C`l'¦l"¦ C`1'C`l'¦l"¦ C`1'C`l'¦l"¦
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l(1l l(1l l(1l l(1l(l"`". °C`C¦l¦l1". (l"`". °C`C¦l¦l1". (l"`". °C`C¦l¦l1". (l"`". °C`C¦l¦l1".
°C`C1lil1" ´¦lGiC¦ °C`C1lil1" ´¦lGiC¦ °C`C1lil1" ´¦lGiC¦ °C`C1lil1" ´¦lGiC¦
(l`1C "i ¦l¹1l°C (l`1C "i ¦l¹1l°C (l`1C "i ¦l¹1l°C (l`1C "i ¦l¹1l°C
En el próximo capítulo de la historia de la doctrina
llegamos a una larga serie de controversias que
llamamos Cristológicas. La doctrina de la Persona
de Cristo puede ser enfocada o bien desde el lado
de la Teología, la doctrina de Dios, o desde el lado
de la Soteriología, la doctrina de la redención. Tiene
relaciones manifiestas con ambas. La afirmación
nicena de la unidad de esencia del Hijo con el
Padre, al instante hace surgir la cuestión de cómo
está relacionado este Hijo divino, coesencial, con la
humanidad en la que El aparece en la tierra. Por un


160
lado, la doctrina de la redención nos obliga a
retroceder a la persona del Redentor como alguien
que, para el cumplimiento adecuado de su obra, ha
de ser divino a la vez que humano. Es desde este
lado soteriológico, como veremos, que Anselmo
enfoca el tenia. Aunque el aspecto soteriológico, no
obstante, dista mucho de ser pasado por alto en la
iglesia antigua, es por medio de este otro camino
que entramos en las controversias que nos afectan
aquí. Estas aparecieron de modo primario como
secuela de las discusiones en que la Iglesia se
había ocupado de la doctrina de la Trinidad, y,
debido a la consideración exhaustiva de la clase de
cuestiones que implicaban, preparó el camino para
el problema soteriológico.
Dije en la primera conferencia que las controversias
cristológicas pertenecen a lo más desagradable de
la historia de la Iglesia, lo más confuso, también, y
desconcertante. El corazón de uno casi se desmaya
ante los espectáculos de pasión, intriga, fanatismo y
rencor y violencia que exhiben. -Qué fácil es llegar a
la conclusión de que las doctrinas engendradas en
una atmósfera semejante, haciendo referencia
además, por encima de todo, a la santa persona del
Salvador, lejos de ayudar a la captación de la
verdad, de modo infalible han de llevar la marca del
error! No obstante, éste sería un juicio precipitado.
El Espíritu de Dios no había dejado a la Iglesia, aun
en medio de estas condiciones, sino que la guiaba, a
un precio costoso, a su propio paso, a una
comprensión segura del significado de sus propias
creencias. Pronto se hace evidente que había
principios más profundos y cuestiones más vitales
implicadas en estas controversias que las que se
presentan a primera vista. Y había hombres fuertes


161
en cada estadio que tenían el poder del
discernimiento de estas cuestiones más amplias y la
sabiduría suficiente para guiar a la Iglesia a hacer
decisiones acertadas y sanas respecto a las
mismas. Creo que será mejor si, ateniéndome a los
fines que me propongo, descuidando los elementos
de lucha y pasión, que desfiguran el curso externo
de la historia, procuro fijar la atención en la lógica
real del movimiento y en las ideas y objetivos de los
hombres que las representan más dignamente.
Porque no puede haber duda razonable de que las
controversias que llamamos Cristológicas tuvieron
su origen real, no en el capricho, sino en el curso
necesario del desarrollo doctrina]; que su aparición o
no aparición no fue algo dependiente de la voluntad
individual. Las controversias arriana y macedoniana
habían establecido una vez por todas la unidad
esencial del Hijo y del Espíritu con el Padre. Era
también una parte integral de la fe cristiana que
Cristo tuviera una humanidad verdadera y perfecta.
Pero esto inmediatamente dio lugar a la pregunta de
cómo podía concebirse de modo positivo esta unión
de lo divino y lo humano en una sola persona. Cristo
es divino, y es humano (Dios-Hombre); ¿cómo
puede entenderse la relación entre estos dos lados
de su personalidad? Esta es la cuestión de la
Cristología propiamente, y era inevitable que, al
tratar de ella, se intentaran varias soluciones, cuya
admisibilidad o inadmisibilidad sólo se podían
descubrir después de pruebas exhaustivas. Una
clase fácil de solución, naturalmente, era la
supresión de un lado o del otro; o bien el lado
humano, como los docetistas, o el divino, como los
unitarios. Pero esto era precisamente lo que la
Iglesia de aquel tiempo, a la luz de las decisiones


162
previas, se negaba a hacer. No quería renunciar a la
verdadera humanidad de Cristo; ni quería consentir
en hundir la verdad de su divinidad, o permitir que
fuera divino sólo en un sentido metafórico o
dinámico. Se mantenía firme en una confesión
central de una encarnación real del Hijo eterno, y el
problema era en qué forma, bajo este supuesto,
podía exhibirse en una persona la unión de la
humanidad real con la divinidad verdadera. Algo que
hacía indudablemente más difícil la solución de este
problema para la antigua Iglesia, era la tendencia
heredada del Platonismo a considerar la humanidad
y la divinidad como en un sentido extraña la una a la
otra -dos magnitudes, separadas y dispares-, que,
por lo tanto, nunca podían juntarse. Incluso Cirilo de
Alejandría consideraba lo divino y lo humano como
separado por un abismo infinito, y los define con
predicados opuestos. Es evidente que en estas
premisas toda unión que se postulara tenía que ser
más o menos externa. Esta se puede decir que es la
debilidad radical de la antigua Cristología, y
probablemente la ganancia principal de nuestro
moderno modo de pensar en cuestiones
cristológicas es que trasciende este antiguo
dualismo, y empieza más bien por el lado de la
afinidad de lo divino y lo humano -de la idea del
hombre capax infiniti- reconociendo un elemento
relacionado con Dios en la naturaleza humana,
como creado a la imagen divina, lo cual proporciona
un punto de partida para hacer concebible la
encarnación. Por otra parte, es posible dar a esto
demasiada importancia. También en la Iglesia
antigua se hicieron intentos para superar este
dualismo; e incluso cuando hemos presentado la
materia del modo más favorable para nosotros,
persiste la dificultad esencial de cómo una


163
humanidad verdadera y una divinidad verdadera se
pueden concebir como unidas en una personalidad
histórica. Y cuando se haya considerado bien el
tema, quizá hallaremos motivos para admirar el tacto
con que fue guiada la Iglesia, si no a una solución
completa del misterio, por lo menos al rechazo de
los errores principales que habrían puesto en peligro
una solución del mismo.
Esto me lleva a observar que, para hacer justicia a
los hallazgos cristológicos de la antigua Iglesia, es
necesario tener en cuenta que era precisamente lo
que la Iglesia tenía a la vista como objetivo en estas
decisiones. Con frecuencia se culpa a la Iglesia de
intentar definir metafísicamente, mediante una serie
de distinciones sutiles, lo que por la naturaleza del
caso tiene que trascender siempre toda definición.
Sin embargo, lo que procuraba la Iglesia, en
realidad, no era tanto el proporcionar una definición
exhaustiva -metafísica o lo que fuera- de lo que
siempre se ha reconocido es un «misterio de la
piedad inefable»,1 sino más bien mantener la
integridad del hecho cristiano contra teorías y
especulaciones que decían que lo explicaban, pero
en realidad lo maltrataban y mutilaban en varias
direcciones. La fe cristiana es posible que no pueda
resolver el misterio de la encamación, pero puede
reconocer que ciertas teorías están en conflicto con
sus intereses religiosos más vitales, y puede
sentirse llamada a luchar contra ellas, por esta
causa, con tesón. Podemos damos cuenta, por
ejemplo, de nuestra incapacidad de ver en las
profundidades de un tema tan grande y, con todo,
percibir muy claramente que la integridad de la
humanidad de Cristo está comprometida si le
negamos una verdadera alma humana --que era el


164
error de Apolinario--; más aún, que no se compagina
con el hecho cristiano el resolver la persona única
de Cristo en dos --que era el error de Nestorio-; de
nuevo, hay algo falso en representar la naturaleza
de Cristo como una mezcla o fusión de divinidad y
humanidad -un tertium quid-, que no preserva en su
integridad ni una naturaleza ni la otra---que era el
error eutiquiano y monofisita-; o, finalmente, que es
erróneo restringir esta fusión incluso al elemento de
la voluntad de Cristo -que era el error monotelita-. Al
oponerse a estos errores, la Iglesia no pretendió dar
una explicación racional de la encamación a su
propio modo de ver, sino sólo apartar teorías en un
lado y otro que amenazaban la integridad del hecho;
y será en extremo difícil para todo el que
verdaderamente crea en la encamación, y reflexiona
en el significado de lo que está diciendo, el mostrar
que la Iglesia se equivocó de modo grave al hacerlo.
Al mismo tiempo, es evidente que una obra de esta
clase, por inevitable que sea, está llena de
inconvenientes y riesgos. Alrededor de un hecho
captado originalmente en la simplicidad de la fe
cristiana va creciendo de modo gradual, como
resultado de este proceso, un andamio que lo
recubre de formulaciones protectoras, abstrusas,
complejas, escolásticas, y es fácil caer en la
tentación de aceptarlas en sustitución de la misma
fe. Este es un peligro real del intelectualismo, al cual
se ha visto expuesta constantemente la Iglesia; y el
remedio de ello es un continuo regresar y
contemplar habitual de la imagen viva de Cristo en
los Evangelios, en la cual se armonizan todos los
contrastes, en que lo divino y lo humano se ven en
su unión real. Pero seda tan insensato hacer de esto
una objeción a la obra de definición, como sería el
quejarse de que, en nuestra actitud hacia la verdad


165
en general, no podemos siempre permanecer en el
estadio ingenuo e irreflexivo de la infancia. Para bien
o para mal -indudablemente más para bien que para
mal- aparecen preguntas que nos imponen la
reflexión doctrinal sobre las mismas, y, cuando
aparecen, no hay otra alternativa para la Iglesia,
como no la hay para el individuo, que hacer frente a
las mismas e intentar contestarlas.
La especulación cristológica tuvo un lugar en la
Iglesia, por necesidad, desde su comienzo. Las
teorías ebionítica, gnóstica, patripasiana, sabeliana,
no menos que las de Pablo de Samosata y de Arrio,
implicaban elementos de una Cristología. El nombre
«Cristológico», sin embargo, es apropiado en
especial para la serie de discusiones posnicenas
que surgieron de las afirmaciones dogmáticas de los
Credos. Abarcan las cinco controversias que hemos
mencionado: la apolinaria, la nestoriana, la
eutiquiana, la monofisita y la monotelita. Vamos
ahora a darles una mirada en su relación histórica, lo
cual resultará ser también la conexión lógica.
I. La primera forma de herejía cristológica, la
Apolinaria, se remonta al siglo cuarto, y, en cierta
manera, es un preludio a las discusiones más
importantes. La solución más simple de la unidad de
lo divino y humano en una sola Persona que surge
de modo espontáneo es evidentemente el suponer
que en la constitución de esta Persona el Hijo divino
o Logos ocupa el lugar del alma racional en un ser
normal ordinario. El Hijo de Dios toma sobre sí
nuestra entera humanidad, excepto sólo en aquello
en que el hombre se constituye un yo. Pero el centro
personal autodeterni nativo en el hombre es su alma
racional. Esta, pues, se dice, Cristo no la puede


166
asumir; pues de otro modo tendríamos dos centros
personales, o dos, en Cristo, lo cual es inadmisible.
No parece haber ninguna alternativa excepto el que
el Logos ocupe el lugar del alma racional en Cristo, y
esto es lo que se supone ha hecho. Este modo de
ver tiene afinidades con la especulación arriana y la
sabeliana; pero la persona que le dio expresión
formal fue Apolinario, obispo de Laodicea (hacia el
año 375), un hombre digno, seguidor de Atanasio,
bien versado en la cultura griega. Apolinario no negó
a Cristo la posesión de un alma humana en todo
sentido. Era un tricotomista en su psicología, esto
es, distinguía en el hombre tres elementos: cuerpo,
alma y espíritu; y concedió que Cristo había asumido
la unión en sí mismo de un cuerpo verdadero, y un
alma animal , la sede de los apetitos, pasiones y
deseos. Pero el lugar del alma racional y elemento
autodeterminante en el hombre fue ocupado, según
él, por el mismo Logos. No podía ser de otro modo,
pensaba él, si Cristo había de ser elevado por
encima de la mutabilidad, y no se introducía
dualidad en su consciencia. Está claro que hay una
gran mutilación aquí de la idea de la verdadera
humanidad de Cristo, contra la cual la Iglesia hizo
bien en protestar, o sea, la introducción de un
elemento docético, como si Cristo, con respecto al
alma, fuera humano sólo aparentemente y estuviera
apartado de las condiciones de un desarrollo
verdaderarnente humano. Con todo, sería un error
pensar demasiado a la ligera de Apolinario y de su
teoría. Apolinario era un pensador realmente capaz,
y hay por lo menos un elemento de verdad en sus
especulaciones, para las cuales la Iglesia de
aquellos tiempos no estaba preparada debidamente.
Para cubrir la objeción de que negaba una
verdadera alma humana a Cristo, Apolinario se basó


167
en que éste no era el verdadero sentido de su
doctrina. El Logos, sostenía, no se halla aparte del
hombre, como algo extraño a su esencia, sino que
es El mismo el arquetipo de la humanidad -tiene la
potencia de la humanidad eternamente dentro de sí-
--. Al realizar, pues, esta determinación eterna de su
naturaleza, y pasar a ser hombre en Cristo, el Logos
no ocupa simplemente el lugar de un alma humana;
pasa a ser un alma humana --es más
verdaderamente humana que cualquier individuo de
la especie-. En palabras de Domer: «El Logos, lejos
de ser extraño a nosotros, constituye más bien la
perfección de la humanidad. Esto lo expresa del
siguiente modo: "El pneuma en Cristo es un pneuma
humano, aunque divino."» Hay aquí un paso hacia el
reconocimiento de la afinidad interna de Dios al
espíritu humano --el fundamento natural del alma del
hombre en el Logos como la luz y la vida del hombre
(Juan 1:4)- que ha de ser tenido en cuenta en toda
doctrina adecuada de la encarnación. Sin embargo,
como el objetivo perseguido por Apolinario al
identificar el alma con el Logos era el elevar a Cristo
por encima de la mutabilidad y debilidad humanas,
es evidente que la idea de «hacerse hombre» es
realizada de modo muy imperfecto. Hay una
diferencia importante, además, entre un alma que
está basada en el Logos, como toda alma humana lo
está, y un alma reemplazada por el Logos en Cristo,
que es el punto de vista de Apolinario. En esta
última afirmación, la Iglesia, en sus grandes
maestros, y de modo formal en el Concilio de
Constantinopla (año 3 8 l), reconoció debidamente
un error, y afirmó, en contra de ella, la posesión por
Cristo de una humanidad completa, con el alma
racional incluida?


168
II. Al rechazar el punto de vista apolinario, la Iglesia
declaró que Cristo estaba poseído de una
humanidad verdadera e intacta -tenía una verdadera
alma y un verdadero cuerpo humanos-. Pero esto
sólo dio lugar a una forma más aguda de la cuestión
de cómo podía ser concebida esta unión de lo divino
y humano en su Persona. Y la solución que fue
presentada a continuación fue la conectada
históricamente con el nombre de Nestorio, a saber,
que el Logos se había unido en la forma más íntima
de comunión moral con el hombre Jesucristo, sin
que el último, con ello, perdiera su personalidad
independiente, o pasara a ser, como se defendía en
el caso de la idea opuesta, un mero «accidente» del
Logos. En la controversia nestoriana, sin duda,
había en operación varios factores secundarios y
con frecuencia condenables. Entre ellos podemos
notar los celos profundamente arraigados que
subsistían entre los patriarcas rivales de Alejandría y
Constantinopla, y la creciente veneración de la
Iglesia a la Virgen María -una veneración que halló
su expresión en el epíteto teotokos (Madre de Dios),
que pasó a ser una especie de santo y seña de esta
controversia. Pero esto eran, después de todo, sólo
pajas en la superficie. La explicación real de la
disputa hay que buscarla en la tendencia del
desarrollo teológico, y especialmente en las
tendencias del pensamiento que ahora se revelaban
en las escuelas de Alejandría y Antioquía,
respectivamente. La escuela de Alejandría --desde
el principio, como vimos (cap. III), tenía un carácter
idealista y especulativo- adquirió hacia este tiempo
un matiz místico, de Siria, que la disponía a
considerar de modo predominante el lado divino, o
trascendental, de la persona de Cristo, y a ver la
humanidad fundida, si no absorbida, en este lado


169
más elevado. La teología de Antioquía, por otra
parte, en conformidad con su inclinación más
racional, hacía una discriminación cuidadosa de las
dos naturalezas, y se esfor7aba en preservar cada
una en su independencia y distinción, con el peligro
opuesto de separarlas con exceso y destruir la
unidad de la Persona. La clave de las controversias
que siguieron la hemos de buscar en el conflicto
entre estas dos tendencias, cada una de las cuales
tenía su lugar providencial y su lado de la verdad. La
tendencia de la escuela de Antioquía se ve con la
máxima claridad en la teología de su representante
más distinguido, Teodoro de Mopsuestia,
condiscípulo, con Crisástomo, de Diodoro de Tarso,
y maestro de Nestorio. Por amor a la claridad, voy a
dedicar a sus ideas algo de atención en primer lugar.
El sistema de Teodoro es uno de los más originales
y mejor elaborados del período. Concibe al hombre
como una imagen visible y un representante de Dios
en la tierra -el lazo de unión de toda la creación-.
Con Agustín sostiene que la verdadera libertad sólo
se alcanza cuando el alma está establecida en la
bondad, elevada por encima de la posibilidad de
pecar mediante la unión con Dios. Pero este estado
él lo considera alcanzable sólo por medio de un
proceso de desarrollo moral. El hombre fue
originalmente creado falible y mortal, y tuvo que
darse cuenta de su incapacidad para sostenerse en
su propia fuerza, por la experiencia real de la caída.
La caída, pues, con el pecado y la muerte que
resultaron de ella, en un sentido, en el sistema de
Teodoro, es una necesidad de la condición natural
del hombre. De este estado fue restaurado por
Cristo, la nueva Cabeza de la raza, en quien se
realiza por primera vez de modo perfecto la imagen


170
de Dios en la humanidad. Pero incluso la unión del
Logos con Cristo no excluye la libertad y el
desarrollo moral. La naturaleza humana en su
estado completo, incluyendo la personalidad, está
unida con el Logos desde el principio --es irradiada,
reforzada, inspirada, sostenida por ella, y por esta
razón crece y madura con rapidez excepcional--; sin
embargo, no sin un desarrollo ético libre que apropia
lo divino en todos sus estadios.
Esto nos lleva a la idea de Teodoro de la naturaleza
de la unión de lo divino y lo humano en Cristo.
Teodoro la elabora a partir del punto de vista del
«revestimiento» (enoikosis). ¿Cuál es, pues, la
forma de este revestimiento de Dios en Cristo?
Muestra primero que no es el revestimiento de la
mera inmanencia -de esta omnipresencia y energía
por las cuales Dios está presente para todas las
criaturas y en todas ellas-. No es simplemente una
presencia en esencia (kat ousian), o una presencia
en energía (kat enepgeian). La Encarnación no se
puede explicar como la mera inmanencia de Dios,
porque Dios es inmanente en todo. Pero hay otro
modo de la presencia de Dios por el cual El se
acerca más a unos que a otros, en conformidad con
sus disposiciones morales -un modo de
revestimiento que Teodoro describe como del
beneplácito (kat eudokian) de Dios-. Es la relación
peculiar de la comunión moral en que Dios se halla
con los que son aptos para la misma por medio del
espíritu de confianza y obediencia. Es así que Dios
reside en los creyentes; así, en una forma única y
preeminente, residía el Logos en Cristo. La unión
aquí es de la clase más perfecta concebible. El
espíritu humano de Jesús se apropia de modo tan
perfecto lo divino que pasa a ser enteramente uno


171
con él. El pensamiento y la voluntad de Cristo como
hombre son verdaderamente el pensamiento y la
voluntad de Dios en El; con todo, su naturaleza
humana no queda anulada por ello, sino más bien
elevada a su grado sumo de perfección. Por otra
parte, el Hijo divino se apropia y une la naturaleza
humana consigo, de modo tan completo, que hace
de ella el órgano de su manifestación personal. Por
medio de esta unión, además, la humanidad pasa a
compartir, después de la ascensión, toda la gloria y
dominio del Logos. Esto, como se puede ver, es un
intento en extremo hábil para resolver el problema
de la unidad de lo divino y humano en Cristo, y que
no carece de elemento de valor. Implica el
reconocimiento, que falta en general en otros
intentos, de la afinidad de lo divino y lo humano que
hace posible la verdadera unión, y es un intento,
digno de elogio, de hacer justicia al factor ético en el
desarrollo de Cristo. No obstante, a pesar de todo su
ingenio, se puede ver también que nunca llega más
allá de la unión más perfecta moral de dos personas
que son originalmente distintas. Teodoro lo admite,
prácticamente, por el término que usa para
describirlo. Es una conjunción (sunateia), o también
es comparable al matrimonio, en que dos son uno.
Se puede comprender fácilmente, pues, que la
escuela de Alejandría, con Cirilo a la cabeza, se
opusiera de modo persistente a esta doctrina porque
fallaba en satisfacer las condiciones de la verdadera
encarnación, y que los discípulos de Teodoro, en
algunos casos, estuvieran dispuestos a ir más lejos
que él mismo, y de modo disimulado afirmar una
doble personalidad en Cristo.
En consecuencia, esto es lo que ahora vemos en el
caso de Nestorio, patriarca de Constantinopla, un


172
hombre de buenas intenciones y celoso enemigo de
Arrio y otras herejías, pero partidario convencido de
la escuela de Antioquía, que en el año 428 se atrajo
la indignación contra sí por su vehemente oposición
al término teotokos- (Madre de Dios), aplicado a la
Virgen María. Christotokos lo permitía, pero no
theotokos; porque el Logos, decía, no nació de
María, pero se hallaba en el que nació de María.
Nestorio llegó mucho más lejos, en su separación de
lo divino y lo humano en Cristo, de lo que habría
aprobado Teodoro, aunque indudablemente se
hallaba en su misma dirección. La «conjunción»
(sunateia) de las dos naturalezas que enseñaba
Teodoro pasa a ser en Nestodo poco más que una
«relación» (schesis) entre ellas, una comunión moral
íntima de dos personas. Esta doctrina es la que
Cirilo de Alejandría combatió vigorosamente. Cirilo
es un personaje para el cual los historiadores de la
Iglesia, en general, tienen pocas palabras amables.
Parece haber heredado con exclusiva fidelidad el
temperamento y métodos de su tío y predecesor, el
dominador y violento Teófilo; y, apoyado por sus
monjes y multitud de fanáticos parabolani, usó su
posición de gran influencia en la ciudad con orgullo y
pasión. Podremos juzgarle quizá más
imparcialmente si, reconociendo las graves faltas a
que le llevaron la ambición y el afán de poder,
admitimos con Domer, Newman y otros, que había
mejores rasgos en su carácter, y que, aunque
dominado con frecuencia por los prejuicios, era
motivado por un amor sincero a la verdad, y aun un
espíritu más moderado y tolerante de lo que se
suele conceder. Sus primeras cartas a Nestorio son
de tono sosegado y templado; y se hace notar que,
después del destierro de Nestorio, no se registra
ningún acto violento por su parte. Una cosa es


173
cierta, y es que, como teólogo, Cirilo es facile
princeps en esta controversia? No tenía igual en su
día en su dominio de las cuestiones en disputa y en
los razonamientos luminosos y convincentes en
defensa de las posiciones que sostenía. Sus ideas,
como veremos, no se hallan libres de defectos.
Algunas de sus expresiones llevan por dentro los
gérmenes de un monofisitismo, que es lo que
justifica la oposición que le hicieron Teodoreto y
otros de la escuela de Antioquía. Pero, en su
polémica contra Nestorio, Cirilo tenía
indudablemente razón. Con justicia argumentaba
que en la teoría de Nestorio no había una
encarnación propiamente dicha, sino sólo la
yuxtaposición de dos seres, Dios y hombre; que el
Hijo de Dios era poco más que un huésped de la
humanidad; y que había entre ellos sólo una
conjunción de relación (aschetiko sunateia). Cuando
se insistía en la pregunta: ¿Cómo puede ser llamado
Cristo, según su humanidad, Hijo de Dios, o cómo
podía ser legítimamente adorado como hombre?, los
nestorianos sólo podían contestar hablando de una
transferencia (anatora) del nombre hijo a la
humanidad, y sugiriendo que, como hombre, Cristo
podría ser adorado si la adoración iba dirigida en
pensamiento al Logos que lo revestía. La unión de la
humanidad con la divinidad era considerada como
una unión de valor (kat aeian), de voluntad, de
nombres, y así sucesivamente. Es evidente que esto
no podía ser satisfactorio.
El punto esencial del Nestorianismo, pues, es la
disolución de la unidad de la personalidad en Cristo.
En contra de la idea de la asunción de una
naturaleza humana por una persona divina, los
nestorianos sostenían que había dos personas -una


174
divina y una humana- subsistiendo en la unión moral
más íntima. El Logos habitaba la humanidad, que
tenía la personalidad propia. Este era un tipo de
doctrina que, por más que fuera defendido en forma
plausible, no se podía sostener de modo
permanente. Aunque apoyado durante un tiempo por
la autoridad imperial, el curso de la batalla fue
progresivamente desfavorable. Roma y Alejandría
estaban unidas en la condenación; finalmente el
Concilio de Efeso -el llamado tercer concilio
ecuménico (año 431)--- fue convocado para decidir
la cuestión. No sería de provecho alguno el insistir
en las confusiones que existieron y siguieron
después de esta asamblea. Después de una espera
de quince días, debida a la demora en su llegada de
Juan de Antioquía y de sus obispos de Siria, Cirilo
abrió el Concilio y entraron en discusiones. En un
solo día Nestolio fue condenado, excomulgado y
depuesto. El delegado imperial se negó a sancionar
los procedimientos; por otra parte, el sentimiento
popular era favorable a los obispos de modo
abrumador, y la ciudad fue iluminada al ser
anunciada la decisión. Los de Antioquía, cuando
llegaron, se indignaron hasta tal punto que
celebraron un concilio rival. Siguieron
recriminaciones, deposiciones mutuas, vacilaciones
imperiales; pero al final las cosas permanecieron
como el Concilio de Cirilo las había dejado, y el
desgraciado Nestorio fue abandonado
silenciosamente por todos. Murió, después de
muchas vicisitudes, en el exilio (año 440). En el año
433 se efectuó una reconciliación entre Cirilo y
algunos de los líderes de Antioquía (aunque otros se
mantuvieron al margen, entre ellos Teodoreto) en
base a una fórmula de mediación: los de Antioquía
aceptaron la theotokos y los de Alejandría la «unión


175
inconfusa» (asuychutos) de las naturalezas.
Teodorelo fue realmente el autor de esta fórmula,
pero se negó a sancionar la condenación de
Nestorio, que, según decía, había sido obtenida
¡legítimamente. Cirilo de buena gana habría incluido
en la condenación la persona y escritos de Diodoro y
de Teodoro, pero no tuvo poder para conseguirlo.
Hallaremos a Teodoro condenado finalmente en el
quinto Concilio, en el año 553.
III. El Nestorianismo había sido condenado, pero la
controversia no había llegado a su fin. Sólo entró en
una nueva fase, conocida como Eutiquiana. Los
alejandrinos consideraron la decisión del Concilio de
Efeso como una victoria propia, y los más
extremistas entre ellos de buena gana la
interpretaron como una condenación de toda la
posición de Antioquía, con su marcada
discriminación de las naturalezas. Su propia fórmula
era «una sola naturaleza del Logos encarnado».
Cirilo mismo, aunque verbalmente aceptaba la
fórinula de una unión inconfusa , enseñaba una
doctrina muy ambigua. Sostenía la diferencia de las
naturalezas, aunque, debido a la «unión física»
podía hablar también de «una sola naturaleza» en el
Cristo encamado. En virtud de la unión, se
consideraba en libertad para poner atributos divinos
a la humanidad, por ejemplo, la omnisciencia, de
modo que la ignorancia de Cristo se interpretaba
como aparente -una especie de «economía»-.
Después de la decisión de Efeso, estas tendencias
adquirieron pleno relieve. Las naturalezas divina y
humana podían distinguirse in abstracto, pero
después de la encarnación se consideraba que ya
no eran dos, sino una. Los alejandrinos, por
consiguiente, gustaban de usar expresiones que


176
destacaban esta apropiación e intercambio de
atributos de la deidad y la humanidad, por ejemplo,
«Dios nació», «Dios sufrió», «Dios fue crucificado
por nosotros». Toda la tendencia de la escuela de
Antioquía, en contraste con esto, era marcada como
nestoriana y repudiada de modo vehemente. Así se
mantuvo la controversia hasta la muerte de Cirilo en
444. A Cirilo sucedió en Alejandría Dióscuro, un
hombre rudo, cuya violencia, falta de escrúpulos e
intimidación en contra de sus adversarios no son
contrarrestadas por ningún rasgo favorable. Con él,
apoyado por el gran cuerpo de monjes egipcios, la
doctrina de «una sola naturaleza» pasó a ser una
mezcla indistinguible de lo divino y lo humano, una
absorción de lo humano por lo divino. El partido
egipcio tenía relaciones con cuerpos de monjes de
Siria, asimismo el apoyo de las comunidades
monásticas de Palestina y Constantinopla. Sobre
todo, era fuerte mediante el apoyo de la corte
imperial --el débil emperador Teodosio era dominado
por completo por su emperatriz, Eudoxia, y el
eunuco sin escrúpulos Crisaflo---, y se hizo todo lo
posible para aplastar a los líderes de Antioquía,
especialmente a Teodoreto.
El inicio de la controversia cutiquiana en el año 448
está relacionado, como el nombre sugiere, con
Eutiques, un abad de Constantinopla y ardoroso
defensor de las opiniones alejandrinas. En un sínodo
local, presidido por Flavio, el patriarca, que parece
haber obrado de modo imparcial e independiente,
Eutiques fue acusado de negarla distinción de las
naturalezas en Cristo, y de declarar que el cuerpo de
Cristo era de sustancia diferente del nuestro.
Cuando él mismo admitió que éstas eran sus
creencias, fue condenado, depuesto y excomulgado.


177
Su condenación, como había que esperar, causó un
tremendo revuelo, e impulsó a Dióscuro y a sus
seguidores a las medidas más activas. Eutiques se
quejó de injusticia, y reclamó un concilio, y tanto él
como Flavio procuraron conseguir el apoyo de León,
el obispo de Roma, de gran influencia. León era un
hombre de mucho sentido práctico, y dio su
veredicto de modo decisivo contra Eutiques, y, en
vista de que el emperador había convocado ahora
un gran concilio, escribió a Flavio una larga epístola
doctrinal -su famoso «Tonio*--- que pasó a ser más
adelante la base de la decisión de Calcedonia. No
tengo por qué insistir en los procedimientos del
Concilio de Efeso celebrado en el año 449, que, por
su parcialidad y violencia sin igual, se ganó el
sobrenombre de «Concilio de los Ladrones»
(Latrocinium), por el cual ha sido conocido desde
entonces. En este Concilio, que presidió Dióscuro,
se declaró inocente a Eutiques, Teodoreto fue
depuesto, y Flavio maltratado tan cruelmente que
murió a los pocos días. Las decisiones de un
Concilio de este tipo, obtenidas mediante el
terrorismo más burdo, no podían tener peso moral, y
fueron repudiadas inmediatamente por el sínodo
celebrado en Roma. Hubo dificultades para
conseguir que se volviera a abrir el asunto, pero una
revolución en la corte, que ocurrió en esta
coyuntura, alteró el aspecto de los asuntos y preparó
el camino para la convocación de un nuevo Concilio
---que se reunió en Calcedonia (año 45 l), y se
cuenta como el cuarto ecuménico---. Con este
Concilio -el mayor de los celebrados hasta este
punto en cuanto a número-- llegamos a un hito
destacado en la historia del dogma. Su importancia
depende del hecho de que fue el primer Concilio,
después de Nicea, que se atrevió a componer un


178
nuevo Credo. Sus procedimientos iniciales, cuando
se inquirieron las acusaciones contra Dióscuro,
fueron bastante tumultuosos. Pero Dióscuro se halló
pronto solo, por deserción de sus partidarios,
excepto unos trece obispos egipcios. Se compuso
finalmente un credo en base a la carta de León, y,
aparte de estos pocos disconformes, obtuvo una
aprobación general. Muchos gritaron: «Esta es la fe
de los Padres. Esta es la fe de los apóstoles. Todos
estamos de acuerdo con ella». Dióscuro terminó su
carrera indigna en el destierro. Son necesarias unas
pocas palabras sobre este Credo de Calcedonia,
que marca un punto decisivo en las controversias
cristológicas y ha mantenido su categoría de
autoridad ecuménica a lo largo de muchos siglos. Es
un largo documento, pero la frase esencial es la que
vamos a citar ahora. Después de confirmar los
Credos de Nicea y de Constantinopla, y de aceptar
como válidas las cartas de Cirilo contra Nestorio y la
carta de León a Flavio, sigue definiendo la
verdadera doctrina de la persona de Cristo en los
siguientes términos: «Uno y el mismo Cristo, Hijo,
Señor, Unigénito, confesado en dos naturalezas, sin
confusión, sin conversión, sin división, sin
separación» El significado de estos predicados se
percibe fácilmente. Los dos primeros van dirigidos
contra Eutiques, con su confusión o conversión de
las dos naturalezas; los dos últimos contra Nestorio,
con su división o separación de ellas. El propósito
del Credo, pues, es afirmar la unidad de la Persona,
junto con la distinción de las dos naturalezas. En la
tendencia teológica se verá que tiene más afinidad
con el modo de pensar de Antioquía que con el de
Alejandría, e indica de modo bastante claro los
errores que han de ser evitados. Pero esto, que es
su fuerza, es, desde el punto de vista teológico, su


179
debilidad. Nos enumera los factores, pero no nos
ayuda a una solución positiva del problema que
implican. Pone los predicados uno tras otro, pero no
muestra su compatibilidad y relación mutuas. Si
puede decirse así, la fórmula parece la afirmación de
los términos en una suma proporcional: da los
porcentajes, pero no da la suma. Quizá fue mejor
así; que se detuviera después de parar los errores, y
dejara los intentos de una construcción positiva de la
teología. Lo curioso es que este Credo, con su
carácter no especulativo -un producto del genio
práctico latino--, se considere como una creación de
la metafísica griega. Metafísica es lo último que se
encuentra en él. Pone los factores, digo, uno al lado
de otro, sin intentar mostrar la posibilidad de su
combinación. Un Credo perfectamente verdadero en
lo que niega, hay, sin embargo, un elemento de
verdad en el punto de vista alejandrino o monofisita,
al cual no hace justicia debidamente. La presencia
de esta verdad es el elemento vitalizante de las
controversias que siguen, porque los hombres lo
sentían, aun cuando no pudieran expresarlo
debidamente, y no dejaban que fuese suprimido.
Había la convicción, imposible de desarraigar, de
que, se concibiera como quisiera la unión de lo
divino y lo humano en la Persona de Jesús, era algo
infinitamente más rico, más vital y penetrante de lo
que la formulación de Calcedonia daba a entender.
Creo que el error fundamental de gran parte de esta
controversia, en ambos lados, fue la idea de que con
la unión de lo divino y lo humano -la presencia y
energización de lo divino en lo humano- lo humano
queda anulado, o se le quita en algún grado su
integridad y perfección; la verdad es que, como
muestra una sicología más profunda, tan sólo
cuando lo humano asume lo divino en sí mismo lo


180
asimila, se realiza el ideal verdadero y completo de
la humanidad. El eutiquiano (o monofisita) sólo
podía considerar esta unión de la naturaleza
humana con la divina como una mezcla, una fusión,
0 como la absorción de lo humano en lo divino -y
contra esto protestó con justicia el Concilio de
Calcedonia-. Pero el monofisita, por otro lado, sentía
que la fórmula de Calcedonia mantenía las
naturalezas separadas de modo demasiado frío,
demasiado abstracto, cerrando celosamente la
intercomunión entre las dos. Esto explica la
prolongada lucha que siguió. La percepción de este
elemento de verdad en el lado monofisita es lo que
da a estos conflictos futuros, tan pesados en detalles
externos, cierto interés y provecho.
IV. La controversia monofisita, o de «una
naturaleza», a la cual nos dedicaremos ahora, es
simplemente, en principio, una continuación de la
eutiquiana. El nombre denota las nuevas formas que
asumió la controversia después de las decisiones
del Concilio de Calcedonia. El Credo de Calcedonia,
así, lejos de obtener una aceptación universal, se
demostró, en parte por la razón antes mencionada,
la señal de una gran revuelta en los adherentes de
la doctrina de la «naturaleza única», que defendía
sus ideas con ardor y bastante habilidad. La doctrina
promulgada en Calcedonia la consideraban como
puro Nestorianismo, y no querían saber nada de
ella. Los centros principales del partido monofisita
eran Egipto, Palestina y partes de Siria, y su fuerza
principal estaba en los monjes. En todas las
regiones nombradas estallaron tumultos después de
los Concilios, y, se organizó oposición a los obispos
en Alejandría, Jerusalén y Antioquía. Al pasar el
tiempo la controversia fue agudizándose, se


181
multiplicaban las sectas, y las relaciones de los
partidos sufrían los cambios más curiosos. A veces
se procura distinguir la primera forma, o eutiquiana,
del Monofisitismo, de las últimas formas, diciendo
que Eutiques enseñó una absorción de la naturaleza
humana en la divina -su deificación-, en tanto que
los maestros posteriores defendían más bien una
fusión de lo divino y lo humano en Cristo -la
producción de una naturaleza compuesta-. Esta
distinción, sin embargo, no se puede sostener.
Ciertamente Eutiques enseñó la asimilación o
transformación de la naturaleza humana -su
asimilación a ladivina-, pero lo mismo hicieron
muchos monofisitas posteriores. Por otra parte, la
doctrina de una suychusis o krasis de lo divino y lo
humano, esto es, de una fusión o mezcla, ya estaba
condenada por el Concilio de Calcedonia. La verdad,
como se ha indicado antes, es que el Monofisitismo
tenía su rationale, su propio elemento de verdad a
proteger-, de ahí su capacidad para sostenerse
durante tanto tiempo frente a la idea rival, y el hecho
de lo que Domer llama su largo «diálogo» (iii. 125)
con la Iglesia no quedó sin fruto de bien. Uno de los
resultados más extraños del curso de las cosas fue
que, a lo largo de la controversia, los partidos, como
Hanilet y Laertes en la comedia, llegaron a cambiar
las armas; así que tenemos a monofisitas que
enseñan tan firmemente la ignorancia de la
naturaleza humana de Cristo (Agnoctes), que
parecen abogados de un Calcedonianismo
exagerado; y, por otra parte, tenemos abogados de
las ideas calcedonianas que exaltaban de tal modo
la naturaleza humana -atribuyéndole, por ejemplo,
omnisciencia- que son monofisitas en todo menos el
nombre. Las discusiones sobre detalles nimios que
tenían lugar entre los bandos fueron extraordinarias,


182
según dice Domer, como si «hubiera sido ordenado
que la Cristiandad hiciera experimentos en todas las
direcciones posibles» (iii. 121); y sólo los nombres
de las sectas resultantes (Aftartodocetistas,
Ftartolatristas, Actistetes, etc.) bastan para producir
escalofríos.
Una situación que ya era bastante difícil, aún
empeoró por la interferencia desacertada de los
emperadores en sus esfuerzos para forzar la unidad.
Primero tenemos el intento hecho en 482 por el
emperador Zeno, un hombre rudo y disoluto, en
conjunción con el patriarca Acacio, para inventar una
fórmula de unión -conocida como la Henoticon- que
podía conciliar a los monofisitas, o a la sección más
moderada de éstos, pero que en realidad no agradó
a ningún partido, y sólo agravó los males que
procuraba curar. Más adelante vino el intento del
emperador Justiniano (544) de hacer una reunión de
los partidos monofisitas con la Iglesia, por medio de
su famoso edicto de «Los tres capítulos», en que
condena: 1) la persona y escritos de Teodoro; 2) los
escritos de Teodoreto contra Cirilo; y 3) una carta de
Ibas de Edesa, que hace referencia también a Cirilo.
No hay que decir que, aunque puestos en vigor bajo
destitución, estos artículos, en vez de resolver la
controversia, sólo hundieron a la Iglesia en una
confusión peor que nunca. Voy a hacer notar
simplemente dos influencias más que entraron en la
historia del Monofisitismo en este período,
destinadas a afectarlo considerablemente, aunque
en direcciones opuestas: una, un reforzamiento
poderoso de la tendencia mística derivada de los
escritos del pseudo-Dionisio el Areopagita (siglo
quinto); la otra, la introducción en la controversia de
categorías y distinciones de la filosofía aristotélica


183
por un monofisita erudito de principios del siglo
sexto, Juan Filoponus, que halló la tecnología de
naturaleza, esencia, género, especie, etc.,
eminentemente apropiada a la clase de disputas a
que él se dedicaba.
Así, durante todo un siglo prosiguió la controversia,
hasta que, finalmente, en 553 fue convocado un
nuevo Concilio --el llamado quinto ecuménico- en
Constantinopla para juzgarla. Este quinto Concilio
sólo fue atendido por 165 obispos, todos cllos,
menos cinco, de la parte oriental, y sus decretos
fueron hasta aquí una victoria para los Monofisitas,
pues reforzaron los anatemas de «Los tres
capítulos», y con ello aseguraron, Finalmente, el
objetivo, caro al corazón de Cirilo, de la condenación
de la persona y escritos de Teodoro, y, en parte, la
condenación de Teodoreto. Pero resguardó la
autoridad del Concilio de Calcedonia al anatematizar
a los que declaraban que condescendían con los
errores condenados. Las personas de Teodoreto e
Ibas fueron eximidas por la razón de que se habían
retractado de su errónea doctrina y habían aceptado
la del Concilio de Calcedonia. El Concilio, sin
embargo, falló su separación de la Iglesia del
Imperio.
V. La última controversia en esta serie lamentable, la
monotelita, vino un siglo después del quinto Concilio,
que versaba sobre la doctrina de la voluntad de
Cristo. Esta especulación no brotó hacia fuera, y
tuvo su origen en un intento del emperador Heraclio
de volver a ganar a los Monofisitas para la Iglesia, y
en Alejandría consiguió ganar a algunos? El germen
del nuevo desarrollo hay que buscarlo quizá en un
pasaje del Areopagita, en el cual habla de una


184
teavdrikt eneryia -una energía humano-divina en
Cristo. Es ya evidente que la doctrina de las
naturalezas no podía permanecer donde la había
dejado el Concilio de Calcedonia. El decir que hay
unidad de Persona y dualidad de naturalezas deja
un número de cuestiones vitales sin resolver.
Porque, aparte del cómo de esta unión, queda
todavía sin determinar cuánto hay incluido de la
Persona y cuánto de la naturaleza. ¿Pertenece, por
ejemplo, la voluntad a la naturaleza o a la persona?
¿Cómo es posible, por una parte, un agente
voluntario sin personalidad? Si decimos que hay dos
voluntades en Cristo, ¿no implica esto que hay dos
centros personales o egos, y no nos lleva esto una
vez más a una forma de Nestorianismo? Si, por otra
parte, decimos que sólo hay una voluntad en Cristo,
a saber, la divina, ¿no parece esto robar a Cristo de
la verdadera volición humana, y detraer de la
integridad de su humanidad? Los Monotelitas
partían de la unidad de la Persona, y su doctrina,
como en la controversia monofisita, podía tomar dos
formas. 0 bien la voluntad humana podía verse
como ya fusionada con la divina, de modo que esta
última era la única que actuaba, o bien la voluntad
podía ser considerada como compuesta, esto es,
resultante de una fusión de lo humano y lo divino. En
uno y otro caso la elaboración lógica de la doctrina
parecía implicar la negación de la voluntad
verdaderamente humana en Cristo. Así, cuando
Jesús dice: «No como yo quiero, sino como tu
quieres» (Mateo 27:39), o «No busco hacer mi
voluntad» (Juan 5:30), o usa lenguaje en el cual
parece afirmar que tiene su propia voluntad, estas
palabras se explicaban como mera
condescendencia con propósitos de enseñanza. Los
Duotelitas, por otra parte, empezando en la dualidad


185
de las dos naturalezas, y atribuyendo una voluntad a
cada una, parecían crear dos centros de voluntad en
una consciencia, y al parecer destruían la unidad de
la vida personal. La controversia, como se verá,
implicaba un punto real de dificultad, y no era, como
podríamos sentimos tentados a pensar, un simple
ejercicio de logomaquia.
En la primera forma que asumió la controversia, sin
embargo, la disputa no era tanto sobre una voluntad,
sino, en concordancia con la frase antes citada del
Areopagita, sobre una energía en la Persona de
Cristo . Si tomamos la analogía de las dos
corrientes, que proceden de manantiales separados,
pero mezclan sus aguas durante su curso, podemos
ver que es concebible una unión o fusión de
energías u operaciones de la Persona divina y
humana de Cristo, aunque éstas procedan de dos
fuentes o voluntades. Era esta idea de la unión de
energías que defendía el emperador Heraclio,
apoyado por los patriarcas de Constantinopla y
Alejandría, y con ella se esforzó por conquistar a los
Monofisitas (630). Pero, en la lógica del caso, la
controversia pronto se centró sobre la cuestión de
una voluntad. Sergio de Constantinopla procuró
asegurarse el favor de Honorio, el obispo de Roma,
para esta doctrina; y aquí llegamos a otro de los
ejemplos curiosos de la luz que proyecta la historia
del período sobre la doctrina de la infalibilidad papal.
Honorio pronunció su juicio de modo inequívoco en
favor de la afirmación de una sola voluntad en
Cristo. «Confesamos», dijo expresamente, «una sola
voluntad en nuestro Señor Jesucristo».1 Este
segundo estadio de la controversia viene marcado
por la publicación de un edicto imperial, conocido
como la Ectitesis, o Exposición de la Fe (año 638),


186
que pone a un lado el término «energía» como
capaz de desorientar, y avanza de modo explícito a
la afirmación de una «voluntad» en Cristo. Esto, es
evidente, era simplemente hacer volver al
Monofisitismo a la región de la voluntad, en tanto
que se concedía en palabras la distinción de las
naturalezas, y de modo necesario reavivaba en una
forma más aguda todas las antiguas controversias.
El decreto fue respaldado, naturalmente, en
Constantinopla, pero fue resistido denodadamente y
condenado en el norte de Africa y en Italia, donde
los sucesores de Honorio se negaron a dar su
asentimiento. Así quedó la cosa hasta el año 648, en
que un nuevo emperador, Constancio 11, sustituyó
la Ecthesis por otro edicto llamado el Type, que
recurría a la fútil idea de prohibir cualquier clase de
discusión, ordenando que no debía enseñarse ni la
doctrina de una voluntad ni la de dos. Se decretaron
severos castigos contra todo el que desobedeciera.
El papa Martín se resistió y condenó al Monotelismo
en Roma en el año 649. Por esta ofensa fue llevado
en cadenas a Constantinopla, unos años más tarde,
y desterrado a Crimea, donde murió literalmente de
hambre. A otro oponente principal, el anciano
Máximo (82 años), se le cortó la lengua y la mano
derecha (año 622) y murió poco después como
resultado de esta crueldad.
Una tiranía tan bárbara fue efectiva durante un
tiempo para aplastar toda protesta; pero sólo
durante un tiempo. Bajo un papa posterior, Adeodato
(año 677), fue renovada la controversia, y se
interrumpió la comunión con Constantinopla. Ahora
estaba en el trono un emperador de estampa distinta
-Constantino Prognato-, cuyo sincero deseo de paz
le llevó (año 678) a hacer proposiciones para un


187
nuevo Concilio. Este, con la concurrencia de Agato,
el obispo de Roma, se convino finalmente en
Constantinopla en el año 680, y se considera el
sexto ecuménico, o el primero Trullano (por la sala
del palacio en que se celebraron las reuniones). La
asistencia no fue muy grande -nunca más de 200-,
pero los procedimientos se caracterizaron por más
decoro e imparcialidad que en los concilios previos
sobre estas controversias. El resultado doctrinal fue
una fórmula breve, basada en una carta enviada por
Agato al emperador, en la cual la cláusula esencial
es la afirmación de «dos voluntades naturales, y dos
operaciones naturales (energías) en Cristo, sin
división, cambio, separación o confusión», aunque
debía añadirse que la voluntad humana estaba
invariablemente sometida a la divina. La fórmula fue
aprobada y con sólo uno o dos de los presentes
disconformes. Se verá que no hace mucho más que
repetir las decisiones calcedonianas sobre la
naturaleza y aplicarlas específicamente a la
voluntad; y le corresponde, naturalmente, la misma
crítica, que, si bien evita los errores monotelitas, no
ofrece ayuda alguna para la solución positiva del
conflicto. Quizá, como antes, es ventajoso que no
complicase su declaración con ningún elemento que
pueda ser llamado especulativo. Pero sigue válido el
hecho de que la fórmula que nos deja --dos
voluntades y dos operaciones subsistentes juntas-
no puede ser considerada como perfecta o definitiva.
Dando una mirada a la discusión en conjunto,
podemos observar, primero, que hay una
ambigüedad en el término «voluntad» que complica
algo la comprensión de la cuestión. Cuando
hablamos corrientemente de la voluntad, queremos
decir estrictamente la facultad de volición, o


188
determinación propia, o elección. Pero hay un uso
más amplio de la palabra, no raro en el lenguaje de
la filosofía y la teología, en el cual se incluye el
conjunto de lo que a veces se llaman «poderes
activos», esto es, los instintos, apetitos, deseos,
afectos, con sus correspondientes aversiones. Todo
esto en la vieja controversia quedaba cubierto por el
término «voluntad»; y la cuestión de si Cristo tenía
una voluntad natural, llegó a extenderse hasta incluir
la posesión por El de todos estos impulsos, deseos y
aversiones naturales. Cubría, por ejemplo, una
cuestión tal como si Cristo era capaz de temer, o de
presentar el retraerse natural, ante el sufrimiento y la
muerte. Se verá por esto lo serio que es negar,
como hacían los Monotelitas, que Cristo tenía una
voluntad humana clara, y que la afirmación de una
sola voluntad tendía a dar a la humanidad de Cristo
un carácter enteramente docético. Contra esto
protestaban con razón los Duotelitas. Con todo,
esto, evidentemente, no aclara la dificultad de
asumir lo que podemos llamar dos sistemas de
voluntad en una consciencia personal, ni explica
cómo, si el poder de autodeterminación queda
incluido bajo la voluntad ----es, verdaderamente, el
núcleo y la esencia del mismo-, era posible que
hubiera dos centros autodeterminantes en una vida
personal.
Esto me vuelve a mi primera posición de que la
fuente principal de la dificultad aquí, como en las
discusiones anteriores sobre las naturalezas, surge
de suposiciones erróneas con que empezaron los
dos bandos de la controversia. Lo divino y lo
humano es primero separado arbitrariamente, y se
establece una oposición entre los dos, que hace
después imposible esta unión. Se supone que una


189
voluntad humana unida a la divina --energizada por
ella-, en la cual Dios mismo quiere y obra
verdaderamente, por este hecho pasa a ser menos
verdaderamente una voluntad humana, en vez de
ser elevada y perfeccionada por esta participación
de lo divino, como es realmente el caso. Se supone
que si el Hijo de Dios tomó realmente nuestra
naturaleza sobre sí, y entró en todas las condiciones
de una verdadera vida humana --crecimiento,
desarrollo, voluntad incluida-, la actividad de su
voluntad, por ser humana, no puede ser al mismo
tiempo divina; tiene que haber, se supone, junto a
ella en la consciencia de Cristo otra voluntad, que
tiene todos los atributos de la divinidad:
omnipotencia, omnisciencia y el resto. Hasta aquí
hay un elemento de verdad en la protesta del
Monotelismo. La voluntad de Cristo, aun como
hombre, es una voluntad humano-divina; la voluntad
de un Logos personal que se ha apropiado la
humanidad con todas sus leyes y condiciones,
deseos naturales y aversiones, sin excepción, y así
es verdadramente humano y divino: teantrópico.
Podemos llegar a un punto de vista que permita
entender mejor este tema si recordamos que hay un
sentido en que existen dos voluntades en cada
persona; que a veces hablamos como si hubiera una
voluntad superior y otra inferior: una voluntad que
procura mantenerse en unión con la ley de la razón
y el deber que confesamos es la presencia de Dios
en nosotros, y una voluntad natural que fiorcejea
contra la primera, e incluso en Aquel que era sin
pecado se retraía del dolor y de la muerte que eran
inseparables del estado humano. ¡Qué errónea es la
idea que tenemos de la naturaleza humana si
separamos estas dos voluntades, o modos de la
voluntad, poniendo la una al lado de la naturaleza


190
divina, y la otra al lado de una naturaleza humana,
como si las dos no pertenecieran a la verdad y
unidad de nuestra humanidad! Pero esto es, en
efecto, lo que los Monotelitas hicieron en el caso de
Cristo. Es interesante observar, sin embargo, que a
medida que la controversia prosiguió, llegaron a
tener barruntos de la idea reconciliadora más
elevada, que pone énfasis en la constitución del
alma como implicando un elemento de tipo divino -
una subsistencia desde el principio en el Logos y por
medio del Logos-, en la cual se halla la potencia de
esta unión perfecta de la voluntad humana con la
divina (y, con todo, en armonía con las leyes de la
sensibilidad natural), que es realizada de modo
perfecto en Cristo.
Hay, naturalmente, un sentido más elevado en que
podemos y debemos hablar de dos voluntades en
Cristo -una voluntad divina y una voluntad de la
naturaleza humana-, aunque no es propiamente el
sentido de esta controversia, y si se trae a la misma
hay peligro de crear confusión. Hay el lado
trascendente de la Persona de Cristo --el lado del
Logos, o subsistencia en la «forma de Dios»
(Filipenses 2:6), como miembro de la Sagrada
Trinidad-, su lado eterno preexistente, en el cual
quiere y obra en una forma del todo inmutablemente
divina bajo condiciones diferentes de aquellas en
que quiere y obra como hombre. Hay, además, el
lado humano o encarnado de la personalidad de
Cristo, en el cual El quiere, bajo las condiciones y
dentro las limitaciones de la humanidad. Estas no
son dos voluntades en una consciencia humana;
sino más bien dos esferas o modos de existencia del
Hijo divino, que la fe ha de reconocer, por más que
seamos incapaces de comprender su relación.


191
Incluso aquí, sin embargo, erramos si suponemos
que estas dos esferas o lados de existencia eran
mantenidas durante la vida terrenal de Cristo
rigurosamente aparte -que no había frecuentes
interpenetraciones, por así decirlo, de los poderes
de la vida superior en la inferior-. Los relatos del
Evangelio, con sus ejemplos de conocimiento y
consciencia sobrenatural por parte de Cristo --de
sucesos como la transfiguración, el andar sobre el
mar, la resurrección-, son pruebas de lo contrario.
Esta interacción de superior e inferior nos
proporciona la clave de muchos de los hechos que
forman los temas de la disputa de estas
controversias.


192
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'lll`1l¦ 'lll`1l¦ 'lll`1l¦ 'lll`1l¦
Hay la cuestión de la Impersonalidad de la
naturaleza humana de Cristo. Si se rechaza la idea
nestoriana, parece seguirse que la naturaleza
humana de Cristo nunca subsistió en una
personalidad suya propia: que fue asumida por la
persona del Logos divino o Hijo y que sólo subsistió
en ella. Con todo, este término «impersonalidad» es
poco acertado, al sugerir una posible existencia
impersonal independiente de la humanidad de
Cristo, que no es lo que se intenta, en absoluto. El
término «en-personalidad» seda menos objetable,
puesto que da la idea de subsistencia «en» la
Persona del Logos. La doctrina de la enhipostasia se
halla en Leoncio de Bizancio (483-543), pero es
desarrollada más plenamente por Juan de Damasco
(hacia el año 750). Otra doctrina favorita de Juan de


193
Damasco es la de la «circuncisión» o interpretación
de las dos naturalezas, que es realmente un intento
de hacer justicia al elemento de verdad en el
Monofisitismo, aunque en manos de Juan se pasa
de sus límites legítimos y tiende a la anulación de lo
humano.
La controversia adopcionista (años 782-799). Esta
controversia se originó en España, y probablemente
surgió del deseo de hacer la doctrina (le la Trinidad
más aceptable a los mahometanos. Su autor fue
Félix de Urgellis. El punto de la misma es que Cristo
era mantenido como propiamente Hijo de Dios con
respecto a su naturaleza divina; con respecto a su
humanidad, era Hijo de Dios sólo por adopción. Esta
idea fue rechazada por sus oponentes como
nestoriana, y fue condenada en el Sínodo de
Frankfort en 794 --el mismo que condenó la
adoración de las imágenes-. Alcuino, el gran erudito
de la corte de Carlomagno, antes de esto, en 792,
había entrado en liza con Félix en un Sínodo en
Aquisgrán, y en una disputa de seis días había
conseguido convencerle de su error. La herejía
murió en España hacia la mitad del siglo siguiente.






194
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C`l "i \lll¦ll¦ C`l "i \lll¦ll¦ C`l "i \lll¦ll¦ C`l "i \lll¦ll¦
Llegamos en este capítulo a la Soteriología en su
aspecto objetivo; en términos sencillos, a la
conexión de la salvación del hombre con los hechos
v sufrimientos de Cristo, y especialmente con su
muerte, considerada como expiación por el pecado.
Siendo el Cristianismo, sobre todo, una religión de
redención, se podría suponer que la doctrina de la
expiación habría sido una de las primeras a las que
se habría aplicado la mente de la Iglesia
teológicamente. Sin embargo, los hechos no son así;
y, en conformidad con la ley del desarrollo ya
mencionada, no podía haberlo sido. La doctrina de
la expiación no podía ser investigada con provecho
hasta que se hubiera atendido a las doctrinas que
forman sus presupuestos básicos: las doctrinas de
Dios, de la naturaleza, del pecado y de la Persona
del Redentor. Cuando las controversias sobre estos
temas hubieron seguido su curso, la Iglesia había
llegado ya a la Edad Media. Europa había estado
sumergida en la barbarie, y en la confusión
resultante parecía haberse detenido todo progreso


195
intelectual. Pero en las escuelas de la época de
Carlomagno volvió a encandilarse la luz del saber; y
las corrupciones de la Iglesia no pudieron sofocar el
impulso intelectual que un siglo o dos después se
manifestó en la vida vigorosa de las universidades.
La época soteriológica de la historia del dogma se
alcanza propiamente al fin del siglo once, con
Anselmo de Canterbury, el primero de los grandes
escolásticos, como podemos llamarles. Esto
concuerda con el lugar que la doctrina tiene en el
esquema lógico entre la Cristología y la doctrina de
la aplicación de la Redención, una nueva prueba de
la validez de mi tesis general. Una mirada a
cualquier historia de la Iglesia, o historia de la
doctrina, mostrará que lo que digo es correcto.
Neander, por ejemplo, empieza su sección sobre la
doctrina de la expiación en el período de Anselmo
haciendo notar que «la llegada de una concepción
clara y precisa sobre la forma en que fue realizada
por Cristo la salvación de la humanidad, era una
cuestión a la cual se había prestado poca atención
hasta aquí en comparación con la investigación de
otros temas pertenecientes al sistema de la fe», y
añade que «el siglo doce constituye una época en la
historia de esta doctrina». Ritschl, de modo similar,
comienza su historia de la doctrina de la expiación
con Anselmo. Podemos afirmar, pues, que desde
Anselmo a la Reforma es el período clásico para la
formación de esta doctrina tal como aparece en
nuestros credos, y las determinaciones
fundamentales a que ha llegado el pensamiento
subsiguiente, según creo, no han conseguido
subvertir.


196
Aunque reconozcamos esto, no hemos de caer,
como algunos, en el error opuesto de suponer que
hasta este período la Iglesia no tenía doctrina de la
expiación, o, en el mejor caso, sólo especulaciones
místicas sobre el rescate pagado por Cristo a
Satanás por la liberación del hombre. No hay tema
en que sea más necesario distinguir entre la doctrina
como mantenida en la inmediación de la fe, y el
examen y discusión que resultan de dar a la doctrina
una forma científica. Anselmo, en su Cur Deus
Homo no profesa estar presentando una nueva
doctrina, sino sólo dar, o intentar dar, una base
racional a la doctrina que creía toda la Iglesia, pero
en consideración a la cual, según él nos dice, habían
aparecido dudas, objeciones y preguntas. El que,
incluso con respecto a su elaboración teológica,
Anselmo y sus sucesores hallaron mucho material
preparado para ellos en los escritos de autores
previos, es evidente, creo, por el breve sumario de
los estadios precedentes, según hemos visto, en el
desarrollo de la doctrina a la cual nos vamos a
dedicar ahora.
I. Sería extraño, realmente, que la Iglesia primitiva
no mostrara rastros de una doctrina de la expiación,
siendo así que las Epístolas del Nuevo Testamento
están llenas del tema. Pero la Iglesia nunca estuvo
sin los rudimentos de esta doctrina. Se puede
afirmar confiadamente que nunca existió un
momento en que la Iglesia no supiera que había sido
redimida por Cristo, y no atribuyera una eficacia
propiciatoria a su muerte, o no la considerara como
la base de los tratos de gracia de Dios con los
hombres en el perdón s, la renovación. Hay
excepciones aquí, pero, en general, los escritores de
la Iglesia primitiva muestran un sentido vivo de la


197
realidad y unilateralidad de la obra de Cristo, y
exaltan su cruz como el medio por el cual los
hombres son salvados de la maldición del pecado y
la tiranía de Satanás. Todo esto está concebido de
modo suelto y expresado de manera burda, tengo
que admitirlo. Hay un uso libre y abundante del
lenguaje escritural, sin que haya penetración de
comprensión en su significado; por necesidad está
ausente lo que, en tiempos posteriores, sería
llamado la «teoría» de la expiación. Al mismo tiempo
no faltan, sino muy raramente, en los grandes
escritores, pensamientos profundos y ojeadas en el
corazón de la cuestión que sorprenden por su
claridad; y ocasionalmente nos hallamos algún
bosquejo tentativo de una teoría que avanza mucho
en dirección de los resultados futuros. Sólo puedo
dar un vistazo a los puntos más destacados.
Los Padres Apostólicos aluden profusamente a la
redención mediante la sangre de Cristo, aunque no
se puede decir que nos den mucha ayuda en la
aprehensión teológica de este lenguaje. Así
Clemente nos dice que «miremos firmemente a la
sangre de Cristo y veamos lo preciosa que es esta
sangre a la vista de Dios» - la sangre «derramada
para nuestra salvación» (Ep. 7). Bernabé, que
abunda en esta clase de referencias, declara: «Por
esta causa el Señor tuvo a bien sufrir por nuestras
almas, aunque El era el Señor de toda la tierra.» -
«Por tanto, si el Hijo de Dios... sufrió para que por
sus azotes nosotros pudiéramos vivir, creamos que
el Hijo de Dios no habría podido sufrir sino por
nosotros... El mismo, un día, ofreció su cuerpo por
nuestros pecados» (Ep. 5, 7, etc.). Ignacio exhorta a
sus lectores «por la sangre de Cristo» y por el hecho
de que «tienen paz por medio de la carne y sangre y


198
pasión de Jesucristo»; - «el cual murió por nosotros,
para que creyendo en su muerte, podáis escapar de
la muerte» -«el cual sufrió todas estas cosas por
nosotros, para que pudiéramos ser salvados».
Policarpo hace sonar una nota más fuerte y
claramente evangélica: «Nuestro Señor Jesucristo,
el cual permitió que le llevaran incluso a la muerte
por nuestros pecados»; - «el cual llevó El mismo en
su cuerpo nuestros pecados en su cuerpo en el
madero» (Fil. 1, 8 ). La Epístola de Diogneto es la
más notable y hermosa de todas: «El mismo llevó
sobre sí la carga de nuestras iniquidades, dio a su
propio Hijo para ser un rescate por nosotros, el
Santo por los transgresores, el Intachable por los
inicuos, el Justo por los injustos, el Incorruptible por
los corruptibles, el Inmortal para los que son
mortales. Porque, ¿qué otra cosa podía haber
cubierto nuestro pecado que su justicia? ¿Mediante
cuál otro era posible que nosotros, los malvados e
impíos, pudiéramos ser justificados, de no ser por el
único Hijo de Dios? ¡Oh dulce trueque! ¡Oh
inescrutable operación! ¡Oh beneficios que
sobrepasan toda expectativa! Que la maldad de
muchos pudiera ser escondida en un solo justo, y
que la justicia de uno pudiera justificar a muchos
transgresores.»
Vemos lo mismo en los Padres Católicos antiguos,
que nunca ponen en duda la virtud redentora de la
muerte de Cristo, en tanto que sus modos de
explicación y su eficacia varían. Ireneo, el más
antiguo de estos Padres, nos proporciona en la
doctrina de la recapitulatio, que ya hemos
mencionado, un punto de singular interés desde el
cual considerar la expiación. Bajo esta idea presenta
el pensamiento, de que Cristo recapitula en sí


199
mismo todos los estadios de la vida humana, y todas
las experiencias de todos estos estadios, incluyendo
los que pertenecen a nuestro estado como
pecadores. Aplica la idea primero a una obediencia
redentora de Cristo en favor nuestro -nuestra
Cabeza redentora pasando a través de todo el curso
de nuestra experiencia, y en cada parte de la misma
rindiendo una obediencia perfecta a Dios-. De esta
manera, desmiente o anula la desobediencia de la
caída, siendo conseguida nuestra salvación, como
indica Domer, por medio de una recapitulación de la
historia de la humanidad per oppositum. Vemos el
otro lado de esta idea cuando la aplica a una victoria
completa sobre Satanás en favor nuestro. Satanás
tenía a los hombres bajo esclavitud; era necesario
que el Redentor de los hombres entrara en conflicto
con el adversario y, bajo la plena tensión de sus
tentaciones, pudiera llevar a cabo su gloriosa
victoria. Pero este Padre aplica su idea también en
ciertos pasajes a una satisfacción sustitutiva de la
justicia. Hay un pasaje en que Baur cree ver el
germen de la teoría del rescate pagado a Satanás;
pero yo no creo que se le pueda dar esta
interpretación. Mucho menos es posible esto por el
hecho de que Ireneo, en el contexto, de modo
explícito habla del dominio de Satanás sobre el
hombre como obtenido injustamente. Su idea parece
ser que hay una justicia, en la ordenanza de Dios,
por la que el hombre, a causa de su apostasía,
había sido sometido a Satanás, a la corrupción y a la
muerte; y, que esta condición justa de las cosas
requería que el Redentor se sometiera a la muerte
por nosotros. «El Verbo poderoso y al mismo tiempo
hombre», dice, «redimiéndonos por medio de su
propia sangre en forma consonante con la razón, se
dio a sí mismo para redención de aquellos que


200
habían sido llevados en cautividad... El Señor, de
esta manera, nos redimió mediante su propia
sangre, dando su alma por nuestras almas, su carne
por nuestra carne, y ha derramado también el
Espíritu del Padre para la unión y comunión de Dios
y el hombre» (v. l). En forma completa enseña que
Cristo por su pasión nos ha reconciliado con Dios, y
nos ha procurado el perdón de nuestros pecados (iii.
16, 9). Nosotros somos deudores, dice, a Dios, y
sólo a Dios, y a Cristo por su cruz que ha borrado
esta deuda (v. 16, 3; 17, 3, etc.). Orígenes, de forma
semejante, habla en abundancia de la muerte de
Cristo como un sacrificio por el cual El nos redime
de nuestros pecados. Hay pasajes retóricos en los
que relaciona esto con la idea apuntada antes, a
saber, que Satanás, a causa de nuestra caída, había
adquirido derechos sobre nosotros que Cristo anula
al darse a sí mismo como sacrificio en lugar nuestro.
Habla incluso en un punto como si Satanás se
hubiera engañado en esta transacción, pensando
que podía retener el alma sin pecado de Cristo, pero
encontrando, cuando la tuvo, que era una tortura
para él. (Ver Mateo 16:8.) Es posible, sin embargo,
sacar demasiado sentido de estas expresiones
casuales, porque indudablemente la idea
prevaleciente de Orígenes es que el sacrificio fue
ofrecido a Dios.
En el período niceno se alcanza un hito destacado
en la historia de esta doctrina con Atanasio, el cual,
en su notable tratado sobre La Encarnación del
Verbo, escrito antes de que estallara la controversia
arriana, casi se anticipa a Anselmo en su respuesta
a la pregunta de por qué se hizo hombre Dios. El
mérito especial de Atanasio es que pone la
encarnación en relación directa con la redención.


201
Para explicar la razón de la encarnación, retrocede a
la constitución original del hombre, y a su caída. Si
el hombre hubiera seguido en su integridad, cree,
habría vencido la tendencia natural de su cuerpo a la
corrupción, y habría sido confirmado en la santidad.
La muerte, por otra parte, es adscrita a la
desobediencia como su castigo. La raza, debido a
su pecado, ha pasado bajo esta condenación, y no
puede hacer nada para evitar la muerte y la
corrupción. El arrepentimiento solo no sería
bastante, porque Dios, habiendo ordenado la muerte
como castigo del pecado, debe permanecer fiel a sí
mismo infligiendo el castigo si no se hace expiación.
«Es monstruoso», dice, que Dios, habiendo hablado,
hubiera mentido -de modo que, cuando El impuso la
ley de que si el hombre transgrediera el
mandamiento debía morir, después de haber
transgredido el hombre no muriera, con lo que su
palabra quedaría quebrantada---. Porque Dios no
sería veraz si, habiendo dicho que moriría, él no
muriera». Con todo, insiste, no es apropiado que
Dios permitiera que la creación pereciera; así que el
Logos, el mismo Creador del mundo, en cuya
imagen racional fue hecho el hombre, tomó nuestra
naturaleza sobre sí para poder redimimos. Esto lo
hizo, por lo que se refiere al castigo del pecado,
sufriendo en lugar nuestro; positivamente, trae a la
raza de nuevo el principio de incorrupción. Tomando
nuestro cuerpo, dice: «Lo rindió a la muerte en vez
de todos, y lo ofreció al Padre... a fin de que por
morir todos en El, la ley con respecto a la corrupción
de la humanidad pudiera ser abolida... El Logos de
Dios, estando por encima de todos, al ofrecer su
propio templo e instrumento corporal como sustituto
por la vida de todos, satisfizo todo lo que se requería
con su muerte» (Ibid. 8, 9). Atanasio expresa ideas


202
similares en sus discursos contra los arrianos. Por
ejemplo: «Antes, el mundo, siendo culpable, se
hallaba bajo la condenación de la ley, pero ahora el
Verbo de Dios ha tomado sobre sí mismo el juicio, y
habiendo sufrido en el cuerpo por todos, ha
concedido la salvación a todos» (Orat. i. 60).
Se puede ver mediante estos ejemplos qué poca
base hay para la afirmación de que la única teoría, o
la prevaleciente, de la expiación en la Iglesia
primitiva era la mitológica del rescate pagado a
Satanás. Esta teoría se halla realmente y tiene lugar
con otras en los tiempos postnicenos y en la Edad
Media. Su germen, como vemos, se halla en
Orígenes; y Gregorio de Nisa, en el siglo cuarto, da
de la misma una presentación explícita. El diablo
habría adquirido ciertos derechos sobre el hombre
cuando éste pecó, que Dios en justicia no podía
poner de lado. Dios no vence ni aun a Satanás por
la violencia, sino en justicia, y da a su Hijo unigénito
como rescate del mundo. Sólo que Satanás es
engañado en la transacción, porque, aceptando a
Cristo en lugar del mundo de pecadores, halla que
no puede retenerle. Incluso esta idea grotesca,
como señala Domer, es un testimonio deformado del
hecho de que la expiación respeta a la justicia. Sin
embargo, siempre hubo quienes no tuvieron nada
que ver con esta teoría mística, e incluso allí donde
se encuentra, generalmente se halla junto con otras
representaciones, lo cual muestra que es más o
menos una concepción retórica. Si Gregorio de Nisa
la tiene -y es principalmente mediante su influencia
que se abrió paso en la teología medieval-, su amigo
y homónimo Gregorio Nazianceno, la rechaza
decisivamente. «¿A quién», pregunta, «fue ofrecida
esta sangre que fue derramada por nosotros, y por


203
qué fue derramada? Quiero decir la preciosa y
soberana sangre de nuestro Dios y Sumo Sacerdote
y sacrificio. Eramos retenidos bajo servidumbre de]
maligno, vendidos al pecado, y recibimos placer a
cambio de maldad. Ahora, como un rescate
pertenece sólo a aquel que nos tiene en esclavitud,
pregunto, ¿a quién fue ofrecida, y por qué causa? Si
fue al diablo, ¡vergüenza sobre el ultraje! Entonces
el ladrón recibe un rescate, no sólo de Dios, sino
que consiste en Dios mismo, y tiene un pago tan
ilustre por su tiranía, un pago por cuya causa habría
sido apropiado el abandonamos del todo» (Orat. xlv.
22).
No obstante, es natural que sea en la Iglesia
Occidental, en que prevalecía un hábito mental más
jurídico, que hayamos de buscar en especial el
desarrollo de la idea de la muerte de Cristo como
satisfacción de la justicia. Los casos que ya hemos
citado muestran que esta idea no queda confinada
en modo alguno al Occidente,2 pero es en los
escritores occidentales, como Hilario, Ambrosio,
Agustín, que se la encuentra con más frecuencia,
aunque aquí, también, por lo general en
combinación con otros puntos de vista. Al mismo
tiempo es importante notar que Agustín y los otros
nunca pierden de vista el hecho de que es el amor
de Dios lo que es la causa de la reconciliación. No
es, a su modo de ver, un Dios vengador, airado,
cuya ira es aplacada por el sacrificio de su Hijo -
aunque ésta es una representación que se da con
frecuencia de su doctrina-. «Porque no fue a partir
del momento en que fuimos reconciliados a El por la
sangre de su Hijo que El empezó a amamos», dice
Agustín, «sino que nos amaba desde antes de la
fundación del mundo... Así pues, que el hecho de


204
haber sido reconciliados con Dios por medio de la
muerte de su Hijo no sea comprendido en este
sentido, como si, habiéndonos reconciliado el Hijo,
ahora El empieza a amamos a nosotros, a quienes
antes odiaba, tal como un enemigo es reconciliado
con su enemigo, de modo que después pasan a ser
amigos, y el amor mutuo ocupa el lugar del
aborrecimiento previo, sino que fuimos reconciliados
con El, que ya nos amaba, pero con quien
estábamos en enemistad a causa de nuestros
pecados».
Con todo, hallamos un nuevo testigo, si es que hace
falta, de que la muerte de Cristo era considerada por
todos en la Iglesia primitiva como un sacrificio
propiciatorio -la base del perdón de los pecados, y
de todas las bendiciones salvadoras-; se halla en
esta observancia, que es la mayor tergiversación
histórica de la doctrina de la cruz, a saber, el
sacrificio de la misa. El cambio desde el concepto
simple original de la eucaristía como un sacrificio
espiritual de oración y acción de gracias, al concepto
de la misma como una «ofrenda por el pecado», en
la cual el sacerdote, como sacrificante, ofrece por
los pecados del pueblo, ya se halla bien articulado
para el tiempo de Cipriano, a mitad del siglo tercero.
Pero, por tenaz que sea nuestro rechazo de esta
concepción, no es posible por lo menos dudar que la
idea que hay subyacente en la misma --que en
realidad la hizo posible- era la de la muerte de Cristo
como un sacrificio propiciatorio por el pecado. Las
liturgias primitivas dejan este punto claro, más allá
de toda duda. «El mismo Señor», dice la liturgia de
Marcos, «se entregó a sí mismo por nuestros
pecados, y murió en la carne por todos». La liturgia
de Santiago habla de ofrecer a Dios «este tremendo


205
sacrificio sin sangre». Se pueden citar muchos
testimonios similares.
II. No puede haber duda razonable, pues, respecto a
la fe general de la Iglesia en la virtud
verdaderamente expiatoria de la muerte de
Jesucristo; pero hasta aquí no había habido ningún
intento sistemático de poner los diversos aspectos
de la obra salvadora de Cristo en una unidad, o
darles la necesaria base teológica. Esta fue la tarea
emprendida por Anselmo, y es el hecho de que la
emprendiera, y la realizara consiguiendo en ello un
éxito notable, que le da esta importancia capital.
Desde el mismo comienzo de su Cur Deus Homo, es
evidente que el tema de la naturaleza y necesidad
de la redención estaba en aquella época ocupando
muchas mentes, y, además, que era desde el lado
cristológico ----el lado de la razón o la necesidad de
la Encarnación- que se enfocaba comúnmente.
Habiendo sido establecida la doctrina de la Persona
de Cristo, los hombres tenían tiempo para
reflexionar en sus aspectos soteriológicos; y lo que
por encima de todo les dejaba atónitos -lo que
principalmente se presentaba como una objeción --
era que fuera necesaria para el perdón de los
pecados, y, en general, para la salvación del
hombre, una condescendencia tan asombrosa como
la implicada en el hecho de que el Hijo de Dios
tomara sobre sí la naturaleza de la criatura, y
descendiera a una humillación y vergüenza tales en
sus sufrimientos y muerte. Que fuera necesaria era
la suposición de unos y otros, pero, ¿por qué? ¿No
podía perdonar, en el ejercicio de su omnipotencia,
habernos redimido tan fácilmente como había
creado el mundo? ¿No podía perdonar los pecados
por pura misericordia sin esta dispensación infinita


206
de medios? 0, si era necesaria la mediación, ¿por
qué no había de ser escogido como Mediador un
ángel, o algún ser inferior, aunque glorioso, en vez
de serlo el Unigénito Hijo? (Cur Deus Homo, i, 1, 3,
5, 6).
No se puede negar que éstas son preguntas que
surgen de modo natural, y se imponen a la mente
pensadora, cuando se trata de este gran tema.
Porque, una vez se ha reconocido la realidad de la
encarnación, es imposible no conceder que tiene
que haber alguna exigencia o circunstancia
imponente que la exija; y una vez se ha concedido,
además, que la encarnación y los sufrimientos y
muerte que siguen de ella están relacionados con el
perdón de los pecados, apenas es posible poner en
duda que esta conexión tiene su base en los
profundos principios del carácter y gobierno divinos;
y que hay razones que hacen imperativa esta
asombrosa interposición. Este método de salvación,
con su terrible implicación de sufrimiento y oprobio
sobre el Hijo de Dios, no puede ser un mero
esquema preferencial de la sabiduría divina -un
esquema que Dios haya preferido adoptar, cuando
otros menos costosos y penosos estaban abiertos
ante El-. Menos concebible es aún que hubiera sido
escogido, aun cuando los pecados pudieran haber
sido remitidos y el pecador restaurado, mediante un
acto de pura gracia. ¿Dónde se halla, pues, la
necesidad? La importancia de Anselmo resulta del
hecho de que él fue el primero que, con una visión
completa del problema, presentó esta cuestión en
todo su alcance y procuró dar una respuesta
razonada.


207
La naturaleza general de la respuesta de Anselmo
se verá más fácilmente mediante un repaso breve a
los puntos principales de su argumento. Con razón
dice Anselmo, desde el principio, que si hay
necesidad de la encarnación, y que si la salvación
del hombre tiene que ser conseguida mediante
sufrimientos tales como aquellos a los que se
sometió el Hijo de Dios, esta necesidad ha de
hallarse allí donde la coloca la Escritura: en la
naturaleza del pecado como mal cometido a Dios, y
en los principios del carácter divino que de modo
inmutable rigen a Dios en su tratamiento del pecado.
¿Cuáles eran, pues, estos principios? Esta era una
indagación que hasta ahora no había sido hecha.
Agustín había probado profundamente en el mal del
pecado -había dado a la Iglesia un sentido profundo
de su gravedad, había mostrado que implicaba al
individuo y la raza en la condenación-, pero no había
investigado este otro lado --qué hay en el carácter
de Dios que requiera que reaccione contra el pecado
en la forma de castigo, y bajo qué condiciones es
posible el perdón del pecado---. En resumen,
Agustín no había investigado el tema desde el lado
de Dios, o en su relación con el carácter y necesidad
de la obra de Cristo. Aquí Anselmo da un paso
adelante. Su libro es en la forma de un diálogo, en el
cual, mediante preguntas y respuestas,
gradualmente lleva al interlocutor al reconocimiento
de suposiciónPrimero descarta la teoría del rescate
a Satanás (i. 7); que fue condenada asimismo por
Abelardo, y ya no tiene influencia prácticamente en
la historia de esta doctrina.
Libre ya el camino, Anselmo va directamente a la
idea del pecado como algo que roba a Dios el honor
que se le debe, y a apartir de esta concepción


208
procede a desarrollar su propia teoría. Considera la
obediencia como una deuda que el hombre debe a
Dios. La naturaleza de la obligación es expresada de
este modo con energía: «Toda la voluntad de una
criatura racional debería estar sometida a la
voluntad de Dios» (i. 11). Pagando esta deuda nadie
peca; el que la retiene, peca. Todo el que no rinde a
Dios este honor debido, le quita lo que es suyo, y le
es causa de deshonra. Y esto es pecado. Este
primer paso lleva lógicamente al segundo. Incluso si
la criatura fuera capaz de pagar a Dios (y no lo es) lo
que le ha quitado, esto no haría satisfacción por la
transgresión ya hecha. Además de pagar, y rendir
en adelante la obediencia debida, todavía se
requeriría una satisfacción por la deshonra hecha
por la desobediencia. Aquí es evidente que Anselmo
se mueve en categorías deficientes, categorías que
ha pedido prestadas de la esfera de los derechos
privados -y esto obstaculiza su tratamiento en
adelante-. Pero hay que reconocer también que la
falta de su argumento es más bien de forma que de
esencia. Anselmo, sin duda, no quiere decir que la
relación de Dios con el pecador es totalmente
análoga a la de un demandante civil que exige
reparación de la persona que le ha perjudicado. El
objetivo de su argumento va dirigido a mostrar que
la acción de Dios es regulada, no por un amor propio
ultrajado, sino por la necesidad moral más elevada.
Anselino tiene absolutamente razón en su punto de
partida: que toda la voluntad de la criatura racional
debería estar sometida a Dios. Todo lo que no llega
a esto, o es contrario a ello, es pecado. Tiene razón,
también, al sostener que hay más en el pecado que
el mal intrínseco de la acción; que además de ello, la
criatura es culpable hacia Dios en el hecho de que
ha quebrantado su deber hacia El. Anselmo habla


209
del honor de Dios. Nosotros hablamos más bien de
la obligación suprema de «glorificar» a Dios, y del
pecado como una retención de la «gloria» que se le
debe para no dársela ---en frase paulina, «no le
glorificaron como a Dios» (Romanos 1:21) pero el
significado es el mismo.
Ahora aparece la cuestión de si es posible que Dios
perdone el pecado sólo mediante un acto de
misericordia -sin que se haga satisfacción por el
honor ultrajado---. La orden de Dios, como señala el
objetor, es que el hombre perdone gratuitamente.
¿Por qué no ha de perdonar Dios también
gratuitamente? ¿No sería algo más alto que Dios
perdonara gratuitamente un ultraje que se le ha
hecho que el requerir satisfacción del mismo?
Anselmo contesta «No»; y precisamente por la razón
de que Dios no es una persona particular, sino Dios.
La voluntad de Dios no es suya propia en el sentido
de que algo pasa a serle permisible, o se vuelve
recto, o propio, simplemente porque El lo quiere así.
«No se sigue que si Dios quiere mentir», dice
Anselmo, «será recto mentir, sino más bien que El
no sería Dios» (i. 12). Dios, pues, no puede
complacerse en lo que es incompatible con su
honor, o tratar infracciones a su honor como si no
existieran. Como Ser supremo, cuyos juicios están
siempre en conformidad con la verdad, Dios no
puede llamar al pecado nada más que lo que es, o
tratar con el mismo de otro modo que en
conformidad con lo que merece. Si no es castigado,
o no se hace satisfacción adecuada por el mismo, es
perdonado injustamente. Argumenta que este modo
de ver es confirmado si hacemos una evaluación
justa de la culpa implicada en no rendir a Dios el
honor que se le debe. Considerado rectamente,


210
dice, no hay nada en el universo más intolerable que
el que la criatura quitara a Dios su gloria (i. 13).
Según él mismo dice más adelante, si la alternativa
a desobedecer a Dios fuera que el mundo perecería,
y quedaría reducido a la nada -o bien que se
multiplicaran los mundos hasta el infinito---, nuestro
deber seguiría siendo obedecer a Dios, en cualquier
orden, por leve que fuera, que El nos impusiera (i.
21). Hasta tal punto, dice, es en extremo grave el
pecado. Por ello, lo es también, por necesidad -de
rationale-, su castigo. 0 bien el hombre de su propia
voluntad libre se somete debidamente a Dios, o Dios
somete al transgresor, aunque no quiera, mediante
el castigo, y así lo declara el Señor mismo; en otras
palabras, reivindica su honor en él. «Por tanto»,
dice, «si algún hombre o un mal ángel no está
dispuesto a someterse a la voluntad divina y al
gobierno divino, con todo, no puede escapar de
ellos; porque, al tratar de huir de la voluntad que
ordena, se precipita bajo la voluntad que castiga» (i.
15).
Dados estos hechos, vuelve a aparecer la pregunta
con redoblada fuerza: ¿Quién, pues, puede ser
salvo? Si el pecado sólo puede ser perdonado a
condición de que se haga una satisfacción
proporcionada al mismo, en tanto que la enormidad
de su culpa es prácticamente infinita, ¿cómo es
posible la satisfacción? El hombre, como dice
Anselmo, es evidente que no puede dar esta
satisfacción de sus propios recursos; porque todo lo
que le podía aportar ya se lo debe a Dios, y no tiene
capacidad de presentar lo que Dios requiere. Ni el
arrepentimiento ni la futura obediencia pueden
bastar para obliterar el pasado (i. 20, 23, 24). De
esto, Anselmo pasa a desarrollar las condiciones


211
bajo las cuales es posible una satisfacción
verdadera en Jesucristo. Dicho en breve, la
satisfacción ha de ser tal que sobrepuje a toda la
culpa de la humanidad, y, con todo, de tal grado,
que no podría ser compensado por todo el universo
creado. Una satisfacción así, pues, sólo la puede
ofrecer Dios. No obstante, ha de ser ofrecida en la
naturaleza humana, pues de otro modo no sería el
hombre el que repararía: no sería una satisfacción
para el hombre. De ello viene la necesidad de que el
Redentor sea Dios y hombre -de la encarnación (ii.
6, 7)-. La divinidad de Cristo da un valor infinito a
todo lo que hace; su humanidad es el medio en que
es dada la satisfacción. Pero ¿cuál es la naturaleza
de esta satisfacción? La obediencia es necesaria,
porque era indispensable que, como por la
desobediencia del hombre entró la muerte en la raza
humana, así también la obediencia del hombre
debería devolverle la vida. Pero la obediencia, aun
en el caso de Cristo, no es bastante, porque en esto
El no va más allá de lo que su deber como hombre
requiere de El (i. 9; ii. 1 l). Cristo, como hombre, está
bajo la obligación de obedecer toda la ley de Dios;
pero Cristo, siendo sin pecado, no estaba obligado a
sufrir y morir. Dios no podía justamente poner esto
sobre El de no haber sido una necesidad (ii. 10, 1 l).
Fue su propio acto voluntario el hacer frente al
sufrimiento y la muerte en el fiel cumplimiento de su
deber a su Padre, y por amor a la justicia (i. 4). Pero
con esta rendición voluntaria de sí mismo a la
muerte en fidelidad a la voluntad de su Padre, rindió
a Dios una gloria que sólo puede ser medida por la
magnitud del sacrificio implicado. Porque habría sido
más propio que toda la creación pereciera que no
que alguien quitara la vida al Hijo de Dios (ii. 14).
Con todo, esta vida infinitamente preciosa Cristo la


212
sacrificó en honor de su Padre (ii. 18). Aquí, pues,
hay un hecho realizado en la naturaleza humana por
Uno que no lo debía, que da infinita gloria a Dios; el
mérito del cual contrapesa más que todos los
deméritos del pecado del hombre; el cual, por tanto,
puede ser aceptado por el Padre como satisfacción
por el pecado del mundo, y como base del perdón
de este pecado (ii. 19).
Esta es, en bosquejo, la teoría de Anselmo, y aparte
de la forma escolástica en que está presentada, es
fácil percibir sus méritos y defectos. Su fuerza se
halla, sobre todo, en la base que pone para una
necesidad de satisfacción por el pecado en el
carácter inmutable de Dios, que hace imposible que
El permita la violación de su honor sin que ésta sea
castigada. Sobre esta base Anselmo apoya su
demostración de que para rendir esta satisfacción
era necesario un Redentor a la vez divino y humano.
Es sólida, también, en el modo de enfoque ético que
adopta respecto a los sufrimientos de Cristo -
poniendo énfasis, no como hacen muchas teorías,
en el quantum de los sufrimientos, sino en el
carácter como sufrimientos padecidos
voluntariamente por amor a la justicia, en fidelidad a
su Padre-. Por otra parte, se notará que, en un
importante aspecto, la teoría difiere de otras teorías
de la satisfacción anteriores y posteriores (la de
Atanasio, por ejemplo), en que no hay lugar en ella
para la idea de sufrir el castigo del pecado. En otras
palabras, aunque empieza con una afirmación tan
fuerte de la voluntad punitiva de Dios, con todo, en
ningún punto pone la satisfacción de Cristo en
relación directa con esta voluntad punitiva. La
satisfacción de Cristo consiste puramente en sus
sufrimientos hasta la muerte concebidos como


213
tributo meritorio ofrecido voluntariamente por El en
honor de su Padre. Entregó su vida porque se le
requirió como un testigo de la justicia, por amor a su
Padre. La obediencia le fue requerida toda la vida,
como un deber. Su muerte fue, en la frase católica,
una obra de supererogación -algo que no podía ser
demandado de El en justicia-, el mérito de lo cual,
pues, podía ser aplicado para compensar los
deméritos de otros. El plan es trazado, pues, en su
forma por lo menos, bajo el supuesto de la doctrina
católica de los méritos, y comparte los defectos de
esta última. Es claramente inadmisible concebir la
expiación como un simple equilibrio de méritos y
deméritos, con el efecto de neutralizar los unos con
el exceso abundante de los otros. Con esto está
relacionada otra falta de la teoría, que surge en
parte de su insistencia excesiva en la idea de la
deuda, a saber, su tratamiento de la salvación es
casi del todo objetivo. La deuda del pecador es
pagada por Uno que está fuera de él, y no se da
prominencia al vínculo o nexo de la fe -la
identificación espiritual del pecador y el Salvador-,
que es la única que hace al pecador un participante
real en lo que Cristo ha hecho por él. Anselmo, al
hablar de lo que hace que el pecador participe en los
méritos de Cristo, apenas va más allá de la relación
de discipulado, el mero seguir el ejemplo de Cristo
(ii. 19). No obstante, no sería justo poner demasiado
énfasis sobre ello, porque Anselmo sabía bien lo que
era confiar en el Salvador, es más, confiar en El de
todo corazón, fiándose en su muerte para la
salvación. Las palabras de instrucción para la
visitación de los enfermos que generalmente se le
atribuyen han sido citadas con frecuencia: «¿Crees
que no puedes ser salvado por la muerte de Cristo?
Ve a El, pues, y en tanto que estés en posesión de


214
tu alma, pon toda tu confianza en esta muerte sólo -
adhiérete totalmente a esta muerte, échate tú mismo
enteramente en su muerte, envuélvete totalmente en
esta muerte-. Y si Dios quisiera juzgarte di: "¡Señor!
Pongo la muerte de nuestro Señor Jesucristo entre
mí y tu juicio, pues de otro modo no puedo
contender ni entrar en juicio contigo.» Y si El te dice
que eres un pecador, dile: "Yo pongo la muerte de
Cristo entre mí y mis pecados." Si El dice que tú has
merecido la condenación, di: "¡Señor! Pongo la
muerte de Cristo entre Ti y todos mis pecados,
ofrezco sus méritos como si fueran míos, lo que yo
debería tener pero no tengo. Si El dice que está
enojado contigo, di: "¡Señor! Pongo la muerte de
nuestro Señor Jesucristo entre mí y tu ira."» ¡Este es
todo el nexo que Dios requiere entre la muerte de
Cristo y el alma del hombre!
Es notable que las especulaciones de Anselmo
parecen haber producido poco fruto, si es que
produjeron alguno. Por lo menos no se halla su
influencia en Abelardo ni en Bernardo, que vienen
directamente tras él. Si Abelardo es realmente
independiente de Anselmo, el hecho es otra prueba
de la forma en que las mentes de los hombres de
este período convergían de modo natural sobre el
problema. El significado de Abelardo es que
representa el polo opuesto de la doctrina
soteriológica de Anselmo. Un dialéctico brillante,
pero, como mostraron los acontecimientos,
tristemente carente de profundidad moral y
estabilidad, sus ideas sobre la expiación son
deficientes precisamente en el lado en que las de
Anselmo eran fuertes. Con Anselmo rechaza la
teoría de la satisfacción a Satanás, pero además
rechaza toda forma de la doctrina de la satisfacción.


215
«Qué cruel e injusto parece», dice, «que alguien
requiera la sangre de un inocente como precio, o
que en alguna forma piense que es justo que se dé
muerte a un inocente. Mucho menos ha aceptado
Dios la muerte de su Hijo como el precio de su
reconciliación a todo el mundo» Naturalmente, los
maestros que pensaban de modo diferente, podían
replicar con Agustín, y lo hicieron, que ellos no
consideraban la expiación como la causa, sino como
el fruto y expresión del amor de Dios. Abelardo, sin
embargo, coloca el efecto de los sufrimientos y
muerte de Cristo totalmente en sus resultados
morales. El amor asombroso de Dios al dar a su Hijo
para que sufriera y muriera por nosotros, enciende
en nosotros un amor como respuesta que está
dispuesto a todo sacrificio, y así esto pasa a ser la
base del perdón de nuestros pecados. «La
redención», declara, «es el mayor amor encendido
en nosotros por la pasión de Cristo, un amor que no
sólo nos libra de la esclavitud del pecado, sino que
también adquiere para nosotros la verdadera libertad
de hijos, en que el amor pasa a ser el afecto
gobernante, en vez del temor. El designio de Dios,
en la encarnación y pasión del Hijo, por tanto, es
producir este amor que responde en nosotros.
Abelardo, en realidad, a veces hace cruzar por esta
interpretación pensamientos más en concordancia
con la doctrina ordinaria de la Iglesia, como en un
lugar en que dice que lo que hace falta en nuestros
méritos, Cristo lo suple con los suyos; e incluso,
sobre Gálatas 3:13, habla de la propiciación de la
justicia divina por Cristo, el cual en la cruz pasó a
ser maldición por nosotros? Pero estas expresiones
deben ser tratadas o bien como inconsecuencias -
acomodación a las ideas corrientes- o bien
interpretadas en armonía con la tendencia general


216
de su enseñanza. Así pues, en Abelardo, tenemos al
típico representante de lo que se llama la
interpretación moral de la expiación, como en
Anselmo tenemos el representante de la teoría de la
satisfacción. Todas las teorías de la expiación
pueden ser reducidas, en principio, a una u otra de
estas formas genéricas. Pero el hecho al cual hay
que atraer la atención es que la doctrina de Abelardo
fue impugnada al instante por su gran oponente
Bernardo como inadecuada en sí y como en
desacuerdo con lo que había sido siempre la fe de la
Iglesia. Al reducir los sufrimientos y muerte de Cristo
a un ejemplar de amor, Bernardo sostiene que
Abelardo les quita su profundo significado redentor
con que la Iglesia los ha investido siempre,
siguiendo la Escritura, Bernardo no tiene la habilidad
especulativa de Anselmo. No forma ninguna teoría
propia; defiende en una forma modificada,
realmente, la antigua idea de una redención de
Satanás, cuyo dominio sobre nosotros, si bien
injustamente adquirido, es justamente permitido, y
más allá de esto trata la expiación como un misterio
insondable de la gracia y la sabiduría de Dios. «¿Por
qué», dice, «realizó con su sangre lo que podía
haber realizado con una palabra? Hay que
preguntárselo a El mismo. A mí se me concede
saber el hecho, no el porqué». Señala, como hacen
todos estos maestros, que no es el mero
derramamiento de la sangre de Cristo, sino la
voluntad del que la ofrece, lo que es aceptable a
Dios. Pero la contribución especial de Bemardo -que
marca el avance real en la historia de esta doctrina,
aunque su germen es mucho más antiguo- es la
idea de la relación orgánica de Cristo y su pueblo
para explicar en qué forma la satisfacción de uno
esté disponible a muchos. La expiación no es un


217
caso de mera sustitución externa -una idea que
siempre ha creado repulsa-, sino el sufrimiento
sustitutivo de la Cabeza por los miembros. Sus
propias palabras memorables son: «La Cabeza
satisfizo por los miembros; Cristo por sus propias
entrañas» (satisfecit caput pro membris, Christus pro
visceribus suis). Sobre 2ª Corintios 5:14 se explica
así: «Claramente, la satisfacción de uno es
imputada, como si éste llevara los pecados de todos,
y ya no hay que hallar a uno que peque y a otro que
satisfaga, porque Cristo es Cabeza y Cuerpo». Esto
indudablemente suple un elemento que faltaba en
Anselmo.
Paso por alto los otros escolásticos para llegar
directamente al mayor de todos ellos, Tomás de
Aquino (1227-1274), con el cual puede decirse que
culmina el desarrollo de la doctrina en esta edad. Lo
que uno nota principalmente en Aquino es lo
completo de su examen: desea abarcar en su modo
de ver todos los lados y todos los elementos en la
expiación que la investigación había sacado a la
luz.- Su teoría, resultante de esta tendencia
ecléctica, no tiene la cohesión lógica íntima de la de
Anselmo; en algunos aspectos se queda detrás, en
tanto que en otros muestra un progreso. Aquino se
queda de modo distinto tras Anselmo en su fallo en
dar como base a la expiación una necesidad de la
naturaleza divina. En armonía con la tendencia
escolástica prevaleciente a exaltar la voluntad de
Dios, no sólo sostenía que era posible que se
hubiera hallado otro modo de salvación -una idea en
que seguía a Agustín, Bernardo, el Lombardo, y
otros--, sino que en su soberanía Dios podría haber
prescindido de satisfacción totalmente. Esta
concesión debilita todo el fundamento de la doctrina


218
de la satisfacción, como había demostrado Anselmo,
e introduce un elemento de arbitrariedad que
fácilmente pasa a la teoría de la acceptilacion, de
Duns Scoto (murió en 1308), teoría, por ejemplo, en
que la expiación tiene sólo el valor que Dios decide
poner sobre ella. Por otra parte, Aquino avanza más
allá de Anselmo en su adopción del principio de
Bernardo de que Cristo satisface como la Cabeza de
la Iglesia -«Como un cuerpo natural», dice, «es una
unidad, así también la Iglesia, el cuerpo místico de
Cristo, considerado junto con Cristo su Cabeza
como una Persona»Z--, y también al reconocer
aparentemente que la satisfacción de Cristo
abarcaba como uno de sus aspectos el sufrir las
consecuencias penales de la transgresión. «Cristo»,
dice, «ha de tomar sobre sí este castigo que es la
terminación de todos los demás, y que virtualmente
contiene todos los demás en sí, esto es, la muerte».
Esta idea del sufrimiento penal, en realidad, como
hemos visto, no es nueva. Es tan antigua, de hecho,
como la doctrina de la misma expiación; se halla en
Atanasio, en Agustín,` y en muchos otros; y aunque
no tiene lugar en la teoría de Anselmo, que siguió
por la otra línea del padecimiento meritorio de
sufrimientos no merecidos, volvió a circular después
de los tiempos de Anselmo -se halla, por ejemplo, en
el Lombardo, en el papa Inocencio III, de donde
pasó probablemente a Tomas de Aquino. En todos
estos escritores, no obstante, ocupa un lugar incierto
y suelto -no se halla afianzada, como había sido la
teoría de Anselmo, en principios bien definidos-.
Tomás de Aquino, como los demás, hace justicia al
amor de Cristo y su voluntad de obediencia, no
menos que a la dignidad de su Persona, como lo
que dio valor a su sacrificio, y es tan enfático como
sus predecesores en declarar que no fue la


219
expiación de Cristo lo que motivó el amor de Dios a
los hombres, sino el asombroso amor de Dios el que
se desplegó en la provisión de la expiación.
III. El período escolástico hizo mucho para el
progreso de la doctrina de la expiación, pero la
doctrina asume la forma más completa en conexión
con el gran trastorno religioso de la Reforma, en que
entró en los grandes credos protestantes. La
Reforma no se dedicó inmediatamente a la doctrina
de la expiación. La cuestión que absorbía la mente
de los hombres en esta crisis fue más bien la de la
justificación del pecador delante de Dios. Lo que los
hombres buscaban por encima de todo era la base
de la certeza de su paz con Dios por medio del
perdón gratuito y misericordioso de sus pecados, y
la aceptación de sus personas. Pero este interés
intensamente personal no podía por menos que
reaccionar con influencia transformadora sobre la
doctrina de la obra de Cristo, puesto que es ésta la
que ponía el fundamento de la paz del pecador. La
clara luz que había sido proyectada sobre el camino
de salvación por la doctrina de la justificación ayudó
a poner a la expiación en su lugar debido en el
sistema cristiano. Porque el ser consciente de la
justificación, tal como lo entendían los reformadores,
es más que la mera seguridad de que Dios ha
perdonado nuestros pecados y nos ha recibido en su
comunión. Es la seguridad de que este perdón y,
aceptación de Dios tienen lugar sobre una base
justa --que yo estoy verdaderamente justificado por
Dios en presencia de su propia ley, de modo que ya
no hay más condenación, ni la posibilidad de la
misma; no hay acusación alguna que la ley pueda
hacer contra mí, de la cual se pueda decir: «Esta
demanda no ha sido satisfecha» (ver Romanos 8:1,


220
33, 34). Sólo de esta manera tenemos una paz
asegurada de modo fundamental. Domer pone este
punto bien claro en el siguiente pasaje: «La
justificación es el descargar la persona de culpa ante
el tribunal de la justicia primitiva de Dios, y por tanto
del castigo; pero de tal forma que el creyente es
consciente de que la justicia divina misma ha sido
satisfecha por Cristo; que no se puede hacer
ninguna excepción a costa de la justicia; que no es
simplemente la experiencia de la longanimidad
divina, que no incluye ni el perdón definitivo, ni hace
satisfacción a la justicia. Al contrario, el creyente
sabe que, a pesar de su propia injusticia, la armonía
con la ley y con la justicia ha sido restaurada por
Cristo. En este conocimiento se halla arraigada la
paz de su conciencia, su elevación sobre aquellas
dudas que la conciencia siempre sugeriría, en caso
que el perdón llegara al pecador por la ruta, por así
decirlo, de un pacto parcial de excepción, por medio
de una ruptura de la justicia y una violación de la ley
eterna. Pero por este medio, como es sólo la fe en
Cristo la que se sabe justificada, los actos y
sufrimientos de Cristo entran en relación directa con
la ley penal, y con nuestra culpa que ha de ser
borrada, siendo Cristo el Expiador, a quien se
adhiere la conciencia de la justificación ». Estas, por
lo menos, fueron las convicciones que inspiraron y
sostuvieron la conciencia de la justificación en la
lucha de la Reforma; y la prueba correspondiente
aplicada a la doctrina de la expiación fue su
adecuación a sostener estas convicciones. Esto, me
permito añadir, ha de ser la prueba de una doctrina
de la expiación satisfactoria todavía, a saber, su
poder para sostener la conciencia de paz con Dios
bajo la máxima presión a que la pueden poner el


221
sentimiento de culpabilidad y de la condenación que
la culpa implica.
Hubo otra causa que cooperó con este sentido
renovado de la necesidad de perdón, en ayuda a la
reconstrucción de la doctrina de la expiación en la
Reforma. He mencionado antes en qué forma la
noción de una omnipotencia soberana en Dios había
llevado incluso a Tomás de Aquino a pensar que
podría haberse prescindido de una satisfacción
expiatoria del pecado, caso de que Dios así lo
hubiera preferido. Pero los extremos a que esta
doctrina fue empujada por Duns Scoto y su escuela -
para los cuales, incluso la moralidad dependía de la
voluntad arbitraria de Dios- produjo una reacción, y
llevó a prolongados conflictos entre Tomistas y
Escotistas, que giraba sobre este mismo punto: si
las distinciones morales tenían su base en la mera
voluntad de Dios o en su naturaleza, que estaba por
encima de su voluntad. ¿Es recta una cosa porque
Dios lo quiere, o Dios lo quiere porque es recto? Una
vez se hubo puesto la pregunta de esta forma, fue
fácil ver dónde se hallaban los intereses religiosos
genuinos, y los reformadores, todos ellos, hicieron
su decisión, como había hecho Anselmo
implícitamente antes que ellos, poniéndose del lado
del carácter inmutable de la justicia divina, y de la
idea de la ley moral como basada, no en la mera
voluntad de Dios, sino en su naturaleza esencial. La
voluntad soberana de Dios, en otras palabras, es la
expresión de su santidad esencial, y la ley moral,
como personificación de los requerimientos de esta
santidad, es tan inmutable como ésta.
En contraste con las ideas escolásticas, pues, la
base de la doctrina de la expiación de la Reforma,


222
como dice Ritschl correctamente en su sugestivo
capítulo sobre este tema, es la concepción del
pecado como una «violación del orden de la ley
pública que es sostenido por la autoridad de Dios,
una violación de la ley correlativa al ser eterno de
Dios mismo». Los reformadores, en masa -y el
hecho es más digno de nota cuando se recuerda
que Lutero y Zwinglio representan desarrollos
independientes, en palabras del mismo escritor,
«estimaron la obra expiatoria de Cristo con
referencia a esta justicia de Dios que halla su
expresión en la ley eterna». Esto es un progreso
claro sobre la doctrina medieval. Levanta el tema de
la esfera de los derechos privados, las asociaciones
que todavía se mantienen adheridas en Anselmo.
Asegura una base para la expiación, que excluye las
antiguas ideas escolásticas de la expiación como
simplemente el método «más apropiado» y
conveniente de la sabiduría divina; y excluye no
menos, en principio, las teorías gubernamental, la
sociniana y la de la influencia moral más tardías.
Está en conformidad con esto que en la doctrina de
la Reforma se pone pleno énfasis en la necesidad
de satisfacción a la ley de Dios en su aspecto penal,
no menos que en el preceptivo. Este era sin duda el
designio de Anselmo: mostrar en qué forma Cristo
podía satisfacer la justicia de modo que proveyera
una base para la remisión del castigo del pecado;
pero falló, como hemos visto, en poner los
sufrimientos de Cristo en una conexión directa con
esta voluntad punitiva de Dios, de la cual son
expresión la muerte y, los otros males externos a
que está sometida nuestra raza. La Reforma vio más
hondo, y no se retrajo de decir, en armonía con la
Escritura, que Cristo, como nuestro Señor y
Representante, llevó nuestra condenación: entró en


223
el pleno significado del juicio de Dios contra nuestros
pecados, y bajo la experiencia de sus males
extremos temporales, y aun hasta el punto que esto
era posible para un ser sin pecado, de sus males
espirituales, el dolor y la vergüenza de nuestro
espíritu humano, los asaltos y tentaciones de
Satanás, el que se escondiera de El la faz de su
Padre; hizo honor a la justicia implicada en esta
conexión del pecado con el sufrimiento y la muerte.
Así El sufrió la punzada de la muerte, y, habiendo
abolido su maldición, abrió el Reino del Cielo a todos
los creyentes. Los reformadores eran unánimes en
este modo de ver el carácter expiatorio de la muerte
de Cristo, como el rendir satisfacción a la majestad
de la ley de Dios, violada por el pecado; y en todos
los grandes credos protestantes, en consecuencia,
encuentran lugar en alguna forma las palabras de
testimonio «El satisfizo la divina justicia».
Si bien los reformadores sostenían la idea de los
sufrimientos y muerte de Cristo como una
satisfacción rendida a la justicia divina, es apropiado
que notemos que esto no agotaba en modo alguno
su concepción de la obra redentora de Cristo. Lutero
en particular es rico en aspectos en que se deleita
en ensalzar la Cruz de Cristo, viéndola, como
siempre hace, en conexión con la vida que la
precedió y la resurrección que la siguió. Se deleita
en la idea de cómo Cristo, con su pasión y muerte,
venció al pecado, la ley, el demonio, la muerte y el
infierno; y él y sus compañeros reformadores se
abstienen cuidadosamente de la idea de que la
actitud original de Dios hacia los hombres era de ira,
y que la Cruz cambió esta actitud en amor. Para
ellos, como para Agustín y los grandes escolásticos,
el amor es el origen de todo el consejo redentor, y la


224
gracia de Dios en la salvación está salvaguardada
por el hecho de que es Dios mismo el que provee
los medios de reconciliación. Y añadiré, a riesgo de
repetición, que tampoco hay un solo reformador que
vea el valor o virtud satisfactoria de los sufrimientos
de Cristo dependiendo sólo del dolor que sufrió; sino
que el énfasis se pone de modo invariable en el
carácter voluntario del sacrificio, en el amor de
Cristo y en su voluntad de obediencia, como las
cualidades que dan valor a sus sufrimientos. Es el
acto de Cristo, de modo principal, junto con sus
sufrimientos, y aún más que éstos, lo que para los
reformadores, según indica Ritschl, «ha puesto el
fundamento de la reconciliación que El efectuó entre
Dios y el hombre» (ibid. p. 209). Lo que después fue
llamado «obediencia activa» aparece desde el
principio, junto con la «pasiva», como un elemento
en la satisfacción de Cristo; y aunque pronto
empieza a trazarse una distinción, que tiende al
exceso de refinamiento, entre la «obediencia
pasiva» como la que expía la culpa, y la «obediencia
activa» como la que da base al creyente para su
título a la vida eterna, el hecho de que ambas se
describan como «obediencia» muestra que se
concibe a la voluntad como presente en las dos.
Sin embargo, no se pone en duda que, aunque la
doctrina de la expiación de la Reforma no es
exhaustiva, implica lo que se llama a veces el
elemento «forense»; y esto, según hoy se declara
con frecuencia, el pensamiento moderno ha de
rechazarlo. No obstante, si por «forense» se
entiende el tratamiento del hombre como sujeto a la
ley moral -la ley que revela la conciencia, y que el
carácter de Dios como Soberano y Juez moral del
mundo implica-, aún no se ha demostrado que esto


225
no es parte de una concepción verdadera y
escritural de las relaciones de Dios y el hombre; o
que cualquier doctrina que lo omita del todo no
queda por este hecho inadecuada para las
necesidades del hombre como pecador. El amor de
Dios, y aun la paternidad, no le privan de sus
atributos fundamentales que le constituyen como el
Sostenedor y Vindicador de la ley moral del
universo; y si la redención revela un amor infinito y
compasivo para el mundo, esto no es obstáculo para
que este amor se manifieste hacia los pecadores
«reinando por medio de la justicia» para vida, no
anulando la justicia.


226
"¹l1(iC `lll i" "¹l1(iC `lll i" "¹l1(iC `lll i" "¹l1(iC `lll i"
\C1'l`" \l i" \C1'l`" \l i" \C1'l`" \l i" \C1'l`" \l i"
"¹il"lC` \l i" "¹il"lC` \l i" "¹il"lC` \l i" "¹il"lC` \l i"
'l\l`lC` i" 'l\l`lC` i" 'l\l`lC` i" 'l\l`lC` i"
'(¦1l¦l"lC` ¹C' i" ¦l '(¦1l¦l"lC` ¹C' i" ¦l '(¦1l¦l"lC` ¹C' i" ¦l '(¦1l¦l"lC` ¹C' i" ¦l
i" 'lGl`l'"lC`. l1 i" 'lGl`l'"lC`. l1 i" 'lGl`l'"lC`. l1 i" 'lGl`l'"lC`. l1 li li li li
¹'C1l¦1"`1l¦°C ` li ¹'C1l¦1"`1l¦°C ` li ¹'C1l¦1"`1l¦°C ` li ¹'C1l¦1"`1l¦°C ` li
"1Cill¦°C 'C°"`C "1Cill¦°C 'C°"`C "1Cill¦°C 'C°"`C "1Cill¦°C 'C°"`C
´¦lGiC \lll¦ll¦ ´¦lGiC \lll¦ll¦ ´¦lGiC \lll¦ll¦ ´¦lGiC \lll¦ll¦
Si he conseguido que la explicación que he dado
sobre el desarrollo del dogma sea capaz de
convencer hasta aquí, no habrá dificultades para
ganar asentimiento en el próximo paso que voy a
dar, a saber, la identificación del período de la
Reforma con los grupos de doctrinas relacionados
con la aplicación de la redención, o, como se suelen
llamar, Soteriología subjetiva... Apenas será
disputado el hecho de que fue este grupo de
doctrinas, y especialmente la gran doctrina de la
justificación por la fe articulusstantis aut cadentis
ecclesiae, como dijo Lutero-, que ocuparon de modo
supremo la mente de los hombres en la crisis
religiosa gigantesca del siglo dieciséis. Toda


227
doctrina, he indicado, tiene su «momento» --el
período en que emerge en prominencia individual, y
pasa a ser el tema de discusión exhaustiva; y la
crisis de la Reforma, indudablemente, trajo esta hora
para la doctrina que consideramos. En el sentido
positivo, el camino fue preparado para ella por los
desarrollos previos de las doctrinas del pecado y la
expiación; en el negativo, fue preparado por la carga
abrumadora de legalismo en la Iglesia de Roma, que
en las mentes sinceras daba lugar a una pérdida de
la esperanza en la salvación por obras de justicia
similar a la que dio lugar en Pablo a su experiencia
con la ley judaica, y les llevó de rechazo, como a él,
a la gracia gratuita del Evangelio como una
necesidad absoluta, sólo para descubrir que la
gracia que buscaban había estado confrontándolos
durante todo este tiempo en las páginas del
Evangelio, por más que sus ojos estaban velados y
no podían verla.
Esto lo evidencia también de la forma más
impresionante la armonía de los esquemas lógico e
histórico. No fue casual el que en varios centros -
porque no debe olvidarse que la Reforma no tuvo un
solo centro, sino varios independiente --la mente de
los hombres se despertó, de modo simultáneo, a la
clara captación de esta gran doctrina de la
justificación, tanto tiempo oscurecida por la
enseñanza oficial de la Iglesia; o que, entre
diferencias minúsculas, prevaleciera una armonía
tan notable entre los reformadores y las Iglesias que
fundaron respecto a la misma. Luego, aunque, como
veremos más adelante, no era en su esencia nada
nuevo, apareció en la mente de los hombres con la
fuerza de una revelación; y obró, también, en la
Iglesia vieja y corrupta, con la fuerza de una


228
revolución. Que esta doctrina fue el baluarte real
alrededor del cual se luchó la batalla de la Reforma,
y tenía en sí el poder de revolucionar todo el plan
teológico y eclesiástico del papado, es evidente más
que nada por la forma en que la trató la misma
Iglesia de Roma. Cuando se reunió el Concilio papal
en Trento, todo el mundo entendía que la doctrina
de la justificación era la cuestión principal a debatir.
El tema, según se admitía, los tenía perplejos; como
dijo uno de los legados que presidían ingenuamente,
era desconocido para los Padres, y nunca había
sido considerado de modo estricto en ningún
Concilio previo de la Iglesia. Pero el interés se
centraba en especial sobre los términos en que esta
importante doctrina fue sometida al Concilio. Se
describía como la materia en que se basaban todos
los errores de Lutero. Luego la declaración
proseguía: «Este autor, habiendo comenzado
atacando las indulgencias, viendo que no podía
conseguir su objeto sin destruir las obras de
penitencia, cuya deficiencia suplían las indulgencias,
no halló mejor medio que la desconocida doctrina de
la justificación sólo por la fe... Esto es, como
consecuencia, había negado la eficacia de los
sacramentos, la autoridad de los sacerdotes, el
purgatorio, el sacrificio de la misa, y todos los otros
remedios instituidos para el perdón del pecado -y
por argumentación opuesta, era necesario para el
establecimiento del cuerpo de doctrina católica
destruir esta herejía de la justificación sólo por la fe,
y condenar las blasfemias del enemigo de las
buenas obras»--. Esto, naturalmente, no es ni con
mucho la historia del movimiento luterano; pero la
afirmación es sin duda correcta en su punto más
esencial, a saber, en el percibir que el hecho de la
admisión de esta doctrina significaba lógicamente el


229
derrocamiento de todo el sistema doctrinal y
sacramental de Roma.
Es precisamente aquí, sin embargo, que, a la luz de
mi tesis en estas conferencias, puede parecer que
surge una dificultad. Me he esforzado en mostrar
que una de las pruebas de un desarrollo doctrinal
genuino es su continuidad con el pasado, su
conexión orgánica con lo que ha ocurrido antes.
Pero acaba de ser admitido que la doctrina
protestante de la justificación por la fe se presentaba
como una revuelta contra el pasado, una ruptura con
el desarrollo doctrinal en este capítulo, en relación
con lo que había precedido, o sea una condenación
de este desarrollo; y, como resultado, el
desembarazarse de una carga descomunal de
errores y prácticas que habían resultado del mismo,
con grave daño para las conciencias de los
hombres. Esta fue, de hecho, la misma acusación
que presentó la Iglesia Católica de Roma contra la
doctrina, con la cual procuraba desacreditarla, como
nueva, no autorizada y cismática. Naturalmente, el
Protestantismo replica que procede de una fuente
todavía más primitiva -la doctrina apostólica en la
Escritura-, y esto es verdad. Pero no elimina del todo
el punto de la objeción en lo que respecta a la ley
del progreso del dogma. Una respuesta más
pertinente sería que ninguna ley de la historia puede
excluir la posibilidad de desarrollos falsos y
corruptos en la doctrina y en las instituciones, cosa
que vemos, en realidad, ha tenido lugar con
frecuencia en la historia de la Iglesia. Así como
durante siglos los hombres creyeron en la astrología,
y hasta los días de Copémico y Galileo aceptaron
sin objeción la teoría ptolemaica de los cielos, sin
que el progreso de la ciencia astronómica sea


230
desacreditado por ello, del mismo modo no hay nada
que impida la suposición de que, desviada por la
admisión de un falso principio, la teología pueda
entrar en una línea falsa de desarrollo y elevar una
estructura de madera, heno y hojarasca sobre el
fundamento cristiano, que, cuando llega la hora del
juicio, por necesidad ha de ser consumido. Por
fortuna, sin embargo, tenemos una respuesta mucho
más completa para ofrecer. Por mucho que la Iglesia
pueda haberse descarriado, teórica y prácticamente,
en su captación de esta doctrina, no es el caso que
la Reforma fuera en ningún sentido real una ruptura
con el pasado. Muy al contrario, está en continuidad
directa con lo más característico, profundo y vital en
la piedad del pasado, y era su resultado legítimo y
su vindicación. Esto, como se verá, fue la posición
asumida por los mismos reformadores. En su
predicación de esta doctrina, ni uno de ellos habría
admitido que estaba rompiendo con la tradición
religiosa del pasado. Cada uno afirmaba hallarse
situado, incluso doctrinalmente, en la misma línea de
la parte mejor y más pura de esta tradición. Ni podía,
en realidad, ser una ruptura en el sentido propio, con
las formulaciones previas hechas con autoridad de
esta doctrina; porque el punto que defiendo es que
(como admitieron también los Padres en Trento) no
fue hasta entonces que emergió esta doctrina en
una importancia independiente, o que fue
considerada de modo preciso. Fue sólo entonces
que su «época» había llegado; sólo entonces
estaban presentes las condiciones que admitían su
investigación y formulación satisfactorias. Voy a
ilustrar mejor esto dando una mirada, como antes, al
desarrollo previo de la doctrina en sus aspectos de
error y de verdad; luego, al contraste entre las
doctrinas protestantes y la católicorromana


231
(tridentina) al tiempo de la Reforma, después de lo
cual podemos dar una mirada a las subsiguientes
discusiones en el siglo dieciséis.
I. No hay duda, pues, desde el punto de vista
protestante, y creo también escritural, que la Iglesia,
desde un período muy temprano, se descarrió
seriamente en su captación doctrina¡ y práctica del
método divino de la salvación del pecador. Se
pueden citar muchas hermosas expresiones, lo sé
muy bien, que muestran que la idea de la aceptación
por medio de la gracia de Dios, sobre la base
exclusiva del mérito de Cristo, nunca estuvo ausente
de la conciencia de la Iglesia, es más, fue su nota
más profunda en todo tiempo. Pero estas
expresiones no pueden sobrepujar el hecho de que
se habían introducido ideas en principio antagónicas
a este modo de ver, y que consiguieron con el
tiempo una influencia controladora. Esto fue debido,
en parte, sin duda, a haberse embotado las ideas
paulinas al pasar al mundo gentil, preparado de
modo imperfecto, por su falta de entrenamiento bajo
la ley, para recibirlas; en parte, también, debido al
hecho ya notado de que, en orden al tiempo, las
doctrinas del pecado, la gracia y la expiación, que
son los presupuestos de esta doctrina de la
justificación, no habían sido aún investigadas
teológicamente. Pero la causa principal del error hay
que buscarla indudablemente en la introducción
temprana en la Iglesia (y en el lugar que se le dio)
del principio sacramental, el cual, dondequiera que
entra, acaba ejerciendo una influencia perturbadora
en la doctrina. Los estadios principales en el
desarrollo de este principio en su relación con
nuestro tema son lógicamente, y también en gran
parte en lo histórico, como sigue. Primero, vino la


232
conexión de la regeneración y el perdón de los
pecados con el bautismo -la doctrina de la
regeneración bautismal-. A esto siguió. como su
consecuencia natural, el uso del término
«justificación» para cubrir todo el cambio supuesto
efectuado en el bautismo -tanto del perdón divino
como de la renovación divina-; en otras palabras, el
entender que el término justificación significaba, no,
tal como lo usaba Pablo (ver más adelante, p. 210)
la absolución de un pecador de su culpa, y el
declararle justo a la vista de Dios en base a lo que
Cristo había hecho por él, sino peculiarmente el
hacer al pecador justo infundiéndole una nueva
naturaleza; luego, sobre la base de esta justicia
infusa, declararle justo. Viene luego la restricción
más seria todavía de este beneficio a la limpieza o
purificación de los pecados cometidos antes del
bautismo, de modo que los pecados
postbautismales, como no son cubiertos por la
justificación inicial, han de ser expiados de alguna
otra forma, por medio de las buenas obras y
satisfacciones del propio pecador. Sobre esta base
fue edificado en su debido curso todo el complejo
sistema de penitencias de la Iglesia de Roma, al
cual se liará referencia más adelante -su plan o
sistema de confesión, absolución sacerdotal,
satisfacciones meritorias, sufrimientos purgatoriales
por los pecados no satisfechos por completo en la
tierra, misas e indulgencias como medios de alivio
de estos dolores en la vida del más allá-. Un apoyo
principal de este sistema sacerdotal fue su doctrina
de los méritos -ideas tales, por ejemplo, como que
las buenas obras han de ser añadidas a la
justificación inicial para dar título a la vida eterna;
que las buena obras tienen un mérito inherente -un
mérito de «condignidad», en frase de los


233
escolásticos-, dando un derecho en estricta justicia a
la recompensa eterna; que es posible ir más allá del
deber en obras de supererogación, el mérito de las
cuales, como no es necesario para uno mismo,
puede ser aplicado en indulgencias para
compensarlas deficiencias de los demás, a fin de
aliviarles del purgatorio, etc.-. La doctrina verdadera
de la gracia de Dios quedó tan sepultada bajo esta
superestructura de error que apenas queda vestigio
visible de la misma, y vuelve a aparecer la dificultad
que presenté antes: ¿Cómo puede una doctrina
como la de los reformadores, que es la repudiación,
raíz y ramas de todo este sistema de superstición,
considerarse que es, en modo alguno, una
continuidad del mismo?
No basta, para responder a esta pregunta, mostrar
lo que sin duda es verdadero históricamente: que no
faltó nunca, dentro de la Iglesia Católica misma, una
minoría, a veces desgajándose como sectas de
protesta, que vio más claramente lo vano e
infructuoso de este aparato oficial de salvación, y,
procuró, con más o menos éxito, volver a los
fundamentos escriturales. ¡Hay que conceder todos
los honores a esta cadena de testigos evangélicos,
que se extendió a lo largo de todo el curso de la
historia de la Iglesia, que se esforzó para conservar
la lámpara de la verdad encendida, cuando los que
debían haberla atendido eran infieles a su cometido!
El reproche de herejía que se les achacó en su día,
es ahora su título de gloria. Pero la continuidad de la
doctrina que deseamos establecer nos ha de llevar
mucho más allá de esto. Conseguimos una clave, en
parte, para la solución de nuestro problema, cuando
observamos, en primer lugar, en qué forma, incluso
en la enseñanza oficial de la Iglesia, nunca fue


234
desmentido el hecho de que la base última de todo
perdón, gracia, mérito, aceptación, eran la cruz y la
obra propiciatoria del Señor Jesucristo. Venga lo que
venga después, la recepción inicial del pecador en el
favor divino por el perdón de los pecados y la
concesión de justicia era un acto de pura gracia. Sin
duda, en la edad escolástica, incluso esto fue
viciado por la introducción de la idea de un «mérito
de congruidad» adherido a los actos de
arrepentimiento, fe, esperanza, amor, etc., por el
cual el pecador se suponía hacerse adecuado para
la recepción de la gracia del bautismo Pero esto
puede descontarse en vista del elemento más serio
en la piedad de la Iglesia -no encontramos nada de
esto, por ejemplo, en Bernardo, en Tomás de
Kempis, en Taulero o en la Teología Germánica-, y
también en el hecho de que incluso la gracia
«preveniente» que hace estos actos posibles es
adscrita al mérito de Jesucristo. Incluso en lo que se
refiere a los llamados «méritos» del creyente, y
todavía más a sus expiaciones y satisfacciones,
siempre han reconocido los espíritus más profundos
que era la gracia de Dios la fuente de estos méritos,
y que no tendrían carácter meritorio en absoluto de
no ser por la cobertura de sus imperfecciones por
los méritos del Redentor. Como se ha mostrado
antes, ésta era la idea de Agustín cuyo pensamiento
rigió tan poderosamente en la teología de la Edad
Media; era también la doctrina de Anselmo, de
Bernardo, de Tomás de Aquino; en resumen, de las
mentes espirituales en todo tiempo y en todo lugar.
Veamos ahora en qué forma se relaciona esto con el
tema que tenemos ante nosotros. En lo que hemos
de fijamos ahora es menos en la teología oficial de
la Iglesia que en lo que Ritschl de modo apropiado


235
llama «autoevaluación religiosa » de los hombres
piadosos, cuyo intelecto aún operaba en las formas
de esta teología. Esta «autoevaluación religiosa»
tenía siempre una marca decisiva: el ser conscientes
de haberlo recibido todo de la gracia, y de la
continua dependencia de la gracia. Sería fácil
multiplicar las citas de los grandes escritores de la
Iglesia desde Agustín en adelante para ilustrar este
temple, pero apenas es necesario. Bernardo es un
ejemplo típico. Todo el impulso de los sermones de
Bernardo es, como dice Ritschl, llevar a sus oyentes
«a prescindir de sus propias contribuciones a sus
méritos, y tener en cuenta sólo la operación de la
gracia de Dios en ellos; o, de modo general, a dirigir
su atención desde estas obras particulares a Dios
como el fundador de toda esperanza de salvación.
Es paradójico que diga que la humildad que
renuncia a toda pretensión al mérito y confía sólo en
Dios, es el único mérito verdadero». No hay que
insistir hasta qué punto los místicos de los siglos
catorce y quince rechazaron toda la justicia de las
obras y retrocedieron a la necesidad de la gracia
gratuita de Dios. Había, de hecho, dos polos o
tendencias entre las cuales oscilaba continuamente
la doctrina y la conciencia católica. Si se apoyaban
en el lado externo, legalista, de salvación propia de
la doctrina --como ocurría con los mundanos, los
corruptos y los pagados de sí mismos-, la gracia del
Evangelio desaparecía en un vasto mecanismo
eclesiástico de salvación por las obras. Si, por el
contrario, con el sentimiento de la insuficiencia de
sus propias obras, los hombres volvían, como las
almas santas han hecho siempre, al manantial de
toda misericordia en la gracia de Dios en Jesucristo,
y buscaban su seguridad y satisfacción final en ella,
fuera cual fuera el tipo de su teología, estaban


236
realmente afirmando la doctrina protestante de la
justificación por la fe. Un ejemplo notable será
suficiente para ilustrar lo que quiero decir. La Iglesia
de Roma, en la época de la Reforma, no tuvo un
campeón más temible e inflexible que Belarmino. En
él tenemos el adversario más fuerte a la doctrina de
la justificación de la Reforma, y el defensor
indiscutible del contradogma de los méritos de las
buenas obras con miras a la vida eterna. Pero, ¿cuál
es la última palabra de Belarmino en la discusión?
En realidad consiste, según ha dicho el Dr. William
Cunningham, en una repudiación virtual de los cinco
libros completos que había escrito en defensa de la
posición católica. Las palabras textuales son: «A
causa de la incertidumbre de la justicia de uno
mismo, y del peligro de la jactancia vacía, lo más
seguro es colocar toda la confianza en la
misericordia de Dios solamente, y en su bondad.»
De modo similar, Lutero, en su obra Gálatas»
testifica de algunas de las órdenes religiosas de su
día: «Por lo cual, no hallando en sí mismos buenas
obras que oponer a la ira y juicio de Dios. Se
acogieron a la muerte y pasión de Cristo, y fueron
salvados en su simplicidad» (Sobre Gálatas ii. 16).
Ahora podemos quizá entender porqué los
reformadores, en su proclamación de la doctrina de
la justificación por la fe, podían afirmar de modo
uniforme que se hallaban en una conexión
ininterrumpida con la Iglesia de Dios en la disputa.
En cuanto al hecho por el que lo hacían no puede
haber discusión. Aparte de las afirmaciones
expresas, la evidencia es patente de todo para todo
el que observa con qué abundancia apelan en sus
obras a los grandes escritores de la Iglesia, como
Agustín y Bernardo; cómo se identifican con el sentir


237
de la Iglesia en el pasado, según se representa en
sus expresiones más devotas; cómo afirman ser de
la misma fe que los píos de su propia generación.
Ritsch1 tiene razón al repudiar, en nombre de
Lutero, que «en la idea de la justificación por la fe
propusieron algo que hasta aquel tiempo era
desconocido». «En común con la congregación del
pueblo de Cristo», dice Lutero, «sostengo una
doctrina común de Cristo, que es nuestro único
Señor». Con todo, sigue siendo evidente que existía
una contradicción entre esta «autoevaluación
religiosa» de hombres santos y la teología formal de
la Iglesia; y cuanto más conscientes se hacían de
esto, más procuraban los hombres sinceros librarse
del yugo de esclavitud que la Iglesia, en sus
ceremonias y ejercicios penitenciales, les imponía.
Es obvio además que, una vez pasaba a la clara
conciencia esta contradicción, sólo podía ser
resuelta de una manera. La verdadera continuidad
no se hallaba en sostener las formas de doctrinas
erróneas y defectuosas contra las cuales protestaba
la conciencia viva de la Iglesia. Evidentemente se
hallaba en aliarse con esta «autoevaluación
religiosa» que había regulado la verdadera piedad
en todo momento, y en poner las formas doctrinales
de la Iglesia en armonía con ella. Esto, en
consecuencia, es lo que vemos que hacen los
hombres en los movimientos que como un preludio
inmaturo precedieron a la Reforma en sí -por
ejemplo, los de Wyckliffe, Huss, y los místicos-, que
notamos se manifiesta en individuos como Staupitz,
el maestro de Lutero --que sin embargo nunca
abandonó la comunión de la Iglesia de Roma-, y que
finalmente hallaron plena expresión en las
declaraciones de la Reforma. No era, en esencia, un
nuevo mandamiento lo que enseñaban los


238
reformadores, sino un mandamiento antiguo, que la
Iglesia había tenido desde el principio; y la
verdadera ruptura de continuidad habría sido
adherirse, como hicieron los Padres tridentinos, a la
letra del dogma católico contra la consciencia de la
salvación sólo por la gracia, con la que este dogma
se hallaba en contradicción.
Sin embargo, hay todavía otra línea de preparación
de la doctrina de la Reforma, sobre la cual, antes de
pasar adelante, hay que decir algunas palabras.
Como hemos visto, los reformadores, a ninguno de
los Padres utilizaron tanto como a Agustín. Hay una
debilidad en Agustín, no obstante, como vimos, en el
hecho de que si bien investigó de modo exhaustivo
la doctrina del pecado y la gracia, dejó la doctrina de
la justificación por la fe más o menos donde la había
encontrado. Falló en distinguir entre la justificación
como un acto de la gracia, que funda la nueva
relación del pecador con Dios en el perdón y la
aceptación, y la regeneración o santificación
acompañante o consiguiente del creyente -
haciéndole justo por la infusión de la gracia-. Esto
estaba relacionado con el hecho de que todo el lado
de Dios de los tratos del mismo con el pecador que
tenía relación con la ley en este estadio, era todavía
comprendido de modo imperfecto; y que, en
particular, la naturaleza y alcance de la obra
expiatoria de Cristo no habían recibido atención
cuidadosa. Mostré en la última conferencia cómo la
doctrina de la justificación en la Reforma había
reaccionado para proporcionar una aprehensión más
clara de la doctrina de la expiación. Pero hay que
reconocer también que el examen más a fondo de la
doctrina de la obra de Cristo iniciado por Anselmo no
podía por menos que tener un efecto profundo en el


239
modo católico de concebir la justificación. Cuanto
más claro se hizo que Cristo había hecho una
satisfacción de valor infinito a Dios por los pecados
del mundo, más palpable había de ser la
incongruidad de parecer añadir a ella las minúsculas
satisfacciones de los hombres como una parte de la
base de salvación. Los razonamientos de Anselmo,
en realidad, destruyeron la base lógica de cualquier
doctrina de satisfacción humana; y cada estadio en
el perfeccionamiento de la doctrina de la expiación
trajo consigo una llamada para un nuevo ajuste en la
doctrina de la justificación. Hasta aquí apenas se
había intentado un reajuste. En la Summa de Tomás
de Aquino la doctrina de la justificación es tratada,
en realidad, antes de la obra de Cristo, y fuera de
todo contacto directo con ella. En la teología de
Roma, hasta el día de hoy, la justificación apenas es
exaltada a la dignidad de un artículo especial,
puesto que es sumergida en la doctrina del
bautismo, de la cual, estrictamente, forina parte. Con
todo, no hay nada más evidente que el hecho de
que las doctrinas de la expiación y la justificación se
hallan en relación esencial, y que la forma en que se
interprete la obra de Cristo al final ha de determinar
la forma de la doctrina de la justificación. Aquí, pues,
había otra tarea a realizar por parte de los
reformadores, una tarea evidentemente que requería
un desarrollo. El reajuste de doctrinas, en resumen,
fue recíproco. La mejor captación de la doctrina de
la expiación que se había alcanzado, puso el
fundamento para ideas más claras sobre el perdón
gratuito y la aceptación sin méritos por parte del
pecador; y, por otra parte, el tener conciencia de la
justificación exigía como apoyo el fundamento de
roca de una obra de expiación que descansara
sobre un terreno de justicia -no un mero expediente


240
gubernamental, sino una obra que asegurara a la
conciencia en contra de todo sentido de
arbitrariedad en el perdón concedido.
II. Al principio del siglo dieciséis la doctrina de la
justificación por la fe sola se hallaba en «el aire» -se
hallaba en los pensamientos y casi temblando ya en
los labios de los hombres-, y la prueba
suficientemente evidente de ello es el hecho ya
aludido, de que casi simultáneamente empezó a ser
predicada en varios centros por hombres a quienes
Dios la había revelado de modo independiente. Le
Fevre en Francia, Zwinglio en Suiza, y Lutero en
Alemania, fueron guiados en sus diversas maneras
al reconocimiento de esta verdad, y en conflicto con
las doctrinas y prácticas que se les oponían. La
historia puede que nos cuente que Lutero estaba
subiendo penosamente los escalones de la Scala
Santa de Roma cuando oyó una voz del cielo: «El
justo vivirá por la fe», y esto puede ser cierto o no
serlo; pero el espíritu de la historia por lo menos
representa el hecho. No fue carne ni sangre lo que
reveló esta doctrina a los reformadores, sino su
Padre que estaba en el cielo. Es igualmente digno
de notar que, así como llegó a ellos en respuesta a
necesidades prácticas, tampoco fue un interés
doctrinal o especulativo, sino vital y práctico, el que
le dio valor supremo a sus ojos, y les llevó a hacerla
el centro de toda su predicación. No eran teóricos
hilando telarañas doctrinales de sus cerebros, sino
hombres intensamente sinceros en busca del
verdadero camino en que un pecador podía estar en
paz con Dios. Y la gran verdad que les llegó -
procedente de una visión clara de lo que Cristo
había realizado por ellos en su Cruz- fue esto: que el
pecador, penitente por sus pecados, tiene el


241
derecho de acceso libre a Dios, sin intervención de
sacerdote, iglesia, sacramento o cosa alguna que
intervenga entre él y su Hacedor-, y que Dios
perdona gratuitamente y acepta a todo el que echa
mano de su promesa en el Evangelio, sin obras,
satisfacciones o méritos propios, sino solamente a
base de la muerte expiatoria de Cristo y su perfecta
justicia, a la cual la fe se adhiere como el único
fundamento de su confianza. Este es el significado
esencial de la justificación por la fe: que no es por
obras de justicia que nosotros hayamos hecho, sino
por su misericordia que Dios nos salva (Tito 3:5);
que incluso mi fe no es base de mérito delante de
Dios, sino que es sólo la mano por la cual recibo la
misericordia que se me ofrece gratuitamente; que
siempre que me vuelvo a Dios con un corazón
creyendo sinceramente, El me contesta en aquel
momento y donde estoy, sin necesidad de período
alguno de probación o de demoras torturantes, con
un «Tus pecados, que son muchos, te son
perdonados» (Lucas 7:47), recibiéndome en su
comunión, y haciéndome, todavía por amor a su
Hijo, heredero de la vida eterna; y además, que esta
absolución, descargo, aceptación, o como quiera
que lo llamemos, es plena, gratuita, incondicional, un
acto hecho una vez por todas, y que no requiere ni
admite repetición. Sin duda, como reconocieron
todos los reformadores -y éste es el elemento de
verdad en la doctrina católica-, un acto así de
justificación no puede tener lugar sin un acto de
renovación acompañante. El pecador, por medio del
mismo acto de fe en que sabe que es perdonado y
aceptado, muere al pecado, para que a partir de
entonces pueda vivir para Dios y para Cristo, en vez
de para sí mismo, como hasta entonces; pasa, a
través de su unión con Cristo y recepción del


242
Espíritu, a ser «una nueva creación», con nuevos
pensamientos, objetivos, deseos y afectos
espirituales. Pero este cambio en modo o grado
alguno es el terreno de su aceptación, sino un
concomitante o resultado de ella -el fin para el que
fue justificado---. La nueva naturaleza pasa a existir
en el nuevo estado; pero no es porque seamos
santos -ni aun debido a la santidad «germinal» de la
fe que somos perdonados y recibidos; sino que Dios
nos acepta, al aceptar nosotros su don gratuito de
justicia en Cristo, para que El pueda hacemos
santos, como parte de la salvación que El nos
destina. En las nobles palabras del mismo Lutero,
exponiendo su propia doctrina: «Yo, el Dr. Martín
Lutero, un evangelista indigno del Señor Jesucristo,
pienso y afirmo esto: que este artículo, a saber, que
la fe sola, sin obras, justifica delante de Dios, nunca
puede ser derrocado, porque... Cristo sólo, el Hijo de
Dios, murió por nuestros pecados; pero si El solo
quita nuestros pecados, entonces los hombres, con
todas sus obras, están excluidos de toda
concurrencia en procurar el perdón del pecado y la
justificación. Ni puedo abrazar a Cristo de otra
manera que por la fe sola; El no puede ser
aprehendido por las obras. Pero si la fe, antes que
sigan las obras, aprehende al Redentor, es
indudablemente verdadero que la fe sola, antes de
las obras, y sin las obras, se apropia el beneficio de
la redención, que no es otro que la justificación o
liberación del pecado. Esta es nuestra doctrina; esto
enseña el Espíritu Santo y toda la Iglesia cristiana.
En esto, por la gracia de Dios, nos mantendremos
firmes. Amén». Ahora bien, que esto, que es la
doctrina protestante, es también la doctrina paulina -
la doctrina de las Epístolas a los Romanos y a los
Gálatas-, podría darse por sentado, en estos días de


243
exégesis científica. Dudo que haya un exegeta de
primer rango que dispute que, en el uso de Pablo, la
palabra «justificar», es empleada de modo uniforme
en el sentido de absolver, declarar justo delante de
la ley, y que nunca tiene el sentido de hacer justo ---
es usada, en resumen, en el sentido «forense»
como opuesto a «condenar»-, y que el terreno de
esta sentencia absolutoria no es «obras de justicia»
o santidad incipiente, en la persona justificada, sino
«la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios
puso como propiciación por la fe en su sangre»
(Romanos 3:25. Ver, antes, p. 192). Antes se hizo
notar que los reformadores distaban mucho de
considerar la justificación como una simple amnistía,
o pasar por alto, o perdonar el pecado, sin
consideración a lo que es debido al testimonio
condenatorio de la ley de Dios contra el pecado. La
justificación no era, a su modo de ver, como no era
entre los apóstoles, el simple poner a un lado la
reclamación de la ley sobre el pecador, sino que era
la declaración de que la demanda había sido
satisfecha, y que la ley no tenía más acusaciones
contra él. Es justificación sobre una base justa
¡mutable; sólo que la justicia que fundamenta esta
nueva relación no se halla en el mismo pecador,
sino en el Salvador con quien está unido por la fe.
En qué forma vital captó esta verdad Lutero, y lo
cálidamente que la expresó, se puede mostrar
recogiendo unas pocas áe sus frases enérgicas.
«Pero nosotros», dice, «por la gracia de Cristo
sosteniendo el artículo de la justificación, sabemos
con certeza que somos justificados y considerados
justos delante de Dios por la fe solamente en
Cristo... Porque como ni la ley ni obra alguna de la
misma nos es ofrecida, sino Cristo sólo, tampoco se
requiere de nosotros nada más que la fe, por la cual


244
aprehendemos a Cristo, y creemos que nuestros
pecados y nuestra muerte son condenados y
abolidos en el pecado y la muerte de Cristo...
Reposemos, pues, sobre el punto principal de esta
cuestión presente; que es, que Jesucristo, el Hijo de
Dios, murió en la cruz, llevó en su cuerpo mis
pecados, la ley, la muerte, el diablo y el infierno... Si
tú, pues, echas mano de lo que enseña Pablo aquí,
contestarás, admito que he pecado. Entonces Dios
te castigará. No, no lo hará. ¿Por qué?; ¿no dice
que lo hará la ley de Dios? No tengo nada que ver
con esta ley, es decir, la libertad. ¿Qué libertad es
ésta? La libertad de Cristo, porque por Cristo soy
completamente librado de la ley... Si por tanto en la
cuestión de la justificación separas la Persona de
Cristo de tu persona, entonces te hallas en la ley,
vives en la ley y no en Cristo, y por ello estás
condenado por la ley y muerto delante de Dios... La
fe, pues, debe ser enseñada puramente, a saber,
que tú estás de modo tan completo e íntimo unido a
Cristo, que El y tú pasáis a ser como si dijéramos
una persona; de modo que puedes atreverte a decir:
soy ahora uno con Cristo, esto es decir, la justicia de
Cristo, su victoria y su vida, son mías. Y también
Cristo puede decir, yo soy este pecador, esto es, sus
pecados, y su muerte son míos, porque El está
unido a mí, y yo a El. Porque por fe estamos unidos
de tal forma que pasamos a ser una carne y un
hueso, somos miembros del cuerpo de Cristo, carne
de su carne, y hueso de su hueso» (Sobre Gálatas
ii. 18-20).
La doctrina de la justificación católicorromana fue
definida con autoridad por primera vez en la época
de la Reforma por los Padres tridentinos en relación
antitética a la protestante. Puede ser útil, por tanto,


245
considerarla brevemente, tanto para ayudar a
destacar con mayor claridad la doctrina protestante
como en vista de las numerosas influencias activas
que tienden a un renacimiento de las ideas católicas.
Los dictámenes del Concilio de Trento llevan en sí
las marcas del compromiso en que se originaron,
pero en su amplio contraste con la doctrina
protestante miden prácticamente toda la distancia
entre las dos Iglesias. Algunos de los puntos ya han
sido tocados de modo provisional.
El primer contraste se refiere al lugar asignado en la
justificación a la, fe. La justificación, en la doctrina
protestante, es por la fe. En el lenguaje de las
escuelas, la fe es la «causa instrumental» de
nuestra salvación. Es aquello por lo que
aprehendemos y nos apropiamos el beneficio divino
que se muestra para nosotros en la Persona y obra
propiciatoria de Cristo. En vez de fe, como causa
instrumental de la justificación, la Iglesia de Roma
pone el bautismo. Es en el bautismo, administrado
debidamente, que como limpiados de nuestros
pecados y renovados espiritualmente --en el sentido
de Roma «justificados»-. La fe, en este modo de ver,
se hunde al nivel de una causa predisponente. Es
por la fe, considerada en un asentimiento a lo que
Dios enseña, o mejor dicho enseña la Iglesia, que
somos llevados a buscar la justificación por el
bautismo (ibid. 6, 8). E incluso este lugar como
causa predisponente no es peculiar de la fe, sino
que es compartido junto con la fe, por cierto número
de virtudes distintas que se mencionan
directamente.
El segundo contraste se refiere a lo que podemos
llamar el enfoque a la justificación. El Protestantismo


246
enseña que la justificación es concedida a los que
se vuelven a Dios con corazones penitentes y
creyendo. La penitencia y la fe son elementos
inseparables de un estado espiritual; porque la fe
que aprehende a Cristo sólo puede brotar de un
corazón genuinamente contrito, y, viceversa, el
germen de la fe en la misericordia de Dios ya está
presente en la penitencia, pues de otro modo no
sería penitencia evangélica en absoluto. Pero, según
la idea de la Reforma, no va implicado mérito ni en
la una ni en la otra; sino que las dos son una
renuncia explícita al mérito. Este requerimiento de la
penitencia y la fe en la justificación Roma lo elabora
en una doctrina muy extensa de la preparación para
la justificación. Dios, se dice, concede gracia
«preveniente», a fin de que, en el lenguaje del
Concilio, «los que están alejados de Dios por sus
pecados, puedan estar dispuestos por medio de su
gracia avivadora y ayudadora a convertirse ellos
mismos a su propia justificación al asentir libremente
y cooperar con la gracia mencionada». De modo
más particular, la preparación consiste en la
adquisición de las siete virtudes de la fe, temor,
esperanza, amor, penitencia, el propósito de recibir
el sacramento (bautismo) y el propósito de llevar una
vida nueva y obediente. Finalmente, cuando todo
esto ha sido realizado, el individuo se halla sólo en
la antesala: está preparado, o dispuesto, para la
justificación; una noción totalmente no escritural.
Puede hacerse aquí una pregunta interesante: ¿Se
adscribe algún carácter meritorio a estos ejercicios
preparatorios? Las palabras del Concilio parecen
bastante explícitas: «Se nos dice que somos
justificados gratuitamente, porque ninguna de estas
cosas que preceden a la justificación -sea la fe o las
obras- merece la gracia misma de la justificación»


247
(ibid. 8). Sin embargo, esto es precisamente una de
las ambigüedades en el lenguaje con que el Concilio
cubre las diferencias de opinión. Como se ha
señalado antes, era una de las sutilezas de los
escolásticos el distinguir dos clases de mérito: el
uno, mérito estricto de condignidad (meritum ex
condigno), que daba motivo a derecho en justicia; el
otro, el mérito inferior de congruidad (meritum ex
congruo), que da un derecho sólo en equidad. Ahora
bien, varios dirigentes teólogos del Concilio
sostenían la doctrina de que aunque las obras
hechas antes de la justificación no merecen esta
gracia por el mérito de condignidad, sí la merecen
por el mérito de congruidad, esto es, hacen justo en
equidad que Dios les conceda la bendición. Que el
lenguaje del Decreto no significa el excluir este
grado inferior de mérito, es evidente tanto por los
debates registrados, como por los escritos de
Belarmino y la mayoría de los teólogos romanos.
Belarmino afirma de modo expreso que, cuando las
obras preparatorias se dice que no merecen
justificación, esto significa meramente que no la
mierece ex condigno y sostiene que la merecen ex
congruo. Afirma de modo explícito que las virtudes
antes mencionadas son las causas meritorias de la
justificación, y la mayoría de los teólogos de Roma,
como he dicho, sigue sus pasos.
Una vez asumida esta preparación, llegamos al acto
de la justificación en sí. La justificación, como hemos
dicho ya, está relacionada por Roma con el
bautismo. ¿Qué ocurre en el bautismo? En primer
lugar, se declara que la persona bautizada está
perfectamente limpia interiormente de todo pecado
original y actual; además, que se le ha infundido una
justicia nueva y sobrenatural, haciéndole santo y un


248
amigo de Dios. Esto es su justificación, en antítesis
a la doctrina protestante, que, como hemos
mostrado, la explica como el acto de Dios
declarando al pecador justo en base a la obra
consumada por Cristo. Para que no nos quedemos
asombrados (como podríamos) al hallar cuánto
pecado puede aparecer todavía en un alma
declarada purificada de toda traza del mismo, el
Concilio sigue explicando que «la concupiscencia» --
otro nombre para el deseo desordenado- queda para
el ejercicio de las virtudes cristianas; y la dificultad
de su presencia es resuelta mediante la declaración
de que la concupiscencia no es verdadera y
propiamente de la naturaleza del pecado, aunque se
admite que el apóstol Pablo la llama así. Además,
no sólo perpetúa la doctrina romana el error de
confundir la justificación con la regeneración y la
santificación (Sobre Justif. 7) (que podría ser sólo un
error de nomenclatura), sino que da el paso más
peligroso de hablar de justicia infusa como, en frase
escolástica, la «causa formal» de nuestra
justificación (ibid.), esto es, el terreno en que Dios
nos pronuncia justos, nos restaura al favor y nos da
el título de la vida eterna. La Cruz de Cristo,
realmente, es declarada como la causa última
meritoria (ibid.), pero se verá fácilmente que hay una
inmensa diferencia entre decir que el sacrificio
propiciatorio de Cristo es la única base de mi
aceptación, y decir que el sacrificio y mérito de
Cristo han comprado para mí la gracia por la cual yo
ahora soy capaz de merecer mi salvación por mí
mismo, que es el punto de vista tridentino (ibid. 3, 7).
No se trata de otra cosa que proseguir adelante en
el mismo esquema, cuando se considera, luego, que
la justificación, que ha empezado en la manera


249
descrita, es completada por las propias buenas
obras del creyente. Las buenas obras se ve que
tienen el pleno valor de mérito de condignidad, y que
crean un título propio a la vida eterna. «Hemos de
creer», dice el Concilio, «que no les falta nada a los
justificados para impedir que pueda considerárseles
que, por las mismas obras que han hecho en Dios,
hayan satisfecho plenamente la ley divina, según el
estado de esta vida, y hayan merecido
verdaderamente la vida eterna, para ser obtenida a
su debido tiempo» (Sobre Justif. 16). La justificación,
nos damos cuenta, admite grados y aumenta, y hay
que ganar un título por medio de la adición de
buenas obras antes que sea conseguida de modo
pleno» (ibid. 10, 16).
Todo esto es bastante grave, pero sus efectos en la
distorsión de la doctrina de la justificación son
puestos a la sombra por el lugar dado en el sistema
de Roma a la penitencia. Vimos en una parte
anterior de esta conferencia que el perdón obtenido
en el bautismo se considera que se aplica sólo a los
pecados cometidos antes del bautismo, y que los
pecados postbautismales son dejados para ser
expiados de otra manera. El dogma tridentino se
adhiere a la afirmación de que esta justificación,
comenzada en el bautismo, y perpetuada e
incrementada por las buenas obras, es aplicable
sólo para quitar el pecado prebautismal. En el
momento en que el alma cae en pecado después del
bautismo -por lo menos en pecado mortal- toda la
obra ha de empezar de nuevo, esta vez sobre una
base totalmente diferente (ibid. 15). Esto, el
desarrollo más notable de toda la doctrina de Roma,
me parece a mí que no ha recibido toda la atención
que merece, ni mucho menos. Aun suponiendo que


250
pudiéramos aceptar todo lo que esta Iglesia ha
enseñado hasta aquí en el sentido de la justificación,
nos serviría de muy poco, siendo así que, con
escasas excepciones, todos caemos de este primer
estado de gracia y necesitamos ser restaurados
sobre una base completamente diferente. Lo que
quiero decir es que no hay prácticamente nadie que
no haya perdido la gracia de su bautismo original por
causa de algún pecado mortal, según la Iglesia de
Roma define esta clase de pecados, y no necesite
ser justificado de nuevo por los métodos
establecidos en el sacramento de la penitencia. Así
pues, no es sobre la primera justificación que se
pone énfasis en la práctica del sistema, sino sobre
esta segunda justificación. Y es aquí que,
habiéndonos despedido de la doctrina escritural,
finalmente la dejamos, y nos lanzamos a navegar
por otras aguas. Sólo puedo indicar la dirección de
esta nueva ruta.
Los pecados cometidos después del bautismo se
nos dice que son de dos clases: veniales, que
debilitan la gracia en el alma, y mortales, que
destruyen la gracia. Los pecados mortales son
orgullo, ambición, falta de castidad, ira, gula, envidia,
pereza; y ¿quién hay, se puede preguntar, que en
algún período de su vida no haya caído en alguno
de ellos? Supongamos, pues, que hemos caído de
la gracia por haber cometido algún pecado mortal,
¿cuál es el remedio? El bautismo ya no sirve, pero
Dios en su misericordia ha provisto un nuevo
sacramento -una «nueva tabla», como se la llama---,
a saber, la penitencia (Sobre Justif. 14; Sobre
Peniten. l). Es en este artículo de la penitencia, digo,
si hay alguno, que hemos de buscar la doctrina real
de la justificación en el Romanismo como sistema


251
operante. Y aquí la gracia retrocede finalmente
hasta el fondo, y las obras vienen a primera línea.
Asumiendo que la gracia se ha perdido, ¿qué hay
que hacer? El penitente es exhortado a la contrición
(¿contrición sin gracia?), y se le asegura incluso
que, si su contrición es perfecta, esto sólo basta
para procurarle el perdón. Pero la contrición
raramente es perfecta, o no lo es nunca; Dios, pues,
ha provisto un método más fácil en la confesión,
para la cual se requiere un grado menor de
penitencia, llamado atrición. Hecha la confesión, el
sacerdote, en virtud de la autoridad divina que le es
delegada, da la absolución, al mismo tiempo que
prescribe ciertas obras de penitencia como
satisfacción (ibid. 6, 8, 9). Puede parecer que,
mediante este acto de absolución, el penitente
queda justificado de nuevo; pero no es así. Se ve
libre sólo por lo que afecta al castigo eterno de su
pecado. Incluso después que la culpa y el castigo
eterno han sido remitidos, queda todavía una pena
temporal, y ésta debe ser exonerada o descargada
por los propios esfuerzos y sufrimientos del pecador
en buenas obras y penitencias. Supongamos que no
es descargado por completo de esta obligación -y
prácticamente no lo es nunca en la vida-, el resto es
llevado al purgatorio, y tiene que ser descargado allí.
¡Esto, recuérdese, después que ha recibido la
absolución y ha muerto en un estado de gracia o
justificación! Hay todavía remedios -misas,
indulgencias, méritos de los santos- que pueden ser
aplicados para aliviar del purgatorio; pero en esta
región, erizada de cuestiones sobre las cuales los
mismos doctores difieren, no voy a entrar, Con todo,
-éste es el sistema --error sobre error, según creo-
con que Roma sustituye la doctrina escritural de la
justificación; ésta es, como he dicho, la doctrina


252
operante de la Iglesia de Roma. Y, después de todo,
si hemos de creer lo que dice la Iglesia, nadie puede
estar nunca seguro de si es justificado o de si será
salvo (Sobre Justif. 9). La ruta por la que Roma guía
a sus seguidores es oscura, llena de dudas y temor,
con el purgatorio en primer plano, y el cielo en un
distante más allá dudoso. Contra esta parodia y
farsa de la gracia de Dios, los reformadores hicieron
un incalculable servicio al hacer resonar, para la
propia consolación y la de las generaciones
sucesivas, la gran verdad emancipadora:
«Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con
Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo»
(Romanos 5:1).
III. Los puntos principales de la doctrina de la
justificación en la Reforma, a saber: 1) que la
justificación es por la gracia gratuita de Dios, y no
por las obras; 2) que es por medio de la fe sola; 3)
que incluye el perdón de los pecados y pronuncia al
pecador justo delante de Dios; 4) que ha de ser
distinguida del cambio interno que llamamos
regeneración y santificación, y no procede de la
base de este cambio; 5) que no es en modo alguno
una mera amnistía, sino que tiene su base en la
perfecta justicia de Cristo, y la expiación que El hizo
por el pecado; y 6) que es instantánea y completa,
un acto de Dios que no se repite más; puntos
cardinales de la doctrina, éstos, sobre los cuales
todos los reformadores estuvieron unánimes y fijos,
creo, más allá del poder de una rectificación futura.
Con todo, la afirmación firme religiosa de estas
verdades, e incluso la demarcación clara de las
mismas delimitándolas de los errores contrarios
romanistas, distaba mucho de completar el
desarrollo teológico sobre el tema. La tarea


253
teológica, realmente, sólo había empezado
propiamente cuando, agitado el impulso inmediato,
los hombres fueron llevados a inquirir más
cuidadosamente en el significado de los términos
que usaban, y en las relaciones de las ideas
representadas por ellas. Es difícil en un proceso así
el evitar el retroceso a faltas de un escolasticismo
ansioso, y la Iglesia posterior a la Reforma en modo
alguno escapó de este peligro. Sin embargo, no
podemos por menos que ver que las controversias
que surgieron, tan numerosas en los días que
siguieron inmediatamente a la Reforma, tuvieron su
lugar y significado en la historia del dogma, y
aunque dañadas por las flaquezas humanas y la
violencia de la pasión partidista, fueron
precisamente las que tenían que surgir en la
investigación a fondo de los problemas a que daba
nacimiento la conciencia evangélica nuevamente
adquirida. No fue meramente el antagonismo
constantemente presente de la Iglesia de Roma lo
que forzó a los reformadores a la controversia. La
Reforma misma había dejado sueltas una multitud
de fuerzas -místicas, racionalistas, revolucionarias-
de las cuales brotaron nuevas y vigorosas formas de
oposición. Igualmente vivas fueron las disputas entre
los sectores Luterano y Reformado del
Protestantismo, aunque éstas no afectaron mucho al
artículo de la justificación. Hubo de nuevo los
conflictos agudos que aparecieron en el mismo seno
de la Iglesia Luterana, con los errores y
unilateralidad que implicaban. Estos se puede decir
que habían quedado agitados en su ímpetu para
1577, cuando fue adoptada la Fórmula de
Concordia, que había sido redactada para
resolverlas. Podemos dar una mirada, también,
antes de terminar a la oposición sociniana.


254
Una cosa que ayudó muchísimo a la Iglesia Reforma
en estas controversias, en comparación con la
Luterana, fue su posesión del consumado genio
constructivo de Calvino, el cual dio a sus doctrinas
un grado de firmeza y consistencia nunca alcanzado
por la comunión rival. Tuvo, además, la ventaja de
sacudirse enteramente de la doctrina de la
regeneración bautismal, algo que la Iglesia Luterana
no había hecho. Siempre ha de haber alguna
dificultad en combinar de modo consecuente una
doctrina de la justificación por la fe con una doctrina
que considera a toda persona bautizada como
regenerada. Porque si es regenerado, entonces está
también justificado y es salvo. Para Lutero, en
consecuencia, la fe, en el caso del bautizado, tiende
a ser considerada más como un llegar a ser
consciente de una bendición que ya se posee, que
como la entrada en un nuevo estado de perdón y
aceptación. Hay un aspecto importante de verdad en
este modo de ver, también, al que es necesario
hacer justicia. La Iglesia es antes que el individuo; y
la regeneración, en el caso de los que son criados
bajo las influencias de la gracia, puede anteceder al
conocimiento claro del estado de privilegio en el cual
la fe en Cristo nos introduce. Pero es erróneo unir
esto con una teoría sacramental. La Iglesia
Reformada, que no tiene el estorbo de una teoría
así, aunque lejos de dar menos valor a los
sacramentos, pudo elaborar su sistema con mayor
precisión y coherencia.
El objetivo de los reformadores era preservar el
equilibrio entre los lados objetivo y subjetivo de la
salvación, y surgieron errores en uno y otro lado,
según era perturbado este equilibrio. En los círculos
anabaptista y místico, la tendencia era al rechazo de


255
las formas de una teología de la imputación, y la
reversión a la noción de la justificación por medio de
la justicia impartida. Una forma peculiar de
misticismo la representa Osiander, a quien Calvino
dedica tanta atención (ver Instit. iii. 11). Osiander no
negó exactamente la redención objetiva, aunque
esto él lo pone al fondo; pero, con otras muchas
cosas dudosas, explicó la justificación como la
infusión en el alma de una justicia divina esencial -la
justicia del propio ser de Dios-. La humanidad de
Cristo, pues, pasa en el mejor de los casos a ser el
medio por el cual El nos la transmite, y hace
participar en su naturaleza esencial como Deidad. Al
defender su doctrina contra esta clase de objetores,
los reformadores tenían que mostrar que la
imputación que ellos defendían no era una ficción
legal, sino la adscripción al pecador de este estado
delante de Dios y de su ley --esta inmunidad de
condenación y derecho al favor-al cual les daba
derecho su conexión con Cristo. Si el pecador no era
condenado, sino perdonado, y recibido a la
comunión, era porque ya no se le podía acusar de
nuevo en justicia a la luz de su relación con Cristo. Y
salvaguardaron su doctrina del abuso antinomiano
haciendo de la unión vital con Cristo la condición de
la justificación -una unión en la cual «hemos
adoptado a Aquel en el cual tuvo lugar por nosotros
la obediencia y el sufrimiento, y de esta forma
recibimos con Cristo también los efectos de su vida
y sufrimientos»--; en la cual, Cristo, no menos, se
une con nosotros, y reside en nosotros como la
fuente de toda bendición espiritual. A los que
acusaban sus doctrinas de abrir el camino al
pecado, indicaban que esta aceptación de Cristo en
fe es la aceptación de Cristo entero -el Cristo en
todos sus oficios o cargos, y para todos los fines de


256
su obra: para la santificación así como la
justificación-, y que, siendo la santidad el fin del
perdón, el que uno pensara aceptar a Cristo para
recibir el perdón, rehusando reconocerle como
Señor, con ello demostraba que no había
conseguido ni una idea remota de lo que significa la
verdadera fe. (Ver Romanos 6.)
No es necesario entrar en los detalles complicados
de las Controversias Luteranas, aunque, como se ha
dicho, no eran meros productos de un espíritu de
contienda, sino discusiones que era inevitable
aparecieran en el intento de una fijación más exacta
de la doctrina en sus distintos aspectos. La
justificación tenía, por un lado, un aspecto de
relación a la obra de Cristo; por otro, un aspecto de
relación a la regeneración, y a la nueva vida y
buenas obras del creyente. De ahí que algunas
cuestiones de las que podemos pensar que son
frívolas, tienen a pesar de ello, una buena cantidad
de sustancia, como en la relación de la justificación
a la obediencia activa y pasiva a Cristo; con
respecto a si la noción de justificación queda agitada
en el perdón de los pecados (Piscátor), o bien
incluye la idea de conferir un título positivo a la
bendición de la vida eterna, y en cuanto a la relación
del creyente con la ley, de la fe al arrepentimiento,
de las buenas obras para la salvación definitiva, etc.
Sólo podemos tocar aquí un punto por su interés
intrínseco, a saber, la cuestión tan discutida en la
edad de la Reforma, y también, después, respecto a
la prioridad relativa de la regeneración o la
justificación, o, como se ha dicho a veces, la
cuestión del ordo salutis1 Se puede decir que surge
de un lenguaje como el que hemos acabado de usar
en cuanto a la necesidad de unión espiritual con


257
Cristo para la justificación. De modo amplio, la
dificultad es la siguiente: Si la unión vital con Cristo
precede a la justificación, y la fe, por la cual es
efectuada esta unión, es el acto de un alma avivada,
parece que vamos a parar a la paradoja de que un
pecador es regenerado, o pasa a ser un hijo de
Dios, antes de ser justificado, esto es, cuando
todavía está bajo condenación. Si, por otra parte,
ponemos la justificación primero, parece que nos
vemos obligados a admitir, o bien que hay
justificación antes de la fe, o que la fe es un acto del
alma no regenerada. Se puede conceder que no hay
distinción alguna en orden al tiempo; pero en orden
al pensamiento, se puede sostener que un estado
ha de ser la condición del otro, y parece surgir un
dilema en una y otra alternativa. Los teólogos han
vacilado en este tema de una manera muy notable.
Por lo general, quizá, la regeneración es colocada
en primer lugar, y considerada como causa de la fe;
muchos, por otra parte, se oponen a este modo de
ver y colocan primero la justificación. Esto implica la
grave dificultad de que para ser consecuente parece
requerirse poner la justificación incluso antes de la
fe; pero no se amilanan por esta consecuencia.
Inforo Dei, sostienen, la justificación ya ha tenido
lugar---es un acto eterno--; la fe sólo pone al
creyente subjetivamente en posesión de una
bendición que en realidad ya es suya. No creo que
ésta sea sana teología de la Reforma, o que sea
bajo esta luz que la Escritura presenta la materia.
Incluso en la mente divina no se puede pensar en la
justificación, a menos que el objeto de la misma sea
visto en un sentido verdadero en unión con Cristo;
pero esta unión, con toda seguridad implica una
operación antecedente del Espíritu para que sea
realizada. Si se argumentara que tras la


258
regeneración del hombre está la obra completada
por Cristo, y el propósito de Dios de justificar, habría
menos dificultad, porque indudablemente la
justificación es el fin de todas las operaciones de la
gracia de Dios al traer a las almas a la fe. Pero la
verdadera explicación parece ser que la
regeneración, en su sentido pleno, ni se puede decir
que preceda a la justificación, ni que la justificación
preceda a ella; porque es el mismo acto supremo
que nos une a Cristo para nuestra justificación aquel
en que la regeneración es también completada
espiritualmente? Lo que precede a la fe, y la
engendra, es la exhibición de la disposición de
gracia de Dios y su promesa de salvación en Cristo.
Nos equivocamos, me parece a mí, al esforzamos
en separar los factores de un proceso cuyos
elementos se condicionan entre sí recíprocamente.
Lo mismo podríamos preguntar si, en la aprehensión
de la verdad, el acto del intelecto precede a la
posesión de la verdad, o viceversa. Porque,
claramente, a menos que en algún sentido la verdad
ya se halle en la mente pensante, no podría ser
captada por ella. El proceso psicológico en el cual
Dios revela a su Hijo en el alma es demasiado sutil y
raudo para nuestras categorías de antes y después.
El ataque a la doctrina de la Reforma desde el lado
del Socinianismo se dirigió ciertamente a la raíz de
la cuestión; con todo, por su evidente falta de
profundidad y sinceridad religiosas, falló en hacer
mucho impacto en la conciencia general de la
Iglesia. La objeción sociniana puede resumirse en la
proposición, con frecuencia repetida desde
entonces, y atractiva por su plausibilidad: la
satisfacción y la remisión se excluyen mutuamente.
Si los pecados han sido satisfechos por Cristo, no


259
pueden ser gratuitamente remitidos; porque la
remisión se refiere a una deuda. Si son remitidos
gratuitamente, no hay lugar para la satisfacción (ver
Calvino, Instit. ii. 17). Con todo, la fe cristiana, que
conoce la magnitud y gratuidad de la bendición que
ha recibido, y al mismo tiempo, agradecida, atribuye
todo lo que tiene a la mediación de Cristo, sabe de
antemano que el supuesto dilema implica una
falacia, y, en el sentimiento, si no en el intelecto, ya
ha pasado de largo la contradicción. Y tampoco
parece seria la dificultad si evitamos hacer
demasiado hincapié en la analogía de una deuda,
que en las relaciones morales es sólo aplicable
dentro de ciertos límites. Esta es, realmente, la
paradoja divina de la salvación, que es las dos
cosas a la vez: un acto de gracia infinita, totalmente
ni buscado ni merecido por el pecador; y, por otra
parte, una bendición concedida en armonía con los
derechos de justicia y a base de una expiación
perfecta por el pecado. La gracia se muestra, no en
prescindir de la expiación, sino en proporcionarla. El
perdón, por lo que respecta al pecador, es gratuito;
en cuanto al que perdona, El acepta sobre sí la
carga de lo que se necesita para la satisfacción de
las demandas de la justicia, y a la gracia del perdón
añade la gracia futura de ver que las condiciones de
su concesión sean cumplidas rectamente. Bajo
ningún aspecto puede considerarse la transacción
como puramente externa o legal. Hay elementos
espirituales y éticos implicados en todo momento. El
Salvador y el pecador no están aparte el uno del
otro. Hay una relación de afinidad y simpatía por un
lado; el lazo espiritual de la fe por otro. Es la antigua
idea de Bernardo: la Cabeza satisface por los
miembros; con todo, los miembros no dejan de
reconocer la gracia que fluye a ellos de la Cabeza.


260
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\lll¦ll1l ` \lllC'C \lll¦ll1l ` \lllC'C \lll¦ll1l ` \lllC'C \lll¦ll1l ` \lllC'C
Para el profesor Hamack la historia del dogma se
termina en la Reforma. La teología protestante, por
motivos distintos, ha operado prácticamente bajo la
misma hipótesis. Se planta en los credos de los
siglos dieciséis y diecisiete, y considera que toda
desviación de los mismos, o el mero hecho de
tocarlos, es una especie de defección. Hay, hasta
cierto punto, justificación para el modo de ver de
Hamack, según el cual, con la excepción del dogma
de la Infalibilidad papal, promulgado por el Concilio
Vaticano en 1870, que él considera, no ha habido
intento alguno desde el período de la Reforma de
formular una nueva doctrina en documentos que
tengan autoridad general. Los credos protestantes


261
posteriores a la Reforma -los Cánones del Sínodo
de Dort, y la Confesión de Westminster, por ejemplo,
sólo refuerzan la retaguardia del movimiento
protestante, y hacen poco más que reproducir o
cristalizar sus resultados. Con todo, no hay quien
conozca la historia de la Teología que no se dé
cuenta de que el desarrollo de la doctrina no termina
con el siglo dieciséis. Ha pasado fases de
trascendental importancia desde entonces, y está
todavía en marcha bajo la acción de ideas e
influencias que continúan modificándolo
profundamente.
Hay una rama de la Teología, en realidad, que aún
no he tocado, a saber, la Escatología. Porque
aunque la doctrina de las postrimerías ha tenido por
necesidad siempre un lugar en el pensamiento y
especulación de la Iglesia -incluso tuvo en la Iglesia
medieval un desarrollo mitológico extraordinario -,
apenas se puede decir que haya tenido una
«época» o período en que fuera discutida de modo
exhaustivo como lo han sido otras doctrinas. He
presentado la sugerencia (ver cap. 1) de que, si hay
algún período que pueda ser nombrado como una
«época» para esta doctrina, es la nuestra presente,
en que se ha ampliado la perspectiva general del
universo, con sus concepciones más extensas del
amor divino, su conocimiento superior del
paganismo, su sentimiento tipo fin de siéc1e -todo lo
cual se ha combinado para apremiar en él con
intensidad peculiar las cuestiones del destino futuro
del individuo y de la raza-. En todo caso, el tema es
tal, que sólo puede ser discutido provechosamente
como el resultado de una aprehensión inteligente de
todas las demás doctrinas del sistema cristiano. Lo
dejo, pues. hasta la última conferencia. Entretanto,


262
prosigo considerando las causas generales que han
tendido a modificar la doctrina desde la época de la
Reforma, y algunos de sus efectos principales.
I. Ya he indicado que la edad de la Reforma se
destacó por su productividad de credos. Haremos
bien si no menospreciamos la ganancia que resulta
para nosotros de estas creaciones del espíritu del
siglo dieciséis. Nos equivocaremos gravemente si,
siguiendo una tendencia prevaleciente, nos
permitimos creer que son sólo curiosidades
arqueológicas. Estos credos no son productos
resecos como el polvo, sino que surgieron de una fe
viva, y encierran verdades que ninguna Iglesia
puede abandonar sin serio detrimento de su propia
vida. Son productos clásicos de una época que se
complacía en formular credos, con lo cual quiero
decir una época que posee una fe que es capaz de
definirse de modo inteligible, y por la cual está
dispuesta a sufrir si es necesario -y que, por tanto,
no puede por menos que expresarse en formas que
tengan validez permanente-. Estas épocas no
surgen por decreto humano, y hasta que vienen, el
proceso de redactar credos, o juguetear con ellos,
no tiene mucho éxito. Es un hecho significativo que
los credos de la época de la Reforma permanecen
intactos prácticamente como he dicho, hasta el día
de hoy, como bases doctrinales de las grandes
Iglesias protestantes. Las modificaciones que se han
hecho en ellos no son importantes, y los esfuerzos
para desplazarlos por nuevos símbolos no han
prosperado. La Iglesia Luterana, por ejemplo, a
pesar del racionalismo que ha abundado dentro de
su recinto, sigue todavía basada en lo esencial en su
Confesión de Augsburgo; la Iglesia Anglicana en sus
Treinta y nueve Artículos; nuestras Iglesias


263
Presbiterianas en la Confesión de Westminster, y
otras similares. Estos credos se han mantenido
erguidos como testigos, incluso en períodos de
decaimiento, a las grandes doctrinas sobre las
cuales fueron establecidas las Iglesias; han servido
como baluartes contra los asaltos y la
desintegración; han formado un núcleo de reunión y
reafirmación en tiempos de avivamiento; y quizá han
representado siempre con precisión sustancial la fe
viva de la parte espiritual de sus miembros.
Hay otro punto, sin embargo, por el cual estos
credos nos afectan más de cerca. Se sigue de la
línea de ideas que me he esforzado en proseguir en
estas conferencias, que sólo ahora ha conseguido la
Iglesia una posición en la que le es posible exhibir
en la forma de un credo el conjunto de la doctrina
cristiana. Hasta aquí, por ejemplo, en tanto la Iglesia
estaba ocupada sólo con cuestiones teológicas---
esto es, con la doctrina de Dios y de la Trinidad-,
sólo podía dar expresión a los resultados
alcanzados en este departamento; en tanto estaba
afectada sólo por los problemas cristológicos, sólo
podía formular los resultados cristológicos; no fue
hasta que se hubo hecho un examen prácticamente
completo del conjunto de las doctrinas cristianas que
fue posible producir credos que personificaran el
sistema cristiano en conjunto. Esta es la peculiaridad
de los credos de la Reforma. Los credos de la
Reforma dan, y esto prácticamente por primera vez,
una exposición conjunta de todos los grandes
artículos de la doctrina cristiana. Enmarcados como
fueron para dar una referencia especial de la
justificación por la fe y sus doctrinas afines, no
podían por menos que hacerlo. Porque estas
doctrinas miran y presuponen la afirmación de todas


264
las doctrinas precedentes. Por la misma razón, la
Iglesia de Roma, al redactar su símbolo antitético de
Trento, se vio en la necesidad, por primera vez, de
formular un credo que cubriera el conjunto de la
doctrina.
No seremos justos con los reformadores -
permítaseme añadir- si fallamos en notar otro gran
hecho acerca de estos credos, a saber, su
referencia explícita a la Escritura. No es raro oír que
se diga que, en tanto que las partes de los credos de
la Reforma que surgieron de la conciencia
evangélica de la edad -la doctrina de la justificación
y otras relacionadas- son vitales y frescas, no se
puede decir lo mismo de las partes restantes, que
fueron tomadas sin alteración de la tradición
católica. Se hace el reproche a los que redactaron
estos credos, por ejemplo, de que simplemente se
plantaron en el camino de las decisiones anteriores
sobre la Trinidad y la Persona de Cristo, y no
intentaron una reconstrucción de estas doctrinas a la
luz del nuevo principio evangélico. No puedo estar
de acuerdo en que este reproche esté bien fundado.
Es cierto, no cabe duda, que los reformadores se
adhieren a las antiguas definiciones de la Iglesia
respecto a la Trinidad y la Persona del Redentor,
pero las razones son evidentes. En primer lugar,
necesitaban estas doctrinas como los fundamentos
de su propia fe evangélica. Un Salvador que fuera
Dios verdaderamente, y verdaderamente hombre -y
no menos un Espíritu divino que procediera del
Padre y del Hijo- era una necesidad absoluta como
la base de sus doctrinas de la redención, la
justificación y la regeneración. Pero, en segundo
lugar, no tomaron estas doctrinas simplemente de la
tradición, sino que las aceptaron por razón de una


265
clara percepción de que eran escriturales y ciertas.
Nadie ha estado menos dispuesto que ellos a
aceptar doctrinas a base de la simple tradición.
Barrieron montones de errores que formaban parte
del sistema de la Iglesia existente, algunos con
venerables canas por su antigüedad, y todo por no
hallar apoyo para ellos en la Escritura. Si se asieron
a estas doctrinas ecuménicas del Hijo y del Espíritu,
fue precisamente porque percibieron claramente que
las Escrituras las enseñaban. Y como ésta fue la
base sobre la cual fueron construidos sus credos, es
justo que ésta sea la prueba por la que ahora sean
examinados. Podemos presentar reto, si queremos,
a la suficiencia de la Escritura como base de la
doctrina, pero deberíamos por lo menos recordar
que la Escritura es el terreno sobre el cual profesan
reposar estas exhibiciones de doctrina, y es justo
que se las examine, si quiere hacerse, en primer
lugar, por lo que pretenden ser ellas mismas.
II. Voy, a continuación, a hablar positivamente de los
desarrollos teológicos que han tenido lugar en base
a estos credos de la Reforma, y dentro de las
Iglesias que ellos representan. Es evidente que la
tarea teológica en este período difiere en un sentido
importante de la de épocas anteriores. Entonces,
como hemos visto, muchas de las doctrinas no
habían sido aún desarrolladas o estaban sólo en
proceso de desarrollo; ahora, cada una de ellas --
con la excepción de la escatología- había pasado
por una fase de formación, y los resultados estaban
cuajados en credos aceptados. Esta obra, hecha ya,
no había por qué hacerla de novo. Podía darse el
caso de que en el futuro hubiera decaimiento de los
logros ya alcanzados, caídas en errores de antaño o
renovaciones de los mismos bajo nueva guisa, o


266
bien podía haber adelanto positivo; pero, fuera la
que fuera la forma asumida por su desarrollo, tenía
que ser condicionada por el hecho de que la Iglesia
ahora poseía toda la gama doctrina] delante y podía
ver el desarrollo desde su comienzo a su término.
Esto, como es natural, tuvo un efecto en la idea del
sistema. En la construcción de sus doctrinas, una
por una, en la historia, la Iglesia no fue guiada por la
idea de un sistema. El sistema estaba incluido en la
naturaleza del caso, no en alguna percepción de la
Iglesia hacia la cual el proceso tendía. Las doctrinas
anteriores no estaban formuladas con algún
conocimiento de las controversias que más adelante
surgirían. No había vocación o intento, pues, de
encajar la una primorosamente en la otra, según
fuera la idea de un sistema perfecto requerido.
Había, naturalmente, en todo momento un
sentimiento de la unidad de la fe, que ejercía cierta
influencia reguladora, pero no podía suplir la función
de un esfuerzo dirigido de modo consciente. Ahora,
en cambio, que se había alcanzado una meta
provisional, había oportunidad y necesidad de
revisión y reajuste del sistema doctrinal en su
totalidad. Ahora cada una de las partes podía ser
reajustada con más precisión en las otras, se podían
notar los puntos flacos, hacerse modificaciones, en
tanto que las nuevas cuestiones que surgían a la luz
de la construcción del conjunto, o con los nuevos
adelantos en el conocimiento y el pensamiento,
hacían posible llevar el desarrollo más adelante. No
quiero decir, naturalmente, que la teología
sistemática no tuviera existencia antes de la
Reforma. Tuvo su punto de partida ya en tiempos de
Orígenes, aunque como una disciplina especial data
realmente del tiempo de los escolásticos. Estos
edificaron sistemas enormes, aunque muy


267
imperfectos, a base de las Sentencias de Pedro el
Lombardo u obras similares. Pero con la Reforma
entró en una fase claramente nueva, que
correspondía en su carácter más perfecto al estado
más completo que había alcanzado en la
aprehensión de la doctrina. Entonces, en el terreno
de las dos Iglesias, la Luterana y la Reformada,
surgieron inmensos sistemas de dogmática, y
aparecieron multitud de cuestiones que ocuparon la
mente de los hombres con toda la agudeza de las
antiguas disputas escolásticas. Hay que notar que
hubo una diferencia entre una y otra en el hecho de
que los luteranos del siglo dieciséis no se
destacaron por su don de sistematización, y apenas
fueron más allá de los Loci, o tratamiento tópico de
las doctrinas, en tanto que la Iglesia Reformada tuvo
un genio sistemático de primer orden en Calvino.
Pero, además de estas causas de desarrollo en la
Iglesia en sí, había otras influencias, todavía más
poderosas, que entraron en liza desde fuera, cuyo
efecto pleno sólo se hizo notar más adelante. Me
refiero al gran despertamiento intelectual que la
Reforma trajo consigo; o mejor, que empezó en el
renacimiento del saber en el siglo precedente, y que
ahora recibió un poderoso impulso a partir de la
liberación mental implicada por la doctrina de la
Reforma en el derecho del juicio privado u opinión
personal. Todo contribuía a intensificar este impulso.
El pasado se había hecho patente en la
recuperación de los tesoros literarios de Grecia y
Roma; la concepción del mundo se había ampliado
con el descubrimiento de un nuevo continente y con
la circunnavegación del Globo; y todavía se dio una
expansión más vasta a las ideas que tenía el
hombre del espacio, mediante la promulgación de la


268
teoría copernicana del universo. La imprenta había
provisto de alas al saber; la era de la ciencia física,
con Lord Bacon por profeta, alboreaba; la filosofía se
hallaba en vísperas de empezar el poderoso ciclo
sólo completado en nuestro propio siglo
(diecinueve); la sociedad emergía del estadio del
feudalismo en las monarquías modernas. Todo
estaba en pleno trastorno; las antiguas instituciones
y concepciones eran sacudidas; se dejaban en
libertad fuerzas, a veces destructivas, otras sanas y
creadoras. A este nuevo espíritu del tiempo, en
todas sus formas de operación, tuvo que adaptarse
la teología de la Reforma. Creo que apenas
podemos comprender la magnitud de su tarea en
comparación con lo que nosotros consideramos
grandes dificultades de nuestra propia edad. Era
imposible pasar por un proceso semejante sin
encontrar muchos riesgos, muchas tentaciones a
desviarse a derecha o a izquierda. Y tampoco era
posible cruzarlo sin enormes ganancias y
avivamiento en todas direcciones. Voy a intentar
trazar un bosquejo del camino que fue seguido en la
realidad.
Ya hemos dado una mirada a las disputas internas
que agitaron a la Iglesia Luterana hasta la
compilación de la Fórmula de Concordia en 1577.
En un doble aspecto, aparte de las distinciones en el
culto y el gobierno, la Iglesia Luterana marcó su
diferencia con la Reformada: primero, recayendo,
bajo la guía de Melanchthon, en un punto de vista
sobre la predestinación menos riguroso, pero, como
suele admitirse, lógicamente inconsecuente; y
segundo, en su insistencia sobre la presencia real,
corpórea, de Cristo en la Eucaristía, y en la doctrina
de la ubicuidad de la humanidad de Cristo,


269
conectada con ella. Es a la última de estas
divergencias que se deben las peculiaridades del
Luteranismo posterior. La cristología de los
luteranos, de hecho, no es un desarrollo
independiente, sino condicionado del todo por la
doctrina de la Cena del Señor. Si se mantiene la
presencia real de la carne y sangre de Cristo, «en,
con y bajo» los elementos de la Cena
(consustanciación), parece evidente que hay que
afirmar una ubicuidad del cuerpo de Cristo -una
omnipresencia, o por lo menos una multipresencia-.
Una base doctrinal para esto hay que buscarla en la
idea de una communicatio idiomatum, o
participación perfecta de la humanidad de Cristo en
todos los atributos de la deidad, incluida la
omnipresencia. Aparecieron inevitablemente
disputas respecto a la naturaleza de esta ubicuidad,
y luego tenemos controversias como las que hubo
entre Brentz y Chemnitz --el primero defendiendo
una omnipresencia de la humanidad glorificada de
Cristo, el último contendiendo en favor de una
ubicuidad relativa, esto es, una ubicuidad
dependiente de la voluntad de Cristo, aunque
evidentemente esto implicaba una omnipresencia
absoluta en potencia-. Una controversia afin es la
del siglo diecisiete entre los teólogos de Giessen y
Tubinga, con respecto a la manera de la posesión
de Cristo, o más bien uso, de este atributo en la
tierra. La Iglesia Reformada evitó estas filigranas de
especulación por tener una interpretación más
sobria de la Cena, aunque se inclina al error
opuesto, quizá, de una separación demasiado
severa entre las naturalezas divina y humana?
Incluso entre las dos secciones de la iglesia, sin
embargo, es sorprendente ver hasta qué punto la
controversia se resolvió al final en una cuestión de


270
palabras. Requeridos a explicarlo, los luteranos
tuvieron que reconocer que no querían decir que
Cristo se hallaba en todas partes presente en una
forma crasa, material, sino sólo que estaba presente
dinámicamente, en alguna forma invisible,
incomprensible, en poder o energía --en la virtud, no
en la sustancia de su cuerpo-. En este caso no es
fácil ver en qué forma difiere esta doctrina
esencialmente de la de los calvinistas, que admiten
también que Cristo está presente en su pueblo y con
su pueblo en el poder de su vida de resurrección
como Señor de todos.
A la resolución de la doctrina en base a la Formula
de Concordia siguió en Alemania un siglo de
ortodoxia luterana casi sin perturbación -siendo la
principal controversia la de los teólogos de Giessen
y Tubinga sobre la humillación del Señor ya referida-
. Este es el período conocido como el
Escolasticismo Luterano, en que la teología, aunque
cultivada por hombres de reconocido saber y
capacidad, tendió progresivamente a volverse árida
y formal ---en que la ortodoxia de la letra pasó a ser
la preocupación principal, y la piedad del corazón
fue puesta relativamente en un plano posterior-. Con
todo, también aquí hemos de procurar no exagerar.
Las figuras importantes de las universidades fueron,
muchos de ellos, hombres de piedad genuina; junto
al Luteranismo rígido había tendencias moderadas
y, más católicas --en la escuela Calixtina, por
ejemplo-; el misticismo dio nacimiento a un genio
como el zapatero de Górlitz, Jacob BÓhme;
entretanto, que subsistía una piedad cálida y viva en
los corazones del pueblo en aquellos años difíciles -
incluso en la parte menos espiritual de los mismos, a
saber, durante la guerra de los Treinta Años (1618-


271
1648), en que la religión parecía pisoteada entre las
pasiones implacables y las devastaciones
indescriptibles- lo evidencia la rica producción de
himnos y cánticos, que constituye un rasgo especial
del período. Muchos de los himnos alemanes más
populares proceden de este manantial al parecer
poco prometedor. Gradualmente esta subcorriente
de sentimiento religioso sincero reaccionó contra
una dogmática que había cesado de ministrar a la
vida, y antes de fines del siglo había traído la era del
Pietismo, que, con el devoto Spener y Francke -
filántropo enamorado de la Biblia- como líderes, y la
nueva Universidad de Halle como centro operativo,
consiguió una ascendencia temporal después de
muchas luchas. Pero el Pietismo falló, a la larga, por
la razón que le había dado empuje: su subjetividad.
Poniendo, como era apropiado, el acento principal
en la religión personal, en las obras de amor y en el
guardar realmente los mandamientos de Cristo, y
exaltando el estudio bíblico, pero, por otra parte,
menospreciando el saber humano y mirando de
soslayo la teología doctrinal, que se había hecho
desabrida a causa de sus sutilezas estériles, y la
sustitución de la vida por la ortodoxia. Esta
unilateralidad del movimiento, una vez se hubo
agotado el cálido impulso inicial, trajo consigo su
propio castigo. Cayó en decadencia después de la
muerte de sus líderes, y lo que había empezado
como verdadera obra de Dios se hizo notorio por la
estrechez, pobreza y esterilidad de espíritu. La sana
objetividad de la piedad de los reformadores fue
sustituida por una mórbida cavilación sobre los
estados subjetivos, en tanto que, en el aspecto
científico, no podía ofrecer satisfacción a mentes
despertadas para pedir cuál era el significado de las
doctrinas cristianas, y sus relaciones con los vastos


272
campos del saber abiertos a su alrededor. No puede
considerarse sorprendente, pues, que por estas
causas y otras a que nos referiremos, tanto el
Pietismo como la antigua ortodoxia, que se había
vuelto en gran parte una especie de intelectualismo
hacia mediados del siglo dieciocho, fueran presa del
racionalismo que en aquel tiempo se extendía por
Europa.
De esta ojeada al Luteranismo, volvamos a
considerar el desarrollo más fuerte: el Calvinismo.
Las Instituciones de Calvino fueron publicadas en
1533, y la relación del reformador con la ciudad de
Ginebra, que rápidamente le elevó a la posición de
dictador teológico de las Iglesias Reformadas de
Europa, comenzó en 1536. La amplitud,
comprensión y cohesión lógicas extraordinarias del
pensamiento de Calvino dieron a su sistema un
dominio sobre las mentes y conciencias de los
hombres que, en unión de un tipo más flexible de
organización en la Iglesia, le permitieron esparcirse
y echar raíces bajo diversas condiciones nacionales,
cosa que no pudo hacer el Luteranismo. Apenas es
necesario, en un bosquejo sumario de esta clase,
entrar en la defensa del Calvinismo frente a las
críticas superficiales y con frecuencia muy
ignorantes que se le han hecho. Basta decir que son
los pensadores más profundos y los estudiosos de la
historia más capaces los que rinden al mismo y a su
influencia la mayor justicia. Permítaseme citar las
palabras siguientes, que he usado en otra parte: «El
sistema de Calvino es el reflejo de su mente -severa,
grande, lógica, osada- para encumbrarse a las
alturas; con todo, humilde, en su reversión constante
a las Escrituras como su base. Montando en el trono
de Dios, Calvino lo lee todo a la luz del decreto


273
eterno divino. El hombre en su estado de pecado ha
perdido su libertad espiritual y el poder de hacer
nada verdaderamente bueno, aunque Calvino
admite libremente la existencia de la virtud natural, y
la atribuye a la operación de la divina gracia incluso
en su estado no regenerado (Instit. ii. 2. 12-17). La
providencia de Dios lo gobierna y lo abarca todo,
natural y espiritual. Todo lo que sucede es, de este
modo, el alumbrar parte del consejo eterno. Todo el
que es traído al reino de Dios lo es por un acto libre
de la gracia, y aun la omisión de los no salvos debe
ser adscrita a un origen en la voluntad divina eterna,
por misteriosa que sea. La voluntad de Dios, de este
modo, contiene en sí las razones últimas de todo lo
que es. No es arbitraria, sino una voluntad santa y
buena, aunque las razones de lo que ocurre en
realidad en el gobierno del mundo son para nosotros
inescrutables... La comunidad de su Iglesia se
extiende a muchos países. Su sistema, entrando
como el hierro en la sangre de las naciones que le
recibieron, se levantó en los hugonotes franceses,
los puritanos ingleses, los escoceses, los
holandeses, los de la Nueva Inglaterra, gente
valerosa, libre, temerosa de Dios. Postrando al
hombre delante de Dios, pero exaltándole de nuevo
en la conciencia de una libertad, nacida de nuevo en
Cristo; mostrándole su esclavitud a causa del
pecado, pero restaurándole a su libertad mediante la
gracia; guiándole para que vea todas las cosas a la
luz de la eternidad, ha contribuido a formar un tipo
grave, pero noble y elevado de carácter, ha criado
una raza que no se amilana de levantar la cabeza
delante de los reyes. »
El núcleo ofensivo del sistema de Calvino es
indudablemente su doctrina de la predestinación. En


274
la conferencia sobre Agustín intenté mostrar la forma
en que se puede contestar a algunas de las
objeciones a esta doctrina y con ello eliminar o
aliviar sus apariencias de arbitrariedad, al obtenerse
una visión más orgánica del propósito divino. Hay
que notar, además, que, por fundamental que sea
esta doctrina en Calvino, no es traída como
arquitrabe del sistema, y por tanto no ocupa el lugar
prominente que tiene en la Confesión de
Westminster, por ejemplo, sino que aparece hacia el
final de su tercer libro, como corolario de su
exposición de la obra del Espíritu Santo en la
regeneración y la santificación.
Es verdad, con todo, en un sentido teológico, que
hay indudablemente aquí, en el sistema de Calvino,
un lado que requiere urgentemente rectificación y
suplemento. Y, por otra parte, desde la posición más
favorable que nosotros ocupamos, no creo que sea
difícil poner el dedo en lo que ha de considerarse
como su defecto especial. Este defecto no se halla
simplemente en la doctrina de la predestinación. Se
halla más bien en la idea de Dios tras esta doctrina.
He hablado de la corrección que hay que hacer
mediante una visión más orgánica del propósito de
Dios en la historia; pero esta visión orgánica ya
implica un punto de vista alterado en el pensar sobre
Dios mismo. Calvino exalta la soberanía de Dios, y
en esto va bien. Pero yerra al colocar su idea básica
de Dios en su voluntad soberana, más bien que en
el amor. El amor está subordinado aquí a la
soberanía, en vez de estarlo la soberanía al amor.
La voluntad de Dios, ciertamente, no es para Calvino
una voluntad arbitraria. En el pasaje en que habla
más fuertemente sobre el tema, repudia de modo
expreso la idea de que la voluntad de Dios es exlex.


275
Es una voluntad santa, sabia y buena -a lo largo de
una línea definida, aparte de la generosidad y
misericordia natural que es hacia todos, incluso una
voluntad amante-; pero el amor, en este sentido más
especial, toma la dirección que le da la soberanía -
no regula a la soberanía-. La concepción es que
Dios quiere, como el más alto de sus objetivos, su
propia gloria; esto es, la manifestación de todo su
carácter, ira, así como amor; y el plan del mundo va
dirigido con sabiduría infinita a la consecución de
este fin. Su objetivo supremo, realmente, es la
salvación de los escogidos a la vida eterna; pero a lo
largo de esto se halla la sombra oscura proyectada
por el destino de los otros en quienes Dios se ha
complacido en revelar su ira. Estos pueden ser el
objeto de la bondad y longanimidad de Dios en otros
aspectos, y su ruina nunca se ve si no es en
conexión con su pecado. Pero la gracia soberana no
los ha escogido para su salvación; no son los
objetos del amor de Dios en el sentido más especial.
Ahora bien, creo que se puede decir con razón, que
esto no es una concepción en que la mente cristiana
pueda reposar de modo pennanente. Nuestra
penetración más profunda en la doctrina de Cristo
de Dios como amor, así como el testimonio expreso
de la Escritura respecto al carácter y amor de Dios al
mundo, lo prohíbe. No va a reconciliamos con esta
doctrina ni la desconfianza que podamos sentir
hacia nuestra propia razón, ni aun la reflexión de
que Calvino está considerando sub specie
aeternitatis lo que en realidad está sucediendo en el
tiempo. Estamos seguros de que si bien Dios es
soberano, no es la soberanía, sino el amor, lo que
debe ser entronizado como el principio central de su
carácter; que como ha dicho Martensen: «Todos los
atributos divinos se combinan en el amor como en


276
su centro y principio vital. La sabiduría es su
inteligencia; el poder, su productividad; la creación
natural entera, y la revelación entera de su justicia
en la historia, son medios por los cuales alcanza sus
objetivos teológicos.»2 Con esto se relaciona la
concepción teológica de la historia de que ya he
hablado. El amor se halla tras el plan divino; pero
incluso el amor sólo puede obrar sus designios en
estadios graduales, en armonía con la justicia, y con
relación a las leyes de la naturaleza y libertad
humanas. El pecado, pues, no puede ser
simplemente abolido mediante un acto de poder.
Hay que dejarle que se desarrolle -manifieste toda
su naturaleza- para que pueda, a la larga, ser
vencido de modo más efectivo. La sabiduría
soberana de Dios es exhibida en la determinación
de las líneas a lo largo de las cuales se permite que
tenga lugar este desarrollo; y la gracia soberana se
despliega en el hecho de contrarrestar este mal y
proseguir adelante hacia los fines del Reino de Dios,
mediante naciones e individuos preparados para
este servicio, y, a la sazón debida, llamados a
realizar su tarea. Por tanto, no disminuyo en nada la
soberanía de Dios en la elección, llamamiento y
salvación de los que se salvan; pero creo
firmemente que esta elección de Dios no debe ser
desgajada del contexto en que es puesta en el
propósito histórico de Dios, que, arraigada en su
amor, abraza la bendición más amplia posible para
todo el mundo. Creo tan firmemente como Agustín o
Calvino que sólo cuando Dios escoge a los
hombres, éstos van a escogerle a El; sólo cuando la
gracia hace su obra salvadora en ellos, van a ser
llevados al arrepentimiento, la fe y la vida eterna;
pero si el método de Dios es por ello,
necesariamente, un método de elección, es con


277
miras a que en cada alma salvada El pueda poner
un nuevo centro -un punto de ventaja, diré, escogido
con sabiduría infinita desde el cual pueda obrar con
mayor efecto para el cumplimiento de sus fines más
amplios.
Era inevitable que el aspecto riguroso y exclusivo del
sistema de Calvino indicado provocara una reacción,
y el peligro de esta reacción era, ocurriendo en un
período de comprensión espiritual más débil y una
experiencia menos profunda, que se tendiera a
aflojar los fundamentos incluso de lo que era fuerte y
verdadero en el Calvinismo. Esto, pues, es lo que
ahora vemos realizándose en la protesta arminiana
en Holanda. En el Luteranismo el rigor de la doctrina
de la predestinación había sido mitigado a expensas
de la consecuencia lógica, bajo la influencia
humanista moderada de Melanchthon. En las manos
de los discípulos de Calvino, por otra parte, tendió a
hacerse más severo, exclusivo e inflexible de lo que
Calvino concibió. Con Calvino, como hemos dicho,
la predestinación es un corolario de la experiencia
de la salvación, y así es tratado en las Instituciones.
Con su sucesor, Beza, y después de él con Gomar
de Leyden, la predestinación es colocada a la
cabeza del sistema teológico, y tratada de tal forma
que todo lo demás ~-creación, providencia y gracia-
es como un medio para el cumplimiento de este
propósito inicial. A partir de ahora hay que distinguir
dos escuelas de opinión entre los calvinistas: la
moderada, o infralapsaria, que, empezando con el
hombre como ya caído, desde el punto de vista
divino, considera la elección como interponiéndose
para salvar una porción de esta raza caída, y la más
severa, o supralapsaria, que, remontándose a un
punto antecedente de la misma creación, ve la


278
creación, la caída, el pecado y todos los sucesos en
la providencia, igual que la redención, como enlaces
o anillos en la ejecución del decreto original de la
predestinación de algunos a la vida, y la ordenación
de otros a la ira. Una doctrina de este tipo, que nos
hace pensar en seres que no han sido concebidos
aún, ni creados (y por tanto sólo possibles) -y aún no
pecadores-, como puestos aparte para la bendición
o la desgracia eterna, y de la caída y redención
como simplemente el medio para efectuar este
propósito, es una doctrina que ninguna apelación a
la consecuencia lógica va a conseguir que sea
aceptada, y que ha de provocar rebeldía contra todo
el sistema con que está asociada. 1 Desde el
principio hubo en Holanda, donde la Iglesia había
adoptado el Calvinismo con credos doctrinales
relativamente moderados, quienes mantuvieron la
protesta contra los aspectos más severos de este
sistema, y especialmente su tesis de la
predestinación (por ej. Koornheert de Haarlem, y
Koolhaus de Leyden), y éstos tuvieron muchos
simpatizantes y seguidores entre los legos. El
individuo en quien la oposición acabó siendo
decidida fue Jaime Arminio, de Arristerdarri
(1558),un discípulo de Beza. Seleccionado para
confutar a Kocirnheert sobre la doctrina de la
elección, este hombre tan capaz fue llevado a
cambiar su propio punto de vista, y empezó, aunque
con precaución, a declarar la condicionalidad de la
predestinación y la universalidad de la gracia. Su
transferencia a Leyden como profesor en 1603, dio
un ámbito más amplio a su actividad, y pronto
estuvo la Iglesia en efervescencia, que las
convenciones y debates de los líderes no
consiguieron aminorar. Después de la muerte de
Arminio en 1609, el partido fue más adelante, y bajo


279
Episcopius presentó a los Estados de Holanda
(1610) su famoso «Mernorial de Protesta»
(Remonstrance), en el cual se mostraba como un
cuerpo con una posición adoptada concreta. En su
parte primera o negativa, la declaración establecida;
en la segunda parte daba los «cinco puntos» de su
propia doctrina. En comparación con el
Arminianismo posterior, la «Protesta» está
redactada con moderación, afirmando, por ejemplo,
la necesidad de la operación del Espíritu para la
regeneración y para la producción de todo lo
espiritualmente bueno en el hombre, y declina
pronunciarse sobre la cuestión de la perseverancia,
igual que Arminio había hecho. En cuanto a la
limitación calvinista, se declaraba en favor de la
universalidad de la expiación -«que Jesucristo»,
según expresaba, «había hecho expiación por los
pecados de la humanidad en general y para cada
individuo en particular»~-, y, por implicación, por la
universalidad de la gracia. Su antítesis más directa
al Calvinismo se ve en que basa la predestinación
en la presciencia de la fe (Art. 1) y en su declaración
a la resistibilidad de la gracia (Art. 5). Esta última
frase no es muy acertada, porque todos tienen que
admitir que en algún sentido la gracia es resistible; el
único punto a debatir es la naturaleza del poder que,
en el caso del regenerado, vence eficazmente esta
resistencia.
Es evidente que esto no es en ningún sentido una
nueva controversia, sino que es en principio una
renovación de la antigua disputa entre Agustín y, si
no los Pelagianos, por lo menos una sección de sus
oponentes, los Semipelagianos. Por tanto, no es de
sorprenderse que, cuando al fin, después de
muchas demoras, se convino un sínodo general, el


280
célebre Sínodo de Dort (1618-1619),1 fue
prácticamente con unanimidad que se condenó el
plan arminiano y se formularon sus cánones en el
interés calvinista opuesto. Si bien condenó este plan
o sistema, sin embargo es propio hacer notar que lo
hizo en el interés de la sección calvinista más
moderada, y no de los Gomaristas; además de que,
si bien conectaba la muerte de Cristo eficazmente
con la salvación de los elegidos por el decreto
divino, afirmaba de modo tan fuerte como los
«remonstrantes» la suficiencia infinita de la muerte
de Cristo para expiar los pecados de todo el mundo.
Cristo murió sufficienter para todos los hombres,
pero efficienter sólo para los elegidos (Canon 2).
Siendo así que el punto de vista arminiano no va
más allá de la «suficiencia», la expiación no asegura
la salvación a ninguno, excepto sólo colocando a
todos en un estado «salvable» -el Dr. Schaff parece
justificado al decir que «después de estas
admisiones la diferencia entre las dos teorías (en
cuanto a la expiación) es de poca importancia
práctica».
Si, tal como entiendo, el Sínodo de Dort tenía razón
en sostener contra el Arminianismo el principio de la
gracia eficaz, que constituye el nervio de las ideas
agustinianas calvinistas, es igualmente evidente que
dejaba las antinomias reales del sistema calvinista
sin resolver; y, en la afirmación sin paliativos de una
soberanía divina no armonizada con amor respecto
al mundo, preparaba el camino para nuevas
controversias. El «universalismo hipotético» de la
escuela de Saumer (Amyraldismo) --esto es, la
doctrina de un decreto general de salvación
condicional en la fe, con un ejercicio particular de la
gracia eficaz en el caso de los elegidos para


281
producir la fe-, por más que se hiciera con el mejor
de los motivos, sólo sirvió para introducir nuevas
infracciones a la lógica. Por otra parte, si bien el
Arminianismo tenía su justificación relativa en los
defectos antes mencionados en el sistema
calvinista, su historia subsiguiente ha mostrado de
modo claro la inseguridad y debilidad de sus propios
fundamentos teológicos. El lustre de sus grandes
nombres -Episcopius, Grocius, Curcellaetis,
Limborch-, y su elaboración en tomos imponentes de
material dogmático, no pueden esconder el hecho
de que quitó dimensión a todas las grandes
doctrinas, ni sus tendencias crecientes en dirección
a Arrio, Pelagio y Socinio. Esto se nota
especialmente en Curcellaeus, pero en Limborch
también hallamos una minimización impropia de los
efectos del pecado sobre la naturaleza humana, la
exaltación de los poderes naturales del hombre, la
debilitación de la gracia en la salvación, y, como
consecuencia, una idea precaria y mal fundada de la
expiación y una reducción de la justificación a una
aceptación divina, por amor a Cristo, del
arrepentimiento, fe e imperfecta obediencia del
hombre. Así pues, el Arminianismo tendía a un tipo
de doctrina no muy distinto del Socinianismo, para lo
cual estaba preparado el camino tanto en Holanda
como en Inglaterra. El Wesleyanismo, en este último
país, a veces es clasificado como Arminianismo;
pero difiere esencialmente de él en el lugar central
que da a la obra del Espíritu de Dios en la
regeneración?
No obstante, el Arminianismo tuvo un producto
doctrinal que no puede pasarse por alto sin mención
especial. Me refiero al nuevo intento de construcción
de la doctrina de la expiación por Grocio en líneas


282
que son conocidas como la teoría Gubernamental.
Vimos antes que los reformadores buscaron una
base para su doctrina en el hecho de que la ley
eterna es una con la naturaleza de Dios; pero
Grocio, en armonía con el genio del Arminianismo,
derivó hacia otro terreno, y buscó una nueva
justificación de ella como un expediente
gubernamental. Sostiene que, por lo que se refiere a
cualquier agravio a Dios, o infracción de la ley moral,
el pecado podría ser pasado por alto; pero el bien
público, cuya consideración pasa a ser el principio
supremo del gobierno divino, requiere que las penas
adscritas al pecado no sean remitidas a la ligera. Sin
embargo, como el pecador no podía por sí mismo
resistirlas sin su destrucción, la misericordia divina
(o, como la llama Grocio, la sabiduría rectora de
Dios) designó que Cristo fuera ofrecido como un
ejemplo penal en su lugar. A la objeción basada en
que el inocente sufre por el culpable, Grocio,
además de citar casos de sufrimiento de este tipo en
la Biblia, replica, no sin fuerza lógica, insistiendo en
la relación peculiar de Cristo con los creyentes como
la Cabeza con los miembros. Renuncia a la
expiación como algo hecho necesario por la relación
esencial de Dios con el pecador, y la pone al nivel
de un designio rector, que no tiene fundamento en la
justicia esencial, sino que tiene por objeto solamente
producir una impresión en la mente del que lo
contempla. El castigo, en este caso, no es
concebido como algo inherentemente debido al
pecado -inherentemente merecido-, sino como una
imposición arbitraria que tiene por objetivo único
disuadir a los demás de obrar mal. Los sufrimientos
de Cristo, en realidad, se refieren, no a pecados
pasados, para expiarlos, sino a pecados futuros,
para evitarlos. Esto, pues, es cambiar totalmente el


283
carácter del castigo; vitalmente también cambia el
significado de la muerte de Cristo como una
expiación por el pecado. El primer elemento en un
castigo justo es que, aparte de todas las
consideraciones sobre la impresión que produzcan
en otros, sea merecido --que es lo merecido por el
pecador, o debido por él, a causa de sus
transgresiones-, y sólo cuando se ha reconocido
esto, y la conciencia sanciona el castigo como justo
en sí, puede producir la impresión moral deseada.
Por tanto, cuando Cristo se une a nuestra raza en su
condenación, y se somete a la muerte, es la esencia
de su expiación el que El reconozca que es un juicio
justo al cual El se somete con nosotros, y que, como
nuestra Cabeza sin pecado, en su amor sustitutivo,
está llevando por nosotros. La teoría de Grocio,
pues, debe decirse que nos hace retroceder de
modo claro y nos aleja del punto de vista de la
Reforma.
Tanto en el Luteranismo como en la Iglesia
Reformada, el siglo diecisiete es preeminentemente
una edad de escolasticismo. En tanto que Inglaterra
cayó en el Arminianismo, Holanda, después del
Sínodo de Dort, pasó a ser de modo progresivo el
centro de luz de las Iglesias formadas en el modelo
calvinista, y dio un impulso al estudio y elaboración
de la teología que se extendió a Francia, Suiza,
Escocia y muchos otros países. Voecio, profesor de
Utrecht desde 1634 a 1676, llevó la parte principal
en estas labores, así como en oposición a las
influencias de la nueva filosofía cartesiana, que ya
empezaban a sentirse en teología. Sin embargo,
como ya vimos en el Luteranismo que la rigidez de
la dogmática ortodoxa evocó una reacción en el
Pietismo, con sus tendencias subjetiva y bíblica, así


284
también en Holanda se vio una reacción en el
interés bíblico en la escuela de Coccejus, el cual
contribuyó grandemente a dar a la teología la
estampa de Jederalismo» que ha retenido hasta
hace poco. La pretensión aducida varias veces por
Coccejus de ser el fundador de la Teología del Pacto
sólo puede ser admitida en parte. Lo cierto es que
las ideas directrices de esta teología se hallan en
escritores muy anteriores a él? La Confesión de
Westminster, por ejemplo, que se basaba en el
contraste de un pacto de obras y un pacto de gracia,
apareció en 1647, un aflo antes de la publicación de
la obra de Coccejus sobre el tema. En esta obra, no
obstante, Coccejus da indudablemente la idea en
forma extensa y con un desarrollo sistemático que la
elevó a un lugar de importancia en teología que
nunca había tenido antes. No sólo la hace la idea
dirigente de su sistema; no tiene meramente la
división general en un pacto de obras y un pacto de
gracia; sino que en su tratamiento todo el desarrollo
de la historia sagrada es gobernado por esta idea. El
pacto de gracia --que cubre todo el período posterior
a la caída- tiene tres economías -la patriarcal, la
mosaica y la cristiana-; y la historia del reino de Dios
en la Iglesia Cristiana es distribuida en siete
períodos, correspondientes a las epístolas,
trompetas y sellos del Apocalipsis. Una exhibición
más conocida del tipo de teología «federal» es la de
Witsius, en su obra sobre los Pactos. Es indudable
que hay una idea escritura] en el corazón de esta
concepción, y tuvo el mérito conspicuo de introducir
la idea de progreso histórico en el estudio de la
revelación bíblica. Puso el propósito divino en
conexión con el tiempo y le dio algo de la flexibilidad
y movimiento -el carácter dinámico--- que
describimos como el correctivo a las concepciones


285
estáticas del decreto eterno. Al mismo tiempo fallaba
en captar la verdadera idea del desarrollo, y por un
sistema artificial de tipología e interpretación
alegorizante, procuró volver a leer prácticamente
todo el Nuevo Testamento en el Antiguo. Pero su
defecto más evidente era que, al usar la idea del
Pacto como una categoría exhaustiva, e intentar
forzar en él todo el material de la teología, creó un
esquema artificial que sólo podía ser repelente a las
mentes deseosas de nociones simples y naturales.
Es imposible, por ejemplo, justificar mediante prueba
escritural la elaboración detallada de la idea de un
pacto de obras en el Edén, con sus pactantes,
condiciones, promesas, amenazas, sacramentos,
etc. Así también la Teología Reformada ---cuanto
más por haber asumido esta forma artificial y rígida
falló en satisfacer al intelecto progresivo de la época,
que, bajo la influencia de las nuevas condiciones
filosóficas, ya había adquirido una tendencia
racionalista.
III. Es a este nuevo movimiento en la filosofía que
hemos de dedicamos ahora si deseamos entender el
cambio extraño que tuvo lugar en la figura de la
teología hacia la mitad del siglo dieciocho. El origen
real del movimiento va mucho más atrás. El
despertar del intelecto en el escolasticismo en el
acmé de la Edad Media iba asociado, por lo menos
ostensiblemente, con profunda reverencia para la
autoridad de la Iglesia. Con la Reforma, este vínculo
quedó finalmente roto. La renovación del saber ya
había estimulado el pensamiento
independientemente, y había llevado a los hombres
de nuevo al estudio de las antiguas filosofías. La
Reforma completó esta emancipación al desvirtuar
la idea de la autoridad de la Iglesia y establecer el


286
principio del juicio privado. Incluso pensadores que
se hallan dentro de la Iglesia Católica --como
Descartes- sintieron el nuevo impulso y empezaron
un curso de especulación independiente. Fue, en
efecto, la fundación de una nueva era el que
Descartes (1596-1650) enunciara como el principio
de la filosofía la máxima de la duda universal. Había
que dudar de todo hasta que, en el proceso del
pensamiento, llegáramos a algo de lo que ya no es
posible dudar racionalmente. A partir de esta base
de certeza inasaltable --que Descartes halla en la
consciencia de la propia existencia de uno-- tiene su
comienzo la obra de reconstrucción, y sólo se puede
edificar con materiales que la razón dé garantías de
que son verdaderos de modo demostrable. La
prueba de la verdad es la claridad con que se
perciben las nociones como verdaderas. Hay que
creer en Dios porque su existencia se ve que se
halla implicada en la idea de un Ser perfecto,
presente en nuestras conciencias. Descartes se
había establecido en Arristerdam en 1629, y sus
ideas hallaron pronta aceptación en Holanda. y
afectaron considerablemente a la teología,
especialmente entre los adherentes de la escuela de
Coccejan. Sin embargo, la filosofía no siempre era
idealista como la suya, ni siempre se hallaba en
alianza amistosa con la religión. El Panteísmo sólido
de Spinoza, ciertamente, sólo tuvo influencia
posteriormente; pero desde el tiempo de la
renovación del saber nunca había faltado un
escepticismo virulento y agresivo -que ahora derivó
al liberúnismo,l asumiendo en este momento los
colores más oscuros del ateísmo materialista---. En
contra de estos adversarios, pensadores como
Cudworth en Inglaterra (1678) y Leibnitz (1646-
1716) en Alemania emprendieron la tarea de


287
establecer una base racional para la creencia en
Dios y el gobierno moral del mundo, por medio de
argumentos elaborados y erudición impresionante,
en tanto que Christian Wolff (1679-1754) y su
escuela fueron más allá al intentar presentar
demostraciones racionales de las doctrinas
especiales del Cristianismo. En vista de esta
defensa racional de la religión, la infidelidad cambió
por completo de frente. Los filósofos y los teólogos
habían demostrado que había lo que llamaban una
religión racional. Los adversarios, como ha dicho un
escritor sobre el tema, «ahora adoptaron este
sistema de religión natural que otros habían
razonado para ellos como suyo propio, declararon
sus pruebas como claras y convincentes y que sólo
los artificios del clero podían haberlas oscurecido, y
contendieron que la revelación debía ser puesta a
un lado al instante, como superflua y engorrosa para
su perfección». Así surgió el Deísmo inglés, con su
lema de retorno a la religión natural, aunque en su
ascendencia a Herbert de Cherbury, un abogado de
la doctrina de las ideas innatas en el siglo anterior,
se puede mostrar que tenía raíces antiguas locales.
Al Deísmo se opusieron en Inglaterra los apologistas
del siglo dieciocho, que se basaban principalmente
en las evidencias externas, como los milagros y la
profecía, en tanto que la influencia del movimiento
se esparció por medio de traducciones y otros
medios en Francia y Alemania, que rápidamente
empezaron también a desarrollar movimientos
racionalistas suyos propios.
El resultado de estas influencias distintas se puede
predecir fácilmente. La exaltación de la razón en la
escuela de Wolff en Alemania; el efecto álgido del
esparcimiento de las ideas socinianas en Holanda y


288
otros puntos; el decaimiento del ardor religioso del
Pietismo; lo inerme de una ortodoxia que se había
vuelto formal, y que se había desprendido de la
mitad de su contenido, todo ello sólo podía tener un
resultado: el decaimiento y caída del dogma positivo,
y su sustitución por una filosofía superficial que entró
en boga en la segunda mitad del siglo dieciocho,
cuyas principales características eran la confianza
engreída en su propio entendimiento, y la idea
imaginaria de que poseía un amplio depósito de
nociones claras sobre las cuestiones fundamentales
de la religión y la moral, que hacía superflua la luz
de la revelación. En Alemania, el efecto se vio en el
triunfo del tipo popular de filosofía conocido como la
«llustración» (Aujklárung); en Francia, el naturalismo
sentimental de Rousseau y los ataques escépticos
de Voltaire y de los Enciclopedistas barrieron todo lo
que se les ponía delante. La teología positiva fue
arrastrada en la corriente, pues el sobrenaturalismo
de una sección de sus defensores formaba sólo un
baluarte endeble, ya que se hacían pocos esfuerzos
para defender nada más allá de una creencia cuyo
contenido se consideraba racional. Los únicos
clamores que hallaban favor eran los de retorno a la
naturaleza, la suficiencia de la razón, la
perfectibilidad del hombre. No había manera de
conseguir ser oído excepto para lo que se mostraba
claro y útil en conformidad con los estándares del
momento.
La perspectiva era realmente poco alentadora; no
obstante, en medio de todo ello, el ojo discerniente
podía descubrir la «promesa y potencia» de cosas
mejores. La razón no podía mantener mucho tiempo
este engaño de autosuficiencia. Tenía que llegar un
momento de despertamiento en que se pondría al


289
descubierto la vacuidad y superficialidad de la
sabiduría de que se jactaban. El anhelo de volver a
lo real, del contacto con la naturaleza en el
verdadero sentido de la palabra, tenía que
afianzarse otra vez. Y no faltaban profecías, si no
había otra cosa, que auguraban este mañana mejor.
La cultura delicada y el humanismo genial de un
Lessing y un Herder revelaron tendencias que
habían de florecer en fecha no distante en nuevas
creaciones de verdad y belleza. En la atmósfera
espiritual no todo era muerte. El Wesleyanismo tenía
un gran futuro en la mano en Inglaterra; y los
fundamentos de la disconformidad evangélica se
habían puesto en Escocia. Pero incluso en
Alemania, bajo la reluciente secularización de la
superficie, todavía se sentía una piedad genuina en
numerosos círculos privados: en personajes como
Lavater, en maestros como Bengel, que ejercían una
influencia quieta, pero santa, sobre sus discípulos
devotos, en poetas como Klopstock, en
comunidades como los Moravios, noblemente
representados por Zinzendorf, había una corriente
fervorosa de piedad que todavía podía sentirse que
fluía por el país. Sin embargo, no fue hasta el mismo
fin del siglo que vemos evidencias decisivas de un
cambio, o de una transición clara a la era del gran
movimiento teológico moderno, cuyo pulso aún está
latiendo. Entonces, con la caída del racionalismo
dogmático prevaleciente bajo los hachazos de la
filosofía de Kant; y la fuerza creciente del espíritu
científico, con su llamada a los hombres a la
naturaleza; en el aliento de un sano humanismo,
representado por Goethe y Schiller; en las sacudidas
de la gran Revolución francesa, rebosante de
desilusión, pero profética de tanta cosa nueva; sobre
todo, en el anhelo general que ahora empezó a


290
manifestarse de una reconciliación con el
Cristianismo positivo, y una comprensión más
profunda de su significado: en éstas y otras
muestras similares, marcamos el comienzo de lo
que en justicia debe ser considerado una era de
resurrección del espíritu humano.
















291
"¹l1(iC ` "¹l1(iC ` "¹l1(iC ` "¹l1(iC `
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´¦lGiC \lll`(l`l ´¦lGiC \lll`(l`l ´¦lGiC \lll`(l`l ´¦lGiC \lll`(l`l
Llego a la última etapa de este itinerario largo y
difícil que hemos seguido, para hablar del notable
renacimiento del espíritu teológico que ha
experimentado el siglo diecinueve: de sus causas,
las formas que ha asumido, y sus resultados en el
enriquecimiento permanente del sistema teológico.
No hay que confundir el hecho de que el espíritu del
hombre estaba en proceso de un nuevo despertar al
final del siglo dieciocho, por más que parezca, al
principio, que sólo captemos de modo vago sus
razones. Las influencias que enumeramos como
causas, ellas mismas son a su vez en gran parte los
resultados o manifestaciones visibles de un cambio
que había venido realizándose gradualmente
durante varias décadas. En la última conferencia
dimos una ojeada a algunas de estas marcas de un
período de transición. Ampliando sobre ello, vamos
a intentar un examen más particular de las causas


292
que han afectado principalmente a la teología del
siglo diecinueve y le han dado su carácter
progresivo respecto al pasado.
I. Europa, a comienzos del siglo diecinueve, se
hallaba políticamente en las convulsiones agónicas
que habían trastornado sus entrañas. La Revolución
francesa, tanto en las esperanzas que había
inspirado como en las ilusiones que desvaneció, y
los nuevos ideales democráticos que proyectó, y que
pasaron a ser la posesión permanente de la
sociedad, fue la causa primordial de los cambios, en
un grado del cual no nos damos cuenta cabal. Las
terribles guerras napoleónicas que siguieron a la
Revolución, con su secuela en las guerras de
liberación de Alemania en 1813-14, levantaron en la
mente del pueblo, en este país, un entusiasmo
patriótico y de unidad, que se acompañó de un
avivamiento del sincero sentimiento religioso, y éste
preparó el suelo para nuevos desarrollos. Durante
un tiempo, en su rechazo de la insipidez y angosto
utilitarismo del período de la Ilustración, con su
mejor aprecio acompañante de los logros del
pasado, el espíritu que se despertaba adoptó el
carácter del Romanticismo; pero éste quedó pronto
depurado mediante la alianza con el temple filosófico
y científico que de modo creciente ganó el
ascendiente.
A la cabeza del gran movimiento filosófico, que ha
tenido un efecto tan poderoso sobre la teología del
siglo diecinueve, hemos de colocar sin disputa el
nombre de Emmanuel Kant. El servicio inmediato de
Kant fue destruir el dogmatismo superficial de las
viejas escuelas, y empujar el espíritu humano otra
vez hacia la búsqueda de un nuevo principio de


293
conocimiento. Sin embargo, si se abatieron las
pretensiones de la razón teórica, fue sólo para poner
una base más firme para la moralidad y la virtud en
el testimonio dado por la razón práctica de Dios, la
libertad y la inmortalidad. Sería difícil enumerar
todos los resultados que se han recogido en la
filosofía y la teología, así como en el pensamiento
humano en general, de los gérmenes fructíferos
implantados por este sistema inmenso. El
agnosticismo y el racionalismo reclaman los dos a
Kant como su padre. Pero su servicio más noble a la
teología indudablemente se halla en su exaltación
del lugar de la razón práctica, y en su concepción,
basada en sus postulados, del mundo como un
sistema moral teleológico, con Dios como su autor, y
del Reino de Dios como su fin (ver más adelante).
Kant mismo, sin embargo, fue el racionalista más
puro en su tratamiento de la religión revelada; y se
puede afirmar que el racionalismo cambió su forma,
pero no su naturaleza esencial, en los atrevidos
sistemas especulativos de sus sucesores: Fitche,
Schelling y Hegel. La filosofía, que en manos de
Kant había sido severamente crítica y ética, ahora,
bajo el impulso idealista que derivaba asimismo de
él, siguió, con estos pensadores, un curso de
brillantez sin paralelo. En Schelling fue romántico,
místico, teosáfico; en Hegel, dialéctico, absolutista,
omnicomprensivo; pero en ambos sistemas la
ambición dio un salto excesivo, y el culatazo fue
rápido y desastroso, pues de las alturas forzadas del
idealismo hegeliano se cayó en un puro
materialismo y un ateísmo cerrado y radical. Hubo
un freno a este movimiento reaccionario, en parte,
en los desarrollos dentro de la misma escuela -en
las construcciones históricas de Baur, y el teísmo
especulativo del joven Fitche y otros-; pero se había


294
preparado especialmente en la influencia espiritual
positiva (obtenida de los Moravos) de
Schleierinacher, a quien, con justicia, hay que
adscribir en general el rejuvenecimiento de la
teología en Alemania a principios de siglo.
Schleiemacher es en cierto sentido las antípodas de
Hegel en religión -Hegel resolvió todas las
concepciones religiosas, en su esencia, en nociones
de la razón; Schleiermacher, colocando la esencia
de la religión totalmente en el sentimiento, y
subordinando el conocimiento a éste, como un
producto secundario-. El cruce y entrecruce de estas
corrientes divergentes, en direcciones distintas -
intentos renovados de separación y de nuevo de
reconciliación-, proporcionan la clave de la mayoría
de los fenómenos de la teología alemana
subsiguiente. La escuela «mediadora» que brotó de
Schleiermacher procuró combinar con su teología
del sentimiento relaciones más positivas con el
Cristianismo histórico, y al mismo tiempo con el
pensamiento y cultura de la época, y en algunos de
sus representantes (por ejemplo, Rothe, Domer)
desplegó fuertes tendencias especulativas. El
partido Confesional Luterano, por otra parte -por
desgracia rígido en su adherencia a los Símbolos o
Credos por la unión forzada de las Iglesias Luterana
y Reformada en 1817-, si bien compartió el impulso
de vida común, asoció a éste una consideración
tenaz (a menudo más aparente que real) por las
formas de la ortodoxia tradicional. En distinción de
ambos, el partido liberal o racionalizante (la
Protestanten-Verein) proclamó la supremacía de la
razón, y en sus adherentes más pronunciados
renunciaba a la teología, excepto la que aceptaba
los principios «modernos» del rechazo de lo


295
sobrenatural en la naturaleza y en la historia -por lo
menos en la forma de lo que era claramente
milagroso-. La escuela de Ritschl, posterior, y ahora
altamente influencial, representa una reacción contra
todas estas formas a la vez --contra el racionalismo
especulativo, la ortodoxia luterana, y la mezcla de la
escuela «mediadora» de la teología con la filosofía y
ciencia-, la escuela de Ritschl, digo, como
Schliermacher, procura efectuar una separación
completa entre la fe religiosa, con el «conocimiento»
o sistema de nociones resultantes de éste, y el
pensamiento teórico. Sus concepciones religiosas
positivas se derivarían, como Kant, de las
necesidades prácticas del espíritu humano,
confirmado, sin embargo, por la revelación histórica
en Cristo. La teología en la Gran Bretaña y en
América ha sido fuertemente influida en el curso del
siglo por todas estas corrientes de Alemania; y
aunque ha tenido sus propios pensadores
espirituales de gran calidad y fuerza, probablemente
deriva de este origen sus peculiaridades principales
modernas. Las influencias religiosas que han hecho
tanto, por otra parte, para mantener la teología en la
Gran Bretaña creyente y pura, son debidas a su
propio avivamiento evangélico y a la vida enérgica
de la Iglesia relacionada con él.
Junto con estas influencias derivadas de la filosofía,
es necesario tener en cuenta los efectos no menos
notables producidos por el crecimiento y expansión
del temple científico. Parece casi como si al siglo
diecinueve se le hubiera asignado como su peculiar
servicio en la historia de la humanidad la conquista
de la naturaleza material, el descubrimiento de las
leyes que la regulan en sus diferentes
departamentos, y la aplicación de éstas en formas


296
innumerables a los usos variados de la humanidad.
Si los siglos quince y dieciséis, con su renacimiento
del saber, invención de la imprenta, nueva teoría de
los cielos y despertamiento científico y filosófico,
trajeron una prueba al espíritu humano, ¿cómo
vamos a evaluar adecuadamente los efectos en el
pensamiento y las creencias de las asombrosas
revelaciones de los últimos cien años, y las teorías
nuevas y atrevidas propuestas como resultado de
los avances casi mágicos hechos por las ciencias
inductivas en el mismo período? Indirectamente, por
medio de la introducción de nuevos factores, como
el vapor y la electricidad, ni soñados en épocas
anteriores, y el enorme aumento de los medios de
comunicación, la ciencia ha inaugurado una era
industrial, y ha dado nacimiento a nuevas
condiciones sociales, los problemas apremiantes,
los males vivamente sentidos de la cual han creado
un fermento de cuya influencia la teología no puede
retraerse, ni aun en el caso que quisiera. La
teología, por ejemplo, no puede mantenerse al
margen de las teorías reconstructivas y los ideales
revolucionarios del socialismo. Pero, más allá de
esto, el espíritu científico, afianzado en su confianza
por sus éxitos, y perfeccionando sus instrumentos
mediante el pensamiento y el uso, ya no se contenta
con la naturaleza material. Irrumpe en todo
departamento de la pesquisa humana; extiende sus
métodos, por ejemplo, a la psicología, la ética, la
religión; insiste en la aplicación de sus principios a la
historia, a las religiones comparadas, al criticismo de
la Biblia, a las instituciones de la Iglesia, al
crecimiento del dogma, en una palabra, no deja
pasar nada que no pueda justificarse a sí mismo
bajo el escrutinio más riguroso, si no es que reclama
su reconstrucción y transformación con la ayuda de


297
sus propias ideas rectoras: como, por ejemplo, las
del reinado de la ley y de la evolución continuada. La
influencia del concepto de la evolución en particular,
y su aplicación a la naturaleza orgánica, a la
sociedad, a la historia de las religiones, y a las
afirmaciones de la revelación en las religiones
hebrea y cristiana, puede describirse, prácticamente,
como revolucionaria.
Hay que reconocer, francamente, que estas nuevas
influencias afectan a todo lo abarcado por la
teología. Un resultado inmediato del punto de vista
cambiado, y del vasto aumento del conocimiento
que ha traído consigo, ha sido el obligar a la
reformulación de los problemas de la teología en
toda la línea --el romper la mera aceptación
tradicional de los dogmas, y hacer volver a la
teología a sus fuentes-, a forzarla a revisar,
reivindicar y, si es necesario, volver a moldear sus
posiciones, aun cuando se conserven las ganancias
del pasado, como me he esforzado en mostrar que
debe hacer una verdadera teología. Todo el mundo
se da cuenta, en un grado mayor o menor, de esta
alteración en el temple y el punto de vista de la
edad. Para comprenderlo nos basta con tomar un
libro apologético, dogmático o exegético del siglo
diecisiete, e incluso del dieciocho, y hacer el
esfuerzo de saturamos de su pensamiento.
Rápidamente vemos que, aunque nuestras bases
doctrinales quizá no sean diferentes de las del autor
en lo sustancial, nosotros no podríamos afirmar,
ilustrar o definir nuestras creencias de la misma
manera: que toda nuestra perspectiva doctrinal y de
modo de concepción es alterada, que estamos
respirando una atmósfera distinta, que ha surgido
toda una multitud de problemas para nosotros que


298
no se hallan en el horizonte del autor del pasado. Ha
surgido todo un mundo de nuevas concepciones; un
nuevo sentido de proporción histórica se ha
desarrollado; nosotros leemos las Escrituras en una
forma más natural y textual, con el respeto debido a
las distinciones de sus partes, al carácter progresivo
de la revelación (porque esto, en parte, lo debemos,
sin duda, al criticismo tan vituperado); las ideas que
nuestras mentes han absorbido del estudio de las
ciencias y nuestro conocimiento más vasto del
mundo nos han tocado y alterado, aunque sea de
modo insensible. Cada una de las partes del sistema
cristiano ha sido tocada -las doctrinas de la
revelación, del hombre, del pecado, de Cristo, de la
redención, del futuro.
Quizá no hay que sorprenderse de que, notando
este cambio, muchos empiecen a pensar, como dije
en la primera conferencia, que lo mejor que
podríamos hacer sería desprendemos totalmente de
la teología antigua y derivar una nueva directamente
de las fuentes, un nuevo Evangelio en armonía con
las ideas reinantes. El problema consiste en que las
«¡deas reinantes» con frecuencia se armonizan tan
poco con el Evangelio de las fuentes como con los
desarrollos dogmáticos posteriores-, y la cuestión
con respecto a ellas no es raro que sea,
precisamente como antaño, la aceptación del
Cristianismo en principio o el rechazo del mismo. Sin
embargo, en realidad, no nos vemos reducidos a
esta alternativa. No tengo el menor temor de que, en
medio de toda esta revolución del pensamiento, el
sistema doctrinal que hemos visto elevarse a través
de las edades esté a punto de ser derribado, ni de
que ninguna de sus ganancias se pierda. Confiados
en la firmeza de nuestras bases, podemos hacer


299
frente con calma a la extensión del conocimiento
natural, y los materiales traídos a la luz por una
multitud de investigadores en el campo de la ciencia
de las religiones, y el criticismo de los libros, el texto
y las antigüedades de la Biblia. Tengo la convicción
de que el resultado no ha sido un derrocamiento,
sino un enriquecimiento incalculable: una
profundización en la comprensión de las doctrinas
individuales, y una captación más clara y firme del
conjunto, desde un punto de vista más cercano al
centro de la revelación divina; una visión más
orgánica del sistema, con una mejor percepción de
la intimidad de su relación al plan general del
propósito divino, y las leyes y métodos de la
operación habitual de Dios en el universo. Sin
detenerme más en generalidades, procuraré ilustrar
esta afirmación con algunos detalles.
II. Es evidente que las condiciones del pensamiento
al final del siglo diecinueve requieren una
apologética distinta, en muchas formas, de lo que
antes se consideraba suficiente. No es simplemente
que la forma externa antigua de proceder del milagro
y de la profecía a la verdad de la revelación sea
anticuada. Los milagros y la profecía son el tema de
una viva discusión ellos mismos, y se requiere
hacerlos creíbles para reivindicarlos, dándoles un
lugar como elementos constituyentes de un plan
sobrenatural más amplio. Ni tampoco es apropiado
al caso el decir que, si bien la antigua apologética
trataba principalmente de las pruebas externas, la
nueva apologética lo cifra todo en Cristo. Cristo,
verdaderamente, es central en toda exhibición
adecuada de las bases de nuestra creencia en la
revelación divina; pero incluso Cristo, se puede decir
con reverencia, no puede ser comprendido como es


300
necesario que lo sea, si su persona está divorciada
de su contexto en el propósito de Dios a lo largo de
las edades. Llegamos más cerca del corazón de la
situación si observamos en qué forma, durante el
siglo, el pensamiento ha sido controlado por la idea
de la unidad del sistema de cosas del cual formamos
parte. La filosofía, la ciencia, la teología, en todos
sus esfuerzos más nobles, están a la una en este
punto. No hay probablemente convicción más
profundamente arraigada en la mente moderna que
la de la unidad de los mundos físico y moral. Kant
dio a la edad uno de sus pensamientos más
fructíferos cuando afirmó que la naturaleza no es en
sí misma un sistema autosuficiente, sino que tiene
un fin moral. El efecto en teología es que el
Cristianismo viene a ser considerado como parte de
un conjunto más grande. El propósito de Dios para
su mundo es uno y omniabarcativo; y entender el
Cristianismo debidamente es entender su lugar en
este propósito, en cuanto da evidencia de su
objetivo y la clave de su significado. La nueva
apologética debe adaptarse a este punto de vista
alterado si es que ha de tener realmente alguna
influencia. Tendrá que comprender al Cristianismo
en sus relaciones más amplias posibles --como
religión, en su conexión con la filosofía general de la
religión; como histórico, en su lugar y contexto como
una de las grandes religiones históricas; como una
religión del Reino de Dios, en sus relaciones con las
pugnas sociales y el propósito general del mundo de
la Providencia-, y se dará cuenta de que su
seguridad e integridad se hallan en hacerlo.
Reconocerá que ha pasado ya el día de las antítesis
radicales. En vez de una cruda oposición de natural
y de sobrenatural, preferirá mirar al lado de relación
y de amistad de los mismos: notar cuánto hay de


301
sobrenatural en lo que llamamos natural, y que lo
específicamente sobrenatural no se halla
violentamente divorciado de lo natural, sino que está
basado en ello, es análogo a ello y está en
continuidad con ello. En vez de tratar al Cristianismo
como una religión aparte de todas las demás, y
opuesta a ellas, procurará hallar puntos de conexión
y de interpretar el Cristianismo a la luz de la
satisfacción que ofrece a la necesidad universal
humana. En vez de separar abruptamente la
revelación de la obra que Dios realiza por medio de
los procesos corrientes de la mente, concebirá a
Dios en su esencia como revelándose a sí mismo; y
hará de su operación continua en la naturaleza y en
el espíritu humano la base, no de negar la revelación
especial, sino la de mostrar en qué forma las puertas
del intercambio entre Dios y el espíritu del hombre
están siempre abiertas, y lo natural e indispensable
que es que esta revelación sea ofrecida -el que Dios
entre de palabra y acto en la historia- si el hombre
ha de alcanzar el verdadero objetivo de su
existencia.
Es este sentido de unidad del sistema de cosas el
que llevará a la verdadera apologética a rechazar el
apoyo buscado por algunos para la religión en el
divorcio de la fe y la razón, o, como ocurre en los
ritsclilianos, el conocimiento «religioso» del
conocimiento «teórico». Los que adopten este punto
de vista confinarán a la apologética a mostrar la
armonía de la revelación del Evangelio con los
postulados prácticos de naturaleza moral y religiosa.
Pero si bien ésta es una parte importante de la tarea
apologética -una tarea trabajada con habilidad y
éxito desde los tiempos de Kant-, implica una
restricción indefinible, e introduce un dualismo en la


302
morada del conocimiento que, si se concede,
tendería al hundimiento de la fe por el hecho de
renunciar a la convicción de la racionalidad del
universo y de las posiciones fundamentales
cristianas. Fue una verdadera intuición, como ya
hemos concedido, la que llevó a Kant a dar la
primacía a la razón práctica, y a basar la prueba del
propósito moral y objetivo del mundo en lo que
exclusivamente puede sustentarlo: la consciencia de
la ley moral. Pero es un error el procurar reforzar
esta posición con un Agnosticismo teórico. Hegel
tenía razón cuando afirmó que sólo como espíritu
pensante tiene el hombre capacidad para la religión
en absoluto; y si las contrateorías del universo -
Materialista, Panteísta, Monista- han de ser
confutadas, ha de ser, no entregando toda la región
de lo racional, o lo que se llama el «pensarniento
teórico» a los adversarios, sino enfrentándose a los
teoristas, como hicieron los antiguos apologistas, en
su propio terreno, y mostrando que la idea teísta del
cristiano está más en armonía con la recta razón, así
como es mejor establecida con los hechos de la
religión. El Agnosticismo filosófico, que se adhiere a
uno de los lados de la filosofía de Kant y rechaza el
otro, no sólo hace una injusticia a este pensador,
sino que adopta una posición insostenible. Esta
posición es una medida desesperada en vista de la
dificultad que suponemos muestra la historia que
hay para alcanzar un conocimiento seguro de Dios.
Esta dificultad es exagerada; porque, sin duda, si
poseemos el poder de distinguir entre lo accidental y
lo permanente en religión, hemos de reconocer que
no hay convicciones a la cuales la mente humana
haya sido llevada con más uniformidad -hacia las
cuales, en medio de todas las aberraciones, gravita
de modo más constante; a las cuales, en sus


303
momentos supremos, se aferre con una fe más
firme- que las de la existencia de un Poder espiritual
supremo, y una Providencia ordenadora del mundo
hacia fines sabios y razonables. En todo caso, es de
importancia vital para el apologista cristiano el
adherirse a la verdad de que la misma existencia de
la religión está implicada en la idea de que Dios es
un Espíritu que se revela a sí mismo, que se
interesa en el hombre y procura su bien, y que
puede entrar en relaciones con él. Sin esta
convicción la religión deja de existir. El
Agnosticismo, pues, no es simplemente la negación
de las ideas particulares que el hombre ha sostenido
sobre los dioses, sino que es la negación de la
misma religión: ¡es disipar este hecho, el más
universal de la experiencia humana, en una ilusión!
Un resultado importante de este punto de vista
cambiado es que se ha hecho más claro que la
apologética cristiana nunca puede ser separada de
modo satisfactorio de la exhibición positiva del
sistema cristiano. Hay que darse cuenta de lo fútil
que es el intento de probar por medio de testimonio
externo el hecho escueto de que se ha dado una
revelación, y sólo después empezar a inquirir cuál es
el contenido de esta revelación. Si hemos de
defender el Cristianismo es necesario definir qué es
lo que hemos de defender. Por otra parte, cuando el
Cristianismo es presentado en su totalidad como un
sistema -más aún, cuando lo presentamos en
aquellas relaciones más amplias a que hemos
aludido, se hallará que la obra de defensa ya ha sido
realizada en parte. El Cristianismo, en resumen, es
su mejor apología en sí mismo. El desplegarlo tal
cual es en su esencia, abrazando una vista de Dios,
del mundo y del hombre, y ofreciendo provisión para


304
las necesidades espirituales del hombre, en que
pueden reposar tanto la mente como el corazón con
plena satisfacción, es la certificación más segura de
su origen divino.
Esto nos vuelve al sistema cristiano y, ante todo, a la
doctrina de Dios, que es siempre determinativa del
carácter real de la teología. Y aquí, creo, los
cambios que pueden notarse, operados por el
espíritu moderno, son dos principalmente, ambos
importantes y, por su naturaleza, progresivos. El uno
se relaciona con lo que ya he dicho del intento de
acercar las relaciones de lo natural y lo sobrenatural
por medio de una aprehensión más vital de la
doctrina de la inmanencia divina -el ver a Dios en los
procesos de la naturaleza, pensamiento e historia,
en tanto que los trasciende de modo infinito-, y de
esta forma hallar un punto de vista desde el cual se
hará más fácil captar y comprender la guía
providencial del mundo, la revelación histórica, el
plano más elevado de la actividad divina que
llamamos milagro, y aun el hecho estupendo de la
encarnación, y se mostrará que no implican una
ruptura violenta con el sistema natural, sino que
están en continuidad con él, y en algún sentido lo
completan. Cuando se sigue esta línea de
pensamiento -en sí el más profundo y escritural
(Hechos 17:28)---, aparece la tentación, como es
natural, de obliterar la distinción de lo natural y lo
sobrenatural; de fusionar la vida divina totalmente en
el proceso mundial, y reemplazar con
«sobrenaturalismo natural» la fe en un Dios que se
ha revelado históricamente en palabras y obras para
la salvación del hombre. Contra estas tendencias
panteístas es de esperar que toda teología sana va
a protestar-, pero por esta razón no se sentirá


305
llamada a desahuciar el lado de la verdad del cual
es testimonio el Panteísmo. El «sobrenaturalismo
natural» nunca puede ser un sustituto de la fe en el
Dios de la revelación; pero tiene su utilidad en
preservar de una separación deísta de Dios y el
mundo, y en recordarnos que lo divino y lo humano,
la naturaleza y la gracia, la evolución y la creación,
la providencia y la ley, el milagro y la causación, la
revelación y las condiciones psicológicas, no son las
antítesis abruptas que con frecuencia se piensa que
son.
El otro cambio en la manera moderna de concebir a
Dios que he mencionado se relaciona con la doctrina
del amor divino, y especialmente de la paternidad
divina, como la expresión suprema de lo que Cristo
nos enseñó a creer respecto a Dios en sus
relaciones con los hombres y su disposición hacia
ellos. He hablado en una conferencia previa (n
0
IX)
de las dificultades del Calvinismo inherentes a una
exaltación indebida de la idea de la soberanía divina
a expensas de la idea del amor divino, por el hecho
de no buscar, al revés de la enseñanza de Cristo, la
interpretación de la soberanía a través del amor.
Uno de los mayores avances de la teología moderna
es que ha conseguido en gran parte restaurar el
amor a su lugar debido en el centro del carácter
divino, e insiste de modo tan recio en que todo el
propósito de Dios ~_en la creación, en la
Providencia, en la redención- se halla a la luz de
este principio supremo. Con esto está relacionado el
otro cambio a que me he referido antes -la
sustitución por un modo de ver la historia más
teleológico al que hace de la elección del individuo la
idea gobernante-. Concuerda con esto el que, en
vez de la antigua rúbrica de los pactos -un pacto de


306
obras y un pacto de gracia- en la cual se hacía
encajar todo en teología, hay ahora una reversión
extensa a la propia idea de Cristo del Reino de Dios,
como la que expresa mejor el fin del propósito
divino, y del gobierno general del mundo. Aquí, la
teología ha encontrado de nuevo una ayuda
apropiada en la idea del objetivo o meta del mundo,
excogitado por Kant y otros, no sin la sugerencia del
Cristianismo.
Sin embargo, es en la prominencia que se ha dado
en los tiempos recientes a la gran verdad de la
Paternidad divina que, probablemente, la mayoría
estarán dispuestos a ver el carácter peculiar de la
teología moderna. Un modo común de presentar
este punto de vista alterado -un modo de ver que es
distintivo de gran parte de lo que se estila la «nueva
teología»-- es que Dios es considerado ahora como
un Padre universal, en tanto que antiguamente esta
relación de Paternidad se limitaba a los creyentes.
Esto se considera que es la esencia del Evangelio
de Cristo, que Dios es el Padre de todos los
hombres; y la relación de Paternidad y de filiación se
sostiene que agota la relación subsistente entre Dios
y la humanidad. En esta representación hay, según
yo creo, verdad y error a la vez. Es profundamente
cierto que la misma esencia y núcleo de la
revelación de Cristo es su descubrimiento de Dios
como Padre. El pensamiento exegético y teológico
superior de la edad, sin embargo, me respalda en
que la cuestión debe ser formulada mucho más
cuidadosamente que en la generalización anterior.
Hay que notar que en la doctrina de la Paternidad de
Dios que nos da Cristo se define, en primer lugar,
con relación a sí mismo, no con relación al mundo o
incluso a los creyentes. La Paternidad es algo eterno


307
y esencial en el ser de Dios, y su objeto es el Hijo, el
Hijo, el unigénito Hijo, el cual, por tanto, distingue su
relación con el Padre, de la de cualquier otro, como
primaria e incomunicable. Es en relación con el
unigénito Hijo que hallamos, por así decirlo, la fuente
de la Paternidad en el corazón de Dios. Luego,
Cristo, extiende esta relación de filiación a todos los
miembros de su reino. El reino es la esfera del amor
y gobierno paternal de Dios, y los que están dentro
son llamados a acariciar el espíritu filial y llamar a
Dios y confiar en El como Padre. Pero esta relación
no es de mera naturaleza; es un alto privilegio de la
gracia, el resultado de una adopción divina, y de la
impartición de una nueva vida sobrenatural (ver
Juan 1: 12, 13). Incluso esto, sin embargo, no agota
la doctrina que da Cristo de la Paternidad divina. Es
indudablemente una parte de su Evangelio, sobre la
cual la teología moderna hace hincapié con acierto,
que hay un elemento de relación divina en toda alma
humana, incluso en la peor; que el hombre fue
hecho a la imagen de Dios, y que en su llamada
original y su destino, incluso su creación, se
encuentra el que es un hijo de Dios? Este destino el
hombre lo ha desbaratado, le ha vuelto la espalda y
se ha perdido por causa del pecado, y sólo puede
serle restaurado por medio de la gracia. El corazón
paternal de Dios, no obstante, todavía suspira por él,
y procura atraérselo; y a base de este destino
original, ahora abierto otra vez para él en Cristo, el
peor de los pecadores, cuando vuelve en sí, puede
regresar y decir: «Padre mío» (Lucas 15:18). Sólo
que la gracia que le restaura hace infinitamente más
que realizar el propósito original de su creación. Le
concede, por medio de Cristo, una relación de
privilegio, dignidad y bienaventuranza que, en el
plano de la creación, no podía haber alcanzado


308
nunca. Así me parece que puede alcanzarse algo de
la plenitud de la enseñanza de Cristo en la
Paternidad divina, y son armonizados los aspectos
diferentes de esta doctrina.
Dejando a un lado, de momento, la cuestión de si la
Paternidad de Dios subordina lo que podemos
llamar los aspectos jurídico o gubernamental del
carácter divino, prosigo para dar una mirada a la
forma en que el pensamiento moderno ha afectado a
las doctrinas del hombre y del pecado. Que éstos
también han sido influidos profundamente, no puede
haber duda, y esto en dos direcciones más bien
opuestas. Por una parte, la tendencia de la filosofía
más elevada, al poner énfasis en la dignidad del
hombre como espíritu racional consciente de sí
mismo, y en la de su afinidad por ello con lo divino,
ha ayudado a la teología a corregir la tendencia de
la antigua especulación a mantener aparte a Dios y
el hombre, y a considerarlos como totalmente
disimilares en naturaleza. Aquí, también, vemos la
tendencia a derribar antagonismos, a conciliar
opuestos tales como finito e infinito, divino y
humano. Por otra parte, la doctrina científica de la
evolución, al buscar el origen del hombre en las
formas inferiores, dándole un comienzo en equipo
mental y moral sólo un grado por encima de los
brutos, por este motivo tiene consecuencias serias
para toda la doctrina escritural del hombre, y para
las doctrinas del pecado y la redención, que
dependen de ella. Aquí, no sólo se pone en
entredicho la doctrina agustiniana --o digamos, la
bíblica- de la caída de una pureza original, o de una
corrupción y muerte heredadas de la raza, sino que
está en peligro toda la concepción cristiana del
pecado, como algo anormal, corrupto, voluntario en


309
el desarrollo del hombre -algo absolutamente
opuesto a la santidad de Dios, e implicando al
hombre en su ruina espiritual y eterna-. El hombre,
en la nueva interpretación, no es un ser caído, sino
que está en proceso de ascenso; no merece
reproche, sino, en conjunto, alabanza por haberse
comportado maravillosamente bien, considerando
las circunstancias desventajosas en que empezó;
las doctrinas de la redención asociadas con el modo
de ver antiguo -expiación, regeneración,
justificación, santificación y resurrección- ya no
tienen lugar, o bien cambian su significado. Hay
algunos que, bajo la influencia del espíritu moderno,
alegremente aceptan las consecuencias, y aun
creen que son una ganancia. Por desgracia, los
elementos que se nos propone lancemos por la
borda --el sentimiento de pecado y de culpa, el dolor
de la servidumbre espiritual, la guerra entre la carne
y el espíritu, reconocida como mala en la
autocondenación y vergüenza concomitantes, el
anhelo de expiación, la necesidad sentida de
regeneración, la conciencia de perdón y renovación-
se hallan de tal modo entretejidos en la estructura de
las Escrituras, que el renunciar a ellos es
virtualmente renunciar a la teología «cristiana»; pero
es que además son partes de una experiencia real
humana que no pueden ser eliminadas de la
existencia, o desechadas de toda consideración,
incluso para poder acomodarse a los requerimientos
de una hipótesis moderna científica. No deseo
dogmatizar indebidamente, pero he de confesar con
franqueza, después de deliberaciones repetidas y
prolongadas, que si tuviera que adoptar las ideas de
que tratamos, me hallaría frente a frente con una
antinomia que sería incapaz de resolver. Pero no
puedo admitir que el estado de los hechos nos


310
coloque en un dilema semejante. La evolución es
una teoría que, dentro de ciertos límites, es apoyada
por una acumulación de evidencias que, para la
mente científica moderna, hacen su aceptación
inevitable. Pero la evolución tiene sus límites; no lo
explica todo. Por encima de todo, no explica los
orígenes. Todavía no ha dominado los factores que
explican el cambio. Creo que tengo base para decir
que, hasta el momento presente, dentro de los
límites en que ha quedado justificada
científicamente, la doctrina de la evolución no nos
impone la obligación de pensar del hombre que es
otra cosa que un producto especial de la sabiduría y
el poder divinos; no que los factores naturales no
hayan cooperado en su origen, o que no se halle en
conexión genética con el pasado orgánico -todo
apoya esta idea-, sino que, con su advenimiento
hubo una nueva aparición en la tierra, la entrada de
un agente racional y moral, que lleva en su alma la
impronta de la imagen divina, y que, por mucho que
la ciencia aduzca en sentido contrario, puede haber
sido puro en su naturaleza, y haber estado en unas
relaciones íntimas y conscientes con su Hacedor,
como requiera la teoría más ortodoxa. Con la
aparición del hombre a la cabeza del mundo
orgánico fue fundada una nueva moral y un reino
espiritual. El que cree que en la humanidad
introducida de esta manera se hallaba la «promesa y
potencia» de la encarnación, ¿pensará que es
extraño que un acto creativo especial estuviera
implicado en la fundación de la misma? Me atrevo a
afirmar que incluso en un sentido científico la
introducción de la primera pareja humana en el
Globo sigue siendo un misterio tan grande del
laboratorio de la naturaleza como lo era antes de
que se hubiera oído hablar de la evolución. En otros


311
aspectos las contribuciones peculiares del
pensamiento moderno -por ejemplo, la doctrina de la
herencia, y el mayor énfasis que se pone en la
constitución orgánica de la raza, con el sentimiento
más profundo de la maldad y miseria del mundo que
marca el término del siglo, y halla expresión
filosófica en su pesimismo- no han sido
desfavorables para la doctrina cristiana del pecado,
sino que han provisto de importantes
corroboraciones y elucidaciones al mismo.
El orden de las ideas me lleva luego a hablar de las
ganancias que la edad moderna ha cosechado en el
departamento de la Cristología. También aquí era
inevitable que hubiera un cernido vivo de las
decisiones antiguas; reaparición de errores
anticuados y desahuciados, con frecuencia
presentados como si fueran descubrimientos nuevos
flamantes; intentos de reconstrucción de lo que ya
había terminado en fracaso. Pero ha habido avances
sustanciosos también. Vemos enfocado el problema
de la Persona de Cristo desde ambos lados -el uno
el de la divinidad, y el otro el de la humanidad-,
siendo el objeto general, en consonancia con la
tendencia a la conciliación, el hallar una síntesis que
nos permita captar los dos en una unidad más viva
de lo que era posible alcanzar en la doctrina antigua.
Alemania ha sido el campo especial de las
reconstrucciones que se han intentado de la doctrina
de la Persona de Cristo. En las Cristologías
especulativas de Hegel y otros, tenemos los
esfuerzos para entender la divinidad de Cristo
mediante la afirmación de la identidad metafísica de
lo divino y humano. La verdadera encarnación es en
la raza; Cristo es el individuo en cuya conciencia fue


312
aprehendida por primera vez religiosamente la
unidad de Dios y del hombre. Esta teoría de la
encarnación universal se puede considerar en dos
formas: o bien en sentido panteísta, como una
negación de una personalidad verdadera en Dios,
que alcanza conciencia de sí mismo en la conciencia
del Hombre, o como una afirmación de que la
humanidad en su esencia está fundada en Dios, el
cual se despliega a sí mismo en un mundo de
personalidades finitas, de las cuales Cristo es una.
Ninguna de estas formas puede ser aceptada en
una teología creyente como un sustituto de su propia
afirmación de una encarnación personal del Verbo
divino en el Señor Jesús, en el cual «habita toda la
plenitud de la Divinidad corporalmente» (Colosenses
2:9), el cual es (o en quien poseemos) «el verdadero
Dios y la vida eterna».1 A pesar de ello la filosofía
idealista ha hecho un servicio permanente al insistir
en la afinidad esencial de lo divino y lo humano, que
es la base de una teología sana de la encarnación; y
al representar la unión de la Deidad y la humanidad
en Cristo como el punto culminante de esta
revelación de Dios en lo finito cada vez más perfecta
que estamos viendo que tiene lugar en la naturaleza
y en la historia. Con esto está relacionada la doctrina
cristiana de que el Hijo es el ápx77 (principio
originario) y el -r4os- (fin objetivo) de la creación -«la
imagen del Dios invisible, el primogénito de toda la
creación»- y que «en El subsisten todas las cosas»
(se mantienen unidas). Schleiermacher, por el otro
lado, pensó asegurar «un ser peculiar de Dios» en
Cristo, adecuado a las verdades cristianas,
reconociendo en El la perfecta supremacía de este
elemento divino («la conciencia de Dios») que se
halla presente en forma germinal en toda
personalidad humana, pero que sólo en Cristo


313
alcanzó su fuerza y gobierno plenos. Cristo es, pues,
a la vez, Hijo de Dios (en la perfección de su
condición de ser sin pecado, conciencia filial) y un
hombre arquetípico. Evidentemente, esto no nos
lleva más allá de una humanidad ideal; con todo,
echa mano del hecho de que la receptividad para lo
divino pertenece a la verdadera idea de la
humanidad, y que la entrada de Dios en su plenitud
en la humanidad no desmerece de su integridad o
perfección, sino que la eleva a su potencia ideal. Y
es mucho el que se afirme que en Cristo, en alguna
forma, se hallaba presente esta plenitud. Incluso los
teólogos de la escuela liberal (por ejemplo,
Biedermann, Lipsius, Pficiderer), con su
reconocimiento de que en Cristo tenemos la
revelación del «principio» de la religión absoluto -un
«principio», sin embargo, que ellos distinguen
cuidadosamente de la personalidad de su portador-,
ofrecen un testimonio notable de la importancia
única y de alcance mundial de la Persona de Cristo,
y subrayan un hecho central en la conciencia de
Cristo (su conocimiento de sí mismo a través de su
conciencia filial como fundador del Reino de Dios).
Más recientemente tenemos el intento de la
enseñanza ritscliliana de desembarazar la
Cristología de todas las afirmaciones «téoricas»
sobre la Persona de Cristo, y darle un sentido
puramente «religioso» al término «Divinidad»; con el
resultado de que el nudo real del problema
cristológico no es desatado, sino evadido. Ninguna
restricción de este tipo puede detener al intelecto de
volver a hacer las antiguas preguntas respecto a la
naturaleza y rango real del ser a quien se pide que
demos confianza y homenaje «religioso». Pero el
Ritschlianismo tiene sus méritos al reclamar que las
mentes humanas se dejen de sutilezas


314
especulativas y escolásticas, para atender a la
revelación histórica de Dios en Cristo, por la cual
todas las teorías cristológicas han de ser medidas
en último término, y se pone en terreno sólido en su
reconocimiento de Cristo como el fundador y cabeza
espiritual del Reino de Dios, que se halla en perfecta
solidaridad de voluntad y propósito con Dios y nos
asegura su gracia.
Así pues, la ganancia de estos esfuerzos es que, en
tanto que la antigua doctrina de la Iglesia enfocaba
el tema de la Cristología de modo predominante
desde el lado de los predicados opuestos de las dos
naturalezas, la teología moderna lo enfoca desde el
lado de la receptividad de la humanidad para lo
divino; del fundamento natural del Espíritu del
Hombre en el Logos divino; de una unión de Dios
con la humanidad que no hace a la humanidad
menos humana porque participe en la divina. Una
vez se ha empezado en esta línea, se considera que
no hay contradicción, sino una consumación de la
relación de Dios al hombre fundada en la creación,
que la unión debe hacerse personal: el Hijo eterno
apropiándose la humanidad perfecta a sí mismo, y
haciendo de ella el órgano de su manifestación
humana divina. Por otra parte, en cuanto estas
reconstrucciones se detienen aquí, sin negar a la
entrada personal de Dios en la humanidad, y nos
dejan sólo con un Hombre constituido divinamente,
dotado de modo supremo y que revela a Dios, yo
creo que, en principio, ya se ha avanzado más allá
de las mismas y se han quedado atrás. No
satisfacen las necesidades de la fe, se quedan
cortas del Evangelio apostólico, insuficientes para
los fines de nuestra redención. Surgen en teorías y
escuelas, pero no han conseguido ningún apoyo en


315
formulaciones dogmáticas -y son desaprobadas
verdadera y enfáticamente, por la conciencia de la
Iglesia en general, como lo han sido siempre-.
Esta conclusión queda confirmada si nos volvemos,
luego, a los intentos que se han hecho de reconstruir
la concepción de Cristo desde el lado histórico. La
ganancia aquí ha sido también muy grande. No hay
duda de que sigue arrastrándose aún un cierto
elemento docético, adherido a la concepción
ortodoxa de la Persona de Cristo, tal como nos llegó
de las manos de los Concilios. El énfasis necesario
puesto en las controversias primitivas sobre el lado
divino de este «misterio de la piedad» tiende a
oscurecer, y, en ciertos aspectos importantes,
incluso a suprimir casi, el lado humano. La realidad
e integridad de la humanidad de Cristo fueron
confesadas en doctrina, pero sus implicaciones no
fueron captadas y realizadas de modo claro y
distinto en los hechos. Se hizo un comienzo a partir
de la doctrina de la Trinidad -de las relaciones
internas de la Divinidad-, y desde aquí hubo
descenso, a través del acto de la encarnación, a una
Persona que era a la vez divina y humana. Pero esta
Persona no se puso en el marco de una vida
verdaderamente humana. Se concedió muy poco al
crecimiento o desarrollo de la conciencia humana de
Cristo; fue concebida como poseyendo, incluso
como hombre, los atributos de omnisciencia y
omnipotencia; si El se abstuvo de ejercer estos
atributos, fue voluntariamente, por respeto a las
limitaciones que le fueron impuestas por la voluntad
del Padre. La vida de Cristo, en su lado histórico, en
consecuencia, despertó un interés relativamente
débil, incluso hasta nuestros propios días. Se
adscribieron intenso sufrimiento y emoción, sin


316
duda, a su muerte en la Cruz vergonzosa; y se sintió
la más viva exultación ante su resurrección al tercer
día. Pero incluso aquí no fueron las circunstancias
históricas, el espíritu interno, de estos sufrimientos,
tanto como su significado teológico, lo que captó la
atención y evocó discusión. No se negará que el
espíritu histórico, científico, de los tiempos modernos
ha hecho mucho para rectificar esta unilateralidad y
damos la impresión de un Cristo humano como el
mundo nunca había poseído desde los días de la
primera generación de creyentes. El intento ha
resultado a veces en una unilateralidad opuesta,
esto lo concederé. Poniendo aparte la teología, el
objetivo franco del espíritu histórico era, en primer
lugar, ver a Cristo con los ojos de los hombres y las
mujeres de sus propios días, y explicarle en cuanto
fuera posible a partir de factores naturales.
Descartando la «leyenda» del nacimiento virginal, y
presentándole como el hijo de José y de María de
Nazaret, como el predicador de Galilea, como el
profeta de justicia a una edad formalista y poco
espiritual. Se intentó penetrar en su conciencia;
volver a pensar sus pensamientos; presentarle a la
plena luz de su ambiente. Se procuró explicarle a
través de lo que le rodeaba, o bajo los principios de
la evolución. Pero se ha fallado. Se han escrito
«Vidas» de Cristo desde todos los puntos de vista
posibles, pero ninguna ha resuelto el enigma.
Cuanto más cerca llegaron los hombres a Cristo, y
más microscópico era el enfoque de su estudio, más
se vieron obligados -o la edad en que escribieron- a
retroceder con respeto y temor, y decir con el
centurión: «Verdaderamente este hombre era el Hijo
de Dios» (Marcos 15:39). La conciencia que tenía El
de sí mismo, su carácter intachable, sus palabras y
obras de majestad y poder, su total unidad con el


317
Padre en conocimiento, voluntad y objetivo, la gracia
y verdad que habitaban en El -una «gloria como del
unigénito del Padre» (Juan 1:14)---, su muerte de
entrega voluntaria, la nueva vida a que se levantó,
no permiten llegar a otra conclusión. La incredulidad
arremete contra esta peña en vano. El clamor «de
vuelta al Cristo histórico» ha corregido sus propios
errores o está en proceso de hacerlo.
Así pues, la ganancia de todo el movimiento ha sido
para la fe. Cristo nos ha sido restaurado como una
Persona más verdaderamente humana, pero al
mismo tiempo más divina. El efecto sobre el método
de la teología ha sido bien marcado. En vez de
empezar por la Trinidad --que nosotros sólo
podemos conocer a medida que surge de la
revelación histórica- empezamos por la
manifestación terrenal de Cristo, y ascendemos a la
Trinidad como la única visión admisible de la
Divinidad para los que creemos en el Padre, en el
Hijo y en el Espíritu Santo de gracia. La teología ha
puesto el pie sobre terreno seguro: «lo que hemos
visto y oído eso os declaramos» (11 Juan 1: 3); no
es que tenga que permanecer en él, sino que, con el
apóstol, pueda remontarse a las alturas supremas
de la afirmación que declara que «el Verbo era
Dios» (Juan 1: l), y que «la vida eterna que estaba
con el Padre nos fue manifestada» (11 Juan 12). A
través de este contacto con la realidad histórica, se
salvaguarda contra el reproche de ser «metafísica»
e irreal. Lo que se llama, por más que
erróneamente, la «metafísica» de la teología, nunca
puede sostenerse en el aire. Para poder sobrevivir
ha de sentirse que no es «metafísica» en absoluto,
sino las implicaciones innegables, claras y simples
de los hechos inmutables de nuestra redención.


318
Uno de los resultados de esta nueva concentración
de atención en la Persona de Cristo es que esta
teología de la época moderna ha tendido a hacerse
cristocéntrica. Esto es, ve en Cristo a la vez el centro
de la revelación del propósito de Dios, y el objetivo
de este propósito mismo, y desea interpretar todo el
resto de la revelación a la luz de su relación con El -
hallar en El la clave del recto conocimiento de Dios,
hombre, pecado, deber, salvación, destino-. El
Cristianismo no puede por menos que ser
cristocéntrico en este sentido -ha de discernir en la
aparición de Cristo el objetivo de todo lo que ha
ocurrido antes, y el punto de partida de la nueva
creación de lo que ha de venir después-. Si la
Persona de Cristo puede ser hecha debidamente el
principio gobernante de un sistema teológico -que,
como se ha dicho al principio, ha de seguir el orden
de la dependencia lógica de las doctrinas-, es una
cuestión distinta. Una consecuencia que se sigue de
la atención dada a estos temas, y especialmente a
las condiciones de la vida terrenal de Cristo, ha sido
la discusión renovada y compleja de la cuestión de
la Kenosis. No intento entrar en los detalles de las
modernas teorías kenóticas, y es porque, según
entiendo, la influencia de la mayoría de ellas ya es
cosa del pasado. La autoobliteración del Logos
hasta el punto de renunciar a su vida consciente en
la Deidad (lo cual es el rasgo destacado), es más
que el «vaciarse a sí mismo» --es prácticamente la
autoextinción---, en tanto que la persona que resulta
no es en modo alguno distinguible de un hombre
ordinario excepto en sus potencias sin desarrollar.
Así, mediante una curiosa inversión del punto de
vista, el Kenoticismo acaba transformándose en una
especie de Ebionitismo. En consecuencia, la
tendencia de las nuevas teorías cristológicas ha sido


319
el prescindir del Logos preexistente en conjunto
como una ficción metafísica. Este tipo de doctrina,
pues, no posee ya influencia. La forma en que el
problema kenótico se presenta ahora en particular
es la de las limitaciones del conocimiento terrenal de
Cristo. Que Cristo estuvo sometido al crecimiento y
desarrollo, en sabiduría y en estatura, lo sabemos
(Lucas 2:52); y su ignorancia en un punto crucial del
futuro de su reino la tenemos en su propio
testimonio (Marcos 13:33). Pero en cuanto a la
extensión de esta limitación del conocimiento de
Cristo, hasta qué punto era voluntario, en qué grado
implicaba aceptación de las creencias corrientes en
su ambiente, así como, por ejemplo, acerca de los
demonios y ángeles, o la antigüedad y paternidad de
los libros escriturales, o qué autoridad da El a sus
propias enseñanzas sobre estos temas, existe
todavía mucha controversia. Como es natural, el
tratamiento de los que proceden sobre suposiciones
puramente humanísticas tiende a conclusiones que,
si se adoptaran, destruirían la confianza en la
conciencia de Cristo en cualquier materia que
implicara conocimiento objetivo. Por otra parte, los
que aceptan el postulado de la encarnación, si bien
reconocen la dificultad para llegar en muchos puntos
a un acuerdo exacto, pueden aceptar mucho más
terreno positivo y atribuir a la conciencia de Cristo,
no sólo una certeza absoluta en todo lo que se
refiere a sí mismo y a su misión en el mundo, sino
una singularidad única de visión y profundidad de
comprensión en las cosas espirituales y naturales,
que no surge ya de la intuición más pura, sino de
una relación no velada sostenida con el Padre, y la
elevación por encima de las condiciones ordinarias
del conocimiento que resultan de la misma.


320
Hay aún otra doctrina sobre la que he de intentar
dejar caer la luz de este espíritu moderno, me refiero
a la doctrina de la expiación. Fue un gran servicio el
que rindió Schleiemacher cuando definió al
Cristianismo como la religión en que todo se refiere
a Cristo, por medio de la conciencia de la redención
por El. Esto pone a la redención de nuevo en el
corazón del plan cristiano, del cual el racionalismo la
había desplazado. Pero si bien, desde los días de
SchIciennacher, el derecho del Cristianismo a ser
considerado como la religión de redención no ha
sido impugnado seriamente, hay que admitir que ha
habido una poderosa reacción contra la forma de
concebir la redención que considera la muerte de
Cristo como una expiación sustitutiva por el pecado.
Una razón de esto fue sin duda el que el plan de la
salvación en las formulaciones de la teología del
pacto se había hecho demasiado rígido, mecánico,
jurídico, y la mente de los hombres, en
consecuencia, había venido suspirando por algo
más vital y ético. De ahí el atractivo de teorías como
las de Maurice o Erskine de Linlathen, que colocaron
el nervio de la expiación en la entrega de Cristo a la
santa voluntad del Padre; de Bustinell, que intentó
hallar su clave en el poder del amor de simpatía; de
McLeod Campbell, que la explicó como una
confesión perfecta del pecado de la humanidad por
Cristo, que tenía en sí todos los elementos de un
arrepentimiento sustitutivo por el pecado; o de
soluciones más simples todavía, en que Dios nos
reconcilia a sí mismo, sin necesidad de expiación de
ninguna clase, por la revelación de su amor y gracia
paternales. Es característico de todas estas teorías
que dejan a un lado lo que indudablemente era un
elemento de la doctrina de la redención de la
Reforma, a saber, el llamado aspecto «forense» de


321
la expiación de Cristo, su satisfacción de la justicia
de Dios por medio del sufrimiento del castigo del
pecado en nombre y lugar del hombre. A este
resultado han contribuido también otras influencias,
entre ellas, especialmente, la teoría de la evolución
con el origen animal del hombre, y su condición
inferior primitiva. Esto, por su naturaleza, hace
imposible la idea del pecado y culpa de la raza, que
constituye un presupuesto de la doctrina de la
expiación. Cristo, desde el punto de vista de esta
teoría, representa el punto culminante del desarrollo
evolutivo, una inspiración y ayuda a la humanidad en
su esfuerzo hacia arriba, pero no en el sentido real
de Redentor del mundo.
El decir que estas teorías son inadecuadas, en
modo alguno es afirmar que la actitud de la teología
hacia ellas haya de ser de una repulsa tajante. Al
contrario, proyectan luz sobre elementos
importantes del total de la obra de Cristo. No
podemos prescindir de ninguna de ellas; la teología
es más rica a través de su elucidación. Nos ayudan
a recordar que los sufrimientos de Cristo en nuestra
naturaleza no fueron una ordenanza arbitraria, sino
que surgen de su relación con nosotros, su posición
en el mundo, su testimonio acerca del Padre; al
mostramos que el hecho de la sustitución de sí
mismo en lugar nuestro, que El realizó, no fue un
acto externo, sino que tuvo sobre su corazón sus
raíces vitales en el amor de simpatía o compasión
que le llevó a tomar los pecados y aflicciones de la
raza que vino a salvar (Mateo 8:17); al recordamos
que el valor de su sacrificio se halla, no en el mero
quantum de su sufrimiento, sino en los elementos
éticos que implica --en su voluntad obediente, y
perfecto amor a Dios y al hombre, y la comprensión


322
espiritual del mal del pecado, y el honor debido a la
justicia de Dios en sumisión a su juicio sobre el
pecado---. Ninguno de estos pensamientos, como
muestra nuestra investigación anterior, es del todo
nuevo; pero son puestos bajo nueva luz, con un
aprecio más delicado de las leyes espirituales
implicadas, y se les hace pensamientos rectores en
la interpretación del sacrificio de Cristo. Hasta aquí
no entran en conflicto con la muerte de Cristo como
una expiación del pecado, sino que nos capacitan
para entenderla mejor. Los que sostienen del modo
más estricto el punto de vista judicial pueden hallar
en ellos elementos de ayuda. Así, es una ganancia
clara para esta doctrina que el pensamiento
moderno haya puesto tanto énfasis sobre la
constitución orgánica y la solidaridad de la raza, algo
en que sus defensores insisten. Ni puede pasarse
por alto que la fuerza lógica de muchas de las
críticas hechas a la doctrina de la expiación
sustitutiva reposa sobre los presupuestos
individualistas de la misma. ¿Cómo puede ser justo
que uno sufra por otro, que el inocente sufra por el
culpable? Pero si la sociedad es considerada desde
el punto de vista orgánico, no sólo el individualista,
este sufrimiento se ve como uno de los hechos más
comunes de la vida. «Ninguno de nosotros vive para
sí ni muere para sí» (Romanos 14:7). Todos
participamos en el bien y el mal de los actos de los
demás. La herencia es un testigo biológico de la ley
de solidaridad. Las penas del pecado raramente
quedan confinadas al malhechor individual. Se
derraman sobre todos los que están en contacto con
él, descienden a su posteridad. El inocente tiene que
llevar la carga y oprobio de ellos, y a menudo las
asume voluntariamente. Esto nos lleva al principio
de la sustitución. ¿Puede ser justa la sustitución? El


323
uso de tales teorías como la de Bushnell nos
recuerda que el mundo está Heno de fuerzas
sustitutivas; que están implicadas en la misma
naturaleza y ministerio del amor. La buena voluntad
a aceptar uno mismo el dolor, la labor, la vergüenza
y el castigo de otros es reconocida universalmente
como la mayor prueba de amor. «Nadie tiene mayor
amor que éste, que uno ponga su vida por sus
amigos» (Juan 15:13).
El problema que afecta a la teología moderna no es
el de la justicia del inocente sufriendo por el
culpable, o el del que simpatiza tomando sobre sí las
transgresiones de otro. La ley del sufrimiento
sustitutivo -la obligación, en la frase de Bushnell, de
«pagar el coste» de otros- es reconocida en todas
las teorías. El altruismo tiene a la sustitución en su
corazón. La cuestión que se ventila es la del
carácter expiatorio o satisfactorio de estos
sufrimientos -su poder para expiar la culpa de otros-.
¿Hay necesidad de una expiación y satisfacción tal
como la requiere la antigua teoría? Si es necesaria,
¿se puede pensar que uno haya de poder hacerla
por otros? No se puede negar, como he dicho, que
hay una resistencia extensa a aceptar esta idea,
aunque hasta el momento ningún credo se ha
atrevido a excluirla (probablemente no conseguiría
hacerlo), y hay muchas señales de que el
pensamiento sincero está abriéndose paso otra vez
hacia ella. Muchos tienen por axiomático que el
reconocimiento moderno de la Paternidad de Dios
excluye todo cuanto se refiera al carácter «judicial»
o «forense» en los tratos de Dios con los hombres.
Esto para mí es una profunda equivocación, que
lleva consigo el derrocamiento de mucho más que
una doctrina de la expiación; alcanza incluso a los


324
pilares de justicia sobre los cuales depende la
estabilidad del universo moral.
A mi juicio, hay dos consideraciones que hacen
indispensable que sea retenida la relación a la ley y
a la culpa en la expiación de Cristo. La primera es
que es un elemento indubitable de la doctrina de la
Escritura --que se halla entretejido con las
enseñanzas más profundas respecto a Dios, el
pecado y las condiciones del perdón del pecado---.
La segunda es que sólo ella cubre las necesidades
de la conciencia en su testimonio de la realidad de la
ley moral y del mal y condenabilidad del pecado. La
edad moderna debe no poco a Kant por la decisión
con que defendió estas grandes convicciones
primarias de la conciencia moral sobre las que
descansa la demanda de la expiación del pecado
(aunque él no aplique estos principios en particular).
La cuestión de un aspecto «forense» en la
expiación, a mi modo de ver, en último término,
queda simplemente reducida a la cuestión de la
realidad de la ley moral para Dios, así como para el
hombre. Si hay ley moral basada, no en la voluntad
de Dios, sino en su naturaleza –esta ley que es
revelada por la conciencia, y es reconocida
implícitamente en los juicios morales de los hombres
cada día (Romanos 2: 1 ~-, entonces las relaciones
de Dios con los hombres por necesidad han de tener
en un aspecto un carácter «forense». Nuestra
relación con Dios en la conciencia, por ejemplo, es
«forense», y no puede ser otra cosa. La Paternidad -
aunque sea mucho más elevada y mucho más
tierna- no puede subordinar este aspecto mucho
más fundamental de la relación de Dios con su
mundo. Llamamos Padre al que también es Juez (14
Pedro 1:17). Padre y Legislador, en otras palabras,


325
no son opuestos en modo alguno. Un universo sin
ley sería un caos. Un Dios para quien la ley moral no
fuera tan sagrada como es, no podría ser
reverenciado como Dios. Es fácil decir: «El amor
está por encima de la ley, y puede remitir libre y
gratuitamente el pecado.» Pero el amor no está por
encima de la ley en el sentido de que puede poner a
un lado la ley a su beneplácito. Hay cosas que ni
aun Dios las puede hacer, y una de ellas es el que
Dios pueda decir que su santidad no reaccionará
contra el pecado en condenación y castigo. Leemos
que Dios es misericordioso y clemente, que perdona
la iniquidad, la transgresión y el pecado; pero la
misma Escritura declara con no menos énfasis que
El «en modo alguno declarará inocente al culpable»
(Exodo 34:6, 7). Esto no significa que Dios no puede
perdonar el pecado, porque ya se ha afirmado que
puede. Pero significa que no puede llamar otra cosa
que pecado a lo que lo es; nunca puede desfigurar
el testimonio condenatorio de su ley contra El
mismo; no puede perdonarlo, incluso, sin asegurarse
de que, en el mismo acto del perdón, los intereses
de su santidad sean conservados.
Esta es, pues, la razón por la que no puedo
consentir en abandonar la idea de la satisfacción de
la ley en la expiación de Cristo. Una teoría completa
de la expiación, por tanto, ha de incluir el aspecto
judicial y punitivo del carácter de Dios, y la obra de
Cristo se ha de mostrar que tiene una relación con
este aspecto como con todos los demás. A la
naturaleza de la conciencia --que, como dijimos,
conoce a Dios en su carácter «forense» y no otro-
pertenece el anhelar que el pecado sea, no
simplemente perdonado, sino que, en el mismo
perdonar, la ley sea mantenida en alto. Como vimos,


326
fue la respuesta que dio a esta demanda,
basándose en las palabras de Dios en la Escritura,
lo que dio a la Reforma su fuerza como movimiento
religioso. Es esta misma respuesta la que debe dar
todavía si, bajo el inquietante sentimiento de culpa,
quiere hallar una base estable para la paz con Dios.
Así pues, no creo que la teología pueda mantenerse
mucho tiempo apartada de este aspecto de la
expiación como una necesidad imperativa de un
Evangelio pleno. Con todo, la forma en que incluso
este aspecto de la expiación será aprehendida y
presentada, va a diferir algo, supongo, del molde
antiguo. Se pondrá menos énfasis en las
concepciones «federales» o legales, y más en las
relaciones vitales y orgánicas de Cristo con los
creyentes. La sustitución será interpretada a través
de la representación -la antigua idea de la Cabeza
sufriendo por los miembros-, y mediante la
calificación sacerdotal de la simpatía o compasión
(Hebreos 2:10-17; 4:14-16). Los elementos éticos
que entraron en el sacrificio de Cristo van a recibir
más prominencia, y serán usados como motivos
para ganar el corazón. Los sufrimientos de Cristo se
verán como brotando de su vocación, y el que
soportara los males penales, incluida la muerte, será
una consecuencia de su identificación con los
pecadores en toda su suerte bajo la maldición. Se
sentirá que, de modo natural, estando El en esta
relación íntima con nosotros, y sabiendo que El
mismo se había designado para ello, Cristo se
constituyó a sí mismo como nuestra víctima
propiciatoria, llevando nuestro pecado, honrando la
ley de Dios por medio de su sumisión, tanto en su
precepto como en su castigo, glorificando la justicia
de Dios, y, haciéndose cargo plenamente de la
condenación a que el pecado había destinado


327
nuestra raza, rindiendo a Dios desde lo profundo de
nuestra humanidad el «Amén» de que habla McLeod
Campbell, que tenía en sí, si algo podía tenerlo, la
virtud de la expiación. Porque hay que repetir de
nuevo que no fue meramente el soportar el juicio de
Dios contra el pecado, sino la forma en que Cristo
cubrió este juicio, lo que constituye la expiación por
el pecado. Esta obra de Cristo, aprehendida por la
fe, es nuestra justicia, que nos justifica delante de
Dios, en la que somos absueltos y aceptados
delante de El. Viendo en esta perfección de nuestro
Redentor todo lo que nosotros quisiéramos ser, pero
no somos, Dios, misericordiosamente, la considera
como nuestra, y pone delante de nosotros como
tarea de nuestra vida el crecer en Aquel que es
nuestra Cabeza en todas las cosas, hasta que la
semejanza sea completa.
III. He dejado poco espacio para el último tópico que
he de mencionar, y que da fin a estas conferencias:
la relación de nuestra edad moderna a la
Escatología. He indicado ya, en referencias previas
al tema (ver capítulos 1, IX), que nunca ha habido
una época para la Escatología como la habido para
otras doctrinas. En cuanto la Iglesia del primer
período tenía una doctrina de las Postrimerías, era
de modo prevaleciente quiliasta, esto es, milenaria.
En los Padres siguientes vemos ya los principios de
las tendencias que han venido desarrollándose más
plenamente desde entonces. En Orígenes, por
ejemplo, en la primera mitad del siglo tercero,
tenemos la doctrina de la restitución final; como en
su predecesor Clemente, tenemos una teoría de lo
que ahora llamaríamos segunda probación.
Orígenes fue seguido en sus teorías restaurativas
por Gregorio de Nissa (siglo cuarto), Teodoro de


328
Mopsuestia (siglo quinto) y otros. Ninguna de estas
teorías, ni la de Clemente, obtuvieron, sin embargo,
una circulación general en la Iglesia primitiva, y
mucho menos fueron favorecidas en la Iglesia
medieval. Se hicieron repetidos intentos para
identificar a los apologistas y los primeros Padres
con lo que se conoce como la doctrina de la
inmortalidad condicional, esto es, la teoría de la
mortalidad natural del hombre, del alma como del
cuerpo, y de la aniquilación de los malos -siendo la
inmortalidad considerada como un don de la gracia--
-. Pero hay aquí un malentendido. Estos Padres,
realmente, hablan con frecuencia de la inmortalidad
como dependiente de la voluntad de Dios; pero esto
sólo en oposición a la doctrina platónica de la
inmortalidad inherente de las almas (subsistentes
antes y después del nacimiento), y no con la
intención de proyectar dudas sobre la inmortalidad
de las almas de facto. La teoría corriente en la
Iglesia era la del castigo eterno para los malos y de
la recompensa eterna para los buenos. Los rastros
de la idea más inmatura son pocos y se hallan en
escritores poco instruidos. MUy pronto, por otra
parte, hallamos gérmenes de lo que más adelante
maduró en la doctrina del purgatorio, esto es, un
estado intermedio para la purificación por medio del
sufrimiento, de los santificados de modo imperfecto,
o de la expiación de los pecados que no habían sido
satisfechos de modo suficiente aquí. Hermas, en su
Pastor (siglo segundo), ya tiene el germen de esta
creencia, y las oraciones en favor de los muertos de
una edad temprana ya lo implican. Con todo, para
Agustín (siglo quinto), el sufrimiento en el purgatorio
es todavía sólo un «quizás», y no es hasta finales
del siglo sexto que la doctrina recibe forma oficial a
manos del papa Gregorio el Grande. A partir de


329
entonces la Escatología entra en lo que podemos
llamar su fase mitológica en la Edad Media. El
mundo invisible se divide en Cielo, Infierno y
Purgatorio, y la imaginación se recrea en descripción
de la topografía, distribución y experiencias de cada
región. La Reforma barrió estas creaciones del terror
y la fantasía, y volvió a la severa antítesis de Cielo e
Infierno. Se concibe que se entra en uno u otro al
morir, aunque la recepción final de la
bienaventuranza o el destierro al dolor y aflicción
tiene lugar después de la resurrección y el juicio
final. Así siguió la cuestión, y es lamentable ver las
libertades que algunos santos varones se
permitieron al pintar la condición irreversible y los
terribles tormentos de los perdidos. Apenas hay en
la literatura ejemplo más espantoso que el sermón
de Jonathan Edwards sobre este tema, ni es fácil
explicar cómo un hombre tan espiritual y compasivo
-un hombre tan saturado por el pensamiento del
amor de Dios- pudiera permitirse escribir lo que hizo
de los tratos del Todopoderoso con los condenados.
Lo mismo hicieron Boston y otros teólogos.
Todo esto provocó por necesidad una reacción. Ya
antes vemos una debilitación decidida de la doctrina
en los Arminianos, como Limborch. El Deísmo y la
teología tolerante del período de la Ilustración, con
sus ideas ortodoxas. Luego, el intelecto y conciencia
más recios del siglo diecinueve emprendieron la
oposición. La ampliación general del saber, el mejor
conocimiento de otras civilizaciones y religiones, el
reflexionar sobre los innumerables millones de
paganos que nunca han oído hablar de Cristo, y el
sentimiento más fuerte de la complejidad del
problema de la responsabilidad despertado por
discusiones sobre la herencia, operaron en la misma


330
dirección de fomentar la duda y provocar la
búsqueda. La doctrina teológica misma fue
claramente inconsecuente en su división tajante y
exclusiva en Cielo e Infierno, en tanto que reconocía
que ni una condición ni otra es completa en el
intervalo de la existencia desencarnada. ¿Hay que
suponer que seres que han pasado edades de
bienaventuranza o miseria en estos recintos son
sacados de ellos en la Resurrección para ser
juzgados, sólo para ser enviados de nuevo a la
misma condición después de la sentencia final? Ya
he indicado antes, como causa contributiva a este
interés más profundo en las cuestiones
escatológicas, el sentimiento de agotamiento y
tristeza --el temple algo pesimista- con que termina
el siglo, como si los asuntos humanos estuvieran
acercándose a alguna crisis final.
El efecto de las influencias enumeradas ha sido el
engendrar un sentido mucho más profundo de la
complejidad y dificultad del problema escatológico
de lo que era hace una generación o dos. La gente
está menos inclinada a dogmatizar en una región en
la que hay mucho que es oscuro por necesidad, y
menos dispuesta a intentar levantar el velo que se
siente Dios ha puesto sabiamente sobre grandes
porciones del futuro; y no está dispuesta a usar en
modo alguno el tipo de lenguajes sobre el más allá
para la mayoría de la humanidad que algunos
hombres piadosos usaban copiosamente en el siglo
pasado. Podemos observar un tono más tierno en
las expresiones incluso de los más ortodoxos en sus
alusiones a los destinos de los hombres. Por otra
parte, no contentos con esta precaución laudable,
muchos se atreven a lanzarse a especulaciones y
dogmatismos de sentido opuesto. Son renovadas


331
antiguas teorías y defendidas con erudición y
destreza, florecen «amplias esperanzas» en forma
de universalismos dogmáticos-, la Paternidad de
Dios pasa a ser la base de la inferencia de que no
se permitirá que perezca ninguno de los hijos del
Padre; otros intentan resolver el problema de la
obduración final por medio de la aniquilación; para
muchos, la idea predilecta es la de una probación o
período de prueba continuado, o segundo, y que
éste dura, como dicen, hasta que todas las almas
han sido traídas a la plena luz del conocimiento de
Cristo, y nevados a la aceptación o rechazo
definitivo de El.
Me hago cargo de los motivos que impulsan a estas
teorías diversas, y aun hasta cierto punto simpatizo
con ellos. Lo único que me veo obligado a decir
sobre las teorías es que me parece a mí que no
descansan sobre ninguna base sólida en la
Escritura; en realidad, en casi cada caso hay
afirmaciones explícitas escriturales que las
desmienten; además, incluso poniendo aparte la
Escritura, los argumentos en apoyo de las mismas
sacados de la razón o de consideraciones generales
sobre el carácter divino, son en su mayor parte
ilusorios. Una mente reflexiva, examinando la
constitución del mundo real, vacilará mucho acerca
de construcciones a priori de lo que debe seguirse
de una doctrina del amor o de la Paternidad de Dios.
Si preferimos permanecer en la Escritura, la base de
las nuevas teorías es aún más precaria.
Consideremos la hipótesis del restitucionista. Creo
que está justificado decir que la exégesis imparcial
de la Escritura no garantiza las esperanzas de una
restauración final universal de la raza que el teórico
de esta clase se permite. La Escritura divide a los


332
hombres en el juicio; y hasta el punto al que nos
acompaña su luz -hasta el punto al que se extiende
la fuerza del término o nos permite algún barrunto o
indicio un lenguaje como el empleado, que tiene la
marca fidedigna de finalidad-, las Escrituras, digo,
los dejan divididos, en un universo aparte en su
destino. Los antiguos profetas no dejan lugar a
dudas cuando ofrecen a Israel esperanzas de una
restauración terrenal después de sus aflicciones, y
Jesús y sus apóstoles podían haber hablado de
modo igualmente explícito acerca de una reunión
final en el hogar para las almas de todos con Dios.
Pero el hecho impresionante es que no lo hicieron.
No quisiera hacer presión excesiva sobre los
silencios de la Escritura; pero ha de ser atrevido el
hombre que, frente a estos silencios, aparta el velo y
se aventura a dar la seguridad a cada alma,
cualquiera que sea su estado moral o su actitud
hacia la luz, aquí y ahora, de que va a ser salvo,
infaliblemente, en el más allá -si no lo es ahora, en
alguna edad remota del futuro---. ¿Cómo es posible
concebir que algún hombre conozca el más allá para
poder dar una garantía así? El hombre no sabe nada
de las condiciones de la vida futura; no sabe si es
posible la conversión o una nueva decisión allí en
absoluto; si la eternidad no consiste en la fijación del
carácter esencial del hombre, sin posibilidad de
cambio radical. Con todo, ¡presume, en nombre del
amor de Dios, de que puede dar una seguridad a
cada alma, por negligente que haya sido de las
oportunidades que tiene aquí, de que todo irá bien
para él en la vida venidera! El hombre no tiene
credenciales para poder hacerlo.
Y tampoco tiene garantía escritural la teoría que
resuelve el problema del pecado con el coup de


333
gráce de la aniquilación. En tiempos modernos tiene
importantes nombres a favor suyo -por ejemplo, los
de Rothe y Ritschl-, pero es una hipótesis basada en
metáforas, o en consideraciones a prior¡ que no
tienen justificación suficiente. La doctrina de la
inmortalidad condicional corriente tiene otras
dificultades adicionales. Edifica sobre palabras como
«destrucción», «perecer»; pero aunque esta
destrucción, según la Escritura, cae sobre los
hombres en el juicio, la teoría en cuestión, para sus
propios fines, no sólo renueva el alma (que es de
modo natural mortal) después de la muerte, sino que
prolonga su existencia durante un período indefinido
más allá del día de la sentencia. Apela a las
palabras «vida» y «muerte»; pero ella misma ha de
dar un sentido más profundo a estas palabras del
que se implica en la mera existencia, o su opuesto,
extinción. El alma condenada sigue existiendo
durante un período más o menos largo después del
juicio, pero no tiene, en el sentido escritural, «vida».
Finalmente, por plausible que sea la teoría de una
segunda probación o una probación prolongada -
indispensable en alguna forma, según algunos
piensan, si la duración de la oportunidad se ha de
extender a aquellos que carecen del conocimiento
de Cristo, o los medios apropiados de conocerle
aquí-, no tiene mucho en que apoyarse, en la
Escritura, como no sean los pasajes ambiguos de 11
Pedro. Estos últimos textos son bastante para
impedimos que dogmaticemos en una dirección
opuesta; pero el tenor general de la Escritura no es
tal que anime estas esperanzas, o a ofrecer
esperanzas a los que han sido desobedientes a la
luz a sabiendas y voluntariamente en la tierra. La
llamada y la promesa se concentran en el presente;


334
las consecuencias de la incredulidad ahora, se nos
dice que son fatales. El juicio mismo procede de los
hechos realizados en el cuerpo; éstos solos, al
parecer, determinan el carácter y medida de la
recompensa. No hay indicio de la posibilidad de
cambio, de un lado al otro, en el tribunal del juicio, o
con anterioridad al mismo. Después de la muerte, el
gran problema, pues, sigue sin el alivio de ninguna
solución que nos proporcione la revelación positiva.
En realidad, es posible que haya factores
desconocidos por nosotros de alguna clase, y aún
más debe haberlos porque de modo instintivo
sentimos que no se ha dicho la última palabra
respecto al final de los asuntos de un mundo en que
va implicado el destino de multitudes incalculables
de espíritus in-mortales. Probablemente, con
nuestras facultades presentes, no podríamos
entenderlos, si es que los hay. Como ya he
expresado en otro punto, no tenemos instrumento de
cálculo adecuado con que manejar las dificultades y
relaciones de este tema infinitamente complicado.
Dios es el juez. A nosotros nos basta con procurar
que no fallemos nosotros mismos en entrar en el
reposo de Dios a causa de nuestra incredulidad
(Hebreos 3:7; 4: 1); y podemos tener la seguridad de
que todo lo que pueda hacer el amor y que permita
la justicia, con la gracia infinita que desciende a
raudales de la cruz de Cristo como fondo, no
quedará sin hacer.
Espero que, como resultado del estudio en que nos
hemos ocupado, he conseguido hasta cierto punto
dejar claro que hay un sentido y un progreso ciertos
en la historia del dogma, y que hemos captado una
visión de la ley de este progreso. Termino reiterando
mi convicción de que la perspectiva de la teología, si


335
no del todo brillante, por lo menos no es sombría por
completo. No faltan señales, ciertamente, de que
nos hallamos en víspera de nuevos conflictos, en
que nuevos y enérgicos disolventes serán aplicados
a las doctrinas cristianas, y que pueden ser motivo
de ansiedad y prueba para muchos que no se dan
cuenta que la fe cristiana ha de ser una batalla
permanente en cada edad. Esta batalla habrá que
lucharla, si no me equivoco, en primer lugar,
alrededor del baluarte del valor y autoridad de las
Sagradas Escrituras. La necesidad más imperiosa
de la hora presente en teología es una doctrina de la
Escritura adaptada a las necesidades actuales en la
armonización de las demandas de la ciencia y de la
fe. Pero toda la concepción del Cristianismo quedará
implicada, y muchas de las antiguas controversias
serán reavivadas en nuevas formas. Por otra parte,
veo muchas cosas que ofrecen aliento: la atención
seria que se da a los problemas de la religión; el
reconocimiento de Cristo como Maestro y Señor
incluso por los que no admiten de pleno su Persona
sobrenatural y los derechos que reclama; el temple
sincero de la edad, y su deseo de conseguir la
verdad en todos los departamentos de la
investigación; la luz escudriñadora proyectada sobre
documentos e instituciones, que sólo puede dar por
resultado que los de valor permanente reciban
reconocimiento apropiado. Puede esperarse
confiadamente un período constructivo, que siga a la
temporada presente de criticismo y examen de los
fundamentos, y entonces presenciaremos la
elevación del edificio mayor y más fuerte de la
teología que han visto hasta ahora los siglos. No
obstante, si se me pregunta en qué consistirá la
peculiaridad distintiva del Cristianismo del siglo
veinte, constestaré que no es en ningún


336
descubrimiento nuevo o sobremanera esplendente
en teología lo que espero. Las líneas de la doctrina
esencial para este tiempo están establecidas de
modo seguro y correcto. Pero la Iglesia tiene delante
aún otra tarea más difícil, si ha de retener su
ascendencia sobre la mente de los hombres. Esta
tarea es hacer que el Cristianismo aplique su poder
sobre la vida y las condiciones de la sociedad; se
esmere como nunca lo ha hecho en dominar el
significado de «la mentalidad de Cristo», y conseguir
la traducción de esta mentalidad a la vida práctica
total de la época -sus leyes, instituciones, comercio,
literatura, arte- en las esferas y relaciones
domésticas, cívicas, sociales y políticas; en los
tratos nacionales e internacionales, llevando en este
sentido el Reino de Dios entre los hombres. Veo el
siglo veinte como una era de ética cristiana, aún
más que de teología cristiana. Con Dios a nuestro
lado, con la historia detrás, y las necesidades
perennes del corazón humano a que hacer
apelación, no tenemos por qué temblar por el futuro
de ninguna de las dos. «Toda carne es como hierba,
y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La
hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del
Señor permanece para siempre. Y ésta es la palabra
que por el evangelio os ha sido anunciada» (14
Pedro 1:24, 25).






337


APÉNDICE
`C1"¦ \li "(1C' `C1"¦ \li "(1C' `C1"¦ \li "(1C' `C1"¦ \li "(1C'
Los siguientes Párrafos, procedentes de una
introducción escrita por el autor para una obra del
Dr. B. B. Warfield de Princeton, N. J., sobre El
derecho de la Teología Sistemática, van a ilustrar las
afirmaciones del capítulo I
«La Teología Sistemática ha decaído tristemente. Se
le puede aplicar, casi sin cambiar una palabra, lo
que dice Kant en el Prefacio de su famosa Crítica
sobre la metafísica:---Hubo un tiempo que era la
reina de todas las ciencias, y si tomamos la voluntad
por el hecho, ciertamente merece, por lo que se
refiere a la alta importancia de su materia objetiva,
este título de honor. Ahora bien, está de moda en
nuestros días tratarla con desprecio y escamecerla,
y la matrona se lamenta, abandonada y sola, como
Hécuba:
Modo maxima rerum,
Tot generis, natisque potens...
Nunc trahor exul, inops.
»Pero una cláusula subsiguiente, también del gran
pensador, se puede aplicar a la teología: "Porque es


338
vano en realidad", dice, "profesar indiferencia con
respecto a estas investigaciones, cuyo objeto en
modo alguno puede ser indiferente a la humanidad.
Además, estos supuestos indiferentes, por mucho
que traten de disfrazarse asumiendo un estilo
popular y cambiando el lenguaje de las escuelas,
indudablemente caen en declaraciones (teológicas)
y proposiciones del tipo que ellos profesan mirar con
tanto desprecio.
»Los motivos por los cuales se niega a la Teología
Sistemática el derecho a la existencia son varios,
pero en el fondo pueden reducirse todos a uno: se
niega que exista un fundamento adecuado sobre el
cual se pueda edificar la estructura. Sea que se
considere que las facultades humanas son consti-
tucionalmente incompetentes para un conocimiento
de bastante exactitud y veracidad de Dios y sus
caminos como se presupone en la teología; o que la
naturaleza de la religión, que se supone yace entre
el sentimiento o la emoción, se cree que excluye el
elemento del conocimiento -al contrario,
naturalmente, del ropaje poético en que las
emociones religiosas se visten de modo transitorio-;
o que falte en la razón o la revelación una fuente de
confianza de la cual obtener el conocimiento
deseado; o que los datos de la Escritura o los
hechos religiosos sobre los que la teología hasta
aquí se supone que descansa se han mostrado que
son endebles y han sido barridos por la duda y el
criticismo modernos, el resultado es el mismo: que la
teología no tiene un fundamento digno de confianza
sobre el cual edificar, y que, en consecuencia, no es
legítimo pretender usar el nombre de ciencia.
Porque se concederá que esta última y más elevada
rama de la disciplina teológica se propone nada


339
menos que la exhibición sistemática de los
fundamentos científicos del conocimiento cierto que
poseemos de Dios y de su carácter y de sus modos
de tratar al mundo y a los hombres; y si un
conocimiento de este tipo no existe; si lo que los
hombres poseen son, en el mejor de los casos,
anhelos vagos, intuiciones, aspiraciones, barruntos,
imaginaciones, hipótesis sobre Dios, asumiendo que
este nombre sea, él mismo, algo más que un
símbolo de un sentimiento oscuro del misterio a la
raíz del universo; si estos estados emocionales y las
concepciones a que dan lugar están siempre
cambiando con las fantasías tornadizas y los
variables estadios de la cultura, entonces es en vano
intentar construir una ciencia de la teología a partir
de tales materiales, como lo seda tejer tela con
rayos de sol o erigir un templo con las formas y
matices efímeros de las nubes. Podría construirse
una "Ciencia de las Religiones- para investigar las
leyes psicológicas implicadas en el fenómeno
religioso y sus ilusiones, y la "Dogmática" podría
seguir siendo un estudio y criticismo de los credos
históricos de las Iglesias; pero una Ciencia de la
Teología independiente, como un cuerpo de la
verdad natural y revelada acerca de Dios y sus
propósitos y tratos, para esto ya no habría lugar...
»Dejando a un lado las insignificancias, la cosa se
reduce en último término a una cuestión del hecho,
naturaleza y posibilidad de verificar la revelación
cristiana (bíblica) histórica. Ha pasado el tiempo en
que la mente de los hombres era cautivada por la
idea de una "Religión Natural", que consistía en
unos artículos simples sacados de la razón y
capaces de prueba por la misma, aparte de la
revelación sobrenatural -el sueño predilecto de los


340
Deístas y los Ilustrados del siglo dieciocho-; y si bien
la teoría especulativa" que haría a la teología
independiente de la historia, al resolver sus
doctrinas esenciales en ideas metafísicas, tiene
todavía sus defensores, su cetro ha sido quebrado
desde hace tiempo en el dominio de la teología
realmente seria. Quedan como una fuente de
conocimiento teológico las palabras y actos
reveladores y redentores positivos de Dios que
constituyen la materia objeto de la revelación
histórica, y se puede sostener que éstas no se
hallan en antagonismo con la sana razón que
reflexione en la estructura del universo o considere
las cuestiones más profundas del origen y el destino,
sino que más bien se hallan en consonancia
verdadera con la razón y le proporcionan una luz
para guiarla en su camino. En consecuencia, el
peligro principal en que se halla al presente la
teología, surge del modo en que estos fundamentos
históricos de la revelación son criticados y asaltados
escépticamente -un proceso que ya ha llegado
bastante lejos con respecto al Antiguo Testamento, y
que ahora se empieza a aplicar para subvertir la fe
en hechos tan vitales como la Resurrección de
nuestro Señor, y el contexto milagroso de la vida de
Cristo en general, en el Nuevo Testamento-. Es en
esta parte del campo apologético, probablemente,
que habrá que luchar una batalla nueva y decisiva a
favor de la posibilidad de la teología; y es
satisfactorio observar que un resultado del
movimiento crítico en sí, ha sido producir la
impresión en muchas mentes de que es imposible
eliminar el factor sobrenatural en la explicación tanto
de la historia de Israel como la de Cristo.»


341
l¹l¦1Ci" " \lCG`l1C l¹l¦1Ci" " \lCG`l1C l¹l¦1Ci" " \lCG`l1C l¹l¦1Ci" " \lCG`l1C
I. Como veo, muy excelente Diogneto, que tienes
gran interés en comprender la religión de los
cristianos, y que tus preguntas respecto a los
mismos son hechas de modo preciso y cuidadoso,
sobre el Dios en quien confían y cómo le adoran, y
que no tienen en consideración el mundo y
desprecian la muerte, y no hacen el menor caso de
los que son tenidos por dioses por los griegos, ni
observan la superstición de los judíos, y en cuanto a
la naturaleza del afecto que se tienen los unos por
los otros, y de este nuevo desarrollo o interés, que
ha entrado en las vidas de los hombres ahora, y no
antes: te doy el parabién por este celo, y pido a
Dios, que nos proporciona tanto el hablar como el
oír, que a mí me sea concedido el hablar de tal
forma que tú puedas ser hecho mejor por el ofr, y a ti
que puedas escuchar de modo que el que habla no
se vea decepcionado.
II. Así pues, despréndete de todas las opiniones
preconcebidas que ocupan tu mente, y descarta el
hábito que te extravía, y pasa a ser un nuevo
hombre, por así decirlo, desde el principio, como uno
que escucha una historia nueva, tal como tú has
dicho de ti mismo. Mira no sólo con tus ojos, sino
con tu intelecto también, de qué sustancia o de qué
forma resultan ser estos a quienes llamáis dioses y a
los que consideráis como tales. ¿No es uno de ellos
de piedra, como la que hollamos bajo los pies, y otro
de bronce, no mejor que las vasijas que se forjan
para ser usadas, y otro de madera, que ya empieza
a ser presa de la carcoma, y otro de plata, que


342
necesita que alguien lo guarde para que no lo roben,
y otro de hierro, corroído por la herrumbre, y otro de
arcilla, material no mejor que el que se utiliza para
cubrir los servicios menos honrosos? ¿No son de
materia perecedera? ¿No están forjados con hierro y
fuego? ¿No hizo uno el escultor, y otro el fundidor de
bronce, y otro el platero, y el alfarero otro? Antes de
darles esta forma la destreza de estos varios
artesanos, ¿no le habría sido posible a cada uno de
ellos cambiarles la forma y hacer que resultaran
utensilios diversos? ¿No sería posible que las que
ahora son vasijas hechas del mismo material,
puestas en las manos de los mismos artífices,
llegaran a ser como ellos? ¿No podrían estas cosas
que ahora tú adoras ser hechas de nuevo vasijas
como las demás por medio de manos de hombre?
¿No son todos ellos sordos y ciegos, no son sin
alma, sin sentido, sin movimiento? ¿No se corroen y
pudren todos ellos? A estas cosas llamáis dioses, de
ellas sois esclavos, y las adoráis; y acabáis siendo lo
mismo que ellos. Y por ello aborrecéis a los
cristianos, porque no consideran que éstos sean
dioses. Porque, ¿no los despreciáis mucho más
vosotros, que en un momento dado les tenéis
respeto y los adoráis? ¿No os mofáis de ellos y los
insultáis en realidad, adorando a los que son de
piedra y arcilla sin protegerlos, pero encerrando a
los que son de plata y oro durante la noche, y
poniendo guardas sobre ellos de día, para impedir
que os los roben? Y, por lo que se refiere a los
honores que creéis que les ofrecéis, si son sensibles
a ellos, más bien los castigáis con ello, en tanto que
si son insensibles les reprocháis al propiciarles con
la sangre y sebo de las víctimas. Que se someta uno
de vosotros a este tratamiento, y que sufra las cosas
que se le hacen a él. Sí, ni un solo individuo se


343
someterá de buen grado a un castigo así, puesto
que tiene sensibilidad y razón; pero una piedra se
somete, porque es insensible. Por tanto, desmentís
su sensibilidad. Bien; podría decir mucho más
respecto a que los cristianos no son esclavos de
dioses así; pero aunque alguno crea que lo que ya
he dicho no es suficiente, me parece que es
superfluo decir más.
III. Luego, me imagino que estás principalmente
deseoso de oír acerca del hecho de que no
practican su religión de la misma manera que los
judíos. Los judíos, pues, en cuanto se abstienen del
modo de culto antes descrito, hacen bien exigiendo
reverencia a un Dios del universo y al considerarle
como Señor, pero en cuanto le ofrecen este culto
con métodos similares a los ya descritos, están por
completo en el error. Porque en tanto que los
griegos, al ofrecer estas cosas a imágenes
insensibles y sordas, hacen una ostentación de
necedad, los judíos, considerando que están
ofreciéndolas a Dios, como si El estuviera en
necesidad de ellas, deberían en razón considerarlo
locura y no adoración religiosa. Porque el que hizo
los cielos y la tierra y todas las cosas que hay en
ellos, y nos proporciona todo lo que necesitamos, no
puede Él mismo necesitar ninguna de estas cosas
que El mismo proporciona a aquellos que se
imaginan que están dándoselas a Él. Pero los que
creen que le ofrecen sacrificios con sangre y sebo y
holocaustos, y le honran con estos honores, me
parece a mí que no son en nada distintos de los que
muestran el mismo respeto hacia las imágenes
sordas; porque los de una clase creen apropiado
hacer ofrendas a cosas incapaces de participar en el


344
honor, la otra clase a uno que no tiene necesidad de
nada.
IV. Pero, además, sus escrúpulos con respecto a las
carnes, y su superstición con referencia al sábado y
la vanidad de su circuncisión y el disimulo de sus
ayunos y lunas nuevas, yo [no] creo que sea
necesario que tú aprendas a través de mí que son
ridículas e indignas de consideración alguna.
Porque, ¿no es impío el aceptar algunas de las
cosas creadas por Dios para el uso del hombre
como bien creadas, pero rehusar otras como inútiles
y superfluas? Y, además, el mentir contra Dios,
como si Él nos prohibiera hacer ningún bien en el
día de sábado, ¿no es esto blasfemo? Además, el
alabarse de la mutilación de la carne como una
muestra de elección, como si por esta razón fueran
particularmente amados por Dios, ¿no es esto
ridículo? Y en cuanto a observar las estrellas y la
luna, y guardar la observancia de meses y de días, y
distinguir la ordenación de Dios y los cambios de las
estaciones según sus propios impulsos, haciendo
algunas festivas y otras períodos de luto y
lamentación, ¿quién podría considerar esto como
una exhibición de piedad y no mucho más de
necedad? El que los cristianos tengan razón, por
tanto, manteniéndose al margen de la insensatez y
error común de los judíos, y de su excesiva
meticulosidad y orgullo, considero que es algo en
que ya estás suficientemente instruido; pero, en lo
que respecta al misterio de su propia religión, no
espero que puedas ser instruido por ningún hombre.
V. Porque los cristianos no se distinguen del resto
de la humanidad ni en la localidad, ni en el habla, ni
en las costumbres. Porque no residen en alguna


345
parte en ciudades suyas propias, ni usan una lengua
distinta, ni practican alguna clase de vida
extraordinaria. Ni tampoco poseen ninguna
invención descubierta por la inteligencia o estudio de
hombres ingeniosos, ni son maestros de algún
dogma humano como son algunos. Pero si bien
residen en ciudades de griegos y bárbaros, según
ha dispuesto la suene de cada uno, y siguen las
costumbres nativas en cuanto a alimento, vestido y
otros arreglos de la vida, pese a todo, la constitución
de su propia ciudadanía, que ellos nos muestran, es
maravillosa (paradójica), y evidentemente desmiente
lo que podría esperarse. Residen en sus propios
países, pero sólo como transeúntes; comparten lo
que les corresponde en todas las cosas como
ciudadanos, y soportan todas las opresiones como
los forasteros. Todo país extranjero les es patria, y
toda patria les es extraña. Se casan como todos los
demás hombres y engendran hijos; pero no se
desembarazan de su descendencia (abortos).
Celebran las comidas en común, pero cada uno
tiene su esposa. Se hallan en la carne, y, con todo,
no viven según la carne. Su existencia es en la
tierra, pero su ciudadanía es en el cielo. Obedecen
las leyes establecidas, y sobrepasan las leyes en
sus propias vidas. Aman a todos los hombres, y son
perseguidos por todos. No se hace caso de ellos, y,
pese a todo, se les condena. Se les da muerte, y
aun así están revestidos de vida. Piden limosna, y,
con todo, hacen ricos a muchos. Se les deshonra, y,
pese a todo, son glorificados en su deshonor. Se
habla mal de ellos, y aún así son reivindicados. Son
escarnecidos, y ellos bendicen; son insultados, y
ellos respetan. Al hacer lo bueno son castigados
como malhechores; siendo castigados se regocijan,
como si con ello se les reavivara. Los judíos hacen


346
guerra contra ellos como extraños, y los griegos los
persiguen, y, pese a todo, los que los aborrecen no
pueden dar la razón de su hostilidad.
VI. En una palabra, lo que el alma es en un cuerpo,
esto son los cristianos en el mundo. El alma se
desparrama por todos los miembros del cuerpo, y
los cristianos por las diferentes ciudades del mundo.
El alma tiene su morada en el cuerpo, y, con todo,
no es del cuerpo. Así que los cristianos tienen su
morada en el mundo, y aun así no son del mundo. El
alma que es invisible es guardada en el cuerpo que
es visible; así los cristianos son reconocidos como
parte del mundo, y, pese a ello, su religión
permanece invisible. La carne aborrece al alma y
está en guerra con ella, aunque no recibe ningún
daño, porque le es prohibido permitirse placeres; así
el mundo aborrece a los cristianos, aunque no recibe
ningún daño de ellos, porque están en contra de sus
placeres. El alma ama la carne, que le aborrece y
(ama también) a sus miembros; así los cristianos
aman a los que les aborrecen. El alma está
aprisionada en el cuerpo, y, con todo, es la que
mantiene unido al cuerpo; así los cristianos son
guardados en el mundo como en una casa de
prisión, y, pese a todo, ellos mismos preservan el
mundo. El alma, aunque en sí inmortal, reside en un
tabernáculo mortal; así los cristianos residen en
medio de cosas perecederas, en tanto que esperan
lo imperecedero que está en los cielos. El alma,
cuando es tratada duramente en la cuestión de
carnes y bebidas, es mejorada; y lo mismo los
cristianos cuando son castigados aumentan en
número cada día. Tan grande es el cargo al que
Dios los ha nombrado, y que miles es legítimo
declinar.


347
VII. Porque no fue una invención terrenal, como dije,
lo que les fue encomendado, ni se preocupan de
guardar tan cuidadosamente ningún sistema de
opinión mortal, ni se les ha confiado la dispensación
de misterios humanos. Sino que, verdaderamente, el
Creador Todopoderoso del universo, el Dios invisible
mismo de los cielos plantó entre los hombres la
verdad y la santa enseñanza que sobrepasa la
imaginación de los hombres, y la fijó firmemente en
sus corazones, no como alguien podría pensar,
enviando (a la humanidad) a un subalterno, o a un
ángel, o un gobernante, o uno de los que dirigen los
asuntos de la tierra, o uno de aquellos a los que
están confiadas las dispensaciones del cielo, sino al
mismo Artífice y creador del universo, por quien Él
hizo los cielos, y por quien Él retuvo el mar en sus
propios límites, cuyos misterios (ordenanzas)
observan todos los elementos fielmente, de quien [el
sol] ha recibido incluso la medida de su curso diario
para guardarlo, a quien la luna obedece cuando Él le
manda que brille de noche, a quien las estrellas
obedecen siguiendo el curso de la luna, por el cual
fueron ordenadas todas las cosas y establecidos y
puestos en sujeción, los cielos y las cosas que hay
en los cielos, la tierra y las cosas que hay en la
tierra, el mar y las cosas que hay en el mar, fuego,
aire, abismo, las cosas que hay en las alturas, las
cosas que hay en lo profundo, las cosas que hay
entre los dos. A éste les envió Dios. ¿Creerás, como
supondrá todo hombre, que fue enviado para
establecer su soberanía, para inspirar temor y
terror? En modo alguno. Sino en mansedumbre y
humildad fue enviado. Como un rey podría enviar a
su hijo que es rey; Él le envió como enviando a Diós;
le envió a El como [un hombre] a los hombres; le
envió como Salvador, usando persuasión, no fuerza;


348
porque la violencia no es atributo de Dios. El le envió
como mvitándonos, no persiguiéndonos; Él le envió
como amándonos, no juzgándonos. Porque Él
enviará en juicio, y ¿quién podrá resistir su
presencia?... ¿[No ves] que los echan a las fieras
para que nieguen al Señor, y, con todo, no lo
consiguen? ¿No ves que cuanto más los castigan,
tanto más abundan? Estas no son las obras del
hombre; son el poder de Dios; son pruebas de su
presencia.
VIII. Porque, ¿qué hombre tenía algún conocimiento
de lo que Dios es, antes de que Él viniera? ¿O
aceptas tú las afirmaciones vacías y sin sentido de
los filósofos presuntuosos, de los cuales, algunos
dijeron que Dios era fuego (invocan como Dios a
aquello a lo cual irán ellos mismos), y otros agua, y
otros algún otro de los elementos que fueron
creados por Dios? Y, pese a todo, si alguna de estas
afirmaciones es digna de aceptación, cualquier otra
cosa creada podría lo mismo ser hecha Dios. Sí,
todo esto es charlatanería y engaño de los magos; y
ningún hombre ha visto o reconocido a Dios, sino
que El se ha revelado a sí mismo. Y El se reveló (a
sí mismo) por fe, sólo por la cual es dado el ver a
Dios. Porque Dios, el Señor y Creador del universo,
que hizo todas las cosas y las puso en orden,
demostró no sólo que era propicio al hombre, sino
también paciente. Y así lo ha sido siempre, y lo es, y
lo será, bondadoso y bueno y justo y verdadero, y El
sólo es bueno. Y habiendo concebido un plan
grande e inefable, lo comunicó sólo a su Hijo.
Porque en tanto que El había mantenido y guardado
este plan sabio como un misterio, parecía
descuidarnos y no tener interés en nosotros. Pero
cuando Él lo reveló por medio de su amado Hijo, y


349
manifestó el propósito que había preparado desde el
principio, Él nos dio todos estos dones a la vez,
participación en sus beneficios y vista y
entendimiento de (misterios) que ninguno de
nosotros habría podido esperar.
IX. Habiéndolo, pues, planeado ya todo en su mente
con su Hijo, permitió durante el tiempo antiguo que
fuéramos arrastrados por impulsos desordenados
según deseábamos, descarriados por placeres y
concupiscencias, no porque Él se deleitara en
nuestros pecados en absoluto, sino porque Él tenía
paciencia con nosotros; no porque aprobara este
período pasado de iniquidad, sino porque Él estaba
creando la presente sazón de justicia, para que,
redargüidos del tiempo pasado por nuestros propios
actos como indignos de vida, pudiéramos ahora ser
hechos merecedores de la bondad de Dios, y
habiendo dejado establecida nuestra incapacidad
para entrar en el reino de Dios por nuestra cuenta,
hacerlo posible por la capacidad de Dios. Y cuando
nuestra iniquidad había sido colmada plenamente, y
se había hecho perfectamente manifiesto que el
castigo y la muerte eran de esperar como su
recompensa, y hubo llegado la sazón que Dios
había ordenado, cuando a partir de entonces Él
manifestaría su bondad y poder (oh la bondad y
amor de Dios sobremanera grande), Él no nos
aborreció, ni nos rechazó, ni nos guardó rencor, sino
que fue longánimo y paciente, y por compasión
hacia nosotros tomó sobre sí nuestros pecados, y El
mismo se separó de su propio Hijo como rescate por
nosotros, el santo por el transgresor, el inocente por
el malo, el justo por los injustos, lo incorruptible por
lo corruptible, lo inmortal por lo mortal. Porque, ¿qué
otra cosa aparte de su justicia podía cubrir nuestros


350
pecados? ¿En quién era posible que nosotros,
impíos y libertinos, fuéramos justificados, salvo en el
Hijo de Dios? ¡Oh dulce intercambio, oh creación
inescrutable, oh beneficios inesperados; que la
iniquidad de muchos fuera escondida en un Justo, y
la justicia de uno justificara a muchos que eran
inicuos! Habiéndose, pues, en el tiempo antiguo
demostrado la incapacidad de nuestra naturaleza
para obtener vida, y habiéndose ahora revelado un
Salvador poderoso para salvar incluso a las criaturas
que no tienen capacidad para ello, Él quiso que, por
las dos razones, nosotros creyéramos en su bondad
y le consideráramos como cuidador, padre, maestro,
consejero, médico, mente, luz, honor, gloria, fuerza y
vida.
X. Si deseas poseer esta fe, has de recibir primero
un conocimiento pleno del Padre. Porque Dios amó
a los hombres, por amor a los cuales había hecho el
mundo, a los cuales sometió todas las cosas que
hay en la tierra, a los cuales dio razón y mente, a los
cuales solamente permitió que levantaran los ojos al
cielo, a quienes creó según su propia imagen, a
quienes envió a su Hijo unigénito, a quienes Él
prometió el reino que hay en el cielo, y lo dará a los
que le hayan amado. Y cuando hayas conseguido
este pleno conocimiento, ¿de qué gozo piensas que
serás llenado, o cómo amarás a Aquel que te amó a
ti antes? Y amándole serás un imitador de su
bondad. Y no te maravilles de que un hombre pueda
ser un imitador de Dios. Puede serlo si Dios quiere.
Porque la felicidad no consiste en enseñorearse del
prójimo, ni en desear tener más que el débil, ni en
poseer riqueza y usar fuerza sobre los inferiores; ni
puede nadie imitar a Dios haciendo estas cosas; sí,
estas cosas se hallan fuera de su majestad. Pero


351
todo el que toma sobre sí la carga de su prójimo,
todo el que desea beneficiar a uno que es peor en
algo en lo cual él es superior, todo el que provee a
los que tienen necesidad las posesiones que ha
recibido de Dios, pasa a ser un dios para aquellos
que lo reciben de él, es un imitador de Dios. Luego,
aunque tú estás colocado en la tierra, verás que
Dios reside en el cielo; entonces empezarás a
declarar los misterios de Dios; entonces amarás y
admirarás a los que son castigados porque no
quieren negar a Dios; entonces condenarás el
engaño y el error en el mundo; cuando te des cuenta
que la vida verdadera está en el cielo, cuando
desprecies la muerte aparente que hay en la tierra,
cuando temas la muerte real, que está reservada
para aquellos que seran condenados al fuego eterno
que castigará hasta el fin a los que sean entregados
al mismo. Entonces admirarás a los que soportan,
por amor a la justicia, el fuego temporal, y los
tendrás por bienaventurados cuando veas que el
fuego...
Epílogo
XI. Mis discursos no son extraños ni son perversas
lucubraciones, sino que habiendo sido un discípulo
de los apóstoles, me ofrecí como maestro de los
gentiles, ministrando dignamente, a aquellos que se
presentan como discípulos de la verdad, las
lecciones que han sido transmitidas. Porque el que
ha sido enseñado rectamente y ha entrado en
amistad con el Verbo, ¿no busca aprender
claramente las lecciones reveladas abiertamente por
el Verbo a los discípulos; a quienes el Verbo se
apareció y se las declaró, hablando con ellos de
modo sencillo, no percibidas por los que no son


352
creyentes, pero sí referidas por Él a los discípulos a
quienes consideró fieles y les enseñó los misterios
del Padre? Por cuya causa Él envió al Verbo, para
que Él pudiera aparecer al mundo, el cual, siendo
despreciado por el pueblo (judío), y predicado por
los apóstoles, fue creído por los gentiles. Este
Verbo, que era desde el principio, apareció ahora y,
con todo, se probé que era antiguo, y es engendrado
siempre de nuevo en los corazones de los santos.
Este Verbo, digo, que es eterno, es el que hoy es
contado como Hijo, a través del cual la Iglesia es
enriquecida y la gracia es desplegada y multiplicada
entre los santos, gracia que confiere entendimiento,
que revela misterios, que anuncia sazones, que se
regocija sobre los fieles, que es concedida a los que
la buscan, a aquellos por los cuales no son
quebrantadas las promesas de la fe, ni son
sobrepasados los límites de los padres. Con lo que
es cantado el temor de la ley, y la gracia de los
profetas es reconocida, y la fe de los evangelios es
establecida, y es preservada la tradición de los
apóstoles, y exulta el gozo de la Iglesia. Si tú no
contristas esta gracia, entenderás los discursos que
el Verbo pone en la boca de aquellos que desea
cuando Él quiere. Porque de todas las cosas que por
la voluntad imperativa del Verbo fuimos impulsados
a expresar con muchos dolores, de ellas os hicimos
partícipes, por amor a las cosas que nos fueron
reveladas.
XII. Confrontados con estas verdades y
escuchándolas con atención, sabréis cuánto
concede Dios a aquellos que (le) aman rectamente,
que pasan a ser un Paraíso de deleite, un árbol que
lleva toda clase de frutos y que florece, creciendo en
sí mismos y adornados con vanos frutos. Porque en


353
este jardín han sido plantados un árbol de
conoçimiento y un árbol de vida; con todo, el árbol
de conocimiento no mata, pero la desobediencia
mata; porque las escrituras dicen claramente que
Dios desde el comienzo plantó un árbol [de
conocimiento y un árbol] de vida en medio del
Paraíso, revelando vida por medio del conocimiento;
y como nuestros primeros padres no lo usaron de
modo genuino, fueron despojados por el engaño de
la serpiente. Porque ni hay vida sin conocimiento, ni
conocimiento sano sin verdadera vida; por tanto, los
(árboles) están plantados el uno junto al otro.
Discerniendo la fuerza de esto y culpando al
conocimiento que es ejercido aparte de la verdad de
la influencia (dominio) que tiene sobre la vida, el
apóstol dice: El conocimiento engríe, pero la caridad
edifica. Porque el hombre que supone que sabe algo
sin el verdadero conocimiento que es testificado por
la vida, es ignorante, es engañado por la serpiente,
porque no amó la vida; en tanto que el que con
temor reconoce y desea la vida, planta en
esperanza, esperando fruto. Que vuestro corazón
sea conocimiento, y vuestra vida verdadera razón,
debidamente comprendida. Por lo que si te allegas
al árbol y tomas el fruto, recogerás la cosecha que
Dios espera, que ninguna serpiente toca, ni engaño
infecta, ni Eva es entonces corrompida, sino que es
creída como una virgen, y la salvación es
establecida, y los apóstoles son llenados de
entendimiento, y la pascua del Señor prospera, y las
congregaciones son juntadas, y [todas las cosas]
son puestas en orden, y como El enseña a los
santos el Verbo se alegra, por medio del cual el
Padre es glorificado, a quien sea la gloria para
siempre jamás. Amén.


354
Fuente: Los Padres Apostólicos, por J. B. Lightfoot.
Editorial CLIE http://www.clie.es/










355
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Primera Parte. El Catecismo O Los "Dos Caminos"
I. Existen dos caminos, entre los cuales, hay gran
diferencia; el que conduce a la vida y el que lleva a
la muerte.
He aquí el camino de la vida: en primer lugar,
Amarás a Dios que te ha creado; y en segundo
lugar, amarás a tu prójimo como a ti mismo; es decir,
que no harás a otro, lo que no quisieras que se
hiciera contigo. He aquí la doctrina contenida en
estas palabras: Bendecid a los que os maldicen,
rogad por vuestros enemigos, ayunad para los que
os persiguen. Si amáis a los que os aman, ¿qué
gratitud mereceréis? Lo mismo hacen los paganos.
Al contrario, amad a los que os odian, y no tendréis
ya enemigos. Absteneos de los deseos carnales y
mundanos. Si alguien te abofeteare en la mejilla
derecha, vuélvele también la otra, y entonces serás
perfecto. Si alguien te pidiere que le acompañes una
milla, ve con él dos. Si alguien quisiere tomar tu


356
capa, déjale también la túnica. Si alguno se apropia
de algo que te pertenezca, no se lo vuelvas a pedir,
porque no puedes hacerlo. Debes dar a cualquiera
que te pida, y no reclamar nada, puesto que el
Padre quiere que los bienes recibidos de su propia
gracia, sean distribuidos entre todos. Dichoso aquel
que da conforme al mandamiento; el tal, será sin
falta. Desdichado del que reciba. Si alguno recibe
algo estando en la necesidad, no se hace acreedor a
reproche ninguno; pero aquel que acepta alguna
cosa sin necesitarlo, dará cuenta de lo que ha
recibido y del uso que ha hecho de la limosna.
Encarcelado, sufrirá interrogatorio por sus actos, y
no será liberado hasta que haya pasado el último
maravedi. Es con este motivo, que ha sido dicho:
"¡Antes de dar limosna, déjala sudar en las manos,
hasta que sepas a quien la das!"
II. He aquí el segundo precepto de la Doctrina: No
matarás; no cometerás adulterio; no prostituirás a
los niños, ni los inducirás al vicio; no robarás; no te
entregarás a la magia, ni a la brujería; no harás
abortar a la criatura engendrada en la orgía, y
después de nacida no la harás morir. No desearás
los bienes de tu prójimo, ni perjurarás, ni dirás falso
testimonio; no serás maldiciente, ni rencoroso; no
usarás de doblez ni en tus palabras, ni en tus
pensamientos, puesto que la falsía es un lazo de
muerte. Que tus palabras, no sean ni vanas, ni
mentirosas. No seas raptor, ni hipócrita, ni malicioso,
ni dado al orgullo, ni a la concupiscencia. No prestes
atención a lo que se diga de tu prójimo. No
aborrezcas a nadie; reprende a unos, ora por los
otros, y a los demás, guiales con más solicitud que a
tu propia alma.


357
III. Hijo mío: aléjate del mal y de toda apariencia de
mal. No te dejes arrastrar por la ira, porque la ira
conduce al asesinato. Ni tengas celos, ni seas
pendenciero, ni irascible; porque todas estas
pasiones engendran los homicidios. Hijo mío, no te
dejes inducir por la concupicencia, porque lleva a la
fornicación. Evita las palabras deshonestas y las
miradas provocativas, puesto que de ambos
proceden los adulterios. Hijo mío, no consultes a los
agoreros, puesto que conducen a la idolatría. Hijo
mío, no seas mentiroso, porque la mentira lleva al
robo; ni seas avaro, ni ames la vanagloria, porque
todas estas pasiones incitan al robo. Hijo mío, no
murmures, porque la murmuración lleva a la
blasfemia; ni seas altanero ni malévolo, porque de
ambos pecados nacen las blasfemias. Sé humilde,
porque los humildes heredarán la tierra. Sé
magnánimo y misericordioso, sin malicia, pacífico y
bueno, poniendo en práctica las enseñanzas que
has recibido. No te enorgullezcas, ni dejes que la
presunción se apodere de tu alma. No te acompañes
con los orgullosos, sinó con los justos y los
humildes. Acepta con gratitud las pruebas que
sobrevinieren, recordando que nada nos sucede sin
la voluntad de Dios.
IV. Hijo mío, acuérdate de día y de noche, del que te
anuncia la palabra de Dios; hónrale como al Señor,
puesto que donde se anuncia la palabra, allí está el
Señor. Busca constantemente la compañía de los
santos, para que seas reconfortado con sus
consejos. Evita fomentar las disenciones, y procura
la paz entre los adversarios. Juzga con justicia, y
cuando reprendas a tus hermanos a causa de sus
faltas, no hagas diferencias entre personas. No
tengas respecto de si Dios cumplirá o no sus


358
promesas. Ni tiendas la mano para recibir, ni la
tengas cerrada cuando se trate de dar. Si posees
algunos bienes como fruto de tu trabajo, no pagarás
el rescate de tus pecados.

No estés indeciso cuando
se trate de dar, ni regañes al dar algo, porque
conoces al dispensador de la recompensa. No
vuelvas la espalda al indigente; reparte lo que tienes
con tu hermano, y no digas que lo tuyo te pertenece,
poque si las cosas inmortales os son comunes, ¿con
cuánta mayor razón deberá serlo lo perecedero? No
dejes de la mano la educación de tu hijo o de tu hija:
desde su infancia enséñales el temor de Dios. A tu
esclavo, ni a tu criada mandes con aspereza, puesto
que confían en el mismo Dios, para que no pierdan
el temor del Señor, que está por encima del amo y
del esclavo, porque en su llamamiento no hace
diferencia en las personas, sinó viene sobre aquellos
que el Espíritu ha preparado. En cuanto a vosotros,
esclavos, someteos a vuestros amos con temor y
humildad, como si fueran la imagen de Dios.
Aborrecerás toda clase de hipocresía y todo lo que
desagrade al Señor. No descuides los preceptos del
Señor, y guarda cuanto has recibido, sin añadir ni
quitar. Confesarás tus faltas a la iglesia y te
guardarás de ir a la oración con mala conciencia. Tal
es el camino de la vida.
V. He aquí el camino que conduce a la muerte: ante
todo has de saber que es un camino malo, que está
lleno de maldiciones. Su término es el asesinato, los
adulterios, la codicia, la fornicación, el robo, la
idolatría, la práctica de la magia y de la brujería. El
rapto, el falso testimonio, la hipocresía, la doblez, el
fraude; la arrogancia, la maldad, la desvergüenza; la
concupiscencia, el lenguaje obsceno, la envidia, la
presunción, el orgullo, la fanfarronería. Esta es la


359
senda en la que andan los que persiguen a los
buenos; los enemigos de la verdad, los amadores de
la mentira, los que desconocen la recompensa de la
justicia; los que no se apegan al bien, ni al justo
juicio; los que se desvelan por hacer el mal y no el
bien; los vanidosos, aquellos que están muy
alejados de la suavidad y de la paciencia; que
buscan retribución a sus actos, que no tienen piedad
del pobre, ni compasión del que está trabajando y
cargado, quie ni siquiera tienen conocimiento de su
Creador. Los asesinos de niños, los corruptores de
la obra de Dios, que desvían al pobre, oprimen al
afligido; que son los defensores del rico y los jueces
inicuos del pobre; en una palabra, son hombres
capaces de toda maldad. Hijos míos, alejaos de los
tales.
VI. Ten cuidado que nadie pueda alejarte del camino
de la doctrina, porque tales enseñanzas no serían
agradables a Dios. Si pudieses llevar todo el yugo
del Señor, serás perfecto; sinó has lo que pudieres.
Debes abstenerte, sobre todo, de carnes
sacrificadas a los ídolos, que es el culto ofrecido a
dioses muertos.
Segunda Parte. De La Liturgia Y De La Disciplina
VII. En cuanto al bautismo, he aquí como hay que
administrarle: Después de haber enseñado los
anteriores preceptos, bautizad en el agua viva, en el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Si
no pudiere ser en el agua viva, puedes utilizar otra;
si no pudieres hacerlo con agua fría, puedes servirte
de agua caliente; si no tuvieres a mano ni una ni
otra, echa tres veces agua sobre la cabeza, en el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.


360
Antes del bautismo, debe procurarse que el que lo
administra, el que va a ser bautizado, y otras
personas, si pudiere ser, ayunen. Al neófito, le harás
ayudar uno o dos días antes.
VIII. Es preciso que vuestros ayunos no sean
parecidos a los de los hipócritas,

puesto que ellos
ayunan el segundo y quinto día de cada semana. En
cambio vosotros ayunaréis el día cuatro y la víspera
del sábado. No hagáis tampoco oración como los
hipócritas, sino como el Señor lo ha mandado en su
Evangelio. Vosotros oraréis así:
"Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea
tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la
tierra como en el cielo; danos hoy nuestro pan
cotidiano; perdónanos nuestra deuda como nosotros
perdonamos a nuestros deudores, no nos induzcas
en tentación, sinó libranos del mal, porque tuyo es el
poder y la gloria por todos los siglos."
Orad así tres veces al día.
IX. En lo concerniente a la eucaristía, dad gracias de
esta manera. Al tomar la copa, decid:
"Te damos gracias, oh Padre nuestro, por la santa
viña de David, tu siervo, que nos ha dado a conocer
por Jesús, tu servidor. A ti sea la gloria por los siglos
de los siglos."
Y después del partimiento del pan, decid:
"¡Padre nuestro! Te damos gracias por la vida y por
el conocimiento que nos has revelado por tu siervo,
Jesús. ¡A Tí sea la gloria por los siglos de los siglos!


361
De la misma manera que este pan que partimos,
estaba esparcido por las altas colinas, y ha sido
juntado, te suplicamos, que de todas las
extremidades de la tierra, reúnas a ti Iglesia en tu
reino, porque te pertenece la gloria y el poder (que
ejerces) por Jesucristo, en los siglos de los siglos."
Que nadie coma ni bebe de esta eucaristía, sin
haber sido antes bautizado en el nombre del Señor;
puesto que el mismo dice sobre el particular: "No
deis lo santo a los perros."
X. Cuando estéis saciados (de la ágapa), dad
gracias de la manera siguiente:
"¡Padre santo! Te damos gracias por Tu santo
nombre que nos has hecho habitar en nuestros
corazones, y por el conocimiento, la fe y la
inmortalidad que nos has revelado por Jesucristo, tu
servidor. A ti sea la gloria por los siglos de los siglos.
¡Dueño Todopoderoso! que a causa de Tu nombre
has creado todo cuanto existe, y que dejas gozar a
los hombres del alimento y la bebida, para que te
den gracias por ello. A nosotros, por medio de tu
servidor, nos has hecho la gracia de un alimento y
de una bebida espirituales y de la vida eterna. Ante
todo, te damos gracias por tu poder. A Ti sea la
gloria por los siglos de los siglos. ¡Señor! Acuérdate
de tu iglesia, para librarla de todo mal y para
completarla en tu amor. ¡Reúnela de los cuatro
vientos del cielo, porque ha sido santificada para el
reino que le has preparado; porque a Ti solo
pertenece el poder y la gloria por los siglos de los
siglos!"


362
¡Ya que este mundo pasa, te pedimos que tu gracia
venga sobre nosotros! ¡Hosanna al hijo de David! El
que sea santificado, que se acerque, sino que haga
penitencia. Maranatha ¡Amén! Permitid que los
profetas den las gracias libremente.
XI. Si alguien viniese de fuera para enseñaros todo
esto, recibidle. Pero si resultare ser un doctor
extraviado, que os dé otras enseñanzas para
destruir vuestra fe, no le oigáis. Si por el contrario,
se propusiese haceros regresar en la senda de la
justicia y del conocimiento del Señor, recibidle como
recibiríais al Señor. Ved ahí como según los
preceptos del Evangelio debéis portaros con los
apóstoles y profetas. Recibid en nombre del Señor a
los apóstoles que os visitaren, en tanto
permanecieren un día o dos entre vosotros: el que
se quedare durante tres días, es un falso profeta. Al
salir el apóstol, debéis proveerle de pan para que
pueda ir a la ciudad donde se dirija: si pide dinero,
es un falso profeta. Al profeta que hablare por el
espíritu, no le juzgaréis, ni examinaréis; porque todo
pecado será perdonado, menos éste. Todos los que
hablan por el espíritu; no son profetas, solo lo son,
los que siguen el ejemplo del Señor. Por su
conducta, podéis distinguir al verdadero y al falso
profeta. El profeta, que hablando por el espíritu,
ordenare la mesa y comiere de ella, es un falso
profeta. El profeta que enseñare la verdad, pero no
hiciere lo que enseña, es un falso profeta. El profeta
que fuere probado ser verdadero, y ejercita su
cuerpo para el misterio terrestre de la Iglesia, y que
no obligare a otros a practicar su ascetismo, no le
juzguéis, porque Dios es su juez: lo mismo hicieron
los antiguos profetas. Si alguien, hablando por el
espíritu, os pidiere dinero u otra cosa, no le hagáis


363
caso; pero si aconseja se dé a los pobres, no le
juzguéis.
XII. A todo el que fuere a vosotros en nombre del
Señor, recibidle, y probadle después para conocerle,
puesto que debéis tener suficiente criterio para
conocer a los que son de la derecha y los que
pertenecen a la izquierda. Si el que viniere a
vosotros, fuere un pobre viajero, socorredle cuanto
podáis; pero no debe quedarse en vuestra casa más
de dos o tres días. Si quisiere permanecer entre
vosotros como artista, que trabaje para comer; si no
tuviese oficio ninguno, procurad según vuestra
prudencia a que no quede entre vosotros ningún
cristiano ocioso. Si no quisiere hacer esto, es un
negociante del cristianismo, del cual os alejaréis.
XIII. El verdadero profeta, que quisiere fijar su
residencia entre vosotros, es digno del sustento;
porque un doctor verdadero, es también un artista, y
por tanto digno de su alimento. Tomarás tus
primicias de la era y el lagar, de los bueyes y de las
cabras y se las darás a los profetas, porque ellos
son vuestros grandes sacerdotes. Al preparar una
hornada de pan, toma las primicias, y dalas según el
precepto. Lo mismo harás al empezar una vasija de
vino o de aceite, cuyas primicias destinarás a los
profetas. En lo concerniente a tu dinero, tus bienes y
tus vestidos, señala tú mismo las primicias y haz
según el precepto.
XIV. Cuando os reuniereis en el domingo del Señor,
partid el pan, y para que el sacrificio sea puro, dad
gracias después de haber confesado vuestros
pecados. El que de entre vosotros estuviere
enemistado con su amigo, que se aleje de la


364
asamblea hasta que se haya reconciliado con él, a
fin de no profanar vuestro sacrificio. He aquí las
propias palabras del Señor: "En todo tiempo y lugar
me traeréis una víctima pura, porque soy el gran
Rey, dice el Señor, y entre los pueblos paganos, mi
nombre es admirable."
XV. Para el cargo de obispos y diáconos del Señor,
eligiereis a hombres humildes, desinteresados,
veraces y probados, porque también hacen el oficio
de profetas y doctores. No les menospreciéis,
puesto que son vuestros dignatarios, juntamente con
vuestros profetas y doctores. Amonestaos unos a
otros, según los preceptos del Evangelio, en paz y
no con ira. Que nadie hable al que pecare contra su
prójimo, y no se le tenga ninguna consideración
entre vosotros, hasta que se arrepienta. Haced
vuestras oraciones, vuestras limosnas y todo cuanto
hiciéreis, según los preceptos dados en el Evangelio
de nuestro Señor.
XVI. Velad por vuestra vida; procurando que estén
ceñidos vuestros lomos y vuestras lámparas
encendidas, y estad dispuestos, porque no sabéis la
hora en que vendrá el Señor. Reunios a menudo
para buscar lo que convenga a vuestras almas,
porque de nada os servirá el tiempo que habéis
profesado la fe, si no fuereis hallados perfectos el
último día. Porque en los últimos tiempos abundarán
los falsos profetas y los corruptores, y las ovejas se
transformarán en lobos, y el amor se cambiará en
odio. Habiendo aumentado la iniquidad, crecerá el
odio de unos contra otros, se perseguirán
mutuamente y se entregarán unos a otros. Entonces
es cuando el Seductor del mundo hará su aparición
y titulándose el Hijo de Dios, hará señales y


365
prodigios; la tierra le será entregada y cometerá
tales maldades como no han sido vistas desde el
principio. Los humanos serán sometidos a la prueba
del fuego; muchos perecerán escandalizados; pero
los que perseverarán en la fe, serán salvos de esta
maldición. Entonces aparecerán las señales de la
verdad. Primeramente será desplegada la señal en
el cielo, después la de la trompeta, y en tercer lugar
la resurrección de los muertos, según se ha dicho:
"El Señor vendrá con todos sus santos" ¡Entonces el
mundo verá al Señor viniendo en las nubes del cielo!
Fuente: Historia de la Iglesia Primitiva, por E.
Backhouse y C. Tylor. Editorial CLIE
http://www.clie.es/







366
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1. 1. Dos caminos hay en el mundo, el de la vida y el
de la muerte, el de la luz y el de las tinieblas. En
ellos han sido establecidos dos ángeles, el de la
justicia y el de la iniquidad. Pero grande es la
diferencia entre los dos caminos. 2. Así pues, el
camino de la vida es éste: en primer lugar, amarás al
Dios eterno que te hizo; en segundo, a tu prójimo
como a ti mismo. Por otra parte, todo lo que no
quieras que sea hecho contigo, tú no lo hagas a
otro. 3. La explicación de estas palabras es ésta:
II. 2. No adulterarás, no matarás, no darás falso
testimonio, no violarás al niño, no fornicarás, no
practicarás la magia, no fabricarás perversos
brebajes, no matarás al niño mediante aborto ni
darás muerte al nacido, no codiciarás nada de tu
prójimo. 3. No perjurarás, no hablarás mal, no
recordarás las malas acciones. 4. No tendrás doblez
al dar consejo, ni serás de doble lengua, pues la
lengua es trampa de muerte. 5. Tu palabra no sera
vana ni engañosa. 6. No serás ambicioso ni avaro ni
voraz ni adulador ni pendenciero ni de malas
costumbres. No admitirás plan malo contra tu
prójimo. 7. No odiarás a ningún hombre, sino que los
amarás más que a tu vida.


367
III. 1. Hijo, huye del hombre malo y del hombre falso.
2. No seas iracundo, porque la ira conduce al
homicidio, ni seas deseoso de maldad, ni
apasionado, pues de todo esto nace la ira. 4. No
seas astrólogo ni purificador, cosas que conducen a
la vana superstición; ni siquiera desees ver u oír
estas cosas. 5. No seas mentiroso porque la mentira
conduce al robo; ni amante del dinero ni vano, pues
de todo esto nacen los robos. 6. No seas
murmurador, porque conduce a la difamación. No
seas temerario ni pienses mal, pues de todo esto
nacen las difamaciones. 7. Por el contrario, sé
manso, porque los mansos poseerán la tierra santa.
8. Sé también paciente en tu trabajo, sé bueno y
temeroso de todas las palabras que oyes. 9. No te
enaltecerás ni te gloriarás antes los hombres, ni
infundirás soberbia a tu alma; no te unirás en
espíritu con los altivos, sino que tratarás con los
justos y humildes. 10. Las cosas adversas que te
sucedan las recibirás como bienes, sabiendo que
nada sucede sin Dios.
IV. 1. Del que te habla la palabra del Señor Dios, te
acordarás día y noche. Lo respetarás como al
Señor, pues donde se presenta lo relativo al Señor,
allí está el Señor. 2. Así pues, busca el rostro de los
santos, para que te recrees en sus palabras. 3. No
causes disensiones, pon paz entre los que
contienden, juzga rectamente sabiendo que tú serás
juzgado. No abatirás a nadie en su desgracia. 4. No
dudarás sí será o no verdadero. 5. No seas de los
que extienden la mano para recibir y la encogen
para dar. 6. Si, gracias a tus manos, tienes la
redención de los pecados, no dudarás en dar,
sabiendo quién es el remunerador de esta
recompensa. 7. No te desviarás del necesitado, sino


368
que compartirás todas las cosas con tus hermanos,
y no dirás que son tuyas. Si somos copartícipes en
lo inmortal, ¿cuánto más debemos iniciarlo ya desde
aquí? Pues el Señor quiere dar a todos de sus
dones. 9. No apartarás tu mano de los hijos, sino
que desde la juventud les enseñarás el temor del
Señor. 10. A tu siervo o a tu sierva, que esperan en
el mismo Señor, no los mandarás con ira para que
tema a ambos, al Señor y a ti, pues no vino con
acepción de personas, sino a aquellos en los que
encontró un espíritu humilde. 11. Vosotros, siervos,
permaneced sujetos a vuestros señores como a
figura de Dios, con pudor y temor. 12. Odiarás toda
hipocresía y no harás lo que no agrade a Dios. 13.
Así pues, guarda, hijo, lo que has oído y no le
añadas cosas contrarias, ni lo disminuyas. 14. No te
acerques a la oración con conciencia mala. Este es
el camino de la vida.
V. 1. En cambio, el camino de la muerte es contrario
a aquél. Ante todo, es malo y lleno de maldiciones:
adulterios, homicidios, falsos testimonios,
fornicaciones, malos deseos, actos mágicos, inicuos
brebajes, robos, vanas supersticiones, rapiñas,
hipocresías, repugnancias, malicia, petulancia,
codicia, lenguaje impúdico, envidia, osadía,
soberbia, altanería, vanidad. 2. Los que no temen a
Dios, los que persiguen a los buenos, los que odian
la verdad, los que aman la mentira, los que no
conocen la recompensa de la verdad, los que no se
aplican al bien, los que no tienen un juicio recto, los
que velan no por el bien sino por el mal, 3. de los
cuales está lejos la mansedumbre y cerca la
soberbia, los que persiguen a los remuneradores,
los que no se apiadan del pobre, los que no se
afligen con el afligido, los que no conocen a su


369
Creador, los que asesinan a sus hijos, los que
abortan, los que se alejan de las buenas obras, los
que oprimen al que trabaja, los que esquivan el
consejo de los justos. Apártate, hijo, de todos estos.
VI. 1. Y vigila para que nadie te aparte de esta
doctrina; de lo contrario, serás enseñado fuera de la
disciplina. 4. Si cada día, con deliberación, haces
estas cosas, estarás cerca del Dios vivo; si no lo
haces, estarás lejos de la verdad. 5. Pon todas estas
cosas en tu espíritu, y no te olvidarás de tu
esperanza, sino que llegarás por estos santos
combates a la corona. 6. Por Jesucristo, el Señor,
que reina y es Señor con Dios Padre y el Espíritu
Santo por los siglos de los siglos. Amén.
Fuente: Colección Fuentes Patrísticas, volumen 3,
por Juan José Ayán Calvo. Editorial Ciudad Nueva
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370
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G'"l" \l ¦"` "G(¦1l` G'"l" \l ¦"` "G(¦1l` G'"l" \l ¦"` "G(¦1l` G'"l" \l ¦"` "G(¦1l`
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il¹'l "i¹l\'lC il¹'l "i¹l\'lC il¹'l "i¹l\'lC il¹'l "i¹l\'lC
Capitulo I
Ya mucho hemos hablado y escrito—cuanto el
Señor quiso concedernos—, porque hay algunos
que tanto ponderan y defienden la libertad, que se
atreven a negar y pretenden hacer caso omiso de la
divina gracia, que a Dios nos llama, que nos libra de
los pecados y nos hace adquirir buenos méritos, por
los que podemos llegar a la vida eterna. Pero debido
a que hay otros que al defender la gracia de Dios
niegan la libertad, o que cuando defienden la gracia
creen negar el libre albedrío, me determiné,
impulsado por la caridad, ¡oh hermano Valentín!, a
dirigir este escrito a ti y a los demás que contigo
sirven a Dios. Pues he tenido noticias vuestras,
hermanos, por algunos de vuestra misma
congregación que de ahí vinieron a verme y por los
que os mando este escrito. Me cuentan que hay
disensiones entre vosotros en torno a este
problema. Así, pues, amadísimos, para que no os
conturbe la oscuridad de esta cuestión, os advierto
en primer lugar que deis muchas gracias a Dios por
las cosas que entendéis; y en relación con las que
todavía no penetráis, pedid al Señor que os las haga
entender, pero guardando la paz y el amor entre


371
vosotros, e insistid en esta determinación hasta que
Dios os lleve a la penetración de lo que no
entendéis. Esto lo advierte Pablo apóstol, quien, al
decir que no era aún perfecto, poco después añade:
Así que ¡escuchen los perfectos! Todos debemos
tener este modo de pensar;
1
es decir, de tal manera
somos perfectos, que todavía no hemos llegado a la
perfección que a nosotros compete, y a continuación
añade: Y si en algo piensan de forma diferente, Dios
les hará ver esto también. Cumpliendo esto,
podremos llegar a lo que no entendemos, pues Dios
nos revelará si algo entendemos de manera distinta,
siempre que no abandonemos lo que ya nos
enseñó.
Capítulo Ii
Nos reveló el Señor por sus santas Escrituras que el
hombre posee un libre albedrío. Cómo, pues, lo
revelara, os lo recuerdo no con palabras humanas,
sino divinas. Primero, porque los mismos preceptos
divinos de nada servirían al hombre si no tuviera
libertad para cumplirlos, y así llegar al premio
prometido. Con ese fin se dieron, para que el
hombre por ignorancia no se excusara. Y así, dice el
Señor en el Evangelio de los Judíos: Si yo no
hubiera venido ni les hubiera hablado, no serían
culpables de pecado. Pero ahora no tienen excusa
de su pecado.
2
¿De qué pecado habla sino de aquel
execrable que como futuro preveía cuando así
hablaba, y es decir que a El le habían de matar?
Porque antes de la encarnación de Jesucristo, de
ningún pecado eran reos. Además, dice el Apóstol:

1
Fil. 3.12-16 (NVI)
2
Juan 15.:22


372
Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra
toda impiedad e injusticia de los hombres que
detienen con injusticia la verdad;

porque lo que de
Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo
manifestó.

Porque las cosas invisibles de él, su
eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles
desde la creación del mundo, siendo entendidas por
medio de las cosas hechas, de modo que no tienen
excusa.
3
¿De qué excusa les dice inexcusables sino
de aquella por la que la soberbia humana suele
decir: «De saberlo, lo hubiera hecho; no lo hice
porque lo ignoraba»; o también: «Lo haría si lo
supiese; precisamente no lo hago porque lo
ignoro»? Se les hace vana esta excusa cuando se
les manda o el modo de no pecar se les manifiesta.
Pero hay hombres que del mismo Dios pretenden
excusarse, a quienes dice el apóstol Santiago:
Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado
de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado
por el mal, ni él tienta a nadie;

sino que cada uno es
tentado, cuando de su propia concupiscencia es
atraído y seducido.

Entonces la concupiscencia,
después que ha concebido, da a luz el pecado; y el
pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.
4
Y
queriéndose excusar del mismo Dios, les responde
el libro de los Proverbios de Salomón. La insensatez
del hombre tuerce su camino, y luego contra Jehová
se irrita su corazón.
5
Y el libro del Eclesiástico dice:
No digas. «Mi pecado viene de Dios», que no hace
El lo que detesta. Ni digas que El te empujó al
pecado, pues no necesita de gente mala. El Señor

3
Rom. 1:18-20
4
Rom. 1:18-20
5
Prov. 19:3


373
aborrece toda abominación y evita que en ella
incurran los que le temen. Dios hizo al hombre
desde el principio y le dejó en manos de su albedrío.
Si tú quieres, puedes guardar sus mandamientos, y
es de sabios hacer su voluntad. Ante ti puso el fuego
y el agua; a lo que tú quieras tenderás la mano. Ante
el hombre están la vida y la muerte; lo que cada uno
quiere, le será dado
6
. Bien a la luz aparece aquí el
libre albedrío de la humana voluntad.
¿Qué significa el que Dios mande tan repetidas
veces guardar y cumplir todos sus preceptos? ¿A
qué manda, si no hay libertad? ¿Por qué es
bienaventurado aquel de quien el Salmo dice sino
que en la ley de Jehová está su delicia?
7
¿Por
ventura no aparece manifiesto que el hombre
permanece en la ley de Dios por propia voluntad? Y
luego hay muchos mandatos que en cierto modo,
pero expresamente, a la voluntad convienen, como
No seas vencido de lo malo,
8
y otros semejantes,
cuales son: No seáis como el caballo, o como el
mulo, sin entendimiento,
9
y No desprecies la
dirección de tu madre,
10
y No seas sabio en tu
propia opinión,
11
y No menosprecies, hijo mío, el
castigo de Jehová,
12
y Guarda la ley y el consejo,
13
y
No te niegues a hacer el bien a quien es debido,
14
y

6
Eclo. 15:11-18
7
Sal. 1:2
8
Rom. 12.21
9
Sal. 32:9
10
Prov. 1:8
11
Prov. 3:7
12
Prov. 3:11
13
Prov. 3:21
14
Prov. 3:27


374
No intentes mal contra tu prójimo,
15
y está atento a
mi sabiduría, y a mi inteligencia inclina tu oído, para
que guardes consejo, y tus labios conserven la
ciencia. Porque los labios de la mujer extraña
destilan miel,
16
y no escogieron el temor de Jehová,
ni quisieron mi consejo, y menospreciaron toda
reprensión mía,
17
y otros innumerables que en los
antiguos libros de la palabra divina, ¿qué otra cosa
prueban sino el libre albedrío de la humana
voluntad? Y también en los libros nuevos, así
evangélicos como apostólicos, ¿qué se manifiesta
donde se dice: No os hagáis tesoros en la tierra,
18
y
No temáis a los que matan el cuerpo,
19
y Si alguno
quiere venir en pos de mí niéguese a sí mismo,
20
y
lo que dice el apóstol Pablo: haga lo que quiera, no
peca, que se case. Pero el que está firme en su
corazón, sin tener necesidad, sino que es dueño de
su propia voluntad, y ha resuelto en su corazón
guardar a su hija virgen, bien hace.
21
? Y también: Si
lo hago de buena voluntad, recompensa tendré;
22
y
en otro lugar: velad debidamente y no pequéis;
23
y
también: Ahora, pues, llevad a cabo el hacerlo, para
que como estuvisteis prontos a querer, así también
lo estéis en cumplir conforme a lo que tengáis.
24
Y
dirigiéndose a Timoteo, dice: porque cuando son
impulsadas por sus deseos, se rebelan contra Cristo

15
Prov. 3:29
16
Prov. 5.1-3
17
Prov. 1:29-30
18
Mat. 6:19
19
Mat. 10:28
20
Mat. 16:24
21
1 Cor. 7:36,37
22
1 Cor. 9:17
23
1 Cor. 15.34
24
2 Cor. 8:11


375
y quieren casarse.
25
; y en otro lugar: Y también
todos los que quieren vivir piadosamente en cristo
Jesús padecerán persecución;
26
y al mismo Timoteo:
No descuides el don que hay en ti.
27
Y a Filemón:
para que tu favor no fuese como de necesidad, sino
voluntario.
28
Y a los siervos también les advierte que
a sus amos sirvan de buena voluntad.
29
Y el apóstol
Santiago: Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro
glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de
personas
30
y No murmuréis los unos de los otros.
31

También San Juan en su Carta: No améis al
mundo,
32
y las demás expresiones de esta especie.
Es decir, que cuando en los mandatos divinos «No
hagas esto o aquello» o se exige la obra de la
voluntad para hacer u omitir algo, bien se prueba la
existencia del libre albedrío. Nadie, por consiguiente,
haga a Dios responsable cuando peca, sino cúlpese
a sí mismo. Ni tampoco, cuando bien obra, juzgue el
obrar ajeno a su propia voluntad, porque si
libremente obra, entonces existe la obra buena,
entonces hay que esperar el premio de aquel de
quien está escrito: Quien pagará a cada uno
conforme a sus obras.
33


25
1 Tim. 5:11
26
2 Tim. 3:12
27
1 Tim 4:14
28
Film. 14
29
Ef. 6:6
30
Stg. 2:1
31
Stg. 4:11
32
1 Jn. 2:15
33
Mat. 16:27


376
Capitulo Iii
Quienes, pues, conocen los preceptos divinos no tie-
nen la excusa que suelen tener los hombres por
ignorancia. Pero ni aun los que ignoran la ley de
Dios se evadirán sin pena. Porque todos los que sin
ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos
los que bajo la ley han pecado, por la ley serán
juzgados.
34
Antójaseme que el Apóstol no pretende
significar un castigo mayor para los que ignoran la
ley en sus pecados que para los sabedores, pues
parece peor perecer que ser juzgados; mas, diri-
giéndose el Apóstol a los Gentiles y a los Judíos—
porque aquellos sin ley y éstos con ella—, ¿quién se
atreverá a decir que no han de perecer los Judíos
que en la ley pecan, pues no creyeron en Cristo,
porque de ellos se ha dicho que por la ley serán
juzgados? Sin la fe de Cristo nadie puede ser liber-
tado, y por ello serán juzgados de manera que
perezcan. Porque si peor es la condición de los
ignorantes que la de los conocedores de la ley,
¿cómo será verdad lo que dijo el Señor en el
Evangelio: Aquel siervo que conociendo la voluntad
de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su
voluntad, recibirá muchos azotes. Mas el que sin
conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado
poco
35
? Estas palabras muestran ser más grave el
pecado del sabedor que del ignorante; ni por ello
conviene protegerse en las tinieblas de la ignorancia
para en ellas buscar una excusa, porque una cosa
es ignorar y otra haber querido ignorar. Se achaca a
la voluntad cuando se dice: No quiso entender para
bien obrar. Pero nadie excusa la ignorancia

34
Rom. 2:12
35
Luc. 12:47-48


377
involuntaria hasta tal punto que diga no va a arder
con fuego eterno quien no creyó precisamente
porque ignoraba lo que había de creer; sino que
quizá diga ha de arder menos, pues no sin causa
está escrito: Derrama tu ira sobre las naciones que
no te conocen;
36
y lo que dijo el Apóstol: En llama
de fuego, para dar retribución a los que no
conocieron a Dios.
37
Mas para que tengamos todos
la ciencia y nadie diga: «Lo ignoré», «No lo vi», «No
entendí», la voluntad humana es requerida donde se
dice: No seáis como el caballo o como el mulo, sin
entendimiento
38
, siquier mala aparezca en aquellas
palabras de los Proverbios: El siervo no se corrige
con palabras; porque entiende mas no hace caso.
39

Mas cuando el hombre dice: «No puedo obedecer,
pues me vence mi concupiscencia», ya excusa por
ignorancia no tiene ni defiende a Dios en su
corazón, sino que conoce el mal en sí mismo y se
duele; a quien, con todo, dice el Apóstol: No seas
vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.
40

Y, ciertamente, a quien se dice no seas vencido, se
le supone, sin duda, el árbitro de su voluntad. El
querer y no querer, cosa es de propia voluntad.
Capitulo Iv
Pero es de temer que todos estos divinos
testimonios a favor del libre albedrío y cualesquiera
otros, que, por cierto, son muchísimos, se
interpreten en forma de no dejar lugar ninguno al

36
Sal. 79:6
37
2 Tes.1:8
38
Sal. 32:9
39
Prov. 29:19
40
Rom. 12.21


378
auxilio y gracia de Dios en orden a la vida piadosa y
honesto peregrinar, recompensados con premio
eterno, y que el hombre miserable se gloríe en sí y
no en el Señor y en sí ponga la esperanza de bien
vivir cuando bien vive y bien obra, o mejor así lo
cree, incurriendo por ello en la maldición del profeta
Jeremías, que dice: Maldito el varón que confía en el
hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se
aparta de Jehová.
41
Entended, hermanos, este
profético testimonio. Pues porque no dijo el profeta:
«Maldito sea el hombre que pone la esperanza en sí
mismo», podría parecer a alguno que fue dicho:
«Maldito sea el hombre que pone la esperanza en el
hombre», para que nadie confíe en otro sino en sí.
Para mostrar, pues, que ni en sí ni en otro debe
poner el hombre su esperanza, tras haber dicho:
Maldito el varón que confía en el, añade: y pone
carne por su brazo. Brazo significa la facultad de
obrar, y por carne, la humana fragilidad hemos de
entender. Y así, hace apoyo de la carne de su brazo
quien para bien obrar fía de su frágil y deleznable
poder humano y no espera el auxilio de Dios. Y por
eso añadió: y su corazón se aparta de Jehová. Tal
es la moderna herejía pelagiana, que, después de
haberla mucho combatido, por muy recientes
exigencias ante concilios episcopales ha sido
presentada. Fue ésta la razón de haberos enviado
algo para que lo leyerais. Nosotros, pues, para bien
obrar, no fiamos del hombre, ni hacemos apoyo de
la carne de nuestro brazo, ni nuestro corazón de
Dios se aparta, sino más bien al Señor decimos: Mi

41
Jer. 17:5


379
ayuda has sido, no me dejes, ni me desampares,
Dios de mi salvación.
42

7. Por tanto, carísimos, como para bien vivir y obrar
con rectitud probamos el libre albedrío en el hombre
por los citados testimonios de las santas Escrituras,
veamos ahora cuáles abonan la gracia de Dios, sin
la que nada de bueno podemos hacer. Y en primer
lugar, os diré algo de vuestra misma profesión,
porque no estaríais reunidos en esta sociedad
viviendo en pureza si no hubieseis despreciado el
placer conyugal. De aquí que al decir los discípulos
al Señor, que estaba enseñando: Si así es la
condición del hombre con su mujer, no conviene
casarse, les respondió: No todos son capaces de
recibir esto, sino a aquellos a quienes es dado.
43

¿No exhortaba el Apóstol a la libre voluntad de
Timoteo cuando le decía: Consérvate puro
44
? Y en
punto a esto, mostró el poder de la voluntad cuando
dijo: Pero el que está firme en su corazón, sin tener
necesidad, sino que es dueño de su propia voluntad,
y ha resuelto en su corazón guardar a su hija
virgen.
45
Y, sin embargo, No todos son capaces de
recibir esto, sino a aquellos a quienes es dado. Los
demás, o no quieren o no llegan a realizar lo que
quieren; mas aquellos a quienes es dado, quieren de
tal manera, que cumplen su deseo. El que, por tanto,
sea por algunos entendido esto, que no lo es por
todos, gracia de Dios es y libre albedrío.

42
Sal. 27:9
43
Mat. 19:10-11
44
1 Tim. 5:22
45
1 Cor. 7:37


380
De la misma honestidad conyugal también dijo el
Apóstol: Haga lo que quiera, no peca; que se case;
46

y con todo, también esto es gracia de Dios, pues
dice la Escritura: De Jehová viene la mujer
prudente.
47
Por eso, el Doctor de los Gentiles mostró
ser gracia de Dios la honestidad conyugal, cuya
virtud evita los adulterios, y la más perfecta
continencia, que ninguna unión busca,
recomendando ambas con sus palabras y
aconsejando a los cónyuges que no se engañen; y
cuando lo hubo hecho, añadió a los corintios:
Quisiera más bien que todos los hombres fuesen
como yo,
48
quien por cierto se abstenía de toda
unión; y a seguida escribe: pero cada uno tiene su
propio don de Dios, uno a la verdad de un modo, y
otro de otro. ¿Acaso tantos preceptos divinos, para
evitar las fornicaciones y adulterios, prueban otra
cosa sino la libertad de albedrío? No se mandaría
todo eso si el hombre no tuviese propia voluntad con
que obedecer a Dios Y sin embargo, don suyo es,
sin el que observar los preceptos de pureza no se
puede. Por eso, en el libro de la Sabiduría está
escrito: Conociendo que nadie puede ser casto si
Dios no se lo da y que era parte de la sabiduría
conocer de quién es el don.
49
Mas para que estos
santos mandatos de pureza no se cumplan, cada
uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia
es atraído y seducido.
50
Y si alguien dijera: Quiero
guardar mi pureza, pero me vence mi pasión», la Es-
critura le respondería como antes con el libre

46
1 Cor. 7. 36-37
47
Prov. 19.14 (VM)
48
1 Cor. 7.7
49
Sap. 8.21
50
Stg. 1.14


381
albedrío: No seas vencido de lo malo, sino vence
con el bien el mal.
51
Y para lograr esto, la gracia de
Dios ayuda, porque si falta, nada será la ley y todo el
poder del pecado, porque la concupiscencia crece y
se vigoriza con la ley prohibente si el espíritu de la
gracia no nos ayuda. Esto es lo que dice el mismo
Apóstol de los Gentiles: El aguijón de la muerte es el
pecado, y el poder del pecado, la ley.
52
Diga, pues,
el hombre: «Quiero cumplir la ley, pero la fuerza de
mi concupiscencia no puede». Y cuando a su
voluntad se apela y se le dice: «No te dejes vencer
del mal, ¿qué te aprovechará esto, si falta la gracia
auxiliadora? Es el pensamiento del Apóstol; porque
habiendo escrito: el poder del pecado la ley, añadió
en seguida: Mas gracias sean dadas a Dios, que nos
da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Luego la victoria sobre el pecado es don de Dios
que ayuda al libre albedrío en este combate.
Por todo ello, dice el Maestro celestial: Velad y orad,
para que no entréis en tentación.
53
Por tanto, orar
debe cada uno luchando contra su concupiscencia,
para que no caiga en la tentación, es decir, para que
ni le atraiga ni seduzca su pasión. No caerá en la
tentación si con voluntad buena vence la
concupiscencia mala. Mas, con todo, no basta la
libre voluntad humana, a menos que la victoria sea
por Dios concedida a quien ora para no caer en la
tentación. ¿Qué se manifestará más patente que la
gracia de Dios cuando se recibe lo que se ha
suplicado? Porque si nuestro Salvador dijera:
«Vigilad para no caer en la tentación», parecería

51
Rom. 12.21
52
1 Cor. 15.56-57
53
Mat. 26.41


382
sólo haber avisado a la voluntad humana; pero al
añadir y orad, manifestó que Dios ayuda para no
caer en la tentación. Dicho fue al libre albedrío: No
menosprecies, hijo mío, el castigo de Jehová;
54
y el
Señor dijo: Yo he rogado por ti, que tu fe no falte.
55

Es, por consiguiente, el hombre por la gracia
ayudado, para que no sin causa su voluntad sea
dominada.


Capitulo V
Cuando Dios dice: Volveos a mí, y yo me volveré a
vosotros,
56
parece que una de estas proposiciones
pertenece a nuestra voluntad—que nos volvamos a
El—; y la otra, en cambio, corresponde a la gracia—
que El se vuelva a nosotros—. Y podrían los
pelagianos en ellas ver su pensamiento, en cuya
virtud afirman que la gracia de Dios se nos confiere
según nuestros méritos. Lo que ciertamente Pelagio
no se atrevió a sostener en Jerusalén de Palestina
cuando fue oído por los obispos. Porque, entre otras
cosas que se le reprocharon allí, fue el afirmar que
la gracia de Dios se nos confiere según nuestros
méritos, lo que es tan ajeno y contrario a la doctrina
católica y a la gracia de Cristo, que si él no hubiese
detestado tal proposición, de allí saliera
excomulgado. Pero la detestó con falsía, toda vez
que sus libros posteriores, en los que no defiende
otra cosa, muestran que la gracia de Dios se nos da
según nuestros méritos. Tales pensamientos los
coligen de testimonios sagrados, como el aducido al
principio de este capítulo: Volveos a mí, y yo me

54
Prov. 3.11
55
Luc. 22.32
56
Zac. 1.3


383
volveré a vosotros, como si el mérito de nuestra
conver- sión a Dios fuese la medida de la gracia, por
lo que el Señor se vuelve a nosotros. Y no reparan
los que tal piensan que, si nuestra conversión a Dios
no fuese gracia suya, no le diríamos: Oh Dios
Sebaot, haznos volver;
57
y Dios, tú, convirtiéndonos
a ti, nos vivificarás; y Haznos volver, Dios de nuestra
salvación;
58
y muchísimos otros que sería largo
enumerar. Porque el venir a Cristo, ¿qué otra cosa
es sino volver a El por la fe? Y con todo, dijo Jesús:
Ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del
padre.
59

Y también lo que está escrito en el libro segundo de
las Crónicas: Jehová estará con vosotros, si
vosotros estuviereis con él; y si le buscareis, será
hallado de vosotros; mas si le dejareis, él también os
dejará,
60
manifiesta el libre albedrío. Mas los que
aseguran que la gracia de Dios se nos confiere
según nuestros méritos, interpretan estos tes-
timonios de manera que nuestro mérito lo ponen en
el estar con Dios y que, según este mérito, se nos
da la gracia de estar él con nosotros. De manera
análoga, nuestro mérito reside en buscar a Dios, y
por este mérito se nos da la gracia de encontrarle. Y
lo que en el primer libro de las Crónicas se dice: Y
tú, Salomón, hijo mío, reconoce al Dios de tu padre,
y sírvele con corazón perfecto y con ánimo
voluntario; porque Jehová escudriña los corazones
de todos, y entiende todo intento de los
pensamientos. Si tú le buscares, lo hallarás; mas si

57
Sal, 80.8 (BJ)
58
Sal. 85:5 (BJ)
59
Juan 6.66
60
2 Crón. 15.2


384
lo dejares, él te desechará para siempre,
61

manifiesta también el libre albedrío. Mas los
pelagianos ponen el mérito del hombre en las
palabras Si tú le buscas; y según este mérito, se
confiere la gracia de le hallarás; y se esfuerzan
cuanto pueden por probar que la gracia de Dios se
nos da según nuestros méritos o, lo que es lo
mismo, que la gracia no es gracia, porque a quienes
gracia se da según el mérito, no se les cuenta el
salario como gracia, sino como deuda,
62
cual con
toda claridad lo dice el Apóstol.
Mérito, pero malo, fue en el apóstol San Pablo el
perseguir a la Iglesia, por lo que dijo: no soy digno
de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia
de Dios.
63
Teniendo, pues, este mérito malo, se le
devolvía bien por mal, y, en consecuencia, siguió
escribiendo: Pero por la gracia de Dios soy lo que
soy. Y para poner en claro el libre albedrío añadió: Y
su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he
trabajado más que todos ellos.
64
Y exhorta a este
libre albedrío en otros lugares, donde dice: Os
exhortamos también a que no recibáis en vano la
gracia de Dios.
65
¿Para qué, pues, los exhorta, si al
recibir la gracia de Dios perdieron la propia vo-
luntad? Mas para que no se crea que la misma
voluntad hacer puede algo de bueno, de seguida
cuando dijo: Su gracia no ha sido en vano para
conmigo, antes he trabajado más que todos ellos,
añadió: Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo;

61
1 Crón. 28.9
62
Rom. 4.4
63
1 Cor. 15.9
64
1 Cor. 15. 10
65
2 Cor. 6.1.


385
es decir, no sólo yo, sino Dios conmigo, y por ello, ni
la gracia de Dios sola ni él solo, sino la gracia de
Dios con él. Y para que fuese llamado con voz
celestial y con tan eficaz conversión a Dios volviese,
sólo la gracia de Dios intervino, porque sus méritos
muy grandes eran, pero malos. Finalmente, en otro
lugar dice a Timoteo: Participa de las aflicciones por
el evangelio según el poder de Dios, quien nos salvó
y llamó con llamamiento santo, no conforme a
nuestras obras, sino según el propósito suyo y la
gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de
los tiempos de los siglos.
66
Y también recordando
sus méritos, pero malos, dice: Porque nosotros
también éramos en otro tiempo insensatos,
rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias
y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia,
aborrecibles y aborreciéndonos unos a otros.
67
¿Qué
se debía a estos méritos malos sino el castigo? Pero
volviendo el Señor bien por mal, en gracia que se
nos confiere no según nuestros méritos, aconteció lo
que luego cuenta: Pero cuando se manifestó la
bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para
con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia
que nosotros hubiéramos hecho, sino por su
misericordia, por el lavamiento de la regeneración y
por la renovación en el Espíritu Santo, el cual
derramó abundantemente por Jesucristo nuestro
Salvador, para que justificados por su gracia,
viniésemos a ser herederos conforme a la
esperanza de la vida eterna.

66
2 Tim. 1.8-9
67
Tito 3.3-7


386
Capítulo Vi
13. Por estos y otros semejantes testimonios queda
probado que la gracia de Dios no se nos confiere
según nuestros méritos. Es más: a veces hemos
visto y diariamente lo vemos que la gracia de Dios
se nos da no sólo sin ningún mérito bueno, sino con
muchos méritos malos por delante. Pero cuando nos
es dada, ya comienzan nuestros méritos a ser
buenos por su virtud; porque, si llegare a faltar, cae
el hombre, no sostenido, sino precipitado por su libre
albedrío. Por eso, cuando el hombre comenzare a
tener méritos buenos, no debe atribuírselos a sí
mismo, sino a Dios, a quien decimos en el Salmo:
No me abandones, no me dejes.
68
Al decir no me
abandones manifiesta que, si abandonado fuera,
nada bueno por sí hacer podría; por lo que dijo
aquél: En mi prosperidad dije yo: No seré jamás
conmovido.
69
Y juzgó ser suyo todo el bien que tanto
le abundaba hasta no temer ser conmovido. Mas a
fin de que entendiese de quién era aquella fortuna
de la que se gloriaba, apartada nada más un poquito
la gracia, y así advertido, dice: Señor, con tu favor
me colocabas en una cima inexpugnable; pero
escondiste tu rostro y quedé desconcertado.
70
Por
tanto, necesario es al hombre que por la gracia de
Dios no sólo de impío sea hecho justo, cuando a
cambio de sus méritos malos se le devuelven
buenos, sino que cuando ya por la fe está
justificado, menester es que en la gracia viva y en
ella se apoye para no caer. Por eso se escribió de la
Iglesia en el Cantar de los Cantares: ¿Quién es ésta

68
Sal. 27.9 (BJ)
69
Sal. 30.6
70
Sal. 30.7-8 (NBE)


387
que sube blanqueada, recostada sobre su amado?
71

Blanqueada es la que por sí misma no puede ser
blanca. ¿Y quién la ha blanqueado sino aquel que
por el profeta dice: Si vuestros pecado fueren como
la grana, como la nieve serán emblanquecidos?
72

Cuando, pues, fue blanqueada, nada bueno
merecía. Ya blanqueada, vive bien, si de continuo se
apoya en aquel que la blanqueé. Por lo cual el
mismo Jesús, sobre el que blanqueada se reclina,
dijo a sus discípulos: Separados de mí nada podéis
hacer.
73

Volvamos, pues, a Pablo el apóstol, que
encontramos sin mérito alguno bueno y sí con
muchos méritos malos. Pero, conseguido que hubo
la gracia de Dios, veamos qué dice escribiendo a
Timoteo cuando ya se le acercaba su pasión:
Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo
de mi partida está cercano. He peleado la buena
batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.
74

Ahora ciertamente recuerda sus méritos buenos,
para tras ellos lograr la corona quien tras los méritos
malos logré la gracia. Por fin, reparad en lo que
sigue: Por lo demás, me está guardada la corona de
justicia, la cual me dará el Señor, juez justo. ¿A
quién dará la corona el justo Juez si no hubiese
antes dado la gracia como padre misericordioso? Y
¿cómo había de ser esta corona de justicia si no
precediera la gracia que justifica al impío? ¿Cómo
se devolverían estas cosas debidas si antes no se
dieran aquéllas gratuitas?

71
cant. 8.5
72
Isa. 1.18
73
Juan 15.5
74
2 Tim. 4.6-8


388
15. Mas porque los pelagianos dicen que sólo la
gracia, por la que se perdonan los pecados, no es
según nuestros méritos, pero que, en cambio,
aquella gracia final, la vida eterna, se nos da por
nuestros méritos, fuerza es que les contestemos. Si
nuestros méritos los entendiesen de manera que
vieran en ellos dones también de Dios, no habría por
qué rechazar tal sentir; pero como entienden los
méritos humanos de modo que el hombre por sí
mismo los adquiera, con toda razón responde el
Apóstol: Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes
que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te
glorías como si no lo hubieras recibido?
75
A quien tal
piensa, con suma razón se le dice: «Dios corona sus
dones y no tus méritos, si éstos por ti y no por él son
méritos». Si tales son, malos son y Dios no los
corona; pero si son buenos, dones son de Dios,
porque como dice el apóstol Santiago: Toda buena
dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del
Padre de las luces.
76
Por lo que Juan, el precursor
del Señor, dice también: No puede el hombre recibir
nada, si no le fuere dado del cielo;
77
ciertamente del
cielo, de donde viene también el Espíritu Santo,
porque, subiendo Jesús a las alturas, llevó cautiva la
cautividad, repartió dones a los hombres. Si, por
consiguiente, dones de Dios son tus buenos méritos,
no corona el Señor tus méritos en cuanto méritos
tuyos, sino en cuanto dones suyos.

75
1 Cor. 4.7
76
Sant. 1.17
77
Juan 3.27


389
Capitulo Vii
16. Por tanto, consideremos los méritos del
apóstol San Pablo, por los que dijo había de darle
una corona de justicia el justo Juez, y veamos si son
suyos, es decir, por él adquiridos, o más bien son
dones de Dios. He peleado la buena batalla, he
acabado la carrera, he guardado la fe. En primer
lugar, estas buenas obras serían nulas de no haber
sido precedidas de pensamientos buenos. Reparad
en lo que dice de estos pensamientos al escribir a
los Corintios: No que seamos competentes por
nosotros mismos para pensar algo como de
nosotros mismos, sino que nuestra competencia
viene de Dios.
78
Después veamos ya en particular:
He peleado la buena batalla, dice. Y pregunto yo con
qué fuerza combatió, si con una que de sí mismo
procediera o más bien con otra que de arriba le
fuera dada. Pero ni pensar que tan excelso doctor
ignorase la ley de Dios, cuya voz dice en el
Deuteronomio: No digas en tu corazón: Mi poder y
la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza.
Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el
poder para hacer las riquezas.
79
Pero, ¿de qué sirve
un buen combate si no es coronado por la victoria?
Y ¿quién da la victoria sino aquel de quien el mismo
Apóstol dice: Mas gracias sean dadas a Dios, que
nos da la victoria por medio de nuestro Señor
Jesucristo.
80
Y en otro lugar, al recordar el paso de
aquel salmo: Pero por causa de ti nos matan cada
día; somos contados como ovejas para el

78
2 Cor. 3.5
79
Deut. 18.17-18
80
1 Cor. 15.57


390
matadero,
81
añadió y dijo: Antes, en todas estas
cosas somos más que vencedores por medio de
aquel que nos amó. Luego no por nosotros, sino por
aquel que nos amó. A continuación dice: He
acabado la carrera. Pero afirma aquí esto quien en
otro lugar dijo: Así que no depende del que quiere, ni
del que corre, sino de Dios que tiene misericordia,
82

proposición que no puede convertirse de manera
que diga: No de Dios, que tiene misericordia, sino
del hombre, que quiere y que corre, porque quien se
atreviere a decir tal, paladinamente contradice al
Apóstol
17. Por fin dijo: He guardado la fe; y lo dijo
quien en otro lugar escribió: Como quien ha
alcanzado misericordia del Señor para ser fiel.
83
No
dijo: He conseguido la misericordia porque era fiel,
sino para ser fiel, probando así que la fe no puede
poseerse sino por la misericordia de Dios y que es
gracia suya. Lo que con todas las palabras enseña
al decir: Porque por gracia sois salvos por medio de
la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios.
84

Porque podrían decir: «Recibimos la gracia
precisamente porque creímos», como atribuyéndose
a sí la fe y la gracia a Dios; y por ello, habiendo
dicho el Apóstol: por medio de la fe, añadió: y esto
no de vosotros, pues es don de Dios. Y de nuevo,
para que no dijeran haber tal don merecido por sus
obras, escribió de seguida: no por obras para que
nadie se gloríe. No porque negara o suprimiera las
buenas obras cuando afirma que Dios ha de

81
Sal. 44.22; Rom. 8.36-37
82
Rom. 9.16
83
1 Cor. 7.25
84
Efe. 2.8-9


391
remunerar a cada uno según sus obras, sino porque
las obras proceden de la fe y no la fe de las obras, y
por eso nuestras obras de justicia provienen de
aquel mismo de quien proviene la fe. De ésta está
escrito: Mas el justo por la fe vivirá.
85

Mas los hombres, no entendiendo lo que el mismo
Apóstol dijo: Concluimos, pues, que el hombre es
justificado por fe sin las obras de la ley,
86
creyeron
ser al hombre suficiente la fe siquier malviva y no
cuente con buenas obras. Lo que en manera alguna
pensó San Pablo, quien al decir: Porque en cristo
Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la
incircuncisión,
87
luego anade: sino la fe que obra por
el amor. Esta es la fe que separa a los fieles de los
inmundos demonios, pues también éstos, como lo
dice el apóstol Santiago, creen y tiemblan, pero no
obran bien. No tienen, por tanto, esta fe, de la cual
vive el justo y que obra por la caridad, de manera
que Dios le confiere la vida eterna de acuerdo con
sus obras. Y porque esas mismas obras buenas
provienen de Dios igual que nuestra fe y nuestra
caridad, por eso el Doctor de los Gentiles gracia
llamó a la vida eterna.
Capitulo Viii
l9. Y de aquí nace otro problema de no poca
importancia, que, con la gracia de Dios, hemos de
resolver. Si la vida eterna se da a las buenas obras,
como con toda claridad lo dice la Escritura: Porque
el Hijo del Hombre. . .pagará a cada uno conforme a

85
Rom. 1.17; Hab. 2.4
86
Rom. 3.28
87
Gál. 5.6


392
sus obras,
88
¿cómo puede ser gracia la vida eterna,
si la gracia no se da por obras, sino gratis, de
acuerdo con el Apóstol: Pero al que obra, no se le
cuenta el salario como gracia, sino como deuda?
89
Y
en otro lugar: Así también aun en este tiempo ha
quedado un remanente escogido por gracia
90
y a
continuación: Y si por gracia, ya no es por obras; de
otra manera la gracia ya no es gracia. ¿Cómo, pues,
será gracia la vida eterna, si a las obras responde?
¿O es que quizá no llama gracia el Apóstol a la vida
eterna? Es más: tan claramente lo dice, que es de
todo punto innegable. Y no es que requiera esta
cuestión un ingenio agudo. Basta sólo un oyente
atento. Porque cuando dijo: Porque la paga del
pecado es muerte,
91
en seguida añadió: mas la
dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor
nuestro.
20. Este problema, a mi parecer, sólo puede
resolverse entendiendo que nuestras buenas obras,
a las que se da la vida eterna, pertenecen también a
la gracia de Dios, toda vez que nuestro Señor
Jesucristo dice: Sin mí nada podéis hacer.
92
Y el
mismo Apóstol, al decir: Porque por gracia sois
salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros,
pues es don de Dios; no por obras para que nadie
se gloríe,
93
vio que los hombres podrían entender
como no necesarias las obras y bastar sólo la fe,
como también que los hombres podrían gloriarse por
sus buenas obras, cual si a sí mismos se bastaran

88
Mat. 16.27
89
Rom. 4.4
90
Rom. 11.5-6
91
Rom. 6.23
92
Juan 15.5
93
Efe. 2.8-10


393
para realizarlas; y por eso añadió: porque somos
hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas
obras, las cuales preparó de antemano para que
anduviésemos en ellas. ¿Y qué significa, pues, esto,
que, recomendando el Apóstol la gracia y
asegurando que no proviene de las obras, para que
nadie se gloríe, da luego la razón y dice: somos
hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas
obras? ¿Cómo, pues, no por obras para que nadie
se gloríe? Pero repara y entiende: no por obras
como tuyas y de tu procedencia, sino como obras en
las que el Señor te plasmó, es decir, te formó y creó,
porque esto es lo que dice: Somos hechura suya,
creados en Cristo Jesús para buenas obras, no con
la creación que dio vida a los hombres, sino con
aquella otra que ya supone al hombre y de que
habla el Salmo: Crea en mí, oh Dios, un corazón
limpio,
94
y de la cual dice el Apóstol: De modo que
si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas
viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y
todo esto proviene de Dios.
95
Somos plasmados, es
decir, somos formados y creados para buenas
obras, que no preparamos nosotros, sino Dios, para
que en ellas vivamos. Así, pues, carísimos, si
nuestra vida buena no es más que gracia de Dios,
sin duda alguna que la vida eterna, que se da a la
vida buena, don es de Dios, ambas por cierto
gratuitas. Pero sólo aquella que se da es gracia;
mas la que se da en este caso, ya que es premio de
la vida buena, es gracia que recompensa a otra
gracia, como retribución por justicia, para que se
cumpla, ya que es verdadero que Dios dará a cada
uno según sus obras.

94
Sal. 51.10
95
2 Cor. 5.17-18


394
Capitulo Ix
2l. Acaso vuestra curiosidad os lleve a preguntar
si en los libros santos se lee la frase «gracia sobre
gracia». Y precisamente en el evangelio de San
Juan, tan esplendente por su claridad, encontramos
aquel pasaje en el que San Juan Bautista dice de
nuestro Señor Jesucristo: Porque de su plenitud
tomamos todos, y gracia sobre gracia.
96
En
consecuencia, (de su plenitud recibimos, según
nuestra capacidad, nuestras porciones para bien
vivir conforme a la medida de fe que Dios repartió a
cada uno.
97
Porque cada uno tiene su propio don de
Dios, uno a la verdad de un modo, y otro de otro;
98

fe que también es gracia. Pero además recibiremos
gracia sobre gracia cuando se nos dé la vida eterna,
de la que dijo el Apóstol: Mas la dádiva de Dios es
vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro, habiendo
antes dicho: Porque la paga del pecado es muerte.
Con razón dice paga, porque muerte eterna se da a
la milicia diabólica como paga. Y bien podría decir, y
acertadamente, que el salario de la justicia es la vida
eterna; mas prefirió decir: Mas la dádiva de Dios es
vida eterna, para que así entendiésemos que no por
nuestros meritos, sino por su misericordia, Dios nos
lleva a la vida eterna. De acuerdo con esta verdad,
dice el hombre a su alma: Él es . . . el que te corona
de favores y misericordias (salmo 103, 4). Mas
¿acaso no se da la corona a las obras buenas? Pero
como es El quien en los buenos ejecuta las buenas
obras, por lo que fue escrito: Porque Dios es el que
en vosotros produce así el querer como el hacer, por

96
Juan 1.16
97
Rom. 12.3
98
1 Cor. 7.7


395
su buena voluntad,
99
por eso dijo el Salmista: El que
te corona de favores y misericordias, pues por su
misericordia obramos el bien que con corona es
premiado. Y no porque diga que Dios obra en
vosotros el querer y el obrar hemos de concluir a la
negación del libre albedrío, porque si así fuese, no
hubiera dicho poco antes: Ocupaos en vuestra
salvación con temor y temblor.
100
Cuando se manda
trabajar, al libre albedrío se manda, y por ello con
temor y temblor, no sea que, atribuyéndose a sí
mismo las buenas obras, de ellas se enorgullezca.
Viene todo a ser cual si al Apóstol se le preguntara:
«¿Por qué dijiste que con temor y temblor?» El,
dando la razón de tales palabras, diría: «Dios es
quien obra en vosotros. Si teméis y tembláis, no os
exaltaréis por vuestras buenas obras, como si
vuestras fuesen, porque es Dios quien en vosotros
obra».
Capitulo X
22. Por consiguiente, hermanos, con vuestro
libre albedrío debéis no hacer el mal y practicar el
bien, porque esto es lo mandado por la ley de Dios
en los libros santos del Antiguo y del Nuevo
Testamento. Ahora leamos y con la gracia del Señor
entendamos al Apóstol, que dice: Por las obras de la
ley ningún ser humano será justificado delante de él;
porque por medio de la ley es el conocimiento del
pecado.
101
Conocimiento dijo, no consumación. Al
conocer el hombre el pecado, si la gracia no viene
en su ayuda para evitar lo conocido, sin duda que la

99
Fil. 2.13
100
Fil. 2.12
101
Rom. 3.20


396
ley engendrará la ira, como con estas mismas
palabras lo dice en otro lugar el Apóstol: Pues la ley
produce ira.
102
Y dijo esto porque la ira de Dios es
mayor en el prevaricador, que por la ley conoce el
pecado, y, sin embargo, lo comete; porque tal
hombre es prevaricador de la ley, como en seguida
lo dice el Apóstol: Pero donde no hay ley, tampoco
hay transgresión. Y por esto, con otro motivo
escribió: Sirvamos bajo el régimen nuevo del
Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra.
103
Y
queriendo que entendamos por la letra vieja la ley,
¿qué entenderemos por el espíritu nuevo sino la
gracia? Y para que no se creyese que acusaba o
reprendía a la ley, en seguida se propone el
problema y dice: ¿Qué diremos pues? ¿La ley es
pecado? En ninguna manera
104
Y añade a conti-
nuación: Pero yo no conocí el pecado sino por la ley;
porque tampoco conociera la codicia, si la ley no
dijera: No codiciarás. Mas el pecado, tomando
ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda
codicia; porque sin la ley el pecad está muerto. Y yo
sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el
mandamiento, el pecado revivió y yo morí. Y hallé
que el mismo mandamiento que era para vida, a mí
me resultó para muerte; porque el pecado, tomando
ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él
me mató. De manera que la ley a la verdad es
santa, y el mandamiento santo, justo y bueno.
¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí?
En ninguna manera; sino que el pecado, para
mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por
medio de lo que es bueno, a fin de que por el

102
Rom. 4.15
103
Rom. 7.6
104
Rom. 7.7-13


397
mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera
pecaminoso. Y escribiendo a los Gálatas: Sabiendo
que el hombre no es justificado por las obras de la
ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también
hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por
la fe de cristo y no por las obras de la ley, por cuanto
por las obras de la ley nadie será justificado.
105

Capitulo Xi
23. ¿Qué, pues, afirman esos falacísimos y
más que perversos pelagianos cuando dicen que la
gracia de Dios es la ley, por la que somos socorridos
para no pecar? ¿Qué dicen esos miserables, que sin
titubeo ninguno contradicen a tan gran Apóstol? Este
dice que el pecado recibe fuerzas de la ley contra el
hombre y que es muerto por el mandato, siquier
santo y justo y bueno, y por el bien le causa la muer-
te, de la que no se libraría si el espíritu no vivificara
a quien muerto fue por la letra, como con otra
ocasión dice el mismo San Pablo: Porque la letra
mata, mas el espíritu vivifica.
106
Los indóciles
pelagianos, en cambio, ciegos a la luz de Dios y sor-
dos a su voz, dicen que la asfixiante letra vivifica, y
al vivificante espíritu contradicen. Así que,
hermanos—para advertiros con las mismas palabras
del Apóstol—, deudores somos, no a la carne, para
que vivamos conforme a la carne; porque si vivís
conforme a la carne, moriréis; mas si por el espíritu
hacéis morir las obras de la carne, viviréis.
107
Estas
cosas os he dicho para con palabras apostólicas
apartar vuestro libre albedrío del mal y recomendarle

105
Gál. 2.16
106
2 Cor. 3.6
107
Rom. 8.12-14


398
el bien. Y, sin embargo, no debéis en el hombre, es
decir, en vosotros mismos, gloriaros, sino en Dios,
cuando no según la carne vivís y con espíritu mor-
tificáis las acciones de la carne. Y para que no se
exaltaran —a quienes estas cosas decía—creyendo
que tantas buenas obras podían hacer con su
espíritu y no con el de Dios, al decir mas si por el
Espíritu hacéis morir las obras de la carne, añadió
en seguida: Porque todos los que son guiados por el
Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Cuando,
pues, con espíritu mortificáis las obras de la carne
para vivir, glorificad a El, alabad a El, dad gracias a
El, por cuyo Espíritu sois movidos a hacer esto, y así
mostraréis ser hijos de Dios. Porque todos los que
son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos
de Dios.
Capitulo Xii
24. En consecuencia: cuantos con sólo la ayuda
de la ley y sin el auxilio de la gracia, confiando en sí
mismos, son movidos por su espíritu, no son hijos de
Dios. Tales son de los que dice el Apóstol: Porque
ignorando la justicia de Dios, y procurando
establecer la suya propia, no se han sujetado a la
justicia de Dios.
108
Esto lo dijo de los Judíos, quienes
presumiendo de sí rechazaban la gracia, y por eso
en Cristo no creían. Y dice que buscaban afirmar su
justicia, es decir, la justicia que procede de la ley; no
porque ésta fuese por ellos forjada, sino que
afirmaban su justicia en la ley que de Dios procedía
al esperar cumplir esa ley por sus propias fuerzas.
Ignorando la justicia de Dios, no la justicia por la que
Dios es justo, sino la justicia que el hombre tiene de

108
Rom. 10.3


399
Dios recibida. Y para que comprendáis bien estas
dos justicias, ved lo que hablando de Jesucristo dice
en otro lugar: Y ciertamente, aun estimo todas las
cosas como pérdida por la excelencia del
conocimiento de Cristo Jesús mi Señor, por amor del
cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para
ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi
propia justicia, que es por la ley, sino la que es de
Cristo Jesús, la justicia que es de Dios por la fe.
109

¿Por qué, pues, dice no teniendo mi propia justicia
que es por la ley, siendo su justicia la de Dios y no la
ley misma, sino porque suya la llama—siquier de la
ley proceda—al creerse capaz de cumplir la ley sin
el auxilio de la gracia, por la fe en Jesucristo? Por
ello, habiendo dicho: no teniendo mi propia justicia,
en seguida añadió: sino la que es de Cristo Jesús,
la justicia que es de Dios por la fe. Esta es la
ignorada por aquellos de quienes dice: ignorando la
justicia de Dios, es decir, que de Dios procede (ésta
es conferida por el espíritu, que vivifica, y no por la
letra, que mata), y procurando establecer la suya
propia, que el Apóstol llamó justicia de la ley al decir:
no teniendo mi propia justicia, no se han sujetado a
la justicia de, es decir, a la gracia de Dios. Bajo la
ley vivían y no bajo la gracia, y por ello los dominaba
el pecado, toda vez que de éste no es el hombre
libre por la ley, sino por la gracia. Así, dice en otro
lugar: Porque el pecado no se enseñoreará de
vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la
gracia.
110
No porque es mala la ley, sino porque bajo
ella viven los que son hechos reos por el mandato y
no por el auxilio, puesto que la gracia ayuda para
que cada uno sea cumplidor de la ley, sin la cual,

109
Fil. 3.7-9
110
Rom. 6.14


400
quien bajo la ley vive, será tan sólo de la ley oyente.
A los tales dice San Pablo: De Cristo os desligasteis,
los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis
caído.
111

Capitulo Xiii
¿Quién será tan sordo a las voces del Apóstol. quién
en tan mal gusto, o, más bien, en la insania de
hablar sin saber, habrá incurrido, para atreverse a
decir que la ley es la gracia, cuando el que sabe lo
que dice afirma: «Los que buscáis la justicia de la
ley habéis perdido la gracia»? Si, pues, la ley no es
la gracia, ya que para cumplir la ley no puede ésta
ayudar, sino la gracia, ¿acaso la naturaleza será la
gracia? Porque los pelagianos hasta esto se han
atrevido a afirmar: que la gracia es la naturaleza, en
la cual hemos sido creados, por cuya virtud somos
racionales y entendemos y estamos hechos a la
imagen de Dios y dominamos los peces del mar y
las aves del cielo y los animales que vagan por la
tierra. Mas no es la gracia que recomienda el
Apóstol por la fe de Jesucristo. La naturaleza es
común a fieles e infieles, y la gracia, por la fe de
Jesucristo, sólo vive en quienes late la misma fe.
Porque no es de todos la fe.
112
Por último, así como
a los que quieren justificarse con la ley les dice con
toda razón que pierden la fe: Si por la ley fuese la
justicia, entonces por demás murió Cristo,
113
de igual
manera, a quienes naturaleza llaman a la gracia,
que el Apóstol alaba y que debida es a la fe de
Cristo, les dice: «Si por naturaleza se obtiene la

111
Gál. 5.4
112
2 Tes. 3.2
113
Gál. 2.21


401
justicia, en vano murió Cristo». Ya aquí la ley existía
y no justificaba; ya aquí existía la naturaleza y no
justificaba; por eso Cristo no murió en vano, para
que se cumpliese la ley por el que dijo: No he venido
para abrogar, sino para cumplir;
114
y la naturaleza,
por Adán perdida, fuese reparada por quien dijo:
Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo
que se había perdido,
115
en quien creían había de
venir los antiguos padres que a Dios amaban.
26. Dicen también—los pelagianos—que la gracia
de Dios, por la fe en Cristo conferida y bien distinta
de la ley y de la naturaleza, vale sólo para el perdón
de los pecados pasados, no para evitar los futuros o
superar las repugnancias. Mas si esto fuera cierto, al
decir en la oración dominical: Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a
nuestros deudores,
116
no añadiríamos: Y no nos
metas en tentación. Aquello lo decimos pidiendo
perdón para nuestros pecados, y esto ya para
evitarlos, ya para vencerlos, lo que ciertamente no
pediríamos a nuestro Padre celestial si lograrlo
pudiésemos con el poder de la voluntad humana.
Aconsejo y con todo encarecimiento exhorto a
vuestra caridad que atentamente leáis el libro que de
la oración dominical escribió el bienaventurado
Cipriano, y con la ayuda de Dios lo penetréis y de
memoria lo aprendáis. En él veréis cómo apela a la
libre voluntad de sus lectores para probar que los
preceptos a cumplir en la ley es menester pedirlos
en la oración. Y en vano esto se haría si la voluntad

114
Mat. 5.17
115
Mat. 18.11 y Luc. 19.10
116
Mat. 6.12-13


402
humana capaz fuese de cumplirlos sin la gracia
divina.
Capitulo Xiv
27. Mas ya están convencidos, no los defensores,
sino quienes tanto exaltan el libre albedrío, que lo
destruyen; ya saben que ni el conocimiento de la ley
divina, ni la naturaleza, ni la sola remisión de los
pecados es la gracia que por Jesucristo, Señor
nuestro, se nos confiere, y en cuya virtud la ley se
cumple, la naturaleza es libre y el pecado no impera.
Convencidos de todo esto, antójaseles por todos los
medios probar que la gracia de Dios se nos da
según nuestros méritos, y así dicen: «Siquier no se
nos confiera según los méritos de las buenas obras,
toda vez que por la gracia las hacemos, sin em-
bargo, se nos da de acuerdo con los méritos de
buena voluntad, porque abre el camino la buena
voluntad del que suplica, y ésta es precedida por la
buena voluntad del que cree, para que según estos
méritos siga la gracia de Dios que oye».
28. Ya en los números 16 y 18 de este tratado
dilucidé el problema de la fe, es decir, de la voluntad
del creyente, probando que ésta es debida a la
gracia hasta tal punto, que el Apóstol no dice: He
alcanzado la misericordia porque soy fiel, sino: como
quien ha alcanzado misericordia del Señor para ser
fiel.
117
Hay otros textos, entre los que está el Piense
de sí con cordura, conforme a la medida de fe que
Dios repartió a cada uno,
118
y el otro ya recordado:
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y

117
1 Cor. 7.25
118
Rom. 12.3


403
esto no de vosotros, pues es don de Dios.
119
Y
aquello que escribió a los Efesios: Paz sea a los
hermanos, y amor con fe, de Dios Padre y del Señor
Jesucristo;
120
y también: Porque a vosotros os es
concedido a causa de Cisto, no sólo que creáis en
él, sino también que padezcáis por él.
121
Por
consiguiente, ambas cosas son gracia de Dios, y la
fe de los creyentes, y la tolerancia de los pacientes,
porque una y otra—dice—son merced de Dios. Y es
de notar aquel otro texto: Teniendo el mismo espíritu
de fe.
122
No dijo: la ciencia de la fe, sino el espíritu
de fe, para que entendiésemos que la fe no pedida
se concede a fin de otorgar otros bienes al que ora.
¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han
creído?
123
Luego el espíritu de la gracia engendra en
nosotros la fe, y por ésta orando logramos cumplir
los preceptos. Por esto de continuo el Apóstol
antepone la fe a la ley, porque no podemos cumplir
lo mandado sino implorando en la oración por la fe lo
que hacer debemos.
29. Si la fe sólo afectase a la libre voluntad y don
de Dios no fuera, ¿a qué rogar por los que no
quieren creer a fin de que crean? En vano haríamos
esto si no creyésemos, y con mucha razón, que Dios
omnipotente puede volver a la fe aun las más
perversas y contrarias voluntades. A la libre voluntad
humana se le exhorta en aquellas palabras del
Salmo: Si oyereis hoy su voz no endurezcáis
vuestro corazón.
124
Si el Señor no pudiese librarnos

119
Efe. 2.8
120
Efe. 6.23
121
Fil. 1.29
122
2 Cor. 4.13
123
Rom. 10.14
124
Sal. 95.8


404
de la dureza de corazón, no diría por el profeta:
Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os
daré un corazón de carne.
125
Bien claro muestra el
Apóstol que tales palabras del Nuevo Testamento
fueron dichas: Sois carta de Cristo expedida por
nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del
Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de
carne del corazón.
126
Lo que ciertamente no fue
dicho para que carnalmente vivan quienes vivir
deben espiritualmente, sino que por no sentir la
piedra, es a ella comparado un corazón duro, y a la
carne sensible, en cambio, un corazón generoso.
Así se lee en la profecía de Ezequiel: Os daré
corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de
vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de
piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré
dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en
mis estatutos y guardéis mis preceptos y los pongáis
por obra. . .y vosotros me seréis por pueblo, y yo
seré a vosotros por Dios.
127
¿Podremos, pues,
afirmar sin desatino que en el hombre preceder debe
el mérito de la buena voluntad para que en él sea
cambiado el corazón de piedra, cuando éste
significa voluntad pésima y absolutamente a Dios
contraria? Donde precede la buena voluntad ya no
hay corazón de piedra.
Y en otro lugar, también por el mismo profeta, Dios
paladinamente declara que hace esto no movido por
mérito alguno nuestro, sino por la gloria de su
nombre. Así, en el capítulo 36,22-27, dice: No lo
hago por vosotros, oh casa de Israel, sino por causa

125
Eze. 36.26
126
2 Cor. 3.3
127
Eze. 36.26-28


405
de mi santo nombre, el cual profanasteis vosotros
entre las naciones adonde habéis llegado. Y
santificaré mi grande nombre, profanado entre las
naciones, el cual profanasteis vosotros en medio de
ellas; y sabrán las naciones que yo soy Jehová, dice
Jehová el Señor, cuando sea santificado en vosotros
delante de sus ojos. Y yo os tomaré de las
naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os
traeré a vuestro país. Esparciré sobre vosotros
agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras
inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré.
Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo
dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el
corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.
Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que
andéis en mis estatutos y guardéis mis preceptos y
los pongáis por obra. ¿Quién será tan ciego que no
vea y tan de piedra que no se percate de que la
gracia no se confiere según los meritos de la buena
voluntad, cuando el mismo Señor lo atestigua al
decir: No lo hago por vosotros, oh casa de Israel,
sino por causa de mi santo nombre? ¿Por qué,
pues, dijo: No lo hago sino por causa de mi santo
nombre, sino para que nadie creyese en la colación
por los buenos méritos, cual no se avergüenzan de
afirmar los pelagianos? Y no sólo que carecen
totalmente de buenos méritos, sino que sus méritos
malos van delante, lo demuestra al decir: por causa
de mi santo nombre, el cual profanasteis vosotros
entre las naciones. ¿Quién no verá un horrendo
crimen en la profanación del nombre santo de Dios?
Sin embargo, por el mismo nombre mío, dice, que
profanasteis, yo os haré buenos, no por vosotros. Y
santificaré mi nombre grande, el cual profanasteis
vosotros en medio de ellas. Dice que santificará su
nombre, al que antes llamó santo, lo mismo que


406
suplicamos en la oración dominical al decir:
Santificado sea tu nombre,
128
para que santificado
sea en los hombres lo que en sí mismo siempre y
sin duda es santo. Finalmente, añade: Y sabrán las
naciones que yo soy Jehová, dice Jehová el Señor,
cuando sea santificado en vosotros delante de sus
ojos. Siendo, por consiguiente, El santo, se santifica,
sin embargo, en aquellos a quienes da su gracia,
arrancándoles el corazón de piedra, por el que
profanaron el nombre de Dios.
Capitulo Xv
Pura que no se piense en la inutilidad del libre al-
bedrío por los hombres, dícese en el Salmo: No
endurezcáis vuestro corazón.
129
Y por el mismo
profeta Ezequiel: Echad de vosotros todas vuestras
transgresiones con que habéis pecado, y haceos un
corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué
moriréis, casa de Israel? Porque no quiero la
muerte del que muere, dice Jehová el Señor;
convertíos, pues, y viviréis.
130
Reparemos que dice:
Convertíos, pues, y viviréis, a quien nosotros
decimos: Haznos volver, Dios de nuestra
salvación.
131
Recordemos que dice: Echad de
vosotros todas vuestras transgresiones. Siendo así
que El es aquel que justifica al impío.
132
Advertid que
dice: Haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo,
quien en otra ocasión asegura: Os daré corazón
nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de

128
Mat. 6.9
129
Sal. 94.8
130
Eze. 18.31-32
131
Sal. 85.5 y 80.8 (BJ)
132
Rom. 4.5


407
vosotros.
133
¿Cómo, pues, nos asegura que nos
dará quien nos dice: Haceos? ¿Por qué nos manda,
si El nos lo dará? ¿Por qué lo da, si el hombre lo ha
de hacer, sino porque da lo que manda cuando
ayuda a cumplir lo mandado? Siempre, por tanto,
gozamos de libre voluntad; pero no siempre ésta es
buena; porque o bien está exenta de justicia, si al
pecado sirve, o bien está exenta de pecado, si sirve
a la justicia, y entonces es buena. Mas la gracia de
Dios siempre es buena y hace que tenga buena
voluntad el hombre que antes la tenía mala. Por ella
se logra que la misma buena voluntad que se inició
aumente y crezca tanto, que llegue a poder cumplir
los divinos preceptos, cuando con toda eficacia lo
quiera. Refiérese a esto lo que se escribió: Si tu
quieres, guardarás los mandamientos,
134
para que,
si alguien quisiere y no pudiere, conozca que to-
davía no quiere con plena eficacia. Ore, pues, a fin
de lograr tanta voluntad cuanta menester es para
cumplir los mandatos. Así, son todos ayudados en el
cumplimiento de los preceptos, ya que vale el querer
cuando podemos y vale el poder cuando queremos;
porque ¿a qué serviría el querer, si no podemos, o el
poder, si no queremos?
Capitulo Xvi
Los pelagianos creen saber algo de mucha
importancia cuando dicen «que Dios no manda lo
que sabe no puede cumplir el hombre». ¿Quién esto
ignora? Mas precisamente por eso ordena Dios
algunas cosas que no podemos cumplir, para que
sepamos lo que le debemos pedir. Es una misma la

133
Eze. 36.26
134
Si 15.15 (BJ)


408
fe que por la oración implora lo que la ley manda.
Finalmente, quien dijo: Si tu quieres, guardarás los
mandamientos, en el mismo libro del Eclesiástico,
poco después dice: ¡Quién pusiera una guarda a mi
boca y un sello de circunspección a mis labios para
que por ellos no cayese y no me perdiera,
preservando del mal mi lengua!
135
Por cierto, el
mandato estaba dado: Guarda tu lengua del mal, y
tus labios de hablar engaño.
136
Si, pues, verdad es
lo que dijo: Si tu quieres, guardarás los
mandamientos, ¿por qué luego le interesa una
guarda para su boca, como en otro salmo: Pon
guarda a mi boca, oh Jehová?
137
¿Por qué no le
basta el divino precepto y su voluntad, toda vez que,
si quiere, puede guardar los mandatos? Muchos son
los preceptos divinos contra la soberbia. Los conoce.
Si quiere, podrá guardarlos. ¿Por qué, pues, dice
luego: Señor, Padre y Dios de mi vida, la
provocación en la mirada no me la des? La ley ya le
había mandado: No codiciarás.
138
Quiera y cumplirá,
porque si quisiere, podrá guardar los mandatos.
¿Por qué, pues, dice luego: Aparta de mí la
concupiscencia? Y contra la lujuria también Dios
mandó muchas cosas; cúmplalas, porque, si quiere,
puede guardar los mandatos; entonces, ¿por qué
dama al Señor: No se adueñen de mí los placeres y
la sensualidad?
139
Si todas estas cosas y cuanto al
Señor pedimos en la oración se lo dijésemos a El en
presencia, con muchísima razón nos respondería: Si
tu quieres, guardarás los mandamientos. Es

135
Si. 22.33
136
Sal. 34.13
137
Sal. 141.3
138
Éxo. 20.17
139
Si. 22,4-6


409
indudable que, si queremos, podemos cumplir lo
ordenado. Mas como nuestra voluntad es por Dios
preparada, razón es que tanta voluntad le pidamos
cuanta suficiente sea para que queriendo
cumplamos. Cierto que queremos cuando
queremos; pero aquél hace que queramos el bien,
del que fue dicho: La voluntad es preparada por el
Señor,
140
y Por Jehová son ordenados los pasos del
hombre, y él aprueba su camino,
141
y Dios es el que
en vosotros produce el querer.
142
Sin duda que
nosotros obramos cuando obramos; pero El hace
que obremos al dar fuerzas eficacísimas a la
voluntad, como lo dijo: Haré que andéis en mis
estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis
por obra.
143
Cuando dice: Haré que andéis, ¿qué
otra cosa dice sino arrancaré de vosotros el corazón
de piedra, por el que no obráis, y os daré el corazón
de carne, por el que obraréis? Y esto, ¿quizá es otra
cosa que os quitaré el corazón duro, que os impedía
obrar, y os daré un corazón obediente, que obrar os
haga? Aquel a quien dice el hombre: Pon guarda a
mi boca, oh Jehová, hace que nosotros obremos, ya
que esta frase equivale a decir: Haz, Señor, que yo
ponga una guarda a mi boca, beneficio que ya había
logrado quien dijo: Pondré un freno en mi boca.
144

Capitulo Xvii
Quien, por tanto, cumplir desea el mandato de Dios
y no puede, ya cuenta con una buena voluntad, pero

140
Prov. 8, sec. LXX
141
Sal. 37.23
142
Fil. 2.13
143
Eze. 36.27
144
Sal. 39.2 (BJ)


410
todavía endeble y ruin. Ya podrá cuando la tenga
fuerte y firme. Cuando los mártires cumplieron
aquellos grandes manatos, muy de grado los
cumplieron, es decir, con gran caridad; de la cual
dijo el Señor: Nadie tiene mayor amor que éste, que
uno ponga su vida por sus amigos.
145
Por lo que
dice el Apóstol: Porque el que ama al prójimo, ha
cumplido la ley pues No adulterarás, No matarás, No
hurtarás, No codiciarás y cualquier otro precepto, en
esta sentencia se resume: Amarás a u prójimo como
a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo, así que
el cumplimiento de la ley es el amor.
146
Esta caridad
no la tenía el apóstol San Pedro cuando de miedo
negó al Señor tres veces. La caridad no tiene miedo,
como dice San Juan en su Epístola, sino el perfecto
amor echa fuera el temor.
147
Mas siquier poco e
imperfectamente, ya amaba, pues decía: Mi vida
pondré por ti.
148
Creyó poder lo que sentía querer. Y
¿quién comenzado había a dar este amor, siquier
pequeño e imperfecto, sino el que prepara la
voluntad y cooperando perfecciona lo que por obra
inicia? Porque en verdad comienza El a obrar para
que nosotros queramos, y cuando ya queremos, con
nosotros coopera para perfeccionar la obra. Por ello,
dice el Apóstol: Estando convencido de esto: que el
que en vosotros comenzó la buena obra, la
perfeccionará hasta el día de Cristo.
149
Por
consiguiente, para que nosotros queramos, sin
nosotros a obrar comienza, y cuando queremos y de
grado obramos, con nosotros coopera. Con todo, si

145
Juan 15.13
146
Rom. 14.8-10
147
1 Jn. 4.18
148
Juan 13.37
149
Fil. 1.6


411
El no obra para que queramos o no coopera cuando
ya queremos, nada en orden a las buenas obras de
piedad podemos. De la acción de Dios para que
nosotros queramos está escrito: Dios es el que en
vosotros produce el querer;
150
y dc la acción con la
que coopera cuando ya querernos y de voluntad
obrarnos dijo el Apóstol: Sabemos que a los que
aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien.
151

¿Qué significa ese todas las cosas sino hasta las
mismas terribles y violentas pasiones? Porque la
carga aquella de Cristo que a la enfermedad pesada
le resulta, la aligera la caridad. A quienes ésta viven
les dijo Cristo que su carga era ligera, como le
resultó a San Pedro cuando por Cristo sufrió, no
cuando le negó.
34. Recomendando el Apóstol esta caridad, o
más bien, esta voluntad de amor divino
inflamadísimo, dice: ¿Quién nos separará del amor
de Cristo? ¿Tribulación o angustia, o persecución, o
hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como
está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el
tiempo; Somos contados como ovejas de matadero.
Antes en todas estas cosas somos más que
vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo
cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni
ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo
presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni
ninguna otra cosa creada nos podrá separar del
amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor
nuestro.
152
Y en otro lugar dice: Mas yo os muestro
un camino aun más excelente. Si yo hablase

150
Fil. 2.13
151
Rom. 8.28
152
Rom. 8.35-39


412
lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor,
vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que
retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los
misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal
manera que trasladase los montes, y no tengo amor,
nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar
de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo
para ser quemado, y no tengo amor, de nada me
sirve. El amor es sufrido, es benigno; el amor no
tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se
envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo,
no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la
injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre,
todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El
amor nunca deja de ser. Y un poco después: Y
ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor,
estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.
Seguid el amor.
153
Y también dice a los Gálatas:
Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis
llamados; solamente que no uséis la libertad como
ocasión para la carne, sino servíos por amor los
unos a los otros. Porque toda la ley en esta sola
palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo.
154
Igual que dice a los Romanos: El que ama
al prójimo, ha cumplido la ley.
155
Y a los Colosenses:
Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es
el vínculo perfecto.
156
Y a Timoteo: Pues el propósito
de este mandamiento es el amor.
157
Y determinando
mejor su especie, añade: De corazón limpio, y de
buena conciencia, y de fe no fingida. Y cuando a los

153
1 Cor. 12.31-13.8, 13; 14.1
154
Gál. 5.13-14
155
Rom. 13.8
156
Col. 3.14
157
1 Tim. 1.5


413
Corintios dice: Todas vuestras cosas sean hechas
con amor,
158
ya muestra que aun las correcciones
duras y amargas, con caridad es menester hacerlas.
Y por eso, al decir en otro lugar: También os
rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos,
que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a
los débiles, que seáis pacientes para con todos.
159

Añade: Mirad que ninguno pague a otro mal por
mal. Luego también cuando se corrige a los
inquietos, no mal por mal, sino el bien se les
devuelve. Y ¿dc qué es efecto todo esto sino de la
caridad?
35. El apóstol San Pedro dijo: Y ante todo, tened
entre vosotros ferviente amor; porque el amor
cubrirá multitud de pecados.
160
Y el apóstol
Santiago: Si en verdad cumplís la ley real, conforme
a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo,
bien hacéis.
161
Y San Juan en una de sus cartas: El
que ama a su hermano, permanece en la luz.
162
Y
en otro lugar: Todo aquel que no hace justicia, y que
no ama a su hermano, no es de Dios. Porque este
es el mensaje que habéis oído desde el principio:
Que nos amemos unos a otros.
163
Y en el mismo
capítulo: Y este es su mandamiento: Que creamos
en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos
unos a otros.
164
Y con otra ocasión dice: Y nosotros
tenemos este mandamiento de él: El que ama a

158
1 Cor. 16.14
159
1 Tes. 5.14-15
160
1 Ped. 4.8
161
Stg. 2.8
162
1 Jn. 2.10
163
1 Jn. 3.10-11
164
1 Jn. 10.23


414
Dios, ame también a su hermano.
165
Poco después:
En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios,
cuando amamos a Dios, y guardamos sus
mandamientos. Pues este es el amor a Dios, que
guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos
no son gravosos.
166
Y en la Carta segunda del
mismo apóstol está escrito: No como escribiéndote
un nuevo mandamiento, sino el que hemos tenido
desde el principio, que nos amemos unos a otros.
167

36. Nuestro Señor Jesucristo enseña que todo el
cumplimiento de la ley y de los profetas consiste en
los dos preceptos del amor a Dios y al prójimo. De
los cuales escrito está en el evangelio de San
Marcos: Acercándose uno de los escribas, que los
había oído disputar, y sabía que les había
respondido bien, le preguntó: ¿Cuál es el primer
mandamiento de todos? Jesús le respondió: El
primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el
Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al
Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu
alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas.
Este es el principal mandamiento. Y el segundo es
semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
No hay otro mandamiento mayor que éstos.
168
Y en
el evangelio según San Juan dice también nuestro
Señor: Un mandamiento nuevo os doy: Que os
améis unos a otros; como yo os he amado, que
también os améis unos a otros. En esto conocerán

165
1 Jn. 4.21
166
1 Jn .5.2-3
167
2 Jn 5
168
Mar. 12.28-30


415
todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los
unos con los otros.
169

Capitulo Xviii
37. Todos estos preceptos del amor, es decir, de
la caridad, son de tal naturaleza, que si el hombre
creyese haber hecho algo bueno, pero sin caridad,
totalmente se equivoca. Y en vano se darían al
hombre estos mandatos si no gozara de libre
voluntad. Pero ¿quién, sino el mismo Dios, da a los
hombres este amor a Dios y al prójimo, que por la
ley antigua y la nueva se manda? Bien es de notar
que la gracia prometida en la antigua se da en la
nueva, y que la ley sin la gracia es letra que mata;
con la gracia, en cambio, es espíritu que vivifica. Si
la caridad no procede de Dios, sino de los hombres,
razón tienen los pelagianos; mas si de Dios procede,
hemos vencido a los pelagianos. Sentémonos, pues,
todos en torno al apóstol San Juan, y que éste nos
diga: Carísimos, amémonos los unos a los otros.
170

Y cuando en estas palabras comiencen ya los
pelagianos a ver el albor de su triunfo y digan: «
¿Por qué se nos manda amarnos sino porque de
nosotros depende?», continúa San Juan, y
confundiéndolos dice: Porque el amor procede de
Dios. No viene, pues, de nosotros, sino de Dios. Y si
se nos dice: amémonos los unos a los otros, porque
el amor procede de Dios, es, sin duda, para advertir
a nuestro libre albedrío que buscar debe el don de
Dios. Lo que ciertamente sin fruto alguno se le
advertiría si antes no se le diese algo de caridad, de
manera que en el mismo precepto encuentre ya

169
Juan 13.34-35
170
1 Jn. 4.7 (BC)


416
fuerza para cumplirlo. Cuando se nos dice:
Amémonos los unos a los otros, ley tenemos;
cuando se añade: Porque el amor procede de Dios,
la gracia se anuncia; porque la sabiduría de Dios
lleva en sus palabras la ley y la misericordia.
171
Y
por eso se escribió en el Salmo: Bendición dará el
legislador.
172

38. Nadie, pues, os engañe, hermanos míos; no
amaríamos nosotros a Dios si El primero no nos
hubiese amado a nosotros. Esto mismo dice San
Juan sin ambages: Nosotros le amamos a él, porque
él nos amó primero.
173
La gracia nos hace amantes
de la ley, y la ley sin la gracia, prevaricadores, lo que
consta por las palabras de Nuestro Señor: No me
elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a
vosotros.
174
Si nosotros hubiésemos sido los
primeros, por nuestro mérito nos amaría El: le
habríamos elegido primero nosotros a El para
merecer ser por El elegidos. Pero Dios, que es la
misma verdad, dice bien otra cosa, que a la vanidad
de los hombres abiertamente se opone: No me
elegisteis vosotros a mí. Si, pues, no elegisteis, sin
duda ninguna que no amasteis. Y ¿cómo habían de
elegir a quien no amaban? Sino que yo, dice, os
elegí a vosotros. Y ¿no fue después, cuando ellos le
eligieron y antepusieron a todos los bienes de este
mundo? Mas porque fueron elegidos, eligieron, y no
al contrario. Nulo es el mérito de los hombres que
eligen si la gracia de Dios—elector—no los
previniese, y por eso, bendiciendo San Pablo a los

171
Prov. 3.16, sec. LXX
172
Sal. 83.8
173
1 Jn. 4.19
174
Juan 15.16


417
Tesalonicenses, les dice: El Señor os haga crecer y
abundar en amor unos para con otros y para con
todos.
175
Y esta bendición dio para que nosotros nos
amáramos quien primero dio la ley mandándolo. Y
en otro lugar de la misma carta, porque ya en
algunos veía realizado su deseo, dice: Debemos
siempre dar gracias a Dios por vosotros, hermanos,
como es digno, por cuanto vuestra fe va creciendo, y
el amor de todos y cada uno de vosotros abunda
para con los demás.
176
Dijo esto para que no se
envanecieran de tanta gracia de Dios recibida,
creyéndola quizá cosa propia. Porque se acrecienta
vuestra fe y abunda la caridad entre vosotros,
hemos de dar gracias al Señor y no alabaros a
vosotros, como si esto se debiese a vuestras
personas.
39. Escribiendo a Timoteo, dice: Porque no nos ha
dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de
amor y de dominio propio.
177
Y hemos de evitar, en
la interpretación de estas palabras del Apóstol, el
juzgarnos faltos del temor de Dios, que es don
excelso suyo, del cual dice Isaías: Y reposará sobre
él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de
inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu
de conocimiento y de temor de Jehová.
178
No el
temor por el que Pedro negó a su Maestro, sino el
espíritu de aquel temor al que Cristo se refería
cuando dijo: Temed a aquel que después de haber
quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno;

175
1 Tes. 3.12
176
2 Tes. 1.3
177
2 Tim. 1.7
178
Isa. 11.2-3


418
sí, os digo, a éste temed.
179
No importa el temor por
el que podríamos negarlo y que ofuscó a San Pedro.
Este temor lejos de nosotros debe estar; así lo dijo
Jesucristo: No temáis a los que matan el cuerpo, y
después nada más pueden hacer.
180
No recibimos el
espíritu de este temor, sino el de fortaleza, caridad y
templanza. De este espíritu dice el Apóstol
escribiendo a los Romanos: Nos gloriamos en las
tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce
paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el
carácter probado, esperanza; y la esperanza no
desilusiona, porque el amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones por medio del
Espíritu Santo que nos fue dado.
181
Que la
tribulación, por consiguiente, no termine con la
paciencia, sino más bien la produzca, no se debe a
nosotros y sí al Espíritu Santo, que nos fue dado; a
esa caridad don de Dios como enseña el Apóstol:
Paz, dice éste a los Efesios, sea a los hermanos, y
amor con fe.
182
Grandes bienes; pero diga de dónde
proceden. Y contesta: De Dios Padre y del Señor
Jesucristo. Grandes bienes son éstos, en verdad,
mas pura gracia de Dios.
Capitulo Xix
40. Y no es esto de maravillar, si la luz luce en las
tinieblas, pero las tinieblas no la abrazan. En San
Juan dice la luz: Mirad cuál amor nos ha dado el
Padre, para que seamos llamados hijos de Dios.
183
y

179
Luc. 12.5
180
Luc. 12.4
181
Rom. 5.3-5
182
Efe. 6.23
183
i Jn. 3.1


419
en los pelagianos, las tinieblas dicen: «El amor a
nosotros, de nosotros mismos procede>. Mas si
tuvieran la verdadera, es decir, la cristiana caridad,
sabrían bien de dónde procede, porque San Pablo
escribe: Nosotros no hemos recibido el espíritu del
mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para
que sepamos lo que Dios nos ha concedido.
184
Y
San Juan en su primera carta escribe: Dios es
amor.
185
Los pelagianos afirman que a Dios lo
poseen ellos no por gracia del Señor, sino por virtud
propia; y si bien confiesan que el conocimiento de la
ley a nosotros de Dios nos viene la caridad, en
cambio, creen poseerla por sí mismos. Y no oyen al
Apóstol, que dice: El conocimiento envanece, pero el
amor edifica.
186
Y ¿puede concebirse algo más sin
razón y descabellado y ajeno a la santidad del amor
que el estimar procedente de Dios la ciencia, que sin
la caridad hincha, y la caridad de nosotros mismos?
Y diciendo el Apóstol el amor de Cristo excede a
todo conocimiento,
187
¿cómo se atreven a decir que
la ciencia, inferior a la caridad, procede de Dios, y
que la caridad, que supera toda ciencia, procede de
los hombres? Mas la verdadera fe y la doctrina sana
enseñan que ambas proceden de Dios, porque
escrito está: Del semblante de Dios procede la
ciencia y el entendimiento;
188
y también: El amor
procede de Dios;
189
y espíritu de sabiduría y de
inteligencia, espíritu de poder, de amor y de dominio
propio.
190
Mayor don es la caridad que la ciencia,

184
1 Cor. 2.12
185
1 Jn. 4.16
186
1 Cor. 8.1
187
Efe. 3.19
188
Prov. 2 Sec. LXX
189
i Jn. 4.7
190
Isa. 11.2 y 2 Tim. 1.7


420
toda vez que ésta, al darse en el hombre, necesita
de la caridad para no hincharse. El amor no tiene
envidia, el amor no es jactancioso, no se
envanece.
191

Capitulo Xx
41. Antójaseme haber ya bastante hablado
contra los que combaten la gracia de Dios, que no
anula la humana voluntad, sino que de mala la hace
buena y luego le ayuda. Mejor dicho, más bien que
yo, ha sido la misma sagrada Escritura la que
elocuentísimos testimonios de verdad con vosotros
ha departido. Y si con diligencia estudiáis estas
divinas Escrituras, veréis que Dios no sólo hace
buenas las malas voluntades y por el bien de actos
honestos a la vida eterna las encamina, sino que el
querer de los hombres en las manos de Dios está
siempre.
El lo inclina a donde quiere y cuando quiere, ora a
prestar favores o bien a infligir penas, según su
beneplácito y de acuerdo con sus juicios ocultísimos,
sí; pero cargadísimos de razón. Encontramos a
veces que los pecados penas son de otros, cual los
vasos de ira, aptos para la perdición de que habla
San Pablo; o el endurecimiento del Faraón, medio
para mostrar el Señor su poder; o la fuga de los
israelitas ante el enemigo de la ciudad de Gai; el
temor se apoderó de sus ánimos y huyeron, y así
aconteció para ser vengado con justicia el pecado
del pueblo. Por lo que dijo el Señor a Josué: Por
esto los hijos de Israel no podrán hacer frente a sus
enemigos, sino que delante de sus enemigos

191
1 Cor. 13.4


421
volverán la espalda.
192
¿Qué significa el no podrán
hacer frente? ¿Por qué siendo libres fue ganada por
el temor su voluntad y huyeron, sino porque el Señor
impera sobre las voluntades de los hombres y sume
en el terror a los que quiere? ¿No combatieron
acaso por propia voluntad los enemigos de Israel
contra el pueblo de Dios, mandado por Josué? La
sagrada Escritura nos da la razón: Porque esto vino
de Jehová, que endurecía el corazón de ellos para
que resistiesen con guerra a Israel, para
destruirlos.
193
Y aquel malvado hijo de Gera, ¿
acaso no maldecía a David por propia y libre
voluntad? Y con todo, ¿qué dijo David, lleno de
profunda y santa sabiduría, a quien pretendía
vengarle? ¿Qué tengo yo con vosotros hijos de
Sarvia? Si él así maldice, es porque Jehová le ha
dicho que maldiga a David. ¿Quién, pues, le dirá:
¿Por qué lo haces así?
194
Y luego, la divina Es-
critura, como recomendando el pleno sentir del rey,
toma desde el principio y dice: Y dijo David a Abisai
y a todos sus siervos: He aquí, mi hijo que ha salido
de mis entrañas, acecha mi vida; ¿cuánto más ahora
un hijo de Benjamín? Dejadle que maldiga, pues
Jehová se lo ha dicho. Quizá mirará Jehová mi
aflicción, y me dará Jehová bien por sus maldiciones
de hoy». ¿Quién será el sabio que entender pueda
cómo el Señor dijo a este hombre que maldijese a
David? No se lo dijo mandando, pues en tal caso
habríamos de alabarle por su obediencia, sino que,
por oculto y justo designio, inclinó Dios la voluntad,
viciada de mal propio, hacia el pecado, y por eso
está escrito: Jehová le ha dicho. Si de obediencia al

192
Jos. 7.4-12
193
Jos. 11.20
194
2 Sam. 16.5-12


422
Señor se tratara, razón habría más bien para
alabarle que para castigo, como por este pecado
sabemos que fue después afligido. Y no se calla en
esta ocasión la causa por qué dijo el Señor que
maldijese a David o, con otras palabras, por qué el
Señor dejó caer en el pecado al corazón malo de
aquel hombre. Quizá mirará Jehová mi aflicción, y
me dará Jehová bien por sus maldiciones de hoy. Y
por este relato queda manifiesto que el Señor
emplea las malas voluntades para alabanza y ayuda
de los buenos. Así, empleó a Judas cuando entregó
a Cristo, y así, empleó a los Judíos que crucificaron
a Cristo. Y ¡cuántos bienes de ahí se siguieron a los
pueblos creyentes! Y también de manera sa-
pientísima emplea el Señor a nuestro pésimo
enemigo con el fin de ejercitar y probar la fe y la
piedad de los buenos. Nada busca el Señor para sí,
que todo lo conoce y sabe antes de que se realice;
sino para nosotros, quienes necesitamos pasar por
esto o por aquello. ¿No eligió libremente Absalón el
consejo que le convenía? Y con todo, así lo hizo,
porque el Señor había oído la oración de su padre,
por lo cual dice la Escritura: Jehová había
determinado que el acertado consejo de Ajitofel se
frustrara, , para que Jehová hiciese caer el mal
sobre Absalón.
195
Dijo acertado porque en aquel
momento aprovechaba a su causa, que era terminar
con su padre, ya que contra él se había rebelado, y
por cierto que lo lograra si el Señor, obrando en el
corazón de Absalón, no hubiese disipado el buen
consejo de Ajitofel, de manera que Absalón lo
desechó y eligió lo que de ningún modo le convenía.

195
2 Sam. 17.14 (RVA)


423
Capitulo Xxi
42. Quién, pues, no temblará ante estos juicios
divinos, por los que Dios obra en el corazón de los
malos lo que quiere, dando a cada uno según sus
méritos? Roboam, hijo de Salomón, despreció el
consejo saludable de los ancianos, en no tratar con
dureza al pueblo, y asintió al de los jóvenes,
respondiendo con amenazas a quienes dulzura
debía. Y ¿no obró con entera libertad? Mas por esto
se le apartaron diez de las tribus, que tomaron por
rey a Jeroboam, cumpliéndose de este modo la vo-
luntad de Dios airado, que así lo había predicho.
¿Qué dice la Escritura? Y no oyó el rey al pueblo;
porque era designio de Jehová para confirmar la
palabra que Jehová había hablado por medio de
Ahías silonita a Jeroboam hijo de Nabat.
196
Se
cumplió esto por voluntad del hombre, mas
disposición de Dios fue. Leed el libro de las
Crónicas: Entonces Jehová despertó contra Joram la
ira de los filisteos y de los árabes que estaban junto
a los etíopes; y subieron contra Judá, e invadieron la
tierra, y tomaron todos los bienes que hallaron en la
casa del rey.
197
Se descubre en tales palabras que
el Señor suscita enemigos que talen los países
dignos de tal pena. ¿Acaso filisteos y árabes
subieron sin querer a la tierra de Judá, o si con
voluntad lo hicieron, falsamente está escrito que
despertó el Señor el espíritu de esos enemigos?
Más bien, ambos sentires están en lo cierto, porque
por libre voluntad subieron, y con todo, el Señor
despertó su espíritu. Lo que podemos invertir
diciendo que Dios despertó su espíritu, y con todo,

196
1 Rey. 12.15
197
2 Crón. 21.16-17


424
por libre voluntad subieron. Imprime el Omnipotente
en el corazón de los hombres un movimiento de sus
propias voluntades, de manera que por ellos hace
cuanto quiere quien jamás supo querer injusticia.
¿Qué dijo el hombre de Dios al rey Amasías? Rey,
no vaya contigo el ejército de Israel; porque Jehová
no está con Israel, ni con todos los hijos de Efraín.
Pero si vas así, si lo haces, y te esfuerzas por
pelear, Dios te hará caer delante de los enemigos;
porque en Dios está el poder, o para ayudar, o para
derribar.
198
¿Cómo es que el poder de Dios ayuda a
algunos en la guerra, y a otros, invadiéndolos de
terror, los hace huir, sino porque en el cielo y en la
tierra cumple todo lo que quiere y aun obra en los
corazones de los hombres? Leemos qué dijera Joás,
rey de Israel, por un embajador al rey Amasías, que
quería la guerra, porque la contestación fue:
Quédate en tu casa. ¿Para qué te metes en un mal,
para que caigas tú y Judá contigo?
199
Y añade la
Escritura: Mas Amasías no quiso oir; porque era la
voluntad de Dios, que los quería entregar en manos
de sus enemigos, por cuanto habían buscado a los
dioses de Edóm.
200
He aquí que, queriendo el Señor
vengar el pecado de idolatría, movió su corazón
para que no oyera el aviso saludable—ya que airado
justamente con él estaba—y fuese a la guerra, en la
que perecería con todo su ejército. Por el profeta
Ezequiel dice el Señor: Y cuando el profeta fuere
engañado y hablare palabra, yo Jehová engañé al
tal profeta; y extenderé mi mano contra él, y lo
destruiré de en medio de mi pueblo Israel.
201
Cuenta

198
2 Crón. 25.7-8
199
2 Rey. 14.9-10
200
2 Crón. 25.20
201
Eze. 14.9


425
la Sagrada Escritura que Ester fue una joven del
pueblo de Israel que el extranjero rey Asueto tomó
por esposa en la tierra de la cautividad. Dio el rey
orden de exterminar a todo el pueblo de Israel, y
teniendo que interceder la joven reina por su pueblo
ante el rey, que ni la había llamado ni dado permiso,
Ester oró al Señor. Y ved qué dice la Escritura:
Levantando el rostro radiante de majestad, en el
colmo de su ira, dirigió su mirada, y al punto la reina
se desmayó, y demudado el rostro, se dejó caer
sobre la sierva que la acompañaba. Pero mudó Dios
el espíritu del rey en mansedumbre.
202
Dícese en los
Proverbios de Salomón: Como los repartimientos de
las aguas, así está el corazón del rey en la mano de
Jehová; a todo lo que quiere lo inclina.
203
Y en el
salmo centésimo quinto leemos lo que el Señor
mandó a los egipcios: Cambió el corazón de ellos
para que aborreciesen a su pueblo, pera que contra
sus siervos pensasen mal.
204
Y si mirarnos las
cartas apostólicas, vemos que San Pablo,
escribiendo a los Romanos, dice: Por lo cual
también Dios los entregó a la inmundicia.
205
Unas
líneas más abajo: Por esto Dios los entregó a
pasiones vergonzosas. Y como ellos no aprobaron
tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una
mente reprobada, para hacer cosas que no
convienen. El mismo Apóstol, en la segunda Carta
que escribió a los fieles de Tesalónica, dice de
algunos: Por cuanto no recibieron el amor de la
verdad para ser salvos. Por esto Dios les envía un
poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de

202
Ester 5 sec. LXX
203
Prov. 21.1
204
Sal. 105.25
205
Rom. 1.24-25,28


426
que sean condenados todos los que no creyeron a la
verdad, sino que se complacieron en la injusticia.
206

43. Con estos testimonios divinos y otros
semejantes, que sería largo enumerar ha quedado
bien patente, a mi entender, que Dios obra en el
corazón de los hombres con el fin de inclinar las
voluntades humanas donde El quisiere, ya con
misericordia hacia el bien, ya de acuerdo con sus
méritos hacia el mal, en virtud siempre de su
designio, a veces claro, otras oculto, pero sin
excepción justo. Indeleblemente grabado en vuestro
corazón debéis tener que en Dios no hay
injusticia.
207
Y por eso, cuando leéis en los libros
sagrados que Dios seduce a los hombres o que
endurece o embota sus corazones, estad seguros
que sus méritos malos han sido la causa de todo
cuanto padecen, y por cierto con razón; y no
incurráis nunca en aquello que reprueban los
Proverbios de Salomón: La necedad del hombre
pervierte su camino, y luego su corazón se enoja
contra Jehová.
208
La gracia, en cambio, no se da
según los méritos, puesto que en caso contrario la
gracia ya no sería gracia. Se llama de hecho gracia
porque gratis se da. Si tan poderoso es Dios que
obrar puede por los ángeles buenos o malos, o por
cualquier otro medio, en el corazón de los malos
según sus méritos, teniendo presente que la malicia
de éstos no es de Dios hechura, sino procedente del
pecado original o de la propia voluntad, ¿nos
maravillaremos que por el Espíritu Santo obre el

206
2 Tes. 2.10-12
207
Rom. 9.14
208
Prov. 19.3 (VM)


427
bien en el corazón de sus elegidos quien de
corazones malos los hizo buenos?
Capitulo Xxii
Supongan precedentes para ser justificados por la
gracia de Dios cuantos méritos buenos quieran, sin
percatarse que así niegan la gracia de Dios; pero
supónganlos para las personas mayores, porque en
cuanto a los niños, los pelagianos no saben qué
responder, toda vez que éstos carecen del mérito de
una voluntad precedente, y además, cuando son
bautizados, parecen resistirse con lágrimas a recibir
los divinos sacramentos, lo que como grave pecado
contra la piedad se les imputaría si gozasen del libre
albedrío. Y con todo y resistiéndose, la gracia de
Dios se les confiere sin que preceda ningún mérito
bueno, pues en caso contrario, la gracia ya no sería
gracia. Y a veces se da la gracia a hijos de infieles
cuando, por una oculta providencia de Dios, caen en
manos de fieles cristianos; otras se quedan sin ella
los hijos de los fieles, por surgir un obstáculo y no
haber quien venga en su ayuda. Acontece todo esto
por una secreta providencia de Dios, cuyos juicios
son insondables e inescrutables sus caminos, como
dijo el Apóstol. Mas para que veáis la razón de estas
palabras, reparad en lo que venía diciendo: Trataba
de los Judíos y de los Gentiles y escribía a los
Romanos: Pues como vosotros también en otro
tiempo erais desobedientes a Dios, pero ahora
habéis alcanzado misericordia por la desobediencia
de ellos, así también éstos ahora han sido
desobedientes, para que por la misericordia
concedida a vosotros, ellos también alcancen
misericordia. Porque Dios sujetó a todos en


428
desobediencia, para tener misericordia de todos.
209

Y al reparar en sus palabras, admirando la certísima
verdad de su sentir, mas también su gran
profundidad—pues concluye que Dios a todos nos
encerró en la infidelidad para de todos
compadecerse—, como haciendo el mal para lograr
el bien, exclama y dice: ¡Oh profundidad de las
riquezas, de la sabiduría y de la ciencia de Dios!
¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables
sus caminos! Y no pensando ni en estos juicios ni en
estos caminos, los hombres perversos, siempre
prontos al vituperio cuanto tardos a entender,
achacaban al Apóstol aquello de: Hagamos males
para que vengan bienes.
210
Lo que no puede estar
más lejos del sentir del Apóstol; mas tal entendían
los torpes cuando el Apóstol escribía: Pero la ley se
introdujo para que el pecado abundase; mas cuando
el pecado abundó, sobreabundó la gracia.
211
La
gracia hace que los que mal obraban hagan el bien,
no que perseveren en el mal y crean por ello recibir
el bien. No deben, pues, decir: Hagamos males para
que vengan bienes, sino: «Hicimos el mal y nos vino
el bien»; razón es que por eso hagamos el bien,
para que en la vida futura recibamos bien por bien
quienes en ésta recibimos bien por mal. Por eso
está escrito en el Salmo: Misericordia y juicio
cantaré,
212
porque. antes no envió Dios a su Hijo al
mundo para condenar al mundo, sino para que el
mundo sea salvo por él,
213
y esto por misericordia;
después, en cambio, vendrá para juzgar a los vivos

209
Rom. 11.30-33
210
Rom. 3.8
211
Rom. 5.20
212
Sal. 101.1
213
Juan 3.17


429
y a los muertos, bien que nadie se salve sin ser
juzgado secretamente, por lo que se escribió: Para
juicio he venido yo a este mundo; para que los que
no ven, vean, y los que ven, sean cegados.
214

Capitulo Xxiii
Reducid siempre a los secretos juicios de Dios cuan-
to referirse pueda al mal hereditario que los niños al
nacer traen de Adán, como el que éste sea
bautizado y aquél muera sin el bautismo; igual que
conservar en la vida al bautizado que Dios sabe ha
de ser un impío y que el otro. bautizado también, se
lo lleva Dios de esta vida para que la maldad no
pervirtiese su inteligencia y el engaño no extraviase
su alma. Y no llaméis a Dios injusto ni ignorante,
porque en El está la fuente de la sabiduría y justicia.
Más bien, como al principio de este libro os he
exhortado, sentid la vocación a la que habéis
llegado, pues Dios os lo revelará, si no en esta vida,
ciertamente en la otra, porque nada hay encubierto,
que no haya de ser manifestado; ni oculto que no
haya de saberse.
215
Cuando, pues, oigáis que dice
el Señor: Yo Jehová engañé al tal profeta,
216
y lo
que dice el Apóstol: De quien quiere tiene
misericordia, y al que quiere endurecer, endurece,
217

entended en el permitir que aquél sea seducido o
endurecido; entended, digo, sus méritos malos,
como en el compadecerse del otro entender debéis
la gracia de Dios, que no vuelve mal por mal, sino
bien por mal, y esto confesadlo fiel e

214
Juan 9.39
215
Mat. 10.26
216
Eze. 14.9
217
Rom. 9.18


430
indubitablemente. Y no creáis a Faraón sin libre
voluntad porque en muchos lugares de la Sagrada
Escritura leáis: Yo endurecí a Faraón; o endurecí o
endureceré el corazón de Faraón.
218
De hecho, el
corazón de Faraón se endureció, porque así lo dice
la Escritura al contar que desapareció de los egip-
cios el tábano: Mas Faraón endureció aun esta vez
su corazón, y no dejó ir al pueblo.
219
De esta
manera, Dios, por su justo juicio, endureció el
corazón de Faraón, y éste se endureció por su libre
albedrío. Estad, pues, ciertos que no trabajaréis en
vano si aprovecháis en el buen propósito
perseverando hasta el fin. El Señor, que a los suyos
no da ahora según sus obras, entonces a cada uno
le dará según sus méritos. De hecho, Dios dará mal
por mal, porque es justo, y bien por mal, porque es
bueno, y bien por bien, porque bueno y justo es.
Únicamente no dará mal por bien, porque injusto no
es. En resumen: dará mal por mal, es decir, pena
por pecado; bien por mal, o gracia por la iniquidad, y
bien por bien, lo que equivale a gracia por gracia.
Capitulo Xxiv
46. Leed con asiduidad este libro, y si lo
entendéis, dad gracias a Dios; si no, orad para
entenderlo. Dios, el Señor, os dará entendimiento.
Acordaos que está escrito: Y si alguno de vosotros
tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a
todos abundantemente y sin reproche, y le será
dada.
220
Esa es la sabiduría que viene de arriba,
como lo dice el mismo apóstol Santiago. Y rechazad

218
Éxo. 7.3
219
Éxo. 8.32
220
Stg. 1.5


431
aquella otra que detesta el mismo apóstol y pedid
que nunca esté en vosotros. Recordad aquellas
palabras: Pero si tenéis celos amargos y contención
en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la
verdad; porque esta sabiduría no es la que
desciende de lo alto, sino terrenal, animal diabólica.
Porque donde hay celos y contención, allí hay
perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría
que es de lo alto es primeramente pura, después
pacífica, amable benigna, llena de misericordia y de
buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía.
221

¿De qué bien carecerá quien esta sabiduría pidiera y
lograra del Señor? Y tomadla por verdadera gracia,
porque si nuestra fuese esta sabiduría, no vendría
de arriba ni a Dios habría que pedirla. Hermanos,
rogad también por mí, para que vivamos sobria,
justa y piadosamente en este siglo, con la
bienaventurada esperanza en la venida gloriosa del
gran Dios y de nuestro Salvador, Cristo Jesús, a
quien se debe honor y gloria y reino con el Padre y
el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.




221
Stg. 3.14-17

III SUPLEMENTAR HACIENDO REFERENCIA A DOS DESARROLLOS CRISTOLÓGICOS RECIENTES. 192 CAPÍTULO VII. LA DOCTRINA DE LA EXPIACIÓN DESDE ANSELMO Y ABELARDO A LA REFORMA (SIGLOS ONCE AL DIECISÉIS) _______________ 194 CAPÍTULO VIII. LA DOCTRINA DE LA APLICACIÓN DE LA REDENCIÓN; LA JUSTIFICACIÓN POR LA FE; LA REGENERACIÓN, ETC. EL PROTESTANTISMO Y EL CATOLICISMO ROMANO (SIGLO DIECISÉIS) ________________ 226 CAPÍTULO IX. LA TEOLOGÍA POSTERIOR A LA REFORMA; LUTERANISMO Y CALVINISMO NUEVAS INFLUENCIAS ACTIVAS SOBRE LA TEOLOGÍA Y SUS RESULTADOS EN EL RACIONALISMO (SIGLOS DIECISIETE Y DIECIOCHO) _______________________________ 260 CAPÍTULO X. REFORMULACIÓN MODERNA DE LOS PROBLEMAS DE LA TEOLOGÍA, LA DOCTRINA DE LAS POSTRIMERÍAS (SIGLO DIECINUEVE) ______________________________ 291 APÉNDICE _________________________________ 337 NOTAS DEL AUTOR _________________________ 337 EPÍSTOLA A DIOGNETO_____________________ 341
Epílogo_______________________________________ 351

IV DOCTRINA DE LOS APÓSTOLES (DOCTRINA APOSTOLORUM) ___________________________ 366 TRATADOS SOBRE LA GRACIA. DE SAN AGUSTÍN. DE LA GRACIA Y DEL LIBRE ALBEDRÍO______ 370
Capitulo I ____________________________________ 370 Capítulo Ii ____________________________________ 371 Capitulo Iii ___________________________________ 376 Capitulo Iv ___________________________________ 377 Capitulo V____________________________________ 382 Capítulo Vi ___________________________________ 386 Capitulo Vii___________________________________ 389 Capitulo Viii __________________________________ 391 Capitulo Ix ___________________________________ 394 Capitulo X____________________________________ 395 Capitulo Xi ___________________________________ 397 Capitulo Xii___________________________________ 398 Capitulo Xiii __________________________________ 400 Capitulo Xiv __________________________________ 402 Capitulo Xv___________________________________ 406 Capitulo Xvi __________________________________ 407 Capitulo Xvii__________________________________ 409 Capitulo Xviii _________________________________ 415 Capitulo Xix __________________________________ 418 Capitulo Xx___________________________________ 420 Capitulo Xxi __________________________________ 423 Capitulo Xxii__________________________________ 427 Capitulo Xxiii _________________________________ 429

LA DIDACHE (LA DOCTRINA DE LOS DOCE APÓSTOLES) ENSEÑANZA DEL SEÑOR TRANSMITIDA A LAS NACIONES POR LOS DOCE APÓSTOLES________________________________ 355
Primera Parte. El Catecismo O Los "Dos Caminos" _ 355 Segunda Parte. De La Liturgia Y De La Disciplina __ 359

V
Capitulo Xxiv _________________________________ 430

VI

Las conferencias de este volumen fueron pronunciadas en el otoño de 1897, en el Western Theological Seminary, Allegheny, Pennsylvania, U.S.A., como el cuarto curso de una serie de conferencias patrocinadas por el Elliot Lectureship Fund, Ahora son publicadas a petición del profesorado del College, prácticamente tal como fueron pronunciadas, sólo con cambios ligeros de forma, no de sustancia. No hay que decir que en esta obra no se intenta tratar la Historia de la Doctrina de modo exhaustivo. El propósito de las conferencias no va más allá de proveer bosquejos amplios, que puedan bastar para ilustrar los principios expuestos al comienzo, y servir como una introducción al tema. Las conferencias fueron bien recibidas, y el autor espera que puedan ser útiles a algunos que, sin ser eruditos o especialistas, sientan un interés inteligente en el curso y tendencias del pensamiento teológico durante los siglos. Se conseguirá su objeto si se implanta la convicción de que aquí hay también un «propósito creciente», a través de los siglos, y que la labor de miles y miles de mentes en la formación del dogma no ha sido, como muchos creen en nuestros días, totalmente fatua, y un forjar cadenas para el espíritu humano. La literatura sobre el tema que se trata es enorme, y se han hecho valiosas ediciones a la misma, incluso después de ser pronunciadas las conferencias. El material de las conferencias es el resultado de la acumulación de años de pensamiento y estudio, y ni tan sólo se ha intentado reconocer en detalle las

VII fuentes inmediatas, pues habría sido imposible, Este curso no era para especialistas, en todo caso, sino para principiantes, por lo que no había oportunidad para entrar en referencias minuciosas a la literatura. Por esta razón, las notas son escasas, y la mayor parte son de obras en inglés o traducidas al inglés. Las citas se dan de modo invariable en su traducción, por las razones indicadas. Hay más profusión de referencias a obras como la Historia del Dogma de Hamack, por la razón obvia de que uno de los objetivos de las conferencias es combatir ciertas posiciones de este brillante autor. Al tratar material de un campo tan amplio que implica una masa inmensa de detalle histórico y literario, el autor no puede esperar que haya detectado todos los errores, por lo que los expertos notarán los que haya, Sólo desea que lo erróneo sean puntos de menos importancia. Se da perfecta cuenta de que su punto de vista general no está en armonía con las tendencias prevalecientes, y no se sorprenderá de encontrar opiniones discordantes para muchas de sus afirmaciones y conclusiones. Pero es precisamente a causa de estas diferencias de opinión que fueron redactadas las conferencias. No les queda más recurso que apoyarse en su propio poder para producir convicción. Si se desea un tratamiento más a fondo de los puntos teológicos, el autor puede referirse a su volumen en The Christian View of God and the World (5a edición, Andrew Elliot, Edinburgo); y si se quiere un bosquejo de la historia y literatura del período primitivo, a un libro de rudimentos que acaban de publicar Hodder and Stoughton, en The Early Church: Its History and Literature se puede

VIII seguir un acuerdo general entre esta obra y las conferencias presentes, pues siguen líneas de pensamiento similares. He de agradecer al Rev. J. M, Wilson, B.D. Glasgow, la corrección de las pruebas, su amabilidad en las pruebas. JAMES ORR. Glasgow, 1901.

o como cuestión de mero interés para amantes de antigüedades. ¿hacemos bien hablando de un sistema de verdad dogmática? Hay sistemas. y para guiar nuestros pasos en el futuro. Pero. éste es el tema sobre el cual tendré el honor de hablaros: en qué forma se ha formado el dogma en la historia.en estos días no . Esta es una pregunta que sin duda es práctica y urgente. expresándolo brevemente. He de preguntar si hay alguna ley reconciliable en el progreso del dogma.2 3 palpita en Escocia. qué ayuda nos proporciona para determinar nuestra actitud hacia un sistema teológico hoy. con historias y vocaciones distintas. y murió. y si la hay. Separados por la situación geográfica. como una voz del otro lado del Atlántico. al compartir la comunión mundial de su Iglesia. productos del desarrollo de siglos. la Dogmática --un sistema teológico. expresar mi placer por poder hablar a esta audiencia. y está personificado como la expresión de nuestra fe en los credos históricos sobre los que reposan nuestras iglesias. y el corazón que alimenta sus pulsaciones es el mismo en los dos países: el Cristo que vive. VI). y cuya influencia unificadora de modo supremo es la fe de los hombres en Jesucristo. que ha adquirido su forma presente a lo largo de conflictos prolongados entre fuerzas opuestas. mantenidos aparte por intereses absorbentes. Si procuro ayudar a vuestra fe y conocimiento respecto a la gran herencia de la verdad que nos ha llegado del pasado. tengo confianza que puedo contar con vuestra simpatía y vuestro deseo de obtener una idea tan clara como sea posible de este sector de los estudios cristianos. No me propongo discutir la historia del dogma en un espíritu estrictamente histórico. pero. y por nuestras labores comunes dedicadas a los objetivos de su reino. que son propios de la vida de los pueblos independientes. Se insiste cada vez más en la idea de la gran hermandad de las naciones. al presentar este curso. y he aquí está vivo por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 1:11). nos hallamos de nuevo unidos por esa fe que acariciamos en un mismo Señor viviente. qué ley ha guiado su desarrollo. palpita en Norteamérica. Permítaseme. y qué valor permanente poseen sus productos. los vínculos de la cual nos regocijamos en ver que se estrechan cada día. Esta alma Porque. ¿son la verdad? Como sabéis muy bien. sobre algunos de los temas más elevados que pueden ocupar el pensamiento humano. que son venerables. con frecuencia rivales.que «lo que el alma es en el cuerpo. los cristianos lo son en el mundo» (cap. naturalmente. Se dice en uno de los escritos más hermosos de la Iglesia primitiva -la Espístola a Diogneto.

pero el espíritu obrando con sus propios instrumentos intelectuales. y. en gran parte a lo consideremos el contenido del Cristianismo. insistiendo en que no tiene lugar legítimo en el mismo. Son pocos los que reflexionan seriamente sobre el Cristianismo 5 que no concedan que hay en él ciertos elementos de doctrina.no han contribuido al progreso del Cristianismo. empecemos «de novo». o que no admitan que es inevitable que el espíritu humano busque alguna «forma» para concebir su fe. Es como un barco entre arrecifes. diríamos en un vaso de líquido extra halla tan manipulado. diluido. demos una mirada tan imparcial como podamos a la situación. El hacer depender el Cristianismo. una aberración monstruosa del espíritu del hombre. Conceden que los radicales se pasan de la raya. y vosotros. El dogma. ¿Va a sobrevivir a los embates? 0 bien ¿cederán los maderos de su quilla? ¿Se partirán sus mástiles? ¿No va a desmoronarse su estructura respetada por los siglos y quedará hecha una ruina melancólica? Esto es lo que muchos esperan y que otros temen. es que. La cuestión de la «doctrina» o «dogma» se reduce. un duende o íncubo en el progreso intelectual y moral de la raza. nos dicen. incluso a los apóstoles. sin duda os dais cuenta de la gravedad de la crisis. El vínculo de la unión en la religión de Cristo. de «doctrinas» o «dogmas» es falsificar la esencia del Evangelio de Cristo. Hay una segunda clase que no va tan lejos. y el elemento cristiano -una gota. batido y sacudido por las olas por todas partes. rompiendo con el pasado. acerbidad y persecución. es una desviación amplia de original del Cristianismo. sino en la participación en el espíritu de Cristo. desorientan y escinden la Iglesia-. falta de caridad. que sois los maestros del futuro. cambiado. Las disputas sobre doctrina --que dividen. e importando a cada punto sus nociones filosóficas. Para cobrar aliento. primero. y hacia atrás. si no exactamente una equivocación -siendo así que ha un curso de necesidad histórica-. que quisieron excluir totalmente el dogma del Cristianismo. . empezando a partir de la in inmediata del Cristo histórico. que ha viciado su desarrollo. hasta el punto que es un proceso «patológico» en vez de normal y sano. atrapado por corrientes adversas. sino que han sido una fuente copiosa de ira. el desarrollo del dogma que intentamos estudiar. pero todavía consideran que el curse dogma. Hay algunos. apropiado a su nivel de conocimiento y cultura. «una obra del espíritu» según la describe el profesor Harnack. en el grado que sea. por nebulosos que se consideren.4 es muy bien recibida. en vez de llevar a resultados estables en la mejor captación de la verdad cristiana. es realmente el factor dominante. una amalgama de ideas cristianas primitivas con e pedidos prestados a las escuelas griegas. que a menudo es reconciliable con dificultad. no se halla en conceptos intelectuales. Según este modo de ver. y observemos los sectores desde los cuales amenazan los peligros principales. sin duda. tal como lo conocemos. dic resultado de un malentendido inicial del Cristianismo. La pretensión de los que defienden estas ideas. En Este proceso el Evangelio contribuye su parte. Este tipo de objeción al dogma probablemente se considerará que se elimina a sí mismo por su exageración manifiesta. en consecuencia. es un monumento descomunal a la locura humana. «sobre el terreno del Evangelio» resultado general de la cual fue «la helenización del Cristianismo».

retienen una confianza razonable de que de los movimientos críticos del presente no va a surgir finalmente nada que pueda afectar materialmente a nuestras concepciones de los grandes perfiles de la revelación histórica de Dios u obliterar las evidencias de un organismo de verdad en la Escritura que se impongan. sin embargo. El ambiente está saturado del clamor que pide «una nueva teología». la teología. Finalmente -para aludir sólo a otra fase del ataque-. abandonar su trono y resignar a sus pretensiones por tener algunos resultados seguros y verificables que presentar a los hijos. y si la promesa del Espíritu de guiamos a toda la verdad no se ha cumplido realmente. Al presente. Pero con esto falla también toda la fe cristiana. los que. con tal que el santo y seña o lema sea bastante moderno. la legitimidad. pero yo estoy muy lejos de que sea correcto. que hay una verdad de verdades. y aun la posibilidad de dogma -sobre todo la legitimidad de un desarrollo del dogma tal como la historia nos lo presente-. que la historia del dogma ha sido un desviarse persistente en los caminos del error. a la cual la Iglesia deber de dar testimonio. que el . ninguna aceptación racional --no ya seguir en el rango de las ciencias. se piensa. Como dice de ella un representante norteamericano. y menos jactarse de ser la reina de las mismas--. sólo que la teología que exige la edad no parece cuajar todavía. ¿Debe. en verdad. No pocas de las nuevas teologías parecen estar dispuestas a combinarse con la filosofía y la ciencia. entonces. pues. lo admito.6 emprendamos la construcción de «una nueva teología». que se hallará libre de presupuestos metafísicos. Esto es lo que se dice con frecuencia. sino una tendencia» Los intentos -continentales y transatlánticos-. implicada en la revelación bíblica. La suposición fundamental de esta escuela.que se han hecho para darle forma muestran principalmente lo poco que están de acuerdo entre sí sus adherentes. que hay para la teología doctrinal y necesidad de ella. y el progreso del conocimiento científico ha hecho tan difícil defender incluso la posibilidad de las ocurrencias sobrenaturales que la estructura del dogma edificada en una base tan insegura no puede tener. y dado al hombre un conocimiento seguro y de confianza respecto a sí mismo. si el Hijo no ha venido verdaderamente como Salvador del mundo. porque en las ideas de muchos. conociendo algo de los resultados del criticismo en el pasado. su carácter y su propósito. si Dios. apelo. porque si realmente los fundamentos de la 7 religión histórica son subvertidos. no ha entrado de palabra y de hecho en la historia. cuyo hijo es el «dogma». no a los que no poseen esta fe. las mejores existentes en modo alguno están libres de críticas. como siempre he creído. el criticismo ha sido traído en juego con un efecto tan mortífero en el contenido del Antiguo y del Nuevo Testamento -las viejas concepciones de la revelación y la inspiración han sufrido tal daño. a la vista de estas fuerzas hostiles. a la mente observadora. sino a los que la poseen. sino la certeza de los mismos fundamentos del dogma. no sólo se impugna el edificio completado. sin la menor duda. «no es una teología. Llegamos aquí a una línea divisoria real. cae por los suelos. será considerada en el curso de las conferencias. casi sin buscarlas. Aunque espero que soy consciente de los límites del pensamiento en un tema así. creo. es decir.

o que la astronomía resultará igual a la astrología. las protestantes no lo han conseguido ya. puede haber. no trabaja bajo la hipótesis de que probablemente la ley de gravitación va a resultar una especulación infundada. y en realidad hay constantemente. El científico. por ejemplo. se pueden esperar resultados seguros. los descubrimientos de la circulación de la sangre o de la ley la gravitación universal. muchas implicaciones con el pecado y las debilidades humanas. Se dirá. y la suposición que hay en todo ello es que un progreso sólido. está regida por una v ley y lógica que subyacen en su progreso. de la posibilidad de lograr resultados concretos y dignos de confianza. Con todo. teorizaciones precipitadas. la edificación de una estructura estable. La ciencia física reconoce también la ley del progreso. mucho error. y que. pero su carácter científico a pesar de ello depende. equivocaciones. si ha de dar validez a su pretensión de ciencia. a partir de los cuales puede seguir progresándose. en realidad.que la historia del dogma. defenderlo y. la teología se halla en una situación distinta. procurar desplegarlo en la conexión de sus en relación con el conocimiento que adelanta. Si tengo razón al pensar que la cosa es así. ilusoria. Lo que afirmo es que éste ha de ser el caso también de la teología. permítaseme observar que. una comprensión más profunda y completa en sus relaciones múltiples que va siendo obrada por sus labores. ser fatua. Prosigue por medio de pequeños incrementos de conocimiento. Estoy convencido que las afirmaciones que he hecho en los párrafos anteriores respecto al dogma -especialmente la de la estabilidad de muchos de sus productos-. no afirma nada que no vaya implicado en cualquier 9 aseveración de que la teología sea una ciencia. Porque la ciencia parte universalmente de la hipótesis de que hay algo en el tema de que trata que pueda ser conocido. y que la historia . si se emplean los métodos adecuados. es posible y se está consiguiendo mediante la lenta adición de verdad tras verdad. I. con mayor perfección. si es que. incluso en este párrafo. como ya he indicado. pero estos errores son corregidos por la experiencia. según muchos suponen. y que su progreso no ha sido sin mucho conflicto. que su contenido de verdad no es algo que se pueda manipular y ser modelado según la fan hombre. y aunque dista mucho haberse completado. naturalmente.8 Cristianismo no es algo totalmente y vago. tanto como el otro caso. hay un verdadero propósito y guía divinos en sus desarrollos. Creo también --y esto en más directa a nuestro tema presente-. a exagerar las conclusiones. aunque esto es verdad de las ciencias experimentales. que. presentarlo. En muchas maneras sí. sino que tiene un contenido que se puede averiguar y declarar. tentaciones a desviarse siguiendo pistas falsas. que le corresponde a la Iglesia el hallarlo. este progreso ha sido en su mayor parte hacia y ha producido resultados que ningún progreso posterior puede del mismo modo que ningún futuro desarrollo de la ciencia va modificar digamos. que la química se demostrará que es tan ilusoria como la alquimia. que no hay nada en ella que pueda ser averiguado y sentado como cierto. sino algo con respecto a lo cual no creemos imposible conseguir acuerdo en una gran parte.va a sonar a muchos como desatinada. Tendría que renunciar a su pretensión de ser una ciencia si su curso fuera un descubrimiento perpetuo de que todos los pasos previos han sido equivocados.

en cuanto posible. «dogma» se usa. ¿qué es precisamente el dogma? He usado el término hasta aquí sin definirlo. cándida. Cuando el profesor Harnack. o de las convicciones que sostiene. antecede y tiene un alcance más amplio que el «dogma». o es posible que se les cambie todo su carácter por la influencia de alguna teoría semicientífica o simifilosófica. como dice Harnack muy bien en el pasaje anterior. se entiende propiamente . y exhibir. quizá. por la fe cristiana del conocimiento que posee. ¿no es un testimonio singular de la profundidad y la plenitud de la revelación divina el que tenga esta significación prolongada --un contenido que incluso el curso de los siglos no ha podido llegar a agotar? Me esforzaré. por el hecho de que se han conectado prejuicios con el «dogma» que no se asocian en el mismo grado con los otros dos. su racionalidad y relaciones con otros departamentos de la verdad. La teología. sin embargo. dice que «el 11 Cristianismo sin dogma. llegar definición más precisa. que están estrechamente relacionados. en que todo lo t es echado en el crisol. La «doctrina». el sentimiento» es evidente que no usa la palabra «dogma» en el sentido más estricto usual en que él mismo lo hace. Persiste el hecho. a distinción de este para las formulaciones de la doctrina cristiana que han sido reconocidas autorizadamente en amplios sectores de la Iglesia. explorar los problemas que sugiere. durante el resto de esta conferencia. es esencial en el Cristianismo. en realidad. primero. y mostrará que esto admite el ser aplicado en corroboración o corrección del sistema teológico. tres términos: «doctrina» «dogma» y «teología». con respecto a Dios y las cosas divinas. como se ha indicado. la cual. y hará luz. es doctrina --doctrina en forma elaborada--. por ejemplo. La «teología» puede ser descrita como el ejercicio reflexivo de la mente sobre las doctrinas de la fe. es la expresión directa. en una forma preparatoria. pero entre los cuales habría que marcar diferencias. En general. Intenta dar una cuenta precisa y correcta de la doctrina cristiana. reduciéndola a un sistema a la luz de un principio central. desgajadas de su contexto en la historia y en el sistema de la fe. Pero. a su vez. sino que un contenido definido que determina. antes de seguir adelante. son tratadas con frecuencia del modo más arbitrario.10 dogma se nos presenta con un avance análogo. el cual. rebatiendo la posición de Sabatier. sino que lo emplea prácticamente como sinónimo de «doctrina». pero es deseable. dándole forma y base científica. ¿Le perjudica? más bien. en ilustrar un poco las relaciones del dogma con su historia. En el uso corriente la palabra es empleada evidentemente en un sentido amplio y otro estrecho. como la doctrina. sobre lo que quiero decir con una ley de progreso en el dogma. tal como lo tenemos es un desarrollo en el tiempo. Hay. por tanto. en plan de aficionado. y las doctrinas. que se protesta contra la importación de metafísica en el Cristianismo. de que el dogma. es inconcebible» que el Cristianismo «no sólo despierta el sentimiento. Proporciona su base y material a la «teología». sin una expresión clara de su contenido. una obra del espíritu humano operando en material provisto por la fe en la revelación divina. es sin duda una ve es conveniente proclamar en los días que corremos. al mismo tiempo. lo cual nos ayudará a contestar esta pregunta. tanto más. y se hallan personificadas en los credos históricos. o debiera determinar.

Pero hay mucho teologizar que nunca alcanza el rango de dogma acreditado. Hay muchas teorías circulando. no es parte de la verdad de la revelación. al revés de los racionalistas. de los que no lo son. de alguna manera. nuevas especulaciones. De modo injustificado. Es igualmente inadmisible su intento de restringir el dogma a la Iglesia Católica. Con todo. tot sententiae? Han pasado los días en que podemos apelar. repudiamos la suposición romanista de una cabeza infalible de la Iglesia. cada uno reclamando el derecho de poner a un lado el pasado y reemplazarlo con su fantasía recién acuñada. es. ¿Existe un criterio así? Naturalmente. rehusamos irnos. de llevar las doctrinas teológicas a una verificación más elevada que el juicio individual. Una ventaja principal que puede esperarse que proporcione el estudio de las relaciones del dogma a su historia es la prueba o test de que la historia del dogma nos capacita a aplicar el mismo dogma. Incluso las labores de la teología a partir de la época de la Reforma -especialmente los ricos y fructíferos desarrollos del siglo pasado-. de inmensa importancia para clarificar gran parte de lo que no pertenece al sistema de verdades que la Iglesia se ve llamada a defender--.12 como las formulaciones de la doctrina cristiana que han sido sancionadas eclesiásticamente. este último. porque si no ha emanado ningún credo de estas labores. me atrevo a decir. y. el profesor Harnack restringe lo que él llama la «génesis» del dogma a los tres primeros siglos. por ejemplo. nuevas construcciones de doctrina. pasa a ser la base de nuevos esfuerzos teológicos. profundizado y ampliado la interpretación de los credos antiguos. Hay por lo menos un uso al que se puede aplicar siempre la Escritura --negativo. y han preparado efectivamente el camino para la «reconstrucción» del dogma a la luz de las necesidades modernas que llegarán a su debido tiempo. y lo considera de modo peculiar la obra del espíritu griego. según me parece a mí. como se hacía en la Edad Media. o que no puede deducirse legítimamente de ellas. De lo que siente principalmente necesidad nuestra época. en la evolución del dogma es imperativa la necesidad de algún criterio por el cual se puedan discriminar los desarrollos sanos y saludables. el someterlo la regla de la razón natural. El Protestantismo ha tenido también una participación invaluable en esta obra. la mente se dirige aquí inmediatamente a la Escritura. y en modo alguno puede caracterizarse como griega. a las decisiones de los concilios y los canonistas. es tan trascendental realmente como la de los Padres de Nicea. a su vez. han alterado. con todo. pero no debería haberlas sobre esto: que todo lo que no se halla en las Escrituras. las labores de la teología se ve que son la presuposición del dogma. declinamos. sino que es más bien lo opuesto.no pueden ser excluidas de esta evaluación. a sabe homines. de la cual la Iglesia es puesta como «columna y baluarte» (1ª Timoteo . y se hallan personificadas en los credos. Puede haber di sobre la autoridad de las Escrituras. con todo. a una tradición apostólica reciente. o en teología ocurrir algo distinto de lo característico de las demás ciencias. que siempre ha de ser la prueba definitiva. Consideradas así. ¿Hay alguna manera de llevar estas opiniones conflictivas a una decisión objetiva. en medio de las confusiones que 13 la asedian. La teología de Agustín. con la Iglesia primitiva.

que es un freno contra el que un miembro del sistema sea manipulado o separado del resto. y sería tan fútil que alguien intentara sacar su sistema de doctrina de primera mano de la Escritura. que es el resultado. así como los santos más oscuros. Cuando lo hacen. a los cuales nadie objetará. Una especie de juicios de valores. por la cual quiero decir no simplemente la experiencia casual del individuo. Hay. la verificación por los resultados. la Sagrada Escritura es la fuente última de nuestro conocimiento de los hechos y de la revelación divina. Con todo. según todos sabemos. Estas pruebas son todas ellas valiosas. sus estados de ánimo más elevados así como los más deprimidos-. no menos. igualmente. sin la ayuda de libros de texto o las minuciosas investigaciones de miles y miles de estudiosos en el mismo campo o departamento. Las mismas iglesias en que los impugnadores de las doctrinas promulgan sus denegaciones reposan en la profesión pública de las doctrinas que ellos mismos tratan de subvertir. pero. Hay denegaciones. de la justificación por la fe--. en también. Hay criterios secundarios de lo sano de un sistema doctrinal que no tengo intención de despreciar en modo alguno. la correlación de las doctrinas del sistema con la experiencia vital cristiana. y nos autoriza a rechazar directamente una gran masa de lo que pasa como dogma católico. Sólo puede ser verdad lo que es apto para sostener esta experiencia. Pero. y perderían su vitalidad y poder si se les cortara de la fe en ellas. de su obra expiatoria. de nuestro método mejorado de usarlas. una coherencia interna y 15 correlación de partes en el sistema en sí -su unidad orgánica. en parte. Es fácil hablar de apelación a las Escrituras. no prosperan. es más. además. éstos. pero es singular que los responsables de estas denegaciones raramente intentan establecer una Iglesia sobre ellas. a casi todas las grandes doctrinas de los credos evangélicos --de la divinidad del Salvador. es la distinción entre el Protestantismo y el Catolicismo romano. de esta misma historia del dogma que nos proponemos poner a prueba por medio de ella. Esto considero. y corta. y de entre éstos. sus Bernardos y Luteros. de la regeneración por el Espíritu. pero hay que recordar que esta misma aplicación de las Escrituras no puede divorciarse de esta comprensión profunda en su plan y propósito --en la unidad orgánica y la armonía fundamental de su contenido doctrinal--. además. sino la experiencia de la Iglesia como conjunto --de sus almas más grandes como de las más humildes: sus Agustines y Anselmos. y que parece haber la necesidad de un tribunal que decida sobre esta apelación. Una forma simple en que se puede aplicar esta prueba --aparte de sus frutos morales--es el hecho de que sea operable. y no digo que sean insuficientes. Dependemos del pasado más de lo que pensamos incluso en nuestra interpretación de las Escrituras. queda el hecho de que todos los sistemas apelan igualmente a la Escritura. Hay. Hay. se puede pensar .14 3:15). son de hecho de un gran valor. En el lado positivo. por ejemplo. como lo sería el que un hombre de ciencia sacara su conocimiento científico directamente de la naturaleza. aparte de las dificultades a que hemos referido antes. para bucear sus profundidades y para proporcionar la provisión plena de sus necesidades. la apelación a los efectos prácticos. las raíces de muchas de las teorías del protestantismo moderno.

en nuestra rebeldía o repudia al «dogma» tradicional. empezando en el mundo deshabitado. Pero evolución significa que ha habido algo formándose. la doctrina de la evolución. un sistema que se supone está basado en la Escritura. A veces pienso que. casi podría decirse. que haber. y nos coloque los pies en un terreno más estable. en cada ocasión de su reaparición. ha persistido en rechazar. no hay fase de ninguna doctrina la Iglesia haya rechazado con plena deliberación --y que. Me sitúo aquí. el elemento subjetivo: que hay necesidad todavía de un criterio más objetivo. naturalmente. como hicimos notar sobre la ciencia. Espero que antes de haber terminado este curso de conferencias será aparente que no estoy en oposición al progreso real en la teología. Nunca vuelve sobre sí mismo 17 para recoger como parte de su credo lo que ha rechazado de modo formal y con plena conciencia en algún estadio previo. un criterio que nos eleve por encima de las incertidumbres y la fiabilidad del juicio individual. después de todo. en su afán por lo nuevo. naturalmente. Aquí hay un tribunal ante el cual la ecuación personal del juicio individual es cancelada. elimina elementos temporales. corrige equivocaciones. que algunos suponen fatal a la permanencia del dogma. en el estado divergente de opinión que nos rodea. Aquello con que nos enfrentamos cuando consideramos la cuestión es que en todas las grandes Iglesias protestantes hay un sistema de doctrina que rige. de modo suficiente. en realidad. No pretendo. no eliminan. no empezamos de novo en nuestra búsqueda de un sistema teológico. y sólo es retenida la contribución permanente a la verdad. y es que. De un cosa estoy persuadido de modo absoluto. como hacemos en la ciencia. nos lleva muy lejos.16 que. se da poco peso al hecho de que el sistema de doctrina personifica nuestros credos es el producto de siglos de desarrollo y pruebas prolongadas en los fuegos de la controversia. que. pero el enfoque más cercano al mismo es probablemente el método que me propongo seguir en las conferencias presentes: el de una apelación al veredicto prácticamente infalible de la historia. en el sentido absoluto. Porque. ¿Existe un criterio así? No existe. que es imparcial y riguroso. resultados de este paso a la vista. Es verdad. Ha habido evolución de la doctrina en el pasado. si la evolución no ha sido totalmente fatua. suplementa defectos. Y este principio solo. La historia del dogma critica al dogma. esto es. por lo menos. que la historia del dogma es el juicio del dogma. Pero su reloj nunca vuelve atrás. por imperfecciones inherentes que haya en nuestros credos existentes. en la más moderna de las doctrinas. y la habrá en el futuro. no hacen caso realmente del artículo primario de su propio credo. Estamos familiarizados con el dicho de Schiller que la historia del mundo es el juicio del mundo. y personificado.que pueda levantar la cabeza ahora con esperanzas de que será aceptada de modo permanente. después de todo. al mismo tiempo que abre horizontes más amplios para el futuro. en su estudio de la naturaleza. debido a que una doctrina se halle en uno o en todos estos . si se le concede suficiente tiempo. y por tanto. en sus puntos esenciales. incorpora las ganancias del pasado. los elementos accidentales en el pensamiento de una época se desprenden. como veremos. De lo que me quejo es que muchos de los apóstoles de la «teología». en los credos reconocidos de la Reforma.

se pasa por alto el hecho de que una evolución verdadera es orgánica. y su capacidad de unirse con él y de hacerlo avanzar a un estadio más allá hacia su cumplimiento y perfección. Tienen siglos de desarrollo. No son la creación de mentes individuales. al adherimos a lo viejo y anticuado. tenga que ser verdadera por necesidad. la profundidad de su comprensión del mismo. Ni una de estas doctrinas ha dejado de ser combatida encarnizadamente. tras ellos. es decir. es más. Representan la «supervivencia de los más aptos» en la doctrina bajo la presión más severa posible. No se explica por qué. Tras esta objeción me parece a ml que hay una doble falacia. este cuerpo de doctrina admitido prácticamente en los credos de las grandes iglesias es un hecho que no puede ser pasado por alto --es. considerando que el proceso revolucionario no es completo todavía. por ejemplo. en realidad. Primero. y sólo el dogma ha de ser una excepción. y segundo. no una reversión de los mismos. No es un romper violento con las formas precedentes. qué transformaciones--. a mi modo de ver. sino el grado de su respeto por el mismo. El hecho de que estos credos sean. los productos de un desarrollo histórico.fuera suficiente para condenarla sin más. 19 Hay una respuesta que va a darse a esta línea de argumentación y es que. y no rinda productos estables en su curso -una hipótesis contraria a todo principio de la ciencia-. de testimonio ofrecido. y negamos el hecho mismo de la evolución. De la misma manera. Sin embargo. de conflicto. J. ya habría dado el último suspiro haría muchos años. Su éxito en la historia es la contrapartida del fallo de puntos de vista opuestos para recomendarles el que hayan sostenido su terreno en la batalla. deseo decir ahora que tengo a la vista algo mucho más específico que estos principios generales implicados en todo desarrollo.18 credos. es una continuación de los desarrollos del pasado. los hombres se desentienden de ella y la echan a un lado como si el mero hecho de que es vieja --ha sobrevivido a todo este combate-. no podemos decir lo que nos traerá el futuro qué cambios. de modo que si no hubiera sido fundada en la palabra de Dios y se hubiera visto que era verdadera a la experiencia cristiana. II. El Dr. un hecho que da a este cuerpo de doctrina un derecho sólido prima facie para que lo tengamos en consideración. como se nos recuerda a menudo en detrimento de los mismos. sino que prueba su legitimidad por su capacidad de adaptarse a un desarrollo que quizá ya se ha realizado en gran medida. hay una falacia en la hipótesis inicial de que un proceso evolutivo haya de tener un flujo y cambio ilimitado. un hecho de peso por el que empezar--. detenemos el progreso futuro. H. en su famoso ensayo sobre el . el producto que sobrevive en un proceso evolutivo se considera el más apto. La evolución genuina ilustra una ley de continuidad. Newman. es precisamente el hecho que les da su valor peculiar como testigos. en todas las demás esferas. aunque hablo en estas conferencias de la historia de la doctrina como una prueba de un sistema teológico y de una ley o dc esta historia. Con todo. pero lo que digo es que cuando estamos en busca de un criterio para decidir lo que pertenece y lo que no pertenece al contenido doctrinal genuino del Cristianismo. la prueba del sano desarrollo teológico no es su independencia de lo que ha tenido lugar antes.

). sino la ley inmanente historia real. o doctrina de las postrimerías. La idea que deseo ilustrar en estas conferencias es distinta. y hasta cierto punto una razón explicativa de nuestros credos evangélicos protestantes. si no tuviéramos nada más. en cuanto he observado. el séptimo. según creo. el tercero. la Anticipación del futuro. No son principios generales de la evolución los que estamos buscando. Con todo. y esto no sólo por lo que se refiere al contenido general. una ayuda para su menos perfeccionamiento ulterior. que hay un paralelo singular entre el curso histórico del dogma. especialmente la expiación. o sea la doctrina de Dios. Lo que hallamos en general es lo siguiente. la revelación. El primer punto de un desarrollo genuino nos dice. finalmente. pero estoy seguro que ha atraído vuestra atención sin que hayáis 21 percibido que en ello hay más de lo que se ve a primera vista--. la idea general de la religión. etc. y el orden científico de los libros de texto sobre la teología sistemática por La historia del dogma. la Acción conservadora pasado. o doctrina de la persona de Cristo. sino incluso respecto a la sucesión concreta de sus partes. Newman. es la Preservación del tipo. tomando como una guía fácil las grandes controversias históricas de la Iglesia. por un lado. es simplemente el sistema de teología total esparcido a lo largo de los siglos -teología desmenuzada--. V). la Antropología. la Escatología. y. estableció lo que hemos de reconocer son principios generales sanos --los más sanos-. la Continuidad lógica. nos quedaríamos al fin de nuestra búsqueda muy cerca de donde estábamos antes de empezar.20 Development of Christian Doctrine. por ejemplo. la relación de la fe y la razón. el segundo es la Continuidad del principio. con todo. y otras así--. El orden temporal y el lógico se corresponden. la Sagrada Escritura. no sólo nos impedirá para siempre considerar el desarrollo del dogma un laberinto de irracionalidad. la Cristología. que lo que vemos es simplemente la proyección de . Si ahora nos situamos al término de la edad apostólica y damos una mirada hacia el curso de los siglos que se suceden. regeneración. el Vigor persistente (cap. o la doctrina de la aplicación de la redención (justificación. Luego siguen las grandes divisiones del sistema teológico: la Teología propia. pues --algo que no hallaréis en los libros corrientes. Pongamos. el Poder de asimilación. con su ayuda creo que podemos refutar con éxito gran parte de las opiniones del mismo Dr. es cierto que. Habéis pensado alguna vez. Los principios son excelentes. incluyendo el pecado (algunas veces una división aparte). la Soteriología (objetiva) o sea la doctrina de la obra de Cristo. nos dará una clave para su comprensión correcta.por mucho que discrepemos de la aplicación de los mismos. no ha sido muy en las discusiones sobre la historia del dogma. el cuarto. No es recóndita en su naturaleza. la Soteriología subjetiva. Sus secciones iniciales las ocupan probablemente las materias de los Prolegómena Teológicos --con la apologética. o la doctrina del hombre. lo que no es importante. el sexto. precisamente debido generalidad. quinto. como se descubre pronto. hallamos. La distribución del sistema en los libros de texto es la misma distribución del sistema en su desarrollo en la historia. cualquier libro de texto teológico acreditado y observemos el orden de su tratamiento. sino que veremos que nos proporciona una corroboración del mismo. y cuando captemos la naturaleza de esta ley.

la doctrina del pecado.es la misma. por otra parte. por lo menos hasta cierto punto. del mismo modo en teología la doctrina derivativa no puede exponerse de modo exhaustivo hasta que las que la presuponen han sido explicadas. Una mirada a los temas de mis conferencias. Este es. en la que una forma el presupuesto de la otra. por ejemplo. la doctrina del pecado. de entender la ley que se deja ver en la ordenación lógica. 23 por ejemplo. presupone la de la persona del Redentor. con gran ingenio. con el pecado como la enfermedad a la que se provee remedio. sin una investigación previa de las doctrinas escriturales de Dios. empezar con el Reino de Dios como el objetivo del propósito divino. quisiera pediros que reflexionéis sobre lo que implica esta notable coincidencia. la doctrina del pecado. . Yacen en la misma superficie. o de la expiación. y. En el bosquejo que hemos dado de la ordenación del sistema teológico. y otra cosa que se nos hace evidente es que la ley de estos dos desarrollos --el lógico y el histórico-. por ejemplo. no es en este sentido metafísico que os pido que consideréis la presencia de una ley en la historia. y exigen una explicación de quien los observe con atención.22 este sistema lógico en una vasta pantalla temporal. es tomar simplemente las doctrinas en el orden de su dependencia lógica. sólo puede terminar en la superficialidad y el error. y Baur aplicó el mismo método. Hegel lo intentó con la historia en general. un principio lógico que lo determina. El método. el orden seguido no sólo es el corriente. Con todo. Tal como en la naturaleza se vería que es imposible explicar la química adecuadamente sin el conocimiento precedente de la física. luego consideremos lo cercano del paralelo histórico. o como hacen algunos teólogos recientes. como hace el Dr. de Cristo. del destino humano. y el intento de proceder de otro modo en teología. y también al carácter. con los detalles que seguirán inmediatamente. se halla en la base de todo: la doctrina del hombre. diciéndolo brevemente. nos lleva a la doctrina general del hombre. del propósito del mundo. debería convencer a cualquiera de este punto. el principio adoptado en la clasificación de las ciencias naturales -lo más simple precede a lo más complejo-. a su vez. Entretanto. la ordenación es la que hemos indicado. Creo que nos muestra una cosa indiscutiblemente: que no se trata de una ordenación arbitraria en uno ni otro --que hay una ley y una razón subyacente--. del pecado. ley y administración moral de Dios. a este mismo campo de la historia y doctrina de la Iglesia. Probemos. del hombre y de las relaciones entre los dos. Es posible alterar o invertir este orden. Sin embargo. en el orden lógico de dependencia. o la biología sin algún conocimiento de química y de física. Chalmers. La doctrina de la redención. realmente. Me hago cargo de que puede que alguien vea con suspicacia todo intento de forzar la historia en categorías sistemáticas. el considerar. empezar. sino que se puede ver que hay una razón para este orden. de la salvación. Es verdad también que es sólo a la luz de las últimas doctrinas que se pueden descubrir plenamente la riqueza y alcance de las primeras. antes de ésta. en primer lugar. suponiendo de momento que las cosas son como digo. indudablemente. Los hechos que señalo no necesitan manipulación por mi parte para que se ajusten a las exigencias de una teoría particular. la doctrina de Dios.

24 Tal es, pues, el sistema lógico, el principio sobre el cual está construido. Mirando luego el desarrollo de la doctrina, tal como se halla ante nosotros en la amplia página de la historia, ¿qué es lo que encontramos? Como dijimos antes, simplemente este sistema lógico proyectado en una vasta pantalla temporal. El curso entero de conferencias será una extensa ilustración de esta tesis, de modo que sólo se necesita aquí dar una indicación general. Usando, pues, las controversias que impulsaron a la Iglesia a la formación de su credo como una pauta, nótese, en una ojeada rápida, la exactitud del paralelo. El siglo segundo en la historia de la Iglesia, ¿en qué consistió? Fue la época de la Apologética y de la reivindicación de las ideas fundamentales de toda religión --de la cristiana en especial-- en conflicto con el Paganismo y con los gnósticos. Esta fue la doble batalla de la Iglesia en aquella edad. Por una parte, tenía que reivindicar en sus apologías su derecho a existir y a ser tolerada en el Imperio; y por otra, tenía que defender sus concepciones esenciales contra las especulaciones desbordadas y las tendencias desintegrantes de una filosofía religiosa fantástica. No fueron las doctrinas de la fe cristiana todavía las que estaban en discusión aunque éstas se vieron arrastradas parcialmente a la misma---, sino más bien las verdades más amplias que subyacen a toda religión: la unidad, espiritualidad y el gobierno moral de Dios, la libertad y responsabilidad del hombre, la certeza del juicio, la necesidad de arrepentimiento, la idea de la revelación, el canon de la Escritura, la reivindicación de los hechos primarios del Evangelio contra los que alegorizaban estos hechos en sucesos del mundo de los espíritus, etc. El profesor Harnack y su escuela reprochan a los apologistas del siglo

25 segundo el que convirtieran el Cristianismo en una teología natural. Sin duda, hay mucha verdad en la acusación de que lo que llamamos teología natural ocupó mucho espacio en los tratados dirigidos a los paganos, lo cual fue así por la necesidad del caso. Pero lo que he de indicar ahora es la forma en que todo esto se halla todavía en la antesala de la teología; tal como, en el mismo lugar en el esquema lógico, o disciplina preparatoria a la misma, encontramos la teología natural, la apologética, la canónica, las ideas de religión y revelación, y la historicidad de los hechos cristianos. Las cuestiones más fundamentales, en resumen, son las que son puestas en tela de juicio primero en el juicio de la Iglesia. Si pasamos al próximo estadio del desarrollo, ¿qué es lo que encontramos? Precisamente lo que viene después en el sistema teológico --la Teología en sí--: la doctrina cristiana de Dios, y especialmente la doctrina de la Trinidad. Este período queda cubierto por las controversias monarquiana, adriana y macedoniana de los siglos tercero y cuarto, en las cuales la Iglesia se vio obligada a impugnar estas formas variadas de error; primero, en oposición a las tergiversaciones unitaria, patripasiana, y sabeliana, reivindicando la doctrina general de la Trinidad personal; segundo, contra las negaciones del Arrianismo, defendiendo la divinidad verdadera y del Hijo; y tercero, contra el esencial Macedonianismo, afirmando la verdadera divinidad y personalidad del Espíritu Santo. Estas controversias clásicas, como puede observarse, siguen el orden lógico de Padre, Hijo y Espíritu, y representan posiciones conquistadas al enemigo, fortalezas fronterizas capturadas, líneas establecidas, de las

26 cuales la Iglesia cristiana no ha sido desalojada nunca, y probablemente nunca lo será. Sus resultados han entrado en todos los grandes credos, y forman, por lo que podemos creer, una posesión inalienable de la teología. ¿Qué viene luego? Así como en el sistema lógico la Teología va seguida por la Antropología, igualmente en la historia del dogma las controversias que hemos mencionado son seguidas, a comienzos del siglo quinto, por las controversias agustiniana y pelagiana, en las cuales, correspondiendo al cambio de actividad teológica del Oriente al Occidente, el centro de interés se desplaza de Dios al hombre, de las discusiones trascendentes sobre la Trinidad a las cuestiones intensamente reales y prácticas del pecado y la gracia, que el Oriente, con su sentido más fuerte de libertad, se sentía tentado a pasar por alto demasiado superficialmente. En la Iglesia latina, por otra parte, desde los días de Tertuliano -pasando por Cipriano, Hilario y Ambrosio-- había ido preparándose el camino para el estudio serio de estas cuestiones. Pero fue la mente poderosa de Agustín, iniciado en sus profundidades por una experiencia costosa, y llevada a una formulación más precisa de las cuestiones a través del conflicto con el Pelagianismo, quien las llevó por primera vez a la maduración. A pesar de sus innegables limitaciones, no se ha levantado en la Iglesia cristiana una figura mayor que la de Agustín, un hombre educado de modo peculiar y providencialmente apto para la obra que tenía que hacer, como el mismo apóstol Pablo. El también ganó para la Iglesia posiciones de las que las doctrinas protestantes de la gracia son el desarrollo consecuente; en tanto que el Catolicismo, después

27 de reconocer su supremacía prácticamente durante toda la Edad Media, se ha vuelto a hundir en una especie de semipelagianismo. El Agustinismo, sin embargo, en conflicto con el Pelagianismo, no es el único gran desarrollo de la época posterior a Nicea. Como en el sistema teológico la Cristología sigue a la Antropología, y forma la transición de la última a la Soteriología, lo mismo vemos aquí. A partir de la muerte de Agustín vemos a la Iglesia que entra en aquella larga y confusa serie de controversias conocidas como cristológicas --nestoriana, eutiquiana, monofisita, monotelita-- que la tuvieron en continua efervescencia, y la dividieron en apasionamientos muy poco cristianos durante los siglos quinto y sexto, hasta casi el fin del siglo séptimo. Esta es quizá la serie de disputas más insidiosas, excepto quizá algunas en la Iglesia Luterana, y es triste reflexionar que es precisamente la persona del Salvador la que dio ocasión a las mismas (ibid.). Sin embargo, incluso aquí, como nos convencerá una inspección imparcial, había lógica en el proceso; los hombres más entendidos conocían la importancia de las cuestiones por las que pugnaban, y las decisiones de Calcedonia han sido aceptadas por la mayoría de las iglesias, si no como una formulación final --porque ¿qué fórmula puede ser considerada como final en un tema así?--, por lo menos delimitando los límites dentro de los cuales se ha de mover la verdadera doctrina de la persona del Señor. Esto concluye el desarrollo de la doctrina en la Iglesia antigua. Entretanto, creciendo junto a ella, y amenazando con detener todo nuevo progreso en

28 una dirección sana, había un vasto sistema sacerdotal, con conceptos teológicos propios, cuya influencia nefasta siguió intacta hasta la gran revuelta de la Reforma. Con todo, el progreso de la doctrina no quedó detenido durante este intervalo. La Teología, la Antropología, la Cristología habían tenido su apogeo, cada una, en el orden del sistema teológico, que la historia todavía sigue cuidadosamente: ahora le tocaba el turno a la Soteriología. Hasta aquí, la doctrina de la expiación, aunque siempre manteniéndose firme y central en la fe de la Iglesia, como se verá, nunca había sido investigada teológicamente como las otras doctrinas lo habían sido, y se habían mantenido muchas concepciones crudas y provisionales junto con las aprensiones más profundas. Ahora, con Anselmo, en su Cur Deus Homo, el problema entró definitivamente en la mente de la Iglesia para su examen y solución, y las cuestiones cristológicas fueron puestas formalmente en relación con la Soteriología. La teología de Anselmo, aunque personificaba elementos de profunda verdad, tenía los defectos inevitables de los primeros grandes intentos, y se requirió la explícita antítesis de Abelardo, que representa el principio de la teoría moral contra las de la satisfacción en la expiación, para traer claridad a la naturaleza de las cuestiones implicadas. El problema, sin embargo, quedó ahora definitivamente enfocado. Bernardo y Tomás de Aquino trabajaron en él no sin resultado; hasta que, en la Reforma, cuando la muerte de Cristo fue captada en su pleno significado en relación con la ley divina, como la base de la justificación del pecador, se puede decir que la doctrina alcanzó en lo esencial la forma en que ha entrado en los grandes credos protestantes.

29 La Soteriología, pues, ocupa el lugar que deberíamos esperar en la teoría del paralelismo del desarrollo lógico e histórico; pero, si nuestra hipótesis es válida hasta ahora, no es refutada por el próximo paso, tomado por los reformadores en el desarrollo de la doctrina de la Aplicación de la Redención. Esta, como vimos, es la próxima gran división en el sistema teológico --Soteriología subjetiva, como algunos la llaman-- que incluye las doctrinas de la justificación, la regeneración, la santificación y la nueva vida. El paralelo aquí es tan evidente que no tengo por qué poner énfasis en esto. Los reformadores, como a veces se indica, como reproche, no del todo justificado, adoptaron prácticamente los resultados intactos de los desarrollos previos en la doctrina: la Teología, la Antropología, la Cristología, y la doctrina de la expiación en la Iglesia más antigua; pero concentraron toda su energía en lo que se refiere a la redención en la relación de Dios con el pecador individual: en la Justificación, en la Regeneración, en la Santificación y en las buenas obras. Estas, como se sabe bien, fueron las grandes cuestiones vitales del período de la Reforma --su contribución especial a la historia de la doctrina--. Y sus resultados también permanecen. ¿Qué diré ahora de la rama restante del sistema teológico, la Escatología? Había, indudablemente, una Escatología en la Iglesia primitiva, pero no era concebida teológicamente; y una Escatología mística existía en la Iglesia medieval --una Escatología del Cielo, del Infierno y del Purgatorio--, a la cual me referiré más adelante. Pero la Reforma se desembarazó de todo esto, y, con sus estados contrastados abruptamente de bienaventuranza y

30 miseria, apenas se puede decir que puso nada en su lugar, o incluso que hizo frente, verdaderamente, a las dificultades del problema según se impone a la mente moderna, con su perspectiva más amplia en los caminos de Dios y la providencia. Es probable que no me equivoque al pensar que, además de la necesaria revisión del sistema teológico como conjunto, que no podía ser propiamente emprendida hasta que el desarrollo histórico que he bosquejado hubiera seguido su curso, la mente moderna se ha entregado con un interés especial a las cuestiones escatológicas, movida a ello, quizá, por la solemne impresión de que en su tiempo ha llegado el final del mundo y que se está acercando alguna crisis en la historia de los asuntos humanos. Incluso aquí, no espero que los grandes hitos de la doctrina cristiana hayan de sufrir algún cambio serio. El resultado principal puede ser enseñarnos precaución al hablar sobre un tema del que muchos de sus elementos se hallan más allá de nuestro alcance. III. Confío haber conseguido mostrar en perfil lo que quiero decir cuando hablo de un paralelo entre el sistema teológico y el desarrollo histórico del dogma y de una ley lógica subyacente en los dos. La ley es, indudablemente, la misma en los dos casos. El desarrollo no es arbitrario, pero está modelado por la razón y necesidad internas del caso. Lo simple precede a lo más complejo; las doctrinas fundamentales preceden a las que necesitan a aquéllas como su base; los problemas, en el orden en que surgen de modo natural e inevitable en la evolución del pensamiento. El resultado es que, en vez de una confusión inextricable en la historia, vemos la creación de un organismo-, en vez de fatuidad y error, la evolución gradual y la

31 reivindicación de un sistema de verdad. Así se crea una prueba del valor no simplemente del sistema doctrinal existente, sino de cualquier teoría que pretenda ser una ampliación de las antiguas formas de la fe o su sustituto. No discuto, ni mucho menos, que hay todavía lugar para nuevos desarrollos en la teología. Los sistemas existentes no son los últimos; como obras del entendimiento humano tienen que ser por necesidad imperfectas; no hay ninguna que en algún grado no esté afectada por la naturaleza del ambiente intelectual, y los factores que la mente tenía a su disposición, al mismo tiempo de su formación. No pongo en duda, pues, que hay todavía lados y aspectos de la verdad divina a los que no se ha hecho aún plena justicia, mejorías que se pueden hacer en nuestra concepción y formulación de todas las doctrinas, y en su correlación una con otra. Todo lo que digo es que un desarrollo así será dentro del Cristianismo y no alejándose de él; que reconocerá su conexión con el pasado y se unirá orgánicamente con él; y que no despreciará el desarrollo pasado como si no se hubiera conseguido con él nada de valor permanente. Como ya he intentado mostrar, lejos de que esta actitud despectiva hacia el pasado esté en armonía con el espíritu de la verdadera ciencia evolutiva, es una desviación flagrante de la misma. Todo descubrimiento de una nueva ley en la ciencia encaja con los desarrollos previos, y lleva a éstos a un estadio más adelante; se vale de las generalizaciones pasadas como una ayuda a nuevos progresos; y los comprueba por medio de verdades nuevas y más amplias a las que guía. En cuanto una teoría es verdadera, al mismo tiempo explica los hechos previos y es comprobada por ellos.

32 Con todo. creo. como que queda tanto por hacer como si nuestros padres no hubieran entrado en liza. al hablar de lugar para el avance en la teología como si fuera algo indefinido de modo absoluto. pero no es el que hicieron ellos. incluso en la ciencia. Las grandes líneas de las ciencias. y que hay que asumir -por no decir tener la certidumbre-. No estoy seguro de no errar. y esto no fue empezando por los eruditos del siglo diecinueve. cuyo testimonio ha estado en las manos de los hombres desde el principio. sus fundamentos están puestos. la posibilidad de que el hombre elabore una teoría que proceda de la suposición de que todos los desarrollos del pasado están equivocados esto es. no podemos hacer planos y edificar como si los griegos y los romanos. por ejemplo. de Mozart y de Beethoven. como hacemos a menudo. aquí de nuevo. y ésta es una obra que no ha de hacerse de nuevo jamás. haya necesidad de unas palabras de precaución. como en la agricultura. sino con una revelación divina. y que nosotros hemos entrado en sus labores. quizá. están señaladas. . como si la parte principal de la tarea de la teología se hallara delante todavía. los normandos y los teutones. como si. y nosotros hemos de contentamos. Así. en resumen. Podemos sentir aliento de los que nos han precedido de que nuestra labor no tiene por qué ser en vano. la teología incluida. Dentro de ciertos límites. en música no esperamos superar las creaciones de Handel y de Haydn. Los hombres que nos han precedido han puesto los cimientos. y que Cristo prometió a sus discípulos que el Espíritu los guiaría a toda la verdad. y que no se nos llama a quitarlos de su lugar ni tampoco podríamos. en ciencia no es cierto que los descubridores e inventores del siglo veinte tendrán un campo para sus operaciones tan amplio y claro como sus predecesores. y sobre la cual la mente de los 33 hombres se ha dirigido con deseo intenso y orando. tenemos. que la Tierra no es una esfera. No hemos de hacer menos progresos por el hecho de damos cuenta que hay un cimiento bien sólido en el pasado del cual hemos de partir. En el arte y en la ciencia esta ley es válida.que los hitos decisivos de la teología ya están fijados. que no estamos tratando con meras especulaciones humanas. En la arquitectura. gran parte de su estructura edificada. pero en general no le consideraríamos a este hombre como sabio. no hubieran edificado antes que nosotros. que la historia ha estado de parto con estos temas durante los diecinueve siglos que nos preceden. que la teoría de Copérnico es falsa--. en la teología. Naturalmente. No siempre se recuerda que en todo departamento del conocimiento. tenemos que reconocer el hecho de que nuestros padres han laborado. siempre está abierta. en edificar sobre los fundamentos que ellos han puesto. considero. en todo caso. y ha dado a luz bastante más que viento. pidiendo luz. la obra de la teología estuviera aún sólo en sus comienzos. lo mismo hemos de decir respecto a la teología. que aceptar una ley de resultados disminuidos. Esto nos deja mucho trabajo por hacer.

En una y otra el Cristianismo está luchando por su misma existencia. declamatoria más allá de todo precedente. Era una edad de predicación. el contenido de esta revelación original --para dejar desarrollado o explícito lo que está implícito. entendida debidamente. en una forma que ha resistido la prueba del tiempo. el cual. I. La aparición de la apología escrita en el siglo segundo está relacionada íntimamente con las características de la edad en que nació. La simiente sembrada de esta forma pronto dio su fruto en la época de los Antoninos. e ilustrar su carácter típico y el valor permanente de sus resultados para la teología. o sólo expresado de modo fragmentario y no sistemático. y los filósofos monopolizaban casi todos los lugares de poder. Renan califica acertadamente el reinado de Marco Aurelio llamándolo «El reino de los filósofos». llegó casi a realizarse el sueño de Platón. y la polémica contra el Gnosticismo. y en un sentido están aparte del mismo. Sin embargo. también. Los artículos doctrinales complicados que se hallan incluidos en nuestros credos en realidad parecen hallarse muy lejos de la simplicidad del evangelio original. tratando. En este reinado. no es sino el elaborar la solución del problema de lo que pertenece al contenido esencial del Cristianismo. Era inevitable que. en los testimonios escriturales--. sólo las épocas principales. Se hallará que hay una identidad más profunda entre estas formas de conflicto de la que aparece a primera vista.34 35 permitirme pasar por alto los estadios preliminares y entrar de pleno en el siglo segundo. como me propongo. tienen que ser juzgados por su pretensión a desplegar y exhibir. por una vez en la historia mundial. enseñanza. e instituyó una jerarquía de maestros asalariados en Roma y las ciudades provinciales. apareciendo en esta edad. que ya he descrito como la época de los Apologetas. discursos. la apología adquiriera una forma literaria y filosófica -- Se ha afirmado en el capítulo anterior que la historia del dogma. se ve forzado a la defensa en la reivindicación de las ideas que se hallan en la base tanto de la religión natural como la revelada. concibió la idea de establecer una alianza entre los filósofos y el Estado. En una y otra. Con todo. Me propongo mostrar en esta conferencia la forma en que se dirimió el conflicto. aunque él mismo en modo alguno un literato. Los fundamentos del nuevo orden fueron puestos en el siglo anterior por el emperador Vespasiano. puedo . el Estado tenía a un filósofo como su soberano.

«Porque». pero no hacemos daño. algunas. Lo significativo es que apareciera en absoluto. o por el deseo de agradar a hombres supersticiosos. hacia el fin del siglo. como las de Teófilo y de Minucio Félix. Los primeros son Quadratus y Arístides en el reinado de Adriano. como la de Taciano: A los griegos. y a reclamar un veredicto a su favor en base a su inherente racionalidad». discípulo de Justino. Orígenes podría ser incluido legítimamente en nuestra lista. su gran clásico es una réplica a Celso. el filósofo. consideramos que no se nos puede hacer ningún daño. no pocos eran filósofos y retóricos de profesión. ya no se contentaban siendo "unos tontos cuchicheando por los rincones" como los describían despectivamente sus enemigos. Justino. sino también que el Cristianismo se había abierto paso en los círculos literarios y ya estaba atrayendo su atención. y a su hijo Verissimus (Marco Aurelio). «hemos venido no a halagarte con este escrito. el filósofo. ni a complacerte con nuestro discurso. lo que tiene en Justino y la mayoría de los otros apologistas. el . Por lo menos siete de estas apologías son dirigidas a emperadores. «no sólo que el espíritu de la edad había afectado al Cristianismo. de este siglo. en Macedonia. para que des una decisión que sea contra vosotros mismos. Melito de Sardis. como he dicho en otro punto. a menos que seamos convictos como malhechores. yo. sino que se habían armado de valor para presentar su caso al foro abierto de la opinión pública. forma la retaguardia. Entre ellos se hallan Taciano. sino palabras nobles.36 llevara. van dirigidas a individuos particulares. y a Lucio. ni inducido por un impulso irracional o por rumores malignos que han prevalecido desde hace tiempo. Teófilo de Antioquía. Además. sino a pedirte que pases juicio después de un examen a fondo y preciso. varias de Roma. y tú puedes matamos. una de Pella. Hay 37 dos o tres de Atenas. marca el exordio de la primera apología de Justino: «Al Emperador Antonino Pío. Porque nosotros. fundador de la Apología Latiria. aunque pertenece al siglo siguiente. La cantidad y alcance de la literatura apologética que ha llegado hasta nosotros de este período despierta nuestra admiración y sorpresa. en Palestina. natural de Flavia Neapolis. en la mayoría de ellas alienta un espíritu noble y elevado: el tono de hombres que se dan cuenta de la historia que se acerca. presenta este discurso y petición en favor de aquellos de todas las naciones que son odiados injustamente y maltratados inexcusablemente. dos son del Asia Menor. Atenágoras. o se pruebe que somos hombres malvados. Nada de adulación ni sumisión aquí. el hijo adoptado de Pío. el garbo de una «nueva filosofía»-. cuyo diálogo Octavius Renan califica de «perla de la literatura apologética en el reinado de Marco Aurelio». con Minucio Félix. por ejemplo. osadas pero dignas. «Muestra». no halagado por prejuicios. Tertuliano. otras son generales. y al sagrado Senado. Las obras de estos escritores representan una extensa área. porque. Deja claro que los cristianos estaban empezando a tener confianza en sí mismos.» Esta es una nueva manera de dirigirse a los emperadores. el hijo de Prisco. el nieto de Bacchius. sigue. Qué dignidad delicada. contándome yo entre ellos». una es de Siria. con todo el pueblo de los romanos. Justino Mártir es el centro de un distinguido grupo en la época de los Antoninos. La mayoría de los escritores son hombres de conocimientos y cultura.

Pero incluso estas críticas pueden exagerarse. Funda argumentos en el texto griego que el hebreo no sostiene. que luchaban con armas intelectuales. Muchos de sus argumentos los juzgamos comunes sólo por el hecho de que ahora nos son familiares. creo. Una simple reflexión va a mostramos que era una apologética muy compleja. en aptitud dialéctica. de J. a pesar de todos los obstáculos.) es el representante clásico. sin duda. la que tenía que emprender la Iglesia de aquella época. Celso y Luciano. realmente. Haremos mayor justicia a la complejidad y dificultad de este segundo siglo apologético si reflexionamos en el doble conflicto que tenía que sostener la Iglesia de aquel tiempo. Hallamos. Tenía que defenderse como un cuerpo proscrito contra los ataques externos hechos contra ella en nombre de las leyes.38 lenguaje de una hombre que defiende la verdad más bien que el pellejo. podemos admitir que presenta defectos en muchas formas. será de admiración por el hecho de que. No es sistemática. Celso (e. luego miremos la apología con que eran contestados éstos y otros ataques. Baur no exagera cuando dice: «En agudeza. El carácter del ataque es distinto. tenemos tendencia a pensar que las exigencias hechas a un apologista en el siglo diecinueve son más severas y arduas que en períodos precedentes. y si lo consideramos imparcialmente. pero me atrevo a decir que. Es fácil. Los que menosprecian su originalidad deben recordar lo poco que se había hecho todavía en la dirección de la apologética o la teología. por ejemplo. Nos equivocaríamos mucho si no diéramos la importancia que merecen a la agudeza o la habilidad intelectual de estos ataques. a medida que se iba formando bajo las condiciones reales de su ambiente.son a la vez originales y profundos. Su exégesis es a menudo caprichosa. y la nube de odio y calumnia que la envolvía parecía casi impenetrable. Por una ilusión muy natural. Es una expresión común decir que cada edad requiere una apologética apropiada a la misma. y que muchos de sus pensamientos --por ejemplo el de la palabra espermática-. pues. y esto en unos días en que su número era reducido. pero pongo en duda el hecho de que la Iglesia Cristiana tenga una tarea más pesada a realizar hoy que la que tenía la Iglesia del siglo segundo. el uso de la alegoría es excesivo. la tarea fuera realizada tan bien. partes de los cuales ni aun hoy son 39 anticuados. En lo que sigue será conveniente que consideremos los ataques literarios primero. 160 d. La obra de Justino. ni crítica. tomándolo en conjunto con gran destreza. con todas sus faltas. y tenía que defenderse contra los ataques vivos y poco escrupulosos de contrincantes como Fronto. las condiciones de la defensa han variado. el tono que corresponde a un verdadero hombre libre en Cristo. su prestigio nulo. en cultura . que las condiciones literarias de la edad ya pueden llevamos a esperar que la aparición de la apología tenga como contrapartida ataques escritos contra la religión cristiana. Me parece que Justino prepara su argumento. nuestro sentimiento. que fueron las avanzadillas de sus respectivos departamentos. No estoy convencido de que esta idea sea correcta. sino que avanza al azar. La apología de Justino no nos serviría. sus contienen una masa ingente de libros razonamientos. enjuiciar la obra de hombres con la ayuda de cuyas espaldas nos hemos encaramado a la altura que ocupamos hoy.

El mundo está ceñido por los lazos férreos de la necesidad. Haciendo uso de considerable ingenio. por necesidad es inaceptable. esta obra de Celso hizo muy poco impacto en su tiempo.se ven presentadas aquí 41 casi de modo completo. para el beneficio del hombre le parece la más ridícula de las ideas. es indudablemente imposible que nadie tenga el poder de disminuirla en nada. 78. Una vez lo ha hecho. 67-69). Excluye de antemano toda revelación. cuando Orígenes. Voltaire. «la libre voluntad o libre albedrío queda aniquilada». encarnación y milagros. Ni tan sólo oímos hablar de su existencia hasta ochenta o noventa años más tarde. Para atacar al Evangelio no vacila en degradar al hombre en la escala de la creación por debajo del rango de los brutos (iv. en cuanto sabemos. tiene un aspecto sorprendentemente moderno. Su obra Palabra verdadera. Celso hace salir primero a un judío.40 madura y versátil. escrito por un hombre tan inteligente --un libro que ya había recogido casi todas las objeciones principales al Cristianismo . Apenas se le escapa nada en el curso de sus objeciones. lo singular es que. Con estas ideas. No hay necesidad de proseguir su ataque en mayor detalle. Las críticas de escritores posteriores contrarios a los Evangelios --como los Deístas. 23-25. y todo lo que halla en él. el judío es despedido y Celso dirige el argumento a su propia persona. La materia es la fuente de todo mal. pero éstos son tan copiosos. y su curso no puede ser alterado. pero el Evangelio invita a los malvados. tanto filosófica como general. El perdón del pecado no tiene lugar en su sistema. Sin embargo. Es prácticamente inconcebible un cambio de malo a bueno en la naturaleza humana (iii. Celso se dirige al Cristianismo. La redención era para Celso algo increíble. 62). sus posiciones son las dos absurdas. nosotros la conocemos sólo a través de extractos de la misma en Orígenes. La idea del mundo de la que procede Celso es en algunos aspectos distinta de la moderna. Judíos y cristianos son antagonistas que se neutralizan el uno al otro. en la que ataca la fe cristiana. tanto o más que la que procede de la artillería pesada de la incredulidad de nuestros días. en efecto. labor que ha realizado. se echa de ver fácilmente. En todo caso no consiguió detener la marcha triunfal del Cristianismo hacia la victoria en el Imperio. y con frecuencia empleando las mismas palabras de Celso. que es posible reconstruir la mayor parte de la obra. dice Orígenes. ¿Por qué? ¿Por qué un libro tan agudo y hábil. Ahora miremos el tema desde el punto de vista de la verdadera filosofía. 79). Strauss-. Keim. Cleso no se queda atrás de ninguno de los oponentes al Cristianismo. porque la consideraba como una imposibilidad. Si la suma de los males es una cantidad fija. a instancias de un amigo. En un sistema así. Considera una ofensa peculiar que el Cristianismo sea una religión de pecadores. indignos y ruines. Que el mundo fuera creado. se puede decir sin vacilar que era una critica formidable y efectiva. pero a los ojos del sabio pagano. pero. El plan. cuya tarea es presentar contra el Cristianismo todas las objeciones y calumnias que puede acumular desde el punto de vista de la sinagoga. en particular. o sea gobernado. Pero es en la doctrina de la redención que vierte su máximo desprecio. teniendo en consideración su época. La proclamación en los Misterios es a aquellos que son de puro corazón y vida íntegra. y la cantidad de mal es fija e inalterable (iv. en otros. emprende su refutación.

Se aparta de ella. Estos no necesitaban argumentos para refutar a Celso. Pero los demás no eran tan ciegos. y los llamaba a ser sus hijos. Esto se aplica a su invitación a los pobres. Una tercera razón para explicar el fracaso era la inadecuación de las explicaciones que Celso tenía para ofrecer acerca del Cristianismo. los ignorantes. era la evidente parcialidad del libro. ni a la luz de la razón ni ante las necesidades del corazón. Los hombres creían que en la doctrina de un DiosPadre que los amaba. Semejante a ésta. Las mismas causas que explican la derrota de Celso dan la razón por la que la historia de la cruz halla su entrada cada semana en miríadas de corazones. Celso no la ve en absoluto. Su idea del mundo no era defendible. si bien rechaza el Cristianismo. Pero la conciencia humana nunca se reconciliará con esto 43 como una explicación adecuada de un sistema como el Cristianismo. su religión. que para Celso era la principal «piedra de escándalo». se puede afirmar confiadamente. no la reconoce. que es la extraña ceguera en el libro a la grandeza moral y espiritual del Cristianismo. los pecadores. . y a menos que la incredulidad se desentienda de esta idea. sin que nadie los lea. ni tan sólo intenta ser imparcial. en tanto que los tomos eruditos en que se pretende triturar la religión cristiana van acumulando polvo en los estantes de las bibliotecas. Una última razón se puede dar en que Celso. frente a la del cristiano. El espíritu de Celso no les atraía si el Cristianismo fallaba. Forzado a hacerlo. y que había enviado a su Hijo para salvarlos. Una razón. pero no podía producir efecto alguno en los cristianos o aquellos que sabían cómo vivían los cristianos. no hacía justicia a sus libros. o si la ve.42 según hemos indicado-. y por esta razón son instructivas. retrocede. sus vidas. No basta con refutar al Cristianismo. y en formas más sutiles o más burdas nunca lo ha logrado. dar la peor idea posible de todo. falló en su objetivo? No puedo aquí ni intentar bosquejar la línea de la réplica magnífica de Orígenes. En presencia de una visión así las objeciones de Celso se desvanecían como fantasmas al amanecer. Se dedica con afán a retorcer. pero hay unas pocas razones que se hallan sobre la superficie que hacen resaltar. Esto me lleva ahora a hablar de la tarea de la Apología cristiana en sí. no tiene mejor hipótesis a sugerir que impostura por parte de Jesús y sus discípulos. hay una segunda razón. éstos contemplaban su gloria espiritual y sentían su poder salvador. Celso. He dicho que si consideramos imparcialmente la magnitud y dificultad de esta tarea. y cuando la verdad en Jesús era puesta delante de los hombres. tenían algo que el frío racionalismo o el implacable fatalismo de Celso no podía ofrecerles. ridiculizar. Los creyentes sabían por su propia experiencia que no decía la verdad. Así su argumento quedaba desvirtuado y el Evangelio siguió su camino sin sufrir mella. desfigurar. nos sentimos llenos de admiración por la habilidad con que la ejecutaron. y Celso no tiene explicación satisfactoria que ofrecer. hay que explicarlo. no tiene sustituto que ofrecer. El caso es típico. Esta es la prueba que todos los sistemas de incredulidad tienen que pasar. Una cuarta razón a dar por el fracaso del libro es la extraña perversidad con que Celso convierte las cosas que son la gloria del Cristianismo en un argumento en contra del mismo. Esto podía divertir a los paganos. por lo menos las causas principales de su fracaso. su moral. creo. no conseguirá el asentimiento general.

Por tanto. que presentaban un 45 contraste tan marcado con los de los paganos. dedican mucha atención a la exposición de la locura y absurdidad de la idolatría. sin embargo. Los escritores cristianos. como señalamos. no puede ser enteramente negativa. sobre todo apelando al testimonio público de los caracteres y vidas de los cristianos. La segunda parte de la Apología cristiana era