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A Fin de Conocerle Ellen White (175)

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Pág. 65

El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con
maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente. (1
Pedro 2:22-23)
El dominio propio es la más grande evidencia de nobleza en un cristiano. Debiéramos imitar el
ejemplo de Jesús; pues cuando lo maldecían, no respondía con maldiciones, sino se encomendaba a
Aquel que juzga justamente. Nuestro Redentor hizo frente a los insultos y burlas con un silencio sin
quejas. Todos los crueles vituperios de la turba asesina que disfrutaba con la humillación de Cristo y
su juicio en el tribunal, no pudieron provocar en él una mirada o palabra de resentimiento o
impaciencia. Era la Majestad del cielo, y en su puro pecho no había lugar para el espíritu de venganza,
sino sólo para la compasión y el amor (RH, 24-02-1891).
Parece que hubiera una neblina delante de los ojos de muchos, pues no pueden discernir las cosas
espirituales y no reconocen la forma en que obra Satanás para entrampar sus almas. Los cristianos no
han de ser esclavos de las pasiones; han de ser dominados por el Espíritu de Dios. Pero muchos se
convierten en juguetes del enemigo, porque cuando llega la tentación, no descansan en Jesús, sino que
con sus preocupaciones se apartan de sus brazos... Fracasamos en nuestras pequeñas dificultades diarias
y permitimos que nos irriten y molesten; fracasamos ante ellas y las hacemos piedras de tropiezo para
nosotros y para otros. Pero las bendiciones de la mayor importancia son el resultado de soportar
pacientemente esas provocaciones diarias; porque hemos de obtener fortaleza para soportar mayores
dificultades diarias y permitimos que nos irriten y molesten; fracasamos ante ellas y las hacemos
piedras de tropiezo para nosotros y para otros. Pero las bendiciones de la mayor importancia son el
resultado de soportar pacientemente esas provocaciones diarias; porque hemos de obtener fortaleza
para soportar mayores dificultades
¡Ojala pudiéramos dominar nuestras palabras y acciones!... Cuánto daño se provoca en el círculo
familiar por pronunciar palabras de impaciencia; pues la exclamación impaciente de uno lleva al otro a
contestar con el mismo espíritu y en la misma forma (RH, 19-05-1891).142

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