Boletín de la Academia Nacional de Historia

de la academia nacional de historia

boletín

Volumen LXXXVIII N° 182
Segundo semestre de 2009

BOLETÍN de la A.N.H. Vol LXXXVIII nº 182
©  Academia Nacional de Historia del Ecuador ISSN Nº 1390-079X Diseño e impresión PPL Impresores 2529762 Quito flandazurippl@andinanet.net marzo 2010 Esta edición es auspiciada por el Ministerio de Educación

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ÍNDICE GENERAL

Editorial EN EL BICENTENARIO
• De la utopía al martirio. Quito 1809-1810 Enrique Muñoz Larrea • La organización judicial durante el movimiento independentista de 1809. Sus protagonistas y su jurisdicción territorial Patricio Muñoz Valdivieso • El bicentenario de la revolución quiteña: Cuestionamientos y nuevas interpretaciones Gonzalo Ortiz Crespo • En busca del Acta de la Independencia de Quito Gustavo Pérez Ramírez • Mensajes cifrados de la revolución Hernán Rodríguez Castelo • Un clérigo patriota: el doctor don josé de Salazar y Rivera Gregorio César De Larrea

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ARTÍCULOS Y ENSAYOS
• Capítulos de la historia de vecindad colombo–ecuatoriana Jorge Núñez Sánchez • Miguel de Gijón y León, un quiteño trotamundos Jorge Núñez Sánchez • El libro de Carlos Paladines: El Movimiento Ilustrado y la Independencia de Quito Ruth Gordillo R. • La nobleza de los Ortiz de Zevallos Gregorio César De Larrea

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DISCURSOS ACADÉMICOS
• La región esquiva: ¿Solo el Zamora con Loja llorará? Galo Ramón Valarezo • Bienvenida al doctor joaquín Gómez De La Torre Barba Padre Dr. Jorge Villalba Freile S.J.

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RECENSIONES
• El Comisionado Regio Carlos Montúfar y Larrea. Sedicioso, insurgente y rebelde. Hernán Rodríguez Castelo • Olmedo el hombre y el escritor Hno. Eduardo Muñoz Borrero • Historia del Acta de la Independencia de Quito del Diez de Agosto de 1809 Hernán Rodríguez Castelo

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VIDA ACADÉMICA
• IN MEMORIAN Dr. Manuel de Guzmán Polanco ha muerto Recuerdos del Dr. Manuel Octavio Latorre • Manuel, historiador Patricio Quevedo Terán • Centenario de la Academia Nacional de Historia Juan Cordero Íñiguez • Discurso del Dr. juan Cordero Íñiguez en su posesión como Director de la ANH • La perdurable lección del Dr. jorge Luna Yepes en el centenario de su natalicio Jorge Salvador Lara • Un “Olmedo” de la Academia Nacional de Historia en homenaje a Guayaquil - Discurso del Dr. Rodolfo Pérez Pimentel - Discurso del Dr. Hernán Rodríguez Castelo • Informe sucinto del Dr. juan Cordero Íñiguez correspondiente al cuarto trimestre del 2009 Individuos de número de la ANH a diciembre de 2009 Miembros correspondientes a diciembre de 2009 Miembros electos para correspondientes Miembros honorarios Miembros extranjeros electos como correspondientes Miembros de provincias

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ste nuevo número del Boletín de la Academia Nacional de Historia se abre con una nota luctuosa: el fallecimiento de quien hasta hace muy poco fuera su director, el Dr. Manuel de Guzmán Polanco.

Manuel de Guzmán Polanco estuvo al frente de la corporación ocho años, que fueron años especialmente difíciles y decisivos. Las dificultades comenzaban por la falta de sede de la Academia, una vez que el viejo y venerable local de junto al Museo de Arte Colonial estaba inutilizable. Mientras se adelantaban gestiones –que suelen ser largas y a veces hasta desalentadoras– para conseguir un local digno para la Academia, el Director puso su propia oficina al servicio de los asuntos administrativos más urgentes, a la vez que conseguía espacios adecuados para las sesiones académicas más amplias. Fruto de su tenacidad, conjugada con el tacto propio del gran diplomático que siempre fue, la Academia pudo posesionarse de un local digno de la centenaria e ilustre Corporación. El 8 de agosto de 2007 el Alcalde de Quito, general Paco Moncayo, Miembro también de nuestra Academia hizo la entrega a la Academia de la casa “La Alhambra”, recuperada por el Municipio quiteño y restaurada por el Fondo de Salvamento (FONSAL). Esta sede, que cuenta, sin duda alguna, entre las más bellas que tenga Academia alguna, acogió para algunas actividades a los historiadores de Ibero américa que llegaron para el Congreso Extraodinario de las Academias Iberoamericanas de Historia, celebrado en Quito como número central de las celebraciones del Bicentenario de la gesta quiteña de 1809 a 1812. Hacia el final de su gestión Manuel de Guzmán asumió la urgente, importantísima e ineludible tarea de movilizar a acadé micos, historiadores y la misma opinión pública nacional –más bien lerda ante cosa de tanta trascendencia– para una celebración del Bicentenario del pronunciamiento autonómico del 10 de agosto de 1809. Rechazó, de modo digno y enérgico, la postura de la persona puesta al frente del Comité de Celebraciones Cívicas, que nunca entendió lo importante que era para el Ecuador, para su identidad y su autoestima, para la inteligen-

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cia profunda de sus grandes horas, celebrar con grandeza el Bicentenario. Personalmente Manuel de Guzmán destacó en Valparaíso el significado de la denominación “Quito, Luz de América”, dado por el Congreso chileno en los mismos días de esos grandes acontecimientos. Ante el monumento a Camilo Enríquez, gestor de ese pronunciamiento chileno, ponderó “la importancia histórica del altísimo calificativo”. Y otra gestión personal suya logró que un Congreso Iberoamericano de Academias de la Historia decidiese celebrar en Quito un Congreso Extraordinario para solemnizar el Bicentenario de Agosto, a la vez que se iluminara desde varios ángulos iberoamericanos, el pronunciamiento quiteño y su trascendencia americana. Si ese Congreso fue un éxito, se debió también, en gran parte, a los empeños personales del Director de la Academia Ecuatoriana. Ha sido motivo de enorme complacencia para quienes hacemos este Boletín haber colaborado con toda la pasión que la alta coyuntura requería con la celebración bicentenaria que el Director de la Academia de tanto modos impulsaba. Y nuestro Boletín continúa aportando, desde el ámbito de sus propias tareas, a esa celebración que, como lo señalamos desde la portada del número anterior, no es de un día, por ilustre que haya sido, sino de una gesta que se extendió por meses de iluminada maduración y de heroica defensa del nuevo proyecto político: “Años del Bicentenario 1808-1812”. Por ello, la primera sección y la más importante es “En el Bicentenario”. Algo que ha convertido al Boletín de la Academia Nacional de Historia, desde sus primeras entregas, en fuente ineludible de consulta es la publicación de documentos inéditos. Este nuevo número no resultará excepción gracias al aporte del académico numerario Enrique Mu ñoz Larrea que nos entrega una parte importantísima de sus hallazgos hechos en el Archivo Histórico Nacional de Madrid . Documentos tan sugestivos y dignos de lecturas profundas como la “Relación que hace el Oidor Decano de la Real Audiencia de Quito D. josé Fuentes de Bustillo en un informe que eleva a la junta Central de Gobierno sobre los sucesos del 10 de agosto de 1809” y un conjunto de oficios y cartas posteriores al 10 de agosto de 1809.

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El artículo “La organización judicial durante el movimiento independentista de 1809. Sus protagonistas y su jurisdicción territorial” aporta puntos de vista a la discusión de varios temas que poco a poco han ido esclareciéndose. Dos textos incluidos en esta sección tuvieron un origen un tanto ajeno a ser artículos del Boletín; pero los dos significan interesantísimos aportes a la iluminación de la Revolución de Agosto. El primero, “El Bicentenario de la Revolución quiteña: cuestionamientos y nuevas interpretaciones” de Gonzalo Ortiz Crespo fue, salvo ligerísimas variantes indispensables para el nuevo formato, su discurso de ingreso en la Academia. De especial importancia en este texto es su discusión del libro revisionista a ultranza y, como lo prueba Ortiz, gratuito en su hipótesis fundamental de jaime Rodríguez La revolución política durante la época de la Independencia. El Reino de Quito 1808–1822. El otro texto son las palabras dichas por el académico Hernán Rodríguez Castelo en su presentación en el Palacio del Bicentenario (antiguo Hospital Militar) de su libro sobre la poesía quiteña de la Revolución de Agosto. Como ese libro lo prueba y este texto lo destaca, en los poemas que circularon en Quito por esos días se dijeron cosas que ningún cronista del tiempo las dijera. Y uno de esos poemas nos abre las puertas hacia el nuevo bicentenario que nos espera y que nos está exigiendo ya preparativos acordes con la enorme magnitud del trágico acontecimiento: “Cántico lúgubre en que se lamenta el estado de desolación de la ciudad de Quito en el día jueves 2 de agosto de 1810, a la una y media de la tarde”. Especial interés despierta el artículo de Gustavo Pérez que narra su insistente búsqueda del Acta original de la Independencia y que dió como resultado el hallazgo de tres copias manuscritas de la misma. Completan el Boletín interesantes artículos y ensayos y discursos de especial importancia como los dichos por el académico juan Cor dero Iñiguez en el centenario de la Academia Nacional de Historia y al posesionarse como nuevo Director de la Academia.

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EN EL BICENTENARIO

DE LA UTOPÍA AL MARTIRIO QUITO 1809-1810
Enrique Muñoz Larrea Acordaos de las hazañas que hicieron nuestros antepasados, y adquiriréis una gloria grande y un nombre eterno.
(1. Macabeos, 15-55) 1

INTRODUCCIÓN Fue el jueves 10 de agosto de 1809, día que celebraba en el calendario litúrgico de la Iglesia Católica la fiesta de San Lorenzo mártir, cuando un grupo de patriotas desconocieron la autoridad del teniente general D. Manuel Ruiz de Urríez y Cavero, conde Ruiz de Castilla, como presidente y capitán general de la Real Audiencia de Quito. Tal desconocimiento se fundaba en que el descubrimiento y la conquista de las tierras de América fue realizado a nombre de los Reyes Católicos, que lo financiaron personalmente, y no del Reino de España; por lo tanto, fueron realizadas a nombre de la Corona española, por lo que el territorio americano fue denominado Reino de Indias; de esta manera se consideró que estos territorios pasaban a ser propiedad de los Monarcas por derecho de conquista. Al faltar los Monarcas Españoles por la usurpación de Napoleón del trono Ibérico, cesaba la relación de vasallaje de los americanos a su señor natural el Rey Fernando VII y desconocían, por lo tanto, a las autoridades que ya no representaban a la corona Española. En la primera declaración el 10 de agosto al pueblo de Quito la junta de Gobierno manifiesta:
1 Cita de D. Vicente Rocafuerte al iniciar su discurso en la Convención de 1845.

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“Un pueblo que conoce sus deberes y que para defender su libertad e independencia ha separado del mando a los intrusos y está con las armas en las manos resuelto a morir o vencer, no reconoce más juez que a Dios, a nadie satisface por obligación, pero lo debe hacer por honor. En esta inteligencia, el pueblo de Quito da al mundo entero razón de su conducta tocante a los acontecimientos políticos del día. …Y, que habiendo cesado el aprobante de los Magistrados, han cesado también éstos sin disputa alguna en sus funciones, quedando por necesidad la soberanía en el Pueblo.” 2 El reducido número de personas ilustradas que proclamaron la independencia el 10 agosto, debieron conocer las obras del Padre Rivadeneira que criticaba a la monarquía absoluta o las de Saavedra Fajardo que reprochaba la astucia, la mentira y el interés de los políticos. Y que decir de las tesis del Padre Vitoria, creador del derecho internacional público, que proclamaba el derecho igualitario de los pueblos o del Padre Mariana que “funda la existencia del Estado en el consentimiento de los hombres”, así como las obras de los Enciclopedistas franceses. La idea de independencia subyacía en la pequeña clase alta de la sociedad criolla compuesta por la aristocracia, los profesionales y terratenientes que solo esperaban la conjunción de circunstancias favorables que determinaran el momento de llevarla a cabo. El pueblo que era indiferente a esta idea cambió radicalmente a partir del sacrificio de los patriotas del 2 de agosto e hizo suya la lucha por alcanzar la libertad. Hubo grupos humanos, como el indígena, que fueron manifiestamente realistas hasta el final de las guerras de la independencia. Cabe destacar que la figura del Rey era intocable, mas no las autoridades que ejercían el gobierno que siempre fueron blanco de las protestas del pueblo; solamente se comenzó a cuestionar a su Real persona hasta bien entrada las luchas libertarias. El Procurador general de Quito dice en una carta al Consejo de Regencia, refiriéndose a las ideas libertarias, “ ... y porque desde ahora hace más de veinte años (Quito) aspira con frenesí... buscando el modo de poner en obra su proyecto”, sin embargo, no hubiera tenido éxito ningún movimiento independentista, si la milicia de Quito no la hubiese apoyado.

2 AHNM. Secc. Consejos. 2674. Exp.2. Lega. 24.

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Mientras existieron una serie de sólidas estructuras políticas, administrativas y sociales, las Fuerzas Armadas de las distintas provincias de ultramar se limitaron a cumplir sus funciones. Solamente cuando el sistema salta en pedazos con motivo de la emancipación, y cuando a causa de la guerra que ésta genera aumenta la importancia del sector militar, entonces éste empieza a desempeñar por primera vez en su historia un activo papel en la política. En España se generó un proceso parecido a partir de 1808.3 A partir de esa fecha y casi todo el siglo XIX, tanto en España como en América, las fuerzas armadas por medio de sus jefes o Caudillos ejercieron el poder con pocos lapsos de tiempo constitucionales. Se cambió la monarquía unificadora por regimenes caudillistas que anteponían sus intereses personales al de la nación; este lastre frenó el desarrollo de los pueblos y, en nuestro caso, nos fuimos quedando rezagados frente a la prosperidad de América del Norte. El Siglo XVIII fue especialmente adverso a los súbditos de la Presidencia de Quito, desastres telúricos, meteorológicos, epidemias, plagas, desacertadas acciones administrativas, impositivas y comerciales mantuvieron en constante zozobra a sus habitantes. La pobreza, enfermedad, desocupación y la falta de medidas adecuadas para atenuar estos males, hicieron, que durante ese siglo, hubieran múltiples alzamientos de indígenas y criollos protestando por su extrema situación. Para mi entender, fueron las causas económicas, más que las ideológicas, las que determinaron finalmente el apoyo del pueblo a la revolución. Ayer como ahora nos ilusionamos que un cambio político nos traerá bienestar y prosperidad, sin embargo, para el pueblo representó que “el último día del despotismo fuese el primero de lo mismo”. Tengo que relatar esta gesta libertaria sin remover viejos rencores, sino aclarar o dar a conocer nuevos hechos que por falta de documentos estaban en el limbo del pasado, que estos documentos sean los mejores decantadores de nuestra historia, que a cada quien den su justo valor, evite que convirtamos personas en personajes y acciones en proezas, si esto lo logro, vale la pena el esfuerzo y tiempo invertido. Finalmente, seamos indulgentes con nuestros padres próceres por algunos de sus vaivenes de fidelidades, lo que quedan son zonas
3 julio Albi. La defensa de las Indias, pag 116.

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de sombra sobre la actuación de algunos patriotas del 10 de agosto, en esa época, “era normal, esos cambios de lealtad tanto en la aristocracia española o criolla: siempre acordaban lealtad al sector que era dueño del poder. Era una forma de garantizar su seguridad personal, familiar y a sus bienes, pero quedaba claro, que no había una inclinación ideológica y menos una predisposición para la lucha,” sobre todo en los primeros tiempos de la independencia. Memorial de agravios que la Junta de Gobierno de Quito manifiesta a los ayuntamientos de Popayán, Cuenca y Loja para justificar su revolución y pedir su adhesión. Agosto de 18094 Cuando un pueblo sea el que fuere, muda el orden de un Gobierno establecido largo tiempo; cuando las imperiosas circunstancias le han forzado a asegurar los sagrados intereses de su Religión, de su Príncipe y de su Patria, conviene a su dignidad manifestar al Público sus motivos y la justicia de su causa. Quito, pues conquistado 300 años ha por una Nación valerosa, protegido por los númenes tutelares de sus soberanos, con leyes justas, un clima benigno, un terreno fecundo medianamente poblado de hombres industriosos, y aptos para todo, debía ser feliz; pero sin tener de que quejarse, ni de sus soberanos, ni de sus Leyes, ha sido mirado por los españoles, que únicamente lo mandaban, como una nación recién conquistada olvidando que sus vecinos, son también por la mayor parte descendientes de esos mismos españoles; han sido mirados con desprecio tratados con ignominia; ofensa la más amarga a la dignidad del hombre. Han visto todos los empleos en sus manos; la palabra criollo en sus labios ha sido la del insulto, y del escarnio y para elevar al Trono sus quejas han tenido que dar vuelta a la mitad del globo, y de esta inmensa dificultad han abusado siempre sus opresores. Los dulces y pacíficos preceptos de su santa religión, el innato amor a sus Reyes, y una larga costumbre, los ha conservado sumisos y obedientes, en medio del despotismo subalterno mas ignominioso, sin atreverse a registrar sino temblando sus profundas heridas, y a manifestar en sus semblantes un contento que no podía estar en sus corazones.
4 BAENH.

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La nación española devastada, oprimida, humillada, y vendida al fin por un indigno favorito vio arrebatar de entre sus brazos a un joven monarca, sus delicias, y sus esperanzas, por un soberano que después de haber asolado Europa, preparada en secreto cadenas su huésped, a su aliado, a su amigo, a una nación fiel, y valerosa y a la América entera, despertó al fin de su letargo, se armó para defender sus indescriptibles derechos y ha resistido al tirano, con una energía, con una constancia, con un tesón digno de mejor suerte; más no siempre corresponden los sucesos a la justa de la causa, y el maldad muchas veces triunfa a la virtud. La América entre tanto fiel a su religión y a su príncipe llorará su suerte, a más de 2.000 leguas de distancia, y prestos motivos sagrados hacia ardientes y continuos votos con el más profundo dolor; las esperanzas la consolaron alguna vez, prodigará sus tesoros para salvar a la Patria, deseara derramar su sangre por ella, bañará en llanto y levantará sus manos al Cielo. Quito retirado en un rincón de la tierra no tenía quien substituyese sus esperanzas, quien disipase sus temores, ni quien tomase medio alguno para defenderla, vio de repente encarcelar con el mayor escándalo a cinco de sus más nobles, y leales hijos, llamará delito de Estado el pensamiento de no sujetarse nunca a Bonaparte, y el haber hecho planes para este digno objeto. Sabe que el Regente de su Audiencia había dicho que era preciso degollar a catorce de sus vecinos nobles; ve con la mayor sorpresa denunciado por un Oidor el deseo de lograr en América a Fernando Séptimo y el Santo Padre, como si este dulce deseo, fuese un delito. Considera que la mayor parte de los que mandan son hechuras del infame Godoy, la execración del género humano; nota las desconfianzas de la Junta Suprema manifestadas públicamente y tomar medidas a dos mil leguas de distancia para salvarla de Bonaparte, pero al mismo tiempo no ve empleo alguno concedido al fiel Americano, que ella misma elogia. Le consta que en casa del que acababa de gobernarlo, y Jefe de un temible partido, se había dicho que si la España se sujetaba a Bonaparte, seria preciso que la América hiciese lo mismo con estos antecedentes, y con otros que se omiten. El pueblo por estúpido que fuese no habría temido su próxima esclavitud, y el ser vendido cargado de cadenas al atroz enemigo de su Religión, de su Príncipe y de su Patria, y de todo lo más sagrado que

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el hombre tiene sobre la tierra, se resolvió al fin de asegurarlo todo; mudó en un instante la forma de su gobierno, con solo la prisión de nueve individuos con el mejor orden, el menor silencio, y respetando las vidas, y los intereses de sus propios enemigos. Juró por su Rey y Señor a Fernando Séptimo, conservar la Religión de sus Padres, defender, y procurar la felicidad de la Patria, y derramar toda su sangre por tan sagrados y dignos motivos. Juramos a la faz de todo el mundo la verdad de lo expuesto. Hombres buenos e imparciales de cualquier Nación que seáis, juzgadnos, no os tememos, ni debemos temeros. Quito agosto de 1810.

CAPITULO I CREACIÓN DEL GOBIERNO DE LA UTOPÍA Arenga que pronunció el Marques de Selva Alegre, presidente de la Suprema Junta Gubernativa establecida en Quito a nombre de nuestro Augusto Monarca, el señor don Fernando VII (que Dios guarde) en la instalación que se celebró el día 16 de agosto de 1809.5 “Señores: Qué objetos tan grandes y sagrados son los que nos han reunido en este respetable lugar. La conservación de la verdadera religión, la defensa de nuestro legítimo monarca y la prosperidad de la Patria. Veis aquí los bienes más preciosos que hacen la perfecta felicidad del género humano, cuan dignos son nuestro amor, nuestro celo y veneración y como no temblar yo al verme constituido por el voto unánime de ese pueblo generoso por cabeza de la Suprema Junta que se compone de los ciudadanos más dignos de esta ilustre capital. Conozco señores que
5 Archivo AHNM. Sección Consejos. Legajo 21676. Carpeta 1. Exp. 1. Doc.5. Copia de un original que me remitió y la asigno y firmo en Cartagena de Indias a 11 de octubre de 1809. (f) josé Antonio Fernández.

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el valor de esta dignidad está unido al exacto desempeño de todas sus funciones, nada más tengo que protestar con la sincera efusión de mi reconocimiento, sino que me sacrificaré todo por la consecución de los santos fines que aspiramos. Ya sabéis que estos están vinculados a nuestras más estrictas obligaciones en nuestros inviolables derechos y en nuestros más íntimos intereses. Cuento seguramente para tan crecida obra con todos los talentos, luces y patriotismo de los funcionarios que componen este considerable cuerpo político, con las grandes virtudes de nuestro Excmo. e Ilustrísimo prelado, con la sabiduría del venerable clero secular y regular y con todos los auxilios de mis amados compatriotas. Reunamos todos nuestros esfuerzos particulares, para procurar de todos modos el bien general, la firme perseverancia en nuestros principios, la concordia y tranquilidad entre nosotros, el celo, claridad y prudencia en nuestras deliberaciones, son los únicos medios que podrán consolidar la seguridad y felicidad pública que nos hemos propuesto. Concluyamos pues señores, dirigiendo al Omnipotente nuestros humildes votos para conseguir las luces y el acierto en todo, digamos con sinceridad propia de americanos españoles, ¡viva nuestro legítimo Señor natural don Fernando VII! y conservémosle a costa de nuestra sangre, esta preciosa porción de sus bastos dominios libres de la usurpación tirana de Bonaparte, hasta que la divina misericordia le vuelva a su trono o que nos conceda la deseada gloria de que venga a reinar entre nosotros.” Formación de la Junta Suprema de Gobierno 6 Presidente, el Serenismo señor marqués de Selva Alegre. Vocales de la Junta: Los excmos e ilustrísimos Señores Obispos de Quito y Cuenca. Los excelentísimos representantes de los barrios, y Cabildo señores: Marqués de Solanda y don Juan José Guerrero y Matéu, representantes de la ciudad.
6 BANH. Número 73. Hay una ligera variación de nombres con el acta notarial levantada de este acto, que consta en la nota.

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Don Melchor de Benavides, representante del Cabildo. Don Manuel Zambrano, representante del barrio de San Sebastián. Marqués de Villa Orellana, representante del barrio de San Roque. Don Manuel de Larrea, representante del barrio de San Blas. Marqués de Miraflores, representante del barrio de Santa Bárbara. Don Manuel Matéu y Aranda, representante del barrio de San Marcos. Ministros los Excmos. señores : De Estado y Guerra, don Juan de Dios Morales. De Gracia y Justicia, don Manuel Rodríguez de Quiroga. De Hacienda, don Juan de Larrea y Jijón. Secretario del gobierno con tratamiento de señoría: Don Vicente Álvarez. Consejo: El Ilmo. señor doctor don José Javier Ascásubi, quien preside las salas de lo Civil y lo Criminal. Senadores: 7 Sala de lo Civil, con el tratamiento de Señoría: El señor doctor don Pedro Jacinto de Escobar, Decano. El señor doctor don José de Salvador El señor doctor don Pedro Quiñones y Cienfuegos El señor doctor don Antonio Tejada El señor doctor don Mariano Merizalde, Fiscal Sala de lo Criminal: El señor doctor don Felipe Fuertes Amar, Regente El señor doctor don Luís Quijano, Decano El señor doctor don José del Corral El señor doctor don Bernardo de León El señor doctor don Salvador Murgüeitio - Fiscal el doctor don Francisco Xavier de Salazar. - Protector general de Indios, con honores de Senador, el doctor don Luís Cabal.
7 Se cambiaron de nombre a los Oidores por Senadores.

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- Alguacil mayor de Corte con tratamiento de Señoría el doctor don Antonio Solano de la Sala. Tienen tratamiento el de Señoría a los individuos del Venerable Deán y Cabildo de las Catedrales de Quito y Cuenca. Los sueldos asignados a estos dignatarios eran: 6.000 pesos al Presidente. 2.000 pesos a los vocales. 2.000 pesos a los Ministros y Secretarios. 1.500 a los Tribunales. La Falange (milicias) de Fernando VII comprende tres compañías sobre las dos de milicias existentes. 8 Plana Mayor: -Inspector general con tratamiento de Señoría y grado de coronel, don Juan de Salinas. -Auditor de Guerra con grado de teniente coronel, el doctor don Juan Pablo de Arenas Tenientes coroneles vivos y efectivos: -Don Xavier de Ascázubi -Don Antonio Ante -Don Joaquín Zaldumbide de dragones. Sargentos Mayores: -Don Nicolás Aguilera -Don Manuel Aguilar -Don Xavier Zambrano 9 Ayudantes Mayores: Don José Vinuesa
8 En la nueva organización del Ejército español de 1780 se creó el piquete que fue la unidad más pequeña de la Infantería formado por 15 a 20 hombres; la compañía por 100 a 200 hombres; el batallón que agrupaba a varias compañías y variaba entre 600 a 800 infantes y los regimientos que podían unir a dos o más batallones, igual estructura se continuó en la Falange quiteña9 Por su participación en el golpe revolucionario les ascendieron al teniente Aguilera y al Sargento Zambrano al grado de sargentos mayores (comandantes).

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Don Mariano Ortiz Don Mariano Cevallos. Abanderados: -Seis alférez. -Tres capellanes. -Tres cirujanos. -Un Tambor Mayor. Más tarde se completaría el regimiento Fernando 7º con las siguientes unidades, bajo el mando de 20 capitanes, 20 tenientes, 20 subtenientes, 50 cadetes, 25 sargentos, como pié veterano10 y 500 hombres de tropa. Primer batallón: - Teniente coronel don Xavier de Ascásubi y Matéu. - Sargento mayor don Xavier Matéu y Zambrano. - Ayudante Mayor don José Vinuesa. - Capellán doctor José Joaquín Corella. - Médico doctor Miguel Luna, - ayudante, Pedro Monrroy. Segundo Batallón: - Teniente coronel don Antonio Ante. - Sargento mayor don Nicolás Aguilera. - Ayudante mayor don Mariano Ortiz. - Capellán doctor Antonio Castelo. - Médico don Pedro Jesuenes. Tercer Batallón: - Teniente coronel don Joaquín Zaldumbide. - Sargento mayor don Manuel Aguilar. - Ayudante mayor don Mariano Cevallos. - Capellán doctor Pablo Arévalo. 1 Batallón de granaderos. 1 Compañía de artillería con 10 cañones, con un total de 600 hombres.

10 El pie veterano, era el así denominado en el ejército Real, al instructor de las tropas novicias.

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HE AQUÍ COMO PENSABAN LOS PATRIOTAS QUE CREARON ESE UTÓPICO ESTADO Carta enviada a Barbacoas por el presbítero doctor Manuel de Quiñones y Cienfuegos a su hermano que cuenta los sucesos de Quito 11 “…se ha rebajado el papel sellado a los dos reales de su antigua taza y ha quitado el estanco de tabaco para esta ciudad que era pieza inútil pues hubo año que quedaron libres solo diez o doce pesos y ha rebajado el cabezón (impuesto) de las haciendas para que los pobres labradores, respiren y puedan gozar de adelantamientos que todo redunda al fin, en beneficio de su Monarca.” La Falange ya está casi completa con gente muy bella, la oficialidad en que se ha empleado la más lúcida juventud de Quito pretendiendo con ansia incorporarse en ella de cadetes aún los niños de diez a doce años de modo que, no se respira aquí otra cosa que entusiasmo y patriotismo, aun en boca de las señoras, que de nada hablan con más gusto que de cosas de Estado y de la libertad de nuestra Patria, ofreciéndose que en caso necesario contribuirán para el mantenimiento de las tropas con las más preciosas alhajas de su uso. Se han nombrado nuevos corregidores a los pueblos los que van adoptando pacíficamente y llenos de alegría el plan, particularmente en Riobamba que han celebrado con salvas y los demás regocijos y así otras cosas grandes, que es imposible referir. Su Alteza ha nombrado de Gobernador de Cuenca a D. José Ignacio Checa, que lo era de Jaén; que ha dado esta resulta al capitán Juan Salvador; y que depuesto el Corregidor de Ibarra, ha colocado en su lugar con título de gobernador a D. Manuel Zaldumbide. Ayer 16 de agosto fue convocada la ciudad y se celebró la instalación y ratificación de la Suprema Junta de ella. Fue este teatro muy magnífico y serio en el cual se puso un sitial con el retrato de Fernando Séptimo, al pie de él se sentó el Presidente con dos soldados a los lados, al lado derecho el ilustrísimo señor Obispo y luego los demás señores etc., los excelentísimos señores Ministros de Gracia y Justicia, de Ha11 BANH. Número 73. Carta enviada de Quito el 17 de agosto de 1809 por el Presbítero don Manuel Quiñones a su hermano el Alférez Real don Nicolás de Quiñones, residente en Barbacoas.

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cienda y el de Guerra y los excelentísimos señores Representantes, todos vocales de la Junta, los nuevos Senadores de lo Civil y de lo Criminal, todos Togados, los Cabildos eclesiásticos y Secular, todas las Comunidades Religiosas, el Clero, los Colegios y la Universidad, toda la nobleza y demás pueblo. Más si esa función fue tan magnífica fue sin comparación mayor la de hoy (17 de agosto) en la catedral para la misa de Acción de Gracias y juramentos que con el Ilustrísimo señor obispo hicieren después de cantado el Tedeum Laudamos, desde el Presidente, todos los demás Tribunales, Cabildos, Gremios, Comunidades, Empleados y demás de la nobleza y pueblo, todos por su orden al pie del altar mayor, sobre los Libros de los Evangelios, delante del Obispo juraron el defender la Religión, los Derechos del Rey Fernando Séptimo y la Patria y establecimiento de esta Suprema Junta. No es posible pintarte de prisa la grandeza de esta función.” Reconocimiento del pueblo de Quito a la Junta de Gobierno En los días sucesivos para legitimar el establecimiento del nuevo orden y gobierno se comienza a recoger firmas entre los habitantes de Quito, y alcanzan más de 8.000 rúbricas, que debieron ser la casi totalidad de alfabetos de la ciudad. 12 Carta anónima enviada a Cuenca en la que narra la sesión de los patriotas en la sala de San Agustín, cuenta: “el diez y seis, en la Sala de San Agustín asistieron todos los cuerpos (gobierno, eclesiástico, militar) y pueblo, ratificaron las elecciones antes hechas y fue un día de mucho gozo donde se presentaron las arengas y el manifiesto del pueblo que le remito impresas, dando sus motivos de haber levantado la voz, en fin, todo se ha mudado sin haber derramamiento de una gota de sangre, con lo que se ve claramente que la mano Omnipotente ha estado pródiga con Quito, libertándonos también del tremendo día en que los chapetones tenían
12 Carta del 24 de octubre de 1809 del coronel Salinas al Presidente de Quito.

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destinada nuestra total ruina, degollando a más de cincuenta de los nobles de esta ciudad, pero la chinita se ha vuelto respondona, y el corazón de nuestros compatriotas Americanos, principalmente los de Quito, son muy generosos y compasivos, y contra ellos no hay más que arresto, esto es que a los principales que ya lo están, tratándoles como corresponde, sin tocarles ni en su persona ni hacienda, y los demás andan libremente confirmados en sus antiguos empleos, esto es a los que no se han metido, ni sabido en la traición que nos querían hacer” 13 Acta notariada sobre las primeras actuaciones de la nueva Junta de Gobierno - Notificación del cese de las Autoridades. - Elección de representantes a la junta Suprema de Gobierno. - Elección de Ministros del Nuevo Gobierno. - juramentos en San Agustín y en Catedral. 14 “Yo, el infrascrito escribano de S.M. que despacho por Real Orden y por ausencia del señor Secretario Particular de la Suprema Junta Gubernativa de este reino, don Vicente Alvarez erigida por el común voto unánime del pueblo para que a nombre de su Majestad Católica el señor don Fernando VII (que Dios guarde) gobierne dicho reino; certifico en cuanto puedo, debo y al lugar en derecho, los S.S. y demás personas que la presente dieren con vista del expediente formado sobre el particular que entre los sujetos nobles del centro de la ciudad, atendidas las presentes críticas circunstancias de la Nación, declararon solemnemente haber cesado en sus funciones los Magistrados actuales de esta capital de Quito y sus provincias y que en su virtud como parroquianos del centro de la catedral eligieron y nombraron por representantes de él a los señores marqueses de Selva Alegre don Juan Pío de Montúfar, y de Solanda don Felipe Carcelén y firmaron este nombramiento. Los del barrio de San Sebastián eligieron y nombraron por representantes de él al señor don Manuel Zambrano regidor de este ilustre ayuntamiento y firmaron. Los del barrio de San Roque eligieron
13 juan Cordero Iñiguez. Cuenca y el 10 de Agosto de 1809. UNAP. Pág.190. 14 ANHM. Secc. Consejos. Leg. 21674. Exp. 2. Doc. 3

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y nombraron por representante de él al señor Marqués de Villa Orellana don Jacinto Sánchez y firmaron. Los del barrio de San Blas eligieron y nombraron por representante de él al señor don Manuel de Larrea y firmaron. Los del barrio de Santa Bárbara eligieron y nombraron por representante de él al señor Marqués de Miraflores don Mariano Flores y firmaron. Los del barrio de San Marcos eligieron y nombraron por representante de él al señor don Manuel Matéu y firmaron. En virtud de estos nombramientos declararon que los antedichos individuos unidos con los representantes de los Cabildos de las provincias sujetas actualmente a esta gobernación y las que se unieren voluntariamente a ella en lo sucesivo como son Guayaquil, Popayán, Pasto, Barbacoas y Panamá que ahora dependen de los Virreinatos de Lima y Santa Fe los cuales se procurarán atraer, compondrán una Junta Suprema que gobernará interinamente a nombre y como representante de nuestro legítimo soberano el señor don Fernando VII y mientras S.M. recupera la península o viene a imperar en América, eligieron y nombraron para Ministros secretarios de Estado a don Juan de Dios Morales, don Manuel Quiroga y don Juan de Larrea, el primero para el despacho de los negocios extranjeros y de guerra, el segundo para el de Gracia y Justicia y el tercero para el de Hacienda, los cuales como tales, sean individuos natos de la Junta Suprema, y para el secretario particular a don Vicente Alvarez. Nombraron y eligieron por Presidente de ella al señor Marqués de Selva Alegre a quien se le dará el tratamiento de Alteza Serenísima y sus vocales referidos tendrán el de excelencia y al secretario el de Señoría y todo el cuerpo el de Majestad. Que los referidos S.S. prestarán el juramento solemne de obediencia y fidelidad al Rey en la Catedral y lo harán prestar a todos los cuerpos constituidos así eclesiásticos como seculares que se sostendrán la pureza de la religión, los derechos del Rey, los de la Patria y harán guerra mortal a todos sus enemigos, principalmente franceses valiéndose de cuantos medios y arbitrios honestos le sugieran el valor y la prudencia para lograr el triunfo. Que para el efecto siendo absolutamente necesaria, una fuerza militar competente para mantener el reino en respeto se levante prontamente una falange compuesta de tres batallones de infantería sobre el pie de ordenanza y montada la primera compañía de granaderos quedando por consiguiente, reformadas las dos de infantería y el piquete de dragones actuales. Que el jefe de la falange sea coronel, y nombraron de

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tal a don Juan Salinas; de auditor de guerra a don Juan Pablo Arenas. Que para la más pronta y recta administración de justicia crearon un Senado compuesto de dos salas, civil y criminal con un gobernador a su cabeza. La de lo civil tendrá un decano, tres senadores y un fiscal. La de lo criminal un regente, un decano, tres senadores, un fiscal, un protector general y un alguacil mayor cuyos nombramientos firmaron todos los que han dado sus poderes como diputado del pueblo. En su consecuencia los S.S. que componen la suprema junta mandaron congregar por medio de S.A.S. que dirigió oficios a todos los cuerpos respectivos al convento del gran padre San Agustín el 16 del corriente y habiéndose así verificado se extendió el acta cuyo tenor copiado a la letra es como sigue: En la ciudad de San Francisco de Quito en 16 de agosto de 1809, estando en la Sala Capitular del convento máximo del gran padre San Agustín destinado por su mayor capacidad, congregados por medio de oficios despachados por Su Alteza Serenísima, el señor Presidente de la Suprema Junta Gubernativa Marqués de Selva Alegre, el Ilustrísimo Sr. Obispo don José Cuero y Caicedo, el I. Cabildo de esta ciudad, el venerable Dean y cabildo eclesiástico, el alguacil mayor de Corte y Ministros de la Real Hacienda, los jefes del cuerpo veterano y milicias, el cuerpo literario de la Universidad, los curas de las parroquias inmediatas, los rectores y colegios de San Luis y San Fernando, los Rvdos. PP. Prelados de las religiones con sus individuos, el colegio de abogados, el Diputado e individuos del comercio, los jefes y administradores de las Reales Rentas, los Excmos. Procuradores y subalternos del Senado y juzgados, los nobles del lugar con mucho concurso público, a efecto de que enterados de la voluntad del pueblo explicadas en actas de la constitución del nuevo gobierno dijesen libremente sus sentimientos sobre el establecimiento que se había acordado, precedidas de unas breves peroraciones que hizo Su Alteza Serenísima el señor presidente y los Excmos. Señores ministros don Manuel Rodríguez de Quiroga y don Juan de Larrea, manifestando los motivos que habían invitado al pueblo a formar la Suprema Junta y ventajas que de ella resultarían y leídas por el Excmo. señor Ministro de estado don Juan de Dios Morales las actas y diligencias que se extendieron antes solemnemente, todos unánimemente y conformes con respectivo vivas y aclamaciones de júbilo, ratificaron cuanto se había propuesto y ordenando como que se dirigía a unos fines santos de conservar intacta la

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religión cristiana, la obediencia al señor don Fernando VII y el bien y felicidad de la Patria importantes y necesarias en las circunstancias críticas presentes en que el común invasor de las naciones Napoleón Bonaparte, pretende apoderarse y adjudicarse su dinastía la nación y reino español, arrancándole por fuerza de nuestro legítimo soberano el señor don Fernando VII y quisieron se firmase por todos los cuerpos e individuos que concurrieron, autorizándolo los escribanos de esta ciudad capital, que dan fe y por ante mí el presente escribano de S.M. que despacho por su Real Orden por ausencia del señor secretario de la Suprema Junta”. Esta se halla firmada por todos los referidos cuerpos y enseguida día 17 después de la misa de gracias y el Te Deum Laudamus prestaron el juramento en la santa iglesia Catedral todos ellos en presencia de la imagen del Cristo crucificado nuestro amado Redentor y los Santos Evangelios que estaban colocados en un altar portátil con ceras encendidas en el cuerpo de dicha iglesia, y el Excmo. e Ilustrísimo señor Obispo sentado a la derecha, a cuya presencia y de la Suprema Junta procedieron a hacer el juramento desde S.A.S. y su Junta hasta los nobles del lugar y el público en la forma siguiente: “Juramos al señor don Fernando VII como nuestro Rey y Señor Natural y juramos adherir a los principios de la Junta Central de no reconocer jamás la dominación de Bonaparte ni la de Rey alguno intruso. Juramos conservar en su unidad y pureza la religión católica, apostólica, romana en que por la misericordia de Dios tuvimos la felicidad de nacer y juramos finalmente hacer todo el bien posible a la Nación y a la Patria, perdiendo si necesaria fuere por estos sagrados objetos hasta la última gota de nuestra sangre por la Constitución”. Lo que he concluido pasaron a dejar a la Suprema Junta en casa de S.A.S., y para que así conste donde convenga y obre los efectos que haya lugar en derecho doy la presente de Orden Real en este muy noble y muy leal Reino de Quito en 21 de agosto de 1809. Por Real Orden y en ausencia del señor secretario Atanasio Olea, los escribanos del Rey nuestro señor de esta Corte que aquí firmamos y signamos, certificamos y damos fe, que la certificación que precede autorizada por don Atanasio Olea, es tal escribano de S.M. (que despacha de orden Real por anuencia del señor secretario de la Suprema Junta Gubernativa de este Reino) como se titula y nombra, y a sus semejantes actuaciones, que ante el susodicho ha pasado y para siempre

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se ha dado y da entera fe y acredito judicial y extrajudicialmente por ser fiel, legal y de toda confianza. En cuya virtud damos la presente en este muy leal y muy noble Reino de Quito el 21 de agosto de 1809. Hay un signo. En testimonio de verdad, Miguel Munive, escribano de Su Majestad y receptor, hay un signo. En testimonio de la verdad, Esteban Hidalgo y Paredes, Escribano Público. Es copia de un original al que me remitió y signo, y firmo en Cartagena el 11 de Octubre de 1809. Antonio Fernández.” Como anteriormente manifesté, esta copia Notariada que fue enviada de Quito a Cartagena de Indias el 22 o 23 de agosto de 1809 y llegó el 11 de octubre y en el primer transporte fue remitido a España, de manera que en la Península se conocía cualquier ocurrencia de Quito a los tres meses. Otro tanto demoraba para el resto de América. A Bogotá y Lima no tardaban más de 45 días. El Marqués de Villa Orellana da cuenta de la instalación de la Junta de Gobierno, el 21 de agosto de 1809 Señor Doctor Don Julián Francisco Cabezas. Muy Señor mío y mi más estimado tío: Aunque en este correo no he recibido carta de usted le dirijo esta por participarle los felices acaecimientos de esta ciudad en que con la mayor felicidad y sin derramar una gota de sangre, hemos logrado nuestra libertad porque los motivos urgentísimos y peligro inminente en que estábamos por la Guerra abierta que los Españoles Europeos nos habían declarado a los Americanos (Como lo verá usted mejor por los papeles que se han remitido a esa por el Gobierno y otros particulares) forzoso a que se tomase la resolución de quitarles el mando y ponerlo en una Junta Suprema Gubernativa que mande el Reino de Quito a nombre de nuestro Soberano Rey y Señor Don Fernando Séptimo, conservando la Religión en su pureza y mirando con el mayor anhelo con el bien público. Incluyó a usted una razón de los sujetos que componemos la suprema Junta y el Senado que se ha creado para la administración de Justicia, como lo verá por la planilla adjunta donde también están los Jefes de la Falange de Quito que ya está casi completa

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la gente con muy bella oficialidad en que se ha empleado la más lúcida juventud de Quito pretendiendo con ansia incorporarse en ella de cadetes aún los niños de diez a doce años de modo que no respira aquí otra cosa que entusiasmo y Patriotismo aun en boca de las Señoras, que de nada hablan con más gusto que de cosas de Estado y de la libertad de nuestra Patria ofreciéndose que en caso necesario contribuirán para el mantenimiento de las tropas con las más preciosas alhajas de su uso, lo que espero que imitaran todos los demás pueblos, pues a cuantos se mandaron aviso de lo acaecido se ha juntado con nosotros ofreciéndonos cuántos auxilios sean necesarios de dinero y gente, que solo de los muy distantes aun no tenemos contestación siendo uno de ellos el de Barbacoas del que no dudamos se junte con nosotros y participe de la libertad que le ofrecemos, y Usted que conoce las ventajas que de esto se les seguirá, no debe de contribuir de su parte a esta unión haciéndoles ver que en ello nada arriesgan por no tener a quien temer pues según las noticias ciertas que tenemos toda la América nos imitará por las noticias ciertas que tenemos en que todas se hallan en igual disposición. Como estos días toda la gente se ha hallado ocupada en estos asuntos, han cesado los demás despachos etc. pero ahora volverán las cosas a su antiguo ser apuraré en que se practiquen las diligencias que usted me tiene recomendadas. Mi hijo Pepe sale mañana a servir su corregimiento de Otavalo, quien saluda a usted muy afectuoso como igualmente las señoras en cuya unión pido a Dios guarde a usted muchos años. Beso la mano de usted- Su afecto sobrino que verlo desea. Marqués de Villaorellana. El español don Francisco Requejo escribe a su hijo a Barbacoas manifestando su inquietud con el nuevo orden de cosas y el temor de ser expulsado de la Audiencia. Quito 18 de agosto de 1809 Mi querido hijo don Casimiro: No sé como explicar a Usted las zozobras y congojas en que se halla metido mi corazón cuando frustradas nuestras esperanzas en los pleitos que teníamos pendientes y entre manos, quien sabe los resortes

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que hoy tomarán las cosas, por haberse creado en esta ciudad otros distintos Magistrados con deposición del Excelentísimo Señor Castilla y demás Ministros que componían esta Real Audiencia el día diez del corriente: el que cuando ésta llegue a sus manos le contemplo mejor impuesto que yo mismo por las noticias que habrán llegado a esa Ciudad. Aquí la Suprema Junta que se ha erigido a nombre de nuestro amado Soberano Fernando Séptimo está manejándose con la mayor prudencia y sagacidad, especialmente el Serenísimo Señor Presidente marqués de Selva Alegre. Mas con todo, como la voz del Pueblo sea contra los Chapetones, de los cuales también están presos don Simón Sáenz y don José Vergara. Administrador de Correos, cuyo empleo ha vacado no sé la suerte que a mi me tocará pues algunos dicen que a todos se echaran por Mainas y otros destinos. No sé la suerte que por esta razón me tocará: pues aunque algunos amigos me esfuerzan principalmente mi fino amigo y también de usted don Francisco de la Flor, con quién pasé a visitar a dicho señor Presidente y nos abrasó con la mayor benevolencia: en lances tales suele la emulación o algún fin particular levantar muchas llamas por que se queme aún la inocencia. Yo quedo resignado gustosamente en lo que Dios quiera disponer de mi persona, pues como pecador, no merezco sino su justa indignación, por más que como Ciudadano no he dado en parte alguna el menor mérito para que se me pueda causar la menor molestia; es preciso vivir en el día con el mayor temor y recelo, porque no podemos penetrar las intensiones ocultas y humanas por solo tocar a Dios su investigación y movimientos. En este estado lo que más acongoja es que si se verifica nuestra expatriación a regiones extrañas y remotas es forzoso ir a morir y perecer de necesidad por no tener absolutamente medios algunos para subvenir a esta calamidad, cuando como a Usted tengo abiertamente significado como a mi amante hijo y favorecedor que aun esta Ciudad ajena a estos padecimientos, he pasado amargos días y los estoy pasando por la misma razón: Que hemos de hacer, que en todo se cumpla la voluntad y resolución de nuestro Soberano Dios que todo lo permite y dispone según conviene para la mayor gloria. No obstante esta calamidad, entre tanto, por medio de mis buenos amigos, procuraremos el medio más oportuno al buen éxito de los negocios que traemos entre manos, principalmente el del Escribano en cuya separación de esa Ciudad estriba la mayor quietud y sosiego de ese vecindario. Quiera Dios que así sea, aunque hoy tenemos que lidiar con muchos

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más manos que antes pero nada se aventurará por falta de Diligencia. Estoy impuesto de que pretende algún acomodo en esta Ciudad aunque sea de oficial de Pluma en Real Hacienda, bien aquí o Cuenca, si le consigue creo verificados nuestros deseos y estaremos libres de semejante ladilla. Pretende esta Ciudad, que Barbacoas se sujete a su establecimiento, como Popayán, Pasto y más lugares de aquel Gobierno y que los Reales Intereses vengan a estas casas. No sé lo que pensará aquella capital que creo será el Norte de Barbacoas y demás lugares de su gobernación. En cuyo particular como que usted es sujeto de los mas acomodados en su Patria y cargado de hijos espero se manejará con la mayor cordura y prudencia de modo que no meta en casa el menor disgusto y mucho menos la ruina. Procurando como antes le tengo escrito el mejor trato con sus esclavos, no sea cosa que por algún no pensado caso vengamos a ser esclavos de ellos a buen librar. No lo quiera ni permita el Señor porque sería la más terrible ruina de esa pobre provincia y cuando usted me escriba por los Correos nada me toque de esos particulares porque no hay seguridad de que se entreguen las cartas como vienen y bueno es cautelarnos de la mejor sorpresa que para escribir lo que acomode a cada uno, solo puede hacerse por medio de un coadjutor seguro y de muchísima confianza, como el portador de ésta, porque de otro modo no me atrevería a escribir a Usted ni aun mis recelos ni mis sentimientos. El diez y nueve del presente se fue el excelentísimo Señor Castilla a su quinta de Iñaquito entre tanto verifica su Marcha, que no se le restringe el que la verifique por donde quiera. Y ha andado tan cristiano que con don Carlos Estrella primer oficial de la Secretaria de gobierno me mando tacita consabida conforme se la entregue y di recibo de ella quedando a su disposición de usted junto con mi reconocida voluntad. Ya dije a Usted que no hay que contar con lo que le debía el difunto Presidente porque sus bienes no alcanzan a pagar la mitad de lo que debe, más con todo si quiere Usted que hagamos la oposición mande el recibo de los Doblones de dicho amigo porque de lo contrario no podrá hacerse la menor vitalidad. 15 Diego me escribe en este Correo no tener orden de Usted para remitir los mil pesos restantes que Usted me dijo después de pagados de
15 Habla del Barón de Carondelet.

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los mil de la Casa de mazo, pues como he dicho a Usted se le restan doscientos y más según lo dirá la liquidación que previene y el premio de los Doblones para recoger las hebillas y tomar el finiquito total de dicha casa Usted verá como deba hacerse en el particular. Yo por el Correo contestaré a Usted ajeno de todo lo que pasa y Usted hará lo mismo conmigo. Si bien que si me dan la Licencia pasaré en estos cortos días a la Provincia pues espero el avío en estos dos días, y allá podrá Usted destinarme todas sus ordenes con la mayor satisfacción siempre con persona de confianza. Encomiende Usted a Dios y en cuanto sea posible acuérdese de su amante Padre que siempre ha procurado mirar por sus cosas y honor más que propias, y entre tanto mandar cuanto quiera a su amante seguro servidor que su Mano Besa.Francisco Requejo.Relación que hace el Oidor Decano de la Real Audiencia de Quito D. José Fuentes de Bustillo en un informe que eleva a la Junta Central de Gobierno sobre los sucesos del 10 de agosto de 1809.16 “El amor, la lealtad y fidelidad tan debidas a V.R.M. son principios íntimamente radicados en mi corazón, sin que sean capaces de borrados ni las mayores amenazas que me han hecho, ni las más horrorosas prisiones que he sufrido; ni las más infelices capciosas sugestiones, ni el estado miserable a que me han reducido las inauditas insurgentes ocurrencias de la Ciudad de Quito por los traidores finísimos secuaces de las máximas de la doctrina que ha trastornado al Universo. Y la distinción de Regente de aquella Real Audiencia que he merecido a la Real Clemencia de V.M., me constituye en la obligación de dar cuenta con mi mayor sumisión y respeto, aunque sucintamente, de un caso tan extraordinario como digno de la mayor atención, en las cuales presentes circunstancias que afligen a todos los que tenemos el honor de ser fieles vasallos de V.M. que oscurecen esta pequeña porción de sus Dominios y necesitan de pronto remedio. La mañana del 10 de Agosto último se ejecutó en Quito la más alevosa traición por los insidiosos autores de ella; la que, por las providencias que consecutiva e inmediatamente se dieron por estos insur16 AHNM. Secc. Consejos. Leg. 21676. Exp. P1. Doc. 8.

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gentes, se conoce estar aquélla anteriormente bien tratada y meditada por los unos; sabida por muchos; y por no haber habido persona que dejase de abrazarla, debiendo haberse opuesto a ella, se advierte lo inconstante y veleidoso de este Pueblo y sobre todo la indolencia o impolíticos miramientos observados en otros tiempos y por una peligrosa indulgencia tenida en el presente se ha llegado al extremo de que sin el menor temor y respeto se haya ejecutado con salvoconducto en estos días una traición que si no se remedia de pronto, puede traer al Estado incalculables y fatalísimas consecuencias. ¡Y en qué tiempos! En unos en que toda la España con sus fieles y Américas, suspiran pública y primariamente por la libertad de nuestro afligido Monarca. En unos en que los leales y todos sus habitantes, no respiran sino rasgos de fidelidad, entusiasmo y generosidad. En unos en que las Américas están íntimamente unidas con la heroica España, nuestra amada Patria, ofreciendo cada cual sus vidas y caudales para la suspirada libertad de nuestro amado Rey, rogando muy instantemente en el templo y uniendo todos sus votos y deprecaciones a las de los sacerdotes del Altísimo, para que por su medio se digne la Divina Majestad oímos y libertamos de tantos males como afligen a la España y a todo español. Pues en éstos, Quito ha tratado y trata de que sobre tan leal suelo lluevan las desgracias originadas por las doctrinas del Corzo, cuyas máximas parecen ser el fundamento de las que siguen los rebeldes. iY en qué tiempos! En unos en que todo el Orden Eclesiástico con sus dignísimos y religiosos Prelados; todo el Orden Político con los Jefes y Magistrados que lo gobiernan dan las mayores pruebas de su amor y lealtad de la constante fidelidad de las Américas y de todos sus habitantes sin distinción; en unos en que se ha proclamado solemnemente a V.M. en unos en los que se ha Jurado con la mayor pompa a la Suprema Junta Central, como a su Regente que lo representa durante su desgraciada ausencia; en unos en qué no se ha tratado otra cosa sino de observar el mejor modo en la administración de Justicia, cortando los intolerables abusos introducidos para deprimirla; en los que se trataba de hacer llegar a V.M. una remesa de los crecidos caudales que se reservaban en sus cajas reales; en los que el Presidente y yo estábamos creídos de la fidelidad que aparentaban sus habitantes. Pues en ellos es cuando Quito se declara traidora y manifiesta a todas luces los finísimos sectarios de las máximas destructoras del Universo, quienes bajo de una criminal apariencia, todo lo trastornan y no intentan, otra cosa que

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mudar de gobierno; para declararse luego con el absurdo, al que se conoce aspiraban por todos sus aspectos y por las providencias inmediatamente tomadas. En éstos, pues, es cuando aparece una denuncia de un plan bien formado para hacer lo mismo que ahora se ha verificado; una denuncia que declaraba suficientemente estas ideas; una denuncia que manifestaba los papeles anónimos, sediciosas opiniones, juntas y conversaciones de la misma calidad dirigidas a trastornar el orden; a deprimir la Real Autoridad y a separar a sus habitantes de la obediencia debida a V.M. y la Suprema Junta Central que lo representa, con otra multitud de cosas que declaraban las ideas de sus autores y que daban a conocer el fundamento en que se hallaban éstas y que presentaban la urgente necesidad de ser reprimidas, cortadas y sofocadas, como corresponde a asuntos de tanta gravedad y consecuencia; teniéndose además a la vista una multitud de pasquines, libelos, entremeses y comedias infames e hijos de la malicia, en los que no se perdona la opinión, el carácter y representación de las personas, contra quienes se dirigen todos los medios, aún los más reprobados, pero que son los más adecuados para trastornar el orden e introducir la rebelión. Esta denuncia, por la que se formó causa a varios sujetos y todos ellos incluidos en la presente revolución como miembros o autores de ella, se empezó sin que yo tuviese el menor conocimiento; se siguió según su extraordinaria naturaleza de un modo muy poco conforme y después fue encomendada al Ministro más moderno, quien dio vista al Abogado-Fiscal, y éste, trastornando las leyes políticas, no haciendo caso y separándose del orden y de las Leyes que gobiernan estos delicados asuntos, dirige toda su opinión y sus miras a disculpar a los notoriamente culpados, a sacar por verdaderos reos a los denunciantes, a pedir pena contra éstos y después de varias inconsecuencias, aconseja a los primeros a que traten estos asuntos con las debidas precauciones; que es lo mismo que dar a entender de que traten libremente sobre estas materias, pero con precaución de aquellas personas que los puedan denunciar; e inventando un nuevo sistema para que no se hagan esas denuncias tan recomendadas y recomendables, atemorizando con penas a los que tuvieron la lealtad de denunciar, prescribe las denuncias, tan señaladas en las Leyes y abre el Camino más seguro para la rebelión que ha sucedido; así por estos antecedentes como por la peligrosa indulgencia que sin la menor reflexión se concedió inmediatamente a

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todos los acusados la libertad, se palpó y se demostró con horror el desgraciado resultado que tienen las cosas cuando no se manejan con los conocimientos e integridad que son indispensables para el mejor servicio de V.M. y para el bien del Estado en todos los asuntos y señaladamente en los de tanta gravedad; animándose por ello y por una irreparable condescendencia los acusados y sus defensores a estampar en sus escritos rasgos que daban a conocer sus ideas y su impulso a la libertad. De aquí resultaron sus frecuentes juntas para la ejecución de su plan, el que se ejecutó en la mañana citada, habiéndose en la noche antes cometido la más infame venta del Cuartel por los oficiales y sargentos, comprando de antemano a una compañía y seduciendo inmediatamente a las demás, apoderándose los rebeldes de las armas, cañones, pólvora y demás utensilios y pertrechos reservados en el almacén y sala de aquéllos; y en esa misma noche rodearon con soldados mi casa, la del Oidor Decano y las de algunos otros empleados; me apresan la mañana siguiente del día diez con el mayor estrépito, bullicio y escándalo, sin darme el menor tiempo ni arbitrio para resistir a la fuerza, y me tienen treinta y dos días preso entre cañones, con centinelas de vista y sin la menor comunicación ni aun la de mi mujer y familia, registrándome hasta la comida y bebida; tienen del mismo modo al Oidor Decano D. José Merchante, a dos Oficiales, al Asesor y a los Administradores de Correos y de Diezmos, todos europeos. En los mismos términos y en la propia mañana prendieron al Teniente General Conde Ruiz de Castilla, Presidente de Quito, aunque ni con tanto rigor ni por más que por el tiempo de diez a doce días; nos privan de nuestros distinguidos empleos y nos suprimen toda distinción, y sólo se escapan, y no les ha comprendido éstas y otras duras e insurgentes providencias, el citado Oidor más moderno D. Felipe Fuertes y el Abogado Fiscal D. Tomás de Arrechaga. Firman en esa mañana una lista de sujetos que suscriban la prohibición de la Real Autoridad y exterminio de las personas que legítimamente la representamos y la de otras, sin otra culpa que el ser fieles y leales Ministros de V.M. y sin otro motivo que el del honor, justificación e integridad que nos caracterizan. Fundan una Junta, con el título de Suprema, compuesta del Ilmo. Obispo y de dieciséis o veinte sujetos más, la dan el nombre de Majestad; al Marqués de Selva Alegre, Presidente de ella, el tratamiento de

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Serenísimo y a los demás Vocales, el de Excelencia. Hacen un nuevo juramento solemne, con pompa y formalidades que ellos establecen. Ponen pena de la vida a quienes respondan por la noche España, cuando se pregunte Quién Vive, y precisamente sujetan al público a que se responda: El Rey. Extinguen las Administraciones de tabacos; rebajan el papel sellado; hacen otras rebajas en los tributos; levantan tropas con divisas nunca vistas ni usadas en los Reales Ejércitos de V.M., desde el último soldado hasta el primer Oficial. Establecen Primeros Ministros y Ministros de Estado, de Guerra, de la Real Hacienda, de Gracia y Justicia. Forman toda graduación en lo militar, hasta Mariscales de Campo e Inspectores, y en lo político, un nuevo Senado con dos Salas, dos Fiscales, un Gobernador, con tratamiento de Ilustrísimo, y un Regente, que, lo fue, y renunció a los pocos días, el citado Oidor D. Felipe Fuertes.17 Establecieron otros empleos, aún para los Eclesiásticos, con los tratamientos que quisieron y dispensaron del Real Patronato. Remitieron armas, cañones y todo pertrecho de guerra a Provincias circunvecinas para conquistarlas y para reducidas en caso de resistencia por la fuerza a la obediencia y reconocimiento de esta Junta, enviando antes papeles sedicioso para seducir a la inocencia y atraer a la ignorancia a sus máximas ideas revolucionarias. Establecen Secretarías Covachuelista. Tratan de acuñar moneda. De fundar una nueva Orden, llamada de San Lorenzo y de establecer títulos republicanos. Y conociendo no ser los suficientes ni los caudales de la Real Caja de V.M. ni los ingresos para tantos gastos ofrecen los unos sus haberes, y tratan entre otros de echar mano de los bienes y rentas de las iglesias y tal vez de imponer nuevas contribuciones. Estos y otros muchos son los particulares que han tratado los insurgentes desde el día 10 de Agosto y que algunos no han tenido el menor reparo para afirmar que resulta así de las Actas de sus Juntas revolucionarias, las que con precisión han de dar la más cabal idea del sistema de esta rebelión, siempre que las nuevas ocurrencias acaecidas
17 AHNM, en carta de 23 de agosto de 1809 desde Riobamba a don Melchor Aymerich, indica hallarse huido de Quito en esa ciudad.

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no les haya dado lugar a sepultarlas. También expiden en ese día nombramientos de Corregidores para las Villas de Ibarra, Otavalo y Guaranda y dan los gobiernos de Guayaquil, Cuenca, Popayán y Pasto a sujetos de su facción. Dan providencias para sitiar por hambre a la Provincia y Ciudad de Barbacoas, sólo por ser fieles y leales a V.M., con otra multitud de providencias consiguientes de las desleales miras que se propusieron desde los principios y que dan, una prueba evidente de su sistema revolucionario; pero con la desgracia de no haber habido persona que por su dignidad, carácter y estimación pública les hubiese disuadido de su proyecto, haciéndoles presente lo horroroso del delito, la criminalidad de sus máximas y el odio común que se han adquirido, poniendo en ejecución una traición tan inesperada como precursora de una infinidad de daños irreparables y claro comprobante de la Causa que en contra de muchos de éstos se estaba siguiendo. Apoderados así de la fuerza y autoridades, se valieron desde luego y después de los medios más infames para afianzar con ellos, su vil insurgente proyecto, esparciendo desde esa mañana por escrito y por medio de sus satélites, que en Lima, en Buenos Aires, en el Cuzco y en otras Ciudades que se había hecho lo mismo en el propio día, asegurando en sus providencias, en sus escritos y por medio de aquellos infieles que dentro de un mes se verificaría en todas las Américas; añadiendo las más negras noticias fraguadas por los insurgentes, tocantes a deprimir y rebajar la fidelidad, el valor y el heroísmo de nuestra amada España, hasta el extremo, de afirmar que ésta se hallaba enteramente perdida, valiéndose antes y después de la seducción del populacho y otros pueblos a quienes no cesan de agitar para conseguir sus depravados intentos, no perdonando la acreditada opinión del Presidente y del Regente. Echando mano de las imposturas Impropias del honor que a cada uno le caracteriza. Y de otras ridiculeces contra los demás presos, porque así creyeron les convenía para el establecimiento de su soñado proyecto, sin poner la consideración en el odio común que se han adquirido en todos los Reales dominios de V.M. Saben mi modo de pensar y les consta la integridad y el honor con que siempre he desempeñado el Real servicio de V.M. Es público y notorio el asombroso despacho que ha habido en el Tribunal en año y siete meses que ocupé aquella Regencia, hasta que me privaron de ella los rebeldes, y resulta haberse visto y determinado, en sólo ese

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tiempo, más de dos mil causas. He tratado y conseguido, a pesar de muchos disgustos, de cortar los abusos introducidos; de que las causas registradas se volviesen a abrir mediante cualquier empeño y en fin he trabajado y he hecho cuanto ha estado de mi parte a fin de que las Reales Cédulas de V.M. se cumplan como es debido, sin dar lugar a las violentas y desacatadas interpretaciones ajenas de todo magistrado. Confiesan entre los mismos rebeldes y en sus juntas que soy el único a quien temen por mi capacidad y por las prendas que me caracterizan. Aseguran no tener qué tacharme y en este estado se lanzan al arbitrio de seducir a un europeo para que declare contra mí; a quien le ofrecieron la Comandancia de la Artillería que vino contra Pasto y Popayán, si así lo cumplía y que efectivamente consiguió haciéndose de su partido y declarándose por ello un verdadero traidor. Y todo cuanto quieren imputarme se reduce a suponer que yo en meses pasados había dicho que era necesario separar de Quito y ahorcar a doce sujetos como sectarios de Napoleón y seductores de las máximas bonapartistas, con el único fundamento que el haberme yo expresado en diferentes ocasiones la novedad y extrañeza que me causaba el saber que las malas noticias que venían de España, al instante se creían y exageraban, y las buenas se dudaban y rebajaban, siendo más sensibles los efectos que causa. Dan las primeras que los buenos con las segundas. Y en otra ocasión, haberme explicado como debía con un Cura, que defendía la política, religión, filosofía y otras buenas partidas que atribuía al corzo Bonaparte, hasta el extremo de enfadarme con otro Cura por su modo de producirse. Pero siempre estaba yo muy distante de que hubiese en Quito hombres capaces de adoptar las máximas de aquel Corzo y de ponerlas en ejecución, pues en tal caso hubiera hecho lo que debía como leal vasallo y fiel Ministro de V.M., y con los presentes desgraciados recursos los rebeldes han probado los justos motivos que tuvieron para temer una pena correspondiente al delito que abrigaba su corazón. Al Oidor Decano le atribuyeron no sé qué denuncia que hizo al Presidente, tocante a la Causa. A los demás, lo que les ha parecido, ya todos supuestos sentimientos, que aunque fuesen ciertos no les autoriza para sus capciosas disculpas y sólo a los citados Oidor menos antiguo y Abogado-Fiscal no se han atrevido a tacharles, andando el primero disperso, como estamos

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los demás. Por otra parte es indispensable hacer presentes a V.M. algunos hechos de estos rebeldes, que dan a conocer bien claro su modo horroroso de pensar, pues habiéndose empezado a predicar por los Curas del Sagrario contra esta revolución, abocaron a la puerta los cañones, con el designio de dispararles, siempre que se oyese repetir los sermones que no les acomodaba, haciendo el mayor desprecio del Ssmo. Sto. y no perdonando ya a la dignidad del Rvdo. Obispo, desengañado por sus perversas ideas. En este estado, saben que algunos pueblos se les rebelan. Que las tropas remitidas para contener y castigar la insurrección, las tienen casi a la vista, gracias a las acertadas y aceleradas providencias tomadas contra ellos por los Virreyes de Lima y Santa Fe, y por los Gobernadores de Popayán, Guayaquil y Cuenca, y por heroísmo del Rvdo. Obispo de la citada Cuenca. Conocen el entusiasmo de estas Provincias, todas reclamando contra la de Quito. Les consta la gloriosa acción dispuesta y organizada por el Comandante de las de Popayán y Pasto, D. Francisco Gregario Angula, quien viendo al Ejército de los rebeldes en disposición de ofender con su artillería y el asedio en que tenían a los de Barbacoas, los acometió, haciendo prisioneros a los que no pudieron huir, siendo uno de ellos el citado Comandante de Artillería D. José Ipinza, dejando en el campo siete cañones, las armas, municiones y demás pertrechos de boca y guerra. En este conjunto de circunstancias, se atemorizan los rebeldes de Quito y piensan discurrir unos nuevos medios, en mi corto entender peores que los primeros, y son reponer por fuerza al Presidente, obligándole a obrar según el dictamen de los insurgentes; no dándole libertad ni para renunciar ni para firmar otras providencias que aquellas que son conformes con su sistema revolucionario, y aquellas que dimanan y son propias de sus desleales ideas, de esta suerte consiguen del Presidente el que escriba Oficios a los Comandantes de las tropas impidiendo su entrada, que es todo el objeto de los rebeldes, para agitar entre tanto a la Capital y demás pueblos; rehacerse y tal vez esperar los auxilios que ellos dicen haber pedido. Le obligan a hacer una consulta dirigida al Virrey, para que no se repongan las autoridades y demás empleados arrebatados por los rebeldes. A que funde una Audiencia, haciendo Regente al referido Oidor D. Felipe Fuertes, nombrando de conjueces a dos Abogados que fueron sus Senadores. Mandar a la Villa de Ibarra, declarada con la de Ota-

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valo y sus territorios, en contra de la rebelión de Quito, que le remita los cañones, armas, pólvora y demás pertrechos que siempre han tenido; librando providencia a la de Otavalo y su valle de Cayambe, para que inmediatamente levanten un Escuadrón de 200 hombres armados, para tenerlos prontos a la primera orden. Pero con la felicidad de que ni uno ni otro se cumplió a causa de las providencias que con conocimiento de todo se tomaron. Los rebeldes me desterraron al pueblo de Otavalo, sujetándome a sus duros insurgentes decretos, sin darme más que ocho horas de término que mediaron desde la salida de la prisión hasta la de Quito, y a mi esposa y familia les hicieron precipitar el viaje al día siguiente, obligados a salir de Quito sólo con lo muy preciso, y como suele decirse con lo albergado, a abandonando ellos a sus crueles providencias, la casa y bienes, y reducidos por tan Increíbles como espantosos procedimientos, al estado de una propia y verdadera mendicidad. En medio de estas reflexiones, tengo noticias de las nuevas ocurrencias de Quito. Se me comunica y confía el recado que de orden de aquel Presidente va un fiel Eclesiástico para el Gobernador de Popayán, para el Comandante de estas Tropas, en cuyo Cuartel General me hallo refugiado y para los Corregidores de su tránsito, con el objeto de que desempeñase y asegurase a todos la opresión en que se hallaba, y que no se obedeciese a orden alguna, ni oficio alguno suyo, aunque lo viesen con su firma pidiendo que cuanto antes entren las tropas en Quito, para contener a lo rebeldes. Se me da noticias de lo expuesta que está mi persona por la fidelidad abiertamente declarada del pueblo de mi residencia, Otavalo, y de su inmediato la Villa de Ibarra, con la dilatada jurisdicción que abrazan ambos Corregimientos. En estas circunstancias y después de estar desengañados estos pueblos y advertidos en los términos expresados, me resolví a abandonar a mi esposa, a refugiarme a este Cuartel General, para avisar a este Comandante y vivir con alguna tranquilidad. Le hallé ya instruido por el citado Eclesiástico, por cuyo motivo no hice otra cosa que afianzar y asegurar las noticias comunicadas por el Presidente por medio del citado Eclesiástico, llamado D. José María Azaizo y por el resultado de sus consiguientes providencias. Luego que le vi y me recibió en su alojamiento le instruí del estado en que se hallaban aquellos Corregimientos y sus Capitales, cuyos Cabildos habían formado Actas declarándose por fieles vasallos de V.M.

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y en contra de los insurgentes y de su revolución y lo deseosos y necesitados que estaban de que entrase en sus pueblos algún trozo de estas tropas que pudiese auxiliar sus leales procedimientos en el caso de verse acometidos por los insurgentes y sus secuaces. Pero me manifestó la última orden que acababa de recibir del Gobernador de Popayán relativa a que no saliese de este gobierno sin nueva orden. Y resolvió darle parte, como yo lo hice igualmente, y lo que ha resultado es saber que los rebeldes, viéndose por todas partes perdidos y apurados, pero inflexibles en sus ideas revolucionarias que alimentan y agitan a proporción de la libertad de que están disfrutando con perjuicio de la seguridad del Estado, en contra de éste y de nuestras vidas, han meditado el arbitrio de sorprender al Virrey de Santa Fe para que les oiga, para una composición y tratados que parece quieren formar; y para que se interese con V.M. para su Real aprovechamiento en lo que se convenga para el perdón no sólo de la multitud, sino también de los principales autores y cabezas de esta desgraciada revolución; y prescindiendo de lo que se resuelva por el Virrey, no puedo prescindir de hacer presente a V. M. que me parece no ser posible que los revolucionarios insurgentes se salgan con sus engañosas ideas y el que logren sorprender con ellas a aquella superioridad, en atención a los prácticos conocimientos y evidentes noticias que se tienen así de sus máximas, como también del estado en que actualmente han puesto al Presidente, al gobierno de Quito y a los fieles vasallos que somos de V.M. con el resultado de aquéllas. En estos antecedentes hice al Virrey de Santa Fe, desde este Cuartel General, la representación que con mi mayor respeto acompaño copia a V.M., señalada con el No.1, y en ella le doy a este Jefe una idea de todo según los resultados más evidentes para que enterado de ellos resuelva lo que estimare sea más conforme con las actuales circunstancias, pidiéndole también se me contribuya con mi sueldo correspondiente a mi plaza de Regente en cualquiera parte que existiere, durante el atrevido alzamiento de Quito, y el que informe a V. Soberanía para que se digne hacerme la gracia que en ésta petición a V.M. y habiendo advertido las consecuencias qué se seguirán con algunas providencias tomadas por el Presidente Conde Ruiz de Castilla que dan a conocer la opresión en que lo tienen aquellos insurgentes y la ninguna libertad con que obra, me pareció hallarme en la obligación de pasar al Oidor D. Felipe Fuertes y a los Corregidores de Ibarra y Otavalo los oficios

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que igualmente acompaño en copia a V.M., señalados con el N-2, para contener por mi parte del modo posible los rápidos progresos de la rebelión; impedir la seducción; y sostener a los pueblos que se han declarado fieles en la lealtad debida a V.M., que es lo que me ha parecido deber hacer en medio de la situación en que me hallo, pero con la desgracia de temer algunos malos resultados, según el actual sistema observado en Quito con los rebeldes traidores. Y finalmente no puedo prescindir de estos evidentes conocimientos para representar a V.M. con todo mi respeto, que el actual semblante que manifiestan las cosas de Quito presenta por todos sus aspectos una solapada intención de sus rebeldes, dirigida a maquinar con la libertad que disfrutan contra las vidas, las de mi familia y contra todos aquellos que se han manifestado abierta y claramente fieles a V.M., y que esta indulgencia, acaso más peligrosa que la primera, les hará poner en ejecución lo que después será irremediable, con dobles gastos, pudiéndose al presente evitar el que se pierda el Reino y cortar todo el cáncer a poca costa y sólo con la efectiva entrada de las tropas que ahora tienen casi a la vista, y en disposición de defender la obediencia debida a V.M. y de asegurar al Estado, a la Religión y a las vidas y haciendas de sus leales vasallos, como se lo he representado a vuestro Virrey de Santa Fe y demás Jefes para aquello que conviniere resolver. Estos son, Señor, los motivos que me han asistido para abandonar el destierro en que me pusieron los insurgentes, después de una dilatada y cruel prisión, y cogerme a este Cuartel General y al alojamiento de su Comandante. Este es el aspecto que puedo manifestar de los infieles y desleales procedimientos de Quito. Este es el estado verdadero desde su principio hasta el presente en que se halla. Este es aquel que ha hecho ver la acendrada fidelidad de algunos vecinos de aquella Ciudad, ilustres por su nacimiento y mucho más por su descubierta lealtad, la que les ha ocasionado el odio de los insurgentes, exponiéndolos a sus venganzas. Esto y algo más expongo al Virrey y al Gobernador de Popayán, para que con la posible celeridad se ocurra al remedio de tantos males que han causado los insurgentes y a mirar por el bien y seguridad del Estado; que todo se puede conseguir con la entrada de las tropas que se hallan acuarteladas y esperando a otras más.

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Estos son los movimientos y males que han causado los insurgentes rebeldes de Quito y todos me han obligado a hacer esta reverente representación a V.M., y con mi mayor sumisión y respetuoso rendimiento. Suplico a V.R.M. se digne hacerme la clemencia de atender la ingenuidad y verdad con que hago esta reverente exposición, representando los acaecimientos de Quito, los daños y perjuicios que me han causado y estoy padeciendo por las duras y desleales providencias de aquellos insurgentes, reduciéndome al estado de una verdadera pobreza, y obligándome a vivir separado por ahora de mi esposa y familia. Y en atención a lo demás que sobre esto expongo a V.M. con la mayor sumisión y respeto, a la de mis circunstancias personales, y la integridad y el honor con que siempre he procurado desempeñar el Real servicio de V. M. en los destinos de Oidor y Fiscal de Vuestra Real Audiencia del Cuzco y de Regente de la de Quito, desempeñando en ambas partes y en otras las comisiones más delicadas que se me han confiado, con aquel celo y exactitud que es notorio, se digne V. R. M. la singular de sacarme de Quito, promoviéndome con igual plaza de Regente a vuestra Real Audiencia de Lima o México; o la de promoverme a España, con la plaza que sea más del Soberano agrado de V.M., y en el ínterin, la de que se contribuya con el salario correspondiente a esta Regencia (de la que me han privado los rebeldes), en cualquier parte que existiese durante la insurrección presente de Quito, en lo que recibiré especial merced de la Soberanía de V.M. Dios guarde a V.R.M. los muchos y felices años que hemos menester para bien de sus dilatados dominios y la mayor felicidad de sus amantes vasallos. Cuartel General de Túquerres y Noviembre 21 de 1809. José Fuentes González Bustillo. CAPÍTULO II LA CONTRARREVOLUCIÓN CUENCANA El 16 de agosto de 1809 a las 13 horas recibe el cabildo cuencano un correo de la junta Provisional quiteña que le comunica “que el 10 de agosto

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el pueblo de Quito temeroso de ser entregado a la dominación francesa se ha congregado y declarado haber cesado legítimamente los magistrados en las funciones que tenían de la Junta Central de España, y, que en consecuencia, habían constituido una Suprema Junta Provisional para que gobierne a nombre del Señor Fernando Séptimo, mientras su Majestad recupere la Península o venga a imperar en América; su Presidente el marqués de Selva Alegre participa al Ilustre Cabildo para su inteligencia, a fin que elija y nombre representante a este cuerpo con el sueldo de 2.000 pesos, según disposición soberana del pueblo; al obispo le nombran miembro nato de la Junta”, quien rechaza tal nominación. El gobernador de Cuenca reacciona inmediatamente contra dicha junta y convoca a Cabildo ampliado en el que están presentes “el Obispo, autoridades y más vecinos Nobles y Honrados que hacen un conjunto de cuarenta y cinco personas. El Obispo primero y luego todos los presentes hincados de rodillas y puestas las manos sobre los Evangelios, expusieron: juro a Dios y a Jesucristo Crucificado, obedecer al Rey Nuestro Señor don Fernando Séptimo, y en su Real nombre a la Junta Central que gobierna en España y todos sus dominios, de defender los derechos de la Corona y Autoridad de dicha Suprema Junta, la Religión y la Patria, hasta derramar si fuese necesario la última gota de sangre, jurando así mismo no obedecer a la Junta creada por el pueblo de Quito con el falso supuesto de haberse extinguido la verdadera Central....” . Se acordó convocar a los gremios de la ciudad para que elijan tres Diputados que integren el Cabildo ampliado para que por su medio “hablen cuanto hallaren sea conveniente al servicio de Dios, del Rey y de la Patria según las actuales circunstancias”. Al día siguiente de conocido el pronunciamiento de Quito envía como emisario al doctor josé María Landa y Ramírez, secretario del Obispo don Andaré Quitián y Ponte, al Corregimiento de Loja y al Virrey de Lima, para hacerles conocer de la proclama de Quito, pidiendo al virrey el auxilio de 200 hombres debidamente pertrechados para defender los derechos de la nación, solicitando su protección e igualmente que “ dicte las providencias convenientes que cedan en el buen servicio del Rey, la Patria y la Religión” 18; y al doctor Diego Fernández de Córdova a Guayaquil, demandando al gobernador el envió de 100 hombres para contener a los revoltosos. Al mismo tiempo que Aymerich comunicaba a Lima, avisó al virrey de Nueva Granada sobre el pronunciamiento de Quito, noticias
18 De esta manera Aymerich auspicia la intromisión del virreinato del Perú, que duraría hasta 1814.

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que surtieron consecuencias inmediatas con el envió de fuerzas milicianas de Cuenca, Lima, Santa Fe y Panamá a restituir en el cargo al Presidente de Quito, acciones que trastornaron aún más el débil liderazgo del marqués de Selva Alegre que renunció la Presidencia de la junta en el moderado realista D. juan Torcuato Guerrero Matheu V conde de Selva Florida.19 El 20 de octubre de 1809 sale hacia Quito don Melchor Aymerich al mando de 1.833 hombres, mil doscientos de Infantería y seiscientos Dragones, amén de los indígenas que ayudaban en la conducción de las recuas de mulas cargadas con la intendencia de la tropa. Dejó en Cuenca como comandante de Armas a don Eugenio de Arteaga al mando de dos compañías con milicianos procedentes de Saraguro y Oña. Nombró su ayudante, al recién ascendido capitán de Dragones de milicias don Antonio García de Trelles. No encuentra ninguna resistencia a su paso por Alausí y Riobamba, y deja ordenes precisas para que a su aviso la importante fuerza levantada por los realistas de Riobamba, que consistía en 600 hombres, acuda a Quito. Llega a Ambato el día 25 y establece allí su Cuartel general en vista de la orden del Presidente de no avanzar a Quito en consideración que había sido repuesto en su cargo el 8 de septiembre, allí se encuentra con las fuerzas de Arredondo que siguen a Quito. Habiendo fracasado la rebelión de Quito por la falta de apoyo del pueblo que permanecía entre asombrado e indiferente, y a las enérgicas como oportunas medidas tomadas por el virrey Abascal, y las que adoptaron independientemente los gobernadores de Cuenca, Guayaquil y Popayán, los patriotas que integraron la junta Suprema temían la entrada de Aymerich a Quito porque habiéndoles incoado en Cuenca un proceso por subversión se enfrentaban a la pena de muerte, de acuerdo a las leyes existentes. Sabían que Aymerich venía con las expresas ordenes del virrey de “atacar y destruir a los insurgentes” y no a firmar capitulaciones, por esta razón, influyeron en la decisión del Presidente en evitar la entrada del gobernador de Cuenca, difundiendo noticias que le llegaron al Presidente, sobre la pretendida intención de Aymerich de hacerse cargo de la Capitanía General y por lo tanto desplazarle del go19 Nació en Quito el 23 de junio de 1765. Capitán de Milicias, Regidor perpetuo del Cabildo de Quito, Director de la Escuela de la Concordia. Se casó con doña María Trinidad Dávalos Borrero en 1815, tuvieron una única hija D. joaquina Guerrero y Dávalos quien casó con el guayaquileño D. juan Caamaño y Arteta. Falleció en Quito en 1836.

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bierno al Conde. “Aymerich estaba cogido con la red tejida por la habilidad de Arrechaga, el cual tenía mucho que temer de la entrada de las tropas de Cuenca”. Todas estas circunstancias debieron influir en la decisión del conde Ruiz de Castilla de impedir la entrada a Quito del gobernador de Cuenca ya que este se sentía fuerte y respaldado con las tropas enviadas por el Virrey del Perú, tan es así que daba por hecho, que por lo menos, tomaría el mando militar de Quito, para lo cual llevó consigo a toda su familia. El Cabildo de Cuenca también escribió al conde pidiéndole aceptar a las tropas de Cuenca para que sean estas quien le resguarden, misiva con otra en igual sentido que le envía el gobernador Aymerich con su ayudante el capitán Antonio García de Trelles, este regresó a Ambato con la contestación al oficio del Cabildo de Cuenca y con otro dirigido al coronel Aymerich indicándole se retire con sus tropas a su “departamento” considerando no ser necesarias. Acatando esta orden dispuso el 26 de noviembre el retorno inmediato de las tropas ligeras al mando del comandante Miguel Rada y el regreso escalonado de las demás. Los primeros días de diciembre arriban las milicias a Cuenca; se les recogió las armas a la tropa y les donaron los uniformes que debían ser guardados en sus casas “encargándoseles los tengan, como memoria de honor con el mayor aseo y cuidado, como la joya más preciosa. Se les permite su uso solamente en los días de fiesta y en alguna otra función extraordinaria a que concurran, tales como las procesiones, casamientos, y padrinazgos..... impartiéndoles al mismo tiempo el privilegio para el caso que hallándose con el uniforme incurrieran por su desgracia, en algún delito no se deba perder el fuero militar y sea llevado al cuartel....que se les da las gracias a nombre de su Majestad a todos los que formaron la expedición a Quito por haberse portado como honrados patriotas, los más sirviendo sin sueldo y vistiéndose a su costa, otros por la escasez de su fortuna tomando el sueldo y vestido que se les ha dado del fondo destinado al asunto”.20

20 Acta del Cabildo de Cuenca del 4 de diciembre de 1809. Libro de Cabildos 1806-1810.

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CAPÍTULO III FIN DE LA UTOPÍA La junta de Quito se vio en apuros al verse cercada por las gobernaciones de Cuenca, Guayaquil y Popayán que no aceptaron adherirse al golpe del 10 de agosto, como también por la derrota sufrida por las milicias que fueron enviadas a Pasto a prevenir un posible ataque de los realistas por el norte, éstas, bajo el mando del teniente coronel D. Francisco javier Ascásubi que fue hecho prisionero junto con su segundo, el sargento mayor D. Xavier Zambrano Matheu, que alcanzó a huir a Ibarra. El teniente coronel Ascásubi permaneció prisionero de las fuerzas realistas, hasta la reposición en el cargo de presidente de Quito del conde Ruiz de Castilla, luego fue enviado a Quito e ingresado a prisión junto a los otros patriotas en el cuartel Real de Lima. A los setenta y cuatro días de gobierno se esfumó la quimera de nuestros padres próceres, he procurado, en lo posible, acudir a otras fuentes para comprender y conocer la otra verdad en temas relacionados con nuestra independencia en que la conseja ha distorsionado muchos sucesos; el tiempo y el conocimiento de nuevas fuentes son los mejores decantadores de la historia, dan a cada quien su justo valor, evita que convirtamos personas en personajes y acciones en proezas. DEjEMOS QUE HABLE UN TESTIGO DE AQUELLA ÉPOCA SOBRE LA QUIMERA DE LA jUNTA DE GOBIERNO, LAS OBSERVACIONES SON LLENAS DE REALIDAD Y DE UNA VERSACIÓN FUERA DE TIEMPO. 21 “Sin muchos alcances sabe cualquier hombre que piensa que para una revolución política es necesario un conocimiento exacto del país y sus producciones para compararlas luego con las necesidades de los naturales; saber el estado de los fondos públicos y de las rentas que deben formarlo y calcular si estas corresponden a los gastos ordinarios y aún exceden para ocurrir a los gastos extraordinarios. Conocer sus fuerzas interiores y graduar si tiene la potencia necesaria para rechazar
21 Archivo General de Indias. Sección Estado. Legajo 72. Expediente 64.

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a los enemigos que quieran atacar el nuevo gobierno. Examinar sus relaciones exteriores y ver si de éstas se pueden sacar recursos para cuando la vicisitud de la guerra de la preponderancia del enemigo. Analizar los tres ramos que forman los fundamentos de un estado y que vienen a ser las fuentes perennes de la vida política de las sociedades, es decir, la agricultura, artes y comercio, observando en ellos si tienen la energía suficiente para alimentarnos, para vestirnos, para ser la riqueza individual y de la opulencia del fondo público. Si estos tres ramos pueden hacernos necesarios a los vecinos, y si favorecidos por la localidad que facilita la exportación de nuestros frutos pueden ganarnos la consideración de los extraños y procurarnos las materias y efectos que nos faltan. Si por medio del comercio de nuestras producciones y artefactos podemos adquirir relaciones y alianzas que auxilien y sostengan la independencia y otras disensiones políticas que en lo sucesivo pueden sobrevenir. Y últimamente examinarnos a nosotros mismos si tenemos talento, valor, constancia, sufrimiento en una palabra carácter de hombres. Pero nada de esto amigo mío, estos hombres han fabricado su obra sin cálculo, sin examen, sin meditación como quien dice a tontas y a locas, porque si vemos la posición Geográfica de Quito la hallamos sepultada en lo interior del Continente, sin más relaciones políticas que hasta el pueblo de Tulcán por la parte norte y hacia el de Guaranda por la del Sur que son los confines de su provincia con desiertos desconocidos al levante y poniente. Las producciones generales de su suelo no pasan del trigo, cebada, papas, maíz y poco azúcar de las cuales no pudiendo hacer algún comercio por la dificultad de exportación, apenas bastan para sustentar a los naturales, sin que con ellas podamos decir que se han llenado el número de nuestras necesidades, pues nos falta la sal, el vino, el cacao y el arroz artículos todos precisos para nuestra conservación con otros muchos que el lujo ha venido a ser tan necesarios como los primeros. No tenemos minas, ni mas ingreso de consideración para llenar el fondo público que el tributo de los miserables indios, y si este se compara con los gastos de la quimérica monarquía, hallaremos que no cubre ni la cuarta parte de los sueldos asignados a los representantes de la suprema Junta, Senado y Falange y las demás creaciones que después se han hecho porque las Alcabalas, Correos y Estanco de aguardientes ya se ha visto lo que ha producido en los tres meses no completos de revolución que ciertamente no han dado para

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pagar los sueldos de los respectivos empleados, siendo así que estos mismos ramos, antes de que se cortaran nuestras relaciones con las provincias vecinas dejaban una existencia considerable al Erario. Nuestras fuerzas interiores si se deducen en una justa proporción del número de almas a que asciende la provincia no pueden pasar en rigor de cinco mil hombres listos para tomar las armas, mas por desgracia, estos no pasan de 700 fusiles parte de ellos inutilizados, algunos cañones de ínfimo calibre, aunque sin municiones y un corto número de pistolas y sables. Júzguese pues si con todo este grande aparato militar en una tierra abierta sin murallas, castillos, baluartes, etc. pueden resistir al poder de la monarquía española que no mirará con indiferencia la emancipación de la provincia quiteña. No tenemos más relaciones exteriores que las adquiridas por el comercio y como este es tan limitado, nos ha hecho un poco necesario que no pasan de Popayán por la parte norte y Guayaquil por la del sur. Jergas, trencillas, pinturas y algunas otras frioleras que no merecen la pena de indicarse, forman toda la masa de nuestras negociaciones, en cambio nos viene el oro amonedado de Popayán que es el que hace toda nuestra circulación con las ropas de Castilla tan necesarias para nuestro vestuario. De Guayaquil nos proveen el hierro y el acero para labrar los campos sin cuyas precisas materias nos faltarían víveres para sustentarnos, nos proveen también de la sal, del vino, del arroz, del cacao, peces, y otras menudencias. La provincia de Popayán se puede pasar muy bien sin los efectos de Quito, pues en el reino de Santa Fe encuentran con poca diferencia los equivalentes. La de Guayaquil no se diga, pues la provincia de Cuenca le ofrece los mismos géneros que la de Quito. Con que venimos a concluir comparadas estas necesidades recíprocas que pudiendo Guayaquil y Popayán pasar muy bien sin los géneros de Quito, éste, perecería infaliblemente si aquellas dos provincias le cortasen sus relaciones.” Proclama exhortatoria del Virrey de Lima al vecindario de Quito Cuando las noticias últimamente recibidas de la Península son tan lisonjeras como podíamos desear, pues por todas partes van siendo arrollados los ejércitos enemigos, de los cuales se habían retirado a

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Francia más de cincuenta mil hombres con los mejores Generales que habían enviado a España; cuando la Suprema Junta Central ha sido reconocida por todas las Potencias de la Europa que están en libertad de hacerlo, y aún aliando a nosotros algunas de ellas por medio de Tratados solemnes; cuando nuestro Soberano Congreso se halla más arraigado que nunca y expidiendo las celosas sabias providencias que constan de los papeles públicos, para extirpar de una vez los bandidos de la gavilla de Napoleón; y cuando sus conatos y esmero por la fidelidad de la América los ponen de manifiesto las Reales Ordenanzas que nos dirige al intento, ¿podría imaginarse que hubiese sobre la tierra hombres tan perversos y descarados que se atreviesen a negar la existencia de la Suprema Junta? Sí, quiteños, los ha habido y hay en vuestro suelo, y vosotros que conocéis sus personas habéis desconocido sus intenciones; creed que no son otras que las de edificar sobre vuestras ruinas su soñado engrandecimiento. Quiteños: abrid los ojos y no creáis sus afectadas vociferaciones: las de Viva el Rey Fernando VII trastornando sus Leyes, atropellando las legítimas autoridades, y dando por concluida la Suprema de la Nación, que habéis jurado, es el lenguaje de los traidores. Sí, quiteños: os vuelvo a exhortar, que miréis por vosotros y no temáis las tropas que envío a Guayaquil, cuya vanguardia se va a hacer a la vela; no les temáis, repito, porque son vuestros hermanos y van inspirados de toda la humanidad y fraternidad que posee mi corazón; no pudiendo persuadirme que os obstinéis en sostener vuestro engaño y querer ser tratados como hijos expósitos y enemigos de la grande y más generosa Nación del Globo. La experiencia del bloqueo que sufrís por vuestra imprudencia, os hará ver prácticamente que no podéis subsistir por vosotros mismos; y si esperáis el ataque, lloraréis, como yo, con poco remedio las resultas; que vuestra tropa ni por su número, ni instrucción ni armas, su Artillería y Jefes que la dirigen puede resistir de modo alguno a la que se os acerca. No confiéis en la áspera situación de ese territorio, pues los soldados y oficiales que os convidan con la amistad, no encontrarán dificultad que no allanen. No permita la Divina Providencia que mi suerte sea tan amarga que se llegue a hacer uso de la fuerza, en cuyo caso las tropas atacarán con la energía que corresponde a su honor pero no, lejos de mí semejante idea: vosotros conoceréis la razón y os someteréis a ella, sobre el seguro de que, aunque no me corresponde el juzgamiento de vuestra causa, me interesaré con el dignísimo Jefe Superior de ese Vi-

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rreinato para que se os mire con toda la indulgencia de hijos descarriados que vuelven arrepentidos a la sumisión y obediencia paternal; no dudéis que así suceda, la experiencia que tengo de las bondades de ese Sr. Virrey me lo asegura. Lima, 17 de Septiembre de 1809. Abascal Nombramiento del coronel don Manuel de Arredondo como jefe de las tropas que envía el Virrey de Lima a la pacificación de Quito 22 Señor Don Manuel de Arredondo “Hallándome bien persuadido de la acendrada lealtad patriotismo y conocimientos militares de usted, he determinado confiarle el mando de las tropas que se están aprontando y saldrán muy breve para Guayaquil en los buques del comercio próximos a navegar aquel puerto, de los que usted elegirá el que mejor le parezca para su embarco. Luego de que usted llegue se presentara al señor Gobernador de aquella plaza a cuya ordenes va, para operar con su acuerdo en los interesantes objetos que motivan su comisión. Supongo que a su arribo estarán reunidas las tropas y tomadas las demás disposiciones prevenidas al referido Gobernador, pero como sea una de las mas esenciales circunstancias el disciplinarlas23 y ponerlas expeditas a fin de operar con acierto en las ocurrencias, importa sobre manera que VS. ponga en esto especial cuidado, y encerrando el motivo de su permanencia allí regresara a esta capital por tierra o como mejor le parezca, que es cuanto por ahora decirle . Dios que a VS. guarde. Lima Septiembre 19 de 1809.” José de Abascal.

22 AHNM. Sección Consejos. Leg. 21674. Exp. 1. Doc. 13 23 Entrenarlas

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Pertrechos de guerra enviados con las tropas expedicionarias peruanas al mando del coronel Arredondo a la pacificación de Quito. 24 Don Francisco de Miangolarra Comisario Interino de Artillería del departamento de Lima, en virtud de la orden del Excmo. Señor Virrey de 13 de Septiembre que me ha comunicado el señor don Joaquín de la Pezuela, coronel del real Cuerpo de Artillería, subinspector y comandante de el, se remiten en la fragata nombrada la Hortensia a cargo de su maestre don Juan Bautista de Egaña al puerto de Guayaquil a disposición del caballero Gobernador los pertrechos siguientes:
Cañones de bronce de montaña del calibre de a 4 Curreñas para estos, con sus respectivos armones y cajones de entreguarderas Ruedas de repuesto Tapaboca con su cordel Plomadas de loma embreadas Tirantes de cañones Cuchillos flamencos Bolsas para conducir municiones Bota lanza fuego de tenacilla Bota lanza fuego de hojalata con sus cordones Punzones con almohadilla Escobillones de a 4 de montaña Cubos Palancas de dirección Clavos para clavar artillería Tirantes de cáñamo Cubos Estopines de carrizo Turquesas para fundir balas de a 18 en libra Alicates para cortar Volanderas, sotrotor y tuercas de las 6 curreñas y armones de Montaña con dos llaves de destornillar un cajón Fusiles de ordenanza sin pavonar con sus bayonetas y Vainas Cartucheras Porta sables de infantería con sus porta bayonetas
24 AHNM. Secc. Consejo. Leg. 21674. Doc. 8. Exp. 1.

6 6 3 6 6 12 6 6 6 6 8 12 4 12 12 6 2 1500 2 2 1 300 300 300

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Sables de infantería con sus vainas Cartuchos de bala de a 4 con 15 onzas de pólvora cada uno Cartuchos de bala de metralla Lanzafuegos Cuerda de mecha Cartuchos de fusil con pólvora y bala Pólvora en saco y barril retobado 100 quintales y los otros 50 de cañón Piedras de chispa para fusil y pistola Encerador de caja Resmas de papel sellado Empaques de dichos pertrechos Cajones Fardos Retobo Barriles

200

200 400 200

1qq. 100.000 100 4.000 16 30 314 10 1 100

Estos pertrechos son de todo servicio y van a entregar en dicho puerto al guarda almacén de artillería quien pondrá a continuación de esta guía su recibo expresando las circunstancias que haya habido en la entrega devolviéndomela firmada para legitimar la data y cancelar el documento interino que deja firmado dicho maestre. Lima 19 de Septiembre de 1809. Francisco de Miangolarra. Nota. Además de lo expresado van 140 armamentos completos en 10 cajones y 2 fardos para igual número de hombres del batallón de pardos. Manifiesto de la tropa que al mando del primer teniente de guardias españolas don Manuel de Arredondo, se destina desde la ciudad de Lima a la expedición de Quito por la vía de Guayaquil, con indicacion de los cuerpos a que corresponden y su número.
Cuerpo Artillería Real de Lima Pardos Cap. 0 2 2 Tente. 0 5 2 Sargtos Soldados 1 6 2 8 180 138

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Sub totales 4 7 Oficiales y Sargentos Plana mayor 1 Comandante y un Ayudante Total del batallón

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VARIOS DOCUMENTOS ENVIADOS POR EL PRESIDENTE DE LA REAL AUDIENCIA CONDE RUIZ DE CASTILLA AL GOBERNADOR DE GUAYAQUIL, CORONEL BARTOLOMÉ DE CUCALÓN SOBRE LAS INCIDENCIAS POSTERIORES AL 10 DE AGOSTO DE 1809.25 Oficio del Presidente de Quito Dirigido al Gobernador de Guayaquil por el que le delega todas las facultades sin limitacion alguna. El portador de ésta que es mi ayudante, e hijo de V.S. , don José María Cucalón, informará verbalmente a V.S. de todo lo ocurrido en esta capital desde el día 10 del pasado agosto, en que cuatro pícaros sin honor ni religión habiéndose apoderado de la vil tropa del cuartel, por medio del soborno, han cometido los mayores atentados que pueden caber en el corazón del hombre más abandonado, entre los que me ha sido muy sensible la dilapidación del Real Erario en la formación de tropas y sueldo de innumerables empleados que se han creado con el engañoso pretexto de defender y sostener los derechos de la Religión y del Soberano en lo que me ha sido imposible poner el menor remedio a causa de hallarme, aunque ya en libertad, pero sin fuerzas. En este conflicto no me queda otro arbitrio que el de conferirle a V.S. a nombre de S.M. todas mis facultades sin limitación alguna como a jefe de toda mi satisfacción a fin de que pidiendo el correspondiente auxilio al Excmo. Sr. Virrey de Lima en caso necesario, bajo la condición de reintegrarse los gastos por estas Cajas Reales, ponga el remedio que pondría yo mismo, en el caso de hallarme libre de la opresión. Dios que guarde a V.S. muchos años. Iñaquito, 7 de septiembre de 1809. Conde Ruiz de Castilla.
25 AHNM. Consejos, Legajo 21674. Exp. 2. Doc. 20.

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Oficio del conde Ruiz de Castilla al gobernador de Guayaquil indicando ha sido repuesto el cargo de Presidente y anuncia el castigo que impondrá a los patriotas Tengo entendido que los autores de la revolución de que he hablado a V.S. en oficio de ayer, apremiados por las graves dificultades e inconvenientes que les rodean en su escandaloso proyecto, han arbitrado darle una colorida acción de justicia restituyéndome a la Presidencia y Comandancia General de que me habían despojado, con la calidad de que al mismo tiempo ejerza también la Presidencia de la Junta que formaron con casi una absoluta independencia. Yo bien conozco que los que la han compuesto, lejos de poder ejercer jurisdicción alguna, son dignos del castigo correspondiente a semejante atentado, pues en esta ciudad no pueden existir otros cuerpos, ni empleados a más de los constituidos por las leyes, ni esta provincia puede separarse un punto del Supremo Gobierno y Capitanía general de Santa Fe a la que estamos sujetos y en su consecuencia el día que se me llame, expondré públicamente lo conveniente sobre este particular, haciéndoles entender la estrecha obligación que tenemos de observar las leyes del reino, pero si a pesar de ello, no puedo poner el remedio correspondiente por las críticas circunstancias actuales de hallarme en medio de una tropa infiel, que en caso preciso seguirá el partido de sus sobornadores, admitiré por ahora mi reposición en los términos expresados, hasta que tomando las medidas correspondientes, en la prudencia que exige el caso, pueda ponerlo todo en el respectivo orden por medio del escarmiento de los culpados; pues de lo contrario me haría responsable ante Dios y el Soberano de las funestas consecuencias que se están originando con las hostilidades y con los indebidos y continuados gastos de la real hacienda, que si se deja por más tiempo en poder de aquellos, se consumirá enteramente, sin la más leve esperanza de su reintegro. Todo esto me ha parecido indispensable prevenirle a V.S. con anticipación, con el objeto de que inmediatamente reciba este oficio, se sirva transcribirle su contenido a los Excmos. Señores Virreyes del Reino y Lima; a los Sres. Gobernadores de Panamá, Popayán, Cuenca, y demás que tenga V.S. por conveniente; y de que V.S. bajo de este concepto del que no me podré apartar en ningún evento, cumpla con lo que le tengo encargado a nombre de S.M. en dicho mi oficio anterior

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tomando las medidas más prudentes que exigen estas estrechas circunstancias, de las que informará a V.S. con más extensión mi ayudante don José María Cucalón que como persona de mi satisfacción se halla instruido de todo. Dios que a V.S. guarde muchos años. Iñaquito, 8 de septiembre de 1809. Conde Ruiz de Castilla. Carta que envía don Juan José Guerrero, Conde de Selva Florida, como Presidente de la Junta de Quito, ante la renuncia del Marqués de Selva Alegre, proponiéndole al Conde Ruiz de Castilla acepte la presidencia de la Junta y le plantea un acuerdo de siete puntos. Excmo. Señor: El Jefe de la Junta y de acuerdo con ella, como también con los votos de toda la ciudad de Quito, nobleza, vecindario y cuerpos políticos antes de que marche la última expedición al mando del coronel don Juan de Salinas contra las inmediatas provincias que han cortado la correspondencia y comunicación con esta capital, para evitar todos los funestos efectos y sangrientas consecuencias que naturalmente deben seguirse de una guerra civil entre los vasallos de un mismo soberano y fieles a una misma religión, en descargo de su conciencia y en cumplimiento de sus deberes esenciales, propone al Excmo. Conde Ruiz de Castilla los medios más oportunos y más eficaces para conciliar la paz, mantener la subordinación en la dependencia, consultar a la seguridad pública de todo este reino y evitar finalmente el derramamiento de sangre que ya se presenta a los ojos y por cuantos arbitrios han sugerido la política se ha procurado estorbar y detener hasta ahora, y para que no se le imputen en ningún tiempo los males y terribles estragos que hayan de seguirse ni al actual jefe, ni a la junta que ha gobernado la provincia, toma personalmente este partido para ponerse a cubierto en lo sucesivo. Está firmemente persuadida la junta que el Excmo. Conde Ruiz de Castilla, consultando con su acertada prudencia, y viendo las críticas circunstancias que se presentan, no podrá negarse a un partido tan nacional, tan equitativo y tan justo como el que va a proponerse, que aprobaría desde luego el mismo Rey N.S. y la Junta Central, su representante.

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1.- Que la se ha constituido en Quito una junta provincial sin otro objeto, ni designio que los santos fines que se propuso desde el principio, de la conservación de la Santa Fe, obediencia al rey N.S. don Fernando VII y la seguridad de la patria, temiendo ser presa y conquistada por el inicuo tirano de la Europa Bonaparte que notoriamente aspira a sojuzgar a América, crea una Junta provincial sujeta y subordinada a la suprema central de España, y con sólo dependencia a ésta como lo reconoce y ha reconocido siempre según lo acredita el auto que así lo expresa, publicado por bando el día 21 del presente mes y que manda circular por todas las provincias. 2.- Que el jefe y presidente de ella, sea el mismo Excmo. señor Conde Ruiz de Castilla para dirigir y autorizar la Junta Provincial, según y como están las de los reinos de España, que mandaron establecer en todas las cabezas de provincias. Y puesto que está declarado por una real orden que la América es una parte integrante de la Monarquía española, no es irregular que Quito como capital de un reino participe de las excepciones y prerrogativas de los de España y tenga su Junta particular como tienen las capitales de España. 3.- Que para calmar las inquietudes y odio público, no puedan ser restituidos a sus antiguas funciones y empleos, el regente don José Puentes González Bustillo, ni el oidor don José Merchante, ni el asesor don Francisco Javier Manzanos, ni don Simón Sáenz, ni don José Vergara, ni los oficiales retirados, todos los cuales repugnan y ofenden a la opinión y concepto público. 4.- Que el señor Presidente de acuerdo con la junta haga las modificaciones que se estimen oportunas y convenientes en el Real Senado de justicia, contándose desde luego con el señor don Felipe Fuertes y el doctor don Tomás Arechaga, que no han perdido la estimación y la confianza del público en ningún evento. 5.- Que del mismo modo se modifiquen y atemperen los tratamientos de la Junta como de los individuos de ella según se acordase posteriormente. 6.- Que en ningún caso, ni por ningún evento se haga novedad ni persecución de ningún ciudadano en su honor, vida, ni intereses, por este motivo, debiendo quedar toda en la forma dicha hasta la resolución del Rey N.S. a quien se dará cuenta de todo lo obrado enviando un comisionado de confianza. 7.- Que el Excmo. Sr. Virrey del reino, se entenderá con esta

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Junta en todo lo relativo al mejor servicio del Rey N.S., comunicando las órdenes que estime conveniente, sin que se altere lo acordado en este plan por haberse devuelto el reconocimiento a la suprema autoridad, a quien se dará cuenta bajo estos artículos que en nada se apartan de las leyes fundamentales del reino y de la subordinación a las supremas autoridades, se restablecerá inmediatamente la paz y el sosiego político que deba cooperar todo servidor del Rey. Si el señor Conde no tiene a bien aceptar y aprobar los artículos contenidos no respondo al Rey, a la Suprema Junta central, ni al universo todo, de las funestas y terribles consecuencias que se sigan de la anarquía, del poder arbitrario, y de los excesos de un pueblo conducido al despecho. Aún es tiempo de prevenirlos y después serán irreparables. A este efecto, y para sincerar mi conducta, y la de la Junta, que ha procedido con toda suavidad y dulzura, dimito ahora mismo el empleo y funciones de que estoy encargado, como también lo hacen los demás vocales que han quedado, para no constituirse responsables de los estragos que amenazan al instante que quede abandonada la autoridad al populacho. Yo, señor, no hago otra cosa, que trasladar al conocimiento de V.E. los dictámenes de la Junta, cuya presidencia provisionalmente pude aceptar por introducir el buen orden, prevenir mayores daños, contribuir al empeño de que se atiendan los verdaderos intereses del soberano, que se restablezca la sumisión y obediencia como es de justicia, y se acostumbraba antes y se respeten las leyes del reino sin mudanza ni alteración alguna en todas sus disposiciones señaladamente las que prescriben el gobierno monárquico, y la sucesión hereditaria de nuestros reyes. Quito, octubre 24 de 1809. (f) Juan José Guerrero y Mateu. Contestacion Del Conde Ruiz De Castilla A Don Juan Jose Guerrero “He recibido el oficio de V.S. fechado de este día, en el que manifiesta las lastimosas circunstancias en que se halla esta provincia, los deseos que tiene de restablecer el buen orden y los partidos que ha podido sacar de esa junta para que yo vuelva a ocupar el mando que me confió la piedad del Rey.

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Enterado de todo, y sin comprometer mi obligación y decoro digo a V.S. en cuanto al primero y segundo artículo, que presidiré la Junta que se ha formado en esa ciudad, a semejanza de las instaladas en España con título de Provincial arreglándose a sus objetos de seguridad, con sujeción al Excmo. señor Virrey del reino y dependiente su permanencia de S.M. o de la junta suprema central depositaria de la real autoridad. Que conservaré separados a los señores don José Bustillo, don José Merchante, regente y Oidor; al asesor don Francisco Javier Manzanos, al administrador de Correos, don José Vergara y Colector de rentas don Simón Sáenz de Vergara, don Joaquín Villaespeza y don Bruno Resúa de sus respectivas ocupaciones, informando lo conveniente a S.M. Es muy debida la reforma del senado y debe quedar con arreglo a las leyes 63, 97 y 180 del libro II, título XV, de las municipales, reponiéndose al señor don Felipe Fuertes en su empleo de oidor y al doctor don Tomás Arechaga en el de Fiscal interino. Debe quitarse el tratamiento de Majestad que se había dado a la Junta y hacerse otras modificaciones que propondré. Ofrezco bajo palabra de honor y seguridad de no proceder contra alguno en esta razón, y que informaré al Excmo. señor Virrey del Reino los motivos que a ello me obligan pidiéndole su superior aprobación, sin perjuicio de lo cual daré cuenta al Rey o a su suprema junta central. Son los premios en que únicamente puedo aceptar los propuestos artículos, cuya contestación me parece muy arreglada a la razón y las leyes. Dios que guarde a V.S. muchos años. Iñaquito, 24 de octubre de 1809. (f) Conde Ruiz de Castilla. AUTO: Habiendo quedado reducida la Junta a los objetos conducentes a la seguridad pública en los casos en que fuese insultada o invadida por enemigos de la nación y los que atentasen contra las leyes fundamentales de la monarquía, introduciendo y fomentando novedades subversivas del buen orden y obediencia al Rey N.S., ya que la junta central

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es depositaria de su autoridad suprema, aprobando y conociendo en los artículos que incluye la respuesta que precede del Excmo. Sr. Presidente Conde Ruiz de Castilla, bajo las miras indicadas, se acordado eximir de sus oficios a los secretarios de Estado, Guerra, Gracia, Justicia y Hacienda, mediante a que según los principios expuestos, deben quedar sin funciones y abolida la potestad suprema que se atribuyó arbitrariamente (junta instalada el 10 de agosto del presente año). (f). Conde Ruiz de Castilla, Juan José Guerrero y Mateu, Melchor de Benavides, Manuel Zambrano, Vicente Álvarez, Secretario vocal. DECRETO: Siendo de mi cargo en el poco tiempo que he administrado este gobierno, rectificar y metodizar los procedimientos de esta capital y de todos sus vecinos, para que no se desvíen, ni declinen en un solo punto de los fines conducentes a favor de la religión, mejor servicio del Rey y bien de la patria, y al mismo tiempo el procurar que ésta o sus habitantes no padezcan perjuicio ni disminución en el concepto de fidelidad al soberano, para el mejor arreglo de cuanto importe al sosiego público sin la más leve ofensa del vasallaje debido por justicia; llévese este oficio a la primera Junta que se celebre, para que cuidemos de combinar perfectamente los intereses públicos con los del soberano y sus preciosas regalías, guardando ante todo las leyes fundamentales de la monarquía sin innovación alguna a que he pretendido siempre.” (f). Conde Ruiz de Castilla. Oficio del capitán Juan Salinas al conde Ruiz de Castilla en el que trata de justificar su actuación en la revolución del 9 de Agosto y le ofrece su protección “Excelentísimo Señor: El Pueblo de esta Capital, infatuado con que le dominaría la Francia como también por las injusticias que sufría de algunos Jueces, opresiones y vejámenes irrigados, ejecutó revolución el 9 de Agosto. Puso las armas en mi mano, las admití con el objeto de que no se derramase sangre ni se perjudiquen haberes de algunos españoles que iban a ser

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saqueados y principalmente que llegada la ocasión oportuna, entregarlas a V. E. Todo lo he conseguido. Hasta hoy no ha corrido sangre. No se ha perjudicado a nadie en un maravedí, ya en los días sucesivos de aquel día, ya en las conmociones que he disipado con riesgo de mi vida. Resta sólo, Excmo. Sr., efectuar la entrega de las armas y baterías a V. E. Llegó la coyuntura favorable: tiénelas V. E. a la disposición, sin solicitar por este servicio premio alguno. Dígnese V. E. venir breve a su Palacio, para que no tengan efecto las órdenes de la Junta de obrar en Pasto en represalias de la irrupción hecha en Carondelet y la Tola por Barbacoas, con derramamiento de sangre, incendios y robos en Esmeraldas. Si V. E. tiene alguna desconfianza del Pueblo, yo mismo iré a caballo a conducirlo, con el seguro que hasta que me circule el espíritu vital por las venas, está la vida de V. E. segura, como se lo tengo ofrecido en respuesta a la dignación de V. E. pidiéndome guarde su vida del desenfrenado pueblo. Concibo que éste no odia a V. E. ni tendrá razón; a más, con mis intimaciones le tengo pacífico. Sólo sí ruego a V. E. no se haga novedad en averiguaciones: se irritará al Pueblo. Sacrificado yo por la entrega de las armas, corre peligro toda la Provincia. Son más de ocho mil las firmas (entre ellas no la mía), en la ratificación del Acta Popular, inclusas la del Ilmo. Sr. Obispo, Cabildos Secular, Eclesiástico, Religiones, etc., a más del populacho; tendremos otros tantos enemigos de que es difícil escapar, o batiéndonos en campaña o a manos de asesinos. Dios guarde a V. E. muchos años, para bien del Rey y de este Reino. Quito, Octubre 18 de 1809. Juan Salinas.” Carta a Guayaquil indicando ha sido repuesto el cargo de Presidente y anuncia el castigo que impondrá a los patriotas “Tengo entendido que los autores de la revolución de que he hablado a V.S. en oficio de ayer, apremiados por las graves dificultades e inconvenientes que les rodean en su escandaloso proyecto, han arbitrado darle una colorida acción de justicia restituyéndome a la Presidencia y Comandancia General de que me habían despojado, con la

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calidad de que al mismo tiempo ejerza también la Presidencia de la Junta que formaron con casi una absoluta independencia. Yo bien conozco que los que la han compuesto, lejos de poder ejercer jurisdicción alguna, son dignos del castigo correspondiente a semejante atentado, pues en esta ciudad no pueden existir otros cuerpos, ni empleados a más de los constituidos por las leyes, ni esta provincia puede separarse un punto del Supremo Gobierno y Capitanía general de Santa Fe a la que estamos sujetos y en su consecuencia el día que se me llame, expondré públicamente lo conveniente sobre este particular, haciéndoles entender la estrecha obligación que tenemos de observar las leyes del reino, pero si a pesar de ello, no puedo poner el remedio correspondiente por las críticas circunstancias actuales de hallarme en medio de una tropa infiel, que en caso preciso seguirá el partido de sus sobornadores, admitiré por ahora mi reposición en los términos expresados, hasta que tomando las medidas correspondientes, en la prudencia que exige el caso, pueda ponerlo todo en el respectivo orden por medio del escarmiento de los culpados; pues de lo contrario me haría responsable ante Dios y el Soberano de las funestas consecuencias que se están originando con las hostilidades y con los indebidos y continuados gastos de la real hacienda, que si se deja por más tiempo en poder de aquellos, se consumirá enteramente, sin la más leve esperanza de su reintegro. Todo esto me ha parecido indispensable prevenirle a V.S. con anticipación, con el objeto de que inmediatamente reciba este oficio, se sirva transcribirle su contenido a los Excmos. Señores Virreyes del Reino y Lima; a los Sres. Gobernadores de Panamá, Popayán, Cuenca, y demás que tenga V.S. por conveniente; y de que V.S. bajo de este concepto del que no me podré apartar en ningún evento, cumpla con lo que le tengo encargado a nombre de S.M. en dicho mi oficio anterior tomando las medidas más prudentes que exigen estas estrechas circunstancias, de las que informará a V.S. con más extensión mi ayudante don José María Cucalón que como persona de mi satisfacción se halla instruido de todo. Dios que a V.S. guarde muchos años. Iñaquito, 8 de septiembre de 1809. Conde Ruiz de Castilla.”

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CAPITULO IV COMIENZA EL MARTIRIO Presentó la renuncia de Presidente de la junta de Gobierno de Quito el débil y tornadizo marqués de Selva Alegre, a los dos meses y tres días de haber tomado posesión de su cargo al ver que la revolución había fracasado, que los corregimientos de Ibarra, Latacunga, Ambato, Riobamba y Guaranda se habían plegado al lado realista, que las gobernaciones de Cuenca, Guayaquil y Popayán estaba en contra de la revolución y que se aprestaban las milicias enviadas por los virreyes de Nueva Granada y Perú a tomar a la Capital por las armas y que Cuenca se preparaba para despachar un importante número de milicianos mal preparados, con pocos fusiles, algunas lanzas e indios con hondas; igualmente, hay que tomar en cuenta que las milicias que levantó el gobierno revolucionario de Quito, nunca había visto un fusil, y los pocos que tenían habían enviado al norte con las milicias de Ascázubi, que fue derrotado y tomadas sus vituallas. Los pocos patriotas leales que quedaba con Morales y Quiroga se vieron indefensos al darse cuenta que Salinas les habían abandonado y se resignaron a que, el también tornadizo D.juan josé Guerrero, por decir menos, asuma la Presidencia de la junta. Hay que tomar en cuenta que en Quito antes del 10 de agosto apenas existía un poco más de un centenar de soldados veteranos, mandados por una veintena de oficiales y sargentos, todos ellos ya entrados en años, pues eran los rezagos que quedaban de la leva que entrenó Requena a su entrada al Amazonas en 1780. El capitán Salinas para 1810 tenía 55 años, edad madura para la época. Es preciso saber que levantamientos como el de Quito de 1809 era una ocasión preciosa para que los funcionarios Reales puedan obtener un asenso rápido en su carrera. Veamos lo que le supuso a don Manuel de Urríez Cavero y Ahones la rebelión en 1780 del Cacique de Pampamarca josé Gabriel Condorcaranqui Túpac Amaru. Estuvo de Corregidor de Paruro en la provincia de Cuzco con el grado de coronel, el 3 de abril de 1781 participó al mando de la cuarta columna del ejército realista que salió del Cuzco a combatir al rebelde Túpac Amaru, que estaba “compuesta de 3.000 hombres, de los cuales 2.000 eran indios, con la meta de cortar la retirada rebelde por Urubamba, obtuvo sucesivos

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triunfos en Cochiriguay, derrotando a un cuerpo numeroso de más de 6.000 hombres”26. Esta acción le supuso ser nombrado Presidente de la Real Audiencia del Cuzco, creada en 1787, fue su tercer presidente y lo ejerció de 1794 a 1806, en ese empleo le fue concedido el título de Conde de Ruiz de Castilla y ascendido a brigadier el 21 de abril de 1792, a mariscal de campo el 5 de octubre de 1802 y a teniente general el 7 de octubre de 1806; su promoción a este grado, el más alto dentro del escalafón militar de los ejércitos españoles, dice : “atendiendo al singular mérito que ha contraído en la causa de la sublevación que intentaron en la misma provincia los traidores Gabriel Aguilar y josé Manuel Ugalde”.27 Estos próceres fueron denunciados de “sus patrióticos trabajos” y ahorcados en el Cuzco por orden del Conde Ruiz de Castilla el 5 de diciembre de 1805.28 Esta breve reseña nos da una idea cabal de la real persona que era el conde: era un individuo sanguinario, sin honor, ni ley, atendía a sus bajos instintos y fue el promotor de la causa de enjuiciamiento y posiblemente, si no se adelantaron los hechos del 2 de agosto, los patriotas hubiera terminado colgádos en un patíbulo. Al coronel D, Melchor Aymerich le pagaron con un ascenso rápido a Brigadier y a los dos años a Mariscal de Campo. Cuando no hubo otra insurrección pasaron 20 años y múltiples rogativas para su próximo ascenso que tuvo lugar en la Habana en 1834. El Obispo de Cuenca Don Andrés Quintián Ponte y Andrade fue nombrado enseguida por la Regencia de Cádiz como Consejero del Rey y obtuvo la Orden de Carlos III. Arredondo que vino de teniente coronel, en premio a su cobardía y proterva conducta, a su llegada a Lima, le concedieron el coronelato. A Manuel Arrechaga quien ofició de verdugo de los Patriotas le valió el cargo de Oidor. Al abogado Pablo Hilario Chica y Astudillo, de ingrata memoria, fue el que les trasladó presos a los patriotas cuencanos de una manera inhumana a la cárcel de Guayaquil, fue premiado con una plaza de Oidor en la ciudad de Santa Fe. Otro hombre cruel, el gobernador de Guayaquil Cucalón, fue ascendido a Brigadier.
26 Carlos Valcarcel. La rebelión de Tupac Amaru. Ediciones Peisa . Lima . 27 Ibídem anterior 28 Roberto Andrade. Historia del Ecuador. Pag. 169.

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El 24 de noviembre había arribado a Quito el teniente coronel D. Manuel Arredondo con de 325 soldados del Real de Lima, la mayoría pardos, (negros), con 60 pardos granaderos de la plaza de Guayaquil, al mando de 20 oficiales y sargentos; la poca guarnición que quedaba el Quito al mando de Salinas depuso las armas y este renunció al mando. Cuando dos seres de la misma calaña se conocen nacen en ellos un sentimiento de aproximación porque es un mismo fin el que los une, sentar en Quito un precedente de represión de sangre y fuego a todas las colonias españolas americanas, para que desistan de toda idea libertaria y ellos ascender en sus respectivas carreras, tal fue el caso del cobarde de Arredondo y el felón de Arrechaga Lo cierto es que a los 10 días de la entrada de Arredondo, estos dos seres viles, tanto influyeron en los sentimientos del conde, que le hicieron olvidar el concepto más profundo que tiene un noble y un militar, que es el honor. El 4 de diciembre cundió la alarma entre los habitantes de Quito, Ruiz de Castilla el que dos meses antes había suscrito las capitulaciones con la junta de Gobierno de Quito, asegurando que “ofrezco bajo palabra de honor y seguridad de no proceder contra alguno en esta razón, y que informaré al Excmo. señor Virrey del Reino los motivos que a ello me obligan pidiéndole su superior aprobación, sin perjuicio de lo cual daré cuenta al Rey o a su suprema junta central”, daba orden de prisión para que la ejecute el Oidor Felipe Fuertes Amar, a todos los individuos que concurrieron y tuvieron parte en la escandalosa revolución del 10 de agosto y ordena que Arredondo le de los auxilios que pidiere. Es más, ordena a todos los habitantes de la presidencia que denuncien al gobierno sobre el paradero de las personas cuya lista adjunta, bajo pena de muerte al que no lo hiciese, los protegieren o los encubran. La lista fue la siguiente: El marqués de Selva Alegre, doctor juan de Dios Morales, doctor Manuel Rodríguez de Quiroga, el cura de Pintag doctor josé Riofrío, el cura de San Roque josé Correa, el coadjutor Antonio Castelo, D. Antonio Ante, D. juan Ante, el sargento distinguido Xavier Zambrano, el sargento Mariano Ceballos, el sargento josé Vinueza, el teniente Nicolás Aguilera, D. Antonio Pineda, D. Luis Saa, el doctor josé Corral, D. Antonio Bustamante, D. Luis Vargas, D. Antonio Sierra, D. Mariano Villalobos, D. Vicente Paredes, D. joaquín Barrera , doctor josé Padilla, D.

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Francisco Romero, El Pacho Organista, D. juan Pablo Berrazueta, el Tribuno jaramillo, D. Toribio Ortega, el doctor juan Pablo Espejo, D. Manuel Angulo, D. josé Xavier Ascásubi, los tres cuñados del doctor Quiroga, el escribano juan Antonio Rivadeneira, el doctor juan Pablo Arenas, D. Nicolás Vélez, D. Pedro Vintimilla, el regidor D. Manuel Zambrano, el capitán D. juan Salinas. Continuó la sustanciación del proceso con los presos que recogieron en las cárceles lleno de irregularidades, tanto es así que el mismo Oidor D. Felipe Fuertes Amar, sobrino del Virrey de Nueva Granada, le escribe dándole a conocer las anomalías del juicio, este acude al voto Consultivo de la Audiencia de Santa Fe y de acuerdo con él le manifiesta al conde Ruiz de Castilla “Prevengo a V.E. que luego que se ponga a punto la decisión y sentencia final sin proceder V.E. al pronunciamiento de este, nos la remita para su inspiración y demás fines que se estimen arreglados a su mérito en esta superioridad del Virreinato.” Llenos valentía y sapiencia jurídica fueron los alegatos presentados por Morales, Quiroga y D. Mariano Villalobos que de nada sirvieron, ya que la sentencia a muerte fue manifestada con anterioridad por Arrechaga contra los patriotas aún antes de iniciar el juicio. Arrechaga dictó la Vista fiscal acusando injustamente y pidiendo la decapitación a más de cuarenta personas. El pueblo de Quito, como decía anteriormente, no manifestó un notorio entusiasmo por el pronunciamiento revolucionario del 10 de agosto anterior, sin embargo, un año después, al ver que la pena de muerte pendía sobre la cabeza de sus dirigentes, hizo suya su angustia y dolor y trató heroicamente liberarlos a pecho descubierto y sin más armas que unos puñales. Lo que sucedió el 2 de agosto de 1810 es difícil de describir pues al desarrollarse las acciones en tres sitios diferentes al mismo tiempo, no hubo alguien quien relate tan importante suceso, algo recogió D. Pedro Fermín Cevallos y D. Manuel de jesús Andrade. Lo que si se puede es determinar son los nombres de los patriotas que atacaron el Cuartel en que estaba alojado el Real de Lima y el Presidio. 29 Teniente coronel josé jerez. Quiteño. En unión de otros quiteños del pueblo llano: josé Antonio Pereira, josé Mariano Rodríguez y juan Antonio Silva atacan el presidio que se ubicaba frente al Carmen bajo,
29 Pedro Fermín Cevallos en su historia del Ecuador y Manuel de jesús Andrade en su libro Próceres de la Independencia, Índice Alfabético de sus Nombres. Quito agosto de 1908.

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hieren al soldado de guardia, liberan a los presos, que eran la mayoría de los soldados de la guarnición de Quito en 1809. Se visten de soldados y toman los fusiles para acudir a libertar a los presos de los otros cuarteles, sin sospechar que los otros comprometidos habían fallado. Cuando Montes llegó en 1812 jerez fue tomado preso y deportado a Panamá con D. Carlos Motúfar; se escaparon y se incorporaron a las fuerzas de Colombia. Rindió su vida en 1816 en la batalla de la Cuchilla del Tambo. Los hermanos Pazmiño, oriundos de Latacunga, y los quiteños, el capitán Landáburo, Godoy, Albán, Mideros, Mosquera y Morales, estos siete héroes atacaron el cuartel Real de Lima ASESINATOS DEL 10 DE AGOSTO DE 1810 30 Fueron asesinados en el Cuartel los siguientes Patriotas: Pbro. D. juan Riofrío, cura de Pintag. Dr. D. juan de Dios Morales Leonin. Dr. D. Manuel Rodríguez de Quiroga. Capitán D. juan Salinas y Zenitagoya. Don juan de Larrea y Villavicencio Don Antonio de la Peña. Dr. D. juan Pablo Arenas. Don Francisco Xavier Ascázubi. Teniente D. Nicolás Aguilera. Don Manuel Cajías. Don Vicente Melo Don josé González. Don Carlos Betancourt. Oficiales Reales: Capitán D. Nicolás Galup. Capitán D. joaquín de Villaespesa. Soldado Francisco Montoya. Particulares abaleados en ese día en la calle: Da. María Monge.
30 C. de Gangotena y jijón. Boletín 15 al 17 de ANHE. 1923

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El carpintero Manuel Marcelino Falcón. La señora Nicolaza Valverde, que estando enferma es su casa, falleció del susto al oír las tropelías de la tropa que acometía en la ciudad. El Abogado Fiscal Tomás Arechaga en vista de los autos seguidos a pedimento del Presidente de la Real Audiencia Capitan General y Conde Ruiz De Castilla. Por el Juez Instructor de la causa, sobre la averiguacion y descubrimiento de los principales autores de la Revolucion del 10 de Agosto de 1809, dicta su Vista Acusatoria, a los cuatro meses diecisiete dias de haber iniciado la causa, pidiendo la decapitación de más de cuarenta personas y el destierro de otros cien individuos. 31 “El abogado fiscal dictaminó: Que la circunstancia de haberse puesto en obra este inaudito y criminal atentado por los mismos sujetos que anteriormente se hallaban procesados como autores de un nuevo plan de gobierno les han transmitido a los ignorantes, y mal intencionados un engañoso motivo de creer, que el ministerio Fiscal no los trató a aquellos como a reos de alta traición, por haberse conducido en su acusación animado por una peligrosa indulgencia o impelido por alguna otra causa no menos reprensible que incompatible con la imparcialidad de su oficio. Esta persuasión injuriosa al honor, integridad, que ha acreditado al Fiscal en todos sus procedimientos, si bien no tiene lugar alguno para con los que han pasado de vista los autos de la materia; lo tiene sin duda alguna para los que han carecido de su lectura mayormente en las demás provincias, en las que a proporción de la distancia se abultan notablemente las especies de esta clase, y por esto es que se ve en la necesidad de manifestar, aunque ligeramente, hasta el estado del más completo convencimiento, que si aquel criminal proyecto no se sofocó en sus principios por medio del ejemplar castigo a sus autores, fue porque en la formación del respectivo proceso no se pusieron en ejercicio las reglas, prevenciones y cautelas, que son indispensables para el claro descubrimiento de los delitos de esta naturaleza.
31 Sección Consejos. Leg. 21674. Exp. 1. Doc. 40..

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En efecto, por los autos que se hallan agregados al actual proceso y a la acusación fiscal arreglada a su mérito que obra en ellos, se ve a clara luz que entre los varios individuos arrestados por aquella causa, no hay dos comprendidos en un mismo delito; porque si don Juan Salinas se creyó autor del referido plan de nuevo gobierno por haberse denunciado, que fue el único que lo consultó con el padre Fray Andrés Torresano, los demás fueron acusados de muy diferentes delitos, con la circunstancia de haberse adulterado sus cargos en el mismo sumario. Las causas que motivaron el que en este juicio se hubiese emprendido un trabajo ímprobo son las siguientes: Primera.- El no haberse practicado las correspondientes diligencias con el mismo religioso denunciante para la manifestación del citado plan, que era el único documento justificativo del cuerpo del delito. Segunda.- El no haberse procedido en una misma hora, o a lo menos en un mismo día a la prisión de todos los culpados para evitar la confabulación, instruyendo para el efecto previamente un proceso circunstanciado antes de haberse dado el golpe con el arresto de Salinas, que alarmó a los demás, de modo que con la falta de cautela con que se condujo el asesor de la causa en este particular, permitiendo la mediación de 10 o 12 días entre una y otra prisión, aún dio lugar a que el abogado don Manuel Rodríguez de Quiroga se hubiese preparado para el reconocimiento de sus papeles con uno bastante indecente y desvergonzado que se le encontró en una de sus gavetas, como es público y notorio, y esto a pesar de que la causa de su arresto como fundada en la sola amistad con Salinas no fue preveniente a la prisión de éste, sino anterior, como se deja entender . Tercera.- El haber dejado caer don Pedro Pérez Muñoz, que hacía de secretario de la causa, según se dice públicamente en casa del mismo Salinas la declaración de éste, ocasionando con este descuido que el y sus compañeros se hubiesen enterado, no menos de lo que contenía el proceso, que del medio de la defensa que habían de tomar para ir conformes con Salinas. Cuarta.- Finalmente, el no haberse ocultado los nombres de los delatores, con arreglo a lo prevenido por la pragmática del señor don Carlos III, causando con este descuido, una manifiesta contrariedad en el contexto de sus respectivas denuncias, nacidas seguramente de la falta de libertad con que hablaron.

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Habiendo procedido con el desorden indicado, ¿cómo era posible se descubriese con la claridad que exigen las leyes un delito de tan difícil prueba, como lo es el de una insurrección intentada?. Sin justificación del cuerpo del delito, con sólo un testigo contra el autor del plan, sin ninguno contra los demás, podía el Fiscal haberlos inculpado, tratándolos de reos de alta traición?. Nada menos; su Ministerio, según dijo en aquella ocasión, es de buena fe y como tal no debe comprometerse, sino es en los delitos justificados en el modo y forma que previene el derecho, pues de lo contrario lejos de cumplir con su obligación se echaría sobre sí la feísima y criminal nota de temerario e injusto acusador. Más ahora que los mismos acusados han costeado la prueba de que carecía aquel sumario, presentando con el hecho el plan del nuevo gobierno, que no se hallaba agregado a los autos, se ha visto que éste no era hipotético como se figuraba, es decir, para sólo el caso de que fuese tomada enteramente la Península y extinguida así la Suprema Junta Central, como la dinastía del señor don Fernando VII, sino absoluto y total notificable en cualquier evento. Así lo persuaden evidentemente tanto las circunstancias, cuanto el modo, y forma con que se estableció este criminal proyecto. De hecho se realizó este, existiendo la Suprema Junta Central en todo su esplendor, vibrando en su consecuencia las más sabias y eficaces providencias, tanto para la expulsión de los franceses de la península, cuanto para el mejor y más acertado establecimiento de la monarquía en obsequio a nuestro adorado soberano y de todos sus vasallos. Supuesto este punto de hecho, como confirmado por los muchos papeles públicos que se han escrito sobre el particular, igualmente que el de derecho acerca de la legitimidad indiscutible de aquel soberano cuerpo, reconocido por tal, no sólo por todas las provincias de España e Indias, sino también por todas las potencias de la Europa, como apoyado en las leyes fundamentales del reino. ¿Qué otra cosa ha sido la instalación de una Junta Suprema con el tratamiento de Majestad y nombramiento de oficios, y empleados, anexos a la soberanía, sino una desobediencia declarada, un alzamiento consumado y en fin un delito de alta traición comprendido en uno de los 14 casos señalados por la ley de Partida que trata esta materia?. Los ejecutores de este grave atentado, conocieron muy bien la fuerza de esta consecuencia y por eso es que para ocultar su infame y alevosa intención a lo menos hasta ponerse en estado de resistencia a

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la invasión de las provincias limítrofes, ocurrieron al único partido de suponer la extinción de la Suprema Junta Central, por el defecto de representación política a los vocales de las provincias ocupadas por los franceses, pero ¿quién no ve que este miserable y ridículo subterfugio que sólo ha sido un velo con que se ha querido cubrir la inequidad?. ¿Habrá por ventura quien se persuada, que los vocales elegidos por el libre voto, hayan perdido su legítima representación, por la ocupación violenta de las provincias que los eligieron?. Es un principio muy obvio para cualquiera que tenga un mediano discernimiento que los actos hechos con plena libertad, no son derogables, ni pierden su fuerza por los hechos, por el miedo, y violencia, así es que el poder dado por un hombre libre para cualquiera efecto no pierde su valor por la infusa esclavitud a que lo haya reducido la fuerza, pues de lo contrario surtiría unos mismos efectos la coacción que la libertad, lo que es un absurdo. Se deduce pues, que habiendo concurrido libre y espontáneamente las provincias de España a la elección de sus respectivos representantes, que no son en sustancia otra cosa que unos apoderados autorizados para constituir el cuerpo soberano de la Nación, quedaron con toda la autoridad necesaria, a pesar de haberse reducido a solas las provincias de las Andalucías, respecto de las demás que fueron ocupadas injustamente por la violencia irresistible de las armas, porque ni la material variación del lugar, ni la injusta usurpación del tirano, pudieron en buena jurisprudencia haberles quitado formas, justo al año de la reconquista que ahora han llevado a cabo con general aplauso y satisfacción nuestra. Pero aún hay más, que aunque aquella falsa reflexión pudiese influir de algún modo en el engaño de los ignorantes, sólo tendría lugar para con los españoles, cuyas provincias se hallaban ocupadas por las tropas del Tirano, más no para con los americanos, que poco antes de la referida escandalosa revolución procedieron gustosos y libres de la opresión francesa, a la elección de sus respectivos Diputados, en quienes según los mismos principios de los revolucionarios no se podía dudar su legítima y política representación. Siendo esto así ¿con qué facultad ni qué motivo procedió la ciudad de Quito a la realización de un hecho tan diametralmente opuesto a lo que poco antes había practicado?. No hubo otra facultad ni motivo para semejante procedimiento, que la corrompida intención de algunos individuos que quisieron hacer independiente esta provincia a vuelta de las críticas circunstancias en

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que nos hallábamos, y a la sombra de igual acontecimiento que suponían públicamente haber sucedido en las capitales de Lima y Santa Fe, no menos que en todas las demás provincias de ambas Américas. Este es el criminal fin a que aspiraron estos insurgentes, sobornando a la vil tropa del cuartel y engañando a los demás con las más seductivas especies, bajo los sagrados nombres de la Religión, el Rey y la Patria, quebrando por consiguientemente no solamente el juramento prestado de obediencia a la Suprema Junta Central de España, sino también el de vasallaje a nuestro amado soberano el señor don Fernando VII y su dinastía, y otro sacrilegio que se produjo con el juramento en la Catedral a favor de la Junta y de la Constitución, que no era otra cosa en esencia que la indicada independencia y sustracción del suave yugo de la dominación española, según se acredita más claramente por el modo y forma con que se realizó el Plan, que es el segundo punto de la división que se propuso el Fiscal. A pesar de que el interior del hombre es impenetrable y que por consiguiente no es fácil distinguir sus intenciones, sin embargo, pueden ser tales y tan claras sus acciones que manifiestan sin equívoco alguno y sin el más leve recelo de engañar al espíritu que las haya animado. Así sucede puntualmente en la presente causa; pues todos los procedimientos de la Junta Revolucionaria, no han respirado sino libertad, independencia y sustracción de la dominación española. En primer lugar hemos visto que bajo del engañoso efecto de defender los derechos del soberano, se han atropellado sus leyes, deponiendo a los Magistrados legítimamente constituidos sin causa alguna, estableciendo tribunales y empleos no designados por S.M., rebajando a la mitad el precio de papel sellado, extinguiendo el cabezón 32 de las haciendas, los estancos de tabacos y aguardiente, dándoles a las tropas que habíanles erigido un aumento de sueldo, y, finalmente, librando otras muchas providencias y disposiciones dirigidas al mismo objeto de una variación del gobierno no accidental, por tocar inmediatamente tanto en las regalías de la soberanía, cuanto en el gasto superfluo e indebido del real erario, tan recomendable en las estrechas circunstancias del día. En segundo lugar hemos notado con el mayor asombro darle al populacho, compuesto de gente más ruin y despreciable de la ciudad el
32 El impuesto llamado “cabezón” fue un tanto por ciento por fanega que podía producir la propiedad rural, de acuerdo con la medida apropiada en uso. Esto obligaba a los propietarios a hacer producir sus tierras, ya sea trabajándolas directamente o arrendándolas.

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nombre de Soberano, permitiendo de este modo que esta vil canalla amotinada, dictase y pidiese imperiosamente por medio de los que se denominaban Tribunos todo lo que les inspiraba sus amotinadores, cuando por otro medio no podían conseguir la bárbara ejecución de sus proyectos. El jefe de esta obra dirá acaso que en esta parte sólo hubo una variación accidental de las leyes?. Llegará su arrojo a tal extremo que quiera sostener que de este modo cumplía con la defensa de los sagrados derechos que había jurado?. Su argucia tendrá tanta fuerza que convenza la existencia del supremo poder de la ez del pueblo sustituyendo a Fernando VII y a toda su dinastía?. Desengáñese desde ahora que por más que apure sus capciosas y seductivas ideas, jamás podrá persuadir semejante absurdo. Cuanto más se esfuerce a ello, tanto más claramente hará que el veneno de sus infames y sacrílegos intentos prescindiendo de todos los atentados cometidos desde el día 10 de agosto último, bastaba este sólo hecho para graduar a sus autores de reos declarados de alta traición, porque estando expresamente prevenido por las leyes fundamentales de la Nación, que el poder soberano recae en los magnates del reino, a falta de legítimo sucesor de la corona, fue una usurpación prodictoria el dárselo a la ínfima plebe, mayormente estando vivo nuestro adorado Fernando, y existiendo aún muchos individuos de la familia reinante. En tercer lugar, es así mismo muy digno de notarse el modo con que procedieron a este sin par y escandaloso proyecto, valiéndose de los medios más inicuos y viles que podía inventar la malicia humana. En efecto, no hay dato que pruebe más eficazmente el mal fin de cualquier operante que la ilicitud de los medios de que se vale, porque no siendo compatible ningún evento lo justo con lo injusto, tampoco pueden hermanarse los medios reprobados con un objeto santo y honesto como lo que es el que aparentan haberse propuestos los autores del cambio de gobierno. Ellos no pensaron jamás persuadir con razones la bondad suprema de sus actos a los principios, sino cuando vieron ya que no surtía efecto la fuerza y sorpresa con los sagaces, el engaño y seducción con los ignorantes, el soborno y la ofensa de grandes ventajas con los miserables. Cuando ya no pudieron lograr igual suceso que el de esta ciudad, en las provincias de Popayán, Cuenca y Guayaquil, por medio de los nuevos gobernadores que nombraron para el efecto, fue cuando pensaron confundir a sus gobernadores y Cabildos con argucias y reflexiones fundadas sobre falsos supuestos, aunque inútil-

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mente. A los principios de la revolución estuvieron muy distantes de haberles ofrecido aquellos los grados militares, y demás utilidades y ventajas que constan de sus respectivos requerimientos y papeles. Estos hombres miserables faltos de conocimientos políticos y de cálculo, juzgaron dar un golpe decisivo, creyendo que las tropas de las demás provincias se componían de oficiales y soldados tan ruines y ridículos, tan sin honor ni entusiasmo como los de la guarnición de esta ciudad. En fin, para todas sus operaciones contaron únicamente con este especie de medios y arbitrios, no se valieron jamás de los medios prevenidos por las leyes para el caso urgente en que suponían hallarse estas provincias con el imperio del tirano de la Europa. Finalmente la diversidad y aún contrariedad de los motivos que asignaron para bonificar sus procedimientos, es también una prueba inequívoca del inicuo objeto a que se dirigieron, pues según la capacidad o disposición de los sujetos a quienes querían satisfacer o engañar era la variación de las causales; a unos se les aseguraba que nuestro suspirado Fernando VII había tocado, el momento para nosotros funestísimos de su muerte y que en su virtud, la Suprema Junta Central y sus representantes se hallaban ya enteramente extinguidos, a otros se les decía, que aunque existía ese Soberano Congreso estaba tratando el modo de entregar las Américas al pérfido Bonaparte y que en consecuencia habían recibido ya todos los jefes de estos lugares los correspondientes oficios para el efecto; a otros últimamente trataron de persuadirles que aquella misma noche en que ellos asaltaron el cuartel iban a ser degollados todos los americanos, por los europeos que existían en esta ciudad, obligándolos de este modo a los inadvertidos y faltos de reflexión a tomar las armas y ponerse a la defensa de un suceso fingido; pero lo que más admira es que no satisfechos con las suposiciones referidas, hayan pretendido también apoyar su gobierno revolucionario en la suma apatía y falta de energía que le atribuyeron al gobierno anterior y como este defecto no haya tenido otro objeto a que contraerse a excepción de la causa que se les formó a ellos mismos sobre el plan hipotético que ya se ha tratado, es muy digno de la mayor admiración que la humanidad que se le dispensó entonces, en el supuesto de ser unos sujetos de honor y fidelidad que la hayan reconocido por un delito digno del castigo que ejecutaron, se habrá visto en el mundo perfidia semejante?. Pero no. No se extrañe esta conducta, supuesto que en sentir del sabio legislador de las leyes de la Partida, son consecuencias forzosas de la traición, la injusticia, la mentira y la vileza.
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De todo lo expuesto hasta aquí se deduce muy claramente que los revolucionarios, lejos de haberse propuesto defender los sagrados derechos de la Religión, Rey y Patria tiraron abiertamente a la destrucción de estos preciosos objetos por el vil interés de su propio engrandecimiento no menos que por el reprobado e inicuo deseo de tomar por sus mismas manos la satisfacción de sus particulares resentimientos. Porque a la verdad ¿cómo podían haber defendido la sacrosanta Religión con los perjurios, engaños, seducciones, falsedades, intrigas, violencias y sobornos que se han manifestado?, ¿cómo al Rey con la usurpación de su soberanía dada a la escoria del pueblo con el atropellamiento de sus legítimas autoridades, quebrantamiento de sus leyes, las más sagradas y disipación de los caudales reales que se han analizado?, ¿y cómo finalmente han mirado por la Patria, ocasionándoles a esta Ciudad y a sus provincias las desdichas, calamidades y consternación en que se hallan sumergidas, habiéndolas puesto en el conflicto horroroso de matarse unos a otros, si el gobierno no toma el temperamento prudente con que felizmente cortó esta desgraciada escena?; y por último echándoles encima a todos sus vecinos la más abominable y fea nota de traidores, por la que en ninguna parte podrá ser mirado sin abominación el nombre de quiteño?. Es menester ser muy estúpido o haber cerrado enteramente los ojos a la razón para no conocer la contradicción manifiesta que envuelven estos particulares, con el sano objeto que aparentaron haberse propuesto. Más para que no se confundan los inocentes con los culpables, los que obraron por timidez y cobardía con los entusiasmados, ni los engañados y seducidos por sus seductores, seguirá el Fiscal en su acusación el mismo sistema prudente y justo que adoptado V.E. en la pes-quisa y en su consecuencia reservándolos para el correspondiente indulto a los que merezcan, los comprenderá únicamente a los que según derecho están excluidos de esta gracia, estos son primeramente los autores del nuevo plan de gobierno; segundo, los que concurrieron a su ejecución la noche del 9 de agosto; tercero, los que siendo sabedores de lo uno o de lo otro, no denunciaron oportunamente al gobierno para el remedio correspondiente; y cuarto, finalmente, los que aunque entraron con posterioridad por la fuerza o temor, ayudaron al proyecto con arbitrios, con consejo, con dinero, con seducciones, o en otra forma semejante. En la primera clase están comprendidos, según resulta de los autos, el doctor don Juan de Dios Morales, el capitán don Juan Salinas, el doctor don Manuel Rodríguez de Quiroga, don Javier de Ascázubi,

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el doctor don Juan Pablo Arenas, don Antonio Bustamante y don Juan de Larrea, y aunque este último no consta haber concurrido a la casa de Ascázubi en donde se extendió el plan por Morales, la víspera de San Lorenzo, de acuerdo con los primeros, sin embargo, la confesión de dicho Morales, apoyada con su fuga, no menos que con la criminal proclama que pronunció en la tumultuaria Junta celebrada en el convento de San Agustín, prueba evidentemente su complicidad, constituyéndolo en el mismo grado que a los demás. De la segunda clase según la división propuesta, aunque también de la primera en razón del delito son todos los que en la noche del 9 de Agosto concurrieron armados a la Casa de doña Manuela Cañizares para de allí encaminarse al cuartel a incorporarse con la tropa seducida y sobornada por el Capitán Salinas. Estos son, a más de los anteriormente designados, el cura de Píntag don José Riofrío, el de la parroquia de San Roque don José Correa, el presbítero don Antonio Castelo, los abogados don Antonio Ante, don Luis A., don José Padilla, don Nicolás Jiménez, don Juan Ante, don Antonio Pineda, don Mariano Villalobos, don Vicente Paredes, don Joaquín Barrera, don Luis Vargas, don Antonio Sierra, don Francisco Romero, don Toribio Ortega, don Manuel Angulo, Francisco Guzmán, conocido por el organista, don Juan Cuello, don Nicolás Vélez, don Pedro Veintimilla, el escribano don Juan Antonio Ribadeneira, don Manuel Cevallos, don Miguel Donoso, don Ramón Egas, don José Bosmediano, el Procurador Cristóbal Garcés, don Carlos Larrea, don Feliciano Checa y don José Cañizares. Por lo que hace al Marqués de Selva Alegre, Presidente de la Junta Revolucionaria y a su hermano don Pedro Montúfar, no consta su concurrencia en la referida noche de la toma del cuartel, ni menos el que hubiesen convenido en el hecho, antes de que se tuviese noticia positiva de la total ocupación de la Península por los franceses, pero esto mismo acredita que ambos fueron sabedores así del plan, como de su ejecución y que por consiguiente deben justamente ser numerados en la tercera clase a pesar de resultar esto por la sola confesión de Morales respecto a que ésta se hallaba suficientemente sostenida por sus actos posteriores, como son en cuanto al primero, la admisión del empleo de Presidente de la Junta, dado por unos pocos facciosos, el ejercicio de él, librando todas las providencias anexas a la seducción de las demás provincias y resistencia a las armas de S.M. que se propusieron los insurgentes, con la complacencia que manifestó con la gratificación de más de 600 pesos que distribuyó entre los soldados, y finalmente su

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fuga, sin embargo de habérsele llamado en edictos y pregones; y por lo que hace al segundo, su allanamiento a las actas seductivas que se dictaron en el Cabildo que presidió como Alcalde ordinario a pesar de haber tenido menos motivos de temer a los insurgentes como hermano que es del Presidente de la Junta, y finalmente la carta seductiva que escribió a Barbacoas asegurando ser legítima la Junta establecida en esta ciudad y manifestando las ventajas que le resultarían aquella provincia de su reunión con ésta. En esta misma clase debe igualmente ser considerada doña Manuela Cañizares que como dueña de la casa en donde se celebró la última Junta expresada, fue sabedora de todo lo que se había de haber practicado por los concurrentes y que por consiguiente pudo muy bien haber dado cuenta oportunamente al gobierno para su remedio. Poniéndoles el Fiscal la acusación en forma con reproducción de los cargos que se ha hecho en sus respectivas confesiones, pide contra todos los designados en las tres clases referidas el que declarándolos V.E. reos de alta traición los condene a la pena ordinaria del último suplicio y confiscados todos sus bienes en el modo y forma de estilo, con arreglo a la Ley Segunda, título II, de la partida VII, concordante con la Segunda título 18, del libro VIII de las leyes recopiladas de Castilla y a la IX, título 13 de la partida II, sin que para apartarse del puntual cumplimiento de éstas, pueda servir de excepción el carácter sacerdotal para con los eclesiásticos, ni la entrega de las armas para el capitán Salinas, ni finalmente, para con algunos de los expresados, el haber declarado posteriormente a favor de la buena causa. No es lo primero, porque aunque la Ley X, título 2, del libro 1º de las Municipalidades, disponga la remisión a los reinos de España de los Eclesiásticos culpados en motines y traiciones habla en el concepto de gozar éstos de fuero en semejantes delitos como se deduce muy claramente de las expresiones de la citada Ley que previene sean castigados por sus prelados; más, habiéndose ya derogado todo fuero por privilegiado que sea en los casos de esta naturaleza, tanto por la Pragmática recopilada por el señor don Carlos III, cuanto por otras posteriores soberanas resoluciones, nos hallamos en el caso de juzgarles a éstos del mismo modo que a los seculares, como que en razón del vasallaje debido al Soberano, no hay diferencia alguna entre unos y otros. Bajo cuyo concepto por Real disposición de la Junta Suprema del Rey han sido decapitados los eclesiásticos comprendidos en semejantes crímenes, y no hay razón alguna legal ni política que se obligue en las

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Américas a distinto procedimiento, cuando en las circunstancias actuales, es tan necesario el ejemplo aquí que allá; mayormente con respecto al Dr. Riofrío, que a más de lo referido fue con gente armada a conquistar la provincia de Pasto en donde causó los desórdenes que se experimentaron. No lo segundo, porque si don Juan Salinas se resolvió a poner a disposición de V.E. la tropa de su mando, fue cuando a más de haberse verificado la contrarrevolución de las provincias de Latacunga, Hambato, Riobamba y Guaranda a favor del legítimo gobierno ya se tuvo noticia cierta de la venida del auxilio de Lima no menos que los preparativos de guerra de las provincias de Popayán y Cuenca, cuando ya se hallaba cerciorado Salinas de las ideas ocultas de sus mismos oficiales y soldados que se habían determinado unirse con las tropas auxiliares, y finalmente cuando sus mismos beneficiados y allegados intentaban asesinarlo, como que su resistencia y el criminal y sanguinario empeño de Morales eran los únicos obstáculos que encontraron los demás autores de la insurrección para no haber podido realizar la pacificación de esta ciudad que tanto les hizo desear su arrepentimiento a vista de la ruina que les amenazaba. De modo que aquella acción de Salinas no fue efecto de amor al soberano ni un verdadero arrepentimiento nacido del acontecimiento del atentado que cometió, sino un apurado arbitrio que tomó por su propia conveniencia con el objeto de asegurar su vida, no menos que su empleo de coronel, valiéndose para el efecto de la especie de capitulación que hizo celebrar a sus compañeros con S.E. a vueltas de la operación en que lo tenían, creyendo equivocadamente sacar partido por este medio de su propia iniquidad sin hacerse cargo de que así como las convenciones particulares que hacen los ciudadanos por miedo, dolo o fuerza son nulas, también son las que la autoridad celebra con una gavilla de facciosos armados y dispuestas para todo género de atentados. Estas mismas consideraciones manifiestan a la clara luz la ninguna indulgencia que debe haber para con los sujetos que se declararon después contra la Junta Revolucionaria, pues que todas sus operaciones fueron nacidas de la imposibilidad que advirtieron y conocieron prácticamente en el buen éxito de su criminal proyecto, a vista de la resistencia de las demás provincias y de sus preparativos para el ataque de ésta. Bajo este concepto es que la Real Pragmática citada, aún en el caso de una retirada voluntaria de los revoltosos, les niega enteramente

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el indulto a los autores de la conmoción popular. Y así a pesar de todo lo expuesto pudiese haber lugar a cualquier indulgente consideración sólo debería entenderse con el Marqués de Selva Alegre y su hermano don Pedro Montúfar quienes a más de no haber concurrido a la formación del plan del nuevo gobierno, ni a su ejecución, como se ha dicho, conocieron su hierro a los pocos días de la insurrección y trataron con el mayor empeño sobre el restablecimiento del legítimo gobierno exponiéndose a los temibles efectos de furor de Morales y Salinas; de modo que por esta razón no se vieron en esta ciudad las decapitaciones, destierros y demás funestas consecuencias que seguramente se hubieran experimentado con otro Presidente que hubiese llevado el sistema y sanguinarias miras de aquellos dos, cuyas circunstancias como pública y notoria, la recomienda el Fiscal en obsequio de la verdad para los efectos que haya lugar en derecho. En la cuarta clase están comprendidos muchos de los vecinos de esta ciudad que contribuyeron gustosos a la perfección y estabilidad del nuevo gobierno, pero para que en ellos se pueda graduar la malicia de sus operaciones, es indispensable hacerse cargo de que por una parte han sido ofuscados con especies más tentadoras fundadas en hecho cuya falsedad era absolutamente desconocida por su poca o ninguna ilustración en materias políticas, y por otra estimulados con el ejemplo del Ilustrísimo Sr. Obispo de esta Diócesis, de este príncipe de la iglesia, a quien lo vieron autorizar con su respetable dignidad la revoltosa Junta celebrada en el Convento de San Agustín, recibir de sus sagradas manos después de pontificar la misa de Acción de Gracias y el inicuo y sacrílego juramento hecho a favor de la nueva constitución, con asistencia de los cuerpos y empleados creados por ésta, convidándose voluntariamente para el efecto, y finalmente concurrir como primer vocal de aquella Junta a dictar y rubricar las providencias que derogaron las sagradas regalías, y supremas facultades de la soberanía. El ánimo del Fiscal, no es acusar, ni formarle el más leve cargo a este Prelado de la Iglesia, pues sabe muy bien que el juzgamiento de su causa es privativo de S.M. o el tribunal que se haya erigido con este objeto, mas no por esto, hablando de buena fe, puede prescindir de confesar en obsequio de la verdad que su ejemplo y conducta han constituido en el tiempo de la revolución una seducción irresistible para el pueblo, que compuesto la mayor parte de hombres sin ilustración, sin conocimientos, y aún sumamente ignorantes, no solo han mirado en

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todos los tiempos a los señores Obispos como a hombres elevados a aquella dignidad, sino aún como a una especie de Deidades, no menos infalibles en sus determinaciones, que irreprensibles en su conducta. Siendo este el concepto que tienen en estos lugares, y constatando de público y notorio en esta ciudad que muchos de sus honrados vecinos a pesar de la buena disposición que manifestaron al principio, enmudecieron con el perjudicial allanamiento de su Señoría Ilma., no puede el Fiscal sin agravar su conciencia acriminar indistintamente a todos los que con posterioridad a aquel ejemplo tomaron parte en el nuevo gobierno, antes sí confiesa y confesará en cualquier evento y circunstancias, la infelicidad, timidez, y apocamiento del pueblo en general, que a pesar de habérsele dado lanza para cometer los mayores atentados no tuvo valor para salir por sí un punto de los límites prescriptos por las leyes, constituido por necesidad, y con manifiesta repugnancia suya, a servir de un mero instrumento de los revolucionarios por no señalarse y hacerse el bando de sus iras en caso de resistencia. Por cuya razón, cualquier cargo que le resulte a la generalidad de esta ciudad y sus provincias, revierte contra el Sr. Obispo que teniendo como Pastor de la iglesia las más poderosas y temibles armas con que combatir y sofocar en sus principios a los viles traidores, profanadores del templo, los reanimó con su anuencia conduciendo al mismo tiempo su rebaño por el sendero de la perdición, sin que para esto haya podido servir de remedio la exclamación que hizo en su Cabildo el día 14 de agosto a que este documento cerrado con 7 sellos y custodiado en poder de la Priora del Monasterio de El Carmen con la obligación de guardar sigilo bajo de la gravedad eclesiástica de incurrir en excomunión mayor, lejos de haber podido producir el más leve efecto a favor de la buena causa solo prueba que tanto el Sr. Obispo, cuanto su Venerable Dean y Cabildo, concurrieron a todos los actos ya referidos con pleno conocimiento de lo mal que hacían. 33 Véase ahora si este dato oculto y herméticamente cerrado con 7 sellos pudo haber servido de resistencia y corrección a los autores de la Revolución o a lo menos de ejemplo y exhortación a los demás vecinos preocupados y seducidos que es el único objeto para el que hubiera tenido que hacer uso de él, el Fiscal con el mayor dolor de su corazón protestando que su ánimo no ha sido tocar directamente a la alta dig33 Se refiere el Fiscal a un documento redactado por el Obispo en el que declaraba oponerse a la revolución del 10 de agosto de 1809.

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nidad de su Señoría Ilustrísima, que la mira con veneración correspondiente a su sagrado y distinguido carácter, sino sólo al manifestar que las personas que entraron posteriormente a sostener el plan del nuevo gobierno, carecen de la criminalidad, que seguramente les hubiera sido imputable en otras circunstancias . El Fiscal se hace cargo desde luego, que nadie está obligado a seguir el mal ejemplo ante sí, contrariamente debemos todos resistirlo aunque sea dado por nuestros legítimos superiores, pero esto se entiende cuando el mal a que se nos invita es claramente conocido por tal, mas no cuando se halla disfrazado con apariencias de bondad como sucede al presente, pues ocultó el veneno de los insurgentes con las más especiosas aparentes razones bajo los sagrados nombres de religión, rey y patria confirmado por el sucesor de los apóstoles al pie del altar y en la tremenda presencia del Santísimo descubierto, y finalmente aprobado por los vecinos más sensatos de la ciudad, se engañó y fue aceptado por la mayor parte del vecindario, pero no así con respecto a los letrados y demás personas de ilustración y criterio en quienes no pudiendo tener lugar el engaño, ni debiéndose admitir en justicia semejante anomalía, es de creerse fundadamente que prosiguieron con pleno conocimiento a los actos reprobados que se les ha hecho cargo, con el interés de conservar los honores y empleos a que fueron provistos. En este número entrarán los abogados doctores don Francisco Javier Salazar, don Antonio Tejada, don Mario Merizalde, don Luis Quijano, don Bernardo de León, don José del Corral, don Pedro Quiñones, don José Sánchez de Orellana y don José María Tejada, quienes después de haber admitido sin repugnancia alguna los empleos de Senadores en el nuevo tribunal a excepción de los dos últimos que no fueron provistos a semejante destino, escribieron varias cartas seductivas a las provincias inmediatas, fundando con razones engañosas la legitimidad del gobierno de los insurgentes, constituyéndose por consiguiente en verdaderos reos de alta traición, según el espíritu de las leyes que tratan del caso, como podrá declararlo V.E. en justicia, condenándolos en su virtud a un presidio a todos ellos, con confiscación de sus bienes, por el tiempo que fuere de su superior agrado, para cuya graduación recomienda el fiscal a V.E., por lo que hace al doctor Salazar la circunstancia de haber dictado como asesor del cabildo de esta ciudad todas las actas seductivas que se dirigieron a los cabildos de las demás provincias contra el dictamen de la mayor parte de los capitu-

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lares, el haberle servido de consultor al Marqués de Selva Alegre en la Junta levantada, aprobándole como tal la licitud supuesta de lo hecho, con sólo la calidad de que se sujetase a la Suprema Junta del Reino, según resulta de su misma declaración. Y por lo que respecta a don Sánchez de Orellana, la admisión del empleo de corregidor de Otavalo, el empeño con que se manifestó en él, librando con la mayor energía todas las providencias que estimó necesarias, tanto para mantener aquella provincia en una perfecta sujeción al gobierno intruso, cuanto para la conquista de las provincias de Pasto y Popayán y seducción de sus fieles habitantes. Para el mismo efecto, recomiendo a V.E. por el extremo contrario la conducta posterior de don Antonio Tejada, Luis Quijano y don Mariano Merizalde, de lo que los dos primeros a pocos días después de la revolución comenzaron a trabajar por el restablecimiento del legítimo gobierno, sin perdonar diligencia alguna, hasta verse expuesto a las sanguinarias determinaciones de los facciosos, especialmente Quijano, que por esta razón se vio en la precisión de huir de esta ciudad. Y el tercero con motivo de haber asistido a la Junta Revolucionaria como Fiscal que era de lo civil, impidió el último saqueo de las Cajas Reales oponiéndose vigorosamente a las arbitrarias disposiciones de Morales y Salinas. En la misma clase están comprendidos el doctor don Salvador Murgueitio, que como comisionado por la Junta Revolucionaria pasó a tratar con el Cabildo de la ciudad de Cuenca y les dirigió a sus capitulares varias cartas seductivas con el objeto de inspirarles las mismas ideas revolucionarias de los insurgentes de esta ciudad; el Marqués de Villa Orellana que con igual comisión se dirigió a la ciudad de Guayaquil y se condujo con el mayor entusiasmo a favor de la autoridad intrusa la exaltó, hasta llegar al extremo de recriminar la conducta prudente y leal de su compañero el doctor don José Salvador que valiéndose de aquella favorable ocasión se trasladó a dicho Puerto, renunciando a la referida comisión y al empleo de Senador que le dieron y que se agrega la carta seductiva que escribió también a Barbacoas pretendiendo sostener la escandalosa revolución de esta ciudad; el Marqués de Miraflores que no contento con haber admitido el empleo de representante de la Junta, a pesar de su avanzada edad y achaques, causando con este hecho el mayor escándalo en la ciudad por su ascendiente con el pueblo, escribió igualmente una carta seductiva a Popa-

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yán aprobando el procedimiento de los insurgentes; el Regidor don Manuel Zambrano que en calidad de General sostuvo la expedición dirigida a Pasto librando las providencias más ejecutivas a fin de conseguir la conquista de dicha provincia; a don José de Larrea que como Corregidor de Guaranda nombrado por la junta levantada, cortó los caminos y dio otras providencias dirigidas a impedir la entrada de las tropas de S.M. que venían de la provincia de Guayaquil; el teniente don Manuel Aguilar que con el nombre de general de la división del sur organizó sus disposiciones con el mismo objeto que Larrea; don Nicolás de la Peña que escribió una carta igualmente seductiva que las envió a la capital de Lima en quien para mayor abundamiento concurre las circunstancias de haber estado complicado en la causa anterior; don Antonio de la Peña su hijo, y don Juan de Larrea que en la provincia de Alausí mandaron hacer fuego contra don Pedro Calixto y don José Pérez y otros sujetos que se declararon a favor de la buena causa embarazando de este modo la pronta reunión de aquellas provincias con la ciudad de Cuenca; don Tadeo Benítez que en el pueblo de Funez mató alevosamente a uno de los soldados de la parte de Pasto habiéndole antes convidado con la paz, cuyo hecho se halla justificado, sin embargo de negarlo aquel abiertamente. El escribano Atanasio Olea que destinado por la junta para las correspondientes actuaciones, sirvió con el mayor empeño y entusiasmo haciendo firmar con amenazas a todos los vecinos de esta ciudad la criminal acta celebrada en el Convento de San Agustín. Últimamente don Juan Barrero, don Juan Pablo Verrazueta y don Antonio Cuello que en calidad de tribunos plebeyos suscitaron nuevas conmociones, convocando barrios con el objeto de impedir el restablecimiento del gobierno legítimo a pesar de haberse declarado ya toda la ciudad contra la insurrección. Contra los 14 sujetos referidos pide el Fiscal igual pena de presidio en los mismos términos que tiene expresados anteriormente para que V.E. con arreglo a las circunstancias particulares que concurren en cada individuo, se sirva fijar el término de su condena, teniendo en consideración para ello de que en actos posteriores algunos de ellos acreditasen haber trabajado a favor de la autoridad legítima, es indispensable el discernimiento del motivo que les obligó a ello respecto a que muchos de los entusiastas desistieron de su empeño sólo por la dificultad que encontraron en su empresa; pero cuando a pesar de esto puede influir aquella circunstancia en la rebaja de la pena, solo deberá

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entenderse en su modo o duración mas no en lo sustancial de ella que debe proporcionarse al delito en su origen. También es muy digna de notarse la conducta observada por los corregidores de Latacunga, Riobamba, Guaranda, Ibarra y del Justicia Mayor de Otavalo y tenientes de Ambato y Alausí que lejos de resistir, prestaron la más ciega obediencia a las órdenes del gobierno intruso, dando las disposiciones necesarias para los preparativos de guerra que se les previno por la Junta insurrecta para ponerse a las verdaderas armas del Soberano, cuya criminal condescendencia los reanimó a los insurgentes para proceder a los demás hechos y conquistas que se propusieron las provincias de Guayaquil, Cuenca y Popayán, y aunque el corregidor de Guaranda no entró en dichas disposiciones de guerra por haber sido separado de su empleo; pero también es cierto que sirvió de emisario de los pliegos remitidos por la expresada Junta a la ciudad de Guayaquil por cuya razón se han hecho acreedores todos ellos, por lo menos a que se les prive de sus empleos y se les condene al pago íntegro de todas las cantidades pertenecientes al Real Erario, que hubiese gastado por orden de la citada Junta revolucionaria o de su Presidente como podrá determinarla V.E. con la integridad que le es propia. No son de menor consideración los vocales de la Junta que constituyeron el cuerpo soberano proditoriamente elegido en esta ciudad los que debiendo oponerse a semejante criminal establecimiento, dando mal ejemplo a los demás del pueblo como hombres de representación y ascendencia en él, se prestaron francamente a servir sus empleos, jurar la constitución y ejercer las demás funciones anexas a su ministerio, con grave ofensa y perjuicio de los privilegiados derecho de la soberanía; y aunque en ellos tenga mucho lugar la excepción de la notoria fuerza que padecieron para poder liberarse de una demostración ejemplar correspondiente al grave atentado que cometieron con la usurpación de las supremas facultades de S.M., sin embargo no por eso pueden eximirse enteramente de toda pena pues que pudieron después de haber salido de la sorpresa reflexionar y oponerse abiertamente a lo hecho y en su virtud deben ser condenados todos ellos en mancomún a la reposición de los caudales reales que se gastaron de orden de la junta, de su presidente o de cualquiera de los titulados ministros, a excepción del marqués de Solanda y don Juan José Guerrero, que siguieron en sus empleos de representantes con consulta y anuencia de V.E., que conociendo sus buenas intenciones, les previno que continuasen en aquellas ocupaciones para no hacerse sospechosos a los insurgentes

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y poder obrar por consiguiente por la buena causa a su debido tiempo con sujeción a las superiores órdenes de V.E. como así lo efectuaron especialmente dicho Juan José Guerrero que habiendo obtenido el empleo de Presidente, con acuerdo también de V.E., consiguió poner las cosas en su entorno más favorable que podía haberse apetecido en aquellas críticas circunstancias. Finalmente en la tropa que se vendió por el vil soborno entregándose a disposición de su seductor Salinas, es indispensable la más severa demostración para escarmiento de otros, pues que siendo ésta la que debe prestar la correspondiente seguridad para la tranquilidad pública y energía de la real autoridad, como que con este objeto la mantiene el soberano con el decoro y distinciones que le están concedidas, es responsable de la más grave falta que pueda haber en semejantes casos en el cumplimiento de sus deberes, y en su consecuencia pide el fiscal que ya que no se puede verificar en ella lo dispuesto por el Art. 26, título 10, tratado VIII de las reales ordenanzas de ejército, a lo menos sean quitados todos los soldados que se hallaron en el cuartel la noche del 9 de agosto, para que en ellos se efectúe la pena del último suplicio y que los restantes después de pasados por debajo de la horca sean destinados a obras públicas en los presidios que designare V.E. de cuya operación deberán ser separados el teniente don Nicolás Aguilera, que se hallaba de oficial de guardia en la prevención, el sargento distinguido don Javier Zambrano que también estuvo de guardia, el soldado José Andrade que igualmente se hallaba de centinela en la puerta del cuartel, los sargentos José Vinueza y Mariano Cevallos por haberle servido todos ellos de instrumento al capitán Salinas para la seducción y soborno de que se ha hablado, y como tales deben igualmente sufrir la pena del último suplicio en la forma acostumbrada sin que para ser eximido de ella le pueda servir a Cevallos la falta de justificación que se nota en los autos; respecto a que la notoriedad del hecho, la graduación del oficial que obtuvo inmediatamente y su fuga constituyen la más completa prueba de su complicidad en el mismo grado que a los demás. Todos los designados hasta aquí son los autores y principales cómplices de la revolución del 10 de agosto último, que tanto ha escandalizado a todas las provincias de la América alarmándolas para el correspondiente ataque con grave perjuicio del Real Erario y de los intereses de sus fieles y leales vecinos. Este ha sido el atentado mayor que se ha visto desde la conquista hasta ahora cuyas funestas consecuencias son

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incalculables y las llorará la desgraciada ciudad de Quito por muchos siglos por haber abrigado en su seno a unos inicuos que la han sacrificado pretendiendo fundar sobre sus ruinas el engrandecimiento que soñaron, pero este pueblo que en medio de la seducción y violencia ha sabido distinguir las viles intenciones de aquellos y resistir en lo posible sus proyectos en la afirmación de su fidelidad, debe mirar también con la mayor complacencia, la ejecución del justo castigo que se han hecho acreedores, en consideración a que cualquier indulgencia que le pueda inspirar la humanidad para con ellos, es perjudicial a los mismos vecinos de esta provincia cuya tranquilidad pública debe ser preferida según todos derechos a toda especie de conmiseración que la renuncia el fiscal en defensa de los sagrados derechos del soberano tan vilmente ultrajados pidiendo que V.E. con la justificación que acostumbra se sirva acceder a cuanto tiene expuesto a efecto de que las Américas que han visto con horror el escandaloso atentado que ha dado méritos a esta causa, vea también con gusto el ejemplar castigo que a cortado y puesto fin a las funestas consecuencias que amenazaba. Otro sí dice el fiscal: que todos los reos que se hallan en prisión se han descargado en sus respectivas confesiones suficientemente exponiendo todas las excepciones que han considerado oportunas para sus defensas, de modo que no les queda ya mas que decir en contestación a la acusación fiscal, en esta virtud, y en la que en los delitos notorios como en el presente no son de guardarse las formalidades y demás trámites ordinarios del derecho, según la común doctrina de los mejores criminalistas de la nación, podrá V.E. omitiendo el traslado que en otras circunstancias correspondería al actual estado de la causa, mandar se recibe a prueba con un término corto y perentorio para que dentro de él, procedan aquellos a la justificación de las excepciones que tienen propuestas, pues de lo contrario a más de entrar en unas contestaciones superfluas, se prolongará el progreso de la causa con el abultado proceso de más de 3.000 fojas, ocasionando los perjuicios que se dejan entender. Quito, 21 de abril de 1810. (f) Dr. Arechaga. Es copia de la vista fiscal que se refiere y corre en la respectiva causa de que certifico. Quito, 27 de mayo de 1810. Carlos Estrella.”

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Informe del Teniente de la Segunda Compañía del Regimiento Real de Lima don Juan de Celis que estuvo de oficial de guardia el 2 de agosto de 1810, cuando se produjo el sacrificio de los patriotas el 2 de agosto de 1810. 34 “El Teniente de la segunda compañía del Regimiento Real de Lima en cumplimiento del decreto de usted de fecha de ayer, para que informe a consecuencia de lo mandado por el Excmo. señor Presidente y Capitán General sobre lo ocurrido en el cuartel de prevención el día 2 de agosto dice: Que efectivamente se halló haciendo de oficial Comandante de aquella guardia en dicha fecha y habiendo estado cerca de la una paseándose por la puerta de guardia, se le presentó el Regidor don José Guarderas pidiéndole permiso para verse con el presbítero doctor don José Riofrío y requerirle sobre la letra de una esquela que a nombre de éste le habían llevado pidiéndole unos pesos, y dudada que Guarderas hubiera hecho alguna petición, y habiéndole pedido que le acompañase al cuarto del dicho eclesiástico, fue con el exponente dejándole encargado al cabo primero del Lima Faustino Uricote, que hacía de sargento de la guardia, que cuidase de la puerta entre tanto volvía de arriba, y hecha la diligencia se despidió el dicho regidor quedándose el que le informa arriba haciendo cerrar la puerta del Dr. Riofrío. En ese mismo acto se oyó un ruido extraordinario en la puerta del cuartel para donde se dirigió con toda prontitud el presente oficial y entonces reparó que se habían introducido por sorpresa 6 hombres de los paisanos de la plebe y armados de cuchillos acometían ciegamente a los soldados de la guardia en el zaguán de la misma prevención. Uno de aquellos arremetió contra el exponente tirándole varias cuchilladas que esquivó con el uso de la espada, hasta que habiéndose cegado el mismo con el deseo de acertar un golpe que lo recibió el oficial en la mano izquierda, se clavó el mismo por el costado y cayó en tierra. En la misma refriega fueron muertos los cuatro compañeros por los soldados; el último que había echado mano de un fusil de la misma prevención que estaba descargado (según lo refieren los presos que quedaron vivos) acometió por el lado al capitán don Nicolás Galup que había concurrido a la bulla haciendo dirigir un cañón contra la puerta del cuartel y en ese mismo acto fue herido por el costado de un golpe
34 AHNM. Secc. Consejos. Leg. 21677. Carp. P 2. Exp. 1. Doc. 29.

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de bayoneta que estaba armada en el mismo fusil que tenía el paisano y que sobrevivió a los demás. Habiendo estado presente el Sargento Javier Sanchez agregado a la artillería mandó pegar fuego al mismo cañón con el paisano Juan Antonio Ribadeneira, que dicen se hallaba escribiendo en el cuarto de otro sargento, y para evitar el destrozo que amenazaba el cañonazo disparado dentro del mismo zaguán le fue preciso al exponente salvarse del peligro saliendo de carrera a un lado de la calle atropellando a otro de los agresores que se había puesto a la puerta con fusil y habiendo sido muerto luego que se descargó el cañón, volvió el exponente a entrar en el cuartel y entonces reparó muerto al capitán Galup. Dejando resguardada la puerta con los cañones que se sacaron y los demás soldados que habían concurrido, se dirigió a los cuartos altos acompañado de su soldado asistente Andrés Hurtado y halló en el corredor todavía palpitante el cadáver del doctor don Manuel Quiroga el único preso que por haber estado comiendo pudo salir de su cuarto huyendo y fue muerto, después reparó muerta también fuera del cuarto, a una negra del mismo Quiroga que le llevaba la comida; luego siguió viendo el destrozo que se había hecho en los demás calabozos cuyas puertas habían sido quebradas a viva fuerza por los soldados que acometieron a los presos que fueron muertos dentro de sus propios cuartos como el capitán Salinas que le halló así en su cama. Solamente habían escapado hasta entonces, por no se qué casualidad, el doctor Juan de Dios Morales y don Francisco Javier Ascázubi quienes estuvieron desarmados y luego que vieron al exponente, le pidieron con las más vivas y tiernas instancias que les favoreciere, les aseguró sinceramente dejándoles a un soldado armado de fusil para que hiciese de centinela en compañía del mismo asistente Hurtado, encargándoles eficazmente que custodiasen a dichos dos sujetos, sin permitir que se les hiciesen ningún daño ni se les atropellase su cuarto. Habiendo oído nuevos tiros de fusil en el zaguán de la prevención, hubo de bajar precipitadamente el que informa a dar las providencias oportunas para impedir el nuevo desorden y entonces se impuso que se acometía contra los presos que estaban en los dos calabozos de abajo los cuales imploraban a voces la protección del exponente que tuvo que meterse en medio de las balas y bayonetas para impedir la barbaridad de los soldados que pretendían acabar con esos infelices que no habían tenido otro recurso que atrancarse por dentro faltándoles ya este débil

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resguardo por haber forzado los soldados las puertas y a pesar de las amenazas que se le hicieron al oficial contra su vida logró libertar a 6 de los que estaban encerrados, habiendo perecido sólo don Vicente Melo que preocupado del susto o por una curiosidad indiscreta, se asomó y recibió un balazo mortal en la cabeza cuya desgracia no pudo impedirla el exponente. Inmediatamente de haber salvado la vida a los expresados, oyó de nuevo tiroteo en los calabozos de arriba y aunque concurrió con la mayor presteza encontró ya muertos con la mayor violencia al doctor Morales y Ascázubi y no apareciendo el centinela que les había dejado, solo pudo reconvenir al asistente Andrés Hurtado sobre este nuevo atentado y le dio por razón que un pelotón de soldados lo había atropellado a él y al centinela amenazándoles ferozmente porque cumplían con la orden que les había dado de oponerse a la violencia que consumaron forzando la puerta y matando a balazos a dichos dos presos con la misma inhumanidad que lo habían hecho con los demás. Luego se dirigió el exponente al calabozo o aposento del presbítero don Antonio Castelo y habiendo encontrado a éste vivo le preguntó por sus compañeros que lo eran don Manuel Angulo y don Mariano Castillo y habiéndole dicho que el primero estaba libre y oculto en un tumbado, encontró al segundo herido entre los muertos de otro aposento a donde había pasado casualmente, lo hizo conducir al suyo poniéndole en seguridad con nueva centinela, le dio aviso al administrador de correos don José Vergara para que viniese a ver a don Manuel Angulo que había escapado del modo que queda dicho. Esto fue lo que individual y cierto ocurrió en ese desgraciado suceso, cuya causa no pudo evitarse por la sorpresa con que se introdujeron los que asaltaron al cuartel que se sacrificaron con el ímpetu más ciego, pues según indicaban sus movimientos manifestaban estar ebrios, lo que se conoció evidentemente con el reconocimiento que se hizo al único que quedó vivo por haberlo encerrado los mismos presos que escaparon en el calabozo de abajo. Así por la resistencia que hacían los soldados de la prevención como por el fuego continuo que hacía la guardia del palacio a la puerta del cuartel, se impidió que pudiesen agolparse más gente para introducirse adentro lo que hubiera causado mayor desorden y mortandad. El exponente asegura a usted delante de Dios que no dio ninguna orden contra los presos, ni podía haberla dado cuanto no la tuvo de su

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Excelencia ni de usted, ni se le había comunicado por el oficial inmediato que le entregó la guardia. Esta atrocidad bárbara fue obra de sólo los soldados que se amotinaron con el mayor desorden sin habérseles podido sujetar en aquel conflicto; ellos clamaban irritados sobre vengar la muerte del capitán Galup, conmovidos a mayor abundamiento con los lamentos que daba su hijo el alferes don Agustín Galup a la vista de la desgracia de su padre. De todo lo expuesto pueden dar también razón el sargento Sánchez, el escribiente Rivadeneira, el asistente Hurtado, los presos que escaparon en los calabozos de abajo, don Francisco Romero y don José Andrade que pudieron libertarse de la tragedia de sus compañeros, como también los presbíteros Castelo, Angulo, y Carrillo; debiendo también exponer las dos hijas del Dr. Quiroga como las protegí después de que encontré muerto a su padre habiéndolas recomendado con la mayor eficacia a los soldados asistentes del cuarto del capitán Galup para que las cuidasen con todo esmero, hasta que por la noche las deposité en una tienda junto al cuartel y las mandé a su casa al día siguiente. Finalmente debe también informar el presente oficial en obsequio a la verdad, y en cumplimiento del honor que profesa, que no vio, ni pudo descubrir que ninguno de los presos, así de los que murieron, como de los que quedaron vivos hubiesen tenido armas de ninguna clase, ni cometido agresión alguna contra la tropa cuando fue atacado el cuartel, ni después que fueron acometidos, en cuyo acto no se halló presente para impedirlo a pesar de la insubordinación que manifestaban todos los soldados y que se tumultuaron sin oír la voz del oficial, ni guardar orden en nada aún después de pasado el primer conflicto. Todos los muertos a excepción del Dr. Quiroga y su negra, fueron hallados dentro de sus propios cuartos calabozos, como que los más estuvieron cerrados fuera de algunos, donde estaban comiendo a esa hora, habiéndose forzado las puertas por los soldados como lo manifiestan todas ellas que se hallaban hechas pedazos, como también las mesas, sillas y otros muebles de servicio que tenían los presos, cuyos cadáveres fueron despejados de todas sus ropas, según reparó el exponente cuando se entregó a los religiosos de San Agustín y San Francisco que ocurrieron de orden del gobierno para darle sepultura. De todo lo expuesto y de no haber encontrado muerto ni herido a

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ninguno de los soldados que hacían la guardia de los calabozos altos, se conoce claramente que los presos murieron indefensos y por sola la barbarie y rapacidad de los soldados, que son los únicos responsables de tan lastimoso desastre, sin que pueda resultarle de esto ningún cargo, ni reato al presente oficial porque ni el pudo prever un lance tan repentino y de pura sorpresa como lo fue el ataque del cuartel de que no tuvo ninguna noticia, indicio ni sospecha alguna, ni tampoco fue posible por las calamitosas consecuencias que se ocasionaron por la confusión y la violencia de un tumulto inesperado. El exponente no ha podido dejar de hacer una relación circunstanciada y sincera, así por lo que requiere la gravedad del caso, como por manifestar la inocencia con que procedió en el desempeño de su empleo, para que en ningún tiempo se le pueda argüir de falta en su obligación, ni de exceso en el uso de sus facultades, pues en todo procuró comportarse con la prudencia y reflexión que exigían unas circunstancias tan críticas como imprevistas. Es cuanto debe informar para ilustración de la verdad y en obsequio de la justicia, bajo la satisfacción de que nadie podrá convencerle de lo contrario a cuanto deja expuesto que a mayor abundamiento puede comprobarse con el testimonio jurado de las personas que quedan citadas, como que presenciaron los hechos referidos. Quito, agosto 16 de 1810. Tnte. Juan de Celis.” Informe del Obispo de Quito don Jose Cuero y Caicedo al virrey de Santa Fe sobre la matanza del 2 de agosto de 1810. “Excmo. Señor: El día 2 del presente mes experimentamos aquí la escena más sangrienta y dolorosa. Voy a hacer a V.E. una breve relación de ella, para que se instruya de la verdad y de lo más interesante del suceso, pues las circunstancias del tiempo no me han permitido hacer un detalle individual de todo. A la una y media de la tarde cuando la ciudad estaba más tranquila por haberse retirado las gentes a comer en sus casas, acometieron 25 hombres poco más o menos a la guardia del presidio que se componía

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de pardos, les quitaron las armas, hirieron al centinela, al oficial y soltaron a los presos, al mismo tiempo que se habían dirigido al cuartel otros tantos o pocos menos de los que entraron en él que fueron 6, y los demás quedaron fuera.35 Aquellos mataron al capitán Galup del Real de Lima, tomaron la artillería, y con cuchillos, única arma con que acometieron mataron a otros soldados, los que estaban de centinela en las puertas de los calabozos y los demás de facción tomaron sus fusiles y lograron matar desde el alto a los que tenían asegurada la artillería. Entonces dirigieron una pieza de artillería hacia la puerta del cuartel y con ella mataron tres, con lo que se retiraron los demás. Al mismo tiempo que en el cuartel se hacía tan sangrienta carnicería, los soldados del presidio que está a poca distancia y en la misma dirección del cuartel hicieron muchos tiros para dispersar la gente. Los Pardos, de la guardia de la cárcel que está en la plaza, comenzaron a matar a cuantos casualmente estaban en ella, entre tanto se tocaban las campanas con señal de arrebato lo que conmovió a los barrios y el tiroteo del cuartel siguió adelante por lo que se dio la orden para que fuesen muertos todos los presos, con que en efecto escaparon pocos de tan inhumana carnicería, hallándose todos indefensos, unos comiendo y otros acostados en sus camas. Los mozos que huyeron mataron en las calles al capitán don Joa quín Villaespeza36 y a muchos soldados de los limeños que estaban dispersos. Luego salieron partidas de soldados y a sablazos y balazos mataron a cuantos inocentes indefensos que encontraban en las calles, que sólo murieron los que no pudieron refugiarse en las casas, pues éstas cerraron inmediatamente y quedó la ciudad sosegada. En los barrios seguía el fermento pero los recorrí en compañía de mi provisor y clero secular y regular y logramos tranquilizarlo todo. Mientras así estábamos llenos de consternación y trabajando por apagar un fuego que no se sabía cómo se prendió, los zambos de Lima y otros soldados, se ocupaban en el más inaudito saqueo, pues sólo a don Luis Cifuentes le robaron cerca de 80.000 pesos cuasi todo en plata y
35 El obispo habla del presidio en el que estaban presos los soldados de las Milicias, que se levantaron el 10 de agosto, y el cuartel que era el que estaba presos los demás patriotas y ahora se llama Real de Lima. 36 El capitán D. joaquín Villaespesa de 58 años, nacido en Teruel de calidad noble, soltero con 38 años de servicio en los regimientos de Cantabria, en el de milicias de Cartagena, en el de Veteranos de Quito hasta su extinción, pasó a Guayaquil y vino al mando de la tropa de pardos de Guayaquil, que mandó el coronel Cucalón acompañando a las tropas limeñas del coronel Arredondo. Hoja de vida obtenida en el Archivo de Simancas.

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oro sellado, le rompieron y despedazaron los espejos y cuantos muebles no se podían llevar, dejándolo apenas vivo porque al ruido de los tiros y golpes, rompieron las puertas de la calle y logró escapar por el techo. Más de 200.000 pesos son los robados en aquel momento y en la noche, pues abusando de la orden que se dio para que no saliese nadie de sus casas, a excepción de los sacerdotes que se ocuparon en una especie de ronda para sosegar cualquier movimiento, se robaron varias tiendas, no contentos con haber dejado en estado de mendicidad aquella tarde a muchos infelices y principalmente a cuantos tienen sus cajones y tiendas en el portal de mi palacio. Después de sosegado el bullicio pasaron los soldados al presidio a recoger sus camas y encontrando allí a cinco individuos en el calabozo,37 los pasaron a cuchillo y no contentos con eso siguieron matando del mismo modo a uno u otro en las calles, hasta el día cuatro porque ni obedecen a sus jefes, ni éstos han podido contenerlos ni reducirlos al cuartel. Esto es Excmo. señor lo que ha pasado casi todo a mi vista a excepción de los primeros pasos y lo más verosímil de lo que no he presenciado, pues he procurado tomar las correspondientes noticias para informarlo. Acaso se dirá a V. E. que los presos estuvieron de concierto con los de afuera y que tomaron armas y por eso los mataron pero el oficial de guardia ha asegurado lo contrario, y así es que también han muerto en el cuartel una o dos mujeres, saliendo otras heridas malamente y que algunos enfermos perecieron en sus camas como don Juan Salinas que la noche antecedente se confesó por haber estado a las puertas de la muerte con un dolor de cólico. No sé hasta ahora el número de los infelices que sacrificaron sus vidas en aquel trágico día, lo que sí puedo con bastante probabilidad es afirmar que los sublevados que tuvieron armas no mataron sino a cinco de los que estaban en el cuartel, tres que derribó la artillería en la puerta y otros tantos que cayeron en varias partes, porque los soldados huían de los que tenían siquiera un palo en la mano y se cebaron con su saña en personas inermes mayores y mujeres. De los soldados se han procurado ocultar el número por política pero es bastante seguro que tocan a 50 muertos. Una empresa tan arrojada, tan bárbara e inaudita como la que acabo de referir hará ver a V.E. el estado de opresión y despecho a que se ha conducido a este infeliz pueblo, según lo hemos representado aun37 Estos eran soldados de las Milicias de Quito, que no quisieron huir, como lo hicieron sus demás compañeros.

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que con mucha moderación mi provisor y yo. Solo la desesperación podía conducir a un tan corto número de hombres con sólo cuchillos a un cuartel con todas sus armas y ponerse en estado de ganar la guarnición como se vio y que acaso no lo consiguieron por haber oportunamente retirado yo con mi clero a las gentes que se notaba iban a favorecer a tantos inocentes que morían en las calles. Fije V.E. los ojos en el cuartel y en el presidio y contemple los cadáveres de los prisioneros, pasee por las calles de Quito y véales regadas de sangre y de cuerpos muertos de gente inocente e inválida; vuelva a las casas y tiendas y registre su desolación y su ruina con el más bárbaro saqueo; y entonces conocerá V.E. que no he dicho nada en mis exposiciones. El saqueo ya se había anunciado y causó un movimiento el día siete del pasado mes, del que tal vez se había dado cuenta a V.E. por el gobierno. La orden de pasar a cuchillo a los presos de la ciudad se comentaba y se hizo pública, y aún el Dr. Quiroga representó que antes de que se le hiciera morir sin los auxilios de la santa iglesia, se le ahorcase conforme lo pedía el abogado fiscal y se proveyó no a lugar por ahora. Uno y otro se ha visto ejecutado. No crea V.E. que yo justifico una acción tan inaudita con esos hombres desesperados que se han sacrificado así y a tantos inocentes. Lo que únicamente pretendo es mover la compasión de V.E. para lo que luego diré. Luego que yo vi la inhumanidad con que habían procedido los zambos limeños, la mucha sangre que se derramó de inocentes y el cruel saqueo de casas, tiendas y luego que en la carrera que hizo de la ciudad y barrios, oí las sentidas quejas que producían todos, comprendí el eminente riesgo que corría la tropa y magistrados. Después comencé a oír los preparativos que se hacían en las cinco leguas para venir a vengar la sangre de sus hermanos y compatriotas. Luego reflexioné que si un puñado de hombres habían puesto en riesgo próximo a perderse la guarnición que estaba descansada, sería muy temible que se acabase de ganar si se reunían muchos contra los que ya estaban abatidos del trabajo y bien inutilizados con el aguardiente que habían bebido aquella noche que pasó la tropa en vela y sobre las armas, estas consideraciones me hicieron suplicar al señor Presidente convocase un cabildo público para tratar de sosegar la provincia y remediar los daños que nos amenazaban. S.E. accedió y congregó también al Real Acuerdo. En esa Asamblea grande se hicieron todas las reflexiones que tan apuradas circunstancias merecían y después de

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un maduro examen se resolvió lo que dicte del acuerdo del día 4 remitirá a V.E. el presidente con el correspondiente informe. Me parece Excelentísimo señor que no puede V.E. dejar de aprobarlo, yo por mi parte me atrevo a suplicar a V.E. se digne no sólo ratificar una resolución tan oportuna y única para evitar la destrucción de esta provincia sino también manifestar la complacencia que le ha de causar el que por este medio prudente haya logrado la paz y tranquilidad, y que el pueblo haya sofocado sus sentimientos a la voz de una junta que trató únicamente de su bienestar. Si estos sentimientos que espero de la bondad de V.E. se publican por bando, como se ha hecho, con la resolución de la Junta,38 no dudo que la paz sea estable porque la muy alta representación de V.E. puede dar y dará sin duda al pueblo la idea más cierta de la seguridad de cuánto le hemos prometido. De lo contrario temo mucho y más a la vista del ejemplo de Caracas y de lo que se nos anuncia en este correo a sucedido en Buenos Aires y Chile cuyas noticias no puedo afirmar sean positivas, pero corren. No nos confiemos Excmo. señor en la fuerza de las armas ni en el celo de los ministros del que se ha desplegado con tanta energía, gobernémonos por la prudencia y disimulemos algo de lo que se debe a la justicia para evitar grandes y mayores males, cediendo al imperio de la necesidad y atendiendo a la salud del pueblo como a la suprema de las leyes. Son estos los sentimientos de mi corazón y los dictámenes de mi conciencia sobre que V.E. podrá resolver lo que sea de su superior agrado quedándome a mí el consuelo de haber hecho cuanto he podido y me ha parecido de justicia en obsequio de este pueblo que me ha confiado la providencia y de los deberes de mi fidelidad al Soberano que se ha procurado obscurecer por la preocupación y el capricho Dios guarde a V.E. muchos años. Quito, 6 de agosto de 1810. José Obispo de Quito.”

38 Se convocó a un Cabildo abierto y al Real Acuerdo, que resolvieron la salida de Quito del batallón Real de Lima, que se dirigió a Guaranda de donde más tarde fueron expulsados por don Carlos Montufar, porque les amenazó con colgarlos y corrieron hasta Lima, abandonando equipajes, armas e incluso un dinero que se decía era de don Simón Sáenz.

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EPÍLOGO Tomado del libro de Wiliam Bennet Stevenson, secretario privado del conde Ruiz de Castilla, quien fue testigo presencial de los hechos. En las calles de Quito murieron unas trescientas personas incluyendo siete soldados españoles (del Real de Lima)…. tal era la furia desplegada por la tropa “pacificadora” que un grupo de ellas habiendo encontrado a un capitán uniformado que pertenecía a la caballería de Guayaquil, uno de los soldados tomó la espada del capitán y le atravesó el cuerpo con ella, dejándole agonizante en su sangre a no más de 50 yardas de la puerta del cuartel. Los poderes de la palabra no pueden describir la ansiedad que provocó este lúgubre acontecimiento entre los habitantes quienes desconociendo su origen, lo consideraron una matanza arbitraria de sus compatriotas y en consecuencia temían que se repitiera de la misma manera. El día 5 de agosto se publicó una orden para los jefes de todas las organizaciones corporativas, para los funcionarios y oficiales y para los habitantes principales, con el fin de que se reunieran en el palacio y que resolvieran por los medios más adecuados la restauración de la paz, la tranquilidad y la confianza. Así fue que las personas convocadas se reunieron; el Presidente tomó su silla, con el Obispo a su derecha y el coronel Arredondo a su izquierda, el Regente, los Oidores, los Fiscales, el Procurador General y otros funcionarios y personas de distinción. El Presidente se levantó y en pocas palabras expresó su dolor por lo que había ocurrido y su sincero deseo de restaurar la paz y la unión entre la gente. El Obispo respondió en pocas palabras diciendo que temía que estos deseos nunca se cumplirían, mientras no fueran retiradas de la ciudad esas personas que habían aconsejado a su Excelencia a olvidar sus promesas. Arrechaga se levantó y dijo que su Excelencia recriminaba su conducta, a lo cual el prelado replicó que los años y la dignidad le impedían recriminar a Arrechaga. Esta discusión condujo a que el Presidente solicitara a que Arrechaga abandonase la sala, solicitud que fue cumplida de mala gana, y sin embargo este desaire de parte del obispo solo cuatro días antes de la reunión, le habría conducido al calabozo. El doctor Rodríguez un sacerdote secular altamente reverenciado

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por su sabiduría y por su virtud de todos los que le conocían, se levantó de su asiento y avanzando al centro de la sala brindó un elocuentísimo y animado discurso que duró más de una hora. Relató el carácter de los quiteños en general, explicando la causa de la última revolución con caridad evangélica y abordando el tema de los resultados fatales de aquella, con la más sincera pena, de tal modo que no por simpatía sino por sensibilidad, convicción, vergüenza y remordimiento, grandes lágrimas corrieron por las mejillas de su auditorio. Concluyó repitiendo lo que había dicho su prelado y añadió que el pueblo de Quito ya no podía estar seguro de sus vidas y de sus propiedades a menos que esos individuos que últimamente han envilecido su nombre de pacificadores sean removidos de esta ciudad. “Yo aludo, dijo, a los oficiales y a las tropas, ellos que han cobrado la vida de más de trescientos seres inocentes, tan fieles cristianos y leales súbditos como ninguno y si no se hubiese detenido la matanza, pronto habrían convertido esta provincia, una de las más ubérrimas de la Corona Española, en un desierto; y al execrar su memoria, los futuros viajeros habrían exclamado, aquí yació una vez Quito” . Don Manuel Arredondo, temblando por su seguridad personal, se levantó y dijo que el estaba muy convencido que el gobierno de Quito confiaba en la lealtad de los quiteños, y que le permitiera retirarse con sus tropas. Inmediatamente de aprobó dicho retiro y una vez elaborada el acta de la sesión, fue firmada por al Presidente, el Obispo, el comandante de las tropas y algunos otros miembros. Se iniciaron inmediatamente las preparaciones para la evacuación militar de la ciudad y las tropas del comandante Arredondo empezaron su marcha a la mañana siguiente, dejando a los doscientos soldados de Santa Fe y al gobierno a merced de un populacho desesperado por sus crueldad y sus crímenes. Real acuerdo convocado por el presidente Conde Ruiz de Castilla para tratar sobre los sucesos del 2 de agosto de 1810.39 En la ciudad de San Francisco de Quito en cuatro días del mes de agosto de mil ochocientos y diez años. Habiendo congregado el Excmo. Sr. Presidente conde Ruiz de Castilla en su palacio al “Real Acuerdo” y al
39 AHNM.- Sección Consejos. Leg. 21677. Carpeta P. 2. Exp. No. 1. Doc. 38.

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ilustre Ayuntamiento, al ilustrísimo señor Obispo, a los Prelados, a los empleados, y demás individuos que firman al pie de este Acuerdo; hizo presente su excelencia, que el fin con que los había convocado no era otro que el de conferenciar y acordar los medios que debería usar para restablecer la paz pública que se halla perturbada en toda la Provincia, a consecuencia de vanos temores y desconfianzas al gobierno que se han propagado sensiblemente, hasta el extremo de haberse experimentado el trágico y doloroso suceso del día dos del corriente. Y enseguida el Real Acuerdo hizo manifiesta su resolución acerca de que debía cortarse de raíz la causa del diez de agosto, de que, es una consecuencia de todo lo que se ha experimentado: las muertes de los presos en el cuartel, entre quienes se comprenden el capitán D. Juan Salinas, D. Juan de Dios Morales, D. Manuel Rodríguez de Quiroga y otros de los procesados en ella, y de muchos paisanos y soldados de la guarnición, todo lo que no pudo evitarse en el desorden y confusión de aquel día. Después hablaron sobre el particular el ilustrísimo señor Obispo y otros individuos de la Junta que hicieron presentes las críticas, y arriesgadas circunstancias en que se halla la ciudad, y Provincia, pues aunque la conmoción del día dos se sosegó por la fuerza de las armas y muy particularmente por la intervención y exhortaciones del ilustrísimo Sr. Obispo y del clero secular y regular, con todo se sabe que el fermento subsiste, y que en las inmediaciones de la ciudad hay preparativos que amenazan una explosión próxima de que resultaría una acción la más sangrienta y desoladora de toda la provincia. Que la prudencia dicta en estos casos, que los males se corten de raíz, y que por cuantos medios sean posibles, que se eviten daños y muertes de los vasallos de nuestro muy amado rey Fernando VII, y que últimamente el imperio de las circunstancias y la salud pública ceden a cualquiera otra consideración y aún hacen callar a las leyes, pues para éstos casos imprevistos tienen los Magistrados, y principalmente los señores Presidentes y Reales Audiencias las más amplias facultades, haciéndose responsables en caso de omisión de los perjuicios ante la Real persona de nuestro Soberano. En consecuencia de todo esto acordaron unánimemente, que, después, pues las circunstancias del día dos exigían el más pronto remedio, debían acordar y acordaron que como el único y más eficaz, se suspenda la Causa que se ha seguido sobre la revolución del diez de agosto en el estado que está, no obstante de que el proceso se ha remitido al Excmo. Sr. Virrey del distrito para su sentencia, pues ésta circunstancia aunque grave y de muy

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alta consideración no debe impedir un remedio, que como único, para evitar grandes males, no puede dejar de ser de la aprobación de S.E., ni su omisión del Real Agrado. Que se restituyan a esta ciudad, y al ejercicio libre de sus empleos, y posesión de sus bienes, honor y estimación, todos los sujetos comprendidos en la Causa citada de resolución. Que de ninguna suerte se proceda a la averiguación de los que promovieron, inventaron y ejecutaron la empresa arrojada del 2 del presente. Que ni aquella, ni ésta perjudiquen a la fidelidad, rendido vasallaje y honor de éste vecindario, que en todos tiempos, y particularmente en estos tristes y aciagos días ha dado pruebas de su constante amor a nuestros legítimos soberanos. Que la tropa de Pastos y de la guarnición de Lima, salga de esta ciudad y provincia a la mayor brevedad y luego después el resto de ella, pues con ésta Providencia queda concluida su comisión de auxiliar esta plaza. Que para el batallón que ha de levantarse en ésta ciudad, se echará mano de los vecinos de ella y de su Provincia para que vean todos la confianza que de ellos hace el gobierno, a quien deben corresponder del mismo modo con la suya, confiando de su celo, y prudencia en todos casos y circunstancias. Que se haga entender a todos, que la especie vertida acerca de que el Excmo. Sr. Presidente tenía resuelto no dar curso a la comisión de D. Carlos Montúfar, es absolutamente falsa y que en consecuencia entrará en esta ciudad con el correspondiente decoro y se le recibirá con la misma estimación y honor con que fue creado el Comisionado de la Junta de Sevilla. Que siempre que ocurra algún incidente sobre las causas que se han contado en virtud de ésta providencia, el Excmo. Sr. Presidente convocará al Real Acuerdo para tratar de él, y que no se vuelva a hablar ni tratar de éstos particulares, quedando todos enteramente extinguidos con los papeles que existen en esta ciudad, custodiados en el archivo secreto, suplicándose al Excmo. Sr. Virrey del Reino para que se haga lo mismo con los que se remitieron a aquella capital, informando el Excmo. Sr. Presidente detalladamente sobre los particulares que se han tenido presentes para esta resolución equitativa, única y necesaria en las imperiosas circunstancias del día. Concluidos estos tratados en todo conformes a las intenciones del Excmo. Sr. Presidente y Real Acuerdo, interpusieron ambos, para su seguridad y firmeza toda la real autoridad que está depositada en su Excelencia y su Alteza, como que representan a la Real persona, a cuyo Sobe-

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rano nombre ofrecen a esta ciudad y su provincia toda su protección, el vigilar en su bienestar y el perfecto cumplimiento de este Acuerdo. En consecuencia de todo, mandaron que para que llegue la noticia a todos, se publiquen por bando en la forma acostumbrada, que se circulen testimonios a las Justicias del distrito de esta Presidencia para que se haga lo mismo; que se avise de lo ocurrido a los señores gobernadores de Popayán, Cuenca y Guayaquil para su inteligencia y por correo extraordinario se de cuenta al Excmo. Señor Virrey del Distrito con el informe que queda acordado, y al Rey nuestro señor en el Supremo Consejo de Regencia, suplicando su real aprobación. Así lo acordaron, mandaron y firmaron de que doy fe. El conde Ruiz de Castilla, José Obispo de Quito, José Fuentes González Bustillo, José Merchante de Contreras, Felipe Fuertes Amar, Ignacio Tenorio, doctor Tomás de Arechaga, doctor Manuel José de Caicedo, Juan José Guerrero y Mateu, Juan Donoso, Pedro Calixto y Muñoz, José Guarderas, Simón Sáenz de Vergara, doctor Pedro Jacinto de Escobar, Francisco Javier Orejuela, Fray Mariano Ontaneda, provincial de la Merced, Francisco Rodríguez Soto, Canónigo Magistral, Fray Luis Cevallos guardián jubilado, Fray Alejandro Rodríguez, Prior de Agustinos. Fray Sebastián Solano, Rector de San Fernando. Manuel de Arredondo, José Duque, Fray Julián Naranjo, Provincial de Predicadores. Fray Mariano Benítez, Lector y Prior. José de Vergara Gaviria. D. Tomás de León y Carcelén, propietario de Cámara, Gobierno y Guerra. Doy fe, que hoy de la fecha se publicó por mando el auto acordado que antecede en la forma acostumbrada, al son de las cajas, trompas y pitos con el auxilio de las tropas de caballería que las precedía el señor comandante D. Manuel de Arredondo con todos sus respectivos oficiales, lo mismo que las del fisco que guarnecen esta ciudad y con asistencia del secretario de Cámara, Gobierno y Guerra, D. Tomás de León y Carcelén y subalternos de ésta Real Audiencia, cuya publicación se hizo al frente de la bandera de dichas tropas, concurriendo a oírla mucho concurso de gente, la que publicaba dando vivas a nuestro amado monarca el señor D. Fernando VII (que Dios guarde). Y para que conste pongo por diligencia. Quito, Agosto 5 de 1810. Máximo Sosa y Suárez. Escribano Receptor.

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FUENTES Y ARCHIVOS CONSULTADOS
AEML Archivo Enrique Muñoz Larrea. AGMS Archivo General Militar de Segovia. AHNM Archivo Histórico Nacional Madrid.

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LA ORGANIZACIÓN JUDICIAL DURANTE EL MOVIMIENTO INDEPENDENTISTA DE 1809. Sus protagonistas y su jurisdicción territorial
Patricio Muñoz Valdivieso

La revolución independentista para los dominios indianos de España, y específicamente para los que formaban parte del virreinato de Nueva Granada, se veía venir desde muchos años antes gracias a la labor de varios precursores entre los que se contaban principalmente el quiteño Dr. D. Francisco Xavier Eugenio de Santa Cruz y Espejo con sus incendiarios escritos y ensayos, los neogranadinos D. Antonio Nariño y Álvarez con su traducción de los “Derechos del Hombre y del Ciudadano” y D. Francisco Antonio Zea, y el venezolano D. Francisco de Miranda y Rodríguez, el primero que instrumentó procedimientos para llevar a la práctica el deseo de eregir países con sistemas de gobiernos propios al crear un ejército al que ya llamó “colombiano” con el que provocó la primera intentona de sublevar en 1806 su patria. Sin embargo, el pretexto inmediato para ejecutar esos planes se produjo a raíz del intervencionismo napoleónico en el destino político español tras los acontecimientos de marzo de 1808 en Aranjuez y los de abril y mayo en la francesa población de Bayona que terminaron con el traspaso de la Corona desde los Borbón a los Bonaparte. A ello se sumaba el descontento general que pesaba por la crisis económica producida por las continuas y desgastantes guerras de España, aliada entre 1796 y principios de 1808 con la Francia primero revolucionaria y luego napoleónica, contra Gran Bretaña1. La conjuración o conspiración de los mantuanos, organizada por miembros de la nobleza, dada en Caracas el 15 de julio de 1808 a favor de Fernando VII de Borbón luego de un altercado con los militares franceses que habían arribado para obtener el reconocimiento de josé I Bonaparte como Rey de España, fue ya un primer paso para instalar una junta a imitación de las organizadas en la península ibérica con el fin
1 http://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_IV_de_Espa%C3%B1a

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de ejercer soberanamente el gobierno a nombre del monarca cautivo, con el aditamento muy americano y nada novedoso que propugnaba la separación de los españoles europeos del mando para asumirlo los españoles indianos; al fin, esa pretendida junta jamás llegó a formarse a pesar de un dictamen favorable del Cabildo caraqueño y en su lugar se reconoció a la junta Suprema de Sevilla. “Los mantuanos rechazaron toda vinculación con Miranda, el 24 de octubre el Marqués de Toro entregó al Capitán General una carta que desde Londres le había escrito Miranda el 20 de julio, en la cual le incitaba a promover la instalación de una junta en Caracas a través del Cabildo Municipal y a ponerse luego de acuerdo con los cabildos de Santa Fe (Bogotá) y Quito para lograr, decía Miranda, «nuestra salvación e independencia». Sin embargo, en aquellos momentos los más influyentes mantuanos de la generación más vieja no aspiraban, al parecer, a la plena independencia, sino a una autonomía que a través de la junta les permitiera dirigir la política venezolana dentro del imperio, y mantenerse libres del dominio francés si España sucumbía. Por su parte, los mantuanos más jóvenes, los que se reunían en la cuadra de los Bolívar parecían estar en gran parte inclinados a la independencia, y tal era el caso también de agitadores populares como Matos Monserrate, aunque éste, igual que los demás, se declarase públicamente partidario de Fernando VII”, punto este último que veremos no es necesariamente contradictorio con el deseo de emancipación. En noviembre los mantuanos intentaron otra vez que se organice una junta, aclarándose que subordinada a la recientemente constituida junta Central Española, pero no dio fruto gracias a un contrapronunciamiento dirigido por las autoridades, consecuencia de lo cual fue que algunos fueron arrestados, otros desterrados y muchos otros tuvieron que refugiarse en el campo, con lo que se dio fin al movimiento2. En nuestro país, mientras todos estos sucesos se desarrollaban en España y Venezuela, las autoridades españolas buscaban garantizar su dominio sobre este territorio, así el 3 de octubre de 1808 el Capitán de Fragata D. juan josé Punelo Sanllorente, Comisionado de la junta Suprema de Sevilla, había llegado a Quito y obtenido la reafirmación de la fidelidad a Fernando VII y el rechazo a la invasión francesa3; y el 9 de
2 http://es.wikipedia.org/wiki/Conjuraci%C3%B3n_de_los_Mantuanos 3 Rodrigo Páez Terán, Correos, signos postales, filatelia: visión histórica, en Bol. de la Academia Nacional de Historia, No. 179, 2007

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L A O R G A N I Z A C I Ó N J U D I C I A L D U R A N T E E L M O V I M I E N TO I N D E P E N D E N T I S TA

diciembre de 1808, se había jurado en “junta (entiéndase por asamblea) extraordinaria”, convocada por el Conde Ruiz de Castilla, por las corporaciones y tribunales principales, en presencia del comisionado D. Rafael Vicente Bourman, lealtad a la junta Suprema Central española creada el 25 de septiembre de ese año en Aranjuez, luego trasladada por los avances del ejército francés a Extremadura, Sevilla e isla de León, sucesivamente4. La junta Central Española había dispuesto en decreto de 22 de enero de 1809 que los dominios americanos elijan vocales representantes para incorporarse a su seno, uno solo por cada virreinato y por cada capitanía general. Las Audiencias de Quito, Charcas (actual Bolivia) y Guadalajara (dentro del actual México) no habían sido consideradas como entes independientes para elegir diputados pues no eran ni virreinato ni capitanía general, así que la primera debía participar en el proceso eleccionario del virreinato neogranadino al que pertenecía, la segunda en el del virreinato rioplatense y la tercera en el del virreinato de Nueva España. La elección debía adoptar el siguiente modo: cada cabildo debía primero elegir tres candidatos y de esos tres escoger por sorteo uno solo; luego, entre los únicos candidatos de todos estos cabildos, el Real Acuerdo constituido por el Virrey o Capitán General y la Audiencia donde residía ya sea el Virrey o el Capitán General, debía hacer un sorteo en el que se escogería tres de todos ellos y de esa terna de los tres escogidos se debía seleccionar por sorteo uno solo, el cual era el vocal representante. En nuestro caso, el Real Acuerdo formado por el Virrey de Nueva Granada y la Audiencia de Santa Fe, debía reunirse en la capital virreinal, es decir, en Santa Fe (Bogotá) donde se seleccionaría a quien represente al Virreinato de Nueva Granada. El Virrey neogranadino concedió el derecho a votar a 20 cabildos, de ellos, eran audiencialmente quiteños, los de Popayán, Pasto, Ibarra, Quito, Riobamba, Cuenca y Loja. Se conoce los candidatos electos de algunos ayuntamientos. El cabildo ibarreño eligió al Conde de Puñónrrostro que estaba en la península ibérica. El cabildo quiteño eligió a su candidato el 9 de junio de 1809, el favorecido fue D. josé de Larrea y jijón el que salió sorteado, pues resultaron eliminados el Conde de Punónrrostro y D. Carlos Montúfar y Larrea; los tres residían en España con lo que se facilitaba la posibilidad de que puedan asistir a la junta
4 http://es.wikipedia.org/wiki/junta_Suprema_Central

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Central5. El cabildo riobambeño eligió por candidato a D. Carlos Montúfar y Larrea, pues resultaron eliminados D. juan Larrea y Villavicencio y D. josé de Larrea y jijón; Montúfar y Larrea jijón residían en España6. El cabildo cuencano eligió a su candidato el 19 de junio de 1809, el favorecido, luego de una contienda bastante incidentada, fue D. Fernando Guerrero de Salazar y Piedra, Alcalde Ordinario de Primer Voto, el que salió sorteado, pues resultaron eliminados el Alcalde Ordinario de Segundo Voto D. josé María Vásquez de Novoa, chileno y el Canónigo de la Catedral cuencana Dr. D. josé de Landa y Ramírez, rioplatense. El cabildo lojano eligió al Alcalde Ordinario de Primer Voto Dr. D. josé Félix Pedro de Valdivieso y Valdivieso en agosto de 1809, luego del 10 en que se dio el pronunciamiento revolucionario quiteño. La elección final se dio el 16 de septiembre en Santa Fe, los tres seleccionados para formar la terna fueron el quiteño Conde de Puñónrrostro, candidato por Ibarra, el Mariscal de Campo D. Antonio Narváez, candidato por Cartagena de Indias, y el Dr. D. Luis Eduardo Azuola, candidato por Santa Fe, y de ellos resultó ganador en el sorteo Narváez quien se encontraba en nuestro continente, ¿llegaría a su destino?. Respecto del candidato cuencano Guerrero de Salazar podemos decir que ni siquiera esa condición lo salvó de la muerte que le esperaba a consecuencia de los malos tratos sufridos en prisión por sus verdugos los gobernadores Aymerich y Cucalón. El cabildo guayaquileño, sujeto al virreinato peruano, eligió a su candidato el 10 de julio de 1809, el favorecido fue el Dr. D. josé de Silva y Olave, Chantre de la Catedral limeña, el que salió sorteado, pues resultaron eliminados el Dr. D. Francisco Cortázar y Lavayen, Oidor de la Audiencia santafereña, el Dr. D. josé Ignacio Moreno y Santistevan, Cura Vicario de Huancayo, y el Dr. D. josé Baquíjano y Carrillo, Conde de Vista Florida, Oidor de la Audiencia limeña; en este caso, el Gobernador de Guayaquil D. Bartolomé Cucalón designó los cuatro candidatos a pesar que el decreto preveía tres y que los candidatos debían ser
5 Rodríguez O., jaime E., Las primeras elecciones constitucionales en el Reino de Quito, 18091814 y 1821-1822, en Procesos, Revista Ecuatoriana de Historia, No. 14, 1999, pp. 6, 27, 28, 51; Libros de Google: Rodríguez O., jaime E., La Revolución Hispánica en el Reino de Quito, las elecciones de 1809-1814 y 1821-1822, en Marta Terán y josé Antonio Serrano Ortega, editores, Las guerras de la Independencia, Colegio de Michoacán y otros, Méjico, 2002; Rodríguez O., jaime E., La Revolución Política durante la época de la Independencia, El Reino de Quito 18081822, Universidad Andina Simón Bolívar – Corporación Editorial Nacional, Biblioteca de Historia, Quito, 2006 6 Alfredo Costales Samaniego, Década sangrienta, Quito, 1954

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nombrados por el ayuntamiento. Al siguiente mes, el Real Acuerdo reunido en Lima, de los 17 candidatos de los cabildos, seleccionó tres para formar la terna, los que fueron el arequipeño Brigadier General D. josé Manuel Goyoneche, el limeño Oidor Baquíjano y el guayaquileño Chantre Silva, y de ellos resultó ganador en el sorteo Silva quien se encontraba en Lima de donde partió vía Guayaquil, Acapulco y Méjico para España, pero estando en la última ciudad tuvo que emprender el retorno pues llegó la noticia de la disolución de la junta Central7. A la par, así mismo, en Quito, al poco tiempo de haberse difundido las novedades ocurridas en España, uno de los cosechadores de las propuestas de los precursores, en ese mismo año de 1808, el Dr. D. Antonio Ante y Flor, según sus propias palabras, escribió un discurso titulado “Clamores de Fernando VII”, “una proclama y un catecismo, manifestando las ventajas de la independencia y consiguiente soberanía en nuestro suelo”, los que “copiados en parte por los señores juan Salinas, Doctor Luis Saá”, D. Antonio Pineda y Donoso y D. Miguel Donoso y Albán, “se remitieron por el Correo a las Capitales de Caracas, Bogotá, Lima, Chile y Buenos Aires, y a algunas otras Provincias con un anónimo para que se difundiesen por las demás, con el objeto de incitar a que la revolución se rompiese por alguna de las que tenían más fundamento de Quito, especialmente Lima, a donde me dispuse a marchar con el Doctor Saá, para observar el estado de opinión de aquella, y comunicarlo a ésta”, viaje que no se efectuó. Esto debió haber sucedido en julio a la par que en Caracas se producía el indicado trastorno de los mantuanos, pues de haber conocido Ante esa revuelta, otra hubiera sido la forma de redactar su memorial. En lugar de partir a Lima, aprovechándose de que aproximadamente desde el 2 de mayo de 1808 los españoles habían roto su alianza con la Francia napoleónica, país que durante ese año le hacía una ventajosa guerra a España, Ante se constituyó en el “primer caudillo” que se dedicó a preparar “una revolución para la que seduje a dicho Salinas, y otros oficiales de las Tropas del Rey
7 Rodríguez O., jaime E., Las primeras elecciones constitucionales en el Reino de Quito, 18091814 y 1821-1822, en Procesos, Revista Ecuatoriana de Historia, No. 14, 1999, pp. 6, 27, 28, 51; Libros de Google: Rodríguez O., jaime E., La Revolución Hispánica en el Reino de Quito, las elecciones de 1809-1814 y 1821-1822, en Marta Terán y josé Antonio Serrano Ortega, editores, Las guerras de la Independencia, Colegio de Michoacán y otros, Méjico, 2002; Rodríguez O., jaime E., La Revolución Política durante la época de la Independencia, El Reino de Quito 18081822, Universidad Andina Simón Bolívar – Corporación Editorial Nacional, Biblioteca de Historia, Quito, 2006.

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que guarnecían esta Capital” la que al no tener el suficiente eco fue abandonada por su mentalizador8. Un año antes, en 1807, cuando aún el panorama de estabilidad política en España se mantenía, ya Rocafuerte y Morales discutieron en la hacienda de Naranjito del primero y donde estaba refugiado Morales, acerca de la independencia de América, “convenimos en que había llegado la época de establecerla: sólo diferimos en los medios de llevarla cabo, y obtener el mejor resultado. Yo era de sentir que esperáramos a formar y extender la opinión, por medio de sociedades secretas, de extenderlas al Perú y a la Nueva Granada, para apoyarnos en tan poderosos auxiliares. El (Morales) quiso lo contrario, y que en el acto mismo se diese el grito de independencia”9. El método sugerido por Ante era parecido al de Rocafuerte. Morales luego sobrellevó su confinamiento en Latacunga, de donde pasó a Píntag, curato que lo tenía el Dr. D. josé Riofrío, a quien Morales convirtió en su prosélito, y desde allí realizaba Morales sus visitas al Marqués de Selva Alegre en el obraje de Chillo para así mismo atraerlo a la causa. El proyecto para levantar la revolución fue retomado en ese mismo año, pocos meses después, a raíz del arribo de Ruiz de Castilla como Presidente el 1 de agosto de 1808, entre otros, por el Cap. D. juan de Salinas y Zenitagoya, solo que esta vez bajo el patrocinio del Marqués de Selva Alegre, para lo que celebraron los comprometidos varias juntas privadas desde ese mes, en las que uno de sus asistentes fue el Dr. Ante por invitación del mencionado Salinas. La reunión de la mañana de la Navidad del 25 de diciembre de 1808 en la hacienda-obraje de Chillo del indicado Marqués, antes propiedad de la Compañía de jesús, es la primera de la que se tiene noticia. Estuvieron divididos en dos partidos, según Arechaga en su acusación fiscal de 21 de abril de 1810, unos buscaban establecer una república, entendida como monárquica liberal, y otros querían coronar a la Princesa de Brasil10. En esas tertulias, Salinas
8 Antonio Ante y Flor, “El Ciudadano manifiesta a la República de Colombia la conducta política que ha observado desde el año nueve que su patrio suelo Quito proclamó su independencia, hasta el año veinte y dos en que fue restituido a él del presidio de Ceuta”, Quito, 1822, con estudio introductorio de jorge Salvador Lara, en Leonardo Moncayo jalil, Los Correa en el Ecuador 1730-2004, SAG No. 120, Quito, 2004. 9 Roberto Andrade Rodríguez, Historia del Ecuador, Primera Parte, Biblioteca de Historia Ecuatoriana No. 1, Corporación Editora Nacional, Segunda edición, Quito, 1982 (primera edición, Guayaquil, 1937), tomado de Vicente Rocafuerte, “A la Nación” No. IX. 10 Roberto Andrade Rodríguez, Historia del Ecuador, Primera Parte, Biblioteca de Historia Ecuatoriana No. 1, Corporación Editora Nacional, Segunda edición, Quito, 1982 (primera edición, Guayaquil, 1937).

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presentó el “Plan de Defensa de Quito y sus Provincias con el objeto de conservarlas para nuestro soberano y su dinastía en caso de que tomada la España por los franceses, intente invadirnos y lo que podía hacer cuando llegue esta infausta noticia”, elaborado entre el 25 de diciembre de 1808 y febrero de 1809. En él se preveía la creación de una junta Provincial para gobernar y de un Tribunal de justicia como se verá más adelante11. El premeditado golpe revolucionario por inmaduro y precipitado, a decir de Ante, seguramente por no gozar de una sólida acogida esta idea entre los países sudamericanos como él esperaba, se suspendió a instancias del mismo Ante por algún tiempo, pero una vez delatado el intento, incoado el respectivo proceso judicial y vigilados sus promotores por un receloso gobierno, se decidió por exhortación de Salinas que era hora de hacerlo. En ese proceso, Quiroga, uno de los encausados, antes del mismo pronunciamiento agostino, quizás en marzo cuando estaba en prisión, decía que no era delito en un americano, separarse de la monarquía española, si ésta cayera en poder de Bonaparte12. Se ha juzgado, sobre todo por parte de los españoles de entonces, entre ellos, uno de los convencidos era D. joaquín Molina y Zuleta, Presidente de la Audiencia quiteña, que existía un unísono plan concertado para sublevar a toda la América hispana el mismo día, pero las pruebas implican lo contrario, de haber sido así, el abatimiento de las fuerzas españolas hubiera sido implacable. Como mucho, lo que existieron fueron comunicaciones entre varios dirigentes sociales y políticos de todos los países hispanoamericanos que intercambiaron ideas y acciones a tomarse, en distinto tono y conforme las circunstancias particulares de cada tierra, respecto de la posibilidad de proclamar ya la autonomía o independencia, o de acceder al poder político en sus propios países, aprovechando la desintegración de la España peninsular, intentando adoptar, unos, aparentemente como sistema político, ya como parte de España o bien separadamente, el de una república monárquico-democrática en que reine bajo una concepción liberal ya sea Fernando VII o quizás su hermana la infanta Carlota joaquina, residente en Brasil, o simplemente, mantener el sistema pero compartido entre españoles europeos y americanos.
11 Mena Villamar, Claudio, El Quito Rebelde (1809-1812), Abya Yala – Letra Nueva, Quito, 1997 12 Roberto Andrade Rodríguez, Historia del Ecuador, Primera Parte, Biblioteca de Historia Ecuatoriana No. 1, Corporación Editora Nacional, Segunda edición, Quito, 1982 (primera edición, Guayaquil, 1937)

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En el movimiento altoperuano de Chuquisaca del 29 de mayo de 1809 no hubo “el carácter político de transformación del sistema gubernativo”, “su causa no fue otra que el desacuerdo entre las mismas autoridades de la Colonia, sobre el régimen que debía adoptarse para conservar el sistema colonial, en medio de la situación embarazosa y anárquica de la Metrópoli” 13. Don josé Manuel Goyeneche14, que, había recibido de paso en el Brasil instrucciones de la Infanta doña Carlota ´al efecto de hacerla reconocer en las colonias como la representante y heredera de su familia cautiva´, llegó con su intriga a Chuquisaca. La Real Audiencia quiso apresarlo como traidor, y, al ver en el Presidente D. Ramón García de León y Pizarro ´cierta lenidad y disimulo´, lo acusó de complicidad e intentó deponerlo”. “Así estalló entre las principales autoridades, una división que, complicándose con la intriga y enconándose con la pasión, comprometió al pueblo en una asonada, que dio el triunfo a la Audiencia, y destituyó a Pizarro”. No hubo una victoria de elementos nuevos, de “individuos de otras ideas y otras aspiraciones, como sucedió en la Revolución de Quito”. Su finalidad, según analizan los historiadores Ramón Sotomayor y Valdez y Camilo Destruge no fue otra que “hacer triunfar una de las formas propuestas y discutidas para la conservación del estado colonial” 15. En tanto que en el movimiento de La Paz de 16 de julio de ese mismo año se llegó a constituir la “junta Tuitiva de los derechos del Rey y del Pueblo”, se separó a las autoridades españolas y el 22 de julio de dio a la luz el “Plan de Gobierno” que se convirtió en el primer estatuto constitucional del territorio hoy boliviano. En él se formaron tres ministerios, llamados departamentos: Gobierno, Gracia y justicia, Culto y Hacienda. Fue presidida por el Coronel D. Pedro Domingo Murillo. En el “Manifiesto de los patriotas de La Paz a los pueblos del Perú” del 27 de julio se exhortó a favor de la proclamación de la independencia a los pueblos del Perú y a revelar los proyectos que en ese sentido fermentaban en las mentes de muchos criollos, se llamaba a “que era tiempo de levantar el estandarte de la libertad en estas desgraciadas colonias”. Finalmente la junta desapareció el 30 de
13 Hernán Rodríguez Castelo, ¿Quito o Chuquisaca-La Paz?, en Bol. de la Academia Nacional de Historia, No. 180, 2008 14 http://es.wikipedia.org/wiki/Revoluci%C3%B3n_de_Chuquisaca http://es.wikipedia.org/wiki/junta_Tuitiva http://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_Domingo_Murillo 15 Hernán Rodríguez Castelo, ¿Quito o Chuquisaca-La Paz?, en Bol. de la Academia Nacional de Historia, No. 180, 2008

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septiembre y asumió el mando Murillo hasta su derrota en noviembre16. Así nació el pronunciamiento del viernes 10 de agosto de 1809, día de San Lorenzo, consecuencia de un largo y complejo proceso fortalecido en determinadas corrientes de pensamiento que se venían divulgando y madurando desde hace más de medio siglo17, y de la apremiante necesidad de recuperar para Quito el peso político y económico perdido desde el siglo XVIII18, traducido en varios intentos fallidos revestidos de peticiones de mayor autonomía desde la presidencia audiencial de D. josé García de León y Pizarro. Se dio inicio ese día al movimiento, autonomista–independentista y republicano–monarquista– liberal en su origen y claramente emancipador, republicano al estilo estadounidense, y antimonarquista en su cenit, que concluirá tras casi trece años de un continuo batallar, el 24 de mayo de 1822 en la manumisión completa del territorio del entonces conocido como reino de Quito, y el 9 de diciembre de 1824 en la casi consolidación de la independencia de la Sudamérica española tras la batalla de Ayacucho, ganada por Sucre, aunque definitivamente afianzada al caer la fortaleza de El Callao en enero de 182619. Solo unos cuantos días antes, el 6 de agosto de 1809, Ruiz de Castilla aseguraba a la Suprema junta Gubernativa de la Monarquía Española que no había razón para desconfiar del señalado precedente juramento dado el 9 de diciembre de 1808, pero los insurgentes quiteños en el Manifiesto de la junta Suprema de Quito al Público del mismo 10 elaborado por Morales y en oficios subsiguientes justificaban la instalación de la junta Suprema quiteña en razón de que consideraban extinguida la representación global atribuida a la junta Central Española reducida a mandar solo sobre Andalucía, sin gozo del beneplácito de la voluntad general puesto que el conjunto español era más amplio y constituido por más reinos que tenían el mismo derecho para eregir su propia junta con la calidad de suprema y también interina como las que se habían constituido en 1808 en la península20. Frecuentemente se considera términos antitéticos las palabras
16 http://es.wikipedia.org/wiki/Revoluci%C3%B3n_de_Chuquisaca http://es.wikipedia.org/wiki/junta_Tuitiva http://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_Domingo_Murillo 17 Mena Villamar, Claudio, El Quito Rebelde (1809-1812), Abya Yala – Letra Nueva, Quito, 1997 18 Alonso Valencia Llano, Élites, burocracia, clero y sectores populares en la Independencia Quiteña (1809-1812), Rev. Procesos No. 3, 1992 19 Octavio Latorre T., El dominio del mar: un factor olvidado en nuestra historia republicana, en Bol. de la Academia Nacional de Historia No. 181, Quito, 2009 20 De la Torre Reyes, Carlos, La Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809, Banco Central

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república y monarquía, sin embargo, para entonces, conforme la concepción política hispanista, no gozaban de absoluta diferencia, la república, es decir, la cosa pública, para su bienestar, o felicidad como se decía, podía adoptar para obtener ese bien tan preciado y deseado, como principales sistemas de gobierno, ya sea, la monarquía, la aristocracia o la democracia, o bien una mezcla simultánea de elementos de todos esos sistemas y otros secundarios, y durante las revoluciones americanas, desde la de los Estados Unidos de América, lo que se produjo al fracasar la primera opción, es decir, la monárquica, fue derivar en la adopción de concepciones de organización política de estilo democrático–aristocratizantes, reflejo algo modificado del sistema político espartano, antes que del ateniense, mayormente participativo. Como consecuencia de las revoluciones americana y francesa, según el interés respectivo o conforme la confusa transformación política también presente en la terminología, se mantienen sus significados o se convierten en términos opuestos, de allí que no es sorprendente que dentro de las mismas filas españolistas, se considere al sistema político que se pretendía implantar por los rebeldes quiteños, o bien, como republica monárquica o bien como cosas contrapuestas tanto lo republicano como lo monárquico, o que se hubiera provocado denominar socarronamente al nuevo Estado como Imperio de Quito al intentar asemejar el sistema adoptado con el que existió en el Imperio Romano que dispuso de otra naturaleza. En el documento que formalizó el primer grito de independencia, el instrumento en el cual se organizó el establecimiento y funciones de las primeras instituciones propias del naciente país, que fueron la Junta Suprema de Quito, la Falange y el Senado de Justicia, denominada por sus contemporáneos, independentistas y detractores, en sus documentos oficiales y declaraciones como “Constitución” o “Acta” o “Constitución y Acta popular” o “Acta del pueblo” o “Acta Constitucional”, generalmente conocida como Acta de Independencia o primera Acta de Independencia, primera ley fundamental propia escrita en nuestro país, aunque de incipiente elaboración teórica y técnica, “pieza jurídica de trascendental fuste político: la reasumisión de la soberanía o derecho de gobierno por los representantes del pueblo” en palabras del ex Presidente de la Corte Suprema de justicia y ex Presidente Constitucional Interino Dr. Manuel María Borrero González21, suscrita
del Ecuador, Centro de Investigación y Cultura, Colección Histórica XIII, Segunda Edición, Quito, 1990 (Primera Edición, 1962)

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el señalado día 10 por una asamblea compuesta por los diputados barriales de la capital, realizada en el Palacio Real, actual Palacio de Carondelet, ratificada el día 16 por una asamblea popular ampliada en la Sala Capitular del convento de San Agustín, a la que asistieron, entre otras autoridades, los flamantes dignatarios judiciales todos togados, presididos por el Dr. D. josé Xavier de Ascázubi y Matheu, y jurada en la Catedral el 17 según el español anónimo22, lo que parece más real, o el 19 conforme el autor del Viaje Imaginario23, se dispuso la creación de las instituciones mencionadas. El Senado era el máximo efectivo órgano administrador de justicia, función que debía cumplirla basándose en los principios de prontitud y rectitud, denominados actualmente de celeridad y probidad; en tanto que la Falange era el ejército, al que se le otorgó tal nombre por Quiroga en memoria de las huestes macedonias de Alejandro Magno24. El máximo tribunal judicial como el gobierno y el ejército estaban encabezados, conforme la flamante constitución organizativa política adoptada en el reino de Quito, por el monarca reinante D. Fernando VII de Borbón. El ánimo autonomista–emancipador se refleja entre los protagonistas de la revolución, muestra de ello se encuentra en la carta del Marqués de Villa Orellana dirigida en 1809 al Dr. D. julián Francisco Cabezas25, resaltada por Demetrio Ramos Pérez26, en ella expresaba que: “Hemos logrado nuestra libertad, porque los motivos urgentísimos y
21 Borrero González, Manuel María, La Revolución Quiteña 1809-1812, 1962 22 Rodríguez Ordóñez, jaime Edmundo, La revolución de 1809: Cinco cartas de un realista anónimo, en Rev. del Archivo Nacional de Historia No. 19, Casa de la Cultura, Quito, 1973 (publicadas originalmente en las Memorias del General O`Leary, Caracas, 1881, T.XIII) 23 Manuel josé Caicedo y Cuero (atribuido a), Viaje Imaginario por las provincias limítrofes de Quito, y regreso a esta capital, en Biblioteca Ecuatoriana Mínima, No. 16: Cronistas de la Independencia y de la República, Quito, 1960 (existen ediciones anteriores, la primera anterior a 1890). 24 Rodríguez Ordóñez, jaime Edmundo, La revolución de 1809: Cinco cartas de un realista anónimo, en Rev. del Archivo Nacional de Historia No. 19, Casa de la Cultura, Quito, 1973 (publicadas originalmente en las Memorias del General O`Leary, Caracas, 1881, T.XIII) 25 Luis Felipe Borja Pérez (hijo), Para la historia del 10 de agosto de 1809, Boletín de la Sociedad de Estudios Históricos Americanos, Tomo II, Nos. 4-6, Colección de Revistas Ecuatorianas XXIX, Banco Central del Ecuador, Segunda Edición, Quito, 1988: Lista de sujetos que componen la Suprema junta, el Senado y jefes de la Falange enviada el 21 de agosto de 1809 por el Marqués de Villa Orellana a su tío el Dr. D. julián Francisco Cabezas, y cartas de los Quiñones, todos comprendidos dentro de uno de los tantos procesos incoados a los patriotas (primera edición, 1919). 26 Demetrio Ramos Pérez, entre el Plata y Bogotá, cuatro claves de la emancipación ecuatoriana, Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1978, pp. 71-269.

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peligro inminente en que estábamos por la guerra abierta que los españoles europeos nos habían declarado a los americanos…, forzó a que se tomase la resolución de quitarles el mando…”. Es patente la intención autonomista–independentista, si se acepta las declaraciones de algunos españoles que afirmaron que “a la voz de ´Quién vive?´, no se respondió más con ´España´ sino con ´El Rey´” y cuando en la Constitución, para representar al monarca, se designaba la junta Suprema, para actuar en su nombre “mientras Su Majestad recupere la Península o viniere a imperar en América”. Los insurgentes, en principio, monárquicos o realistas, dejaban a salvo de toda sospecha a la figura del príncipe reinante, pero acusaban al mal gobierno europeo como causa de todos los males, así desconocían a la junta Suprema Central española, dejaban a la Audiencia sin funciones; y abrían una puerta para una futura transformación de corte republicano no necesariamente monárquico si no se cumplía una de esas dos condiciones por parte del monarca, no implicaba para un futuro próximo necesariamente que por ausencia del Rey la monarquía debía ser representada permanentemente por otros cuerpos políticos. La junta Suprema, también denominada junta Suprema Gubernativa o Suprema junta o junta Soberana o Consejo Central o junta Central o junta Suprema Gubernativa Interina o Suprema junta Gubernativa o junta Gubernativa Interina o junta Suprema Nacional, generalmente conocida como primera junta, estuvo presidida por el quiteño D. juan Pío Montúfar y Larrea, Marqués de Selva Alegre, quien también fue titulado Presidente del Estado, e integrada por los ministros o secretarios de estado Dr. D. juan de Dios Morales y Leonín, n. de Santiago de Arma de Ríonegro en la neogranadina Antioquia, Dr. D. Manuel Rodríguez de Quiroga y Cuenca, nativo de Chuquisaca27, la actual ciudad boliviana de Sucre, Vicerrector de la Universidad de Sto. Tomás, y el quiteño D. juan de Larrea y Villavicencio, cuñado de Montúfar, en los despachos: el primero para los asuntos internos, negocios extranjeros y de la guerra (y además se lo designó como Superintendente General de Correos), el segundo para el de gracia y justicia, y el tercero para el de hacienda; los cuales como tales eran individuos natos de la junta Suprema. Quiroga y el indicado Salinas, Inspector General de la Falange, serían quienes tuvieron la iniciativa para presionar a dar el golpe revolucionario en
27 Fernando jurado Noboa, Datos genealógicos del prócer doctor Manuel Rodríguez de Quiroga y Cuenca, Revista Museo Histórico No. 48, 1970, pp. 100-106

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tanto que Morales se convirtió en el ideólogo, encausador y sostenedor de la permanencia de la revolución. Montúfar que hasta las dos de la mañana del 10 de agosto había estado en Quito desplegando esfuerzos para obtener la adhesión a la junta que debía proclamarse a la madrugada de ese día, se ausentó, previo acuerdo con los demás complotados que se encontraban en un planificado festejo, a esa hora a su hacienda de Chillo, de donde fue llamado, con aparente sorpresa del Marqués, a tomar su puesto, habiendo arribado a la capital a las tres de la tarde en medio de una gran ovación. Para el funcionamiento de los tres ministerios, se designaron como Cobachuelistas o Covachuelistas28 u Oficiales Primeros al quiteño D. javier Villacís y Carcelén, al lojano Dr. D. josé Félix Valdivieso y Valdivieso, a Don N. Celi (que muy probablemente se trata del lojano Dr. D. Agustín Celi y González) y a Don N. Maldonado (que muy probablemente se trata de D. Miguel Maldonado, oficial de la Falange). No se especifica a qué despachos ministeriales debían servir, pero es muy probable que Villacís estuviera destinado al ramo de Guerra, Valdivieso a los asuntos interiores y exteriores, Celi al de Gracia y justicia, y Maldonado al de Hacienda. Respecto de Villacís se conoce que arrepentido dejó el cargo de Cobachuelista al darse cuenta que lo había aceptado en vez de una capitanía en la Falange cuando ésta era mejor remunerada. Valdivieso y Celi no llegaron jamás a actuar pues siempre estuvieron en Loja y Cuenca, respectivamente. En lugar de Celi se conoce que estuvo actuando el ambateño D. Vicente Merino29. Muchos años más tarde los Cobachuelistas30 fueron llamados Oficiales Mayores y actualmente Viceministros o Subsecretarios. Además la junta Suprema estuvo conformada por los marqueses de Solanda y Villa Rocha D. Felipe Carcelén y Sánchez de Orellana, de Villa Orellana D. jacinto Sánchez de Orellana y Chiriboga, y de Miraflores D. Mariano Flores de Vergara y jiménez de Cárdenas, D. Manuel Zambrano y Monteserrín, D. Manuel de Larrea y jijón, D. Manuel Ma28 Rodríguez Ordóñez, jaime Edmundo, La revolución de 1809: Cinco cartas de un realista anónimo, en Rev. del Archivo Nacional de Historia No. 19, Casa de la Cultura, Quito, 1973 (publicadas originalmente en las Memorias del General O`Leary, Caracas, 1881, T.XIII) 29 Núñez del Arco, Ramón, Informe del Procurador General de Quito de 20 de mayo de 1813, en Documentos Históricos, Los hombres de agosto, Boletín de la Academia Nacional de Historia, No. 56, 1940 30 josé Canga Arguelles, Diccionario de hacienda para el uso de los encargados de la suprema dirección de ella, T. II, Londres, 1826

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theu y Herrera, representantes de los barrios, y por el quiteño D. Vicente Álvarez y Torres, secretario particular con voto. Posteriormente, el día 12 incorporó como Vocales Natos de ella a los Obispos de Quito y Cuenca doctores D. josé Cuero y Caicedo y D. Andrés Quintián Ponte y Andrade, respectivamente. Solo Cuero y Caicedo aceptó el día 15, aunque a Quintián siempre se lo consideró miembro. Sarcásticamente para los españolistas la junta Suprema era conocida como junta Nacional y Montúfar como jefe Supremo. Se ha considerado que el Obispo Cuero y Caicedo fue también designado Vicepresidente de la junta Suprema, sin embargo, según el español anónimo en carta de 25 de octubre de 1809 y subsiguientes, quien ocupó ese cargo fue el Marqués de Solanda. Al respecto, en el informe de Núñez del Arco de 1813, solo se menciona que el Obispo fue vocal nato; el 14 de agosto de 1809 era considerado por Ruiz de Castilla como eminencia gris tras la presidencia de Montúfar y le atribuía irónicamente la calidad de ser el real Presidente31; y el día 16 de agosto cuando se ratificó el Acta Constitucional, conforme el español anónimo, en la sala capitular del convento de los agustinos, la mesa directiva la conformaban el Presidente Marqués de Selva Alegre, sentado al medio, acompañado a los lados por el Obispo y por el “Vicepresidente Marqués de Solanda”. Según Isaac Barrera, el Cabildo Eclesiástico aconsejó a Caicedo que ejerciera el cargo vicepresidencial, sin embargo, parece que existe confusión, y a lo que se refería es a la función de Vocal. El 7 de septiembre el Obispo Cuero y Caicedo había dejado de concurrir a las sesiones de la junta Suprema. El Marqués de Solanda tuvo tan bajo perfil posteriormente que incluso se lo ha considerado uno de los más radicales españolistas durante esta primera revolución, situación que cambió en la segunda en que apareció como un cauto rebelde. El Marqués de Miraflores también renunció muy pronto a su calidad de representante. El 11 de agosto se tomaron una serie de medidas económicas. El día 13 de agosto, ante el requerimiento del Presidente del Estado, la Honorable junta y los Oidores de la Audiencia Nacional, el ayuntamiento capitalino designó como sus representantes para integrar la junta Suprema al quiteño D. juan josé Guerrero y Matheu y a D. Melchor Benavides, que se incorporaron el mismo día. Ese mismo día los cabildos riobambeño e ibarreño designaban como sus representantes a
31 Alfredo Ponce Ribadeneira, Quito: 1809-1812 según los documentos del Archivo Nacional de Madrid, Madrid, 1960

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la junta, el primero al mismo D. Manuel Zambrano y Monteserrín, representante por el barrio quiteño de San Sebastián por haberse excusado su hermano D. Estanislao32, y el segundo a D. Manuel de Zaldumbide33. Se desconoce a los representantes de los cabildos de Otavalo, Latacunga, Ambato, Guaranda y Alausí. El 17 de agosto tras la jura de la Constitución, se estableció la Orden de San Lorenzo, en conmemoración del día del golpe, para gratificar a quienes presten servicios relevantes a la patria. En los días siguientes se dictaron decretos respecto de organización hospitalaria, instalación de Academias, un Gabinete de Historia Natural, un jardín Botánico, entre otros34. El 27 de agosto la villa de Ambato juraba el Acta Constitucional35 y Riobamba lo hacía el 29 de agosto36. La Falange tenía por Comandante en jefe al Rey, representado en el ejercicio de ese destino por la junta Suprema, la cual controlaba políticamente a ese ejército a través de Morales, Ministro de Guerra, en tanto que se desempeñaba como lo que hoy conocemos como jefe de Estado Mayor y entonces como Inspector General el Coronel Salinas, quien para resguardar la defensa y sostener el flamante Estado, dividió la fuerza en dos, una para el norte y otra para el sur. La del norte tuvo por General en jefe al Vocal D. Manuel Zambrano, quien también se desempeñó como Embajador ante los cabildos de Popayán, Pasto y Barbacoas, y a sus órdenes militaron el presbítero Dr. D. josé Riofrío y el Teniente Coronel D. Francisco javier de Ascásubi y Matheu, capturado durante la campaña contra Pasto; Riofrío y Ascásubi luego fueron muertos el 2 de agosto de 1810. La del sur tuvo varios Generales en jefe conforme la campaña militar que debía emprenderse, uno de ellos fue el Teniente Coronel D. Antonio Ante y otro el Sargento Mayor D. Manuel Aguilar y Viteri. jamás existió el grado de General y cuando consta en la documentación patriota de la época este trato se refiere a la calidad de General en jefe como también se decía entonces a quien comandaba una campaña de gran envergadura en tanto que en la información españolista el tratamiento acota un sentido burlesco.
32 Alfredo Costales Samaniego, Década sangrienta, Quito, 1954 33 Cristóbal Tobar Subía, Monografía de Ibarra, Centro de Ediciones Culturales de Imbabura, 1985 (primera edición en 1929) 34 Rodríguez Ordóñez, jaime Edmundo, La revolución de 1809: Cinco cartas de un realista anónimo, en Rev. del Archivo Nacional de Historia No. 19, Casa de la Cultura, Quito, 1973 (publicadas originalmente en las Memorias del General O`Leary, Caracas, 1881, T.XIII) 35 Fausto Palacios Gavilanes, Apología, honores y reivindicación de Celiano Monge, en Bol. de la Academia Nacional de Historia, No. 180, 2008 36 Alfredo Costales Samaniego, Década sangrienta, Quito, 1954

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La institución judicial estuvo compuesta de doce senadores, a los que también se los llamaba “Senadores y Ministros Togados”, todos doctores, distribuidos en dos Salas: Civil y Criminal, consideradas también como la primera y segunda salas, cada una con tratamiento de alteza. El Senado estaba efectivamente dirigido por un gobernador, que a su vez presidía las dos Salas, aunque efectivamente solo presidía la Sala de lo Civil, con dos mil pesos de sueldo y tratamiento de usía ilustrísima. La Sala de lo Criminal, estaba presidida teóricamente por el gobernador pero efectivamente por un regente subordinado al gobernador, con dos mil pesos de sueldo y tratamiento de señoría; los demás ministros con el mismo tratamiento anterior y mil quinientos pesos de sueldo; agregándose un protector general de indios con honores y sueldos de senador, y un alguacil mayor con los tratamientos y emolumentos de la Audiencia. Se nombró a los siguientes seis senadores para integrar la Sala de lo Civil, como Gobernador, y su vez en la práctica cabeza máxima del tribunal en pleno, al quiteño D. josé javier Ascázubi y Matheu; decano (es decir, más antiguo en la nominación) al bugueño D. Pedro jacinto Escobar y Ospina; ministros fueron electos el quiteño D. josé Fernández Salvador y López, el popayanejo D. Ignacio Tenorio y Carvajal y el quiteño D. Bernardo Ignacio de León y Carcelén; y como fiscal fue designado el quiteño D. Mariano Merizalde. Para formar parte de la Sala de lo Criminal, o del Crimen como también se la llamó, se eligió otros seis senadores, como regente al español Oidor D. Felipe Fuertes y Amar, como decano al payanés D. Luis Quijano y Carvajal, como ministros al bugueño D. josé del Corral y Bandera, D. Víctor Félix de San Miguel y Cacho, n. de la neogranadina Mompox, y el popayanejo o payánes D. Salvador Murgueitio y Castillo, cuñado del vocal Zambrano, y como fiscal al quiteño D. Francisco javier de Salazar y Alvear. Fueron nombrados como Protector General de Indios D. Tomás Arechaga, n. de Oruro en la actual Bolivia, y como Alguacil mayor o Alguacil Mayor de Corte D. Antonio Solano de la Sala y Piedrahita37. Parte de ellos se posesionaron el día 18. Curiosamente, el Senado, conocido eventualmente también como Real Senado o como Consejo, era el máximo Tribunal judicial en
37 Biblioteca Luis Ángel Arango, Banco de la República de Colombia. http://www.lablaa.org/ blaavirtual/historia/actas-de-independencia/actas-declaraciones-independencia-001.html: Armando Martínez Garnica e Inés Quintero Montiel, Actas de formación de juntas y declaraciones de independencia (1809-1822), Reales Audiencias de Quito, Caracas y Santa Fe, UIS, 2007

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la práctica, sin embargo, coexistió con la Audiencia, que durante este periodo, se denominó también Audiencia Nacional, la cual se mantuvo teóricamente, aunque sin poder judicial y político reales como el más alto tribunal de justicia y máximo organismo de gobierno, facultad esta última que pasó realmente a la junta Suprema. Las autoridades de la vieja Audiencia, su Presidente el Conde Ruiz de Castilla y dos de sus Oidores, el Regente D. josé Fuentes González Bustillos y el Dr. D. josé Merchante de Contreras, fueron destituidos el 10 de agosto y mantenidos en prisión unos días. Se ratificó por los revolucionarios como Oidor a D. Felipe Fuertes y Amar, y se designó por el flamante régimen emancipado, por existir una plaza vacante de Oidor en ese organismo, al barbacoano Dr. D. Pedro Manuel Quiñones y Cienfuegos, cuñado del marqués de Miraflores, personaje este último, es decir, el Marqués, considerado como uno de los principales propagadores de las ideas revolucionarias francesas de libertad, igualdad y fraternidad y cuyo cadáver en 1810 fue velado y sepultado con custodia militar por temor de que hubiera fingido su deceso para escapar. Tanto Fuertes y Quiñones, nominales Oidores Ministros Togados de la Audiencia, recibieron nombramientos senatoriales lo que en la realidad les permitía ejercer la judicatura. La junta Suprema, en nombre del Rey, expresaba el 26 de septiembre que debido a “los motivos de sospecha y desconfianza que el Pueblo de Quito tenía en los antiguos Magistrados y Ministros, se creó, entre otros objetos, un Senado de justicia, compuesto de dos Salas, una para el despacho de los negocios civiles, y otra para el conocimiento de lo criminal, con los honores, distinciones y prerrogativas que tuvo mi antigua Audiencia y Chancillería Real establecida en aquella Ciudad”, la que como ya se ha indicado solo existía nominalmente. El 23 de julio de 1813 D. joaquín de Molina, Presidente que fue de la Audiencia de Quito, ridiculizaba a los insurgentes llamándolos “griegos americanos” por denominar “senado” “(institución ajena a la tradición ibérica), a aquello que era en realidad una audiencia”, aunque Molina en todo caso debió decir romanos y no griegos; además, el Senado romano era más que un tribunal judicial. El régimen entonces instalado duró hasta el 21 de octubre de ese año de 1809 en la ciudad de Quito, ya que en los algunos corregimientos adheridos a la conmoción revolucionaria se había restaurado el gobierno del antiguo sistema. Hasta ese día la junta se mantuvo en uso de las plenas facultades que se había dado al constituirse, ya que

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ese día, astutamente, se adujo que siempre había reconocido a la Suprema junta Central Española como la representante del Rey, con lo que se desvirtuó por completo su naturaleza. Continuó funcionando la junta, que pasó desde el 21 a llamarse junta Provincial, como subordinada a la Central Española, y las demás instituciones unos días más. La junta Suprema y luego Provincial estuvo presidida desde el 14 o 15 al 25 por D. juan josé Torcuato Guerrero y Matheu, como sucesor del Marqués de Selva Alegre, aunque a Guerrero, heredero del condado de Selva Florida, título que no le fue despachado por no haber cancelado lo adeudado por su posesión38, ya el 10 y 12 se lo encuentra actuando interinamente como presidente en alternancia con el titular marqués de Selva Alegre, cuya dimisión fue aceptada por la primera junta el 13. La subida de Guerrero a la presidencia fue precedida desde el día 12 con una primera pretensión de Montúfar de dejar el cargo presidencial con la condición de elegir como presidente a D. Manuel Ruiz de Urries y Castilla, Conde Ruiz de Castilla, depuesto Presidente de la Audiencia, y cuya reposición ya era preparada desde el 22 de agosto por Montúfar y a la que posteriormente coadyuvaron Guerrero, D. Manuel de Larrea y jijón, compensado en 1815 con el marquesado de San josé, y tardíamente el jefe de la fuerza militar Salinas, Quiroga y Morales, éstos tres presionados por las circunstancias. Desbaratada esta intención por un motín producido la noche de ese mismo día cuyo tribuno fue el Gobernador de Quijos D. Mariano Villalobos, al siguiente día el 13, se le aceptó la renuncia a Montúfar sin esa condición, a raíz de que Morales se encargó de propagar la nueva. El marqués de Selva Alegre, su familia y sus partidarios huyeron de la multitud enfurecida en dirección a Latacunga donde se encontraba ya el 18 de octubre y de vuelta en Quito el 4 de noviembre, e incluso se llegó a difundir el rumor infundado que en Pujilí estaba levantando tropas para deshacerse de los empecinados revolucionarios Morales, Quiroga y Salinas39. Morales entonces pretendió ser designado sucesor de Montúfar, pero no pudo lograrlo, lo que abrió pasó para que desde el mismo 13 de octubre se presenten varias candidaturas presidenciales a la junta, entre ellas la del marqués de Villa
38 Demetrio Ramos Pérez, entre el Plata y Bogotá, cuatro claves de la emancipación ecuatoriana, Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1978, pp. 71-269 39 Rodríguez Ordóñez, jaime Edmundo, La revolución de 1809: Cinco cartas de un realista anónimo, en Rev. del Archivo Nacional de Historia No. 19, Casa de la Cultura, Quito, 1973 (publicadas originalmente en las Memorias del General O`Leary, Caracas, 1881, T.XIII)

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Orellana propuesto por el barrio de San Roque que no llegó tampoco a fructificar, y la del Gobernador del Senado de justicia D. josé javier de Ascásubi y Matheu, propuesto por el mencionado Villalobos, el que fue aclamado pero que no pudo ser posesionado debido a una algarada tramada por su primo hermano Guerrero, con el apoyo de una brillante intervención de Quiroga, que obtuvo que la junta revea la designación de Ascásubi y designe el 14 o 15 a Guerrero para reemplazar a Montúfar. En octubre, antes del día 12, el marqués de Villa Orellana había renunciado a su calidad de representante a la junta de Gobierno40. La junta Provincial, previa capitulación del 24, el día 25 designó finalmente como Presidente de ella al Conde Ruiz de Castilla que aceptó. Ahora bien, según el español anónimo, el Conde entró inmediatamente a las once de la mañana a la ciudad, aunque según otras informaciones, despachó desde su quinta en Iñaquito donde estaba refugiado y retornó a Quito el 28. Parece que la primera noticia tiene más asidero. Así, se dio inicio a la reposición de la Audiencia, según sus antiguas facultades que tenía hasta antes del 10 de agosto, y, por otro lado, se paralizaba la campaña militar que Morales y Salinas tenían planeada hacer para tomar Pasto. Según lo acordado en la capitulación no se repuso –aún– a los dos oidores: el Regente Fuentes González Bustillos, que había jurado que bebería la sangre de unos 14 líderes rebeldes, ni a Merchante ni a otros funcionarios españoles. Solo el Oidor Fuertes y el Fiscal interino Arechaga debían ser repuestos en sus antiguos empleos y además fueron llamados a reintegrarse al Real Senado de Justicia, institución que conforme lo capitulado debía ser modificada consensualmente por el Presidente Conde Ruiz de Castilla y la junta según lo disponían las leyes de las Partidas 63, 97 y 108 del libro segundo título 10 o 15 de las municipalidades; se consideraba que esos individuos gozaban de la estimación pública, aunque el primero, momentáneamente, no se integró pretextando que el insurgente D. juan Salinas continuaba al mando de la Falange de Guerra, creación de los independentistas. Otro punto acordado fue que se cambie los tratamientos de la junta y sus integrantes. A Salinas por haber accedido a última hora a la reposición de Ruiz de Castilla se intentó matarlo en Machachi por el Teniente Coronel D. Antonio Ante y los capitanes D. juan Ante y Valencia y D. Andrés Salvador y López, hermano del ex senador y el cual en la se40 Alfredo Costales Samaniego, Década sangrienta, Quito, 1954

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gunda era revolucionaria, cambiando de criterio, facilitó la llegada de las tropas de Montes a Quito. No se conoce quien fue primero en expresarlo, si González Bustillo al decir que caerían 14 dirigentes revolucionarios, o si el Marqués de Selva Alegre que fue acusado de haberse manifestado públicamente por “la conveniencia de ahorcar a catorce chapetones en la plaza mayor”. De manera progresiva, la Audiencia volvió a su estado pleno de atribuciones, el día 27 de octubre el Presidente de la junta Provincial Ruiz de Castilla en conformidad con los vocales que habían quedado, según el español anónimo en carta de 30 de noviembre, Guerrero, el Marqués de Solanda, Benavides y el Secretario Álvarez, y conforme otras informaciones, Guerrero, Benavides, Zambrano y el Secretario Álvarez, destituyó a “los Secretarios de Estado, Guerra, Gracia y justicia y Hacienda, mediante a que según los principios expuestos, deben quedar sin funciones y abolida la potestad Suprema que se atribuyó arbitrariamente a la junta instalada el 10 de agosto del presente año”, y poco a poco aniquiló sus demás creaciones, proceso que en el aspecto militar se puede dar por concluido el 25 de noviembre con la disolución que hizo el Coronel D. juan de Salinas y Zenitagoya, cabeza militar visible que fue de la revolución, del Escuadrón de Dragones del que se había hecho cargo el 17 de noviembre tras renunciar a la Comandancia de las Compañías de Infantería sobre las cuales ya tenía el mando antes del 10 de agosto. Salinas nuevamente pasó a ser como Capitán y con el goce de su sueldo. Militarmente el ejército revolucionario ya no era necesario pues para el 24 de noviembre había ya arribado a Quito el Comandante D. Manuel Arredondo y Mioño, heredero del Marquesado de San juan Nepomuceno, al mando de las huestes limeñas, tras impedir Ruiz de Castilla que arribaran a la capital las fuerzas comandadas por el Gobernador de Cuenca Aymerich, a quien consideraba un peligroso rival, el que fue persuadido por Guerrero y San Miguel, enviados del Conde. El 25 de noviembre entraba Arredondo con el grueso de sus tropas entre las 9 y 10 de la mañana y se hacía cargo de todas las armas de la Falange. El 29 de octubre quisieron renunciar los vocales de la junta Provincial pero Ruiz de Castilla lo impidió según comunicaba en oficio del 2 de noviembre ya que creía que aún era conveniente mantenerla para no alterar los ánimos. Sin embargo, Ruiz de Castilla no se deshizo completamente todavía de Morales a quien designó Secretario de la Presidencia de la Audiencia, según informaba el Gobernador de Cuenca D. Melchor

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de Aimerich el 13 de noviembre, fecha en que también se encontraba en Ambato el Oidor Merchante, y se confirmaba que Salinas continuaba al frente del mando militar. El 3 de noviembre Ruiz de Castilla daba a luz un bando en que expresaba que era su intención cumplir con el convenio de capitulación, aún existían unas agonizantes junta, Senado de justicia y Falange de Guerra, y en ese acto, aunque hizo leer una proclama del guayaquileño Dr. D. josé de Silva y Olave, electo vocal representante del virreinato del Perú a la junta Central Española en que se recomendaba prudencia para contrarrestar la revolución, su actuación posterior demostraría que no le llegó ese mensaje ni el de la proclama emitida por el Virrey Abascal de 17 de septiembre en que se prometía no causar daño si la revolución desaparecía. Incumpliendo las capitulaciones, el 8 de noviembre se daba fin a las dos primeras instituciones, y la Audiencia compuesta por el Oidor Fuertes y conjueces nombrados, expidió el mismo día un Real Acuerdo declarando que todas las providencias expedidas en los juicios tramitados desde el 10 de agosto por las dos Salas de lo Civil y de lo Criminal, quedaban nulitadas por lo que entonces debían volver a ser sustanciados al estado en que estuvieron al 9 de agosto. Antes, el 5 de octubre el Virrey de Nueva Granada había autorizado que todos los recursos elevados desde Barbacoas y que se tramitaban en la Audiencia quiteña, hasta que se restablezca, pasen a ser conocidos provisionalmente por la Audiencia de Santa Fe, lo cual se hizo extensivo a toda la parte de la gobernación de Popayán sujeta a la Audiencia quiteña. El 21 de noviembre de 1809 desde Túquerres el Regente de la Audiencia, aún no repuesto, D. josé Fuentes González Bustillo, informaba que los rebeldes quiteños habían obligado a Ruiz de Castilla, tras la supresión del Senado, a fundar una Audiencia “haciendo Regente al referido Oidor D. Felipe Fuertes. Nombrando de Conjueces a dos Abogados que fueron sus Senadores”, pero esto era tan solo parte de la propaganda españolista para presionar a restablecer en sus puestos a los denostados funcionarios, se trataba de la Audiencia que poco a poco recuperaba sus facultades, claro que para ello necesitaba para funcionar de personas dispuestas a ejercer interinamente esa responsabilidad, se ignora quienes fueron los dos ex senadores que integraron ese tribunal audiencial. De esta forma desapareció esta primera convulsión libertaria, luego de verificarse desde el mismo agosto, a los pocos días de organizado el nuevo sistema político, la progresiva contrarrevolución españo-

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lista dentro de las mismas filas de las instituciones creadas, así como las deserciones, maquinadas por los Calisto, de los cabildos de Ambato (5 de octubre), Riobamba (8 de octubre), Guaranda (11 de octubre), Alausí y Latacunga, y también de las tropas estantes en esas provincias, donde se organizaron compañías propias; y al conocerse la inminente llegada de las tropas represoras virreinales peruanas procedentes de Lima, las neogranadinas procedentes de Santa Fe al mando de D. josé Dupret, las de Popayán a cargo de D. Antonio Mendizábal, las de Pasto bajo el mando de D. Francisco Gregorio de Angulo, las de Cali bajo la comandancia de D. josé María Quijano, las de Cuenca (que jamás entraron y debieron regresar desde Ambato) y las de Guayaquil formadas por un escuadrón de dragones que entraron en enero de 1810 con el Gobernador Cucalón. Para el 14 de octubre también Latacunga y para el 26 también Ibarra habían regresado al redil españolista, aunque esta última y Otavalo solamente después de Quito, es decir, luego de la entrega de la presidencia de la junta a Ruiz de Castilla, puesto que en esos corregimientos norteños se mantenían vivos los operativos de la campaña militar contra Pasto, ciudad que nunca fue tomada. En Ibarra y Otavalo fracasaron las gestiones desplegadas por D. Nicolás Calisto y Borja para obtener la defección de sus cabildos, en su lugar fue tomado prisionero y enviado a Quito. Cuando se supo la deserción de las poblaciones desertoras situadas al sur de Quito, Morales, Quiroga y Salinas intentaron rearmar una operación militar para reconquistarlas, sin embargo, debido al frágil estado de conjuración existente en la ciudad se abandonó la idea pues hubiera sido imprudente tanto dejar la capital como atacar con una fuerza militar cada vez era más reducida. Coincidencialmente, los tres Oidores Fuentes González Bustillos, Merchante de Contreras y Fuertes Amar y el Asesor general de Gobierno D. Fco. Xavier de Manzanos y otros funcionarios destituidos estaban desterrados en varias partes del territorio sujeto al régimen emancipador, haciendo propaganda contra la rebelión de agosto. Los Calisto y su círculo desde un principio se mostraron como opositores del nuevo régimen, uno de ellos, el español D. Pedro Pérez Muñoz, yerno de D. Pedro Calisto y Muñoz, fue Secretario designado para evacuar las diligencias procesales cuando en marzo se abrió causa de estado contra varios de los futuros implicados en el golpe agostino como se verá más adelante, y tanto él como su familia política para desvirtuar cualquier encubrimiento cuando en los primeros días de abril de 1809

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se fingió el robo de los legajos que contenían el juicio41, los mismos que asomaron en el estudio de Quiroga mágicamente cuando el prócer necesitó hacer su alegato de defensa en 1810, tomaron la resuelta actitud de demostrar furibundamente que eran enemigos de la causa patriota como en su momento veremos la misma actitud en Arechaga, Fuertes y San Miguel. El 30 de noviembre se renovaba el juramento de fidelidad a la junta Central Española42. Desde un primer momento, hubo un intento por cubrirse las espaldas en caso de que fracase el movimiento revolucionario, prueba de ello es el Acta de Exclamación del Cabildo Eclesiástico quiteño de agosto, así como el Acta Secreta del Cabildo riobambeño de 5 de septiembre43, un Acta Secreta firmada por los vecinos de Guaranda, y al parecer también una posiblemente existente Acta Secreta del Cabildo ibarreño44. También caen dentro de este acto, las cartas del Marqués de Selva Alegre al Virrey Abascal para conseguir la reposición de Ruiz de Castilla, las misivas de octubre de Salinas al Conde Ruiz de Castilla, la actitud de Quiroga de no suscribir las actas anteriores al 11 de agosto, y la correspondencia secreta descubierta cruzada en abril de 1811 durante la segunda revuelta entre el Comisionado Regio D. Carlos Montúfar y el Presidente de la Audiencia D. joaquín Molina, el Gobernador de Cuenca D. Melchor de Aymerich y el Obispo de Cuenca D. Andrés Quintián45. La revolución nacida radical, esperanzadora e innovadora, fue apagando su ardor, al verse materialmente cercada y aislada económicamente, al parecer la actitud de Montúfar y otros más, manifiesta en devolver la autoridad a la Audiencia, empezó a convertirse en la más apropiada solución para evitar una tragedia de mayor proporción, lo que no se consiguió, pues entre las noches del 3 y 4 de diciembre, so pretexto de haber develado nuevos planes de rebelión, empezaron los arrestos e instrucciones judiciales contra los patriotas que culminaron en la
41Francisco Xavier Aguirre Abad, Bosquejo histórico de la República del Ecuador, Anuario histórico jurídico ecuatoriano, Vol. III, Corporación de Estudios y Publicaciones, Guayaquil, 1972 42Rodríguez Ordóñez, jaime Edmundo, La revolución de 1809: Cinco cartas de un realista anónimo, en Rev. del Archivo Nacional de Historia No. 19, Casa de la Cultura, Quito, 1973 (publicadas originalmente en las Memorias del General O`Leary, Caracas, 1881, T.XIII). 43Alfredo Costales Samaniego, Década sangrienta, Quito, 1954. 44 Cristóbal Tobar Subía, Monografía de Ibarra, Centro de Ediciones Culturales de Imbabura, 1985 (primera edición en 1929). 45 “El Filósofo en su retiro”, “Reflexiones de un filósofo en su retiro” 1 de abril de 1812 ( Archivo de Cristóbal de Gangotena y jijón), en Documentos Históricos, La revolución de agosto, Boletín de la Academia Nacional de Historia, No. 64, 1944.

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horrenda y fatídica inmolación de los principales protagonistas de la revolución que despertó la conciencia libertaria de la América española. Cumplidos los arrestos indicados, Ruiz de Castilla, según carta del día 6 de diciembre, reinstaló inmediatamente el día 5 en sus puestos de Oidores a Fuentes González Bustillos y a Merchante de Contreras y a los otros funcionarios españoles separados de sus cargos. Quizás, el indeciso y tímido Montúfar en un intento desesperado por salvar la causa patriota, tuvo un repentino aunque inútil arrojo de escribir el 14 de septiembre de 1809 una carta solicitando armas y municiones al gobierno británico y a cualquier barco de esa bandera cercano a las costas esmeraldeñas que pudiera proporcionárselo. Caso curioso, como consecuencia de la progresiva restauración del viejo régimen, fue que en parte de la provincia de Esmeraldas se mantuvo una leve llama revolucionaria, las autoridades designadas por el régimen revolucionario duraron hasta luego del 4 de diciembre de 1809, uno de aquellas fue el Cap. D. josé Miguel Betancourt y Nicolalde, Teniente de Gobernador y Administrador de Rentas (o Factor) de Tabacos, residente en Atacames, el cual fue depuesto y arrestado después de ese día por una asonada contrarrevolucionaria46. Hacemos notar que la provincia de Esmeraldas estuvo expuesta en el mes de septiembre a la convivencia y lucha entre autoridades tanto patriotas como españolistas, se conoce de la furia invasora a principios de mes del cuencano D. josé Urión, Teniente del puerto esmeraldeño de la Tola, quien destruyó el pueblo de Piti y expulsó al cura del pueblo de Esmeraldas por haberse adherido a la causa patriota47, así como los preparativos que hacia el día 22 de ese mes organizaba D. Guillermo González para tomarse a nombre del cabildo españolista de Pasto las poblaciones esmeraldeñas de Tumaco y Carondelet, noticia que comunicaba el Dr. D. josé Riofrío desde Tulcán al Comandante que se encontraba en Ibarra para que tome las debidas precauciones48, lo que si se dio, pues desde Barbacoas se atacó
46 Fernando jurado Noboa, Historia Social de Esmeraldas: Indios, negros, mulatos, españoles y zambos del siglo XVI al XX, T. I: A-B-C, Revista de la Sociedad Amigos de la Genealogía – SAG- No. 102, Quito, enero de 1995, pp. 174-176 47 Manuel josé Caicedo y Cuero (atribuido a), Viaje Imaginario por las provincias limítrofes de Quito, y regreso a esta capital, en Biblioteca Ecuatoriana Mínima, No. 16: Cronistas de la Independencia y de la República, Quito, 1960 (existen ediciones anteriores, la primera anterior a 1890) 48 josé Riofrío, Cartas de Riofrío a Morales, 1809, en Pensamiento Ilustrado Ecuatoriano, estudio introductorio y selección del Dr. Carlos Paladines, Biblioteca Básica del Pensamiento Ecuatoriano, Vol. IX, Banco Central del Ecuador – Corporación Editora Nacional, 1981

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a fines de mes Carondelet, La Tola (que para entonces estaba controlada por los independentistas) y Esmeraldas49. El 5 de enero de 1810 el Regidor D. Pedro Calisto escribía que Montúfar se encontraba prófugo pero que gran parte de los miembros de la junta se paseaban serenamente incluidos los antiguos Senadores. El proceso judicial levantado desde diciembre de 1809 continuó en el trascurso del primer semestre de 1810. “¿Hubo o no hubo traición?” se pregunta el notable historiador Demetrio Ramos Pérez, quien analiza el hecho de la siguiente manera: “La traición es siempre la cómoda explicación de un fracaso. Y no cabe duda que en el movimiento del 10 de Agosto la hubo, sin que la traición fuera el personaje clave. La reposición del depuesto presidente conde Ruiz (de) Castilla fue una fórmula a la que se apela el 25 de octubre para salir de la situación creada, que era, en definitiva, lo que perseguían las cartas de Montúfar al virrey de Lima, una vez que pudo comprender que las provincias no secundaban en común la iniciativa quiteña”50. Equivocaciones, indecisiones, arrepentimientos, oportunismos, falta de perspectiva, ingenuidad, quemeimportismo, novelería, tomas de partido forzosas, divisionismo, oposición, antes que la misma deserción y felonía, acabaron con el primer momento revolucionario independentista quiteño, los próceres no consiguieron mantener el suficiente entusiasmo por la causa en las filas de la misma nobleza, de la clase media, de la masa, del ejército y del clero, que se inmovilizaron, e incluso expresaron su molestia y rechazo al nuevo régimen, incapaz de franquear un bloqueo territorial bien concertado en sus fronteras, la oposición fue creciendo cada vez más antes las adversas circunstancias, la falta de visión e ingenuidad respecto de las oportunidades que se regalaban a Cuenca, Guayaquil, Popayán y Pasto con este motivo para suplantar a la débil Quito como centro de poder, astutamente explotadas sobre todo por el Virrey del Perú, obligaron a los juntistas a transar su fin. Popayán tenía razones de peso, incluso intelectuales, para pretender ser capital de un reino, conocida entonces era la frase “Todo el mundo es Popayán” y si no veamos cuantos senadores de justicia eran originarios de esa jurisdicción: Escobar, Tenorio, Quijano, Corral, Murgueitio,
49 Alonso Valencia Llano, Élites, burocracia, clero y sectores populares en la Independencia Quiteña (1809-1812), Rev. Procesos No. 3, 1992 50 Demetrio Ramos Pérez, entre el Plata y Bogotá, cuatro claves de la emancipación ecuatoriana, Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1978, pp. 71-269

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Quiñones, Tejada y Cabal, además, estaba el funcionario jiménez. Los gobernadores de Cuenca D. Melchor de Aymerich, de Guayaquil D. Bartolomé Cucalón y Villamayor y de Popayán D. Miguel Tacón aspiraban a sustituir a Ruiz de Castilla en la presidencia de la Audiencia quiteña. Pasto pretendió durante la primera revuelta quiteña que la Audiencia, el Obispado y uno de los colegios se trasladen allá. Quizás, para muchos, los traidores eran los patriotas, difícil es imaginarse para gente que había vivido casi tres siglos solamente conociendo la existencia de España como vínculo, repentinamente verse despojados de aquel. Es posible que en el ánimo vacilante de Montúfar y muchos más, entre ellos su hijo D. Carlos, no solo en la primera rebelión sino también en la segunda, haya influido la manera de cómo debían llevarse adelante los objetivos propuestos, no formaban parte de un todo aislado, la red familiar y social del Marqués oscilaba comunicativamente con personajes de la talla del peruano D. josé Baquíjano y Carrillo, Conde de Vista Florida y del español D. Miguel Lardizábal y Uribe, el primero la cabeza liberal más influyente en su país, republicano–monarquista, individuo plenamente convencido de la posibilidad de mantener la unidad de los dominios americanos y españoles bajo un solo gobierno, corriente predominante que impidió fructificara cualquier conmoción separatista por lo menos en la capital limeña, miembro del futuro Consejo de Estado establecido por la Constitución Española de 1812, y el segundo, vocal representante por el virreinato de Nueva España a la junta Central Española y luego vocal representante por los dominios indianos del futuro primer Consejo de Regencia que nombró coincidencialmente tras el fracaso de la primera junta quiteña como Comisionados Regios para Nueva Granada y Quito a los quiteños D. Antonio Villavicencio y Verástegui y D. Carlos Montúfar y Larrea, hijos de los quiteños Conde del Real Agrado y el Marqués D. juan Pío, respectivamente, y parientes entre si. Tanto Baquíjano como Montúfar eran parientes de Lardizábal51. Además, Montúfar, debió estar bien informado sobre varios de los acontecimientos de la campaña libertaria de 1806 emprendida en Venezuela por D. Francisco de Miranda y Rodríguez y de la conspiración de los mantuanos de 1808 de Caracas, si nos atenemos al hecho de que estableció, según denunciaban un español anónimo y el español Pérez Muñoz, para los miembros de la junta Suprema de la primera revolu51 http://es.wikipedia.org/wiki/jos%C3%A9_Baqu%C3%ADjano_y_Carrillo http://sisbib.unmsm.edu.pe/BibVirtual/libros/literatura/melgar/la_ilusion.htm

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ción y para los integrantes del Congreso Supremo de la segunda, atuendos provistos de tres colores básicos: azul, negro y encarnado (rojo), el primero y el tercero provenientes de la bandera tricolor del ejército ya llamado colombiano por el precursor venezolano, en tanto que el segundo y también el tercero componentes de la escarapela o cucarda bicolor de Fernando VII y también de la posible bandera tricolor naval de la expedición de Miranda52. Es más, Pérez Muñoz dice que las bandas eran tricolores53 aunque el español anónimo habla de una banda celeste terciada nada más. Por otro lado, el entramado familiar y social de los Matheu era probablemente otra fuente de irresolución, el Conde de Puñónrrostro y Marqués de Maenza era yerno del notable difunto Barón de Carondelet, Presidente que fue de la Audiencia quiteña, y sobrino político del General D. Fco. javier Castaños y Aragoni, recientemente victorioso en la batalla de Bailén dada el 19 de julio de 1808 que le valió el título ducal de la misma denominación y marcó un hito importante en la resistencia española frente al arrasamiento francés, el cual fue el Presidente del indicado primer Consejo de Regencia, persuadido absolutista y años más tarde tutor de Isabel II. El indicado Conde de Puñónrrostro y Marqués de Maenza además era amigo del alma de Mejía Lequerica y los dos como diputados por el virreinato neograndino en las futuras Cortes pensaban casi similarmente que el peruano Baquíjano. El Conde de Puñónrrostro actuó primero como diputado suplente principalizado y luego como principal tras ser electo como tal por el Real Acuerdo en Santa Fe en tanto que Mejía fue siempre diputado suplente principalizado. Quizás se esperaba demasiado de una España peninsular que se batía entre la descomposición y la restauración. Claros desafectos contra la revolución fueron, además de algunos integrantes de la junta, también algunos senadores, entre los que se contaron Tenorio, Fuertes y San Miguel, el Protector General de Indios Arechaga y el Alguacil Mayor Solano de la Sala. El 13 de agosto se admitía por la junta Suprema la renuncia del Dr. San Miguel seguramente presentada el 12 y en su reemplazo era electo el payanés Dr. D. Antonio Texada y Gutiérrez de Celis, quien ese mismo día 13 fue trasladado de
52 Eduardo Estrada Guzmán, La bandera del iris 1801-2007 y el tricolor de la República del Ecuador 1830-2007, en Bol. de la Academia Nacional de Historia No. 179, Quito, 2007 53 Fernando Hidalgo Nistri, Compendio de la Rebelión de América, Cartas de Pedro Pérez Muñoz sobre los acontecimientos en Quito de 1809 a 1815, Biblioteca del Bicentenario de la Independencia No. 11, FONSAL, Segunda Edición, Quito, 2008

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la Sala de lo Criminal para la que había sido designado a la Civil, haciéndose entonces un canje con D. Bernardo de León, que pasó de la Civil a la Criminal, previo acuerdo al que se había llegado el mismo 12. El 13 era designado senador de la Sala de lo Civil el Oidor Quiñones en reemplazo del senador Tenorio que fugó a Popayán, según contaba León, por el eventual derramamiento de sangre que Tenorio premonitoriamente intuía se acercaba. Arechaga así mismo se excusaba y era designado en su lugar como Protector General de Naturales y Ministro Togado del Real Senado el bugueño Dr. D. Vicente Lucio Cabal y Varona, yerno del senador Salazar. Todos estos nombramientos eran comunicados al Gobernador del Senado Ascázubi a través del Ministerio de Estado respectivo54. También, según el informe de Aymerich, fue Senador el lojano de origen piurano Dr. D. juan josé Mena55, el que debió ser luego del 21 de agosto, fecha en que no se lo menciona como tal por el marqués de Villaorellana en carta dirigida a su tío Dr. D. julián Francisco Cabezas, quizás fue quien reemplazó al doctor Fernández Salvador en la Sala de lo Civil que como se verá dimitió al cargo senatorial el 13 de septiembre. Otros dos nombramientos hechos por la Suprema junta Gubernativa de funcionarios del Senado, pero que no eran miembros del Tribunal, fueron los dados el 25 a favor del Dr. D. Nicolás Ximénez y Escandón, bugueño y Lic. D. josé Padilla y Moncayo, quiteño, individuos miembros del Colegio de Abogados del Real Senado, designados Agente Fiscal de lo Criminal y Agente Fiscal de lo Civil, respectivamente56. Se desconoce quienes actuaron como Secretario del Tribunal en Pleno y Secretarios de las Salas, parece que ocupó el primer cargo y la
54 Gangotena y jijón, Cristóbal de, “Documentos históricos: algunos nombramientos de gobierno y justicia librados por la Suprema junta Gubernativa del Reyno de Quito, Boletín de la Sociedad de Estudios Históricos Americanos, Tomo III, Nos. 7-9, Colección de Revistas Ecuatorianas XXIX, Banco Central del Ecuador, Segunda Edición, Quito, 1988: Libro de Tomas de Razón de las Reales Cajas de Quito 1808-1814 (primera edición, 1919) 55 Rodríguez Ordóñez, jaime E., La Revolución Política durante la época de la Independencia, El Reino de Quito 1808-1822, Universidad Andina Simón Bolívar – Corporación Editorial Nacional, Biblioteca de Historia, Quito, 2006 (Anexo III, Lista enviada por Melchor Aymerich, Gobernador Intendente de Cuenca residente en Quito con la tropa de su mando, de los electores y regidores elegidos patrocinada por el jefe Político Superior D. Toribio Montes, Quito, 22 de septiembre de 1813) 56 Gangotena y jijón, Cristóbal de, “Documentos históricos: algunos nombramientos de gobierno y justicia librados por la Suprema junta Gubernativa del Reyno de Quito, Boletín de la Sociedad de Estudios Históricos Americanos, Tomo III, Nos. 7-9, Colección de Revistas Ecuatorianas XXIX, Banco Central del Ecuador, Segunda Edición, Quito, 1988: Libro de Tomas de Razón de las Reales Cajas de Quito 1808-1814 (primera edición, 1919).

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secretaría de una de las Salas D. javier Gutiérrez, sin embargo, éste aún para ese momento no estaba incorporado y se conoce que en la primera era de la revolución actuó como oficial de la Falange. Parece que fue Secretario de una de las Salas el criollo insurgente seductor Manuel Cruz que actuó también como Alguacil Mayor de Corte interino57. Fuertes Amar, sobrino del Virrey de Nueva Granada, como Oidor, Asesor y juez de instrucción en 1809 y 1810, San Miguel como Teniente de Canciller y Fiscal interino de la Audiencia en 1813, y Arechaga como Fiscal interino en 1809 y 1810, se contaron entre los principales perseguidores de los patriotas de agosto. San Miguel en 1810 junto con el ex Presidente Guerrero serán designados en premio a sus delaciones como alcaldes ordinarios de segundo y primer voto de Quito, respectivamente. Además, San Miguel fue el encargado de arrestar el 4 de diciembre de 1809 a su colega el senador Corral y al funcionario senatorial Padilla, y también fue el encargado de portar el proceso judicial desde el 22 de junio hasta el 2 de julio de 1810 a Bogotá para entregarlo al Virrey, a pesar de una petición de varios presos, entre los que estaban Merizalde y Murgueytio, realizada el 20 de junio, para impedir que sea San Miguel el portador, así como a pesar de la opinión contraria demostrada por algunos miembros de la Audiencia, llamada en esta ocasión también junta. Arechaga y Fuertes actuaban además de esa forma por cuanto recaía sobre sí la sospecha, para los españolistas, de que por su negligencia durante el proceso incoado en marzo y abril de 1809, denunciado en febrero, contra Montúfar, Salinas, Morales, Quiroga, D. Nicolás de la Peña, Dr. D. josé Riofrío, cura de Píntag, D. Antonio Negrete, secretario de Montúfar, el cura de Sangolquí y otros, no se detuvo el pronunciamiento de agosto. En efecto, el entonces Capitán Salinas, entre el 25 de diciembre de 1808 y febrero de 1809, había elaborado el ya señalado “Plan de Defensa de Quito y sus Provincias con el objeto de conservarlas para nuestro soberano y su dinastía en caso de que tomada la España por los franceses, intente invadirnos y lo que podía hacer cuando llegue esta infausta noticia”. En el preveía que “Se podría crear una junta Provincial cuyo Presidente sería el marqués de Selva Alegre en caso que no quiera ser el actual –se refería a Ruiz de Castilla–, compuesta de 13 jueces o pa57 Núñez del Arco, Ramón, Informe del Procurador General de Quito de 20 de mayo de 1813, en Documentos Históricos, Los hombres de agosto, Boletín de la Academia Nacional de Historia, No. 56, 1940

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dres de la patria que lo fueran el Sr. marqués de Villaorellana, don Melchor Benavides, don josé de Ascásubi”, el piurano D. Luis Valdivieso y Carrión, “Manuel Larrea, Manuel Zambrano, juan Guerrero, Luis Quijano, Dr. Antonio Tejada”, y además los tres Ministros que deberían ser el Dr. Manuel Quiroga que ocuparía el cargo de “Secretario para los asuntos fuera de Quito”, el Dr. juan de Dios Morales, a quien no se le asigna cartera específica, y para lo Interior el Dr. Víctor San Miguel. Y para administrar justicia “Se crearían también Ministros siendo los siguientes: Dr. josé Salvador, Dr. Pedro Escobar, Dr. Ignacio Tenorio, Dr. Salvador Murguitio, Dr. Mariano Merizalde y fiscal Dr. D. Tomás de Aréchaga”58. Al suceder los hechos del 10 de agosto varios de los propuestos para integrar la junta serían designados para ser senadores de justicia, y claro está que Arechaga no actuó ferozmente en ese juicio porque era uno de los implicados en la revolución que se fraguaba según prueba una carta del Marqués de Selva Alegre dirigida al ex senador Salazar que descubría los partidos e intrigas de Arechaga en el tiempo de la rebelión, a lo que se suma el hecho de que se suprimió por el mismo Arechaga la última pregunta del interrogatorio solicitado por Quiroga referida a la actuación del Fiscal, notándose que estaba implicado en ella, como se afirma por el autor del Viaje Imaginario. Este plan fue defendido por Morales en el Manifiesto al Público que empezó a circular el 10 de agosto al acusar de bonapartismo y afrancesamiento a quienes consideraron como cuerpo del delito al documento ideado de Salinas. El sentido de la palabra Juez era mucho más amplia entonces, se asimilaba a jefe. El senador Tenorio, tío de uno de los grandes ideólogos revolucionarios neogranadinos D. Camilo Torres y Tenorio, entre quienes existió una muy interesante correspondencia respecto del mejor sistema de gobierno que debìa imperar en América59, actuaría como Oidor Supernumerario interino de la Audiencia repuesta en todas sus facultades en 1810, cargo que según Ruiz de Castilla lo obtuvo solo por haber huido el día 11 de agosto cuando estalló la revolución de 1809, a pesar de ser orate e inepto, opinión que se diluye cuando se conoce que fue el gestor de la salvación de Quito cuando obstruyó la ejecución de la orden esparcida por Ruiz de Castilla el 2 de agosto de 1810 para incendiar la ca58 Mena Villamar, Claudio, El Quito Rebelde (1809-1812), Abya Yala – Letra Nueva, Quito, 1997 59 jaime Urueña Cervera, Nariño, Torres y la Revolución Francesa, Ediciones Aurora, Colombia, 2007

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pital y específicamente la hermosa casa de D. Nicolás de la Peña, y gestionó para que el Obispo Cuero y el Provisor Caicedo salgan a las calles a tranquilizar a la gente con lo que se evitó una masacre aún peor; además, Tenorio junto con el Obispo de Cuenca y el santafereño D. josé María Lozano, antes del 5 de octubre de 1809 fueron comisionados por el Virrey de Nueva Granada para tratar de doblegar a la junta Suprema de Quito, negociaciones que jamás llegaron a darse. Solano de la Sala se mantendría como Alguacil Mayor en la restaurada Audiencia. También en la línea contrarrevolucionaria estuvo comprometido de manera directa Fernández Salvador, comisionado cerca de las autoridades civiles y eclesiásticas guayaquileñas para obtener su adhesión; Fernández Salvador, también Regidor del cabildo capitalino, furibundo españolista, a medio camino, desde Bodega el 23 de septiembre, comunicaba al también comisionado para el mismo fin el Marqués de Villa Orellana que se encontraba en Guaranda, que se excusaba del cumplimiento de la misión, que renunciaba al cargo senatorial y que se dirigía a Guayaquil a ponerse a órdenes del Gobernador españolista, dejando desconcertado al Marqués; previamente aquello ya lo había decidido el 12 de septiembre en Riobamba en conferencia secreta tenida con Murgueytio, Calixto y el senador Quijano, al que también se lo considera comisionado para actuar ante las autoridades guayaquileñas, pero que seguramente desertó antes que Fernández Salvador; en 1810 Fernández Salvador fue premiado con el nombramiento de Corregidor interino de Riobamba, población que puso reparo a su designación considerando que debía reivindicarse jurídicamente por haber participado como senador del régimen insurgente; posteriormente en el segundo pronunciamiento revolucionario de 1810 se reivindicó, pero para el partido independentista, al convertirse en el gacetero de los insurgentes. Luego del 9 de octubre de 1810 el Regidor Fernández Salvador enrostraba a Ruiz de Castilla y a los componentes de su gobierno el cargo de haber agredido a toda la ciudad cuando se asesinó a los hombres de agosto60. Para evitar la ira del repuesto gobierno español, algunos senadores, en mayor o menor grado, intentaron en sus confesiones desatenderse de su compromiso independista, así tenemos a Murgueitio y Tejada, comisionados cerca de las autoridades civiles y eclesiásticas cuencanas, y popayanejas y pastusas, respectivamente, para obtener su
60 Agustín Salazar y Lozano, Recuerdos de la Revolución de Quito (selección), en Biblioteca Ecuatoriana Mínima, No. 16: Cronistas de la Independencia y de la República, Quito, 1960

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adhesión. Murgueitio en vez de defender los principios de la actuación revolucionaria, la justificaba como producto de la ignorancia sobre lo que realmente sucedía políticamente en la península ibérica, y tuvo la triste secreta instrucción impartida por Montúfar, a espaldas de Morales, tanto a él como al Regidor D. Pedro Calixto de negociar con las autoridades cuencanas la reposición de Ruiz de Castilla, sin embargo, ni eso lo salvó, se le conmutó la pena de destierro a la africana Ceuta con el confinamiento a Guayaquil, sin embargo, se quedó en Riobamba. Tejada ni siquiera aceptó el cometido, aunque luego participó junto con el marqués de Solanda, D. Manuel Larrea, el senador Quijano y D. javier Montúfar en la negociación de las capitulaciones, escritas por Morales y Quiroga, para entregar la presidencia de la primera junta a Ruiz de Castilla, la cual se efectuó en la quinta de Iñaquito de propiedad del Conde; estuvo preso por haber participado en la revolución, finalmente terminó ordenándose sacerdote al poquísimo tiempo y en esa condición reveló junto con el español D. Simón Sáenz de Vergara, el 2 de agosto de 1810 el plan para liberar a los patriotas que tuvo tan fatal desenlace. El senador Salazar, fue apresado, quien al ser acusado de haber redactado las cartas y oficios dirigidos para fomentar la rebelión de otras poblaciones en su calidad de Asesor del Cabildo, se defendió mencionando que “ni entró en la Fiscalía del Crimen del llamado Senado… habiendo hecho por otro lado cuanto pudo porque se guardase la debida subordinación a la Suprema junta Central del Reyno”, además responde que la incriminación que se le hace la ha promovido San Miguel y otros capitulares, es decir, los regidores del cabildo, para librarse, pues dice que “tan letrado fue el Asesor como el Procurador General Síndico Dr. San Miguel”. Su esposa la popayaneja Da. josefa Lozano y Carvajal fue incluida también como una de las más entusiastas defensoras de la causa patriota. Tanto Salazar como Fernández Salvador, considerados los dos mejores juristas de su época, fueron suspendidos en el ejercicio de su profesión de abogados por la Audiencia en enero de 1810 lo que se ratificó en Cuenca el 11 de septiembre de 1815 lo cual poco le importó al General Montes, Presidente de la Audiencia, que nombró a Salazar como Asesor general de Gobierno interino y Auditor de Guerra interino y a Fernández Salvador como Fiscal interino de la misma. El senador Quijano, autor de la arenga pronunciada por el Marqués de Selva Alegre el 16 de agosto de 1809 en San Agustín61, acompañó al indicado marqués a Latacunga cuando huían de la amenaza de ser

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sacrificados por varios quiteños que vieron en la entrega de la presidencia a Ruiz de Castilla la plasmación de las supuestas maquinaciones de Montúfar para hacer fracasar la revolución, opinión que el Virrey del Perú D. josé de Abascal y Souza se había encargado de difundir hábilmente casi desde el comienzo de la rebelión gracias a las misivas que le había escrito Montúfar; a Quijano se le había interceptado una carta en que criticaba la conformación de la junta; en su testimonio “Discurso sobre la insurrección de América” se lamentaba de todos los males que acarrearon las dos revoluciones; además declaró que desempeñó el empleo senatorial contra su voluntad y que recomendó siempre se reconozca a la junta Central española; en la segunda rebelión fue uno de los más eficaces agentes a través de su correspondencia para subvertir; pero al igual que su colega Murgueitio, por haber sido Ministros del Ejecutivo de la segunda junta y del Congreso, fueron condenados a 8 años de destierro al presidio de Ceuta, penas que no se ejecutaron, pues Quijano falleció el 28 de abril de 1813 en Guayaquil, doce días después de rendir su declaración testimonial el 16 en la cárcel donde estaba enfermo62. El senador Merizalde adujo que impidió a Morales y Salinas saquear las Cajas Reales y que trabajó por el restablecimiento del legítimo gobierno. El senador Escobar, que el 6 de abril de 1810 se desempeñaba como Procurador General del Cabildo en premio a su defección, sin embargo, consiguió gracias a su mesurada carta dirigida ese día al Virrey de Nueva Granada D. Antonio Amar y Borbón, que el proceso que se llevaba contra los revolucionarios pase por orden virreinal a la referida autoridad, ya que afirmaba que todo el juicio era un montaje “resultado que fue una maquinación perversa de los émulos de los mismos presos que aspiran a su destrucción” y que era falso la trama de nuevas conspiraciones, esperando así evitar la tragedia que de todos modos se desató, orden a lo que no se pensaba dar el ágil trámite que requería, y que se dio solamente al enterarse que había sido nombrado el hijo del Marqués de Selva Alegre como Comisionado Regio para Quito por el Consejo Supremo de Regencia; luego se volvió decidido insurgente al solicitar usando de ese mismo oficio en 1810 que el Gobierno apruebe la
61 Rodríguez Ordóñez, jaime Edmundo, La revolución de 1809: Cinco cartas de un realista anónimo, en Rev. del Archivo Nacional de Historia No. 19, Casa de la Cultura, Quito, 1973 (publicadas originalmente en las Memorias del General O`Leary, Caracas, 1881, T.XIII); 62 Luis Quijano, Discurso sobre la insurrección de América, Guayaquil, 16 de abril de 1813, en Pensamiento Ilustrado Ecuatoriano, estudio introductorio y selección del Dr. Carlos Paladines, Biblioteca Básica del Pensamiento Ecuatoriano, Vol. IX, Banco Central del Ecuador – Corporación Editora Nacional, 1981

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erección de la segunda junta; en 1804 Escobar había sido acusado por D. Pedro Montúfar, hermano del Marqués, de haber sido amigo del precursor Espejo, encausado este último en 1794 por traición. El senador León estuvo preso pues se le acusó de difundir la proclama de Quiroga, de incitar a D. Pablo Hilario Chica para que provoque que Cuenca se una al plan revolucionario, y que como Procurador Síndico del cabildo capitalino en 1811 dictaminó por la Independencia. Otros reputados como leales a la causa independentista, además de León, fueron Quiñones, preso y procesado por haber escrito cartas sediciosas para conseguir que su natal Barbacoas se subleve63; y sobretodo Ascázubi, el Gobernador del Senado, testa representativa del más alto tribunal de justicia, quien fue acusado en junio de 1810 de preparar otra revolución y quien en septiembre de 1815 fue uno de los comprometidos en un nuevo conato subversivo el cual fue delatado por el ex Presidente Guerrero. El Gobernador del Senado Ascázubi fue hermano del Teniente Coronel D. Francisco Xavier de Ascásubi y Matheu, asesinado el 2 de agosto de 1810, y en cuya casa se redactó la tarde del miércoles 8 de agosto el primer documento constitucional de 1809 de la llamada patria infante, niña, heroica o boba, dictado por Morales al guayaquileño Dr. D. juan Pablo Arenas y Lavayen, hermano materno del Cnel. D. jacinto Bejarano y Lavayen a quien se consideraba presunto partidario de la causa patriota en el puerto y tío de D. Vicente Rocafuerte y Bejarano el cual por recomendación de la Baronesa viuda de Carondelet Da. María Concepción Castaños había dado asilo a Morales en su hacienda guayaquileña de Naranjito cuando fue perseguido en 1807 por asuntos de amor y política. Ya en esa ocasión, Rocafuerte y Morales discutieron acerca de la independencia de América como se ha citado64. El Acta Constitucional la dictó respaldándose en los poderes extendidos ese mismo día por casi todo el vecindario de Quito en que instituían apoderados que debían nombrar a los personeros que debían formar la junta Suprema, lo hizo en presencia de D. Antonio Bustamante, alias el
63 Luis Felipe Borja Pérez (hijo), Para la historia del 10 de agosto de 1809, Boletín de la Sociedad de Estudios Históricos Americanos, Tomo II, Nos. 4-6, Colección de Revistas Ecuatorianas XXIX, Banco Central del Ecuador, Segunda Edición, Quito, 1988: Lista de sujetos que componen la Suprema junta, el Senado y jefes de la Falange enviada el 21 de agosto de 1809 por el Marqués de Villa Orellana a su tío el Dr. D. julián Francisco Cabezas, y cartas de los Quiñones, todos comprendidos dentro de uno de los tantos procesos incoados a los patriotas (primera edición, 1919). 64 Roberto Andrade Rodríguez, Historia del Ecuador, Primera Parte, Biblioteca de Historia Ecuatoriana No. 1, Corporación Editora Nacional, Segunda edición, Quito, 1982 (primera edición, Guayaquil, 1937), tomado de Vicente Rocafuerte, “A la Nación” No. IX.

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Sipo, y del Dr. D. Antonio Ante y Flor, fue leída por Quiroga la noche del jueves 9 de agosto en los aposentos de su amante Da. Manuela Cañizares cuando al son de un festín se discutió y se dio los toques finales a la Constitución que se proclamó al siguiente día65 con lo que se precipitó el golpe de estado, originalmente previsto para el 20, al enterarse del rumor que D. Simón Sáenz, padre de la gran Manuela, preparaba solapadamente una sanguinaria persecución de los criollos más connotados cuyos nombres estaban implicados en el plan diseñado por Salinas, con la intención puesta por parte entonces de Sáenz de entregar Quito a Bonaparte una vez eliminados estos opositores al reconocimiento de josé I. El objetivo se consiguió adelantar además recurriendo al rumor tendencioso que habría un terremoto el día 10 y que para evitarlo era necesario tener el alma en paz para entonces obligándose a obtener el anhelado deseo de ser libres66. El Gobernador Ascázubi en la parte personal gozó de la fama de ser un individuo intrépido: acompañó a Humboldt en 1803 en la ascensión al volcán Pichincha y con ayuda de su hermano, el prócer sacrificado, raptó de un convento a su prima hermana para convertirla en su esposa67. Además, fue padre de uno de los mejores gobernantes que han regido al Ecuador, aunque interina y brevemente, D. Manuel de Ascázubi y Matheu. La suegra de Ascásubi, la marquesa viuda de Maenza fue considerada como otra de las decididas protectoras de la segunda sublevación patriota; su primo hermano y cuñado el Vocal de las dos juntas D. Manuel Matheu y Herrera organizó y mantuvo las guerrillas que en Latacunga retrasó en 1812 el avance de las fuerzas españolas hacia Quito; y su otro primo hermano y cuñado el Conde de Puñónrostro y Marqués de Maenza fue protector y gran amigo de esa gran lumbrera de la defensa de los derechos de los americanos el Dr. D. josé Mejía Lequerica, cuñado de Espejo, en las Cortes españolas, recinto en que actuaron como diputados por el virreinato neogranadino. El Protector General de Naturales Cabal fue parte del grupo de patriotas perseguidos tras la derrota de la segunda junta, entre los que se contaban los célebres D. Nicolás de la Peña y Da. Rosa Zárate. Se co65 Roberto Andrade Rodríguez, Historia del Ecuador, Primera Parte, Biblioteca de Historia Ecuatoriana No. 1, Corporación Editora Nacional, Segunda edición, Quito, 1982 (primera edición, Guayaquil, 1937) 66 Roberto Andrade Rodríguez, Historia del Ecuador, Primera Parte, Biblioteca de Historia Ecuatoriana No. 1, Corporación Editora Nacional, Segunda edición, Quito, 1982 (primera edición, Guayaquil, 1937), tomado de una carta de Antonio a su padre de 22 de agosto de 1809 67 Dueñas de Anhalzer, Carmen, Marqueses, cacaoteros y vecinos de Portoviejo, Universidad San Francisco de Quito–Abya Yala, 1997

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noce que para enero de 1810 en Quito estaban presos los senadores Ascásubi, Quijano, Salazar y Quiñones (éste último que se había refugiado en Barbacoas había sido remitido a Quito) y los funcionarios senatoriales Padilla y jiménez; otros habían escapado o aún no eran arrestados. En el proceso, Arechaga solicitó en su vista fiscal de 21 de abril de 1810 la pena de muerte y confiscación de bienes para los funcionarios Padilla y jiménez; prisión y confiscación de bienes para los senadores Salazar, Tejada, Merizalde, Quijano, León, Corral, Quiñones y Murgueytio, y por arrepentimiento y colaboración pidió el indulto para Tejada, Quijano y Merizalde. Fue exceptuado de cualquier acusación el ex senador Fernández Salvador. Arechaga consideraba en su acusación fiscal como personas de ilustración y criterio a los ex senadores Salazar, Tejada, Merizalde, Quijano, León, Corral y Quiñones, y además a D. josé Sánchez de Orellana y Cabezas y a D. josé María de Tejada68. La jurisdicción territorial efectiva sobre la que pudieron ejercer sus actividades gubernamentales y judiciales tanto la junta Suprema como el Senado de justicia se redujo a los corregimientos de Ibarra, Otavalo, Quito, Latacunga, Ambato, Chimbo y Riobamba, la cuencana tenencia de corregimiento de Alausí, partes de la gobernación de Esmeraldas, la gobernación de Quijos–Sumaco, la región de Canelos o La Canela y la gobernación de Macas, es decir, sobre las actuales provincias de Carchi, Imbabura, Pichincha, Santo Domingo de los Tsáchilas, Cotopaxi, Tungurahua, Bolívar, Chimborazo, partes de Esmeraldas, Napo, Orellana, Pastaza y el norte de Morona – Santiago. El resto del territorio del reino de Quito se mantuvo sometido al gobierno español, pues se controló a los simpatizantes del movimiento libertario existentes en esa zona; y a pesar del deseo expresado en la Constitución de 1809 de que se vayan incorporando provincias que eran y no eran parte del antiguo reino quiteño, como era para el último caso la zona neogranadina de la gobernación de Popayán así como el territorio de la antigua Audiencia de Tierra Firme o Panamá, aquello jamás se concretó. A raíz del golpe revolucionario del 10 de agosto de 1809, aunque la Audiencia continuó existiendo nominalmente con el nombre también de Audiencia Nacional, sin embargo, perdió sus atribuciones ejecutivas en manos de la junta Suprema como las judiciales en manos del Senado de justicia. Fue recuperando progresivamente sus atribuciones, con68 Roberto Andrade Rodríguez, Historia del Ecuador, Primera Parte, Biblioteca de Historia Ecuatoriana No. 1, Corporación Editora Nacional, Segunda edición, Quito, 1982 (primera edición, Guayaquil, 1937)

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forme a la antigua usanza normativa hispánica, entre el 25 de octubre y 5 de diciembre de 1809. El territorio sobre el que ejerció competencia este Tribunal fue modificado por primera vez por Real Cédula de 1740 y posteriormente sufrió otros recortes e interrupciones a raíz de 1776, 1802 (15 de julio) y 1803 (7 de julio), años en que se dictaron disposiciones que versaban sobre los tipos de jurisdicción que debían aplicarse para el juzgamiento de cuentas de la Audiencia y para la administración de las gobernaciones de Mainas y Guayaquil. En 1776 se creaba un Tribunal de Cuentas o Contaduría Mayor para la Audiencia quiteña pero se excluía de su jurisdicción a toda la gobernación de Popayán que se sujetaba al Tribunal de Cuentas o Contaduría Mayor de la Audiencia de Santa Fe, y a la gobernación de Guayaquil que se adscribía al Tribunal de Cuentas o Contaduría Mayor de la Audiencia de Lima, aunque pocos años después Guayaquil volvía a la jurisdicción del Tribunal de Cuentas de Quito. En el caso de Mainas, por la real cédula de 1802, el aspecto concerniente a lo militar pasó a control de la Audiencia de Los Reyes o Lima en el virreinato peruano, y desde los acontecimientos revolucionarios quiteños, progresivamente pasaron las facultades político-administrativas a la indicada Audiencia limeña. Y aunque se dispuso en la cédula que se segregue junto con Mainas también la gobernación de Quijos, exceptuando el curato de Papallacta, sin embargo, del papel no pasó esta última reducción; dentro de la gobernación de Quijos entonces se encontraban las regiones de Sumaco y Canelos. Con Guayaquil casi pasó lo mismo con la real orden de 1803, primero en cuanto a la administración militar, y desde 1809, luego del 22 de enero, tras la convocatoria a designar representante a la junta Central Española, por autoad- judicación hecha por el Virrey del Perú Abascal, el control político–administrativo pasó a la Audiencia de Lima, sin embargo, por real cédula de 23 de junio de 1819 se derogó la real orden de 1803 con lo que la gobernación guayaquileña retornó a depender plenamente en todo aspecto a la Audiencia quiteña. En cuanto a lo judicial propiamente dicho, las dos gobernaciones se mantuvieron bajo dependencia de la Audiencia quiteña, excepto cuando esta dejó de funcionar por efecto de la revolución quiteña, siendo entonces asumida interinamente esa competencia por la Audiencia de Los Reyes. Se excluye del presente análisis los cambios ocurridos en la jurisdicción eclesiástica que corresponde a otra materia. En la noche del 21 de abril de 1810, D. Pedro Montúfar y Larrea, hermano del Marqués, escapó tras conocerse el dictamen fiscal de ese día en que se pedía su condena a muerte, lo que provocó se redoblen
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las medidas de seguridad en las prisiones donde se encontraban los principales protagonistas de la revolución, y a su vez que los presos y sus partidarios tomen acciones destinadas a intentar obtener la libertad, que trajo como emanación que se inicien más procesos contra los vecinos principales de la ciudad con la mira puesta en provocar su huída y dejar a la urbe sin líderes que se opongan al aceleramiento del juicio y dirigentes capaces de arrastrar masas para evitarlo. Al poco tiempo, se habló que Da. María de la Vega y Nates, esposa de Salinas, estaba corrompiendo a la tropa para que se subleve, y a los pocos días se arrestaron a D. joaquín Mancheno y D. josé Antonio Angulo denunciados por organizar una nueva supuesta revolución, aunque unos días más tarde fueron liberados. Poco tiempo después, se conoció que las tropas provenientes de Panamá se acercaban para reforzar las fuerzas españolas acantonadas en Quito, y el 11 de junio por delación de Sáenz y del indicado San Miguel, futuro portador del proceso judicial contra los patriotas, se denunció la supuesta existencia de una nueva conjuración revolucionaria acaudillada por el ex Gobernador del Senado de justicia el doctor Ascásubi, a quien se arrestó así como a cuatro individuos más que estaban en su casa y una esclava suya a quien se ofreció dinero y su libertad para que lo delate, y también al Provisor y Vicario General del Obispado el Dr. D. Manuel josé Caicedo y Cuero, liberados tras 13 días de encierro. El día de Corpus, en la noche del 21 de julio de 1810 entraron los partidarios de la independencia arrestados en Cuenca entre agosto y septiembre de 1809, enviados desde Guayaquil donde se los había retenido varios meses, uno de ellos era D. Francisco Calderón. No pudo llegar el ya mencionado D. Fernando Guerrero de Salazar y Piedra, apresado y candidato electo por su ciudad para ser elegible como Vocal representante del virreinato neogranadino a la junta Central Española, por haber fallecido en Ambato; así de enorme era la torpeza que engalanaba a Aymerich y Cucalón por un lado al tratar al que podría eventualmente convertirse en su superior administrativo, y por otro, esa actitud de los dos últimos era reflejo claro del irrespeto que producía una decadente junta Central Española que cada vez perdía más el control sobre el territorio peninsular con el avance estrepitoso de la ocupación francesa69.
69 Pedro Fermín Cevallos Villacreses, Resumen de la Historia del Ecuador desde su origen hasta 1845, Clásicos Ariel No. 79, Guayaquil, década 1970 (Primera Edición, Lima, década 1870); Manuel Rodríguez de Quiroga, Defensa, 1810, en Pensamiento Ilustrado Ecuatoriano,

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estudio introductorio y selección del Dr. Carlos Paladines, Biblioteca Básica del Pensamiento Ecuatoriano, Vol. IX, Banco Central del Ecuador–Corporación Editora Nacional, 1981; Alberto Muñoz Vernaza, Memorias sobre la Revolución de Quito, en Orígenes de la Nacionalidad Ecuatoriana, Corporación Editora Nacional, Biblioteca de Historia Ecuatoriana No.8, Quito,1984 (artículo reeditado y publicado originalmente por partes en Cuenca en la revista La Unión Literaria entre 1909 y 1911) En Estudios Básicos sobre la Nacionalidad Ecuatoriana, Biblioteca del Ejército Ecuatoriano Vol. 14, Centro de Estudios Históricos del Ejército, Quito, 1998, los siguientes artículos reeditados: jacinto jijón y Caamaño, Quito en la emancipación (1809-1822) (Título original: Influencia de Quito en la emancipación del continente americano, la Independencia (1809-1822) en el Boletín de la Academia Nacional de Historia Nos. 21-23, 1924, y reeditado también en el Boletín de la Academia Nacional de Historia No. 180, 2008); julio Tobar Donoso, Causas y antecedentes de la separación del Ecuador (Boletín de la Academia Nacional de Historia Nos. 30-32, 1930); julio Tobar Donoso, Orígenes Constitucionales de la República del Ecuador (1936); julio Tobar Donoso, La Independencia (Boletín de la Academia Nacional de Historia No. 82, 1953); julio Tobar Donoso, Dos documentos memorables (La Carta de 1812 y el Proyecto de Miranda) (Boletín de la Academia Nacional de Historia No. 98, 1961) En La Revolución de Quito 1809-1812 según los primeros relatos e historias sobre autores extranjeros, selección, estudio introductorio y notas de jorge Salvador Lara, Colección Ecuador, Corporación Editora Nacional, Quito, 1982, se encuentran fragmentos reeditados de las obras de: josé Manuel Restrepo, Historia de la revolución de la República de Colombia (Primera Edición, París, 1827); Mariano Torrente, Historia de la Revolución Hispanoamericana (Primera Edición, Madrid, 1829); josé Antonio de Plaza, Memorias para la historia de Nueva Granada (Primera Edición, Bogotá,1850) Borrero González, Manuel María, Quito, Luz de América, Quito, 1959; Carlos R. Tobar Guarderas, Introducción a Viaje Imaginario por las provincias limítrofes de Quito, y regreso a esta capital, publicada en Anales de la Universidad Central nos. 24-33, Quito, 1890 y luego en Biblioteca Ecuatoriana Mínima, No. 16: Cronistas de la Independencia y de la República, Quito, 1960; Agustín Salazar y Lozano, Discurso pronunciado en el Congreso de 1847, en Biblioteca Ecuatoriana Mínima, No. 16: Cronistas de la Independencia y de la República, Quito, 1960; Ramiro Borja y Borja, Derecho Constitucional Ecuatoriano, Tomo III, Instituto Geográfico Militar, Quito, 1979; jorge Salvador Lara, La Revolución de Quito: 1809-1812, en Historia del Ecuador, Vol. 5, Salvat Editores, Barcelona,1980; Marie-Danielle Demélas e Yves Saint-Gours, jerusalén y Babilonia, Religión y política en el Ecuador 1780-1880, Corporación Editora Nacional- Instituto Francés de Estudios Andinos, Quito, 1988; William Bennet Stevenson, Narración histórica y descriptiva de veinte años de residencia en Sudamérica, Col. Tierra Incógnita 14, Abya Yala, 1994; Carlos Landázuri Camacho, Balance historiográfico sobre la Independencia en Ecuador (1830-1980), Rev. Procesos No. 20, 2004; Guillermo Bustos Lozano, La producción historiográfica contemporánea sobre la Independencia ecuatoriana (19802001), Rev. Procesos No. 20, 2004; Keeding, Ekkehart, Surge la nación, la Ilustración en la Audiencia de Quito 1725-1812, Banco Central del Ecuador, Biblioteca del Bicentenario No. 1, Quito, 2005; Archivo Nacional de Historia, La revolución de Quito 1809-1812, Edición Especial, Boletín No. 33, Quito, 2007; Hernán Rodríguez Castelo, La gloriosa y trágica historia de la independencia de Quito 1808-1813, en Bol. de la Academia Nacional de Historia, No. 179, 2007 Gangotena y jijón, Cristóbal de, “Los Fernández Salvador”, Boletín de la Sociedad de Estudios Históricos Americanos, Tomo IV, Nos. 10-12, Colección de Revistas Ecuatorianas XXX, Banco Central del Ecuador, Quito, 1988 (Primera Edición, 1920); Cristóbal de Gangotena y jijón, Los Ascásubi, Boletín de la Academia Nacional de Historia No. 19, Quito, 1923; Alfredo Costales Cevallos, Historia de Riobamba y su provincia, Casa de la Cultura, 1972; jurado Noboa, Fernando, Las Coyas y Pallas del Tahuantinsuyo, Quito, 1982; Carlos Marchán Romero/Bruno

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Andrade Andrade, Estructura Agraria de la Sierra Centro-Norte 1830-1930, T. IV, Conformación Orgánica de las Familias Terratenientes, Bco. Central del Ecuador, Quito, 1986; jurado Noboa, Fernando, Los Larrea, Burocracia, Tenencia de la Tierra, Poder Político, Crisis, Retorno al Poder y el Papel en la Cultura, Rev. SAG No. 22, Quito, 1986; jurado Noboa, Fernando, Los Ribadeneira, Antes y Después de Colón, Tomos I, II y III, Revistas SAG Nos. 25, 26 y 29, Quito, 1987; Eduardo Muñoz Borrero, Entonces fuimos España, Quito, 1989; jurado Noboa, Fernando, Migración Internacional a Quito entre 1534 y 1934, Tomos I, II y III, Revistas SAG Nos. 51, 52 y 53, Quito, 1989, 1990 y 1993; josé María Restrepo Sáenz, Raimundo Rivas y otros, Genealogías de Santa Fe de Bogotá, T. IV, Grupo de Investigaciones Genealógicas “josé María Restrepo Sáenz”, Edit. Nueva Gente, Bogotá, 1995; Alberto Rosas Siles, Nobleza titulada del Virreinato del Perú, Rev. 21 del Instituto Peruano de Investigaciones Genealógicas –IPIG-, Lima, 1995; jurado Noboa, Fernando, Los Corral en el Ecuador, Rev. SAG. No. 126, Nuestra Piel Social No. 1, Quito, agosto de 1996; Guino Guiliani, “Un prócer olvidado: don juan Ante y Valencia”, en Leonardo Moncayo jalil, Los Correa en el Ecuador 1730-2004, SAG No. 120, Quito, 2004 (primera edición en Diario El Comercio, Quito, 8 de julio de 1945); Quintero Guzmán, Miguel, Linajes del Cauca Grande, Fuentes para la historia, Ediciones Uniandes, Bogotá, 2006; Fernando jurado Noboa, El conquistador Rodrigo Pérez de Guzmán o el reino de la inteligencia, Vol. II, Rev. Sociedad Amigos de la Genealogía No. 205, 2008, Capítulo 31; Internet: josé de la Riva Agüero y Osma, Precursores de la Independencia, Parte I: Don josé Baquíjano y Carrillo, Lima; Hernán Rodríguez Castelo, La escritura de los hombres de agosto, en Bol. de la Academia Nacional de Historia, No. 181, 2009.

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EL BICENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN QUITEñA: CUESTIONAMIENTOS y NUEVAS INTERPRETACIONES*
Gonzalo Ortiz Crespo

Introducción con Beethoven Hagamos un esfuerzo de concentración y pongámonos en 1809. Mientras en Quito se fragua la revolución, en Viena, capital del imperio austrohúngaro, Ludwig van Beethoven empieza a componer el Concierto N° 5 en Mi bemol mayor, opus 73, quizás el más famoso de los que escribió –y que, por causas no precisadas y, en cualquier caso, no por indicación del autor, se lo conoce como Emperador. Oigámoslo por un momento y reconozcamos el extremado virtuosismo de esa música (se escucha el inicio de la obra). En el primer movimiento, el piano participa en la entonación heroica de la orquesta, pese a que en algunos pasajes se hace sutil y refinado (se escucha otro trozo del Allegro). En el segundo movimiento, se abandona a una melodía desplegada, abierta (se oye el inicio del segundo movimiento, Adagio un poco mosso). Finalmente, sin detenerse, se precipita en la arremolinada marcha del tercer movimiento, cuyo tono entusiasta y triunfalista se afirma en impetuosos ritmos (se escucha un largo segmento del tercer movimiento Rondo: Allegro). ¿Por qué mencionar ahora la coincidencia de fechas de la Revolución Quiteña con una obra musical? No por capricho y ni siquiera por situar la época en que se dio aquella revolución –la primera que logró establecer un gobierno independiente en la América Hispana–, sino porque los dos fenómenos, por lo demás tan distintos entre sí, no son coincidencia casual sino que ambos muestran de manera fehaciente la transformación que el mundo occidental experimentaba desde finales del siglo XVIII, como consecuencia, directa o indirecta, de la Ilustración y de la Revolución Francesa.
* Discurso de Incorporación como Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de Historia

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No hay que forzar nada, sin embargo. Es bien sabido que el genio musical bautizó Bonaparte a la portentosa Sinfonía N° 3, compuesta entre 1802 y 1804, pero que, indignado al conocer que Napoleón se había proclamado emperador, tachó el título y la llamó simplemente Heroica. En efecto, la proclamación de Napoleón como emperador indignó a Beethoven como a muchos intelectuales y artistas de toda Europa, cuyos ideales de libertad vieron traicionados, temiendo, además, un regreso al absolutismo. Esos ideales, en el caso del genial músico alemán, se referían tanto a la libertad individual del ciudadano como a la libertad de creación del artista, ideales que Beethoven nunca separó de un sentido innato de misión. El arte, pensaba, tenía como objetivo liberar a la humanidad y orientarla hacia la belleza y la justicia. Beethoven era pues, hijo de su época, heredero de la Edad de la Razón, pero fue mucho más: su genio le impulsó a ser un verdadero transformador del papel de la música y de los músicos en la historia de Europa y el mundo. En efecto, a partir de Beethoven la música dejó de ser un medio para entretener los ratos de ocio de una élite y se convirtió, de hecho, en una creación destinada a toda la humanidad. La tradición romántica posterior habría de hacer de Beethoven un verdadero paradigma del artista que habla a toda la humanidad. Conviene resaltar aquí otro papel fundamental de Beethoven, pues fue él quien redefinió la figura del músico en relación a la sociedad y a la cultura de su tiempo: los músicos ya no serían lacayos de librea de algún miembro de la aristocracia o la realeza, sino profesionales independientes, que vivirían de su trabajo y que, si aceptaban algún mecenazgo, expresamente dejarían señalado en el respectivo convenio, como lo hizo el propio Beethoven, que ello no condicionaba a su libertad de crear e, incluso, de viajar. Esto se hizo patente incluso en su vestimenta y en el abandono de la peluca: si recordamos la iconografía de los genios musicales del siglo XVIII, como Bach o Mozart, los vemos con pelucas bien arregladas y peinadas, a la moda francesa. Beethoven no se puso jamás peluca, y se dejó crecer su propia, y abundante, cabellera, todo un símbolo de su abandono de normas sociales del ancien regime. Por esa libertad creadora defendida con orgullo y por su genio de incansable explorador de las formas de su arte, Beethoven es quien inauguró la época moderna en la música: superó el clasicismo, que con Haydn y Mozart había llegado a la cumbre, y creó obras tan perdurables, experimentales y modernas, que solo en nuestra época han sido

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correctamente decodificadas y han revelado su auténtica esencia, mientras el romanticismo y otros movimientos del siglo XIX y el XX no las alcanzaron a comprender. El propio concierto Emperador, este que hemos oído… y cuyo final tal vez conviene oír ahora (se escuchan los tres minutos finales de la obra), este concierto Emperador, compuesto en 1809, tiene características épicas (“sinfonía con piano” la han llamado algunos), con un originalísimo arranque y soberbias cadencias, pero sobre todo, en lo que aquí interesa, es una muestra, como otras obras de madurez de Beethoven, de que la actitud del compositor ya no es la de quien trata de hacer algo bello dentro de las formas consagradas por siglos, con proporción, equilibrio y simetría, como se enseñaba en el siglo XVIII, donde las clases sociales debían conformarse con el orden de la sociedad, que se reputaba provenía de órdenes del mismo Dios y donde el papel asignado a los músicos era el de ser lacayos de unos nobles. No, Beethoven enfrentó la creación con un enfoque del todo distinto: no objetivo sino subjetivo, con la voluntad de expresar unos contenidos interiores, una visión del mundo y de la humanidad, un concepto propio del destino y de Dios. Amnesia y hasta cinismo El maravilloso lenguaje de la música y la figura genial de Beethoven nos han permitido situarnos en el ambiente de renovación y cambio del año crucial de nuestra independencia, 1809. Estas palabras mías que, necesariamente, por las normas de la Academia Nacional de Historia no deben ser excesivamente largas, no intentan volver a narrar los hechos desde 1808 hasta 1812, sino que más bien buscan tres cosas, en ese orden: • Describir el estado de amnesia histórica y hasta de cinismo con que se estaba viendo a la Independencia ecuatoriana a finales del siglo XX e inicios del XXI. • Refutar la máxima expresión de revisionismo histórico de la Independencia: un libro que sostiene que ésta fue un error. • Describir la estrategia seguida por la Municipalidad del Distrito Metropolitano de Quito para recuperar la memoria de nuestra Independencia y celebrar el Bicentenario, discutiendo de paso qué es lo “apropiado” en este caso.

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Empecemos por lo primero: a los sucesos del año 1809, y a todo el proceso independentista de nuestra patria –esto es, del proceso histórico que incluyó la conformación del primer gobierno revolucionario de la América Hispana el 10 de agosto de 1809; la masacre de los patriotas y de decenas de elementos del pueblo quiteño el 2 de agosto de 1810; sus nuevos momentos cumbres el 11 de diciembre de 1811, con la proclamación del Estado Libre de Quito, y el 15 de febrero de 1812 con la expedición de la primera Constitución, que definió a dicho Estado como una república dotada de un gobierno presidencial–, les cayeron en las últimas décadas interpretaciones superficiales y hasta sarcásticas, que se extendieron a una parte del público, que llegó a abrigar un menosprecio conmiserativo hacia estos hechos –con el curioso éxito que tiene cualquier disparate histórico entre personas irreflexivas y con mala formación. En efecto, hace algunos años ciertas personas poco conocedoras, diletantes de la historiografía, llegaron a sostener que el 10 de agosto de 1809 no fue sino producto de la improvisación de un grupo de personas que, llevadas por un entusiasmo momentáneo, no sabían muy bien lo que hacían. Antes, a mediados del siglo pasado, cundió, en cambio, la moda, inspirada en un marxismo elemental, de considerar que se trataba solo de una supuesta “revolución de los marqueses”. Planeando sobre esta perversión de la historia ha estado otra: una patética posición regionalista que intenta denostar y minimizar a la revolución de Quito para sostener que la independencia solo se inició el 20 de octubre de 1820 en Guayaquil. Parte de esta enfermedad es lo que podemos llamar amnesia histórica, una enfermedad social en nuestro continente que Víctor Díaz Gajardo, caracteriza por tres factores importantes: • rechazo al saber histórico y al pensamiento crítico; • repudio al compromiso con el presente; y • desvaloración de la cultura propia.  Todo esto se resumiría en la notoria falta de compromiso con el presente y en el sentido de pertenencia social, algo que actualmente rebota en casi todos los ámbitos de nuestra cultura.1 Ahora, para encontrar la motivación de quienes intentan empequeñecer a la gesta quiteña –aparte de los regionalistas y aparte de los
1 Díaz, Víctor, Amnesia histórica o negación de la memoria. Ponencia presentada en el IV Corredor de las Ideas, celebrado en Asunción, Paraguay, en julio del 2001. Publicado en Sala de Profesores (Revista de los estudiantes de Pedagogía de la Universidad Católica Cardenal Raúl Silva Henríquez) Nº 2 de septiembre de 2001.

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marxistas mecánicos, quienes aplican toscamente al proceso independentista la teoría marxista de la lucha de clases–, debe explorarse la hipótesis de que se trata de una reacción contra aquel otro afán de convertir al relato de la independencia en una historia sagrada, llena de héroes inmarcesibles, aislada e inapelable, que no explica ni causas ni ritmos ni consecuencias de los hechos; que se ciega ante los contraluces y matices; que ignora las distintas posiciones, las improvisaciones, las dudas y las divisiones internas, y que ni siquiera atiende las derrotas, ciertamente presentes, junto con los triunfos, en la lucha por la libertad. Pero ninguna de estas posiciones tiene bases suficientemente sólidas como para imponer su versión de los hechos, ni esa sacralidad excesiva logra explicar del todo su opuesto: el afán destructor y revisionista de la historia que asoma como un ritornello cada cierto tiempo. Como dijo Carlos Paladines, “Y si bien hoy, a la distancia de casi dos siglos, su historia casi se ha convertido en un conjunto de hechos gloriosos, no cabe la menor duda que borrado el carácter sacral y mistificador de la historiografía imperante, renacerá el proceso independentista con el peso propio de su génesis, de sus limitaciones y aciertos, de sus luces y de sus sombras, con el peso de futuro que aún guarda en sus entrañas”.2 Un proceso, no un hecho aislado Para superar esas visiones simplistas o cínicas hay que insistir en primer lugar en que la Independencia fue un proceso, no un hecho aislado. Con toda la importancia del 10 de agosto, cuando se depuso al anciano Ruiz de Castilla, se volteó al ejército realista y se inició la formación de un gobierno autónomo, las celebraciones del Bicentenario no deben centrarse en ese solo hecho: por eso, incluso en el decreto presidencial que formó la Comisión Presidencial del Bicentenario –decreto que me cupo impulsar e, incluso, redactar3–, la conmemoración se extiende a todo el período que va desde el año 2008 hasta el 2012, pues se trata de un proceso de cuatro años que, si bien comenzó como un mo2 Paladines, Carlos, Pensamiento independentista: el movimiento ilustrado ecuatoriano, en Ayala, Enrique, ed., Nueva Historia del Ecuador (Quito, Vol. 6, Independencia y Período Colombiano, 178-179 3 Véase, más adelante, un relato de lo acontecido con relación al decreto.

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vimiento de autonomía, desembocó por una radicalización cada vez mayor, en la constitución del Estado de Quito, un estado nacional no solo independiente sino plenamente republicano y representativo. Como sucede en todo proceso histórico, es obvio que quienes lo iniciaron no sabían cómo iba a terminar. Ni siquiera los dirigentes de la Revolución Francesa, paradigma de las revoluciones, pensaron desde el primer momento en pasar por la guillotina al rey y proclamar la República. Quien crea eso no ha leído la historia. Ni siquiera cuando en los Estados Generales, los representantes del Tercer Estado, esto es del pueblo, se autocalificaron como Asamblea Nacional, o cuando proclamaron los “Derechos del hombre y del ciudadano”, ni siquiera cuando el 20 de junio de 1789 hicieron el “juramento del juego de Pelota” y pasaron a ser “Asamblea Nacional Constituyente”, ninguno de ellos fue suficientemente clarividente para saber lo que iba a acontecer tres semanas después, el 14 de julio, con la Toma de la Bastilla. Pero recordemos que tras esa violencia, y de la que se extendió por toda Francia, con la toma y saqueo de los castillos de la nobleza, todavía el rey Luis XVI se reconcilió con la Asamblea y aceptó la bandera tricolor. No solo eso, sino que inclusive después de haber sido apresado en junio de 1791, el Rey fue restituido en su cargo y pronunció un discurso muy aplaudido cuando, en septiembre, se proclamó la Constitución que establecía la monarquía constitucional, en la que el rey tenía poder de veto frente a las decisiones de la Asamblea Legislativa. ¿Podrían saber entonces, el rey, los asambleístas, los parisinos, que un año después se asaltaría el Palacio de las Tullerías, se depondría al rey y se proclamaría la República? ¿Había algún adivino, ni siquiera el jefe de los jacobinos, Maximilien Robespierre, que predijera entonces que la Asamblea Legislativa iba a desembocar en el caos y que en enero de 1793, sí, casi cuatro años después de los Estados Generales, el rey sería ejecutado y en octubre lo sería su esposa María Antonieta y que entre 1793 y 1794 reinaría el Terror y serían ejecutadas, casi todas en la guillotina, más de diez mil personas4 acusadas de actividades contrarrevolucionarias? Si eso pasó en la revolución paradigmática –e igual se puede decir del proceso de Independencia de EEUU y de todos los procesos
4 Aún se discute si el número no fue mayor. Hay historiadores franceses que sostienen que fueron más de 30.000 personas las ejecutadas o asesinadas durante los años del Terror.

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de cambio revolucionario–, ¿cómo puede pedirse a Montúfar, Quiroga, Salinas, Ante y los demás hombres y mujeres de agosto, que en 1809 proclamaran la República del Ecuador? No, no lo hicieron. Y tampoco fue una “jugada maestra” como algunos pretenden, la coartada de proclamar la junta hasta la restitución de Fernando VII al trono: para los patriotas esa era la tesis justa y basada en derecho: la soberanía había vuelto al pueblo, transitoriamente, mientras no hubiera monarca, y lo sería de manera definitiva si faltaba para siempre el rey. Fue la reacción de las autoridades realistas –y en eso coinciden todos los historiadores contemporáneos serios–, en especial la masacre a los líderes del movimiento autonomista y al pueblo quiteño el 2 de agosto de 1810, lo que radicalizó al movimiento y convirtió a su lucha en una lucha por la independencia plena y por la forma republicana de gobierno, como lo consagrará la primera Constitución, en 1812. Eso es lo que se celebra en este Bicentenario: un proceso y unos héroes de los que pueden enorgullecerse todos los ecuatorianos de hoy, pero que, al dar el golpe la madrugada del 10 de agosto de 1809, no sabían los sacrificios que tendrían que hacer, hasta el de su propia vida, pero que dieron sin duda ese paso con valentía, desatando un proceso de lucha por la libertad y la justicia, aún inacabado. La independencia no fue un error Ahora bien, el afán revisionista de la historia no ha sido derrotado. Hay un reciente ejemplo del afán de minimizar la Independencia, que resulta inconcebible porque viene de un historiador profesional, muy alabado por lo demás en otros ámbitos. Su autor es el historiador ecuatoriano-estadounidense, jaime E. Rodríguez O., quien sostiene que la Independencia del Ecuador fue un error. Con todo el debido respeto, debo declarar que ni comulgo con esa y otras peregrinas tesis, que refuté en un artículo en la revista Gestión5, ni acepto su olímpico desprecio a todos los historiadores ecuatorianos. Su libro La revolución política durante la época de la Independencia. El Reino de Quito 1808-1822 fue publicado por la Corporación Editora Nacional y la Universidad Andina Simón Bolívar en 2006. La polémica que levantó el libro, en especial mi artículo, porque no he visto
5 Ortiz Crespo, Gonzalo, El revisionismo llega a su clímax: la independencia fue un error, Gestión, N° 154, abril de 2007.

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otros, ha provocado a su vez que la revista Procesos, publicada por el Área de Historia de la Universidad Andina Simón Bolívar, dedique su sección de Debates a siete ensayos sobre este libro.6 Este autor llega a sostener que ni Quito quiso la independencia en 1809-1812 ni fue beneficiosa la guerra librada a partir del pronunciamiento de Guayaquil del 9 de Octubre de 1820 y culminada “al pie” (sic) del Pichincha en mayo de 1822. Sostiene que mejor habría sido continuar como miembros de una idílica “comunidad hispánica” y aceptar una “regencia constitucional”. Y asevera: Dicho sistema habría sido una alternativa aceptable frente a un Estado independiente de Quito, pues contaba con mayor representatividad y era más democrático que el sistema establecido en Colombia, que por entonces [abril de 1822] buscaba obtener jurisdicción sobre el Reino de Quito.7 En toda la historiografía sobre la Independencia nadie ha planteado una idea semejante, la cual, incluso siendo condescendientes, no puede calificarse sino como un despropósito. Rodríguez añade que “Al aceptar una regencia constitucional, el gobierno de Guayaquil no habría comprometido su integridad pues no habría necesitado la ayuda de Colombia para liberar la Sierra” (loc.cit.). O sea, que la supuesta “representatividad” y “democracia” de la Monarquía española eran una “alternativa aceptable” y por tanto, toda la lucha de Guayaquil –que para esas mismas fechas apoyaba al ejército de Sucre que combatía a los realistas en la Sierra y estaba cerca de derrotar a Aymerich en el Pichincha– era una necedad, como lo fue el desangre de los patriotas desde 1810. ¿Se trata de un párrafo suelto en que el historiador tal vez se equivocó? No, porque constituye el eje central de su libro. Como dice más adelante:
6 Varios Autores, La Independencia ecuatoriana según Jaime Rodríguez, Procesos, Revista Ecuatoriana de Historia, N° 27, I semestre de 2008 (Breve introducción y artículos de Galaxis Borja Rodríguez, Heraclio Bonilla, Christian Büschges, Guillermo Bustos, Sonia Fernández, Pablo Ospina y Rocío Rueda). Debo confesar que mi impresión es que algunos de estos autores parecen no haber leído mi crítica. 7 Rodríguez O, jaime E., La revolución política durante la época de la Independencia. El Reino de Quito 1808-1822 (Quito, Corporación Editora Nacional-Universidad Andina Simón Bolívar, 2007), 100-101. Las páginas se citan en el texto para evitar la profusión de notas al pie de página.

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La evidencia sugiere que la región habría permanecido conforme como parte de la Monarquía constitucional española. Lo más probable es que los dirigentes del Reino de Quito hubieran aceptado con entusiasmo la introducción de una regencia constitucional del tipo propuesto por los diputados americanos ante las Cortes de Madrid de 1821. Por desgracia, el antiguo Reino poseía vecinos poderosos al norte y al sur. En última instancia, el presidente militarista de Colombia, Simón Bolívar, conquistó y explotó la región como parte de sus esfuerzos para separar a Perú de la Monarquía española (p. 199). La forma verbal que Rodríguez utiliza en la primera parte del párrafo citado, es potencial: dice que los dirigentes “hubieran aceptado con entusiasmo” el régimen colonial, que “lo más probable” era eso, que Quito “habría permanecido conforme”… Pero, la verdad es, y todos lo saben, que esos dirigentes luchaban ya por muchos años, y con gran costo de vidas y fortunas, contra el régimen colonial español. Por lo tanto, el planteamiento del autor no pasa de ser una hipótesis delirante. Esa es precisamente la debilidad fundamental de la obra: el autor, en vez de historiar lo que pasó es que se dedica a especular sobre lo que pudo haber sido y no fue. Tanto la “monarquía constitucional española” como una suerte de “comunidad hispana”, al estilo del Commonwealth británico, que se habría formado en caso de aceptarse los planes de las Cortes de Cádiz, no fueron sino declaraciones bien intencionadas, que incluso constaron en documentos escritos, sí, pero que no se tradujeron en hechos en la dinámica entre peninsulares y criollos en las tierras de América. Es como si alguien quisiese juzgar la vida real de la población del Ecuador de hoy utilizando como única fuente la Constitución vigente. ¿No sería esa una pintura del todo errónea? La Constitución es una declaración de principios pero ni todo lo que ella proclama se cumple al pie de la letra ni tal documento describe la economía, la estructura social, la dinámica política, no se diga los intríngulis de una política como la ecuatoriana. Verdad tan evidente no requiere comprobación, mucho menos hoy, cuando la nueva Constitución, aprobada por el pueblo ecuatoriano el 28 de septiembre de 2008, tiene capítulos enteros que no han entrado en vigor… Aunque, pensándolo bien, también hoy, decenas de miles de ingenuos creen, como Rodríguez, que la Constitución define de tal manera la realidad que va a ser la panacea que solucione

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todos los problemas, y que de ella brotará mágicamente empleo, soberanía, reparto equitativo de la riqueza, honestidad a toda prueba y perfecta estructura de representación política. Bolívar ¿conquistador? La segunda parte del párrafo citado de Rodríguez es otro disparate. La independencia del Ecuador no se logró porque Bolívar haya “conquistado” este territorio: el proceso independentista de estas tierras tomó 14 años, fue largo, frustrante, complejo, y desangró y arruinó a Quito, sobre todo a Quito, pero también a Guayaquil, a Cuenca y a muchas otras ciudades del actual Ecuador, y ello no por una quimera sino porque esos pueblos querían separarse de España. Fue, y eso increíblemente lo escamotea Rodríguez, un proceso, como sostuvimos más arriba, cuyos actores iniciales jamás pudieron saber cómo se iban a dar las circunstancias, aunque esa incógnita no les impidió poner en la lucha todo su idealismo y coraje. Ese proceso implicó que lo desatado el 10 de agosto de 1809 no era ni podía ser lo que se obtuvo en 1830. Nadie sabía en realidad lo que se lograría: pero había que luchar, y lo hicieron, con inmenso sacrificio, que Rodríguez ni valora ni aquilata… y ni siquiera refiere. En efecto, ¡en un libro sobre la independencia del actual Ecuador dedica exactamente seis líneas a la masacre del 2 de agosto de 1810 (tres en la página 74 y tres en la 196)! Para este autor, como lo revela el espacio que le da en su libro y la ninguna importancia que le asigna para juzgar los hechos subsecuentes, esa hecatombe, que privó a Quito de sus mejores dirigentes tanto de la junta Soberana como de los barrios, en que murieron asesinadas 300 personas (1% de su población, como que hoy murieran 20.000), y en que la ciudad fue pasada a saco y martirizada, esa hecatombe, digo, fue para él insignificante, como lo fueron los sucesivos esfuerzos para alcanzar la independencia, en los que siguió muriendo gente –recuérdense solo las batallas de 1812, los fusilamientos de ese año; los de Nicolás de la Peña, Rosa Zárate, josé Antonio Correa y otros patriotas en Tumaco en 1813; el de Carlos Montúfar en Buga en 1816, las nuevas prisiones de 1816 y 1817, los exilios a Ceuta, Manila y Cádiz en 1817 y 1818, etc., etc.– Los avatares de las juntas quiteñas, la feroz reacción española, la falta de apoyo de Guayaquil, Cuenca, Riobamba y demás provincias a las aspiraciones libertarias de Quito, el cerco a la ciudad, a la que no

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debía pasar “ni una onza de sal” como ordenó el virrey Abascal, su toma, las prisiones de los patriotas, la masacre y saqueo del 2 de agosto, los vaivenes en el propio régimen español (de la apertura constitucional al absolutismo, para luego repetir el ciclo), el pronunciamiento de Guayaquil en 1820 a favor de la libertad (porque para entonces las circunstancias socio económicas que afectaban directamente a sus habitantes habían cambiado), la imposibilidad de Quito de apoyarla luego de una década de desangre, y la debilidad bélica y estratégica de Guayaquil… todo eso llevó a la necesidad de requerir el auxilio de Bolívar. Los habitantes “del Reino de Quito, convertido en Provincia de Quito”, como suele repetir ad nauseam Rodríguez, jamás habrían podido derrotar a los realistas sin la labor de tenaza de los dos ejércitos: el del sur comandado por Sucre y el del norte conducido por Bolívar. Y no fue por un designio maléfico de Bolívar que se prosiguió la lucha en el Perú –a cuya libertad, por cierto, lo que hoy es el Ecuador contribuyó decisivamente–, sino porque, como también lo pensó el héroe argentino josé de San Martín, la corona española tenía que ser derrotada en el virreinato más poderoso y protegido, el de Lima, pues, de lo contrario, la libertad de todos los países de Sudamérica corría peligro inminente. No son las únicas hipótesis antojadizas que Rodríguez estampa en su libro. Al contrario, son tan abundantes y tan llenas de inquina contra la historia y la historiografía de la Independencia ecuatoriana que forman un andamiaje asombroso, y hay que decirlo, repudiable. Como he refutado en otra parte su fantasioso y autosuficiente texto, les ahorro disgustos y no los repito aquí.8 La celebración del Bicentenario de la Independencia Recordar y recuperar la historia por un afán necrofílico no tiene sentido. La disciplina histórica y la conmemoración, en este caso concreto, del Bicentenario, tienen sentido porque si permitimos que continúe la amnesia histórica, lo que conseguiremos, como dije más arriba, es una notoria falta de compromiso de las actuales generaciones con el presente y una crisis en su sentido de pertenencia social. Y una sociedad no puede permitirse, por su responsabilidad con el futuro, que ello continúe.
8 Ver Ortiz Crespo, Gonzalo, El revisionismo llega a su clímax, op cit.

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En efecto, los estudios científicos más serios, como uno realizado en el Reino Unido, cuyos resultados fueron publicados en revistas científicas de primer orden, demuestran que la amnesia impide imaginar el futuro. Es decir que, a nivel individual, las personas que olvidan el pasado están condenadas a vivir sólo en el presente. Un grupo de voluntarios enfermos de amnesia sometidos a una serie de pruebas fueron incapaces de imaginarse situaciones futuras, bastante corrientes, como una celebración navideña en familia o el reencuentro con un amigo, en contraposición a otro grupo de voluntarios, que no padecían la enfermedad.9 Lo mismo sucede con las sociedades: si los integrantes de una sociedad no tienen conciencia del pasado, podrán describir imágenes separadas, pero, como los enfermos amnésicos del experimento, serán incapaces de visualizar una experiencia entera, de unificarla, dentro de sus mentes. Tendrán por tanto visiones parciales, como piezas de un rompecabezas que no pueden unir. Si los protagonistas del movimiento de la Independencia fueron hombres y mujeres de su época que pensaron lo que era mejor para el Quito y se decidieron a hacerlo, lo que debemos fomentar hoy es también gente visionaria, que conciban un Ecuador mejor, una sociedad de avanzada en esta coyuntura de la globalización y de la crisis mundial. René Maugé habla, y en eso estoy completamente de acuerdo con él, de “la Generación del Bicentenario”, aquellos niños que comienzan la escuela estos años, que debe ser cuidada y preparada como pocas en la historia para que puedan sacarle al Ecuador adelante. Frente a esto, ¿qué hemos hecho en la Municipalidad de Quito? La celebración del Bicentenario de la Revolución de Quito se inició, con una sesión solemne conjunta del Concejo Metropolitano de Quito y del Concejo Municipal de Rumiñahui el 15 de diciembre de 2008, para conmemorar el punto de partida de dicho proceso revolucionario: la conspiración de Chillo Compañía. El acto realizado en la propia capilla de la hacienda tuvo, felizmente, buen eco en la prensa nacional. Que el mensaje había sido entendido en toda su dimensión se comprueba por el editorial principal del El Comercio pocos días después. Permítanme citarlo en su totalidad:

9 El estudio británico realizado por científicos del Wellcome Trust Centre for Neuroimaging de la University College de Londres tuvo eco en la revista estadounidense Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Fuente: www.tendencias21.net

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“La conspiración por la Independencia La enseñanza de la historia  tradicional presentaba al 10 de Agosto de 1809 como un hecho aleatorio y, en el mejor de los casos, premonitorio de otras expresiones en América destinadas a iniciar tibiamente la gesta  de la liberación de España. La Municipalidad del Distrito Metropolitano de Quito nos acaba de enrostrar tal desacierto. La independencia, como toda revolución, no fue un hecho sino un proceso. Hubo antecedentes determinantes. Entre nosotros –la nación ecuatoriana– un ideólogo como fue el doctor Eugenio de Santa Cruz y Espejo. Fundamentados en sus principios, algunos de sus  discípulos, desde su privilegiada posición colonial, iniciaron la rebelión contra la dominación española. En este contexto, el 10 de Agosto fue el resultado de una vocación política que concibió un gobierno popular, mucho antes de que los franceses invadieran España. Así se registra la conspiración fraguada en  una hacienda de Los Chillos –antigua propiedad de los jesuitas– el 25 de Diciembre de 1808, meses antes de la proclama de mayo en Chuquisaca, y el grito continental de Quito el 10 de Agosto de 1809. La revolución abortó en el Carnaval de 1809, pero, luego de las prisiones de los complotados, dio a luz el 10 de Agosto. Por lo tanto, hubo conspiración, prisión, libertad y, un año después, una brutal represión. Esa fue la  rebelión continental que se produjo en Quito, Chuquisaca y Córdova. Fue lograda por reposados lectores de la Enciclopedia, visionarios religiosos  y un pueblo que fue masacrado –varios cientos– el 2 de Agosto de 1810, en la embestida del  Ejército español al Cuartel Real de  Lima. Hasta aquí el editorial principal del diario El Comercio del 20 de diciembre de 2008. Ciertamente no fue intención de la municipalidad “enrostrar tal desacierto” a nadie. Lo que sí hemos venido buscado, desde el 2000, con los alcaldes Paco Moncayo y Andrés Vallejo y quien esto escribe como concejal a cargo de los temas de la educación y la cultura y de los temas del Bicentenario –para lo que hemos recibido la colaboración de directores y funcionarios municipales de todas las áreas–, es ir cimentando en el pueblo quiteño y en el del Ecuador, la verdadera apreciación de los hechos.

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En efecto, con Paco Moncayo a la cabeza, resolvimos que la mejor manera de celebrar la fecha magna del Bicentenario tenía que ser con impactos trascendentes en la vida de los pobladores de Quito, presentes y futuros. Por eso nos propusimos metas claras, que constan en el Programa de Gobierno Municipal 2005-2009 llamado “Hacia el Bicentenario”. La primera, que para el 10 de agosto de 2009 la totalidad de habitantes de la ciudad tuviera acceso a los servicios básicos. Por eso construimos 2500 km de redes de agua potable y otros 2500 km de redes de alcantarillado, y miles de conexiones domiciliarias, con lo que la población del Distrito Metropolitano servida con agua ha pasado de 60% al 98% y con alcantarillado de 50% al 95%. Esto coloca a Quito entre las primeras ciudades del mundo en desarrollo, en lo que tiene que ver con la cobertura que alcanzan estos servicios, lo que contribuye directamente a mejores estándares de vida y de salud. Similares esfuerzos se han hecho en construcción accesos y calles adoquinadas en los barrios, con la participación de los propios moradores, así como de dotación de electricidad, casas comunales, unidades de policía comunitaria. Se preguntarán, ¿y esto qué tiene que ver con la Academia Nacional de Historia? Les diré que esto es historia. Historia reciente, de la que no debemos olvidarnos. La otra cosa que nos propusimos para celebrar el Bicentenario fue, como lo repetía obsesivamente Paco Moncayo, que para el 10 de agosto de 2009 no hubiera ni un solo niño o niña o adolescente de Quito que no tuviera acceso a la computadora y al Internet, ¡y estamos a punto de lograrlo! En las siete primeras fases de este proyecto que se inició en el año 2001, se atendió a 673 centros educativos fiscales, fisco misionales y municipales, con 5.000 computadoras y servicios conexos y hoy estamos ejecutando la octava y última fase, que atenderá a 565 centros educativos adicionales, con 4.000 computadoras, sus correspondientes instalaciones eléctricas y redes de datos, más 565 impresoras, con un presupuesto referencial de $ 2’600.000. Hay otras acciones trascendentes para esta conmemoración: la Ciudad Bicentenario, en Pomasqui, una de las soluciones que tiene en marcha el Municipio de Quito para garantizar el acceso a vivienda digna a familias de ingresos bajos. 12.000 viviendas, de $10.000 a $12.000, se construirán en esa zona. Este mismo año las primeras 300 familias ocuparán sus casas.

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Otra forma concreta de celebrar los 200 años de nuestra independencia es la creación de la Unidad Educativa El Bicentenario, que ya inició su actividad con el primer año de básica, y cuyas instalaciones se construyen, con un hermoso proyecto arquitectónico, en la zona de El Beaterio en el sur de Quito. Pero la principal acción que nos propusimos para la celebración del Bicentenario fue y es la construcción del nuevo aeropuerto de Quito. Este proyecto, postergado por 30 años, es el más grande de nuestra ciudad, por el monto de su inversión, por los 5.000 puestos de trabajo que genera y por la repercusión que tendrá para el desarrollo de nuestra ciudad. Contra la infamia y la calumnia, quiero reasegurarles, aunque ustedes ya lo saben, que este proyecto ha sido realizado con honestidad acrisolada, cuidando cada centavo del pueblo de Quito. La concesión no es hecha a ningún descalificado sino al Gobierno del Canadá, y el Concejo Metropolitano autorizó de forma unánime los contratos y la garantía municipal, que no es una garantía financiera sino de seguridad jurídica. Hemos vencido obstáculo tras obstáculo, puestos por deleznables intereses económicos y políticos que han alcanzado lamentable eco en algunos medios de comunicación y hasta en organismos del Estado. Y seguiremos defendiéndonos de los ataques, que estallan como bombas a nuestro paso, y que es el indignante precio que hay que pagar por servir a Quito. La construcción, que ya está en el 50%, avanza a tal ritmo que el nuevo aeropuerto se inaugurará, si es que no logran detenerlo o retrasarlo los grandes intereses que se le oponen, antes de la fecha de octubre de 2010 especificada en el contrato. El Alcalde Andrés Vallejo anunció –y ojalá quien quiera que sea el nuevo Alcalde de Quito no lo eche a perder–, que el primer vuelo despegará de ese aeropuerto el 10 de agosto de 1810. Rescatar y llenar de sentido fechas y lugares Concomitante con las acciones estratégicas mencionadas hemos actuado para llenar de sentido las fechas y los lugares del primer grito de Independencia. ¿Recuerdan ustedes que la celebración de la fecha del 10 de agosto venía siendo cada vez más relegada por los sucesivos gobiernos? Era la amnesia histórica de que hablábamos antes. Ese menosprecio era motivo de la preocupación de las personas de espíritu cívico y amantes de
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la patria, entre ellas los miembros de la Academia Nacional de Historia. Rescatar su celebración fue prioritario en nuestros planes municipales. Y para ello empezamos a ofrecer cada 9 de agosto por la noche el concierto público “Luz de Quito siempre viva”, en la Plaza de la Independencia. Organizado por el Fondo de Salvamento del Patrimonio Cultural (Fonsal), ha acogido a 20.000 asistentes en promedio en cada edición. A ello se sumó luego, la “Velada Libertaria”. Fui su principal impulsor, y lo conseguimos paso a paso. Como al comienzo había dudas, conspiramos en el 2005 con María Elena Machuca para mantener abierto unas horas más por la noche del 9 de agosto el Centro Cultural Metropolitano, para que la gente que salía del concierto pudiera visitarlo. Tras haber visto la entusiasta respuesta de la gente, lo repetimos en el 2006 y contando con la capacidad organizativa alcanzada por el equipo de Quito Cultura, nos lanzamos ya con todo a realizar la Velada Libertaria el 9 de agosto de 2007, iniciándolo con desfiles desde San Blas y La Recoleta, contando con el número central del concierto “Luz de Quito, siempre viva” seguido de espectáculos nocturnos en calles y plazas y lugares históricos y, además, logrando que se abrieran todos los escenarios culturales del Centro Histórico (museos, teatros, iglesias, centros culturales) hasta las dos de la madrugada del 10 de agosto. No menos de 200.000 personas asistieron, entusiasmadas, según la conservadora cifra oficial de Quito Cultura, aunque los medios de comunicación hablaron de más (El Comercio dijo 250.000). La nueva edición de 2008 fue aún mejor: los centros culturales abiertos toda la noche ya no se limitaron al Centro Histórico sino que comenzaron en El Ejido por el norte (el Museo del Banco Central) y en Chimbacalle (el nuevo Museo Interactivo de Ciencia) por el sur, y los participantes subieron a 300.000, según las fuentes. El objetivo de estos dos actos, el concierto y la velada, se ha cumplido: que el pueblo de Quito conmemore la víspera de la independencia con una celebración cultural de una riqueza y variedad sin parangón en el año, sin concesiones al alcohol ni a los bailes como en otras fiestas. Las actuales autoridades de la ciudad ya no estaremos para el 9 de agosto de 2009, pero dejaremos todo listo, pues el concierto “Luz de Quito, siempre viva” y la Velada Libertaria de este año del Bicentenario deben ser mejores que todos las anteriores, y ojalá, como lo he propuesto en el Comité del Bicentenario, se la amplíe a otras ciudades del país, a

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fin de que cada una de ellas tenga su Velada Libertaria la noche del 9 de agosto, con ocasión de esta fiesta de trascendencia nacional e internacional. El Bicentenario también está celebrándose en dos museos a nuestro cargo. Desde hace algunas décadas, la municipalidad tiene entre sus más preciados bienes el Cuartel de la Real Audiencia, donde hace 52 años se inauguró el Museo Mena Caamaño, y ya hace tiempo se montaron escenas con figuras de cera en el sitio de la prisión y la masacre de los próceres el 2 de agosto. Para darle la dimensión adecuada a lo que sucedió allí, se abrió en el año 2000, como parte del entonces recién inaugurado Centro Cultural Metropolitano, la exposición permanente “De Quito al Ecuador”. En 2005 ampliamos esta exposición, con más figuras de cera y un recorrido didáctico más claro sobre las causas de la independencia. Ahora, en este 2009, se la mejorará aún más, con nuevas escenas y figuras de cera. Este es el museo histórico más visitado del Ecuador. Y estamos hoy aquí, en el Centro de Arte Contemporáneo El Bicentenario, el edificio del antiguo Hospital Militar que estaba abandonado y vuelto conventillo, restaurado magníficamente por el FONSAL y convertido hoy en este nuevo centro cultural de Quito que desde propio su nombre festeja la libertad. Hoy por hoy, aquí se alojan seis exposiciones simultáneas: • la espectacular muestra multimedia e interactiva La revolución quiteña inaugurada en agosto de 2008 y que continuará abierta a lo largo del 2009; • el espacio exclusivo para niños y niñas y prohibido para mayores llamado Nuestra historia… ¡vívela jugando!; • la exposición que está aquí vecina a estas salas del primer piso Centenario, Efemérides y consolidación nacional que nos recuerda cómo se celebraron los cien primeros años de nuestra independencia en 1909, bajo el gobierno de Eloy Alfaro que entendió la dimensión que había que darle a esa conmemoración,; • América Insurgente, que muestra cómo el ejemplo de Quito prendió en todo el continente, y cómo cada una de las naciones latinoamericanas llegó a ser independiente, y • Un legado del siglo XIX, una muestra de las primeras imágenes del Ecuador actual, asombrosas fotografías originales, tomadas hacia 1860 (y que nos muestran cómo debió ser el Quito de 1809, pues entre la independencia y la llegada de esos pri159

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meros fotógrafos muy poco cambió nuestra ciudad desde el punto de vista urbanístico).10 • Y Calles y Muros, un recorrido que permite la ubicación en el espacio quiteño de la Independencia, con un mapa de Quito con atriles explicativos de los lugares en que acontecieron los hechos de hace 200 años, y un plano de la ciudad, sobre el que se puede caminar, donde se resalta la nomenclatura de calles y plazas relacionadas con la gesta. Para completar este aspecto urbano hay una sala que con las técnicas del graffiti callejero rinde homenaje al precursor Eugenio Espejo Por fin, estas mismas salas en las que ustedes me hacen el favor de acompañar hoy, se llenarán dentro de poco con la exposición proveniente del Museo del Louvre sobre la Revolución Francesa y su influencia en las ideas independentistas de los quiteños. Disputar el pasado es disputar el futuro La memoria que se va forjando de un proceso histórico es, en realidad, una disputa sobre el sentido del futuro, porque lo que hacen las generaciones posteriores al revisar el pasado es proyectar lo que proponen para la sociedad en la que viven. Por eso, la historia se escribe siempre desde una ideología, desde una cosmovisión, incluso desde una posición política, reinterpretándola en un fluir que se parece, en sus cambios y en sus luchas, a la propia historia que se narra. Creo firmemente que sí es posible superar las desviaciones ideológicas mayores, los regionalismos exacerbados, las argumentaciones falaces respecto de la Independencia. ¿Cómo se lo logra? A través de más y mejor conocimiento de los hechos. La memoria adecuada de proceso tan extraordinario como fue la Revolución Quiteña no puede hacerse sino con una comprensión cabal del entramado social y de la época en que surgió, de los antecedentes que la provocaron, de las acciones de sus protagonistas. Por eso, otra forma de celebrar es la extraordinaria serie de libros que el FONSAL ha publicado sobre los antecedentes y los hechos de la Independencia, a lo que debo añadir los esfuerzos de otras colecciones o bibliotecas del Bicentenario como las del Banco Central, de la Empresa Eléctrica Quito, de la Universidad Alfredo Pérez Guerrero con el Grupo Santillana y otras más. Mientras más sólido sea el bagaje documental, mientras más crítico sea el aparato intelectual con el que

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juzguemos esa documentación, mientras más amplia sea la mirada (no solo a los héroes sino a las clases populares; no solo a los hechos políticos sino a la vida cotidiana) mejor contrastemos las opiniones que se han ido dando en las distintas narrativas históricas de los acontecimientos, y resultará menos difícil dilucidar los hechos y sus significado para las actuales generaciones. Por eso es interesante la posición del editorial antes citado del diario El Comercio, que hasta parece demostrar un cierto reconocimiento de culpa y propósito de enmienda… sobre las versiones cínicas o superficiales de la independencia. No estaría mal que se la aplique, al menos en lo que se refiere a la actual generación de quienes hacen opinión pública. Ello haría honor a la tradición de la prensa nacional, pues no hay duda que ella sí ha jugado un papel de importancia para cimentar la conciencia sobre la historia patria y en especial el aprecio a la Revolución de Quito de 1808 a 1812 (sin ir más lejos, el propio diario El Comercio en su edición del primer bicentenario de la Independencia, el 10 de agosto de 1909, publicó documentos inéditos, en especial el admirable alegato de Quiroga en su primera prisión). Solo con una amplia y profunda mirada a los hechos, desde el quehacer historiográfico actual, y desde la realidad política y económica de hoy, con obras de trascendencia y llenando de sentido a fechas y lugares, la conmemoración del Bicentenario de la Revolución Quiteña de 1809-1812 hará justicia a los hombres y mujeres que hace 200 años lucharon por sus ideas, tras procesos intelectuales que ellos mismos tuvieron que realizar, a pesar del férreo control de las conciencias de esa época, con estudios, propuestas y debates complejos, en un entorno del que partían impulsos causados por las condiciones sociales, económicas y políticas de la sociedad como un todo y de la historia personal de cada uno de ellos en particular. Solo así podrá entenderse el carácter de la participación de las diferentes clases sociales en aquel movimiento. Solo así podrá justipreciarse el heroísmo de unos y también, la debilidad, las vacilaciones de otros. Solo así podrá ponerse en perspectiva aquellos hechos que, aunque sus autores no lo supieron de inicio, y no lo podían saber, culminaron tres lustros después en la independencia lograda definitivamente en las escarpadas faldas del Pichincha el 24 de mayo de 1822 y en la batalla de Ibarra el 17 de julio de 1823, verdadero final de las guerras de la independencia en territorio de la actual República del Ecuador.11

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No quiero terminar este discurso sin hacer una breve mención a dos hechos curiosos, tal vez únicos en la historia. El primero es que me incorporo a la Academia Nacional de Historia como Alcalde de Quito en funciones, debido a un reemplazo temporal al Alcalde titular, Andrés Vallejo, siendo actualmente Primer Vicepresidente del Concejo de Quito. Esto me lleva a rendir mi homenaje a dos ilustres miembros de la Academia que fueron alcaldes de Quito: el primero de los alcaldes de la época moderna, jacinto jijón y Caamaño12 y el penútimo, Paco Moncayo Gallegos13, aunque se incorporaron a la Academia antes de ejercer sus funciones edilicias. Así mismo, algunos concejales que han sido destacados historiadores, y se han incorporado a esta Academia antes o después de su actuación en el cuerpo edilicio. Por ello creo y, permítanme que lo resalte, que es la primera vez que un Alcalde en funciones ingresa a la Academia. Con la anuencia de ustedes, el segundo hecho al que deseo referirme, es más íntimo. Es el hecho de que soy el cuarto Académico de la Historia de mi familia, pues lo fueron mi padre, Luis Alfonso Ortiz Bilbao, historiador de la conquista y la colonia, quien fuera Secretario Perpetuo de esta corporación hasta su muerte hace 20 años, y mi hermano mayor, Fernando, biólogo, pionero de la conservación de la naturaleza e historiador de la ciencia, fallecido en trágico accidente hace siete años. Mi hermano menor Alfonso, historiador de la arquitectura y del arte, quien nos acompaña, se incorporó hace cinco años a esta Academia y continúa con su admirada labor científica y editorial. A los tres rindo mi cariñoso y conmovido homenaje, hoy que sigo sus pasos, así como a mi querida madre, aquí presente, con sus 92 años, luz de todos los Ortiz Crespo. Y ya que estoy en esto, es mi deber mencionar a dos tíos míos por el lado de mi madre, también miembros de la Academia: el gran Hernán Crespo Toral, una de las figuras más reconocidas en el rescate y conservación del patrimonio del Ecuador, quien falleció hace un año (este lunes se cumplirá exactamente un año de su partida), y jorge Sal11 Es penoso que el Gobierno Nacional, aunque finalmente creó, a instancias de la Municipalidad quiteña y con un decreto ejecutivo que yo mismo redacté, el Comité Presidencial del Bicentenario, no haya apoyado las iniciativas de dicho comité. Esta no es la ocasión para describir en detalle un proceso que ha estado lleno de frustraciones. 12 Fundador de la academia hace 100 años y alcalde en el período 1948-1952. 13 Miembro Correspondiente de la ANH y la persona que más tiempo ha desempeñado la Alcaldía de Quito, pues lo hizo desde agosto de 2000 hasta enero de 2009

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vador Lara, mi tío político, director muchos años de esta Academia y actualmente presidente de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, Cronista de la Ciudad de Quito y director del Archivo Municipal de Historia. A la memoria de Hernán y a la presencia tan amable de jorge en este acto, expreso también mi homenaje de admiración y cariño. Estas relaciones familiares son timbre de orgullo cuando lo que se destaca no es ni abolengo ni fortuna sino el espíritu cívico, la dedicación al estudio, la honradez acrisolada, el amor a la patria, en suma: los valores trascendentes y no los deleznables. Me he esforzado de ser digno de su nombre, y de la tradición hidalga de servicio honesto al pueblo de Quito y a la patria. Con su ejemplo y el de ustedes, señoras y señores Académicos, me propongo seguir haciéndolo.

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EN BUSCA DEL ACTA DE LA INDEPENDENCIA DE QUITO
Gustavo Pérez Ramírez

Según Pedro Fermín Cevallos, el primero de los historiadores que divulgó el contenido del acta, pocos de los documentos que se publicaron de la Revolución de Quito “habrían escapado de las llamas a que fueron entregadas por los españoles, y escapando también de la incuria de nuestros conciudadanos”.1 Se refiere en particular a las arengas de Selva Alegre y de Quiroga del 16 de agosto de 1809: “una y otra habían sido dadas a la estampa, y como serán poquísimos los que tengan noticia de ellas las insertamos íntegras por el mérito de haber escapado de las llamas. ¿Habrá sido incinerada el acta original? En la sala Capitular del Convento de San Agustín, donde uno supone que estaría el manuscrito original, le indican al visitante que el Acta se quemó en un incendio, aunque no saben decir cuándo ni dónde. En cambio le enseñan los dos cuadros con marcos barrocos que penden de la pared. En el de la izquierda se lee: En esta sala el 16 de agosto de 1809, los diputados del pueblo ratificaron solemnemente con su firma la Independencia de la Patria proclamada el 10 de agosto. Y se mencionan los nombres de la junta Gubernativa, de los Ministros o Secretarios de Estado y de los Representante s de los Barrios. En el cuadro de la derecha se lee: Próceres de la Revolución del 10 de agosto de 1809 sacrificados en el cuartel real el 2 de agosto de 1810.
1 Pedro Fermín Cevallos, Resumen de la Historia del Ecuador desde su origen hasta 1845, 1870, Lima, imprenta del Estado, tomo III, capitulo I, p. 37.

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Juan Salinas. Juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez de Quiroga, Juan Pablo Arenas, José Riofrío, Francisco Javier Ascasubi, Antonio de la Peña, José Vinueza, Juan de Larrea y Guerrero, Manuel Cajas, Mariano Villalobos, Anastasio Oleas, Vicente Melo y D. Tobar. La heroica hazaña del Pueblo de Quito está en el recuerdo para ejemplo de las generaciones. En la cripta de esta sala reposan las reliquias de la mayor parte de los Próceres. El acta original tampoco se encuentra en el Archivo Nacional. Su directora ejecutiva, Grecia Vasco de Escudero, en edición especial conmemorativa del Bicentenario, se anticipó en 2007 a publicar el texto del “Acta de Instalación de la Primera junta revolucionaria de Quito”.2 Interrogada sobre la fuente, se refirió al Monumento de la Independencia en la Plaza Grande de Quito, donde en efecto hay una placa en bronce con los nombres de los representantes de los varios Barrios de la capital que nombraron a sus representantes, si bien aparece de último Manuel de Angulo, que en todas las actas trascritas fue el primero en firmar entre los representantes del Barrio del Centro o Catedral. El Acta de la Independencia es un documento de primordial importancia histórica por tratarse de uno de los fundamentos institucionales de lo que con el tiempo sería Ecuador. Verdad histórica, que, como lo recuerda el historiador Rodríguez Castelo, es una conclusión a la que llegó Nicolás Clemente Ponce, en 1909: En la conspiración de 1808 se halla el pensamiento genuino con que nuestros padres emprendieron la obra legendaria de la emancipación americana 3 Pero antes de proseguir, debemos aclarar que el acta manuscrita original que buscamos es la que ostente las firmas de puño y letra de los Representantes de los Barrios que firmaron, posiblemente, no una, sino varios ejemplares con diferentes destinos. Con el tiempo los escri2 Archivo Nacional, La Revolución de Quito, 1809-1812, 2007, Edición Espacial, Boletín Nº 33, Producción Gráfica, Quito Ecuador. 3 N. Clemente Ponce, Op. Cit., en la nota 14, p. 63. Ver Rodríguez Castelo, Hernán, La gloriosa y trágica historia de la independencia de Quito 1808-1813, Boletín de la Academia Nacional de Historia, vol. LXXXVI Nº 179, p.23.

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banos fueron haciendo otras, que autenticaron como fiel copia. De estas he encontrado tres a las que me referiré más adelante. Hipótesis sobre el acta original Sobre el acta original se han emitido varias hipótesis, además de la que trata de incineración. Según hipótesis del historiador jorge Salvador Lara, debió haber sido destruida, porque era prueba evidente comprometedora. Otra hipótesis supone que habría sido llevada a Santa Fe de Nueva Granada, entre la documentación que el Virrey Amar y Borbón le pidió al Conde Ruiz de Castilla, y que éste envió por medio del Dr. Don Vicente Félix de San Miguel, una vez que firmó las Capitulaciones mediante las cuales volvió a la Presidencia de la Audiencia en octubre de 1809.4 Quedaría el interrogante sobre si esta documentación a su llegada hubiera sido reducida a cenizas, como se oye decir. Téngase en cuenta, que en el oficio de 6 de noviembre, el Conde le promete al Virrey que oportunamente “iré participando a V. E. todo lo que ocurra para su gobierno”5 Otra hipótesis, es que el acta original podría estar entre la documentación del Fondo Audiencia de Quito que haya llegado a parar al Archivo Nacional de Colombia, además de la que fue enviada por el presidente Rocafuerte al historiador josé Manuel Restrepo, y que se conserva en el Archivo Histórico de su nombre. Búsqueda del Acta en Bogotá y Quito En noviembre de 2008 fui a Bogotá en busca de información para escribir sobre cómo se vivió en Santa Fe de Nueva Granada el Grito de Independencia de Quito, capítulo que me había comprometido a redactar para el libro con el que el Grupo América, ha conmemorado el Bicentenario: En torno al 10 de Agosto de 1809 6
4 Ver el “Oficio del conde Ruiz de Castilla al Virrey Amar dándole cuenta de lo sucedido en Quito el 10 de Agosto de 1809 hasta que resumió el mando. Quito 18 de octubre de 1809. Documento 40 entre 274 que cita josé Gabriel Navarro, La Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, Plan Piloto del Ecuador, 1962, p.496. 5 Salvador Lara, Escritos de la Independencia, Op. Cit., p. 327-333, documentos que se encuentran en el Archivo Histórico de Madrid, citado por Alfredo Pareja, Doc. 46 6 Grupo América, En Torno al 10 de Agosto de 1809, 2009, PPL editores, Quito, Ecuador. Ver www.grupoamericaecuador.com

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Tuve entonces la oportunidad de conocer el Archivo Histórico Restrepo, cuyo curador, josé Manuel Restrepo Ricaurte, gentilmente me mostró detalladamente el Archivo, y, al concluir, puso en mis manos el volumen 25, que contiene un arsenal de documentos originales sobre la Revolución de Quito, inclusive dos manuscritos del Acta, de los que obtuve copia junto con muchos otros documentos que encontré posteriormente, y que traje a Ecuador.7 En Quito, prosiguiendo la investigación, encontré una tercera copia del Acta, en el Archivo Histórico del Banco del Estado, gracias a indicaciones del Arq. Alfonso Ortiz Crespo, Acta que, a diferencia de las que se encuentran en Bogotá, trae una breve introducción para indicar que la copia se hace “a fin de que se haga el uso conveniente para pagamento del sueldo de las Plazas” que consten en el Acta. El original de este documento se encuentra en el Archivo Histórico del Banco Central del Ecuador, Fondo jacinto jijón y Caamaño, Volumen 00006, entre los documentos que el presidente, general juan Ramírez de Orozco, ordenó copiar en 1818 de todos los documentos de origen revolucionarios existentes en los Archivos de Quito. En el índice aparecen como “Asuntos relacionados con la Revolución del 10 de Agosto de 1809”. Las tres actas son iguales en lo esencial, excepto por pequeñas diferencias de copistas, y porque la primera que figura en el Archivo Histórico Restrepo termina con la firma de juan Barreto, como se ha publicado desde un principio hasta ahora el acta, sin mención del manuscrito original.8 En cambio, la segunda, que está en el volumen 25 del Archivo Restrepo, tienen un importante complemento, con los primeros decretos que revisaron nombramientos en reemplazo de quienes no pudieron
7 Gracias a la colaboración de la biblioteca de la Academia Nacional de Historia de Ecuador, fue posible obtener una copia más clara con base en los microfilmes que la Academia había adquirido del Archivo Histórico josé Manuel Restrepo de Bogotá, y con la ayuda del Archivo Histórico del Banco Central y de técnicos de la Biblioteca-Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores de Ecuador, fue posible obtener la copia que aquí se publica. 8 Primero Pedro Fermín Cevallos, Op.Cit. Apéndice nº II, luego Carlos de la Torre Reyes, (La Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809, Colección Histórica XIII, Banco Central del Ecuador, Quito 1990, pp.214-217) a quien se toma por fuente para la publicación del Acta en la Nueva Historia de Ecuador, Ayala Mora, Enrique, Editor, 1995, Vol. 15, pp.68-71, Grijalva, Quito, Ecuador; Salvador Lara, jorge, La revolución de Quito 1809-1822, p. 45. El contenido del Acta también aparece publicado en 1910, en Biografía del Doctor Juan de Dios Morales, páginas históricas de la Guerra del Ecuador 1910, En Boletín de la Academia Nacional de Historia Militar,2009,Vol.1, nº 1, Imprefepp, Quito, Ecuador, pp.385-388.

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aceptar, en reemplazo de uno que huyó y de otro que renunció. Además incluye el testimonio de la sesión del 16 de Agosto y copia del oficio con el nombramiento que se hizo de dos Secretarios de la Suprema junta en los Doctores Don Luis Quijano y Don Salvador Murgueitio, relevando a Don Fernando javier Villacio, que fue interinamente nombrado Secretario de la Presidencia. Este oficio no se reproduce en el Acta encontrada en el Archivo Histórico del Banco del Estado, que perteneció a jacinto jijón y Caamaño. En las páginas siguientes se reproduce el FACSIMILE DEL ACTA DE LA INDEPENDENCIA DE QUITO DEL 10 DE AGOSTO DE 1809. Copia del documento que se encuentra en el Archivo Histórico josé Manuel Restrepo, Bogotá, Volumen 25. [Microfilm] rollo nº 9 Fondo 1 vol. 25 Biblioteca de la Academia Nacional de Historia, Quito, Ecuador.

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Transcripción del Acta: Nos, los infrascritos diputados del pueblo, atendidas las presentes críticas circunstancias de la nación, declaramos solemnemente haber cesado en sus funciones los magistrados actuales de esta Capital y sus Provincias. En su virtud, los del Barrio del centro o Catedral, elegimos y nombramos por Representantes de él a los Marqueses de Selva Alegre y Solanda, y lo firmamos- Manuel de Angulo, Antonio Pineda, Manuel Cevallos, Joaquín de la Barrera, Vicente Paredes, Juan Ante y Valencia. Barrio de Los del Barrio de San Sebastián elegimos y nombramos San por Representante de él a don Manuel Zambrano, y lo firmamos Sebastián Nicolás Vélez, Francisco Romero, Miguel Donoso, Juan Pino, Lorenzo Romero, Manuel Romero. Los del Barrio de San Roque elegimos y nombramos por Barrio de Representante de él al Marqués de Villaorellana, y lo firmamosSan Roque José Rivadeneira, Ramón Puente, Antonio Bustamante, José Álvarez, Diego Mideros y Vicente Melo. Los del Barrio de San Blas elegimos y nombramos por Barrio de Representante de él a Don Manuel de Larrea y lo firmamos- Juan San Blas Coello, Gregorio Flor de la Bastida, José Ponce, Mariano Villalobos, José Bosmediano, Juan Unigarro y Bonilla. Los del Barrio de Santa Bárbara elegimos y nombramos Barrio de Representante de él al Marqués de Miraflores y lo firmamosSanta Ramón Maldonado y Ortega, Luis Vargas, Cristóbal Garcés, ToBárbara ribio Ortega, Tadeo Antonio Arellano, Antonio de Sierra. Barrio de Los del Barrio de San Marcos elegimos y nombramos por San Marcos Representante de él a Don Manuel Mateu y lo firmamos- Francisco Javier Ascázubi, José Padilla, Nicolas Ximenez, Nicólas Vélez, Francisco Villalobos, Juan Barreto. Declaramos que los antedichos individuos unidos con Acta de todo los Representantes de los Cabildos de las Provincias sujetas acel pueblo tualmente a esta Gobernación y las que se unan voluntariamente a ella en lo sucesivo, como son Guayaquil, Popayán, Pasto, Barbacoas y Panamá que ahora dependen de los Virreinatos de Lima y Santa Fe, las cuales se procurará atraer, compondrán una Junta Suprema que gobernará interinamente a nombre y como Repre-

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sentante de nuestro legítimo Soberano, el señor don Fernando Séptimo, y mientras su Majestad recupere la Península o viene a imperar en América. Elegimos y nombramos por Ministros o Secretarios de Estado a Don Juan de Dios Morales, Don Manuel Quiroga y Don Juan de Larrea, el primero para el despacho de los Negocios Extranjeros y de la Guerra, el segundo para el de Gracia y Justicia y el tercero para el de Hacienda; los cuales como tales serán individuos natos de la Junta Suprema. Esta tendrá un Secretario particular con voto y nombramos de tal a don Vicente Álvarez. Elegimos y nombramos por Presidente de ella al Marques de Selva Alegre. La Junta como Representativa del Monarca tendrá el tratamiento de Majestad; su Presidente el de Alteza Serenísima y sus Vocales el de Excelencia, menos el Secretario particular a quien se le dará el de Señoría. El Presidente tendrá por ahora y mientras se organizan las Rentas del Estado seis mil pesos de sueldo anual, dos mil cada vocal y mil el Secretario particular. Prestará juramento solemne de obediencia y fidelidad al Rey en la Catedral inmediatamente y lo hará prestar a todos los Cuerpos constituidos así Eclesiásticos como Seculares. Sostendrá la pureza de la Religión, los Derechos del Rey, los de la Patria y hará guerra mortal a todos sus enemigos, principalmente Franceses, valiéndose de cuantos medios y arbitrios honestos le sugieran el valor y la prudencia para lograr el triunfo. Al efecto y siendo absolutamente necesaria una fuerza militar competente para mantener el Reino en respeto, se levantará prontamente una Falange compuesta de tres Batallones de infantería sobre el pie de Ordenanza y montada la primera compañía de Granaderos; quedando por consiguiente reformadas las dos de Infantería y el Piquete de Dragones actuales. El jefe de la falange será Coronel y nombramos tal a Don Juan Salinas, a quien la Junta hará reconocer inmediatamente. Nombramos de Auditor General de Guerra, con honores de Teniente Coronel, tratamiento de Señoría y mil quinientos pesos de sueldo anual a Don Juan Pablo de Arenas y la Junta le hará reconocer. El Coronel hará las propuestas de los oficiales, los nombrará la Junta, expedirá sus patentes y las dará gratis el Secretario de la Guerra. Para que la Falange sirva gustosa y no le falte lo necesario, se aumentará la tercera parte sobre el sueldo actual desde soldado arriba. Para la más pronta y recta administración de Justicia, creamos un Se-

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nado de ella compuesto de dos Salas Civil y Criminal con tratamiento de Alteza. Tendrá a su cabeza un Gobernador con dos mil pesos de sueldo y tratamiento de Usía Ilustrísima. La sala de lo Criminal un Regente (subordinado al Gobernador) con dos mil pesos de sueldo y tratamiento de Señoría: los demás Ministros con el mismo tratamiento y mil quinientos pesos de sueldo; agregándose un Protector General de Indios con honores y sueldo de Senador. El Alguacil Mayor con tratamiento y sus antiguos emolumentos. Elegimos y nombramos tales en la forma siguiente: Sala de lo Civil Gobernador Don José Javier Ascázubi, Decano, Don Pedro Jacinto Escobar, Senadores Don José Salvador, Don Ignacio Tenorio, Don Bernardo de León, Fiscal Don Mariano Merizalde. Sala de lo Criminal Don Felipe Fuertes Amar, Don Luis Quijano, Don José del Corral, Don Víctor de San Miguel, Don Salvador Murgueitio, Fiscal Don Francisco Xavier de Salazar Protector General Don Tomás Arechaga, Alguacil Mayor Don Antonio Solano de la Sala. Regente Decano Senadores Si alguno de los sujetos nombrados por esta Soberana Diputación renunciare el encargo sin justa y legítima causa, la Junta le admitirá la renuncia, si lo tuviere por conveniente, pero se le advertirá antes que será reputado como mal Patriota y Vasallo y excluido para siempre de todo empleo público. El que disputare la legitimidad de la Junta Suprema constituida por esta Acta tendrá toda libertad bajo la salvaguardia de las leyes de presentar por escrito sus fundamentos y una vez que se declaren fútiles, ratificada que sea la autoridad que le es conferida, se le intimará prestar obediencia, lo que no haciendo se le tendrá y tratará como Reo de Estado. Dada y firmada en el Palacio Real de Quito, a diez de Agosto de mil ochocientos nueve. Manuel de Angulo, Antonio Pineda, Manuel Cevallos, Joaquín de la Barrera, Juan Ante y Valencia, Vicente Paredes

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Nicolás Vélez, Francisco Romero Juan Pino, Lorenzo Romero, Juan Quijano Bonilla Manuel Romero José Rivadeneira, Ramón Puente, Antonio Bustamante, José Álvarez, Juan Coello, Gregorio Flor de la Bastida, José Ponce, Miguel Donoso Mariano Villalobos, Cristóbal Garcés Toribio de Ortega Tadeo Antonio Arellano Antonio de Sierra Fco. Javier de Ascasubi Luis Vargas José Padilla Nicolás Jiménez Ramón Maldonado y Ortega Nicolás Vélez Manuel Romero José Bosmediano Vicente Melo Francisco Villalobos Juan Barreto Quito doce de Agosto de mil ochocientos nueve. A continuación, sin dejar espacio, el Acta continúa: Respecto a que de consentimiento de Don Bernardo de León se hizo la variación de trasladarlo a la Sala de lo Criminal estando nombrado por el Pueblo en la de los Civil, lo suscribimos con el interesado para que conste. Está rubricado por los señores de la Suprema Junta Doctor Bernardo Ignacio de León y Carcelén. Quito trece de Agosto de mil ochocientos nueve. Domingo de Quintana. En atención a la fuga que ha hecho Don Ignacio Tenorio, Senador nombrado para la Sala de lo Civil, se nombra en su lugar al Doctor Don Pedro Quiñones, y mediante la renuncia verbal que con el mayor empeño ha hecho de su Plaza de Senador el Doctor Don Víctor de San Miguel ante su Alteza Serenísima, se le admite desde luego la renuncia y se nombra en su lugar al Doctor Don Antonio Tejada. Comuníquese esta providencia al Gobernador del Senado por el Ministerio respectivo para inteligencia de sus interesados y sus debidos efectos. El Marqués de Selva Alegre, Manuel Zambrano, el Marqués de Solanda, Manuel Larrea, Melchor de Benavides, Manuel Mateu, Marqués de Villaorellana, Juan José Guerrero Mateu, Juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez de Quiroga, Juan de Larrea. En la ciudad de San Francisco del Quito en diez y seis de Agosto de mil ochocientos nueve: estando en la Sala Capitular del Convento Máximo del Gran Padre San Agustín, destinada por su mayor capacidad, congregados por medio de oficios despachados por su Alteza Serenísima el Señor Presidente de la Suprema Junta Gubernativa Marqués de Selva Alegre, el Ilustrísimo Señor Obispo Don José Cuero y Caicedo, el Ilustre Cabildo de la Ciudad, el Venerable Deán y Cabildo Eclesiástico, el Alguacil mayor de Corte y Ministros de Real

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Hacienda, los Jefes del Cuerpo Veterano y Milicias, el Cuerpo literario de la Universidad, los Curas de las Parroquias inmediatas, los Rectores de los Colegios de San Luís y San Fernando, los Reverendos Padres Prelados de las Religiones con sus individuos, el Colegio de Abogados, el Diputado e individuos del Comercio, los Jefes y Administradores de las Rentas Reales, los Escribanos, Procuradores y Subalternos del Senado y Juzgados, los nobles del lugar con mucho concurso público, a efecto de que enterados de la voluntad del Pueblo explicada en las actas de la constitución del nuevo Gobierno, dijeren libremente su sentimientos sobre el establecimiento que se había acordado, precedidas unas breves peroraciones que hizo su Alteza Serenísima el Señor Presidente y los Excelentísimos Señores Ministros Don Manuel Rodríguez de Quiroga y Don Juan de Larrea, manifestando los mismos que habían invitado al Pueblo a formar la Suprema Junta y ventajas que de ella resultarían y leídas por el Excelentísimo Señor Ministro de Estado Don Juan de Dios Morales las actas y diligencias que se extendieron antes solemnemente, todos unánimes y conformes con repetidas vivas aclamaciones de júbilo, ratificaron cuanto se había propuesto y ordenado, como que se dirigía a unos fines. santos de conservar intacta la Religión Cristiana, la obediencia al Señor Don Fernando Séptimo, y el bien y felicidad de la Patria, importantes y necesarios en las circunstancias críticas y presentes, en que el común invasor de las Naciones Napoleón Bonaparte pretende apoderarse y adjudicar a su Dinastía la Nación y Reino Español, arrancándolo por fuerza de nuestro legítimo Soberano el Señor Don Fernando Séptimo; y quisieron se firmase por todos los Cuerpos e Individuos que concurrieron, autorizándolo, los Escribanos de esta Ciudad Capital, que dan fe que ante mi el Escribano de Su Majestad que despacho por la Real Orden por ausencia del Señor Secretario de la Suprema Junta. El Marqués de Selva Alegre, José Obispo de Quito, el Marqués de Solanda, Melchor de Benavides, el Marqués de Villaorellana, Juan José Guerrero y Mateu, Manuel Zambrano, Manuel de Larrea, el Marqués de Miraflores, Manuel Mateu, Juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez de Quiroga, Juan de Larrea. Hasta aquí los Señores vocales y Ministros de la Suprema Junta Gubernativa de este Reino; y continúan las firmas de los Cuerpos de la República, Religiones y Pueblo Noble. Es fiel copia de su original a que en lo necesario me remito. En cuya fe doy la presente que signo y firmo de Real Orden en Quito a veinte y tres de Agosto de mil ochocientos nueve años. Por orden Real y ausencia del Señor Secretario. Atanasio Olea. Es fiel copia de su original de que certifico. Contaduría de Quito y Agosto veinte y seis de mil ochocientos nueve

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Reiteramos nuestra pregunta, ¿Dónde está el acta original? Según el historiador jorge Salvador Lara “muchos de los papeles que constituyen hoy el Archivo Restrepo fueron enviados al Doctor. Roberto Andrade, en copia, por su hermano, el general julio Andrade Betancour, (jefe militar alfarista, que fue Ministro Plenipotenciario en Bogotá). Figuran como Tomo II en la Historia del Ecuador de aquel”, 9 Uno de esos documentos es el Acta de la Independencia, que Roberto Andrade publica con una nota tomada de la carta de su hermano que abre nuevas pistas insospechadas: “Puede afirmarse que el Acta original no existe (en Bogotá). No sabemos si fue enviada, en el proceso, a Bogotá: parece que sí lo fue al historiador Restrepo”, y nuestro fundamento es el raciocinio siguiente: dísenos el Gral. Andrade, en la carta en que nos cuenta de los Documentos enviados por él: “En la imposibilidad de rebuscar los dos Archivos a un tiempo, (el Archivo Nacional y el del Dr. Restrepo), confié el segundo a un empleado de la Legación, después de haber obtenido del Dr. Eduardo Restrepo, nieto del Historiador, que pusiese el mencionado Archivo a mis órdenes. El resultado fue que el joven quiteño partió a Quito, llevándose a hurtadillas una buena parte de los documentos, cuya copia le señalé yo mismo, y los publicó allí de su cuenta, según he visto”. Y añade que el joven empleado, al publicarlos, puso la siguiente nota: La reproducción de los documentos anteriores tiene por objeto dar a conocerlos en la misma forma empleada en los originales, de donde los hemos tomado, escritos de puño y letra del Dr. Juan de Dios Morales y autenticados con su firma. Estos documentos y los demás que se reproducen en este folleto, pertenecen al Archivo del Sr. José Manuel Resstrepo, que nos fue dable estudiarlo ampliamente, merced a la cortesía del Dr. Eduardo Restrepo Sáenz, nieto del ilustre historiador colombiano. El joven en nada se refería al Gral. Andrade. Si los documentos de los cuales se tomó la copia, estaban escritos de puño y letra de Mo9 Salvador Lara, jorge, La revolución de Quito 1809-1822, op.cit., p. 45

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rales y autenticados con su firma, claro es que el Acta original del 10 de Agosto, de la cual tomó copia el joven empleado, se hallaba en el Archivo del historiador Restrepo. Siguiendo la pista dejada por los Andrade, recurrí en Quito al Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, donde me suministraron la lista de los funcionarios diplomáticos que en la Legación de Ecuador en Bogotá acompañaron al general Andrade.10 Con esta información consulté el archivo de la Biblioteca Aurelio Espinosa Polit, con resultado positivo. En efecto, Rafael Orrantia, el último de la lista, es el autor de la publicación titulada Homenaje a los Mártires del 2 de agosto de 1810, con el sugestivo subtítulo de “Nuevos documentos relacionados con los sucesos de Quito 1809-1810.”, tipografía de la Escuela de Artes y Oficios de Quito, suplemento al nº 10 de la Defensa Nacional El Sr. Orrantia publicó en esta obra numerosos documentos que se encuentran en el volumen 25 del Archivo Restrepo, comenzando por el texto del manuscrito del Acta, aseverando que es de puño y letra del Dr. Juan de Dios Morales y autenticados con su firma. Llama la atención esta afirmación, pues el Acta fue firmada por quienes “eligieron y nombraron” a los Representante s del pueblo. Cabe preguntar, ¿dónde están los documentos que el Sr. Orrantia trajo de Bogotá, y que le sirvieron para su publicación? Después de una prolija revisión de los documentos microfilmados del Archivo Histórico josé Manuel Restrepo, disponibles desde marzo del año pasado, 2009, en la Biblioteca de la Academia Nacional de Historia en Quito, puedo afirmar que no se encuentra ningún Acta de la Independencia escrita de puño y letra y firmada por juan de Dios Morales. Seguiré la pista que dejó el General Andrade en carta a su hermano, que deja abierto el interrogante ¿Dónde está el Acta Original de la Independencia?

10 Leonardo Fernández Salvador, Secretario de primera clase, juan Borja, Agregado Militar, Luis F. Borja Pérez, 2º Secretario. Posteriormente llegó Rafael Orrantia, como Secretario de primera clase.

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MENSAJES CIFRADOS DE UNA REVOLUCIÓN* Hernán Rodríguez Castelo

Yo era un gran lector de novelas policíacas. Compartí esa pasión con Eduardo Kingman. El mejor obsequio que podíamos hacernos el uno al otro, era un nuevo policial bueno; si excelente, mejor. Ahora casi no leo novela policíaca. Y es porque ando inmerso en investigaciones históricas. El ejercicio de la detectio, que fundara genialmente Edgar Allan Poe, y afirmaran Gaboriau con su El caso Lerouge (1866) y Wilkie Collins con sus magíficas El diamante luna y La dama vestida de blanco, y consagrara definitivamente Sir Arthur Conan Doyle, sacando a escena a Sherlok Holmes, tiene notable parentesco con el del historiador que persigue ciertas pistas para dar con autores, cómplices y encubridores, o, al menos, inspiradores y beneficiarios, de hechos pasados, a veces tan extraños y perturbadores como los que urdie- ron esos grandes novelistas. Seguramente por eso es tan fascinante leer libros de historia en que la investigación y ese ir descubriendo y persiguiendo indicios participa del suspenso y el dramatismo de la mejor novela policíaca. Puesto sobre las huellas de una de estas cacerías en que el quehacer historiográfico así emprendido consiste, el historiador es el primer seducido por sus hallazgos que, como las pistas hacia un tesoro escondido, le van hundiendo en profundidades no por obscuras, a veces sombrías, menos luminosas. Y es, queridas amigas y amigos, lo que me ha acontecido con el hallazgo que esta noche se ofrece a ustedes en este magnífico escenario, en una de esas bellas y cuidadas ediciones del FONSAL y con el inteligente y generoso padrinazgo de Simón Espinosa. El caso, tan incitantemente cifrado como el de El escarabajo de oro de Poe, puede decirse, en substancia, así: los poemas que bullían en la Quito de esos trepidantes días que corrieron desde el 10 de agosto de 1809 hasta 1813, cuando se recibió en Quito la Constitución hecha por las Cortes de Cádiz, nos dijeron acerca de esos apasionantes sucesos
* Discurso en la presentación del libro Lírica de la Revolución quiteña de 1809-1812,. Palacio del Bicentenario, 9 diciembre 2009

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cosas que nunca dijeron ni cronistas ni historiadores. Había que leerlos dando con todo lo que en esos versos, al parecer sencillos y casi festivos, se había cifrado. ¿Se hizo antes alguna vez esa lectura? Ya juan León Mera, a quien debemos el habernos guardado y transmitido la inmensa mayor parte de estos poemas, sugirió la posibilidad de deambular por sus vericuetos de este modo. juzgó que, aunque menos valiosos como lírica, eran “no despreciables por el lado histórico”. Pero él mismo no dio más que algún tímido paso para internarse por ese gran programa de lectura policíaca. A los dos siglos de que esos poemas se escribiesen y seguramente declamasen por salones y plazas y rincones de calles apenas alumbradas por algún humeante candil me he topado con ese camino, en el clima férvido de la celebración bicentenaria de la revolución en que esos poemas fermentaron o leudaron.. Y aquí está un primer informe de lo hallado. Que eso es este libro. Declamaba un poema realista: ¿Qué es el pueblo soberano? Es un sueño, una quimera Es una porción ratera De gente sin Dios y Rey. En la ponencia que presenté en el Congreso Extraordinario de Academias de Historia de Iberoamérica, reunido en Quito para honrar la gesta quiteña de agosto, que buscaba esclarecer lo que su título anunciaba: “Aporte teórico de de la Revolución de Quito de 1809 a la independencia de América”, esta fue una de las tres grandes manifestaciones de ese aporte en que me detuve. Y es que nunca se dijo con fórmula tan lapidaria la última razón y el más decisivo alcance de la transformación política que se puso en marcha el 10 de agosto de 1809. Cuando los quiteños Ante y Aguirre visitaron, ese 10 de agosto, muy de madrugada, al Conde Ruiz de Castilla, Presidente de la Audien cia, y le sacaron de la cama, en nombre de una junta Soberana –nombre nunca antes oído por el anciano burócrata español– le comunicaron que los habitantes de Quito habían “establecido una junta Soberana en esta ciudad de San Francisco de Quito, a nombre de la cual y por órdenes de su Serena Alteza el presidente y los vocales”, tenían “el honor de infor-

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mar a Usted Su Excelencia y anunciarle que las funciones de los miembros del antiguo gobierno han cesado”. junta Soberana, un pueblo que cesaba a las autoridades enviadas por la Corona como representantes de su autoridad… cosas tan insólitas, ¿por qué? Por aquello que el versificador realista conocía como sostenido por los insurgentes y que él consideraba “un sueño, una quimera”: “el pueblo soberano”. La soberanía radicaba en el pueblo. Para el realista que escandía esos indignados octosílabos tal proclamación era propia de gente sin Rey. Y llevaba razón: las proclamas de fidelidad al monarca en oprobioso cautiverio de Napoleón a él no lo engañaban. Pero era también propia de gente sin Dios. La soberanía del Rey era para ese realista cosa de Dios, y tanto lo era que negar tal soberanía era, sin más, negar a Dios. Resulta especialmente notable que brillantes teólogos quiteños, como el gran intelectual y orador famoso, Miguel Antonio Rodríguez, dejasen a Dios fuera de estas cuestiones de poder político. Había en Quito una corriente viva y lúcida de pensamiento ilustrado. La lectura de estos poemas irá desvelando ante el lector, en acusaciones de lado y lado, debilidades de los revolucionarios –acaso deslumbrados por el poder del que de pronto se sentían dueños y demasiado afectos a plumas de colores y otros signos de ese poderío–, ceguera y acechanzas de los realistas, y protagonismos heroicos… Un poema denuncia a los revolucionarios más odiados, y en el primer ovillejo lo hace con los tres ministros de la junta: ¿Quién ha causado los males? Morales. ¿Quién los cubre con su toga? Quiroga. ¿Quién perpetuarlos desea? Larrea. Es menester que así sea Para lograr ser mandones Estos desnudos ladrones Morales, Quiroga y Rea. No nos dice el poema nada nuevo, porque la acusación de que esos “mandones” hayan sido ladrones, ante un tribunal probo no se sostiene.

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Pero un segundo ovillejo reduce la acusación a dos nombres: ¿Quién angustias os destina? Salinas. ¿Quién quiere que seáis bobos? Villalobos. Ya se aumentarán los robos En aquesta infeliz Quito, pues protegen el delito Salinas y Villalobos. Cualquier mediano conocedor de los sucesos de agosto sabe quién fue el coronel juan Salinas, a quien se debió que la guarnición de Quito plegase al nuevo orden de cosas y que después mandó y organizó la Falange, que fue el ejército de la Revolución. Pero ¿y Villalobos? ¿Quién fue? ¿Qué hizo? El poema nos exige seguir esa pista: la revolución estaba sostenida por dos personajes. El uno, sabemos, tenía el poder militar, sin el cual la revolución no se habría impuesto. Y, en este ovillejo dedicado al poder, ¿qué papel tenía el nombrado Villalobos? El poema le achaca el poder de embobar a las gentes de Quito. Un historiador temprano de los sucesos quiteños de agosto nos ayuda en la detectio. Leemos en su obra Recuerdos de los sucesos principales de la Revolución de Quito desde 1809 hasta 1814: “El Doctor juan de Dios Morales fundaba haber cesado las autoridades españolas por la abdicación del Rey y estado de la Península. Don Mariano Villalobos ocurría a los derechos imprescriptibles de la naturaleza”. Exacta , pues, la apreciación del ovillejo realista, con la añadidura de los poderes de expositor de ese quiteño ilustre. Se nos descubre que él fue el ideólogo más radical y hondo de esa revolución. No menos incitante el tercer ovillejo de esta acusación realista: ¿Quién mis desdichas fraguó? Tudó. ¿Quién aumenta mis pesares? Cañizares. ¿Y quién mi ruina desea? Larrea.

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Y porque así se desea, Querría verlas ahorcadas A estas tres tristes peladas Tudó, Cañizares, Larrea. De Manuela Cañizares todos los historiadores hablan, de lo poco que a ciencia cierta se sabe y de lo que su imaginación patriótica inventa. ¿Pero la señora Tudó? ¿La Larrea? He aquí nuevas incitaciones para el historiador detective. Creo haber dado con la dama nombrada por el apellido Larrea, el más importante de la revolución. Que resultaría ser la propia esposa de juan Pío Montufar, el primer presidente del nuevo gobierno; es decir, la mujer fuerte detrás del hombre vacilante… ¿Y qué sabemos de doña josefa Tudó? ¿No resultan fascinantes, queridos amigos y amigas, estas persecuciones por los laberintos de una historia de hace doscientos años, de la cual nos sentimos justamente herederos ufanos? Y, como ustedes sin duda van a leer el libro, solo una última mención. No puedo acabar sin llamar la atención hacia el poema más impresionante, más desolador y trágico de los leídos en el libro: Cántico lúgubre en que se lamenta el estado de desolación de la ciudad de Quito en el día jueves 2 de agosto de 1810, a la una de media de la tarde. El autor del poema anónimo –a quien creo haber identificado- halla para su dolor e indignación, para su cólera impotente, un cauce alto, de antiguo enraizamiento para los católicos –y casi todos lo eran en el Quito del tiempo- estremecido de resonancia sacras: textos de la Biblia en que los profetas se lamentan por la opresión y martirio de su pueblo a manos de tiranos impíos. Son trenos de jeremías, clamores de job, lamentos del salmista los que introducen cada trágica pintura, cada grito de dolor, cada denuncia de la sevicia de los asesinos y cada llanto por los caídos ese mediodía y tarde. Al lector contemporáneo ese latín de la Vulgata seguramente no le dice nada, pero aquellos eran tiempos en que la predicación tan frecuente y escuchada comenzaba por aquellos textos. Por ello he mantenido esos latines, aunque dando en nota al pie su traducción. Y otra vez, el poema nos introduce en escenas que nin gún cronista se atrevió a narrar o, simplemente, no conoció. El poeta, por su oficio y por el lugar que ocupaba en el Quito del tiempo conoció todo aquello, o como testigo presencial o por una primera mano privilegiada. Nunca en América periodista o cronista o historiador alguno

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habrá acumulado tanto horror, tanta sed de sangre, tanta sevicia en los materiales que debía convertir en noticia, en denuncia, en grito indignado. Y ello nos deja ante una lectura final de esos poemas. Fueron periodismo del tiempo. De un tiempo en que no había periódicos ni radios ni televisión. Y fueron periodismo de soberbia libertad. De lado y lado, del insurgente y del realista; del quiteño y del hispano. Cada poeta dijo lo que entendía y sentía de esos inusitados sucesos. Nadie, que sepamos, censuró esos poemas. Se decían para ilustrar la cara que a los autores convenía o la que ellos sentían verdadera. Volvemos a esos poemas en vísperas de que en esta Quito, heredera de ese alto peso de libertad de expresión, se busque aprobar una ley mordaza de la prensa y crear un Consejo que es en su versión a lo socialismo siglo XXI un tribunal de la Inquisición. Porque allá se va. Todo lo otro es, muy al estilo de estos innovadores, fronda de artículos y de fórmulas al parecer muy aceptables para encubrir los decisivos y perversos cometidos. Y hasta con el sofisma del gran jefe de estos aprendices de inquisidores de que la prensa es poder y por ello hay que limitar su libertad. Cuando cualquier aprendiz de lógica pudiera hacerle este sencillo distingo; es poder, distingo: per se niego; per accidens (por accidente), acepto. Porque la prensa de por sí no es poder. Se convierte en poder cuando responde a la libertad que es su ambiente vital y cumple su papel y los ciudadanos acogen su mensaje. Por supuesto, también en un clima de libertad. El 25 de junio de 1811, el quiteño josé Mejía Lequerica, colega de universidad de los revolucionarios de agosto, pronunció en las Cortes de Cádiz un discurso que era arrebatado alegato a favor de la libertad de imprenta. “En efecto –dijo– si no fuese permitido hablar libremente, aun los merecidos elogios pasarían por serviles lisonjas, y no había más mordaz invectiva que un misterioso silencio”. ¿A esto quiere llevarnos el gobierno? Y en la sesión del 11 de enero de 1813 Mejía comenzó un discurso que se extendería a lo largo de tres días de sesiones de las Cortes, hasta el 13. Fue demoledor contra el que, con sombrío eufemismo, se llamaba el Santo Oficio; es decir, la Inquisición. “Pues, Señor –recla maba– no se nos diga que la inquisición es tan suave ahora, como rigurosa en otro tiempo”. La democracia no se compadecía con ninguna forma de Inquisición, ni en lo religioso –¡Y lo dijo en la España de ese

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tiempo!–. Invoco a los mártires de la Revolución de Agosto y al gran Mejía para que su espíritu, vivo a través de su palabra, a la que estos poemas nos han acercado esta noche, nos urja a no ceder a dictadura alguna ese campo en que la libertad es garantía de todas las otras libertades que esos grandes quiteños conquistaron para la patria.

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UN CLÉRIGO PATRIOTA: EL DOCTOR DON JOSÉ DE SALAZAR y RIVERA
Gregorio César De Larrea

INTRODUCCIÓN La familia Salazar, a la que perteneció nuestro personaje, colombiana de origen y establecida en la Real Audiencia de Quito, actual Ecuador, en el siglo XVIII, ha producido eminentes vástagos que han ocupado altos cargos a raíz de nuestro movimiento separatista de España. Siempre católicos y conservadores enlazaron con otras destacadas familias de su mismo perfil ideológico y han dado una serie de prohombres durante las dos últimas centurias. Los Salazar que nos ocupan no fueron nobles ni hidalgos, pues nuestro biografiado, el Doctor don josé de Salazar y Rivera, no lo hizo constar en la “relación de méritos” que hacía referencia al expediente de “limpieza de sangre” que presentó para doctorarse. De haberlo sido, lo habría mencionado en el mismo. En todo caso, probó no tener sangre de moro, judío, indio ni negro, por lo menos hasta sus bisabuelos. El apellido Salazar, de esta familia, ha terminado en hembras; tan solo hoy vive el Licenciado Francisco Salazar Alvarado, conocido político conservador, catedrático y Miembro de Número de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, que tiene solo hijas mujeres, de ma nera que con él se extingue el apellido. Alfredo Ponce Ribadeneira, presbítero, en la genealogía de sus Salazar, publicada en el Boletín de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, en 1978; el Doctor César Augusto Alarcón Costta, en su Diccionario Biográfico Ecuatoriano; Gustavo Arboleda en el Diccionario Biográfico y Genealógico del Antiguo Cauca, y los apuntes que nos entregara el Licenciado Francisco Salazar Alvarado, nos recuerdan a algunas personalidades de esta casa. Por ejemplo: Doctor Francisco Xavier de Salazar y Albear, miembro de la “Escuela de la Concordia”, Fiscal del Crimen en la junta Revolucionaria Quiteña del 10 de Agosto de 1809. Dr. Agustín de Salazar y Lozano, otro prócer de la Independencia, Pre-

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sidente de la Corte Suprema de justicia. Don Manuel María de Salazar y Lozano, jurisconsulto y político. Don Vicente Lucio Salazar y Cabal, Presidente de las Cámaras de Senadores y de Diputados, varias veces Ministro de Estado, Vicepresidente de la República y Encargado del Poder Ejecutivo. Don joaquín de Salazar y Lozano, jurisconsulto y prócer de la Independencia. Don josé María de Salazar y Lozano, Presidente de la Corte Suprema de justicia. General Francisco Xavier Salazar Arboleda, Ministro de Estado, precandidato a presidente de la República. Doctor Luis Antonio Salazar Arboleda, Ministro de Estado, precandidato a la Presidencia del Ecuador, Presidente de la Corte Suprema de justicia, Rector de la Universidad Central. Doctor Francisco Ignacio Salazar Arboleda, jurisconsulto. Doctor Eduardo Salazar Gómez, Ministro de Estado, precandidato a Presidente de la República. La familia Salazar, que vamos estudiando, firmaba anteponiendo la preposición “de” a su apellido. Alfredo Ponce Ribadeneira anota que don Tadeo de Salazar, hijo de don Santiago de Salazar y doña María de Vásquez, pasó del Valle del Cauca, en Colombia, a Quito, en el siglo XVIII y casó con doña josefa de Albear. De su hijo, don Francisco Xavier de Salazar y Albear, casado con doña josefa Lozano de la familia de los también colombianos Marqueses de San jorge, provienen los Salazar en mención. Don Francisco Xavier tuvo como hermano a don Ramón de Salazar y Albear, de quien Alfredo Ponce dice erroneamente que no tuvo sucesión. Don Ramón fue padre de nuestro biografiado, el clérigo patriota Doctor don josé de Salazar y Rivera, personaje descubierto y estudiado por primera vez por quien escribe estas letras. En el Archivo Nacional, de Quito, Notaría Primera, volumen 463, 1806-1808, encontramos los siguientes cuatro documentos correspondientes al año 1808 que, resumidos, publicamos por primera ocasión: En Quito, el 13 de Enero de 1808, don Ramón de Salazar y Albear otorga poder para testar al Doctor Vicente Lucio Cabal, Abogado de la Real Audiencia, y a su hijo Doctor don José de Salazar y Rivera. Pide ser sepultado en la Iglesia de La Merced. Fue casado con doña María de Rivera con quien tuvo por hijos a: doña Antonia, al Doctor don José y a doña Josefa de Salazar y Rivera. “Mejora” con el tercio y quinto de todos sus bienes a sus dos hijas, doña Antonia y doña Josefa.

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En Quito, el 20 de Febrero de 1808, don Ramón de Salazar y Albear otorga codicilo en el que pide que su hija doña Antonia quede sujeta a su otro hijo, el Doctor don José de Salazar y Rivera, para que lo cuide y maneje sus bienes debido a la incapacidad de ella. Así mismo, en Quito, el 23 de Febrero de 1808, don Ramón de Salazar y Albear vende una esclava al Doctor don Tomás de Yepes y León, Tesorero de la Catedral de Quito. La negra se llamaba María Mercedes, de diez a once años de edad, nacida en la propia casa de don Ramón, hija de otros dos esclavos suyos: Antonio y Silveria, que al momento se hallaban también bajo el dominio del comprador. Dice que la esclava vendida no es prófuga, borracha ni ladrona, ni padece enfermedad alguna, ni ha cometido delito capital que le impida servir bien. La vende en trecientos pesos de contado. Por su parte, en el mismo acto jurídico, el Doctor don Tomás de Yepes y León, Tesorero de la Catedral de Quito, hace donación de la esclava a doña Josefa Osorio, mujer legítima de don Manuel Bonilla. En Quito, el 16 de Mayo de 1808, se dicta el testamento de don Ramón de Salazar y Albear, en el que condona la deuda que tiene con él su hermano el Doctor Francisco Xavier de Salazar. Declara tener también otro hermano llamado don Francisco Vicente de Salazar. Dice que sus dos hijas, doña Antonia y doña Josefa son solteras. Doña Antonia no sabía escribir. Don Ramón de Salazar y Albear falleció el 10 de Abril de 1808. Había remitido ropas de la tierra para ser vendidas en Popayán. Su hermano, el Doctor don Francisco, tenía almacén en su casa. Don Ramón de Salazar y Albear había entregado fianza de dos mil pesos, hipotecando su casa, a don Simón Sáenz de Vergara, español, para que acceda al cargo de Colector. Don Simón Sáenz de Vergara fue padre de Manuelita Sáenz, compañera del Libertador Simón Bolívar. BIOGRAFÍA Nuestro Doctor don josé de Salazar y Rivera fue bautizado en El Sagrario de Quito el 21 de Noviembre de 1768, como Félix josé María.

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Fue su padrino el Doctor Xavier Salazar (Dato gentileza del Economista jorge Moreno Egas). En 1810 declaró tener 42 años. Estudió en el Colegio San Fernando y la Universidad de Santo Tomás. Fue cura de Nanegal por 4 años, de Santo Domingo de los Colorados, luego, de Cangahua ubicada cerca de Cayambe hacia 1818, y de Sangolquí desde 1828 hasta 1836. En el Colegio de San Fernando siguió el curso de Física, fue Secretario de dicho Colegio y Prefecto de Casa -una especie de Inspector General-. Fue Bachiller y Maestro en Filosofía por la Universidad de Santo Tomás. Siguió también los cursos en ambos Derechos y fue licenciado y doctor en Derecho Canónico y Civil. Probó legitimidad y limpieza de sangre y estudió con una de las becas reales de Su Majestad. El doctor don josé María de Arteta y Calisto, Corregidor de Otavalo, a cuya jurisdicción pertenecía Cangahua, certificó que el doctor don josé de Salazar tenía “idoneidad, carácter atento, sagaz y de los modales más gratos”. (Arch. Curia Quito, Concurso para Beneficios y Relaciones de Méritos, 1820 - 1822). El doctor don josé de Salazar fue cura párroco de Santo Domingo de los Colorados entre 1806 y 1813. (Velarde Segovia, Patricio, Las Primeras Misiones Religiosas en la Antigua Región de Santo Domingo de los Colorados, 1570 - 1820, Quito, 2004, 95 p.p., pg. 60). El cacique de Santo Domingo de los Colorados, Gobernador Allexandro Aguauili, el Teniente Pedáneo Salvador Aguaguili, certificaban en 1813, que había sido notoria la residencia material y formal del doctor Salazar en Santo Domingo, predicando en los días festivos, enseñando personalmente la doctrina cristiana, administrando los sacramentos y ejercitando con caridad todas sus obligaciones, con su anhelo de formar iglesias no solo en el Pueblo sino también en sus anejos. Había reducido a algunos que se hallaban remontados por años y cuando salía de su curato, dejaba en su lugar otros sacerdotes para que hicieran sus veces como: el Padre Fray Tadeo Morales, Fray josé Bargas, Fray Marco Vásquez (Certifica do fechado en Santo Domingo en noviembre de 1813) (Velarde Segovia, op. cit., pg. 63). En el Archivo de la Curia de Quito, Concurso para Beneficios, 1813, caja 40, f. 163, dice que por estar afectado de salud pide salir del curato de Santo Domingo en 1813. Para ello, el Dr. don Pedro jiménez,

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profesor de Medicina en Quito, dice que hacia 1811 fue llamado por Salazar debido a su quebrantada salud, pues padecía de vómito y otras dolencias, acompañado de dolor agudo del ventrículo e hipocondrios. Se mostraba obstruído el hígado y la mayor parte del vientre, por lo que acusaba fatiga violenta que no le permitían ejercicio ni movimiento, razón por la que necesitaba laxante, antiflogístico y cuidado dietético, también ejercicio a pie y a caballo. El médico decía que no le convenía el temperamento cálido ni la humedad; de lo contrario podría atacarle hidropesía y la muerte.- Quito, 22 de mayo de 1812/.- Dr. Pedro Felipe jiménez. Recordemos que el Doctor Pedro jiménez estuvo implicado en la insurrección que culminó con la muerte del Conde Ruiz de Castilla, Presidente de la Real Audiencia de Quito, el 15 de junio de 1812, por lo que se le sentenció a curar gratuitamente en el Hospital de la Real Caridad durante tres años (ANH, Criminales, caja 220, esp. 28 Noviembre 1812). El Doctor don josé de Salazar asistió, cuando cura de Santo Domingo, a su difunto padre, en su enfermedad. También, el Dr. don Vicente Lucio Cabal le llamó para evacuar ciertos asuntos de la testamentaría del propio padre del Dr. josé de Salazar.- Quito, 22 de noviem bre de 1813. (Arch. Curia de Quito, Concurso para Beneficios, 1813, caja 40, f. 163). El presbítero Dr. don josé de Salazar, quiteño, cura de Santo Do mingo de los Colorados, estaba acusado de haber apresado en su cura to a algunos extranjeros, dando luego, cuenta de sus actos al Presidente de la junta Revolucionaria de Quito y a don juan Salinas (De la Torre Reyes, Carlos, La Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809, Quito, 1961, Talleres Gráficos de Educación , pg. 496). En 1810 don josé Salazar se hallaba preso en uno de los conventos de Quito, siendo aún cura de Santo Domingo, por revolucionario (Borrero, Manuel María: Quito, Luz de América, Quito, Ed. Rumiñahui, 1959, 338 p.p.) Don Ramón Núñez del Arco en su informe de 1813, en el nume ral 376, cita a don josé de Salazar como “criollo, insurgente seductor” durante los movimientos independentistas de 1809, cuando se desempeñaba como cura de Santo Domingo. Respecto al doctor don josé de Salazar, como patriota, podemos ampliar y decir lo siguiente, según el Proceso seguido a los patriotas que

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reposa en el Archivo Municipal de Historia, Revolución de Quito, 1809, volumen X, tomo 1 (1.195). En él, nuestro personaje se defendía de la siguiente manera: En 1810 estaba preso en el cuartel por la demanda de injurias propuesta por don Simón de Rojas, como reo de la mayor gravedad. Había sido llevado ahí, después de haber los comisionados al efecto, despedazado varias piezas que ocupaba doña María Luisa Viteri, y amenazado con presidio y pérdida de sus vidas a los criados y otras personas que habitaban “dicha mi casa”. Narraba don josé de Salazar, que se hallaba entregado al cumplimiento de sus obligaciones religiosas en Santo Domingo, en agosto de 1809, cuando algunos “traficantes” que iban y venían del pueblo de Chillogallo le informaron de la recién creada junta. Desde su parroquia, Santo Domingo de los Colorados, le separaban diez días de viaje hasta Quito. En su curato se apareció un inglés llamado don Benito Benet, que decía pasaba a Guayaquil con un pliego de don Pedro Muñoz, que lo remitía desde su mina. No habiendo canoa pronta, se mantuvo en Santo Domingo, y sin saber su contenido y designios, escribió al Dr. don josé Pérez, cura de Chillogallo, notificándole de la aparición de él, y de que lo abrigaba en su convento. Entonces, fue sorprendido de un reca do de un tal Antonio Ruiz, alias Chombo, por el que se le prevenía que se dirigían a su pueblo dos chapetones bien armados y con intenciones depravadas y que para ello se preparase. Por otra parte, habían rumores en su curato, de que don Simón Rojas y don josé Prat, en el tránsito de Santo Domingo habían hostiliza do a la gente por lo que dicha gente se había puesto en movimiento, ar mados con escopetas, pistolas y puñales, lo que infundía temor desmedido, creyéndolos enemigos. Así pues, los indios de Santo Domingo, suponiendo que a su cura lo querían matar, resolvieron contenerlos sin que Salazar hubiese concurrido directa ni indirectamente. Asegurados y en prisión, ambos, hasta que se dispuso su regreso a Quito, no por orden del Presidente de la junta sino por disposición de los indios, le fue preciso a Salazar, para salvar las vidas de don Simón Rojas y don josé Prat, dirigir oficios al Presidente de la junta, dándole parte de lo ocurrido para que no se le impute exceso alguno en este hecho. Por ello, decía el Dr. josé de Salazar, acusándolo de insurgente, se le tenía en “larga, estricta y molestosa prisión”.- Quito, 14 de junio de 1810.

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El Doctor don josé de Salazar residía en la Diósesis de Popayán en 1835. Para finalizar diremos dos cosas: Un tal don josé Salazar fue cura de Yaruquíes en 1805 y de Machachi en 1823. Seguramente se trata de un homónimo, también cura. Así también, josé Salazar O.F.M., franciscano, dictó curso de Filosofía entre 1771 y 1774, según Ekkehert Keeding, en su libro: “Surge la Nación. La Ilustración en la Audiencia de Quito (1725 - 1812)”, Ed. Banco Central del Ecuador, Quito, 2005, p. 70.

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ARTÍCULOS Y ENSAYOS

CAPÍTULOS DE LA HISTORIA DE VECINDAD COLOMBO–ECUATORIANA Jorge Núñez Sánchez

INTRODUCCIÓN Ecuador es un país marcado por su historia territorial. Esto se refleja no solo en su mapa actual, que muestra un territorio cinco o seis veces menor al que tuvo originalmente en la época colonial, sino también se manifiesta en su mentalidad colectiva, altamente sensible a todo lo que tenga que ver con los problemas fronterizos. Pero, por otra parte, también es un país de paz, de gente que gusta de vivir en paz y que ama la paz como una norma de conducta ciudadana y un valor superior en las relaciones internacionales. Por eso, aparece como un “país raro” entre sus vecinos, un Perú expansionista, siempre ocupado en conflictos de fronteras y siempre preocupado en adquirir armas, y una Colombia sacudida por un conflicto civil antiguo y complejo, cuyo escenario principal se ha trasladado a nuestra vecindad. En el marco descrito, los ecuatorianos vemos a nuestro país como una “isla de paz” y queremos que siga siempre así, sin conflictos armados en el interior y sin conflictos armados en las fronteras. También nos enorgullecemos de ser un país laico y tolerante, donde nadie es perseguido y ni siquiera amenazado por sus ideas políticas o religiosas. Y nos causa un particular orgullo el ser un país abierto a la inmigración y que acoge a todos quienes llegan a su territorio en calidad de refugiados; hoy mismo tenemos entre nosotros más de quinientos mil refugiados colombianos y unos trescientos mil trabajadores inmigrantes provenientes del Perú, que han llegado huyendo de la violencia o la pobreza y en busca de vivir en esta “isla de paz”. Empero, aunque mi país no anda preparándose para una guerra ni tiene un conflicto interno con fuerzas irregulares, tampoco es una “isla de quietud”, pues comparte muchos de los problemas y agitaciones sociales que son comunes a los países del área. Por ello, es un país con una alta conflictividad social, que ha tenido seis presidentes en los últi-

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mos diez años, la mayoría de ellos derrocados por el pueblo a través de grandes movilizaciones sociales; pero hay que aclarar que todo ello ha sido hecho “a la ecuatoriana”, es decir, sin derramamiento de sangre. Sirva como ejemplo lo sucedido en el derrocamiento al “dictócrata” Lucio Gutiérrez, donde cientos de miles de personas se movilizaron diariamente en las principales ciudades, durante semanas, hasta conseguir la salida de Gutiérrez, pero todo ello apenas con una sola víctima: un fotógrafo que murió asfixiado por los gases lacrimógenos de la policía. En fin, hay que precisar que los conflictos y movilizaciones sociales son en Ecuador cuestiones de breve tiempo, que generalmente se resuelven mediante negociaciones, precisamente porque la opinión pública no tolera conflictos de largo plazo. Estas anotaciones previas resultan importantes a la hora de entender las relaciones del Ecuador actual con sus países vecinos, que están marcadas por los hechos propios de la contemporaneidad, pero también por una larga historia de conflictos y despojos fronterizos, que han reducido su territorio y han creado una alta sensibilidad colectiva frente a los asuntos de frontera. ECUADOR EN LA GRAN COLOMBIA y DESPUÉS DE SU DISOLUCIÓN LA INTEGRACIÓN A LA GRAN COLOMBIA La Audiencia de Quito, actual República del Ecuador, inició sus luchas de independencia antes que cualquier otro país hispanoamericano. El 10 de agosto de 1809, los rebeldes quiteños derrocaron a las autoridades españolas, constituyeron un gobierno autónomo y formaron un ejército para garantizar su autonomía, todo ello bajo la fórmula de reconocer al rey Fernando VII (entonces prisionero de Napoleón) e invitarle a establecerse en América. Por desgracia, fueron derrotados en esa primera guerra de independencia –que se extendió con altibajos hasta 1812– y vieron morir a su elite político–cultural, masacrada por las tropas reales el 2 de agosto de 1810. El Libertador Simón Bolívar afirmaría más tarde que “en las piedras sangrientas de Quito se rompió, en 1810, el pacto político existente entre Hispanoamérica y la monarquía española.” Ocho años más tarde, el puerto de Guayaquil proclamaría su independencia de España y formaría un ejército propio para la libera-

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ción del resto del país quiteño, llamado “División Protectora de Quito”. Empero, reconociendo sus limitaciones militares, solicitó la ayuda de los nacientes gobiernos republicanos dos sus dos países vecinos, Colombia y Perú, que respondieron positivamente a su petición y enviaron tropas auxiliares. Strictu sensu, el Ecuador se liberó a sí mismo, pues la autoridad política que financió y dirigió la campaña de independencia de 1820–1822 fue la junta de Gobierno de Guayaquil. Previamente, el país quiteño había sido incluido en la Gran Colombia por los diputados neogranadinos y venezolanos que redactaron su Ley Fundamental, aunque lo hicieron sin consultar la voluntad de los quiteños y únicamente como una reivindicación del antiguo territorio del Virreinato de Nueva Granada. La verdad es que el país de Quito se unió finalmente a Colombia, pero no obedeciendo a un mandato o imposición ajena, sino por propia y expresa voluntad de las diversas provincias quiteñas. Primero Cuenca (abril de 1822), luego la capital quiteña (mayo de 1822) y finalmente Guayaquil (julio de 1822) decidieron integrarse a la Gran Colombia, mediante solemnes proclamas colectivas. QUITO EN LA GRAN COLOMBIA Quito se había incorporado a Colombia en busca de consolidar su libertad e independencia nacional al amparo de una poderosa asociación republicana. También buscaba poner fin a los abusos políticos y exacciones económicas de la administración española, así como garantizar un mercado amplio para sus manufacturas, puesto que era un país carente de minas de oro y plata, y que basaba su economía en las exportaciones agrícolas de la Costa (cacao, madera, tabaco) y manufactureras de la Sierra (textiles, artesanía artística, orfebrería). Finalmente, el país quiteño aspiraba a garantizar la integridad de su territorio, amenazado desde fines del siglo XVIII por la política expansionista del Perú, enfilada a apoderarse de la rica provincia costera de Guayaquil. Empero, en los ocho años que permaneció integrado a Colombia, Quito vivió una serie de traumáticas experiencias, que fueron erosionando progresivamente todos sus sueños colombianistas. Fueron las siguientes: 1ª.- El enorme esfuerzo de guerra para la campaña del Perú exigido a los departamentos de la antigua Audiencia de Quito. En síntesis, estos con-

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tribuyeron para esa campaña con un total de 7.150 hombres y alrededor de un millón y medio de pesos. Si a esto sumamos lo aportado para la “campaña de pacificación de Pasto”, se puede concluir que el Distrito Sur entregó a la República de Colombia, para esas dos campañas militares, alrededor de diez mil hombres y dos millones de pesos. Ese enorme esfuerzo, hecho en apenas tres años, golpeó duramente al país quiteño, que previamente había tenido que sostener su propia guerra de independencia. Y además del esfuerzo en sí mismo, los departamentos quiteños se sintieron afectados por los métodos usados por las autoridades colombianas para recoger fondos y hombres para la guerra, que eran empréstitos forzosos y reclutas forzosas, que terminaron por causar tremendos efectos en la economía y población del país: ocultamiento de capitales, desmonetización de la economía, fuga de trabajadores y falta de brazos para la agricultura, entre otros. También se anarquizó el cobro de impuestos y la situación prevaleciente en Pasto y el valle del Patía impidió la exportación de manufacturas quiteñas hacia las provincias sureñas de la Nueva Granada. 2ª.- La administración excepcional a que estaban sometidos los tres departamentos del sur colombiano: Ecuador, Guayaquil y Azuay. En ellos, al tenor del Decreto Legislativo de 9 de julio de 1821 -que otorgó a Bolívar facultades extraordinarias para el gobierno de las zonas de campaña recién liberadas- continuaba rigiendo un gobierno puramente militar y brillaba por su ausencia el ejercicio de las garantías constitucionales. Precisamente esa administración excepcional había impedido que se eligiera a un Vicepresidente del distrito de Quito, como mandaba la Ley Fundamental, con lo cual el país carecía de autoridades civiles y nacidas en el propio suelo y solo poseía autoridades militares, de origen venezolano o neogranadino. Por ello, la ciudadanía se sentía huérfana de protección estatal y respondía con protestas a la imposición de contribuciones y reclutas o a las violencias ejercidas por las autoridades militares. Las protestas quiteñas dieron lugar a que el Libertador se considerara afectado por ellas –puesto que de él emanaban las facultades extraordinarias y el poder militar que se ejercía en los departamentos
1 Según josé Manuel Restrepo, para 1826 la penuria del fisco era total en los departamentos del Sur y de la costa Atlántica. Ver “Historia de la Revolución de Colombia”, Ed, Bedout, Medellín, 1969, tomo V, pág, 263.

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del Sur– y renunciara a la Presidencia de Colombia en enero de 1824. Su renuncia no fue aceptada por el Congreso colombiano, pero el partido santanderista maniobró para que le fueran retiradas a Bolívar las facultades extraordinarias para la administración de los departamentos meridionales, declarando que dichas facultades correspondían al encargado del Poder Ejecutivo, quien podía delegarlas total o parcialmente al jefe Superior del Sur (28 de julio de 1824). Pero esa resolución no trajo ningún beneficio para Quito, pues un mes después se reimplantó en los departamentos quiteños el estado de excepción. 3ª.- La política librecambista del gobierno de Bogotá, que perjudicó notoriamente a la producción manufacturera de los Departamentos quiteños. Esa política tuvo su mayor representante en el Vicepresidente Santander, gobernante efectivo de Colombia entre 1822 y 1826, y a consecuencia de ella las regiones costaneras, tradicionales productoras de bienes de exportación (cacao, café, añil, maderas), se sintieron beneficiadas con la apertura del país al comercio internacional. Pero las zonas interiores, vinculadas por su producción al mercado interno y dueñas de una significativa producción artesanal y manufacturera, se vieron afectadas por el ingreso masivo de mercancías extranjeras de menor precio (textiles, harinas, herramientas), que terminó por arruinar la producción local. Además, al fomentar una economía agroexportadora e importadora de manufacturas, esa política impulsó el desarrollo de un capitalismo dependiente, atado crecientemente al mercado externo, a los préstamos extranjeros y a la inversión foránea. Para los Departamentos del Sur, esa política librecambista fue catastrófica y acabó por destruir su economía, al punto que sus reducidas exportaciones no llegaban a cubrir el valor de sus crecientes importaciones; en el período 1821–1825, aquellas fueron inferiores a éstas en un 17% de promedio. Obviamente, ello produjo la consecuente reacción quiteña. A comienzos de 1826, la junta Provincial de Pichincha dirigió al Congreso una amplia representación, denunciando “el mal estado de las manufacturas del Ecuador” por efecto de las leyes de libre comercio. El Congreso no atendió los reclamos quiteños, que más bien merecieron burlas oficiales, publicadas en la prensa gubernamental, pero sí lo hizo el Presidente Bolívar, que al llegar a Quito, a su regreso del Perú, tomó conocimiento de la deplorable situación económica en que se hallaban los Departamentos de Quito y decidió crear en ellos juntas de Benefi-

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cencia que ayudaran a meditar soluciones y “remediar los males que 2 sufrían los departamentos meridionales de la República”. En ese marco se explica el apoyo mayoritario de Quito a la dictadura de Bolívar, quien, una vez instalado en el mando supremo, intentó rectificar el rumbo económico del país. En general, el Libertador impulsó entonces una política proteccionista, reformando en esencia el sistema librecambista impuesto por Santander. Y como parte de ella estableció en Quito una junta de Distrito, a la que delegó poderes excepcionales para promover el desarrollo regional. Poco después, en atención a lo solicitado por la junta de Distrito, Bolívar decretó algunas medidas importantes para promover la economía sureña arruinada por la guerra: creó en Guayaquil un Tribunal de Comercio, ordenó rematar en pública subasta el monopolio del tabaco, prohibió la introducción por los puertos del Pacífico de varios tipos de tejidos que se producían localmente y dispuso que pudieran pagarse en especie los intereses de las hipotecas que pesaban sobre las propiedades agrícolas quiteñas. 4ª.- La expedición de la nueva “Ley de División Territorial” de Colombia, efectuada el 4 de julio de 1824, que quitó al Departamento del Ecuador de sus extensos e históricos territorios de Buenaventura y Pasto, que pasaron a 3 ser provincias del Departamento del Cauca. Aunque esta ley fue dictada por el Congreso colombiano en uso de su soberanía y en busca de dar a la República una mejor distribución administrativa, no es menos cierto que vino a alterar los tradicionales límites que dividían a la antigua Audiencia de Quito del territorio de la 4 Nueva Granada, al establecer como línea divisoria entre los departamentos de Cauca y del Ecuador una línea que iba de la boca de Ancón, en el Pacífico, al río Carchi, en la región interandina. Eso produjo una airada reacción de la población quiteña, que se manifestó a través de la junta Provincial de Pichincha, la cual reclamó “la división territorial, solicitando que hasta el río Mayo se extienda el 5 Departamento del Ecuador, incluso Barbacoas.” También los cabildos
2 Restrepo, op. cit., tomo V, pág. 307. 3 Al tenor de la nueva ley, la provincia de Buenaventura comprendía los cantones de Izcuandé, Barbacoas, Tumaco, Micay y Raposo, y la de Pasto estaba integrada por los de Túquerres e Ipiales. 4 Según la Real Cédula de 1563, esos límites pasaban por Buenaventura, Pasto, Popayán, Cali, Buga, Champachica y Guarchicona. 5 Gaceta de Colombia: 25-XII-25.

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de Quito y Ambato se dirigieron al congreso colombiano con enérgicas protestas contra la Ley de División Territorial (16 de enero de 1826), reivindicando para el Departamento del Ecuador la provincia de Pasto y el territorio costanero comprendido entre Ancón y Barbacoas. Tan intensa fue la presión ciudadana que el Intendente del Departamento del Ecuador, general juan josé Flores, dirigió al Congreso tres representaciones seguidas con el mismo objeto. En la práctica, las protestas quiteñas no tuvieron ningún efecto en cuanto a reformar los límites establecidos por la Ley de División Territorial; cuando más, la Ley Adicional del 17 de abril de 1826 aclaró que los límites meridionales del Departamento del Ecuador, partiendo desde la boca de Ancón continuarían por el río Mira, fijado como “límite litoral respecto de la provincia de Buenaventura.”6 AUTONOMISMO QUITEñO E INVASIÓN PERUANA A COLOMBIA Esa acumulación de problemas con el gobierno de Bogotá dio lugar al surgimiento de movimientos autonomistas en el país quiteño, que apuntaban hacia el autogobierno, la autonomía e incluso la separación de la Gran Colombia. Y esos movimientos terminaron por mezclar- se con el conflicto político que entonces protagonizaban en Colombia los bolivaristas y santanderistas. Así, en abril de 1827, el Departamento de Guayaquil, bajo el estímulo de los sucesos de Venezuela, desconoció la autoridad del jefe Superior designado por Bolívar y nombró jefe Civil y Militar del departamento al gran mariscal peruano josé de Lamar, nacido en Cuenca y emparentado con poderosas familias guayaquileñas (16 de abril de 1827). Curiosamente, esa insurrección guayaquileña tuvo el respaldo del Vicepresidente Santander, que buscaba minar de este modoso el poder de Bolívar. Poco después, Lamar abandonaba Guayaquil para hacerse cargo de la presidencia del Perú, para la que el Congreso de ese país lo había elegido en ausencia. El conflicto autonómico del Sur tomó entonces un giro inesperado: Lamar se alió secretamente con Santander, bajo el estímulo norteamericano, y acordó con éste una operación militar peruana contra el sur de Colombia, que debía coincidir con una guerra civil provocada por los santanderistas en el centro del país.7 Así, los intereses nacionalistas ecuatorianos se entremezclaron con
6 Gaceta de Colombia: 30-IV-26. 7 Ver: joaquín Posada G., “Memorias histórico–políticas”, Ed. Bedout, Medellín, tomo I, pág. 197; también j. M. Restrepo, op. cit., tomo VI, pág. 44.

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las desbocadas pasiones neogranadinas y las soterradas ambiciones del expansionismo norteamericano. Luego, los hechos se agravaron rápidamente. En julio de 1827, el Cabildo Abierto de Guayaquil instituyó un gobierno federativo para ese departamento y anunció que el mismo seguiría vinculado a Colombia por el término de un año, en espera de que en ese lapso fuera convocada una convención nacional; de no suceder así, Guayaquil ejercería su derecho para constituirse como a bien tuviere. Y el general venezolano juan josé Flores, jefe Superior del Sur y representante de la oligarquía quiteña –a la que se hallaba vinculado por matrimonio– entró en acuerdos políticos con el gobierno provisional del puerto y convino con éste en promover el establecimiento de un sistema federal de gobierno en los tres departamentos meridionales de Colombia, los cuales debían pasar a integrar un nuevo Estado independiente, en caso de que el Libertador se retirara del gobierno central.8 En septiembre, se produjo el “motín de los Arrietas”, militares que intentaron tomar la plaza de Guayaquil y proclamar su incorporación al Perú; el motín fue aplastado por las mismas fuerzas del gobierno guayaquileño, pero debilitó significativamente al movimiento federalista porteño. A ello se sumó la convocatoria de una Convención Nacional hecha por el gobierno colombiano, que dejó sin base política al movimiento guayaquileño y facilitó a Flores el control definitivo de ese departamento, que así volvió a situarse bajo la autoridad colombiana. Eso agravó las cosas, pues Lamar y Flores aspiraban a formar y presidir un nuevo Estado quiteño, separándolo de la Gran Colombia. El gobierno peruano de Lamar, animado por Santander y los agentes norteamericanos, decretó el bloqueo de los puertos colombianos del Pacífico (agosto de 1828) e invadió el sur de Colombia (diciembre de 1828). Paralelamente, en una clara demostración de la coordinación existente con el Perú, los santanderistas intentaban asesinar a Bolívar en Bogotá y los coroneles Obando y López se alzaban en armas en Popayán y Pasto, con el doble fin de desatar una guerra civil e impedir el paso de las tropas colombianas hacia la frontera con el Perú. Pero Bolívar se salvó del atentado, Obando y López negociaron su rendición y Lamar fue derrotado en Tarqui por las fuerzas que diri8 Ver: Francisco X. Aguirre Abad, “Bosquejo Histórico de la República del Ecuador”, Corporación de Estudios y Publicaciones, Guayaquil, 1972, págs. 216-217; también j. M. Restrepo, op. cit., tomo VI, pág. 44.

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gían Sucre y Flores (27 de febrero de 1829). Sucre no se aprovechó de la victoria y firmó con Lamar el Convenio de Girón, por el que Perú se comprometía a levantar el bloqueo de Guayaquil, a pagar la deuda de independencia con Colombia y a respetar la línea de frontera de la antigua Audiencia de Quito. Pero luego Perú rehusó cumplir con sus compromisos y el conflicto siguió hasta que Lamar fue finalmente fue derrocado de la presidencia y el nuevo gobierno peruano entró en tratos con Bolívar, lo que llevó a la firma del Tratado Larrea-Gual o Tratado de Guayaquil, por el que Perú y Colombia firmaron la paz y buscaron resolver sus diferencias. Los puntos principales de ese Tratado estipulaban que los límites entre Perú y Colombia serían los mismos que existieron entre los Virreinatos de Nueva Granada y el Perú antes de la independencia, con las variaciones mutuamente ventajosas que establecieran las partes. Inclusive se trató entonces sobre la línea de frontera a fijarse, pero como Colombia quería que fuese la Tumbes-Huancabamba-Marañón, y Perú la Tumbes-Chinchipe-Marañón, se acordó el nombramiento de una comisión mixta de fijación de límites, que debía comenzar su labor cuarenta días después de la ratificación del tratado. Bolívar, que permaneció en Guayaquil hasta la ratificación del tratado por el Congreso peruano, nombró inmediatamente al general Tomás Cipriano de Mosquera como Ministro Plenipotenciario en el Perú, encargándole presidir la parte colombiana en las comisiones de fijación de límites y liquidación de la deuda de independencia. Luego vinieron los hechos finales de la historia grancolombiana. El Libertador emprendió su viaje final, concluyó la Convención Nacional encargada de constitucionalizar a Colombia y don joaquín Mosquera fue electo nuevo Presidente del país, el mismo día que se instalaba en Valencia el Congreso Constituyente de la República de Venezuela (6 de mayo). Por su parte, el general Flores apuraba en Quito la secesión del Ecuador y su consagración como Presidente, facilitada por el alevoso asesinato del mariscal Sucre en las selvas de Berruecos (4 de junio). Entre tanto, el general Tomás Cipriano Mosquera concluía en Lima su misión de fijar definitivamente los límites entre Colombia y Perú. Pero como la Gran Colombia había muerto y el Ecuador se había separado ya de la integridad colombiana, Mosquera no tuvo ningún empacho en regalar al Perú todos los enormes territorios ecuatorianos situados en la margen derecha del Amazonas, lo que quedó consagrado

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en el Protocolo Mosquera–Pedemonte. suscrito por Mosquera, como Ministro Plenipotenciario colombiano, y el doctor Carlos Pedemonte, Ministro de RR. EE. del Perú. Ese documento reconocía como frontera entre Colombia y Perú una línea que salía desde Tumbes, pasaba por Macará y se extendía por el Marañón hasta la boca del Yuratí, límite con el Brasil. Dicho de otro modo, la primera frontera entre las repúblicas del Perú y Ecuador no fue negociada y firmada por ningún representante ecuatoriano, sino por un general colombiano.9 Luego, ese infeliz protocolo fue cuidadosamente ocultado por ambos países suscriptores, de modo que el Ecuador ni siquiera tuvo noticias de él hasta que alguna filtración diplomática colombiana lo alertó de su existencia. Entonces Ecuador solicitó a Colombia una copia del mismo, que le fue entregada hacia 1870, es decir, cuarenta años después de suscrito el protocolo. Solo entonces se enteró Ecuador de cual era su línea de frontera con el Perú. LA REVOLUCIÓN ALFARISTA y SU IMPACTO EN COLOMBIA Un nuevo escenario de conflictos entre Ecuador y Colombia se formó a partir de 1895, cuando triunfó la Revolución Liberal ecuatoriana. Si vemos a esta revolución en perspectiva continental, nos hallaremos con que ella formó parte de un esfuerzo coordinado de varios líderes liberales latinoamericanos, unidos por la fraternidad masónica, para transformar sus países y establecer en ellos regímenes laicos, democráticos y cabalmente republicanos. Y quizá la mayor expresión de ese esfuerzo común fue el intento de crear una “Internacional revolucionaria”, que tuvo sus mayores gestores en los ecuatorianos Marcos y Eloy Alfaro y el nicaragüense josé Santos Zelaya. Ese esfuerzo se concretó finalmente en el famoso “Pacto de Amapala”, suscrito en 1894 por los presidentes Zelaya, de Nicaragua, Bonilla, de Honduras, y Gutiérrez, de El Salvador, junto el ecuatoriano Eloy Alfaro, los colombianos Rafael Uribe Uribe y juan de Dios Uribe, y el venezolano joaquín Crespo, pacto al que luego se unieron el peruano Nicolás de Piérola, el panameño Be9 Setenta y tres años después, los norteamericanos le aplicarían a Colombia una receta parecida para despojarle de Panamá: el Tratado Hay–Buneau Varilla,, que privó a Colombia de su istmo y entregó a los EE.UU. la Zona del Canal, fue suscrito por el Secretario de Estado norteamericano y un aventurero francés que actuaba en nombre de la naciente República de Panamá.

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lisario Porras y los cubanos josé Martí y Antonio Maceo. Por ese pacto, los suscriptores comprometieron su ayuda mutua en los campos militar, político y financiero, con miras a conquistar un abanico de objetivos que incluían: la independencia de Cuba y Puerto Rico, la aplicación de la reforma liberal en los países centroamericanos y andinos, y la reconstitución de la Gran Colombia, como puntos de partida para un nuevo proyecto de unidad latinoamericana. Una simple revisión de la cronología política de esos años muestra la seriedad con que los firmantes tomaron su compromiso y el modo coordinado con que ejecutaron sus acciones. Crespo tomó el poder en Venezuela en 1892, entrando en Caracas de modo triunfal, el 6 de octubre de ese año. Zelaya tomó el poder en Nicaragua en julio de 1893, derrocando al conservador Roberto Sacasa. Bonilla depuso del poder al conservador Domingo Vásquez en Honduras y asumió el mando en 1893. Piérola logró coordinar a las montoneras peruanas desde 1893 y alcanzó el gobierno tras una guerra civil de dos años, en la que sus montoneros derrotaron al ejército regular. Los liberales colombianos se alzaron en armas en enero de 1895 contra el gobierno conservador, que les había cerrado las puertas a la participación electoral, y capitularon tras una breve campaña se sesenta días. Por su parte, los liberales cubanos se lanzaron en febrero de 1895 a una nueva campaña por la independencia de su país. Alfaro, llamado por el pueblo ecuatoriano, asumió la jefatura Suprema del país en junio de 1895 y entró triunfalmente en Quito el 4 de septiembre de ese mismo año, tras derrotar a las fuerzas conservadoras en una breve pero durísima guerra civil. Y los liberales colombianos tomaron nuevamente las armas en octubre de 1899 e iniciaron la llamada “Guerra de los Mil Días”, ganada finalmente por los conservadores. A más de la coordinación de sus cronogramas de acción, la fraternidad masónica que unía a todos estos revolucionarios liberales se expresó también en formas directas de colaboración político-militar, en las que Eloy Alfaro destacó notoriamente, tanto a través de sus iniciativas políticas como de sus giras continentales, en las que promovió la formación de una alianza revolucionaria latinoamericana, que tuviera por objetivo el establecimiento de una “Confederación de Estados Sudamericanos”, que contrapesara la influencia continental de los Estados Unidos. También incentivó la celebración de un Congreso Centroameri-

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cano de Plenipotenciarios, que se reunió en 1890, en Acajutla (El Salvador), en el que fueron aprobadas las bases de un acuerdo regional de paz, aunque fracasó el proyecto de reconstituir la República Centroamericana. La acción de esa Internacional Revolucionaria coordinada por Alfaro no se redujo a conversaciones y planes políticos. Pasando de las palabras a los hechos, el presidente venezolano joaquín Crespo entregó fondos para promover las acciones revolucionarias. Lo propio hizo el gobernante nicaragüense josé Santos Zelaya, quien entregó para la causa recursos financieros, armas y un barco, el “Momotombo”, que quedó en manos de Alfaro. Hubo también otras contribuciones para la causa común, de las que se conoce poco o casi nada, en razón del secreto con que se manejaron. Y no faltaron contribuciones específicas para tal o cual proceso nacional, como p. e. el aporte personal de mil pesos que Antonio Maceo hizo a Alfaro para la revolución liberal ecuatoriana. Los participantes del “Pacto de Amapala” habían acordado previamente que esos recursos serían usados en el país donde más próximo estuviera un estallido revolucionario. Y como el estallido se dio primero en Colombia, el barco, las armas y los recursos acopiados fueron canalizados hacia ese país, donde los liberales se habían lanzado a una guerra revolucionaria con más voluntad que recursos y sin contar con el armamento indispensable para una larga campaña, al punto que no pudieron proveer de armas de fuego a grandes contingentes de voluntarios que se enrolaron para la lucha. Para entonces, las fuerzas conservadoras del área coordinaban también sus acciones contrarrevolucionarias, en especial los gobiernos de Bogotá y Quito, que mantenían una estrecha colaboración mutua; estos gobiernos también cruzaban información con el gobierno español, cuyos agentes vigilaban estrechamente a los revolucionarios cubanos y a sus colaboradores en los diversos países. Fue así que Eloy Alfaro, identificado ya como el jefe de esa internacional revolucionaria, fue expulsado de la provincia de Panamá por el gobierno colombiano de Rafael Núñez, a petición del gobierno ecuatoriano de Antonio Flores jijón. Nuestro personaje pasó entonces a Costa Rica y desde ahí emprendió una nueva gira política que lo llevó a Nueva York, San Francisco de California, México, El Salvador y finalmente Nicaragua. Aquí lo esperaba un honroso decreto de la Asamblea Nacional nicaragüense, por el cual “en atención a sus altos merecimientos personales” y a “los grandes ser-

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vicios prestados por él a la causa de la democracia en América Latina” se le otorgaba el grado de “General de División del Ejército de la República”. Ese decreto tenía fecha del 12 de enero de 1895. Cinco meses después, Alfaro recibía desde Guayaquil el aviso de que había sido proclamado jefe Supremo de la República del Ecuador, por lo que regresó de inmediato a su país. Una vez en el poder, Alfaro se empeñó en cumplir con las obligaciones que le imponía el “Pacto de Amapala”, particularmente respecto de la guerra cubana de independencia y la revolución liberal colombiana (“Guerra de los Mil Días”). En cuanto al primer caso, es conocido su frustrado intento de enviar tropas ecuatorianas a pelear por la independencia de Cuba, así como sus gestiones políticas ante el gobierno español. También es conocido su apoyo a la lucha de los liberales colombianos, que en buena medida era una continuación de los apoyos mutuos que en el pasado se habían brindado los liberales de Ecuador y Colombia. El apoyo de Alfaro a la revolución colombiana no sólo se justificó en los ideales comunes y la fraternidad masónica, sino también en la activa colaboración que el gobierno conservador de Colombia, presidido por Miguel Antonio Caro, brindó a los derrotados conservadores ecuatorianos, amparándolos en territorio colombiano, brindándoles apoyo económico y financiero, y entregándoles una franja fronteriza, para que desde ahí incursionaran frecuentemente contra el Ecuador. Alfaro, por su parte, dio protección territorial y entregó apoyo económico, armas y equipos a los revolucionarios colombianos, con miras a que estos lograran abrir un corredor en el frente sur para abastecer por ahí a sus tropas del Cauca. Cabe precisar que igual cosa hicieron entonces los gobiernos liberales venezolanos de joaquín Crespo y Cipriano Castro, quienes proveyeron de armas, recursos y apoyo logístico a los liberales colombianos del departamento de Santander. Y tampoco faltó el sostenido apoyo del gobierno nicaragüense de Zelaya, que ayudó, conjuntamente con el gobierno ecuatoriano de Alfaro, a la fuerza liberal colombiana de Belisario Porras que incursionó en Panamá desde Centroamérica, con ánimo de abrir un nuevo frente de guerra contra el gobierno de Bogotá. Varias fueron las incursiones militares hechas en ese periodo desde Colombia contra el Ecuador, bajo la coordinación de los generales colombianos Miguel Montoya, jefe del Sur del Cauca, y N. Domínguez,

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enviado especial del gobierno colombiano. La primera tuvo lugar en 1895, cuando el jefe conservador ecuatoriano Aparicio Ribadeneira, autoproclamado “Capitán General de los Ejércitos, Supremo Director de la Guerra y Encargado Provisional del Poder Ejecutivo”, empezó una campaña de reclutamiento de mercenarios en las poblaciones del sur de Colombia, con fondos y armas provistos por las autoridades colombianas; de este modo logró formar una columna de más de 100 pastusos, con la que fortaleció sus propias tropas, cada vez más afectadas por la deserción. Sin embargo, por presión directa del Presidente colombiano, que buscaba guardar al menos un aparente respeto al derecho internacional, Ribadeneira se vio compelido a ocupar “siquiera un palmo de terreno ecuatoriano”, como condición indispensable para continuar recibiendo el reconocimiento oficial colombiano de “representante del Gobierno Constitucional del Ecuador” y el consecuente apoyo económico y militar.10 Buscando, pues, controlar el territorio de la sierra norte para asentar allí su gobierno, el ex-Ministro lanzó una operación militar contra Ibarra, a cargo de los batallones Ayacucho y San Gabriel, dirigidos por el comandante Ricardo Cornejo. La operación resultó un fracaso, pues los expedicionarios fueron derrotados en Ibarra por las fuerzas liberales del coronel Nicanor Arellano. Esto produjo un generalizado derrotismo en el resto de emigrados conservadores, que terminó por frustrar la continuación de la campaña. Al fin, el gobierno colombiano desarmó a los emigrados y mercenarios, poniendo fin, por el momento, a la acción militar de éstos en la región fronteriza colombo-ecuatoriana (3 de octubre de 1895). Posteriormente, nuevas incursiones militares contra el Ecuador fueron organizadas por los conservadores ecuatorianos emigrados, con el activo respaldo del gobierno de Colombia y del Obispo de Pasto, fray Ezequiel Moreno Díaz, que convirtió a la guerra contra los liberales ecuatorianos en su particular “guerra santa” contra el odiado liberalismo.11 Teniendo como “Comandante General de Operaciones” al coronel colombiano Almeida, el prelado formaba ejércitos de pastusos fanáticos y los lanzaba contra el vecino país, proclamando que “el liberalismo es pecado, es un error contra la fe y está condenado por la iglesia”. También protegía a los cristeros ecuatorianos derrotados y, sin
10 Miguel A. González Páez, “Memorias Históricas”, Editorial Ecuatoriana, Quito, 1934, págs. 228-9. 11 Desde 1992, fray Ezequiel Moreno es santo de la Iglesia católica.

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recato alguno, instruía a los sacerdotes de su jurisdicción para la recluta de combatientes: “Procurad, Venerables Cooperadores, –les decía– que vuestros pueblos no vean impasibles la guerra que se hace a jesucristo y a su Religión Santa”. Uno de sus protegidos en Pasto era don Pedro Schumacher, el obispo de Portoviejo, que había desatado la guerra civil en la provincia de Manabí, proclamando “el exterminio de los impíos”. Al fin, como el aguerrido ejército ecuatoriano derrotara una y otra vez a los invasores (que en enero de 1899 llegaron a penetrar hasta el nudo de Sanancajas)12, fray Ezequiel y sus cómplices buscaron provocar la directa intervención de tropas colombianas en los ataques al Ecuador. Entonces, al gobierno de Alfaro le salió un aliado inesperado: lastimado su espíritu patriótico por la descarada intervención extranjera en los asuntos internos de su país, el obispo de Ibarra, monseñor Federico González Suárez, dirigió a los sacerdotes de su jurisdicción una notable carta en la que advertía: Cooperar de un modo u otro a la invasión colombiana, sería un crimen de lesa Patria; y nosotros los ecuatorianos no debemos nunca sacrificar la Patria para salvar la Religión: el patriotismo es virtud cristiana y, por lo mismo, muy propia de sacerdotes. Exasperados, fray Ezequiel y sus áulicos se lanzaron contra González Suárez. Mediante folletos y pasquines le dijeron de todo: “apóstata”, “oportunista”, “infame”, “tonto”, “turiferario del crimen victorioso”, etc. El más afiebrado insultador del obispo de Ibarra fue Schumacher, quien, según el mismo González Suárez, lo había “perseguido con encarnizamiento” desde años atrás, por revelar en la Historia General del Ecuador la corrupción eclesiástica existente en la época colonial. Y se dice que la facción pastusa llegó incluso a planear el asesinato del prelado ecuatoriano. La polémica entre los obispos de Pasto e Ibarra fue tremenda. Entre otras publicaciones, fray Ezequiel lanzó un violento folleto titulado “O catolicismo o liberalismo. No es posible la conciliación”. En él, señaló a “los cómplices más notables del liberalismo”, que en su opinión eran: 1.- Los que dan su voto por candidatos liberales. 2.- Los que con12 En el duro combate de Sanancajas, ocurrido el 23 de enero de 1899, hubo 44 muertos, en su mayor parte colombianos.

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tribuyen con su dinero a la mejor organización del Partido Liberal. 3.Los que asisten a fiestas liberales; los que concurren a entierros liberales;... los que... llenan de aplausos a los que pronuncian discursos liberales. 4.- Los que se suscriben a periódicos liberales. 5.- Los que mandan a sus hijos o dependientes a escuelas y colegios liberales... Según este cruzado de la fe, ni siquiera se salvaban del anatema “las mujeres que se adornan con cintas rojas o engalanan sus casas y balcones con trapos rojos en las fiestas...” Como si todo esto no bastara, el actual santo viajó en 1898 a Roma, para que la Sagrada Congregación dirimiera sus contradicciones con monseñor González Suárez. La opinión del Vaticano le fue favorable y el 30 de mayo del año siguiente Ezequiel tuvo una “entrada triunfal en Pasto, resarcido de tantos pesares”. A partir de entonces, prosiguió con más bríos su guerra santa contra el liberalismo ecuatoriano, mientras la feroz guerra civil llamada “De los Mil Días” agitaba ya el suelo colombiano. Entonces Alfaro pasó a la ofensiva: envió un contingente de tropas en apoyo de los liberales colombianos y prestó todo su apoyo y protección a sus coidearios del país vecino que se organizaban o refugiaban en nuestro país. Y el 29 de marzo de 1900 ordenó que sus tropas regulares cruzaran la frontera y liquidaran al nuevo ejército mercenario formado por el obispo de Pasto y acampado en Ipiales. En represalia, tropas regulares colombianas y cristeros atacaron Tulcán, donde fueron derrotadas. Como es sabido, los liberales colombianos no lograron vencer a las fuerzas de contención que los conservadores habían colocado en la frontera sur, con lo cual perdieron la posibilidad de beneficiarse en mayor medida del apoyo alfarista. Y tras ello se instaló en el Ecuador el gobierno de Leonidas Plaza Gutiérrez (1901), que continuó la reforma liberal en el interior pero negó todo apoyo a la revolución liberal colombiana, obteniendo a cambio que el gobierno de Bogotá refrenara al obispo de Pasto y su “guerra santa” contra el alfarismo y retirara el apoyo militar a los conservadores ecuatorianos emigrados; años más tarde, por el Tratado Peralta-Uribe (1910) Colombia se comprometió a la internación de los frailes capuchinos refugiados en Pasto, que seguían en actitud agresiva.

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DELIMITACIÓN FRONTERIZA DE ECUADOR CON PERú BEMOLES DEL PROTOCOLO MOSQUERA–PEDEMONTE La aplicación del Protocolo Mosquera–Pedemonte enfrentó vicisitudes sin cuento. Buscando aprovechar en su favor la disolución de la Gran Colombia y la formación del nuevo “Estado del Ecuador”, Perú inició con posterioridad una turbia campaña de desprestigio contra este documento, tratando de anular sus efectos jurídicos mediante contradictorios argumentos, entre ellos la inexistencia de una de las partes firmantes (la República de Colombia) a la fecha de la suscripción y la falta de aprobación legislativa. Obviamente, el Perú violaba con ello un principio fundamental de las relaciones internacionales, cual es el denominado “pacta sun servanda”, que reconoce a los tratados y convenios entre los países como una ley obligatoria para las partes. Posteriormente, tras la misteriosa desaparición de las copias originales del documento, incluida la que poseía Colombia en su legación de Lima, el gobierno del Perú empezó a utilizar un argumento adicional, que luego ha sido repetido neciamente por los historiadores peruanos: que el protocolo era falso y que nunca fue suscrito.13 Por suerte, el Ecuador posee una copia certificada de dicho documento que le fuera proporcionada en 1906 por el Gobierno de Colombia, gracias a gestiones del Ministro Plenipotenciario ecuatoriano julio Andrade. También hay numerosas pruebas adicionales de su existencia, tales como los reconocimientos de su validez hechos por historiadores y estadistas peruanos de la talla de don Carlos Paz Soldán, el doctor Arturo García y el doctor Alberto Elmore, este último Ministro de RR. EE. del Perú. LA PRIMERA “GUERRA DEL PACÍFICO” Frenado en su expansión hacia el norte por la derrota de Tarqui, Perú reemprendió su expansión hacia el sur y el sureste. Si el general Gutiérrez de la Fuente había ofrecido ayuda militar a su amigo Santa Cruz, boliviano de nacimiento, para que se impusiera por la fuerza en su país,
13 En 1911, Luis Ulloa publicó en Lima una obra titulada “Algo de Historia. El falso Protocolo Pedemonte-Mosquera”. La doble tesis de su falsedad e invalidez ha sido publicitada, más recientemente, por Gustavo Pons Muzzo, en su obra “Estudio histórico...”

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el mariscal Gamarra, tras ser electo presidente del Perú (31 de agosto de 1829), se lanzó a promover por todos los medios la agregación de Bolivia al Perú. En los diez años siguientes, el militarismo peruano –del que Santa Cruz era uno de los líderes– anarquizó al Perú y Bolivia con sus alianzas y contra alianzas, sus revueltas y alzamientos, y creó finalmente un clima de inseguridad en toda el área meridional de Sudamérica, al constituir la Confederación Perú-Boliviana y emprender en una política agresiva hacia los estados limítrofes del sur. Como consecuencia de ello, la Confederación presidida por Santa Cruz entró en guerra con la República Argentina y posteriormente debió enfrentar una guerra con Chile, cuyo ejército ocupó Lima con el apoyo de los “restauradores” peruanos que dirigía Gamarra. El Ecuador fue invitado entonces por Chile para que participara en la guerra contra la Confederación, ofreciéndosele a cambio la consagración de sus territorios amazónicos y la entrega del departamento peruano de La Libertad.14 Respetuoso de sus convenios con los países vecinos y amante de la paz, el Ecuador se negó a ello y no participó de la guerra ni de los beneficios del posterior triunfo chileno, completado en marzo de 1939. Por otra parte, en un acto de inexplicable ceguera, el gobierno de Quito tampoco quiso sacar ventaja de la crisis peruana y de los ventajosos arreglos territoriales que el gobierno confederado ofreció al Ecuador, para garantizarse su neutralidad en el conflicto.15 SEGUNDA INVASIÓN PERUANA AL ECUADOR El fin de la Confederación y el destierro de Santa Cruz no terminó, por cierto, con el militarismo peruano, que ahora se nucleó bajo el gobierno de la “Restauración”, que presidía Gamarra. Tampoco puso fin al sueño imperial del Perú, que volvió a extender sus tentáculos hacia Bolivia pero fue frenado por las tropas de Ballivián en los campos de Ingavi, cerca de La Paz, el 18 de noviembre de 1841. Gamarra quedó muerto en el campo de batalla. El triunfo chileno sobre Santa Cruz y la posterior muerte de Ga14 Phillip T. Parkerson, “Andrés de Santa Cruz y la Confederación Perú-Boliviana. 1835-1839”, Ed. juventud, La Paz, 1984, p. 209 15 Véase al respecto: jorge Basadre, “Historia de la República del Perú. 1822-1933”, Edit. Universitaria, Lima, 1969, t. III, pp. 176-177.

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marra privaron de sus mayores líderes al militarismo peruano y frenaron temporalmente el expansionismo del Perú, por lo que sus países vecinos pudieron gozar de relativa paz durante unos pocos años. En el caso del Ecuador, esos años de paz sirvieron para emprender reiterados intentos de solución al problema de límites con el Perú, que fracasaron siempre por la mala fe con que actuaba este país, cuyo interés no se orientaba a concluir un arreglo definitivo sino a cuestionar la validez del Tratado de Guayaquil y dilatar su ejecución, como forma de ganar tiempo, mientras sus tropas ocupaban progresivamente los territorios ecuatorianos de la región amazónica. Así se explica el fracaso de la misión Elizalde en el Perú (1839), la malintencionada actitud del plenipotenciario peruano Matías León en Quito (1841-1842), el agresivo trato dado en Lima al plenipotenciario ecuatoriano Bernardo Daste por el canciller Charún (1842) y la creación de una jurisdicción militar peruana en Loreto (1853), que abarcaba territorios ecuatorianos situados al norte del Amazonas. Empero, ya desde 1846 empezó a revivir nuevamente el militarismo peruano, esta vez bajo el liderazgo del mariscal Ramón Castilla, cuyo ascenso al poder coincidió con el descubrimiento del guano como nuevo recurso exportable del país. Los nuevos recursos fiscales permitieron a Castilla emprender un proceso de centralización administrativa y fortalecimiento militar del Perú. Así, creó una poderosa Guardia Nacional, equipó con dos modernos barcos a vapor (el “Rímac” y el “Amazonas”) a la armada de guerra peruana y aumentó su cuadro de oficiales y tropas. Fue tal el esfuerzo militarista del Perú que, en aquel período, “la mayor parte de los ingresos fiscales se consumían en ejército y marina.”16 Obviamente, esas nuevas y poderosas fuerzas armadas peruanas no estaban destinadas sólo a lucir sus uniformes en los desfiles, sino a sostener y desarrollar una renovada política expansionista en el área del Pacífico Sur. Con todo, durante ese primer gobierno de Castilla solo hubo dos pequeños conflictos internacionales, uno con el Ecuador y otro con Bolivia. Durante el gobierno del sucesor legal de Castilla, josé Rufino Echenique (1851-1855), la política expansionista peruana cobraría nuevo vigor. Perú puso en marcha una activa colonización de ambas riberas del Amazonas y sus confluentes, sin respetar los derechos ecuatorianos
16 L. A. Sánchez, id., p. 262.

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y apoyó la expedición militar de Flores contra el Ecuador. También invadió el litoral de Bolivia, a pretexto de contradicciones comerciales, y ocupó militarmente el puerto boliviano de Cobija (1853). Pero fue en el segundo gobierno de Castilla (1855-1862) cuando el poder militar del Perú se enfiló directamente contra el Ecuador. Para comenzar, Castilla azuzó la guerra civil que se había iniciado en el Ecuador, proveyendo de armas y dinero a los enemigos internos del gobierno de Francisco Robles y especialmente a Gabriel García Moreno. Luego, cuando la anarquía había cundido ya en el país vecino y actuaban, a la vez, cuatro gobiernos regionales (en Quito, Cuenca, Loja y Guayaquil), el mariscal-presidente, según lo reconoce un destacado historiador peruano, “para reforzar su prestigio personal ... ordenó el bloqueo de Guayaquil y, luego, él mismo, en persona, estableció su cuartel general en el país ecuatoriano”.17 El pretexto de la nueva intervención fue impugnar el pago en terrenos baldíos hecho por el gobierno ecuatoriano a los acreedores británicos de la deuda de la independencia, en 1854, (Convenio Espinel–Mocatta) ratificado en 1857 por un nuevo convenio (Icaza–Pritchett) que señalaba las zonas destinadas al pago, entre las cuales se incluía un millón de cuadras cuadradas en el cantón Canelos, junto al río Bobonaza. Adicionalmente, la actitud provocadora del Ministro peruano en Quito, juan C. Cavero, hizo que el Ecuador cortara comunicaciones con él y dio lugar a un grave entredicho diplomático, que concluyó con el “bloqueo pacífico” de los puertos ecuatorianos decretado por Castilla, el 26 de octubre de 1858, al cual siguieron la llegada del gobernante peruano con varios barcos y 5.000 soldados, y la ocupación de Guayaquil y otras partes de la costa ecuatoriana por las tropas invasoras. En esas condiciones, Castilla escogió como su interlocutor al gobierno regional de Guayaquil, presidido por el general Guillermo Franco, y le impuso el “Tratado de Mapasingue” (25 de enero de 1860), por el que se obligaba al Ecuador a reconocer los supuestos títulos territoriales del Perú sobre la región amazónica y a renunciar a la propiedad de los territorios orientales de Quijos y Canelos. Ese pretendido Tratado fue rechazado ese mismo año por la Convención Nacional reunida en Quito, la cual lo declaró nulo, odioso, sin valor ni efecto, por cuanto había sido “mandado forjar por una autoridad incompetente y usurpadora”. Y es que el “convenio” era tan
17 L. A. Sánchez, id., pp. 265-266.

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irrito que se negó a ratificarlo el mismo congreso del Perú, aduciendo que “no (era) un tratado, porque éstos no pueden celebrarse sino con Gobiernos legalmente constituidos, o que dominen de hecho la totalidad de una nación...” (1863). LA SEGUNDA “GUERRA DEL PACÍFICO” La política armamentista y el expansionismo del Perú hacia la costa sur produjo, inevitablemente, la resistencia de Chile, que veía amenazados sus intereses nacionales. Quedaron, así, sentadas las bases para la segunda guerra del Pacífico, que estalló en 1879 y en la cual las armas chilenas volvieron a imponerse a las de la alianza peruano-boliviana. Antes y durante el conflicto, Chile propuso reiteradamente al Ecuador que se le uniera en la guerra contra el Perú, ofreciéndole a cambio ventajas territoriales sobre este país. Pero el Ecuador, empeñado desde tiempos de García Moreno en una política de neutralidad frente a la disputa por la hegemonía del Pacífico Sur, hizo oídos sordos a los llamados de Chile, su aliado natural, para que atacase por el Norte, y cubrió con su inacción las espaldas del Perú durante el conflicto. Incluso posteriormente, cuando su triunfo era ya casi total, Chile invitó al Ecuador a participar en el conflicto, ofreciéndole repartirse entre ambos los despojos del vencedor, pero su afán de paz y una inexplicable lealtad con el Perú llevaron al gobierno del Ecuador a mantenerse tercamente aferrado a una neutralidad casi suicida. Así lo reconoció, años más tarde, en comunicación reservada al Congreso peruano, el Ministro Plenipotenciario del Perú, doctor Arturo García, diciendo: Conviene no olvidar ... el grave peligro en que estuvimos, por no haber resuelto oportunamente la disputa de límites, de ver al Ecuador unido a nuestros enemigos en la última guerra. Conocidas son todas las activas gestiones que en este sentido hizo la Cancillería chilena y los esfuerzos y ofrecimientos de sus ministros en Quito, don Joaquín y don Domingo Godoy. Si en esos momentos el Presidente del Ecuador, que entonces lo era el General Ignacio de Veintimilla, hubiera seguido ciertos consejos, la cuestión de límites se habría resuelto bien a nuestra costa.18
18 “Memoria que eleva al Gobierno el Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario Dr. D. Arturo García, al entregar el original del Tratado de Límites con el Ecuador firmado en Quito el 2 de mayo de 1890.”

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La derrota en la guerra del Pacífico tuvo para el Perú terribles consecuencias. Por el Tratado de Ancón (23 de octubre de 1883), Chile le impuso al Perú la cesión perpetua e incondicional de la provincia de Tarapacá y la ocupación legal de las provincias de Tacna y Arica por un lapso de diez años, al cabo de los cuales debía realizarse un plebiscito para decidir el definitivo dominio sobre ellas. El plebiscito nunca se efectuó y Chile retuvo ambas provincias hasta 1929, año en que firmó con Perú un tratado por el que devolvía a éste la provincia de Tacna e incorporaba definitivamente a su territorio la de Arica. La derrota peruana tuvo también consecuencias para el Ecuador. Un sector influyente de la civilidad peruana valoró en su real magnitud la ayuda prestada a su país por la neutralidad ecuatoriana y, deseando garantizarse para siempre la amistad del Ecuador frente a posibles conflictos futuros, buscó resolver para siempre el problema limítrofe con su vecino del norte. Claro está, ello era posible también porque el ejército del Perú se hallaba diezmado por la derrota y el militarismo peruano había caído en total desprestigio, no quedándole a la diplomacia sureña otro camino que el de la negociación y la paz. Fue en ese marco que, por primera vez en su historia, el Perú buscó una aproximación amigable con el Ecuador y su liderazgo diplomático se empeñó en la resolución definitiva del problema territorial que había enfrentado a ambas repúblicas desde su fundación. La voluntad de paz y comprensión mostrada por el Ecuador facilitó la realización de negociaciones directas, que sustituyeron al proceso de arbitraje del Rey de España, acordado antes por ambos países, y condujeron finalmente a la firma del Tratado Herrera-García (2 de mayo de 1890), negociado entre los plenipotenciarios doctor Pablo Herrera, por Ecuador, y doctor Arturo García, por Perú. Por ese documento, ambos países se esforzaron en comprender los puntos de vista e intereses del contrario y acordaron hacerse mutuas concesiones para llegar al establecimiento de una línea de frontera aceptable para ambas partes. Así se explica también la pronta ratificación que el Congreso ecuatoriano dio al Tratado, pese a la conciencia que había sobre los renunciamientos que éste conllevaba. Por desgracia, el tratado fue torpedeado en el Congreso peruano, donde el trauma causado por la pérdida de sus provincias costeras a manos de Chile había generado un espíritu chovinista y revanchista. Por ello, se lo “aprobó” con modificaciones tales que volvían im-

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posible su aceptación por el Ecuador. Así se perdió una ocasión de oro para la consecución de una paz definitiva y sólida entre ambos países. En adelante, la diplomacia peruana volvería a empeñarse en las consabidas dilatorias, a la espera de inclinar a su favor el arbitraje del Rey de España y ganar tiempo para la reconstitución del poder militar del Perú. LAS TENSIONES FRONTERIZAS DE 1910 Fracasado el esfuerzo de paz y amigable entendimiento que significó el Tratado Herrera-García, Ecuador y Perú no hallaron más salida que continuar sometidos al proceso de arbitraje. Pero el arbitraje era un camino lleno de riesgos y, como se vio luego, también de trampas, pues lo que el Perú pretendía no era un arbitraje general sino solo uno reducido a sus nuevas ambiciones frente al tratado Herrera-García. Ello evidenciaba una terrible mala fe, pues se había obligado a nuestro país a renunciar previamente a sus derechos, para llevarlo luego a un arbitraje. Inevitablemente, ello produjo incidentes populares en ambos países (1893) y nuestro Encargado de Negocios debió abandonar Lima. La mediación de la Santa Sede y Colombia evitó entonces el estallido de un conflicto armado. Surgieron, entonces, nuevas ideas para concluir un arreglo. Y en el intermedio, mientras las tratativas seguían su curso, se produjeron revoluciones en ambos países y triunfaron sucesivamente las fuerzas liberales del Perú (17 de marzo de 1895) y el Ecuador (4 de septiembre de 1895), creándose por algunos años un ambiente de distensión, gracias a la identidad ideológica de sus gobiernos.. Durante su gobierno (1895-1899), Piérola se preocupó de refrenar el caudillismo militarista que había asolado al Perú en la etapa anterior, y para ello emprendió una reorganización del ejército, con ayuda de una misión militar francesa. Alfaro, por su parte, tomó conciencia de los peligros internacionales que acechaban al Ecuador y diseñó un plan de fortalecimiento estratégico del país, que incluía la modernización y profesionalización de las fuerzas armadas y la construcción de una red de vías ferroviarias. En la ejecución de su plan, contrató una misión militar chilena, fundó el Colegio Militar, para la formación de oficiales, y la Academia de Guerra, para su posterior perfeccionamiento; también creó la Escuela de Clases y los Cursos Militares de Aplicación, para la formación profesional

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de los suboficiales y la tropa. A su vez, se puso en marcha un gran proyecto de ferrocarriles nacionales, con miras a unir la Sierra y la Costa (línea Guayaquil- Quito), vincular al norte con el sur (ferrocarril TulcánLoja, ferrocarril de El Oro y ferrocarril de Manabí) y colonizar y poblar la región oriental (ferrocarril al Curaray). Además, el plan ferroviario respondía también a una estrategia de defensa nacional, pues permitiría una rápida movilización de tropas desde y hacia cualquier lugar de país. Pero la distensión entre ambos países comenzó a esfumarse en los últimos años del siglo XIX, a consecuencia del retorno al poder del “partido civilista” peruano liderado por Manuel Pardo, expresión histórica de la vieja oligarquía con sueños virreinales. La proximidad de emisión del laudo arbitral español inflamó el ánimo de ambos pueblos y creó un ambiente prebélico desde 1809, pues el Perú convocó a sus fuerzas de reserva y el Ecuador respondió con igual medida. Un nuevo intento de mediación, de los Estados Unidos, fracasó por la oposición del Perú, que continuó con sus aprestos de guerra, ante lo cual el Ecuador invocó la amistad de Chile, país que proporcionó armamento al Ecuador, le entregó en venta un moderno buque de guerra y envió una misión naval-militar para que ayudase al entrenamiento de las fuerzas ecuatorianas. Paralelamente, en ambos países se produjeron ataques contra las representaciones diplomáticas del otro, lo que dio pie al Perú para presentar un pliego de reclamos que constituían un verdadero ultimátum, y que fueron rechazadas por la cancillería del Ecuador. Continuando con su plan intimidatorio, el Perú ordenó a su flota de guerra zarpar hacia el Golfo de Guayaquil, lo que fue respondido con una orden del presidente Eloy Alfaro para que el cazatorpedero “Libertador Bolívar” se hiciera a la mar y enfrentara a la flota sureña. Entonces, frente a la firmeza del gobierno alfarista, el Perú dispuso el retorno de su flota a El Callao y retiró el pliego de exigencias presentado. Con todo, la crisis no terminó ahí, pues, consideradas las críticas circunstancias políticas reinantes, el Ecuador solicitó la inhibición del Real Arbitro español. Entretanto, el Perú había concentrado dos divisiones de tropas en la frontera y efectuaba constantes provocaciones militares, a la vez que su flota de guerra volvía a dirigirse al Golfo de Gua- yaquil. Fue entonces cuando el Ecuador mostró su capacidad de respuesta: utilizando el nuevo ferrocarril del Sur, Alfaro trasladó rápidamente varios cuerpos de tropas a la frontera y él mismo se colocó a la

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cabeza de ellas, listo a repeler la agresión peruana. Al fin, la mediación de Chile, Argentina, Brasil y los Estados Unidos, solicitada por el Perú, evitó el estallido de la guerra, mientras el árbitro español anunciaba formalmente la suspensión momentánea del arbitraje. Los países mediadores propusieron de inmediato un plan de separación y desmovilización de fuerzas, que fue acatado por las partes, y un proyecto de protocolo que no fue aceptado por el Ecuador, que planteó reformas a su texto. Esas reformas apuntaban, en esencia, a lo siguiente: que las negociaciones directas estuviesen bajo la acción de los mediadores; que la sede de las negociaciones fuera Washington, y que Colombia –de acuerdo a los compromisos del Protocolo Peralta-Uribe– estuviera también presente en esas negociaciones. ENREDADO EN LOS “HILOS DE LA DIPLOMACIA” En 1910, mientras nuestro país enfrentaba la amenaza de una nueva invasión peruana, un gran historiador y mejor patriota, monseñor Federico González Suárez, Arzobispo de Quito, proclamó lleno de indignación: Si ha llegado la hora de que el Ecuador desaparezca, que desaparezca, pero no enredado en los hilos de la diplomacia sino en los campos del honor, al aire libre y con el arma al brazo. No lo arrastrará a la guerra la codicia sino el honor. El 24 de noviembre de 1910, el Real Arbitro se inhibió definitivamente y los dos países se abocaron a una interminable negociación alrededor de lo que se denominó entonces “la fórmula mixta”, que tampoco condujo a resultado alguno, pues lo que Perú quería era ganar tiempo mientras negociaba con Colombia y Chile un arreglo definitivo de límites y dejaba al Ecuador aislado de sus aliados. De este modo, pese a los compromisos públicos y secretos adquiridos con el Ecuador para una defensa común del patrimonio común, Colombia firmó con Perú el Tratado Salomón–Lozano (24 de marzo de 1922), por el cual cedía a este país gran parte de los territorios que el Ecuador le cediera antes a ella, en la zona del Putumayo. Ecuador, sintiéndose traicionado, rompió relaciones con Colombia. Casi paralelamente, el gobierno peruano avanzó conversaciones con Chile, llegando

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el 20 de julio de 1922 a firmar con este país un acta, por la que se designaba al Presidente de los EE. UU. como árbitro de las estipulaciones no cumplidas del Tratado de Ancón. Algunos años más tarde, en julio de 1929, Chile firmó con Perú el Tratado definitivo de Paz, lo que dejó sin piso a la amistad ecuatoriano–chilena. Tras el gobierno de Alfaro, la política exterior ecuatoriana había vuelto a sus cauces tradicionales de apocamiento e irresolución y quedado enredada, una vez más, en las argucias legales y enredos de trámite planteados por la diplomacia peruana. El último acto del drama negociador se dio a partir de 1936, cuando se iniciaron las conferencias en Washington, acordadas meses antes por el Protocolo Viteri–Ulloa. Fueron dos años de inútiles escaramuzas jurídicas, en las que cada parte volvió a insistir en sus consabidos argumentos, y al fin el Perú abandonó las negociaciones en septiembre de 1938. De nada sirvieron los pedidos ecuatorianos para que los demás países de América presionaran al Perú a volver a la mesa de negociaciones, pues todos respondieron que cooperarían a un arreglo si ambos países se lo pedían conjuntamente. Un último intento ecuatoriano por restablecer las negociaciones, hecho en 1938, durante la Octava Conferencia Panamericana, tampoco dio resultado alguno. Todo parecía indicar que el Perú se encaminaba hacia la búsqueda de una solución militar al diferendo. LA AGRESIÓN PERUANA DE 1941 y EL TRATADO DE RÍO A partir de 1939, menudearon las acusaciones y provocaciones peruanas contra el Ecuador, que tardíamente trataba de establecer puestos fronterizos en ciertos sitios de su territorio amenazados por la constante y progresiva ocupación peruana. Para 1940, los aprestos bélicos del Perú eran ya evidentes y la cancillería ecuatoriana se prodigó en denuncias y llamados de atención a los gobiernos de América, sin ninguna respuesta positiva. Entonces el Ecuador apresuró dos medidas defensivas que consideraba indispensables: el inicio de la construcción de la carretera Cuenca–Loja, que permitiría movilizar refuerzos hacia la frontera sur, y la autorización de un empréstito de 30 millones de dólares para la defensa nacional. Esas tardías medidas, publicitadas inadecuadamente, sólo contribuyeron a que el Perú acelerara la agresión antes de que nuestro país mejorase su ca-

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pacidad defensiva. Ese mismo año, el congreso peruano aprobó un presupuesto de defensa de 600 millones de soles. En septiembre, tropas peruanas incursionaron en Zamora. En diciembre, Perú efectuó la primera concentración de tropas en la frontera norte, mientras el Director de la Escuela Superior de Guerra, coronel Eloy Ureta, daba los últimos toques al plan de invasión, cuya sola idea entusiasmaba a los jóvenes oficiales. Alarmado por esa guerra de agresión que el militarismo de su país preparaba contra el Ecuador, el líder del APRA, Víctor Raúl Haya de la Torre, conocido por sus ideas de unidad indoamericana, denunció el asunto a diplomáticos de otros países del área, asegurando conocer que la acción contra el país vecino se produciría a fines de ese mismo mes (febrero de 1941). Siguieron varios meses de agitación, en los que el Ecuador siguió clamando por la intervención pacificadora de los países americanos. Al fin, en mayo de 1942, Argentina, Brasil y los Estados Unidos ofrecieron sus “amistosos servicios” para lograr una “pronta equitativa y final” solución al problema limítrofe. Empero, una vez más, el asunto no pasó de las palabras, pues los mediadores, ante la sorda oposición peruana, prefirieron no dar ningún paso. La invasión se inició finalmente el 23 de julio, tras terminar el invierno. Luego de montar algunos incidentes fronterizos, 13 mil soldados peruanos de la “Agrupación Norte” invadieron el Ecuador, apoyados por abundante y moderno equipo de artillería, blindados y aviación. El pequeño e impreparado ejército ecuatoriano, de apenas mil hombres, resistió valerosamente el empuje enemigo y en algunos lugares hasta llegó a montar exitosos contraataques, pero finalmente fue arrollado por la poderosa maquinaria de guerra peruana, cuya aviación bombardeó salvajemente a ciudades y poblaciones inermes, incendiando hospitales y masacrando a civiles inocentes, mientras columnas blindadas avanzaban hacia el norte y fuerzas paracaidistas descendían en la retaguardia del ejército ecuatoriano. Cuatro días más tarde, la derrota militar se había consumado y una marea de refugiados civiles y soldados en retirada siguió marchando hacia el interior del país, mientras el ejército peruano afianzaba sus posiciones en la provincia de El Oro. Entretanto, los mediadores empezaban a actuar, por fin, y lograban acordar un cese al fuego entre los dos países, que debía iniciarse el 26 de julio a las 6 de la tarde. Ecuador aceptó el cese al fuego y reagrupó sus fuerzas más atrás, pero el Perú continuó su agresión, ocu-

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pando fácilmente las posiciones dejadas por el Ecuador y tomando las islas de jambelí. Nuevos ceses de fuego fueron sistemáticamente violados por el Perú, cuya aviación bombardeó ciudades y pueblos, mientras sus paracaidistas tomaban por asalto las ciudades orenses de Arenillas, Santa Rosa, Puerto Bolívar y Machala. En los meses siguientes, el Perú buscó imponer al Ecuador un “arreglo directo”, que estableciera una línea definitiva de frontera que respondiera a sus máximas pretensiones anteriores. En esas circunstancias, el japón atacó a la base naval norteamericana de Pearl Harbour (7 de diciembre), por lo que fue convocada urgentemente una Reunión Consultiva de Cancilleres de la OEA, que se inició en Río de janeiro, en enero de 1942. Fue en ese marco donde el país agresor impuso a su víctima el inicuo Protocolo de Río de Janeiro (29 de enero de 1942), contando para ello con la activa colaboración de los Estados Unidos, que deseaban concluyera prontamente ese “incidente” para debatir lo que realmente les interesaba: la ayuda que debía darles América Latina en su próxima guerra contra los países del Eje. Violando la propia carta de la OEA y el afamado principio americano de que “la victoria no da derechos”, le fue impuesto al Ecuador un tratado de límites que le cercenaba la mayor parte de su territorio oriental y le privaba de acceso al Amazonas, el histórico “Río de Quito”. Poco después, en un alarde triunfalista, la cancillería peruana publicaba un folleto titulado “El Protocolo de Río ante la Historia”, en el que se decía: “Peruano: Puedes estar orgulloso del Tratado de Río porque: 1º. El Perú ha obtenido en 1942 que el Ecuador reconozca la soberanía absoluta de Tumbes, Jaén y Maynas; 2º. El Perú ha obtenido en 1942 que el Ecuador declare que no es país amazónico; 3º El Perú en 1942 ha obtenido 200.000 kilómetros más que en 1829; ... 70.000 kilómetros más que en el Tratado de 1890; ... 7º. El Perú es el único dueño del Marañón y posee el curso de los ríos Santiago, Morona, Pastaza, Tigre y Napo, hasta puntos donde no llegó ninguna posesión anterior.” Una vez iniciado el proceso demarcatorio de la nueva frontera

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con el Perú, Ecuador hubo de enfrentar nuevamente las interpretaciones arbitrarias y tramposas del vencedor, que buscaba extender sus fronteras aún más allá de la línea fijada en el Protocolo de Río. Pero, al llegar a la zona Zamora–Santiago, los trabajos demarcatorios se encontraron con una dificultad insalvable, pues la geografía existente no correspondía a la señalada en el protocolo de Río. Fue así como las partes solicitaron la ayuda de la fuerza aérea norteamericana para la elaboración de un mapa de la región. Ese mapa estuvo listo en febrero de 1947 y reveló que, en vez del “divortium aquarum de los ríos Zamora y Santiago” señalado en el protocolo, existía una cuenca hidrográfica intermedia, la del Cenepa, lo que marcaba la existencia de dos divorcios de aguas: uno entre el Zamora y el Cenepa, y otro entre el Cenepa y el Santiago. Puesto que ello volvía inejecutable el Protocolo de Río, el Ecuador planteó al Perú el reconocimiento y estudio común del problema, y luego, ante su negativa, planteó en marzo de 1951, ante los garantes del tratado, la “inejecutabilidad del Protocolo de Río de janeiro”, posición que mantuvieron los posteriores gobiernos ecuatorianos. A eso siguió la tesis de la “nulidad del Protocolo”, que contribuyó a crear una renovada conciencia nacional e internacional sobre el problema territorial existente entre el Ecuador y el Perú. EL PROBLEMA TERRITORIAL EN EL PERIODO 1968–2000 La quinta presidencia del doctor josé María Velasco Ibarra, iniciada en 1968, coincidió con el inicio en el Perú de la llamada “revolución nacionalista”, bajo el liderazgo del general juan Velasco Alvarado. Respondiendo a un plan secreto de las Fuerzas Armadas del Perú, denominado “Plan Inca”, el gobierno militar se lanzó a una audaz transformación de las estructuras económico-sociales del país, en busca de modernizar las relaciones de producción, liquidar el poder de la vieja oligarquía y fortalecer el “poder nacional” del Perú. Mas el proyecto militar peruano tenía un objetivo secreto: la preparación de una guerra de revancha contra Chile, con ocasión del centenario de la guerra del Pacífico. Solo así se explica el desbocado armamentismo peruano de aquellos años, que llevó a nuestro vecino a convertirse en la segunda potencia militar de Sudamérica, situada inmediatamente después del Brasil. Desde luego, ese armamentismo tenía también un sesgo ideológico, pues el régimen militar peruano aparecía como una barrera ge-

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opolítica que impedía la expansión del fascismo reinante en el cono sur y especialmente en el Chile de Pinochet. Bajo esa perspectiva, la Unión Soviética halló en Perú un aliado político y un mercado ideal para la colocación de sus arnas y equipos militares. La deuda militar peruana con la URSS se elevó, según expertos militares, a la impresionante cifra de dos mil millones de dólares. Obviamente, el plan de revancha contra Chile hacía necesario que el Perú se aproximara al Ecuador, en busca de neutralizarlo, y sobre ese mar de fondo se instauró un proceso de distensión entre ambos países y se desarrollaron vigorosamente los proyectos binacionales de integración, tales como los de las cuencas hidrográficas Puyango–Tumbes y Catamayo–Chira, la Comisión Económica Permanente, el Convenio de Ferias Fronterizas y el proyecto de riego Zapotillo. Pero esa “luna de miel binacional” tuvo un final inesperado, pues los errores políticos del régimen militar llevaron al Perú al borde del colapso y un nuevo gobierno militar, presidido por el general Francisco Morales Bermúdez, buscó desandar lo andado y dejó de lado –al menos en lo inmediato– los planes de revancha contra Chile. Al término de ese gobierno, Perú retornaba a la democracia y llegaba nuevamente al poder Fernando Belaúnde Terry. Fracasada la “revolución nacionalista” y disparada una generalizada crisis económica, la clase dirigente y las fuerzas armadas peruanas volvieron a sus tareas y posiciones tradicionales: la una, a la recuperación del poder social y económico perdido; las otras, a la represión interna y al chovinismo. Fue en ese clima regresivo y de generalizada frustración que los militares peruanos montaron el conflicto de Paquisha, en el área no delimitada de la frontera con Ecuador. Se inició el 22 de enero de 1981, cuando un helicóptero peruano atacó el puesto ecuatoriano de Paquisha, situado en la vertiente oriental de la disputada Cordillera del Cóndor. Ante la protesta oficial del Ecuador, Perú negó el ataque, pero a partir del 28 sus fuerzas bombardearon y atacaron por tierra los puestos militares ecuatorianos de Paquisha, Mayaycu y Machinaza, ubicados en el área, siendo resistidas duramente por las fuerzas ecuatorianas. Una ola de emoción cívica se levantó en todo el Ecuador, donde el pueblo se movilizó para la defensa nacional. Ecuador denunció ante la OEA la agresión sufrida y pidió la convocatoria de su Reunión de Consulta, que se efectuó entre el 2 y 4 de febrero, pese a la oposición peruana.

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Deseoso de paz, el Ecuador aceptó la separación de fuerzas y el envío de observadores militares que garantizaran el cese al fuego, pero el Perú, tras aceptar el cese al fuego, lo rompió el 20 de febrero, en busca de tomar efectivamente los puestos ecuatorianos que antes anunciara haber capturado. En los nuevos combates, Ecuador derribó un helicóptero enemigo, lo que motivó a que el Perú amenazara con una guerra total si el Ecuador no se retiraba de los puestos que mantenía. Finalmente, la intervención de países amigos logró el restablecimiento de la paz y el inicio de la separación de fuerzas, circunstancia que Perú aprovechó para ocupar con sus fuerzas los puestos evacuados por el Ecuador. Tras nuevas tensiones, se iniciaron en Huaquillas las conversaciones entre jefes militares de ambos países, que concluyeron el 5 de marzo de 1981 con un “acuerdo en el desacuerdo”, pues el almirante Raúl Sorroza (Ecuador) y el almirante jorge Dubois (Perú) suscribieron por separado un acta con sus respectivos puntos de vista. CONFLICTO DE PAQUISHA y GUERRA DEL CENEPA Un renovado interés por la solución definitiva de nuestro diferendo limítrofe con el Perú fue planteado a partir del gobierno del presidente Oswaldo Hurtado Larrea (1981-1984), A partir de 1984, el gobier- no del presidente León Febres Cordero optó por mantener congelada la situación fronteriza, siguiendo su conocida tesis de “mantener la herida abierta, sin ulcerarla ni infectarla”, expuesta ya en 1983. Diferente fue la actitud del Presidente Rodrigo Borja Cevallos, quien emprendió en una política internacional de alto perfil y se abocó decididamente a la búsqueda de mecanismos imaginativos para la solución del problema territorial con el Perú, que incluían un posible arbitraje papal al problema limítrofe. Por desgracia, el gobierno peruano de Fujimori se desentendió del esfuerzo de paz y se lanzó a preparar una nueva agresión al Ecuador, con ánimo de tomar por la fuerza los territorios disputados del valle oriental del Cenepa. Para ello fue montada una formidable maquinaria militar, que incluía modernísimos aviones cazabombarderos, helicópteros de guerra y misiles estratégicos. La nueva agresión se inició en 1992, cuando los aviones peruanos bombardearon los puestos avanzados del Ecuador, mientras sus tropas atacaban masivamente y sus tanques se movilizaban amenazadora-

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mente en la costa, con ánimo de atacar las ciudades ecuatorianas. Los combates fueron durísimos, pero las tropas ecuatorianas resistieron los sucesivos asaltos enemigos, mientras la aviación ecuatoriana destrozaba a su similar peruana en varios combates aéreos. Al fin, derrotado en tierra y aire y privado de su principal arma de ataque, Perú se retiró del combate y aceptó la intervención amigable de otros países, que presionaban por un cese al fuego. Se iniciaron entonces las negociaciones diplomáticas, que llevaron finalmente a la suscripción de la Declaración de Paz de Itamaraty (1995), por la cual Ecuador y Perú pusieron fin a sus diferencias de límites después de 170 años de conflictiva relación fronteriza. DELIMITACIÓN FRONTERIZA CON COLOMBIA Tras la extinción de la Gran Colombia, Ecuador y la Nueva Granada (más tarde llamada República de Colombia) tuvieron diversos episodios de confrontación y delimitación fronteriza, en muchos de los cuales el Perú actuó (abierta o soterradamente) como un tercero, pues casi siempre se trataba de definir quien iba a quedarse con un nuevo pedazo del Ecuador. Solo así se explica que la actual Colombia y el Perú, originalmente países distantes, que hasta comienzos del siglo XX se hallaban separados por la presencia de un país intermedio, hayan terminado por convertirse en colindantes, a costa del pequeño y débil Ecuador. Cronológicamente vistos, esos episodios fueron los siguientes: SEGREGACIÓN DE PASTO El primer conflicto con la actual Colombia fue la disputa por la provincia de Pasto, que tradicionalmente había formado parte de la Audiencia de Quito y luego de la República del Ecuador, llegando inclusive a elegir y enviar diputados al Congreso ecuatoriano. Pero luego, bajo influencia del caudillo regional josé María Obando, se produjo la voluntaria incorporación de Pasto a la República de la Nueva Granada. Ello provocó un amago de conflicto armado, que se saldó de un modo curioso: cuando Flores llegó con su ejército a desalojar a los soldados neogranadinos que ocupaban Pasto, él y Obando parlamentaron y acordaron que la región pasara a la Nueva Granada, a cambio de una “compensación simbólica” que Flores recibió de Obando, en dinero contante y sonante. Para po-

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nerlo en términos jurídicos, hubo por parte del gobierno ecuatoriano un reconocimiento a la autodeterminación del pueblo pastuso. CONFLICTOS CON LAS FUERZAS DE LA NUEVA GRANADA (1862–1863) Mientras gobernaba en Ecuador el caudillo teocrático Gabriel García Moreno, tras vencer en una guerra civil a los liberales ecuatorianos, la Nueva Granada se debatía también en una guerra civil entre liberales y conservadores y terminó por envolver en sus conflictos al país vecino, que tuvo dos sucesivos enfrentamientos militares con las fuerzas que combatían al interior de la actual Colombia. El primer conflicto se produjo cuando fuerzas conservadoras bajo el mando de julio Arboleda penetraron en Ecuador, persiguiendo a tropas liberales que seguían a Tomás Cipriano Mosquera. En el incidente resultó herido el comandante Vicente Fierro, jefe militar ecuatoriano que trató de impedir con sus tropas esa incursión. García Moreno exigió satisfacciones por la violación territorial y conminó a Arboleda a destituir al jefe de las tropas invasoras y a entregarle a quien hirió a Fierro, para juzgarlo por el delito cometido en Ecuador. A causa de la negativa de Arboleda y las instigaciones de Mosquera, el conflicto se agravó y las fuerzas ecuatorianas y neogranadinas, ambas de signo conservador, se batieron en Las Gradas, cerca de Tulcán, siendo derrotadas las de García Moreno (30 y 31 de julio de 1862). A esto siguió el Tratado de Tulcán, por el que Ecuador se comprometió a entregar cuantiosas indemnizaciones en dinero, armas, municiones y vestidos. Adicionalmente, ambos gobiernos acordaron un pacto de alianza para su mutuo sostenimiento. Un año más tarde, se produjo un nuevo conflicto en la frontera norte, esta vez con las fuerzas del general Mosquera, quien, tras triunfar en la guerra civil colombiana, lanzó un agresiva proclama contra el gobierno conservador ecuatoriano (15 de agosto de 1863), prometiendo “hacer triunfar el principio republicano sobre la opresión teocrática que se quiere fundar en la tierra de Atahualpa...”19 Instigando el conflicto estaban los liberales ecuatorianos derrotados por García Moreno, particularmente el general josé María Urbina, y también los conservadores colombianos; unos y otros confiaban en un triunfo militar del otro país, que beneficiara a su partido.
19 Roberto Andrade, “Historia del Ecuador”, 1907, p. 43.

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Puestos ambos países en pie de guerra (una guerra ideológica más que nacional), hubo una serie de intrigas y fallidas tratativas de paz, por lo que la guerra fue inevitable. El 6 de diciembre de 1863, en el sitio de Cuaspud, chocaron los ejércitos de ambos países, dirigidos por Mosquera y Flores, respectivamente. La derrota ecuatoriana fue total y Flores retrocedió hasta Otavalo, lo que permitió a Mosquera ocupar Ibarra. El conflicto concluyó con el Tratado de Pinsaquí, beneficioso para el Ecuador, puesto que Mosquera –que ahora soñaba con una reconstitución de la Gran Colombia– no exigió al vencido reparaciones de guerra. Empero, es preciso puntualizar que Mosquera actuaba con absoluta doblez frente al Ecuador, puesto que cuatro años antes, a poco de proclamar el Estado del Cauca, había suscrito en Popayán el Tratado secreto Mosquera–Zelaya (16 de julio de 1859), por el que caucanos y peruanos acordaron repartirse el territorio ecuatoriano, de modo que Guayaquil y Cuenca quedasen en manos del Perú y Quito y la costa norte en manos del nuevo Estado del Cauca. CONFERENCIA TRIPARTITA ENTRE ECUADOR, COLOMBIA y PERú (1894) Sospechando lo que se le venía encima, Ecuador buscó una aproximación con Brasil y Colombia, por separado, con miras a aislar al Perú. En ese marco negoció con Brasil el Tratado Tobar–Río Branco, suscrito por el Ministro ecuatoriano en Río de janeiro, Carlos R. Tobar, y el Canciller del Brasil, Barón de Río Branco, que reconoció a Brasil la línea fronteriza Apaporis–Tabatinga, que permitió a este país hacer presencia en el norte de la hoya amazónica, a la vez que se reconoció que ambos países tenían una frontera común. Desde fines del siglo XIX, Ecuador tuvo que enfrentar las ambiciones de tres países (Perú, Colombia y Brasil) sobre sus territorios amazónicos del norte. Empero, nunca hubo una conferencia cuatripartita para resolver las diferencias limítrofes. Hubo, sí, una Conferencia Tripartita entre Ecuador, Colombia y Perú, reunida en 1894, por iniciativa de Colombia, que buscaba con ello una oportunidad para asomarse al reparto de la Amazonia ecuatoriana. La conferencia no resolvió nada en concreto, pero ahí se evidenció la debilidad política y militar del Ecuador, lo que dio inicio a una nueva aproximación colombo–peruana para repartirse el oriente del Ecuador.20
20 Ver artículo de jean Paul Deler “El area amazónica: litigio y conflictos” en “Nueva Historia del Ecuador”, tomo 12, págs. 340–350.

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TRATADO DE ARBITRAJE DE LÍMITES ANDRADE–BETANCUR (1904) El Plenipotenciario ecuatoriano en Bogotá, General julio Andrade, firmó en 1904 el Tratado Andrade Betancourt, por el que se sometía a la decisión inapelable del Emperador de Alemania la cuestión de límites entre Ecuador y Colombia. Pero Colombia, a la par que negociaba este convenio con el Ecuador, mantenía en reserva el hecho de que poco antes había suscrito con el Perú el Tratado secreto de Arbitraje y de Modus Vivendi Tanco–Pardo, por el que ambos países acordaran repartirse el territorio amazónico ecuatoriano, encerrando al Ecuador entre el mar y la Cordillera de los Andes.21 Fue complementado por la Convención de Arbitraje de Límites Andrade–Vásquez Cobo, de 1907, y finalmente por el Tratado de Límites Andrade–Betancur, de 1908, y la Convención Adicional Andrade–Urrutia, del mismo año. TRATADO PERALTA–URIBE (1910) Tratado de alianza y límites Peralta-Uribe, de 1910. El ex Ministro de RR. EE. del Ecuador, doctor josé Peralta, dejó escrito en sus Memorias: El 13 de mayo de 1910 firmamos con Colombia, un tratado de Alianza y un Protocolo adicional con mi intervención y la del Ministro Plenipotenciario del vecino país, don Carlos Uribe, según el cual nos declaramos unidos a perpetuidad con el fin de conservar y hacer efectivo el derecho de dominio que nos correspondía, respectivamente, en los territorios amazónicos. TRATADO MUñOZ VERNAZA – SUáREZ (1916) El Tratado Muñoz Vernaza-Suárez fue suscrito el 15 de julio de 1916. Por él, Ecuador cedió a Colombia el amplio sector comprendido entre los ríos Caquetá y Putumayo, originalmente perteneciente a la Audiencia de Quito. Ecuador se satisfizo con un acceso al Putumayo y recuperó pequeñas porciones de territorio que habían sido cedidas en 1908 y 1910. Seis años después, Colombia cedió al Perú gran parte de los te21 Ver al respecto: jorge Villacrés Moscoso, “Historia Diplomática de la República del Ecuador”, Universidad de Guayaquil, 1972, tomo 3.

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rritorios obtenidos de Ecuador por este tratado. Entonces se criticó al plenipotenciario Alberto Muñoz Vernaza, quien, por su ingenuidad y falta de experiencia, no había incluido en el tratado una fórmula tradicional en estos casos, que prohibiese a Colombia la cesión a terceras potencias de los territorios recibidos de Ecuador. En su alegato de defensa, Muñoz replicó a los críticos: “El Tratado de 1916 fue bueno: lo único que ha faltado es ... la lealtad del Gobierno de Colombia”. Según el historiador ecuatoriano Pío jaramillo Alvarado, en su obra “Los Tratados con Colombia”, este instrumento fue prematuro y excesivamente generoso al ceder territorios sin compensación alguna y con la renunciación absoluta del Ecuador a sus viejos títulos de dominio en el Putumayo y el Caquetá. También manifiesta que, hechos los cálculos correspondientes, sobre los mapas y planos más autorizados, se concluye que la extensión territorial cedida por el Ecuador a Colombia, mediante este tratado, fue de 180 mil kilómetros cuadrados. Es necesario relievar que este tratado fue aprobado prontamente por los Congresos de ambos países, que acto seguido nombraron sus respectivas comisiones demarcadoras para ejecutarlo en el terreno. Poco después, era electo Presidente de Colombia el negociador de este tratado, doctor Marco Fidel Suárez, y llegaba a la Presidencia del Ecuador el canciller que promovió el convenio, doctor Alfredo Baquerizo Moreno. Entonces, como parte del cumplimiento de este instrumento legal, ambos acordaron reunirse para inaugurar conjuntamente el puente internacional de Rumichaca, donde Baquerizo pronunció una frase que se volvería lugar común: “Un puente más es un abismo menos”. De parte colombiana, el compositor Emilio Murillo eternizó ese encuentro con su famoso bambuco “Rumichaca”. TRATADO SECRETO LOZANO–SALOMÓN (1922) El 24 de marzo de 1922, pese a los compromisos públicos y secretos adquiridos con el Ecuador para una defensa común del patrimonio común, Colombia firmó con Perú el Tratado secreto Salomón-Lozano, por el cual cedió a este país gran parte de los territorios que el Ecuador le cediera a ella en 1916, en la zona del Putumayo y el Caquetá, recibiendo a cambio el Trapecio de Leticia, territorio ecuatoriano antes usurpado por el Perú. Gracias a este tratado, Perú se asomó a la región norte de la hoya amazónica y acabó de rodear al Ecuador por el lado este. Como ha es-

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crito Manuel Medina Castro; “Colombia entregó al Ecuador a las fauces del Perú. (Y) en 1941 el Perú se engulliría la mitad del territorio ecuatoriano restante.”22 Ecuador se enteró de su existencia de este tratado recién en 1925 y buscó infructuosamente que no fuera ratificado por el Congreso colombiano. Luego, sintiéndose traicionado por Colombia, rompió relaciones diplomáticas con este país. ACTA TRIPARTITA DE WASHINGTON (1925) En marzo de 1925 el Ecuador se enteró, con sorpresa, que se había suscrito en Washington la denominada Acta Tripartita, por parte de representantes diplomáticos de Colombia, Brasil y Perú, junto con el Secretario de Estado norteamericano, por la cual se convalidaba definitivamente un tratado secreto colombo–peruano (Tratado Lozano–Salomón) suscrito en 1922, para resolver las diferencias limítrofes entre Colombia y Perú a costa de un toma y daca de territorios legalmente ecuatorianos. ¿Cómo se enteró Brasil de ese tratado secreto? No lo sabemos, pero lo cierto es que se sintió afectado por el mismo, ya que amenazaba la línea de frontera fijada con Ecuador por el Tratado Tobar–Río Branco (1904) y sus derechos derivados. Por ello presionó e incluso amenazó a Colombia y Perú para que no lo dejaran fuera del reparto de territorios ecuatorianos y los consecuentes derechos de navegación. La otra pregunta que surge es qué papel jugaban los Estados Unidos en ese asunto. Y la respuesta es que fue invitado por Colombia, que demandó sus buenos oficios para contrarrestar las presiones de Brasil. Más allá de esa formalidad, los EE.UU. aspiraban a beneficiarse de la aplicación de ese acuerdo colombo–peruano, garantizando en su favor la libre navegación por los ríos de la hoya amazónica. Así se explica que, por el Acta Tripartita, Colombia y Perú se obligaran a ratificar el Tratado Lozano–Salomón, Colombia se obligara a suscribir con Brasil un tratado de límites que reconociera la línea Apaporis–Tabatinga (acordada entre Brasil y Ecuador), y Brasil levantara sus reservas y concediera a Colombia la libre navegación por el Amazonas y los demás ríos comunes.
22 Manuel Medina Castro, “La cuestión limítrofe en el Ecuador”, artículo en “Nueva Historia del Ecuador”, Enrique Ayala Mora editor, Coedición Ed. Grijalbo–Corporación Editora Nacional, Quito, 1992, tomo 12, pág. 327.

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El notable historiador peruano jorge Basadre asignó el éxito de este tratado colombo–peruano a la decidida intervención de los Estados Unidos. Escribió: ...La tenaz ingerencia norteamericana (hizo) llevar adelante el tratado. Fue una victoria del Departamento de Estado... La acción diplomática norteamericana no aparece visible en relación con la firma misma del tratado. Pero surge, en cambio, nítida y decisiva, para hacer retirar la oposición del Brasil en 1925, para insistir en que se efectuara la aprobación del Congreso y para precipitar el voto parlamentario de 1927.23 PARA FINALIZAR Hoy, como ayer, la ingerencia norteamericana marca los problemas fronterizos entre Colombia y sus vecinos, particularmente entre Colombia y Ecuador. Esta vez, el pretexto para esa ingerencia es el combate al narcotráfico, paraguas bajo el cual se han cobijado el “Plan Colombia”, la implantación de una base aérea militar norteamericana en Ecuador y las fumigaciones en el área fronteriza, que han enfriado las relaciones ecuatoriano–colombianas. Para Ecuador, la aplicación del “Plan Colombia” ha significado la intensificación del conflicto armado colombiano en la misma orilla de su frontera norte, la frecuente incursión de combatientes colombianos de distinto signo en su territorio, el desplazamiento de cientos de miles de refugiados hacia las provincias ecuatorianas del norte y la presencia de una permanente “guerra de nervios”, que tiene en zozobra a la población fronteriza. En busca de limitar esos efectos del conflicto colombiano en su ámbito de soberanía, Ecuador se ha visto en el caso de movilizar una fuerza militar de casi diez mil hombres a su frontera norte, con un enorme costo económico, que se suma a los costos que implica la presencia masiva de refugiados colombianos en su suelo. Obviamente, esto plantea la necesidad de una nueva relación fronteriza entre ambos países, que, sobre la base de su tradicional hermandad y el respeto mutuo de su soberanía nacional, busque la resolu23 Citado por Manuel Medina Castro, artículo citado, p. 327.

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ción de los problemas que enervan hoy su trato y comunicación interestatal.

NOTA DE CIERRE: este artículo fue preparado a inicios del año 2008, para la conferencia que el autor sustentó en Bogotá, en la “Cátedra Ecuador: fronteras, vecindad e integración”, organizada por la Academia Diplomática de San Carlos y el Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional de Colombia. Como salta a la vista, todavía no se había producido el bombardeo y la incursión militar colombianos en Angostura, del 1 de marzo de 2008, que violaron la soberanía territorial ecuatoriana y tan gravemente han afectado desde entonces a las relaciones entre Ecuador y Colombia.

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MIGUEL DE GIJON y LEON, UN QUITEñO TROTAMUNDOS
Jorge Núñez Sánchez

Entre los más interesantes y curiosos personajes de nuestra historia figura uno que, en pleno siglo XVIII, viajó por varios países y continentes, emprendió negocios internacionales, fue amigo de notables filósofos europeos, colonizó tierras inhóspitas de España, anduvo en logias francesas y cruzó las selvas del Amazonas. Fue, en suma, un perfecto trotamundos. Para comenzar, es necesario que esbocemos al menos el origen social de nuestro personaje, don Miguel Gijón y León, que nació en Quito, en 1717, en una importante familia de la aristocracia criolla. Tanto por la línea de los Gijón como por la de los León, sus antepasados inmediatos eran españoles. Su abuelo Manuel de León, natural de Reinosa, llegó a Quito desde España hacia fines del siglo XVII, para posesionarse del cargo de Corregidor de Otavalo, y luego, pese a las prohibiciones legales existentes, contrajo matrimonio con una rica heredera criolla de Riobamba, doña Magdalena de Chiriboga, lo cual le permitió “criollizarse” y vincularse vitalmente a la aristocracia terrateniente quiteña. El resultado más evidente fue que don Manuel pasó a convertirse, para todos los efectos, en un criollo más y ciertamente de los principales. Así, fue regidor y varias veces alcalde del cabildo de Riobamba, funciones en las que lo siguió su hijo Manuel, mientras que su hijo Bernardo se asentaba en la capital de la audiencia y más tarde llegaba a ser alcalde de Quito. Entre tanto, su hijo mayor, Gregorio, destacó como canónigo de grandes luces y su hija Manuela contrajo matrimonio en 1706 con un español recién venido, Cristóbal Gijón, nacido en Fuenterrabía, Guipúzcoa, y llegado con ansias de “hacer la América”.1 Aprovechando el sistema de renunciación de oficios, Cristóbal Gijón logró suceder a su suegro como titular del rico y extenso corregi1 Datos citados por Marcelín Defourfenaux en “Un ilustrado quiteño: don Miguel de Gijón y León, primer Conde de Casa Gijón, (1717-1794)”, publicado originalmente en el Anuario de Estudios Americanos, XXIV, Sevilla, 1967, y reproducido en el Boletín de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, en febrero de 1987.

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miento de Otavalo, cargo en cuyo ejercicio acumuló una considerable fortuna, y más tarde se radicó en Quito, donde llegó a ser alcalde de la ciudad. Para tener una idea de la notable fortuna que poseyó Cristóbal Gijón mencionamos que, entre sus propiedades, figuraban las haciendas de Conaqui Grande, Conaqui Chuiquito, Carlaco, Periquela, Hospital, Guadavi, San Andrés del Puente, Puraca y Mojanda (“haciendas de pan sembrar”), Quichigi (de “potreros de queresa”), San Vicente (de “potreros de ceba”), San Nicolás y Cambugán (“hatos de ganados mayores”), y la hacienda–obraje de Peguchi. Todos esos bienes se hallaban en las jurisdicciones de los contiguos corregimientos de Otavalo e Ibarra, al norte de Quito, que hoy forman los cantones del mismo nombre, en la provincia ecuatoriana de Imbabura.2 Miguel de Gijón fue el segundo de cuatro hijos y quedó huérfano de padre a los 16 años, en 1733. Ante la incapacidad práctica de su hermano mayor para manejar esos bienes, Miguel asumió desde entonces la administración de la herencia paterna, pesada carga que abandonó tres años más tarde, por desavenencias con su madre, y que retomó en 1738, tras la muerte de ésta. Durante ese intermedio, la incuria familiar casi había arruinado esos bienes: las haciendas se hallaban empeñadas con los prestamistas, el obraje se había cerrado y los indios trabajadores se habían dispersado por otras comarcas. Así, el joven Miguel debió rescatarlos y restablecerlos, contando para ello con la ayuda de sus familiares y en especial del Marqués de Villa Orellana. Luego, tras un esfuerzo de tres años, mejoró la producción de los bienes familiares y los puso en mejor situación que antes. Lo que es más, logró todo aquello sin recurrir al método tradicional, que hubiera sido redoblar la extorsión a los pobres indios, sino más bien utilizando con ellos métodos de protección y persuasión, ya que era, según su propia confesión, “inexorable defensor de mis pobres indios, porque si algún sirviente excediese de los castigos que yo había moderado, lo despedía y castigaba sin la menor condescendencia, aunque yo tuviese mucha necesidad de ellos.”3 Mas el restablecimiento de sus propiedades lo dejó cargado de deudas con sus familiares, por lo que, seguramente aconsejado por sus
2 Ibíd.. 3 “Memorias del modo con que yo, Don Miguel de Gijón y León, caballero del Orden de Santiago, he empleado los años de mi vida…”, 1790–1794. Manuscrito inédito en poder de la familia Gijón y solo mostrado parcialmente a Marcelín Defourfenaux, quien lo cita en su estudio.

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parientes quiteños, se lanzó a una audaz aventura comercial en la ruta Quito–Cartagena, en busca de obtener prontos y significativos beneficios económicos. Cabe destacar en este punto la trascendental importancia que tuviera esta ruta de comercio para la economía quiteña del siglo XVIII, especialmente después de que la apertura de la ruta marítima del Cabo de Hornos inundara la región peruano–chilena con textiles ingleses, privando a Quito de su principal mercado de exportación. A partir de entonces, la ruta hacia Cartagena cobró creciente importancia, pues las ventas hechas por ella permitieron a Quito y sus provincias centrales exportar hacia el rico mercado neogranadino los productos textiles de las manufacturas supervivientes a la crisis, a la vez que los tradicionales bienes producidos por los artesanos y artistas de la “Escuela Quiteña”: pinturas y esculturas religiosas, platería, orfebrería y otros. Para entender mejor esa aventura comercial emprendida por Gijón, es necesario precisar que esta ruta de comercio ofrecía algunos elementos de particular atracción para los quiteños del siglo XVIII. Uno de ellos era la posibilidad de vender manufacturas en las zonas auríferas del Chocó y Popayán, obteniendo a cambio oro en polvo o en pasta, que luego se hacía acuñar en la Real Casa de Moneda de Popayán, con lo cual se lograba monetizar en parte a la arruinada economía del centro quiteño, no productora de metales preciosos. Otro elemento de atracción era la posibilidad de acceder a la zona de Muzo y trocar manufacturas por esmeraldas, que luego eran revendidas con ventaja en el puerto de Cartagena. Pero la atracción principal de esta ruta de comercio radicaba en la posibilidad de introducir mercancías de contrabando desde la costa atlántica hasta las regiones andinas, como lo habían probado inclusive los académicos franceses que, a comienzos de aquel siglo, vinieron a Quito para medir un arco del meridiano terrestre. Hacia allá se encaminó, pues, nuestro personaje, presumiblemente en 1741, llevando textiles de su obraje de Peguchi y manufacturas varias, que luego trocó por esmeraldas, las que, a su vez, revendió con gran beneficio en Cartagena, “donde –según dejó escrito– las buscaban con furor los comerciantes”.4 El regreso, como era habitual en el negocio, lo hizo cargado de mercancías europeas y productos asiáticos venidos a México en el “galeón de Manila” y llegados a Cartagena por la vía de
4 Gijón, “Memorias del modo con que yo…”, cit.

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Veracruz. Pero si el resultado de aquel viaje fue espléndido en términos económicos, lo fue más en términos políticos, pues Gijón se encontró en Popayán con el virrey de Nueva Granada, don Sebastián de Eslava, con quien tuvo gratas conversaciones y logró establecer una buena amistad. Como resultado de todo ello, nuestro personaje retornó a Quito cargado de riquezas y mercancías, y adicionalmente con dos nombramientos oficiales: el de Corregidor de Ibarra, para su hermano Manuel, y el de Corregidor de Otavalo, para su propia persona. Y si esos nombramientos tenían importancia en sí mismos, la tenían mayor en este caso, pues garantizaban una venta segura y sin interferencias de las mercancías traídas de Cartagena por don Miguel, cuya venta le produjo tan pingües beneficios “que –según dijo en sus memorias– doblé y redoblé los caudales que había llevado y me habían prestado para aquel viaje.” Ese viaje y sus excelentes resultados económicos iban a marcar para siempre el destino de Gijón, que siguió traficando ocasionalmente por esa ruta durante algún tiempo y que luego emprendió viajes de comercio por la antigua y clásica ruta de Quito–Guayaquil–El Callao. Si los viajes en la ruta de Cartagena le revelaron los grandes beneficios que producía el comercio, los nuevos viajes por la “carrera de Lima” iban a aportarle nuevos y mayores conocimientos sobre el tráfico mercantil en gran escala. Especialmente le interesó el auge que se vivía en la producción cacaotera guayaquileña y en la extracción de quina o cascarilla en las regiones de Cuenca, Riobamba y Guaranda, aunque finalmente, estimulado por su pariente el Marqués de Villa Orellana, decidió concentrarse en el negocio de la cascarilla, que por entonces generaba un gran movimiento mercantil entre el sur quiteño y el norte peruano, en razón de que las zonas productivas tenían más fácil acceso a los puertos peruanos de Paita o El Callao que al puerto quiteño de Guayaquil, donde el fuerte y largo invierno tropical complicaba las operaciones de transporte terrestre. Todo ese cúmulo de circunstancias determinaron que Miguel Gijón viajase una y otra vez a Lima y entablase una excelente amistad con un ilustrado peruano que más tarde alcanzaría renombre universal, don Pablo de Olavide, entonces oidor de la Real Audiencia de Lima. Y esa amistad se estrecharía todavía más cuando Gijón estuvo aquejado de una enfermedad que seguramente fuera malaria, lo que lo llevó a permanecer en esa ciudad durante alrededor de un año (probablemente entre 1751 y 1752), hasta su plena recuperación. Entre Gijón y Olavide

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se inició, así, una amistad de gran importancia para la historia hispanoamericana, en razón de los trascendentales efectos que produciría en el futuro la acción combinada de ambos personajes. Por otra parte, esa larga permanencia de Gijón en la Ciudad de los Reyes le permitió acceder a buenas bibliotecas, comprar libros, cruzar ideas con otros ilustrados y consolidar su ya importante cultura. Con todo ese bagaje de conocimientos y experiencias, hacia 1753 decidió emprender un sueño largamente acariciado en su imaginación, cual era el de conocer otros países. Solo que no lo hizo como había intentado hacerlo antes de su enfermedad, esto es, como un simple viajero interesado en recorrer el mundo, sino como un hombre de negocios que buscaba conocer mejor el ámbito del comercio internacional, del que ya tenía buenos atisbos. Aprovechando una oferta de su pariente el Marqués de Villa Orellana, tomó a su cargo un gran cargamento de cascarilla colocado por éste en el puerto de Paita y emprendió viaje a Panamá. No hallando navíos de registro que transportaran esa gran carga, que ascendía a más de mil quintales, la transportó en chatas y bajeles hasta Panamá y luego en 400 mulas hasta la otra orilla del istmo, desde donde pasó grandes trabajos para llevar su carga hasta La Habana y finalmente hasta Cádiz. Cuando el viaje concluyó, los costos de transporte o los daños causados por el viaje habían mermado la preciosa carga de Gijón en cosa de un veinte por ciento. Empero, la venta del producto restante le produjo a nuestro viajero un enorme beneficio. Lo que es más, tanto las dificultades vividas como las ganancias logradas le permitieron completar sus conocimientos acerca del comercio internacional, lo que dos décadas más tarde le serviría para ilustrar al rey de España acerca de la conveniencia de instituir un sistema más abierto de comercio entre España y sus posesiones americanas. GIjON Y OLAVIDE EN EUROPA Aunque el tema central de nuestra disertación se refiere precisamente a las ideas económicas que llegó a desarrollar y difundir Miguel de Gijón y León, no podemos soslayar algunos hechos trascendentales de su vida, que tuvieron lugar en la península ibérica y otros países europeos, y siempre en vinculación con su antiguo amigo y socio de negocios, el limeño Pablo de Olavide, quién había viajado a España en 1752, para de-

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fenderse de graves acusaciones en su contra. Dos años más tarde, por el tiempo en que Gijón llegó a Madrid, su amigo Olavide resultó beneficiado con un indulto real. Y de inmediato, gracias a un oportuno casamiento con la riquísima viuda Isabel de los Ríos, el limeño volvió a convertirse en un hombre rico y poderoso, teniendo siempre como socio de negocios a su amigo quiteño. Dos años más tarde, los dos amigos ingresaron paralelamente a la Orden de Santiago, lo cual revela a las claras que eran merecedores del favor real. Inteligentes, audaces y ricos, ambos americanos siguieron manejando sus negocios de comercio, pese a que su condición de miembros de una orden de caballería les impedía por principio dedicarse a tarea tan vil como ésa; para ello se valieron del subterfugio de asociarse con un gran comerciante de Madrid, don josé de Almarza, quien figuraba al frente de sus negocios comunes. A la par que acrecentaban su fortuna personal, fueron vinculándose estrechamente a los círculos ilustrados de la capital imperial, donde valoraron sus ideas liberales y su espíritu reformista. Todo parece indicar que por entonces se iniciaron los dos en la masonería, bajo la tutela del Conde de Aranda, fundador y Gran Maestre del Grande Oriente Español. Tras la expulsión de los jesuitas, Olavide fue designado director del nuevo Hospicio de Madrid por influencia de Aranda, y Gijón fue nombrado liquidador de temporalidades del Colegio Imperial de Madrid, por influencia del ministro de Hacienda, Músquiz, todo ello al decir de Marcelin Defourfenaux, biógrafo de ambos personajes.5 Pero su principal destino administrativo estaba todavía por llegar y llegó efectivamente en 1767, cuando Olavide fue puesto al mando del novedoso plan de colonización de la Sierra Morena, con el rango de Superintendente, lo que le permitió nombrar como su segundo a Gijón, que aceptó el cargo con el carácter de “ad honorem”. Olavide fue designado poco después director de la “Asistencia” de Sevilla y luego “Intendente de los cuatro reinos de Andalucía”, cargo que equivalía al de un virrey. En la práctica, eso significó que Gijón debió asumir prácticamente solo el trabajo de traer desde Alemania a un gran número de vasallos pobres del rey de España: campesinos, artesanos, vagos y mendigos, para emprender con ellos las tareas de colonización y creación de nuevas poblaciones. Entre tanto, su amigo Olavide, amante del buen vivir tanto como
5 Defourfenaux, cit., p. 69.

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de las ideas liberales, se rodeaba en Sevilla de “los hombres más distinguidos e ilustrados de la ciudad”, entre los cuales el joven magistrado jovellanos, y abría una tertulia en su casa, que pasó a convertirse “en centro de reunión de todos cuantos seguían la moda.”6 El esfuerzo colonizador de la Sierra Morena fue ciertamente gigantesco, pues no solo se trataba de poblar unos eriales olvidados, sino de volverlos fértiles mediante la creación de obras de riego y, finalmente, de desarrollar en esa región de Andalucía un experimento de reforma social y organización agraria, que sirviera como modelo para otras regiones del imperio. En cuanto a lo religioso, bajo el ideario liberal de Aranda y Campomanes, compartido plenamente por Olavide y Gijón, la Iglesia debía estar presente en las nuevas poblaciones pero ser mantenida lejos del manejo político de ellas, para evitar que se produjeran conflictos y guerras de religión, en atención a que muchos de los colonos alemanes eran protestantes. Así, se permitió la instalación de los capuchinos suizos en las nuevas poblaciones, pero se prohibió establecer conventos en ellas. Al fin, eso provocó un enfrentamiento entre Olavide y los capuchinos suizos, cuyo superior lo acusó ante la Inquisición de “hereje, ateo y materialista”.7 Esto habría de convertirse en motivo adicional para una crisis político–religiosa que terminó por enfrentar a los jefes del bando liberal con la Iglesia, que había sido afectada en seguidilla por varias medidas reformistas de éstos, entre las que destacaban la expulsión de los jesuitas la reforma universitaria impuesta por el Estado (que, entre otras cosas, suprimía la antigua atribución de los conventos para otorgar títulos universitarios), la secularización de algunos centros educativos y finalmente esa limitación para que los eclesiásticos interviniesen de modo influyente en el plan colonizador de la Sierra Morena. Menos de tres años estuvo Gijón al mando efectivo de plan colonizador, del que finalmente se separó a fines de 1769, fastidiado por las trabas y críticas del consejero de Castilla, Pérez Valiente, que se hallaba encargado de inspeccionar el proyecto. Y renunció pese a que Olavide le insistió en que continuara al frente del asunto y aun el mismo
6 jean Sarrailh, “La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII”, Fondo de Cultura Económica, México, 1981, p. 620. 7 La denuncia en: Antonio Ferrer del Río, “Historia del reinado de Carlos III en España” Imp. de Matute, Madrid, 1856, t. III, p. 46.

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conde de Aranda se negó a admitir su renuncia, manifestándole que, por el contrario, el rey estaba muy satisfecho con sus servicios y deseaba que continuara al frente de la obra colonizadora. Es que Gijón era hombre de una sola pieza: honrado, serio, franco hasta la temeridad e intransigente con quienes dificultaban su labor o pretendían afectar su honor personal. Retirado de la Sierra Morena, se dedicó a cuidar una extensa propiedad que tiempo atrás había adquirido cerca de Málaga, en la que desarrolló cultivos de caña e instaló ingenios de azúcar, antes de emprender en cultivos experimentales de plantas americanas, tales como quina y algarrobo. Luego, en 1771 compró otra propiedad en los extramuros de Málaga y ahí dio inicio a su propio y particular proyecto de colonización y reforma urbana, destinado a dar vivienda y trabajo a muchas familias pobres de la región. Y llamó a su obra “La Carolina Malagueña”, en homenaje al rey Carlos III, al que admiraba por su espíritu reformador y moderno. EL PENSADOR LIBERAL Por la misma época en que desarrollaba su proyecto malagueño, Gijón se vinculó a la “Sociedad de Amigos del País” de Madrid, a donde llegó en marzo de 1776, precedido por su fama de industrial, pensador ilustrado y filántropo. Ese iba a ser el foro en que nuestro personaje expondría libremente sus ideas políticas y económicas, que lo revelarían como un reformista avanzado y sin duda el más auténtico pensador librecambista de esa España ilustrada de fines del siglo XVIII. Durante los dos años siguientes, Gijón fue uno de los más activos socios de la organización, a la que presentó varias memorias de gran interés, sobre asuntos económicos y sociales. Como socio que era por el ramo de la industria, se interesó vivamente en el tratamiento de temas referidos al desarrollo de la industria textil, que el veía como uno de los medios de promover el progreso de España. Así, en octubre de 1776 presentó una memoria sobre el establecimiento de “Escuelas Patrióticas” para la enseñanza de la industria textil a las jóvenes campesinas, desarrollando de modo práctico una idea que su amigo Campomanes había esbozado un año antes en su “Discurso sobre el fomento de la industria popular”. Luego, en febrero de 1777 presentó un proyecto para desarrollar en España la industria del algodón, mediante la importación de ma-

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teria prima desde el Perú. Poco más tarde, en abril de 1777 leyó otro trabajo útil a la industria textil, titulado “El uso del termómetro para la cría de los gusanos de seda”. También se interesó por el cultivo de plantas americanas útiles a la economía española y el fomento de la arborización en la península. En septiembre de ese mismo año envió desde Ecija una “Noticia circunstanciada del cultivo del algarrobo” que se hacía en la localidad y en marzo de 1779 presentó un trabajo sobre el “fomento de arbolados, bosques y montes, y medios de hacer viveros y plantar árboles para los astilleros en la costa de Málaga.”8 En fin, mostró también su interés por los problemas sociales, el primero de los cuales era el de la pobreza campesina. Y tomó parte en la redacción del “Informe sobre las reglas para la formación de un Monte Pío para socorrer a los labradores”, proyecto que se encaminaba a financiar el sostenimiento de los campesinos pobres en épocas previas a la cosecha. Sin embargo, su principal interés teórico estaba centrado en el tema del libre comercio entre España y las Indias, que ciertamente conocía mejor que nadie. Por sus propias declaraciones se sabe que Gijón había venido redactando desde 1760 “diferentes papeles y memorias, en que no solamente he explicado por razonamiento la necesidad de que se permita un comercio libre para el Perú, sino también sobre el práctico uso que nuestra desgraciada nación hace de ello, sujeto a las pragmáticas y reglamentos del comercio que en algún tiempo serían acertados, pero que en el estado presente de la Europa son sumamente perjudiciales para el Perú y sus vasallos.”9 Si esos papeles y memorias no habían salido a la luz pública, obvio es pensar que estuvieron destinados a ilustrar el criterio de sus amigos en el gobierno metropolitano y, en última instancia, el del rey de España, cuyo visto bueno resultaba indispensable para cualquier reorientación de la política económica española. Uno de esos memoriales es el que Gijón envió el 1º de septiembre de 1776 a su amigo y protector político, el Conde de Campomanes, que era uno de los españoles más versados en economía y cuya opinión gozaba de considerable influencia en la corte de Madrid.10 Unos años
8 Cit. por Defourfenaux, p. 74. 9 Carta de Gijón a la Sociedad de Amigos del País, de Madrid, sin datos; citada por Defourfenaux, p. 75. 10 Para entonces, Campomanes presidía la “Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País”, donde acababa de presentar dos de sus famosas memorias, una “Sobre el estable-

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atrás, Campomanes había escrito unas “Reflexiones sobre el comercio español a Indias”, que no fueron publicadas entonces, sino recién en 1988, y en las cuales este notable ilustrado asturiano buscaba sistematizar los conocimientos y datos que se tenían sobre el tema y formular una estrategia mercantilista para España, que enriqueciera al Estado mediante la liberalización del comercio con América y otras medidas complementarias. En la misma fecha, Gijón dirigió otro memorial de similar corte e intención a don josé Bernardo de Gálvez, un profundo conocedor de la realidad hispanoamericana, pues había sido Visitador General del Virreinato de Nueva España, donde destituyó al virrey Marqués de Cruillas y colaboró con el nuevo virrey, Marqués de Croix, en la expulsión de los jesuitas. Pues, bien, Gálvez acababa de ser nombrado Ministro de Indias y Gijón se dirigió a él, el 1º de septiembre de 1776, con el fin de estimularlo a tomar medidas prácticas para favorecer el libre comercio intercolonial. Paralelamente, preparó una tercera Memoria sobre el tema, destinada a leerse en la Sociedad de Amigos del País de Madrid, pero la lectura se suspendió por razones políticas, pues parece que su amigo Campomanes le aconsejó que no la diera a luz mientras el gobierno no resolviera definitivamente el asunto del libre comercio con las Indias. De ahí que su trabajo pudiera leerse en la Sociedad recién el 7 de marzo de 1778, en un acto que parecía destinado a respaldar la aplicación de la Real Cédula del 2 de febrero anterior, por la que el gobierno español, dirigido por el conde de Floridablanca, tomó las primeras medidas para el comercio libre entre España y América. Comenzaba su memorial a Campomanes diciendo: “Siendo tan importante el objeto del comercio en el sistema actual del mundo, y en que todas las potencias ponen su mayor estudio, los españoles tenemos abandonados los que debiéramos hacer con muchas ventajas. El tiempo en que se tomaron las sabias y circunspectas medidas para el comercio de Indias, ya pasó. Los españoles y aun extranjeros están admirados de que no mudemos el sistema de flotas, y que en lugar de los galeones nos hayamos ceñido a (enviar) un pequeño número de (navíos de) permisos.”11
cimiento de Escuelas Patrióticas de Hilados” y otra “Sobre poner en sólida actitud las tres clases de la Sociedad: de agricultura, industria y oficios”, ambas leídas el 6 de abril de 1776. 11 Para el presente trabajo hemos consultado el texto original de la Memoria presentada por Gijón a Campomanes el 1º de septiembre de 1776, existente en el Archivo General de Indias, Sección Quito, Legajo 223.

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A continuación, tras ensayar una historia crítica del sistema comercial español en la llamada “carrera de Indias”, entraba al análisis de los problemas del comercio intercolonial español y sus posibles soluciones. Después de explicar con cifras concretas los principales rubros de producción de las islas francesas e inglesas del Caribe, mostraba su asombro por el hecho de que aquellas posesiones coloniales, que eran unos “puntos invisibles” en comparación con los “inmensos continentes de Nueva España, Tierra Firme y el Perú”, exportaran más bienes comerciales que las grandes colonias españolas, por lo cual afirmaba: “Cuando los extranjeros sacan partidos tan ventajosos, … los españoles hacemos un comercio miserable.” En la culminación de su minucioso análisis, concluía demostrando con cifras que solamente los ingleses y franceses juntos sacaban de la producción y comercio de sus pequeñas colonias del Caribe “mayor valor en sus frutos que lo que todo el Perú nos contribuye con su oro y plata en cada seis años.”12 Empero, precisaba que la raíz del problema no radicaba en la falta de producción exportable en las posesiones españolas, sino en un anticuado sistema de comercio basado en el monopolio, por el que muy pocos navíos de permiso podían ir de España hacia América y retornar cargados de productos americanos. Así, señalaba, “apenas se puede traer un poco de cacao y de quina, quedándose allá considerable porción de quina, de algodón, de cueros al pelo, cordobanes, lanas de oveja, de alpaca y de vicuña.”13 Concluía denunciando que por falta de transportes en qué enviarlos a España, los productores hispanoamericanos terminaban llevando algunos de esos productos a Panamá y vendiéndolos a comerciantes ingleses de jamaica u holandeses de Curazao, mientras que otros productos simplemente se dañaban o mal vendían en los mismos sitios de producción, con ruina para el productor y ninguna ventaja para el real erario. “Si el comercio activo y pasivo con la metrópoli diese segura exportación a los frutos, y por consiguiente que compensase sus gastos a los colonos, aquellos inmensos territorios darían frutos y materias primas en mucha mayor abundancia que las Islas Antillas o de Barlovento”, afirmaba.14 Demostraba también que el vigente sistema comercial estaba vi12 Ibíd 13 Ibíd.. 14 Ibíd..

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ciado en su esencia, pues se limitaba a enviar cada año unos pocos navíos de permiso, que iban para América cargados de productos de alto precio comprados a los países industriales de Europa, y volvían a España cargados del oro y plata del Perú, metales estos que finalmente terminaban en manos extranjeras, en pago de las mercancías llevadas al Nuevo Mundo. Por ello, parafraseando a Ustáriz, Gijón afirmaba que “los españoles, en lugar de alegrarse del arribo de sus flotas y galeones, debían llorar de que todos sus caudales eran conocidamente para los extranjeros.”15 Gijón iba más allá y demostraba que, inclusive en el caso de que esos caudales de oro y plata traídos de América no fuesen a parar al extranjero, constituían, por su monto, un negocio bien pobre para España. ¿Qué significan, inquiría, “los 5 millones, más o menos, que se traen del Perú en oro y plata, en comparación con 33 millones y 200 mil pesos fuertes que valen los frutos y materias primas que solos los ingleses y franceses traen de sus islas?”16 En su opinión, esa cuestión traía aparejada otra igualmente grave: el sistema productivo y comercial de los ingleses y franceses daba trabajo a muchas gentes de mar y tierra, estimulaba la industria naval, impulsaba en las metrópolis la producción de bienes industriales destinados a las colonias, y en las colonias, de materias primas y bienes destinados al consumo de sus metrópolis y a la venta a otros países, todo lo cual se reflejaba en una creciente riqueza y bienestar de esos países. En comparación, demostraba que “en el infeliz comercio de España no hay otra ciencia, arte ni aplicación que el que cuatro españoles de Cádiz y otros tantos de Lima sepan comprar y vender algunos frangotes de ropas preciosas, que apenas caben en 3, 4 ó 5 navíos de permiso.”17 Como principales conclusiones de su memoria, Gijón planteaba: 1. Que al real erario y a la nación española le debían interesar “más de 20 veces cualquiera cantidad que venga en frutos del Perú, que el que viniese a España la misma cantidad en oro y plata”. 2. Que la primera medida para resolver los problemas del comercio intercolonial radicaba en que “el gobierno permitiese
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a todos los españoles y de todos los puertos de la península que armasen bajeles comerciantes y los despachasen a todos los puertos de Indias…, con escala y tránsito de unos a otros” con el fin de llevar productos españoles y traer materias primas y frutos americanos. 3. Que se debería estimular que en todas las tierras fértiles y amplios desiertos del Perú y otras regiones se cultivasen “todos los preciosos frutos connaturales al país y al clima”, entre otras cosas permitiendo la libre introducción de esclavos. 4. Que para evitar los riesgos naturales que suponía la navegación por el Cabo de Hornos, aumentados por la presencia de los ingleses en la islas Falkland, se debía reorientar el comercio del Perú, Chile y Quito hacia el istmo de Panamá, donde debía emprenderse la apertura de un canal por el río Chagre, cuya construcción podría financiarse con capitales particulares, para forzar “las barreras que puso la naturaleza para impedir la comunicación de los dos mares y de los dos mundos”, con lo cual, aseguraba, “veríamos con mucha facilidad florecientes nuestros comercios.”18 GIjÓN Y SU IDEA DE ABRIR UN CANAL EN PANAMÁ A su vez, en el memorial dirigido al Secretario Universal de Indias, josé de Gálvez, Gijón le decía que “toda España est(aba) ya llena del concepto y gozo” de que, con su elevación, se iniciaba “la feliz época en que los comercios a Indias ser(ían) útiles al Estado”, toda vez que hasta entonces habían sido muy perjudiciales. Planteaba de entrada su idea central: “Si el comercio fuese libre y general a todos los puertos de España, se llevarían a Indias frutos de los países respectivos, y géneros de sus fábricas… De retorno traerían de Indias, en copioso número de buques, cuanto oro y plata producen, y lo que es más, traerían tantos preciosos frutos que producen las Américas, que se quedan allá por falta de buques o clandestinamente se los traen los extranjeros en derechura a sus reinos.” Insistía en que del área del Pacífico Sur no se llevaban a España más que oro, plata y una pequeña parte de cacao y quina, y denunciaba:
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“Una parte de los más preciosos, como la quina y el cacao, pasan a Panamá, y se los llevan los ingleses, holandeses y franceses desde Chagre y Portobelo…” Reconociendo las dificultades que planteaba la navegación por el Cabo de Hornos, agregaba que esta podría complicarse todavía más en el futuro, “porque habiéndose establecido los ingleses en las Islas Falkland (Malvinas), se han puesto en proporción de interrumpirnos el comercio siempre que quieran.” Todo esto lo llevaba a una conclusión importantísima, que expresaba de este modo: “Parece que el único remedio para hacer más cómodo y seguro el comercio de unos reinos tan bastos, y tan opulentos en oro, plata y frutos, sería que la tierra abriese sus puertas a la navegación y que uniese los límites de los dos mundos, si se abriese un canal navegable en el Istmo de Panamá, el cual es más fácil y menos costoso que el que acaba de establecerse para el Reino de Murcia, como que éste debe tener cincuenta y tres leguas, y aquel necesita de cinco leguas hasta que pueda incorporarse con el río de Chagre, que es navegable desde Cruces.” Los memoriales de Gijón sobre el comercio libre vinieron a dar respuesta al viejo interrogante que se formularan los gobernantes españoles, acerca de por qué España se beneficiaba tan poco de la posesión del más grande imperio colonial del mundo, y precisamente por eso lograron el resultado apetecido. Conmovido por las razones del quiteño, su amigo josé de Gálvez promovió la implantación del comercio libre entre España y sus dominios americanos. Y el 12 de octubre de 1778, el rey Carlos III dictó finalmente el esperado “Reglamento para el Comercio Libre”, por el que se habilitaba a trece puertos españoles para comerciar con América y a veintidós puertos americanos para comerciar libremente con España; además, se abolían ciertos derechos y se rebajaban otros. A propósito del pensamiento económico de Gijón, su biógrafo Defournefaux afirmó en 1967 que “muchas de las ideas desarrolladas por Miguel Gijón carecen de originalidad”, poniendo como ejemplo los estudios previos hechos sobre el tema del comercio por josé del Campillo y Bernardo Ward, y los análisis coetáneos del mismo conde de Campomanes. Empero, el notable y erudito estudio de jean Sarrailh sobre “La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII”, publicado originalmente en idioma francés en 1954, estableció ya que la obra del irlandés Ward fue escrita hacia 1762 pero publicada por primera vez re-

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cién en 1779. Además, los estudios de la historiadora argentina Rosa Cusminski de Cendrero han demostrado que la obra de Ward publicada en 1779 fue en gran parte un plagio del “Nuevo sistema de gobierno económico para la América”, de Campillo, elaborado en 1742 y publicado recién en 1789, aunque Sarrailh precisa que el plagio pudo ser hecho por el editor de Ward, que publicó la obra después de la muerte de su autor. En síntesis, tanto la obra de Campillo como la de Ward fueron publicadas después de que Gijón leyera su opúsculo en la “Sociedad de Amigos del País” de Madrid, y mal pudieron ser antecedentes del pensamiento de nuestro personaje, gestado desde mucho tiempo atrás y a partir de experiencias propias y particulares. Claro está, lo dicho no excluye que algunas ideas de Campillo, hechas públicas durante su ministerio, pudieran haber influido en el desarrollo del pensamiento de Gijón, cuestión que no desmerece la obra del quiteño, que, como lo reconoce Defournefaux, “no se limita a una crítica general del sistema, sino que la apoya sobre ejemplos concretos, derivados de una larga experiencia de las dificultades del comercio americano.”19 Además, como precisa el biógrafo, su Memoria se orienta también a promover una mejor explotación de los recursos naturales americanos, y en especial los frutos y productos vegetales, en oposición a la tradicional explotación minera de oro y plata.20 Pero Miguel Gijón no era solo un pensador librecambista sino también un reformador social, que se preocupaba por resolver los grandes problemas de la sociedad, tanto en España como en América. Fue así que ejercitó una aguda crítica sobre la pobreza y sus causas, sobre la miserable situación de los indios y otros problemas similares, pero, como buen ilustrado que era, planteó paralelamente un abanico de soluciones prácticas para la resolución de los mismos, que abarcaban desde reformas políticas y económicas hasta cambios tecnológicos e innovaciones en los usos sociales. LAS ULTIMAS AVENTURAS DE MIGUEL GIjON Mientras Gijón emprendía su proyecto de la Carolina Malagueña y desenvolvía sus ideas de avanzada en la Logia Matritense y la Sociedad de Amigos del País, de Madrid, la Iglesia buscó tomar repre19 Defourfenaux, cit., p. 80. 20 Ibíd..

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salias contra los reformadores liberales, por medio de su brazo represivo, la Inquisición, que apresó y encausó a Olavide acusándolo de herejía y de pertenecer a la masonería. Gijón, que estaba alerta, se mantuvo aparentemente alejado del problema, pero por lo bajo desenvolvió varias actividades encaminadas a salvar a su amigo limeño, ocultando pruebas perjudiciales, comprando testigos de la acusación y finalmente preparando la huida de Olavide hacia Francia. En lo personal, cuando la Inquisición lo citó, en julio de 1778, a testificar en el proceso contra Olavide, logró ponerse a salvo discretamente, saliendo de modo legal de España y refugiándose en Francia, donde se dedicó a cuidar las inversiones que poseía junto con su amigo Olavide y a cultivar la amistad de algunos importantes ilustrados franceses, entre los que figuraban los autores de la afamada “Enciclopedia”: Diderot y D’Alambert. Más tarde, viajó a Ginebra en compañía de su sobrino el marqués de Villa Orellana, con el objeto de visitar al filósofo Rousseau y de encargar la fabricación de unas máquinas destinadas a la explotación minera en la Audiencia de Quito. Así, esos viajes fuera de España le proporcionaron a Gijón la ocasión de trabar amistad con los más altos representantes del pensamiento liberal francés, en los años previos al estallido de la revolución francesa. Varios escritores que han estudiado el tema, como el holandés jean de Booy21 y el biógrafo francés Marcelin Defournefaux, han establecido que entre Diderot y Gijón llego a existir una íntima amistad, preguntándose el modo en que ésta surgió y se acrecentó. En nuestra opi nión, la explicación más plausible hay que buscarla en las relaciones de fraternidad masónica que unían a estos personajes entre sí y que también los vinculaban con varios otros de sus respectivos entornos. Dicho de otro modo, el marco para esas estrechas relaciones de amistad estaba dado por los vínculos de colaboración existentes entre los masones españoles y franceses, a través del Grande Oriente Español y el Gran Oriente de Francia. Esas relaciones serían también de la mayor importancia para Olavide, preso y sentenciado por la Inquisición, de cuya suerte Gijón informó a Diderot y otros filósofos franceses, que se interesaron por el destino del limeño. Entre tanto, Gijón se aplicó a conseguir que los acusadores de Olavide retiraran sus cargos y que los mismos inquisidores aflojaran su condena y le permitieran pasar a un régimen de libertad vi21 jean de Booy, “A propos de l’ “Encyclopédie” en Espagne. Diderot, Miguel Gijón et Pablo de Olavide”, en Revue de Littérature Comperée, XXXV, Nº 4, octubre–diciembre de 1961.

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gilada en su casa de Sevilla, desde donde el prisionero finalmente huyó a Francia. Finalmente los dos amigos volvieron a encontrarse, en mayo de 1781, en París, donde Gijón permanecía por temporadas, pues se había embarcado en nuevas empresas económicas, siendo la principal de ellas su proyecto de explotación aurífera para Quito. Fue allí donde recibió, en 1784, la noticia de que el rey de España le había concedido el título nobiliario de Vizconde de la Carolina Malagueña y a continuación un título de Castilla, con la denominación de Conde de Casa Gijón. Ese título nobiliario le vino muy oportunamente, pues le permitió solicitar la protección del rey y de sus ministros para su proyecto minero en América, especialmente para el tránsito de la maquinaria y de los operarios de la misma desde Europa hasta Quito. De este modo, pudo finalmente embarcarse con sus ayudantes y artefactos y llegar a su destino, no sin antes sortear las consabidas dificultades aduanales y burocráticas. A la vez gran empresario y enamorado de la filosofía liberal, una vez instalado en Quito se abocó a financiar el costoso montaje de su empresa y, poco después, se asoció con el sabio doctor Espejo y su sobrino el marqués de Villa Orellana para impulsar la creación de una fraternidad masónica denominada “Escuela de la Concordia”, destinada a promover las nuevas ideas en la capital de la audiencia y a motivar a los criollos quiteños respecto de su propio desarrollo económico. Pero Quito no era Madrid y las autoridades coloniales no mostraban la misma tolerancia que las metropolitanas respecto de las nuevas ideas que traía Gijón, las que alarmaron especialmente a la Inquisición limeña, que en enero de 1789 ordenó a Gijón que compareciera en un plazo de cuatro meses, para enfrentar una acusación por el delito de “proposiciones e irreverencias”.22 Tras dos años de plantear dilatorias y pedir plazos adicionales para su comparecencia, Gijón comprendió que se estrechaba el cerco inquisitorial a su alrededor y prefirió escapar a España, donde esperaba ampararse bajo la protección de sus amigos liberales y hermanos masones. Pese a sus setenta años de edad, cruzó la cordillera central de los Andes y navegó por los ríos de la hoya amazónica hasta llegar a Manaos. De ahí escribió al embajador español en Lisboa, pidiendo autorización para regresar a España. El embajador consultó el asunto con el conde de Aranda, que nuevamente se hallaba de ministro de Estado, y éste autorizó el regreso de Gijón a la península.
22 El proceso contra Gijón en Archivo Histórico Nacional, Madrid, Fondo Inquisición, legajo 1649, expediente Nº 14.

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Mas el esforzado conde no lograría completar su viaje de regreso. Se embarcó en Manaos hacia Cádiz, en un barco que hacía escala en jamaica. Ahí desembarcó y se hospedó en una posada, donde murió el 11 de septiembre de 1794, mientras leía en su cama, al ser envuelto por el incendio del mosquitero que lo cubría. Fue, sin duda, la extinción simbólica de un hombre representativo del “siglo de las luces”.

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EL LIBRO DE CARLOS PALADINES: EL MOVIMIENTO ILUSTRADO Y LA INDEPENDENCIA DE QUITO Ruth Gordillo R.

Digo “el libro de Carlos Paladines” porque el acto mismo de la selección de autores y textos, implica la puesta en juego de la creación en su significado más justo y arcaico, el de la poiesis. En efecto, el autor toma un contexto teórico-histórico y busca en el tiempo determinar los contenidos posibles sobre el tema de la Independencia de Quito; allí marca el sentido de estas páginas que hoy, a propósito de una celebración, vuelve a entregar fundamentalmente a los filósofos pero también a los políticos y a los historiadores. Hay una serie de consideraciones fundamentales que debo señalar antes de iniciar la presentación de este texto. Primero es necesario partir de la importancia filosófica que tiene para la historia del pensamiento universal. Segundo, la relevancia dentro de la necesidad de revitalizar el ámbito de la reflexión que, en el caso del tema del texto, la Ilustración, coloca a la razón en el eje de toda intención del filosofar contemporáneo. Y, tercero, la inagotable riqueza que ofrecen los autores seleccionados para trabajar los temas políticos, históricos y económicos que actualmente ocupan a diversas esferas de la sociedad ecuatoriana. Los criterios de periodización que se anuncian en el estudio introductorio están dados por Arturo Andrés Roig cuya empresa filosófica llegó al Ecuador con el afán de dar forma al pensamiento que subyace en la amplia producción de trabajos de ensayo, cursos de Filosofía, trabajos científicos, políticos, jurídicos y religiosos. Todo este material ha sido periodizado en cuatro fases que recorren el proceso de Independencia de Quito: la fase de emergencia cuya características fundamental es la emancipación del pensamiento, la fase de confrontación y lucha que se centra en el pensar crítico y renovador, la fase de esplendor que instaura la necesidad de consolidar en los hechos los ideales propiamente ilustrados y, finalmente, la fase de consolidación y ocaso que desarrolla el advenimiento de una serie de elementos utópicos, prácticos y románticos que entran en contradicción con algunos de los ideales de la fase anterior.

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Esta delimitación de tres fases tiene presupuestos en varias disciplinas, específicamente en la Historia, la Filosofía y la Política. Estos presupuestos se hallan relacionados por una característica propia del pensamiento ilustrado que se define en el acento especial en la política, a través del discurso político. Todo ello, enuncia Carlos, sustentado en los discursos filosóficos que abordan la metafísica, la ética y la lógica. Esta forma de ordenar el pensamiento da importancia crucial a una postura respecto del lenguaje y de su función discursiva, orden enunciado por Roig respecto de la Filosofía política. El tema de la Historia completa el momento de los presupuestos cuando claramente se entiende que los procesos de independencia se periodizan desde una continuidad en la que es posible encontrar ciertos elementos que actúan de forma dialéctica como es el caso de la fase de consolidación que, señalamos en el párrafo anterior, plantea un debate entre ilustrados y utópicos y románticos, debate que según Carlos, deja ver el ocaso de una época que difícilmente se podrá recuperar por el sentido que imprimió al desarrollo intelectual de estas tierras. Desde esa mirada, la Ilustración se construye como pensamiento profundamente vinculado a procesos históricos de cambios radicales. Así nació en Europa y así se lee en los textos elegidos por Carlos especialmente en las dos primeras fases de periodización: aparecen los trabajos sobre Filosofía y ciencias de Francisco Aguilar, josé María Linati y B. Mauel Carbajal, en la primera y el invaluable Eugenio Espejo , josé Mejía Lequerica, josé joaquín de Olmedo, Domingo Larrea, josé Luis Riofrío, Manuel josé Caycedo, Miguel Antonio Rodríguez, Manuel Rodríguez de Quiroga, Luis Quixano, Francisco Rodríguez de Soto, Mariano Valdivieso, en la segunda. En todos ellos aparece una de las formas más relevantes y de valor actual que tiene la Ilustración, esta es, el pensar crítico sobre estructuras filosóficas, científicas, políticas, económicas y sociales establecidas y que no dejaban lugar a los ideales y proyectos históricos de aquellos convulsionados años. Precisamente a la luz de esta razón crítica es posible decir que el libro de Carlos Paladines tiene validez más allá del conocimiento del sentido del pasado, ahora más que nunca, cuando el pragmatismo y el utilitarismo han dejado al sujeto huérfano de toda posibilidad de ejercer su voluntad de discernir, ahora, a doscientos años, la necesidad de recuperarnos como sujetos críticos se impone con la misma fuerza que apareció en los viejos ilustrados en su afán de lograr la emancipación.

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Emancipación no solo de estructuras políticas, económicas y sociales coloniales, sino de pensamientos colonizantes que condenan al hombre a la esclavitud y a la deshumanización. Por ello me congratulo por la posibilidad de apurar en este espacio, fundamentalmente académico, la presentación de un texto que es necesario y pertinente. Una de las tesis que Carlos deja planteada en el estudio introductorio se refiere a los resultados del programa de la Ilustración al abrir a la nación en ciernes, a un proceso de modernización. Esta tesis señala en las fases tercera y cuarta: de esplendor bajo la égida del los gobiernos criollos aquella y de consolidación y ocaso, la última, el fracaso del programa ilustrado: éste chocó con la razón reducida a mero instrumento, medio para un fin, que se tomó, desde las estructuras capitalistas incipientes que se construyeron en el Ecuador, todo el ámbito de lo humano, trastocando el ideal en utopía o en propuesta teórica desvinculada del mundo de lo real: Los ilustrados abrigaban la esperanza de que la difusión de conocimientos prácticos o útiles, de cartillas técnicas, periódicos, escuelas de primeras letras, instrucción a la juventud, al campesino, al religioso y al comerciante, repercutirían en la industria y agricultura, con lo cual los ilustrados pudieron plantear el problema educativo ya no solo en la dimensión de la formación individual sino también en la dimensión social o institucional que entraña la enseñanza.1 Dice Carlos. Pero ello chocó con los procesos de explotación de la tierra y del hombre que fueron el fundamento de la modernización y el progreso. La Ilustración presentó en estas tierras una contradicción que es . propia de la modernidad.2 Por ello precisamente, los ilustrados han sido a veces quienes gobiernan, a veces los perseguidos y desterrados, sobre todo cuando se han puesto de lado de los no favorecidos con los procesos de modernización. El momento de la independencia implicó una seria crisis del régimen colonial; se habló de un nuevo orden revolucionario que, al hacer un balance hoy, parece no haberse concretado. Todavía resuenan las clases de Arturo Andrés Roig, de Carlos Paladines, todavía sus voces se1 Paladines Escudero Carlos. Introducción y selección de textos. El movimiento Ilustrado y la Independencia de Quito. Quito, FONSAL, 2009, p. 74. 2 Ibidem.

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ñalan con certeza la necesidad de hacer reales los ideales emancipa- torios. Parece necesario volver a buscar en los textos, en la historia, las pistas para proponer el presente; pero ello impone una resignificación de las categorías ilustradas, aquellas que aluden a la libertad, la representatividad, la legitimidad, la ética, la humanidad, la política, los gobiernos y el sentido de otras categorías como la tierra, la productividad, el trabajo, la igualdad, el respeto. Todo ello en función de dos preguntas: ¿qué hacer? Y ¿cómo hacer? Hoy como ayer, el interés parece estar más allá de lo filosófico, está en lo político, en el hacer cotidiano que nos atraviesa en las distintas áreas de la vida social. Por ello Carlos concluye diciendo: Sin lugar a dudas, el Ecuador de hoy no es comprensible sin ese siglo y el movimiento intelectual que le caracterizó, y seguramente por eso recurre nuestro país de modo permanente a su recuerdo y aún en forma borrosa resucita completamente a personalidades como Espejo, Rocafuerte, Mejía, Quiroga, Ascázubi, Rodríguez, Riofrío, Morales, Caycedo, o gestas gloriosas como el 2 y el 10 de Agosto, el 9 de Octubre, el 24 de Mayo.3 Sin lugar a dudas, concluyo yo, no podemos comprendernos si no traemos el pasado al único momento que nos es claro, el presente: ahora nos reunimos aquí para entregar formalmente el libro de Carlos Paladines, en esa acción marcamos la presencia de tantos pensadores y tantos seres humanos que labraron las páginas del texto, en ellas hallamos nuestros sueños, las utopías que persisten, la razón que reclama su verdadero sentido. Por todo lo expuesto, agradezco profundamente a Carlos Paladines la oportunidad de permitirme hacer el ejercicio necesario de revisar, pensar y ordenar gran parte de lo que fue mi formación de pre grado en la Escuela de Filosofía de la PUCE. Gracias a ti Carlos y a los maestros, como Roig y Agoglia, que hablan a través de tu libro y que se alzan con el reclamo del parricidio porque ahí precisamente, se inicia la emancipación.

3 Ïdem, p. 158.

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LA NOBLEZA DE LOS ORTIZ DE ZEVALLOS
Gregorio César De Larrea

INTRODUCCIÓN Esta familia originaria de las Montañas de Burgos en España, firmó Ortiz de Cevallos, con “C”, en Ecuador, mientras que con “Z” en el Perú. Siguieron información de Hidalguía y Nobleza tanto en Quito como en Lima; esta última la hicieron confirmar en Madrid. Durante el siglo XVII, especialmente en su segunda mitad y durante el siglo XVIII, vascos y montañeses (burgaleses) pasaron a América, contrajeron matrimonio con ricas criollas generalmente descendientes de encomenderos y dieron origen a las estirpes más poderosas, nobles y acomodadas; es decir, aristocráticas, cuya hegemonía socioeconómica aun subsiste. Como en aquel entonces los hidalgos eran quienes tenían preferencia para acceder a cargos públicos de importancia, esos migrantes, oriundos de las dos regiones españolas donde más gente hidalga se hallaba radicada, pues luego de la invasión mora se replegó al Norte, zona geográficamente inaccesible, las “buenas familias” criollas buscaban casarlos con sus hijas, preferiblemente si se trataba de hidalgos por los cuatro costados, en cuyo caso cumplían con el principal requisito para obtener un hábito en Orden Nobiliaria: Santiago, Calatrava, Alcántara, San juan de jerusalén (Malta) o Carlos III. La Orden de Montesa exigía prueba en los dos primeros apellidos. O para “beneficiar” un título -entonces llamado “de Castilla”- de Marqués o Conde. Más si tomamos en cuenta que los prejuicios raciales exigían prueba de “limpieza de sangre” por los cuatro costados, para acceder a esas mercedes, obtener privilegios y hasta para recibirse de Abogados o Clérigos. Como en Vasconia y Burgos prácticamente no se radicaron moros ni judíos, se tenía a sus habitantes por “cristianos viejos”, “sin mezcla de mala raza”, donde evidenciaban haber conservado los caracteres propios de la raza blanca de sus ancestros. Ellos aportaban al matrimonio su hidalguía, “limpieza de sangre” y buena presencia, mientras que las novias, su fortuna.
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Cabe anotar que la novísima tecnología permite, mediante examen de ADN, determinar el origen racial de las personas. Al aplicarlo, se concluye que el “HAPLOGRUPO R1b”, propio de la raza blanca de Europa Occidental, es el que predomina en Cantabria, que incluye las Montañas de Burgos, y en el país Vasco. Así se comprobó que vascos e irlandenses son, racialmente, los más puros de Europa; de ahí su orgullo y nacionalismo. Hidalguía suele confundirse con nobleza, aunque estrictamente no son lo mismo. Nobleza e hidalguía las transmite exclusivamente el varón. Hidalguía significa descender de alguien noble o hidalgo por línea recta de varón. La nobleza es algo superior, pues para ser noble se requiere descender por línea recta de varón, de noble, cuyos hijos hayan sido tenidos siempre en mujer noble o, por lo menos, hidalga; en caso de haberlos tenido en mujer villana, perdían la nobleza pero no la hidalguía, la cual se mantenía indefinidamente, de generación en generación, siempre y cuando el padre la haya poseído. Nobleza e hidalguía no se pierden aún tratándose de hijos fuera de matrimonio: naturales, ilegítimos, sacrílegos, etc., pues nobleza e hidalguía nada tienen que ver con la legitimidad. La familia de la mujer hidalga debia otorgar “dote” al novio. Él, en cambio, le entregaba las “arras” por su virginidad, cuyo monto debía ser de aproximadamente el diez por ciento de lo que el esposo tenía al casarse. Actualmente para ostentar legalmente hidalguía en España y sus antiguas colonias, se debe probar descender por línea recta de varón, de noble o hidalgo. Para ser reconocido como “noble” es necesario probar nobleza o hidalguía en los cuatro primeros apellidos. Los hidalgos “notorios” eran quienes en España eran tenidos por tales dentro del conglomerado social. Ellos podían probarlo mediante declaración de varios testigos o, simplemente, se hallaban “empadronados” como hidalgos en su lugar de residencia. A veces, los hi dalgos seguían pleitos contra las Cancillerías españolas para ser declarados como tales mediante una “ejecutoria”. Si el hidalgo tenía mucho dinero, era llamado “caballero”. En América, algunas personas o familias seguían expedientes o informaciones de nobleza o hidalguía ante los Cabildos y, algunos, los hacían confirmar por las Audiencias, generalmente buscando se les conceda “estrados”; es decir, asiento en el Tribunal de la Audiencia.

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En Quito conocemos el caso de la familia Cabezas, barbacoana, entroncada con los Serrano de Quito, que en 1801 siguió expediente ante la Real Audiencia de Quito, pidiendo se les ampare en la cuasi posesión de nobleza de sus ascendientes. O el caso de la familia Merino, de Riobamba, que siguió expediente de amparo de nobleza para tomar estrados en la Real Audiencia de Quito en 1793. Los Ortiz de Zevallos hicieron lo propio. Algunas familias legalizaban su nobleza o hidalguía pidiendo “certificación” de ellas y del blasón de su linaje a los “Cronistas Reyes de Armas” de España, que son una especie de notarios de la nobleza. La Real Orden de 17 de noviembre de 1747, el posterior Real Decreto de 29 de julio de 1915 y el Decreto de 1951 regulan sus funciones. El artículo cuarto de este último decreto reza: “Compete a los Cronistas de Armas la expedición de certificaciones de nobleza, genealogía y escudo de Armas. Las certificaciones de los Cronistas de Armas con autorización para el uso, sólo tendrán validez con el visto bueno del Ministerio de justicia. Los Cronistas de Armas serán personalmente responsables de las certificaciones que expidan en el ejercicio de sus cargos”. El estatuto nobiliario vigente en España exige que para obtener certificación de escudo de armas, si se trata de ciudadanos americanos, se probará la genealogía del primer apellido del solicitante, hasta el español que pasó a Indias, indicando de qué lugar de la madre patria era vecino el migrante. Sin embargo, es necesario aclarar que ostentar blasón no es prueba de nobleza, excepto en Navarra, aclarando que muchas casas nobles o hidalgas del País Vasco jamás ostentaron escudo de armas. Los titulados del Reino tienen derecho a colocar sobre su escudo de armas la respectiva corona, diferente según la jerarquía del título. Los hidalgos colocarán sobre el blasón un yelmo. Quienes deseen usar su escudo en el anillo, lo harán en bajo relieve –para sellar– en el meñique de la mano izquierda. También se lo podrá colocar, labrado en piedra, sobre el frontis de la casa; o usar en vajillas, muebles, tapices, u otras cosas y lugares. Los Ortiz de Zevallos practicamente no descollaron en la Real Audiencia de Quito, pero fue su enlace con la marquesa de Torre Tagle en el Perú republicano, dama que descendía de varias de las más rancias casas nobiliarias limeñas, lo que los encumbró hasta la actualidad, reconociendo, por supuesto, que su tronco quiteño, que pasó a Perú en

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tiempos de la independencia respecto de España, y su hijo, fueron políticos y abogados muy brillantes, lo que les permitió entroncarse con la alta sociedad de la capital del virreinato en el momento clave cuando emergían nuevos grupos de poder, fenómeno similar para otras familias en todo el resto de Latinoamérica durante la emancipación. El número de títulos nobiliarios, entre Marqueses y Condes –y un Duque en Perú- extendidos para los Virreinatos de Perú y México, fue de cientoveintidós para el primero y aproximadamente cien para el segundo. Las Reales Audiencias y Capitanías Generales, como Quito, Charcas (Bolivia), Chile y Venezuela recibieron alrededor de diez cada una. En Buenos Aires se extendió uno solo, de Conde. El caso de Cuba es aparte, pues obtuvo su independencia de España tardíamente, en 1898, razón por la que recibió unos doscientostreinticinco. Títulos nobiliarios con Grandeza en América, se extendieron muy pocos, casi todos para Cuba en el siglo XIX. Su número, veintitrés. Los “Grandes de España” ocupaban la categoría más alta de la nobleza del reino. No tenían la obligación de “descubrirse” –quitarse el sombrero– ante el Rey y recibían de él el tratamiento de “primo”, mientras que los titulados sin grandeza eran tratados de “pariente”. A diferencia de otras monarquías, en España y América, Marqueses y Condes tenían igual jerarquía, mientras que en el resto del mundo, el marquesado era algo superior al condado. Algunos títulos nobiliarios españoles tenían anexa grandeza, recordando que todos los Duques eran Grandes. El Conde de la Monclova, Virrey de México y de Perú, era “Grande de España” y es ancestro de la ya mencionada marquesa de Torre Tagle. Luego de nuestra emancipación, la mayoría de títulos nobiliarios americanos fueron rehabilitados por ciudadanos españoles, que no tenían el primer derecho genealógico. Tan solo unos cuantos fueron rehabilitados en Perú, Chile, Venezuela, México, Guatemala, Colombia, Ecuador y Estados Unidos –de cubano radicado en Miami–, siendo el marquesado de Torre Tagle uno de ellos. Al “beneficiar” un título, en América se daba libertad al concesionario de escoger el de Marqués o Conde, y los aproximadamente veinticinco mil pesos que se recibían a cambio se los destinaba para solventar algún gasto público del reino español, en la península o en Indias. La denominación del título podía responder a varios criterios: a veces se le ponía denominación del señorío que poseía el titular en Es-

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paña –en América no existían señoríos–; por ejemplo: al Señor de la Monclova, cerca de Sevilla, se lo creó Conde de Monclova, uno de ellos Virrey del Perú, que nos ocupa como ancestro de la peruana Marquesa de Torre Tagle enlazada con Ortiz de Zevallos. Podía también, la denominación, recordar algún hecho glorioso del titular; verbi gracia, Duque de Bailén, en memoria de esta célebre batalla. O podía reflejar su apellido; por ejemplo: Conde de Larrea. Honrar al santo del nombre, marqués de San jorge. Perpetuar el apellido del concesionario anteponiendo una de las palabras: Casa, Villa o Torre. Verbi gracia: el quiteño Conde de Casa jijón, o el también quiteño Marqués de Villa Rocha, apellidado justamente Rocha; o el Marqués de Torre Tagle, de apellido Tagle, en el Perú. O para recordar el lugar de donde era oriundo el concesionario, o el nombre de alguna hacienda que le pertenecía. jamás dos títulos nobiliarios de igual jerarquía –dos marqueses, dos condes, etc.– podían tener la misma denominación; si coincidían, uno, el más recientemente creado o rehabilitado, debía cambiarla. Pocas veces, al rehabilitar un título, se modificaba su denominación original. Por ejemplo: el marquesado de Santiago, del que venimos los Larrea del Ecuador, se rehabilitó en España como Marqués de Villamayor de Santiago. Actualmente en España y en sus ex colonias están vigentes alrededor de dos mil quinientos Títulos del Reino, de entre los cuales unos quinientos tienen Grandeza. Todos los Duques son Grandes. Marqueses y Condes, ambos, si son Grandes, tienen igual jerarquía que los Duques. En caso de ostentar varios títulos la misma persona, se usará el de mayor jerarquía, siendo ésta el orden siguiente: Duque, Marqués, Conde, Vizconde, Barón, Señor. El título más usado en España es el de marqués, seguido por el de Conde. El Vizconde generalmente era título previo, luego cancelado, al de Marqués o Conde. El de Barón se extiende a los descendientes del antiguo Reino de Aragón y Cataluña, pues allí era muy usado, no así en Castilla, razón por la que en la actualidad casi no se crea. El título de Señor igualmente es muy raro en España. Los Grandes son tratados de Excelencia y los titulados sin Grandeza, de Ilustrísimo. Quien posee varios títulos del Reino, puede ceder uno o varios a sus hijos, o distribuirlos entre ellos u otros parientes a falta de dichos hijos, siempre sin perjuicio de tercero con mejor derecho genealógico. Al fallecer un titulado, el pretendiente con el primer derecho genealógico tendrá plazo de un año para “suceder”; de no hacerlo, el

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segundo con mejor derecho tendrá plazo de otro año para reclamarlo; de lo contrario, se abrirá un nuevo plazo de tres años para que cualquier persona que se crea con derecho a suceder lo haga. De no reclamar el título nadie, permanecerá vacante durante cuarenta años –treinta en Cataluña y Aragón, por estipularlo así sus antiguos fueros-, durante los cuales cualquier persona consanguínea de quienes ostentaron el título puede “rehabilitarlo”, siempre que su parentesco con el último poseedor no exceda del sexto grado civil, o hasta el cuarto grado civil tratándose de colaterales. Para probar las filiaciones se presentarán las partidas de nacimiento y matrimonio o, antes de la existencia del Registro Civil – creado en Ecuador en 1901- las fe de bautismo y matrimonio, testamentos u otros documentos que las prueben. Deberán incluirse con carácter obligatorio, las testamentarías de cada uno de los enlaces. A falta de hijos legítimos, puede heredar un hijo natural. El haber probado tener derecho a “rehabilitar” un título no garantiza que se lo haga, pues es facultad del monarca negarlo si es su voluntad, luego de haber escuchado el parecer de la Diputación de la Grandeza de España. Transcurrido este lapso, el título revierte a la corona y nadie puede volverlo a reclamar, aunque actualmente se analiza rever el caso de los títulos hispanoamericanos y de las Filipinas, pues muchos de ellos son títulos no reclamados desde nuestra emancipación. Durante estos cuarenta –o treinta- años, quien crea tener mejor derecho genealógico para ostentar un título, puede solicitar la “reivindicación” del mismo y retirarlo a quien lo ostentaba en precario. La legislación española actual, válida para sus antiguas colonias, estipula que para “rehabilitar” un Título del Reino, los méritos aducidos por el solicitante serán tales que excedan el cumplimiento normal de obligaciones propias del cargo, profesión o situación social, que no hayan sido objeto de recompensa anterior. La “rehabilitación” de un Título del Reino se hará por vía administrativa. En caso de existir varios pretendientes, se determinará previamente quien tiene mejor derecho genealógico en contienda civil. A la sazón, un Abogado español promedio cobra por este juicio alrededor de veinte mil dólares. El Marqués de la Floresta es uno de los Abogados que, en Madrid, ejerce en la especialidad de Derecho Nobiliario y por tanto, se ocupa de estos casos. Si bien en tiempos coloniales, el varón mayor heredaba el título,

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actualmente tiene preferencia la hembra si nació antes, excepto para la sucesión del trono de España en que aun se prefiere al varón, según excepción estipulada por este Reino al suscribir la Convención de Nueva York de 18 de diciembre de 1979 sobre no discriminación de la mujer. Siempre se preferirá suceder en línea vertical (padres a hijos, nietos) antes que colateral (hermanos, sobrinos). Durante la Colonia los titulados debían pagar impuestos de “media anata” y de “lanzas”. El primero, al suceder en la posesión del título y, el segundo, un impuesto anual, que al acumularse se convertía en impagable, razón por la que, a veces, los herederos preferían no suceder y hacerse cargo de la deuda. Sin embargo existían títulos cuya carta de creación estipulada que eran “libres de lanzas y media anata”. Actualmente el pago de lanzas está derogado, existiendo un impuesto a la sucesión, cuyo valor es de unos mil dólares tratándose de sucesión directa, y de unos mil quinientos si es transversal. En tiempos coloniales, en Hispanoamérica, un pretendiente a titular como Marqués o Conde, debía pagar aproximadamente veinticinco mil pesos y cumplir con tres requisitos: a) Que la calidad de su nacimiento y las familias con las que se hallaba emparentado hayan sido nobles. b) Que la conducta del aspirante no haya tenido defecto moral ni político. c) Que posea fortuna suficiente para ostentar el título con decoro. Las esposas o esposos de los titulados del Reino debían ostentar alguna nobleza o hidalguía, disposición que actualmente es anacrónica, ya no se aplica. Actualmente se puede obtener un título o grandeza españoles como premio por servicios extraordinarios en beneficio de la nación o de la monarquía, para lo que se requiere el Acuerdo del Consejo de Ministros. Si los servicios no fueren extraordinarios, se consultará a la Comisión Permanente del Consejo de Estado y se valorará el informe de la Diputación Permanente de la Grandeza. También existen las concesiones directas, realizadas por el Rey, para premiar actos de alta relevancia en las armas, las letras, las artes, la ciencia o la beneficencia. Hoy no se otorgan títulos a cambio de dinero como ocurría antaño –por lo menos en teoría- ni se requiere que el pretendiente goce de una renta mínima. En la actualidad existe nobleza en Europa, no sólo en sus monarquías sino también en estados como Francia e Italia, que ya no son

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reinos. En estos últimos la nobleza y títulos tienen existencia como institución de Derecho Privado. Igualmente, en España, las tradicionales Ordenes Militares: de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa son Institución de Derecho Privado. La Orden Civil de Carlos III ha sido suprimida. La de Malta, llamada también de San juan de jerusalén, la del Santo Sepulcro de jerusalén y la Constantiniana de San jorge son católicas, estrechamente ligadas al Vaticano y tienen capítulo en España. De todas ellas, sólo la de Malta es soberana y mantiene embajadas en múltiples países alrededor del mundo. La Orden Civil de Isabel la Católica comprende tanto caballeros como damas, se instituyó en 1815 y se otorga “A la lealtad acrisolada”, por lo que se la impuso a varios “realistas” durante los movimientos independentistas americanos. Si bien, en tiempos coloniales se prefería a los más ricos para titularlos, nobleza no es igual que riqueza. Las más cuantiosas fortunas hispanoamericanas eran: primero, las mexicanas, seguidas por las cubanas, en tercer lugar las venezolanas, luego las peruanas y, después, el resto. Mientras la fortuna más alta del México colonial llegó a cuatro millones de pesos en tiempos de la independencia, la más alta de nuestra Real Audiencia de Quito era de unos trecientos mil. La Capitanía General de Guatemala era la colonia más pobre de Latinoamérica, y el Virreinato del Río de La Plata con capital Buenos Aires, era inhóspito, frío, casi despoblado y acosado por los piratas. Títulos Nobiliarios de Marqués o Conde eran extendidos a ri cos criollos, o a chapetones que habían ejercido cargos en América, preferentemente de Virreyes, Presidentes de Audiencia, Oidores o Fiscales –léase Ministros-. O a quienes poseían grados militares de General o Coronel, recordando que durante las guerras independentistas, al terrateniente se lo hacía Coronel y, a su administrador, Capitán, aunque no hayan sido veteranos –militares profesionales-. En cuanto a los Virreyes destinados a América, se enviaron personajes de la alta nobleza española, mas, desde mediados del siglo XVIII la política fue nombrar a militares de larga trayectoria, pues, seguramente ya se evidenciaba descontento en Ultramar. Por otra parte, eran frecuentes en América los casos de sucesores a títulos de nobleza que se conformaban con la aprobación de los Virreyes, Presidentes de Audiencia o Capitanes Generales, sin hacer el trámite sucesorio en España, razón por la que el Rey Carlos III dispuso por cédula de 6 de septiembre de 1773, que se lo haga en la Madre Patria

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con carácter obligatorio. Verbi-gracia, el Título de Conde de Casa jijón recayó por sentencia interina del Presidente de la Real Audiencia de Quito, don Toribio Montes, en 1813, en don Francisco jijón y Chiriboga, pero nunca se la confirmó en España y quedó vacante hasta que lo rehabilitó por carta expedida el 13 de marzo de 1959, don josé Manuel jijón Caamaño y Flores, poco después Presidente de la Cámara de Diputados del Ecuador y, más tarde, Embajador de la Orden de Malta en Ecuador, de la que también era Caballero. Existía la nobleza inherente al cargo, así los descendientes –siempre en línea recta, no hermanos ni sobrinos- de Virreyes, Capitanes Generales, Presidentes de Audiencia, Oidores o Fiscales, eran hidalgos o nobles no titulados. Ser descendiente de Corregidor o miembro del Cabildo –Alcalde, Regidor, Alférez Real, etc.– no daba derecho a reclamar nobleza ni hidalguía. Algunas corporaciones nobiliarias aceptan como prueba de nobleza o hidalguía, descender de Regidor Perpetuo del Cabildo o de Familiar de la Inquisición, pues para ser nombrado como tales se requería hacer prueba nobiliaria por los cuatro primeros apellidos. Descender de estudiante de los Colegios o Seminarios de Nobles de Madrid, Sevilla o Granada, donde se formaban algunos aristócratas de Indias, era prueba de nobleza. En el de Granada se instruía a sus alumnos en equitación, esgrima y baile. Descender de caciques o curacas de las tribus americanas, o de las familias imperiales inca o azteca, creaba nobleza. Pertenecer a alguna de las Reales Maestranzas de Caballería española, o descender de alguno de sus miembros, generalmente es aceptado como prueba nobiliaria, ya que para ingresar en ellas se necesita probar los cuatro primeros apellidos. Las esposas de los miembros de las Reales Maestranzas de Caballería debían probar al menos los dos primeros apellidos. Poseer o descender de “mayorazgo” no era prueba de nobleza. El Rey concedió hidalguía a los primeros conquistadores de América y a sus descendientes, siempre por línea recta de varón. Los Caballeros de Alcántara, Calatrava, Santiago y Montesa y sus descendientes eran nobles. La descendencia en todos los casos que van siendo citados ha de ser siempre por línea de varón. La Orden de Alcántara exigía probar que los cuatro abuelos del pretendiente hayan sido nobles o hidalgos, ostentando escudo de armas y provenir de casa solar conocida. La de Calatrava no exigía prueba de

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casa solar. La de Santiago tampoco requería prueba de escudo de armas. La Orden de Montesa, originaria del Reino de Aragón, solamente pedía prueba en los dos primeros apellidos. En todos estos casos, el pretendiente no debía descender de moro o judío, ni sus ascendientes haber sido penitenciados por la Inquisición, ni haber trabajado en oficios, con las manos, pues todo aquello era considerado afrentoso. “Hidalgos de España”, antes llamada “Asociación de Hidalgos a Fuero de España”, es una corporación privada a la que se puede ingresar actualmente, como su nombre lo indica, probando hidalguía, con documentos públicos fehacientes. Existe, igualmente, el Real Cuerpo Colegiado de Caballeros Hijosdalgo de la nobleza de Madrid, y la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa. Estos dos últimos requieren prueba de nobleza en los cuatro primeros apellidos. La Insigne Orden del Toisón de Oro es la más alta condecoración española, y crea nobleza. Los caballeros de las Ordenes Nobiliarias tienen derecho a uniforme y hábito, según la ocasión. En España, la Universidad Nacional de Educación a Distancia otorga el título de Master en Derecho Nobiliario y Premial, Heráldica y Genealogía, entendiéndose Nobiliaria como el tratado de la nobleza. Durante el siglo XIX y XX, típicas familias conservadoras de la Sierra ecuatoriana fueron: Ponce, Espinosa, Ribadeneira, Tobar, Salazar, Luna. Ellas enlazaron entre sí y varios de sus miembros constan en este estudio. Si bien, los Ponce, los Espinosa y Ribadeneira no pertenecieron a la antigua nobleza colonial, durante la República se dispararon en el Ecuador y han sido de las familias más prominentes durante las dos últimas centurias, siempre del ala conservadora. Los Ortiz de Zevallos en el Perú republicano alcanzaron el más alto nivel social, como quedó dicho. No ha sido la intención del autor escribir toda la descendencia de los Ortiz de Zevallos en Ecuador y Perú, ni la de todos los Ponce, Espinosa o Ribadeneira. Sólo hemos incluido a quienes consideramos los más prominentes, por ello no constan todos los hijos y nietos de su tronco ni de sus ramas familiares. ORTIZ DE ZEVALLOS Escudo de Armas: Escudo partido en pal. En el primero, en campo azul,

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un león de oro, superado de un lucero de oro. Orla de plata con ocho rosas (de Ortiz). Segundo pal, sobre campo de plata, tres fajas negras. Orla de dos órdenes de escaques de oro y rojo (de Zevallos). Y en letras de sable el lema “Es ardid de Caballeros Zevallos para benzellos”. (Información de Hidalguía y Nobleza de don josef Ortiz de Zevallos y Almoguera, aprobada por la Real Audiencia de Lima, el 29 de noviembre de 1777, confirmada con Certificación y Despacho de Armas por el Rey de Armas de su Majestad don Ramón Zazo y Ortega, Madrid, 2 de agosto de 1780). 1. Don Alonso Ortiz de Zevallos. Nacido en España por 1600. Casó con Gregoria Contreras. 2. Don Diego Ortiz de Zevallos y Contreras. Nació por 1630 en España, en las Montañas de Burgos. Pasó a América hacia 1655. Casó con Catalina Valdés y Gallardo. 3. Don josé Ortiz de Zevallos y Valdés. Casó con Antonia de Obregón y Alvarez. Hijos: a. josé Ortiz de Zevallos y Obregón. Casó con Ursula de Almoguera. Hijo: josé Ortiz de Zevallos y Almoguera, vecino principal de Lima, quien hizo la Información de Hidalguía y Nobleza antes citada. b. Baltazar Ortiz de Zevallos y Obregón, que sigue: 4. Don Baltazar Ortiz de Zevallos y Obregón. Nació por 1700 en la Real Audiencia de Quito. Casó con doña Catalina León Gil Negrete. Fue Procurador de esta Real Audiencia de 1757. (Escudero Ortiz de Zevallos, Carlos: Nuestra Familia Escudero, Mc. Lean, Virginia (USA), Charter Printing, 1994, 644 p.p). Nota: Don Pedro Ortiz de Zevallos fue Corregidor de Ibarra entre 1650 y 1653 (Tobar Subía, Cristóbal: Monografía de Ibarra, La Prensa Católica, Quito, 1950, pg. 107). Don Baltazar Ortiz de Zevallos y Obregón: casó con doña Catalina de León Gil Negrete. Hijo legítimo. 5. Don Baltazar Ortiz de Zevallos y León – Negrete: Bautizado en Quito el 8 de enero de 1736 (Parroquia de San Sebastián). Madrina: doña juana Vásconez y Velasco. (Archivo Nacional de Historia, Gobierno, caja 62, exp. 21). Por León-Negrete estaba emparentado con la familia Muriel, que es el segundo apellido de mi madre la Lcda. Doña Zafiro Proaño Muriel, descendiente de los Muriel León-Negrete.

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Don Baltazar casó con doña María Ana de Erazo y Herrera, bautizada el 11 de agosto de 1746, hija legítima de don Baltazar de Erazo y doña Gabriela de Herrera Oserín y Moreno. Don Baltazar y su esposa doña Ana obtuvieron amparo de nobleza, del Cabildo de Quito, el 3 de abril de 1772. El 15 de febrero de 1765, Baltazar Ortiz de Zevallos sigue autos contra doña María Romo de Córdova, hija del Capitán Francisco Romo de Córdova y doña Micaela Pérez Castellanos, y tía del I Conde de las Lagunas. Casada con el Capitán josé García Castrillón. Autos para que le pague el salario de 50 pesos anuales, por el trabajo que realizó para el canónigo don Miguel García Castrillón, hijo fallecido de la demandada (ANH, Civiles, caja 20, exp. 20. Y: Larrea, Gregorio César De: Genealogías Quiteñas, pg. 43-46). En la serie Gobierno, del Archivo Nacional, Quito, caja 62, expediente del 5 de mayo de 1806, reposa el pedido del doctor don Ignacio Ortiz de Zevallos, abogado de la Real Audiencia de Quito, para que se le ampare a él y a sus hermanos en la cuasi posesión de hidalguía y nobleza. De él hemos tomado los datos anteriores. En el mencionado expediente consta que don Baltazar Ortiz de Zevallos y doña María de Erazo hicieron bautizar a su hijo legítimo don Sebastián Antonio, en la parroquia Santa Bárbara, de Quito, el 22 de enero de 1770. En la catedral bautizaron a su hija doña María Ramona, el 26 de septiembre de 1775. En la misma catedral bautizaron a otra hija, doña maría jacinta Elena, el 6 de septiembre de 1785. En dicha catedral, el 18 de febrero de 1788 bautizaron a doña María josefa de jesús, también hija de la pareja. En la parroquia de San Marcos, de Quito, el 23 de abril de 1797 se bautizó a doña María Margarita Ramona, otra de sus hijas. En la misma San Marcos, el 20 de noviembre de 1790 bautizaron a su hija doña María Isabel Dolores. Don Baltazar Ortiz de Zevallos y León Negrete otorgó poder para testar a su hijo don Antonio, en Quito, el 26 de agosto de 1801. Declaró ser hijo legítimo de don Baltazar Ortiz de Zevallos y de doña Catalina de león Gil Negrete, ya difuntos. Casado con doña María Erazo, vecina de Quito y tuvieron por hijos legítimos a: Don Antonio, Don Tomás, el Doctor don Ignacio, doña María Mercedes, don Mariano, doña jacinta, doña josefa, doña Isabel y doña Margarita Ortiz de Zevallos y Erazo. Nombra por albacea testamentario y fideicomisario a su hijo don Antonio.

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En el expediente se expone que don Baltazar Ortiz de Zevallos y doña Catalina de León Gil Negrete fueron hijos legítimos de personas nobles y “bien nacidas, sin tacha en su nacimiento”. Se dice también que doña María de Erazo es hija legítima de don Baltazar de Erazo y doña Gabriela de Herrera Oserín y Moreno, “sujetos bien nacidos, legítimos y de nobleza conocida”. Ningún ascendiente de los Ortiz de Zevallos ni de los Erazo se ocupó en “oficio ruin” ni fueron castigados por la Inquisición, pues eran “cristianos viejos”. De lo dicho presentaron por testigos: a don Antonio Ormaza, en Quito, el 26 de marzo de 1762. A don juan Enríquez de Guzmán, de treinta años de edad. Al Doctor don Ignacio Ituarte. A don Diego Tobar y Ugarte. Al Reverendo Padre Fray Gaspar Lozano, mercedario. A Fray Blas Bolaños, mercedario de 52 años de edad. A don Pablo de Unda y Luna. Don Baltazar Ortiz de Zevallos y León–Negrete solicita al Cabildo de Quito declare que él y su esposa han probado su nobleza y “limpieza de sangre” y, por consiguiente, piden se les ampare en la posesión de nobleza. En tal virtud, el Capitán don Francisco de Borja y Larráspuru, Alcalde Ordinario de Primer Voto de Quito, el 3 de abril de 1772, declara que don Baltazar Ortiz de Zevallos y León–Negrete y su esposa deben gozar de todo los fueros y privilegios de la nobleza. Se les ampara. Don Ignacio Ortiz de Zevallos y Erazo, colegial que fue del Colegio Real de San Fernando, fue examinado por la Universidad y practicó cuatro años para recibirse de Abogado, para lo cual en 1802, hace información de limpieza de nacimiento o limpieza de sangre. Es decir expone que sus padres y abuelos no tenían mezcla con “mala raza”, de moros, mulatos o mestizos, ni han ejercido oficio vil o mecánico, y en sus costumbres han sido moderados. Para ello presenta como testigos a: Fray joaquín Obando, don Ramón Enríquez, don josé jaramillo, entre otros. Don Ignacio Ortiz de Zevallos y Erazo había practicado 2 años en el estudio jurídico del Dr. Don juan josé Boniche, y otros 2 donde el Dr. Don Alejandro Mosquera. En el expediente se dice que don Tomás Ortiz de Zevallos, vecino comerciante de Lima, era hermano legítimo del Dr. Don Ignacio Ortiz de Zevallos, Abogado. Don Tomás fue bautizado el 1º. de enero de 1772 en la Iglesia de Santa Bárbara, de Quito. El Dr. Don Ignacio Ortiz de Zevallos y Erazo, Abogado, dice que

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la Ley de Castilla, para declarar la posesión y propiedad de hidalguía, baste con que pruebe el pretendiente que su padre y abuelo han estado en dicha posesión durante 20 años, por lo que solicita amparo de cuasi posesión de hidalguía y nobleza, en Quito, en 1806, ante la Real Audiencia. (ANH, Gobierno, caja 62, exp. 5 Mayo 1806). Don Baltazar Ortiz de Zevallos y León Negrete y su esposa, doña María Ana de Erazo y Herrera, tuvieron como hija legítima a doña María Ramona Mercedes Ortiz de Zevallos y Erazo, bautizada en la Catedral de Quito el 26 de s eptiembre de 1775. Casó con don juan Antonio Espinosa de los Monteros, con descendencia en Quito, que se verá en el subtítulo: LOS ESPINOSA. Otro de los hijos fue el DR. IGNACIO ORTIZ ZEVALLOS Y ERAZO: Estadista nacido en Quito y bautizado el 6 de Diciembre de 1777, como Ignacio Nicolás, en El Sagrario, de Quito. Colegial del San Fernando. Se había graduado de Bachiller. Realizó información de limpieza de natales y costumbres. Practicó en el estudio jurídico del Dr. Don juan josé Boniche, Abogado, durante 2 años; y, otros 2, donde el Abogado Dr. Alejandro Mosquera. Decía haber sido, su familia y él, reputados por hidalgos. Se recibió de Abogado el 26 de Abril de 1802 (Archivo Nacional, Quito, Serie Incorporación de Abogados, caja 4, 18001809,1802). El Dr. Fernando jurado dice que fue Defensor de Pobres y de Indígenas de la Real Audiencia de Quito. Don Ramón Núñez del Arco, en su célebre informe, lo califica de “insurgente seductor”; es decir, Patriota. Oficial de la Falange en la Revolución de 1809; como tal, se dirigió de Secretario de la expedición contra Pasto. Secretario del patriota don Miguel Zambrano en la revuelta de 1809. Más tarde, pasó junto a Zambrano a una hacienda en Cayambe y luego llegó a Quito donde se contactó con el Conde Ruiz de Castilla ya repuesto en el mando. (Torre Reyes, Carlos de la: La Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809, Banco Central del Ecuador, Quito, 1990, pg. 443). Además, elegido Secretario del poder Ejecutivo en la Constitución de Quito de 1812 (Navarro, josé Gabriel: La Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, Quito, 1962, pg. 397). Comandante de Artilleros en la batalla del Panecillo de 1812 contra el General realista Toribio Montes. Formó parte de la junta de Gobierno de 1812 como Ministro de Gracia y justicia. Huyó al Perú luego de la derrota de los patriotas quiteños. La enciclopedia Espasa anota que en ese país fue miembro del Congreso, Vocal del Tribunal Supremo de jus-

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ticia, Ministro Plenipotenciario. Diplomático en Londres y en otras Cortes Europeas. jurisconsulto. Elaboró un proyecto de Código Civil. Director del órgano oficial “El Conciliador”. El primer Congreso Independiente del Perú le declaró hijo benemérito de la Patria. El Dr. Fernando jurado en el tomo cuarto de su obra “Los Descendientes de Benalcázar en la formación social ecuatoriana” escribió: que en el Perú fue nombrado Fiscal de la junta de Secuestros hasta 1821. Diputado por Lima al Primer Congreso Constituyente del Perú. Vocal fundador de la Corte Superior de Lima en 1824. Auditor General de Guerra. Fiscal de la Nación. Plenipotenciario del Perú en Bolivia. En 1806 el Dr. Ignacio Ortiz de Zevallos sigue expediente solicitando a la Audiencia de Quito se le ampare a él y a sus hermanos en la cuasi posesión de hidalguía y nobleza (ANH, Gobierno, caja 62). Falleció en 1843. El 17 de Agosto de 1807, doña Francisca de Cevallos sigue causa para que don Ignacio Ortiz de Zevallos pague el rédito atrasado de una capellanía de 2.000 pesos impuesta en la hacienda Panzaleo, jurisdicción de Machachi (ANH, Censos y Capellanías, caja 79, exp. 10). Igualmente, en Quito, el 19 de septiembre de 1817, don Ignacio Ortiz de Zevallos sigue autos contra el Dr. Antonio Ante, uno de los principales próceres de la independencia ecuatoriana, y su mujer, para el cumplimiento de la venta de una casa y el otorgamiento de la respectiva escritura (ANH, Casas, caja 28, exp. 5). El Dr. Ignacio Ortiz de Zevallos y Erazo había casado en Quito con doña Ramona García Tobar. Entre sus hijos destacó doña Mercedes Ortiz de Zevallos y García, radicada en el Perú donde es célebre personaje histórico. El mismo Dr. jurado Noboa nos dice que fue crítica literaria, escribió en prosa y en verso. Casó con el General Manuel Egusquiza Gálvez a quien acompañó en sus actos heroicos. Asistió a los patriotas peruanos como enfermera. Cultivó la música y el canto. (jurado, op. cit.). Fue su hermano: El Dr. Manuel Ortiz de Zevallos y García: Casó con doña josefa de Tagle y Echevarría, nacida en 1822, V Marquesa de Torre Tagle, quien rehabilitó su título el 19 de Enero de 1864. Ver el subtítulo: Los Ortiz de Zevallos en el Perú. Otra de sus hermanas fue: Doña Rosa Ortiz de Zevallos y García. Casó en Lima con don Miguel Nicanor Espinosa Mazorra, con descendencia en el Perú (Cristóbal de Gangotena y jijón: Los Ponce). Continuando con los Ortiz de Zevallos y Erazo, tenemos a: Don Antonio Ortiz de Zevallos y Erazo: Nació en Quito y fue

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bautizado en Santa Bárbara el 22 de Enero de 1770. (Archivo Nacional, Gobierno, caja 62, exp. 5 Mayo 1806). Casó con doña josefa Camacho Espinosa. El 6 de junio de 1838 en Quito, Antonio Ortiz de Zevallos solicita redimir un censo de 720 pesos de principal, impuesto en su hacienda de Nono, para lo que presenta cuatro documentos de crédito público (ANH, Censos y Capellanías, caja 99, exp. 4). Hija: Doña María Dolores Ortiz de Zevallos y Camacho: Casó con don Nicolás Clemente Ponce Pérez. Hijos, entre otros: LOS PONCE 1. Don Roberto Ponce Ortiz: Casó con doña Ignacia Borja Yerovi. Sus descendientes han brillado en el foro, la diplomacia y la cátedra. Hijos: 1.1 Doctor Belisario Ponce Borja: Varias veces presidente de la Corte Suprema de justicia. Casó con doña judith Miranda. Padres del Dr. Neftalí Ponce Miranda, que fue Canciller del Ecuador en dos ocasiones. 1.2 Dr. Alejandro Ponce Borja: Presidente de la junta Consultiva de Relaciones Exteriores. Diplomático y jurisconsulto. Catedrático Universitario. Vicepresidente del Concejo Municipal de Quito (Municipio de Quito: Quito 150 años de Capital de la República, 1830-1980). Candidato a Presidente de la República. Ministro de Relaciones Exteriores (Gómez de la Torre, josé María: Derecho Diplomático). Casó con doña Rosa Carbo. 1.3 Dr. Nicolás Clemente Ponce Borja: Nació en 1866. Ministro de Relaciones Exteriores (Gómez de la Torre, josé María: Derecho Diplomático, pg. 92). Miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Firmó con el Perú el Protocolo Ponce-Castro Oyanguren. Catedrático Universitario. jurado Noboa escribe que fue Congresista y Ministro de la Corte de justicia. Miembro de la junta Consultiva de Relaciones Exteriores (Pérez Pimente l: Diccionario Biográfico, tomo XI). Otro de los Ponce Ortiz fue: 2. Dr. Camilo Ponce Ortiz: Nació en Quito en 1829. Presidente de la Cámara de Diputados. Ministro del interior. (Maiguashca, juan: Historia y Región en el Ecuador, 1830-1930, pg. 422). Presidente de la Cámara

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del Senado. Candidato a Presidente de la República. (Alarcón Costta, César: Diccionario Biográfico Ecuatoriano). En 1895 Plenipontenciario ante el Perú durante el conflicto limítrofe. Canciller del Ecuador (Gómez de la Torre, josé María: Derecho Diplomático, pg. 89). Fue su nieto: Dr. Camilo Ponce Enríquez: Presidente del Ecuador. Nació en 1912. El biógrafo Alarcón Costta anota que fue Abogado. Estudió en Quito, Santiago de Chile y California. Ministro de Relaciones Exteriores (Gómez de la Torre, josé María: Derecho Diplomático, pg. 92). Vicepresidente de la Asamblea Constituyente. Ministro de Obras Públicas, Vicepresidente del Concejo Municipal de Quito (Municipio de Quito: Quito, 150 años de Capital de la República, 1830-1980). Diputado (Oña Villareal, Humberto: Presidentes del Ecuador, 1986, 124 p.p.). Senador. Fundador del Partido Social Cristiano. Ministro de Gobierno. Presidente de la República entre 1956 y 1960. Fundador de los periódicos: Democracia y El Heraldo (Alarcón Orquera, Marco: Personalidades, Industria y Comercio en el Ecuador, Editec, Guayaquil, 1968). LOS ESPINOSA Doña María Ramona Mercedes Ortiz de Zevallos y Erazo, nacida en 1775, casó en el Sagrario de Quito, el 21 de junio de 1793, con don juan Antonio Espinosa de los Monteros (Moreno Egas, jorge: Matrimonios de españoles, en el Sagrario de Quito, 1764-1805, en revista CENIGA No. 3). Entre sus hijos citamos a: Doña Petrona Espinosa de los Monteros y Ortiz de Zevallos. Casó con el Dr. Manuel Espinosa Ponce. Hijos, entre otros: 1. Dr. javier Espinosa y Espinosa: El Diccionario Biográfico del Ecuador, de B. Pérez Marchant nos dice que nació en 1815. Fue Ministro del Interior y Ministro de Relaciones Exteriores. Diplomático. jurista. Ministro juez y Fiscal de la Corte Superior del Guayas. Secretario General del Estado. Ministro Fiscal de la Corte Suprema de justicia. Presidente del Ecuador entre 1867 y 1869 (Moncayo jalil, Leonardo, Los Correa en el Ecuador, Quito, 2004, pg. 202). 2. Dr. josé Modesto Espinosa y Espinosa: Nacido en 1833. Senador. Secretario General del Gobierno provisional de Francisco Xavier León

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(Pérez Pimentel: Diccionario Biográfico, tomo III). Uno de los Fundadores de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Consejero de Estado. Ministro de lo Interior (Maiguashca, juan: Historia y Región en el Ecuador, 1830-1930, pg. 424). Ministro de Relaciones Exteriores (Gómez de la Torre, josé María: Derecho Diplomático, pg. 90). Suscribió con el Perú el Convenio Espinosa–Bonifaz. Presidente de la Corte Suprema de justicia. El Biógrafo Rodolfo Pérez Pimentel añade que fue Ministro del Tribunal de Cuentas, Miembro de la Academia de Bellas Letras de Sevilla. Cristóbal de Gangotena y jijón lo llama “notable literato”. 3. Dr. Nicolás Aurelio Espinosa y Espinosa. Fue su nieto: Aurelio Espinosa Pólit: Célebre humanista y sabio. Según Alarcón Costta, nació en 1894. Sacerdote jesuita. Director del Noviciado jesuita de Cotocollao. Estructuró la más grande biblioteca de autores ecuatorianos, igualmente en Cotocollao. Uno de los miembros fundadores de la Academia Ecuatoriana de Cultura. En 1946 Rector fundador de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y su profesor, en Quito. Autor de varios libros. A lo dicho habría que añadir que fue Miembro de Número de la Academia de la Lengua del Ecuador, y Colombiana de la Lengua. Académico de Número de la Nacional de Historia del Ecuador. Políglota, traductor de Virgilio y promotor de la cultura ecuatoriana. (Puga, Dr. Miguel Angel: La Gente Ilustre de Quito, Ed. Delta, Quito, 1994, pg. 83). LOS RIBADENEIRA Doña Dolores Ortiz de Zevallos y Camacho: casó con don Nicolás Clemente Ponce Pérez. Hija: Doña Ana Ponce Ortiz: casó con el Dr. Aparicio Ribadeneira Tobar, quien según jurado Noboa, fue Diputado por Quito a la Convención Nacional de 1852. Vicepresidente de la Cámara de Diputados. Gobernador de Imbabura (Maiguashca, juan: Historia y Región en el Ecuador, 1830-1930). Senador, Concejal de Quito (Municipio de Quito: Quito, 150 años de Capital de la República, 1830-1980. Ver Nómina de Miembros del Concejo Municipal). Contador Mayor de Quito (B. Pérez Marchant: Diccionario Biográfico Ecuatoriano). Sus descendientes han brillado en la política conservadora, en las ciencias jurídicas y, algunos, en la diplomacia y la cultura. Hijos:

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1. Dr. Alejandro Ribadeneira Ponce: nacido 1873, casó con doña Rosa Salazar. Fue Presidente de la Corte Suprema de justicia. Diputado a la Asamblea Nacional Constituyente. Hijo: Dr. Alejandro Ribadeneira Salazar: tres veces Presidente de la Corte Suprema de justicia. Senador (Pérez Pimentel: Diccionario Biográfico, tomo II). 2. Dr. Aparicio Ribadeneira Ponce: el Doctor Fernando jurado en su obra sobre la familia Ribadeneira, tomo III, nos recuerda que fue Presidente de la Cámara de Diputados. Ministro de la Corte Suprema de justicia. Ministro del Interior (Maiguashca, juan: Historia y Región en el Ecuador, 1830-1930, pg. 424). Canciller del Ecuador (Gómez de la Torre, josé María: Derecho Diplomático, pg. 90). Presidente del Concejo Municipal de Quito (Municipio de Quito: Quito, 150 años de Capital de la República, 1830-1980. Ver Nómina de Miembros del Concejo Municipal). Encargado del Poder Ejecutivo en 1895. 3. Don Teodomiro Ribadeneira Ponce: casó con doña Mercedes Salazar Miranda, hija del General Francisco Xavier Salazar Arboleda, célebre político conservador del siglo XIX varias veces Ministro de Estado. Hijo: 3.1. Don Luis Ribadeneira Salazar: casó con doña Amelia Sucre Gangotena, descendiente de la familia del Gran Mariscal Antonio josé de Sucre. Hijo: Don Luis Ribadeneira Sucre: casó con doña Matilde Suárez Vaca, hija de don jorge Suárez Veintimilla, hermano del Dr. Mariano Suárez Veintimilla Presidente del Ecuador en 1947, y doña Lola Vaca Moreno, hija a su vez de don Rafael Vaca Proaño y doña Mariana Moreno Andrade propietarios de la hacienda Pisabo. Doña Mariana Moreno Andrade era prima hermana de don Tobías Rafael Muriel Moreno, bisabuelo materno del Licenciado don Gregorio César De Larrea y Proaño, autor de estas letras. Don Luis Ribadeneira Sucre y doña Matilde Suárez Vaca, son padres de siete hijos: jorge Luis, María de los Ángeles, Francisco, Álvaro, María de Lourdes, Miguel y Catalina Ribadeniera Suárez. Don Gregorio César de Larrea y Proaño, Historiador y Genealogista, es cuarto nieto paterno de don Mariano de Larrea (Riobamba, 1765-1843) sobre el que, divagando, podemos decir lo siguiente: El 15 de junio de 1812 tuvo lugar la conmoción popular que ter-

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minó con la trágica muerte del Conde Ruiz de Castilla, Presidente de la Real Audiencia de Quito. En el juicio seguido a los responsables de su fallecimiento, el Fiscal expresaba que uno de ellos, el Doctor don Pedro Ximénez, profesor de Medicina, había sido “un escandaloso promotor de la insurrección desde su origen”, insurrección de los patriotas contra el gobierno realista. Ximénez exhortaba al pueblo desde su balcón para que, reunido en la plaza, se dirigiese a consumar el monstruoso crimen. Incluso improperó con acrimonia a don Mariano de Larrea, Oficial Segundo de la Administración de Alcabalas, por no dirigirse Larrea a la plaza pública a colaborar con los amotinados y asesinos. Don Mariano de Larrea rindió su declaración en el juicio, ante el Conde de Selva Florida, el 14 de diciembre de 1812 diciendo que el Dr. Ximénez era partidario de los revolucionarios y que este médico vivía en casa de don Vicente Paredes, donde se tenían conferencias y se hacían discursos a favor de los patriotas entre los cuales NO se contaba don Mariano. Larrea añadía que en aquel día horroroso, cuando los amotinados atacaron al Conde Ruiz de Castilla, y escuchó aquellas frases de Ximénez, don Mariano “iba huyendo de los indios furiosos y no podía hacer mucho alto en lo que decía” el profesor de Medicina acusado, pues por las calles donde se hallaba Larrea, “se iban acercando los tumultos del populacho para invadir la persona y bienes del Doctor don josé Trujillo y de don Francisco Xavier Pazmiño”. (Archivo Nacional, Quito, Criminales, caja 220, exp. 4, 28 Noviembre 1812, 37 fojas). Don Mariano de Larrea fue ascendido a Administrador de Alcabalas de Riobamba, en premio por no haber plegado a los “patriotas” insurrectos desde 1809, cargo que ejerció entre 1813 y 1822, siendo cronológicamente el último de los del gobierno español. LOS MARQUESES DE TORRE TAGLE Escudo de armas: En campo de plata, un pino, de sinople, al que se ha encaramado una doncella perseguida por una sierpe, a la que hiere un caballero, todo de su color natural (Cadenas y López, Ampelio Alonso de; y , Cadenas y Vicent, Vicente de: Elenco de Grandezas y Títulos Nobiliarios Españoles, 1996, pg. 984). Este “Título de Castilla”, hoy llamado “Título del Reino” fue creado por Su Majestad Don Felipe V el 26 de Noviembre de 1730, con

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el Vizcondado previo –luego cancelado– de Bracho, para don josé Bernardo de Tagle y Bracho Pérez de la Riva, Gobernador del Fuerte de Puyán, Pagador General Perpetuo del Presidio del Callao, Capitán de Caballos y Lanzas “en el Reino del Perú”. (Cadenas y López, Ampelio Alonso de; y, Cadenas y Vicent, Vicente de: Elenco de Grandezas y Títulos Nobiliarios Españoles, 1996, pg. 984). El segundo titular fue don Tadeo de Tagle y Bracho (hijo del primer Marqués), Pagador General Perpetuo y Comisario de Marina y Guerra del Presidio del Callao. El tercero, don josé Manuel de Tagle Isásaga, Caballero de Carlos III, su hijo; casó con doña josefa Portocarrero y Zamudio, de la Casa de los Condes de la Monclova, Grandes de España. Fue su hijo y cuarto titular, don josé Bernardo de Tagle y Portocarrero, Comisario de Guerra y Marina, casado con doña María Ana de Echevarría y Ulloa. La quinta Marquesa fue doña josefa de Tagle y Echevarría, quien rehabilitó su título el 19 de Enero de 1864 y casó con don Manuel Ortiz de Zevallos y García. Fue su hijo don Ricardo Ortiz de Zevallos y Tagle. Hijo: don josé Ortiz de Zevallos y Vidaurre, quien rehabilitó nuevamente el título en 1919, convirtiéndose en el sexto Marqués. El séptimo Marqués, don Ignacio Ortiz de Zevallos Zañartu, casó don doña Olga Ortiz de Zevallos Basadre. La octava Marquesa, doña Elena Ortiz de Zevallos Zañartu, sucedió el 31 de diciembre de 1959 a su hermano el séptimo Marqués. Su hija es la novena y actual Marquesa de Torre Tagle, doña María Eugenia Espinosa de los Monteros y Ortiz de Zevallos, quien sucedió el título el 22 de marzo de 1995 y casó con don Roberto josé Rivas Martínez y residen en Lima, Perú. (Rosas Siles, Alberto: La Nobleza Titulada del Virreinato del Perú, pg. 283). El I Marqués de Torre Tagle, don josé de Tagle y Bracho, era nacido en el valle de Alfor de Lloredo, en Asturias, Montañas de Burgos, España. Hijo legítimo de don Domingo de Tagle y Bracho y de doña María Pérez de la Riva. El II Marqués, don Tadeo de Tagle y Bracho, casó con doña María josefa de Isásaga Muxica Arrue Vásquez de Acuña, señora y poseedora de las casas y mayorazgos de Isásaga, Muxica y Arrue, en Guipuzcoa –País Vasco– y Zajuela –la Rioja– , España. El III Marqués, don josé Manuel de Tagle Isásaga, Caballero de Carlos III, sucedió también en la posesión del mayorazgo de Torre Tagle, fue Comisario de Guerra y Ministro de Marina, casado con doña josefa Portocarrero y Zamudio, hija legítima de don Felipe Portocarrero Lasso de la Vega y de doña Mariana Zamudio de las Infantas. (Rosas Siles, Alberto: La Nobleza Titulada del Virreinato del Perú).

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El Gran Mariscal del Perú, y general, don José Bernardo de Tagle y Portocarrero: Nació en Lima en 1779. IV Marqués de Torre Tagle, por carta provisional de 1810, descendiente del Conde de Monclova, Virrey del Perú, heredó una gran fortuna. Sus primeros estudios los realizó con profesores privados. Durante la Colonia fue Comisario General y Real Ministro de Guerra y Marina, cargos de los que gozaba su familia. Alcalde Ordinario de Lima. Diputado a las Cortes de Cádiz en representación de Lima, llegó a España en 1813 donde defendió los derechos de los criollos americanos. Permaneció en la “Madre Patria” hasta 1817. Caballero de Santiago, Caballero de Carlos III, Caballero de la Flor de Lis de Francia. Subinspector del Ejército del Perú, Intendente de Trujillo, ciudad de la que proclamó la independencia en 1820, siendo el primero en abrazarla en el Perú. Al poco, San Martín proclamó la Independencia del Perú el 28 de julio de 1821. En 1821 Inspector General de los Guardias Cívicos y, más tarde, Comandante de la Legión Peruana. Consejero de Estado en 1821. Uno de los fundadores de la Orden del Sol en 1821. San Martín trocó su título por el de Marqués de Trujillo en 1822. Supremo Delegado del Poder Ejecutivo del Perú en 1822. En 1823, nuevamente jefe Supremo y, luego, segundo “Presidente de la República” entre el 18 de noviembre de 1823 y el 10 de febrero de 1824, en reemplazo de don josé de la Riva Agüero. Falleció en 1825 junto a su esposa y uno de sus hijos, refugiado en El Callao, en medio de grandes privaciones y persecución del Libertador Bolívar con quien habían surgido desavenencias. (Vargas Ugarte, Rubén: Historia General del Perú, tomo VI, Ed. Carlos Milla Batres, Lima, 1981. Y, Mendiburu, Manuel de: Diccionario Histórico-Biográfico del Perú). Los retratos al óleo de cuerpo entero de todos los Marqueses coloniales de Torre Tagle y de casi todas sus consortes, así como su carruaje del siglo XVIII se exhiben en el Palacio Torre Tagle, donde hoy funciona parte de la Cancillería del Perú, hermosa casa solariega ubicada en el centro de Lima, terminada de construir en 1735 por el I Marqués, y restaurada a mediados del siglo XX. Dichos retratos son propiedad de la familia Ortiz de Zevallos Grau y están en custodia del Ministerio de Relaciones Exteriores. El “Protector” San Martín quizá intentó implantar una monarquía en el Perú; tal es así que el 27 de diciembre de 1821 dictó un decreto autorizando a la nobleza peruana a usar sus antiguos escudos de armas y sus títulos de nobleza. Más tarde, el Presidente don josé Bernardo de

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Tagle y Portocarrero, en 1823, prohibió a los ciudadanos del Perú el uso de semejantes títulos (Instituto Peruano de Investigaciones Genealógicas, Revista No. 21, Lima, 1995). Posteriormente, 21 títulos nobiliarios de los 122 que se ostentaron en Perú, han sido rehabilitados por ciudadanos peruanos luego de su emancipación de España. Además se debe recordar que en 1744 se creó el Condado de Casa Tagle de Trasierra, para don juan Antonio de Tagle y Bracho, Caballero de Calatrava, nacido en España y radicado en Perú, cuyo escudo de armas era el mismo de los Marqueses de Torre Tagle y, aunque también coincidían sus apellidos con los del I Marqués de Torre Tagle, no eran hermanos. El Conde de Monclova, Grande de España: El Título de Conde de Monclova se creó el 20 de noviembre de 1617 para don Antonio Portocarrero y Enríquez de la Vega, III Señor de la Monclova, en Sevilla, España. Caballero de Santiago. La Grandeza de España fue concedida en 1706 al III Conde, don Melchor de Portocarrero y de la Vega, Virrey de Nueva España (México) y del Perú, que acababa de fallecer. Actualmente lo ostenta el Duque del Infantado, Grande de España. (Elenco de Grandezas y Títulos Nobiliarios Españoles, Ediciones de la Revista Hidalguía, Madrid, 1996). El III Conde de Monclova, don Melchor de Portocarrero y Lasso de la Vega, fue uno de los pocos Grandes de España que ejercieron el cargo de Virrey en el Perú. Dejó descendencia en este país, apellidada Portocarrero y enlazada con los Marqueses de Torre Tagle que luego se apellidaron Ortiz de Zevallos. Está sepultado en la Catedral de Lima donde se exhibe la prótesis de plata que tenía en lugar del brazo derecho. Don Melchor fue General y Gentil hombre de Cámara del Rey. Caballero de Alcántara, en cuya Orden tuvo la encomienda de la Zarza. Nació en Madrid en 1636 y murió en Lima en 1705. Hijo de don Antonio Portocarrero, I Conde de Monclova, Mayordomo de la Reina, y doña María de Rojas Manrique de Lara. Ambos, padre y madre, descendían de Reyes y otras personalidades. Casado con doña Antonia jiménez de Urrea Clavero y Sessé, hija de los señores de Berbeder y Condes de Aranda. (Mendiburu, Manuel de: Diccionario Biográfico). Nuestro biografiado, don Melchor Portocarrero y Lasso de la Vega, fue militar en España, acompañó a Don juan de Austria en sus guerras. Comisario General de Caballería e Infantería de España. Ministro del Consejo de Gue-

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rra y junta de Guerra de Indias (América). Entre 1686 y 1688, Virrey de Nueva España (México). En 1688 nombrado Virrey del Perú, cargo que ejerció hasta su muerte siendo un gran gobernante. Practicó la caridad por lo que fue apreciado. Se le llamaba “Brazo de plata” pues perdió el derecho en 1658 en la batalla de las Dunas de Dunkerque. Desde 1693 ostentó el título de Conde de Monclova, heredado de su hermano don Gaspar. (Enciclopedia Espasa). Como Virrey de México, mejoró el suministro de agua de su capital. Como Virrey del Perú, terminó la reconstrucción de Lima, dañada por el terremoto de 1687. También reconstruyó el muelle del Callao. Incrementó las defensas costeras. En 1689, reorganizó los astilleros reales de Guayaquil. En 1696 Guayaquil se terminó de trasladar, hecho que había sido aprobado por el Virrey en 1693, debido a los ataques piratas e incendios (Laviana Cuetos, María Luisa: De pueblo a ciudad: Evolución urbana del Guayaquil Colonial. La expansión de la ciudad de Santiago de Guayaquil; en Revista del Archivo Histórico del Guayas, 2006-2007, pg.49). En 1698 tuvo que enfrentar el terremoto que arruinó Riobamba, Ambato y Latacunga, en el actual Ecuador. En 1700 realizó un censo de Lima. Ejerció el virreinato peruano durante unos 16 años, el mandato más extenso de un virrey del Perú. En lo negativo, nada hizo para frenar el avance portugués al interior del Perú, hecho criticado por el Padre Samuel Fritz, misionero y cartógrafo jesuita. El Virrey y III Conde de Monclova fue padre del General don Antonio josé de Portocarrero y jiménez de Urrea, IV Conde de Monclova, casado con doña María Teresa Gavilán y Campoverde. Hijo: Doctor don Felipe Antonio Portocarrero Lasso de la Vega y Gavilán, nacido en Lima en 1706 y casado con doña Mariana de Zamudio y de las Infantas del Solar. Hija: doña María josefa de Portocarrero y Zamudio, casada con don josé Manuel de Tagle Isásaga, Caballero de Carlos III, III Marqués de Torre Tagle (Escudero Ortiz de Zevallos, Carlos, op. cit.). LOS ORTIZ DE ZEVALLOS EN EL PERú Don Manuel Ortiz de Zevallos y García: Abogado. Ministro de Relaciones Exteriores y de Hacienda del Perú en 1857. Presidente del Consejo de Ministros del Gobierno del Gran Mariscal don Ramón Castilla. Rehabilitó el título de Marquesa de Torre Tagle para su esposa en 1864. (Escudero Ortiz de Zevallos, Carlos, op. cit.).

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El Doctor Manuel Ortiz de Zevallos y García y su esposa la V Marquesa de Torre Tagle, son el tronco de quienes hoy llevan su apellido en el Perú. Fue su hijo, don Ricardo Ortiz de Zevallos y Tagle, VI Marqués de Torre Tagle, casado con doña Carmen de Vidaurre y Panizo quien era nieta de don Manuel Lorenzo de Vidaurre y Encalada, nacido en Lima en 1773 y fallecido en 1841. Vidaurre estuvo en España durante la invasión napoleónica, fue Oidor de la Coruña, en España, Oidor Decano de la Audiencia del Cuzco, Oidor de Puerto Príncipe. Fundó la Corte Superior de justicia de Trujillo en 1824, Presidente de la primera Corte Suprema de justicia del Perú, Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores del Perú. Diputado. Plenipotenciario del Perú en Panamá. (Diccionario Histórico y Biográfico del Perú, siglos XV-XX, Ed. Milla Batres, Lima, 1986). Entre los Ortiz de Zevallos y Vidaurre citamos a: 1. Don Carlos Ortiz de Zevallos y Vidaurre: Nació en Lima en 1876. Estudió en París. Economista empírico y periodista. Casó con doña Margarita Paz Soldán (Paz-Soldán, juan Pedro: Diccionario Biográfico de Peruanos Contemporáneos, Lib. e Imp. Gil, Lima, 1921, 449 p.p.). Además, fue empresario y Secretario Personal del Presidente don Nicolás de Piérola. Hijo: 1.1. Don Carlos Ricardo Ortiz de Zevallos y Paz Soldán: Embajador del Perú y autor de varios libros sobre Diplomacia. 1.2. Don Luis Pedro Ortiz de Zevallos y Paz Soldán: Arquitecto e Ingeniero Civil. Parte de sus estudios los hizo en Alemania y en Francia. Profesor universitario. Presidente del Banco de la Vivienda del Perú (Escudero Ortiz de Zevallos, Carlos: Nuestra Familia Escudero, Mc. Lean, Virginia (USA), Charter Printing, 1994, 644 p.p.). 2. Don josé Ortiz de Zevallos y Vidaurre: Nació en Lima en 1878. Abogado. Estudió en Francia y Perú. Casó con doña Elena Zañartu (PazSoldán, juan pedro, op. cit.). VII Marqués de Torre Tagle. Embajador del Perú en Suecia. Hija: 2.1. Doña Elena Ortiz de Zevallos y Zañartu: IX Marquesa de Torre Tagle. Casó con don Carlos Espinosa de los Monteros y Dato, español. 2.2. Don Ignacio Ortiz de Zevallos y Zañartu: VIII Marqués de Torre Tagle. 3. Don Ricardo Ortiz de Zevallos y Vidaurre: Abogado, Magistrado, juez. Autor de un libro sobre Derecho Civil.

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4. Don Emilio Ortiz de Zevallos y Vidaurre. Nacido en Francia en 1885. Embajador del Perú en Panamá. (Escudero Ortiz de Zevallos, Carlos, op. cit.). Para finalizar, expresaré que doña Claudia Ortiz de Zevallos, arequipeña nacida en 1981, fue Miss Perú Universo 2003. Quito, Septiembre de 2009

ARCHIVOS CONSULTADOS Archivo Nacional, Quito, Ecuador. Series: Gobierno. Incorporación de Abogados. Criminales. Archivo General de la Nación, Lima, Perú: Testamentos. Protocolos. Base de Datos. BIBLIOGRAFÍA Alarcón Costta, César Augusto: Diccionario Biográfico Ecuatoriano, Ed. Raíces, Quito, s/a, 1273 p.p. Alarcón Orquera, Mario: Personalidades, Industria y Comercio del Ecuador, Editec, Guayaquil, 1968. Cadenas y López, Ampelio Alonso de; y, Cadenas y Vicent, Vicente de: Elenco de Grandezas y Títulos Nobiliarios Españoles, Ediciones de la Revista Hidalguía, Gráficas Arias Montano, S.A., Madrid, 1996, 1303 p.p. Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto jerónimo Zurita: Estatuto Nobiliario, Gráficas Ultra, Madrid, 1927, 482 p.p. Diccionario Histórico y Biográfico del Perú, siglos XV-XX, Ed. Milla Batres, Lima, 1986, 9 vols. Enciclopedia Barsa, Buenos Aires, Chicago, México, 1973, 16 vols. Enciclopedia universal Ilustrada europeo-americana, Ed. Espasa-Calpe, S.A., Madrid, Barcelona, s/a, 70vols. (varias entradas). Escudero Ortiz de Zevallos, Carlos: Nuestra familia Escudero, Charter Printing, Alexandría (Virginia, Estados Unidos de América), 1994, 644 p.p.

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DISCURSOS ACADÉMICOS

LA REGION ESQUIVA: ¿SOLO EL ZAMORA CON LOJA LLORARá? Galo Ramón Valarezo

Introducción Uno de los aspectos que impresionan con mayor fuerza al revisar la larga historia del espacio lojano, es la búsqueda permanente y casi desesperada por construir una amplia región con algún tipo de autonomía, sin que esa utopía se haya logrado de manera duradera. La idea de construir una región amplia, desde la amazonía hasta el mar y abarcando a toda la región de los andes bajos nació, quién los creyera, hace unos 1.300 años en plena época aborigen y se ha planteado de manera recurrente con diversos matices durante estos 13 siglos: ahora mismo es el elemento clave de la agenda local que debate el SENPLADES. No cabe duda que las profundas interrelaciones entre las características geográfico-ambientales de este espacio distinto y original con una cultura regional particular que a pesar de sus notables cambios y de sus diversidades internas se fue amasando en su proceso histórico, explican ese comportamiento de larga duración, que sin embargo, no ha logrado concretar sus aspiraciones, por la presencia de poderosos factores externos que conspiraron contra la idea, por diferencias internas que no lograron conciliar la diversidad de intereses y por no haber logrado una correspondencia entre los modelos de desarrollo planteados y las potencialidades de la región. Tratándose de una propuesta de larga duración que no ha podido consolidarse, es oportuno revisar los aportes de cada uno de los principales momentos de constitución de la región, para orientarnos con mayor acierto, en este nuevo momento de debate. Ponemos a consideración, cuatro momentos clave en los que se debatió el tema regional: (i) la experiencia de los pueblos ancestrales antes de la venida de los incas; (ii) la construcción de la Gobernación de Yaguarzongo en la colonia temprana; (iii) la construcción de la Loja Federal en los albores de la República; y (iv) la construcción de PREDESUR en la época actual. De

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sus experiencias buscamos extraer las principales lecciones para el presente. Iniciemos, sin embargo esta discusión, con una breve discusión de la región en la tradición académica ecuatoriana y por un recorrido a vuelo de pájaro por el ambiente lojano. LA REGION EN EL DEBATE Los trabajos de investigación realizados en el Ecuador, coinciden en señalar que las regiones son claramente visibles en la segunda mitad del siglo XVIII, como consecuencia de la crisis producida en la economía obrajera que articulaba a la Audiencia de Quito, que combinada con el impacto de las reformas borbónicas y las políticas de libre comercio, diversificaron al espacio en varios conjuntos económico sociales (la costa, la sierra centro-norte y la sierra sur), que mostraban esferas de circulación propias, sistemas de dominación regionales, ideologías político-religiosas específicas y claras diferencias jurídico-administrativas, cuya presencia y acción fue determinante, en las negociaciones producidas entre estas regiones en el proceso de construcción del estado ecuatoriano a partir de 1830 (Maiguashca, et.all, 1994). Según esta tradición teórica, estas negociaciones culminaron un siglo después, cuando en el proceso de modernización producido a partir de la revolución liberal, las regiones habrían inscrito en el propio estado sus características, es decir, habrían creado un estado unitario, que sin embargo incorporó una serie de características demandas por la elites regionales y locales (Maiguashca, 1995) Con el modelo de industrialización por substitución de importaciones, aplicado entre 1960 y 1980, que se dinamizó con la exportación petrolera, el estado logró una mayor centralidad y avanzó significativamente la integración material y subjetiva del Ecuador, creando un nuevo balance entre gobierno central y regiones. Sin embargo, este balance retrocedió con la aplicación de las políticas de ajuste neoliberales que restaron centralidad al estado, resurgiendo la cuestión regional, como un problema de descentralización “a la carta”, es decir, deseable y posible para las provincias más prósperas, mientras se profundizaba la inequidad territorial entre el eje centralista Quito-Guayaquil, y una periferia postergada. Con la Constitución de Montecristi del 2008, el problema regional adquirió un nuevo significado: se busca construir gobiernos inter-

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medios relativamente homogéneos, que rearticulen a las provincias, con agendas de desarrollo consensuadas y estatutos particulares aprobados en consultas populares. Este proceso ha sido encomendado a las prefecturas provinciales, bajo la orientación técnica del SENPLADES. La idea de construcción de regiones, aunque aparece como un problema de racionalidad administrativa del estado y como una búsqueda de equidad territorial, es un problema mucho más complejo. Se trata de evaluar si esas posibles regiones tienen capacidades para asegurar la reproducción económica y social de sus habitantes de manera relativamente autónoma, se trata de analizar sus complementariedades para construir un conjunto económico próspero, pero sobre todo, examinar si existe entre sus actores la voluntad subjetiva de ser región, esto es, si el espacio tiene suficiente identidad histórica que los lleve a sus habitantes a reconocerse como parte de una región, tema curiosamente ausente en el debate. En este punto, la construcción de identidades regionales, es un tema que rebasa ampliamente a la historia reciente, nos plantea reconocer la memoria larga de los pueblos, es decir, la búsqueda de enfoques que al renovar la tradición académica, nos permita comprender mejor estos procesos. La región de la Frontera Sur, nos ofrece grandes posibilidades para ensayar una interpretación de esta naturaleza. La originalidad del ambiente El mito dice que lo intentó mil veces, pero no podía. Se revolcó en Huato1 desnudo, con ropa, a media tarde, a media noche, lanzó mil conjuros, ofreció su espíritu a los cerros y a los dioses, para convertirse en angapila2 y volar por los cielos, tal como lo hacían, según su tía, los brujos de Huato, pero nada, el pequeño Cango, no podía alcanzar la dicha de volar como los pájaros. Solo quería mirar desde el cielo al valle, a la agreste geografía que se ocultaba entre lomas, recorrer los cerros, las huecadas, las pequeñas pampadas de ese ambiente enigmático, distinto, original. Fue un día en el que la luna nueva amaneció despierta, muy por la mañana, cuando subió al cerro Pisaca para otear desde lo alto la enorme inmensidad a la que había llegado. De pronto, un olorcito a mortecina le advirtió la presencia de un animal muerto. Despacio se asomó
1 Sitio cercano a Catacocha, conocido porque existían muchos poderosos yachags (shamanes) 2 Gallinazo de cabeza roja

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a la cima, con la cautela de un puma al acecho. Allí estaba tendida una enorme guatusa, despernancada y dolorosamente muerta. Se detuvo a unos pasos, algo se movía dentro de la panza inflada como una calabaza. ¿Será que un guatusito tierno está vivo se preguntó incrédulo? Despacio reptó como un guazo3 con la esperanza en las manos, en la piel y en los atentos ojos. No era el huatusito, eran dos patas de algún animal, tal vez de un güishco4, no, eran demasiado grandes para ser güishco se corrigió, parece un cóndor que se está comiendo por dentro a la guatusa. No lo pensó dos veces, se acercó con el sigilo infinito aprendido a los perros de caza, y de un salto final se asió a esas dos patas poderosas. El animal se revolvió con una fuerza descomunal, pero Cango se mantuvo atenazado como bejuco al árbol que le da la vida. Las potentes sacudidas del ave no lograron desprenderlo, cuando de pronto, sin que logre pensar nada, el ave emprendía el pesado vuelo, llevándolo en vilo: estoy volando se repitió diez veces, como los brujos de Huato, como el taita Quichimbo, mientras el negro cóndor de cabeza roja y cresta altiva se elevaba raudo por los cielos de esa geografía para él desconocida. Se relajó un poco y comenzó a disfrutar el paisaje. Desde lo alto vio a la cordillera que se dirigía al mar; al suelo encabritado que se parecía a una chirimoya de mil tetas; al bosque seco que hacia el sur se volvía un desierto; pudo mirar al mismo tiempo al mar y a la selva elevado como estaba por encima de esos picachos bajos; vio la tierra rojiza, arcillosa y antigua; a los ríos profundos y a los pequeños nichos fértiles, hasta que el ave, agotada bajó lenta para depositarlo suave cerca del cerro Ahuaca. Años después, cuando Cango tuvo tiempo y conocimientos para recorrer palmo a palmo esa geografía accidentada y bautizarla con unos nombres que fueron cambiando de época en época, entre todas las voces que hemos habitado en esta sorprendente geografía, fue posible describirla con mayor propiedad Después de pasar el nudo del Azuay, las cordilleras se achican hasta llegar a Cajamarca, creando una región muy original, en la que no existen grandes elevaciones coronadas de glaciares como en el resto del conjunto andino. Las grandes elevaciones andinas con glaciares permanentes, se recuperan otra vez, al pasar al sur de Cajamarca.
3 Culebra no venenosa 4 Gallinazo

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En esta región el patrón de hoyas de los andes norteños, que como una especie de celdas en escalera marcan el territorio, cambian abruptamente: la cordillera occidental pierde su patrón longitudinal paralelo al Pacífico, para convertirse en estribaciones andinas que se dirigen transversalmente con dirección al mar, creando un patrón de hoyas distinto: son hoyas transversales, estrechas y profundas, con una orografía muy irregular. Esta fragmentación del espacio es atribuida a la llamada “transversal de Huancabamba”. El espacio regional es internamente complejo, presenta “cambios y continuidades, transiciones y rupturas, diferenciación y homogenización”5. Son especialmente importantes tres transiciones: la primera, entre la Región de Páramo y la Región de Puna; la segunda, entre el Litoral Húmedo estrecho y el Litoral Desértico Ancho; y la tercera, desde la costa baja a la cordillera alta en el oriente. Los Andes Bajos se encuentran justo en la transición de la influencia de estos fenómenos, de manera que las lluvias normales se alternan con niños y sequías. Más aún, los mismos tiempos “normales” se caracterizan por una gran inestabilidad al inicio y al fin de la temporada de lluvias, razón por la cual, la región es un espacio de “gran inestabilidad climática”6. Esta diversidad e inestabilidad de climas, se complica aún más por la orografía, la cubierta vegetal existente en los diversos sitios y últimamente por el impacto del calentamiento global, cuyos cambios resultan todavía difíciles de evaluar. Las características geográficas de los andes bajos (baja altura y cordillera occidental convertida en estribaciones transversales) y las múltiples transiciones de norte a sur y de este a oeste, crean una región muy original, única y distinta en el conjunto andino. Los pisos ecológicos se combinan con nichos ecológicos, especialmente cuando hay humedad, creando una variedad sorprendente: los Andes Bajos, es en realidad un espacio de nichos ecológicos. Por la baja altura de los andes, la región no tiene heladas y las granizadas son mínimas. Estos eventos son temidos por los agricultores de puna o de páramo por las grandes destrucciones que provocan en los cultivos, cuestión que no inquieta a los habitantes de los Andes Bajos7. En cambio, una desventaja importante es que, por la baja altura
5 Deler, 1991:281 6 Ver por ejemplo, Aldana, Susana y Alejandro Diez, “Balsillas, piajenos y algodón, CIPCA, 2004 7 Los habitantes de la puna han utilizado las continuas heladas para deshidratación de carne y tubérculos.

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de los andes, la región no tiene glaciares en las cumbres de las montañas, que en los andes de puna y páramo representan importantes fuentes de agua de altura, de cuyos deshielos e infiltraciones nacen numerosas quebradas y vertientes. En compensación, la región no tiene volcanes activos, de manera que la actividad volcánica reciente no ha sido determinante en la disposición de los asentamientos, como, por ejemplo, es posible observarlo en la sierra centro-norte del Ecuador. Sin embargo, la ausencia de volcanes ha privado a la zona de cenizas volcánicas (cangahua): los suelos de la región son antiguos y en general erosionados y poco fértiles, a excepción de pequeños nichos aluviales. Cabe destacar que entre Oña y Huancabamba, por el cambio de dirección del ramal occidental que se desvía hacia el occidente, se forma una “deflexión transversal” rica en minerales, especialmente oro, que se ha trabajado desde la época aborigen y que constituye una de las potencialidades de la región8. Pero más que ello, lo más significativo de la zona, es la presencia de una enorme biodiversidad, así como la existencia de un importante grupo de plantas y animales endémicos, únicos de estos ecosistemas de “bosque seco”, “bosques de neblina” y cordilleras bajas. La primera idea de región: la región “protoshuar” En este primer proceso de construcción de una región transversal desde el piedemonte de la selva hasta el Pacífico, participaron los antiguos pueblos llamados pacamoros, paltas xiroa, paltas serranos (garrochambas-paltas, malacatos, calvas y chaparra), guayacundos y yaznes. Es un proceso lejano e invisibilizado como los cerros de nuestra geografía de los Andes Bajos. Estos pueblos lograron construir entre los años 500 y 1450 de nuestra era, una área cultural transversal, que algunos la conocen como “área jibaroana”9, o mejor denominada “región protoshuar”, caracterizada por un continuum étnico, cultural y lingüístico entre los pueblos participantes. Todos estos pueblos se entendían en su idioma y tenían rasgos culturales similares. Ellos crearon señoríos étnicos, es decir, cons8 Por ejemplo las minas de “Portovelo, Zaruma, Minas Nuevas”, “Ponce Enríquez, San Gerardo”, “Los Linderos, Río Playas”, “Nambija, Guayzimi, Sultana del Cóndor”, “Chinapintza, El Hito, Bellavista, para mencionar algunas. 9 Renard-Casevitz, Saignes y Taylor, 1988

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truyeron sociedades relativamente centralizadas, aunque tenían un habitat disperso por las características de los andes bajos, basadas en la reciprocidad y la redistribución. Manejaron varios pisos ecológicos en esta geografía particularmente arrugada. Tenían un habitat de altura y de zonas templadas, distinta a la de los asentamientos anteriores del período de Desarrollo Regional que prefirieron las zonas bajas. Participaron de activos intercambios, que les permitió crear elementos culturales comunes. Llegaron incluso a crear una confederación más o menos consistente para defender el territorio con oportunidad de la conquista incaica. Todavía volvió a funcionar su confederación para resistir a los españoles hasta el apresamiento de Chunga-Acaro en 1555, que constituyó la resistencia más larga de los indios en la sierra10. De esta primer experiencia, podemos extraer tres grandes lecciones: (i) se trató de un proyecto o utopía societal, en la que no es posible identificar “pensadores”, pero en cambio, es muy visible la intencionalidad de crear una “identidad” transversal desde el piedemonte amazónico hasta el Pacífico; (ii) no hubo un poder central que organizara el espacio, se trató de una iniciativa de numerosos y diversos grupos, que incluso tenían desarrollos diferenciados; y (iii) se construyó de un ancestro jibaroano común y en medio de intercambios fluidos entre los grupos familiares, que cristalizó en el enfrentamiento con el otro, en este caso, los pueblos surandinos y los cañaris. Es decir, el origen de la utopía de la construcción de una región transversal de los Andes Bajos, no corresponde a Salinas de Loyola, como varios pensadores actuales han sostenido, corresponde a la iniciativa de los pueblos ancestrales, a los paltas, guayacuntus, tallanes y yaznes que estuvieron antes que los incas. La conquista incaica rompió la idea de la construcción de un espacio transversal en los Andes Bajos. La zona fue adscrita a una macroregión gobernada desde Tumipamba, que según algunos informantes indígenas, iba desde Mocha cerca de Ambato, en el norte, hasta Yanamayo (cerca de Cajamarca) en el sur11. En este ordenamiento incaico, los pueblos amazónicos fueron excluidos y la región fue supeditada a un poder externo al espacio.
10 Caillavet, Chantal, 1985; 1988. 11 Oberem, 1976

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La región en la época de esplendor colonial Producida la invasión colonial, un importante grupo de poder local, liderado por juan de Salinas, su cuñado Alderete y los Vaca de Castro emprendieron la idea de construir una región transversal en los Andes Bajos, mejor conocida en la literatura como la Gobernación de Yaguarzongo12. Se trataba de un proyecto que buscaba unir en esa gobernación a cuatro jurisdicciones coloniales: Loja, Zamora, Piura y jaén, vale decir, a una vasta región que iba desde el Amazonas hasta el Pacífico13. La propuesta era bastante ambiciosa y seductora. Buscaban la articulación de un Puerto (Paita), una zona agrícola/ganadera (Loja y Piura) y una zona minera (Zamora, Zaruma y jaén), siguiendo el patrón ideal de la colonia temprana. Con ello, intentaban crear una zona fuertemente autosuficiente, puesto que, contaría con la producción de su propia mercancía dinero, el oro de las minas, para lograr la articulación económica de la zona; tendría una zona de producción de la base alimenticia necesaria para abastecer a la fuerza de trabajo que demandaba la región y un puerto de entrada y salida para la circulación de mercancías. Sin embargo, a pesar de su irreprochable lógica económica, la propuesta no resultó viable: ¿Por qué? Varias razones conspiraron contra el proyecto. La idea fue bloqueada por Lima y Quito. Atentaba a la política de construcción del “espacio colonial peruano”14, que tenía su centro en Potosí (producción de plata que fungía como mercancía-dinero) y articulaba al resto de regiones, proyecto ampliamente respaldado por el Virrey Toledo y las poderosas elites de Quito y Lima. No fue suficiente el dinero que movió Salinas, que conociendo el lenguaje de la Corona, buscó virtualmente “comprar” la aceptación del Rey. Salinas a pesar de contar con influencia en la Corte y de haber llevado al Rey una lágrima del sol (un pedazo de oro de 16 libras), no logró mantener la integridad de la Gobernación de Yaguarzongo. Su presión a la Audiencia de Quito porque se mantenga la Gobernación, terminó por poner en la cárcel al propio Salinas y marginar la Gobernación a la selva. Incluso debió comprar su libertad a los poderes coloniales.
12 jaramillo, Alvarado, Pio: 1955 13 Salinas de Loyola, juan: 1582 14 Assadouriam, Sempat, 1982

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Pero no solo tuvo que enfrentar a las poderosas elites de Quito y Lima. Su propuesta fue resistida de manera radical por los pueblos shuar: las grandes rebeliones de 1599 y 1635 pusieron en jaque al proyecto. La minería y transporte de mercancías se sustentaba en una brutal explotación de los indios, sobre una sociedad no acostumbrada a pagar tributos, ni a reconocer a una autoridad permanente. Salinas no era una perita en dulce. Sustentaba su proyecto en una mano de hierro. Pero era una empresa imposible. Ello remarcó la frontera con los jíbaros. Se consideró a los jíbaros como la alteridad total. No lograron comprender su “insolente anarquía”, su “situación de guerra intestina”, la “dispersión que los caracterizaba”, su “irreligiosidad”, la resistencia pertinaz a la civilización cristiana y occidental, los consideraron una sociedad extraña, de rasgos culturales incomprensibles15. Entonces, pasaron de la búsqueda de la integración al enfrentamiento y la liquidación. Los shuar se dieron modos para virar la tortilla. En su terreno fueron imbatibles, terminando por expulsar a los codiciosos españoles. junto a la resistencia jíbara, había otro factor sustantivo: la ausencia de caminos a la zona minera, la falta de mano de obra y el enorme descenso poblacional en la sierra, producto de la combinación de la movilización de mitayos a las minas de Zaruma, Zamora, pestes y demás imposiciones coloniales, en una región ya devastada por las guerras contra los incas y las represiones de Atau Walpa sobre los pro-wascaristas paltas, relatadas por Betanzos16. De este proceso de construcción de la región que tuvo pensadores y protagonistas de la elite local española, en la época de oro de Loja, es posible extraer cinco lecciones: (i) es notable la búsqueda por la autosuficiencia de la región, cuestión que Salinas mostró que era posible; (ii) impresiona también la escasa posibilidad de negociar con Quito y Lima, los poderes centrales, que al ver amenazado su proyecto, no dudaron ni un solo momento en colapsarlo; (iii) resulta bastante significativa el fracaso de la táctica de apelar al Rey y al soborno, como forma de legitimar el Proyecto; (iv) el modelo tenía su parte inviable: era genocida con los shuar e incluso con los paltas serranos, era un proyecto extractivista de gran impacto ambiental y muy azaroso al basarse en la eventualidad de encontrar las betas de oro, factores, todos ellos, que provocaron su inviabilidad interna; y (v) el modelo era concentrador y
15 Taylor, 1983 16 Betanzos, 1987

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excluyente, se basaba solamente en las elites locales, lo cual no permitía ganar legitimidad social, por tanto era insostenible. La breve experiencia de Loja Federal Loja comenzó el siglo XIX encerrada en sí misma. Creció su fractura con Piura, declinó su exportación de cascarilla y la pequeña producción aurífera de Zaruma no lograba dinamizar a la región. Su elite se batía entre las ideas de antiguo régimen, un brutal inmovilismo y la construcción de imaginarios imposibles. Hasta su educación se había deteriorado. Después de la expulsión de los jesuitas en 1767, los terratenientes entraron en una ardua disputa de los bienes de esa orden que financiaba a la educación: los hacendados privilegiaron sus intereses inmediatos dejando en la ignorancia a toda una generación. El taita Marcelino Carrión era el único que bregaba en su escuelita mal pagada por alfabetizar a una elite sumida en la ignorancia. Fue la época oscura de Loja. En medio de esa crisis, la elite lojana inició una intensa búsqueda de mercados para su antigua producción de vacunos, mulares y derivados de caña17. La salida al puerto de Paita, Puerto Bolívar o Guayaquil se convirtió en un objetivo acariciado y redentor. Se propuso una serie de proyectos. Muchos de ellos fueron de iniciativa de viajeros y científicos que al visitar a la región la encontraron encerrada y empobrecida. Caldas en 1810 sugirió la salida al mar por una vía que debía seguir al río Catamayo hasta Paita. Se inició su construcción, pero ella resultó imposible: la abrupta geografía y la falta de recursos mataron la idea. Durante la independencia los lojanos realizaron importantes contribuciones para buscar una mayor visibilidad y peso en el nuevo régimen, sin embargo, el nuevo poder fue negociado principalmente por las tres regiones: Quito, Guayaquil y Cuenca. En 1826 Loja buscó negociar con la Gran Colombia una intendencia y un obispado, como fórmula para salir de su estancamiento. Su diputado el Dr. josé Félix de Valdivieso no logró conseguirlo18. Recibió el mandato del Municipio local de pertenecer a Guayaquil, pero no se dio la Convención. Loja quedó incluida en el Departamento de Cuenca. Ello solo terminó agravando el conflicto con Cuenca, que apareció como la culpable de las li17 Palomeque, Silvia, 1994. 18 jaramillo, Alvarado Pio, 1955.

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mitaciones internas: Cuenca era vista como competidora en la recolección y la exportación de cascarilla; como beneficiaria del intenso acarreto de algodón en la que participaban los arrieros lojanos; como beneficiaria de los excedentes que por la vía del comercio de sombreros, bayetas y otros artículos llegaban desde esa ciudad a Loja; y como la encarnación del centralismo (política, de la justicia y la administración religiosa) que discriminaba a la provincia. La construcción de la vía al mar como salida a la crisis era discutible, porque el verdadero problema era el inmovilismo de la antigua hacienda manejada por gamonales tradicionales y dispendiosos radicados en la ciudad. Una vía, si no existe una base productiva sólida para exportar, solo es una vía de escape, de tránsito, pero siempre de salida. La elite de Loja, mostró no tener ideas para resolver la crisis, ni capacidad para negociarlas. Loja, a pesar de su importancia geopolítica en el acceso al Amazonas, no concitó la atención nacional, de ese estado central disputado por caudillos y acosado siempre por la anarquía, la irresponsabilidad, la dilapidación de los fondos públicos y una desastrosa conducción nacional. En 1859 se produjo una crisis nacional que desarticuló a las regiones de Quito, Guayaquil y Cuenca, sobre cuyo acuerdo se mantenía la unidad nacional. El bloqueo y ocupación peruana al litoral ecuatoriano por el General Castilla y la firma del tratado de Mapasingue precipitaron la fragmentación regional. En medio de esa crisis de los poderes regionales, la asamblea de padres de familia de Loja planteó la autonomía de la provincia a través de un Gobierno Federal el 18 de septiembre de 1859, nombrando como jefe Civil y Militar al señor Manuel Carrión Pinzado. Ello era un resultado que se veía venir desde el inicio del siglo, cuando la elite consideraba que una mayor autonomía le permitiría su crecimiento. En esta ocasión, una asamblea popular integrada por personas de todas las clases, decidió apoyar al sistema federal propuesto por la elite y el 22 de septiembre fue respaldado por los cantones de Cariamanga y Saraguro, con lo que ganó en legitimidad, para convertirse en una decisión histórica de las fuerzas representativas de la provincia19 La creación del Gobierno Provincial Federal le permitió a Loja varios avances, al punto que muchos consideran a este evento como la
19 Ibid: 350.

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“verdadera independencia de Loja”. Le posibilitó negociar su separación como provincia de Cuenca, hecho que si bien se lo reconocía desde 1832, sin embargo, se consolidó en la Constitución de 1861. Con la creación del Gobierno Federal, Loja propuso una nueva división jurídico/política: creó el cantón jambelí (junto a los de Loja, Calvas, Paltas y Zaruma). Por fin tenía un puerto propio (el cantón jambelí). Se retornaba al viejo anhelo de Salinas de unir un puerto, una zona agropecuaria y la mercancía dinero (el oro de Zaruma). También logró consolidar sus instituciones: el Tribunal Superior de justicia para juzgar las causas de segunda instancia desconcentrando esa función que antes residía en Cuenca; la consolidación del aparato educativo, con el fortalecimiento del colegio de San Bernardo y el particular de “La Unión”; y la creación de las cátedras de jurisprudencia, Medicina y Teología, cuestión que le permitió formar un conjunto de generaciones instruidas que le dieron un papel destacado en las letras, la religión y el derecho; y la creación del Obispado en Loja negociado con la Iglesia20. Sin embargo, la efímera existencia de Loja Federal y su reconocimiento como provincia, no fueron suficientes para construir verdaderamente la región, más allá de resucitar la idea. Tres limitaciones tuvo esta iniciativa, que nos sirven de lecciones para el presente: (i) se trataba de una propuesta de las elites urbanas de Loja, que no lograron, ni trabajaron por incorporar a las pequeñas dirigencias cantonales; (ii) la autonomía provincial no era suficiente, había que buscar una propuesta productiva que redinamice la zona, cuestión en la que la anquilosada clase terrateniente lojana, no tuvo iniciativas importantes; y (iii) no tuvieron la capacidad de negociar con el Gobierno Central recursos para instalar la infraestructura vial que se requería. Terminaron privilegiando su articulación formal con Guayaquil: pusieron la carreta por delante de los burros. Tampoco se sabe que las elites lojanas hayan puesto un solo peso para construir nada. A decir verdad, por más de un siglo, Loja nunca logró negociar las vías, a pesar de que buena parte de sus elites militaron en el “liberalismo de las luces” que les había ofrecido la modernización. Fueron particularmente impresionantes los combates entre liberales y conservado res. Uno de ellos, la entrada de Vega, el 29 de julio de 1895, tuvo un marcado tinte de enfrentamiento entre Loja y Cuenca. Sin embargo, no lo20 Ibid: 319-338.

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graron ni un peso para integrarse al Ecuador. Presionaron por el ferrocarril, pero no lo consiguieron. Todavía en 1923, 44 lojanos ilustres, la mayoría liberales soñaban con una línea de ferrocarril desde Puerto Bolívar-Zaruma y Loja. La imposibilidad de construir las anheladas vías desde Loja provocó la orientación de Zaruma a Guayaquil, justo en pleno momento de reactivación minera. La formación de la nueva provincia de El Oro dejó en la faz de los soñadores una marcada frustración interna. Una vez más, Loja se fracturaba, justo después de que había alcanzado la tan soñada salida al mar. Los cantones se sintieron traicionados y distantes de la elite urbana de Loja, hasta que en 1931 pensaron en formar una provincia de chazos, distinta a la de los alcanfores lojanos. La ocupación peruana de 1941 puso en descubierto las frustraciones: Loja estaba mortalmente marginada del contexto nacional. La infructuosa acción de PREDESUR La publicación de la Historia de Loja y su provincia de Pío jaramillo marcó una inflexión en el pensamiento lojano. Su libro planteó una relectura de Loja. Al reflexionar sobre la Gobernación de Yaguarzongo y sobre el Gobierno Federal de 1859 destacó la presencia de Loja en la Amazonia, perdida con el protocolo de Río de janeiro de 1941. Nos advierte que “otro sería el destino de Loja” si estos proyectos habrían tenido oportunidad. Con angustia pregunta ¿Qué habría pasado, si el proceso de creación de la región de Yaguarzongo y el proceso de Gobierno Federal se habría desarrollado? Hipotetiza que no se habría perdido la región amazónica y que Loja se habría desarrollado más aceleradamente. En verdad el pensamiento de jaramillo es nítido en su propuesta, sin embargo está fuertemente atrapado en el conflicto nacional que marcó a toda esa generación21. La propuesta de jaramillo sentó las bases conceptuales de una lectura que la realizarán más tarde diversos intelectuales y políticos de Loja. Ello permitió el surgimiento de la idea de crear la “Frontera Austral” o “Región Sur” en el ideario actual, integrando a las provincias de Loja, Zamora y El Oro. Este imaginario se produjo en medio del proceso
21 jaramillo, Alvarado Pio, 1955.

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de modernización que provocó el boom petrolero. En ese momento el Estado se redefinía: se producía una negociación entre regiones y el gobierno central. Las regiones abandonaban todo tipo de federalismo, pero el estado se acomodaba a las regiones. De esta manera, incluso los organismos de planificación nacional, adquirían un carácter regional: CREA, CEDEGE, luego PREDESUR. La modernización parecía posible. La creación de organismos regionales tenía por objeto crear el brazo ejecutor del desarrollo largamente esperado. El Estado con la creación de PREDESUR22 reconocía en los hechos la existencia de una Región Sur, distinta a la Austral, a pesar de toda la historiografía nacional y la posición de la elite cuencana y del centralismo quiteño, que siempre habían considerado que no existía una Región Sur, sino una Región Austral comandada desde Cuenca. Sin embargo, la propuesta tuvo escasa efectividad: la sequía afectó hasta el colapso a las bases productivas y provocó migraciones y descapitalización. Llegamos a un momento impresionante en que la zona no podía reproducir su fuerza de trabajo, justo cuando se estaba creando PREDESUR, cuando se estaba concretando la utopía de región, la gente salía. Parecía que la historia se portaba cruel con la utopía sureña. Se profundizó la atomización regional y la orientación productiva, especialmente de El Oro, que encontró en el banano una actividad que le dio gran empuje y le permitió mirar hacia afuera y no hacia Loja. La propuesta regional manejada por PREDESUR fue burocrática, muchas veces populista, no fue planteada a las sociedades, ni a los pueblos, careció de imaginación, muchos la hicieron solo una trinchera para proyectarse como candidatos locales. Los planteamientos fueron erráticos, se gastaron mal los pocos recursos logrados; la región se convirtió en un discurso que no prosperaba en ningún lado, ni siquiera en Loja, menos en Zamora o El Oro. Esta última, sobre todo, generó su propio discurso de autonomía, pensando más hacia el mar, que hacia su interior. Los sueños se volvieron diversos, como sus gentes. En síntesis, las lecciones son contundentes: (i) fue una propuesta centralizada en personajes y no en procesos societales; (ii) no logró establecer espacios para debatir las diversas iniciativas (desde las comunales, de organizaciones, parroquias, cantones, provincias y cuencas, pueblos y nacionalidades), ellas no se articularon con el proyecto de
22 PREDESUR, 2004.

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construcción de región; (iii) estaba fuertemente marcada por el pasado, es decir por la lectura de la región en medio del nacionalismo posterior a la derrota frente al Perú de 1941; (iv) tenía muchos visos de autoritarismo por el liderazgo casi personal del Chato Castillo; (v) no tomó en cuenta un proceso societal que construyeron los saraguros que poco a poco se habían adentrado por Yacuambi y Nagaritza hasta crear un pequeño corredor entre la sierra y la amazonía. Sin embargo la idea no murió. Tenía demasiada historia. La firma de la paz y el reciente proceso de creación de las regiones planteado por la Nueva Constitución y la existencia de un discurso previo de región, crean nuevas condiciones para que la propuesta vuelva a la palestra. Otra vez Loja apuesta a la construcción de esa región esquiva, como fórmula de desarrollo FINAL La propuesta vuelve acompañada con numerosos desafíos y de varios cambios que requieren un nuevo tratamiento: La intención geopolítica de marcar una frontera con el Perú, cambió de horizonte con la firma del tratado de paz de 1998. Hoy se trata de crear y fomentar una cultura de paz entre los pueblos, lo cual abre posibilidades a una relectura y revaluación de las relaciones del espacio lojano con el norte del Perú: la región debe ser pensada en su relación íntima y permanente con el norte del Perú, es decir desde la nueva óptica de crear fronteras de paz que unan a los pueblos, y no como frontera que las divida23. Es necesario realizar una evaluación crítica del camino andado. Hay que reconocer sin ocultamiento que la construcción de la región sur con las provincias de Loja, Zamora y El Oro, no ha evolucionado como se esperaba, no es una realidad dada, ni ha sido posible consolidarla: es una hipótesis posible que debe ser trabajada, que debe absolver sin temores y ocultamientos los problemas y cuestionamientos de sus actores. Debemos contestarnos con absoluta honestidad: ¿Por qué una parte importante de orenses no ven ventajas económicas de formar una región con Loja y Zamora Chinchipe, prefiriendo relaciones con Cuenca o Guayaquil? ¿Por qué los zamoranos tienen una actitud dubitativa entre una
23 Hocquenghem, Ann Marie, 1998.

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relación con la denominada “Región Amazónica” o participar de la franja transversal que propone la Región Sur? ¿Por qué los shuar, cuyas principales poblaciones se distribuyen entre Morona Santiago y Zamora Chinchipe, y que podrían quedar escindidas en dos regiones, no muestran ningún entusiasmo frente a la regionalización que se propone? ¿Puede encontrarse soluciones más creativas y menos territorialistas, que permitan convivir diversas iniciativas y relaciones? ¿Por qué no poner sobre la mesa la posibilidad de construir una región con diversas relaciones dependiendo del tema en debate? Requerimos de manera urgente repensar la propuesta de desarrollo para Loja. Las ideas construidas hasta el momento son muy discutibles. Se continúa solamente pensando en las vías para unir al puerto con la amazonía, sin evaluar el impacto ecológico que este tipo de infraestructura puede crear. Se plantea continuar apostando a la minería sin evaluar el escaso aporte que ha dado a la región durante los cientos de años que se ha practicado, que mas bien han significado un impacto brutal a sus ríos. La única idea novedosa es la producción de energía aprovechando fuentes alternativas, pero en cambio, hace falta idear un modelo de desarrollo sustentable que valorice los pequeños nichos ecológicos de la región, hace falta una poderosa reflexión actualizada y participativa que integre a todos los actores regionales, hace falta nuevas alianzas, una nueva clase política, un nuevo empresariado, nuevos emprendedores y emprendimientos, relaciones creativas y múltiples con Zamora, El Oro, el Norte del Perú, Azuay y Guayaquil; un acuerdo social de inclusión interno, nuevas formas de gestión para innovar las pesadas e ineficientes formas de manejar los gobiernos seccionales, hace falta y con urgencia crear un gobierno provincial verdadero y negociaciones más audaces con los estados nacionales del Ecuador y el Perú, de no ser así “solo el Zamora con Loja llorará”.

BIBLIOGRAFIA ALDANA, Susana y Alejandro Diez, 2004 Balsillas, piajenos y algodón, CIPCA, Piura ASSADOURIAM, Sempat, 1982, El Sistema de la economía colonial. Mercado interno, regiones y espacio económico, IEP, Lima

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BETANZOS, juan, 1987, Suma y Narración de los Incas, Edición de María del Carmen Rubio, Atlas, Madrid CAILLAVET, Chantal, 1985, “Los grupos étnicos prehispánicos del sur del Ecuador según las fuentes etnohistóricas”, en Memorias del Primer Simposio Europeo sobre Antropología del Ecuador, Comp. Segundo Moreno, Edit. Abya Yala, Quito. CAILLAVET, Chantal, 1988, “Los mecanismos económicos de una sociedad minera: intercambios y crédito, Loja: 1550-1630” en Revista Ecuatoriana de Historia Económica, Año 2, Nº 3, BCE, Quito. DELER, jean-Paul, 1991, Structures de l´espace entre Loja et Piura  : continuités, transitions et diférenciation transfrontaliére, Bull.IFEA 20, Lima GONDARD, Pierre, Ritmos pluviométricos y contrastes climáticos en la provincia de Loja, en Cultura 15, BCE, Quito. HOCQUENGHEM, A.M., 1998, Para vencer la muerte, CNRS, IFEA, INCAH, Perú jARAMILLO Alvarado, Pío, 1955, Historia de Loja y su Provincia, Edit. Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito. MAIGUASHCA, juan (editor), 1994, Historia y Región en el Ecuador, 1830-1930, Corporación Editora Nacional, FLACSO, Ecuador MAIGUASHCA, juan, 1995, La región en el Ecuador, en la “Nueva Historia del Ecuador”, Vol.12, Ensayos Generales I, CEN, Quito. MALDONADO, Numa, Vivar F y Vélez j., 2005, Escenario natural de la cultura de Loja, CCL, CNC, Loja OBEREM, Udo, 1976, Los Cañaris y la conquista española de la sierra ecuatoriana: Otro capítulo de las relaciones interétnicas en el Siglo XVI, journal de la Societé des Americanistes, LXIII, Paris PALOMEQUE, Silvia, 1994, “La Sierra Sur”, en: Maiguashca, juan, Historia y región en el Ecuador 1830-1930, Corporación Editora Nacional, FLACSO, Ecuador PREDESUR, 2004, Plan de Desarrollo Regional del Sur, 1998-2003, Tomo 1, Loja. RENARD-Casevitz, Saignes y Taylor, 1988, Al este de los Andes, t. II, ABYA-YALA, Quito SALINAS de Loyola, juan, 1582, Relación y Descripción de la ciudad de Loja, en Ponce, Leiva, Pilar, RHGA,Q, T.II, ABYA-YALA, 1994, Quito WOLF, Teodoro, 1982, Geografía y ecología del Ecuador, Leipzig

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BIENVENIDA AL DOCTOR JOAQUÍN GÓMEZ DE LA TORRE BARBA COMO MIEMBRO CORRESPONDIENTE DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA Padre Dr. Jorge Villalba Freile S.J. Es muy grato para mí tener la oportunidad de dar la bienvenida a la Academia Nacional de Historia al Dr. joaquín Gómez de la Torre Barba, pues a él me ha unido una prolongada amistad y relaciones en el campo de la historia nacional, desde la época de su temprana juventud. En efecto, obtenido el bachillerato en el Colegio San Gabriel donde recibió mis clases de historia universal, ingresó a la Universidad Católica, en el aDepartamento de Historia y Geografía, de la Facultad de Ciencias de la Educación, en 1971. Era yo entonces Profesor de Historia en ese Departamento; y compartimos el trabajo de investigación académica y de excursiones a lugares históricos. Luego de representar a sus compañeros como Presidente de la Asociación Escuela de Pedagogía, obtuvo con brillantez la LICENCIATURA EN CIENCIAS DE LA EDUCACION, en la Especialidad de Historia y Geografía. Quiso perfeccionar sus conocimientos, en cursos especializados: Previamente estudió prepolitécnico y primer curso en la Escuela Politécnica Nacional. Posteriormente en el CEPEIGE.(Centro Panamericano de Estudios e Investigaciones Geográficas), el IV Curso Internacional de Geografía Aplicada, en 1976. Luego en la ESPE (Escuela Politécnica del Ejército), siguió un curso de Geografía de Población en 1980. El 11 de noviembre de 1988 culminó sus estudios del doctorado cuando en sesión solemne y como Presidente de la primera promoción del doctorado en Historia del Ecuador de la Universidad Central, pronunció un discurso en el momento de su incorporación con los otros egresados. Este doctorado tuvo el apoyo de la Academia Nacional de Historia y de su Director el Dr. jorge Salvador Lara. En la junta de Defensa del Artesano, obtuvo el título de “Imaginero de la República” en 1991. Por fin, en la Universidad Central, luego de llenar los requisitos

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debidos, y obtener la aprobación de la Tesis: INFLUjO ABORIGEN EN LA ESCUELA QUITEÑA DE ARTE, fue honrado con el título de DOCTOR EN HISTORIA DEL ECUADOR, en 1999. Fue catedrático de Historia, Geografía y Cívica de la Escuela Superior Militar Eloy Alfaro, Colegio Militar Eloy Alfaro y Colegio Técnico del Ejército de 1974 a 1999. Profesor de Historia Militar en la ESMIL. en 2007 – 2008. Se ha desempeñado como encargado de museos, laboratorio y Templete de los Héroes del COMIL., es autor de la restauración y ampliación del Parque Geodésico del Centro Cultural del COMIL. donde podemos apreciar su trabajo para el rescate y puesta en valor de los métodos para medir el tiempo por los indígenas, cuando construyó la Pirámide del Sol, los Intihuatanas y otros elementos geodésicos. Es miembro del IECH. Instituto Ecuatoriano de Cultura Hispánica, de la SEACC. Sociedad Ecuatoriana de Amigos de la Ciencia y la Cultura de la cual es Secretario, de la SAG. Sociedad de Amigos de la Genealogía de la que es uno de sus fundadores y Director del Centro de Reproducciones del Arte Ecuatoriano. Como hemos podido ver, sus aficiones académicas y estudios comprenden la Historia Nacional, la Geografía, y también las manifestaciones artísticas del país. Nuestro recipiendario tuvo la fortuna y la rara oportunidad de relacionarse y aun incorporarse a la Historia Nacional, por haber nacido y vivido por 30 años en la casa que perteneció al Mariscal Antonio josé de Sucre, la denominada Casa Azul, en el centro de la ciudad, en la esquina de las calles Venezuela y Sucre. Y el Dr. joaquín es testigo de como su abuelita la Sra. Alejandrina Cabezas de Barba y su madre Doña Carmela Barba de Gómez de la Torre salvaron la Casa Azul, cuando se negaron a venderla al conocido banquero Luis Napoleón Dillón para que sea derrocada y levantado allí el edificio del Banco Central del Ecuador, que hoy ocupa el local de las calles García Moreno y Sucre. Posteriormente pudo ver la donación completa de los muebles de la sala de Sucre, por parte de Doña Carmelita, para formar un museo en honor del Gran Mariscal de Ayacucho. Museo que lo dirigió después uno de los héroes de la guerra de 1941 con el Perú, el General Gonzalo Orellana Barriga. Vio también al Arquitecto Andrés Peñaherrera realizar los arre-

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glos de la casa, siguiendo las indicaciones que desde Bolivia había enviado el Mariscal Sucre a su amigo el Coronel Vicente Aguirre, para mejorar esa mansión. Diré de paso que es grato para nosotros que el Mariscal Antonio josé de Sucre hubiera preferido este país, el Ecuador, para formar su hogar y establecerse como ciudadano quiteño, prefiriéndole a tantos otros países donde brilló por sus triunfos. Igual cosa ocurrió con el General. juan josé Flores; pese a que le convidaban insistentemente las autoridades de Venezuela a que volviese a residir y prestar sus valiosos servicios allí. Y con él se afincaron en nuestro país más de veinte altos militares que vinieron por la guerra de la Independencia en 1820, colombianos, venezolanos y europeos. En tiempos de la Independencia la Casa Azul fue adquirida por Sucre el 20 de abril de 1828 poco antes de celebrar su matrimonio a distancia y por poder otorgado al Coronel Aguirre para poder casarse con Mariana Carcelén y Larrea Masquesa de Solanda. El 20 de septiembre de ese año el Gran Mariscal de Ayacucho regresó de Bolivia para establecerse en su casa de Quito y para trabajar en las haciendas de su esposa, así lo hizo durante diez meses en que nació su hija Terecita. Son numerosas las obras y artículos de Historia y Geografía que ha publicado el Dr. joaquín Gómez de la Torre. Por la brevedad de las circunstancias solo mencionaré algunas: Motivos Indígenas Ecuatorianos (Precolombinos).- Libro Atlas.- Editorial Artes Gráficas.- Quito, 1971. El Ecuador el Hombre y la Tierra.- Actualización sobre el Ecuador en la Enciclopedia Plaza y janes S.A.- Geographica.- Madrid, 1977. “El Complejo Geodésico del COMIL”.- Revista del Colegio Miltar Eloy Alfaro .- Quito, 1994. Historia de la Casa Azul, Museo de Sucre.- Publicación del Ministerio de Defensa Nacional.(Folleto).- Quito, 1998. Historia de la Escuela Politécnica Nacional, en 6 volúmenes, comenzando por la Politécnica de García Moreno y terminando con la Historia del Observatorio Astronómico de Quito (Por publicarse).- Quito, 2003. Geografía del Ecuador, con 23 capítulos.- Cultural S.A. (Culturesa).- Madrid, 2004.

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Este es tu país Ecuador.- Diccionario Enciclopédico en los temas de Geografía, Ecología e Historia.- Cultural S.A. (Culturesa).- Madrid, 2005. Biografía de Monseñor Juan Larrea Holguín.- (En preparación).Corporación de Estudios y Publicaciones .- Quito.- 2007–2009. Estos son los méritos no solo académicos, sino patrióticos en el estudio de la Historia Nacional del Dr. joaquín Gómez de la Torre, por lo cual con todo derecho ingresa hoy como Miembro de la Academia Nacional de Historia. Sea bienvenido 29 de febrero de 2008

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RECENSIONES

Guadalupe Soasti Toscano. EL COMISIONADO REGIO CARLOS MONTUFAR Y LARREA. SEDICIOSO, INSURGENTE Y REBELDE. Quito, FONSAL, 2009 Dentro de la “Biblioteca Básica de Quito” se ha incluido esta biografía de Carlos Montufar y Larrea, una de las figuras claves de la Revolución de Quito de los años 1809 a 1812, en su segunda parte, precisamente la que siguió a la llegada a Quito del hijo del Marqués de Selva Alegre, Carlos, en su condición de Comisionado de la Regencia, y estuvo marcada por la presencia y la evolución ideológica del brillante quiteño. Como lo anota Carlos Landázuri en breve prólogo, “Montufar no es un personaje desconocido para la historiografía ecuatoriana”, y, tratando de apuntar hacia el aporte de esta nueva obra sobre el prócer, añade que no se trata “de que Guadalupe Soasti Toscano haya descubierto nueva documentación hasta ahora desconocida”. ¿Cuál, pues, el aporte que cabe esperar de esta nueva empresa historiográfica sobre el fascinante personaje? En párrafo no todo lo exacto y bien escrito que cabía esperar, lo anuncia la propia autora.”Lejos de ser una biografía completa sobre el personaje, se convierte en una mirada diferente sobre Carlos Montufar y la época que le tocó vivir”; quiere adentrarse “en el análisis de un ciudadano con ideales y creencias políticas que las vivió y las defendió ardientemente”. Y, por si esto no resultase ya bastante problemático, añadió: “El salvaguardó el ideal y las creencias del sector social al que pertenecía que, en la época, fomentaron la construcción de un proyecto político acorde con lo que se discutía, se propugnaba y se comenzaba a vivir en el mundo occidental, la adopción del republicanismo como forma de gobierno” (Pp. 15-16). Avanza en la empresa así anunciada por cuatro tramos: primero, un perfil biográfico; segundo, el contexto político, tanto en la España en que vivió Montufar como en la Audiencia de Quito, a la que llegaría como Comisionado de la Regencia; tercero, las acciones cumplidas por el prócer en Quito, y el cuarto, un intento de análisis de lo que la autora

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llama “los elementos que han permitido crear y construir el mito de Montufar como héroe del Panteón cívico del Ecuador”. En la realización de este ambicioso programa conviven logros con limitaciones. Algunas de estas, severas. Hay asuntos de enorme importancia que no le merecen a la autora soporte documental –lo cual contrasta con el que da a cosas de menor monta. Por ejemplo, eso de la reunión en la tarde del 9 de agosto de 1809, en la que “varios miembros de la élite quiteña” (¿quiénes?) “acordaron establecer una junta integrada por 36 vocales, escogidos entre los vecinos, cuyo fin era gobernar en nombre de Fernando VII, en obediencia al llamado de la junta Central para establecer juntas provinciales igual que en España” (P. 93). Y tamaña afirmación sin un solo documento, sin la menor indicación de fuente. Y con ligereza aborda los sucesos del 2 de agosto de 1810, sin más apoyo que en una fuente secundaria que no se molesta en contrastar (P.96) ¡Y esa nota 131, tan necesitada de discusión y prueba, sin que le salve ni el condicional “habría”!: “En la historiografía, habría que puntualizar qué se entiende por realistas y por insurgentes. Cuando se refiere a los primeros, se trata de quienes apoyaban a la Regencia. Cuando se refiere a los segundos, se habla de quienes apoyaban a la junta Central y al Rey”. Y esto, ¿en Quito? Porque para el caso lo que interesaba era lo que se pensaba en Quito. Avanzando en la historia, la propia autora dirá –cosa, por supuesto, conocida- que el partido de Sánchez de Orellana “se pronunciaban a favor de la junta autónoma” (P. 160). Y siguen las cosas harto discutibles. ¿Solo al llegar a América conocieron Montúfar y Villavicencio “acerca de las revueltas y novedades de Quito”? Se embarcaron, cabe recordar, el 1 de marzo de 1810. El Informe que elevó el Oidor Decano de la Audiencia D. Diego Fuentes de Bustillo a la junta Central de Gobierno llegó a Cartagena el 11 de octubre y fue remitida inmediatamente a la Península, en el primer transporte. Habrá llegado más o menos en tres meses, tiempo que duraba la travesía en esa estación del año. O sea que para cuando salieron de España los Comisionados lo sucedido en Quito era ya conocido Otras veces, y esto parece aún menos histórico, se siente el contagio “ideológico”. De la primera revolución, la de 1808, dice “denominada revolución de los marqueses” ¿Por quiénes? Y, ¡claro! La autora solo nombra a los marqueses. Y, si se atiende a la lista de los encausados, solo uno –el dueño de casa- era marqués.

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Y la autora llega a afirmar sin más cosas que los historiadores de esos sucesos han discutido en toda su complejidad desde Pedro Fermín Cevallos: “La junta de Quito le prohibió a Carlos Montufar entrar en Cuenca con sus tropas, por lo que debió permanecer unos días en Cañar” (P. 171). Observaciones de esta laya son muchas, e impiden que un lector serio pueda entregarse a seguir a la autora, sobre todo cuando elucubra. Una recensión no resulta, sin embargo, lugar adecuado para agotarlas. Frente a esto, lo importante del libro nos parecen ciertos documentos abiertos a nuevas lecturas, en contextos renovados. Así, estupenda la carta que Montufar escribe, dando razón de su urgencia por partir hacia Quito, en la que podemos leer mucho sobre el espíritu del prócer y la conciencia que iba cobrando de su misión. La carta, es importante notarlo y la autora lo consigna en nota, dista de ser hallazgo nuevo: la publicó josé Gabriel Navarro en su libro La Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809. (Y, en general, la mayor parte de documentos importantes a que la autora acude tienen esa fuente. En cuanto a sacarles nuevo provecho, la autora pudo haber hecho mejor). En cuanto a las fuentes secundarias maneja, se ve, una preciosa, inédita. Todo un libro de Neptalí Zúñiga, al que sigue hasta en lo imaginativo (véase la página 23). Sea esta buena oportunidad para reclamar la publicación de esa obra de quien dedicó varios estudios a Carlos Montúfar y fue, como sabemos, acucioso buceador en archivos y autor de la que acaso sea la mejor biografía del Marqués de Selva Alegre En la parte IV la autora trata de probar con el caso de Carlos Montúfar una tesis sobre la construcción de héroes para situarlos en el panteón de los próceres y padres de la patria. Para el caso se apoya en las celebraciones del centenario del fusilamiento y los actos que rodearon el retorno de los restos de prócer a la patria. Pero, como todos los que proceden tras probar una tesis, minimiza el casi olvido en que Carlos Montúfar ha caído en la patria y la grandeza misma del personaje, que bien pudiera haber descubierto a lo largo de su relato. El libro se cierra con dos interesantísimos apéndices: “Carlos Montúfar y Larrea (1780-1816), el quiteño compañero de Humboldt” por Teodoro Hampe Martínez y “Viaje de Quito a Lima de Carlos Montúfar con el barón de Humboldt y con Aimé Bonpland”, que publicada Marcos jiménez de la Espada en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid, en 1889.
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Hernán Rodríguez Castelo. OLMEDO EL HOMBRE Y EL ESCRITOR. Quito, Academia Nacional de Historia, P.P.L.Impresores, 2009 La incansable pluma de nuestro académico, Hernán Rodriguez Castelo, en raudo y sin par movimiento ha sacado a relucir señeras obras como ofrendas recordatorias del Bicentenario del fulgente, aunque aparentemente fugaz resplandor del 10 de Agosto de 1809. Quizás la de mayor fuste sea la publicada con el auspicio de la Academia Nacional de Historia: OLMEDO EL HOMBRE Y EL ESCRITOR. Con acertadas palabras el benemérito Dr. Manuel de Guzmán Polanco en la presentación de la obra señala que: “Definitivamente, la figura que comprendía aquellos años de lucha por la libertad, es sin duda, la de josé joaquín de Olmedo, cuya biografía revive esta figura en toda su grandeza pero también en toda su complejidad con ejemplar rigurosidad, lo mismo de historiador que de crítico literario, el Académico Hernán Rodríguez Castelo. La Academia Nacional se enorgullece de publicar obra tan importante y tiene la especial complacencia de hacerlo a través de nuestro Centro Correspondiente, en homenaje a Guayaquil, la ciudad de Olmedo en esta celebración de su fecha gloriosa del 9 de Octubre, como aporte inicial de lo que será la celebración en el año 2020.” Rodríguez Castelo comienza el periplo de esta exquisita obra sobre josé joaquín de Olmedo, el ecuatoriano más eximio de fines del siglo XVIII y buena parte del siglo XIX, introduciéndonos en la vida y la obra en la vida. Donosa figura literaria. El arco existencial del vate guayaquileño se extiende desde 1780 hasta 1847 en que Guayaquil recoge su postrer suspiro. Quito puede gloriarse de haberle ofrecido desde temprana edad las fuentes de esmerada educación que se desbordarán en Lima, mereciendo diplomas que lo acreditaban como un estudiante de excelencia, que participaba en torneos poéticos y dramáticos. El verso juvenil es confidencia o es murmullo; tiene mucho de corazón y de fuente. En aquella ciudad el joven guayaquileño tomó parte en certámenes filosóficos, y se dedicó a la docencia. El autor manifiesta que, en 1808 regresó Olmedo a la ciudad na322

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tiva con motivo de la muerte de su padre. A poco se trasladó a Quito con el fin de incorporarse en el Cuerpo de Abogados de la Capital de la Audiencia. En 1810, su pariente el obispo de Huamanga, Dr. josé Silva, al ser nombrado miembro de la junta Central de Sevilla, designó para su secretario a Olmedo. Y con él partió a España por México donde recibieron la noticia de la disolución de la junta de Sevilla. Antes de disolverse, la junta de Sevilla había convocado a Cortes, y la Municipalidad de Guayaquil eligió a Olmedo para su representante. Llegó a España cuando ya se efectuó el movimiento de Quito. “El Olmedo que tomaba asiento en la gran asamblea era decidido partidario del gobierno español en América. Si su compañero Mejía, abogaba por la libertad de imprenta, Olmedo, aunque no era orador, habló contra las mitas. Este discurso se pronunció el 12 de agosto de 1812, y en el mismo año Rocafuerte lo hizo publicar en Londres”. Fernando VII, hombre de pocos alcances intelectuales miró con desagrado cuanto se hizo en las Cortes y persiguió a los que habían tomado parte en ellas. Rocafuerte huyó a Francia, Olmedo regresó a Guayaquil. Mejía quedaba sepultado en Cádiz. El poeta tenía que ponerse a salvo más que otro diputado, porque como secretario de las Cortes, recibió también el nombramiento de miembro de la Diputación permanente que debía funcionar hasta la reunión de la próxima asamblea, encargada de dar curso a las leyes , decretos dictados. Olmedo tuvo que suscribir el decreto por el cual se intimaba al rey a jurar la Constitución. De regreso a Guayaquil (1816) contrajo matrimonio con María de Ycaza y Silva. Rodríguez Castelo no pierde la ocasión para analizar las diversas composiciones poéticas que brotan de la pluma de Olmedo; refiriéndose a una de ellas, habla del sombrío pesimismo existencial . Manifiesta la faceta filosófica en la traducción de las epístolas del Ensayo sobre el hombre del poeta inglés Alexander Pope, en “vísperas de su inmersión en las turbulentas aguas de la política.” Y llega 1820. Guayaquil es libre. Un nuevo sol alumbra la ínclita ciudad. En Olmedo vibra el patriotismo y el ansia de libertad. El 9 de Octubre la vida de Olmedo entra en un torbellino que no tendrá reposos por algunos años. En esta fecha es designado jefe Político de Guayaquil por voluntad del pueblo y de las tropas. Al constituirse el Colegio Electoral se ha formado una junta de Gobierno Provisorio., compuesta por josé joaquín Olmedo, Rafael jimena y Francisco Roca.

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Dos años después, el Gobierno del Perú le confía honrosos cargos. Posteriormente, fue designado Ministro Plenipotenciario ante las Cortes de Londres y París. Bolívar y San Martín entran en escena. Olmedo no titubea en actuar según sus convicciones. A su regreso de esta misión diplomática, le fue ofrecido por Bolívar el Ministerio de Relaciones Exteriores de la Gran Colombia, cargo que no aceptó. Olmedo se encuentra nuevamente en Guayaquil. Aquí desempeña los cargos de Prefecto de Guayaquil, Diputado al primer Congreso del Ecuador, y, como tal, interviene en la redacción de la Constitución de 1830. En este Congreso es elegido vicepresidente de la república, cargó que no llegó a desempeñar. Fue también Gobernador de Guayas y presidente de la Asamblea de 1835. Olmedo como lo demuestra con vigor nuestro autor, es el político, el patriota y el poeta, el prosista y en momentos el filósofo, que en todos los planos supo desempeñarse con dignidad y patriotismo. En las páginas de Olmedo el hombre y el escritor, observamos que durante el lapso comprendido de 1830 a 1845 su concurrencia a las Legislaturas fue una permanente lección de civismo, se diría que el académico Rodríguez Castelo las examina con minuciosidad de competente analista, no solo para destacar los valores literarios, sino también como una permanente lección de civismo. Las democracias de América estaban en la infancia en esos días, y ya sonaban las voces desesperadas de quienes miraban con angustia la creciente demagogia que había de ahogar los mejores propósitos. Fue postulado, en la Convención de Cuenca, para la Presidencia; largamente contendieron los convencionales, quienes al fin se decidieron por Roca: “la vara del mercader venció a la lira del poeta”, según la frase lapidaria de Rocafuerte. Cada página de la obra dedicada a Olmedo revela con unción castiza, literaria, y en base a bien manejada documentación, los perfiles de su robusta personalidad en que campean el carácter indomable, y también la grandeza del corazón de bardo guayaquileño, privilegiado testigo y actor de los años mozos de la Patria ecuatoriana. A veces nos preguntamos del por qué de la amistad con el General Flores ungido con los famosos versos: “Al General Flores, vencedor en Miñarica”, Hernán explica con mucha claridad:... “Ese poema solo podía captarse en

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su espléndida belleza a costa de distinguir entre asunto y canto y poder perdonar el asunto ante la belleza de la forma”. Y cuando la siguiente generación, la generación romántica ecuatoriana, comienza su toma –a partir de sus quince años– el clima es de un Antifloreanismo exacerbado, y el propio Olmedo se disculpa por haber cantado alguna vez una victoria del extranjero abominable. Olmedo había trabado estrecha amistad con él “hasta entregarle un hijo para que lo sacara de la pila bautismal y así, establecer el vínculo del parentesco espiritual” (Cazorla). ¿Y La Mar? Encontrándose en Paita Olmedo, recibe del gobierno - anota nuestro autor- un encargo que le fue especialmente grato: formar parte de una comisión que debía reclamar al gobierno del Perú los restos mortales del Mariscal La Mar, que se hallaban en Piura. En nota al Secretario General de Gobierno indica:… “Como Americano, como patriota, y como amigo me glorío de esta Comisión; y rindo al Gobierno las más ardientes gracias por haberme llamado a tener parte en los honores que se preparan a tan venerables cenizas”… Sin entrar en detalles; para el poeta, “La Mar era muy querido y modelo en las acciones de la vida pública y privada” No contento con lo expuesto, Rodríguez vuelve desde la página 199 de su obra a presentar y analizar exhaustivamente La obra y El poeta. Más de veinte páginas dedica al estudio de ese monumento épico lírico: “La Batalla de junín” o “Canto a Bolívar”. Nadie más competente y autorizado que nuestro colega de la Academia para desentrañar el mensaje y contenido: “La gloria literaria de Olmedo -escribe- se cimenta básicamente en sus dos grandes odas, La victoria de junín. Canto a Bolívar, y al general Flores vencedor en Miñarica. De este último algo hemos dicho. En el primero se propone el autor exaltar la gloria del Libertador Simón Bolívar, del hombre de ”Las cien batallas legendarias que tiene a su cargo la inmensa obra de la emancipación y con sus insignes capitanes vence en sucesivas y singulares acciones de guerra a los españoles. Bolívar es el Dios magnífico de la guerra de estos pueblos sedientos de gloria y junín es el campo de su actuación, dispuesto por ocultos designios para que se coronara de éxito y nombradía. Entra en el plan del gran poema, entre otros recursos artísticos admirables están la aparición y profecía del Inca, siendo esta parte del canto, el cuadro más saliente y destacado no solo por las reminiscencias y el carácter evocativo de la profecía. Sino por el arrogante arranque y evocación de la misma.

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En pocas palabras. El Canto a Bolívar sorprende por su vigor y brillantez originalidad, amplitud, sistemada inspiración, pulcritud y asunto. Es la epopeya de la obra bolivariana en América, la historia de los titanes del nuevo mundo, el canto de la naciente democracia contra la opresión hispana. El canto a la Batalla de Miñarica, sin perder de mérito, y aún la técnica que lo distingue, difiere notablemente del primero. Muchos –como se nos indica– por razón del asunto, desdicen de la nobleza y nitidez de la obra poética, que debe buscar imperiosamente senderos de rectitud y edificación histórica. Las últimas páginas del libro versan sobre El prosista. Indica Hernán que; “fue el P. Aurelio Espinosa Pólit el primero que llamó la atención hacia la otra ladera de la producción literaria de Olmedo, la prosa”. El académico Rodríguez Castelo detiénese en deshilvanar varios discursos, el primero, sobre la abolición de las mitas, Cortes de Cádiz, 1812. Segundo discurso sobre el mismo asunto. Luego merece destacarse su “Discurso en las honras fúnebres del Libertador”. Escogemos esta única frase:…“Yo llamo prematura su muerte solamente para nosotros, no para su gloria”…Luego viene la exposición y comentario de los “Discursos de la Convención de Ambato”. La exhortación final lo recoge todo: “Conciudadanos que en todo tiempo el nombre del Ecuador y las alabanzas de sus moderadas instituciones resuenen en nuestros techos domésticos, en las plazas públicas, en el foros, en los templos y en la tribuna nacional”. Algo se dice de los discursos, proclamas y manifiestos de Marzo de 1845. “El Manifiesto se escribe para manifestar a todos los pueblos Americanos y a las Naciones con quienes tenemos relaciones políticas los motivos poderosos que nos han impelido a desconocer la autoridad ilegal que nos regía y a preparar una regeneración que nos restituya la nacionalidad tan indecorosamente usurpada”… Nuestro autor hace notar que “Olmedo por su carácter más bien introvertido y parco en todo, y por cierta connatural timidez, no fue orador fácil y caudaloso. Pero sabía lo que importaba ser orador y las calidades a que el orador debía apuntar.” En las páginas finales desfilaban El Ensayo y otras prosas. Discursos sobre epitalamios. El prólogo a la primera epístola de Pope y a la segunda. Destácase también la labor periodística de este personaje y

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sus reflexiones sobre la libertad de imprenta. El minucioso crítico, quizás el más grande del Ecuador actual, nada omite, y por ello al fin de la gran semblanza olmédica nos introduce en la interesante Correspondencia, a veces, tejida con ironía y humorismo. El acápite final HE AQUÍ EL HOMBRE rubrica con acierto “Al Escritor Olmedo, camino esencial hacia el hombre OLMEDO”.
Hno. Eduardo Muñoz Borrero Quito, 12 de diciembre de 2009

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Gustavo Pérez Ramírez. HISTORIA DEL ACTA DE LA INDEPENDENCIA DE QUITO DEL 10 DE AGOSTO DE 1809. Quito, Fondo de Salvamento del Patrimonio Cultural de Quito (FONSAL), 2009. De tantos libros magníficos como ha hecho el FONSAL para conmemorar el bicentenario del pronunciamiento quiteño que comenzó el 10 de agosto de 1809, este debe ser el más bello. Sin duda, Trama Ediciones, como impresor, y Rómulo Moya Peralta, como director de arte, se han encaprichado para realizar una edición memorable. Como el libro anuncia, con justa ufanía, “La publicación del Acta manuscrita de la Independencia de Quito el 10 de Agosto de 1809, la primera en toda la América española, considerada piedra angular de la independencia ecuatoriana y partida de nacimiento de la patria a la vida republicana, constituye la recuperación de un fragmento histórico de la identidad institucional del Ecuador”. Proclamación tan ufana se sostendrá a pesar de ciertas puntualizaciones que comienzan en el prólogo y se dirán en el curso de esta recensión. Porque, como lo señala bien el historiador jorge Núñez en su prólogo y era cosa que para ningún historiador informado constituía cosa nueva, el acta que este libro reproduce no es la original que los revolucionarios firmaron la noche de 9 de agosto, en el departamento que ocupaba Manuela Cañizares en la casa parroquial de El Sagrario, sino una copia, a la que el prologuista califica de auténtica. El acta original, presume Sánchez, que haya desaparecido para siempre, “quizá destruida por los mismos patriotas para privar al enemigo de pruebas judiciales que los incriminaran”. Pérez Ramírez citará fuentes que atribuyen esa desaparición a un incendio, aunque de su texto se sigue que esa desaparición definitiva dista de ser cosa que esté fuera de dudas. Importa señalar que otra copia del Acta ha sido rescatada por el académico Enrique Muñoz en al Archivo Nacional de Historia de Madrid, y es una copia acta que se remitió a España más tempranamente
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que las que fueron a dar a destinatarios americanos. Esta es revelación que seguramente nos hará pronto el distinguido historiador. Y hay que destacar que cuantas más copias del Acta original se recuperen, por mejores caminos de crítica textual llegaremos al original, contrastando ligerísimas variantes, obra de notarios o pendolistas. Como resultado de sus búsquedas, Pérez Ramírez dice haber dado con tres copias del Acta. La que era conocida, que perteneció a jijón y Caamaño y con su riquísimo fondo bibliográfico custodia el Banco Central, es la que este libro nos entrega en versión facsimilar y en transcripción paleográfica del propio autor. “Por lo que se puede apreciar –anota Núñez en su prólogo-, es en realidad una copia de escribano del expediente inicial de los actos de la Revolución Quiteña”. El expediente, que deberíamos llamar “jijón”, en honor a quien nos lo preservó y conservó, adjunta al Acta otros importantísimos textos. Entrando ya a leer el Acta, Núñez destaca el comienzo, el anuncio de quienes iban a hacer el solemne y radical pronunciamiento: no la ciudad, o los notables de ella, o gremios, sino “diputados del pueblo”. Y es justa la aproximación que hace el historiador de esa fórmula a los planteamientos de Vitoria –con autoridad depositada en el pueblo por Dios- y Rousseau –ya sin ningún recurso a Dios para esa autoridad radicada en el pueblo. Pero da un salto acrobático al proponer que, el no haber hallado los nombres de los firmantes del pronunciamiento en registros de nobleza o de propiedad, “nos lleva a suponer que la mayoría de esos diputados populares fueron artesanos, pequeños comerciantes o gentes de la plebe, iniciados en las ideas revolucionarias por los líderes de ese proceso subversivo juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez de Quiroga, Antonio Ante y unos pocos más”. Aun más funambulesco es el nuevo salto al dar, ni siquiera como hipótesis sujeta a investigaciones y discusiones, sino como cosa “evidente” –es el adjetivo que usa– que “esa concatenación de hechos no fue casual sino que respondió a una planificación previa (hasta aquí la hipótesis luce aceptable) seguramente hecha al interior de la logia “Ley Natural”, varios de cuyos miembros pasaron a integrar el nuevo gobierno”. Descontado ese uso lamentable del “al interior”, pudiera ser que algunos de los miembros del nuevo gobierno fuesen masones, pero ¿no ha señalado el propio Núñez líneas arriba que “la revolución fue concebida por unos líderes intelectuales vinculados a la Real y Pública Universidad de Santo Tomás”?

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En fin, dejando para nuevas búsquedas y análisis y discusiones la relación de la masonería con la Revolución Quiteña, tratado, nos parece inoportunamente, en este prólogo, vengamos a los que nos dice el autor de esta obra sobre sus hallazgos. Con razón se extraña –y lamenta– el autor, que es colombiano, que el Acta de la Independencia de Quito no se halla en la Sala Capitular de San Agustín, donde debía estar, ni en el Archivo Nacional de Historia, y nos refiere cómo el curador del Archivo Histórico josé Manuel Restrepo, de Bogotá, puso en sus manos el volumen 25, que recoge documentos sobre la Revolución de Quito, y allí dio con dos copias manuscritas del Acta. Ya Roberto Andrade tuvo acceso, por gestión de su hermano julio, ministro plenipotenciario del gobierno liberal en Bogotá, a esos papeles del Archivo Restrepo, y publicó todo un tomo con esos documentos, que ha sido para cuantos historiadores nos hemos internado en la fascinante historia de la Revolución Quiteña de 1808 a 1812, la fuente documental más importante. Pero este asunto, que se ofrece como todo un reto de ulteriores investigaciones casi detectivescas, de si existe el Acta original y dónde pudiera encontrarse, halla nueva incitación en una declaración de Roberto Andrade en su Historia del Ecuador, que Pérez Ramírez transcribe. Dice, en síntesis, que se encargó a un empleado de la Legación ecuatoriana transcribir los documentos que debían llegar a Quito, y “el resultado fue que el joven quiteño partió a Quito llevándose a hurtadillas una buena parte de los documentos”. ¿Fue parte del botín el Acta? Por encima de tan sugestivas e inquietantes incógnitas, ello es que esta publicación nos entrega, con la dignidad ya dicha y con el rigor de la versión facsimilar, no solo la copia del Acta, de venerable antigüedad e indiscutible valor documental, sino también los tres Manifiestos con que los revolucionarios de Agosto dieron cuenta al mismo pueblo de Quito y a los pueblos hermanos de América de las razones y logros del movimiento autonomista.¡Que estupendo fue el final del Manifiesto de la junta Suprema de Quito a América!; “Las leyes reasumen su antiguo imperio. La razón afianza su dignidad y su poder irresistible y los augustos derechos del hombre, que no pueden quedar expuestos al consejo de pasiones ni al imperioso mandato del poder arbitrario”.
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VIDA ACADÉMICA

IN MEMORIAM Dr. Manuel de Guzmán Polanco ha muerto Octavio Latorre El 25 de diciembre de 2009, luego de una larga y fructuosa vida, partió para el otro mundo el Ex Director de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, el doctor Manuel de Guzmán Polanco. RECUERDOS DEL DR. MANUEL Tuve la suerte de trabajar los últimos años muy cerca de Dn. Manuel, Director de la Academia y esos años me sirvieron para conocer y admirar a un hombre tan humano y tan valioso. A cada cualidad que se ha nombrado en las últimas semanas, deberíamos añadir un “Y”, para integrar la personalidad de este gran hombre: padre de familia, patriota: diplomático, caballero… Solo quisiera resaltar nueve aspectos de su vida con ciertos detalles conocidos a través de nuestras conversaciones y trabajos que muestren esa riqueza humana que todos recordamos. Padre ideal: como pueden atestiguar sus más de sesenta descendientes. Su corazón se agotó pero no su amor por los suyos. Cuántas veces le oí decir: “tengo que salir antes del trabajo, porque tengo que comprar un regalo para el cumpleaños de mi última nieta que es mañana”. Su “tribu” como decía, era su alma pero sobre todo su respaldo a sus grandes obras. La estela del Dr. Manuel seguirá viviendo en su numerosa familia. El político de convicción: para el servicio de la patria, no por intereses personales. Fundador del Partido Social Cristiano con Camilo Ponce, vívía a plenitud esos dos principios de cristiano y social. Con sano orgullo contaba las peripecias de algunas instituciones creada por él: el Seguro Campesino, la fundación de ANETA, para mencionar las más conocidas. Una de las únicas preocupaciones de sus últimos años era ver el desvío de su original Social Cristianismo.

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El diplomático que soñaba en la patria grande: no por deseos de brillar sino para servirla. Su carácter le ayudó para ser aceptado y querido en todos los sitios en donde representó al Ecuador. De una manera especial recordaba sus entrevistas con lideres mundiales como Konrad Adenauer, juan Domingo y Eva Perón, estos últimos que buscaron ayudar al Ecuador en el terrible terremoto de Ambato. Lo que más recordaba fueron sus esfuerzos por conseguir la mediación del Papa juan Pablo II para el litigio con el Perú y su frustración porque no se aprovechó en el Ecuador tal coyuntura. El patriota. La patria por encima de todo, pero un patriotismo encarnado que lo llevaba en su mente, en su corazón y que motivaba toda su vida. Hasta sus últimos días pensaba en el gran momento que vivía la patria, el Bicentenario de la Independencia. Los héroes del Diez de Agosto cobraban un significado más profundo y su último libro sobre el tema, lo había soñado por mucho tiempo. Hasta último momento soñaba en cosas que se podía hacer por la patria. El caballero a carta cabal. Una personalidad integrada en la que se incluían muchas cualidades, como la delicadeza, la sinceridad, la nobleza, la amplitud de miras, generosidad, Hombre de profundas emociones, pero nunca de resentimientos. Hombre de grandes relaciones sociales, pero todas no interesadas. Pese a su larga carrera en tan diversos campos, no guardaba resentimientos y peor enemistades. El caballero cristiano. Sus convicciones religiosas eran profundas, sin dejos de todo fanatismo. Al comentar una frase del PresidenteCaldera de Venezuela: “El mejor servicio que puedo hacer como cristiano es trabajar en la política, Don Manuel respondió: “También lo siento igual”. Los dos murieron con pocos días de diferencia. El amigo sincero. Si como padre tenía una capacidad inmensa de amar, le quedaba otro corazón para mostrar aprecio de todos los que se acercaban a él. Amistad profunda, sincera, en medio de una sencillez acogedora. Su cordialidad llevaba a que se le llamara sencillamente como “Manuelito” y se complacía en ser aceptado y querido. Dejó amigos por donde pasó: en las diversas naciones donde

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sirvió como diplomático, en las instituciones públicas, en sus encuentros como historiador, en sus actividades informales.. La mayoría de lo que llamamos, sus “relaciones sociales” que eran muchas, eran en realidad amistades sociales que le servían para ayudar a otros, para poder servir mejor a la patria, a la Academia y a otros. Cientos de personas nos considerábamos sus amigos, pero él recordaba con afecto a miles de personas en el mundo y esa amistad era, para Dn. Manuel amistades sociales. Cuántas veces le oíamos llamar por teléfono a sus grandes amigos para conseguir apoyo para proyectos patrióticos o para la Academia Nacional de Historia, sabiendo que no le negarían. Esos amigos y por su puesto, su familia colaboraron para la obra de la Academia. Todos los que le tratamos de cerca sabemos que estas cualidades las vivía con una sencillez y cordialidad y a la vez con fino humorismo. Cuando quería referirse a temas reservados propuso una clave secreta “punto com”. Espero que conserve su clave en el cielo: www. Manuelito.com El trabajador incansable. Dotado de una extraordinaria vitalidad y talento, pudo pasar del servicio diplomático a las labores del campo, a sus tareas profesionales de abogado, al servicio público y de bancos, a la enseñanza universitaria, a la administración de instituciones. Siempre con dedicación y optimismo, pese a las dificultades de la política y economía nacionales. Trabajaba y pensaba con el optimismo de un joven que comienza su vida y que espera vivir mil años para completar todos sus sueños. Su cerebro debía ser conservado para estudiar el secreto de su vitalidad, pues no es normal que a la edad de 94 años, todavía superaba a muchos más jóvenes, en la memoria, en las inquietudes, en los planes, en buscar nuevos campos de estudio, etc. Su vigor nos hizo ilusionar que pasaría de los cien años. La Academia y el edificio de la academia. Cuando la casi totalidad está pensando en un descanso merecido, Don Manuel entraba en una etapa de actividad intensa como historiador, como escritor y mucho más como Director de la Academia. Hasta última hora, su cerebro estaba lleno de proyectos de investigación histórica que esperaba culminarlos pronto con temas como nuestro pasado en el Amazonas, el Derecho Te-

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rritorial, diversos Problemas sociales, biografías de algunos ecuatorianos, pero sobre todo, la importancia y trascendencia del Diez de Agosto. Elegido Director, su sueño era impulsar a la Academia al sitio que él creía que debía tener en la cultura nacional: tener su voz en la dirección de la cultura ecuatoriana. La Academia no podía hacerse presente dignamente sin un edificio digno, sin la ampliación de socios en muchas provincias de la patria, pero sobre todo por la efectividad de sus miembros y en especial de su director. La Academia de la Historia no sería la que es sin la ayuda de sus relaciones sociales en las instituciones públicas, de los miembros colaboradores y de sus familiares que le apoyaron en todo. El Bicentenario fue la ocasión para despertar la memoria y conciencia de los ecuatorianos sobre los ideales de nuestros antepasados y Dn. Manuel lo supo aprovechar en la mejor forma por la actualización de las publicaciones de la Academia, con el concurso de historiadores sobre el Diez de Agosto en el contexto latinoamericano, por la preparación y celebración del Congreso de Academias de Hispanoamérica de la Historia y otros. Tales fueron algunos de los deseos vehementes del Director. Al terminar el Congreso Iberoamericano de las Academias de Historia, Dn. Manuel se sentió feliz, pero cansado. Era el duna dimitis y así fue. Esto y mucho más era Don Manuel. Todas estas cualidades unidas, forman un ramillete que podemos hoy ofrecer a Dios y a la Patria. Para terminar: Dn. Manuel pasó los NOVENTA Y CUATRO AÑOS de servicio. Casi casi 35.000 días de plenitud. . (Exactamente: 34.513) Solo podemos decir de Dn Manuel: QUÉ VIDA TAN BIEN APROVECHADA!. EL CABALLERO CRISTIANO QUE VIVIO SU FE CON SENCILLEZ Y PROFUNDIDAD. EL HOMBRE QUE DEjÓ UN HALO DE AMISTAD, DE COMPROMISO, DE PASIÓN POR LA PATRIA. UNA PERSONALIDAD QUE NOS HARA SIEMPRE FALTA. UNA FIGURA QUE SE NOS HIZO FAMILIAR HASTA CREER QUE NUNCA NOS DEjARÍA. SERÁ DIFICIL OLVIDAR AL HOMBRE QUE TRANSFORMÓ EL LOCAL DE LA ACADEMIA Y AL ENTRAR EN ESE EDIFICIO NOTAREMOS LA AUSENCIA DE LA FIGURA AMABLE Y SONRIENTE QUE SUBÍA LENTAMENTE POR LAS GRADAS, NOS HARÁN FALTA SUS PASOS POR LAS OFICINAS; EXTRAÑAREMOS SU FIGURA INCLINADA EN SU PEQUEÑO ESCRITORIO ESCRI-

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BIENDO Y SOÑANDO EN NUEVAS OBRAS. NOS HARÁ FALTA SU SALUDO SIEMPRE AMABLE. Tenemos, felizmente, un canal abierto para hablar con él en el cielo, usando la clave exclusiva: www. Manuelito. com

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MANUEL, HISTORIADOR* Patricio Quevedo Terán

Seguramente Manuel de Guzmán dedicó más tiempo de la vida a otros aspectos de su amplia labor intelectual, que no a la de historiador. Él fue jurista, diplomático, profesor universitario, político, hombre de Gobierno, pero hay que reconocer cómo los años más recientes los empleó con singular lucimiento, con fervor ejemplar y contagioso, a la dirección de la Academia Nacional de Historia, que fundara hace un siglo el arzobispo González Suárez, “el más grande entre todos los ecuatorianos”. Perteneció al grupo más íntimo y doctrinario de los fundadores del socialcristianismo, junto con Camilo Ponce Enríquez, y por eso no es de extrañar que Guzmán Polanco fuera a su momento el verdadero creador del Seguro Social Campesino, sin alharacas ni estridencias propagandísticas, sino como un deber de justicia hacia los más pobres, puesto que el socialcristianismo, movimiento primero y partido después, intentó sintetizar el fondo de religiosidad común con la doctrina social de los papas más modernos. Como historiador, le correspondió el delicado encargo del Bicentenario del Primer Grito de la Independencia política. Entonces publicó un libro de admirable equilibrio y sensatez; lo tituló ‘Quito Luz de América’ y en él, dos capítulos correspondieron al estudio de jorge Núñez Sánchez. Allí se demostró la singularidad del “golpe” del 10 de agosto, entre los pueblos latinoamericanos y por eso mismo, el honrosísimo título de Luz de América, precisamente, que le atribuyera un chileno, el fraile Camilo Henríquez, contemporáneo de aquellos acontecimientos. Y no solo eso. Reunió en Congreso a las Academias de Historia de varios países; logró que culminaran las gestiones para que la Academia de nuestro país dispusiera por fin de ‘casa propia’ en la avenida Seis de Diciembre, del Quito moderno; transmitió vida vibrante a los ‘núcleos’ de Cuenca y Guayaquil, como testimonio irrefutable de la
* Publicado en Diario El Comercio de Quito el 30 de diciembre de 2009

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unidad de la Patria y recibió con extrema justicia, el Premio Eugenio Espejo a las instituciones culturales que hubieran tenido descollantes desempeños. Precisamente a raíz de esta distinción, tuve oportunidad de conversar con Manuel el 20 de agosto, a través del canal 3 de Cable Noticias. Con sabiduría que surge de la experiencia, formuló el balance sobre el camino recorrido desde hace doscientos años. Pero se emocionó con apasionamiento, al explicar el mensaje del Bicentenario hacia el inmediato futuro. Clamó entonces por la solidaridad entre todos los ecuatorianos sin distingos admisibles de índole alguna, geográficos, sociales, doctrinarios, económicos, ni políticos. “Solo entonces –enfatizó con fuerza– será posible alcanzar la independencia no formal sino real, en los términos de la paz y la justicia”, recalcó una vez más.

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DISCURSO DEL DR. JUAN CORDERO ÍñIGUEZ EN EL ACTO CONMEMORATIVO DEL CENTENARIO DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA (1909 - 2009)

En 1908, el presidente Eloy Alfaro decretó la realización de una gran exposición nacional para la conmemoración del Primer Grito de la Independencia. Dispuso que en cada capital de provincia se integre un comité local con el fin de realizar programas para dar más realce a la celebración quiteña y nacional. Se convocó un concurso para que los historiadores presentaran trabajos bajo el título de La América Independiente para la humanidad libre. A estas iniciativas se sumó la del Municipio capitalino que debía embellecer, asear y sanear la ciudad. Había que resaltar la trascendencia de esta magna fecha histórica iniciada el Diez de Agosto de 1809, con el establecimiento de una junta Suprema de Gobierno, integrada por criollos y respaldada por soldados y pueblo quiteño, que inició con real efectividad la liberación política de nuestro país y de América. Varios ciudadanos dirigidos por Federico González Suárez, consideraron que uno de los mejores homenajes a la Patria, en esta celebración, podía ser la organización de un gran centro de investigación de la historia nacional y de América y con estas intenciones nació la Academia Nacional de Historia hace cien años, en un día como hoy, 24 de julio, anualmente recordado por el natalicio de Simón Bolívar. En el Acta de Instalación se establecen sus rasgos y fines, que son: 1°. Organizar una sociedad para el cultivo de los estudios históricos americanos, y en especial de los ecuatorianos; 2°. Designar a la sociedad con la denominación de Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos; 3°. Adoptar los estatutos que fueron discutidos y aprobados en las juntas preparatorias y que se formularon de conformidad con el plan trazado por el Ilmo. y Rvdmo. Sr. Dr. González Suárez; 4°. Confirmar el nombramiento de Director vitalicio de la Sociedad, que la primera junta preparatoria confirió al mismo Ilustre Prelado; y, 5°. Designar para Subdirector al Sr. Dr. Luis F. Borja (hijo); para Secretario al Sr. Carlos Manuel Larrea; para Bibliotecario – archivero al Sr. Cristóbal Gangotena; y, para Tesorero al Sr. J. Gabriel Navarro. Nueve intelectuales firmaron el acta de fundación o se adhirie-

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ron inmediatamente: Federico González Suárez, Luis Felipe Borja, Alfredo Flores Caamaño, Cristóbal Gangotena, jacinto jijón y Caamaño, Carlos Manuel Larrea, Aníbal Viteri Lafronte, juan León Mera Iturralde y josé Gabriel Navarro. Se estructuraron algunas comisiones y se adoptó como sello de identidad el propuesto por juan León Mera. El 29 de agosto del mismo año fueron nombrados algunos miembros honorarios y correspondientes. Pocos años después se integraron como cofundadores y miembros numerarios Isaac j. Barrera, Celiano Monge, julio Tobar Donoso y Homero Viteri Lafronte, hermano de Aníbal. Federico González Suárez. (1844-1917) Ejerció la dirección de la Sociedad desde su fundación hasta el año de su muerte. Es ya una tradición que anualmente, en esta fecha, se lo recuerde y hoy, esta grata tarea se ha comisionado a nuestro compañero fray Agustín Moreno, quien está vinculado con el personaje por lo que los antiguos juristas llamaban jus soli y jus sanguine. Jacinto Jijón y Caamaño. (1890-1950) Fue nuestro segundo director. La crítica le coloca entre los más ilustres ecuatorianos, versado en política, actividad en la que intervino activamente, unas veces con fortuna y otras sin éxito; en arqueología y en historia. Su amor a los valores del pasado le llevó a investigar y a fomentar las investigaciones, a coleccionar y a estudiar documentos, libros y piezas arqueológicas, con los que formó la mejor biblioteca especializada en historia, antropología y arqueología, un gran archivo documental y un formidable museo, que hoy están en el Banco Central y en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Entre sus numerosas obras destacamos El Ecuador interandino y occidental antes de la conquista española, Antropología prehistórica del Ecuador, Sebastián de Benalcázar y Política conservadora. Dentro de la Academia, financió por varios años la publicación del Boletín, propició la llegada de Max Uhle y sus investigaciones en Pumapungo, que rescató para la historia la importancia de la ciudad de Tomebamba, entre muchas acciones más. Celiano Monge Navarrete. (1857-1940) Tercer director de la Academia. Este notable ambateño buscó los caminos de la sencillez y de la humildad, pero la vida le llevó a desempeñar relevantes responsabilidades, desde las secretarías de juan Montalvo y Eloy Alfaro hasta las de Cronista vitalicio de Ambato, consejero de Estado, profesor y rector de instituciones educativas de prestigio, miembro de la Real Academia de la Lengua de España y de la Academia de Historia de Madrid.

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En 1915 encontró documentos muy importantes sobre la independencia, incluyendo la llamada Constitución de la República de Cuenca y de manera solemne entregó a la Municipalidad, institución que le agradeció a través del historiador Octavio Cordero Palacios, quien la presidía. Nuestro gran académico y Subdirector Roberto Páez exaltó sus muchos méritos y dijo, entre otras frases: “este preclaro académico, pasó por la vida sin hacer mal a nadie, celebrando con fervor las glorias de la Patria, con pasión encendida y con la pureza del que no busca para sí otra satisfacción que la que produce la de difundir desinteresadamente la verdad.” Luis Felipe Borja Pérez. (1878-1950) Este jurisconsulto de fama nacional e internacional fue el cuarto director de la Academia y su amplia obra ha sido recogida en Recuerdos de Chile, Impresiones de Viaje, Cuestiones internacionales, Cuestiones jurídicas y Trabajos Históricos. Desempeñó altos cargos públicos, la representación del Ecuador en foros internacionales y la presidencia o la membresía de honor de numerosas instituciones culturales. Alfredo Flores Caamaño. (1870-1970) Este guayaquileño, de ancestros quiteños fue un historiador completo que investigó en archivos documentales del Ecuador y de Europa. Sobresalieron sus libros sobre la Marquesa de Solanda, sus estudios genealógicos y una serie de folletos dedicados a un tema concreto. Cristóbal Gangotena y Jijón. (1884-1954) Ejerció la secretaría de la Academia, organizó archivos, fue muy acucioso en reunir y valorar antigüedades, escribió sobre varios temas, siendo una de sus principales obras la titulada Al margen de la historia. Leyendas de pícaros, frailes y caballeros. Fernando jurado, nuestro Académico de Número, escribió sobre él la obra Cristóbal de Gangotena y Jijón. Estudio biocrítico. Carlos Manuel Larrea. (1887-1983). Primero fue secretario y después ejerció la Dirección de la Academia por dos ocasiones, entre 1937 y 1939 y entre 1970 y 1978. Sus obras, trabajadas con cuidado y constancia, son testimonios de la seriedad de un gran investigador. Citamos algunas: La Real Audiencia de Quito y su territorio, Bibliografía científica del Ecuador, Quito y la prehistoria ecuatoriana, Prehistoria de la región andina del Ecuador, El archipiélago de Colón. Son varios los estudios biográficos entre los que están los de Manuel Villavicencio, Dionisio de Alsedo y Herrera, Juan de Velasco y monseñor José Ignacio Checa. Como su amigo jijón y Caamaño, también coleccionó libros, documentos, piezas arqueológicas, antigüedades y, sobre todo, formó una de las mejores mapotecas

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del Ecuador. Buena parte de estos bienes culturales están hoy en poder del Banco Central del Ecuador. Sirvió al Ecuador en representaciones internacionales, en cargos diplomáticos, en secretarías de Estado y quizá su mayor aporte fue su participación en el mejoramiento de las relaciones de la Iglesia con el Estado hasta la suscripción del Modus Vivendi, en 1937. jorge Salvador Lara afirmó, con justeza, que Carlos Manuel Larrea ocupa uno de los lugares cimeros de la cultura ecuatoriana. Aníbal Viteri Lafronte. Su participación en la vida de la Sociedad fue fugaz, pues le llegó tempranamente la muerte, años antes de que nuestra Institución se transformara en Academia. Se le valora, no solo por su producción histórica, sino también por sus artículos periodísticos y por su obra literaria. Juan León Mera Iturralde. (1874-1955) Hombre múltiple, que cultivó la poesía, la historia y, sobre todo, la pintura, siendo más conocido en la cultura ecuatoriana por esta actividad. En nuestro campo sobresalen las Conversaciones con el Ilustrísimo Señor González Suárez. Además, hay varios artículos suyos en el Boletín de la Academia. José Gabriel Navarro Enríquez. (1883-1965) Diplomático, pintor, investigador. Sobresalió por la profundización en la historia del arte ecuatoriano, llegando a ser el mayor especialista en este campo, junto con el padre josé María Vargas, Subdirector de la Academia por varios años, con quien mantuvo alguna vez una polémica en torno al artista Sánchez Gallque. Son numerosas sus obras, tanto de historia general del arte como de estudios singulares de pintores coloniales y del siglo XIX. En total se han registrado 380 títulos entre libros, artículos y folletos. Isaac J. Barrera. (1884-1970) Este gran intelectual imbabureño es, tal vez, el mimbro que más ha servido a la Academia, pues fue fundador y ejerció la dirección por veintiséis años, desde 1943 hasta el de su muerte, ocurrida en 1970. Muy conocido por su Diccionario de la literatura ecuatoriana, lo es también por sus numerosas obras de historia, como Rocafuerte; Homenaje a los próceres de la independencia de Guayaquil; Quito colonial; Simón Bolívar, libertador y creador de pueblos; El obispo Cuero y Caicedo; Historiografía del Ecuador… Cuando cumplió sesenta años de periodismo se le hizo un gran homenaje nacional y en el año de su muerte fueron brillantes las palabras pronunciadas por nuestro Académico y Presidente Honorario vitalicio jorge Salvador Lara, quien recordó que durante 114 semestres, es

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decir, 57 años – “casi desde que ingresó a la Academia de Historia, en vida aún del Ilustrísimo González Suárez, su fundador – don Isaac dirigió el Boletín de la entidad, la revista más antigua y seria del Ecuador. El mismo recopilaba los artículos pidiéndoselos a los historiadores nacionales y extranjeros, los llevaba a la imprenta, corregía las pruebas, y hacía distribuir los ejemplares en el Ecuador y el exterior…” Julio Tobar Donoso. (1894-1981) Abogado, diplomático, pero ante todo un gran historiador, cuyas obras siguen siendo de consulta. Basta recordar algunas: García Moreno y la instrucción pública, Desarrollo constitucional del Ecuador, La Iglesia ecuatoriana en el siglo XIX, Monografías históricas, La invasión peruana y el protocolo de Río, La Iglesia, modeladora de la nacionalidad ecuatoriana. Fue un asiduo colaborador del Boletín de la Academia, siempre con artículos bien elaborados después de una seria investigación. Dirigió la Academia entre 1940 y 1942, año terrible este último, porque a él le tocó la responsabilidad de firmar por el Ecuador el protocolo de Río de janeiro, mientras el país estaba invadido por tropas peruanas y había la presión internacional para suscribirlo con el sacrificio del más débil, en plena guerra mundial. Ventajosamente, la crítica razonada y justiciera le ha salvado, después de una inicial incomprensión. Homero Viteri Lafronte. (1892-1976) Hermano de Aníbal. Este ambateño formado en Quito optó por los estudios de jurisprudencia, habiendo sobresalido en este campo y en la vida política ecuatoriana, llegando a ejercer varias secretarías de Estado. Fue Subdirector de la Academia Nacional de Historia. Sus aportaciones en nuestra especialización están relacionadas con estudios sobre juan de Velasco, Eugenio Espejo, la Amazonía y el primer centenario del Ecuador republicano. La sesión de hoy está concebida para recordar con afecto y gratitud a quienes pensaron y ejecutaron este gran proyecto, que devino años más tarde en la Academia Nacional de Historia, así como para hacer memoria de los grandes hitos en su trayectoria ya centenaria. Sus micro semblanzas expuestas en esta intervención son solo un acicate para que los conozcamos y valoremos más, acercándonos a sus biografías y, sobre todo, a sus obras. Dentro de estos primeros años de vida institucional, ocurrió el fallecimiento de nuestro fundador, en 1917. Los homenajes nacionales e internacionales fueron múltiples y la Sociedad decidió que no se llene la vacante de la dirección por un año, en señal de duelo y de dolor por

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la pérdida de uno de los más altos valores ecuatorianos de todos los tiempos. El Subdirector, don jacinto jijón y Caamaño, quedó al frente de la Institución, siendo una de sus primeras ejecutorias la publicación del Boletín de la Sociedad. Han sido directores de la Academia, después de varios de los fundadores de la misma, citados ya, los doctores jorge Salvador Lara, Plutarco Naranjo Vargas y en estos ocho últimos años Manuel de Guzmán Polanco. En total, diez hasta la fecha. Los dos primeros están designados como directores honorarios vitalicios y pronto se hará lo mismo con Manuelito, gran impulsor de la Academia en este nuevo siglo. Volvamos a la revisión de algunos hitos de la Academia. Desde el segundo semestre de 1918 se comienza a publicar el Boletín de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos. Su gran impulsor y uno de los principales escritores fue jacinto jijón y Caamaño. Adquirió la revista los rasgos que se mantendrán incluso cuando cambió de nombre: con una sección de artículos largos de autores nacionales o extranjeros, otra de variedades, una tercera con notas bibliográficas y una final con documentos y comunicaciones. El abanico de los temas va desde los vocabularios indígenas, las notas arqueológicas, la crítica de historias e historiadores, hasta los estudios de temas relacionados con la independencia, la vida republicana y la transcripción y comentarios de documentos inéditos. Los primeros colaboradores fueron josé Gabriel Navarro, Celiano Monge, Otto von Buchwald, Luis Felipe Borja, julio Tobar Donoso e Isaac j. Barrera. La aprobación con el nuevo y definitivo nombre de Academia Nacional de Historia ocurrió mediante una ley promulgada en el Registro Oficial Nº 23 del 28 de septiembre de 1920. Se había tramitado en el pleno del Congreso, cuando había una Cámara del Senado y otra de Diputados y recibió el ejecútese del presidente de la República josé Luis Tamayo. Desde entonces el gobierno nacional o diversas instituciones públicas y privadas han solicitado servicios en áreas relacionadas con la historia, ya sea para que los realice la misma Academia, o para que los impulse por medio de sus mejores miembros. Constan en nuestros anales peticiones sobre muy variados temas, desde la formación de un museo arqueológico hasta la organización de los documentos dispersos en diversas dependencias.

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Max Uhle comenzó a colaborar con el Boletín y por iniciativa de su Director, jacinto jijón se le invitó para que realice importantes estudios arqueológicos en Loja y, sobre todo, en Pumapungo, donde descubrió el barrio administrativo de la ciudad de Tomebamba, dando a conocer los resultados en una publicación financiada por el mismo Director de la Academia y con un excelente estudio introductorio de Remigio Crespo Toral, en 1923. Desde sus primeros años de vida la Academia nombró miembros honorarios, escogiéndolos entre los mejores arqueólogos, antropólogos e historiadores del mundo. Los primeros nombrados son grandes figuras de la investigación como Ramón Menéndez Pidal, Héctor Marshall Saville, josé de la Riva Agüero, josé Toribio Medina, josé Ladislao Andara, Antonio Gómez Restrepo, Franz Boas, Rafael Altamira, Teodoro Wolf… La conmemoración, correspondiente al cuarto centenario de la fundación de Quito, en 1934 tuvo mucha relevancia y la Academia participó en varios de sus actos más sobresalientes. Habiéndose suspendido por unos años, se reinició la publicación del Boletín, con las mismas características establecidas inicialmente. El Boletín, que ya ha llegado a sus 180 números, tiene como complementos las publicaciones de sus Índices, en dos ocasiones; sin embargo, aprovechamos de esta oportunidad para destacar el papel que está cumpliendo el académico Irving Iván Zapater, quien a través de FON CULTURA, es el impulsor de un fichaje analítico de todos los artículos para una publicación que se hará pronto, y que prestará un enorme servicio a los investigadores. La responsabilidad técnica está a cargo de la especialista Lcda. Ana de Vela, que con su equipo de ayudantes está cumpliendo con un excelente trabajo. Debemos agradecer a Ecuavisa por su colaboración económica para la edición de la obra. En 1936 se recordó el bicentenario de la llegada de la primera Misión Geodésica francesa, responsable de que nuestro país lleve el nombre de Ecuador. En 1942 se participó en la celebración del cuarto centenario del descubrimiento del Río Amazonas, conocido por mucho tiempo como Río de Quito. La Academia actuó como árbitro, por petición del Concejo Municipal de Ibarra, en la identificación de su auténtico escudo y de su bandera. En 1947 designó a Ángel Isaac Chiriboga para que asista, como delegado de la Academia a la Primera reunión Pa namericana de Consulta sobre la Historia, convocada por el Instituto Panamericano de Geografía e Historia.

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En defensa del patrimonio arquitectónico, documental, arqueológico y bibliográfico ha participado activamente la Academia, siendo una de sus más importantes intervenciones lograr que el Municipio capitalino restaure el edificio donde fueron sacrificados el 2 de agosto de 1810 nuestros primeros héroes. En 1950 hubo un acontecimiento de gran trascendencia para nuestra patria: la exaltación de Mariana de jesús Paredes y Flores, la primera santa quiteña. En ese mismo año ocurrió la muerte de dos de sus fundadores jacinto jijón y Luis Felipe Borja Pérez. En estos casos la Academia hizo oír su oportuna voz. Al llegar 1959, el presidente Camilo Ponce Enríquez declaró como año de recordación nacional el lapso del 10 de agosto de 1959 al 10 de agosto de 1960 y, con otras instituciones, entre ellas la Academia, se elaboró un gran programa a cumplirse en ese período. Todas las publicaciones llevaría el lema: Sesquicentenario del Primer Grito de Independencia en Hispanoamérica. 10 de Agosto. Quito. 1809-1959. En este año entró en circulación la obra Quito, Luz de América, de Manuel María Borrero. Su enfoque se basó en el proceso penal que las autoridades españolas siguieron a los responsables del movimiento del Diez de Agosto. El objetivo de la obra estuvo dirigido a resaltar la participación del pueblo quiteño en el proceso iniciado en la fecha señalada, y, en contraposición, a demostrar la debilidad y hasta la traición de los condes, marqueses y otros cabecillas en esas horas críticas de nuestra historia. En ese entonces el joven jorge Salvador Lara, en sendas cartas dirigidas al autor aplaudió algunos de sus asertos, como el hacer hincapié en la participación popular, pero también le hizo reparos, sobre todo en torno a su apoyo en una fuente débil y circunstancial, como es un proceso penal, sin que hubiese el debido análisis crítico del mismo. Hubo una polémica que trascendió a las esferas públicas y la Academia fue requerida para que emitiera una opinión autorizada, con la que se aclararon algunos puntos, pues se concluía que tanto la élite como el pueblo fueron copartícipes de un proyecto que conducía claramente a la búsqueda de un autogobierno y como consecuencia del mismo hacia una liberación política. jorge Salvador Lara, desde entonces no ha dejado de investigar hasta convertirse en la actualidad en la figura más representativa del quehacer histórico ecuatoriano. El Trigésimo Tercer Congreso de Americanistas pidió a la Academia una lista de los más destacados historiadores, arqueólogos, etnó-

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logos, antropólogos, folkloristas, bibliógrafos y sociólogos de nuestro país. Se cumplió oportunamente con lo solicitado. La Academia fue requerida para que precise algunos datos sobre el lugar donde fue asesinado Gabriel García Moreno el 5 de agosto de 1875. Con la participación del Director Isaac j. Barrera y del académico Carlos Manuel Larrea se cumplió eficientemente con el cometido. En 1966 Argentina propuso la creación de la Unión de Academias Latinoamericanas de la Historia, dándonos a conocer el anteproyecto, con los objetivos de dicha institución. La idea se concretó y surgió esta Unión, a la que fueron invitados los países latinoamericanos, España y Portugal. Hasta la fecha se han realizado diez congresos ordinarios y uno extraordinario, por la petición de nuestro Director, Manuel de Guzmán Polanco en la novena reunión realizada en Lisboa. El objetivo fue rendir homenaje a Quito en el año del bicentenario de la integración de un primer gobierno autónomo, que encendió la luz de la libertad en nuestra América. Sobre su realización entre el 16 y 19 de junio de este año, no hacen falta comentarios, pues todos fuimos partícipes de su éxito. Al cumplir la Academia sus setenta y cinco años, en 1984, contaba con los siguientes miembros numerarios: jorge Salvador Lara, josé María Vargas, Luis Alfonso Ortiz Bilbao, josé y Alfonso Rumazo González, Carlos de la Torre Reyes, Pedro Porras Garcés, Luis Bossano Paredes, Agustín Moreno, Francisco Terán Nicolalde, Aquiles Pérez Tamayo, Abel Romeo Castillo, jorge Villalba Freire, Emilio Uzcátegui García, Gabriel Cevallos García, Ángel Bedoya Maruri, Rafael Euclides Silva, jorge Pérez Concha, Miguel Díaz Cueva, Pedro Robles Chambers, Alfredo Pareja Diezcanseco, julio Estrada Icaza, Fernando jurado Noboa y Eduardo Muñoz Borrero. En este mismo año se resolvió conceder una medalla de oro a los académicos numerarios y una de plata a los correspondientes, mediante la entrega en una ceremonia pública, después de pronunciados los discursos de rigor en la incorporación de un nuevo miembro. Papel trascendente de la Academia ha sido la protección del patrimonio cultural, dando criterios para evitar la salida de piezas por contrabando, o en defensa de la riqueza arqueológica de la isla La Tolita, y de otros sitios distribuidos en todo el Ecuador. Siempre ha habido preocupación por la protección del patrimonio material e inmaterial de nuestro país, desde lo arquitectónico hasta la tradición oral. Hoy, más que antes, con una mayor conciencia de sus valores, la Academia debe

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seguir opinando sobre la trascendencia de estos elementos que están dentro de nuestra más profunda historia. Con la participación directa de la Academia o por medio de varios de sus ilustres miembros se ha impulsado la organización y la tecnificación de varios archivos documentales en diversas ciudades del Ecuador. Cabe destacar lo logrado en el Archivo Nacional, particularizando la labor de los dos últimos directores, los académicos juan Freire Granizo y Grecia Vasco de Escudero, quienes han logrado constituirlo, a la fecha, en el más importante del país. También ha sido importante la motivación para hacer investigaciones científicas, cuyo impulso en el futuro debe ser mayor, siempre con la participación de nuestros académicos, cuyos nombres figuran entre los más notables historiadores ecuatorianos. La Academia, siempre ha estado presente en las grandes conmemoraciones y en los eventos culturales de interés histórico, tanto dentro como fuera del país. Ha organizado programas o ha enviado delegados oficiales a lo largo de estos últimos años, a pesar de que su situación económica ha sido muy estrecha y, en varias ocasiones ha tenido que pedir posada en las oficinas de nuestros directores. Aquí cabe resaltar la actitud de nuestro académico, el gran estratega y notable político Paco Moncayo Gallegos, quien cuando estuvo al frente de la alcaldía del Distrito Metropolitano de Quito, nos entregó en comodato, en el 2007, el edificio llamado La Alhambra, recuperado con dificultades por ocupaciones ilegales y debidamente restaurado por el Fondo de Salvamento de Quito (FONSAL), dirigido brillantemente por Carlos Pallares Sevilla. Valga esta oportunidad para rendirles nuestro profundo agradecimiento por habernos dado una morada digna y confortable, recientemente elogiada por los académicos de los diecisiete países que participaron en el mencionado Congreso Extraordinario de Academias de Historia. La Academia ha resuelto entregarles un Botón de Oro, con el respectivo diploma que expresa nuestra gratitud. En este nuevo local, con la recuperación de libros y documentos largamente embodegados, se reinauguró la Biblioteca de la Academia, con el ilustre nombre de jacinto jijón y Caamaño. Más que una biblioteca, aspiramos a que se convierta en un gran centro de documentación, con información digital y medios para acceder a ella. Con los aportes de personal técnico y bajo la responsabilidad del Académico de Número Enrique Muñoz Larrea, pronto se enriquecerán sus fondos, gracias a la

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donación del reino de España de algo más de 100.000 euros, para que sean empleados en la terminación del procesamiento técnico y en la adquisición de libros de nuestra especialización. Es necesario recordar que una colección de libros, publicados por Aymesa, fue impulsada por Patricio Acosta y su gran colaborador, el excelente periodista doctor Marco Lara. La Academia ha considerado que es de justicia entregarles sendos diplomas de agradecimiento. Se ha impulsado la organización de dos núcleos, uno en Guayaquil y otro en el Austro, con sede en Cuenca, para dar a la Academia un mayor alcance nacional. Se ha procedido a incorporar en cada uno de ellos a nuevos miembros correspondientes y se prevé su robustecimiento en un futuro inmediato. En nuestro puerto principal ya se ha avanzado con una organización interna muy bien dirigida por Benjamín Rosales Valenzuela. Aunque se ha realizado una reforma estatutaria, creemos que hay que actualizar algunos preceptos jurídicos, legislar sobre nuevos temas y cubrir algunos vacíos, para entrar de lleno a los próximos cien años de vida. Para ello contaremos con las mejores opiniones de quienes siendo académicos de la Historia, son también notables juristas. La situación financiera ha mejorado, gracias al apoyo de académicos que han cumplido papeles relevantes en los últimos gobiernos constitucionales. Es de justicia destacar las labores cumplidas por dos de nuestros más brillantes compañeros, Enrique Ayala Mora, impulsor del convenio que hoy suscribimos con el Ministerio de Educación, entre otras acciones notables; y, por nuestro tesorero jorge Núñez Sánchez, acucioso y diligente administrador de los limitados fondos. Un rasgo de gratitud de la Academia se exterioriza con la entrega de un botón de oro y un diploma a nuestro gran amigo el Doctor Raúl Vallejo Corral, Ministro de Educación. Debemos destacar la recordación del prócer chileno Camilo Henríquez, quien llamó a Quito Luz de América e hizo poner un gran letrero con este reconocimiento en el faro de Valparaíso. Con la participación de Manuel de Guzmán Polanco y de jorge Núñez Sánchez, en el año 2008, se revalidó ese reconocimiento al pie del monumento dedicado al mencionado héroe, en una de las plazas de esa ciudad. En los próximos meses se dará cumplimiento al concurso internacional convocado por el gobierno ecuatoriano y la Academia Nacional de Historia, con el tema: Trascendencia internacional del gobierno quiteño autónomo del Diez de Agosto de 1809.

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La Academia, fuera del mencionado Congreso Extraordinario, se ha hecho presente en las celebraciones del Bicentenario del Diez de Agosto de 1809. Un académico numerario, juan Paz y Miño, preside el Comité estructurado por disposición del Presidente Constitucional del Ecuador, el economista Rafael Correa Delgado; con la participación de la Universidad Alfredo Pérez Guerrero, se han editado tres importantes obras sobre la iniciación de nuestro proceso independentista: Quito, Luz de América, de Manuel de Guzmán Polanco; La Patria Heroica, de jorge Salvador Lara; y, Cuenca y el Diez de Agosto, del autor de estas líneas. Otros libros sobre el mismo tema han circulado en estos días. Vale recordar que el Académico guayaquileño Melvin Hoyos reeditó, en edición facsimilar, el excelente trabajo del gran historiador guayaquileño Camilo Destruge, titulado Controversia Histórica sobre la iniciativa de la Independencia Americana. Por otra parte jorge Núñez ha difundido la obra de Camilo Henríquez; nuestro Director del Boletín, Hernán Rodríguez Castelo, ha publicado ya importante información en el Nº 180 y está recopilando otra, para el número especial dedicado a esta celebración. Por último, hay que aplaudir nuevamente el aporte de nuestro Académico Franklin Barriga López, quien diligentemente cumplió el encargo de escribir la Historia de la Academia, con el auspicio de Patricio Tinajero, director editorial de Multimedios 106. Su obra ha sido la base de esta síntesis y por ello le agradecemos particularmente. Para Patricio, que nos ha apoyado no solo con esta importante publicación, sino con una permanente difusión, en programas de alta sintonía, de las actividades de la Academia, le entregamos con gratitud un Diploma. Como culminación de este centenario el Gobierno Nacional ha resuelto honrarnos con el Premio Eugenio Espejo, lo que nos enorgullece, nos estimula y nos lleva a renovar los esfuerzos por impulsar nuevas investigaciones y enfoques sobre la historia del Ecuador, dentro de la tradicional línea de respeto a la libertad que tiene cada historiador para hacer sus propias y documentadas hipótesis. A nombre de la Academia agradecemos muy de veras al economista Rafael Correa Delgado, Presidente Constitucional del Ecuador, por tan generosa deferencia. En estos cien años de vida, muchos Académicos, después de dejar su profunda huella, sirviendo a Dios y a la Patria, con los mismos ideales de nuestro fundador, han pasado ya a la esfera de la eternidad. Fuera de los fundadores, ya nombrados en esta síntesis de nuestra trayectoria, cabe recordarles con una oración y con un profundo reconoci-

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miento de su valía a jaime Aguilar Paredes, Víctor Manuel Albornoz, Luciano Andrade Marín, Luis Andrade Reimers, Augusto Arias, Celín Astudillo, Ángel Bedoya Maruri, Luis Bossano Paredes, Abel Romeo Castillo, Pedro Fermín Cevallos, Gabriel Cevallos García, Héctor Coral, Octavio Cordero Palacios, Hernán Crespo Toral, Remigio Crespo Toral, Ángel Isaac Chiriboga, Ricardo Descalzi, josé joaquín Flor Vásconez, julio Estupiñán Tello, julio Estrada Icaza, jorge Garcés, Antonio González Zumárraga, josé Humberto González, Darío Guevara, Silvio Luis Haro, Olaf Holm, Pío jaramillo Alvarado, Carlos de La Torre Reyes, julio H. de La Torre, Darío Lara, josé María Le Gouhir, Roberto Leví, jorge Luna Yépez, Alfredo Luna Tobar, Ricardo Márquez Tapia, Ezequiel Márquez, Alberto Muñoz Vernaza, Elías Muñoz Vicuña, Luis Alfonso Ortiz Bilbao, j. Roberto Páez, Alfredo Pareja Diezcanseco, Aquiles Pérez Tamayo, jorge Pérez Concha, Marcel Pérez, Pedro Porras Garcés, Luis Telmo Paz y Miño, Luis Octavio Proaño, Luis Robalino Dávila, Pedro Robles Chambers, Remigio Romero León, Gonzalo Rubio Orbe, josé y Alfonso Rumazo González, Fausto Silva, Francisco Terán Nicolalde, Rafael Euclides Silva, Emilio Uzcátegui García, josé María Vargas Arévalo, josé María Velasco Ibarra, Enrique Villasís Terán, Otto von Buchwald, Neptalí Zúñiga…Y pedimos perdón a quienes hemos olvidado involuntariamente. En este sagrado recinto y en esta fecha especialísima de la historia de la Academia –nada menos que cien años– , anhelemos que todos los que amamos la verdad, sigamos trabajando en la profundización del conocimiento de las raíces y en la búsqueda de la unidad cívica del Ecuador, basada en una dilatada y fecunda historia y en la diversidad de pueblos y regiones, siempre con el anhelo de robustecer la identidad de este gran país, al que todos debemos servirle, con total entrega, en cada uno de nuestros cotidianos quehaceres. Para finalizar, pidamos a Dios, desde el hondón de nuestros corazones, que siga bendiciendo a la Academia Nacional de Historia. Muchas gracias.

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Acto conmemorativo de los cien años de la ANH. Hno. Eduardo Muñoz Borrero, Paco Mocayo Gallegos, Manuel de Guzmán Polanco, Monseñor Raúl Vela Chiriboga, Juan Cordero Íñiguez y Jorge Salvador Lara

Manuel de Guzmán Polanco, Monseñor Raúl Vela Chiriboga y Juan Cordero Íñiguez

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Intervención del Director de la Academia, Dr. Juan Cordero Íñiguez

Asistentes a la celebración eucarística por los 100 años de vida de la Academia. Entre otros: Carlos Freire, Jorge Moreno Egas, Joaquín Gómez de la Torre, Rodrigo Páez, Eduardo Muñoz, Octavio La Torre, Manuel de Guzmán Polanco, Juan Cordero Íñiguez, Enrique Muñoz Larrea y Fausto Palacios Gavilanes

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DISCURSO DEL DR. JUAN CORDERO ÍñIGUEZ EN SU POSESIÓN COMO DIRECTOR DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA

Señoras y señores: Un honor imprevisto, pero altamente grato, es el haber sido elegido por mis colegas numerarios como Director de la Academia Nacional de Historia. Del hondón de mi corazón dedico estas primeras palabras de agradecimiento, a todos y cada uno de mis colegas. La responsabilidad que me han dado es enorme, si consideramos solo la excelsa nómina de quienes me han precedido: Federico González Suárez, jacinto jijón y Caamaño, Celiano Monge Navarrete, Luis Felipe Borja, Isaac j. Barrera, Carlos Manuel Larrea, julio Tobar Donoso, jorge Salvador Lara, Plutarco Naranjo Vargas y Manuel de Guzmán Polanco. Solo con el apoyo de todos los académicos y en particular de los que integran el Directorio, que hoy ha tomado posesión de sus cargos, podré–podremos, es mejor usar el plural- acercarnos a las realizaciones de cada uno de ellos. Más aún, después de cerrar brillantemente el primer centenario de nuestra Academia, con notables eventos y publicaciones, bajo la dirección de nuestro querido Manuelito, nos toca abrir un nuevo centenario, en un siglo y en un milenio que se presenta muy conflictivo e impredecible. Y este es un reto, que debemos compartirlo todos. Si planteamos una teoría de la Academia en estos cien años, lo que más sobresale es la contribución institucional y de sus miembros, para la consolidación de una imagen patria con valores y contravalores. Robustecer su identidad, con énfasis en nuestra historia republicana, ha sido una tarea muy difícil, pero con éxitos y hoy podemos ufanarnos de las obras globales que se han escrito, desde la Historia General de la República del Ecuador, trabajo primordial de Federico González Suárez, nuestro fundador, pasando por la Historia del Ecuador de Pedro Fermín Cevallos, Los Orígenes del Ecuador de Hoy de Luis Robalino Dávila y las fundamentales obras de Alfredo Pareja Diezcanseco, Gabriel Cevallos García, jorge Salvador Lara, entre otras, hasta llegar a la contribución más importante de fines del siglo XX llamada Nueva Historia del Ecuador, dirigida por nuestro amigo y compañero Enrique Ayala Mora.

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Y esta gratísima tarea, que en síntesis es hacer patria, no termina ni terminará. Hoy, más que nunca, cuando todas las regiones, subregiones, nacionalidades étnicas, ciudades, cantones y otros grupos sociales, están expresándose de diversa manera, es correcto plantear la posibilidad de preparar una Magna Historia General del Ecuador, con total amplitud temporal, geográfica y temática, con perspectivas actuales y con enfoques incluyentes de todas las aportaciones materiales y espirituales en lo político, económico, social, ideológico y cultural, y en este campo, no sólo lo considerado tradicionalmente como intelectual, sino lo popular en las artesanías, las letras y las artes, sin descuidar la cultura oral y la cotidianidad en cada época o período, región o ciudad. Esta idea, surgida de una conversación con nuestro querido Subdirector, el padre Agustín Moreno, ya ha recibido el apoyo de otros académicos, entre los que está el erudito paleógrafo e historiador, el cuencano juan Chacón. Hay que partir de los avances logrados hasta la fecha en el conocimiento de nuestro más antiguo pasado, es decir, desde el poblamiento paleoindio, pasando por las culturas arcaicas, hasta llegar a las formativas, de desarrollos regionales y de integración, con una visión histórica más que meramente arqueológica, donde el documento a estudiarse es el objeto, del que hay que extraer información copiosa, como se hace cuando nos enfrentamos a un papel antiguo. Esa historia –no prehistoria, pues este término está ya superado– es la que cimenta al Ecuador de hoy. Su importancia debe ser resaltada con insistencia, porque las respuestas de tantos pueblos que cubrieron nuestra variada geografía, fueron los primeros esfuerzos que generaron cultura y que en el contexto de nuestro pasado, resultan ser los más originales y los que nos han dado los primeros elementos de singularidad. Las aportaciones de arqueólogos nacionales y extranjeros fueron fundamentales. Hay que volver a recordar a nuestros primeros Directores: a González Suárez y sus numerosos trabajos así como a jacinto jijón, tanto por su dedicación como por el financiamiento de investigadores extranjeros. Hay que comentar aquí el gran impulso que dio el Banco Central del Ecuador, con dos de sus mejores dirigentes y miembros de nuestra Academia: Hernán Crespo Toral y Olaf Holm Holm, en la segunda mitad del siglo XX, tarea que hoy está en una angustiosa decaída por la vigencia de enfoques economicistas que han marginado al capital cultural. El acopio de un inmenso patrimonio, que hoy quiere el Ministerio de Cultura darlo a conocer con una mayor difusión, debe re-

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cibir de nuestra parte un total apoyo, así como cualesquiera otras tareas que conduzcan a la investigación, al mejor conocimiento y a la difusión de tan fecundo pasado. La historia del Incario la compartimos con varios pueblos andinos. Y en cada espacio nacional, aún más, en las variadas latitudes del Ecuador, hay diversas huellas. Ya desde entonces, lamentablemente, se generaron los enfrentamientos regionales. Solo citemos un ejemplo: la diversa valoración que se hace de los dos últimos emperadores, ambos nacidos en nuestro territorio: Huayna Cápac y Atahualpa. Esforzarnos todos para mirar la cultura incaica, invasora y conquistadora, pero con una enorme trascendencia en nuestra historia, en un contexto nacional único, es tarea de superación de posturas localistas y de generosas actitudes con miras a construir esa gran historia nacional, que nos hemos propuesto. El período hispánico, convertido en colonial en el siglo XVIII, es común para una dilatada geografía de nuestra América. Las valoraciones de este lapso de trescientos años se han mantenido polarizadas entre la leyenda negra y la leyenda áurea. Se ha acopiado una gran riqueza documental y bibliográfica, en gran parte con esfuerzos de nuestros académicos; sin embargo, queda mucho por leer, transcribir, interpretar y, sobre todo, integrar dentro de una visión que supere posiciones ideológicas personales. Estamos ya a doscientos años de distancia temporal de una historia que ha matizado nuestras raíces aborígenes e incaicas y que ha consagrado la imagen mestiza de la que hoy nos sentimos partícipes la mayoría de los ecuatorianos. Ni indigenismo ni hispanismo a ultranza, sí un ecuatorianismo que sume y ofrezca una enriquecida historia nacional. Fueron complejos esos trescientos años y en lo territorial nos dejo una herencia indefinida, con cambios jurisdiccionales totales o parciales que han sido interpretados por los países vecinos, según su poder político, militar y económico, por lo cual nuestros territorios han disminuido en extensión, lo que aún es motivo de dolor y de amargura. Más allá de ello, también las segregaciones político administrativas, militares o religiosas de ciudades o provincias motivaron a que algunas personas en las primeras décadas del siglo XIX no pensaran en la integración tradicional de la Audiencia, como unidad territorial a convertirse en un país independiente y haya existido criterios válidos para mantenerse por separado, sumarse al Perú o a Colombia. Sin embargo, a nuestro jui-

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cio, pesó la historia tradicional reconocida en 1563 por España en la creación de la Real Audiencia de Quito, siendo este el mayor acicate para impulsar la unidad de un Estado que devino en República del Ecuador, desde 1830. Con motivo de la celebración del bicentenario del establecimiento de una primera junta Suprema de Gobierno, integrada por criollos y punto de partida cierto y claro, de nuestra independencia política, se han mantenido posiciones controvertidas en extremo. Anhelo nuestro será el impulsar nuevas investigaciones sobre el papel cumplido por cada una de las jurisdicciones, abriendo una década de trabajos serios hasta llegar a las conmemoraciones de 1820 a 1822, tomando como eje substancial lo realizado por Guayaquil el 9 de octubre. A los académicos guayaquileños, que serán los principales impulsores de esta década de trabajos, con hincapié en documentos de archivos, les invitamos a sumar sus esfuerzos a los de otras regiones, particularmente de Cuenca, que consiguió su libertad 25 días después, el 3 de noviembre de 1820; a los de otras ciudades de la Sierra, de la Costa y de la Amazonía, para llegar con un nuevo acerbo de conocimientos a la tercera década del siglo XIX, con la independencia definitiva, lograda en las faldas del Pichincha el 24 de mayo de 1822, con la participación de tropas de todo el país e incluso de otros. Los dos siglos de historia republicana, quizá los más complejos por su infinidad temática y sus encuentros y desencuentros ideológicos, deben ser vistos, igualmente, con ojos globalizadores en torno a lo nacional, pero también con inclusión de las particularidades de cada región. La cantada unidad en la diversidad debe ser bien analizada y expuesta, fundamentalmente por los historiadores, integrantes de esta Academia, que siempre ha sido pluralista y respetuosa del pensamiento de cada uno de sus miembros. Mantener esa tradición, y de ser posible acrecentarla, será una preocupación permanente del nuevo Directorio. Es pertinente destacar aquí el papel que debe cumplir en todo este gran proyecto, que partirá de un renovado impulso de la investigación y la sistematización, nuestro compañero, Enrique Ayala Mora, líder en los campos mencionados y en grandes tareas editoriales. El será el coordinador de todas estas actividades difíciles, pero siempre gratas. De tejas adentro, como diría Alfonso Andrade Chiriboga, anhelamos para la Academia la incorporación de nueva savia por ingresos, asociaciones o participación de jóvenes historiadores, en calidad de

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miembros correspondientes, colaboradores o ayudantes, con énfasis en el nombramiento de académicas mujeres, como un reconocimiento de su valor y de los principios de igualdad de género. Revisar el Estatuto, proponer reformas, redactar un reglamento interno con el objeto de involucrar a más académicos en el cumplimiento de los objetivos institucionales son tareas que pronto las pondremos a consideración de la Asamblea. Entre los aspectos a reformarse creemos que están los relacionados con el ascenso a miembros numerarios, pues la opinión generaliza es la de que no se debe exigir la presentación de una solicitud. También hay que abrir la posibilidad de tramitar peticiones de desvinculación que alguno de los Académicos quiera presentar, así como precisar aspectos relacionados con procesos parlamentarios y de elecciones. Serán bienvenidas las sugestiones que se hagan sobre estos temas particulares, así como sobre cualesquiera otros relacionados con la mejor marcha de la Academia. Anhelamos, con el gran equipo encabezado por el diligente Académico Enrique Muñoz Larrea y por la Directora de la Biblioteca doña Ana de Vela, que en dos años esté íntegramente procesada y especializada en Historia del Ecuador, con fondos bibliográficos que dupliquen los actuales. Haremos esfuerzos, con la colaboración de todos los Académicos, para que dentro de nuestro fondo bibliográfico estén las obras de quienes han sido miembros de la Institución desde hace cien años. Un sueño más distante, pero factible, es la construcción de espacios más amplios y confortables, tanto para los repositorios como para los lectores e investigadores. El apoyo del reino de España, a través de su Embajada en el Ecuador y de su Agencia de Cooperación Internacional para el Desarrollo, es fundamental, no solo para el presente sino para el futuro. Quiero que quede constancia de nuestro especial agradecimiento para con sus directivos. Extender nuestros servicios no solo a investigadores consagrados, sino también a estudiantes, gremios, asociaciones y más entes públicos y privados, será un objetivo más de nuestra gestión. En próximos días firmaremos un convenio con el Colegio de Periodistas de Pichincha, para dictar seminarios sobre Historia del Ecuador, con la participación de nuestros mejores especialistas. Este es un ejemplo de cómo nos abriremos más a la colectividad.

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Conocemos el proyecto de Ley de Cultura, impulsado por el Ministerio del Ramo y coincidimos en sus grandes lineamientos, pues hay un afán de extender hasta los rincones más apartados de la Patria los beneficios de la cultura, vista ya con un criterio antropológico. En tal proyecto que crea un Sistema Nacional, está incorporada nuestra Academia. Compartimos sus aspiraciones y estaremos prestos para mantener diálogos y trabajar en programaciones conjuntas. Son ciento noventa y tres los Boletines que se han publicado hasta la fecha: los doce primeros dentro de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos y los demás con el nombre actual de Boletín de la Academia Nacional de Historia. Robustecer su contenido con la participación de los académicos de todo el país, a los que invitamos desde ahora a enviarnos sus artículos, mantener su periodicidad y dar mejores características editoriales, incluyendo el uso de medios electrónicos, es una aspiración de nuestro excelente jefe de Publicaciones, Hernán Rodríguez Castelo, a quien apoyaremos incondicionalmente. A esta obligación institucional añadiremos un programa de publicaciones de obras históricas, en asociación con otras instituciones o por cuenta propia. Bajo la dirección del más joven Académico numerario juan josé Paz y Miño, esperamos que se incrementen nuestras relaciones institucionales con otras similares del mundo iberoamericano, con instituciones de carácter cultural, nacionales e internacionales, con legaciones diplomáticas y con medios de comunicación. Por supuesto, internamente habrá más acercamiento con los Académicos del país. Para comunicarnos mejor y dar a conocer nuestras acciones, usaremos ante todo los medios electrónicos y una página web, constantemente actualizada. Habrá más comunicación con los Centros Correspondientes del Guayas y del Austro, en vista de que están al frente de ellos dos dilectos amigos y compañeros, Benjamín Rosales Valenzuela y Ana Luz Borrero Vega. Estamos, además, programando sesiones y visitas a diversos lugares históricos y arqueológicos, con los objetivos de rendir homenajes a ciudades y pueblos del Ecuador, así como dar a conocer mejor los objetivos de nuestra Academia. Nuestra mayor preocupación está en el financiamiento de la Academia. Al frente de su gestión, siempre invaluable, está el acucioso, diligente y pulcro tesorero, jorge Núñez Sánchez, en quien confiamos plenamente. Haremos un equipo, con varios de los compañeros para apoyarle y lograr las transferencias que deben hacernos los órganos de Gobierno Nacional.

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Mantener el edificio, en las excelentes condiciones que lo recibimos en comodato por parte del Municipio de Quito, cumpliendo dinámicamente con los fines para los que se nos entregó, será nuestra preocupación permanente. Y para terminar, invito a todos los colegas quiteños, guayaquileños, cuencanos y de otras ciudades del nuestro querido Ecuador, a seguir trabajando con rigurosidad científica, con pasión por tan noble tarea, siempre con la sagrada intención de robustecer una sola y grande nacionalidad cívica, que nos cobije a todos. Con visión de país, dejaremos fácilmente posiciones localistas, fundamentalistas o polarizadas, que siempre hacen daño. La mayor grandeza del Ecuador está en su capital humano. Desde la Academia, esforcémonos en dar ejemplo de tolerancia, de armonía y de coparticipación en esta gran tarea de construir una Patria cada vez más grande, justa y equitativa, basada en los valores heredados en quince mil años de historia. Muchas gracias, señoras y Señores. Quito, 22 de octubre de 2009

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Sesión Solemne de Cambio de Directiva de la Academia Nacional de Historia Develación del retrato del Dr. Manuel de Guzmán Polanco

Mesa directiva: Jorge Salvador Lara, Manuel de Guzmán Polanco, Juan Cordero Íñiguez y Hno. Eduardo Muñoz B.

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Intervención del Director entrante de la Academia, Dr. Juan Cordero Íñiguez

Asistentes al acto. Entre otros, Jorge Núñez Sánchez, Hernán Rodríguez Castelo, Juan José Paz y Miño, Leonardo Moncayo Jalil y Enrique Ayala Mora.

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LA PERDURABLE LECCIÓN DEL DR. JORGE LUNA yEPES EN EL CENTENARIO DE SU NATALICIO Jorge Salvador Lara

Este acto rinde homenaje a la memoria del Dr. jorge Luna Yepes, con motivo del centenario de su natalicio. Mucho se podría escribir sobre su polifacética personalidad y sería largo analizar sus muchos escritos: libros y folletos, discursos parlamentarios, editoriales y ensayos periodísticos. Bien valdría sobre ello una investigación minuciosa y exhaustiva por haber sido maestro y dirigente de juventudes, con amplia influencia en la formación de muchas de las personalidades que en los últimos treinta años han ejercido funciones publicas de relieve (magistrados, ministros de Estados, legisladores, profesores universitarios, periodistas, dirigentes laborales, sacerdotes inclusive) y por haber participado activamente en la política nacional. Como historiador, su obra capital fue Síntesis histórica y geográfica del Ecuador publicada en Quito (1944) y reeditada en Madrid (1951). Los hechos principales están allí agrupados en resúmenes e interpretaciones, con frecuencia polémicas, mitos y clisés con los que ha solido tergiversarse nuestra historia al vaivén intereses de diversa índole, nacionales e internacionales. El pensamiento del Dr. Luna se caracterizó por la universalidad de conocimientos, lógica acerada, poderoso don de síntesis y análisis a la vez, y deliberada prescindencia de adornos retóricos. Entre los lineamientos básicos permanentes de sus concepciones doctrinarias podríamos señalar, ante todo, el personismo cristiano; una religiosidad acendrada, preocupada de ilustar su fe, con adhesión firme a la cátedra pontificia, admiración cordial y agradecida a la Compañía de jesús (en cuyo homenaje editó valioso libro) y valiente confesión pública de sus ideas cuando ello fue necesario. Patriotismo ardiente, el de Luna Yepes, dolorosamente afectado por la tragedia nacional de 1941 y 1942. El nacionalismo del Dr. Luna es razonable, sin exacerbaciones ni presiones: proclamó que “existe la nación ecuatoriana y tiene un destino histórico que cumplir”. Realista, se basó en la observación, el análisis y la meditación profunda de diver-

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sos factores, sin caer en simple eclecticismo. Al propio tiempo, postuló un hispanismo razonado, firmemente convencido de la trascendencia de la contribución española en nuestra historia, pero sin desdeñar los aportes de la raíz aborigen. Por ello propugnó la toma de conciencia y proclamación de los valores positivos del mestizaje y no cejó en sus prédicas para superar tensiones, traumas, complejos y aspectos negativos producidos por la fusión de elementos distintos. A esas concepciones añadió el Dr. Luna el ideal de comunitarismo iberoamericanista, con particular énfasis en la reinvidicación de los territorios hispánicos usurpados por otras potencias, en especial por Inglaterra (Gibraltar, Malvinas, Belice) y por Estados Unidos (Puerto Rico). El día viernes 8 de diciembre de 1989 se incorporó a la Academia Nacional de Historia el Dr. jorge Luna Yepes, como miembro correspondiente. Acto largamente esperado, porque la designación de tan querido amigo para esa dignidad debía haber ocurrido hace ya tiempo, sin que sus compromisos de variada índole le hubiera permitido cumplir el requisito reglamentario de leer en sesión pública solemne el discurso de rigor. Encontrarse reunidos para oírle fue motivo de júbilo para todos sus colegas; pues desde hace varios años le consideraban ya como miembro activo por su asidua concurrencia a las reuniones académicas, convencidos todos que, si sus deberes cívicos le hubieran dejado tiempo para los menesteres de investigación e interpretación del pasado, jorge Luna habría podido ocupar con derecho y honor, sin lugar a duda, una de las curules como Individuo de Número de la corporación que fundara, hace 100 años, el Ilustrísimo González Suárez, y habría llegado a ser uno de nuestros grandes historiadores. Bien valdría la pena un análisis sobre la recia y fecunda personalidad de Luna Yepes, pero su polifacética actividad desde la juventud, en posiciones directivas múltiples, vuelven complejo y difícil tal empeño. Me limitaré, por tanto, a trazar a grandes rasgos su trayectoria, comenzando por recordar su nacimiento, el 21 de diciembre de 1909, como primogénito de Dr. Alejandro Luna Andrade y doña María Esther Yepes Enríquez, familia con hondas reíces en Imbabura y Pichincha, que había dado valiosos servidores a la Patria en diversos campos. En ese noble hogar bebió catolicismo ortodoxo y practicante, austeridad de vida, tradicionalismo y, al propio tiempo, sentido de innovación, pues su padre, ilustre y destacado médico ocupó lugar señero en el progreso de la medicina en Quito, pionero en la producción científica de la vacuna

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antivariólica a comienzos del siglo XX. Había sido también caracterizada la orientación conservadora de sus familiares con frecuencia hostilizados, perseguidos por sus ideas y aun desterrados del país, tal caso de su tío el Dr. Moisés Luna, uno de los jefes del Partido Conservador Ecuatoriano (PCE). Sus estudios sistemáticos comenzaron, antes de los siete años de edad, en el “Pensionado Elemental”, la afamada escuela del presbítero Dr. Pedro Pablo Borja Yerovi, símbolo de la resistencia combativa al laicismo clerófobo implantado por la revolución radical. Peculiaridades que dieron alto prestigio a esa escuela, eran: honda noción de la historia, patriotismo firmemente sentido y practicado, férrea disciplina –la más estricta entre todos los establecimientos quiteños– y profunda religiosidad. Cursó la secundaria de 1921 a 1927 en el “San Gabriel” de los PP. jesuitas, colegio subyugado desde comienzos de siglo al instituto oficial, en época de torpe sectarismo antirreligioso, cuando los profesores laicos hostilizaban, vejaban y procuraban hacer fracasar a los estudiantes católicos, a tal extremo que muchos preferían salir de Quito para graduarse de bachilleres en otras ciudades del país, o en Pasto; pero estaban animados todos los gabrielinos –profesores y estudiantes– por la presencia y protección de la Virgen Dolorosa del Colegio, a la que rendían fervoroso culto desde que se manifestó a un grupo de alumnos en 1906. En el San Gabriel llegó Luna Yepes a ser Presidente de la Academia de Ciencias y se graduó, afrontando el reto, en el Colegio Mejía, con la nota máxima, ante tribunal presidido por el eminente Dr. Manuel María Sánchez. Ya desde aquellos años comenzó a participar en actos cívicopolíticos, en defensa de la libertad de enseñanza y otros principios básicos atacados por el dominante monopolio unipartidista. Fue alumno de la Universidad Central del Ecuador, de 1927 a 1933, época de dura lucha ideológica contra el radicalismo todavía imperante, pese a la Revolución juliana que abrió las puertas de la participación cívica a la ciudadanía libre. Por aquel entonces la dictadura del Dr. Ayora persiguió a los líderes conservadores e inclusive les desterró, como al Dr. Moisés Luna . Al propio tiempo, se produjo la irrupción de nuevos grupos juveniles de inspiración marxista: el primitivo Partido Socialista Ecuatoriano se fundó en 1926, pero al afiliarse a la III Internacional Socialista se dividió y una de sus alas adoptó el nombre de Partido Comunista. El joven Luna Yepes, con un grupo de amigos, comenzó

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a editar en esos años la revista “Orto”, propugnadora de valores cívicos, y organizó el grupo, “Renovación Universitaria”, con éxitos rotundos en la defensa de los Drs. Pablo Arturo Suárez, Rector, y josé María Pérez Echenique, Profesor de Derecho Civil, atacados por el naciente extremismo no obstante su alto valer. En esos empeños acompañaron a Luna distinguidos universitarios, Camilo Ponce Enríquez entre ellos. Elegido delegado estudiantil ante el Consejo del la Facultad de jurisprudencia, alternaba sus estudios con altruista magisterio en diversas organizaciones obreras. Como líder juvenil del Partido Conservador Ecuatoriano desplegó temprana e intensa actividad política. Su Partido quería lanzar candidato presidencial propio. Luna pidió y obtuvo que se abstuviera de hacerlo y apoyara al Dr. josé María Velasco Ibarra, como única manera posible de cambiar la sectaria orientación radical jacobina dominante en el país durante décadas. Candidatizado a la diputación por Pichincha, junto con Luis Alfonso Ortiz Bilbao, mayor a él con pocos años, realizaron la primera campaña electoral moderna recorriendo de pueblo en pueblo la provincia, adoctrinado a la gente y dialogando con ella, al mismo tiempo que despertaban el entusiasmo en los comités barriales de Quito. Hasta antes de aquellas elecciones había regido el sistemático fraude electoral, con candidatos oficiales, voto múltiple de soldados vestidos de civiles y turbas de garroteros para impedir el sufragio contrario al régimen. Sin embargo llegó al Congreso Nacional en 1934-1935, apenas cumplidos los 24 años, uno de los más jóvenes legisladores en la historia parlamentaria de la República, en el primero de los seis períodos de su concurrencia, en diversas épocas al Congreso nacional, gracias al apoyo popular. Sea ésta la oportunidad de decir que todas la ocasiones de su intervención parlamentaria procedió con caballerosidad e hidalguía frente a sus adversarios, a los que, inclusive, más de una vez, tuvo que proteger aun con riesgo de su vida para evitar fuesen agredidos por turbas exaltadas. Triunfante el Dr. Velasco para la primera de sus presidencias, le defendió con vigor en el Congreso frente a la dura embestida del jacobinismo radical y el extremiso izquierdista, no sin ofrecerle en privado franca y leal crítica a varias de sus actuaciones como Mandatario. Estas sin embargo, al cabo de un año, condujeron al Presidente a “precipitarse sobre las bayonetas”. Inició también Luna Yepes, por ese tiempo, su labor de perio-

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dista doctrinario en “El Debate” de Quito, que duraría una década, de 1933 a 1934, salvo los períodos en los que el diario conservador quedaba clausurado. No solamente escribía editoriales sino también sugerentes y vigorosos artículos sobre historia, interpretación de la realidad nacional, y teoría política, con diversos seudónimos tales como “Quito Hispánico”, “Bayardo”, “Maeztu” “Chesterton” y “Claudel”, urgido del criterio de disimular así la escasez de redactores. Se opuso activamente a la dictadura de Páez, que persiguió a dirigentes políticos tanto conservadores como de izquierda y desterró a algunos, por ejemplo sus colegas Dr. Mariano Suárez Veintimilla y Lic. Luis Alfonso Ortiz Bilbao, a Chile. Luna Yepes, vigilado constantemente por la pesquisa, fue arrestado en aquella época más de una vez. Ya lo había sido antes cuando en 1932 defendió a los vencidos en la dramática “guerra de los cuatro días”. Vigilante en el seguimiento de los hechos mundiales, se solidarizó con la causa nacional durante la Guerra Civil Española (1936-1939), repudió siempre el estalinismo y denuncio los sanguinarios excesos de aquel dictador y sus seguidores en la URSS y el mundo. Datan de entonces su vinculación y amistad con los miembros de la Misión Pedagógica Española llegada a Quito, su participación activa en la juventud de Acción Católica, que le designó presidente de la delegación ecuatoriana al Congreso Mundial de “Pax Romana” celebrado en Washington y Nueva York, y la fundación del Ateneo Ecuatoriano, con otros intelectuales, como centro de estudios sobre la realidad nacional al margen de extremismos. Antes de su primer viaje a Estados Unidos había obtenido su licenciatura en ciencias Sociales y al retornar se graduó con la máxima calificación como abogado de los Tribunales de justicia y Doctor en Derecho, el 31 de julio de 1940, a los siete años de haber egresado de la Universidad, pues su participación en la actividad, política le había obligado a retardar ese paso. Su tesis doctoral versó sobre un tema entonces novedoso, “Observaciones al Código del Trabajo”, que le permitiría más tarde, venciendo el tabú de la izquierda sobre la intangibilidad de aquella básica ley laboral, proponer importantes reformas y alcanzar nuevas conquistas de justicia social. Se inició en su profesión como Abogado Defensor de Pobres por designación de la Corte Superior de justicia. Luego desempeñó otras funciones judiciales, como vocal del Tribunal del Crimen. En 1940 contrajo matrimonio con doña Victoria Maldonado Co-

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rrea, hogar alegrado con el nacimiento de seis hijos, aunque entristecido por la muerte, en temprana edad, de dos de ellos, el primogénito y el tercero. Reiterados empeños por renovar y modernizar el PCE resultaron frustrados, por lo cual se vió obligado a desafiliarse. En 1940 y 1941 se enroló fervorosamente en las Guardias Nacionales, aspirando a marchar con ellas a la frontera para la defensa nacional, y sufrió como todos los ecuatorianos la desilusión generacional frente a la tragedia de 1941 y el Protocolo de Río de 1942. Profundas meditaciones cívicas le llevaron al convencimiento de que, a más del país y los héroes militares caídos, hubo otra grande y heroica victima civil de aquellos acontecimientos, el Dr. julio Tobar Donoso, al que defendió permanentemente. Esas tragedias, la convicción de que se debía tomar medidas nuevas, a veces radicales, para detener la destrucción del país, le llevaron a tomar contacto con otros jóvenes movidos por el mismo afán. Data de entonces la fundación de ARNE. Poco antes había llegado por segunda vez al Congreso como diputado por Pichincha y participado en la oposición al gobierno del Dr. Arroyo del Río. La persecución gubernamental a varios de sus camaradas universitarios le llevó a defenderles vigorosamente, en celebre juicio público que le consagró como ardoroso luchador político, orador elocuente, abogado de altos valores éticos y profundos conocimientos jurídicos. Al tomar parte en la elaboración del ideario de ARNE (que alcanzó múltiples ediciones, con millares de ejemplares distribuidos en todo el país), contribuyó a infundir en aquel documento una honda pero sensata inspiración nacionalista. En diversos puntos de adoctrinamiento, ese folleto fue pionero de muchas concepciones para el progreso ecuatoriano, y no pocas de sus propuestas, combatidas al ser enunciadas, han pasado a integrar los programas de casi todos los partidos políticos actuales: algunas fueron adoptadas por diversos gobiernos e inclusive llevadas parcialmente a la práctica. Particular interés tiene, para los investigadores de la realidad nacional y el pasado, la dinámica interpretación historicista de la vida nacional expuesta en aquel instrumento, siempre puesta la mira en la edificación de un futuro más promisorio y justo. Luna Yepes fue de aquellos que consideran la historia como proceso vital y permanente, que trae consigo la búsqueda y determinación de las constantes que señalan la vocación nacional y el des-

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tino del Ecuador, como una concepción espiritualista militante, permanente y básica de las vidas frente a los ídolos transitorios del materialismo, el utilitarismo y lo coyuntural elevado a principio definitorio. Proponía también la reestructuración del Estado, fundamentado en conceptos tales como personismo, doctrina organicista e integralismo metodológico. Alternó el Dr. Luna sus tareas de estructuración de esa nueva fuerza política juvenil con su magisterio por algunos años en el Liceo “Fernández Madrid” y los Colegios “Sagrados Corazones” y “San Gabriel” de Quito, que culminó con la elaboración de su Síntesis Histórica y Geográfica del Ecuador, aparecida en 1944 como resultado de sus clases en 5º y 6º cursos. Firme opositor al régimen arroyista participó en la Revolución del 28 de Mayo de 1944. Orador principal en las celebraciones del Centenario de la Revolución del 6 de Marzo, ante todos los colegios de Quito reunidos en la Plaza Grande, su discurso fue valiente y visionaria interpretación de nuestra historia. Los todavía reducidos núcleos arnistas libraban dura y desigual lucha con los partidos marxistas que les habían declarado enconada enemistad, deseosos entre 1944 y 1946 de convertir la Revolución de Mayo en un triunfo definitivo de la extrema izquierda en el Ecuador, bajo la inspiración de la URSS triunfante con Stalin en la II Guerra Mundial. Luna Yepes y sus seguidores, que lograron cerrarles el paso, fueron acusados por los partidos y organizaciones de izquierda como “nazistas”, “fascistas” y “falangistas”, terminología que aún ahora mantienen, no obstante ser ya anacrónica, para quienes no están de acuerdo con ellos. En 1947 inicia su magisterio universitario en la recién fundada Universidad Católica del Ecuador, donde dicta Historia del Derecho, Historia de la Cultura e Historia de las Doctrinas Políticas. De 1946 a 1949 se expanden a toda la República los núcleos juveniles de ARNE, se elabora la doctrina básica y las estructuras del Movimiento, y se pone en marcha la acción directa en las calles para combatir y neutralizar la avanzada marxista que parecía incontenible. La actividad es intensa y múltiple con frecuentes manifiestos públicos, numerosos mensajes y discursos, marchas urbanas, recorridos por todo el país, ascensión a las montañas, actos de servicio, práctica de las artes marciales e inclusive preparación paramilitar. El Dr. Luna propicia la formación de aguerridos núcleos minoritarios, pero suficientemente doctrinarios y combativos, que lograran conquistar el Estado, si fuese

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necesario por medio de la fuerza, contando con adecuada infiltración en los institutos armados, para llevar adelante, desde el Gobierno, una revolución que organizara y disciplinara el país, ampliando simultáneamente desde el poder las bases de sustentación con masas debidamente estructuradas. Ese cambio llevaba el Movimiento cuando tuvo lugar en 1949 el viaje de Luna yepes a España, invitado por el Instituto de Cultura Hispánica. Desenvolvió allá intensa actividad intelectual y cultural de divulgación de los valores del Ecuador en diversos foros. Logró publicar varios de sus ensayos histórico–críticos y, debidamente ampliada, su “Síntesis histórica y geográfica…”, segunda edición aparecida en Madrid en 1951. El franco nacionalismo de aquel libro, reivindicatorio de los derechos amazónicos del Ecuador, originó frontal intervención diplomática peruana para impedir que Cultura Hispánica publicase el II tomo, que no llegó a salir. Durante la ausencia de Luna un visible fenómeno de inmediatismo político en algunos dirigentes juveniles de ARNE, llevó al Movimiento a cometer un grave error y desviarse de los planes primigenios: participar en elecciones seccionales apoyando ingenuamente a candidatos no solo ajenos sino también inadecuados desde el punto de vista de la línea doctrinaria fundamental. A su retorno al Ecuador, impedido por las circunstancias de recobrar la orientación del plan original de conquistar el Estado, apoyó al III Velasquismo, violentamente combatido por los sectores marxistas, uno de cuyos partidos colaboraba con el gobierno de don Galo Plaza. Hubo entonces un anunciado y violento intento de disolver a balazos y con bombas “molotov” la pacífica manifestación velasquista del 22 de marzo de 1952, capitaneada intrépida y gallardamente por el Dr. Luna Yepes. En esas jornadas las filas de ARNE sufrieron un muerto y varios heridos. El triunfo del III Velasquismo dio lugar a la participación arnista en aquel gobierno, la publicación del diario “Combate” y una nueva etapa del periodismo doctrinario y lucha por parte del Dr. Luna Yepes en el Congreso Nacional, donde volvió a defender públicamente al Dr. Velasco mientras, en privado, procuraba ofrecerle sincera y patriótica crítica sobre lo que consideraba acción gubernamental inconveniente o errónea. Esa colaboración trajo, sin embargo, como suele acontecer con toda mezcla de elementos doctrinarios heterogéneos transitoriamente

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aliados, una grave pugna interna en el Movimiento entre sectores elitistas y populistas. ARNE, por entonces, había llegado a ser una fuerza con innegables perspectivas de futuro y cuadros bien preparados que, al sobrevenir la ruptura entre los dos grupos de su enfrentamiento interno, permitió que otras organizaciones políticas se beneficiaran de la capacidad, sentido de organización y patriotismo de muchos de los jóvenes dirigentes arnistas que, quizás, si hubiesen seguido unidos, habrían logrado captar el poder como bloque unitario y definitorio del porvenir nacional. Como quiera que sea, se debe reconocer que ARNE aglutinó élites juveniles de excepción, a las que procuró inculcar, ante todo, el concepto del valor de la persona humana y sus derechos inalienables, sentido espiritualista y combativo de la vida, apasionado amor a la verdad católica y la Patria ecuatoriana, búsqueda apasionada de la justicia social e internacional, rechazo a las discriminaciones, antiimperialismo, alto sentido del deber, responsabilidad, puntualidad, constancia y solidaridad. ¿Qué habría ocurrido –me he preguntado a veces– si ARNE, combatido a sangre y fuego por izquierdas y derechas, hubiera alcanzado el poder?. No es posible juzgar sobre imponderables de futuro: no hay respuesta posible. ¿Triunfo o fracaso?, ¿victoria o muerte?. ¡Tal vez varios nombres en el santoral laico de la celebridad y el heroísmo, o en el martirologio de los caídos y asesinados por anticiparse a tiempos e ideas! En todo caso, en aquellos jóvenes idealistas, junto a méritos, virtudes, aciertos y logros, hubo también, y no podía ser de otro modo, fallas, fracasos, defectos y aún pecados. Quizás había la ilusión colectiva de que ARNE fuera una especie de orden caballeresca, donde todos hubieran debido ser mitad monjes y mitad guerreros, idealistas y románticos, valientes e impertérritos en la lucha, especie de Caballeros de la Mesa Redonda, puritanos y hasta deshumanizados ángeles quizás: pero todos sus componentes no fuimos –y así seremos siempre– sino seres humanos, limitados y falibles, jóvenes entonces e inexperimentados. Los hechos sobrevinieron atropelladamente antes de que esa valiosa generación alcanzara la plenitud que da la madurez. Uno de los sectores en pugna permaneció vinculado al populismo velasquista que dos veces más triunfó y en ambas ocasiones, al poco tiempo, fue derrocado. El otro apoyó la candidatura del Dr. Camilo Ponce y triunfó en “Alianza Popular” pero no llegó a ser gobierno: su participación, aunque leal, fue restringida. Por esos años tuvo lugar una

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nueva etapa de Luna Yepes en la Legislatura, donde se convirtió en el eje de hidalga y valiente defensa del gobierno de Alianza Popular y propugnador de avances sociales y legislativos de importancia: obtuvo la garantía de un año de estabilidad mínima en el contrato de todo trabajador que no incurriese en faltas, y propuso el sobresueldo familiar para todos los hogares, comenzando por maestros, militares y policías en proceso escalonado de 15 años, extensible a los demás grupos sociales, proyecto aprobado en Diputados pero torpedeado en el Senado. Fue fecunda su labor en la Comisión Legislativa Permanente, que llegó a presidir dos ocasiones. A él se debe la primera gran recopilación de leyes básicas de la República, finamente editada en papel biblia en el propio Ecuador, mientras la tendencia predominante había sido imprimir este tipo de obras en el exterior. En las décadas posteriores ARNE dio paso a nuevas posiciones o alianzas de coyuntura que encaminaron de diverso modo el rumbo del aguerrido órgano del nacionalismo ecuatoriano. Su constante actuación política, con variados resultados, escapa a nuestro análisis. Solo añadiré que se produjo la inscripción de ARNE como partido, en época de atomización política, no obstante el antipartidarismo doctrinario del Movimiento, con episodios circunstanciales y resultados variables, hasta que sobrevino la cancelación final de su cédula partidista, resultado de las concepciones políticas actualmente vigentes bajo la deficiente Constitución y la discutible Ley de Partidos que nos rigen. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que en toda esta larga actuación jorge Luna Yépez demostró, a más de una ejemplar y firme voluntad, una tenacidad a toda prueba y una integérrima posición doctrinaria que le valieron el respeto generalizado, inclusive de sus propios y más enconados adversarios políticos. Hay que destacar que supo conciliar su posición razonablemente nacionalista con un continuado análisis de los acontecimientos mundiales, sobre los que se mantenía vigilante, inclusive con no pocos viajes al Exterior: tres ocasiones a los Estados Unidos, otras tantas a España, dos a Italia una de ellas integrando la delegación ecuatoriana para la canonización de Santa Mariana de Quito, y en diversas ocasiones a Italia, Suiza, Puerto Rico (donde defendió la causa de la independencia de la isla borinqueña y visitó al heroico y martirizado prócer Pedro Albizu Campos, condenado a cárcel pero trasladado por la enfermedad de que luego murió al Hospital Presbiteriano de San juan), Argentina, Bolivia, Perú, Colombia e inclusive Cuba, a tiempo para observar los comienzos de la revolución castrista.

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El pensamiento del Dr. Luna se caracterizó, según hemos indicado, por la gama universalista de sus conocimientos, lógica acerada, poderoso don de análisis y síntesis a la vez, y deliberado antiretoricismo. Si quisiéramos resumir sus concepciones tendríamos que señalar ciertos lineamientos, producto en parte de su educación, en parte de sus lecturas y sus meditaciones: * personismo cristiano, la política, la economía, la cultura y todas las actividades, deben tener como fin el respeto a la dignidad de la persona humana hijos de un mismo Dios, causa primera y final del universo como único Ser Absoluto y Necesario; * tolerancia a las concepciones religiosas ajenas y anticipación a los postulado del Vaticano II sobre libertad de conciencia y expresión, inclusive en materia religiosa (lo que le trajo graves problemas en torno al ideario de ARNE con el Cardenal Carlos María de la Torre, inflexible en sus posiciones doctrinarias preconciliares); * patriotismo ardiente, dolorosamente afectado por la tragedia nacional, frente a la cual reaccionó con optimismo predicando organización, disciplina y constancia para mantener la conciencia de los derechos territoriales del Ecuador y fortalecerlo como país. Su indeclinable posición al respecto contribuyó a devolver al Ecuador su orgullo nacional, abatido tras la catástrofe internacional, e influyò poderosamente en el pensamiento del presidente Velasco Ibarra para la proclamación, en su hora, de la nulidad del Protocolo de Río de janeiro; * nacionalismo razonable, sin exacerbaciones ni depresiones: la Nación ecuatoriana existe y tiene un destino histórico que cumplir; * realismo basado en la observación, el análisis y la meditación profunda de diversos factores, sin caer en simple eclecticismo; * hispanismo razonado que no desdeña reconocer los aportes de la raíz aborigen y firmemente convencido de la trascendencia de la contribución española en nuestra Historia. El Dr. jorge Luna fue uno de los fundadores y luego Presidente del Instituto Ecuatoriano de Cultura Hispánica; * conciencia y proclamación de los valores positivos del mestizaje y sus raíces, y prédicas para superar las tensiones, los traumas, complejos y aspectos negativos producidos por la fusión de elementos distintos; * comunitarismo iberoamericanista, que pone particular énfasis en la reivindicación de los territorios hispánicos usurpados por otras potencias, en especial por Inglaterra (Gibraltar, Malvinas, Belice)y por Estados Unidos (Puerto Rico);

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* anticapitalismo y antimarxismo: ponderado juicio crítico de los valores y antivalores de cada una de las dos concepciones materialistas en pugna, para buscar la síntesis que, bajo inspiraciones espiritualistas, permita un futuro de paz y progreso para el mundo; * necesidad de la acción directa, cuando fuere imprescindible, y preparación permanente, individual y colectiva, para hacer uso inclusive de la violencia en los casos de defensa propia; * exigente requerimiento de férrea disciplina, mano fuerte y energía en el gobierno del Ecuador y sus instituciones; * búsqueda permanente de la justicia social: cumplimento de las obligaciones para con los que tienen menos; * crítica del partidarismo político, a lo Bolívar y González Suárez; * rechazo de la terminología “derecha” e “izquierda” en política, por equivoca desorientadora, y * solidaridad y unidad de quienes piensan del mismo modo. Se podría añadir otras características a esta lista básica de la ideas de jorge Luna Yepes, tal como las he podido conocer y reconocer, primero como alumno suyo en el San Gabriel y la Universidad Católica, y luego en no pocos años de camaradería y muchos de amistad nunca ensombrecida, que felizmente perduró siempre. Coincidimos por lo general en los modos de pensar, aunque discrepando en unos pocos. No compartí por ejemplo, cierto pesimismo suyo ante el futuro del país (que él señalaba como aquejado de atomización, deseducación de las masas y corrupción del sentido ético de muchos maestros, lo cual era cierto – aún lo es- pero que juzgaba no corregible, insuperable y determinante). Tampoco estuve de acuerdo en una visión hasta cierto punto catastrofista respecto del futuro del mundo, óptica que, según pienso, quedó disipada con los providenciales acontecimientos que presenciamos bajo la admirable acción de dos líderes mundiales, ante todo SS. juan Pablo II y también Gorbachov. Otro punto en el que no participé fue su radicalismo en algunos aspectos, a veces contrapunto de luces y sombras sin matices intermedios, tendencia que sin duda supo mitigar con el transcurso del tiempo. También discrepamos más de una vez sobre la necesidad de ofrecer estímulos a quienes obran bien, y en ocasiones, por motivos superiores, disimular las faltas cometidas: jorge Luna, formado y forjado con rigurosas normas de conducta solía pensar que el cumplimiento del deber no necesita aplauso, pues basta y sobra con la satis-

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facción moral íntima de realizarlo, y que toda falta, a más de observada, debe ser corregida y hasta sancionada al instante. García Moreno ha sido, en ello, un modelo permanente para él. Y viendo los extremos a los que hemos ido llegando en el Ecuador, en los últimos años, confieso que muchas veces he estado tentado de darle definitivamente la razón. Largo sería analizar sus muchos escritos: libros y folletos, discursos parlamentarios, editoriales y ensayos periodísticos. Bien valdría una investigación minuciosa y exhaustiva para completar su bio-bibliografía, por haber sido él maestro y dirigente de juventudes, con amplia influencia en la formación de muchas de las personalidades que en los últimos treinta años han ejercido funciones públicas de relieve (magistrados, ministros de estado, legisladores, profesores universitarios, periodistas, dirigentes laborales, sacerdotes inclusive), y por haber participado tan activamente en la política nacional, en la que más de una vez fue mencionado como merecedor de la primera magistratura, por sus altas capacidades, aunque él jamás busco ni deseó ser candidatizado para la más alta dignidad (por conceptuar –como le oí decir más de una vez- que él “habría sido un buen dictador por poco tiempo, para dejar sólidas estructuras nuevas, pero un mal presidente, porque en países desarticulados todo se disuelve entre leguleyadas, compromisos e intereses creados”). Escuché hace poco a persona de poderosa inteligencia, don de consejo, juicio ortodoxo y castiza pluma, a quien admiro y amo y con quien suelo consultar mis opiniones y escritos, decir refiriéndose a jorge Luna, que él, “más que escribir historia, hizo historia”. Sobre su tarea como historiador me gustaría alargarme, ya que hay materia de sobra para ahondar en el tema. Su obra capital, al respecto, es indudablemente –sin desestimar sus otros escritos- su valiosa “Síntesis histórica y geográfica del Ecuador” ya mencionada, publicada en primera edición completa en Quito, en 258 páginas, y ampliada en Madrid, donde por las causas ya indicadas sólo apareció el primer tomo, en 422 pp, que comprenden la geografía (física, demográfica y económica) y la historia desde los orígenes hasta la independencia inclusive. Los hechos capitales están agrupados en poderosas síntesis, a base de las cuales formuló interpretaciones con frecuencia polémicas respecto de los mitos y clisés con que ha solido tergiversarse nuestra historia al vaivén de intereses políticos de clase, o de grupos nacionales e internacionales. Grandes historiadores ecuatorianos inspiraron en cierto modo, el criterio histórico de jorge Luna: Federico González Suárez, Belisario

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Quevedo, jacinto jijón y Caamaño, Pío jaramillo Alvarado julio Tobar Donoso e Isaac j. Barrera. En sus concepciones americanistas se advierte el influjo de los grandes mexicanos Carlos Pereyra y josé Vaconcelos. Y en sus concepciones universalistas (sociales, filosóficas y estéticas) no disimuló su admiración por Ozanam, Donoso Cortés, Balmes, Maurras, Chesterton, Berdiaeff, Claudel, Maeztu, Gil Robles y Primo de Rivera. En su vida pública conoció y alternó personalmente con grandes personalidades de la acción internacional como Pío XII, Franco, Albizu Campos, Paz Estensoro, los Siles Salinas, Martín Artajo, Ruiz jiménez, Sánchez Bella, etc. Velasco Ibarra y Ponce Enríquez le contaron entre sus amigos y consejeros pero también entre sus francos y leales críticos. Nacido al empezar el siglo XX y fallecido cuando faltaba poco para que comience el XXI, el Dr. jorge Luna Yepes murió al borde de sus 90 años. Ideólogo del nacionalismo ecuatoriano, paladín de la unidad, identidad y supervivencia de la patria, batalló tenazmente contra divisionismos, regionalismos, neocacicazgos y más morbos disolventes que, al compás de mezquinos intereses, caninas hambres crematísticas y recalcitrantes complejos, suelen aquejar a los pueblos signados con vocación espiritualista y destino trascendente. Mucho debe haberle dolido la suerte del Ecuador, por aquella época desquiciado por voracidades logreras; oligarcas desesperados porque veían aminorarse sus pingues ganancias; demagogos acostumbrados a destilar verborrea, ansiosos por volver al usufructo de sus vivezas criollas; indigenistas de angora que azuzan los resentimientos que dejó una explotación de siglos; periodistas venales, cuya conducta real es antípoda de lo que escriben o predican; ideales cívicos que sucumben ante la notoriedad momentánea de claudicaciones antinacionales, solo aplaudidas por agentes del entreguismo o cultores del medio invencible. Luna Yepes, recio como tizona, al luchar contra la disolución o negación de la ecuatorianidad, intentó forjar líderes juveniles que corrigieran errores en nuestra idiosincrasia. Tal vez estos fueron más fuertes que su tenacidad. Por eso debe haber mirado con dolor (aunque nunca con desesperanza, “inasequible al desaliento”) los calamitosos tiempos que por entonces corrían. Sin duda prefirió cerrar para siempre los ojos con el fin de no ver tanto desaguisado. Pionero de la acción católica juvenil, líder universitario, abogado defensor de pobres, diputado al Congreso Nacional, Presidente de la Comisión Legislativa Permanente; Profesor de la Universidad Católica; jorge Luna, en sus mocedades, honró al Partido Conservador Ecua379

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toriano, al que trató de dar nuevos rumbos junto con Eduardo Cabezas, Luis Alfonso Ortiz Bilbao y jorge Ribadeneira Saa, idealistas como él. Ante el descalabro del país en 1941 y 1942 fundó el movimiento ARNE (Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana), lo disciplinó y vigorizó, pero cuando se intentó la línea política electoral y se lo inscribió como partido, no pudo impedir que viejos y nuevos grupos logreros le aplicaran la ley del embudo y cancelaran su inscripción legal. Ateneísta y académico, hondo conocedor del ser nacional, autor de un valioso texto de historia, lloran su muerte y recuerdan su ejemplo varias entidades del Ecuador eterno. Como homenaje a su memoria, parece oportuno rememorar su proclama fundamental: “Existe la nación ecuatoriana, comunidad de misión histórica en el concierto universal. Suyos fueron los precursores del pensamiento y la acción en momentos cruciales de la historia, su voz la que salió por los fueros del ideal cuando otros callaron egoístas y cobardes. Esta vocación se ha forjado por su capacidad singular de guardián de la hidalguía y defensor de la justicia”. Al recordarle ante los amenazantes vientos de fronda, renovemos el ideal de Patria Unitaria y luchemos impertérritos contra los miasmas deletéreos que corroen la osatura nacional!

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UN “OLMEDO” DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA EN HOMENAJE A GUAyAQUIL

justamente cuando cierta involuntaria omision en un libro académico ha resentido a algunos historiadores guayaquileños, la Academia Nacional de Historia publica, como homenaje a Guayaquil en su fecha clásica del 9 de octubre, un libro sobre uno de los mayores proceres guayaquileños, el poeta, prosista, orador y gran político josé joaquín de Olmedo. EI libro es del académico don Hernán Rodríguez Castelo y comprende dos partes, una dedicada al hombre que fue Olmedo y otra al escritor. En la primera Rodríguez Castelo procede con el mayor rigor histórico, apoyando cada una de sus observaciones, algunas muy penetrantes, en documentos del tiempo y escritos del propio biografiado; la segunda pertenece al crítico y brillan en ella las calidades de quien está considerado el mayor historiador de nuestra literatura y uno de los críticos más respetados. El libro Ilega a iluminar asuntos a los que una discusión más apasionada que crítica ha enturbiado, como el de las relaciones de Olmedo con Bolívar, que aquí se sigue en toda la extensión de esa relación. Tambien resultan aportes novedosos e importantes las iluminaciones sobre el papel jugado por el gran guayaquileño en las dos grandes revoluciones de Guayaquil en el XIX, la de octubre y la marcista. Tambien resulta fascinante el estudio que se hace del Canto al General Flores, vencedor en esa batalla que años más tarde Olmedo calificaría de “ominosa”, la de Miñarica. Y, segun estila el crítico en sus estudios de historia literaria, la figura central y la comparsa se situan en un contexto histórico dibujado con rigor y con vida. Apenas hace falta añadir que en esta obra Rodríguez Castelo luce sus finas calidades de prósista. Todo lo cual la convierte en libro de fácil y placentera lectura. Presentó la obra en Guayaquil, el 8 de octubre, el Académico de la Historia y Cronista de la Ciudad, Dr. Rodolfo Pimentel. Reproducimos sus palabras y el discurso pronunciado por el autor del libro.

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DISCURSO DEL ACADÉMICO RODOLFO PÉREZ PIMENTEL EN LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO “OLMEDO, EL HOMBRE Y EL ESCRITOR” Señoras y Señores. Miembros de la mesa directiva, autoridades todas. Unas pocas palabras solamente para expresar mi alegría y emoción por tener nuevamente en Guayaquil a Hernán Rodríguez Castelo, quien nos visita en estas efemérides octubrinas para dictar una de sus magistrales conferencias a nombre de la Academia Nacional de Historia. Los que nos formamos en la década de los años 70 leyendo sus prólogos en los cien volúmenes que componen la Colección de Clásicos Educativos Ariel, no podemos olvidar que antes de Hernán, la crítica literaria se encontraba fragmentada, dividida en estudios individuales, algunos de mucho mérito, pero todos dispersos, y no es que faltaran críticos. En Guayaquil habían espigado Medardo Angel Silva, Manuel j. Calle, Francisco Ferrandis Albors, joaquín Gallegos Lara en quien siempre primó lo politico sobre lo literario, josé de la Cuadra, Leopoldo Benítez con enorme visión sociológica, Adolfo Simmonds solo en teatro, Luis Cornejo Gaete que se perdió en la política, Ezequiel González. Mas que un día nos dejo para dictar catedras en Puerto Rico. Capítulo aparte merece Angel Felicísimo Rojas quien si logró estructurar un opus res petable donde campea el criterio más que la erudición. En Quito Gonzalo Zaldumbide, Raúl Andrade, el padre Gallo Almeida autor de un libro de literatura, más bien un texto, calificado de perdulario por Benjamín Carrión, Isaac Barrera autor de una Historia de la Literatura vasta pero poco profunda, pues de autores respetaoles apenas trae dos o tres líneas; jorge Enrique Adoum, muy superficialmente; los Carrion, Benjamín y Alejandro, tan bien dotados ambos para la crítica aunque nunca se decidieron a dar inicio a la gran obra para la cual estaban llamados; los padres Aurelio Espinosa, Sanchez Astudillo y josé María Vargas tambien habian hecho lo suyo, que no era poco, pero faltaba la obra medular y esta la dio Hernán, que se había preparado con lecturas eruditas y con entrevistas personales. I habiendo llegado el momento, la oportunidad de crear, puso orden en sus estudios aplicando el método generacional expuesto por Ortega y Gasset, formando generaciones, redescubriendo valores olvi-

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dados y otorgando a otros su valía verdadera, y así, como quien espiga sabiamente, nos dio a todos los jóvenes de entonces un amplio espectro, una vitrina gigantesca, que sirvió para motivar voluntades y crear vocaciones. La Patria le premió con la Medalla al Mérito Educacional de Primera Clase, que en su generosidad, compartió con la Editorial Ariel. Hombre múltiple, prosiguió su labor haciendo crítica teatral, cinematográfica, y sobre todo artística y fueron saliendo cientos de artículos periodísticos sobre idioma y estilo en Expreso de Guayaquil, un casi centenar de erudita crítica y biografías de pintores y escultores en la revista Diners de Quito, sin olvidar ese género tan difícil y al que pocos se atreven a penetrar que es la literatura infantil. I todo ello inmerso en una agitada vida intelectual, representando al Ecuador en diversos congresos internacionales, descollando siempre entre todos los ponentes, lanzando el Diccionario crítico de los Artistas Plásticos ecuatorianos y la Historia de la Literatura Ecuatoriana, obras fundamentales para el cabal conocimiento de lo que ha sido y significado las bellas letras y las artes plásticas desde la época colonial. Hoy va a tratar sobre Olmedo, de quien se sabe mucho pero se ignora más. I la fecha escogida no puede ser más oportuna, Olmedo es el símbolo de la revolución de Octubre y sus actuaciones nos recuerdan el esfuerzo sacrificado de los guayaquileños de su tiempo, empeñados en libertar a sus hermanos. De manera que en esta ciudad se le recuerda con toda justicia en tres monumentos. El de la Plaza del Centenario donde aparece de edad provecta aunque su traje corresponde a 1820. El del Club de la Unión, que es hermosísimo pues esta sentado, leyendo el acta de la independencia y con la banda de triunviro de Octubre cruzándole el pecho. A los costados, dos alegorías tomadas del Canto a Bolívar. Un viejo que representa al rio Amazonas rodeado de ninfas, linfas y caracolas. Al otro, la única estatua de Inca que existe en el mundo, Huayna Capac, Inca glorioso mas padre desgraciado, quien sale majestuosamente del mundo de las sombras portando el llauto en la frente y el hacha imperial. Finalmente un último monumento lo representa entrando sigilosamente a esa salita del cañón (la parte de atrás) de la casa de Villamil, donde Antepara había preparado una mesita de bebidas excitantes. Esto constituye una licencia histórica, pues en realidad Olmedo no asistió a dicha reunion. Con Uds. este gran ecuatoriano de todos los tiempos que es Hernán Rodríguez Castelo.

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DISCURSO DEL ACADÉMICO HERNáN RODRÍGUEZ CASTELO EN LAPRESENTACIÓN DE SU LIBRO “OLMEDO, EL HOMBRE y EL ESCRITOR”

Hará cosa de poco menos de un mes, conversaba con una persona que, sin ser académica, hace por la Academia Nacional de Historia lo que no alcanzamos a hacer muchos académicos. El asunto eran las relaciones de Olmedo con Bolívar, puesto de actualidad por algunos escritos y hechos sucedidos en Guayaquil, la tierra patria del gran poeta y hombre público. Le hice un cuadro de esas relaciones amplio, complejo, persiguiéndolas en el tiempo. “Pero, ¿todo eso es verdad?”, me dijo, admirada. “Sí, le respondí. Verdad documentada en textos del tiempo y sobre todo en la larga correspondencia sostenida por Olmedo y Bolívar por años”. “Pero esto no se lo conoce…” Y entonces le hablé de que tenía listo un “Olmedo” en que se iluminaba este asunto y todos los muchos interesantes, fascinantes, en que Olmedo fue actor o, al menos, testigo privilegiado. Y nació este libro. A la Academia Nacional de Historia le entusiasmó publicarlo y más cuando pareció posible que se llegase a presentarlo en la ciudad del prócer, en la mayor de sus fechas cívicas, la que exaltó al poeta al papel decisivo de estadista del movimiento, el 9 de octubre. Y aquí estamos. BOLÍVAR Y OLMEDO Acaso no haya en la historia latinoamericana del XIX, al menos para quienes atacamos la historia por la ladera de la historia de la literatura, tema más fascinante que la relación entre Bolívar y Olmedo. Los comienzos de esa relación se le escapan al historiador. ¿Cuándo escuchó Olmedo por primera vez hablar de Bolívar? ¿Cuándo Bolívar tuvo sus primeras noticias del ilustre literato que, después de un brillante período limeño, florecía, discreto, a las orillas del manso y caudaloso Guayas? Ello es que cuando esas relaciones son ya territorio al que puede acceder con su instrumental y equipos el historiador Bolívar respeta y admira a Olmedo y Olmedo respeta y admira a Bolívar. Rebozan esos sentimientos desde el encabezamiento las cartas que se dirigen el uno al otro, y los vivos deseos que tienen de encontrarse por fin personalmente son sinceros y vivos.

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Pero esa relación no era simplemente la de dos ilustrados y hombres de letras, que habría sido una relación fácil y sin mayor complejidad: coincidían notablemente en cultura y gustos. Aquella era la relación de dos conductores de pueblos. El uno, conductor de la lucha de tres naciones por su independencia; el otro, conductor de una ciudad declarada independiente hacia un futuro de independencia para toda la provincia del imperio español de que había formado parte. Y en esa conducción las visiones y los intereses de uno y otro llegaron a un punto conflictivo. Para la poderosa y certera visión geopolítica de Bolívar Guayaquil era parte de Colombia -esa Colombia grande que el Libertador construía en los campos de batalla-; para Olmedo, su ciudad, independiente desde la gesta del 9 de octubre de 1820, pequeña y todo, debía decidir sin presión alguna su futuro. Hubo un choque de intereses. Y no es cosa de abordarlo en esta breve confesión del autor. En el libro se penetra en él, más bien desde la perspectiva de Olmedo. Hecho al margen de cualquier discusión es que un paso dado por Bolívar resintió a Olmedo y él, tras dirigirle una carta de noble altivez y especial grandeza, se embarcó con otros notables guayaquileños y fue a unirse en la Puná con San Martín, con quien se iría a Lima. Por solo esa carta, por cuanto hay que leer en ella, ya valdría la pena introducirse en las páginas del libro que esta noche entregamos a Guayaquil. Hay un dejo de amargura, y no solamente por algo que hubiese hecho o dejado de hacer Bolívar. Hacia sus propios coterráneos apunta aquello de dolida ironía: ¡Vaya que ha sido hermoso el premio de tantos desvelos porque fuese este pueblo tan feliz como el primero, y más libre que ninguno! Pero la carta es a Bolívar, y tras confiarle, con amargo sentimiento, que una aclamación popular le sería menos grata que ese destierro al que voluntariamente se condenaba, elevando su amargura a regiones de filosofía de la historia, le dice algo que, más allá de su propio caso, se proyectaba sobre el destino del Libertador: Ud. sabe por la historia de todos los siglos, cuál ha sido la suerte de los hombres de bien en las revoluciones

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Pero la relación entre Olmedo y Bolívar no termina, ni culmina allí. El Perú, que ha acogido a su antiguo catedrático y celebrado autor de loas para el teatro con el afecto y admiración de antaño, y hasta le ha hecho diputado, siente, enredado en banderías y caudillos insignificantes, que por allí nunca llegará a ser libre, y vuelve los ojos al único guerrero que podía manejar esa enorme empresa de las últimas jornadas de la guerra de la independencia americana, el libertador de pueblos, Bolívar. ¿Y quién mejor para ir a pedírselo que el poeta a quien el general tanto admiraba? Así que Olmedo sube hasta Quito, a rogar a Bolívar, en nombre del Perú, que se haga cargo de la campaña del sur. ¡Y qué discurso el que hace Olmedo a Bolívar! Solo entre dos hombres de esa talla intelectual y literaria pudo haberse dado. Y la respuesta del Libertador no se quedó atrás. Aquel fue un duelo poético y retórico en que los únicos espectadores fueron los dos propios actores. Y rotos los diques y superados los escollos comienza una relación ejemplar que, como es sabido y, aunque sabido, el libro se alarga a su sabor en ello, floreció en uno de los cinco o seis poemas cumbres del siglo XIX en América, que fue, precisamente, un canto a Bolívar. Pero que, como ya lo insinuó penetrantemente el gran historiador guayaquileño Elías Muñoz Vicuña, y el libro ahonda en ello, fue mucho más que el solo canto a un héroe y sus victorias. Otro tramo del libro que debe su fascinación a lo que esos dos grandes de la historia del nuevo mundo, el uno como héroe cantado y el otro como cantor de ese héroe, pero a la vez como críticos literarios y brillantes en sus planteos de poética los dos, escribieron en sus cartas. Apenas publicado el Canto a Bolívar, en Guayaquil, en una imprenta al parecer un tanto rudimentaria, Olmedo se apresura a enviar el primer ejemplar a Bolívar. El libro que nos ha congregado trae el final, en versión facsimilar, esa edición príncipe del Canto -de la que en nuestro país no parece haber más que uno o dos ejemplares. OLMEDO, EL REVOLUCIONARIO Olmedo en la Revolución de Octubre y Olmedo en la Revolución de Marzo de 1845, ¡qué otros dos asuntos suculentos para una biografía del prócer! Ni en la Revolución de Octubre ni en la de Marzo Olmedo dirige la acción subversiva. A los revolucionarios de 1820, que le habían pedido que se pusiese a su cabeza les respondió: “Cuenten Uds. con386

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migo para todo, menos para jefe de la Revolución. Esta parte debe ser necesariamente desempeñada por un jefe militar y de mucho arrojo”. Y cuando guayaquileños de acción, impacientes y coléricos, fraguaban la revolución que acabaría con la tiranía de Flores, Olmedo cumplía en Babahoyo, con ejemplar sentido moral, unas funciones que muchos, comenzando por sus cuñados, los Icaza Silva, consideraban desdorosas para el gran poeta, pero él las requería para apuntalar su casi siempre maltrecha economía: colector de sales. Pero a una y otra revolución Olmedo aportó algo que las consolidó, les dio sentido y las justificó ante el mundo americano: la palabra. En los meses anteriores al surgimiento del nazismo -que ofrecen inquietantes semejanzas con lo que actualmente vivimos- se asiste en una Alemania frustrada por la derrota y humillada por el Tratado de Versalles a una febril búsqueda de las palabras que diesen sentido a lo que pretendían para devolver su grandeza al pueblo alemán diferentes movimientos. Iversen le decía a Hellwig, el campesino rojo, a propósito de lo que se estaba llamando la Revolución Nacional de los campesinos, que había que llegar “al despliegue total de nuestra substancia”. “Esas son palabras”, le responde Hellwig. E Iversen lo admite, pero insiste: “Seguramente son palabras: es preciso que les demos un sentido”. Y eran numerosos los alemanes que buscaban el sentido profundo del proyecto que proponían. Pero quien acabaría arrastrando a toda la nación a la más ruinosa aventura era, no un hombre de palabras profundas, sino un charlatán: Hitler, el charlatán, der Schwätzer. Olmedo, hombre que manejaba la palabra como nadie en su tiempo, escritor que abominaba de verborreas y acosos propagandísticos, dio a esas dos revoluciones esas palabras con sentido que las iluminarían hacia dentro y las justificarían hacia fuera. Si ustedes toman el libro que nos ha reunido esta noche, y lo voltean hallan en la contratapa una muestra de esa palabra que Olmedo dio a esas revoluciones, en este caso a la de Marzo: Si por más tiempo se continúan tolerando tan graves males, se irán haciendo más profundas las raíces del poder absoluto, más fuertes los medios que vaya preparando para sostenerse, más especiosas las artes de la seducción que pondrá en obra y más dificultosa y sangrienta la empresa de nuestra libertad.

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¡Cómo parecen estas palabras de la “Proclama de la Revolución del 6 de marzo” escritas aquí y ahora! Y en cualquier patria donde se esté construyendo un poder absoluto como el que Flores quiso amarrar con una Constitución hecha a su gusto y para sus fines y a la que el pueblo ecuatoriano bautizó de “Carta de Esclavitud”. ¡Y este es el personaje a quien los manuales literarios al uso pintan como el engolado autor neoclásico del Canto a Bolívar! EL LEGISLADOR Y ESTADISTA ECUATORIANO No quiero caer yo también el torbellino de propaganda que nos abruma. Pero insisto; ¡Cuánto hay para penetrar en el libro, cuantas sorpresas le aguardan al lector en él, cuántas iluminaciones hasta en los recovecos que más se han escondido a historiadores o críticos pudibundos o respetuosos! Mi política al hacer historia o crítica literaria, y más cuando la empresa ha ido por territorios comunes a esos dos empeños, ha sido tratar de dar con la verdad, descarnarla de obesidades, desnudarla de galas y adornos. Hasta hallar, en cuando me fuese posible a la distancia de su real existencia, al hombre. Cuando ese hombre tiene la rica y compleja grandeza de un Mejía, de un Miguel Antonio Rodríguez, de un Rocafuerte, de un Solano, de un Benigno Malo, de un Pedro Moncayo, de un Francisco Xavier Aguirre Abad, o de Manuela Sáenz -por nombrar solo a personajes que vivieron al mismo tiempo que Olmedo y tuvieron variadas relaciones con el prócer guayaquileño-, la empresa del historiador y crítico ha sido rica, compleja y grande. Si se tratase de una novela, yo aquí me ufanaría de haber creado un personaje como este josé joaquín Olmedo. Pero esto no fue novela, sino historia. Y allí estaba el hombre Olmedo esperándome para sucesivos encuentros, a cual, más incitante, más iluminador, más emocionante. No he dicho una última palabra, y estaría en deuda con mi héroe si no la digo. Cuando el país entra en su vida republicana, o cuando, la recupera -como ocurrió después del 6 de marzo de 1845Olmedo es la figura acatada en las convenciones y asambleas nacionales, varias de las cuales preside. Siempre sobrio, siempre recto, siempre firme y fuerte. ¡Cómo reconoce en el discurso de clausura la modestia de los logros de una Convención que presidió!

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No creemos haber dado una Carta menos imperfecta que la anterior, pero sí procurado seguir los principios adoptados generalmente en el inspirado sistema de representación; hemos considerado la exigencia de nuestras necesidades, nuestro carácter y costumbres, la naturaleza y escasez de nuestra población, el atraso de nuestras artes, la lenta difusión de los conocimientos que son tan necesarios a los pueblos como el pan; y no hemos aspirado a construir un edificio con formas desproporcionadas, sino al contrario, una República circunscrita en sus límites naturales, pero con los posibles elementos para ir creciendo progresivamente en ilustración, en amor al trabajo, padre de la abundancia, y en todas las artes hijas de clima y de la paz. ¡Que lectura este discurso de clausura de la Convención de Ambato para un país anegado de demagogia! ¡Y como se debería haber hecho de textos así lectura obligatoria para quienes en Montecristi urdieron ese enorme mamotreto, tan demagógico y declamatorio, como lleno de trampas ideológicas y de atajos para que sus mentalizadores pudieran avanzar “constitucionalmente” hacia el estado total! RESTA EL POETA Y, claro, resta el poeta. Pero no solo el poeta: el gran prosista. Fue Aurelio Espinosa Pólit, a quien la patria debe, entre otros eminentes servicios, la gran edición de las obras completas de Olmedo, el primero que llamó la atención hacia esta faceta del escritor que fue Olmedo. Y a sus cartas: todo un tomo de la Biblioteca Ecuatoriana Mínima dedicó a la correspondencia del prócer. Solo hacía falta leerla críticamente, y es lo que he hecho en el libro. ¿Qué siente el lector contemporáneo, sobre todo si es un joven, nacido al pie de la televisión –que es el actual “focus” de los hogares– y que no lee sino lo que halla en sus navegaciones por la red, ante un poema como el Canto a Bolívar? Escuché a un notable escritor, guayaquileño, de los de la generación de los treinta, sentar, sin más, que Olmedo era “un mal poeta”. Otros no lo dicen, pero a lo mejor no están lejos de tal apreciación. Este libro invita a cualquier lector de hoy a volver a estos poemas. Propone la empresa de situarse en el tiempo de Olmedo para esa lectura. Y yo prometo a cualquier lector que tal incursión le deparará grandes emociones, fascinantes hallazgos. Hasta en la poesía filosófica

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de Olmedo, la de sus admirables y personalísimas traducciones de las Epístolas de Pope. En fin, he dicho lo que en mi libro he pretendido, y un poco las grandes emociones que hacerlo me ha deparado. Tiene la palabra ahora el lector. El de Guayaquil, la ciudad de Olmedo; el de América; el del mundo. Porque en todo el mundo hay estudiosos para quienes Olmedo cuenta; para quienes es pieza capital para sus horizontes de historia y de literatura. Presentar la obra el 9 de octubre –o en su vigilia, que es casi lo mismo– tenía para mí un especialísimo sentido, y me prometía profundas emociones. Esas las he vivido. Todos cuantos me han acompañado en este bautizo de mi nueva criatura, la que inicia el segundo centenar de mis obras, han contribuido a hacer más vivas esas emociones. Co menzando, claro está, por mi ya antiguo y siempre entrañable y generoso amigo, el erudito y perspicaz historiador guayaquileño Rodolfo Pérez Pimentel, que ha oficiado de padrino en el bautizo. No es la primera vez que un libro nos hace compadres. Espero que no sea la última. Gracias, a él, a todos, las más rendidas gracias. Guayaquil, 8 de octubre de 2009

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INFORME SUCINTO QUE PRESENTA A LA JUNTA GENERAL EL DIRECTOR DE LA ACADEMIA, DOCTOR JUAN CORDERO IñIGUEZ, CORRESPONDIENTE AL CUARTO TRIMESTRE DEL 2009

INTRODUCCIÓN El 22 de octubre asumió el nuevo Directorio sus funciones para el período 2009–2011. Desde entonces se ha profundizado en los compromisos propuestos en el discurso de posesión del Director y se sigue trabajando para lograr un substancial incremento de las investigaciones históricas y en la preparación del programa de los sumarios analíticos con miras a la redacción de la Magna Historia Nacional de los ecuatorianos, proyecto de largo alcance y de ejecución por lo menos en dos lustros. El Directorio invita a todos y cada uno de los Académicos a presentar sus inquietudes y sugestiones para incorporar en un programa que se está elaborando para ejecutarse en el presente bienio. No está por demás recordar que el Director de Publicaciones espera las contribuciones de los académicos para los Boletines del 2010 y el Bibliotecario aspira a que se haga llegar a la Biblioteca, los libros y folletos que hayan publicado en el pasado o recientemente, pues anhelamos que esté la mayor bibliografía posible de cada uno de los Académicos. A continuación se presenta un informe de las principales actividades que se han cumplido o están por cumplirse en este año y en los primeros meses del 2010. Organización de la biblioteca.- Con la decidida participación del Bibliotecario Archivero, el Académico de Número don Enrique Muñoz, se ha procedido a organizar la reserva de duplicados y de libros de canje, en una de las oficinas de la planta baja debidamente amoblada. Otra de las oficinas de la mencionada planta estará destinada a una pequeña sala de lectura y de atención a estudiantes e investigadores que laboran con Académicos de Número o Correspondientes y para que entre en funcionamiento aun nos falta completar su equipamiento. Después del excelente trabajo cumplido por el personal de la biblioteca y que culminó con la publicación del Indice Analítico del Boletín,

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el personal, con contratos actualizados y debidamente inscritos, está procesando técnicamente los fondos existentes y los adquiridos últimamente con el dinero que nos ha donado generosamente el Gobierno de España. Hasta la fecha se han hecho 1923 registros y anhelamos que hasta la finalización del convenio se tengan fichadas unas 10.000 unidades y esta será la tarea prioritaria del próximo año. Coauspicios y participaciones en diversos eventos.- Presentación de la obra Olmedo el hombre y el escritor escrita por el Académico de Número Hernán Rodríguez Castelo. Su circulación oficial se la hizo el 8 de octubre y el libro lleva una dedicatoria especial: Homenaje de la Academia Nacional de Historia a Guayaquil. Participación en homenaje a Latacunga en un aniversario más de su independencia política, el 11 de noviembre. Por la Academia intervenimos en el panel organizado por la Universidad Técnica de Cotopaxi además del suscrito, el Tesorero Dr. jorge Núñez y la Académica jenny Londoño, cada uno con un tema vinculado con la historia de la mencionada provincia. El 17 de noviembre como Director, fui invitado a Loja para presentar dos volúmenes sobre la historia de la provincia sureña del Ecuador escritos por el Académico de Número Dr. Alfonso Anda Aguirre. Con esta oportunidad la Universidad Técnica Particular de Loja, editora de la obra, ofreció elaborar un Portal Informático de la Academia, herramienta que ampliará la página WEB que mantenemos en la actualidad. Con la mencionada Universidad se firmará una alianza estratégica. La Academia brindó su coauspicio y participó con varios de sus miembros en el Seminario Reflexiones y Análisis en torno al Bicentenario del Diez de Agosto de 1809 y las respuestas locales en la Audiencia de Quito. El evento se realizó en Cuenca durante los días 24, 25, 26 de noviembre. Intervinieron por la Academia, el Director, el Tesorero, la Ms. jenny Londoño, la Dra. Ana Luz Borrero y Ms. Kléber Bravo. El Director de la Academia brindó un almuerzo de honor a los organizadores y a los ponentes. Edición de la obra Echando cuentas en la Caja de Quito. Contexto y versiones del quinquenio de 1727 a 1731 de los historiadores españoles Carmen Ruigómez Gómez y Luis Ramos Gómez, quienes con esta obra ingresan a nuestra Academia como Miembros Correspondientes Extranjeros. El libro entrará en circulación en el primer trimestre del próximo año.

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Como Director de la Academia recibí la invitación para escribir el prólogo del libro Caminos y Caminantes del Ecuador, obra poligráfica que está publicando la Editorial Anaconda y que circulará el próximo año. Se ha cumplido con este cometido y se ha exaltado la participación de varios académicos con diversos artículos; entre otros jorge Marcos, jorge Núñez y Luis Ramos Gómez. Ley Orgánica de Cultura.- Previo el estudio del proyecto de Ley, he presentado a través del Asambleísta Eduardo Encalada Zamora una propuesta para que en la segunda discusión se incorpore una cláusula que diga “La Academia Nacional de Historia, creada por Ley en el Congreso en 1920, sancionada por el Presidente José Luis Tamayo, y reformada el 4 de septiembre de 2003, conservará su autonomía, sin perjuicio de coordinar sus acciones con el Ministerio de Cultura. Los convenios suscritos legalmente continuarán vigentes”. Relaciones con los Centros Correspondientes de Guayaquil y Cuenca: Por dos ocasiones he visitado el Centro de Guayaquil bajo la dirección del Ing. Benjamín Rosales.. Los miembros del Centro guayaquileño, bajo la decidida y acertada dirección de Benjamín Rosales, están trabajando activamente y se ha ofrecido a todos preparar una programación de investigaciones que cubra una década y que culmine con una digna celebración de la independencia de Guayaquil y de varias provincias más del país. Con el Centro de Cuenca se ha tenido también dos reuniones y en una de ellas se ha procedido a la elección de Director del Centro habiendo recaído, por unanimidad, en la Dra. Ana Luz Borrero Vega. Se ha previsto, de tener un presupuesto más holgado, entregar una suma de dinero a cada Centro Correspondiente para que puedan cumplir con compromisos locales y regionales. Gestión Presupuestaria: Habiendo concluído el convenio firmado entre el Ministro de Educación y el ex Director de la Academia, se ha preparado otro que se ha puesto en consideración del señor Ministro, habiendo recibido su aceptación, por medio del cual se renovó el convenio por cuatro años, con un monto anual de 150.000 dólares.. Digitalización de los 193 Boletines de la ANH.- En convenio con el Ministerio de Relaciones Exteriores, se procederá a la digitalización de los 193 números del Boletín de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos y de la Academia que serán luego incorporados al portal informático de la Academia.

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Eventos en Diciembre: se han organizado en diciembre los siguientes eventos: Diciembre 9: Presentación del libro “Perspectivas del Régimen Constitucional del Buen Vivir” del Dr. Xavier Garaicoa Diciembre 14: Conferencia del Sr. john Sambrailo, historiador nortemericano, con el título “Diálogo con el pasado: lecciones para el presente y el futuro” Diciembre 15: junta General y Asamblea. Firma y renovación del Convenio con el Ministerio de Educación. Diciembre 16: Suscripción de un convenio entre la Academia y el Colegio de Periodistas de Pichincha. jueves 17: Homenaje a la memoria del Dr. jorge Luna Yépez por el centenario de su nacimiento.

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ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA INDIVIDUOS DE NUMERO, A DICIEMBRE DE 2009

DIRECTORIO 1.- DR. JUAN CORDERO ÍÑIGUEZ–e3DIRECTOR 6 de Diciembre N 21-217 y Roca – Quito E-mail: ahistoriaecuador@hotmail.com Museo de las Culturas Aborígenes – Cuenca Calle Larga 524 entre Hno. Miguel y Mariano Cueva E-mail: juancordero@hotmail.com Fecha de Incorporación: Enero 23/2002.- Sillón 20.Tema del Discurso:“Nombres y Sobrenombres de Cuenca”. Le dio la bienvenida el Dr. Manuel de Guzmán Polanco. 2.- FRAY AGUSTIN MORENO PROAÑO, ofm.–SUBDIRECTOR Convento de San Francisco – Quito Fecha de Incorporación: Enero 25/1979.- Sillón 2.Tema del Discurso: “Patria y Estirpe de Fray Jodoco Rique”. Le dio la bienvenida el Dr. Jorge Salvador Lara 3.- HNO. EDUARDO MUÑOZ BORRERO–SECRETARIO Santuario Hno. Miguel – Ave. Antonio José de Sucre y Tte. Hugo Ortiz - Quito Fecha de Incorporación: Febrero 28/1991.- Sillón 11.Tema del Discurso: “La Influencia de la revolución Francesa en la Independencia de Hispanoamérica” .Le dio la bienvenida el Dr.Jorge Villalba Freire, s.j. 4.- SR. ENRIQUE MUÑOZ LARREA BIBLIOTECARIO–ARCHIVERO Edificio Tulipán, 2º. Piso Fco. Andrade Marín 360 y Eloy Alfaro, Quito E-mail: vientos4@uio.satnet.net Fecha de Incorporación: Junio 3/2005. - Sillón 28.Tema del Discurso:“Semblanza del Tte. Gral. Ing. Don Fco. Requena y Herrera”. Le dio la bienvenida el Hno. de las EE.CC. Eduardo Muñoz. 092-372665 2907-433 07-2839-181

2281-124 2281-613

2660-365

2509-942 099-576358

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5.- LCDO. HERNAN RODRIGUEZ CASTELO JEFE DE PUBLICACIONES Bolívar 705 y Batallas – Alangasí Edif.. Torres de Iñaquito, Torre C. Depto. 1202 Quito E-mail: sigridrodriguezc@yahoo.com Fecha de Incorporación: Junio 12/2001.- Sillón 18.Tema del Discurso:“El Admirable Siglo XVIII de la Literatura Quiteña”. Le dio la bienvenida el Hno. Eduardo Muñoz Borrero. 6.- DR. JORGE NÚÑEZ SÁNCHEZ–TESORERO De los Helechos y Cipreses, esquina Condominio Portal de Venecia - Quito Email: jorgenez47@yahoo.es / jorgenu@andinanet.net Fecha de Incorporación: Julio 12/2001.- Sillón 19.Tema del Discurso:“La Corrupción en el Ecuador Colonial”.- Le dio la bienvenida el Dr. Plutarco Naranjo. 7.- Dr. JUAN JOSÉ PAZ Y MIÑO–RELACIONES PÚBLICAS El Día N 37 215 y El Telégrafo E-mail: juanpym@uio.satnet.net – Quito Fecha de Incorporación: Marzo 14/2007.- Sillón 5.Tema del Discurso. “La historia inmediata del Ecuador y la deuda histórica con la sociedad ecuatoriana”. Le dio la Bienvenida el Dr. Jorge Núñez Sánchez

(casa) 2788-112

098-347433 3464-761

095-026475 6035-651

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8.- DR. JORGE SALVADOR LARA Guarderas 434 – (Urb. La Concepción) Quito E-mail: jorsalla@andinanet.net Fecha de Incorporación: Julio 27/1967.- Sillón 1.Tema del Discurso: “Los Restos Humanos más Antiguos del Ecuador”. Le dio la bienvenida Don Carlos Manuel Larrea. 9.- PADRE DR. JORGE VILLALBA FREILE Residencia Universidad Católica – Quito E-mail: jvillalbaf@puce.edu.ec Fecha de Incorporación: Marzo 28/1980.- Sillón 3.Tema del Discurso: “José Joaquín de Olmedo en 1830 a través de sus Cartas”. Le dio la bienvenida Fr. Agustín Moreno. 2469-604 (0f) 2509-471

2237-940 2509-686

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10.- PROF. ROBERTO MORALES 06-2640-335 Diario La Verdad FAX 06-2640-194 Flores 542 entre Sucre y Rocafuerte - Ibarra E-mail: diariolaverdad@andinanet.net Fecha de Incorporación: Stbre. 28/2006.- Sillón 4.Tema del Discurso:“Los aportes del Crn el. Teodoro Gómez de la Torre al devenir Histórico del Norte del País”. Le dio la Bienvenida Fray Agustín Moreno, ofm. 11.- DR. MIGUEL DIAZ CUEVA Calle Luis Cordero No. 1754 – Cuenca E-mail: mdiazg@az.pro.ec Fecha de Incorporación: Diciembre 17/1986.- Sillón 7.Tema del Discurso: “La Lápida de Tarqui”. Le dio la bienvenida Fray Agustín Moreno Proaño, ofm. 12.- DR. PLUTARCO NARANJO VARGAS 12 de Octubre 2206 y Colón Casilla 17-7-8884- Quito E-mail: naranjo@lenguaje.com Fecha de Incorporación: Julio 27/89.- Sillón 8.Tema del Discurso: “Colón, Pizarro y las Especias”.Le dio la bienvenida el Dr. Luis Bossano. 13.- DRA. JENNY ESTRADA Chile 3312 y Vacas Galindo, 2º. Piso E-mail: jennye@gye.satnet.net.- Guayaquil Fecha de Incorporación: Dcbre. 8/2006.- Sillón 9.Tema del Discurso: “Segunda Guerra Mundial, Lista Negra en Ecuador”. Le dio la bienvenida el Dr. Benjamín Rosales V. 14.- DR. JUAN FREILE GRANIZO Edificio Espro – 0f. 202 – Alpallana 505 y Whymper – Quito Fecha de Incorporación: Junio 30/1990.- Sillón 10.Tema del Discurso:“La Vida Cotidiana de Quito a finales del Siglo XVIII: el Testamento de Catalina Aldás, madre del Precursor Espejo”. Le dio la bienvenida el Dr. Carlos de la Torre Reyes. 15.- DR. ALFONSO ANDA AGUIRRE Vargas 342 y Oriente (Edificio Zaldumbide) – Quito Fecha de Incorporación: Mayo 26/1999.- Sillón 13.Tema del Discurso: “La Federación Lojana y la Ley 07-2831-917 fax 07-2832-695

2508-479 2236-590 096-073321

Telefax 04-2343-216 092-208616

2333-478 (recado) 2506-923

2251-064

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de Descentralización del Estado”. Le dio la bienvenida el Hno. Eduardo Muñoz Borrero, o.f.c. 16.- DR. CARLOS FREILE GRANIZO Alpallana 505 y Whymper- Edif.. Espro - Quito Apartado l7-22-20195 - E-Mail: cfreile@lahora.com.ec Fecha de Incorporación: Junio 24/1999.- Sillón 14.Tema del Discurso: “La Visión de Manuela Espejo sobre su hermano Eugenio, en el Juicio que por la muerte que éste siguió contra el Presidente Luis Muñoz de Guzmán” . Le dio la bienvenida: el Padre Jorge Villalba. 2891-136 098-300700

17.- DR. FERNANDO JURADO NOBOA (de 8 a 9 am) 2920-763 Edificio Torres de Iñaquito –Torre A– Of. 901 (Altos CCNNU) - Quito Fecha de Incorporación: Diciembre 21/1999.- Sillón 15.Tema del Discurso: “Actitud ante la Muerte de los Grandes Ecuatorianos”. Le dio la bienvenida el Dr. Manuel de Guzmán Polanco. 18.- DRA. ISABEL ROBALINO BOLLE Rocafuerte 1477 y Venezuela-Quito E-mail: isabelrobalino@hotmail.com Fecha de Incorporación: Mayo 4/2000.- Sillón 16.Tema del Discurso: “Luis Robalino Dávila: Capítulos de un Ensayo de Biografía”. Le dio la bienvenida el Dr. Jorge Salvador Lara. 19.- LCDO. FRANCISCO SALAZAR ALVARADO Manuel Sotomayor 245 - Quito E-mail: francisco_salazaralvarado@yahoo.com Fecha de Incorporación: Febrero 17/2001.- Sillón 17.Tema del Discurso: “La Vida y el Pensamiento del Gral. Francisco Javier Salazar Arboleda”. Le dio la bienvenida el Dr. Carlos Freile Granizo. 20.- DR. P. JULIAN BRAVO S.J. Nogales 220 y Fco. Arcos.- Quito Fecha de Incorporación: Mayo 22/2003.- Sillón 21.Tema del Discurso: “Mario María Cicala, S.I. y su contribución a la Historia de la Antigua Provincia de la Compañía de Jesús y de la Audiencia de Quito”. Le dio la bienvenida el Dr. Jorge Salvador Lara. 2950-267 2280-764

2446-049 099-514366

2491-156/7 2493-982

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21.- DR. JUAN VALDANO MOREJON Buganvillas y Juan Montalvo - Tumbaco E-mail: juanvaldano@access.net.ec Fecha de Incorporación: Junio 5/03.- Sillón 22.Tema del Discurso:“Generaciones e Ideologías en el Ecuador. Itinerario de una búsqueda y nuevas aproximaciones a un Método Histórico”. Le dio la bienvenida el Dr. Manuel de Guzmán Polanco. 22.- DR. OCTAVIO LATORRE Samuel Fritz 176 y Joaquín Sumaita (El Inca) – Quito E-mail: olatorre@andinanet.net Fecha de Incorporación: Junio 19/03.- Sillón 23.Tema del Discurso: “Historia de la Evolución de la Armada del Ecuador” Le dio la bienvenida Fray Agustín Moreno, o.f.m. 23.- DR. SANTIAGO CASTILLO Ave. Juan de Garay 845 – 4o.H CP C1l53 AB - Buenos Aires, Capital Federal.E-mail: Josancas53@hotmail.com .- Argentina Fecha de Incorporación: Novbre. 19/2003.- Sillón 24.Tema del Discurso: “Epistolario de las Misiones Diplomáticas de Rocafuerte en el Perú”. Le dio la bienvenida el Dr. Manuel de Guzmán P. 24.- DR. ENRIQUE AYALA MORA Universidad Andina Toledo 2280 – Plaza Brasilia – Quito De las Malvas E 15-247 y Fco. Arévalo Box 17-12-886 – E-mail: rector@uasb.edu.ec Fecha de Incorporación: Enero 20/2004.- Sillón 25. Tema del Discurso: “Desarrollo Histórico de la Nación Ecuatoriana”. Le dio la bienvenida el Dr. Plutarco Naranjo Vargas. 25.- DRA. MARIA CRISTINA CARDENAS E-mail: acardena@ucuenca.edu.ec Cristina.cardenas8@gmail.com Edificio Puertas del Sol Jacarandá 1-57 Y Ordóñez Lazo, Cuenca Fecha de Incorporación: Junio 3/2004.- Sillón 26.Tema del Discurso: “El Proyecto Republicano del Progresismo Azuayo (1840-1895)”. Le dio la bienvenida Fray Agustín Moreno, ofm.

2370-310

2400-731

005411 4300 6196

3228-083 3228-031 Fax 3228-426 2433-485 2554-558 099-809855

07-4090-178 fax 07-2880-60 094-296152

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26.- DR. BENJAMIN ROSALES VALENZUELA Calle 1ª. Nº 103 entre Circunvalación y Bálsamos URDESA Apartado 09-01-562 - Guayaquil E-mail: anh_guayas@yahoo.com Brosales777@gmail.com Fecha de Incorporación: Dicbre. 1º./2004.- Sillón 27.Tema del Discurso: “El General José de Villamil y la Independencia de Hispano América”. Le dio la bienvenida el Dr. Manuel de Guzmán Polanco. 27.- DRA. DORA LEON BORJA DE SZASSDI Mallorca 41, Hato del Rey 00917 San Juan–Puerto Rico, P.R. E-mail lajosszas@hotmail.co. Fecha de Incorporación: Mayo 21/2009.- Sillón 6.Tema del Discurso: “La ciudad de Santiago en Amay, 1539-1542”. Le dio la bienvenida el Dr. Manuel de Guzmán Polanco. ***/*** Sillones disponibles: (12), (29), (30).

04-288-7492 04-2881-230 093-040961

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LISTA DE MIEMBROS CORRESPONDIENTES A DICIEMBRE 2010
1.- Lcdo. LUCAS ACHIG SUBIA Calle Valle de los Chillos 1-70 y Valle de Yunguilla (Sector Coliseo Mayor) E-mail: lachig@ucuenca.edu.ec .- Cuenca 2.- Dr. MIGUEL ALBORNOZ Apartado Postal 10922, México 10 Las Lomas, México D.F. 3.- Ms. ALICIA ALBORNOZ Apartado Postal 10922, México 10 Las Lomas, México D.F. E-mail: aliciaalbornoz@hotmail.com 4.- Dr. GUILLERMO AROSEMENA AROSEMENA P.O.Box 09-01-921 Ave. 2ª. 511 entre 4ª. Y 6ª. (Los Ceibos) E-mail: garoseme@gye.satnet.net .- Guayaquil 5.- Prof. JOSÉ ARTEAGA PARRALES Palacio Episcopal – Ave. Universitaria Portoviejo.- Manabí 6.- Dr. FRANKLIN BARRIGA LÓPEZ 10 de Agosto 39-127 y Dibuja E-mail: f - barri@uio.satnet.net .- Quito 7.- Dra. ANA LUZ BORRERO VEGA Universidad de Cuenca Calle 12 de Abril s/n E-mail: alborveg@yahoo.com .- Cuenca 8.- Padre JUAN BOTTASSO ABYALA .- 12 de Octubre y Wilson E-mail: juanbottasso@yahoo.com – 9.- AURELIA BRAVOMALO DE ESPINOSA Wilson 728 y Juan León Mera aureliabravomalo@hotmail.com .- Quito 10.- Ms. KLEVER BRAVO Ultimas Noticias N 37-111 y El Espectador E-mail: kbravo59@hotmail.com Telefax -04-2353-130 07-2816-555 FAX 07-2842-424

06-2630-404 091-984755 2458-421 092-695041 07-2856-396 099-600077

2562-633 2897-124 Quito 2503-502

098-125941

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11.- Dr. HUGO BURGOS GUEVARA Casilla 17-22-6685 E-mail: ahburgos@andinanet.net .- Quito 12.- Lic. CARLOS CALDERÓN CHICO Tulcán 1200 y Aguirre (esq.) E-mail: caldero@uees.edu.ec – Guayaquil 13.- Ing. BOLÍVAR CÁRDENAS ESPINOZA Luis Cordero y Aurelio Jaramillo (esq.) Consejo Provincial del Cañar - Azogues 14.- M.A. JUAN CASTRO Y VELÁZQUEZ Casilla 4863 .- Guayaquil E-mail: castroyvelazquez@hotmail.com 15.- Dr. JORGE CAZORLA José Martí 284 y Ave. Atahualpa.- Ibarra 16.- Dr. JUAN CHACÓN ZHAPÁN E-mail: juanariosto@hotmail.com Cuenca 17.- Lic. XIMENA ESCUDERO ALBORNOZ Gaspar de Escalona N.39-68 y Granda Centeno Buzón 544 Casilla 17-21-1263 – Quito. 18.- Econ. LEONARDO ESPINOSA E-mail: lespinos@etapaonline.net.ec- Cuenca 19.- EDUARDO ESTRADA GUZMÁN Roca 102 y Malecón, 9º. Piso – Edif.Rocamar E-mail: Eduardo_i_estrada@yahoo.com anh_guayas@yahoo.com Casilla 09-01-7648 – Guayaquil 20.- Gral. MARCOS GÁNDARA ENRÍQUEZ D. de Almagro N 32-243 y J. Severino Quito 21.- Dr. JOSE XAVIER GARAICOA ORTIZ Rumichaca 213 y Manuel Galecio. Guayaquil 22.- Lic. EZIO GARAY ARELLANO Casilla 09-01-11140 Guayaquil E-mail: ezigar@yahoo.es

2891-228 098-246041 099-762568 04-2451023 092-862013 0f. 07-2240-373 04-2328-569 0f. 04-240-3212 06-2644-602 091-476384 2260-456 (casa) 2584-961/2 Ext.186 099-678058 07-2842-205 04-2303-969 099-886712

2543-888 2507-569 Casa 2898-488

04-2368041 0f. 04-2394-440/41

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23.- Dr. JOAQUÍN GÓMEZ DE LA TORRE Pablo Sachún 4766 y Samuel Fritz Urbanización Dammer - Quito 24.- Dr. JAVIER GOMEZJURADO Conjunto Puertas del Sol, Bloque A-Dep. 2B Autopista Rumiñahui – E-mail: jgomezjurado@gmail.com - Quito 25.- Arq. MELVIN HOYOS GALARZA Biblioteca Municipal 10 de Agosto entre Chile y Pedro Carbo, E-mail: melvinhoyos@yahoo.com - Guayaquil. 26.- Dra. ALEXANDRA KENNEDY DE VEGA San Ignacio 1001 y Jonás Guerrero Edif. El Barranco.- Quito E-Mail: akennedy@etapaonline.net.ec 27.- Ms. JENNY LONDOÑO De los Helechos y Cipreses esquina, Condominio Portal de Venecia, E-Mail: jennylondo52@gmail.com – Quito 28.- DR. JORGE MARCOS PINO Ave. Central 300 – Cdela. Sta. Cecilia Email: jgmarcos@es.inter.net .- Guayaquil. 29.- Dr. GALO MARTÍNEZ Pérez Guerrero 391 y Versalles -0f. 18- Quito 30.- Dr. CLAUDIO MENA VILLAMAR Páez 884 y Mercadillo, Edif.. Interandina- Quito 31.- Lic. CARLOS LUIS MIRANDA TORRES Correo Central de Pelileo 32.- Ab. EDUARDO MOLINA CEDEÑO Universidad San Gregorio de Portoviejo Ave. Eloy Alfaro y Ave. Olímpica. Portoviejo E-Mail: ramiro-molina@hotmail.es 33.- Gral. PACO MONCAYO GALLEGOS Edificio Coruña Plaza, 3er. Piso, Of. 302 Coruña 2788 y 0rellana E-mail: paco.moncayo@asambleanacional.gov.ec

2414-731 2419-460 098-548609 2607-433 099-830454

04-2524-100 Ext. 2140 / 2105

2231-459 099-427013

3464-761

04-2850-780 099-353534 2520-710 2560-416 092-558372 03-2871-218 0f. 03-2871-207 05-2639-461 093-123580

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34.- LEONARDO MONCAYO JALIL Edif. Torres de la Colón-Of. 11- Mezanine E-mail: moncayolener@hotmail.com - Quito 35.- Dr. RICARDO MUÑOZ CHAVEZ Estudio: Ave. 12 de Abril 2-29 Edificio Torre del Río – 4º. Piso E-mail: rmuñozch@cue.satnet.net – Cuenca 36.- Prof. GERARDO NICOLA LÓPEZ Calle Cuenca 14-35 – Ambato 37.- Dr. CARLOS ORTIZ ARELLANO Ayacucho 1370 y Loja E-Mail: croamba@hotmail.com - Riobamba 097-787709 38.- Arq. ALFONSO ORTIZ CRESPO González Suárez N 32-90 y Bejarano E-mail: aortizc@uio.satnet.net - Quito 39.- Dr. GONZALO ORTIZ CRESPO Los Comicios 271 – Conjunto Alcalá Edificio Alcázar-Urb. Quito Tennis E-mail: gortiz@puntonet.ec 40.- Ing. RODRIGO PÁEZ TERÁN Casilla l7-23-280 – Sangolquí E-mail: ro75pater@gmail.com 41.- Dr. FAUSTO PALACIOS GAVILANES Av.Quisquis 1425, Cdela. San Antonio - Ambato E-mail: hernanpal@hotmail.com 42.- Ing. AGUSTÍN PALADINES 43.- Arq. ANDRÉS PEÑAHERRERA Manuel Larrea 1003 E-mail: arqandrespenia@yahoo.com 44 .- Dr. GUSTAVO PÉREZ RAMÍREZ González Suárez 926, Dep. 2B Edificio Panorama (Frente a Nestlé) E-mail: gustavoperezramirez@yahoo.com

2542-640 099-406138 07-2880-170

03-2840-914 03-2840-913 03-2966-264 03-2900-715

2377-565 2580-230 099-716105 2460-228 087-293686

2340-164 099-834529 03-2822-903 03-2841-879 Loja 2560-791 092-740375 2230-513 098-027342 Quito.

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45.- ARQ. JUAN FDO. PÉREZ ARTETA Ave. Pampite, Edif.. Oficenter, 0f. 110 E-Mail: jfperez@interactive.net.ec.- Cumbayá 46.- Dr. RODOLFO PÉREZ PIMENTEL Baquerizo Moreno 910 y Junín Casilla 09-01-00875 E-mail: notari16@gye.satnet.net .- Guayaquil 47.- Sr. VÍCTOR PINO YEROVI Alamos Norte Mz 1 V-10 P.0.Box 15160 Guayaquil E-Mail: vpino@gye.satnet.net 48.- Prof. VICENTE POMA MENDOZA Rocafuerte entre Colón e Independencia Pasaje, Prov. de El Oro 49.- Dr. GALO RAMÓN VALAREZO Eloy Alfaro 1824 y Bélgica, 3er.piso E-mail: garaval@yahoo.com 50.- Dr. GUSTAVO REINOSO HERMIDA Calle José Arízaga 1-62 entre P. Aguirre y Gral. Torres. Cuenca 51.- Dr. JAIME EDMUNDO RODRÍGUEZ Dpto. de Historia–Universidad de California Irving, CA. 92717–USA. E-mail: jerodrig@uci.edu – 52.- Dra. ROCÍO ROSERO JÁCOME Veintimilla E 10-50, Edif.. El Girón, 0f.74 Toctiuco 130, Urb. San Antonio–Conocoto E-mail: rosero@uio.telconet.net 53.- Cap.Fr. MARIANO SÁNCHEZ BRAVO Colinas de los Ceibos Ave. Leopoldo Carrera Calvo 505 y Calle 9ª. Instituto de Historia Marítima Ala sur del Edif. de la Gobernación – Guayaquil E-mail: inhimaec@yahoo.com 54.- Dr. VLADIMIR SERRANO PÉREZ Orellana N-26 y San Ignacio – Quito E-mail: vlasepe@hotmail.com

2042-011/13

04-2303-700 FAX 04-2568-595 04-2568-596 04-2270-378 FAX 04-2248-257 04-2231-460 07-2972-811

099-700109

07-2825-934 07-2843-241 FAX 07-2842-029 92697-3275

2234-296 096-032187

04-285-3310 Of. 04-232-4231 FAX 04-2325-906

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55.- Dra. MARCIA STACEY CHIRIBOGA Carlos Guarderas 618 y G. Salazar099-016801 (La Concepción) Quito 56.- Dr. AMILCAR TAPIA 10 de Agosto 8536 y A. Montalvo Sector La Luz, Casa 2-A, Dep.23 E-Mail: amtapia@hotmail.es - Quito 57.- Sra. GRECIA VASCO Archivo Nacional 10 de Agosto N 11-359 y Sta. Prisca esq. Quito E-Mail: archivonacionalec@andinanet.net

2370-734

2401-148 097-676465

2280-431 Casa 2275-590

MIEMBROS ELECTOS PARA CORRESPONDIENTES 1.- Dr. DIEGO ARTEAGA MATUTE Casilla 01 01 1413.- Cuenca 2.- HUGO DELGADO CEPEDA Fco. Segura 804 y 6 de Marzo Casilla 09-1-43-53 Guayaquil 3.- JAIME IDROVO URIGÜEN San Joaquín – Sector Cruz Verde Box 01-01-143 - Cuenca 4 .- Dr. MARIO GARZÓN ESPINOSA Colegio José Peralta, Cañar 5.- Dr. CARLOS LANDÁZURI CAMACHO Banco Central E-Mail: clandazuri@uio.bce.fin.ec 6.- Dr. JORGE MORENO EGAS Madrid 859 y Pontevedra Apartado 17-12-595-Quito E-mail: jamoreno@puce.edu.ec 7.- Dr. PATRICIO MUÑOZ VALDIVIESO Corte Nacional de Justicia, Quito E-mail: pato268@yahoo.com 2564-526 07-2875-365

04-2346-632 2348-650

2432642 2431-022 087-651395

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8.- Dra. PILAR PONCE LEIVA Víctor de la Serna, 19 Madrid 28016 E-mail: pilarponce@hotmail.com Madrid, España. 9.- Lic. ALFONSO SEVILLA FLORES Alpallana E 6 123 – 5º.piso A.- Quito 10.- Lcdo. WILSON VEGA Ministerio de Cultura, Quito 11.- Dr. IRWING IVÁN ZAPATER CARDOSO FONCULTURA – Quito E-mail: ivanzapt@hotmail.com

34 91 394 5784 91 519 7443

2231-816 2507-042

2431-835 099-812026

MIEMBROS HONORARIOS - GRAL. PACO MONCAYO GALLEGOS - PROF. SERGIO MARTÍNEZ BAEZA - DON JUAN MARÍA ALZINA DE AGUILAR

MIEMBROS EXTRANJEROS ELECTOS COMO CORRESPONDIENTES - Dr. ERIC BEERMAN Hernández Rubin 7, ático, 28043, Madrid E-mail: ericbeerman@telefonica.net - Embjd. MIGUEL BAKULA PATIÑO Lima, Perú 917592603

00511-4468-911

- Dr. ANTONIO CACUA PRADA 00571-2123726 Subdirector Academia Colombiana de Historia Calle 115 No. 9 A-30 piso 5, edif. Ana María, Bogotá DC Colombia - Dr. ALEJANDRO CRUZADO BALCÁZAR Ave. del Ejército 356 - Trujillo–Perú E-Mail: alejandrocruzado@yahoo.com.ar - Dr. FRANCISCO DE BORJA MEDINA España 00514-4967-6636

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- Dr. JOSÉ A. DE LA PUENTE CANDAMO Director Academia Nacional de Historia de Perú E-Mail: admite@an-historia.org.ar Lima, Perú - Dr. SANTIAGO DÍAZ PIEDRAHITA Director Academia Colombiana de Historia Calle 10 No. 8-95 – Bogotá D.C. Colombia - Dra. MA. PAULINA ESPINOSA DE LÓPEZ Bogotá – Colombia - Dr. WALDEMAR ESPINOSA SORIANO E-Mail: valdemar_espinozasoriano@hotmail.com Lima, Perú - Mons. MARIANO FAZIO FERNÁNDEZ - Dr. HORACIO GÓMEZ ARISTIZABAL E-Mail: patriciarapida@hotmail.com - Bogotá - Dr. ASDRÚBAL GONZÁLEZ SERVÉN Final Avenida Bolívar entre Calles 46 y 47 Puerto Cabello, Venezuela. - Dr. EKKEHAR KEEDING Talerweg 13 – D-67742 Aden Back – Alemania E-Mail: ekke_keeding@yahoo.de - Dra. MARIA LUISA LAVIANA CUETOS C/Virgen del Valle 52, 4º. B - 41011 Sevilla, España E-Mail: laviana@cica.es - BERNARD LAVALLE 13, rue Sateuil, París, Francia - Cedex 05. - Dr. GERARDO LEÓN GUERRA Academia Nariñense de la Historia – Pasto - Dr. JUAN MARCHENA FERNÁNDEZ C/Pajaritos 8, 2º. –1, Sevilla, 41004, España E-mail: jmarfern@upo.es - Prof. SERGIO MARTÍNEZ BAEZA Londres 65, Santiago E-Mail: smbaeza@vtr.net .- Chile

00511-4277-987

0057-1-3367-350 0057-1-2825-356 0057-1-2564-656

0057-13-342-439

(34) 954 551-224

Fax 01-45-87-41-75 0057-27-234-538 63-94-79-665

00562-638 2489

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- Dr. EDUARDO MARTIRÉ Rodríguez Peña 1842, p. 10º. Dep. B.- 1021 E-Mail: inhide@infovia.com.ar .- Bs.As. Argentina - Dra. EMILIA MENOTTI VIOLA E-Mail: sociedadbolivariana@yahoo.com Buenos Aires, Argentina. - Dr. OTTO MORALES BENÍTEZ Bogotá, Colombia - Dra. INÉS MUÑOZ LYDIA Presidenta de la Academia Nariñense de Historia E-Mail: ac_narhistoria@hotmail.com. Pasto, Colombia - Dr. JAVIER ORTIZ DE LA TABLA Universidad de Sevilla, Sevilla, España - Dr. LUIS RAMOS GÓMEZ Valle de En medio No. 2-F (3º.A) 28035–Madrid - Dra. LOISE J. ROBERTS 24694 Upper Trail – Carmel, CA. 93923 –USA E-Mail: ljrobertsl4@aol.com - Dra. CARMEN RUIGÓMEZ GÓMEZ Valle de En medio No. 2-F (3º. A) 28035 Madrid - Dr. NICOLÁS SÁNCHEZ ALBORNOZ José Martínez de Velasco 6, 28007, Madrid, España E-Mail: nsalbo@wanadoo.com - Dr. PEDRO VERDUGA Academia Nariñense de la Historia – Pasto - Dra. GISELLA VON WOBESER Academia Mexicana de la Historia Plaza Carlos Pacheco 21 Centro C.P.060, México E-Mail: acadmxhistoria@prodigy.net.mex 0057-27-234-538 0055-2196-53 91-73-06-620 0057-27-234538 0054 011 4683-6025

(831) 625 5635

91-73-06-620

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LISTADO DE MIEMBROS DE PROVINCIAS
CENTRO PROVINCIAL CORRESPONDIENTE DE GUAYAS DIRECTORIO - DR. BENJAMIN ROSALES VALENZUELA – Director - ARQ. MELVIN HOYOS GALARZA – Subdirector - SR. EDUARDO ESTRADA GUZMAN – Secretario - LIC. MARIANO SANCHEZ BRAVO – Bibliotecario - LIC. EZIO GARAY ARELLANO – Tesorero - DRA. JENNY ESTRADA RUIZ – Vocal - DR. JORGE MARCOS PINO – Vocal MIEMBROS - DR. SANTIAGO CASTILLO (Argentina) - DRA. DORA LEON DE SZÁSDI - DR. GUILLERMO AROSEMENA - LIC. CARLOS CALDERON CHICO - M.A. JUAN CASTRO Y VELAZQUEZ - DR. XAVIER GARAICOA - DR. RODOLFO PEREZ PIMENTEL - SR. VICTOR PINO YEROVI - SR. HUGO DELGADO CEPEDA (electo) CAÑAR, AZUAY Y LOJA - DRA. MARIA CRISTINA CARDENAS - DR. MIGUEL DIAZ CUEVA 04-2303-700 04-2270-378 04-2346-632 07-2829-944 07-2831-917 005411-4300-6196 Puerto Rico 04-2353-130 099-762-568 04-2328-569 04-288-7492 04-2524-100 04-2303-969 04-285-3310 04-236-8041 04-2343-216 04-2850-780

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HISTORIA

- LIC. LUCAS ACHIG SUBIA - DRA. ANA LUZ BORRERO - ECON. BOLIVAR CARDENAS - DR. JUAN CHACON ZHAPAN - ECON. LEONARDO ESPINOSA - DR. RICARDO MUÑOZ CHAVEZ - DR. GUSTAVO REINOSO HERMIDA - DR. GALO RAMON VALAREZO - ING. AGUSTIN PALADINES - DR. DIEGO ARTEAGA MATUTE (Electo) - DR. JAIME IDROBO URIGUEN (Electo) - DR. PATRICIO MUÑOZ VALDIVIESO (Electo) IMBABURA - PROF. ROBERTO MORALES - DR. JORGE ISAAC CAZORLA TUNGURAHUA Y CHIMBORAZO - SR. CARLOS LUIS MIRANDA TORRES - PROF. GERARDO NICOLA LOPEZ - DR. CARLOS ORTIZ ARELLANO - DR. FAUSTO PALACIOS GAVILANES

07-2816-555 07-2856-396 07-2240-165 07-2450-105 07-2842-205 07-2880-170 07-2825-934 099-700109

06-2640-335 06-2644-602

03-2871-218 03-2840-914 03-2966-264 03-2822-903

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B O L E T Í N

N °

1 8 2

D E

L A

AC A D E M I A

N ACIONAL

DE

HISTORIA

ESMERALDAS, MANABI Y EL ORO - PROF. JOSE ARTEAGA PARRALES - AB. EDUARDO MOLINA CEDEÑO - PROF. VICENTE POMA MENDOZA 05-2630-404 05-2639-461

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