Diseño portada: Inge Conde Diseño logo Granite & Rainbow: Inge Conde

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Ainize Salaberri

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JULIO ’10

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ÍNDICE DE CONTENIDOS

Editorial .................................................................... 5 Los últimos días de... Macondo ............................................... 6 Valses y otras falsas confesiones ............................................ 9 Eugenia Rico ................................................................ 12 Nueva visita inesperada de los Tártaros ..................................... 13 Leamos a Manuel Chaves Nogales .............................................. 16 Relato ...................................................................... 19 Función de la memoria en Rulfo .............................................. 21 El lápiz del carpintero ..................................................... 23 Muero de a poco, amor ....................................................... 24 Relato ...................................................................... 27 Memorias barrocas de Filomeno ............................................... 31 Algo que era amor ........................................................... 33 Bergai ...................................................................... 36 Relato ...................................................................... 38 Entrevista a Ángela Becerra ................................................. 44 Daniel Cristaldo ............................................................ 49 Un tal... Pedro Páramo ...................................................... 53 Relato ...................................................................... 56 Mario Benedetti ............................................................. 58 Si Dios fuera Mario Benedetti ............................................... 61 Crónica de un escritor maldito .............................................. 64 El dolor de los otros ....................................................... 66 El hombre circular .......................................................... 68 Eduardo Galeano ............................................................. 69 Narradores no confiables en Onetti .......................................... 72 Amantea ..................................................................... 74 Palabras en cascada ......................................................... 75 Relato ...................................................................... 79 José Saramago ............................................................... 81 Limpiar su pelo de memorias viejas .......................................... 83 La reescritura en Arenas .................................................... 85 Relato ...................................................................... 87 Cartas cruzadas ............................................................. 90 Créditos finales ............................................................ 92

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EDITORIAL
Cuarto número ya y parece que fue ayer cuando este proyecto loco comenzó. Cada día tengo la suerte de tratar con unos profesionales de lujo, que consiguen que este proyecto siga existiendo, y que lo tratan como si fuese suyo propio. Y, en cierto modo, una cachito de la revista les pertenece para siempre. Hablo, cómo no, de los redactores. Sin ellos, esto sería un camino cuesta arriba. Por eso nunca me cansaré de darles las gracias. GRACIAS. ! Este cuarto número trata de la literatura iberoamericana. No es una literatura de la que sepa muchísimo y por eso sólo he podido escribir sobre los pocos libros de literatura española y latinoamericana que he leído a lo largo de mi vida. Pero ellos, los redactores, saben bien de lo que hablan, y por ello los textos que os vais a encontrar en este número serán recordados siempre. Me han descubierto, además, mundos cuya existencia desconocía, como el mundo de Horacio Quiroga o Blanca Varela. Mundos que me tomaré tiempo para recorrer, donde buscaré un lugar más donde poder perderme. Contamos, además, con un lujazo en este número. Gracias a Noelia Jiménez, podremos disfrutar en este número cuatro de una entrevista a la escritora Ángela Becerra, que muy amablemente le ha concedido una entrevista. Gracias, Noelia. Gracias, Ángela. ! Me he permitido el lujo de escribir sobre una escritora que, pese a no haber sido aún publicada por ninguna gran editorial (mi predicción es que será publicada en Anagrama, recuerden esto cuando ella sea una escritora de éxito) es la escritora con más futuro en el panorama español de los próximos años. Y no lo digo por decir, ni porque le tenga un cariño especial, ni porque sea mi amiga. No, nada de eso. Lo digo porque leerla es un placer sólo comparable a leer a Carmen Martín Gaite, ejemplo socorrido, o Marguerite Duras o, fíjense lo que les digo, Virginia Woolf. Su libro, titulado Bergai, marcará un principio y un final en la literatura de un futuro no muy lejano. ! Lo cierto es que no me quedan palabras, no ya al menos para este número. Las he gastado todas en los artículos que aquí he escrito, en los cuentos que he imaginado, elaborado, y abandonado a su suerte. No puedo escribir más, como si me hubiesen robado las palabras para hacer con ellas algo mejor de lo que podía hacer yo. Como si alguien estuviera con una caña de pescar robándome las ideas, atento a cualquier movimiento de escritura en mis dedos. Por eso creo que es mejor que silencie este teclado y de paso a los maravillosos artículos y relatos de mis compañeros. Sed bienvenidos, una vez más –y que esto no termine nunca–, al cuarto número de la revista Granite & Rainbow.

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PEDRO LARRAÑAGA
Buendía, que sobrevivió a catorce

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE... MACONDO
Carlos Fuentes, en un artículo

atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento? ¿o

ante Melquíades? ¿o quizás frente al desdichado Pietro Crespi? No, en Macondo Porque no sirve la como

objetividad. decía Carlos

Macondo, en

publicado en 1966, un año antes del lanzamiento de “Cien años de soledad”, expresó, en apenas unos cuantos

Fuentes

aquella

primera crítica, es “El sitio del mito (…) Hay sólo imaginación literaria.

párrafos, todo lo que puede, y debe, decirse Márquez. sobre El Macondo texto comete que la y García sigue a de

Hay sólo mitificaciones en las que un presente vida del vivo recupera, Más también, claro, la

pasado”.

agua.

continuación

blasfemia

¿Puede, para

entonces, qué

alguien

explicarme la

querer añadir algo más a las palabras del escritor mexicano sobre una de las mejores novelas de la historia.

diablos

queremos

objetividad? Para nada. Aquí sentado, frente a que al la ordenador, pantalla a

“…

era

irrepetible

desde las

siempre

y

intentando algunos

escupirle párrafos

para

siempre

porque

estirpes

lleguen

condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad en la tierra”. Así, con una sentencia tan violenta como irrefutable, pone punto y final el gran Gabo a “Cien años de soledad”, firma, en opinión de las del más que esto

expresar mi devoción por esta obra, me siento como el gran Coronel Aureliano que, “frente al había remota pelotón de en la de

fusilamiento, aquella tarde

recordar que su

padre lo llevó a conocer el hielo”. En mi caso no fue mi padre quien puso entre mis manos aquella piedra extraña y fría, si no una firme y alegre

una

grandes

historias jamás contadas. Pero, si su final es una epopeya en sí mismo, prodigio su de primer párrafo un es un

profesora de literatura. Tenía quince años de edad y estaba más dispuesto a atender a mis hormonas y al contoneo de las curvas, que a las danzas palabras. párrafo desconcertantes Recuerdo me que de aquel No las primer estaba

precisión,

corte

certero que pone, a golpe de vocales y consonantes, al lector al borde del precipicio, ante el vértigo de estar frente a algo mayor que uno mismo. Sí, la emoción a me la puede y no hay en nada este ¿Quién

desconcertó.

cercano texto.

objetividad lo

listo para hacer frente a todo aquel montón de páginas hablando de sueños, metáforas, mitos, cuentos y fantasías. Mi cuerpo se hallaba,

Tampoco

pretendo.

puede estar tan loco para pretender ser objetivo ante el Coronel Aureliano

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PEDRO LARRAÑAGA
irremediablemente, más cerca de la mexicano aquel en su artículo alegría original, no era realidad de la carne. Y como no podía ser de otra forma, venció la carne. No fui capaz de hacer frente a cien posibles años de soledad, optando por buscar busca el de calor algo La mi de la multitud, seguro, en no lector “cuya

ajena a cierto además: no bastaba dar el paso; y era la preciso belleza darlo con el por

humor

alcanzados

García Márquez al escribir la historia del Coronel Aureliano Buendía, el

que,

encontré. encontró

profesora

tampoco y

hombre que espera: la víctima de la esperanza”. Desde aquel instante no me hizo falta más el machete, y lo lancé tan lejos como pude. Tanto que ya no he vuelto a encontrarlo. Es lo que tiene Macondo, que cada vez es distinto. Así, cada vez que te cruzas con Rebeca Amaranto, con Amaranto, con Remedios Moscote,

trabajo

satisfactorio

optó, con toda razón, por suspenderme. Creo que lo que más le disgustó fue saber que había renunciado a lo que Fuentes definió como “la crónica de ese Macondo que empieza a proliferar, inclusive, riqueza partenogenético, de un con la

Yoknapatawpha

colombiano. Autogénesis: toda creación es un hechizo, una fecundación

parecen otros distintos. Y es que en Macondo todo es “creación y recreación de un solo instante”, es el lugar en el que se funde la historia “real” y toda la historia “ficticia”. Sin embargo, mi gozo no pudo ser

andrógina del creador”. Mi segundo acercamiento fue mucho más firme y decidido. Mi historial

académico corría el peligro de verse mancillado por un tipo de mirada

completo. “Cien años de soledad”, como todo lo bueno y hermoso en la vida (el amor, el sexo o hasta un helado de nata y chocolate), no tiene un final fácil. Con mis alborotados quince años creí (¡pobre de mí!) que me había

afable como García Márquez, del que, para qué negarlo, incluso me gustaba la expresión de su cara. No quería

cargarle con el peso de mi fracaso. Así que, armado de la de que toda puede la ser

determinación

hecho con la lógica de aquel lugar, en el que “los hombres se defienden, con la imaginación, del caos circundante”. Por supuesto, no era así.

capaz un adolescente, me adentré en Macondo, machete. Hora a hora, fui cortando hojas y sosteniendo en lo alto un

Fue duro encontrarme con ese final, fruto de pasión hoy en día, pero de desasosiego en aquel entonces. Cuando hace poco que has dejado la infancia, lo de “estirpes condenadas a cien años de soledad” puede llegar a meterte el miedo en el cuerpo. Algo así como

ramas, abriéndome paso en medio de un terreno espeso y complicado,

sobreponiéndome al calor pegajoso y a la sed que me apretaba la garganta. Así, página a página, hasta que todo fue sencillo. Yo mismo era, entonces, ese del que hablaba el escritor

salir corriendo, para esconderse bajo

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PEDRO LARRAÑAGA
la cama, rogando que el monstruo del armario sea otro cuento para asustar a los niños. Unos años más tarde, cuando ya había desarrollado mi nostalgia por la Ese espacio curioso, mágico y paradójico. ¿Por qué paradójico? Hoy, cuando ya he perdido la cuenta de las veces que he leído “Cien años de soledad”, son, precisamente, ese

niñez, volví a acercarme a Macondo. Fue un acercamiento casi distraído,

comienzo y ese final, tan odiados hace tanto, los que más me apasionan. En mi opinión (nada modesta, más bien un

con cierto aire de superioridad. Al fin y al cabo, en mi recuerdo, ya

había podido una vez con “Cien años de soledad”. ¡Qué iluso! La mítica obra me puso de nuevo de patas para arriba, agitando mi

grito en medio de la multitud), no he encontrado mejores frases para abrir y cerrar una novela. Probablemente, me deje llevar por el fanatismo del

imaginación como si fuera un batido de mango y piña colada. Me apretó el

converso, pero sólo de ese modo creo poder expresar lo que siento cuando sé que se acercan esos últimos días de Macondo, está a cuando punto Aureliano de Babilonia los

pescuezo hasta dejarme casi sin aire. Yo ya sentía que la literatura era

algo enorme, pero García Márquez me dejó claro que “la verdadera re-visión de la épica y la utopía es la

descifrar

pergaminos. ¡No, no, no! No lo hagas, por favor. Macondo, la ciudad de los espejos, no puede ser “arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres”. No, Aureliano, no, no lo hagas… Después del pánico, dejo de tiritar y recuerdo Macondo y que ya es años imposible de que

literatura y el arte de nuestros días: el dominio, demonizado, del tiempo

muerto de la historiografía, a fin de poder entrar, sin lastres indeseables, al tiempo total del presente”. palabras Por no

supuesto,

semejantes

pueden ser mías. Carlos Fuentes, amigo del escritor colombiano desde su

“Cien de

soledad” memoria.

llegada a México, es un analista mucho más certero. A mí sólo me quedó una certeza:

desaparezcan

nuestro

¿Verdad, don Carlos Fuentes?

Macondo es el lugar. A él me acerque otra vez. Y una más. Y otra. Y alguna otra más. Y para una no última hacerme que no (Fuente: Artículo “Versiones” escrito por Carlos Fuentes en el suplemento La Cultura en México, del semanario

recordaré,

pesado.

Siempre vuelvo, porque allí “el mito reúne la nostalgia y el deseo en el presente permanente: los da a luz, los sitúa en el mundo, los exterioriza”.

Siempre!, publicado el 28 de junio de 1966)

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FUSA DÍAZ

VALSES Y OTRAS FALSAS CONFESIONES

Acepta la luz como acepta la oscuridad y Blanca Varela va a morir. Está tumbada en una cama y nadie creería que los poetas también enferman, también padecen, también se agonizan y son indignos en sus últimas horas. Va morirse, se escucha lejos de esa cama, y nadie le va a dar la noticia. Pero el tiempo es un árbol que no cesa de crecer, se recita Blanca Varela, moribunda, y sabe que cuando ella no esté el árbol no parará por nadie. Está muriéndose y todo le parece una gran mentira: la misma de siempre, pero más ancha, más ocupando todo el cuarto donde quizá se sintió feliz alguna vez. Todo el mundo dice que Blanca Varela fue la misma -empieza a hablarse ya en pasado, estando todavía- haciendo un pisto que un poema, ¿será la misma muriendo, qué cambiará, dónde esconderá su desencanto cuando venga por ella el pozo de siempre pero disfrazado de muerte, cómo va a defenderse cuando no pueda ya escribir? Afuera preguntan si va a querer que la asista Dios y todos se miran sin preguntar, sin responder. Blanca vuelve al momento en que escribió Donde todo se termina abre las alas, hace el ademán de volar como si fuera una niña, o un niño, levanta el vuelo despacio pero le fallan unos brazos que parece que nunca hubieran cargado una maleta vieja, una manta en medio de la noche, una criatura que recién ha nacido. La vida está en su plato de pobre y no va a ser capaz de darle ni un solo bocado, ni un mordisco sin dientes, se siente estúpida por haber confiado alguna vez, por haber guardado para entonces una última esperanza que no le va a servir siquiera para levantar un poco los brazos y hacerse una broma, la penúltima, la que la devuelva a una claridad total (se pregunta si es cierto que guardó una esperanza). Es inútil sentarse a esperar lo que seguro va a llegar, es inútil y Blanca Varela lo sabe y quiere morir cuanto antes pero no la dejan, afuera golpean la puerta y quisiera que el mundo entero tuviera hambre en ese momento, como acompañándola, pero el árbol no va a quebrarse ni un poco y el tiempo está pasando y es ella la que se queda y se pudre y se muere y se desvela. No va a dejarles a sus hijos más que un puñado de ojos ciegos y una herencia mal cocida y se maldice por haber escrito siquiera una palabra que compone un solo poema, que no quede nada de mí cuando vaya a marcharme, que todo se venga conmigo, que me entierren para siempre con toda mi palabra, mi basta palabra. Y afuera, lejos, en la vida, una muchacha joven descubre un poema de Blanca Varela y se pregunta si sentirá lo mismo que ella cuando lo escribió, y nace en ella una pequeña esperanza que alberga Blanca Varela la que desespera,

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FUSA DÍAZ
la muchacha abre los ojos frente al poema y lo relee por tercera vez y vuelve a preguntarse si se parecerá, si alguna vez ella será capaz. Y si Blanca Varela pudiera adivinarla, elegiría, de todas formas, morir en cuestión de horas, querría marcharse, descreída, en su náusea completa y repetitiva. Se va a ir sin promesa ninguna y un cura acaricia obscenamente la puerta y nadie quiere dejarle entrar. Un hombre maduro, afuera, lejos de Blanca Varela, lejos de la muchacha que lee un poema de Blanca Varela, el hombre teoriza sobre una poeta peruana que sabe que va a morir y dice que escribía a su pesar, como defendiéndose, que el poema era una gran batalla, porque lo ha leído, porque confía en que sabe leer en el corazón de una mujer que era poeta y lo sabía. No son más que pistas lo que Blanca Varela se dispone a abandonar, una idea diminuta de lo que pudo llegar a ser, de lo que todos creyeron que era, y se está muriendo y el cura insiste en la puerta. Blanca Varela es leída en una clase de literatura, lejos del hombre, lejos de la muchacha, es leída y una voz que todavía no está definida grita, con ímpetu: soy un animal que no se resigna a morir. Y nadie al escucharle podría saber que Blanca Varela está a punto de morir, a punto de dejar entrar al cura, de resignarse como un animal cobarde. Todos, cuando acaba el poema, aplauden, y la muchacha de una palmada sonora y se acerca las manos al pecho, gloriosa, el hombre choca la mano con su compañero de investigación y sabe que ha encontrado algo en un poema y confía en que nadie, salvo él, lo haya visto antes. El cura se sienta satisfecho ante Blanca Varela y ésta le dice, lo último que dice: nunca quise ser poeta. Y Dios no la va a perdonar nunca.

—los niños, el océano, la vida silvestre, Bach. —el hombre es un extraño animal. En la mayor parte del mundo la mitad de los niños se van a la cama hambrientos. ¿Renuncia el ángel a sus plumas, al iris, a la gravedad y la gracia? ¿Se acabó para nosotros la esperanza de ser mejores ahora? La vida es de otros. Ilusiones y yerros La palabra fatigada. Ya ni te atreves a comerte un durazno. Para algo cerré la puerta, di la espalda y entre la rabia y el sueño olvidé muchas cosas. La mitad de los niños se van a la cama hambrientos. —los niños, el océano, la vida silvestre Bach. —el hombre es un extraño animal.

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FUSA DÍAZ
Los sabios en quien depositamos nuestra confianza nos traicionan. —los niños se van a la cama hambrientos —los viejos se van a la muerte hambrientos. El verbo no alimenta. Las cifras no sacian. Me acuerdo ¿Me acuerdo? Me acuerdo mal, reconozco a tientas. Me equivoco. Viene una niña de lejos. Doy la espalda. Me olvido de la razón y el tiempo. Y todo debe ser mentira porque no estoy en el sitio de mi alma. No me quejo de la buena manera. La poesía me harta. Cierro la puerta Orino tristemente sobre el mezquino fuego de la gracia. —los niños se van a la cama hambrientos. —los viejos se van a la muerte hambrientos. El verbo no alimenta. Las cifras no sacian. —el hombre es un extraño animal.

Conversación con Simone Weil, Blanca Varela

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AINIZE SALABERRI

EUGENIA RICO
“Si mi hermano no hubiera muerto, yo no sería quien soy ni escribiría lo que escribo. Preferiría que no se hubiera muerto, tal vez yo fuera mejor y dijera cosas más importantes. Pero está muerto y sólo tengo una cosa que decir. Éste es el libro. Escribirlo es un suicidio. Cuenta lo mejor y lo peor que me ha pasado. Las cosas suceden sin que nadie sepa por qué y uno no vuelve a ser el que era ni a sentir lo que sentía. Uno tiene que agradecer también el dolor por hacerle sentar a su mesa y darle su comida. Éste es el libro que siempre quise escribir. Lo escribo para mí pero, sobre todo, lo escribo para él.” “La muerte blanca”, tal y como la recuerdo hoy, era un canto al amor familiar, una dedicatoria, una elegía. El amor en estado puro, el más incondicional, el más sincero, que viene del amor y se marcha con él, arrasándolo todo, cada rincón, cada caricia, cada recuerdo. El amor que escribe sobre el pentagrama el sonido de dos lazos que nunca se separarán, unidos a prueba de bomba, que luchan juntos contra la muerte. Esta novela es un grito de horror, de pena, lastimero. Un grito que mantiene un pulso con la añoranza, con la ausencia repentina e injusta. Un grito terrorífico. El único grito posible cuando la muerte se lleva a tu hermano y tú has de vivir a partir de entonces. Cómo lo haces, cómo sobrevives, ¿o malvives?, a una pérdida como ésa. Cómo zafarse de las garras del dolor, del hedor a muerte y destrucción, que queda impregnado en cada poro de piel, en cada recuerdo, en cada gota de sangre, en cada lágrima vertida, en cada insulto, garabato de la voz, juramento, lanzados a la nada y que retumba en la nada. Cómo hacerlo. Cómo. Viviendo de fantasmas, de recuerdos, de ceros tras ceros tras ceros, porque encuentras el por qué, el no encuentras consuelo, claro, porque no simple motivo por el que la muerte decide

llevarse a un chaval de dieciséis años lleno de vida, con todo camino por hacer y toda muerte que desandar. “Durante muchos días simplemente me negué a admitirlo. Veía cómo le descendían a la tierra y para mí eso era todavía algo que le pasaba a algún otro. Luego empecé a creer. La gente suele pensar que las lágrimas son la máxima expresión del dolor. Afortunados los que no conocen un dolor que va más allá de las lágrimas. No podía llorar. El dolor me había congelado los ojos y no podía derramar una lágrima. Yo era un frasco cerrado a presión por el dolor. Ni una gota de humedad se escapaba, pero la fuerza del vacío en mi interior me pulverizaba por dentro. Entonces descubrí los gritos.”

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MARÍA ZARAGOZA

NUEVA VISITA INESPERADA DE LOS TÁRTAROS

La culpa fue mía por ocurrírseme visitar París sin pensar en las consecuencias. De todas formas ya habíamos hablado del asunto mi pareja y yo y en muchas ocasiones había tratado de arrastrarme a su ciudad natal para que conociera a su familia, ocasiones que había logrado evitar con elegancia muchas veces aunque no esta, vete tú a saber por qué, aunque temerosa por lo que seguro que me ocurría al poner un pie en tierra, que se me suele dar bien lo de las coincidencias, el caos, la literatura y el sueño como a un gigante argentino que todos conocemos y que ahora está allí enterrado, en una tumba ridículamente pequeña para su tamaño

descomunal cuando vivo. Y si ya de por sí el escritor, no lo nombraré todavía, quizá no puedo, y la aquí declarante tenemos en común esa cosa del azar, no me hubiese extrañado lo más mínimo que cualquier cosa pudiese ocurrir. Después quizá me confié porque en los tres primeros días en París no ocurrió nada señalable. Me relajé, eso fue, no le di

importancia a que mi pareja me dijese al tercer día, en la hora de la cena, cortando un trozo de queso mientras yo me había levantado a poner un vinilo de Charlie Parker (no le di importancia a pesar de “El

perseguidor”): ! -Si quieres mañana nos vamos a Montparnasse y así visitas la tumba

del Julio Cortázar ese que tanto te gusta. ! Y claro, era obvio que sonaría el timbre y también era obvio lo que

me iba a encontrar del otro lado al abrirla. Aunque jamás les había visto la cara, tan sólo por el descaro y los ademanes y esa forma de

estrecharme la mano y entrar y tomar por asalto el vino que estábamos tomando para cenar y cambiar el disco e instalarse en el sofá, ya supe que eran Polanco y Calac, tan díscolos como de costumbre. ! ! -¿Y quién son estos? –Me preguntó mi pareja. -Son los Tártaros, cielo, no debiste nombrar a Cortázar en París, me

temo. ! a ¿Y por qué no si a él se le habían pegado en vida se me iban a pegar mí después de muerto su creador original? Comilones, bebedores,

descarados, absurdos. Me empezaron a tironear para que me pusiera el abrigo y saliese a la calle con ellos. Estaba molesta, pero ¿qué iba a hacerse? Estaba claro que algo así ocurriría. ! ! -Tenemos que buscar al viejo Julio. -No le llamés viejo, sabés que se molestá, Polanco.

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! ! -A ese ya no le molesta nada desde hace años, che. Salimos a la calle y le prometí a mi pareja que volvería, aunque

pudiera ser que no, con los Tártaros nunca se sabe. Las calles de París eran frías y oscuras, en nada parecidas a lo que había imaginado de ellas leyendo los libros de Cortázar. Yo siempre creí en el París luminoso cuyas calles podían transportarte a cualquier lugar del mundo, en esa ciudad que te engullía hasta transformarte en otra cosa, quizá un

cronopio o un vulgar fama –aquí hago un inciso para señalar que pese a lo que se comenta de París habitualmente, en nuestro paseo en el que el parloteo de los Tártaros tendía a darme dolor de cabeza, nos encontramos muchos más cronopios que famas e incluso un par de esperanzas bobas se nos pusieron por delante a punto de ser atropelladas por un peugeot-, en esa ciudad en la que los ríos metafóricos acababan por ahogar a Oliveira, extendiendo los brazos más allá del Sena, del mismo París y hasta del océano para llegar del otro lado, en el otro continente. Encontramos el Cluny de 62. Modelo para armar y los Tártaros se pusieron muy contentos por poder saludar al caracol Osvaldo. Pensé que no dejaba de tener su punto que un café de libro en París se correspondiera en realidad con un restaurante de Buenos Aires, el cluny, sí, habiendo sido el escritor argentino. Aunque murió, demostrando un gran sentido del humor, el mismo día de san Valentín del año en el que le concedieron la nacionalidad francesa, la vida resulta irónica para los huidos emocionales. ! Reconocimos todos los portales donde Oliveira amó a la Maga al

encontrarla sin haberla buscado. Los tártaros hablaban de la dictadura en Chile y yo les hice saber que iban un poco atrasados. Los puse al día en cuatro palabras y terminaron bisbiseando como Feuille Morte por no saber qué decir. Me sentí orgullosa de haber sido capaz de callarlos la primera noche, antes de que tomaran por costumbre marearme como al “viejo Julio”, como ellos lo llamaban. ! Al pasar por el Pont Neuf se nos echó encima una niebla espesa, como

de pesadilla y vimos pasar el barco de Los premios, ya completamente vacío, en su fantasmal travesía por el Sena esta vez. Me entró una especie de tristeza y quise ir a visitar Montparnasse, pero Polanco y Calac se negaron aduciendo toda clase de estupideces, aunque en la cara se les veía que tenían miedo. No sospechaba entonces, aunque lo

descubriera luego, que el pánico que les asaltaba sus bonachones rostros provenía de la ignorancia. No sabían si París les había olvidado. No tenían la seguridad de que aquellas calles todavía les recordasen. Sin embargo apenas pudimos discutir del tema porque ellos se empeñaron en enseñarme el libro de recortes de Manuel, con los trozos de periódicos

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arrugados y amarillentos por el tiempo, hablando de lo encantador que resultaba ese niño. Yo pensé que quizá Manuel había entrado hace tiempo en la treintena o a lo peor, ni siquiera había pasado de ser un bebé por culpa de no haber salido en más historias, que no había crecido por ser una imagen infantil de Cortázar y así se había quedado siempre, por lo que los recortes inútiles para su futuro -pues no hay futuro para Manuelnunca llegarían a sus manos. Cuando más triste estaba lo vi, sí, cuando ya esperaba no encontrarlo, cuando quise pensar en la condesa sangrienta y en los tranvías que no llevan a ninguna parte y a todas al mismo tiempo y deseé huir, escuché sus pasos lentos y pesados, vi el bajo del pantalón demasiado corto para semejantes piernas, el borde de su gabardina, olí el olor de su tabaco y a pesar de que jamás lo conocí, de que murió cuando yo tenía dos años, reconocí a su fantasma como antes reconocí a sus personajes, caminando con despreocupado desdén de gigante por las calles donde jamás nos

hubiésemos citado de citarnos alguna vez. Y sin embargo sentí que no debía acercarme, que no quería perturbar su paz con todas las preguntas que le hubiera hecho sobre su obra, sobre cada una de las cosas que había leído durante tantos años de recopilación de textos y ediciones que se van amontonando por mi casa como por la suya se amontonaban los papeles y los discos de jazz. Sentí que si le preguntaba rompería el encanto, rompería el hechizo, todo se desvanecería. Si un lector comprende por completo todo lo que hay en el texto, si comprende los sentimientos del autor al plasmarlo, si sabe de todos los pensamientos y vivencias que lo llevaron a Rayuela o a 62.Modelo para armar, no arma el juego sino que lo rompe. También Julio creía en el azar, ya lo dije. Así que me giré sobre mis talones y no le pregunté si había encontrado a la Maga o si lloró por Charlie Parker. No le dije nada de la frustración que le imaginé contra los vampiros multinacionales ni de cómo supo que los cronopios eran seres húmedos y verdes y no cualquier otra cosa. Volví a mi casa a pesar de las protestas de los Tártaros y me dije que, al fin y al cabo, Cortázar era París a su modo, y también todas las ciudades, porque todas son, sin más, la Ciudad y no cualquier otra cosa. Y al fin y al cabo tampoco había que preocuparse porque los Tártaros volverían a las andadas tarde o temprano y podría, de nuevo, tener una oportunidad más de reunirme con los

fantasmas.

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EDUARDO LAPORTE LEAMOS A... MANUEL CHAVES NOGALES
Hay perfiles que te reconcilian con España. Talantes que no parece que se pudieran gestar esta España nuestra, de la que olvidamos a que hubo en un las periodo tirando glorioso, veces resuenan en mi interior algunas de las observaciones allí volcadas.

Chaves Nogales escribió otras libros igual gracias de a sorprendes, la y a labor de autores y que Libros como sólo del Andrés

Asteroide,

artes y las letras, allá en los años que van del 1898 al 1936. La Edad de Plata, se conoce, y vio pasar a tres generaciones de literatos y pensadores, y poetas, la del 98, la del 14 y la del 27. Luego llegó la guerra escritor y lo jodió un todo. Manuel En ese y contexto, surgió periodista

Trapiello, que han sabido colocarle en el lugar que se merecen, hemos podido acercarnos, hoy, a su obra. Tenía un mucho, como aquel Andrés Hurtado de Baroja, de precursor, el amigo Chaves. Su El maestro Juan Martínez, que estaba allí, entra de lleno en eso que se podría llamar nuevo periodismo, new journalism, que atribuyen hoy a Truman Capote o a Rodolfo Walsh, Operación masacre, allí. O en como Argentina. Josep y Pla, Pero con Chaves libros Nogales, como Juan Martínez, ya estaba finísimos deliciosamente

sevillano,

Chaves

Nogales (1897 – 1944) que ya de niño tuvo un acceso directo a la realidad vía redacción periodística. Su padre trabajaba en El liberal de Sevilla y desde el sino muy rostro, que ya llena joven firmó anduvo sus por ahí correteando. En cuanto tuvo pelos en primeras por esa crónicas. Pero no importa tanto eso, zascandileaba de tipos Sevilla humanos

antirretóricos como Vida de Manolo. No tengo el dato, pero estoy seguro de que Chaves Nogales leyó y bien al escritor catalán. Con que El maestro Juan llamar Martínez, de que

velazqueños cuando menos, de los que extrajo su esencia con una habilidad pasmosa. Su Narraciones maravillosas, que escribió con tan sólo 22 años parece estar escrita por alguna mano divina. Hay algo de genialoide en esos relatos, algún tipo de fuerza superior que parece haber guiado al joven autor. Como en El don de Vorace del precoz Félix Francisco Casanova, sólo que en narrativa. Hay algo de mágico en esos pasajes, y una joven sabiduría en el trazo de los personajes, de las situaciones. A

narra las experiencias, en un estilo podríamos ficción periodística, con base real, pero con las artes literarias del autor, de un bailarín libro retenido en la Rusia sobre de lo febrero de 1917. Se aprende más en ese sobre comunismo, absurdo de los totalitarismos, de lo triste de una sociedad politizada de los pies a la cabeza, que con mil manuales de historia. Como se aprende más sobre la claudicación de Francia en la Segunda Guerra Mundial, ante la fascinación nazi, con su La agonía de

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EDUARDO LAPORTE
Francia, que que en con los mil artículos en le al los hace dictadoreado, pero seguramente no respecto. Tiene Chaves Nogales un ojo repara detalles, que detalles fundamentales, durante casi cuarenta años, y con la comisión de incontables crímenes de la humanidad como y la ubicación en se lo que, el harto de España y a las país Eso atrasado cultural perdonaremos de

diferente al resto. Sabe poner en la balanza lo que podríamos definir como microhistoria, pequeñas minucias que tejen y modifican otra historia más grande. Como que a los franceses la idea de volver a a guerrear, un millón “Antes de de la exponerse le dio perder

económicamente mundial. Chaves Nogales

concierto

atrocidades de una España dispuesta a aniquilarse con denuedo, puso tierra de por medio. En Francia, con la llegada del fascismo, también tuvo que escapar, pues su vida corría peligro. Tiempos complicados aquellos. Siempre fue un comprometido con la libertad, con la democracia, con unos valores que entonces cotizaban muy poco. Tuvo el valor de apostar sin ambages por ellos, como nos deja claro en el final de La agonía de Francia: “Hasta superior ahora al no se ha descubierto ni se ha

hombres, por defenderse del fascismo, cierta pereza. esclavitud que la guerra”, llegaron a decir. El pueblo francés, que desde hacía pocos años había implantado las vacaciones, le congé, prefería irse de excursión el fin de semana a las riberas del Sena que coger un fusil. El aburrimiento, y esto lo digo yo, tiene más culpa en la gestación de las guerras que las ínfulas expansionistas de los líderes que las promueven. La televisión, con su carga opiácea, ha hecho más por la paz que la ONU. Es mejor una sociedad algo anestesiada que una sociedad que se mate, pienso. Lo siguiente será lograr una sociedad no entontencida y que tampoco se mate, pero tiempo al tiempo. Chaves sangre guerra y Nogales fuego, Su escrito civil. escribió relatos prólogo en también sobre es A la para en

ninguna forma de de convivencia humana diálogo, encontrado un sistema de gobierno más perfecto que una asamble deliberante, ni hay otro régimen de selección mejor que el de la libre concurrencia: es decir, la paz, la libertad, la democracia”. Ideas políticas quizá hoy obvias, no tanto hace unos setenta años. Fue un precursor Chaves Nogales y un literato capaz de fijarse en las pequeñas cosas que determinan las grandes. Por eso, y mucho más, leamos a Manuel Chaves a Nogales. el que Contribuiremos quedó su obra, también

enmarcar,

caliente,

1937. A mí quizá me disguste un poco cierta equidistancia suya, “al final esto lo va a gobernar un dictador, sea del lado que cierta quien fuera”. si No sabemos sido a un ciencia dictador bando habría

sacarle del ostracismo en que murió y silenciada durante décadas.

hubiera Quizá

gobernado habría

España de haber ganado la guerra el republicano.

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NOELIA JIMÉNEZ

LA CANCIÓN DE NUESTRAS VIDAS

La canción de nuestras vidas.

Aun recuerdo el día que me regalaste este piano. Las peripecias que tuvimos que hacer para poder meterlo en nuestro dormitorio. Tú me decías que deseabas verme gozar cada noche y yo te prometí componer la canción de nuestra vida, según las notas que nos iba dando la misma. Creo que ha llegado el momento de escribirla en papel y dejar que suene no sólo bajo mis manos, sino también en las de otros enamorados.

Estás

tumbado

en

la

cama,

durmiendo

plácidamente.

Me

gustaría

acurrucarme a tu lado y dormir, pero no puedo. Alguien me ha dicho que ya no nos queda tiempo y antes de que éste se agote quería hacer lo que en su día te prometí.

La primera nota me la dio tu sonrisa. Sol…en esa clave voy a escribir la canción. Sé que es la más sencilla, pero las cosas simples, siempre han sido las más hermosas y nuestra historia ha sido y será de principio a fin, la más bonita que jamás hayamos conocido.

Re. Esa nota que siempre ha denominado lo salvaje, la libertad…así es como vivimos nuestros primeros años, nuestra juventud. De forma intensa y amándonos como nunca habíamos hecho. Pero la juventud tiene su

caducidad y con el tiempo el amor se va formalizando, también nosotros y entonces llegó el Do.

¡Qué guapo estabas en tu nuevo puesto de responsabilidad! Aun recuerdo lo orgullosa que me sentía y aun me siento de lo bien que hacías tu trabajo, del trato amable que tenías con la gente y de ese corazón tan grande que has tenido siempre. Supongo que eso fue lo que me enamoró de ti y lo que me llevó a dar la siguiente nota en aquella puesta del sol del mes de junio.

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NOELIA JIMÉNEZ

Si. Claro que sí, ¡quería casarme contigo! Supongo que lo supe desde el principio. Cuando por primera vez nuestras manos se juntaron y sentí un escalofrío. Esa sensación que sólo sientes una vez en la vida y entonces es cuando te dices “quiero pasar el resto de mis días con este hombre”.

Tras un tiempo llegaron las notas Fa y La. Con la llegada de la niña nos convertíamos en una familia. Y desde entonces hasta ahora mi boca se llena de felicidad al pronunciar el mí. Mi familia.

Y con todas estas notas sonando a lo largo de nuestra vida he podido escribir la canción que en estos momentos suena sólo para los dos. Hemos pasado por buenos y por malos momentos, pero lo mejor de todo es que hemos sabido superarlos juntos y eso no siempre es fácil.

Me quedaría corta si sólo dijese que te quiero. Es cierto, eso es lo que hice desde el primer día que te vi y no he dejado de hacerlo, pero lo que yo siento por ti cariño, es mucho más que querer.

En la última nota de esta canción quería darte las gracias por haberme hecho la mujer más feliz de esta vida y haber tenido la fortuna de haber podido compartir mi tiempo contigo. Conocerte ha sido el mejor regalo que nadie haya podido hacerme nunca.

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YANINA ROSENBERG

FUNCIÓN DE LA MEMORIA EN

RULFO

En La biblioteca de Babel, Borges ejemplifica el carácter espacial de la literatura, simbolizando la memoria con la biblioteca. En estas coexisten las épocas, por lo que lo imposible puede volverse real y la narración puede verse como un lugar capaz de ser recorrido. La historia de Pedro Páramo recorre el pueblo de Comala en busca de recuerdos. Estos son recuerdos de almas que viven en la memoria del lugar, que es purgatorio y hogar del rencor y la nostalgia. Rulfo yuxtapone los recuerdos de los distintos personajes con la intención de que el texto se torne hermético y ambiguo. No hay progreso temporal ya que su objetivo es convertir a la obra en memoria. De forma análoga con el funcionamiento de la memoria, la literatura resguarda el recuerdo de las vivencias. La construcción de la obra hace que la

historia se lea como el recorrido de un camino tortuoso, como el que recorre Juan Preciado guiado por Eduviges y con poca luz, en el cual este está

constantemente a punto de perderse. Así de tortuosos serían los recovecos de la mente humana que atesora los recuerdos en la memoria. En la obra, el tiempo no existe y no se diferencia la vida de la muerte, si bien es evidente que la memoria trasciende la muerte. Los fragmentos

narrativos emanan de distintas voces y se ordenan en un tiempo carente de lógica. Por ejemplo, la muerte de Miguel es contada desde distintos puntos de vista. El lenguaje que utilizan los personajes se basa en la evocación. Cada narrador se sustenta de los recuerdos de otros seres: De Juan Preciado emergen los recuerdos de su madre; de Pedro Páramo nace la imagen de Susana San Juan; de Susana, los recuerdos de su primer esposo. Esta es la forma en que la narración va estableciendo los vínculos entre los personajes. Y el lector es quien debe ir uniendo las piezas para lograr una visión un poco más global de la novela. ¨Me acordé de lo que había dicho mi madre: (…) Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi muerte…¨ En la obra, la metáfora de la llama de fuego como ¨la llama de la vida¨ es utilizada repetidamente. Se introduce en el texto cuando Juan Preciado es guiado por Eduviges mediante un ¨delgado hilo de luz¨ a lo largo de la posada fantasma. La

escasez de luz para guiar en una serie intrincada de pasillos es en sí una metáfora de la forma en que la memoria guarda los recuerdos y de lo difícil que es, a veces, recordar con claridad.

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YANINA ROSENBERG
La llama que se observa en la ventana de Susana San Juan es un índice de vida.

¨¿Qué sucedería si ella también se apagara cuando se apagara la llama de aquella débil luz con que él la veía?¨

La llama también es un indicador de cordura en Susana cuando esta baja a la mina en busca del tesoro con una luz débil y oscilante. Es Susana que busca recuerdos (simbolizados por las monedas) en su memoria. Es Susana luchando por no perder el juicio. En otro uso de la metáfora también se establece una analogía entre la llama y los recuerdos. La llama adquiere negatividad en el sentido de que los recuerdos trascienden hasta la muerte eterna. Esta simbología se establece a lo largo del texto a modo de presagio. Esto se debe a que mientras Pedro Páramo se compadece de Susana pensando que no existe ¨recuerdo por intenso que sea que no se apague, actúa sin medir las consecuencias de sus acciones, aduciendo que el pueblo no va a recordar dicho accionar. Sin embargo, el pueblo recuerda y se venga. Y, a su vez, los recuerdos en la memoria de Pedro Páramo son los causantes de su rencor para con el pueblo: la fiesta que se arma tras la muerte de Susana, irrita a Pedro Páramo hasta el punto de decidir el destino de Comala.

¨Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre.¨

Ciertos recuerdos son utilizados para contrastar el pasado y el presente de Comala. El agua es uno de estos y es un tema recurrente en la novela. La descripción del campo y la lluvia connotan una Comala antes de Pedro Páramo: ¨Mi madre me decía que, en cuanto comenzaba a llover, todo se llenaba de luces y del olor verde de los retoños¨

y después de Pedro Páramo: ¨El agua apretó su lluvia hasta que allá, por donde comenzaba a amanecer, se cerro el cielo y pareció que la oscuridad, que ya se iba, regresaba¨.

De esta manera, Comala se transforma en un pueblo fantasma donde sólo habita el rencor vivo de Pedro Páramo, o su recuerdo como tal, y la bonita fiesta que el pueblo le armó a Pedro Páramo. Esto es gracias a la capacidad del pueblo de guardar recuerdos en su memoria, ya sean nostálgicos o vengativos.

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AINIZE SALABERRI

El lápiz del carpintero

El lápiz del carpintero escribe solo. Escribe sobre el amor y la ternura, sobre el deseo loco y la necesidad de acabar con la guerra para empezar la paz con sus besos. El lápiz del carpintero sufre, abatido, la guerra injusta de un caudillo patético, enano, inhumano. El lápiz del carpintero escribe la guerra, describe la guerra de todos y aplaca la guerra interior, la lucha de los ideales, la templanza del poder, el silencio de las balas que a traición traspasan sueños. Herbal, Da Barca, Marisa, María, todos, escriben con el lápiz del carpintero y dibujan sueños escondidos entre columnas de catedrales que nunca más verán la luz en sus ojos. El lápiz del carpintero contempló por última vez, por ellos, por todos, la belleza del templo y la lujuria de la vida. Y la lágrima, las lágrimas, que sacudieron su instinto sobre el papel, que trazaron un camino que no era el indicado, escribían otra historia, la que se silenciaba, la que no se lamía las heridas, que supuraba pus y encendía mecheros sin gas; escribían esa historia tan real como el sonido de una vida más silenciada; la historia de ese temblor en la tierra al caer un cuerpo detrás de otro. Escribía la trayectoria de las balas, incluso las de fogueo. Escribía, a veces volvía a dibujar, aunque no lo hiciese a través de la mano del pintor, asesinado por piedad por Herbal, las rejas de la cárcel, las camas que parecían tumbas más que lechos donde reposar los truenos y las tormentas, los rayos, la inocencia, y les sacaba dientes y filos de cuchillas, que más de uno miraría con amor, sabedor de que es mejor morir a manos de uno mismo que de gente descorazonada. El lápiz del carpintero escribió a Manuel Rivas y nos dejó una obra maravillosa de la guerra civil. Una historia de amor que, gracias a ese lápiz, no volverá a repetirse, porque ya fue bastante el sufrimiento que esas tierras, estas, las que vendrán, han absorvido. El lápiz del carpintero nos escribe ahora a nosotros. El lápiz del carpintero se escribe a sí mismo.

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FUSA DÍAZ

MUERO DE A POCO, amor

Si fueras Flakoll y tuviera que hablarte como si mi nombre fuera Claribel Alegría, te digo que no me olvides. Te encontraría en los poemas más sencillos, con un lenguaje de viva a mi pesar, de vivas por suerte, creyendo que todo, si no hubieras muerto hace tantos años, habría sido un poco más hermoso de lo que fue. Si yo fuera Claribel Alegría y tú un Flakoll muerto, sobreviviendo al olvido, te pediría que me defendieras de la memoria y no me dejaras caer. Pero no lo eres y voy a gritarte que no me digas adiós desde unos ojos que podrían ser los de otro marido, dueños de otra mujer, voy a gritarte para que no te mueras todavía y corras humilde por las palabras que escribo en una mañana inesperadamente soleada, doliente. Que al final sólo va a quedarme la sonrisa y no habrá quien pueda atenderla: si tú fueras Flakoll, si mi nombre fuera Claribel Alegría y pudiera corresponderte. Si tú fueras Flakoll ahora estarías cavando un pozo hondo que después yo misma me encargaría de hollar para encontrarte, para lograr alcanzar, si tú lo fueras, si mi nombre no fuera uno que de tanto escucharlo ya no me pertenece, si yo fuera Claribel Alegría y escribiera poemas como quien deshace una puntada en un babero, como quien recoge y achica el agua con un cubo pequeñísimo, pacientemente, esperanzada, alejándome cada vez más de una angustia intermitente. De ese agujero tuyo, con tu forma, donde reposas o te remueves, incómodo, sacaré todos los fantasmas hasta que tercos vengan a morderme, pero para entonces ya seré de veras Claribel Alegría y encontrarme con Flakoll será suficiente como para que la herida no me muerda como una boca sin dueño, infectada de un hambre remota, más hambre que el hambre, más tú que yo. Si yo fuera la viuda de un hombre bueno llamado Flakoll, lloraría sin que se me notara y te traería vivo a mi pecho donde sólo yo pudiera sentirte, y sería diferente a todas las esposas que perdieron a sus maridos, sería tan diferente, capaz de sonreír y posar para una fotografía sin que nadie advirtiera la pena tan grande que supone no tener a mi lado a un hombre bueno llamado Flakoll. Ya no estás para ver los almendros de Mallorca y no puede llegarte mi palabra escrita ni pensada para ti, ya no arañas una noche demasiado oscura para un alma clara, ya no vas a leer los

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FUSA DÍAZ
versos que serena le dedico a ese día tuyo en que te fuiste para siempre, y te miro, parece que te estoy mirando, juraría que soy Claribel Alegría y que te amo sin que tú seas, sin que alguna vez me hubiera sentido una extraña en otro cuerpo que no sea el suyo, y ahora imagino cómo de transparentes podrían haber sido tus ojos y por un momento te extraño como si de verdad lo fuera, como si siempre hubiera sido tu esposa, como si todos los poemas de amor tuvieran un destinatario equivocado: ya te encontré, Flakoll, para amarte desde Claribel Alegría, para que no te extrañaras al verme, para que me reconocieras ahí donde la tierra tiene un hueco justo que es el espacio que ocupa tu cuerpo, que solicita tu alma, tus huesos mordidos por gusanos que te harán eterno por unos instantes, te harán alimento como yo te hago vivo. La soledad me tumba y no sé si soy Claribel Alegría o no, si podría defenderme de ella, desprenderme de ella, y volver a un cuerpo que no añoraba a Flakoll, ya nada puede ser tan doloroso como haber sido viuda de un hombre al que nunca pude ver, el cuerpo queda desamparado ante tanta crueldad, ante la imposibilidad de no ser ella, la mujer con el apellido de la felicidad, la del rostro sereno, si yo fuera Claribel Alegría querría besarte a ti si fueras Flakoll y decirte cuánto te extrañé en las noches de sombra y el corazón estallaba de una rabia que ya no nos pertenecía, mutando a otro cuerpo que te siente tanto como yo. Nadie podrá velarte bajo la tierra, nadie esperará en una noche con sol, ni mudará la piel en la estación en que tu cuerpo se expanda por todo el cielo. Ya nadie es Claribel Alegría desde que tú nunca fuiste Darwin J. Flakoll. La añoranza ya sólo la entienden los ciegos.
Muero de a poco, amor no es la muerte sorpresa que deseaba la que libera y lanza es la otra la lenta la que corta en pedazos da estocadas y de perfil se escurre. Muero de a poco, amor, Claribel Alegría Quisiera creer que te veré otra vez que nuestro amor florecerá de nuevo quizá seas un átomo de luz quizá apenas existan tus cenizas quizá vuelvas y yo seré cenizas un átomo de luz o estaré lejana. No volverá a repetirse nuestro amor. Saudade, Claribel Alegría

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CHISHOLM

CON (demasiadas) NOTICIAS DE MARTA SÁNCHEZ y GARY COOPER

Día 1.
17.00 Abro el libro “Sin noticias de Gurb” por primera vez. Me

enfrento a un extraterrestre, a alguien muchísimo más inteligente que cualquiera de nosotros. No es muy hábil, más bien torpe. Se le cae la cabeza y le atropellan muchos coches. No entiende a los humanos. Nosotros no le entendemos a él. Pero su amigo, Gurb, se ha convertido en Marta Sánchez y ya no tiene noticias de él. Pero tienen que seguir con la misión. Después de leerme unas cuantas páginas y de pasar un buen rato – ha resultado ser un libro divertido, algo que no me esperaba–, cierro el libro y me voy a tomarme un café. 21.45 Vuelvo a abrir busca el a libro. Gurb Me ha gustado el y marciano que adopta ese la

inteligente

que

desesperadamente,

apariencia del conde-duque de Olivares o de Gary Cooper, o de don José Ortega y Gasset. Esto disfrutando mucho de este libro. 22.05 Suena el teléfono, tengo que contestar. Quizás sea Gurb que me llama pidiendo auxilio porque le persigue una manada de fans locos. O puede que sea mi novio, ya no estoy segura. Dejo el libro. Ahora vuelvo. 22.06 Han colgado. Me he entretenido demasiado y se han cansado.

Mejor, así sigo con Gurb y su extraño amigo, ése al que se le caen los brazos, que come quilos y quilos de churros y que aún no sabe ser humano. Pero presiento que acabará aprendiendo. Ah, esto ocurre en la Barcelona preolímpica. Pero él no lo sabe. 00.23 Dejo el libro porque mañana madrugo y me atrevo a aventurar que ni Gurb ni su amigo Gary Cooper van a modificar el tiempo para mí, para que no tenga que madrugar, ni mucho menos me van a añadir dinero en la cuenta, como él hace. Así cualquiera se adapta a la vida en este nuestro planeta. Me voy a dormir resignada.

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Día 2.
07.30 De camino al trabajo me cruzo con Marta Sánchez y le digo en un susurro, “Hola, Gurb, sé que estás ahí. Pero tu secreto está a salvo conmigo”. Uno de los guardaespaldas de Marta me engancha del cuello, me llama loca, y llama a la policía. De repente estoy entre rejas y un hombre que se parece a Gary Cooper está sentado al lado mío. Descubro que es el amigo de Gurb y le saludo. Como soy mujer me dice que no me mete una hostia, pero que me calle de una puta vez. No es quien yo creía que era. No es el compañero alienígena de Gurb. En menudo lío me he metido. 9.00 Me sacan de comisaria gracias a mi amiga Marta, no la Sánchez, no, mi amiga Marta de toda la vida, la que siempre me sacaba de líos en el colegio cuando los niños intentaban levantarme la falda. Ella les pegaba una patada y asunto terminado. En cuanto me ve me pregunta a ver si me he vuelto loca. Le digo que no, que me estoy leyendo un libro buenísimo, y me corta el rollo diciéndome que ese libro no es la vida real, que no puedo abordar a famosas como Marta Sánchez creyendo que es un extraterrestre llamado Gurb. Me lleva al psicólogo. Como si fuera una demente. Menuda amiga. Gurb, ayúdame. Por dios, ayúdame. 11.57 Gurb no da señales de vida. Menuda vida se estará pegando. Y yo aquí, esperando en la consulta del psicólogo. He tenido que pedir el día libre. Mi primer día libre en años y lo tengo que pasar hablando con un tío que me va a tomar por loca nada más entre por la puerta, ahora que seguro que sabe mis antecedentes policiales. Abro el libro mientras espero. Ése es otro mundo, me gusta el ambiente de la Barcelona preolímpica. Me paseo por el bar de Mercedes y de Joaquín, donde se está como en casa. La señora Mercedes está un poco enferma, ella y su marido lo saben, el alienígena Cooper no tiene aún ni idea. Esto se pone interesante porque, aunque él nunca lo admitiría, le empieza a gustar Eso es nuestro bueno. mundo. Sin Ya se está alienando Sin a nuestra del sociedad. noticias de Gurb. noticias

psicólogo. Y tengo hambre. 13.45 El psicólogo se digna a recibirme. Creo que estaba probando mi paciencia. Le digo que gracias a él me he acabado el libro “Sin noticias de Gurb” y que me he enamorado de Gary Cooper. Me mira por encima de las gafas y sonríe ligeramente. Abre una libreta y apunta. Intento ver lo que escribe, no puedo. Si fuera Gurb o Cooper hubiese podido transformar lo que escribía por algo así como “tía buena”, y me hubiese sentado en esta mierda de diván mucho más contenta de lo que

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estoy ahora. El psicólogo me habla mientras yo decido qué hago, si contestarle o callarme. Si no hablo no me puede tachar de nada, ¿no? Así que decido callarme hasta que me amenaza con mandarme a un psiquiatra en el manicomio del centro de Barcelona. Espera, colega, que en el centro no hay ningún manicomio, le digo. Me dice que no le llame colega, que le trate con respeto. Le digo que si Gurb, que ahora es Marta Sánchez, estuviese aquí, se iba a enterar él de a quién había que tenerle respeto. Me levanto con la intención de irme. Cojo el bolso, le digo “tenga usted una buena tarde”, y cuando abro la puerta veo a un maromo vestido de negro, con gafas de sol, que me pregunta a dónde demonios voy. Le digo que al bar de Mercedes y de Joaquín, que me están esperando. Me dice que no me voy a ningún sitio hasta que el señor Miroporencimademisgafasporquemecreosuperioralosdemásperoenverdadestoym áslocoquetodosmispacientesjuntos asalto. sobre Decido mi que es mejor termina ir decida por que da por así concluida que actúo de la la sesión. Miro para atrás y le veo sonriendo porque ha ganado el primer las buenas paciente dócil que ni por asomo soy. Después de dos horas de hablar incidente, denominándolo “episodio locura transitoria” y me suelta. Como él no puede recetarme nada porque no es psiquiatra, me manda donde un colega suyo para que lo haga. Ahora tengo que chutarme.

17.05 Me chuto la primera pastilla. Presiento que esto va a ser toda una experiencia. El amigo psiquiatra de el señor Metomentodo se parece al alienígena amigo de Gurb, a una de esas formas que él había adoptado, al menos. Así que cuando me despedí le dije que le ayudaría en su “búsqueda”, que ambos sabíamos lo que estaba queriendo decir y me ha dado cita para mañana a las 6. Creo que ya es hora de encontrar a Gurb. Me muero por conocerle. Creo que le pediré un autógrafo.

Día 3.
12.10 Me he despertado tarde y llego al trabajo tarde. En el camino me atropella un coche que me deja coja. Pero no voy al hospital porque tengo que trabajar. Casi a la entrada de mi edificio me caigo en una zanja que ha abierto la Eléctrica de Barcelona. Me he roto un brazo, creo, porque me cuelga un hueso, pero llego a mi oficina y le pido disculpas al jefe que, creyendo que he perdido la cabeza por ir a trabajar en esas condiciones me manda a urgencias y casi me despide. En urgencias me escayolan el pie y el brazo y me mandan para casa. Me recetan pastillas para el dolor.

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21.30 El psiquiatra quiere mandarme más pastillas y yo me he negado. Me ha preguntado si hay algún pariente con el que pudiera hablar porque, al parecer, cree que estoy mentalmente enferma de acuerdo a los accidentes sufridos esta mañana. Le comunico que Gurb es un buen amigo y que Gary Cooper vendrá a recogerme en coche. Le he explicado que él tiene todo el dinero que quiera porque es alienígena y tiene una buena casa y buenos amigos en el bar de Joaquín y la señora Mercedes, que está enferma pero Gary aún no lo sabe, y que intenta ligar con su vecina pero que es un inútil y un torpe integral. Me ha pedido el número de teléfono y le he dicho que él de eso no usa, que aunque cada vez es más como un humano, él prefiere su poder mental para contactar conmigo. Me ha vuelto a mirar por encima de las gafas y ha llamado a alguien. Al cabo de veinte minutos en los que no ha dicho ni pío pero en los que tampoco ha dejado de mirarme, han llegado dos hombres vestidos de blanco que me han dicho que me iban a acompañar a casa. Cada uno de ellos me ha agarrado por un brazo, les he dicho que qué cachas estaban, que hicieran conmigo lo que quisieran, y casi en volandas me han llevado a una especie de ambulancia que más bien parecía una nave espacial encubierta. Me han hecho tragarme una pastilla y realmente me he llegado a creer que eran del psiquiátrico, hasta que he notado un sabor a fresa en la pastilla. Entonces, los dos tíos buenos se han transformado en Gurb y en su amigo el alienígena y me han dicho que me he librado por los pelos, porque el doctor había llamado de verdad al psiquiátrico y que venían a por mí. Les he dado las gracias y hemos adoptado cada uno una nueva identidad. Gurb se convirtió en Mariano Rajoy porque quería tener barba, pero por la calle le insultaban y le tiraban cosas, por lo que se cambió a Lola Flores y la gente lo flipa cuando le ven por la calle. Hasta le piden autógrafos. Su amigo el alienígena se transformó en David Bisbal y le hemos perdido la pista. La última vez que le vimos corría como un loco por las Ramblas, perseguido por un grupo de mujeres que gritaban demasiado. Y yo me he transformado en mi psiquiatra para darle por culo un rato. Que se joda.

( Basado en “Sin noticias de Gurb”, de Eduardo Mendoza. )

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ROSARIO CURIEL

MEMORIAS BARROCAS DE FILOMENO

Y los ‘mori’ del Orologio volvieron a dar las horas, atentos a su ya muy viejo oficio de medir el tiempo…

Pues qué quiere que le diga, cuando don Alejo decidió escribir esa cosa que él llamó Concierto barroco abrió la caja de los truenos. Vaya libro, hermano. Unos dicen que es su Arte poética, pero yo creo que el señor se lo pasó de lo lindo mientras se proponía dinamitar el orden establecido. Les aviso: en esta historia se nos habla de todo lo latinoamericano en muy pocas páginas. Todo un jazzman, el hombre: todo lo vuelve y revuelve hasta que sale algo nuevo. Empieza la historia allá por el siglo XVII, con mi antiguo Amo en todo su baile de plata: De plata los delgados cuchillos, los finos tenedores; de plata los platos donde un árbol de plata labrada en la concavidad de sus platas recogía el jugo de los asados; de plata los platos fruteros, de tres bandejas redondas, coronadas por una granada de plata… Mucha plata, sí señor. Por entonces el que iba a ser mi Amo se pudría de aburrimiento en Coyoacán, entre óleos embetunados, debidos algunos a pintores (y sobre todo, rotundas pintoras) de la desde América lejana Venecia. Hacia allá quiere viajar, porque su aquí-ahora no está más que lleno de su criado Francisquillo y sus deudos gorrones, que le piden regalos y más regalos de su próximo viaje, de su visitante nocturna y llorosa, pero amante buscadora del regalo de los adioses (un collar de oro y piedras que al día siguiente llevó al orfebre para saber cuánto valían). El Amo quería viajar hacia allá-entonces. Hacia lo maravilloso de la Europa en donde creía tener su origen. Vaya periplo. En el viaje empezaron las pruebas: una tempestad y una epidemia en donde se murió mi antecesor, el indio Francisquillo. Ahí aparecí yo, en ese momento. Entre las miasmas de la Villa de Regla. Yo por entonces sólo era el negro Filomeno, el que le cantó a mi amo la historia del Espejo de paciencia con artes de bululú. Bien. Para empezar, me colocó una peluca blanca y unos zapatos que me apretaban los juanetes. Pero prosiguió el viaje conmigo hacia España: allí conocimos las miserias de Madrid, del Madrid de entonces. La olla podrida y las putas miserables hicieron, entre otras cosas, que al Amo se le cayeran las ilusiones, y empezara a echar de menos América. Pero seguimos hacia Venecia.

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ROSARIO CURIEL
Venecia tenía todos los tintes de lo maravilloso. Era una acuarela viva que latía en gris de agua y cielos aneblados, una acuarela que estalló con el carnaval hasta convertirse en la fiesta barroca por excelencia: evanescencias, sordinas, luces ocres y tristezas de moho se sorprendieron y acompasaron con el amarillo naranja y el amarillo mandarina, el amarillo canario y el verde rana, los rojos rojísimos, rojos de petirrojo, vida en tono de petirrojo mayor en el que las máscaras (yo llevaba mi máscara natural: mi persona)cadenciaban y estridenciaban un juego de identidades en el que el amo era criado y el criado amo y la señora ya se sabe. Conocimos allí a Händel, Vivaldi y Scarlatti, músicos al parecer, con los que vivimos el más opulento contubernio de que oyeron hablar esos tiempos: un magnífico concerto en el Ospedale della Pietà, en donde los maestros rivalizaron (cada cual con su instrumento favorito) a ver quién hacía más y más ruido y trenzaba más y más puntos y contrapuntos y las alumnas de Vivaldi formaban una orquesta que parecía atronar y llamar al Fin de los Tiempos. Y empezó otro da capo y otro da capo y otro da capo, y ya allí me calenté y cuando il preste Rosso entonó su salmodia Kabala sum, sum, sum me fui a tocar todo lo que pudiera sonar a golpes y acabamos con una lujuriosa conga al son de Calabasón, son, son (debería decir que tiempo después a esto se le llamaría “Comparsa de la culebra”, pero para eso faltaban siglos). La contienda musical acabó ya de mañana y creo recordar que me perdí con la hermosísima Cattarina del Cornetto, que me regaló una trompeta, un verdadero instrumento de Apocalipsis. Y algo parecido empezó ahí. No hay que decir que estaban todos borrachos y que acabaron hablando de Stravinsky, que aún no había nacido. Vivaldi tuvo la hermosa idea de poner en escena una ópera sobre Moctezuma llena de confusiones y mentiras sobre lo que de verdad pasó. Pero el maestro se pasaba por el atril todo parecido a la verdad histórica: esto puso en tremenda confusión a mi todavía Amo, que se levantó el día del estreno (¿o era un ensayo?) con la sensación de haberse ido a dormir anoche, anteanoche o anteanochísima (yo creía que era la resaca, pero resultó que tenía una fuerte crisis de identidad americana, que cada vez se sentía menos europeo y más cercano a lo que sufrían los llamados “indios” en escena). Mi por poco tiempo Amo discutió con Vivaldi mientras a mí me interesaban, sobre todo, las ubres de la Malinche, una cantante alemana que… pero esto es otra historia. Cuando salimos decidí dejar a mi Amo. El quería volver a América a toda costa, pero yo allí iba a seguir siendo el negrito Filomeno. Se anunciaba, cerca, un concierto del magnífico Louis Amstrong. Venecia se hundía en sus mohos, y le anuncié al Indiano que me iba a París. ¿Qué por qué? Porque allí alboreaban revoluciones, revoluciones en las que la trompeta del arcángel Louis sonaba como el Principio de los Tiempos, en donde todos, mezclados en el totum revolutum de identidades y razas del ya siglo XX, íbamos a ser iguales, revoluciones de espaciotiempos, de tiempos encontrados en los que se me iba a llamar, por fin, Monsieur Philomène, con un hermoso acento grave en la e.

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FUSA DÍAZ

Algo que era amor

Puedo mirar a un muchacho y sentir que no me pertenece, no sentir algo como celos si otro muchacho le está mirando a su vez. Soy capaz de eso. Pero sí puedo sentir la envidia de que puedan tocarse sin que les tiemble la mano, sin que se les vaya a caer el corazón como un pedazo de pan seco y duro se nos cae de la mesa al suelo y rueda. Lo homosexualidad no nació para las almas oscuras que se esconderían de una lucecita insistente, diminuta, ah, tan tozuda. Pero, gorda, cómo puede ser también que te mire y te ame de esta forma, que vea a nuestra hija y también la ame y no considere que hice algo mal, que todo estuvo terrible a los ojos de la verdad. Algo no está bien en todo este asunto, o está tan bien, tan claro, que me asusta reconocerlo y, sin embargo, ah, gorda, aquí te lo reconozco que envidio a todo aquel que puede amar de una manera libre, un hombre a un hombre, ¿es tan complicado comprender que se sufre tanto siéndolo como intentándolo? Alguna vez te miré y dudé de si podría amarte más siendo un hombre, no sé si podrás creerlo hasta dónde llega mi humillación, mis pensamientos, mi desesperación: pero no puedo quererte más, ni de otra manera, y me salvo del dolor sabiendo que, desafiando a mi naturaleza, soy capaz de amar libremente, de amarte a ti, de gozar de una vida nuestra sin que pese todo demasiado, o pesando, pero amarte de igual a igual, teniendo que retarme para hacerlo y haciéndolo finalmente. No te hablaría de esta manera si no hubiera ya una duda creciente en mí que me daña, una completa obsesión. Como un estúpido me detengo en los rostros de los hombres que me miran y me siento deseado y extraño a un tiempo. Pero aquella tarde en que visité a mi amigo homosexual, pude comprobar que dentro de mí nacía un sentimiento negativo, una pequeña maldad que era una envidia grandiosa, les observaba cómo se miraban, cómo se hablaban, y no había nada obsceno en ellos, no había nada que me avergonzara de aquel asunto, y yo ya sospechaba de mí, pude comprobarlo, era todo lo contrario, me sentía espectador de una escena que me resultaba agradable, me sentí como si necesitara una prueba y ahí estuviera para que no tuviera más dudas. Y ahora aquí te lo

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confieso que no las tengo. Y no te amé ni una sola noche pensando en un hombre pero no sé cuánto tiempo más podré huir de esta situación homosexual mía. Y te amo igual, amo nuestra hija, sufro sabiendo que nunca voy a atreverme a enfrentarme a este lado mío que es el lado de verdad, y es la culpa lo peor que siento cuando descubro que sólo en ti busco un refugio por puro miedo, nosotros que creíamos que podíamos ser lo que quisiéramos, ya lo ves, sólo podemos ser lo que ya alguien nos había ordenado. Ahora soy homosexual y siempre lo he sido, sin saberlo. Y te amo igual, amo nuestra hija. Qué tristeza tan grande la de desear y no desear. La de envidiar y no hacerlo. Algunas noches estoy tan convencido de que una situación homosexual en mi vida me destruiría, que me alegra saber que podré amarte hasta el final de mis días sin que nunca sienta que estoy perdiéndome, pero hay otras noches en que siento que todo es injusto, tan injusto para los dos. Pero no quisiera perderte y es tanto el dolor que puedo causarte con esta carta. Y quizá sea lo único que me queda, esto, la certeza de tu amor, saber que sigo siendo capaz de dormir abrazado a una mujer sin sentir un asco repulsivo, porque amar te amé siempre, a mi pesar te he estado amando todo este tiempo, pero no sé si engañándome o no, no sé si tú lo creíste o no, si confías todavía. No quiero ser homosexual. No quiero sentir deseos de amar a un hombre. Quizá ni siquiera voy a poder comprobar qué pasaría si yo..., porque no quiero ser homosexual, apenas quiero ser hombre, apenas estar vivo, no ser esposo tuyo de esta manera. Es vergonzoso todo este asunto de la homosexualidad. Es maravilloso todo este asunto, también. Me adentro tan despacio en esta arena movediza que no sé siquiera si deseo tener una parte de mí que sea consciente del problema que tengo, sin que lo sea. De tantas cosas como podrían ocurrirnos en la vida, gorda, tenía que ser ésta, tenía que ser este algo como amor que me perturbó aquella tarde, tenía que ser que deseara ser homosexual: y lo fuera de veras.

Una tarde estaba yo en casa de un amigo que siempre sospeché de ser homosexual, sin haberlo confirmado. Llegó entonces el ex marido de una prima mía, un muchacho muy buenmozo, y pude advertir que había algo entre ellos, algo que era amor. Me conmoví hasta los huesos, me dio una envidia, una desesperación, unas ganas de tener exactamente lo que esos dos tenían -y sin embargo, un deseo vehemente de no ser como ellos... Es esa envidia lo que está en la base de todos mis problemas, gorda. ¿De dónde viene, por qué es, qué significa? ¿Hasta dónde puede llegar a destruir nuestra vida, esa envidia mía por una situación homosexual? [...] La tentación es inmensa, terrible, pero resulta que eso (asumir una vida homosexual) me produciría tanto o más dolor que el no hacerlo. Mi neurosis es debida, ahora, a esa sensación de estar viviendo sobre arena movediza. Carta de José Donoso a su esposa, 30 de agosto de 1960

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Había un taller literario y yo tenía un blog. El primer ejercicio era describir un lugar, inventado a poder ser y yo quería escribir un cuento donde una mujer se sentía perseguida. Utilicé esa idea para recrear un lugar que encajara. Así empecé a hacer Bergai. Y le puse Bergai porque quería darle un nombre a ese lugar extraño, a eso que había en el río, y hacía poco había leído El cuarto de atrás y me gustaba el nombre y sabía que para CMG era especial, llevaba una parte de su apellido, y algo dentro de mí necesitaba ponerle ese nombre como de lugar secreto, y se lo puse creyendo que ahí, en ese cuento, ese ejercicio, se acabaría Bergai para mí. Pero después quise hablar de algunas incógnitas que había dejado en ese primer cuento. Y después quise desvelar otras. Y creé otros personajes para abrir y cerrar nuevas y viejas historias. Y no podía saciar la curiosidad que ese lugar misterioso había despertado en mí. Porque primero era Lucía y después Alicia, pero no podía quedarme ahí, necesitaba crear a Raquel, y después a Rosa... y así pasé unos nueve meses conviviendo -pero de una forma tan y tan realcon ese pueblo. Con el taller no seguí. Comprendí que necesitaba el empujón del primer cuento, que el taller me arrancó de cuajo aquel cuento al que yo le venía dando vueltas y, una vez creado Bergai, yo no quería desviar mi atención ni escribir otra cosa que no fuera eso.

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ERGAI, de

Jenn Díaz Ruiz

Qué hay entonces de esta confusión, si abro el cajón y grita el pueblo. Pensar en tu voz y en esos ejemplos que introducías con un como si dijeras, con los ojos un poco abiertos y las cejas levantadas, pensar y recrear esos momentos me salvan, ni que sea un rato, de lo que no tiene piedad: la duda.

BERGAI. Es como si se me enroscara por todo el cuerpo el nombre al pronunciarlo. BERGAI. Una isla de sueños, un pueblo vacío, un fantasma muy real. La señorita Díaz lo ha creado a su antojo y nos ha regalado un rincón donde sentirnos seguros, aunque no sepamos qué es real y qué no. Allí podemos encontrar el amor, la esperanza, que se mezcla con las oportunidades perdidas, con los desenlaces inesperados, con los secretos a viva voz. BERGAI es el único lugar en el mundo donde podemos ser nosotros mismos y ver a los demás por lo que son y no por lo que intentan ser. BERGAI es el sentimiento pleno, donde estar loco no es un delito, donde matar está justificado, donde el silencio rompe en trozos muy pequeños a las personas que allí habitan. Y Jenn, con su arte, su escritura, con ese don que parece que la misma Gaite le ha regalado, recompone a sus personajes, a esa coral ficticia, con tesón y con esmero, y crea historias preciosas, duras, oscuras, terribles, pero inolvidables y verdaderas. Historias en las que podemos sentirnos, que hemos vivido o que hemos juzgado. La vida misma contenida en sus frases, la vida misma como bandera. BERGAI te sana la enfermedad incurable y parece que te crea unas alas para poder volar y ser libre y escapar y volver sin razones, sin por qués, sin mentiras ni silencios forzados. Los habitantes de BERGAI se apoderan de ti y pasas a formar parte de su realidad, que puede no ser la misma que la tuya, pero donde el sentimiento es el mismo: frescura, cordura, pureza. Leer BERGAI te transforma, te enriquece, te hace sonreír. Al cerrar el libro te queda una sensación de pertenencia indescriptible y piensas “ojalá ese rincón existiese en alguna parte del mundo” e incluso quizás empieces a rezar para que exista. Ruegas que Jenn, o Fusa, o Gaite, ya no sabes quién es, compre una isla y la transforme en el paraíso obsesivo de la escritora de “El cuarto de atrás”, en el cementerio perdido de Jenn o en el futuro mágico y exitoso de Fusa. Porque para cada lector BERGAI es un sitio distinto. BERGAI se convertirá en el lugar donde depositar tus sueños, el lugar al que volver para recuperarte, curarte, ser feliz, cuando la verdad empiece a desvanecerse o la vida se torne imposible.

Te encontré en la eterna ausencia de tu silencio. Te busqué en el cuerpo de una mujer y te encontré en mi primer corazón roto. Te busqué en el calor de un amigo y te encontré en mi primera traición. Te busqué en un padre y te encontré en el mismísimo abandono.

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ficción

Ella caminaba mirándose los zapatos porque hasta en la gravilla del suelo encontraba letras que en su cabeza transformaría en cuentos. Caminaba por un sendero de piedra y hiedra, al lado de su escritora, y sonreía al mundo. Y sonreía porque era feliz. Hacía tres horas se había encontrado con Carmen, después de muchos años, de casualidad en un mercadillo de Barcelona. Supo que era ella por la boina, tan característica, de la que nunca se separaba. Y su pelo blanco, en contraste continuo con el resto del mundo. Al principio, tras descubrirla, se quedó observándola desde un puesto cercano. Estaba tan ensimismada en cerciorarse de que aquella mujer era Carmen que no escuchaba los gritos ensordecedores de la señora del puesto, que le vendía bragas y camisones a precios irrisorios. Molesta, Fusa, se fue al siguiente puesto, de ropa de niños, y siguió observando. No podía ser ella, hacía mucho tiempo que no hablaban, todo por un malentendido familiar entre ella y su madre y que, como siempre, arrastró a toda la familia al mutismo y al rencor. Se fue acercando cada vez más, mezclándose con la gente cuando Carmen levantaba la vista en busca de no se sabe qué. Fusa se protegió el rostro un poco más con la bufanda, arreciando al mismo tiempo el frescor de un invierno que hasta hace una semana no parecía invierno, se subió el cuello de su chaqueta negra y se arregló un poco el pelo; se colocó bien la horquilla y caminó hacia donde estaba Carmen. Se quedó en el puesto de enfrente, y cuando la tuvo delante comprobó que el tiempo pasa para todos, sin excepción, seas una estudiante de filología o una escritora de éxito y mundo. Tenía ojeras, “se habrá pasado la noche escribiendo”, se dijo Fusa, un temblor casi imperceptible en las manos, y la voz más tímida de lo habitual. Pero era ella. En cuestión de segundos le vino a la mente a Fusa todos los recuerdos de su infancia con la tía Carmen. Sus veranos en el pueblo, los cuentos que le leía al atardecer, bajo un roble, sentadas las dos en unas sillas de mimbre con un cojín blanco debajo, cojín que siempre se ensuciaba por las cerezas que robaban de los cerezos del campesino de al lado. Desde pequeña supo que Carmen tenía un don. Eso y que su tita, Carmen, desaparecía durante muchos meses. Al preguntarle a su madre, ésta le decía que su tita estaba de viaje por trabajo, en Nueva York o en Madrid, en Sevilla o en Londres, y que pronto, muy pronto, volvería. Y siempre lo hacía, y siempre con muchos cuentos más: “Caperucita en Manhattan”, “Nubosidad variable”, “Lo raro es vivir”, “El cuarto de atrás”. Y cada día la admiraba más, porque muchos de esos cuentos contados al amparo del roble, bajo un calor infernal, se convertían en grandes éxitos, y su tita era aplaudida en la intimidad de cientos, miles, de casas. Fue tras esos recuerdos cuando Fusa decidió que tenía que acercarse a ella, hablarle, recuperar el tiempo perdido, los años echados a perder por una disputa ridícula

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que le había privado a ella, a Fusa, y también a Carmen, de crear nuevos recuerdos, de rememorar viejas palabras. Dio la vuelta al puesto, nerviosa, con el pulso acelerado, con miedo a tropezarse porque sus piernas dejasen de funcionarle, respirando hondo, muy hondo, hasta no poder albergar más aire, y conteniendo la respiración le tocó el hombro, esperó que se diera la vuelta y que la reconociera, y la abrazó, tan fuerte que creyó ser de nuevo esa niña pequeña que se aferraba a sus piernas y le rogaba que no se fuese, que le contase otro cuento. - ¡Fusa! ¡Oh! ¿Eres tú? - Sí, tita, ¡no me puedo creer que nos hayamos encontrado después de tanto tiempo!. ¿Cómo estás?, ¿Qué tal todo? Fusa no controlaba la rapidez y la excitación con la que hablaba. Su tita Carmen era como su madre. En muchos momentos de su vida se había sentido más unida a ella que a ningún otro miembro de su familia. Y cuando estaba con ella había sentido a su hermano, su madre y su padre tan lejos que apenas eran entonces una mota de polvo en medio de la nada. Y ahí la tenía, a su tita. La había seguido, la había leído, pero no hay nada comparado al contacto físico, a la realidad de los ojos. Y ellas lo sabían. - No me lo puedo creer, pequeña. Estoy bien, estoy bien, con la memoria danzando en alguna parte lejos de mí, pero a ti no te he olvidado, sobrinita, Fusa, mi niña. Ven aquí, ven aquí. Abrázame de nuevo. El mercadillo había dejado de existir, tan lejos quedaba ya, y ahora caminaban por el camino que lleva al río, cerca de Bergai, ese paraíso que las dos habían creado para encontrarse, para hablar, para sentirse seguras. Para ser felices. No habían dejado de hablar desde que se encontraron, y ese primer momento de silencio, en el que sólo podían oírse sus pisadas, escribiendo en el presente la mejor de las historias, era el recuerdo de los años perdidos, del dolor de la separación. - Odio el silencio -dijo Carmen, provocando su ausencia-. Lo odio desde que discutí con tu madre. ¿Cómo está ella? ¿Está bien? - Sí, tita, está bien. Como siempre. No ha cambiado nada. No sé hasta qué punto eso es bueno. Creo que nunca aprenderá a pedir perdón, aunque esté arrepentida. - Oh, eso es lo de menos, cariño. Yo tampoco he perdido perdón. Por eso discutíamos siempre, porque somos demasiado iguales. Nos parecemos tanto que de pequeñas no sabía dónde acababa yo y dónde empezaba tu

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madre. Pero háblame de ti, pequeña, cuéntame más cosas. Háblame de tus estudios, ¿aún escribes? - Sí, aún escribo. Escribí un libro titulado Bergai, en honor a tu literatura, en honor a ti y a mí. Y he escrito poemas, y otras dos novelas, y muchos relatos, pero Bergai es especial. He volcado mucho de mí en ese libro. Lo he vomitado todo, allí, en Bergai, donde sabía que estabas. Allí está parte de mi ser. Lo escribí efusivamente, sin parar. Como si me estuviera reconciliando conmigo misma. Y aprendí mucho, de la vida, de ti, de mí. Todo este tiempo he pensado en ti, tita, y ese libro lo escribí para no olvidarte nunca. Nuestra isla, transformada en cementerio, en pueblo. Nuestra historia. - Pequeña, sigues siendo igual de dulce. Mira, hemos llegado. Cojamos la barca y vayamos a Bergai. Hace mucho que no me presento por allí. Cuando escribí “El cuarto de atrás” Bergai me obsesionaba, esa isla, me obsesionaba. Cuando lo terminé y salió publicado cerré sus puertas indefinidamente. Sabía que algún día volvería, es Bergai, es mi sitio y el tuyo, es nuestra unión, mi libertad, pero según fueron pasando los años se me acababan las esperanzas, hasta que me quedé sin ellas. Tantas veces pensé en coger el teléfono y disculparme con tu madre, o mandarle una carta, como Sofía a Mariana. Pero nunca me atreví, nunca. Vayamos, niña, sigamos charlando donde sólo los pájaros pueden oírnos.

Fusa y Carmen subieron a la barca y remaron, poquito a poquito, hasta alcanzar la isla. Se apearon de ella y caminaron por las maderas que llevaban a la casa de Carmen. Allí había escrito muchas de sus novelas de éxito, novelas que llevaban muchos años en su imaginación y que así, desde su escondite inglés, quedaron plasmadas para siempre. “Para cuando pierda la memoria, para cuando no pueda seguir tirando del hilo”, le dijo Carmen a Fusa cuando ésta tenía sólo trece años. Fusa habia crecido con Carmen y ésta le había enseñado a escribir, “Te enseñaré, cariño, aunque tú tienes un don, ya te darás cuenta”. Y se pasaban las tardes de verano, antes de ir bajo el roble, entre papeles, escribiendo, inventando, imaginando que el mundo era suyo, que Bergai era todo mundo conocido. De mientras, sus familiares, echando la siesta, resguardándose del calor abrasador, o en la piscina municipal. Su hermano iba allí todas las tardes, “para refrescarme” diría él, pero ella, Fusa, sabía que no. Sabía que era por una chica, por María, la socorrista. Su hermano era mayor que ella, le llevaba tres años. “Este Víctor”, se decía Carmen “qué rápido ha crecido, Fusita. Prométeme que tú no crecerás tanto”, y le tocaba la barbilla y seguía escribiendo, de nuevo absorta en su mundo, al que sólo ellas dos tenían acceso. Así, las tardes de los veranos, inventaron cientos de cuentos. Por eso más tarde Fusa creó en su Bergai a dos personajes, una niña enferma a la cual su hermana

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leía cuentos. Alicia y Raquel, se llamaban, y esos personajes tenían mucho de ella. Raquel escribía cuentos y su hermana Alicia se quedaba dormida siempre en la mejor parte. Y eso le fastidiaba, era lo que más odiaba de su hermana, eso y que estuviera siempre enferma y que de repente se fuera sin avisar, sin reconocerle nunca que sus cuentos le gustaban y que por eso se hacía la dormida. Y sin quererlo, Fusa había contado la historia de su vida: su tía se había ido sin que le diera tiempo a nada. Se había quedado sin cuentos, así de repente, y echó la culpa a su madre, como Raquel, su personaje, de todas sus desgracias. “La tita se ha ido y es por tu culpa. Eres una egoísta”, le repetía siempre que podía, y ya ni los bofetones le dolían. Lo que más le dolía era no poder escribir, no poder charlar con nadie, ni con ella misma, ni con su tía, a la que tanto admiraba. Lo único que le había quedado eran sus libros, aunque fuera en la biblioteca, porque su madre se había negado a tenerlos en casa. En la biblioteca volvía a Bergai. Un día el librero le regaló “El cuarto de atrás”, después de que Fusa lo hubiese cogido más de una veintena de veces, y lo escondió en casa, en un lugar secreto al que su madre no podía llegar porque no tenía imaginación, y comenzó a escribir Bergai, su primera novela, entre poemas y frases hechas, con el recuerdo de su tita querida siempre colgando de cada una de las líneas. Y en menos de nueve meses acabó de escribirla, su novela, su memoria, y la guardó en un cajón. Después de ese reencuentro tiraría de nuevo del hilo, abriría el cajón, y sacaría a la luz la parte más importante de su vida. - Publícala, cariño, para que el mundo sepa ver lo grande que eres. Te dije que tenías un don, y no me equivocaba. Nunca me he equivocado contigo, mi niña. - Lo haré, pero me da miedo. - ¿Miedo? ¿Por qué? - Por lo que la gente pueda decir de ella. - ¿Te da miedo su opinión? - sí, mucho. - ¿Entonces por qué escribes? - Por mí, tía, escribo por mí. - Eso no es cierto. En parte lo harás por ti, pero también escribiste Bergai por mí, de la misma manera que yo escribí “El cuarto de atrás” por las dos. Mírame a mí. Si tuviera miedo de lo que la gente puede pensar de mis novelas no escribiría. Son mis historias, lo que soy. Lo pueden criticar, lo pueden difamar, pueden destruirlo en unas pocas palabras, pero otros sabrán apreciar el amor desde el que está hecho, el por qué de la creación. Tú lo has escrito para que la gente conozca tu historia, para encontrarte a ti misma y para que otros te traigan de vuelta cuando no sepas cómo volver a casa. Yo casi no tengo memoria y cuando la gente me para por la calle o cuando doy alguna conferencia

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y me citan, en a mí, o y me es leen como algún volver fragmento a empezar de de mis libros, como me si reconozco ellos cero,

volviera a nacer. Por eso he escrito toda mi vida, para volver a vivir aquellos comienzos, para hacer eterna la esencia de lo fugaz, y por eso mismo empezaste a escribir. En Bergai me recuperas, y eso es lo que eres. Publícalo, y así tu memoria siempre estará intacta, en ellos, en ti. Fusa asintió y la abrazó. Estaban ya entre papeles mágicos, sacados de sus respectivos bolsos. Fusa llevaba siempre encima algunos fragmentos de su Bergai, que aprovechaba para leer entre trayecto y trayecto, de la universidad a casa, de casa a la universidad, y cuando el silencio se le hacía demasiado pesado. Carmen, por su parte, había empezado a escribir “Los parentescos”, y sus días se reducían a estar entre borradores y fragmentos desordenados, al tiempo que intentaba ordenar su vida de recuerdos, encontrarse en la memoria no tan pasada de su vida, de sus amores, de su hija fallecida hacía ya muchos años y a la que nunca, jamás, había olvidado.

- ¿Sabes, cariño? Fusa escuchaba atentamente. - Siempre fuiste como mi hija, como la hija que nunca pude disfrutar del todo pues la vida me la arrebató sin piedad antes de tiempo.

Fusa se emocionó. Sabía lo que significan esas palabras. Sabía que le había costado pronunciarlas, y sabía que le había costado escucharlas, pero ahí estaban. Carmen había sido como su madre, muchas veces más madre que la suya propia, y siempre supo que era porque su hija no estaba. Se había volcado en ella, le había enseñado todo lo que le hubiera gustado enseñar a su hija, y no podía ni imaginarse el dolor que le había causado a su tía perderla a ella después de haber perdido a su niña. Así que Fusa la miró, su pelo blanco reluciente, experimentado, su boina de medio lado, intacta en su sitio, hecha a medida, sus ojeras literarias, su vaga memoria, su mueca fruncida mientras escribe unas pocas palabras antes de tener que levantar la vista y buscar esa palabra, esa dichosa palabra que se le escapa de vez en cuando, en la nada, en el cielo azul, en el aire helado, en el pelo de Fusa, para volver después rápidamente al folio y garabatearla, castigarla a la estancia perpetua en un papel, por haberse marchado antes de cogerla, antes de recordarla. y la miraba, Fusa, la miraba con la misma admiración que de niña, y ya la echaba de menos de

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nuevo porque sabía que iba a perderla pronto. No sabía cómo pero sabía que su tía Carmen no estaría dentro de unos meses, así que le arañó una promesa: - Tita, dime que ya nunca perderemos el contacto. Nunca. Nunca jamás. Prométemelo. Que aunque no nos veamos nos escribiremos, o nos llamaremos, aunque estés en el cuarto de atrás y no llegues hasta el teléfono. Prométeme que cuando éste suene de nuevo lo cogerás y me regalarás algunas palabras. No hacen falta muchas, escucharnos la voz, susurrarnos poemas incompletos, que nos encontraremos en Bergai el verano que viene, bajo el roble, robando cerezas o escribiendo tus memorias. Prométemelo, tita, prométemelo. - Te lo prometo, cariño, pequeña, claro que sí. Esto acaba de empezar, partimos de cero, con muchos recuerdos, que Platón nos ampare. Tenemos todo el tiempo por delante, pequeña. La vida da segundas oportunidades de vez en cuando, sólo a lo que merece la pena, a lo que ha quedado incluso. Fusita, te lo prometo, claro que sí. Como cuando de pequeña te prometía que volvería. Siempre lo hacía, ¿verdad? Te lo prometo así, como antaño. Se fundieron en un abrazo, largo, íntimo, en el que sólo existían Bergai y ella dos, tía y sobrina, familia, lazos de sangre. Dos escritoras, una ya de éxito, otra, ella, Fusa, prometedora, con un futuro que ella misma escribirá, ella, que puede llegar a donde quiera, en un abrazo que lo significa todo, el recuerdo, y también, el paso del testigo. Porque Carmen le está confiando sus letras a su sobrina, a su pequeña, a su imagen en el espejo, porque sabe que lo vale, porque sabe que lo lleva dentro desde siempre, desde que empezó a hablar, desde que empezó a leer y a escribir. Desde que escribió aquel cuento en el que un pueblo con unos pocos habitantes escondían los entresijos de la vida y los secretos del amor.

Para Fusa. Porque si Carmen te hubiese conocido, te hubiese aplaudido. Porque si Carmen hubiese sido tu tía, y tú su sobrina, se sentiría orgullosa de ti. Y porque eres la futura Gaite, a la que todos admiraremos. Gracias por Bergai, gracias por tu arte.

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No es bueno que permanezca tan aislada. Debería dejarse ayudar... ¿Por qué no intenta volver a escribir? —La escritura me abandonó. —Pero usted puede ir en su busca... Conozco un músico que perdió una mano y... Ella lo interrumpió: —¿No entiende? No sólo es que ella me dejó, es que yo también la abandoné. No hay posibilidad de encuentro.

Ella, que todo lo tuvo - Ángela Becerra

ENTREVISTA A ÁNGELA BECERRA - NOELIA JIMÉNEZ

Yo creo que la literatura me buscó. Era mi sueño pendiente

Autora de diversos libros de gran éxito como ‘El penúltimo sueño’ o ‘De los amores negados’, la escritora Colombiana Ángela Becerra asegura sentirse fascinada por todas las expresiones de arte puesto que considera que son una forma de expresar los sentimientos humanos. A la espera de su próxima novela que, probablemente, salga a la calle en 2012, Ángela Becerra ha concedido la siguiente entrevista a Granite & Rainbow.

¿Cómo

diría

usted

que

es

Ángela

Becerra? Un ser humano que siente la vida con todos sus máximos, para bien y para mal. Soy tenaz, observadora y optimista… ah, y también muy perfeccionista, lo que me lleva a veces de cabeza. ¿Qué es lo que más le gusta hacer en su vida diaria? Me fascina el silencio, la soledad y la observación. He aprendido con los años a saborear las cosas más sencillas de la vida y a encontrar en ellas mis alegrías. Me fascinan aquellos momentos de complicidad con mis hijas y obviamente cuando escribo soy plenamente feliz.

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Es usted una más que conocida escritora, pero antes de dedicarse a este mundo, trabajaba usted en una agencia de publicidad. ¿Cómo se produce este cambio? ¿Siempre había sentido ese 'gusanillo' por la literatura?

Yo creo que la literatura me buscó. Era mi sueño pendiente. Cuando tenía 20 años entré a hacer prácticas en una agencia de publicidad y en 15 días hice mi primera campaña para un cliente. A partir de ese momento viví en aquel mundo muchos años. Me gustaba la creatividad, el contacto diario con la imaginación, pero llegó un momento en que aquello no me llenaba. cuando me Todos vivimos ciclos, y el mío de la publicidad se completó di cuenta de que no me gustaba crear para fomentar el En ese momento la presión por escribir en libertad se fue

consumismo.

haciendo insoportable. Las palabras me llegaban, me invadían todos los espacios y hasta que no las plasmaba sobre el papel no me liberaba de ellas. Encontrarme con la literatura fue un descanso íntimo. Respecto a sus libros. Todos ellos están basados en los sentimientos humanos. ¿Por qué esa elección? Me maravilla la complejidad del ser humano. Me gusta indagar en su fondo; construir personajes que se cuestionen la vida, que vivan a fondo todos los claroscuros de su psiquis. Crear los personajes de dentro hacia fuera. Moldearlos en la medida de sus tristezas y alegrías, de sus aciertos y fracasos. Creo que los sentimientos son la columna vertebral del ser humano, sin ellos difícilmente subsistiríamos como especie. Sus novelas 'El penúltimo sueño' y 'Ella, que todo lo tuvo ahondan en tiempos y aspectos pasados. ¿Ha tenido que documentarse para ello? Sin duda. Además, uno de los momentos con los que más disfruto es la antesala de la escritura de la novela. Es la primera fase; cuando empiezas a crear los mimbres de lo que luego se convertirá en una historia. En esta etapa Es una está el documentarse, cuando tú, la creación de de los una personajes, perfilar sus personalidades, el escenario. gozada además escribir historia, también con ella has hecho toda una labor de aprendizaje que luego trasvasas al lector.

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La pintura es otro de los mundos que aborda en sus dos últimas novelas, ¿le gusta este mundo? Me siento muy próxima al mundo del arte. Me seduce bestialmente porque está íntimamente ligado al sentimiento. Todas las expresiones de arte, pintura, escultura, cine, escritura tienen en su fondo el alma de sus creadores. Tratar de descifrar en cada obra lo que esconde el autor es una labor casi detectivesca a la que soy adicta. De las novelas que ha publicado, ¿siente predilección por alguna? Esta pregunta me la han hecho en varias ocasiones y yo siempre contesto que es como si le preguntaras a una madre que hijo de todos los que tiene, prefiere. Pero bueno, aquí entre nos, y para no contestar siempre lo mismo confieso que le tengo un especial cariño a “El penúltimo de su sueño”, tal vez porque lo escribí en un momento delicado y sufrió hasta el robo de mi ordenador; así que me tocó reescribir contenido, perdido por no haber hecho una sencilla copia. ¿Qué libro es el último que ha leído? Estoy releyendo la obra de Albert Camus. En este momento estoy parte

terminando “El malentendido”, una pieza teatral. ¿Cuál es su libro favorito o autor? Como autores, me apasionan los rusos Tolstoi y Chejov, los japoneses Kawabata y Tanizaki y los latinoamericanos García Márquez y Cortázar. El sudafricano Coetzee. En fin... Tengo muchos. En líneas generales, ¿qué diría que le aporta la literatura? Vida, múltiples universos a descubrir, un mundo rico en matices. Cuando escribes tienes la posibilidad de vivir muchas vidas y eso para mí tiene un valor incalculable. Para terminar....¿para adelanto de las misma? cuándo su próxima novela? ¿podemos tener un

En este momento estoy en pleno proceso de escritura y cada historia tiene su tiempo. No puedes presionarla, porque cuando empiezas a escribir, la novela no depende sólo de ti. Has creado un ente con vida

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propia que pide, exige, habla y muchas veces hasta se enfada y tienes que pactar con ella. Según mis cálculos podría estar en el 2012. En cuanto a la historia tengo por norma, y quizá hasta por un poco de manía, no hablar de ella pues lo considero como un frágil bebé al que hay que proteger hasta su nacimiento.

Desde Granite & Rainbow queremos dar nuestro más sincero agradecimiento a Ángela Becerra por conceder a Noelia Jiménez y a esta revista esta magnífica entrevista. Es para nosotros más que un placer contar con ella en nuestro cuarto número. Muchísimas gracias, Ángela, y gracias por hacer(te) el sueño realidad, Noelia. Gracias.

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SABRINA PÉREZ

DANIEL CRISTALDO, escritor uruguayo

“Las grandes obras están escritas en una especie de lengua extranjera dentro de la misma lengua” Proust

Hoy la tarde canta a gritos letras que se enredan con el viento y forman palabras que llegan a mis oídos, y generan en mis impulsos las ganas de escribir. Rompe esa barrera que no dejaba que mis manos bailen por las hojas. Siendo principiante en este juego que es escribir textos literarios, pero ya con la experiencia de escribir lo que todos llaman poesías, dedicaré estas hojas a ustedes lectores, para contarles y de esta forma darles a conocer a un gran poeta donde su poesía, es la herramienta para expresar al mundo las realidades que habitan en su mente. Nace en la ciudad de Montevideo, Uruguay, el poeta Daniel Cristaldo, año 1960. País que se encuentra ubicado en las costas del Río de la Plata en el cual brota una gran riqueza histórica cultural. Este pequeño territorio ha dado a luz a varios artistas que han tenido su reconocimiento a nivel internacional, como es el caso del escritor Juan Carlos Onetti y el pintor Juan Manuel Blanes. Un gran manto de pintores, escritores, escultores, artesanos, entre otros, se encuentran ocultos en estas tierras uruguayas, paseando con sus dones mágicos por las calles de un país que tiene mucho para ofrecer en el ámbito cultural. La ciudad capitalina, Montevideo, es donde las sombras de las palabras son más notorias y se logra un contacto más directo con el arte en sus diferentes ámbitos. No hay edad para comenzar a escribir, a escurrirse por este laberinto de letras desordenas por naturaleza y ordenadas por nuestro consciente. A los 11 años de edad, el Poeta, lee un libro de poesía de su tía Arsinoe Moratorio que provocó en él, una intensa sensación de tristeza que le despertó la pasión por las letras. “La poesía significa un maravilloso orden y desorden de cosas que juegan desde la realidad y el espíritu. Es el entramado mismo del mundo, la respuesta estética de las esencias de lo viviente sensible”, cuenta el poeta. Nacen de sus manos un conjunto de palabras que entrelazadas dan origen a una poesía que expresa mucho mas de lo que se puede interpretar. Crea un estilo propio de su persona, utilizando la metáfora que nos pinta distintas

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imágenes y nos incita a que nos atrevamos a jugar con la imaginación y los sentidos. A partir de ese momento, comienza a leer a Alfonsina Storni, Hermann Hesse, Platón, Juana de Ibarbourou, los clásicos del Siglo de Oro español. Mas adelante, por medios de algunos contactos, publicó dos poemas en una revista literaria Argentina, uno de ellos titulado Yo soy, y el otro poema estaba dedicado a Charles Baudelaire titulado Devoción. La publicación de estos poemas, fue uno de sus primeros pasos, dando a conocer su yo interior en esos textos, lo que provoca en todo escritor una gran satisfacción. Publicar una obra tan personal como es la poesía o narrativa, implica mostrar tu otra cara, sonrisa, tus pensamientos que se encuentran dormidos porque algo te impide gritarlos en voz alta y utilizas los renglones de esas páginas tatuando en ellos TU verdad. Los ojos de tus manos te observan con miedo, miedo quizás a las críticas, para lo cual hay que ser consciente de que en este mundo de las letras no hay textos buenos o malos, debido a que lo que prima es la subjetividad. Todos escribimos y expresamos de manera diferente, lo cual no implica que uno sea mejor que otro, solo son distintos. Daniel Cristaldo venció ese miedo que pudo haber sentido en algún momento y en el año 1987, edita su primer poemario titulado Respiraciones presentado por la poeta Marosa Di Giorgo en la Alianza Francesa. Fue bien recibido por los lectores y significó para él una gran alegría por haber logrado comunicar estéticamente su experiencia con las diferentes realidad que le sucedían. Las Habitaciones Despiertas fue su segundo libro publicado en el año 2008 por la Editorial Estuario, presentado en el Museo Torres García. El título del libro hace referencia a los lugares donde el poeta, existe o trata de existir desde el momento de lo realizado poéticamente. La semejanza que tiene este libro con el anterior -cuenta el autor-, es la búsqueda de la palabra lo más exactamente centrada en lo estético. El periodista y escritor Pablo Dobrinin, comenta en una de sus cartas enviadas al poeta, que encuentra en su obra , un camino hacia una poesía mas personal , que transcurre por la senda del surrealismo. “El Surrealismo “es un estado del espíritu” como los surrealista lo llamaban. También parafraseándolos a ellos, diría que es un sueño del inconsciente que busca el encuentro del Yo con el azar objetivo. El surrealismo define cierta manera de ir hacia la creación y la vida, un sistema.” – Pero aclara -“Yo no soy surrealista”. Este poeta uruguayo busca trasmitir a través de su poesía, la importancia de vivir las múltiples realidades y sensibilidades de la existencia junto a la emoción estética. Jugar con la palabras creando ese mundo que vive en nuestras mentes es la posibilidad que tenemos al agarra un lápiz y dejar que este camine por las hojas.

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¿Qué es ser escritor? - le pregunto “Es vivir una aventura en los extremos del mundo y en su centro, y lugares desde donde comienza la génesis de los deseos y su concluir” cuenta. Ser escritor, en mi opinión, es hacer bailar en distintos ritmos las

palabras, entrenarlas de tal manera que capten la atención del lector y este contemple con sus ojos cada texto narrativo o poema. El escritor tiene la habilidad de traspasar las fronteras de la realidad de una sociedad que lo rodea, que intenta absorberlo para formar parte de un sistema que tal vez no es el que nosotros anhelamos. Califica su poesía como el Ritual de su tiempo individual hacia y desde la vida y sus sombras. Actualmente se encuentra viviendo en la ciudad de Colonia terminando su tercer libro que editará este año, deleitando nuevamente a su público con su producción poética y trabajando en obras de teatro. Hoy la tarde ya no grita, ahora aplaude con sus manos de aire la obra de este poeta uruguayo que nos muestra que nada es imposible, y que con esfuerzo y dedicación se puede llegar a tocar el cielo con las letras.

SOMBRAS Libro Respiraciones , 1897

Rotantes en su cuerpo ( en donde los ojos ruedan en su rueda ) Con un carcaj de pasos nocturnos Sombras de caparazón casi cerrado brújulas de sangre secreta Esquirlas de voces (todo desemboca en su sombra por donde todo aliento se toca) .

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Libro Las Habitaciones Despiertas, 2008

LOS LABIOS SE MUEVEN COMO OJOS DE AVES Labios como cocaína. Labios luz de días y luz de noches. Siempre mirando a los ojos. Puntuales entre la realidad y el sueño. Boca encontrada en cítaras ocultas y sus piedras. Labios en el conocimiento del mar hacia dentro hacia fuera de la vida entre nubes de paso. Con la verdad de la mentira sentida y la verdad en una isla. ENLAZADA CUERDA. Sentimiento de tu cuerpo que se pierde. Fuelles. Resonancias sobre gotas de lluvia siempre creciendo frutas. Caja abierta. Musical con arrugas de líneas sobre líneas de horizontalidad de semilla y verticalidad de raíz. Y un temblor de caracol marino o primavera sola, primaveras.

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MARTA GÓMEZ GARRIDO

UN TAL... Pedro Páramo

Avanzaba por un camino de tierra rojiza y seca, como mi garganta. El espeso calor del ambiente se enredaba en mis nervios desnudos por volver al hogar, si es que todavía podía llamarlo así. Veía las casas bajas y la iglesia de Sayula, con sus caminos marchitos. Traía los ojos de aquel niño que acudía ilusionado a la feria, en aquellos días de fiesta que, de tanto rememorarlos, ya no sabía si eran felices o tristes, alegres o amargos, sólo el reflejo de lo que un día fueron, el fantasma de mi vida.

Bajé por el seco camino rodeado de retamas secas y me paré a contemplar desde lo alto mi pueblo, el tiempo detenido en sus puertas agrietadas y el silencio de la muerte entre sus casas. Como una foto raída por el tiempo, sus colores se apagaban, o quizás cobraban vida en mi memoria. Un silencio pesado, casi con personalidad propia, parecía embeber el ambiente. Sólo los ruidos de las chicharras se escuchaban en el horizonte desvaído, avivados por el fuego del recuerdo.

Una

chicharra por

saltó el

de

entre del

los

árboles Antes de

hasta poder

mis

zapatillas, para

descoloridas -

rojo

camino.

agacharme

atraparla dio un largo salto hacia la hojarasca. ¿Ves como puedes cogerla? – gritó una voz infantil desde el otro

lado del camino, a la que siguieron unas risas estentóreas. Frente a mí pasó corriendo un chamaco que cruzó el camino tras el

escurridizo insecto. ¿Necesitas ayuda? – le ofrecí.

Pero el niño no respondió, siguió su camino por la maleza entre arañazos y sudor, sin casi poder avanzar. Las risas continuaban a mi espalda, y me giré para acallar a aquellos niños, mas al volverme sólo encontré el

reflejo del sol en el suelo seco y las retamas resecas. Volví la vista hacia donde estaba el chamaco, pero ya no estaba allí, sólo una polvareda levantada por el aire ardiente de la tarde.

Confundido por la visión, saqué la bota de agua del saco y me mojé la cabeza, esperando que la sensación de haber visto un fantasma se fuera de mi piel. Di un trago, preocupado por las pocas reservas que me quedaban, y seguí mi descenso hacia Sayula. Cuanto más me acercaba a las primeras casas

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MARTA GÓMEZ GARRIDO
del pueblo, más tenía la sensación de estar descendiendo a la boca del infierno, donde reinaba un calor sofocante.

Paseé entre los edificios preguntando a la nada si alguien habitaba todavía aquellas tierras, pero sólo el silencio respondió. Recorrí el

pueblo y no hallé ningún ser vivo, ni siquiera al chiquillo que había creído ver horas atrás. Poco a poco, aquel sol que parecía traspasar los párpados se fue diluyendo en la oscuridad de la noche. Busqué en ese poblado fantasma que fue mi hogar mi casa. La encontré abandonada, igual que las demás, pero más triste, porque, por un momento, aquellas paredes huecas me trajeron la ilusión, pero sólo fue eso, una ilusión.

Un viento venido de la nada comenzó a golpear las puertas y las ventanas desvencijadas del hogar. Yo me recosté contra una de las esquinas esperando que pasara la noche para salir de aquel recuerdo que a cada segundo se iba tornando más pesadilla. Fue entonces, en aquella noche solitaria, cuando comprendí la soledad de Sayula, del lugar ése. Caí dormido imaginando una historia, la de un hombre que, al igual que yo, regresaba a su pueblo. No, no sería su pueblo, sería el de su familia, y se vería tragado por aquel ente que debió ser su hogar.

El sonido de las casuarinas me despertó, ya de día. Me levanté dolorido, dispuesto a salir de aquel pueblo que ya no reconocía como propio, cuando un sonido me detuvo. Parecía un quejido, un lamento, que acababa en un suspiro. Cuando acabó, empezaron más lamentos, acompasados, llorando por penas no contadas. Salí a la calle en busca de la fuente de aquel sonido. Corrí por las calles sin dejar de sentir el lamento de los que deberían habitar el lugar. Sin percatarme, mis pasos me llevaron hasta el cementerio de Sayula. Al llegar allí los quejidos cesaron, y sólo quedó en el ambiente el cantar de las chicharras. Miré aquellas lápidas desgastadas, abandonadas y sentí el peso de la soledad en aquel infierno tan familiar.

Salí de Sayula con paso cansado pensando en aquella historia que se había formado en mi mente durante la noche. Entonces unas palabras tomaron forma en mi mente: “Vine a Comala porque me dijeron que acá tal Pedro Páramo”. vivía mi padre, un

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PEDRO LARRAÑAGA

DICEN QUE MURIÓ DE RISA
Dicen que murió de risa. Una risa cruzada en la cara como una mueca de satisfacción. Satisfacción por el final de la noche. Una noche que decoraba su corazón desde hacía demasiado tiempo. El tiempo perezoso, espeso, lánguido, que no terminaba de agotarse. Pero agotado sí estaba el crédito de las esperanzas. Esperanza de que, al final, todo fuese una broma. Una broma pesada. Una broma sin gracia. Perdida ya toda la gracia, hacía tiempo.

Por eso murió de risa mientras la sangre le salía a borbotones de la garganta. Hacía mucho que no reía con ganas y a carcajadas. Carcajadas sonoras, escandalosas, como las de un bufón de alquiler. Alquilado había vivido desde el día en que su mejor amigo se lo llevó todo. Todo, hasta la mujer y la hija. Una hija de la que recordaba su mirada inquieta en medio de los ojos azules. Azules como el coche, como los hierros, como el fuego en el que terminaron envueltos, amigo, mujer e hija. Envueltos y entre gritos. Entre gritos azul oscuro. Azul oscuro como el mar desde su ventana. Una ventana que lo invitaba a saltar a gritos. Gritos que callaba en el club de carretera. Una carretera sin salida que no llevaba a ningún lugar. Sólo había un lugar en el que encontrara silencio. Silencio bajo las sábanas, en la cama, junto a ella. Ella, Lucía, que llegara al pueblo para olvidar una promesa. Así, acostados, mudos, con un dedo perdido, caminando por la piel. Piel llena de vida lejana y cicatrices, pero dulce. La dulzura de saber que no había preguntas, ni respuestas, sólo el dinero, los billetes. Billetes que él dejaba sobre la mesilla y ella guardaba en el cajón sin contar. Sin contar ya, también, los cientos de noches juntos. Juntos en su convencimiento, en cumplir su palabra, aunque a nadie le importase.

A nadie le importaba que él hubiese jurado no volver a acostarse con una mujer sin pagarle. A nadie le importaba que ella hubiese jurado no volver a besar a un hombre sin cobrarle. Porque, aunque a nadie le importaba, ambos cumplían su palabra.

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Pero las palabras son artilugios peligrosos. De un peligro afilado que rasga gargantas al salir, furiosas, de una cara violenta. Una cara violenta con una boca violenta, con unos dientes violentos, con una lengua violenta. Violentas todas las palabras. Y él, que murió de risa, con la sangre cayéndole a borbotones de la garganta, no soportó aquellas palabras violentas. La cogió por la muñeca, a ella, a Lucía, y la sacó de allí, con aquel tipo violento amenazándolo desde la puerta. Desde la puerta, agitando el puño en el aire, pero sin seguirlos por la carretera oscura y sin salida, que no llevaba a ningún lugar. Ningún lugar es adecuado para gente como nosotros. Nosotros tenemos nuestros fantasmas y nos siguen como sombras. Sombras en los ojos de ella al hablar, al decirle aquellas frases. Hablar y no decirle que, una vez más, tendría que marcharse. Marchar a otra ciudad, huir, a otro pueblo, a otro club, a otra habitación en la que seguir sin faltar a su palabra. Habitación en la que ya no estaría él, ni sus billetes sin contar en el cajón de la mesilla. Habitación en la que no querría, nunca más, faltar a su palabra. Una palabra que a él había dejado de importarle, mirando desde la calle su ventana que no dejaba de gritar.

Entre golpes, entre gritos, le preguntaban dónde estaba. Él no sabía dónde estaba. Ella, Lucía. Tú, Lucía, ¿dónde estás? No había querido saberlo para no seguirla. Para no ir tras ella e incumplir su palabra que ya había dejado de importarle. Incumplir promesas como su mujer. Como su amigo. Y puede que como su hija.

Una promesa violenta en aquella cara violenta. Una cara violenta que ya no era cobarde, apoyada en dos sicarios venidos de lejos. Una promesa violenta que aquella lengua violenta sí cumpliría.

Dime dónde está o te juro que te mato. Morir, ¡qué gracioso!, ¡qué risa! Y así volvió a reír, al final, antes de morir.

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Triste Nº 1
Por la memoria vagamos descalzos seguimos el garabato de la lluvia hasta la tristeza que es el hogar destino la tristeza almacena los desastres del alma o sea lo mejorcito de nosotros mismos digamos esperanzas sacrificios amores. A la tristeza no hay quien la despoje es transparente como un rayo de luna fiel a determinadas alegrías. Nacemos tristes y morimos tristes pero en el entretiempo amamos cuerpos cuya triste belleza es un milagro. Vamos descalzos en peregrinación triste tristeza llena eres de gracia tu savia dulce nos acepta tristes. El garabato de la lluvia nos conduce hasta el hogar destino que siempre has sido tristeza enamorada y clandestina Y allí rodeada de tus frágiles dogmas de tus lágrimas secas / de tu siglo de sueños nos abrazas como anticipo del placer.

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TE ESPERO Mario Benedetti

Te espero cuando la noche se haga día, suspiros de esperanzas ya perdidas. No creo que vengas, lo sé, sé que no vendrás. Sé que la distancia te hiere, sé que las noches son más frías, Sé que ya no estás. Creo saber todo de ti. Sé que el día de pronto se te hace noche: sé que sueñas con mi amor, pero no lo dices, sé que soy un idiota al esperarte, Pues sé que no vendrás. Te espero cuando miremos al cielo de noche: tu allá, yo aquí, añorando aquellos días en los que un beso marcó la despedida, Quizás por el resto de nuestras vidas. Es triste hablar así. Cuando el día se me hace de noche, Y la Luna oculta ese sol tan radiante. Me siento sólo, lo sé, nunca supe de nada tanto en mi vida, solo sé que me encuentro muy sólo, y que no estoy allí. Mis disculpas por sentir así, nunca mi intención ha sido ofenderte. Nunca soñé con quererte, ni con sentirme así. Mi aire se acaba como agua en el desierto. Mi vida se acorta pues no te llevo dentro. Mi esperanza de vivir eres tu, y no estoy allí. ¿Por qué no estoy allí?, te preguntarás, ¿Por qué no he tomado ese bus que me llevaría a ti? Porque el mundo que llevo aquí no me permite estar allí. Porque todas las noches me torturo pensando en ti. ¿Por qué no solo me olvido de ti? ¿Por qué no vivo solo así? ¿Por qué no solo…

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“Hay diez centímetros de silencio entre tus manos y mis manos una frontera de palabras no dichas entre tus labios y mis labios y algo que brilla así de triste entre tus ojos y mis ojos”

Mario Benedetti

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NOEMÍ CAMBLOR

Si Dios fuera...

Mario Benedetti

«(…) hay Dios mío, Dios mío, si hasta siempre y desde siempre fueras una mujer, qué lindo escándalo sería, qué venturosa, espléndida, imposible, prodigiosa blasfemia»1.

Estamos orgullosos de ser españoles. Nuestra selección de fútbol nos ha unido lanzando hacia el cielo nuestra menguada autoestima nacional con una clase magistral de elegancia y confianza en uno mismo. Es esta tierra, déjenme que hoy diga bien alto su nombre, España, la misma nación muchas veces denostada por nosotros mismos, resultado de la siempre endeble

memoria colectiva, casa y refugio de muchos genios cuando su país los defenestra. Éste es el caso del incomparable Mario Benedetti (1920-2009), uno de los mayores intelectuales uruguayos que sufriendo el destierro en

su adorado país, tanto es así que su escritura se caracteriza entre otras cosas por un estilo urbano con gran personalidad ya denominado como

Montevideanismo, vino a refugiarse dentro de nuestras fronteras desde 1977 a 1993 (exceptuando una pequeña temporada en Cuba).

Hablar de Mario Benedetti es tarea inabarcable: escritor, profesor, poeta, crítico de cine, director de revistas, académico, dramaturgo, ensayista, ganador de cientos de premios, creador de más de 80 obras, Doctor Honoris Causa de varias universidades, películas nominadas a los Oscar basadas en sus novelas… Existen cientos de trabajos que estudian técnicamente su obra e incluso se realizó un documental sobre su vida y su poesía, dirigido por Alessandra Mosca en 2004, y protagonizado por el mismo Benedetti, ganador en varios festivales. El documental se presenta bajo este maravilloso

título: Mario Benedetti y otras sorpresas. De esto es exactamente de lo que yo les quiero hablar: de la continua sorpresa que es conocer al que fue bautizado con el regio nombre de Mario Orlando Hardi Hamlet Breno Benedetti Farrugia.

Como muchos de sus contemporáneos fue necesariamente activista político, estarán de acuerdo conmigo en que esta faceta, en el caso de un autor de la América Latina, no es sorprendente en absoluto pero sí lo es, no sé si como escritor o intelectual desde luego sí como persona, la honestidad con la que Benedetti se enfrentó al mundo; les cito para ilustrarlo un párrafo de

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la ponencia que realizó en el Congreso Cultural de La Habana en 1968: «El artista que defiende su derecho a soñar, a crear belleza, a crear fantasía, con el mismo encarnizamiento y la misma convicción con que defiende su derecho a comer, a tener un techo, a salvaguardar su salud, ese artista será el único capaz de demostrar que su oficio no es un lujo sino una necesidad, y no sólo para sí mismo sino también para su semejante»2.

El hombre que habla con esta transparencia y sabiduría sobre lo que él considera el oficio del artista es el mismo que tuvo que abandonar sus estudios a la edad de quince años. Mario Benedetti es autodidacta desde esa temprana edad, consiguiendo a través de lo que supongo un enorme esfuerzo y constancia, abandonar su trabajo como ayudante de mecánico en una empresa de reparación de coches para redactar en una pequeña revista. Y es que ¿quién podría haber sido profesor de Benedetti? ¿Cómo enseñar a un maestro aunque éste fuera tan sólo niño? En uno de sus cientos de poemas No te salves, saco yo un extracto que nos ofrece la clarividente mirada del autor hacia la vida: «No te quedes inmóvil al borde del camino no congeles el júbilo no quieras con desgana no te salves ahora ni nunca no te salves (…) pero si pese a todo no puedes evitarlo (…) entonces no te quedes conmigo»3

Mario Benedetti no quiso salvaguardarse ni una sola vez, se atrevió con todo y todo lo realizó de manera magistral. Si algo caracteriza a este imparable maneras de hombre es su la versatilidad, asunción de su constante búsqueda de nuevas

expresión,

riesgos

profesionales

constantes,

digno todo ello de la más profunda admiración de entendidos y profanos.

Hablando de su actividad, digamos más convencional, escritor de ficción, y yo como apenas aprendiz de escritora de relatos, confieso que tengo cada una de sus historias en una edición de Cuentos Completos de la editorial Alfaguara, instalada perpetuamente en mi mesita como un seminarista tiene

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las Sagradas Escrituras. Perfectos, sencillamente sus relatos me parecen perfectos de principio a fin: su incansable investigación de la vida, su extrema sensibilidad para captar y transmitir sentimientos y sensaciones, su capacidad de observación y análisis de cada detalle, su tan exacto control sobre el lenguaje literario, su elegante sentido del humor, su composición del cuento que siempre te agarra por sorpresa, sus acertados puntos de giro hasta en los textos más reducidos… Hacen de sus relatos lo que comúnmente se dice: una obra redonda.

Pero no contento con su obra dramática, la poética o de ficción, los ensayos y artículos, Mario Benedetti tiene incluso una vasta discografía. Han leído bien: discografía. Un auténtico lujo poder escuchar mucha de su obra de su viva voz, en solitario o acompañado del cantautor Daniel

Viglietti, o también disfrutar del disco de Joan Manuel Serrat sobre la poesía de Benedetti, y en colaboración con él, El sur también existe.

Insistiendo en la exposición inicial de este artículo, no es posible acotar en estas páginas todo lo que significa el huracán de talento, conocimiento y trabajo sin tregua que es Mario Benedetti; sin ir más lejos, apenas hace una semana, investigando un poco entre las estanterías de mi librería preferida no pude más que sonreír al descubrir otra sorpresa del valiente autor, una obra realizada con la complicada técnica japonesa: Nuevo Rincón de Haikus. «la rosa roja en el ramo es la única que está sangrando»4

Leyendo

a

Mario

Benedetti,

seas

creyente

o

ateo,

seas

agnóstico

o

nihilista, no se puede por lo menos que dudar, ya que es indiscutible que en su pluma se vislumbra la mano de algún Dios.

Mario Benedetti. Antología poética. Biblioteca Benedetti. Allianza Editorial. Edic.2009.
1

Mario Benedetti. Sobre las relaciones entre el hombre de acción y el intelectual. Ponencia en el Congreso Cultural de La Habana. Cuadernos de Ruedo Ibérico. Diciembre-enero 1968, nº 16. Edic. Ruedo Ibérico.
2

Mario Benedetti. Antología poética. Biblioteca Benedetti. Allianza Editorial. Edic.2009.
3 4

Mario Benedetti. Nuevo rincón de Haikus. p.159. Colección Visión de Poesía. 1999.

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IVÁN MOURIN

Crónica de un escritor maldito

La vida se nos concede como un aviso de que, irremediablemente, vamos a morir. El problema reside en que no siempre se espera a cuando se agota la batería, sino que se opta por devolver el producto antes de finalizar el periodo de garantía. Muchos fueron los escritores que, hastiados de sus vidas, deprimidos, enfermos o bien por un arranque de excentricidad, decidieron ponerles fin. Hubo quien escogió la fría tibieza Woolf), de el una cuchilla de la (Séneca), pólvora la placidez discutido del agua (Virginia de Ernest

aroma

(el

suicidio

Hemingway), o la suavidad de la soga (David Foster), entre otros, pero pocos se decantaron por la belleza del cianuro, por su turbia

transparencia, por el dolor escondido tras la amargura de su esencia. Esta es la historia de Horacio Quiroga. Nació envuelto en un manto de tragedia, como su obra, como si el propio destino hubiese decidido maldecirle, una broma más de la

existencia. Desde su primer llanto, La Parca decidió pegarse a él, codiciándolo con su sombra y arrasando con todo lo que él acabaría amando; Quiroga optó por aceptar su presencia, con resignación,

haciéndola su musa, convirtiéndose en un genio del cuento modernista, tiznado éste por el horror y por la hostilidad de la naturaleza hacia el hombre, llegando a hacerlo comparable al magnífico Edgar Allan Poe. En 1879, a los dos meses y medio de su nacimiento, la Muerte hizo su primera intervención. De regreso de una excursión, a su padre,

Prudencio, vice-cónsul argentino en Salto, Uruguay, se le enganchó la escopeta en la lancha y murió, como si un dedo hueso hubiese estado esperando el momento de apretar el gatillo. Diecisiete años después, Ascensio Barcos, quien sería su padrastro, sería el primero en

encabezar la lista de suicidios que abordarían a su familia. Aburrida, en 1902 su compañera quiso ir un paso más allá, dando un papel a Horacio dentro de su juego. Federico Ferrando, amigo del

chico, se había retado en duelo, y se encontraba preparando el arma para el mismo, una Lafoucheux de dos cañones, en su casa de

Montevideo. Era un anochecer de finales de invierno; Quiroga, curioso, tomó el arma para observarla, y se disparó. La bala entró en la boca

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del duelista y se introdujo en su cráneo como un gusano a través de una jugosa manzana. Pasó cuatro días en la cárcel, pero fue puesto en libertad al no quedar demostrada su culpabilidad, marchándose a casa de su hermana María, en Buenos Aires. Lo que jamás quedará resuelto para la Historia es si Horacio se enguantó las manos con sangre

accidentalmente, o si fue algo más. Horació continuó con su papel de títere de la Muerte, que le sirvió para crear uno de los relatos más terroríficos, “El almohadón de

plumas”. Tras una fuerte discusión, su esposa Ana María, que le pedía abandonar regresar a su vida en la selva, se donde con se habían instalado, llevándola a para una

Buenos

Aires,

suicidó

veneno,

agonía que duró ocho días hasta fallecer. Era el año 1915. De ahí la inspiración para este relato, donde una joven recién casada perece tras sufrir una extraña enfermedad, una especie de anemia, pero el marido acaba descubriendo que ha sido por culpa de una criatura,

alojada en el almohadón de plumas del lecho, que se alimentaba de ella. La obra de Quiroga se caracteriza por la angustia de los personajes, preparados para un fracaso rotundo. Fatalistas, desesperados,

infelices, derrotados, pesimistas… una muestra perfecta de la conducta del autor, que siempre trató de mantenerse lo más alejado posible del padecimiento de sus creaciones, como en un intento de huir de todo aquello que él mismo había sufrido, consciente de que la Muerte era, y es, una vencedora, y a la que acabó por temer irremediablemente. Y llegó el acto final. Dieciocho de febrero de 1937. Los médicos del Hospital de Clínicas de Buenos Aires, tras una exploración de origen quirúrgico, le notifican a Horacio que padece un grave cáncer

gástrico, irremediable. Con el permiso de éstos, salió a dar un paseo por la ciudad y regresó a las once de la noche. En su habitación, hizo su último brindis con aquella que jamás le había abandonado, aquel ser que había confeccionado un bello vestido con el alma de los fallecidos de Quiroga. El cianuro puso fin a la obra más trágica de Quiroga: su vida.

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FUSA DÍAZ

EL DOLOR DE LOS OTROS

¿Han sido más de nueve noches las que han pasado juntos o quizá si juntaran las horas, los minutos, si los unieran como partes de un mismo todo, quizá podrían llegar a un día completo, un día en el que su cuerpo no se escape, en el que al otro lado de la cama no vaya a haber otra mujer esperando por él? Quizá hayan sido sólo nueve noches y su nombre sea Idea Vilariño y esté esta mañana mirándose en el espejo contemplando unos ojos que ya nada le resultan familiares y se pregunta si alguna vez podrá amar de una manera sosegada, si por una vez no va a ser humillante que allí no sean las cuatro. Quizá el dolor de los otros no sea una mentira más que utilizan para no sentirse tan solos: qué angustiante verse de lejos, contemplar que no es menos patética que el resto, que no se pertenece más que a nadie. Está frente al espejo y le dice que es Idea Vilariño, la amante dolorosa, la que se desgrana como una fruta de pedacitos, Idea Vilariño la que guarda lugar en su cama y no es capaz de encontrar un solo motivo que la despelleje del todo: la tristeza ya no alcanza, si alguna vez lo hizo. El poema se viste elegantemente y va furioso a dañarla, va a clavarle las nueve noches en los ojos como si fueran alfileres y ella solamente un muñeco deshilachado. Me muerde el poema como tu boca, Idea Vilariño, y podría envenenarme y amar a quien tu amaras, si lo pidieras, la suplicante, la para siempre suplicante, primeriza, la que ama como si se acabara el mundo, como si no tuviera a nadie más: y no tiene a nadie más. Idea Vilariño se entristece ante el poema como si muriera en ese mismo momento, en el momento de escribir, como si muriera alguna parte que le pertenece, aunque se resulte una anónima y una extraña, sabe reconocer esos lugares donde le duelen: y el poema le escuece y le sangra de una herida que parece que nunca vaya a cerrarse y todavía queda abierta, pasado el trazo de un niño que se viste de muerte, todavía queda abierta y nos sirve para nuestro dolor. Se sienta sobre la mesa y se come a Juan

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FUSA DÍAZ
Carlos Onetti como carne cruda, como tierra que se lleva a la boca con la mano, lo devora y nos lo devuelve amante, nos lo desviste y nos deja ver en qué cama duerme durante nueve noches, cuántas veces, lejos de esas noches, puede no estar donde le solicitan, perdido entre algún pliegue de Idea Vilariño, de ese verde lento que le adivina Juan Ramón Jiménez, y ya tenemos frente al espejo a una musa que de nuevo existe fuera del poema y se mueve y se despereza y duele, duele también sin la escritura Idea Vilariño. El dolor de los otros, sí, el dolor ajeno de una poeta que quizá no se sepa poeta y sólo se sepa asfixiada por un amor que no le va a servir para amar. Pero sólo así, de esa manera, se puede leer un poema de muerte que también habla de amor, en un hondo compás que es el suyo, el pulso de una mano que acarició un cuerpo que no le pertenecía -además del suyo propio- y ya nunca volvió a ser la misma. No se puede comprender su obra si no se habita en el pozo asfixiante de la espera, de la eterna espera, de una cama que habla y pide por vos, pide por vos y vos no sos de nadie, sos tuyo tanto como mío y de ella, de la que te arrebato en una noche como la de hoy en que puedo verte y estás. El poema de Idea Vilariño es un arma que nos brinda la escritora: escribe como disparando y después nos lo ofrece, se lo entrega al desespero, porque de nada sirve un poema si nadie puede comprenderlo después, y sólo desde una angustiosa espera se puede adivinar, y se comprende el poema, se muere en cada intento, se siente, se escribe, y ya no le van a quedar fuerzas para nada, frágil como es, muerta como es, se mira esta mañana en el espejo y se sabe que es Idea Vilariño aunque ya no pueda defenderse de cómo se la pueda ver, de cómo puedo verla yo, ya no va a tener armas para decir que alguna vez se sintió calmosa ante el verso, que pudo escribir con el cuerpo y no se magulló. Y los versos que escribió en la madrugada ya a nadie van a servirle más que a la difunta esposa del difunto amante de la difunta y añorada Idea Vilariño.

Ya no será, ya no viviremos juntos, no criaré a tu hijo no coseré tu ropa, no te tendré de noche no te besaré al irme, nunca sabrás quien fui por qué me amaron otros. No llegaré a saber por qué ni cómo, nunca ni si era de verdad lo que dijiste que era, ni quién fuiste, ni qué fui para ti ni cómo hubiera sido vivir juntos, querernos, esperarnos, estar. Ya no soy más que yo para siempre y tú Ya no serás para mí más que tú. Ya no estás en un día futuro no sabré dónde vives, con quién ni si te acuerdas. No me abrazarás nunca como esa noche, nunca. No volveré a tocarte. No te veré morir. Ya no, Idea Vilariño

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SILVIA ZAPPIA

El hombre circular
Entro a la biblioteca y me acomodo en mi sitio habitual de estudio y lectura. En realidad, busco aquí una hora de silencio, una hora de abstracción del mundo del que vengo y al que deberé volver. Pero hoy el día me sabe diferente. Estoy aquí, en esta biblioteca, pero es como si estuviera en la otra, en la vieja e íntima biblioteca de la calle México. Hay una cierta luminosidad, hay unos ciertos aromas, que hacen sentirme en otro espaciotiempo. Y entonces lo veo. Está allí sentado, ni muy cerca ni muy lejos de mí, y escribe. El hombre escribe, y al escribir se interna en el laberíntico espejo de la memoria, de su memoria reflejada, imagen ancestral, caminos cruzados por otros espejos que lo reflejan, que no le dejan verse, que lo miran desde el pasado de sí mismo. Espejo de su sueño, sueño en espejo que lo lleva hacia ese otro lado del que no sabe volver. Lado circular de su pasado y su futuro, eterno retorno al laberinto sin salida, al concéntrico sueño, a los templos, a las ruinas, a los tigres, al fuego. El hombre escribe, y al escribir modela la exacta palabra, la clara matemática que mueve las noches y los días; dibuja una casa y en la casa un punto donde confluyen el Universo y un gato, representación del eterno presente. El hombre escribe, y al escribir reordena Babel, reinventa todas las lenguas con sus signos y sus símbolos, revela desconocidas fechas, recónditas batallas, antepasados de barro, espada y arrabal; y en sus trazos las rosas se desgajan en mármoles y nombres. El hombre escribe, y mientras escribe viaja al entrañable sur donde otra vez lo aguardan el laberinto, el espejo, las sucesivas muertes, los otros de sí mismo. El hombre que escribe no supo, y si lo supo no lo reveló, el perfecto instante en que su mano cedió a la bruma amarilla de sus ojos, y entonces prevalecieron la voz, el bastón, las cansadas calles de Buenos Aires y otra vez el bifurcado laberinto. Y yo aquí, viéndolo absorta, entrando en mi propio laberinto, desde este lado del espejo, puedo saber de su escritura, de sus historias, de la recreación de sus días. El hombre ya no escribe, pero su brújula sigue atravesando el espejo fiel de la memoria, donde lo espera otro hombre que lo escribe, o lo escribió, o lo escribirá. El hombre que no escribe conserva el recuerdo de otros días; permanece en el goce de estar triste, lado circular de su unánime noche reflejada en el espejo de su destino, en la perfecta forma que supo dios desde el principio. Y entonces, mirándolo, no sé si sueño, o si me sueñan, o si soy apenas un recuerdo. Es mejor que salga, pienso, pero el hombre se adelanta a mi salida. En su mesa quedan una hoja y unos versos… “espacio y tiempo y Borges/ me dejan.”

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J. ÁLVARO GÓMEZ

EDUARDO GALEANO
(Las venas abiertas de América Latina, El libro de los abrazos y El fútbol a sol y sombra)
! Intentar ofrecer al lector un resumen de lo significativo que es, para

algunos de nosotros, Eduardo Galeano, es caer en la tentación de escribir y escribir varios folios. Folios que se complementarían con frases, con cuentos, con dictados de sus conferencias o con sus viajes, sería un largo etcétera que, más que llegar a descubrir – para aquél que no le conozca- a este genio, le tomaría en rabia y jamás se adentraría en sus libros. Por esto, intentaré realizar un ejercicio de autocensura y reducir a lo esencial tres de sus obras, recomendando, cómo no, las tres por igual. Eduardo Galeano (Montevideo 1940) o Eduardo Germán Hughes Galeano, se inició en el periodismo como Benedetti, trabajó de redactor jefe en revistas como Marcha, o como director en Crisis o el diario Época. Nunca ha dejado de lado esa faceta y, como Vargas Llosa, suele publicar bastante en revistas o diarios. En ellos pone de manifiesto su opinión sobre la actualidad global, ofreciendo una idea muy realista y cercana a lo que realmente les pasa a los ciudadanos. En crónicas como “Guatemala, un país ocupado”, o en “Crónica de un desafío”, se puede observar que el autor se involucra en los acontecimientos que suceden a su alrededor. Galeano fue un exiliado- exiliado en España, me explico, fue obligado a salir de Uruguay hacia Argentina cuando, en 1973, ganaron los golpistas en su país natal. Más adelante, otro golpe de estado, en este caso en Argentina, le obligó de nuevo a realizar la maleta y volar rumbo a España. Pasados los años, volvería a pisar Montevideo para quedarse. Hace poco, saltó a la fama por el curioso gesto que tuvo el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, al regalar al presidente norteamericano, Barack Obama, y durante el transcurso de una Cumbre de las Américas, una edición de “Las venas abiertas de América Latina”, obra fundamental de Galeano. El libro en cuestión, disparó sus ventas en todo el mundo. Aunque, Las venas abiertas de América Latina (Editorial Catálogos, 1971), es más que un artículo de regalo a un alto mandatario o a un amigo o familiar, el significado de ese libro es mucho más. Es un texto fundamental para comprender la sangrante historia de nuestra hermana América Latina. Un libro esencial que nos adentra en la colonización española y portuguesa. En la brutal búsqueda y posterior saqueo de oro y plata, para, a continuación, expoliar y explotar los recursos minerales y vegetales. Una vez que se termina de leer este ensayo, se puede entender más detenidamente los motivos de cierta pobreza existentes en estos países y, además, concretar de dónde nace dicha pobreza con su consiguiente retraso con respecto a Europa.

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J. ÁLVARO GÓMEZ
Pero, Las venas abiertas…, no debería de ser el inicio o el descubrimiento de este escritor. Es, El libro de los abrazos (Editorial Siglo XXI, 1989), el que, llegado el momento, recomendaría al lector que no conoce a Eduardo Galeano. Hablar de El libro de los abrazos es sumergirse en un mundo aparte, con diminutos cuentos, fábulas y anécdotas que le hace a uno replantearse el mundo de otra manera. Son relatos para reír, para soñar y para llorar, en todos, el lector se parará al final de cada uno para meditar sobre lo que acaba de leer. Casi seguro, al pasar sus hojas por sus manos, se dará cuenta que, en ese momento, desea regalarle un ejemplar a algún amigo o familiar suyo, o, como poco, compartir con alguien ese pequeño cuento que acaba de leer. Galeano resumió, hablando de este libro, lo siguiente; “Creo que un autor al escribir abraza a los demás. Y éste es un libro sobre los vínculos con los demás, los nexos que la memoria ha conservado, vínculos de amor, solidaridad. Historias verdaderas vividas por mí y por mis amigos, y como mi memoria está llena de tantas personas, es al mismo tiempo un libro de "muchos"... Es un equívoco que ha fragmentado los lazos de solidaridad, que ha condenado a este mundo de finales de siglo a tener hambre de abrazos, a padecer de soledad, el peor tipo de soledad: la soledad en compañía. Es el mismo proceso que se manifiesta con la pobreza". Decidirse por un relato es imposible, según se habla de este libro con la gente, cada uno tiene unos textos preferidos (debo de confesar que, en la edición que poseo de este libro, los post-it amarillos cubren gran parte del lomo superior, con lo que, al dejarlo en la librería, una batería de papelillos amarillos irrumpen hacia el cielo, rompiendo la línea regular de los libros y enfureciendo a aquellos amantes de las estéticas lineales). Les dejo uno que aparece entre esas señales amarillas del libro y que, el destino, ha querido que salga a la luz; La uva y el vino. Un hombre de las viñas habló, en agonía, al oído de Marcela. Antes de morir, le reveló su secreto: - la uva- le susurro- está hecha de vino. Marcela Pérez- Silva me lo contó, y yo pensé: Si la uva está hecha de vino, quizá nosotros somos las palabras que cuentan lo que somos. El libro de los abrazos. Cuando uno ya se haya enamorado de este libro, puede continuar con “Memorias de fuego”, “Patas arriba” y, su último, “Espejos, una historia casi universal” donde Galeano nos presenta la historia de la humanidad en forma de encuentros y desencuentros, todos ellos dejándonos un sabor entre lo amago de la vida y la dulzura de otro mundo más cercano y humano. Pero este escritor no solo se zambulle en temas políticos. Ya he comentado que habla de las pasiones de los humanos, de las debilidades de las personas y, que más alta debilidad en el mundo, que la del fútbol. En El fútbol a sol

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y a sombra (Editorial Siglo XXI, 1995), a aquellos que nos gusta el fútbol sin forofismos ni radicalismos, Galeano nos ha regalado una obra de sobremesa, de esas que te gusta por sentirte identificado con sus palabras y, porque no decirlo, por qué la literatura y el fútbol pueden darse la mano. Entre sus páginas, sabremos de donde y por donde ha venido ese loco y apasionado juego en el que, un baloncito rueda mientras que veintidós tipos en pantalones cortos le dan patadas. Este libro, al igual que me pasó con El libro de los abrazos, me enamoró desde la dedicatoria; “Las páginas que siguen están dedicadas a aquellos niños que una vez, hace años, se cruzaron conmigo en Calella de la Costa. Venían de jugar fútbol, y cantaban: Ganamos, perdimos, igual nos divertimos.” Entonces me recordó a mis tardes de fútbol en el barrio y, al pasar la página con mi dedo húmedo, me adentró en un mundo del que me creía sabedor de todo y, después de aquella lectura, me di cuenta que no sabía nada. Y es que, como la mayoría de las cosas, Galeano nos recuerda que el fútbol también tiene su historia. Historia de luchas y victorias como esa que cuenta que, en plena guerra mundial, un capitán inglés se lanzó al asalto pateando una pelota de fútbol. O de sangre y honor, como también nos recuerda Galeano en este libro cuando, los jugadores del Dínamo de Kiev se les ocurrió la locura de derrotar a una selección de Hitler, bajo advertencia de que, si ganaban, morirían. Ganaron, aun con miedo y hambre, no pudieron aguantarse las ganas de ser dignos. Y es que, en resumen, el señor Eduardo Galeano nos recuerda que tenemos historia, ya sea en América latina, en Europa o en el fútbol. Nos recuerda con sus mensajes que, hace tan solo dos días, estábamos con taparrabos y cazando dinosaurios. Nos recuerda que, en esta época de usar, tirar y olvidar, lo vivido es importante para seguir caminando hacia delante y, saber y conocer mejores. el pasado, nos es necesario para ser, aunque sea poco, algo

Abusando de dos líneas más, no dejen de pasarse por youtube y, poniendo Galeano, deléitense con sus charlas, cuentos y poemas; es una suerte para los oídos. Ya me contarán.

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YANINA ROSENBERG

NARRADORES NO CONFIABLES en ONETTI
Desde la perspectiva antinaturalista de Juan Carlos Onetti, resulta sencillo comprender la creación de narradores no confiables. Es de esta forma en que el autor logra distorsionar la realidad, contando alguna de sus diversas variantes; la realidad como excusa para narrar lo soñado.

En Los adioses y en La novia robada Onetti permite a sus narradores mantener una indisoluble interacción con el lector. En la segunda de las obras, la no confiabilidad del narrador está justificada por el constante uso

intertextual de Una rosa para Emily de Faulkner hasta el punto de confundir al lector sobre si cierta referencia remite a Moncha o a Emily, y pretendiendo de este la distinción entre dichos personajes.

¨…alguno puede jurar que vio, cuarenta años después, a Moncha Insaurralde en la esquina del Plaza. (…) apoyada casi en un delgado bastón de ébano, en el forzoso mango de plata…” En Los adioses, el narrador es el almacenero, quien es el encargado de subjetivar los hechos, de modelarlos a sus ojos, y filtrárselos al lector. Esta invención de sucesos no es más justificada que por el mero objetivo de hacer la vida misma más interesante. Sin embargo, la mentira no es desacreditada: Onetti plantea personajes chismosos, fabuladores, cuya afición por la mentira no es más que una condición innata, una necesidad humana. Así, el chisme se convierte en materia comercial: brindando la menor cantidad de información posible, se

intenta obtener lo máximo posible.

¨Deseaba conversar y el enfermero me estaba invitando, sonriendo sobre el vaso y el plato. Pero no salí de atrás del mostrador; me puse a limpiar unas latas y apenas hablé¨. El ocultamiento de la verdad, es un recurso que le otorga al narrador tanto libertad respecto del tiempo como una cierta cuota de misterio mediante la presentación de agudas contradicciones y sutiles fisuras en lo narrado, en las cuales descansa la ambigüedad del lector. Un ejemplo de esto reside en el hecho de que de la vida del almacenero no se informa casi nada.

A medida que avanza la trama, el lector se ve atraído por el vicio y tiende (y quiere) creerle al almacenero lo que es malvadamente interesante. Y no

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YANINA ROSENBERG
sólo esto sino que además, puede encontrarse más involucrado en la deducción e interpretación de los hechos que en encontrarle un significado al texto. Sin duda, la interpretación depende de la capacidad del lector de relacionar datos, observaciones y versiones de la realidad que aportan los testigos (el

almacenero, el enfermero y Reina, la mucama) mediante chismes, deducciones y opiniones. Así, la unión diferente de distintos fragmentos de interpretación y percepción pueden conjugarse para versionar la realidad. Es este juego de

ambigüedades el que conlleva a interpretar un posible caso de incesto o un posible homicidio.

Hay evidencia de que los hechos según el narrador no son más que la exteriorización basquetbolista realidad no se de no sus está propios deseos enfermizos. enfermo Por ejemplo, del sino el cual por exen la

irreversiblemente por la

(diagnóstico de sus actos

sabe

nada)

manifestación

predicción del almacenero de que no cree en la trascendencia de curarse. Así, el almacenero ve cosas imposibles: ¨ Y todo lo que yo podía pensar de ellos (…) era el trabajoso viaje en la oscuridad, tomados de la mano, silenciosos…¨ Afirma tener conocimiento inmediato de las cosas: ¨…me hubieran bastado aquellos movimientos sobre la madera (…) para saber que no iba a curarse…¨ Le atribuye a otros personajes sus propias inquietudes: ¨…y cuando la soledad nos importa somos capaces de cumplir todas las vilezas adecuadas para asegurarnos compañía, oídos y ojos que nos atiendan.¨. Mediante este juego de manipulación, el lector percibe al ex-atleta como un ermitaño que se recluye por deseo propio, tal como el almacenero se lo inculca al lector. Esta información, sólo se apoya en las citas de los testigos, posiblemente deformadas. Y así, mientras el lector cae en el juego del chisme, no se da cuenta de que los detalles de lo que le está siendo contado son

imposibles de haber sido vistos. Un indicio más de la no confiabilidad del narrador reside en el hecho de que la visión de diversos fragmentos del cuerpo, como las manos del ex-

basquetbolista o un pedazo de pollera de la muchacha,

son suficientes datos

para deducir y caracterizar a los personajes externa e internamente. Es así como en esta realidad tejida de inmoralidades (en el que el

narrador miente y se miente a sí mismo), el lector encubre al yo narrador en sus ¨travesuras psíquicas¨, admitiendo o deseando admitir la ficción del narrador. Y de esta forma, Onetti, no sólo logra dejar al lector con la angustia de haber sido traicionado y con la tarea de reconocer falencias en la sociedad, sino que también logra justificar exitosamente su visión de la realidad.

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AINIZE SALABERRI

amantea
DAVID CANTERO Amantea es la búsqueda sin fin del amor perdido o del amor en sí mismo, o de la felicidad. Supongo que todo depende de los ojos de quién mire, pero Amantea es el resumen del amor, tal y como yo lo entiendo. David Cantero, con su primera novela, escribió una historia que me salvó de la desgracia y la desdicha. Y no lo digo susurrando, lo digo bien alto, tan alto como él cuenta las vicisitudes de la mala suerte, del destino, del amor. Lo escribo porque es cierto. Amantea no fue sólo el manuscrito homónimo que un periodista español encuentra en un cajón de una casa remota. Amantea es, de hecho, mucho más que una historia. Es la sinrazón, es la cordura, es el despojo humano del que te deshaces cuando ya no te sirve. El perro que abandonas en la carretera por viejo, porque ya no puede jugar con tus hijos sin ahogarse. Amantea es el principio y el fin de cualquier historia de amor. Y es una cárcel porque encierra tus sentimientos y se los guarda para ella, para poder sobrevivir, porque sola, solo, no puede, no llega, le falta, carece. Amantea es un grito desgarrado en lo alto de la última montaña del mundo. Es como el cuadro de Caspar David Friedrich, “Caminante sobre el mar de niebla”. Exáctamente igual. Cantero cuenta la historia de un hombre que toda esperanza ha perdido pues todo amor perdió. La historia es desesperada, trágica, intrigante y terriblemente atractiva. Es la quinta sinfonía de Beethoven, dura, sonora. Es la película “Los otros”, de Amenabar. Es el teatro de Hamlet sin la calavera, que está perdida mas no olvidada. Es “El Coloso” de Goya, siempre preparado para la lucha, siempre atento, siempre sospechoso. Es una búsqueda constante, un pulso mantenido con la vida, un rezo que no cesa. No puedo escribir sobre Amantea porque Amantea me escribió a mí. Me escribió cuando estaba sola y desesperada, cuando el mundo era un camino que no deseaba recorrer con mis pies, cuando el amor era una venganza tejida con esmero en un cuerpo desconocido. Amantea era todo mi amor y en sus palabras encontré el consuelo necesario para mirar de frente a mi vida y ponerla en orden. La sinopsis del libro se queda en nada cuando lo lees. Todas las frases que subrayé se convirtieron en mis oraciones. Las escribía en mis cuadernos, las posteaba en mi blog, las hacía mías a mi manera y las honraba como si de distintos dioses se trataran. Amantea escribió mi historia sin conocerme y le dio el final que necesitaba. Amantea. Amantea te cautivará.

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IRAIDE TALAVERA PALABRAS EN CASCADA, con ALFREDO BRYCE-ECHENIQUE
Tengo en la yema de los dedos el recuerdo del tacto de la portada de los libros de Alfredo Bryce-Echenique. Aquellas novelas gordas, que resbalaban en la bolsa de la playa y cogían el olor de los árboles, de las gafas con la puesta de sol en los cristales, de las baldosas aún calientes hirviendo la lluvia de la tarde.

También queda en mi memoria el ir y venir saltarín, como de carcajadas disparadas al aire, de la prosa de este escritor. No es posible

fruncir el ceño, ni mantener horizontales las comisuras de los labios, mientras disecciona y caricaturiza a personajes tan entrañables como el joven soñador Manongo Sterne, el ingenuo niño Julius o el

apasionado Carlitos Alegre.

Alfredo

Bryce-Echenique

nació

en

Lima

un

19

de

febrero

de

1939.

Procedente de una familia bien posicionada en la sociedad peruana –su bisabuelo era Juan Rufino Echenique, presidente del Perú en 1951mostró una inclinación clara por las letras. Tras cursar sus estudios primarios y secundarios en colegios ingleses en Lima, se licenció en Derecho y más adelante se doctoró en letras en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima.

En 1970 publicó su primera novela, Un mundo para Julius, con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura en Perú y el Premio a la Mejor Novela Extranjera en Francia. Con ella mostró el estilo delirante e irónico que también desprenden sus posteriores obras, y una temática que domina y que sabe explotar con maestría: La situación de la

oligarquía peruana en los años cincuenta.

Julius es el protagonista de esta tierna y a la vez triste historia que recorre la infancia del niño desde los 5 años hasta que cumple 11. Huérfano de padre, vive con su madre, el nuevo marido de ésta y un conjunto de pesar de mayordomos, nanas, cocineros y jardineros. Su madre, a no puede ver más allá de los valores de una

quererlo,

sociedad acomodada, y el pequeño Julius, un personaje inocente que aún no sabe de las diferencias sociales, se refugia en los sirvientes, los únicos que tienen tiempo para brindarle amor y comprensión.

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IRAIDE TALAVERA
El niño va creciendo y el mundo que antes estaba cubierto por la fantasía y por el celofán de los cuidados de las nanas y los criados va desvelando sus aristas negras. Su madre y su padrastro, que no soporta a Julius por considerarlo un afeminado y un “gilipollas”, lo envían a realizar la educación primaria al colegio inglés. Durante estos años es cuando muere su hermana Cinthia, la única persona de su familia que sentía verdadero afecto por él, y es entonces cuando el manto de bondad de de su vida Con se Un diluye mundo y sólo le queda una dura

sensación

abandono.

para

Julius,

Alfredo

Bryce-

Echenique analiza de forma irreverente la alta clase limeña y pone en evidencia su esnobismo e hipocresía.

Veinticinco años más tarde, en 1995, el autor publica No me esperen en abril, para algunos la culminación de Un mundo para Julius, ya que el tema central vuelve desde a sus ser la oligarquía hasta su peruana, pero esta vez vez el

recorriéndola

inicios

decadencia.

Esta

protagonista es Manongo Sterne, un adolescente de clase alta con una sensibilidad extrema que, tras ser expulsado del colegio por un suceso en el que queda como un afeminado, hace un conoce al amor de su vida, Teresa Mancini. nuevo grupo de amigos y

A

través

de

las

páginas,

ambos

amantes

van

creciendo

y

sus

circunstancias cambian. La vida los obliga a separarse y el reloj marca la hora de hacerse adulto. Sin embargo, Manongo no acepta esto e intenta recuperar los sentimientos, los sabores, las amistades y los recuerdos de su juventud en un Perú que va haciéndose viejo al mismo tiempo que él.

Se trata de una novela extensa en la que Bryce-Echenique hilvana con maestría los detalles históricos de Lima en los años cincuenta con la vida de los protagonistas. También es una historia nostálgica que nos habla de cómo el tiempo arrastra pasiones y felicidades y nos deja solos con los sentimientos que esas vivencias nos han provocado.

Tanto Un mundo para Julius como No me esperen en abril son novelas que nos proporcionan una idea clara sobre la estilística y la temática de Alfredo Bryce-Echenique. Sin embargo, hay otras dos novelas de este autor que todos aquellos amantes de la literatura hispanoamericana no debéis perderos: El huerto de mi amada y La amigdalitis de Tarzán.

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IRAIDE TALAVERA
La primera trata de la relación prohibida entre Carlitos Alegre, un aspirante a estudiante de dermatología de apenas 17 años y Natalia de Larrea, una viuda millonaria de 33. El amor y la atracción que sienten el uno por el otro son tan grandes como la falta de aceptación que la sociedad les profesa, por lo que optan permanecer en unión libre y escapar a la casa de campo de ella, a la que el joven decide bautizar como “El huerto de mi amada”.

Se trata de una historia romántica y audaz en la que Bryce-Echenique sabe retratar que con su a humor más pictórico y a el elenco y al de personajes tiempo

absurdos

rodean

Carlitos

Natalia,

mismo

deleitarnos con este romance de desenlace sorprendente.

La amigdalitis de Tarzán también habla de un amor imposible, pero esta vez las razones son distintas: Fernanda Mª de la Trinidad del Monte Montes es una niña bien salvadoreña que se enamora de Juan Manuel Carpio, un cantautor peruano. La diferencia de clases y los vaivenes de la vida harán que pasen 30 años uniéndose y separándose, con las cartas como único testigo de un amor duradero.

Sin duda Alfredo Bryce-Echenique significa romanticismo, pero también crítica de una sociedad clasista, y al mismo tiempo nostalgia de un Perú que con el paso de las décadas ha borrado la luz de personajes inolvidables. No dudéis en probar sus libros, tras la lectura de sus primeras páginas os atraparán y no querréis salir de ellos.

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NOELIA JIMÉNEZ A un amor moralmente incorrecto:
Esta piedra está muy fría. Como lo ha estado siempre tu corazón. Intenté entrar en él, comprenderlo…pero su puerta era demasiado hermética y cuando creía que con ya había conseguido palabras: descifrar su código secreto, a mi

desapareciste

escasas

“llegaste

demasiado

tarde

vida”, me dijiste. Y creo que he vuelto a hacerlo.

Nunca pensé que el amor pudiera tener una fecha en el calendario, pero me olvidé que los seres humanos tenemos fecha de caducidad. Sin embargo, soy de las que piensa que el alma nunca muere. El día que me dijiste adiós yo creí morir por dentro, pero mi alma, esa con la que te amaba con todas mis fuerzas latía más fuerte que mi corazón. Hoy día sigue existiendo por ti.

Me

enamoré

de

ti

poco

a

poco,

sin

quererlo.

Dejé

de

ver

nuestras

diferencias, tus defectos, dejé incluso de ver la barrera de los años que nos impedía estar juntos. Podías ser mi padre. ¡Y qué! Yo te quería. Te quería como no he vuelto a querer a nadie.

El ser humano es débil y su mayor miedo es la soledad. Yo también pude sentir ese miedo y encontré a la persona con la que mitigar ese

desasosiego. Esa persona ha intentado siempre hacerme feliz y yo intenté quererle como a nadie, pero sólo conseguí darle mi corazón, mi alma, mi esencia, te la llevaste tú.

Nunca he llegado a saber si lo que sentías por mi era real o sólo era puro goce. El placer de disfrutar de algo que se te escapaba, la

juventud, un cuerpo caliente y siempre dispuesto o si realmente, te habías enamorado de mí.

Miénteme si no es así, pero siempre he creído que era más la segunda opción que la primera y que tu sentido del deber, tu moral, te impedía que pudiésemos hacer realidad nuestros sueños. No querías que las

miradas de la gente se clavaran en ti al pasear cogida de tu brazo, ni que los que tú considerabas tus amigos pudieran burlarse de ti y sobre

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NOELIA JIMÉNEZ
todo, nunca quisiste, decías, hacerle daño a la mujer con la que compartías tu vida, pero… ¿Acaso habías llegado a sentir alguna vez con ella ese fuego que sentiste conmigo? ¿Llegaste a compartir las risas, las aventuras, las confesiones con ella? Y si no es así… ¿por qué dejaste que todo terminara?

Lo hubiera dejado todo por ti. ¡Sí, todo! Te hubiese regalado parte de esa juventud que tanto anhelabas y hubiese sabido compartir contigo las virtudes de la madurez. Te hubiese devuelto la felicidad que faltaba en tus ojos y te hubiese dado esa familia que tanto ansiabas formar. Todo… todo por ti.

Ahora que ya no puedo sentir el calor de tu cuerpo. Ahora que esta fría piedra esconde lo que más he querido en este mundo. Ahora puedo gritar a los cuatro vientos que jamás dejé de amarte. Pero ya es demasiado tarde…

Sin embargo aun albergo la esperanza de que en alguna de las vidas que nos queden, de una forma u otra, nuestras almas se vuelvan a encontrar. Junto con esta carta te dejo una llave. Quiero que te la lleves contigo allí donde estés y que si un día nuestras almas se vuelven a encontrar y lo que dice mi corazón es real, seas tú quien libere el peso de mi alma y pueda volver a sentir como cuando te tuve a mi lado.

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J. ÁLVARO GÓMEZ

José  Saramago  –Ensayo   sobre  la  ceguera
Aún los libros lloran por este íbero que se nos fue hace unos días. En este número que la revista dedicada a autores iberoamericanos, introducir a un portugués puede resultar algo chocante, pero si nos fijamos bien en la palabra “iberoamericano”, intuimos la raíz íbero, y, con ese término sobre nuestras manos, podemos introducir a Don José Saramago (Azinhaga, 1922- Lanzarote, 2010). Un escritor que imaginó una Iberia conjunta (leer su libro La balsa de piedra) sin fronteras entre España y Portugal. Pero en este número nos vamos a centrar en una obra; Ensayo sobre la ceguera. Una novela magnífica que influyó mucho al jurado de los premios Novel. Como toda la obra de Saramago, la lectura de este libro al principio, puede resultar agresiva al nuevo lector. Con frases seguidas, apenas se ven las separaciones entre unas y otras, no usa el punto y seguido sino una coma seguida de la primera letra mayúscula, y, hasta que uno le recoge el guante del esfuerzo que nos lanza el escritor, puede resultar hasta poco atractiva, pero nada de eso. En pocas páginas el lector se amolda a esa forma e, inmediatamente, nos adentramos de lleno en la historia. Según pasamos las hojas, y con esa adaptación al nuevo modo de leer, la narrativa nos envuelve en el entretenimiento de las descripciones milimétricas, muy cercanas a García Márquez. El autor nos lleva de la mano en los sucesos que le ocurren al oculista y a su mujer, ésta última, la única de toda la ciudad que no se queda ciega. Como anécdota, no aparecen nombres propios y, son las

descripciones de los ciegos y de sus oficios, lo que nos sitúa en cada escena a cada personaje. Todo comienza como una enfermedad. Un conductor se queda ciego delante de un semáforo, un grupo de personas salen en su ayuda y, en esas cinco primeras páginas, Saramago nos abre los ojos sobre la realidad humana. Un ladrón, una prostituta o un señor mayor son tan sólo algunas de las gentes que van apareciendo por este duro camino. ¿Hasta qué punto las personas pueden forzar sus cuerpos y sus mentes? Saramago llega hasta ese punto y lo sobrepasa, al describir las condiciones de la cárcel en la que recluyen a los ciegos. En ese momento, a mi me pasó y hablando con varias personas le sucedió lo mismo, lo que describe es brutal, la sensación que al lector le va dejando es desoladora. Todo se destruye y todo lo destruye el ansia de supervivencia y de poder. Un poder relativo, pues en un país de ciegos, el que ve sí que realmente lo tiene. En esas líneas se puede encontrar al mejor Saramago. Dentro del hundimiento que siente el lector, hay resquicios que dejan pasar rayos de luz que iluminan la bondad del ser humano. Dentro de esa cárcel, hay tiempo para el amor, para la fraternidad, para la humildad, el respeto, la bondad y la compasión. Hay una situación que me hace pensar mucho, mientras la mujer que ve, arropa a un niño y le lee un cuento, ella se arma de valor para planear el asesinato del jefe de los “malvados”, por un lado, la supervivencia, por otro, el proteccionismo por el menor. Repito, aun cayendo en la pesadez, son las mejores líneas que uno puede encontrar en la literatura de Saramago y en la literatura general. Aquí, se puede decir que la novela es de auténtico terror. Más adelante ya no son unos cuantos los ciegos, toda la ciudad se vuelve

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J. ÁLVARO GÓMEZ
así. El caos que describe a través de los ojos de la única persona que ve es devastador. Pero no toda la novela describe constantemente un mundo ciego con sabor agridulce. El relato va girando, e incuso hay momentos en los que se nos describe la paz y la calma del ser humano. Eso ocurre cuando encuentran una casa para establecerse el grupo de ciegos. Otra descripción maravillosa es el baño bajo la lluvia de las mujeres, uno, si se esfuerza, puede escuchar las gotas golpeando contra el suelo de la terraza. El final se lo dejo descubrimiento, pues también acertado. a es su muy que he hablado antes. Espero que les guste tanto como a mí. “Las palabras son así, disimulan mucho, se van juntando unas con otras, parece como si no supieran a dónde quieren ir, y, de pronto, por culpa de dos o tres, o cuatro que salen de repente, simples en sí mismas, un pronombre personal, un adverbio, un verbo, un adjetivo, y ya tenemos ahí la conmoción ascendiendo irresistiblemente a la superficie de la piel y de los ojos, rompiendo la compostura de los sentimientos, a veces son los nervios que no pueden aguantar más, han soportado mucho, lo soportaron todo, era como si llevasen una armadura, decimos, La mujer del médico tiene nervios de acero, y resulta que también la mujer del médico está deshecha en lágrimas por obra de un pronombre personal, de un adverbio, de un verbo, de un adjetivo, meras categorías gramaticales, meros designativos, como lo están igualmente las dos mujeres, las otras, pronombres indefinidos, también ellos llorosos, que se abrazan a la de la oración completa, tres gracias desnudas bajo la lluvia que cae.”

En resumen, una obra excepcional, donde el lector debe hacer un esfuerzo para retener sus sentimientos, tanto los positivos como los negativos. Un libro que, aunque describe al ser humano como destructivo – eso lo vemos diariamente en los diarios y demás medios, ¿no creen?- deja abierta una puerta, una leve apertura en esa puerta llamada esperanza. Si este libro fuese trigo y pudiéramos separar el grano (la condición honorable del ser humano) de la cascara que recubre al mismo (la maldad de nuestra especie), veríamos que Saramago quiso dejar un legado de ilusión por nosotros, detrás de toda esa ceguera que sufrimos, detrás de la inmoralidad del hombre en condiciones extremas que nos retrata en este libro, detrás de eso, nos describe que hay gente por la que merece, o merecemos, seguir pensando en ese otro mundo posible que tanto y tanto reclamó él. No puedo despedirme de ustedes sin “robar” unas cuantas líneas de Ensayo sobre la ceguera, aunque yo tengo muchas otras subrayadas, y compartirla con ustedes. He elegido éstas, pues describen esas luces positivas de las

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FUSA DÍAZ

LIMPIAR SU PELO DE MEMORIAS VIEJAS

Rosa Chacel vuelve a España. Va a viajar hasta España y va a quedarse. Lleva en la mano una carta que le ha mandado el ministro de cultura Javier Solana como garantía de esa situación. Nos vamos, allí, donde mi tierra, donde mis raíces, quizá vaya a ser lo mejor, nos vamos y me llevo conmigo a los míos. Le han prometido algunas cosas que lleva esperando toda su vida, esperándolas desde el exilio, como si fuera una pequeña puertecita esa palabra, exilio, que no se atreviera uno a abrir por lo que pueda haber detrás de ella. Carlos y Yamilla, su hijo y la esposa de su hijo, van tras ella y le miran la carta de Javier Solana y saben toda la confianza que tiene Rosa Chacel en ese pedazo de papel. Me lo han prometido, dice, y levanta la carta y la arruga con sus manos y parece una revolucionaria y lo es. Vuelve a España. Vuelve. Apenas tiene familia ya en Valladolid, no tiene contacto con toda la gente que, siendo pequeña, había visto pasar arriba y abajo por la casa de su tía. (Ya estamos en España y parece que un peso se me va del pecho, una congoja que ya ni notaba de tanto como la tenía, ahora parece que se me va, pero dónde está Javier Solana, esa mano que se ofreció amiga, dónde está, parece que vaya a caerme, pero será la tierra de España la que me recoja: quizá eso sea suficiente para una caída.) Rosa Chacel lleva la carta arrugada en sus manos y sabe que, en última

esperanza, esas palabras que la devolvieron a España no le van a servir de nada. Se presenta en las instituciones de rigor, habla con algunos ministros, se codea con gente a la que cree que tiene miedo y les puede ver a todos ellos una boca que se pudre a medida que habla. No hay nada de lo que prometieron. No hay nada de la carta, pero ya tienen a Rosa Chacel en España. (Ya estamos en España, ya nos vamos de España. Cogeré a mi hijo y a Yamilla y me iré de aquí, de esta tierra que me devuelve una congoja ya para siempre irremediable. Lo voy a anunciar. Nos marchamos de nuevo a Brasil. Ya ni siquiera una caída aquí sería suficiente. Ya no hay nada suficiente aquí, ya no hay patria grande y querida, no queda añoranza ni memoria.)

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FUSA DÍAZ
Valladolid la reclama como hija ilustre y se arma un buen escándalo al saber que Rosa Chacel quiere volver a Brasil: cómo va a volver a Brasil si uno sólo vuelve a lo que le pertenece. A Yamilla le tiemblan las piernas y tiene grandes deseos de llorar, pero no lo hace porque no hay nada que le pertenezca en este país. Rosa Chacel quiere marcharse y se imagina siendo Valladolid su madre más añorada: hija ilustre, se dice. Se quiere marchar, tiene tanta desesperación por quedarse, va a marcharse, se está quedando, se cae en la tierra de España y se deja absorber por una frialdad húmeda que en nada se parece a su infancia, o se parece tantísimo. (Aquí puedo verte, Leticia Valle, con todo lo tuyo tan inaudito, ¿qué puede estar pasándome por alto en este lugar, qué hay detrás de esta mentira y el distanciamiento con mi propio país, qué verías tú si nunca hubieras sido Leticia Valle y fueras, como todo el mundo querría, incluso yo, si fueras Rosa Chacel?) Hay algo irreconocible en España para la familia Chacel, algo que se esconde y que no se deja apenas vislumbrar. El exilio es una palabra dañina que se sumerge y sale a flote una y otra vez, continuamente. Rosa Chacel cree que debe olvidar que es Rosa Chacel, una hija ilustre de Valladolid, una española que no sabe reconocer España, una brasileña blanquísima. Se acuerda de limpiar su pelo de memorias viejas, sabe que debe hacerlo, limpiar su pelo de memorias viejas, olvidarlas, relucir una melena diferente, una de niña que se pierde en un Barrio de Maravillas. Se queda en España. Los tres están en España. Pisan la España distante y por completo desconocida. Rosa Chacel se olvida de que es Rosa Chacel y escribe el guión de una serie televisiva basada en su novela Teresa, en la novela de Rosa Chacel, una mujer firme y exiliada en el Brasil. Limpia su pelo de memorias viejas y se acuerda de Pablo Neruda y sonríe, agonizando después.

A Pablo Neruda Yo veo a tu dragón, llorando con el hambre clavada entre las lamer la sombra, cuando tú te y queda yerto el polvo de tu ciego, cejas, alejas fuego.

Zozobrar en el rojo, ingente riego de fluviales hespérides complejas, limpiar su pelo de memorias viejas y sonreír, agonizando luego. Si la piedad su tierna flor incuba para ti, entre blasfemias y escorpiones, el placer del martirio es tu camino. Cuando a tu frente el sacro aliento suba, cautiva el canon, luz de sus lecciones, y plántalo en el centro de tu sino. Rosa Chacel, A orillas de un pozo

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YANINA ROSENBERG

La reescritura en Arenas
En el cuento Pierre Ménard, autor del Quijote, Borges explicita la base de su poética de la lectura, quebrando la dicotomía autorlector y estableciendo una nueva categoría: la de lector como autor. De forma análoga, Arenas considera la escritura de un texto como la reescritura de obras ya como tal. El Mundo alucinante ejemplifica esta cosmovisión. La novela, que narra la vida de fray Servando Teresa de Mier, es una reescritura de la Apología y Memorias del prócer de la independencia mexicana. Esta reescritura deja entrever los textos originales de Servando y, a la vez, los borra para construir otro texto. Así, la novela, desde la perspectiva histórica, adquiere características irracionales. Lo mismo ocurre con los intertextos que aparecen a lo largo de la novela, los cuales son proyectados hacia nuevas significaciones. La obra menciona figuras ficcionales (Moby Dick, Orlando) y reales (Benjamín Constant, Simón Bolívar y Madame Stael) que se insertan en la trama de la novela como personajes de la misma. Por ejemplo, Orlando de Virginia Woolf: ¨Orlando, rara mujer, es quien ha impedido que yo perezca de hambre en este país distante y brumoso.¨ Mediante este recurso, el texto es actualizado de manera tal que es posible trazar un paralelismo entre el acoso a fray Servando y la situación de Arenas en los años posteriores a la revolución cubana. La confusión autoridad respecto de los de las identidades de ambos, no sólo con niega la la datos históricos, por relacionarlos vida existentes. Esto es posible desde la disolución de la identidad del autor; el objetivo es perpetuar la obra

personal del autor, sino que incita a Arenas a adoptar la obra de fray Servando como propia (a través de su reescritura). De esta forma, la novela parodia tanto a las persecuciones injustas y a la concentración de poder como al presente histórico del autor. ¨ Lo mas útil fue descubrir que tú y yo somos la misma persona.¨ Este hecho, además de disolver la identidad del autor, incita a reescribir la historia oficial, como sucede con la controversial La versión de las diversas reescritura de la historia de la Virgen de Guadalupe. en México, es la que lleva al fraile a frecuentar

fray Servando, que derrumba la justificación de la dominación española

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YANINA ROSENBERG
prisiones. Esto demuestra que mediante la literatura, la realidad puede ser contada de manera de dar lugar a varias interpretaciones, mientras que la historia sólo ve los hechos desde un único punto de vista. Por esto mismo es que Arenas, si bien narra la historia, no lo hace como debería, sino que crea una versión intermedia entre ficción y realidad. Arenas también reescribe algunos de sus propios capítulos mediante un juego de narradores, que origina una multiplicidad de voces y visiones. Con esto Arenas denota el carácter subjetivo de toda narración literaria. ¨ De mi salida de Monterrey.¨ ¨De la salida de Monterrey¨ ¨De tu salida de Monterrey¨ De esta manera, todo lo narrado el está y no está dicho: los

acontecimientos

interpretados

por

lector

pueden

verse

negados,

parcial o totalmente, por secuencias posteriores incompatibles. Esto torna a la narración ilógica y contradictoria, dejándole al lector la labor de interpretar y crear su propia versión. En Arenas, la creación de dobles (como el alter ego del fraile que surge de las ratas) es otra forma de reescritura. Además, la duplicación es liberadora ya que denuncia el carácter monológico del autoritarismo. contraponerse El mundo a Por la eso, la multiplicidad oficial. un Esta de de versiones de logra y se versión es creación cómo la dobles

ficciones es factible solamente durante la ausencia de la autoridad. alucinante ejemplo historia reescribe a sí misma por repetición de los acontecimientos. Entre la Colonia y la Independencia hay muchas similitudes: ¨ Mareado por el brillo de tantos metales, el fraile se apoyó en las barandas del corredor. Y vio de nuevo la gran procesión: los generales aduladores, el clero siempre junto al presidente, la danza de indios hambrientos, el pueblo miserable y delirante, disolviendo su furia en súplicas. ¨ Algo similar ocurre desde el punto de vista de la trama. La repetición de la secuencia persecución-prisión-escape-viaje, además de biografiar a Servando, lleva la narración al absurdo hasta el punto de producir comicidad. Pero el objetivo de esta burla es mostrar lo irracional de la concentración de poder y lo inverosímil de una visión unívoca. Por eso, la intención de Arenas es lograr que de la lectura de la novela surja un nuevo texto y un nuevo autor.

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NOEMÍ CAMBLOR

Una historia de nada1

Caminaba distraída por el sol caliente. Ensimismada, miraba pero no veía. Iba pensando en cosas que olvidó para siempre cuando recibió aquel rápido, intenso y penetrante golpe seco en su mejilla seguido por un tremendo calor, una hinchazón instantánea y un pitido insoportable en el oído.

Cuando pudo salir de ese instante obligadamente íntimo aún estaba de pié en la calle. Sus manos se habían ido a proteger inútilmente su mejilla hinchada y el oído dañado. Llena de ira y desconcierto buscó al responsable. Nada. La gente pasaba a su lado como si nada. Nadie huía, nadie miraba extrañado su cara destrozada. Todo alrededor estaba en paz. Entonces se miró en un escaparate y esa lágrima le cayó del ojo dolorido: Nada. No tenía nada, ni la mejilla hinchada ni el ojo amoratado, ni nada.

Sin embargo, con el pasar de los días, el ojo dejó de ver y el oído dejó de oír. Fue a la consulta del médico pero, lejos de ser curada salió de allí aterrada: No tenía nada. Nada de nada.

Ya habían pasado varios meses, se había acostumbrado a oír a medias y a mirar a medias. Nadie notaba ningún cambio, así que siguió con su vida como si estuviera intacta. No recuerda qué día era, la noche que se derrumbó en el suelo. Iba a entrar en casa, ya apenas faltaban unos metros pero no pudo llegar al portal. Aún no acierta a reconocer qué le golpeó las piernas, debió de ser un palo, un bate o una viga de hierro porque lo primero que oyó fue el ‘crash’ de sus huesos. Calló a plomo, no pudo poner las manos, lo notó su boca al impactar en el suelo. Retorciéndose del dolor tocó sus labios partidos, se le empapó la mano de sangre caliente y miró hacia sus rodillas para encontrarse con una pierna desencajada. Gritó como una loca, gritó como poseída, gritó hasta desmayarse. Y cuando despertó en la sala de aquel hospital sólo oía voces lejanas

preguntándose qué hacía ella allí, cómo había llegado, quien la había traído y para qué, si no tenía nada. Nada de nada.

Había aprendido a llorar sin hacer ruido. Se levantó sola de la cama y se vistió como pudo. Salió cojeando del hospital, mirando a los médicos suplicante,

preguntándose por qué no la sentían arrastrar la pierna, por qué no veían ellos que tenía un ojo en blanco, por qué nadie se daba cuenta de que apenas oía a la enfermera, por qué nadie le preguntaba qué había sido de sus dientes. Se

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NOEMÍ CAMBLOR
protegió de más golpes en su casa y dejó de hablar. Entonces empezaron los rumores sobre su extraña timidez, sobre sus silencios prolongados, sobre su mirada insegura…Después de discutir y discutir, todo el mundo estaba de acuerdo: No sabían qué le había podido pasar para tanta rareza. No encontraban

explicación alguna porque no parecía tener nada. Nada de nada.

No supo cómo pero se acostumbró al dolor, se acostumbró a su cojera, a la media ceguera y a la media sordera, se acostumbró a la falta de tres dientes que nunca pudo reponer porque el dentista no veía que le faltara nada. Y, sin darse cuenta, volvió a hablar, volvió a correr aunque fuera mal y volvió enseñar una sonrisa truncada.

Hasta esa mañana en la que cepillando su melena, mechones enteros cayeron muertos, uno detrás de otro, cada vez más grandes, cada vez más muertos.

Mientras gemía horrorizada intentaba recogerlos para volver a ponerlos en su sitio. Volvió a llorar en silencio, a gritar en silencio, a sudar y temblar en silencio. Tan en silencio lo hizo todo que el cuerpo entendió que no necesitaba más la lengua y se la tragó.

Y así, unos instantes después, derrotada y abatida en la cama, comenzó a reír. Rió a carcajadas vacías de sonido. Se rompió de risa la parte sana de la cara. Se descojonó completamente al entender que rota la belleza, callada como una puta, con la visión sesgada, el oído duro e inútil para escapar corriendo, había llegado, también ella, a la edad adulta.

Noemí Camblor. Vivir a Medias, mundos noéticos. Editorial E-Kolab.2010. Disponible en Amazon: http://www.amazon.com/medias-no%C3%A9ticos-CuentosRelatos-ebook/dp/B00378LINA
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AINIZE SALABERRI

Cartas Cruzadas,

Darío Jaramillo Agudelo
Pero, igual, me siento cancelada, sin caminos, detenida ante un muro infranqueable, sin regreso a ninguna de las cosas que hayan sido mi vida hasta aquí. ¿Se paga la felicidad? Me gustaría entender por qué entre los círculos literarios nadie habla de la novela “Cartas cruzadas”, por qué esta novela no es conocida entre el público, o por qué a día de hoy está descatalogada, siendo como es una novela

profunda, que se lee con ansia, que se devora, que mezcla poesía y narrativa, que te deja con la miel en los labios de más, y que, por encima de todo, es un canto al amor y una ofrenda a la amistad, a la esperanza, a las

oportunidades. Porque esta historia que transcurre entre Bogotá y Medellín es todo lo que un lector desea tener entre sus manos. Y lo es porque guarda misterio, intriga, droga, amor, amistad, felicidad, decepción. En ella está, en la novela, todo lo que se puede esperar de la vida, con ¿Para quién mi beso si tú no estás acá, con quién mi goce de los descubrimientos, si no es contigo al lado, para qué la noche sin tu cuerpo junto al mío, sin tu suspiro, sin tu gemido, sin tu beso que me hace flotar fuera del tiempo? palabras crueles, dolorosas, pero también infinitamente

poéticas y bellas. El Medellín, el Bogotá de los nuevos ricos, gracias a la droga, y en medio de todos ellos, una pareja, Raquel y Luis, enamorados. Él, profesor, ella todo lo que él deseaba. Todo es felicidad, no existen más que el uno para el otro. Y de fondo los poemas de Rubén Darío y el resto de personajes, secundarios pero primordiales, para hacer de esta historia algo inolvidable. Y a partir de ellos de la se muestran las ineficacias la del sistema, de las

ansias útil,

poder

adquisitivo, de

necesidad de

sentirse de la

necesidad de

sorprender, de huir. La

atacar, de

sobrevivir,

contarlo,

crueldad

espera, del escondite, del rechazo y de la renuncia. Y no habla de cualquier renuncia, como no habla de cualquier amor, ni de cualquier deseo, ni de esa ansia de venganza que traza el amor, sino que habla de la renuncia a la vida y a la felicidad, a la estabilidad, optando por el riesgo y la insensatez. Porque esta novela se escribe desde el deber cumplido y de cómo una persona que ama, que es

amada, que lo tiene todo en la vida, no se conforma y busca alternativas que de le la llevarán vida a su y propia llevado

destrucción,

expulsado

cotidiana

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AINIZE SALABERRI
Contra la peste del amor, contra la alteración de las vísceras que produce el deseo sexual insatisfecho, no hay razonamiento ni potestad alguna que pueda luchar. Nunca el lugar común que identifica el deseo con el fugo es más preciso que cuando se le inscribe en el tiempo. Entonces, cabe esperar que la combustión se extinga por sí sola. Solamente satisfacer la fijación del deseo o esperar –entre la locura, el insomnio y el dolor en la boca del estómago–a que el fuego se consuma en las entrañas. prisionero a la cueva de Platón desde la que, a partir de entonces, sólo podrá imaginar los objetos y las personas, sin derecho a tocar, ver o sentir. Ciego de por vida, como nos deja el amor, la codicia y la avaricia.

Por eso me gustaría entender por qué esta novela no está en todas las librerías del país, por qué no está anunciada en sus escaparates o por qué la gente que la ha leído no la recomienda. Yo no he dejado de hacerlo desde que la leí, hace ya seis años. Os mostraría mi ejemplar, rasgado por el uso, desgarradoramente subrayado por todas partes. Y es que me enamoré cuando lo leí. Fui cada uno de sus personajes, fui Claudia, incapaz de aceptar que hay una persona en el mundo que la ama, aunque a ella le parezca imposible; fui Raquel, que espera, que desea, que añora, que es incapaz de olvidar; fui Esteban, el mejor amigo de Luis, que entiende que del deseo también nace la venganza y el odio, en especial cuando se quiere más y más, cuando uno no se conforma con amar, sino que desea enloquecer con esa otra persona; y también fui el protagonista, Luis, que cansado de su vida pero no de su amor se embarca en el trayecto sin retorno de las drogas, para hacerse rico, para vivir al límite, en el extremo de lo permitido y de

Nunca me he enamorado. El amor comienza con un deseo loco y se establece sobre el temor y la costumbre. La fidelidad es un nombre piadoso de la monotonía, cuando más un sistema recíproco de extorsión. El amor es un impulso lascivo encubierto de amagos de solidaridad.

lo lógico, sin sospechar que lo que él creía el comienzo de su nueva vida junto a Raquel sería el final, y que tendría que guardarse su amor en el bolsillo vacío para siempre.

Es una historia trágica, dolorosa, con tintes de felicidad y de diversión que acaban por verse desde las tinieblas como un pasado que a ninguno de los protagonistas, ni tan siquiera a nosotros mismos, nos ha llegado a pertenecer jamás. Una historia que muestra la vida de Colombia, y la nuestra propia, tal y como es, sin palabras escogidas para hacerla menos cruel. La vida se plasma en las letras de Darío Jaramillo Agudelo como un aviso, como la conciencia que nos habla desde dentro cuando corremos el peligro de equivocarnos. Una novela soberbia, magnífica.

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Granite & Rainbow / 23.julio.2010 ... #4

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