Protozoarios TV En un principio existió la tele.

Era una cajita curiosa e iluminada que congregaba a las familias en horarios estelares casi siempre con fines informativos, como la llegada del hombre a la luna o las caderas de Elvis Presley. En México contábamos con Chabelo, Jacobo Zabludovsky y quizás Don Gato con su Benito Bodoque. Después, se daban tiempo para alimentar los ánimos de las audiencias a través de las comedias marcadas por personajes planos en situaciones simples: para muestra basten el chipote chillón o los “baldazos” de agua usados en Chespirito. Así es como se constituyó una rutina de vida en la que se conjugaban costumbrismo, convivencia y experiencia audiovisual: dicotomía bien trazada entre lo crítico y lo lúdico. Tengo muy claro aquel precepto periodístico que recomienda intentar ser lo más objetivo posible y evitar los juicios de valor. Sin embargo, me daré el gusto de ser categórica y poco tolerante para asegurar que los programas exhibidos en el canal abierto local de nuestra ciudad son una porquería. Lo digo sin miramientos ni eufemismos: puede que sean buen negocio pero sus contenidos me resultan son aberrantes. No es únicamente la baja calidad de la producción ni la lucha de egos absurdos que detentan quienes se colocan sonriendo frente a las cámaras, sino también cómo contribuyen al estancamiento del empoderamiento de los públicos. Umberto Eco señala como paleotelevisión a las primeras cuatro décadas de la historia de la TV. Se refiere a la falta de oferta televisiva, controlada en gran medida por el Estado, planificada para una audiencia pasiva e ingenua. Es decir, un modelo unilateral en el que se concibe a la audiencia como la masa unificada que con tanta vehemencia condenaba la Escuela de Frankfurt. Así es canal 4: la televisora jalisciense destacada por su programación burda y carente de creatividad diseñada para públicos de bajo perfil educativo. Aun cuando la oferta incluye programas de cocina, noticieros y revistas deportivas, la balanza se inclina hacia el entretenimiento. No digo que la oferta es errónea, porque el entretenimiento es la función central televisiva, más allá de la ingenuidad sobre su deber ser formativo: todos necesitamos un espacio de esparcimiento que no siempre tiene que ser intelectualmente retador. Lo que avergüenza es el formato repetitivo, poco aventurado. Pareciera que encontraron la fórmula para no errar: conductor de ego desproporcionado, música

de banda o mariachi, juegos baratos y acartonados, como las “sillitas musicales” o “ponle la cola al burro”. Si logran avergonzar a algún camarógrafo o, mejor aún, a un pobre al que le faltan los dientes, ilusionado con conocer la tele, entonces aquello se vuelve fiesta. La clave es lucrar con la humillación, “bulear” a través de la exhibición de la fea, la gorda o el tullido. ¿Una aspiración del ser en el aparecer, un juego de media mañana desempleada, una apología del naco?: todos tienen cabida cuando se trata de exponerse ante ¿cientos de miles de televisores encendidos?, ¿por qué querría alguien ser parte de la Corte de los Milagros? La respuesta parece simple: porque la televisión proporciona la ilusión de estatus y todos quieren ser reconocidos. No sólo para los asistentes sino también para el ballet de chicas semidesnudas que baten las lonjas y guiñan el ojo a la cámara en todos los programas de entretenimiento desde las 9 hasta las 12 am. Una visita al canal revela con toda seguridad a las muñecas falsas: morenas, pero rubias; pobres, pero con blackberry; elegantes, pero postizas. Apenas te miran con un gesto de desdén, seas hombre o mujer, “¿Disculpa, a qué te dedicas?”, “Todos me conocen, bailo en canal 4”, “Ah, claro, no es como que necesites la secundaria o algo”. Pero absolutamente nada en esta emisora es peor que Víctor Manuel Luján. Siguiendo exacto el formato que acabo de describir, el conductor de caminar apretado se pavonea agitando su copete de Just for Men . Tristemente, posee uno de los ratings más altos y el mejor horario a pesar de la antipatía que provoca incluso a quienes trabajan en la televisora. Según la información proporcionada por el canal en su página web, “Luján en vivo es un programa que busca promover los valores como el amor y la amistad, dando un mensaje a la sociedad que llega al corazón de la gente”. La verdad no entiendo quién escribe esas fabulosas justificaciones: dudo que haya visto el programa alguna vez. ¿Promueve valores quien pide a muchachas que salten y expongan su bamboleo en televisión abierta? ¿Qué tipo de mensajes a la sociedad genera quien exhibe y humilla a su audiencia? El conductor se da el lujo de vetar invitados que no se prestan a la burla o no aplauden la tortura que representa escucharlo cantar las mismas canciones a diario. Su ego de estrella autonombrada no encuentra

cabida en el foro, a pesar de un desempeño vomitivo, paupérrimo, un ejemplo de la televisión anacrónica. “Esto es lo que a le gente le gusta”, me señala un floor manager sonriente, “quiere relajarse, oír música y ver los juegos”. Probablemente sea verdad, pero también es parte de la comodidad en la que se ha sumergido Televisa. Prefieren contenidos menos arriesgados, menos propositivos y, por lo tanto, con gastos apocados de producción. No hay lugar para la ética o el cuestionamiento, no desean probar con programas educativos, incluyentes desde la dignidad del visitante, en el que la gente retroalimente o forme parte de los contenidos realmente, sin el “vacilón” humillante del que parece no darse cuenta o ante el cual disfruta. Es mejor trabajar unilateralmente, fomentando creaciones pensadas para protozoarios, aun cuando la ciudadanía se pretende o se defina evolucionada. Los únicos prehistóricos son quienes no desean intentar algo distinto bajo el argumento de que la gente así es… y Luján. Pero parece que no les caerá pronto un meteoro.

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