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Benoist Esoterismo

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Hemos considerado hasta aquí el ser en desarrollo sin tener en cuenta la época que vive. Por otra
parte, la iniciación debe tomar su apoyo en el hombre total tal como existe en un determinado
momento, en cierto ambiente cósmico que actúa continuamente sobre el orden humano. La
naturaleza del hombre depende, no sólo de su persona, elemento activo, sino también de su
ambiente, elemento pasivo, que se presenta como estimulante e inhibidor. Además, la herencia
propia del ser considerado posee una gravitación determinada, puesto que es ella quien empuja al
ser a elegir tal o cual elemento psíquico y corporal que tomará del medio por afinidad con la
naturaleza.

En todo tiempo las esferas celestes de los planetas han simbolizado estados, porque ellas
sintetizan las influencias cósmicas, de origen sutil, que actúan en todo momento sobre el hombre.
La astrología, como se dice, no determina el destino del hombre, sino que sólo lo expresa por el
estado del cosmos en el momento de su nacimiento, en virtud de la armonía que existe en todo
momento entre todos los planos del mundo, sin la que este no existiría. La verdadera
determinación proviene del ser mismo y los astros sólo son los signos más simples, legibles e
intocables, que permiten discernirla por interpretación. En cada instante el mundo está en
equilibrio, lo que legitima una relación analógica entre el microcosmos y el macrocosmos. Pero

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este equilibrio es inestable, movible y cambiante, puesto que si dura es gracias al mismo
movimiento.

Los astros, al recorrer sus órbitas, dibujan un movimiento calculable con extremo rigor. Su vuelta
periódica permite una exacta previsión topológica, que traducida en el orden psíquico, puede
autorizar previsiones que parecen superar el nivel racional sin que ello sea así en realidad. Esta
vuelta periódica ha permitido utilizar a los planetas y su movimiento cíclico puede caracterizar a
cada estado y considerar su movimiento como el de un estado. En el curso de este desarrollo
cíclico, desde su origen, la manifestación y el hombre han seguido de conjunto una marcha que
los alejaba necesariamente cada vez más de su fuente y centro. Ha dibujado una curva, que
puede ser llamada "descendente" que los separaba progresivamente del polo espiritual, para
relacionarlos al polo material o sustancial. Este descenso puede, por consiguiente, ser descrito
como una materialización progresiva, una solidificación, constituyendo el estado material un límite
que no puede ser alcanzado. En el transcurso de este descenso, que puede ser considerado como
una regresión, el hombre ha perdido el uso de las facultades espirituales que le permitían el
acceso a los mundos suprasensibles. No ha podido, además, permanecer espectador y se ha
transformado en cómplice. Ha terminado por negar las realidades superiores que se ocultan a los
ojos de los que las observan sin creer en ellas, puesto que no se puede ver sino lo que se
imagina. La Tradición india es la que más claramente ha expuesto la doctrina de los ciclos
cósmicos. Aunque no sea cuestión de explicarlo aquí, digamos que el más largo período
considerado es el para o “vida de Brahma”, que dura cien “años de Brahma” y que es cerrado por
una disolución universal. Cada “día” (de tal “año”), llamado kalpa, representa el ciclo de un mundo
desde su creación hasta su fin. Cada Kalpa (o día de Brahma) está dividido en catorce
Manvantara o “era de Manú”, siendo este Manú la inteligencia cósmica que formula el dharma, la
ley, de la era considerada.

Cada Manvantara se subdivide a su vez, en setenta y un mahâ-yuga y cada mahâ-yuga en cuatro
yugas de duración decreciente según el ritmo de 4, 3, 2 y 1, de tal manera que el último yuga es el
décimo del conjunto. Para dar una idea de la escala de los períodos, el décimo equivaldría a 6.480
de nuestros años comunes.

Como el tiempo no es una forma vacía y existe por su contenido, cada época está cualificada por
los acontecimientos que la manifiestan y que, al alejarse del origen, van adquiriendo mayor
velocidad. La materialización es de esta manera doblada por una aceleración que se manifiesta
por el ritmo cada vez mayor que se impone a la historia y a la actividad humana, hasta en los
menores detalles. La necesidad de una iniciación deriva de las mismas condiciones del mundo
moderno y de las dificultades cada vez mayores que opone a quien quiere obrar hacia atrás. Si
hoy día es admisible una cierta vulgarización del esoterismo, es a causa de la reacción necesaria
que exige en todo momento el mantenimiento del equilibrio del cosmos entre sus polos espiritual y
material.

El tránsito de un ciclo a otro, de un Manvantara, por ejemplo, al siguiente, se efectúa por un
enderezamiento instantáneo, espiritual e insensible. La Tradición primordial, cada vez más
ignorada, es reabsorbida en un estado de desarrollo oscuro que le permite atravesar el período
transitorio que separa dos ciclos sucesivos y que es señalado por un cataclismo cósmico. Esta
transformación destruye al mundo antiguo y hace surgir un mundo nuevo, obediente al mismo
Principio, pero no a los mismos derivados. La obligación de esta nueva toma de conciencia del
Principio, de esta lucidez, de esta sinceridad nueva, constituye un carácter verdaderamente
tradicional que provoca y justifica la inexorable aparición del mundo nuevo.

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