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Brentano - Confrontación de la prueba teleológica con la hipótesis darwinista

Brentano - Confrontación de la prueba teleológica con la hipótesis darwinista

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Brentano.

Confrontació n de la prueba teleoló gica con la hipó tesis darwinista
El fenómeno de la teleología en el ámbito de la naturaleza viviente. (...) Aunque la intuición, el juicio, la volición y otras funciones psíquicas, sensitivas e intelectuales, se nos muestren subordinadas a las actividades vegetativas ejercidas por el cerebro y otros órganos, no se nos aparecen, sin embargo, como funciones pura y simplemente receptivas, que nunca fuesen capaces de dar nada. Por el contrario, hay en este sentido una recíproca ayuda. Como alimento útil para su asimilación por el organismo de los animales, sólo hay un determinado número de materias, la mayor parte de la cual remite a otras materias orgánicas que no están dadas inmediatamente al organismo de los animales superiores. Las actividades psíquicas de índole sensorial e intelectual han de contribuir a la asimilación de estas materias, valiéndose de los órganos vegetativos de que ya disponen y cuya constitución está adaptada a esas mismas actividades. Veamos cómo uno de los más grandes biólogos modernos describe la dependencia en que se halla el organismo entero de un animal respecto de su alimentación: “Cada uno de los seres vivientes –dice Cuvier- constituye un todo, un sistema individual y cerrado, cuyas partes se corresponden todas entre sí, contribuyendo a la realización de una misma finalidad, merced a su acción recíproca. Ninguna de las partes puede modificarse sin que se alteren las otras, y, por ende, cada una de ellas, aisladamente tomada, nos da y describe a las demás. Por consiguiente, si los intestinos de un animal están organizados de tal forma que sólo pueden digerir la carne y, precisamente, la carne fresca, este animal habrá de tener también sus mandíbulas acondicionadas para tragar, sus garras para atrapar y desgarrar, sus dientes para cortar y desmenuzar la presa, todo el sistema de sus órganos motores dispuesto para perseguirla y darle caza, y sus órganos sensoriales en condiciones de percibirla a distancia. Será necesario, incluso, que en su cerebro se den los instintos imprescindibles para ocultarse y acechar clandestinamente a su víctima (...) En definitiva, la forma de los dientes prefigura la del cóndilo, y la forma de los omoplatos la de las garras, exactamente igual que la ecuación de una curva lleva consigo todas las propiedades de ésta; y, así como haciendo de cualquiera de sus

propiedades el fundamento de una determinada ecuación, volverían a encontrarse tanto la ecuación primera como todas sus restantes propiedades, así también, si se toma como punto de partida un miembro del animal, cabe describir a éste integramente, basándose, asimismo, en el conocimiento de la economía biológica (...)”. Como ven ustedes, Cuvier no se limita aquí a afirmar que todo esto ocurre, en todos los sentidos, como si estuviese orientado a una finalidad, sino que afirma esta orientación categóricamente. (...) Veamos también lo que dice en otro lugar: “La zoología tiene un principio que le es propio y del que saca provecho en múltiples ocasiones: el que se conoce con el nombre de principio de las causas finales. Pues como quiera que no puede haber nada que no reúna todas las condiciones necesarias para su existencia, las diversas partes de un ser han de configurarse y coordinarse de manera que hagan posible al todo, no solamente en sí mismo, sino también en su relación con los seres que le rodean”. “Este principio –dice más adelante- conduce con frecuencia a leyes generales, que se infieren con tanta claridad como las que resultan de un cálculo o de un experimento”. Contando exclusivamente con un hueso de un animal prehistórico aún no identificado, el propio Cuvier dedujo, mediante el principio teleológico, las partes fundamentales de la totalidad del organismo del animal en cuestión, y su hipótesis fue luego confirmada por el hallazgo de un esqueleto entero de ese mismo animal. Indudablemente, el método teleológico se acredita con éxitos de esta clase, y se puede decir que el principio invocado por Cuvier ha conseguido la más espectacular confirmación y que la hipótesis de las causas finales ha demostrado su fecundidad en la forma en que habitualmente pueden preciarse de ello las más fidedignas conjeturas de las ciencias de la Naturaleza. Sin embargo, nos guardaremos muy bien de sacar sin más la conclusión de que en lo expuesto aquí se da realmente una teleología. Por ahora, nos quedaremos en nuestra modesta afirmación repitiendo, eso sí, con plena seguridad, que los objetos de los que nos hemos ocupado tienen la propiedad de ser y de actuar como si se orientasen hacia un fin que sólo puede imponerles una inteligencia sobrehumana. (...) Recientemente, Wallace ha intentado demostrar que los nidos no se construyen de una manera enteramente ciega. Creía en la posibilidad de

comprobar que los pájaros enseñan a sus crías. Si éstas quedan aisladas de sus padres, pierden la observación de su arte de construir. No oculto mi completo escepticismo ante semejante experimento. La iniciación de las crías de los pájaros en esta técnica ¿sería teórica o práctica? Sea cualquiera la hipótesis que se siga, inmediatamente se comprende que ambas son inviables. (...) Supongamos que Wallace hubiese probado realmente que las crías de los pájaros pierden su instinto de nidificación si se las aísla de sus padres. La pérdida de este instinto puede entonces deberse a la anormalidad de las condiciones en que esas crías tienen que vivir. Así, pues, el instinto nidificativo de los pájaros –lo mismo que otros instintos- no es comparable a la técnica racional propia del hombre, sino a esa especie de técnica irracional, o actuación teleológica inconsciente, que caracteriza a la vida vegetativa. Pero aunque estos pequeños animales tienden únicamente hacia lo más inmediato, sus efectos llevan, no obstante, la marca de lo que está orientado en forma adecuada a unos objetivos mucho más remotos. En una cierta oposición a las manifestaciones del instinto se muestra la otra clase de fenómenos que ya mencioné: la de los movimientos voluntarios. Queremos mover un miembro, y éste, al punto, se mueve. Tampoco puede dudarse que es nuestra voluntad lo que causa este movimiento. Mas no lo causa de una manera directa, sino, por el contrario, muy mediata. La voluntad produce directamente un efecto que escapa a nuestra conciencia, y éste, de igual manera, determina la aparición de otro, y así sucesivamente, hasta que por fin surge el movimiento que queríamos hacer, tras una larga serie de incidencias que en gran parte desconocemos y que no entraban en nuestras intenciones. ¿No se da enteramente este fenómeno como si las acciones previas al movimiento fuesen medios para el fin que deseamos? Y, sin embargo, no hemos decidido realizar estas mismas acciones. Por consiguiente, también en las actividades voluntarias hay un cierto orden teleológico, que no puede ser establecido ni por nosotros mismos, ni por ninguna otra inteligencia y voluntad humanas. Si desde aquí volvemos nuestra mirada a las actividades instintivas de los pájaros, de las que antes hablábamos, vemos que, por ser también apetecidas, estas actividades tienen una teleología fenoménica como la que se da en los movimientos libremente queridos por nosotros. En ambos casos la teleología fenoménica de la Naturaleza va unida a un deseo consciente. El fin hacia el que apunta este deseo se nos aparece situado entre los fines remotos, a los que sirve de medio, y los objetivos próximos, que a su vez son medios para él y que de un modo sucesivo van cumpliéndose, merced al deseo consciente, sin que en éste resulten vislumbrados.

El fenómeno de la teleología en el ámbito de la naturaleza inanimada. (...) También lo inanimado y lo inorgánico muestran en sí claramente los rasgos propios de la teleología fenoménica. Y, por cierto, unas veces los muestran por sí y de suyo, y otras veces –la mayoría- los manifiestan cuando se advierte su estrecha correlación con los seres orgánicos que viven, sienten y piensan, los cuales no intervienen para nada en las transformaciones esenciales –ni tampoco en algunas de índole accidental- del mundo inorgánico, ni pueden llevar a cabo sus principales funciones. (...) Si fijamos nuestra atención en el campo de los seres inorgánicos y comparamos entre sí los distintos elementos de que constan, vemos que en su pluralidad se hace patente una doble unidad: 1. la unidad propia de la semejanza; 2. la unidad entre las fuerzas y las aptitudes, de suerte que las unas proporcionan lo que las otras requieren para su actividad, y así se complementan mutuamente en una cierta medida. Pues bien, en ambas modalidades se da plenamente el hecho de la teleología fenoménica. (...) Los procesos químicos –los más importantes de todos- son igualmente los que mejor permiten comprobar las notas características de una teleología fenoménica. a) No sólo dan la impresión, como ya hemos dicho, de que las diversas materias hubieran sido perfectamente calculadas en función las unas de las otras, b) sino que, por ser las transformaciones de más radical alcance, llevan en todos los casos a cambios de máxima envergadura. c) Por obra de estos procesos puede darse en el mundo el ingente cúmulo de las múltiples especies de los cuerpos, contando, exclusivamente, con una cantidad muy escasa de materias primas.

d) Ello se consigue, sobre todo, por las diversas combinaciones de los elementos, en razón de que éstas entran, a su vez, en otras combinaciones más complejas. Pues todo cambio en las proporciones de una combinación da como resultado una especie completamente distinta de materia. E, igualmente, el principio de la completa transformación de la materia en todas sus propiedades se confirma también en los órdenes superiores, o menos elementales, de la combinación química. e) Ahora bien, tanto las proporciones en que los elementos pueden combinarse, como las de las síntesis de las combinaciones, son escasas; y no cabe llegar al infinito en el aumento de la complejidad, sino que pronto se topa con un límite. He aquí un hecho igualmente teleológico en el más alto grado. El hecho de que las materias se combinen en proporciones diversas tiene, sin duda, una significación teleológica, pero también la tiene el de que no se combinen en una gran diversidad de proporciones. También es teleológico el progreso desde las síntesis más elementales hasta las más complejas; pero igualmente lo es el que esta serie no constituya una cadena de una longitud excesiva. De lo contrario, es decir, si el aumento de la complicación llegase hasta el infinito, se perdería toda posibilidad de algo común, de modo que ya no habría ningún tipo de afinidad, ni tampoco, por tanto, ningún orden, ni vida orgánica alguna, ni ninguna investigación científica de la Naturaleza. Dicho con otros términos: en vez del orden, el caos. (El gran retraso con que se ha descubierto la limitación de las posibles síntesis de las materias es, en verdad, un humillante síntoma de los pocos alcances de nuestro espíritu). Whewell tiene toda la razón al observar que este descubrimiento no podría por menos de haberse llevado a cabo de una manera verdaderamente apriorística, ya que, de lo contrario, no cabría encontrar dos cuerpos pertenecientes a una y la misma especie. f) También es un fenómeno teleológico el influjo que ejercen las condiciones físicas sobre las fuerzas químicas. Con el cambio de las primeras las afinidades químicas varían, lo cual permite que se separe lo unido y que se vuelva a unir lo separado, cosas enteramente imprescindibles para la continua circulación de la materia, que sin ellas se detendría inmediatamente. g) Por último, las nítidas regularidades que nos muestran las leyes de las proporciones múltiples y de los equivalentes químicos son manifestaciones destacadas de la teleología fenoménica para todo el que las observe con suficiente atención. Con ellas ha llegado a establecerse la base más importante de la teoría atómica. Aunque hay quienes piensan que esta teoría no ha conseguido aún ser comprobada de una manera indudable, las

mismas regularidades de que hablamos son, no obstante, hechos indiscutibles y forman serie con otros hechos parecidos de la naturaleza inorgánica, que no se explican suficientemente con la teoría atómica, como, por ejemplo, las leyes de los equivalentes térmicos y de los cambios de las proporciones del volumen al mezclarse los gases, los sólidos y los líquidos. En todos los casos, la diversidad, el orden superior y la armonía parecen responder a una exigencia estética. (...) No obstante, aún vamos a referirnos a otro hecho que no por ignorado, sino por sobradamente conocido, se presta a que su carácter teleológico resulte el menos fácil de observar. Se trata de la conjunción en el espacio del enorme cúmulo de cuerpos que realmente se dan en él. Sin esta conjunción sería imposible que toda la variedad de conexiones entre las fuerzas físicas tuviese alguna eficacia y condujera a alguna transformación. La observación de Newton, según la cual no hay nadie tan desprovisto de juicio filosófico que no reconozca esto, revela que para él se trata de una verdad evidente “a priori”, aunque además la experiencia la confirme en todos los casos. !Totalmente de acuerdo! ¿Pero es igualmente obvio que los cuerpos hayan de congregarse en el espacio? Bien lejos de ello, para quien no admita una inteligencia ordenadora del mundo, la sola conjunción de dos cuerpos en el espacio es de una improbabilidad infinita, incluso infinitamente infinita. Pensemos en una línea ilimitada en la que dos cuerpos hubieran de situarse, no se sabe en qué sitio. La hipótesis de que esta línea es el límite entre ambos cuerpos tiene una probabilidad infinita, que se eleva, a su vez, al infinito, porque los cuerpos han de estar situados en una superficie y, naturalmente, en un espacio tridimensional. Por consiguiente, aun suponiendo dadas todas las demás condiciones fenoménicamente teleológicas del mundo inorgánica, todas las energías quedarían inactivas y muertas, si no se diese en verdad el único caso favorable entre los infinitamente infinitos casos desfavorables. Así, pues, el hecho de que los cuerpos se congreguen espacialmente tiene, sin duda alguna, la apariencia de haber sido previsto para que sean posibles el cambio y la actividad (1). (...)

(1) Sin embargo, en este ejemplo Brentano se acoge a la concepción ideal newtoniana del espacio, ya pericilitada. Si presuponemos, por el contrario, el continuo en la Naturaleza y la ausencia de vacío (lo que excluye cualquier forma de acausalidad), el contacto entre dos o infinitos cuerpos no tiene nada de insólito, sino que cae por su propio peso (Nota del transcriptor).

Brentano. Sobre la existencia de Dios.

En esta segunda parte, Brentano despliega su ingenio para combatir las objeciones de los materialistas, con una lucidez y coherencia que me ha recordado a ratos al tono de la Teodicea de Leibniz, casi como si se tratara de su prolongación o epílogo. Los temas tratados son, sumariamente, la naturaleza de las máquinas orgánicas, la actuación por causas segundas, la economía de medios y la adecuación de éstos a los fines. Ante la acusación de miopía y de restringir indebidamente el campo de los sucesos para adaptarlos al lecho de Procusto de lo teleológico, se responde que es la crítica anti-teleológica la que descuida el conjunto de todos los casos y ofrece una visión sesgada en cada particular, o bien procede falazmente “ad ignorantiam”. La defensa culmina, en la próxima sección, con un ataque directo a ciertos presupuestos básicos del darwinismo.

***

Objeciones contra el fenó meno teleoló gico en la Naturaleza.
A) Objeciones generales. (...) “Nosotros admitimos que en algún caso puede parecer que existe un fin, pero no en todos los casos o, en el supuesto de que se diese en todos –ya que realmente tenéis la pretensión de demostrar la teleología fenoménica sin dejar intacto ningún campo-, no admitimos, en cambio, que la haya en todos los aspectos. Lo negamos de muchos y, ciertamente, de la mayoría. Y de ahí que, al fijarnos en la totalidad, la

apariencia de la teleología vuelva inmediatamente a extinguirse, incluso en aquellos aspectos que, tratados aisladamente, producían la impresión de responder a un fin”. “Decidme para qué están en el mundo las chinches y los cáncanos o, sencillamente, las lombrices, y yo aceptaré también la explicación para los caballos y los bueyes; decidme cuál es la finalidad de que Rotschild no tenga menos oro y la de que éste no sea más abundante en el erario de Austria o del Vaticano, y la aceptaré también para que en el aire no haya más ni menos oxígeno, ni más ni menos nitrógeno”. “Si me decís para qué está en el camino esa única piedra y qué fin tiene el que se halle en esa posición y no precisamente en la contraria, también aceptaré lo que me digáis sobre el lugar de la Tierra y sobre la posición de sus ejes”. “Decidme para qué el agua del mar es salada, y admiraré también sus demás propiedades. No cabe duda de que al navegante le vendría mejor que el agua del mar fuese dulce”. “Decidme, por considerar también los organismos, qué finalidad tiene el bazo que se les puede extirpar a los zorros de pocos años sin hacerles ningún perjuicio, y también creeré lo que me digáis sobre la apariencia teleológica del ojo, etc.”. “Pero hasta aquí no sólo no he admitido que en el mundo se cumpla alguna finalidad, sino que ni siquiera he aceptado que parezca cumplirse. Pues ¿qué razón puede haber para que, al echar los dados varias veces, no sea preciso que otras tantas salga una pareja, y cómo se explica que, al agruparse fortuitamente varias letras de un conjunto infinito en número y variedad, no sea forzoso que llegue a salir alguna vez siquiera un solo vocablo de algún idioma humano, ni mucho menos un término de nuestro propio idioma o una palabra por la que tengamos una cierta predilección? Ninguna persona razonable dirá, si atiende al conjunto, que en él parece imperar alguna teleología”. “Por consiguiente, la apariencia de la teleología es discutible o, mejor dicho, solamente se da en una pequeña parte”. (...) “Una de las cosas más capciosas, y que más han contribuido a la afirmación de la apariencia de la teleología, fue el hecho del instinto”. “Así, por ejemplo, la conservación de todos los géneros y especies de los animales es un efecto que atribuimos al instinto bajo la forma del apetito sexual. Este se muestra activo cuando la energía correspondiente alcanza la madurez, siendo, de esta manera, el hecho más adecuado para dar a primera vista la impresión de un comportamiento teleológico, si es que algo efectivamente puede darla”. “Considérese, sin embargo, la contraprueba siguiente. El perro que te lame la mano no te perjudica con su baba; pero he aquí que, por un proceso químico-fisiológico, todavía no explicado por la ciencia, empieza a desarrollarse en la baba del perro una sustancia tóxica que puede matar a ese animal y a los que él consiga inoculársela mordiéndolos. Esta nueva sustancia, que confiere a su portador una energía semejante, le hace experimentar el nocivo deseo de morder, con lo cual resulta que la causa que ha preparado el veneno se ha cuidado, a la vez, de que éste no se pierda enteramente sin hacer ningún daño, de modo que si un organismo se libera de esta sustancia, otro siga teniéndola”. “Difícilmente llegará nadie a admirarse de esta apariencia de finalidad, ni de semejante instinto de propagación. Pero, entonces, puede también quedar claro que no hay ninguna razón para admirarse de ésta en ningún caso, ya que el

fenómeno es enteramente análogo en todos ellos”. B) Objeciones contra el fenómeno de una teleología sobrehumana. “Aun aceptando que en los productos de la Naturaleza se encontrase efectivamente una cierta apariencia de finalidad, ésta no sería superior a la del ingenio humano, sino que debería ser pensada como propia de una inteligencia de un grado muy inferior. Juzgado con la medida que se aplica al entendimiento del hombre, el recurso más eficaz entre los que emplea la Naturaleza es equiparable únicamente al más ciego de los azares”. (...) “Si un hombre para cazar una liebre hiciera fuego sobre un matorral en todas las direcciones, disparando millones de fusiles; si para entrar en una habitación cerrada se agenciase diez mil llaves diferentes y las fuese probando todas; si para tener una casa llegase a edificar una ciudad, abandonando luego a la intemperie todas las casas sobrantes, no cabe la menor duda de que nadie podría considerarle como un hombre que sigue un plan, y mucho menos se podría suponer que tras esta conducta haya una sabiduría superior, unos motivos ocultos y una eminente prudencia. Pues bien, lo mismo habría que decir si tuviese lugar en la Naturaleza un comportamiento semejante”. “Mas quien quiera aprender en las nuevas ciencias de la Naturaleza las leyes de la conservación y la propagación de las especies, se encontrará por doquier con fabulosos derroches de gérmenes vitales”. “Lo más frecuente es que estos gérmenes de pierdan; el desarrollo ‘natural’ es un caso especial entre mil; es la excepción, y esta excepción produce esa naturaleza cuya teleológica autoconservación causa el asombro de quien, dejándose llevar de su miopía, le atribuye realmente una finalidad”. “El devenir de la Naturaleza es, por tanto, ‘un azar’; no, naturalmente en el sentido de que en él no se cumplan las leyes naturales generales, sino en la estricta acepción en la que se habla del azar para oponerlo a lo que se consigue por la inteligencia que calcula de una manera humana”. (...) “Si hay algo adecuado para suscitar la apariencia del más alto sentido teleológico, este algo lo es, indudablemente, el órgano de la vista; lo cual explica, a su vez, que este órgano sea el tema predilecto de los partidarios de las causas finales. Desde los nervios hasta las pestañas, el ojo constituiría el mejor ejemplo de un dispositivo teleológico. Pero sucede que también el ojo, y precisamente el ojo normal (abstracción hecha de los casos aislados de deformación), se nos muestra como algo tan imperfecto de suyo, que sería un flaco y ridículo servicio el que le prestaríamos a un ser sobrehumanamente inteligente si le hiciésemos responsable de esa presunta obra de una inteligencia infinita, tal como, sin embargo, se esfuerzan por demostrar los seguidores de la teoría finalista”. “El ojo es imperfecto por carecer de la capacidad de adaptarse a cualquier distancia. Su dispositivo de acomodación es deficiente. La distancia que media entre el punto inicial y el terminal del campo de la visión enteramente perfecta es mucho más corta que la precisa para superar y dominar cualquier distancia”. (...)

“Todas estas insuficiencias permiten considerar al ojo humano como un instrumento tan imperfecto que Vogt dice que si un óptico se lo diera, lo pisotearía. ¿Cómo se casa esto con la apariencia de un entendimiento infinitamente superior, cuya comprensión de las leyes de la Naturaleza sería mejor que la que nosotros poseemos? Ya en lo que se refiere al conocimiento de la óptica estaríamos, sin duda, muy por encima de él. Y, sin embargo, el ojo del ser humano es el orgullo de la mayor parte de los defensores de la teoría teleológica. ¡En cuánta menor medida todavía podrán hacer de los restantes órganos un motivo para inferir una sabiduría tan encumbrada como la que pretenden demostrar!”. (...) “Se ha hablado de la armonía en la que todos los seres se mantienen. Se dice que todo ocurre en el mundo como si cada cosa hubiera sido teleológicamente calculada en función de las otras. ¿No es verdad justamente lo contrario? Lo que por todas partes encontramos no es unidad y armonía, sino lucha y contradicción. El combate es el lema universal. Los animales luchan entre sí y contra las plantas; el hombre, contra ambas clases de organismos; y todos ellos, también, contra lo inorgánico. Todos combaten y se destruyen mutuamente. Y esta lucha es inevitable, como impuesta por lo que llamamos destino. Todo ha nacido para odiar. Afirmáis que todo es para todo. Pero no hay tal. Todo está contra todo. Lejos de ser el mejor mundo posible, como con ciego entusiasmo piensan muchos de los adeptos de la teoría finalista y de los que admiten la existencia de Dios, este mundo es, por el contrario, el peor de los que cabe concebir. La guerra, no la paz, es en él el padre de la vida; naturalmente, de una vida infeliz. Toda empresa termina en el fracaso, o triunfa con malos medios. No se da ningún caso en el que no se realice lo contrario del bien, por donde hay que pensar que el fin justifica los medios. Y a la vista de todas estas cosas, ¿puede aún mantenerse la apariencia de un entendimiento bueno y sabio? Es evidente que no. Más bien habría de admitirse, como hicieron los maniqueos, un principio del mal. Pero para un hombre razonable es el azar lo que explica la necesidad de que aparezca este cuadro sombrío, ya que los posibles efectos carentes de la apariencia de la finalidad son mucho más numerosos que los susceptibles de tenerla”.

Respuesta a las objeciones contra el fenómeno teleológico. A) Respuesta a las objeciones generales. (...) Empecemos por el examen de lo que en primer lugar se ha sostenido al hacer estas objeciones. ¿Por qué no subsistiría ninguna apariencia teleológica, pese a lo que habíamos comprobado en los ámbitos más diversos? La razón ha sido la siguiente: porque en la mayor parte de los casos, o incluso en todos según la mayoría de sus facetas, no sabemos determinar exactamente en qué estribaría el fin. Es éste un hecho frecuentemente alegado para impugnar la prueba teleológica de la existencia de Dios, pero se lo suele presentar de una manera tan burda, que apenas merece réplica. Pasar de la proposición según la cual “no sabemos en qué consiste el fin de muchos de los aspectos de una gran cantidad de cosas” a la proposición “ninguno de esos aspectos tiene realmente un fin” es sacar una conclusión que se nos muestra formada según unas reglas silogísticas verdaderamente peregrinas. (...)

También hay muchas cosas cuya causa eficiente ignoramos, y esta causa es más inmediata que la causa final. Por consiguiente, y tal como el hecho es presentado en la mayor parte de las ocasiones, la objeción no posee ningún valor. Hacer caso de ella es algo que me resulta tan completamente improcedente como dar importancia a lo que digan para salvar a un reo unos testigos que no han presenciado los hechos que se le imputan, cuando ya se conoce el testimonio de tres personas que le sorprendieron “in fraganti” (...) Cabría, en efecto, decir que, de acuerdo con la misma comparación que hemos hecho, el número de los casos en que conocemos los fines aparentes de la Naturaleza es tan escaso, que ni siquiera tenemos el conocimiento de esos fines para la mayoría de los fenómenos entre los cuales nos sentimos más inclinados a exigirlo. Pero si ello es así, no se comprende cómo podemos seguir asegurando que en la Naturaleza existe innegablemente una apariencia de ordenación teleológica. Respondemos diciendo que podemos indicar en qué consiste, no la finalidad, sino el cometido inmediato. Ahora bien, este cometido, por distinto que pueda ser de la finalidad a la que sirve, es, sin embargo, impensable sin ningún género de ordenación teleológica. Cada una de las distintas formas en que los seres vivientes, y los inanimados, actúan como medios, despierta así la apariencia de una teleología; y, en el caso de los primeros, lo que hace que esta apariencia se presente, y en un número realmente impresionante de ocasiones, es esa forma superior de utilidad que hemos considerado como su inmediato cometido en la acepción más propia de esta palabra. Ahora bien, lo que con tanta frecuencia nos impide que, además de ese inmediato cometido señalemos también su finalidad inmediata, no es otra cosa que la posibilidad de diversas aplicaciones, a la cual, ciertamente, no puede censurársele la falta de todo sentido teleológico. Antes bien, esa diversidad de aplicaciones nos asombra precisamente por el sentido teleológico que encierra, y ésa es también la causa de que la hayamos mencionado anteriormente como algo digno de nuestra mayor admiración. Si no contase con semejante propiedad, la Naturaleza perdería su exuberante hermosura, y en su lugar veríamos una vacua y triste uniformidad. El hecho de que, a pesar de la inalterable monotonía de sus leyes, la Naturaleza no sólo nos haya ahorrado un espectáculo tan desolador, sino que además nos ofrezca justamente el contrario, se debe, antes que nada, a su capacidad de conseguir muy diversos efectos empleando los mismos dispositivos. Cualquier otra explicación resultaría insuficiente y necesitaría el apoyo de este mismo supuesto radical. (...) Al lado de esto, ¿qué importancia puede tener la improbabilidad de conseguir palabras inteligibles combinando al azar seis o doce de las letras que componen el idioma germánico? Como ven, este símil es completamente insuficiente. Y lo es por haberse extirpado el nervio mismo de la argumentación, ya que en las pruebas que tienen una certeza física ese nervio consiste, indudablemente, en la infinita improbabilidad de que las varias posibilidades sean proporcionadas entre sí. Más adecuada es la comparación con el caso de alguien que se encontrase con algunas estatuas de primera categoría entre una gran cantidad de bloques de

piedra informes o cuyas formas tuviesen una finalidad que él ignorase, y todo ello en un sitio al que ningún ser humano hubiese ido jamás. Innegablemente, la apariencia de la finalidad seguiría conservando toda su fuerza. Si no se pudiera concebir que una piedra tuviese una figura artística sin que sirvan también a algún objetivo las piedras en las que no observamos ningún síntoma teleológico, el solo hecho de que de algún modo nos parezca posible que ignoremos el fin correspondiente bastaría para que infiriésemos, con plena seguridad, que poseen ese fin que no nos es conocido. En este caso nos comportamos con la Naturaleza como Sócrates ante el oscuro texto heracliteo: “Si era bueno lo que de ello comprendí, he de pensar que no será menos conveniente lo que sigo sin entender”. (...) Tal es la razón por la que el ejemplo de la combinación de las letras, según la forma en que se presentó, aparece también como improcedente bajo otro aspecto distinto. El ejemplo resultaría más adecuado si se añadiese que todas las consecuencias de estas combinaciones pertenecen a un idioma que nos es conocido únicamente de una manera imperfecta y del que sólo entendemos un número muy limitado de palabras. Entonces no cabe duda de que lo previsible es que la mayoría de los efectos de dichas combinaciones carezcan para nosotros de sentido, y la apariencia de la teleología seguiría estando intacta. (...) Se dijo que el varón está provisto de órganos mamarios que no sirven para la lactancia de la prole (aunque Humboldt hable de un indio que cumplía esta función). Análogamente, hay también en la hembra, imperfectamente desarrollados, ciertos miembros que se explican tan sólo por su utilidad para la vida vegetativa del organismo masculino. ¿De dónde viene todo esto? La explicación se encuentra en la igualdad del germen. (La diferenciación sexual aparece exclusivamente a lo largo del desarrollo.) Esta igualdad del germen es, sin duda, un fenómeno de marcado carácter teleológico, tal como suele suceder en todos los dispositivos comunes al varón y la hembra. Dada esta coincidencia, se hace especialmente necesaria la división del trabajo entre los dos, lo cual a su vez permite un cumplimiento de las respectivas funciones (colaboración conyugal). Sin el desarrollo de ambos sexos a partir de unos mismos dispositivos iniciales, no podría existir ninguno de los dos tipos, sino seres bisexuales, tal como ocurre en la mayor parte de las plantas y en muchos animales, cuando no se da el caso de otras modalidades aún más bajas de la reproducción, como la partenogénesis, o la reproducción asexual, y la citodiéresis. La situación más perfecta es, evidentemente, la constituida por la diferenciación sexual. De la comunidad de los dispositivos iniciales deriva, en una forma necesaria, la existencia de esos miembros rudimentarios. Por consiguiente, el hecho de que el cuerpo del varón admita ciertos miembros apropiados para la crianza de la prole tiene una significación finalista, por ser teleológico el sentido de la génesis y del desarrollo de esos miembros en el cuerpo de la mujer. Este hecho nos da también alguna luz para poder entender los demás casos. Los fenómenos son indudablemente semejantes y, por tanto, su explicación ha de ser análoga también. (...) Al comparar las especies primitivas con las actuales, se observa que ninguna de éstas existió inicialmente y que ninguna de aquéllas sigue existiendo hoy. Lo único indiscutible es su parentesco, y esto plantea la siguiente cuestión: ¿hay que pensar

que las especies primitivas desaparecieron por completo y que las actuales han surgido de lo inorgánico sin tener nada que ver con aquéllas, o es preferible admitir que hay un nexo causal entre las generaciones? (...) Igualmente, la paleontología comprueba la realidad de especies intermediarias, inexplicables sin la descendencia. (...) Por consiguiente, la permanencia de los órganos rudimentarios parece bastante justificada bajo el punto de vista de la teleología. Así como los miembros del niño todavía no nacido son teleológicos por haber de serlo alguna vez, también los órganos rudimentarios son teleológicos porque ya alguna vez lo fueron, o, dicho de una manera más exacta, porque o bien ellos mismos, o bien los dispositivos de los cuales derivan en calidad de efectos secundarios, alguna vez han sido ya teleológicos. B) Respuesta a las objeciones contra la apariencia de una teleología sobrehumana. (...) a) Hay algo claro para quien haya seguido nuestras reflexiones anteriores. Lange pasa por alto las otras aplicaciones de los gérmenes que no llegan a convertirse en seres vivos. No es verdad que la flor que no da ningún fruto sea por completo inútil. La oruga que destruye su capullo conserva una vida animal más valiosa que éste; el botánico que diseca una flor promueve el conocimiento humano; y tampoco una flor desaparece sin lograr ningún fin cuando, abatida simplemente por el viento, llega a pudrirse en la tierra, ya que es posible que de su muerte surja no inmediata, pero sí mediatamente, algo más valioso que lo que se habría conseguido si esa flor hubiese fructificado; y si lo que resulta es de suyo menos perfecto, la inferior valía de este eslabón aislado del orden cósmico puede, en definitiva, servir a su más acabada perfección. “Si todos los miembros fuesen ojos, ¿de qué serviría la vista?” (San Pablo). (...) Tal y como ya hemos dicho, la Naturaleza es en sí misma teleológica, y por ello es teleológico también ese presunto dispendio. Si no lo hubiera, no se podría arrancar una sola flor sin que el orden del universo quedara irremisiblemente destruido. Toda planta sería, en el más propio sentido de la expresión, una hierba de “mírame y no me toques”. Pero a tal situación nadie estaría dispuesto a considerarla como superior a la existente. b) Añádase a esto el hecho de que hay algo grandioso en la misma extinción, insignificante en apariencia, de miles de los productos que más artificio presuponen, ya que ello da testimonio de la facilidad con que la Naturaleza crea lo que es enteramente inasequible a la técnica humana. Un gran artista a quien la riqueza de su genio le lleva espontáneamente al ejercicio de su fuerza creadora, y que produce con facilidad una obra maestra, no tendrá el menor inconveniente en trazar sobre una pared de cal que se cuartea un dibujo nacido de una súbita inspiración. En cambio, otro artista, a quien un mediano resultado le cuesta un ímprobo esfuerzo, se preocupará angustiosamente por conservar cualquier obra que de algún modo le haya salido bien.

c) Y aún podemos añadir otra razón en defensa de lo que se ha tachado de superfluo. Pues no sólo no lo es de suyo, sino tampoco para la reproducción. La finalidad de conservar la especie es servida también por el dispendio aparente. Lo que aisladamente es un derroche constituye una condición imprescindible para lograr el mantenimiento de la especie considerada en su totalidad y a través de la larga serie de las generaciones con los múltiples cambios de las situaciones individuales, que presentan dificultades y peligros incesantemente renovados. Y así lo que de momento parece ser un derroche, es en el transcurso de los siglos una necesidad. El acierto que significa la conservación de la especie frente a unos obstáculos que cambian de tan distintas maneras es un triunfo no valorado por Lange en su justa medida. De lo contrario, habría sabido ver que este innegable triunfo pone de manifiesto no ya sólo una cierta adecuación entre el dispositivo utilizado y la finalidad que se persigue, sino también una adecuación de muy alto nivel, y asimismo denuncia concretamente la conveniencia y la necesidad de aquello a lo que él acusa de derroche. Es verdad que Lange podría decir que entiende perfectamente la necesidad de una sobreabundancia de recursos para que en un caso concreto sea eficaz un dispositivo donde lo semejante engendra a lo semejante. Pero lo que él encuentra desprovisto de todo sentido teleológico es que lo semejante engendre a lo semejante de ese modo. En cada caso el organismo habría, por el contrario, de adaptarse, exacta y estrictamente, a su respectiva situación. (...) Pero este modo de ver presenta unos puntos flacos bien notorios. Limitándonos a subrayar tan sólo uno entre los muchos que ofrece, ¿quién no repararía en lo que contra él cabe observar, a saber, que ya la misma abundancia de los dispositivos precautorios para evitar el dispendio sería realmente el mayor de los despilfarros? De este modo se observa que lo que a primera vista parece una complicación inútil es, de hecho, una simplificación, y que el aparente dispendio es en realidad un ahorro. (...) Hume, que al igual que Lange ha combatido todas las pretensiones de probar la existencia de Dios, se esfuerza a su manera en los “Diálogos sobre la religión natural” por encontrar el absurdo en todos los fenómenos de la Naturaleza. De esta suerte, llega a un punto en el que coincide bastante con lo que Lange mantiene; pero el reproche que hace a la Naturaleza es, por el contrario, el de mostrarse avara en todas las ocasiones, llevando a la desmesura la economía de sus medios. Lo cual no contendría en sí belleza alguna, ni mostraría ninguna impronta divina: “La Naturaleza da la impresión de haber calculado al máximo las necesidades de sus criaturas; y, al igual que una escrupulosa ama de casa, no les ha conferido otras energías ni otras dotes que las estrictamente imprescindibles para satisfacer sus necesidades. Una madre bondadosa les habría provisto mucho mejor, para ampararlos en todas las necesidades”. Por lo visto, a la Naturaleza le es tan imposible el dar gusto a todos sus críticos como al padre y al hijo de la célebre fábula, los cuales, por complacer a quienes les salían al encuentro, se fueron sentando en su asno, una vez uno, otra otro y una tercera los dos, para resignarse, finalmente, a trotar ambos al compás del burro. (...) Veamos, en primer lugar, si también salimos victoriosos al rechazar el ataque basado en la imperfección del órgano de la vista.

(...) He aquí nuestra respuesta: ¡Ningún órgano supera al de la visión!, y Vogt habría actuado cuerdamente si, además de arrancarse sus dos ojos y de encargarle a un óptico que le fabricase otros, se hubiese ido cortando, uno tras otro, todos los dedos de sus manos y sus pies, o más bien sus brazos y sus piernas. Porque realmente, si un técnico nos hiciera una locomotora que nos desplazase con mayor rapidez que nuestras piernas, o bien nos construyese una palanca que nos fuese mejor que las articulaciones de nuestros brazos para levantar pesos, difícilmente podría encontrar quien le encargara semejantes productos. También habría que pensar que Vogt se arrancó los dientes desde hace ya mucho tiempo. Porque, a decir verdad, si un herrero me suministrase una tenaza que no prendiera con mayor firmeza que mis dientes, o un cuchillo que no cortase mejor que ellos, he de confesaros que, aunque no soy tan apasionado como Vogt, es muy posible que me decidiera a probar estos instrumentos, para después arrojarlos, por inservibles, a los pies de su fabricante. Sólo una cosa debo añadir a lo dicho: no siento la menor inclinación a que me arranquen los ojos, ni a que me extirpen ningún otro miembro. Y presumo también que Vogt no dejaría de sentir ciertos escrúpulos ante la tentación de llevar hasta este extremo sus ideas. Ahora bien, ¿por qué habría de tenerlos? Evidentemente, porque hay mucha distancia todavía entre un ojo de cristal y un ojo humano, o entre un cuchillo y un diente, sin que pueda decirse que la ventaja se halle, en la misma medida, del lado de los productos del ingenio del hombre. Un cuchillo en la boca no tardaría en resultar sumamente molesto, y se oxidaría bastante pronto. Pero lo que no acierto a comprender es cómo habría podido originarse precisamente dentro de la boca. Otro tanto hay que decir también del ojo; y respecto a los demás miembros, la cosa es tan evidente que no exige ninguna especial aclaración. (...) Mas aunque es cierto que no está probada la suma imperfección del ojo humano, aún no se sigue de ello la necesidad de admitir que sea un entendimiento divino la única explicación de la apariencia de esta teleología natural. a) Nada de cuanto deviene es realmente perfecto en el sentido de lo que posee una perfección infinita. Ni tampoco cabe que lo sea, como ya hemos dicho anteriormente. Ni siquiera la obra de una sabiduría infinita puede tener una infinita perfección en ninguno de los estadios a los que realmente llega, sino que se limita a ser, únicamente, algo a lo que conviene la posibilidad de superar cualquier perfección finita. b) Sin embargo, incluso en este sentido, lo único que en sí mismo puede alcanzar una perfección infinita es el todo, y no ninguna de sus partes, de tal manera que lo que éstas pueden conseguir no es más que participar en esa infinita perfección, por virtud, justamente, de su conexión con el todo. Este es el sumo bien, y lo más bajo se subordina a lo más alto como el medio a su fin. Una vez más, puedo mostrar aquí una analogía con lo que ocurre con los productos de la técnica. También en ellos ha de tener la máxima perfección la parte en tanto que parte; pero no como si esta misma fuese el todo. Y de ahí que sea éste lo que mide a la parte en tanto que parte. Ahora bien, para cuanto existe en el mundo, el todo es precisamente, y en la más

rigurosa de las acepciones, el todo mismo del mundo, que nosotros no conocemos; de donde resulta que no está en nuestra mano la medida más rigurosamente procedente. Ello no obstante, para medir la perfección de un miembro teleológicamente constituido puede también valer como un criterio seguro la totalidad de un organismo viviente en que ese miembro se integra. Si aplicamos este criterio, veremos que entre las razones alegadas no hay ninguna que razonablemente justifique el hablar de la imperfección del órgano visual. (...) Así, pues, para la finalidad a la que sirve, aunque el ojo no sea acromático, su utilidad es la misma que si realmente lo fuera. Y dado que cumple su función, el hecho de que carezca de unos dispositivos especiales, como los que ponemos en nuestros aparatos ópticos para hacerlos perfectamente acromáticos, no es ningún motivo de reproche, sino, por el contrario, de alabanza. Toda complicación inútil carece de sentido teleológico, y tanto más cuanto que en el organismo, donde todas las partes se encuentran articuladas entre sí, cualquier complicación daría lugar, inevitablemente, a un sinfín de complicaciones. Al tolerar en el ojo una falta de acromatismo, la Naturaleza procede de una manera análoga a la de nuestros matemáticos cuando en un cálculo difícil y enrevesado prescinden de una fracción que, de ser tenida en cuenta, recargaría extraordinariamente las operaciones, sin que la mayor exactitud del resultado final compense todo el esfuerzo que ello exige. Esta forma de proceder es aceptada en tantas ocasiones como un método conveniente, que “el prescindir de una cantidad despreciable” se ha convertido en un tópico del lenguaje vulgar. (...) Finalmente, he de recordar también que el mundo, si en verdad es la obra de un entendimiento infinitamente perfecto, ha de participar, en cierto modo, de la infinita perfección que éste posee. Pero ello ha de ser posible únicamente en la forma en que tal cosa cabe para algo producido: a saber, mediante un progreso sobre cualquier medida restrictiva de la perfección que haya alcanzado. Todos los estadios anteriores son imperfectos en comparación con los que vienen después, tal como sucede en el desarrollo del embrión. ¿Y por dónde ha de comenzar este proceso? Fácilmente se entiende que, al lado de los estadios posteriores, la fase inicial ha de parecer una especie de caos. Y lo que de este modo podemos llamar un caos y que es, considerado aisladamente, un desorden o una imperfección, no podrá por menos de afectar a todo lo que le sigue, y nunca desaparecerá por completo si el proceso ha de ser infinito, sino que lo único que cabe es que sin cesar la perfección combata victoriosamente a la imperfección, de tal manera que, por decirlo así, la meta se encuentre siempre infinitamente lejana y el punto de partida relativamente próximo. ¿Y quién sabría señalar, con una absoluta exactitud, la duración de las etapas recorridas? ¿Cuánto desorden no habrá naturalmente que esperar, aunque ya el orden que empieza a manifestarse en medio de él supere infinitamente a todo lo que nosotros podemos conseguir con un conjunto bien unificado?

Brentano. Sobre la existencia de Dios.

En la tercera y última parte de esta serie de extractos, Brentano afronta la impugnación de la doctrina teleológica llevada a cabo por el darwinismo. Éste, en efecto, admitiría la finalidad, pero sólo en base a una necesidad ciega, guiada por el principio de supervivencia de lo más apto. Desde este

punto de vista, la hipótesis de un Dios ordenador está de más. Nuestro autor cree, sin embargo, que la evolución de los organismos superiores desde los inferiores puede explicarse de otro modo que el propuesto por Darwin, al que, amén de puntos flacos, como su restricción a la naturaleza animal y vegetal, atribuye serias inconsistencias. Por ejemplo, el presupuesto de que la lucha sea el factor dinámico en la adquisición de un nuevo órgano, cuando de ninguna manera se sigue que los más aptos deban, en virtud de aquella pugna, conseguir nuevas características físicas, sino que es lógico pensar que más bien tenderán a mantener las actuales. La lucha, pues, hace que se conserve lo mejor, pero no que se genere lo mejor. A causa de esto, el darwinismo incorpora el azar como elemento integrante de su teoría. Pero esta inclusión, además de no explicar nada y ser anticientífica, topa con las dificultades previstas en las secciones anteriores. También se expone la incapacidad de las nociones de lucha y supervivencia para comprender los fenómenos estéticos, propios de naturalezas superiores. Acto seguido se muestra un contraejemplo (la serpiente de cascabel) a la hipótesis darwinista. Finalmente, como colofón, se subraya la improbabilidad del darwinismo, tomando como apoyo la excesiva duración que conllevan los procesos de selección natural, incompatible con el tiempo de habitabilidad efectiva de la Tierra.

*** Hemos visto que no cabe considerar como ciertamente comprobada la hipótesis según la cual la lucha por la existencia es la condición suficiente, o, al menos, la más decisiva, del progreso. Pero hay más todavía: yo me atrevo a decir que esta hipótesis es sumamente improbable y que se contradice a sí misma abiertamente. Que es sumamente improbable lo dice ya el sano juicio de los hombres; y los zoólogos que han conseguido acreditarse dan testimonio de ello (así, por ejemplo, Claus, Manual de zoología). Esta improbabilidad se hace aún mayor a la vista de las limitaciones a las que están sometidas la ley de la transmisión hereditaria y la ley de la variabilidad por acumulación de diferencias pequeñas.

En lo tocante a la transmisión hereditaria, un notable zoólogo, Weismann, ha propugnado, a través de una serie de escritos, la tesis de que nunca se hereda una propiedad adquirida (un ejemplo: en China es una costumbre milenaria que a las mujeres se les impida el crecimiento de los pies, manteniéndolos fuertemente ligados, a pesar de lo cual todo niño recién nacido trae al mundo unos pies normales). La teoría de Weismann no ha dejado de tener sus adversarios. Yo no soy quién para opinar sobre ella; pero si esta teoría estuviese en lo cierto, la lucha por la existencia tendría que habérselas con un trabajo evidentemente mucho más duro. En cambio, son indudables otras limitaciones de la herencia. Tal es el caso de las determinadas por el cambio de clima. Los animales afectados por este cambio ya no transmiten hereditariamente ciertas propiedades al encontrarse en otras condiciones. (...) ¿Por qué es preciso que lo más perfecto se conserve mejor? Evidentemente, no por ser la preparación de algo más perfecto todavía, sino porque ya aquello en lo que actualmente consiste rinde más que lo que le ha precedido y porque esto le proporciona una ventaja en la lucha por la existencia. Por consiguiente, si este principio ha de poder ser válido para la génesis de la facultad visual, será preciso que ya por sus efectos actuales todo ojo menos primitivo resulte más provechoso que el que sea más rudimentario, de la misma manera en que el ojo ya enteramente formado supera, en su utilidad, al que confiere una visión menos aguda. ¿Pero a quién se le ocultará que esta hipótesis es muy débil? Con ella nos encontramos ante un inmenso abismo, que la lucha por la existencia es incapaz de colmar. ¿Qué razón hay para que la función progrese y avance siempre desde el comienzo de su desarrollo hasta la última fase? La hipótesis darwinista sigue debiéndonos una respuesta a esta pregunta. ¿Pero qué queda de toda la pretensión de explicar la apariencia de la teleología cuando no es explicable la génesis de los órganos? Tal sería la grave acusación que por lo pronto habría que hacerle a esta hipótesis. Ciertamente, hay quienes creen haber conseguido la respuesta. En las etapas en que aún no está en condiciones de cumplir la función para la cual se ha formado, no cabría, desde luego, que el órgano resultase provechoso; pero nada impide suponer que lo fuese de otra manera. De hecho, nos encontramos con que no pocas veces los miembros rudimentarios prestan servicios útiles. En favor de ello habla también la analogía entre los miembros de las diversas especies de animales: las alas de los pájaros son el equivalente de los brazos del hombre, y las vejigas

natatorias de los peces cumplen un cometido similar al que, entre otros, desempeñan los pulmones. De este modo, cabe también que un órgano vaya rindiendo sucesivamente, en los diversos grados de su evolución, diferentes servicios; y, en tanto que, al desaparecer uno de éstos, siempre aparece otro, podría ocurrir que el órgano se fuese habilitando en la lucha por la existencia para esa situación de máxima capacidad de rendimiento que parecía imposible de explicar. Creo, no obstante, que esta respuesta es sintomática de la forma de argumentar que a menudo se encuentra en los razonamientos de los darwinistas. La función que el órgamo ejecuta cuando aún no es capaz de llevarla a su plenitud, y la que cumple cuando está en condiciones de ello, son enteramente diferentes. En consecuencia, no se puede tener la completa seguridad de que el progreso de un órgano en su manera de llevar a cabo la primera de estas funciones sea también, por sí solo, una preparación creciente de ese órgano para cumplir en su momento la segunda. Y entonces, si esa duplicación realmente existe, ello mismo nos patentiza una suprema ordenación teleológica, por virtud de la cual todo lo que se acerca a una cierta capacidad de rendimiento ha ido perfeccionándose también en la manera de realizar las funciones, enteramente distintas, que ahora cumple; y ello hasta el punto de que, en definitiva, éstas logran triunfar sobre las demás. Se trata de algo que de ningún modo se contiene en la hipótesis darwinista: un supuesto completamente nuevo, que bien lejos de suprimir, en la explicación de los fenómenos, la teleología evidente en ellos, lo que hace es, por el contrario, que ésta aparezca en escena, recabando, a la vez, su explicación. Queda claro, por consiguiente, que para Darwin la vía hacia los nuevos órganos es completamente impracticable sin el recurso a unos nuevos principios explicativos cuyo patente sentido teleológico llega al máximo grado. Lo que los darwinistas logran explicar sin la ayuda de estos principios es justamente la regresión y extinción de estos órganos. Al dejar de ser útiles cuando la situación se modifica, su pérdida, como la de un lastre innecesario, constituiría una ventaja; de lo cual resulta que la lucha por la existencia puede hacer fácilmente que se tornen rudimentarios, o que incluso desaparezcan totalmente. Y, de hecho, los órganos rudimentarios que efectivamente encontramos en la Naturaleza han sido interpretados también a modo de regresiones. Comparando el buen éxito de éstos con el fracaso de los procesos ascendentes, Teodoro Fechner tuvo la paradójica ocurrencia de que tal vez este fenómeno se explique pensando que los organismos más complejos son los que inicialmente se formaron. Algo parecido ha dicho Koelliker. No cabe duda de que todo intento de explicar el fenómeno de la teleología por la necesidad ciega habría de ser excluido al admitir esta hipótesis, si bien se trata de una concepción con la que no coincide la forma en la que yo pienso la evolución teleológica, además de

ser rechazable cuando se la observa más a fondo, tanto en el aspecto filosófico, cuanto en el directamente empírico. Todo habla a favor de la mayor simplicidad de las situaciones iniciales, sobre todo, la analogía de la ontogénesis con la filogénesis. Pero ya el simple hecho de que esta hipótesis haya podido extenderse es un signo del peso con que se impone la situación efectiva de que acabamos de hablar. Como en el caso de la formación de los órganos nuevos, los principios de la teoría darwinista son también incapaces de explicar el ulterior progreso de un alto grado de perfección ya conseguido; por lo menos, no pueden dar cuenta de él sin la ayuda de otras hipótesis completamente nuevas y que tienen, sin duda, un supremo sentido teleológico. Al hacer uso de la variabilidad, Darwin pasó por alto un problema que, a mi modo de ver, es de suma importancia: el de cuántas, entre las modificaciones que un órgano en transformación puede experimentar, son perfeccionamientos, y cuántas son regresiones. La proporción entre ambas cantidades no es, en modo alguno, indiferente. Si caben tantos progresos como retrocesos, es muy probable que en la lucha por la existencia el órgano consiga mejorar. Pero si hay más regresiones, y en número considerablemente superior, la cantidad hace de contrapeso de las probabilidades de la calidad. En estas circunstancias, lo más que cabe inferir del principio de la supervivencia de los más aptos es que los descendientes conservados serán mejores que los que desaparecen, pero no que aventajen a sus padres. Y de esta consideración se desprende también que cuanto más alto sea el nivel en el que ya se haya conseguido una destacada utilidad previamente buscada, tanto más favorable a las mejores resulta la proporción entre ellas y las degradaciones. Pero entonces la única desviación que puede darse es la que aparta a ciegas de un estado manifiestamente perseguido con la máxima previsión en el modo de calcular su valor teleológico. Si es cierto que se puede dar tal desviación, las efectivas mejoras se hacen cada vez más improbables, aunque los mejores individuos tengan más oportunidades. Las desviaciones que ulteriormente les afecten no lograrán mejorarlos; antes bien, irán degenerándoles. (...) Alguien tiene un retrato muy fiel de un amigo que ya murió. Como a este retrato no le faltarán algunas imperfecciones, su poseedor lleva en el corazón otro más fiel aún. Pero supongamos que también quiere tenerlo en la pared. ¿Cómo lograrlo? Se le ocurre la idea de hacer que unos buenos pintores lo reproduzcan mil veces, para elegir entre las nuevas versiones la que más parecido tenga, pese a la primitiva desviación. A su vez, hace que

saquen mil versiones distintas de esta réplica, en la esperanza de alcanzar así un retrato perfecto. ¿Conseguirá este hombre su propósito? Evidentemente, esto es lo último que le podría suceder. Con el sistema empleado no logrará otra cosa que ir aumentando la falta de parecido, por muy fiel que fuese el retrato que utilizó como modelo. Siempre cabe que una de las versiones aventaje a las que rivalizan con ella, pero no que supere al retrato inicial. Si suponemos que en la Naturaleza no acontece lo mismo por imponerse en ella una facilidad de variación hacia lo más perfecto, estamos ya admitiendo un principio complementario enteramente extrínseco al de la teoría darwinista. Y si nos atenemos al punto de vista de ésta, no podemos dar cuenta, como ya señalamos antes, ni de la formación de nuevos órganos, ni del progreso de los que han logrado un alto nivel de perfección. Me he referido también a una tercera clase de fenómenos en los que salta a la vista la insuficiencia del principio selectivo. Entran en este grupo todos los casos de teleología manifiesta en los seres vivientes que sólo de una manera muy forzada pueden ser comprendidos en virtud de su utilidad para la conservación de la especie, o bien de ningún modo, y esto es lo que yo pienso, pueden ser explicados desde este punto de vista. Se trata, en primer lugar, de ciertos fenómenos cuya categoría es superior a la de todos los otros y que sólo admiramos en los hombres según lo que éstos tienen de distintos de los demás animales: las bellas artes, la filosofía, los otros saberes liberales y ciertos hechos morales como el amor desinteresado y la solicitud por los viejos, los enfermos, los locos incurables y todos los demás seres de los que ni la sociedad ni el individuo pueden esperar ninguna clase de contraprestación. Estos fenómenos tienen un rango más alto que el de la simple vida. “La vida no es el más alto de los bienes”. De ahí que Aristóteles considere la actividad como algo en lo que la índole del fin se realiza mejor que en el simple ser, y más en la vida intelectiva que en el vivir animal, superior, a su vez, a la vida vegetativa. (...) Si ningún hombre tuviese oído musical, ¿qué desventaja en la lucha por la existencia podría venir de los productos de este arte? Y lo que ya dije de las propiedades estéticas de los meros productos de la Naturaleza –a saber, que no pueden haber surgido mediante la selección, a través de la lucha por la vida- es igualmente válido para los productos del arte. Si la Naturaleza interviniese de un modo unilateral en su función selectiva como el padre de Ovidio al combatir las veleidades poéticas que éste manifestaba ya en su infancia, se habría sentido celosa de todas esas tendencias, hasta llegar a eliminarlas de raíz.

(...) Junto a estos fenómenos que se nos muestran próximos en tanto que son humanos, quisiera todavía mencionar otros que pertenecen a un campo bien distante del nuestro, pese a lo cual ha producido muchos quebraderos de cabeza, lo mismo a los darwinistas que incluso ya al propio Darwin. Es un fenómeno donde de un modo particularmente sorprendente se nos presenta un caso de innegable teleología irreductible a toda utilidad en la lucha por la existencia. Tal es el caso de todos los miembros cuya teleología no parece tender al provecho del organismo del que son parte integrante, sino a la utilidad de algún otro ser viviente. Hay en algunos de ellos ciertos órganos construidos conforme a un plan, por lo que dan la impresión de haber sido previstos para ciertas funciones, y que parecen perfectamente calculados, no en favor del ser viviente que los tiene, sino en provecho de aquellos a los que éste amenaza con su hostilidad. Por ejemplo, los cascabeles de la venenosa y peligrosísima serpiente llamada “de cascabel”. No cabe explicar este órgano como un recurso de excitación sexual, puesto que de él disponen tanto el macho como la hembra de la variedad en cuestión. Se ha llegado a pensar en el hechizo que pudiera ejercer sobre el animal que habría de servir de presa. Pero las observaciones realizadas en el Parque Zoológico de Londres contradicen esta ocurrencia, que no es mala en principio. También hay quienes han pensado en la semejanza existente entre el sonido de los cascabeles y el rumor del agua al deslizarse, atendiendo a la posibilidad de que los peces sedientos resulten seducidos por aquél. Pero esta semejanza es tan remota, que la pretensión de utilizarla aquí no sirve sino para poner al descubierto el grado de perplejidad a que llegó en este punto el darwinismo. Y algo semejante es lo que ocurre con la hipótesis que formulara el propio Darwin y según la cual el ruido de los cascabeles asustaría a los pájaros enemigos de este animal. Porque ese ruido no es tan fuerte como para atemorizar; y aun en el caso de que lo lograra, el efecto habría de irse mitigando por la experiencia que efectivamente se le opone y que, al eliminarlo, haría que en su lugar apareciese más bien un atractivo, convertible en instinto con el transcurso del tiempo. A esta conclusión hay que llegar por la misma razón por la que, aplicando el principio de Darwin, pero partiendo de que el sonido específico del cascabel es una señal de alarma, se llega a la conclusión de que, al ir sucediéndose las generaciones, resulta cada vez más alarmante; pero entonces la lucha por la existencia, bien lejos de explicar la aparición de la peculiaridad de que se trata, habría tendido a aminorarla y a destruirla, tanto en lo que tiene de provecho para uno de los rivales, cuanto para el peligro que para el otro hay en ella. Pese a todo lo cual, Darwin se mantiene firme en su creencia de que este notable hecho puede ser explicado de algún modo. Para él, efectivamente, la cuestión es muy importante. Si se comprobara un solo caso de que un órgano no fuese provechoso para la

misma especie del ser vivo que lo posee, Darwin se vería en la obligación de renunciar a su hipótesis. Y aunque en otros casos no se viera en tan graves apuros, no es menos cierto que su modo de proceder es poco firme y resulta bastante problemático. Este método no consigue demostrar que el proceso tal vez posible sea también el que realmente se ha dado. Porque en el mundo, como es notorio, todo tiene dos caras. No hay que darse por satisfecho al encontrar que algo es beneficioso, sino que es menester también asegurarse de que realmente supera los perjuicios. Los análisis unilaterales llevan a resultados paradójicos. Y los principios que sirven para explicar tanto una cosa como su contraria, no explican realmente nada. Por ejemplo: se podría demostrar la necesidad de la existencia de plantas muy venenosas, y, por otra parte, la imposibilidad de que estas plantas existan. Lo primero, porque las plantas venenosas llevan las de ganar en la lucha por la existencia. Y lo segundo, porque ya habrían de haber muerto todos los animales sensibles a su veneno. (...) Otra razón [en contra del darwinismo] es la necesidad de que sean muchos los individuos simultáneamente afectados por una modificación provechosa para que ésta sea impuesta por la selección natural. Supongamos que, como efecto de una modificación provechosa, un solo individuo contase con una doble probabilidad de conservar la especie. Ello es equivalente a que este mismo individuo tenga dos participaciones en la lotería, mientras que cada uno de mil individuos más no dispondría sino de una. ¿Qué es lo más probable en este caso? ¿Que la lotería le toque a aquél, o que sea alguno de éstos el beneficiado por ella? Al tener conocimiento de este ataque, Darwin reconoció, con su noble sinceridad, que hasta entonces ello no había pasado por su mente, y que el acierto de la observación no se podía discutir. (...) Vemos de esta manera cuán enorme es la dilación que sufriría el perfeccionamiento de una especie en el caso de que éste resultase de la selección natural. (...) Queda, pues, confirmado lo que ya dije: la hipótesis darwinista se identifica con la de la necesidad ciega o, si no, con la teleológica. Mas, como es imposible reemplazarla por otra más sencilla, resulta que la hipótesis de la necesidad ciega es absoluta y completamente inaplicable.

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