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COMENTARIO DEL AUTOR

Nuestros sentimientos son un sexto sentido, el sentido que interpreta, ordena, dirige y resume los
otros cinco. Los sentimientos nos dicen si lo que experimentamos es amenazador, doloroso, lamen-
table, triste o regocijante. Podemos describirlos y explicados de manera sencilla y directa, ya que no
hay en ellos nada de místico ni de mágico. Conforman todo un lenguaje propio. Cuando hablan los
sentimientos, nos vemos obligados a escuchar y a veces, a actuar, aun cuando no siempre com-
prendamos el porqué. No tener conciencia de los propios sentimientos, no comprendamos o no saber
cómo utilizados y expresados es peor que la ceguera, la sordera o la parálisis. No sentir es no estar
vivo. Más que ninguna otra cosa, los sentimientos nos hacen humanos. Nos hacen, en fin, semejantes.
Los sentimientos son nuestra reacción frente a los que percibimos y a su vez tiñen y definen nuestra
percepción del mundo. Dado que buena parte de lo que conocemos depende de nuestros sentimientos,
flotar a la deriva en medio de sentimientos confusos o vagamente percibidos equivale a sentirse
avasallado por un mundo confuso.
Mi objeto al escribir esta obra es explicar la naturaleza de los sentimientos: su significado, su manera
de actuar, su origen, y por último, la forma de comprenderlos y utilizarlos. La explicación que
propongo proviene tanto de mi formación profesional y experiencia en la clínica psiquiátrica, como
de la familiaridad y conocimiento que tengo de mí mismo, los cuales, según confío, por ser aún
incompletos, continúan aumentando. Durante el desarrollo de mis puntos de vista he llegado a
adquirir la conciencia de mis propias limitaciones y por ello he tratado de evitar que ellos interfieran
en forma negativa.
No pretendo proveer aquí la totalidad de las respuestas, pero creo haber adquirido cierto conocimiento
de los sentimientos en el curso del tiempo. Intentaré, pues, formular aquí los conceptos formados en
los términos más directos y sencillos posibles.
El lenguaje de los sentimientos es el medio por el cual nos relacionamos con nosotros mismos. Si no
podemos comunicarnos con nosotros mismos, no podemos comunicarnos con los demás. Como he
señalado, percibimos el mundo por medio de los cinco sentidos. Las impresiones sensoriales que nos
llegan por dichos sentidos deben ser integradas nuevamente por cada uno de nosotros. La manera
como cada uno percibe con un sentido determinado varía, pero no tanto como la manera como cada
uno «crea un sentido» del mundo que percibe. Este proceso de integrar el mundo a nosotros a nuestra
propia manera, es un proceso mental básico, así como también un proceso creativo.
Nuestros sentimientos son la reacción a lo que percibimos por medio de los sentidos y dan forma a
nuestras reacciones frente a lo que percibiremos en el futuro. La persona que lleva dentro una gran
dosis de enojo no resuelto, por ejemplo, puede tender a hallar que el mundo que encara es un mundo
también lleno de enojo y con ello justificar y perpetuar su propio sentimiento.
Creo que de esto cabe inferir que el mundo es en buena parte el que nosotros mismos nos creamos. En
realidad, el mundo se halla mucho mas bajo nuestra influencia de lo que la mayoría de nosotros
advierte. cuando asumimos la responsabilidad de nuestros sentimientos, asumimos, además, nuestra
responsabilidad frente a nuestro mundo. En la comprensión de nuestros propios sentimientos reside la
clave del dominio de nosotros mismos, la verdadera independencia, lo cual significa lograr el único
poder real que merece ser obtenido. Si bien la idea implica que cada uno de nosotros actúa en forma
autónoma, también significa que cada uno puede hacer mucho para reconstruir las piezas inconexas
de su vida y llevarlas a una armonía. sospecho, en verdad, que si cada uno aceptase la responsabilidad
de poner orden en su propio mundo emocional, el mundo más amplio podría adquirir también mayor
realidad, armonía y aun paz.
Es mi esperanza que este libro contribuya a despejar el misterio que rodea a los sentimientos, permita
en mayor medida reconocer y comprender lo que sentimos, muestre el origen de los sentimientos, así
como su dirección, a fin de que se transformen en aliados, en lugar de enemigos de nuestro propio
desarrollo normal. No es mi propósito proponer soluciones llamativas o sujetas a modas efímeras. el
método básico es la comprensión, mediante la cual aspiro a que cada uno de mis lectores llegue a
adquirir una conciencia renovada de sí misma. Hay mucho en estas páginas, sin duda, que muchos
han pensado ya, o por lo menos; sentido con anterioridad. intentaré aquí, no obstante, ordenar este
material y darle con ello mayor utilidad, indicando cuál es el lenguaje de los sentimientos sobre el que
sea posible articular una sintaxis apropiada de las emociones. A medida que expresamos en forma
más abierta nuestros sentimientos, tenemos menos necesidad de precavernos con cosas que hallamos
amenazadoras en el mundo, ya que en lugar de ocultados, la persona abierta los utiliza como guía para
interpretar el mundo que vive. quienes confían exclusivamente en el intelecto para encontrar su
camino en el mundo no tienden a estar tan en armonía con él como quienes utilizan sus sentimientos.
los más altos logros del hombre no se encuentran en a precisión de su ciencia, sino en perfección de
su arte. El arte del hombre es la celebración de sus sentimientos en su punto de mayor coherencia.

No es posible captar la realidad sin tener en cuenta los sentimientos. las abstracciones del intelecto y
el razonamiento tienen importancia, pero cuando ellas pierden contacto con los sentimientos, abren el
camino para los actos inhumanos y destructivos. cuando perdemos contacto con nuestros
sentimientos, perdemos a la vez el contacto con nuestras cualidades más humanas. recordemos a
Descartes y digamos, en una paráfrasis de su célebre frase: «Siento, luego, soy».

En este libro aspiro a crear un marco de referencia dentro del cual el lector pueda analizar sus propios
sentimientos y su vida. con ello espero asimismo proporcionar un elemento de guía que permita a los
sentimientos hallar su expresión más natural de la manera más económica y socialmente aceptable y que
en el proceso cuente con las mayores probabilidades de resolver conflictos y estimular su propio
desenvolvimiento. podemos manejar nuestros sentimientos en forma defensiva o bien constructiva. en
la primera, nos volvemos hacia adentro, mientras que la segunda es un expresivo volverse hacia
afuera.
Todo lo antedicho es, como bien lo comprendo, una empresa altamente ambiciosa y por lo tanto,
imposible de lograr en su totalidad, aun con las mejores intenciones. el lector podrá, según espero,
aceptar las ideas y métodos propuestos aquí y utilizados como mejor le convenga para solucionar
interrogantes, reunir los pormenores de su propia experiencia y con ellos crearse la mejor vida posible
por y para sí mismo.

DAVID VISCOTT
Ya que el sentimiento
es el primero en prestar atención a la sintaxis de las cosas,
nunca te besará completamente

e. e. cummmgs
CAPITULO 1

LOS SENTIMIENTOS
Los sentimientos son la forma en que nos percibimos. Los sentimientos son nuestra reacción al
mundo que nos rodea. Son la forma en que sentimos el estar vivos_ Cuando nuestros sentimientos son
armoniosos experimentamos nuestro máximo nivel de conciencia. Sin sentimientos no hay existencia,
no hay vida! En términos simples,".cada uno de nosotros es sus propios sentimientos”. Lo que
sentimos sobre cualquier cosa refleja nuestra historia y desarrollo, las influencias sobre nuestro
pasado, nuestro conflicto actual y nuestro potencial futuro. Comprender nuestros sentimientos es
comprender nuestra reacción al mundo que nos rodea.
Sin conciencia de lo que significan nuestros sentimientos no hay verdadera conciencia de la vida.
Nuestros sentimientos resumen lo que hemos vivido y nos dicen si ha sido grato o doloroso. No hay
dos personas que incorporen a sí mismas del mismo modo lo que perciben. La realidad derivada de
nuestras percepciones es, en gran parte, la creación derivada de nuestras propias necesidades y
aspiraciones. Aun así, hay ciertas formas comunes en las que cada uno de nosotros manejamos
nuestra reacción frente a la experiencia, nuestros sentimientos. Cualquiera sea la forma en que
reunimos los fragmentos de este mundo dentro de nuestra perspectiva, existen ciertas estructuras
universales en los sentimientos tales reacciones son previsibles y fáciles de comprender.
Si bien cada uno de nosotros puede ser diferente en cuanto a lo que considera importante, todos nos
asemejamos mucho en cuanto a nuestra forma de reaccionar, por ejemplo, frente a una pérdida de
importancia., Cuando la experiencia se reduce a sentimientos básicos como estos es posible sentir
compasión por el prójimo, ya que los sentimientos crean un vínculo común entre todos los seres
humanos. Cuando comenzamos a comprender este hecho, muchos de los misterios de la vida quedan
disipados.
Los sentimientos constituyen la reacción más directa a nuestra percepción. Cuando recurrimos tan
sólo a las palabras para describir lo que percibimos estamos tratando, en realidad, de manejar nuestros
sentimientos, más bien que experimentados. El pensamiento es una forma mucho más indirecta de
manejar la realidad que el sentimiento. los sentimientos nos dicen cuando algo resulta doloroso o nos
hiere, porque los sentimientos son la herida. El pensamiento explica la herida, justificándola,
realizándola, poniéndola en perspectiva.
Los más inteligentes entre los hombres no están en una posición de especial ventaja en cuanto a su
comprensión de lo que sienten. En verdad una inteligencia superior suele ofrecer severas desventajas
cuando la utilizamos para racionalizar sentimientos y para ofrecer rodeos lógicos, pero no por ello
menos engañosos para alejamos de la verdad.

Todos conocemos a individuos inteligentes que no parecen poseer la menor comprensión de sus pro-
pios sentimientos y que en consecuencia resultan amigos deficientes y poco merecedores de nuestra
confianza. Estos individuos distorsionan el mundo, si bien lo hacen a veces con una convincente
elegancia y aun con gracia, aunque continúan estando lejos de comprenderse a sí mismos. Parecen
funcionar mejor dentro de los estrechos límites de su sistema intelectual, el cual les proporciona un
refugio seguro desde donde pueden contemplar el mundo, comentar sabiamente sobre él y al mismo
tiempo mantenerse fuera de la corriente del sentimiento humano. Tales individuos ponen su enfoque
en un aspecto del crecimiento humano, en el ordenamiento del detalle por medio de la lógica.
En esta esfera intelectual se forman las defensas. Se utilizan palabras en lugar de sentimientos. El
mundo se crea en forma bidimensional con conceptos y no cabe confiar en los sentimientos por
resultar, en términos literales, tan capaces de desarmarnos.
El mundo es tan complicado que no podemos depender en forma exclusiva de nuestra capacidad
intelectual para evaluar nuestras percepciones. Percibimos un gran número de estímulos y debemos
buscar el denominador común. Nuestra capacidad de pensar nos permite formamos conceptos y
clasificar nuestras impresiones. Afortunadamente, no obstante, contamos con atajos en el proceso
mental y el lazo que comprendemos con mayor facilidad entre los estímulos externos y las
impresiones percibidas es un sentimiento. Por ejemplo, podemos experimentar un súbito temor que
nos advierte que nuestra supervivencia está amenazada mucho antes de que lleguemos a elaborar el
concepto mental que nos llevará a idéntica conclusión. A veces, en cambio, permitimos que nuestros
sentimientos actúen sobre nuestras percepciones. Si bien esto puede intensificar nuestro estado de
alerta y nuestro sentido de la propia protección, también puede distorsionar el mundo que percibimos,
en particular cuando nos lleva a sentimos excesivamente vulnerables frente a él.
El mundo es un rompecabezas cuyas piezas cada uno de nosotros arma de diferente manera. A pesar
de ello, todos podemos aprender a encarado mediante el uso de nuestras aptitudes naturales en forma
más eficaz, en lo cual está incluido el aprender a sentir con mayor sinceridad. Cuanto más sinceros
nos volvamos, mayor energía tendremos para hacer frente a nuestros problemas. Estar en contacto
con nuestros propios sentimientos es el único medio de lograr ser abiertos y libres, el único modo de
llegar a ser dueños de nosotros mismos. Ver al mundo en términos «intelectuales» es tan distinto de
sentido, como lo es de estudiar. un país en un libro de geografía de vivir en él.
Cuando no vivimos con nuestros sentimientos, no vivimos en un mundo real. Los sentimientos son la
verdad. Lo que hagamos con ellos determinará si vivimos la verdad o la mentira. El uso de defensas
en un intento de manejar los sentimientos puede distorsionar nuestra percepción de la verdad, pero
ella no cambia por eso. La explicación de los sentimientos hasta creerlos eliminados no los resuelve
ni los exorciza. Están allí y es necesario encarados.
Culpar a otros no les quita su capacidad de herir ni disminuye su intensidad. Es posible disfrazados,
negados, racionalizados, pero el sentimiento doloroso no desaparece hasta que ha recorrido su curso
natural. En realidad, cuando eludimos un sentimiento, sus efectos dolorosos suelen prolongarse y
resulta cada vez más difícil manejado.
Para comprender los efectos psicológicos y emocionales del dolor resulta útil comprender su
naturaleza física. Fisiológicamente la sensación de dolor se transmite por determinadas fibras nervio-
sas y es percibida cuando cualquier receptor sensorial se ve sobrecargado por encima de su capacidad
normal de recibir y transmitir información. Cuando la presión se vuelve demasiado severa, o la
temperatura demasiado elevada, o el sonido demasiado intenso, el estímulo deja de ser percibido
como presión, temperatura o sonido, para serio como dolor. La corriente eléctrica llamada de lesión,
se inicia en el extremo nervioso y es enviada al cerebro. El impulso doloroso provoca una respuesta
de evasión que nos lleva a apartar la parte del cuerpo amenazada, reacción que a menudo se produce
en forma automática.
La respuesta de evasión resulta básica para la comprensión de los sentimientos humanos, porque los
sentimientos humanos dolorosos también producen una corriente de lesión que nos informa que
estamos en peligro y que debemos protegernos. Es tan posible sobrecargar los sentimientos como
cualquier otro sistema de energía.
Cuando existe la amenaza de una lesión emocional, nuestra reacción natural es evitada. Si la lesión no
es evitable, debemos aceptarla como una amenaza real, con el fin de hacer los 'preparativos necesarios
para reducir la intensidad de la lesión y con ello decidir en cuanto al mejor remedio.

Así como durante el desarrollo del espíritu de esfuerzo independiente del niño, también durante el
proceso de la lesión y su curación existe un momento en el que la persona misma deberá contribuir al
proceso de su curación, que es a la vez un período de crecimiento.
A veces, no obstante, reaccionamos exageradamente frente a sentimientos dolorosos y elaboramos
defensas impenetrables. Cuando nuestros sentimientos están alterados por estas defensas que nos
separan del dolor, el proceso de manejar los sentimientos puede hacerse difícil porque perdemos de
vista nuestro problema.

Existe un momento apropiado para las defensas y un momento en el cual es necesario bajarlas. El
objeto de las defensas es el de protegemos contra mayores daños al proporcionamos algo de distancia
y de tiempo. Cuando las utilizamos en exceso para protegemos contra todo dolor, requieren el uso de
tanta energía que sus efectos desgastan casi .tanto como el daño mismo. La energía consumida por las
defensas interviene en la construcción y mantenimiento de una barrera contra la realidad. Todos
nosotros necesitamos establecer el equilibrio entre el dolor y las defensas y para ello debemos utilizar
como guía nuestra experiencia individual. Si bien a menudo solemos tener pocas posibilidades de
elección en cuanto a usar o no una defensa, podemos bajada cuando aprendemos a soportar tanto
dolor como nos sea tolerable hasta que éste haya cedido en su mayor parte. No es fácil y requiere
valor, pero resulta eficaz.

Existen, básicamente, dos tipos de sentimientos: los positivos y los negativos. Los sentimientos
positivos incrementan el propio sentido. de fuerza y bienestar, el sentido de plenitud de vida, de. to-
talidad y de esperanza. Los sentimientos negativos interfieren con el placer, agotan la energía y dejan
al sujeto extenuado, con un sentimiento de bloqueo, vacío y soledad. Los sentimientos positivos son
regocijantes, como las expresiones sexuales entre dos seres que se aman o los que acompañan el
reencuentro con un amigo, o la consecución de una meta largamente buscada. Los sentimientos
negativos acarrean todo el impacto de la pérdida, como la percepción de pequeñas muertes por don-
dequiera que miremos. Los sentimientos positivos con frecuencia hallan expresión en la obra creativa,
como la artística, o bien una nueva idea. También pueden traducirse en un acto de amor o de al-
truismo. Llevan involucrado un sentido de renovación.
El objeto de comprender nuestros propios sentimientos y permitir que fluyan hacia su conclusión
natural es que lleguemos a sentimos tan abiertos y tan libres de sentimientos negativos como sea
posible, para convertimos en una personalidad más elevada, más creadora y más productiva. Más
elevada, porque en forma creciente nos sentimos libres del peso de defensas que tienen su raíz en el
temor y el sufrimiento. Más creadora, porque nuestra energía se expresa hacia afuera en forma
positiva, realzando todo cuanto entra en contacto con ella de un modo que nos es propio e individual.
Más productiva, porque nuestras energías no se ven ya drenadas por la necesidad de impedir que
nuestros sentimientos tengan expresión y porque ganamos fuerza al expresados con naturalidad.
Cuando sufrimos las heridas emocionales que todos debemos sufrir de vez en cuando, es posible que
nos falten las energías y nos sintamos heridos y sin esperanzas durante un tiempo. Es el resultado
natural de sentimos heridos. Si nos permitimos a nosotros mismos vivir las etapas naturales del dolor
emocional sin intentar evitar la realidad, podremos resolver nuestro dolor en forma más completa.
Recuperaremos más pronto nuestras energías y con ellas, nuestra creatividad y productividad.
Los sentimientos deben reflejar el presente y proporcionar una perspectiva personal de los hechos que
encaramos. Ello no quiere decir que no quepan en el presente los recuerdos de momentos felices o de
sucesos desgraciados. Significa, más bien, que los sentimientos deben brotar fundamentalmente de lo
que sucede ahora y no de los hechos no resueltos del pasado. Es por esta razón, sin duda, que
debemos tratar de resolver el dolor del pasado y gozar de libertad para repasar los pormenores de
nuestra vida desde una perspectiva de comprensión, la cual abra el camino hacia un crecimiento
continuado. El pasado no debe quedar prisionero en un recuerdo rígido que hayamos mantenido en
forma defensiva, por ejemplo, para apoyar sobre él una impresión favorable de nosotros mismos.
Cuando bloqueamos las partes del pasado que no nos halagan, o bien nos avergüenzan, con frecuencia
perdemos mucho más de lo que habíamos previsto. Las defensas que bloquean los recuerdos
desagradables también bloquean los agradables. Más aún, esta incapacidad de recordar lo que es
positivo nos despoja de energía y alegría y no es simplemente formar y mantener una actividad op-
timista. El Ideal es estar libre de toda necesidad de distorsionar la realidad, de manera que si lo de-
seamos nos sea posible evocar sentimientos del pasado y exterminados para volver a resolverlos.
Este proceso de resolver problemas emocionales a lo largo de toda la vida hace .posible un auténtico
crecimiento y desarrollo. Los problemas, de crecimiento de la infancia, por ejemplo, reaparecen
constantemente como conflictos en nuestra vida y continúan formándonos. Cuando nos mantenemos
abiertos, continuamos creciendo. Cuando nos cerramos y adoptamos una actitud defensiva,
malgastamos nuestra energía y nunca aprovechamos nuestro potencial. El problema en la fase inicial
del desarrollo es la dependencia; la meta de la vida, alcanzar la independencia. El problema de la fase
siguiente es el dominio y el control; la meta de la vida, alcanzar la libertad. En la siguiente fase existe
el problema de la identidad, inclusive en lo sexual, y el objetivo de la vida es, simplemente, sentirnos
cómodos con nosotros mismos y aceptar nuestros sentimientos sin fingimientos.
La adolescencia representa la primera oportunidad de volver a elaborar estos problemas iniciales,
proporcionándonos una ocasión para poner a prueba la validez de conceptos previos, la solidez de
defensas anteriores. Es, además, el momento de reconsiderar ciertas transacciones surgidas del temor
de perder el amor de nuestros padres, el control de nuestras emociones, o bien pasar vergüenza. Los
adolescentes típicos despliegan una serie de defensas amplias y en constante variación y
desconciertan a las personas que los rodean al cambiar de posición frente a los problemas, así como la
imagen de sí mismos, de un momento al siguiente. El adolescente se ve frente a todas las lecciones
que hace mucho tiempo se le exigió aprender, o por lo menos, las que sus padres esperaban que
aprenderse. No cabe extrañarse que se sienta perplejo.
A medida que las energías sexuales cada vez mayores del adolescente comienzan a buscar expresión,
tienden asimismo a hacerse sentirse sin control. Ellas le crean fantasías y sentimientos que puede
hallar inaceptables y por ello actuar de manera autodestructiva con el fin de castigarse. El adolescente
siente a veces que está loco y con frecuencia actúa como si lo estuviera. La imagen clásica del
torbellino del adolescente nos resulta harto familiar a todos, con sus movimientos pendulares
y la expresión por medio de la simulación de los sentimientos, en lugar de «sentir» dichos senti-
mientos, auténticamente.
La conducta del adolescente es su lenguaje para la expresión de sus sentimientos. Tan válida es para
él como lo es para los adultos «hablar de sus sentimientos». Cuando un padre siente pánico en
presencia de la rebelión de su hijo adolescente, tiende a reforzar los peores temores que éste abriga
acerca de sí mismo. Entonces el padre es quien se presenta como fuera de control para el adolescente,
quien puede llegar a creer, en este
punto, que nadie puede ayudado, situación que puede conducido a poner a prueba sus límites y a
enfrentarse con la ley.
A menudo los padres tratan de sofocar los sentimientos de sus hijos cuando a ellos mismos les
provocan malestar. Esta falta de sinceridad al negarse a admitir sus propios sentimientos puede llevar
al niño a rebelarse más aún, por cuanto puede ver, o por lo menos intuir, su defensa «adulta».
Algunos padres llegan a estimular secretamente la rebeldía de sus hijos para vivir a través de ellos su
propia rebeldía, cuando hacen cosas que ellos mismos desearían haber tenido el valor de hacer, ya sea
cuando eran adolescentes o bien en ese mismo momento. El padre que se siente prisionero en su
matrimonio, por ejemplo, puede estimular a su hijo a que se escape de casa y consecutivamente
seguido con sus fantasías.
Así como la adolescencia proporciona una segunda oportunidad de que el niño resuelva los problemas
no resueltos durante etapas anteriores de la infancia, suele también inducir una segunda adolescencia
en los padres.
El niño es en tal caso, no sólo, como se suele decir, el padre del hombre en su propio interior, sino
también, el de su padre exterior.
Debemos recordar siempre lo siguiente: Cuando no tratamos los sentimientos de nuestros hijos como
si fueran importantes, ¿ cómo podrá ser posible esperar de ellos que actúen según lo que más les
conviene, o sea dando la mejor expresión posible a sus propios sentimientos? La postergación en el
niño de asumir responsabilidad por su propia conducta, o bien forzar tal asunción de responsabilidad
en forma prematura, puede originar problemas, por una parte, de violenta ira y de sentimiento
reprimido, y por otra, de sentirse abandonado y avasallado. .
Se ha afirmado que el adolescente pasa a ser adulto cuando puede hacer lo que quiere, aun cuando sus
padres están a favor de que lo haga. Los padres eficaces no hacen más difícil esta opción al oponerse
a algo que su hijo desee, simplemente por temer ellos sus propios sentimientos. Durante los años
consecutivos a la adolescencia, los problemas del pasado continúan surgiendo y se resuelven por lo
menos en forma parcial, a medida que el tiempo derriba las defensas de las actitudes de resistencia
aún más intensas. En años posteriores es inútil mentir. El espejo dice la verdad y debemos aceptarla.
No se trata aquí de una simple «toma de conciencia» de las cosas. Significa asimismo aprender a
disfrutar de lo que nos agrada. Es lástima que no hayamos sabido antes lo que ahora sabemos acerca
de nosotros mismos, que somos lo que somos y que lo hemos sido todo el tiempo. Qué difícil es
aprender sencillamente a ser.
Excepto que... ¿ cómo aprendemos a ser?.
Abriéndonos a nuestros sentimientos. ¿Y cómo funcionan los sentimientos? ¿ Cuál es el proceso
natural por el cual se hacen manifiestos? Tomemos en forma breve un ejemplo. Comencemos por la
ansiedad. Es un sentimiento negativo, pero como hemos visto, los sentimientos negativos pueden
llevar a resultados positivos cuando sabemos cómo manejarlos.
La ansiedad es el temor al daño o a la pérdida, sea real o imaginada, que aún no se ha producido o
bien se ha producido pero no ha sido del todo aceptada.
Cuando una persona experimenta un daño o una pérdida, siente dolor. El dolor crea un desequilibrio y
exige una respuesta de energía. Esta respuesta correctiva tiene que ser dirigida hacia afuera en el
punto de origen del dolor. La expresión de esa energía es el enojo. Cuando esa energía no puede ser
exteriorizada contra el yo, es percibida como culpa.
Cuando no se alivia pronto esta culpa mediante la aceptación del enojo original, como respuesta
razonable al daño inicial, se vuelve contra la persona que la siente. La culpa se hace más profunda y
se transforma en depresión. Tal depresión puede destruir a una persona y consumir toda su energía.

LA ANSIEDAD ES EL TEMOR AL DAÑO O A LA PÉRDIDA.


EL DAÑO O LA PÉRDIDA LLEVAN AL ENOJO.
EL ENOJO CONTENIDO LLEVA A LA CULPA.
LA CULPA NO ALIVIADA LLEVA A LA DEPRESIÓN.

Tales sentimientos surgen en forma natural cuando sufrimos una pérdida. Existen tres clases
fundamentales de pérdida: la pérdida de alguien que nos ama o bien la pérdida de su amor o de
nuestra sensación de ser amados; la pérdida del propio control y la pérdida de la autoestima. Cada
sensibilidad particular a la pérdida tiene origen en una etapa de desarrollo determinada de los pri-
meros años de la infancia. Desde luego todos somos sensibles a todos estos tipos de pérdida, el amor,
el control y la autoestima, pero cuando una persona es en especial sensible a un tipo de pérdida,
tiende a utilizar un determinado tipo de defensas para manejar dicha pérdida. La persona que teme
perder el control, por ejemplo, ve el mundo en términos de control. Responde a cada pérdida como si
ella reflejara su propia falta de control. Del mismo modo, otras personas interpretan todas las pérdidas
como pruebas de que no merecen ser amadas y otras, ven todas las pérdidas en términos de una
disminución de la propia estima.
Más adelante me referiré con mayor extensión a estos tres tipos de pérdida, pero en general, la forma
en que percibimos una pérdida depende de nuestra ubicaci9n en nuestro propio desarrollo emocional.
Es común a todas estas distorsiones de la pérdida, el convencimiento de que debemos ser, sen-
cillamente, perfectos. Decidimos que son nuestras propias imperfecciones, que por lo general nos
cuesta admitir, las responsables de nuestro daño. Si creemos estar en falta, pero no podemos, en rea-
lidad, admitido, es probable que marchemos por la vida tratando de probar que carecemos de todo
defecto. Ninguno de nosotros, como es obvio, deja de tener defectos pero es mucho más saludable
encarar dichos defectos y aprender a manejados que negar su existencia. Al mismo tiempo, cada
e
uno de nosotros es responsable de vivir la mejor, es decir, la vida más plena posible. Comprendo que
la responsabilidad resulte alarmante a quien la haya eludido siempre, pero al mismo tiempo constituye
un acto de liberación una vez aceptada realmente la idea.
¿A quién más habríamos de confiar la responsabilidad de nuestros sentimientos, de nuestra vida?
¿ Quién, salvo nosotros, puede saber con certeza lo que sentimos de verdad, especialmente cuando no
nos reconocemos a nosotros mismos? Otros pueden formular conjeturas aproximadas sobre nuestros
sentimientos, pero la responsabilidad de nuestro propio viaje por este mundo está, en nuestras
propias manos. Siempre fue así. Siempre lo será.
Es en el terreno de los sentimientos donde los errores del pasado y los problemas del futuro desarrollo
individual tienen las mayores posibilidades de ser resueltos una vez más y mejor. Los problemas que
se presentan como cerrados y las defensas que nos parecen rígidas pueden ser llevadas a un
movimiento renovado, de tal manera que podamos desplazamos desde el daño hacia la curación,
desde el dolor -hacia el bienestar, desde la fantasía y la defensa hacia la realidad y la aceptación.
Cuando aprendemos a permitir que nuestros sentimientos hallen su expresión natural, el mundo que
percibimos puede también cambiar y volverse más real y nosotros mismos, más seguros y más
sinceros en nuestra apreciación de dicho mundo. Sin ello, no existen muchas probabilidades de lograr
la felicidad ni la propia realización. La vida puede malgastarse en un intento por ser algo distinto de
nuestro propio ser en su expresión más elevada y auténtica.
No temamos ser nosotros mismos, y apoyar siempre nuestros sentimientos sin fingir que tienen
importancia.
¿ Qué es ese yo? ¿ Quiénes somos? Somos las personas que experimentan sus propios sentimientos y
crean su propio mundo.
CAPITULO 2
DAÑO Y PERDIDA
El hecho de sentirse dañado o lesionado es conocido asimismo como sentirse «mal». Sentirse mal
es una expresión amplia y vaga que utilizamos para describir toda clase de sentimientos; sin admitir
demasiado.
Como lo esbocé en el capítulo anterior, la gente se siente herida cuando siente que ha perdido algo.
Cuanto más importante es la pérdida, tanto más importante el daño. A menudo no comprendemos la
importancia que tiene algo para nosotros hasta que lo perdemos. Las defensas que nos ayudan a
manejar nuestro mundo actúan en gran medida protegiéndonos de la vulnerabilidad a la pérdida.
Todos nos sentimos vulnerables frente a algo y ninguno de nosotros se siente completamente seguro.
Aceptar nuestra vulnerabilidad en lugar de tratar de ocultada es la mejor manera de adaptarse a la
realidad. Cuando vivimos fingiendo que no es posible herimos, o bien que sólo es capaz de herimos
un número limitado de pérdidas, hacemos algo más que engañarnos a nosotros mismos. Nos
subestimamos en cuanto a nuestras posibilidades. Decir que no podemos ser heridos es otra manera
de decir que no nos importa nada de nosotros mismos, de nuestro mundo, ni de quienes viven en él. Si
no somos vulnerables a la pérdida, el grado en que estamos involucrados en el mundo no es, con toda
probabilidad, muy profundo.
Las personas que sólo forman los lazos superficiales tienen un exagerado temor de acercarse de-
masiado a otras personas. Temen ser objeto de abandono, traición o rechazo, a pesar de que su estilo
exterior de vida dé a otros la impresión de que no hay nada en el mundo capaz de molestadas
nunca. Si alguien se crea un estilo de vida a manera de foso que lo aísle de verse envuelto en otras re-
laciones, cabe abrigar pocas dudas de que en la vida de dicha persona hay poca felicidad, ya que actúa
como defensa rígida aísla al individuo de la dicha, a la vez que del dolor. La gente con defensas
rígidas vive a menudo en un mundo con aspecto neutro y sin color que ofrece poco movimiento o
variedad. Tanto es retenido por el tamiz de sus defensas, que su opaca y aburrida percepción del
mundo se auto perpetúa. La alegría es lo opuesto del dolor. En lugar de algo que se agota se recibe
con ella algo que nutre. Quienes son incapaces de aceptar ser heridos son también incapaces de dar
placer a otros. Ambos procesos exigen la apertura. Ser abierto significa ser vulnerable, ser capaz de
sentirse herido y también de dar placer.
Todo el mundo ha experimentado el ser herido en su vida. A menudo las pérdidas más obvias, aun
para el observador superficial, son difíciles de reconocer para nosotros, porque sufrimos más in-
tensamente en los puntos donde actúan nuestras defensas. El descubrir qué significa una pérdida para
nosotros es el primer paso para comprender el dolor de ser heridos y sobreponemos a él.
Los niños tienden a sentirse inseguros y vulnerables porque son pequeños y hasta cierto punto
indefensos, y dependen de la fuerza de otros. Tienen que mantener una buena relación con su be-
nefactor, lo cual implica no hacer nada que les prive de la relación protectora. La gente no ve, no
siente que es su propia persona. No siente que puede ser su propia persona, sin incurrir en cierto
riesgo de perder la protección de los otros. Cuando crecemos llegamos a comprender que por fuerte
que haya sido la persona que nos protegió no siempre es posible contar con dicha protección, y aun
cuando podía dárnosla, no siempre sabía por qué nos sentíamos amenazados, ni contra qué pro-
tegernos.
La condición infantil de ser vulnerables también implica ser abiertos. La mayoría de las personas, sin
embargo, no puede soportar mucho tiempo esta condición sin colocarse pronto en posición defensiva.
Preferimos ser protegidos a arriesgamos a quedar abiertos a la herida. Para aceptar esta condición de
vulnerables sin que ello implique volvemos defensivos, debemos tener la convicción sólida de nuestra
propia bondad y fuerza interior, la convicción de que, sea lo que fuere que surja en nuestro camino,
seremos capaces de encarado de alguna manera. También es necesario saber que cualesquiera que
sean nuestros defectos, no son los únicos, ni muy diferentes de los de otros. Tampoco son tan graves
como creíamos. Cuando tenemos oportunidad de cambiar opiniones y experiencias con otros,
descubrimos que, en realidad, son pocas las personas con quienes estaríamos dispuestos a cambiar
nuestros defectos por los de ellos.
El punto decisivo para un cambio de actitud en la mayoría de la gente es aquel en el que se acepta la
inseguridad y se abandona el esfuerzo para ocultada. Cabrá celebrar, entonces, el día que
comprendamos que nuestras imperfecciones son humanas y que tratar de ocultar nuestros problemas
no hace más que hacernos más evidentes para los demás y más difíciles aún de corregir. Cuando se
vierten energías para ocultar faltas, resta poca para corregidas. Lo esencial es hacer uso de nuestra
experiencia y dejar que ella nos señale nuestras fallas al mismo tiempo que nuestras cualidades.
Tal proceso nos da la definición de nosotros mismos. ¿Por qué perder el tiempo señalando problemas
que advertimos en otros, pero que somos incapaces de contemplar en nosotros mismos?
El sentimos heridos señala lo que es importante para nosotros mucho más que ningún otro
sentimiento. Esto es verdad sobre todo en las personas vulnerables y en las que cuentan con menos
defensas contra el daño. No es posible aprender ni crecer a partir de una experiencia que negamos,
incluida la de sentimos heridos. Por su naturaleza misma el dolor es difícil de negar. El dolor duele.
Si aceptamos nuestra condición de vulnerables y la consideramos como prueba de que estamos en una
posición abierta y de sensibilidad frente a nuestro mundo, aceptando que ii;&somos perfectos, de-
jando de proyectar la imagen de alguien que no lo es, podemos sacar gran provecho de la experiencia
de haber sido heridos, ver y comprendemos a nosotros mismos con todas nuestras fallas, con mayor
claridad, para tener oportunidad de sobreponernos a ellas y crecer como individuos. Cuando
necesitamos fingir ante nosotros que hemos alcanzado ya el éxito, no logramos otra cosa que preparar
el camino para una pérdida grave en el futuro, cuando suframos la herida de no haber llegado a la
altura de nuestras pretensiones.
Como nuestra energía es limitada, es malgastada hacer cualquier uso de ella que no sea la búsqueda
de la verdad y de lo que nos ayuda a crecer o a decidir lo que es mejor para nosotros. Hacer otra cosa
significa un drenaje de energías en el que terminamos por tratar de justificar algo que sencillamente
no es verdad. Más aún, cuando utilizamos la energía para sostener una mentira, resulta cada vez más
difícil distinguir qué es real, ya que hemos dedicado tanto de nosotros mismos y de nuestra energía a
algo que es falso, que renunciar a ello es semejante a perder parte de nosotros mismos. Con el tiempo
el temor a aceptar la verdad se agudiza y nos obliga a negar más y más de lo que es real.
Cuando buscamos expresar un sentimiento que en su origen es doloroso, en lugar de sentir dolor o
enojo por haber sido heridos, a menudo enterramos dicho sentimiento doloroso o bien lo expresamos
de otra manera, o sea como un síntoma. Por ejemplo, existen síntomas compulsivos cuyo objeto es
destruir «malos» sentimientos o bien alejados en forma mágica, como lo hace, por ejemplo, el lavado
compulsivo de las manos. Existen los llamados síntomas de conversión, mediante los cuales, en lugar
de sentir, una parte del cuerpo es simbólicamente afectada, como si en realidad se sufriera la ceguera
antes que «mirar» sentimientos dolorosos. Existen enfermedades físicas que se agravan a causa de
factores emocionales, desdoblamientos de la personalidad y negación de la realidad. La lista de
síntomas posibles es interminable. El significado de cada uno de ellos es, con frecuencia, altamente
personal y resulta claro solamente cuando se descubre el significado de los sentimientos
simbólicamente contenidos en él. Los sentimientos' pueden bloquearse en cualquier , punto del
proceso, en la amenaza, en la herida, en la ira, en la culpa o en la depresión.
Lo esencial es que a menos que decidamos que vale la pena alcanzar nuestra máxima personalidad y
el riesgo de experimentar la verdad de nuestros sentimientos, nos hallamos condenados a ser con-
ducidos a dondequiera que nos lleven nuestras defensas. ¿ Qué es posible aprender sobre nosotros
mismos que no sospechemos ya? ¿Creemos, acaso, ser tan malvados que el descubrir la verdad nos
destruirá? Es poco frecuente que la gente se desmorone al descubrir la verdad acerca de sí misma. La
verdad es que, en general, como todo el mundo, tenemos defectos y no somos tan buenos como
esperábamos, aunque al mismo tiempo somos mejores de lo que temíamos. Cada uno de nosotros
tiene la responsabilidad de corregir aquellas fallas que son posibles de corregir y de aceptar aquellas
que no lo son, para poder continuar creciendo y lograr convertimos en lo que encierra nuestro
potencial.
Si aspiramos a crecer como individuos, debemos comenzar por aceptar el hecho de que como todos,
somos humanos, vulnerables y susceptibles de ser heridos y que de todo ello puede surgir la
posibilidad de liberamos mediante la verdad.
Ciertos individuos no fingen ser perfectos sino todo lo contrario, sugieren lo opuesto, que son lo.
peor de la especie humana, que no tienen cualidades compensatorias y que su vida es sin esperanzas,
inútil. Estos individuos tienen los mismos problemas defensivos, aunque lo ignoran, que
quienes afirman ser perfectos.
Los que viven criticándose a sí mismos y proclamando su inferioridad están diciendo, en realidad:
«No se molesten en atacarme, pues yo mismo me he atacado ya y realizado la tarea mucho mejor que
nadie». Encaran una herida potencial tratando de neutralizada de antemano, superando a cualquier
crítico que pueda surgir. ¿ Cómo, en verdad, será posible atacados, cuando ellos mismos se encargan
de atacarse? Mucho de lo que afirman sobre sí mismos puede ser verdad, pero no tanto, ni mucho
menos, como llevan a otros a suponer. En otros términos, no son tan irredimibles como afirman ser.
Están además tratando de ocultar, y lo logran dando a sus problemas una apariencia tan abrumadora,
que se diría que es una tarea sin esperanzas de éxito decidir cuál es el problema más importante y,
mucho menos, intentar resolverlo. ¿ Por qué tomarse el trabajo, entonces? El resultado final de este
proceso de denigrarse a sí mismo es precisamente idéntico que el registrado en quienes niegan la
existencia de todo problema. Ambos grupos consideran que no tiene objeto tratar de hacer nada en
cuanto a sus propios problemas, en un caso, porque no los tienen; y en el otro, porque sólo tienen
problemas insolubles.
En presencia de sentimientos heridos y de pérdida, resulta notable cuánto nos asemejamos todos.

Muchos de nosotros contribuimos asimismo a que nos hieran. Ser heridos prueba que no hemos
cometido falta o bien que estamos indefensos y por lo tanto, no podemos asumir la responsabilidad de
nuestras dificultades. Implica, además, que alguien más es el agresor en nuestra vida. Tales in-
dividuos suelen utilizar el ser heridos para controlar a otros consiguiendo que se sientan culpables.
Sol1 capaces de causar mucha infelicidad a cualquiera que caiga prisionero dentro de esa trampa.
¡Tratan de dirigir y controlar creando situaciones en las que los otros se ven obligados a hacer algo!
Una vez que los otros lo hacen, reaccionan ante ello sintiéndose profundamente heridos. Se logra
Así que la parte «causante de la herida» que se encuentra atrapada en la red se sienta culpable, lo cual
la lleva a mostrarse enojada con la persona a quien ha «herido»: El enojo lo confunde, le hace sentirse
más culpable, ya que le resulta difícil ver a la «víctima» como el agresor que es en realidad. Su
sentimiento de culpa pasa a controlarlo, hasta la próxima vez que se repita el proceso.
Nunca es posible actuar con éxito frente a estos individuos. Con frecuencia crean una situación en, la
cual no hacer nada parece equivalente a permitirles que se destruyan a sí mismos. Por otra parte, si
respondemos a su condición indefensa, se sienten heridos y afirman que nos inmiscuimos,
imponemos nuestra propia voluntad o los despojamos de sus derechos. Si, por el contrario, no
prestamos nuestra ayuda, ello se interpreta como prueba de que no nos importa de ellos. Estas per-
sonas se aferran habitualmente a su sentimiento de «ultraje» hasta pasado el momento y esperan la
ocasión más propicia para atacarnos por nuestra conducta negligente. La mejor manera de encarar
el problema es señalarles, simplemente, que nos han puesto en situación de herirlos, y que estamos
enojados con ellos por habernos manipulado. Es esencial aquí no aguardar tanto tiempo como ellos en
abordar el tema. Debemos decírselo tan pronto como advirtamos nuestros propios sentimientos. En
materia de sentimientos, la oportunidad en cuanto al tiempo es sumamente importante.
Los problemas que tenga una persona en el manejo de sus sentimientos heridos son en general
característicos de sus otros problemas en la vida. Las personas incapaces de expresar sus sentimientos
heridos suelen verse atrapadas por defensas que controlan sus reacciones. Toda herida a la cual no se
le da expresión deja algún dolor dentro. El dolor involucra energía negativa. Cuando este dolor es
guardado, desgasta la energía positiva, que se utiliza entonces para equilibrarlo y contenerlo. La vida
parece menos dichosa. Los pensamientos y sentimientos carecen de libertad. La concentración y la
productividad disminuyen. Cuando el dolor causado por una herida se acumula, continúa buscando
expresión, pero las defensas impiden que lo haga en forma directa. Los sentimientos negativos que
persisten pueden unirse a otros sentimientos negativos o bien teñir nuestra percepción de tal manera
que hallamos motivos para sentirnos heridos frente a casi todo lo que nos rodea en el mundo. La
herida negada exige que se la sienta en otra parte. Cuando, por ejemplo, recibimos un regalo,
podemos ver en él un soborno, más bien que un acto de generosidad. Estamos siempre en actitud
suspicaz, imaginando móviles ulteriores ocultos, cuando en realidad no existen.
La mejor manera de superar esta situación es tratar de identificar la causa original de la herida y sufrir
y lamentar la pérdida inicial que la provocó. Nada resuelve mejor una pérdida que sufrir y llorarla
como es debido. No resulta fácil localizar las pérdidas cuando constantemente proyectamos nuestros
sentimientos heridos en lugar de reconocerlos. En el caso de otra persona que actúa de este modo, lo
mejor que cabe hacer es señalarle los sentimientos que nos parecen irracional es y tratar de inducirla a
atenerse a los hechos.
Muchos individuos suelen sentirse asimismo heridos cuando pierden una amistad. Un malentendido
entre amigos puede ser uno de los hechos más desgarradores y dolorosos de la vida. Las amistades
suelen quebrarse a menudo porque un amigo traiciona la confianza de que lo ha hecho objeto el otro.
Dos amigos comparten la misma vulnerabilidad. Una amistad construida sobre una vulnerabilidad
común puede ser estrecha y hermosa. Ambos amigos tienen puntos débiles semejantes, y cada uno
trata de evitar herir al otro, del mismo modo que él no desearía ser herido. Los problemas surgen
cuando un amigo no es capaz de aceptar una ofensa o pérdida y en lugar '(le ello hiere a su amigo
exactamente de la misma manera, exactamente como se confiaba en que no lo hiciera. Traiciona la
amistad y por traicionar una vulnerabilidad compartida, también se traiciona a sí mismo. Las heridas
más grandes siempre tienen sus raíces en el hecho <le que alguien haya actuado con poca honestidad.
Este es el peor tipo de dolor, ya que al perder un amigo tan íntimo, sentimos como si hubiésemos
perdido parte de nosotros mismos.

La manera de corregir tal situación consiste en desplegar una total sinceridad, permitir a un
amigo expresar la profundidad de su dolor y al otro aceptar la culpa por su falta de sensibilidad, su
imprevisión y su crueldad. Si un amigo no está dispuesto a admitir su propio papel al causar dolor, el
otro amigo tiene todo el derecho de evitar mantenerse próximo a él. ¿Por qué habría una persona de
buscar sentirse próxima a otra que lo ha herido profundamente, a menos que esta persona esté dis-
puesta a aceptar sus errores? Quien posee tan poca intuición o responsabilidad explícita para sus ac-
tos, no es muy digna de confianza. Si le permitimos volver a acercarse sin haber alcanzado antes un
nuevo nivel más sincero de comprensión, no haremos más que colocamos en situación de ser heridos
nuevamente. En tal caso, sería oportuno, además, que nos preguntemos «por qué», ya que esta vez
somos nosotros quienes nos exponemos solicitando la herida que según sabemos ya, habrán de
inferimos. Es una insensatez continuar una amistad tan dolorosa. Sin duda, en una verdadera amistad
ambos amigos saben que ocasionalmente herirán al otro o bien serán heridos por éste. Pueden aceptar
este hecho no como una debilidad, sino como prueba de condición humana de ambos. No ven los
sentimientos heridos como pretexto para interrumpir una amistad sincera.
Las pérdidas más difíciles de soportar son las que no es posible reemplazar, pues sólo cabe aceptarlas.
La muerte de alguien amado resulta horrorosamente real, totalmente definitiva. Las palabras
conciliadoras que quisimos decir alguna vez no pueden ser ya dichas. Las reparaciones que
pensábamos hacer en nuestro amor no se materializarán nunca. Es demasiado tarde. Los únicos cam-
bios que pueden tener lugar ahora están dentro de nosotros mismos y en nuestra actitud.
Mucho de lo que sucede en el proceso del duelo tiene que ver con la aceptación de la pérdida y con la
comprensión de nuestro enojo por haber sido abandonadas y dejados solos. Existe asimismo, con
frecuencia, mucha culpa por haber sobrevivido al otro y recordar antiguos conflictos que no resueltos
entre la persona que vive el duelo y la persona amada perdida.
Cuando perdemos a alguien á quien amamos, tendemos a utilizar todos los mecanismos defensivos de
que disponemos. En general, al oír la noticia de la muerte de un ser querido, la primera reacción es
negar el hecho. El deudo suele repetir: «No, no, no,» como si se tratase de negar la realidad de la
pérdida. Los sentimientos de vacío y de aislamiento se hacen más profundos. La persona abrumada
por la pena trata de controlar sus sentimientos, de limitar la pérdida y de circunscribir el duelo. Puede
desear perder la razón o bien comportarse como si la hubiese perdido para obtener alivio a su pena.
En su mayoría los ofrecimientos simbólicos se efectúan antes, pero también después de sufrida la
pérdida: «Que me muera yo en lugar de él, o de ella», por ejemplo. Se proponen tratos y promesas de
reforma y purificación. Es inútil. El dolor se intensifica y el deudo se encuentra tratando de fingir que
esto no sucedió, o bien creyendo en la magia, siguiendo rituales ciegamente, haciendo cualquier cosa
para mantener viva la esperanza y alejado el dolor. Tales recursos son muy frágiles y la pérdida, con
toda su tristeza, comienza a hacerse sentir. Poco a poco se va agotando la energía, al serle quitada
parte de ese mundo propio que amó una vez.
Cada individuo debe resolver su duelo a su manera. Algunas pérdidas no se resuelven nunca y quien
las ha sufrido aprende a vivir con una sensación de estar incompleto y eternamente triste.
Habitualmente la herida de haber sido dejado solo, así como el enojo causado por esa herida,
encuentran poco a poco alguna expresión. A menudo se manifiesta contra alguien que no es quien ha
muerto, ya que enojarse con un muerto amado sólo aumenta los sentimientos de culpa, muy comunes
en el proceso del duelo. Por lo común, cuando el enojo contra el muerto es justificable, la culpa
pasará. A veces, cuando se pierde a alguien importante durante la infancia y más tarde en la vida, a
alguien más, el proceso del duelo se extiende. Estos individuos tienden a recurrir una vez más a sus
mecanismos defensivos de la infancia, en su mayor parte, de negación de la realidad, lo cual no
resulta eficaz. En otros casos se sumergen también en la pérdida sufrida durante la infancia, además
de la experimentada en el presente. Otros pasan la vida tratando de elaborar su culpa viviendo una
vida de autocastigo. Estos individuos necesitan dirigir su enojo hacia afuera para poder ser libres. La
pena que es inhibida por fin despoja de su propia vida a quien vive el duelo.
Además, sentir el dolor de la herida no es más que la prueba de nuestra vulnerabilidad de seres
humanos. La herida es la reafirmación de nuestra capacidad de establecer lazos de afecto, de com-
prometemos emocionalmente en el mundo y hallarle un sentido. La persona que vive una vida inmune
a las heridas vive una vida inmune a la dicha. No hay manera de evitar el dolor si aspiramos a estar
abiertos a la felicidad.
Cuando nos sentimos heridos, necesitamos preguntamos: «¿Qué he perdido?» ¿Sabíamos que era tan
importante para nosotros? Si no teníamos conciencia de que lo era, ¿por qué no teníamos tal
conciencia? No tener conciencia de nuestros compromisos emocionales significa ser peligrosamente
vulnerables, incapaces de adaptamos y protegemos como debemos. No todas las pérdidas permiten
que nos protejamos contra ellas, pero por lo menos, debemos tener una noción clara de lo que es
importante para nosotros. ¿De qué otro modo podemos tener una reacción apropiada, realista, al
hecho de perderlo?
También es importante saber cómo nosotros, como individuos, experimentamos la herida. Todo el
mundo tiene sus propias señales. Algunos sienten dolor de estómago. Otros viven la herida como
dolor en el pecho. Es posible tener una representación física de cualquier sentimiento. La tensión y la
ansiedad se viven en general como músculos que se ponen tensos en la región del cuello, así como en
otras regiones del cuerpo. El enojo provoca a menudo dolores de cabeza. La culpa y la depresión
afectan la parte inferior de la espalda. Por ello, cuando analicemos cualquier situación en nuestra vida
y abriguemos ciertos sentimientos frente a ella, analicemos asimismo nuestras reacciones físicas. Ello
nos permitirá familiarizamos con ellas y comprender el significado de nuestros propios síntomas
físicos. A menudo esta expresión física aparece mucho antes de que cobremos conciencia del
sentimiento que la provocó, como por ejemplo, la sensación de «cosquilleo» en el estómago antes de
que nos demos cuenta de que estamos ansiosos. Nunca nos será posible utilizar esta información
física con un máximo de beneficio hasta que hagamos el inventario de nuestros propios síntomas y
establezcamos su relación con nuestras emociones. Esto puede exigir algún tiempo, pero, una vez
adquirido este conocimiento significará un atajo en la búsqueda de soluciones que habrá merecido el
esfuerzo realizado.
Tal vez la pérdida más difícil de aceptar entre todas es la que nos obliga a mirar el interior de nosotros
mismos, para descubrir que tenemos deficiencias en aspectos que nunca hemos admitido ante nadie y
muy especialmente, ante nosotros mismos. Al mismo tiempo, no obstante, nos abre el camino para la
forma más importante de crecimiento que nos lleva hacia la realidad.
A riesgo de ser repetitivo, quisiera destacar lo dicho ya con anterioridad en este capítulo. ¿ Qué
debemos hacer cuando hemos sido heridos? Si alguien hiere nuestros sentimientos o nos causa dolor,
debemos expresar ese dolor a esa persona en forma tan directa y sincera como sea posible. La forma
más sencilla consiste en decir «Me heriste en mis sentimientos cuando hiciste tal o cual cosa. Este
procedimiento puede no producir indefectiblemente los resultados que buscamos, pero el hacer que la
otra persona sepa que nos ha herido es la mejor manera de establecer el equilibrio de nuestros propios
sentimientos. Sentimos heridos desgasta nuestras energías. Podemos compensar este desgaste
dirigiendo nuestros sentimientos negativos fuera de nosotros mismos, descargándonos
de los sentimientos heridos, o bien expresando en términos apropiados nuestro enojo frente a quien lo
provocó.
Dejemos que nuestra herida sea problema de la otra persona, si ella la provocó. La otra persona podrá
intentar señalamos de qué manera nosotros mismos nos pusimos en posición de ser heridos, o bien
evitar aceptar culpa alguna, utilizando otros argumentos. Por nuestra parte, no dejemos de hacer saber
,de nuestra herida a la persona que nos hirió. Ello no significa que no debamos escuchar las
explicaciones que nos dé, pero no debemos dejar que ellas se interpongan entre la expresión de
nuestro dolor y enojo. Analicemos, entonces, los juicios del otro en busca de elementos de verdad.
Tal vez nosotros lo indujimos a herimos. Si es así, es importante saberlo.
La importancia de tomar contacto con el dolor y el placer de la vida, con nuestros sentimientos y
experiencia en su existencia real, es lo que nos confiere libertad para hacer la más realista y positiva
adaptación posible al mundo. Nuestros sentimientos deben fluir naturalmente. Necesitamos resolver
problemas cuando se presentan en forma directa y sincera. Si no. logramos aprender algo acerca de
nosotros mismos cuando nos hieren, habremos perdido una oportunidad de crecer o de cambiar en
cuanto a nuestra manera de encarar el mundo, así como de verificar la validez de nuestras
expectativas. Las expectativas determinan de qué manera contemplamos por anticipado al mundo. Por
esta razón nuestras expectativas son fuentes potenciales de heridas.
Expectativas. La vida que está llena de ellas está también, por lo general llena de desilusiones.
Las vidas más llenas de desesperación son las vidas cuyas expectativas carecen en mayor grado de
realidad. Esperar que los demás sean siempre amables y actúen en beneficio de nuestros propios
intereses, aun a expensas de los de ellos, o suponer que otros quieren escuchar nuestra historia
melancólica o disfrutar de nuestra compañía cuando nos mostramos cargosos o cansadores, es otra
forma de decir que esperamos que los demás actúen en su propia vida conforme con nuestras propias
esperanzas en lugar de hacerlo sobre la base de su propia experiencia y sentimientos. El prójimo
tiende a cuidar sus propios intereses. Si creemos lo contrario, pecamos de poco realistas y nos co-
locamos sin necesidad en la posición de ser heridos. Los demás no están en este mundo para servimos
ni para compensar las pérdidas y malos negocios que puedan habemos afectado. Los otros están en el
mundo para hallar su propio camino lo mejor que puedan. Toda expectativa poco realista en cuanto a
su conducta tendrá como consecuencia que sientan que hacemos uso de ellos, o que los tratamos
como objetos carentes de sentimientos o de derechos propios.
En resumen, diré que perder algo importante hiere. Hiere más aún fingir que no es así. Esperar más de
lo que puede ofrecemos la realidad sólo nos coloca en posición para que se nos hiera intensamente y
sin necesidad.
CAPITULO 3
ANSIEDAD
La ansiedad es el temor de ser heridos o de perder algo. Sea el temor real
o imaginario, el sentimiento es el mismo. La ansiedad varía desde la leve
aprensión de quien prueba la temperatura del agua antes de nadar, hasta el
pánico rayano en el caos, de la persona totalmente incapaz de controlar sus
funciones corporales. Entre estos dos extremos se encuentran los
sentimientos de temor, miedo, irritabilidad, agitación, preocupación,
impotencia, inseguridad, tensión, nerviosidad, cobardía, terror, todos ellos,
grados diferentes de un sentimiento de incertidumbre en cuanto a la propia se-
guridad.
El temor, como todos los sentimientos, obedece a un fin importante, en este
caso, alertarnos para que nos defendamos. Por ello es que cuando tratamos
de fingir que no lo tenemos, rara vez somos beneficiados por tal actitud. El
temor nos protege y cuando lo ignoramos, lo hacemos por nuestra cuenta y
riesgo, ya sea llevados por un deseo de impresionar como fuertes o bien el
deseo de eludir la realidad de nuestros sentimientos. Cuando el temor nos
advierte sobre el peligro, está resumiendo toda la información que recibe me-
diante los cinco sentidos. El temor llama nuestra atención a una posible
amenaza a nuestro bienestar.
Cuando nos vemos expuestos a una amenaza el organismo reacciona
liberando poderosas hormonas estimulantes dentro de la corriente sanguínea.
Estas hormonas hacen latir el corazón con mayor fuerza y rapidez, además de
orientar la corriente de la sangre hacia el punto donde es más necesaria. En
un momento de esfuerzo el suministro sanguíneo disminuye, por lo general en
el abdomen y la piel y aumenta en los músculos. La mayoría de los síntomas
físicos de ansiedad, pies fríos, «cosquilleo» en el estómago, traspiración,
dilatación de las pupilas y palidez son causados por estas hormonas.
Estas hormonas del esfuerzo hacen «volar» a nuestra mente y adquirir una
conciencia más aguda de nuestro ambiente inmediato. Un exceso nos lleva a
una guardia constante, que a su vez tiende a inmovilizar. Los niños residentes
en ciudades bajo ataque aéreo durante una guerra, por ejemplo, se vuelven
tan defensivos frente a su estado de ansiedad crónica que parecen perder su
personalidad. La mayoría de nosotros no podemos sobrevivir a la ansiedad
crónica sin sufrir serias consecuencias.
La intensidad de la ansiedad depende a menudo de la severidad de la pérdida
inminente, de la cercanía de la amenaza, de la importancia de la pérdida para
el individuo y de la fuerza del individuo y de sus defensas.
¿De qué nos sentimos ansiosos la mayoría de nosotros? La respuesta en
términos generales sería de «perder la vida». Cualquier psicología que no
tenga en cuenta la importancia del instinto de sobrevivir tiene poco que ver
con la realidad. Pocos de nosotros podemos observar el instinto de la propia
conservación tal como actúa en la vida real, pero nos es posible, en cambio,
detectado o, por lo menos, responder a él con cierta facilidad en el mundo de
la fantasía. Por ejemplo, la gran historia y película de aventuras nos absorbe y
nos mantiene inmóviles en nuestros asientos mientras nos identificamos con
personajes ficticios amenazados por seres, espíritus, holocaustos, terremotos,
tiburones en apariencia invencibles. El grado en que nos envuelven estas
aventuras refleja nuestro instinto básico de sobrevivir. El sentimiento de asu-
mir un riesgo inminente y sobrevivir resulta vigorizante. Nos da un sentido de
la vida renovado.
Ello es, sin duda, la razón por la cual los deportes que encierran ciertos
riesgos son tan apasionantes.
En el mundo real la ansiedad es bien frecuente, pero los agresores
potenciales a nuestras vidas rara vez se presentan definidos con tanta
claridad. Es más probable que sean representados por la burocracia local que
nos exige que llenemos una cantidad de papeles sin sentido durante una
emergencia, haciéndonos perder el tiempo y provocándonos una tensión
innecesaria, o por un gobierno que gasta nuestro dinero en forma
irresponsable y nos amenaza con la cárcel cuando no pagamos nuestros
impuestos, o por la inflación, o la recesión con sus amenazas de desempleo.
Con frecuencia nos sentimos indefensos para encarar tales amenazas. El
agresor es, sencillamente, demasiado poderoso. A veces no estamos seguros,
siquiera, de dónde proviene la amenaza. El gobierno, la economía, son
amenazas gigantescas y abstractas, amenazas sin rostro y sin personalidad
que podamos afrontar.
Los productores de cine, novelistas y autores de guiones de televisión crean
aventuras en las cuales las amenazas, por lo menos, aparecen identificadas
como personajes reales a quienes es posible buscar, vencer o sobrevivir.
Nuestra ansiedad se despierta, vemos' al enemigo vencido y sentimos una
sensación de liberación de nuestra inquietud, una sensación de alivio.
Casi todos vivimos vidas en las cuales buena parte de la ansiedad que
experimentamos está fuera de nuestro control. Buscamos maneras de
expresar nuestro instinto de supervivencia o de poner fin a nuestro sentimiento
de impotencia. Nuestro instinto de supervivencia se despierta no
exclusivamente a raíz de una amenaza concreta de muerte, sino también de
un temor más general de morir. La mayoría de la gente teme la finalidad
horrible del hecho que los hundirá en la nada, en el no ser.
Cuando afrontamos la muerte inminente, como por ejemplo, si nos vemos en
el camino de un automóvil que ha perdido el control, los hechos de nuestra
vida se recuerdan en forma vívida. Este abrupto «playback» de hechos
pasados surge del aflojamiento súbito y sin discriminación de nuestras
defensas, lo cual nos permite ver nuestro mundo interior y también el exterior
con mayor claridad, tal como son. Las defensas son una táctica de
postergación que disminuyen la velocidad de las reacciones y nos protegen
contra daños emocionales potenciales.
Existe un momento para las defensas y un momento para sobrevivir.
Afortunadamente, bajo una tensión considerable, la decisión queda fuera de
nuestras manos. La supresión de las defensas se transforma en un acto
instintivo para sobrevivir. La mente se abre en busca de seguridad. Esta aper-
tura de último minuto de la conciencia ha sido observada asimismo en los
hospitales de enfermos mentales donde, en presencia de la muerte inminente,
algunos pacientes gravemente perturbados y mudos han comenzado de
pronto a hablar en términos emotivos de su propia vida. Es como si la
amenaza de muerte implicase tanto castigo, que no quedase ya nada que
reprimir para estos pacientes y por ello actuasen sin las restricciones que
dieron forma a su conducta durante tantos años.
Sólo en raras ocasiones nos, sentimos amenazados en nuestra supervivencia
inmediata. Tenemos poco sentido de la amenaza física que al ser superada
nos trae el consiguiente alivio. Nuestra era moderna nos ha privado,
probablemente de algo, al alejamos del contacto personal directo con los
elementos de la naturaleza. Nos encontramos en un circo artificial donde
nuestros adversarios son los patrones arbitrarios, los horarios exigentes, las
prácticas poco equitativas y la burocracia, todos los cuales crean sentimientos
de frustración y nos amenazan sin damos una 'oportunidad adecuada de
expresar nuestros sentimientos frente a la situación. Vivimos en una injusta
esclavitud emocional. Se nos ha obligado a despojamos de nuestro instinto
personal de sobrevivir, en nombre de algo llamado «seguridad a largo
término», sin que se nos hayan señalado de antemano las consecuencias.
Nunca imaginamos que en el curso de nuestra vida cotidiana y nuestra
experiencia de trabajo, nuestra mayor amenaza provendría de nuestros
protectores. Peor aún, parecemos disponer ya de pocos recursos para
combatir estas amenazas, por cuanto luchar contra el sistema nos parece una
tarea abrumadora. Puede que Don Quijote haya sabido bien lo que hacía
cuando eligió como adversarios a los molinos de viento.
Si tuviésemos que analizar el «sistema», comprobaríamos que la seguridad
que nos ofrece es ficticia. Depende de que el sistema funcione. Cuando
sobrevienen tiempos duros el sistema no funciona y puede ser difícil ver con
claridad la lealtad de la compañía frente a su personal, situación conducente a
provocar más ansiedad que seguridad. El mundo moderno nos lleva a muchos
a perder la razón.
La respuesta es que cada uno de nosotros, en el grado en que sea posible,
debemos asumir una vez más la tarea de nuestra propia supervivencia. Es
posible que no prosperemos tanto desde el punto de vista económico, pero si
logramos disminuir el nivel de nuestra ansiedad asumiendo un mayor control
de nuestro destino, habremos ganado mucho.
Cuando parece imposible manejar en forma directa la tensión de trabajar para
una gran compañía o de enfrentarse con la burocracia gubernamental, es
necesario encontrar otras salidas para resolver la tensión. Entre éstas puede
encontrarse el deporte que nos ofrece un desafío físico y emocional posible de
superar. Resulta altamente gratificante hacer frente a una montaña durante el
invierno y conquistar sus pendientes más empinadas. Quizá no hayamos
logrado vencer al patrón, ni tampoco hacer más justas las leyes impositivas,
pero habremos, en cambio, enfrentado con éxito un desafío concreto y
probado nuestra capacidad de «llegar». ¡Puede que el sistema no funcione ya,
pero nosotros, sí!
Es la civilización moderna misma que se encuentra en el fondo de buena parte
de nuestra ansiedad y tensión. La industrialización se ha desarrollado con
frecuencia a expensas del individuo. Las exigencias de la vida colectiva e
industrial dictaminan que suprimamos nuestro instinto de sobrevivir y suframos
en silencio las ansiedades derivadas de este género de vida, experiencia que
nos
desgasta, porque suprimir cualquier emoción requiere un gasto de energía.
Vivir en un mundo donde una compañía cualquiera afirma saber qué es mejor
para nosotros y pretende que sigamos ciegamente su política, implica colocar
la supervivencia de dicha compañía antes que la nuestra. Ninguna compañía u
organización que coloque su propia supervivencia por encima del bienestar de
cualquiera de sus miembros, considerados individualmente, puede actuar
conforme con las verdaderas necesidades de los mismos. Intuimos esto y nos
sentimos incómodos en nuestro trabajo, un poco utilizados, tal vez, un poco
como si fuésemos una cifra anónima. Muchas firmas de hoy están creando
productos en un extremo de la línea de producción y trabajadores
deshumanizados por el otro. Trabajar con máquinas sin rostro que ofrecen
para nosotros como único interés el de evitar que nuestras manos o nuestra
ropa queden atrapados en los engranajes resulta aburrido. La forma habitual
de defenderse contra esta monotonía consiste en bloqueada y retirarse hacia
un mundo interior. Este apartarse del mundo no hace más que intensificar el
sentimiento de tedio. La ansiedad y el aburrimiento tienden a ser
concomitantes, y a menudo dan lugar a trastornos como la depresión y el
alcoholismo.
Este sentimiento de impotencia en el mundo mecanizado mina poco a poco
nuestra capacidad de asumir el control de nuestra vida privada. Tendemos a
levantar un muro protector de tal magnitud contra nuestra ansiedad en el
trabajo que cuando volvemos a casa todavía nos acompañan estos muros
defensivos. Cuando buscamos la ternura y el amor que nos faltan en el
trabajo, solemos sentirnos defraudados, si, como ocurre a menudo,
imponemos exigencias poco realistas a quienes amamos, en el intento de
compensar nuestra infelicidad. Con frecuencia nuestra ansiedad cargada de
tensión nos dificulta la tarea de comprender que los familiares a quienes
recurrimos en casa también tienen sus necesidades. Al aumentar la tensión
del trabajo, aumenta también la solidez de nuestras defensas y disminuye la
riqueza de nuestra vida personal y familiar. A menudo no sabemos reconocer
lo que ha sucedido en realidad hasta que el daño está hecho. La intimidad de
la unidad familiar ha sido socavada. El marido se siente no realizado, la mujer
se siente mártir, los hijos se rebelan. Toleramos tal situación porque no
reconocemos o admitimos el problema. «Razonamos» que los tiempos no son
los mejores, que deberíamos estar agradecidos por el pan que llevamos a
nuestra mesa. Sin embargo, ¿qué empleo vale, en verdad, este tipo de
suicidio emocional? Es poco mejor y a veces, peor que la nada.
La única forma de reaccionar frente a una amenaza en cuanto la percibimos
es con un sentido de dirección. En general no nos conocemos tan bien como
para lograr comprender con exactitud qué tememos y, por lo tanto, no
podemos aliviar del todo nuestro sentimiento de ansiedad. Algunos de
nosotros llegamos al punto de ignorar que lo que sentimos es ansiedad.
¿Qué sentimos, exactamente, cuando estamos ansiosos? En primer lugar, nos
sentimos inseguros, agitados, inestables. Hay una sensación creciente de que
está por sucedemos algo malo, un sentido vago de pérdida inminente. Los
acontecimientos parecen estar fuera de nuestro control y producirse en
nuestro perjuicio.
¿Cómo manejar estos sentimientos? Antes de poder hacer nada frente a
nuestra ansiedad, debemos ser capaces de admitir que estamos ansiosos.
Esto puede no resultar tan sencillo como suena. Muchos individuos abrigan
nociones peculiares acerca de sus propios sentimientos. Consideran que
admitir que están asustados es admitir una debilidad. Niegan, entonces, su
ansiedad y tratan de fingir que no sucede nada. Cada vez que negamos
nuestra ansiedad minamos nuestra capacidad de defendemos contra lo que
nos amenaza. Decir que no estamos ansiosos equivale a decir que no existe
la amenaza. ¿Cómo explicar, entonces, nuestros sentimientos? ¿Y qué fin
tienen éstos?
Cuando nos sentimos ansiosos estamos percibiendo la amenaza, aun cuando
no tengamos conciencia de ello. No ignoremos nuestra ansiedad, pues ella
significa que algo que consideramos importante está bajo amenaza.
Cuando un individuo tiene un grave problema de percepción, suele
distorsionar la realidad que enfrenta. El mundo de la persona sorda o ciega se
diferencia mucho del mundo del resto de nosotros. Sin embargo, el mundo del
sordo o del ciego se diferencia menos del mundo de la persona que ve o que
oye, que del de una persona tan rígida en sus defensas que altera la realidad.
La persona ciega carece sólo de vista, pero no de perspectiva. La persona
sorda no percibe el sonido, pero no carece de comprensión. Estas personas
tienen sus maneras propias de percibir la realidad. Las personas con defectos
físicos cuentan con menor espacio para funcionar, con menor margen para co-
meter errores. La viveza y la facilidad con que responden a un sentimiento de
advertencia tal como la ansiedad da la medida de este hecho. Prestan mayor
atención a los sentidos que poseen y a los sentimientos derivados de éstos y
como resultado de tal actitud tienen mayor conciencia del mundo que los
rodea que el resto de nosotros.
Encender un fósforo en la habitación donde se encuentra un ciego con
frecuencia le provoca agitación y de inmediato busca el origen del humo. Este
aumento en su estado de alerta en el uso del olfato es una compensación de
su falta del sentido de la vista. No se trata tan sólo de que la persona
disminuida tiene mayor agudeza en los sentidos que posee. Los sentidos del
resto de nosotros se ven tan bombardeados por nuestro entorno que
tendemos a bloquear los estímulos que nos llegan y nos alertarían de ordinario
acerca de lo que nos amenaza.
Cada uno de nosotros necesita aumentar el nivel de su propia conciencia en
cuanto a sus propios sentimientos y percepciones. Esto no significa que, como
el ciego, debamos investigar cada rastro del humo, pero sin duda debemos
saber que el humo está allí, con el fin de estar preparados para reaccionar en
caso necesario. Cuando tratamos de bloquear lo que nos pone ansiosos, lo
que nos asusta, preparamos nuestro camino para mayores sufrimientos. Es
mejor hacer algo frente a los problemas mientras sean menores y sea posible
dominarlos. El constante bloqueo de las amenazas que se presentan a
nuestra conciencia consume una cantidad cada vez mayor de energía. En la
medida
en que tal gasto aumenta, termina por romper nuestras vallas defensivas y por
abrumamos.
Cuando existe una defensa entre nosotros y nuestra capacidad de percibir
nuestros verdaderos sentimientos, dicha defensa también se levanta entre
nosotros y nuestras mayores probabilidades de sobrevivir. Sentirse ansioso es
sentirse incómodo. Tiene que hacemos sentir incómodos. Si la ansiedad no
fuera incómoda, no haríamos nada por vencerla. La mejor manera de eliminar
un sentimiento de ansiedad reside en evitar la amenaza que la provocó, en
lugar de negar dicha amenaza o soslayada mediante mecanismos defensivos.
Cuando estamos en peligro, debemos saberlo. Cuando debemos apoyamos
en otra persona para que actúe según nuestros mejores intereses en el caso
de vemos amenazados, hay algo que marcha muy mal en nuestra vida. Pasar
la responsabilidad de nuestra propia seguridad a otra persona o bien a una
institución puede ser útil para acallar nuestros temores en forma
momentánea, pero en definitiva socava el proceso natural de la propia su-
pervivencia.
Los sentimientos de ansiedad y de temor pueden contribuir a reavivar
sentimientos infantiles de impotencia, pero admitir que sentimos temor no
significa que seamos niños. Cuando sentimos temor es natural desear que
alguien «más grande», más capaz y más fuerte, venga en nuestro auxilio.
Estas esperanzas infantiles tienden a disiparse, por lo general, con la
adquisión de experiencia como adultos. Cada día percibimos con mayor
claridad, si mantenemos los ojos bien abiertos, que la única persona con quien
podemos contar en verdad para obtener ayuda somos nosotros mismos.
La sociedad moderna nos transmite dos mensajes contradictorios. Debemos
depender de nosotros mismos, ser nosotros mismos, hacernos cargo de
nuestro propio destino y al mismo tiempo, conformamos, jugar el juego con el
resto, ser un «buen» ciudadano. A menudo se da al individualismo el nombre
de «excentricidad», tolerada tan sólo en teoría, en la práctica se requiere el
conformismo.
El cumplimiento de nuestros deberes para con la sociedad y la obtención de
las recompensas tradicionales puede, con harta frecuencia, no llenar nuestras
necesidades emocionales. Queremos algo más, pero no sabemos dónde
buscarlo. Lo que hallamos es un mar de ansiedad. Por temor, tendemos a
seguir el camino elegido por quienes afirman conocer el camino «correcto».
No cabe sorprenderse de que sintamos ansiedad durante buena parte del
tiempo. Comenzamos a perder la iniciativa, el sentido de nosotros mismos, el
de nuestras metas y objetivos en la vida.
Para muchos estos conceptos pueden parecer inconsistentes con las
realidades duras y prácticas de la vida. Debemos trabajar, debemos llevamos
bien y preocupamos de que puedan despedirnos de nuestro empleo. La
verdad es... sí, y no. Ese es el mensaje que estamos condicionados a aceptar,
pero no es necesariamente la realidad de nuestros mejores intereses o aun
supervivencia. Es el mensaje de otros, de una estructura con sus propios
intereses creados, no necesariamente idénticos o consistentes con los del
individuo en cuestión. Un hecho cierto en la vida es que muchos de nosotros
renunciamos o bien cedemos con demasiada facilidad, sin buscar, siquiera,
alternativas o someter a prueba su validez. Tenemos la incertidumbre de lo
novedoso. No quiero decir con esto que debamos renunciar al trabajo, la
familia y la sociedad para obedecer a alguna mística voz interior, sino que por
lo menos, debemos dar una oportunidad de expresión a lo mejor de nosotros
mismos. Tratemos de escuchamos, aceptemos nuestra responsabilidad en
cuanto a la solución de amenazas a nuestra vida y bienestar, por lo menos, en
la medida en que nos sea posible dentro de los recursos que llevamos dentro.
Tenemos con esto un principio para llegar a ser seres libres. ¿Acaso no es
esto algo a que todos debemos aspirar?
Aparte de la ansiedad creada simplemente por nuestra sociedad, cada
individuo necesita llegar a transar con las amenazas y temores de su propia
vida interior personal, basados ambos en prejuicios de su propia educación
(llamamos prejuicios a una serie organizada de sentimientos capaces de ser
desencadenados por algún estímulo exterior).Sea el objeto del prejuicio un
grupo, una idea o una actitud, el prejuicio se altera solamente mediante la
experiencia.
Cuando somos niños adquirimos nuestros prejuicios a causa del temor. Lo que
comienza como el temor a un objeto, situación o persona de terminados,
tiende a volverse generalizado. El temor frente a un lugar oscuro, por ejemplo,
se transforma en temor a la oscuridad. Nuestros prejuicios son como
reservorios de sentimientos negativos y se interponen en el camino de la
búsqueda de la verdad. Tememos al extraño sólo en parte porque puede
causamos daño, pero más aún porque no participa' de nuestra percepción
particular de la verdad. Lo que dice acerca de nosotros deriva de lo que él
percibe en nosotros. Tendemos a temer al extraño porque es capaz de ver
nuestra imperfección y porque puede dañamos al revelar la verdad sobre
nosotros mismos.
Cada uno se siente vulnerable de manera diferente. Cuando conocemos
nuestra propia vulnerabilidad, sabemos mucho acerca de nosotros mismos.
Como hemos visto ya, todo el mundo es vulnerable a la pérdida de un ser
querido, a la pérdida del control, a la pérdida de la autoestima. Cada uno de
estos tipos de pérdida crea la correspondiente categoría de ansiedad. Ciertas
personas están tan sensibilizadas por la experiencia particular de su propia
vida que una de las categorías mencionadas toma precedencia sobre las otras
y tiñe su forma de ver el mundo.
La gente que tiende a depender de otros es especialmente vulnerable a la
pérdida del amor, sea porque durante la infancia experimentó una pérdida de
este género, o bien porque vivió con la amenaza de la separación o el
rechazo. Estos individuos viven su vida sintiendo una pérdida aun antes de
haber perdido nada. Pueden llegar a precipitar una pérdida potencial con el
exclusivo fin de desprenderse de su ansiedad. A menudo crean un sentimiento
de impotencia en otras personas, quienes sienten enojo contra ellas por
haberlos hecho sentir así y las rechazan, con lo cual se produce una nueva
pérdida. A causa de que la gente con poca independencia tiende a actuar en
forma
regresiva e infantil cuando se ve amenazada, muy poco de lo que hace parece
ser eficaz para prevenir
las pérdidas que temen. Su poca disposición a asumir responsabilidad frente a
su propia vida solo aumenta su dolor y aleja más todavía a las personas cuyo
amor y afecto temen perder.
Los individuos con poca independencia ven el mundo en el marco del
rechazo o de la pérdida y hallan, seguramente, en todas partes, pruebas de
que tal pérdida es inminente. Tomemos el caso, por ejemplo, de la mujer tan
lastimada por pérdidas y separaciones sufridas durante su infancia, que veía
las pérdidas entretejidas en la textura de su vida con mucha mayor claridad
que su vida misma. Una tarde, al salir furiosa de la casa de su nuera después
de haber reñido con ella, comenzó a sentirse ella misma abandonada, a raíz
del hecho de haber partido por su iniciativa. Condujo su automóvil por la
autorruta, siguiendo otro automóvil. Recorridos unos cuantos kilómetros co-
menzó a sentir un extraño afecto hacia este automóvil, pues en su
imaginación, lo veía como indicándole el camino hacia su casa. Estaba cui-
dándola. Cuanto más se alejaba de la casa de su nuera, con tanta más
intensidad volvían antiguos sentimientos de abandono vividos durante su in-
fancia. Al cabo de un rato el automóvil que iba siguiendo salió de la carretera y
ella quedó reducida a las lágrimas, sintiéndose abandonada por el mundo e
incapaz, tanto en sentido figurado como literal, de encontrar el camino a su
propia casa.
La experiencia de esta mujer es típica de las formas en que los incidentes
registrados en el presente pueden dar salida a dolores no resueltos de nuestro
pasado y hacer del mundo una pantalla sobre la cual proyectamos nuestras
heridas.
El siguiente tipo de pérdida que provoca ansiedad es la pérdida del control.
Se trate de poder, dinero, posición, influencia o título lo que valoremos más
que nada, pocos de nosotros nos sentimos tan desgraciados ni tan
desesperados como la gente que «controla» y siente que está por perder
dicho control.
Los individuos que más temen perder el control son los que hacen especial
hincapié en poseerlo todo el tiempo. Viven conforme a reglas. Se sienten más
cómodos cuando conocen los límites precisos de una situación dada. Se
aflojan solamente cuando están seguros de comprender cómo se integra todo.
Aun entonces suelen estar alertas a cosas que podrían marchar mal e
inventan procedimientos adicionales para asegurarse que lo que no, ha
marchado mal hasta entonces no marche mal en el futuro. Cuando, en efecto,
las cosas amenazan salir de control, tienden a envolverse más y más en las
reglas y detalles del sistema y comienzan a verlos como dotados de una
calidad permanente y aun religiosa. Les confieren entonces atributos rituales o
mágicos en su esfuerzo por exorcizar su propia ansiedad. Pensemos en la
persona que revisa su lista de compras por hileras que corresponden a los
pasillos que ofrecen la mercadería en el supermercado, que mantiene su casa
impecable, que paga sus facturas a vuelta de correo, cuya libreta de cheques
está correcta hasta el último centavo, cuyo calendario está planeado con
meses de anticipación, con lo cual consigue incluir
aun el futuro dentro de su propio control. ¿Controla todo, en realidad, esta
persona?
De hecho, en el caso de estas personas que tienden a controlar todo, el
orden y la rutina parecen tener mayor importancia que los sentimientos. Por
ser la pérdida de control tan alarmante para ellas, intentan controlar las piezas
de su mundo en forma cada vez más minuciosamente detallada, realizando
siempre listas más largas y precisas, limpiando cada vez con más empeño su
casa o su lugar de trabajo. Más beneficioso para ellas sería admitir que se
sienten heridas y ansiosas y comprender que es esto lo que las hace sentirse
fuera de control. Cuando experimentamos un sentimiento sin ocultarlo, se
disipa más pronto y nos agota mucho menos.
La pérdida de la estima también provoca ansiedad. Puede manifestarse
como temor al fracaso, temor a ser descubierto como un individuo sin valor
alguno o como temor al ridículo. Quienes viven en el temor de ser
avergonzados a menudo tratan de ocultar sus verdaderos sentimientos.
Pueden fingir que sus sentimientos son poco importantes, o que la prueba a
que fue sometido su propio valor no tenía trascendencia, como por ejemplo, el
estudiante que pasa por la escuela aprobando apenas sus materias, por temor
a correr e. riesgo de hacer el esfuerzo y no salir el mejor. Siempre puede
repetirse: «Si en realidad hubiese estudiado, habría sido el mejor de la clase.»
Puede llegar a creerlo.
Estos individuos son a menudo competitivos y al mismo tiempo, están
inseguros de su propio valor. Se sienten ansiosos no solamente cuando los
critican sino además cuando otras personas los superan. Rara vez actúan
como ellos mismos, sino de tal manera que a su juicio parezcan de mayor
valor ante los otros. Rara vez hacen un esfuerzo honrado por triunfar, sino que
limitan dicho esfuerzo a dar tan sólo la impresión de éxito. Es un hecho irónico
que el esfuerzo necesario para lograr el éxito sea sólo un poco mayor que e
requerido para salvar el prestigio.
No es posible alcanzar el verdadero éxito hasta que estemos dispuestos a
ser juzgados en cuanto a nuestro rendimiento. Al negarse a ser objeto de este
juicio, el individuo que se preocupa en exceso por la estima que merece, elude
hacer el, esfuerzo máximo con el fin de protegerse su frágil imagen propia. En
realidad no está seguro de que podría ser el primero y como no sabe en qué
medida podría rendir, teme determinarlo.
Estos tres problemas de pérdida, como orígenes de ansiedad, reflejan
etapas del crecimiento que toaos hemos vivido. En la medida en que estos
problemas del pasado continúan irresueltos, seguimos vulnerables a
situaciones semejantes en el presente. Y también en cierta medida los tres
problemas, el de perder el amor, el controlo la estima, son capaces de
desencadenar sentimientos de ansiedad en cada uno de nosotros.
La cuestión en este punto es: ¿Cómo procedemos a manejar nuestra
ansiedad? Puesto que la ansiedad es una advertencia, resulta esencial que
comprendamos en primer término qué peligros nos señala y sacar de ella
información útil.
A veces es sumamente difícil determinar si la causa de la alarma está en el
presente o bien en el pasado. La señora que se apegó al automóvil
sencillamente no era capaz de hacer tal distinción.
Cuando era niña su madre se habia ido con un hombre. No pudo hacer frente
a la pérdida y optó por negarla. Actuó como si no hubiera sucedido.
Ante los demás, apenas daba la impresión de extrañar a su madre. El precio
que pagó por ello fue vivir una vida en la cual cualquier cosa que pudiese
recordarle el haber perdido a su madre reactivaba los sentimientos originales
de pérdida. Al eludir el dolor por la pérdida original cada nueva pérdida
importante o pequeña, desencadenaba en forma simbólica la antigua.
Al manejar una ansiedad proveniente de una pérdida presumiblemente
demasiado terrible para reconocer y afrontar, esta mujer fue inducida a pasar
revista a los puntos fuertes de su personalidad. Revisó completamente su vida
y comprobó que en muchos aspectos era capaz de manejarla adecua-
damente.
Llegó a comprender que el impacto de la pérdida original dependía en su
intensidad de su falta de defensa que por ser una niña. Con el tiempo
comenzó a reconstruir su propia imagen. Vista desde esta nueva perspectiva,
su vida ofrecía indicios de que podría soportar en este punto la pérdida de la
madre ocurrida durante su infancia. Se permitió a sí misma vivir un duelo que
era irremediable, y aceptó el hecho de que estaba fuera de control. En el
proceso se liberaron sus sentimientos y quedaron así disponibles para una
nueva inversión en el presente. Todo esto llevó tiempo y la mujer sigue siendo
muy sensible a la pérdida. Lo será siempre. Por lo menos ha dejado ahora de
estar cautiva de su propia ansiedad. Ya no esgrime sus pérdidas por
anticipado. Es capaz de disfrutar de la vida, porque ésta no está ya
automáticamente contaminada por el pasado.
El manejo de la ansiedad en el plano primordial del presente resulta menos
difícil. Cuando nos sentimos ansiosos por razones que no nos resultan claras,
o cuando una situación que tendría que hacemos felices sólo nos hace
sentimos amenazados, cabe detenerse a pensar. El primer paso para llegar al
control de situaciones de ansiedad es: «¿Qué es lo que tanto temo perder?»
Formular esta pregunta nos coloca a veces a una distancia suficiente del
problema como para encarar su solución. La pregunta comienza a esbozar la
respuesta. La empleada de oficina temerosa de pedir un aumento, el inquilino
temeroso de provocar la ira de su vecino, cuya radio estruendosa lo ensordece
todas las noches, el muchacho temeroso de invitar a una chica a salir... o el
caso opuesto en estos tiempos de cambio... todos ellos pueden estar presa de
una ansiedad general, sin saber el motivo de ella hasta que se detienen a
pensar y se preguntan. «¿Qué tengo miedo de perder?» Como respuesta
pueden surgir, respectivamente, las siguientes: mi empleo, una «amistad», mi
masculinidad, mi feminidad.
Casi todos debemos afrontar la ansiedad a diario a través de nuestra vida.
Los abogados sienten ansiedad cuando tienen que actuar en el juzgado. Los
contadores la sienten poco antes de una auditoría. Los profesores se ponen
tensos antes de pronunciar una conferencia, los estudiantes, antes de un
examen. Las dueñas de casa sienten aprensión antes de dar una fiesta, los
directores teatrales, minutos antes del estreno. La de ellos es una ansiedad
preparatoria, el temor de ser un fracaso, de quedar desprestigiados. Esta
ansiedad en cantidades moderadas, nos ayuda a cargarnos de energía que
nos permita realizar nuestro máximo esfuerzo. Es comun a toda persona que
participa activamente en algo. Sin embargo, suele suceder que el nivel de
ansiedad que acompaña la producción es tan elevado que impide a quien la
sufre emprender, siquiera, dicho esfuerzo. El llamado susto del actor en grado
moderado, en cambio, no es una enfermedad y sólo cuando llega a impedirle
trabajar es necesario tratado.
Algunas personas, no obstante, viven toda su vida como si estuviesen por
ofrecer una producción tras otra durante todas las horas del día. Temen que
todos cuantos las ven los juzguen. Por no haberse aceptado a sí mismas se
preocupan por la posibilidad de que nadie los acepte. Temen la confirmación
de que no valen nada. Viven un hecho poco satisfactorio tras otro y
preguntándose quién será el próximo en descubrirlos.
La ansiedad crónica es difícil de manejar y dolorosa de soportar. La
persona que la sufre siente sin cesar que está por sufrir una gran pérdida. Uti-
liza la mayor parte de su energía en el esfuerzo de controlar su ansiedad.
Como consecuencia, aun el grado mínimo de tensión no tarda en neutralizar
en forma total su capacidad de manejar la situación. Al tener que desplegar
sus defensas sobre un sector demasiado extenso, para cubrir el mayor
número posible de amenazas, su ansiedad comienza a filtrarse por todas
partes. Las defensas se hacen inútiles. En realidad, se enreda tanto en el
manejo de sus propias defensas, que le queda muy poca energía para vivir.
El manejo de una ansiedad tan grave como ésta puede requerir apoyo
profesional, incluida la medicación contra la ansiedad, para que el paciente
pueda recobrar parte de la energía que ha estado usando en sus defensas y
aplicada a la solución de sus problemas. Es difícil que la terapia tenga éxito, a
menos que se logre reducir la ansiedad a niveles manejables. No hay nada
como sentirse mejor para mejorar. La ansiedad crónica se agrava con las
tensiones de la vida cotidiana: el tránsito, las compras, los medios de
comunicación masiva, las exigencias de una familia, las relaciones personales,
para no mencionar la economía, las perspectivas inciertas del mundo, los
recursos agotables, el envejecimiento y la enfermedad.
Muchas personas sufren ansiedad sin darse cuenta de ello, porque sus
defensas contra esa ansiedad les impiden advertir que la tienen. La actitud
defensiva del neoyorquino medio es un buen ejemplo. Los habitantes de
Nueva York tienen que hacer ojos y oídos sordos a muchas cosas todos los
días sólo para poder digerir el desayuno. Nuestra sociedad nos convierte en
lisiados emocionales cuando como individuos no podemos hacer frente a la
falta de objetivos bien definidos y a las recompensas que tienen poco
significado real. Todavía nos es necesario contar con algún espacio, tiempo,
soledad y paz, aunque sea por unos pocos minutos cada día. Necesitamos
tener oportunidad de tomar contacto con nosotros mismos, de escuchar
nuestros propios pensamientos, de prestar atención a nuestros sentimientos.
Aun cuando parezca imposible a veces, la mejor manera de manejar la
ansiedad es evitar las situaciones innecesariamente amenazadoras y em-
prender la tarea de hacer de nosotros mismos las personas más completas y
fuertes que nos sea dado ser. Para logrado debemos aceptamos, asumir la
responsabilidad de nuestra propia vida, asegurar nos de que vamos en la
dirección correcta para nosotros. Es una empresa difícil. Para ser uno mismo,
no es necesario estar enteramente libres de ansiedad pero por lo menos
debemos saber qué tememos y sentimos libres de cambiar lo que nos
amenaza.
La persona libre acepta la responsabilidad tanto para lo bueno como para lo
malo que hay en su vida. Tiene conciencia de su propia vulnerabilidad y en
lugar de ocultada, la utiliza. Se permite a sí mismo estar abierto al dolor
existente en su mundo. A través de esa ventana especial ve con mayor
claridad, porque siente más. La persona libre no pierde el tiempo y las
energías dejándose envolver en cosas que no es posible cambiar, sino que
concentra su esfuerzo en las áreas que es capaz de afectar. No deja que el
mundo «le llegue». Simplemente define sus metas y trabaja con honradez.
Uno de los objetivos más importantes es llegar a familiarizarse con uno mismo
de una manera positiva. Llegar a este punto requiere la aceptación de las
propias limitaciones. Debemos comprender que por mal que nos hayan
tratado, cualesquiera sean las circunstancias de nuestra vida personal, por
mucho que nos hayan abandonado o rechazado con crueldad, o cualquiera
sea nuestra situación en la vida en este momento, siempre estamos a cargo
de nuestra propia vida y tenemos la responsabilidad básica de realizar al
máximo nuestros dones y aptitudes. Cabe esperar con fe que los desengaños
y rechazos que experimentamos sean contemplados algún día como pruebas
superadas. Si como individuos nos hemos formado en una situación de
dependencia, nuestro punto de vista no tiene por qué ser invariablemente el
del desengaño y dolor por las pérdidas sufridas.
Nuestra propia sensibilidad individual frente a esa situación de dependencia
puede permitimos llegar a ser individuos con extraordinarias cualidades de
ternura y-comprensión que nos permiten identificarnos con quienes no han
superado aún sus propios lazos de dependencia y prestarles nuestra ayuda.
Una vez que una persona logra vencer sus propios problemas de
dependencia, adquiere la libertad necesaria para dar, sostener, estimular y
apoyar, es decir, para hacer todo aquello que es la antítesis de agotar a otros.
La ansiedad sentida al temer pérdidas relacionadas con su dependencia
desaparecerá en forma gradual a medida que comience a verse como persona
fuerte.
De la misma manera los individuos dominantes, una vez que aprenden a
vencer su actitud defensiva, tienen mucho que dar. Estos individuos tienen
particular comprensión frente a la soledad y el aislamiento. Las personas que
han aprendido a superar su necesidad de ser quienes controlan situaciones
todo el tiempo pueden ser muy útiles para los demás cuando les enseñan a
organizarse y a movilizarse en dirección a un objetivo lleno de satisfacciones
personales.
Los individuos, por último, que han sufrido ansiedad referente a su
autoestima pueden aprender a ser menos egocéntricos y a preocuparse más
por el trabajo que realizan que por la impresión que hacen a los demás.
Pueden, asimismo, aprender a respetar lo que hacen por su valor mismo, en
lugar de preocuparse en forma constante sobre si son o no merecedores de
estima desde el punto
de vista de los demás.
Así pues, cuando las debilidades se convierten en fuerzas, nos
transformamos también, de miembros dependientes de la sociedad,
dominantes o ansiosos de lograr la estima ajena, en educadores,
dirigentes y realizadores. Como tales tenemos, sin duda mucho que dar y
enseñar al resto. Si bien la ansiedad involucra la amenaza de
pérdida o daño inminentes, no disminuye la validez de los aspectos
decididamente reales o positivos de su otra función, la de alertar y formar el yo
en la medida de su máximo potencial. Es posible lograrlo aceptando las
heridas que ha sufrido cada uno de nosotros, dando por terminado nuestro
dolor, aprendiendo las lecciones dejadas por nuestras experiencias del
pasado, y transformándonos, mediante un crecimiento ininterrumpido, en la
mejor persona posible que seamos capaces de rescatar de nuestro pasado y
de crear mediante nuestras acciones del presente.
Cada uno es el arquitecto de su propio futuro. Si hacemos uso de nuestros
mejores materiales de construcción personal, nada tenemos que temer. El
solo hecho de encontramos en el camino hacia el descubrimiento de lo mejor
de nosotros mismos disminuye la ansiedad. El resto requiere trabajo y tiempo.
Cada individuo se mueve según su propio paso y a su propio modo.
Nadie puede creamos la propia vida. Nadie tiene por qué hacerlo. Otros
pueden señalamos el camino, ayudamos a definir nuestras metas; pero el
trabajo, la carga, la responsabilidad y por lo tanto, la alegría, nos pertenecen
exclusivamente.
CAPITULO 4
LA RABIA
La rabia es el sentimiento de estar irritados, frustrados, enojados, contrariados,
fastidiados, furiosos, iracundos, «ardiendo».
Nos enojamos cuando nos han herido y por ello todos abrigamos sentimientos de
enojo o rabia de vez en cuando. Cuando alguien nos dice que nunca se enoja, nos está
diciendo, en realidad, que no reconoce su rabia, o bien la oculta porque teme lo que
pueda revelar acerca de él mismo.
No es necesario que estemos ardiendo de rabia para llenar las condiciones que nos
califican como enojados. De hecho, la mayor parte de la rabia que sentimos todos no es
violenta ni difícil de controlar. Se trata, más bien, de irritación o fastidio, la respuesta
habitual a los desengaños de todos los días. La rabia, como la ansiedad, es sólo una de-
nominación general para toda una gama de sentimientos, todos los cuales tienen en
común el ser reacciones a la herida o a la pérdida.
¿Cómo surge la rabia como consecuencia de haber sido heridos? Toda herida
emocional agota nuestra energía al crear un sentimiento negativo que debe ser resuelto
de algún modo. La reacción natural es la de desviar ese sentimiento negativo fuera de
nosotros y hacia lo que sea que nos provocó el dolor. Ésta es la forma más eficaz de
manejar la rabia, pero no resulta tan sencilla como suena, porque la causa de la herida
no siempre es claramente identificable. He aquí un ejemplo que ilustra esto. La rabia de
una reacción de pesar.
Al perro de un, niño de diez años lo mata un automóvil. Él siente una gran pérdida.
El perro fue su compañero, constante. El niño no puede creer que su perro haya muerto
realmente. Le duele demasiado aun llorar a su animalito, pues el dolor de la pérdida es
tan grande que no puede expresarla, ni siquiera en parte, en forma directa. No puede
trabajar en la escuela ni concentrarse en nada importante. Se sienta en su cuarto y
contempla el televisor sin disfrutar de la audición. Toda su energía parece haberse
agotado en el esfuerzo de manejar su dolor. La parte de sí mismo que se identificaba
con el perro ha dejado de existir y él extraña profundamente esa parte. Siente rabia de
que el perro haya muerto. ¿Pero contra quién debería sentir rabia por la muerte- de su
perro?
Al cabo de unas semanas el niño comienza a hablar con ira sobre el conductor del
automóvil. Tendría que haber tenido más cuidado, conducía con demasiada velocidad
y, en una oportunidad, llega a acusar al conductor de haber tratado de atropellar al
perro. Comienza a soñar que vio el automóvil que mató a su perro estrellándose contra
una pared. Después de un tiempo recuerda que su perro siempre corría detrás de los
automóviles y que nunca consiguió quitarle esta costumbre. Se siente enojado consigo
mismo por haber fracasado como adiestrador e irritado con sus padres porque no le
ofrecieron ayuda para enseñar mejor al animal. Después empieza a dirigir sus
sentimientos contra el perro por haber sido tan tonto de correr detrás de los
automóviles. Poco a poco, la rabia del niño se libera y su energía para -realizar otras
actividades reaparece lentamente. Vuelve a ser capaz de concentrarse en la escuela y de
reanudar la vida de siempre.
La expresión de la rabia contra la herida que la provocó da lugar a que la herida
emocional cicatrice. En este caso fue natural que el chico buscase objetos contra los
cuales le fuera posible expresar rabia: primero contra el conductor del automóvil,
después, contra el automóvil y aun, un poco, contra sí mismo. Buena parte de la rabia
tenía cierta calidad que podría expresarse como «si sólo hubiese actuado bien no habría
perdido mi perro». A continuación desplazó la culpa de sí mismo a sus padres y por
fin, muy diluida por el tiempo, la rabia pasó al perro. Una vez dirigido este enojo
contra todos los blancos posibles, cayó por fin en el correcto, el pobre perro mismo,
con lo cual la herida del niño comenzó a cerrarse.
Para que una pérdida se supere y cure de la manera mejor y más completa posible, la
rabia que provoca debe contar con total libertad de expresión. El primer paso para la
reparación de una herida es hacerla conocer mediante el enojo. El segundo consiste en
dirigir ese enojo contra un blanco apropiado. Expresar enojo o rabia es una respuesta
natural y saludable, necesaria para mantener el equilibrio de nuestras emociones.
Esto no quiere decir que la rabia sea un sentimiento agradable. En ella está involucrado
un gran volumen de tensión, cuando aumenta nuestra presión sanguínea y se acelera el
ritmo cardíaco. No obstante ello, si la persona enojada es capaz de liberar la tensión
emocional y física que ha acumulado en su interior, al final se sentirá mejor. La
dificultad se produce cuando no es posible llegar al origen de la herida para enojarse
con él, o bien cuando enojarse con él crea tanto dolor inaceptable que el enojo o rabia
se bloquean y los sentimientos de rabia crecen en nuestro interior.
Algunos individuos consideran que no está bien sentir rabia y se niegan a admitir que
sufren aun el más leve fastidio. A otros no les gusta enojarse porque es desagradable.
Algunos creen, erróneamente, que la .rabia se irá sola, si no le prestan atención, o bien
temen que si se enojan perderán el control, harán una escena, pasarán vergüenza, o bien
herirán a otros. Cualesquiera sean las razones que da una persona por no mostrar enojo
no hacen más que engañarse. Nunca se justifica enterrar el propio enojo.
Refrenado no hace más que intensificar la herida que lo causó. Las defensas que
impiden que la rabia fluya naturalmente hacia afuera pasan a canalizada hacia dentro y
la dirigen contra uno mismo. Alguien siempre paga por esa rabia. Mucho mejor es que
ese alguien sea quien causó el dolor que la persona que fue objeto de él. Cuando se
contiene la rabia, el único individuo castigado es uno mismo. ¿Cuánta rabia es
necesario expresar para neutralizar una herida? Varía de una persona a otra. A algunos
les basta mencionar la herida a la persona que la causó para que se les pase la rabia en
forma definitiva. Otros tienen tanta rabia contenida, que se enfurecen cuando llaman
por teléfono y les dan un número equivocado. Sin duda, nunca es posible contar con un
equilibrio perfecto entre la herida y la rabia. Ello significaría que una pérdida
determinada puede cancelarse mediante un sentimiento en particular. Por muy enojada
que haya estado el chico cuyo perro murió, por ejemplo su herida nunca se curaría
completamente. Por mucha que 1e fuera su rabia, ella no podría devolverle el perro.
Por otra parte, no haber mostrado rabia por la pérdida habría sido equivalente a negar
que ésta había ocurrido y en el mismo proceso, negar los propios sentimientos. Permitir
que fluya el enojo limpia la herida emocional e inicia la curación.
Algunas personas temen admitir que están doloridas porque no quieren aparecer como
débiles. Por una circunstancia irónica, este dolor y esta rabia no expresados minan sus
fuerzas y sólo hacen que se sientan menos fuertes, menos capaces de aceptar heridas
futuras, y con ello establecen un círculo vicioso que por fin les oculta toda realidad.
Si bien mostrar el enojo es necesario para equilibrar el dolor, a veces resulta difícil
establecer qué es lo «apropiado». Por ejemplo, ¿cómo expresar en forma apropiada la
rabia frente a un ser querido que acaba de morir de una enfermedad larga y dolorosa?
¿Es apropiado clamar contra el cielo por haber hecho a la persona amada de tan frágil
sustancia? ¿Es apropiado maldecir al muerto por sus fallas físicas o su negligencia al
no haber consultado antes a los médicos? Estos sentimientos de rabia, aunque sean
justificados, son difíciles de admitir cuando la persona que los ha provocado está
muerta. Nos sentimos culpables al sentir rabia Contra alguien que ha pagado ya el más
alto precio. A pesar de ello, a menudo estamos enojados con la persona amada que
murió y nos dejó, por irracional o inapropiado que parezca. Entonces, ¿ cómo expresar
nuestra rabia ante semejante pérdida?
Una mujer mayor, viuda de poco tiempo, buscaba ayuda para su implacable dolor.
Cuando hablaba de su difunto marido se quejaba de que le ardían los ojos. Su marido
había sido un hombre más bien sumiso y simple, quien, a pesar de haber hecho siempre
todo lo que pudo, apenas logró proporcionarle las comodidades básicas. La mujer
apretaba los puños al hablar de su desesperado esfuerzo por manejar el pequeño
departamento en un complejo habitacional en pleno deterioro. Haber mostrado rabia
contra su marido muerto habría intensificado su tristeza al aumentar su culpa. Como lo
había amado de verdad y su memoria era una de las cosas que ella valoraba, mostrar
rabia contra él habría sido mi riesgo demasiado grande. Por eso, elegía como blancos
más inofensivos de su enojo algunas de las organizaciones oficiales, como la
administración de Veteranos de Guerra que no le enviaba una pensión suficiente, y
otras personas con quienes tenía contacto en su vida diaria, la secretaria del Centro de
Salud, por su falta de cortesía; sus hijos, por su falta de cariño. Tal vez estos ataques no
siempre fuesen justificados, pero con el tiempo, la rabia contra su marido por haber
muerto se dispersó entre varios objetos, ninguno de los cuales advirtió nunca, en
apariencia, la rabia adicional que les dirigían. De ese modo el pesar de la mujer
comenzó a disiparse poco a poco.
Este proceso de liberar el enojo dirigiéndolo hacia afuera en forma apropiada es el
centro de todo el problema de la herida y la rabia. Cuando no se expresa la rabia, sino
que en forma defensiva se la encierra en el interior, comienza a destruir a la persona en
quien habita, provocando la erosión de todo lo que es grato a esa persona. Es un hecho,
sin embargo, que muchos individuos dan la impresión de estar siempre enojados a
pesar de ello, irritables y susceptibles. ¿Por qué no se sienten equilibrados y felices?
Después de todo, nunca dejan de dar expresión a sus sentimientos de rabia.
¿O será así? El hecho de que una persona actúe como si estuviera enojada no significa
que está resolviendo su dolor de tal manera que le sea posible encararlo concretamente.
La gente crónicamente enojada suele sentirse defraudada por la vida y culpa a terceros
por sus problemas. Rara vez reciben lo que creen merecer. No advierten que pocas
personas en la vida obtienen mucho sin luchar por obtenerlo. Admitirlo, sin embargo,
exigiría que la persona aceptas e parte de la culpa por su propio fracaso. En general,
esto alarma muchísimo, porque abre ciertos diques de contención: «Si tengo la culpa de
algunos de mis fracasos, quizá tengo la culpa de todos.» Contemplar esta posibilidad es
demasiado deprimente y sobrecogedor. Más fácil es protegerse contra cualquier
iniciativa de culpamos nosotros mismos y dirigir el propio enojo hacia afuera, enojo
que se convierte en un mecanismo de defensa y aun en , un estilo de vida.
Cualquier ofensa pasajera aumenta la reserva de dolor. La rabia se descarga sin cesar -
sin blanco definido- sin llegar a entrar en contacto real con el punto de origen de la
herida. La frustración, la confusión y una amargura que aumenta en forma casi vertical
son la consecuencia: el buscar una meta que no podemos localizar o que se niega a ser
localizada.
La expresión adecuada y directa del enojo, por otro lado es parte necesaria de una vida
emocional sana. No debemos lamentar nuestros sentimientos de rabia. Todos nos
enojamos cuando nos lastiman. Las únicas personas que no se sienten doloridas y por
lo tanto, no se enojan, son las que afirman no tener puntos vulnerables. La gente sin
puntos vulnerables, en fin, carece de sensibilidad. Tampoco es capaz de responder a los
sentimientos de otro ser humano, de compartidos o de llegar a una relación de
intimidad con él, porque no tiene acceso a sus propios sentimientos.
A veces, cuando una herida es relativamente leve, podemos enterrada en lugar de
expresada en forma de enojo. Esto puede convertirse en una mala costumbre, ya que
muchas pequeñas heridas mudas pueden sumarse para constituir una gran rabia.
Cuando ocurre esto no hay causa aislada del dolor que parezca de importancia
suficiente como para justificar que nos sintamos enojados. Dejar escapar la rabia frente
a cualquiera de esas heridas menores resultaría en apariencia poco apropiado, y por ello
se la contiene, lo cual señala el camino hacia el desastre.
Cuando permitimos que los sentimientos de rabia fluyan con naturalidad, cualquiera
sea el punto a donde se dirigen, dentro de lo adecuado, ¿qué sucede? La respuesta varía
para cada individuo, porque cada individuo tiene su propio estilo y personalidad y, por
lo tanto, siente cada herida de manera distinta y conforme con su propia personalidad.
Fundamentalmente, una vez que el problema es encarado en forma abierta y con
sinceridad y el enojo ha salido de nosotros, queda afuera. Es como si la pizarra
estuviese de nuevo limpia. Las dificultades se producen cuando tratamos de modificar
nuestros sentimientos naturales para que resulten más aceptables a los demás. En este
caso expresamos sólo parte de nuestra rabia y seguimos sintiéndonos prisioneros. Nada
contribuye tanto a un sentimiento de frustración como el sentimos prisioneros de
nuestro enojo.
El individuo que comprende de verdad sus sentimientos no se sienta a cavilar en
silencio sobre el dolor, creando fantasías llenas de rabia alrededor de una eventual
venganza. En lugar de ello se encara abiertamente con la persona que lo hirió y en los
términos más breves posibles le dice ni más ni menos lo que piensa de la situación, con
el menor despliegue de adjetivos y exageraciones de que sea capaz. N o frota la nariz
del otro en el mal que ha causado, por ejemplo, ni desempeña el papel de la víctima
que en este momento tiene el derecho no sólo de vengarse sino también de humillar.
Las personas que expresan con acción sus fantasías de venganza no quieren tan sólo
venganza, sino también destruir. Admitir que sentimos rabia es un buen primer paso
para colocamos en una perspectiva correcta. Muchos se resisten a enojarse porque sus
fantasías son tan violentas que les provocan susto y confusión. Se preocupan por el te-
mor de salirse realmente de las casillas si se expresan y con ello prueban al mundo que
ellos son los monstruos, no los demás. No advierten, en este caso, que las fantasías son
resultado del mecanismo de represión en sí. En vista de ello, no actúan. Ambas
alternativas, la de reaccionar exageradamente y la de no reaccionar son malsanas.
Existen maneras mejores de dar expresión al enojo. Recordemos los puntos que siguen:
Cuando alguien nos hiere, digámosle en forma directa y sincera... «Me heriste»... y
digamos, además, exactamente por qué. Hagámoslo en privado. No pongamos al otro
en la defensiva, pues ello lo llevará a sentir el deseo de tomar represalias en lugar de
escucharnos. Despleguemos toda la firmeza que sea necesaria para dejar bien claro lo
que deseamos expresar, pero tratemos de evitar una actitud punitiva. Si la otra persona
niega habemos herido, volvamos a señalar los hechos y repitamos que sabemos lo que
sentimos. Si nos dice que somos demasiado sensibles, que no hizo más que bromear,
señalemos que la sensibilidad de la gente varía, que lo que es broma para algunos para
otros es dolor. Digámosle que queremos ponerlo en conocimiento de nuestra
sensibilidad para que la tenga en cuenta en el futuro. Si sentimos que la otra persona
nos hirió deliberadamente, digámoslo. Cuando un individuo hiere a otro en forma
intencional, suele hacerlo porque está enojado. De ser éste el caso, pidámosle que la
próxima vez se muestre más directo en la expresión de su enojo y nos diga cuál es el
problema sin causamos heridas innecesarias. Cuando alguien nos hiere de esta manera,
depende de nosotros actuar con control de la situación, ya que la otra persona actúa en
forma infantil. Desquitarse rara vez soluciona el problema y con gran frecuencia lo
vuelve borroso en cuanto al punto que ambos contrarios están tratando de resolver.
Causa culpa, separa a las personas y significa un despilfarro de tiempo y de energía.
La expresión adecuada del enojo es saludable y restauradora, pero hay individuos que
aparentemente son incapaces de manejar ningún tipo de enojo. Sentir rabia les hace
sentirse mal respecto de sí mismos y como consecuencia, mantienen sus sentimientos
reprimidos. Temen enojarse por diferentes razones que dependen, en cierta medida, de
los propios antecedentes y experiencias. Volvamos a los tres tipos de personalidad, el
dependiente, el dominante y el ávido de estima.
Los individuos dependientes temen que sentir rabia sea prueba de que no son dignos de
ser amados. Temen que expresar su propio enojo ahuyentará a las personas cuya ayuda
y sostén necesitan. Muchas de estas personas tuvieron dificultades durante su propia
crianza dentro del afecto, cuando era niños, y crecieron con un sentimiento de in-
seguridad en cuanto a su propia valía como individuos. Los individuos como éstos
aprendieron a tragarse la mayor parte de su rabia y a menudo se sienten prisioneros,
impotentes y vacíos. Cuando se enojan suelen mostrar poco tacto en cuanto a su
elección del objeto de su enojo y carecer de control. Su rabia puede dirigirse contra un
objeto «inofensivo», como un niño indefenso, exactamente igual a ellos. Muchos de los
llamados maltratadores de niños están dentro de esta categoría. La gente que se sintió
no querida durante su infancia casi nunca se sintió cómoda al enojarse con alguien a
quien querían. En lugar de enojarse pueden actuar como seres indefensos o bien
vencidos, como forma de vengarse de los otros. Es como si estuvieran diciendo: «Mira,
fíjate en lo que me haces hacerme a mí mismo». Tal actitud casi nunca da resultados,
pues lo único que se logra es alejar más aún a la otra persona.
Las personas dependientes viven su vida luchando con su rabia y, de mala gana, por su
propia independencia. Pueden sentir que alguien les impide avanzar privándolos de
aquello a lo que creen tener derecho. Su rabia se asemeja mucho a la del niño que se
siente maltratado y quiere vengarse, pero no sabe cómo hacerlo. Como sus propios ob-
jetivos tienden a depender tanto de los demás, no realizan ningún esfuerzo por sí solos,
en la dirección que en realidad sería eficaz. El enojo se vuelve contra sí mismo y su
energía se agota con rapidez. Los individuos dominantes tienden a equiparar la
expresión del enojo con la pérdida del control. Tratan de eludir las heridas y la rabia
consecutiva, mediante complicados mecanismos mentales. Sucede, no obstante, que no
es posible manipular los sentimientos como se quiere. Los sentimientos exigen
expresión. Tratar de controlarlos no hace más que dar lugar a su reaparición bajo otra
forma, pero no los cambia en sí mismos ni disminuye su impacto. Las personas
intensamente preocupadas por mantener el control parecen estar siempre buscando
excusas para sus sentimientos. Intelectualizan, racionalizan, proyectan, aíslan y
confunden mediante otros recursos los verdaderos problemas. Rara vez ven nada en
forma sencilla o sin complicaciones. Resulta sumamente difícil para la persona
dominante decir: «Me heriste y estoy enojada contigo)). Ser vulnerable, para ella, es no
dominar o controlar.
La rabia es un sentimiento poderoso y canalizarlo por vías no emocionales, por medios
intelectuales, requiere mucha fantasía e ideación que consumen energías. Estas
fantasías e ideas nos alejan, a su vez, tanto de los hechos y sentimientos reales que a
menudo podemos llegar a olvidar en qué consistía la herida_ El primer paso para resol-
ver la rabia, o sea, la admisión de la herida, se convierte en el primer obstáculo que
debe vencer la persona dominante. Para ella resulta muy difícil, porque si bien es capaz
de hablar con facilidad sobre sus sentimientos en forma verbal, las palabras no se
traducen en emociones.
No sólo tienen dificultades en expresar el enojo, sino que hallan, asimismo,
sumamente doloroso aceptar la debida responsabilidad en cuanto a haber herido a otra
persona. Cuando nos enojamos con una persona dominante porque nos ha, herido, nos
resultará, tal vez, una experiencia muy poco fructífera. Cuando señalamos lo que nos
ha herido, la persona dominante nos dará seguramente una detallada explicación para
probar que sus intenciones eran las mejores. Nosotros tenemos la culpa. La herida que
nos infligió no fue en realidad una herida, sino nuestro propio defecto animado, por fin,
merced a su propia conducta generosa que, desde luego fue movida por nuestro propio
bien. ¿N os sentimos confundidos? Ese es el objeto buscado.
Puede ser difícil tratar con personas dominantes por el hecho de que están
simplemente tan envueltas en el plano intelectual y tan apartadas de sus sentimientos,
que en realidad no son sinceras. Peor que ello, tienen una capacidad limitada para
aceptar su propia falta de sinceridad y por esta razón ofrecen excusas defensivas
cuando se sienten acorraladas. Se ven a sí mismas como personas que tienen que ser
perfectas y utilizan sus formidables mecanismos defensivos para alejamos de cualquier
consideración de sus sentimientos, enojo y puntos débiles que tengan verdadero
significado.
Cuando estos individuos expresan enojo, resulta sumamente desagradable. Tenemos
la sensación de estar en el mismo cuarto con un tirano enloquecido. Son incapaces de
limitarse a decir: «Me heriste». Su enojo está tan atado a sus defensas intelectualizadas
que nunca están verdaderamente libres como para expresar dicho enojo en forma
sencilla y directa. En lugar de ello, dejan escapar torrentes de ira. Tales individuos
necesitan expresar su rabia en cantidades limitadas cada vez y, sobre todo, llegar a
comprender que pueden enojarse sin perder el control, sin desmoronarse.
Las personas a quienes preocupa más el problema del prestigio o de las apariencias
superficiales suelen reprimir su rabia ocultándola debajo de un acto de uno u otro tipo.
Al exagerar sus reacciones niegan sus propios sentimientos. Por ejemplo, pueden
actuar en forma in controlada, mostrar un enojo que raya en la histeria, pero cuando se
les pide explicaciones, se niegan a admitir que les sucede nada. «Estaba fingiendo»,
pueden decir. Estos individuos prefieren representar el papel de alguien enojado a
admitir sus verdaderos sentimientos de enojo. Revelarlos abiertamente significa correr
el riesgo de que los juzguen. En lugar de arriesgarse a perder nuestro respeto o nuestra
admiración, disfrazan su enojo. Sus sentimientos suelen manifestarse como dolencias
físicas. Todo el mundo está familiarizado por ejemplo, con los dolores de cabeza
causados por el enojo contenido. «Tengo otra vez una de mis jaquecas», se oye decir,
cuando «Querría hundirte los dientes», sería decir algo que se aproxima mucho más a
la rabia que se siente. Al enmascarar los verdaderos sentimientos estos síntomas físicos
libran a la persona de ser juzgada y rechazada por mostrarse enojada, o en otros
términos, por ser «mala».
Otra forma en que estos individuos manejan su rabia consiste en «cortar» de sí
mismos cualquier acceso de enojo como si no les perteneciera. Más tarde pueden
olvidar con toda conveniencia el acceso y negarse a aceptar la rabia como propia. El
problema de manejar el enojo de esta manera es que exige mucho gasto de energía,
agota y nunca el enojo se dirige en realidad y en forma directa a quienes lo provocaron.
Las personas culpables ni siquiera se enteran de que han causado dolor. La persona
lastimada no se ha defendido ni expresado directamente y por ello no obtiene alivio
para su círculo vicioso de sentimientos heridos y rabia.
Estos tres tipos de personalidad en su relación con el sentimiento de rabia han sido
considerados con cierto detenimiento porque todos nosotros somos una combinación
única de los tres. Todos compartimos ciertos mecanismos de defensa comunes a los
tres tipos, aunque en grados que varían mucho.
Algunos de nosotros tenemos reservas de rabia cuyo manejo exige todas nuestras
energías. Tal cantidad acumulada de sentimientos no resueltos debe ser reducida a
niveles que nos permitan contar con suficientes energías como para invertirlas en el
mundo exterior. Es difícil reaccionar frente al mundo en forma más o menos serena e
introvertida cuando constantemente sentimos ansiedad en cuanto al riesgo de perder el
control y estallar.
Cuando estamos llenos de sentimientos negativos, podemos estar dispuestos a dar
batalla ante la más mínima provocación, para no mencionar ya una palabra o una
mirada. Sin duda hay días en que esto nos ocurre a todos. Hay días en que algo marcha
mal pero no es posible identificado, y vivimos ese día llenos de irritabilidad y
malhumor, buscando con quién discutir y mostrándonos en general desagradables. Lo
que es intolerable es vivir toda la vida así.
En las formas tradicionales de psicoterapia, los pacientes con sentimientos
dolorosos como los señalados, que se han reprimido durante largo tiempo, son llevados
hasta su propio pasado para descubrir el origen del dolor inicial, con el cual el paciente
deberá reconciliarse. La teoría es que el individuo, más grande y con mayor sabiduría
ahora, además de poseer la perspectiva de muchos años de crecimiento y de
considerable sufrimiento, podrá contemplar el viejo dolor desde gran distancia y con
mayor precisión, lo cual le permitirá despojarse de sus antiguos mecanismos
defensivos para manejar ese dolor. El método no siempre da resultados tan directos y
precisos en la práctica. Crecer, simplemente, significa obtener una nueva perspectiva
de las heridas, éxitos, afectos y fracasos pasados, de tal manera que podemos ver un
presente más acorde con lo que es y menos con lo que fue.
La mejor manera de cambiar la propia perspectiva del pasado consiste en encarar
con sinceridad los sentimientos del presente y resolverlos, en forma tan completa como
sea posible, a medida' que se producen. Si estamos enojados, mostrémoslo. No nos
refugiemos en un dolor de cabeza. No finjamos estar por encima de estos sentimientos.
Tampoco tratemos de ignorarlos o de enterrarlos en el pasado.
Todo proceso terapéutico tiene lugar en el presente, sean los hechos que
consideramos pertenecientes a dicho presente o bien al pasado. Lo que debemos
aprender, en definitiva, en cualquier forma de terapia, es una forma mejor de descargar
nuestros sentimientos, .de tal suerte que quede un mínimo de residuo de los encuentros
emocionales y quedemos en libertad de actuar recíprocamente sin cargas del pasado.
La manera de cambiar nuestra actitud frente al pasado es mostramos lo más sinceros
posible frente al presente. De todos modos, ser del todo sinceros es la mejor manera de
vivir. La existencia basada en grados menores de sinceridad insume demasiadas
energías y debe apoyarse siempre en defensas. No podemos vivir nuestra máxima ca-
lidad de vida en la mentira, en particular cuando nos mentimos a nosotros mismos. La
sinceridad total es el primer paso hacia la libertad. El segundo es la expresión abierta
de nuestros sentimientos.
Otros podrán pensar que exageramos la nota cuando por primera vez expresamos
abiertamente sentimientos intensos, como lo es el enojo. Recordemos, tan sólo, que la
mayoría de los individuos evitan cualquier tipo de altercado. «No hagas olas», nos
dicen y nuestro enojo, aun cuando sea leve, aparecerá como inusitado. Nuestra fran-
queza sorprenderá o molestará a algunos. Lástima. N o hacemos más que expresar la
verdad tal como la sentimos. La mayoría de las personas con quienes vale la pena
enojarse aceptarán o, por lo menos, tolerarán nuestra actitud. Quienes no lo toleren no
respetan nuestro derecho a ser personas.
Puede llevamos meses llegar a sentimos naturales en la expresión de nuestros
sentimientos, en especial los de enojo. Cuando por primera vez somos abiertos, puede
que sintamos que nuestras emociones se hacen intensas y bullen hasta la superficie,
amenazando arrastramos. Resulta tentador, en este punto, cerrarse y volver a frenarlas.
Valor. No nos contengamos. Dejémoslas salir. El proceso de aprender a expresar los
sentimientos es doloroso. Exige toda nuestra voluntad. Hagámoslo. Tendremos nuestra
recompensa cuando los sentimientos prisioneros de dolor y rabia del pasado surjan y
escapen en la grupa de los sentimientos semejantes del presente.
Dejaremos, por fin, de sentir que debemos estar siempre en guardia para contener
sentimientos prohibidos. Al habituamos a ser más abiertos nos asombrará qué poco
tiempo y energía se requieren para mantener nuestros sentimientos al día. Decir «me
heriste» será, literalmente, una expresión espontánea. Las personas poco sinceras
hallarán más difícil encaramos y mantendrán cierta distancia, hecho del que cabe
complacemos. La vida será más plena y más rica, porque dispondremos más de
nosotros mismos para los seres y las cosas que amamos en el presente.
Con el tiempo sucederá algo más importante, además. Los sentimientos que
contenemos ahora no son los del pasado, hace ya mucho olvidado, los de nuestra
infancia, sino los del presente, de nuestra vida cotidiana. La rabia de esta semana, de
ayer, de esta mañana, son ahora los culpables. No hay grandes heridas, sino hechos
mínimos que nos ofenden y nos hieren a diario. Es nuestro sistema defectuoso de
manejar los sentimientos día tras día que causa la mayor parte de nuestras dificultades
en la vida y dicho sistema puede ser identificado y reajustado sin necesidad de extraer
todas esas pesadas cargas del pasado. El proceso de crecer y transformarse es
constante. Si estamos abiertos a él, nos brindará oportunidades renovadas de
encontramos y de readaptar el curso de nuestra vida. Así como la adolescencia ofrece
nuevas oportunidades para volver a analizar problemas de autonomía de control, de
estima o de identidad, los años restantes de nuestra vida nos dan la oportunidad de
redefinimos, de buscar nuestra libertad y de aprender a ser nosotros mismos sin
disculpamos ante nadie por serio.
Por último, el secreto del éxito en este crecimiento continuado es ser sinceros con
nuestros sentimientos en todo momento. Cada vez que no lo somos nos creamos un
problema, reforzamos energías negativas, que a su vez distorsionan la realidad e
interfieren con nuestra capacidad de manejamos en el mundo.
Si somos heridos y no experimentamos el consiguiente enojo, debemos
preguntamos por qué. ¿Adónde se fue este enojo? ¿Estamos ocultándolo? ¿O bien
fingimos que no nos molesta? ¿Por qué no sentimos enojados cuando nos hieren?
¿Tememos parecer vulnerables en presencia de alguien en particular? Cuando tememos
abrimos en presencia de una determinada persona, pero podemos hacerlo frente a otros,
ello significa que en realidad no confiamos en esa persona. Tememos que mostramos
delante de ella sea un riesgo. Podría herimos más aún, o vengarse. ¡Digámoselo! Si
nuestra expresión natural de un sentimiento está bloqueada por la presencia de otra
persona, esta persona nos impide ser sinceros y libres. Las inhibiciones que sentimos
pueden ser, en realidad, sus defensas, que actúan para contenemos. Señalar que su
presencia nos inhibe y nos hace difícil ser lo mejor y lo más sincero de nosotros
mismos es nuestra mejor arma y nuestro instinto más valioso.
Seguramente no es mala idea, de todos modos, evitar a quienes estimulan o intensifican
actitudes poco sinceras en nosotros. Ya es bastante difícil ser sinceros, sin tener que
provocar situaciones que nos llevan a expresar lo peor de nuestras cualidades.
Sin duda hay momentos en que expresar nuestro enojo crea problemas. Todos
conocemos al patrón exigente y desagradecido que trata a sus empleados como objetos,
los hace sentirse insignificantes y los hiere sin cesar, utilizando su autoridad para
intimidarlos. Los empleados se sienten irritables y defensivos y tienden a percibir al
patrón en términos negativos, aun cuando éste no tenga tal intención negativa. Expresar
enojo ante tal individuo trae complicaciones, entre ellas, la posibilidad de perder el
empleo. Frente a un empleador como éste tenemos dos alternativas, aprender a aceptar
ese aspecto negativo sin involucramos personalmente, o bien cambiar el empleo.
Ocurre que esto no es tan fácil como suena. Muchos individuos se sienten presos
por un empleo porque temen el cambio, o bien porque no quieren perder su antigüedad.
La estructura de protección provista por el escalafón y por los sindicatos es análoga en
grado notable a nuestros mecanismos psicológicos de defensa. Al principio se crearon
para evitar que fuéramos vulnerables y para protegemos contra posibles heridas.
Después pasamos a depender de ellas y nos costaba funcionar sin su apoyo. Tenemos
la tendencia a recrear en nuestro ambiente inmediato los mismos problemas y
mecanismos que nos aprisionan mentalmente.
Concedo como cierto que en nuestra sociedad actual, tal como está construida aun
cuando nos liberemos de nuestras propias defensas, nuestra apertura tiende a
colocarnos en situaciones de conflicto con las defensas y estructuras de control del
mundo en el que tratamos de subsistir. Con todo, siempre hay cierta latitud para
aumentar la apertura y capacidad de acceso a nuestros propios sentimientos y a los de
los demás. Ese es el mundo real, el más accesible, el más compensador, el mundo
sobre el cual podemos ejercer el máximo de control saludable en nuestro propio
beneficio.
A menudo las personas con quienes nos enojamos no tienen ni rostro ni nombres.
Son gente que pasa junto a nosotros con tanta rapidez que apenas reparamos en ella: el
conductor de ómnibus que nos da un portazo en la cara, el agente de policía resentido,
la camarera mal educada, el empleado de boletería descortés, el conductor de taxi
agresivo, el abogado autoritario, el médico pomposo. Todos ellos nos hieren de modos
que provocan nuestro enojo, pero necesitamos de sus servicios y atención, y nos vemos
obligados a soportar sus modales negativos y sus actitudes hostiles.
¿Cómo manejar, entonces, el enojo provocado por estos individuos? El médico se
pondrá en actitud defensiva y arrogante si lo afrontamos. El abogado hallará la manera
de vengarse y, sin duda, hacernos pagar muy caro. En un mundo ideal, tendría que ser
posible manifestar que nos han herido. La verdad es que a mucha de esta gente no le
importa herirnos. ¿Qué hacer? Ofenderse por estos episodios y tomarlos como
personales es lo peor que podemos hacer. Terminaremos malgastando mucha energía
ganando muy poco. A pesar de ello, aun en estas situaciones puede llegar el momento
en que nos sea posible dar nuestra opinión de su conducta en términos directos y
sinceros y con cierto resultado. Digamos al conductor de taxi mal educado que no le
daremos propina. Digamos a la persona malhumorada que aunque ella está resentida,
nosotros no lo estamos.
Una vez más, lo importante es que ellos, no, nosotros, carguen con el problema.
Agradezcamos el hecho de que nuestros propios sentimientos estén resueltos en forma
tal que nos mantienen dentro de lo humano. ¿No estamos, acaso, contentos, de no ser
ese conductor de ómnibus constantemente enojado? Si alguien nos hiere
intencionalmente, el problema es suyo, mientras que dejan que adquiera control sobre
nuestros sentimientos y nos deje enojados por el resto del día lo convierte en el
nuestro. La mejor manera de encarar a estas personas es estar a tOno con nuestros
propios sentimientos. Cuando lo estamos, no pueden empujarnos fácilmente a actitudes
de enojo.
Cuando sentimos que se acumula nuestro enojo, he aquí algunos modos de
descargarlo. Imaginemos a la persona que nos ofendió disfrazada en forma ridícula, por
ejemplo con calzas rojas y plumas. O bien, en un banquete, desnuda y comiendo con
las manos. La fantasía que ridiculiza es eficaz para disipar el enojo y dibujará en
nuestro rostro una sonrisa que desconcertará totalmente al otro. Por otra parte, el
disfraz de iracundo de la otra persona es en sí ridículo. Nuestra fantasía contribuirá a
colocar el hecho dentro de la -perspectiva correcta.
Hay otras formas de dar salida al enojo. Podemos escribir una carta furiosa y no
despacharla, guardándola, en lugar de ello, para volver a leerla dentro de un mes.
Podemos llamar por teléfono a quien nos ofendió, pero mantener la horquilla apretada
mientras le expresamos todo nuestro enojo. Cualquier cosa que nos ponga en contacto
imaginario y libere nuestros sentimientos será eficaz. Aunque nos parezcan tonterías,
probemos estos medios. Nos sorprenderá comprobar lo bien que nos sentimos. Dar
puñetazos a una almohada durante diez minutos proporciona una enorme descarga en
algunos, lo mismo que lanzar gritos en el caso de otros. Debemos cuidar, no obstante,
que tales medios no se conviertan en fines en sí mismos y hagamos uso de ellos sólo
como sustitutos de lo real, cuando la persona implicada no está a nuestro alcance, o
bien cuando carecemos del coraje y la capacidad de enfrentarla directamente.
Dediquemos, asimismo, algún tiempo a identificar las manifestaciones físicas de
nuestro enojo. Todos tenemos un lugar predilecto. Algunos sienten tensión en el cuello,
otros, una sensación de ardor. Pensemos en dónde lo sentimos nosotros y
recordémoslo. Se trata de nuestra señal de que debemos dar salida a nuestro enojo.
Dejarlo salir en el momento en que lo sentimos es de importancia fundamental.
CAPITULO 5
CULPA
El sentimiento de culpa nos hace vemos como inmerecedores, malvados,
crueles y llenos de remordimientos, de reproches y de odio contra nosotros
mismos. La culpa es el resultado de reprimir tanto tiempo el enojo, que se
vuelve contra nosotros. Es un sentimiento complicado y, así como podemos
sentirnos heridos de distintas maneras, también podemos sentirnos culpables
con distintas manifestaciones.
Las personas que se sienten culpables castigan a otros simplemente con su
sola presencia. Tienden a enfatizar lo negativo del mundo y a ignorar lo
positivo. Carecen de alegría. No se consideran dignas de aceptar lo que les
ofrecen otros y por ello no se sienten colmados, ni capaces de dar a su vez.
Aunque estas personas no pueden admitir su enojo, hay una cualidad de rabia
en su actitud que lleva a los otros a sentirse rechazados o agotados. Dan la
sensación de gozar de sus propios sentimientos negativos, como forma de
autocastigo.
Como muchos nos sentimos culpables por algo en el curso de nuestra vida, la
persona llena de culpa reactiva en nosotros sentimientos desagradables que
preferiríamos olvidar. Nos invita a rechazarla y a herida al resistir ofertas de
ayuda y amistad. Parecen sentirse mejor cuando las tratamos mal.
Como la persona enojada, la que se siente culpable halla muy difícil dirigir sus
sentimientos hacia la fuente de su enojo largamente reprimido. Ataca sin
discriminar y se coloca en posiciones difíciles de defender. Cabe imaginar lo
tonta, odiosa e indigna que debe de sentirse cuando da un puntapié al gato de
la casa, grita a los niños o da un portazo a un total desconocido para aliviar su
frustración. La culpa consecutiva proviene no sólo de haber advertido que su
reacción es extemporánea, sino que además, es innecesariamente cruel e in-
justificada. Se siente tan cruel, en efecto, como la persona que lo atacó en el
punto de origen. Comienza, entonces, a dudar de su propia valía y a volcar su
enojo hacia adentro, con lo cual refuerza sus sentimientos de culpa. Como
vimos en el capítulo anterior, cuando se internaliza el enojo, es una infección
que se expande hasta ocupar todo nuestro mundo interior. Sin la debida
expresión, suele tomar la forma de fantasías y sueños cargados de odios. Casi
todos los hemos experimentado. Alguien nos hiere y las circunstancias, o bien
nuestra propia inseguridad, nos impide decírselo. Sentimos que hemos sido
usados y que se han aprovechado de nosotros. Mentalmente vemos a nuestro
verdugo y hervimos de rabia. Mientras caminamos por la calle, nos ab-
sorbemos tanto en esta rabia y en formas imaginarias de venganza, que
doblamos en la dirección equivocada. Comenzamos a revivir las escenas de
nuestra afrenta y mentalmente tomamos fuertes represalias. Tal vez
humillamos públicamente a nuestra víctima y la avergonzamos al señalarle
sus faltas. O bien nos imaginamos llamando por teléfono a un amigo
influyente, a quien solicitamos que la despida de su empleo o, por lo menos, la
reprenda por habemos herido... a nosotros, amigos tan importantes de su
poderoso empleador. O es el amanecer. Nuestro verdugo está atado a un
poste. Se niega a que le venden los ojos. Muy bien, podremos mirado fijo.
Damos la orden al pelotón. Listos, apunten... ¡Venganza!
Cuando se deja crecer estas fantasías con la represión del dolor y de la rabia,
pueden provocar sentimientos de culpa. Pronto nos vemos... sí, nosotros,
normalmente tan calmos y razonables, abrigando fantasías de violencia física
y de indescriptible tortura. Los inquisidores medievales no eran nada,
comparados con nosotros. Nuestra imaginación, nutrida por el enojo,
aprisionada, es digna rival del peor de los monstruos de la audición televisiva
«Trasnoche». ¡Peor aún, nos sorprendemos frente al espejo sonriendo!
¡Estamos gozando de ser monstruos! ¿Qué hacer, ante estas siniestras
revelaciones sobre nosotros mismos? ¿Sentirnos avergonzados, deshechos, o
sencillamente extenuados? Podríamos comenzar por comprender que la
herida que nos infirieron no fue intencional y que estamos magnificando la si-
tuación. A veces basta esto para comenzar a aliviar nuestro enojo, para
liberamos de nuestra preocupación y para ahorramos la culpa consecutiva.
Otras veces no basta. Las fantasías de rabia y la culpa que genera siguen
nutriéndose de sí mismas. Podemos llegar a olvidar la herida de origen hasta
absorbemos en pensamientos de venganza que no podemos desechar. Al
mismo tiempo advertimos que somos nosotros quienes abrigamos estos malos
pensamientos y no el otro. El otro solo nos hirió, mientras que nosotros
estamos viviendo un mundo de odio. Nos sentimos peor y en este punto
empezamos a sospechar que nosotros somos malos. Tal vez merecemos, en
realidad que nos traten como lo hicieron. Tal vez ellos vieron esa maldad
potencial en nosotros, cuya existencia acabamos de demostrar tan
cabalmente. Comenzamos a sentirnos tan mal frente a nosotros mismos, que
pensar en la herida de origen nos hace sentirnos mejor. Alguien tan culpable
como nosotros merecía lo que le hicieron, no?
La culpa de tales dimensiones puede hacer presa de un individuo e
internalizar su energía al comenzar a castigarlo, a menudo, de maneras
ilógicas e incontrolables. La memoria selecciona sólo los recuerdos negativos.
La evidencia de logros y buenas acciones pasadas que apoyen una imagen
positiva de uno mismo son más difíciles de hallar. Estamos tan convencidos d
nuestra maldad que luchamos con tanta más intensidad por ocultar nuestro
enojo, ya que, después de todo, no tenemos derecho a sentirlo. Nos volvemos
más cerrados, menos comunicativos y nuestra presencia nos parece
incómoda para los demás. Es tanta la energía que internalizamos, que
agitamos la de quienes nos rodean.
Asi la culpa intensa se convierte en un cepo terrible. Si la persona cargada de
culpa comienza a expresar enojo, puede sentir que con ello no hace más que
probar ser la persona malvada que sospecha ser en secreto. Con frecuencia,
este individuo teme castigo que para sus adentros cree merecer. Aún puede
actuar en forma que induzca a que lo rechacen o lo hieran porque en realidad
siente alivio cuando lo castigan. Parece tener una tendencia a buscar empleos
poco satisfactorios y situaciones punitivas en la vida. No cabe sorprenderse ya
de que el constante tormento exterior por lo menos le evite la carga del
autocastigo. Vive torturado.
La resolución de esta culpa no es fácil. Debemos buscar las razones que nos
impidieron expresar nuestro enojo al principio. ¿De qué teníamos miedo? ¿No
advertimos que nos herían? ¿Temíamos el rechazo de la persona que nos
hería? ¿Cómo caímos en la trampa de internalizar nuestro enojo? ¿Qué
temimos que ocurriría si lo expresábamos? Necesitamos tener cierta compren-
sión del origen de nuestra dificultad antes de poder volver sobre ella e intentar
resolverla. El enojo que llevamos dentro tiene que estar justificado por la
herida inicial, por lo real y no por nuestras fantasías. El enojo mal dirigido o
infundado nos provoca sentimientos pésimos, que no resuelven nada y en
realidad, nos hacen sentirnos peor aún.
El tipo de culpa más difícil de resolver es el creado no por un episodio aislado,
sino por una serie de ellos a lo largo de un período prolongado. Nuestro
mecanismo de conducta se vuelve rígido, ocultamos todas las heridas y
negamos todo enojo. Vivimos cargados de culpa y nos culpamos por todo lo
que marcha mal.
Algo que provoca mucha culpa es sentir enojo contra alguien a quien se
supone debemos amar: nuestros hijos y nuestros padres, por ejemplo. La
madre o el padre ansioso puede abrigar sentimientos mezclados frente a sus
hijos y llegar, en ocasiones aisladas, a desear secretamente estar libre de la
responsabilidad de ser progenitor, de ser estos malos pensamientos y no el
otro. El otro sólo nos hirió, mientras que nosotros estamos viviendo un mundo
de odio. Nos sentimos peor y en este punto empezamos a sospechar que
nosotros somos malos. Tal vez merecemos, en realidad, que nos traten como
lo hicieron. Tal vez ellos vieron esa maldad potencial en nosotros, cuya
existencia acabamos de demostrar tan cabalmente. Comenzamos a sentirnos
tan mal frente a nosotros mismos, que pensar en la' herida de origen nos hace
sentimos mejor. Alguien tan culpable como nosotros merecía lo que le
hicieron, ¿no?
La culpa de tales dimensiones puede hacer presa de un individuo e
internalizar su energía al comenzar a castigado, a menudo, de maneras iló-
gicas e incontrolables. La memoria selecciona sólo los recuerdos negativos.
La evidencia de logros y buenas acciones pasadas que apoyen una imagen
positiva de uno mismo son más difíciles de hallar. Estamos tan convencidos
de nuestra maldad que luchamos con tanta más intensidad por ocultar nuestro
enojo, ya que, después de todo, no tenemos derecho a sentido. Nos volvemos
más cerrados, menos comunicativos y nuestra presencia nos parece
incómoda para los demás. Es tanta la energía que internalizamos, que
agotamos la de quienes nos rodean.
Así la culpa intensa se convierte en un cepo terrible. Si la persona cargada
de culpa comienza a expresar enojo, puede sentir que con ello no hace más
que probar ser la persona malvada que sospecha ser en secreto. Con
frecuencia, este individuo teme el castigo de su enojo, castigo que para sus
adentros cree merecer. Aún puede actuar en forma que induzca a que lo
rechacen o lo hieran, porque en realidad siente alivio cuando lo castigan.
Parece tener una tendencia a buscar empleos poco satisfactorios y
situaciones punitivas en la vida. No cabe sorprenderse ya de que el constante
tormento exterior por lo menos le evite la carga del autocastigo. Vive torturado.
La resolución de esta culpa no es fácil. Debemos buscar las razones que
nos impidieron buscar expresar nuestro enojo al principio. ¿de que teníamos
miedo? ¿no advertimos que nos herían? ¿Temíamos el rechazo de la persona
que nos hería? ¿cómo caímos en la trampa de internalizar nuestro enojo?
¿qué temimos que ocurriría si lo expresábamos? Necesitamos tener cierta
comprensión del origen de nuestra dificultad antes de poder volver sobre ella e
intentar resolverla. El enojo que llevamos dentro tiene que estar justificado por
la herida inicial, por lo real y no por nuestras fantasías. El enojo mal dirigido o
infundado nos provoca sentimientos pésimos, que no resuelven nada y en
realidad, nos hacen sentirnos aún peor.
El tipo de culpa más difícil de resolver es el creado no por un episodio
aislado, sino por una serie de ellos a lo largo de un período prolongado.
Nuestro mecanismo de conducta se vuelve rígido, ocultamos todas las heridas
y negamos todo enojo. Vivimos cargados de culpa y nos culpamos por todo lo
que marcha mal.
Algo que provoca mucha culpa es sentir enojo contra alguien a quien se
supone debemos amar: nuestros hijos y nuestros padres, por ejemplo.
La madre o el padre ansioso puede abrigar sentimientos mezclados frente a
sus hijos y llegar, en ocasiones aisladas a desear secretamente estar libre de
la responsabilidad de ser progenitor, de ser adulto en general. Sin embargo,
estos mismos padres suelen ser incapaces de aceptar estos sentimientos
terribles y, en lugar de aceptarlos, se sienten culpables y vuelven su enojo
hacia dentro. Muchos creemos que estar enojados con nuestros hijos significa
ser malos padres. Y estar tan enojados con ellos como para desear que no
existieran es un pecado capital. Pero el pensamiento no es padre de los actos,
y son los actos, no los pensamientos, los que son objeto de castigo racional
exterior.
En realidad, todos sentimos enojo contra nuestros hijos algunas veces. La
dificultad surge cuando estamos enojados con ellos y fingimos no estarlo. Esto
suele traducirse en un despliegue de afecto compensatorio carente de
sinceridad, proveniente no tanto de un afecto auténtico, como de un
sentimiento de culpa. Los niños sienten que sucede algo, pero a su vez están
confundidos y, 'como es natural, son reacios a mostrar sus verdaderos
sentimientos. Como padres, hemos disfrazado tan bien nuestro enojo bajo la
forma de dádivas y nuestros hijos las anhelan tanto, que sienten que está mal
pensar, siquiera, que sus maravillosos padres no son sinceros. Sus
necesidades los llevan a distorsionar su propia perceptividad. Necesitan
padres amantes y por ello perciben a sus padres como amantes... o casi
amantes. Al mismo tiempo los niños son bastante perspicaces. Todo esto
contribuye a una orientación malsana frente al mundo cuando el niño de corta
edad comienza a dejar que sus necesidades den forma a su realidad. La
dádiva excesiva dificulta el crecimiento del propio progenitor, quien puede
sentirse en este punto obligado a reforzar su imagen de padre generoso y por
lo tanto da para afianzar dicha imagen y no porque siente deseos de hacerla.
Este tipo de padre puede ver en su hijo un obstáculo para su propio
crecimiento y desarrollo. El verdadero obstáculo, en realidad, reside en el
padre mismo. Temeroso de crecer, usa al hijo como una excusa, pero oculta el
hecho. Nos toca, entonces, la tarea de descubrir su juego.
Los padres de este tipo por lo general contienen toda manifestación de
enojo en sus hijos, sobre todo cuando éste está dirigido a ellos. Si nuestro hijo
nos dice: «Te odio», como suelen decirlo los niños a menudo, aun por motivos
triviales, y por nuestra parte nos sentimos inseguros frente a nuestro propio
enojo con ellos, puede que digamos: «Cómo te atreves... me heriste en mis
sentimientos... ». El niño siente culpa y aprende que manifestar enojo es malo,
en especial contra los padres. Además, es peligroso... puede perder el afecto
de sus padres. Es mejor callar, ya que sin duda es un chico muy, pero muy
malo. Por otra parte, llegará a ser un adulto muy lleno de rabia si este
intercambio se hace habitual entre él y sus padres.
Contemplemos el problema desde otro punto de vista, el nuestro, cuando
sentimos culpa y enojo frente a nuestros padres. Nos agrada verlos como
seres que lo dan todo y que siempre nos cobijarán y aceptarán;
Desgraciadamente, nuestras expectativas sobre cómo ser o cómo deben ser
nuestros padres no siempre se basan en la realidad. Los padres no son más
que individuos que tienen hijos. El hecho de tenerlos no los hace automáti-
camente más responsables o aún más amantes. Ofrece una oportunidad y un
desafío pero no forma, necesariamente, el carácter. La verdad es que en
algunos individuos la paternidad desgasta las pocas reservas emocionales
que puedan tener. No todo el mundo debe ser padre y no todos quienes lo son
pueden ser buenos padres.
El resentimiento entre los padres que lo son de mala gana y sus propios
hijos se nutre del enojo recíproco y no reconocido. A menudo el producto de
tales padres es un adulto incapaz de manejar su propio enojo. Siente rencor
contra sus padres, a quienes ve como artificiales y falsos, personas que
representan la comedia de ser generosos, pero que se abstienen de dar lo que
más necesita una persona, amor y apoyo. El enojo que no puede ser
manifestado durante la infancia sigue buscando expresión, y con esto se
prepara la escena para la aparición de un adulto que se siente culpable por
seguir abrigando enojo y resentimiento. Puede llegar a temer hacer nada que
sea exclusivamente para sí, por sentir que al satisfacer sus propios deseos, y
necesidades expresa, de algún modo, sentimientos contra sus padres que re
activan su antiguo enojo y ,hacen resurgir los sentimientos de culpa
encerrados.
Es difícil romper un mecanismo como éste, pero nunca lo será todo como
continuar viviendo una vida cargada de culpa. Si estamos obligados a vivir en
un constante temor de herir los sentimientos de nuestros padres, nuestra vida
se convierte en una dolorosa repetición de nuestra infancia llena de confusión.
Por otra parte, hacer frente a los padres encierra el riesgo de provocar mayor
cantidad de sentimientos negativos que los que resuelve, a menos que a esta
altura, como adultos, hayamos depuesto nuestra actitud defensiva y
encaremos el problema con serenidad y franqueza, en lugar de hacerlo como
cuando los niños miden sus perspectivas fuerzas «pulseando». Es oportuno
aquí advertir que los padres que crean sentimientos de culpa en sus hijos
tienen tendencia a actuar, al envejecer, como si fueran indefensos y estuvie-
ran heridos. Son capaces de dar tal impresión de soledad y aislamiento, que la
culpa provocada por el enfrentamiento directo puede resultar abrumadora para
nosotros.
La mejor táctica consiste en dejar de fingir ante nuestros padres que no
sentimos lo que sentimos, o que nuestros sentimientos no tienen importancia.
Si nuestros padres nos han molestado o nos han hecho sentimos culpables,
debemos señalarlo. Si se lo decimos y todo lo que pueden replicar es cuanto
los herimos al decírselo, no podemos hacer casi nada en cuanto a esto. Nadie
nos escucha. Si ese es el caso, si no hay en ellos siquiera disposición o
capacidad para escuchar, nos quedan pocos recursos, salvo nuestra propia
capacidad de autocastigamos con nuestra empecinada insistencia. ¿Qué
hacer para agradar a tal padre o madre? Mejor será dedicamos a vivir lo mejor
que podamos y esperar, sin mayor certeza, que nuestra felicidad les cause
alegría. Estos son los términos sobre lo que cabe actuar para romper las
cadenas emocionales que nos han aprisionado con nuestra culpa.
Quienes provocan tales sentimientos, como ocurre con algunos padres,
reaccionan mejor frente a la total sinceridad y franqueza de nuestra parte, sin
que ello implique que adoptemos actitudes provocativas como las de ¿Quién
le teme a Virginia Woolf? He aquí un ejemplo, una conversación telefónica
entre mujer y su madre manipuladora, creadora de culpa. Tiene por objeto
ilustrar el hecho de que la sinceridad contribuye a eliminar la carga de
expresar enojo y devuelve el problema al progenitor, a quien pertenece, de to-
dos modos.
Madre: No volviste a llamarme.
Hija: Estuve' muy ocupada. Bobby está resfriado y Charlie está
preparando su informe para la reunión de ventas de California y por eso está
bastante tenso.
Madre: Bien, decidí que no sería mala idea ir a Los Angeles con ustedes
dos. Podría llegar después de la reunión y pasaríamos juntos las dos semanas
siguientes.
La hija, que no ha tenido intención de incluir a su madre en su proyecto de
vacaciones, imagina varias maneras de decírselo. Considera la posibilidad de
decirle: “mira mamá, todavía no hemos planeado nada concreto y además, no
conseguiríamos reservas”. Sabe, no obstante, que su madre hará objeciones y
sospechará de pretextos tan frágiles. La acusará de que no quiere a su madre,
de no desea tenerla cerca. Tendrá que reaccionar exageradamente y decirle
que la quiere, además de ofrecerle la oportunidad de que se reúnan, de ser
ello posible. Sin duda s madre investigará las posibilidades de reservas en Los
Angeles, como si fuera un agente de turismo y en menos de una hora volverá
a telefonear para decirle que tiene reservadas habitaciones para los tres. ¡con
esta madre no se juega! Se hace la indefensa para suscitar lástima, pero tiene
más iniciativa que un sabueso de Agatha Christi para descubrir que la
rechazan. La hija de nuestro ejemplo prueba, pues, un enfoque directo y
veraz:
Hija: Charlie dice que preferiría estar a solas conmigo durante nuestras
vacaciones después de la reunión, pues ha trabajado mucho y no quiere ni
chicos, ni suegra, ni trabajo. .
Madre: Aah! (La verdad la ha dejado muda un instante.) ¡Pero, yo contaba
con ir! Aparte de que no daré trabajo. Tu hermana y tu cuñado me invitaron a
pasar las vacaciones con ellos.
Hija: (Sincera, franca y con sospecha de que su hermana está en su sano
juicio y no ha pensado hacer tal cosa): ¿Por qué no vas con ellos?
Madre: La verdad es que todavía no está decidido. Además, les dije que
probablemente iría con ustedes. Pero si no quieren que los acompañe...
Hija: No debiste decirles nada antes de conocer nuestros planes...

Era importante para la hija no apartarse de la verdad. Al decirla, obligó a su


madre a reaccionar ante la situación real, más bien que ante las posibles
defensas de su hija. No trató de eludirla. «Eludir» es un viejo juego que su
madre conocía muy bien. Su único poder frente a su hija residía en la
posibilidad de que ésta mintiese, en sorprenderla, y entonces, en un
despliegue de dolor, crearle culpa. Al decir la verdad, la hija utilizó su mejor
arma. De no haberlo hecho, o de haber dicho algo que según suponía sería
más aceptable, se habría visto presa en el juego de su madre. Dijo la verdad.
Si su madre no podía soportarla, ella no tenía la culpa y por lo tanto no tenía
que cargarla sobre sus hombros. Tendría que aprender a aceptar, en cambio,
los sentimientos de rechazo y la manera de ser de su madre, sin sentirse
culpable por ellos.
Recordemos que no tenemos obligación de mentir frente a nadie. En
cambio, siempre nos debemos la verdad frente a nosotros mismos.
Lo que nuestros padres esperan de nosotros también puede crear culpa.
Sus planes respecto de nosotros pueden reflejar sus propias metas no al-
canzadas, más que nuestro propio potencial o aptitudes. Como consecuencia,
debemos medir nuestro esfuerzo contra un nivel de logro que nuestros padres
mismos no alcanzaron. Nos veremos, entonces, en la difícil situación de
complacerlos antes que a nosotros mismos. Cuando tenemos este tipo de
padres, podemos alcanzar gran éxito a los ojos de ellos y sentimos, con todo,
desdichados, por no saber qué significa el éxito auténticamente ganado por
nosotros mismos. Si vivimos para nuestros padres, ¿quién vivirá para
nosotros? ¿nuestros hijos? Con ello se crea un círculo vicioso. Es ya difícil,
realizar lo mejor que podemos una tarea difícil, sin sentir, además, que
defraudamos a nuestros padres cuando buscamos y alcanzamos nuestras
metas.
No olvidemos que, en definitiva, somos nosotros quienes sabemos lo que
más nos conviene. Cuando no actuamos según lo que creemos y sentimos, no
nos es posible funcionar con el máximo de nuestra capacidad. En todo caso,
actuar contra nuestras convicciones para complacer a otros da malos
resultados. Nunca es posible defender una causa o una meta en la cual no
creemos.
Ciertas presiones sutiles de los padres pueden atarnos mucho después de
haber alcanzado la edad adulta y, según cabría esperar, la de la sensatez.
Nos sentimos sumamente culpables de enojamos con padres que han hecho
grandes sacrificios para educarnos o para darnos una carrera, aun en el caso
de que ellos hayan estado tratando, además, de vivir su propia vida a través
de la nuestra. Por sutiles que sean las alusiones, el martirio de los padres no
pasa inadvertido. Nos sentimos obligados a compensados por estos
sacrificios... «La lucha y el sacrificio de mis padres no será en vano», nos
decimos, como hijos nobles, abnegados y llenos de culpa que somos.
Hay otra consecuencia desgraciada, aun cuando logremos realizar los
sueños de nuestros padres, la de sentimos siempre incómodos. Por lo menos,
pensamos, no los hemos herido al ser dóciles. Ahora se sentirán complacidos
y orgullosos de vemos convertidos en médico, dentista, farmacéutico, plomero,
modista, maestro, o lo que sea. No siempre ocurre esto. Nuestro éxito puede
llegar a ser tanto, que es visto por muchos padres no como la realización de
sus sueños, sino como una humillación. «Mi hijo, el doctor», puede involucrar
emociones contradictorias, de envidia combinada con orgullo. Lograr
complacer puede significar, a la vez, lograr contrariar. ¿Qué sentimos,
entonces? ¿Cómo podemos salir airosos de tal situación? No es posible.
Sentimos, sobre todo, enojo? dolor y culpa. Es mejor tratar de ser nosotros
mismos.
Sin duda es cierto, así como natural, que cuando somos jóvenes buscamos
la aceptación y comprensión de nuestros padres y tendemos a confiar en su
consejo y orientación más que en la de ninguna otra persona. Lo más
probable es que las intenciones de ellos hayan sido las mejores, tanto frente a
nosotros como frente a sí mismos. El hecho es que son seres humanos, unos
más sabios que otros. Todos los padres tienden a tener, en grado variable, los
mismos problemas y puntos de escasa sensibilidad en cuanto se refiere a sus
hijos. Todos creen sinceramente que sólo aspiran a lo mejor para sus hijos,
pero tal creencia no es sinónimo de realidad, y puede crear una enorme carga
para un hijo. En conflicto entre hallarse a sí mismo y complacer a sus padres,
carece del suficiente apoyo emocional para perseguir sus propios intereses y
del talento necesario para tener éxito en las disciplinas estimuladas por sus
padres. Puede que nunca tenga la experiencia de actuar en su máxima
capacidad. En lugar de ello, se siente derrotado y sin valor. Peor aún, puede
sentirse incapaz de justificar la búsqueda de lo que ama. Al no desarrollar las
aptitudes que puede tener, llega a dudar de que existan. Es desgraciado y se
siente inepto. Además, está enojado con sus padres, lo admita o no y, si no lo
admite, termina sintiendo culpa por su enojo.
Liberarse de semejante atadura exige una aceptación previa de nuestros
sentimientos, y de nosotros mismos tal como somos. Si nuestros padres no se
han aceptado, ¿cómo pueden aceptarnos a nosotros? Si necesitan probar que
habrían tenido éxito de haber mediado otras circunstancias, también necesitan
vivir a través de nosotros la oportunidad que perdieron, la cual, con toda
certeza, no dará resultados para ellos ni para nosotros. Sea como fuere, el
objeto de nuestra vida no es justificar la de ellos. Es ya bastante
responsabilidad llegar a ser aceptables ante nosotros mismos y dicha
responsabilidad debe ser prioritaria. ¿Qué valor tiene nuestra vida cuando está
regida por algo que no sea la búsqueda de la verdad acerca de nosotros
mismos?
Es obvio, sin embargo, que en algún punto no deja de ser probable que
nuestros padres se sientan heridos. La verdad es que, en lo profundo de su
ser, la herida no tiene tanto que ver con nosotros como con el hecho de que
no han logrado realizarse ellos mismos. La revelación tarda mucho en
producirse. Con todo, al permitimos estimular sus expectativas irreales del
mundo, no hacemos más que postergarla, en el mejor de los casos y en
definitiva, prolongar su desdicha. Es insensato vivir nuestra vida protegiendo a
nuestros padres para que no contemplen la propia con sinceridad. T al vez no
lo desean, o no pueden hacerlo, lo cual es comprensible. Al mismo tiempo es
un hecho que aceptamos mutuamente como somos es la mejor solución, la
única realista, quizá. Es probable que nos toque tomar la iniciativa, lo cual es
peligroso, doloroso y puede dejamos heridos. Si lo intentamos conviene ser
cautos, pero, por otra parte, no nos abstengamos de vivir nuestra propia vida.
Cuando tememos que actuar en nombre de nuestros mayores intereses
hiera: a otros, tal temor puede invadir toda nuestra acción. Es natural sentir
ansiedad ante el riesgo de perder el amor de otros actuando según lo que
sinceramente creemos ser mejor para nosotros. No es inevitable, a pesar de
ello, que la relación sea de «bueno para nosotros, malo para ellos», pero
puede plantearse en estos términos, por lo menos, desde el punto de vista del
otro. Tal situación, cuando nos domina, puede atamos en grado considerable.
En el caso de un niño las ataduras emocionales de este tipo pueden ser
intensamente dolorosas. Imaginemos, por ejemplo, al niño a quien sus padres
le dicen sin cesar algo así como «Si eres bueno, actuarás como nosotros
queremos, y sin duda eres bueno, porque si no lo fueras, no te amaríamos...»
En lugar de enseñarle a juzgar lo malo y lo bueno sobre la base de sus
sentimientos y experiencias se induce a este pobre niño a contener los
primeros, así como su propio juicio, para aceptar e de sus padres sin
cuestionario. La dificultad sobreviene cuando el niño desea hacer algo que sus
padres no aprueban. Si lo hace, teme perder su afecto. Si reprime su deseo de
hacerlo, está conspirando contra su capacidad de crecer a tono con sus
sentimientos y experiencias. Queda así preso y con una actitud confusa y
ambivalente en cuanto a tomar cualquier iniciativa.
Para resolver sentimientos ambivalentes nada es tan útil como un fuerte
sentido del propio yo. Este no se forma de la noche a la mañana, aparte de
que nadie ve su propio yo de manera fija. Todos tenemos la capacidad de
crecer y de redefinirnos cuando encaramos sinceramente la realidad. Cuando
en lugar de eludir los problemas de ambivalencia los encaramos de frente y
tratamos de resolverlos, cada vez tenemos menor cantidad de ellos.
Las cuestiones sobre las que se basa la ambivalencia son universales.
¿Soy bueno o malo? ¿Débil o fuerte? ¿Inteligente o tonto? ¿Independiente
o dependiente? ¿Libre o dominado? Cuando estamos inseguros en cuanto a
las respuestas, nos sentiremos ambivalentes cada vez que debemos encarar
tales preguntas. Por el hecho de temer que al encarar la verdad sobre
nosotros mismos descubramos tener fallas, tendemos a eludir preguntas tan
fundamentales como éstas. Encararlas es el primer paso y, con frecuencia, el
más importante para resolverlas.
Aceptar, en fin, las respuestas, por difícil que nos resulten, es la mejor
manera de atenuar el malestar de la ambivalencia.
¿Qué deseamos en la vida? ¿Qué estamos haciendo para lograrlo?
¿Quién colocó el obstáculo? ¿Por qué esperamos hasta que una crisis nos
obliga a actuar? He aquí las preguntas más amplias que siguen a las
primeras. Una vez más, al encararlas, comenzamos a liberamos de la parálisis
de la ambivalencia. La preguntas llevan casi implícitas la respuesta:
decidamos quienes somos y que es lo mejor para nosotros.
Existe, desde luego, un equilibrio que cabe alcanzar entre dejar que otros
nos organicen la vida y vivir sin otra preocupación que nosotros mismos. No
hay en este capítulo una invitación a que hagamos siempre nuestro antojo
para evitar toda culpa. Las consideraciones modificadoras, como siempre,
implican el trato de los demás con un espíritu de reciprocidad y compasión, el
aprender a amarnos y respetamos con todo nuestro potencial, desarrollamos
como seres cuya vida es preciosa y tratar a los demás de la misma manera.
No dejemos que otros nos utilicen ni ejerzan coerción hasta llevamos a negar
nuestros sentimientos por temor de herirlos. Cuidemos, también, el no atro-
pellarlos durante el proceso. Estar libre de sentimientos de culpa no depende
por cierto de abusar del prójimo.
El tipo de culpa más común es el derivado de comprobar que hemos hecho
un verdadero daño a otra persona. Negar nuestra responsabilidad no hace
más que intensificar nuestro sentimiento de culpa. La mejor forma de aliviada
es aceptar nuestras acciones, disculpamos y reparar el daño causado. Resulta
inmejorable como medio de atenuar la tensión interior y lograr que todos nos
sintamos mejor.
Todos sentimos culpa a veces, pero ella se convierte en problema sólo
cuando no la comprendemos. Hemos visto que en su mayor parte proviene de
enojo que no ha tenido suficiente expresión. Cuando nos sintamos culpables,
establezcamos de dónde proviene nuestro enojo.
Comprendamos cómo nos hirieron. Hagamos las reparaciones apropiadas
si nosotros herimos a alguien, pero no un interminable mea culpa. Que la
reparación esté de acuerdo con el «crimen» que cometimos. Si nos sentimos
culpables por haber defraudado a alguien, volvamos a pensar en ello desde el
punto de vista del interés que nos movió y del de quien a su juicio, se
considera defraudado. Por lo menos, veamos la situación. Existe la posibilidad
de que la culpa no sea exclusivamente nuestra y hasta de que no la
tengamos.
Las personas que nos hacen sentimos culpables suelen usar como arma el
hecho de sentirse heridas. Provocar sentimientos de culpa en otros es el
procedimiento más poderoso y cruel que hace que se entierren sentimientos y
se confunda el conflicto que provocó el enojo en primer término. Es difícil
resolver conflictos con otra persona cuando ésta nos coloca en la posición
más débil y defensiva. Cuando alguien hace uso de nuestra culpa, nos lleva a
manifestamos por medio de lo que hay de más inmaduro y defensivo en
nosotros. La culpa provoca la aparición de nuestros rasgos infantiles, los de
quien teme ser castigado y más aún, que no lo amen. Es también el aspecto
de nosotros mismos que por fin, si el otro persiste en su actitud, puede ceder a
la tentación de atacar con las mismas armas, lo que a su vez, provoca idéntica
reacción en el otro: «Tú me heriste, yo te hiero...» En definitiva los dos nos
llenamos de culpa y el enojo no se resuelve.
Lo único que cabe hacer en tal situación es ver con claridad nuestros
sentimientos y manifestados con igual claridad. Señalemos que creemos que
el otro está utilizando sus sentimientos de culpa para herimos y que por
mucho que lo hayamos lastimado nosotros, ello no justifica las represalias ex-
cesivas que crean más culpa aún. Uno de los dos debe asumir la
responsabilidad de fijar límites. El individuo más sano, el que comprende
mejor sus propios sentimientos es quien debe decir «basta». Para reñir se
requieren dos partes. Esperemos ser nosotros la más estable de las dos.
Aun en estas circunstancias, dicho y hecho ya todo lo bueno, lo apropiado y
lo saludable, la mayoría de nosotros seguiremos sintiendo cierta culpa cada
vez que nos enojamos con quienes se supone debemos amar. En este punto
debe estar claro ya que hay que expresar el enojo y el dolor, quienquiera sea
que nos haya herido. La expresión apropiada del dolor recanaliza los
sentimientos negativos fuera de nosotros mismos y es esencial para
restablecer nuestro equilibrio emocional. Es verdad que expresar nuestro
enojo puede ser visto como hiriente por los demás, pero no podemos
permitimos aceptar las cargas ajenas, por lo menos, cuando está en juego
nuestra propia salud emocional.
Nuestra meta definitiva en la vida es ser lo mejor de nosotros, mismos. La
inmediata es tomar el camino que nos conduce a la definitiva. ¿Por qué,
entonces, sentimos culpables de no dejamos intimidar por quien persiste en
interponerse en nuestro camino, o se siente «herido» cuando por fin lo
hallamos? En realidad, nunca daremos satisfacción ni apaciguaremos a nadie
que tenga estas características, aun cuando vivamos disculpándonos. Si
nuestro propio crecimiento saludable es vivido por alguien como una herida, el
problema no es nuestro.
El mayor amor que puede manifestamos una persona es el deseo de que
desenvolvamos al máximo nuestra personalidad. N o somos propiedad de
nadie, cualquiera sea nuestra relación. No estamos en el mundo para realizar
los sueños de un padre frustrado, ni para proteger a otros de tener que
encarar la realidad de sí mismos o de su propio mundo. Vivimos para crecer y
desarrollamos, para compartir la tarea de hacer un mundo mejor, de hacer el
mundo inmediato, el que nos rodea y del cual somos parte, tan- auténtico y
representativo de nuestros propios sentimientos como sea posible. Sin duda,
es necesario transar en cuanto a los recursos disponibles de tiempo y dinero,
pero cabe esperar que ello no nos desvíe demasiado de nuestra propia vida.
De ocurrir esto, por muchos esfuerzos que hagamos sólo seremos una
aproximación de nuestro verdadero yo, nuestra contribución a la felicidad de
quienes amamos se verá limitada por esa falta de autenticidad y nos
hallaremos en la amarga ruta donde el enojo profundo y la culpa se unen para
destruir nuestras mayores aspiraciones.
No es inevitable. No lo permitamos. Espero que algo de lo manifestado en
estas páginas ayude a evitar que suceda.
CAPITULO 6
DEPRESION
La depresión es el sentimiento de estar tristes, infelices, melancólicos, «en
el pozo».
Como la culpa, la depresión sobreviene cuando el enojo queda prisionero
en nuestro interior. En este caso, el enojo se transforma en odio y comienza a
despojar a la vida de todo significado. Hacer del propio mundo un lugar
habitable requiere energía, de la cual a la persona deprimida le queda poco
para invertir. Es evidente que la persona deprimida y la feliz que contemplan el
mismo paisaje otoñal reaccionan frente al mismo mundo exterior. Si
suponemos que los sentidos de ambas son normales, las impresiones
sensoriales recibidas tienen que ser en gran parte las mismas. Con todo hay
una gran diferencia en el mundo experimentado por cada una de ellas. La
persona feliz contempla el paisaje y ve en él un reflejo de sus sentimientos
positivos. La persona deprimida sólo halla en él razones adicionales para
sentirse deprimida, al recordar la gente ausente, el vacío interior, la propia
autoestima limitada y peor que todo ello, el contraste entre su tristeza interior y
el mundo de brillantes tonos que lo rodea.
Nuestros estados de ánimo tiñen nuestro mundo y moldean nuestra
realidad.
En la depresión la energía parece volverse contra el yo. En lugar de permitir
el libre fluir de sus sentimientos, la persona deprimida ve cada sentimiento de
enojo como prueba de su poca valía y retrocede ante toda expresión de dicho
enojo. Aun en este caso, da la impresión de estar enojada, porque sus
defensas excesivamente cargadas dejan escapar expresiones del enojo aquí y
allí.
Si bien estas personas se sienten a menudo tristes, la depresión se
diferencia de la tristeza. La tristeza es un sentimiento de vacío que sigue a una
herida o una pérdida. Cuando nos sentimos tristes y nos preguntamos «¿Qué
he perdido?» «¿De qué modo he sido herido?», por lo general tenemos una
respuesta que tiene sentido. Podemos expresar rabia por nuestra herida y
dolor por nuestra pérdida. Nuestro enojo no ha sido enterrado y si lo
resolvemos, es habitual que la tristeza desaparezca.
Cuando un individuo permanece triste durante largo tiempo, sin
comprender qué significa esta tristeza, a menudo pierde contacto con el hecho
que provocó la tristeza. El resultado es la depresión. La tristeza permanece en
él, alimentada por un abundante reservorio de enojo y odio. Se siente
desvalorizada. La gente deprimida está siempre tratando de contener su enojo
y el acto mismo de contenerlo la agota más aún y puede llegar a enfermarla.
Si bien la tristeza y la depresión pueden tener la misma apariencia en un
momento dado, no son lo mismo. La tristeza de todos los días se disipa. La
tristeza de la depresión, por otra parte, se encuentra prisionera. Si no se la
trata, aumenta. La tristeza normal pasa con los cambios de fortuna. La
depresión, no. La tristeza es una fase pasajera en el fluir natural de los
sentimientos. La depresión, en cambio, es la interrupción en el fluir de los
sentimientos.
Para comprender un tipo determinado de depresión necesitamos conocer
los verdaderos sentimientos que se ocultan detrás-de ella. ¿Parece razonable
la tristeza cuando la comparamos con lo perdido, o bien se la exagera fuera de
toda proporción? Si el sentimiento de depresión concuerda con la pérdida, a
menudo podemos aliviamos identificando dicha pérdida, dejando escapar el
enojo y haciendo las, reparaciones apropiadas cuando ello es necesario.
Se trata aquí de una depresión sin complicaciones, del tipo que responde
bien a la conversación con buenos amigos o al solo hecho de sentarse a solas
y cotejar nuestros propios sentimientos con los hechos que los provocaron.
Desgraciadamente la mayoría de las depresiones no son tan fáciles de
delinear. Señalar los hechos que causaron la herida inicial rara vez es
suficiente para eliminar una depresión severa. Cuando volvemos el enojo
contra nosotros mismos, este sentimiento crece fuera de toda proporción con
la realidad, llevándonos a una actitud de defensa oculta. (Esta reserva no
siempre es perjudicial, ya que es señal de que la persona por lo menos
reconoce que le pasa algo y puede tomar ciertas medidas para corregir su
situación. Las personas con este tipo de depresión parecen mejorar en medio
del silencio. Al ocultar sus pensamientos, protegen al mismo tiempo la marcha
de su recuperación. Su actitud defensiva las hace a menudo inaccesibles a las
palabras.)
Las personas con depresión grave pueden ser alcanzadas a veces cuando
actuamos sobre sus sentimientos de culpa, ya que la culpa es con frecuencia
el más accesible de sus sentimientos. En un experimento llevado a cabo en un
hospital se envió una cantidad de pacientes con depresión a la sala de
laborterapia durante ocho horas por día, cinco días por semana. A cada
paciente se daba un gran bol lleno de millares de cuentitas de colores y un par
de pinzas finas, además de unos cuantos boles más pequeños. Debían
clasificar las cuentitas por colores y distribuidas en los boles más chicos. El
trabajo era sumamente cansador y no era posible completado en una jornada.
Al final de cada una, la terapeuta observaba el trabajo de cada paciente, volvía
a arrojar las cuentitas tan cuidadosamente clasificadas dentro del bol grande,
decía al paciente que volviera al día siguiente para emprender otra vez la
misma tarea.
Como estos pacientes no eran comunicativos y no era posible tomar
contacto con ellos por los métodos de psicoterapia habituales, nunca se dis-
cutió nada referente a sus problemas. A pesar de ello, evidenciaron una
marcada mejoría. El método dio resultados, aparentemente, porque de alguna
manera estos pacientes sentían que estaban siendo castigados por sus
«malas acciones» y que se les permitía hacer penitencia por su «maldad». Se
les daba la oportunidad de elaborar sus sentimientos de culpa alejando de sí
mismos el enojo y canalizándolo por una vía inofensiva. En este proceso poco
a poco su depresión fue desapareciendo.
La necesidad de castigo en los estados de depresión, por lo menos, la
oportunidad de compensar el mal que algunos individuos deprimidos creen
haber hecho a otros, parece ser una parte importante de la cura. Es frecuente
que cuando ciertos pacientes con depresión gravé comienzan a sentirse
mejor, asuman tareas humildes, como fregar pisos y retretes. Este tipo de
conducta, dentro, o bien fuera del hospital, parece proporcionar una
combinación eficaz de autocastigo y de redirigir el enojo y la energía hacia
afuera y sobre objetos aceptables, proceso que se realiza en forma si-
multanea.
De hecho, dirigir la energía hacia afuera es el primer paso para romper el
ciclo de depresión que tiende a autoperpetuarse. La persona que se siente
deprimida puede tener poca inclinación para salir y hacer algo, cualquier cosa.
Estar deprimido consume una enorme cantidad de energía. El mejor comienzo
puede ser la actividad solitaria, como el dibujo, la costura, la jardinería, las
reparaciones de aficionado, la limpieza de sótanos, desvanes y armarios.
Todos estos elementos proporcionan una salida externa sin imponer la presión
de establecer contacto social. A veces reconstruir un diario resulta útil para
clasificar los hechos que llevaron a la dificultad actual. También es eficaz
hacer un programa de actividades diarias y tratar de ajustarse a él, de tal
manera que cada día ofrezca la oportunidad de proveer algo positivo 'y
compensador. No es necesario estar en un estado de óptima alegría para
realizar las tareas de rutina, pero ellas pueden ayudamos a «despegar del
fondo del pozo».
Todos tenemos sentimientos de tristeza y la mayoría de nosotros nos
hemos sentido deprimidos en uno u otro momento de nuestra vida. Sentirse
deprimido es sentirse sin vida, inhibido y drenado. Las funciones corporales se
vuelven lentas. Los deprimidos suelen sufrir, a menudo, de estreñimiento y de
trastornos del sueño. En forma característica despiertan muy temprano por la
mañana y no pueden volver a dormirse. También les cuesta conciliar el sueño
y son inquietos, despertándose con facilidad. Cuando duermen, no tienen un
sueño reparador. A menudo este sueño es interrumpido por pesadillas
perturbadoras en las cuales los sentimientos prisioneros buscan expresión.
La persona deprimida tiene un aspecto acorralado, preocupado, en su
desesperación por contener su enojo y odio de sí misma. Tolerar este estado
de cosas durante demasiado tiempo resulta agotador. Las defensas se
desgastan y en los casos peores la energía deja de fluir hacia afuera. Cuando
el individuo deprimido se siente incapaz de contener más su rabia y llega al
convencimiento de que las cosas 'no mejorarán, puede volver el enojo contra
sí mismo es una tentativa final de terminar con todo, ya sea mediante un grito
con el que pide ayuda o bien mediante un intento real de poner fin a su vida.
Sin embargo, la depresión no siempre deja de tener su aspecto positivo.
Aun cuando sea muy doloroso soportada, puede servir para bajar ciertas
defensas que han sido demasiado rígidas o demasiado causantes de
confusión, con lo cual se obtendrá una visión más clara y menos distorsionada
de uno mismo. Durante una depresión muchas personas comienzan a
comprenderse por primera vez y también por primera vez entran en contacto
con otros sentimientos que les revelan aspectos de sí mismas. Tiene por
ejemplo un sentido de haber perdido algo que era muy importante, pero de lo
cual no tenía conciencia antes. Puede sentir que ya ha perdido tanto que no
tiene más que perder al ser sincera consigo misma y volver a analizar lo que
considera importante en su vida.
La depresión cuando está acompañada por este tipo de nueva conciencia
del propio ser puede convertirse en un punto decisivo de cambio para quien ha
vivido hasta. ese momento mal organizado y aún hallar una dirección. La
caída de las defensas puede ayudar a dar nueva forma a nuestra vida, a
encontrar valor para poner en tela de juicio lo que antes considerábamos tan
importante y a decimos, por ejemplo: «Si lo que tenía era, según suponía, tan
importante para mí, ¿por qué no era feliz?» Podemos, en este punto, darnos
cuenta de que todavía tenemos mucho tiempo de cambiar. Un gran número de
individuos dejan, por fin, de dar muchas cosas por supuestas cuando se
sobreponen a una depresión.
No cabe recomendar, desde luego, una depresión como método ideal para
establecer quiénes somos en realidad, pero ignorar las realidades de nosotros
mismos que se hacen manifiestas cuando bajan nuestras defensas implica
perder una oportunidad valiosa de crecer. Peor aún, el antiguo enojo derivado
de pérdidas permanece encerrado, irresuelto, todo nuestro sufrimiento resulta
inútil. No hay, en definitiva, una virtud inherente en el hecho de sufrir. Es
necesario que aprovechemos este sufrimiento.
Los sentimientos depresivos no resueltos pueden comenzar a interferir con
la capacidad de trabajar y de vivir. Cuando el dolor es demasiado grande la
intuición suele ser al mismo tiempo escasa. Es necesario obtener ayuda.
Existen diversos tipos de tratamiento, cada uno de ellos con sus propios
méritos y desventajas. El método utilizado depende del tipo y gravedad del
desorden y debe llevarse a cabo bajo la responsabilidad de un profesional.
El tratamiento de la depresión por la psicoterapia involucra ayudar al
paciente a liberar su enojo reprimido e impedir que se acumule en mayor
medida. A menudo el terapeuta desempeña el papel de persona «segura» con
quien el paciente puede enojarse sin que aumente su sentimiento de culpa.
El electroshock es una forma física de terapia que crea una amnesia parcial
y con ello fortifica la defensa de la negación mediante la cual la persona
deprimida ha tratado sin éxito de contener su enojo. Este olvido provocado por
medios artificiales suprime el enojo y la culpa que el paciente no ha
conseguido negar. Puede ser de utilidad para que el paciente que sufre una
depresión psicótica se sienta mejor en forma transitoria, pero lo deja con
menores recursos con los cuales trabajar a causa de su pérdida parcial de la
memoria. Con frecuencia, una vez pasados los efectos del electroshock el
paciente vuelve a caer en la depresión. Este tratamiento puede dificultar el
trabajo de psicoterapia más adelante, por interferir con nuestra capacidad de
recordar y resolver sentimientos dolorosos.
Como la psicoterapia y el electro shock, el tratamiento de la depresión por
medio de medicación antidepresiva es eficaz sólo en parte y con algunos
pacientes, pero no con otros. La eficacia de las drogas antidepresivas es con
frecuencia psicológica, comenzando por el médico. Da a éste algo
concreto con qué tratar al paciente y con ello puede hacer que aquél proyecte
una actitud de mayor confianza, que a su vez puede ayudar al paciente a creer
en él. Hoy en día consideramos que se hace un uso abusivo de estas drogas.
Se ha demostrado que la droga antidepresiva llamada Imipramina aumenta
el volumen de enojo expresado en los sueños de los pacientes deprimidos, los
cuales disminuyen en forma gradual a medida que mejora el paciente. Esto
sugiere que parte de la mejoría obtenida mediante esta medicación puede ser
la consecuencia de vaciar por medio de los sueños las reservas de enojo que
han servido para alimentar la culpa y la depresión del enfermo. La
Clordiazepoxida, tranquilizante de amplia difusión, parece aumentar la
ansiedad expresada en los sueños del paciente, sueños que de esta manera
permite, en apariencia, expresar sentimientos que estarían prohibidos en otras
manifestaciones.
En general, tanto los médicos como los pacientes confían demasiado en la
medicina y la tecnología y demasiado poco en las cualidades humanas y en la
comprensión del mecanismo de los sentimientos. En la depresión, como se ha
mencionado ya, llegar a lo profundo de nuestros sentimientos y ver nuestro
mundo interior tal como es puede permitimos tomar decisiones que éramos del
todo incapaces de formular con anterioridad. Las personas que se recuperan
de una depresión dicen a menudo: «He recibido ya bastante castigo por mis
propios sentimientos y ahora es el momento de que haga algo por mí mismo.
Sé cuál es la causa de mi infelicidad y sé que no puedo seguir viviendo como
lo he hecho hasta ahora. De seguir viviendo así, sería un farsante, un
simulador. No quiero pasar el resto de mi vida fingiendo que debo ser feliz
cumpliendo los deseos que tiene otro respecto a mí. No quiero pasar el resto
de mi vida tratando de corregir los errores sin remedio ya de mi pasado.
Quiero vivir mi vida.
Todo el tiempo pensamos cosas como éstas, pero con frecuencia sentimos
demasiada culpa como para dar un paso constructivo en nuestro propio
beneficio. La depresión puede permitimos ver que somos responsables de
nuestra propia vida y que debemos asumir la carga de realizamos. Nadie lo
hará por nosotros. A menos que nos ocupemos en primer término de nosotros
mismos, seremos de muy poca utilidad para nosotros y para los demás.
Los adolescentes se sienten muchas veces deprimidos porque, como se ha
señalado en páginas anteriores, la visión que tienen de sí mismos cambia en
forma constante y sufren sin cesar un menoscabo de su autoestima. Sin
embargo esta disminución de la auto estima puede ser el punto de partida
para el crecimiento y para la corrección de errores, para renunciar a las formas
infantiles y artificiales de actuar con el solo fin de ser como los otros chicos o
chicas, a costa de ser ellos mismos.
En cierto modo, la depresión vuelve a hacer de todos nosotros
adolescentes, con un nuevo potencial, y oportunidad para crecer. La depresión
nos dice que hay algo que no marcha en la forma en que estamos manejando
el mundo, que hay algo que no marcha en la forma en que estamos ma-
nejando nuestras vidas. El dolor de la depresión con frecuencia, nos permite
volver a crecer y dejar de sacrificamos sin necesidad por los demás.
No ser lo mejor de nosotros mismos es doloroso. Aceptar la
responsabilidad de nuestros propios sentimientos y decidir descubrir qué es lo
mejor dentro de nosotros es el legado más valioso que puede dejamos una
depresión.
Ser lo mejor de nosotros mismos significa que somos sinceros con
nuestros sentimientos, que renunciamos a las expectativas de que seamos
perfectos y, por lo tanto, a la necesidad de ocultar lo que sentimos, ya que lo
que sentimos es nuestro propio ser.
Ser lo mejor de nuestro propio ser significa que la combinación única de
sentimientos que forman ese ser es lo mejor que podemos ser, sean cuales
fueren dichos sentimientos.
Es mejor aceptar la depresión como prueba de que somos reales y que
tenemos sensibilidad. Aceptemos que somos fundamentalmente buenos aun
cuando a veces lo dudemos y que, lo que es más, podemos aducir pruebas
para apoyar la convicción de nuestra bondad esencial. El problema no es que
seamos malos, sino que sentimos que lo somos y que este prejuicio acerca de
nosotros mismos nos ha llevado a perdemos dentro de nuestro propio
sentimiento de culpa.
Tengamos el valor de volver a crecer.
CAPITULO 7
COMO SALDAR NUESTRAS DEUDAS EMOCIONALES Y LIBERARNOS
Una vez que hemos aprendido a comprender nuestros sentimientos y a ser
abiertos y sinceros en la expresión de los mismos, podemos liberarnos de las
deudas emocionales de pasado y ver con claridad cada vez mayor nuestra
forma de percibir el mundo. Una vez libre de la necesidad de distorsionar, una
vez que dejamos de tener expectativas preconcebidas respecto de la realidad,
la vida deja de ser complicada. El momento actual, el ahora, parece alargarse
a medida que gozamos de mayor disponibilidad frente a nosotros mismos y a
las personas que amamos. La vida se hace más completa porque nuestras
experiencias son más completas. Mientras en una época eludíamos el dolor, y
aislábamos parte del mundo para que contuviera su avance, ahora estamos
libres para sentir todas nuestras heridas y pérdidas, resolverlas, y seguir
marchando hacia el próximo momento de la vida con una carga mínima prove-
niente del pasado. De máxima importancia es que una vez saldadas nuestras
deudas emocionales, estamos en el camino hacia nosotros mismos. Hacia el
verdadero conocimiento de nosotros mismos. Es más fácil tomar decisiones
que resultarán beneficiosas y estructurar nuestra vida de tal modo que nos dé
la mayor oportunidad de alcanzar nuestro máximo potencial. Sin sinceridad en
la aceptación de nuestros sentimientos, seguida por la comprensión de los
mismos, nada de esto podría ser posible.
Todos encontraremos deudas emocionales de tiempo en tiempo. La deuda
emocional es la situación de desequilibrio en la cual los sentimientos se
encuentran prisioneros en lugar de estar expresados. He señalado que la
expresión natural de los sentimientos exige el uso de defensas y de energía.
Cuantos más sentimientos contenemos menos energías tenemos para ser
nosotros mismos y menor libertad nos queda. Cuando tenemos deudas
emocionales sucederá que nuestros sentimientos escapen, por fin, en una
dirección poco saludable, o bien que nuestras defensas se vuelvan tan rígidas
que no nos sea posible actuar con espontaneidad. Nuestro mundo será
frenético o bien abrumador, fuera de nuestro control y desprovisto de alegría.
Será la proyección de nuestro pasado preso en nuestro interior y no de
nuestro presente abierto. Será una distorsión.
Saldar nuestras deudas emocionales es menos complicado de lo que
suena. Permanecemos prisioneros de sentimientos no expresados en nuestro
pasado, en parte, porque tenemos miedo y en parte, porque no sabemos bien
cómo funcionan esos sentimientos. Si somos capaces de comprender cómo
fluyen los sentimientos al responder a la pérdida, y a esta altura confiamos en
que ello nos sea posible, y si además sabemos aceptar nuestro enojo por
haber sido heridos, estaremos ya en el camino que nos llevará a saldar
totalmente estas deudas emocionales. En primer lugar solamente cuando no
se expresa el dolor y el enojo con toda sinceridad comienza a acumularse la
deuda emocional.
El primer paso reside en permitirnos sentir lo que sea que sentimos, sin
formular juicios de valor. No tratemos de sentir, sintamos, simplemente. No
temamos sentir por creer que una determinada emoción nos hará aparecer
bajo una luz desfavorable. Nuestros sentimientos pueden decimos mucho
sobre el mundo y sobre nosotros mismos, pero no debemos considerados
como elementos de prueba para evidenciar nuestro propio valor como
individuos. El hecho de que tengamos sentimientos de enojo no nos vuelve
personas «malas}}, ni tampoco nos convierten nuestros actos altruistas
necesariamente en personas buenas.
Para quedar libres de nuestras deudas emocionales debemos aceptamos
en toda nuestra condición humana, incluidos nuestros defectos. Debemos
aceptar la idea de que por imperfectos que seamos, tenemos valores, y que
nuestros sentimientos y nosotros mismos tenemos importancia. Debemos
asumir la responsabilidad de nuestros propios sentimientos y aprender a
amamos lo suficiente como actuar en conformidad con ello. Esto significa que
si sentimos algo, debemos tener el valor de expresado. ¿Cómo nos será
posible crecer si no admitimos nuestros propios sentimientos, ni aceptamos la
responsabilidad de tenerlos? No es posible aceptar sentimientos cuya
existencia no reconocemos.
Dejados salir puede ser, sin duda, alarmante, pues es en el terreno de los
sentimientos que tendemos todos a sentimos con menor control y, por ello,
con mayor temor. Es también en este punto, donde rechazamos nuestros
sentimientos, que levantamos nuestras defensas. Si permitimos que ellas se
afiancen opondrán un muro entre nosotros y nuestros sentimientos. Cuando
estamos demasiado apartados de ellos, cualquier sentimiento que emerja, por
poco Importante o comun que sea, tiene el poder de quitarnos el equilibrio, de
confundirnos y aun de inmovilizarnos. Los individuos con sólidas defensas
contra sus sentimientos utilizan toda su energía para mantenerlas intactas.
Tienen terror de sentir algo. Ya es bastante difícil levantarse por la mañana.
Tienden a temer más los sentimientos que los hechos que los provocaron y
por ello poco hacen para resolver sus problemas. En lugar de ello, malgastan
sus energías tratando de convencer a los demás de que no tienen miedo, de
que no están heridos, ni enojados, ni tristes. «No... la verdad es que estoy muy
bien... claro que estoy bien... ¿Quién dijo que tengo cara de estar triste... ?
¿Qué quieres decir...? Déjame en paz... por favor...» Si se permitieran, por lo
menos, comenzar a expresar el dolor o el enojo a medida que lo sienten, por
lo menos la cantidad acumulada se reduciría, así como la actitud defensiva y
la tensión que los acompañan.
Bajo la carga de las emociones no expresadas podemos vivir bajo un
tensión continuada, surgida de ocultar todo el tiempo algo que consideramos
inaceptable. Nuestra vida emocional está tan guardada que no vemos el
mundo como es. Creemos que es el mundo que nos rodea que se ha conju-
rado para provocarnos tensión y nerviosidad, cuando en realidad la dificultad
está dentro de nosotros, donde, mientras permanezca sin ser reconocida,
también permanecerá irresuelta.
Para salir de esta situación de deuda emocional es necesario estar
convencidos de que ni nosotros ni el mundo se desmoronarán porque
expresemos nuestros sentimientos. La expresión apropiada de los mismos
rara vez lleva a la pérdida del propio control. Enojarse y llorar, por ejemplo, no
es perder el control, sino simplemente expresar sentimientos intensos.
Algunas personas no consideran «agradable» abrigar sentimientos tan fuertes.
La noción misma de lo que es «agradable» resulta limitada. El temor mismo de
perder el control a menudo puede ser originado por la resistencia a dejar que
estos sentimientos se manifiesten. Cuando ellos están prisioneros, se
intensifican al punto de desencadenar disputas, explosiones y tendencia a
magnificar las ofensas fuera de toda proporción. Todo esto tiende a dar a la
persona inhibida la sensación de haber perdido el control, lo cual, según su
propio modo de ver, le ha sucedido. La sensación de que cualquier
sentimiento tenga expresión, de que de alguna manera atraviese su línea
Maginot de defensas es una sorpresa y tiende a crear consternación. «Mi
Dios... qué me pasa...» es la reacción probable, llena de terror. La respuesta
es, sin duda, «Nada, salvo lo que es natural que te pase». Sí, la respuesta
puede ser fácil, pero aceptarla no es tan fácil para esta persona. Hay que
desplegar sensibilidad y comprensión.
Saldar nuestras deudas emocionales y permanecer abiertos, he aquí
objetivos para todos quienes deseamos liberarnos de la carga abrumadora de
expectativas poco reales nacidas en nuestro pasado. Por terrible que haya
sido nuestra vida pasada o por rígida que haya sido nuestra educación, hay
abundante fundamento para confiar en nuestro crecimiento futuro si
aprendemos a aceptar nuestros sentimientos y a dejar de disculpamos por
ellos. Si ni siquiera nos sentimos con libertad para expresar lo que sentimos,
somos esclavos, por mucha libertad que reine en la sociedad en que vivimos.
Tanto en la comuna «hippie» como en el departamento de un barrio
aristocrático de Boston, los sentimientos son los que reinan. Quienquiera que
no nos acepte porque los expresamos es una persona que no nos acepta
como seres reales y es casi seguro que podemos vivir muy bien sin su
amistad.
La feliz consecuencia de liberamos de emociones que imponen una carga
es volvemos abiertos. Para ser abiertos debemos comprender lo que sen-
timos, saber de dónde provienen dichos sentimientos, y ser capaces de
expresarlos frente a quien sea apropiado hacerlo. En la solución de nuestros
problemas cabe confiar ahora en nuestros sentimientos, los que nos indicarán
el camino a seguir. El intelecto y su instrumento, la lógica, pueden desviamos.
Necesitan de la activa participación de nuestros sentimientos para que no
alteren la realidad de acuerdo con necesidades que son falsas. Los
sentimientos dicen la verdad. Cuando somos abiertos, las necesidades siguen
existiendo, pero las percibimos con claridad porque estamos abiertos a los
sentimientos que las definen y las Interpretan.
Ser abiertos es estar en constante contacto con el mundo que nos rodea a
través de nuestros sentimientos. Permanentemente nos elevamos hacia un
nivel más alto y libre de percibir el mundo, con un punto de vista cada vez
menos defensivo. A medida que nos volvemos abiertos, dependemos menos
de lo que dicen los demás y más de nuestra propia visión del mundo, de lo
que nos dicen nuestros sentimientos.
Cuando estamos abiertos estamos menos ansiosos. No tenemos más que
detenemos a pensar: «¿Qué temo perder? ¿Qué me amenaza en este
momento? ¿En qué forma puedo ser herido? ¿Estoy en algún peligro? ¿Temo
aceptar alguna parte de mí mismo? ¿Temo asumir la responsabilidad de
. haber hecho algo que hirió a otra persona? ¿Temo aceptar y manejar la culpa
que me toca en algún hecho o palabra, a causa de un sentimiento de culpa?»
A medida que nos formulamos estas preguntas, conocedores ya de los
sentimientos involucrados, de la forma en que actuan y libres del peso de
deudas emocionales, podemos responder a ellas en forma casi automática
para resolver nuestra ansiedad y, cuanto con mayor frecuencia nos la
formulemos, con tanto mayor facilidad y rapidez tendrán su respuesta. Cuando
utilizamos nuestros músculos, adquieren tonicidad y nos sirven con mayor
eficacia. Cuando ejercitamos nuestra mente encarando problemas complejos,
también la convertimos en un instrumento más eficaz. Del mismo modo, si
nuestros sentimientos actúan en libertad, nuestra salud emocional, nuestro
bienestar y nuestro desarrollo individual no dejarán de responder a esta actitud
de apertura.
Esta voz de nuestros sentimientos más profundos habla en nombre de la
parte de nuestro yo que tiene mayores probabilidades de lograr el éxito en la
vida con un mínimo de esfuerzo malgastado. No es necesario crear a esta
persona, porque somos ya esta persona. Son nuestras defensas las que se
interponen en nuestra expresión de este aspecto superior de nuestra
personalidad. Una vez expresado, es posible refinado y moldeado más aún,
aunque está presente, o bien no lo está, desde el principio.
En realidad no hay grades misterios en la vida, sino puertas que conviene
abrir y explorar en cada paso de nuestro crecimiento. Cada nuevo paso sig-
nifica un poco de dolor. Así como se requiere cierta energía para bloquear una
emoción también se la requiere para liberada. Aun cuando sepamos qué está
bloqueando nuestro avance, no nos será posible crecer hasta que bajemos las
defensas que nos lo impiden. Bajar defensas nos permite vemos como somos.
Eso puede resultar alarmante, pero es esencial si en realidad, aspiramos a
ponemos en marcha y dar el paso siguiente. Damos cada paso sucesivo
experimentando en forma abierta y sincera los sentimientos que previamente
estaban ocultos.
La forma de descubrir la verdad comienza por la sinceridad en nuestros
sentimientos. Ser sinceros significa manifestar la máxima verdad tal como la
vemos, sin disculpas ni defensas, sin falsedad' v sin selectividad. Bombardear
a los demás con dolorosas revelaciones sobre ellos mismos puede significar
decir «la verdad», pero se trata de sólo una parte seleccionada de ella.
La mayor verdad puede ser que no hacemos más que ser hirientes por un
sentido de enojo que tal vez no estemos expresando en forma apropiada. La
mayor sinceridad consiste en una búsqueda que vaya más allá de nuestras
propias distorsiones y en la que no intervengan las ilusiones.

Los sentimientos sin sinceridad son defensas El mundo sin sinceridad


es una ilusión
El recuerdo sin sinceridad es sólo fantasía
El tiempo sin sinceridad no puede nunca ser el
[presente.
El espacio sin sinceridad nunca puede ser aquí El amor sin sinceridad es
espíritu posesivo
Sin sinceridad no hay crecimiento real Sin sinceridad no hay libertad
Sin sinceridad no hay esperanza
Sin sinceridad nada es real
Sin sinceridad nada es.

Cuando comenzamos a ser sinceros podemos experimentar una misma


realidad. Cuando dos personas comparten la misma realidad no sólo dan
validez a su propia vida sino a la vida misma. Con la sinceridad no sólo
aumenta nuestro sentido de la realidad sino también nuestra fuerza y nuestra
aceptación de nosotros mismos, todo lo cual es reforzado por quienes nos
acompañan por el mismo camino.
El camino comienza de la misma manera para todos nosotros, cuando nos
preguntamos con la mayor sinceridad posible, haciendo uso de nuestra
comprensión recién lograda: «¿Qué siento? ¿De dónde proviene ese
sentimiento? ¿Me es familiar? ¿En qué sentido? ¿Cuándo lo tuve antes?
¿Con qué hecho está relacionado? ¿Es este hecho una amenaza de pérdida,
una pérdida real, una herida, o bien otro sentimiento?» Sabemos ahora que el
sentimiento de ansiedad estará, por lo general, asociado con la amenaza de
una pérdida y que a veces el sólo recordar una vieja pérdida es capaz de
recrear el sentimiento original de ansiedad.
Esto puede significar que todavía no hemos aceptado del todo la pérdida y
que no es posible resolver nuestra ansiedad hasta que se produzca esta
aceptación total y permitamos a nuestro dolor llegar a la superficie. También
sabemos que si el suceso recordado implica herida, el sentimiento bloqueado
es casi siempre de enojo. Permitir la salida de este enojo es la forma de
eliminar este sentimiento permanente de dolor. Por otra parte, cuando el
suceso doloroso involucra mucho enojo, es probable que los recuerdos se
refieran tanto al dolor como a la culpa que provoca nuestro enojo. Una vez
más, la forma de disipar estos sentimientos es aceptar la pérdida y el dolor y
expresar el enojo.
No hay ningún elemento misterioso en este método. Cualquier persona
sensible y normal puede aplicarlo y el cociente de inteligencia no es un factor
determinante. En verdad, si lo fuera, la mayoría de nosotros nos hallaríamos
en considerables dificultades. ¿Cuántas veces nosotros o algún amigo
nuestro, nos hemos sentado a «pensar»un problema y terminamos
sintiéndonos vacíos, sin solución? ¿Tan incómodos como antes? Sólo cuando
nuestros sentimientos, nuestro sexto sentido, intervienen en el proceso y
cuando podemos prestarles una atención constructiva, disminuye el malestar y
podemos proseguir nuestra vida con renovada eficacia y alegría. Cuando
sentimos malestar desde el punto de vista emocional, tenemos muy pocas
posibilidades de rendir nuestra máxima capacidad, sin que en ello intervenga
para nada nuestra inteligencia. Nada de esto, desde luego, significa sugerir
que debamos incurrir en una especie de inconciencia antiintelectual. Una vez
más, señalamos que el pensar en un problema sin acompañar el proceso por
el de sentir, significa, en el mejor de los casos, encontrar solamente una so-
lución parcial, transitoria y superficial. Lo importante aquí es hallar lo que da
resultado.
A medida que nos, volvemos abiertos, estamos también cada vez más
conscientes de nuestra así llamada intuición. Podemos «intuir» más acerca de
otras personas, porque podemos recibir lo que nos llega desde ellas sin
distorsionarlo con nuestras defensas. Veamos concretamente cómo se
produce esto haciendo el siguiente ejercicio. Permanezcamos quietos y a
solas unos cinco minutos en un cuarto, con los ojos cerrados y despejemos
de nuestra mente todas las imágenes y pensamientos anteriores. Dejémosla
vacía. Concentrémonos en las imágenes detrás de nuestros ojos. Hagamos
que entre otra persona en el cuarto sin decir una sola palabra. Abramos los
ojos. Experimentaremos una «sensación» de la otra persona percibir su
presencia como un cambio sutil en nuestros sentimientos.
Tal percepción se produce cada vez que se encuentran dos personas, lo
adviertan o no. Es resultado de la acción recíproca de la respectiva energía,
que actúa en cada una de ellas con distinta fuerza y calidad. Podemos notar
una vaga sensación de calidez o bien de frialdad, de poder o de
vulnerabilidad. El cambio que percibimos es el «aura» emocional de la otra
persona, que varía y cambia en cada individuo en la misma forma que sus
sentimientos. El «aura» de cada individuo nos dice algo importante acerca de
él. El fenómeno no tiene nada especialmente nuevo. Todo el mundo, por
ejemplo, se ha sentido, en algun momento, amenazado por la presencia de
una persona amenazadora, aun cuando esta persona no diga nada. Tampoco
esto encierra nada de misterioso. Estamos hablando de lo que existe en el
interior de cada ser humano. No es necesaria ninguna preparación en ciencias
ocultas para percibido. Depende de cada uno de nosotros, de nuestra evo-
lución tendente a lograr la máxima eficacia como individuos sensibles y, por
ello, perspicaces.
Cuando practicamos el «intuir» de esta manera, podemos aprender a
desarrollar la propia percepción e intuición en un grado altamente consciente.
Cuando aprendemos a intuir cosas en los demás, aprendemos asimismo a
intuir más en nosotros mismos y por fin más cada día en otros. Los
sentimientos de los cuales no teníamos antes conciencia se atenúan. Una vez
que aprendemos a llegar a este punto donde se encuentran el intelecto y los
sentimientos podemos gozar de la acción recíproca de ambos. Nos resulta
más fácil determinar qué es lo real. Nuestra habilidad para ello, como
cualquier otro arte, mejora y se agudiza con la práctica.
Cuando aprendemos a sentir de esta manera, nos encontramos en
contacto con una nueva fuente de sabiduría, la verdad dada por nuestra propia
experiencia, que ahora tenemos a nuestro alcance. Nos transformamos en un
instrumento confiable, por medio del cual podemos medir todo lo que
recibimos del mundo exterior. Cuando algo nos causa incertidumbre, es muy
probable que estemos justificados y no tenemos más que decir «no estoy
seguro» y pedir al otro una explicación, o bien un margen mayor de tiempo
para considerar la situación o los juicios manifestados. Si lo que nos dice
alguien suena como una excusa, como una defensa, o no suena a real o
sincera, digámoslo sin rodeos. Si otra persona ejerce presión sobre nosotros
para que hagamos algo, señalémoslo. Es muy posible que obtengamos de esa
persona una respuesta adecuada o por lo menos real, ya que nuestra
apreciación de su conducta ha sido correcta y ello lo sabe, quiera admitido o
no. Le proporciona así Feedback, le hacemos saber en términos realistas los
efectos de su conducta sobre nosotros y con ello abrimos el camino para el
diálogo, que comenzará con las preguntas que le formulemos en cuanto a la
razón por la cual pos presiona, o no nos deja proceder según nuestro propio
ritmo. No estamos ya en la situación de ataque-reacción-ataque, sino en el
intercambio basado en nuestra correcta percepción de la realidad, percepción
que hemos manejado bien por haber estado abiertos a los sentimientos del
otro y a los propios. No necesitamos probar lo que sentimos, sino saber tan
sólo lo que sentimos y comunicado.
Casi siempre resulta poco provechoso en sí ocultar frente a nosotros
mismos la verdad de lo que experimentamos. La persona que considera que
hay cosas de las que no debe hablar o sobre las que no debe abrigar
sentimientos debe volver a analizar los motivos que la llevan a ser tan cau-
telosa. Lo normal es que hablemos de nuestros sentimientos. Es muy ingrato
mantener un diálogo con alguien que no puede o bien no está dispuesto a
decimos lo que siente frente a nosotros. Cuando las dos partes participan en
este ocultamiento mutuo, nuestro intercambio se volverá artificial y rebuscado.
Lo mismo sería consignado por medio de una tarjeta de computación. La
dificultad reside en que estos sentimientos tienden, en general, a aparecer en
la superficie bajo una forma u otra casi siempre menos apropiada, lo cual es
origen de mucha confusión, daño y probablemente mayor acumulación de
defensas.
Cuando somos abiertos nuestros sentimientos dirigen y proporcionan datos
a nuestro proceso mental. Nos alertan inmediatamente sobre una situación
que no sentimos como normal. Es entonces que debemos hacer una pausa y
preguntar: «¿qué pasa aquí?» De ser ello posible, conviene compartir esta
reacción con otra persona. No somos perfectos, ni infalibles pero cuando
hemos conseguido, a través de un proceso de comprensión gradual, volvemos
abiertos, tenemos una base muy sólida para suponer, con poco riesgo de
equivocamos, que nuestra apreciación es la correcta.
Cuando somos abiertos y estamos alertas, cada persona, cada impresión
hacen su impacto total y único sobre nuestra experiencia y nuestra conciencia.
Cuando aprendemos cómo actúan los sentimientos, podemos comprender y
manejar la conducta de los demás, saber, por ejemplo, si nos hieren porque
están enojados, o bien están tratando de hacemos suponer que nosotros los
herimos a ellos, con el fin de evitar sus propios sentimientos de culpa.
Ser abiertos significa, además, que nuestra energía sexual está plenamente
disponible. Para la persona normal esto tiene, sin duda, una importancia
esencial, ya que la mayoría de nosotros no podemos existir en ese nivel del
sexo sublimado en las grandes obras que se ha atribuido a algunos artistas
famosos. Los problemas que obstaculizan la expresión y goce de la
sexualidad rara vez son específicamente sexuales. Son todos los problemas
relacionados con la expresión de sentimientos considerados en esta obra.
Cuando nos sentimos a gusto con nosotros mismos como individuos, cuando
somos abiertos y espontáneos en la manifestación de nuestros sentimientos,
no nos resulta difícil disfrutar totalmente de nuestra vida sexual. Los
problemas relacionados con técnicas son, por lo general, de orden menor.
Pocas cosas mejoran nuestra actividad sexual y nuestra capacidad de
disfrutar de ella tanto como llegar a estimamos más como individuos.
La intención de este libro ha sido dar respuesta a algunas cuestiones
fundamentales en la vida: ¿Quiénes somos? ¿Cómo llegamos a ser como so-
mos? ¿Hacia dónde nos dirigimos?
El camino hacia la expresión más elevada de nuestra propia personalidad
tiene como base los sentimientos percibidos con la mayor sinceridad posible y
expresados sin circunloquios. Debemos tratar de creamos la mejor vida que
podamos imaginar, esforzándonos para unir los mejores aspectos de nuestro
pasado con nuestra mejor visión de nuestro presente y nuestro futuro.
Sólo nosotros conocemos bien nuestros sueños sobre nosotros mismos.
Sólo nosotros podemos lograr que se realicen. Sólo nosotros conocemos a
nuestro yo interior. Nuestra meta debe ser dejarlo en libertad.
Para alcanzar dicha meta será necesario lograr la máxima apertura posible
en cuanto a nuestros sentimientos, dejándolos aflorar y asumiendo la
responsabilidad por ellos y por nuestra vida. Ellos son la forma mejor y más
directa de descubrir la verdadera personalidad que albergamos. En el trayecto
hacia esta meta veremos que poco a poco vamos saldando nuestras deudas
emocionales con el pasado. Podremos ser nosotros mismos, sin exagerar y
sin disculpamos.
En la mejor acepción de la expresión, habremos llegado a la meta.
EPILOGO
La persona que no comprende los sentimientos debajo de sus actos no se
comprende, en realidad, a sí misma. Pasa la vida presa en un mundo lleno de
rincones oscuros, desde donde lo controlan y lo dirigen en sus acciones
muchas fuerzas solapadas.
Los sentimientos nos definen la realidad en forma más directa y más
completa que nada. Nos definen además nuestro tiempo. La pérdida en el
futuro es percibida como temor. La pérdida en el presente es sentida como
dolor. La pérdida en el pasado es experimentada como enojo. Son entonces el
centro de nuestro mundo y lo hacen accesible. Sin ellos el mundo permanece
alejado.
Es necesario vivir la vida en el presente, ya que es sólo en el presente que
podemos ejercer algún control sobre ella. No podemos cambiar nuestro
pasado y el futuro se forma constantemente del presente. Debemos aprender
a invertir nuestra energía en el presente, donde rendirá sus máximos
beneficios. Si encaramos nuestro presente con sinceridad y sin fingimiento ni
disculpas el futuro se realizará por sí solo.
Todas las creaciones del genio humano y todos los ejemplos de compasión
desplegados a través de los siglos no alteran el hecho de que el hombre está
siempre preso por una mente finita dentro de un sistema infinito. El más
elevado de sus sentidos, el de la creación, si bien puede haberle conferido
ciertos atisbos de inmortalidad al haberle permitido crear obras que perdurarán
después de su muerte, no parece haberle dado mucho en materia de
descubrir el puente que salve la brecha entre sus limitaciones intelectuales y la
infinidad de fuerzas que actúan sobre él. Es posible que nunca se cierre esta
brecha. Es posible que nadie logre nunca comprender realmente el universo, o
comprender por qué nos tocó a nosotros tener conciencia del viaje que
realizamos por él. A pesar de ello, estamos vivos porque sentimos nuestra
propia vida y tenemos el deber de velar por la conservación de los dones que
nos han sido conferidos.
Si no podemos captar el mundo amplio, podemos concentrar nuestra atención
en el mundo interior, el mundo de nuestros sentimientos y establecer el orden
y la comprensión en él. Si somos capaces de sentir y de ser nosotros mismos
y de dejar que nuestros sentimientos fluyan por sus vías naturales,
descubrimos que somos individuos mejores, porque somos lo mejor de
nosotros mismos.
Tal vez esto sea, en definitiva, el máximo a que podemos aspirar, ser lo mejor
de nosotros mismos. Dentro de esta libertad de serIo, podemos permitir a
otros ser como son. Asumimos la responsabilidad de nuestra propia vida y de
actuar según nuestros sentimientos, haciendo lo que nos parece correcto,
haciendo las decisiones importantes de acuerdo con nuestros intereses
determinados con sensatez. Solamente después de haber asegurado nuestra
propia supervivencia podemos prestar ayuda a los demás en formas que no
sean dictadas por nuestras propias necesidades. Rara vez se observa la
codicia en la gente que ha colmado su propia vida.
Ser rico es no tener necesidad de nada. Es imposible adquirirlo todo,
aunque algunos insisten en intentarlo y desgraciadamente muchos más están
poco dispuestos a correr el riesgo de ser lo mejor de sí mismos, de descubrir
quiénes son en realidad y de utilizar sus sentimientos como guía óptima en
esa búsqueda.
Cada uno de nosotros tiene el derecho de tomar su vida con seriedad y
descubrir lo que por naturaleza está mejor capacitado para hacer. Si todos
obedeciéramos las sugerencias de nuestra «voz» interior, nuestro mundo
cambiaría y sería mejor. También lo sería, según sospecho, el mundo a
nuestro alrededor.
Si todos usáramos nuestros sentimientos como guía para hallar el camino
que nos lleva a ser lo mejor de nosotros mismos, por lo menos estaríamos en
vías de hallar realización en nuestra vida y el mundo que nos rodea
comenzaría a tener mayor sentido. La persona que no se comprende a sí
misma no puede pretender experimentar un mundo que tenga algún sentido.
Si todos siguiéramos los dictados de nuestros sentimientos, hallaríamos el
rumbo que buscamos en realidad, sin dogmas, sin cultos, sin gobiernos y sin
guru.

La luz que buscas está dentro de ti.


La luz es vida, es amor, eres tú.
Hállala, cuídala, compártela. Buscarla es participar en el infinito.