II PREMIO INTERNACIONAL DE NOVELA NEGRA RBA

Novela: “Crímenes Históricos”

Autor: Jeremías Pérez-Pérez (seudónimo)

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Buenos Aires, sábado 11 de agosto de 1955

Escena I: “¿Cómo puede uno ponerse a salvo de aquello que jamás desaparece?”

La joven rubia sufrió el impacto del primer clavo en el nacimiento de su cabello, que llevaba a lo “garcon”. La pistola neumática lo impulsó con tal fuerza que penetró el hueso parietal izquierdo. La dejó sin habla al fulminar el área de Broca, aunque el terror ya la tenía muda.

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Al principio creyó que era alguien de maquillaje o vestuario. Hacía tiempo, junto a un brasero, desnuda en su bata bordó, esperando su turno para filmar. Acariciaba un cuzquito vagabundo, cuando llegó la parca por ella. El segundo clavo atravesó limpio el agujero magno del hueso occipital y llegó a la médula a través del cerebelo. El estruendo que metían los tramoyistas y escenógrafos tapó todo el ruido de la escena que ocurría en “Basafilms Argentinos”. Tal el improbable nombre de la primera empresa cinematográfica defender la que tenía como objetivo declarado cultura nacional de la invasión

cinematográfica de Hollywood, aunque en realidad encubría a la primera productora de pornografía nacional.

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Sus estudios y talleres de producción se alojaban en unos espaciosos galpones del barrio de La Boca, con vistas al soleado Riachuelo que desembocaba en el Plata. Basabilvaso Jebedhía, su mentor, propietario y director de sus primeras producciones, era un malagueño simpático y entrador con las mujeres que se había dedicado al cine pornográfico bajo las narices de Franco, hasta que fue expulsado por la Guardia Civil. Dirigía con grandes aspavientos los acrobáticos desempeños de sus actores y las agudísimas voces de sus actrices, cuando un tumulto escandaloso obligó a suspender la acción. Corrieron todos en tropel semidesnudo y

variopinto hasta los fondos donde se almacenaban decorados y tramoyas, para detenerse súbitamente silenciosos en el cordón que formaban los brazos de los operarios paralizados en torno a una pila de maderas

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recubiertas por un cobertor de seda negro que se cubría de infinitos riachos carmesí. Sobre ella, en contrahecho diseño macabro, el delgado cuerpo de una joven rubia claveteado sin piedad a su lecho de Procusto, trasmitía una belleza de flor marchita que no terminaba de morir. A su lado una novísima pistola de clavos “Black and Decker” parecía humear en vapores azulinos. Luego de un segundo de estupor el cineasta reaccionó, dando órdenes a diestra y siniestra,

asumiendo también la dirección de la trágica realidad. ¡Pero a ver hombre, no os quedéis ahí parados como momias! ¡Tú Salvador, llamad al médico y a la Asistencia Pública! ¡Vosotros, fijáos si aún respira, cubridla con una manta, traed sales, gasas, cubrid las heridas…!

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Pero aunque sus hombres salieron disparados a cumplir los encargos y éstos fueron atendidos con premura, era tarde. La joven tenía bien interesados sus órganos vitales y la vida se le fue en un suspiro, como un hálito del último rayo de sol.

La Policía Federal, que tenía autoridad sobre todo el territorio de Buenos Aires, la Capital de la República Argentina, se hizo presente con todos sus recursos, que fueron inútiles. Las actrices lloraban conmocionadas o formaban corrillos apretándose sus batas de seda, fumando como con fruición y elegancia afrancesada. La jovencita muerta era apenas una extra que había sido llamada para entretener y preparar a los galanes antes de entrar en acción y ninguno la conocía

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demasiado, según iban respondiendo al Comisario Méndez: -Creo que era una fulana del barrio de San Telmo, o de Montserrat… -Había empezado recién ayer, y no hablaba mucho español, creo que era judía o polaca… -Pobrecita, apenas llegaba a los veinte… -Hoy no, no hablé con ella… -Estaba muy flaquita la pobre…

Sacando huellas y tomando fotos estaban los “canas” cuando una rajante llamada del Ministerio del Interior sacó todo de la órbita de Homicidios y lo pasó a Coordinación Federal, que tenía a su cargo los Delitos Políticos y la Seguridad Pública.

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Los jefes de ambos departamentos cavilaban al respecto, deponiendo sus tradicionales rivalidades ante la curiosa situación.

El Comisario Méndez hacía los honores: -Le dejo la posta mi amigo, hemos interrogado a todos los presentes, actores, técnicos, tramoyistas y operarios, ninguno parece ser sospechoso, el que no estaba actuando o filmando estaba almorzando, o trabajando en otro sector. Donde fue hallada era el depósito de trastos y decorados viejos; el que lo hizo vino de afuera, la dopó con cloroformo o éter y no perdió tiempo en componer el cuadro, usó todo material que tenía a mano, salvo la herramienta que nadie había visto nunca, es importada y una novedad aquí… -Gracias, colega, si no fuera porque está bien muerto y enterrado en Tierra del Fuego, pensaría que

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esto es obra del petiso orejudo, me acuerdo de la Academia, que él era el afecto a clavetear a sus víctimas… -Si, pero a mano y uno o dos clavos a lo sumo…y sólo a un varón Jesualdo recuerdo se llamaba, aquí el asesino se ha empleado a fondo, hemos contado exactamente setenta y siete perforaciones, y dice el forense, que parece haber seguido el patrón de un arte medicinal japonés milenario, la acupuntura… -Pues me parece que aquí no le ha hecho mucho bien a la salud de la muchacha-se permitió irónico el Comisario Mayor Montoya. -Jé, Jé –musitó condescendiente Méndez, su colega era hombre del Partido Peronista y no convenía quedar mal con él -le dejo al dueño de la empresa, me dijeron de la Jefatura que lo iba a manejar usted en

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persona -deslizo curioso- ya que eso significaba que el hombre estaba vinculado de alguna manera al Poder. Montoya, cabeceó vigorosamente y con un apretón de manos despidió a su colega y se dirigió al cubículo que hacía de oficina del dueño de casa, aunque tenía instrucciones de no interrogarlo en absoluto. BasaFilms era también la improbable fachada de una sección muy especial del primer servicio de contrainteligencia argentino, que respondía directo al Presidente Perón, la CIDE, y sólo los militares a cargo de ella iban a investigar el asunto, reportando sus averiguaciones directamente al Líder. -Ah, Montoya, una sola cosa más, -le gritó Méndez desde su auto-¡el perro! -¿Qué pasa con el perro? -¡Que no ladró!

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Escena II: “El camino hacia lo alto y el camino hacia lo bajo es uno y el mismo”

La procesión de la fiesta religiosa de “Corpus Christi” ocupaba varias cuadras de la Avenida de Mayo. Los fieles avanzaban de a miles entonando cantos religiosos con frenesí político. La multitud se acercaba a la Catedral

Metropolitana, un imponente Partenón que se enfrentaba a la Casa Rosada, separado por la plaza de Mayo, donde veinte años después las madres del pañuelo blanco desafiarían a los mismos que hoy gritaban consignas contra Perón.

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Como un escenario vivo de una obra griega repetida desde el mil ochocientos, los actores

encarnaban el espíritu de la tragedia. Los humos de la mirra y el incienso se elevaban por sobre las almas enfebrecidas. En las escalinatas espera el Cardenal Tato rodeado de su séquito de leales señores católicos. Entre ellos la plana mayor de la Marina de Guerra, los purpurados, los comandos civiles de la Acción Católica, el embajador de los Estados Unidos Albert Nuffer. A pocas cuadras del fin de la interminable procesión, bajo la severa mirada del todopoderoso Secretario de Prensa, Raúl Apod, refugiado en un auto sin placas, dos policías de civil, rodeados de una claque con carteles antigubernamentales prendían fuego a una

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bandera argentina, mientras un fotógrafo se aprestaba a tomar placas de la escena. Horas después el Ministro del Interior Borlengui informaba al General que todos los diarios del país tenían copias para la primera plana. Tiempo después Churchill ironizaría diciendo que Perón era el primer soldado en quemar su bandera y el primer católico en quemar sus iglesias. La última gran protesta contra el General había sido un éxito y la loca conjura para darle muerte en la Casa Rosada comenzó esa misma noche.

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Domingo, 12 de agosto de 1955

Escena III: “Si no se espera, no se encontrará lo inesperado; puesto que lo inesperado es difícil y arduo”.

Marcialmente recostado contra el estaño del bar “Eibar” de Paseo Colón, donde según lo mentaba el tango, iban los que tenían perdida la fe1, el Capitán Damasco saboreaba su grapa y meditaba sobre lo confuso del destino humano. Con un fino bigote sobre el labio superior su rostro, aunque marcial remitía a los galanes de cine como Errol Flyn o Tyrone Power.
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“Whisky” de Héctor Marcó, 1951

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Su bien cortado traje de solapas enormes y pantalones amplios se sostenía en su recia musculatura, forjada en los deportes de contacto y no en los saltos hípicos que preferían los “cajetillas” del Ejército. No era un hombre particularmente religioso, aunque su educación había sido católica y en cuarteles asistía a misa regularmente los domingos. Como hombre de acción, no le temblaba la voz al confesar sus pecados, que no pasaban de los normales retozos con mujeres de vida ligera y algún que otro machucado en nombre de la patria, o del partido. Siendo militar de carrera la muerte del enemigo, en guerra, declarada o latente, no era un pecado, así que solamente aquellos veniales, minuta pecatta, era rápidamente despachados para pasar al rito de la comunión y saldar su obligación hebdomadaria con Dios.

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Sin embargo, los crímenes civiles, en su salvaje o irracional composición, le eran incomprensibles. Su educación desde joven había ido podando los excesos de toda pasión forzando los impulsos a un preciso esquema cartesiano. Ahora en la mezcla milagrosa de policía y espía, que el destino le había deparado, se veía compelido a lidiar con un asesino de mujeres, la especie más detestable en el rígido esquema de valores del militar. Ya en el frente ruso, donde como joven subteniente había sido observador dentro de la Wehrmacht, había contemplado con repulsión los excesos de la tropa sobre las mujeres tomadas como prisioneras o usadas en la política del vientre arrasado. De esos recuerdos sórdidos, lo rescató sin saber, el cojo andar de Herodías Chitarroni, un informante de poca monta, que se las daba de ciego en la esquina de

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Cangallo y Cerrito y que le traía algún soplo de tanto en tanto a cambio de algunos billetes. El falso ciego se le acercó respetuoso y encogido, su negra trucha fruncida en un gesto zalamero, que el militar espantó con un brusco ademán, como a una mosca verde y zumbona. -¿Qué le pasa hombre, se le ofrece algo para el garguero? -¡Sí mi capitán! Una grapita estaría bien… -Sin grados, que estoy de civil. ¿Qué se sabe de la polaquita muerta? -Poco y nada mi capitán, recién había

desembarcado y no estaba conchabada por ninguna organización, ni la Varsovia ni la zuimidal… -¡Pero que dice hombre, eso es historia de hace veinte años, ya lo contó el gorila Alsogaray, y se han

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desarmado para estas fechas. Esas mujeres vienen solas y perdidas. -Necesito que me diga algo del cafishio o del patrón de la chiquita. Y rápido, antes que la noticia salte a Crítica… -Yo tenía otra cosa mi capitán…algo “grosso” que se está montando para este mes… Un sudor frió le corrió al capitán por la espalda y no tenía nada que ver con el clima. Las advertencias de golpes y contragolpes de Estado florecían por estos días luego de la sentida muerte de Evita, y todos los informantes vendían pescado precisa…. -Mejor que se trate de algo serio hombre…ya no pagamos por humo, sabe… podrido…aunque alguno podía tener la

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-No mi capitán, le aseguro que esta vez tengo la precisa, esta noche hay una tenida de aquellas…apenas tenga algo le hago llegar el dato, pero ya sabe si tiene algo para aceitar las máquinas…. -¡Aquí no, pase esta noche por lo de Cosme y será mejor que tenga algo, ahora vía…que necesito pensar….! Detrás de la barra espejada, el gallego Visitación Gonzáles frotaba su trapo rejilla deshilachado con frenesí sobre el desvaído metal abollado y plomizo y lo miraba con inquietud. Damasco no era un hombre locuaz, pero su ceño fruncido y su expresión severa amedrentaba al español, que ante el recrudecimiento del enfrentamiento entre peronistas y antiperonistas, condición que reunía secretamente, temía ser deportado en cualquier momento como extranjero indeseable, a quien el gobierno aplicara la ley de residencia.

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Pero las preocupaciones del Capitán, no tenían de momento que ver con estos asuntos mundanos, sino más sagrados en su aparente profanía. Se preguntaba él sobre la razón por la cual Dios permitía ciertos crímenes terribles y si ellos sólo eran consecuencia de los pecados graves de las víctimas cometidos en este mundo. Este catecismo infantil lo había abandonado hacía décadas, luego de advertir en la milicia, la política y los negocios, que los tipos más canallas e indignos, o directamente hideputas, medraban y gozaban de las aparentes bendiciones de los cielos. Pero ahora, dudaba, cuando a su memoria curtida en escenarios de muerte y sangre, volvían las fotos de la jovencita polaca que había sido claveteada hasta morir sobre la tapa de un humilde cajón de pino. Su rostro angelical deformado por los clavos que le atravesaban

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los otrora bellos ojos azules, los pómulos eslavos blancos de suave bello dorado, la frente estrecha e infantil donde sus otrora bucles trigueños nacían como un maizal en flor, toda esa piel lozana de querubín horadada por recios clavos de siete pulgadas de hierro, cuidadosamente dispuestos en cada punto erótico del apetecible cuerpo de la mujercita de placer. Dudaba y se preguntaba que terribles pecados de la carne podría haber cometido ella, presa de una lujuria bíblica, para merecer los sufrimientos del Gólgota, apenas contados los diecinueve años, porque no había en su historia ningún otro antecedente de muerte, gula o envidia que lo ameritara. Quizás fuese judía y el castigo por la muerte de Jesús perseguía a esa pobre raza, como lo explicaban los campos de prisión y exterminio del nacionalsocialismo alemán, que le había tocado ver en persona.

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Años antes Perón mismo lo había enviado a la vencida Alemania, secreta aliada del régimen, para corroborar los horrores que los aliados ventilaban por doquier y fue un testigo privilegiado de los campos primero y de Nüremberg después. Su discreto pero minucioso informe, guardado bajo siete llaves por el propio Presidente, lo puso en camino al cargo que ahora ocupaba. La incipiente CIDE, o Central de Información y Defensa del Estado, copiada de la estructura de la americana CIA, que Damasco había conocido en su antecedente militar. La OSS, organizadora de la Resistencia en los países ocupados y del Juicio a los jerarcas del régimen nazi. Esa “copia” había sido una de las ideas que a Perón su informe le dio y era lógico que el joven

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capitán, que la había visto funcionar, casi desde adentro, fuese llamado a dirigirla. La derrota nazi imponía reemplazar la estructura de la vieja CIDE creada por Freude, un filonazi amigo y financista del General que había creado la Secretaría de Coordinación de Informaciones del Estado a imagen y semejanza de la GESTAPO. Sin embargo, Damasco desconfiaba de la

interesada gentileza de los yanquis, que ya habían puesto bajo su ala al Ejército Argentino, huérfano de la paternidad germana. -La CIDE Argentina y a mi cargo…¡Quién lo iba a soñar en el Colegio Militar, yo, que no tenía padrinos ni plata! Damasco era hijo natural (como el General, decían las malas lenguas) y su madre era modista, sólo que su abuela, una vasca viuda de un banquero, había reparado

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las lujurias de su hijo y financiado sus estudios y la carrera militar del nieto. Esa era una de las cosas que lo hacían ser un peronista convencido, llegar así, a la oficialidad primero, por méritos propios, y al poder sin ser del Estado Mayor, ni de las viejas familias patricias, era impensable años antes. La CIDE nada menos, y siendo capitán, aunque su grado de coronel ya estaba firmado, le gustaba como sonaba el viejo “cap”. Recién mudados a un enjuto edificio en calle 25 de mayo, frente al Banco de la Nación Argentina, su personal apenas llegaba a la centena, mayoritariamente militares y policías transferidos de la Federal al nuevo organismo. Habían heredado algunos criptógrafos alemanes y analistas de inteligencia de la Abwehr del Almirante

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Canalis, llegados meses antes de la derrota, con Ludwig F. que enseñaban sus artes a los jóvenes espías en el recién bautizado CENTRAL. Pero la CIDE no terminaba o empezaba allí. Abocados a la embrionaria guerra civil que dividía al país desde de la segunda presidencia del Líder de los Descamisados, la Inteligencia del Estado tenía que informar al presidente de cualquier complot o resistencia que se pudiera gestar en cualquier rincón de la sociedad. Pero como el viejo zorro sabía mejor que nadie, los complots en la Argentina, los armaban los militares, que luego daban los golpes, a menudo a sus propios camaradas de armas en el poder. La consabida debilidad de la milicia eran las putas, y los secretos se ventilaban mejor en las alcobas, así que la CIDE comenzó una discreta recluta de mujeres cuya figura y clase pudiera

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llevarlos a las sábanas de los coroneles y la oficialidad intermedia que pululaba por la Capital Federal del país. La idea no era nueva y los rusos era maestros del arte, a través de la Sección Quince del Tercer directorio de la NKVD de Beria. Para eso se había creado Basa Films. Para ello se contrataron cientos de mujeres bellas y de vida ligera, que pasaron a ser rentadas con los fondos secretos que sólo el General y su Ministro de Interior manejaban…los “fondos reservados” de la CIDE. Una de esas jovencitas había sido la polaquita asesinada y el caso fue celosamente tabicado por la Central, ya que, después de todo, la joven era parte de la novel organización. Dudaba Damasco que la cosa fuera política, porque la agente todavía no había pasado de su etapa de

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entrenamiento sobre como sonsacar información a los ardientes guerreros, y ni siquiera ella sabía que clase de empresa era BasaFilms y mucho menos su dependencia con el poder.

-Dudo demasiado para ser un militar, tal vez porque nunca tuve mando de tropas. Dudo que esta niña hubiera hecho algo para merecer esta muerte, y que alguien nos haya querido mandar un mensaje con ella.

La llegada de su auxiliar, el Sargento Guindas, con el auto oficial, sin insignias ni rótulo alguno que utilizaba el Capitán lo sacó de su ensimismamiento político y religioso. Ya no importaba la voluntad de Dios, la voluntad de Perón era averiguar quién era el asesino, y en el orden jerárquico del militar, no cabían dudas quien tenía el mando. Así que sin saludar, salió raudo y se

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trepó al negro Ambassador que tronando se alejó rumbo a la Casa Rosada.

Escena IV: “Es difícil luchar con el propio ánimo. Lo que anhela, lo compra a cuenta del alma”

Donde se presenta la amante de Damasco, la pequeña Alaska Membrives, el angel de plata, cantora de tangos

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y bailarina que se roe las uñas ante la certeza de su reciente embarazo, fruto de las atenciones ardientes del militar jefe del contraespionaje.

Alaska es menuda, casi pequeña en su escaso metro cincuenta y tanto, pero minuciosamente perfecta, como una cortesana china, con las habilidades de Bilitis la grecofenicia que cantaban los poetas. La encontramos sentada en su boudoir peinando con lentitud exasperante su largo pelo rubio, mientras se contempla con sus ojos color caramelo crítico. Estudia su dentadura perfecta, su perfil delicado en el espejo de tres lunas, sus hombres desnudos enfundados en una bata de seda, que cae con mórbido desgano apenas sostenida por sus rotundos senos de agudos pezones. Solo el ocasional y nervioso mordisqueo de su cutícula nos indica que algo tortura su espíritu sencillo y

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práctico. La falta de la regla, ya ha transcurrido un día más del fatídico que indica la preñez y su cuerpo da señales indubitables. No ha sido madre, pero ha tenido que abortar ya en dos oportunidades y reconoce los dolores y sensaciones que acompañan la reciente gravidez. Sabe también como le advirtiera la comadrona y el cirujano del bigotito untuoso que su cuerpito gentil no resistirá otra intervención abortiva. Si quiere tener hijos, éste que lleva en su vientre debe nacer. -Pero como le explico a él…es gentil y bueno conmigo y sé que me quiere bien, pero es un hombre duro. Esta comenzando a ganarse la confianza de Perón y una cosa así en este momento puede arruinar su carrera. Casarse conmigo es impensable, no soy precisamente Evita, aunque si el Coronel lo hizo…

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Su pobrecito razonar, a veces infantil a veces sabio como el de una veterana de las tablas, se confundía entre la esperanza y la desazón y la sumía en una inquietud que no podía resistir inmóvil. -Saldría a pasear por las tiendas Gath & Chavez, por la calle Florida, se detendría a tomar un grog en la Confitería Imperial, saldría, saldría a respirar el aire fresco y eso despejaría su mente. Y uniendo el pensamiento a la acción, con un frufru de sedas y una imperceptible nube de perfume a su alrededor salió del cuarto y se dirigió con la voz que los críticos definían como grácil y meliflua a su asistente: ¡María, avisále a los muchachos que vamos a salir, que preparen el auto, nos vamos de compras!

Escena V: “Las almas huelen al Hades”

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Debajo de un farol que ilumina con amarillento tizne la penumbra de la tarde de un frio invierno austral –ha hecho solo cuatro grados Celsius por la mañana, y solo unos pocos más, seguro, ahora –una figura encapotada vigila, espectral, la ventana de Alaska.

-Me gusta esa mujer, me gusta sobre todo imaginar, presentir cómo se va ir desgarrando la piel cuando la abra con mi bisturí, me gusta imaginar la expresión de su rostro cuando la hiera, como abrirá su boca para gritar y los sonidos mueran en las cuerdas vocales cortadas, e incrédula la abrirá más y más y por esa gran fosa se le irá la vida, vida que ya no estará en sus vientres que he de desgarrar en una gran y griega invertida y vaciar …, así la hago mía, y de nadie más, para que no puedan engañarme ni engendrar hijos de

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otros y desprendo delicadamente sus globos oculares de sus nervios ópticos, para que nadie vea en ellos la última escena fijada en sus retinas, mis ojos infernales con la pupila de mi señor Lucifer latiendo en ellos, pobre ojitos tristes, como los de la rubita que despené ayer, mientras recorría el barrio de la cruz, iba con andares algo torpes sobre sus zapatos nuevos, comencé a seguirla cuando pasó frente a la Casa Colonial de Defensa al ciento y ochenta, donde me entretenía como un curioso más, haciéndome el interesado en el mirador de la terraza la vieja casona de los Elorriaga…, iba algo encorvada, avergonzada seguro por algún pecado de lujuria o de sórdida bajeza, con hombre burdos y necios que no sabían valorar su belleza ni su pureza y con quien ella se revolcaba, mancillando lo más sagrado de su pobre vida….A la altura de la Casa de Rivadavia a dos cuadras de allí le di alcance y la

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superé, comenzando a darme vuelta para mirarla por sobre las hombreras del grueso sobretodo y bajando el ala del sombrero para que solo viera la diana de mis ojos en sangre…algo asustada (no necesitaba el dinero o percibió mi odio) dobló por Venezuela, antes de Bolívar mientras el viento gélido de agosto nos apretaba contra las paredes de la residencia del fusilado Liniers, me retrase y la deje volver por Defensa, y cuando entraba al pasaje San Lorenzo, para salir a Paseo Colón, a ahogar sus penas en algún bar de mala muerte, la ataqué y la maté frente a la casa del Liberto… las sombras estrechas me dieron cobijo y cumplí mi faena rápidamente, mientras apretaba su boca con mi bufanda para que no gritara, corté rápidamente glotis y abdomen bajo la sencilla pana de su abrigo y la deje morir desangrada, mientras me llevaba su hígado envuelto en el último número de La

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Prensa….quedó como una estatua derrengada y desmoronada contra el umbral de mármol que se iba tiñendo de rojo …huí por el Solar de French sin dejar pistas y saboreando el manjar que cenaría esta noche en el Averno…

Pero la siniestra escena ha tenido un testigo. Es el hermano Zacarías que ha contemplado horrorizado toda lo ocurrido, por entre la bruma que cubría toda la ciudad al levantarse densa y maligna desde el riachuelo. Como mero supernumerario de la “Orden de los Custodios del Sepulcro de la Cabeza de San Juan el Bautista” no tenía autoridad ni arrestos para intervenir ni tampoco el coraje físico o moral. Arremangándose los largos faldones de su hábito de percal, se dirigió con paso presuroso a la iglesia ortodoxa del Parque Lezama que con sus cúpulas

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azules y sus cadenas rusas, desafiaba la levitación que la espesa niebla imponía a todos los inmuebles del casco histórico.

Escena VI: “Los ojos son testigos más precisos que los oídos”

El venerable superior Maximum de la Orden Magíster Reverendísimo Danubio Castelli, escucho consternado el informe de su subordinado y lo despidió

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con un gesto cansino de su sarmientosa diestra. La terrible nueva era en sí misma abominable pero por añadidura y consecuentemente era catastrófica para la Orden ahora cuando estaba tan cerca la probabilidad de que el Enviado había casi convencido al guardián del Tratado patagónico de vendérselo a la Orden por cien mil pesos fuertes de oro máxime cuando el negociante era nada menos que el Dr. Isidro Luz Montero. Era un secreto a voces que la militancia política contra el Régimen ponía al buen doctor en la mira de los esbirros de Perón. Con un audible suspiro el superior se asomo al ventanal que miraba hacia el monumento donde siglos antes Pedro de Mendoza había fundado la impía ciudad de Buenos Aires. La bruma se habia convertido en un solido manto que sólo permitía adivinar en la mortecina resolana de las farolas de la plaza la silueta de los edificios y monumentos. Sin embargo con la mirada fija

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en donde sabía estaban los bajorrelieves que narraban las peripecias y los afanes de los primeros expedicionarios que conquistaron la Argentina, su mente viajo en el tiempo cientocuarenta años a un hombre que no dudaria en calificar de demoníaco: el siniestro masón y revolucionario Jacobino de la América Hispana

Bernardo de Monteagudo.

Escena VII: “Los buscadores de oro cavan muy hondo en la tierra y hallan muy poco”

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--Soy Bernardo Monteagudo, mason y jefe secreto de los espías del ejército libertador de la América del Sul, bajo el mando del General San Martín… después de varios minutos de contemplar el encabezado de lo que pretendía fuera su testamento, en caso que algo le ocurriera, el hombre moreno y apuesto que mesaba sus cabellos con gesto obsesivo, entregó la hoja de papel al fuego de la candela que iluminaba su cabina. --No puedo correr el riesgo que esto caiga en manos enemigas y delate nuestros planes, presentes o futuros, la historia o la gloria, tendrán que esperar, y después de todo, no teniendo yo hijos, a quien le importa—pensó con resignación. Se hallaba a bordo del George Canning, el buque que en secreto, como todo lo que a ella le competía, utilizaba la Logia Lautaro como insignia y medio seguro de desplazamiento de sus hombres en la conquista de la

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América hispana. En ese instante, la portezuela del diminuto cuarto que ocupaba, a la sazón el del contramaestre de la nave, se abrió con serena premura y una figura alta, embozada en su capa de viaje entró con ruido de botas y metales. La luz bailoteó en el rostro curtido y pétreo de José de San Martín, sin poder arrancarle una chispa de alegría a su gravedad habitual. --Doctor, no tenemos un minuto que perder, O Higgins nos espera. El carruaje está presto y la ruta despejada por sólo un par de horas antes que los godos se enteren de nuestra presencia. Debemos zarpar antes de ello. Así que en marcha, hablaremos en el camino. --Si mi general—masculló el aludido, sabedor que el título utilizado por el militar no modificaba la autoridad que emanaban de sus palabras, tomó las inapropiadas pistolas de duelo inglesas cargadas que llevaba siempre a mano, se cubrió con su capa de viaje y emprendió el

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camino detrás del líder y jefe de la liberación de todo el sur americano. En la penumbra del amanecer Santiaguino abordaron el carruaje oscuro que los aguardaba con dos caballos mustios y emprendieron una marcha cautelosa pero veloz por la ciudad dormida. --El General nos espera en una casa segura que ni siquiera el cochero conoce. Llegaremos a él por una serie de postas, que sus hombres van armando sobre la marcha, una vez que verifican que las gentes del General Ceballos Ontiveros no estan al tanto de nuestros planes —le musitó a San Martín una vez seguros a bordo de la calesa que se puso en marcha seguida por una discreta custodia de dos hombres a caballo, uno al frente y otro por detrás, que tendrían la valerosa misión de dejar sus caballos a los pasajeros y enfrentar hasta morir cualquier intento de capturarlos, mientras estos huían al galope.

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La misión que emprendían no era en territorio español, pero casi. Corria 1817 y los realistas habían sido derrotados en la batalla de Chacabuco, pero no expulsados de Chile. Las ciudades capitales de las repúblicas indianas que habían proclamado su independencia en los comienzos del mil ochocientos no estaban precisamente tras las líneas enemigas, pero los formidables ejércitos desplegados por España en la rebelde América, para estos años tenían casi a sitio las colonias. La Metrópoli, además, contaba con una red de aliados y leales que aún convivían y se movían con total libertad en el territorio liberado del yugo español, como se leía en los documentos y proclamas de la época. Llegaron casi al rayar el alba a un quinta en las afueras de Providencia. Los jinetes de la escolta habían caracoleado con sus caballos los alrededores de la finca,

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y regresaban ahora envueltos en la bruma de los alientos y pifios de las bestias. -Todo tranquilo mi general, pueden bajar. Por las celosías de los postigones atisbaban ojos amigos y cuidaban armas patrias al noble chileno. Los espías del General Realista Marcó del Pont, a las órdenes de Osorio, apostados en la loma cercana cubiertos por la bruma de la noche y los arbustos salvajes, retiraron el catalejo y enviaron un mensajero a dar aviso de la llegada de los rioplatenses. Menos de una hora después la reunión a puertas cerradas había terminado. Los caballos se cambiaron en la posta y la discreta comitiva partió como había

llegado, con sigilo y premura.

En el silencio de la calesa, mientras San Martin dormitaba acunado por el rítmico cloquear de los cascos

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contra el rocoso suelo, Monteagudo se sumió en reflexiones y recuerdos que le motivaban la misión que estaba acometiendo.

La sentencia de aquel filósofo griego del pante rei lo acompañaba como un amuleto: La medida de nuestra fuerza es hasta que punto podemos acomodarnos a la apariencia, a la necesidad de la mentira, sin perecer. Esa había sido su divisa, su lema, ahora cuando lo único que recordaba de todos estos años era el cansancio. Batallar parecía ser su único reposo y destino. Jornadas enteras dedicadas a difundir valor, con el rigor de la pluma, y de las ideas a hombres que temían perder las regalías de su esclavitud por un sueño de libertad que amenazaba disolverse a cada minuto, con el humo de los fusiles realistas. Y la más terrible lucha, la del hombre

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consigo mismo. Pudo haber sido un hombre del sistema que se desmoronaba, haberse forrado las alforjas y luego cuando la batalla estuviera decidida cambiarse de bando. Tantos lo habían hecho y habían preservado a sus familias por generaciones. Pero él no tenía familia, ni sabia si llegaría vivo a ver algún hijo.

– ¿Porqué entonces…? —la Revolución es para mi un acto sagrado —un acto sagrado que explica un misterio –aquí llego como el último y el más joven de los aprendices admitidos –y juro por Dios y por San Juan, por la Escuadra y el Compás –sometiéndome al juicio de todos, so pena de tener mi lengua cortada bajo la barbilla y de ser enterrado bajo las olas, allí donde ninguna persona pueda averiguarlo jamás ¿Cómo ser

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un revolucionario, sin ser un rebelde? Es que el triunfo de la rebelión suprema, la rotura de los opresivos vínculos exigen de mi obediencia ciega.

Hoy se me ha encargado una misión de la mayor importancia. Tutelar el tratado secreto por el cual, a cambio de su alianza militar y política, el protectorado de Chile, recibirá de las Provincias Unidas del Río de la Plata, las tierras situadas al sur del Río Colorado, al este de la Cordillera de los Andes. El tratado contiene mil argucias puesto que los políticos de Buenos Aires no juegan limpio y Rivadavia desconfía del General y en realidad no piensan cumplirlo a pie juntillas

precisamente. Sin embargo, la causa de la libertad del hombre que la francmasonería persigue en Europa y en América toda desde antes del mil setecientos, no puede

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detenerse

en

las

minucias

de

unos

políticos

provincianos.

Escena VIII: “No sabrían el nombre de justicia, si no existiesen estas cosas”.

En Buenos Aires, los conjurados contra Perón, por la sacra hostia y el relicario sagrado se reunían en una apartada quinta en San Vicente, no lejos de donde décadas después el viejo león herbívoro regresaría a morir. Allí estaban todos, el cadavérico marino cuyos ojos rojos brillaban de odio fanático, el flemático soldado de terno oscuro, los jactanciosos pilotos hambrientos de acción y de fama como sus admirados héroes de la Luftwaffe, los civiles católicos militantes.

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La cena fue frugal y las espesas cortinas protegían a los hombres y a sus secretos. La fría noche invernal ponía carámbanos en las ventanas de la vieja casona. Tenía la palabra el General de Infantería que mantenía mando de tropas a pesar de su discreta oposición al Lider, su voz era mesurada, como su tono: -No es posible adelantar los tiempos, no tenemos la certeza que toda la oficialidad responda a nuestra convocatoria esta vez, la Junta de Calificaciones se está reuniendo y algunos camaradas de armas, condicionan su apoyo a los ascensos o a los fracasos. Mi consejo es esperar hasta la primavera… Los aviadores replicaron con voces airadas; -La tiranía no resiste más, el pueblo está con nosotros, hace falta un acto definitivo que acabe con el dictador, de una vez por todas y para siempre. El escarmiento ha

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de ser terrible y sangriento para que nadie dude de nuestra resolución y fuerza… El marino terció con ambigüedad manifiesta: -No puedo dejar de compartir la pasión de nuestros camaradas del aire, cada día que pasa se denigra más la república con estos cabecitas negros. La Armada argentina estará lista para responder cuando la hora llegue, ni antes ni después… La sesión se levantó sin que se despejaran del aire denso del humo de los cigarrillos y de las posturas antagónicas y odios ventilados, el matiz trágico de la noche. Un hombrecito insignificante, bajito y con un delgado bigote negro se desprendió del grueso y salio por una puerta disimulada bajo el hueco de una escalera de servicio. Aunque nadie lo sabía, era el dueño de casa.

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El médico Isidro Luz Montero descendia de un notable patriota de la independencia, que había muerto en la absoluta pobreza, asesinado por facciones opositoras. Este sino violento había acompañado a su familia materna a lo largo de la historia. La fortuna venía de la línea paterna, vacas y contrabando, la primera industria rioplatense. El doctor había tratado de compensar esa cruz, sirviendo siempre, en hospitales rurales y urbanos sin recursos, pagando siempre de su bolsillo las vendas y remedios. Siempre había sido un creyente ferviente,

como su nana le había enseñado desde niño, cuando su madre partió para no volver nunca. Atravesó un caracol sombrío de escaleras

interiores que recorría la casona como un esqueleto de serpiente y desembocó en su estudio, un amplio y

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luminoso cuarto con bibliotecas de madera, chimenea de mármol y lámparas de difusa luz. El joven dandy que lo esperaba fumaba nervioso recorriendo los libros alineados primorosamente en series de perfecta simetría. -Poe, Conan Doyle, Stevenson, Queen, hasta Akutagawa, me sorprende Ud. doctor, no le conocía esta afición literaria… -Es uno de mis pasatiempos, acabo de estar con Borges y me ha prometido traerme su último cuento, creo que algo así como el compás y la muerte… -Ah, el inspector de gallinas y pollos, parece que sigue escribiendo, ha demostrado tener coraje al no huir a Montevideo como tantos otros… -Sí en efecto es un antiperonista convencido, aunque ateo por desgracia…o agnóstico según se menta.

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-Sigue Ud. embarcado en luchar contra el Poder, no es muy saludable, pero supongo que me conviene. Estoy seguro que nuestro pequeño secreto servirá en sus propósitos políticos… -Eso no le concierne, mi interés es puramente histórico. Ahora bien, ha reconsiderado mi oferta. ¿Qué me responde? El joven se mesó los cabellos con nerviosismo, sabía que ésta era la última joya de la abuela y si no tenía suerte en el Casino de Montecarlo, le quedaba solo el último tiro mirando al Mediterráneo. -¡Mi última contraoferta, cien mil pesos fuertes de oro y cerramos! El doctor lo contempló con sus ojitos de mangosta entrecerrados. Lo que pedía el ludópata chozno de Monteagudo era una pequeña fortuna, aunque solo una porción insignificante de la suya, y una arma poderosa

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en la lucha política. Su posesión y uso diplomático adecuado podría inclinar a los chilenos a colaborar en derrocar a Perón. No lo dudó más. Con la frialdad y laconismo que le admiraban en los quirófanos musitó: -Hecho, el 16 de junio cuando abran los bancos, tendrá aquí su dinero. Traiga el documento. Buenas noches, mi asistente lo acompañará a la salida en unos minutos, cuando mis invitados se retiren. Sin más lo dejó solo en la vasta estancia. El joven vicioso quedó un segundo atónito por el rápido descenlace. Vaciló un instantes, caminó atisbando por las ventanas la noche cerrada y el balet asordinado de las luces que se alejaban. Relajado se dispuso a

hojear un libro que su anfitrión había dejado abierto al azar…

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“…, quiero decir que el Diablo puede estar sentado en el torreón de este Castillo en este mismo instante, el gran Diablo del Universo…”2

Ocultos sus autos en la arboleda damasquina, los agentes de la CIDE anotaban las chapas de los coches que partían. A Damasco le interesaría saber que el dato del ciego era bueno. Todo el grupo golpista de Toranzo Montero había venido a cenar. El mal olor no venía solo de las flores purpúreas y amarillas que brotaban desafiantes al frío. Algo estaba podrido allí en la vieja casona.

2

El honor de Israel Gow, Gilbert K. Chesterton

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Mucho más al sur en la ciudad que bailaba sobre Corrientes, el capitán Damasco, luciendo un smoking blanco como el de Ricky en Casablanca bailaba un tango muy contenido y concentrado con Alaska, temblorosa y lujuriosa como un champán burbujeante en su vestido de lamé dorado. Al cuello ella luce un dogal de madreperla y terciopelo que resalta la blancura de su piel y el sutil latido de las azules venas de su cuello. Mientras seguía los compases de Caló la mente del militar metido a policía aficionado no podía librarse de las imágenes en blanco y negro que mitigaban el carnaval sangriento que era el cuerpo de la joven hallada

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en el umbral de una casa histórica del barrio de Montserrat. La Federal se las había dejado sobre el escritorio con una prisa poco común a los celos entre las fuerzas, con cierta ansiedad para librarse del fardo o la esperanza de que la seguridad del Estado hallara una respuesta al segundo de unos crímenes desconcertantes para Buenos Aires del cincuenta.

La vida murió, los asesinos bailan Tango…la cita del poema de Kraus le vino a la mente, en alemán, como cuando lo estudiaba en el Colegio Militar de la Nación. 3 Curiosos juegos los de la mente.

3

Karl Kraus “Tod und Tango”, Die Fackel, 1913, citado por Cozarinsky,E. en Milongas, edhasa, 2008, p. 83

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Lunes, 13 de junio 1955

Escena IX: “Muerte es todo lo que vemos, cuando estamos despiertos; mas lo que vemos estando dormidos, es sueño”

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-Que sencillo resulta para algunos, lo que a otros no es por completo imposible. -Se refiere Ud. a asesinar a sangre fría, supongo, la guerra ha de ser otra cosa. -Nunca ha tenido que matar en cumplimiento del deber, o sí claro, pero en caliente. -En caliente. Montoya y Damasco tomaban café en el soleado despacho de este último en la Central de los espías del Presidente. Esperaban a Méndez, que traía novedades. El Comisario entró algo contrito, con el sombrero en la mano y un portafolios en la otra. Saludó con un movimiento de cabeza a los dos hombres y comenzó a sacar fotos en blanco y negro. -Si acaso se llamara solamente María…, pero no, les presento lo que queda de María Ana Nicolás, hallada en

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el campo santo de la parroquia blanca de Montserrat, hoy a las tres de la madrugada. Horario de muerte probable, de una a dos, alguien que ceno mal, porque además de degollarla de oreja a oreja y abrirla en canal, se llevó las vísceras. -También hacía la calle –afirmó –Montoya -No precisamente, pero sí era una naifa fina, bailaba, para el Barón Mekata, nada menos, era un primor. Hiroshi Mekata, Barón de Kantó, el nombre le trajo a Damasco, a la memoria el contenido del dossier del mítico personaje. Agente del Imperio del Sol Naciente en Buenos Aires durante la guerra, fanático del tango, introductor de su enseñanza en el Japón y un gran bailarín, él mismo. Un perfecto sádico. -La mataron con cuchillo.

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-Si uno muy fino, un bisturí tal vez. O una espada corta nipona dice nuestro erudito forense. -Y antes la estrangularon. -No, la doparon con eter. -Alguien ha leído muy bien la historia. -Sí el corte fue desde la derecha a la izquierda, para que pensemos que es zurdo. -Zurdo, ni siquiera sabemos si es hombre. -Demonio no creo. -Tenía marcas de ataduras por todo el cuerpo. -¡Pero no estaba atada cuando la hallaron! -Son de antigua data. -Busquen a Mekata. -Hecho, esta bajo vigilancia, en su residencia en Palermo. -Resumamos, qué sabemos hasta ahora. -De acuerdo, Méndez, Ud. es el experto.

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-Bien. Gracias. Hasta ahora tres mujeres. La polaquita, Emma, claveteada a morir. Sin amistades conocidas. Recién llegada. Ni siquiera hablaba el idioma. No hay móviles, ni sospechosos. La segunda, también

eviscerada, se robaron un órgano, lo cual no ha sido informado a la prensa, degollada, mujer pública, su nombre real Anita, conocida como Marta, su historia, similar a la de las otras. Sin sospechosos a la vista en su entorno, pero seguimos investigando.La tercera, podría ser la clave, pupila de Mekata, mestiza peruana japonesa, su alias “Susuki”, seguro supo algo de su organización, o quiso chantajear a su amo y éste la despachó en persona o no, habría que ver su coartada. —En ese caso –terció Montoya- las otras dos muertes fueron para ocultar ésta…

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El silencio que oreaba la última hipótesis lanzada al aire, fue interrumpido por el estruendo del teléfono negro del escritorio de Damasco… -Sí, comprendido, que suba. Su segundo, Méndez, le trae algo muy urgente. El oficial entró y se cuadró, traía una caja que parecía de habanos en su mano. -¿Qué nos trae Inspector…? Nos llamó el Director de La Prensa, el Sr. Juan Triste, acaba de recibir esto en el Jockey Club, donde se preparaba a almorzar, cosa que creo ya no hará… Los hombres rodearon a Méndez, que deshacía el nudo de seda amarilla que rodeaba la madera. En su interior, rodeada de aserrín, un pálido capullo de carne, parecía latir bajo el tibio sol del mediodía que entraba por los ventanales.

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El policía extrajo con cuidado el pliego lacrado en sangre que se sujetaba en la tapa de la caja. Al abrirlo, lo golpeó el encabezado en tinta roja:

Desde el Averno…

Después de leer la carta, quedaron en silencio, hasta que la letra de Tinta roja tarareada por Montoya, tanguero y cínico, acostumbrado a la picana y a las traiciones del poder, los hizo reaccionar. -¿Con que nos encontramos? Esto ya no es político, aunque puede causar pánico en la población y sumarse a la situación actual, que Uds. Conocen muy bien, de cualquier manera, hay que pararlo sí o sí –ordenó Damasco. -Alguien muy enfermo está jugando a reproducir crímenes famosos.

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-Explíquese. -Primero, como me hizo notar Montoya, el último crimen del Petiso Orejudo, los clavos… -Pero también los puntos de la acupuntura japonesa… -Y ahora, la copia de Jack el destripador, el asesino inglés… -Pero también, la geisha de Mekata… -Si puede ser que quieran despitarnos… -Y les va bastante bien… -Las próximas medidas, señores, ponemos el toque de queda en Montserrat para las furcias, las detenemos a todas, arrestamos a Mekata y lo picaneamos, que les parece… -Si queremos evitar el pánico –mi estimado Montoya – nada de eso es conveniente, ni tampoco queremos un escándalo con Tokio ni Washington, el Baron es un diplomático y un destacado hombre de la cultura…

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El teléfono negro volvío a sonar. Damasco escuchó con el ceño fruncido y la mano crispada sobre el escritorio. Cuando colgó puso fin a la reunión con la agenda de reunirse cuando hubiera novedades a cualquier hora, o al mediodía del siguiente miércoles. Esta noche tenía milonga en el Chantecler con la funcion numero cien de Alaska, y seguro amanecería tarde, y el horno no estaba para bollos. Acababan de aparecer dos nuevos cadáveres, que caían sobre su escritorio.

Escena X: “Dioses y hombres honran a los caídos en la guerra”

Buenos Aires ya me hace acordar a Berlín, pensaba pesaroso el militar. Habían llegado a la quema

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de Jose Leon Suarez, un basural a las afueras de la ciudad que parecía expandirse con los trabajadores llegados de todo el país, formando barriadas populares que crecían día a día sin agua, ni luz, ni cloacas, aunque el gobierno declamara todo lo contrario. En el frenético viaje hasta allí leyó los informes de vigilancia de la noche anterior. La tenida que el cieguito de los versos de Carriego le había informado había tenido lugar. Todavía se procesaban las fotos y las matrículas de los autos, pero estaba allí lo más granado de la derecha golpista y conspiradora. Hasta el delegado de la CIA en Buenos Aires había finalmente asistido, lo que significaba que los Estados Unidos conspiraban desembozadamente contra Perón. Otra que Braden – pensó Damasco –amargo. El auto se detuvo. Al regreso a CENTRAL pediría reunión urgente con el General. Mientras tanto duplicaría la vigilancia sobre el

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impecable doctorcito de los pobres y eminente historiador. Algo le decía que su rol era más importante que el de mero anfitrión culinario. Al bajar el hedor de basura quemada le trajo a la memoria el de los campos de concentración que había visitado en Europa. El grupo de gente se amontonaba alrededor de un bulto tirado en el piso. El forense de la Federal, el “erudito” Dr. Montedifeltro se incorporaba con el ceño fruncido. El “fiambre” estaba listo para ser introducido en una ambulancia azul, el furgón de la morgue, tapado por una sábana roñosa. Luego de los saludos de rigor, el médico lo llevó a un aparte. -Lo hice llamar porque se trata de uno de los suyos. Tiene puesto el uniforme de gala, recién planchado, pero se lo han puesto luego de muerto. Lo han vestido como para un funeral.

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-¿Para después tirarlo a un basural? No me cierra. ¿Cómo murió? -Torturado. ¿Qué? ¿Picana, submarino, submarino seco, pinzas, calor y frío? -No, nada tan vulgar. Fue atravesado por múltiples flechas y por lo que veo murió desangrado. Le tiraron estando de pie, desnudo y atado. -¿Flechas, que me va a decir que lo mataron los indios ranqueles? -No, le diría que lo mataron los romanos. -No me joda doctor. -Nada más lejano de mi ánimo. Fue atravesado como si fuera una reproducción de San Esteban, el santo y mártir…

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Escena

XI: “A las grandes penas corresponden

mayores recompensas”

Sogas. Sogas blancas y negras. La mujer esta cubierta de sogas como si fueran langostas que la devoran. Su cuerpo desnudo y sin color parece brillar de sudor sobre la cama de seda azul. Esta viva y muy excitada. Jadea. El hombre a su lado, vestido solo con una pollera ceremonial, la hakama, en cambio parece indiferente. Realiza el arte de la atadura con minuciosa paciencia, recorre cada extremidad con varias vueltas de soga de fibras de bambú y practica un complicado nudo de manera de presionar puntos determinados del cuerpo yaciente. Con nada nudo extrae un gemido de placer y dolor de la mujer. La presión de las ataduras aumenta

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con el placer y los temblores y el placer del cuerpo siguen creciendo a medida que el hombre se acerca al cuello de su víctima. O acaso no se trata de una víctima. Cuando el clímax llega en oleadas a la garganta de la oriental, que trata de gritar a través del prieto cinturón de gasa que la amordaza, el hombre amarillo y atlético se quita la negra pollera y se trepa al lecho. Una hora después el hombre esta siendo bañado por dos ceremoniosas mujeres que frotan con vigor dos esponjas naturales en su espalda y muslos. Se encuentra sentado en un taburete bajo con la cabeza gacha entre los hombros. A su lado humea una tina enorme empotrada en el piso de mármol. En minutos se sumergirá en el ofuro, el baño a sesenta grados que muy pocos hombres pueden resistir sin aullar de dolor. La puerta corrediza de papel y madera se desliza sin ruido y un hombre pequeño repta dentro de cuarto, su frente toca casi el

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piso alfombrado con tatami tres veces en reverencias sucesivas. -Hable Okira, ¿Han encontrado a Susuki? -Sí mi señor, nuestros contactos en la policía dicen que anoche, pero que la investigación pasó a la CIDE. La conversación tuvo lugar en castellano. El Barón lo hablaba a la perfección y tenía prohibido a su personal hablarle en japonés mientras estuvieran en la Argentina. Si la noticia lo conmovió no se le notó en un músculo. Toda su concentración estaba puesta en sumergirse y contener el dolor en la gran tina. La escena pareció detenerse. Las mujeres y el secretario contemplaban inmóviles y casi sin respirar el ballet del cuerpo entrando miembro a miembro en el agua caldeada. Momentos después la noble cabeza emergió del agua y el rostro humeaba. Los negros ojos

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parecían de amatista pulida. La boca se abrió para ordenar. Que preparen mi mejor frac para mañana. El miércoles por la noche iré a bailar al Chantecler. Con reverencias y susurros la escena se descompuso y el cuerpo humeante quedó solo en su tina. Los

pensamientos se agolparon en su cabeza. Esta noche cantaba Alaska y su novio el jefe de la CIDE estaría allí. Lo vería y mediría fuerzas con él. Un digno rival. El Baron valoraba el coraje y la inteligencia y sabía que Damasco tenía ambos. A diferencia de los militares argentinos que nunca habían visto un campo de batalla, sabía que el joven capitan había recorrido los frentes de la segunda guerra mundial más sangrientos, a casi un año del inevitable final. Y hoy era el único que quizás comprendía la batalla que se libraba en su país. Un batalla que ya llevaba mucho más tiempo que el que se imaginaba él mismo. La muerte de la mujer era un hecho

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insignifcante para el Baron. El había ocupado una posición similar a la de Damasco en la Corte del Emperador, hasta que fue desplazado por los fascistas que llevaron a la derrota al Imperio. Habia enviado hombres propios a la muerte y había ordenado la muerte de muchos otros. Eso le había permitido sobrevivir y mantener contactos fluídos con los americanos que hoy lo consideraban una pieza clave en la reconstrucción de su patria. Y el junto con su partido, los usaría y les haría pagar Hiroshima y Nagashaki. Oh si, aunque tardase siglos, pagarían. En privado –otoko ga naku no wa mittomo nai-4, el baron lloró-demo naki5-lloró por su patria y sus muertos, lloró por Susuki y por su alma.

4 5

“Un hombre que llora es algo feo de ver” “Llorar para honrar”

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Escena XII: “El hombre prende una luz para sí mismo durante la noche, cuando ha muerto, pero todavía vive”

Ella

lucía

primorosa.

Damasco

ya

estaba

acostumbrado a las horas que pasaba frente al espejo, maquillándose, peinándose, ensayando, hasta que todo quedaba perfecto. Le gustaba mirarla como ahora tendido vestido en la gran cama con dosel. Hacía una hora que estaba listo. Fumaba y la miraba sin hablar. Le

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molestaba que le hablara cuando se arreglaba. A él no le importaba. Hablar no era algo que le diera placer. Contemplarla era como ver el mar ondular.

Reconcentrado. Aislado de toda otra cosa que no fuera su tarea. Ondular, maquillarse, peinarse. Una

concentración perfecta. Un tango sonando en el viejo gramófono del dormitorio. Los nuevos tocadiscos no sonaban igual. Les faltaba el rasguido del tiempo desgranándose en cada acorde. El tango terminó y un angel pasó. Ella habló. -¿Damasco? -¿Sí? Extrañado. -¿Vos me querés? -Sabes que sí. -¿Me querés en serio? -Claro que sí, mi amor, ¿porqué me preguntás eso? -Tengo miedo.

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-No te preocupes, lo vamos a agarrar, antes que mate de nuevo. La radio, la maldita radio ya lo está propalando -se dijo. -¿Qué decís? ¡Quien mató a quién! -Nada, es algo del laburo. ¿Porque tenés miedo? -Por nosotros. Por el futuro. -No te preocupes. El futuro es siempre incierto. Lo que cuenta es el hoy. -No digas eso. No me gusta oírlo. No ahora. Y comenzó a sollozar muy quedo. Damasco se levantó con cierto desconcierto y angustia. No le gustaba ver llorar a una mujer. No le gustaba la gente que lloraba. Lo hacía sentirse muy vulnerable. Le puso las manos en los hombros. Ella le tomó las manos muy fuerte. -Estoy embarazada… -Lo que nos faltaba –pensó él.

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Martes, 14 de junio 1955

Escena XIII: “Es fatigoso trabajar para los mismos y obedecerlos”

La Quinta de Olivos, la residencia de verano del Presidente de la Nación Argentina, parecía extenderse en una infinita serie de muros anaranjados, bordeados de frescos árboles de jaracarandés que dejaban caer su

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lluvia celeste sobre los viandantes menos asombrados que Roosevelt. Para vivir permanentemente en ella, situada fuera de los límites de la Capital Federal, Perón obtuvo del Congreso la eximición de pedir permiso cada vez que cruzaba los límites de la ciudad e hizo de ella su lugar preferido, luego de la muerte de Evita donde andaba en moto –según las malas lenguas con las adolescentes de la Unión de Estudiantes Secundarias bien aferradas a la ancha espalda del “macho”—disfrutaba de sus cine y zoológico privado y filosofaba en largas peripatéticas con ministros y políticos. Cuando Damasco llegó a la Casona luego de atravesar los amplios bosques y jardines que la rodeaban, el sol de la mañana escorzaba cada detalle de la fachada sobre la enorme pileta fuente que la espejaba, reflejando sus dos pisos y el mirador, en un blanco

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intenso. La guardia policial y militar era discreta pero importante. En el jardín lo esperaba el Jefe de la Casa Militar, vestido de fajina y con la cuarenta y cinco al cinto, lo que le recordó los tiempos que corrían. Lo condujo a la Biblioteca donde Perón terminaba de departir con su biógrafo europeo Virgil Gheortghiu, “el hombre que viajaba solo” un rumano que había sido miembro de las Wehrmacht , con fama de literato y antisemita que por ese entonces vivía en Olivos, empapándose de la vida y milagros del Líder para su obra. Perón vestía de civil con saco pie de poule blanco y negro impecable, corbata y pantalón de raya que se marcaba como una armadura, pero cerca de su mano en el escritorio brillaba una colt bruñida y al desaire apoyado en el ángulo de la pared un fusil automático belga –el nuevo FAL argentino –desentonaba con los

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muebles de estilo. Se levantó con su sonrisa Odol para despedir al ilustre huésped, a quien el Capitán saludó con fría cortesía, pero al cerrar la puerta, su rostro adquirió la dureza entre pétrea e indígena que dimanaba el don de mando que subyugaba a las masas. --Mi General, Capitán Damasco reportándose. -Descanse, Coronel, su nombramiento ya está firmado. -Sí, Señor, Gracias. -Dicen que dijo Platón que filosofar es un aprendizaje para la muerte, pero cuando uno siente la Parca cada día en la cabecera de la cama al despertarse, como yo hace años, vive filosofando. ¿Qué opina Coronel? --Yo sólo soy un soldado Mi General… La pregunta era retórica y Damasco sabía que al Líder le gustaban los prolegómenos como al Viejo Vizcacha.

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--Escribir la biografía de su vida uno mismo, es una manera de decidir el futuro, pero no se trata aquí de mi vanidad, sino de la construcción política de un proyecto de país. San Martín, Rosas, Yo, una línea común en defensa de la soberanía política, la independencia económica….Ud. comprende. ¿Qué me trae hoy Damasco, los conspiradores no duermen, la ambición trabaja, verdad? --En efecto, Mi General, se está preparando algo para el jueves 16 de junio, algo que implica a la Aviación Naval y algunas guarniciones de Ejército, me temo que se trataría de un nuevo atentado contra Ud. En el informe de hoy están todos los elementos de reunión de inteligencia, y el análisis que hace la Secretaría…pero hay algo más… -¿Algo peor?

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-No sabría decirle mi General. Ha surgido una línea tangencial a la investigación sobre el loco de las prostitutas y este atentado, según parece hay una versión de un tratado firmado por San Martín y Ohiggins relativo a la patagonia, que se está por vender a los ultramontanos, una orden religiosa mística pero

peligrosa por alguna logia masónica. Aquí está la carpeta con todo el material para su análisis y decisión. Ha habido un par de muertes que pueden estar

relacionadas… -No le parece que los argentinos somos algo ingenuos, Coronel, esto me huele al protocolo de los Sabios de Sión y esas paparruchadas. De cualquiera manera si existe ese documento, debe ser hallado y destruido ¡Lo último que nos falta es que acusen a San Martín de promasón, judío y traidor a la patria! -¡Como UD. Ordene mi General!

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-Mientras aquí andábamos conspirando todos contra todos o contrabandeando en pelotas, como decía San Martín, los yanquis ya tenían un gobierno funcionando, con Congreso y Corte Suprema, en plena industrialización…A veces me pregunto, si el dos mil no nos encontrará dominados por los brasileños, sino por los yanquis…pero algo es seguro yo no lo veré Coronel, Uds. los jóvenes tendrán que estar preparados para dar batalla. -Sí mi General, pero Ud. estará al frente. -No lo sé Amancio, como decía Julio César, la muerte es un fin necesario y cuando haya de venir, vendrá…puede retirarse, a la noche hablamos….tengo que recibir a los Generales en una hora y debo ponerme el uniforme…los idus de marzo, todavía no han

llegado….vaya, vaya, Coronel, es usted un hombre leal,

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pero los más se cansan de servir siempre a los mismos amos. Mientras el militar salía, Perón se quedó solo contemplando el sol alzarse sobre los jaracandás de la Residencia. Tenía la certeza que mientras la gente lo sintiera como parte de ellos mismos, pero más que lo que ellos eran, cuando el Poder del Líder fuera el Poder del Pueblo, su carisma subsistiría, pero cuando el espejo se rompiera, la Revolución Justicialista, habría llegado a su fin, y tal vez, su propia vida también. Tres aves levantaron vuelo en ese momento, recortándose contra el frío cielo celeste y blanco. -Me pregunto que dirían los augures de esa señal – murmuró el General, sólo en su laberinto.

Escena XIV: “El rayo gobierna todas las cosas”

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El General se estaba poniendo muy metafísico para los tiempos que corrían, reflexionaba Damasco, mientras el auto salía a todo escape de la Residencia rumbo a la Capital. La noche anterior no había dormido y ya estaba sintiendo los efectos. A la doce lo había llamado el Comisario M desde Coordinación Federal para invitarlo a una sesión de interrogatorio en los sótanos del Departamento Central de Policía. El militar no era amigo de los métodos de indagación del policía, y en el fondo lo asqueaba la tortura, pues sabía que los hombres destrozados cantaban cualquier cosa para zafar. Llegó tarde adrede y ya todo había pasado. Sobre una alambre de cama oxidado de orines y sangre un guiñapo humano brillante en agua y sudor se estremecía después de haber recibido descargas eléctricas durante la última hora, de una

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batería de auto conectada al elástico. Enfrente en un escritorio iluminado por un halo amarillento, un taquígrafo y un grabador a cinta descansaban. M se lavaba el torso sin camisa en un piletón mugroso adosado a la pared. En el aire se mezclaban los hedores del miedo con la carne quemada y el sudor almizcle y aliento agrio de los torturadores. -¿Quién es? -Lo chupamos anoche a la salida de una reunión golpista. Es un civil que trabaja con la gente de la marina, pero también parece que pertenece a una hermandad de católicos militantes, la de los custodios de la cabeza de San Juan el Bautista, o algo así… --el comisario no era un hombre muy religioso –nos confirmó que el brulote será esta semana, muy probablemente el jueves y van a participar hombres de la aviación naval, pero no sabe para qué…

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-Será nomás, ya son varios los informes que confirman la acción para el mismo día y es probable que pretendan copar algún cuartel con infantes de marina… -Pero hay algo más, raro –dijo el policía extendiéndole la trascripción mecanografiada de la sesión —algo de un tratado secreto con Chile, algo histórico, de la época de San Martín, que un traidor a una logia masónica quiere venderle al doctorcito Luz Montero, nada menos… -¿Al médico de los pobres? Así que el anfitrión de los golpistas sigue jugando al historiador. ¡Que más querrá ser este hombre, por qué no se casa y se deja de joder! Pero al leer más detalladamente el informe que el otro le extendía, su ceño se frunció. No era momento para que semejante tema saliera a la luz. M lo contemplo

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con curiosidad y le sumó intriga a la cosa con un comentario. -Nos dijo también que le están desapareciendo compañeros. El militar saetado era uno de ellos, también parece que hirvieron a otro en aceite como a un tal San Juan… -¿Y este podrá reclamar haber sido un nuevo San Lorenzo, no? -¿Cómo dice Coronel, no le entiendo? -No importa, Comisario, buen trabajo, mañana le informaré a primera hora al General. -Sí déle mis saludos y mi lealtad a la Causa. -Serán dados. Y Damasco hizo mutis por las sombrías escaleras que lo llevaban a la fría noche y al cálido lecho de su muñequita de satén y percal.

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El comisario ladró un par de órdenes y la siniestra función se deshizo. El pobre infeliz al calabozo, y los policías a sus cubiles. Miro con afecto a la picana .El simple pero temible artificio eléctrico inventado, dicen por el hijo de un poeta, quedaría latente, como el rayo en el cielo, listo para ser convocado para iluminar la verdad. Mientras se liaba un faso, le vino a la memoria un poema aprendido en sus años escolares:

Llueve en el mar con un murmullo lento. La brisa gime tanto, que da pena. El día es largo y triste. El elemento duerme el sueño pesado de la arena Llueve. La lluvia lánguida trasciende su olor de flor helada y desabrida. El día es largo y triste. Uno comprende que la muerte es así..., que así es la vida.

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Sigue lloviendo. El día es triste y largo. En el remoto gris se abisma el ser.

Llueve... y uno quisiera, sin embargo, que no acabara nunca de llover. 6

Pero al salir, vio que no llovía, aunque hacía frío, un frío de mierda.

Escena XV: “El camino de las hélices del batán, recto y curvo, es uno y el mismo”

El pobre infeliz que fue arrojado al calabozo más perdido de la leonera de la Jefatura de Policía en la Avenida Belgrano, no sabía si estaba vivo o muerto. Pero sabía que no había revelado el secreto más vital de
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Olas Grises. Leopoldo Lugones. “El libro de los paisajes” 1917

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la reunión, porque no lo sabía. Su mente adolorida lo llevó de nuevo al brillo de los salones donde…las hélices, las hélices se acercaban demasiado…

Para Damasco, la noche no había terminado, la radio del auto crepitó cuando estaban llegando a su casa, informando que se había encontrado un cuerpo acribillado en una banquina del camino negro que iba de la Capital a los suburbios más humildes. El auto giró en redondo y lo condujo hacia los puentes que atravesaban el Riachuelo. La conversación con Alaska había disparado los fantasmas de su pasado. El nunca había conocido a su padre, no al menos hasta muy tarde, a través de su abuela que se hizo cargo de su pasar económico cuando su madre murió, joven todavía y lo salvo del orfanato. En cambio fue al Liceo y luego al Colegio Militar

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donde destacó en deportes, idiomas, don de mando, y eso le permitió escalar. Su abuela tenía algunas relaciones fruto de la pretenciosa casa de citas que regenteba en la Manzana de las luces, donde concurrían generales, diplomáticos y ministros, pero sin la llegada de la Revolución, jamás hubiera podido aspirar a ser oficial de Estado Mayor. La Revolución primero y Perón después lo había cambiado todo para bien en su vida. Pero nunca había pensado en tener una familia. No haber tenido padre lo hacía sentirse inepto para la tarea. Si alguna vez se casaba, había pensado, hubiera sido por relaciones sociales con alguna linda piba hija de una buena familia, con plata, para darse algunos gustos y no ser un cornudo consciente, como la mayoría de sus camaradas que se unián a mujeres fatales como Alaska. En realidad, su nombre verdadero era María y tampoco había conocido a su padre. Eso los había unido al

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principio. Dos existencialistas sin mas deseo que pasarla bien, bailar tango, hacer el amor. O al menos así había sido hasta que el reloj biológico de ella prendió su despertador. Había estado rara en las últimas semanas. Pensando en su madre y contándole una y otra vez como ella era enfermera rural y su desconocido padre el médico que atendía en el dispensario donde trataban de paliar las epidemias que la pobreza repartía por el norte del país. Ella quedó embarazada con su consentimiento y se iban a casar cuando volvieran a la capital, pero el diablo metió la cola y la enfermerita romántica se enamoró de un viajante cantor de tangos que había quedado internado con un brote del mal de Chagas. Y cuando pudo partir se fue con él, sin decirle adiós al doctorcito. El cantor de tangos la abandonó cuando la niña tenía apenas un año y su madre tuvo que aprender a ganarse la vida bailando como él le había enseñado. Así

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creció Maria Margarita, y si primero fue Margot, el tango, le hizo cambiar su seudónimo por el de Alaska, un lugar mítico, una arcadia donde hubiera oro y nunca hiciere calor. Apropiado para un angel de hielo dorado, que era la imagen que quería dar. Aunque había tenido muchos amantes, no era una cualquiera y sabía poner en su lugar al que se propasare. Ahora quería convertirse en madre, y eso al valiente guerrero, le daba pánico.

Cuando llegó a la vera del Riachuelo, el nuevo finado se escurría sobre los grasientos adoquines de la calle Caminito, pero por suerte no era ni mujer ni mártir, un buen tiroteo y algunos palos, dieron cuenta de un leal militante peronista, un delegado sindical que había sido capturado por los gorilas, o por la patronal…ya se sabría, todo terminaba por saberse, tarde o temprano. El

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mundo era una burbuja transparente, recordaba haber leído en un poema alemán…

Escena XVI: “El tiempo es un niño que juega con los dados; el reino es de un niño”

Los hombres del sombrero y la solapa levantada siguieron a su objetivo hasta el Parque Lezama por una calle Defensa oscura como un barrial funesto. Las cloacas hedían y había orines de perro humeando en cada zaguán. San Telmo no era un lugar pituco entonces.

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La figura se encorvaba contra el viento y su hábito de estambre grueso ondulaba como un paño de vela cangreja enfrentando un tifón. Las sandalias resonaban contra los adoquines como pistoletazos, lo que hacía fácil seguirlo, para los culatas de la CIDE. No eran tipos de reflejos rápidos, mejores en poner boleta que en seguimientos, pero los tiempos de brulotes, bombazos y asonadas cuartelarias, hacían imperioso contar con todo el material humano disponible. El hombre del sayal marrón había salido más temprano de la Catedral Ortodoxa de la avenida Brasil, había deambulado por las callecitas mientras la noche iba cayendo, como esperando algo. Paso y entró unos minutos a la Iglesia de Independencia y Tacuarí y

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regresó ya cercana la hora nona al parque que miraban las cúpulas azules. Uno de los pesados se fue hacia el Bar Británico a llamar por teléfono reportando su posición y pidiendo un auto de apoyo, en previsión de una guardia nocturna. -Llegará enseguida. Estamos en zona de la Central. ¿Qué hizo el fulano? -Nada, se sentó a leer su breviario, creo. La luna acariciaba el lomo de la estatuta de la loba de Romulo y Reno que coronaba uno de los picos de la meseta sobre la que reposaba el Parque. Los hombres vigilaban desde abajo, en el anfiteatro donde la gente veía a la orquesta sinfónica ensayar. Pocos se animaban con el frío, pero había cierto movimiento que disimulaba a los vigilantes. El monje con su cabeza cubierta por el manto desafiaba el viento en un banco bajo las farolas de la punta Este lo que hizo que los espiones se arrebujaran

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en sus abrigos a encender cigarrillos en las gradas altas del estadio que daban a los frentes de la Catedral. -Parece que espera a alguien. -Parece, como que la primera en la iglesia, le falló… -Atenti, parece que uno se le acerca… -Afirmativo, les veo las cabezas desde aquí abajo, están chamuyando, vamos subiendo para identificar al fulano. -¡Lo surtió! El monje cabecea para atrás… -¡Ma qué…lo puso, no ves como cae para atrás… corré, busca el auto, que se raja por Martín García…! -¡Corré vos que el otro se nos espianta! Y mientras el pesado cargaba contra la silueta embozada que se perdía en las sombras de la pendiente hacia la Avenida que salía en tangente de San Telmo hacia el barrio de Constitución, la silueta yaciente se le

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iba muriendo en nutrir un amplio lago de sangre, como una res degollada, pataleando. El milico de consigna terminó parando al inútil guardaespalda, con mucho espamento y tocando pito a todo pulmón, lo que atrajo a músicos y curiosos, y cuando se convenció que era “servicio” ya el asesino se había montado a un coche estacionado en el límite del parque y le daba todo el escape. -Se pudrío todo… Damasco nos cuelga de las pelotas… El auto del cuchillero había partido rumbo a la Boca en un alarido de cubiertas y echando humo como una locomotora. Sólo un golpe de suerte hizo que el auto oficial con los tres servicios diera la vuelta por Paseo Colón a tiempo para ver a su compañero corriendo hacia el coche que arrancaba. Fueron tras él.

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Cuando lo hallaron detenido con el motor humeando, pudieron descubrir dos cosas relevantes: que el auto habría sido robado, porque tenía desfondada la cerradura del lado del acompañante y que el fulano se había metido en un cabaret de mala muerte que frecuentaban los marineros del puerto. La hiriente luz roja del interior se proyectaba con fuerza hacia fuera impelida por los desafinados acordes de acordeones y guitarras que arremetian contra cualquier tango. La idea era meter barullo, acompañar las borracheras de los clientes y tapara los gritos y jadeos que venían de los privados de la planta alta. El lugar estaba floreciente, no menos de cien personas metian barullo como un regimiento de ocas en celo, así que era imposible entrar a buscar al cuchillero, sin un allanamiento judicial con toda la guardia de infantería dando apoyo. No quedaba mucho para hacer más que vigilar y preguntar. Otro auto

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llegó de apoyo y los agentes entraron a husmear sin mucha ilusión. Dieron vueltas entre suecos borrachos aferrados a cervezas frias y francesas calientes aferradas a cafishios sobrios. Había clientes de alcurnia buscando emociones fuertes, como el Baron Mekata, que bajaba arreglando su impecable esmoquin de las habitaciones de la planta alta, pero lo que hizo que los servicios tomaran nota sorprendidos fue ver al circunspecto Dr. ILM sentado muy encorvado en un reservado

cuchilleando con una linda naifa de pelo colorado.

Ya afuera, comparando notas, la radio motorola del auto empezó a crepitar con furor. Otra mina habia sido encontrada destripada, precisamente en el lado oeste del Parque de donde venían. Al parecer degollada, y eviscerada, otra más, pobrecita –comentaron.

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Lima, 28 de enero 1825

Escena XVII: “Los hombres ignoran que lo divergente está de acuerdo consigo mismo”

San Martín ha firmado ya hace de esto casi diez años, con O”Higgins, tambien un grado alto de nuestra Logia, el Ttratado Patagónico. Fue poco tiempo después de nuestro encuentro en Santiago de Chile y su

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único ejemplar y copia auténtica yace en mi caja fuerte de Lima, hasta mañana, en que al abrigo de la noche deberé entregarlo a los agentes de Lautaro para que lo trasladen sano y salvo a Londres en el George Canning, nuestro buque correo, que se encuentra amarrado en El Callao. En la quietud de su estudio en Lima, fumando un puro habanero, Monteagudo piensa en sus asesinos. Su muerte es un hecho cierto, anunciado por todas las voces de Lima, muchos la desean, algunos ya la ordenado, varios se aprestan a asestar el golpe. A él le toca, ironía del destino, elegir la mano que lo despenará, y el momento y el culpable, en bien de la causa de la Revolución. El responsable no será perdonado por el todopoderoso Simón Bolívar, su jefe ahora que San Martín organiza en Europa los levantamientos contra la

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Quintuple Alianza Restauradora, ni por O Higgins el segundo general más poderoso de la America Hispana y ambos tendrán una excusa para librarse de alguno de los enemigos más soterrados e intocables de la causa.

La iniciación en los tempranos años de la Universidad, le recordó sus diálogos con Moreno, su mentor. –Ahora le inicio a UD. en el culto de los autores secretos de una nueva filosofía del hombre, que debería acabar con las corporaciones medievales y el

oscurantismo eclesial, ¿sabe para qué? –Para que surja el nuevo ejemplar de un renovado hombre, que no haga del culto a la muerte su credo. La vida esta aquí y en la humanidad, la que se edificará por obra de la Revolución. No en las pirámides ni en las

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iglesias y el único pecado es la traición al progreso y a la justicia. Sin embargo las fuerzas de la reacción son poderosas y sus agentes en el nuevo mundo numerosos. Solo la alquimia de la libertad podía movilizar a las poblaciones andrajosas y hambrientas, sometidas a la tiranía centenaria de la metrópoli a la lucha armada, terrible, a veces suicida. Como Belgrano lo hubo demostrado con su Constitución para los pueblos de Mandisobí, al dotar de ciudadanía y derechos a todos los hermanos indígenas que los jesuitas explotaron durante siglos, hoy son ellos el germen de una provincia leal y hacendosa que defiende como un jaguar a Tucumán y al frente norte de las Provincias Unidas rioplatenses.

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La cultura de la muerte y de la vida después de la muerte, que era lo mismo, celebrada en ídolos o cruces, sumía a los hombres en la obediencia a la injusticia.

Y la prosa y capacidad organizativa de un Monteagudo era esencial para el éxito de la campaña, por la guerra de zapa o de guerrillas, por la desinformación de los dobles agentes, por la potencia de sus publicaciones que se multiplicaban en prensas clandestinas, por doquier…

Había llegado a Perú aborrecido por los hombres del General Rodil, por el lado realista y por los del lado criollo odiado entrañablemente por los esbirros del Ministro Gobernante Sánchez Carrió. Hoy, por hoy, éste y su liga republicana, secesionista del gran proyecto de

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la Confederación de Estados Hispanoamericanos, es más peligroso que el alicaído león español.

Pero también tenía enemigos en esposos de mujeres que fueron sus amantes, deudas de juego y los deudos de los fusilados o encarcelados por su mando altivo, odiosos del abogado argentino pagado de sí mismo, cuando San Martín lo había puesto al mando de Lima.

Esa noche, de fragante verano limeño, Monteagudo salió sin su custodia a la cerrada nocturnidad y a su destino. Visitó durante algunas horas a su querida más dilecta, Doña Juana Salguero y regresaba paseando por la Alameda de los Descalzos, cuando la bruma nocturna comenzaba a subir. Los asesinos emboscados detrás de la muralla del Convento de San Juan de Dios, decidieron

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dar el golpe antes que cruzara el puente hacia el centro de la ciudad colonial y su segura residencia, la Casa del Oidor, que le había sido asignada como honor por Bolívar. El “negro trompudo” –como le motaban –tiene tinte la piel como negra su alma. Se hace llamar Candelario Espinoza y lleva su cuchillo de larga hoja bien afilado bajo el poncho. Su cómplice Ramón Moreyra, sólo pensaba en las joyas y el oro de su desconocida víctima. La noche cerrada caía sobre Lima y sobre la historia del Congreso de Panamá y de la gran Nación Hispanoamericana.

Buenos Aires, miércoles 15 junio 1955

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Escena XVIII: “A los que contemplan la noche: en las cosas que según los hombres son misterios, se inicia sin consagración”

El Doctor escucha Schubert con unción religiosa. La tristeza de la melodía refleja su estado interior. Para su desgracia, el doctor no ha muerto joven como su admirado compositor. Mejor hubiera sido. Nunca fue un ser excepcional, un médico deslumbrante o un científico innovador. Tampoco le importó tanto el otro como para dedicarse a servir al prójimo. El “Fierabrás” se escurre desgarrador por las grietas de su alma y por las celosías cerradas de las ventanas de su estudio, como si las notas buscaran algo de claridad, un alivio de aire y luz a la asfixiante atmósfera interior.

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La noticia de la muerte de un joven militar, colaborador de la causa, lo ha afectado. Conocía a su familia. Sabe que ha muerto con gran sufrimiento. Los masones no juegan. Se toman muy en serio hacer saber que han sido ellos y que todos sepan lo que cuesta oponerse a la Logia. La lucha por el secreto es sin cuartel. Se acerca a la centuria y no ha perdido virulencia. Pocas causas humanas han durado tanto en su locura de muerte y crueldad. En este siglo al menos. Pero ellos no son de este siglo. Y nosotros tampoco. Dios no ha muerto. Pero la última guerra ha arrancado al Salvador del alma de los hombres. El Anticristo reina sobre la Tierra y el Diablo ha acorralado a los hombres piadosos en el rincón de las iglesias y los ritos.

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Pero eso no contaba para los legionarios de San Juan. Esta noche haría el pago al traidor de los masones. No le agradaba el trato, era inmoral. Pero el premio era demasiado importante, aunque pusiera en peligro su alma inmortal. No, eso no, lo hacía por la causa de Dios en la Tierra. La batalla debía ser ganada, aunque se le fuera la vida en eso. No tenía miedo. La muerte o el tormento serían un alivio. Comenzó los preparativos para la reunión. En un talego negro de cuero, muy firme fue acomodando uno a uno los patacones de oro, en hileras doradas de bruñida pátina. Cada moneda acuñada por el Banco Central equivalía a mil pesos fuertes. No era su peso que apenas llegaba a algunos gramos la fuente de su valor, sino lo

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miles de lingotes que eran la reserva del país y que atiborraban después de la guerra los sótanos del gran palacete blindado en la calle Reconquista. Cien monedas que podían comprar casi todo lo que un hombre codicioso podría desear. El brillo mortecino del oro hipnotiza a Luz Montero y lo transporta la historia del Tratado que acaba de adquirir y los sucesos que estaban ocurriendo en la ciudad.

En el otro extremo de la ciudad otro hombre recorre las mismas imágenes. Amanece. El Magíster de la Orden del Sepulcro de la Cabeza de San Juan el Bautista, ha convocado a todos sus priores y mientras las farolas del Parque Lezama dispersaban surtidores de luz sobre las gotas de agua que flotaban en el aire, los generales de una guerra

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secreta que estaba a punto de reiniciarse en el Río de la Plata, comenzaron a llegar.

Cuando Monteagudo es asesinado en Lima, todas sus iniciativas políticas caen en una parálisis que poco a poco las conduce al olvido. Las mezquindades localistas predominan y los mediocres se hacen con el poder. Bolívar queda encerrado en sus luchas por la gran Colombia y olvida el sur a las guerras fraticidas y caudillajes más diversos, dando por perdida la idea de una gran confederación de naciones hispanas. En esos planes, el Tratado Patagónico jugaba un rol maestro, pues forzaría a Buenos Aires a declinar sus pretensiones hegemónicas, son pena de perder todo el sur de su territorio legalmente a manos de los trasandinos, jugados con O¨Higgins a la suerte de la gran alianza movilizada por Bolívar y la Logia.

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Buenos Aires echo a rodar interesadas versiones de difusas causas que habrían precipitado el hecho terrible, ninguna cierta, pero ninguna demasiado alejada a la vida ajetreada y aventurera del espía. A lo largo de los años, la Logia Lautaro primero y la Latinoamericana después, lucharon encarnizadamente, conspiraron, espiaron, compraron y mataron, pero lograron recuperar el valioso pliego que no volvió a salir de Buenos Aires y fue puesto en secreto bajo la custodia de los descendientes de Monteagudo, argentinos y masones desde siempre. En los últimos años, una vida dispendiosa y banal, había llevado al último de los choznos del patriota a la desesperación financiera y a ceder a las ofertas de los ultracatólicos que firmes en Chile, deseaban el tratado para lograr ventajas y prebendas en el país trasandino.

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La hermandad a que la él pertenecía, era un brazo centenario de la guerra sin tiempo entre la masonería y la iglesia católica, que se remontaba a las cruzadas y a los templarios. Desde los arcanos del tiempo veía al arquitecto del Templo de Salomón, Hamed Abif, el hijo de la viuda y primer masón, asesinado por los celotes de Pablo, el apóstol que nunca conoció el mensaje de amor de Jesús y que fue el verdadero arquitecto de la Iglesia de Pedro, el simple pero verdadero discípulo. Los hombres de la hermandad habían recibido diversos destinos dentro y fuera de la estructura formal de la Iglesia, ya como órdenes religiosas o dentro de ellas, como prelaturas personales del Papa, como el Opus Dei, o como la Sacra Rota o la Inquisición. Desde el comienzo de los tiempos habían batallado en todos los frentes y contra todos los enemigos de Roma.

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Pero de todas las traiciones y renuncias, flaquezas y debilidades, la que ahora amenazaba a la hermandad era sin duda la más peligrosa. Si el amok o locura asesina del Hermano Hidé era investigada y descubierta por las autoridades peronistas, en guerra abierta y declarada con la Iglesia Católica, el aparato propagandístico del régimen, la CIDE, el Secretario Apod, utilizarían cada centímetro de los diarios, cada minuto de los noticieros y radios para denostar y defenestrar a su enemiga mortal, y Hidé sería no sólo una pérdida monumental de prestigio, sino el verdugo involuntario de la unión entre el Estado y la religión en Argentina. El país entero podría perderse. No había tiempo que perder.

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Miércoles, 15 de junio 1955

Escena XIX: “Los cerdos se satisfacen en la inmundicia antes bien que en el agua pura”

Donde se advierte que Damasco y el Baron no son tan distintos. La visita al burdel. El crimen del hervido. El ajuste de cuentas a los gorilas. Las torturas de los comisarios y la justicia medieval de los jueces nacionales (tango las cuarenta) . Los intereses de las percantas. El seguimiento al piringundín de los pobres y Jack.

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-Los chinos dicen que los japoneses somos bárbaros. Nosotros decimos que los coreanos son bárbaros. Durante la guerra los usamos como guardias en los campos de concentración y en los dos mil años de hostilidad soterrada que llevamos con los chinos hemos cometido atrocidades con sus pueblos que me fuerzan a darle la razón. Pero eso no quita que siempre nos hemos analizado y cuestionado severamente nuestros actos y pulsiones, si tengo que usar las voces del querido Dr. Freud, con quien he departido muchas veces en la Viena anterior a la guerra, siendo yo un joven estudiante de lenguas vivas. -Siempre crei que era un pueblo complejo… -No, en realidad, somos infantiles… Sin duda el Barón era la excepcion que confirmaba la regla, o la regla no era válida y el Baron era una prueba

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de ello. Lo mas probable es que pretenda engañarme – dedujo Damasco. Estaban ambos vestidos como dos pinguinos

engominados fumando puros en un salón privado del Chantecler, donde los espejos reflejaban el lujo de las arañas y la voluptuosidad de los nobles humos se contagiaba a los sillones de estilo donde descansaban de los agotadores tangos. Las damas habían quedado en el gran salon de la planta baja del Chantecler de la Avenida Corrientes y Lavalle, el primero mucho más famoso y humilde había quedado atrás en Montevideo. Luego de la función número cien de Alaska que había hecho vibrar a la asistencia con su interpretación (en el escenario se transforma y la vocecita de niñita desvalida se transforma en un ronco ronroneo melódico, y ondula bajo las luces como una pantera blanca –advirtió el Capitán para sí) el salón se habia convertido en un

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muestrario de talentos danzísticos (son una tribu primitiva y el tango es su rito de apareamiento – reflexionaba el japonés, que nunca había conseguido que sus discipulos coterráneos lo bailaran con ese frenesí contenido y sensual de los argentinos, en realidad los amarillos lo juegan, como una ronda colectiva) y todos habían girado como derviches alcoholizados durante una larga hora, antes de una pausa para que la orquesta descansara. Allí fue cuando Mekata se le acercó con su natural habilidad para moverse en las recepciones y soires y lo invitó a fumar un puro en el primer piso. Se habían tratado antes en embajadas y actos patrios de los dos países ya que los americanos lo habían nombrado attache de la ocupada nación oriental. Era un representante del nuevo Japon que estaban surgiendo bajo la gubia de Marshall luego que la aplanadora nuclear de Truman dejara al país devastado como un

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bloque de mármol virgen listo para esculpir. La conversación giró alrededor de las alternativas políticas en el país y los efectos que la Revolución peronista estaba trayendo en las relaciones con los Estados Unidos, embarcada en plena guerra fría y de quien Mekata hablaba con una mezcla de sorna y resentida pesadumbre. Estaban promediando los sublimes

maduros Cohiba cuando tras un silencio que se llevó a un angel intoxicado por los vahos indianos, el rostro del oriental se tensó como un tambor ceremonial y sus ojos brillaron con la dureza de la obsidiana: -Una amiga muy querida ha sido víctima de un crimen horrendo y me dicen que el caso está bajo su autoridad… -No es algo del dominio público, pero sí en efecto, creemos que puede tener algún tinte político…

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-Sepa que estoy a sus órdenes para colaborar en lo que se pueda… -Lo tendré muy en cuenta –cerró ceremonioso el militar antes de levantarse y saludar al diplomático que quedó solo terminando su habano en el saloncito. A pesar de no ser un lingüista cabal, al jefe de la CIDE no le había pasado por alto el matiz castizo de la expresión usada por su interlocutor, que denotaba la intención de resaltar su ajenidad al crimen. -Ya veremos si este cachafaz, me toma por un gil, o es un otario nomás… y volvió a los brazos de Alaska que se ciñeron como sierpes de seda a su cuello, mientras sonaba ¿en su honor? Taquito militar….

Un razonamiento tanguero. La orquesta atacaba Las cuarenta, el tango de Francisco Gorrido y mientras su

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cuerpo seguía mecánicamente los movimientos de la danza, su mente se desplazaba por los vericuetos de los dilemas que se negaban a ser develados.

Con el pucho de la vida apretado entre los labios, la mirada turbia y fría, un poco lerdo el andar, dobló la esquina del barrio y, curda ya de recuerdos, como volcando un veneno esto se le oyó acusar.

El asesino, porque ha de ser un hombre por la fuerza y pericia demostrada, repite crímenes conocidos, y tiene los conocimientos y la sangre fría de un cirujano. Ha comenzado a matar ahora, lo que significa que ha

habido alguna circunstancia de su vida, que lo ha despertado –mientras esto pensaba, mejilla a mejilla, con la mujer en sus brazos, la mano derecha firme en la espalda entre la cintura y el omóplato, iba telegrafiando

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“la marca” anticipando cada movimiento de su cuerpo firmemente apretado contra el de ella. Recorriendo la pista, sus pies iban acariciando el piso encerado y cubierto de una suave capa de aserrín, hasta abrirse en un movimiento que mostraba ligera la suela de los finos zapatos de charol, para volver a deslizarse detrás de la rodilla que penetraba entre los muslos satinados de la rubia. Comenzó “el paseo”, y su mente volvió a las fotos de la primera víctima, mientras avanzaba su pie derecho, dejando el peso en el otro, mientras la mujer retrocedía con su pie izquierdo, casi pegado al del hombre. La rubiecita, con el pelo blanco muy corto, casi como un mancebo, reproducía las fotos de la última víctima del petiso orejudo, atravesada por clavos, pero también en una variante perversa, los aceros

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también seguían una pauta oriental. Y la segunda, seguida por las viejas calles del barrio de Monserrat… Vieja calle de mi barrio donde he dado el primor paso, vuelvo a vos, gastado el mazo en inútil barajar, con una llaga en el pecho, con mi sueño hecho pedazos, que se rompió en un abrazo que me diera la verdad.

…para ser degollada de oreja a oreja, como Emma, a quien Jack le abrió el vientre, y esparció sus intestinos por las mismas veredas donde hacía la puta… Aprendí todo lo malo, aprendí todo lo bueno, sé del beso que se compra, sé del beso que se da; del amigo que es amigo siempre y cuando le convenga, y sé que con mucha plata uno vale mucho más.

Un hombre culto, de buena posición, con bisturís de acero alemán, con dinero para comprar “uvas” –se había encontrado cocaína de la buena junto a los cadáveres –y dejarla como indicio…el japonés consumía de esa, y

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también opio y morfina…la tercera era su manceba, y dicen que la ha llorado… Aprendí que en esta vida hay que llorar si otros lloran y, si la murga se ríe, hay que saberse reír; no pensar ni equivocado... ¡Para qué, si igual se vive! ¡Y además corrés el riesgo de que te bauticen gil!

Mientras se balanceaba de un pie a otro, pasando el peso y jugando con el peso de la mujer, que lo seguía en un cortejo sensual, frotando su cadera suavemente, con un fru fru de sedas en su pelvis satinada, haciendo “la cadencia”, Damasco comenzó “la caza”, un pie iba al acecho del otro, imaginando al asesino cuando se acercó a su presa… a esta mestiza de rasgos orientales que iba a pedir perdón por sus pecados en la blanca capilla de la Concepción y fue hallada muerta en el camposanto de humildes tumbas sobre la Avenida Independencia… también degollada, a ella le extrajo el riñón limpiamente,

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y lo envió con carta sanguinolenta nada menos que al Jockey Club, este tipo piensa que se estaba burlando de nosotros… La vez que quise ser bueno en la cara se me rieron; cuando grité una injusticia, la fuerza me hizo callar; la experiencia fue mi amante; el desengaño, mi amigo... Toda carta tiene contra y toda contra se da!

Mientras atacaba con “la cunita” haciendo dar giros a la mujer, que Alaska remataba en “ochos” para atrás, flexionado su pierna en un floreo exagerado que levantaba los faldones de su vestido, penso en la extraña coincidencia del crimen del Parque Lezama. Sus hombres iban detrás de un conspirador de la orden religiosa y dieron con el asesino de mujeres…mas que una cunita fue casi una camita, aunque a los boludos casi se les escapa, no me caben dudas que se trata del mismo, el mismo corte en la carne del monje que en las mujeres, igual filo, en la garganta, misma precisión, misma arma, sería demasiada coincidencia…lo que no me queda claro es si mato al monje porque lo vio matar a la mujer, o por otra razón…estaba oscuro y los agentes no alcanzaron a ver la escena…el tipo tuvo mucha mala suerte, pero no podía seguir así, ahora en el piringundín de la Boca lo perdieron y encontraron a este figurín oriental y al insigne médico de los pobres, que esta últimamente por todas partes…quien lo iba a decir… el tipo había estado negociando con él mismo representando a los

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ultracatólicos para ponerle fin al estado de guerra larvada entre el gobierno y la Iglesia católica… Hoy no creo ni en mí mismo. .. Todo es grupo, todo es falso, y aquél, el que está más alto, es igual a los demás... Por eso, no has de extrañarte si, alguna noche, borracho, me vieras pasar del brazo con quien no debo pasar. El tango concluyó con un acorde de tres por cuatro, cuando un alarido de mujer hizo estremecer el alma de Damasco y a toda la asistencia. Una mujer salio desmelenada del baño de señoras de la planta baja del cabaret, dando gritos y ya corrían hacia allí los policías de guardia, la seguridad del lugar y los custodios del militar, además de todos los curiosos. Dejando atrás a Alaska, a quien mandó le esperase en su camerino, se abrió paso a codazos entre la multitud, hasta que sus hombres lo divisaron y le abrieron un sendero hasta el toilette.

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El teniente Durazno, lo guió hacia uno de los cubículos de mármol y madera donde las parejas acostumbraban esnifar cocaína o hacerse el amor con perversa dejadez y alegre promiscuidad. Pero no había nada de alegre en la figura de la mujer sentada en la taza del sanitario. Su vestido de fiesta había sido desgarrado entre las dos piernas abiertas y encajadas en los marcos de la puerta, como si fuese una parturienta. El mismo corte parecía haber abierto en canal los genitales y el abdomen, y todas las visceras colgaban sobre la bacinilla tiñendo de rojo oscuro el agua que fluía sin cesar. La cabeza había sido casi desprendida del cuello y colgaba hacia atrás, mientras los ojos abiertos de espanto buceaban en el negro reflejo de los azulejos italianos. En la pared de atrás con la sangre de la mujer se podía leer un mensaje destinado a él: “la próxima Alaska”

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Girando sobre sus talones, ladro a su subordinados que llamasen a los Comisarios y cerrasen el lugar, pero sabía que era inútil, había cientos se personas entrando y saliendo y repartidas en los tres pisos del edificio, escenarios, camerinos, depósitos de ropa… corrio escaleras arriba al primer piso y recorrio con el corazon encogido en un puño, el camino hacia el camerino de Alaska, aunque sabía que no la encontraría. La puerta abierta y las luces encendidas lo recibieron, en el suelo el diminuto bolso plateado y la docena de rosas que él le había dado, pisoteadas. Sobre el tocador de la artista, un sobre con su nombre en loca caligrafía roja, lo esperaba.

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Jueves, 16 de junio 1955

Escena XX: “Se cree que la vida es aquello que se proyecta y no es errado, pero también es vivirla según se nos presenta…”

El día había amanecido frío y lluvioso. La radio informaba que hacía cuatro grados Celsius afuera. El capitán se embutió en su abrigo y se encasquetó el sombrero para resistir el viento de agosto,

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que venía fiero de la pampa, como la bronca de los católicos con el Lider.

Algo estaba por ocurrir en ese día desapacible. Demasiadas eran las señales de los conjurados en busca de apoyo a su asonada. Por las dudas el General no asistiría a la Rosada hoy, donde su posición era vulnerable con sólo algunos granaderos y policías en su torno. Se había programado un homenaje a San Martín, con un desfile aéreo sobre la Casa Rosada. Pero, según le había anticipado en la madrugada el Jefe de la Casa Militar, a Damasco, El General se haría fuerte en el Edificio del Ejército, con mando de tropa propia y con el sistema de onda corta cifrado abierto con los tanques leales de la Brigada de Magdalena y la Tablada, a escasa hora y media de la plaza de Mayo. Todos los espias habían sido convocados para pasar sus

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informes y dar un panorama de las lealtades y agachadas que se esperaban en las horas sucesivas. La Fuerza Aérea estaba perdida y la Marina tenía más sectores en duda con la tradición legalista y formal que con la necesidad de librarse del peronismo. El Ejército se dividía parejito como para que la guerra civil durara cien años, si se armaba al pueblo. Los informes de escenarios futuros eran catastróficos en cualquiera de los sentidos que se les diera. Chile y Brasil se frotaban las manos y hacían planes sobre los vastos sectores fronterizos que quedarían desprotegidos o que buscarían seguridad y calma en ellos. La disolución del país era una alternativa que barajaban unos y otros. Damasco había pasado la noche en vela revisando informes y armando listas que se modificaban a cada hora, pero que no cambiaban el panorama total. Perón guardaba hermético silencio y se reunía con su círculo

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selecto

de

leales

entre

los

cuales

disminuían

ostensiblemente los uniformes. También había tenido un cónclave con los Comisarios de la Federal y había batidas buscando a la secuestrada. El escándaloso homicidio del Chantecler no se podía mantener oculto, aunque se había logrado ocultar los detalles escabrosos para no desatar el pánico colectivo por un asesino serial, como los del FBI yanqui había empezado a llamarle, según lo ilustraron los canas. El capitán se había dado un baño caliente y tomado café recién hecho y estaba listo para lo que se venía. Sacó la Ballester Molina 45 de su funda bruñida de cuero y se la metió en la cintura del pantalón bien pegada a la columna, como le hacían los comandos americanos de la OSS. Más allá de el cimbronazo político, cuartelazo o guerra civil que se venía, él tenía que dar término al asunto

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policial que tenía entre manos desde hacía una semana y resolverlo de cuajo, sin papeles ni jueces, como un militar resuelve una amenaza a la sociedad que tenía que proteger. Estaba seguro que el fulano estaba loco, la noche roja que había vivido y que casi había costado la vida de la mujer que más cerca había estado de amar alguna vez, lo había confirmado, y la cordura aparente del sujeto y la absoluta amenidad que mostró a las pocas horas de sus crimenes, confirmaba lo dicho por el experto forense consultado. —Dígame Dr.Fracassi ¿Es posible, entonces, que un enfermo mental cometa actos atroces y que luego los olvide completamente? —En efecto, Capitán, se conoce como esquizofrenia amnésica o trastorno bipolar extremo, pero de existir sería un caso de gabinete

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El diagnóstico era certero, y el loco se libraría de la muerte que había causado a tantas, yendo a pastar a un loquero de categoría, donde pasaría en la tranquilidad sus últimos años saboreando sus perrerías. Damasco no lo iba a permitir. La situación de guerra civil latente y su cargo le daba plenos poderes de vida y muerte y los iba a usar. Salió dando un portazo y se trepó a su automóvil sin dejar que el chofer detuviera el motor. El estrépito del motor tapo el destino ordenado. Eran las diez horas de la mañana del jueves. Estaba seguro que Perón aprobaría la jugada, y si no, quien sabe cuanto tiempo aguantaría en el poder y a cuantos fusilarían con él, entre ellos al jefe de su policía secreta…, así que, ya poco importaban los escrúpulos. La excusa para la reunión eran las negociaciones por el conflicto, y de paso averiguar sobre el bendito Tratado

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Patagónico. En realidad, si era cierto que el maldito era el único que sabía donde estaba…muerto el perro se acababa la rabia.

En el lugar de destino, su objetivo celebraba otra reunión. Mientras departía calmadamente y su cerebro racional respondía eficazmente, dentro de sí, en la cripta en llamas que alojaba a su otro yo, la última muerte lo había llenado de una sensación parecida a la calma, la de la fiera recién saciada que digiere su último festín.

Es extraño cómo la obsesión se diluye como volutas de humo, cuando la fogata del crimen se ha consumado. No podía quitar a esa mujer de mi mente hasta ayer nomás, hasta horas antes de tenerla a mi merced. La veía a cada instante sin

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que fuera menester siquiera cerrar mis ojos. Estaba allí en los brazos de otros, o riendo y mirándome entre sus largas pestañas con picardía, o bailando, moviendo su cuerpo infernal al son de esa música del averno, con sensualidad de hembra en celo…y escuchaba su voz como un eco acariciante en mi mente, cada inflexión de sus cuerdas, cada matiz de su lengua al chasquear contra esos dientes perfectos. Y pronto veré como las cuerdas cortadas se enroscan sin vida en un amasijo de carne sin magia alguna, como ningún sonido puede producir esa pieza de delicado tissue servida a mi mesa, apenas aderezada con unas pocas especies y vinagre de vino como el que empapó la boca del salvador… así como la vida escapará de su delicado cuerpo con la última estocada de mi bisturí, así habrá desaparecido el

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deseo y la compulsión de tocarla, de tenerle, de mirarla a cada hora y de imaginarla en otros brazos, viva, gozando, riendo…. Ya no ríes, mi pobre Margarita “…yo te pido, cariñito, que me cantes como antes, despacito, despacito, tu canción, una vez más…”7

—El tratado ha sido recuperado, y el momento político que se acerca, con la guerra civil en ciernes, es el mejor momento para que sea entregado a nuestros hermanos del otro lado de la cordillera para que las provincias sureñas

reclamen ser anexadas a esa nación católica libre de las locuras ateas y comunistas de este demonio de Perón…

7

C. CASTILLO, “Una Canción”, 1953

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—No estoy tan seguro, mi estimado prior, que deba ser entregado tan alegremente, sin ningún reaseguro, ni que la guerra civil sean inevitable. Mis fuentes dicen que el Tirano está dispuesto a renunciar antes que a poner en peligro su miserable vida… —Pero UD. sabe que eso no será permitido. Hoy el tirano morirá bajo la advocación de las alas plateadas del espíritu santo o la guerra interior comenzará como en tiempos de Rosas… —Precisamente, prior, aquí los tiranos

acostumbran tomarse el buque, bien forrados antes de inmolarse al frente de sus partidarios… precisamente, yo guardaré el tratado conmigo hasta que las brevas estén maduras…

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La reunión había terminado. El doctor acompañó a su interlocutor hasta el marmolado rellano de la monumental escalera y regreso a su estudio. Corriendo las secretas puertas de su biblioteca extrajo de la caja fuerte el pergamino, doblado en prolija cuartilla y lo introdujo en su Biblia, que puso junto a su maletín, donde guardaba el último trofeo, el relicario con el cabello rubio de Alaska.

La reunión con el jefe de la CIDE era también un secreto para el místico Prior de la orden, Isidro, había aceptado esta cita, cara a cara con él a fin de negociar un salida del Tirano del poder a cambio de un salvoconducto o amnistía para él y su fortuna que le permitiera despreocuparse de todo y vivir consagrado a sus aficiones fuera del país. Sobre eso había versado la primera reunión, y el Dr. esperaba la respuesta de Perón

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en esta oportunidad, con minutos apenas para parar el comienzo de las hostilidades que no tendrían retorno entre la Revolución Justicialista y la Revolución Libertadora que se venía. Pero la reunión tomó un rumbo

inesperado para el médico. Apenas superadas las formalidades de rigor, el militar comenzó a hablar de los crímenes del loco de las prostitutas. —La venganza…parece que ese es su móvil.

Seguramente su madre ha sido una perdida y él no ha podido superar la humillación y la traición, y el lado enfermo de su psiquis se cobra con cada mujerzuela que asesina. Devorar sus órganos es volver a poseer a la única mujer que deseó y que le estaba prohibida…

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–No entiendo porqué me cuenta eso. Mi especialidad, como ya lo sabe no es la psiquiatría. Me temo no poder ayudarlo. –En realidad no se lo pregunto como médico, sino como paciente. Su perfil coincide con el del asesino. La historia de su madre, su vida actual, sus obsesiones, tenemos todo documentado. – ¡Eso es absurdo y no prueba nada! –Es inútil que disimule Doctor, lo hemos seguido desde el piringundín de la Boca hasta esta casa, luego que matara al fraile de la orden ortodoxa. Su propio asistente, dentro de la Orden, que se debe haber dado cuenta de algo… Los bisturís que le robaron de su

maletín del automóvil… fueron mis hombres, para comprobar los ángulos de los cortes en las víctimas, además de sus iniciales en ellos… Su auto fue visto a la salida del teatro donde Alaska fue secuestrada y la

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policía se está acercando al lugar donde seguramente la tiene prisionera, un viejo almacen de cueros en Balvanera, abandonado, propiedad de su familia y cerca de su clínica para pobres…

– Ningún tribunal del país, aceptaría esas tonterías, ni siquiera evidencias, totalmente circunstanciales… -Sé, además, que nadie más que usted sabe del tratado y de su paradero, aquí en su escritorio, eso sella su suerte…además de asesino, traidor a la patria… El pobre doctor estaba aterrado, en el fondo de su mente, sin embargo, el demonio que lo habitaba reía, divertido por la situación y furioso en sus recuerdos con el hombre que había osado quitarle nuevamente a su mujer. Imperceptiblemente el encorvado cuerpo se fue enderezando, sus mandíbulas se cuadraron en un rictus simiesco y sus cejas pobladas se estrecharon hasta

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formar una sola sombría línea. Su voz, más gruesa y áspera ahora, sonó fuera de su cabeza, viniendo de muy lejos —La venganza, sí, es buena cosa…Si uno tiene tiempo a esperar que se enfríe…. —No se si hablamos de la misma cosa —Solo hay una forma de saberlo…

La reunión había llegado a su fin. Damasco sacó el arma y la amartilló apuntando directamente a la noble frente de su maldito interlocutor. Todo terminaría en menos de un segundo. En ese preciso instante un silbido penetrante, estremecedor, que reconoció espantando de sus

pesadillas en el frente soviético apenas diez años antes, lo paralizó.

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El demonio que habitaba tras los ojos del aterrado doctor tomó el mando del cuerpo de éste, se apoderó el abridor de cartas afilado que reposaba sobre el tintero de plata del escritorio, y arrojándose sobre el militar, lo apuñaló directo al corazón. Segundos después, mientras la vida escapaba por la abierta herida el Capitán vio como el mundo y la habitación estallaba en mil trozos de vidrio y polvo blanco. Las bombas de la aviación naval argentina habían comenzado a caer sobre Buenos Aires, por primera vez en la historia de la república. El Palacete de la calle Hipólito Irigoyen, cercano a la residencia del Presidente en la ciudad, el Palacio Unzúe, recibió el impacto casi directo de una bomba de mil kilos que no alcanzo a estallar pero basto casi para demolerlo.

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El Hermano Hidé ahora plenamente al mando, con la sangre de su última víctima cubierta del yeso blanco que llovía por doquier, con el maletín en su mano corrió, alcanzó a salir por entre los escombros de la escalera y de allí a la Avenida Paseo Colón, donde antes había estado el delicado recibidor bostezaba un cráter donde se alcanzaba a ver el Leviatán metálico con la bandera argentina cubierta de polvo negro y barro. Ajeno a la poética de la imagen ganó la calle por entre la multitud que corría presa del pánico y del estupor. Algunos militantes peronistas y policías

parapetados disparaban patéticos contra los cazas que ametrallaban las avenidas sin piedad. Las bombas estallaban por todas partes con un estruendo de truenos y terremotos sonando al unísono.

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Hidé corrío desaforado y trepó al estribo de un trolebús, el Número 305 que trajinaba entre chispas, incapaz de acelerar su marcha, por la Avenida Paseo Colón y buscó refugio en su interior. Se situó junto a la ultima ventanilla del lado izquierdo y atisbó para asegurarse que nadie lo seguía. Su ritmo cardíaco no se había alterado, sentía la energía de un gorila, ebrio de sangre, ansioso por llegar a su última presa, que lo esperaba cautiva y adormecida en el almacén de Balvanera, antes que la policía llegara. La voz de Isidoro, retenida en su cabeza argumentaba que tendrían que alejarse de la Capital argentina y embarcar a Uruguay donde buscaría refugio en la Orden, para partir a Europa cuanto antes. No sabía a cuantos habría informado Damasco de sus conclusiones, pero no estaba seguro en Buenos Aires.

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A su lado un hombre moreno, que se llamaba Benito Lemos y que no ignoraba el monstruo que vigilaba por órdenes directas del Prior, lo observó sin disimulo. Parecía un simio envuelto en traje de seda, o en sarga inglesa. Eso no perturbó a Hidé que consiguió sentarse junto a la ventana de la izquierda, en el penúltimo asiento del “colectivo” y miró hacia los cielos, esperando la absolución o alguna señal divina. Pero lo que llegó fue el impacto directo de una pequeña bomba racimo que arrojo uno de los cazas que ya sin municiones regresaba a su base de El Palomar. El colectivo se estremeció envuelto en una nube de polvo que siguió a la onda expansiva. El artificio arrojó metralla, vidrios, metal y restos humanos sueltos por toda la calzada antes de desaparecer en una bola ígnea. El fuego consumió a todos sus ocupantes en pocos

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minutos,

muertos

instantáneamente

por

el

desgarramiento interno que la violenta presión del estallido produjo, mientras terminaba su loca carrera contra el Ministerio de Trabajo. A todos menos a uno, Lemos sus piernas perforadas por la metralla había alcanzado a arrojarse por la puerta trasera un segundo antes del fatal, llevando consigo, vaya a saber porque extraño reflejo, el negro maletín de su vecino. Las fotos de los diarios mostrarían el cadáver calcinado de lo que parece un hombre, que asoma

medio cuerpo mutilado por una ventanilla deformada. Una figura de Fussili que busca escapar de las llamas del último círculo del infierno cantado por el Dante.

Escena XXI:

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Lima, enero 1825

Bolívar había tomado el mando del asunto al enterarse de la muerte de Monteagudo. Se dirigió prestamente con su escolta de lanceros al Convento de San Juan, donde habían traslado el cuerpo. El médico militar convocado de urgencia nada pudo hacer, más que retirar el afilado cuchillo que le había atravesado el torax y salido por la espalda del prócer. Bolívar se acercó con pesar y furia a su joven y brillante colaborador y luego examinó el brillante filo del arma, ya limpia de sangre –que interroguen a todos los afiladores de la ciudad, alguno tiene que reconocer este facón. Y así fue, uno de la base del Cerro apuntó a un negro mal encarado, que ya tenía una muerte en su haber, como dueño de la afilada hoja. Todos los negros de la ciudad fueron convocados con

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una excusa y el reconocido arrestado y llevado engrillado a los aposentos del Libertador. La noche era sofocante y cerrada y sólo una candela iluminaba el vasto cuarto –ves Celedonio, allá atrás en la oscuridad está el alma de Monteagudo, que ha venido por ti, y yo te voy a entregar, despenándote de inmediato –y uniendo la acción a la palabra tomó su sable del escritorio y lo desenvainó con fuerza –por piedad, General, lo hice porque era malo para los negros y para el país –¿quien lo ordenó? Dilo ya o te mato como un perro, pero si hablas tendrás perdón de inmediato por mis plenos poderes de dictador –eso convenció al negrazo, que desembuchó – Sánchez Carrió mi General, dijo que era lo mejor para Perú…Un largo silencio siguió a la confesión del asesino que sollozaba de rodillas en medio de la penumbra –sáquenlo de mi vista, y del país, ya mismo. El Libertador quedó solo meditando en la sombra. En las

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próximas semanas, el ministro enfermó de una extraña dolencia y murió. Su cocinero le siguió a la tumba a los pocos días.

Buenos Aires, octubre 2003

Entre las doscientas víctimas fatales, de las mil bajas de ese jueves 16 de junio, hubo muchos NN, no name, desconocidos, como luego se los conocería en las matanzas de la década de los setenta, tan solo veinte años después, en el segundo acto de la locura homicida de un pueblo hostigado por la violencia desde su nacimiento como república independiente. Después de ese día, los diarios tampoco volvieron a mencionar al loco de las prostitutas. Méndez se jubiló y

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Moyano el “inspector picana” murió ajusticiado por los románticos guerrilleros urbanos de esa década. Al comando del avión de marina que explotó el trolebús, iba un joven capitán de cejas tupidas, de nombre clave Cero, que volvería en veinte años, a traer sangre y fuego a su pueblo. Los socorristas y policías que levantaron los croquis del lugar y limpiaron el desastre encontraron el maletín rescatado por Lemos apenas chamuscado, con una Biblia y un relicario en su interior y una placa dorada grabada con el nombre de su ilustre propietario. Como nadie los reclamó la Biblia y el relicario quedaron en poder de quien era su amigo íntimo y colega de la Academia Nacional de Historia, el abogado García Velunde, quien leyó su sentido panegírico en el cementerio de La Recoleta. Paso luego a sus herederos y en los últimos años, en la década de los noventa, su

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hija mayor, la socióloga María Marta la tenía en su mesa del luz, en el dormitorio de su Casa, de un exclusivo barrio privado. Su marido un financista retirado, miraba futbol en el Club House, una tarde de un lluvioso

domingo, cuando Maria Marta se preparaba un baño caliente a la espera de la masajista que le aflojaría sus contracturas. El hombre vestido de jogging corría despreocupadamente por entre los senderos recortados en el césped, ajeno a la persistente llovizna que caía en ese momento. Había pasado con la complicidad de uno de los guardias de seguridad, sobornado a ese efecto, y dejado el pequeño utilitario blanco en que se movía, estacionado detrás de un montecito cerca de la salida menos usada, detrás de la cancha de golf, ocupada sólo por algunos fanáticos. Mientras esperaba que la bañadera se llenase, la mujer ya en bata tomo la vieja Biblia y la hojeo como tantas veces, al azar, hasta que la

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sorprendió el ruido de la puerta trasera, golpeando fuerte en su marco –el viento, pensó, la tormenta empeora. Entró al baño y se inclinó sobre la bañera ya casi llena, cuando la primera bala calibre 22 la golpeó contra los azulejos, dejando en su salida un pequeño coliflor púrpura. La segunda y tercera con menor fuerza por efecto del silenciador puesto en la boca de la pequeña pistola redujeron el cerebro de la mujer a un sanguinolento revoltijo. Quedó con la mitad de su cuerpo sumergido en el agua, teñida de rojo desvaído, mientras el hombre ya en el dormitorio rasgaba con cuidado la unión de la cubierta de viejo cuero y extraía la delicada pieza de papel, dejando otra vez la Biblia sobre la mesa de luz. Nadie lo notaría, la mujer no se despegaba de su breviario nunca, y el cuero de la cubierta estaba rajado

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en varias partes. Salio sin hacer ruido por detrás, y continuó su regular trote hacia el campo de golf. Por el sendero del frente, la masajista demorada, se apresuraba para tocar el timbre de la casa antes que dieran las cinco de la tarde, de ese domingo 27 de octubre de 2003 en un country cerrado del partido de Pilar, cerca de Buenos Aires. El hombre regresó sin prisa a su humilde casa del barrio de La Paternal, donde vivía con su mujer, una rubia pequeña de agraciados rasgos, que a veces escuchaba los discos de tangos cantados por la sensual voz de su madre. Se habían conocido en las ergástulas de la Escuela de Mecánica de la Armada (la “ESMA”), en el año 1978, cuando el era un joven oficial de marina encargado de la custodia y conversión de los prisioneros

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de la Junta Militar y ella una joven militante de los “Montoneros”. Iniciado en la Logia “P Due” por los secuaces de Cero, tuvo el privilegio de comprar a su prisionera, de quien se enamoró y pudo rescatar, partiendo juntos al exilio.De regreso, había empezado a pagar su deuda.

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