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Caperucita moderna

Era un día soleado de una tarde de invierno. Caperucita fue a una farmacia :

Farmacéutica: Hola, muy buenas, ¿en qué le puedo ayudar?


Caperucita: Hola, buenos días, ¿tiene unas pastillas para la tos y la fiebre?
Farmacéutica: Por supuesto que sí, ¿de qué sabor las quiere? ¿De fresa o limón? ¿Y para niño o
para adulto?
Caperucita: Para adulto por favor, es para mi abuelita María que tiene una tos y una fiebre
tremenda.
Farmacéutica: Muy bien, son 4 euros, por favor.
Caperucita: Tenga.
Farmacéutica: Gracias, y hasta otro día.
Caperucita: Adiós.

Caperucita iba caminando por el pequeño bosque por donde vivía su abuela, pero la policía estaba
en el camino del bosque:

Policía: Hola, muy buenas, ¿ha visto usted a un lobo llamado Francisco?
Caperucita: ¿Francisco? No, lo siento, yo solo vengo a ver a mi abuela que vive en esa casa que está
pasando el puente.
Policía: Muy bien, pero tenga cuidado, Francisco está suelto por ahí y con mucha hambre.
Caperucita: Vale, tendré cuidado, adiós.
Policía: Muy bien, que pase un buen día.

Francisco era un lobo que se había escapado de la perrera y que tenía mucha hambre. Caperucita
empezó a coger un ramo de flores para su abuelita y encendió su mp3 para escuchar música.
Francisco estaba escondido detrás de un árbol en el momento en el que Caperucita le estaba
diciendo al policía dónde vivía su abuela.

Francisco: Jajaja, ya sé dónde vive la abuelita María – susurró Francisco –. Aprovecharé que
Caperucita está cogiendo flores e iré corriendo para llegar antes que ella a la casa de la abuelita.

Caperucita ya se estaba acercando a la casa de su abuela María cuando, de repente, se escuchan


voces.

Francisco: ¡Hola, abuelita María ! ¡Te voy a comer!


Abuelita María: ¡Ah! ¡Socorro! ¡Que me come el lobo Francisco!
Francisco: Jajaja, para dentro. Ya te comí abuelita María, ahora me comeré a tu nieta Caperucita
para quitarme el sabor a vieja de la boca.

Desgraciadamente, Caperucita estaba escuchando música con su mp3 y no podía oír nada de lo que
decía, mientras Francisco se disfrazaba de la abuelita María con un kit de maquillaje de Loreal
París.

Caperucita: Lalaliloli. Hola, abuelita, ¿cómo estás?


Francisco: Hola querida nieta – dijo tosiendo – un poco mejor, acércate un poquito, mi querida
nieta.
Caperucita: ten abuelita te he traído tu medicina .
Francisco: Oh, gracias, acércate un poco, por favor.
Caperucita: Vale, oye abuelita, ¿aquí no huele como a perro apestoso o algo parecido?
Francisco: Oh sí, verdad, será tu abuelo que estará cocinando.
Caperucita: Abuelita, abuelita, ¿por qué tienes esas orejas tan grandes?
Francisco: Son para oírte mejor.
Caperucita: ¿Y esos ojos tan grandes?
Francisco: Son para verte mejor.
Caperucita: ¿Y esa nariz?
Francisco: Para olerte mejor.
Caperucita: ¿Y esa boca?
Francisco: ¡Ah! ¡Son para comerte mejor!
Caperucita: ¿Abuelita? Tú no eres mi abuelita, ¡eres el lobo Francisco!
Francisco: ¡Anda, no me digas! ¡Y qué te crees, que yo no lo sé, ahora verás!

¡PAN!

Policía: ¡POLICÍA! ¡Queda detenido, señor Francisco, ríndase!


Francisco: ¡No te lo crees ni tú!
Policía: ¿Cómo que no? ¡Agentes, esposadle!

Unos minutos más tarde, Caperucita le explicó a la policía que se había comido a su abuelita. Ellos
llamaron a los de Corporación Dermoestética, sacaron a la abuelita de la gran barriga del lobo y se
la hicieron más chica para que no pudiera comerse bocados tan grandes como personas humanas.

Gabriel Berlanga Almagro
(1ºB)

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