Un bolsillo lleno de dedales Bajo una lánguida luz naranja, en un portal destartalado, en una ciudad dormida.

El tren de las diez y veinte pasaba de largo una vez más, levantando el vuelo de su falda, revolviendo su pelo castaño, e inclinando a su paso un campo de amapolas, testigos de su mirada perdida hacia aquel camino infinito y su soledad. La estación imperturbable continuaba vacía. Ella volvería al día siguiente, uno tras otro, pero el tren jamás se detendría y con el tiempo, acabaría subiendo a uno de ellos, desapareciendo al fin. Tal vez pensó que sabiendo donde se hallaba iría tras ella. Pero él nunca bajó de ningún tren y ella, le dejó morir en su olvido. --------------------------------------------------------------Hola. (Se detuvo, levantó la vista un momento hacia el infinito mar azul) Aún no se cómo empezar esta carta, aunque supongo que esto ya es un comienzo. Te escribo con la esperanza de que nunca cerrases ese huequecito de corazón para mí, aún espero que estés dispuesto a escucharme y ahora necesito que sepas: Siento aquella mañana lluviosa. Lo he sentido todo este tiempo, pero ya sabes de mi orgullo, que es heredado, que me ha impedido hacer esto antes. Ya eso no importa y sabrás que esperé en aquella estación cada mañana, hasta que cayó la última amapola deseando que vinieses a por mí. Pero tú no apareciste… Me marche huyendo del pasado, dejando uno de los dedales que tanto nos gustaron, aspirando un aire nuevo y rozando sueños viejos. Quise ser otra persona, pero descubrí al fin y al cabo, que el pasado viaja contigo sin necesidad de que lo lleves encima y no pasó un día en que no pensara en ti. Aún así, mi vida jamás fue pesarosa y recorrí ese camino del que hablaba Silvio Rodríguez en tus canciones, con un ojo al frente, otro en el camino y otro en el andar. Me detuve donde el mar es azul intenso y profundo y donde la hierba siempre es verde e infinita. Anduve buscando estrellas escondidas y renombrando aquellas que no supimos ubicar. ¡Encontré dos tréboles de cuatro hojas! Te habría encantado.

Conocí a Peter, le conté sobre nuestras historias y de nuestro apellido, que era el mismo…Su estatua es tan bella…Tal y como me la describiste aquella vez, cuando me explicabas que había en el cielo. Dejé allí también un dedal, justo donde campanilla siempre se apoya. Viví mucho tiempo en esa ciudad. Era extraña y podías amarla y odiarla tanto al mismo tiempo, y jamás llegar a ser feliz. Así que, decidí marcharme para estudiar y llegué a la ciudad de Nemo. Contra todo pronóstico tuyo, estudié esa carrera sin futuro que me hacía tan feliz. No son tan simpáticos como dicen, esos peces payasos muerden. Nadé con delfines y no solo en el mar, volví a las competiciones de nuevo, poco tiempo, pero hubieras estado orgulloso de mi. Dejé otro dedal en el arrecife de coral y volví. No era lugar para vivir todo el tiempo, no tiene invierno y hace mucho viento. Llegué a Valencia. Casi como en las nubes porque el recuerdo de esa época, es el más bonito de mi vida; nació Miguel. Su padre fue un escritor pesimista, un poeta de ojos azules y nariz puntiaguda. No volví a saber nada de el tras aquellos meses de versos enredados. Tal vez le escriba a él también. Desaparecí una vez más, y fui a descansar a Galicia. Miguel es muy parecido a mi excepto en los ojos, que son azules y en las orejas, que son las de su abuelo. Ha crecido entre historias de piratas y besos entre costureros. A veces escribe, y creo escuchar la voz de su padre y ver el comienzo de un escritor terrible. Te encantaría verlo jugar entre las olas. Sigo en Galicia, aquí hay amapolas y mar. ¿No es el lugar perfecto? Hoy te escribo porque estoy enferma. Hay algo que me consume poco a poco y me deja pocas fuerzas. ---------------------------------------------------------------------------Dejó la carta hacia un lado y miró el reverso del sobre, estropeado y fechado unas semanas atrás. Se colocó el dedal, en el dedo índice, lo observaba dando giros de muñeca, con el dedo sin estirar del todo. Pensativo, triste, emocionado. Extinguió las últimas cenizas del cigarrillo que fumaba y vació la botella de cerveza, apoyándola sobre la mesa y viendo como las últimas luces del sol que moría, atravesaban el cristal y bañaban el papel de dorado. El sol caramelizado caía poco a poco tras la ventana y a cada segundo se sentía más y más vació, temeroso de seguir leyendo. Volvió la vista hacia la carta aún con el dedal en la mano

Hoy te escribo, porque quiero que conozcas al niño que hace castillos en el aire, soñando conocerte y porque quiero que compartas con él, todo aquello que nos perdimos todo este tiempo. Quiero compartir contigo, lo más maravilloso que hice jamás en mi vida. Entenderé si solo recibo tu silencio, que no deseas aparecer de nuevo. No debes preocuparte, unos amigos han venido del norte a visitarnos y cuidarán del niño como a sus propios hijos. He sido feliz todos estos años, tan solo me faltó tu cariño. Te quiero, Papá. Lucía PD. Si llevaste la cuenta de mis bolsillos, restaban solo dos besos más. Aquí tienes uno, el otro dedal, se lo di a Miguel.

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Levanto la vista y su rostro era diez veces más anciano que hacia unas horas. Dejó la colilla de un cigarrillo, una botella vacía y un estudio lleno de recuerdos. Solo bajo del coche cuando llegó a la dirección del remite de la carta y solo derramó unas lágrimas cuando vio un campo de amapolas y un niño pequeño jugando con las olas.

Abigail Alei Fuentes