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El Único y su propiedad - Stirner, Max

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Si Dios y la Humanidad son poderosos con lo que contienen, hasta el punto de que para ellos mismos todo está en todo, yo advierto que me falta a mi mucho menos todavía, y que no tengo que quejarme de mi "futilidad". Yo no soy nada en el sentido de vacío, pero soy la nada creadora, la nada de la que saco todo. Fuera entonces toda causa que no sea entera y exclusivamente la mía! Mi causa, me dirán, debería ser, al menos, la "buena causa". ¿Qué es lo bueno, qué es lo malo? Yo mismo soy mi causa, y no soy ni bueno ni malo; esas no son, para mí, más que palabras. Lo divino mira a Dios, lo humano mira al hombre. Mi causa no es divina ni humana, no es ni lo verdadero, ni lo bueno, ni lo justo, ni lo libre, es lo mío, no es general, sino única, como yo soy único. Nada está por encima de mí.
Si Dios y la Humanidad son poderosos con lo que contienen, hasta el punto de que para ellos mismos todo está en todo, yo advierto que me falta a mi mucho menos todavía, y que no tengo que quejarme de mi "futilidad". Yo no soy nada en el sentido de vacío, pero soy la nada creadora, la nada de la que saco todo. Fuera entonces toda causa que no sea entera y exclusivamente la mía! Mi causa, me dirán, debería ser, al menos, la "buena causa". ¿Qué es lo bueno, qué es lo malo? Yo mismo soy mi causa, y no soy ni bueno ni malo; esas no son, para mí, más que palabras. Lo divino mira a Dios, lo humano mira al hombre. Mi causa no es divina ni humana, no es ni lo verdadero, ni lo bueno, ni lo justo, ni lo libre, es lo mío, no es general, sino única, como yo soy único. Nada está por encima de mí.

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Weitling imputa al “desorden social” todos los crímenes
que se cometen, y espera que habiendo desaparecido sus mó-
viles (el dinero, por ejemplo) bajo el régimen comunista los
crímenes se harán imposibles. Pero su buena naturaleza lo con-
funde, porque la sociedad organizada, tal como él la entiende,
será también sagrada e inviolable. No faltarán algunos que,
con la boca llena de profesiones de fe comunistas, trabajarán
subterráneamente para su ruina. En resumen, Weitling está
obligado a atenerse a los “medios curativos” que oponer a las
enfermedades y a las debilidades inseparables de la naturaleza
humana; pero la palabra “curativo”, ¿no indica ya que se con-
sidera a los individuos como “destinados a cierta cura” y que
se les van a aplicar los remedios que “reclama” su naturaleza
de hombres?150

El remedio y la cura no son más que la otra faz
del castigo y de la enmienda: la terapéutica del cuerpo hace
pareja con la dietética del alma. Si esta ve en una acción un
pecado contra el derecho, aquella ve un pecado del hombre
contra sí mismo, el desarreglo de su salud. ¿No valdría más
considerar simplemente lo que esa acción tiene de favorable o
de desfavorable para mí, y ver si es amiga o enemiga? Yo la tra-
taría entonces como mi propiedad, es decir, la conservaría o la
destruiría de acuerdo a mi conveniencia. Ni “crimen” ni “en-
fermedad” son nombres que se apliquen desde una concepción
egoísta a las cosas que designan; son juicios formados, no por
mi, sino por otro, en base a una ofensa al derecho en general
o a la salud, ya sea la salud del individuo (del enfermo) o de la
generalidad (de la Sociedad). No se tiene ningún miramiento
para el “crimen”, mientras que a la enfermedad se la trata con
dulzura, compasión, etc.
El castigo es la consecuencia del crimen. Si lo sagrado
desaparece, arrastrando al crimen consigo, el castigo debe
desaparecer igualmente, porque él tampoco tiene signifi cación
sino con referencia a lo sagrado. Se han abolido las penas
eclesiásticas. ¿Por qué? –Porque la forma en que uno se conduce
con el “santo Dios” es asunto de cada cual. Así como han caído

150

Stirner adelanta críticas a lo que se conoce como doctrinas de resocialización
en política criminal contemporánea, que eventualmente asimilan crimen con
enfermedad e implican lo que M. Foucault llamaría infl ación del poder médico
en “Vigilar y castigar” (N.R).

las penas eclesiásticas, deben caer todas las penas. Si el pecado
contra su Dios es un asunto personal de cada uno, igual ocurre
con el pecado contra cualquier sacralidad, sea la que sea. Según
la doctrina de nuestro derecho penal, que se esfuerzan en vano
en hacer menos anacrónica, se castiga a los hombres por tal o
cual “inhumanidad”; y se demuestra así por el absurdo de sus
consecuencias, la necedad de esas teorías que hacen ahorcar a los
ladrones pequeños y dejan escapar a los grandes. Para un atentado
contra la propiedad se tiene el presidio, y para los crímenes contra
el pensamiento, para la opresión de los “derechos naturales del
hombre” no hay más que “ideas” y peticiones.151
El Código penal sólo existe gracias a lo sagrado, y desapa-
recerá por sí mismo cuando se renuncie al castigo. En todas
partes, actualmente, quieren crear un nuevo Código penal, sin
que se experimente el menor escrúpulo acerca de las penalida-
des por dictar. Sin embargo, es justamente la pena la que debe
desaparecer dejando el puesto a la satisfacción; satisfacción, una
vez más, no del derecho ni de la justicia, sino la nuestra. Si al-
guno nos hace lo que no queremos que se nos haga, destruimos
su poder y hacemos prevalecer el nuestro: nos damos satisfac-
ción respecto a él, sin hacer la locura de querer dar satisfacción
al derecho (al fantasma). Es el hombre el que debe defenderse
contra el hombre, y no es lo sagrado, como tampoco es Dios,
quien se defi ende contra el hombre, aunque en tiempos pasa-
dos, y a veces también en nuestros días, se haya visto a todos
los “servidores de Dios” prestarle ayuda para castigar al impío,
como la prestan hoy a lo sagrado. De esa consagración a lo
sagrado resulta que, sin tener en ello interés vital y personal,
se entregan los malhechores a las garras de la policía v de los
tribunales, se dan medios a las autoridades constituidas para
que “administren lo mejor posible el dominio de lo sagrado”, y
se permanece neutral. El pueblo incita rabiosamente a la policía
contra todo lo que le parece inmoral, o a menudo simplemente
inconveniente; y esa rabia de moralidad que posee el pueblo,
es para la policía una protección mucho más segura que la que
puede asegurarle el Gobierno.

151

Esta visión del sistema punitivo –que hoy hacen suya buena parte de los
especialistas liberales en derecho penal– es una constante en el anarquismo, es-
pecialmente en P. Kropotkin y E. Malatesta (N.R.).

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