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1829

DEL ORIGINAL).

Guayaquil, 5 de septiembre de 1829.

AL EXMO. SEÑOR GENERAL JOSÉ A. PÁEZ, ETC., ETC.

Mi querido general:

Hace más de seis correos que no recibo carta alguna de Vd. No sé a que atribuir tal falta,
pues de mi parte puedo asegurar que no habrán pasado dos coreos sin llevar alguna mía
para Vd., y los varios amigos que me escriben de esa ninguno me dice que se halle Vd.
enfermo o ausente, lo que hasta ahora me mortificaba creyendo que esto fuese la causa; mas
ya más bien creo que me hayan interceptado las comunicaciones de Vd. porque a tanto
llega ya la inmoralidad y corrupción.

Parece que la gente pensadora de Bogotá se ocupa de pensar sobre el mejor modo de
constituir a Colombia. A ml me provocan con la mayor tenacidad para que les de mis
consejos y opiniones sobre el particular. Pero viendo yo que la opinión nacional no se ha
pronunciado enteramente, como es de suma necesidad, y como estoy cansado de prevenir
que se le invite, para que lo haga, por medio de la prensa y de los colegios electorales, sólo
les he contestado que mis opiniones están emitidas en los documentos de mi vida pública, y
que de resto nada más puedo hacer ni decir, especialmente habiendo yo convocado ese
congreso para que dé una constitución y nombre un gobierno. Además, estoy muy distante
de pensar en ir a Bogotá a influir en el congreso, como algunos quisieran, porque estoy
resucito a no recibir más la autoridad por aquellas razones y porque ya está de más en mis
manos siéndome aún menos permitido indicar la marcha legislativa de aquel cuerpo ni
admitir la menor concesión de su parte.

Ha llegado el tiempo de hacer mi gusto y cumplir con mi honor. Yo me comprometí a


combatir por la emancipación de Colombia: muchas naciones la tienen reconocida y la
España misma está pensando en reconocerla, con cuyo paso queda asegurada para siempre;
los partidos todos se han apaciguado; la guerra del Perú se ha concluido, y bien pronto la
paz quedará sellada, aunque sin garantías no poseyendo los medios de arrancarlas ni siendo
posible que las dé un gobierno revolucionario. Es cuanto he podido hacer en veinte años de
trabajos: ¿por qué ha de haber todavía derecho para exigírseme que expire en el suplicio de
la cruz? Y si no fuera más que la cruz yo la sufrirla como la última de mis agonías.
Jesucristo sufrió treinta y tres años esta vida mortal; yo paso de cuarenta y seis en ella, y lo
peor de todo es que la he llevado sin ser un Dios impasible. No más, pues, mi amigo, no
más puede ser mi martirio ni mi sufrimiento. Yo me alegrarla que Vd. no se excusase de
venir al congreso, si, como me aseguran, es Vd. nombrado, para que me defienda en él del
horrible suplicio del mando con que acaso me quieren regalar todavía.

Por acá no tenemos ninguna novedad. Seguimos esperando el comisionado del Perú que
venga a tratar la paz con el señor Gual, lo que se verificará pronto, porque habiéndose
instalado el congreso peruano el 28 del próximo pasado, como se dice, y lo que sólo se
esperaba para emprender su marcha el comisionado, es regular que esté ya navegando para
acá. También esperamos con ansia la fragata que últimamente hemos pedido y que ¡ojalá
llegase a tiempo de los tratados! porque nos seria bien importante presentar a los peruanos
un argumento tan poderoso como sería para ellos éste y en estas circunstancias, y para mí
de un inmenso consuelo, pues con este buque y las fuerzas útiles que se nos devolverán al
hacer la paz, dejarla esto enteramente seguro.

Yo voy restableciendo de la debilidad extrema en que me dejó el furioso ataque de bilis


negra que sufrí; y me halle en el campo a una milla de la ciudad, donde me va bien porque
hay fresco y como con apetito; de modo que en los ocho días que llevo aquí me he repuesto
mucho. Sólo me falta terreno donde pasear a caballo, porque esto es una isla pequeña y
muy cortada por los fangos.

Adiós, mi querido general, quedo de Vd. su amigo de corazón.

BOLÍVAR.