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el perro

Año dos Número quince Veinte pesos

Futbolito
C uando mi hijo y yo empe-
zamos a jugar futbolito,
me puse como firme propósito
sando de la escuela, nos encerrá-
bamos en su habitación para
jugar. Conforme pasó el tiempo,
de hacerlos errar. Sin embargo,
aproveché una debilidad en su
portero para hacerme al triunfo,
dejarlo ganar de vez en cuando empecé a darme cuenta de que y fue entonces que las partidas
Pensé que dejándolo ganar hoy cada vez era más fácil dejarlo empezaron a emparejarse y
sí y mañana también se le arre- ganar y más difícil hacerlo per- puede conseguir ganarle hoy sí y
ciaría el interés. De manera que der, hasta que llegó el momento mañana también. No encuentro
empezamos a jugar apenas en que ganarle se me hizo prácti- la forma de describir la expre-
regresaba de la escuela, un juego camente imposible. Pasaron sión de mi hijo cuando yo gana-
o dos, y a veces la revancha. No semanas o meses para que pudie- ba: levantaba ambas manos fes-
encuentro la forma de describir ra realmente adquirir la destreza tejando mi triunfo y arrojaba un
la expresión de su rostro cuando que me permitiera darle la bata- espumarajo de felicidad por las
ganaba, sabiendo yo que en rea- lla. Sudaba mares para conseguir narices, tal como si desde algún
lidad lo había dejado ganar. meterle un gol, pues sus defen- remoto día se hubiera puesto jus-
Levantaba ambas manos en sas eran murallas infranqueables tamente como firme propósito
señal de triunfo y arrojaba un y sus medios tenían la habilidad dejarme ganar —nunca he sabi-
espumarajo de felicidad por las de conectar muy bien con sus do si por amor o por piedad— de
narices. Todos los días, regre- delanteros, que no había forma vez en cuando.

Rogelio Guedea (Colima, 1974). Acaba de aparecer su novela 41 bajo el sello de Random House Mondadori.
Lo que pasa en el bosque

E scenario vacío. Voces en off. La niña: No lo sé.


El conejo: ¿Sin desesperación?
La niña: No lo sé.
El conejo: ¿A dónde vamos? El conejo: ¿Has visto ángeles?
La niña: No lo sé. La niña: No lo sé.
El conejo: ¿Cuánto tiempo estaremos ahí? El conejo: ¿Has vistos caballos?
La niña: No lo sé. La niña: No lo sé.
El conejo: ¿Cómo piensas arreglarlo? El conejo: ¿Has visto cristales rotos?
La niña: No lo sé. La niña: No lo sé.
El conejo: ¿Cómo podrás salvarte? El conejo: ¿Sabes que nada cambiará?
La niña: No lo sé. La niña: Sí.
El conejo: ¿Has pedido a Jesús por tu alma? El conejo: ¿No sientes miedo?
La niña: No lo sé. La niña: Sí.
El conejo: ¿Has hablado con Jesús? El conejo: ¿No sientes que la sangre se despide de
La niña: No lo sé. ti?
El conejo: ¿Te has arrodillado ante Él? La niña: Sí.
La niña: No lo sé. El conejo: ¿No sientes que tu corazón se congela?
El conejo: ¿Sentías ganas de llorar? La niña: Sí.
La niña: No lo sé. El conejo: ¿No sientes la falta de saliva?
El conejo: ¿A dónde vamos? La niña: Sí.
La niña: No lo sé. El conejo: ¿Traes todo?
El conejo: ¿Cuándo acabaremos? La niña: Sí.
La niña: No lo sé. El conejo: ¿Te has comunicado con los muertos?
El conejo: ¿Es tu despedida? La niña: Sí.
La niña: No lo sé. El conejo: ¿Les pediste un poco de amor?
El conejo: ¿Terminaremos pronto? La niña: Sí.
La niña: No lo sé. El conejo: ¿Te están esperando?
El conejo: ¿Terminaremos muertos? La niña: Sí.
La niña: No lo sé. El conejo: ¿Son muchos?
El conejo: ¿Sin alma? La niña: Sí.
La niña: No lo sé. El conejo: ¿Son comprensivos?
El conejo: ¿Sin cuerpo? La niña: Sí.

Christian Núñez (Mérida, México, 1981). Todavía extraña el Super Nintendo. Administra el blog
www.conejobelga.blogspot.com

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Prospecto
El conejo: ¿Cuidarán de nosotros? Si, claro, por supuesto, tan agradecido
La niña: Sí.
por mis pelos, mis ojos y mis veinte uñas,
El conejo: ¿Pase lo que pase?
La niña: Sí. por mi esqueleto tan bien distribuido,
El conejo: ¿Te cerrarán los ojos?
La niña: Sí. por mis litros, mis kilos, mi estatura…

(Pausa.)
Agradecido también por mis diez dedos,
El conejo: Cuando era pequeño, rezaba todas las noches.
La niña: ¿Creías en Dios? mis dos orejas y mi nariz única,
El conejo: Sí. por mi aparato urinario y por el digestivo,
La niña: ¿Y ahora?
El conejo: No lo sé. por mi piel frente al sol, bajo la lluvia…
La niña: ¿En qué crees ahora?
El conejo: No lo sé.
La niña: ¿Quién es tu Dios ahora? Debidamente agradecido por tener un cuerpo,
El conejo: No lo sé.
La niña: ¿Quién te salvará? por pasar por un tiempo donde la vida pasa,
El conejo: No lo sé.
por cada día que duermo y me despierto…
La niña: ¿Por qué no rezas?
El conejo: He olvidado cómo. Y por la farmacia, tan cerca de mi casa.
La niña: Repite conmigo (El conejo repite al unísono):
Jehová es mi pastor y nada me faltará. En lugares de
delicados pastos me hará descansar. Junto a aguas de
reposo me pastoreará. Confortará mi alma. Me guiará por
sendas de justicia por amor a su nombre. Aunque ande en
valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque
tú estarás conmigo. Tu vara y tu cayado me infundirán
aliento. Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis
angustiadores. Unges mi cabeza con aceite; mi copa está
rebosando. Ciertamente, el bien y la misericordia me
seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová
moraré por largos días. Amén.
El conejo: Amén.
Juan Carlos Andrade (Buenos Aires, Argentina, 1958).
Larga pausa. Se oye un disparo. Cae el telón. Es escritor y cineasta.
Instantáneas
(algunos fragmentos)

U n martes de lluvia - un martes de lluvia y viento - un martes de lluvia viento y sol - un martes sin sol - un
martes de sol y viento - un martes por la noche - por la mañana - por la tarde - nos vemos - caminamos
- un martes - después de la comida - en un martes nublado - después de que los niños salgan a la escuela - en
un martes - todos los martes - en una tarde - nos vemos - caminamos. Un becerro bala al oler la sangre de
sus compañeras. Gira la cabeza que se le escapa por momentos al hombre que la sostiene. Mira el horizon-
te, no encuentra nada en que detenerse. Sigue oliendo la sangre, sus patas traseras tiemblan, bailan, se
doblan.

Intanâneas
(alguns fragmentos)
Uma terça-feira de chuva - uma terça-feira de chuva e vento - uma terça-feira de chuva vento e sol - uma ter-
ça-feira sem sol e vento - uma terça-feira pela noite - pela manhã - pela tarde - vemo-nos - caminhamos -
uma terça-feira - depois do almoço - numa terça-feira nublado - depois que as crianças saem da escola -
numa terça-feira - todas as terças feiras - numa tarde - vemo-nos - caminhamos. Um bezerro bale ao cheirar
o sangue das suas colegas. Volta a cabeça que escapa por momentos ao homem que sustem. Olha o horizon-
te, não encontra algo em que se deter. Continua cheirando o sangue, suas pernas traseiras tremem, dançam,
dobram-se.

Una célula en mi cuerpo se rompe en dos porciones aproximadamente iguales, eso, según los médicos y bió-
logos es normal. Con la liberación de energía una enfermera corpulenta me bombardea con neutrones. Un
globo en el parque se eleva. Dice que visitará mi pasado y que mi esperanza está en veremos. El planeta es
azul/ y no hay nada que pueda hacer. Veo el paisaje, camino, lo recorro, algo me separa de lo inmenso.

Uma célula do meu corpo divide-se em duas porções aproximadamente iguais, isso, segundo os médicos e
biólogos é normal. Com a liberação de energia uma enfermeira corpulenta bombardeia-me com neutrões.
Um balão eleva-se no parque. Diz que visitará meu passado e que a esperança está no futuro. O planeta é
azul/ e não há nada que possa fazer. Vejo a paisagem, caminho, percorro-o, algo me separa do imenso.

Cuatro ciclistas se disputan el primer lugar. En el cruce de dos avenidas llenas de gente, la estatua de un
caballo. La luna saliendo sobre Hernández, Nuevo México. El estallido de la bomba atómica. Una línea

Ramón Peralta (México, 1972). Es poeta, autor de: Diáfanas espigas (FETA, 2003), Fotosíntesis (Ediciones Invisí-
ble, 2006). Actualmente estudia una Maestría en Teoría de la literatura en Lisboa, Portugal.

El perro. Año dos. Número quince. Febrero-Marzo de 2010. Camerino Mendoza 304, Pachuca, Hidalgo. Impresa en Icono, Covarrubias
No. 207, Col Centro. Pachuca, Hgo. Editor responsable: Alejandro Bellazetín. Editores: Juan Álvarez Gámez, Daniel Fragoso Torres, Yuri
Herrera. Diseño gráfico y diseño de Logo a partir de un alebrije de Sergio Otero: Enrique Garnica. No se devuelven textos no solicitados. Se
permite la reproducción de los textos con permiso por escrito de los autores. Todos los textos son responsabilidad de quien los firma.
“Esta revista cuenta con apoyo otorgado por el Programa “Edmundo Valadés” de Apoyo a la Edición de
Revistas Independientes 2009 del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes”.

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negra sobre un cuadro rojo. Miramos como si algo estuviera ante nuestros ojos. Con el asiento y el manu-
blio, construyó la cabeza de un toro. La mirada de Juan Rulfo apoyado sobre una calavera. Los cuervos des-
cansan los trapos de sus alas en la cima del poste. El futuro es un arpón detenido en el aire. Del barco, un
hombre cae al mar. Dos mellizas ciegas voltean en dirección contraria; se toman de la mano para cruzar la
calle. Entre dos elefantes, una mujer delgada con vestido de novia, canta y eleva los brazos. Del plátano de
la mañana salen moscas. Aquí había una estación de trenes. Me sentí un gallo blanco de pelea. Nada me
corona en esta ciudad de muros anchos.

Quatro ciclistas disputam-se o primeiro lugar. No cruze de duas avenidas cheias de gente, a estátua de um
cavalo. A lua saindo sobre Hernández, Novo México. O estalido da bomba atómica. Uma linha negra sobre
um quadro vermelho. Olhamos como se algo estivesse ante nossos olhos. Com o assento e o guidão, cons-
truiu a cabeça de um touro. A mirada de Juan Rulfo apoiado sobre uma calaveira. Os corvos descansam os
trapos de suas asas no cume do poste. O futuro é um arpão detido no ar. Do barco, um homem cai ao mar.
Duas gémeas cegas volteiam em direcção contrária; tomam-se da mão para cruzar a rua. Entre dois elefan-
tes, uma mulher delgada com vestido de noiva, canta e eleva os braços. Da banana da manhã saem moscas.
Aqui tinha uma estação de comboios. Senti-me um galo branco de briga. Nada me coroa nesta cidade de
muros largos.

El horizonte es algo que sólo tiene sentido para un observador. Las hormigas avanzan en fila. La fe mueve
montañas. El arco iris no existe fuera de nuestros ojos. También sabemos que una piedra es en realidad una
colección enorme de átomos que se mantienen vinculados por lo que llamamos enlaces químicos. Y los áto-
mos están formados por partículas subatómicas que, a su vez, están formadas por:
Recordemos un automóvil es una partícula, el golpe de un boxeador es una fuerza, el espacio entre el
núcleo atómico y los electrones es vacío. Una ola es una onda. El horizonte, las emociones y los recuerdos
son producidos por el mismo efecto cuando lanzamos una piedra al estanque y se forman pequeñas ondas
hasta la orilla recorriendo la totalidad de la superficie. En el pueblo, una puerta amarilla, un campo de
cebollas. Un retrato con la cara llena de miedo. El hombre recostado, enfermo, apenas se le veían los ojos.
Ellos trataban de verse en el espejo. Siempre los desconocidos, los que salen en las fotos y sonríen. El gran-
jero con su perro, un galgo. Ambos, no sé por qué, tienen los mismos ojos. Se tapó la mitad de su rostro, en
lugar de su ojo, quedó su anillo. el relámpago verde de los loros. Mis cabellos eran nubes extendidas, como
si fueran llamas, grandes llamas blancas. La preocupación son las manos en el rostro. Un tiburón en el pues-
to del mercado. La luna llena sobre un grupo de nubes. Soñé la milpa tupida, alta y por encima dorada. El
sonido del anuncio rojo de lámina al soplar el viento. Esa luz que atrae a los insectos.

O horizonte é algo que só faz sentido para um observador. As formigas avançam em fila. A fé move montan-
has. O arco-íris não existe fora de nossos olhos. Também sabemos que uma pedra é em realidade uma
colecção enorme de átomos que se mantêm vinculados pelo que chamamos enlaces químicos. E os átomos
estão formados por partículas subatómicas que, a sua vez, estão formadas por:
Recordemos um automóvel é uma partícula, o golpe de um boxeador é uma força, o espaço entre o núcleo
atómico e os electrões é vazio. Uma onda é uma onda. O horizonte, as emoções e as lembranças são produzi-
dos pelo mesmo efeito quando lançamos uma pedra ao estanque e se formam pequenas ondas até a orilha per-
correndo a totalidade da superfície. No povo, uma porta amarela, um campo de cebolas. Um retrato com a
cara cheia de medo. O homem recostado, doente, mal se lhe viam os olhos. Eles tratavam de se ver no espel-
ho. Sempre os desconhecidos, os que saem nas fotos e sorriem. O granjeio com seu cão, um galgo. Ambos,
não sê por que, têm os mesmos olhos. Tampou-se a metade de seu rosto, em lugar de seu olho, ficou seu anel.
o relâmpago verde dos papagaios. Meus cabelos eram nuvens estendidas, como se fossem lumes, grandes
lumes brancos. A preocupação são as mãos no rosto. Um tubarão no posto do mercado. A lua cheia sobre um
grupo de nuvens. Sonhei um semeadoiro espesso, alto e por em cima dourado. O som do anúncio vermelho
de lâmina ao soprar o vento. Essa luz que atrai aos insectos.

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Tratado sobre el desorden

C onsideremos una actividad cotidiana: ordenar el escritorio. Como


sueño con ser organizado, a veces compro agendas que nunca uso; lo
cierto es que me resulta mucho más cómodo tomar notas en papeles suel-
tos. Tampoco le doy mucho uso al cuaderno de tapas azules que he adquiri-
do hace ya algún tiempo: es más, a veces le arranco hojas porque no logro
encontrar ningún otro sitio en el que escribir un número de teléfono, o la
lista de tareas que no anoto en la agenda. Así, los papeles comienzan a acu-
mularse en mi escritorio para, poco a poco, ocupar zonas adyacentes; y ter-
minan desparramados por toda la casa. A mi propia producción se le suma
un incesante flujo de correspondencia, fotocopias, recordatorios, folletos,
catálogos de libros, tarjetas de navidad, ofertas diversas, materiales didác-
ticos, boletas de compra, recibos de pago, resúmenes de cuenta y otros tes-
timonios de mi comercio con el mundo exterior. El momento de comenzar
a preocuparme se encuentra claramente marcado: es cuando aparecen
papeles sobre mi cama. Entonces me pongo a ordenar.
Convencido de que la belleza vale más que el orden —es más, de
que se trata de un orden superior—, mi objetivo no es la eficiencia, sino la
estética. Definamos la eficiencia, al menos en este caso, como la capaci-
dad de encontrarlo todo de inmediato, implementando un sistema de
archivos, casilleros, agendas, ficheros, etc. Este sistema debe estar gober-
nado por principios racionales, o al menos reglas de asociación tales como
la similitud de los materiales que se guardan en una misma carpeta. El
punto de vista estético/decorativo, en cambio, contempla más bien los
colores de las cajas en que se ocultan discretamente los papeles, el atracti-
vo de sus formas, su simétrica disposición en anaqueles siempre inalcan-
zables, el efecto visual sobre aquél que las contempla desde el sillón
naranja, pero de ningún modo la naturaleza de los objetos que se guardan
en ellas.
Imaginemos ahora que uno está poseído por el implacable espíritu
de la eficiencia y desea guardar todas las cosas en su justo lugar, inventan-
do para ellas un espacio propio, un cajoncito, una carpeta con un rótulo ade-
cuado. Ahora bien, esa incesante labor se legitima sólo si la cantidad de car-
petas es bastante inferior al número de papeles sueltos: resulta obvio que
no vale la pena idear una carpeta llamada “tarjetas de negocios” para guar-
dar un solo ejemplar de las mismas, de lo que resultaría una simple dupli-

Samuel Monder (Buenos Aires, Argentina). Enseña literatura en la Universidad de Carolina del Norte,
Charlotte. Su obra aspira a la robustez de las trilogías: Ficciones filosóficas (2007), La invención del deseo (en
prensa) y El sistema de lo disperso (promesa firme).

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cación de las entidades; más vale estipular una categoría de orden más
general para depositar ahí tarjetas de negocios, de navidad, de cumplea-
ños, de video clubes, de teléfono, de crédito, de identidad, calendarios con
forma de tarjeta, señaladores, etiquetas, y toda clase de objetos rectangu-
lares y pequeños.
Así, resulta evidente que tener una sola carpeta para guardar
todos esas cosas es mucho más razonable que generar una multiplicidad
de archivos con el objeto de hacer justicia a las obvias diferencias existen-
tes entre, por ejemplo, señaladores y tarjetas de crédito. Eso está muy
bien. Pero notemos que, de este modo, la máxima eficiencia implica un
alto grado de arbitrariedad: en su nombre se ponen especies muy diversas
en el mismo lugar. Y luego se inventan categorías ad hoc para disimular la
falta de racionalidad de las decisiones racionales.
Quienes abogamos por las soluciones esteticistas, en cambio,
abrazamos por completo la heterogenidad de lo real, poniendo en una
misma caja, además de los objetos mencionados, apoyavasos que roba-
mos de las cervecerías, envolturas de chocolatines memorables, figuritas
de Boca Juniors, postales veraniegas, programas de cine y demás, sin
necesidad de calmar nuestra ansiedad con etiquetas que aplastarían las
diferencias que deseamos celebrar. Después de todo, lo que unifica el con-
tenido de lo ahí guardado es el simple hecho de compartir una caja de zapa-
tos, de ningún modo su forzada pertenencia a una misma categoría del pen-
samiento.
Poner cosas en cajas es, simplemente, esconderlas, claro. Y
esconderlas de un modo bonito es la única idea. ¿Qué otra cosa es orde-
nar? Se trata siempre de sacar las cosas de la vista, de no verlas desparra-
madas sobre el escritorio, las sillas, la cama. No verlas arriba del televisor.
No verlas más. A tales efectos, da lo mismo organizar complejos sistemas
de archivo o ponerlo todo a ciegas en una gran caja de embalaje forrada de
azul. Ordenar es ocultar.
Quienes inutilmente profesan los estrechos rigores del utilitaris-
mo, podrán objetar que de este modo tardo mucho en encontrar las cosas
cuando las necesito. La respuesta es simple: si, tardo un poco en buscar-
las; pero, seguramente, es la mitad del tiempo que emplean ellos en clasi-
ficarlas.

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Patética

1 dejo llevar como un cuerpo desnudo entregado a múltiples caricias o


un barco a la deriva… Ansío que esa esfera de placer que la música me
otorga se extienda a mi vida entera. Mas, sé que no ha de ser así.

Aunque no tengo una cómoda 2


silla reclinable ni uno de esos Por el momento pienso en mí como un maldito punk de los 70 que se
modelos funcionales y ergonó- tragó el cuento entero. Constato amargamente, como cuando te tragas
micos para asentar las posaderas ese rancio caldillo de las agrieras o compruebas al rascarte que tienes
y mantener en postura correcta la almorranas, que no hay futuro para mí. Y lo lamentable es que eso es
espalda, sino una vieja y dura noticia de ayer. Sin embargo, no me incomoda tanto. Me perturba más
Rimax Dinastía roja, me arrella- el desempleo y esa soledad que se prolonga como una maldita enfer-
no en ella lo mejor que puedo, medad crónica. Es increíble que reduzca mi felicidad a la simple satis-
entrecruzo los dedos de mis facción de dos mínimas necesidades: un buen empleo y una buena chi-
manos tras mi nuca haciendo cru- ca, y que no sea posible cumplirlas. En todo caso, pese a que no tenga
jir un par de vértebras, estiro mis PC donde escribir, ni una silla reclinable, ni el último y más potente de
piernas, relajo mi cuerpo, cierro los aparatos de sonido del mercado, ni una colección discográfica tan
los ojos, despliego una precaria amplia y variada como quisiera, ni pueda comprar un par de libros
sonrisa y no disfruto del silencio sobre Bukowski que recién salieron, ni cambiar mis viejos zapatos y
–como aconsejaría Depeche mis desgastadas gafas por nuevos, no desespero.
Mode, la banda inglesa, no Dépê- Disfruto de la música y me transporto a un mundo donde todos es posi-
che Mode, la revista francesa– , ble y en ese preciso instante anhelo oír esa canción de los Ángeles del
sino que me regodeo en la músi- Infierno en la que Juan Gallardo canta: Llévame contigo al país donde
ca –como recomendaría los sueños no tienen fin… Llévame contigo al país donde las noches no
Nietzsche– con el fervor religio- tienen fin y como no hay manera de escucharla, me levanto de la silla,
so de Händel o Santana, la deno- presa de un repentino ataque de ira y me quito las gafas de un jalón, sin
dada frivolidad de Vivaldi, el ser capaz de aplastarlas, sabiendo que eso me dejaría incapacitado para
rampante vigor de John Lee Hoo- leer y contemplar los bellos cuerpos de las chicas cuando ando por las
ker, la sorda pasión de Beetho- calles; así que me limito a arrojar un par de libros que he sacado presta-
ven y la ciega fe de Ray Charles dos de la biblioteca pública, recordando de inmediato dos que debo y
o el Bach del final de sus días… que se llevaron dentro de la maleta que recientemente me robaron. Los
Gozo de ella como de una bella levanto, los acaricio como consolando perros apaleados, y los dejo
mujer lujuriosa pero domeñable. encima del portátil dañado que yace en el escritorio igual que un libro
No leo, no escribo. Sólo escucho viejo que nadie lee y junto a un radio-reloj que marca las 5:12 p.m.
y me deleito. Me sumerjo en una Otro puto día desperdiciado, pienso y apago el equipo de sonido. Es
plácida semi-somnolencia, me imposible disfrutar de la música con una patética vida como la mía.

Pablo Estrada (Bogotá). Cursó Estudios Literarios en la Universidad Nacional de Colombia. Miembro fundador
del Negacionismo poético y del grupo creativo Caterva. Ha sido docente, indecente, corrector de estilo (de vida) y
ladrón de libros.

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3 nublan. Mi sensibilidad es afec-
Tiendo sobre la cama mi ropa limpia antes de doblarla y guardarla en tada por la música. No quiero
el closet. Me detengo a observarla y me siento frente a una fosa común extrañar el pasado, no quiero
con cadáveres recién desenterrados. Descubro que mi inquina en con- anhelar el futuro. Sólo quiero
tra de la moda radica en mi imposibilidad para comprar ropa nueva, lo morir tan serenamente como la
que me obliga a tener el mismo guardarropa por décadas. He puesto un claridad del día conforme esa
CD pirata de Dragonforce y luego del apacible intro se desencadena hermosa melodía transcurre.
una poderosa tormenta de heavy metal a toda velocidad. Comienzo a Suavemente. Durante casi cinco
dar vueltas como una hélice. Brinco y bailo como un chamán que no eternos e irrepetibles minutos.
sabe bailar y no tiene tribu que lo siga ni turistas ansiosos de ayahuas- Justo así quiero el final de la
ca que paguen por el espectáculo. Agarro la ropa que reposa sobre la vida que en suerte me ha tocado.
cama y la arrojo hacia arriba formando un torbellino. Toco una guita- Una mala racha, diría un juga-
rra invisible que no suena. Canto en mute a gritos silentes. Agito una dor. La sonata se desvanece. Se
larga cabellera que ya no tengo. Tomo asiento sobre la cama delante de hace el silencio. Y no muero.
una batería inexistente y ametrallo tambores y platillos que no hay con Pasa un instante en el que deten-
baquetas de aire y, ¡zas!, como un relámpago me llega el recuerdo de go la música y por poco la respi-
mi amigo Camilo –que murió de cáncer–, quien en el colegio era ración.
capaz de sacar la parte de batería del comienzo de «You could be mine» Quito la pausa y adelanto unos
de una sola sentada y que experimentaba cierto arrobamiento con los tracks el CD hasta llegar al 4º
«Conciertos de Brandeburgo». movimiento de la «Novena Sin-
De vuelta al presente, reparo en que buena parte de mis amistades y fonía». Oigo la magnificencia
relaciones amorosas –y por consiguiente su fracaso– han estado supe- del coro Urlov y recuerdo la pri-
ditadas a compartir el gusto musical. Recuerdo, por ejemplo, un mera vez que vi La Naranja
amigo costeño y otro paisa (huelga decir que eran atípicos y por eso Mecánica y la tercera y la quinta
fueron amigos míos, pues, en general, detesto a los costeños y a los pai- y aquella en que olvidé cuántas
sas), con quienes disfruté en épocas distintas de Halloween: con veces la había visto ya. Y cuan-
Michael Kiske y con Andi Deris de cantantes. Por eso me sienta mal do leía la novela de Burgess en
que alguna vez en nombre de compartir un momento con alguien de la biblioteca y mis ojos ansiosos
manera tolerante, comprensiva o solidaria, haya caído tan bajo como recorrían las páginas sin parpa-
para soportar funk, soul y la discografía de Joaquín Sabina o algo de dear. Y me exalto con este canto
Ricardo Arjona. ¿Cómo pude? a la amistad como alguien que
Subo el volumen, recojo la ropa, la doblo y la guardo, mientras Dra- clama en medio de la soledad y
gonforce sigue dándole sin sosiego a esa música que toca y a mí tanto el delirio. Y dirijo una orquesta
me gusta. de fantasmas y un coro de
ausencias y dejo que asome una
4 lágrima y resuene una risilla
A las 5:59 p.m. comienza a oscurecer. No he abierto las cortinas en demencial porque sé que no hay
todo el día. No pienso encender la luz sino hasta la cena, en 3 o 4 testigos, nadie sabe que existo,
horas. Dejaré que la penumbra me cubra como un manto. Mientras el los vecinos apenas oyen ruido
día muere intentaré sentir su agonía en mí. Lentamente. Al fondo proveniente de otra casa en un
suena el piano del segundo movimiento de la sonata «Patética» de vecindario donde nadie más
Beethoven. «Obra gloriosa» de un «genio trastornado» como reza a escucha a Beethoven ni su cora-
manera de eslogan la contraportada del CD que he puesto. Antón zón se agita y se detiene al ritmo
Petrov acaricia las teclas en tanto la oscuridad acecha. Mis ojos se de trompetas y timbales.

9
Espresso

Siempre pensamos que el café


es un combustible
para las palabras que despejan el polvo de las mesas,
el golpe de la rodilla
con la rodilla compañera
y el perdón
incrustado justo a la mitad de la frase
hace tiempo que vimos al Héroe,
—perdón—
llevaba los brazos rotos
y sus huellas sobre el pavimento
eran las de un volkswagen herido.

Un aire de grandeza se apodera de quien fuma,


después que el dedo índice golpea levemente el cigarro sobre el cenicero
tomamos el último trago de café
dando la estocada final a la reputación del criticado.

¡La cuenta por favor!


Jair Cortés. Poeta y traductor. Cultiva piedras en la montaña. Actualmente es becario del Fondo Nacional para la
Cultura y las Artes (Poesía, Jóvenes Creadores, 2009-2010). Lanza poemas, traducciones y crítica en línea
www.granadademanopoesia.blogspot.com

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La educación del ocio

V iernes 18 de diciembre de 2009; El Doctor Salt de


Gerard Donovan
Sábado 19 de diciembre de 2009; Recorre los campos
azules de Claire Keegan

“La noción del sueño americano en realidad trata sobre el La segunda enseñanza llegó cuando alguien me dijo: “es-
paso de una sociedad industrial a una sociedad con tiem- toy convencido que el éxito se basa en lograr que cada
po libre”, dice Chris Wall, director creativo de Mad Men. año trabajes menos, tengas más tiempo libre pero te
Inician los preparativos para veinte días de ocio extremo. paguen más. Es la única medida para medir si alguien
En realidad, todo el año es un preparativo para esta tem- tiene éxito”. Gasto algún tiempo contestando correos y,
porada. Pero, quizá, esta vez quiero que sea de manera de paso, revisando el Facebook. Alguien sugiere hacer
profesional. Compras para no salir de casa. Recuerdo una fiesta virtual la noche del 24 de diciembre porque,
que de niño las primeras nociones del ocio que tuve son dice, “¿quién necesita a los demás?”. Evito poner “Me
que duraba poco y que era necesario invertir una impor- gusta” en su estado. The Guardian para definir el libro de
tante cantidad de esfuerzo por unos cuantos gramos de Claire Keegan dice: “toma los clichés de la vida rural
ocio. Era, en otras palabras, una lucha diaria. La escasa irlandesa y los hace arder”, lo cual para el público lati-
moneda de cambio con la que la escuela y mis padres noamericano no dice nada porque realmente no podría-
retribuyeron mi trabajo de buen hijo y alumno me volvió mos saber cuáles son los clichés de la vida rural irlande-
un obrero sediento de más, esclavizado: una hora libre sa. Lo realmente importante es la mirada concentrada de
luego de regresar a casa, entre la comida y la tarea; una o intención de esta autora. La serie de vampiros True Blood
dos horas más entre la cena y el momento de dormir. El comienza a aburrirme. The Unit, de David Mamet me
resto del tiempo era comportarse, trabajar, ser social, pen- entretiene mucho y The Big Bang Theory se mantiene,
sar en los que te rodeaban. Y ese, entonces, era el verda- como siempre. En una escena, Sheldon dice: “me opon-
dero trabajo. go a ver en televisión la serie La Guerra de los Clones.
En mi cama enciendo un cigarro y abro el pri- Quiero que Georges Lucas me decepcione en el orden
mer libro de las vacaciones. No voy a escribir estos días. que planeó”. Compro Fringe, Mad Men y me regalan
La primera novela de Gerard Donovan me sorprendió Twin Peaks.
bastante: un tú a tú entre un asesino y su víctima en una
caminata por la nieve hacia el patíbulo (que en ese caso Domingo 20, lunes 21, martes 22, miércoles 23 de
era una tumba cavada por la víctima en el suelo duro). diciembre de 2009; Beat the Reaper (Burlando a la
Hay conflicto bélico de la Europa del Este de finales del Parca, en la edición de Anagrama) de Josh Bazell; La
siglo XX. La nueva novela se aleja del tema, estilo y téc- isla de los perros de Daniel Davies; La absoluta perfec-
nica del anterior. Hay mucho humor negro, crítica hacia ción del crimen de Tanguy Viel
el sistema (gobierno, laboratorios farmacéuticos) pero
sobre todo una muy buena apuesta por la liberación de la Pienso en los tres libros que acabo de leer y odio parecer
conciencia. Eso de los universos paralelos en una sola un fan de Anagrama (rescato el de Daniel Davies). Me
persona. Bien. Veo tres capítulos de True Blood, la serie olvido de la idea porque pienso que nadie lo sabrá y que
de Alan Ball, el genial creador de Six Feet Under. Un fue el azar quien lo decidió. Cuando era corrector en un
capítulo de la segunda temporada de The Big Bang periódico, el tipo más inteligente de por ahí, al verme
Theory y cuatro más de The Unit. enfrascado corrigiendo una nota sobre síndicos munici-

Jaime Mesa (Puebla, 1977). Su trabajo de editor y corrector de estilo le sirve para pagarse el vicio de la literatura.
Así pagó los dos años de escritura de su primera novela Rabia (Alfguara, 2008). Acaba de sacar otro crédito.

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pales, cambio de alumbrado público y demás, me dijo: trán; Los puentes de Königsberg de David Toscana;
“lo que más siento de este país es que tipos como tú des- De los niños nada se sabe de Simona Vinci; Zonas
perdicien su tiempo leyendo esa mierda cuando podrían húmedas de Charlotte Roche
estar en sus casas escribiendo una nueva novela”. Aque-
lla declaración me cimbró porque era la primera vez que El proceso lo descubrí hace unos seis años. Al mirar el
alguien me decía una verdad tan cruda y que se resume en beisbol, películas o series de televisión imaginaba y com-
esto: “mientras estés en un país que no tiene lectores ten- pletaba espacios en blanco de mi subconsciente, al ser la
drás que gastarte los ojos con trabajos así”. Además intuí televisión un medio incompleto. Al leer le daba vueltas a
que trabajar reduce el tiempo de escritura; es decir, acorta la forma en que debería plantearse lo imaginado. Es
tu vida como escritor. Es como los cigarros que por cada decir, fondo y forma. Desarrollaba el fondo viendo tele-
uno que fumes consumes 4 minutos de vida. Abandoné visión, donde la constante era la ausencia. Desarrollaba
True Blood en el sexto episodio, inicié la recta final de la forma leyendo, donde no había una correlación del
The Unit y me detuve en el segundo disco de tres de The tema o los sucesos con mi propio gusto.
Big Bang Theory para no terminar el placer. Empecé a Empecé a tener ideas del tipo: “deja el trabajo
ver Dawson's Creek, la sexta temporada, pero ya queda- en enero y ponte a escribir”, me angustié luego de leer
ba poco de aquella eficacia dramática y control de los per- estupendos libros y me imaginaba que sus autores clau-
sonajes de la primera temporada. Recuerdo una escena suraban todo, renunciaban a sus propios trabajos, para
cuando Dawson, fan número uno de Steven Spielberg, realizar esas extraordinarias novelas. Me horrorizaba el
comienza a quitar de su cuarto todos los afiches de las tiempo que perdía trabajando en una oficina, malgastan-
películas del cineasta y en su lugar pone un único póster do mi vida, si ahí, en mi cuarto, en mi estudio, lo tenía
que resulta ser uno de Imagine de John Lennon. Joey, su todo. Hice planes magníficos donde luego de dos o tres
eterno amor, lo mira: no hay muchos diálogos y el perso- años de encierro como éstos salía a la superficie con una
naje revela todo de sí. Así, contado, resulta superficial. obra completa como siempre la he imaginado. Descubrí
Pero esa y otras escenas me recuerdan que aún hay maes- que el principal problema de continuidad de mi literatura
tros para delinear personajes y que, sí, extrañamente, no eran todos esos espacios ocupados donde dejaba de ver
están escribiendo novelas si no que hacen series de tele- series o de leer para ganar dinero y comprar series o
visión comerciales. libros. El trabajo contra el ocio. Entendí algo que me dijo
alguien: “hay personas que no saben qué hacer con su
Jueves 24 de diciembre de 2009; Gran Sertón: Veredas tiempo libre”. Todo el país estaba en una zona libre de
de Guimaraes Rosa trabajo y enfrascado en el ocio. Claro, excepto los taxis-
tas, correctores de periódico, los suplentes de los titula-
Luego de una pelea familiar mi suerte es quedarme solo res, y varios millones más como aquellos dependientes
en Noche Buena. No está mal, me ahorraré los detalles de los Oxxo. Vi que el resto, entonces, vivía. Que se
festivos e iré directamente a meterme en la cama con cho- esforzaba durante el año para esas dos semanas. No supe
colates, dos rollos de sushi de arrachera, mis libros, qué había conseguido yo con aquella reclusión. Al cabo
series y mi mente. Rumbo a las doce de la noche estoy de novelas, series de televisión, comida, varias cervezas,
deprimido, un poco. Rehúso meterme al Facebook a ver Facebook y de recorrer todos los resquicios de mi mente
lo último que quería hacer es escribir y menos, mucho
quién está y a escribir correos nostálgicos. Las primeras
menos, volver al trabajo cuando las vacaciones hubieran
100 páginas del Gran Sertón me parecen maravillosas.
terminado. El ocio se parece mucho a la escritura: te
Conecto esta novela con otra gran obra: Porque parece
enfrentas a ti mismo, vas con tu cuerpo y mente buscan-
mentira la verdad nunca se sabe de Sada. Pocas veces se
do qué hacer y en algún momento doloroso se termina.
puede ver el milagro de que un autor tome lecciones de
Al final es como esos libros incómodos con los que nadie
otro y acabe escribiendo una obra igual de poderosa y
sabe qué hacer. ¿Leerlos y sacar algo en claro? ¿Tenerlos
grande. Hasta la fecha tengo un arranque de novela, el en el librero? ¿En la mesita de la sala? ¿Regalárselos a
título para una nueva historia, y el plan de trabajo que eje- alguien más?
cutaré cuando el proceso de edición de las dos novelas En el último episodio de Mad Men sucede este
que tengo ahora termine. Reitero algo que ya sabía: los diálogo: “Teddy told me that in Greek, nostalgia literally
largos periodos sin hacer nada son el caldo de cultivo means the pain from an old wound. It's a twinge in your
para que todo lo que leo, vivo, hablo, como, veo, oigo se heart, far more powerful than memory alone”. Creo que
conforme en una idea. En el ocio detona la magia. cuando uno se siente enfermo de ocio es el momento de
parar y ponerse a escribir de nuevo. No puede durar para
Viernes 25, sábado 26, domingo 27, lunes 28 de siempre. Ninguna de las dos.
diciembre de 2009; Morirse de memoria de Emiliano
Monge; Señales que precederán al fin del mundo de
Yuri Herrera; Habla de lo que sabes de Geney Bel-

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Yeso

N o pude dormir. Cubierto sólo


por una sábana, pasé la noche
en la sala de televisión. A las cinco
Reanudo el juego. Voy solo por la
banda derecha, esquivo a un defen-
sa, disparo y… cerca la bala. En rea-
res comienzan a sugerirme un
nuevo remojo en el baño. Me olfa-
teo la axila. Le quito la pausa al jue-
de la mañana encendí el Play Sta- lidad lo hubiera metido, pero go. Tomo la pelota a mitad de la can-
tion y puse el FIFA 2007. Como la démosle razón a la máquina: sí, lo cha, corro hacia la portería y esqui-
versión es del año pasado, antes de he fallado. Escucho cómo Laura vo a un defensa. Se acercan los taco-
que me transfirieran a esta ciudad de elige sus calzones, da pasos de un nes a la sala. Estoy frente al portero,
segunda división escogí a mi ex lado a otro. Se los pone. Saca toda lo tengo vencido. Laura se interpo-
equipo para poder jugar conmigo en su ropa del clóset. Casi puedo sentir ne entre la pantalla y yo. Le pongo
la pantalla. su esfuerzo para ajustarse unos pan- pausa. Me mira a la pierna enyesa-
talones de mezclilla en sus anchas da. De nuevo no dice lo que piensa.
Mientras amanece, he anotado ya caderas. Me ha quitado el balón un Yo tampoco digo que me gustaría
veinte goles. La humedad del defensa que en realidad ya se ha reti- que se moviera, que estoy a punto de
ambiente entra en la sala. Desde rado. Debo concentrarme en el jue- por fin meterle un gol a Memo
aquí escucho cómo Laura abre la go. Recupero la pelota y avanzo por Ochoa. Ella, arriba, me ve retadora.
regadera del baño, el sonido le sirve la banda derecha, me enfrento con El moretón en su ojo izquierdo me
de fondo a los chirridos que provie- el portero, lo eludo, disparo y… provoca una risa seca. De inmedia-
nen de la terraza. Gracias al Play lejos, desviado. Escucho los taco- to, Laura corre hacia la puerta. Escu-
Station, en menos de tres horas nes de Laura que se acercan. Le cho sus tacones, las ruedas de la
estoy a punto de lograr lo que no pongo pausa al juego. Atraviesa la maleta, el cerrojazo y un grito
hice en seis años: el título con mi sala de televisión un par de veces. encendido que no alcanzo a enten-
equipo anterior. Tacones, platos, cubiertos, pulse- der. Me miro suspendido en la pan-
ras. El aroma cítrico de su acondi- talla, a punto de anotar. Algo me da
cionador. En la pantalla, mi yo está gusto, desconozco qué es lo que me
El sonido de la regadera se detiene. suspendido, esperando el reinicio. tiene alegre. Por fin algo, por fin no
La silueta de Laura aparece en la Su taconeo va de un lado para otro. sé. Levanto mi cuerpo del sillón.
sala y se interpone entre la televi- Se detiene de nuevo en la sala. Salgo desnudo a la terraza arrastran-
sión y yo. Sigue con la cara de Toma el teléfono inalámbrico. Miro do la pierna. El ambiente de la calle
anoche, así que le pongo pausa al cómo sus nalgas avanzan hacia la se parece al sonido del estadio des-
juego. Mira hacia mi pierna enyesa- recámara. Marca un número. Abre pués de fallar un gol clarísimo, aun-
da y luego hacia mi pene. Me quito una maleta. “Hola. Disculpa, me he que seguramente es la tranquilidad
la sábana. Tengo una erección despertado mal, ¿te importaría si no de una ciudad de segunda división.
incuestionable, toda mi piel está bar- voy a la oficina? Ajá. Ajá. ¿No hay ¿Cómo saberlo? Huele a aceite de
nizada de sudor. Laura me ve con problema? Muchas gracias, qué lin- motor. ¿Alguien puede ser feliz
repugnancia. La espero. No dice lo do. Sí, ya ves, sí, sigue con el yeso. fallando goles? No soporto la come-
que piensa y desaparece peinándose Gracias, le diré que lo admiras, gra- zón debajo de la pierna enyesada. El
el cabello. En la pantalla estoy a cias. Sí, es grande, gracias. Gracias, aire húmedo me envuelve, quiere
punto de anotar, quizás por eso gracias. Muy bien, nos vemos maña- comunicarse conmigo. Recuerdo
tengo la erección. Laura sigue na hasta mañana entonces.” Cuel- que estoy a punto de meterle un gol
molesta. Como dijo anoche no hago ga. Cierra la maleta. Sus tacones a Memo Ochoa y comienzo a arras-
nada, ando desnudo, estoy infectado atraviesan toda la casa. No he movi- trar la pierna hacia la sala de televi-
de mediocridad. do mi cuerpo en tres horas, mis sudo- sión.

Andrei Vásquez (Oaxaca, 1982). Diseñador gráfico de profesión, narrador declarado y redactor a sueldo. Es miem-
bro del colectivo de lectura multimedia Los Kikín Fonsecas y el Gringo Castro (KFGC). También es el principal pro-
motor de su blog: http://andreibloguea.wordpress.com

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La distracción

U na de las leyendas que han proliferado en torno a la figura enig-


mática de Shakespeare señala que practicaba un grado extremo
de ocio: al parecer, en los intervalos no dedicados a la escritura o el
bolo de estatus, debía ser desple-
gado y exhibido como un espec-
táculo. Veblen proponía, entre
montaje de sus obras, el bardo no hacía absolutamente nada. De mane- otros ejemplos, el golf, deporte
ra más bien arbitraria, tiendo a asociar ese hecho con un pasaje de Enri- que requiere una cuantiosa
que V: el Delfín de Francia conmina a su padre a levantarse en armas inversión (y desperdicio) de
contra los ingleses y declara que “El amor a sí mismo no es un pecado tiempo y espacio.
tan vil como el descuidarse a sí mismo”. Aunque en el contexto del dra- Veblen escribió en una
ma, la frase puede leerse como una mera invocación retórica a la época en que el capitalismo
acción, parece asimismo referir a otra cosa. ¿Qué significa descuidar- –cuya lógica lineal de produc-
se a sí mismo (self-neglecting)? El deber al que llama –invirtiendo los ción de riqueza había entrado en
roles de padre/hijo del “se fiel a ti mismo” de Polonio a Laertes en crisis por lo que Karl Marx había
Hamlet– abarcaría, además de su sentido evidente, una dimensión per- anticipado como “realización”,
sonal. Lo que está en juego es más que una mera decisión política. el problema generado por la
A estas alturas, se podría compilar un subcapítulo del diccio- abundancia– cambiaba de piel
nario de lugares comunes en torno al papel del ocio en el negocio crea- para mutar en capitalismo de
tivo. El primero se asocia con lo que el segundo tiene de exceso, de des- masas: transformando a los tra-
pilfarro. Doris Lessing anotó, a propósito de sus gatos: “¿Qué es el bajadores en el mercado de los
encanto (charm)? Es la dádiva gratuita de una gracia, el gasto de algo bienes que ellos mismos produ-
otorgado por la naturaleza… El encanto es algo extra, superfluo, inne- cían. Esa nueva variante del capi-
cesario, esencialmente un poder desperdiciado…” La psicología evo- talismo requirió, a comienzos
lutiva se ha planteado la pregunta en torno a las disciplinas artísticas del siglo XX, de una revolución
en términos que remiten a la selección sexual de Darwin. ¿Cuál sería ética que hizo del consumo una
la función evolutiva de las artes? Steven Pinker ha conjeturado que virtud tal como antes lo había
radicaría precisamente en la ostentación de su exceso, de su propia inu- sido la frugalidad.
tilidad, a la manera de las plumas de los pavos reales. Peter Gabriel El consumo de masas ha
declaró alguna vez en una entrevista que su vocación musical había generado paradojas que pueden
tenido su origen en la necesidad de un adolescente tímido y poco agra- resumirse en el célebre chiste de
ciado de impresionar a las chicas. La explicación algo burda del tipo Groucho Marx: jamás pertene-
“escribo (o compongo) para que me quieran” puede, por lo demás, cería a un club que me aceptara a
resultar falaz: ser una consecuencia del prestigio social de ciertas for- mí como socio. El mismo acceso
mas de creatividad, no su causa. de las clases medias emergentes
En su Teoría de la clase ociosa (1899), el sociólogo y econo- y “aspiracionales” a bienes que
mista noruego-norteamericano Thorstein Veblen describió y satirizó antes fueron prerrogativa de las
los mecanismo psicológicos, sociológicos y económicos del despilfa- minorías selectas, tiene el efecto
rro, acuñando términos memorables aún vigentes como “consumo de degradar el prestigio de esos
ostensible” y “ocio ostensible”. Según Veblen, las clases ociosas bienes. Las clases altas deben
debían desarrollar conductas y rodearse de objetos que demostraran buscar exclusividades cada vez
de manera obvia su desconexión con el trabajo (tal como algunos más exclusivas, que a su vez
taxistas se dejan crecer desmesuradamente la uña del meñique para serán capturadas por las hordas
hacer patente que no realizan labores manuales): el ocio, en tanto sím- del arribismo, los bárbaros de

Sergio Missana (Chile, 1966) es autor de las novelas La calma y El día de los muertos.

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Amadas las personas
que se sientan

Baricco, en una persecución sin Sin horario, como hace cincuenta años
fin. Por otra parte, a medida que
las clases ociosas tienden a desa- Los hombres iban solos al cine, gozosos
parecer o a perder protagonismo
e influjo, los grupos emprende- Al encontrar una mano entre paja y paja
dores del presente forjan las cla-
ses ociosas del futuro.
El ocio, definido por los La pajuela del dotado y el sonámbulo una muela
estudios culturales como, “todo
aquello que no sea trabajar ni dor- De dulce leche aglomerada por el amanuense
mir”, tiende a homologarse,
según intuyó Veblen, con el con- Que se escapa por el aullido de este oscuro
sumo. El ocio de masas prolifera
en las industrias del espectáculo, Control, despacho, oficina o tribunal en do menor
el retail, el turismo, el deporte, la
gastronomía, las artes, etc. Algu-
nos sicólogos sociales han des- Una larva alargándose bajo mi lengua como una lámpara
crito el efecto de esa sobreesti-
mulación como un “endoctrina- Que no recrea esta sombra sino esta hambre de museo
miento por contexto”: uno de los
efectos de la acción conjunta de ¿Recuerdas mi apellido antes que sobre la cuerda
esa proliferación de entretencio-
nes –el negocio del ocio– es natu- Ironizara el lujo de portar unas suelas, tan sanas?
ralizarse a sí mismas, convencer-
nos de su necesidad y relevancia.
Pascal señaló que todas las mise- Ahora conduzco el mundo sobre ruedas y anacondas
rias humanas se resumían en
nuestra inhabilidad de permane- Por eso declaro, Ocio mío, que eres casi de verdad.
cer quietos en una habitación. Lo
único que podía aliviar nuestra
desesperación era lo que llamó
“distracción” (divertissement),
las diversas empresas y ocupa-
ciones que nos escudaban de pen-
sar sobre nosotros mismos. Para
Pascal, este alivio era sólo tem-
poral y era la antesala de una
ruina absoluta. La industria del
entertainment, bajo esta luz, ten-
dría por fin entretener, en el sen-
tido de distraer, desviar la aten-
ción. Lo cual no necesariamente
aclara de qué nos distrae, cuál
sería su opuesto. ¿No descuidar-
se a sí mismo? Óscar David López (Monterrey, México, 1982) es escritor y transformista.

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Yoani says

Y oani dice que nos queda tan poco miedo a reciclar en dramas y comedias, que el fin de la ilusión ya tuvo
lugar, que la blasfemia es cosa de viejos y el pedir permiso algo peligrosamente infantil cuando la rea-
lidad expropiada nos estalla en la cara.
Yoani dice que necesitamos el oxígeno de la información, que el control obsesivo no es una causa
revolucionaria, que los muros impuestos han ayudado a descubrir o por lo menos a intuir una vida mejor
más allá de éstos, que las intenciones añejas son fantasía en rebajas como esos ideales con grilletes perpen-
diculares que nunca sacian al hambriento.
Yoani dice que la suma de golpes que hemos recibido nunca es bienaventurada como tampoco lo es
el resumen aportado por esos bastardos que viajan a países pequeños para satisfacer necesidades primarias y
los oportunistas forajidos que rinden tributo a una mentira tan desfasada que se perpetua en sí misma en un
rollo post-nothing,
Yoani dice que los sueños son tan importantes para los jóvenes como la paciencia lo es para los vie-
jos, la apatía apenas un suspirito que sostiene lo insostenible y que el intercambio carnal es cosa explicable y
hasta redituable pero no por ello el futuro digno de una generación que enarbola el “Yo, ahora”, que el pollo
del arroz con pollo por fin será pollo y no una discusión académica de carácter subjetivo.
Yoani dice que entre los amigos perdidos por el destierro y el hilo nostálgico que atraviesa a todos
los retornados, hay más piezas que hacen encajar todo de golpe, algo de corredor de fondo y del dolor de los
adolescentes con el corazón puro. Un cuento compulsivo que ya dejo las cloacas de la desidia.
Yoani dice que aquí no hay que salvar a la porrista o cantar el mash-up de un par de canciones que
tuvieron éxito en los ochenta, ni seguir una estética que viene de fuera como una suerte de continuación de
una juventud estancada por la frustración y esos ciclos de silencio que ya no podemos aguantar.
Yoani dice que se cansó ya de la hipótesis del conformismo, de una inquisición con uniforme poli-
cial y el engaño de una tarjeta de racionamiento, de mítines de repudio y la paranoia heredada que ya no
satisface a nadie, ni siquiera a los creyentes.
Yoani dice que espera una primavera que no sea negra, sin crispación y ese olor a miedo que nos
hace preguntar a menudo un ¿por qué nos han hecho esto? Entre apagones y campañas de hostigamiento,
encontraremos la manera de resolver esa extraña sensación de vaciedad, de librar el cerco amurallado que
impide una comunicación libre y ciudadana que se refleja festivamente en un pancarta que exige “Compa-
ñeros: Menos odio, más ocio”.
Yoani dice que la ciudad desvencijada será nuestra una vez más, que el fin de la larga noche oscura
será el resultado del naufragio y la caducidad de algo más que los víveres que atesora el Capitán Lastre mien-
tras se hace una eterna paja en los períodos especiales que aguantamos. El brillo de la posterioridad comen-
zará más allá del derrumbe y la derrota.
Yoani dice que ahora mismo no hay nada que celebrar pero que, si hacemos caso al rumor social, tal
vez mañana sea el día que estamos esperando. Lo demás, en ese momento, para todos nosotros será periódi-
co viejo.

Rafa Saavedra vive feliz entre el ocio y el desafuero. http://crossfadernetwork.wordpress.com

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Procrastinación

A penas se va mi mujer de casa no sé qué hacer. Mientras ella se ha


levantado, y escuchaba el repicar de la ducha o el rumor del secador
de pelo, yo tenía cosas que hacer. Puedo, por ejemplo, sentir ganas de ir al
baño para poder aguantarme, porque de ese modo siento que me sacrifico
por ella, que aporto mi cuota de concesiones y renuncias obligatorias para
la vida en común. Dar vueltas por la habitación o dar saltitos en la sala de
estar hasta que ella abra la puerta del baño y uno entre corriendo arguyen-
do que no podía aguantar más. O puedo ser más práctico, incluso cariño-
so, y preparar una de esas tazas imbebibles que ella llama café, hecha con
un poco de leche tibia, nunca caliente porque en eso nos parecemos y la
leche caliente nos desagrada, apenas pasada por el microondas medio
minuto, a la que añade una cucharada de nescafé y otra de azúcar. Si he
madrugado eufórico, quizás porque lo último que antes de dormirme fue
derramarme dentro de ella, no lo dudo y preparo esa taza atroz procurando
no acercarla a mi nariz ni fijarme demasiado en el color que va tomando
cuando remuevo el café soluble en la leche. Pero cuando ella se va camino
de la oficina me queda poco más por hacer. Por eso me gusta que haya
cosas pendientes, algo que necesite de atención y algo de método. Por
ejemplo, ir enjuagando los platos de la cena. Ir colocando con cuidado los
vasos uno a uno en las barcas del lavavajillas para que no se rallen lavado
tras lavado. Ir probando las distintas combinaciones de las sartenes y
cazos en las barcas para que quepa todo en un lavado y quede bien limpio
sin tener que fregarlos a mano cuando la máquina ha terminado con ellos.
También doblar la ropa. Ir quitando cada prenda del tendedero y doblarla
sobre la mesa de tal modo resulte innecesario plancharlas más adelante.
Estirar cada camiseta y cara suéter para que queden impecables, como si
en vez de estar destinados a los cajones del armario fueran a ser colocados
en uno de los escaparates de las exquisitas tiendas de nuestra calle. Ir dán-
dole la vuelta a cada calcetín a la vez que hago una revisión de posibles
agujeros o tomates e ir emparejándolos, los suyos sí, los míos no porque
no los uso emparejados, antes de llevarlos al armario. O hacer la cama,
que quede impecable, como en las fotos de los catálogos de ropa de hogar,
perfectamente alineada y mullida, dando esa imagen de calor de hogar
que todos buscamos cuando compramos los edredones nórdicos que se
inventaron veinte grados de latitud al norte de nuestro país. Cualquier
cosa que me tenga ocupado. Lavar los estores de las ventanas si hace tiem-

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976). Lo pasa muy mal durante las vacaciones escolares porque se queda
sin poder impartir las clases que le entretienen el día. En breve publicará la novela corta Lima y limón, fruto de
sus tiempos de ocio.

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po que no los he tocado, o limpiar los cristales, ordenar la caja de herra-
mientas o meter cada uno de los discos compactos que forman torres impo-
sibles junto al equipo de música en sus respectivas cajas, cualquier cosa
que me entretenga hasta que ella regrese de la oficina. Incluso, cuando real-
mente no encuentro nada para entretenerme, me consuela saber que puedo
encender el ordenador y masturbarme con cualquier video porno media-
namente entretenido que encuentre.
Aún así a veces no encuentro nada y tengo que inventarme cual-
quier cosa. Me gusta inventar juegos con lo que tengo a mano. Hay uno
que me gusta especialmente. Busco en la bandeja que hay bajo el horno el
rollo de papel de aluminio y corto pequeñas tiras que arrugo un poco.
Cuando tengo cinco o seis tiras retorcidas las meto en el microondas y lo
pongo al máximo de potencia entre treinta segundos y un minuto. Al prin-
cipio no sucede nada, pero cuando han pasado quince o veinte segundos
comienzan a verse unas chispas en el interior y tiene todo el aspecto de una
prueba nuclear de esas que sacan de vez en cuando, del momento de la
deflagración, claro, porque no puede generar un hongo atómico ni nada
similar. A veces se va la luz, a veces no, depende de la cantidad de aparatos
que tenga encendidos en ese momento. Si no me he divertido lo suficiente
pruebo a meter algún cubierto, porque a veces he comprobado que puede
generar un arco eléctrico y las chispas que comienzan dentro del aparato a
veces se derivan fuera, y todo el aparato se rodea de chispazos, como si
alguien estuviera realizando efectos especiales con él. Lo llamo los fuego
artificiales. Pero no lo hago muy a menudo porque ya una vez terminé
estropeando el microondas. Resultó un tanto extraño contemplar la cara
del técnico cuando vino a casa y nos preguntó qué habíamos hecho con él.
Le conté lo mismo que a mi mujer, que no me había dado cuenta de que la
cuchara había caído dentro del plato antes de meterlo para calentar la
sopa. ¿Calienta la sopa en el microondas?, me preguntó. Yo lo caliento
todo en el microondas, para eso sirve, ¿no?, para calentar. Es el calentador
de cosas más caro que existe, pero también el más eficaz. Pero normal-
mente no sucede nada, todas esas advertencias tan terroríficas de las pri-
meras hojas de los libros de instrucciones no se suelen cumplir casi nunca.
Las adjuntan para cubrirse las espaldas ante pleitos, porque los yanquis
son muy dados a pleitear por todo. Así que basta con un par de minutos
para tener entretenida toda la mañana hasta que toca la hora de comer. Ya
comido es mucho más sencillo entretenerse con cualquier cosa, la televi-
sión, un libro, la siesta… Cualquier cosa menos ponerme a escribir. Para
escribir tengo que tener mucho tiempo libre y estar muy aburrido.

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El problema de un ocioso

E l único problema de un ocioso, que por supuesto no es una persona que no hace
nada, como señaló Stevenson en su momento, sino un ser que haciendo un sin-
número de cosas se enfrenta a la tragedia de ver cómo ninguna de éstas es reconoci-
da por el criterio absurdo de la laboriosidad, el único problema, decíamos, de los
ociosos, es el dogmático juicio de los redactores, los carpinteros, los plomeros, los
diputados, los contadores, los futbolistas, los maestros, los matemáticos, los actua-
rios, los fotógrafos, los músicos, los electricistas, los narcos, los cocineros, los
libreros, los chóferes, los vendedores, los policías, los prestamistas, los pintores,
los bomberos, los físicos, los presentadores, los soldados, los barrenderos, los ten-
deros, los escultores, los marineros, los buzos, los guerrilleros, los escritores, los
moneros, los periodistas, los políticos, los emigrantes, los telefonistas, los herre-
ros, los ebanistas, los sociólogos, los politólogos, los arquitectos, los filósofos, los
prefectos, los administradores públicos, los comunicadores, los químicos, los inge-
nieros, los economistas, los médicos, los dentistas, los enfermeros, los enterrado-
res, los geólogos, los geógrafos, los diseñadores, los representantes legales, los
agentes, los editores, los publicistas, los banqueros, los veterinarios, los rectores,
los entomólogos, los cirqueros, los taxidermistas, los talacheros, los huleros, los
astrónomos, los astrólogos, los panaderos, los albañiles, los pilotos, los aeromo-
zos, los maleteros, los botones, los porteros, los jardineros, los senadores, los jue-
ces, los ministros, los consejeros, los asesores, los gobernadores, los síndicos, los
mayordomos, los presidentes, los campesinos, los obreros, los abogados más que
ningún otro, los gatilleros, los restauradores, los arqueólogos, los antropólogos,
los historiadores, los lingüistas, los literatos, los críticos, los reseñistas, los disque-
ros, los piratas, los barrenderos, los reposteros, los bailarines, los grafiteros, los
coreógrafos, los actores, los lampareros, los dobles, los sonidistas, los directores
de arte, los subdirectores, los adjuntos, los secretarios, los jefes de área, los ayu-
dantes menos que cualquier otro, los elevadoristas, los recepcionistas, los porteros,
los yeseros, los zapateros, los artesanos, los usureros, los gaseros, los petroleros,
los pescadores, los tenderos, los desempleados que ruegan ya no serlo, los estu-
diantes, los cerrajeros, los pedreros, los joyeros, los masajistas, los reporteros, los
ceramistas, los caciques, los costureros, los pepenadores, los ideólogos, los reli-
giosos, los coordinadores, los malabaristas, los funiculistas, los maquinistas, los
talladores, los vendedores, los mineros y, por supuesto, los sastres. Porque resulta
evidente que si todos los hombres renunciaran a tan indignas tareas como las aquí
expuestas, empezaría nuestra especie a entenderse, el aburrimiento sería por fin
abolido y podríamos avanzar a una fase superior de estadío, donde por primera vez
los miembros de una sociedad se otorgaran entre sí un acto que podría ser nombra-
do con el apelativo de compañía.

Emiliano Monge (DF, 1978) es autor del libro de relatos Arrastrar esa sombra y de la novela Morirse de memoria,
ambos publicados por editorial Sexto Piso.

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