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El Hombre Comun

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El hombre común G. K. Chesterton

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cualquier aspecto de un tema serio, pues raramente se observa una verdadera vulgaridad en torno
a un tema frívolo.

Lo destacable es que el tonto es tan subjetivo que nunca se le ocurre temer al tema. Por
ejemplo, puede ser un tonto pagano igual que un puritano, en el debate de la moral moderna;
pero en el primer caso, habrá torrentes de tonterías en torno al amor, la pasión y el derecho a la
vida; y en el segundo, torrentes exactamente iguales en torno a la hombría cristiana, y a la
adolescencia sana y a la noble maternidad y al resto. El inconveniente es que están infernalmente
familiarizados con esas cosas.

Nunca se encontrará algo así en el verdadero enamorado que escribe sobre la mujer que
ama, ni en el santo verdadero que escribe sobre los pecados que odia. Ambos dicen lo que se
debe, porque de otra manera no dirían absolutamente nada.

El restablecimiento de la filosofía: ¿por qué?

La mejor razón para un resurgimiento de la filosofía es que, a menos que un hombre tenga
una filosofía, le ocurrirán cosas, ciertamente, horribles. Será práctico, progresista; cultivará la
eficiencia; confiará en la evolución; realizará el trabajo que tenga más a mano; se dedicará a los
hechos, no a las palabras. Así, derribado por sucesivos golpes de ciega estupidez y destino
fortuito, andará a los tumbos hasta su miserable muerte, sin otro consuelo que una serie de
reclamos, tales como los que antes catalogué. Todo esto no es más que un simple sustituto para
los pensamientos. En algunos casos, son los apéndices y los extremos de los pensamientos de
otro.

Esto significa que un hombre que se niega a tener su propia filosofía no tendrá siquiera las
ventajas de una bestia bruta, que vive según su instinto. Sólo tendrá los restos usados de la
filosofía de otro; y eso es algo que las bestias no se ven obligadas a heredar; de allí su felicidad.
Los hombres siempre tienen una de estas dos cosas: una filosofía completa y consciente o la
aceptación inconsciente de los pedacitos rotos de alguna filosofía incompleta, destrozada y a
menudo, desacreditada. Esos pedacitos son las frases ya citadas: eficacia, evolución, etc. La idea
de ser "práctico", así aislada, es todo lo que queda de un pragmatismo que no puede sustentarse.
Es imposible ser práctico sin ser pragmático. ¿Qué ocurriría si acudiéramos al primer hombre
práctico que encontrásemos y le dijéramos al pobre: "Dónde está tu pragma"?
Hacer el trabajo más cercano es una tontería evidente; sin embargo, se la ha repetido en
muchos lugares. En nueve de cada diez casos, significaría realizar el trabajo para el cual estamos
menos capacitados, tal como limpiar ventanas o golpear al vigilante en la cabeza. "Hechos, no
palabras" guarda en sí mismo un ejemplo excelente de "Palabras, no pensamientos". Es un hecho
arrojar una piedra a un lago y es una palabra la que envía un prisionero a la horca. Mas, realmente,
existen palabras muy fútiles; y esta especie de filosofía periodística y ciencia popular está formada
casi enteramente por ellas.

Algunos temen que la filosofía los aturda o aburra, porque creen no solamente que es una
retahíla de largas palabras, sino que es una maraña de complicadas ideas. A esas personas se les
escapa el punto importante de la situación moderna. Ésos son exactamente los males que todavía
existen principalmente por falta de una filosofía. Los políticos y los periódicos siempre están
usando largas palabras. No es un consuelo que las usen mal. Las relaciones políticas y sociales
están complicadas por encima de toda esperanza. Son mucho más complicadas que cualquier
página de metafísica medieval; la única diferencia está en que los hombres de la Edad Media
podían desenredar la maraña y seguir las complicaciones; y los hombres modernos no pueden. En
nuestros días, las cosas más prácticas, tales como las finanzas y la política, son terriblemente

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