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La historia se basa en el siglo XIV, en la ciudad de Barcelona, la cual se encuentra en su


momento de mayor prosperidad. Era la época en dónde los señores feudales gobernaban las
tierras y la gente, aunque tuvieran propiedades, eran siervos y tenían que pagar impuestos de
casi cualquier cosa a los señores feudales.

Solo en la ciudad de Barcelona, la gente podía ser libre y trabajar, sin embargo en el poblado
de Navarcles, Principado de Cataluña, en donde vivía Bernat las cosas eran muy distintas.
Bernat había heredado unas tierras, las que habían sido de su familia desde hacía varias
generaciones, sin embargo de esas tierras tenía que darle una parte a su señor feudal.

La historia comienza en la boda de Bernat, se estaba casando con una joven llamada Francesca
Esteve, quién estaba muy nerviosa pues apenas y conocía al novio. Los padres de Francesca
estaban muy felices por la boda ya que deseaban que su hija estuviera con Bernat quien poseía
algunas tierras.

En la fiesta había muchos invitados, y la joven Francesca se sentía cada vez mas nerviosa por las
bromas que estos hacían sobre ella y su marido.

Todo en la fiesta iba perfecto, había vino, comida, y la gente estaba satisfecha, sin embargo de
un momento a otro todo cambio Llorenç de Bellera, señor de Navarcles, quién era el señor
feudal, había pasado cerca de la fiesta y al escucharlos se acercó con todos sus jinetes. En ese
momento todos los invitados de Bernat se quedaron en silencio, solo podían escucharse las
risas del señor Llorenç de Bellera y sus jinetes. La fiesta se había arruinado.

Bernat se apresuro a recibirlo, aunque le desagradó totalmente la idea de su visita y cuando


señor feudal le pregunto a que se debía la fiesta, Bernat no tuvo otra opción mas que decirle la
verdad, que era su boda. No sabía cómo se había podido enterar Llorenç de Bellera, quizá había
sido por que había mandado a hornear el pan al castillo.

En silencio, los invitados empezaron a dirigirse hacia las brasas donde se habían asado los
corderos. Sólo un grupo permaneció quieto, a salvo de las miradas del señor y sus amigos: Pere
Esteve, sus hijos y algunos invitados más

La madre de Francesca le pidió a Bernat que no se le acercara a su hija cuando éste al


momento de vislumbrarla con su camisa blanca de lino se le acercó. El señor Pere Esteve le dijo
que se alejara y la madre de Francesca de dio un plato de cordero y le pidió que se lo llevara al
señor Lloren de Bellera.
Los payeses empezaron a dar cuenta del cordero, en silencio, mirando de reojo hacia la mesa.
En la explanada sólo se oían las carcajadas y los gritos del señor de Navarcles y sus dos amigos.
Los soldados descansaban apartados de la fiesta.

El señor de Bellera exigió mas vino mientras levantaba su vaso y luego buscó gritando a
Bernat. La madre de Francesca se acercaba con la jarra de vino, mientras el señor Bellera seguía
gritándole a Bernat.
El caballero golpeó la mesa justo cuando la mujer acercaba la jarra para llenarle la copa.
Unas gotas de vino salpicaron la ropa de Llorenç de Bellera.
Bernat ya se había acercado hasta él. Los amigos del señor se reían de la situación y Pere
Esteve se había llevado las manos al rostro.
El Señor de Bellera se molestó muchísimo e insultó a la madre de Francesca. La mujer
agachó la cabeza en señal de sumisión, y cuando el señor hizo amago de abofetearla, se apartó
y cayó al suelo. Llorenç de Bellera se volvió hacia sus amigos y estalló en carcajadas al ver cómo
la anciana se alejaba gateando. Después recuperó la seriedad y se dirigió a Bernat diciéndole
que como se atrevía a mandarle una anciana a que lo atendiera, el señor Bellera quería ser
atendido por la señora de la casa, la esposa de Bernat.
Pere Esteve tomó a Francesca del brazo y se acercó hasta la mesa para entregársela a Bernat.
La muchacha temblaba. Bernat le presentó a Fransesca al señor Bernat, el cuál comenzó a
examinarla de arriba abajo sin recato alguno y le dijo que ella serviría el vino a partir de ahora.

El señor de Navarcles volvió a tomar asiento y se dirigió a la muchacha alzando el vaso.


Francesca buscó una jarra y corrió a servirle. Su mano tembló al intentar escanciar el vino.
Llorenç de Bellera le agarró la muñeca y la mantuvo firme mientras el vino caía en el vaso.
Después tiró del brazo y la obligó a servir a sus acompañantes. Los pechos de la muchacha
rozaron la cara de Llorenç de Bellera. Bernat, a su lado, apretaba puños y dientes.

Llorenç de Bellera y sus amigos continuaron bebiendo y requiriendo a gritos la presencia


de Francesca para repetir, una y otra vez, la misma escena.

Los soldados se sumaban a las risas de su señor y sus amigos cada vez que la muchacha se
veía obligada a inclinarse sobre la mesa para servir el vino. Francesca intentaba contener las
lágrimas y Bernat notaba cómo la sangre empezaba a correr por las palmas de sus manos,
heridas por sus propias uñas. Los invitados, en silencio, apartaban la mirada cada vez que la
muchacha tenía que escanciar el vino.
Despúes de un rato, el señor se pusó de pie con Francesca agarrada de la muñeca y le dijo
a Bernat, que en uso del derecho que como señor feudal suyo le correspondía, había decidido
yacer con su mujer en su primera noche.

Los acompañantes del señor de Bellera aplaudieron ruidosamente las palabras de su


amigo. Bernat saltó hacia la mesa pero, antes de que la alcanzara, los dos secuaces, que
parecían borrachos, se pusieron en pie y llevaron la mano a las espadas. Bernat se paró en seco.
Llorenç de Bellera lo miró, sonrió y después rió con fuerza. La muchacha clavó su mirada en
Bernat, suplicando ayuda.
Bernat dio un paso adelante pero se encontró con la espada de uno de los amigos del
noble en el estómago. Impotente, se detuvo de nuevo. Francesca no dejó de mirarle mientras
era arrastrada hacia la escalera exterior de la masía. Cuando el señor de aquellas tierras la cogió
por la cintura y la cargó sobre uno de sus hombros, la muchacha empezó a gritar.
Los amigos del señor de Navarcles volvieron a sentarse y continuaron bebiendo y riendo
mientras los soldados se apostaban al pie de la escalera, para impedirle el acceso a Bernat.
Al pie de la escalera, frente a los soldados, Bernat no oyó las carcajadas de los amigos del señor
de Bellera; tampoco los sollozos de las mujeres. No se sumó al silencio de sus invitados y ni
siquiera se percató de las burlas de los soldados, que intercambiaban gestos con la vista puesta
en la casa: sólo oía los aullidos de dolor que procedían de la ventana del primer piso.

Después de un rato que a Bernat le pareció interminable, Llorenç de Bellera apareció


sudoroso en la escalera, atándose la cota de caza.
Le grito a Bernat con su atronadora voz mientras pasaba a su lado y se dirigía hacia la mesa y le
dijo que ahora era su turno.

Bernat agachó la cabeza y, bajo la atenta mirada de todos los presentes, subió
cansinamente la escalera lateral.
Con el mentón a ras de suelo y el cuerpo todavía en la escalera, vio la ropa de Francesca
esparcida por la estancia; su blanca camisa de lino, el orgullo familiar, estaba rasgada y hecha
un guiñapo. Por fin, subió. Encontró a Francesca encogida en posición fetal, con la mirada
perdida, totalmente desnuda sobre el jergón nuevo, ahora manchado de sangre. Su cuerpo,
sudoroso, arañado aquí y golpeado allá, permanecía absolutamente inmóvil.
Bernat oyó que gritaba desde abajo Llorenç de Bellera. Sacudido por las arcadas, Bernat
vomitó sobre el grano almacenado hasta que las tripas estuvieron a punto de salirle por la
garganta. Francesca seguía sin moverse. Bernat abandonó corriendo el lugar. Cuando llegó
abajo, pálido, su cabeza era un torbellino de sensaciones y le dijo al señor de Bellera que no
podía hacerlo. Éste se enojó muchísimo y lo amenazó con un látigo. Bernat no tuvo otra opción
mas que hacer lo que Bellera le imponía.

Después de la fiesta cuando Bernat se encontraba a solas con su esposa, éste le pidió perdón
una y otra vez, pero la joven Francesca siempre estaba indiferente. Así pasó mucho tiempo,
Francesca estaba embarazada y nueve meses después tuvo a su bebé. Bernat estaba muy
preocupado pues no sabia si éste iba a ser su hijo, o el hijo de Bellera. Al fin cuando el bebé
nació se dio cuenta de que el bebé tenia el mismo lunar en el ojo que él y toda la familia
Estanyol tenía.

Francesca solo alimentaba al bebé, pero jamás le dio muestras de cariño, sin embargo Bernat lo
hacia después de que Francesca lo alimentaba.
Como Francesca tenía que ir al castillo a hornear el pan, la gente empezó a darse cuenta del
lunar del niño, hasta que el señor de Bellera se enteró y se molestó mucho, pues hería su ego.

Un día el señor de Bellera llegó a la casa de los Estanyol y le dijo a Bernat que su esposa
Francesca debía de ir al castillo junto con Arnau, el bebé, para que Francesca alimentara a los
hijos de Bellera.

Bernat no tuvo otra opción más que aceptar los mandatos del señor de Bellera.

Y así pasó mucho tiempo, sin saber nada de su hijo ni de su esposa. Siempre asistía al castillo y
le preguntaba a la gente si sabían algo de su hijo, pero nunca nadie le contestaba. Un día se
encontró con un niño, y Bernat le pidió que a cambio de una pieza de pan le dijera en donde se
encontraba Arnau.

El muchacho llevó a Bernat hacia una bodega en donde los soldados guardaban algunas cosas.
Bernat no se esperaba encontrar ahí a su pequeño, pues era un lugar muy hostil, sin embargo al
entrar a esa bodega, en uno de los rincones se encontraba su hijo. Estaba totalmente
desnutrido, a punto de morir. A Bernat se le hizo un nudo en la garganta. Y tuvo que golpear al
niño y dejarlo inconsciente para poder escapar con su hijo.

Después de haber salido del castillo Bernat se dirigió a su casa por alunas cosas y salió
corriendo al bosque, en donde se quedó algunas semanas hasta que estuvo seguro de que no lo
seguían.

Bernat llegó hasta Barcelona, pues ahí encontraría la libertad, ya que si un esclavo huía y estaba
en Barcelona un año y un día, él quedaría libre.

En Barcelona se encontraba su hermana y su esposo, el cuál era artesano y Bernat pensaba ir a


su casa en busca de ayuda.

Cuando Bernat llego a casa de Guiamona, su hermana, ésta le recibió con mucho cariño, sin
embargo al esposo de ésta no le agradó mucho la idea de tenerlo como huésped, ya que
apenas estaba ascendiendo y se hacia una persona importante en Barcelona, por lo tanto no le
convenía tener a dos fugitivos en su casa, pero tampoco le convenía que estuvieran en la calle,
pues le haría mala fama. Entonces accedió a darle trabajo a Bernat y a cuidar a su hijo en su
propia casa, además le prometió a Bernat que le enseñaría el oficio de artesano a Arnau cuando
cumpliera la mayoría de edad. Margarida era hija mayor de Grau y esa noche persuadió a sus
hermanos y a su primo para ir al mar y jugar en los barcos, mientras Habiba, la criada pensaba
que estaban dormidos en sus cuartos. Salieron de noche hacia el mar y al estar jugando en los
barcos, unos guardias se acercaban a ellos y para no ser vistos, Margarida les dijo que se tiraran
al Mar.
Al regresar a casa, el primo de Arnau, el más pequeño, estaba temblando de frío, pues era
diciembre y el agua del mar estaba helada. Margarida le hecho la culpa a Arnau, le dijo a su
padre que él había tenido la idea de ir hacia allá. El pequeño que sufrió el resfriado murió y
Grau estaba encolerizado, sin embargo no podía hacerle nada a su sobrino y como no podía
hacer nada a éste, procedió a castigar a Habiba, la criada que estaba a cargo de los niños y
obligó a Arnau a ver todo.

Después de lo sucedido, Arnau ya no vivía en la casa de Grau junto con sus primos, sino en el
taller de éste con su padre. Guiamona, su tía, ya no le hablaba y sus primos, mucho menos.

Un día, mientras los espiaba desde un árbol, conoció a un pequeño llamado Joanet, el cual tenía
la cara muy sucia y su ropa estaba muy descuidada. Empezaron a platicar y Arnau le preguntó
sobre su madre. Joanet llevó a Arnau corriendo por las calles de Barcelona hasta llegar a un
cuarto pequeño en donde solo se veía una pequeña ventana. Joanet habló por la ventana y
Arnau vio como una mano salía y una voz que le hablaba a Joanet. La madre de Joanet había
sido castigada por adulterio y tenía que permanecer encerrada, así que Joanet no podía verla,
de hecho jamás la había visto.

Todas las noches Arnau le contaba a su padre lo que le había pasado y esa noche le conto a su
padre sobre la madre de Joanet. Arnau se sentía muy triste, pues él no tenía a su madre con él,
y Joanet por lo menos podía hablarle a la suya.

Bernat le explicó a Arnau que si tenía madre, su madre era la Virgen María, y podría hablarle a
través de sus sueños y de los pájaros. Arnau se sintió muy feliz y algo confundido por lo que le
dijo su padre, pero al otro día le contó a Joanet y los dos salieron en busca de la iglesia de la
Virgen María.

Buscaron en muchas iglesias hasta que se encontraron con la iglesia de Santa María de la Mar,
la cual estaba siendo construida por la gente del pueblo, ricos y pobres.

Los niños se encontraron Ramón un bastaix, quien ayudaba a construir la iglesia cargando
grandes rocas y le explicó a los niños acerca de la construcción. Los niños le preguntaron si
podían entrar a la iglesia y él llamó a un joven llamado Ángel para que los llevara con el padre y
les permitiría la entrada a la iglesia.
Ya en la iglesia Ángel le explico al padre lo que los niños querían, querían ver a la virgen Maria, y
el padre se los permitió.
Cuando Arnau y Joanet estuvieron frente a la virgen María, Arnau empezó a hablarle y se sintió
muy contento al ver, según él, como la Virgen le sonreía.
Así pasaron los días y los niños todos los días atravesaban la cuidad corriendo para ir a ver su
Virgen y le ayudaban a los bastaix dándoles agua. El padre de la iglesia y todos los demás
conocían muy bien a los pequeños, pues todos los días iban a la iglesia y veían como ésta cada
vez crecía mas.