José Pedro Jarpa Marín Ensayo occidental Escuela de Literatura Prof.

Thomas Harris Miércoles 7 de noviembre de 2007 El discreto encanto de la burocracia
La mayoría de la gente huye del conflicto cuando, para mí, muchas cosas buenas surgen del conflicto. Richard Linklater

Burocracia: 1. f. Organización regulada por normas que establecen un orden racional para distribuir y gestionar los asuntos que le son propios. 2. f. Conjunto de los servidores públicos. 3. f. Influencia excesiva de los funcionarios en los asuntos públicos. 4. f. Administración ineficiente a causa del papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas.

Partir un texto reflexivo desde una anécdota- carente de objetividad- sin que se transforme en una crónica es una tentativa excitante. Lo mismo para lo opuesto: conseguir reflexionar a partir de un texto científico – carente de subjetividad - . Estos polos se refieren lógicamente a los padres del ensayo Michel de Montaigne y Francis Bacon. Distinción que puede ser rebatida en tan sólo una frase: “la reflexión soporta todos los géneros literarios.” Frase que es automáticamente refutada por otra: “¿Hoy siglo XXI podemos hablar de géneros rígidos sin la posibilidad de mezclarse? Y así sucesivamente… No me interesa hablar de burocracia, pero ese no-interés pone en juego mi capacidad retórica. No tengo una anécdota interesante a partir de un tedioso pin-poneo burócrata. ¿Como fusionar sujeto y objeto si no existe dicha relación? Hay dos posibilidades para lograr reflexionar sobre un tópico designado de manera arbitraria.

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1. Enfocar el atractivo en la visión del narrador por sobre el tema narrado, lo que el escritor1 siente y le interesa. Recordemos a Mointaigne “pues así lector, soy yo la materia de mi estudio.” Si Montaigne tuviese que reflexionar sobre la burocracia y no le interesara, centraría su ensayo en perspectiva subjetiva. 2. La mirada científica sobre la reflexión, en este caso la ejemplificaré con el nuevo concepto de novelista que propone la novela experimental de Émile Zola. “la novela en función cognoscitiva propia del quehacer científico. Esta debe ser entendida como un documento sobre la realidad, realizado con la actitud objetivista e impersonal…” Este fragmento pertenece al prólogo que hace José Promis al ensayo La novela experimental de Zola. La propuesta del creador del naturalismo responde a la misma estructura y propósito de lo estipulado por Francis Bacon, sólo que en este caso es llevado a la narrativa con todas sus letras. Si Émile Zola tuviese que escribir una novela o ensayo sobre la burocracia lo haría desde la observación minuciosa y objetiva sin inmiscuirse y entrelazarse con el objeto de estudio, no vale ningún fin estético, se busca hablar del mundo fuera del mundo y quien habla ya no es humano, es un androide que observa una realidad que no le pertenece. Suprimir sujeto y potenciar objeto.
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lo que a exclusivamente a él

intriga o conmueve para intentar fusionar sujeto y objeto. Desde su

Durante todo este ensayo utilizaré la palabra escritor como sujeto creativo a partir del lenguaje, en donde caben desde los guionistas a los poetas.

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Se presentan dos observadores con distintas miradas, una tan válida como la otra. No me caso con ninguna, pero me quedo con el placer que provoca leer a Montaigne El texto que usted escribe debe probarme que me desea. Esa prueba existe: es la escritura. La escritura es esto: la ciencia de los goces del lenguaje, su kamasutra (de esta ciencia no hay más que un tratado : la escritura misma.) Complementando al lúcido Roland Barthes en El placer del texto, no me puede interesar Zola, en estricto rigor la concepción de su escritura no admite el lenguaje como la herramienta que permite seducir: la retórica. El discreto encanto de la burocracia no se produce en nuestras desdichadas experiencias donde la impotencia se transforma en irá dejando huir la razón para que entre la bestia escondida que habita en nosotros, como le pasa a Michael Douglas en la película Un día de furia. Nuestro sufrimiento es de ese día, posiblemente ese momento quede marcado por un largo periodo, pero luego se esfuma con el tiempo. ¿Nos detenemos a pensar en el burócrata? Ahí colinda el discreto encanto de la burocracia. La raíz epistemológica de la palabra burocracia, remite a la unión de los términos de escritorio y oficina (Del fr. bureaucratie, y este de bureau, oficina, escritorio, y -cratie, -cracia). No se aleja mucho del proceso creativo de un escritor, pero con la pequeña variante del estímulo. Lo único que nos saca del letargo. ¿Qué puede esperar un burócrata? Su único entusiasmo radica en la necesidad de transformarse en un obstáculo, ser alguien, dejar por unos segundos su existencia discreto. Herman Melville nos muestra el más crudo relato sobre un humano sin variación: Bartleby , el escribiente (1856) Bartleby es la expresión pura
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de un burócrata : vive en su oficina, no se comunica con nadie y trabaja sin esmero. La ruptura se provoca con la famosa frase: “preferiría no hacerlo” cargada de la misteriosa ambigüedad de Bartleby, no es una negación ni una afirmación, sólo una forma de decir: ¡ hey estoy aquí, existo ¡ pero sigue haciendo discretamente su trabajo. El desenlace del relato vendrá cuando Bartlebly es despedido por dejar de hacer su trabajo. En otras palabras ha sido asesinado: su mundo es la oficina, intenta doblarle la mano al destino y sigue viviendo en ella hasta que el dueño de la firma de abogados ordena que lo saquen de ahí. Ese es el fin de Bartleby, el resto es literatura. Y literatura es esto, Bartleby tras vagar unos días por las calles es misteriosamente detenido siendo llevado a la cárcel. El espacio-metáfora más absurdo para un hombre que no posee la libertad, el gesto de Bartleby es dejarse morir de inanición. No se puede esperar un deceso más devastado a quien antes de llegar a la oficina, su trabajo consistía en quemar las cartas sin destinatario, como Kafka quien nos trajo hasta aquí plasmando su angustiosa atmosfera del discreto y desolador encanto de la burocracia.

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