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Antigüedad Medioevo Modernidad Postmodernidad

Verdad Dialéctica (fuente de verdad) Escritura (fuente) Razón (fuente y Ser (Heidegger)
Adecuación del discurso con la Autoridad (criterio) criterio)
realidad (criterio de verdad)
Sentido Ser feliz, ser “eudaimon” Salvación Superarse ?
(dirección)
Idea fuerza Providencia Progreso Nihilismo

Para los griegos no existía la Creación ni el momento 0. Creían que el mundo era eterno.

Descartes (Modernidad) busca una nueva verdad para fundar el conocimiento. Debe ser imposible dudar
de ella. No podemos confiar en el conocimiento obtenido por los sentidos. Tampoco podemos tener
certeza de las ideas abstractas, por ejemplo 2+2=4, porque puede existir un “genio maligno” que
confunda nuestros pensamientos. No puedo dudar de que estoy dudando, al dudar pienso. “Cogito ergo
sum” = “Pienso, luego existo”. Establece que la razón es la fuente de conocimiento.

K. Popper: establece el método hipotético deductivo. A partir de una hipótesis, la pongo en duda. Si
resiste, sé que es la mejor hipótesis existente. A partir de ella puedo establecer nuevas hipótesis y así
se construye el conocimiento científico.

Kuhn: gran filósofo de la postmodernidad. A partir que surge el conocimiento científico, cambiamos una
explicación (un un “cuentito”) por otra. Nunca va a existir una explicación válida.

Postmodernidad:_historia de una idea


La postmodernidad es una forma de crítica de los intelectuales. Son experiencias que vivimos
diariamente. Nos obliga a dejar las cosas individuales para enfrentarnos con el cambio histórico a gran
escala.

Ideas significativas para el surgimiento de esta idea:


1. providencia (fatalismo): cuidado que Dios dispensa a su Creación, vigilando el proceso de la historia,
de forma que ésta siempre avance hacia un objetivo concreto. El providencialismo niega el movimiento
cíclico de la historia.
2. Progreso (optimismo ciego): se acentúa la razón, se le resta importancia a lo divino. Sentidos
sustituyen a las leyes divinas. Europa con predominio económico y político. Para no caer nuevamente en
el DOGMA, se incorpora la idea de relatividad del conocimiento.
3. Nihilismo: indiferente e irresponsable. Realidad difusa y proceso de hallar la verdad es menos directo
de los que se creía. Cuestiona las ideas generales y absolutas.

Período entre la Revolución Francesa y la caída del socialismo burocrático de estado (1789-1989) son
los siglos simbólicos de la Modernidad, búsqueda de un mundo racionalizado. La Ilustración es el período
más alto de la Modernidad, simbolizada por la enciclopedia que contiene todo el conocimiento. Se
buscaban verdades absolutas.

La Postmodernidad es el agotamiento de la modernidad. Se distancia de la Modernidad porque se


comprendió que no todos los avances científicos nos llevan únicamente al progreso. Se producen
cambios en la tecnología, pero también en sistemas económicos, políticos y artísticos (Andy Warhol).
Apuntamos menos a ideas trascendentales y más a lo cotidiano. Vuelve el ciclo en el pensamiento. No
hay más jerarquía artística, todo es igualmente valioso.
Gary Woller: “el Postmodernismo está a punto de destronar a la trinidad de la Ilustración (razón,
naturaleza y progreso), que presumiblemente triunfó sobre la anterior Trinidad”.

POSTMODERNIDAD: la cultura que se extiende desde fines de los años 60 hasta principios del siglo
XXI, marcada por el capitalismo post-industrial. Acento en lo cultural.
POSTMODERNISMO: las características artísticas e intelectuales de dicho período, reflejados en los
diversos cuerpos de pensamiento y obras de arte de la época. Énfasis en lo social.
Imposible separar lo cultural de lo social.

Relativismo cultural: permite que cada cultura se manifieste. (Ej defender mujeres en países
musulmanes).

TÉRMINO
El problema con el término “postmodernismo” no es simplemente que nos suene incomodo o incluso
tosco.
El problema, es que es un término que evoca justamente aquello que desea superar y/o suprimir: la
modernidad.
Esto no sucede con muchos otros movimientos “artístico-filosófico-culturales”: ni el clasicismo, ni el
romanticismo, ni el barroco, ni el manierismo, ni el rococo, se definen por oposición (y/o superación) de
su antecesor y “enemigo”, directo.
Por otro lado el término connota una concepción lineal del tiempo, un retraso en su aparición y cierta
decadencia. Todos estos, aspectos que cualquier postmoderno rechazaría de plano.
Lo adoptamos por que carecemos de una mejor denominación. ¿Cómo habríamos de llamar a esta
época? ¿La era atómica? ¿La era de la TV? ¿La era espacial? Todas estas etiquetas tecnológicas,
históricas o científicas, parcelan el concepto y además carecen de una definición teórica.
Lo que nos queda sería llamarle la era de la “indeterminencia” (como producto de indeterminación +
inmanencia), o sea la era en la que la indeterminación, el vacio y la desorientación que existe en la
determinación del nombre, se traslada y se constituye en la característica inmanente (propia y
característica), de la época.
Pero esto, es simplemente explicitar en el nombre, el problema que existe en la determinación del
mismo. Parece bastante ridículo entonces, llamar a una época de una determinada forma porque no
encontramos un nombre más interesante. Seríamos como un grupo de adolescentes que, carentes de
una mejor alternativa, llaman a su agrupación los “sin nombre”.
Frente a esta deprimente alternativa, definirnos por oposición es el menor de los males, por más
decadente que sea en si mismo.
Al igual que sucede con otros términos categóricos –como post-estructuralismo, romanticismo, o el
propio modernismo – el término sufre de cierta inestabilidad semántica. O sea, no existe un consenso en
la comunidad académica –y ni hablar ya de la sociedad en general – acerca del significado del mismo.
Este problema tiene una doble raíz:
a) la juventud del término, prácticamente adolescencia y
b) su parentesco semántico con otros términos contemporáneos igualmente adolescentes:
estructuralismo, post-estructuralismo, etc.

DIALÉCTICA MODERNISMO-POSTMODERNISMO
Modernismo y Postmodernismo no están separados por una cortina de hierro o por una gran muralla.
Ni siquiera (como sucede entre muchos otros períodos históricos) existe un hecho que oficie de hito
divisor entre ambas épocas,.
Un autor, puede perfectamente, inscribir dentro de su obra piezas modernas y postmodernas sin que
ello signifique una incongruencia. Como sucede con el Joyce del Retrato del Artista Adolescente y el del
Ulysses o el de Finnegans Wake.
Un período se interpreta, tanto a partir de sus diferencias como de sus semejanzas con el período
anterior. Tanto como continuidad, como discontinuidad. Incluso en el caso del postmodernismo, donde
la lógica de la continuidad pareciera ser la absoluta discontinuidad con el modernismo
La igualdad y la diferencia, la unidad y la ruptura, la filiación y la subversión, ambas partes deben ser
tenidas en cuenta si queremos aprehender (o sea, percibir y comprender) el cambio tanto como una
estructura mental, como un proceso físico temporal; tanto como un patrón como un acontecimiento
único.

PADRES DEL POSTMODERNISMO


Nietzsche
NIHILISMO: proviene del término latino nihil, literalmente: nada.
Resultado de aplicar la permanente actitud de duda de la razón moderna a la razón misma.
Los sistemas de razonamiento son en realidad sistemas de persuasión.
Como lo entiende Nietzsche es la condición bajo la cual “los valores supremos pierden validez. Falta la
meta: falta la respuesta al “por qué”.
Frente a este problema tenemos dos opciones posibles:
a) el nihilismo activo, que consiste en revelarnos frente a los antiguos valores creando valores nuevos.
b) el nihilismo pasivo, que consiste en resignarnos y asumir nuestra debilidad y, consecuentemente,
fallar en la construcción de nuevos valores.

“Dios ha muerto”
No sólo el Dios de la religión ha muerto. Ha muerto el Dios de la razón: el sustituto moderno del Dios
religioso.
Si bien Nietzsche nunca llega a destruir completamente el ideal ilustrado, su pensamiento es una
búsqueda constante por encontrar los límites de la razón y de la consciencia.
Ya no se puede estar seguro de nada. La razón nos falló, la moral nos falló, la religión nos falló, etc.
Lo único que nos queda es vivir en la resignación del nihilismo (pasivo).
La verdad y la falsedad ya no existen, no tienen valor. La ausencia de una “realidad mayor” nos permite
comenzar a vivir sin espejismos.
Fuera del lenguaje no hay nada para construir, nada que nos garantice una trascendencia.

“El nihilismo radical es el convencimiento de la insostenibilidad de la existencia, cuando se trata de los


valores más altos que se reconocen, añadiendo a esto la comprensión de que no tenemos el menor
derecho a plantear un más allá o un en sí de las cosas que sea «divino», que sea moral viva.
Esta comprensión es una consecuencia de la «veracidad» altamente desarrollada, y por ello, una
consecuencia de la creencia en la moral.”

Friederich Nietszche
La Voluntad de Poderío

MARTIN HEIDEGGER
El DASEIN (el ser-ahí)
¿Qué es el ser?
Fenomenológicamente, Heidegger estudia al ser como aparece en el mundo, o como diría él, como se
revela (como se muestra, como se deja ver) en el mundo. Siendo revelarse aquí una traducción literal
del griego aletheia, que significa des-olvidar, y que usualmente traducimos por verdad. La verdad está
ahí afuera, ya no está en mí el criterio de verdad. Lo que existe es la verdad y no lo que yo pueda decir
acerca de los que existe. El ser es el verdadero objeto de la filosofía. El Humanismo está en crisis por
sustituir a Dios por la humanidad en el centro del universo. La forma de avanzar es reconciliarnos con
nuestra condición (“Verwindung”).
Establece la diferencia entre un estudio “óntico” y uno “ontológico”.
El óntico es el estudio del ser propio de las ciencias naturales, describe a los entes en virtud de
mediciones y propiedades cuantitativas.
El ontológico es el estudio propio de la filosofía en el que los entes son estudiados en su especificidad;
cualitativamente, a partir de aquellos que los hace únicos.
A través de éste último es que el ser se revela como el dasein, el ser-ahí, el ser arrojado al mundo.
El tiempo constituye el horizonte ontológico del ser-ahí. Siempre en un determinado momento y lugar.
Los seres humanos sólo pueden concebirse como seres insertos en el tiempo, por lo tanto perciben que
el tiempo es su horizonte: que el hombre es un ser para la muerte.
El dasein se oculta y se revela en la cotidianeidad: se oculta cuando “ocupamos el tiempo” para
olvidarnos de nuestra mortalidad; se revela a través del cuidado que depositamos en las cosas y los
demás seres del mundo. La verdad se nos presenta al tomar conciencia que nos vamos a morir. No sólo
es importante la verdad a la que yo llego, sino el camino por el cual accedeos a ella.
Esto con respecto al dasein, al modo de ser humano, pero lo que realmente le interesa a Heidegger es El
Ser, ese ser primigenio anterior a todos los demás seres del mundo.
Frente a la caída del paradigma ilustrado este Ser es el que sustituye a la verdad como objeto propio de
la filosofía.
Según Heidegger lo que importa son los momentos en los que el ser se revela al hombre, los momentos
de contacto directo con el ser, los claros en el bosque, uno de estos es la experiencia estética. Es
imposible transmitirla y explicarla, sólo es vivenciable. No son verbalizables. Por eso los filósofos no
explican estas experiencias, sino que dan vueltas en torno a la explicación. Al ser vivenciable, para dos
personas la verdad nunca será la misma.

PENSAMIENTO POSTMODERNO
Jean-François Lyotard
“Simplificando al máximo, se tiene por «postmoderna» la incredulidad con respecto a los metarrelatos.
(…) La función narrativa pierde sus functores, el gran héroe, los grandes peligros, los grandes periplos y
el gran propósito. Se dispersa en nubes de elementos lingüísticos narrativos [menores] “
Jean-François Lyotard
La condición Postmoderna
En 1984 Lyotard publica La Condición Postmoderna. Un Informe Sobre el Saber, y coloca al
postmodernismo en el centro del debate intelectual.

LAS METANARRACIONES
El centro de su postura gira alrededor de la crisis de las metanarraciones (o metarelatos).
Una metanarración es aquella historia que subyace, legitima y explica las opciones particulares que una
cultura prescribe como cursos de acción posibles. Son metanarraciones el cristianismo, la ilustración, el
capitalismo, el marxismo, etc.
Las metanarraciones son el principal aparato ideológico de la modernidad, y juegan un papel importante
en la legitimación de la ciencia.
Cada metanarración contiene su propio conjunto de elementos subordinados a la difusión de un
conjunto de ideas: un héroe o sujeto, un trayecto plagado de adversidades y un gran objetivo.
Por ejemplo: en el marxismo, el sujeto es el proletariado y el objetivo es la socialización de los medios
de producción, mientras que en el capitalismo el sujeto es el individuo emprendedor y el objetivo es la
acumulación de riqueza.
Para Lyotard una metanarración es un aparato técnico que ordena, almacena y reproduce información
que entra en conflicto directo con el conocimiento científico.
Estos metarelatos, tienen una pragmática propia de transmisión dentro de la cual el rol de narrador,
destinatario y héroe pueden ser ocupados por una misma persona a lo largo del tiempo; una vez que el
individuo accede al rol de destinatario, ya se encuentra en condiciones de perpetuar la narración. Esta
alternancia en los puestos narrativos es la que garantiza la función legitimante de los metarelatos.
Por ejemplo: el estudiante llega a la universidad para convertirse en destinatario de la metanarración
del progreso científico, inmediatamente se coloca en un circuito que le demanda convertirse en el héroe
(el científico que sea parte del progreso) y/o en el narrador de su propia metanarración (como profesor
o como figura pública).
Es estructuralmente inherente a las metanarraciones el perpetuar su propia supervivencia.
En La Condición Postmoderna Lyotard examina dos grandes metanarraciones: la emancipación y la
especulación.
En la emancipación, el héroe es la humanidad en su conjunto y la emancipación (el objetivo) se
alcanza por intermedio del conocimiento científico. Este período se caracteriza por la emergencia de los
estados-nación y por el énfasis en la obligatoriedad-publicidad de la educación. Ejemplo en escuelas
públicas cuadro de Artigas y Varela.
En la especulación el héroe es el espíritu especulativo que aspira a la creación del sistema (el
objetivo). El período se caracteriza por la aparición de las universidades modernas y su moto es “la
ciencia por la ciencia misma”. Conocimiento por el conocimiento mismo, la razón por encima de todo se
institucionaliza.
Con el desarrollo de la tecnología, la fractura de los límites disciplinarios, el asenso de la sociedad post-
industrial y el auge del capitalismo, ambas metanarraciones pierden credibilidad. Especialmente cuando
el capital es el financia la producción de conocimiento en las universidades. Para él las metanarraciones
no desaparecen, pero la gente deja de creer en ellas fervientemente.
En el futuro, dice Lyotard, la información será la moneda de cambio, y todo conocimiento que no pueda
traducirse en información será obsoleto.
Postmodernismo como la incredulidad ante las metanarraciones. Los científicos han perdido el estatus.

LAS MICRONARRACIONES
Para Lyotard, las micronarraciones son una estrategia paganas, ya que se asemejan al tipo de
negociación realizada en el mundo pagano al tener que lidiar con múltiples deidades. Tenía que vivir
“tapando agujeros”.
En un mundo pagano el individuo, al carecer de información completa, debía “negociar” su destino. Por
ejemplo: una alabanza al Dios del Mar podía enfurecer al Dios de la Tierra, mientras que la
compensación para con el Dios de la Tierra le ocasionaba problemas con el Dios del Trueno, etc. Como
resultado los paganos debían utilizar la astucia para moverse en el mundo.
Como contraste, las religiones monoteístas (metanarraciones), proveen al hombre de un sistema de
comprensión del mundo y un código de conducta en consonancia con él sistema.
Al caer las metanarraciones de la modernidad, las micronarraciones se convierten en la nueva
alternativa.
En un mundo donde las acciones políticas y sociales a escala global son irrealizables, los movimientos
locales son los que cobran relevancia.
La modernidad intentaba dar grandes explicaciones, que abarcaban la multiplicidad de los fenómenos.
La postmodernidad se ocupa de dar explicaciones, menores y separadas para cada uno de esos
fenómenos específicos.
Por ejemplo: el feminismo es radicalmente distinto en Nueva York a lo que es en Dahka. Una
metanarración, que intente explicar el fenómeno en su conjunto, privilegia una situación sobre otra y no
deja lugar para soluciones reales.
Otro ejemplo son el conjunto de teorías de la física cuántica que son, de plano, incomensurables con la
teoría de la relatividad y con la mecánica newtoniana. Cada una de estas teorías, puede explicar una
parte de la realidad, pero no puede explicar la realidad en su conjunto.
Las micronarraciones, enfatizan el desacuerdo dentro de un horizonte discursivo de consenso que nunca
se alcanza.
El postmodernismo no es el remplazo de las metanarraciones por las micronarraciones, es el conjunto
de condiciones que hace que las micronarraciones se conviertan en la mejor alternativa posible. La
propuesta no es llegar a algo, es seguir caminando, aunque aún no sepamos para qué.
En la modernidad las micronarraciones se enlazaban en paralelo alrededor de un mismo referente para
conformar una metanarración. En la postmodernidad, las micronarraciones se apilan una encima de la
otra, sin otro criterio que su contigüidad.
El postmodernismo, no es un período histórico que sigue al modernismo. Es un conjunto de posibilidades
que han existido en varios momentos de la historia.
En algunos casos, las micronarraciones tienen éxito para resolver problemas puntuales pero fracasan al
intentar solucionar problemas a gran escala.
Sin emabrgo los Estados y las leyes deben seguir siendo universalistas.
Por ejemplo: el feminismo, que afectado por una serie de fragmentaciones (de raza, clase, sexualidad,
etnia, etc.), ha caído en un estancamiento. Estancamiento expresado en el “postfeminismo”, una
reacción al programa emancipatorio proclamado por el feminismo, que expresa el cansancio y el
disgusto para con las posturas feministas, calificadas de machismo disfrazado.

Jaques Derrida
“Cualquier discurso, incluso una línea de un poema o una frase oracular, trae consigo un sistema de
reglas y por lo tanto una metodología para asegurar la producción de cosas análogas”
“Algunos lectores se ofendieron conmigo cuando no pudieron reconocer su territorio, su institución.”
Jaques Derrida
La vida cultural implica la producción de textos que se solapan con otros textos que influyen en ellos de
maneras que no podremos desentrañar. Se desvanece la propia autoridad porque los textos no son
productos exclusivos de sus autores.
Seguimos poniendo a la antigüedad griega y su pensamiento en un lugar privilegiado. Ha habido un
cambio fundamental que no ha sido reconocido. La palabra más importante para los griegos era la
palabra hablada, así expresaban su pensamiento. En cambio desde la modernidad concebimos todo
como un texto. Lo que no se traduce en texto no existe.

LA DECONSTRUCCIÓN
La deconstrucción de Derrida tiene como su principal premisa el relativismo, característica ya observable
en el pensamiento de Lyotard. Sin embargo, en Derrida se observará como esta idea radicalizada y
enmarcada en otro contexto, puede llevar a conclusiones distintas.
El relativismo en Derrida se expresa bajo la forma de que la verdad es siempre distinta según los
diversos puntos de vista y los marcos intelectuales que predisponen al sujeto en la emisión de juicios.
Hoy en día es mucho más fácil la alternancia de conocimiento, podemos colocarnos en marcos
contradictorios. En la postmodernidad podemos cambiar de un paradigma a otro, en la modernidad eso
era inconcebible.
Por lo tanto no podemos decir que los deconstructivistas apunten a construir alguna especie de tesis
filosófica en concreto.
De hecho, la intención misma de definir la deconstrucción contradice otro de sus presupuestos, a saber:
que no es posible dar una definición última o verdadera de nada ya que todas las definiciones posibles
implican un juego de lenguaje particular y que direcciona la definición en un sentido particular.
Para el deconstructivista la relación entre lenguaje y realidad no es algo dado, no es confiable, ya que
todos los sistemas lingüísticos son inherentemente construcciones culturales.
Una de las principales críticas de Derrida descansa sobre este punto: en su opinión la tradición literario-
filosófica occidental ha supuesto durante demasiado tiempo que la relación entre lenguaje y realidad
estaba bien fundada y era 100% confiable.
Este logocentrismo, que es la metanarración de la que proviene Derrida, entiende que el significado de
una palabra tiene su origen en la estructura de la realidad y que por lo tanto, estructura y significado
son algo obvio.
En un mundo donde las conquistas del mundo capitalista son criticadas, donde cae la fe en el “progreso”
científico y, donde palabras como “progreso” deben colocarse entre comillas, el escepticismo de Derrida
tiene un atractivo bastante particular: permite atacar a aquellos que piensan que la ciencia, la filosofía,
la novela o la historia puedan ser descripciones acertadas del mundo o que incluso puedan considerarse
como “verdaderas”.
Según Derrida y sus seguidores este error puede observarse en la relación que los literatos (o cualquier
lector “moderno”) establecen en la lectura de lo que conocemos como un texto realista.
Por ejemplo: Creemos que cuando leemos una novela como Middlemarch de George Eliot, lo que la
autora hace es abrirnos una ventana a al realidad y que su discurso se adecua a una descripción
acertada de la realidad.
Esto nos coloca en un lugar de preeminencia en la lectura del texto, casi en un lugar “divino”. Somos el
“Dios” dentro del mundo descrito en el texto, porque conocemos más que el autor y el narrador.
Creemos conocer la verdad acerca de los personajes cuando en realidad lo único que conocemos es la
descripción que Eliot nos hace de los mismos.
O, ¿qué pasa cuando se utiliza una metáfora? ¿Podemos decir que son “verdaderas”?
Dorothea Brooke, cuando su matrimonio se está derrumbando dice que su vida se ha convertido en una
“máscara enigmáticamente vestida”.
Más allá de la interpretación puntual se puede decir que esta metáfora sólo puede funcionar en una
cultura donde las máscaras y su significado sean entendidas de una determinada manera. La descripción
de Dorothea sólo será válida (entendible, apreciable) para un determinado grupo social o cultural.
El objetivo del deconstructor es mostrar como una relación en la que confiamos ciegamente, en este
caso la establecida entre el lenguaje y el mundo, nos esta obligando a asumir ciertos supuestos de los
que no somos totalmente conscientes.
Si decimos que nos negamos a interpretar la metáfora por su oscuridad, si decimos, “es una metáfora
engañosa”, lógicamente nos vemos forzados a asumir la posición contraria: que confiamos en que el
lenguaje guarde con la realidad una relación verdadera.
Sin una noción precisa de que es la realidad, o de qué tipo de uso del lenguaje encierra una relación
verdadera, ¿cómo podemos decir qué tipo de discurso es engañoso, o no posee una relación legítima?

LOS SIGNOS COMO SISTEMAS


Para Derrida todas las palabras sólo pueden ser explicadas en virtud de su relación con los diversos
sistemas en los que participan.
Somos entonces relativistas atrapados entre inconmensurables sistemas de signos.
Sólo podemos saber lo que estos sistemas nos permiten conocer acerca de la realidad.
Cualquier cosa que digamos estamos atrapados en un sistema lingüístico que no se relaciona con la
realidad de la manera en que nosotros esperamos, ya que todo término dentro del sistema alude o
depende de la existencia de otros términos dentro del sistema que se encuentran ausentes. No hay
realidad, sino signos. Nunca conocemos la realidad, sino las formas lingüísticas de ella.
Por ejemplo: El español tiene un cierto número de términos para referirse a los grados de enojo, desde
“irritado” a “iracundo” y “furioso”, y el inglés tiene los suyos.
Todo sistema se vale de sus propios términos para expresar los distintos niveles de “ira”, por lo tanto
ninguno de ellos puede reclamar legítimamente la “verdadera” codificación de las etapas del enojo.
De la misma manera en que George Eliot no puede reclamar la codificación definitiva acerca de la
desilusión de su personaje.
No existen las definiciones objetivas, porque lo objetivo no existe. Todo es parcial y subjetivo.
La única relación posible es entre lenguaje-lenguaje. El lenguaje se explica a sí mismo (diccionarios).
Para Derrida lo que el lenguaje hace es diferir los conceptos, retrasar la definición porque siempre habrá
una mejor definición a medida que avanzamos en el sistema. Por lo tanto para Derrida nuestros
conceptos poseen una differance, ya que se diferencian en su significado al mismo tiempo que lo
difieren. El significado se nos escurre de las manos constantemente, palabra a palabra de la cadena
lingüística.
Una vez descubierta esta peculiaridad del lenguaje, todos los marcos conceptuales pueden criticarse
bajo este mismo criterio.
Según Derrida todos los sistemas proponen una falsa y distorsionadora jerarquización conceptual.
Hemos confiado demasiado y por demasiado tiempo en la forma en que las categorías centrales del
sistema operan para organizar nuestra experiencia.
Por ejemplo: En el pasaje que citábamos anteriormente, Eliot da por sentada la distinción entre
“apariencia” y “realidad” y entre “ser uno mismo” y “actuar” como otra cosa.
Derrida dice que tendemos, en la organización del discurso a privilegiar o a confiar en lo que el
denomina significantes trascendentales, como “Dios”, “Hombre” o “Conocimiento”.
Nuestra organización del discurso descansa sobre oposiciones conceptuales que nos engañan con
respecto a muchas relaciones o que al menos las presentan como algo fijo.
Por ejemplo: escritura vs habla, cuerpo vs alma, literal vs metafórico, natural vs cultural, masculino vs
femenino, claro vs oscuro, etc.
Lo que naturalmente hacemos es colocar uno de estos términos encima del otro (hombre por encima de
mujer u occidental por encima de oriental), de manera tal que uno de ellos aparezca como inferior. No
son juicios de valor.
Pero en un sistema relativista, lo que observamos es que en realidad cada uno de estos términos
dependen el uno del otro para poder definirse.
Gracias a este aporte de Derrida, cada vez que analizamos un sistema podemos escanear en busca de
cuales son los términos que prioriza y ver que interdependencia tienen con sus opuestos.
Esto es lo que Derrida entiende por deconstruir: encontrar los términos priorizantes en un sistema y
ver qué interdependencia tienen con sus opuestos.

LA DECONSTRUCCIÓN II
Al deconstruirse los sistemas pueden incluso ser reducidos a límites paradójicos.
La “verdad” se convierte así en una especie de ficción, leer es siempre una forma de interpretar y
conocer es siempre una forma de ignorar, ya que el conocimiento nunca es directo, siempre implica
alguna forma de interpretación parcial y usualmente utiliza metáforas cuando cree que está siendo
literal.
El texto puede crear la realidad que mejor le parezca. La verdad está dentro de un discurso que
nosotros mismos creamos, pero con otro discurso, algo irreal puede convertirse en algo real. Por eso en
el mundo no hay verdades ni falsedades, sólo hay discursos con enunciados verdaderos y falsos. Ningún
discurso es más válido que otros.
Este uso de la deconstrucción, para “dar vuelta” sistemas éticos, polítcos y cognoscitivos tradicionales,
es el que ha resultado más revolucionario y más propio de la actitud postmoderna.
Una vez que vemos a nuestros sistemas conceptuales de esta manera, no podemos dejar de ver que el
mundo, los sistemas sociales y la identidad no son algo que nos venga dado (o que esté en algún lado
para ser descubierto, encontrado o aprehendido) sino que son constructos lingüísticos que nosotros
mismos fabricamos de una manera tal que nunca vamos a poder justificar de que “así sea la forma en
que las cosas son en realidad”.
“No vivimos en la realidad, sino en nuestra representación de la realidad”.

Jean Baudrillard
Fábula de Borges (mapa igual de grande que el territorio) es un simulacro del primer orden. Hoy ya no
existen los simulacros de primer orden.
Hiperreal: es la imagen que nos hacemos de la realidad, gracias a los simulacros.
Las fronteras entre la realidad y el simulacro se esfuman, ya no tenemos tan claro qué es real y qué es
simulacro. Es imposible diferenciar la realidad.
Verlo en la simulación es más real que vivirlo.
Se invierte el orden entre el simulacro creado a partir de la realidad. Hoy en día conocemos la realidad a
través del simulacro. Vivimos en un universo extrañamente parecido al original.
Al estar frente a un simulacro, pasa lo siguiente:
-es el reflejo de una realidad profunda
-enmascara y desnaturaliza una realidad profunda
-enmascara la ausencia de realidad profunda
-no tiene nada que ver con ningún tipo de realidad, es ya su propio y puro simulacro.

John Zerzan
El postmodernismo es la contemporaneidad, se destaca la ambigüedad y la negativa por examinar los
orígenes o los fines.
El lenguaje constituye el mundo humano y el mundo humano la totalidad del mundo. El lenguaje tiene
una naturaleza cerrada, es autorreferencial, implica que todo está determinado dentro de éste y el
lenguaje y la conciencia son prácticamente lo mismo. Se rechaza la concepción del lenguaje como un
medio externo desplegado por la conciencia. La conciencia no existe por sí misma, incluso el
inconsciente está estructurado como un lenguaje.
La artifiocidad es la principal cualidad del arte postmoderno. La imagen, es autoconscientemente una
mercancía y es reproductible mecánicamente.
Derrida declara que el lenguaje se vuelve constantemente contra sí mismo, de modo tal que analizado
de cerca, nunca decimos lo que queremos decir, o nunca queremos decir lo que decimos.
El lenguaje es una fuerza independiente en movimiento constante, que no permite una estabilización del
significado o una comunicación precisa.
Al privilegiar la palabra hablada, se produce un falso sentido de inmediatez, la noción inválida de que en
el habla se presenta la cosa misma y la representación triunfa.

Chandler, la novela negra


El relato policial no es un objeto de promoción, porque generalmente se refiere a un asesinato. El
asesinato es la frustración del individuo y de la raza.

DON QUIJOTE
Lo que queda claro en una primera lectura son las raíces cervantinas que presenta esta obra, que
pueden observarse incluso en el protagonista de la historia. Es obvio que las iniciales de Daniel Quinn
son las mismas que las del inmortal personaje creado por Cervantes, y no es esta la única semejanza,
ya que ambos adoptan una identidad diferente y se convierten en personajes que acabarán devorados
por la ficción a la que están expuestos. Así, Alonso Quijano será llevado a la locura por la lectura
obsesiva de los libros de caballerías, y se transformará en Don Quijote de la Mancha. En el caso de
Daniel Quinn, es la obsesión por ser otra persona, Paul Auster, la que lo lleva también a una especie de
locura que lo llevará incluso a olvidarse de sí mismo, de su propia realidad. Son personajes que además
acaban por cumplir una misma función: la de proteger a seres inocentes, ya sea en la Mancha del siglo
XV, o en la caótica Nueva York del siglo XX. Seres de ficción devorados por otra ficción dentro de la
ficción. Dice Eduardo Urbina con respecto al héroe de Auster: “Tal es el caso que no tarda en verse a sí
mismo en términos caballerescos como instrumento de protección y salvación de otros, es decir, como
un héroe caballeresco embarcado en la misión de rescatar a su señora y de salvar al joven Peter
Stillman”.ii
Como hemos dicho, Alonso Quijano y Daniel Quinn, son seres que se reinventan a sí mismos a través
del lenguaje. En palabras de Paul Auster: “La historia de Quinn en La ciudad de cristal alude a Don
Quijote, y los interrogantes planteados en los libros son muy similares: ¿cuál es el límite entre lo real y
lo imaginario? ¿Quién está loco por hacer lo que hace o lo que no? Durante un tiempo, pensé en la
posibilidad de usar un epígrafe de Wittgennstein al comienzo de La ciudad de cristal: «Y también es
importante hablar de “vivir en las páginas de un libro”»”.
Según Auster, el Quijote es un libro descubierto por azar y cuya escritura, dada sus pretensiones de
verdad e historicidad encierra un misterio. Considera el Quijote como un ataque a los peligros de la
simulación. La teoría que se plantea Auster sobre Cide Hamete, dentro de su ficción antidetectivesca,
consiste en adjudicarle una personalidad cuádrupla compuesta de Sancho, el cura y el barbero, Sansón
Carrasco y el propio Cervantes.iv Hay que añadir la presencia de otro posible autor, según Auster, como
aparece en la última página de este segundo número: el mismo Don Quijote, que fue quien orquestó la
colaboración y la traducción del árabe al castellano para mostrarnos, dice Auster, la credulidad del
hombre, que toleraría, hasta cualquier punto, las blasfemias, las mentiras y el sinsentido si les
proporcionan diversión. Y en realidad, esa era la función principal ideada por Cervantes en su novela:
libro de burlas que provocan la risa, o la distracción, si queremos.
Además, en la visita de Daniel Quinn a la casa del “auténtico” Paul Auster, debajo del nombre de este,
en el portero automático aparece el de Menard, un claro homenaje de David Mazzucchelli a uno de los
cuentos más conocidos de Borges, Pierre Menard, autor del Quijote, en el que un autor del siglo XX
pretende rescribir de forma exacta la novela de Cervantes, con lo que escritor argentino no da a
entender que cada uno de sus lectores puede reinterpretar, puede ser también el escritor de este
inmortal libro, opinión cercana a la de Paul Auster, que en algunas entrevistas sostiene que es el lector,
y no el autor, el que escribe el libro. Y así, uno de sus lectores, David Mazzucchelli reinterpreta, de
forma fiel, pero también muy personal, la novela llevándola a un medio diferente en el que la belleza del
lenguaje visual es en muchos momentos estremecedora.
En las diversas conversaciones que mantienen Daniel Quinn y el padre de Stillman, a la obsesión del
padre de Stillman por el lenguaje se une inevitablemente la obsesión de Daniel Quinn/ Paul Auster/
Henry Dark por los mensajes que aquel parece ir dejando por las calles de Nueva York, señales en las
que este parece interpretar el significado de la Torre de Babel. Son seres, como Alonso Quijano,
enfermos de lenguaje, de un lenguaje que no puede aplicarse de forma adecuada a la realidad en la que
viven, ya sea el discurso caballeresco de Don Quijote a la realidad de los caminos de la Mancha, o el
lenguaje nuevo que el padre de Stillman cree haber encontrado, el acontecimiento más importante,
según él, de la historia de la humanidad, un lenguaje absurdo a los habitantes, si alguna vez lo
escucharan, de la Gran Manzana; o la libreta en la que Daniel Quinn cree interpretar las señales
lingüísticas del padre de Stillman. Como podemos observar, personajes absolutamente obsesionados por
el lenguaje que los habita. “Siguiendo la búsqueda de Stillman y la invención de su nuevo lenguaje,
Quinn se pierde en la obsesión de sus propias acciones y locura hasta el punto de que la búsqueda de la
verdad se convierte en la negación de la realidad; simplemente las palabras en la ficción que vive no
concuerdan con la realidad que experimenta”. v
La escritura de ''el cuaderno rojo,'' la libreta roja en el cómic, que no era más que un simple
instrumento de ayuda y memoria para comprender al padre de Stillman, se convierte en un documento
testimonial en el que va narrando su historia, perdiéndose en ella y reconociendo la inexorabilidad de su
destino. Ahora piensa tiene que hacer lo que tiene que hacer, es el azar. Tanta es la distancia que le
separa de su punto de salida y escape, de la ficción inicial, incitado por el azar de una llamada telefónica
equivocada, que hasta el propio narrador, de nuevo de manera cervantina, pone en duda la verdad de la
historia de Quinn. Este se ha vuelto loco, ha abandonado toda pretensión de juego o representación y
cree ahora en la realidad de la ficción que le rodea y domina. A partir de aquí, aparecen sucesivamente
en la novela los elementos temáticos típicos del héroe austeriano: la soledad, el hambre, la obsesión, la
locura y el abandono personal. No hemos de olvidar en ningún momento que si cada obra es hija de su
tiempo, la novela de Paul Auster pertenece a finales del siglo XX, una época en la que se ha dado la
muerte de Dios, el existencialismo de unos personajes que se saben solos, y también un mundo que
parece haber perdido el orden.