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I Simposio Antropología Siglo XXI:

Nuevas construcciones de la racionalidad

El hombre, medida de todas las cosas


Lic. Cristina Bosso
UNT
“El hombre es la, medida de todas las cosas, de lo que es en cuanto es y de lo
que no es en cuanto no es”. Desde la noche de los tiempos la afirmación de Protágoras
continúa inquietándonos. Enérgicamente rechazada, vehementemente cuestionada,
parece situarnos al borde de un peligroso abismo; afirmar que el hombre es la medida de
todas las cosas implica aceptar que ningún fundamento metafísico lo sostiene, que está
librado a su suerte. Difícil situación para un ser destinado a aspirar a una certeza
siempre esquiva. Desencantado del refugio que ofrecieron las historias míticas, continúa
persiguiendo un relato capaz de ofrecer consuelo a su contingencia, un fundamento
firme que le garantice la posibilidad de trascender su precaria condición. Descubrir
principios inmutables, conocer la esencia de las cosas, representar el mundo por medio
del lenguaje, constituyen persistentes ilusiones que subsisten, a pesar de que al ser
sometidas al análisis crítico, éstos prontamente revelan su origen humano, demasiado
humano.
Enfrentados a las posturas dominantes de la época, los sofistas apostaron al
hombre como único fundamento del conocimiento; pero se vieron derrotados por la
propuesta platónica, quien ofrece un tentador sustrato de esencias perdurables e ideas
inmutables, un mundo inteligible, paraíso de los pensadores. Y esa idea sigue
resultando atractiva, no sólo filosóficamente sino para cualquier ámbito en el que
queramos situarnos. Acaso no elegiríamos todos excluir por completo la incertidumbre
de la vida cotidiana? Desde esta mirada, relativismo y subjetivismo se transforman en
verdaderos anatemas, en la sentencia que condena a quien pretenda defenderlos a
quedar excluido de los venerados recintos de la razón.
Trascender los límites de la subjetividad constituye un loable proyecto; de nada
sirve quedarse encerrado en los estrechos márgenes del “así lo veo yo”. Pero qué
significa situarse en un punto de vista objetivo? Podemos, acaso, desprendernos de
nuestros condicionamientos?

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Desde Kant en adelante no podemos olvidarnos ya que la razón cumple un
papel configurador de la realidad: conocemos de las cosas solamente lo que nosotros
mismos ponemos en ellas; nuestra representación no se rige por los objetos, por el
contrario, éstos se rigen por nuestro modo de representar. Podemos pensar, entonces,
que resulta imposible trazar una línea divisoria que permita distinguir claramente entre
los objetos del mundo y las categorías por medio de las cuales el sujeto los configura.
Desde este punto de vista ya resulta posible afirmar que el hombre es la medida de todas
las cosas, puesto que es el sujeto quien organiza la realidad desde las formas que él
mismo le impone. Kant se encuentra, sin embargo, muy lejos de una postura relativista,
ya que esta estructura de la razón es compartida por todos los hombres.
Lo interesante aquí es la idea de que la razón no representa el mundo sino que
lo estructura, le hace adiciones. Igual que tallamos constelaciones podemos dar forma a
cualquier cosa que se acomode a nuestros propósitos humanos, dice William James.1
Nuestra percepción de la realidad se encuentra tamizada por nuestras ideas. Todas
nuestras verdades tienen la huella humana; son, por lo tanto, provisorias y mutables. Por
supuesto, existen factores de resistencia que imponen límites a los que es necesario
adecuarse, pero aquello que sean las cosas en sí mismas es algo que permanece
inaccesible para nosotros. Podemos pensar, por ejemplo, en como un páramo
deshabitado puede transformarse en un lugar de culto y peregrinación religiosa; dotado
de un nuevo sentido, la percepción del lugar cambia rotundamente. El mundo es lo que
hacemos de él, un sitio maleable, en permanente transformación, sujeto a permanentes
construcciones y reconstrucciones, un producto del hombre que inventa nuevas
relaciones. Por supuesto, existe un afuera, un mundo independiente de nuestras
percepciones; sólo que no conduce a nada preguntar por él; lo importante es encontrar
algunos puntos que nos permitan comprender los fenómenos de “nuestro” mundo, del
mundo humano. En este sentido, el hombre es la medida de todas las cosas, ya que es él
quien diseña su mundo, constituido por un entramado de significados y sentidos que
transforman para siempre su relación con los objetos y la realidad que lo circunda.
En este proceso, el lenguaje cumple un papel fundamental, recorta y ordena
nuestras percepciones, construye categorías y valores, desplegando su poder simbólico
de modo tan sutil que produce la ilusión de representar las cosas “tal cual son”. Inventa
teorías, postula ideas y crea relatos en los que se sostienen los sistemas de valores,

1
William James, Pragmatismo Editorial Alianza, Madrid, 2000, pág. 203

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diseñando las rutas por las que nos movemos a diario. Lo que decimos de la realidad
dependerá de la perspectiva en la que nos coloquemos.
Aquí nos enfrentamos inevitablemente a la fragmentación de la unidad
estructural propuesta por Kant para la razón humana. El hombre, como ser social, se ve
atravesado por una concepción del mundo que le viene impuesta por la cosmovisión
propia de de la comunidad en la que le tocó nacer. Una cultura constituye un sistema de
sentido desde donde se interpreta la realidad; y éstos, por ser construcciones humanas,
serán diferentes y en muchos casos, incompatibles. Diferentes prácticas se ven
legitimadas desde el contexto social que las justifica y resultan casi incomprensibles
desde un marco diferente. Se asientan sobre significados diferentes, sobre ideas
diferentes de lo que es y lo que debe ser.
Los sistemas de valores son construcciones humanas que se sostienen desde un
relato que los legitima, desde una imagen del mundo que rara vez se cuestiona. Resulta
imposible salir de ellos para juzgar desde un punto de vista imparcial, desde el “ojo de
Dios” según el decir de Putnam. Las pretensiones de universalidad de los criterios ven
reducida su validez a los límites de un sistema que los justifica.
Nos acecha aquí el fantasma del relativismo, que ronda amenazante cada vez que
no podemos acertar con un fundamento que trascienda los límites de lo puramente
humano para otorgar un anclaje más seguro a nuestras ideas. Nos enfrentamos al más
inquietante de los huéspedes, al peligro de los peligros, según el decir de Nietzsche: la
conciencia de que no hay un sentido, ni algo que trascienda la existencia humana. “La
imposibilidad de encontrar una única interpretación del mundo despierta la sospecha
de si no serán falsas todas las interpretaciones.”2 Si no hay metas prefijadas ni
caminos marcados que nos indiquen la dirección a seguir, el hombre es el creador de
todo sentimiento valorativo, y como tal, el responsable de introducir un sentido a la
historia y por lo tanto a su propia vida. Se ha desmoronado la confianza en cualquier
otra posibilidad de fundamento; el ansia humana de encontrarlo no implica de manera
alguna una garantía de su existencia.
Con frecuencia se considera al relativismo una idea peligrosa, censurable tanto
desde el punto de vista ético como intelectual; esto ocurre porque inmediatamente se lo
asocia con la más temida consecuencia: que entonces todo vale, que se encuentra en
un mismo nivel la predicción científica y el horóscopo chino, que no podemos
encontrar un criterio para valorar conductas que nos permita distinguir ente Hitler y la
2
Frederick Nietszche, Fragmentos Póstumos, Editorial Norma, Colombia, 1992, Pag. 23

3
madre Teresa de Calcuta, con lo cual ingresaríamos en la disolución de la razón y la
moral. Pero estas consecuencias no se desprenden necesariamente de este planteo. Una
concepción relativista simplemente pretende mostrar la imposibilidad de formular
juicios absolutos; toda interpretación o valoración se halla en relación con un contexto
que la justifica y le da sentido, sin que podamos apelar con un criterio definitivo que nos
permita dirimir cuál de ellas es la verdadera, cuál es la esencia de lo bueno, de lo bello o
de cosas aún más simples como la libertad o la justicia, simplemente porque la nuestra
también es una interpretación y no podemos colocarnos fuera de ella.
Pero esto no implica que las interpretaciones sean arbitrarias o injustificadas.
Los significados, ideas y conceptos conforman un entramado con las acciones; obtienen
de ellas su sentido y a la vez se lo confieren, en un proceso constante de
retroalimentación. Resulta posible, entonces, evaluar las ideas a partir de sus
consecuencias, y a partir de allí corregir la marcha en tanto sea necesario. Estos
criterios, por supuesto, por ser humanos, serán falibles, parciales, provisorios, limitados.
Pero son los únicos con los que contamos. El límite de cualquier demostración está dado
por el marco del sistema que permite validarla (es, por lo tanto, relativa).
Esto no implica la imposibilidad de comunicación entre diferentes
interpretaciones; exige, eso sí, un arduo esfuerzo. Si no existe una única interpretación,
se impone a la razón la tarea de construir acuerdos, de buscar el consenso sobre la base
de la aceptación de las diferencias, renunciando a posicionarnos dogmáticamente en
nuestra propia mirada.
Asumo aquí, por supuesto, que nos enfrentamos a un problema abierto para el
debate, que no tiene una solución final. Si creyera posible encontrar pruebas
contundentes o argumentos definitivos estaría traicionando mi propia propuesta.

Bibliografía:
- Immanuel Kant, Crítica de la Razón Pura, Editorial Porrúa, Mexico, 1991
- William James, Pragmatismo Editorial Alianza, Madrid, 2000
- Frederick Nietszche, Fragmentos Póstumos, Editorial Norma, Colombia, 1992
- Ludwig Wittgenstein, Investigaciones Filosóficas, Editorial Crítica, Barcelona, 2004
- Richard Rorty, Objetividad, relativismo y verdad, Editorial Paidós, Barcelona, 1996.