³El intelectualismo moral socrático´ ³Nadie es culpable del mal que obra; sino del bien que desconoce

(sólo se puede ser culpable de la propia ignorancia).´

Introducción En el siguiente ensayo me aproximaré a la tesis ³Nadie es culpable del mal que obra; sino del bien que desconoce´ desde un punto de vista según el cual el hombre no es culpable directamente de los males causados por él; sino, que es culpable de ser ignorante de la virtud, de no dedicarse a buscarla, lo cual es la causa verdadera de los males. Es decir, el hombre sólo puede ser culpable de una cosa, el no saber. De éste único aspecto, es de donde surgen todos los vicios. Además, se contemplará el deber implícito en el intelectualismo moral de conocer la propia areté, de remediar la propia ignorancia buscando conocimientos, mediante la reflexión en torno a la verdad, en torno al propio ser. El hombre, al conocerse y encontrar su propia virtud, estará perfeccionando su alma, y alcanzando el bien. Como bien dice Julián Marías en su libro ³Historia de la Filosofía´, ³El hombre malo lo es por ignorancia; el que no sigue el bien es porque no lo conoce, por esto la virtud se puede enseñar, y lo necesario es que cada cual conozca su areté´. Estos dos puntos, el de la culpabilidad de la ignorancia y el del deber del hombre, serán los aspectos centrales a analizar. II. Desarrollo El centro de la ética socrática está en la virtud. En la virtud, no como es vista comúnmente, si no que en un sentido que se refiere más bien al fin último del hombre, para el cual ha nacido propiamente. Esta virtud es ciencia. El hombre que alcanza la virtud, que es conocedor de la ciencia, alcanza tal grado de conocimiento que no es capaz de hacer el mal, pues al hacerlo sabría las consecuencias negativas de sus acciones, las cuales lo afectarían también a él. Es decir, el hombre que conoce el bien, lo sigue.

Entonces, ¿Por qué hay males en el mundo? Por ignorancia. El hombre que no conoce el bien, es incapaz de seguirlo. Por tanto, las personas no son verdaderamente culpables de los males que infligen en el mundo, pues no saben verdaderamente lo que hacen. De lo que sí son culpables es de su propia ignorancia. Esto se puede remediar, pues la virtud sí se puede enseñar (intelectualismo moral), y es necesario, y un deber individual, que cada uno conozca su areté. Cada uno debe realizar una actividad de introspección para conocerse a sí mismo, en el afán de conocer la propia virtud, y elevar su alma a la calidad de buena. Ésa es la forma de erradicar la ignorancia; no es que Sócrates se haya parado en las esquinas a enseñar cómo vivir una vida virtuosa (de hecho, es lo que recriminaba a los sofistas, que se jactaban de ser sabios), si no que decía, y sus seguidores después de él, que la ciencia no es un conocimiento común a todos, más bien es un saber que se consigue mediante el dominio de uno mismo y el conocimiento de la propia ciencia. ¿Por qué es un deber conocer el propio areté? Por dos cosas. Primero, porque, aunque no se sea culpable de los males que se provocan, si se es culpable de no saber, de no aspirar a la ciencia, la cual permite seguir el bien. Y segundo, porque la ciencia sí puede ser alcanzada, mediante el conocimiento de uno mismo, lo cual está al alcance de todas las personas. III. Conclusión Habiendo considerado todos los aspectos presentados en este ensayo, podemos concluir que Sócrates revolucionó la forma de considerar el bien y el mal, no sólo en el pensamiento contemporáneo a su época, si no que influyó en la filosofía hasta el día de hoy, presentando la virtud como una ciencia particular a cada individuo, que puede ser alcanzada mediante el propio conocimiento. Hasta la actualidad, los filósofos debaten sobre la ética intelectualista de Sócrates. Y aunque no se pongan de acuerdo sobre si estaba en lo correcto, sobre si era sabio, o sobre si la virtud podía en verdad alcanzarse, podemos afirmar con certeza que la ética socrática cambió la filosofía de manera irrevocable.

Macarena Vial H.