El beso del destino

Mary Jo Putney

Gwynne pertenece al linaje de los Custodios, familias poseedoras de poderes mágicos que velan desde hace siglos por la paz en Gran Bretaña. A pesar de eso aún no ha desarrollado ningún poder propio, y se contenta con su tranquila y apartada vida de bibliotecaria. Cuando entra en su vida Duncan Macrae, poderoso Custodio escocés, se siente arrollada por su tremenda pasión y fuerza desmedida. No hace falta magia alguna para que ambos jóvenes se sientan irremediablemente atraídos el uno por el otro, pero no desea atarse a alguien tan poderoso. Sin embargo, el Consejo de los Guardianes decide por ella: ha de acceder a ser la esposa de Duncan, puesto que las visiones anuncian que sólo ella podrá evitar que el escocés lleve a todo el país a una guerra catastrófica. La joven se ve obligada a aceptar un plan que la llevará a traicionar a su amor. Atrapada entre el deber y el corazón… ¿será capaz?

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El beso del destino

Prólogo
Casa Harlowe, Hertfordshire, Inglaterra Noviembre de 1737 El cielo derramaba sus lágrimas de otoño, perfectas para enterrar a los muertos. Gwyneth Owens agradecía que las costumbres prohibieran a las mujeres asistir al entierro, porque le habría sido imposible simular serenidad mientras ponían a su padre bajo la tierra mojada. Como siempre, fue a buscar refugio en la biblioteca de lord Brecon. Robert Owens, su padre, había sido el bibliotecario casi treinta años, y ella se había criado entre esos preciados libros. Pasó ligeramente las yemas de los dedos por los lomos de piel labrada y los títulos estampados en oro de la sección memorias de viajes. Su padre siempre le decía que una mente bien amueblada es a prueba de soledad. Esperaba que tuviera razón, porque en esos momentos necesitaba ese consuelo. Mientras iba avanzando a lo largo de la pared sur, vio su imagen reflejada en el espejo de encima de la repisa del hogar. Al instante desvió la vista, para no ver su figura excesivamente alta ni su pelo de color chillón tan poco elegante. Qué lástima no haber heredado ni el poder de su padre ni la belleza de su madre. Tal vez salir a cabalgar a todo galope por las colinas de Harlowe le calmaría ese angustioso desasosiego, pero eso no era posible, puesto que muy pronto la llamarían al salón de abajo para actuar de principal doliente en la solemne ceremonia que se celebraría en honor de su padre. Por el momento necesitaba una actividad, por lo que giró la llave y abrió la puerta que daba a la galería que albergaba la biblioteca secreta y el despacho de su padre. Una leve, casi imperceptible, sensación de energía revoloteó por su piel cuando entró. La larga sala de cielo raso elevado contenía la mejor colección de libros y manuscritos de magia de Gran Bretaña. Esos libros representaban también la historia y la sabiduría de las antiquísimas familias de Custodios de las Islas Británicas. Custodios se llamaba el clan de su padre. Seres humanos, pero dotados de poderes mágicos, vivían entre la gente común y corriente desde épocas inmemoriales practicando clandestinamente su magia. A ella la habían educado como custodio gracias a la sangre de su padre, aunque no tenía ningún poder. Agradecía formar parte de las «familias», ya que en ellas las mujeres tenían un grado de igualdad con los hombres inaudito entre la gente corriente. Esa costumbre se había ido estableciendo desde los primeros tiempos, ya que en el reino de la magia las mujeres poseían poderes que igualaban o sobrepasaban a los de los hombres. Los custodios debían su nombre al juramento que hacían todos de emplear sus poderes para proteger y servir a sus prójimos al máximo de sus capacidades. Debido a esta misión, veneraban la historia, con la esperanza de que ésta les impidiera repetir los errores del pasado. De tanto en tanto, sí lo impedía. En calidad de Guardián de las Tradiciones, el conde de Brecon era el responsable de esos preciosos libros y manuscritos. A los seis años ella había empezado a ayudar a
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su padre en el cuidado y mantenimiento de los libros. Su primera tarea fue quitarles el polvo, sosteniéndolos y manejándolos con sumo cuidado, como si fueran de porcelana fina. Después aprendió a copiar en pergaminos nuevos los textos de pergaminos en vías de desintegración, y aprendió los secretos de la conservación. Pesarosa, contempló los armarios, pensando cuánto echaría de menos los libros si se marchaba de esa casa. Dada la importancia de la colección, muy pronto tendrían que nombrar a un nuevo bibliotecario, por lo tanto debía preparar el cambio recogiendo las cosas personales de su padre. Por lo menos no la arrojarían al mundo sin un céntimo; los custodios cuidaban bien de los suyos. En algún lugar le encontrarían un puesto a la sosa hija de Robert Owens. Con suerte, ese puesto sería en Harlowe, el único hogar que conocía. Algo más que eso, no se atrevía a esperar. Emitiendo un suave sonido felino, Athena, su regordeta gata, saltó sobre el escritorio y se echó allí hecha un ovillo. Consolada por la presencia de la gata, Gwynne se instaló ante el escritorio de su padre y comenzó a revisar los cajones en busca de sus objetos personales. Mantenerse ocupada era esencial si no quería sumirse en lamentos por el pasado o cavilaciones por su futuro. Cerró los ojos para contener las lágrimas que le brotaron cuando vio el medallón de su madre en el pequeño cajón del medio. Dentro del medallón ovalado estaban los retratos en miniatura de sus padres el día de sus esponsales. Se veían jóvenes y muy enamorados. Sin duda su padre guardaba ahí el medallón para mirar el retrato de su mujer y soñar con épocas más felices. Hombre reservado y erudito, Robert Owens había llevado una vida tranquila en la casa Harlowe. Su único acto de rebeldía fue casarse con Anna Wells en contra de los deseos de las dos familias. La familia de ella la desheredó, mientras que los Owens aceptaron el matrimonio, aunque a regañadientes. A los custodios se les aconsejaba casarse entre ellos, y Anna era una persona corriente. Aunque hermosa y de natural dulce, no tenía ni un ápice de magia en su alma. Pero el matrimonio fue feliz, y la muerte de Anna de una fiebre hacía dos años dejó destrozada a su pequeña familia. Y ahora que Robert acababa de morir, ella quedaba sola. Qué pena no tener ni hermano ni hermana para compartir el dolor. El último cajón ya estaba casi vacío cuando se abrió la puerta. El golpeteo de un bastón en el suelo le indicó que se acercaba Emery, lord Brecon. Se levantó al ver su delgada figura espléndidamente ataviada. Alto y distinguido, tenía el pelo tan abundante y naturalmente blanco que no necesitaba empolvárselo. El conde era el centro en torno al cual giraba Harlowe. Su cortesía y erudición eran legendarias, y siempre había sido bondadoso con la niñita a la que le gustaban los libros. Al verla, él dijo en voz baja: —Ya está, querida mía. —Ahora mis padres están juntos y en paz —dijo ella. Mientras decía eso, la verdad de sus palabras resonó en su interior. De vez en cuando tenía relámpagos de conocimiento absoluto, su única traza de poder custodio, que no era lo mismo que llamar a los vientos, ver el futuro o curar a los enfermos. —A los dos nos aguardan en el salón azul, pero espero que no te importe si descanso aquí un rato antes de que bajemos. Soplaba un viento frío. El conde se sentó cansinamente en el sillón de orejas de piel junto al fuego de carbón. —Me alegra la lluvia. Un día hermoso habría estado mal para un funeral. —No hay días buenos para un funeral —dijo él. Su mirada se posó en el cesto de mimbre que ella había llenado con la variopinta mezcla de apuntes y objetos de su padre —. Has sido diligente, veo. La biblioteca quedará más pobre cuando te marches.
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O sea, que la iban a enviar lejos. La conmoción que le produjo oír eso la impulsó a atreverse a hacer una petición que era la única posibilidad de lograr hacer realidad su sueño secreto: —Siempre me ha gustado trabajar en la biblioteca. En realidad, milord, tenía… tenía la esperanza de que me dejara aquí para hacer de bibliotecaria en lugar de mi padre. Aunque no tengo su educación formal, él me enseñó bien. He trabajado con libros toda mi vida. Mi padre decía que nadie era mejor que yo para la conservación, y escribo con buena letra cuando copio los manuscritos frágiles. O si no en el puesto de bibliotecaria, ¿tal vez podría continuar aquí como ayudante? —Sólo tienes diecisiete años, hija —dijo el conde, sorprendido—. Eres demasiado joven para enterrarte entre libros. La vida hay que vivirla, además de estudiarla entre páginas polvorientas. No te casarás nunca si tu galán no logra encontrarte. Ella casi se rió a carcajadas. Seguro que su señoría nunca la había mirado detenidamente si la creía apta para casarse. No poseía ni fortuna ni belleza, y pocos de los muchachos de la localidad habían notado siquiera su existencia. —No he conocido a ningún joven que me interese tanto como un buen libro o un buen caballo, milord. Él frunció sus espesas cejas. —Había pensado tener esta conversación después, pero al parecer éste es el momento. ¿Qué planes y deseos tienes para tu futuro? Ella alzó un poquitín el mentón. —Nada está fijado aún, pero no se preocupe, no me quedaré aquí para ser una carga. —Como si pudieras serlo. Harlowe es tu hogar, Gwynne, y siempre eres bienvenida aquí. Aunque si prefieres marcharte… —Un primo de mi padre me escribió hace poco para ofrecerme su casa. —Titubeó un momento y al fin optó por ser sincera, puesto que eso decidiría su futuro—. No me importa trabajar para mantenerme, pero prefiero ayudar al nuevo bibliotecario aquí a ser una niñera sin sueldo de los hijos de mi primo. —Mereces mucho más que ser una criada o enterrarte en libros. —Los ojos azul claro la contemplaban con incómoda intensidad—. Aún no estás preparada para casarte. Es demasiado pronto. Captando el sentido más profundo de sus palabras, ella le preguntó ilusionada: —¿Ha visto mi futuro? —Sólo en sus aspectos generales. Tu camino está nebuloso, con muchas posibilidades. Pero tanto mi hermana Bethany como yo presentimos que te aguarda un magnífico destino. Magnífico y difícil. Un magnífico destino. —¿Cómo puede ser cierto eso cuando no tengo ningún poder? —El destino es muy independiente del poder. Personas corrientes sin una partícula de magia han hecho la mayor parte de la historia del mundo. Y no es que carezcas de magia, Gwynne. Igual que una rosa de invierno, simplemente eres lenta en desarrollarte. —Espero que tenga razón, milord. Cerró los ojos un momento para contener las lágrimas que tenía tan a punto de brotar ese día. Cuando era niña soñaba con ser una fabulosa maga, poseer magia. Desde que se hizo mujer cada día despertaba ansiosa por ver si había germinado el poder en ella, pero siempre en vano. Sólo tenía el tipo de intuición de la que puede alardear cualquier persona corriente. —Con o sin magia eres un ser excepcional y precioso. Nunca olvides eso. Ya pasados los setenta años, él idealizaba a la juventud, supuso ella. Pero sus
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Con una sonrisa que a ella le quitó el aliento. comprendió ella. Las mujeres me despreciarían por aprovecharme de tu inocencia. sonriendo irónico—. pero la idea de la joven Gwynne Owens como su madrastra era francamente ridícula. pero no… nada repugnante. afecto y bondad serían mucho más de lo que merece un anciano. y con razón. Un matrimonio entre nosotros sería escandaloso. Lo decía en serio. —Miró su conocida cara con otros ojos. —Sigo siendo el señor de la casa Harlowe y puedo hacer lo que quiera —dijo él secamente—. 5 . custodios y gente corriente por igual. Me sentiría muy honrado y agradecido si aceptaras ser mi esposa. si tú estuvieras dispuesta a aceptarme. —Hay una posibilidad que no se me va de la cabeza por mucho que trate de desecharla. Ese hombre maravilloso. —Volvió a pasar las manos por su bastón—. —¿Me propone matrimonio porque es su deber hacia las familias. muda de asombro. —La idea te horroriza —dijo él. Si de veras lo desea. Gwynne. Radiante de placer. Si la idea te repugna… Se apoyó en el bastón para levantarse y ella cayó en la cuenta de que se sentía avergonzado. Se apresuró a detenerlo con un gesto: —¡No! La idea es sorprendente. así que pronto serías una viuda joven. rica e independiente. Lo considerarán un insulto a su madre. Yo siempre… he encontrado un inmenso placer en tu compañía. No viviré muchos años más. milord. lo sé. La idea de que el señor de Harlowe hubiera estado pensando en ella y en su futuro le resultó gratificante. Casarme contigo serviría a los intereses de los custodios. —Esto es correcto para los dos. estaré feliz de ser su esposa. A primera vista parece absurda. Usted ha sido como el sol. él le cogió las manos. Eran simpáticos con ella como miembro sin importancia de la casa. —¿Sí? —preguntó. las estrellas y los cielos sobre Harlowe. No sería un matrimonio convencional. y yo no más que un gorrión. Muchos hombres me envidiarían. —Usted me ha enseñado que toda vida humana es excepcional y preciosa. —Esto no es broma. podría hacer eso sin casarme contigo. Por primera vez en su vida sintió la presencia del poder. Nos separan más de cincuenta años. Tu inteligencia. —Me imagino que sus hijos pondrán objeciones a que se vuelva a casar. y les ofenderá cualquier legado que pudiera dejarme. Ella trató de ocultar su desilusión. con el entrecejo fruncido. Ella retuvo el aliento. Me cuesta creer que no esté bromeando. incluso inhibido. —He pensado en la posibilidad de pedirte que seas mi esposa. sorprendidos—. y sin embargo me parece correcta. Ella pensó en los tres hijos adultos del conde. Pero una vez que haya hablado con ellos no pondrán objeciones. con una expresión indecisa que ella nunca le había visto. Y bien que debe. Necesitas aprender algo más del mundo antes de que el destino te coja. No lo olvidaré. se levantó y le tendió las manos. poderoso y sabio deseaba sinceramente que ella se casara con él. Gwynne —dijo. Los años transcurridos desde la muerte de Charlotte han sido solitarios. alentadora. titubeante—. Él entrelazó los dedos sobre la empuñadura dorada de su bastón. —El honor que me hace supera todo lo que podría haber imaginado en mi vida.Mary Jo Putney El beso del destino palabras la consolaron. lord Brecon? —Si bien prepararte para tu destino beneficia a nuestra gente. no del poder de la magia sino del poder mucho más antiguo de una mujer para agradar a un hombre.

Impulsivamente levantó las manos de los dos unidas y depositó un beso en los dorsos de sus nudosos dedos. con una certeza que trascendía la razón. Ya le entristecía saber lo corto que sería el tiempo que estarían juntos. Pero ella se encargaría de que él no lamentara su decisión. El destino podía cuidar de sí mismo. Por ahora ella se consagraría a ser una buena esposa. 6 .Mary Jo Putney El beso del destino Ella también lo sabía.

Mary Jo Putney El beso del destino PRIMERA PARTE El Señor del Trueno 7 .

pero su amigo lord Falconer no había parado de insistir en llevarlo a Richmond. La suficiente para elegir siempre un hermoso día para sus fiestas a pesar de nuestro variable tiempo inglés. una música tan alegre como el día. Ya allí. pero comer debía esperar. —Las muchachas escocesas son igualmente hermosas y con mucho menos artificio. a veces tenía dificultad para recordar que era el mago más peligroso de Gran Bretaña. pero los escoceses y los ingleses llevan siglos luchando. Mientras daban la vuelta a la esquina de la mansión de la anfitriona. con la excepción tal vez de él mismo.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 1 Richmond. —Miró de soslayo a su 8 . —Alisó amorosamente una arruguita de la manga de su chaqueta de brocado azul—. Hace años que no la veo. Simon se hizo visera con la mano para buscarla entre los grupos. —Tal vez —dijo Duncan—. paseó la mirada por las mujeres ataviadas con magníficos vestidos que paseaban por la hierba verde esmeralda coqueteando desenfadadamente con caballeros de trajes más magníficos aún. Mientras se acercaban al mirador oyó la música que estaba tocando un cuarteto de cuerda dentro del mirador. Me costó condenadamente cara. Si hubiera amenazado lluvia no me habría puesto esta chaqueta nueva. Lady Bethany eligió bien su día. también en voz baja—. tal vez se pueda evitar la guerra. y esos malditos hábitos no se abandonan fácilmente. El futuro no está fijado. —¿Dónde está lady Bethany? Debo ir a presentarle mis respetos a nuestra anfitriona. Su amigo imitaba tan bien los modales de un petimetre que incluso él. —Ahí. Inglaterra en su mejor aspecto. Y ése es el motivo de que yo y otros hayamos pasado tanto tiempo en Escocia. en ese mirador. Simon Malmain sonrió perezosamente. aspirando embelesado los embriagadores aromas del verano. habría preferido pasar todo el día durmiendo. que lo conocía desde la sala de estudios de los niños. —Duncan miró el cielo—. tiene algo de sangre Macrae. Los dos echaron a andar hacia la anfitriona. estaba contento de haber ido. Si los custodios construimos bastantes puentes entre nuestras naciones. —No encontrarás mujeres tan exquisitas en esas salvajes montañas escocesas tuyas. —Las damas de Londres son como un ramo de flores exóticas —comentó. Llegado a Londres sólo la noche anterior de un larguísimo y laborioso viaje por el Continente. —Cuesta creer que sobre Gran Bretaña se cierne la sombra de una guerra — comentó en voz baja. Duncan miró con interés las mesas llenas de refrigerios. Inglaterra Verano de 1745 Duncan Macrae hizo una honda inspiración. —Por eso estás tú aquí —repuso Simon. —Como sabes. Duncan sonrió. primero los buenos modales.

Era una apasionada jardinera. —Supongo que eso es mejor que odiarnos por nuestras nacionalidades. era tan atractiva que él no habría podido desviar la vista ni aunque en ello le fuera la vida—. y su luminosa piel suplicaba caricias—. Unos cinco o seis como mucho. —Duncan agradeció que ella no hubiera notado su devoradora mirada. Ésa era una mujer peligrosa. una abuela amorosa y la bruja más poderosa de Gran Bretaña. ya que ella sólo tenía diecisiete años y Brecon más de setenta. dices? Tiene buen gusto el conde. yo entre ellos. cautivado por la acompañante de lady Beth.Mary Jo Putney El beso del destino amigo—. —No es la esposa del actual Brecon. Tenía dieciséis años cuando vio ese caballo y su reacción fue la misma que acababa de tener al ver a lady Brecon: Tenía que ser de él. —¿Feúcha? —Duncan la vio volver la atención a un joven dandi vestido todo de brocado y de expresión lánguida. pero ¿arrojar al agua mil barcos? Me parece que no. Estabas en el Continente cuando se casaron. los dos hicimos todo lo posible para dejar al otro inconsciente. Como si eso no fuera lo bastante seductor. Duncan desvió la mirada y paró en seco. En ese momento lady Bethany se rió por algo que le dijo la mujer que estaba a su lado. El contorno puro de su cuello lo hipnotizaba. ¿Ella? —El matrimonio la embelleció. la dama conservaba la postura y la delicada estructura ósea que toda su vida la habían hecho una aclamada beldad. y el matrimonio produjo un cierto escándalo. un marido rico suele tener ese efecto. Su amigo tenía razón. Hizo una respiración lenta. su papalina de paja favorecía su rostro de rasgos clásicos que resplandecía de humor e inteligencia. Típico de Simon estar al tanto de todos los cotilleos. diseñado para volver locos a los hombres. Duncan trató de recordar la fecha de la muerte del quinto lord Brecon. Aunque setentona. ¿La esposa de lord Brecon. pero nunca la he visto favorecer a ninguno en particular. pensó. —Tiene muchos admiradores. lady Brecon. —Dios santo —exclamó. Duncan sonrió irónico recordando ese primer encuentro. Helena de Troya. pero eso no se debió a que tú fueras un bárbaro escocés —replicó Simon sin perder un segundo—. —Debe de tener una legión de pretendientes ahora que ha terminado su luto. Ridículamente contento por saber que era viuda. Es como una antigua hechicera cuya mirada podía llevar a la locura a los hombres. Poco más de un año. Ah. Nunca te había visto así desde aquella vez que fuimos a la feria equina de los gitanos y viste ese pío cazador. en toda la plenitud de su feminidad. —Simon lo miró con una ceja arqueada—. La primera vez que nos vimos. —Sí. la dama podía ser una arpía o podría encontrarlo tan alarmante como lo encontraban la mayoría 9 . al tiempo que sonaba un trueno en la distancia—. pero ese decoroso vestido no lograba disfrazar un cuerpo de generosas proporciones y voluptuosas curvas. Parece ser que era una muchacha bastante feúcha en ese tiempo. El grupo al que se iban acercando estaba formado por varios hombres y mujeres que rodeaban la redondeada figura y los cabellos plateados de lady Bethany Fox. Pero ella y Brecon parecían quererse mucho. Yo te odié porque te trajeron a la sala de estudio durante mis clases y al instante demostraste que tu griego era mejor que el mío. llevaba un vestido color crema de corte recatado. Más. —¿Qué has dicho? —Simon siguió su mirada—. sino la viuda del anterior. —Diez mil barcos. Alta y elegante. diciéndose que ya no tenía dieciséis años. pensó Duncan. Es una joven hermosa.

—¿Petimetre? —repitió él con un suspiro teatral—. milady. Uno de los hombres más guapos de Londres. Simon podía darle clases en lánguida elegancia a sir Anselm. sin parecer en absoluto herido—. las dos prendas del color azul oscuro exacto de sus ojos. Gwynne se volvió a saludar afectuosamente al recién llegado: —¡Simon. pero las mujeres son más difíciles. Desde su pelo empolvado a sus delicados zapatos. Todos los custodios habían oído hablar de lord Ballister. entre las familias se lo conocía como al mejor mago meteórico de Gran Bretaña. — Simon sonrió de oreja a oreja—. La franqueza estaba fuera de lugar en el Londres aristocrático. de modo que ella veía muy poco de él aparte del contorno de su imponente y poderosa figura. Dirigiéndole una última sonrisa a sir Anselm. pero era la única manera que conocía: —Preséntame a la dama. Dado que una pequeña parte del poema de sir Anselm duraba muchísimo.Mary Jo Putney El beso del destino de las mujeres. es una Owens. sus versos iban a leguas en la dirección equivocada. Permíteme que te presente a mi amigo lord Ballister. era un bombón. —¡Monedas de oro que brillan más que el sol! Ella supuso que una metáfora le había caído en la cabeza al pobre cuando era bebé y nunca logró recuperarse. para poder enterarme de si es tan perfecta como parece. bribón. Jefe del clan Macrae de Dunrath. Uno se puede comprar un caballo deseable. Desde que murió su marido vive aquí en Richmond con lady Bethany. Me imagino que habrás oído hablar de él. Él enfocó su lánguida mirada y le miró detenidamente el color de los ojos. Mis ojos son castaño claro. Gwynne sonrió cuando sir Anselm White terminó de recitarle su soneto horrorosamente malo. Ese chaleco plateado bordado merecía mucho más los sonetos que cualquier parte del cuerpo de ella. Había quienes decían que era mejor aún que su antepasado Adam Macrae. —Me halaga. Volvió a retumbar un trueno. Ese día llevaba el pelo rubio recogido en la nuca con una cinta azul del mismo tono de su chaqueta de brocado. el que conjuró la terrible tempestad que destruyera la Invencible Armada española. esta vez más cerca. 10 . y debajo de esa elegancia era una brillante espada envainada en seda. con el sol detrás. pero ha pasado un buen tiempo viajando y dice que no ha tenido la oportunidad de conocerte. —Se inclinó sobre su mano con elegancia consumada. Falconer siempre era digno de admiración. pero se crió en la biblioteca de Harlowe y es una extraordinaria estudiosa de las tradiciones de los custodios. No tiene ningún poder de qué alardear. Me hieres. Duncan entrecerró los ojos. La condesa viuda parece la nieta de lady Bethany. Él estaba a contraluz. Cuesta creer que sean cuñadas. sir Anselm. Si la dama era una estudiosa no se le notaba. mi petimetre favorito! —Le tendió la mano—. Aunque el hombre tenía el corazón en el lugar correcto. Simon. —Si fue la esposa de Brecon tiene que ser de una familia de custodios. Me has tenido olvidada. exquisitamente diseñada para adornar los más elevados círculos sociales. qué alegría volver a verte. no «zafiros más azules que el cielo de verano». le alegró oír decir a Bethany: —Lord Falconer. ¿verdad? —Sí.

Sin duda había electricidad en los ojos de Ballister. Eso me dejará libre para coquetear descaradamente con Falconer. —Pasado un momento de vacilación. A pesar de sus diferencias en edad. En conocimientos. Eso sí. —¿Así que ha estado en el Continente.Mary Jo Putney El beso del destino —Es un placer conocerle. inclinándose. El color gris era mudable. A pesar del tiempo transcurrido. y en ese momento parecía más cálido que intenso. ¿Vas a estar un tiempo en Londres. Una nube tapó el sol cuando él se enderezó. —Sí. así que fue un placer para mí aceptar su ofrecimiento. su cara de rasgos angulosos no se podía calificar de hermosa. él le dijo: —Tengo entendido que vive aquí con lady Bethany. Al parecer había pasado demasiado tiempo escuchando a sir Anselm. Aunque su altura y sus anchos hombros atraían la atención. Contenta por la oportunidad de conversar más con el escocés. se veía bastante normal. y su chaqueta azul marino y chaleco color tostado eran muy sencillos para lo que se consideraba elegante en la aristocracia londinense. él la hacía sentirse pequeña y frágil. —Sólo llegué ayer a Londres. Tengo el uso de la casa de la viuda siempre que deseo estar en Harlowe. —El placer es mío —dijo él. como también en el aire que parecía agitarse entre él y ella. sus intensos ojos grises eran extraordinarios. espero que las dos aceptaréis mi más sentido pésame por vuestra pérdida. y nuevamente se sintió atrapada en sus ojos. junto con una mareadora sensación de que el mundo había cambiado irrevocablemente. Su tormentosa mirada gris la golpeó como un rayo. no olvides enseñarle el parterre a Ballister. Mientras lady Bethany musitaba sus gracias. continuó—: Conocí al difunto lord Brecon. Eso 11 . aunque estoy impaciente por volver a Escocia. Se reprendió esa excesiva imaginación. con expresión pensativa—. sus metáforas eran contagiosas. —Este muchacho se habría visto en serias dificultades si no te hubiera traído — dijo lady Bethany severamente—. sabiduría y caballerosidad era un ejemplo para todos. ¿me permite que le robe a su hermosa acompañante para que me enseñe los jardines? —Sí. —Agradezco sus amables palabras. Esas palabras resonaron en su mente. inesperadamente conmovida por su compasión. lord Ballister. La hierba seguía verde. pero tanto lady Bethany como yo necesitábamos compañía. ella se cogió de su brazo. Bethany estaba serena y Falconer seguía siendo el exquisito ser de siempre. Aunque era alta. El mundo estaba exactamente igual a como estaba antes. aunque no debido al nuevo conde y su esposa. Gwynne tragó saliva. ella me invitó a vivir aquí después de la muerte de Brecon. cerca del río. Fui muy afortunada por compartir los últimos años de mi señor. las dos habían quedado viudas a la vez. Esta mañana Falconer me sacó de la cama jurando que a lady Bethany no le molestaría si venía sin ser invitado. Ballister inclinó la cabeza en respetuoso asentimiento y añadió: —Lady Bethany. haz el favor —repuso lady Bethany. el conferenciante dijo que la electricidad era una fuerza salvaje. misteriosa. lord Ballister? —preguntó amablemente. «El destino». En cuanto a Ballister. ella lo miró. Mientras atravesaban el parque de aterciopelado césped. Le vino a la memoria una conferencia sobre historia natural a la que asistió una vez. El parterre estaba bastante abajo en la colina. —Sí. que no se podía controlar y nadie entendía. Ballister? —Sí. Gwynne. permitiéndole a ella verle claramente la cara. —¿Le resultaba muy difícil continuar en Harlowe? Sorprendida por su comprensión.

viene de familia.Mary Jo Putney El beso del destino intensificó el vínculo ya existente. 12 . Por eso lady Bethany y su marido compraron esta propiedad. —Arrugó la nariz—. —Puesto que es un Macrae. cuanto más espectaculares. Cuando aún estaba aprendiendo a andar. Cuanto más potente es la magia para esos fenómenos. ¿Y usted. —El conocimiento es tan importante como el poder —dijo él muy serio—. y es una condenada molestia. aullando de alegría. de pequeña aprendí a catalogar y leer los archivos y a escribir ensayos sobre hechos y correlaciones misteriosos. Pero Ballister había sido bien formado y no había nadie cerca. —Algo he leído acerca de la conexión entre el trabajo con meteoros y la sensibilidad al hierro. el Señor de las Tormentas. Percibo un poco la atmósfera. Es el conocimiento de la historia y de nuestros errores lo que nos da la sabiduría que tenemos. Ser diferente era peligroso. sólo cuando ya estaba a punto de ser hombre. ¿La siente? Ella sabía a qué se refería la pregunta. Una de las primeras cosas que aprendían los niños custodios era a guardar secretos. mejor. pero no más que cualquier persona corriente sensible. Ballister se detuvo y contempló la figura con los ojos entornados. evocador—. La mayoría de las armas de nuestra armería tienen empuñaduras de madera o de bronce. ¿El hierro produce una debilidad general o simplemente bloquea el poder? —Varía —respondió él. — Sonrió. Entonces descubrí que la furia de mi madre era otro tipo de tempestad. mi madre me encontró en lo alto de la torre del castillo en medio de una tempestad. Puede que haya algo en el aire de Dunrath que favorece ese tipo de magia. —Puesto que mi padre era el bibliotecario de Harlowe. —Sí. Nadie notó jamás ni mis éxitos ni mis fracasos cuando estaba aprendiendo. ¿y qué lugar mejor para aprender que Escocia. pero siempre me encantaron los fenómenos atmosféricos. hay un lugar de poder aquí. más nos debilita el contacto con el hierro. —Siento cómo tira de mí la energía. También favorece nuestras debilidades. jamás debían hablar del poder delante de ajenos a las familias. El círculo del centro del parterre se puede usar para rituales. comentó—: Falconer me dijo que es usted una experta en la historia y las tradiciones de los custodios. —No tengo verdadero poder. —Sí. Cuando entraron en el parterre. —¿Se deberá entonces al clima escocés que los mejores trabajadores de los fenómenos atmosféricos sean siempre Macrae? —Es posible. —Esto no es puramente decorativo. Lo sé todo acerca del poder a excepción de lo que es tenerlo. ¿Se manifestó pronto su poder? —No. —Ni siquiera los felices años de matrimonio ni la aceptación en la comunidad de los custodios habían eliminado su triste pesar por lo que le faltaba—. Automáticamente Gwynne miró hacia los lados para comprobar que no hubiera nadie cerca que pudiera oír. Gwynne se echó a reír. —Sonrió irónica—. donde el tiempo cambia cada cinco minutos con o sin la intervención de un mago? —Sonrió irónico—. la energía y las emociones. Las familias de custodios habían sobrevivido a lo largo de los siglos procurando no atraer la atención hacia sus capacidades. supongo que sus padres comprendieron muy pronto que era un mago meteórico. ¿verdad? Esta figura está pensada para intensificar el poder. un complicado cuadro formado por arbustos muy bien recortados. Para cambiar de tema. lord Ballister? Le llaman el Señor del Trueno. con los brazos levantados hacia el cielo.

Ella había aprendido mucho acerca del coqueteo. bronceada… Repentinamente cayó en la cuenta de que la electricidad que sentía vibrar entre ellos era deseo. pero su salud no lo permitió. Me gustaría enseñarle las brisas de Italia. y mi vestido pagará el precio de mi descuido. Sería agradable sentir la textura de esa mejilla fuerte. Gwynne sintió el impulso de echarle hacia atrás esas guedejas. Cálidas. lista para echar a correr en busca de techo. mirando hacia el cielo. —Imagínese en París. —Yo tampoco —dijo—. Hace unos años el Consejo me pidió que actuara de enviado especial visitando a las familias que viven en otros países. No estaba prestando atención a nuestro entorno. ritmos y matices son diferentes. Ella casi se echó a reír al comprender que el Señor de las Tormentas no se había fijado en el cambio del tiempo. ¿Quién habría pensado que ser devorada pudiera ser una perspectiva tan interesante? Sopló otra ráfaga de viento y a él se le soltaron unas guedejas de pelo negro de la cinta que lo sujetaba. pero esa urgente avidez era totalmente diferente. lady Brecon. la lluvia cayendo sobre su cara—. Los invitados que estaban arriba habían visto aproximarse la lluvia y algunos iban corriendo en busca de techo mientras otros se apretujaban dentro del mirador. Sus sugerencias no se rechazaban a la ligera. al lugar donde un corto embarcadero se adentraba en el Támesis. lord Ballister? —preguntó. ¿Viaja mucho. porque muchos hombres se mostraban galantes con la esposa joven de un conde viejo. y los criados empezaban a cubrir la comida. La estaba mirando como mira un festín un hombre hambriento. en Roma o Atenas. Se recogió las faldas. —¿De dónde ha venido esto? Lady Bethany dijo que el tiempo sería bueno toda la tarde. Había amado profundamente a su marido y era lo bastante mujer para apreciar a un hombre guapo. milady —añadió con la voz más ronca—. curiosa por saber de él—. —Demasiado —repuso él—. Lo siento. Mi viaje fue esencial e interesante. 13 . Un chorro de lluvia le golpeó la cara y le mojó el vestido. y en absoluto agradable. Sabía ver cuándo el coqueteo era un alegre juego y cuándo un hombre tenía intenciones más serias. —¡Condenación! —exclamó él. pero he echado mucho de menos mi tierra. Los vientos cantan con voces diferentes. y tal vez eso le sirva para hacer realidad su visión. Una ráfaga de viento los golpeó. Lord Ballister hablaba con una seriedad alarmante. Desviando la vista de los ojos de él. vio que una nube de tormenta se cernía baja sobre el río y el primer chaparrón de lluvia se definía claramente como la muralla de un edificio. pero las formas. Habían llegado a la orilla. las nubes y la lluvia son los mismos en todas partes. suaves como el suspiro de un amante. milady. —¿Experimentó con los meteoros de los otros países para compensar el estar tan lejos de Dunrath? —Los principios básicos del viento. agitándole las faldas a ella. Le soltó el brazo con el pretexto de arreglarse la caída de la falda. El Consejo de los Custodios estaba formado por los magos más sabios y poderosos de Gran Bretaña. Me pareció entender que ha estado mucho tiempo lejos de Escocia. Lady Bethany era la jefa actual. —Qué manera tan bonita de considerar mi trabajo.Mary Jo Putney El beso del destino El trabajo de custodios eruditos como usted es el marco que nos sirve para cumplir nuestros juramentos. la primera entre iguales. —Había esperado que mi marido y yo viajáramos. sensuales.

Divertida. se detuvo en seco al ver su imagen reflejada en el espejo de cuerpo entero. como si tuviera demasiado ceñido el corsé. aun más efímero que la tormenta. pero no tengo el menor deseo de una aventura romántica.Mary Jo Putney El beso del destino —No se marche —dijo él levantando la mano en gesto autoritario. Durante los años de su matrimonio se había convertido en una 14 . —¡Espere! Una parte de ella deseó volverse. Podían hacer a una mujer olvidarse de sí misma y abandonar todo el sentido común. Usted la causó. entró en la casa y subió la escalera hacia sus aposentos. Se soltó la muñeca y echó a correr. Dando un salto intuitivo. señor. Ése era el Señor de las Tormentas. La fuerza total de esos ojos era… peligrosa. se volvió a mirar y vio que él continuaba en el embarcadero. ella se echó atrás los mechones que el viento y la lluvia le habían soltado del bien recogido peinado. Él le cogió la muñeca. Fue su potente «ser» el que la hizo correr en busca de seguridad. efectivamente. su cavilosa mirada fija en ella. Tuvo que ahogar una exclamación. ella vaciló cuando sus ojos se encontraron con los de él. —Le tocó el pelo en el lugar donde se veían unas pocas guedejas brillantes a través del polvo—. pero es lo bastante imprevisible para que un poco de lluvia no llame mucho la atención. Como viuda y custodio. A pesar de su pelo y ropa mojados. Entonces tuvo un momento de absoluta certeza de que él no había salido de su vida. deseando que él no la siguiera. Cuando entró en su dormitorio. su concentración irradiaba como el calor de una fogata. puedo atraer mal tiempo cuando mi atención está ocupada en otra cosa. Él no la siguió. Él no se había comportado de modo incorrecto. Sobre la colina. Cuando ya estaba cerca de la casa. Buenas tardes. A los pocos segundos paró la lluvia. Con la expresión resuelta. lo sé. Ballister se limpió el agua de la cara. El arco iris se desvaneció. ella tenía más independencia que la mayoría de las mujeres y le había tomado gusto. —El tiempo aquí no es tan variable como en Escocia. subiendo a toda velocidad la colina. Es hora de que entre en casa a ponerme ropa seca. ¿Cuál es el color natural de su pelo? —le preguntó en un susurro. lord Ballister. Lo dijo en tono demasiado despreocupado. La sensación era tan amedrentadora como la potente masculinidad de él. rompiendo el hechizo que le producían sus ojos—. —¿Qué podría ser tan interesante en una fiesta en el jardín como para que atraiga una tormentita tan fuerte? A él se le oscurecieron los ojos. —Si me descuido. y un hormigueo de electricidad le recorrió la piel. A punto de echar a correr. por supuesto. — Intencionadamente le dio la espalda. Reapareció el sol y por un momento brilló un arco iris sobre la cabeza de Ballister. listos para reanudar la fiesta. ella añadió: —No se le pasó por alto esa tormenta. Hay poder entre nosotros. He disfrutado hablando con usted. pero la parte que deseaba escapar fue más fuerte. Sin contestar la pregunta le dijo: —Me parece que poder no es sino otro nombre para la lujuria. Sorprendida vio disiparse las nubes. los invitados se rieron y dejaron de correr a buscar refugio. Usted también lo siente. Se le quedó atascado el aire en la garganta al ver que la nube de tormenta se dividía y ambos lados se separaban alejándose del jardín. —Usted. ¿verdad? Él pareció azorado. Ella sintió dificultad para respirar. Estando ya alejada de él le resultó difícil recordar por qué lo encontraba tan inquietante.

a la vez que tan bien vestida como debía vestir una condesa. donde esperaban su atención unos diez o más libros. La sola presencia de Ballister ponía color en su vida. como una polilla. rascándole los peludos cuello y vientre. Una viuda podía tener romances si era discreta. Se agachó a coger en brazos a la vieja gata y la acunó contra su pecho. Era difícil imaginarse su trabajo en el mismo aliento con Ballister. Se tocó el mechón de pelo mojado que le caía sobre el hombro. Entró en su sala de estar. Debía mantenerlo a distancia. Y no un gato dulce y amistoso como tú. cuando tiró del cordón para llamar a su doncella. Pero su fuego tenía el poder de destruir la vida tranquila y ordenada que a ella le encantaba. Él pronto regresaría a Escocia y se llevaría sus tormentas consigo. y un manual de herbolario quemado en parte que estaba tratando de reconstruir. Su admiración había sido excitante. El pelo empolvado la hacía verse más refinada y madura. 15 .Mary Jo Putney El beso del destino dama digna de su marido: recatada y discreta. las mejillas sonrosadas y el vestido mojado pegado seductoramente al cuerpo. —Athena. Todos sus trabajos requerían lentitud. se sentía atraída a la llama. Sin embargo. Tenía los ojos brillantes. Había más libros en esa sola sala que en algunas casas señoriales. Más adecuada para ser la esposa de su marido. pero… Athena saltó de la cama y corrió a frotarse sugerente contra su tobillo. acabo de conocer a un hombre que me hace sentir como un ratón perseguido por un gato. detestando la pomada que debía ponerse para que se le mantuvieran los polvos. interesante. para una condesa. pero un romance con Ballister la cambiaría de maneras que ni siquiera podía imaginar. Había sentido la pasión ardiendo en él y. creyó oír nuevamente las palabras susurradas: «El destino…». Pero la mujer que veía en el espejo ya no era la recatada esposa y viuda. Emery se enorgullecía de su apariencia tanto como disfrutaba de su compañía y del gusto común por los libros. Más bien un tigre. vulgar. Era un hombre magnético. Jamás le había gustado empolvarse el pelo. laborioso esmero. pero comenzó a hacerlo después de casarse porque el color natural de su cabello era demasiado chillón. Sobre su escritorio tenía el diario de una maga de la época isabelina. y la miraba como si ella fuera la mujer más hermosa jamás nacida. un tratado en latín sobre ensalmos escrito por una hechicera flamenca.

—Diminutivo de Gwyneth. No permitiré que la seduzca ningún hombre y mucho menos uno al que considero mi amigo. pero es una amiga y una dama. Se hizo un pasmado silencio. como ella. Se sentó en el asiento de espaldas al cochero. sospechando que ella sabía exactamente por qué había dado ese paso en falso. con un sonido suave y categórico a la vez. hecha un torbellino. ¿Matrimonio? No habían ido tan lejos sus pensamientos. Duncan empezó a sentir rabia. Tenía demasiadas cosas en la cabeza para hacer vida social. y el empleo de su nombre de pila indicaba que había confianza entre ellos. —El coche se ladeó y Simon se cogió de una manilla para afirmarse—. siguió a Simon hasta su coche. y se sentía debilitado por el enorme consumo de energía que le fue necesario para disipar la tormenta. ¿Matrimonio? Pero no quería una simple aventura para pasar el rato ni una sosa amistad. No pensé que estabas seriamente interesado en ella —dijo. feliz de que Simon estuviera dispuesto a marcharse. Menos mal que disipaste la tormenta. Tardíamente Duncan recordó que Simon era uno de los admiradores de la viuda.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 2 Con la cabeza. Ballister. y de 16 . pero antes de que pudiera comenzar a hacer preguntas sobre lady Brecon su amigo ladró: —¿Qué le hiciste a Gwynne que tuvo que echar a correr así? —¿Gwynne es el nombre de pila de lady Brecon? —preguntó. —No la estoy cortejando. has tenido suerte de que ella no sea el tipo de mujer que arrojaría al río a un hombre. Duncan subió a paso lento la colina. es hora de que volvamos a Londres. casi sin ver a las personas que conversaban alegremente a su alrededor. Simplemente la había visto y perseguido como una tormenta de montaña. Seguro que ni siquiera tú eres tan impulsivo. Duncan asintió. y no trates de cambiar de tema. Qué grandísimo idiota había sido al estar tan embelesado por la sonrisa de lady Brecon que ni siquiera advirtió que estaba atrayendo nubes de tormenta. —Lo siento. —¿Conociéndome como me conoces piensas eso de mí? Mis intenciones son absolutamente honradas. Por el contrario… —Ahora que has ahuyentado a la dama —sonó la irónica voz de Simon junto a su hombro—. musitando nuevamente el nombre. Si le hiciste alguna proposición vulgar. Cuando fueron a despedirse de lady Bethany. aunque reconoció con cierta inquietud que aún en el caso de que Simon la deseara para él. ella le dijo: —Qué descuido. Después de hacer su inclinación. Esas palabras pararon en seco a Duncan. Me habría disgustado muchísimo si me hubieras estropeado la fiesta en el jardín. Aunque ella recelaba de él. que era tan encantadora e inteligente como hermosa. Todos sus pensamientos estaban concentrados en lady Brecon. no se sentía repelida. que pasado un momento interrumpió Simon: —¿Quieres casarte con una mujer a la que acabas de conocer? —preguntó incrédulo—. Él se ruborizó ante su sagaz mirada. Yo podría ser menos tolerante. Era especial. él no podría echarse atrás.

Lady Brecon y yo hacemos buena pareja por cuna. —Aunque ella estuviera tan loca para aceptarte. Y aunque lo tuviera. ¿Tan espantosa es esa idea? Los mayores llevan años apremiándome para que me case. Aunque sus partidarios consideraban a Jacobo Eduardo Estuardo el verdadero rey de Gran Bretaña. No es que me vaya a casar con una persona corriente. miembro respetado de la comunidad. Y pronto. del presente y del futuro a una persona que tuviera la habilidad para interpretarlos. Tú mismo dijiste que lady Brecon. En lugar de abrir la tapa de arriba para ver la hora. Tan pronto como la vi sentí que estábamos hechos el uno para el otro. y fracasaron horrorosamente. Otra rebelión jacobita. y los sutiles colores y formas cambiantes podían sugerir imágenes del pasado. Simon tenía muchísima pericia. Se abrió la tapa de atrás dejando ver un disco de reluciente ópalo claro. Gwynne será muy importante para ti. para fortalecer la sangre. Era un cristal de videncia.Mary Jo Putney El beso del destino ninguna manera podía deshonrarla. aunque no sé decir si lo será como tu verdadero amor o como tu mortal enemiga. —Es posible que los franceses o los españoles le presten soldados y barcos para ver qué sublevación se puede armar en la puerta de atrás de Inglaterra. Usa tus sentidos interiores. —Estás pensando con la cabeza. y estaba reemplazada por un entrecejo. —¿Gwynne podría ser su mortal enemiga? Imposible—. Simon miró por la ventanilla del oscilante coche sin deshacer el entrecejo. no encontrará el apoyo que necesitaría. —A un mago con tu poder se le anima a casarse con una mujer que tenga poder también. Incluso sin ayuda 17 . El reloj y la cadena de oro eran hermosos. —¿Has hecho eso tú? —No creo que pueda —repuso Duncan francamente—. —Se le anima sí. —Frunció el entrecejo—. pero no es una obligación. Su expresión se hizo remota al relajarse y abrir la mente a lo que podría aparecer. me cuesta imaginarme a una dama inglesa en la agreste Escocia. —Eso suena espléndidamente ominoso. creo. No creo que fuera una ilusión engañosa. Lo cual significaba… —Creo que sí. Aun en el caso de que el hijo del pretendiente desee jugar a la rebelión. pero su verdadero valor estaba oculto. legado de su padre. No tengo mucho talento para leer el futuro. ¿Por qué no debería proponerle matrimonio? La furia de Simon había desaparecido. es una experta erudita en el saber y tradiciones de los custodios. Los jacobitas intentaron restaurar a los Estuardo en el trono hace treinta años. ¿Estaría dispuesta a vivir en Dunrath? ¿Aceptarían los hombres de tu clan a una señora inglesa? Los argumentos de Simon eran legítimos. Duncan lo observaba con la intensidad de un halcón. pero Duncan se negó a dejarse influir. —Sí que hay muchísima cantidad de energía en torno a este encuentro —dijo Simon al fin—. —Seguro que no —protestó Duncan. ¿Nos ves casándonos? Simon volvió a contemplar el disco y de pronto hizo una inspiración entrecortada. Tal vez ambas cosas. presionó la corona y la empujó hacia la izquierda. impaciente por oír lo que podría decir su amigo. mis emociones me obstacularizarían una lectura clara en este asunto. —Veo la sombra de la guerra sobre los dos. ya habían pasado casi sesenta años desde que depusieran a su padre—. —Me alegra que todavía tengas la cordura de reconocer eso —dijo Simon sacando un reloj del bolsillo de su chaleco. Gwynne. —Guardó silencio un momento y añadió de mala gana—: Aunque podría estar engañado. edad y fortuna.

pero si eso era lo que hacía falta. —Nada de magia —prometió Duncan. sorprendido—. 18 . imperturbable. los hechizos amorosos sólo podían reforzar lo que ya existía. —¿Tienes alguna sugerencia sobre cómo conquistarla? Simon sonrió de verdad. Duncan. Tal vez por eso entre él y Gwynne no se había encendido ninguna chispa. Cortéjala con libros. —No pruebes con ningún ensalmo amoroso. sobre todo dado que a Gwynne parecía asustarla esa atracción. y no era ésa la impresión que él recibió de ella. La cortejaría con libros. poemas y paciencia. creo que tú y Gwynne tendréis papeles esenciales. Aunque a la larga el futuro de Escocia estaba con Inglaterra. Bajo esa actitud apacible. Si los jefes se declaran a favor del príncipe.Mary Jo Putney El beso del destino extranjera. y no le gustaría. no será por falta de empeño. sospecho que si el príncipe Carlos Eduardo levanta su estandarte en Escocia. —Eso es fácil. ¿Qué hombre cuerdo no lo haría? Simon lo contempló con expresión grave. —Simon cerró el reloj y lo guardó en el bolsillo interior del chaleco—. La atracción entre ellos era muy potente. los hombres de sus clanes los seguirán. Tengo unos libros maravillosos y muy escasos que encontré en el Continente. Además. Les importa muy poco quién se siente en el trono de Londres. pero sí son leales. y aunque yo soy escocés no soy jacobita. podría haber… reconsiderado mi relación con ella. —Los highlandeses no son tan malintencionados —rebatió Duncan. — Curvó los labios en una sonrisa sin humor—. Y no es que él fuera verdaderamente civilizado. pensó Duncan. —He percibido la posibilidad de guerra civil desde hace un tiempo. Se aproxima una tormenta que ni siquiera tú podrás aplacar. pensando cuál sería el mejor. lo seguirán miles de escoceses de las Highlands por puras ganas de fastidiar. se esforzaría al máximo. —No me imagino cómo —dijo Duncan. Se relajó la expresión de su amigo. pero nunca con tanta claridad como ahora. Simon volvió a mirar la piedra de videncia con la expresión muy preocupada. no con el corazón. Había verdad en las palabras de su amigo. con las pasiones de nuestra especie. Aunque nos forman para ser objetivos. Gwynne tiene una mente muy suya. —No basta con intentarlo. —Gwynne no será fácil de conquistar. Pero claro. Ten cuidado. sopesando las palabras de Simon—. Gwynne debía ser una mujer fría. Guardó silencio. Duncan se movió inquieto en el asiento. —Dices eso con la cabeza. Gwynne es inglesa. Hay que intentarlo bien. él era un escocés orgulloso del antiquísimo legado de libertad e independencia de su nación. Tengo entendido que Brecon le dejó una buena renta para que no tuviera necesidad de tomar otro marido. seguimos siendo humanos. por lo que no hacía falta ningún refuerzo. Por ahora. Simon era frío. Según esa descripción de Simon. flores. los regalos de un hombre civilizado. Si hubiera otra rebelión yo apoyaré al rey Jorge contra los Estuardo. Sospecho que Gwynne tiene el poder suficiente para darse cuenta si lo haces. —Repasó mentalmente los títulos. Si hubiera pensado que estaba disponible. —Si fracaso. estoy más interesado en los asuntos del corazón. —Excelente idea. —Si golpea esa tormenta sé dónde está mi deber. Y… si hay otro levantamiento jacobita. Y nunca me ha parecido que desee uno.

Gwynne ocultó su triste envidia. Tu poder es femenino. —Guardó silencio. querida. — Bethany sonrió afectuosa—. —¿Encuentras alarmante a Falconer? —Bethany se agachó a aportar una loncha de jamón al desayuno de Athena. poniendo un poco de huevo debajo de la mesa para Athena. —Qué ridículo es hablar de matrimonio con un hombre al que apenas acabo de conocer. ¿Vas a salir a cabalgar después de desayunar? Gwynne llenó de té una taza de porcelana y la colocó en el puesto de Bethany. ¿Sería malo todo eso? Tal vez podrías tener hijos. —Tu vida con él sería diferente. Gwynne se echó a reír. —Otro hermoso día. pero también perturbador. Tal vez si yo tuviera poder… —Se encogió de hombros—. que estaba esperando pacientemente que la malcriaran. No quiero renunciar a eso por los altibajos que acompañarían a un hombre al que llaman el Señor del Trueno. Había sido un marido bondadoso y amoroso con su esposa niña. no es el poder en general el que me abruma. —Muy bien. Me habría enfadado mucho con tu nuevo admirador si no hubiera disipado tan bien la tormenta. Cuando se case elegirá a una dama que sea más su igual. pero volvió a cerrarla. Aunque deseaba tener poder por el poder como tal. y fue recompensada con un fuerte ronroneo—. Te presento mis más sinceras disculpas. pero ella había ansiado una intimidad más profunda. —No me había dado cuenta de que te he estado oprimiendo con mi poder todos estos años. —A mí me pareció que el interés era recíproco. —Después de estar con tanta gente ayer. mirándola compasiva —. Bethany la miró afligida. 19 . aunque no sabía si eso se debía al poder de custodio de la anciana o sencillamente a la edad. Tiene un poder enorme. y a haber criado a cuatro hijos. —Tú nunca eres opresiva. Es… atractivo. —No estés tan segura de que tú no eres esa dama.Mary Jo Putney El beso del destino Lady Bethany entró en la sala de desayuno ocultando delicadamente un bostezo tras una de sus pequeñas manos. —Tendrá que recuperarse sin mi ayuda —dijo Gwynne. Los custodios suelen ser rápidos para saberlo cuando conocen a la pareja perfecta. Estaba estrujándose el cerebro en busca de otro tema cuando entró un lacayo. —Buenos días. Bethany había conocido eso con su marido. Está clarísimamente enamorado de ti. me apetece un buen galope. tal como lo conociera Emery con su primera esposa. La anciana tomó asiento y bebió un poco del humeante té. sin duda —dijo la anciana. es Ballister —reconoció Gwynne—. Bethany enarcó sus cejas plateadas. así que lord Ballister tendrá que buscarse otro objeto de admiración. Gwynne bajó los ojos y se ocupó en ponerle mantequilla a otro trozo de pan. y tan sutil como las primeras flores de primavera. Lo encuentro… opresivo. Mi amadísimo Mathew me propuso matrimonio antes de que termináramos el primer baile. Pero no lo tengo. y sin embargo yo creía que erais buenos amigos. Gwynne abrió la boca para protestar. pero tiene demasiado poder. Dudo que su interés en mí sea pedirme en matrimonio. Tienes tus propias fuerzas. aún ansiaba más esa profunda intimidad que encontraban algunas parejas de custodios debido a su mayor sensibilidad a las emociones. —Es interesante. Y si él no me lo hubiera propuesto se lo habría propuesto yo. pensando cómo podría explicarlo—: Soy muy feliz con mi vida. Era imposible mentirle a Bethany. sabiduría.

Se disculpa de su maleducado comportamiento de ayer y me suplica que acepte este pequeño regalo. tiene un visitante muy insistente. Se quitó los anteojos y se levantó. A Athena le bastó una mirada al recién llegado para desaparecer debajo del aparador. —Esto acaba de llegar para usted. al comprender—. —Gracias por su regalo. ¿Le di tiempo suficiente para echarle una mirada? —¡Lo ha traído usted en lugar de enviarlo con un mensajero! —exclamó ella. divertida. —¿Ves lo abrumador que es? Ayer no hizo nada maleducado. Después de aspirar la fragancia de las flores. La sonrisa de él fue tan admirativa que le calentó hasta los dedos de los pies. sabía leer latín. sabiendo que poseía la fuerza y la inteligencia para estar a la altura de cualquier desafío. Incluso vestido como caballero de campo. Ballister atraía la atención. lady Brecon. Siempre he deseado leerlo. y lo había juzgado con dureza. es la Disertación sobre el cambio de forma de Rúnculo. —Bellamente hecho. Gwynne casi no oyó salir a la anciana porque ya estaba sacando papel y lápiz de un cajón del aparador. desconcertada—. —Dejando a un lado la nota. que estaba encuadernado en piel roja bastante arañada. Dado que nunca sabía en qué momento la asaltaría el deseo de tomar notas. De casi doscientos años de antigüedad. estaba escrito en latín. y no sólo debido a su espléndido físico. invitándola a reírse con él de la locura del gusto por los libros—. Sin poder dominar su entusiasmo. le gustaba tener los materiales a mano. Fascinantes las observaciones que hacía Rúnculo… Sobresaltada volvió a la tierra cuando entró el lacayo. abrió la caja y encontró un libro con una nota encima. —Es de Ballister —dijo. Debe de haber enviado a su mensajero al alba para que lo recibieras al desayuno. —Me alegra que le haya gustado el libro. Era el momento de recordar que era una dama. Tal vez estar en medio de una multitud la ponía excesivamente sensible. pero no creo que exista un ejemplar en Inglaterra. Por suerte. Comenzó a tomar notas. Tal vez era su seguridad en sí mismo. —Milady. y no tenía ninguna necesidad de enviarme un regalo para disculparse. Daba la impresión de que en cualquier parte se encontraría cómodo. muestra de su pesar. además de los anteojos para ver mejor la escritura desvaída. ¿Por qué no me lo entregó personalmente? —Sospeché que tan pronto como descubriera a Rúnculo olvidaría todo lo demás. —Puede que Ballister sea abrumador. seguro. Ella cogió la caja pensando quién podría haberla enviado. Miró hacia el reloj de la repisa del hogar y vio que ya habían pasado casi dos horas desde que abrió el libro. Sorprendida cayó en la cuenta de que era seguridad en sí mismo lo que ella había tomado por arrogancia el día anterior. No debería aceptar nada tan precioso y valioso. Cambiar de forma era un talento mágico muy escaso. Terminó de tragar el pan y el té y se levantó—. y se había escrito poco al respecto. 20 . lord Ballister. pero no creo que logre decidirme a devolverlo. como también otras varias lenguas. Enviaré a decir al establo que se retrasará tu cabalgada. sacó el libro y retuvo el aliento—. abrió el delgado libro. Una estudiosa de magia necesita diversas habilidades. que no como señor y mago. Detrás del criado venía lord Ballister. Cielo santo. pero no es ningún tonto —dijo Bethany.Mary Jo Putney El beso del destino Sobre su bandeja de plata traía una caja elegantemente decorada con un ramillete adherido a la tapa. —Ensanchó la sonrisa.

lo habría abierto y olvidado su existencia. Ya había decidido el día anterior que eso sería imprudente. mimoso. ¿Llamo para que traigan té. —Tengo la impresión de que el cielo está a punto de despejarse sobre Richmond. Aceptar su compañía significaba aceptar una continuación de la relación. ella guardó el libro. Tenía sus ventajas la compañía de un señor de las tormentas. para poder admirar las vistas del valle del Támesis. ¿puedo acompañarla? Gwynne vaciló. —¿Cómo podría rechazar una oferta así? —Miró por la ventana y vio que el cielo de la mañana se había nublado—. soy capaz de recordar mis modales. 21 . Menos… predador. —Si va a salir a cabalgar esta mañana. Pero su yegua necesitaba ejercicio. Ella se rió. Ahora que he leído lo suficiente para apagar mi primera sed. Él sonrió de oreja a oreja.Mary Jo Putney El beso del destino Después de pasar a dejar el libro cabalgué hasta la colina Richmond y desayuné en el Star and Garter. o tal vez una cafetera? Él posó la mirada en su vestido de montar. Sobre todo si sale el sol y hace este día perfecto para cabalgar. —Creo que tiene razón —dijo ella. Riendo. ¿Qué peligro podía representar un colega amante de los libros? —Puedo hablarle de otros libros que encontré en el Continente —dijo él. y esa mañana encontraba menos alarmante a Ballister. los anteojos y los materiales para escribir en el cajón del aparador. pesarosa—. Si me hubiera entregado el libro.

estaba aún más seductora que la imagen que lo tuvo dándose vueltas y vueltas en la cama la mitad de la noche. Sin embargo. no lejos de la casa de lady Bethany. y su holgado vestido de montar verde era elegante además de favorecedor. Con las anchas faldas agitadas por el viento y la risa flotando detrás. Era hermosa. Medio esperaba que cuando volviera a verla ella estaría menos deslumbrante que en su recuerdo. Su yegua tiene cascos de fuego. su expresión radiante y sus mejillas sonrosadas por el galope. creo. pensó qué sería lo que la hacía tan irresistible. Espoleando al castrado para que corriera más rápido. No soportaría vivir en la ciudad y no poder hacer esto. Gwynne llegó al recodo del sendero y aminoró el paso de su montura. ella gritó: —Le echo una carrera hasta el recodo del sendero. era más que la suma de sus partes. Pero él nunca había sido un hombre al que desequilibrara la mera belleza. —Usted y ese castrado de patas largas podrían habernos ganado. —¿Percibe los estados de ánimo de su yegua? Se apagó la animación de Gwynne. Ella enarcó las cejas. Gwynne iba a una velocidad que envidiaría cualquier hombre. era que fuera una jinete tan osada. lady Brecon. A él le llevó un momento reponerse de la sorpresa y poner el caballo al galope siguiéndola. Su forma de sentarse y su postura eran perfectas. La inteligencia sí lo atraía siempre. Él. Él se puso a su lado y continuaron por el recodo del sendero. ¿Y si hubiera llegado a hombre y descubierto que en su interior no poseía… nada? ¿Y si no se 22 . además de encanto. ya estaba absolutamente seguro de que sería un gran mago. Lo que no sabía. —A Bella le gusta oír eso —dijo ella dándole afectuosas palmaditas en el cuello a la yegua. de pequeño. —En realidad no. sin duda. —Tal vez podríamos haber ganado. Pero se equivocó. —Me alegra muchísimo que la casa de lady Bethany esté en Richmond. —Cabalga como una campeona. el corazón se le retorció de anhelo. Tan pronto como entraron en el parque real de Richmond. Y qué refrescante encontraba eso él. y eso ella lo tenía en plena medida. pero sinceramente no lo sé. pero ha preferido ser galante y dejarnos ganar a nosotras. Él le dirigió una mirada sagaz. Y partió. Cuando entró en la sala de desayuno y la vio inclinada sobre Rúnculo. Qué mujer más extraordinariamente franca era. con su generosa y voluptuosa figura femenina y unos rasgos imperfectos en su justa medida para ser embelesadores. y no había esperado.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 3 Duncan ya sabía que a Gwynne le gustaban los libros. No lo sorprendió ver que era igualmente encantadora sobre el lomo de un caballo. y había sido una visión encantadora cuando miró por encima de los anteojos en el momento en que él entraba en la sala del desayuno. Sólo fue una manera de hablar.

—Creo que está comenzando a despejarse. el maestro del autodominio. en sus profundidades de sabiduría y sorprendente inocencia. Ella levantó la cara al sol. —Se le ocurrió una idea—. desafiándose. debía tomarse el tiempo para tender un puente de palabras e intereses comunes. pero esto sólo ha sido un mal uso del poder muy pequeño. Sus miradas se encontraron y se sostuvieron. Sospecho que usted podría influir en una nube pequeña. Ella rompió el silencio: 23 . para quedar frente a ella. Puede que no esté dotada en el mismo grado de las familias. —¿Es eso lo que intenta hacer? —Sabe muy bien que ésa es mi intención. Qué maravilloso tiene que ser ejercer el poder con tanta facilidad como usted. probando. ¿Es difícil? —Comparado con hacer venir una tormenta. Elija una y concentre la atención en ella. En el mejor de los momentos él podía resultar amedrentador. —¡La nube ha desaparecido! —exclamó ella—. Eso va contra toda la formación de los custodios. Pero era demasiado pronto para acariciarla. Ningún Owens ha sido jamás un trabajador de meteoros. Su estrategia había dado resultado porque ella estaba mucho más relajada con él que el día anterior. cerrando los ojos de placer. juzgando. incluso las personas corrientes más tozudas y sin imaginación. y luego se amplió sobre los dos como un toldo. Un delgado rayo de sol llegó al suelo alrededor de Gwynne calentándole la piel. Aunque no debería animarle a usar el poder de forma frívola. aun cuando sólo fuera inconscientemente. Le resultó fácil expandir su poder hacia las nubes para disolver algunas y enviar lejos a otras. Hizo darse la vuelta al caballo y lo detuvo. Ella lo miró francamente.Mary Jo Putney El beso del destino hubiera producido en su alma ese trascendente desarrollo de la magia a pesar de su juvenil convicción de que el poder era su destino? La idea lo perturbó tanto que deseó envolver a Gwynne en sus brazos para ofrecerle consuelo por su aplastante desilusión. es juego de niños. Simplemente la he derretido y convertido en nada. pero seguro que tiene más de una chispa de magia. su cara resplandeciente de entusiasmo—. —Todavía está bastante nublado —dijo ella mirando el cielo. —Eso es increíble. Aunque la paciencia no se le daba bien. Y un hombre está dispuesto a hacer muchísimo para impresionar a una mujer. con el entrecejo fruncido por la concentración. que se tornó de un precioso color blanco luminoso. —Cierto. ¿Cómo lo he hecho? No sólo no tengo ningún poder sino que además hay muy poca sangre Macrae en mi familia. Durante unos minutos no se oyó ningún sonido aparte del rítmico golpeteo de los cascos sobre el blando suelo. ordenándole que desaparezca. Le regalaría todos los preciosos libros que había localizado en el Continente si eso era lo que hacía falta para conquistarla. —Toda persona tiene por lo menos una chispa de poder. y cuando se conocieron él se desequilibró tanto que debió haber sido como una hoguera de energía. Ella tenía lo bastante de custodio para percibir eso. Ella obedeció. La suficiente para tocar una nube. pensó él. —Sonrió irónico—. porque cuando eso ocurriera tendría dificultad para soltarla. el que le aconsejó que apisonara bien su poder antes de ir a visitarla ese día. Simon tuvo razón al decirle que la cortejara con libros. Podría ahogarse en esos ojos dorados. —¡Me ha gustado hacer eso! —exclamó ella. También fue Simon.

Podía imaginársela esplendorosa en el centro de un salón de intelectuales escoceses. un antiguo nombre escocés. —¡Basta de tratar de tentarme! Puede que para usted el matrimonio sea una excelente idea. Fue usted el que señaló la importancia de catalogar y comprender el saber y las tradiciones de las familias. como si estuviera llamando a un pajarito para que se posara en su mano—. —No le importan más que a mí esas convenciones —replicó él—. —Pero ¡si ni siquiera me conoce! —¿No. —Curvó los labios—. Gwynne? —dijo él. el conocimiento puede llegar en un instante. pero tendrá dificultades en librarse de mí porque sé que engranaríamos admirablemente. El hecho de que sea viuda no significa que esté dispuesta a entregarme al despreocupado deporte de la cama. apaciblemente—. —Yo soy custodio de nombre solamente. Y si lo tuviera. —Ni siquiera sé su nombre de pila. —¿Por qué no? Ella arqueó las cejas. con su voz más dulce. lady Brecon —concedió él. Una sonrisa le curvó sus carnosos labios. tentador—. —Dunrath tiene la mejor biblioteca de Escocia. Pero en mis pensamientos es Gwynne. Y no le he dado permiso para llamarme Gwynne. Edimburgo es una ciudad de erudición y cultura. Ya es incómodo vivir a medio día de trayecto. creo. —Sonrió—. —Me honra con su estimación. no elegiría a un escocés que me llevaría tan lejos de mi hogar. —¿Por qué supone que mis motivos son deshonrosos? —Titubeó un instante y decidió obedecer a sus instintos. pero para mí no. por supuesto. Y no es que lo fuera a emplear si lo supiera. —Es Duncan. ¿Para qué habría de elegir ser sometida por la voluntad de un hombre? 24 . Y no es que necesite emplearlo. visitaríamos Londres periódicamente. ella puso en movimiento la yegua.Mary Jo Putney El beso del destino —No me dejaré seducir. donde encontraría muchas amistades. No tengo el menor deseo de casarme. —La sencilla realidad es que no tengo ningún deseo de casarme. —Se resentiría mi trabajo en Harlowe si estuviera tan lejos. Encontré unos libros pasmosos en el Continente —añadió. que le decían que la franqueza era la mejor manera de tratar con ella—: Ya debería haber tomado esposa. pero hasta ayer nunca había visto a una mujer a la que pudiera imaginarme en ese puesto. lord Ballister. Ella ahogó una exclamación y apretó más las riendas. su ingenio tan brillante como su belleza. —Una dama sólo necesita rechazar una proposición. señor. lord Ballister. pero tendrá que buscarse otro objeto para sus afectos. nerviosa. Impaciente. No tiene por qué dar razones. Convénzame de que el matrimonio es mala idea y me despediré con una venia y pesar. Una leve expresión de interés pasó por el rostro de ella. y me vendría muy bien una esposa que la ampliara. Mi vida actual es exactamente la que deseo. La yegua dio unos pasos hacia un lado. Ella entrecerró los ojos. Supongo que sabe que entre los custodios. Y. pero al instante emitió un sonido de exasperación. —Escocia no es un lugar tan bárbaro como podría creer. —Muy bien.

Esa obstinación empezaba a inquietarlo. —Se concentró en guiar a la yegua para rodear una franja de terreno pantanoso—. A la sorpresa de él por esa inesperada furia le siguió rápidamente la comprensión. Pero no soy un árbol que pretende aplastar su bonito techo. lo golpeó furiosa con el látigo de montar—. Gracias por el libro y espero que disfrute de su estancia en Londres. mientras que usted es uno de los magos más poderosos de Gran Bretaña. Me ahogaría con su energía y fuerza. horrorizados. Usted es lo que es. Dado que es fina la línea que separa el amor del odio. —Sería mi muy respetada esposa. —No intencionadamente. No se había equivocado respecto a la pasión que había bajo su serena superficie. Puedo ser impaciente pero normalmente no soy insensible. ¿Acaso una tormenta tiene la intención de aplastar una casa? ¿El viento piensa en los árboles que van cayendo a su paso? —Sonrió irónica—. —En las familias. A ella se le desvaneció la furia con la misma rapidez con que le vino. Por un instante se miraron. —Miró el látigo que tenía en la mano como si no pudiera creer que lo había golpeado—. él soltó las riendas. Pero yo no lo tengo. Pero ésa era una mujer como ninguna otra. sorprendido—. Normalmente tenía éxito cuando se proponía ganarse el favor de una mujer. Pasión. ¡Tiene que salirse con la suya y al diablo lo que yo desee! Ahogando una maldición al recibir el latigazo en la muñeca. eso forma parte de nuestro legado celta. Hay una conexión entre nosotros. En una casa tormentosa desaparecería como esa pequeña nube. era el más indulgente de los maridos. —Cuando una mujer tiene poder podría ser la igual de su marido. La resolución que detectó en su voz lo alarmó. lady Brecon. al parecer. Jamás la trataría mal. Pero Brecon era un hombre excepcional. —Lujuria no. Escocia está llena de mujeres de carácter fuerte capaces de hacer frente a cualquier desafío. Somos el uno para el otro. Jamás en mi vida había golpeado a nadie. porque él provocaba potentes emociones en ella sin siquiera intentarlo. Dudo que vuelva a tener tanta suerte.Mary Jo Putney El beso del destino —¿Tan exigente era lord Brecon que le perdió el gusto al matrimonio? —preguntó él. lo sé. debía esperar a ser capaz de transformar esa furia en una forma de pasión más agradable. Soy un hombre que sinceramente desea ganar su corazón. ¿Qué tipo de mujer deseaba verdaderamente ser soltera? El tipo que lo fascinaba. y se había sentido plenamente confiado en que Gwynne no sería una excepción. Nunca me habría imaginado eso. pero es pura lujuria. Gwynne. Creo que sería más feliz allí de lo que lo ha sido en toda su vida. Me gusta la paz y la soledad. a mí me ha vuelto violenta y a usted un matón. Cuando ella empezó a girar la yegua. Y yo… yo conozco mis debilidades. y era imposible dudar de su resolución. me parece. —Lo… lo siento. —No es la primera persona a la que le he inspirado violencia —observó él—. sorprendidos. —¡Esto es exactamente lo que quería decir! —Hecha trizas su serenidad. —Por el contrario. —Un gamo atravesó 25 . milord. las mujeres siempre han sido las iguales de los hombres. —La conexión es real. —¿Qué es la pasión sino lujuria con otro nombre? Comoquiera llame a esta conexión. alargó la mano y le cogió las riendas. —No te des tanta prisa en rechazarme. Así que basta de hablar. seguro que usted la siente también. Eso no era simple coquetería femenina sino un serio deseo de continuar soltera. la señora de Dunrath. ¿O me engaño? Ella negó con la cabeza de mala gana.

26 . lo cual no tenía nada de sorprendente dada la edad de lord Brecon. —Entonces imagínese cómo es ser una mujer. Debía convencerla de eso. lejos de Escocia y de su familia? Él frunció el ceño. pero está equivocada. mientras que el matrimonio es un asunto del corazón. —Las pasiones de la carne suelen unir a dos personas —dijo. Pero ¿ha pensado en las diferentes formas de experimentar el matrimonio que tienen los hombres y las mujeres? Para un hombre. Aunque no soy un erudito como usted. desean complacerse mutuamente. ¿Qué podría ser más placentero que cabalgar juntos por las bellas montañas de Escocia comentando alguna parte fascinante de la historia de los custodios? Ella volvió a curvar los labios. Si un hombre y una mujer se aman. —Qué poético. Esas palabras le confirmaron lo que él ya sospechaba: su relación conyugal no había sido apasionada. eligiendo con sumo cuidado las palabras—. Puesto que había vivido sin pasión. estaba más lejos que si hubieran estado en distintos continentes. —No puedo negar que la ley es injusta. me encantan los libros. Él no pudo evitar sonreír. Eso lo habría curado rápidamente. para vivir entre desconocidos. Elige una y se la lleva a casa con la esperanza de que encaje bien con sus muebles ya existentes. la ley británica sigue diciendo que la mujer casada no puede controlar sus propiedades y tiene menos derechos legales. Sí que es alarmante la pasión. Acepte que no tenemos ningún futuro juntos y márchese a Escocia. gloriosamente independiente para que sea la señora de su castillo. ¿Y qué es un desconocido sino un amigo que todavía no se conoce? —La facilidad de palabra no es una solución —replicó ella—. Ni siquiera le pertenecen su cuerpo ni sus hijos. La mayor parte de mi encanto es que no le deseo. Aunque Gwynne iba cabalgando casi a la distancia de su brazo. Renuncia a su hogar y amistades. no al trote—. Es una posesión. Ballister. Si bien las familias tienen una tradición de igualdad. no era de extrañar que encontrara alarmante esa perspectiva. Sin duda eso sirve para equilibrar las desventajas del estado del matrimonio. Ballister. No quiero ninguna parte de ella. La lujuria y los libros no bastan. Él apretó los labios. ella lo siguió con la mirada. —Ha dicho que no tiene ningún poder. Pero incluso el fuego más ardiente pronto se establece en tranquilas brasas. —Tal vez. —Sus ojos dorados eran tan implacables como bellos—. Confiéselo. como si le envidiara su capacidad de huir—. pero también es un inmenso don. ¿Comprende entonces que yo prefiera la independencia? ¿Estaría dispuesto a casarse conmigo y vivir en Inglaterra. pero supongo que contiene una cierta verdad. Es capaz de hacer caer a un hombre de rodillas con una sola mirada. Pero sus objeciones son del intelecto.Mary Jo Putney El beso del destino corriendo el sendero. Eso será mucho más fácil que tratar de convertirme en la mujer que le gustaría que fuera. Búsquese una escocesa fuerte. incluso a su apellido. Y cabalgar también. —Es peligrosamente convincente. una esposa es como una pintura o una escultura clásica. —Ésa es una fría manera de describir el matrimonio. Como esposa y viuda virtuosa no había buscado los brazos de otros hombres. —Volvió la yegua hacia la entrada del parque. pero el amor no forma parte de esta negociación. pero a un paso que permitía conversar. ni que me resistiría a vivir fuera de Escocia. —En Escocia las mujeres conservan el apellido. Un verdadero matrimonio se construye sobre valores e intereses comunes. Tal vez debería haber alentado su interés.

agitando graciosamente la pluma del sombrero. y esas dos emociones se habían intensificado durante la cabalgada juntos. Un caballero debía acompañar a la dama. Nada le basta fuera de la victoria. Con el ceño fruncido. lady Brecon. tenía toda la intención de luchar contra él con uñas y dientes. bueno.Mary Jo Putney El beso del destino —Los hombres disfrutan de la caza. —No habrá próxima vez —contestó ella. Era demasiado esperar que Ballister le permitiera volver sola a la casa. La violencia no era parte de su naturaleza. La tradición de los custodios enseñaba que el futuro consiste en un surtido de posibilidades. Pero a pesar de sus firmes palabras. le dijo: —Hasta la próxima vez. Entonces era cuando se empleaba la palabra «destino». e instó a su montura a ponerse al trote. inteligencia y. le propusiera matrimonio el mismo día de conocerla era el mayor elogio que había recibido en toda su vida. renunciando a la conversación. Si la pasión convertía a las personas en canallas y tontas. pero cuando conocen a la mujer adecuada se acaba la caza —dijo él. Pero algunos caminos eran más probables que otros y algunos tan probables que era casi imposible evitarlos. o al menos eso había creído siempre. presentía que se volverían a encontrar. que continuó hasta más allá de la entrada del parque. Qué suerte que era un maldito escocés tozudo. —Entonces espero que conozca pronto a la mujer adecuada y que su campaña sea victoriosa. podía vivir sin ella muy feliz. Ballister no era adecuado en ningún aspecto. pasó a recoger el libro italiano y subió a sus aposentos a cambiarse. Miró el libro que él le regalara. Lo saludó con una inclinación de la cabeza. ¿lo encontraría tan interesante? 27 . Pero si lo fuera. Esperaba que ese encuentro estuviera muy lejos en el futuro. Se estremeció al recordar la furia que la impulsó a golpearlo. aun cuando ésta lo hubiera rechazado con las palabras más fuertes posibles. particularmente si era un custodio de modestos dones. Un pretendiente inglés con la naturaleza amable y estable de su difunto marido sería muy atractivo. Que un hombre poderoso. Él tenía encanto. Mentiría si asegurara que su interés por ella no era excitante. no en un sólo camino inmutable. pecaminosamente atractivo. Y no era tan contraria al matrimonio como aseguraba. Lástima que Ballister no fuera un hombre civilizado como Emery. Si Ballister era su destino. Si fuera un hombre razonable aceptaría sus palabras y se retiraría de su vida. Su obstinada negativa a aceptar un no había liberado en ella una emoción tan intensa que la horrorizaba. Había sentido una inquietante mezcla de atracción y recelo desde el instante en que se conocieron. Cuando se despidió. procurando un tono alegre—. era pasmosamente atractivo. Él la siguió.

Él se sentó en el banco y obedientemente le contó historias y anécdotas de sus viajes por el Continente. pero con suavidad. —Lo miró de reojo—. Un cierto tono en la voz de la anciana le captó la atención. no desea ir a Escocia y. Él se echó a reír. La primera parte de su visita le había inspirado optimismo. Ballister. Podría raptarla. pensando qué debería hacer. Hizo virar el caballo. Lady Bethany estaba sentada en un banco de piedra bajo un frondoso roble. Pensando que necesitaba consejo. en general se llevaban mucho mejor que sus gobiernos. Sólo sale impune porque se entromete muy bien. Colijo que el galanteo no prospera. —Desmontó y ató el caballo a otro banco de piedra —. 28 . —Buenos días. por no decir que lo había enamorado más aún. lady Bethany. Tal vez Simon podría tener más sugerencias sobre cómo proceder. contradiciendo con su picardía su apacible apariencia de viuda. —Sí. pero normalmente en los informes no se escriben los bocaditos más sabrosos. Aunque a veces los intereses nacionales enemistaban a diferentes grupos de custodios. No desea casarse. ¿Tan enamorada estaba de su difunto marido que desea continuar sola el resto de su vida? —Gwynne amaba muy sinceramente a mi hermano y le hizo muy felices sus últimos años. abatido. Ya iba llegando a las puertas cuando sintió el impulso de mirar hacia la izquierda. y será una esposa incomparable. Duncan comprendió que ella deseaba hablar con él. no desea tener nada que ver conmigo. pero dudo que eso consiga el resultado que deseo. Sus diferencias con las personas corrientes los unían. —Sonrió irónico—. Acabó diciendo: —Claro que como jefa del Consejo sin duda ha leído los informes que he enviado. es la más famosa metomentodo de las familias. —Tuvimos poco tiempo para hablar ayer. Ella le hizo un guiño.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 4 Después de acompañar a Gwynne hasta la casa. ¿Desea alentarme en mi galanteo o decirme que me marche y deje a Gwynne en paz? —¿Desde cuándo me entrometo en asuntos ajenos? —preguntó ella. como habría hecho alguno de mis antepasados highlandeses. pensando qué desearía. Sin que se cruzara ninguna palabra entre ellos. Tiene más fuerza de lo que ella se imagina. él contestó francamente: —Gwynne se niega incluso a considerarme un pretendiente. —Veo que has aprendido algo acerca de mi Gwyneth. Continúa el asedio. muy particularmente. Duncan condujo su montura por el largo camino de entrada de la propiedad de lady Bethany en dirección a la salida. así que quiero aprovechar esta oportunidad para preguntarte por tus viajes. aparentando sosa inocencia. —No sé si me recibirá si vuelvo a visitarla. Pero el amor entre un anciano y una jovencita no es igual al amor entre dos personas en la plenitud de la vida. Lady Bethany se echó a reír. Pero tiene un corazón generoso y amoroso. y una vena obstinada igual que la tuya. —A no ser que haya cambiado mientras yo estaba lejos.

Tratándose de asuntos del corazón. Hizo su venia cuando la anciana se marchó. Aunque su primer impulso siempre era quedarse en casa con sus libros y lady Bethany. —¡Gracias! Allí estaré. Su mente sabía que hacía bien en rechazarlo. pero había entablado buena amistad con ellos después de casarse. Mientras la alegre riada de gente disfrazada bajaba de las barcas y subía la iluminada escalera. si no llovía. porque la emoción de lo desconocido podría desviar sus pensamientos de lord Ballister. Ballister. perfecta para un baile de máscaras al aire libre. 29 . Él también se levantó. ésa sería su primera visita al extenso parque llamado New Spring Gardens. —Si no eres capaz de descubrirla eres un fracaso como amante y como custodio. Incómoda por estar a distancia de un brazo de él. lady Bethany? He presentido que Gwynne y yo estamos hechos el uno para el otro. pero es posible que el enamoramiento me nuble la mente. le sonrió sugerente. Un baile de máscaras le permitiría acercarse a Gwynne sin que se encolerizara.Mary Jo Putney El beso del destino —¿Ve que nos vamos a casar. Prefirió no pensar en lo cómodo que sería tener con ella al Señor de las Tormentas. Ya estaban cerca del muelle de la ribera sur del río y los peldaños que llevaban al lugar de destino. El ambiente libre sin duda crearía… oportunidades. Además. La pareja era mayor que ella. No tendría dificultad para localizarla. y la habían tratado con especial cariño después de la muerte de Emery. casi bochornosa. Gwynne llevaba la mano colgada por el borde de la barca de sus amigos. uno de los ocupantes. Gwynne le dio la espalda y centró la atención en ponerse los guantes. La barca introdujo la proa por entre otras barcas que se mecían a la espera de encontrar un lugar para atracar en el muelle. prefería tener a lady Bethany de su lado que a una legión romana. comprendiendo que con mucha facilidad podría convertirse en una ermitaña. Aunque había asistido a conciertos y otros eventos en Ranelagh. que era un jardín más nuevo y aristocrático. pero otras partes de ella no estaban tan seguras. Mañana por la noche Gwynne asistirá a un baile de máscaras en New Spring Gardens con unos amigos. —Gwynne ha estado bajo la mano del destino durante años. Había tenido sus dudas para aceptar la invitación de asistir al baile de máscaras con la familia Tuckwell. —Se levantó—. y tenían hijos cercanos a su edad. contenta por el antifaz que le ocultaba la cara. todo muy bien iluminado por antorchas. ¿Qué disfraz llevará? Lady Bethany sonrió traviesa. siempre lo pasaba bien. La noche era calurosa. y cortejarla bien. Creo que eres parte de ese destino. por lo general se obligaba a aceptar. No estaba del todo preparada para encontrarse con romanos medio desnudos. Buenos días. Aun en el caso de que no fuera un custodio encontraría a Gwynne entre mil enmascaradas. pero no logro captar la forma. Cuando la regala de la barca chocó con la barca de al lado. llegaba hasta ellos la música de la orquesta que estaba tocando en el bosquecillo del centro de los jardines. jugueteando con el agua fresca del río. sus mejores amigos fuera del círculo de custodios. casi sin poder contener su alegría. Lo único que sé es que debes cortejarla. Cada dos semanas más o menos Anne Tuckwell la invitaba a cenar o a algún otro entretenimiento. un caballero vestido con una toga romana. Sus dudas acerca de asistir a la fiesta ya habían sido reemplazadas por expectación.

Aunque sólo las separaban unos pocos años. Igual podría invitarte a dar un paseo por la oscuridad para robarte un beso. que les cubría totalmente el vestido de noche. recordando lo que hacían cuando eran jóvenes y experimentaban las primeras emociones del amor. mirándole el disfraz de pastora. pero sería agradable haber tenido la oportunidad de ser tan joven y atolondrada como Sally. Había amado a Emery. y ella llevaba un brillante dominó escarlata que pertenecía a Sally. sin duda intercambiarían sonrisas secretas siempre que se hablara de New Spring Gardens. nada aficionado a disfrazarse.Mary Jo Putney El beso del destino —He esperado con tanta ilusión esta noche… —suspiró soñadora su compañera de asiento. Anne se veía muy airosa en color verde. —Un motivo para elegir este disfraz fue que el cayado sirve para atrapar y para defenderse. Gwynne desechó una punzada de envidia por no haber tenido jamás esos momentos. Sally le cogió el brazo instándola a continuar caminando. Cuando se puso el dominó encontró chillón ese vivo color. vestía su traje de noche normal y sólo llevaba antifaz. pero tanto Anne como ella llevaban dominó con esclavina y capucha de seda. —Seré muy envidiado por acompañar a estas beldades —dijo jovialmente—. —Con tu precioso pelo rubio y tu grácil figura. Gwynne se detuvo en seco. ¿Crees que William será capaz de reconocerme con este disfraz y antifaz? No quise decirle de qué me iba a disfrazar. —Eso sería más cierto si no fuéramos tan tapadas. mucho tiempo casados. y cualquier hombre puede ser un hermoso príncipe disfrazado. y su único pesar era que el matrimonio no hubiera durado más tiempo. puedes cogerlo tú con tu cayado de pastora. Gwynne sacó un pie de la oscilante barca y lo puso en suelo firme. Sir George pagó las entradas y pasaron por el arco de la puerta que conducía directamente al paseo principal bordeado de árboles. Finalmente la barca atracó en el muelle. saltaron al muelle a ocuparse del amarre. —Ahora que estáis prometidos no tienes por qué defenderte de él con mucho vigor —comentó Gwynne con un guiño—. Y si no. contemplando esa posibilidad. Pasados unos años. con los ojos agrandados al ver las miles de lámparas que iluminaban la noche. pero en esa festiva noche estaba descubriendo que el suntuoso color la hacía sentirse una mujer mundana. 30 . pero el disfraz estimula la imaginación —dijo Anne Tuckwell—. Sally se rió. cuando ya fueran ciudadanos maduros y sobrios. ayudó a levantarse a su mujer y luego le tendió la mano a Gwynne. aunque me suplicó que se lo dijera. uno de los lacayos de los Tuckwell. Juerguistas disfrazados llenaban el largo paseo que desaparecía en la distancia. Sir George. sofisticada. y se sintió como si hubiera pasado del mundo normal al mundo de la fantasía. la hija mayor de los Tuckwell tenía diecinueve años y era una romántica sin remedio—. Riendo. Sally entreabrió los labios. Todo alrededor era música y alegría. Cualquier mujer en dominó se transforma en una beldad misteriosa y seductora. Gwynne sonrió. Sally. —Ah. Gwynne se limitó a sonreír ante la imaginación de Anne. ¡Tres bellas damas! ¿Qué caballero podría desear más? Riendo. El barquero y Norcott. pero para sus adentros reconoció que había cierta verdad en sus palabras. absolutamente distinta a un ratón de biblioteca. seguro que no tardará en encontrarte. ella se sentía muchísimo mayor. Sir George bajó el primero.

—No deberíamos dejar sola a nuestra invitada. oyendo el incesante frufrú de los sedosos pliegues del dominó. Comprendió que con la capucha. despidiéndolos. —Qué cuadro más perfecto de inocencia rural sois. estaré segura aquí en el pabellón hasta que volváis. Burbujeante de entusiasmo. ¿Tal vez por eso había elegido el color verde? Sonriendo para sus adentros. con su sentido práctico —. noble señor. pero no logró evitar un ligero tono desaprobador al decir: —Muy bien. mi pastorcilla —dijo la voz de William—. pinturas y música. Dicho y hecho. Y si alguien intenta obligarme a recibir atenciones no deseadas. pero titubeó al mirar a Gwynne. Gwynne se imaginó que cuando volvieran habría manchas de hierba en el dominó de Anne. Sonriendo. preciosos puentes. Estaría bien y segura ahí. Estaré muy bien. Estando Norcott para cuidar de mí. —No me pasará nada mientras camine por senderos iluminados. —Habiendo tanta gente aquí a lo mejor William no logra encontrarme —dijo Sally. Se inclinó en una profunda reverencia. Justo cuando se preparaban para entrar en el pabellón comedor donde sir George había alquilado un reservado. se giró para ir a instalarse en la mesa. 31 . pero entonces lo pensó mejor. se sintió joven. y coquetear con misteriosos desconocidos le serviría para olvidar a ese maldito escocés. él le besó la mano y luego le ofreció el brazo a Sally. pero no olvidéis devolverla antes de la medianoche. creo que iré a dar un paseo. mientras Sally sofocaba risitas—. —Norcott. contempló la risueña multitud. —Iros ya. Él inclinó la cabeza. —Tonterías —terció Gwynne—. explorar y ver la vida. Gwynne les hizo un gesto con la mano. —Si estás segura… —dijo Anne. milady. Disfrutaré inmensamente escuchando la música y mirando a la gente que pasa. —Que una mujer ande sola por aquí sugiere que… que busca compañía. que le ocultaba sus reveladores cabellos. Gwynne continuó caminando. Uno podría vagar por aquí durante días y no verlo todo. dispuesta a dejarse persuadir. —A tu padre no será difícil reconocerlo —le dijo Gwynne. Tal vez os robe. y no hay ninguna necesidad de que os deis prisa. pareció incómodo. El jardín de las delicias la llamaba. El parque está lleno de delicias. templos. y el antifaz negro ocultándole la mitad de la cara. ¿te importa que lleve a mi señora esposa a dar un corto paseo? El destello que apareció en los ojos de Anne indicó que no eran sólo los jóvenes los que encontraban excitante ese libertino ambiente. —Gwynne —dijo sir George entonces—. con un dejo de angustia en la voz. estatuas. —Muy bien —dijo Anne. Allí podía ser juguetona y frívola como Sally si quería. y por primera vez desde la muerte de su madre. estarás tú allí.Mary Jo Putney El beso del destino —Es demasiado pronto para maravillarse. haciendo un amplio gesto con el brazo y rozando el suelo con la pluma de su sombrero. La pareja no tardó en perderse de vista. ¿Me haces el favor de seguirme a bastante distancia para que nadie se dé cuenta de que vas cuidando de mí? El lacayo. O tendréis que enfrentar la ira de una madre. esa noche tenía la libertad del anonimato. animándola a caminar. un hombre fornido de edad madura. pero había pasado demasiado tiempo de su vida como observadora. se les reunió un gallardo oficial de caballería enmascarado. cascadas. Los Tuckwell se alejaron cogidos del brazo. William lo reconocerá y no tardará en estar a tu lado.

Al parecer se estaba acercando al final del parque. Pero había unas cuantas figuras masculinas que le estimulaban la imaginación. donde nadie sabía quién era? Y tal vez él querría danzar. era un hombre para estimular los sueños. Tal vez fuera el príncipe que sugiriera Anne. Contenta de haberse puesto un vestido ancho y cómodo que le hacía fácil caminar. Se reían muchísimo mientras se cogían de las manos. Tal vez ella debería descubrir si era lo uno o lo otro. O el aristócrata hastiado cuya perezosa mirada escrutaba a las cortesanas como buscando una que fuera digna de sus atenciones. que recordara. se apartaban girando y volvían a juntarse. Observar a las personas era más divertido aún. como si fuera rumbo hacia un lugar ya decidido. Sintiéndose segura con su disfraz y antifaz. había muchas cosas bonitas para ver. El templo griego que albergaba a la orquesta estaba particularmente espléndido. sus movimientos tan ágiles como los de un felino. Estaba a punto de volver cuando llegó a un espacio abierto donde tocaba un grupo de músicos sobre una tarima entoldada. y no eran disfraces. como esos dos hombres flacos y marcados por cicatrices cuyos uniformes del ejército se los habían ganado ellos.Mary Jo Putney El beso del destino Saber que Norcott iba detrás de ella no le quitó la gloriosa sensación de libertad cuando echó a andar por el paseo de gravilla. nadie se le acercaba. con linternas en forma de globo que destacaban los arcos y columnas. Una toga no podía ocultar a un sólido mercader ni un dominó convertir en príncipe a un granjero. como un predador en busca de presa. Cuando la última pareja se cogió de las manos y se colocó saltando a la cabeza de la fila. Abajo hombres y mujeres estaban bailando una contradanza. Aunque no tenía ninguna habilidad para coquetear. se movían lentamente escrutando a la multitud. que se veían oscuros en los agujeros del antifaz. ella se detuvo y empezó a golpetear con el pie al ritmo de la música. Al parecer esa estrategia daba resultado. De esa manera no la confundirían con las lánguidas señoras de la noche que andaban en busca de clientes. vestido de noche. y había menos gente. Impulsivamente. 32 . Tristemente deseó ser una de esas alegres danzarinas. De pronto él giró sobre sus talones y echó a andar alejándose de los bailarines. Llegó un momento en que notó que ya no se oía la música de la orquesta que estaba tocando en el templo griego cerca de la entrada. Tal como le dijera Sally. contempló los jardines y a sus compañeros de fiesta. ¿Alguna vez había caminado sola por un lugar público tan lleno de gente como ése? No. Mientras lo miraba cayó en la cuenta de que sus ojos. y cuya absoluta inmovilidad contrastaba tanto con el movimiento de los otros que llamaba la atención. Entonces su mirada se detuvo en un caballero solitario de dominó negro que estaba cerca del grupo de danzarines. los hombres alineados frente a las mujeres. o igual un libertino en busca de placeres menos inocentes. ¿qué lugar mejor para practicar que ése. se impuso un paso enérgico. Aunque su dominó escarlata atraía miradas curiosas. Alto y potente. tomó un sendero que se cruzaría con el de él. Muchos eran visiblemente ciudadanos decentes que habían salido a pasar una noche de diversión. y disfrutó enormemente mirando cada una.

no una hoguera. Aunque sí llevaría por lo menos antifaz. Cuando iba llegando al final del parque se encontró ante una pista de baile en el espacio limitado por el paseo principal y uno de los senderos más pequeños. Usó los dos ojos y su intuición para examinar a los fiesteros que pasaban por su lado. También 33 . pero lo bastante para que ella lo encontrara interesante. Aunque la mujer llevaba antifaz y una túnica con esclavina de seda escarlata. y el parque ocupaba más de seis hectáreas de bosques y paseos. pues ella lo había visto dos veces esos dos días pasados. Continuó buscando a Gwynne. probablemente estaría en un grupo. ahora que la había encontrado no debía volver a ahuyentarla. ella estaba allí. ¿Por dónde diantres comenzar? «Si no eres capaz de descubrirla eres un fracaso como amante y como custodio. de eso estaba seguro. Enérgicamente aplastó su poder y la pasión que ella le inspiraba. con todos los sentidos en alerta. Con la esperanza de necesitarla después. atravesó el espacio desocupado en dirección al sendero y. Hacía años desde su última visita allí. Debía disfrazar sus características físicas. En esa colorida multitud no llamaría la atención.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 5 Una vez que pasó a largas zancadas por la puerta de entrada de New Spring Gardens. Y estaba sola. jardines y senderos cruzados. la sintió como una vibración de luz avanzando hacia un extremo del parque. reservó una mesa en el pabellón comedor. ¿Podría ser ella esa grácil mujer de dominó azul que estaba bailando con un sátiro bajo y rechoncho? No. con sus bosquecillos. Ella estaba muy cerca. El baile de máscaras había atraído a multitudes de juerguistas disfrazados. y había olvidado lo concurrido que estaba en una hermosa noche de verano. y tal vez dominó. hasta que sólo fueron brasas. Cuando se le calmó la mente. Pero ¿dónde? Frustrado. Puesto que Gwynne había venido con amigos. su alta figura destacada por la luz de la linterna. Era conveniente que el dominó y el antifaz que le había prestado Simon fueran negros. y luego se dirigió por el paseo principal hacia el final del parque. Bueno. ¿Está cerca Gwynne? Sí. Estaba a punto de echar a andar hacia ella cuando la mujer hizo un gesto que inmediatamente le reveló que era una desconocida. supo al instante que era Gwynne. pero ella estaba tan cerca que no lograba ninguna percepción más clara que el potente conocimiento de que estaba cerca. Después podría alcanzar su verdadero objetivo: encender sus muy ocultas pasiones hacia el romance. Duncan se detuvo. ¿Llevaría disfraz? Consultando sus sentidos interiores nuevamente. no hacia la furia que él había encendido en ella antes. eso le daría tiempo para captar su interés. Con suerte. de pronto. examinó atentamente a los danzarines y a los mirones. decidió que no. Con los ojos entrecerrados. fue a meterse dentro de una hornacina que contenía un enorme león de madera y cerró los ojos. Un acento francés disimularía su leve entonación escocesa. ¿Muy cerca? ¿Más o menos cerca? Visualizó la disposición del parque. desorientado. ¿O tal vez aquella enmascarada sentada en ese banco con un grupo de amigos? Parecía tener su misma altura y figura. Después generó un leve hechizo de atracción. no tan potente que influyera en su voluntad.» Sonriendo irónico.

milord. cálida al aire fresco. pensando adónde la llevaría. —¿Me acompañaría a tomar un refrigerio. milady? No podría negarse ni que lo intentara. se sentía casi dolorosamente viva. se lanzó en persecución de su dama. Mientras el hombre avanzaba hacia ella con el paso de un guerrero. Iban por la avenida principal. Tenía una mandíbula fuerte. La experiencia fue similar cuando conoció a Ballister. Sin decir nada. Mientras se juntaban y se separaban. Y aunque no le veía los ojos.Mary Jo Putney El beso del destino caminaría apoyando el peso en las almohadillas de las plantas. Él se dobló en una elegante reverencia cortesana. Terminó la música y el jefe del grupo anunció que los músicos se iban a tomar un descanso. A Gwynne se le quedó atrapado el aire en la garganta cuando el hombre de negro se volvió hacia ella. lo suficiente para hacer sutilmente diferentes sus movimientos. pero no estaba dispuesta a meterse entre los arbustos con un desconocido. Aunque llevaba antifaz. como un tierno capullo amenazado por una helada tardía. Pero estar con él la ponía recelosa. La mayoría de los bailarines reían y hablaban con sus parejas. Él puso la mano sobre la de ella. aunque no se sentía en absoluto amenazada por ese hombre. conscientes 34 . ella se sentía como si fueran caminando dentro de una burbuja. Hechizada podía sentirse. calculó que era incluso más alto y ancho que Ballister. Al menos no presentía ninguna amenaza que ella no recibiera bien. Trató de convencerse de que sólo estaba excitada por la travesura de bailar con un desconocido. la única parte visible de su cara bajo el antifaz. Le parecía percibir la forma de sus extremidades bajo el dominó. Ella pasó la mano por debajo de su codo. pero no tuvo éxito. tuvo la sensación de que su mirada le golpeaba el alma. su mirada la quemaba dondequiera que tocara su cuerpo. Ese hombre poseía una fuerza que la inducía a poner toda su atención en él. ¿Sería posible que…? Rechazó el pensamiento antes de que se le formara. girando y haciendo los pasos dobles de la danza. Volvió a pensar en Ballister. —Oui. pero su mirada no se desviaba ni un solo instante de la de ella mientras seguían los sencillos pasos y figuras de la contradanza. Le miró los labios y el mentón. Cuando estaba dando una vuelta alrededor de su pareja. mi hermosa dama? —Encantada. A pesar del gentío. en dirección a la parte central del parque. vio a Norcott. luego le cogió la mano y la llevó hacia la pista de baile. ¿Conocida? No supo decirlo. Le alegraba saber que estaba protegida. enriquecida por un ronco y sensual acento francés: —¿Bailaría conmigo. mientras que ese desconocido la atraía como un imán a una aguja. Ella sintió arder la piel con la presión de sus dedos sobre los guantes de cabritilla. sentir los controlados movimientos de sus largos y duros músculos. Con la esperanza de que el poder de ella no fuera tan grande como para reconocerlo a pesar de esas precauciones. Tal vez ese silencio era lo que la hacía tan intensamente consciente de él. porque estaba sentado en un banco siguiéndola con despreocupada mirada. El lacayo la había visto aceptar de buena gana la invitación del hombre de negro. el hombre de negro le ofreció el brazo doblado. El hombre de negro no hablaba. Su apreciación se confirmó cuando él le tendió una mano y le habló con una voz profunda.

—Podría tentar a un ángel a bajar del cielo a escuchar sus azucaradas palabras. Es bella su dulce voz. —Le pasó suavemente las yemas de los dedos por el interior de la muñeca enguantada—. y en estos momentos hay un guardián que me vigila. Su deseo había sido aprender a coquetear. Ver su cara y figura sólo intensificaría esa impresión. que calma y excita a la vez. —¿Es un ángel o un demonio. pero por la noche invita a hacer volar la imaginación. Esos cumplidos la dejaron sin aliento. Ella pensó si él desearía seducirla. adulador. Ella no pudo dejar de reírse. pero ya estaba descalificada. —¿Está sola aquí. orgullosamente erguida en medio de la noche. no sería tan tonta como para reconocerlo. Ni siquiera tengo un abanico para golpearle los dedos por ser tan escandaloso. en su soltura para caminar y en la curva de su brazo. las gotitas brillantes a la luz—. Los arbustos parecían estar vivos de tantas parejas que escondían. ¿Qué es usted. 35 . y a ella la recorrieron estremecimientos—. su risa dulce. ¿Cómo podrían tantas personas disfrutar y no ser encantadoras? Puede que esta estatua sea vulgar a la luz del día. así que prefiero encontrarlo todo delicioso. —Esta decoración podrían considerarla indecente los hastiados o deliciosa los entusiastas —comentó él. —Agradezco que no tenga un arma tan formidable. acariciar esos labios que contenían tanta promesa. Es una sinfonía de finura. Uno hechizado por su belleza. Él se echó a reír. con una sonrisa en la voz—. Deseaba pasarle las manos por encima. Él la desvió del paseo principal y la llevó hasta una gruta en la que había una fuente. milady? —Nunca había estado en New Spring Gardens. —Qué manera de exagerar. —Le acarició delicadamente la garganta con el dorso de la mano. El hombre de negro era el campeón mundial del coqueteo. ¿A no ser que su dominó escarlata lo hubiera llevado a conclusiones erróneas? Pero no le había hecho ninguna insinuación indecorosa. —Milady —dijo él. —Uno percibe la belleza aunque esté disfrazada. Yo podría ser la mujer más horrible de la cristiandad y no podría saberlo tal como voy disfrazada. ¿Por qué sería tan absolutamente erótico el acento francés? Se sentía casi mareada de atracción. Aunque lo estuviera. al revelar el semblante creado por la vida y la risa. milord. sonora. pero incluso para un francés pico de oro sería presuntuoso creerse capaz de inducir a meterse entre los arbustos a una mujer a la que acababa de conocer. milady? —le preguntó él.Mary Jo Putney El beso del destino sólo de ellos. Su conducta era tiernamente solícita. —Estoy con un grupo de amigos. Había belleza en usted allí. Será mejor que disfrutemos de la mutua compañía y la magia de la noche. No sé qué contestar. palpar los músculos y fibra que había debajo de ese dominó. Hizo una respiración lenta para calmar su alborotada mente. En medio de la fuente se alzaba la estatua de una mujer desnuda iluminada por lámparas coloreadas. —Acabo de descubrir otras bellezas en usted —dijo él dulcemente—. Cogió agua en la mano y la dejó caer por entre los dedos. Las de la mente y el espíritu. los ángeles siempre la protegerán dondequiera que vaya. como debía ser la de un verdadero caballero. una serpiente estaba enrollada estratégicamente alrededor de su cuerpo y echaba agua por la boca. Hay belleza en su postura. milord? —Sólo soy un hombre.

Gwynne examinó con interés la fuente de lonchas de jamón. aunque estaba bastante segura. y ella notó con qué atención vigilaba hasta que ellos estuvieron a una distancia prudente. mi dama escarlata. Y cuando le dejó la muñeca al descubierto. Las ilusiones son tan sutiles como las nubes y no contienen más satisfacción. La única realidad entre ellos era ese fugaz y efímero coqueteo. milord. —Entonces es mejor que nunca nos quitemos las máscaras. milady. La realidad puede ser una llama que consume. pero las porciones están pensadas para tentar. La realidad nunca está a la altura de las ilusiones. pero en su fuerza y cortesía era muy real. Mirándola a los ojos. Se sentía deliciosamente mala. es usted extraordinario. Debía aceptar las limitaciones y disfrutar de esa situación tan emocionante que no podía ser real. ¿Vive en Londres ahora? —No. se inclinó a depositar un beso en el lugar del pulso. si no. puesto que el reservado estaba abierto a cualquiera que quisiera mirar en esa dirección. Tal vez sería mejor si lo fuera. cuando él le cogió la mano. Ella abrió la boca y cogió un trocito. Estaba alargando la mano para coger una loncha y ofrecérsela a él. Incluso enmascarado. Le acercó la loncha enrollada a los labios. Aunque debo agradecer que se haga ilusiones acerca de mí —añadió. sabría que soy muy vulgar y corriente. —La cogió del brazo y la llevó de vuelta al paseo principal—. acababa de conocer a un hombre atractivo. un experto hilandero de palabras. —No —dijo ella enérgicamente—. Podía ser un desconocido. El reservado de los Tuckwell seguía desocupado. No voy a fingir que soy una persona vulgar y corriente. ¿Había ido allí esa noche con la intención de ligar con cualquier mujer sola que estuviera dispuesta? Traviesamente reconoció que él tenía motivos para sentirse confiado. Ella estaba a punto de sugerir que fueran a sentarse allí cuando él la llevó a otro compartimiento que seguramente ya tenía reservado.Mary Jo Putney El beso del destino —Es una suerte que llevemos máscara. Después de tragar dijo: —Sin duda la tentación y la expectación son las mejores partes de comer y de coquetear. no habría tanta emoción. Llegaron al pabellón comedor. Esas palabras le recordaron a ella lo artificial que era ese encuentro. Simplemente estoy de visita en esta gran ciudad. —Estas lonchas son tan delgadas que casi son transparentes. En ese momento pasó junto a ellos un grupo de jóvenes borrachos tambaleándose y ocupando más espacio que el que les correspondía. Un conjurador de sueños. en un tono que contenía una cierta dosis de ironía—. —Su pronunciación es francesa. Sus cálidos dedos le produjeron más estremecimientos por toda ella. —Debo manifestar mi desacuerdo con eso. no para satisfacer. Si de verdad se conocieran. Tranquilamente el hombre de negro cambió de posición. milady. El hombre de negro dijo algo al camarero y casi inmediatamente les sirvieron una selección de refrigerios. Es una maravilla. uno del que ni siquiera sabía el nombre ni le había visto la cara. enigmático. 36 . Se sentía hechizada por un hombre que era más producto de su imaginación que real. Ella se regañó por el instantáneo pesar que sintió. Convincente. —Dicen que un jamón se puede cortar en lonchas tan finas como para cubrir todo este parque —comentó él. Cogió una frágil loncha y la enrolló hasta convertirla en un cilindro—. y ya quería pensar en un futuro. le bajó muy lentamente el guante. Qué mujeril. porque jamás podré estar a la altura del elevado concepto que tiene de mí. colocándose entre ella y los juerguistas. No desee ser menos de lo que es. El delicado sabor salobre lo sintió en la lengua tan sensual como un beso. Qué habilidad debe de tener el que las cortó.

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—El deseo puede ser tentación y satisfacción, milady —susurró. Ella ahogó una exclamación y se apartó, con el corazón acelerado. No tenía idea de que fuera posible sentir tanta excitación. —Debe contentarse con lo primero. Él le sonrió. —Para mí su compañía es una profunda satisfacción. No necesito más por esta noche. —Y no habrá ningún mañana —dijo ella, tratando de hablar con naturalidad. Ya lo echaba de menos y él ni siquiera se había marchado. Él empezó a quitarle suavemente el guante, un dedo tras otro. —Siempre hay un mañana, aun cuando no conozcamos su forma. Terminó de salir el guante y él le sopló un beso en el sensible centro de la palma. Gwynne sintió una embriagadora mezcla de fogoso deseo y dulce anhelo. Impulsivamente ahuecó la mano en su mentón, sintiendo su firmeza y calor, junto con la seductora aspereza de su barba de un día. Él hizo una inspiración profunda al sentir su contacto. Ella bajó suavemente la palma por su garganta desnuda, ridículamente complacida por ser capaz de afectarlo con tanta intensidad como él le afectaba a ella. Para mantener la ventaja, se quitó el otro guante, enrolló una lonja de jamón y se la acercó a la boca. Él la cogió limpiamente, rozándole apenas las yemas de los dedos con los dientes. Ella retuvo el aliento, comprendiendo que debería haberse imaginado que jamás sería mejor que él en los juegos eróticos. Aunque en ese juego no había perdedores. Él le ofreció un trago de vino, después giró la copa y bebió del mismo lugar donde ella había colocado los labios, sin dejar de mirarla a los ojos. En los agujeros del antifaz sus ojos se veían de color claro, aunque los mechones de pelo que se agitaban junto a su cara eran oscuros. Cuando él le ofreció otra lonja de jamón, ella le lamió los dedos. Riendo suavemente, él le acarició el interior de la muñeca, donde el pulso latía rápido por la excitación. Después deslizó la mano hacia arriba por debajo del holgado dominó hasta tocarle el borde de la manga del vestido. Le acarició la piel, sus dedos cálidos, conocedores, indecentemente provocativos. —Ah, milady, ¿cómo puede imaginarse vulgar y corriente? Ella se rió suavemente, embriagada por la sensualidad y el poder de su presencia. Él le ofreció un disco de mazapán que llevaba grabada la imagen de un barco. Ella cogió el dulce entre los dientes, y sintió deslizarse por la lengua el sabor de almendras y azúcar disueltas. Sintiéndose desenfadada, le mordisqueó los dedos. —Yo soy vulgar y corriente, pero la noche no. Él se colocó otro mazapán en la boca y acercó la cara en silencioso ofrecimiento. Frívolamente ella lo cogió en la boca. Sus labios sabían exquisitos, a vino y especias. Se tragó el mazapán ya disuelto y le mordisqueó delicadamente los labios. Él emitió un ronco sonido gutural y la rodeó con los brazos, abriendo la boca sobre la de ella, exigiendo. Con el corazón desbocado, ella cerró los ojos, inmersa en el placer del momento. Por un instante se sintió extasiada. El instante se rompió en un explosivo caleidoscopio de imágenes. ¡Incendio, sangre, muerte! Casas consumidas por las llamas, niños llorando y tropezándose con los cuerpos de los muertos. Horror inimaginable… Jadeante, lo apartó de un empujón, la devastación grabada a fuego en su mente. La pasión y el peligro estaban inextricablemente unidos en ese hombre. Además, sabía quién era. Le arrancó el antifaz y miró fijamente la conocida cara angulosa, pensando cómo pudo ser tan tonta para dejarse engañar.
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—¡Maldito sea, Ballister! ¡Cómo se ha atrevido! Después de un involuntario encogimiento al quedar expuesto, él dijo calmadamente: —Necesitaba pasar más tiempo contigo, Gwynne. Desde el principio te he alarmado. Parte de eso, creo, se debe a mi fama. Se me ocurrió que si tenías la oportunidad de pasar un tiempo conmigo como un desconocido, no el Señor del Trueno, te relajarías lo bastante para sentir lo que hay entre nosotros en lugar de huir como siempre. —Le tendió las manos cálidas y fuertes que ella había encontrado tan seductoras—. Ahora que hemos pasado una hora juntos como hombre y mujer, y no como lord Ballister y lady Brecon, ¿puedes negar esa atracción? No, no podía negarla, cierto, como tampoco podía negar las horrendas visiones desencadenadas por su beso. Sintiéndose incapaz de pensar por el trastorno, se deslizó hasta la orilla del banco y se puso de pie. —¡No vuelva a acercarse a mí! —exclamó con la voz temblorosa—. ¡Jamás! Arrojando el antifaz al suelo, salió corriendo del reservado, aunque tenía las rodillas tan débiles que apenas la sostenían. Estaba llegando al paseo principal cuando una voz gritó: —¿Gwynne? ¿Te ha ocurrido algo? Se volvió a la izquierda, y vio la figura cubierta con el dominó verde de Anne Tuckwell y a su marido al lado. Al mismo tiempo apareció de un salto Norcott a su derecha. —Milady, ¿se ha hecho daño? —No, sólo estoy… perturbada. —Agradecida, se arrojó en los maternales brazos de Anne. Deseó estar con lady Bethany, que la ayudaría a comprender lo ocurrido. Haciendo un esfuerzo para serenarse, añadió—: Ahora debo irme a casa, pero no hay ninguna necesidad de que os marchéis. Si me acompañáis hasta el río, alquilaré una barca… —Nada de eso. Norcott me acompañará para llevarte a casa. George, espera en nuestro reservado hasta que vuelvan Sally y William. —Con un protector brazo alrededor de su cintura, Anne echó a andar hacia el muelle—. ¿Puedes hablar de esto? ¿Qué había ocurrido después de todo?, pensó Gwynne. Había coqueteado con un hombre y ahora lo lamentaba. —Fue… no fue algo muy importante; sólo soy yo. No estoy hecha para las aventuras, me parece. Miró hacia atrás y vio a Ballister de pie en el reservado, una forma más negra en las sombras de la noche. Incluso a esa distancia veía la tensión en su figura oculta por el dominó, y comprendió que deseaba correr hacia él. Esas ingeniosas y seductoras manos debían estar cerradas en puños para controlar ese impulso. La atracción entre ellos era innegable; a pesar de esas horrorosas visiones, ansiaba volver a sus brazos. Tal vez la había hechizado, porque jamás antes había sentido un deseo tan intenso. Intencionadamente le dio la espalda y se concentró en el camino de vuelta al muelle. Ballister era un hombre misterioso, seductor, el más fascinante que había conocido, y esa noche le había quedado deslumbrantemente claro que era aún más temible de lo que había imaginado. Con el corazón oprimido por la pena, Duncan se quedó observando a Gwynne correr hacia sus amigos. Debería agradecer, supuso, que ella no hubiera enviado a los dos hombres a golpearlo. Tal vez pensó que un mago podría hacerles daño.
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Cuando se alejaba, ella se giró a mirarlo. Su mirada ardiente era implacable. Y luego se perdió de vista. Recogió el antifaz del suelo. Ella se lo había arrancado con tanta fuerza que se desprendió uno de los lazos. Atontado se quitó el dominó y lo dobló alrededor del antifaz. Ahora que la había ahuyentado para siempre, no tenía ningún sentido continuar disfrazado. Dejó un puñado de monedas en la mesa y echó a caminar hacia el río. Sus pensamientos giraron obsesivamente en torno a lo ocurrido durante todo el trayecto de regreso a la casa Falconer. Había esperado hechizar a Gwynne para que aceptara su atracción mutua, y al principio dio resultado. Ella se mostró simpática, juguetona e interesada en él, tal como se había imaginado que podía ser. ¿Por qué ese beso destruyó la muy humana magia que los unía? Juraría que ella estaba tan deseosa como él. No fue solamente que lo reconociera y se enfureciera por el engaño. Había visto miedo en ella cuando lo maldijo y echó a correr. ¿Cómo se le podía ocurrir que él le haría daño? Las mujeres corrientes podían encontrarlo temible, pero ella no era una mujer corriente. Ese beso lo atormentaría eternamente. Tenía la esperanza de llegar hasta su dormitorio sin que nadie lo viera, pero cuando entró en el vestíbulo, vio que estaba abierta la puerta de la sala de estar y Simon repantigado en un sillón junto al hogar. Su amigo levantó la vista y agitó la mano en un perezoso gesto: —Acompáñame a tomar una copa de coñac y cuéntame cómo te fue tu cacería nocturna. Duncan hizo un gesto de pena y entró. Después de dejar el dominó doblado sobre una mesita, cogió la copa y se sentó en el sillón de en frente junto al hogar. Bebió un trago de coñac, luego otro, contento de que el quemante licor lo sacara de su atontamiento. —La cacería fue un desastre. Es hora de que regrese a casa. Simon enarcó las cejas. —¿Sin Gwynne? Creí que estabas resuelto a conquistarla, costara lo que costara. Duncan rió amargamente. —He destruido toda esperanza. —En pocas palabras le contó los acontecimientos y el catastrófico final—. No me perdonará haberla engañado, de eso estoy seguro. —Puede que no te perdone, pero aún no habéis acabado. Aunque ese beso provocara una explosión, es también una señal de la increíble cantidad de energía que hay entre vosotros. Sois como los polos opuestos de un imán, atraídos inexorablemente. —Simon cerró los ojos y frunció el ceño—. Cuando os imagino a los dos juntos, la energía es como una ciudad ardiendo. El destino os volverá a reunir. Eso te lo garantizo. Duncan se presionó las doloridas sienes. Después de esa desastrosa noche no sabía si la predicción de Simon era un anuncio de esperanza o de peligro.

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El beso del destino

Capítulo 6
Gwynne logró recuperar una apariencia de serenidad durante el trayecto en barca hasta Richmond. Una vez que estuvieron en el salón de lady Bethany, despidió a Anne y Norcott asegurándoles que se encontraba muy bien, y agradeciendo sinceramente la agradable noche de fiesta. Lady Bethany no se dejó engañar, lógicamente. Con los ojos entrecerrados, esperó hasta que se quedaron solas para decir: —Tienes el aspecto de haber visto tu propio fantasma, querida. Gwynne se hundió en el sillón, temblorosa, y agradeció que Athena le saltara a la falda. El cariñoso ronroneo de la gata le sirvió para mantener la voz firme mientras relataba su encuentro con Ballister, hasta llegar a las visiones de horror. Acabó preguntando: —¿Es malo, Bethany? —No, en absoluto, pero hombres buenos pueden causar el mal sin intención. —La anciana se levantó con expresión preocupada—. Vete a la cama. Te prepararé un ponche con leche para que duermas. —¿Será algo más que una pócima somnífera? —le preguntó Gwynne, pues conocía las habilidades de su amiga. Bethany asintió. —Te daré una pócima que te calmará lo bastante para poder hacerte preguntas sin causarte más perturbación. Necesito saber más sobre esas visiones. Ella también necesitaba saber más. Llevando a Athena en los brazos subió a su habitación y llamó a la doncella para que la ayudara a desvestirse. Le alegró reemplazar el corsé y las enaguas por un camisón de batista. Se cepilló el pelo y se lo estaba trenzando para acostarse cuando apareció lady Bethany con una copa humeante. Gwynne se ató el extremo de la trenza con una cinta y bebió un sorbo de esa fuerte bebida, interesada por saber qué ingredientes tendría además de leche y vino calientes. El calor de la bebida fue bajando en espiral por ella, aflojándole la tensión que la tenía hecha un nudo desde ese demoledor beso. Bebió otro poco, tratando de no recordar las lonchas de jamón y el vino que había compartido con su seductor. —No entiendo por qué no reconocí a Ballister. ¿Crees que me echó un ensalmo de confusión? La mirada de la anciana se desenfocó, analizando la pregunta de maneras que Gwynne sólo podía imaginar. —Si lo hubiera hecho, yo vería las señales a tu alrededor. Es posible que haya aplicado un leve hechizo de atracción, de una potencia suficiente para vencer cualquier renuencia que sintieras a bailar con un desconocido. Puesto que has sentido atracción y recelo desde el momento en que lo conociste, simplemente enmascaró esa parte de su naturaleza que te alarmaba y luego ocultó su apariencia física con los sencillos trucos del disfraz y el acento francés. Fuera cual fuera la combinación de ensalmos y artificios que hubiera usado él, había sido muy eficaz. Gwynne recordó el primer instante de éxtasis del beso y sintió una oleada de excitación que fue seguida inmediatamente por una de rabia. —Usar su poder para engañarme ha sido malvado.
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como si estuviera fuera de su cuerpo observando los actos de una desconocida enamorada. creo. Gwynne le explicó con detalles su encuentro con Ballister. —Nuevamente la acometió el terror y se aferró al borde de las mantas—. el baile. —No es el instigador. una gran ciudad. Has oído los rumores de otro levantamiento jacobita. Nuevamente el contacto de Bethany la devolvió a la seguridad de su cama limpia. pero por lo menos en ese momento podía ver las imágenes con calma. Cuando estés cómoda. contenta de hundirse en el colchón de plumas. otros… ropa de las Highlands. Termínate la bebida y acuéstate. me parece. ¿Qué otras imágenes viste? Gwynne hizo una inspiración profunda y se obligó a relajarse otra vez. Gwynne esperó a ver si le venía una respuesta. me alegro de no tener poder yo. Si eso ocurre. Creo… creo que era en Escocia. y me temo que ocurrirá. Las llamas están cerca y no puede escapar. La mujer se tropieza y se cae. Después se sentó junto a la cama y empezó a hacerle preguntas sobre esa noche en voz baja. —Pero ¿algunos sí? —Viste un campo de batalla. Gwynne pensó en esa madre atrapada en el incendio y en su hijo. Tiene tanto poder que se desbordó y cayó en mi mente. Algunos llevaban casaca escarlata. de piedra sin pulir y techo de paja. Ladea la balanza. no lo veo atacar a nadie. —Lo veo… con una espada. —Giró la cabeza hacia Bethany—. Dios. Viste un incendio. y su hijo empieza a chillar. Es más bien como… como una chispa para la yesca. era tosca y solitaria. Una mujer iba huyendo con su hijo en brazos. Gwynne obedeció. distanciada. Echó atrás las mantas—. ese perro tiene un brazo cortado entre los dientes. Por primera vez. Había cuerpos caídos por todas partes. —Muy bien —musitó Bethany—. la conversación y los refrigerios. Lo único que necesitabas era un pretexto para no reconocerlo —dijo la anciana con un cierto sarcasmo en la voz. —El hecho de que tuvieras esas visiones cuando os besasteis sugiere que él está involucrado de alguna manera. sólo se oye el ruido de las águilas ratoneras y… ay. Podría ser que no todos esos horrores lleguen a ocurrir. Diestramente. Con un brazo alrededor de Athena. Pero sólo la tiene en la mano. —Yo creo que has visto futuros posibles. —Cuando tuviste la visión del desastre. —Las imágenes no indican necesariamente incendios reales. finalmente. Le vinieron bascas. La 41 . y. Bethany la cubrió con las mantas y apagó las lámparas dejando una sola encendida. que va de menor a mayor. Está oscuro y muy silencioso. Tú estabas lista y dispuesta. Bethany la llevó hasta el momento del beso. la rebelión podría llevar a otra guerra civil. hija mía. Creo que son símbolos de una catástrofe en formación. ¿Qué se estaba quemando? —Primero una casita de campo. ¿Tienes alguna idea de cómo? Acallando la mente para que fuera como un pozo plateado. Se sentía objetiva. veremos qué recuerdas. ¿Crees que estas visiones son de cosas reales? Bethany frunció el ceño.Mary Jo Putney El beso del destino —Dudo que necesitara ni siquiera ese pequeño hechizo. Le caen brasas en el vestido… Bethany le cogió las manos y la sacó de la visión. ¿viste a Ballister actuando con violencia? Ni siquiera la bebida podía eliminar el recuerdo del horror. Luego aldeas incendiadas. Su estado de sosiego le eliminó gran parte de la rabia y vergüenza. La empuñadura es de bronce u oro. —Había… creo que tiene que haber sido un campo de batalla.

Gwynne titubeó un momento y se decidió a hacer ilusionada la pregunta: —¿Crees que las visiones significan que estoy desarrollando poder? La mirada de Bethany se desenfocó mientras pensaba. Había elegido esa sala grande y aireada porque su orientación al sur permitía que entrara el sol para calentarle sus viejos huesos. Gwynne exhaló un suspiro. Bethany miró cansinamente hacia su cama. Se había elegido esa compacta madera para que protegiera el tesoro que había dentro. Giró el pomo y entró. Pero ya no habría ningún calor allí. lo que quiere decir que tiene la capacidad para causar muchísimo daño. Levantó la tapa. y exactamente por esos motivos. Aunque es posible que se esté manifestando por fin un talento latente. pero sencillamente no lo sé. Gwynne y su doncella. Se instaló ante su escritorio y sacó una caja de ébano del cajón de más abajo. Duérmete. ¿quién sabe lo que podría ocurrir? Es un hombre de inmenso poder. por lo que hizo chasquear los dedos para que se encendieran los carbones.Mary Jo Putney El beso del destino lucha sería feroz. y durante la noche ardió de pena por su pérdida. Pero sí soñó. Se abriría también para su hermano y su marido si estuvieran vivos. —Ya me parecía que era demasiado esperar que me estuviera convirtiendo por fin en una maga. Esto no es un asunto sencillo. Ballister será esencial en la forma como se desarrolle la rebelión. La puerta nunca estaba cerrada con llave. —Tal vez. O tal vez no. —Entonces hago bien en evitarlo. se puso de costado y se acurrucó alrededor de Athena prometiéndose no soñar con la sensualidad y excitación del rato pasado con el hombre del dominó negro antes de saber quién era. pero enseguida giró sobre sus talones y se dirigió a su cuarto de trabajo. Una vez que se marchó Bethany. querida mía. —La anciana suspiró. No había ninguna necesidad de hacerlo porque un conjuro hacía que sólo se abriera para ella. la explicación más probable es que el poder de Ballister y la intensidad de vuestra conexión produzcan imágenes relacionadas con él que pasan a ti. dejando ver toda su edad—. Pero el resultado es incierto. que era su amiga y compañera desde que las dos eran niñas. Pero ahora sólo entraban mujeres en esa sala de misterios. Aromáticos ramos de hierbas secas colgaban en un rincón. dejando a la vista el interior forrado en terciopelo y una esfera de 42 . Ese simple calor no le eliminaría el intenso frío que la invadió al escuchar las visiones de Gwynne. —Ojalá pudiera decir que sí. Podemos seguir hablando de esto por la mañana. Pero ¿de qué manera? —¿Ballister es jacobita? Yo pensaba que todos los custodios apoyan a los hannoverianos por la paz y prosperidad que han traído. El hogar estaba preparado. pero le iría bien a su cansado cuerpo. —Eso hacemos. Una corriente de aire hizo parpadear misteriosamente la luz de la vela de su lámpara sobre los libros y materiales de su laboratorio mágico secreto. y un enorme armario contenía las vasijas de vidrio y los instrumentos que usaba para preparar sus pócimas. pero es escocés. Le agradaba pensar que a lo largo de los años había producido obras originales que serían de valor para los futuros custodios. Creo que tienes razón. Algunos de los caminos posibles son… están muy oscuros. —Se levantó y le dio un beso en la frente—. En la fragua de la guerra. Ballister no es jacobita.

Enmarcó la petición de modo que los receptores no la vieran hasta el día siguiente. ella encontró la bola y mantuvo una seria conversación con el jefe del Consejo. A los pocos minutos sintió formarse las palabras en su mente. y el asunto no era tan urgente como para despertarlos. ¿Quién podría estar despierto? Ah. el mago más viejo de las familias de Cornualles. Tal vez Bethany aceptaría darle la receta de esa pócima para dormir. Rezaba la leyenda familiar que cuando sólo tenía tres añitos. Molly negó con la cabeza. Los que vivían en la zona de Londres vendrían a su casa. La convocatoria les diría que fueran a mirar su esfera. Jasper Polmarric. Gwynne se sorprendió al sentirse tan descansada. «Ojalá fuera eso. Cuando la tocaran. pero no el talento para comunicarse con claridad mediante la esfera. Distraídamente contempló los planos y burbujas del interior de la piedra translúcida mientras la calentaba entre las palmas para despertar la energía. como también las huellas del poder de todos los miembros del Consejo que la habían usado desde entonces. Tenía que ser casi medio día. como ella. pero la mayoría estaría durmiendo a esa hora. Las esferas telecomunicadoras las ideó y fabricó lady Sybil Harlowe. Bostezando se bajó de la cama. A Jasper Polmarric le envió un mensaje distinto y una llamada más inmediata: «¿Estás disponible para hablar?» Si estaba despierto. Con razón se sentía tan descansada. Después de lavarse tiró del cordón para llamar a su doncella Molly. podría hacérsela ella misma. Esa noche ansiaba tener una conversación con otro miembro del Consejo. —Su señoría tiene visitas y no se la puede interrumpir. antepasada suya y una de las magas más poderosas del siglo dieciséis. Al despertar. así que visualizó a siete de los otros ocho miembros del Consejo y les envió el mensaje: «Convoco a una reunión del Consejo por un asunto de suma urgencia.Mary Jo Putney El beso del destino cuarzo de unas tres pulgadas de diámetro. El personal de lady Bethany funcionaba como un reloj. No todos tenían el don. Ella sentía el poder de lady Sybil incluso en ese momento. sabiduría y las dotes para usar una esfera. Si no entraba ningún tipo de magia en la preparación. con el humor agudo que caracterizaba a Jasper: «¿En qué travesura andas. y la comunicación era esencial para mantener en armonía a las familias. mi querida Bethany? ¿O tienes dificultad para conciliar el sueño?» Lo hizo sentir su cansancio y angustia. Cada miembro del Consejo tenía una impronta de energía tan clara como una voz. Existían nueve esferas de ésas. Ser miembro del Consejo exigía madurez. y cuando estalle. Su hermano Emery había poseído tanto poder como ella. una para cada miembro del Consejo de los Custodios. Se sirvió chocolate caliente en la taza. 43 . lo oiría muy pronto. que pasados unos minutos entró con una bandeja con el desayuno. y sintió una punzada de culpabilidad al ver la posición del sol. —¿Sabes si lady Bethany está libre para reunirse conmigo? Querría hablar con ella. recibirían el mensaje completo. Los miembros más distantes asistirían a la reunión a través de sus esferas. Jasper. ¿Sabes que todos los magos de Gran Bretaña hemos estado presintiendo un próximo cataclismo? Ya está casi aquí. La esfera ya estaba vibrando de poder. No tenía ninguna necesidad de añadir su nombre. que en esos momentos se encontraba en Newcastle. Era un animal nocturno. Hoy a mediodía». El último antes que ella fue su padre. toda la nación se estremecerá hasta sus cimientos».

No importaba. Cuando Bethany ordenaba que no la interrumpieran. Polmarric hizo un gesto de impaciencia. Londres era el cruce de caminos de Gran Bretaña. ¿verdad? Gwynne se sentó. Intuyendo que esa reunión tenía que ver con Ballister y tal vez con ella también. Pero a veces un incidente que parece no tener importancia es como un hilo que deshace todo el tapiz si se tira de él. lo que quería decir que si se hacía necesaria la intervención de los custodios. Pero dudaba que fuera algo tan simple. Absorta en su trabajo. Después de que Molly salió. ahí había algo más que coqueteo. acababa de meterse en una reunión plenaria del Consejo. y en cualquier momento podían estar residiendo allí por lo menos cuatro o cinco de ellos. no la habrían invitado. Qué día más raro era ése. Si ocurría algo importante. El bajo y calvo Jasper Polmarric. Podrían hablar después. Molly. y entró. Ella asintió. eso significaba que estaba ocupada en algún asunto de los custodios. La sorpresa la sacudió toda entera. si no. —Buenas tardes. giró su silla de ruedas para quedar frente a ella. deseando que su vida privada no se hubiera hecho tan pública. Ya conoces a todos mis colegas. señor. Cuando llegó al salón. se inclinó en una profunda reverencia. —Toma asiento. —Como te dije anoche —dijo lady Bethany—. Gwynne sintió arder las mejillas. se sirvió más chocolate en la taza y se instaló en su escritorio a trabajar en traducir un diario de doscientos años de antigüedad que contenía numerosos hechizos y recetas. bajaré enseguida. pegó un salto cuando Molly abrió la puerta y le dijo: —Lady Bethany desea que se reúna con ella en el salón pequeño. y la energía era tan potente que hasta una piedra la habría sentido. Eso no era una casualidad. Se hallaban sentados alrededor de una mesa redonda que normalmente se usaba para jugar a las cartas. era mucho más sencillo entender los códigos que a los hombres. Pero Polmarric tenía razón. En la reunión estaban Bethany y otros cuatro. Sentarse con los grandes magos como una igual sería arrogancia. Fui yo la que actué indecorosamente. Se levantó y se desperezó para aflojar los músculos. Estaba escrito en un código que le había llevado tiempo descifrar. ponían especial cuidado en que no todos se fueran a sus residencias del campo al mismo tiempo. todos los magos mayores hemos estado ocupados tratando de entender los acontecimientos. puesto que tenía buena letra y se le podían confiar los asuntos de las familias. —No hizo nada que requiera censura. ¿En qué les puedo servir? Tal vez querrían que tomara notas o escribiera una carta. no se perdería ni un minuto de tiempo. Todos los miembros del Consejo tenían casa en la zona de Londres. —Pasó las yemas de los dedos por su cristal 44 . —Gracias. En todo caso. pero la forma del futuro ha resultado ser enloquecedoramente esquiva. —Sabes que se ha convocado esta reunión debido a ti y a Ballister. por favor —le dijo Bethany en tono grave—. milady. eligiendo una silla separada por varios palmos de la mesa.Mary Jo Putney El beso del destino Gwynne enarcó las cejas. Ese beso fue más que un beso. contenta por el descanso. —No estamos preocupados por unos jóvenes que se roban besos en un jardín de las delicias. que era un amigo particular de Bethany. Gwynne miró con los ojos entrecerrados el reloj de la repisa del hogar y comprobó que habían transcurrido tres horas desde que desayunara. llamó suavemente a la puerta para indicarle a Bethany que había llegado.

lady Brecon? —le preguntó lady Sterling. —¿Conoce el procedimiento. Por eso queremos que te cases con lord Ballister. Hasta ahora. una mujer alta cuyo pelo rubio comenzaba a mostrar matices plateados. Varios magos poderosos trabajando juntos se ofrecen ideas mutuamente. que era la comunicadora más potente del Consejo. Si queremos tener un efecto en el resultado. que tenía sobre la mesa delante de ella—. 45 . La situación política se está poniendo crítica muy rápido. Gwynne observó que lady Sterling tenía firmemente cogida su esfera telecomunicadora abarcándola con toda la palma de la mano. Por medio de ese contacto los miembros ausentes la «oían» a ella. —Le captó la mirada. sus ojos brillantes de poder custodio—. Bethany asintió. debemos actuar inmediatamente. —Muchas veces estas sesiones llevan a cosas inesperadas. Les expliqué tus visiones y luego tuvimos una reunión de mentes. y por lo general eso hace posible formarse un cuadro mucho más claro del asunto que se tiene entre manos. —Según tengo entendido.Mary Jo Putney El beso del destino de videncia. se plantea una pregunta y a todos se los anima a comunicar sus ideas e intuiciones. lo que fuera que dijera se canalizaría a través de lady Sterling.

Gwynne! Duncan tiene talento. Somos pocos en número. hizo un gesto y sobre la mesa apareció una pequeña balanza de plata. Lentamente los platillos volvieron a equilibrarse. Duncan Macrae es un mago muy poderoso. Si a sir Ian lo tentaba el canto de sirena llamándolo a la libertad. Hugh Owens. —Vuestra relación está predestinada —continuó—. —Los miró a la cara uno a uno. —Perdóneme. no un objeto real. el platillo bajó violentamente estremeciendo todo el aparato. sarcástico. Imagínate ahora que Ballister pone su considerable peso en uno de los platillos. Algún día podría sentarse en este mismo Consejo. Una relación predestinada. Eso no era ninguna broma. son muy injustos. la nación en su conjunto está razonablemente pacífica. pero una capacidad mayor aún para hacer el bien. Gwynne. Duncan también era vulnerable. —No somos tan bárbaros —dijo sir Ian Macleod. pero las circunstancias podrían descarriarnos a cualquiera de nosotros. Aunque están en juego muchas fuerzas. ¿qué puedo hacer «yo»? ¿Asesinarlo si se descarrila? Bethany chasqueó la lengua. integridad. Pensamos que tú podrías impedir que causara daño. Hizo otro chasquido de dedos y apareció una chispa blanca en el otro platillo. Si no fuera por mi edad y porque recuerdo muy bien el levantamiento del año quince. No pienso casarme con un bárbaro escocés. la estaban mirando como mira un gato a un ratón—. Si te casas con él tendrás mayor influencia en sus actos. me sentiría tentado a luchar por la independencia de Escocia. Si representa un peligro para la estabilidad de la nación. No pretendía insultarlo. Gwynne retuvo el aliento. Y no es que hacerlo vaya a ser un sufrimiento sin alivio. —¡No digas eso ni en broma. y en las familias lo llamaban el Señor de las Islas. —¡¿Qué?! —La palabra le salió en un nada elegante chillido—. — Le hizo un guiño—. Estáis profundamente conectados. —Imagínate que esta balanza es Gran Bretaña hoy —dijo Owens—. no podemos permitirnos perder a uno de los mejores hombres de tu generación. pero también le permitieron comprender mejor que una rebelión jacobita haría sentir a los custodios escoceses el tirón de lealtades opuestas. —Es difícil para un escocés resistirse a una llamada a la libertad —observó sir Ian —. Medio había olvidado las palabras de 46 . En equilibrio. Sus palabras sorprendieron a Gwynne. pero de todos modos el truco era impresionante. amargamente—. pariente lejano de ella. Chasqueó los dedos y apareció una chispa roja en uno de los platillos. Esos Decretos de Unión… —agitó la cabeza. y un profundo respeto por nuestras tradiciones.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 7 Menos mal que Gwynne estaba sentada. lo que significa que sólo tú tienes el poder para equilibrarlo. Era el mayor de los custodios escoceses. Ballister tiene capacidad para hacer daño. pensó Gwynne. —¿Recuerdas lo que te dije anoche? —le preguntó Bethany—. sir Ian. Esa balanza tenía que ser una ilusión.

Pero ¿cómo podría ser su pareja equilibradora si me avasalla su poder y me convierto en una esposa dócil sin voluntad propia? —Te garantizo que jamás serás una esposa dócil —bufó Jasper Polmarric—. esas cosas ocurrían cuando un mago se tornaba renegado y usaba su poder de modo amenazador. Me eres más querida que mis nietas. Tu aura vibra de fuerza.Mary Jo Putney El beso del destino Emery sobre el destino aquella tarde en que le pidió que se casara con él. comprendió. —Simplemente sé tú misma —dijo Bethany. —No —dijo lady Sterling tranquilamente—. que había vivido con un inmenso poder la mayor parte de su vida. Aunque Bethany le había dicho que al Consejo no le gustaba actuar en contra de uno de los suyos. Un juramento de servir era también una promesa de sacrificarse si era necesario. dijo: —Me piden que deje todo y a todas las personas que quiero y me vaya a vivir entre desconocidos. suponía. Ahora es el momento de que asumas tus responsabilidades. pero las mujeres hemos hecho eso desde tiempos inmemoriales. y eso te da una mente objetiva. Y creo que si surge la necesidad de una gran hazaña. Eres demasiado joven para establecerte en la rutina de lo conocido. no obligamos. cuando te hiciste mujer hiciste un solemne juramento de servir y proteger. es difícil irse a otro país a vivir entre desconocidos. Considera nuestra petición una buena excusa para ceder a esa parte de ti que ha estado deseando a Ballister. cambiaría toda su vida. Más bien sintió orgullo de tener al fin algo que aportar: su vida. y suspiró—. y me había imaginado que tendría el placer de tu compañía durante mis últimos años. Si se casaba con Ballister. Lady Sterling tenía razón. Esas palabras le cayeron como un chorro de agua fría. —Es cierto que lo encuentro… muy atractivo. Gwynne no quiso ni pensar qué tipo de gran hazaña podría ser necesaria. Pedimos. Eres archivera y guardiana del saber y las tradiciones. Se miró las manos. —No te pedimos que te arrojes por un acantilado. tranquilizadora—. Puesto que ella jamás podría destruir a otro ser humano. —No creas que te pedimos esto a la ligera —dijo Bethany. Eso hizo reír sorprendida a Gwynne. pero Ballister era particularmente temible. no le molestó la coacción del Consejo. La intimidaría cualquier pretendiente que tuviera tanto poder. Fácil para él decir eso. Curiosamente. —No pueden obligarme a casarme con él. Y lo más importante aún: tienes un deber como custodio. la verás y sabrás qué hacer. que tenía fuertemente entrelazadas en la falda. La habían cuidado y protegido toda la vida y ésa era la primera vez que le pedían que dejara de lado sus deseos por un bien mayor. Aunque no eres maga. ¿Eso fue lo que vio él ese día? Tratando de ordenar sus revueltos pensamientos. Siempre serás capaz de juzgar sus actos. querida mía —le dijo Bethany en tono más suave—. Has disfrutado de los privilegios de ser una de nosotros. Sí. Pero al parecer eso no ha de ser. Gwynne se estremeció al pensar en el poder de Ballister. y mucho menos a su marido. y lo mal cualificada que estaba para realizarla. ¿qué haré? ¿Ser una espía para informar de sus actividades? ¿Cómo voy a saber cuándo va a causar ese terrible daño que se teme? Se le hizo un nudo en el estómago ante la magnitud de la tarea que le encomendaban. debía rezar para ser verdaderamente capaz de la tarea que iba a aceptar. Pero ¿qué otra opción tenía? Habían invocado su 47 . —Si me caso con Ballister.

el lacayo se dirigió al caballo que lo esperaba. Se casaría con un hombre que la adoraba. —¿Ha ocurrido algo? —se apresuró a preguntarle Duncan. 48 . —Lady Brecon solicita el honor de mi compañía en la primera ocasión que me vaya bien. curioso. por favor. El desastre es mi trabajo. Y él era el hombre más terriblemente atractivo que había conocido en su vida. —Mmm… no lo sé muy bien. —Muy bien —dijo en voz baja—. me casaré con él. —Con visible esfuerzo enfocó la atención en su amigo—. —Guardó silencio. —Si está a punto de armarse la gorda en Escocia. —¿Pasa algo? —le preguntó Simon al ver su expresión. Simon enarcó las cejas. Un lacayo pulcramente uniformado le enseñó una carta sellada. al menos por el momento. no deseaba demostrar que era indigna. Sin esperar que apareciera el mayordomo. —¿Se espera respuesta? —No. después de todo. señor. —Trató de borrar las imágenes de Gwynne en Dunrath que insistían en rondarle por la cabeza—. y levantando la vista. a unos pasos de ellos. Simon fue a abrir. tengo que estar en casa para asumir mis responsabilidades. supongo que desea decirme con más detenimiento lo nada caballeroso que soy. Si quería sobrevivir. Tendrías que ir a visitarme. Lo pensaré. Un poco del fresco aire escocés te haría bien. Duncan rompió el sello.Mary Jo Putney El beso del destino juramento como custodio y por honor no podía negarse. —Un mensaje para lord Ballister. tal vez vaya. Podría haber hijos. Duncan fue al instante a coger la carta y le dio una moneda al mensajero. Era característica de las familias considerar el honor de una mujer tan esencial como el de un hombre. puede que cambie el tiempo en Londres y deje de estar tan gris y triste. pocas personas sabían que estaba en Londres. Sintió relajarse a los miembros del Consejo con tanta claridad como si hubieran suspirado aliviados. Pasaré a visitarla de camino al norte. — Repentinamente se interrumpió. puedo enviar un mensaje diciendo que ya te habías marchado de la ciudad. aun cuando su coche ya estaba esperando. Se le tensó la cara mientras leía las educadas palabras. como si su atención se hubiera desviado del presente. soltó: —Y espero que todos seáis tan sabios como dice vuestra fama. Por lo menos cuando ya no andes por la casa cavilando lúgubremente con el corazón roto. tendría que centrar la atención en lo positivo de la situación. —Si prefieres no ir. distraído por el recuerdo de ese único beso—. Lástima que no me haya marchado unos minutos antes. —Yo habría pensado que estarías feliz de saber de ella. Si Duncan Macrae quiere. —Hecha su venia. Duncan estaba con Simon en el vestíbulo principal de la casa Falconer. —Si se arma la gorda. y ninguno de los dos se decidía a empezar a despedirse. —Hizo un gesto de pena—. Él había dicho que Dunrath tenía una buena biblioteca y que ella podría enriquecerla. señor. Duncan le estrechó fuertemente la mano. Después de cerrar la puerta. Dios. —Tomando en cuenta lo enfurecida que estaba cuando huyó de nuestro último encuentro. Sonó un golpe en la puerta. —Esperaba que te quedarías más tiempo —dijo Simon.

milord. El pelo empolvado estaba recogido en un severo moño y llevaba un sencillo vestido de mañana de algodón a rayas verdes. Tome asiento. decidió aprovechar ese tiempo en ejercitar sus habilidades analíticas. Lo decisivo del último encuentro hacía más fácil la situación. Él se sentó en un sillón. Valdría la pena oír unas duras palabras con tal de verla una última vez. le pediré disculpas copiosamente y me marcharé. Pero su humor era… contradictorio y… ¿resuelto? Ella se quedó de pie. —Es usted una mujer que inspira tormentas de pasión. Mi única defensa es… —Titubeó. Tenían que haber usado ese salón para una sesión. Tal vez le gustara una. Duncan entró en el salón pequeño y recibió un golpe de energía psíquica que le habría rizado los bigotes si hubiera sido un gato. pero también había otros asuntos. por furiosa que estuviera ella. Eh… me pareció buena idea en el momento. —Es el único hombre que ha pensado eso. Le agradezco esta oportunidad para despedirme. pensando que le resultaría más fácil de entender si ella estuviera visiblemente enfadada. Estaba tan inmerso en el análisis que la voz de Gwynne lo sobresaltó. La visita sería una oportunidad para despedirse y desearle el mejor futuro posible.Mary Jo Putney El beso del destino —Tiene el derecho a castigarme. Su recatada apariencia era casi insoportablemente seductora. Hice mal en engañarla en New Spring Gardens. iré a informar a lady Brecon de que está aquí. porque ya no tenía que esmerarse en cortejar a Gwynne. Interesante. comprendiendo que era difícil defender lo indefendible—. —Nuestra relación ha sido tan difícil como una tormenta de verano. Puesto que necesitaba una esposa. y no hacía mucho. Buscó refugio en una profunda reverencia. ¿En qué andaría lady Bethany? Ya que con toda probabilidad Gwynne lo haría esperar. Intentó determinar de qué temas habrían hablado. Cuando Duncan llegó a Richmond. Le confesaré mis pecados. Había una pesadez en el aire que sugería preocupación por una guerra inminente. Se paseó por la sala tratando de descubrir las diferentes firmas energéticas. —Sin duda esa idea está en la raíz de la mayoría de las tonterías humanas. y le presento mi más sinceras disculpas. había claros rastros de varios miembros del Consejo. —Si hace el favor de esperar en el salón pequeño. receloso. ya tenía bien controladas sus emociones. todas con talento mágico. un buen final podría hacerle más fácil buscar en otra parte cuando se hubiera calmado lo peor del dolor. Los Macleod de Skye tenían una aljaba llena de atractivas hijas. —Su mensajero me encontró justo en el momento en que partía para Escocia. como si estuviera a punto de echar a correr. no brisas de tibio afecto. Se giró bruscamente y la vio detenida en la puerta. Casarse con una paisana escocesa sería muchísimo mejor que con una renuente inglesa. por favor. Él recordó el chubasco que cayó el día que se conocieron porque él no controló su reacción a ella. y empezó a pasearse por la sala con una inquietud que contradecía la serenidad de su rostro. 49 . Su sinceridad le ganó una sonrisa. El mayordomo de lady Bethany lo reconoció al instante. Qué idiota más requeteidiota era. Tuvo la clara impresión de que había surgido su nombre… —Milord Ballister.

Pero al cabo de un momento emitió un corto suspiro y se relajó. soy hombre y me gusta la belleza femenina. hacerle el amor. mi dama indómita. —Entonces. Gwynne. La vista de su curvilínea silueta a contraluz lo obligó a tragar saliva. —No lamentarás haberme aceptado. Cuando nos conocimos no sólo vi su belleza. Ella se puso rígida como una estatua. si quiere. —¿Continúa seguro de que me desea. —Excúlpeme de esa frivolidad. Sus palabras lo marearon. Pero percibía extrañas corrientes subterráneas girando por la sala. sino también su inteligencia. apoyándose en él y ocultando la cara en su hombro. y él se asustó al ver brillar lágrimas en sus ojos. Supe. por esposa? Él no entendió esa pregunta pero se le aceleró el pulso. Antes me cortaría el brazo derecho. Él deseó hablarle. besarla. Se obligó a volver la atención a sus palabras. obligándose a ser tierno y no ceder a su loca euforia asustándola más aún. Sobreponiéndose. y sólo a mí. Creería que ella lo estaba atormentando intencionalmente con su belleza si no supiera que esa conducta no formaba parte de su naturaleza. Cruzó la distancia que los separaba y la cogió en sus brazos. indeciso. No me tengas miedo. Y confió en Dios de que no haya dicho eso para atormentarme. Sentía el rumor de la brisa al mover las hojas de los árboles de lady Bethany y contaba los rápidos latidos en el pulso del esbelto cuello de Gwynne. ¿O simplemente disfruta de la conquista y mi resistencia es un desafío? Podría sumergirse en esos ojos dorados y no salir jamás de ellos. —Espero que tenga razón. Tenía que estar soñando. Levantó la cabeza y lo miró. tan bien como conozco la forma del viento. Sí. A no ser que fuera capaz de controlar sus emociones como una maga consumada. —¿Qué te pasa? ¿Ya lamentas la idea del matrimonio? —Entonces se le ocurrió hacer la pregunta que debería habérsele ocurrido antes—. Duncan guardó silencio. incomparable. era totalmente sincera. —Si soy el dechado que cree. y estaba tan asustada como una gatita amenazada por un lobo. —Estoy seguro. —Si lo dice en serio. Lo juro por mi honor de custodio. por favor.Mary Jo Putney El beso del destino Detuvo un momento su paseo para mirar por la ventana. sólo se debe a que no han sabido buscarla en su biblioteca. Ella se ruborizó y desvió la cara. Pero estaba claro que el mundo era muy real para ser tan sólo un sueño. pero también soy un custodio. su integridad y su efusividad. Ella se volvió a mirarlo con expresión sombría. Ella hizo un visible esfuerzo por armarse de valor y se volvió a mirarlo otra vez. ésa era la única explicación. ¡sí! Mil veces sí. Jamás te haré daño. ¿Por qué has cambiado de decisión? 50 . —Si no ha sido acosada por pretendientes. de preferencia todo al mismo tiempo. jamás me portaría tan mal. —¿Por qué está tan interesado en mí? ¿Es por algo de mi apariencia? Ése es un motivo frívolo para decidir que debe tenerme. La última vez que me viste querías mis tripas para hacerte unas ligas. que si me honraba con su mano estaría hechizado y enamorado todo el tiempo que hubiéramos vivido juntos. me casaré con usted. y la conversación no llevaba el curso que él había imaginado. usó sus sentidos interiores para analizarla. Esta vez fue el contorno puro de su garganta y perfil lo que le hizo latir más rápido el corazón. —Hizo una inspiración temblorosa—. —Gwynne. Ella sonrió levemente.

Ella le cogió la muñeca. Eso era lo único que importaba. Dios de los cielos. Gwynne? Porque ha de haber verdad entre nosotros. Que debía rendirme a esa parte de mí que se enciende siempre que nos encontramos. La cobardía estaba ganando hasta que Bethany decidió intervenir. —La cruda verdad es que desde el principio le he encontrado atractivo y amedrentador. Dios santo. acepté. —¿Te vas a casar conmigo en contra de tu voluntad porque te lo han ordenado? — Lo invadió una oleada de rabia—. de ir a vivir a un lugar desconocido. Sigo teniendo miedo. —Sonrió en irónica rendición—. ¿qué tipo de matrimonio sería ése? No somos unos niños para aceptar mansamente los arreglos hechos por nuestros mayores.Mary Jo Putney El beso del destino Ella cerró los ojos para contener las lágrimas. Y después de considerarlo. Gwynne. si no. miedo de dejar mi hogar y mis amistades. Bethany dijo que… que yo lo equilibraría. Tal vez la idea de volver a casarse le había inspirado sentimientos de culpa. estaremos mejor separados. Tratando de leerle el alma. —Sonrió con los labios temblorosos—. hasta que la aprobación de la hermana de su difunto marido la liberó para volver a arriesgar su corazón. —Espero que tenga razón. 51 . No tomaré una esposa mal dispuesta. Gwynne. —No le acepto en contra de mi voluntad. a partes iguales. —Lady Bethany me dijo que debía casarme con usted. aunque usted no me ha dado ningún motivo para temerle. le dijo mansamente: —¿Es cierto eso. Fuera cual fuera el camino que la había llevado a aceptarlo. Él le cogió las manos y se las levantó para besárselas tiernamente. Más que nada me da miedo casarme con un hombre que tiene un poder tan inmenso cuando yo no tengo ninguno. pero la sinceridad era un buen comienzo. Pero no era estúpido del todo. Sé sin el menor asomo de duda que con usted llegaré a alturas que jamás me he imaginado. cuánto deseaba dejarse persuadir. La magia de Eva es mucho más antigua que la de los custodios. Él deseaba dejarse persuadir. Vale la pena enfrentar mis miedos por eso. —Infravaloras tu poder. Comenzó a apartarse. ella se comprometía a ser de él. Ésas eran la proposición y la aceptación más raras de que él tenía noticia.

Antes de que él llegara estaba petrificada por los nervios. si tendría el valor para hablar. Estaba hecho: le había pedido que se casara con ella y él había aceptado. irresistible. en el caso de que viniera. Pasado un instante de desorientación. La sensación de su boca cálida. sino que había salido el sol y entraba a raudales por la ventana. Y pensar que esa novedad y exploración pronto le sería conocida. Ya no estaba paralizada por el terror. —No es mi deseo meterte prisa. ella se apartó y se deslizó por el asiento hasta quedar junto al brazo del sofá. Tal vez dentro de un mes. se echó atrás el pelo mojado pensando que estaba desagradablemente acalorada. Le cogió el mentón entre las manos y le levantó la cara para besarla. Eso lo agradeció. calentando el sofá. Por un fugaz instante ella sintió el terror que experimentara antes al ver esas horrorosas imágenes de sangre y muerte. Eso la dejó libre para experimentar la pasión del hombre que iba a tomar por marido. —Mi dulce Gwynne. y por lo que le dijera Bethany. Sólo tuvo conciencia de que se habían movido cuando él puso fin al beso y ella descubrió que estaban arrellanados en el sofá. Pero debo volver a Escocia lo más pronto posible. comprobó sorprendida que el truco daba resultado. ni esa cegadora necesidad. Debo estar allí para dirigir y orientar a mi clan. Me casaría contigo hoy si pudiera.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 8 Gwynne se rindió al abrazo de Ballister estremecida por la reacción. familiar. y la dureza y potencia de su musculoso cuerpo la recorrió toda entera. Cuando le rodeó el cuello con los brazos percibió el autodominio de él tras su ávido abrazo. 52 . y no porque no tema que cambies de opinión. Nunca en su vida había experimentado esa intensa sensación de estar totalmente viva. —¿Cuándo podemos casarnos? —susurró él con la voz ronca—. Pero jamás vulgar. —Eh… necesitaré más tiempo. Incluso su pasión refrenada le debilitaba las piernas y le nublaba la mente. pensando si él vendría y. Bethany le había enseñado un truco mental para desviar los pensamientos dolorosos. Mientras ella calculaba cuánto tiempo llevaría organizar una boda y hacer su equipaje. ella casi encima de él. y dice que la rebelión es inminente. Entonces cayó en la cuenta de que el calor no lo había producido el abrasador beso. Mi dama de sol. por lo tanto se visualizó arrojando las horribles imágenes en una caja de plomo y cerrando la tapa para dejarlas ahí encerradas. Falconer es uno de los mejores adivinos de Gran Bretaña. porque si él daba rienda suelta a su pasión la incineraría. ¿O dos? Él le cogió la mano y le acarició con el pulgar la sensible piel del interior de la muñeca. Recuperado el juicio. con vergonzoso desenfado. — Sonrió pesaroso—. ¿Alguna vez su deseo igualaría al de él? Lo más probable era que no: la intensidad de su naturaleza era parte de lo que la atraía e intimidaba. La suerte ya estaba echada y el alivio por salir de la incertidumbre era enorme. podría entrenar la mente para canalizar automáticamente las imágenes de esa manera. haciéndole flaquear las piernas. pero esta vez estaba preparada.

—He oído decir que los escoceses son leales hasta la muerte.Mary Jo Putney El beso del destino —¿Ha hecho desaparecer las nubes? Sorprendido. —Si me hubiera dicho antes lo del anillo. —Y muchas veces hasta el exceso. No siempre es fácil. fue de las magas más poderosas de su época. Se han arreglado algunas habitaciones para que sean bastante cómodas. los Macrae de Dunrath tratamos de mantener la lealtad a una causa mayor que la de sólo el clan. se designaba en España a los judíos conversos que se suponía seguían practicando en secreto su religión. Muchísimos de mis tozudos paisanos se dejarían desollar vivos antes que reconocer que podrían estar equivocados o que podría haber una manera mejor de resolver un problema. —Dunrath es muy posiblemente el lugar más bello de la Tierra. Será tuyo cuando nos casemos. Eso me habría ahorrado mucha aflicción. A pesar de sus orígenes. Gwynne. de la T. Ella se rió. sorprendida y encantada. no pertenece del todo a ninguna de las dos regiones. y volvió a ponerse seria. sino que además aportó magia nueva y exótica a los custodios británicos. sin duda. —¿Y un hombre que vive en un castillo ventoso. Ella reconocía que Ballister debería haber buscado una mujer como Isabel. Tienes un efecto alarmante en mí. —No es tan terrible. Me emociona pensar que viviré en la casa de Isabel de Cortés. El valle está entre las Highlands y las Lowlands. Pero se acostumbraría. el legendario alquimista de la reina Isabel. debía esperar que el anillo de Isabel le transmitiera un poco de su fuerza. habla de sentido común? Él sonrió. después de nuestra boda convertiré Escocia en un desierto. temblaba toda Escocia. e inexpugnable. En épocas más turbulentas lo sitiaron muchas veces. —He leído acerca de Dunrath en memorias de custodios. Ella ha sido mi heroína desde hace mucho tiempo. Marrano: Término despectivo con el que. de su casa. él miró por la ventana. —Suspiró—. Yo procuro darles ejemplo de sentido común. Pero puesto que él la deseaba a ella. frío como el hielo.) 53 * . es posible que lo hubiera aceptado inmediatamente —dijo sonriendo. Aunque haya tenido que convencerte tu cuñada. No sólo estudió con John Dee. Como custodios. El anillo de Isabel tiene engastado un rubí. El castillo es muy antiguo. pero nunca lo conquistaron. Si no tengo cuidado. y siempre lo lleva el jefe de los Macrae de Dunrath. ¿sabe? He leído que cuando ella y Adam reñían. creo. una esposa que fuera su igual. de cómo será mi vida. Este anillo es el que le regaló a Adam. (N. —Creo que sí. Y no es que tenga ningún favoritismo —le sonrió travieso—. Ella sospechó que lo que le parecía cómodo a un escocés la haría a ella tiritar envuelta en mantas junto al hogar encendido. —Sé muy poco sobre su tierra natal. Isabel de Cortés era hija de un mercader londinense descendiente de marranos* españoles. desde el siglo XVI hasta principios del XVIII. No sé nada de su familia. —Ojalá lo hubiera sabido. —Ella y Adam fueron mis tátara tatarabuelos —dijo él y levantó la mano para enseñarle un impresionante anillo de zafiro—. Me hace sentirme tremendamente orgulloso y honrado que vayas a ser mi esposa. la reina Isabel les regaló a cada uno un anillo en reconocimiento por sus servicios contra la armada española. Eso nos conviene. —¿Tendré el anillo de Isabel? —exclamó Gwynne. Estaba tan feliz que probablemente envié lejos todas las nubes del valle del Támesis. —La miró con sus ojos grises rebosantes de cariño—.

—No es un pelo hermoso. Dentro de una semana se volvería a casar. tratando de pronunciar con la melodiosa entonación escocesa. Si no. para impedirle desencadenar un desastre. —Los escoceses tendemos a ser menos formales. —¿Isabel fue esencial para el éxito de Adam Macrae en destruir la Armada Invencible? —preguntó. Eso sería imposible si no se reservaba una pequeña parte de sí misma. y no le hacía falta ningún don de adivinación para saber que ese matrimonio sería muy diferente de su unión con Emery. estoy seguro. Te gustará. En las crónicas no he visto nada que sugiera que era una trabajadora de los fenómenos atmosféricos. Su tarea era equilibrar a Ballister. pero sí era capaz de canalizar hacia Adam algo de su tremendo poder. —Frunció el ceño. y no deseo ni espero deferencia. Ahora que tengo tu permiso para tutearte. —¡Muy bien! ¿Ahora puedo tutearte y llamarte Gwynne con tu permiso? —Creo que podría permitirlo —bromeó ella. sólo tiene veintiún años. Los clanes son grupos de familias. —Sonrió—. por favor. pero ya es mejor administradora de la tierra de lo que lo seré yo nunca. Ya estaba a medio camino… Una fría hebra de razón se introdujo en su felicidad. Ballister. Me gusta la idea de una sociedad de igualdad natural. Las fuertes consonantes inicial y última del nombre le sentaban bien. ¿Una semana a partir de hoy. ¿Me das una semana? Él titubeó. entonces? Ella asintió. Gwynne deseó fervientemente que Jean se casara y se marchara de Dunrath lo más pronto posible. él jamás habría podido conjurar una tempestad tan inmensa. —No soy de la realeza.Mary Jo Putney El beso del destino —Ella pensó que lo único que necesitaba yo era una excusa para dejar de lado mi ansiedad. —Siento el tirón de Escocia. Llámame Duncan. se horrorizó cuando los jefes de los clanes la tutearon llamándola «muchacha». pero menos tiempo no haría justicia a la ocasión. pero no ha dedicado el tiempo necesario a desarrollar sus dotes en toda su plenitud. lo último que necesitaba la nueva señora de la casa era una cuñada con dones mágicos a la que podría fastidiar ceder su poder a la esposa de su hermano. —No lo era. entusiasmada y un poco aturdida. Entonces comprenderás por qué me lo empolvo. No debía ser una esposa deslumbrada. pero no una escocesa. produciéndole hormigueos de excitación. —¿Es maga Jean? —Tiene su cuota de poder. Es mucho menor que yo. para que Duncan no notara su distracción—. Estás avisada. y más feliz que nunca en su vida desde que tenía memoria. pensando en todo lo que había que hacer—. —Tendré mucho que aprender. ¿cuándo puedo verte con el pelo sin empolvar? He estado deseando admirar tu belleza natural. —Duncan —dijo ella. Hablaré con Bethany para ver con qué rapidez se puede organizar una boda sencilla. después de todo. y creo que tenía razón. pero supongo que tarde o temprano tendrás que verlo. Le soltó la mano y comenzó a deslizarle los dedos por el brazo. a Duncan. —Le acarició el pelo —. por lo tanto hay una igualdad natural que no se encuentra en Inglaterra. —Tutéame. Nunca se había sentido cómoda con el servilismo con que la trataban después de 54 . —¿Quién se ha ocupado de Dunrath durante tus viajes? —Mi hermana Jean. Se sentía embobada y tonta. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo difícil que sería eso. Sé llevar una casa inglesa. Sería fácil enamorarse de Duncan Macrae. Me han dicho que cuando la reina María Estuardo volvió de Francia a ocupar su trono.

porque se iba a pasar el resto de su vida allí. Exhaló un suspiro —: Ojalá no fuera yo el portador de malas noticias. sin ninguna prisa. 55 . Os deseo mucha felicidad —dijo Simon. —Es muy apropiado que seáis los primeros en saber que Gwynne me ha hecho el honor de aceptar ser mi esposa. El príncipe Carlos Eduardo Estuardo ha desembarcado en Escocia. Gwynne se ruborizó y se apartó bruscamente de los brazos de Duncan. Entonces se entregó al beso. con expresiones sombrías. Eso esperaba. —Tenemos que anunciarle la buena nueva a lady Bethany —dijo Duncan—. Ella tuvo el tiempo justo para levantar la defensa contra la ráfaga de imágenes terribles. dejando sólo la sensualidad y el dulce asalto del deseo. En su corazón. como le dijera Duncan una vez. ¿verdad? Duncan se levantó. pero el tono no. dejando una mano cogida a la de ella. La palabra era de disculpa. seguía siendo la hija del bibliotecario. —Mis felicitaciones.Mary Jo Putney El beso del destino casarse y convertirse en condesa. —Perdonadnos. no tendría ninguna necesidad de temer congelarse en un invierno escocés. Lady Bethany y lord Falconer iban entrando en la sala. Tal vez Escocia le vendría bien. Con tanta pasión. Pero ¿antes otro beso? Y sin esperar la respuesta cubrió el espacio que los separaba y la cogió nuevamente en sus brazos. Él le hizo una sonrisa secreta y luego se volvió a mirar. No sería porque desaprobaban el beso. El mundo desapareció.

—Simon tenía razón. uno de guerra y destrucción. ahora que ha llegado… —Movió la cabeza—. —¿Sabéis si cuenta con el respaldo francés? —preguntó Duncan—. Deseaba con toda el alma tenerla cerca. No sé en qué posición están los franceses ahora. pero no tenía elección—. sonriendo levemente—. Se volvió hacia Gwynne. Vi al príncipe y sus acompañantes desembarcando en suelo escocés y esto sonó como un toque de tambor en toda Gran Bretaña. Si quieres una esposa sumisa a la que puedas dejar a un lado como un par de guantes hasta un momento más conveniente. Creo que el príncipe comenzará a buscar apoyo entre los jefes de las Highlands. Si el príncipe no cuenta con el apoyo francés. y me imagino que eso significa que no debo quedarme escondida aquí en Inglaterra. 56 . Después de que te marchaste escruté seriamente el cristal. Gwynne se levantó. Vine aquí a ver si lady Beth podía confirmar lo que vi. por lo tanto yo estaría bastante segura allí si voy contigo. ¿Por qué tenía que ocurrir eso justamente el día más feliz de su vida? —Aunque hemos esperado esta rebelión. —Debo irme a casa inmediatamente —dijo Duncan. no una niña a la que hay que tener protegida en el cuarto de los niños.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 9 —Y así empieza —masculló Duncan. sentándose en un sillón. Estaba tan hermosa que casi no podía soportarlo. Has dicho que el castillo Dunrath es inexpugnable. desvanecida su viveza habitual—. Podemos casarnos mañana. —Invasión que fue bloqueada cuando una inesperada tormenta dispersó a la flota francesa —dijo Simon. Pero ella tenía razón. lo exijo —dijo ella con voz firme—. sin soltarle la mano. La promesa del matrimonio es para bien y para mal. El año pasado los franceses ya estaban organizados para una invasión de Inglaterra a gran escala. El príncipe llegó en un barco francés. Duncan. la rebelión se desintegrará rápidamente. Él vaciló. Tendremos que aplazar la boda. Eso estuvo muy bien por tu parte. Llevaba años presintiendo un futuro oscuro y posiblemente desastroso. Eso lo veía tan claramente como veía sus ojos dorados. a la que le tenía cogida la mano con demasiada fuerza. la idea de dejarla era como un cuchillo rebanándole el corazón. pero eso no significa necesariamente que lo vayan a respaldar en esta aventura con soldados y armas. debes buscar en otra parte. La noticia fue como un viento frío que se llevó su alegría y placer. por desgracia —dijo lady Bethany. admirando su valor pero detestando la idea de ponerla en peligro en medio de las incertidumbres de una rebelión. ¿Cómo te enteraste? —le preguntó a Simon. era una mujer adulta. Entonces volveré para que podamos celebrar la boda como es debido. Supongo que un día de retraso no será tan terrible. Simon tenía una mirada sombría que oscurecía el color claro de sus ojos. —Esta mañana tuve la fuerte impresión de que estaba ocurriendo algo importantísimo. —Gwynne… —Duncan. no te pido que nos casemos inmediatamente. Y una parte intuitiva en lo más profundo de su alma le decía que era más importante tenerla con él que dejarla a salvo en el sur. —No. pero habría peligro para los dos.

pero. Gwynne le dio un abrazo a la doncella. —Ahora las flores para el pelo —dijo Molly. —Será mejor que elijas de doncella a una joven de allá —dijo Bethany con su sentido práctico—. El coche con el equipaje que partiría antes podía llevar sus libros más importantes. El vestido era nuevo y elegante y aún no se lo había puesto. Mientras se despedía de ella con un dulce y apenado beso. Duncan le había aconsejado que no la llevara porque no le sentaría bien la vida en las Highlands. Habría sucumbido a fuertes ataques de nervios si no hubiera sido por el tranquilo sentido común de lady Bethany. —Dos días —terció lady Bethany—. Sin preocuparse por la delicada tela del vestido. Tenemos que trabajar juntos para ver de qué más podemos enterarnos acerca de esta rebelión. y la joven sabía muchísimo acerca de lo que es importante para una novia. Había elegido ese vestido porque era exquisitamente atractivo pero discreto. y quedaba admirable como traje de bodas. Bethany retrocedió unos pasos para contemplarla con ojo crítico. No sólo tuvo que prepararse para la boda sino también revisar sus pertenencias para decidir qué enviar a Escocia. Nunca ha estado mejor. Tendría que mantenerse ocupado si no quería perecer de expectación. Le colocó una guirnalda de flores de color claro en la cabeza y cerró fuertemente los ojos—. Duncan se sometió a la anciana. pero tú no querrías ir. querida. En cuanto a Gwynne… —sonriendo le besó la mejilla—. ensanchada en las caderas por los aros del miriñaque. Simon. tiene que preparar su boda. yo también te echaré de menos. seguramente era cierto. ya estaba a sólo unos momentos de la boda. Pero por ahora debes despedirte de tu dama. A Duncan le dolía dejar a Gwynne. Athena eligió ese momento para saltar de la cama donde había estado durmiendo y al pasar junto a Gwynne le golpeó la punta de encaje colgante de la manga derecha. Ojalá pudiera llevarte conmigo. Me alegra que decidieras dejarte el pelo suelto y sin empolvar. Si ella decía que otros dos días no causarían ningún mal. Miró hacia el espejo del otro lado de la habitación para examinarse. Le prometió que le compraría un caballo más adecuado en el norte. y mangas terminadas en una nube de encaje. El corpiño y la sobrefalda eran de seda color crema. Gwynne se agachó y la cogió en los 57 . lady Beth.Mary Jo Putney El beso del destino —Tú ganas. La boda se puede celebrar pasado mañana. la boda debe celebrarse con la dignidad que se merece. la doncella de edad madura que compartía con Bethany. La echaré de menos. salpicados de flores y pajarillos delicadamente bordados. y por el bien de los dos. se dijo que sólo faltaban dos días para su noche de bodas. milady. —Ay. ¿serías mi padrino? —Por supuesto. Molly. —Muy bien. Se mantuvo muy quieta mientras Molly. mi amor. Puede ayudarte a aprender los usos escoceses. lidiaba con los ganchos y ojetes del cierre a la espalda de su corpiño. Anne Tucker envió a su hija Sally a ayudarla. sí que la echaré mucho de menos. Garantizo que el retraso no será dañino. Y así. La tela resplandecía sobre la amplia falda de satén blanco hielo. Los dos días pasaron como un torbellino para Gwynne. —Estás preciosa. de repente. su gata ya estaba muy vieja para hacer ese largo viaje. por lo que era una buena elección para el día que le cambiaría la vida. y lady Bethany no me perdonaría jamás que te robara. como debe estar una novia. A pesar de su impaciencia por volver a Escocia. Así te ves joven e ilusionada por la vida. Tampoco podía llevar a su bonita yegua. lamentablemente. No puedo ser prudente si eso significa perderte. pero Simon tenía razón.

querida —dijo Bethany. Tal vez por eso varios de los magos mayores. —Sé que será muy feliz aquí contigo. Se iban alargando los minutos y era difícil no preocuparse. Sí que había ocasiones en que era un fastidio ser custodio y no poder evitar percibir lo que estaban pensando de él sus colegas. Siempre había honrado su juramento de custodio y apoyado al rey Jorge. ya era demasiado tarde para eso. sin duda. pero nunca sería desleal. porque percibió que sus actos serían importantes de maneras inesperadas. Había unos treinta invitados esperando. —Nunca digas nunca. Hoy era el día de su boda. sería demasiado tarde. así como varios Harlowe y seis miembros del Consejo de los Custodios. Duncan casi no había dormido durante esos dos días. Y ya ha llegado el momento de que te cases. No quería ir a su boda con los ojos hinchados y la nariz roja.Mary Jo Putney El beso del destino brazos. Desde que el Consejo le pidió que se casara con Duncan había sentido que hacer eso era lo correcto. ese mismo sentido interior le susurró que su influencia era necesaria ya. Observó que estaban presentes los amigos de Gwynne que viera en New Spring Gardens. Pero eso ya era agua pasada. al menos entonces se quedó a vivir en el hogar de su infancia. Esta boda sería distinta de la primera en todo sentido. ya que él. Athena le frotó la mejilla con el hocico bigotudo y Gwynne tuvo que cerrar los ojos para contener las lágrimas. 58 . salió de la casa y subió al coche que la llevaría a su destino. Se acercó a darle un ligero beso en la mejilla—. Al estar su casa en el centro de Escocia seguro que se vería involucrado en la rebelión de alguna manera. Con el libro de oraciones apretado entre las manos. y después habría un desayuno de bodas en la casa de lady Bethany. La ceremonia se iba a celebrar en la iglesia parroquial de Richmond. Santa María Magdalena. estaba tardando mucho. aun cuando los hannoverianos eran gente repugnante. La volverás a ver cuando vengas a Londres. La falda era tan ancha que no consiguió pasar por la puerta sin ponerse de lado. parecían recelar de él. Se movió inquieto. La exploración le resultó inquietante. Por eso insistió en casarse inmediatamente. Si aplazaban la boda hasta que volviera la paz. Estaba casi mareada de nervios. Gwynne asintió y la siguió. mi dulce minina. pero ninguno será una gata de biblioteca tan espléndida. Ya era hora de que llegara la novia. Sería indignante que recelaran de él. Aunque también se puso nerviosa cuando se casó con Emery. Soy yo la que siente pena. —Te voy a echar de menos. Era un buen grupo el que se había congregado allí para ser una boda tan precipitada. —Yo cuidaré muy bien de Athena —dijo Bethany—. y esa idea lo hizo pensar si podrían existir prejuicios antiescoceses en un grupo que supuestamente estaba formado por sabios. no del todo seguro de que ella no fuera a echarse atrás. Y a pesar de que parte de ella seguía deseando aferrarse a su vida conocida y segura. en especial lady Sterling. durante la rebelión. —De mala gana dejó que Molly le quitara la gata de los brazos—. Simon y otros magos mayores habían intentado explorar el futuro para saber qué significaría la rebelión para Escocia e Inglaterra. Las respuestas habían sido aterradoramente vagas: demasiadas posibilidades. En Escocia hay gatos.

Todo el mundo necesita la privacidad del pensamiento. —Estás tan magnífica como la aurora —le dijo dulcemente. no lady Brecon. medio riendo. ella lo miró con una trémula sonrisa. Su amigo siempre había sido bueno en leerle la mente. —Y tú eres la tormenta que se lleva todo por delante —repuso ella en voz tan baja que ni siquiera el cura pudo oírla. Era una gran aventura. seguidos por un coro de voces expresándoles sus buenos deseos. supo con absoluta certeza que ese matrimonio era lo más maravilloso que le ocurriría en su vida. Con la guirnalda de flores parecía una diosa pagana de la vida y el amor. se veía muy joven y vulnerable. Y finalmente estaban solos. Ahora era lady Ballister. —Ten cuidado. y emprendieron la marcha. No se advertía la menor señal de que esa boda fuera menos que aprobada por la familia de su primer marido. no sea que se te caigan los ojos —le susurró Simon. pero al ser en Inglaterra se había puesto el primoroso traje que se puso cuando estuvo en la corte francesa en Versalles. Estaba tan elegante y distinguido que no se reconocía. Tenía los nervios de punta pensando si él sería capaz de leerle los pensamientos una vez que estuvieran realmente casados. El desayuno de bodas había sido muy festivo. aunque había inocencia en su expresión y en el color claro de la seda brillante del vestido. Cuando los dos se giraron hacia el altar. —Ha llegado la novia —susurró Simon. e iban de camino a Escocia. Cuando entró Gwynne el sol le iluminaba el pelo.Mary Jo Putney El beso del destino —Deja de angustiarte —le dijo Simon en voz baja—. Le cogió la mano y en la distancia resonó un trueno. Trató de no tironearse los puños. La iba a entregar su hijastro. En silencio elevó una plegaria rogando que ella nunca lamentara haberlo aceptado. Cuando llegó al altar. Si la boda hubiera sido en Escocia vestiría falda con cinturón. Ella había procurado mantenerse ocupada conversando con los invitados. casi sin decir una palabra a su flamante marido. y en esos momentos sus sentimientos tenían que ser muy evidentes. y casi dejó de respirar mientras entraba el séquito de la novia. y llegará. convirtiéndolo en una viva llamarada. como una puesta de sol en las Hébridas. el chaleco de brocado y las calzas de seda. El pelo recogido en lo alto le caía en cascadas sobre los hombros en ondas dorado rojizas. Gwynne? 59 . Él subió detrás y se sentó a su lado mientras se cerraba la portezuela. el actual conde de Brecon. Gwynne cogió la mano que le ofrecía Duncan y subió al coche que los esperaba a la puerta de la casa de lady Bethany. Era muy consciente del cuerpo alto y masculino de su mando. ¿Tanto te asusta el matrimonio conmigo. Sus emociones lo invadieron en oleadas tan potentes que casi le dolían. La contempló embelesado mientras ella avanzaba hacia el altar. animado por brindis y risas. Hizo una respiración lenta y profunda. y de lo pequeño y estrecho que era el coche de viaje. No es tan tarde. Duncan se volvió a mirar la puerta. Un sastre parisiense le confeccionó la chaqueta de seda color violeta oscuro bordada con hilos de plata. Brillaba como una candela. Duncan consiguió esbozar una sonrisa. Su cintura era tan estrecha que seguro que él podría abarcarla con sus manos. Bajo una lluvia de pétalos de rosas. lo que manifestaba su aprobación. —Pareces estar a punto de saltar del coche para refugiarte detrás de los setos. toda roja y oro. Una mano fuerte y dura se posó sobre sus dedos entrelazados.

—Comprendo —dijo él. ella le sonrió. Tuvo que reconocer que fue rápido para asimilar su declaración. y ahora el deseo estaba santificado por Dios y los hombres. Eso era todo el aliento que él necesitaba. —¡No! —Le acarició los cabellos. Pero no el suficiente. —Te advertí que mi pelo no es hermoso. Es el pelo más hermoso que he visto en mi vida. Verlo hoy tal como es ha sido un regalo de bodas muy especial. ¿No sabes que haría cualquier cosa por ti? Ese hombre magnífico. Gwynne —musitó él en un gemido—. Aunque soy viuda. Ella desvió la mirada. —Me dijo que… que yo tenía un destino y que él no debía obstaculizarlo. Se llevó una amarga desilusión cuando la noche de bodas él entró en su dormitorio y se limitó a darle un beso. Él profundizó el beso. de eso estaba segura. Se sintió como cera derretida. líquida. la deseaba. El cambio en la expresión de Duncan fue tan brusco que ella casi se echó a reír. le tocó la lengua con la de ella. —¡Cómo si alguna mujer custodio se fuera a someter dócilmente a un hombre! — rió él—. Más que bien dispuesta. Ella empezó a trenzar las cintas que colgaban de su manga. Ninguna mujer con el pelo rojo como el tuyo ha sido dócil jamás. Ella había sido una recién casada bien dispuesta. —No creo que no fuera capaz. Duncan. ¿Cómo podría equilibrarlo si él tenía tanto poder sobre ella? —No me temas nunca. comprendiendo que debía decírselo—. admirando los rebeldes rizos oscuros escapados de la cinta que le recogía el pelo en la nuca. aunque seguía vibrando el deseo—. mareándola. 60 . —Me estoy acostumbrando a la idea de tener un nuevo amo y señor. Y tal vez no deseaba más hijos. ¿Habrá bastante espacio en este coche para consumar nuestro matrimonio? Eso nos dejaría un recuerdo excitante para cuando seamos viejos y canosos. —Gwynne. Esas palabras fueron como un chorro de agua fría. porque siempre había adorado al señor de Harlowe y deseaba complacerlo. Le puso las manos en los hombros y lo apartó. traspasada por el contacto de sus labios. ansiosa por amoldarse a él.Mary Jo Putney El beso del destino Su voz profunda era cálida y traviesa. dejando la mano ahí—. Gwynne —le dijo él como si le hubiera leído el pensamiento—. Creo que más bien… decidió no hacerlo. Fue como acercar una chispa a la yesca. mmm… también soy virgen. Rogando tener la capacidad de ocultarle sus pensamientos más profundos. Duncan entrecerró los ojos. y la oscilación del coche acercó sus cuerpos. Ella retuvo el aliento. pensativo. enderezando la espalda y poniendo espacio entre ellos. Debería habérmelo empolvado para la boda. Había habido atracción entre ellos desde el comienzo. El beso le evaporó la reserva. lord Brecon se casó contigo cuando era de edad avanzada. Cuanto más miraba sus marcadas facciones. Levantó la mano y le acarició el pelo. Claro. más guapo lo encontraba. Desaparecida la tensión de la ceremonia de bodas. Había deseo en sus ojos. Se inclinó a besarle el cuello por encima de las sedosas guedejas. —Eres la mujer más hermosa del mundo —musitó antes de apoderarse de su boca. —Hizo una inspiración profunda. Él ahueco una mano en su pecho y la exquisita sensación casi la hizo gritar. poderoso. —No creo que eso sea conveniente.

Mary Jo Putney El beso del destino —Daría muchísimo por saber qué vio lord Brecon. así que será cómoda. Era su marido y deseaba ser sincera con él. Si le decía demasiado. Él aceptaba la idea del destino con mucha facilidad. y más privada que una posada de posta. Riendo. casi ni notaba el lugar donde estaban. Pero estoy de acuerdo en que tú eres mi destino y yo soy el tuyo. Está a sólo unas pocas horas al norte. y muy cerca de la barrera de portazgo. ¿A no ser que fuera eso lo que debiera hacer? Reprimió una maldición impropia de una dama. ¿Sabes si vamos a pasar la noche en alguna posada de posta? —Perdona. contenta de que su noche de bodas no tuviera lugar en una vulgar posada—. eso podría alterar la conducta de él en el futuro. —Esta noche preferiría una buena cama. El instinto le dijo que lo callara. Él volvió a acomodarse en el asiento. él le levantó la mano y le dio un largo beso en el dorso. Tal vez podríamos probar en el coche… en algún momento en el futuro. esto ha sido tan ajetreado que no he tenido oportunidad para decirte que Falconer nos deja una de sus propiedades para pasar la noche. lady Ballister. le cogió la mano y entrelazó los dedos con los de ella. Habrá un dormitorio y cena esperándonos. Lo sé. pero claro. El consejo de que fuera ella misma no era una orientación muy útil para su nueva vida y mucho menos para su destino. 61 . —Encontraremos enorme placer el uno en el otro. no simplemente una recomendación de lady Bethany. —Un coche es un mal lugar para ser iniciada en la pasión. Las ruedas pasaron por un bache y el vehículo se zarandeó. Ya avisó a sus criados para que nos esperen. pensando en lo bien dispuesta que la ponían sus besos. En la embriagadora excitación de su abrazo estuvo tentada de decirle que su decisión de casarse había sido casi una orden del Consejo de los Custodios. él era un mago. —Bendito Simon —dijo ella sonriendo. Ella se ruborizó.

mirando a Gwynne de soslayo—. Y eso haré. en todo momento había vibrado una deliciosa tensión entre ellos. —Eso he notado. Brilló un destello en los ojos de Duncan. —Permítanme que les acompañe —dijo el mayordomo. La inmensa casa estilo Tudor era bien proporcionada y se veía muy bien mantenida. manifestando su acuerdo. —La tengo. bienvenidos a Buckland. Lady Ballister. se abrió la puerta y un mayordomo mayor se inclinó en una reverencia invitándolos a entrar. el mayordomo les señaló el final del corredor. Él arrugó la nariz. —Creí que tenías una prisa loca por llegar a Escocia. ¿Me permiten acompañarlos a sus aposentos para que puedan refrescarse? —Por favor —contestó Duncan. Increíble lo sugerentes que podían ser muchos comentarios si se estaba en el ánimo. 62 . Gwynne asintió. puesto que ella siempre tiene razón. —Milord y milady. Aunque en el trayecto habían hablado de cosas sin importancia y ella incluso había dormitado un poco con la cabeza apoyada en el hombro de él. y besaba tan bien. que en ese momento eran del matiz gris claro de la aurora. Mucho. Cuando Duncan levantó la mano hacia la maciza aldaba. Le besó la mano a Gwynne—. A pesar de sus incertidumbres respecto a su matrimonio. Cuando iban caminando por el ala oeste. la de milord es la de la derecha. muchísimo más agradable que una posada de postas. Gwynne se echó a reír. pero lady Beth me informó en términos inequívocos que no haría ningún daño si pasaba un tiempo disfrutando de la compañía de mi esposa en el viaje de regreso. —Esas habitaciones están comunicadas por dentro. y la de la izquierda es la sala de estar donde se les servirá la cena íntima. Ella se recogió las faldas para subir la escalinata. Sus deseos son órdenes para nosotros. Y ordena que nos sirvan inmediatamente la cena una vez que nos hayamos lavado. Gwynne volvió a ruborizarse. estaba impaciente por ser iniciada en los misterios del lecho conyugal por un hombre que la excitaba tan absolutamente. Casarse era un asunto agotador. —Las ruinas de la abadía están detrás de la casa —le explicó Duncan mientras la ayudaba a bajar del coche—. Cuando estés lista golpeas mi puerta. querida. —El apetito es algo excelente en una recién casada —le dijo en voz baja.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 10 Aunque no era tarde y todavía estaba claro cuando llegaron a Buckland Abbey. Lo siguieron por la escalera hasta la primera planta. —Pasé tanto tiempo conversando en el desayuno de bodas que comí muy poco y ahora estoy famélica. —Lord Falconer se ha excedido en disponerlo todo para nosotros —observó Duncan. Tal vez podríamos dar un paseo por ellas mañana antes de marcharnos. su habitación es la del medio. para Gwynne fue un alivio llegar. Llamen si se les ofrece algo especial. Son góticas y muy misteriosas.

Diminutos bordados en hilo de oro flotaban como estrellas en la delicada tela.Mary Jo Putney El beso del destino para indicarme que puedo reunirme contigo para cenar. —Soy Elsie. discretamente. y la bata. Y puesto que ella y Duncan iban a cenar solos. Os gustará. estoy mejor de lo que hubiera creído posible. Ella asintió y entró en la habitación del medio. lady Ballister. Obedientemente. ¿Quiere vestirse con ellos ahora mismo? Gwynne sonrió con los ojos un tanto empañados. —Va a estar más bella aún de lo que lo está ahora —le aseguró Elsie. y se inclinó en una venia. —Deje que le cepille el pelo —dijo Elsie—. Era de esperar que él no se desilusionara con la vulgar realidad de su ser libresco. La bata consistía en muchas capas de tul transparente. 63 . Bethany no había ahorrado esfuerzos en hacer especial esa boda a pesar de las prisas. —Gracias. La habitación. Si no fuera verano se arriesgaría a coger una fiebre pulmonar. resplandeciente de color y voluptuosas curvas femeninas. la exterior de color verde hoja claro y cada capa interior de un matiz más oscuro. Acababa de terminar de lavarse cuando entró una bonita doncella. recelosa. milady. ¿Así era como la veía Duncan? Pero esa imagen era una ilusión creada por el pelo chillón y las carísimas sedas. estaba segura. ¿por qué no ponerse ya la ropa para dormir? No tardarían mucho en estar en la cama. Gwynne se sentó y se quedó muy quieta mientras la doncella le convertía el pelo en una brillante cascada y luego se lo sujetaba atrás muy flojo con una cinta de terciopelo color esmeralda. quedó flotando y meciéndose alrededor de ella como espuma del mar. —Dentro de uno o dos años os traerá a su señora. seguro. dejándole unas pocas guedejas fuera que se le enroscaron alrededor de la cara. estaba bellamente amueblada y tenía una vista pasmosa del sol poniente sobre los ondulantes campos. que no dejaba la menor duda de que estaba destinada a dormitorio de una señora. La doncella sonrió de oreja a oreja. atada por delante con una cinta. Elsie. La casa necesita una señora. Elsie comenzó a desabrochar y desatar lazos eficientemente. Gwynne se giró a mirarse en el largo espejo y tuvo que reprimir una exclamación. —Ahora tiene que buscar una dama adecuada para esposa de lord Falconer. No se mire en el espejo hasta que haya terminado. —Lady Bethany Fox envió aquí un camisón y una bata. Elsie —dijo. —Sí que me gustaría. La doncella abrió el ropero y sacó el conjunto de salto de cama más maravilloso que había visto en su vida. La recatada lady Brecon había sido reemplazada por un ser de agua y fuego. —¿Está cortejando a alguien ahora? —preguntó la chica con interés. —Gracias. ¿En qué la puedo servir? Decididamente las órdenes de Falconer habían estimulado al personal a hacer un trabajo excepcional. Se miró el amplio escote. Pero a Duncan no le importaría. poniéndose de espaldas a la chica—. El camisón era de un magnífico satén esmeralda que daba un sutil brillo azul donde lo tocaba la luz. Gwynne sintió uno de esos relámpagos de certeza. El camisón le pasó sin dificultad por la cabeza y se le ciñó al cuerpo con seductora sensualidad. —Ahora puede mirarse. ¿Me haces el favor de soltarme los lazos? Ya estoy harta de este corsé por ahora. jovencita.

De todos modos. mente y alma. el jefe de mozos de cuadra. Duncan pensó que era natural que estuviera nervioso su noche de bodas. Creo que lord Falconer se está aproximando a ese estado. Rogando que su juramento de custodio nunca chocara con su deber hacia su marido. y eso calmó los impacientes latidos de su corazón. Se miraron con una sonrisa de complicidad. del intelecto. vibrando de expectación. Ella tenía toda la intención de ser una buena y leal esposa. y combinaba delicadas esencias florales con un aroma más fragante y seductor. Mi Ned. Era uno de los perfumes preparados por la actual condesa de Brecon. pero notaba una inmensa reserva en ella. Aunque en principio sabía lo que ocurría en una cama conyugal. Gwynne hurgó en su caja de cosméticos hasta encontrar el frasquito que contenía su perfume favorito. Una diosa pagana. habían tenido que persuadirla para que se casara con él. Deseaba fusionarse con ella. Más aún. Elsie. No volveré a necesitarte esta noche. Pero las personas se casaban desde la aurora de los tiempos. Se miró en el espejo una última vez. Vestida con una prenda de tules verdes y el pelo color puesta de sol cayéndole en cascadas sobre sus blancos hombros. Su nerviosa pero bien dispuesta esposa estaba lista para hacer frente al trueno. 64 . pero era virgen. entre los pechos.Mary Jo Putney El beso del destino —Simple intuición femenina —dijo Gwynne alegremente—. señora. y él tenía un inmenso deseo de que todo fuera bien. atravesó la habitación y golpeó la puerta de la de Duncan. Hizo volar su conciencia hasta introducirla en una nube que iba pasando sobre los campos de trigo maduro. La abrió. Con su bata de terciopelo azul reversible girando alrededor de sus tobillos fue hasta la ventana y se quedó mirando el anochecer con las manos cogidas a la espalda. en Gales. Había tormentas hacia el oeste. Era de esperar que la unión conyugal disolviera eso. por lo tanto ellos tendrían que poder arreglárselas. Ansiando calmarse. Se dio un toque detrás de una oreja y. La chica hizo su venia y salió de la habitación. Aunque no dudaba de que ella se tomaría en serio las promesas del matrimonio. me rondó meses y meses sin decir ni una sola palabra de matrimonio. que era una afamada perfumista. y guardó el frasco en su lugar. se giró bruscamente y atravesó la habitación en tres largos pasos cuando Gwynne golpeó su puerta. ¿Se habría sentido hechizado por ella en particular o simplemente estaba muy preparado para establecerse después de años de viajar? —Gracias. —Sé exactamente lo que quiere decir. —Cada vez que te veo estás más hermosa —le dijo con la voz ronca. tímidamente. Un hombre que no tiene ninguna urgencia por casarse debe madurar hasta el punto de estar preparado para ser un marido. pero en general era una apacible noche de verano. Duncan había sido más rápido aún que el Ned de Elsie. deseaba unirla a él. Muy pronto conocería la realidad física y emocional. pero cuando decidió que era el momento. porque lo deseaba todo de ella: cuerpo. ese conocimiento era puramente teórico. y la paz se evaporó. Elsie asintió. Estaba desesperado por hacerle el amor a Gwynne. extendió los brazos hacia la creciente oscuridad para palpar el aire y las formas atmosféricas. me llevó a toda prisa al altar tan pronto como se leyeron las amonestaciones. estaba deslumbrante. pensativa. y su maestro sería un hombre que la afectaba como ningún otro. ser los dos uno en el amor. pensó Gwynne. Por suerte Gwynne no era una frívola jovencita. ¿Cómo cambiaría eso su relación? No lograba ni empezar a imaginárselo.

—Comamos primero —le dijo en tono travieso—. Le pasó el brazo por la cintura y se dirigieron a la sala de estar atravesando el dormitorio de ella. Gwynne fue a investigar el contenido de las fuentes de plata tapadas que cubrían el aparador. Es una cena pensada concretamente para la seducción. cristal y plata sobre un mantel blanco inmaculado. —¿Una cena íntima? ¿Tiene algún significado especial esa expresión? —Los franceses tuvieron la ocurrencia. él sintió un escalofrío premonitorio. ella retrocedió. Cuando él empezó a abrazarla. Saborearían cada momento. —Esto será una especie de seducción. algunas echando suave vapor sobre cajas metálicas con agua caliente. Él pensó cuánto tiempo le llevaría a ella creer que era hermosa. Hizo una inspiración profunda para serenarse. ¿Vamos a ver qué nos ha preparado la cocinera? Sabiendo que la expectación hace mayor la satisfacción.Mary Jo Putney El beso del destino Encontró la tímida sonrisa de ella embelesadora. —Me alegra eso —dijo ella en voz baja. Ahora… Se inclinó a besarla. Una era de champán. paseó la mirada por la mesa puesta. Mientras bebía el champán. Ella lo miró con expresión picara. pero esa noche era de ellos. Me prometió que enviaría a su chef francés de Londres a preparar los platos. Ella caminaba con pasos largos. Que nunca seamos menos felices de lo que lo somos en este momento. Habría 65 . Podían estar ocurriendo acontecimientos negros en Escocia. —Me parece casi mala suerte brindar por ese objetivo tan imposible. Le pedí a Simon que nos organizara una souper intime. Con suerte. Por nuestro matrimonio. mi señora. mientras nos tomamos el tiempo para sintonizar y descubrir qué nos agrada. —Por nuestro matrimonio. Olía a violetas y a seducción. a la mañana siguiente ya habría logrado convencerla. —Excelente. no hay necesidad de que entren criados a interrumpir. En un extremo del aparador había botellas de vino tinto y dos botellas de vino blanco metidas en un enorme cuenco lleno de trozos de hielo. —Tus deseos son órdenes para mí. así que podemos vestirnos con ropa informal. mi señor. pero entre los ojos le apareció una leve arruguita. No me he fijado en la hora. Al instante ella abrió los labios y por un embriagador instante se saborearon. pero de la sala de estar contigua me llegaron sonidos y unos deliciosos olores. y que seamos el uno para el otro aun cuando no siempre estemos de acuerdo. Después. —Me alegra que pienses eso. con porcelana. Cuando entraron en la sala de estar. me parece —explicó él—. Con las fuentes sobre calentadores y vasijas con hielo troceado para mantener la comida y la bebida a la temperatura adecuada. Ella cogió la copa. y el suave balanceo de sus caderas contra las de él casi lo convenció de llevarla directamente a la cama. de modo que él sirvió dos copas del espumoso vino. Se eligen platos ligeros y exquisitos. en lugar de dejar el cuerpo pesado y listo para dormir. y le gustó la repentina inspiración que hizo ella. él le besó el hueco desnudo del hombro. —¿Es seducción cuando marido y mujer comparten una cena así? La luminosidad y humor de sus ojos le llegó a él al alma. que tienten al paladar. —Le debo un fabuloso regalo a lady Beth por haberte persuadido de casarte conmigo. mi señora.

me encapriché de una cara bonita y no me tomé el trabajo de mirar más allá. eso tenía que ser de un chef francés. Y yo que te imaginaba un hombre de mundo de amplia experiencia. —Antes de que ella pudiera expresar su sorpresa. Mojó un fresón bien maduro del invernadero de Falconer en una salsera de plata que contenía un licor de naranja y se lo ofreció. Gwynne ladeó la cabeza y el pelo se le deslizó por el hombro captando la luz en cambiantes reflejos rojo y oro. le puso en la boca otro fresón bañado en licor—. Duncan probó la sopa. Por eso es raro encontrar un custodio libertino. pero no para atontarse. Sin embargo. —He leído sobre esas cosas en mis estudios. cualquier cosa que da a la persona la fuerza para actuar según el deseo se ha considerado afrodisíaca en una u otra época. Se dice que las trufas son afrodisíacas. Bebieron vino. Hay una apertura de las almas. —Por lo que he leído. que me confiese un refinado libertino o que reconozca que soy 66 . —El acuerdo no es esencial. Supongo que no quería ver la bajeza de su naturaleza. no lograba imaginarse deseando tener a ninguna otra mujer en lugar de ella. probando el sabor de las yemas de los dedos y también de los labios. porque el apetito para la comida suele ir acompañado por otros apetitos carnales. ¿Te sirvo un poco de esta hermosa sopa transparente? Creo que tiene rodajas de trufa. pero el tema era de puro interés intelectual puesto que no tenía ni amante ni poder. una desaparición de barreras. Sí. Comieron sin ninguna prisa. A él se le contrajeron las ingles y se le resecó la boca con la excitación que lo recorrió todo entero. Incluso con una persona no custodio hay peligros. El respeto y la sinceridad sí. cuando era joven y estúpido. divertido. Podría asustar la primera vez. A él le encantó comprobar que ella tenía buen apetito. Cuando llegaron a los postres. él estaba en una neblina sensual más densa que cualquier otra que hubiera experimentado antes.Mary Jo Putney El beso del destino desacuerdos. bebió un trago de vino y sacó un tema del que debían hablar: —En tus estudios debes de haber leído que la unión sexual entre custodios es excepcionalmente intensa. Ella lo cogió en la boca y después se lamió una gota del labio superior. Él sonrió. —Fíjate tú. Luego lo puso en sus lugares sobre el inmaculado mantel de lino. con las capas de tul ondeando a su alrededor seductoramente. Cogió el cucharón y sirvió el caldo de delicado aroma en dos pequeñas escudillas de porcelana. Me daba tantos baños que mi ayuda de cámara pensó que me arrancaría la piel. Obligándose a levantar la vista de la hendidura que dejaba a la vista el escote de su salto de cama. sí. —Por favor. y se sentó. Una pareja cruel o malévola puede envenenarte el espíritu. algunos de ellos demoledores. —No me imagino no respetándote. —Apoyó el mentón en la mano y lo miró con ojos lánguidos—. y la soberbia comida les daba temas para una despreocupada conversación. el suficiente para relajarse. —Una vez. La relación íntima es demasiado potente para hacerla a la ligera. —Fue a tomar asiento ante la elegante mesa redonda—. —¿A ti te asusta? —Nunca me he acostado con una mujer que sea custodio. Se ofrecieron mutuamente bocaditos. Cada plato había sido elegido para que complementara a los demás. recordando. ¿Has tenido alguna experiencia con una amante malévola? Él hizo un mal gesto. —¿Qué es peor. —Desvió la vista de la mirada de él—. Así que me acosté con ella y después pasé meses sintiéndome sucio.

—Me alegra que no seas un libertino. —Entonces no esperemos más. El fresón se le rompió en la boca con su fuerte dulzura. rozándole los labios traviesamente. 67 . —Está claro que una souper intime la pone a una en ánimo de complacer. excepcional. aunque no me lo esperaba. Le cogió la mano y le besó la palma—. —Y a mí me alegra que seas virgen. le cogió las dos manos y la puso de pie. Sus palabras atizaron el fuego latente que le había estado perforando las venas. Aceptaré de buena gana lo que sea que desees. mi queridísima esposa. —Y hacía más probable que él lograra atarla con pasión.Mary Jo Putney El beso del destino menos mundano de lo que creías? Ella le puso en la boca el último fresón. Se levantó. Procuraré ser digno de ese regalo. Ella cerró la mano sobre la de él. Saber que estás intacta es un regalo especial.

Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 11 Las delicias de la mesa no eran nada comparadas con el placer de las caricias de Duncan. —No. —Tú también eres hermoso —susurró. dejando ver una nube de vello oscuro sobre su ancho pecho. Pero claro. La levantó con los brazos como si fuera una pluma. sus potentes hombros. —Es hora de que vayamos a buscar nuestra cama —dijo él. y la única luz era la de una vela en la mesilla de noche. —Mejor así —musitó él. Saber que había estado desnudo bajo la bata mientras estaban compartiendo esa sensual comida fue un potente excitante. introduciendo los dedos entre sus cabellos. sin aliento—. no hay prenda más hermosa que la piel femenina. Le cubrió los pechos por encima del satén y giró lentamente las palmas en círculo. él bajó sus cálidas manos por el salto de cama. depositándola cuan larga era sobre la cama—. entonces. Se apoderó de su boca y ella casi no se dio cuenta de cómo la llevaba retrocediendo hasta el dormitorio. eres una mujer de proporciones generosas y sensual —repuso él. ella se puso rígida. sólo palpó su cálida piel sobre duros músculos. Estimulada. Él se inclinó a mordisquearle suavemente el hombro desnudo. relajada y tensa al mismo tiempo. 68 . Gwynne se entregó a su abrazo de buena gana. —Me siento como si te hubiera estado esperando toda la vida —musitó él. Justo la suficiente para iluminar sus facciones angulosas. produciéndole sensaciones que discurrieron veloces hasta su centro. cambiándome la vida sin avisar —repuso ella sinceramente. La reacción de ella fue tan intensa que le flaquearon las rodillas. levantó las manos y le desató la cinta que le sujetaba el pelo en la nuca. —Y yo me siento como si tú fueras el rayo que cae de un cielo azul despejado. avergonzada al pensar que quedaría desnuda delante de él. Cuando empezó a bajarle los tirantes del camisón. El sueño de todo hombre de la esposa perfecta. Mientras se besaban. La bata estaba cerrada con botones plateados. le desató la cinta que le cerraba la bata. aumentando la presión de los brazos para sostenerla. La textura del terciopelo de su bata era un exquisito contraste con la satinada elegancia de sus tules. No soy una delicada sílfide. él era tierra y aire. haciéndole hormiguear de vida la piel. sólido y sin embargo abrasadoramente excitante. él detuvo el movimiento. generando excitación y mojada disposición—. Si ella era fuego y agua. La prenda cayó en una nube de tul alrededor de sus tobillos. Cuando tocó la cama con la parte de atrás de los muslos. Habían cenado durante el paso del crepúsculo a la noche. —Eres muy fuerte —dijo ella. Uno a uno los fue soltando. Metió las manos por dentro de su bata y le sorprendió descubrir que no llevaba nada debajo de la exquisita tela. la echó hacia atrás y la dejó caer. Con su sensibilidad preternatural él captó su reacción. —Después. Los cabellos cayeron sueltos en una irresistible ola. su absorbente mirada.

—Por favor —resolló. le deslizó las manos por los hombros y el pecho. de iniciarla con paciencia y cariño. La respiración le salió en cortos jadeos. la tiró a un lado y se colocó encima de ella. Aunque tuvo el autodominio suficiente para mitigarle el dolor inicial. y sólo sintió una leve punzada de dolor. pero la respuesta de ella era el más dulce de los afrodisíacos. cada caricia. perdió toda razón. que se desvaneció cuando la esencia de su espíritu la arrastró como un fuerte oleaje. moviéndose contra él. —No… no sé qué hacer. Sintió subir la falda del camisón cuando él deslizó su fuerte mano por el interior de los muslos acariciándole la piel exquisitamente sensible. ella intensificaba sus movimientos con los suyos. Duncan había tenido la intención de proceder lentamente. Ella cerró los brazos alrededor de su estrecha cintura mientras él aumentaba la potencia de sus embites. Medio aturdida se dio cuenta de que a medida que él hacía más íntimas las caricias iba sintonizando más con el espíritu de él. Él se quitó la bata. pero su sonora y melodiosa voz la hizo sonar como si lo fuera. Ella sabía que ésa era una palabra escocesa que significa «persona inglesa». —Es más que magia —resolló él—. acoplados como el viento y la lluvia que azotaban esa casa. nada. Es un don divino. convirtiéndolo en un amante. Ella emitió un sonoro ronroneo. Entonces. mi amor. y el pezón se le endureció al instante. mi bella sassenach. aparte de rendirte al placer. se arqueó con sorprendido placer. la fuerza de su ancho y musculoso cuerpo no era nada comparada con su poderosa mente disciplinada. Cuando aumentó la insistente presión en su entrepierna. Sólo una tempestad tenía el poder suficiente para expresar la pasión que ardía en todo él. al comenzar a entrar y salir lentamente. Trataré de bloquear el dolor. No podía negarle nada. pero cada beso. sintió entrar la mente de él en la de ella. Había supuesto que incluso en medio de la pasión retendría su voluntad consciente. Normalmente no era una palabra cariñosa. relájate.Mary Jo Putney El beso del destino Su Señor del Trueno pareció casi tímido. Cielo misericordioso. como los truenos y rayos que desgarraban el cielo. Ahora. Habían nacido para estar unidos. tan pronto como ella se arqueó. que no un maestro. Cuando él le besó el pecho por encima del satén esmeralda. le desencadenaba maravillosas sensaciones nuevas que le disolvían el pensamiento coherente. Le bajó la parte superior del camisón para tener pleno acceso a sus pechos. —Esto podría dolerte —le dijo con la voz entrecortada—. Su agitada respiración y su expresión embelesada le destruyeron el autodominio. —Esto es magia —exclamó. aliviando la molestia con ternura. 69 . Se le escapó un gritito cuando él le tocó los pliegues de su parte más íntima. apretando como una tigresa. refrenándose de modo que toda su atención estuviera concentrada en ella. Siguiéndolo como en un baile. Agitaba sus emociones y sentidos con la misma facilidad con que hacía soplar el viento. Retumbó un trueno en el cielo y ella tuvo la mareante sensación de que todos sus secretos estaban visibles para él. —Ningún hombre puede igualar la belleza femenina. Entonces. de repente la penetró. Sentía su poder en todas las fibras de su cuerpo como si estuviera llena de luz. —No tienes nada que hacer.

porque ¿no tememos todos el abismo? Pero ahora. Cuando amainó la tormenta. —Te quiero —exclamó. aunque su capacidad para actuar según él era temporalmente nula. Debería haber supuesto por qué ella era tan ambivalente respecto a él. Lo inundó un inmenso alivio. Miró sus cabellos dorado rojizos.Mary Jo Putney El beso del destino Rayos quemantes. ¿Tú conjuraste esa tormenta? —Creo que sí. ¿o ella lo había hecho suyo a él? En el aturdimiento posterior a la satisfacción del deseo. cuando la urgencia llegó a su cima. truenos que martilleaban el aire. sus pupilas oscuras. Cuando recuperó los sentidos se dio cuenta de que la tormenta interior que lo había arrastrado estaba resonando en el alboroto del cielo. Tiernamente le acarició la nuca. mi queridísimo marido. Sí que era temible pensar en una pasión transformadora. Subió las mantas y diestramente le sacó el camisón arrugado para que sus cuerpos quedaran en contacto. Sorprendido notó los primeros aleteos del deseo que volvía. —Lamento. Habría pensado que tardaría días en recuperarse después de esa explosiva relación 70 . Tenía que encontrar la manera de reducir la relación entre su pasión por Gwynne y su magia meteórica. mo cridhe. Duncan la atrajo hacia él. La niña que yo era temía eso. —Los dos cambiaremos. Realmente era magnífica. pasión que vibraba en la médula de los huesos. se relajó. Acabo de recordar un hechizo que podría servirme para tener controlada la magia meteórica en el futuro. El hechizo tenía por finalidad aislar temporalmente el poder. esa pasión era gloriosa si se entregaban a ella. quedando en una suave lluvia. Pero. El Señor de las Tormentas había hecho suya a su dama. corazón mío. Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para dispersar la energía antes de que la galerna y la torrentosa lluvia hicieran demasiados estragos en las casas y sembrados. la posibilidad de hacer estragos en Escocia no sería asunto de broma. pero sus palabras se perdieron en el aullido de la tormenta—. como habían descubierto esa noche. —Ahora sé por qué te encontraba tan alarmante —musitó con voz ronca. Repasó mentalmente los hechizos que había aprendido y recordó uno bastante complejo inventado por Adam Macrae. Y entonces se perdió él. Lady Bethany hizo bien en decirme que debía rendirme a esa parte de mí que te deseaba. tan agotado que no sabía si podría darse la vuelta en la cama. La violencia de la tempestad que azotaba Buckland Abbey reflejaba la inmensidad de su pasión. —Suavemente le pasó los dedos por la frente para deshacerle el ceño—. Él frunció el ceño. con la sangre zumbándole. Por ahora debemos depender de las mantas. y podría servirle. Te amo. pensando que eso no era lo que un hombre desea oír de su flamante esposa. sobre todo para una virgen que había llevado una vida resguardada. absolutamente inmerso en su mujer. A pesar de su agotamiento. no podía verle la cara porque ella estaba acurrucada contra él. al mirar hacia atrás. Y seremos mejores por eso. ¿Habría tenido un problema similar su tátara tatarabuelo debido a su pasión por la magnífica Isabel? Gwynne se giró un poco y lo miró. una sinfonía de curvas y piel suave. —Se estremeció levemente—. eso me sorprende. soñadores pozos de maravilla. El deseo no estaba abatido. Hace frío. satinada. se obligó a encontrar el centro de la tormenta. si no. habértelo hecho pasar tan mal. —¿Qué quieres decir? —En alguna parte de mí presentía la terrible inmensidad de la pasión que hay entre nosotros y sabía que me cambiaría para siempre.

pensando si él estaría dispuesto a enseñarle más acerca de la pasión si lo despertaba. que estaba durmiendo con un musculoso brazo rodeándole la cintura. La envolvió en él para abrigarla. Gwynne lo valía. Sí. Y una fría voz le dijo en un recoveco de la mente: «Lo traicionarás». Fue un verdadero custodio hasta el final. pero Duncan le inspiraba un amor distinto. También comprendía por qué Emery decidió no hacerla su verdadera esposa. Pero ahora que estaba iniciada en la pasión.Mary Jo Putney El beso del destino sexual. más bien se sentía… dispuesta. no consiguió relajarse. una parte de su espíritu continuaba esquiva. tuvo una repentina y horrorosa visión de él gritándole. cuidando de no despertar a Duncan. y para formarla para su futuro destino. 71 . fuera lo que fuera. estaba cansada. mi amadísima esposa. comprendía que si ella y Emery hubieran sido amantes. pensando que ella olía a sol. Simplemente mirándolo comenzó a sentir el deseo que no había conocido nunca antes de conocerlo. Él abrió los ojos y le sonrió. porque sabía en la médula de los huesos que no habría otro. ese matrimonio los transformaría a los dos. En lugar de poseerla él a ella. y con su luz pudo admirar los planos de su cara. No se sentía nada dolorida. Invadida por la ternura. pensando qué fácil sería enamorarse de ese hombre. miró por la ventana y al ver la tenue luz que iluminaba el cielo comprendió que ya empezaba a despuntar el alba. Aunque era evidente su fuerza incluso dormido. Cuando Gwynne despertó. Y fuera cual fuera el precio. el potente vínculo de la unión sexual la habría cambiado de un modo fundamental. Su recompensa había sido el excepcional compañerismo que hubo entre ellos. Ahora le parecía que había transcurrido toda una vida. ella lo poseía a él. y era novata en el deporte de Afrodita. Incluso le costaba recordar lo alarmante que lo había encontrado. Él se movió y ella le puso la mano en el corazón. con la cara deformada por la rabia y la angustia. Había amado a Emery. Por lo tanto. a brisas primaverales y a aliciente sensual. Se desperezó lánguidamente. —Duerme. Su enorme deseo había sido hacerla tan suya que quedaran unidos para siempre. más fiero. a la vez que era apasionado y amoroso. su último marido. no. Su primer marido fue un sabio erudito y la personificación de la bondad. ya no se sentía intimidada. Pero aunque estaba igualmente cansado. Se casó con ella para ofrecerle apoyo y orientación. Emery reprimió sus deseos en interés del bien mayor. y sospechaba que esas diferencias habrían influido en el misterioso destino que la aguardaba. Y en el momento en que ella le sonrió también. la inteligencia y el liderazgo. le acarició la áspera mandíbula con el dorso de la mano. Habría sido una mujer diferente cuando conoció a Duncan. Ella emitió un suspiro de inmensa satisfacción y a los pocos minutos su respiración tenía la regularidad de un sueño profundo. personificaba el poder. Él hundió la cara en sus cabellos. pero notaba que aunque ella aceptaba total y sinceramente la pasión que los unía. Pero ella tenía frío. Su segundo marido. Todavía ardía el cabo de vela de la mesilla de noche. Deslizó suavemente la mano por su ancho pecho. Qué suerte tenía.

Mary Jo Putney El beso del destino SEGUNDA PARTE La hechicera 72 .

Su expresión revelaba lo mucho que representaba para él esa antigua lucha. La mayor parte del tiempo casi lograba olvidar esa extraña voz que le repetía en la mente que algún día traicionaría a su marido. Pero los días también eran placenteros. —La libertad tiene un elevado precio. entusiasmada. —Podrás verla de cerca. y la relación sexual estaba muy presente en ellas. Apareció ante la vista una nueva colina. agitando exageradamente las pestañas—. ¿La causa de los Estuardo susurraría algo a su amor por la libertad? —¿La muralla es la sorpresa especial que dijiste me darías esta noche? Al instante comprendió el doble sentido. admirando el tono dorado que daba el sol de última hora de la tarde a las colinas de Northumberland. Él le había explicado con tanta nitidez cómo era ejercer poder que casi le parecía que ella podría hacerlo. pero Duncan siempre se tomaba el tiempo para enseñarle los lugares de interés. Defendían su libertad con tanta ferocidad que el emperador Adriano decidió que era más fácil trazar un límite y protegerlo con un muro de piedra. y eso la hacía sentirse como una de ellos. Igual que cuando oyó hablar a sir Ian Macleod. a pesar de las largas horas dentro del coche traqueteando por caminos llenos de baches.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 12 Gwynne iba mirando distraídamente por la ventanilla del coche. era posible que esa ominosa voz estuviera equivocada. A cambio. pero como nunca había estado a más de un día de viaje de Londres. eso profundizó su comprensión de lo que significaba ser escocés. Ya sabía que él no podía leerle los pensamientos pero era increíblemente bueno para leerle las emociones. —Cierto. Era rápido el viaje de bodas. —¿Ésa es la muralla de Adriano? Él asintió. profundizando el conocimiento mutuo. Cuando miró a su marido. su cresta recorrida por una maciza estructura lineal. —Lo que estás pensando ya no es ninguna sorpresa —dijo. Varias veces los conocimientos de él como mago le habían servido para aclarar sus ideas. Puesto que no era maga. un foso y soldados. su sonrisa le reveló que sabía exactamente qué estaba pensando. —Tus antepasados eran indómitos —comentó. Esa parte de la muralla está en su propiedad. —Miró por encima del hombro de ella la distante muralla y añadió pensativo—: El poderoso imperio romano llegó hasta aquí porque las tribus salvajes de Escocia se negaron a rendirse. sobre todo por las noches. ella le explicaba las teorías que se había ido formando en sus estudios y que aún no las había publicado ningún custodio para ser leídas. Todo este viaje es una aventura. Esa idea era tan dolorosa que no soportaba pensar en ella. Pero es una aventura muy deliciosa. Se asomó a la ventanilla. —Ya estarás cansada de baches y coche. que sólo fuera producto de su ansiedad. Cada experiencia era nueva y maravillosa. Pero había ocasiones en que sabía con absoluta certeza que ocurriría. este 73 . pues esta noche nos alojaremos con lord Montague. Hablaban de cosas importantes y menos importantes.

74 . y lord Montague tiene el mejor establo de crianza de caballos de buena raza del norte. Quiero comprarte un caballo como regalo de bodas. —Aunque te va a gustar la muralla de Adriano —dijo Duncan. —Está claro que una semana es bastante. Y puesto que estoy contigo. Londres decidió tener la posibilidad de enviar tropas rápidamente a someter las rebeliones. mi caballo favorito. —Me gusta la idea de llegar por primera vez a Dunrath a lomos de un caballo. a pesar de los malos caminos. Justo después de nuestra boda dijiste que tal vez podríamos probar en un coche más adelante. Esas palabras la silenciaron. exijo compensación. En cada parada del trayecto hacia el norte oían más noticias sobre el levantamiento. —Si vas a ponerme a trabajar. —Con un rápido movimiento de sus potentes brazos la cogió en volandas y la depositó sobre su regazo. pero me sentiré mejor si llego a casa montado en un caballo igualmente espléndido. —Duncan sonrió. Están mucho mejor adaptados a las condiciones de Escocia que los caballos que cabalgabas en el sur. Thor. Los senderos por las montañas y valles que me has descrito serán más románticos que los caminos para coches. Después de afirmar que su padre era el rey Jacobo VIII de Escocia y tercero de Inglaterra. por lo que son fuertes. emprendió la marcha hacia Edimburgo. nació y se crió allí. Espero encontrar una buena montura para mí también.Mary Jo Putney El beso del destino viaje lo encuentro maravillosamente emocionante. no es ésa la sorpresa que tengo pensada. no me lloverá encima. tal vez encuentre a uno de los hermanastros de Thor. ya febril de deseo. si te sientes fuerte para hacer ese largo trayecto. Con suerte. —¡Qué idea más maravillosa! ¿Supongo que les has comprado otros caballos a los Montague? —Sí. Tal vez podamos continuar el viaje a Dunrath a caballo. Ella le cogió la mano. —Se han construido algunos más buenos en las Highlands —dijo él en tono irónico—. y tuvo la recompensa de sentirlo endurecerse al instante. Sus caballos tienen un poco de sangre de poni de montaña. Lo llamaban Bonnie. ¿De veras era virgen hacía una semana? Ya se conocían mutuamente los cuerpos con extraordinaria intimidad. evocador—. sorprendida y excitada. mi hermanita Jean me dijo que el precio de administrar la propiedad era Thor. Movió las caderas. el príncipe Carlos. Se decía que el príncipe Carlos había izado su estandarte en Glenfinnan delante de mil hombres de los clanes Macdonald y Cameron. Ella casi saltó de entusiasmo. Vio que sus pupilas se oscurecían como nubes de tormenta. Después del quince. Yo no podía negarme. —Sólo hace una semana… Él la interrumpió con un beso. —Ensanchó la sonrisa—. Se levantaron automáticamente las barreras antiimágenes de desastre que se había construido. y en el trayecto fue aumentando rápidamente el número de seguidores. de pie firme y tienen un aguante increíble. Se ve mucho más cabalgando. Decía el rumor que lo seguían tres mil hombres de clanes y cada día se le sumaban más hombres a su ejército. ¿Ha pasado bastante tiempo? Ella retuvo el aliento. mi escandalosa muchacha. Cuando me fui de viaje. y dado que éste será mi hogar. y poseía el magnetismo personal de que carecía su padre Jacobo cuando vino a Escocia a dirigir la rebelión de 1715. rompiendo el incómodo silencio—. deseo verlo todo. levantándole las faldas y dejándola a horcajadas sobre él en descarada intimidad—. presionándolas contra él con toda intención. y le correspondió el beso. puesto que iba a estar ausente tanto tiempo.

necesito hacer prácticas en cabalgar. Sobreponiéndose. aunque su timidez le impidió hablarle. el coche aportando sus oscilaciones a su ardiente apareamiento. más intensa era la reacción de los hombres hacia ella. —Estás terriblemente seductora. Preséntanos a tu señora. Se volvió hacia Gwynne y su expresión cambió al instante. Tomó el relevo el instinto empresarial de Montague: —Entonces no necesitáis mirar más lejos. cuántas veces había visto esa expresión aturdida. Ella sonrió picara: —Y hete aquí que pensaba que yo era la seducida. —En realidad. Suponía que eso se debía a que los norteños mostraban más libremente los sentimientos. Incluso el cochero que los había traído desde Londres la miraba con discreta avidez. Ven a echarle una mirada a Zeus. Duncan le calculó unos veinte años al muchacho. En estos momentos tengo unos caballos excepcionales. —Si vamos a comprar caballos. Éste es mi hijo menor William. Si nos ponemos ropa de montar. que lo digo yo. William. Ballister. Montague les sugirió: —Tal vez querríais ir a vuestros aposentos a descansar hasta la hora de la cena. —Ballister. ¿tal vez podríamos salir a cabalgar? Estaba pensando que al establo de Dunrath le iría bien un poco de sangre nueva. e irradiaba sensualidad con tanta intensidad que un hombre tendría que estar tres cuartas partes muerto para no reaccionar. lo cual estaba muy cerca de la verdad. Duncan recordó. el joven hijo de Montague. —Tienes la suerte del diablo. Le cogió las caderas para acomodar su posición y de repente estaban unidos. ella rogó que no llegaran demasiado pronto a la casa de los Montague. divertido. Pero antes de volverse hacia su anfitrión se limitó a susurrarle: —Podrías seducirme después. —¿Hay algún hermano de Thor a la venta? Montague se echó a reír. Después de cambiarse. él habría besado esos labios suaves y provocativos. Mientras hacía las presentaciones. La mirada de William se clavó inmediatamente en Gwynne. Es 75 . Cuando el cuerpo comenzó a descontrolársele. qué espléndido verte —lo saludó Montague. fornido y vestido con desgastada ropa de montar—. —Gwynne mía. eres una pura delicia. querida mía —le dijo en voz baja. Él tragó saliva. Bastaba el más ligero contacto para dejarla lista. Cuanto más al norte viajaban. Gwynne realmente resplandecía de sensualidad por la reciente relación sexual. Si lord Montague no hubiera ido bajando la escalinata de la casa acompañado por uno de sus fornidos y altos hijos. Una edad vulnerable. nos gustaría echarles una mirada a tus caballos. El orgullo del anfitrión resultó justificado. —Duncan miró a Gwynne—. Duncan bajó del coche y alargó la mano para ayudar a bajar a su mujer. no la seductora. Osadamente bajó la mano buscando los botones de la bragueta de sus calzas. En ese momento ella se veía como si acabara de salir de la cama. como si uno de sus sementales trofeo le hubiera dado una coz en la cabeza.Mary Jo Putney El beso del destino Ahogó un gritito cuando él le deslizó su conocedora mano por la entrepierna. daba la impresión de estar a punto de que se le cayeran los ojos. Duncan y Gwynne se reunieron con el barón y su hijo en el patio del establo. haz el favor.

y su parentesco con Thor era visible en todo el contorno de su cuerpo magníficamente proporcionado. Al cabo de unos instantes. Montague llevó a su huésped al corral de un magnífico zaino oscuro. —Yo le enseñaré a lady Ballister caballos apropiados para una dama —se ofreció William. —¿Qué te parece. Zeus era alto. pero Duncan no detectó mala voluntad en él. Ballister? Casi negro. Deseo quedármela para criar. ansioso. Duncan vio al instante que ése era el caballo para él. Gwynne miró a Duncan risueña y siguió al joven. sujetando las riendas. pensó Duncan. No es una montura que le recomendaría. Sheba dio una vuelta por el patio tan apaciblemente como un viejo caballo de tiro. Era de esperar que el corazón de William no se rompiera con demasiada facilidad. por lo menos? Es la yegua más hermosa que he visto en mi vida. Tal vez ese castrado del corral contiguo… —Por no decir que Sheba no está a la venta —interrumpió Montague—. ¿puedo montarla. aunque los caballos no piensan como las personas. el propio Montague se mantuvo junto a la cabeza del animal. —Querría salir a cabalgar en él. ¿Podemos cabalgar 76 . —Qué ágil y dócil tiene el hocico —comentó Gwynne—. Zeus sacó la cabeza del corral. potente. curioso. Una silla de mujer para la señora. Temía que si William tenía la oportunidad de tocar al objeto de su enamoramiento el pobre no se recuperaría jamás. y un caballo mejor no ha nacido jamás. y casi la tiró de espaldas. Gwynne asintió. Sheba es una buena pieza. —Tenga cuidado con ella —le advirtió. —Sheba es muy briosa. milady —le estaba diciendo William—. Podría no ser de su gusto. ¿Puedo coger una de esas manzanas que has traído? Mientras Montague le pasaba la fruta. Riendo ella le acarició el lustroso cuello y después se giró hacia Montague: —Por favor. enviándole un mensaje mental de admiración y afecto. Mientras Gwynne se acomodaba en la silla y se arreglaba las faldas. Montague vaciló. Montague hizo un gesto a un mozo para que sacara al caballo del corral y lo ensillara. Duncan se apresuró a ayudar a montar a Gwynne. pero luego se rindió a la cálida mirada de los hermosos ojos de su huésped. ya estaba comiendo la manzana de su mano. Muchísimas gracias. pero no le convenía mostrarse muy entusiasmado.Mary Jo Putney El beso del destino hermano de Thor. Zeus no era una excepción. pero no había necesidad de tal cuidado. —Ya lo veremos. reaccionan a los sentimientos positivos. —¿Vamos a ver cómo le está yendo a tu hermosa señora? Duncan no se sorprendió al ver que Gwynne había pasado por alto los caballos para señora y estaba acariciándole la elegante nariz a una yegua alta castaña que se veía casi dorada a la luz de la tarde. como si estuviera indeciso—. —Muy bien —dijo en tono bronco—. El caballo tenía muy buena opinión de sí mismo. Duncan se le acercó para presentarse. Cuantío el dueño del establo soltó las riendas. Pero le advierto. La yegua le dio un amistoso golpe con la cabeza en el hombro a Gwynne. —Es un tipo guapo —dijo. —La sonrisa de Gwynne fue deslumbrante—. Cuando sacaron los caballos ensillados al patio.

Ahora podía admirar su soberbia habilidad ecuestre además de su belleza. Si subiéramos a lo alto de la muralla. —¿Te parece bien eso. estaban muy bien entrenados y era un placer cabalgarlos. Les costarían el rescate de un rey. Duncan saboreó la cabalgada. Al llegar al pie de la colina donde se alzaba la muralla. 77 . Duncan miró atrás por encima del hombro y vio a William mirando a Gwynne con visible adoración. —Entonces yo te compraré a Zeus como regalo de bodas. Llegaron a la muralla. casi como si hubieran conectado nuestras mentes y yo fuera ella. querido. Tú eres el mayor regalo que podría desear un hombre. —Es aún más imponente de lo que me esperaba —comentó Gwynne—. mirándome y deseando estar conmigo. En el instante en que lo vi supe que era el que me convenía. sorprendido—. pero un día de cabalgada nos introducirá en las Lowlands. —Le dio unas palmaditas al oscuro y reluciente cuello del caballo—. que estaba construida con enormes bloques de piedra y se alzaba a una altura de dos veces un hombre alto. y el caballo emprendió el galope. las tierras bajas. El contrato de matrimonio me dejó el control de mi dinero. Cabalgan suaves como la seda. —Veamos entonces qué sabe hacer Sheba —exclamó Gwynne. sabiendo que los problemas serían muchos cuando llegaran a Dunrath. Señor. pero quiero hacerlo. Duncan? Duncan montó su caballo. Me hace ilusión la cabalgada hacia Dunrath. Montague pedirá una fortuna. Tratad de volver a tiempo para cenar. ¿sólo hacía dos semanas de eso? Le dio rienda suelta a Zeus.Mary Jo Putney El beso del destino hasta la muralla de Adriano. pero cuando ya se habían alejado lo suficiente de los edificios de la granja. La cabalgada hasta la muralla les dio tiempo para comprobar las velocidades de los caballos. —Puede que no haya ninguna necesidad. A mí me pasó lo mismo con Zeus. —¡No tienes por qué hacer eso! —exclamó él. y ganaron. Como todos los caballos de Montague. su cara sonrosada por la veloz cabalgada —. pero valían el precio por la sangre que aportarían a Dunrath. Duncan y Gwynne salieron del patio tranquilamente al paso. impaciente por dar salida a su exceso de energía. —Estos caballos no tienen rarezas —replicó el otro—. Sin decir palabra giraron sus monturas y siguieron el sendero que corría paralelo a la antigua muralla. El agitado movimiento de sus faldas le recordó a él la cabalgada en el parque de Richmond. él dijo: —Este sendero nos llevará derecho a la muralla. y la yegua emprendió la carrera como un rayo de luz dorada. Duncan imaginándose esos lejanos tiempos en que los escoceses hicieron frente al más grande imperio conocido. ¿No tengo el derecho a gastar una parte en ti? Él no pudo negar esa lógica. lo acepto agradecido. Una sonrisa y una onerosa cantidad de dinero lo conseguirían—. Justo antes de que se perdiera de vista el establo. —¡Sheba tiene que ser mía! —exclamó. Montague? Es una cabalgada bastante larga para que le cojamos el tino a las rarezas de los caballos. Tuve una sensación extrañísima cuando la vi. Es igual a Thor en todo. Gwynne puso su montura al paso. Ella enarcó las cejas. Además. —A mí también. —Muy bien. ¿Crees que Montague la venderá? —Te la venderá si vuelves a sonreírle —predijo Duncan. ¿podríamos ver Escocia? —No.

A pesar de las relaciones de la noche anterior y luego en el coche esa tarde. —Te hace falta practicar la sumisión. Cuanto más al norte voy. el deseo lo atacó con dolorosa urgencia. la invitaría a bajar del caballo para añadir vida y risas al recuerdo de la antigua muralla de piedra. Soltando una carcajada ella inició el descenso de la colina. —Esa parte te la dejaré a ti. Se aclaró la garganta: —¿Nos volvemos para comenzar la negociación? La mitad de la diversión está en el regateo.Mary Jo Putney El beso del destino que en realidad no son nada bajas. pensó él. pensando que era el hombre más afortunado de Gran Bretaña. No eres nada convincente. Ella sonrió de oreja a oreja. Y más hermosa se ponía. más viva me siento. Él la siguió. Dunrath está en el borde de las Highlands. muchacha —le aconsejó él—. —Eso me irá bien. 78 . Si no los estuvieran esperando en la casa. mi amo y señor.

muy ventoso. Duncan levantó su copa. y las palabras del joven causaron un instantáneo silencio. Entonces la política asomó su fea cabeza. sensata. Que todos nuestros negocios sean buenos. pero en esa estación le bastó ponerse un chal para sentirse cómoda. Siempre lo ha chiflado una mujer bonita. La mujer era una escocesa robusta. ¿Cuántos residentes de Dunrath mueren de fiebre pulmonar cada año? Él se rió. Después de un invierno en Dunrath no vas a notar el frío. como si creyera que su marido quería hacerla desgraciada.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 13 Gwynne se alegró de que todavía fuera verano. —Creo que Jorge está en Londres ahora —dijo Duncan apaciblemente—. —Me he enterado de que hechizó a mi marido para que le vendiera a Sheba — dijo su señoría mirando afectuosamente a Montague—. Y el trato que hicimos con Ballister nos da el primer potrillo de Sheba. Mientras iba entrando en la sala de estar del brazo de Duncan. Son unos alemanes toscos. Le sonrió al chico. muy capaz de llevar una casa llena de hombres locos por los caballos. Duncan ensanchó la sonrisa. porque el castillo de Montague era ventoso. sarcástica—. mi muchacha —dijo su marido haciendo un guiño—. —William… —dijo su padre en tono de aviso. pero William insistió: —Los Hannover no son nuestros verdaderos reyes. estúpidos. El joven William era muy serio. Eras la muchacha más bonita de la región norteña. comentó: —Supongo que ya es hora de que me acostumbre a las corrientes de aire y a las habitaciones frías. —No veo cómo estar cómodas nos hace inherentemente inferiores —replicó ella. Serás una escocesa sana v fuerte. ineptos para sentarse en un trono británico. —Un buen negocio es aquel en que las dos partes quedan bien satisfechas. desafiante: 79 . Si Dios hubiera querido que pasáramos frío no nos habría dado el fuego ni la lana. no en Hannover. En invierno los corredores estarían tan fríos como el viento del norte. aceptó una copa de jerez que le ofrecía un lacayo y volvió la atención a lady Montague. William alzó su copa y dijo: —¡Un brindis por nuestro rey en ultramar! Ése era un brindis jacobita muy común por los exiliados Estuardo. inmensamente superior a las frágiles damas sassenach. Los Estuardo son nuestros legítimos gobernantes. a la que no había visto antes. —Los escoceses somos gente resistente. pero brindo por la salud del rey dondequiera que esté. Los Montague mayores habrían estado felices si la cosa hubiera quedado ahí. pero ella vio que el joven William parecía alarmado. Todos bebieron alegremente brindando por eso. —Por eso me casé contigo. William continuó. Sin hacer caso de la advertencia.

jovencito! —Le ofreció el brazo a Gwynne—.Mary Jo Putney El beso del destino —Escocia ha sido tratada abominablemente por los Hannover. No hablemos más de esto. Tal vez Jacobo Eduardo podría haber accedido al trono cuando murió la reina Ana si hubiera actuado rápido y se hubiera hecho protestante. Habiendo una rebelión en Escocia. habría conservado su trono. y las caras consternadas de sus padres indicaban que lo sabían. y sus herederos han sido igual de tontos. Pensando que la cena sería más relajada sin la presencia del joven fierabrás. William deseaba impresionarla y humillar a Duncan. Puede que un monarca aburrido que vive pendiente de sus amantes y se pasa la mayor parte de su tiempo en el Continente no inspire mucho entusiasmo. con la expresión angustiada—. y tal vez atraer el desastre a toda su familia. pero dejó pasar la oportunidad por entre los dedos y ahora ha pasado el tiempo. Inquieta. No hay que tomarse en serio sus palabras. Brilló la furia en los ojos de William. Creo que ningún escocés puede negar eso. El muy idiota. y lo que consiguió fue que lo trataran como a un crío. Manteniéndose firme. Llegará el día en que toda Gran Bretaña lo reconocerá. pero antes de que pudiera volver a replicar. ¿Cuántos hombres continuarán con el rey hannoveriano una vez que sus tropas empiecen a perder batallas? —Cuando seas mayor tal vez llegues a comprender que ser gallardo no es un buen rasgo en un rey —respondió Duncan con letal frialdad—. William le dijo a Duncan: —Ver al príncipe es reconocer la verdadera realeza. Con el fin de cambiar de tema. Si Jacobo segundo hubiera gobernado con sensatez y no se hubiera convertido al catolicismo. Gwynne se encogió por dentro al ver que al joven se le ponía la cara roja. William podía ser joven. ella acompañó a su anfitrión hacia el comedor. —Es normal que los jóvenes sean románticos con las causas perdidas —dijo en 80 . Es hora de ir a cenar. Aunque Carlos Eduardo pueda ser muy gallardo. pero es un gobernante más seguro. ceñuda—. Gwynne preguntó: —¿Los Montague siempre han sido criadores de caballos. o vosotros sois los primeros? Pasando por alto su débil intento de distraer. Su preocupación era comprensible. Le dirigió una breve sonrisa compasiva. William le espetó a Duncan: —El príncipe Carlos sólo tiene que poner un pie en Inglaterra y se levantarán los jacobitas en todas partes para apoyarlo. como están haciendo en Escocia. su padre ladró: —¡Di una palabra más sobre el tema de los jacobitas y te enviaré a tu habitación. pero fue un tonto. Las palabras de William eran traición. Ahora vamos a comer. —Los Estuardo tuvieron su oportunidad —dijo Duncan tranquilamente—. Y mucho menos cuando eso va aparejado con la creencia de que la sangre real le da un derecho divino a hacer cualquier tontería que se le antoje. no tiene el apoyo suficiente para derrocar al gobierno. Gwynne comprendió que la conversación no era sólo de política sino que tenía que ver con ella. —Sólo es un niño. lady Ballister —dijo lord Montague. pero ya tenía edad para que lo ejecutaran por traición. A él se le relajó la expresión y después de bajar la cabeza giró sobre sus talones y salió de la sala con la espalda rígida como una vara. —Por desgracia tiene apoyo suficiente para causar muchas muertes —dijo lady Montague. las autoridades inglesas no estarían inclinadas a la clemencia. La intención de él había sido impresionarla a ella.

querido. Tenemos que darnos prisa. —¿Teme que él huya para unirse al joven pretendiente? —le preguntó ella en voz baja. junto con un inconfundible olor a alcohol. echándole atrás las mantas. Ven conmigo y Jemmie. si se quedaba dormida él podría despertarla. le dijo: —Es un buen consejo. aferrada a las mantas. —Abrió la ventanilla de la linterna para que iluminara más. lady Ballister. Además de ella. antes de que nos descubran. ponerse el camisón y trenzarse el pelo. abrió las cortinas de las ventanas y se metió en la cama pensando cuánto tardaría en reunírsele Duncan. —Dígale que desea comprar nuevas razas de caballos y envíelo a India o a América. se la entregó al criado y. Se relajó la expresión de Montague. —Acuéstate. Sonrió. A la tenue luz que entraba por la ventana vio la figura larguirucha del hijo menor de sus anfitriones y la de un joven aún más alto vestido como criado. Su señoría exhaló un suspiro. —Ya sabía que es usted una mujer sensata. Tal vez haga exactamente eso. La miró con una sonrisa tan cálida que casi era alarmante. Gwynne se alegró cuando lady Montague se levantó y se llevó a las señoras para que los caballeros pudieran conversar mientras bebían su oporto. pero ella casi no lo notó al ver cómo la miraban los dos jóvenes. y luego se retiró a su dormitorio. milady. Un destello de interés brilló en los ojos de él. Alargó la mano y tocó una cara desconocida. detesto la guerra. la puso de pie—. no. Con su camisón de satén no estaba vestida como 81 . Después de desvestirse. —Cuando tenía la edad de William yo pensaba que la guerra era una empresa grandiosa. Hemos venido a rescatarte. Ah. o a algún otro lugar distante donde pueda tener aventuras que no le impliquen en una guerra civil. ¿Volverían a aventurarse en política los hombres o continuarían con el tema más seguro de los caballos? Estuvo conversando con las damas el tiempo necesario para no ser maleducada. voy a rescatarte de ese matón traidor. —No tengo nada que decir sobre política. —¿Quién anda ahí? —Chhh —sonó un susurro urgente—. —¿William? Incrédula. bueno. la cena transcurrió bien. ¡Lucha por el bien! ¡Muestra tu valor! Ahora sé más. noble. pero como la mayoría de las mujeres. Bruscamente se despertó del todo.Mary Jo Putney El beso del destino tono tranquilizador—. había otros tantos miembros de la familia. pasmados. y su mujer. Gwynne abrió los ojos adormilada al sentir la mano en el hombro. pero enseguida fue a ocupar su lugar en la cabecera de la mesa. la oscuridad la hacía muy consciente del deseo que zumbaba en el aire. Mientras le retiraba la silla para que se sentara. La expresión angustiada de él fue respuesta suficiente. Duncan y el matrimonio mayor. entre ellos el hijo mayor y heredero. George. El suelo estaba frío para sus pies desnudos. Cansada por el largo día. —¿Se ha incendiado la casa? —No. No hay ningún motivo para que mencionemos esto en otra parte. A pesar de la tensión causada por las declaraciones políticas de William. se sentó. Gracias.

hombre. William la cogió repentinamente en sus brazos y trató de besarla. Eres una muchacha valiente para fingir que todo está bien. Vi cómo me sonreíste a mí. El oporto estaba haciendo otra ronda cuando sintió un fuerte tirón en la mente. Me considero dichosa por tener a Ballister por marido. pero estás totalmente equivocado. Yo te cuidaré. Una vez así protegida. Eran hombres sensatos que estaban tan alarmados como él por la perspectiva de guerra civil. William negó con la cabeza. Inmovilizada por las mantas y el golpe en la cabeza. Finalmente. Duncan estaba disfrutando de la conversación con lord Montague y los otros hombres de la familia. ¿Tendría una pesadilla? Tal vez el cansancio la había llevado a acostarse temprano. —Puesto que llevo menos de dos semanas casado. Tal vez esa rebelión moriría pronto. —Se arrebujó más en la bata—. la has matado! —exclamó horrorizada una voz con fuerte acento campesino del norte. se levantó. y no necesito ningún rescate. pero yo lo oí ser grosero contigo. Ruborizándose intensamente cogió la bata de Duncan de la silla y se envolvió con ella. Asqueada. terminó lo que estaba diciendo y luego analizó lo que había sentido. Rápidamente la envolvió en mantas y la sacó al corredor. Cielo santo. ¡fuera! A William se le endureció la cara. —No puedo permitir que él te tenga. maldiciéndose por ser un recién casado nervioso. Al intentar ella pasar por su lado. antes de que se perdieran demasiadas vidas. dijo con su mejor voz de condesa: —¡Cómo te atreves a entrar en mi dormitorio! No tengo idea de lo que pretendes hacer. —¡Dios mío. Quedó bastante aturdida en el suelo. ¿Gwynne? Acostumbrado a disfrazar su poder. golpeándose fuertemente la sien en el macizo poste de la cama. rogando tener lo suficiente de custodio para que su grito llegara a él. creo que voy a ir a buscar a mi esposa. Unas manos frenéticas le dieron vuelta en el suelo y le exploraron el lado dolorido de la cabeza. le envió un grito pidiendo auxilio. Sal de mi habitación inmediatamente y haré como si esto no hubiera ocurrido. continuó con la conversación. Nuestra vida juntos será una gloriosa aventura. no en la cara. ¿O estaría con las demás mujeres y habría comenzado una discusión? Pensando que no podía ser nada grave. pero no podía moverse.Mary Jo Putney El beso del destino para que la viera nadie fuera de su marido. Alcanzó a girar la cabeza y la boca de él le cayó en la mejilla. ni siquiera pudo luchar mientras aquellos idiotas la raptaban. milady —arrulló—. —Lo has entendido todo mal. Sus ojos brillaban con una combinación de ebriedad y temeridad. Se pondrá bien. logró zafarse pero con el movimiento tropezó en la larga orilla de la bata y cayó de bruces. debió interpretar su sonrisa compasiva como una muestra de interés hacia su inmaduro ser. sólo está aturdida —dijo William aliviado—. —No te preocupes. —¡Un cobarde que traiciona a su pueblo no te merece! Cuando el príncipe haya conquistado Gran Bretaña habrá honores y riquezas para sus seguidores y yo te mantendré como a la reina que eres. pero lo roía la angustia. 82 . —No. Ella veía y oía. Haciendo el máximo esfuerzo para concentrarse y enfocar la mente en su marido. Ahora. como suplicándome que te salvara.

con miedo en los ojos. Faltaban las mantas. estará feliz con su presencia sea cual sea la hora en que se reúna con ella. y vio que la cama estaba desocupada y las sábanas revueltas. pero su ansiedad iba en aumento. —Tiene que haber otra explicación —dijo lord Montague. el heredero. —Si tu hijo es inocente. William no es tan imprudente como para robarle la mujer a otro. y tuve la impresión de que William hizo un lío con sus cosas a toda prisa. pero aparte de eso no pudo saber nada más. Pasados unos minutos. que a él le parecieron horas. se dirigió al salón. —¡Eso es imposible! —exclamó Montague—. Tan pronto como se lo permitieron los buenos modales. Bajó corriendo e irrumpió en el salón. se retiró y subió los peldaños de la escalera de tres en tres. como para convencerse a sí mismo—. pero estaba tan trastornado que no logró hacer una lectura clara. Instintivamente tocó un lugar del poste de la cama y supo que Gwynne se había golpeado ahí fuertemente. Entró y paseó la vista por la estancia. y probablemente no estaba herida gravemente. Ya habría tiempo para sentirse culpable después. y por no actuar había colocado a Gwynne en peligro. 83 . la mayoría (le los cuales tenían esposas atractivas. Una vez que reconozcas que él ha cometido este delito. de eso al menos quedó seguro. Tal vez… tal vez ella no estaba mal dispuesta. —¡La mujer más encantadora de Europa! —¡Afrodita renacida! —¡La mujer más hermosa de la cristiandad! Duncan los observaba a todos. hazlo venir —gruñó Duncan—. Lady Montague se cubrió la boca con la mano. y le fastidiaba tener que pasar el rato hablando de naderías.Mary Jo Putney El beso del destino George Montague. Todos los presentes se fueron levantando para aportar algo al brindis. El grupo lo siguió por la escalera y todos vieron la muda prueba de la habitación desordenada. se levantó y alzó su copa: —¡Por la dama más bella del país del Norte! —brindó. Entró en el dormitorio con la vela en alto. ¿Dónde puede haberla llevado? Todos lo miraron horrorizados. buscándola. pero era su esposa. Esa fervorosa aclamación hecha por caballeros responsables. Ve a verlo tú mismo. Tal vez ha ido a la cocina o a la biblioteca. Faltan tres caballos. mientras Duncan se paseaba furioso por el tiempo que estaban perdiendo. Cierto que él consideraba a Gwynne la mujer más hermosa del mundo. —Su esposa se retiró temprano —le dijo lady Montague con un travieso guiño en los ojos—. asombrado. Después de agradecer los brindis. Estaba viva. —No están ni William ni Jemmie. Seguro que cuando sintió ese tirón ella estaba en medio de una pesadilla. en ese momento debía concentrarse en encontrarla. No hace ninguna falta que corra. —El dormitorio está revuelto y faltan las mantas. Era su esposa y no la había protegido. O tal vez entraron ladrones. Él consiguió sonreírle la gracia. Los hombres ya estaban allí. era francamente desconcertante. uno de ellos es el de William. ¿me ayudarás o debo ir a buscar a mi mujer yo solo? Montague envió a su hijo mayor a investigar. Trató de llegar a Gwynne para asegurarse de que estaba bien. —Tu detestable hijo ha raptado a mi mujer —le dijo a su anfitrión—. En su mente se formó una imagen de ella raptada por ese enamorado jovencito idiota. Había sabido que algo iba mal. volvió George. Por un momento se quedó paralizado por la angustia y el sentimiento de culpa. Tu esposa debe de haber decidido salir a caminar. donde las señoras estaban tomando té.

¿me haces el favor de prestarme a varios de tus hombres? Su anfitrión asintió. Lo harían por honor. En el estudio de Montague sacaron un mapa. Lord Ballister… —Se le cortó la voz. Si es así. vámonos —dijo lúgubremente—. —Entonces. George y yo iremos contigo. —No intentaré matarlo. Montague. podría haberla llevado a una para esperar allí la luz del día. —Enseñadme un mapa. —Ese muchacho tonto. Los Montague lo miraron con los ojos como platos. y decidió que sí. Mientras George señalaba los lugares donde había cabañas. Como custodio. Duncan calculó si podría fiarse de ellos en relación a su villano joven pariente. Y si le ha dañado un pelo de la cabeza… Se interrumpió. Puesto que hay poca luz de luna y la cabalgada sería difícil. ¿Tenéis alguna idea de adónde ha podido llevarla? —Hay varias cabañas en los cerros —dijo George—. El miedo que vio en ella le sirvió a Duncan para controlar la rabia. con la cara pálida. lógicamente. —Mi suposición es que quiere unirse a los rebeldes. Tuvo que inventar una explicación que justificara su certeza. Estoy seguro. 84 . —Enviaré a un par a cada una de las otras cabañas. tonto. que Dios se apiadara de su estúpida alma. Puso el índice en el mapa. Aunque también tratarían de proteger al chico de su ira. Aquí. aunque se lo merece de sobras. irá por esta ruta. Duncan acalló la mente para poder percibir dónde podía estar Gwynne.Mary Jo Putney El beso del destino Lady Montague se llevó la mano al corazón. —La lleva a ésta. no debía entregarse a pensamientos asesinos. Pero si William le había hecho daño a Gwynne.

La mayor parte del humo salía por un agujero en el techo. y estaba tendida sobre una superficie dura. para evaluar su situación. supuso. En el instante en que cerró los ojos. Al parecer se les había apagado el entusiasmo. —¡No! —exclamó William. y miró hacia ella—. así que siguió con los ojos cerrados. —Estoy gravemente decepcionada —dijo glacialmente—. su voz tan tozuda como pétrea su cara. Entreabrió un poquitín los ojos y vio que estaba en una tosca cabaña con paredes de piedra y suelo de tierra. Una vez que nos unamos al príncipe y su ejército. Con Duncan había descubierto la dicha y el placer de la cama conyugal. ¿cuánto tardaría en decidir que ella estaba ansiando sus abrazos? Se estremeció al pensarlo. Se incorporó hasta quedar sentada y se envolvió en dignidad. a un mago poderoso tendría que serle fácil localizar a su esposa perdida. Cuando conoció al chico lo encontró bastante dulce y serio. Tenía que convencerlo de que ella era intocable. Me desea tanto como yo la deseo a ella. y la idea de que cualquier otro hombre invadiera su cuerpo le resultaba odiosa. pero ¿cuánto tardaría? No mucho.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 14 Gwynne despertó grogui. Jemmie dijo: —Creo que está despierta. supuso. Ballister morirá en la refriega y podré tomarla legítimamente por esposa antes de que acabe el año. Una manta doblada sobre tierra apisonada. El aire estaba frío y lleno de humo. ¿Cómo te has atrevido 85 . además de en la bata de Duncan. milady? No era mi intención que te hicieras daño. Gwynne pensó cuánto tiempo le llevaría a William decidir que asesinar a Duncan sería más fácil que esperar a que cayera víctima de la guerra. porque Jemmie dijo en tono apremiante: —Tenemos que llevarla de vuelta. William y su criado estaban sentados en el suelo al otro lado de la fogata. Gwynne tomó la rápida decisión de actuar con la altivez que había aprendido de las clases superiores de la sociedad inglesa. y presentía que todavía era así. Ballister nos va a dar caza y nos cortará las bolas por esto. hombre. casi tocando el techo con la cabeza. Si pudo convencerse de que una sonrisa amistosa significaba que ella lo deseaba. pero dentro quedaba lo bastante para hacer arder los ojos e irritar nariz y garganta. En el centro ardía una pequeña fogata. Con suerte. Sabía sin el menor asomo de duda que Duncan llegaría a buscarla. en esos momentos era un peligro en potencia. —¿Cómo te sientes. William se levantó. ¿Cómo pudo interpretar esas dos breves sonrisas suyas como una invitación a fugarse juntos? Fuera lo que fuera lo que se le metió en la cabeza al joven. debajo de esa extraña obsesión que le había entrado por ella. estará a salvo. Tal vez si continuaba simulando que estaba dormida él llegaría antes de que la situación se pusiera fea. Voces masculinas hablando en tono urgente y bajo le trajeron el vivo recuerdo del rapto. antes de que se den cuenta de que no está. Ella me sonrió con el alma en los ojos. Demasiado tarde. y dio la vuelta a la pequeña fogata. ¡Es mía! Su marido es un bruto grosero que no la merece.

No te corresponde a ti separarnos. Aunque palideció. Tenía que salvarte de ese hombre. ¿Intentaría Jemmie impedir que la violentara o se uniría a él? Prefirió no descubrirlo. seguido por lord Montague y. Ballister y yo nos hemos unido a los ojos de Dios y de los hombres. anhelante—. —Devuélveme a mi marido inmediatamente. pera prevenir más ataques. pero sin poder retroceder porque detrás estaba la pared. —Entrecerró los ojos furiosa—. —¡Pues sí que tenías opción! Y «ese hombre» es mi marido. asustado. Mientras lord Montague retenía el aliento. aunque la voz le salió temblorosa. Estaba sombrío y autoritario. y de lo imprevisibles que podían ser sus emociones. Tiene tal magnificencia… y sin embargo cuánta afabilidad. le cogió el brazo a William y se lo torció fuertemente hasta dejar aplastado al joven contra la pared de piedra. George le quitó la daga a su hermano y luego le cogió los brazos y se los sujetó a la espalda. —No tenía otra opción. sin éxito. No tengo más interés en tu príncipe que el que tengo en ti. "William sacó su daga y se abalanzó sobre su atormentador. —Tal vez no. Duncan atravesó la cabaña en dos largos pasos y tronó: —¡Maldito muchacho! ¡Debería matarte aquí mismo! William giró bruscamente la cabeza mientras Jemmie iba prudentemente a colocarse en el rincón más alejado de la cabaña. Gwynne supuso que esperaba que desarmar a William impediría que Duncan lo matara. La capa negra de Duncan ondeaba a su alrededor tan espectacularmente como su poder llenaba la cabaña. No necesito que me salven de él. Muy pronto agradecerás que te lleve a una gloriosa nueva vida. Ella tomó clara conciencia de lo corpulento y alto que era. —Entonces yo te haré cambiar de opinión. «¡Duncan!» Se abrió la puerta y entró su marido en la cabaña como una tormenta. más atrás. —Se agachó. Ella trató de soltarse las manos. —Estará mejor siendo mi amante que tu esposa. —¿Me crees un mal adversario? ¡Ya verás! Humillado. Se giró hacia ella y Gwynne 86 . Él pareció estremecido por su vehemencia. Cambió la expresión de William. Pero Duncan ya no estaba interesado en William. —Cuando conozcas al príncipe Carlos te pondrás de su lado. —Le miró la cara. tan espléndido como aterrador. Jamás se había sentido más feliz de ver a alguien en toda su vida. —Puso la mano en la daga que llevaba al costado—. Eres tan hermosa… tan irresistiblemente hermosa… Le aplastó la boca con la de él. —Soy feliz con la vida que tengo. Duncan esquivó el ataque. pero la mirada tranquilizadora que le dirigió a ella era ternura pura. George Montague.Mary Jo Putney El beso del destino a raptarme estando yo bajo el techo de tu padre? Has deshonrado a tu familia. —Eres un tonto estúpido que te mereces que te corten en trocitos el hígado y los bofes para preparar un haggis —gruñó Duncan apartándolo bruscamente de Gwynne—. Pero no renunciaré a ti. Por tus padres te perdonaré la vida. ella se debatió. con ávida exigencia. Él se ruborizó. empujándolo. No como ese tosco y vil rey hannoveriano que vive contrariado en Londres. le cogió las manos y la puso de pie—. Ballister —soltó William. pero el poco espacio de la cabaña limito su movimiento y la hoja se le deslizó por el antebrazo izquierdo. milady. Sofocada.

Ella había medio olvidado la sensibilidad al hierro de su mago meteórico porque el tema no había surgido desde que se casaron. —¿No presentarás denuncia? —preguntó lord Montague. pero a él comenzó a mejorarle el color. Montague se giró a mirar al criado de su hijo. —No. Aunque sangraba mucho. que estaba sentado en el suelo con las manos bien atadas a la espalda. —Gracias a Dios que estás aquí —dijo con la voz ronca. Me parece que no estaba contento con participar en un rapto. aparentemente insignificantes. Entiendo que cualquiera se sienta hechizado por mi mujer. muchacha? Ella negó con la cabeza. Pero al mirar en retrospectiva recordó todas las ocasiones. pero esperaba no volverlo a ver nunca más. por tu familia. pero mantén a William lejos de Gran Bretaña hasta que aprenda que un verdadero hombre no actúa siguiendo todos sus impulsos. No quería muerto al chico.Mary Jo Putney El beso del destino corrió a echarse en sus brazos con marcador alivio. A ella le llevó un momento darse cuenta de que él estaba a punto de desplomarse. Duncan negó con la cabeza. pasándole por entre los dedos. Duncan la estrechó más fuerte. Le brotó más sangre. tenía que saber qué esperar. pero eso fue un accidente. Como su esposa. —Haré lo que me pides. pero no quería ser desleal a su amo. Ya casi no salía sangre y el color de la cara de Duncan se veía normal. —Lord Montague inclinó la cabeza hacia Gwynne—. que estaba aplastado contra la pared como si deseara que lo confundieran con ella. No lo quiero ni a mil leguas de mi mujer. le obedeció. La reacción empezaba a apoderarse de ella. Lo hizo girarse hasta que quedó apoyado en la pared. hierro. —Pon la mano sobre la herida y aprieta fuerte —le dijo él en un susurro—. ¿Si está de acuerdo. y le examinó la herida. preocupado. —¿Es grave la herida? —preguntó lord Montague. —Cuando vino a raptarme. en que lo había visto evitar ese metal. a no ser que el hierro lo envenenara de alguna manera. —¡Estás herido! —La daga… —susurró él con voz casi inaudible—. aliviado. Nunca había leído nada sobre esos detalles en sus estudios. y le temblaron las manos mientras vendaba el brazo con la larga corbata que le pasó en silencio George. lady Ballister? —Estoy de acuerdo —repuso ella. —Miró hacia William. por ti. —Tienes que quitarte la capa y la chaqueta para poder vendarte esto hasta que lleguemos al castillo. Y tal vez incluso una herida leve era peligrosa para él. pero tenía que hablar con él después sobre su reacción al hierro. y porque Gwynne está ilesa. mejor. 87 . Eso contrarrestará el efecto del hierro. Gwynne se encargará de sanarla. —No —contestó Duncan—. —¿Te hizo daño. el corte se veía superficial y no tendría por qué ser grave. con expresión de miedo y enconada rabia a partes iguales—. El chico estaba mirando el suelo. Aunque le angustiaba causarle dolor. apretándole firmemente la herida. me tropecé y me golpeé la cabeza en el poste de la cama. No… no tuvo tiempo para hacer nada peor. Cuanto antes embarques a ese muchacho a las colonias. Que un arma de hierro le penetrara en la carne tenía que ser doloroso y debilitante aun cuando la herida no fuera grave. —¿Y Jemmie? —No me hizo ningún daño —dijo Gwynne—.

La cama estaba hecha. con otras mantas. —Tu reacción al hierro fue terrible. Dado que en verano el sol sale muy temprano tan al norte. el cielo ya comenzaba a clarear cuando por fin llegaron a su dormitorio. parecía una reina guerrera de vuelta de una batalla. Él la rodeó con los brazos y apoyó la frente en la de ella. —No tengo ni más ni menos posibilidades de morir de un toque de espada que cualquier otro hombre. no enviarían al criado a las colonias junto con William. y el vapor se elevó en el frío aire. Duncan puso su capa sobre los hombros de Gwynne y salió con ella de la cabaña.Mary Jo Putney El beso del destino Jemmie la miró agradecido mientras Montague asentía y dejaba de mirarlo. y lady Montague les envió a una doncella con una bandeja con té y algo para comer. Ella bebió un trago del té que empezaba a enfriarse. —Te sentí blandir tu poder cuando entraste en la cabaña. Aunque el chichón de la sien donde se golpeó estaba adquiriendo alarmantes colores. ella se sentó en un sillón y ahuecó las palmas alrededor de la taza. aun en el caso de que la herida sea leve. —Es hora de que nos vayamos a casa. ¿Le aplicaste un hechizo 88 . pero él no paraba de observarla. pensando amargamente si alguna vez se atrevería a mostrarse amistosa. —El verdadero peligro es que en situaciones como la de esta noche el hierro me haría incapaz de defenderme o de defenderte a ti. Si hubieras tardado unos minutos más… —se estremeció. Con suerte. Duncan y Gwynne no hablaron durante el trayecto de vuelta al castillo. Con la capa de él ondeando al aire nocturno. No conviene que tus enemigos conozcan tu debilidad. estaba tan hermosa que le dolía. Él le correspondió el abrazo. Incluso con el pelo revuelto y la bata mal puesta. Al parecer. —Gracias a Dios me encontraste rápido. como ésta. pero el mero contacto con el hierro me debilita. y que no quieras hablar de tu sensibilidad. sin querer pensar en el desastre que se evitó por un pelo. George puso de pie a su hermano. Él asintió. —¿Te apetece un poco de té? Por mucho que ansíe estar en nuestra cama. estaba agradecida por ver intacto a su hijo menor. Ella asintió. pensativa. —Las aventuras se sobrevaloran. Ella cerró los brazos alrededor de su cintura. No sólo bloquea mi poder sino que también me reduce la fuerza física. —No me extraña que pongas tanto cuidado en mantener alejado el hierro de tu vida. tenemos que hablar. y que en lugar de eso he tenido una aventura. —Y pensar que lo único que deseaba anoche era unas pocas horas de sueño. Gwynne se quitó la capa de Duncan. ceñudo. Yo prefiero siempre una buena noche de sueño. ella cabalgaba con la cabeza erguida y la espalda recta. —De acuerdo —dijo ella. la dejó sobre una silla y fue a tocar cansinamente el lugar del poste de la cama donde se golpeó. Cuando hubo salido la criada. Acto seguido sirvió las dos tazas. Después de pasarle el té. Ella evitó mirar hacia su joven raptor. ¿Estuviste en… en peligro de muerte? Él se sentó en el sillón de enfrente.

Por eso William no pudo resistirse a ti. sin aplacarse—. Preferí aplicar un hechizo calmante. pero tú estabas tan segura de que no tenías ningún don mágico que no hice caso a mis instintos. De hecho. —Sonrió sin humor—. para que ni él ni su criado estuvieran inclinados a luchar. —Suspiró—. Eres una hechicera. matarlo habría estado mal puesto que no fue totalmente responsable de lo que pasó. —Te portaste con absoluta corrección. cariño. Ella se enderezó con expresión ofendida. —¿Tan coqueta soy? —preguntó ella. —Por el contrario.Mary Jo Putney El beso del destino a William para controlarlo? —Estaba tan furioso que si le hubiera echado un ensalmo podría haberlo asesinado. pensando con cansina curiosidad en las complicaciones venideras—. —Guardó silencio un momento. —¿Crees que yo alenté a ese niño tonto? Ya había aclarado bastante para ver el contorno puro de su perfil a contraluz. 89 . Afectó a Jemmie pero William estaba tan obsesionado por ti que apenas incidió en él. Ella frunció el ceño. No podrías haberlo evitado. No más que muchas personas corrientes. desde el principio percibí que tenías reservas de poder sin explotar. A pesar de su delito. —No intencionadamente. aparte de esa pequeña cantidad de intuición y esos raros momentos de clarividencia. Estaban todas las señales. No lo habría creído. Soy yo el tonto por no haberme dado cuenta antes de lo que ocurría. —Pero es que no tengo ningún poder.

Desde nuestra noche de bodas. Cuando despierta el poder de una hechicera. Y comprendí la verdad cuando vi que William te había raptado. Fascinas a todos los hombres que te ven. —No es insólita una pincelada de hechicera entre las mujeres custodio. Su poder está latente cuando son doncellas. tu poder se ha ido activando. tus gritos mentales pidiendo auxilio contenían tanto poder que me golpearon la mente como los gritos de las águilas cuando andan de caza. Ésos eran los hechos. Ella lo pensó y agrandó los ojos. —No lo he notado. encendiendo. No lo había notado porque el matrimonio ha cambiado muchas cosas en mi vida. Condenadamente desconcertante. me sorprendió lo sensual e irresistible que era la esposa que había tomado. Ha aumentado mi percepción de muchas maneras. de acuerdo. una hechicera? ¡Absurdo! La mirada de Duncan se tornó remota. —Tienes razón. Me alegra que mi marido me encuentre deseable. Fue necesario el poder de una hechicera para estropearle el juicio. —He percibido una inmensa pasión en ti desde nuestro primer encuentro. éste no se reduce sólo a la capacidad de hechizar a los hombres. 90 . Siento más intensamente tu poder y… y sé más de las personas que me rodean. Anoche cuando estábamos bebiendo oporto todos los hombres presentes brindaron a gritos por tu belleza. Tienes que haber estudiado a hechiceras. —Se frotó la venda limpia que le había puesto lady Montague—. —¿Crees que soy una hechicera que encandilo a los hombres atontándolos? He tenido unos cuantos admiradores. Ahí fue cuando comencé a sospechar qué eres. Pero he visto cuántos hombres te miran cada vez que se detiene nuestro coche. Apuesto a que has sentido otras manifestaciones de poder desde nuestra boda. pero jamás había hecho nada ni remotamente tan estúpido. pasión e impetuosidad para convencerse de que tú necesitabas ser rescatada de mí. atractivo y encanto. e incluso así.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 15 Gwynne lo miró boquiabierta de incredulidad. pero creo que te imaginas que otros hombres me admiran más de lo que en realidad me admiran. Cuando nos acercábamos a la cabaña. —Hay más de un toque de hechicera en lady Beth —concedió Duncan—. pero lady Bethany tiene más y es cincuenta años mayor que yo. pero le era imposible conectarlos con ella. ¿Cuál es el aspecto más impresionante de su poder? Ella pensó en lo que había leído sobre el tema. Pero hay más pruebas. exasperada—. —Sonrió irónico—. Él es la combinación perfecta de juventud. si aún no te convences. Sólo se activa después de la primera vez que se acuestan con un hombre. pero las verdaderas hechiceras son muy escasas. Pero en este ámbito de poder no es nada comparada contigo. así que no ha sido evidente. sólo aparece una cada una o dos generaciones. —William es joven. —Nuestro matrimonio es reciente y hemos estado viajando. Fue tremendamente desconcertante. como si estuviera contemplándola no como marido sino como mago. —¿Cómo me hace hechicera su estupidez juvenil? —preguntó ella. ¿La fea Gwyneth Owens.

—¿De veras tengo poder? ¡Qué espléndido! —Echando atrás la cabeza rió de puro y frívolo placer. Me parece que vamos a tener un viaje movidito. se levantó. con dificultad por sus cansados dedos. Eso le enfrió la euforia. Sospecho que Helena de Troya era una hechicera que no aprendió a controlar su poder. ya que las hechiceras son escasas. Ahora que estaba claro que tenía poder. pero le pediré a Brecon que me lo envíe. Tienes poder sobre los hombres. Y lógicamente nunca pensé que esa información pudiera ser de interés personal para mí. que captaba la atención aun cuando sus rasgos seguían siendo los de Gwyneth Owens? Sí. Aunque estaba agotada. La sombría expresión de Duncan le recordó el posible desastre que se cernía sobre 91 . ¿Qué dicen tus libros de ese tipo de poder? —No he estudiado el tema en profundidad. —Por decir lo mínimo. como la mayoría de las mujeres. Me siento como si hubiera invitado a una gata casera a mi salón y hubiera resultado ser una tigresa. Eso último él lo dijo sonriente. su energía irradiaba con una nueva luminosidad. Un algo que atraería la atención siempre que entrara en un lugar. —Aparte de eso también necesitarás aprender a dominar cualquier otro poder que surja. ¿Ella. pero ella comprendió que expresaba un verdadero temor. Él se pasó la mano por el pelo moreno. pero si no aprendes a controlarlo te arriesgas a volverlos locos de lujuria y a convertirte en víctima. Nunca lo leí porque era difícil entender su letra y el tema no me interesaba particularmente. Ahora esa capacidad era mucho más fuerte. no fue ver exactamente sino más bien sentir su cambio emocional. O algún hombre apuesto y encantador podría seducirte en lugar de robarte en contra de tu voluntad. ¡Poseía magia! —Espléndido. Siempre había tenido cierta capacidad para percibir las emociones. ¡Qué horroroso! —Es un peligro muy real. No. había una diferencia. De preferencia antes de que inicies una guerra. —Los cambios acaban de empezar. ¿Eran imaginaciones suyas o en su reflejo veía a una mujer llamativa. pero también peligroso —dijo él dulcemente—. que murió hace unos cien años. —Nunca he conocido a una hechicera. «El poder hechicero es una espada de doble filo. enérgica. —Sonrió levemente—.Mary Jo Putney El beso del destino Duncan dejó a un lado su taza vacía. Fue a mirarse en el espejo. ¿Cómo podría yo desear a otro hombre? Fascinada vio cómo se le disipaba la ansiedad no expresada en palabras. como te ocurrió con William. El poder hechicero es una espada de doble filo. Qué extraño que su señor de las tormentas se sintiera tan inseguro de su poder para conquistar el corazón de una mujer.» Eso había quedado concluyentemente demostrado esa noche. —Ésa no es una idea consoladora precisamente —dijo ella haciendo una mueca. concluyó. —En la biblioteca de Harlowe hay un diario de una hechicera llamada Elizabeth Jameson. debía comenzar a aprender a controlarlo lo antes posible. una tigresa? Le gustó bastante la idea. —¿Podrían volver a raptarme? —Pensó en la fuerza del joven y con qué facilidad la habría dominado cuando estaba en las garras de su obsesión—. Ya tenemos bastante guerra en el viento sin tener que añadir una Helena de Troya. —Los escritos dejan muy claro que ser hechicera no equivale a ser veleidosa. así que sé muy poco acerca de ellas. se quitó la chaqueta y empezó a desabotonarse el chaleco. Tal vez allí diga algo sobre cómo controlaba su energía hechicera.

por favor! El asunto del destino la llevó a pensar en su primer marido. —Sé la teoría. ¿Podría su destino tener que ver con forjar la paz? ¡Qué grandiosa idea! No era maga. pero se puso opaco después de su muerte. ¿Habría sido un error tan grande que Emery se acostara con ella? A ella le habría gustado ser su amante además de su compañera. pero jamás había visto nada. Uno de los placeres del matrimonio. —Lord Brecon era un hombre sabio. — Volvió a sentarse frente a ella—. Ella asintió. se decía que la obsidiana era el mejor material para la adivinación. Él fue a hurgar en su equipaje hasta sacar una cajita de marfil. estaba descubriendo. ¿y si se veía obligada a seducir al príncipe para convencerlo de que volviera a Roma? ¡No. presintió. Él abrió la caja y sacó un disco de un material transparente oscuro enmarcado en plata batida. —¿Qué le ocurrió al cristal de Isabel? ¿Se perdió o se quebró? —No. Ella arrugó la nariz. Pero esta vez sería diferente. le pasó a ella el disco. Lo más probable era que lo maldijera mientras deliraba moribunda. Antiquísima y poderosa. y Emery debió pensar que eso obstaculizaría su destino. todavía está con los tesoros de Dunrath. Pero podría tener algún papel que desempeñar en la rebelión.Mary Jo Putney El beso del destino las dos naciones. Ella había tratado muchas veces de leer un cristal. con la garganta oprimida. podría haberle procurado placer en sus últimos años. Cielos. El matrimonio te protegió todo el tiempo que necesitabas para desarrollar tu poder. Ya veía sombras moviéndose dentro de la oscura roca volcánica vítrea. Por un doloroso momento. Eso calzaba con lo que ella sabía de la inteligente y testaruda Isabel. Gwynne asintió. acallo la mente y pienso en lo que quiero ver? Él asintió. Éste es de obsidiana pulida. interrumpiendo sus pensamientos. ella recordó sus muchos fracasos. a pesar de su inicial recelo hacia él. sino sólo una mujer con poderes en ciernes. Sin decir palabra. —Estoy horrorosamente cansada. Cerró los ojos y acalló sus alborotados 92 . y es una copia del cristal de videncia de Isabel de Cortés. No era que no me deseara ni que quisiera evitar engendrar más hijos. mientras ella admiraba lo bien que se le ceñían las calzas a sus musculosas piernas y cómo la camisa hacía destacar sus anchos hombros. aunque no era necesario. Pero tenía el vago recuerdo de haber leído que una hechicera se vincula muy estrechamente con su primer amante. —Esto quema con tu energía —dijo ella tan pronto el disco tocó su palma—. era la deliciosa intimidad de ver a su marido en vestimenta informal. pero no podría dormir con todas estas emociones. —¿Tienes la energía para intentar otra verificación de tu poder? —le preguntó Duncan. todo custodio conocía desde niño los principios. Estaba clarísimo que tenía un profundo vínculo con Duncan. Sabía que yo era una hechicera latente y no quería que mi poder se activara demasiado pronto. ¿Qué debo buscar? —¿Por qué no miras a William Montague y su futuro? Eso es algo que sin duda tiene una enorme cantidad de energía a su alrededor. Retuvo el aliento. Era su cristal de videncia. Esta vez sería diferente. pero no sé por dónde empezar. Tiene que haberle resultado difícil mantener su distancia sabiendo en qué te convertirías si te llevaba a su cama. ¿Ahora me relajo. ¿De veras quieres que intente usarlo? Los cristales de videncia son muy personales. —Si podemos compartir una cama también podemos compartir un cristal. —Ya lo creo. —Éste es el verdadero motivo de que Emery no se acostara conmigo. formada en fuego de la tierra.

dentro de dos semanas. y con el tiempo llegará a encariñarse con las Indias Occidentales. pero Duncan tenía razón. «¿Qué contiene el futuro de William?» Mmm. si el suicidio era una posibilidad que se podía evitar. sacos y barriles. ¿Cuál sería su futuro? Por un espacio de diez latidos. debían actuar. Si hay una fuerte posibilidad de que se suicide. Asumirá la administración de una plantación que tiene allá su padre. —Está en una habitación sin ventanas en una parte baja del castillo. ponerlas en práctica era algo muy diferente. Cuando logró la calma. tendrán hijos y vendrán a Inglaterra de vez en cuando a visitar a la familia. comprendió. ha avergonzado a su familia y lo enviarán lejos. Eso es un peligro muy real. ¡Dios mío. creo. Creo que a Jamaica. Entonces la luz llenó su mente. a la larga será un beneficio. pero su madre se ocupa de llevarle comida. parece. —Lord Montague va a actuar muy rápido para alejarlo de Gran Bretaña. Abrió los ojos. La acobardó la idea de llegar a ver a William muerto. continuó —: Trata de ver el futuro de William. —¿Se recuperará de su obsesión contigo? —Cuando llegue a las Indias ya no recordará por qué sintió ese impulso tan fuerte de raptarme. 93 . Trabajará muchísimo. —Se le evaporó la tensión y sonrió—. parece. bebida y mantas. una despensa.Mary Jo Putney El beso del destino pensamientos. Más bien estaba en su mente y el disco de obsidiana la enfocaba. no ocurrió nada. Si puedes ver con tanta claridad a sólo unos días del despertar de tu poder. Va a ir a… a un lugar caluroso. Has hecho una lectura extraordinaria. Está seguro de que ha destruido su vida. —¿Estará allí mucho tiempo. le parecerá una pesadilla. que lo que ahora parece un desastre para el muchacho. formuló silenciosamente una pregunta acerca del estado emocional de William. Gwynne hizo tres respiraciones profundas visualizando el muro protector de luz en torno a ella. Hay que guardar la distancia entre uno y lo que se está viendo. Sería trágico que un joven se quitara la vida por un error tan estúpido. —Apareció otra imagen: el alto y robusto joven William al lado de una bella joven rubia cuyos ojos expresaban admiración—. tropical. el pobre crío! —El desolador dolor la atravesó con fuerza castigadora—. debemos tomar medidas para evitarlo. Serán felices juntos. pero su deseo de redimirse ante su familia será más fuerte. preguntándose dónde—. —Duncan agitó la cabeza—. —Frunció el ceño. deshonrado. vas a ser una de las mejores adivinas de Gran Bretaña cuando alcances tu pleno poder. —¿Logras ver más detalles? Ella se concentró y se mordió el labio. miró el cristal y vio a William. La imagen no estaba exactamente en el cristal. —¿Has recuperado el equilibrio? —le preguntó él. Su padre lo ha encerrado para impedirle que huya a unirse a los rebeldes. —Está tendido boca abajo sobre las mantas. la hija de otro dueño de plantación. No puede tenerme a mí. —O sea. Cuando ella asintió. Si… si tuviera su daga la usaría para cortarse el cuello. —¡No dejes que la energía emocional de lo que estás viendo envenene tus emociones! —le dijo Duncan firmemente—. o regresará para unirse a la rebelión? Las preguntas de Duncan estimulaban su aprendizaje. soltó el aire aliviada al percibir que el muchacho saldría de ese periodo negro sin intentar matarse. Protégete con luz blanca para que no pueda tocarte la rabia o la desesperación de otras personas. pero Jamaica será su hogar. llorando. Aunque había estudiado todas esas técnicas. —Sentirá la tentación de volver para apoyar al príncipe. Conocerá a una mujer allí. Hay estanterías.

Enséñame lo que necesito saber. por disolver las experiencias de miedo. y le besó la sensible curva de la garganta. —¿Es tan malo eso cuando los dos disfrutamos tanto de los resultados? —le preguntó ella. y con el tiempo aumentaría su pericia. lógicamente. medio riendo. Lo más importante sería aprender a usar esa energía de modo que los hombres sintieran reverencia o respeto por ella. porque la excitaba igualmente a ella. conjeturando si sería capaz de ejercer esa sensualidad a pesar de su cansancio. con el pecho agitado. —No he dicho que fuera malo. Desaparecido su inmenso cansancio. convirtiéndolas en 94 . amadísimo marido. El deseo afecta tanto a la hechicera como a los hombres que la desean. se inclinó a besarle la hendidura de los pechos por el borde del escote del camisón. mi bien amada. La cogió por los hombros y la giró hacia él. —Sólo ha sido tan buena porque el tema me concierne de cerca. Lo miró por encima del hombro. la lectura en el cristal me agotó toda esa energía. —Estás aprendiendo los trucos de la hechicera con alarmante rapidez —continuó él. alivio y conmoción de esa noche. A pesar del cansancio. Mejor ser colocada en un pedestal que atravesada sobre una silla de montar. Le devolvió el disco de obsidiana. ella le rodeó el cuello con las manos. ¿O sigues muy nerviosa? Ella se levantó. Mientras caminaba hacia la cama se imaginó una corriente de pasión irresistible que salía de ella e iba a rodear a Duncan. —Eres una bruja desvergonzada —dijo. y no un deseo ingobernable. percibió una potente corriente de energía sensual que fluía a su alrededor como un río invisible. no pudo resistirse a explorar su interior. Cierto que éste era una espada de doble filo. Los ojos de él dijeron que no era por eso. Eres pasión y satisfacción. Estaba desesperada por unirse con él. —No. Miró de soslayo a su marido. creo. Él la levantó en brazos y la depositó sobre la cama. pero ahora ya es pasada la aurora y hay que dormir. produciéndole ardientes y líquidas vibraciones en lo más profundo. Es una bendición y una maldición que seas mi esposa. sintiendo e imaginándose el deseo. —Entonces yo te enseñaré como una tigresa. tendré que defenderte como un dragón. La miró con los ojos relampagueantes. cayendo encima de ella y dejándola atrapada entre su duro cuerpo y el mullido colchón de plumas. ahogando un bostezo. —Ya me has superado. mo càran. mientras cabalgamos. el principio básico de ejercer la magia era visualizar el objetivo deseado y luego dirigir la fuerza de voluntad hacia ese objetivo. —El que otros hombres me deseen no significa que yo los desee a ellos. pero mientras no aprendas a dominar tus poderes. ardiente y tierno.Mary Jo Putney El beso del destino La idea la acobardó. Aunque había muchas técnicas para dominar el poder y hacer ensalmos. pero no discutió y fue a guardar el cristal en su lugar. Ya era capaz de darle forma y dirigirla hasta un cierto punto. Sabiendo ya que era una hechicera. —Mañana comenzaremos tu formación. disfrutando de su poder para excitarlo. —Le echó hacia atrás la bata por los hombros y mientras ésta caía hasta quedar arrugada alrededor de los tobillos. Él se dio cuenta de inmediato. consumido por la creciente pasión. haciéndole discurrir estremecimientos por todo el cuerpo—. desabotonándole la enorme bata que todavía llevaba puesta. Riendo lo rodeó con los brazos y lo hizo rodar hasta dejarlo de espaldas.

gozando de su sabor salobre y la seductora y masculina aspereza de su barba de un día. Esa larga noche la terminaría con amor. Entonces se inclinó a apoderarse de su boca. sintiendo la caliente dureza de su reacción. Él era todo hombre y todo de ella. deslizando la lengua por entre sus labios. Movió las caderas. ella comprendió que su poder y percepción recién encontrados significaban también una mayor sensibilidad a terrores inexplicados. no fuera a decir algo que alertara a Duncan. Instintivamente levantó sus barreras de protección. presionando las de él. Le mordisqueó el cuello. porque sabía en sus huesos que eso era algo de lo que no debía hablar con él mientras no lo entendiera ella. y la pasión venció su momentánea distracción. Escenas de violencia y muerte la recorrieron con deslumbrante nitidez. poniendo fin al torbellino de sus pensamientos. se quitó el camisón y le acercó los pechos a la boca. Pero ya se preocuparía del lado negativo de su don al día siguiente.Mary Jo Putney El beso del destino abrasador placer. Ayudada por él. Pero él era demasiado sagaz para no percibir que había ocurrido algo y se puso rígido. 95 . cuando le cogió el miembro él gimió. Ella encerró las imágenes en lo más profundo de un recoveco de la mente y bajó la mano por su cuerpo. Con un último vestigio de racionalidad. Él se los succionó con avidez.

en la que gozaban de un grado de privacidad que sería imposible una vez que llegaran a Dunrath. había comprobado que Gwynne era tan adaptable y afable como él había esperado. No se imaginaba que ella hiciera eso. Duncan tenía que refrenarse para no exigirle más velocidad a Zeus. Pero él se había casado con ella pensando que él era el mago y ella no tenía ningún poder a tomar en cuenta. deteniéndose junto al camino a comer pan con queso y durmiendo en pequeñas y remotas posadas.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 16 Estando ya tan cerca de Dunrath. Cada día parecía estar más hermosa. También había aprovechado ese tiempo para enseñar a Gwynne a controlar su poder. Aunque es mucha 96 . —Apuesto a que sí —sonrió ella afectuosamente—. Sonrió irónico. Al menos eso espero. ¡Qué tonterías estaba pensando! Le daría la luna si pudiera. no más de lo que se imaginaba a sí mismo poniendo en peligro a su familia con una galerna. Sonrió—. Gwynne se giró hacia él en la silla. —¿Cuánto falta? Aunque me gusta cabalgar en mi querida Sheba —le dio unas palmaditas en el suave cuello castaño a la yegua—. Esa última etapa del viaje había sido una especie de luna de miel muy especial. —A la vuelta de ese recodo entraremos en el valle Rath —contestó él. el poder de ella estaba tan unido con la intimidad conyugal que era posible que ella influyera en él sin pretenderlo. seguro que él lo disfrutaría enormemente. Pero no era sólo su belleza física lo que lo atraía tan intensamente. Gwynne iba cabalgando a medio caballo delante de él. y aprovechó la oportunidad para observarla. He estado años lejos. Conocía muy bien su cuerpo grácil y sensual. Cabalgando arduo. Por lo menos una vez al día. ella estaba aprendiendo a transformar su energía hechicera en un elegante atractivo que los hombres admirarían pero que no los volvería locos como al pobre William. De todos modos. Cuando los dos estuvieran viejos y canosos seguiría sin poder resistirse a ella. Le encantaba ver su alegría cuando ella descubría sus capacidades y en muchos sentidos lo alegraba tener una esposa poseedora de una potente magia. Y si lo hacía. Sólo pensar en eso le aceleraba la sangre. Tenía sentimientos encontrados respecto a ese recién descubierto poder. aprendía con la rapidez de un rayo. Afortunadamente. su sedosa piel tan increíblemente suave y satinada contra la de él dura y áspera. Él estaría a su merced si alguna vez ella decidía utilizar su enorme poder sensual para doblegarlo a su voluntad. Ya no temía que ella tuviera dificultades para acostumbrarse a la vida en Escocia. estaré feliz de llegar a Dunrath. los brillantes reflejos del sol sobre sus cabellos sin empolvar que asomaban por debajo de su papalina. y es posible que no recuerde todas las vueltas y revueltas del camino. y ahora los platillos de la balanza habían cambiado de posición. Más hechicera. jamás tendría que hacer ella un esfuerzo especial para convencerlo de algo. las clases los llevaban a detenerse en lugares tranquilos para explorar nuevas facetas del poder hechicero. Sus nuevos caballos habían trabajado arduo esos tres últimos días llevándolos por los cerros del norte de Inglaterra y las mesetas y montañas bajas de las Lowlands de Escocia. Puesto que ella ya conocía los principios.

suavizando la voz—. pero la habéis hecho bien. al otro lado del valle. ¿Cómo lo vería una sassenach como Gwynne? A sus ojos. Apuesto a que has manipulado las nubes y la luz para que el valle se viera en su mejor aspecto cuando yo llegara. A excepción de nosotros. echando atrás la cabeza y riendo incrédula. Me siento gloriosamente viva aquí. siguiéndola—. pero espero que llegues a amarlo tanto como yo. y tienes razón. Ella espoleó a Sheba y la guió con sumo cuidado por el empinado sendero que bajaba al valle. —Miró a todo lo largo del valle. Duncan dio la vuelta al recodo. tratando de ser un modelo de paz y prosperidad. sonriendo irónico—. Él se echó a reír desvergonzadamente. —Ahhh… Abajo el valle se extendía hacia la izquierda y la derecha. 97 . tu poder estaba abrumado por la caótica energía de tanta gente. pensó él. —¿Peligrosa yo? —dijo ella. Tu talento nunca tuvo la oportunidad de fortalecerse lo suficiente para que se notara. Era de esperar que continuara ignorante de lo que haría ese poder suyo. Incluso aquellos que viven buena parte del tiempo en Londres poseen casas en el interior. si hubiera hecho una larga visita a una familia de Gales o Cornualles podría haber visto señales de poder aun cuando no estuviera despierta la energía hechicera. Gwynne también había detenido su caballo y estaba a su lado contemplando con atención su nuevo hogar. en el campo. —Por supuesto. Vivimos aquí entre las Highlands y las Lowlands. más o menos en el centro del largo valle. —Cielo santo —exclamó ella. —He echado mucho de menos esto. pensativo. el castillo y el valle tenían una belleza incomparable. el castillo quedaba enfrente. Creo que a eso tiene que deberse que no se haya desarrollado tu poder. Más poderosa y más peligrosa. Imagínate todo el pesar que me habría ahorrado. Me dijiste que ese nombre significa Castillo de Gracia. todo fértiles campos de cultivo. el clan es highlandés. —Una tarea sin pretensiones. —¿Sabes? —dijo él. estaba construido sobre un accidentado risco que lo había mantenido inexpugnable durante siglos. Como mucho es un sendero. Él asintió. —La miró de reojo. El sol de última hora de la tarde daba un cálido brillo a los muros y torres. Vas bien encaminada a ser una de las magas más poderosas de Gran Bretaña.Mary Jo Putney El beso del destino generosidad llamarle camino a esto. —Dunrath —musitó en voz baja—. Todas las familias provienen de las antiguas regiones celtas de Gran Bretaña. No tenía idea de lo que me perdía viviendo toda mi vida a unas pocas horas de trayecto de una fea gran ciudad como Londres. —Sonrió—. —Una vez me dijiste que la energía de Escocia es espléndida y vigorizante. —El nombre se lo puso un antiguo jefe de nuestra rama Macrae. Dado que siempre has vivido cerca de la ciudad. tiró de las riendas de Zeus y contempló ávidamente su tierra. ¿Qué sentido tiene ser un trabajador del tiempo si no le doy a mi flamante esposa la mejor vista posible de su nuevo hogar? Sé que el valle es muy diferente de Londres —añadió. deteniendo la mirada en la aldea que estaba al norte del castillo—. —Tal vez eres más disciplinada debido al retraso —sugirió él—. sorprendida—. Desde el lugar donde estaban. Esta tierra se ve más productiva que las que hemos visto hasta ahora.

siendo inglés ese título. pero Duncan iba tan impaciente que se limitaba a agitar la mano. Pero ahora. Eso te hará aún más popular en el valle. nadie lo usa aquí. —En realidad entiendo bastante bien el gaélico escrito. como Gwyneth Owens o como Gwyneth Harlowe? —¡Tantos nombres! Puesto que estoy en Escocia. Una manera más formal sería Macrae de Dunrath. Gwynne llegó a su nuevo hogar zarandeada por el viento y jadeante por la cabalgada. ¿Querías ahorrarle la preocupación a tu familia porque ibas a traer a una esposa inglesa? Él tomó nota mental de no subestimar nunca su perspicacia.Mary Jo Putney El beso del destino Puesto que los caballos tenían que hacer lentamente esa parte del camino. —Su expresión se tornó seria—. Ojalá hubieras enviado un mensaje. ¿Qué otra cosa debo saber? —Aunque en esta parte de Escocia se habla principalmente el gaélico. aunque el personal te llamará simplemente señora. —No esperes que te llamen lady Ballister. ¿Cómo prefieres que te presente. Por lo general las escocesas conservan su apellido cuando se casan. —Si no te llaman lord Ballister. impresionado—. Va haber conmoción cuando me presentes como tu esposa. —Pues claro que tengo razón. —Contigo se va de sorpresa en sorpresa —dijo él. Los caballos ya habían llegado al valle. pero no creo que demasiado. —Espero que tengas razón. muchas personas hablan el inglés de las Lowlands. A ella se le curvaron los labios. y no como una abstracción. cruzado a medio camino por un barranco. tras años de estar en lugares lejanos. así que no tendrías que tener ningún problema. La última parte era un camino que subía en zigzag hasta el castillo por una empinada pendiente. Gwynne lo imitó y pronto fueron a galope tendido hacia el castillo. Los escoceses no somos tan estirados en nuestros usos como los sassenach. —Lady Bethany podría haber llamado a algún miembro escocés del Consejo con su esfera y el mensaje habría llegado hace días a Dunrath. —Pensó qué otra cosa podría necesitar saber ella—. —Creo que me va a gustar eso. De tanto en tanto los veía alguien del clan y les gritaba un saludo. Ella sonrió traviesa. normalmente me llaman Macrae o también Dunrath. Después de todo tienes el poder de encantar. entonces? —Lady Macrae o lady Ballister. Me llevará un tiempo entender el gaélico hablado y aprender a hablarlo bien. —Lo miró perspicaz—. El puente que atravesaba 98 . Puesto que la mayoría de la gente del valle es Macrae. ya incapaz de refrenarse. Gwyneth Owens. ya que es un idioma importante para el estudio de los eruditos custodios. sólo quería ir a casa. Él se encogió de hombros. decidió explicarle algunas costumbres locales. en persona. —Pensé que sería mejor si te conocían sin aviso previo. —Vamos a llegar casi al mismo tiempo que habría llegado el mensaje. Ella lo miró sorprendida. de modo que Duncan puso a Zeus al trote. —¿Cómo me van a llamar a mí. ¿cómo te llaman? —A los escoceses no nos gustan los títulos —explicó él—. seguiré la costumbre escocesa y usaré mi nombre de soltera. Así. Después habría un ceilidh para celebrar su regreso. para que no me confundan con los Macrae de las Highlands. te querrán inmediatamente.

A lo largo del valle corría un río no muy ancho en el que desembocaban varios arroyos que bajaban por las laderas. más pequeñas y de color gris. con los ojos redondos como platos. Así que ésa era la hermana de Duncan. Las empinadas laderas estaban salpicadas de grupos de animales paciendo. Pero era posible que el invierno estuviera más cerca de lo que pensaba. el aire norteño tenía un claro toque de otoño.Mary Jo Putney El beso del destino el barranco podía ser fácilmente destruido si llegaban invasores. peludos y de cuernos largos de las Highlands. y tal vez era más cómodo llevar ropa masculina para cabalgar a horcajadas. —¿Tu esposa? Gwynne maldijo mentalmente a Duncan por no haberle notificado a su hermana que se había casado. Después de hacerle una sonrisa secreta. Él le había dicho que su hermana nunca se había tomado el tiempo para desarrollar sus capacidades. Cielos. Se extendía por ambos lados y en la distancia hacía una curva. Se despertó su interés al notar que percibía el poder de la joven. y no era probable que ni siquiera su adorador marido mago del clima pudiera mantener cálido el valle por su esposa sureña de raza delicada. aunque éste era menos intenso y enfocado que el de Duncan. Ahora que estaba en Escocia. Mientras recuperaba el aliento contempló el valle Rath. morena y enérgica. vestía calzas como un muchacho. aunque a primera vista se veían muy diferentes. Ella había supuesto que la hermana de Duncan sería como él: alta. y ahora tendría que someterse no sólo a su hermano sino también a la nueva señora de la casa. por lo que no se podía ver toda su longitud. Dunrath no era un palacio señorial cómodo como Harlowe. debería llamar «burns» a los arroyos y riachuelos. Gwynne Owens. Jean había quedado de administradora de Dunrath. Jean. Con la cara pecosa y los ojos verdes. ahora que estaba en Escocia sería mejor que ella comprendiera su fuerte conexión con su tierra. La pobre Jean llevaba años administrando Dunrath. también había rebaños de ovejas. Reprimió un suspiro. No había nadie en el patio cuando llegaron. Al ver juntas las dos caras risueñas apreciaba un claro parecido entre los hermanos. permíteme que te presente a mi hermana Jean. 99 . Tenía el presentimiento de que llegarías hoy. una alegre voz gritó: —¡Duncan! —Una joven bajó corriendo la escalinata y fue a arrojarse en los brazos del recién llegado—. Por suerte tendría tiempo para adquirir ropa más abrigada antes de que llegara el invierno. Sintió cálidas sus fuertes manos en la cintura mientras la bajaba hasta el suelo. Observó que Duncan se le había adelantado unas cuantas cabezas por el patio. Lo habían construido para la guerra. recordatorio de tiempos más tristes. la alegre picaruela de Dunrath. centelleaba como una libélula. te presento a mi esposa. ¿Tal vez podrían aprender juntas? Duncan puso fin al abrazo de su hermana y fue a ayudarla a apearse. le dijo: —Gwynne. Jean ahogó una exclamación y retrocedió un paso. Se imaginó que el interior sería tan frío e incómodo como espectacular era el exterior. El castillo era un imponente y enorme edificio de piedra con torres. Sí. su cara resplandeciente de dicha. y qué bonita estás. pero cuando él se estaba apeando de su montura. Aunque la mayoría eran del color pardo de los vacunos resistentes. Pero la joven era unos cuantos dedos más baja que ella y su brillante pelo rojo le caía hasta más abajo de la cintura en una gruesa trenza. Gwynne trató de dominar su horror. Eso no era Inglaterra después de todo. —¡Jean! —Él la cogió en volandas en un fuerte abrazo—.

Sobreponiéndose. y tienes que estar cansada. Jean fue a ponerse a su lado. Mi señora esposa ha hecho una muy larga cabalgada. Mientras se elevaba el murmullo de voces. porque los aplausos y felicitaciones resonaron ruidosamente en los muros de piedra del patio. se armó de valor para no sentirse azorada. Siempre he deseado tener una hermana. y tendría que acostumbrarse a eso. —No lo dijo con esas palabras. permitidme presentaros a la nueva señora de Dunrath. Gwynne supuso que la sangre galesa era más aceptable que la inglesa. —A mí… a mí también —dijo Jean. Venga conmigo… —titubeó. y después de la boda emprendimos viaje al norte. Duncan le cogió la mano y la llevó hasta la escalinata de entrada al castillo. por favor. Fueron entrando más personas de la familia en el patio. Recordando la conferencia de Duncan acerca de las diferencias entre las dos naciones. Gwynne. pero era lo que quería decir. tutéame. A mí… ojalá lo hubiera sabido para prepararle los aposentos de la señora. al parecer sin saber cómo llamar a esa persona que acababa de caer en su vida. así que no tenía ningún sentido escribir. Gwynne sonrió. Siguió a Jean por la escalinata y por la ancha puerta de roble hasta el vestíbulo. Cuando se acalló el ruido. llamando a gritos a Duncan y mirándola a ella con descarada franqueza. Ahora escapemos. —Llámame Gwynne. así que yo te llevaré a tus aposentos. —No habrá ningún problema —dijo Gwynne. La verdad era que Gwynne no se sentía en absoluto cansada. pero con gusto dejaría para después su presentación al resto de la familia. —Me alegra mucho conocerte.Mary Jo Putney El beso del destino Obedeciendo a sus instintos. —¿Sí? Eso es demasiado poético para mi francote hermano. añadió—: Duncan me dijo que eres el corazón y el alma de Dunrath. sólo curiosidad. y ahora somos parientes. —Lamento que no hayas recibido aviso de mi llegada. Jean echó a andar a paso enérgico por el vestíbulo en dirección a una empinada 100 . se giró a mirar a la gente: —Amigos y parientes —dijo con su voz grave y sonora—. antes de que nuestra gente te dé alcance. —El ama de llaves fue a visitar a su hija. aunque su expresión indicaba a las claras que si hubiera podido elegir hermana no habría puesto a una inglesa muy arriba en su lista. Jean pareció complacida. —Muy bien. —Es buena idea. Jean dijo: —Ya era hora de que mi hermano tomara esposa. así que por ahora le pediré a Jean que le enseñe el castillo mientras yo os saludo. Cuando empiezan a hablar. Nuestra decisión de casarnos fue muy repentina. Sonrió y agitó la mano saludando mientras seguían entrando personas. puedes estar horas sin poder escapar. y ha hecho de mí el hombre más afortunado de Gran Bretaña. —Su melodiosa entonación escocesa era más pronunciada que en Duncan—. Por ninguna parte se veía deferencia inglesa. Gwyneth Owens. pero escéptica. Cuando hubieron subido unos seis peldaños. Decidiendo hacer gala de su encanto de hechicera. Gwynne le soltó las manos. Duncan continuó: —Después habrá tiempo para que la conozcáis. Procede de una buena familia galesa. Sólo nos separan unos cuantos años. le cogió las dos manos.

Con su sangre española. pero con una sola mirada que te echara podría haber olvidado todo lo que le debe a los suyos. —Es muy hermosa. de la T. —¿Sí? Las hechiceras son escasas. Gwynne paseó la mirada por la espaciosa sala. No fue una experiencia agradable. Jean parecía más relajada al enterarse de que ella era de las familias. Justo estoy aprendiendo a manejar mi poder. mientras un par de hogares prometían calor en lo más helado del invierno. mucho más cálida que la piedra Unos 30 pies = alrededor de 9 metros. le gustaba el sol. La miró fijamente—. así que Adam Macrae construyó este aposento soleado como regalo de bodas. aunque fuera equívoco. Tu dormitorio está a la izquierda. —Todas las armas de la familia tienen empuñadura o mango de bronce —repuso Jean. incluso en ese día soleado. pasando las yemas de los dedos por una pared revestida de seda. (N. ¿verdad? ¡Qué fantástico debe ser atraer a los hombres sin siquiera intentarlo! —Eso era lo que creía yo. igual que los de Duncan cambiaban en matices de azul gris. hasta que un niño tonto me raptó en Northumberland — dijo Gwynne. Aunque es cierto que hasta hace muy poco creía que no tenía ningún poder. y que sólo entré en posesión de mi poder después de que me casé. soy una estudiosa de la historia y la tradición de los custodios.* estaba frío como en diciembre. —No estaba tan inconsciente de su deber. de modo que por las ventanas de dos paredes entraba luz a raudales. ¿Eres custodio? —Sí. y pares de hachas de guerra cruzadas.Mary Jo Putney El beso del destino escalera de piedra. y se sentían las ráfagas cruzadas de corrientes de aire. Duncan le había dicho que las escocesas eran muy francotas. los hermosos muebles y las mullidas alfombras orientales. y no era exageración. sarcástica—. —Tengo una gran deuda de gratitud con Isabel —dijo Gwynne. ¿Creías que tu hermano se casaría con una mujer corriente? —No lo había pensado. —Los aposentos de la señora. Jean abrió la puerta de una sala de estar y se hizo a un lado para que ella entrara primero.) 101 * . o sala grande. así que espero que tengas paciencia mientras aprendo. En ese tiempo todavía no se había inventado el sistema métrico decimal. A ojo le calculó sus buenos treinta pies de altura. —Es muchísima cantidad de hierro para estar en la casa del mago meteórico más poderoso de Gran Bretaña. En ese momento el color era un vivo color verde felino. Las paredes de piedra estaban cubiertas por una verdadera exposición de armas: espadas colocadas en círculos. dagas dispuestas en abanicos. Los ojos de Jean adquirían diferentes matices de verde. —Vas a ser mucho más interesante de lo que pensé cuando Duncan nos presentó. —¿Cómo descubriste que tenías poder a tu edad? —Me casé. Hace unos días Duncan me informó que soy una hechicera. y mucho más cómoda de lo que esperaba. Gwynne pestañeó. Jean comenzó a subir la escalera. y la puerta de la derecha comunica con los aposentos del señor. cada generación ha hecho más mejoras en los aposentos privados. Gwynne supuso que era un cumplido. sorprendida por las paredes estucadas en yeso. Desde entonces. Esa sala de estar estaba en una esquina del castillo. —Gracias a Isabel de Cortés. Gwynne contempló pasmada el inmenso vestíbulo principal.

Había aparecido un barril y unos hombres alrededor con jarras de cerveza. y mi madre era una gran curandera que pasaba bastante tiempo fuera de casa. También era una habitación hermosa. —Se acercó a una ventana y miró fuera. —¿Qué quieres decir. cuando yo era niña deseaba desesperadamente tener magia. Jean dijo. —Espero que no. ¿Tú y Duncan vais a ser así? —No tengo espada para afilar contra la de Duncan. Jean se encogió de hombros. pero supongo que una chica tan hermosa como tú tiene pretendientes. Comprendiendo la pregunta implícita. La belleza se marchita. Aunque sé llevar una casa. —Eres amable. Pero creo que Robbie Mackenzie. A mí me quedó el trabajo de aprender las habilidades vulgares de atender las ovejas. pero espero que trabajemos juntas como amigas. Los dos tenían tanto poder que deben de haber sido como dos espadas afilándose mutuamente. ¿Has deseado alguna vez tener más tiempo para entrenar tu poder? Jean se ruborizó. No sé cuál es mi lugar aquí. A pesar de toda la historia que he leído. llegaremos a ser pareja. y yo. no como contrincantes. si quieres. El poder de una hechicera es más bien pasivo. Qué palpable acto de amor era esa luminosa sala—. pero eso no es nada comparado con el poder activo de una gran maga como Isabel. Gwynne miró atentamente la expresión de su cuñada. pero pareció complacida por el cumplido. 102 . que tuviste que asumir esas responsabilidades a edad muy temprana. por supuesto. del valle del lado. y que debería dársete el tiempo para dedicarte a tus intereses si lo deseas. Veo que Duncan no te eligió solamente por tu belleza. —No hay muchos hombres para escoger por aquí. —O sea. Jean miró fuera por la otra ventana. —Ésta es tu casa. ahora que ya no tienes todo el peso de la propiedad sobre tus hombros. Duncan estaba en medio. Más allá de los campos del valle Rath se vislumbraban montañas de las Highlands. el carácter es para siempre. tengo cierta capacidad de atracción. Por favor. —Perdona el estallido. Con gusto te dejaré la administración de la casa si quieres. no pienses que deseo que te marches. Quiero decir que tu familia se ha aprovechado desvergonzadamente de tu disposición a hacer el trabajo necesario pero no atractivo. Mi padre y Duncan estaban siempre fuera azotando las montañas con tormentas. —Entonces puedes ir a Edimburgo o incluso a Londres. con una enorme cama con colgaduras para mantener el calor dentro—. Desvió la mirada al patio de abajo. que tú asumirás mis deberes y que debo buscar otra cosa para entretenerme? —No. —Duncan me dijo que nunca te has tomado el tiempo para desarrollar tu poder. —Una temporada en Londres sería… interesante —convino Jean—. pero creo que te mereces más. Jean la miró a los ojos. se amaban muchísimo y reñían muchísimo. Ahora es la mía también. Un lugar de magia y violencia—. lo que me apasiona es el trabajo del estudio. sarcástica: —Alguien en esta familia tenía que ser práctica. los cultivos y las cuentas. Se veía vivo de una manera que ella no le había visto en Inglaterra. nada de eso —repuso Gwynne apaciblemente—. no sabía que Adam hubiera construido este nido tan lujoso para su esposa. —Según la leyenda familiar. Eso me sorprendió muchísimo. —Abrió la puerta que daba al dormitorio. Es que… todo esto me ha cogido por sorpresa.Mary Jo Putney El beso del destino desnuda.

—Aquí lo llamamos levantamiento. te lo prometo. Yo podría llevar a nuestros hombres tan bien como ella. —Sonrió tristemente—. — Suponiendo que Jean no sabía lo que opinaba de su hermano. La guerra es un horror con pocos beneficios. supo que su destino estaba ligado al papel de Duncan en esa inminente guerra civil. Desconcertada. El príncipe Carlos Eduardo tiene la razón de su parte. Hay hombres del valle Rath que ya se han unido a él. Claro que tú eres inglesa y tal vez estés en contra de los Estuardo.Mary Jo Putney El beso del destino —No pareces muy entusiasmada con esa perspectiva. —Este levantamiento es por la justicia. y beneficiará mucho a Escocia —dijo Jean tranquilamente—. La verdad sea dicha. pero debo esperar a que regrese del ejército del príncipe. —¿Y si Duncan no apoya al príncipe? —Entonces. mientras otros están esperando que Duncan los lleve. Gwynne sintió un fuerte escalofrío que le comenzó en el corazón y se fue extendiendo por todo su ser. —No estoy mucho por la política. 103 . de hecho prefiero la paz a la guerra. Duncan se unirá al levantamiento. Gwynne le preguntó: —¿Crees que Duncan se va a unir a la rebelión? Jean dejó de sonreír. Con una certeza que dejaba fuera toda duda. estoy furiosa porque no quiso llevarme con él. —Robbie es un muchacho guapo y excelente. Tal vez Duncan me lleve. continuó con cautela—: Creo que Duncan piensa lo mismo. Jenny Cameron de Glendessary reunió a más de trescientos hombres para el príncipe y los llevó a Glenfinnan cuando él izó su estandarte. ¡yo llevaré a los hombres del valle! —replicó Jean—. La seguridad de Jean era amedrentadora. pero no será necesario.

¿verdad? Sólo tengo esto y un sencillo vestido que viene todo arrugado en mis alforjas. —Aunque se habían apresurado a matar un cordero que ya se estaba asando sobre una fogata en el patio—. —Se inclinó a lamerle el delicioso contorno de la oreja—. y antes de irse me indicó donde está la biblioteca. palpándole las curvas—. Ella ladeó la cabeza. su boca más dulce que la miel de las Highlands—. Ninguno de los dos es lo que se dice magnífico ni bonito. Ella le pasó el brazo por la cintura y echó a andar. él dijo: —Se está organizando un ceilidh en el patio y los dos tendríamos que participar. sus ágiles pasos tan largos como los de él. —Aún no ha llegado el coche que trae nuestro equipaje. Cuesta un poco acostumbrarse al sonido de la gaita.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 17 Le llevó tiempo a Duncan lograr escaparse de la improvisada celebración en el patio para ir a buscar a su mujer. —¿Es música ese alarido que suena como si estuvieran descuartizando vivo a un animal? Él sonrió de oreja a oreja. Tuvimos la oportunidad de conocernos Jean y yo. Estará bien que te vistas con sencillez. Él ya sentía vibrar la suya. caminando en dirección a la biblioteca con paso resuelto. —Le pedí a Jean que sacara el vestido y te lo hiciera cepillar. pero ningún otro instrumento hace vibrar la sangre de la misma manera. —Mo cridhe! —La giró y la besó con un entusiasmo empapado de cerveza—. Le bajó las manos por la espalda. porque en la cocina de Dunrath no ha habido tiempo de cocinar. 104 . —Le correspondió el beso. no se trata de un baile aristocrático. Así llamado a su deber. —¿Cómo pueden juntarse tantos invitados con tan poco tiempo y sin avisar? —La noticia de mi regreso ya se ha propagado por el valle y los cerros circundantes. Muchos traerán comida. —Sí. y todos saben que eso significa una reunión del clan. Y todos querrán ver a la magnífica beldad que es la nueva señora del valle. porque se te necesita muchísimo. y no por la música. Ya está comenzando la música. —No tiene importancia. —Profundizó el beso y empezó a olvidar la primera finalidad. Ella soltó una risita ronca. —Es una gran celebración de bienvenida que durará hasta la madrugada. —Por la ventana entraron las primeras y melancólicas notas—. sino una celebración para todos los habitantes del valle. La encontró en la planta de los aposentos de la familia. ¿Tengo tiempo para explorarla o se me necesita en otra parte? —La biblioteca debe esperar. Perdona que te haya dejado abandonada tanto tiempo. Le pasó un brazo por los hombros y la instó a caminar de vuelta a sus aposentos. Ella se miró el polvoriento vestido de montar. Estoy segura de que tenías pensado algo menos… íntimo cuando saliste a buscarme. —¿Un queili? —preguntó ella. —Puro cuento. dudosa. Tenemos que explorar tu nuevo dormitorio para ver si hace falta algún cambio.

cuarentona. por lo menos hoy. esta vez para quedarme. 105 . ¿Qué más podría desear un hombre? A ella se le ensombrecieron los ojos un momento mientras dejaba el vestido sobre una silla. —Paz y seguridad irían muy bien —dijo. —Nunca me he sentido más feliz. estrechándole la mano—. —¡Señora Maggie! —exclamó Duncan. Al final del ceilidh tendría a todo el mundo del valle Rath comiendo de su mano. bajando la mano por su pecho. creo. —Le sopló su cálido aliento en la seductora hendidura entre los pechos que quedó al descubierto—. Margaret Macrae? —Muchísimas gracias por ocuparse de mi vestido —dijo Gwynne. Estoy de vuelta en casa. Estaban llegando a la puerta del dormitorio cuando por la esquina del corredor apareció una mujer delgada. lady Dunrath. mo càran. —El ceilidh puede esperar —dijo él con la voz ronca. —Te estás volviendo más escocés y más sensual a cada minuto que pasa —dijo ella recatadamente. Déjame que te ayude a cambiarte. Aquí tiene su vestido. Es un placer conocerla. En Inglaterra eras el Señor del Trueno. Después de que Gwynne cogió el vestido y Maggie se marchó. y qué perspicaz Gwynne al darse cuenta de eso y disipar su miedo al instante. Era natural que la mujer estuviera preocupada por su puesto. con una dosis de poder que la hacía irresistible. —¿Uno que te gusta. espero? —Lamento no haber estado aquí cuando llegó —dijo Maggie fríamente. —Se apretó a él. En el patio. Aquí eres el Señor del Sol.Mary Jo Putney El beso del destino Aunque vayas vestida con un saco. Gwynne. ¿conoces ya al ama de llaves de Dunrath. sintiendo vibrar suavemente las partes bajas—. Lo lleva todo tan bien… Duncan vio evaporarse la tensión en Maggie con esas tranquilizadoras palabras. —Ah. Sí. pero si la llevaba ahí desearían pasar el resto de la noche entrelazados—. están aquí. y gracias por preguntar. espero? —Ah. Espero que tenga la intención de continuar en su puesto aquí. —Creí que teníamos que bajar al ceilidh —resolló ella. avanzando hacia ella con su hermosa y simpática sonrisa y la mano extendida—. pero en sus ojos brillaba un destello que él ya conocía. Su encanto hechicero en acción. serás la mujer más hermosa de Dunrath. Él se negó a dejar que la sombra de la rebelión oscureciera ese momento. dando un afectuoso abrazo a la mujer—. Pareces casi otro hombre aquí. —Mo càran. mi bien amada—. Ahora bien. están bien ella y los críos. ¿Todo está bien en la casa de su hija. comenzando por debajo de la oreja y continuando hacia abajo. con el vestido de Gwynne en el brazo. —Este traje de montar te cubre demasiado. los gaiteros habían terminado de ensayar y estaban tocando juntos un reel que hacía estremecer las antiquísimas piedras que los rodeaban. —Decididamente más sensual —dijo ella resollante—. le desabotonó los primeros botones del chaleco y luego continuó con los de la camisa. sí. —Tal vez mañana podría explicarme el funcionamiento de la casa. y te tengo a ti. ¿dónde estaba? Aquí. él abrió la puerta del dormitorio de la señora. —Nos quedan unos minutos antes de que tengamos que bajar. Reanudó los besos a su mujer. Girándola hacia él. Su piel tenía la deliciosa suavidad de la nata. Y eres más hermosa aún sin una hilacha encima. La cama estaba a sólo unos pocos pasos.

y 106 . —Se miró en el espejo y decidió que con estirar y alisarse la ropa estaría de buena apariencia. esto sólo nos llevó unos minutos. aunque necesitaría un alfiler para reemplazar el botón que se le había desprendido de la bragueta—. Ella gimió y se le abrieron los ojos llenos de ciega pasión. Metiendo la mano entre ellos. hasta que ella exclamó: —Aay. embriagador. pero hacía más fácil la transmisión. es posible que rivalices con Isabel de Cortés antes de que llegues a tu plenitud. Comenzó por explorar el cielo en busca de energía meteórica hasta que encontró fuertes vientos en las Hébridas. —Aprendes rápida como el rayo. mientras los lamentos de las gaitas se hacían eco de su extraordinario vuelo a regiones desconocidas. Demasiado excitado para sutilezas. absolutamente viril. El contacto físico no era esencial. mojada. paralizados por el exquisito placer de la unión. Una parte de su magia era la capacidad de hacer sentirse deseado a un hombre. Ella se echó a reír y se desprendió de él. por lo tanto aplicó una técnica de canalización de energía para fortalecerse los dos. Continuaron aferrados. depositándole tiernos besos en la frente y las sienes. —Te las arreglarás admirablemente. ella era su mujer y estaban unidos de una manera que superaba todo lo que había experimentado hasta ese momento. Introdujo un poco de esa energía en él. La hizo retroceder hasta dejarla apoyada contra la pared y le besó la base de la garganta. se introdujo de un solo embite en su ansioso cuerpo. arrancando un botón con la prisa. Sintió su pulso. pero ahora no tengo fuerzas para encontrarme con toda la gente del valle. hasta tocar la entrepierna. mo càran.Mary Jo Putney El beso del destino Esto sólo llevará unos minutos. estaba consciente de que sus emociones se fundían de una manera nueva y complicada. ella le soltó la mano y comenzó a quitarse el atuendo de montar. Ella reaccionó con fuertes contracciones que le desencadenaron la arrolladora liberación. Por un instante los dos se quedaron inmóviles. y ahora he percibido cómo dabas forma a la energía y me pasabas a mí el resultado. sabía que estaba a instantes de la culminación. Más aún que de la conexión física. caliente. Él también estaba agotado. delicioso. Ella ladeó la cabeza. —¡Tonterías! —exclamó Gwynne pasándose el vestido limpio por la cabeza. latiendo de deseo. Estaba en casa. lista. Revitalizada. su respiración un jadeante gemido. sus ojos soñadores. —Nunca podré volver a oír las gaitas sin pensar en esto. ¿Hasta dónde llegarás? me pregunto. —Tenías razón. Le levantó la falda y la enagua y subió las yemas de los dedos por la satinada piel del interior de sus muslos. Aunque deseaba que esa abrasadora armonía durara eternamente. sostenidos por la pared. Había decidido meter esa bonita túnica verde en su alforja porque era fácil ponérsela. domeñó la esencia de los vientos hasta que estuvieron alineados con su naturaleza y luego le cogió la mano y le envió poder en una corriente invisible. —Entonces contrataré a un gaitero para el castillo —se apresuró a decir él. —No existen palabras para describir este placer. mi hechicera —le dijo. Sus movimientos lo introdujeron más y más en la locura. Entonces introdujo la mano en sus calzas y a él ya no le importó si toda la banda de gaiteros entraba en el dormitorio tocando una melodía para despertar a los muertos. Se desabotonó las calzas. la tocó ahí. Ella empezó a mover las caderas. caramba… Él se rió. —¡Muy interesante! Hace dos semanas no habría sabido qué hacías.

—Me alegra oír eso. Él captó que habían llegado al núcleo de esa conversación aparentemente despreocupada. supongo. En las Highlands se acepta la clarividencia incluso entre personas corrientes. conozco a Robbie y a su familia. Él fue hasta el tocador y la rodeó con los brazos desde atrás. Gwynne se relajó. 107 . —Sí. —Aunque dijiste que todos aquí sois parientes.Mary Jo Putney El beso del destino su sencillez era perfecta para la diversión de esa noche—. él se dio cuenta de que lo estaba observando atentamente. —¿Y el novio de Jean. Robbie Mackenzie? No sé de ningún custodio de ese apellido. Aunque Gwynne siempre había deseado tener poder. que yo sepa. —Los jóvenes suelen ver atractivo en la guerra. y ni siquiera como un custodio medianamente dotado. Su fuerza la hacía sentirse segura. Ella fue bruja desde la cuna. —No. No había nada atractivo ahí. ahora empezaba a comprender cómo la magia entrañaba preocupaciones y responsabilidad además de dicha. aunque ese poder era lo que lo definía. Levantó la cabeza y le miró la cara. no estaba segura. Dado que ella te conoce desde siempre y yo sólo desde hace unas semanas. —Jean cree que te unirás a la rebelión. —Tal vez no es novio la palabra. Los Estuardo tuvieron sus oportunidades y las desaprovecharon todas. —Espero. además los Macrae y los Mackenzie siempre han sido aliados. En el sentido mundano sería un matrimonio respetable. por Dios. supongo que no todos son custodios. Le llevaría tiempo encontrar el equilibrio en su interior. Gwynne se sentó ante su tocador y comenzó a arreglarse el pelo. tenía el alma en los ojos y su energía irradiaba como el sol. No tengo el menor deseo de apoyar a un pretendiente al trono. No le he dado ningún motivo para que crea eso. Viven justo al otro lado del cerro del norte. sólo sufrimiento. Es la primera noticia que tengo de eso. pero ¿tiene al menos un poco de poder? —¿Robbie es su novio? —preguntó él sorprendido—. pero. Había ocasiones en que deseaba haber sido menos dotado. No lograba imaginarse como un hombre corriente. Quisiera Dios que siempre empleara esa fuerza para proteger. Le gustaba como se veía después de haber hecho el amor con ella. pero ha habido mucha mezcla por matrimonios. Yo no tendré jamás ese poder. pero también una enorme y seria responsabilidad. aunque ahora está furiosa con él porque fue a unirse al príncipe y no quiso llevarla con él. En mis viajes vi las consecuencias de las batallas en el Continente. así que un toque de poder no es infrecuente. —Eso es ridículo. Es un muchacho bastante decente. él no tiene ni una sola partícula de magia. Él comprendía ese sentimiento. no para destruir. que esta rebelión se apague rápido. Y no creo que lo deseara. Esperaba algo mejor para mi hermana. ¿Conoces al señor Mackenzie? Aunque Gwynne parecía estar mirándose en el espejo. Un inmenso poder es algo estimulante. —Frunció el ceño—. pero ella me dijo que creía que formarían pareja.

permítame que le presente a mi hijo. tratando de asociarlos al «sabor» de la energía de la persona. pero no tanto como para provocar pasiones desequilibradas. —Si logras mantener ese nivel. Ahora tu energía se ha encendido como una hoguera y estás tan apetitosa que deseo llevarte arriba otra vez. la música sonaba tan fuerte como para cortar la leche. Percibir la naturaleza interior única de la persona era otro talento nuevo. no tendrás ningún problema. acompañada por un joven de ojos grandes. el ama de llaves.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 18 Cuando ya estaban nuevamente respetables. Tan pronto como fuera posible comenzaría a investigar la vida de las hechiceras anteriores para ver cómo manejaban su peligroso don. —Señora. En el instante en que aparecieron los dos. —Sonrió irónica—. La idea de investigar y analizar la rodeó de una agradable aura de erudición. ¿Qué ha ocurrido? Ella sonrió pesarosa. Afortunadamente los músicos estaban en el patio tocando para los bailarines. los rodeó una multitud. pero no demasiado. Aun sin tu encanto hechicero mi gente te querría. Diarmid inclinó la cabeza y luego la miró con una 108 . Así estás lo bastante atractiva para que tanto los hombres como las mujeres estén encantados de tenerte entre ellos. Había practicado muchas técnicas desde que entrara en posesión de su poder. —Es fácil recordarnos. pero todavía distaba mucho del dominio fluido que necesitaba para llevar una vida agradable. —No te preocupes —le dijo en voz baja—. ¿Estoy adecuadamente comedida? Él la miró de reojo. Sería muy violento si me raptaran aquí. Dejó de mirarlo y respiró lentamente hasta recuperar el equilibrio. Ella se concentró en los nombres de pila. De todos modos. —Sonrió—. sus ojos desenfocados evaluando su expresión y postura. Llegaron al pie de la escalera y entraron en el enorme vestíbulo principal o sala grande del castillo. —Espero que tengas razón. Tal vez podría escribir uno ella cuando entendiera mejor la forma de controlar ese determinado poder. Voy a intentar moderar mi energía para caer bien. nueve de cada diez personas que le presentaban se apellidaban Macrae. Mientras iban bajando la escalera él notó que ella le llevaba cogido del brazo con más fuerza de la estrictamente necesaria. Entonces se le ocurrió que no tenía noticia de ningún ensayo sobre el tema. Gwynne y Duncan salieron de la habitación para bajar a unirse al ceilidh. —Un cumplido tuyo. De pelo castaño y ojos azules. y se desintegra mi autodominio. Diarmid. pero era bastante cierto. así que tendréis que volver a presentaros la próxima vez que la veáis. que estaba atestado de gente y mesas de caballete llenas de comida. Llegó hasta ellos Maggie Macrae. ¡Todos nos apellidamos Macrae! A eso siguió un rugido de risas. Pensar en volver con él al dormitorio tampoco la ayudaba. lady Dunrath —gritó una voz masculina—. —Mi mujer no memorizará todos vuestros nombres esta noche —gritó Duncan—.

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naciente adoración. Gwynne cayó en la cuenta de que se le estaba escapando el dominio sobre su energía hechicera, de modo que volvió a aplastarla. William Montague la había hecho entender lo vulnerables que pueden ser los jóvenes. —Buenas noches, Diarmid, encantada de conocerte. —Me alegra que Duncan Macrae haya traído una esposa al valle —soltó él, a borbotones. —Y a mí me alegra estar aquí —contestó ella sonriente, procurando que su sonrisa fuera simplemente amistosa. En ese momento Duncan dijo: —Gwynne, te presento a Donald Macrae, el hombre más valioso del valle. El viejo Donald es el administrador de Dunrath. El hombre de pelo cano la miró un instante con ojos sagaces y luego hizo un pequeño gesto de asentimiento, aprobador. Gwynne percibió una insinuación de poder en su aura, heredado tal vez de algún antepasado Macrae. Tenía que ser un estupendo aliado y un formidable enemigo. Estaba conversando con Donald cuando terminó una melodía. —¿Quieres bailar conmigo, mo cridhe? —la invitó Duncan—. Es la mejor manera de aprender a gustar de la música de gaita. Ella puso los ojos en blanco, simulando incredulidad, pero aceptó su invitación de buena gana. Habiendo conocido ya a la mitad de la gente del valle, deseaba relajarse con su marido. Bajaron al patio, donde la fresca brisa nocturna estaba impregnada de los olores a humo de leña, cordero asado y fuerte cerveza. Se unieron a los bailarines, que estaban formando hileras paralelas enfrentadas. Gwynne sonrió al recordar su encuentro con él en New Spring Gardens. —¿Recuerdas nuestro primer baile? —¿Cómo podría olvidarlo, milady? —repuso él con el ronco acento francés que usara esa noche—. Ése fue un baile entre desconocidos. Ahora conocemos mutuamente nuestros misterios. Ella sonrió un poco triste al pensar en la manera como llegó a casarse con él. —¿Alguna vez se llega a conocer todos los misterios de otra persona? Comenzaron a aullar las gaitas y se hizo imposible la conversación. La danza era similar a las que ella conocía, así que le resultó fácil seguir los pasos. Duncan, maldito sea, había estado en lo cierto. Sí que era vigorizante bailar al ritmo de esa música loca, semejante al canto de las sirenas, de las gaitas. Era una música que podía llevar a un hombre, o a una mujer, al infierno de ida y vuelta. Cuando acabó la pieza estaba sonrojada y jadeante. —Tenemos que volver a bailar después, mi señor marido —ronroneó entrecerrando los ojos seductoramente. —Dada nuestra larga cabalgada, tal vez deberíamos ir a acostarnos pronto —dijo él, con una sonrisa igualmente sugerente. —Pronto, entonces. Se cogió de su brazo, deslizando sensualmente los dedos por su fuerte antebrazo hasta la muñeca. ¿Esa fuerte pasión mutua se debería a que estaban recién casados o tal vez la magia hechicera intensificaba el deseo mutuo? Reprimió una sonrisa al pensar en lo placentera que sería su investigación para el ensayo que deseaba escribir. Los músicos se estaban tomando un descanso, por lo que volvieron al interior a buscar comida. Estaban terminando la cena cuando junto a ellos apareció Jean, con los ojos brillantes y cogida de la mano de un joven alto. —¡Mirad quién ha venido! Duncan, ¿te acuerdas de Robbie Mackenzie? Gwynne,
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éste es el muchacho del que te hablé. —Lord Dunrath, qué bien que esté de vuelta en casa. Después de estrecharle la mano a Duncan, Robbie se inclinó ante Gwynne con el practicado garbo del hombre de buena cuna. La vida con el ejército rebelde le había dejado la ropa a mal traer, pero su pronunciación era culta. —Bienvenida a Escocia, lady Dunrath. El valle Rath es un lugar bonito para vivir. Casi tan bonito como el valle Fannach, que es el hogar de mi familia. —Miró de reojo a Jean. Gwynne no logró percibir ningún poder en él, pero era un joven apuesto, de sonrisa amistosa, y no se detectaba ninguna sombra oscura en su naturaleza. —Encantada de conocerte —dijo amablemente, pensando cuántas veces había repetido esa frase esa noche—. Jean me estuvo hablando de ti. —¿Sí? —dijo él con expresión evidentemente complacida. Pasó la mano por el codo de Jean—. Esta muchacha ha estado mucho en mis pensamientos. Gwynne rogó fervorosamente que Jean no lo siguiera hasta el ejército del príncipe. Con su nuevo poder presentía que ésa era una posibilidad muy real. —Vamos, Robbie —dijo Jean—. ¿Bailarás conmigo después de que cenemos? Él le levantó la mano y le besó las yemas de los dedos, alargando el beso en clara declaración de sus sentimientos. —Será un placer, mo cridhe. Después de que la pareja se alejó en dirección a las mesas de caballete, Gwynne preguntó en voz baja: —¿Qué te parece? Duncan frunció el ceño. —No puede caerme mal el muchacho, pero de todos modos no me entusiasma la idea del matrimonio. Y no es que pueda prohibírselo a Jean si ella lo desea. Es mayor de edad, y es una muchacha tozuda. Gwynne observó a la chica, que en ese momento se estaba riendo de su novio. —Le gusta, pero por lo que me dijo antes, no sé si lo ama. Tal vez cuando termine la rebelión podamos llevarla a Londres. Manifestó cierto interés en esa posibilidad. Por lo menos allí tendría la oportunidad de conocer una gama más amplia de hombres. Duncan frunció ligeramente el entrecejo. —Me gusta la idea. Esperemos una rápida conclusión de esta rebelión. La cogió del brazo y reanudó la tarea de presentarle a más Macrae. Y había muchísimos, pero todos la acogían bien. Incluso los menos educados poseían una cortesía natural que ella encontró muy encantadora. Fue transcurriendo el tiempo y ella comenzó a pensar que retirarse a la cama temprano le iría muy bien, aun cuando lo único que hiciera fuera dormir. Estaba cubriéndose un bostezo con la mano cuando la música del patio se interrumpió a mitad de la frase, y las gaitas hicieron un raro chillido con la brusca interrupción. Curiosa, siguió a Duncan hasta la puerta. Seis hombres bien vestidos estaban entrando a caballo en el patio. Cuando se detuvieron y desmontaron, se elevó un rumor de voces y muchos de los participantes en el ceilidh hincaron una rodilla. Ella pasó la perpleja mirada al hombre que estaba en el centro del grupo de recién llegados. Retuvo el aliento conmocionada al comprender. Alto y exquisitamente vestido, el joven poseía el irresistible magnetismo de un rey, o de un aspirante a rey. Reconociéndolo en el mismo instante, Duncan dijo con voz tranquila: —Príncipe Carlos, sois bienvenido a mi casa. —¿Lord Ballister? —dijo el príncipe, con un dejo italiano, avanzando, cómodo,
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encantado de tener todos los ojos fijos en él—. Supe que habíais vuelto de vuestros viajes en el Continente, señor. Puesto que estaba cerca, decidí que era hora de que nos conociéramos. El joven pretendiente tenía buenas fuentes de información. Gwynne observó que, a diferencia de los Macrae, llamaba a Duncan por su título inglés. Su acento italiano era su legado por haberse criado en Roma. Ésta era su primera visita a su «patria», y venía para iniciar una guerra. Por eso estaba ahí, lógicamente, para conseguir apoyo. ¿Cuál sería el protocolo para saludar a un rebelde contra el propio rey? Decidió pecar por el lado del respeto, de modo que se inclinó en una reverencia cuando él se reunió con ellos en la entrada del castillo. Él la saludó con una bien practicada sonrisa: —Vos debéis de ser lady Ballister. He oído decir que sois una beldad extraordinaria, pero la descripción queda pálida ante la realidad. Era guapo, con unos ojos castaños que contrastaban con su piel blanca y su pelo empolvado. Gwynne entendió por qué mujeres de todas las edades suspiraban por él, pero, curiosamente, percibió que, a diferencia de muchos hombres, él no tenía ningún interés en ella. Detrás de esa sonrisa llana había una resolución glacial que no le dejaba tiempo para coqueteos. Duncan también se inclinó en una reverencia, aunque no profunda. —¿Os apetece a vos y a vuestros acompañantes uniros a nosotros para comer y beber algo? —Eso sería un placer. El príncipe hizo un gesto a sus acompañantes, y ellos subieron la escalinata. En eso se les acercó una jovencita de las montañas y se inclinó en una profunda reverencia, con una sonrisa adoradora. —Soy bendecida por veros con mis propios ojos, Vuestra Majestad. Carlos le hizo un amable gesto de asentimiento a la joven. —Después de que haya saludado a esta buena gente, Ballister, querría hablar con vos en privado. Duncan apretó los labios, pero dijo: —Faltaría más. Podemos hablar en mi estudio. Gwynne retuvo el aliento, sintiendo girar intensas y peligrosas subcorrientes por el castillo. Estaban presentes inmensas fuerzas, y los resultados serían importantes. Carlos dedicó unos minutos a hacer un recorrido por la sala, saludando a admiradores. El príncipe y su comitiva estaban ahí para encantar, y lo hicieron con cierto éxito, en especial entre los Macrae más jóvenes. Gwynne se alegró al ver que muchas de las personas mayores y más responsables se mantenían alejadas, con expresiones esmeradamente impasibles. A excepción de Donald, que no se tomó ninguna molestia en ocultar su desaprobador entrecejo. Habiendo terminado el recorrido, el príncipe preguntó: —¿Vuestro estudio, señor? Gwynne dejó libre su energía hechicera, comprendiendo que su atractivo le haría difícil a un hombre decirle no a ella. —Por esa escalera —dijo, y cogiendo una linterna de la mesa más cercana, continuó—: Permitidme que os ilumine el camino, mis señores. Mientras se dirigía a la escalera, miró hacia el príncipe y Duncan, que la seguían, y vio también que todos los hombres de la sala la estaban mirando ávidamente. Amilanada, se apresuró a aplastar nuevamente su energía, deseando tener una varita para medir la magia. Controlar su atractivo sexual era como tratar de hacer pan poniendo pólvora negra en la masa: demasiada cantidad causaría una explosión.
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Cuando llegaron a la primera planta, Duncan se adelantó para guiarlos por el corredor hasta su estudio. Aunque el estudio estaba limpio y muy bien amueblado, con escritorio, sillones y una estantería llena de libros de cuentas, tenía el aspecto descuidado de una habitación que hace mucho tiempo que no se usa. Gwynne hizo todo un espectáculo encendiendo las velas y luego sirviendo dos copas de clarete, al encontrar una bandeja y una botella en una mesita lateral. Duncan no hizo ningún comentario, pero alzó una ceja, irónico, ante la insólita y recatada solicitud de su mujer. El príncipe frunció el ceño cuando comprendió claramente que ella pensaba quedarse. —Lady Ballister, vuestro marido y yo vamos a hablar de tediosos asuntos políticos. Supongo que no privareis a mis acompañantes del placer de bailar con vos. Ella lo obsequió con su sonrisa de ojos más agrandados, junto con una fuerte dosis de atractivo, para que él aceptara su presencia. —No me privaría por nada del mundo de la oportunidad de oíros hablar, sire. A él le desapareció el ceño, aunque ella no supo si eso se debió a su magia o a que pensó que ella sería una aliada en la tarea de persuadir a su marido de unirse a la rebelión. Aceptando la copa de clarete, eligió el sillón más cómodo y les hizo un gesto a ellos, sus anfitriones, invitándolos a sentarse. Gwynne se sentó en un sillón lateral, desde donde no molestaría y podría ver claramente a los dos hombres. Éstos eran un verdadero cuadro de contrastes. Joven y bien vestido, el príncipe tenía la seguridad arraigada en los huesos de un hombre al que desde el instante de nacer se le ha dicho que pertenece a la realeza. Había también algo más que un toque de magia en su naturaleza. Ella supuso que tenía la peligrosa capacidad de inspirar una profunda lealtad, la mereciera o no. Duncan vestía más informal, con su traje de montar, y unos mechones de pelo oscuro sin empolvar se le escapaban de la cinta con que se lo sujetaba a la nuca. Pero era él el primero que atraía la atención, porque irradiaba fuerza, poder y sabiduría arduamente conseguida. El príncipe Carlos Eduardo Estuardo era un niño; Duncan Macrae, un hombre. —Vuestro castillo es muy impresionante, Ballister —comentó el príncipe—. Comprendo por qué no lo han conquistado nunca. —Mis antepasados eligieron bien el sitio. —Duncan bebió un trago de clarete y dejó la copa en el escritorio—. Permitidme que os hable con franqueza. Buscáis apoyo para vuestra rebelión. No lo recibiréis de mí. Escocia ya ha derramado mucha sangre por los Estuardo. La sonrisa de Carlos permaneció inalterable. —Hay otros de vuestro clan que han decidido otra cosa. —Los Macrae de Kintail eligen su propio camino. Los Macrae de Dunrath somos sus parientes lejanos. Aunque llevamos sangre de las Highlands, también tenemos el pragmatismo de las Lowlands. No podéis ganar esta rebelión, Alteza. —¿Creéis que no? En el primer encuentro entre jacobitas y hannoverianos, unas decenas de mis hombres ahuyentaron a dos compañías del ejército real. Duncan hizo un gesto como para restar importancia a eso. —Las guarniciones del gobierno en Escocia están escasas de hombres, y la mayoría de los soldados experimentados están en Flandes, así que ésa es una dudosa victoria. —Tal vez, pero también cuento con el apoyo de los franceses. Una vez que mi ejército comience a tener victorias en el norte, Francia invadirá por el sur. El rey hannoveriano huirá al Continente, chillando en busca de refugio. Miente, comprendió Gwynne. Pero mentía bien.
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—La fiera carga de los highlandeses es legendaria —replicó el príncipe—. —Sois un hombre franco. Esa enérgica fe en sus objetivos le daba la capacidad para realizar cosas grandes y terribles. y no quiero ver morir a ninguno de ellos por una causa sin esperanzas. Con suerte y osadía. —La causa Estuardo no es sin esperanza —rebatió Carlos con vehemencia—. —Gran Bretaña siempre ha sido mi destino. suponía que hacía un favor a los hombres permitiéndoles morir por él. y estaba en contra de la rebelión. de niño construía maquetas de fortificaciones. El joven pretendiente unía la magia del liderato con una fe absoluta en su destino. Gwynne hizo una inspiración temblorosa al sentir el poder del joven aun cuando ella era mujer. De todos modos tenía el magnetismo personal para crear una visión que los hombres seguirían hasta la muerte. —Todo es posible —dijo Duncan apaciblemente—. Carlos entrecerró los ojos. empleó su visión interior para leerle el carácter. Los anteriores levantamientos jacobitas fracasaron por mala planificación y falta de voluntad. Si bien sería un líder fuerte en la victoria. su frialdad reemplazada por una ardiente y carismática pasión—: A los seis años ya sabía disparar un arma o una ballesta con la pericia de un hombre. Cuando enfrentemos a los hannoverianos en campo abierto. —La mayoría de ellos no tienen ni un ápice de experiencia militar. y decenas de miles de jacobitas ingleses se unirán a nosotros. Duncan dijo: —He sabido que los franceses se negaron a respaldaros con un ejército. Una tropa de hombres de clanes gritando y blandiendo espadas de dos manos aterra incluso a soldados experimentados. pero vendrán. Devolveré a mi padre su legítimo trono. puesto que ni el Consejo de los Custodios había logrado determinar el resultado de esa rebelión. —Los franceses se han retrasado. Hasta el momento había tenido bastante de ambas cosas. y no los llevaré a una cruzada de locos. Incluso Duncan era vulnerable a eso. Ésta es mi gente. —Si no queríais oír hablar claro —dijo Duncan. no deberíais haber venido a Escocia. Cada día se unen más hombres a mi estandarte. A los catorce caminé por las trincheras españolas durante el sitio de Gaeta. Ballister. Si hubierais sido el heredero Estuardo cuando murieron Guillermo o Ana. y por eso habéis venido solo. sonriendo levemente—. Pero mi primera responsabilidad es hacia la gente del valle Rath. pero yo tengo la voluntad y triunfaré. inglesa. ganaremos. calculó que sería débil en la adversidad. bien podría Carlos ganar. Perturbó a Gwynne pensar que el príncipe podría tener la razón. —Sois resuelto y tenéis la capacidad para atar los corazones de los hombres — dijo él calmadamente—. Percibió que Duncan levantaba sus barreras para proteger sus pensamientos más profundos. con la esperanza de que vuestra osadía os gane suficiente apoyo para convencer al rey Luis de que sois digno de sus soldados y de su dinero. no me cabe la menor duda de que habríais restablecido a vuestra 113 . Dentro de unos días tomaré Edimburgo. y tenía debilidad por la bebida. El príncipe bebió un largo trago de clarete.Mary Jo Putney El beso del destino Igualmente perspicaz. Pero vio también que su carácter contenía una buena dosis de arrogancia e inflexibilidad. y a la verdadera manera regia. Sería prudente que procurarais estar en el lado correcto. La reacción jacobita aquí ha sido más entusiasta de lo que yo esperaba. —Carlos se inclinó un poco. lord Ballister. —Y después esos highlandeses serán destrozados por la artillería del gobierno hasta quedar convertidos en hilachas sangrientas —dijo Duncan glacialmente—. Tratando de ser objetiva.

y así continuaré yo. —Tal vez. —Por eso no ganaréis esta rebelión —dijo Duncan—. —Opinaréis distinto una vez que yo demuestre mi valor en la batalla. El modelo en este asunto fue Enrique de Navarra. la unión es mejor que un conflicto interminable. —Ha cambiado. —La mayoría de las naciones se merecen gobernantes mejores de los que se les conceden. Levantar vuestro estandarte aquí acarreará muerte y destrucción a escoceses e ingleses por igual. sarcástico. El príncipe se puso de pie de un salto. La expresión de Duncan se endureció. pero para hacerlo necesito el apoyo de hombres respetados como vos. por lo menos no causan muchos problemas. Si vuestro padre o vuestro abuelo hubieran estado dispuestos a jurar fidelidad a la Iglesia de Inglaterra. Sois un 114 . Me han dicho que a lo largo de los años los Macrae de Dunrath han tenido un extraordinario tino para elegir el lado conveniente. Mi país es pobre. y si bien carecen de encanto. El príncipe hizo un visible esfuerzo por controlar el genio. La casa Estuardo fue elegida por Dios para reinar. que dijo «París bien vale una misa» cuando renunció a su fe protestante para convertirse en un rey católico de Francia. Fue una locura que el Parlamento inglés les diera la corona a esos alemanes groseros y estúpidos. la casa Estuardo estaría gobernando hoy. Duncan posó su mirada desenfocada en su copa. La unión con Inglaterra está comenzando a cambiar eso. Gwynne sospechó que estaba leyendo la suerte en el vino color sangre. pero ¿a qué precio? —Carlos se enderezó. una que sólo existe para que le impongan impuestos y la traten mal? Ésta siempre fue una nación libre. ofendido. —El Parlamento no ha tratado bien a Escocia. príncipe Carlos? —le preguntó Duncan amablemente—. ¿O éste es sólo el primer paso de una campaña para tomar el trono de Inglaterra también? —¿Qué habría de malo en eso? —contestó el príncipe con fría arrogancia—. Duncan se encogió de hombros. tratando de apartar el velo del futuro para ver qué había en él para su patria. —¿Qué derecho tiene el Parlamento de dictaminar la religión de un soberano? Los Estuardo somos fieles a la verdadera Iglesia. la realidad. ¿Podéis decir sinceramente que estáis feliz con los Decretos de Unión que convirtieron a Escocia en una simple provincia de Inglaterra. Y eso significa que estáis conmigo. Duncan parecía cansado. sí. Ahora Gran Bretaña es un lugar muy distinto a lo que era entonces. Con el tiempo desaparecerán las desigualdades y los dos países serán verdaderos socios. Carlos enarcó las cejas.Mary Jo Putney El beso del destino dinastía en el trono. Pero ese tiempo ya pasó. por lo tanto es de gran valor tener gobernantes protestantes en una nación principalmente protestante. como si los días de viaje y haber retomado sus responsabilidades pesaran terriblemente sobre él. más controlado—. Yo puedo liberar a Escocia de esta odiosa unión. pero debemos trabajar con lo que tenemos. —¿Os contentaréis con Escocia. Los hannoverianos son los demonios conocidos. pero incluso así. hasta que sus propios líderes la vendieron por oro inglés. Los británicos se merecen algo mejor. Los argumentos económicos también son válidos. Sólo digo lo que hay. No he dicho qué es bueno ni qué es malo en estos asuntos. —También se levantó—. —Se han derramado ríos de sangre en guerras de religión. —Eso es pobre alabanza para un rey —dijo Carlos.

¿Cómo reaccionaría cuando su hermana y los demás le exigieran que los dirigiera en la causa jacobita? Un hombre de su inmenso poder podría cambiar el resultado de esa rebelión. —Lo malo de esto es que mucho de lo que ha dicho el príncipe Carlos es cierto. Mis hombres y yo aprovecharemos al máximo vuestra hospitalidad antes de marcharnos. y no serán solamente los clanes de las Highlands. —Como Carlos Eduardo Estuardo. siempre sois bienvenido en mi casa. Muchos lo seguirán. Acto seguido giró sobre sus talones. Gwynne lo miró horrorizada.Mary Jo Putney El beso del destino hombre obstinado. tratando de evaluar lo ocurrido. volvió a su sillón y se sentó. no sólo las palabras sino también las energías antagónicas que habían crujido por toda la sala mientras los hombres hablaban. reemplazada por palidez y cansancio. La fría serenidad que mostrara ante el príncipe había desaparecido. —Ha sido… interesante —dijo en un murmullo. Nadie dijo jamás que el destino fuera fácil. caballero de sangre escocesa. sino para que ella influyera en él en asuntos más importantes. Había estado segura de que él se mantendría firme con el Consejo de los Custodios en contra de esa sangrienta rebelión que estaba comenzando. Incluso yo siento la fuerza de su llamada a la libertad e independencia. Ballister. y desde ahí les hizo un gesto al ver que lo seguían. Sabed que siempre seréis bienvenido a mi lado. Una sola entrevista con el príncipe lo hacía vacilar. no debido al placer y compañerismo que podrían encontrar juntos. Duncan caminó hasta la ventana y se quedó allí mirando el oscuro valle. —Encontraré solo el camino para bajar. Duncan hizo una venia. Gwynne tuvo la impresión de que el príncipe soltaba un bufido antes de salir. Ballister. Por eso le habían pedido que se casara con él. fue hasta la puerta y la abrió. pero en ese momento parecía peligrosamente ambivalente. Él era su destino. pero admiro vuestra franqueza. Una vez que se cerró la puerta. 115 .

horrorizada. tiene todos los defectos de su linaje. Y hay quienes dicen que nadie ganó». —El asunto está equilibrado en el filo de un cuchillo. y los ingleses han hecho muy poco para hacerlos más apetecibles en los años transcurridos desde que se firmaron. y el joven pretendiente representaba una salida—. —Los atractivos personales del príncipe son un factor a favor innegable. Esta vez podría ser diferente. Aunque los franceses no han apoyado esta aventura. Francia estuvo a un pelo de montar una invasión sólo el año pasado. —De todos modos la guerra no es la solución. Duncan se giró a mirarla. sarcástico—. Matar a los que no están de acuerdo con uno no lo es. La última batalla del año quince se luchó en Sherrifmuir. y los hombres correrán a unirse al príncipe. astutamente—. presionándose cansinamente las sienes—. Haría más fácil el trabajo de los custodios. Hay quienes dicen que ganaron. — Pensó si una inglesa. Después se cantaba una canción que decía: «Hay quienes dicen que ganamos. Ella frunció el ceño. pero también importa su alma. —¿Cómo puedes estar de acuerdo con el príncipe? Es un usurpador que ha venido a sembrar el desastre para satisfacer sus propios fines egoístas. —¿No es cierto eso de la mayoría de las guerras? —Puede que pareciera que en esa batalla no hubo ningún ganador. Jorge segundo parece un tendero criticón y rastrero. Aunque es un hombre convincente. El vientre de la nación importa. sin un verdadero ejército y sin ayuda extranjera. pero el levantamiento fracasó. —También las virtudes. por erudita que fuera. Es un principio custodio fundamental. los Estuardo tuvieron su oportunidad y la mayoría de ellos lo hicieron mal. Los Decretos de Unión fueron una abominación que todos los verdaderos escoceses detestan. Se ve realeza en él. fácilmente podrían cambiar de opinión si Carlos da señales de éxito. Pero a veces me pregunto si la prosperidad no nos llegará a un precio demasiado elevado. Unas pocas victorias. y se precipitarán a intentarlo otra vez si el gobierno hannoveriano está lo bastante debilitado.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 19 Al oír la inspiración entrecortada de Gwynne. Como has dicho. Defenderse es un derecho de un hombre o una mujer. Con su valor y carisma reunirá hombres para su causa. —Es una lástima que no acepten eso más personas —dijo él. —El que el príncipe sepa galantear a una mente escocesa no lo hace apto para gobernar —dijo ella. —Dijiste que la unión hará más rica a Escocia con el tiempo. podría entender el fondo de la llamada de Carlos. —Es difícil imaginarse cómo podrían ganar los jacobitas con pocas armas. Ella lo estaba mirando con los ojos enormes. Un hombre no merece ser rey simplemente porque es más gallardo y va mejor vestido que su rival. ¿No vale la pena soportar algunas irritaciones con el fin de aliviar el tipo de pobreza que vimos en nuestro viaje al norte? —Tal vez —dijo él. sus propios gobernantes habían traicionado a Escocia en su antiquísima tradición de libertad e independencia. Gwynne no se molestó en negarlo. 116 .

y en esos momentos no se le apartaba de la cabeza—. —Supongo que puedes hacer eso otra vez si los franceses deciden enviar soldados en apoyo de los jacobitas. Se la pasó a ella. si eso es lo que se debe hacer.Mary Jo Putney El beso del destino Gwynne ladeó la cabeza. Con profunda inquietud. sea cual sea el resultado. Ésa es la ventaja de una isla: que está protegida por el mar. pero Jacobo primero y Carlos segundo gobernaron muchos años y bien. Jacobo segundo fue un tonto. pero bastó. Es posible que Carlos Eduardo tenga esas mismas dotes de líder. y sacudiéndose la tristeza fue a sentarse ante su escritorio—. y habrá una terrible mortandad. Él supuso que ella encontraba el desacuerdo en ese tema tan doloroso como lo encontraba él. pensando si sería lo bastante experta para abrirla. —Es posible que una victoria jacobita beneficie a Gran Bretaña. llevan años temiendo la posibilidad de otra rebelión jacobita. una cajita lacada. Entonces giró un adorno de madera tallada y se abrió su cajón secreto. —Ahora que eres la señora de Dunrath. sacando reverente la joya de oro de su nido de terciopelo. él comprendió que un desacuerdo en eso podría fácilmente abrir una brecha entre ellos y separarlos. —Eso se puede arreglar después. incluso los miembros escoceses. —Algo indecente. El anillo era una versión femenina del que llevaba 117 . Dentro había. Era extraordinario el progreso de ella. entre otras cosas. ¿Has considerado la posibilidad de que una victoria jacobita derrame menos sangre y que una casa Estuardo restaurada pueda ser mejor para Gran Bretaña que los hannoverianos? —Las palabras le salieron vacilantes. y entonces cayó en la cuenta de que estaba cerrada con magia. Tengo una cosa para ti. igual que el cajón del escritorio. Un resplandeciente rubí estaba engastado en el centro de una rosa de oro Tudor. estuvo un momento con la mirada desenfocada. —¿De verdad lo dudas? —le preguntó ella tranquilamente—. Hizo un rápido dibujo en el aire con la yema de un dedo y pasado un momento se desvanecieron los brillantes trazos. El Consejo de los Custodios. Gwynne consideró sus palabras en lugar de rechazarlas al instante. esto es tuyo. Ella no sólo era inglesa sino que además se había criado en el corazón del sistema custodio. —Oí decir que el peligro de invasión el año pasado acabó cuando una tormenta azotó a la flota francesa en Dunkerque. ¿espero? —preguntó ella con forzada alegría. Hizo una respiración profunda. Y en esa ocasión no tuvo la menor duda en la mente de que hacía bien. pero mi intuición me dice que no. Dicho sea en su honor. —Basta de política —dijo. —La habrá de todos modos. y se abrió la tapa de la cajita. Una buena tempestad puede dispersar toda una flota de invasores. —¡Muy bien! —exclamó él. —Los magos meteóricos Macrae tienen una larga tradición de mantener a salvo de invasores las costas de Gran Bretaña. Ahora ha llegado. —¡El anillo de Isabel de Cortés! —exclamó ella. porque hasta esa noche él no había considerado esa posibilidad. No fue el equivalente a la terrible tempestad de Adam Macrae. ¿Fuiste tú? Él recordó aquella noche cuando se subió a un promontorio francés y conjuró una fuerte tempestad. El mundo no siempre se veía igual allí en los agrestes bordes de Gran Bretaña. el emblema de la casa de la reina Isabel. Ella frunció el ceño al comprobar que la caja no se abría. —Sí —suspiró él—.

¿Crees que alguien se fijará si no vuelvo al ceilidh? Tu gente se ve muy capaz de entretenerse sola. Sus propios padres lo llamaban «bestia nauseabunda». —Hay una sexta. dándole un ligero beso en la frente. y absolutamente irresistible. Debe de haber querido reforzar la conexión con la casa real. y el príncipe heredero. Puesto que eres una deslumbrante hechicera. —Duncan levantó la mano izquierda y el zafiro de su anillo destelló a la luz de las velas—. con la ropa arrugada. tampoco 118 . ¿Qué haría él si alguna vez ella le correspondía el interés a otro hombre? La sola idea era tan horrorosa que no soportaba imaginársela.Mary Jo Putney El beso del destino Duncan. No fueron solamente la recompensa por la destrucción de la armada española. Escocia estaba en sus huesos. Es como… como las capas de una cebolla. Su energía era suave. —¿Este anillo ha pertenecido a seis mujeres antes que a mí? Él sacó la cuenta de las propietarias a partir de Isabel. Carlos Eduardo Estuardo era un dechado de fuerza y virtud. Él estuvo tentado de seguirla al dormitorio para disolver la tensión entre ellos con la pasión. cansada. Ella se echó a reír. —¡Me queda perfecto! —exclamó sorprendida. dulce. Pero volvió a la ventana y se quedó mirando sin ver las montañas bañadas por la luz de la luna. muy distinta a la de Isabel. Antes de salir. —Yo iré más tarde —le dijo. Gwynne se levantó del sillón. Comparado con él. También son una especie de conexión con los gobernantes de Inglaterra. —Entrecerró los ojos un momento—. —Sólo a cinco. —No sé si alguna vez podré creer una cosa así. bostezando. al lado del sencillo anillo de bodas de oro que llevaba en el anular. La gran reina era astuta. Siento las energías de las mujeres que lo han usado. —Estoy tan cansada que apenas logro tener abiertos los ojos. —Ve a descansar. lo comprenderá. Contempló a su mujer. era un hombre débil. Pero ¿y si los Estuardo sí eran los mejores gobernantes para Gran Bretaña? Los hannoverianos eran protestantes pero tercos. Oscuras ojeras le ensombrecían los ojos. Los dos anillos fueron encantados por John Dee a petición de la reina. La reina Isabel lo llevó durante unos días antes de enviárselo a Isabel. El partidismo era contrario a la ética según los principios que le habían inculcado desde que era un bebé. ¿La más reciente habría sido tu madre? —Sí. —Su madre era dulce. Todavía me parece una broma que mi sola presencia pueda afectar tan intensamente a los hombres. Federico. te perdonarán cualquier cosa. Así como no debía apoyar a Carlos sólo porque tenía sangre escocesa. dejando una estela de fuego. y no había comprendido del todo cuánto la echaba de menos hasta que regresó a su hogar. —Sonrió—. ella le deslizó los dedos por la parte interior de la muñeca. ¿Podría haber estado más inclinado a aceptar los argumentos del príncipe? Mejor no saberlo. Duncan miró su anillo. —Nunca pienses que es una broma —dijo Duncan. pensando cómo habría reaccionado ante el príncipe Carlos si no lo hubiera llevado puesto. Pero ¿y si el camino no estaba claro? ¿Podría su amor por su tierra natal distorsionarle tanto el juicio que él apoyara el resultado malo? Se estremeció al pensarlo. y tan formidable como una tormenta en el mar. —Extendió los dedos y contempló encantada el anillo—. —Eso no lo sabía. Si alguien lo nota. —Siempre queda perfecto. derrochador y mentiroso. Ser custodio era hacer el juramento de apoyar lo que es bueno y mejor para el mayor número de personas. Se lo puso en el dedo corazón.

El tiempo atmosférico era importantísimo en las campañas militares. —Eres mía. acariciándolo y explorándolo con adormilada delicadeza. acariciándole el pezón hasta que éste se endureció. pero cuando le lamió la sedosa piel de la garganta. pero cuando ella se movió instintivamente hacia él. se debilitó su resolución. no era de extrañar que el joven William se hubiera sentido irresistiblemente impulsado a raptarla. Sentía lentos los latidos de su corazón. Movió lentamente el pulgar. El corazón se le oprimió al mirar sus dulces facciones dormidas. Necesitaba estar con ella. Ella estaba cansada y necesitaba dormir. El dormitorio de ella estaba absolutamente oscuro. Las familias habían sobrevivido todo ese tiempo debido a su discreción. convertido en desesperada necesidad. Ella respondió con esa pasión capaz de someter a un hombre y hacerlo arrodillarse ante ella. cantando horrorosamente mal alrededor de un barril de cerveza. notó que se le aceleraba el ritmo. Incluso esos pequeños hechizos se desaprobaban si no eran absolutamente necesarios. por lo que tocó el pabilo de una vela para encender una luz suave. y en parte a que una intromisión excesiva aumentaba el riesgo de que a los custodios se los identificara como una minoría peligrosa. pero… Le colocó la mano sobre un pecho. o sería peor para él porque estaban casados y se acostaban juntos? Si todos los hombres la encontraban tan encantadora. pero si ella despertaba sintiendo placer. Sin saber si había despertado o seguía dormida. Eso se debía en parte a que es malo de suyo entrometerse en la libre voluntad de una persona o una nación. Se desvistió y se metió en la cama a su lado. Sería fácil cambiar el resultado de una batalla. amoldándose a él. Ella emitió un ronroneo y se le acercó más aún. una mujer 119 . En caso de necesidad. Tal vez ella estaba de acuerdo. Era toda sensualidad. Rogó que el levantamiento se realizara y se resolviera solo. y se enterró en el maravilloso refugio de su cuerpo. continuó el juego amoroso. apoyada por hechizos que impedían que sus hijos revelaran por descuido su poder a las personas corrientes. pero habían dormido juntos todas las noches desde la boda. Si se veía obligado a elegir. Otro principio custodio era no intervenir jamás innecesariamente. Con el poder viene la responsabilidad. se echaban ensalmos a personas corrientes que veían cosas que podrían inspirarles sospechas. sin que él tuviera necesidad de tomar partido. como el movimiento de las alas de un ave marina. Por encima de la muselina del camisón lo sintió suave y bien redondeado. mo càran —susurró—. y él tenía un perturbador presentimiento de que el destino de ese levantamiento podría acabar sobre sus hombros. sólo mía. Ahora y siempre. Un caballero no despierta a una dama dormida para exigirle una relación íntima. porque lo acercó más con brazos acogedores. El autodominio se le hizo trizas. y aún quedaba un cuarteto feliz. podría tomar la decisión ella misma. no podía garantizar que tomaría la decisión correcta. Había sido una fiesta muy buena y alegre. Debido a lo tarde que era consideró la posibilidad de irse a su dormitorio. Era bien pasada la medianoche cuando Duncan se fue a acostar. Algunas personas estaban roncando apaciblemente en los rincones del vestíbulo principal.Mary Jo Putney El beso del destino debía apoyar ciegamente a la casa Hannover como hacía el Consejo. La mayoría de la gente se había ido a casa a la luz de la luna creciente. ¿Los otros hombres sentirían esa misma angustiosa necesidad siempre que la miraban. Ésa era la esencia del encantamiento. Su intención era dormir. cada caricia de él correspondida por ella.

120 . Seguro que la simple política no podría separarlos.Mary Jo Putney El beso del destino capaz de procurar un placer y una satisfacción tan embriagadores que era imposible imaginarse la vida sin ella. Estaban unidos por el destino.

y no veía ningún motivo para hacer más trabajo doméstico que el que fuera absolutamente necesario. Pero no estaba muy preocupada. señora. por lo que la luz era excelente. un escritorio. Cuando Duncan me propuso matrimonio. tomo notas. Menos mal que Duncan no era el tipo de hombre que se pudiera manipular. Sin embargo… sería fácil. ¿Cuál es su trabajo? —Es un trabajo de estudio. Era llegado el momento de poner los cimientos para el resto de su vida. Después él salió con Jean y Donald a cabalgar por el valle a ver cómo estaban las tierras y la gente. Leo. Sería fácil usarlo para manipular a los demás. dijo francamente: —Señora Maggie. Creo que nos llevaremos bien. la cervecería y las demás dependencias con sus respectivas funciones. Esa mañana al despertar comprendió que había acabado su luna de miel. el lavadero. y unas lujosas alfombras persas amortiguaban la dureza del suelo. No veo las horas de verla. La mujer sonrió de oreja a oreja. Vaya. me dijo que Dunrath tiene una buena biblioteca. traduzco. el mobiliario consistía en una mesa larga. Esa mañana él había mostrado una actitud algo distraída. pero seré muy feliz si tengo tiempo cada día para mi trabajo. Gwynne se portó como una sumisa esposa y pasó revista muy seriamente al funcionamiento interno de la casa con Maggie Macrae de guía. y a veces escribo. Dunrath funciona como un excelente reloj en sus capaces manos. —Estaré feliz de continuar haciendo lo que he hecho hasta ahora —contestó Maggie. pero tiene importancia para mí.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 20 A la mañana siguiente. El mágico intervalo del viaje había dado paso a la realidad de la vida cotidiana. Si bien era una biblioteca de caballero muy buena. Gwynne no necesitó más permiso. Estaba empezando a valorar la bendición de doble filo del poder hechicero. Yo necesito saber lo que pasa y tendremos que hablar cuando haya que tomar decisiones importantes. Sinceramente espero que continúe llevando la casa. y junto al hogar un acogedor espacio con dos sillones de orejas y otomanas. —Y está muerta de ganas de ir allí ahora que ha cumplido con su deber. Los resultados sólo son de interés para otros estudiosos —añadió con una encantadora sonrisa—. con igual franqueza—. Sospechaba que no vería a ninguno de los tres hasta que acabara el día. No había visto a Duncan desde el desayuno. no contenía nada del saber 121 . Y ahora a descubrir si él había exagerado el volumen de la biblioteca. Entró y echó una mirada al contenido. lo cual sería incorrecto en todos los sentidos. tanto desde el punto de vista humano en general como en el de los custodios en particular. Cualquier hombre que llega a la cama con tanta pasión como Duncan no iba a permanecer reservado durante mucho tiempo. Aparte de las librerías. seis sillas distribuidas por la sala. y ella no sabía si eso se debía a que tenía los pensamientos puestos en el día que lo aguardaba o a que estaba reservado con ella debido a la tensión que surgió entre ellos la noche anterior por el asunto político. La sala estaba orientada al sur. siempre una ventaja para leer textos antiguos. Pero cuando miró los títulos de los libros la consternó no encontrar ningún texto arcano. la lechería. Cuando terminó el concienzudo recorrido por la cocina.

pero dejó el libro en la mesa para echarle una mirada más detenida. Apartó una silla que obstaculizaba parcialmente el acceso y puso la mano en el pomo plano. perdería el interés de investigar más. probó en la librería del fondo. La siguiente librería. En el instante en que lo tocó se dio cuenta de que había otro hechizo. Pensando si habría allí alguna información acerca de hechiceras. Era un óleo de Isabel y Adam Macrae. porque la información no se podía publicar y la impresión era carísima pues sólo se necesitaban un puñado de ejemplares. Tenía la forma y el color de los demás paneles moldurados de la pared. y de pronto se detuvo en seco al ver el retrato que colgaba sobre la repisa del hogar. Hojeándolo rápidamente le pareció que había poco sobre hechiceras. Duncan le había dicho que tenía libertad para ampliar la colección. estaba hechizada para que pasara inadvertida a los ojos de personas corrientes. y tocó oro cuando el delgado y descolorido lomo de un libro casi le chamuscó la palma. Estaba escrito en un dialecto francés regional. era un hechizo repelente. aquel era deslucido y sin vida. pasó la mano abierta a lo largo de la librería más cercana. Libro en mano. El libro era el diario de una hechicera francesa del siglo anterior. decidió probar una técnica que usaba su padre. ¡Cielos. como en Harlowe? Con el ceño fruncido por la concentración. Esta vez. Ah. Concentrándose. pero lograría entenderlo bastante bien. ¿Tal vez hubiera otra sala que albergaba los textos secretos. Avanzó unos pasos para examinar el retrato más de cerca. Nadie se fijaría en que había un espacio ignorado del tamaño de una habitación. exploró el hechizo con las manos como si fuera caminando por un laberinto de setos. Si fuera un gato. Aunque una vez había visto a la pareja en un grabado. Reanudó la búsqueda.Mary Jo Putney El beso del destino custodio. Muchos de los libros le eran deliciosamente desconocidos. abrió la puerta y se encontró en una sala más pequeña amueblada más o menos igual que la biblioteca principal. aun en el caso de que una persona corriente con un toque de magia notara los casi indiscernibles contornos de la puerta. Concentrándose intensamente en el tema deseado. Nada. que quitaba la curiosidad por saber cómo estaba ocupado el espacio en esa parte del castillo. Pero ¿dónde estaba esa sala en la disposición del castillo? Era raro tener un espacio para ocultar toda una habitación. Nada. 122 . Eso era exactamente lo que había esperado encontrar. Sin saber si lo estaba haciendo mal o sencillamente no había nada sobre hechiceras. comparado con esos retratos. Isabel de Cortés había sido su heroína cuando era una niña. reconoció textos que se podían encontrar en cualquier biblioteca de los custodios. Cuando iba a la mitad. hasta que penetró las barreras mágicas de la biblioteca oculta. Tenía que haber más. sintió salir calor de un libro muy delgado. Había muchísimo espacio para poner nuevos armarios también. a no ser que se tomaran esmeradas medidas de todo el suelo. se estaría lamiendo los bigotes. se dirigió al hogar para ir a sentarse en uno de los sillones. Más importante aún. Gran parte del saber custodio estaba en diarios y manuales personales. Lo sacó y descubrió que era un tratado sobre poderes que con mucha frecuencia se encontraban en mujeres. Inmensamente complacida por su capacidad para penetrar las defensas de la biblioteca. observó detenidamente la biblioteca con la visión interior y no tardó en descubrir una puerta en un rincón. Y seguía siéndolo. Ella misma no se había fijado. con la palma a unos pocos centímetros de los lomos de los libros. cuando atravesó la sala hasta los armarios. había otro hechizo! Uno muy ingenioso.

Sintiendo retumbar el corazón. tuvo la impresión de que había estado un momento sin conocimiento. y retuvo el aliento al ver lo que sin duda era el cristal de videncia de Isabel. Siempre había considerado una ironía que ella fuera lo contrario de Isabel: criada con todas las ventajas de los custodios pero sin ninguna capacidad innata. De la pared de detrás del ancho escritorio colgaban varios retratos en miniatura. Supuso que a nadie le molestaría que la nueva señora la tocara. La oscura piedra estaba discretamente colocada sobre una bolsita de terciopelo acolchado cerrado con cordones. No era ninguna beldad. Su cara morena era demasiado delgada y exóticamente no inglesa. sin dar señales de su importancia. tal vez de España o de Italia. no tenía ningún custodio entre sus antepasados. había una caja de plata que parecía una torre almenada. y ese día le veía la cara. pero cuando recuperó plenamente los sentidos comprobó que todavía tenía el cristal en la mano. la inteligencia y el humor que brillaban en sus ojos eran irresistibles. Tenía una sonrisa encantadora. Agradeciendo el grosor de la alfombra. En el cuadro. el brujo particular de la reina Isabel. había una máscara de alguna parte de Asia que sólo podía suponer. sus rasgos eran muy parecidos a los de Duncan. No logró identificar a ninguna de las personas retratadas. Después de examinar los retratos pasó a explorar una vitrina de cristal llena de objetos interesantes de todas partes del mundo. Estudiando con John Dee. Tenían los mismos ojos grises neblinosos. aunque saltaba a la vista que los hombres eran Macrae. Pero fue Isabel la que más le atrajo la atención. Reverente. había sido la hermana del miembro del Consejo sir Ian Macleod. la pareja estaba en la edad madura. se puso de pie y fue a sentarse en uno de los sillones de orejas. y la había criado una familia corriente que la quería pero no la entendía. La noche anterior había sentido la energía de Isabel en el anillo de rubí. La sacó de la vitrina. En su falda reposaba un enorme gato atigrado y en la mano tenía el famoso cristal de videncia de obsidiana. Hacía unos seis años de la muerte de la anterior señora de Dunrath. abrió la puerta de cristal. Otros objetos eran menos identificables. Duncan había dicho que estaba entre los tesoros de Dunrath. y enigmática. y el pelo moreno de Adam plateaba en las sienes. Sin embargo.Mary Jo Putney El beso del destino Para una niña medio custodio sin ningún poder. la recorrió con más detenimiento. Los Macrae se reproducían conforme a su tipo. que no solamente los humanos transmitían sus características. Picada su curiosidad por saber qué se había perdido al atravesar la sala en línea recta hacia los libros. pero todos poseían un leve toque de poder mágico. sus rasgos muy angulosos. La vibrante energía de Isabel había quedado 123 . o sea. tal vez de las Indias Orientales holandesas. De hecho. Isabel había sido un esplendoroso ejemplo de lo que podía ser una mujer. Bajo la barba que se llevaba en la época isabelina. con la esperanza de sentir la energía de Isabel con más intensidad que en el anillo. Una ventana abierta por el lado de él dejaba ver un turbulento cielo escocés. El estilo de la ropa le permitió calcular cuál era probablemente la madre de Duncan y Jean. Se arrodilló para mirar los estantes de abajo. Tenía apoyada la mano sobre la cabeza de un perro grande parecido a los perros que vivían en el castillo en esos momentos. entonces la golpeó una oleada de energía tan fuerte que la arrojó de espaldas al suelo. La estatuilla del dragón era ciertamente china. en el que estaba solapada por otras energías. pero que la obsidiana se había puesto opaca después de la muerte de Isabel. y la sintió fresca y vítrea sobre la palma. que era una Macleod de la isla Skye. se convirtió en una gran maga gracias a su férrea resolución y disciplina. Dotada de magia sin pulir. símbolo de su dominio de los fenómenos atmosféricos. Esa combinación hacía cobrar vida a su heroína como nunca antes.

Sintió un nudo en la garganta. Levantó la vista hacia el retrato. junto con un punto de potente masculinidad en segundo plano.Mary Jo Putney El beso del destino profundamente grabada en la obsidiana. y descubrió que el disco de obsidiana tanto tiempo dormido había cobrado vida. 124 . Tal vez con el tiempo llegarían a eso. Curioso cómo la fuerza y la individualidad de sus personalidades continuaban vivas después de tantos años desde que pusieron a reposar sus cuerpos bajo el verde suelo escocés. comprendiendo que esa energía masculina era de Adam Macrae. Con los ojos un poco empañados miró el cristal de videncia. Se decía que murieron con sólo una hora de diferencia. y no supo si era de pena porque Isabel y Adam ya no estaban o de pesar que su matrimonio con Duncan no estuviera arraigado en un amor tan potente como el de ellos. si la rebelión jacobita no los separaba.

Debía tener cuidado con eso. con un bloc lleno de notas bajo la mano derecha.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 21 Ya era avanzada la tarde cuando Duncan volvió al castillo. Dejó la bandeja sobre la mesa y se inclinó a darle un firme beso. Qué extraordinario. Podrías acabar siendo miembro del Consejo. —Arrugó la nariz—. cogiendo una torta dulce para él. —Yo creo lo que estaba —dijo Gwynne. Supongo que a nadie le importará que tome posesión de este cristal. No lo sorprendió enterarse de que su mujer había desaparecido en la biblioteca hacía unas cuantas horas. Él miró los libros dispersos sobre la mesa. Al oírlo levantó la vista. Encontré un diario de una francesa que poseía el don. —La miró pensativo—. —¡Jamás tendré ese tipo de poder! —A mí me parece que ya lo tienes. después de visitar todas las granjas posibles. Ahora bébete ese té y come un poco de torta. —Bebe —le ordenó. —Tenías razón. Ella lo miró sorprendida. Después rodeó la mesa para ir a sentarse frente a ella. ordenó que le prepararan una bandeja con té caliente y tortas dulces y subió con ella a la biblioteca. El hecho de que te hable dice que es tuyo. Notó sus labios fríos. colocó una al lado de ella. —Sí —asintió ella—. Suponiendo que tendría hambre. Por extraordinario que fuera su progreso. —¿Qué andas buscando? —Hechiceras. Ella estaba sentada ante la larga mesa. —¿Gwynne? Debes de estar muerta de hambre. Los conocidos cerros y caras le habían aliviado la tensión de la noche anterior. en su terruño. Y… y me funciona. —¡No me digas! —Se inclinó sobre la mesa—. Estaba en casa. Es casi como si te hubiera estado esperando aquí. Leer el cristal y usar las esferas de comunicación son talentos muy relacionados. —Sí. 125 . donde le correspondía estar. se dijo. pestañeando como si no supiera muy bien dónde estaba. Me parece que disfrutaba demasiado con su poder. Después puedes contarme lo que has visto. Equilibrando la bandeja en una mano. seguía siendo una novata en muchos sentidos. Tocó la bolsita—. Él reconoció la bolsita de terciopelo que estaba sobre la mesa cerca del bloc. Sirvió dos tazas de humeante té. —Veo que has encontrado el cristal de Isabel de Cortés. probablemente señal de hambre. es una buena biblioteca y me hará muchísima ilusión mejorarla aún más. sobre la que había varios libros. pero no habla mucho de cómo lo experimentaba. abrió la puerta de la biblioteca interior. fue a coger una manta para las piernas del respaldo de un sillón de orejas y se la envolvió alrededor de los hombros. Ya estaba comenzando a considerarla una maga totalmente formada. —Por supuesto que no. no sea que te desmayes de hambre. —Se comprende que eso fuera una tentación —comentó él. mi señor —dijo ella con sospechosa mansedumbre. Allí comprobó que ella había logrado encontrar y entrar en la biblioteca secreta.

Francia e Irlanda. Duncan tuvo que reprimir la alegría que sintió ante esa noticia. creo. Conoces las reglas de los custodios. ¿Has logrado ver el resultado del levantamiento? —Eso ha sido una de las primeras cosas que traté de ver. asombrado. —Cerró los dedos. Sus ojos exploraron sus profundidades como si no se creyera del todo que fuera suyo. ella sacó el disco de obsidiana de la bolsita de terciopelo. no tomar partido como si esta guerra fuera una carrera de caballos. Debes controlarte. —Y ¿has visto el resultado? —Ganarán los jacobitas en cuestión de minutos. —Hizo un gesto de pena—. quiere decir que Carlos ha ido a buena velocidad desde aquí a Edimburgo. Él sintió una oleada de placer. —Eso le ganará más apoyo. No podemos permitirnos portarnos con la irracionalidad de las personas corrientes. ¿Qué más viste? —Anulará los Decretos de Unión. no una simple posibilidad. rodeando el disco—. Había verdad en esas palabras. Él retuvo el aliento. —¡No lo tienes! —exclamó ella—. —Es la piedra. Tu deber es apoyar la causa de la humanidad. —Una victoria fácil hará acudir en tropel a los hombres y la ayuda extranjera a unirse a su estandarte. sin duda. —Te veo demasiado complacido por los éxitos de los jacobitas. vistiendo ropa de las Highlands. Calzas rojas y una gorra de terciopelo verde con la escarapela blanca jacobita. —¿Eso ha ocurrido hoy? Si es así. Inglaterra. Eres mago. muy nítido. Si yo hubiera dicho que al príncipe le fue mal. —No es una victoria fácil para los cientos de hombres que resultarán muertos. Como ha dicho el Consejo. —¿Y ves ese tipo de detalles? —preguntó él. un acontecimiento seguro. heridos o capturados —ladró ella—. Apareció el sol por entre las nubes de la tarde y entró la luz en la biblioteca. El príncipe hará proclamar a su padre rey Jacobo tercero de Escocia. La mayoría serán soldados del gobierno. pero le molestó la reprimenda. El príncipe Carlos entrará cabalgando en la ciudad a mediodía. Gwynne lo miró con los ojos entornados. dentro de la próxima semana. y tus emociones cambian el mundo. reduciendo el frío de otoño. —No he intervenido ilegítimamente ni tengo la intención de hacerlo.Mary Jo Putney El beso del destino Después de comerse dos tortas dulces con el té. —No. —Ya es hora de que Inglaterra deje de pretender que tiene autoridad sobre Francia —comentó Duncan. Creo que tomarán la ciudad dentro de dos días. lógicamente. pero si va a haber una batalla. Un poder desenfrenado fulgurando en torno a esta rebelión es demasiado peligroso. Sólo la sangre y las muertes se veían seguras. Él apretó los labios. Pero se ve claro. pero tengo derecho a mis emociones particulares. sarcástico—. Duncan. pero sus vidas importan. Él se sonrojó. —Lamento eso. 126 . una victoria rápida significará menos víctimas por ambos lados. el resultado no está decidido aún. hoy no. Cuando te alegraste por la victoria jacobita apareció el sol. —Vi a los jacobitas entrar en Edimburgo y tomar la ciudad sin que se derramara ni una sola gota de sangre. La primera batalla se luchará muy pronto. Un buen número serán escoceses. Tiene un poder inmenso y las imágenes son muy claras. los truenos habrían hecho retumbar el valle.

127 . No debemos permitir que esto vuelva a ocurrir. Emitió un gritito cuando sus diestros dedos le acariciaron las partes íntimas. Sobre el castillo retumbó un trueno que pareció golpearlo con la fuerza de una galerna. Los dos gritaron al unirse con esa desesperada urgencia. del poder. con la cara hundida en su hombro. pero su furia era paradójicamente seductora. que quedaron como espuma rodeándole los muslos. él comprendió lo descontrolados que estaban. Él era el Señor de las Tormentas. sus cuerpos estaban en perfecto acuerdo. desesperado por ponerle fin al conflicto. Él se levantó de un salto y se inclinó sobre la mesa. no debemos permitir que ocurra esto. Gwynne. jamás. Ella alzó la cabeza y lo besó con devoradoras ansias. estaba tan deseable que él tuvo que apretar los puños para resistirse a acariciarla. pero transmutó la ira en una ardiente armonía que los dejó agotados y jadeantes. y con una ternura tan intensa que le dolía. ¡Deja de usar tu magia sexual para intentar influir en mí! —¡No estoy usando ningún poder en ti! —replicó ella—. él repitió: —No debemos volver a reñir así. Rodeando la mesa. como si quisiera fundir su cuerpo con el de él. y la ira y el deseo se fundieron en una energía escarlata que invadió toda la sala como un remolino. la cogió en sus brazos. mo cridhe. Mientras ella se aferraba a él temblorosa. Me asusta cómo me descontrolo cuando estás tú involucrada. —Gwynne. ¿verdad? Cuando reñimos nos arriesgamos a hacer daño. Horrorizado. Ella asintió. —Dado que el poder es nuevo para mí no he tenido ocasión de volverme suficiente ni arrogante. la fuerza irresistible cuyo poder podía sacarle la mente del cuerpo. ella lo guió hacia su interior. milady. El apareamiento fue rápido y violento. Las tormentosas fuerzas que habían liberado se unieron en una llamarada de pasión física. Mientras ella le enterraba los dedos en la espalda. —¡Por lo menos yo soy consciente de lo que hago! ¡No finjas que no conoces el efecto de tu poder! Ella se echó instintivamente hacia atrás. y no sólo a nosotros mismos. Con su pelo oro rojizo recogido sencillamente atrás con una cinta y sus ojos relampagueantes. Estaba temblando y al borde de las lágrimas. Pasado un instante de resistencia. sólo se debe a que no has tenido poder el tiempo suficiente para empezar a abusar de él —contestó—.Mary Jo Putney El beso del destino —No me des lecciones sobre el control del poder. Por muy en desacuerdo que estuvieran sus mentes. Muy pronto estarás manipulando a todo hombre que se te ponga a la vista. y las oleadas de sensación la embriagaron. hace un mes eras tan impotente como un bebé. mientras que tú. Su voz podría haber cortado el hielo. susurró: —Nos vamos a destrozar mutuamente. Tal vez deberíamos evitar hablar de la rebelión hasta que haya terminado. mo càran. Él enrolló su rabia en uno de los nudos celtas que servían para disipar las emociones desequilibradas. Tan pronto como él liberó su miembro de las calzas. levantándole las faldas. negro. El hecho de que siempre estés excitado no significa que yo intente hechizarte. él la sentó en el borde de la mesa y se puso entre sus piernas. apoyando su peso en las manos. embistiendo contra él. —Ése es el lado negativo. —Si no eres arrogante. Yo he sido mago estos veinte años pasados. Y estás muy cerca de eso ahora. ella lo abrazó fuertemente.

Duncan se sentó. si todas las peleas con su marido acababan con esa espectacular pasión. Si las circunstancias son las correctas. el gato le golpeó las costillas. Su progenitor fue un gato montés. —Peor aún. frustrada. estiró las piernas y bebió un poco de té. Descubrir el cristal de videncia de Isabel era toda la emoción que necesitaba su primer día completo en Dunrath. podría ser un desastre peor que el príncipe Carlos Eduardo. dejándola con la sensación de abandono—. Cansada por las emociones del día. —Estuve cabalgando con Robbie. Ese día llevaba un apropiado traje de montar verde de mujer que destacaba favorablemente su brillante pelo y su cutis blanco. ¡Ay. Casi imposible de vivir. Es muy convincente. Entró Jean. Con gusto habría pasado sin la furiosa pelea y reconciliación con Duncan. ¿Cuándo había empezado él a llamar «levantamiento» a la rebelión. pero a mí un Estuardo en el trono se me antoja… alarmante. Gwynne. por favor. Por otro lado. Acabado su examen. —Muy justo —dijo ella. De pelaje a rayas. su esbelto cuerpo era claramente felino.Mary Jo Putney El beso del destino —Eso sería imposible. El príncipe de Gales es un joven hipócrita. bostezó y echó atrás la colcha. El animal saltó a la cama y fue a situarse a sólo unos tres palmos de ella. en una descarada invitación a que le prestara atención. Consejo fácil de decir. —Hemos de tener paciencia. y despertó con un golpe en la puerta y la voz de Jean. y creo que hay una fuerte posibilidad de que la restauración de la casa Estuardo en el trono beneficie a toda Gran Bretaña. pero no intentaré cambiar el curso del levantamiento. su cara sonrosada por el aire fresco y la felicidad. pero puede quedarse aquí a pasar la noche. apaciguadora. Podría tener razón. Dios sabe que los hannoverianos no parecen tenerle mucho cariño a nuestra isla. Gwynne se retiró a su dormitorio a dormir una corta siesta de última hora de la tarde. lo 128 . —Sí. Me gustaría conocerlo mejor. Se quedó dormida con una sonrisa en la cara. He pensado en esto todo el día. —Gwynne. por lo menos habría compensaciones. débil y falaz. —Se apartó. —Estupendo. —Me impresionó lo bien que encaraste al príncipe. mirándola con unos siniestros ojos verdes. podría intervenir para salvar vidas. —Parece que Lionel te ha tomado cariño. Los acontecimientos se irán revelando a su tiempo. le sonrió. —Tal vez. Trata de creer que sé cuál es mi deber. Automáticamente ella alargó la mano y le rascó detrás de las copetudas orejas. Se bajó de la mesa y sirvió dos tazas del té ya frío. ¿puedo entrar? Gwynne se sentó. La mirada de Gwynne se detuvo en un ágil animalito que entró pegado a los talones de Jean. Si sube al trono. si el cristal me dijera más! —exclamó. —¿Es un gato típico escocés? ¡Es enorme! Jean fue a sentarse en la banqueta del tocador. Mañana tiene que volver al ejército. aunque reconocía que la riña fue inevitable y había hecho mucho para despejar el aire. pero no debemos volvernos tan partidistas que perdamos la objetividad. como hacían los jacobitas? Diciéndose que ese sutil cambio de vocabulario no quería decir que él se hubiera convertido en rebelde. cansinamente. pero no se parecía a ningún gato que ella hubiera visto. con la mano todavía temblorosa.

Cenaremos dentro de media hora. Los gatos de cruce son muy inteligentes y muy leales a sus humanos elegidos. Los cruces de gato montés tienen fama de apegarse a una persona. —La familia. veía el parecido entre Lionel y el gato que tenía Isabel en el retrato—. mirando ceñuda a Lionel. —Creo que ya tienes un gato. el lugar donde te corresponde estar. Eso lo he hecho yo. con libros y caballos. Impresionantes garras. es mi ropa. Te enviaré a tu doncella para que te ayude a vestirte. Isabel de Cortés tenía uno. el personal y un grupo rotatorio de aparceros cenamos juntos en el vestíbulo principal —explicó Jean—. Ni siquiera uno medio montés. ¿Cómo se desprende uno de un gato montés excesivamente entusiasta? —No se desprende. Jean se marchó. Mientras lo acariciaba pensó cómo se llevarían el gato y Duncan. enterrándole las uñas en el muslo. Si fueras una bruja. —Una pesada pata le golpeó el muslo—. Jean sonrió de oreja a oreja. Pensaba buscarme otra. pero no me imaginé que me adoptaría un bruto como éste. ¿Crees que entiende el inglés? —No me sorprendería que lo entendiera. —Tuve que dejar a mi vieja gata atigrada. Jean. Lionel alargó una pata y cogió su falda entre las uñas como diciendo: «Mía». —Éste es tu hogar. —¡Ay! —gimió Gwynne. Viene y va como le da la gana. —Los custodios no tenemos mascotas. —Jean se levantó—. que parecía extraordinariamente posesivo—. acariciándole el lomo. —Muy bien. ¿Alguien te lo ha dicho? Gwynne miró hacia el sol poniente por la ventana. En un castillo sólo cabe un rey. Lionel sería considerado tu mascota y servidor. Al principio hay un pequeño rito que lo dirige la señora de la casa.Mary Jo Putney El beso del destino que explica su tamaño y su arrogancia. El gato empezó a ronronear. —No. pero después de esta noche será responsabilidad tuya. Lionel sólo es otra prueba de eso. y se habían armado las mesas de caballete que normalmente estaban apoyadas en vertical en 129 . pondré mucha atención. Lo más londinense que tengo. Estoy acostumbrada a una vida sosegada. pensé que serías una aterradora dama londinense. tímida—. Lionel no. Gwynne se echó a reír. pensó Gwynne. El fuego crepitaba en los dos hogares. Pero mi motivo para venir aquí era explicarte lo de nuestra tradicional cena de los viernes. apartando las patas de su pierna—. —¿Un gato montés? Nunca he visto uno. y puesto que hoy es viernes y ya casi es la hora de cenar. —No me extraña que estuvieras tan horrorizada cuando nos conocimos. Lionel —le dijo Gwynne al gato. se puso de espaldas con sus grandes patas al aire para que Gwynne le acariciara el vientre a rayas. Qué cola más peluda tienes. No sabes cuánto me alegra que no lo seas. e iban entrando más por la puerta. Gwynne. Había fácilmente veinte personas reunidas en el vestíbulo principal cuando llegó Gwynne. —Ahora que lo decía Jean. pero hasta ahora no había mostrado ningún interés por las personas. —La primera vez que te vi —dijo Jean titubeante. en lugar de bajarse de la cama. Y gatos —añadió. vale más que lo sepa. Fin de su idea de tomar una cena tranquila en sus aposentos después de ese día tan lleno.

—Una vez milord Brecon me llevó a cenar a la casa de un amigo suyo. Jean fue a ocupar su puesto en la otra cabecera de la mesa. algunas con jarras de cerveza. pero no recitó la oración. Isabel de Cortés inició la costumbre. ¿Me permitís que os lleve a vuestro asiento. pero nunca cenaban con la familia. —Puesto que en Dunrath todos estamos más o menos emparentados. familiares y amigos. —Sonrió—. milady? Sonriendo ella se cogió de su brazo. continuaron con algunas de sus antiguas tradiciones. entró Jean en la sala con una delgada vela encendida en la mano. Las habían colocado en hilera formando una sola y larga mesa. Nos gusta la diversidad en Dunrath. y todos hicieron lo mismo. Me alegra saber eso. —¿Qué ha sido eso? —Un gong de China. —Sonrió afectuosamente a Robbie Mackenzie. El asiento de él estaba en una cabecera de la mesa. Duncan echó a andar hacia ella cuando la vio. —Se sentó y continuó—: Ahora hagamos acción de gracias por los dones de la familia. Bienvenida al valle Rath. A Duncan se le iluminó la cara. porque sus pensamientos estaban llenos de preguntas. era imposible no recordar la pelea. Cuando acabó el momento para la oración. y la señora de la casa presidió un rito muy parecido a éste para dar la bienvenida al Sabbath. —Paseó la vista por la sala. Se cubrió los ojos. —Volviendo a hacer el gesto miró uno a uno a todos los demás. Cuando ya estaban todos sentados. Gwyneth Owens. otra muestra de la informalidad de la ocasión. —Y esas tradiciones siguen vivas aquí en las remotas tierras de Escocia. no de la manera solemne como se hace en la iglesia. que estaba sentado a su lado—: Y bienvenido cualquier visitante que haya venido a acompañarnos esta noche. —Jean me lo explicó. —Acabo de caer en la cuenta de que no te he hablado de las cenas de los viernes. ésta es una reunión familiar. Él pareció confundido. Gwynne pegó un salto. —Como te dije. Isabel de Cortés inició la costumbre. un erudito judío. Qué diferente es esto de Inglaterra. Le cogió la mano y compartieron un momento de perfecto acuerdo. acercó la cara a la oreja de Duncan: —¿Sabes qué origen tiene esta ceremonia? —le susurró. Gwynne sabía que les aguardaban más conflictos. el alimento y el compañerismo. Vagamente había pensado que ésa sería una cena formal. En Harlowe se trataba bien a los criados. y él la hizo sentar a su lado. Era viernes. La expresión de su rostro era recelosa. Antes de sentarse dijo con voz muy clara: —Ésta es la última vez que actúo como señora de Dunrath. —Extendió los brazos hacia su cuñada con las palmas de las manos abiertas hacia arriba—. Opinaba que tenemos que tomarnos el tiempo cada semana para celebrar lo que tenemos. y dijo—: Bienvenidos. Las personas estaban charlando despreocupadamente.Mary Jo Putney El beso del destino las paredes. Un profundo sonido musical resonó en toda la sala y las antiquísimos muros de piedra devolvieron el eco. sino alegremente. Se interrumpió la conversación y mientras ella encendía las velas de los candelabros la gente se mantuvo en un agradable silencio. Aunque habían resuelto el desacuerdo. cuatro enormes candelabros estaban distribuidos encima a lo largo. Cuando los cuatro candelabros irradiaron su cálida luz. pero también sabía sin el menor 130 . Gwynne también la imitó. bebiendo—. —Sonriendo Duncan le ofreció el brazo—. pero el ambiente era relajado y agradable. Aunque Isabel y su familia se convirtieron al cristianismo.

Mary Jo Putney El beso del destino género de duda que estaba en el lugar donde debía estar y con el hombre con el que le correspondía estar. 131 .

el 21. En las semanas transcurridas desde la ocupación de Edimburgo por los jacobitas había habido poca acción. ¿Para qué pelear por arrebatar el control de la casa a unas manos que disfrutaban llevándolo cuando sus intereses estaban en otra cosa? Untó con mermelada de moras un trozo de pan. —De niña siempre pensaba que sería fantástico ser invisible. provisiones y dinero. Los jacobitas pueden ganarlo todo. no sabía que estabas aquí. se miraron compasivas. los rebeldes se habían dedicado a ejercicios de práctica y a reunir fuerzas para la siguiente maniobra. —La última noticia es que varios barcos franceses consiguieron burlar el bloqueo inglés con armas. ella no se molestó en explicarle que su motivación no era el tacto sino la pereza. Gwynne. pensando que Duncan tenía razón cuando le dijo que no tardaría en encontrar su lugar en Dunrath. También lo eran las respuestas de Jean.* Tal como pronosticara ella.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 22 Jean estaba tan absorta leyendo una carta que no sintió entrar a Gwynne en la sala del desayuno. de la T. Un día Donald le encomió su tacto. aparte de la Batalla de Prestonpans. —¿Dice algo Robbie sobre la situación del ejército rebelde o todos son dulces palabras sólo para los oídos de su dama? Jean se ruborizó y dobló la carta. —Es difícil ser invisible con el pelo rojo. Su pelo rojo de aspecto escocés no le hacía ningún daño tampoco. su aceptación de las costumbres ya establecidas en la casa. Desde entonces. el levantamiento está adquiriendo más y más poder día a día. —Qué suerte para el príncipe. Tenía un corazón guerrero y si fuera hombre se habría unido a la rebelión al instante. y Lionel subió de un salto a la silla contigua. (N. Imagínate todas las travesuras de las que uno podría salir impune. Se sentó. pero sí esperaba recompensa por su paciencia. —Ah. Gwynne agradeció la sensatez de Robbie al querer tener a su impetuosa novia en un lugar seguro. Jean sonrió. Gwynne atacó su desayuno. —Aunque tú deseas ver a Carlos Eduardo en el infierno. ésta fue un rápido triunfo para el ejército del príncipe. y sus cartas eran largas. Le dio un trozo de queso y se inclinó a poner más té humeante en la taza de Jean. —Estoy practicando la invisibilidad —repuso Gwynne con fingida seriedad. La falta de esnobismo de la nueva señora. Sus modales eran excelentes y no se subía a la mesa. pestañeando sorprendida. La carta era de Robbie Mackenzie. Varios jóvenes del valle * La entrada en Edimburgo fue el 17 de septiembre de 1745. supuso Gwynne. y su progreso en el gaélico hablado. Su cuñada levantó la vista. Escribía por lo menos dos veces a la semana. aunque Jean no agradecía esa consideración. Riendo. Gwynne. perdona. la Batalla de Prestonpans.) 132 . le habían conquistado el cariño de todos los habitantes del castillo. De pronto a Gwynne el pan le supo terriblemente seco. ¡Cómo me gustaría estar en el ejército! Pero Robbie dice que sólo sería un estorbo.

pero para ser sincera. —Supongo que podría haber ocurrido eso. pero cuando te llegó tu magia. como mucho. Lamentaba la pérdida de esa intimidad. Lionel hizo ostentación de cambiar de posición. —Comprendo lo difícil que debió ser tener un hermano mayor tan dotado — convino Gwynne—. —Tener a Duncan de hermano era bastante desalentador —dijo al fin—. le hizo una inclinación con la cabeza y salió de la sala. Se trataban con cortesía y afecto. tengo trabajo que hacer. lo hizo como una gran marejada. ¡y lo eran!. indecisa. Jean negó con la cabeza. no compensaban el recelo emocional. De su ausencia no se hablaba. Soy doce años menor. Tal vez cuando acabara esa maldita rebelión podrían encontrar el camino a la verdadera intimidad. —En su mayor parte. Pensando que era el momento de cambiar de tema. por maravillosas que fueran. Las relaciones conyugales. A veces le costaba recordar que se estaba combatiendo una guerra no muy lejos. Ésa era siempre la respuesta de Jean a sus invitaciones para trabajar juntas. Aunque la rebelión estaba acallada por el momento. Sé que fue difícil para ti crecer sin poder. Jean guardó silencio un momento. Eso prevenía más riñas. el día anterior había recibido una prometedora remesa de libros de la biblioteca de Harlowe. ¿Quieres venir conmigo? —No gracias. —Aparte de su matrimonio con Duncan. Igual lograba rascarle la superficie. que iba a convertirlo en el mago meteórico más grande desde el bendito Adam. Estaba a punto de salir de la sala cuando entró Duncan por la puerta. Está alboreando un nuevo día. pero también ponía una barrera entre ellos. siento… una especie de unión con la creación que es la experiencia más emocionante que he conocido.Mary Jo Putney El beso del destino habían ido a unirse al príncipe. Tal vez viaje a Edimburgo a pasar un tiempo con nuestros primos. Dicho eso Jean acabó su té. y si bien no había encontrado mucho acerca de otras hechiceras. pero la intimidad que había ido en aumento se había quedado congelada. dándole la espalda a Duncan. Nunca pasaste por la fase difícil. Después del altercado en la biblioteca. pero los resultados no valían el trabajo empleado. lo encuentro terriblemente frustrante. la capital sería un lógico loco de conflictos si contraatacaban las tropas del gobierno. y deseo ser parte de él. así que él ya era un mago cuando yo apenas tenía edad para fijarme en el mundo. Yo no podía ni empezar a competir con eso. La vida sería idílica si no fuera por el peligro que veía cernirse sobre Escocia y la tensión en su matrimonio. 133 . así que decidí concentrarme en las cosas vulgares que podía hacer bien. Mis padres y otros custodios vivían cantando las alabanzas de su poder. Cuando lo hago bien. dijo: —Esta mañana voy a trabajar en unos interesantes hechizos. pensando que ojalá Jean no siguiera con su idea de ir a Edimburgo. y tal vez incluso mejor. no tengo el menor deseo de concentrarme en libros aburridos cuando el mundo es un lugar tan apasionante. en traje de montar y con una traviesa sonrisa en la cara. claro. Tenía tiempo de sobra para leer y estudiar. pero ese día Gwynne sucumbió a la curiosidad: —No puedo evitar la curiosidad por saber por qué has decidido no desarrollar tu poder. tratar de manejar el poder era como cortar una piedra con un cuchillo romo. y metió la nariz debajo de la cola. desagradable. Para mí. con la expresión algo triste. Gwynne se sirvió más té. habían dejado de hablar de política. Mi capacidad es de término medio. —Es posible que tu poder se haya reforzado con el tiempo. Pero ¿no te interesa la magia en sí? Ejercer poder es maravilloso.

Él dio unas palmaditas en el cuello de Zeus. —Nos encontraremos en el establo dentro de veinte minutos. Hoy visitaremos un lugar que creo te gustará. —Eso lo encuentro fantástico. había un mago meteórico en el grupo que hizo un hechizo tan potente sobre la isla que todavía hoy en día las nubes de lluvia se mantienen a distancia. ¿A no ser que quieras darle un invierno suave al valle Rath? Cuando ella lo miraba así él sentía la tentación de convertir el valle en un paraíso tropical. pensó. —He salido a cabalgar cada día —protestó ella. pero sería demasiado notorio. ésa era una condición ineludible que se aplicaba a todo en sus vidas. Pero esta vez decidió que prefería una sorpresa. mi señor. Gwynne hizo un encantador ceño. traviesa—. —¿No valía la pena la cabalgada por ese empinado sendero por esta vista? —dijo Duncan haciendo un gesto hacia el panorama que se extendía ante ellos. ¿Debería mirar su cristal de videncia a ver si lograba determinar a qué lugar irían? Intentaba convertir todos los aspectos de su vida cotidiana en nuevas oportunidades de aprendizaje. despejado por el viento. Dicho eso. —Después de que acabara el levantamiento. Éste podría ser el último día templado y hermoso hasta la próxima primavera. ató su caballo y fue a ayudar a Gwynne. Sonriendo ella subió a su dormitorio a cambiarse. Ve a ponerte tu vestido de montar mientras yo voy a buscar algo para merendar por ahí. Un poco más abajo pasó un águila planeando como si fuera observando el valle en busca de presa. —Los Montague crían caballos muy aptos para nuestras montañas. donde las pautas climáticas pueden ser muy independientes. —¿Cómo es posible eso? —Sospecho que cuando san Columbano llevó a sus monjes a lona. Continuó guiándola por la estrecha cresta de la montaña y más allá bajaron hasta una pequeña hondonada boscosa a mitad de la ladera. —Lo valía. El cielo estaba resplandeciente. —Vamos.Mary Jo Putney El beso del destino Duncan le levantó el mentón y le dio un concienzudo beso. Gwynne se quitó la papalina para sentir el viento en el pelo. Me sorprende que los caballos puedan subir por estos senderos. milady. —Lo miró de soslayo. está siempre soleada aunque esté lloviendo alrededor de ella. se marchó. —Pero no has estado fuera del valle. Se sentía como si estuviera en el limbo. —Daría a mi valle más sol del que recibe la mayor parte de Escocia. no tengo ningún trabajo urgente en el castillo y es hora de que abandones tus libros por una buena cabalgada. El día está precioso. —Estás muy despótico. aunque algunos árboles habían perdido sus hojas. Sentir en sus manos su estrecha cintura le dio ideas sobre cómo 134 . —Supongo que eso valía un intento de rapto —dijo ella. El día estaba ventoso y el cielo tan limpio que parecía cristalino. esperando que golpeara una importante y terrible tormenta—. Ella miró por la ventana. ¿Podemos visitarla algún día? —Para mí será un placer llevarte. otros resplandecían de color—. Iona. Riendo. una isla sagrada de las Hébridas. Te tengo otra vista. contemplando el accidentado paisaje. pero negó con la cabeza. Lástima que no vivamos en una isla pequeña. Él desmontó. pero pasaré por alto eso porque encuentro muy apetecible una excursión un luminoso día de otoño.

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aprovechar el día soleado después de la merienda. Gwynne contempló el valle que se extendía abajo, en el que se distinguían claramente un río y un camino. En la montaña de enfrente sólo se distinguía una casa solitaria, pero el camino tenía aspecto de ser muy transitado, y cruzaba el estrecho río por un puente de piedra en arco. —¿Ése es el camino a Fort Augustus? —preguntó. Duncan se hizo visera con la mano. —Sí. Mira, una compañía de soldados del gobierno. Deben ir marchando al norte para reforzar el fuerte. Los casacas rojas se veían bravos en el verde valle, pero él observó que marchaban bastante desordenados. Probablemente eran reclutas nuevos sin experiencia. Los soldados de ambos bandos estaban mal equipados y carecían de formación. Eso cambiaría al menos cuando el gobierno hannoveriano trajera sus regimientos experimentados de Flandes, donde estaban luchando en esos momentos. Si el príncipe hubiera enfrentado a esos soldados experimentados en Prestonpans, el resultado habría sido muy distinto, y muchísimo más dañino para el ejército jacobita. Pensando cuánto le duraría la suerte al príncipe, dijo: —No te he traído aquí a ver el paisaje, por hermoso que sea. Le cogió la mano y la llevó hacia de un bosquecillo de árboles bajos. —Hay un inmenso poder aquí —dijo ella, mirando los árboles con los ojos desenfocados—. Veo el brillo de dos, no, de tres líneas de luz. Él asintió. Los antiguos sabían detectar las formas de poder de la tierra y construían sus lugares sagrados en los sitios donde convergían las líneas de luz. —¿Percibes algo más? Ella frunció el ceño. —Hay otra cosa que es poderosa pero no tan antigua. —Mi señora es muy perceptiva. Entraron en un claro y casi chocaron con una piedra plana de forma irregular que estaba enterrada en la tierra y se elevaba vertical, casi tan alta como un hombre. Varias otras piedras similares montaban guardia alrededor del claro. —¡Un círculo druida! —exclamó Gwynne, tocando con reverencia la superficie cubierta de liquen de la piedra. —Este sitio tiene algo que no he visto en ningún otro círculo —dijo él, haciendo un gesto hacia una piedra de forma rectangular enterrada en el centro del claro. —¡Una cruz tallada! ¡Qué exquisito trabajo! —Gwynne caminó hasta el centro del claro y puso la palma sobre la cruz—. Siento la energía del hombre que la talló. Era un monje, y grabó su fe aquí al tallar la piedra. —Siguió con los dedos los dibujos entrelazados que cubrían la superficie en relieve de la cruz—. Esto se colocó aquí mucho después que las piedras verticales. Siglos después. —Tu monje y sus amigos deben de haber decidido aprovechar las energías combinadas de las líneas de luz y del círculo druida para aumentar el poder cristiano. — Igual que ella, Duncan pasó los dedos por las curvas de los dibujos que adornaban la cruz, percibiendo la serenidad que los creó—. El mundo es inmenso, inmenso, y nosotros tan pequeños. Me parece que la fe en algo superior es una necesidad humana básica. —Lástima que los creyentes se den tanta prisa en matar a los que no creen lo mismo que ellos —dijo Gwynne, sarcástica. Levantó bruscamente la cabeza al oír una serie de ruidos cuyo eco siguió resonando en las montañas—. ¿Disparos? —¡Los soldados! Maldiciéndose por haber estado disfrutando tanto del día con Gwynne que se
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desentendió totalmente de lo que ocurría en el mundo, Duncan salió corriendo del bosquecillo y se asomó a mirar hacia el valle. Un instante después Gwynne llegó a ponerse a su lado, en el momento en que sonaba otra andanada de disparos y el humo nublaba la transparencia del aire de mediodía sobre el valle. Juntos contemplaron horrorizados lo que había sido un pacífico valle verde. La guerra lejana estaba en sus puertas.

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El beso del destino

Capítulo 23
—¡Maldición! —exclamó Duncan al ver a la compañía de highlandeses abalanzarse gritando sobre los soldados del gobierno. Un puñado de hannoverianos se mantuvieron firmes y varios atacantes cayeron al fuego de sus mosquetes, pero la mayoría se habían aterrado e iban corriendo por el estrecho puente de piedra dando codazos a sus compañeros, desesperados por escapar. Los rebeldes ni siquiera aminoraron la marcha cuando cayeron derribados algunos de los suyos. Continuaron el ataque blandiendo espadas a dos manos y aullando, clamando sangre. Los pocos soldados hannoverianos que intentaron mantenerse firmes renunciaron y corrieron detrás de los aterrados en retirada. Hasta la altura donde se encontraban Duncan y Gwynne llegaba el fuerte olor acre de la pólvora negra. Al ver que los caballos estaban nerviosos por el ruido y el olor, Duncan corrió hasta el lugar donde estaba Zeus y usó su poder para tranquilizarlo. Gwynne hizo lo mismo con Sheba. —¿Se puede interrumpir la batalla antes de que haya una masacre? —preguntó nerviosa—. Los jacobitas corren como locos. Van a dejar destrozados a los soldados del rey. Tenía razón, vio él. Los soldados en retirada estaban muy vulnerables, razón por la cual los soldados experimentados saben que es mejor enfrentar al enemigo y luchar. Sentía el terror de los hannoverianos con tanta intensidad como oía los gritos de triunfo de los highlandeses. Un buen aguacero mojaría los mosquetes y apagaría el entusiasmo de los combatientes. Exploró el cielo para hacer un rápido recuento de nubes y vientos. En un plano subliminal siempre estaba consciente de los fenómenos atmosféricos hasta muchas millas a la redonda, y su búsqueda le confirmó que no había nubes de lluvia lo bastante cerca para apagar esa batalla. Pero el viento soplaba fuerte sobre las montañas. ¿Suficiente para formar un torbellino? Tal vez. En Gran Bretaña esas tormentas eran raras y débiles, pero en España había visto un huracán y lo impresionó la majestad y poder de la atmósfera en su aspecto más violento. Nunca había intentado conjurar un torbellino; se consideraban muy peligrosos, incluso para un mago muy experimentado. Pero si lograba formar un pequeño remolino de aire sobre el valle éste podría interrumpir la contienda antes de que el número de víctimas fuera serio. —Gwynne, lleva los caballos al círculo druida y quédate con ellos. En silencio ella cogió las riendas de los dos caballos y los llevó al bosquecillo protegido. Estando ella segura, Duncan se concentró en las formas de los vientos, en juntar las nubes que hubiera cerca, en encontrar aire frío y seco y luego las corrientes húmedas más calientes sobre un lago, y en hacerlos girar todos juntos hasta formar un violento remolino. Vació su energía en la formación del torbellino hasta que los vientos cobraron una velocidad salvaje. El cielo adquirió un color verdoso y se formó un peligroso embudo, una rugiente bestia rabiosa que trataba de escapar de su control. Estiró su poder hasta el punto de ruptura tratando de contener el torbellino y moverlo en la dirección
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Mary Jo Putney

El beso del destino

conveniente. Acababa de obligar al embudo a avanzar hacia el suelo del valle cuando vio que Gwynne había vuelto a su lado. La distracción lo hizo perder enfoque y el tornado se escapó de su control. Cayó de rodillas, con la cabeza martilleándole de dolor. Aullando como los condenados, el torbellino bajó hacia el valle, derribando árboles, destrozando la casita de piedra de la montaña de enfrente, y estremeciendo la tierra. —¡Tírate al suelo! —gritó, cogiendo la mano de Gwynne y arrojándola al suelo jumo a él. El torbellino golpearía primero a los soldados del gobierno y luego a los highlandeses. Los hombres de ambos bandos ya iban corriendo desesperados para escapar del desastre. Varios highlandeses se detuvieron a levantar a sus compañeros heridos para ayudarlos a escapar, mientras algunos hannoverianos se arrodillaban a orar, aterrados. Horrorizado, Duncan comprendió que ese torbellino podría matar a más hombres de los que habrían matado las espadas y los mosquetes. Hizo acopio firmemente de la energía que le quedaba y combatió a los letales vientos hasta ponerlos nuevamente bajo su control. Con la cabeza vibrando por el esfuerzo, obligó al embudo a tomar la ruta que llevaba a lo largo del río y pasaba por en medio de los dos bandos. El torbellino pasó por el río levantando agua y rugiendo más fuerte aún. Golpeó el arco del puente y lo rompió, haciendo volar las piedras en todas direcciones. Afortunadamente pasó por en medio de los dos grupos de soldados sin golpear a ninguno. Pero luego empezó a subir por la ladera, en dirección al lugar donde estaban ellos. Con la fuerza de una galerna, el viento los golpeó, azotándoles los cabellos y la ropa. Duncan se arrojó sobre Gwynne en transversal para protegerla. Tan agotado que le era imposible desviar el tornado, se introdujo en el campo energético de Gwynne, y cogió, implacable, de su fuerza para reforzar la suya debilitada. Sólo tenía un instante, pero ¿cómo…? Los torbellinos tenían una vida corta… sí, ésa era la clave para destruirlo. Golpeó el centro del torbellino, deteniendo su giro con fuerza bruta. Los vientos se separaron y de repente el valle quedó en silencio. Entonces se dio permiso para caer en el aturdimiento del agotamiento. Con razón a los magos meteóricos se les enseñaba que jamás conjuraran huracanes. Temblando, Gwynne se quitó de encima el peso de su marido y consiguió sentarse. —Duncan, ¿cómo estás? —Bastante… bien. —Abrió los ojos. Tenían el color de la ceniza—. No te quedaste con los caballos. —No, claro. Esconderme no iba a servir de nada. —No se sentía mucho mejor de lo que parecía sentirse él. Friccionándose la dolorida cabeza le preguntó—: ¿Qué hiciste? —Lo siento. —Se incorporó un poco haciendo una temblorosa inspiración—. Ya no me quedaba poder para disolver el torbellino antes de que nos golpeara, así que cogí del tuyo. Aunque era infringir las reglas de los custodios coger el poder de otra persona sin permiso, las familias siempre eran tolerantes en casos de urgencia. Su repentino asalto a su cuerpo energético había sido perturbador y muy agresivo, casi como una violación mental, pero la situación había sido apurada.
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lo conseguiste —dijo—. los caballos eran mejores para los hechizos que William porque no parecían perturbados por la lucha y el torbellino que se habían producido tan cerca. Antes de extender el mantel. Encontró a los caballos mordisqueando hierba apaciblemente en el círculo de piedras. Transferir poder no tiene por qué ser doloroso si se establece suavemente la conexión.Mary Jo Putney El beso del destino —Si yo no te hubiera distraído en el momento crítico. él cogió de la fuerza de ella tal como tú acabas de coger de la mía. no habrías tenido que hacerlo. Nunca había trabajado con un fenómeno atmosférico tan difícil. como llamaban en Escocia a los panecillos de avena. Ella podría comerse una barra entera de pan fresco y eso que ni siquiera había hecho algo. —Aunque ha sido difícil. le dio dos galletas. —Si no hubieras hecho lo que era necesario —dijo ella irónica— habríamos volado hasta Glasgow. Separaste los dos bandos y el puente ha desaparecido. Si alguna vez en el futuro siento la tentación de conjurar un torbellino. ¿Te imaginas la devastación si uno golpeara Edimburgo o Londres? Los daños serían horrorosos. Es una suerte que los torbellinos sean tan excepcionales en Gran Bretaña. —Habría sido más fácil si hubiéramos tenido tiempo para prepararnos. cuando lleguen al otro lado los soldados del gobierno ya habrán tenido tiempo de escapar. pescado ahumado y empanadas de cordero. vendándose heridas y comentando su milagrosa salvación. Espero que no hubiera 139 . aparte de los cimientos en cada orilla—. —Es pasmoso cómo la comida restablece la fuerza. queso. antes de amarrarlos les hizo un hechizo similar al que les hiciera Duncan a William Montague y a su criado. El suelo se ladeó sólo un poquito—. Probablemente en trocitos. Me sentía como si tuviera noventa años. así que sirvió las dos antes de arrojarse sobre la comida con tanta avidez como Duncan. ella estaba contenta por el dolor que le había causado Duncan al extraerle energía. mientras los jacobitas estaban reunidos en pequeños grupos. —Me siento como si me hubieran enterrado clavos en la cabeza. Él hizo un gesto de aflicción. porque eso la hacía parte de su intervención para salvar vidas. Duncan pareció casi normal. Él se las comió mientras ella ponía sobre el mantel más galletas. recuérdame lo difícil que es. El oficial hannoveriano estaba formando a sus desmoralizados hombres para reanudar la marcha hacia el norte. Iré a buscar tus alforjas. Había leído sobre eso pero en realidad no entendía cómo era compartir el poder. También había una jarra de cerveza y dos tazas. —Está escrito que cuando Adam e Isabel detuvieron a la armada española. De una extraña manera. Aun en el caso de que los highlandeses intenten vadear el río. —Parece que el ánimo de lucha los ha abandonado a todos —comentó él. Gwynne hizo un gesto hacia el valle. Cuando los llevó allí. mirando los restos del puente. Los dos necesitamos comer algo. Él se echó hacia atrás el pelo que se le había soltado y le caía sobre los hombros. —Dada la cantidad de poder que has quemado. Quemar grandes cantidades de poder producía un hambre canina. por lo tanto Duncan tenía que sentirse como si no hubiera comido durante un mes. no quedaba nada. —Lo siento —repitió él. eso no es de extrañar. que por suerte había puesto comida en ellas como para alimentar a una familia de seis personas. —Con lentos movimientos se puso de pie. Cuando se hubo pulido dos tercios de la comida. Al parecer. Sacó las alforjas y las llevó a donde estaba Duncan.

Hay grandeza en morir por una causa noble. por lo tanto no podía quedarme de brazos cruzados sin por lo menos intentar interrumpir la escaramuza. —Tal vez esto es una diferencia inquebrantable entre hombres y mujeres — suspiró ella—. Claro que deseabas protegerlos. Todos hemos de morir. Incluso podrían ser hermanos. Pero ¿por qué vale la pena matar? —Yo mataría para protegerte a ti —dijo él gravemente—. pero otros luchan porque creen que la pretensión del príncipe al trono es justa. Tal como moriría por ti.) 140 . con cierta sorna. y se estremeció. no hay otra explicación. —No —repuso ella al instante—. No hay nada dulce ni honroso en que mueran jóvenes por las ambiciones de viejos. Ella sintió que la sangre le abandonaba la cara ante esa franca declaración. incluso morir. —«Dulce et decorum est pro patria mori»* —musitó él. ¿Cómo has decidido qué hacer. —Eso es un pensamiento de hombre. o si intervenir o no? ¿No has temido cambiar el curso de la rebelión? —Me han pasado tantas consideraciones por la cabeza que me parece que la decisión final ha sido más instintiva que lógica. —¿No te sorprende que me haya esforzado tanto en proteger a los soldados hannoverianos pese a mis inclinaciones jacobitas? —le preguntó él. la justicia. por sus principios y lealtades. reconozco que hay principios y personas por los que vale la pena morir. —Frunció el ceño—. que el pretendiente viejo y el rey Jorge arreglen el asunto en un combate cuerpo a cuerpo. Gwynne había pensado lo mismo. pero una pelea como ésta no significa nada en la marcha general del levantamiento.Mary Jo Putney El beso del destino nadie en esa casa. Pero puesto que unos llevan casacas rojas y los otros llevan una escarapela blanca. yo no lloraría. algunos no mayores que Diarmid. La libertad. Has salvado muchas vidas y no le has hecho daño a nadie. Muéstrame a otro que no seas tú que esté defendiendo a los vulnerables. Ella pensó en el miedo que había visto emanar de los jóvenes soldados aterrados. También hay… una especie de locura highlandesa que una persona inglesa sensata como tú podría no comprender. —Algunos highlandeses luchan porque sus jefes se lo han ordenado. Una fiera disposición a pagar cualquier precio. el hijo de Maggie. curvando los labios en gesto irónico. gracias a Dios. Los únicos afectados serían los muchachos muertos y sus familias. pero esto ha ocurrido muy rápido. —Lo miró curiosa—. Si se matan en el combate. Ella negó vehementemente con la cabeza. «Lo * Dulce y honroso es morir por la patria. de la T. Si es necesaria una batalla. (N. tratan de matarse mutuamente. La mayoría de los soldados de ambos lados son escoceses. defender a los vulnerables. —La guerra no sólo tiene que ver con ambiciones de viejos —dijo Duncan muy serio—. —¡No me cites a Horacio! —replicó ella—. —La guerra es una locura. Los magos estáis formados para decidir la mejor manera de resolver las situaciones difíciles. Muy bien. La intromisión en los acontecimientos no es algo que deba hacerse a la ligera. Hay causas por las que vale la pena morir. —¡Muéstrame la libertad y la justicia de esa pequeña batalla! —exclamó ella apuntando hacia el valle—. a excepción de ti. —Culpable —dijo él. La mayoría de los soldados de ambos lados son muy jóvenes. —No había nadie en la casa. por lo que visualizó la casa arrasada concentrándose en ver si había señales de que hubiera estado habitada recientemente.

o por seres inocentes en peligro. podría ser que la traición no fuera nunca necesaria. ¿Cómo podría soportar traicionar a un hombre que estaba dispuesto a morir por ella? ¿A un hombre que poseía su corazón? Sin embargo. con amor y lealtad. Pero incluso mientras hacían el amor con pasión desenfrenada. 141 . La ardiente respuesta de Duncan a su beso reveló que. El futuro no estaba escrito aún. o por algún ser querido. Pero prefiero con mucho vivir contigo a morir por ti. y vagamente presentía el tipo de dilema que la obligaría a tomar esa dolorosa decisión. exactamente lo contrario a lo que temía. —Me agrada creer —dijo con la voz algo trémula— que yo tendría el valor de morir por ti. Desesperada por enterrar todas sus ideas de traición. tal como ella. sentía que se iba ensanchando una brecha entre ellos. ella no pudo convencerse de que no estaban en el camino hacia una calamidad.» Esa dura voz mental le repetía esas palabras todos los días. La pasión que existía entre ellos era vida y verdad.Mary Jo Putney El beso del destino traicionarás. introduciendo los dedos en su pelo. se inclinó a besarlo apasionadamente. Tal vez. él necesitaba enterrar el conflicto en el deseo.

Tradicionalmente. desvió sus pensamientos al tema más sencillo de los torbellinos. usando la magia para fines egoístas e incluso destructivos. y se había formado una teoría sobre cómo crear y manejar torbellinos. Jean probablemente se pondría de su lado. Quedaría aislado emocional y espiritualmente de las únicas personas que realmente entendían cómo era tener poder. ¿quién ganaría? No lo sabía. estaba por lo menos medio enamorada de él. se vería obligado a hacer una terrible elección. más fácil de controlar? Durante esa semana pasada había leído toda la información sobre el tema que contenía la biblioteca de Dunrath. dejó que su caballo tomara el mejor sendero para así poder pensar él en el levantamiento. No todos obedecerían. A todos los miembros se les ordenaría no tener nada que ver con él. Pese a su reserva a veces enloquecedora. de todos modos se arriesgaba a que lo exiliaran de las familias. y el encargado de esa misión por el Consejo actual era Simon.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 24 El viento procedente del Mar de Irlanda soplaba fuerte mientras Duncan iba cabalgando por la montaña en dirección al norte. Si él se sentía llamado a oponerse al Consejo en bien de Escocia. pero sí sabía que por lo menos uno de ellos resultaría muerto. sino que también llevaba la carga de discernir dónde estaba el interés de su nación. Pero ¿y si tenía que elegir entre él y su juramento de custodio? No tenía idea de qué elegiría. hacer cumplir los edictos del Consejo era la tarea de los magos más poderosos de Gran Bretaña. y propensos a las mismas debilidades. Pero ¿sería posible conjurar una versión pequeña. Ese día pensaba poner en práctica la teoría. Ahora entendía por qué se aconsejaba a los magos no meterse con ellos. Si su opinión difería de la del Consejo. Recomendándose no crearse preocupaciones. Pero eran seres humanos. y el Consejo los enfrentaba sin pérdida de tiempo. Simon cumpliría sin piedad lo que consideraba su deber. De vez en cuando un mago se enamoraba de su poder y renegaba de su juramento. ¿lo declararían renegado? Aunque un acto así por su parte no estaría motivado por egoísmo personal. Por nacimiento y educación. Desde que vio con Gwynne el choque de los bandos contrarios no podía negar que el conflicto estaba a su puerta. Pese a sus muchos años de amistad. por lo tanto la mayoría acataría el edicto del Consejo. pero ¿y Gwynne? No soportaba ni pensar que ella podría abandonarlo. porque eran fenómenos diabólicamente difíciles de controlar y muy destructivos. Pero la seguridad de las familias estaba en la unidad. Esa noche pasada había despertado estremecido por una pesadilla en que él se volvía un renegado. Y él no sólo tenía la preocupación normal por la supervivencia de cualquier morador de una zona en posible guerra. y temía lo peor. y la lealtad estaba en el núcleo de su naturaleza. los custodios solían ser más objetivos y menos egoístas que la mayoría de las personas. Esos renegados eran horriblemente peligrosos. Había un castigo de segundo grado si el Consejo consideraba que un mago era un peligro para los demás: despojarlo de su poder mediante fuerza mágica. y por eso iba en camino 142 . lo cual era el castigo de primer grado. Si surgía algún conflicto de poder entre ellos. lord Falconer. porque los custodios eran personas independientes.

ella no debería sacar el tema. Era perfecta para su finalidad: una superficie llana escondida entre cerros. ése era el trabajo más difícil que había hecho en toda su vida. Si él decidía usar su poder al servicio de la rebelión… 143 . Aunque no había sido su intención buscarlo. y pensaba en él con frecuencia. Llegó a la culminación de su práctica cuando conjuró esmeradamente un tornado. y el segundo. Como la mayoría de los cristales de videncia. ¿Para qué hacía eso? ¿Por el puro placer de la magia? ¿Un deseo perfeccionista de dominar una nueva habilidad? ¿Curiosidad intelectual? Todos esos motivos podían ser ciertos. Pero también era cierto que un tornado es un arma sin igual. Tenía que practicar más para lograr verdadera maestría. Se mordió el labio. Incluso logró bastante grado de control. Si su teoría era correcta. y le resultaba difícil imaginarse ejerciendo una fuerza tan destructiva por nada inferior a poner fin a una masacre. Después experimentó en encontrar el mejor equilibrio entre los elementos. que no murió nadie por su causa. y con pocas posibilidades de que hubiera testigos. El clima y el terreno de Gran Bretaña no eran propicios para torbellinos. no era raro que apareciera una imagen de él cuando estaba practicando con el cristal y estaba indecisa en el enfoque. tenía la fuerza suficiente para interrumpir una pequeña batalla. aun cuando el maldito paquete de viento seguía mostrando una alarmante tendencia a escapar. Una vez disuelta su creación. A pesar del cansancio.Mary Jo Putney El beso del destino al valle Creag. cansado pero satisfecho. El secreto estaba en equilibrar el calor y el frío. siempre lo era crear nueva magia. Aunque débil comparado con lo normal de esas corrientes. Dejó amarrado a Zeus antes de entrar en el valle y remontó a pie el último cerro sólo con una mochila con comida para reponer fuerzas en el caso de que quedara agotado. Entonces ella le sonreía cariñosa y volvía la atención a su práctica. emprendió el camino de vuelta a Dunrath. Por ese motivo. porque no quería que la acusara de espiarlo. la tarde le resultó estimulante. Ese día emprendería la tarea de modo más ordenado. cuantos más instrumentos tuviera a su disposición. hasta lograr controlar bien a cada uno. Si no le decía nada. Trabajó con los elementos de un torbellino uno a uno. Pero puesto que se estaba desarrollando una guerra. Esta vez. ¿Qué cantidad de cada uno se requeriría para crear la implacable corriente giratoria que necesitaba? Para conjurar ese primer torbellino loco trabajó con el instinto y la desesperación. la sequedad y la humedad. su enérgica concentración palpable mientras trataba de controlar su creación. la energía iba tras el pensamiento. lo cual significaba que tenía que emplear enormes cantidades de energía suya para crear uno aunque fuera pequeño. Gwynne ahogó una exclamación al ver la imagen que apareció repentinamente en su cristal de videncia: Duncan y un torbellino. Su marido estaba en medio de un paisaje árido y rocoso. mejor. aún más grande. el suyo estaba hechizado de modo que no eligiera al azar escenas que invadieran la intimidad de otros. las nubes y el viento. la escena era importante. pensando si él le contaría algo acerca de su experimento. por lo tanto normalmente veía la imagen de Duncan cabalgando o charlando con personas en el valle. una región tan rocosa y desolada que hasta las ovejas la desdeñaban. y el resultado fue dos milagros: el primero lograr crear el tornado. su intento sería menos agotador que la conjura de urgencia de la semana anterior. De tanto en tanto hacía una pausa para comer algo y mantener las fuerzas.

—Se puso seria—. pero eso distaba mucho de traición. Incluso Duncan. No sabía si conocías el camino. —Me gustaba la idea de estar con otros jacobitas —reconoció Jean—. pero hay causas por las que vale la pena luchar y morir. —¡Espléndido! —Jean se levantó y empezó a pasearse por la sala—. —He tenido que venir aquí para verte —dijo Jean con lógica irrefutable. aquí sabré más de lo que ocurre de lo que sabría en Edimburgo. que afectan no sólo a los nobles soldados sino también a sus mujeres e hijos. diciéndose que Duncan no le había dado ningún motivo para dudar de su lealtad. de enfermedad. ¿Robbie va a morir 144 . Debemos esperar que esa sangre se derrame por los motivos correctos. pero no se le ocurrió ninguna buena razón para negarse. tal vez realmente era su mascota. de accidente. pero la guerra envía ondas expansivas en todas direcciones. Los hombres que se hacen soldados saben los riesgos que corren. —No habrá batallas en el futuro inmediato. Con tu don para leer el cristal. Debía esperar que eso fuera todo. eran absolutamente convincentes.Mary Jo Putney El beso del destino Emitiendo un sordo murmullo. La has confirmado. Frotó la cara en su suave pelaje felino. Habrá muertes. Se dejó caer en un sillón—. mientras Lionel saltaba de su falda a esconderse debajo de la mesa. —Sí. —Hermosas palabras. pero sabía que el ejército se marcharía de allí pronto. —Las imágenes de violencia que había visto desde que conoció. así que esperaba que tú me la confirmaras. comprendió. Hasta el momento no ha encontrado oposición y creo que no hay ninguna inminente. pero se perderán muchas vidas antes de que acabe la rebelión. —Ésta es la primera vez que te veo aquí. ¿Es cierto? Gwynne abrió la mano. Sí. donde todavía tenía el cristal de videncia. Por eso los custodios casi siempre apoyan las causas de paz. aunque tenía que haber alguna explicación vulgar de su capacidad para aparecer cuando ella necesitaba compañía. en peleas de borrachos. Me sorprende que no hayas ido a Edimburgo como pensabas. cierto que él simpatizaba un poco con la causa de los rebeldes. A mí tampoco me gusta. Jean. Se abrió la puerta de la biblioteca secreta y entró Jean casi corriendo. Lionel pasó corriendo por la mesa de la biblioteca. y besó. —En eso por lo menos estamos de acuerdo —dijo Gwynne. Pero no es infrecuente que no haya acuerdo respecto a lo que es bueno a la larga. No le agradaba seguir el curso de la rebelión para satisfacer la curiosidad de Jean. Me han dicho que el ejército jacobita va marchando hacia el sur. que ha hecho todo lo posible por aceptar el criterio conservador del Consejo. y a los campos que quedan descuidados porque sus dueños han muerto. pero no estaba segura de mi predicción. Ladeó la cabeza—. saltó a su falda y se levantó sobre las patas traseras a frotarle la cara con sus bigotudas mejillas. Mueren hombres todos los días. Tenía el presentimiento de que continuarían hasta Inglaterra sin oposición. ¿No es mejor comprometer la vida en algo noble? Duncan tenía razón. La capacidad del gato para percibir sus estados anímicos era increíble. Se producía una verdadera locura en las Highlands cuando se trataba de la guerra. —Las familias apoyan lo que a la larga es bueno para la mayor cantidad de gente —replicó Jean—. Ella lo acarició agradecida. Gwynne pestañeó sorprendida. Habrá guerra. —La guerra ocurre —dijo Jean secamente—. en dirección a Carlisle. a Duncan. no está convencido de que el gobierno hannoveriano sea bueno para el país. Gwynne suspiró. Hizo una lenta respiración. A veces había llegado a pensar si el gato sería capaz de atravesar las paredes. el ejército va avanzando hacia el sur. Eso te lo garantizo.

añadió—: Espero que podamos continuar siendo amigas aunque estemos en lados opuestos. Tú tienes que haber recibido un cristal de videncia cuando dejaste de ser niña y te hiciste mujer. Gwynne le pasó el cristal de Isabel. 145 . no veo nada. —De verdad no lo sé. por lo que tal vez podría recordar algunos consejos útiles que los adivinos experimentados ya han olvidado hace mucho tiempo. Hacemos los juramentos. —Y con una mano en el pomo. Jean. —¡Ojalá fuera hombre para poder ir a la guerra! —exclamó apasionadamente su cuñada—. —Aprovechas esto para intentar obligarme a estudiar. Por primera vez Gwynne se alegró de que la chica hubiera descuidado el desarrollo de sus poderes. —Cuando Jean asintió. —Esto nunca me ha funcionado —dijo Jean. Sin decir palabra.Mary Jo Putney El beso del destino en la rebelión? A Gwynne la invadió una oleada de profunda pena. —Crees que va a morir. —Yo estoy en el lado de la paz. inepta para gobernar Inglaterra y más inepta aún para gobernar Escocia. y lo único que lamento es no tener más poder para ponerlo al servicio del príncipe. Gwynne. Gwynne se horrorizó. Antes no. luego hizo un gesto de asentimiento y salió de la biblioteca. —Nunca pensé que me alegraría caerle bien a una piedra. La gesticulante cara de Jean se quedó inmóvil. continuó—: ¿Quieres ir a buscarlo para que practiquemos juntas? Soy muy novata en esto y apenas estoy aprendiendo. Más aún. Interesante. Cumpliré mi deber como yo lo veo. Jean se quedó un momento inmóvil. Gwynne cogió el cristal riendo. pero no creo que morir en la batalla sea inevitable. pero ahora siento viva la piedra. mirando con los ojos entornados el cristal en su palma—. La casa de Hannover es débil. si las mujeres estuvieran al mando de él. La has vuelto a la vida después de un largo sueño. Está en un grave peligro —dijo Gwynne sinceramente—. Jean dejó de pasearse y torció la cara. Le llevó un momento contestar: —Soy mejor para ver lo que está ocurriendo en otra parte en este momento que para predecir el futuro. —¿Por qué no trabajas tu habilidad para leer el cristal? Estás tan interesada en la rebelión que es posible que logres sintonizar bien con los acontecimientos. Aunque en realidad los estudios de los custodios tendían a estabilizar el carácter y Jean se habría beneficiado de eso. —Se la devolvió—. Temo por él. —Iré a buscar mi piedra y volveré. decidió Gwynne. El mundo sería un lugar mejor. debería haber desarrollado mis poderes hasta el punto de poder servir a la causa del príncipe. pero también se nos educa para escuchar a nuestros corazones y almas. ¿eh? Pero no es mala idea. Creo que pocas mujeres están en el lado de la guerra. Y traeré una bandeja de té con panecillos frescos y mermelada. mirándola fijamente con sus ojos verdes feroces como los de un felino—. —¿Te arriesgarías a que las familias te condenaran al ostracismo? —¡Por esto sí! —exclamó Jean.

en dirección a Carlisle. A Jean le había ido muy bien. comprendió ella. a Duncan le encantaba hacer ruido. es mala estación para una campaña. sonriendo. Ya no se sentaban uno al lado del otro. Ella habría ido a reunirse con el ama de llaves para ofrecerle palabras de consuelo. pensando dónde estaría Duncan. Diciéndose que su silencio sobre el tema no significaba necesariamente ninguna intención siniestra. —Teniendo ya noviembre encima. observó una aparente discusión entre Maggie Macrae y su hijo. Duncan se sentaba en la otra. Menos mal que las cenas de los viernes no eran formales. pero Gwynne sospechaba que ahora que la chica tenía una verdadera motivación. Mientras dudaba entre golpear o no el gong para la cena a pesar de la ausencia de él. ¿Perdiste la noción del tiempo? —Eso me temo. Como jefe de la casa y de la familia. —Das la impresión de haber venido corriendo. Allá era la esposa niña del conde. Ella y Jean se entretuvieron tanto en su estudio con los cristales de videncia que perdieron la noción del tiempo. que no le iba a decir nada sobre su práctica con torbellinos. Aseguró que eso se debía a que tenía una buena maestra. Los únicos asientos asignados eran los de Duncan y Gwynne. Cuando llegó al pie de la escalera se detuvo a hacer unas cuantas respiraciones lentas. produciendo una nota pura que siguió resonando un momento. ponía más empeño que en las lecciones indeseadas cuando era más joven. pero eso podría ser una ventaja para los rebeldes. Podemos conjeturar después. Suponía que no habría sido tan descuidado como para dejarse arrastrar por su torbellino. En silencio ella se cogió de su brazo y fueron hasta la pequeña mesa donde estaba el gong. 146 . No había tardado nada en tomarle cariño a esas reuniones semanales. mimada pero no muy importante en la vida de la casa. pero Duncan eligió ese momento para hacer su entrada por la puerta principal del castillo. esto último particularmente agradable dado su origen inglés. Diarmid se alejó y su madre quedó con el ceño fruncido. Tal vez… —se interrumpió—. mo càran.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 25 Gwynne hizo un ligero intento de arreglarse el pelo cuando salió a toda prisa de la biblioteca en dirección al vestíbulo principal. Y no carecía de talento. Aquí se sentía segura y aceptada. se sentaba en una cabecera de la mesa. atrayendo la atención de todos los presentes con su espectacular energía azotada por el viento. Como a la mayoría de los hombres. O sea. El ambiente acogedor y relajado la hacía sentirse parte de esa gran familia de una manera que nunca había conseguido en Harlowe. ahora que ella estaba a cargo del rito. El trabajo de un granjero no termina nunca. le dijo en voz baja: —El ejército del príncipe va marchando al sur. cariño. sus labios cálidos de promesa—. En el momento en que ella estaba mirando. Hablando y riendo. Hizo su ronda por la sala. así que levantó con toda ceremonia el martillo de madera y golpeó el gong. Ahora es el momento de partir el pan con amigos y familiares. Ni en ese momento ni después. los invitados buscaron sus asientos en la mesa. por cierto. conversando con las personas que se estaban convirtiendo en amigas. Ella fue a recibirlo. Él evaluó la noticia con el ceño fruncido. —Le besó la mejilla.

él no fracasará —dijo Diarmid acalorado. En ese momento. Los Estuardo tuvieron sus oportunidades y fracasaron. y 147 . el cielo raso elevado. pero notó claramente su profunda ambivalencia en el asunto. Gwynne notó claramente la indecisión de Duncan sobre cómo llevar eso. —Jeannie. el material —continuó Duncan. las armas. La mitad de los hombres se pusieron de pie y bebieron el brindis. no —dijo Duncan. —Si todos los escoceses apoyamos al príncipe. Mientras giraba la tensión por la sala. Entonces se levantaron otros tres jóvenes y alzaron sus copas. Veinteañero. Deseo buena salud a la casa Estuardo. El gobierno tiene los soldados. No seré la primera escocesa que dirige a unos guerreros. No llevaré a los Macrae del valle Rath a una derrota segura. —¡Por nuestro rey en ultramar! —gritaron a coro. cogió su tenedor para indicar el comienzo de la comida. ¿Detectarían eso también los demás? Jean se puso de pie de un salto.Mary Jo Putney El beso del destino Gwynne fue a encender la vela delgada en el fuego del hogar más cercano y luego fue encendiendo solemnemente con ella las velas de los enormes candelabros. los llevaré yo. Duncan. familiares y amigos. Igual que William Montague. Resonó una fuerte inspiración colectiva. ese rito produjo un apacible silencio. Duncan se levantó. con la voz angustiada. las corrientes de aire. llenando sin esfuerzo toda la sala con su voz grave y sonora—. De pronto Gwynne se sintió golpeada por la barbarie de la escena: las duras paredes de piedra. Duncan. Cuando terminó la ceremonia de bienvenida. el chico tenía una energía vibrante que lo hacía encantador. se levantó un joven que estaba sentado cerca de la mitad de la mesa. Un rato antes se había sentido parte de esa casa. aunque las contradictorias palabras que se oían dejaban claro que estaban divididos en sus simpatías por los jacobitas y los hannoverianos. —Pero no todos los escoceses apoyan la causa Estuardo. que durante siglos gobernó Escocia. sus cabellos rojos destellando a la luz de las velas. y entre los ingleses son menos aún los que la apoyan. con un ligerísimo temblor en la voz—. —Debo. ¿Qué tienen los jacobitas aparte del valor y la lealtad de hombres demasiado valientes? Gwynne admiró su valor para mantenerse firme. la formación. hizo el primer gesto de invitación: —Bienvenidos. pero mi brindis es por Jorge. era una forastera. ¡Problema! Gwynne vio que era Fergus Macrae. las parpadeantes luces de las antorchas y las velas formando claros y sombras en la grandiosa exposición de espadas y puñales. que estaba sentado a la izquierda de ella. rey de toda Gran Bretaña. es hora de que actúes como señor de Dunrath y nos dirijas en nuestro apoyo al verdadero rey. —No haré nada de eso —dijo Duncan. Cuando ocupo su lugar a la cabecera de la mesa. Antes de que la gente pudiera comenzar a comer. He sabido que el príncipe va de camino hacia Inglaterra y todos los escoceses debemos estar a su lado. Cada intento de recuperar el trono ha costado muchas vidas escocesas. el equipamiento. —Si tú no diriges a los hombres del valle Rath hasta el príncipe. Uno era Diarmid Macrae. dominando con su prestancia a la concurrencia. Se elevó un murmullo de voces. Fergus levantó su copa y gritó: —¡Un brindis por nuestro rey en ultramar! Era una invitación y un desafío. pero en ese momento le produjo una intensa inquietud. Como siempre. —Éstos son tiempos difíciles. mientras los herederos de Dunrath se peleaban por una guerra. —Duncan Macrae —gritó Fergus para hacerse oír por encima de los murmullos —.

Gwynne sintió pasar una potente corriente de energía por el círculo. Sin siquiera esforzarse identificaba la exaltación de Diarmid. Jean se ruborizó un poco. Prácticamente todas las personas mayores se veían tristes u horrorizadas. Saldremos mañana a media mañana. Gwynne se levantó. Jeannie. pero habló con voz tranquila. Mientras oraba en voz alta. —Como haré yo. No olvidéis nunca eso. Traed provisiones y las armas que tengáis. —¡Muy bien! —dijo Jean.Mary Jo Putney El beso del destino seguro que no seré la última. todos los demás siguieron su ejemplo. os lo prometo. y a la anciana Annie Mackenzie a su derecha. a excepción de un pastor muy mayor que perdió una pierna en el levantamiento jacobita del quince. creyó sentir a otro custodio cerca. Entonces se les unió Jean. —¡Y yo! —gritó Fergus. y todos los que viven en el valle sois siempre bienvenidos bajo mi techo. pero intenso. deteniéndola en aquellos que habían manifestado su adhesión al príncipe—. El doloroso conocimiento de que ésa podría ser la última vez que se reunían esas personas quedó cerniéndose pesadamente en el aire. Con el tiempo sería capaz de identificar el hilo de cada persona. Si me perdonáis. Cuando todos estaban conectados alrededor de la larga mesa. Una mujer sollozó suavemente. que tenía bastante sangre de custodio para percibir la magia que se estaba empleando. Gwynne recordó el hechizo de protección que había estudiado. el miedo de su madre. Al principio indecisos. Somos amigos y parientes. ¿Tal vez sería útil en ese momento? —Cojámonos todos de la mano y oremos por la seguridad y por el bien de las personas y las tierras que amamos. para que ni una espada ni una bala pudieran hacerle daño. —Sois amables los dos. Rogaré por vuestra seguridad. Si vais a emprender un largo viaje mañana. la fiera y sanguinaria resolución de Fergus. Visualizó a cada persona presente envuelta en luz. cogiéndole la mano a Diarmid a su izquierda. debéis comer bien esta noche. No te vayas todavía. Se elevó un viva de los jacobitas. —¡Yo te seguiré. uno que estaba aportando su energía al hechizo de protección. —Jean paseó la mirada por los presentes. —Eso lo sé —dijo Duncan tranquilamente—. Dios santo. ¿A no ser que pretendas encerrarme a mí y a nuestros rebeldes en las mazmorras. Dunrath es el castillo de gracia. envió también un hechizo de protección a través del círculo de manos unidas. Un instante después la luz brilló más intensa. sin poder contener las lágrimas. Gwynne calculó que los simpatizantes de los rebeldes eran más o menos un tercio del total. la mayoría de ellos jóvenes. su poder algo mellado. debo ir a prepararme para la partida. Por lo menos otras seis voces gritaron lo mismo. Extendió los brazos hacia sus vecinos. No deshonraré el apellido Macrae. Pero 148 . ni los demás. y no todos hombres. Desde entonces había estado esperando otro y se rió alegremente enseñando sus encías desdentadas. sonriendo a su pequeña tropa—. y comunicadlo a los otros que quieran unirse a nosotros. Jean asintió y se sentó. Cuando al final de la oración Gwynne musitó «Así sea». si sólo era un niño. señora! —gritó Diarmid. —No me corresponde a mí apresar a mi hermana ni a otros que creen verdaderamente justa esta causa. Duncan Macrae? Él apretó los puños. Tal vez con tres magos unidos los rebeldes del valle Rath sobrevivirían para regresar a casa. Sintió un sorprendido aporte de Donald. cuando Duncan sumó su profunda y potente energía a su trabajo.

Lo cual está bien. Una escocesa tiene tanto orgullo como un escocés. un esbelto brazo le rodeó la cintura. Pero es difícil pensar en la política cuando la vida de mi única hermana podría estar en peligro. —Había esperado que no llegáramos a esto —dijo él tristemente. Dunrath está protegido. sólo quedaban ellos dos en la sala. Cuando se levantó Jean. — Le puso la mano en el brazo—. yo diré que tú me ordenaste llevar a nuestros hombres hasta el príncipe. pero no espero que me dejen participar en la batalla. —Recordó el choque que habían presenciado él y Gwynne—. Ella hizo una mueca. —No te permitirán dirigir a nuestros hombres en una batalla. Él suspiró. —Gane el lado que gane. pero es un líder nato. Cuando su hermana desapareció en la escalera. haciéndole cosquillas en el mentón con sus cabellos. no creo que me guste Mucho. Le dio un fuerte abrazo y se alejó. Cuídate tú también. A Jean no le pasará nada. Pero esta rebelión la cambiará. Si triunfan los jacobitas. Se giró a abrazar a su mujer. Él sonrió de mala gana. —No me pasará nada. con un toque de clarividencia—. —Supongo que eso significa que debo cabalgar en silla de mujer. Nadie se había quedado a charlar otro rato esa noche. —Es un buen plan. Carlos Eduardo es muy convencional en su forma de pensar. —Hay verdad en lo que dices. al que se le puede confiar su cuidado. —Después de decir públicamente que conduciría a nuestros hombres hasta el príncipe. Si te presentas ante él con calzas se horrorizará. toda una indómita dama highlandesa. Cuando se persiguen dos ejércitos hay muchas escaramuzas en las que uno puede morir aunque no sean verdaderas batallas. Mi plan es llevar a nuestros hombres a Robbie. Duncan. Procurando mantener controlado el genio. No intentes negar que te tienta hacer lo que voy a hacer yo. pero no se quebrará —Y 149 . Aparte de varios criados que estaban retirando los platos de la mesa. paseando la mirada por la sala que ya se estaba quedando vacía de gente. —Peligro puede haber en cualquier parte. Es posible que quede magullada. Aunque todos continuaron hasta el final de la cena. me parece. Ella enarcó las cejas. Pero eres demasiado responsable para seguir a tu corazón en este asunto. no es demasiado tarde para que cambies de decisión. le dijo: —Jean. —Tienes razón. los ánimos estaban sombríos y los invitados se marcharon tan pronto como fue posible. —Tuvimos suerte que el choque no fuera más furioso. Mi cabeza sabe que el príncipe tiene su cuota de debilidad. por supuesto. —La vida es cambio. dándole alcance con sus largas piernas antes de que ella llegara a la escalera. —No sufrirá ningún daño físico —dijo él. Si ganan las fuerzas del gobierno. Duncan también lo hizo y la siguió. Duncan. Gwynne aplica un hechizo de protección muy potente. cuídate. ya no me puedo retractar. Quiero estar con el ejército todo el tiempo que pueda. y mi alma highlandesa desea levantar una espada y gritar al infierno los ingleses. Ella apoyó la cabeza en su hombro. Duncan —dijo Jean sonriendo traviesa—. tienes el mérito de la lealtad. Pero por el amor de Dios.Mary Jo Putney El beso del destino seguro que eso no podía ser.

—Sí —contestó Duncan—. Mientras Gwynne servía clarete para los tres. si estás dispuesto. Mientras subían la escalera. —¡Por el aliento de Dios. ¿A qué diablos has venido? Lord Falconer sonrió. Aunque dado el drama que se estaba desarrollando en la mesa. A pesar del tono de broma de Simon. apagando su atractivo. —Me enviaron a hablar contigo y a llevarte en una misión. Era un experto en hechizos que lo hacían pasar inadvertido a los ojos de personas corrientes. —Demonios. respeto y preocupación en la voz. Ése era uno de los motivos de que fuera el principal agente del Consejo para hacer cumplir las reglas. Simon movió la cabeza lentamente de un lado a otro como un perro sabueso oliscando el aire. Siendo Simon. Gwynne se ruborizó y retrocedió unos pasos. —¿Se me permite escuchar. bien podría haber entrado un pelotón de highlandeses marchando al son de sus gaitas y nadie se habría fijado. Duncan vio que el espontáneo abrazo de Gwynne había agitado tremendamente a su amigo. Duncan se giró sobresaltado. cúbrelo. con el fin de apaciguarle el azoramiento. era especialmente vulnerable a su poder de seducción. o temo las consecuencias. —Antes de que os retiréis. con una mezcla de diversión. mi querida niña. Simon. me pareció mejor no enardecer los ánimos con mi presencia muy inglesa. eres condenadamente bueno para el sigilo. además de en escudos protectores que hacían difícil incluso a los custodios percibir su presencia. cuánto lo siento! Todavía no me acostumbro a levantar los escudos siempre. le preguntó por encima del hombro—. en tono ligeramente mordaz. Es maravilloso verte. ¿puedo suplicar una cama para pasar la noche? —dijo una voz. —El pretendiente estuvo aquí. elegante incluso con su traje de montar sucio por el viaje. Siendo custodio. sí que has cambiado! ¿Una hechicera? — Curvó los labios en una sonrisa sesgada—. —Tu presencia no sólo es aceptable sino necesaria —repuso Simon—. Así que me fui a la cocina y cené por mi cuenta. No hablaron más hasta estar en el estudio. —¿Viste lo que hizo Jean? —Sí. La noche que llegamos entró en el patio cuando 150 . —¡Perdona. había logrado hacer eso sin que nadie lo notara. Mi misión también te afecta a ti. —¡Simon! —exclamó Gwynne avanzando a darle un alegre abrazo—.Mary Jo Putney El beso del destino apartándose de él. Sí que era buen mago Falconer. Dadas las circunstancias. y seguro que tienes una emocionante historia sobre cómo descubriste tu poder. —Entonces vamos a mi estudio a beber un poco de clarete —dijo Duncan. Pero no hace falta que me sirvas nada. ¡Qué maravillosa sorpresa! Él la apartó casi de un empujón. Gwynne. Les resultaba imposible verlo si no sabían que estaba presente. añadió—: Es hora de apagar las velas para irnos a la cama. Ya cené. o ésta es una de esas reuniones exclusivas para hombres? —preguntó Gwynne. pero por favor. ¿A qué hora llegaste? —Justo antes de que tu exaltado propusiera su brindis. —Vamos a ocuparnos de que comas algo y después podemos hablar —dijo. Tu hermanita ha crecido —repuso Simon.

La guerra es la situación más difícil de equilibrar. Ella no parecía más feliz que él. levantándose—. pensó Duncan.Mary Jo Putney El beso del destino estábamos en medio de un ceilidh. Pero sí. —Mañana —repuso Simon—. —¿Cuál es nuestro objetivo. Se desvaneció la irritación de Duncan. Yo detesto a los Estuardo por su arrogancia y su estúpida fe en su misión divina de gobernar. Es probable que haya algún tipo de acción. —¿Cuándo os marcháis? —preguntó Gwynne. Entre los dos deberíamos conseguir el equilibrio. Subimos aquí e intentó conquistarme para su causa. Dada la tendencia de la humanidad a la violencia. No que nos metamos entre ellos. —Muy bien —dijo. La idea de dejar a su mujer era casi insoportable. El deber debía anteponerse. Como has de saber. ¿tenemos preparada alguna habitación para huéspedes? —Yo acompañaré a Simon a su habitación. E igualmente para que tú puedas frustrar mis peligrosas tendencias inglesas. y que más le valía al muy maldito irse a su casa. y era lógico que el Consejo les pidiera que trabajaran juntos. 151 . —Ahí está el problema —convino Simon—. Podrían sitiar la ciudad. y se presentó. Es de esperar que hagamos más bien que daño. el ejército jacobita va avanzando por Inglaterra. pero hizo una leve inclinación en gesto de aceptación. Era de suponer que su larga amistad los ayudaría a salvar sus diferencias políticas. —¿Y? —preguntó Duncan. —¿Cómo es posible hacer ambas cosas? —preguntó Gwynne—. —Si fuera necesario. Es un hombre convincente y peligroso. irónico. ¿Qué tiene que ver eso conmigo? —El Consejo desea que entre los dos vigilemos al ejército del príncipe. Simon. —¿Por qué los dos? ¿Para que tú puedas frustrar cualquier tendencia jacobita peligrosa que yo pudiera tener? —preguntó. ¿Tan pronto?. reducir el número de víctimas? Simon curvó una comisura de la boca. La distancia influía en muchas formas de magia y tenían que estar cerca para evaluar la situación a medida que se iba desenvolviendo. no había escasez de material. El ejército del príncipe ya está muy cerca de Carlisle. el gobierno ha comenzado a movilizar tropas hacia el norte para coger a los jacobitas. Él había analizado los anteriores intentos de los custodios por mitigar los efectos de la guerra. aunque naturalmente no alterar el curso general de los acontecimientos. Podríais salvarle la vida a un hombre por piedad y luego él podría disparar a uno de los oficiales jefes del otro bando y cambiar totalmente el resultado de la rebelión. Gwynne. Simon se echó a reír. Esto es arte. —Osado. El equilibrio era siempre un objetivo de los custodios. —Y sabiendo que nunca podemos estar seguros de eso —añadió Duncan. ¿Y tu respuesta? —Duncan le dijo que no podría ganar —contestó Gwynne. sino que nos mantengamos cerca para poder seguir los acontecimientos y estar disponibles por si hiciera falta emplear nuestros poderes. Además. —Supongo que no lo llamaste maldito individuo en su cara. Simon tenía razón. —No. Cada situación había que tomarla paso a paso. no ciencia. llevándoles las copas de clarete—. mientras tomaban asiento —. pero la insinuación quedó clara —dijo Duncan. —Por eso he venido. pero tampoco había ninguna teoría coherente respecto a cómo proceder. Involuntariamente Duncan miró a Gwynne. enarcando las cejas al ver que Simon titubeaba—. —Sí.

y mientras se dirigía allí. se había puesto al día en todas las cuestiones desde su regreso a Dunrath. La grácil flexión de su cintura cuando se quitó el vestido. y he aprendido a protegerme tan bien que sólo me han raptado una vez. acelerándole el pulso y agitándole la respiración. Por fortuna. —Gwynne. pero la prueba brilla en torno a ti. incluso con tus escudos en alto. que le cayó en cascada. y Duncan se quedó un momento en el estudio. Mañana. prenda por prenda. 152 . mo càran. reflejando el brillo de la luz de las velas. Compartían el dormitorio de ella. pero al instante se apartó. se fue quitando lentamente la ropa. con el cansancio palpable en la cara. soy tolerablemente buena adivina con la ayuda del cristal de Isabel. —La besó. Cuesta creer que hayas desarrollado todo esto desde que te vi en vuestra boda. No bien entró Gwynne en la habitación. sí. —Me encanta tener poder ahora —sonrió Gwynne—. Me hace mucha ilusión enterarme de más. ¿Cómo podría soportar no tenerla en sus brazos cada noche?—. Ella se estremeció y se arqueó hacia atrás. Impresionado de que su increíble sensualidad fuera sólo para él. las bien formadas piernas y los tobillos cuando se quitó las medias. Percibo bien la energía de las personas. pero ya la echaba de menos y todavía no se había marchado. ¿Has descubierto algún otro poder excepcional aparte de lo que saben hacer la mayoría de los custodios? —Es mejor adivina que tú. tranquilos. mo cridhe. y el cristal de Isabel despertó con su contacto —dijo Duncan. Duncan se le acercó a abrazarla. Nuevamente ella lo contuvo afablemente. la última noche». la última noche. Yo espero más novedades en alarmada fascinación. la deliciosa hendidura entre sus pechos. Mis talentos son de la variedad femenina. pero no soy en absoluto alarmante. —Un día será demasiado tiempo. corrió a echarse en sus brazos. El solo pensamiento le oprimió los pulmones dificultándole la respiración. —Se cubrió la boca para ocultar un bostezo—. Simon arqueó las cejas. Se giró para que él le desabrochara el vestido con dedos impacientes. tal vez no más de dos semanas. —Gwynne. Con cada movimiento que hacía ella se intensificaba la carga erótica del aire. ahora que ya había logrado su objetivo. —Detesto que te marches —dijo. algo travieso—. su mente le repetía: «La última noche. Gwynne se apartó para soltarse el pelo. con la voz ahogada en el hombro de él. —Todavía no. Pero no estaré lejos mucho tiempo. Bajó sus escudos de protección. sintiendo vibrar la desesperación en todo él. Se dijo que no estaría ausente mucho tiempo. tachando cosas de una lista de asuntos por tratar o resolver antes de marcharse. liberando toda la fuerza de su atractivo. irradias poder como una hoguera. —Fascinante. —Espera. basta de esperar —musitó cuando ella ya estaba sólo en enaguas. Él contemplaba fascinado cada delicia visual que se iba revelando. Te echaré de menos como echaría de menos mi mano derecha si me la cortaran. —Yo también. Después de soltarle los lazos del corsé.Mary Jo Putney El beso del destino Falconer se levantó. pasó las manos por debajo de la tela acolchada y ahuecó las palmas en sus magníficos pechos. Gwynne salió con él para conducirlo a la habitación de invitados. La parte más difícil sería dejar a Gwynne. Con el instinto de Eva.

153 . llenando el pozo de pasión para que los sostuviera hasta que volvieran a estar juntos. Cuando intentó abrazarla. se arrodilló encima de él. ella se rió y lo empujó por los hombros obligándolo a sentarse en la cama. Sonriendo traviesa comenzó a desvestirlo a él. él ya sabía que se sentiría vacío cuando se marchara del valle Rath. lamiendo y succionando. y se inclinó a besarle el cuello rozándole el pecho desnudo con los pechos todavía cubiertos por las enaguas. Él creyó que estallaría en llamas con la expectación. lo sabía. Él gimió cuando ella comenzó a bajar los labios por su pecho. —Esta noche tiene que ser digna de recordar. Por todas las noches que estaremos separados. cariño —musitó—. Harían el amor hasta quedar los dos agotados. bajando y bajando. Le levantó las piernas. colocándoselas sobre la colcha. Sin embargo. apartarle las telas y quitarle las prendas. el suave contacto de sus dedos enloquecedoramente seductores al desabotonar.Mary Jo Putney El beso del destino —No has esperado tanto. Dormirían muy poco esa noche.

pero no se puede participar en una rebelión y estar totalmente a salvo. Vuelve pronto a casa. Ese hombre me aterra. que llegó anoche. —Que no esté no quiere decir que lo desapruebe —le dijo Gwynne. Eres buena profesora. —Parece que tendrás una buena concurrencia. Jean arqueó las cejas. con visible desilusión en la cara —. al estilo militar. Jean. Su traje de montar llevaba una orla de trencilla de hilos de oro. A excepción de Duncan. Gwynne pensó si ése sería el motivo de que el novio de la chica no fuera un custodio. y cabalgaré remontando el torbellino hasta 154 . —Tal vez cuando vuelva dedique más tiempo a las lecciones. —¿Simon? —preguntó Gwynne sorprendida—. La joven se volvió a mirarla. De convertir los leones en corderos. —Sonrió traviesa—. colgada a un costado en una vaina sujeta a su esbelta cintura. He disfrutado del trabajo contigo. con los rebeldes de Jean que se iban congregando. por lo que Gwynne le dio un rápido abrazo. —Desarrolla tus poderes para poder enfrentar a hombres como Simon. te lo diré yo. que estaba en lo alto de la escalinata. —Miró los alrededores del castillo. por ti y por los hombres que conduces. —Parece que vendrán conmigo alrededor de unos cuarenta hombres. —No haré nada temerario. Gwynne trató de ocultar su angustia y nerviosismo. La mujer guerrera al completo. Yo siempre lo he considerado el caballero perfecto. —No hay nada malo en sus modales. me intimidan la mayoría de los magos poderosos. —A mí me ocurrió lo mismo con Duncan. Hay mucho entusiasmo por luchar. en voz lo suficientemente alta para hacerse oír por encima de los ruidos y gritos de los entusiasmados jóvenes—. Jean pareció dudar. pero no lamento nada el no haber visto a Falconer. tarde. Llevaba incluso una de las espadas con empuñadura de bronce de la familia. desde donde podía observar la actividad. Jean. lleno de vida. Cuídate. —Puesto que no está tu madre para decirlo. —Ésta es la aventura de toda una vida. realzado por una colorida manta de tartán. Se marchó esta mañana al alba con lord Falconer. Los aspirantes a soldados ya estaban formando filas. bullente de entusiasmo. ¿Duncan no vendrá a despedirme? Había esperado… —Se mordió el labio. pero tiene demasiado poder. —Algo tendrá que ver con el levantamiento. Lamento que Duncan no esté aquí. Fue a situarse junto a su cuñada.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 26 Gwynne se asomó al patio y vio que había mucho bullicio. Jean. Yo tengo más probabilidades de enfurecer a los corderos y convertirlos en leones. y en la papalina se mecía una escarapela blanca. Demasiado poder concentrado es alarmante. —Tú eres buena alumna. —Pero ahora tú tienes el don de hechizar a los hombres —repuso Jean—.

valientes y libres! Este pequeño grupo podría influir en el éxito o fracaso del príncipe Carlos Eduardo. lástima que no eligieran una estación mejor para invadir Inglaterra —comentó. Os saludo. hermosa y conmovedoramente joven. Se bajó más el sombrero para protegerse la cara de la fría lluvia. Gwynne se las arregló mejor. —Y no tenemos que llamar la atención —gimió su amigo—. —Levantó la vista y la paseó por los hombres que estaban formados en filas algo desordenadas ante ella—. y liberar a Escocia de la tiranía inglesa. pero acogedora y limpia. —Si tenían que hacer una guerra. cubre la mayor parte del norte del Atlántico y del norte de Europa. ¿No puedes hacer algo respecto a esto? Duncan se sentía igualmente incómodo después de días de cabalgar por los fríos vientos y heladas lloviznas. ¡Somos escoceses. Ahora. la despedida de Jean era peor. Tú eres el mago meteórico. temía que su hechizo tuviera poco efecto. pero me consumirá muchísima energía y es posible que llame mucho la atención. pero se limitó a encogerse de hombros. Le alegró que alguien de ese variopinto grupo tuviera experiencia. sin contar con la aportación de otros custodios. Se veía magnífica: valiente. Si quieres. Ella y los miembros del personal que habían salido a despedir a los rebeldes se mantuvieron muy erguidos mientras éstos salían del patio marchando al ritmo de un tambor y el himno guerrero de un gaitero. Es pequeña. Gwynne tuvo que hacer ímprobos esfuerzos para no echarse a llorar. puedo parar la lluvia en la zona que nos rodea. Gwynne. Esa mañana había llorado después del ardiente beso entre ella y Duncan. Miró a Duncan—. tus hombres están listos para la marcha. Simon detuvo su caballo para mirar atentamente las borrosas colinas mojadas. —Hay una posada más o menos a una milla por este camino —dijo Duncan—. Duncan y Simon eran capaces de cuidar de sí mismos casi en cualquier circunstancia. En cierto modo. Aunque los rodeó de protección. Por las mejillas de Maggie Macrae corrían silenciosas lágrimas. no falta mucho para que llegue la hora de buscarnos una posada. llevaban varios percherones para cargar las provisiones. En la cima de la colina. Simon puso en marcha su caballo nuevamente.Mary Jo Putney El beso del destino donde me quiera llevar. ¡en marcha! El sargento la ayudó a montar su caballo. El hombre era mayor que la mayoría de los voluntarios. en saludo militar. Él se tocó la sien ante Jean. Ah. 155 . Igual podríamos detenernos ahí para pasar la noche. Podemos ganar esto. Radiante de juventud y confianza. Jean se giró a mirar al hombre que iba subiendo la escalinata hacia ella. en cambio Jean y sus hombres se veían vulnerables y tremendamente ingenuos. Ella hizo un majestuoso gesto de asentimiento. Sólo cuando se dejó de oír la música de la gaita. —Muy bien. entró en el castillo y se echó a llorar. y Gwynne recordó que había servido en el ejército. aunque consiguió contener las lágrimas hasta después de que se marcharon los dos hombres. Los voluntarios le hicieron el saludo como a la representante de Dunrath. —Que Dios os guarde —musitó. —Este sistema atmosférico es muy amplio. sargento Macrae. —Capitana Jeannie. bueno. Aunque sólo ella iría a caballo.

más arriesgaba el éxito del levantamiento. A Duncan lo alegró encontrarse en la soledad de su habitación para pensar en Gwynne. que dicen que debe invadir Inglaterra. Soltó una maldición en voz baja: —El general Wade. así que va de camino con buena parte de su ejército hacia un lugar llamado Brampton. Simon cerró la tapa de su reloj. Sus hombres estaban taciturnos agrupados alrededor de fogatas o en tiendas que no lograban mantener fuera toda la lluvia. pensó. Una batalla campal aquí y ahora ocasionará muchas bajas. Dios sabe que el país ha significado un enorme gasto a Inglaterra. Con los labios apretados. Condenado al fracaso tal vez. Duncan también masculló una maldición. en su mayoría sin entrenar. 156 . Les llevaría dos o tres días llegar a Brampton. Esa muchacha cabezota. Y continuaba con ellos también. Lo echaba de menos tanto como él la echaba de menos a ella. tu príncipe idiota quiere enfrentar a Wade en terreno montañoso. Él sonrió involuntariamente y liberó su imagen. donde esperaba el príncipe.Mary Jo Putney El beso del destino —Una lástima que el pretendiente no les hiciera caso a sus consejeros escoceses que le recomendaban continuar en Escocia. Ella levantó la vista. Pero no. Se veía cansada. ella estaba leyendo con Lionel echado en su falda. Había ido siguiendo a su hermana con su cristal. y pocos beneficios. Ojalá se hubiera quedado en Escocia a esperar los refuerzos franceses. Observar cómo le acariciaba la enorme cabeza al gato lo hizo desear ser él el que estuviera en su regazo. Antes de desvestirse sacó su cristal de videncia y buscó a Gwynne. supuso. El general Wade y su ejército habían montado el campamento para pasar la noche. admiraba su valor y deseaba retorcerle el cuello. si es que debemos hacer algo. Podría haber convertido Escocia en una fortaleza que no le habría valido al rey Jorge el esfuerzo de reconquistarla. todos bien entrenados y mejor equipados. en lugar de volverse a casa. Ya estaba casi oscuro cuando llegaron a la posada Border Lord. los viajeros prudentes evitaban los caminos de los ejércitos. el pretendiente tiene que hacer caso de sus consejeros francés e irlandés. Hasta yo acepto que hay razones para permitir que Escocia recupere su independencia bajo un rey Estuardo. —Yo me voy a la cama. y sin embargo una parte de Duncan admiraba el patente valor de la acción de Carlos: un príncipe solitario con un pequeño ejército habiéndoselas con el león inglés. Como ocurría la mayoría de las noches. y sabía que ella ya se había unido al ejército principal del príncipe. Los hannoverianos podrían reunir diez veces ese número de soldados. Cuanto más al sur avanzara el príncipe. El mal tiempo significaba que ni siquiera la gente de la localidad iría al bodegón a pasar la velada. que cuenta con una tropa que dobla en número de hombres a la del príncipe. Cada día de separación le aumentaba el dolor físico y emocional. —Hasta el momento no ha habido mucha lucha. —Puesto que el deseo personal del príncipe es invadir. lógicamente les hace caso a aquellos que lo alientan en eso —dijo Duncan—. Simon abrió su reloj para mirar el cristal de videncia. Entre ellas. Cuando terminaron la sencilla cena de jamón hervido con nabos. sin duda las de hombres del valle Rath. ha decidido dejar Newcastle para acudir a liberar Carlisle. Habiéndose dado el gusto de ver a Gwynne. Tal como le ocurría con el príncipe. La mañana llegará lo bastante pronto para decidir qué hacer. Los dos se retiraron a sus respectivas habitaciones. Era un idiota. pero magnífico. En lugar de quedarse quieto. casi como si pudiera verlo a través del cristal. Eran los únicos clientes. exploró otras cosas. Pero los jacobitas iban invadiendo Inglaterra con sólo cinco mil hombres.

Si lo conseguía. Escocia volvería a ser una nación libre. una intervención de poca monta empezó a parecerle razonable. No quería que la historia antigua le estropeara la concentración. Tenía los músculos rígidos de cansancio cuando terminó. Aunque durante siglos Escocia e Inglaterra habían sido malos vecinos. Duncan fue al bodegón a reunirse con Simon. Simon estaba ceñudo contemplando la nieve que seguía cayendo. ¿Había intervenido demasiado? Él no lo creía. Detener el avance de Wade ¿se consideraría una intromisión demasiado importante en los asuntos mundanos? ¿O una oportunidad de salvar muchas vidas? Frunció el ceño. Su trabajo por la sencillez no conseguía hacerlo parecer un hombre corriente. Para esa misión había dejado sus elegantes atuendos londinenses y llevaba un sencillo traje azul sin adornos. A la mañana siguiente. protegería vidas. Había descabezado una batalla. También se quitó el anillo encantado de Adam Macrae que creaba un vínculo con el trono británico. De la cocina llegaban ruidos que indicaban que el desayuno estaba en camino. menos por el trabajo con la atmósfera que por el esfuerzo de mantener ocultos de Simon todos los rastros de magia. poco a poco se fueron volviendo más pacíficos. Pero cuando se metió en su fría y solitaria cama se sentía aliviado. —Interesante coincidencia —comentó mirándolo— que el tiempo se haya vuelto 157 . recordando que incluso Simon pensaba que había buenas razones para la idea de los Estuardo de recuperar el trono de Escocia. y el pelo sin empolvar recogido en la nuca en una coleta. pero otros podrían no estar de acuerdo. Así formulada. No quería que ni una sola brizna de magia extraviada alertara a Simon de lo que iba a ocurrir.Mary Jo Putney El beso del destino A menos que… Abrió la ventana y contempló la fría y lluviosa noche pensando en la sangrienta batalla que tendría lugar si se encontraban los dos ejércitos. el norte de Inglaterra estaba blanquísimo bajo un manto de nieve. Si las dificultades climáticas animaban al príncipe a retirarse a Escocia. Un objetivo así podría conseguirse con relativamente poca sangre derramada. No sólo había salvado vidas sino que también podría haber alterado el curso del levantamiento de modo positivo. Parar totalmente la lluvia habría sido difícil. Gwynne despertó sofocada por nuevas pesadillas de muerte y destrucción y reconoció con negra angustia que su mundo iba cayendo hacia un mar de sangre. todos se beneficiarían. ¿Y si no se encontraban los ejércitos? En esa época del año sería fácil conjurar una nevada que bloquearía el avance de Wade. Los hombres y la artillería de Wade quedarían empantanados sin poder moverse. pero convertir la lluvia en nieve sobre la región montañosa del norte de Inglaterra era relativamente fácil en esa estación. Cuando el aire helado se encontrara con la lluvia en algún momento antes del alba. No había ninguna necesidad que ambas naciones tuvieran el mismo rey por gobernante. empezaría a nevar en la zona montañosa. También se podría considerar una ayuda partidista a la causa jacobita. lo que siempre era un objetivo custodio. De todos modos. levantó sus barreras protectoras antes de ponerse al trabajo. Sin permitirles soplar hacia Escandinavia. Cerró los ojos y encontró aire ártico al norte de las islas Británicas. le dio impulso a los vientos de modo que empujaran la masa helada hacia el sur.

—Que me cuelguen si lo sé. Si el mal tiempo persuade al ejército jacobita de retirarse. Decidí que valía la pena intervenir para salvar vidas. Simon haría lo mismo. Su mensaje tácito era: «No me obligues a luchar contigo». No era bueno para mentir. Simon lo miró con los ojos entornados. Duncan comprendió que su magia de esa noche no había pasado inadvertida. ni aún en el caso de que fuera posible mentirle a Simon. pero también has ayudado a la causa jacobita. el levantamiento podría acabar rápidamente con el restablecimiento de los Estuardo en el trono escocés y la disposición inglesa a aceptar la situación. lo cual era muy difícil. Tal vez la has ayudado demasiado. Por la frialdad de sus ojos.Mary Jo Putney El beso del destino tan inapropiado para las operaciones militares. y que Dios los librara de convertirse en enemigos. Es posible que veas la raya muy clara después de que la hayas cruzado. Pero debía seguir los dictados de su conciencia. 158 . Pero. Bueno. Duncan no podía estar más de acuerdo. —Tal vez —admitió Duncan—. Duncan… ten cuidado. —Probablemente has salvado muchas vidas. Los hombres heridos habrían muerto por exposición al frío antes de que se los pudiera tratar. en ningún momento había tenido él la intención de mentir acerca de sus actos. Los acontecimientos iban en dirección a una sangrienta batalla con miles de bajas. —No fue una coincidencia. pero ¿dónde se traza la raya? ¿En qué momento la legítima salvación de vidas se convierte en intervención inaceptable? ¿Cuándo la simpatía personal por una causa cae en partidismo prohibido? Simon suavizó la mirada. —No tomé la decisión a la ligera. —Ésa es una lectura muy optimista de las posibilidades.

Mary Jo Putney El beso del destino TERCERA PARTE El destino 159 .

Si veía soldados. de preferencia lady Bethany. Casi siempre encontraba lo que buscaba y normalmente entendía lo que significaban las imágenes. Afortunadamente. sus estudios prosperaban.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 27 Estando ausentes Duncan. pero no se sentía desagradablemente aislada. sólo tenía que preguntarse quiénes eran y cuál era su objetivo y se le formaban las respuestas en la mente. Combinando la práctica con el uso del disco de obsidiana de Isabel. agradecía la cálida presencia peluda de Lionel. para usar según cuánto deseara impresionar a las personas que la rodeaban. Seguirle la pista a Duncan y lord Falconer era más difícil debido al hechizo de protección de este último. Calculaba que él y Duncan eran iguales en poder. Debido a la confianza mutua existente entre las personas de ese remoto valle se podía contar con ellas. Ansiaba tener a su lado a otra persona custodio para poder comentar sus visiones de pesadilla. Gwynne actuaba como la señora del castillo y la jefa del clan. liberaba el poder suficiente para que él estuviera dispuesto a escucharla y considerar sus puntos de vista. lo que le resultaba raro. sus dotes tendían a ser tranquilas y femeninas. Si deseaba persuadir de algo a un hombre. aunque sus especialidades eran muy diferentes. pero tenía poco control en el proceso. 160 . Incluso entre los custodios la predicción era muy excepcional. o capacidad de ver lugares lejanos. por ser tan nueva en el valle. había afilado su habilidad de clarividencia. porque toda la gente del valle estaba esperando con ella. Le alegraba no tener grandes dotes en ese aspecto. Con la energía pura y salvaje de esas montañas escocesas su poder continuaba aumentando. Dunrath esperaba en un desasosegado limbo. como cuando percibió el perfil general de la vida de William Montague en las Indias Occidentales. su autoridad se aceptaba sin discusión. Dedicaba una parte de su tiempo a escribir cartas. Cuando despertaba aterrada. Al no tener distracciones. Jean y muchos de los jóvenes. De vez en cuando tenía relámpagos de conocimiento previo. No era para ella llamar a los vientos ni dar caza a villanos. pero no tamo que se convirtiera en una molestia. Aunque siempre supo que Simon era un mago poderoso. Predecir el futuro era una habilidad distinta a la televidencia. antes no tenía la capacidad para valorar su magia en toda su magnitud. pero no provocativa. y él solamente cuando pudieran actuar según ella. porque muchas veces el futuro se le antojaba poco agradable. En público revelaba una modesta cantidad de atractivo para que la encontraran agradable y digna de respeto. Pero ésa era una carga que debía llevar sola. a lady Bethany y a otras amistades inglesas. Y tenía bien controlado su atractivo hechicero. Menos agradables aún eran sus pesadillas con baños de sangre. y eso la hacía sentirse más en comunidad de lo que se sintiera nunca en Harlowe. No era de extrañar que todas las familias tuvieran casas en los perímetros celtas de Gran Bretaña. Dadas las distancias y los malos caminos. Como le dijera a Simon. Esperaba que Simon mantuviera controladas las inclinaciones jacobitas de Duncan. Había ideado varios grados de protección. las respuestas tardaban en llegar. pero ya no le parecía imposible que algún día pudiera formar parte del Consejo. en especial la televidencia. nadie fuera de Duncan la vería jamás. porque el futuro es un complejo tapiz de posibilidades siempre cambiantes. En cuanto al total de su magia hechicera.

Desapareció la imagen. Me imagino que estás «viendo» que estoy bien. También practicaba con los hechizos de protección o defensa personal. aquí quedo por ahora. Creo que siento cuando me ves. a no más de cien millas. pero sé que eso es lo que siente en el corazón. Tengo que darme prisa en terminar esta misiva porque el mensajero que lleva cartas al norte está nervioso por partir. Todos nos sentimos privilegiados por participar en esta grandiosa causa. y los hombres lo respetan. la moral entre los soldados está alta como el cielo. Gracias a la rapidez y facilidad de nuestro avance. trabajaba en dominar los hechizos generales que podía invocar cualquiera que tuviera algún poder. estoy bien y sana. 161 . mi queridísima hermana. Tardaría por lo menos una semana en llegar a Dunrath. que eran particularmente útiles para mujeres. ha habido pocas bajas en ambos lados. porque a los dieciséis años a uno no le gusta parecer niño. Se enorgullecía de modo especial de su hechizo para ocultar un caballo en el prado de modo que no lo viera el mozo del establo hasta que ella lo cancelaba. aun cuando es difícil viajar con un ejército con una (muy limitada) cantidad de ropa. Aunque sé que el príncipe está decepcionado porque no se nos han unido más jacobitas ingleses. De Jean Macrae Derby. y adquirió bastante pericia en ello. Aunque de ninguna manera quería aprender el hechizo que hacía estallar en llamas al atacante había otros menos drásticos que podría usar en caso de necesidad. más responsable. Robbie te envía sus recuerdos. Mi apariencia está bastante descuidada. de hecho podrías estar viéndome en este momento. Entre ocuparse de las labores de la casa. Por suerte el mozo no era un tipo curioso.Mary Jo Putney El beso del destino Además de cultivar sus talentos individuales. Ver formarse las palabras era una experiencia nueva. estudiar y comenzar borradores de tres ensayos distintos. Se ve mayor. Gwynne supuso que había doblado y sellado el papel para entregársela al correo. 4 de diciembre de 1745 Queridísima Gwynne: ¡Nuestro ejército ha entrado en la ciudad de Derby! Gracias a nuestro ingenio en alejar al enemigo con tretas. Movía silenciosamente la pluma. Es un buen oficial. se mantenía ocupada. por supuesto. Jean Macrae de Dunrath Gwynne retuvo el aliento cuando vio en su cristal de videncia la pequeña y fuerte mano de Jean escribiendo esas palabras en el papel. la mojaba en tinta y continuaba escribiendo. ¡y yo no tengo tu capacidad para persuadir a los hombres de hacer lo que sea que les pida! Adiós. Uno de ésos era el ensalmo «desvía la mirada» usado para mantener oculta la entrada a la biblioteca arcana. Dile a Maggie que Diarmid está bien y le envía su cariño. Por pura casualidad buscó a su cuñada en el cristal justo cuando estaba escribiéndole una carta a ella. aunque nunca tanto que le ocuparan las noches largas y solitarias esperando que Duncan volviera a casa. pero no te preocupes. Eso no lo dice con palabras. hemos eludido a dos ejércitos ingleses y está despejado el camino a Londres. Es interesante verlo lejos del valle.

lógicamente. ceñudo—. Quisiera Dios que no ocurriera eso. Pasados unos minutos. mo cridhe». En lugar de retroceder. pero sólo consiguió detectar una débil sensación de él. no era buena la situación de los jacobitas.Mary Jo Putney El beso del destino Después buscó a Duncan. tenderos. Pese a la euforia de Jean. Actos reales. Eso era tranquilizador. lo cual era mucho mejor que no saber nada. Pensando en la realeza. soltó un bufido de disgusto. Qué admirable. Afortunadamente no fueron atacados y ahora por fin iban a emprender la marcha de vuelta a casa. el ejército continuó hacia el sur. —El pretendiente quería marchar sobre Londres y fiarse de que lo apoyarían legiones de jacobitas. Eso al menos durante el día. sacó su cristal y buscó al rey Jorge. Con el entrecejo fruncido guardó el cristal. Había mejorado bastante en ocultar de la aguda percepción de Simon sus pensamientos y su magia. —Interesante —dijo Simon. Sabía que estaba con Simon cerca de Derby y los dos sanos. El ejército emprenderá una ordenada retirada mañana. De vez en cuando recibía cortos mensajes de él. Aunque tal vez no sería Dios quien haría relativamente no sangrienta esa sublevación. No tiene la experiencia necesaria para dirigir un ejército él solo. El pretendiente está furioso por la frustración. —Yo no contaría con que se retracte de palabras dichas en un momento de rabia —repuso Simon irónico—. Carlos vería la sabiduría de consolidar su fuerza en Escocia. Duncan levantó la vista de su plato de cordero hervido. todos los porteadores. Esa idea casi la reconciliaba con la ausencia de su marido. porque eran tormentas de truenos entre las nubes de los hombres normales. Otra historia muy distinta eran las noches. pero no satisfactorio. Si llegaban a Londres. Seguro que cuando llegara el tiempo para la campaña de primavera. Tu ejército jacobita se vuelve a Escocia. y jura que no volverá a convocar al consejo. El callado trabajo entre bastidores de los custodios podría alejar las posibilidades de un desastre sangriento. —Tu noble soberano ha embarcado en su barco real sus tesoros más preciados y está listo para huir si los rebeldes se acercan más a Londres. Las bajas en ambos lados serían enormes. La idea de una batalla campal en la ciudad la hacía temblar. —O sea. ocultando su satisfacción por la noticia. pero los mejores de los Estuardo también poseían visión. valor y la capacidad para cautivar los corazones de los hombres. Se había llevado una amarga decepción cuando la tormenta de nieve que él conjuró cerca de Carlisle no persuadió al príncipe de retirarse a Escocia. Duncan pasó por alto la pulla. que decían más o menos: «Todo bien. 162 . pero prácticamente ninguno de sus consejeros estuvo de acuerdo. pescaderos y deshollinadores de la ciudad se unirían al ejército del rey para defender sus hogares. Había cierta verdad en ella. cuando despertaba ardiendo de ansias y soledad. contemplando su cristal de videncia—. —Espero que no lo diga en serio —dijo Duncan. Carlos Eduardo salvaría a Escocia con esas cualidades una vez que abandonara el sueño loco de conquistar Inglaterra. ¿que han prevalecido las cabezas prudentes? Simon asintió. La tozudez letal es una de las características definitorias de la casa Estuardo. asuntos relacionados… No era difícil localizar la energía de un rey. te echo de menos.

163 . —¿Y este misterioso poder ayuda a los jacobitas o a los hannoverianos? — preguntó Duncan. disimulando su inquietud.Mary Jo Putney El beso del destino —Nunca he dicho que admire a los hannoverianos —dijo Simon muy tranquilo—. que vino a juntarse con la fuerte nostalgia de Gwynne—. Los hombres normales son aún menos capaces de gobernarse a sí mismos que los reyes. —Podríamos cubrir más terreno. Mirar por encima del hombro de Jean no era fácil. Eres un hombre afortunado. un custodio. sonriendo de mala gana. —Creo que es hora de que nos separemos. Yo me lo imagino como el Caos. Duncan. —Eres un gran cínico. pero lo sorprendió la sugerencia. Lo que fuera que percibía Simon. —Entonces se le ocurrió otra cosa. Simon —dijo Duncan. Necesito ir de caza. mirando su plato. Jean se sentía un tanto decepcionada del príncipe. —Apareció un destello peligroso en sus ojos grises—. Por lo visto. —Tal vez deberíamos probar con una república. —Tonterías. —Tus fuerzas van por otro lado —repuso Simon—. yo podría estar en casa para Navidad. y esperaba que le durara la suerte. entonces. —No sé si eso es necesario ahora. Pero rara vez me equivoco en esas percepciones. Si el príncipe marcha al norte. parece que le hace falta que la detengan. puesto que la rebelión se está debilitando. pero le permitía saber cómo se sentía la joven respecto a los acontecimientos. Él lo sabía. Duncan observó que Simon cortaba distraídamente su trozo de cordero en rebanadas diminutas. —Yo no he sentido nada de eso —dijo Duncan. pensó Duncan. que tú sigas vigilando al ejército jacobita. aunque condenado al fracaso. —Buena cacería. Es imposible ser cínico respecto a las casas reales. como bien podía. Había ideado un hechizo que le avisara cuando Jean estuviera escribiendo a casa para enterarse de lo que estaba ocurriendo sin tener que esperar a que llegara la carta. — Titubeó un momento—. Mi impresión es que sencillamente desea causar problemas. seguro. —Muy probable —dijo Simon. con una sonrisa melancólica—. Cayendo en la cuenta de que pasaba algo raro. —Sería un experimento divertido. como los antiguos atenienses. le preguntó: —¿Qué te pasa? Simon frunció el ceño. Gwynne volvió a reclinarse en los almohadones de su cama y se frotó la frente dolorida. pero pensé que la finalidad del Consejo era que nos equilibráramos mutuamente. La separación le simplificaría su situación. no eran sus moderadas intervenciones a favor de la causa jacobita. y que yo les siga la pista a los ejércitos ingleses. que por lo menos fueron educados para el oficio. sorprendido. —Creo que a ninguno de los dos. Duncan se relajó. Los comentarios más indigestos se califican de sencillas verdades. A no ser que me lo esté imaginando. Quien sea la persona que percibo tiene un inmenso poder para ocultarse bien. Presiento que alguien. Cuando desapareció del cristal la imagen de la última carta de Jean. Quien sea esa persona. las energías que detecto son tan sutiles que a veces dudo de que sean reales. está trabajando calladamente entre bastidores para crear un problema mayor. Simplemente se trata de que encuentro más tolerables sus defectos que las flaquezas de los Estuardo.

con expresiones tristes. Cuando por encima de él apareció el oscuro túnel de un tornado. Tenía un don infalible para aparecer en el momento justo para calmarla y hacerla dormir con su ronroneo. y cuando ella quiso acercársele. salió Lionel de su escondite y se metió en la cama a su lado bajo las mantas.Mary Jo Putney El beso del destino Por sus visiones por el cristal. Ya era tarde y el castillo estaba silencioso. ¿qué has hecho?» 164 . Tal como sospechara ella esa noche en que lo conoció. cayó un rayo del cielo que formó una ardiente barrera entre ellos. Estaba solo de pie en una árida montaña. Duncan. con la cara angustiada. pero no le salió ningún sonido de la garganta. mientras él les impedía acercarse más con rayos. al príncipe le faltaba la constancia y la firmeza que necesita un líder en tiempos de adversidad. Bruscamente se despertó del todo. Vagamente advirtió que los miembros del Consejo estaban situados en círculo alrededor de su marido. Duncan se alejó. porque en ese estado intermedio casi lo sentía ahí en su cama con ella. el mundo estalló en tormenta y sangre. Cuando apagó la vela. Casi sentía sus manos en sus pechos y el sabor de su piel. de modo que dejó a un lado su cristal y terminó de beberse su infusión de hierbas que se estaba enfriando. encendiéndole la sangre con sus besos. le abrió los brazos… En el sueño. Trató de decir su nombre. Con el cuerpo vibrante. Gwynne sabía que todas las noches Carlos bebía muchísimo y al día siguiente se levantaba malhumorado y hosco cuando su ejército ya iba avanzando. Cerca del amanecer se le aligeró el sueño y en el adormilado estado entre el sueño y la vigilia vio a Duncan en su mente. con el corazón retumbante y la cara mojada de sudor. «Dios santo. Sonrió y se acarició el cuerpo. Él se giró y levantó los brazos.

pensaba que una fiesta también les levantaría el ánimo a todos. Al menos. Gwynne había sugerido ofrecer una celebración de la Nochebuena a los residentes del valle. además. La miró con la cabeza ladeada—. Como ahora. Antes de que pudiera decir algo más. un vacío que ninguna otra persona podía llenar. jamás había trabajado en la cocina. Gwynne supuso que no pasaba nada si hablaba como si tuviera la «visión». vale decir tontos que prefieren la guerra a la casa y el hogar —dijo Maggie. 165 . Aunque en Escocia era más importante la celebración del Año Nuevo. La deseaba. Maggie se alejó y Gwynne reanudó la tarea de decorar la tarta.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 28 Era la primera hora de la tarde de la víspera de Navidad. En el castillo. por ser inglesa y. Sorprendida por esa despreocupada mención de la capacidad de ver el futuro. mordaz. ¿sabe? —le dijo Maggie Macrae desde el otro lado de la bien fregada mesa de pino. como hacían los que la rodeaban. Mantenerse ocupada le permitía no pensar en Duncan más de doce veces por hora. Usted tiene el don de la visión. —Anoche lo vi un momento en sueños. miró por la ventana. pero disfrutaba de esa actividad femenina y de la camaradería de participar en el trabajo para una fiesta. Allá. aun cuando no es highlandesa. Pero sería maravilloso tener a Duncan. Se veía más delgado y cansado. —Todos están bien. Cuanto más tiempo se quedaba en Escocia más tendía a decir los sonoros nombres completos. Gwynne tartamudeó: —Eh… un poquitín tal vez. Dejando quietas las manos encima de la sabrosa tarta de frutas que estaba decorando con mazapán. lo cual era mucho más de lo que sabían las demás mujeres que esperaban. podía mantenerse apartada si quería. —¿Quiere decir que ha tenido una visión de Diarmid? Aunque estaba prohibido hablar del poder custodio. que había ido al castillo a ayudar en los preparativos. Su ausencia era como un dolor de muelas. los copos de nieve caían en etéreo silencio. que estoy segura de que Duncan y Diarmid están bien. Pero por lo menos sabía que él estaba bien y a salvo. El alegre trato de igualdad que permitía ese trabajo era otro fuerte contraste con Harlowe. Gwynne le sonrió. ¿verdad?. pues estaban todas las mujeres del personal de la casa y otras del valle preparando la comida. Sacada así de sus pensamientos. pero se encontraba bien. Ya llevaban casi tanto tiempo separados como el que habían estado juntos desde la boda. y estaba ayudando a otro rebelde que necesitaba auxilio. hecha con una receta inglesa que había traído consigo. Maggie Macrae. a veces me siento muy segura de determinadas cosas. Volverá a ti hecho un hombre. —Lo sé. incluso cuando era simplemente la hija del bibliotecario. a Diarmid y a los demás hombres del valle aquí esta noche. —Esa mañana había visto a Diarmid en su cristal. A Maggie se le relajó la cara. su atención fue reclamada por su hija. llamado Hogmanay. estando tantos hombres ausentes. La cocina era un bullicioso contraste con el silencio de fuera. Sonrió para sus adentros. ya no un niño. —Los hombres son hombres.

Aunque. —Ay. ella irrumpió veloz por la cortina de nieve cuando él y Zeus llegaron a la parte más ancha del camino. parecía un ángel de las tormentas de llameante pelo. —Por supuesto. y se abrazaron fuertemente. Duncan». Sonriendo distraídamente. montó. —¡Duncan! Tan temeraria como él. Hogar. la cocinera jefa: —¿Puedes supervisar el resto de los preparativos? Debo ir a hacer algo. Se abalanzaron a encontrarse. Estabas ocupado protegiendo la paz y seguro que no pensabas en mí más de una vez cada una o dos horas. Gwynne. para no perder el tiempo que tardaría en buscar a alguno. Ninguno de los mozos estaba a la vista. se adentró en la nieve. instó temerariamente a Zeus a avanzar más rápido. Con las conocidas montañas todas blancas. porque de pronto levantó la cabeza y relinchó. encendida de dicha. eso significa probar los ingredientes. Seguro que no eran imaginaciones suyas. Sheba estaba encantada de estirar las piernas. por lo que ella misma ensilló a Sheba. En el vestíbulo de atrás se puso la capa y los guantes. he pensado en ti en todo momento de cada día. Pero no estaba ahí. Gwynne dejó que Sheba impusiera su propio paso. Tenía las mejillas sonrosadas por el frío. Una figura oscura empezó a cobrar forma abajo en el camino. él bajó de un salto de la silla y levantó los brazos para bajarla. Duncan. Con la capucha echada atrás y cubierta por cristales de hielo. señora. Gwynne. Radiante. —Marie pellizcó un trozo del blando mazapán y se lo echó a la boca—. y pasó toda su atención a ella. medio esperando ver entrar a su marido en la cocina con copos de nieve cayéndole de la capa. Incluso Zeus pareció saber que estaban cerca de casa. Dios. sacó a la yegua a la nieve y la puso al trote.Mary Jo Putney El beso del destino Estaba poniendo la última estrellita de mazapán en la tarta cuando la golpeó una fuerte intuición. ¿Duncan? Levantó la cabeza y miró alrededor. Esa tormenta habría sido mucho peor si él no la hubiera suavizado para facilitarse la cabalgada. Agotado. No iría nada bien si las dos se caían y se rompían el cuello. claro. Extrañado de que alguien fuera viajando con ese tiempo en vísperas de Navidad. Aprovechó la pizca de sentido común que le quedaba para hacer el hechizo de mantener quietos a los caballos. La nieve ya tenía un grosor de cuatro o cinco dedos y no daba señales de parar. tratando de fundirse 166 . Quitándose el delantal. Impaciente con esa certeza. Cuando detuvieron los caballos y los pusieron uno al lado del otro. sintiendo en el golpeteo de los cascos de Sheba las palabras: «Duncan. —Mentiroso —rió ella. Gwynne salió de la cocina con la mayor prisa posible. se envolvió los hombros con una gruesa manta de lana y salió en dirección al establo. entrecerró los ojos y escudriñó el aire blanco. y el avasallador poder de su atractivo hechicero hizo desaparecer el resto del mundo—. La suave nevada había convertido el mundo en silenciosa pureza blanca. Bullente de expectación. Pero estaba… cerca. Duncan llegó a la cima del cerro y detuvo su montura para contemplar el valle un momento. Pero su relincho no fue el habitual de un caballo sino el que hacía cuando percibía la presencia de otro caballo. le dijo a Marie. Él la interrumpió con sus labios. pero ya había echado fuera el exceso de energía cuando tuvieron que aminorar la marcha para subir por la abrupta pendiente del camino que era la única salida del valle hacia el sur. Dominando su impaciencia. el valle parecía el país de las hadas.

Ése era el principal motivo de que no deseara tener nada que ver contigo. Levantó las rodillas y se arrebujó la capa. —Cuánto lo siento. su blandura y dulzura una invitación al pecado. Conmocionado y avergonzado. —Lo que importa ahora es que ya estás aquí. —Hizo una respiración temblorosa—. Él se sintió desnudo. Después se desabotonó la bragueta. —Es una justificación inteligente. completo por primera vez desde que se separaron. Pero como te he echado tanto de menos.Mary Jo Putney El beso del destino en uno. mo càran. Sus ávidos labios y manos lo enloquecieron. tan violentos e impresionantes como la pasión que estaban compartiendo. Te vi usando tu poder para proteger a los rebeldes. Ella abrió los ojos. —¿Qué quieres decir? —preguntó él. Cuando ella se meció contra él. ¿Te he hecho daño? Ha sido abominable haberte montado como una bestia enloquecida. unas lágrimas calientes le corrían por las mejillas enrojecidas por el frío. —No sabía cuánto te necesitaba. No hay nada malo en eso. ¿cómo has podido hacer eso? Él se quedó muy quieto. y estaba tan absolutamente deseable que él deseó arrodillarse sobre la manta y suplicarle que le perdonara todo lo malo que hubiera 167 . más necesitado de la unión que del aire que respiraba. hoy mis barreras estaban débiles. y los copos pegados a sus pestañas relampaguearon como estrellas. Tratando de dominar sus emociones. Él hizo una inspiración entrecortada para recuperar el aliento y sintió la punzada del aire frío en los pulmones. pensando si sería cierto que ella sabía lo que había logrado ocultar incluso a Simon. Duncan Macrae. Cuando ella gritó. extrajo los extremos de la manta de ella y los arregló para que los cubriera a los dos. No estaba velando su poder hechicero. tan excitado que el gélido aire no tuvo ningún efecto en su dureza. Cuando estás dentro de mí no puedes ocultarme lo que has hecho. bajando sobre ella para calentarla con su cuerpo. La paz se hizo trizas cuando vio que ella estaba llorando. tiró su manta sobre un montón de nieve y la tumbó ahí. Pero se sentía profundamente en paz. —Tu contacto me ha hecho ver visiones desde nuestro primer beso. Maldición. retumbaron truenos a través de la nieve. dijo entre dientes: —He usado mi poder para reducir las bajas en ambos lados. Sus generosas curvas lo acogieron. sobre todo imágenes de sangre. La penetró. Sin pensarlo. pero has intervenido de maneras que precipitarán el desastre. en los que no había dolor sino furia. —Has estado ayudando a la causa jacobita. receloso. Le levantó las faldas y la encontró caliente y lista. —¿De qué hablas? Ella rodó alejándose de él hasta quedar sentada en el extremo de la manta. —Le besó la frente y rodó hacia un lado para quitarle su peso de encima—. Sólo les llevó unos momentos estallar en un estremecedor éxtasis. Si me hubiera permitido echarte tanto de menos no me habría marchado jamás. Duncan. Ella cerró los ojos. Furioso. En nuestra noche de bodas yo ya había aprendido a protegerme de las imágenes incluso en lo más ardiente de la pasión. mo cridhe —resolló él—. Ella gimió de placer con el íntimo contacto. caos y muerte. y las imágenes fueron más nítidas que nunca. —No intentes fingir que no has hecho nada malo.

no fueran a morir congelados ahí los dos. Digas lo que digas o justifiques como justifiques tus actos. su abatimiento estaba haciendo bajar la temperatura. te casaste conmigo a pesar de lo que te producía mi contacto. no tu enemiga. Su mujer le había mentido acerca de su matrimonio. —Soy tu esposa. Ella expresaba en voz alta su miedo secreto: que la ambición del príncipe obstaculizara un objetivo que era mejor y factible al mismo tiempo. —La intención importa. Tal vez eso se podría justificar como legítimo. Él entrecerró los ojos. Escocia e Inglaterra pueden ser una vez más vecinos e iguales. Qué extraño. Esas palabras se clavaron como una daga en su corazón. Aunque aseguras que has actuado por el bien de todos. Yo no la comencé. Lo que es innegable es que mis actos han reducido la cantidad de sangre derramada hasta ahora. pero puesto que está aquí hago todo lo que puedo para controlar el daño. lo habían creído un peligro para el mundo. pero no se hará realidad. Me gustaría saber por qué.Mary Jo Putney El beso del destino hecho. —El Consejo me pidió que me convirtiera en tu pareja equilibradora. —Sin embargo. A él le salió el genio. y él es un sassenach tan leal como tú. desafiante. Condenación. sacudió de nieve la manta y se envolvió con ella los temblorosos hombros. hombres y mujeres a los que conocía y respetaba. y el deseo del Consejo me hizo posible hacer lo que realmente deseaba mi corazón. Duncan. Esperaban que yo pudiera impedirte desencadenar una catástrofe. sino por orden directa del Consejo. pero lo que me perforó la mente fueron tu sentimiento de culpa y tus dudas. Una vez que haga eso. Jamás se conformará con Escocia sola. Tus dudas te traicionan. Duncan recogió su manta de la nieve aplastada para protegerse del crudo frío. Obligó a su mente a disciplinarse lo necesario para estabilizar las condiciones climáticas. y los mayores de las familias. Gwyneth Owens. La petición del Consejo sólo fue un eslabón. Pero se resistió a 168 . Estamos atados por la cadena del destino. Tuvo que hacer un enorme esfuerzo de voluntad para resistirse a su avasallador atractivo. —Es un sueño bonito. Y lo que tomé fue a una espía mártir que se sacrifica en mi cama. pero sólo un tonto se toma estas cosas a la ligera. Ella abrió los ojos. podrá recuperar el trono que pertenece a los Estuardo por derecho de sangre. —Así que te casaste conmigo no porque lady Beth lo consideraba conveniente para ti. —Tus preciosos libros y principios están muy bien en la biblioteca. Ella le sostuvo la mirada sin arredrarse. Simon y yo trabajamos juntos para impedir que los ejércitos se enfrentaran en una batalla campal. Te encontraba aterrador y fascinante a la vez. su mirada seria. También ella se puso de pie. Todos mis actos han tenido por objetivo persuadir al príncipe de retirarse de Inglaterra. he tenido dudas respecto a si he tomado las decisiones correctas. Creí que había tomado una esposa. —Sí. —¿De qué actos terribles se me acusa? —Has usado tu magia meteórica para mantener separados a los ejércitos y despejar el camino para la marcha de los jacobitas hacia el sur —contestó ella cansinamente—. El príncipe desea gobernar a toda Gran Bretaña. ¡Yo debo trabajar en el mundo tal como es! Hay una guerra civil. has desafiado los principios de los custodios para favorecer tus propios deseos. —Aturdido se puso de pie—. en tu corazón sabes que estás tratando de cambiar el resultado de la rebelión.

También esperaba que nuestros desacuerdos no afectaran a nuestro matrimonio.Mary Jo Putney El beso del destino reconocerlo. para protegerse del gélido viento. —No te voy a dejar todavía. me he fallado a mí misma. — Curvó los labios—. El alivio que simio el fue tan intenso que lo debilitó. él montó en Zeus y la siguió por el camino al valle cubierto de nieve. Volveré a Dunrath y rogaré que recuperes el juicio antes de que sea demasiado tarde. Te he fallado a ti. pero he fallado. frustrada. —¿Qué te da tanta seguridad? —gruñó—. —¿Qué forma tomará este desastre? Yo pienso que una victoria jacobita en Escocia nos devolverá la libertad a un precio relativamente bajo en cuanto a sufrimiento humano. Sólo espero que tuviera razón. Pensé que diciéndote lo de mis visiones te persuadiría de reconsiderar el camino que has tomado. esta sensación es excepcional. nariz con cola. ¿Cómo habían pasado tan rápido de una pasión abrasadora a ese distanciamiento? —¿Es que… te marcharás y le dirás al Consejo que me censure? Le tendió la mano. La sensualidad hechicera de su mujer funcionaba en los dos sentidos: tal como él la necesitaba a ella. ¿Cómo puede estar mal eso? Ella negó con la cabeza. Aunque él no estaba de acuerdo en eso. Lo que necesitas es claridad para ver más allá de tus deseos personales para Escocia. —Ojalá pudiera decir por qué. Diciéndose que ella se ablandaría. y eso es la esencia de ser un custodio. Ella subió a la silla sin su ayuda. Lady Bethany me dijo que yo sabría qué hacer. Los caballos estaban acurrucados muy juntos. la certeza de ella era muy inquietante. ella lo necesitaba a él. se arrebujó más en la manta—. —¡No! Gwynne se alejó de él retrocediendo hasta tocar con la espalda a Sheba. Él creyó que se le paraba el corazón. 169 . —El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones. Como he dicho. Gwynne. Él curvó la boca en un rictus de amargura. —Mucho antes de que nos conociéramos. ¿Lo has visto en el cristal de Isabel? Ella guardó silencio un momento. y eso deforma todas las opiniones que tienes sobre el tema. pero tengo el conocimiento sin las razones. — Temblando. Duncan. como pensando de qué manera explicar lo inexplicable. Explora mi corazón. Te has pasado la vida rodeada de miembros ingleses del Consejo que no soportan a los jacobitas. pero también he fracasado en eso. En ocasiones muy excepcionales he tenido la sensación absoluta de que algo es cierto. —No me limito a repetir dócilmente las opiniones del Consejo. —Tendrás que buscar argumentos más persuasivos que ése. Sabes que deseo sinceramente salvar a todas las personas posibles. deseando abrazarla. En mis huesos y en mi alma sé que una victoria Estuardo sería un desastre para toda Gran Bretaña y que tu príncipe destruirá Escocia tal como la conoces. yo tenía un solo talento mágico. Gwyneth Owens. No se atrevía a pensar otra cosa. y le he fallado a nuestro matrimonio. suplicante. —Quizás eres tú la que debes recuperar el juicio. Unos pocos días de pasión debilitarían su negativa sassenach a entender. pero hasta ahora nunca ha estado equivocada. Duncan Macrae.

Aunque jamás le había mentido a Duncan. y una vez que disminuyera su pasión se sentiría justamente furioso con ella por haberlo 170 . encendió el fuego del hogar mientras un viento helado azotaba las ventanas. y su dolor se hacía eco en ella. Bien podría haberse ahorrado esa saliva. Si el castillo hubiera estado como antaño. pero ella estaba tan segura de su verdad como de cualquier otra cosa en la realidad de su vida. Una vez a solas en su habitación. Aunque todavía no lograba ver qué forma tomaría su traición. Las justificaciones de Duncan lo habían acercado peligrosamente al punto en que sería declarado un renegado si el Consejo se enteraba de su partidismo. A Duncan le gustó lo de la celebración de la Nochebuena. con su habitual tino para presentarse en el momento oportuno. —¿Qué puedo hacer para impedir que Duncan sea el desencadenante de un inmenso desastre? —musitó. Pese a su convicción de que él estaba cometiendo un error terrible. y el libre correr de la bebida.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 29 Gwynne sentía una extraña calma ahora que había llegado la crisis con su marido. tal vez pensando que la alegría de la fiesta. entraron en el patio juntos. Apareció Lionel. —Nos esperan tiempos difíciles —susurró con la boca apoyada en su suave pelaje atigrado. ablandaría la actitud de ella. A los custodios se los educaba para ser protectores. agradecida. con la esperanza de persuadirlo de abandonar el camino en que estaba. Pero Escocia no surgiría como una nación libre e independiente bajo la dinastía Estuardo restaurada. Las noches como ésa le hacían agradecer especialmente las obras de modernización realizadas en las habitaciones en que transcurrían sus vidas. el efecto sería como mucho temporal. estaría congelada hasta la médula de los huesos. pensando tristemente en las leyendas artúricas acerca de hechiceras que sabían mantener a un hombre hechizado todo el tiempo que quisieran. Aunque hicieron en silencio el trayecto al castillo.» La respuesta fue tan escalofriante como el viento invernal. hablándole a Lionel. sí. Gwynne casi deseaba que ocurriera eso. Dejó en el suelo a Lionel y se quitó el vestido. Lo único que consiguió fue herirlo y distanciarlo. a posta había elegido un corsé con los lazos por delante y ropa que no le hiciera necesaria la ayuda de la doncella. Se puso el camisón más grueso. Se retiró temprano de la celebración. Un observador poco perspicaz habría pensado que había armonía entre ellos. No era extraño que deseara que el príncipe Carlos Eduardo demostrara ser un beneficio para Escocia. eso se lo decía su voz interior con absoluta seguridad. pero no podía liberarse de su angustiosa desesperación. Esa noche necesitaba estar sola. y a Duncan las necesidades de su patria y paisanos le inspiraban una fiera lealtad. ya no le era posible creer que podría evitarla. «Traiciónalo. Ese día le pareció oportuno decírselo todo. Lo cogió en los brazos. Pero ésas eran leyendas. Si ella intentaba usar la magia para persuadir a su marido de abandonar la causa jacobita. ya incapaz de mantener la fachada de alegría. comprendía su posición. ¿Podría estar equivocada su voz interior? En teoría. sí le había ocultado detalles de la verdad.

pero ahora deseaba hacerle el amor lentamente. Sabía que un solo beso comenzaría a debilitarle la tozuda resistencia. acercando más a Lionel. Cuando Duncan se retirara de la celebración. Duncan Macrae. Se metió bajo las mantas y se acurrucó. pasó por la sala de estar que compartían y probó con esa puerta. La relación sexual de esa tarde había sido tremendamente satisfactoria. pero la puerta no se abrió. Ella lo deseaba tanto como él la deseaba a ella. caminó hasta la cama y se inclinó a cogerla en sus brazos. y la pasión como medio persuasor. ¿sería capaz de resistirse? ¿O se arrojaría en sus brazos con locas ansias como hiciera esa tarde? Temerosa de descubrirlo. Furioso abrió la puerta e irrumpió como una tromba en el dormitorio. El mecanismo se rompió y cedió la cerradura. Gwynne llevaba un sencillo camisón diseñado para abrigar. y lo movió y agitó. no para seducir. —El whisky te da un acento más escocés —dijo ella. Sin poder creerlo. Con llave. Señor. La puerta estaba cerrada con llave. Ella era ciegamente fiel al Consejo conservador. un preludio tranquilo a la más alborotada celebración de Hogmanay. Con suerte. El agrado de la celebración de la Nochebuena era un enorme contraste con las semanas de frío y soledad pasadas vigilando al ejército jacobita. pero en Escocia marido y mujer arreglan sus desacuerdos en la cama. Horrorizado. ella aceptaría su punto de vista. de debajo de las mantas 171 . —¿Cómo te atreves a cerrarle con llave la puerta a tu marido? La luz de la vela en la mesilla le permitió ver a Gwynne incorporarse de un salto en la cama. incrédulo. Cuando iba por su cuarto vaso de buen whisky escocés. —No sé cómo se llevan estas cosas en Inglaterra. Cuando ella ahogó una exclamación y se echó hacia atrás. sólo después del éxtasis percibió el comportamiento traidor de Duncan y decidió que había llegado el momento de decir toda la verdad. Aunque Duncan entendería el mensaje de las puertas cerradas. miró el elegante pomo de porcelana importado de Francia. poniendo embelesada atención a cada pulgada de su exquisito cuerpo. y sin embargo estaba tan deseable que le dolía mirarla. y en la fusión de sus cuerpos podrían salvar el abismo que se estaba formando entre ellos. no le gustaría. Ignorando todos sus principios de moderación. Era el momento de ir a ver a su mujer para reparar el daño hecho por la riña de esa tarde. golpeó el pomo con energía de trueno. y quisiera reunirse con ella. Él la miró fijamente. era posible que ella llegara incluso a compartir sus puntos de vista una vez que hubiera dejado de lado sus prejuicios. Aceleró el paso mientras iba subiendo la escalera. Duncan decidió que esa fiesta sería una tradición en Dunrath. con la voz no del todo firme —. Alargó la mano y cogió el pomo. Una vez que le explicara su posición con calma y con más detalles. pero también era inteligente y adaptable. Antes no sabía lo avasallador que podía ser el deseo. y no puedo ser tu esposa mientras eso sea así. cuánto la había echado de menos. No tuvimos una simple discusión. Has torcido tu juramento de guardián hasta el punto de la ruptura. Desgarrado entre la rabia y la desesperación. La trenza de brillante pelo que le caía sobre el hombro hacía un vivo contraste con su cara pálida y su expresión tensa. Pasión… El sensual recuerdo de su increíble unión con él en el cerro esa tarde la recorrió toda entera con ardiente potencia. desencadenando relámpagos que se cruzaron brillantes por el cielo. Lo recorrió una intensa furia.Mary Jo Putney El beso del destino manipulado. cerró con llave las dos puertas de su habitación.

La bestia se le aferró al brazo izquierdo con las crueles uñas y le enterró al mismo tiempo los colmillos en la chaqueta hasta hacerle sangre. —Su mirada fue a posarse en su mano izquierda —. pero se olvidó cuando se encontró con ella en el camino de la montaña. Los problemas son muy grandes y amenazan a muchas. se lo puso en el dedo. —Los custodios no tenemos mascota. se evaporaba su autodominio. El gato dejó de luchar y el pelaje comenzó a aplanársele. —Si lo mato no será por error. —Si el Consejo esperaba que me volvieras loco. no se equivocaban. Ese animal es realmente tu mascota. deseando haber bebido menos whisky—. y ese cruce de gato montés agazapado ahí parecía dispuesto a desgarrarle el cuello. —No podemos continuar los dos en Dunrath bajo el mismo techo —musitó ella 172 . No llevas el anillo de Adam Macrae. —No te preocupes. A él se le desvaneció todo asomo de deseo que le hubiera quedado. —Al ver su expresión. Los gatos monteses eran los predadores más feroces de Gran Bretaña. cariño —lo arrulló ella—. Gwynne se agachó a cogerlo con una toalla y le envolvió rápidamente las garras para protegerse ella de sus arañazos. lo que significaba que ella estaba aplicándole un hechizo calmante al gato además de hablarle y acariciarlo. Duncan. Aturdido él pensó si habría tomado a su mujer por la fuerza. Trastabillando. retrocedió y se cogió del respaldo de una silla para no caerse. Con expresión implacable. —Jamás te haría daño. Sin embargo. Maldiciendo en silencio al whisky por causarle pensamientos supersticiosos. Mientras él trataba de sacudirse los efectos del hechizo de defensa de ella. casi irreconocible. — Levantó la cabeza y lo miró a él—. cuando la tocaba. Sobresaltado. —No pasa nada. pero muy lentamente —. ella acunó al gato junto a sus seductores pechos. Lionel —le dijo en tono tranquilizador. Un gato leal que pensó que yo podría estar en peligro. Duncan sintió un hormigueo de magia. su atacante estaba agazapado. pero temí que pudieras matar a Lionel por error. se quitó al animal del brazo e instintivamente se desquitó. —La relación sexual no es la solución esta vez. Miró fijamente el brillante zafiro pensando si el espíritu de Adam lo estaría castigando. No le tocaré un pelo de la cabeza a ese fiero minino. ¿Te lo quitaste para poder negar la conexión de tu clan con el trono inglés? Él había tenido la intención de ponérselo antes de entrar en Dunrath.Mary Jo Putney El beso del destino saltó una furia chillona y lo atacó. mo càran. sosteniendo al gato como un escudo. Hizo una inspiración temblorosa. Sacó el anillo del bolsillo. en contra de su voluntad. tan débil que se le iba la mayor parte de su fuerza sólo en respirar. Ciertamente no. Antes de que el gato pudiera atacar otra vez. Ella se sentó en el borde de la cama. «¡No!» Gwynne contrarrestó su poder con un golpe de energía que lo empujó hacia atrás y neutralizó su ataque energético. puesto que necesitan protección más que la mayoría. porque su pelaje erizado lo hacía parecer el doble de su tamaño normal. Tendría que haber recordado que las hechiceras tienen un talento especial para los hechizos de defensa. se quitó el anillo y volvió a metérselo en el bolsillo. Le estaba volviendo la fuerza. Debo agradecerte que no aplicaras un hechizo de fuego. listo para saltarle encima. Era el maldito gato de Gwynne. pero no niegues lo que hay entre nosotros. Es simplemente un gato. —Se sentó en la silla donde se había afirmado. muchas personas. mi marido no me violará. —Se friccionó la dolorida sien. añadió—: Es broma. y recibió un desagradable pinchazo de energía. —Perdona si te he hecho daño. Yo no se lo permitiré. La pasión es un don maravilloso y mediante ella podemos encontrar terreno común.

—Cuídate. los rebeldes estaban a punto de emprender la retirada al norte a esperar la primavera para lanzar su nueva ofensiva. Y mucho menos en Navidad. Ella exhaló un suspiro pero no discutió. el día de los aguinaldos. así que en lugar de eso. seré yo. Y si cambias de idea acerca de esta rebelión. Sólo pensaba quedarme hasta Hogmanay. Duncan. por los ventosos y fríos caminos de Glasgow a Dunrath. —Me marcharé por la mañana antes de que despiertes. vuelve a casa! —Aprendí los principios custodios de niño. los soldados jacobitas trataban honorablemente a los civiles. mo càran. —Ésta es tu casa también. todavía sentía el efecto del increíble golpe de energía que le asestara Gwynne. estaba infinitamente deseable. Se puso de pie con las piernas temblorosas. Me marcharé pasado mañana. pero en cuerpo y alma soy escocés — dijo él con amargo humor—. volveré y podremos… hacer las paces. A pesar de todos sus esfuerzos por leer todas las cartas de Jean cuando las estaba escribiendo. A partir de 173 . pero sólo Dios sabía lo que podrían hacer los hannoverianos. Él pensó qué horrores vería ella en sus visiones. ¿Cuándo acabaría todo? Gwynne no se molestó en mirar su cristal de videncia. Por lo general. Aun cuando tenía velado su atractivo. Cuando haya acabado el levantamiento. y que la crisis llegaría en la primavera. — Pensó en la triste campaña de invierno que aguardaba a los ejércitos—. Ella dejó el gato a un lado y se levantó como para acercársele. No abandonaré a mi país ni a mi príncipe. pero decidió que prefería no saberlo. su último mensaje había llegado de la manera normal. ¡por el amor de Dios. nos volveremos locos mutuamente si estamos bajo el mismo techo sin vivir como pareja. se notaba su agotamiento nervioso por la campaña. Según ella. y en ausencia de Jean y de mí. Adiós. Duncan. Pensó en Jean. Cuando por fin se acalló su alborotada mente. Si alguien se marcha. —¡No! —exclamó él. —Quédate por lo menos para el servicio en la iglesia. Acto seguido giró sobre sus talones y salió de la habitación. Él curvó los labios en un rictus. me iré mañana. aterrado por la sensación de que si ella se marchaba del valle no volvería nunca—. temblorosa. Por lo menos con su creciente poder ella podría proteger el valle y a su gente si la guerra se acercaba demasiado. y rogó que estuviera practicando sus hechizos de defensa. en todos los sentidos. como comprendiendo que tocarse sería una locura.Mary Jo Putney El beso del destino —. Se fue a sentar en su sillón favorito en la biblioteca y cerró los ojos. —No puedo echarte de tu casa. Aunque Jean trataba de darle un tono animado a la carta. Nos volveremos mutuamente locos. tal vez en abril. —Como has dicho. percibió que era inminente una batalla no decisiva. y luego fuera magnánimo con sus enemigos derrotados. para ver si la meditación le permitía ver el cuadro más amplio de los acontecimientos. pero al instante se detuvo. Nada inferior a eso volvería a reunido con Gwynne. rogando que Carlos Eduardo llevara el levantamiento a una victoria rápida y relativamente no sangrienta. No todos los soldados harían distinción entre los rebeldes y los escoceses leales al rey Jorge. Dunrath te necesita. A ella le brillaron lágrimas en los ojos.

fracasó. uno era mucho. las consecuencias continuarían reverberando a lo largo de los años. vale decir de ella y de los miembros del Consejo. el futuro se bifurcaba. No había recibido ninguna noticia de él desde que se marchó de Dunrath el día de Navidad. aun cuando hubiera tenido miedo de decírselo. Aunque ambos futuros contenían cambios dolorosos y trágica violencia. ¿Esperaría que su ausencia le aumentara a ella el cariño? Imposible. Como siempre. En cualquiera de las dos direcciones que tomara. Separarse de él era lo más difícil que había hecho en toda su vida. cambiando a Escocia para siempre. aunque con eso se le rompiera el corazón. Supuso que él se ponía escudos de protección para ocultarse de los ojos de los custodios. Perdida la tranquilidad. Si debía salvar a Duncan de la destrucción cautivando su corazón y aprovechando su influencia para hacerlo cambiar de opinión. y era el futuro al que podría favorecer Duncan. había fracasado. ¿Lo alegraría saber que a ella también se le estaba rompiendo? 174 .Mary Jo Putney El beso del destino ahí. abrió los ojos y cogió su cristal para ver si lograba localizar a Duncan. ya lo amaba con todo su ser. muchísimo peor que el otro. Él era tan obstinado que no se desviaría de su camino.

y se le hizo trizas la última brizna de objetividad. con menos bajas.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 30 Negros nubarrones se deslizaban por el cielo cuando Duncan encontró un lugar poco llamativo desde donde poder observar a los ejércitos jacobita y hannoveriano. Gwynne tenía razón: maldita su flemática sangre sassenach. ni siquiera estaba presente. tratando de cerrar la puerta al dolor de los hombres y caballos heridos. Los rebeldes esperaron sin disparar hasta el último momento. los dragones iniciaron el ataque a la colina. El hecho de apoyar a un lado no lo libraba de sentir el sufrimiento del otro. número y formación. Si soltaba los vientos que había reunido. Mantuvo a raya la tormenta pensando que ésta podría ser útil durante la batalla que parecía a punto de iniciarse. más posibilidades tendrían los rebeldes de derrotar a las fuerzas del gobierno. de tanto en tanto Duncan miraba su cristal de videncia para ver si había novedades importantes en otras partes. Probablemente también pondría fin a la batalla antes. ¿A qué distancia estaba de cruzar la raya y pasar al terreno de renegado? ¿O ya estaba ahí? Cada pequeña intervención suya hacía más fácil la siguiente. no estaba bien posicionado y sus oficiales no se tomaban en serio la amenaza de los rebeldes. Era un momento crítico. y entonces lanzaron la aplastante andanada. 175 . Entrecerró los ojos cuando los rebeldes tomaron posición en la colina de Falkirk. A una señal del general. vio su superioridad en equipamiento. antes de que se le ocurriera pensar más. ¿Qué habría estado haciendo con la condesa? Tal vez la apasionada dama jacobita había decidido aportar su virtud a la tarea de neutralizar al general. Al llegar arriba ya iban todos desorganizados. el general Hawley. y se le revolvió el estómago al reconocer que él había participado voluntariamente en esa batalla. Cuanto más tardara en llegar. Duncan cerró los ojos. en su corazón ya había cruzado la raya. pensó Duncan. éstos acabarían con cualquier posibilidad de los dragones reales de lograr el éxito. Al instante. Venía con la ropa arrugada y sin peluca. El idiota comandante jefe inglés. Torció la boca cuando vio al general Hawley galopando desesperado para ir a reunirse con su ejército. pero ayudaría más a los jacobitas. un páramo que dominaba el campamento del ejército hannoveriano que había sido enviado a levantar el sitio del castillo de Stirling. Además de observar los movimientos de las tropas. Dado que su artillería estaba empantanada en el lodo. Aunque el ejército real superaba en más de dos mil hombres al de los rebeldes. Duncan los observó. el general empezó a organizar los regimientos de dragones para que atacaran la colina antes de que los rebeldes se atrincheraran en la cima. soltó los vientos. Estaban muriendo hombres buenos. Su acción se podía justificar porque beneficiaba a ambos bandos. Cayeron decenas de caballos y jinetes mortalmente heridos. La galerna golpeó en la cara a los dragones hannoverianos cuando iban subiendo la escarpada pendiente de la colina para atacar. sino emborrachándose en un almuerzo con la condesa de Kilmarnock. Aunque se sentía capaz de presentarse ante el Consejo a justificar sus actos.

Dado que no podía permitirse dejar rastros. para comer algo caliente. Duncan se retiró sigilosamente de la zona. se levantó a poner más leña en la pequeña fogata que había encendido en la entrada de la cueva en que encontrara refugio. reduciendo la visibilidad. Estando inutilizados los mosquetes por el agua. Debido al mal tiempo. Insertó en un palo un trozo de morcilla ya medio rancia y la puso cerca de las llamas. ésta había tardado casi dos semanas en llegar. «La huida en estampida de Moy». antes volvería él a casa y a Gwynne. el número de muertes sería relativamente bajo. La tormenta de esa noche tenía un fuerte olor a Duncan. Cuando era más joven había leído libros sobre historia militar. habían vuelto al inútil asedio del castillo de Stirling. como llamaban al incidente. pronto serían los dueños de toda Escocia. Un fallo en su autodominio y estaría sobre el lomo de Zeus cabalgando hacia Dunrath. Aunque el estado anímico general de Jean era de cansina resignación. ¡Condenados idiotas! Enfurruñado. y si volvía a casa corría el riesgo de que ella lo denunciara al Consejo. Duncan. Los jacobitas habían desaprovechado su ventaja en los días siguientes al triunfo en Falkirk. y los jacobitas habían obtenido una tremenda victoria. La principal lección que sacó de su estudio fue que la guerra es un asunto lioso y chapucero. Pero no percibió ningún pesar en su mente. aun cuando Dunrath no estaba tan terriblemente lejos de Inverness. Esperar y rezar. la puso en un pan de avena algo desmigajado y comenzó a comer su magra cena. Bebió un poco del té que había preparado antes. armaron tal alboroto que asustaron y ahuyentaron a todo un destacamento de hannoverianos una noche de tormenta. Oculto por la lluvia. Había salvado vidas de ambos bandos. Seguía sin recibir ni una sola palabra de él. seguía convencida de que él estaba equivocado. Cuanto antes terminara esa guerra. había permitido al príncipe y a su comitiva librarse de ser capturados. y si los jacobitas continuaban la lucha agresivamente. que en esos momentos era el cuartel general del ejército rebelde. En lugar de perseguir al desmoralizado ejército enemigo o dirigirse al este a retomar Edimburgo. ¿Lo echaría de menos Gwynne? En el instante en que se le formó ese pensamiento sintió la aflicción de ella con tanta intensidad como si la estuviera tocando. y la victoria muchas veces la obtiene quien comete menos errores. el combate se convirtió en una lucha de espadas y dagas. Duncan guardó su cristal de videncia con la expresión triste. la batalla estaba acabada. explicaba una entretenida historia acerca de cinco jacobitas que. La lluvia caía a torrentes del cielo oscurecido. pensando tristemente en lo difícil que era cambiar el curso de los acontecimientos o curar la estupidez. aterrados. había vivido como un vagabundo la mayor parte del tiempo desde que se marchara de Dunrath. No era de extrañar que los custodios fueran tan 176 . Gwynne exhaló un suspiro leyendo la última carta de Jean. Cuando ya chirriaba. ellos solos. Pensar en ella lo hizo endurecerse de anhelo. Lo único que podía hacer ella era esperar. Al cabo de veinte minutos. por lo que suponía que estaba bastante seguro ahí. mientras los soldados hannoverianos huían en desbandada.Mary Jo Putney El beso del destino Abrió los ojos y vio el caótico campo de batalla. Confiaba en Dios para que ocurriera eso. La cueva estaba bastante elevada en esa montaña y no era visible desde abajo.

Al menos por el momento. y que se sentía frustrado porque detectaba que él había estado ahí en algún momento pero no era capaz de detectar su posición en ese instante. Apoyó las manos en el cuello de Zeus y le aplicó un hechizo calmante lo bastante fuerte para impedir que el caballo se interesara en otros caballos que pudieran pasar por el escabroso sendero de abajo.Mary Jo Putney El beso del destino firmes en su apoyo a la paz. volvió a sentir el ruido de los cascos. más cerca. Estaba a salvo. incluso llevándolo él. esperó. cuidando de eliminar toda señal de magia que pudiera atraer la atención de Simon. por lo que un sassenach como Simon. Estaba cerca. Lo andaban buscando. Simon estaba cerca. sin permitirse sentir satisfacción. todos sus sentidos alerta. Casi sin respirar. Por último. La subida a la cueva había sido difícil para el caballo. Casi sin respirar. Reforzó ese hechizo. con todos sus sentidos alertas a la caza de su presa. y desencadenó la llovizna que había estado amenazando toda la tarde. El sabueso del Consejo había vuelto a Escocia y lo andaba buscando. El ruido de cascos paró justo debajo de la cueva. La cueva estaba protegida con un hechizo de no ser vista. disminuyó su energía hasta el grado mínimo en que todavía seguiría consciente. Pero el cazador seguía acercándose. Cerró los ojos. acostumbrado a las monturas inglesas. a menos de una milla. Vio una imagen mental de Simon cabalgando implacable por la fría oscuridad. avanzando hacia el norte. Duncan tuvo la clara sensación de que Simon estaba explorando las energías de esa parte. Más cerca. la consideraría imposible. analizó la débil vibración de poder del buscador. porque hasta un leve cambio en su energía podría atraer la ultrasensible percepción de Simon. se oía el ruido de los cascos del caballo avanzando lentamente. Simon. Apagó el fuego hasta que no quedó visible ni una sola voluta de humo. Estaba terminando el té cuando se quedó absolutamente inmóvil. 177 . demasiado cerca. masticando tranquilamente un poco de heno. Zeus estaba detrás de él dentro de la cueva. Pasado un interminable intervalo. Después se echó sobre sus mantas y se preparó para pasar desapercibido. En el silencio de la montaña. Se quedó quieto como un fuego cubierto que no tendría por qué atraer la atención de Simon.

—Sonó otro chasquido de dedos y apareció en su palma un globo de luz fría. no había recibido ni siquiera uno de sus lacónicos mensajes. En la cocina había una olla con sopa espesa de cebada y cordero hirviendo a fuego suave sobre un quemador. Él se zampó elegantemente la comida. —Suspiró—. —Un chasquido de dedos encendió una vela. —Lo es. que usaba porque la consolaba sentir el aroma de su persona que llevaba impregnado. Ahora te toca a ti. —Necesito aprender a hacer eso —dijo ella. También era una buena protección contra las heladas corrientes de aire que pasaban por las partes más viejas del castillo. que iluminó la elegante cara cansada de Simon.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 31 Gwynne estaba contemplando distraídamente la oscuridad. Fue idea mía que nos separáramos. —Ay de mí. Perdona que haya entrado así. pero prefiero ir y venir del modo más invisible posible. acompáñame a la cocina. Lo único que él no podía bloquearle era la sensación de que estaba vivo y bien. —Debes de tener hambre —dijo Gwynne—. porque quería perseguir a 178 . Pregunta. tenía menos apariencia de efigie de piedra que cuando llegó. Vamos. podría empezar a pensar que se lo había imaginado. —Encantado. ni visto una imagen suya en su cristal. admirada—. acariciando con una mano a Lionel y todo el resto de ella anhelando a su marido. no. que a veces cazan en lugares oscuros. —Por desgracia. sobre todo para personas como yo. Ya habían transcurrido tres meses desde la última vez que le vio. —Colijo que no has visto a Duncan desde hace un tiempo. Incluso su brillante pelo rubio se veía apagado. pensando por dónde empezar. Dos muchachos fueron muertos en escaramuzas en los alrededores de Inverness. Cuando terminó. de modo que sirvió un plato mientras Simon encendía las lámparas. Si quieres. Parece un hechizo muy útil. no. sintiendo la suave vibración de poder. Se bajó de la cama y se puso la larga bata reversible de terciopelo azul de Duncan. además de una copa del mejor clarete del castillo para cada uno. Lo sabría si hubiera muerto. te enseñaré el truco cuando no esté tan cansado. Gwynne —comentó—. y en ese tiempo no había sabido nada de él. Simon se veía diez años mayor que en su última visita a Dunrath. —Ahora te toca comer. —Tu autodominio para no hacer preguntas es pasmoso. Otros hombres del valle Rath no habían tenido tanta suerte. donde se enfrentaban periódicamente pequeños grupos de jacobitas y hannoverianos. lord Falconer—. —¿Duncan? —susurró. Si no fuera por la forma como lo recordaba su cuerpo. Puso pan y lonchas de queso. Ella guardó silencio un momento. Empezaba a conciliar el sueño cuando la repentina percepción de una presencia masculina la hizo sentarse de un salto en la cama. lo que últimamente he hecho demasiado. si es que zamparse algo ha sido elegante alguna vez.

pero pensé que la crisis había acabado cuando los rebeldes iniciaron su retirada a Escocia.Mary Jo Putney El beso del destino uno que me parecía un custodio bribón. —Quitó la mano. creo que el bribón se dio cuenta de que lo buscaba y dejó de crear problemas. —Perdona. Él tiene un enorme poder. —Simon ladeó su copa delante de la lámpara y pasaron brillantes lucecitas color rubí por el vino—. —Los ejércitos están cada vez más cerca. Él levantó bruscamente la cabeza. pero no tenía la capacidad para verlo con los ojos del poder. ¿que es capaz de esconderse incluso de ti? —He encontrado señales de su paso. Eso es una suerte. comprendió Gwynne. comprendió en ese momento. Gwynne le miró atentamente la ojerosa cara. creo que podría haberle impedido pasar del punto de no retorno. Gwynne. y un enorme deseo de no ser encontrado. pero en el momento en que Duncan se encontró solo ganaron sus inclinaciones jacobitas. A él se le puso rígida la mano bajo la de ella. estando Simon a cargo de detener a Duncan… Se estremeció al pensarlo. pero si ha visto a Duncan no me lo ha dicho. Dos semanas como máximo. a no ser que tuvieran dotes mágicas iguales. Tendría que trabajar en eso. Uno se acostumbra. ¿verdad? —Muy cerca —dijo él—. A no ser que en mi corazón no desee encontrarlo y eso disminuya mi poder. —Torció la boca en un rictus de amargura—. pero no he logrado localizar su presencia viva. Gwynne se tapó la boca con los dedos. ruborizándose. —Se inclinó sobre la mesa. en alguna parte cerca de Inverness. Simon. La crisis está cerca. Ella negó con la cabeza. No tuve éxito en eso. —O sea. me parece. y en ese momento se le ocurrió que eso se debía en parte a que ella era una custodio sin poder. Me escribe. Y no quería hablar más del asunto. Asintió. y muy controlado. en señal de aceptación. pero me temo que ahora esté bien encaminado a dejar de lado sus justificaciones para comprometerse del todo con la causa de los rebeldes. Qué misión más detestable. sé tan poco como tú. Se trataba de que nos equilibráramos mutuamente. La maldición de ser un Falconer. Tal vez menos. —Debe de ser terrible estar tan solo —musitó. —No fue culpa tuya —le dijo—. Simon tenía demasiado poder. Ella se inclinó sobre la mesa y le cubrió una mano con la suya. —¿Sabes dónde está? —le preguntó él. Lo vi por última vez en Navidad. Está bien. —Sabe protegerse de mí con mucha eficiencia. sus ojos grises fieros—. Llevo semanas buscándolo. Él podía relajarse con ella porque ella sabía lo que era él. —Si hubiera continuado con él. —Ya eres una experta en controlar tu poder de hechicera —le dijo con una extraña calma—. Jean también está en Inverness. pero le dijo: —Lo es. «Debes» detener a Duncan. Lo cual significaba que Simon tenía el deber de dar caza a uno de sus amigos más íntimos. Me dijo que no lo había visto. 179 . pensó Gwynne. Debería haberlo imaginado. Siempre habían sido amigos. —Hablé con Jean. Me equivoqué. Por un momento ella pensó que él pasaría por alto el comentario o lo descartaría como si no lo hubiera entendido. y le creo. Si esos dos llegaban a encontrarse. Esa vez él se justificó diciendo que sus intervenciones habían salvado vidas. —No te atormentes por esto. Aquellos que eran capaces de ver todo su ser tendían a recelar. sin éxito. —Suspiró—. para sentirse tranquilo. —Pensó un momento—. Antes de que os separarais Duncan ya estaba ayudando calladamente a los rebeldes. pero tu contacto aún no es inocuo. Aparte de eso.

y tiene una experiencia del mundo muy superior a la mía. —Duncan es inteligentísimo. Ella lo miró sorprendida. se estiró hacia Duncan. puso un hechizo de no llamar la atención en la puerta para que ninguna criada lo perturbara por la mañana. tratando de tocarle la mente con la suya. Ahora bien.Mary Jo Putney El beso del destino Eres la única que puede hacerlo. —Lo haría si pudiera. Pero ¿cómo? —Extendió las palmas. Diferentes grados de verdad. cerró los ojos y sintonizó sus sentidos a su magia. Curiosamente. Suplícale que vuelva. Aprovecha tu conocimiento de sus fuerzas y debilidades con toda la crueldad que sea necesaria. No creo que sea capaz de resistirse a ti. ¡pero detenlo! Ella se mordió el labio. Pero hay verdades más grandes. El sueño de la restauración de los Estuardo en Escocia tiene un atractivo romántico. era su marido. Cuando su magia estuvo todo lo fuerte que podía estar. eso tenía lógica. ya sabía cómo realizar eso si lograba traer a Duncan lo bastante cerca para poner por obra sus ardides. más equivocado lo siento. Si no lo haces. Con la probabilidad de que la batalla decisiva ocurriera dentro de unos días. Si tú no logras encontrarlo. Se metió en la cama. —No lo busques. Cuando concentraba su poder aumentaba la luz y sentía una especie de hormigueo interior. no tenía tiempo que perder si quería traer a Duncan a su lado. mente y alma. pensó ella. más de largo plazo. y he hecho todo lo posible por encontrar claridad en este asunto. ¿cuánto tardarían en comenzar otra vez las guerras fronterizas? Una Escocia independiente es un traidor en potencia en la puerta de atrás de Inglaterra. pero Gwynne insistió. Lo llevó a una habitación para invitados. y Duncan ha encontrado… una verdad de corto plazo que le habla a sus lealtades. más liviano que el aire pero chispeante de una sutil luminosidad. Hay diferentes grados de verdad. Si la obligaran a describir su poder. Cuanto más medito este asunto. sí. Había llegado la hora de la traición. y volvió a su dormitorio. —¿Cómo podría obligar a hacer algo a ese tozudo escocés? —Llámalo mentalmente. 180 . como si estuviera más viva de lo habitual. Y si el pretendiente conquistara Inglaterra también… —agitó la cabeza con expresión sombría. tengo miedo de las consecuencias. Si los Estuardo recuperaran el trono de Escocia. el hombre al que amaba en cuerpo. —He tenido esta conversación con Duncan. Él no era un hombre cualquiera. impotente—. Tráelo de vuelta a ti. usando hasta la última pizca de tu poder hechicero —dijo Simon enérgicamente—. cómo conviviría consigo misma después de cometer el delito era algo de lo que se preocuparía después. Ya tiene bastantes enemigos. Sueña con que Escocia recupere su independencia y prospere como nación soberana una vez más. diría que era como una especie de líquido que le llenaba el cuerpo. ciertamente yo tampoco. Simon no quería quedarse a pasar la noche. Bendito Simon por su capacidad para ver en perspectiva la situación. ¿Se te ha ocurrido alguna vez que él podría tener razón y nosotros estar equivocados? ¿Podría ser el príncipe la mejor opción disponible? Simon exhaló un suspiro. e Inglaterra no permitirá que eso vuelva a ocurrir. y en este caso Duncan no las ve. Incluso yo he pensado si tal vez ése podría ser un buen resultado. También agradecía que un hombre con el poder y la experiencia del mundo como Simon estuviera de acuerdo con ella respecto a los peligros de la victoria jacobita. Seguro que lo encontraría.

«Te necesito como la tierra necesita la lluvia. así era como podría llegar a él. su boca ávida. acariciándoselos. empezaron a movérsele las caderas. Le había parecido tan real que no lo habría sorprendido encontrarla acostada sobre las mantas junto a él. Pero esta vez había sido distinto. como el cuerpo necesita aire. Mientras se visualizaba uniéndose a él. se presionó ahí. Continuó intentándolo. su fiero deseo centrado en ella. pero esta vez se concentró en detalles corporales íntimos. Si su súplica de esa noche no conseguía traerlo a casa. y luego las bajó por el cuerpo. dejándola agotada. Se palpó. no mental. «Duncan. no en los mundanos: cómo su barba le pinchaba las yemas de los dedos. te necesito desesperadamente. casi cada noche en realidad. y estaba segura de que él sentía su presencia tan claramente como ella sentía la de él. Intensamente sensual. Dios santo. Gwynne era una custodio que disponía de formas de aprendizaje no disponibles a las personas corrientes. intentando febrilmente simular lo que deseaba de él. con urgente presión. sí. pero también representaba algo que parecía un mensaje. se tendió de espaldas en las mantas e intentó analizar lo ocurrido. el almizclado aroma del sexo. Con las sienes palpitantes. ¿qué podía ser más sublime que la pasión compartida con el amado? La agitaron oleadas de placer y éxtasis y por un instante supo que estallan unidos. 181 . «Cuerpo.Mary Jo Putney El beso del destino Nada. la humedad que se pegaba a sus cuerpos una vez satisfecha la pasión. bueno. Casi lo sentía ahí con ella. Sudoroso y jadeante como si de verdad acabaran de hacer el amor. Había tenido otros sueños apasionados con su mujer. olvidada del paso del tiempo. ven a casa. por favor. ¿No le había dicho Simon que usara su poder de hechicera? Su magia era corporal. amado mío!» Ay. iluminada tenuemente por las brasas de su fogata. aunque su expresión fuera seria. mi amor.» Evocó la seductora presión de su boca. Duncan despertó bruscamente como si le ardiera el cuerpo. pensó si habría otro método aparte del contacto mental. la explosión de éxtasis cuando el embestía dentro de ella. hasta que tuvo que renunciar por cansancio. la recorrieron estremecimientos. En cuerpo y alma. «Te amo. satisfecha y avergonzada de su impudor. cómo era capaz de excitarla con una simple mirada apasionada… Se le aceleró el corazón y se pasó la lengua por los labios. Nuevamente concentró su poder hasta que brilló de magia. cómo deseaba que estuviera allí con él. su única certeza era que acababa de tener el sueño más extraordinariamente apasionado de su vida. la sonrisa que aparecía en sus ojos cuando la miraba. intentaré ser la esposa que deseas que sea si vienes a casa. Por un instante no supo dónde se encontraba. Pero ¿había sido un sueño? Con la respiración agitada se incorporó apoyado en un codo y paseó la mirada por la tosca cueva. Puesto que ella y Duncan estaban unidos por su mutua pasión. lo sentía diferente a cuando intentó el contacto mental. lo volvería a intentar. mente y alma». mo càran. «Marido mío. en cuerpo y alma.» Se pasó las manos por los pechos. Entonces visualizó a Duncan. ¡Ven a casa. te amo…» Disminuyeron los estremecimientos hasta acabarse. No había logrado ni la menor sensación de que estuvieran conectados. Esta vez sí habían conectado. Retuvo el aliento. Dios. En cierta manera intangible había hecho el amor con su marido. Cuando se intensificaron los recuerdos.

Cansinamente se dio la vuelta hasta quedar de costado. Y si Gwynne lo recibía con los brazos abiertos. decidió tomar su decisión cuando estuviera menos distraído por los efectos posteriores de la relación sexual fantasma. Había sido como un contacto mental. Valdría la pena arriesgarse a ir a casa aunque sólo fuera para darse un buen baño. por mucho que desaprobara sus inclinaciones políticas. La deseaba con un ardor que no se enfriaba jamás. pero profundamente físico. Poniéndose nuevamente de espaldas. ella no lo traicionaría así. porque él se sentía igual.Mary Jo Putney El beso del destino Mentalmente repasó la esencia de su experiencia onírica. Si era eso lo que había sido. ¿Podría ser que ella intentara atraerlo para que lo arrestaran las autoridades hannoverianas? No. era bastante posible que no sobreviviera a las inminentes hostilidades. No logró imaginarse a Gwynne justificando eso. Pero esa llamada no era el ruego de una mujer que rechazaría a su marido en su cama. Aunque no había estado en peligro en Falkirk. con fuertes posibilidades de muertes. Se acercaba una batalla importantísima. hacerle una visita a Gwynne sería verla por última vez. No era desaprobación lo que se expresaba en el sueño. Tenía tiempo suficiente para ir a casa. Entró en su mente otro pensamiento más negro. Pero ésa sería una situación explosiva y peligrosa. En ese caso. pero aún faltaban varios días para eso. intentaré ser la esposa que deseas que sea si vienes a casa. encontrarse en una zona de batalla podía ser letal incluso para un mago. 182 . ¿Podría entregarlo al Consejo? Si había varios consejeros en Dunrath podrían dominarlo. ¿Debía atreverse a responder a su llamada y volver a Dunrath? Pensó en todas las objeciones.» ¿Habría cambiado de opinión Gwynne respecto a la rebelión? ¿O su llamada era producto de su soledad? Seguro que era lo último. Se había marchado bruscamente de Dunrath porque ella se negaba a ser su mujer mientras él apoyara el levantamiento. Una llamada del cuerpo. que no estaba a mucho más de un día de cabalgada. eso justificaría cualquier peligro. «Marido mío.

Él miró el bulto que sobresalía en la cama. —Mi señora esposa —dijo él. A pesar de su sensación de que conectaban. Haciendo chasquear los dedos encendió una vela. y renunció. no con hostilidad. iluminando la figura de un imponente highlandés en la puerta. como temo por Escocia e Inglaterra. Si… si ocurriera lo peor. Duncan. muy consciente de que su muy bien elegido camisón se le ceñía seductoramente. —¿Le has dicho a tu mascota que se comporte? Lionel sacó la cabeza de debajo de las mantas y lo miró con interés. Ella se bajó de la cama. haciéndose groseramente visibles bajo la delgada tela. —¿Duncan? Parpadeó la llama de la vela. Era mala para mentir en el mejor de los casos. Lo cual significaba que todo lo que le dijera en ese importante encuentro debía ser verdad. no quiero vivir con el recuerdo de la furia de nuestro último encuentro. él preguntó: —¿Puedo atreverme a esperar que me has llamado porque ahora estás de acuerdo con mi forma de pensar? Gwynne consideró la posibilidad de mentirle. y tan irresistiblemente masculino que se le agitó la respiración. pero decidió que no. Ya era una rutina aplicar sus trucos mágicos. —Es un minino manso —dijo Gwynne—. pero ya no puedo permitir que eso se interponga entre nosotros… —Se le cortó la voz —. amedrentador. Despertó sobresaltada por el claro conocimiento de que no estaba sola. El gato se escabulló desapareciendo silencioso en la oscuridad. Seguro que cogió su falda y manta highlandesas y las armas con empuñadura de bronce durante su visita de Navidad. la tercera noche sencillamente se acurrucó en la cama y ordenó a su mente onírica que inventara otra técnica mientras dormía. y jamás podría engañar a un mago como Duncan. Retuvo el aliento alarmada.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 32 Después de que Gwynne hizo todos los preparativos necesarios para su plan. hasta que de pronto reconoció a su marido tanto tiempo ausente. Ante la ardiente mirada de él se le endurecieron los pezones. mientras no detecte peligro. Prefiero que el recuerdo sea de pasión. En los meses transcurridos desde Navidad. pasó otras dos noches empleando sus poderes de hechicera para llamar a su marido. le había crecido una barba oscura con matices castaño rojizos que le ocultaba la expresión. Le acarició el suave pelaje diciéndole mentalmente «Vete». La atmósfera estaba impregnada de tensión sexual y recelo mutuo. o bien no lo había logrado o él se resistía a su invitación. —Sigo creyendo que el príncipe Carlos Eduardo debería volverse por donde vino. Sin acercarse. Algo fastidiada pensó que una desventaja de la vida de un custodio era la forma como las familias fisgoneaban y daban sustos de muerte a las personas. Puesto que se estaba acabando el tiempo. aunque no fuera toda la verdad. Parecía un bárbaro. 183 . Temo por ti. Avanzó hacia la luz mientras ella encendía otra vela.

del frenético baile de embite y retirada. —Ay. y no sabía muy bien cómo responder. ¿crees que me voy a dejar seducir tan fácilmente para volver a tu cama? Por un momento ella se sintió consternada. Aquella vez en la nieve. se habían unido sin ninguna reserva. el ardiente calor y los fluidos de la febril unión hasta que explosionaron en éxtasis. explorador. Besándole la sensible piel que dejaba visible la camisa. quedando los dos en un enredo de piernas desnudas y jadeantes risas. —Después de la forma como me condenaste. Estás bastante bien armado sin ellas. con pesarosa sonrisa. Gwynne. el cinturón cruzado y la manta. Cuando iba volviendo al mundo normal. pero cada movimiento era más lento. de tanteo. no mi enemigo. levantándole el camisón al mismo tiempo. Ella deslizó una mano hacia delante y le cogió el excitado y duro miembro. Duncan rodó a un lado y le besó las lágrimas de las mejillas. —Tienes razón —dijo él. y le cayó encima. y ni siquiera deseo intentarlo. esbozando una sonrisa tímida. Ningún hombre podría resistírsete. Le latió el pulso en la garganta. Al apretarse contra él la pinchó una forma dura. para Navidad. más tentativo. se echó a llorar silenciosamente. Se sentía como si se estuvieran reaprendiendo. —Sí —dijo. Había algo que debía hacer… Pero nada le importó fuera de la exquisita sensación de recibirlo dentro de ella. Esa noche el deseo era más desesperado aún. —¿Te basta la pasión para estar dispuesta a asociarte con el enemigo? —Eres mi marido. —Eso lo sé —dijo ella. «Beso y traición. las tenía—: Deseo un hijo tuyo. Mientras se apretaban sus partes bajas el uno contra el otro. —Quítate la daga y la espada. avanzó hacia él con los brazos extendidos en actitud de súplica. mi dulce Gwynne —musitó levantándole la cara—.» El pensamiento le atravesó la mente. pero no se acercó—. Duncan. Agotado. A él se le desmoronó la resistencia. dejando todo en una silla. —Se me ha ocurrido que la falda ofrece ciertas posibilidades inicuas.Mary Jo Putney El beso del destino Él arqueó sus oscuras cejas. Los duros músculos se pusieron rígidos con la caricia y él gimió. —¿Quieres que pare? —¡No te atrevas. Ella lo detuvo antes de que se quitara más ropa. Entonces vio el destello de humor en sus ojos. Poniendo conscientemente energía en su atractivo hechicero. él le succionó el pecho por encima de la delgada tela del camisón. —Una falda hace demasiado vulnerable a un hombre —dijo con la voz ronca. —Si él deseaba más razones. Si nos espera el desastre. —¿Por qué estás tan triste. pero lo desechó al instante. Ella gimió de placer. mi bruja sassenach! La cogió en brazos y la depositó en la cama. subió las manos por sus muslos por debajo de la falda. 184 . —No soporto verte volver al peligro —susurró ella. Acabamos de ser bendecidos por la hechicera. por favor —dijo sonriendo traviesa—. Pero no creas que puedes hacerme cambiar de opinión con tu hechizo. deseo tener algo tuyo para que me dure el resto de mi vida. mo cridhe? —le preguntó dulcemente—. casi incapaz de recordar que tenía otro objetivo aparte de la pasión. con la garganta oprimida. Él se rió y se quitó las armas. temiendo que él advirtiera una discordancia en su respuesta si no estaba totalmente concentrada en la pasión de la reconciliación.

Estaba a punto de cogerla para ponerla debajo de él cuando ella se levantó apoyada en las rodillas y se envainó en él. Duncan. Pronto cumpliría su deber. —Eso también. pensando si habrían logrado engendrar un hijo. Lo siento. No soportaba mirar su amado rostro. El calor de su cuerpo y boca disolvieron su resistencia. le cogió el brazo. Mientras tanto saborearía lo que sería el último momento feliz de su matrimonio. la angustia y el amor de ella palpable en cada apasionado embite. comenzando a subir y bajar las caderas en un movimiento que le obnubiló los sentidos. Si… si me ocurriera algo. sus cuerpos todavía unidos. Será una larga cabalgada. y debo hacer lo que es mejor para mi país. Pronto comenzaría a clarear. aunque con una sonrisa en la cara. —Ahuecó la mano en su cálido pecho. pero dormir con su falda y camisa arrugadas sí era decididamente incivilizado. deseaba esa última unión tanto como ella. La siento agradable. Gwynne gritó y lo apretó fuertemente con sus músculos internos. Como la hechicera que era. Eso esperaba. capturándole la boca y luego aplastándole las muñecas en una deliciosa ilusión de cautividad. —Me gusta la barba. La pasión explosionó en embelesadora liberación. Soy un escocés leal además de custodio. por favor. —¡No puedes irte todavía! —Debo. Gwynne lo atormentó con besos. —¡No te vayas todavía! —Con expresión angustiada. lo siento muchísimo. incapaz de no acariciarla—. El mundo es un lugar complicado. Aunque después estuviera medio muerto de agotamiento. Con el cuerpo estremecido por los movimientos. medio muerto pero sin importarle eso. Ella abrió los ojos. mo càran. caricias y cálido aliento hasta que él ya no pudo aguantarse más. la pregunta era si viviría para verlo. El deber y el honor deben tener su tiempo también. una y otra vez hasta que la llama del deseo se extinguió en cenizas. mi amor —susurró—. —Ahhhh… —suspiró. ¿Cómo podría alejarse de ella? ¿Cómo podría vivir sin el contacto de su sedoso cuerpo apretado contra el suyo? Llorando nuevamente. —Perdona. Suspirando. Él quedó jadeante. tiró de él hasta que se volvió a acostar. Al verlo sentado en el borde de la cama. Pero esto lo ha valido. —Le acarició el pelo echándoselo hacia atrás—. Con una fuerza sorprendente lo puso de espaldas y se montó encima a horcajadas—. Se entregó totalmente al reguero de sensaciones que lo hacían arder por todas partes. Gwynne se incorporó. ella se inclinó a besarlo. Tal vez su barba no lo hacía parecer un salvaje. y el amor es sólo uno de los grandes mandamientos. ¿Por qué no podemos estar siempre juntos así? —Demasiadas noches como ésta y estaría muerto. ella cerró los ojos. Se acurrucó contra él. Se inclinó a depositar un beso en la frente de Gwynne.Mary Jo Putney El beso del destino pensando si sería capaz de hacer lo que debía hacer—. Sus lágrimas calientes le cayeron en la mejilla cuando ella se echó encima de él 185 . Una última vez. —Y yo que creía que me hacía parecer un salvaje. Estaban unidos en espíritu y en cuerpo. recuérdame con cariño aun cuando pienses que soy un maldito tonto escocés. Con todo cuidado para no despertar a Gwynne. Al diablo el inminente amanecer y el riesgo de que lo vieran cuando se marchara. Duncan so deslizó hasta el borde de la cama y bajó las piernas.

su dulce y apasionada mujer le cerró la manilla de unas esposas alrededor de la muñeca.Mary Jo Putney El beso del destino sin dejar de aplastarle las muñecas contra el colchón. con un tintineo de frío hierro. Entonces. Él estaba a punto de decirle algo consolador cuando ella le soltó la muñeca izquierda y sacó algo de debajo del colchón. 186 .

gracias a Dios que te lo he impedido. Gwynne le puso y cerró otra manilla en la muñeca derecha y se bajó de la cama. tironeando la cadena. Ella vio que él estaba tratando de usar su magia pero no podía. se cambió el camisón por un sencillo vestido de mañana—. Voy a tenerte encerrado en una mazmorra hasta después de la batalla. pero sin cadena. Ella le sostuvo firmemente la mirada. incrédulo. Aunque lo había visto debilitarse cuando William Montague le hirió el brazo con una daga. —He hecho lo que debía. ¿Va a venir Cumberland a cogerme? ¿O el Consejo de los Custodios? ¿O Simon? —Ninguno de ellos. —¿Y ahora qué. Sería fácil detener a las fuerzas del gobierno hasta que el príncipe y sus hombres hubieran escapado para volver a la lucha otro día. Puede que yo te traicione. Santo cielo. —Te mataré si alguna vez me sueltas —gruñó él. De debajo de la cama sacó unas gruesas calcetas de lana y zapatos con hebillas. por ahora. —¿Tan segura estás de tener razón? —preguntó él. Esas esposas de hierro sobre su piel desnuda. estaba cerrada alrededor del poste de la cama.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 33 Duncan agrandó los ojos. y su manta lo tendría abrigado. Soltó el aliento. He estado practicando y ya soy bastante experto en manejar los torbellinos. —Entonces. no había estado segura de si una manilla de hierro en cada muñeca sería suficiente para bloquearle el poder. aunque ni con toda su rabia podía ocultar lo débil que estaba—. Estás ciego a las consecuencias más importantes de lo que pretendías hacer. y eso harás tú también —dijo ella tranquilamente—. sus ojos del color del aguanieve. Se había preparado con todo esmero para su 187 . la de la muñeca derecha tenía su gemela. aliviada. sí lo era. Ella agitó la cabeza consternada. —Retuvo el aliento. La manilla gemela a la que tenía en la muñeca izquierda. Él todavía vestía su falda y camisa arrugadas. pero ahora había estado planeando usar su poder para cambiar el resultado de toda la rebelión. —Sí. —Puta perversa. No quiero que nadie se entere de que estás aquí y te libere. al formársele una imagen en la mente—. te llevaré a la mazmorra antes de que empiece a despertar la gente en el castillo. estabas decidido a conjurar un tornado que les hubiera cambiado la suerte. pero tenía los pies desnudos. —Sí. Él podía justificar sus primeras intervenciones porque reducían las bajas. ¿lo debilitarían lo suficiente? Él se abalanzó sobre ella pero la manilla sujeta al poste se lo impidió. si a los jacobitas les hubiera ido mal en la batalla que está a punto de desatarse. Entonces explosionó de furia: —¡Maldita! Asustada. pero en su tono se detectaba su pena por la traición de ella. unida a ésta por una cadena. pero no te entregaré a tus enemigos. —Conteniendo las lágrimas. traicionera —la insultó con los ojos brillantes. Pero. Echó atrás las mantas. bruja sassenach? —gruñó furioso. al comprender lo que hacía ella. Al parecer.

y la tengo. —¿Cree que van a derrotar a los rebeldes? —Estoy segura. Duncan tuvo que cogerse de la baranda para bajar. pero le costó concentrar su poder. Se detuvo en seco al verlos. tal vez muramos los dos al pie de la escalera. soltó la manilla del poste de la cama. Cuando se levantó. El ama de llaves palideció. sin atreverse a acercarse lo bastante para envolvérsela alrededor. —Ahora vamos. los eslabones de la cadena tintineando siniestramente. El pie le golpeó el brazo. Duncan reunió la fuerza para ladrar: —Mi loca mujer sassenach me va a encerrar para entregarme al duque de Cumberland para que me ejecute. Ella trató de rodearlo con un hechizo de no ser visto. y yo… temo que lo maten. repitiéndose que eso lo hacía por un bien mayor. Duncan —le dijo fríamente—. Con los ojos ardiendo de rabia. Él le dio una patada cuando trató de ponerle la calceta en el pie izquierdo. él se dejó poner las calcetas y los zapatos. él bajó las piernas por el borde de la cama. le dijo: —Tenemos que bajar las escaleras en silencio. —Pasó por ella una aterradora sucesión de visiones proféticas y 188 . soltaré la cadena y caerás solo. Ella vio en sus ojos que la furia loca se estaba estabilizando en una rabia fría y dura. No lo intentes. Gwynne le dijo tranquilamente: —Miente. llevando en los brazos una pila de sábanas limpias dobladas. —Bájate de la cama —le dijo. Tratando de no pensar en la ignominia de llevarlo como a un animal de granja. Consiguió darle otra patada cuando ella terminó. ella le echó la manta sobre los hombros. Maggie. Ella lo observaba atentamente. —Si me caigo o salto. Iban por el vestíbulo de atrás en dirección a la escalera que bajaba a las mazmorras cuando entró Maggie Macrae. Y si no te mueres podrías quedar tan mal herido que serás un lisiado el resto de tu vida. Él volvió a intentar abalanzarse sobre ella. ¿Tienes fuerzas para hacerlo sin caerte? Él se irguió lo mejor que pudo. Detestaba hacerle eso. Maggie Macrae! Cuando la horrorizada mirada del ama de llaves pasó a ella. Dadas las circunstancias. pero logró hurtar el cuerpo sin dificultad. pero con tan poca fuerza que sólo le dejó una pequeña moradura. Si te mueres pierdes la oportunidad de matarme. La cadena que le colgaba de la muñeca izquierda era lo suficientemente larga como para servir de látigo. —¿Señora? Antes de que Gwynne pudiera contestar. con los ojos como platos. —Si ocurre eso.Mary Jo Putney El beso del destino regreso. —No luches conmigo. Observándolo recelosa. no para que lo maten. imaginándose el enorme esfuerzo que le costaba mantenerse de pie. Tú supusiste que tengo clarividencia. pero es para salvarle la vida. Hace frío en las mazmorras y se te podrían congelar los pies si los tienes desnudos. Lo voy a encerrar en una de las celdas del sótano. ¡Libérame. El sentimiento de culpa y el miedo ocupaban una parte demasiado grande de su mente. Quiere unirse al ejército jacobita para la gran batalla que desea el príncipe. pero llegaron a la planta baja sin ningún contratiempo. eso era una mejoría. pero por lo menos así estaría manejable. Apretando los dientes. Su velocidad y su fuerza estaban tan comprometidas que era como habérselas con un niño. De mala gana él la siguió cuando abrió la puerta y echó a andar por el corredor hacia la escalera de atrás.

el ama de llaves frunció el ceño. ni aunque no tuvieran barrotes de hierro. con los labios apretados—. ¿Necesita mi ayuda? Duncan la miró incrédulo. Gwynne se apresuró a modificar el hechizo para que no tuviera efecto en Maggie. Jamás se pondría de parte de una inglesa en contra del jefe de su clan. Había puesto sábanas. pensando que habían encontrado el final de un corredor. Maggie. Mi presencia puede influir a favor. pero la parte más vieja había sido una mazmorra. Anoche soñé que arrasaban Dunrath. Si Duncan cae luchando por el príncipe tratarán a Dunrath como a una fortaleza rebelde. Gwynne había elegido la celda más alejada de la escalera y le había aplicado un hechizo de no ser vista. y los tres bajaron los viejos peldaños que llevaban al laberinto de celdas y corredores que componían la planta inferior del castillo. pero también soy mujer y madre. Las celdas se habían excavado en el acantilado vertical que hacía inexpugnable el castillo. como tus nietos. mantas y almohadas limpias a la sencilla cama de madera. —Ojalá yo hubiera tenido el valor para encerrar a mi Diarmid. —He preparado una de las celdas para Duncan. pero le sostuvo la mirada. Maggie había servido a los padres de Duncan y lo había visto crecer. Los hannoverianos querrán una sangrienta venganza y ni siquiera los bebés. incendiaban las casas de los aparceros. una silla y una alfombra muy raída. Sus idas y venidas se notan más. Temblorosa de alivio. —¡No la escuches! —ladró Duncan—. A juzgar por su expresión. Reprimió un estremecimiento al pensar que él podría morirse de hambre en una celda donde nadie oiría sus gritos. Y no era que salir por una ventana fuera a significar libertad. No le veo la utilidad a que un príncipe lleve a niños como Diarmid a la perdición en aras del poder real y el orgullo. —Será mejor que yo le lleve las comidas. Otras personas corrientes que llegaran hasta ahí probablemente se volverían. Maggie Macrae. pero quedará por venir lo peor. Alguien tiene que saber dónde está por si a mí me ocurriera algo. Ven conmigo para que veas cuál es. 189 . la ayudaré. Gwynne elevó una silenciosa oración de acción de gracias. y un agujero abierto en un rincón que daba hacia fuera servía de rústico retrete. Si encerrar a Duncan Macrae puede impedir eso. Maggie había pensado lo mismo. perpleja. Sobre la mesa había libros y velas. —Soy una Macrae. Dejó las sábanas en una mesa. Cuando se acercaban al final del húmedo corredor. y quedaban los muertos blanqueados bajo la lluvia. pide auxilio y libérame! A Gwynne le cayó el corazón al suelo. A veces aparece un toque de la visión en mis sueños. Los cuartos que quedaban debajo de la cocina tenían otra escalera y se usaban como despensas. y daban hacia el abismo. señora —dijo Maggie. Gwynne asintió. ¡Por Escocia. Su intención es mutilar las fuerzas jacobitas. —Miró a Gwynne—. La celda era pequeña y tenía un par de ventanucos estrechos que no permitirían jamás escapar por ahí a un hombre del volumen de Duncan. estarán a salvo. —¿Me vas a traicionar también? ¿Una Macrae de mi clan a la que he conocido toda mi vida? Maggie apretó más los labios. Se sabe que Jean ha conducido hombres al campamento jacobita y que ha viajado con el ejército.Mary Jo Putney El beso del destino las palabras le salieron a borbotones—: Morirán hombres haya victoria o derrota. y que Dios sea mi juez. Es una espía sassenach de los hannoverianos. Eso ya es terrible. También se las había arreglado para bajar a escondidas una mesa pequeña. Abrió la puerta.

—No lo siento tanto. No tiene sentido sufrir innecesariamente. por lo que su cautiverio no sería terriblemente incómodo. Había otra llave que podría usar la mujer para traerle la comida. En la historia de la familia. Me siento fatal por hacerle esto a Duncan. pero no vi otra opción. Triste y agotado. —Dime si tienes alguna petición especial. —¿Me tomas prisionero en mi propia casa y te preocupas por mi comodidad? Sois un par de mujeres locas cabezas de chorlito. De las esposas sólo había una. —Considera la cadena mi respeto a tu inteligencia. —Qué rara eres. Una razón para elegir ésa era el anillo de hierro oxidado pero sólido que estaba insertado en la pared. Aunque no había hogar. la celda seguía siendo lúgubre y fría. Él entró en la celda haciendo un gesto de desprecio. y estás cortada por el mismo patrón. —Agradece que sean mujeres las que te tendrán cautivo —le dijo Gwynne. —Si lo sintieras me liberarías —dijo él. Más no podía hacer. le dijo: —Es lo bastante larga para que puedas moverte con facilidad por la celda. me mantienes encadenado cuando voy a estar encerrado en una celda de la que nadie ha escapado jamás. giró la pesada llave en la cerradura. Menos de dos semanas. La miró de reojo—. Y las cadenas siguen siendo cadenas. pero tus antepasados no eran partidarios de derrochar en comodidades para los prisioneros. Pasó revista una última vez a la triste celda y tomó nota mental de bajar una caja de pedernal y cerillas. ya era abril y había un montón de mantas. —¿Cuánto tiempo me vas a tener aquí? —Hasta que acabe la rebelión. A punto de llorar. eso se podría arreglar. salió de la celda. Cuando Maggie salió al pasillo. mordaz—.Mary Jo Putney El beso del destino A pesar de su trabajo. —Gracias por apoyarme. Gwyneth Owens. Se sacó la manta de los hombros y se la puso a él. —Y con la garganta oprimida. Aunque si lo prefieres. Gwynne había leído que a Adam lo tenían con grilletes en la Torre para que no se escapara. implacable. Entró en la celda detrás de él. Duncan la miró furioso. creo. mi señor marido. Los señores de Dunrath siempre han sido gente misteriosa. —Es una lástima que más mujeres no tengan su valor y resolución —dijo Maggie. Cerrando la manilla abierta en el último eslabón de la cadena. pero sus ojos oscuros como el hierro ardían de furia por la traición. Maggie —le dijo a la mujer cuando iban caminando por el laberinto de corredores—. recelosa. Él enarcó las cejas. pero una prisión sigue siendo una prisión. Debería haber imaginado que a pesar de 190 . añadió—: Lo siento. —Lamento que no esté mejor. Era evidente que ese comentario lo hacía para los oídos de Maggie. Duncan ya no estaba en condiciones de volverla a golpear. —A Adam Macrae lo tuvieron prisionero en la Torre de Londres con sirvientes y coñac. ya que él no podría encender las velas con magia. puesto que la mujer no sabía nada acerca de los custodios ni de su vulnerabilidad al hierro. Una larga cadena enganchada al anillo sugería que en el pasado esa celda había albergado a otros magos sensibles al hierro. El contacto con el hierro fue muy eficaz. y ésa la llevaría ella hasta el día en que pudiera ponerlo en libertad. Gwynne procuró ocultar su sorpresa.

Sin embargo. ¿volverá a casa sano y salvo? Con la mirada desenfocada. Mentalmente le pidió perdón a su antepasado Adam Macrae por no haber entendido bien lo que sufrió durante su año y medio en la Torre de Londres. así que rezaré para que el final llegue rápido. lo que sentía no era dolor físico propiamente tal. deseando que no le hubiera hecho esa pregunta. Maggie emitió un gemido de angustia al verle la expresión. Gwynne trató de aclarar sus impresiones. pero tendrá que hacerlo sin la ayuda de Duncan. Cuanto más dure este levantamiento. Pero ten presente que la visión dista mucho de ser perfecta. Lo más que podía esperar era una disminución del malestar psíquico. —Entonces. Visualizó la juvenil cara del chico y luego lo hizo avanzar mentalmente en el tiempo. Duncan se dejó caer en la estrecha cama y se desmoronó. Después de la batalla. Era más una especie de alteración de su naturaleza que le paralizaba su parte más profunda. —No lo sé. En el instante en que oyó chirriar la llave en la cerradura. Cuando llegaron al pie de la escalera que subía a la planta baja. Jamás en su vida lo habían obligado a soportar el contacto de tanto hierro tanto tiempo. pero ahora que tenía la crisis encima sus opciones no eran ninguna de las dos cosas. y frunció el ceño tratando de discernir entre las posibilidades.Mary Jo Putney El beso del destino todos los hechizos aplicados por los custodios para disminuir la curiosidad entre las personas corrientes que los rodeaban.» Lady Bethany se lo hizo parecer todo sencillo y lógico. Maggie le preguntó vacilante: —Mi Diarmid…. Desde su posición miró detenidamente la celda en busca de un punto débil. Al estar tumbado sintió una pequeña recuperación de su fuerza. más muchachos como Diarmid morirán. Gwynne rezaría con el mismo fervor. ¿puede ver si sobrevivirá a la batalla? Gwynne hizo un gesto de pena. pero sí enfrentaría esos peligros cuando emprendiera su viaje de vuelta a casa. Vio una rápida imagen de un hombre a caballo dando alcance a un niño que corría huyendo y cortándole la cabeza. —No lo veo morir luchando —se apresuró a decir Gwynne—. ¿y si estaba equivocada? «Sabrás qué hacer. Puede que el joven pretendiente tenga la fuerza y la voluntad para ganar el trono. —¿Está segura de que hace lo correcto? Gwynne vaciló un poco al pensar en la enorme responsabilidad que se echaba encima. Maggie tragó saliva. Dios santo. el ejército victorioso va a perseguir a los soldados derrotados con… con mucha ferocidad. ¿Era Diarmid el niño? Le pareció que no. presa de cualquier bestia que pase. Sintió deseos de vomitar. Se sentía como un animalito del bosque al que golpea un rayo y queda vivo pero impotente. y se sentía como si lo hubieran golpeado hasta dejarlo a una pulgada de vida. pero 191 . el enorme poder no pasaba totalmente inadvertido a quienes vivían con los miembros de las familias. —No creo que el príncipe pueda ganar —suspiró Maggie—. —Estoy segura —dijo—. pero puesto que se la había hecho debía intentar contestarla. ¿Sería posible que se acostumbrara al hierro y recuperara parte de su poder? No había nada en los archivos de la familia Macrae que sugiriera esa posibilidad.

Mary Jo Putney El beso del destino no vio ninguno. se sentía más optimista de lo que se había sentido en meses. Se desperezó y sus músculos se quejaron de otra noche pasada sobre suelo duro con sólo una manta para abrigarse. Duncan Owens había sido retirado del tablero. 192 . El alivio fluyó por él con mareante intensidad. Gwynne había triunfado. ése era un destino indeciblemente cruel. Simon despertó al alba con una sorprendente sensación de bienestar a pesar de la fría y húmeda niebla. y meterlo en una prisión de la que no podía escapar. En el interior de una cabaña al sur de Inverness. Si fue el destino el que los unió. Sin embargo. En el ajedrez de la guerra. Su maldita esposa sassenach se aprovechó de su amor y confianza para entramparlo cuando menos lo esperaba. ¿Qué había cambiado? Exploró mentalmente el panorama de los acontecimientos y encontró la respuesta.

Por lo que he visto en mi cristal. El valor de nuestros hombres ha conquistado victorias contra viento y marea antes. sino que también se estaba preparando para cambiar el resultado de la rebelión? ¿O se alegraría al saber que él compartía sus convicciones partidistas? 193 . sabe lo bendecida que me siento por haber tenido una hermana por lo menos un tiempo. estoy tan desesperada que si pudiera conjuraría una tremenda tormenta para que nuestros hombres escaparan si eso fuera necesario. Claro que Jean suponía que Duncan nunca consideraría la posibilidad de romper su juramento. Los rebeldes que conocen el país podrían fácilmente hostilizar a los hannoverianos y luego desaparecer en las montañas. ¿No ven en qué desventaja estaremos ante un ejército más numeroso y mejor equipado? Incluso yo. pero siento en los huesos que se nos está acabando la suerte. Los jefes escoceses del príncipe. Después podría reunirse nuevamente el ejército para otra campaña. Jean Macrae de Dunrath A Gwynne se le nublaron tanto los ojos con las lágrimas que ya no pudo seguir viendo la carta en su cristal. como lord George Murray. que lo instan a hacer frente y luchar. 14 de abril de 1746 Queridísima Gwynne: Ojalá no hubiera entrenado mi poder porque ahora tengo la horrenda y extraña sensación de que el final está cerca y no será bueno. ¿Se escandalizaría si supiera que él no sólo había ayudado a los rebeldes con pequeñas acciones. lo han instado a desbandar el ejército y enviar a todos los hombres a sus casas. o tal vez sólo lo espero. simple mujer sin formación militar. no como nuestros hombres. Sé fuerte. el duque de Cumberland está a sólo unas millas al este de Inverness con su ejército. veo el peligro de entrar en el campo de batalla contra un contrincante inmensamente superior. No sé si alegrarme o lamentar que Duncan tenga más carácter y no quiera romper su juramento.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 34 Inverness. Ojalá pudiera hacer algo. la imagen se había desvanecido. Pero el príncipe sólo hace caso a sus consejeros irlandés y francés. ¿Se mostraría tan afectuosa su cuñada si supiera que ella tenía encerrado a Duncan para impedirle ayudar a la causa jacobita? Probablemente no. mi querida Gwynne. Mi intuición me dice que eres lo mejor de Dunrath. y los soldados están bien alimentados y bien descansados. Y si ésta es mi última carta. ¡Si hubiera estudiado más mis lecciones cuando era joven! ¡Si hubiera heredado la magia de los Macrae para trabajar los meteoros! Aunque sé que si usara mi poder por motivos partidistas violaría mi juramento. Cualquier cosa. Cuando se le despejó la vista.

la saturaba de aflicción. Cuando vio el humo de la primera descarga de artillería sintió la tentación de dejar a un lado el cristal para no ver la batalla. se levantó de la mesa de la biblioteca y se dirigió a las mazmorras. La muerte impregnaba el aire. — Se giró a mirarla. Duncan volcó la mesa. hasta que logró decir: —El ejército del gobierno ha tenido una gran victoria.Mary Jo Putney El beso del destino Menos mal que Jean no era una maga de los fenómenos atmosféricos. Dos días después de que Gwynne viera a Jean escribiendo la carta. pero esta noticia debía dársela ella. Gwynne siguió los movimientos de los ejércitos y los vio tomar posiciones. no se escondería en un refugio cuando hay trabajo por hacer. pero se obligó a continuar mirando. Gwyneth Owens. tú serás la responsable. sé pocos detalles. ¡Yo podría haberlos salvado! Pero tú. En los días transcurridos desde que encerrara a Duncan se había sentido vergonzosamente contenta de que fuera Maggie Macrae la que lo atendiera. Los jacobitas sufrieron impresionantes bajas. dejando el campo cubierto de muertos y moribundos. con la cara angustiada y furiosa a la vez—. Que vivas con esa culpa y sufrimiento por el resto de tu vida —añadió. le martilleaba en la cabeza. Gwynne tenía los ojos secos. rompiendo una taza de porcelana china—. y peor. bajando la voz a un amenazador murmullo. situado unas millas al sureste de Inverness. Lo menos que podía hacer era presenciar la batalla. No podía ser que hubieran matado a todas las personas que conocía y amaba y que habían luchado por la causa rebelde. y salieron volando los libros. ya no le salían lágrimas. Se levantó al instante—. —Qué amabilidad venir a visitar a tu prisionero. —¿Ha muerto el príncipe? ¿Y mi hermana? ¿Cuántos hombres del valle han muerto? —El príncipe huyó del campo de batalla. He buscado a Jean. pensó. porque no habría soportado encerrar a dos Macrae. — Buscó las palabras para explicar lo que había visto—. se luchó la inevitable batalla en un lugar pantanoso llamado páramo Drummossie. La batalla terminó en menos de una hora. con tu intolerante fanatismo me lo impediste. —Iba a añadir otro comentario mordaz cuando le vio la expresión. Los mal comidos y agotados highlandeses luchaban con un valor que rompía el corazón ver. pero aparte de eso. Duncan levantó la vista del libro que estaba leyendo sentado a la mesa. La batalla crea una niebla de sufrimiento. La rebelión ha sido aplastada. —Jean debería estar a salvo en Inverness. —¡Que Dios te maldiga! —Con un angustiado movimiento del brazo. fuertes emociones e imágenes sangrientas que me hace casi imposible enfocar personas. Encerrando a Duncan había asegurado que la rebelión siguiera su curso natural. La brutal persecución de los soldados derrotados fue la que ella había visto antes. a Diarmid y a otros hombres del valle pero no he logrado verlos. Cuando abrió la puerta de la celda. —¿Crees que mi hermana es una cobarde? A diferencia de ti. Cuando ya no pudo soportarlo. Mi hermana podría estar violada y asesinada junto al camino. Él palideció. Si muere. ¿Significaría eso que estaban todos muertos?. —Hizo una inspiración temblorosa—. 194 . ¿Qué ha ocurrido? A ella se le cortó la voz dos veces al empezar a hablar.

Habría deplorado la rebelión y sufrido por su precio en dolor humano. No más de una semana. Pero no. todavía sería inocente y estaría a salvo en Inglaterra.Mary Jo Putney El beso del destino Ella curvó los labios en un rictus de amargura. Cuando no esté atado con hierro no habrá ningún lugar lo suficientemente lejos como para que no te encuentre. ser una esposa sumisa que nunca hubiera soñado con oponerse a su marido. A él le cambió la expresión y se quedaron mirando fijamente. pero ese problema habría estado lejos. —Puedes complacerte en saber que nada de lo que puedas hacerme será peor que el sentimiento de culpa que ya soporto. —Estarás libre dentro de unos días. Si Duncan hubiera intervenido para que los rebeldes escaparan. —¿Cuándo me dejarás libre? —preguntó él. se armó de valor y se casó con Duncan. sus ojos como antiquísimo hielo—. rompiendo el silencio. descubriendo con él el poder y la pasión. Entonces no sentiría la sangre en sus manos. —De momento la muerte no sería mi enemiga —repuso ella. eso sólo habría prolongado y aumentado el sufrimiento de Escocia». —Así tendrás unos días de ventaja en tu huida —dijo él. y a eso los había llevado. Cuando iba subiendo agotada la escalera a la planta principal del castillo. giró la llave en la cerradura y se apoyó temblando en la pared de piedra del corredor. Salió de la celda. su voz interior le susurró: «Has hecho lo correcto. Cada uno había hecho lo que consideraba correcto. Si se hubiera negado al deseo del Consejo de casarse con Duncan. Cansinamente ella intentó ver la forma de los acontecimientos venideros. cuando se calme el caos de la batalla. cada uno solo en su infierno particular. Pero ni siquiera ese conocimiento le sirvió de consuelo. Qué felices eran… Habría sido mucho más fácil quedarse a un lado. 195 .

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Capítulo 35
«¡Gwynne, auxílianos!» Gwynne despertó sobresaltada de un pesado sueño causado por el agotamiento, pensando que había oído gritar su nombre. Pero ésa no era una voz real, sólo parte de una pesadilla. Dos días y medio habían pasado desde la batalla. Al día siguiente de la derrota habían llegado noticias gracias a un jacobita fugitivo que tenía la suerte de tener un caballo. Ella no pudo soportar oír las horrorosas historias de las persecuciones emprendidas por los hannoverianos, en las que mataban a cualquiera que llevara ropa de las Highlands. Ya había visto las imágenes en su cristal de videncia. Dio la orden de que a los fugitivos se les diera comida y un breve descanso para que luego continuaran su camino. Incluso eso era un riesgo; si los soldados del gobierno encontraban rebeldes en Dunrath, era probable que arrasaran el castillo y el valle, exactamente como soñara Maggie Macrae. «¡Gwynne, ayúdanos, por piedad!» Con un escalofrío de sobresalto comprendió que la voz era real. Jean estaba empleando el contacto mental, y a juzgar por la claridad con que oía su voz debía estar muy cerca. Gracias a Dios estaba viva, pero estaba claro que se encontraba en graves dificultades. Metió los pies en las zapatillas, se puso una gruesa bata sobre el camisón, cogió una lámpara y bajó corriendo. Con dedos torpes movió y tironeó el pestillo de la puerta principal hasta que consiguió abrirla. Salió, y a la fantasmagórica luz de una luna, ora nublada, ora despejada, vio el patio lleno de maltrechos fugitivos: varias decenas de hombres y una mujer. Sobre el caballo de Jean se sostenían dos figura encorvadas, hombres heridos, al parecer. Jean venía a pie, a la cabeza de su andrajosa banda. Llevaba su hermoso pelo recogido en una coleta como un hombre y vestía calzas. Estaba a punto de desplomarse; se sostenía en pie por pura fuerza de voluntad. —Por favor, Gwynne, ayúdanos. Las tropas del gobierno nos siguen; están a no más de unas horas. Gwynne bajó corriendo los peldaños y la cogió en sus brazos antes de que se cayera. —¿Cómo has logrado llegar tan lejos, Jean? A la mayoría de los fugitivos los han matado a unas pocas millas del campo de batalla. Temblando, Jean apoyó la cabeza en su hombro. —Tomé senderos agrestes y solitarios por las montañas. Siempre que sentía aproximarse a los hombres del Carnicero Cumberland, les ordenaba a todos apartarse del sendero y los cubría con hechizos de no ser vistos. No sé cómo lo conseguí. — Levantó la cabeza y la miró suplicante—. Sé que venir aquí pone en peligro a todo el valle, pero no sabía a qué otra parte ir. —¡Que hayas llegado hasta aquí es un milagro! —¿Dónde está Duncan? —preguntó Jean, mirando alrededor—. No siento su presencia. —No está aquí —repuso Gwynne vagamente, mirando a los fugitivos.
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Ellos la miraban con diversos grados de esperanza, agotamiento y desesperación. La mayoría parecían ser hombres del valle. Sabían tan bien como ella el peligro que corría Dunrath si les daba refugio. ¿Qué debía hacer? En los accidentados campos y montañas un hechizo para desviar la vista bastaba para ocultar a hombres que ya estaban bien escondidos. Pero el valle era otra historia. Incluso en el caso de que los hombres volvieran a sus casas y fingieran no haberse marchado jamás, con un registro del castillo y las casas los descubrirían; las heridas, la sangre, la ropa rota hacían fácilmente identificables a la mayoría de los rebeldes, y las consecuencias serían desastrosas para todos los demás habitantes del valle. A no ser que… ¿sería posible ocultarlos en las mazmorras con potentes hechizos de no ser visto en las puertas? Serían necesarios otros hechizos también. Dudaba que ella sola tuviera el poder suficiente para hacer todo el trabajo necesario, y Jean estaba demasiado agotada para ayudarla. Pero el poder de Duncan combinado con el de ella podría bastar. —Por favor, Gwynne —susurró Jean—. No soporto ver más muertes. Cualquier duda que le quedara desapareció de su mente. —Éste es el hogar de los Macrae de Dunrath. Claro que son bienvenidos aquí. —¿Señora? La voz incrédula de Donald sonó detrás de ella. Se giró y lo vio contemplando a los maltrechos rebeldes. —Nuestros hombres han logrado llegar aquí a salvo y los vamos a esconder en las mazmorras —dijo tranquilamente. —Es un enorme riesgo el que correremos todos —dijo él, ceñudo. —Sí, pero no podemos echarlos —contestó Gwynne—. ¿Hay alguien en el valle que entregaría a los rebeldes a los soldados del gobierno? —No —dijeron Donald y Jean al mismo tiempo. Y el administrador añadió—: Hay muchos que no aprobaban al príncipe, pero todos serán leales a los nuestros. Gwynne rogó que no estuvieran equivocados. Después de pensar un momento lo que debían hacer si querían tener posibilidades de éxito, dijo: —Despertad a toda la gente del castillo. Necesitaremos comida, bebida y mantas, y atención médica también. Además, será útil borrar las huellas para que no sea evidente que ha llegado un grupo numeroso de hombres. —Haré pasar ganado por el camino del norte —dijo Donald—. Las vacas harán ese trabajo. —¡Perfecto! —Volviéndose hacia los hombres, les dijo en voz más alta—: ¡Entrad, rápido! Creo que podemos teneros seguros en la parte más antigua del castillo. ¿Alguien necesita ayuda para subir o bajar escaleras? Los cansados hombres comenzaron a subir la escalinata. —¡Diarmid! —gritó Maggie Macrae en ese momento. Con una manta envuelta sobre el camisón y los pies descalzos bajó veloz al patio a riesgo de romperse el cuello, y corrió infalible hacia una delgada figura que estaba sosteniendo a un hombre herido. Indiferente a su suciedad, los abrazó a los dos, con la cara bañada en lágrimas. —¡Gracias sean dadas a Dios! Olvidándose que era ya lo suficientemente mayor para ir a la guerra, Diarmid la abrazó con los hombros estremecidos por los sollozos. Dejándolos en paz en su reunión íntima, Gwynne comenzó a dar enérgicas órdenes a los criados y aparceros que iban entrando en tropel en el patio. Con un brazo sostenía a Jean, sabiendo que la joven no descansaría mientras sus rebeldes no
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estuvieran todos bajo techo. En medio del clamor de los soldados, Gwynne encontró un momento para preguntarle a Jean: —¿Y Robbie Mackenzie? A Jean se le arrugó la cara. —Murió dirigiendo a sus hombres en la carga final, mientras ese maldito italiano cobarde huía del campo de batalla. —¿Te refieres al príncipe? —El pretendiente es un farsante. Fingía tener honor, lealtad, valor. Lo único que quería era poder y gloria para los Estuardo. Espero que Cumberland lo encuentre para que lo arrastren y descuarticen. Ardía la rabia de Jean en medio de su cansancio. Apenada por el duro golpe al idealismo de la joven, Gwynne la hizo entrar y la llevó al sector de los aposentos de la familia. —Tus hombres ya están dentro, y nos ocuparemos de atenderlos bien a todos. Ahora tienes que descansar. No olvides lavarte bien antes de acostarte. Si llegan los soldados del gobierno es posible que tengas que mostrarte y fingir inocencia. Jean sonrió sin humor. —Gwynne, he llevado una espada y cabalgado con los hombres del valle Rath en el campo de batalla. ¿Cómo puedo negar eso? Duncan tenía razón en cuanto al valor de su hermana. —No puedes negar que viajaste con el ejército, pero puedes decir que fue para seguir a tu novio, porque querías convencerlo de abandonar la locura jacobita y volver a casa. Jean titubeó un momento. —Me repugna renegar de mis creencias y de mis hombres. Nuestra lealtad y nuestro honor eran verdaderos, aun cuando el pretendiente no los mereciera. Gwynne la miró a los ojos. —El valor y el honor no necesitan defensa, y no deberían ser el motivo para que maten a hombres valientes. Si yo puedo mentir para salvarles la vida, también puedes tú. —Si lo pones así, supongo que no puedo negarme. —Se pasó los dedos temblorosos por el pelo enredado—. Pero ¿y si alguien me reconoce de haberme visto a caballo en el campo de batalla? —Si alguien asegura que te ha visto ahí, nos reiremos de la ridiculez de esa idea. Lo único que tienes que hacer es presentarte con tu vestido más delicado y femenino, y se avergonzarán de haber sugerido siquiera que tú podrías haber estado en una batalla. Jean soltó una risita débil. —Aunque detesto reconocerlo, es probable que tengas razón. —Ningún hombre desea creer que una mujer pequeña es su igual en valentía y pericia. Ahora vete —añadió, dándole un suave empujón para que entrara en su dormitorio. Gwynne se fue a su habitación a cambiarse el camisón por un vestido de mañana. Ya no volvería a dormir esa noche. Cuando estuvo lista, bajó al sótano a ver cómo se estaban instalando los fugitivos. Donald había recordado que en la parte este del sótano había un corredor con una serie de celdas a las que se accedía por una sola puerta. Eso significaba que sólo era necesario hechizar una puerta, lo que aumentaba las probabilidades de éxito. Por orden del administrador se trajeron balas de paja, y extendieron la paja por el suelo de las celdas a modo de lechos. Ya había tres o cuatro hombres en cada celda,
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muchos de ellos durmiendo por el agotamiento. Cuando Gwynne estaba inspeccionando las celdas apareció una mujer canosa en el corredor. —Tú debes de ser lady Dunrath. Soy Elizabeth Macrae, la curandera. —Hizo un gesto hacia una joven que venía detrás muy cargada—. Y ella es mi nieta, que me ayuda. ¿Donde están los heridos más graves? —Por aquí. —Gwynne la llevó hasta la última celda, donde era menos probable que se oyeran los quejidos si registraban las mazmorras—. ¿Qué más necesitas? Arremangándose, Elizabeth Macrae se arrodilló junto a un joven cuya manta estaba tiesa de tanta sangre seca. —Agua caliente, jabón y toallas, y tal vez más vendas. Gwynne dejó solas a la curandera y su nieta para que hicieran su trabajo y dio la orden de que les llevaran el agua caliente y las demás cosas. A Maggie le dijo: —Tenemos que traerlo todo a esta parte y tenerla sellada cuando lleguen los soldados. —¿Puede impedir que los soldados del gobierno los encuentren? —preguntó Maggie con expresión preocupada. —Creo que sí. Pero necesitaré la ayuda de Duncan. —Entonces tendrá que liberarlo. Eso está bien; no debe estar ignorante de lo que le está ocurriendo a su gente ante sus propias narices. Eso era cierto, pero a Gwynne no le hacía ninguna ilusión tener que ir a hablar con su marido. —Ahora voy a ir a verlo. Supongo que nuestra conversación va a llevar un tiempo, así que tú quedas a cargo, Maggie Macrae. Vigila que no quede ni un solo rastro de barro, tierra ni huellas de pasos en el vestíbulo principal y que no haya huecos llamativos en las despensas ni en los armarios de las mantas y sábanas. Además, a los que viven en el extremo norte del valle hay que enviarlos a sus casas pronto. Si en sus casas no hay nadie, los hannoverianos lo encontrarán sospechoso. Maggie sonrió: —Tiene buena cabeza para el engaño, señora. —Espero que sea lo bastante buena. Armándose de valor, Gwynne dejó al ama de llaves y se dirigió a la celda de Duncan, que estaba en el otro extremo del sótano y era lujosa comparada con las celdas en que estaban los rebeldes. Encerrándolo había sembrado el viento. Ahora le tocaba cosechar el tornado. Algo iba mal. Incluso con su poder bloqueado, Duncan sentía en la médula de los huesos que había problemas. Aún era de noche, y si tenía que esperar a que Maggie Macrae le llevara el té con pan, podría volverse loco. Sintió girar la llave en la cerradura y levantó la cabeza para mirar. La puerta se abrió y apareció en ella su señora esposa con una lámpara en la mano. Incluso con su sencillo vestido y su atractivo hechicero totalmente escudado estaba dolorosamente deseable. Se odió por desearla. —¿Qué diablos ocurre? —preguntó en tono duro. —O sea, que incluso bloqueado por el hierro te das cuenta de que ocurre algo — dijo ella, dejando la lámpara en la mesa—. Jean ha regresado con la mayoría de los hombres del valle, entre ellos el jovencito Diarmid. Dice que los hannoverianos los vienen persiguiendo, así que los hemos escondido aquí. Él descubrió que saber lo que ocurría no lo hacía en absoluto más feliz.
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—¿Qué hay que hacer? —Todos los rebeldes están en las celdas del corredor este. —Acamparon para pasar la noche a unas tres millas al norte del valle. mordaz—. —Las ilusiones eran agotadoras porque el mago ha de mantenerlas continuadamente. Sentía el cuerpo y el alma como si hubieran estado dormidos y de pronto volvían a la vida con pinchazos de agujas. No te horrorices tanto por mi temeridad. —Asomó una leve sonrisa a su cara—. Cuando se sintió más o menos al mando de sí mismo. pero por el recelo que vio en sus ojos comprendió que estaría preparada si la golpeaba. Saboreó ávidamente su vuelta. Tendrá que ser un hechizo de ilusión y rogar que ninguno de ellos toque la puerta y se dé cuenta de que toca madera. ese hechizo sólo hace desear mirar hacia otro lado. Fuera cual fuera su venganza. no todos serán igualmente engañados. no piedra. Gwynne sacó la pequeña llave de las esposas. hizo una inspiración profunda. Es mi esperanza que nuestros poderes combinados logren producir un hechizo de no ser visto lo bastante fuerte para impedir que descubran la puerta de acceso a esas celdas si hacen un registro en serio. Es una tropa numerosa de soldados a caballo. Cuando por fin se la quitó. Gwynne le cogió los hombros y lo ayudó a sentarse en la cama. sintiendo entrar su poder como un río que ha derribado la presa que lo retenía. temblando por la reacción. Por eso necesito que me ayudes a ocultarlos. Gwynne dejó la manilla en la mesa y le cogió la mano izquierda. acalló la mente y lo miró con los ojos semienfocados. Si son varios los hombres que hacen el registro.Mary Jo Putney El beso del destino —¿Es que quieres que nos maten a todos? Si los encuentran aquí tratarán como traidores a todos los habitantes del valle Rath. les habrían dado alcance esta 200 . ahora no tenía de qué preocuparse. Con amabilidad impersonal. —Te pido que no trates de matarme hasta que Dunrath esté a salvo. pero la sensación no era agradable. —No lo sé. Él frunció el ceño. Él bajó la cabeza y se cubrió la cara con las manos. —¿Sabes crear un hechizo de ilusión? Yo lo he intentado pero sin mucho éxito. pero le resultaba difícil dominar su ardiente rabia. si no. Esperó con escasa paciencia a que ella le soltara la manilla. ¿Por qué no dejas que los descuartice Cumberland? Ella le levantó la mano derecha y le quitó la manilla de hierro. —Lo sé. Sin embargo. —Bueno. Gwynne estaba a su alcance. la maldita. He estado tan ocupada que no he tenido tiempo de mirar mi cristal para localizarlos. —Me extraña que estés dispuesta a arriesgar tu bonito cuello por un montón de rebeldes —dijo él. Tenía razón. unos veinte. —El levantamiento ya acabó. Si Jean y sus hombres no hubieran continuado caminando durante la noche. Tendrá que ser una ilusión porque colijo que no hay tiempo para nada más. se deshacen. tal vez más. ¡míralo ahora! Ella sacó su cristal de obsidiana. —Soy bastante bueno para hacerlos. podía esperar hasta que los hombres del valle estuvieran a salvo. A regañadientes él reconoció que su comentario había sido injusto. claro. —No será suficiente. y no quiero ver morir a más hombres sin ningún sentido. Tú tampoco los habrías abandonado. ¿A qué distancia están los hannoverianos? ¿Acamparon para pasar la noche? Ella se frotó la frente. levantó la cabeza. Pero pensó que podría lograrlo—.

Cuando se las explicó. —La lluvia irá en aumento —dijo. Pasados unos minutos comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia. —No tendrás que serlo. —¿Has recuperado la fuerza suficiente para conjurar una tormenta? —preguntó ella. Con suerte. y su magia meteórica le limpió el alma de parte de su rabia. —Al norte del valle salen varios senderos en distintas direcciones. —No creo que yo pueda ser educado con ellos. —Aunque la lluvia les haga más lento el avance. Pero nada que ella dijera o hiciera le eliminaría jamás las profundas heridas de su traición. un aguacero importante dejará empapados a nuestros soldados del gobierno. y las huellas de los fugitivos quedarán prácticamente borradas. —Donald ordenó que hicieran pasar un rebaño de vacas por ese camino. Ya he ideado unas cuantas mentiras y creo que son buenas. Entre las pezuñas de los animales y la lluvia. —La lluvia les aminorará la marcha por la mañana. Sin contestar. inspirando el aire húmedo de la noche. seguro que estarán aquí a primera hora de la tarde —dijo Gwynne. Si quiero parecer una buena antiestuardo tendré que ofrecerles hospitalidad para la noche. 201 . él se acercó a una de los ventanucos y comenzó a explorar el cielo. ceñuda—. será imposible encontrar huellas de personas en dirección al castillo. Duncan asintió aprobador. Inteligente Donald al pensar eso. Disfrutando nuevamente de su capacidad para configurar los fenómenos atmosféricos. los llamó hacia él y los añadió a la densa humedad que ya había en el cielo sobre el valle Rath.Mary Jo Putney El beso del destino mañana. Al amanecer. él tuvo que reconocer que el plan era bueno. dándole la espalda a la ventana—. Encontró lluvia sobre las Hébridas y una furiosa tormenta en las Orcadas. los hannoverianos no sabrán distinguir cuál tomó Jean. En abril nunca estaba muy lejos la lluvia. esperanzada.

hacía unos años. El coronel se inclinó cortésmente. 202 . las curanderas y Duncan estaban escondidos detrás del hechizo de ilusión. Gwynne se levantó de su delicado escritorio taraceado. Guardar un secreto entre tanta gente era un problema. y además una peluca empolvada de complicados bucles. una carta que no contenía nada importante. Había seguido a la doncella. Los fugitivos. pero el hombre tenía que ser de buena cuna para moverse en esos círculos tan elevados. Esa situación requería la ayuda de un poder superior. Cuando se enderezó y la miró a la cara. coronel Ormond. Estupendo. Dejó a un lado la pluma con que estaba escribiéndole una carta a lady Bethany. Haz el favor de acompañar aquí al coronel Ormond y luego tráele algún refrigerio. más apropiado para un salón de Londres que para las Highlands. por si algún oficial desconfiado decidía leerla. el coronel Ormond tenía la cara alargada y llevaba la espalda recta como una vara a pesar de sus botas de piel empapadas y la peluca que chorreaba de agua. No vacilaría en cumplir su deber. —Señora. Muy inocente. Alto y de edad madura. exclamó: —¡Lady Brecon! ¿Qué hace en Escocia? Su expresión revelaba reconocimiento y pasmada admiración. Sí. Seguramente lo había conocido en alguna parte en Londres. era un soldado honorable y experimentado. —Efectivamente. agradecería muchísimo eso. pero tampoco buscaría pretextos para hacer arrestos. al que repugnaron las atrocidades cometidas contra los civiles después de la batalla. tal vez con la esperanza de pillar a la señora de la casa en alguna actividad sospechosa. sólo el tipo de cháchara doméstica que se supone que intercambian dos damas de la aristocracia. desea hablar con usted. no se puede imaginar cuánto me alegra ver una cara civilizada. —Qué bien tener una distracción. El resto de los habitantes del valle estaban ocupados en sus actividades normales y preparados para declarar ignorancia respecto a posibles jacobitas en el valle. Si ha venido viajando con este tiempo horroroso sin duda necesitará tomar algo caliente. Rondando los cuarenta. nada digno de recordar. Se había puesto un vestido de falda ancha inflada en las caderas por un miriñaque. La voz masculina pertenecía a un oficial de casaca roja que estaba en la puerta. Mientras caminaba majestuosamente hacia la puerta hizo una lectura del carácter del oficial. pero la magia tenía sus límites. —Bienvenido a Dunrath —dijo amablemente—. Gwynne procuró calmar los acelerados latidos de su corazón mientras le anunciaban la visita que había estado esperando. Sería fantástico si existiera un hechizo que se pudiera aplicar a todo el valle para recordarles a las personas lo que debían decir y parecer convincentes. ha llegado un grupo de soldados y el oficial jefe. Habían bailado.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 36 La doncella Annie entró en el salón de mañana y se inclinó en una reverencia. Después de este largo y horrendo invierno. en un baile elegante. Esperaba parecer tan inglesa que fuera imposible creerla jacobita. Levantó la vista con su expresión más impasible. lady Ballister.

Él se sentó en un sillón frente a ella. irónica—. coronel. una que no escondería a rebeldes en las mazmorras. coronel. se sentó en el sofá. Ella puso una saludable dosis de whisky en la taza y se la pasó. —Los refrigerios. ¿qué le ha traído a Dunrath? Todos somos buenos antiestuardo aquí. Paseando la vista por el entorno. en efecto. Es un inmenso alivio que haya acabado la lucha. pero Ballister me conquistó el pasado verano. por lo que los Macrae han creado un oasis de civilización —explicó ella. Hacía poco se había casado con una joven beldad y necesitaba creer que una esposa hermosa es capaz de ser virtuosa aun cuando su marido esté lejos durante meses y meses. y cuénteme todas las noticias. —Pero el norte le sienta muy bien. lady Ballister. —¿Coronel Ormond? Después de un instante de vacilación. señora. —Me adula. ¿Es cierto eso? —Lo es. Al instante ajustó su poder de hechicera de modo que él la percibiera como una amante y fiel esposa. él asintió: —Eso lo agradeceré mucho. Seguía admirándola. le dijo: —La mayoría de los castillos escoceses que he visto son fortalezas desnudas. Mirando más allá del coronel hizo un gesto con la mano como para echar a alguien. me temo. —No soy la primera esposa inglesa que ha venido a Dunrath. —Si está arrancando jacobitas. Él bebió la mitad de su té en dos sedientos tragos. Él tenía que considerarla una mujer virtuosa. —Se alisó una arruga en la falda—. un pequeño botellín de whisky y comida lo bastante sustanciosa para tentar a un soldado hambriento.Mary Jo Putney El beso del destino —Me alegra volver a verle. Gwynne sirvió el té y luego puso la boca del botellín sobre la taza para el oficial. con una nota de reproche en la voz. pero la rebelión no habrá acabado mientras no se haya arrancado hasta al último jacobita de las Highlands. Annie. —Rió. Y ocúpate de que a los hombres del coronel se los haga pasar al vestíbulo principal y se les sirva algo caliente. como estoy seguro que habrá oído. con un elegante movimiento de las faldas de seda. Notó su sutil reacción al cambio de su energía. el tipo de mujer que él más aprobaba. pero no pude soportar alejarme de mi casa por causa de ese tonto aventurero italiano. por favor. lady Ballister. Ahí fuera no es lugar ni para hombre ni para bestia. pero aquí en los aposentos privados de Dunrath puedo imaginarme en Inglaterra. —¡Esta horrenda rebelión! Consideré seriamente la posibilidad de volver a Londres. señor —repuso ella. Sencillamente no tienen idea del lugar que les corresponde. Entonces pasó por su mente una percepción más profunda de Ormond. preparándose para decir: —¿Eso incluye a la señorita Jean Macrae? Es bien sabido que reunió a un grupo 203 . Elegí un mal momento para trasladarme al norte. pero la aceptaba como una casta mujer casada. Ahora soy lady Ballister. del tipo que se merece protección. Mi querido Brecon murió hace dos años y jamás pensé que me casaría con un bárbaro escocés. Cuando salió la doncella. con la esperanza de que también quedara claro que en la familia había mucha sangre inglesa y por lo tanto no había en ella inclinaciones jacobitas—. En ese momento entró Annie con una bandeja con el té. Tome asiento. Dicen que Cumberland aplastó a los rebeldes en una fabulosa batalla cerca de Inverness. —Juro que estos criados de aquí están bien encaminados a volverme loca. —Las noticias son buenas.

Eso nos sorprendió. antes de que hubiera una verdadera rebelión. —La noche en que llegamos Ballister y yo de Inglaterra. pero no se fue al ejército porque fuera simpatizante de los jacobitas. Jean viajó hasta el ejército rebelde a pesar de mis súplicas para que se quedara aquí segura. —Sin embargo. Robbie Mackenzie de Fannach. pero supongo que los aventureros tienen que ser atrevidos. —Es delicioso cómo se puede torcer la verdad —dijo Gwynne. Con suerte. Me pareció un joven agradable. —Suspiró—. había dos o tres hombres del valle Rath en ese grupo. me han dicho. —¿Y el grupo de hombres que reunió para el príncipe? —preguntó Ormond. —La hospitalidad es sagrada en las Highlands. ¿Lo haría usted. bueno. le diría a Ormond unas cuantas mentiras más y él estaría 204 . Una simple niña no podía hacer sola todo ese viaje por Escocia. entró en el patio cuando estábamos en una celebración de bienvenida. Es una antigua tradición. vino al castillo. haciendo una mueca—. así que viajó con un grupo de voluntarios que iban en dirección al ejército. no mucho después de desembarcar en Escocia. Se merece pagar el precio de los estragos que ha causado. Gwynne no tuvo que fingir el estremecimiento ante eso. y no escucha razones. criada aquí en estos parajes inhóspitos. Es una joven muy obstinada. O… peor aún. Si sólo la mitad de las historias que se cuentan de ella son ciertas. Entre mi marido y yo hicimos todo lo posible por poner fin a las conversaciones de rebeldía. pero no es jacobita. escéptico. Pero si viera al príncipe ahora lo capturaría al instante. —Se mordió el labio. lógicamente. Le supliqué a Jean que rompiera el compromiso. como preocupada —. El pretendiente no es popular en el valle Rath. puesto que no habría futuro para ellos aquí. Miró por la ventana y vio que Duncan había parado la lluvia y estaba apareciendo el sol por entre las nubes. y que continuó con el ejército hasta el final. aparte de sus tontas ideas políticas. Simplemente deseaba estar con su novio. Gwynne se encogió de hombros indulgentemente. Sí. Incluso se dice que la vieron en el campo de batalla llevando una espada. —No podría estar más de acuerdo. —¿Y han vuelto al valle esos fanáticos? —No. Eso podría ser para mejor. —No puedo negar que actuó tontamente. Gwynne notó que el escepticismo del coronel comenzaba a desvanecerse.Mary Jo Putney El beso del destino de rebeldes y los condujo personalmente al ejército del pretendiente. supongo que no —repuso él. —Eso debe de ser un rumor inventado porque la verdad no es interesante. —Podría haber sido mejor para todos los involucrados si su marido lo hubiera tomado prisionero —dijo él secamente. Ormond estaba peligrosamente bien informado. pero ella estaba segura de que lograría persuadirlo de abandonar a los rebeldes y volver a casa. Tal vez murieron durante la campaña. necesaria en una tierra inhóspita. Al menos no hace todos estos meses. pero siempre hay unos pocos fanáticos. que yo sepa. Es impensable que mi marido se porte deshonrosamente con una visita. Sólo lo vi una vez. coronel. aun cuando no sea invitada. Ballister le negó su apoyo y lo despidió. Aunque detesto reconocerlo. Ahora que se ha aplastado la rebelión. y trató de ganar el apoyo de mi marido. tengo que llevarla a Londres para que se pula un poco. la juzgarán y la deportarán. en tono de indulgente diversión—. —Ser mujer no la salvará de que la condenen como a una rebelde —dijo él francamente—. coronel? —No.

Además. Era mejor para ellos estar ocupados e interesados en otra parte que quedarse aquí y caer presa de los alborotadores. Con los ojos bajos. —Entonces. pero las personas de rango debemos responsabilizarnos de nuestros subordinados. Gwynne enarcó las cejas con una leve insinuación de desprecio. por supuesto. —Puede que la señorita Macrae no fuera jacobita cuando se marchó de Dunrath —dijo Ormond—. Gwynne tiró del cordón para llamar a la doncella. Con suerte. Llegó a casa hace cinco días. pero si luchó en la batalla con el ejército rebelde. llevó con él a varios jóvenes del valle. —Sí. estaba aquí cuando tuvo lugar la batalla. pero sana y salva. Cansada y muy triste. Tenía asuntos que atender allí. Llenó nuevamente las tazas y estaba instando al coronel a comer más cuando se abrió la puerta del salón de mañana y entró Jean. alejamos al mayor número posible. ¿dónde está. Además. Gwynne volvió a reírse. —Pues sí. aunque de ninguna manera como explorador para los jacobitas. —Y eso era cierto—. Nos dolió separarnos tan pronto después de la boda. muy señorita y aparentaba dieciséis años. Un hombre que encaja con su descripción fue visto en las cercanías del ejército rebelde durante la invasión de Inglaterra. —¡Absurdo! Jean es apenas una niña. Aunque es un leal servidor de la Corona. A instancias mías.Mary Jo Putney El beso del destino dispuesto a continuar su camino. mientras esperaban—. pensativo—. Jean se inclinó en una profunda reverencia ante el coronel 205 . coronel Ormond. sí. y está bien no exponerlos a ideas vehementes. —Ingenioso —dijo el coronel. ya perdida su esperanza de hacer cambiar de opinión a su novio. que mi marido no ha estado en ninguna parte cerca de Inverness. ¿Querría hablar con ella? Cuando él asintió. después de que hablara con Jean estaría dispuesto a continuar su búsqueda en otra parte. coronel Ormond. La mayoría de los Macrae de Dunrath se ofenderían si los llamaran subordinados. Varios muchachos del valle están sirviendo en el ejército del gobierno. Los jóvenes son como yesca. Era el momento para otra mentira grande. sorprendido. ¿Ha regresado Ballister a Dunrath? —No. ¿entiende?. —Seré sincera con usted. Se ha sugerido que Ballister actuaba de explorador del terreno para las tropas rebeldes. No rebeldes. Es difícil enfadarse con ella después de todo lo que ha sufrido. pero el coronel asintió. —¿Y Ballister? —preguntó Ormond. Con el pelo empolvado y un vestido de seda de color claro con mangas colgantes con encaje. pero espero que esté pronto en casa —contestó Gwynne con una nostálgica sonrisa—. También ha habido rumores de que es un simpatizante jacobita. pero jóvenes fogosos que podrían haberse tentado de unirse a esa tontería jacobita si no se los distraía. señora? —Ormond entrecerró los ojos—. —¿A eso se debe que viéramos a tan pocos hombres jóvenes cuando pasamos por el valle? El coronel era perspicaz. y estar lejos de Escocia era menos doloroso para él. Jean se veía delicada. —¿También se cree que fue a la batalla con los jacobitas? Le aseguro. Gwynne la aplaudió mentalmente. viajó a Inglaterra. aprobador. —¿Dice que está aquí en Dunrath? —preguntó él. y luego le dio la orden de que fuera a llamar a Jean. debió convertirse en una de ellos. a mi marido lo afligía terriblemente ver su patria destrozada por la rebelión.

Sus furiosas palabras fueron más convincentes que cualquier número de alegaciones de inocencia. Jean levantó la cabeza y lo miró con los ojos agrandados por la sorpresa. visiblemente incómodo por tener que interrogar a una niña recién salida del aula. su carita mojada por las lágrimas. con un conmovedor intento de sonreír —. con expresión conmovida—. Tiene mi compasión por su pérdida. señorita Macrae. A Gwynne le preocupó más el oficial. —Comprendo. Todos debemos colaborar en restablecer la paz. Pensando que el coronel estaba bien y realmente convencido de su inocencia. Soñé que lo matarían pero rogaba que no fuera cierto. Si tenía que morir. se la acusa de haber reunido a un grupo de hombres de Dunrath y de haberlos llevado a unirse con los jacobitas. En ese momento se abrió la puerta y apareció otro oficial de casaca roja acompañado por un hombre toscamente vestido. cariño. Ormond la miraba incrédulo. —Lady Ballister ha dicho que regresó a casa hace casi una semana. —Jean. percibía un miasma de muerte y sufrimiento a su alrededor. Jean emitió un siseo apenas audible al ver a los recién llegados. Era evidente que no lograba conciliar la descripción de una doncella guerrera con esa damita tan frágil y recatada. —Sé fuerte. Ésas son acusaciones muy graves. no! —exclamó Jean y se echó a llorar—. Te calmará los nervios. por lo tanto es posible que aún no sepa que su novio murió en la batalla. El oficial se aclaró la garganta. Mientras Ormond era un hombre razonable. Lamento haberla molestado con acusaciones sin fundamento. —¿Yo. 206 . —¡No es ningún consuelo! Dio su vida por ese… por ese vil saltimbanqui italiano. pero observándola astutamente.Mary Jo Putney El beso del destino mientras Gwynne hacía las presentaciones. más valdría que hubiera elegido una causa digna de su valor. —¡Dios de los cielos. coronel —dijo. señorita Macrae —dijo Ormond gravemente. Eso también sonó convincente. con una compasión tan verdadera como la aflicción de la joven. con el cuerpo sacudido por desgarradores sollozos. ese recién llegado disfrutaba con la sangre. pero el coronel Ormond debe hacerte unas preguntas. Sé que esto te resultará difícil. Incómodo por haber hecho llorar a una dama. Espero que eso les sirva de consuelo a usted y a su familia. Gwynne! Se echó en los brazos de su cuñada. cariño —dijo Gwynne. mientras servía otra taza de té—. una simple mujer. sí. Ormond le dio la noticia con mucha amabilidad. pero fue para reunirme con mi novio. Jean levantó la cabeza. dirigir una banda de soldados? ¡Qué idea más rara! Fui hasta el ejército jacobita. Incluso se dice que luchó en Drummossie y escapó con un grupo de rebeldes. —Señorita Macrae. Y se había revolcado en sangre no hacía mucho también. Escocia está hecha un caos ahora. siéntate a mi lado —le dijo Gwynne dulcemente. honorable. ¡Oh. Gwynne le dijo: —Bebe un poco de té. Jean sacó un pañuelo de la manga para secarse los ojos. Tenía… tenía la esperanza de poder convencerlo de que volviera a casa y se casara conmigo antes de que fuera demasiado tarde. —Debe cumplir su deber. Robbie Mackenzie. Mi Robbie valía por mil Estuardo. Ormond dijo: —El capitán Mackenzie luchó bravamente. canalizando su verdadera pena hacia la representación.

después de tragarse el miedo y la frustración—.Mary Jo Putney El beso del destino Había disfrutado matando a fugitivos. —Puede que Geddes esté confundido en algunas cosas —dijo el comandante—. según este hombre —dijo Huxley secamente—. —Dunrath no tiene nada que esconder —repuso ella. coronel —dijo Gwynne tranquilamente. casi avergonzada por lo bien 207 . —Eso es una tontería —terció Gwynne tranquilamente—. Aun cuando sea una tontería. lady Ballister —dijo el coronel. No había nada caballeroso en su admiración. Los seguí y todos subieron directo a este castillo. en este caso. —Sé lo que vi. No todos aceptarían esta… esta difícil situación con tan buen talante. —Anoche muy tarde —dijo el hombre al coronel— vi a una banda de rebeldes entrar en el valle por el camino del norte. Pero ojalá estuviera aquí mi marido para que le diera una lección a esta criatura por ese insulto a mi cuñada. ¿Cómo se atreve a sugerir un… un lío amoroso entre Jean y el pretendiente? —Como ha dicho antes. Peor aún. pero hizo una buena descripción de un grupo de rebeldes que entraron sigilosamente en el valle. Geddes pareció moderadamente ofendido. se desviaron antes de entrar en el valle Rath. habiendo dinero a la vista. —Agradezco su colaboración. su forma de hablar decía que era escocés de todos modos. y ella iba conduciéndolos —apuntó a Jean con un sucio dedo—. Más exacta de la que se esperaría de un borrachín. aunque no lo bastante para protestar. El coronel se levantó. deseando visiblemente estar en otra parte. comandante Huxley? Ahora que ha parado la lluvia tenemos que ponernos en camino para encontrar a esa banda de jacobitas. —Supe que paga por información. —No. dicen. Di lo que sabes al coronel. a veces el rumor embellece la aburrida verdad —dijo Ormond. preocupado—. no el jefe. con la gorra en las manos. Algunos de mis hombres ya están registrando el valle. porque su mirada la recorrió de arriba abajo con inconfundible insolencia. Fuera cual fuera su origen. claramente pensando si de verdad sería lo que parecía ser. Ella es una de las putas de Carlos. Geddes giró la cabeza hacia ella. —Comprendo. —¿Han comido algo los hombres. —Si la información es buena —contestó Ormond. irradiaba falsedad y oportunismo. Con demasiada. Si Geddes era un «forastero». Menos mal que era el subordinado. y ahora debemos registrar el castillo también. —Un chamarilero inútil que vaga por esta parte de Escocia vendiendo basura y robando cuando puede —dijo Jean lúgubremente—. Al parecer. Debería haber pensado en Geddes cuando preguntaste si alguien de aquí podría traicionar a los nuestros. No es uno de nosotros pero viene con bastante frecuencia. —Miró a Geddes despectiva—. entraron y no han vuelto a salir. tenía una débil chispa de poder y no sería fácil engañarlo. Miró a Jean con más detenimiento. Aquel individuo desharrapado avanzó arrastrando los pies. Pregúntele a esta criatura cuánto whisky consumió anoche. —Ciertamente debe investigar una acusación así. —¿Quién es? —preguntó Gwynne a Jean en un susurro. —La energía de Ormond pasó de la un caballero considerado a la de un soldado de sílex—. sus ojos inyectados de sangre brillantes de malignidad. lady Ballister. Geddes.

dado que ésa es la dirección que lleva el polvo. No es algo para una dama. Estarían a salvo. —Como quieras. ceñudo—. siempre que no encontraran ni un solo rastro de los rebeldes. señora —dijo Ormond. les deseo un buen día. en un tono que sonaba un poco a burla.Mary Jo Putney El beso del destino que mentía. pero inclinó amablemente la cabeza como si tomara literalmente el cumplido. cariño —le dijo a Jean—. Gwynne. Aunque la mirada de Jean decía que deseaba hacer más. Caballeros. Les acompañaré en el registro. Pero el cielo los amparara si el comandante Huxley encontraba algo sospechoso. —Será un trabajo sucio y tedioso. y mucho menos para una con ese elegante vestido. —Entonces comenzaremos por los áticos. Deseaba creer que ella. —Es usted un ejemplo para todas las damas —dijo Huxley. Tal como percibiera ella. Jean y la gente de Dunrath eran inocentes. el deseo de proteger a los suyos era una potente motivación—. 208 . aceptó que era mejor mostrarse lo más sumisa y mansa posible. Mientras los guiaba. Es un lugar antiguo y laberíntico. Una vez que se marchó Jean. el hombre no era fácil de engañar. puesto que yo conozco el castillo mejor que ustedes. Gwynne preguntó: —¿Tiene alguna preferencia en cuanto a por dónde comenzar el registro? Una buena ama de casa comienza por arriba y continúa hacia abajo. El coronel sonrió. —Que jamás se diga que he faltado a mi deber —dijo ella firmemente. contento por su buen humor. Aunque todavía no lo conozco en su totalidad. no hay nada de qué preocuparse. Gwynne examinó la energía emocional del coronel. —Hizo una venia a los oficiales—. —Tú te vas a acostar.

Duncan había elegido la que estaba más cerca de la puerta de acceso. Estaba bostezando cuando cambió la escena que estaba viendo en el cristal. el otro… Soltó una maldición al reconocer a Geddes. Uno era un comandante del ejército. Nadie que viera a su hermana con ese atuendo creería jamás que podría ser la fierabrás que era. Incluso cuando se sentía más furioso. y lo que ocurriría si los descubrían. tal vez miles de vidas se habrían salvado. le estaba agotando rápidamente la energía. Gwynne ardería en el infierno por lo que había hecho. La cercanía le hacía más fácil mantener la ilusión que disfrazaba la puerta para que los posibles buscadores sólo vieran piedra basta. de 209 . Una vez que se fueran. muchos de los hombres seguían durmiendo agotados. tenía el alma de un guerrero. en el salón. El horror de lo que vio le renovó la furia contra su mujer. y casi se rió en alto cuando entró Jean en el salón de mañana con el aspecto de una jovencita inglesa frágil e impotente. recuperándose de la larga marcha a través del accidentado terreno. Siguió su entrevista con el coronel. Estupendo. dormiría como los agotados rebeldes. La mañana llegaría lo bastante pronto para decidir qué demonios hacer con Gwynne. y ya estaban cansados y hambrientos incluso antes de la batalla. y el trabajo combinado de trabajar el tiempo atmosférico. Pero por el momento eran aliados a regañadientes por su común deseo de proteger a la gente del valle. La entrevista parecía ir bien. Pero a pesar del casi absoluto silencio. Él continuaba cansado por su contacto con el hierro. Entró un hombre. Cuanto antes se marcharan los soldados. Por el momento. seguía siendo custodio y habría protegido a los hannoverianos si hubieran sido los que huían aterrados. Ella tenía que marcharse de Dunrath cuanto antes. dejando su caballo para los heridos más graves. Jean les había exigido muchísimo. Mientras esperaba. pero su traición había destruido irrevocablemente la frágil confianza que era la roca que sostenía cualquier matrimonio. En las celdas reinaba el silencio. y con el sol que él procuró. Gwynne fue juiciosa al recomendarle que hiciera acto de presencia en lugar de esconderse en las mazmorras. dos.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 37 Había varias celdas en hilera al otro lado de la pared del húmedo y viejo corredor. mejor. Una lástima que los lazos del matrimonio no pudieran cortarse con tanta facilidad como se cortaban los afectivos. la atmósfera vibraba de tensión. el coronel parecía dispuesto a continuar camino en lugar de quedarse a pasar la noche. mirar el cristal y mantener el hechizo de ilusión. Lo enorgullecía que su hermana hubiera hecho todo el trayecto a pie con sus hombres. Lo reforzaría si se aproximaba alguien. el hechizo le consumía una pequeña cantidad de poder. había usado su recuperado poder para mirar su cristal de videncia y ver la batalla y sus consecuencias. Sólo pensar en cómo lo atrajo a casa sólo para encerrarlo lo hacía hervir de rabia. ¡Maldita Gwynne! Él podría haber cambiado el resultado y librado a los supervivientes de aquella inútil matanza. El sucio chamarilero sólo aparecía si había dinero o problemas por crear. No había un solo hombre que no supiera que los soldados del gobierno estaban en el castillo. Cientos. no. A pesar de su lealtad al levantamiento. sabía en su corazón que jamás podría decidirse a hacerle daño.

Conjurar tormentas le resultaba fácil. Vengo aquí muy pocas veces. y Gwynne y los oficiales comenzaron a registrar el castillo. Sin esas horas extra no habría habido tiempo de borrar todas las huellas de los fugitivos. Cuando finalmente el grupo de búsqueda se acercó a la escalera para bajar. cuartos. ¿Estaba cazando alimañas o vigilándola como la mascota que Duncan bromeaba que era? Fuera por el motivo que fuera. seguida por el coronel. El comandante era otra historia. —Es posible que tenga razón —dijo ella tranquilamente—. y eso no sería nada bueno. Cuando llegaron al sótano. Esperaba que los oficiales se desorientaran y no se dieran cuenta de que faltaba por ver una parte. Aunque Gwynne veía que el registro iba rápido. se sacudió el vestido con un mohín de disgusto. estarían cansados cuando llegaran a las mazmorras. lady Ballister. comenzando por los áticos. ni siquiera cuando vivía en Inglaterra era muy buena en eso. Hacer el papel de una dama inglesa encantadora y frívola era trabajo difícil. porque la amable escena cambió a tensión. los llevó por todos los corredores. Decenas de rebeldes no se podían ocultar en un ropero. Avanzando por el corredor. Jean se fue a su habitación. A diferencia de Ormond. Estupendo. El cabrón debió haber visto a Jean y a sus hombres la noche pasada. Duncan hizo acopio del poder que le quedaba. No puedo decir que conozca todas las vueltas y revueltas de este horrible laberinto. La bien amueblada celda de Duncan daría pie a preguntas. caballeros.Mary Jo Putney El beso del destino preferencia ambas cosas. Otra cosa muy distinta era saber que lo único que se interponía entre Dunrath y el desastre era una frágil ilusión. era un sabueso excitado por la caza y no tendría piedad con ninguna presa que acorralara. a Geddes lo llevaron al vestíbulo principal y lo dejaron vigilado por unos guardias. además de muchos puntos en que el corredor terminaba en una pared. un movimiento en las sombras le hizo dar un vuelco a su corazón. señora —dijo el comandante. se sintió vagamente consolada por la presencia del gato. hacia donde había estado encerrado Duncan. debido a las ratas. Es una lástima que no esté aquí mi marido para guiarles. no lo convencía su papel de dama inglesa inocente. el comandante fue abriendo cada puerta y asomándose a mirar los lúgubres y vacíos interiores. Aunque lo dijo en tono educado. Han visto todo el castillo y no han encontrado a ningún jacobita. Estaba mirando la escalera cuando el comandante Huxley dijo: —Creo que no hemos visto todo el sótano. y ese día el precio que podían pagar era terriblemente elevado. cada momento le parecía una eternidad. Cuando las vueltas y revueltas por el laberinto los llevaron al pie de la escalera para subir. echando a andar hacia el otro lado del sótano y eligiendo con pasmosa seguridad la ruta por el laberinto de corredores. Gwynne lo siguió nerviosa. despensas y celdas. giró a la derecha. A Gwynne se le aceleró el pulso cuando 210 . la luz de la lámpara que llevaba en la mano dejaba ver un destello sardónico en sus ojos. pero los oficiales iban con el ojo vigilante por si veían algo sospechoso. Al mencionar a las ratas. Menos mal que él logró retrasarlos con una fuerte lluvia. Se relajó al ver que era Lionel. Cuando llegaron a un cruce del que salían corredores hacia ambos lados. —Por aquí. Por su postura se daba cuenta de que el coronel admiraba y respetaba a Gwynne. por lo tanto no revisaron todos los arcones y cajones. —Espero que estén satisfechos.

con su visión de maga ella vio simultáneamente la ilusión y la puerta oculta por ésta. La parpadeante luz de la lámpara iluminaba un trozo de corredor de menos de cuatro yardas. El castillo se construyó sobre roca sólida. los libros y la alfombra. y reprimió un suspiro de alivio. todas juntas. —Hemos llegado al fin de nuestra búsqueda. y tiene una forma más irregular. desapareciendo de la vista. Sin hacerle caso. Huxley frunció el entrecejo. Por aquí. pero Huxley continuó ahí. Era la personificación del deseo. Huxley dio la vuelta a la esquina y se detuvo en seco. Cuando pasaron por allí la primera vez ellos no vieron el corto corredor del otro lado porque Gwynne le puso un fuerte hechizo de no ser visto. Cuando él la miró. fíate de tu don más potente. El comandante entró y lo miró atentamente todo. ¿Cuánto tiempo podría mantener así de fuerte la ilusión? No mucho. Le llevó un serio esfuerzo distinguir vagamente la puerta oculta por la ilusión. En caso de duda. el coronel giró sobre sus talones y dio la vuelta a la esquina. Antes. pero habían quitado los demás muebles. con la chispa de poder de su espíritu insatisfecha. obstinado—. comandante —dijo Ormond en tono brusco—. Ella avanzó a mirar por un lado de él. impaciente—. ¿sabe?. probablemente su intuición le decía que había algo más en esa historia. La celda estaba relativamente limpia y todavía se encontraba ahí la cama estrecha de madera. Debía impedírselo. Gwynne retuvo el aliento. Es hora de que volvamos al camino. Gwynne se encogió de hombros. Tiene que haber otro corredor a la vuelta de esa esquina. Podría haber un escondite para sacerdotes. estaba de pie justo al otro lado de la puerta y derramando energía en el hechizo. —Todavía no lo hemos visto todo en esta planta —dijo Huxley. Cuando tocara madera dejaría de ver la ilusión. Huxley retuvo el aliento y comenzó a latirle el pulso de la garganta. cuando Duncan creó el hechizo de ilusión. Es hora de que nos pongamos en marcha para cumplir nuestra misión. Al venir desde el otro lado y con la desconfianza del comandante. Con una sola mirada podía encender el deseo más intenso y feroz en un hombre. Avanzó. Afrodita y Morgana. tan basta y vieja como las demás paredes del laberinto. Reanduvieron los pasos hasta el cruce del corredor que llevaba a la escalera. y en ella ése era su poder de hechicera. —¿Comandante Huxley? —dijo en voz baja y tono dulce. Dicho eso. —A veces se necesita una celda para encerrar a algún bribón borracho. Eva y Cleopatra. pero en ese momento no había ningún rebelde ahí. recorrido por 211 . Huxley abrió la última puerta y miró dentro. y las celdas están excavadas en la piedra. supuso. Más fácil le resultó sentir a Duncan. —Esto es lo que no vimos antes —dijo Huxley con los ojos brillantes—. que iba a tocar la pared de «piedra» en busca de alguna palanca que abriera una habitación oculta. con abrumador temor. lo golpeó con todo el atractivo sexual que poseía. —A mí me parece que no —comentó Gwynne—. Este sótano es más pequeño que las plantas de arriba. el hechizo perdió su eficacia. Si nos vamos pronto podríamos estar fuera del valle antes de que caiga la noche. y Gwynne comprendió. —Ésta tiene señales de haber estado ocupada recientemente. mirando ceñudo la pared.Mary Jo Putney El beso del destino llegaron al final del corredor. —Hay algo raro aquí —masculló—. Me he ido haciendo un mapa mental y nos falta una parte. En ese momento lo único que veía era una lúgubre pared de piedra. —Hemos registrado todo el castillo de arriba abajo y no hemos encontrado nada —dijo el coronel Ormond. —Interesante.

estarían todos perdidos. —¡Lionel! —Gwynne se agachó a coger al gato en brazos. pero si lo hacía revelaría su poder. Dejando la lámpara en el suelo. tratando de calmarlo mentalmente. Con la pequeña parte objetiva de su mente vio que la ilusión en la pared se había estabilizado. —Sí —musitó—. lady Ballister? Ella negó con la cabeza. pero ya no lograba entender por qué se había portado así. Un crujido de energía salvaje pasó junto a ella y un chillido felino resonó en las paredes de piedra. Podría violarla antes de que Ormond se diera cuenta de que no lo seguían. Cuando el comandante Huxley me atacó. Horrorizada. Huxley miraba fijamente a su superior. movió las garras y le enterró las uñas en la piel desprotegida. gritó mentalmente a Duncan «¡No!». Percibió una llamarada de furia al otro lado de la puerta oculta por el hechizo y comprendió que Duncan se había dado cuenta de lo que estaba ocurriendo. —Mi gato es muy protector —dijo a los oficiales—. ya sabía que no eras la gazmoña que aparentabas ser. si salía a atacar a Huxley. arrojó a Huxley al suelo. señor! ¡Cómo se atreve a agredir así a una dama en su propia casa! Desenvainó la espada y le colocó la punta en el cuello. apareció el coronel. Un instante después. retrocediendo tambaleante e interrumpiendo el asqueroso beso. sabía que lo habían sorprendido in fraganti. coronel Ormond. ¡Ella me deseaba! —¡No me mienta! —El coronel presionó la espada y apareció sangre en el cuello 212 . —Un defensor pequeño pero fiero —dijo el coronel—. Aterrada por la violencia de su reacción. lo que significaba que Duncan había dominado su instintiva furia. le levantó bruscamente las faldas y se metió entre sus piernas. Lionel le saltó a la espalda. mordiéndolo y golpeándolo con sus potentes patas traseras al mismo tiempo. y el terror que sonó en su voz era absolutamente auténtico. Cielo santo. Sabía lo que había hecho. Cuando le enterró los dientes en la oreja. la ilusión se debilitó y lo oyó meter la llave en la cerradura para abrir la puerta. y comenzó a crear un hechizo que podría salvarla sin levantar sospechas letales. produciéndole bascas. no fuera que la arañara a ella. la aplastó contra la pared y le invadió la boca con la lengua. Deseando poder usar un hechizo de defensa sin revelar a Huxley su poder. ¿Ha sufrido algún daño. sus estremecimientos no fingidos. Estás con suerte. —No era mi intención… ¡Aayyy! —chilló porque Lionel le saltó al brazo. el ataque de Lionel me dio la posibilidad de gritar pidiendo ayuda. Él se abrió la bragueta. buscando la entrada con la pericia de un hombre experimentado en la lujuria rápida e ilícita. Hay tiempo para darte a probar rápidamente lo que deseas.Mary Jo Putney El beso del destino el deseo. Sólo estabas esperando la oportunidad de quedarte a solas conmigo. —¡Dios todopoderoso! —exclamó Huxley. Lionel estaba sobre el hombro del comandante gruñendo y enterrándole las uñas. conmocionado y desorientado. de la que comenzó a manar sangre oscura. Horrorizado. milady. de un paso acortó la distancia que los separaba. ella comprendió que él no tenía conciencia de nada aparte de ese momento y no temía las consecuencias. Gracias a Dios usted estaba cerca. Gwynne lanzó un grito como para parar el corazón. —No. Mientras su furia pasaba ardiente por el corredor. ella deseó golpearlo con un hechizo de defensa. —¡Yo no ataqué a la zorra! —exclamó Huxley. —¡Que Dios le maldiga. furibundo—.

No sé qué me pasó. estando ausente su marido y todo eso. Gwynne se echó atrás el pelo con la mano temblorosa. ¿Es satisfactorio eso. —No creo que el comandante me hubiera atacado —dijo con voz trémula—. si no llevaran días y días tan apremiados. y ella sintió la desesperación de él. De mala gana envainó su espada. Por un instante se tocaron sus mentes. pero Duncan no podría mantener la ilusión con esa fuerza mucho tiempo más. aunque vayan vestidos con ropa de las Highlands. Descansa ahora. marido mío». comandante. Debía alejar a los oficiales realistas. Cuando los tres se alejaban. Que me deseaba intensamente. a la vez que la admiró a ella por su caridad cristiana. Me ocuparé de que lo cuelguen por esto. pero ella era custodio y no podía permitir que muriera por un ataque que ella había provocado intencionadamente. Le envió un silencioso mensaje: «Estamos salvados. —¿Quiere decir que no desea que lo castiguen? —preguntó. se lo juro. coronel Ormond. Es usted una deshonra para el ejército de Su Majestad. Pero no era ningún tonto. —Ojalá pudiera estar seguro de eso —masculló Ormond—. Durante un momento la expresión del coronel reflejó su deseo de cortarle el cuello a Huxley. —Pero la explicación era una que sí podía entender. Y no lo deje solo con ninguna otra mujer de mi edad. Tal vez a la mala luz interpretó mal algo que yo dije o hice. Sólo… sólo aléjelo de mí. Había desviado la atención de la pared. —Esto sólo ha sido un malentendido. Ormond frunció el entrecejo. Aunque el comandante barruntaba que había sido engañado. y ella percibió que estaba pensando en su mujer y en lo que le haría a cualquier hombre que la agrediera así. Ormond escupió en el suelo. —No deseo que lo cuelguen. Se marchaban justo a tiempo. —Debería arrodillarse a agradecer a Dios la piedad de su señoría. y eso significa no levantarle la mano a ninguna mujer ni niño. Si pasa el resto de esta campaña con una hoja limpia. su mirada recelosa fija en Gwynne con el gato en brazos moviendo la cola. permitiré que se olvide este asunto. Ella hizo una temblorosa inspiración. Pero era un hombre honorable. no entendía cómo. Huxley. lady Ballister? Ella asintió. Es un oficial decente y le necesito. con expresión resentida. pero al coronel le gustó imaginarse como protector. porque la ilusión empezaba a debilitarse por el cansancio de Duncan. mi sufrimiento no habrá sido en vano. Ahora vámonos. Gwynne miró atrás por encima del hombro. —Lo lamento profundamente. —Si mi horrible experiencia le salva la vida a alguna mujer pobre que no tiene a un hombre como usted cerca para protegerla. ¿Y qué debía hacer respecto a Huxley? Era un canalla asqueroso. El comandante se puso de pie. lady Ballister —dijo entre dientes—. —Pídale perdón a esta buena señora —le dijo a Huxley—. No hay mucha luz aquí y… y por un momento tuve la seguridad de que me deseaba. y desaparezca de su vista. —No sabe reconocer la virtud cuando la ve. tan profunda que oscurecía todo el mundo. lo que significaba que no pensaría en el incidente en el futuro—. Percibir así las emociones de él le dio la comprensión visceral de lo imposible que sería reparar la herida mortal de su 213 . El discurso le salió melodramático.Mary Jo Putney El beso del destino de Huxley—. y comprendía que debía aprovechar la paciencia de Gwynne antes de que ella o el coronel cambiaran de opinión.

mo cridhe. Continuó caminando.Mary Jo Putney El beso del destino matrimonio. le tocó la mente una última vez: «Lo siento. Lo siento mucho. acunando al gato en los brazos y contenta por tener un pretexto para las lágrimas que le llenaban los ojos. muchísimo». Apenada. 214 .

pero cuando sacó el cristal de videncia de su bolsillo secreto. no había nada frágil ni infantil en ella. Su desconcierto inicial se disolvió en una sensación de paz. Es imposible saberlo. Gwynne no deseaba otra cosa que irse a su dormitorio a dormir. No sería mucho. metió las libretas en las alforjas que estaban esperando. Lograste salvar a todos los rebeldes del valle y tal vez al propio valle. agotado por su contacto con hierro en la celda y el desgaste sufrido por todo el poder que había tenido que emplear en proteger el castillo. 215 . sonriente pero algo recelosa. El anillo pertenecía a la señora del valle. la chica le soltó los lazos y después salió corriendo hacia el ático. Su expresión era dura como el granito de las montañas escocesas. Después se quitó el anillo de rubí de Isabel y lo dejó sobre el tocador.Mary Jo Putney El beso del destino Capítulo 38 Después de que se marcharon los soldados realistas. —Muy bien hecho. se sintió incapaz de dejarlo en el tocador. Los engañó bien. —Cerró las manos en dos puños—. —Tuve mucha ayuda. señora. Si no se lo hubieras impedido. Gwynne se puso su vestido de montar más sencillo y fue a la biblioteca a recoger los ensayos en que había estado trabajando. sin molestarse en golpear la puerta. pero eso ya no era posible. unas pocas mudas de ropa interior y sus artículos de aseo más importantes. y la ilusión de Duncan fue pasmosa. pero que fue encerrado por su bien amada esposa. Feliz por tener de vuelta a su señora tal y como la conocía. Su marido estaba durmiendo en su celda oculta. Tiró del cordón para llamar a su doncella. tan contenta de haberse escapado por un pelo del valle que no se molestó en preguntarle para qué necesitaba las alforjas. —Ah. Robbie podría estar vivo ahora. como si no supiera qué grado de distinción iba a mostrar su señora. El cristal también era suyo. Aunque todavía llevaba el elegante vestido y el pelo empolvado. y llevaba la bendición de Isabel. Se le cerraron los dedos alrededor del disco de obsidiana. No quería llevarse nada de Dunrath aparte del caballo que la llevaría. Debía marcharse antes de que él despertara. De vuelta en su dormitorio. sí. —Tal vez —suspiró Gwynne—. Duncan. puso un vestido. Las seis libretas de apuntes y escritos eran las únicas cosas verdaderamente suyas en Dunrath. y se negaron a abrirse. —Fue un milagro que esos oficiales no lograran encontrar a nuestros hombres. Estaba a punto de coger las alforjas cuando entró Jean. Gwynne se quitó la peluca y sacudió la cabeza para soltarse el pelo. —Lo conseguimos todos trabajando juntos. Subió a su habitación y obligó a su agotada mente a decidir qué llevar. Su mirada se posó brevemente en las alforjas y luego en la cara de Gwynne. Maggie Macrae me lo contó todo. Tú hiciste un espléndido papel de jovencita impotente. ¿Me haces el favor de soltarme los lazos de este maldito vestido? Y luego me bajas las alforjas del ático. Mi hermano que quería salvar a nuestros soldados en el páramo Drummossie. Apareció Annie. Cuanto antes se marchara de Dunrath. y ella ya no lo era. mejor. tras haber tocado la mente de Duncan. puesto que iría a caballo.

Mary Jo Putney El beso del destino —¿Por qué lo hiciste. Lionel —le dijo. —Había tenido una nítida imagen mental de eso justo antes de encerrarlo—. —Si lo hubiera hecho. Acto seguido giró sobre sus talones y salió de la habitación sin despedirse. —Lo siento. limpiándose los ojos. Como custodio. aunque no fuera su mascota. Sólo sé que eran ríos de sangre que afectaban a la gente desde Cornualles hasta la más alejada de la Hébridas. —¡Así que basándote en tu opinión impediste que Duncan salvara a su gente! —Se había convertido en más escocés que custodio. Encontró a Sheba toda llena de energía y dispuesta para una cabalgada. la sacó al patio y montó. si quieres. —Guardó silencio un momento y decidió que Jean debía oír toda la historia—. —¡Miau! El gato pegó un salto y fue a aterrizar en su regazo. O sea. Después de ensillarla y amarrar las alforjas. Volvió al presente con los ojos angustiados. —No sé los detalles. y se desenfocó su mirada al buscar la respuesta en su interior. No se creía capaz de soportar ni una sola conversación más ese día. pasó por la cocina a coger provisiones y después salió en dirección al establo. ceñuda. ya desilusionada del príncipe. —Quisiera Dios que pudiera cortarme las muñecas para eliminar hasta la última gota de custodio de mis venas. De eso pasó a partidismo. pero ahí estaba. ¿en qué se diferenciaría de Adam Macrae. —¿Qué tipo de catástrofe? —preguntó Jean. Pregúntale. Estaba a punto de emprender la marcha cuando oyó un «¡Marramiau!». No lo hice solamente porque Duncan fuera a romper su juramento como custodio. había vuelto a encontrarla. Desde hace muchos meses he tenido visiones de pesadilla que indicaban que una victoria jacobita tendría a la larga consecuencias catastróficas para toda Gran Bretaña. era la probabilidad de que en el calor y furor de la batalla usara su torbellino para destruir a los hannoverianos. Ese conocimiento no le procuró ningún placer. Duncan se involucró en una guerra civil. Si bien reinaba la quietud en el castillo después de la visita de los soldados del gobierno. Lo había perdido de vista después de que dejaron el sótano. tengo que marcharme. reconocía ahora que el camino Estuardo habría sido un error. Peor aún. pensando en lo mucho que lo echaría de menos. ¿Habrías justificado que matara a soldados del rey por cumplir con su deber? Jean desvió la mirada pero no cejó. ¿Qué derecho tenías de impedir que Duncan ayudara a escapar a los soldados rebeldes? —Tenía el derecho de una custodio fiel encargada de detener a un renegado — contestó Gwynne dulcemente—. Miró el suelo y vio a Lionel agazapado junto a la yegua. lo que es muy distinto. qué hizo para favorecer la victoria jacobita en Falkirk. se dirigió a la escalera de atrás. Gwynne? —exclamó Jean casi en un sollozo—. ¿puedes decir sinceramente que Gran Bretaña habría estado mejor con la restauración de los Estuardo? Jean guardó silencio. ella usó el hechizo no mires para pasar inadvertida. Dijo que tenía la intención de intervenir en la última batalla sólo si era necesario para proteger a los soldados rebeldes y que pudieran retirarse. Cogiendo las alforjas con un brazo. que usó su poder para destruir la armada española? —La tempestad de sir Adam fue un acto de defensa contra un ejército invasor. Tú misma has perdido tu fe en el príncipe Carlos Eduardo. Duncan comenzó con pequeñas intervenciones para mantener separados a los ejércitos. 216 . y el precio de su partidismo habría sido inimaginablemente elevado —dijo Gwynne calmadamente—. que Jean. Eso ya era una intervención ilícita. luego se dio unas vueltas hasta encontrar una posición cómoda en medio de su pierna flexionada.

entre otras cosas una inmensa y humeante olla de avena con leche. Duncan durmió de un tirón toda la tarde y la noche. Pronto volverían a su vida normal en el valle y sería como si nunca se hubieran marchado. Y así continuaron las bromas y pullas. exactamente como le pidiera el Consejo. Él cogió un trozo de pan al pasar y subió a su dormitorio. Mientras intentaba salir de la celda. Había sostenido su juramento custodio hasta el máximo de su capacidad. Él aplanó las orejas y empezó a mover la cola. Al parecer el cristal de videncia no era lo único de Dunrath que era realmente de ella. Con los músculos agarrotados. ¿Se resistiría a 217 . que probablemente seguía durmiendo el sueño de los justos. Apagó su poder a posta. oyó gritar «¡Buenos días tengas. Duncan los envidió. Correspondió a los saludos agitando la mano y tratando de parecer tan alegre como ellos. —Voy a hacer un viaje muy largo y no puedes ir conmigo. hasta que cayó en sus manos. en la cima del cerro desde donde se dominaba el valle. Ahora era una mujer y una poderosa hechicera que no tenía miedo de ningún posible peligro que pudiera encontrar en el camino. porque no quería saber nada de lo que estuviera ocurriendo que no se lo dijeran sus cinco sentidos normales. Cuando la miró a los ojos ella trató de enviarle una imagen de una larga cabalgada a un lugar desconocido. en un lugar de incomparable belleza. Allí fue donde se detuvieron con Duncan cuando llegaron al valle recién casados. reanudó el viaje. En Dunrath había encontrado un hogar para su espíritu. pero me ocuparé de que os traigan pronto el desayuno. —Suponiendo que alguien desee comprar un alma sucia y vieja como la tuya — dijo otro. Los rebeldes del valle Rath estaban con el ánimo eufórico después de haberse librado de una muerte segura. Era la vida que ni siquiera sabía que deseaba. «¡Es agradable estar en casa!» y otros alegres saludos. Aunque por aquel entonces tenía sus reservas respecto a cómo debía equilibrar a Duncan. se puso de pie y se sacudió la paja de la falda. Pero jamás llegó a soñar lo elevado que sería para ella. Se sentía a la deriva. En la cocina ya había ajetreo con la preparación del desayuno para los rebeldes. mi querido minino. Trató de no pensar en su señora esposa. bajó la cabeza y curvó la cola sobre la nariz. Allí se lavó con agua fría y se puso ropa limpia estilo inglés. puso en marcha a Sheba. Con los labios apretados. Con una leve sonrisa ante la ridiculez. Le acarició el sedoso cuello. Macrae!». —Vendería mi alma por un plato de avena con leche caliente —dijo alguien en tono quejumbroso.Mary Jo Putney El beso del destino Nunca lo había pensado antes. Existía el dicho entre las familias que la magia siempre tiene un precio. y su poder recién descubierto era tan excitante como la pasión que se lo había activado. Sólo miró atrás una vez. Trató de quitárselo de encima. Era una niña entonces. No estaban las cosas para salir a cabalgar vistiendo ropa de las Highlands. Él bufó. y despertó temprano por la mañana del día siguiente a la visita de los soldados del gobierno. no sabía cómo hablar con Gwynne. pero una silla de mujer ofrecía un buen lugar de descanso a un felino. reconocía vagamente la suerte que tenía porque el destino le hubiera dado ese marido. Sería bueno tener compañía en su viaje. —Tendréis que continuar aquí unos pocos días más por seguridad.

Conmocionado. me parece. como también el valle. en lugar de aliviado. 218 . sólo se lo quedó mirando con los ojos agrandados como si esperara algo más de él. Sin embargo. en tono neutro. Jean no dijo nada. Habiendo tanta rabia y recriminaciones entre ellos. Esa noche le parecía ya a siglos de distancia. mi muchacha. —Aventuras suficientes para toda una vida —dijo ella. Me alegra que haya tenido eso por lo menos —dijo ella y volvió la atención a su té. has tenido demasiadas aventuras estos últimos meses. Debería sentirse aliviado por haberse librado de una fea escena. —Acabo de caer en la cuenta de que todos los que estuvimos presentes esa noche sobrevivimos. Hay cosas que debíamos decirnos. Jean se levantó y fue derecha a echarse en sus brazos. Él se armó de valor y preguntó: —¿Se ha levantado Gwynne ya? Jean lo miró sorprendida. sediento. ¿Te acuerdas del hechizo protector que hicimos juntos al final? Él asintió.Mary Jo Putney El beso del destino marcharse? ¿O estaría encantada con la perspectiva de volver a su vida inglesa? Dado que el divorcio era prácticamente imposible. Para hacer oficial el final. Era probable. Ensilló a Sheba y emprendió el viaje a Inglaterra. Duncan exploró el castillo con la mente. Y sin embargo…—. —Eso es juicioso. Jean. De mala gana reconoció que en realidad no tenía otra opción. Se soltó de su abrazo y le sirvió una taza de té. El matrimonio está roto sin remedio. y adquirido los comienzos de la sabiduría. No sé si eso me alegra o me apena —suspiró—. En la sala del desayuno encontró té. no habrían podido hablar sin herirse mutuamente aún más. Gwynne no estaba por ninguna parte. Él se preguntó si su hermanita encontraría tan poco convincentes sus palabras como las encontraba él. —Hizo una inspiración temblorosa—. supongo que debo ir tras ella. —No. La sola suposición casi lo hizo vomitar. Claro que era igualmente doloroso no hablar con ella. tostadas. se marchó demasiado pronto. Era cierto. —Murió sin perder la fe en la causa. Él elevó una silenciosa oración por el alma de Robbie Mackenzie. —Muy bien. —Ah. Eso era más de lo que había aprendido y adquirido él. Ella no sabía lo doloroso que sería para él enfrentar a la esposa que lo había traicionado. Pero…. se sentía… hueco. le dijo—: Esta mañana estuve pensando en esa cena del viernes cuando anuncié que conduciría a nuestros hombres hasta el ejército del príncipe. y mientras él bebía. que vivió y murió con valor. Nada más verlo. suponía que cada uno se buscaría un discreto romance con una pareja que nunca podría ser cónyuge legítimo pero les calentaría la cama por la noche. —¿No lo sabes? Se marchó ayer. —¿Irás tras ella? —le preguntó Jean. se había marchado. y sin embargo nos hizo tanto bien a todos. y a su hermana. —Lamento que lo perdieras. pero había aprendido a tener tacto esos últimos meses. Él la abrazó fuertemente. Jeannie. —No había perdón para esa traición. No para traerla de vuelta sino para… para hacerle todas las preguntas no contestadas. Ojalá Robbie hubiera estado ahí. Me cuesta perdonarle lo que te hizo y las consecuencias que tuvo.

estás embarazada! Ella debería haber sabido que eso no era un secreto que pudiera ocultarle a un mago de su poder. lo último que necesitaban era la magia hechicera en una situación que ya era con mucho demasiado explosiva—. pero había estado bastante bien. —¿A qué has venido? —No a asesinarte. sarcástico—. preocupación y luego resolución. Temblando. Esperaba que le gustara Inglaterra. La etérea neblina daba a las espectaculares montañas la apariencia de un reino mágico. alegría. pero esa segunda noche tuvo que conformarse con esa maltrecha cabaña. silencioso como un céfiro nocturno. Duncan. Eso había sido una bendición. si ella no siguiera amándolo. 219 . La primavera de Escocia estaba gloriosa. Puedes tranquilizar a tu mascota. él se alejó unos cuantos palmos. deseándolo… —No te molestes en pincharme con ese palo —dijo él. Tuvo que hacer chasquear dos veces los dedos para encender las ramitas y leña bajo su pequeño cazo de lata.Mary Jo Putney El beso del destino Gwynne despertó cuando la nebulosa luz del sol entraba oblicua por el marco sin puerta de la cabaña. muy difícil. con el palo apretado en la mano. Obediente. Por la cara de Duncan pasó una cascada de emociones: conmoción. entrecerrando los ojos—. dejó caer el queso en el fuego. —Él presiente cuando estoy amenazada. y eso le aliviaba su destrozado espíritu. se puso de pie de un salto y retrocedió. pero aparte de sus hábitos para comer. No lo bastante lejos para que ella no oyera crujir los huesecitos del animal. ¿Cómo diablos se le había acercado tanto sin que ella lo oyera ni lo sintiera? ¡El maldito sigilo custodio! Y maldito su corazón también. pero todavía me sorprende lo rápido que ocurrió. Lamento el sufrimiento que nos hemos causado. ¿A qué has venido? —Tenemos… asuntos inconclusos. era un buen acompañante. pero dado las personas que somos. Bostezando adormilada. Mientras se calentaba el agua. —Miró hacia Lionel. Soltó el palo. Ay. Alto. —Afirmó bien sus escudos. Estaba tostando al fuego un trozo de queso insertado en un palo cuando apareció Duncan. bullente de nueva vida. que había abandonado al ratón y estaba agazapado en postura de caza. Se suponía que su matrimonio estaba «acabado». Ella arrugó la nariz. ¡Dioses. era el Señor del Trueno en plena espectacularidad. ¿Por qué no podía dejarla en paz? No le notó aspecto asesino. Tienes mejores armas. por brincar de dicha al verlo. La primera noche de viaje la pasó en una pequeña posada. Ésta ofrecía más la ilusión de refugio que verdadera protección de los elementos. moreno e implacable. apareció Lionel con un ratón todavía luchando cogido firmemente entre los dientes. y tal vez muchísimo más. —Deseaba un hijo tuyo. se envolvió los hombros con el chal y salió. —Supongo que tienes razón. Abrió la boca para decir algo más y volvió a cerrarla. Era más fácil encender velas. —La tristeza de su voz era más inmensa que el cielo. Tenía razón. —Prefiero que te comas eso en otra parte. pero esa entrevista iba a ser muy. Después el sol disiparía la niebla y el frío de la mañana. —Creo que nos hemos dicho todo lo que era necesario decir. —Tendrá que criarse en Dunrath. no sé cómo podría haber sido diferente. moviendo la cola a rayas—. Sorprendida. puesto que la noche en que le puso las esposas de hierro sería con toda seguridad la última vez que harían el amor.

Deberías haber elegido una esposa más dócil. —No creo que te haya elegido yo. Sus palabras la apuñalaron más dolorosamente que una daga. El destino y el Consejo nos unieron. retrocediendo hasta chocar con la pared de la cabaña—. —¡No! —exclamó ella. Ahora que has realizado tu tarea huyes a tu sosa y segura vida sassenach. —Le puso la mano en la mejilla con sorprendente suavidad—. —Imposible. —Tomando en cuenta que amenazaste con matarme. —Sin darse cuenta se puso la mano en el vientre. Ella se echó a llorar en silencio. aunque sólo sea durante una hora. Eso ya habría sido bastante pronto. deseando que él no hubiera venido. —Mira tú. Siento en todas las partículas de mi ser que tengo razón. donde había un suave calor de energía extra—. —Tiró otra rama al fuego. es mío. ¿No deseas saber el motivo de que hayas destruido nuestro matrimonio? Yo siento curiosidad. podríamos llegar a un conocimiento más profundo. —Tú me pusiste en la posición de tener que traicionarte a ti o traicionar mi juramento. A ella no le gustó su expresión al decir eso. —¿De veras creíste que haría eso? —No —reconoció ella—.Mary Jo Putney El beso del destino Ella sabía que diría eso. Gwyneth Owens. maldita sea! Pero temo lo que le hará a mi corazón esa unión íntima contigo. Él apretó los labios. que explotó en chispas—. Yo criaré a mi hijo. tanto del Gobierno como del Consejo — ladró ella—. ¿Has llegado a alguna conclusión acerca de por qué una victoria Estuardo sería tan catastrófica que decidiste traicionar a tu marido? ¿O podría ser que no había ningún motivo y simplemente fuiste arrogante en tu ignorancia? —No —repuso ella apenada—. hay un asunto inconcluso entre nosotros. pero nunca he logrado pasar más allá de un muro de miedo y dolor que me impide ver más. —Ya me costó bastante trabajo salvarte. Uno de los muchos motivos para marcharse de Dunrath. y yo que he dudado de que tengas un corazón dentro de ese seductor cuerpo. podríamos encontrar una comprensión mayor de la que podemos alcanzar ninguno de los dos solos. No voy a traicionarte ahora. me pareció prudente marcharme de Dunrath —dijo ella. —No puedes traicionarme más de lo que ya me has traicionado —dijo él dulcemente. Es tu heredero y sin duda debe pasar tiempo contigo en Escocia. Más que curiosidad. —¿Cuál? —Si copulamos con nuestros escudos bajos. Si existe todavía el lazo entre nosotros. pero hasta que sea mayor. ¿Por qué demonios me has seguido. lo único que tienes que hacer es entregarme al gobierno diciendo que soy jacobita. pero el hecho de que pudieras decir una cosa así me dio la medida de tu furia. tratando de imitar su tono sarcástico. si podemos fiarnos el uno del otro. deseando que 220 . —Si lo quieres todo para ti. —Hay una manera de obtener la respuesta. Duncan? ¿No es ya difícil esto? —Como he dicho. Te habría informado cuando naciera el bebé. dejando la boca en una delgada línea. ¿No nos hemos herido ya bastante? Él rodeó la pequeña fogata y se detuvo a la distancia de un brazo de ella. — Sus ojos eran del claro color del hielo—. —¿Tanto detestas mi contacto? —¡Jamás he detestado tu contacto.

su ira se deshizo en la fuente de su angustiado y doloroso amor. Deseaba su cuerpo duro y apasionado. no venían al caso. no había sabido aceptar las consecuencias de su integridad. se había arriesgado a amarla cuando ella se protegía. derramando todo su amor. su ternura.Mary Jo Putney El beso del destino él hubiera venido a perdonarla y a llevarla de vuelta a Dunrath. tan pasmosamente como le penetró el cuerpo. ella tuvo una comprensión visceral de la profunda herida que le había causado con su traición. 221 . sus miedos y su fuerte ambivalencia respecto a su matrimonio. Él le limpió las lágrimas de las mejillas con los labios. Por encima de todo. pero nada había igualado jamás la llamarada de poder que los quemó cuando él la penetró. mo càran —dijo. Le había dado todo lo que un hombre podía darle a una mujer. Gwyneth Owens. arrancándose las ropas que los separaban. —Ay. cualquier cosa. Dios. El esfuerzo le exigió tanto de su astillada concentración que sólo cuando terminó cayó en la cuenta de que las formidables defensas de él también habían desaparecido. y ella había utilizado eso en contra de él. y que bajarlas le había resultado tan difícil como a ella. En ese espacio sin barreras. cuando ella lo besó con feroces ansias. su admiración. vio con espantosa claridad las pesadillas de Gwynne. sin barreras. Todos los motivos para mantener su distancia los hizo desaparecer el deseo que la recorrió.» —Oh. En un enredo de piernas. su humor ácido. Miró el abismo y se encontró a sí mismo. Gwynne. Ella había cometido un delito contra el amor. «Perdóname. Se vació en él. que él dijo que debían unirse con las defensas bajas si querían encontrar una verdad más profunda. aceptando su amor pero temerosa de reconocer su amor por él debido a los peligros que lo rodeaban. apenas capaz de hablar antes de que la pasión le obnubilara la mente—. corazón mío —susurró él. suave. controlada. sus disculpas y su profundo. Estaba equivocado. —Una tregua. perdóname. Gwynne —suspiró él. alcanzó a recordar. pero se lo debía. de pura esencia. Casi se desmayó al sentir al mismo tiempo la intensidad de la pasión. Aunque él ya sabía que debía desnudarse a ella tanto como ella a él para encontrar las respuestas que buscaba. Aunque la había amado tanto por la fuerza de su espíritu como por su pasmosa sensualidad. la satisfacción y el horror del futuro que podría haber creado con sus obstinados actos. deseaba esa profunda intimidad que los había unido. pero no ese frío y exquisitamente doloroso análisis de lo que los había separado. Él siempre había arriesgado más que ella. esa fuerza que podía ser valor y tozudez. Se abrazaron como si la pasión fuera su última esperanza del cielo. En sólo unos instantes que le parecieron horas se despojó capa por capa de las barreras que protegían sus secretos. Fueran cuales fueran sus motivos para hacer eso. amado mío. En el fuego blanco del deseo. La idea la aterraba. Era él quien debía pedir perdón por haberla puesto en esa situación tan difícil. Y a partir de eso tal vez… ¿quién sabe? Posó la boca en la de ella. y solamente el amor podía curar el daño que había hecho. tontamente no había comprendido lo que significaría eso. Un relámpago cruzó el cielo en el momento en que culminaban juntos y en esa perforadora luz de energía terrenal y mágica. entraron en la cabaña y se tumbaron sobre las mantas. Habían hecho el amor con todos los matices de ternura y roja pasión. apenas. Gwynne gritó cuando el espíritu de él penetró en el de ella. aunque sólo fuera por unos momentos. Sus vulnerables espíritus desnudos fluyeron juntos y en esa unión total. profundísimo pesar. —Lo siento.

—Dios me ampare. —Como has dicho. Y sin embargo. Ni yo. De ninguna manera podré redimir jamás ese juicio erróneo. ni tú. todos somos sólo humanos. Ahora que veo el cuadro grande. Habría sido la peor guerra religiosa de la historia de Gran Bretaña. ni el Consejo. como me ocurrió a mí. —Y cuando la gente se resistiera. más que increíble. Ella estaba temblando. calla. Habría fracasado el intento de convertir a Gran Bretaña a la Iglesia Católica. el intento del nuevo rey de convertir a la nación al catolicismo. —Se le desenfocó la mirada—. Si lo hubiera comprendido antes… Él le cubrió los labios con un dedo para interrumpir sus autorrecriminaciones. estudiarán y lucharán unidos como iguales. Los restos de la rebelión serán aplastados con una violencia terrible. Esos horrores se habrían hecho realidad si no hubiera sido por ti. pero el precio habría sido monstruoso. Él asintió. Las guerras de religión del pasado han dejado profundas cicatrices en las almas de nuestra nación. Si quieres redimir tus errores. cariño. —Además de trabajar para sanar a la nación herida debemos criar a nuestros hijos 222 . Pienso que todos deseábamos creer que nos habíamos elevado por encima de la violencia religiosa. ni Simon. Ella cerró los ojos. a punta de espada si era necesario. el levantamiento podría haber acabado antes y con menos vidas perdidas. menos de cinco años después. Debería haber comprendido cuál era el verdadero peligro. españolas e irlandesas a forzar las conversiones. haciendo una temblorosa inspiración—. A una victoria jacobita la habría seguido. como para parar las imágenes. —Los custodios nos creemos sabios. —Torció la boca—. cristalizadas sus palabras en su entendimiento. mo cridhe. No tenemos mucho éxito. comprendo que si yo no hubiera intervenido. Gwyneth Owens. y él encontró consuelo en ellas.Mary Jo Putney El beso del destino Con los vibrantes estremecimientos posteriores al placer. Nuestro mayor poder nos da la posibilidad de cometer errores más graves. el rey Jacobo habría invitado a las tropas francesas. En el futuro. peor que las quemas de María la Sanguinaria y las atrocidades cometidas por los puritanos. rodó hacia un lado y la abrazó estrechamente. En silencio se comprometió a hacer todo lo que estuviera en su poder para hacer realidad esa visión. —¿Viste… viste eso? —le preguntó. pero era fuerte de una manera que ningún hombre podía igualar jamás. no lo vi. mirándolo con los ojos aturdidos—. —Y esas imágenes continuarían apareciendo en sus pesadillas hasta el día en que muriera. no era una metáfora sino una predicción. mi amor. ¿viste lo que habría ocurrido en Londres? —Chh. Juntos construirán un imperio que abarcará el mundo. con la voz entrecortada. La posibilidad de conflictos religiosos siempre ha estado presente. —Si soy una heroína también soy una estúpida —dijo ella. necesitado de su cuerpo para afirmarse. impresionado por el poder y la compasión que había debajo de esas guedejas rojo oro—. Cielo santo. Eres una heroína. porque ésta te va a necesitar tremendamente en los años venideros. escoceses e ingleses se casarán. y sin embargo de eso florecerá una verdadera asociación entre Escocia e Inglaterra. —Cuando soñaba con ríos de sangre. sí —repuso ella. Lo vi todo. ¿Quién podía creer que un rey moderno recurriría a esas atrocidades en nombre de Dios? Ella curvó la boca en una sonrisa irónica. Soy una estudiosa. ¿verdad? —Sólo somos seres humanos. Tratamos de aprender del pasado y hacer juicios con la mente clara y objetiva. Duncan. Esas palabras sonaban a verdad. trabaja en la reconstrucción de Escocia. —Ninguno de nosotros lo vio. Usé mi poder para impulsar a Carlos Eduardo hacia el trono de Escocia. Le acarició el sedoso pelo. conozco la historia.

mi amadísima esposa. Duncan Macrae. Duncan. indócil y absolutamente irresistible. puesto que nuestras almas han estado más entrelazadas aún que nuestros cuerpos. todavía era muy pronto para que se notara algún cambio. —Mmm… necesito oír las palabras —dijo él. —Te amo. —Se inclinó a darle otro beso robándole el aliento y el corazón—. y esperar que sean más sabios que nosotros. Independiente. —Levantó la cara para besarlo larga y dulcemente—. Llévame a casa. pero el calor de un alma nueva le daba esperanzas de un futuro mejor—. —Sabes muy bien la respuesta a eso. criaré a nuestros hijos y atenderé tu castillo. Te quiero. —Apoyó la mano en la suave curva de su vientre. ¿Quieres venir a casa conmigo? A ella se le arrugaron las comisuras de los ojos de risa. —Dicho como una verdadera custodio. Gwyneth Owens.Mary Jo Putney El beso del destino lo mejor que sepamos. y estaré en desacuerdo contigo siempre que seas un tonto tozudo v encantador. 223 . —No hace ninguna falta excederse. pero era cierto. sintiéndose tonto por decirlo. Llévame a casa ahora mismo. —Riendo se puso de espaldas y la subió encima de él—. Te amo. Incluso trataré de querer a ese malvado gato tuyo. Estaré siempre contigo.

sí —repuso Gwynne en voz baja. ¡Cuánto me alegra que estés aquí! —Lo mismo digo. pero no te voy a hacer muchos mimos si tú no me los haces a mí. su pelo plateado a juego con los delicados bordados de su vestido. — La anciana le miró atentamente la cara—. Lady Bethany sonrió. —Le dio unas palmaditas en el hinchado vientre —. Cuando llegaron a la entrada del gran vestíbulo principal.Mary Jo Putney El beso del destino Epílogo Septiembre de 1746 Gwynne golpeó suavemente la puerta de la mejor habitación de huéspedes. Con su peto y su falda ensanchada en las caderas por el miriñaque. No podría haberme imaginado cuánto iba a querer a Escocia. La anciana exhaló un suspiro de felicidad. Ahora que estaba menos ágil. Juntas comenzaron a bajar la escalera principal. Por un instante Gwynne trató de ver la escena como la veía lady Bethany. ¿estás despierta? La dama abrió la puerta ella misma. Éste fue siempre mi verdadero hogar. —Pues sí que estoy despierta. —Veo lo que quieres decir. —No estoy hecha de vidrio. Pero ahora que el país se está calmando. Ya circulaban allí decenas de Macrae. —¡Nada me haría más feliz! 224 . conversando y bebiendo. Me quedaría aquí eternamente. hija. No fue tarea fácil la que te echaste encima. y cogiéndole el brazo echó a andar hacia la escalera—. ¿Estás feliz de verdad? —Ah. Duncan no formaba parte de ese número. deseaba verte. Sí. Sólo lo supe cuando llegué aquí. Dunrath irradia cariño y buena voluntad. Había oído decir que algunos hombres encontraban poco atractivas a las mujeres cuando engordaban por el embarazo. Me parecía que las cosas te resultarían bien. —¿No estás cansada por el viaje? Sólo hace dos horas que llegaste. a la espera de que comenzara la cena. Gwynne. e impaciente por asistir a ésa vuestra cena de los viernes. Gwynne agradecía las barandas que había hecho instalar Duncan. lady Bethany parecía de otro mundo. pero eso no estaba en absoluto garantizado. Ha sido un año difícil para toda Gran Bretaña. —Me alegra mucho oír eso. Ninguno de los invitados vestía ropa elegante y muchos tenían la tez rubicunda de las personas que pasan mucho tiempo al aire libre. —Muy bien —dijo Gwynne. —Debo al Consejo una inmensa gratitud por animarme a hacer algo que yo tenía mucho miedo de hacer. —¿Y tu marido? Gwynne se ruborizó. Pero no había ningún motivo para inquietarse. abrazando a su cuñada—. las dos se detuvieron. —Lady Bethany. fue largo el viaje al norte pero el coche era cómodo y no traíamos ninguna prisa. Eres tú la que necesita mimos.

Mary Jo Putney El beso del destino —Creo que mis hijos opondrían una o dos razones a eso. Pero de todas maneras estaré aquí hasta que haya nacido ese hermoso y robusto hijo tuyo. —Tonterías —rió Bethany—. —Va mejorando. Todos caminaron hacia la mesa a buscar asiento. y ayudando a los rebeldes y a sus familias a escapar a las colonias de América. Sospechaba que sí. Falconer. Cuando le explicaron a Jean lo horrorosas que habrían sido las consecuencias si Duncan hubiera intervenido. Los dos habían trabajado muy unidos en mitigar discretamente los efectos del terrible trato del gobierno a los habitantes de las Highlands. Sonriendo. deseaba que fuera un destino más sencillo que el que le tocó a ella. y vestía ropa informal. Cuando llegaron hasta ellas. —Me alegra volver a verte. y que agradecía que nunca le hubieran pedido que tomara medidas oficiales. produciendo una nota musical que llenó toda la sala. Es hora de empezar. Simon. está Simon con él! Los dos hombres venían caminando en dirección a ellas. —Cuando esté preparada. que parecía un cortesano. Podría haber un toque del destino en su futuro también. inclinándose sobre la mano de la dama—. y yo los echaría de menos también. aprovisionando de comida y animales a los granjeros cuyas casas habían sido incendiadas. lentamente —dijo. Gwynne asintió en silencio. —¡Lady Beth! —exclamó Simon. Ni siquiera esa hermosa sonrisa logra ocultar su pena. pensativa. Jean condujo a lady Bethany a la silla del lado derecho de Gwynne. en un tono que revelaba melancolía. ¡y mira. —Resplandeces. —Ahí está Duncan. En su mano destellaba el zafiro del anillo de Adam Macrae. Duncan pasó su cálido brazo por los hombros de Gwynne. La paz de extendió por toda la sala al 225 . Mientras ella iba a encender la vela. pensó Gwynne. Ahora los dos estaban nuevamente del mismo lado. —Eso lo sé muy bien. Le tendió la mano. en total contraste con Simon. Gwynne pensó si Simon estaría al tanto del alcance exacto de las intervenciones de Duncan. Duncan aumentó la presión de su brazo sobre los hombros de ella. A él se le iluminaron los cansados ojos. —Duncan es un hombre afortunado —dijo él. Las irritaciones sin importancia de la vida cotidiana se evaporaron mientras encendía las velas de los enormes candelabros. Y no es que pudiera quejarse de los resultados. Tu ahijado está lleno de energía. —Nunca se sentía mejor que cuando su marido estaba con ella. —La miró a los ojos—. haciendo todo lo posible por conservar y proteger. él golpeó el gong chino. —Ya sabes por qué. Ella se dio una palmadita en el vientre. Lady Bethany entrecerró los ojos. Ella estaba encantada de que las dos mujeres hubieran hecho amistad tan rápido. cariño. Ésta es una sorpresa inesperada. aun cuando llevaba uno de sus trajes más sencillos. interrumpido su avance aquí y allá para atender a los saludos y presentaciones. milady. mo cridhe? —Ahora sí. Tu otra cuñada me parte el corazón. —Bethany posó la mirada en Jean—. Pero la jovencita de ojos alegres de hacía un año había desparecido para siempre. ella aceptó las medidas que tomó. Gwynne asintió y se separaron. —¿Te sientes bien. desviando a los soldados de los pequeños valles escondidos. Si era cierto eso. envíamela a Londres. Nada te sorprende. A Duncan se le escapaban mechones de su pelo oscuro de la coleta.

—Bienvenidos todos los visitantes que se han reunido con nosotros esta noche. Antes de cubrirse los ojos miró a su marido sentado en la otra cabecera de la mesa. empezaba a relajarse. familiares y amigos. Un agradable calorcillo le calentó todas las partículas de su ser. Cuando se encontraron sus ojos Duncan le mostró una sonrisa que era sólo para ella y le tocó la mente: «Te amo». que se veía totalmente en su ambiente a pesar de su vestido de brocado.Mary Jo Putney El beso del destino comenzar el rito. 226 . los alimentos y los amigos. que normalmente estaba tenso como una espada pulida. mo cridhe». cuerpo y mente? No suerte. Destino. Hizo un tercer gesto: —Ahora elevemos nuestra oración de acción de gracias por las bendiciones de la familia. Otro gesto. «Yo también te amo. Miró a lady Bethany. Incluso Simon. ¿Cómo pudo tener esa suerte de encontrar un verdadero compañero del alma. Gwynne fue a ocupar su lugar a la cabecera de la mesa e hizo el gesto de bienvenida: —Bienvenidos. Una vez encendidas las velas.

y mis historias de custodios dan mucho espacio para elucubrar acerca de las posibilidades. El parque New Spring Gardens en que se encontraron Gwynne y Duncan es más conocido como Vauxhall. Un amigo mío escocés dice que la Batalla de Culloden conlleva una inolvidable tristeza para los escoceses. la novela va de esperanza y curación. su familia lo llamaba «bestia nauseabunda». Como a todo novelista. el príncipe Carlos Eduardo Estuardo (Bonnie. Por eso en mi historia no me meto con las batallas. heredero de Jorge II. un hombre sencillo que reinó durante decenios y en general restableció el respeto a la corona debido a su elevada estatura moral. Esta tristeza no se debe principalmente a la sangrienta batalla en sí (Escocia había conocido muchas batallas sangrientas). el nombre que le pusieron en 1785. el príncipe de Gales. Igualmente posible es imaginarse posibilidades que habrían llevado al desastre. La primera de estas historias fue The Alchemical Marriage [El matrimonio alquímico] de la antología Fuerzas irresistibles. el ambiente en que se mueven es muy real. La rebelión jacobita de 1745 es muy conocida y muchas veces se la envuelve en romanticismo. Es cierto que a Federico. me inspiran curiosidad las preguntas «¿Y si…?». ¡Vienen más historias en camino! Al fin y al cabo. Fue un alivio para todo el mundo cuando Federico murió en 1751. su hijo se convirtió en Jorge III. Líder mucho más carismático que su padre Jacobo. el rey intentó infructuosamente quitarle el derecho a sucesión. el amor y la magia van juntos… 227 . Es muy posible imaginarse otras circunstancias que habrían llevado al éxito. no de tragedia irrevocable. sino a que la borrosa tortura de las Highlands que la siguió destruyó una antigua forma de vida.Mary Jo Putney El beso del destino Nota de la autora Aunque mis custodios son pura fantasía. príncipe Carlos) estuvo más cerca del triunfo que en los otros levantamientos anteriores.