CAPITULO II Su primer sueño fue de belleza, de Magnificencia y de placer.

En junio de 1799, en el pequeño puerto de La Guaira, Simon se embarcó sobre la fragata San Idelfonso. Con el espíritu tendido hacia la metrópoli legendaria, con la cabeza llena de sueños, ebrio de su libertad toda nueva, vive sin lamento de alejarse de las riveras de su tierra natal. Desde su primer viaje, iba a surcar este mar de los Caribes, de los cuales las islas constituyeron sus posiciones de pliegue en las horas difíciles de su carrera. De hecho, el San Idelfonso no pedía prestado una línea directa hacia España. Debía hacer escala en Vera Cruz, sobre la costa mejicana, antes de llegar a unirse con La Habana, donde, tradicionalmente, según el sistema en vigor, se formaban los convoys escoltados por barcos de guerra que emprenderían en la travesía de la Atlántica. Itinerario complicado, dictado por un redoblamiento de prudencia que imponían las circunstancias. España e Inglaterra estaban en guerra; a la amenaza permanente del hostigamiento de los piratas y corsarios se sumaba el peligro de un posible ataque de la escuadra inglesa, que crecía en esta parte del Océano. Un tratado de alianza ofensiva y defensiva firmada entre la Francia del Directorio y España había hecho del mismo, golpe de este último, el enemigo de Inglaterra. Esta, sola sin haber desarmado entre los poderes europeos aliados contra Francia, al día siguiente de la ejecución de Louis XVI, llevaba activamente el combate sobre todos los frentes. La lucha se revelaba fuertemente onerosa para España. Después de una pesada derrota naval a lo largo del capitán Saint-Vincent, su marina amputada no era más en desmedida de oponerse válidamente a los llevados de Inglaterra, cuyo objetivo era poner trabas a las comunicaciones entre la península y el imperio. Sin embargo, en el curso de los catorce años de travesía, el joven subteniente de las milicias de Aragua por más que escrutase el horizonte, con la esperanza de que la aventura se presentase a quien le diese la ocasión de probar su valentía, el inglés permaneció invisible. El estaba ocupado en otra cosa. Más precisamente en bloquear el puerto de la Habana. Esta noticia, de la que los viajeros se enteraron en la llegada a Vera Cruz, tuvo por resultado inmediato de inmovilizar el San Ildefonso. En una primera ocasión seducido por la idea de visitar como ocio la primera ciudad fundada por Cortes en México, Simon, alrededor de dos semanas, encontró el tiempo bastante lento.

Antes de su salida, por una feliz intuición, el obispo de Caracas- aquella misma que había sido intervenida en su favor, a momento de un episodio de su infancia sacudida- le había repuesto, para utilizarlo en caso de azar, una carta de recomendación para uno de sus primos oidor1 de la Real Audiencia de México. Simon juzgó el momento todo indicado por el utilizador. Su carta y su pasaporte en bolsillo, pudiente de una fuerte suma prestada por el comandante del San Idelfonso, del cual él se había hecho un amigo en el curso del viaje, Simon partió por la caza del puesto, rehaciendo de Vera Cruz a México la ruta famosa de los con quistadores. Su Excelencia don Guillermo de Aguirre y Viana recibía calurosamente al joven viajero. Alojándose el mismo en el vasto palacio de la marquesa de Uloapa, hizo invitar a Simon. Hoy en día, una placa apostada sobre la fachada de la aristocrática residencia, una de las más bellas de los jardines de Chapultepec, recuerda que ella ha sido el cuadro de estancia en México del futuro Libertador. La placa no dice que la marquesa de Uloapa tenía una hermana, doña María de Velasco. Belleza triunfante, sin prejuicios y sin trabas, sus amores, sus matrimonios, sus caprichos alimentaban la crónica galante de la ciudad vicereal. Una cabellera brillante le había valido el sobrenombre de ³La Guera2´. Al rodeo de una galería, si esta no está en uno de los patios del palacio de Uloapa, Simon se encontraba nariz a nariz con ³La Güera´. Rencuentro encendido y de utopía, informa un cronista del México colonial. Y aumenta complacientemente: Ella fue su guía a través de las mieles más dulces que los de Helicón y lo inició a los de los goces de Venus. Iniciadora ³¿La Güera´? Sería necesario creerlo y no creer nada de saberse la sexualidad exigente del Libertador y de la estética provocante de las negras y de las mulatas en la promiscuidad de las haciendas. ¿Compañera? Sin ninguna duda y su guía, si, pero a través de las bellezas de México. La evocación es encantadora de esta magnífica mujer de treinta años cerca de Simon Bolívar, tanto que aparece sobre los retratos de su adolescencia. Tan morena que era rubia, de inmensos ojos oscuros y de dientes brillantes en un rostro a los tratos regulares que se convirtieron un poco agudos, pero conservando entonces la dulzura de la infancia. De maneras elegantes, y sin dudas este aire de seguridad de audacia, propia a todos los jóvenes antes de un día de una conquista favorecedora. Pensábamos en el querubín si él estaba contento de suspirar por una condecoración y sobre todo si la ³marina´ estaba liada en los principios.
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Auditor La Güera : contradicción popular de La Catira (La rubia).

Su aventura amorosa puesta a un lado, la capital de la Nueva España entusiasmo al joven Bolívar. El encanto de los paseos y de los jardines, la suntuosidad de las iglesias, el esplendor de los monumentos, el tren de la vida lujosa y refinada de la nobleza mexicana dejó en él una impresión imborrable. El no citara jamás la conquista de Cortes sin acompañarla de los adjetivos ³opulenta, fastuosa, noble, potente´. Conquistado por México, Simon hizo la conquista. Su excelencia el oidor no tuvo pena de introducir por todas partes a este joven aristócrata de espíritu vivo y pleno de buena gracia. Simon se convirtió el comensal del vi-rey, fuertemente seducido, decimos, por su inteligencia. Los cuentos de don Carlos Palacios y las cartas de reprimendas acusan un gasto de cuatro mil de nuestros francos por una decena de días. Es mucho, cuando tenemos que vivirlo, cubrirlo« y el resto. Pero Simon se sabía rico, la vida estaba allí, la cual estaba dispuesto a aprovecharla, según sus gustos y su rango, sin preocuparse del humor triste de un tío del cual la imagen, desde México, comenzaba a perder su limpieza. Así, mundano, brillante, encantador y prodigio, la semana mexicana había revelado, tanto que el mismo era ya, este joven provincial a penas liberado del palmetazo de su tutor. Una tradición bolivariana quiso hacer igualmente un precoz y temible polemista de las teorías políticas, después de haberse interesado el vi-rey, le inquietaron al punto que él había comprometido al oidor a rogar a su joven amigo de reganar Vera Cruz sin demora. Parece bien que Simon no había salido de México más que a la fecha prevista por el mismo, en acorde aparentemente con el comandante del San Idelfonso. Además, desde la llegada del joven viajero a Vera Cruz, el barco echó el ancla. Escala en la Habana en plena efervescencia, al recuerdo del bloqueo que los ingleses, después de un breve combate, se habían visto obligados de levantar. Las noticias que comenzaban incitaron al comandante del San Idelfonso a modificar el itinerario inicial. La flota de Nelson cruzando entre el Atlántico y el Mediterráneo, el prefirió desviar su ruta hacia el norte.

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