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Iglesia Primitiva j Sobrino

Iglesia Primitiva j Sobrino

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Otra vez Pablo se embarca, acompañado de Lucas, y se detiene en la isla de Rodas, la
isla de las rosas, renombrada por su belleza, de la que un proverbio decía que “no tenía días sin

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sol.” Isla que sería famosa, pasados los siglos, por la epopeya de las Cruzadas y por las batallas

entre cristianos y turcos.

Después de Rodas, se detuvieron en Patara, puerto de enlace de las rutas marítimas para
Italia, Egipto y Oriente, donde Pablo encontró una embarcación de carga, más capaz que la suya,
que se dirigía a Fenicia y en la cual embarcó. Por fin la nave, tras costear la isla de Chipre, que
quedaba a babor, arribó al puerto de Tiro, adonde transportaba sus mercancías.
Nuestros viajeros, tras buscarlo, encontraron un pequeño grupo de discípulos con los que
pasaron una semana, tiempo que la nave tardó en descargar sus mercancías. La existencia de
aquellos discípulos databa probablemente de una primera predicación llevada a cabo por
predicadores helenistas, cuando la dispersión causada por el martirio de Esteban.
En esta comunidad de Tiro se manifiesta una vez más un aparente conflicto de
inspiraciones carismáticas; porque los discípulos, movidos por el Espíritu Santo, aconsejaban a
Pablo no subir a Jerusalén; mientras que éste, también llevado por el Espíritu, seguía
acercándose a la ciudad.

En la despedida se repitieron las escenas emotivas. Todos los discípulos de Tiro, incluso
las mujeres y niños, acompañaron a Pablo a la playa, y allí, de rodillas sobre la arena, rezaron y
se despidieron.

La última singladura de este período fue Tolemaida. Esta era una de las mejores radas de
la costa palestina, y estaba situada al norte de la bahía de San Juan de Acre. La vieja ciudad
cananea, Akko, con el tiempo cambiaría su nombre por Tolemaida, en honor del rey Tolomeo
Soter.

Y a partir de Tolemaida, el viaje probablemente se hizo ya por tierra, hasta llegar a
Cesárea Marítima, que distaba unos 60 kilómetros.
Cesárea nos resulta un ambiente conocido (cf. c.XI), ya que sabemos que allí residía el
diácono Felipe, aquel misionero ambulante que mencionamos con ocasión de la conversación del
eunuco de Candaces (c.VII)

Felipe tenía cuatro hijas, que Lucas llama “vírgenes y profetisas”; sin que esto último

indique que sus actividades eran predecir el futuro, sino más bien que de alguna manera
predicaban la palabra de Dios. Y aun es posible que Lucas nos conserve estos datos para
indicarnos cuan pronto comenzó a florecer en la Iglesia primitiva la virginidad voluntaria, unida
a un servicio a la comunidad.

De estas cuatro hijas de Felipe los apócrifos nos han conservado sus nombres, que eran
Hermoine, Caritina, Iréuda y Eutiquiana.
Pero más importantes que estos datos legendarios fue la presencia en Cesárea de un
profeta que bajó de Jerusalén, llamado Agabo, que probablemente es el mismo que años hacía
anunció un hambre que asoló todas aquellas regiones y de la cual también queda noticia en las
crónicas romanas (cf. el c.XII)

“Cuando llevábamos allí varios días, bajó de Judea un inspirado que se llamaba Agabo;
vino a vernos, cogió la faja de Pablo, se ató los pies y las manos con ella, y dijo: “Esto dice el

Espíritu Santo: al dueño de esta faja lo atarán así los judíos en Jerusalén y lo entregarán a los

romanos.” Al oír aquello, nosotros y los del lugar le insistíamos a Pablo que no subiera a

Jerusalén. Pero Pablo replicó.

— A qué viene ese llanto, ¿queréis desmoralizarme? No sólo estoy dispuesto a llevar
cadenas, sino a morir en Jerusalén por el Señor Jesús.
Y como no hubo manera de persuadirlo, desistimos diciendo: sea lo que Dios quiera.

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Pasados aquellos días, y acabados los preparativos, emprendimos la subida a Jerusalén.
Desde Cesárea nos acompañaron algunos discípulos para llevarnos a casa de un tal Nasón,

natural de Chipre, discípulo de la primera época, que iba a darnos alojamiento.”

Este Nasón, que sólo se cita aquí, tal vez pudiera ser un antiguo conocido de Pablo, ya
que es un discípulo de la primera época, que tiene que haber oído hablar a muchos acerca del
Apóstol. Y puede ser que también influyera en esta hospitalidad el hecho de ser chipriota, ya que
Chipre era también la patria de Bernabé, el gran amigo de Pablo.
Ya tenemos a Pablo en Jerusalén. ¿Cómo era la Jerusalén adonde se acercaba Pablo,
precedido de tantos presagios? La comunidad cristiana de Jerusalén había evolucionado tanto en
extensión como en problemática desde los días de Pentecostés, distantes ya casi veinte años.
Por una parte, esa comunidad, encerrada a los comienzos dentro de la capital, había
salido lentamente, tímidamente, tanto a otras ciudades de Judea como también a Samaría y fuera
de las fronteras de Israel. Diríamos que casi había salido forzada por la persecución o impulsada

personalmente por el Espíritu Santo.

Sin embargo, esta Iglesia de Jerusalén, quizá compuesta por una mayoría de judeo-
cristianos, seguía tenazmente adherida a ciertas observancias mosaicas. Sin duda creía que la
única salvación venía de Cristo; mas en la expresión de su piedad y de su culto a Dios pesaba el
Templo y lo que él representaba. Y para mantener este peso estaba allí no ya Pedro ni los otros
Doce, que se habían dispersado, sino tan sólo Santiago, el hermano del Señor, y sobre todo un
grupo que le rodeaba, tenaz e inmovilista, llamado “los de la circuncisión.” Ellos, en parte, van a
ser responsables de la prisión de Pablo.

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