HABLAN DE

MONSEÑOR ROMERO

Roberto Valencia López

Hablan de MONSEÑOR ROMERO Roberto Valencia López Primera Edición: Marzo de 2011. Autor: Roberto Valencia López Editor: Fundación Monseñor Romero Diagramación: William López Impresión: Impresos Continental Diseño de Carátula: Arq. Jaqueline Sorto Esta edición consta de 1000 ejemplares. Se terminó de imprimir en marzo de 2011 Pedidos: Fundación Monseñor Romero Colonia Médica Av. Dr. Max Bloch casa 1018, San Salvador, El Salvador, C.A. Tel.: (503) 2226-0934 fundacionmonsenorromero@hotmail.com www.fundacionmonsenorromero.org.sv Reservados todos los Derechos

“Cada uno de nosotros tiene su grandeza, no sería Dios mi autor si yo fuera una cosa inservible. Yo valgo mucho, tú vales mucho, todos valemos mucho, porque somos criaturas de Dios, y Dios ha hecho derroche de maravillas en cada hombre… Porque la iglesia aprecia al hombre y no pude tolerar que una imagen de Dios sea pisoteada por otro que se embrutece pisoteando a otro hombre”
(Homilía 4 de septiembre 1977, 23° Dom. Tiempo Ordinario)

CONTENIDO

Prólogo de Monseñor Gregorio Rosa Chávez...........................................1 Prólogo del autor........................................................................................7 Datos biográficos sobre Monseñor Romero...............................................10

1. Héctor Dada Hirezi, el político..............................................................12 2. Ricardo Urioste, el vicario general.........................................................27 3. Salvador Barraza, el amigo……………….............................................37 4. Eva Menjívar, la monja…………………...............................................45 5. María de la Luz Cueva, la superiora……...............................................54 6. Víctor Hugo Rivas, el artista……………...............................................65 7. Orlando Cabrera, el obispo…….............................................................73 8. Niña Elvira y Niña Noy Chacón, la familia............................................82 9. Roberto Cuéllar Martínez, el abogado…..............................................91 10. Su pueblo…………………………….….............................................104

Bibliografía.................................................................................................111

PRÓLOGO “EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ” Este no es un libro más sobre Monseñor Romero, sino una guía segura para acercarse al auténtico Monseñor Romero. Los testigos que han sido entrevistados nos entregan valiosas claves para conocer al ser humano, al discípulo de Jesús y al pastor que llega hasta la ofrenda de su vida. Por sus páginas desfilan gentes muy cercanas a Monseñor, como Salvador Barraza, las hermanas Chacón, el actual obispo de Santiago de María, y monseñor Urioste, quien estuvo siempre a su lado en San Salvador; hombres muy conocidos como Héctor Dada Hirezi y Roberto Cuéllar; dos religiosas -la hermana Lucita y la hermana Eva-, y un joven artista que nos pone en contacto con el lenguaje y la visión de la juventud de hoy. Cada uno y cada una van trazando pinceladas que nos permiten conocer y comprender mejor al salvadoreño más conocido y más amado en el mundo entero. Completa el cuadro un mosaico multicolor de voces del pueblo que, desde la cripta de Catedral, nos dicen por qué creen que Monseñor Romero es santo. Roberto Valencia es un talentoso periodista vasco-salvadoreño que ha logrado penetrar con el corazón y la inteligencia en el misterio de Monseñor Romero y en la complejidad del contexto en el que le tocó ser pastor de un pueblo martirizado. Con perspicacia ha visto en el Diario de Monseñor Romero -que recoge las memorias de los dos últimos años de servicio como arzobispo de San Salvador- “una herramienta imprescindible para conocer al ser humano”. En sus páginas, “no solo incluyó grandes brochazos de su quehacer, sino que lo enriqueció con sensaciones y sentimientos, sobre todo en los últimos meses de vida”. El lector interesado en comprobar la veracidad de lo que aquí se cuenta encontrará en el Diario elementos seguros para no perderse. ¿Usted cree que Monseñor Romero es santo? La pregunta surge, a veces de forma brutal, en los labios del periodista que, con maestría y conocimiento del tema, la formula a cada entrevistado o entrevistada. Al juntar las diferentes respuestas queda en evidencia que aquí estamos ante una forma más bien inédita de santidad. Algunos llegan incluso a expresar su temor
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de que la figura que se nos proponga como modelo de santidad no sea el verdadero Monseñor Romero, y por eso no se muestran muy interesados en el proceso de canonización. El libro que me honro en presentar pone en nuestras manos un material precioso para desmitificar la figura de Monseñor Romero. En una ocasión él dijo a un grupo de alumnas de un colegio católico que en San Salvador se tienen dos imágenes muy diferentes del arzobispo: “Para unos, es el causante de todos los males, como un monstruo de maldad; para otros, gracias a Dios, para el pueblo sencillo sobre todo, soy el pastor. ¡Y cómo quisiera que ustedes hubieran sido testigos de la acogida que dan a mi palabra, a mi presencia sobre todo en los pueblos humildes!” (Diario, 11.04.78). Conocí al padre Romero cuando yo era seminarista menor y, después de mis estudios de Filosofía, colaboré con él un año entero como su asistente en seminario menor de San Miguel. En su Diario habla de mí “como amigo que lo ha sido desde tanto tiempo y muy de fondo” (Diario, 18.05/79). Por eso me siento muy contento de poder escribir algunas palabras introductorias a esta obra inspirada e inspiradora. ¿Por dónde comenzar? Quisiera detenerme en primer lugar en los testimonios de Salvador Barraza y de las hermanas Chacón, porque allí se retrata de manera fresca el talante del hombre Óscar Romero, remontándonos incluso hasta sus tiempos de sacerdote en la diócesis de San Miguel. Barraza nos sorprende cuando afirma que él no era el motorista de Monseñor Romero -la película Romero nos había hecho creer lo contrario; sino su amigo: “Para cosas de confianza me buscaba, y también yo me encargaba de que saliera a distraerse porque tenía mucha tensión”. Por su parte, Elvira y Eleonor Chacón describen con sencillez que su casa era para Monseñor una verdadera Betania: “Él venía aquí con el afán de descansar, de olvidarse de sus cosas. Aquí no se hablaba de D'Aubuisson ni de los obispos ni de nada de eso. Su idea era… ¿Cómo decirlo? Sentirse en familia”, recuerda Eleonor. Me consta que Monseñor Romero llegaba

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con toda confianza, incluso a altas horas de la noche y con varios acompañantes, a este hogar en el que la mesa siempre estaba servida. El solía decir que allí se cumplía el dicho popular “cayendo el muerto soltando el llanto”. Con la misma confianza llegaba también a la casa de la familia Barraza. Otro testigo excepcional de esa época anterior a los azarosos años en que le tocó pastorear la arquidiócesis de San Salvador es monseñor Rodrigo Orlando Cabrera, quien fue uno de sus más cercanos colaboradores en la diócesis de Santiago de María. Repite aquí lo que ha afirmado en otras ocasiones: que se ha exagerado al afirmar que Monseñor Romero abrió las puertas de la casa episcopal para albergar a los cortadores de café. Una perla de esta entrevista en la afirmación de lo que tantos hemos comprobado: “Es curioso. Monseñor Romero siempre se sentía mejor cuando estaba con los pobres. Se le notaba. Siendo obispo aquí, ocurría a veces que cuando iba de visita, algunos padres le preparaban almuerzo o la cena. Pero cuando lo mandaban a buscar, lo encontraban en el atrio, compartiendo tamales o un café con gente muy humilde”. Un dato de inapreciable valor -confirmado por Barraza, las hermanas Chacón y monseñor Cabrera- es que Monseñor Romero, después de volver de su paseo al mar y antes de la misa del día en que fue asesinado, le pidió a Salvador que lo llevara a Santa Tecla a confesarse con el padre Azkue, su director espiritual. ¡Vaya manera de prepararse para ofrecer en el altar la máxima prueba de su amor a Jesucristo! Los testimonios de Roberto Cuéllar y Héctor Dada Hirezi nos acercan al hombre que vivió con pasión la defensa de la dignidad de los pobres y perseguidos, y acompañó a gente clave que soñaba, como él lo hacía, con un país diferente. El nombre de Roberto Cuéllar aparece con frecuencia en el Diario de Monseñor, siempre ligado al tema de los derechos humanos o a la preparación de la homilía dominical del pastor. Impresiona su descripción de la autopsia del cadáver del obispo asesinado y los datos acerca del origen y la evolución del Socorro Jurídico del Arzobispado. Pero destaco el pasaje cuando se refiere a Reynaldo Cruz Menjívar, el militante demócratacristiano que permaneció más de nueve meses en una cárcel clandestina de la Policía de Hacienda, sometido a las más brutales torturas; al leerlo,
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uno se siente horrorizado. Monseñor, en su Diario, menciona el caso en una forma sumamente discreta, pero el relato de Roberto Cuéllar arroja luz sobre el corazón del pastor: “Me impresionó, francamente se lo digo, que fuera el propio Monseñor Romero el que lo trató. Él no quería que nadie se enterara de que lo tenía escondido en el arzobispado, porque ahí pasó unos pocos días, y él mismo le daba las medicinas”. Quienes conocemos a Héctor Dada Hirezi sabemos de su clara identidad cristiana y de su valiente compromiso iluminado por la doctrina social de la Iglesia. El Diario no deja a este respecto ninguna duda: ya se trate su calidad de dirigente democristiano, de canciller de la primera Junta surgida después de la insurrección militar del 15 de octubre de 1979, o de integrante de la segunda Junta, la confianza y la estima de Monseñor Romero hacia él son incuestionables. Es particularmente valiosa la insistencia de Héctor en recalcar que Monseñor Romero fue un hombre honesto: “Creo que ninguno habíamos valorado la absoluta honestidad humana y religiosa de Monseñor Romero, una conjunción de honestidades que lo llevaron a comprometerse en cosas que nadie esperábamos que se comprometiera”. La visión de dos laicos metidos en el mundo se completa con la mirada de dos religiosas. La primera es madre Lucita, conocida en el mundo entero por su cercanía con Monseñor Romero, a quien le dio la sorpresa de entregarle una casita como regalo el día en que él cumplía 60 años; y la segunda es la hermana Eva, quien nos cuenta de primera mano cómo vivió Monseñor Romero la muerte de su amigo, el padre Rutilio Grande, al contemplar su cuerpo acribillado en el templo de Aguilares. La madre Lucita -al igual que las Hermanas Chacón- puede afirmar que para Monseñor Romero, el hospitalito “era su Betania”. Ella supo -y no fue la única- de los arrebatos del carácter de Monseñor Romero, pero no duda de su santidad: “No tengo dudas… Porque lo conocí y sé que quiénes hablan mal de él no lo conocieron. Era un hombre de una fe y de una oración muy profundas, y todo lo que hacía lo consultaba con Dios antes, arrodillado, para que le diera sabiduría y le dijera qué tenía que hacer. Fue un santo muy humano”.

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Hay que agradecer a la hermana Eva Menjívar -una religiosa Carmelita de San José que dejó su congregación, junto con varias compañeras para asumir un trabajo de acompañamiento bastante arriesgado-, su vivencia de esa noche tan densa de la velación del padre Grande y de sus dos compañeros. Ella tampoco duda de la santidad de Monseñor Romero: “La veo en sus grandes valores. El hombre era muy humilde y de mucha oración, muy profundo. Si uno se fija en sus homilías, en cómo las iba ordenando, dan pie a pensar que Monseñor no sólo iba a hablar, sino que hacía profundas reflexiones, y no solo hacia fuera. Fue una profunda reflexión decirse a sí mismo en un momento muy importante de su vida: ahora me toca cambiar a mí. Y así nos lo dijo algunas veces: esto nos lo han enseñado así, pero tenemos que hacer esto otro…”. El nombre de monseñor Ricardo Urioste es el que con más frecuencia aparece en el Diario de Monseñor Romero. Pero, más allá de la estadística, tenemos que rendirnos ante la invaluable contribución del hombre que ha gozado de la confianza de los tres arzobispos más importantes de nuestra historia arquidiocesana: monseñor Luis Chávez y González, monseñor Arturo Rivera Damas y Monseñor Romero. Este lo menciona en las primeras páginas del Diario como uno de sus acompañantes -junto con Monseñor Rivera- en un importante viaje a Roma para hace contrapeso a otra delegación que había viajado al Vaticano para mal informar al Papa y pedir su destitución. Le vemos luego a su lado como vicario general, como vicario pastoral, como administrador y como la persona con la que siempre puede contar. Le encomienda misiones delicadas ante personajes del Gobierno, del mundo de la política o de la empresa privada; y pide su consejo constantemente para saber discernir la voluntad de Dios en la dramática historia de la Iglesia y de la patria. Quienes conocen a monseñor Urioste no se sorprenderán al leer esta afirmación: “Monseñor Romero fue el hombre que más conoció el magisterio de la Iglesia en este país, y nadie después ha podido conocerlo tan bien”. O cuando se refiere a la acusación de que el arzobispo fue manipulado: “Si, ¡claro que Monseñor fue manipulado! Lo manipuló Dios, que hizo con él lo que le dio la gana. Yo de eso estoy convencido, pero convencidísimo, como dogma de fe”.
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Concluyo este rápido recorrido con la palabra de un joven artista que nació seis años después de la muerte de Romero y que ganó el concurso de pintura organizado el año pasado por el Gobierno de El Salvador. Cuando se le pregunta a Víctor Hugo Rivas qué opina sobra la decisión del presidente de la República, Mauricio Funes, de declarar a Monseñor Romero como guía espiritual de la nación, responde con franqueza: “Guía espiritual no se es porque alguien te nombre, sino porque uno se lo ha ganado. Y la imagen de Monseñor Romero se respeta en la actualidad, pero no porque alguien lo haya nombrado guía, sino por lo que hizo y por lo que dijo. De él a mí me impacta el simple hecho de que, siendo la máxima autoridad de la arquidiócesis, llegara a los cantones más perdidos y hablara con las personas más humildes. Y cuando visitás donde él vivía, podés darte cuenta de que vivía en la austeridad. La gente aprecia esas cosas, y por eso Monseñor Romero sigue siendo recordado hoy. Él solo se ganó el respeto que tiene”. Espiando entre las homilías dominicales de Monseñor Romero, un florilegio de pensamientos retrata su corazón de pastor. Entre ellos he escogido el siguiente para concluir esta presentación: “¡Qué distinto es predicar aquí, en este momento, que hablar como amigo con cualquiera de ustedes! En este instante, yo sé que estoy siendo instrumento del Espíritu de Dios en su Iglesia para orientar al pueblo. Y puedo decir, como Cristo: 'El Espíritu del Señor está sobre mí, a evangelizar a los pobres me ha enviado'. El mismo Espíritu que animó a Cristo y le dio fuerza a aquel cuerpo nacido de la Virgen para que fuera víctima de salvación del mundo es el mismo Espíritu que a mi garganta, a mi lengua, a mis débiles miembros le da también fuerza e inspiración”. (Homilía, 16.07.78) Mons. Gregorio Rosa Chávez San Salvador, marzo de 2011

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PRÓLOGO DEL AUTOR Monseñor Romero se ha convertido en algo tan grande que aspirar a condensarlo en un puñado de páginas resultaría un acto de vanidad. Este libro, pues, no tiene vocación biográfica, ni pretende ser un manual de historia, ni revelar verdades nunca antes contadas sobre su teología o sobre las sombras que aún envuelven su asesinato. Hace más de tres décadas que dejó de estar entre nosotros, pero su figura no hace sino crecer: siguen apareciendo documentales, libros, conversatorios, estatuas y homenajes en el ámbito académico-cultural, pero sus palabras y su rostro proliferan también en murales y camisolas tanto en cantones ignotos del territorio salvadoreño como en cosmopolitas ciudades de Europa y Norteamérica. No es ninguna exageración afirmar que Monseñor Romero se ha convertido en un referente mundial. A inicios de noviembre de 2010 trascendió una noticia que apenas tuvo eco en la prensa salvadoreña. La Asamblea General de Naciones Unidas (ONU) proclamó el 24 de marzo, fecha de su asesinato, como el Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas, para su conmemoración en todo el mundo. Conviene tomarse unos segundos para leer cómo la ONU justificó esta decisión: “Reconociendo también los valores de Monseñor Romero y su dedicación al servicio de la humanidad, en el contexto de conflictos armados, como humanista consagrado a la defensa de los derechos humanos, la protección de vidas humanas y la promoción de la dignidad del ser humano, sus llamamientos constantes al diálogo y su oposición a toda forma de violencia para evitar el enfrentamiento armado, que en definitiva le costaron la vida el 24 de marzo de 1980”. Eso se dijo en Naciones Unidas sobre un salvadoreño. Conviene explicitar, sin embargo, que su grandeza no comenzó a edificarse sobre su memoria. A pesar de ser arzobispo de un minúsculo país tercermundista, Óscar Arnulfo Romero Galdámez fue reconocido en vida por universidades de Estados Unidos y Bélgica con dos doctorados Honoris Causa, y el Parlamento británico lo propuso a finales de 1978 como
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candidato al Premio Nobel de la Paz. Algún día el Vaticano quizá lo beatifique, para dicha de la feligresía católica, pero, ocurra o no, su figura brilla tanto ya que estoy convencido de que las numerosas biografías, recopilaciones, películas y noticias periodísticas que han visto la luz siguen siendo pocas. El librito que tiene entre sus manos surge con la única aspiración de aportar, con mucha humildad, un granito que contribuya a recopilar, ordenar y -si cabe- difundir aún más su vida. La Fundación Monseñor Romero y quien suscribe estas líneas coincidimos en que, dentro de lo mucho y variado que se ha escrito, su lado humano es quizá el menos explorado. De Romero, por ejemplo, se sabe que defendió a los pobres y que pronunció valientes homilías, pero no se conoce tanto si era tímido o extrovertido, callado o dicharachero, o si le gustaban el fútbol, el teatro o los frijoles. Para intentar conocerlo mejor, hablamos con un racimo de personajes que lo conocieron bien. El guión es muy sencillo: realizar semblanzas de cada de estas personas para con todos esos perfiles configurar, como si fuera un rompecabezas, una semblanza de Monseñor Romero. Todo, eso sí, concebido, reporteado y redactado desde la trinchera del periodismo, con la entrevista de profundidad como principal herramienta de trabajo, aunado a una intensa labor de documentación. Dicho esto, resulta obvio que la materia prima de esta obra son los testimonios que amablemente brindaron los entrevistados, casi siempre en largas sesiones que en algunos casos se prolongaron por varios días. Desde aquí, un sincero agradecimiento a Héctor Dada Hirezi, Ricardo Urioste, Salvador Barraza, Eva Menjívar, María de la Luz Cueva, Víctor Hugo Rivas, Orlando Cabrera, la familia Chacón y Roberto Cuéllar Martínez. Sin su paciencia este esfuerzo nunca podría haber llegado a puerto alguno. El tiempo pasa, y ese pasar de los años termina siendo uno de los principales problemas a la hora de reconstruir escenas, al menos cuando se escribe con la ética como Norte. La memoria humana tiene limitaciones, y tampoco hay que descartar los lógicos riesgos de idealización cuando se habla de alguien como Monseñor Romero. Ya he señalado que este libro se ha escrito desde la trinchera del periodismo, lo que anula por completo la consciente invención o manipulación de datos o testimonios, pero creo
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que no está de más señalar que en el reporteo quedaron sin respuesta muchas preguntas, que se revelaron respuestas que tenían mal planteada su pregunta, y que hasta se hallaron respuestas falsas que, a fuerza de repetirse, muchos las consideran verdades. Así, los testimonios recogidos ponen en duda axiomas como que el calibre de la bala utilizada para asesinarlo era .22, o como el lugar desde el que se disparó el fusil en la capilla, o como la influencia que tuvieron en la metamorfosis de Monseñor Romero los dos años que pasó como obispo de Santiago de María. Esos mismos testimonios también revelan como falsas algunas aseveraciones en torno a su figura, como la del reverendo William Wipfler, quien erróneamente se atribuye ser la última persona en recibir la comunión de manos del arzobispo; o como esa otra versión, tan extendida como errada, que asegura que el proyectil impactó en su pecho durante la consagración. En fin, se trata de aportes mínimos pero novedosos a su vida y a su muerte, que surgieron mientras intentábamos satisfacer la principal misión que nos habíamos propuesto: realizar un honesto retrato de Monseñor Romero como ser humano, no solo como el mito casi inalcanzable en que se ha convertido. En estas páginas el obispo mártir reirá, sufrirá, se enojará, tendrá miedo, comprenderá y pedirá comprensión, contará chistes, regañará a sus amigos, se equivocará… como nos ocurre a todos. En lo personal, agregar como conclusión que, cuando lo asesinaron, yo apenas tenía 3 años de edad, por lo que celebro sobremanera la oportunidad que la Fundación Monseñor Romero me concedió de conocerlo ahora. De todo corazón agradezco a quienes me abrieron las puertas de sus vidas para intentar comprender la vida de Monseñor Romero. Y a usted, amigo lector, espero que leer este libro le deje la misma sensación de estar ante un personaje inigualable que me dejó a mí escribirlo. Roberto Valencia, periodista robertogasteiz@yahoo.com Marzo de 2011

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DATOS BIOGRÁFICOS 1917, 15 de agosto. Óscar Arnulfo Romero Galdámez nace en Ciudad Barrios, al norte del departamento de San Miguel 1930. Ingresa en el seminario menor de San Miguel. 1942, 4 de abril. Es ordenado sacerdote en Roma en plena II Guerra Mundial. 1943, agosto. La guerra le obliga a interrumpir sus estudios en la Universidad Gregoriana. 1943, diciembre. Regresa a El Salvador después de haber permanecido algunas semanas preso en Cuba. 1944, 4 de enero. Oficia su primera misa en el país en la iglesia de Ciudad Barrios. 1944-1967. Tras un breve paso por la parroquia de Anamorós (La Unión), durante más de dos décadas tiene una intensa vida pastoral en la diócesis de San Miguel. 1967, 8 de junio. Es nombrado secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador. 1970, 21 de abril. La Santa Sede lo nombra obispo auxiliar de la arquidiócesis de San Salvador. 1970, 21 de junio. Fastuosa fiesta de consagración a la que asiste incluso el presidente de la República. Un grupo de sacerdotes redacta un manifiesto en su contra. 1974, octubre. Es notificado de su nombramiento como obispo de Santiago de María. La toma de posesión se realiza el 14 de diciembre. 1975, diciembre. Clausura el Centro de Promoción Campesina Los Naranjos, administrado por los padres pasionistas en Jiquilisco. 1976, 6 de agosto. En una concurrida homilía en Catedral metropolitana Monseñor Romero critica con dureza al clero progresista. 1977, 22 de febrero. Toma posesión máximo responsable de la arquidiócesis de San Salvador. 1977, 12 de marzo. Asesinato del sacerdote jesuita Rutilio Grande, su amigo personal. 1977, 20 de marzo. Monseñor Romero desoye al nuncio y celebra en Catedral metropolitana una misa única.
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1977, 30 de marzo. El papa Pablo VI recibe a Monseñor Romero en Roma y le muestra su apoyo a la línea pastoral del arzobispo. 1977, mayo-junio. El Ejército salvadoreño se toma la ciudad de Aguilares, incluida su iglesia. Tres sacerdotes jesuitas son expulsados del país. 1977, 1 de julio. El general Carlos Humberto Romero asume la Presidencia de la República. Monseñor Romero rechaza la invitación al evento. 1978, 14 de febrero. La Universidad de Georgetown le concede el título de Doctor Honoris Causa. 1978, noviembre. El Parlamento británico propone a Monseñor Romero como candidato al Premio Nobel de la Paz. 1979, 7 de mayo. Monseñor Romero se reúne con el papa Juan Pablo II, quien de forma explícita cuestiona su línea pastoral. 1979, 15 de octubre. El Movimiento de la Juventud Militar da un golpe de Estado de corte progresista que es visto con buenos ojos por Monseñor Romero. 1980, 3 de enero. La primera Junta Revolucionaria de Gobierno, respaldada tácitamente por Monseñor Romero, llega a su fin con la renuncia masiva de funcionarios. 1980, 22 de enero. La marcha convocada por la Coordinadora Revolucionaria de Masas se convierte en la manifestación más multitudinaria de la historia del país. 1980, 2 de febrero. La Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) le concede el Doctorado Honoris Causa. 1980, 17 de febrero. Monseñor Romero lee en la homilía la carta escrita al presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, para pedirle que suspenda la ayuda militar. 1980, 23 de marzo. En la homilía hace un llamado a que las bases del ejército desobedezcan las órdenes de sus superiores. 1980, 24 de marzo. Una bala pone fin a su vida mientras celebra misa en la capilla del Hospital Divina Providencia. 1980, 30 de marzo. El masivo funeral de Monseñor Romero termina en un baño de sangre.

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HÉCTOR Dada Hirezi El político

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La honestidad es prima-hermana de la bondad, de la verdad, de la integridad. Decirle honesto a alguien es decirle mucho, a pesar incluso de que se ha convertido en una de esas palabras que pronunciamos a la carrera, sin reparar en su trascendencia. Al mundo le iría mejor si la honestidad estuviera más extendida. Pues bien, Héctor Dada Hirezi no se cansará de retratar a Monseñor Romero como alguien honesto. Lo repetirá una y otra y otra vez. -Creo que ninguno de nosotros habíamos valorado su absoluta honestidad humana y religiosa -dice Héctor cuando intenta explicarse a sí mismo por qué de un día para otro el preferido de la oligarquía se convirtió en voz de los sinvoz-, una conjunción de honestidades que lo llevaron a comprometerse en cosas con las que nadie esperaba que se comprometiera. Héctor lo conoció muy bien, desde niño, desde cuando llegaba a la casa de su tío Emilio Simán y lo hallaba reunido con un joven cura migueleño llamado Óscar Arnulfo Romero. Ambos, Emilio y el padre Romero, mantenían encuentros esporádicos como directores que eran de Criterio y Chaparrastique, los semanarios de la arquidiócesis de San Salvador y de la diócesis de San Miguel respectivamente. Ahí empezó todo. Con los años, devinieron incontables las veces que Héctor y Monseñor Romero estuvieron juntos. -Y usted -pregunto a Héctor-, ¿cree que Monseñor Romero es santo? -Totalmente, pero ¿qué es la santidad en una teología sana? Hay que recordar que los dos grandes fundadores de la Iglesia fueron Pedro, que negó a Cristo, y Pablo, que perseguía cristianos; y los dos son santos. Los santos son seres humanos que cometen errores, como todos, pero que cumplen con los principios de honestidad, de bondad, de entrega a los demás, de cumplimiento de la palabra de Jesús de Nazareth… Y eso fue él. -¿Esa plena conciencia de su santidad la tuvo después o antes del asesinato? -En vida ya sentía que era un cristiano ejemplar. Si algo yo le respetaba es que hacía lo que él creía, y lo hacía con sanidad de espíritu. Nunca le encontré una mala intención, y que no estuviéramos siempre de acuerdo no quiere decir que uno no respetara su total honestidad. Su total honestidad, dice. *** Héctor Miguel Antonio Dada Hirezi nació el 12 de abril de 1938 al interior de la vivienda familiar, ubicada muy cerca del Campo de Marte, en el Centro Histórico de San Salvador. Sus apellidos son de origen árabe. Los dos abuelos nacieron en Palestina, y ambos llegaron a El Salvador después
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de pasar unos años en Nueva York, pero por caminos separados. Su padre, Cristo Miguel Dada, era un médico formado en Francia, cristiano ortodoxo, creyente en Dios pero poco amigo de los templos. Su madre, Graciela Hirezi, nació y se crió en Zacatecoluca, donde la familia era propietaria del principal almacén de la ciudad; era católica y religiosa en el sentido más tradicional de la palabra. -Pero mi formación católica se la debo a los jesuitas -dice. En una época en la que aprender a leer y a escribir estaba al alcance de pocos, Héctor estudió en la institución de educación secundaria más prestigiosa del país: el Externado de San José, administrado por la Compañía de Jesús. Los Dada Hirezi no eran oligarquía ni mucho menos, pero vivían con holgura. -Puedo decir que tuve una infancia muy feliz, con mucho cariño en mi casa. Los estudios superiores los realizó en la Universidad de El Salvador, Ingeniería civil, y fue en esos años, en la segunda mitad de la década de los 50, cuando comenzó a coquetear con la política. Se convirtió en dirigente estudiantil -llegó incluso a presidir la ACUS, Acción Católica Universitaria Salvadoreña-, y participó en la fundación del Partido Demócrata Cristiano (PDC). No aparece en el listado de fundadores tan solo porque estaba fuera del país el día de la inscripción en el tribunal electoral. En 1966, con apenas 28 años, ocupó una curul en la Asamblea Legislativa. A finales de los 60 decidió estudiar Economía. Serias discrepancias con la dirigencia del partido por la guerra contra Honduras lo convencieron de hacerlo en el extranjero, y en 1970 se instaló en Bélgica. Para entonces estaba ya casado con Gloria Sánchez Chévez, la madre de sus cuatro hijos: Héctor, Rodrigo, Carlos y Gloria. De Europa se regresó definitivamente a inicios de 1977, conoció desde las entrañas -participó en la primera y en la segunda Junta Revolucionaria de Gobierno- la efervescencia política y sus consecuencias, y tres años después tuvo que irse de nuevo, esta vez a México y amenazado de muerte. Durante la guerra civil hizo consultorías y trabajó para institutos de investigación y para Naciones Unidas, y cumplió a rajatabla su decisión de no involucrarse con ninguna de las partes en conflicto. -Me lo pidieron varios amigos -recuerda-, pero no me metí al FDR (Frente Democrático Revolucionario) porque nunca he creído en la lucha armada como medio de hacer política. Tras la firma de los Acuerdos de Paz, los Dada-Sánchez regresaron a El Salvador. La política pronto llamó a la puerta de Héctor: concejal en San
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Salvador, regreso a la Asamblea como diputado, ministro… Su rostro es hoy por hoy uno de los más conocidos de la política salvadoreña, y quizá uno de los más respetados. -Pero El Salvador aún está como está, don Héctor. ¿Cómo duerme después de haberle entregado tanto al país? -El mundo no es perfecto, y este país es más imperfecto que lo que debería ser. Yo aprendí hace tiempo que uno tiene que hacer todo lo que pueda para cambiar las cosas en la dirección que uno cree que es la correcta, pero Roberto, también aprendí que uno no tiene toda la responsabilidad. *** La primera vez que Monseñor Romero tuvo que mirar a los ojos de familiares de víctimas de una masacre perpetrada por la Guardia Nacional fue el domingo 22 de junio de 1975, seis meses después de haber tomado posesión como obispo de Santiago de María. Sucedió en el cantón Tres Calles del municipio de San Agustín, departamento de Usulután, lugar en el que el día anterior unos 40 agentes se habían presentado a la 1 de madrugada y habían asesinado a sangre fría a seis campesinos -José Ostorga, sus tres hijos, dos vecinos- de una comunidad eclesial de base. La noticia había llegado a oídos de Monseñor Romero el propio sábado, y el domingo se desplazó hasta Tres Calles. Tras verificar en persona lo sucedido, decidió escribir dos cartas para explicitar su inconformidad: una dirigida al presidente de la República, su amigo el coronel Arturo Armando Molina; y la otra, a los obispos salvadoreños. Pero se negó a denunciar públicamente lo ocurrido. La noticia de la tragedia se regó por todo el país, y se coló en la agenda de la Comisión Nacional de Justicia y Paz, un organismo consultivo conformado por laicos y religiosos del que tanto Monseñor Romero como Héctor formaban parte. -Tuvimos una gran discusión ese día, bastante fuerte, porque nosotros decíamos que había que denunciar la masacre, y él sostenía que no, que la Iglesia tenía que actuar por caminos más discretos -dice Héctor. Esa actitud timorata ante la represión se desvanecería tras la toma de posesión como arzobispo de San Salvador, y Monseñor Romero hoy es recordado en todo el mundo como un referente incuestionable en materia de derechos humanos. Esa metamorfosis, que algunos llaman conversión, fue años después motivo de conversación. “Hoy entiendo muchas de las cosas que ustedes nos decían en la Comisión de Justicia y Paz”, le dijo a Héctor en alguna ocasión. ***
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Héctor amaneció el 18 de marzo de 1977 en Bélgica, donde vivió varios años y cosechó una licenciatura y una maestría en Economía por la Universidad Católica de Lovaina. Abordó un avión y cruzó el océano Atlántico junto a toda su familia, esta vez con la firme intención de radicarse definitivamente en El Salvador. Eran años sin internet ni televisión por satélite, pero Héctor se había esforzado por no desconectarse de la realidad salvadoreña. Sabía que a Óscar Arnulfo Romero, un viejo conocido suyo, lo habían nombrado arzobispo de San Salvador hacía un mes. La elección no le había hecho gracia porque él era de los convencidos de que el indicado para el puesto era monseñor Rivera Damas. La última escala del vuelo fue en el aeropuerto de La Aurora, en Ciudad de Guatemala. Allí subió otro viejo conocido suyo: monseñor Emanuele Gerada, el nuncio apostólico para Guatemala y El Salvador. Entonces había menos formalidad en los aviones y, como varios asientos estaban vacíos, apenas despegó la aeronave, el nuncio Gerada y Héctor se sentaron juntos para platicar. -Usted me tiene que ayudar a convencerlo -le dijo el nuncio Gerada-, lo que está haciendo Monseñor Romero es una locura. -¿Y qué es lo que está haciendo? -preguntó Héctor, sorprendido de que estuvieran hablando de la misma persona tradicionalista y sumiso a la jerarquía eclesiástica que él conocía. -¡Quiere cerrar las iglesias! Seis días antes de aquel encuentro en las alturas habían acribillado al padre Rutilio Grande. Reunido el martes 15, el clero había aprobado en asamblea y de forma abrumadora la idea de oficiar en Catedral metropolitana una misa única. Monseñor Romero respaldó la petición, algo que escandalizó sobremanera al Gobierno del coronel Molina y a Gerada, quien apenas unas semanas atrás había sido su principal promotor. Al día siguiente de su llegada a El Salvador, en la víspera de la misa única, Héctor se acercó a las oficinas del arzobispado, situadas en el segundo piso del seminario San José de la Montaña. Le dio el pésame por lo del padre Grande y le comentó su conversación con Gerada, pero no trató de convencerlo de nada. Al contrario, se puso a sus órdenes. -La relación con monseñor Gerada era tensa -recuerda-, creo que porque él nunca entendió lo que pasaba en este país ni la honestidad de Monseñor Romero. Él era de ese sector de la Iglesia para el que la tranquilidad es lo más importante, sin importar el costo. ***
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El 22 de enero de 1980 las calles de San Salvador acogieron la manifestación más multitudinaria jamás vista en el país. Héctor se atreve a calificarla como la más grande jamás vista en Centroamérica. Estimaciones conservadoras cifraron en 250,000 las personas que respondieron a la convocatoria realizada por la Coordinadora Revolucionaria de Masas, el más firme intento por unificar el crisol de movimientos sociales en que estaba fraccionada la izquierda salvadoreña. -Nunca se había visto algo así -dice-, y yo, honestamente, pensé que con esa manifestación iban a intentar tomarse Casa Presidencial. Fue tanta la afluencia que mientras algunos aún esperaban salir desde el monumento al Divino Salvador del Mundo, otros estaban ya frente a la catedral, donde se dice que comenzaron los disparos. Monseñor Romero registró sus impresiones en su diario personal: “A la altura del Palacio Nacional se inició un tiroteo que desbandó esta preciosa manifestación preciosa manifestación, dice-, que era una fiesta del pueblo”. Para finales de enero su apoyo tácito a las organizaciones populares, y por extensión a sus reivindicaciones, tenía a la base el desencanto acumulado hacia la Junta Revolucionaria de Gobierno, de la que en ese momento Héctor era uno de los cinco integrantes. Aquel día, los principales funcionarios de Gobierno siguieron los acontecimientos encerrados en Casa Presidencial. Después de que las radios reportaron el tiroteo, Héctor y Monseñor Romero hablaron por teléfono. -Monseñor, esos disparos no son de soldados -le aseguró Héctor-. Acabo de consultar y me han garantizado que se cumplió nuestra orden de que no hubiera ningún agente de seguridad ni ningún soldado en el camino. -Pero hay gente en catedral que los está viendo disparar desde el Palacio Nacional. -No puede ser, Monseñor. Sí pudo ser. Cuando confirmó por otras vías la veracidad de la versión, Héctor se levantó en medio de una reunión de gabinete y pidió explicaciones al ministro de Defensa, el coronel Guillermo García, que encarnaba la línea dura dentro de la Fuerza Armada. La nueva versión era que en efecto habían dejado unos guardias para custodiar el Palacio Nacional y que se pusieron tan nerviosos que dispararon, pero sin órdenes de sus superiores. Hubo más disparos y más muertos en más lugares. Trece años después, la Comisión de la Verdad cifró entre 22 y 50 los fallecidos entre los manifestantes, además de un centenar de heridos.
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-Yo soy una persona muy tranquila, pero verdaderamente reaccioné con mucha violencia ese día -dice-. Creo que los militares nos estaban viendo la cara. Al día siguiente, 23 de enero, la tensión se mantuvo. Tras lo ocurrido en la víspera, unas 40,000 personas se habían refugiado en la Universidad de El Salvador, y el Ejército, desplegado en los alrededores, amenazaba con ingresar con el pretexto de que escondían armas. Monseñor Romero se presentó en Casa Presidencial para solicitar que levantaran el cerco militar, y esa visita fue el detonante para otro violento choque verbal entre las antagónicas visiones que había dentro del gabinete. Con el paso de los días la situación, lejos de calmarse, se tensó más: asesinatos, atentados, huelgas, ametrallamientos, tomas de fábricas, secuestros… En la madrugada del 23 de febrero un escuadrón de la muerte irrumpió en la vivienda de Mario Zamora, procurador general de la República y máximo exponente de la línea progresista al interior del PDC, con la que Héctor se identificaba. Lo ametrallaron en un baño de la casa. -Y ese sí ya fue el fin. Solo entonces se convenció de lo que ya sabía pero se negaba a admitir: que las fuerzas que empujaban el país hacia la guerra abierta eran más poderosas que las que trataban de evitarla. También al interior la Junta Revolucionaria de Gobierno de la que formaba parte. *** La conclusión a la que llegó esta comisión, después de haber oído testigos presenciales fidedignos y de haber platicado con numerosos corresponsales extranjeros que se encontraban en el lugar de los hechos, es la siguiente: 1.) La manifestación convocada por la Coordinadora Nacional de Organizaciones Populares de Masas se estaba realizando en una forma pacífica y ordenada. Esta actitud desde un principio contrastó con la actitud provocadora de la derecha, a la que la misma Junta de Gobierno culpó como causante del desorden. 2.) Antes de que se iniciara la balacera desde una avioneta se estuvo arrojando veneno contra los manifestantes. […] 4.) Hay una gran convergencia de opiniones en señalar a estos guardias nacionales del Palacio Nacional como los responsables de la balacera. 5.) Algunos de los manifestantes defendieron a sus compañeros disparando también con armas de fuego. […] 7.) Aunque sí hubo posteriormente acciones de repudio por parte de algunos miembros de las organizaciones populares (quema de algunos autos, saqueos), la mayoría no se dejó provocar como tal vez hubieran deseado los de la derecha, sino que se
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refugiaron en templos o edificios cercanos y varios miles sin dispersarse se fueron a proteger ordenadamente en el recinto de la universidad nacional. […] 9.) Toda la información radial de estos acontecimientos fue controlada por el Gobierno, quien ordenó que se mantuvieran por más de 48 horas las emisoras de radio en cadena nacional, difundiendo solo la versión oficial. 10.) La prensa nacional publicó solo fotografías de los manifestantes que andaban armados, pero no de las actitudes de la derecha y de la Guardia Nacional que los agredió. (Monseñor Romero, homilía del 27 de enero de 1980) *** Durante finales de los sesenta y en buena parte de la década de los setenta Héctor tuvo una intensa actividad política como militante de la democracia cristiana. Tras el golpe de Estado del 15 octubre de 1979, se desempeñó como canciller durante la primera Junta Revolucionaria de Gobierno e integró la segunda Junta tras la recomposición de enero de 1980. Mantuvo además una privilegiada relación con Monseñor Romero, que terminó convertido en un actor político trascendental del trienio 1977-1980. Héctor tiene mucho que decir sobre lo ocurrido en esos años, pero aún no se anima. -Desde hace mucho tiempo tengo el guión hecho para escribir un libro algún día, pero debo confesarte, Roberto, que me cuesta mucho hablar de estas cosas. *** Convencido de que nada podía detener la guerra civil, y sabedor de que era objetivo prioritario de los escuadrones de la muerte, el 3 de marzo de 1980 Héctor renunció a su cargo en la segunda Junta y decidió abandonar de inmediato el país. Pero antes visitó a Monseñor Romero. -¿Él no le pidió que se quedara? -pregunto. -No, le di las explicaciones de mi decisión y le dije: esto, Monseñor, no va hacia ningún lado. En realidad, el país sí fue hacia algún lado: directo a un precipicio del que tardaría más de una década en salir. Héctor se exilió, y desde la lejanía vivió el principio del fin: tan solo durante el primer año de exilio asesinaron al arzobispo, asesinaron al rector de la Universidad de El Salvador, violaron y asesinaron a cuatro religiosas estadounidenses, torpedearon cualquier posibilidad de diálogo con la tortura y el asesinato de seis dirigentes del FDR, la guerrilla lanzó la Ofensiva final, se creó el Batallón Atlacatl…
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Socorro Jurídico del Arzobispado cifró en más de 28,000 los asesinatos de civiles tan solo en 1980 y 1981. Tras aquel último encuentro, Héctor voló hacia México, solo, y nunca más volvió a ver a Monseñor Romero. Pero su esposa Gloria sí visitó al arzobispo el 12 de marzo y le facilitó el número de teléfono de la casa en la que se hospedaba su marido. También ella le pidió consejo: la Policía de Hacienda ya había ido a buscarla a su lugar de trabajo. -Gloria, también usted debe de irse -le aconsejó-. Si se queda aquí, la van a matar. -El que está en peligro de que lo maten es usted -le respondió. -Pero usted está casada y tiene hijos, y yo soy obispo. Usted tiene que irse, y yo me tengo que quedar. Gloria también voló a México, lo hizo con boleto de ida y vuelta. Los hijos se quedaron en principio en El Salvador. El jueves 20 de marzo, Monseñor Romero tomó el número telefónico que la esposa le había dejado y lo marcó. -Héctor, ¿está allá su señora? -le preguntó secamente. -Sí, Monseñor. -Pues quítele el pasaporte y el boleto de avión, y que se quede con usted. Si regresa, la van a matar. -Sí, mi señora me contó que usted le recomendó eso. -Es que así son las cosas. Su señora se tiene que quedar en México. Monseñor Romero le colgó el teléfono. Pocas veces Héctor lo sintió tan imperativo, pero no hubo ninguna otra ocasión para preguntarle el porqué. A los cuatro días, ese mismo aparato volvió a sonar en torno a las 7 de la tarde. Esta vez el que preguntaba por él era Djuka Julius, un periodista de Tanyug, la agencia de noticias estatal de Yugoslavia, al que Héctor había conocido unos días atrás. -Me acaban de hablar de San Salvador -le dijo-, solo cuelgo y lo llamo a usted. No le puedo dar detalles porque ahora no sé más, pero acaban de matar a Monseñor Romero. Héctor sintió como si le dispararan en el pecho. *** El asesinato Héctor lo interpretó como una operación de guerra desde un inicio, como un intento por deshacerse de la única persona que tenía
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la autoridad moral para llamar al diálogo. Quienes lo mataron quisieron matar la voz de la conciencia de un país entero. Quisieron matar la honestidad. -Algunos sectores al inicio culparon a los grupos insurgentes, ¿usted llegó a dudar? -En absoluto. Cuando ocurre algo así, la primera pregunta que uno debe hacerse es quién gana con eso, y la derecha en El Salvador fue tan torpe que permitió que la izquierda recibiera los frutos de la popularidad de Monseñor Romero, a pesar de que él criticaba con dureza todo tipo de lucha armada. También Estados Unidos necesitaba una solución rápida, y yo no sé cuánto se involucró el grupo de asesores norteamericanos, pero el asesinato me parece que fue una acción que pretendía forzar a lo que los norteamericanos me dijeron a mí el 14 de febrero de 1980: que la guerra la podían ganar en no más de seis meses. Cuando escuchó ese argumento en boca de un alto representante de la embajada de Estados Unidos, Héctor sonrió y le respondió que al fin oía un punto en común con el pensamiento de la guerrilla en ciernes: que la guerra sería corta. _Había una obsesión entre los estadounidenses de que podían derrotar a la guerrilla así -y chasquea sus dedos- si les soltaban las manos. Y Monseñor Romero era la persona que les amarraba las manos. *** La Comisión concluye lo siguiente: 1. Existe plena evidencia de que: a. El ex-Mayor Roberto D'Aubuisson dio la orden se asesinar al arzobispo y dio instrucciones precisas a miembros de su entorno de seguridad, actuando como “escuadrón de la muerte”, de organizar y supervisar la ejecución del asesinato. b. Los capitanes Álvaro Saravia y Eduardo Ávila tuvieron una participación activa en la planificación y conducta del asesinato, así como Fernando Sagrera y Mario Molina. c. Amado Antonio Garay, el motorista del ex-capitán Saravia, fue asignado y transportó al tirador a la capilla. El señor Garay fue testigo de excepción cuando desde un Volkswagen rojo de cuatro puertas, el tirador disparó una sola bala calibre .22 de alta velocidad para matar al arzobispo.
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(De la locura a la esperanza. La guerra de 12 años en El Salvador. Informe de la Comisión de la Verdad para El Salvador. Naciones Unidas, San Salvador/Nueva York 1992-1993) *** El jueves 15 de febrero de 2007 la Asamblea Legislativa, en sesión plenaria, debatió una propuesta para nombrar a Roberto d'Aubuisson Arrieta Hijo Meritísimo de El Salvador. Ese día el llamado primer órgano del Estado se asemejó más un estadio de fútbol que a la sede del Poder Legislativo. Militantes y simpatizantes de Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), el partido fundado por D'Aubuisson, llegaron a la sesión, pero eran minoría frente al nutrido grupo que llegó a oponerse al homenaje con carteles que explicitaban su rechazo. “D'Aubuisson, hijo meritísimo de la muerte”, decía uno. “No al asesino de Monseñor Romero”, decía otro. De entre todos los diputados, Héctor, representante entonces de un pequeño partido de centro-izquierda llamado Cambio Democrático, era el que más y mejor lo había conocido. -No era la primera vez que se discutía sobre Monseñor en la Asamblea. De vez en cuando los de ARENA se lanzaban a hablar pestes de él, y muchas veces me tocó decirle a alguno: usted nunca lo conoció, yo sí, y lo conocí lo suficiente como para decir que usted está mintiendo. Pero aquel 15 de febrero optó por la prudencia. Incluso hubo un momento en el que, en medio de la discusión, subió a pedir calma a detractores y partidarios de D'Aubuisson. Cuando solicitó la palabra, habló poco pero sustancioso. -En esa ocasión solo les dije quién era Roberto d'Aubuisson. -¿Y quién era Roberto d'Aubuisson? -pregunto. -También lo conocí bien. Era un poquito menor que yo y siempre fue un pistolero, desde que tenía 16 años, borracho y pistolero. Y siguió siendo borracho y pistolero toda su vida.

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Ricardo URIOSTE Bustamante El vicario general

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Aquella mañana Monseñor Romero y sus dos acompañantes llegaron con tiempo a la plaza de San Pedro y se mezclaron entre la multitud. Era 25 de junio de 1978, su último domingo en Roma antes de que los tres emprendieran viaje de regreso a El Salvador. No se habría perdonado dejar de rezar el Ángelus junto al papa Pablo VI, que cuatro días antes lo había recibido en una cálida audiencia privada. El Papa se asomó al balcón cuando aún faltaban unos minutos para mediodía y sorprendió a todos con unas sentidas palabras sobre Mauro Carassale, un niño de 11 años secuestrado dos meses atrás. -Querido Mauro -dijo Pablo VI en italiano-, tú eres el símbolo, pequeño cordero, de la bondad inocente, y tu gesto se eleva como ejemplo para todos, invitando al heroísmo del sacrificio de sí en favor del hermano que sufre. El caso de Mauro, un niño de un pequeño pueblo llamado Olbia, en la isla italiana de Cerdeña, había conmocionado al país entero. Cuando a finales de abril los secuestradores llegaron a la casa, se quisieron llevar al hermano mayor, Enrico, pero Mauro les hizo saber que él estaba enfermo y se ofreció a cambio. -Nosotros invocamos a la Virgen -agregó el Papa-, la compasiva por sublime excelencia, para que venga desde el cielo en tu socorro y en el nuestro. Monseñor Romero escuchó con atención las palabras de Pablo VI, las rumió en silencio, y concluyó que el mensaje iba de alguna manera dirigido a él. Fiel a su parquedad, no comentó nada a sus acompañantes: el obispo de Santiago de María, Arturo Rivera Damas; y Ricardo Urioste, el vicario general de la arquidiócesis. -Era muy perspicaz, se fijaba en todo -responde Urioste cuando le pregunto por esta anécdota tres décadas después. Cuando estuvo a solas, Monseñor Romero se desahogó ante la grabadora en la que registraba su diario. Narró con detalle lo ocurrido aquella mañana, y finalizó con un paralelismo entre su admirado Pablo VI -quien fallecería seis semanas después- y su labor como arzobispo de San Salvador: “Me llenó de satisfacción esta denuncia del Papa, porque mi modo de predicar coincide con este gesto de comprensión con el sufrimiento humano. Le doy gracias a Dios de encontrar aquí una nueva motivación para seguir adelante en mi trabajo pastoral”. Y Monseñor Romero siguió adelante. ***
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Ricardo Urioste Bustamante nació el 18 de septiembre de 1925 en San Salvador, en una casa situada sobre la avenida Independencia, que entonces era una elegante calle que servía como puerta de entrada a la capital. Hijo de Adrián y de Amada, y hermano menor de sus dos hermanas, la familia Urioste no nadaba en la abundancia, pero tampoco pasaba apuros, ni siquiera cuando en 1928 falleció Adrián, un aplicado contador que trabajaba para la International Railways of Central America, la empresa que operaba el ferrocarril. Amada era muy religiosa, fue terciaria franciscana, y Urioste desde niño se vio tentado por la idea de convertirse en sacerdote. La posibilidad se presentó casi por casualidad cuando tenía 11 años, en un día de clases cualquiera en el colegio marista donde estudiaba. -Entró el hermano Manuel -recuerda-, que era el director, y llamó a cuatro: a Salvador López, un muchacho que era muy bueno con el acordeón, a Matialena, a Mario Eloy Guerrero y a mí. Afuera estaba un viejito vestido de sotana que resultó ser monseñor Belloso, el arzobispo. El hermano Manuel le dijo: monseñor, estos son los que quieren ir al seminario. Pero ninguno de nosotros había nunca hablado de eso. Urioste ingresó en el Seminario San José de la Montaña el año en que se inauguró: 1938. Siete años después, con 20, marchó hacia España a estudiar Teología. Para ser ordenado sacerdote tuvo que pedir dispensa ya que el Derecho Canónico lo impide antes de los 24. La ordenación fue el 18 de julio de 1948, con 22 años y 10 meses. Un día después viajó a Nueva York, ciudad en la que ofició su primera misa. De allí a California, donde residían madre y hermanas, y a las pocas semanas voló de nuevo desde Estados Unidos a Europa para en septiembre iniciar sus estudios en Derecho Canónico en la Universidad Gregoriana de Roma. Estando en Roma, un día de 1950 recibió una carta con matasellos de El Salvador. La firmaba el padre Óscar Arnulfo Romero, director del semanario Chaparrastique. El 1 de noviembre de ese año el papa Pío XII haría público el dogma de la Asunción de la Virgen María, y cuando el padre Romero se enteró de que en Roma había un sacerdote salvadoreño, se le ocurrió pedirle un artículo. Urioste lo escribió y se lo envió. -Aún recuerdo que terminaba diciendo: “El obelisco de granito de la plaza de San Pedro parecía cantar con nosotros ¡Cristo vence! ¡Cristo reina! ¡Cristo impera!”. La relación ahí quedó. Urioste ni siquiera recibió algún tipo de comunicación de agradecimiento o para confirmar que el artículo había llegado a San Miguel. De hecho, nunca ha sabido si se publicó o no.
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Urioste regresó a El Salvador cuando concluyó sus estudios a finales de 1951. El arzobispo, monseñor Chávez y González, lo acogió con los brazos abiertos y de inmediato lo puso a trabajar con él. En 1957 le asignó su primera parroquia: la de San Francisco, en el centro de San Salvador, donde permanecería hasta que en octubre de 1977 Monseñor Romero lo llamó para convertirlo en vicario general. Pero antes de eso, en 1968, acaeció el primer encuentro personal con el padre Romero. Ocurrió en San Miguel, y más que encuentro fue encontronazo. Urioste llegó a la Perla de Oriente invitado por el obispo, Lorenzo Graziano, a dar una charla a los sacerdotes. Al final de la conferencia buscó al padre Romero, cuyo nombre ya sonaba en todo el país por su laboriosidad y dedicación, pero también por su tradicionalismo y por sus conflictos de personalidad con otros sacerdotes. Lo halló recostado en una hamaca, y se acercó para comentarle uno de los discursos sobre la doctrina social de la Iglesia del papa Pablo VI. Con las palabras justas, ni una más, y no sin cierto grado de altanería, el padre Romero se incorporó para hacerle varias correcciones. Cuando regresó a San Salvador, Urioste releyó sus revistas y confrontó su interpretación original con la que había hecho el padre Romero, y terminó dándole la razón. -Fue el hombre -reflexiona Urioste- que más conoció el magisterio de la Iglesia en este país, y nadie después ha podido conocerlo tan bien. Entre 1967 y 1974 Monseñor Romero vivió en San Salvador, pero los contactos entre ambos fueron mínimos, por no decir nulos. “Él vivía como aislado, no se mezclaba mucho con el clero”, recuerda Urioste ese período. *** “¿Quieres café o no?”, me pregunta Urioste. Es esta una mañana de agosto de 2010, y estamos sentados en el jardín de su casa, en la colonia Roma de San Salvador, alrededor de una vieja mesa forjada. La espesura que nos rodea la preside un vigoroso palo de aguacate. Por el tronco, salpicado de musgo, ayer descendieron dos ardillas, miraron con descaro a los intrusos y se subieron. “Son muy trabajadoras, hasta los cocos de esas palmeras han aprendido a abrir”, comentó Urioste al percatarse de mi asombro. Además del recipiente con café y de las tazas, sobre la mesa forjada hay un cenicero con cabuyas -a sus 84 años conserva el vicio del cigarro- y un montón de revistas y libros apilados. Dos llaman mi atención: uno es Don Quijote de la Mancha; el otro, una edición en inglés de El precio de la gracia, de Dietrich Bonhoeffer, un teólogo alemán que también fue asesinado por la intransigencia; en su caso, encarnada por el nazismo. Bonhoeffer y
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Monseñor Romero tienen en común algo más que la admiración de Urioste. A los dos les erigieron una estatua en la Galería de los Mártires del Siglo XX que decora unos de los pórticos de la abadía de Westminster, en Inglaterra. Están el uno junto al otro, como si alguien hubiera querido que se contaran sus intimidades para toda la eternidad. -Y usted -pregunto a Urioste-, ¿cree que Monseñor Romero es santo? -Yo no tengo la más mínima duda, pero ni la más mínima. Incluso tengo la certeza de que está en el cielo desde el primer momento, con Dios, y creo también que, ante tantas acusaciones que se hicieron y aún se hacen en su contra, me imagino que el Señor le estará diciendo: no te aflijás, Oscarito, tú aquí estás conmigo. No hagás caso de lo que dicen allá abajo. *** Urioste está convencido de que Dios inspiró a Monseñor Romero en todas y cada una de las decisiones tomadas. Esa es la razón, dice, por la que se comprometió a seguirlo. -Muchos lo admiran por su defensa de los derechos humanos, y yo también. Por su defensa de la vida, por su cercanía con los pobres, por su amor por ellos, y todo eso es muy correcto, pero yo -y enfatiza el yo- lo admiraba más por su búsqueda de Dios y su afán de comunicarse con él, porque de ahí arrancaba todo lo demás. Admiración que suena muy sincera, a pesar de que en esta larga entrevista por momentos me dará la impresión de que la relación entre ambos nunca abandonó el ámbito de lo estrictamente profesional. -¿Alguna vez llegó a considerarlo su amigo? -pregunto. -Pues depende de cómo entendamos la palabra amigo. Si se trata de decir amigo en el sentido de: mire, Monseñor, ¿no quiere que vayamos a comer hoy? O vamos hoy al cine, Monseñor, ¿le parece? Pues no. Yo creo que en ese sentido él solo tenía un único amigo: Salvador Barraza. *** Como le ocurrió a la gran mayoría de los religiosos y religiosas de la arquidiócesis, Urioste no se alegró cuando la Santa Sede designó a Monseñor Romero. Y el descontento no era porque en la capital se desconociera quién era este migueleño. Entre 1970 y 1974 se había desempeñado como obispo auxiliar en San Salvador, en una atípica y mal avenida terna de mando integrada por monseñor Chávez y González como arzobispo y por monseñor Rivera Damas también como auxiliar. Ambos simpatizaban con
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las ideas progresistas surgidas del Concilio Vaticano II y de la conferencia de obispos latinoamericanos de 1968 en Medellín, Colombia. -Recuerdo -me dice- algo que monseñor Rivera Damas me confió antes de morir: poco tiempo antes de que en Roma decidieran quién sería el arzobispo, a él le dijeron que necesitaban a alguien menos crítico con el Gobierno, y por eso escogieron a Romero. Yo siempre digo que cuando la Iglesia se deja llevar por motivaciones humanas, el Espíritu Santo hace otra cosa, ¿verdad? Urioste lo admite: hay un antes y un después en su relación con Monseñor Romero. En los primeros días de febrero de 1977, cuando ya se rumoraba quién sería el sucesor de monseñor Chávez y González, no ocultaba su disconformidad. Pocas semanas después, a finales de marzo, fue el único que lo acompañó en el primer viaje a Roma. Algo ocurrió en ese intervalo de tiempo. Al teólogo jesuita Jon Sobrino le gusta usar la palabra conversión para definir la transformación, y señala como detonante el asesinato del padre Rutilio Grande. Urioste prefiere hablar de un proceso; para ilustrarlo, recurre al evangelio de San Marcos. -Monseñor fue alguien que siempre, desde joven, fue viendo qué es lo que Dios pedía de él, y poco a poco Dios lo fue llevando por los caminos que lo llevó. Yo siempre comparo esto con lo que ocurre con Jesús y el ciego de nacimiento al que cura en Betsaida. El Señor le toca los ojos -y Urioste gesticula como si fuera él quien está sanando-, y le pregunta que si ve, y el ciego le dice: veo a los hombres como árboles que caminan; o sea, que no estaba viendo bien. Entonces, el Señor le vuelve a tocar los ojos y le pregunta de nuevo que si ve. Y el ciego le dice: ahora veo perfectamente. Algo así ocurre en la vida de Monseñor. Él fue siempre muy cercano a los pobres y con una gran sensibilidad, pero los veía como personas a las que había que tratar paternalmente. Pero el Señor le va tocando los ojos para que vaya viendo por qué son pobres, por qué están en esa condición, cómo hay que escucharlos y verlos. -¿Y cuándo le tocó los ojos al punto de cambiarle de forma tan radical? -Yo creo que se los va tocando desde San Miguel, y sobre todo cuando es obispo de Santiago de María. Considero que esos años en Santiago de María le sirvieron muchísimo para ir viendo de otra manera a los pobres, a tal grado que cuando regresa a San Salvador nosotros ignorábamos la apertura que había tenido. ***
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Enviado por la Santa Sede, el cardenal brasileño Aloísio Lorscheider aterrizó el último día del año 1979 en el aeropuerto de Ilopango en calidad de visitador apostólico. Monseñor Romero y Urioste fueron a recibirlo. Lorscheider llegaba con la misión expresa de investigar quién era el causante de la tensa relación que se vivía al interior de la Iglesia. Para ello se marcó una apretada agenda de entrevistas con distintos personajes, tanto defensores como detractores de Monseñor Romero. “Eran muchos los que no lo soportaban, entre ellos también hombres de Iglesia”, escribiría años después Lorscheider. El 1 de enero se celebró en el Hospital Divina Providencia un encuentro entre Monseñor Romero, Lorscheider y uno de los integrantes de la primera Junta Revolucionaria de Gobierno. -Yo estaba también en la reunión -dice Urioste-. Empezaron a hablar, hablar y hablar, y de repente, Monseñor se excusó y salió. Ese encuentro era realmente importante. Monseñor Romero había tenido en mayo su primera audiencia con Juan Pablo II, en la que el nuevo Papa no se mostró con él tan comprensivo como su predecesor. En cuanto a la presencia del funcionario, basta decir que la reunión fue apenas dos días antes de la renuncia masiva que puso fin a la primera Junta de Gobierno, en la que Monseñor Romero había depositado sus esperanzas para evitar la guerra civil. -Pasaban los minutos, y Monseñor no volvía. Ellos dos se pusieron a platicar, pero yo dije: bueno, estos señores no han venido a verme a mí, voy a buscarlo. Urioste se dirigió a la casa pero no lo halló. Después fue a la sala de las visitas, y tampoco. Probó en el jardín y hasta en el cafetín, pero nada. Ya se regresaba a la sala en la que se encontraban los invitados cuando se le ocurrió entrar en la capilla. -Y ahí estaba él, solo, hincado en la tercera banca del lado izquierdo. Yo me acerqué y le dije: Monseñor, los señores le están esperando. Sí, ya voy, me dijo. Pienso que fue a consultar con Dios qué contestarles. No fue un caso anecdótico o aislado. Urioste está convencido de que nunca tomó una decisión importante sin consultarla antes con Dios. *** Finalmente, un llamamiento a la oligarquía. Les repito lo que dije la otra vez: no me consideren juez ni enemigo. Soy simplemente el pastor, el
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hermano, el amigo de este pueblo que sabe de sus sufrimientos, de sus hambres, de sus angustias, y, en nombre de esas voces, yo levanto mi voz para decir: no idolatren sus riquezas, no las salven de manera que dejen morir de hambre a los demás. Hay que compartir para ser felices. El cardenal Lorscheider me dijo una comparación muy pintoresca: hay que saber quitarse los anillos para que no le quiten los dedos. Creo que es una expresión bien inteligente. El que no quiere soltar los anillos se expone a que le corten la mano, y al que no quiere dar por amor y por justicia social se expone a que se lo arrebaten por la violencia. (Monseñor Romero, homilía del 6 de enero de 1980) *** El 24 de marzo de 1980 Urioste lo pasó recluido en su casa de la colonia Roma. Se sentía mal. Unas úlceras en sus piernas que lo han acompañado media vida le exigían reposo con frecuencia, y aquel fue un lunes de dolores. Si no había podido salir de casa durante el día, mucho menos estaba entre sus planes hacerlo de noche. Pero una llamada de teléfono de la secretaria del arzobispado en torno a las 6:35 lo cambió todo. Habían atentado contra Monseñor Romero. Escuchó noticia, colgó el teléfono y al poco lo volvió a descolgar para llamar al nuncio apostólico, Emanuele Gerada, que ese día se encontraba en Guatemala. -Le dije lo que había ocurrido y punto. Decir que la relación entre Monseñor Romero y el nuncio Gerada era tensa es decir poco. Se tensó desde el inicio del arzobispado, cuando el recién nombrado arzobispo celebró la misa única para condenar el asesinato del padre Grande, y el distanciamiento no hizo sino acrecentarse con el paso de los años. Monseñor Romero, un hombre respetuoso como pocos de la jerarquía eclesiástica, llegó a escribir sobre el nuncio Gerada lo siguiente: “La figura del nuncio representa al Papa, pero no siempre lo representa nítidamente”. Tras la llamada, Urioste se dirigió en carro al Hospitalito. Alcanzó a ver la sangre en el suelo, pero el cadáver ya se lo habían llevado a la Policlínica Salvadoreña. No había mucha gente. Unos periodistas se le acercaron y le pidieron unas palabras. Accedió, pero apenas sabía nada de lo ocurrido. Después marchó hacia la Policlínica, donde al fin pudo ver el cuerpo inerte, y ahí mismo se tomó la decisión de embalsamarlo. Urioste pasó a ser el vicario capitular, algo así como el administrador apostólico, y a él le tocó organizar la misa-funeral del 30 de marzo.
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-¿Le afectó su muerte? -pregunto. -Si me preguntas que si lloré cuando lo vi muerto, la respuesta es no, no lloré. Lo sentí mucho, me impactó enormemente, estaba tristísimo, pero en cierto sentido, como yo estaba seguro de que su sucesor iba a ser monseñor Rivera, eso me alentó mucho. -¿Cómo estaba tan seguro si la decisión dependía de Roma? -No quiero entrar en detalles de las gestiones que hice como vicario capitular, pero en ese momento pensé que el país necesitaba con urgencia un obispo con todos los poderes. Entonces, fui con el nuncio y le dije: mire, monseñor, yo estoy dispuesto a dejar de ser el vicario capitular y sugiero a monseñor Rivera como obispo encargado mientras la Santa Sede nombra a alguien. Y accedió, escribió a Roma para proponerlo, y se aprobó. Arturo Rivera Damas, obispo de Santiago de María, el único entre los seis que integraban la Conferencia Episcopal que no se había opuesto a Monseñor Romero, tomó las riendas de la arquidiócesis a las pocas semanas, con la venia del nuncio Gerada. En febrero de 1983, pocos días antes de la visita del papa Juan Pablo II, fue nombrado arzobispo de San Salvador, con lo que se cerró el plan diseñado por Urioste. *** -¿Sabes de qué me arrepiento? -me pregunta-. Pues me arrepiento de no haber llevado nunca un diario, de no haber sido tan diligente como Monseñor. -Nunca es tarde, padre. Me responde con una mirada y una risotada sorda, y saca su agenda, una del tamaño de una cajetilla de cigarrillos, para ver qué otro día podemos continuar la entrevista. Pero antes le pido que por favor me aclare algo importante. -¿Cuándo siente que Monseñor Romero lo cambia a usted? -En vida yo le admiraba su proceder, su altura espiritual, su disponibilidad, su trabajo, su entrega. Me llamaban la atención su actitud ante Dios, su respeto… -¿Pero cuándo fue consciente de que estaba ante una persona excepcional? -A partir de las primeras semanas de arzobispo empecé a notar algo en su vida personal, en su predicación. Para mí era algo nuevo escuchar a alguien como Monseñor, porque normalmente, cuando uno oye a un sacerdote que empieza a contar cosas, uno piensa: va a seguir por tal otra, luego por tal otra y va a terminar de tal modo. Pero con Monseñor no era así, siempre era algo nuevo. ***
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-¿Que si lo manipularon? Sí, ¡claro que Monseñor fue manipulado! Lo manipuló Dios, que hizo con él lo que le dio la gana. Yo de eso estoy convencido, pero convencidísimo, como dogma de fe. Su vicario general fue uno de los más firmes soportes dentro de la curia arzobispal durante el agitado trienio al frente de la arquidiócesis. No era amistad lo que los unía, pero sí una relación basada en el respeto y en la confianza. Urioste cree tener identificado el momento que simboliza su cambio de talante hacia Monseñor Romero. Fue durante el viaje a la Santa Sede que emprendieron los dos solos a finales de marzo de 1977 para explicar la polémica decisión de la misa única. Recién llegados a Roma, se hospedaron, y al poco Monseñor Romero golpeó la puerta de su habitación para invitarlo a dar un paseo. Ni el cansancio acumulado le impidió negarse. Llegaron a la basílica de San Pedro y, frente al altar de la confesión, el arzobispo se arrodilló, y Urioste hizo lo mismo. -A los cinco minutos, más o menos, me levanté. Lo miré, y lo vi en una tan profunda oración, con sus ojos cerrados, empapado de Dios, que en ese momento me dije: a este hombre hay que seguirlo, porque él está siguiendo a Dios. Después del asesinato, la relación curiosamente se estrechó aún más. Repasó sus homilías, leyó su diario y sus apuntes espirituales, y Urioste se convenció de lo que ya estaba convencido. En el año 2000, siguiendo el ejemplo de una asociación similar que unos conocidos habían formado en Estados Unidos, promovió el nacimiento de la Fundación Monseñor Romero, que preside desde entonces. Los objetivos que se propusieron eran recordar su obra, dar a conocer su pensamiento y conmemorar los aniversarios del asesinato y del natalicio. -Pero, monseñor Urioste, ¿esa labor no debería de haberla hecho la Iglesia católica como institución? -Pues pienso que sí, pero de hecho no se hacía ni se hace. En algún momento incluso tuvimos alguna fricción con el arzobispo Sáenz Lacalle. Así que nos tocó a nosotros llevarlo adelante.

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SALVADOR Barraza Ascencio El amigo

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Aquel sábado Monseñor Romero estuvo reunido en el Hospital Divina Providencia con dos de sus más estrechos colaboradores, el padre Rafael Moreno y el padre Francisco Estrada, jesuitas los dos. Primero había atendido a dos coroneles de la Fuerza Armada en una conversación cordial pero en la que no faltaron reproches, para luego quedarse solos los tres, ordenando ideas para la homilía del día siguiente. Estaba claro que no sería una más, que el país entero estaría más pendiente que lo acostumbrado de sus palabras. Era 20 de octubre de 1979, y la homilía que afinaban iba a ser la primera después del golpe de Estado. A las 11 de la noche los sacerdotes se retiraron. Cuando ya se habían ido, Monseñor Romero se percató de que el padre Rafael Moreno se había llevado por error los papeles en los que había anotado las ideas que se disponía a dar desarrollar. El toque de queda iniciaba a las 12, y necesitaba que alguien fuera hasta la residencia de los jesuitas, en Santa Tecla, para recuperarle sus anotaciones. Era un favor de esos que solo se piden a personas de entera confianza, y llamó a Salvador Barraza. No lo tuvo que repetir dos veces. Salvador se vistió, manejó su carro hasta Santa Tecla, recogió los papeles, desde allí se dirigió hasta el Hospitalito, se los entregó a su amigo, y se regresó a la casa, cerca de la Terminal de Occidente, sin que ocurriera inconveniente alguno. Salvador volvió a la cama, y Monseñor Romero siguió trabajando en soledad hasta las 4 de la madrugada. *** Salvador vive hoy en la colonia Buenos Aires del barrio San Jacinto de San Salvador. El dinero que entra en la casa es poco, muy poco, y casi todo lo aporta su esposa Marta. Él trabaja como vendedor de mobiliario escolar, pero gana a comisión, y la venta está mala, nula en los últimos meses. -Don Salvador, ¿y usted no tiene su pensión? -No. Yo trabajé mucho, pero por mi cuenta, y uno de joven no piensa que algún día le faltará el trabajo. Su casa es larga y estrecha. La sala es lo primero cuando se entra desde la calle. Está pintada de azul celeste, pero la humedad se ha encargado de ennegrecer algunas partes. No tiene techo falso, y el mobiliario es escaso: una mesa y sillas, dos sofás cubiertos con sábanas desteñidas, y un pequeño mueble de madera sobre el que descansa un televisor. Lo que singulariza esta sala es el montón de fotografías familiares que cuelgan de las paredes, algunas tomadas en los tiempos de la prosperidad, hace 30 o 40 años. Hay una fotografía ligeramente apartada del resto que es la que Salvador más estima.
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-Ahí estamos en México -me dice. La fotografía es en blanco y negro, y en ella aparecen sentados, en un plano corto, él y Monseñor Romero. La tomaron durante una de las funciones del Gran Circo Unión, en la capital mexicana, mientras los dos miraban un número de funambulistas. Sonríen. Monseñor Romero viste de civil y nada permite suponer que sea un arzobispo. Sin la explicación, lo que cuelga en la pared azul celeste ennegrecida es una imagen de dos amigos, sin más. *** Salvador Barraza Ascencio nació el 31 de diciembre de 1936 en un mesón del barrio Candelaria, en el centro de San Salvador. La infancia ocupa hoy muy pocos de sus recuerdos. Ni siquiera se acuerda si eran siete u ocho los hermanos que resultaron del matrimonio entre Manuel y Virginia, sus padres. Fueron, eso sí lo tiene presente, años de dificultades que lo obligaron desde muy joven a trabajar para complementar los ingresos familiares. Empezó como ayudante en una gasolinera. La primera vez que dice haber visto a Monseñor Romero fue en una misa vespertina en la catedral de San Miguel, ciudad a la que viajaba con frecuencia a petición de los padres redentoristas, para los que trabajaba. En una ocasión, recién llegado desde San Salvador, Monseñor Romero le ordenó que se durmiera un rato porque en unas horas saldría de regreso a la capital. A inicios de los setenta, y animado por su esposa, Salvador pasó a ser su propio patrón. Nació Zapatitos Nenes, un negocio de venta de zapatos para niños que no tardó en convertirse en una saludable fuente de ingresos. Fueron los tiempos de la prosperidad, los tiempos que le permitieron, por ejemplo, viajar a Europa por puro placer. -El negocio iba bien, tenía clientela hasta en Guatemala y Honduras -dice ahora con nostalgia-, pero luego se puso duro. Con el terremoto del 86 y con la guerra muchos negocios desaparecieron, y eso también le pasó al mío. Ese trabajo le dejaba mucho tiempo libre, circunstancia que contribuyó a solidificar su amistad con Monseñor Romero: casi siempre estaba disponible para él. Se los veía juntos desde antes incluso de la consagración como obispo, y cuando salían en carro rara era la vez que no manejaba Salvador.
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-Pero yo no era su motorista -aclara, consciente de que muchas veces lo han presentado equivocadamente así-. Como arzobispo él tenía su motorista asignado, pero para la cosas de confianza me buscaba a mí, y también yo me encargaba de que saliera a distraerse, porque tenía mucha tensión. Íbamos seguido al mar, siempre andábamos hamacas en el baúl. Se hicieron compadres, literalmente. Monseñor Romero es el padrino de María Virginia, la mayor de los cinco hijos que Salvador procreó con sus dos esposas: Eugenia, la ex, con la que tuvo tres; y Marta, la actual, con la que tiene dos. Tras la quiebra de Zapatitos Nenes le tocó hacer casi de todo, pero siempre en el área de las ventas. Vendió camisas, vendió pastas Robertoni, vendió su carro… Pero nada volvió a ser igual. De los tiempos de la prosperidad queda tan solo la amistad con Monseñor Romero que, a su manera, aún cultiva desde el anonimato. Cada domingo, a pie o en un bus de la ruta 22, se desplaza hasta Catedral metropolitana para escuchar la misa de las 9 junto al mausoleo donde yacen los restos de su amigo. -Y usted -pregunto a Salvador-, ¿cree que Monseñor Romero es santo? -Claro. Y no es solo que lo crea, sino que lo viví a la par de él. Tan solo ver esa convicción con la que entraba en las iglesias… Con Monseñor llegué a tener una confianza de hermanos, de buenos hermanos. -¿Notó diferencia en él antes y después de ser arzobispo? -Lo mismo. Yo igual lo llevaba a mi casa, igual jugaba con mis hijos, igual se acostaba en la haragana… -Algunos hablan como si se tratara de dos personas distintas. -No, nada que ver. Lo que sí es que tenía un carácter fuerte, pero eso antes y después. Como migueleño, pues. Carácter fuerte, pero también la otra cosa: la dulzura, la forma respetuosa de tratar, era bien mielita. *** El nuncio apostólico para Guatemala y El Salvador en 1970 era el italiano Girolamo Prigione. Poco antes del atardecer del 21 de abril, monseñor Prigione habló con Monseñor Romero y le comunicó la decisión de la Santa Sede de nombrarlo obispo y el cargo asignado: obispo auxiliar de la arquidiócesis de San Salvador. Le pidió que lo meditara y que le respondiera en no más de 24 horas. Aceptó. La consagración se celebró dos meses después, el 21 de junio. El propio Prigione fungió como consagrante principal, y los co-consagrantes fueron monseñor Chávez y González y monseñor Rivera Damas, arzobispo de San Salvador y obispo auxiliar respectivamente. El cardenal Mario Casariego viajó desde Guatemala para el evento, además de los obispos salvadoreños
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y de otros llegados de distintos países de la región. Como maestro de ceremonias eligió a su amigo, el padre Rutilio Grande. La celebración se realizó en el gimnasio del Liceo Salvadoreño y fue realmente multitudinaria. Entre los cientos de invitados estaba Salvador, pero apenas pudieron hablar. -Llegó una buena cantidad de gente. Incluso el Tapón estaba allí. El Tapón al que se refiere es el entonces presidente de la República, el general Fidel Sánchez Hernández, que se sumó al largo listado de diputados, ministros y generales que asistieron. El grueso de las familias acomodadas de San Miguel, Ciudad Barrios y Santiago de María viajó en tropel a la capital. Hubo música, banquete, vino, discursos… Para el clero que estaba más en sintonía con las directrices consensuadas por los obispos latinoamericanos en la ciudad de Medellín dos años antes, la fastuosa fiesta fue la confirmación de que era un títere de la oligarquía. Un grupo de sacerdotes incluso firmó un comunicado para criticarle con dureza. *** Monseñor Romero tenía un carácter fuerte, explosivo a veces. Cuando se molestaba, algo que ocurría con relativa frecuencia, su locuacidad se convertía en un ariete contra el causante de su enojo, sin importar si este era un ser querido y sin medir la contundencia de sus palabras. A alguien que había hecho de la palabra su herramienta de trabajo nada le costaba ser hiriente. Y lo lograba. Luego, más calmado, le tocaba pedir disculpas. Se me fue la albarda de lado, le gustaba decir. Ese carácter suyo le dio problemas durante las más de dos décadas que trabajó en la diócesis de San Miguel, sobre todo con los demás curas. En 1967 lo trasladaron a San Salvador para trabajar en la Conferencia Episcopal y, salvo el caso paradigmático del padre Grande, tampoco logró entablar grandes amistades con sacerdotes en la capital. Los siete años hasta su partida hacia Santiago de María se recuerdan como años de escasa interactividad en los espacios comunes del seminario, donde residía, e incluso años de recelos y fuertes confrontaciones públicas con otros religiosos, en especial con el numeroso grupo de jesuitas aglutinados en torno a la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Salvador no se libró de los arrebatos. Una vez que tenían que mañanear para viajar a Guatemala, Monseñor Romero se presentó temprano en la casa de su amigo para comprobar que aún no se había despertado. Salvador saltó de la cama cuando su esposa le dijo que lo esperaban en la puerta, se vistió en un santiamén y sin desayunar siquiera se subió en el carro y
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lo puso en marcha. Sobre la carretera Panamericana, a la altura del municipio de El Congo, obligó a Salvador a detener el carro en una gasolinera y le ordenó que se bañara. -Lo bueno es que con Monseñor era como cuando los cipotes se pelean, que rápido se les olvida. Él no ocupaba su cabeza en esos pleitos. No solo en esa ocasión Salvador lo comparará con un niño. Dirá: se reía puro niño. Dirá: nunca he visto otra persona que mantenga la sencillez de un niño. Dirá: nunca dejó lo de niño. Dirá: tenía muchas cosas de niño. Dirá: su corazón era como el de un niño. Un niño, eso sí, con un carácter fuerte, explosivo a veces. *** Pasan las 11 y media de la mañana de un viernes de septiembre, y Salvador y yo esperamos en el portón de la escuela a Martita, su hija pequeña. Su esposa Marta trabaja, y a él le toca traerla en la mañana y recogerla a mediodía. Juntos caminan dos veces al día los más de 10 minutos que separan el centro escolar de la casa. Platicando sobre Monseñor Romero la espera de hoy se hace más corta. Llovizna. La puerta metálica se abre a cada rato y por él salen niños y niñas uniformados. En una de estas, queda entreabierta y al fondo, sobre una pared, aparece la inconfundible efigie. -Mire -comento a Salvador-, ahí tienen a Monseñor Romero pintado. -Ah, ¿sí? -mira curioso-, pues es la primera vez que me fijo… Pero a él no le gustaba eso. -¿Que lo dibujaran? -No, la fama. No le gustaba la fama, ni siquiera que le tomaran fotos. *** Jamás me he creído líder de ningún pueblo, porque no hay más que un líder: Cristo Jesús. Jesús es la fuente de la esperanza, en Jesús se apoya lo que predico, en Jesús está la verdad de lo que estoy diciendo. Sí, yo sería un loco, queridos hermanos, queridos radioyentes, querer ser yo, frágil, mortal, que voy a acabar como todos ustedes, muerto, quererme hacer yo el sostén de todo un pueblo y de toda una esperanza. (Monseñor Romero, homilía del 28 de agosto de 1977) ***
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Era madrugada, pero Monseñor Romero seguía despierto en su casa del Hospitalito cuando escuchó en el techo unos ruidos a los que en un principio no dio mayor importancia. La cosa cambió cuando, amplificado por el silencio de la madrugada, un golpe seco estremeció toda la casa, y esta vez sí que se asustó como se asustaría alguien que está amenazado de muerte. A Monseñor Romero no le gustaba hablar más de lo necesario sobre las amenazas que recibía. Ni siquiera con su amigo Salvador. Ni siquiera cuando estaba solo frente a su grabadora. Pero fueron muchas y variadas, y cada cual más explícita. “Usted, monseñor, está a la cabeza del grupo de clérigos que en cualquier momento recibirán unos 30 proyectiles en la cara y en el pecho”, decía una nota firmada por un grupo paramilitar llamado FALANGE en mayo de 1979. “Esta unión patriótica lo condena a muerte, igual que hemos matado a tanto cura comunista”, decía otra carta, apadrinada esta por la Unión Guerrera Blanca, también escuadroneros. Para septiembre de 1979 la certeza de que su vida corría peligro era tal que incluso el Gobierno del general Humberto Romero, con quien Monseñor Romero nunca tuvo contacto alguno para explicitar su rechazo a la represión de los cuerpos de seguridad estatales, le ofreció guardaespaldas y hasta un carro blindado. No los aceptó: “Sería un antitestimonio pastoral andar yo muy seguro mientras mi pueblo está tan inseguro”. -Vaya, hoy sí que ya estuvo -debió pensar tras escuchar los ruidos en su techo. Asustado pero firme, salió de la casa para averiguar qué ocurría. Respiró aliviado cuando vio unas ardillas que habían dejado caer unos aguacates del palo que hay junto a la casita. Agarró del suelo un par de los aguacates y se refugió. A la mañana siguiente, antes del desayuno, contó lo ocurrido a las hermanas carmelitas. -Mire, madre Lucita, fíjese que casi no pude dormir en toda la noche, pero aquí le traigo el cuerpo del delito -y le entregó los aguacates y una sonrisa. Apenas tuvo a Salvador delante también le contó su encuentro con las ardillas, y los dos rieron como niños traviesos. Todavía hoy, cuando lo recuerda, Salvador ríe como quien cuenta una travesura. *** -¿Me permite una fotografía? -pregunto a Salvador antes de encaminarnos juntos hacia Catedral metropolitana. -Claro, pero me va a dejar cambiar de camisa. Tengo una que es de Monseñor, ¿me la pongo?
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-La que usted quiera. -Es que como hemos hablado tanto de Monseñor Romero… Ya regreso. Salvador desaparece y reaparece al instante enfundado en una camisola que alguna vez fue blanca y que tiene el cuello roído. En el pecho, el rostro impreso en blanco y negro, con una única franja horizontal roja a la altura del ombligo sobre la que hay una inscripción: 24 de marzo de 1980-2001. Es una camisola sin secretos, similar a las que a diario se venden en las entradas de la catedral, pero esta se pagó en colones. -Hoy sí, tómeme la foto -dice Salvador, el orgullo en la mirada. *** La última misa completa a la que asistió Monseñor Romero no fue, obvio, aquella en la capilla del Hospitalito que no finalizó porque un disparo le perforó el tórax. Tampoco fue la misa en la basílica del Sagrado Corazón del día anterior, esa en la que pronunció la histórica homilía en la que, en nombre de Dios y del sufrido pueblo salvadoreño, suplicó, rogó y ordenó el cese de la represión. No. Monseñor Romero celebró su última misa entre campesinos, en una humilde iglesia consagrada a la Virgen de Lourdes en el cantón Calle Real, ubicado en el área rural del municipio de Delgado, a mitad de camino entre San Salvador y Apopa. Fue Salvador quien lo llevó hasta Calle Real, y en esa ocasión los acompañó Eugenia, la esposa. Ellos tres más los tres hijos de la pareja habían almorzado antes en la casa, habían visto juntos televisión y hasta había sobrado algo de tiempo para que el invitado durmiera un rato la siesta. Al cantón llegaron cuando faltaban unos minutos para las 4, justo para el inicio de la misa en la que confirmaron a un buen número de jóvenes. Al finalizar, hubo pláticas con los campesinos, entrega de víveres para el Hospitalito y se tomó alguna que otra fotografía con los recién confirmados. Entre unas cosas y otras les atardeció en el cantón Calle Real. Se despidieron de los pobladores, se subieron al carro, Salvador lo puso en marcha y los tres regresaron a la casa familiar. Allí cenaron sin saber que sería la última cena.

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Eva del Carmen Menjívar, EVITA La monja

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Es sábado, casi domingo, pero el parque central de Aguilares es un hervidero. Parece que todos quieren ver de cerca los tres cadáveres que yacen en un pasillo del convento, cerca de la iglesia El Señor de las Misericordias. Los ametrallaron poco antes de las 5 de la tarde, cuando se dirigían en un Volkswagen Safari blanco hacia El Paisnal, un pequeño pueblo a no más de diez minutos en carro desde aquí. Nelson Lemus era un acólito de apenas 16 años al que le gustaba repicar las campanas y del que se dice que sufría ataques de epilepsia; tiene cinco balazos. Don Manuel Solórzano, el mayor de los tres con sus 72 años, era uno de los más activos colaboradores de la parroquia; presenta 10 perforaciones. El tercer cuerpo, de un hombre fornido de 48 años de edad, es el del párroco, y los 18 orificios de bala son la prueba de que se ensañaron con él. Se llamaba Rutilio Grande, el padre Rutilio Grande. Entre la multitud está la hermana Evita, una carmelita de San José. Ha llegado desde Guazapa pasadas las 8, en bus, junto al padre José Luis Ortega, jesuita, como jesuita también era el padre Grande. Es tanto el gentío que les ha costado acercarse hasta el convento y más aún acceder al pasillo donde están los cuerpos. A los tres los tienen sobre unas mesas y semi-envueltos nomás con sábanas blancas, para que todos los vecinos de Aguilares, de sus cantones y de los cantones de los pueblos vecinos vean qué les han hecho. Una de las balas atravesó el cráneo del padre Grande y, aunque han transcurrido casi siete horas, todavía sangra. A la hermana Evita le parece demasiado, pide una toalla al padre Salvador Carranza, otro de los jesuitas presentes, y comienza a pasársela por la cabeza. En ese momento el silencio se torna más silencioso. Entran dos obispos. Uno es Monseñor Romero y aparece vestido de riguroso negro. El sacerdote que está acribillado sobre la mesa es su amigo. Se acerca ensimismado, desconcertado, y de inmediato reconoce a la mujer que limpia el rostro con delicadeza, como si limpiara la estatua de un santo. -Si hoy no cambiamos, no habrá cuándo, ¿verdad, hermana? -le dice Monseñor Romero. La noche recién comienza. *** Eva del Carmen Menjívar Brizuela nació 30 de enero de 1939 en La Laguna, un pequeño y enmontañado pueblo del departamento de Chalatenango, cerca de la frontera con Honduras. Su padre, Simeón Menjívar, fue un inquieto agricultor al que su esposa le enseñó a leer y escribir. Su madre,
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Secundina Brizuela, fue una maestra de escuela profundamente religiosa a la que el matrimonio confinó en su hogar. Eva del Carmen, Evita, tuvo cuatro hermanas y cinco hermanos, toda una prole que le garantizó juegos en la infancia, pero que no impidió que, en la transición a la adolescencia, La Laguna le pareciera un lugar demasiado rural como para labrarse un futuro allí. Solo se podía estudiar hasta tercer grado y, en un hogar en el que el dinero no sobraba, una de las pocas opciones reales para huir era hacerse monja. Con 15 años llegó a la ciudad de Santa Tecla a conocer el colegio Belén, que administraban y sigue administrando las Hermanas Carmelitas de San José. -Son la única congregación de aquí, salvadoreña, y a mí eso me llamó la atención -dice Evita. Se consagró joven, apenas 21 años. Su primera década como religiosa la pasó recluida en centros educativos de las carmelitas en El Salvador y en Honduras. Pero en 1972 surgió la oportunidad de realizar trabajo pastoral social en la parroquia de Ciudad Barrios, el pueblo natal de Monseñor Romero. Pasó más de cuatro años entre comunidades eclesiales de base, ayudando a crear algo así como una sucursal del polémico Centro de Promoción Campesina Los Naranjos que los padres pasionistas tenían en Jiquilisco. Tanto Ciudad Barrios como Jiquilisco pertenecen a la diócesis de Santiago de María, de la que Monseñor Romero fue nombrado obispo a finales de 1974. Por tratarse de una diócesis tan pequeña -apenas una veintena de parroquias-, el contacto con él era fluido. Todos los meses se organizaban reuniones del clero con su obispo en el colegio Santa Gema, situado no muy lejos de la sede episcopal. En diciembre de 1976 la congregación trasladó a Evita a Guazapa, muy cerca de Aguilares, un sector donde los jesuitas, con el padre Grande a la cabeza, llevaban años de intenso trabajo con las comunidades. A mediados de 1979 hubo profundos cambios en las Hermanas Carmelitas de San José, y tanto la superiora general como el resto de autoridades se replantearon la línea pastoral, que hasta entonces había sido anuente con las ideas progresistas bombeadas desde Medellín. Inconforme con los nuevos lineamientos, Evita renunció. -¿Por qué dejó la congregación? -le pregunto. -No fui yo sola. Las que pensábamos igual éramos unas 15, aunque al final solo ocho nos salimos. Nos fuimos porque era muy difícil estar amarradas a las estructuras de una congregación. En un primer momento la congregación tuvo su razón de ser, pero después, cuando conocimos los problemas del país, comenzamos a cuestionarlo. Y la madre superiora nos lo planteó así:
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o dejábamos la labor pastoral o nos salíamos. Además, nos lo pidieron cuando más dura estaba la represión. Irme de Guazapa habría sido lo más fácil, pero… -Optó por salirse. -Sí, aunque no fue tan sencillo. Lo hablamos mucho con Monseñor, nos pidió que lo meditáramos, incluso hicimos un retiro en Apulo. La decisión nos tomó meses, pero él siempre nos apoyó. En la tarde del sábado 16 de febrero de 1980 Monseñor Romero presidió una misa en Guazapa que sirvió para presentar ante los líderes comunales la atípica decisión tomada por Evita y las otras hermanas. En la homilía preguntó a los presentes qué les parecía que las hermanas no vistieran ya como carmelitas. El hábito no hace al monje, le respondió un catequista. Estallada la guerra civil, ni el asesinato de Monseñor Romero ni una bomba en la casa en la que vivían en Guazapa evitaron que Evita se involucrara aún más en comunidades eclesiales de base. De entre las hermanas que salieron de la congregación surgió, de hecho, la semilla que en 1990 germinó en un pequeño grupo llamado Biblistas Populares de El Salvador (BIPO), que hoy trata de revivir, mediante lecturas comunitarias, talleres de formación bíblica y modestas publicaciones, ese espíritu organizativo que tanto se diluyó durante la guerra y la posguerra. Voluntariado en estado puro. Evita nunca se casó ni tuvo hijos. *** Faltan 11 días para que lo asesinen. El padre Grande ha salido esta mañana temprano de Aguilares. Se dirige a Domus Mariae, unas instalaciones que el arzobispado tiene en Mejicanos, y se ha detenido en Guazapa para recoger a Evita y a otras hermanas. Como cada primer martes de mes, toca reunión del clero de la archidiócesis. Hoy es 1 de marzo de 1977, y entre los alicientes está que será el bautismo del nuevo arzobispo en este tipo de encuentros. -Pónganse en oración, hermanas, que tenemos que hacer que nuestro obispo cambie -comenta el padre Grande en algún punto de la carretera que conduce hasta San Salvador. La hermana Evita conoce bien a Monseñor Romero, desde Santiago de María, donde lo vio hacer cosas que en San Salvador ni siquiera se sospechan, como cuando se presentó solo en la delegación de la Guardia Nacional de Ciudad Barrios para pedir que liberaran a dos catequistas que estaban
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siendo torturados; sin embargo, el nombramiento también fue una decepción para ella. Monseñor Romero tomó posesión una semana antes, el martes 22 de febrero, y acude a la reunión consciente de que hay un sentimiento generalizado de hostilidad hacia su persona. En el salón del Domus Mariae son mayoría los que en cierta manera lo siguen viendo como un usurpador del cargo que correspondía a monseñor Rivera Damas. Por si fuera poco, el ambiente político de estos días también contribuye a crispar los ánimos. El 20 de febrero hubo elecciones presidenciales y las ganó el candidato oficialista, el general Humberto Romero, pero las denuncias de fraude son sonoras y están organizadas. El domingo hubo una multitudinaria concentración en el parque Libertad de la capital. En la madrugada del lunes, cuando la cifra de manifestantes bajó a unos 6,000, la Fuerza Armada ordenó el desalojo. Ante la negativa, se abrió fuego a discreción. La iglesia del Rosario, a un costado del parque, se convirtió en el improvisado refugio. Al amanecer hubo más enfrentamientos en todo el centro de la ciudad. Todo eso ocurrió ayer, pero la información aún es escasa a esta hora de la mañana por la férrea censura implementada por el Gobierno. Con el tiempo se sabrá que el número de masacrados fue de entre 40 y 60; algunos reportes elevarán la cifra hasta los 300. El ponente principal de la reunión del clero es el padre Grande, y la idea inicial es hablar sobre el trabajo pastoral que realizan en Aguilares. Pero la agenda se cambia por completo cuando el padre Alfonso Navarro, uno de los presentes ayer en el parque Libertad, toma la palabra y comienza dar algunos brochazos que permiten hacerse una idea de lo ocurrido. Monseñor Romero propone crear 14 grupos para debatir realidad nacional, cada uno integrado en función del departamento de nacimiento. El tono de las discusiones está marcado por la preocupación, y las conclusiones convergen en la idea de que la Iglesia no debería permanecer pasiva ante tanto atropello. Monseñor Romero habla poco, prefiere escuchar. Al final se muestra condescendiente pero cauteloso con las ideas planteadas. -Por favor -les pide-, ayúdenme, porque yo solo no puedo. De regreso a Aguilares el padre Grande maneja satisfecho. Él ha visto un cambio que invita al optimismo. -Es una señal -le hace saber a Evita y a las demás. *** -Y usted -pregunto a Evita-, ¿cree que Monseñor Romero es santo? -Yo sí creo.
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-¿Dónde ve esa santidad? -La veo en sus grandes valores. El hombre era muy humilde, de mucha oración. Si uno se fija en sus homilías, en cómo las iba ordenando, dan pie a pensar que Monseñor no solo iba a hablar, sino que hacía profundas reflexiones, y no solo hacia fuera. Fue una profunda reflexión decirse a sí mismo en un momento muy importante de su vida: ahora me toca cambiar a mí. Y nos lo dijo algunas veces: esto nos lo han enseñado así, pero tenemos que hacer esto otro. -¿Le parece que fue alguien comprometido? -El compromiso que asumió en sus últimos años fue muy sincero, desde la verdad, y él no se quería equivocar. Que alguna vez se equivocara como humano, tal vez, pero siempre escuchaba. En sus homilías no denunciaba por denunciar, pero lo hacía cuando uno le llevaba todos los datos y testimonios, y hasta mandaba gente a investigar cuando tenías dudas. -¿Usted se convenció de su santidad antes de que él muriera? -Yo siempre admiré que tuviera ese cambio tan radical, algo que no es tan fácil a sus años y en su puesto. ¡Todo un arzobispo! No es tan fácil cambiar. *** Noche cerrada, pero Monseñor Romero aún no ha salido hacia Aguilares. Está tratando de digerir la noticia del asesinato cuando le avisan de que el presidente de la República, el coronel Arturo Armando Molina, quiere platicar con él. Se conocen desde hace años, son amigos, y la llamada se enmarca dentro de la lógica. El coronel Molina le da el pésame y le promete una investigación seria y un informe oficial. Es casi medianoche cuando Monseñor Romero llega a Aguilares. Lo acompaña monseñor Rivera Damas. Entra en el convento, mira los tres cadáveres, mira a la hermana Evita con la toalla ensangrentada en sus manos, y mira al nutrido grupo de jesuitas encabezados por su provincial, el padre César Jerez. Pronto sabrá que las armas utilizadas son pesadas (calibre .45 o .51) y que la ausencia de las autoridades para investigar ha sido tan notoria que los jesuitas han traído a su propio médico forense. La sospecha de que los asesinos son miembros de la Guardia Nacional ya se ha apoderado de Aguilares. En junio de 1975, cuando una matanza similar ocurrió en el cantón Tres Calles, Monseñor Romero escribió una carta al presidente Molina: “Con esta misma limpia intención pastoral ruego al Señor Presidente su decisiva intervención a fin de que retorne al cantón Tres Calles la paz de los hogares, perdida ante la amenaza y el temor, y se haga justicia a las víctimas del atropello y se restituya, de alguna manera, a las familias, por la pérdida de quienes eran su sostén”.
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Dentro de dos días escribirá una carta también al presidente Molina, pero el tono será este otro: “Me dirijo a usted para manifestarle que surgen en torno a este hechos unas serie de comentarios, muchos de ellos desfavorables a su Gobierno. Como aún no he recibido el informe oficial que usted me prometió telefónicamente el sábado por la noche, juzgo de suma urgencia que usted ordene una investigación exhaustiva de los hechos. […] La Iglesia está dispuesta a no participar en ningún acto oficial del Gobierno mientras este no ponga todo su empeño en hacer brillar la justicia sobre este inaudito sacrilegio que ha consternado a toda la Iglesia”. Algo está ocurriendo esta noche. El padre Jon Sobrino, también presente en la vela del padre Grande, describirá años después muy gráficamente lo que a su juicio hoy le sucederá a Monseñor Romero. Se le cayó la venda de los ojos, dirá. *** Si hacemos a un lado los sectores de ultraderecha que promovieron o celebraron su asesinato y a sus ahijados políticos, cuesta en la actualidad encontrar a alguien que critique en público a Monseñor Romero. El paso de los años lo ha convertido en un referente mundial de lucha contra la desigualdad, de compromiso con los más desprotegidos, de respeto a los derechos humanos, de promotor de la verdad como premisa para la reconciliación, de… Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que muchos de los que hoy le aplauden lo criticaron con dureza. En la calentura por convertir El Salvador a cualquier precio en una república socialista, Monseñor Romero también fue cuestionado por muchos compas. Tras el apoyo expreso al golpe de Estado de octubre de 1979, lo llamaron viejo burgués, lo acusaron de olvidarse del pueblo, lo presentaron como un promotor de los intereses gringos. “Hubo un tiempo en que buena parte de la dirigencia de las organizaciones populares estaba convencida de que se había cambiado de bando”, me dijo, bajo condición de anonimato, un entrevistado. Cuando uno plantea hoy este tema, hay quien prefiere pasar de puntillas, quizá para evitar retratarse como lo que fueron: personas que durante semanas o meses creyeron que Monseñor Romero era un traidor. Por eso, como periodista se agradece tanto la naturalidad con la que Evita admite que la izquierda política cometió con él gruesos errores, errores que algunos ahora tratan de ocultar o redimir con estatuas y palabras de falsa admiración.
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-Con eso de la Junta de Gobierno -admite Evita-, hubo organizaciones que le mandaron cartas fuertes. Le decían que cómo era posible que estuviera apoyando eso. Monseñor Romero lo llamaba fanatismo. Y lo criticó, fiel a sus convicciones, en repetidas ocasiones. “Ilusionados por esa misma tentación del poder -dijo en su homilía del 30 de diciembre de 1979, cuando arreciaban las críticas-, están cometiendo muchos errores también los grupos de izquierda y las organizaciones populares que pierden de vista el objetivo legítimo de sus presiones, que debe ser el bien común del pueblo y no el fanatismo de su grupo o la obediencia de consignas extranjeras”. Fanatismo hubo, hay y quizá nunca deje de haberlo en El Salvador. *** La noche recién comienza. Entre los presentes persisten dudas sobre cómo actuará Monseñor Romero ante los tres cadáveres, y seguramente él también las tiene. Es la máxima autoridad eclesiástica presente en Aguilares, pero su actitud se limita a escuchar sin proponer. Una pregunta atormenta su cabeza: ¿qué debe hacer la Iglesia después de esto? Pasada la medianoche se decide oficiar una misa. Trasladan los cuerpos del convento a la iglesia, y los colocan frente al altar. A pesar de la hora, son cientos los presentes. Tras la misa, Monseñor Romero propone que todos los sacerdotes y religiosas, Evita incluida, se reúnan en privado, reunión a la que invitan a un pequeño grupo de líderes comunales. ¿Qué debe hacer la Iglesia después de esto? Entre las respuestas que escucha están las que podrían considerarse lógicas, como publicar un comunicado de condena o exigir al Gobierno que esclarezca el caso. Pero también se plantean dos medidas que, de ser aceptadas, supondrán un puñetazo sobre el tablero. Por un lado, se pide a Monseñor Romero que no asista a ningún acto oficial del Gobierno hasta que se esclarezcan los asesinatos. Por otro, se propone que, para evidenciar qué significa perder a un párroco, se cierren todas las iglesias de la arquidiócesis un día y se convoque a una misa única en Catedral metropolitana. La reunión termina sin decisiones firmes. El sol asoma cuando Monseñor Romero emprende el camino de regreso a San Salvador. Las ideas propuestas se llevarán el martes a una reunión extraordinaria del clero en el Seminario San José de la Montaña. Monseñor Romero está
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consciente de que lo planteado redefiniría el rol de la Iglesia en una sociedad tan polarizada como lo es la salvadoreña, y quiere escuchar las opiniones de todas las tendencias que hay en el seno de la Iglesia, no solo las de los jesuitas. Pero llegado el día, no habrá marcha atrás. El domingo 20 de marzo Catedral metropolitana acogerá, en contra de la voluntad de Emanuele Gerada, el nuncio apostólico, un hecho sin precedentes en la historia de El Salvador: una única misa. *** La misa está recuperando en este momento todo su valor; porque quizá, por multiplicarla tanto, la estamos considerando simplemente, muchas veces, como un adorno y no con la grandeza que en este momento está recobrando. […] Estamos en la primera parte precisamente, la palabra de Dios, llamando a los hombres para que comprendan que en su palabra está únicamente la solución de todos los problemas: políticos, económicos, sociales, que no se van a arreglar con ideologías humanas, con utopías de la tierra, con marxismos sin horizontes, con ateísmos que prescinden de la única fuerza. La única fuerza que puede salvar es Jesús, que nos habla de la verdadera liberación. […] Mi corazón siente alegría profunda al tomar posesión de la arquidiócesis y sentir que mi propia debilidad, mis propias incapacidades, encuentran su complemento, su fuerza, su valentía, en un presbiterio unido. Queridos sacerdotes, permanezcamos unidos en la verdad auténtica del evangelio, que es la manera de decir, como Cristo, el humilde sucesor y representante suyo aquí en la arquidiócesis: el que toca a uno de mis sacerdotes a mí me toca… (Monseñor Romero, homilía en la misa única, el 20 de marzo de 1977)

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María de la LUZ Cueva Santana La superiora

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El arzobispo de San Salvador no vivía rodeado de mármoles importados ni de sedas ni de fijas vajillas ni de oro. La casa en la que pasó sus últimos años, ubicada en los terrenos del Hospital Divina Providencia, eran apenas tres cuartuchos sin estridencias, de paredes repelladas y baldosas humildes, sin esculturas ni cuadros ostentosos, con clósets en vez de armarios, con ducha en lugar de tina. El mobiliario de su dormitorio-oficina era parco: un colchón individual, un viejo escritorio sobre el que descansaba una máquina de escribir, un gavetero, su infaltable radio-grabadora y una fea mecedora metálica. Lo más cercano al lujo que había en ese hogar era una hamaca, que a Monseñor Romero le gustaba cruzar de esquina a esquina en el cuartucho de la entrada. Pero antes las comodidades eran menos. En la casa comenzó a vivir el 15 de agosto de 1977. Hasta ese día llevaba meses en el Hospitalito, pero dormía en un cuarto liliputiense ubicado junto a la sacristía de la capilla, reservado para el inexistente capellán. Ahí se amontonaban un camastro, una mesita de noche, dos sillas y un arzobispo. -Entre todas decidimos construirle la casita porque, cuando recibía visitas, lo hallaban en ese cuarto. Lo hicimos sin decirle nada. Fue una sorpresa. Monseñor Romero cumplía 60 años aquel lunes 15 de agosto. Salió temprano para oficiar misa en Catedral metropolitana y pasó la tarde en el arzobispado. Cuando al anochecer regresó al Hospitalito, las hermanas y un grupo de enfermos lo esperaban junto a la que sería su nueva casa. Madre Lucita, la superiora, le entregó las llaves con una sonrisa en los labios. -Alguna vez -recuerda madre Lucita- nos dijo que este Hospitalito era su Betania. Betania era la aldea en la que, según señala el Nuevo Testamento, residían Marta, María y Lázaro, tres hospitalarios amigos de Jesucristo. *** María de la Luz Cueva Santana nació el 30 de abril de 1923 en Tecolotlán, un pequeño pueblo situado en el estado de Jalisco, México. Sus padres sabían leer y escribir. Ella, Fermina Santana, llevó el peso de la crianza de los ocho hijos de la pareja, cuatro y cuatro. Él, Lucio Cueva, fue un esforzado agricultor que en el hogar se caracterizaba por ser estricto y protector en exceso con sus hijas. La infancia de Luz transcurrió en los años del México pos-revolucionario, marcados, entre otras cosas, por las
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tensiones entre la Iglesia católica y un Estado de vocación laica. La Guerra Cristera, que en la segunda mitad de los años 20 enfrentó al Gobierno contra milicias que cuestionaban las medidas para restringir la autonomía de la Iglesia, tocó a la familia Cueva-Santana: Lucio sufrió persecución por sus simpatías hacia la causa cristera. Sin embargo, ni esta activa militancia logró que le entusiasmara la idea de que Luz y otra hermana menor quisieran ser monjas. Eran otros tiempos, antes del Concilio Vaticano II, y vestir un hábito era con frecuencia sinónimo de despedirse de por vida de la familia. Para evitarlo, Lucio hizo a un lado su faceta de sobreprotector y a las dos las envió a Tijuana, a casa de la hija mayor, casada ella, con la idea de que salir de Tecolotlán les hiciera abandonar su vocación. -Pero no se pueden burlar los planes de Dios -dice madre Lucita-, y allá adonde nos mandó para que conociéramos mundo, allá conocí la congregación. Muy cerca de la casa de la hermana había un convento de las Carmelitas Misioneras de Santa Teresa. Fue cuestión de tiempo que sus deseos cristalizaran, y el 10 de marzo de 1952, a los 28 años de edad, María de la Luz Cueva se convirtió en la hermana Luz Isabel. A El Salvador arribó en 1964. Las carmelitas de Santa Teresa atendían en esa época el Hospital San Rafael, en Santa Tecla, y la hermana Luz Isabel se unió. Sin embargo, no se sentía cómoda con la labor pasiva a la que relegaban a las monjas, en especial en la atención de los enfermos de cáncer, considerada en aquella época una enfermedad contagiosa. -Yo soy algo rebelde y en el San Rafael no teníamos libertad, así que me propuse hacer un lugar para atenderlos con mayor dignidad. La idea pronto tomó forma y, gracias al aporte de benefactores, a inicios de 1966 arrancó la construcción del que terminaría llamándose Hospital Divina Providencia. Ni siquiera esperaron a levantar por completo el edificio para recibir a los primeros pacientes, atendidos por un voluntarioso pero reducido grupo de carmelitas. La hermana Luz Isabel se convirtió en la madre Lucita. La obra le permitió además entrar en contacto con Monseñor Romero, con quien pronto entabló una relación de amistad y respeto mutuo. Eran dos personalidades fuertes que, a su manera, congeniaron. Tras más de una década como superiora en el hospital, madre Lucita se embarcó, siempre bajo el paraguas de la congregación, en otro ambicioso proyecto de beneficencia: la construcción de un centro concebido en principio para los huérfanos que dejaba el cáncer. El Hogar para Niños Divina Providencia comenzó a recibirlos a mediados de los 80.
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Tanto el hospital como el orfanato son hoy las dos principales cartas de presentación en El Salvador de las Carmelitas Misioneras de Santa Teresa. Madre Lucita no oculta su satisfacción cuando los menciona, quizá porque todavía son parte de su vida; ni su avanzada edad es un obstáculo para seguir pendiente de lo que ayudó a realizar. Las entrevistas para esta semblanza, de hecho, me las concede en el Hogar para Niños, donde ella vive. Con 87 años, la osteoporosis le obliga a auxiliarse de una silla de ruedas cuando quiere desplazarse, pero mantiene una mirada poderosa y una lucidez envidiable. *** Madre Lucita es la última entre las carmelitas que más convivieron con Monseñor Romero. Falleció ya la hermana Virginia, la cocinera conocedora de un sinfín de remedios caseros a los que el ilustre inquilino se sometía con frecuencia. También la hermana Socorro, la principal responsable del cuidado de los enfermos; y la hermana Francisca, la que después de la homilía dominical solía llevarle un termo con té de hojas de naranjo. También murió la hermana Teresa, algo así como su secretaria y confidente ocasional, dicen que la más cercana, la que tantas veces tuvo que soportar la tosquedad de Monseñor Romero. -Como seres humanos, siempre habrá un momento en que manifestemos flaquezas. -Y usted -le pregunto a madre Lucita-, ¿cree que Monseñor Romero es santo? -No tengo dudas. -¿Por qué tan convencida? -Porque lo conocí y sé que quienes hablan mal de él es porque no lo conocieron. Era un hombre de una fe y de una oración muy profundas. Todo lo que hacía lo consultaba con Dios antes, arrodillado, para que le diera sabiduría y le dijera qué tenía que hacer. Fue, además, un santo muy humano. -Que se enojaba, como nos ocurre a todos… -Cristo, que era Dios y hombre a la vez, también tuvo sus momentos de enojo, como cuando tiró las ventas de los mercaderes, les regañó y les gritó. Ahí se ve que, como humano, nadie se escapa de tener reacciones negativas, si es que se pueden calificar así. La dualidad en su carácter. Por un lado, la persona áspera y de trato difícil. Por el otro, el altruismo y la bondad infinitas, que madre Lucita ejemplifica en las horas incontables que pasaba en compañía de los internos del Hospitalito, casi todos ellos enfermos terminales de cáncer. Para todos tenía una palabra de aliento. Le gustaba recurrir a una comparación entre
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su situación y la de Jesucristo crucificado. La cama era como la cruz, les decía antes de pedirles que ofrecieran sus dolores por la paz del mundo o por la conversión de los pecados. *** Aquella noche regresó radiante al Hospitalito. Después de tres semanas fuera del aire, Radio YSAX, la emisora del arzobispado, volvía a escucharse en todo el país. Monseñor Romero lo supo cuando retornaba desde Jucuapa, Usulután, adonde había ido a oficiar la misa de cuerpo presente por el padre Abdón Arce, un colaborador de su época en Santiago de María. Resultó un domingo agitado aquel 17 de junio de 1979. A las 8 de la mañana, misa en Catedral metropolitana; luego, el largo viaje en carro a Jucuapa, para regresarse rápido a San Salvador porque a las 4 tenía la misa de Corpus Christi. En esa segunda homilía anunció que Radio YSAX volvía a escucharse, y lo hizo con tanto entusiasmo que fue correspondido con una sonora ovación. No es un secreto que Monseñor Romero se sentía cómodo delante de un micrófono o de una grabadora. Basta señalar que su diario no era escrito, sino que lo grababa en casetes. Introvertido y reservado en el trato personal, se agigantaba cuando tenía que hablar en público, y quizá ahí radicaba la importancia que otorgaba a los medios de comunicación en general, y a la radio en particular. YSAX era la niña de sus ojos, y sufría sobremanera cuando suspendía emisiones, algo que ocurrió con frecuencia ora por atentados, ora por sabotajes mediante interferencias. El cierre de mediados de 1979, sin embargo, se debió a problemas técnicos. Radiante pues regresó al Hospitalito aquella noche. Las hermanas ya sabían de la buena noticia y, tras comprobar el ánimo inusualmente alegre de Monseñor Romero, madre Lucita propuso un brindis, idea que fue recibida con entusiasmo. Se descorchó una botella de vino y se alzaron los vasos. -Salud, Oscarito -a madre Lucita le salió del alma. Un incómodo silencio se apoderó de la sala. Fue un instante nomás, pero suficiente para que se arrepintiera de haber pronunciado esas palabras. Es cierto que se conocían desde hacía más de una década, pero el trato era respetuoso, sin margen para ese tipo de confianzas. Se quedó esperando la regañada. -Me enterneció usted -le respondió amablemente Monseñor Romero-. Así es como me decía mi mamá. Oscarito. ***
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El 24 de noviembre de 1979 Monseñor Romero recibió una carta con matasellos de Bélgica: la Universidad Católica de Lovaina le informaba que le concedían el doctorado Honoris Causa. “Creo que debo aceptar, ya que no se trata solo de un honor personal, sino un estímulo a una causa que en la Iglesia necesita mucho apoyo”, consignó en su diario. La ceremonia estaba fijada para el 2 de febrero de 1980. Con el país partido en dos, la tensión no hizo sino incrementarse según se acercaba la fecha, al punto que consideró muy seriamente suspender el viaje, en especial tras la masacre durante la gigantesca manifestación que la Coordinadora Revolucionaria de Masas organizó el 22 de enero. -Nosotras le animamos a ir -recuerda madre Lucita-, pensamos que le serviría un poquito de descanso, para que viera otras cosas en vez de tanta represión que estaba ocurriendo en El Salvador. Monseñor Romero recortó cuanto pudo su estancia en Europa y el lunes 28 de enero, a las 8 de la mañana, abordó por última en su vida un avión en el aeropuerto de Ilopango. Antes, al alba, había rezado salmos en la capilla del Hospitalito junto a algunas hermanas. “Que el Señor apaciente a su pueblo”, le dijo madre Lucita a modo de despedida. Aterrizó en Roma al día siguiente, después de hacer escalas en Guatemala, Miami y Madrid. El miércoles en la tarde fue recibido por el papa Juan Pablo II, quien en esta ocasión mostró una actitud menos intransigente que en la visita anterior, cambio motivado seguramente por el positivo informe elaborado por el cardenal Lorscheider. A la mañana siguiente, el jueves 31 de enero, Monseñor Romero voló hacia Bélgica, y en la tarde del 2 de febrero leyó el discurso de agradecimiento por el doctorado, un texto muy meditado que para distintos estudiosos condensa su visión sobre el papel que debe jugar la Iglesia en relación a la pobreza. -En el mundo de los pobres -dijo ante una audiencia entregada- hemos encontrado a los campesinos sin tierra y sin trabajo estable, sin agua ni luz en sus pobres viviendas, sin asistencia médica cuando las madres dan a luz y sin escuelas cuando los niños empiezan a crecer. Ahí nos hemos encontrado con los obreros sin derechos laborales, despedidos de las fábricas cuando los reclaman y a merced de los fríos cálculos de la economía. Ahí nos hemos encontrado con madres y esposas de desaparecidos y presos políticos Ahí nos hemos encontrado con los habitantes de tugurios, cuya miseria supera toda imaginación y viviendo el insulto permanente de las mansiones cercanas. En ese mundo sin rostro humano, sacramento actual del siervo sufriente de Yahvé, ha procurado encarnarse la Iglesia de mi arquidiócesis. Y no digo esto con espíritu triunfalista, pues bien conozco lo mucho que todavía nos falta que avanzar en esa encarnación.
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Pero lo digo con inmenso gozo, pues hemos hecho el esfuerzo de no pasar de largo, de no dar un rodeo ante el herido en el camino sino de acercarnos a él como el buen samaritano. Por todo habló unos 40 minutos, y el aplauso fue tan extraordinario que Monseñor Romero se sintió abrumado. *** Salvo viaje al extranjero o compromiso verdaderamente ineludible, el primer día de cada mes, en la capilla del Hospitalito, Monseñor Romero presidía la Hora Santa, casi siempre a las 5 de la tarde, casi siempre en compañía de madre Lucita. Era un evento abierto en el que se invitaba a orar, a reflexionar, a ser caritativos. “Allá, junto a los enfermos -definió la Hora Santa en cierta ocasión-, al mismo tiempo que hacer un acto de fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y ejercitar nuestra oración por las grandes necesidades de la patria, de la Iglesia, de las familias, podemos también hacer un acto de caridad: visitar a los enfermos y ayudar a esa obra que verdaderamente tiene un nombre que no es solo nombre sino realidad: la Divina Providencia”. Monseñor Romero se trasladó a vivir al Hospitalito en 1977, pero la Hora Santa la realizaba desde mucho antes, quizá porque ese hospital que comenzó a visitar a finales de los 60 era un lugar que le permitía canalizar en silencio su empatía innata hacia los más desfavorecidos de la sociedad. *** En este momento sonó el disparo… A madre Lucita le pareció como si hubiera estallado una bomba. Han pasado ya más de tres décadas, pero aún no le ha hallado explicación a por qué el disparo se oyó tan fuerte. Especula con que el sistema de sonido, las lámparas de vidrio o las ventanas amplificaron la detonación, pero es solo eso: especulación, como tanto de lo que se ha escrito sobre lo ocurrido el fatídico 24 de marzo de 1980 al filo de las 6 y media de la tarde. Cuando sonó el disparo, madre Lucita estaba sentada en una de las bancas ubicadas entre el altar y la puerta lateral izquierda, a apenas 10 metros de donde cayó Monseñor Romero. No había mucha gente: la capilla del Hospitalito es pequeña y la inmensa mayoría de los asientos estaban desocupados. La misa era por el aniversario de la muerte de Sara Meardi, madre de Jorge Pinto, director del periódico El Independiente. Un evento familiar, pues. Los testigos directos del magnicidio fueron pocos.
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Justo antes del estruendo, Monseñor Romero hablaba: “Unámonos pues, íntimamente en fe y esperanza a este momento de oración por Doña Sarita y por nosotros”. En este momento sonó el disparo… Su última palabra fue “nosotros”. Estaba parado detrás del altar, a punto de iniciar el ofertorio. Había comenzado a extender el corporal. Delante tenía la copa con las hostias aún sin bendecir. El balazo lo hizo caer fulminado. Apenas le dio tiempo para agarrarse con una mano al mantel. Lo arrastró en la caída. La copa se volcó. Las hostias se desperdigaron sobre el altar y el suelo. Cuando tiempo después pudo meditarlo, madre Lucita concluyó que Dios ese día no quería el pan consagrado, sino su vida. El cuerpo quedó tendido a los pies del Jesucristo crucificado. Casi nadie se acercó de inmediato. Los más optaron por esconderse entre las bancas o huir al sector derecho de la capilla. Algunas hermanas que estaban en el comedor situado frente a la entrada principal corrieron hacia el altar. Madre Lucita también se acercó. Lo vio boca arriba, inconsciente, la sangre saliendo a borbotones por boca y nariz. -Yo no sentí miedo, sentí indignación -dice-. Y lo que hice en ese primer momento fue tratar de identificar al asesino entre los presentes. Un grupito de hermanas y un par de hombres fueron los primeros en auxiliarlo. La hermana Francisca entró en trance y, arrodillada junto al cuerpo agonizante, comenzó a gritar: “La sangre de Cristo se ha derramado”. Madre Lucita se dirigió a las oficinas administrativas, situadas muy cerca de la puerta lateral izquierda, y llamó a un médico. Fue en vano. Cuando regresó a la capilla ya habían cargado el cuerpo en volandas hasta la cama de un pick up, para llevarlo a la Policlínica Salvadoreña. Alguien, madre Lucita no recuerda quién, cayó en la cuenta de que había fotógrafo merodeando. Desconfió. Ordenó a dos empleados del Hospitalito que lo retuvieran y le quitaron la cámara hasta que se cercioraron de que no estaba involucrado. La anécdota ilustra el desconocimiento generalizado, incluso entre los presentes, de lo sucedido en la capilla. Hoy sigue habiendo dudas y versiones que no por mucho repetirse son lo que realmente sucedió. Madre Lucita, por ejemplo, está convencida de que el francotirador estaba dentro de la capilla, que escuchó toda o casi toda la misa. Otras versiones ubican a la persona que haló el gatillo en la puerta principal, y otras aseguran que disparó desde el interior del Volkswagen rojo que el comando usó para llegar y para huir. Roberto Cuéllar, quien se apersonó en el Hospitalito después de la autopsia, añade como posibilidad que el asesino se acercara al altar por el exterior del edificio, en su flanco derecho, y disparara a través de uno de los ventanales o desde la puerta lateral.
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Quizá nunca se despejen esas dudas, como quizá nunca se sepa con certeza quién disparó el arma. Pero ese disparo y ese momento forman, indiscutiblemente, parte de la historia de El Salvador, de esa historia escrita con tinta indeleble. *** En cambio, el que se entrega por amor a Cristo al servicio de los demás, este vivirá, como el granito de trigo que muere, pero muere aparentemente. Si no muriera, se quedaría solo. La cosecha es porque muere, se deja inmolar en la tierra, deshacerse y solo deshaciéndose produce la cosecha. (Monseñor Romero, homilía del 24 de marzo de 1980) *** El cadáver llegó a la Policlínica Salvadoreña sobre la cama de un pick up Toyota. Se demoró lo mínimo, pero ya no había nada que hacer. La noticia del asesinato se extendió por el país como una mancha de aceite, y la entrada y las inmediaciones del centro asistencial, sobre la 25.ª avenida Norte de la capital, se convirtieron en un vaivén de gentes. En cuestión de pocas horas, el juez autorizó la autopsia, y después comenzaron a embalsamarlo. Fue entonces cuando surgió la duda de qué hacer con las vísceras que se extraen cuando se prepara un cuerpo. Un padre carmelita se acercó a madre Lucita y le sugirió que las carmelitas las pidieran. -A nosotras nos sentían como las personas más cercanas -dice-, y todos creían que nos atenderían cualquier súplica. Regresaron al Hospitalito bien entrada la madrugada. Llevaban consigo el corazón y otros órganos de Monseñor Romero dentro de una gran bolsa que a su vez estaba dentro de una caja de cartón. ¿Qué hacer con esto?, se preguntaron al llegar. Decidieron sepultarlo junto a la casita, cerca de una rosa blanca que había en el jardín, bajo un palo de aguacate. Y así permaneció casi tres años. A inicios de 1983 se anunció que Juan Pablo II viajaría a El Salvador en marzo. Madre Lucita pensó que el Papa quizá querría visitar la casa de Monseñor Romero y ordenó algunos arreglos mínimos. En el jardín se levantó una pequeña estructura rocosa con forma de gruta que aún hoy sigue en pie, coronada por una estatua de la Virgen de Lourdes. A sus pies, bajo una gran roca, abrieron una cavidad para depositar lo que quedara de las vísceras.
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-Entonces les dijimos a los obreros dónde estaban enterradas y, al sacarlas, vimos que la caja de cartón se había destruido pero que la bolsa de plástico estaba intacta. Cuál va siendo nuestra sorpresa que, al abrirla, ni mal olor tenía. Y el color era como que acabaran de hacer una cirugía, hasta rosadito se veía. -¿Usted eso lo vio o se lo contaron? -le pregunto. -No solo yo. Allí estábamos varias. Asombradas, incluso cortamos un pedacito, lo pusimos en un frasco y se lo llevamos a monseñor Rivera Damas. Luego supimos que se destruyó cuando el terremoto de 1986. *** Es una ironía que invita a la reflexión, o cuanto menos a la sonrisa. -Yo creo -me dice madre Lucita- que Monseñor ha trascendido tanto por su sencillez. A él no le gustaba que se ocuparan de su persona ni que hablaran de él ni que lo elogiaran ni nada de eso. Está ocurriendo -y ríe levemente- lo que a él no le gustaba, que se está dando a conocer por todo el mundo. -Y siendo él como era, ¿cree que le hubiera gustado su canonización? -No, por su humildad no le hubiera gustado, pero nadie imaginábamos la trascendencia que iba a tener su muerte. Así son las cosas, Dios se encarga de ensalzar a los humildes. No es solo madre Lucita. Quienes lo conocieron bien creen que a él no le haría gracia alguna que lo llamaran San Romero de América, mucho menos sin que el Vaticano haya aún dado el visto bueno al proceso de canonización. *** El Hogar para Niños Divina Providencia está en la colonia Quezaltepec de Santa Tecla. Allí la imagen de Monseñor Romero es omnipresente: en el gran mural de la entrada, en un busto, en fotografías y cuadros de todos los tamaños y colores… -Es que él nos animó con esta obra. A mediados de 1979 Monseñor Romero comenzó a hacer llamados en sus homilías para promover las donaciones que permitieran la compra del terreno; él mismo donó los 10.000 dólares que entregaron junto al doctorado Honoris Causa por la Universidad Católica de Lovaina. Aun con todo, la guerra civil ralentizó la obra, que no se inauguró sino hasta marzo de 1984. Pero antes, algún día indeterminado de 1983, cuando aún
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no recibían niños pero se había construido lo suficiente como para que se pudiera vivir allí, Monseñor Romero llegó a platicar con madre Lucita. Ocurrió como las 11 de la mañana. -No fue un sueño -dice entusiasmada y temerosa a la vez de mi reacción. Primero lo vi desde la ventana, caminando. Lo vi natural, como en aquella foto en la que está en el campo, con su sotana blanca. Y luego hablé con él, y cuando le conté que no teníamos fondos para continuar la obra, me dijo con su mismo tono de voz: madre, tenga fe, que va a venir una persona y le va a solucionar. A los pocos días llegó una persona con un cheque generoso que evitó la paralización de las obras. -Monseñor intercedió -dice madre Lucita, los ojos vidriosos, como quien cuenta algo de lo que está realmente convencido.

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Víctor HUGO RIVAS El artista

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Hugo Rivas recuerda el día que la guerra tocó la puerta de su casa. Sucedió en noviembre de 1989 durante la ofensiva Hasta el Tope. En el área metropolitana de San Salvador los combates se sintieron con una intensidad nunca antes conocida, siquiera sospechada, y la colonia Tazumal de Cuscatancingo, donde Hugo Rivas residía junto su padre, su madre, sus dos hermanos y su abuela, se convirtió en primera línea de frente. Tuvieron el tiempo justo para escapar, primero a casa de unos familiares en la colonia La Rábida de San Salvador, y desde ahí a un pueblo en la cordillera del Bálsamo llamado Comasagua, donde permanecieron hasta que la Fuerza Armada neutralizó la ofensiva. Hugo Rivas recuerda con detalles ese primer encuentro con la guerra, a pesar de que era un niño de apenas 3 años de edad. Víctor Hugo Rivas Escobar nació el 17 de mayo de 1986, cuando Monseñor Romero llevaba seis años enterrado en uno de los costados de Catedral metropolitana. No trató con él, nunca lo vio en persona ni tampoco pudo escuchar sus homilías por radio, pero de alguna manera el obispo mártir no ha dejado de estar presente en su vida. Licenciado en Artes Plásticas por la Universidad de El Salvador, Hugo Rivas es un joven artista y diseñador con mucho que decir sobre Monseñor Romero. “La juventud tiene un montón de problemas, y no me refiero a aspectos económicos, sino sobre todo a aspectos familiares: la familia es una onda bien destruida”, me dirá durante la entrevista cuando le pregunte por la falta de valores en la sociedad salvadoreña. De sus palabras se infiere que un acercamiento honesto -realmente honesto- a Monseñor Romero, a su obra y a su ejemplo, podría contribuir a revertir esta situación. -Vos naciste seis años después del asesinato, ¿de dónde te viene el interés? -Creo que para un salvadoreño es casi imposible no haber oído sobre Monseñor Romero alguna vez. Yo tuve la suerte de que en mi propia casa siempre ha estado presente de una u otra forma: de pequeño mi papá me echó la historia, y mi hermano Carlos, que es cinco años mayor y que está muy empilado con Monseñor y tiene varios libros sobre él, también me ayudó mucho a conocerlo. -¿Y fuera del hogar? -Forma parte de El Salvador, su rostro está pintado en paredes y todo eso. Uno crece viendo su imagen, pero con un conocimiento muy superficial. Salvo que uno se interese, creo que los de mi edad hemos crecido sabiendo de Monseñor Romero como también se sabe que hubo una guerra, pero sin que nadie en realidad nos hay explicado las causas y las razones. -¿Cuándo diste vos ese paso? ¿Cuándo comenzaste a interesarte? -Durante el bachillerato comencé a leer algunas de sus homilías. -¿Ese interés es común en tu generación?
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-Dentro del arte sí he encontrado gente que se ha interesado, pero son excepciones. Lo que sí pasa es que algunos que se consideran de izquierda hablan mucho de Monseñor Romero, pero normalmente es una visión muy panfletaria. -¿Monseñor Romero es tema de conversación entre jóvenes? -No, al contrario, creo que se percibe como una onda tri-aburrida. En general, hay una especie de rechazo hacia todo lo relacionado con cualquier iglesia. -¿Creés que un joven tiene algo que aprender de Monseñor Romero? -Yo también pasé por esa etapa en la que las cosas de la Iglesia me parecían aburridas pero, ahora que tengo más compromiso en lo espiritual y que he leído e investigado sus planteamientos, una de las cosas que más me impacta es su compromiso. Yo he escuchado a muchas personas, tanto católicas como evangélicas, que solo dan importancia a lo ritual, pero sin vivir realmente lo que predican. Y Monseñor Romero lo vivía… -¿El compromiso no debería definir a cualquier hombre o mujer de iglesia? -Sí, debería. Alguien que dirige espiritualmente a otras personas debería estar comprometido, pero eso no ocurre tan seguido. -El Salvador es un país de memoria colectiva corta. ¿Cómo te explicás que siga siendo un referente? -Es curioso que la figura de Monseñor Romero siga vigente a pesar tantos años de oposición oficial. Y el fenómeno, lejos de disminuir, sigue creciendo. -¿Esa masificación no puede desembocar en banalización, como le sucedió al Che? -Quizá ya esté pasando eso, porque a mí no me parece que los valores y el compromiso que él defendió estén hoy vigentes en el país tanto como lo está su imagen, ni siquiera entre las personas que llevan puestas camisolas con su rostro. En El Salvador rara es la colonia en la que no hay un mural suyo, pero creo que en algunos casos su imagen se usa casi como una decoración, algo estético, que se coloca sin detenerse a reflexionar sobre los valores que él proponía. Tanto la Iglesia como el Gobierno deberían reflexionar sobre si la simple promoción de una imagen genera o no valores. -En tu caso personal, ¿qué valorás en Monseñor Romero? -Ya dije que, en primer lugar, su compromiso. Y en el aspecto netamente cristiano, yo recuerdo una homilía en la que él se preguntaba en voz alta por la devoción a la Virgen María, y él mismo se respondía diciendo que la verdadera devoción no era rezarle tanto, sino incorporar su ejemplo de rectitud en nuestras vidas, encarnar a Jesús en nuestra propia vida, decía. Eso me impactó mucho, porque a mí me da a entender que él prefería los cambios verdaderos a la devoción de rezos y oraciones. ***
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La Virgen María es el modelo y hacia ella, a parecerse a ella, se orienta el trabajo de la Iglesia. El día en que cada católico se propusiera parecerse a María como miembro de la Iglesia, ese día tendríamos la Iglesia soñada, la Iglesia ideal. (Monseñor Romero, homilía del 15 de julio de 1979) *** La Virgen María fue venerada con devoción por Monseñor Romero desde sus años en San Miguel. En su habitación del Hospital Divina Providencia la decoración era mínima pero, colgado en una de las paredes, justo sobre el escritorio en el que tenía su máquina de escribir, mandó colocar un cuadro con una fotografía de la Virgen de la Paz. El culto y el respeto a la madre de Jesucristo han terminado convertidos en uno de los principales elementos diferenciadores entre la Iglesia católica y las distintas iglesias evangélicas. El evangelicalismo minusvalora a la Virgen y también a los santos, los ve como elementos que interfieren en el diálogo con Jesucristo. Hugo Rivas nació en el seno de una familia católica, pero durante su adolescencia optó por hacerse evangélico, hecho que le añade un ingrediente adicional de peculiaridad a su relación con Monseñor Romero. -¿Cómo fue el salto al evangelicalismo? -Un amigo me invitó al Tabernáculo Bíblico Bautista cuando tenía unos 16 años. Desde pequeño yo era súper católico, y en el Tabernáculo me pasó que muchas de las cosas que escuchaba en las predicaciones me parecían locuras, pero había otras que tenían su punto de razón. Estuve como un año yendo al Tabernáculo, pero solo porque me gustaba, sin haber aceptado a Cristo, y al final no me terminó de convencer. Como a los 18, otros amigos me invitaron a orar en la Iglesia Cristiana Cuadrangular (pentecostal), una muy pequeñita, y es en la que sigo ahora. -Y vos, Hugo Rivas, ahora que sos cristiano, ¿creés que Monseñor Romero es santo? -Claro que creo en su santidad, pero en ese asunto hay distintos puntos de vista. Yo concibo la santidad como el deseo explícito de una persona de dedicarse a Dios. Cualquier persona puede adquirir santidad cuando se aparta de determinadas situaciones, y su deseo es agradar a Dios y hacer crecer la obra de Dios, como literalmente lo planteó Jesucristo. -Tu concepto de santidad no está ligado a lo que determine el Vaticano. -No, no creo en una santidad institucional: yo me pregunto si él realmente habría querido ser canonizado, porque leo sus homilías y sus escritos, y a mí me da la impresión de que hasta él se habría opuesto.
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-Pero tu visión de la santidad convertiría en santos a miles. -Exacto. Hay mucha gente que vive en cantones y que nunca sale en televisión, pero que vive en santidad. Yo así lo creo. La santificación institucional quizá en sus inicios tuvo a la base la sana intención de ensalzar vidas ejemplares, pero el problema, bajo mi punto de vista, es que al final se venera a esas personas tanto o más que al propio Jesucristo. -¿La canonización sería a tu juicio contraproducente? -Contraproducente no, porque muchísima gente no ha esperado a lo que diga Roma, y ya se venera como santo. Es un hecho. Pero yo siempre veo el riesgo de que se deje a un lado lo principal, que es tener a Dios como guía y como centro de todo. *** Monseñor Romero ha estado presente en la obra de numerosos artistas, reconocidos y desconocidos. Puede apreciarse en Catedral metropolitana o en la Abadía de Westminster, pero también en muros anónimos de infinidad de humildes colonias a lo largo y ancho del territorio salvadoreño. Para Hugo Rivas también ha sido motivo de inspiración: un cuadro suyo al que bautizó Secreto a voces ganó el primer lugar en el certamen de pintura que en 2010 el Gobierno de El Salvador organizó con motivo del XXX aniversario del martirio. -¿Cómo y cuándo surge Secreto a voces? -La hice para el certamen. Es una pintura pequeña, en formato de 45 por 35 centímetros, y la técnica que utilicé es lienzo preparado y pintado con acrílico. El fondo, que es más o menos abstracto, es un collage que armé en la computadora y que, cuando se mira de lejos, se ve el rostro de Monseñor Romero. Eso lo transferí a una serigrafía, lo imprimí sobre el lienzo, y con solventes empecé a remover la tinta que no me funcionaba, y con acrílico definí más los sectores que me interesaba resaltar, como el ojo, la nariz, la boca. -¿Qué significa para vos? -La pieza tiene un nombre muy explícito. Traté de darle una lectura conceptual sencilla precisamente por eso, porque la imagen de Monseñor es muy popular a pesar de que oficialmente, hasta este Gobierno, se trató de tapar. La idea es simple porque es un retrato conmemorativo, en el que lo más importante no es el parecido físico, sino el trasfondo, los hechos, que es lo que en lo personal más me llama la atención de él. Lo que hizo es menos conocido que su martirio, por eso el retrato está hecho con pequeñas fotos de su vida. -¿Monseñor Romero había estado antes presente en tu obra? -No, en mi trabajo artístico, no, pero lo volverá a estar. Ya tengo algo en mente: como conservo la matriz de la serigrafía, quiero hacer más versiones
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de la misma pieza para donarlas a instituciones que trabajan por la memoria histórica de Monseñor, como la Fundación Monseñor Romero o la pinacoteca Roque Dalton de la Universidad de El Salvador. No serán iguales, variarán algunos fragmentos del rostro y quizá los colores. -¿Valorás positivamente haberte acercado a él también como artista? -Sí tengo mucho que agradecer al hecho de haber ganado este certamen. La imagen se movió un resto en las actividades del XXX aniversario. Me sorprendió mucho, por ejemplo, verla impresa gigante en una presentación de la Orquesta Sinfónica Nacional. *** Durante la plática surge el nombre de Joseph Beuys, un artista alemán considerado uno de los más influyentes de la segunda mitad del siglo XX. Falleció en 1986, el año en el que nació Hugo Rivas. Beuys formó parte de las Juventudes Hitlerianas y fue piloto de la Luftwaffe. Destinado en la península de Crimea, al sur de la Ucrania actual, su avión fue abatido en marzo de 1944 y cayó en las montañas del centro de Ucrania. Décadas después Beuys contó que, tras el accidente, una tribu local lo recogió moribundo de la nieve, y que lo mantuvieron con vida embadurnado de grasa animal y cubierto con fieltro, dos materiales recurrentes en toda su obra. Esa experiencia fue el punto de inflexión en la vida del artista. “El concepto de su obra era que la humanidad tenía que regresar a sus raíces, a los orígenes, antes de que todo se institucionalizara”, dice Hugo Rivas. Historiadores y artistas aún debaten la veracidad del testimonio de Beuys sobre lo ocurrido en las montañas ucranianas, pero nadie discute que su obra estuvo en sintonía con esa concepción de un ser humano menos institucionalizado y más apegado a sistemas de organización social simples y genuinos. A Hugo Rivas su caso le sirve para hacer un paralelismo con Monseñor Romero. -Disculpame, pero no termino de ver la comparación. -En Hechos de los Apóstoles se dice claro cómo los primeros cristianos se reunían y aportaban lo que tenían para compartirlo, pero, una vez se institucionalizó la cosa, todos esos valores se vinieron abajo. Beuys creía en ese rollo, y Monseñor Romero, creo yo, también promovía esa esencia, impulsaba un catolicismo menos ritualista y más como forma de vida. -¿Dios está presente en tu generación? -Hay bastante presencia, pero el problema es que muchos de los que somos practicantes estamos metidos dentro de las iglesias, cuando deberíamos estar más en las calles, sobre todo si lo que se pretende es un cambio social. -¿A qué te referís con estar más en la calle? ¿Más obras de caridad?
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-No, nada que ver. Hay una situación real, y esto no es solo algo de los jóvenes ni mucho menos, y es que se confunde la labor cristiana con la caridad, pero ese es un mal enfoque. En la Biblia está ese conflicto entre Pablo, que prioriza la fe, y Santiago, que dice que la fe sin obras de poco sirve. Las iglesias no deben quedarse solo en los rituales, en los cultos, algo que es muy importante, lo principal quizá, pero una iglesia no puede callar ante la hipocresía de alguien que ora todos los días pero se desentiende de los problemas de sus vecinos. Estoy convencido de que las iglesias pueden hacer mucho más que caridad, mucho más que regalar un pan dulce. -¿Los jóvenes temen a Dios en este país? -De todo hay. No creo que sea algo que se puede responder con un sí o un no. Muchas veces se teme a Dios cuando uno está dentro de la iglesia, pero afuera es otro rollo. -¿Creés que muchos sentimientos nobles de juventud se pierden en la medida que uno va cumpliendo años? -Monseñor Romero fue muy explícito en ese punto. Si se tiene un compromiso sincero con Dios, uno está dispuesto a hablar de Dios tanto en un lodazal como en un hotel de lujo. En esos detalles es cuando la gente aprecia si en un líder espiritual existe un real interés de ayudar. *** En la larga homilía del 23 de marzo de 1980 en la basílica del Sagrado Corazón, Monseñor Romero dijo algo que creí conveniente llevar anotado para la entrevista con Hugo Rivas. Dice así: “¡Qué fácil es denunciar la injusticia estructural, la violencia institucionalizada, el pecado social! Y es cierto todo eso, pero ¿dónde están las fuentes de ese pecado social? En el corazón de cada hombre. La sociedad actual es como una especie de sociedad anónima en la que nadie se quiere echar la culpa y todos son responsables”. -Han pasado 30 años, pero ¿no suena como si se hubiera pronunciado esta misma mañana? -Claro. Y las iglesias son también responsables. -¿Cómo te explicás que un país en el que sigue vigente su figura sea al mismo tiempo tan violento? -En El Salvador las iglesias están llenas, mucho más que en otros países, pero al mismo tiempo somos un país violento. Yo tengo mi propia lectura, y es que en realidad el país no es tan devoto a sus prácticas religiosas, sino que es un país de supersticiosos. Además, pertenecer a una u otra iglesia a veces tiene que ver con la imagen, con los deseos de aparentar, mientras que lo esencial queda a un lado. -¿Te atreverías a llamarlo doble moral?
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-Sí, pasa mucho. Hay personas para las que estar en una u otra denominación es cuestión de orgullo, y miran con superioridad a los demás. -Partidos, gobiernos… ¿No creés que de alguna forma tratan de aprovecharse del jalón que tiene Monseñor Romero? -¡Por supuesto! Incluso nosotros, los artistas, muchas veces lo que hacemos tiende a ser absorbido por ese mismo rollo. Pasa, pero ¿qué podemos hacer? -El presidente Mauricio Funes lo llamó guía espiritual de la nación. -Guía espiritual no se es porque alguien te nombre, sino porque uno se lo ha ganado. Y Monseñor Romero se respeta en la actualidad por lo que hizo y por lo que dijo. De él a mí me impacta el simple hecho de que, siendo la máxima autoridad de la arquidiócesis, llegara a los cantones más perdidos y hablara con las personas más humildes. Y cuando visitás donde él vivía, podés darte cuenta de que vivía en la austeridad. La gente aprecia esas cosas, y por eso sigue siendo recordado hoy. Él solo se ganó el respeto que tiene. -De la misma sociedad de la que surgió Monseñor Romero también surgieron sus asesinos. -Cuando se tiene un grado de compromiso con Dios como él lo tuvo, no se pueden dejar de señalar las injusticias, y el sector que se beneficia de esas injusticias siempre va a sentirse señalado. Eso es inevitable, y sigue pasando hoy: quizá ahora no asesinen a los que levantan la voz, pero siempre se les trata de callar. -¿Pensás que su mensaje sigue vigente? -¡Claro! Y ojalá no fuera así, porque podría ser señal de que se hubieran superado algunas situaciones de injusticia, pero el país es todavía muy desigual. La guerra terminó, pero ni con la guerra se lograron superar las injusticias. -¿Creés que tus nietos vivirán en un mejor país que el que vos conocés? -Para serte sincero, si yo tuviera la oportunidad de emigrar, lo haría. El país ha tenido algunos avances, pero bastante primitivos. Los salvadoreños aún estamos muy acostumbrados a la anormalidad en muchos aspectos, y eso es algo terrible. Espero que sí, que mis nietos conozcan un país menos desigual y sin tanta pobreza, un país que se parezca más al que Monseñor Romero tenía en mente.

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Rodrigo ORLANDO Cabrera El obispo

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La casita en la que Monseñor Romero vivió sus últimos años es hoy un pequeño museo que alberga muchas de las pocas pertenencias de su inquilino. Junto a la cama hay un archivero que cumple funciones de mesita de noche, y sobre el archivero, un pequeño retrato del papa Pablo VI. No deja de ser curioso verlo ahí si uno sabe que para cuando asesinaron a Monseñor Romero el papa Juan Pablo II iba camino de cumplir 18 meses de pontificado. No es ningún secreto que Pablo VI y Juan Pablo II tuvieron actitudes radicalmente distintas hacia Monseñor Romero. A cada uno lo visitó en un par de ocasiones, y mientras en Pablo VI encontró apoyo y sosiego, de Juan Pablo II recibió cuestionamientos e incomprensión. Pablo VI lo animó cuando convirtió a los pobres en el motor de su línea pastoral. Juan Pablo II le dio la espalda cuando más amenazado estaba, y algunos incluso creen que desde el Vaticano se movieron los hilos para que en 1979 no le concedieran el Premio Nobel de la Paz. Es más, hay quien sostiene que Monseñor Romero no habría muerto en marzo de 1980 si Pablo VI hubiera vivido unos años más. Monseñor Orlando Cabrera, el actual obispo de Santiago de María, no ve descabellada esa opinión. -¿Y en qué se basa usted para creer algo así? -pregunto. -Porque Pablo VI lo hubiera ascendido. Él lo estimaba mucho y le dio mucho ánimo la primera vez que lo visitó, cuando fue a explicar lo de la misa única. Quizá tenga razón. Quizá la muerte de Pablo VI evitó un cardenal Romero con una jubilación dorada en Roma. Quizá. Pero lo cierto es que Pablo VI falleció en agosto de 1978 y Juan Pablo II fue nombrado Papa en octubre. Que uno lo apoyó más y el otro lo apoyó menos. Y que cuando asesinaron a Monseñor Romero, en su habitación aún permanecía el retrato del Papa que más lo apoyó. *** Vuelvo de Roma como Pablo volvía de Antioquía, con el testimonio de que vamos por un buen camino. No duden de mi palabra, queridos hermanos, no la desfiguren. Muchos andan diciendo que yo soy presionado y que estoy predicando cosas que yo no creo; pero hablo con convicción, sé que les estoy diciendo la palabra de Dios. He confrontado su palabra con el magisterio y creo en mi conciencia que voy bien. (Monseñor Romero, homilía del 15 de mayo de 1977, tras su primer encuentro con Pablo VI)
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Este momento es que la Biblia hoy nos ha dicho: “Pablo subiendo a Jerusalén y hablando con Pedro...” se realizaba en mi pobre vida, también yendo a Roma y platicando con el nuevo Papa. Debió ser lo mismo que sacaba San Pablo: tenemos que ir a sufrir, tenemos que ser malinterpretados, tenemos que enfrentarnos con audacia a situaciones muy difíciles, pero vamos unidos en esa comunión que nos conecta con aquel que ha sido puesto para ser la autenticidad de la doctrina que Cristo ha traído al mundo. (Monseñor Romero, homilía del 13 de mayo de 1979, tras su primer encuentro con Juan Pablo II) *** Rodrigo Orlando Cabrera Cuéllar nació el 14 de marzo de 1938 en Teotepeque, departamento de La Libertad. -Soy paisano de Farabundo Martí -dice, y acompaña la frase con una sonora sonrisa. Enclavado en la vertiente sur de la cordillera del Bálsamo, Teotepeque era a mediados del siglo XX un pueblo difícil -no había calle de acceso pavimentada-, que replicaba a pequeña escala la estructura social imperante en El Salvador: muy pocos tenían mucho, y muchos tenían muy poco. En ese reparto, la familia de Orlando cayó en el lado de las adineradas. Su padre, Tomás Telmo Cabrera, era el dueño de una productiva hacienda que garantizaba un elevado nivel de vida a toda la familia, conformada por la madre, María Cuéllar, y ocho hijos, entre los que Orlando era el tercero. Pudo haber elegido otra profesión más lucrativa, pero sintió desde muy joven que quería ser hombre de Iglesia y sus estudios de secundaria los cursó en el Seminario San José de la Montaña. Los primeros recuerdos sobre Monseñor Romero son precisamente en el seminario, cuando el entonces padre Romero viajaba desde San Miguel para reunirse con los seminaristas de su diócesis. Orlando pudo complementar su formación en Chile y Argentina, donde estudió Teología y Filosofía gracias al apoyó económico que le brindó la familia. Joven también, antes incluso de cumplir los 24 años, tuvo lugar su ordenación, que se celebró el 6 de enero de 1962 en Santiago de María, ciudad a la que prácticamente ha estado amarrado desde esa fecha. Orlando empezó desde abajo. Estuvo al frente, entre otras, de la parroquia de Alegría, de la de Ciudad Barrios, de Santa Catalina de Usulután, de San Martín de Porres en Santiago de María y de la de Jucuapa; luego lo nombraron vicario general, y esa dedicación a la diócesis santiagüeña obtuvo como recompensa su nombramiento como obispo en diciembre
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de 1983. Orlando sucedió en el cargo a monseñor Rivera Damas, quien a su vez había sucedido a Monseñor Romero. -Justo aquí donde estoy sentado -me dice en un momento de la entrevistaes donde se sentaba él. *** -Sobre ese punto que me plantea, ¿cómo dice el dicho castellano? Honor a quien honor merece, ¿no? -responde Orlando. La pregunta plantea algo que debería conocer bien, después de haber entregado casi medio siglo a la diócesis de Santiago de María: ¿es cierto, como se ha publicado y republicado, que Monseñor Romero fue el primer obispo en interesarse por los jornaleros que durante la corta del café inundaban esa ciudad y dormían a la intemperie? Orlando responde que no. El interés primigenio por mejorar las condiciones de los cortadores se lo atribuye a monseñor Castro Ramírez, el antecesor, interés que se concretó en unas galeras que en la mayoría de las fincas se construyeron para que los trabajadores pudieran al menos dormir bajo un techo. -Monseñor Castro fue siempre un anticomunista, y muy tradicional, pero sí hizo denuncias serias. Creo que con Monseñor Romero se ha exagerado mucho ese punto de los cortadores -concluye. Orlando no suena pretencioso, ni mucho menos a querer restar méritos a la labor que Monseñor Romero realizó al frente de la diócesis. -Y usted -pregunto a Orlando-, ¿cree que Monseñor Romero es santo? -Sí. Fue un hombre de mucha oración, muy preocupado por su purificación interior. Antes de que lo asesinaran, él fue al mar, y cuando regresaron, ¡qué curioso! salió hacia Santa Tecla para confesarse. Yo creo en su santidad, claro que sí; se le notaba. Él tenía sus limitaciones humanas, pero bien dicen que ni los santos son perfectos. -¿Usted sería otra persona si no hubiera conocido a Monseñor Romero? -El contacto con él, aunque uno no lo quiera, influye. Su testimonio de pobreza, su sencillez, su humildad, su capacidad de pedir perdón… eran admirables. *** Monseñor Romero llegó a las pantallas de cine antes incluso de que finalizara la guerra civil. Protagonizada por Raúl Juliá y dirigida por John
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Duigan, en 1989 se estrenó Romero, una película de producción estadounidense que aspiraba a recrear sus últimos años de vida. Una de las escenas muestra el momento en el que Monseñor Romero es notificado de su nombramiento como arzobispo. Juliá aparece en su cuarto vestido con sotana blanca y se dispone a lavarse la cara cuando un obispo alto y canoso, que al menos en un plano teórico debería encarnar al nuncio Emanuele Gerada, llama a la puerta y entra en la habitación. Tras un breve intercambio de palabras, Monseñor Romero lo invita a tomar asiento. -Creo que el que debería sentarse eres tú -le dice Gerada-. Te han nombrado arzobispo. Monseñor Romero permanece callado unos segundos antes de responder. -No soy el más indicado. -El Vaticano confía plenamente en ti. Y yo te apoyo. -Otros no. -Vivimos tiempos difíciles. La plática es más larga, pero redundante en la idea de que la elección fue inesperada y completamente ajena a su voluntad. La realidad, sin embargo, es otra. Orlando y el grupo de sacerdotes con el que más se relacionaba estaban convencidos de que, prácticamente desde que puso sus pies en Santiago de María, Monseñor Romero se esmeró por llamar la atención del nuncio Gerada. -Lo invitó varias veces a la diócesis -dice Orlando-. Recuerdo que lo llevó a San Agustín y también a su pueblo, a Ciudad Barrios. Un día de 1975, cuando Orlando era párroco en la iglesia de Santa Catalina, en la cabecera departamental de Usulután, Monseñor Romero le llamó para pedirle que organizara con especial dedicación su siguiente visita, porque llegaría acompañado del nuncio Gerada. Le extrañó porque no eran fiestas patronales ni ninguna fecha especial, pero cumplió con creces la petición. El almuerzo, generoso, se realizó en el Casino usuluteco, y para la organización contó con la ayuda de una feligresa que prestó su elegante vajilla. Orlando está convencido de que tanto el nuncio Gerada como Monseñor Romero se fueron satisfechos de Usulután. Ese almuerzo también alimentó las sospechas. -Son suposiciones nuestras, pero daba la impresión de que algo buscaba Monseñor. ***
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Los poco más de dos años que Monseñor Romero permaneció en Santiago de María son un período lleno de contradicciones. Conoció la injusticia y se solidarizó con los sufrientes, pero nunca quiso denunciar públicamente la represión estatal, ni siquiera tras la masacre que la Guardia Nacional cometió en el cantón Tres Calles. Implementó una pastoral social para toda la diócesis, algo inexistente hasta su llegada, pero clausuró Los Naranjos, el emblemático centro de formación de agentes de pastoral que funcionaba en Jiquilisco. Cerró Los Naranjos porque se impartían enseñanzas “avanzadas”, pero a su director, el padre pasionista Juan Macho, lo promovió a vicario de pastoral. Se mostró reacio a todo lo que tuviera relación con las ideas que surgieron en Medellín en 1968, pero envió a uno de sus párrocos, a Orlando, a estudiar Teología pastoral precisamente a Medellín. Cuestionó con dureza las cristologías progresistas en la importante homilía del 6 de agosto de 1976 en Catedral metropolitana, pero organizó unas jornadas de estudio sobre la reforma agraria con expositores de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, la universidad de los jesuitas. Con este abanico de acciones aparentemente contrapuestas, concentradas además en un corto lapso de tiempo, no es de extrañar que sus años en Santiago de María aún sean motivo de discusión entre historiadores, estudiosos y biógrafos. ¿Qué tanto influyeron en su evolución posterior? Argumentos parece haber para respaldar interpretaciones antagónicas. Pero hay un elemento importante y pocas veces tenido en cuenta: la opinión de los que trabajaron esos años cerca de él. -¿A usted le sorprendió que lo nombraran arzobispo? -pregunto a Orlando. -No, no me sorprendió, pero casi todos esperábamos que monseñor Rivera Damas fuera el sucesor de monseñor Chávez. -Pero estaba junto a él en Santiago. ¿La apertura mostrada allí no había sido suficiente? -Lo que sucede es que monseñor Rivera ya tenía años de lucha. Tenía más credenciales que Monseñor Romero. Orlando no fue, ni mucho menos, el único que pensaba así entre los sacerdotes, religiosos y religiosas progresistas de la diócesis. *** -Es curioso -dice Orlando-. Monseñor Romero siempre se sentía mejor cuando estaba con los pobres. Se le notaba. Siendo obispo aquí, ocurría a veces que cuando iba de visita, algunos padres le preparaban el almuerzo o la cena. Pero cuando lo mandaban a buscar, lo encontraban en el atrio, compartiendo tamales o un café con gente muy humilde. -El famoso voto de pobreza, ¿no?
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-Él era un hombre muy eclesial, nunca se salió de la doctrina social de la Iglesia, del magisterio. Pero eso no ocurre siempre: uno nota quién ama a los pobres, porque incluso dentro de la Iglesia no falta quien se llena la boca con los pobres, pero que a la hora de la verdad… -Y él era de los que amaba de verdad a los pobres. -Sí, sin lugar a dudas, tanto que dio la vida por ellos. Y murió pobre. *** En la tarde del sábado 1 de diciembre de 1979 a Monseñor Romero lo llevaron en carro a Santiago de María, más de dos horas de viaje. Al llegar, la ciudad entera celebraba las fiestas jubilares por los 25 años de existencia de la diócesis. Ese sábado era el día consagrado al segundo de los obispos, Monseñor Romero, y él celebró una multitudinaria misa en catedral, en la vieja, en la que caprichosamente se botó durante la guerra. Saludó, entre otros, al padre Orlando, quien entonces era párroco de catedral. También a monseñor Rivera, al padre Majano, al padre Rodas y a un sinfín de laicos que le brindaron cariñosas palabras de bienvenida. La noche la pasó en unas de las habitaciones de la sede episcopal, pero durmió poco por dos motivos: primero, porque le pasó factura el frío por la altura a la que se encuentra la ciudad; y segundo, porque un grupo de compas del Bloque Popular Revolucionario se echó buena parte de la madrugada cantando y arengando en el parque central. Esta reconstrucción de lo ocurrido en un día cualquiera de hace más de tres décadas no tiene a la base suposiciones, ni se trata de confianza ciega en la memoria de los testigos, ni muchos menos son licencias narrativas del autor. Monseñor Romero plasmó todos esos detalles en su diario, un documento que no solo incluyó grandes brochazos de su quehacer, sino que lo enriqueció con sensaciones y sentimientos, sobre todo en los últimos meses de vida. Su diario está huérfano de profundas reflexiones teológicas, pero es una herramienta imprescindible para conocer al ser humano. Nadie sabía que escribía un diario. En realidad no lo escribía, sino que lo grababa en casetes, en las noches, y presumiblemente no todos los días, ya que las grabaciones concluyeron el 19 de marzo de 1980. Tampoco arranca con su nombramiento como arzobispo, sino que lo comenzó el 31 de marzo de 1978, cuando llevaba más de un año al frente de la arquidiócesis. El porqué de la existencia del diario me lo contó el vicario general, monseñor Ricardo Urioste. Un día, en una reunión de la curia arzobispal, Monseñor Romero encargó a un sacerdote que levantara él un diario de lo que ocurría tanto en el país como en la Iglesia. Al siguiente mes,
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Monseñor le preguntó por el diario, y el cura que había adquirido el compromiso le admitió que, por desordenado, ni siquiera lo había comenzado. Visiblemente enojado, Monseñor Romero golpeó la mesa y dijo algo así: “¡Con la Iglesia no se puede ser desordenado! Y ahí quedó todo. El tema no volvió a mencionarse en ninguna reunión y, solo tras su asesinato, cuando fueron a su casita y buscaron entre sus pertenencias, tuvieron la grata sorpresa de hallar una caja llena de casetes. No suena muy aventurado afirmar que la dejadez de un colaborador permitió no solo que se pueda afirmar con certeza que en la madrugada del 2 de diciembre de 1979 sintió frío, sino que el mundo entero disponga de un invaluable y detalladísimo registro sonoro de los dos años más importantes de la vida de Monseñor Romero. *** El día del funeral de Monseñor Romero, sobre el portón principal de una Catedral metropolitana a medio hacer, se colgó una gigantesca pancarta que rechazaba expresamente la presencia de tres de los seis obispos que en 1980 integraban la Conferencia Episcopal de El Salvador (CEDES): monseñor Álvarez, obispo de San Miguel; monseñor Revelo, obispo auxiliar de San Salvador; y monseñor Aparicio, obispo de San Vicente. Mucho se ha escrito sobre la tensa relación que Monseñor Romero mantuvo con el resto de los obispos, y es sabido que en la CEDES solo monseñor Rivera Damas lo apoyaba. Orlando fue nombrado obispo de Santiago de María en diciembre de 1983 y cuando llegó, Álvarez y Revelo aún permanecían en la conferencia. -Sí, yo coincidí con ellos, y fueron años duros -Orlando vuelve a sonreír sonoramente-. Chocábamos en mentalidad. Eran cerrados, sí. -Tras el asesinato, dicen que el nuncio Gerada sí tuvo un cambio de actitud hacia Monseñor Romero, una especie de arrepentimiento. ¿No ocurrió lo mismo con ellos? -Monseñor Álvarez sostenía que los jesuitas le habían lavado el coco, así decía, y nadie logró sacarlo de esa idea. Pero alguna vez sí dijo que si el Papa lo canonizara, sería el primero en rendirle culto. -¿Y monseñor Revelo? -Revelo era un hombre que tenía sus momentos de buen carácter y otros en los que se le veía enojado, molesto. Me gustó un gesto de él: cuando el Papa pidió la lista de los que habían dado la vida por la fe, él dijo que el primero que tenía que aparecer era Rutilio Grande. -¿Pero usted notó arrepentimiento en su comportamiento?
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-No, pero es que ni siquiera se hablaba mucho del tema, porque hablarlo significaba encender la llama. Ellos no estuvieron de acuerdo con la línea de Monseñor Romero ni antes ni después de que lo asesinaran, y murieron convencidos de que los jesuitas lo manipularon. -¿Usted cree que se han magnificado esas diferencias o realmente existieron? -Existieron, existieron y en tiempos de Monseñor Romero fueron algo escandaloso. -¿Luego cambió? -La Conferencia Episcopal salvadoreña nunca ha estado unida, nomás que ahora ya no expresamos nuestras diferencias públicamente. La sociedad salvadoreña está fracturada desde la década de los 70, y para nadie es un secreto que la Iglesia católica, como parte del entramado social, no resultó ajena a esa polarización. Ocurrió de forma explícita en tiempos de Monseñor Romero y siguió ocurriendo de forma implícita tras su asesinato. La beatificación sigue siendo un asunto delicado. Hay quien cree que pasarán muchos años, incluso generaciones enteras, antes de que el Vaticano se atreva a dar el paso. “Lo peor que ahora podría pasar para la causa de su canonización es que un partido utilizara su figura, su martirio o su muerte a su favor”, me dijo en mayo de 2009 el arzobispo emérito de San Salvador, Fernando Sáenz Lacalle. Otros creen que no, que, ante el avance de las iglesias evangélicas, a Roma le urge tener de su lado una figura como la de Monseñor Romero. “Les conviene tener en América Latina un obispo mártir santo”, me dijo en marzo de 2008 el teólogo brasileño Leonardo Boff, quien incluso se atrevió a vaticinar que se realizará durante el pontificado de Benedicto XVI. Como sucede con casi todo en la vida, el tiempo será el que termine ubicando a cada quien en el lugar que merece.

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Elvira y Eleonor CHACÓN La familia

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Frijoles volteados al estilo Chacón. De la olla de frijoles previamente cocidos apartar la cantidad deseada en función del número de comensales. Escurrir los frijoles, licuarlos y agregarles poco a poco pequeñas cantidades de su propio caldo hasta conseguir una consistencia pastosa. En un sartén aparte echar un chorro de aceite y freír cebolla cortada en finos aros. Retirar la cebolla cuando se haya dorado. Sofreír los frijoles licuados en el aceite usado para dorar la cebolla. Remover constantemente mientras los frijoles se van haciendo masa, agregando más aceite si nota que comienzan a pegarse. Servir en plato plano. Se recomienda acompañar con plátano frito y cuajada o requesón. *** El 11 de febrero de 1980 resultó un lunes complicado. Catedral metropolitana amaneció tomada por enésima vez, y Monseñor Romero afrontaba como mediador sendas negociaciones para liberar al embajador de Sudáfrica, secuestrado semanas atrás por las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), y al embajador de España, rehén de las Ligas Populares 28 de Febrero (LP28) desde la semana anterior. Incluso estando así las cosas, predicó a primera hora en la iglesia del cantón Lourdes, municipio de Colón, que entonces era como ir al interior del país, y en la tarde recibió primero al embajador de Nicaragua, luego a un asesor venezolano del Partido Demócrata Cristiano, más luego a un ingeniero que buscaba mediación porque las LP-28 también se habían tomado su fábrica, y por último, a un seminarista de La Unión víctima de la represión estatal. Entrada la noche, subió a su Toyota Corona y manejó hasta la colonia Las Delicias, en Santa Tecla, a la vivienda de Alfonso y Carmen Chacón, un hogar y una familia que en los últimos años se había convertido en una especie de refugio espiritual para él. La visita la consignó en su diario: “Fui a visitar a la familia Chacón y convivir también estos sentimientos humanos de familia, que son tan necesarios en estas horas de tantas tensiones”. -¿Se puede o no se puede? -preguntó desde el umbral de la puerta. Ya se había vuelto costumbre, y raro es que se consumiera un mes entero sin repetirse la escena. Llegaba sin avisar y su carta de presentación era siempre la misma pregunta retórica: ¿se puede o no se puede? Siempre se podía.
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En el hogar de los Chacón aquellas visitas hoy se recuerdan como cenas en familia, como pláticas sobre temas intrascendentes, como sentadas colectivas frente al televisor o como tardes de anécdotas y chistes. -Él venía aquí -me cuenta Eleonor Chacón- con el afán de descansar, de olvidarse de sus cosas. Aquí él no hablaba de D'Aubuisson ni de los obispos ni nada de eso. Su idea era… ¿cómo decirlo? Sentirse en familia. -¿Y ustedes le preguntaban por sus problemas? -No, tampoco. Pues bien, aquel lunes 11 de febrero se presentó solo, sin sotana, con una camisa azul de manga larga y un alzacuello que se soltó al poco haber entrado. Cenaron, hablaron, rieron. Casi al final, René Quijano, uno de los yernos de Alfonso y Carmen, sacó una cámara fotográfica y pidió a sus cuñadas que se colocaran junto al invitado, quien no era un entusiasta de posar. Tantos años de venir a esta casa, y nunca nos hemos tomado una, le argumentó René. Accedió, pero antes pidió unos segundos para colocarse bien el alzacuello. René tomó varias fotografías: en una Monseñor Romero aparece junto a Elvira Chacón, una imagen que durante años estuvo celosamente guardada pero que hoy ocupa un lugar destacado en la casa; en otra aparecía junto a Eleonor Chacón, pero su esposo la quemó cuando se corrió la voz de que los escuadrones de la muerte matarían a los que tuvieran imágenes del arzobispo. En la que se conserva, Monseñor Romero aparece sentado y sonriente, las manos cruzadas sobre la mesa. Enfrente tiene un vaso metálico con cebada. -¿Lo que consumía lo pagaba en el momento o acá tenía cuenta abierta? -pregunto, más por rigor periodístico que por convicción. -¿Pagar? -me mira extrañada Elvira Chacón-. No, él no pagaba nunca nada, él era un amigo de la casa. *** La familia Chacón nació el 5 de noviembre de 1924 en San Julián, Sonsonate, día en el que contrajeron matrimonio Carmen Herrera y Alfonso Chacón. En los primeros años todo marchaba sobre ruedas, incluso pudieron mandar a la mayor de las hijas a estudiar en un internado en Sonsonate.
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No eran una familia adinerada, pero tenían más que el promedio: una casa rural amplia con techo de tejas, un río cerca que les facilitaba el agua, un terrenito, gallinas, gallos, tuncos, vacas. Más que lo necesario para vivir. Fueron años buenos. Con el paso del tiempo llegaron los hijos, muchos, y también comenzaron los apuros. En la década de los 40, los Chacón se vieron poco a poco en la obligación de vender primero una vaca, luego otra, una parcelita acá, otra allá… Agobiados y con expectativas poco halagüeñas, a mediados de siglo vendieron lo poco que les quedaba y se trasladaron desde San Julián a Santa Tecla, con la idea de apostarle como negocio a algo que todos conocían bien: las habilidades culinarias de Carmen. -Mi mamá desde chiquita llevaba adentro el amor por la cocina -dice Elvira Chacón-. Todas sus comidas son invento de ella, nunca nadie le enseñó nada, solo probando y probando, hasta que le salían. Don Alfonso Chacón -don Foncho, como lo llamaba Monseñor Romerofalleció en 1986, y Carmen de Chacón, en 1995. Pero el fruto de su esfuerzo pervive en un negocio llamado “Las delicias de las Chacón”, donde aún se come igual de bien que cuando abrió sus puertas hace más de medio siglo. Sobreviven ocho de los trece hijos que tuvieron, pero las más vinculadas al negocio y a la vieja casona familiar son dos hermanas, las que mayor contacto directo tuvieron con Monseñor Romero. Por un lado, Elvira Chacón -Niña Elvira a partir de ahora-, nacida en 1927 y con quien el arzobispo entabló una sincera relación de amistad. Por el otro, Eleonor Chacón -Niña Noy-, nacida en 1938, la que más secretos de cocina se dejó enseñar y la responsable directa de que en la vida familiar irrumpiera el padre Romero. Niña Noy y Raúl Romero -el apellido es pura coincidencia- se casaron el 9 de noviembre de 1963, un sábado lluvioso. El padre Romero viajó expresamente desde San Miguel a Santa Tecla para celebrar la boda porque Raúl, migueleño también, había sido acólito suyo y le guardaba aprecio. La ceremonia fue en la iglesia de la colonia Las Delicias; la fiesta, en casa de los Chacón; y el banquete, responsabilidad de Carmen. -Mi mamá desde ese momento sintió un gran cariño por él -dice Niña Noy-, y le hizo, como decimos nosotros aquí, su tambache: incluso le preparó pavo para que se lo llevara a San Miguel.
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A partir de entonces, los encuentros entre Monseñor Romero y la familia Chacón se hicieron cada vez más asiduos. Con los años, el padre Romero que conocieron se hizo monseñor -primero así, con minúscula-, el monseñor se convirtió en obispo, el obispo se transformó en arzobispo, y el arzobispo, en Monseñor Romero. Pero para esta familia no hubo cambios radicales en este proceso. La manera de ser de la persona que comenzó a visitarles en 1963 poco difería de la que asesinaron en 1980. En esta casa se conoció al Monseñor Romero menos publicitado: el ser humano que reía y contaba chistes, que veía novelas frente al televisor, que platicaba temas intrascendentes y que disfrutaba las cenas en familia. Platos sencillos, pero preparados con amor. -Todo lo que preparábamos aquí le encantaba, pero la preferencia de él eran los frijolitos volteados -confiesa Niña Elvira. *** Don Foncho era novelero. No le importaba pasar horas mirando novelas de esas de antes, en las que el beso entre los protagonistas se hacía esperar capítulos y capítulos. Y si el patriarca las miraba, ¿cómo no iba a hacerlo el resto de la familia? No pocas veces Monseñor Romero llegó y encontró a todos sentados frente al televisor, y no pocas veces él se integró al grupo con interés. -Y usted -le preguntó Niña Noy en una ocasión-, ¿qué dice? ¿Es bueno o no es bueno ver novelas? -Mire, ustedes vean las novelas si quieren, pero lo que tienen que hacer es tomar lo bueno que hace la gente, no lo malo. Eso es lo que pensaba de las novelas de la década de los 70. Sería interesante conocer su opinión sobre las de ahora, con títulos tan explícitos como Sin tetas no hay paraíso o El cartel de Los Sapos. *** En verdad fue especial aquella misa vespertina del 25 de febrero de 1975. Monseñor Romero era obispo de Santiago de María, pero no se lo pensó dos veces cuando los Chacón le pidieron que se acercara hasta Santa Tecla, fuera de la diócesis, para celebrar la misa de 30 días por Juan Alberto Chacón, uno de sus hijos. Juan había muerto en un accidente de tránsito ocurrido en Venezuela el 23 de enero. Vivía desde hacía años en una ciudad llamada El Tigrito, en el estado de Anzuátegui, y trabajaba en los campos petroleros manejando maquinaria pesada.
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En uno de los viajes se salió de la carretera por no llevarse por delante un carro y perdió la vida. -Era buldocero -dice Ángel, Angelito, el menor de los Chacón. Cuando ocurrió el accidente, él también estaba en Venezuela, a donde lo había llevado su hermano para que probara suerte en tierra ajena. Apenas supieron de la tragedia en El Salvador, la matriarca viajó de urgencia hasta El Tigrito. Tuvieron que velar el cuerpo tres noches, pero llegó a tiempo para despedirlo. Se quedó allá unas semanas más en compañía de Angelito, de la nuera y del nieto. Aún estaba en Venezuela para cuando se celebró aquella misa vespertina del 25 de febrero. La iglesia de Las Delicias acogió la ceremonia, íntima, y luego todos cenaron en la casa frijoles volteados y pollo. A alguien se le ocurrió que a Ángel y a Carmen les haría ilusión recibir un mensaje de aliento de Monseñor Romero, y le propusieron grabarlo en un casete para enviárselo a Venezuela. Se sentó y comenzó a hablar. -Querido Ángel, me han pedido unas palabras para grabártelas y enviártelas. Con mucho gusto. Estamos aquí en la casa de papá, con tus hermanos y… No se despegó de la grabadora durante más de ocho minutos. Habló mucho y bien. Sin guión, sin titubeos, sin silencios incómodos, sin nervios... como si fuera una más de sus homilías. De entre todo lo que dijo aquella lejana noche de 1975 una frase hoy suena visionaria: “Muchos de mis queridos amigos ya difuntos para mí siguen siendo fuente de inspiración, de confianza y hasta en momentos de apuro, yo los invoco y me animan; sé que están conmigo”. Con el pasar del tiempo, él ha terminado convertido ante los ojos de miles en ese amigo querido fuente de inspiración. *** ¡Qué hermosa consideración hace San Agustín!: “La voz es el ruido que llega hasta el oído, pero en esa voz va la palabra, el verbo, una idea”. En esta misma mañana esto está sucediendo aquí, en catedral, y a través de la radio. Escuchan la voz, pero la voz, una vez que deja de emitirse, termina. Es un ruido. Pero queda una palabra, la palabra es la idea. Esta sublime filosofía en el lenguaje de San Juan el Evangelista quiere decir: todos los que predican a Cristo son voz, pero la voz pasa, los predicadores mueren, Juan Bautista desaparece, solo queda la palabra. La palabra queda y este es el gran consuelo del que predica: mi voz desaparecerá pero mi palabra, que es Cristo, quedará en los corazones que lo hayan querido recoger. (Monseñor Romero, homilía del 17 de diciembre de 1978) ***
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Le gustaban los chistes. Los disfrutaba como niño. Tenía incluso su propio repertorio, y este es uno de los que él contó en casa de los Chacón: “En un convento de monjas pasaba que en las noches desaparecía de la refrigeradora toda la comida, y no sabían quién se la llevaba. Cansada de los hurtos, la madre superiora decidió escarmentar a la culpable. Para ello, se cubrió el rostro, se puso unos cachos de un venado en la cabeza y se escondió detrás de una cortina en el cuarto donde estaba la refrigeradora. Así, pensó, la monjita ladrona se daría cuenta de que el diablo mismo era el que la estaba tentando. En la madrugada, cuando llegó la monjita, la madre superiora salió de la cortina con los cachos, se acercó silenciosa, y le dijo al oído: 'Soy el diablo'. La monjita se sobresaltó, pero rápido dio media vuelta y le respondió: 'Ufff, menos mal, pensé que era la madre superiora'”. -Él nos lo contó -dice Niña Elvira con una voz a medio camino entre la alegría y la nostalgia-. Y Monseñor imitaba la voz del diablo: ¡¡¡sooooooy el diaaaaaablo!!! Niña Elvira sonríe risueña, como si en este momento escuchara la voz de un amigo. *** “Tráigale al joven una cebadita, que la pruebe”, dice Niña Elvira a Ana Gladys, la mujer de su sobrino, que atiende en el mostrador a la clientela. La cebada que se prepara y se vende en esta casa es la misma desde hace al menos 40 años, la misma que tenía en Monseñor Romero a uno de sus más entusiastas defensores. Al poco, Ana Gladys se acerca con un vaso metálico lleno de una cebada de color rosa intenso y en la que a simple vista se le aprecia una mayor espesura. Sabe realmente bien. El sabor de la cebada no es lo único por lo que parece no haber pasado el tiempo en este hogar. El sofá, las mesas, las sillas, el armario del fondo y algunos de los cuadros que cuelgan de las paredes son los mismos que estaban cuando llegaba Monseñor Romero. -Fácil que en esta silla en la que estoy también se sentó él -comento. -Sí, seguro -dice Niña Elvira-, ¿quiere un pastelito de piña con la cebada? La casa de las Chacón transpira catolicismo. La sala la preside un gran Corazón de Jesús, y sin importar a qué rincón se mire, uno encuentra cuadros o figuras de la Virgen, de la Última Cena, crucifijos. Los lugares más destacados los ocupan las fotografías en las que aparece Monseñor Romero.
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-Y ustedes -pregunto a las dos-, ¿creen que Monseñor Romero es santo? -Sí -responde con firmeza Niña Noy-, a él se le veía la santidad en su modo de ser, en sus obras, era muy dado a la gente. Usted sabe, no todos los obispos ni todos los sacerdotes son así, porque hay algunos que tienen rencores, que tienen odios. Muchos lo odiaban, pero a él nunca se le oyó decir: fulano de tal es así o así. Nuuuunca. -¿De su santidad se convenció después del o asesinato o en vida? -En vida, en vida. -Cuando él llegaba y se sentaba a comer frijoles volteados o a tomarse una cebada, ¿ya creían estar junto a un santo? -Ajá -interviene Niña Elvira-, es que a él le gustaba lo sencillo. Mire, en Santiago de María él nos preparaba la comida. Sentaba al motorista, sentaba a la sirvienta y todos los empleados comían con él, con su hermana y conmigo también, como seis en la mesa. -Pero yo veo eso y pienso: qué persona tan buena. Pero de ahí a ser santo… -¿Qué más prueba de santidad que su martirio? -retoma la palabra Niña Noy-. Él sabía que de un momento a otro lo iban a matar y no se escondía. Las últimas veces acá vino solo, porque decía que así, si lo mataban por el camino, una sola familia quedaría de luto. En el Vaticano, la Congregación para las Causas de los Santos tiene sobre la mesa la solicitud para la canonización desde 1997, pero en hogares como el de la familia Chacón su santidad no se discute. Es. Preguntarlo es preguntar por una obviedad tan obvia que cuesta responderla, como cuesta responder por qué amanece cada día. Roma está lejos, demasiado, pero en lugares como este no hay dudas. Quizá porque es donde mejor lo conocieron. ***
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Aquel lunes sintió la necesidad impostergable de confesarse. No lo hizo en la mañana, a pesar de que la pasó en la playa en compañía de un grupo de sacerdotes. Del mar regresaron en torno a las 3 de la tarde y, aunque sabía que a las 6 debía oficiar una misa en la capilla del Hospitalito y que la tarde la tenía saturada de compromisos -incluida una visita al otorrino, prefirió apretarlo todo y sacar el tiempo para visitar a su confesor habitual, el jesuita Segundo Azkue. Monseñor Romero hizo venir a su amigo Salvador para que lo llevara desde San Salvador a la residencia de los jesuitas que está junto a la iglesia El Carmen, en pleno centro de Santa Tecla. Raúl Romero, el acólito que terminó casado con Niña Noy, también estaba aquella tarde en El Carmen, acompañado por su hijo mayor. Por las prisas, apenas pudieron intercambiar un saludo antes de despedirse. Pasaban ya las 5 de la tarde. Raúl y su hijo regresaron a casa y comentaron el casual encuentro. -Hemos estado con Monseñor -dijo Raúl a su esposa y a su suegra apenas cruzó la puerta. -Ah, pues cuando está por Santa Tecla siempre viene a cenar -dedujo Carmen. Monseñor Romero nunca avisaba de sus visitas, pero Carmen había aprendido que solía hacerlas coincidir con viajes a Santa Tecla. Sin dudarlo, ordenó preparar la mesa y se puso a cocinar frijoles volteados, a la espera de que en cualquier momento alguien se asomara por la puerta e hiciera la misma pregunta retórica: ¿se puede o no se puede? Oscurecía cuando el teléfono sonó. Niña Elvira respondió. Era Silvia, una cuñada. Le contó lo que acababa de escuchar en la radio. Niña Elvira no terminó de creérselo. Colgó. Al instante apareció en la puerta de la casa René, otro cuñado. Le repitió la misma noticia. Niña Elvira comenzó a llorar. A su llanto se le sumaron poco a poco el de otros familiares, como si fuera un coro. Sobre la vieja mesa de madera, en el lado en el que a él le gustaba sentarse, quedaron unos cubiertos y un plato vacío que esperaba una ración de frijoles volteados.

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Roberto Cuéllar Martínez, BETO El abogado

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Ni Águila ni FAS ni Club Deportivo Santiagüeño, mucho menos Barça o Real Madrid. Ni siquiera la Selecta. A Monseñor Romero no le gustaba el fútbol. Lo veía, palabras suyas, como una actividad que embrutece a los hombres. Con tanto balonazo en la cabeza, bromeó en alguna ocasión, uno se pone más tonto. A Beto Cuéllar, uno de sus más cercanos colaboradores, le apasionaba le apasiona- el fútbol: verlo y aún más practicarlo. Marcó goles para el equipo del Externado de San José y también para el de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Tanta es su pasión que admite sin reparos que no escuchaba las homilías de su jefe porque reservaba la mañana de los domingos para jugar con sus amigos. Esta disparidad de gustos hizo que, salvo en contadísimas ocasiones, nunca se hablara de fútbol entre ellos dos. Una de las excepciones ocurrió en las semanas previas al asesinato. Por su cargo de director de Socorro Jurídico del Arzobispado, Beto también estaba amenazado por los escuadrones de la muerte, pero ni esa circunstancia le impedía calzarse sus tacos y exponerse en un lugar tan vulnerable como una cancha. -No vaya a jugar, Beto -le advirtió en aquella excepción Monseñor Romero. ¿Sabe qué le va a pasar? Que un día le van a pegar un balazo en el estadio, lo van a cazar como a un conejo. Un balazo, le dijo. Ya han transcurrido más de tres décadas desde esa advertencia, pero sigue retumbando con su eco de trágica ironía. *** Es alguien importante: viaja mucho y lejos, su opinión es buscada y valorada, y desayuna seguido entre presidentes y otros mandamases. Beto Cuéllar es la máxima autoridad ejecutiva del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH), una institución con sede central en Costa Rica y oficinas regionales en Colombia y Uruguay. Creado en 1980, el IIDH es una pieza del sistema interamericano de protección de los derechos humanos, junto a la Corte Interamericana de Derechos Humanos y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. En su página electrónica, la IIDH se define como uno de los más importantes centros mundiales de enseñanza e investigación sobre derechos humanos, con énfasis en los pueblos de América. Beto está en Ligas mayores.
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Y sin embargo. -¿Sabe qué es Cuéllar? ¿Sabe dónde queda? -le pregunto, pura curiosidad. -Sí, algo me contó Javier Pérez de Cuéllar. Cuando trabajé con él para estructurar todo el proceso de paz en Centroamérica, él me dijo: mire, nosotros venimos de una región de España que se llama Segovia, y somos pocos en América. Luego supe que en Cuéllar tienen buena carne de chancho, buenos jamones. Un salvadoreño promedio puede enumerar sin problemas tres jugadores del Barça, ha oído hablar de Paris Hilton e incluso sabe el color de los alienígenas de Avatar, pero desconoce que un paisano suyo se sienta con el secretario general de Naciones Unidas para platicar sobre los orígenes de sus apellidos. *** Roberto Cuéllar Martínez nació el 17 de abril de 1952 en San Salvador. Fue el primogénito de una familia acomodada, clase media-alta, propietaria de una amplia casa de dos plantas en la colonia Flor Blanca, a un par de cuadras del estadio homónimo que por aquel entonces era el más grande del país. Hijo de Lidia Margarita Martínez Sandoval y de Roberto Emilio Cuéllar Milla, tuvo cinco hermanos, todos varones y con una peculiaridad: el bautizado como Benjamín no es el menor. -Él iba a ser el último, pero llegaron dos más -dice. Su padre, el doctor Cuéllar Milla, fue uno de los abogados más respetados de su época, fundador del Partido Demócrata Cristiano (PDC) y secretario general de la Universidad de El Salvador (UES). Literalmente sufrió en carne propia la primera ocupación del centro de estudios, la de 1960, durante el Gobierno del teniente coronel José María Lemus. El doctor Cuéllar y Monseñor Romero se conocían, y Beto reconoce en su padre a una de las pocas personas que anticipó que sería un arzobispo que daría de qué hablar. Beto creció pues en un hogar denso, políticamente hablando, y quizá eso también contribuyó a que madurara deprisa. Estudió Derecho en la UES y Psicología en la UCA, y aún no se había licenciado cuando se sumó al
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Socorro Jurídico Cristiano, la plataforma que en marzo de 1977 le permitió entrar en contacto con Monseñor Romero. Los tres años que pasó a su lado lo marcaron de por vida, al punto que hoy, incluso cuando escribe un mensaje navideño, parece que lo hace pensando en él. Se casó joven y tuvo tres hijos. Juan Carlos, el segundo, lo bautizó Monseñor Romero en abril de 1979 en la capilla del Hospital Divina Providencia. -Me tardé bastante -dice Beto-, y Monseñor siempre me reclamaba: ¿cómo es posible que un servidor de la Iglesia no tenga bautizado a su hijo? En alguna ocasión hasta se molestó conmigo. Yo le respondía que la culpa era suya, por hacernos trabajar 30 horas al día. Ocho meses después del asesinato se exilio en México, y cinco años después recaló en Costa Rica, país en el que reside en la actualidad. Marcado a fuego por lo vivido junto a Monseñor Romero, su vida laboral en las tres últimas décadas ha estado casi siempre relacionada con la protección de los derechos humanos. -Pero mire, francamente se lo digo: los tres años más felices de mi vida fueron los que trabajé con él. No han sido los organismos internacionales, con todo respeto para los organismos, ni tampoco andar de arriba abajo con diplomacia, con políticos, con promoción… *** -Lo impresionante de la autopsia fue ver cómo le partían el esternón, porque aquellos eran métodos rudimentarios, sin las motosierras ni el instrumental eléctrico que se utilizan ahora. Con Romero tuvieron que usar una especie de cincel. ¡Pa, pa, pa! -Beto imita el martilleo, como si fuera mimo-, para romper el hueso. Porque lo mataron con una bala del calibre .25, expansiva y explosiva, y el tórax lo tenía lleno de esquirlas, y claro, había que sacarlas e ir colocándolas en un plato. Aquello me impresionó mucho. -¿Lloró? -No, ahí no. Lloré en otro momento, en el entierro, pero en la autopsia no. ***
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Igual que le sucedió a miles de salvadoreños, Reynaldo Cruz Menjívar, un militante demócrata-cristiano, un día desapareció. Sin más. Pero al contrario que le sucedió a miles de esos salvadoreños, Reynaldo Cruz Menjívar un día reapareció. Estuvo más de nueve meses en una cárcel clandestina de la Policía de Hacienda, torturado hasta la saciedad, pero logró fugarse, dicen que porque un familiar sobornó a los custodios. Cuando escapó era un cadáver andante. El examen médico reveló emaciación extrema, facies cadavérica -ojos hundidos, nariz afilada-, serias laceraciones antiguas y recientes en la superficie corporal, abdomen escafoide, marcada palidez de mucosa y tegumentos, lengua saburral, gingivitis hemorrágica, hipersensibilidad en distintas partes del cuerpo, y psiquismo notoriamente alterado. En ese estado se presentó ante Monseñor Romero para suplicar ayuda. -Me impresionó, francamente se lo digo, que fuera el propio Monseñor el que lo trató. No quería que nadie se enterara de que lo tenía escondido en el arzobispado, porque ahí pasó unos pocos días, y él mismo le daba las medicinas -dice Beto, una de las pocas personas a las que confió el secreto. En la tarde-noche del 1 de octubre de 1978 Monseñor Romero les pidió a él y al padre Rafael Moreno que llegaran al arzobispado para que vieran a Cruz Menjívar, lo entrevistaran y plantearan alguna solución. A los días lo llevaron hasta la Embajada de Venezuela. Allí permaneció hasta que se tramitó su asilo político y en diciembre pudo volar a Caracas. El testimonio de las torturas sufridas por Cruz Menjívar en manos de la Policía de Hacienda terminó convertido en un desgarrador libro de denuncia. *** Socorro Jurídico Cristiano nació en agosto de 1975 como una iniciativa adscrita al Externado de San José y bajo la coordinación del sacerdote jesuita Segundo Montes. El planteamiento inicial era simple: prestar asistencia legal gratuita a personas que no tenían cómo pagar un abogado y lograr al mismo tiempo que los jóvenes estudiantes de clases acomodadas se empaparan de la realidad. Trabajaron bajo ese lineamiento durante un año y medio, pero el asesinato del padre Rutilio Grande lo alteró todo. Solo Socorro Jurídico se atrevió a representar a la Iglesia católica y, tras superar sus recelos iniciales ante la inexperiencia de la mayoría de sus integrantes,
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Monseñor Romero terminó no solo aceptando el ofrecimiento, sino que vio tanto potencial en la oficina que a los pocos meses Socorro Jurídico Cristiano se convirtió en Socorro Jurídico del Arzobispado. No fue un simple cambio nominal: el bufete para pobres mutó en un centro de promoción y defensa de los derechos humanos, tanto individuales como colectivos. Beto no tardó en asumir la dirección. Al año, entre las muchas y variadas labores de la oficina, estaba la elaboración semanal de un informe que recopilaba las violaciones e injusticias cometidas por el Estado y también por los grupos armados de todo signo político; ese informe era el insumo principal para el apartado de Hechos de la semana de sus homilías. Instituciones de reconocido prestigio internacional como la Federación Internacional de Derechos Humanos, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el Consejo Mundial de Iglesias, la Comisión Internacional de Juristas o Amnistía Internacional certificaron la labor de Socorro Jurídico. -Es simple -dice Beto-. Romero tuvo en el respeto a la persona humana y en la protección legal de su pueblo dos de sus principales líneas de trabajo y, se lo digo sin jactancia, nosotros le hicimos el trabajo difícil, para que nunca jamás le pudieran reclamar que sus denuncias eran inventos. Él siempre nos decía: identifiquen a los fallecidos con datos precisos, con que haya un solo muerto el caso es contundente. El asesinato frenó el empuje, pero la semilla estaba sembrada. En 1982 surgió Tutela Legal del Arzobispado y en 1985 se creó el Instituto de Derechos Humanos de la UCA. Beto está convencido de que en materia de derechos humanos Monseñor Romero fue un visionario, un pionero, un profeta. Lo reconoce como el primer procurador para la defensa de los Derechos Humanos que tuvo El Salvador… tres lustros antes de que naciera la institución. *** Beto trabajó en Socorro Jurídico desde su fundación hasta que marchó al exilio en noviembre de 1980. Fueron años duros, le tocó ver casi de todo, y me interesa conocer si recuerda algún caso en particular y el porqué. -Pues varios, pero si tengo que elegir uno, el fusilamiento de Apolinario Serrano.
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Pocos llamaban a Polín por su nombre: Apolinario Serrano. Pequeño y enclenque, Polín se convirtió en el secretario general de la Federación de Trabajadores del Campo. El 29 de septiembre de 1979 regresaba junto a otros tres dirigentes de una actividad en el occidente del país cuando su carro fue interceptado en un retén ubicado sobre la carretera Panamericana, en San Juan Opico, justo frente al Cuartel de Caballería de la Fuerza Armada. Acribillaron a los cuatro y sus cuerpos desaparecieron. Polín y Monseñor Romero eran amigos. Se reunían con frecuencia en el Hospitalito y platicaban. Quién sabe si porque los dos eran hombres de campo, pero lo cierto es que congeniaron. -Monseñor Romero nunca perdió esa intuición propia de los campesinos -dice Beto-, sentía cuando la gente le hablaba con sinceridad. Polín se crió en un humilde caserío llamado El Líbano, sobre la carretera que une Aguilares y Suchitoto, y desde niño trabajó en los cañales. De fuertes principios religiosos, se involucró en comunidades eclesiales de base como catequista al mismo tiempo que despertaban sus inquietudes gremiales. Su don de palabra y su carisma lo catapultaron hacia cargos cada vez de mayor importancia, al punto de convertirse en uno de los referentes incuestionables de la más poderosa organización de masas: el Bloque Popular Revolucionario. La masacre generó una ola de protestas y disturbios. A Monseñor Romero le afectó mucho: ordenó a Beto que diera prioridad absoluta al caso y reclamó en persona, y al más alto nivel, que la masacre se esclareciera. La versión oficial hacía aguas. Además de hacer desaparecer los cuerpos, el Gobierno se escudó en que llevaban dos pistolas con las que pretendían atacar el Cuartel de Caballería -donde había unos 300 soldados con fusiles de combate-, y que no atendieron el alto que se les hizo en el retén, pero el carro no presentaba orificios. La presión social creció hasta tal punto que el Gobierno terminó por señalar dónde los habían enterrado. Beto estuvo presente junto a los familiares en la exhumación de los cadáveres, en una fosa común en el cantón Sitio del Niño. Costó dar con ellos, y cuando los hallaron, estaban en avanzado estado de putrefacción
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-Recuerdo que tuvimos que sortear cinco o seis cordones de seguridad -dice-, algo impresionante. Con esa masacre se evidenció la represión brutal del Estado, pero también su debilidad porque, sin pretenderlo, cuatro campesinos pusieron contra las cuerdas a todo el aparato estatal, que los mató, quiso encubrirlo todo y quiso desacreditar a los que tratábamos de saber qué había ocurrido. Por el asesinato de Polín y sus acompañantes tampoco nunca nadie fue juzgado. *** Otro episodio al que un cristiano en esta semana no puede ocultar una mirada crítica cristiana es el asesinato de cuatro dirigentes de la Federación de Trabajadores del Campo: Apolinario Serrano, José López, Patricia Puertas de García y Félix García Grande. Se trata de cuatro dirigentes de lo más querido en el campesinado. […] Acerca de este hecho, en lo personal me afecta bastante por haber conocido bastante a fondo a uno de estos campesinos. Y de veras, fue hombre muy querido, de mucha esperanza para la reivindicación del campesinado. Creo que se ha cometido uno de los errores más graves y de las injusticias que más claman al cielo, ya que le quitan a un pueblo esperanzas y voceros de sus situaciones de opresión. […] Y lo más grave todavía, para mí, es que sea el Ejército el que se hace cómplice de este crimen. (Monseñor Romero, homilía de 7 de octubre de 1979) *** Hoy es un domingo de diciembre y dentro de unas horas Alianza y Firpo se medirán en partido de ida de las semifinales del Torneo Apertura 2010. Sin buscarlo, el fútbol regresa a la conversación en el jardín de la casa familiar, y Beto, con certeros comentarios sobre lo ocurrido en el campeonato, evidencia que incluso desde el extranjero continúa pendiente del fútbol local. Lamenta la desastrosa campaña de su equipo este año. -Mi mamá es de Santa Ana, muy santaneca -dice enérgico-, y por eso nos hicimos del FAS. Hay mucho fastaneco en la familia. Pero tengo un sobrino que es el portero del Atlético Marte y de la selección. Diego Cuéllar. En verdad, pienso, el fútbol le apasiona. ***
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En una ocasión Monseñor Romero y Beto pasaron semanas enteras sin dirigirse la palabra. Ocurrió poco después del golpe de Estado de octubre de 1979, y el detonante fue la propuesta que la Junta Revolucionaria de Gobierno hizo a Monseñor Romero para integrarse en la Comisión Especial Investigadora de Reos y Desaparecidos Políticos. Garantizar la vigencia de los derechos humanos era uno de los lineamientos recogidos en la Proclama de la Fuerza Armada hecha pública el 15 de octubre. Para los integrantes de la primera Junta el interés era más que evidente: ¿qué mejor forma que ganar legitimidad que colocar a Monseñor Romero y su Socorro Jurídico como abanderados de la comisión? Pero Beto no lo vio tan claro. -Yo creía que ya era suficiente el apoyo que había expresado hacia la Junta, pero Monseñor pidió que nos incorporáramos en la comisión. Yo me opuse, le dije que no, no y no, y tuvimos un choque fuerte. Ese día me quería echar a patadas del arzobispado. Monseñor Romero dejó de hablarle. A los pocos días Beto le llevó la renuncia. La tomó entre sus manos pero se quedó callado. Ni siquiera le dijo adiós al salir de su despacho. No se la aceptó. La comisión investigadora fue juramentada con bombo y platillo el 6 de noviembre de 1979. Socorro Jurídico colaboró cuanto pudo, pero formalmente se mantuvo al margen. Encabezada por el prestigioso jurista Roberto Lara Velado, la comisión hizo bien su trabajo y, antes de que terminara el mes de noviembre, presentaron a la Junta un informe premilitar que, entre otras cosas, pedía juzgar a los ex presidentes Arturo Molina y Humberto Romero y sugería indemnizar a las familias de los presos políticos desaparecidos. El informe cayó en saco roto. -Monseñor se percató del fracaso de la comisión cuando se tumbaron ese informe. Un día se me acercó, me agarró del brazo y me dijo: Beto, discúlpeme, tenía usted razón, gracias por proteger a la Iglesia. Superado el bache, la relación entre ambos se tornó aún más cercana. ***
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-¿Por qué las organizaciones populares boicotearon desde el inicio el golpe de Estado? -pregunto. -No sé, francamente no lo sé. Yo nunca entendí eso. Creo que aquella fue una de las pocas oportunidades para instalar un diálogo, para conseguir elecciones. Hubiéramos sido un país adelantado, ¡moderno! Óigame lo que le digo: ¡moderno! Otro Costa Rica. ¡Pero se perdió la oportunidad! Y no hay que echarle la culpa solamente a la clase pudiente, a la clase ultramillonaria. ¡También nosotros tuvimos responsabilidad! Entre todos acorralamos a Romero… -¿No ha platicado de este tema con personas que participaron de ese boicot? -Claro que sí. -Me refiero a personas que desde la izquierda bombardearon e la Junta de Gobierno. -Y que también bombardearon a Romero. Yo era su enlace civil para muchas cosas, y, así como estamos hablando usted y yo ahora, en esa época me reunía con dirigentes de izquierda y algunos me decían: ¡ese cura desgraciado! o ¡ese maldito! N'hombre, les respondía yo, no sean brutos, si es la única carpa de sensatez y de dignidad que queda en este momento. *** Beto almorzó en el Hospitalito el día del asesinato. Llegó porque Monseñor Romero quería platicar con más calma sobre las consecuencias legales que podría tener su llamado del día anterior a la insubordinación de las bases del Ejército. Se presentó pasada la 1 de la tarde, pero le dijeron que Monseñor Romero se había ido a la playa con un grupo de sacerdotes. Para ganar tiempo, aceptó la invitación a comer que le hizo madre Lucita, la superiora, pero se retiró cuando se convenció de que la espera sería por gusto. También había estado en el Hospitalito dos días antes, la noche del 22 de marzo. Acudió, como casi todos los sábados, para planificar la homilía dominical. Resultó una reunión larga y tensa, en la que estaban presentes buena parte de la curia arzobispal y también alguien que no solía dejarse ver en ese tipo de encuentros: Ignacio Ellacuría, el rector de la UCA. Ellacuría estaba realmente molesto, y la suya terminó siendo la voz dominante. Esa misma tarde un operativo combinado del Ejército y la Policía Nacional había allanado el campus de la UCA, acción que se saldó con la muerte de un estudiante.
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-Lo que Ellacuría llegó a contarnos sin duda marcó la reunión -recuerda Beto-. Era la primera vez que la UCA era atacada, y además sin ninguna provocación. Se escucharon sonoros argumentos a favor de que Monseñor Romero subiera el tono de la homilía, que se sumaron a una idea que rondaba en la cabeza del arzobispo desde días atrás: hacer un serio llamado de advertencia a la Junta Revolucionaria de Gobierno. Incluso le había pedido a Beto un informe especial sobre la represión estatal desde enero. Los astros estaban alineados. -Beto, ¿y qué consecuencias puede traer esto? -preguntó. -Monseñor, le mentiría si le dijera que no traerá consecuencias. Incitar a la insubordinación es un delito penado por el Código Militar. La reunión concluyó sin nada en firme. A Monseñor Romero lo dejaron solo en su cuarto para terminar de ordenar sus ideas, pero antes les pidió a todos que por favor asistieran a la basílica del Sagrado Corazón. Cada quien se retiró sin saber qué ocurriría. Al día siguiente dijo lo que creyó que tenía que decir: “Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del Ejército…” Cuando el lunes Monseñor Romero regresó de la playa, y madre Lucita le comentó que Beto había almorzado en el Hospitalito, le telefoneó para disculparse y para pedirle que cenaran juntos, que la plática sobre las consecuencias legales era importante, y que se dejara caer después de una misa que tenía a las 6 de la tarde. Esa cena tampoco se concretó. De hecho, esa llamada fue la última ocasión que habló con él. Cuando volvió a tenerlo delante, Monseñor Romero estaba tirado sobre una camilla de la Policlínica Salvadoreña, tenía los ojos cerrados, un orificio en el pecho, y faltaba poco para que lo abrieran en canal. *** Durante esta época navideña nos saludamos con esperanza, abrigamos buenos propósitos, y deseamos prosperidad para el nuevo año. […] Al desear prosperidad para el futuro, sabemos que en esta época tiene varios significados y sentidos para distintas personas y diferentes grupos humanos.
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Desde nuestra perspectiva de derechos humanos, la prosperidad es mucho más que meras manifestaciones y más que gestos externos. Todavía hay mucha ruina y mucho dolor humano entre las poblaciones migrantes y quienes sufrieron los cataclismos en Haití y en Chile; las devastadoras tormentas, inundaciones y avalanchas en Colombia, en Venezuela y en Centroamérica, durante 2010. La esperanza ha crecido en la región, pero sabemos de las dificultades de cambio entre la gente más pobre y excluida de la prosperidad democrática de hoy. En esta Navidad y antes de Año Nuevo, encendamos una vela con la esperanza de compartir, con otra y muchas más velas, la luz que ilumine la vida y los derechos de la gente durante 2011 entre nuestros pueblos de las Américas. (Mensaje navideño 2010 del director ejecutivo del IIDH) *** -El asesinato fue lo peor que planificaron esos tipos, porque matarlo en una iglesia era santificarlo, como si ahora mataran a Messi en un campo de juego. ¡Lo glorificaron inmediatamente! ¡Lo hicieron mártir automáticamente! -Y usted -pregunto a Roberto Cuéllar-, ¿cree que Monseñor Romero es santo? -Yo creo que es un profeta de los derechos humanos. Monseñor Romero fue el primero, que recuerde yo, que mencionó los derechos humanos de los pobres, no la pobreza que aparece en los Objetivos del Milenio o en otros informes; no, él hablaba de los derechos humanos de los pobres. Pero no sé si fue santo, con todo respeto lo digo, porque no soy el postulador… -Pero usted es católico… -Pero en ese plano no tengo idea. Para mí es un hombre sobresaliente, sobrenatural por su condición de jerarca. Yo no conozco santos, pero tampoco sé de ningún arzobispo que pusiera a favor de los pobres todo su esfuerzo, toda su fuerza y todos sus pensamientos. Nunca he visto algo así, francamente. No sé si eso será ser santo. Siempre me preguntan lo mismo, pero no puedo responderlo. ¿Qué es ser santo? -Hombre, todos tenemos en mente una imagen de lo que puede ser un santo.
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-Sí, en ese imaginario del pueblo ya es santo, pero creo que eso no le calza bien a Monseñor Romero. -¿Es de los que opina que él se hubiera opuesto a tanta bulla? -¡Claro! Si ni siquiera peleó por el Premio Nobel de la Paz, que es una cosa más material y mundana. -Replanteo mi pregunta entonces: ¿le alegraría su beatificación? -Si ocurriera, se haría justicia a la Iglesia del pueblo, porque el pueblo sí lo quiere santo, sí lo estima santo y sí lo tiene como santo. Pero yo no sé qué es eso, francamente. Me cuesta creer que me digan que trabajé tres años con un santo. Si no lo hubiera conocido, quizá diría sin dudarlo que lo es, pero estuve con él, comí con él y nunca vi que levantara en vilo a alguien o cosas por el estilo. -Entonces, el aprecio que usted le tiene es por su papel en defensa de los derechos humanos. -Más que su papel, su rol histórico. Me ha alegrado mucho que el Gobierno de El Salvador, con todo y lo que se le critica en el caso de Monseñor Romero, haya conseguido que Naciones Unidas reconozca el 24 de marzo como el Día Internacional de Derecho a la Verdad. Es un símbolo importantísimo. Lo han colocado en la agenda más alta de los derechos humanos, porque ese día se va a conmemorar en Uganda, en Sudáfrica, en Tailandia, en todo el mundo… En todos esos lugares se recordará a Monseñor Romero.

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Su PUEBLO Y usted, ¿cree que Monseñor Romero es santo?

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¿Acaso no es santo un hombre que luchó igual que Jesús lo hizo en su tiempo? Solo hay que escuchar su historia de vida para convencerse. (Carlos José Salguero, Texistepeque, Santa Ana) *** Por un lado sí lo considero santo, porque fue un siervo de Dios que veló por el bien del pueblo, como hace Dios; pero por otro lado, yo considero que santo solo es Dios. (Yohana Beatriz Meléndez Díaz, cantón San Agustín Abajo, San Ramón, Cuscatlán) *** Sus palabras siguen vigentes en el siglo XXI porque son palabra de Dios. (Héctor Salvador Villeda Vásquez, La Palma, Chalatenango) *** Yo sí creo que es santo porque dio todo por las personas que más lo necesitaban: los pobres. Además, hay testimonios de sus milagros y cuando uno visita su tumba todavía se siente esa paz que transmitía. (Martha Eugenia Portal de Valladares, Soyapango, San Salvador) *** Monseñor Romero fue 100% consecuente con lo que supone ser un sacerdote, e incluso arriesgó su propia vida en los momentos más difíciles de este país, años en los que no se respetaban los derechos humanos. Prefirió estar junto a su pueblo, nunca olvidarlo, y lo pagó con su vida. (Carlos A. Canjura, Jacksonville, Florida, Estados Unidos) *** Es santo porque era una persona de buen corazón y murió por decir la verdad, como Jesús. (Víctor Antonio Hernández, cantón La Virgen, San Cristóbal, Cuscatlán) ***
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Siempre se opuso a las injusticias y luchó por defender siempre a los pobres, sin importarle religiones o partidos. En esa lucha él perdió su vida, pero siempre estará presente entre todos los que creímos y luchamos con él. (Fátima Azucena Zavala Olivar, cantón Lourdes, Colón, La Libertad) *** Solo con el hecho de haber visto a Cristo en los más pobres y en los marginados es suficiente. El que ama a uno de estos me ama a mí, dice el Señor. Romero es uno de los pocos valientes capaces de dar la vida por Cristo. (Carlos Leonel Hernández Rojas, Antigua Guatemala, Guatemala) *** Sí creo que es santo porque entregó su vida por defender a los pobres, para que se les reconocieran sus derechos y se les respetaran. (Esmeralda Sierra Murillo, aldea Laguna Verde, Azacualpa, Santa Bárbara, Honduras) *** En vida sembró amor en la Tierra y murió predicando la justicia y la paz. (María Esperanza Cruz Ayala, Tonacatepeque, San Salvador) *** Sí fue santo, porque trató de imitar a Cristo con sus enseñanzas. Fue humilde, solidario con los más desprotegidos, rechazó la injusticia social, repudió las masacres y criticó a la oligarquía de nuestro país. En su corazón siempre hubo mucho amor para el prójimo, en especial para los más vulnerables. (Mirna Elena Fajardo de Martínez, cantón Zunca, Atiquizaya, Ahuachapán) ***
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Monseñor Romero iluminó a su pueblo a través del evangelio, con un inmenso amor y entrega hacia los más desprotegidos, pero sin dejar de lado a los ricos, a quienes los llamó con amor para que se convirtieran y se salvaran. (José Guadalupe López Vides, cantón San Antonio, El Carmen, Cuscatlán) *** Hay personas que ya han manifestado que Monseñor Romero les ha concedido milagros, y por eso merece ser canonizado. Hay que luchar por eso. (Antonio Josefina Rivera, Quezaltepeque, La Libertad) *** Yo sí creo que es santo porque hizo la voluntad que Dios le encomendó en la Tierra: interceder por la justicia de los inocentes, proteger a los humildes y entregar su vida. (Marcela Trinidad Prieto Rosales, cantón San Francisco El Porfiado, San Luis La Herradura, La Paz) *** Cuando alguien tiene tanto valor para enfrentarse a los opresores es digno de ser llamado santo. En su imagen Jesús pasó por nuestro pueblo, y nunca nadie en nuestro país ha demostrado tanto amor por los demás, especialmente por los más pobres. (Wilfredo Romero Torres, Concepción Batres, Usulután) *** Monseñor vivió una vida de santidad como en su día hizo también Jesucristo. Los dos vivieron al lado de los pobres, sufriendo con ellos para proclamar el reino de Dios. Hoy que está cerca de Dios, sabemos que siempre contaremos con él. (Ana Silvia Inocente Alfaro, Comasagua, La Libertad) ***
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Yo pedí a Monseñor Romero por el regreso de mi esposo a la familia, y me lo concedió. Luego pedí por el regreso de mi hermano, y lo repatriaron desde Estados Unidos. Ahora la familia está unida en el amor. (Medarda Romero de López, cantón Dolores Apulo, Ilopango, San Salvador) *** Dio su vida para salvarnos, y siempre estuvo contra las injusticias que se cometen contra nosotros, los pobres. El ejemplo de amor que nos dejó y su valentía son cosas que solo un santo hace. (Ligia Cecibel Alférez Lovato, cantón San Isidro, Verapaz, San Vicente) *** Yo creo que Monseñor Romero es santo porque siguió los pasos de Nuestro Señor Jesucristo, predicando el evangelio con justicia. (Roberto Arriaga, cantón Los Llanitos, San Fernando, Chalatenango) *** Monseñor vivió los verdaderos principios de amor, humildad, protección y lucha a favor de los pobres. El mundo cambiaría para bien si hubiera más hombres y mujeres como él. Impresiona ver cómo el pueblo salvadoreño y gente de distintos países siguen visitando su cripta. (Rosario Coya Navarro, Ciudad de Panamá, Panamá) *** A mí desde pequeña mi infundieron el amor hacia Monseñor Romero, y sí creo que es un santo. Hace tiempo tuve un grave accidente y lo vi en mi agonía. Yo siento que él intercedió para que no me muriera. (Julia del Carmen García, cantón La Palma, San Martín, San Salvador) *** Dios le dotó de la sabiduría necesaria para luchar por nuestros pueblos, por eso es reconocido no solo en El Salvador, sino en todo el mundo. ¡San Romero de América! (Silvia Cordero Ortega, Mejicanos, San Salvador)
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Creo en la santidad de Monseñor Romero porque él fue una persona que, a pesar de todas las amenazas, siguió siendo una luz de esperanza para todos los que estaban perdiendo su fe en una vida mejor. (Blanca Erlinda Lovo, Nueva Guadalupe, San Miguel) *** La santidad es una potestad dada por Dios a los que hacen su voluntad, y Monseñor Romero dio muestras de su compromiso a todo el pueblo salvadoreño, e incluso más allá, por eso lo llaman San Romero de América. (Roberto Cordero Ortega, Mejicanos, San Salvador) *** Bendito el pastor que da la vida por sus ovejas. (Byron Colmenares, Santa Tecla, La Libertad) *** Su trayectoria de vida nos enseña a ser personas con valor y fuerza, para enfrentar esta vida llena de violencia y crímenes. Gracias a la intercesión de Monseñor yo he tenido muchas bendiciones. (Sonia Vásquez, Santo Domingo de Guzmán, Sonsonate) *** A Monseñor Romero lo considero un ejemplo a seguir por todos los salvadoreños y me gustaría que su memoria se mantuviera viva, pero no estoy de acuerdo en convertir a los seres humanos en santos. (Joaquín Alonso Escobar Umanzor, San Miguel, San Miguel) *** No solo predicó el evangelio, sino que murió por él. Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos. (Roque A. García, cantón Guarjila, Chalatenango, Chalatenango) ***
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Para nosotros, los pobres y desamparados, Monseñor Romero es nuestro profeta, nuestro pastor y nuestro amado santo. Yo tengo fe en Dios en que muy pronto será beatificado. (Rosa Haydee Tobar, Soyapango, San Salvador) *** La vida de un santo está marcada por el sufrimiento y la persecución por el simple hecho de trabajar por la justicia, como lo pasó a Monseñor Romero. (Dina Yamileth Argueta Avelar, cantón Belén, Ciudad Barrios, San Miguel) *** Monseñor Romero es un profeta salvadoreño que alzó la voz del evangelio, al igual que hizo Jesucristo en el templo de Jerusalén ante las autoridades religiosas. Es un verdadero profeta. (José Martínez, Ilobasco, Cabañas) *** Si la palabra santo fuera solo para designar a aquel que no ha cometido pecado, creo que Monseñor no sería santo. Pero sí fue un ejemplo de cómo un cristiano debe seguir los pasos del hijo de Dios. Puso en práctica la caridad, puso en práctica el amor de pastor y, lo más importante, puso en práctica la fe en Dios, y por ello lo mataron. (Mario Alberto Cañas Castro, San José, Costa Rica)

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BIBLIOGRAFÍA Cartas pastorales y discursos de Monseñor Óscar A. Romero. Centro Monseñor Romero (UCA), San Salvador, 2007. Cavada Díez, Miguel: El corazón de Monseñor Romero. Centro Monseñor Romero (UCA), San Salvador, 2010. CULTURA Revista de la Secretaría de Cultura de la Presidencia, San Salvador, 102. Enero/julio 2010. pp. 1-71 De la locura a la esperanza. La guerra de 12 años en El Salvador. Informe de la Comisión de la verdad para El Salvador. Naciones Unidas, San Salvador/Nueva York, 1992/1993. Delgado, Jesús: Óscar A. Romero. Biografía. UCA editores, San Salvador, 1990. Día a día con Monseñor Romero. Meditaciones para todo el año. Publicaciones pastorales del arzobispado, San Salvador, 2000. Díez, Zacarías y Macho Merino, Juan: En Santiago de María me topé con la miseria. Publicaciones pastorales del arzobispado, San Salvador, 1995. Equipo Maíz: Vida de Óscar Romero 1917-1980. Asociación Equipo Maíz, San Salvador, 2006. Informe sobre la situación de los derechos humanos en El Salvador. Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Washington, 1978. Lamet, Pedro Miguel: Juan Pablo II, hombre y Papa. Editorial Espasa, Madrid, 2005. López Vigil, María: Piezas para un retrato. UCA Editores, San Salvador, 1993. Maier, Martin: Monseñor Romero. Maestro de espiritualidad. UCA editores, San Salvador, 2005.

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Majano Ramos, Adolfo A.: Una oportunidad perdida. 16 de octubre de 1979. Índole editores, San Salvador, 2009. Menjívar Ochoa, Rafael: Tiempos de locura. El Salvador 1979-1981. Índole editores y FLACSO, San Salvador, 2008. Morozzo Della Rocca, Roberto: Monseñor Romero.Vida, pasión y muerte en El Salvador. Ediciones Sígueme, Salamanca, España, 2010. Quezada, Rufino Antonio y Martínez, Hugo Roger: 25 años de estudio y lucha. Editorial Universitaria, San Salvador, 2008. Romero Galdámez, Óscar Arnulfo: Monseñor Óscar A. Romero. Su diario. Biblioteca Virtual Universal, Internet, 2003. Simán Jacir, José Jorge: Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez. Un testimonio. Edición propia, San Salvador, 2007. Sobrino, Jon: Monseñor Romero. UCA editores, San Salvador, 1989. VV.AA.: Para que no olvidemos. Yolocamba Solidaridad, San Salvador, 2008.

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Edición realizada en el año dos mil once, en el Trigésimo Primer Aniversario del Martirio de nuestro Profeta y Pastor Monseñor Oscar Arnulfo Romero Galdámez, IV Arzobispo de San Salvador, El Salvador.

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