El jardín de los pecados Alguien me pidió que cubriera mi cara, que así era más seguro para mi y los

míos, que nadie reconocería las ojeras bajo los ojos carentes de brillo, que de igual manera nadie podría notar las cicatrices que cruzan mi cara derivadas de los múltiples enfrentamientos que busqué a lo largo de mi vida. No lo pensé más y tome ese cónico atavío, que solo dejaba a la vista las cuencas vacías donde alguna vez estuvieron mis ojos. Otra persona sugirió que dadas las condiciones famé licas de mi alma, que se reflejaban a pesar de la gula de una vida de excesos, en unas costillas cada día más visibles, cada vez mas grotescas, unos omoplatos que destacaban como alas recortadas en mi espalda, un ombligo pegado al espinazo y unas clavículas que descarnadas dejaron al descubierto a mis temores más preciados; lo mejor, lo recomendable, lo adecuado sería cubrirme con un traje semejante al que usa un monje, pero confeccionado de lágrimas de desesperanza, de dolor. Hubo además quien en aras de asistirme, al verme desvalido, me pidió que calzara unas chanclas que elaboradas con el más duro y correoso de los cueros, hizo que mi piel sintiera, algo que creí ya no poder hacer, pues hace años, muchos años, renuncié a todo lo que fuera vivir en plenitu d, en libertad, en confianza. Un hombre fuerte como un árbol, que de hecho lucía como uno, se acercó y me dijo ³si quieres llegar al final de tu camino, debes cargarme, llevarme el trayecto entero de tu vida´, le creí y lo acomode con cuidado sobre mi homb ro derecho, ese que siempre he sabido es más fuerte Otra persona se acercó y solo lloró conmigo. Ella sabía lo que pasaba, sabía lo que sentía en ese justo instante en que me abrazó. El abrazo fue largo, fue profundo, fue intenso, fue casi maravilloso, a n o ser por que pude ver, pude oler, pude saborear hasta sentirlo en la garganta, el olor que emana de la dama, que según cuenta la leyenda , viene por nosotros al alba. Curiosamente al sentir eso que solo se vive una vez, supe que no era necesario continuar y me solté de ese nudo donde mis huesos se quebraron. Al caer descubrí que mi costado izquierdo era brillante, casi metálico, tenia tres huesos nuevos que me ayudarían a apuntalar mis dudas para ser más fuerte, para ser más yo. Mi sorpresa fue mayor al descubrir que cada una de las creencias generales que alguna vez conocí como pecados capitales, son etiquetas morales que aplican para unos, pero no para todos, que algunos somos tachados de inmorales, de impuros, de indignos, al hacer, al decir, al callar y que hay quienes logran que las peores alucinaciones de un mortal , se conviertan en banales pasiones pasajeras. Es así que decidí continuar este camino, esta ruta de locura y ambición donde los hombres somos bestias y las bestias dioses. Dioses de un camino lleno de cardos y espinas, cuya función es templarnos y al mismo tiempo desgarrarnos las entrañas, para hacer fértil un suelo de lajas de cantera que con todo y chanclas rompe mi piel para hacerme ver cuan invisible soy de todas formas. Juan Carlos Romo y López Guerrero. Junio 23 2011. 18:18