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Jorge Ibargüengoitia - Instrucciones para vivir en México

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Escenas de la vida burocrática

—O exportamos, o nos hundimos —dijo hace algunos meses uno de los funcionarios más
importantes del Gobierno.
Algún tiempo después de haberse hecho esta declaración, un amigo mío que es alfarero,
asistió a una ceremonia en la que un instituto premió la labor de varios artesanos cuyos productos
han "logrado rebasar las fronteras de la patria" y han tenido buena venta y aceptación en el
mercado internacional.

Después de que los humildes artesanos mexicanos Lipchitz, Finkermann y Wilkinson fueron
condecorados no sólo por su inventiva y por su habilidad manual sino también por esa otra
habilidad no menos importante, que es la de eludir actuarios, una serie de funcionarios y expertos
echaron fervorines cívicos en los que se dijeron frases como éstas:
—El señor Presidente tiene mucho interés en...
—El campo está preparado, el mundo espera ansioso los productos salidos de manos

mexicanas...

—Pueden ustedes estar seguros que no haremos mal papel, señores: Podemos competir con la

frente en alto...

Al día siguiente de esta ceremonia, mi amigo, que también es pintor, hizo una antesala que es
parte de un trámite necesario para sacar cuadros del país.
Aunque parezca increíble, cada vez que un pintor mexicano vende un cuadro y tiene que
mandarlo al extranjero, tiene que dejar demostrado a satisfacción de las autoridades que aquello
que está mandando por correo no es ni joya arqueológica, ni es un Cabrera, ni fue pintado por
Diego Rivera. Es un trámite que dura meses.
Afortunadamente no es el único camino para sacar cuadros del país. Hay expertos que

recomiendan lo siguiente:

—Coges tu cuadro, tomas un camión, te vas a Nuevo Laredo, cruzas la frontera con tu cuadro
en la mano, nadie te dice nada, llegas a Laredo, lo aseguras y lo mandas por exprés aéreo a Buenos
Aires o a Berlín.

Mientras el que tiene dinero y ánimos para viajar a la frontera exporta sus obras con toda
rapidez, otros artistas, que no tienen ninguna de estas cosas, están haciendo antesala en alguna
dependencia oficial en espera de que un perito dictamine que la obra que han hecho no es tesoro
nacional y carece de interés y valor artístico, y por consiguiente puede ser exportada.
Yo, aunque no soy artista, tengo una experiencia que aun siendo de menor escala, es
semejante. Compré dos camisas que quería regalarle a un amigo que vive en el extranjero. Las
empaqué muy bien y las llevé a la administración de correos más cercana. Cuando los empleados
vieron la dirección, me anunciaron:
—Tiene usted que ir a Pantaco y solicitar un permiso de exportación.
Regalé las camisas a otro amigo que vive aquí.

¿Así que o exportamos o nos hundimos?
A mí, francamente, los funcionarios públicos me dan mucha lástima. Se pasan la vida
anunciando que ya se va a depurar el Servicio de Asuntos Pendientes, o el Departamento de
Peculados, o que ya se va a resolver el problema de los inspectores balines, sin darse cuenta —o
tratando de pasar por alto— la circunstancia que atrás, por encima y por debajo de ellos, está muy
bien atrincherada, la sacrosanta burocracia, con elementos que explican:

—Escriba usted una carta dirigida al C. Secretario, que diga lo siguiente: El suscrito, fulano de
tal, con todo respeto y esperando no causarle ninguna molestia con la intromisión, ni distraer su
atención de asuntos más importantes, expone... Esta carta debe venir por triplicado, acompañada
de dos retratos tamaño miñón del solicitante, que deben estar firmados en el reverso, con el puño
y la letra del interesado, acta de nacimiento, acta de matrimonio, certificado de buena conducta,
certificado de no adeudo... Presenta usted todos estos documentos en la Oficialía de Partes para
su sello y después pasa usted a la ventanilla 7.
Lo que no explica el empleado es que esta carta, que en jerga burocrática se llama "solicitud
previa", debería llamarse en realidad solicitud de que se permita presentar la solicitud, ni que la
Oficialía de Partes abre de once a dos, mientras que la ventanilla 7, que es donde se hace el
trámite posterior se abre de nueve a once. (28-1-72)

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