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Jorge Ibargüengoitia - Instrucciones para vivir en México

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Madres hay muchas

Durante su larga vida mi madre tuvo que mudarse siete veces de casa. Cada vez ella fue la
encargada de organizar la mudanza y cada vez el movimiento fue de una casa grande a otra más
pequeña.

La recurrencia del fenómeno dejó en ella y en sus hábitos una huella imborrable. Desarrolló,
por ejemplo una tendencia, que casi se puede llamar manía, a tirar cosas en la basura o a
quemarlas. Ella fue quien destruyó la correspondencia completa de sus dos abuelos, su padre y su
marido, en una lumbrera que duró tres días y que dejó seriamente dañados el piso de un corredor
y las ramas de un fresno, ella rompió con sus manos acciones de minas por valor de doscientos mil
pesos fuertes —estaban vencidas—, ella vendió en treinta pesos una colección bastante completa
entraba yo en su cuarto y la encontraba sentada en una silla, con el cesto enfrente, rompiendo
papeles, porque nunca tiró una hora completa en la basura, sino en dieciséis o sesenta y cuatro
pedacitos. Aunque nunca llegó a considerar vicio su inclinación destructiva, en varias ocasiones me
confesó:

—No tienes idea de la satisfacción que me da romper papeles y tirarlos en la basura.
Como es natural, cuando murió, los cajones de su cómoda estaban casi vacíos.

Pero no completamente vacíos. Mi madre conservó hasta su muerte los dibujos que yo hacía
cuando era chico para regalarle cada 10 de mayo.
No eran dibujos hechos especialmente para el día de las madres, ni sobre un tema alusivo a la
fecha —gracias a Dios—, ni especialmente bien hechos. Yo dibujaba con frecuencia al llegar el 10
de mayo, escogía entre mi producción reciente un dibujo que me pareciera mejor que los demás,
le escribía en la esquina inferior derecha “a mi mamá”, ponía la fecha, le agregaba un cuarto de
chocolates de Lady Baltimore y estaba yo del otro lado.
Entre la colección que conservó mi madre está un dibujo hecho copiando un grabado que
aparece en el libro La Guerra de Italia, con el siguiente pie: “Tipo de zuavo del campo Rivarolo con
equipo de campaña”. El zuavo tiene unas barbas que le llegan al pecho, barriga, faja, alfanje y el
equipo de campaña incluye un tanque con diez litros de agua que va sobre la mochila y llega más
alto que el fez.

Otra muestra de amor filial —que corresponde al 10 de mayo de 1940— representa una
batalla napoleónica —en colores— en la que todos los participantes aparecen de perfil, incluyendo
los cadáveres que hay en el piso.

Pero estos regalos corresponden a una época en la que yo le había encontrado el modo al 10 de
mayo. Los primeros años fueron más dolorosos para mi madre y para mí. Por ejemplo, un año tuve
que bailar el jarabe tapatío. Me recuerdo —todavía con un estremecimiento— a mí mismo en un
cuarto verde, frente a unos espejos, probándome pantalones de charro ante la mirada escéptica
de mi madre. La agencia de ropa alquilada ha de haber estado en las calles de Uruguay o de El
Salvador. Mi madre tuvo siempre la idea de que cualquier ropa me quedaba chica y de que había
pocas cosas tan ridículas en el mundo como un hombre vestido de charro. Acabé con unos
pantalones muy raros, con una especie de botones de cobre a los lados, que producían un leve
campanilleo al andar.

El 10 de mayo siguiente fue más satisfactorio, debido a que durante ese año crecí más que los
demás niños y acabé representando el papel de lobo en Los Tres Cochinitos. Tengo la impresión de

que me dejé arrastrar por la actuación, hice cosas que no estaban en el libreto y los tres
cochinitos, por más que se empeñaron, no lograron vencerme. Al terminar la representación, ni mi
propia madre me felicitó.

En un 10 de mayo siniestro una maestra emprendedora se empeñó en que sus alumnos
mostraran su amor filial haciendo objects d’art con papel cartoncillo y engrudo. La experiencia que
adquirí en esos días fue valiosa: sirvió para convencerme de que no había yo nacido para ejercer
ninguna de las artes manuales.
Pasó el tiempo. De un niño redondo, como la familia de mi madre, me convertí en un joven
alargado, como la de mi padre. Un 10 de mayo llevé a mi madre a comer en el Centro Vasco y
después fuimos al cine Alameda. Había un tumulto de “cabecitas blancas”.
—Es la última vez que salimos de en 10 mayo —dijo ella. (10-5-76)

DIEZ DE MAYO

El día más grande del año

Afortunadamente no me tocó ver gran parte de los preparativos: los niños con caras angelicales
llegando a pedirle al papá dinero para comprarle un regalo a la madre, las maestras de escuela
explicándoles a los alumnos la grandeza de la maternidad y el porqué el diez de mayo es uno de
los días más solemnes del año; los preparativos en los salones de clase, los niños sentados frente
al engrudo y las tijeras, los padres retirando dinero de la cuenta de ahorros, los maestros dando
órdenes y diciéndoles a los niños dónde se deben parar el día de la ceremonia; en las trastiendas
de los supermercados envolviendo en celofán, canastas con un melón y dos mangos, otros,
escribiendo el precio (once cincuenta) y otros más, envolviendo la canasta envuelta en celofán, en
papel de china con moños, etc., las horas extras, el embarque de juegos de recámaras estilo Luis
XVI, las madres, limpiándose las lágrimas, conmovidas por el discurso de la directora, las madres
comprando alcachofas para festejarse ellas mismas con un atracón, la llegada de los hijos ausentes
después de un viaje de quince horas, etcétera. De todo esto me salvé.
Ya me imagino a algún lector pensando: “no sé por qué dice esto; ¡tan bonito que es festejar

uno a su madre!”

El caso es que la primera manifestación de la fiesta la presencié el día ocho. Era una mujer, una
madre, embarazada otra vez y de muy mal color, parada en la calle, cerca de la salida de una
escuela, mirando perpleja el regalo que tenía entre las manos. Era una especie de ábaco chino,
pero tengo la sospecha de que el que construyó creía que estaba haciendo un centro de mesa.
El mismo día, más tarde, una madre orgullosa me enseñó el regalo que le había dado su hijo,
era una pala de madera, de las que se usan para amasar mantequilla, sobre cuya parte plana había
sido colocado un espejo. Si no hubiera sido por el color dorado de la pieza y por el ribete de
plástico imitando encaje que tenía el espejo, se podría haber colocado aquel objeto en un museo y
presentarlo como una de las baratijas traídas por los españoles para estafare indios. O bien, podría
haberse presentado como objeto híbrido, es decir, como algo que los indios estafados fabricaban
uniendo un instrumento indígena (la pala de madera) a un instrumento español (el espejo) con el
objeto de estafar chichimecas.
—Este regalo me costó quince pesos —me dijo la que me enseñó el objeto.
Otra madre me mostró una colección de objetos pirograbados que le había regalado su hijo
cada 10 de mayo durante los seis años de la primaria.
—Debe tener una habilidad manual extraordinaria —comenté.
Pero ella me corrigió.
—No. Tenía maestras con pirógrafo.
Y sueldos demasiado bajos, cabría agregar.
Mi suerte y la de mi madre fueron muy diferentes. Mis maestras estaban empeñadas en que
fuera yo, realmente, quien hiciera los regalos de mi madre. Me daban papel cartoncillo, engrudo,
etc. Todo lo que hice salió de mis manos, pasó por las de mi madre e inmediatamente fue a dar a
la basura, con gran satisfacción de ambos.

Para la noche del sábado ya la cosa estaba muy caliente. Habían llegado los hijos ausentes, se
habían puesto en mangas de camisa, servido una copa y encendido el tocadiscos. Las madres han
de haber comentado:
—Por ser Día de las Madres, pónganme una musiquita que me guste.

Muchos hijos se han de haber frustrado. Pero en las casas de dos tocadiscos, la madre se fue al
comedor, seguida por un coro de solteronas, a oír discos de Cuco Sánchez. Mientras tanto, en la
sala, el resto de la familia bailó al compás de los Rolling Stones.
A las once de la noche, hicieron su aparición, en los camellones de las grandes avenidas, cuatro
mil toneladas de flores conservadas en aspirina.
A las cuatro de la mañana del día 10 me despertó un coro de cincuenta borrachos que le
cantaron a una madre y le avisaron a todo el vecindario que ya los pajaritos cantaban y la luna se
había metido. Cosas, ambas, perfectamente falsas. Luego se oyeron los disparos. Cinco balazos.
Hasta este momento no sé qué fue lo que pasó. No sé si alguno de los borrados trató de asesinar a
su padre, si alguno de los vecinos trató de asesinar a los borrachos (espero que lo haya logrado) o
si fue simplemente que la madre disparó tratando de ahuyentar a los amigotes de su hijo. Vino
después un silencio y por último coches que se pusieron en marcha. (12-5-70)

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