Laura Whitcomb

Entre luz y tiniebla

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Laura Whitcomb

Entre luz y tiniebla

ENTRE LUZ Y
TINIEBLA

LAURA WHITCOMB

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Laura Whitcomb

Entre luz y tiniebla

Índice
Argumento.......................................................4 Uno..................................................................5 Dos................................................................15 Tres................................................................26 Cuatro............................................................37 Cinco..............................................................49 Seis................................................................60 Siete..............................................................72 Ocho..............................................................83 Nueve............................................................93 Diez..............................................................110 Once............................................................118 Doce............................................................129 Trece............................................................141 Catorce........................................................158 Quince.........................................................174 Dieciséis......................................................188

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Laura Whitcomb

Entre luz y tiniebla

ARGUMENTO

Alguien me estaba observando, es una sensación perturbadora cuando estás muerta. Pese a no sentir el papel entre los dedos, ni oler la tinta, ni saborear la punta de un lápiz, veía y olía el mundo con la misma claridad que los Vivos. Ellos, en cambio, no me veían como una sombra o un vapor flotante. Para los Vivos, era aire vacío. O eso pensaba...

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Para los Vivos. Pese a no sentir el papel entre los dedos. las ventanas abiertas al campo cubierto de hierba al oeste. ni oler la tinta ni saborear la punta de un lápiz. es una sensación perturbadora cuando estás muerto. Aquel rostro. Ni siquiera mi querido señor Brown podía verme con sus propios ojos. con el rostro vuelto hacia mí. nos encontrábamos en el aula. O eso pensaba. En ese momento estaba garabateando comentarios invisibles en los márgenes de un papel abandonado en la bandeja del señor Brown. pero sí alcanzar las misteriosas curvas de su mente. ~5 ~ . Ellos. Mi visión se redujo hasta que sólo quedó un agujerito en la oscuridad a través del cual observar. No obstante. Como un niño que jugara al escondite. Llevaba tanto tiempo muerta. el señor Brown. no lo hice atemorizada sino sorprendida. tenía los ojos clavados directamente en los míos. Tal vez no pudiera hacerle cosquillas en la oreja. viendo y oyendo el mundo pero sin que nadie me oyera jamás ni me vieran nunca ojos humanos durante todos esos años. Mientras una chica apática leía en voz alta Nicholas Nickleby. en ocasiones el señor Brown me citaba al escribir sus comentarios. Cuando levanté la vista. la televisión que se elevaba por encima del tablón de anuncios como un ojo cerrado. en cambio. la bandera descolorida en el rincón cubierto de polvo de tiza. era aire vacío. Estaba con mi profesor. Y ahí lo vi. veía y oía el mundo con la misma claridad que los Vivos. aunque los estudiantes nunca leían mis palabras. por si acaso me había equivocado al pensar que me habían descubierto. me quedé helada y sentí que la sala me envolvía como una mano que se cerrara.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Uno Alguien me estaba observando... esa caja segura con paredes de madera. Mi reacción infantil fue a la vez desear permanecer oculta y estremecerme ante la perspectiva de ser atrapada. sentí que alguien me observaba. orientado justo hacia mí. el señor Brown fantaseaba sobre cómo había mantenido despierta a su mujer la noche anterior y mi bolígrafo espectral se cernía sobre una palabra mal escrita. y la majestuosa mesa del señor Brown que vigilaba un regimiento de pupitres de alumnos. no me veían como una sombra o un vapor flotante. no me moví. suspendida junto a mis anfitriones. Como de costumbre.

» Los ojos pertenecían a un chico joven muy común. Tenía el rostro tan impasible que pensé que eran imaginaciones mías. No obstante. que había mirado al rincón porque yo había movido un poco la bandera. Cuando eres Luz. pero no mucho. —Dos o tres alumnos contestaron con un gruñido a la amenaza. pero la sucesión de días y noches es el modo en que los Vivos miden sus viajes. un tipo corriente sin sangre en las venas. Cuando eres Luz. El señor Brown regresó en seguida de su sueño de cama. «Debe de ser eso —pensé—. Está leyendo algo que el señor Brown ha escrito. el capítulo que debe estudiar en casa esta noche o la fecha de la próxima prueba. Un suspiro nostálgico ante la belleza de una rosa que no puedes oler puede ahuyentar a una abeja. provocando un chirrido de patas de silla. o haré que la interpretéis vosotros. sólo tus sentimientos pueden emitir una onda tangible al mundo. Aquellos ojos no me siguieron.. Sin embargo.. Dado que aquel grupo de alumnos estaba en primero de bachillerato.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Yo estaba de pie frente a la pizarra. éste podía temblar o balancearse. y al cabo de un segundo estaba mirando de nuevo la pizarra. cerraron los libros de un golpe y se levantaron. Así empezó todo. pálido y aburrido. como la mayoría de los del colegio. la cara del chico seguía impertérrita. y se dirigieron cansados hacia la puerta. es sólo una molesta oscuridad durante varias horas. Sonó el timbre y todos los estudiantes. y me causó una fuerte impresión. Si alguien fuera capaz de verme con sus ojos. Si me movía demasiado rápido y muy cerca de un objeto. Solté un grito y la bandera se revolvió por detrás de mí. incluido el joven pálido. pero la mayoría ya se había ido. Ocurría a menudo. Lo había visto antes y ni me había fijado en él. O una risa silenciosa por una palabra incorrecta puede hacer que a un alumno le pique el brazo debido por un inexplicable escalofrío. Para verme de verdad había que ser extraordinario. Un instante de desengaño cuando tu anfitrión cierra la novela que está leyendo demasiado pronto puede removerle el pelo y hacer que vaya a comprobar en la ventana si hay corriente de aire. Esta es la historia de mi viaje de regreso a los Vivos. y nunca cuando yo quería. Me moví despacio y crucé por detrás de la silla del señor Brown para colocarme en el rincón de la clase junto a la bandera. lo que hace temblar a una flor no es la brisa que provocas al pasar rápido junto a ella. el día y la noche pierden importancia. no sería ese tipo de chico. Los párpados pestañearon despacio. no podía tener más de diecisiete años. al cabo de un instante los ojos volvieron a clavarse en mí. —Mañana traeré una cinta de video —anunció—. No se necesita la noche para descansar. ~6 ~ . ni el roce de la falda lo que provoca que un paño se agite. Iba a ser carne de nuevo durante seis días. Y no os quedéis dormidos mientras la veis. si no física sí mentalmente. Siempre estaba ausente. Cuando eres Luz.

ligera como la bruma. Oda a un ruiseñor. o a la cama conyugal. en el horizonte espeso por las nubes. sino hacia la ventana. mi edad. Lloré a sus pies como una infeliz a punto de ser apedreada que besara el dobladillo de la prenda de Jesucristo. pero por lo menos estaba ahí. bajo su luz. Oí su voz en la oscuridad que leía a Keats. por ejemplo. También me acordaba de haber visto un par de ojos atemorizados mirándome. pero ella no me veía. pero mis brazos no arrugaron los pliegues de su vestido. Tenía un recuerdo claro de todas mis rondas fantasmales. donde el viento hacía vibrar el cristal. y que había logrado escapar. lo recordaba muy bien. pálido pero rosado en las mejillas y en la nariz como si siempre fuera invierno a su alrededor. a mi lado. y los ojos de un verde intenso. no oía mis sollozos. no me miraba a mí. Cuando eres fiel a un anfitrión. ~7 ~ . Era sólida y cálida. apoyándome en las manos. Recordaba mi nombre. con el pulso rápido. Tenía el pelo canoso y lacio recogido en un moño. El dolor. que era una mujer. y tenía los codos delgados. pero la muerte había engullido el resto. Una mano desesperada emergió del diluvio y agarró el dobladillo de su vestido. Sólo sabía que la oscuridad había sido una tortura. La abracé. al abrir los ojos. no hace falta seguir a esa persona de habitación en habitación. La miré: tenía el rostro frágil. una vez muerta. Unas diminutas manchas de tinta salpicaban el chal de color mantequilla. El agua helada me quemaba en la garganta. Recordaba la cabeza de un hombre sobre la almohada. y que sus zapatos tampoco estaban manchados de lodo. pero oí su voz y tendí la mano hacia ella. Yo estaba en lo más profundo del vientre frío y asfixiante de una tumba cuando empezó mi primer deambular. he respetado las normas que mantenían mi castigo al margen. astutos como los de un gato. pero sólo quedaban algunas imágenes de la época anterior a convertirme en Luz. Una cara bonita que no proporcionaba ningún consuelo. Todo era real y lleno de detalles. me escindía las costillas. Desde el instante en que encontré a mi primer anfitrión. pero yo era una sombra. Salí a rastras de la tierra. Nunca seguiría a un anfitrión masculino hasta el lavabo. y un sonido como de aullido demoníaco inundaba mis oídos. y temblé a sus pies. Tal vez no había alcanzado la claridad del cielo. Tardé mucho en percatarme de que no estaba leyendo para mí. y la tapa del librito que tenía entre las manos estaba grabada con la figura de un venado que corría. a salvo. llorosos. fuera hombre o mujer. me agarré a su falda y lloré lágrimas embarradas. Llevaba un vestido negro con los botones mal abrochados. muda como el papel de pared.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla * * * Me quedé avergonzada cerca del señor Brown durante el resto del día. Tenía el pelo rubio y. Recordaba captar una mirada de mis propios ojos en el reflejo de la ventana mientras veía que aquel hombre se marchaba en un caballo negro por la entrada de la granja. Aprendí a sobrevivir desde el principio.

cuando su cuerpo me atravesó. Tenía el porte de una reina y la amabilidad de un ángel. Podía fantasear con que éramos hermanas o amigas íntimas. Sólo sabía que aquella santa era mi salvación del dolor y que sería suya hasta el día de su muerte. Y así la llamé. pájaro inmortal. pero yo seguía siendo su fantasma de visita. tras haber recorrido con ella la carretera que iba hacia el bosque y el camino de vuelta. La Muerte me pidió la mano Por las manchas negras de las yemas de los dedos deduje que lo más probable era que no fueran los primeros versos que escribía en su vida. No sabía si yo la había inspirado. y ese pánico hizo que me abalanzara de nuevo sobre ella. pasó la página. Mi anfitriona se inclinó para recuperar el libro de poemas y. supe qué era yo. Sola en el aire violáceo de su jardín rural. me devolverían de nuevo allí. al tiempo que el pelo y los ojos se le volvían blancos poco a poco. no has nacido para la muerte!» —Cuando leyó en voz alta aquellas palabras conocidas. nos paramos a observar a una mosca que luchaba en una telaraña mientras una araña esperaba en una hoja. no sabía nada del crimen que había cometido ni la duración de mi sentencia. Me asustó aquella mínima sensación indolora. Colocó el volumen con cuidado bajo la lámpara del escritorio y cogió una pluma y papel. A mí me horrorizaba la idea de que apagara la luz al acostarse. pero recé para que así fuera. y ya ~8 ~ . Sentía que mi Santa estaba concibiendo un poema sobre la posibilidad de perdón por parte de la araña. Sumergió la pluma en la tinta y empezó a escribir: Un pretendiente inclinado sobre una rodilla. Una tarde. pero lo que no advertí era que ella había dejado de observarlas y se había marchado hacia casa. Coloqué la cabeza en su regazo como una niña acongojada. pero sí que haría todo lo posible por evitar ser torturada. Tal vez si podía hacer una mínima buena acción me concederían la entrada al cielo. Pero. expectante. —«¡Oh. Tras una veintena de páginas. Me quedé a su lado durante horas. pero no era igual que ella. ayúdame —le supliqué. me deslicé a su alrededor mientras ella escribía cientos de poemas. Yo estaba confinada a su mundo. mi Santa. se le cayó el libro de las manos y me atravesó hasta el suelo.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Por favor. Era una prisionera de permiso del calabozo. temerosa de que si apartaba la vista de ella o intentaba recordar con demasiado empeño cómo acabé en el infierno. mi anfitriona cerró el libro. Ella adoptó una expresión de lo más peculiar. sentí que me desmoronaba y luego volvía a emerger como si estuviera en un columpio infantil. sin poder oírme.

~9 ~ . ni ama de llaves. Un joven que llevaba un año manteniendo correspondencia con ella. pero era demasiado tarde. Yo estaba estiraba en los escalones. esperaba con tal fervor que me llevara con ella al cielo que me acosté en la cama a su lado y escuché su respiración. dando gracias a Dios por dejarme volver con ella. abracé el cuerpo que estaba ahí de pie. Rogué a Dios que me dejara ir con ella. Eché a correr hacia nuestra casa. Sin embargo. con una pluma en una mano y un poema a medio escribir en la otra. Yo no recordaba mi pecado de mi vida anterior. Miró al jardín en la penumbra como si hubiera oído a un intruso en sus rosales. la que pasaba las páginas junto a la chimenea.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla estaba sumergiendo la pluma en la tinta antes de que yo me diera la vuelta y descubriera que no estaba. me encontraba de nuevo en el infierno que había conocido antes de encontrarla. oculta entre los setos en la curva de la carretera. La llamé hasta que se me llenó la boca de agua. y cómo la inspiraba cuando su pluma empezaba a escribir un verso tras otro». al estirar el brazo. «Recuerda cómo he intentado consolarla cuando se sentía sola —rogaba —. Esta vez. el techo del recibidor. noté una esquina y luego una repisa plana. Aquel frío conocido empezó a tirarme de los pies. mi Santa. sin más. Mi amiga. Ni siquiera hubo un instante en que sus ojos verdes se posaran en mí a modo de reconocimiento. mi única compañera en los paseos otoñales. subía abrasándome las piernas. Al principio pensé que debía de ir sólo unos metros por delante de mí. Me deslicé por el aire. Mi única voz en el aire. El último día de mi Santa. se había ido. pero cuando me caí de frente oí un chapoteo y unas varas frías se me introdujeron en los brazos y en el corazón. Regresó el viejo dolor. La tarde se había vuelto tan negra como mi tumba. Mi Santa. Me rescataron los insistentes golpes en la puerta de abajo. con una mano agarrada a su zapato. luego subió por las piernas y me obligó a ir reduciendo el ritmo hasta arrastrarme. a través del suelo del dormitorio. desesperada porque no me arrojaran a la oscuridad de nuevo. Me apoyé en las tablas y me levanté. sentí un zapato. La oscuridad dio paso a la luz cálida. después otra. introduciendo hielo en mi interior. lo que había hecho antes de mi muerte que me había impedido la entrada en el cielo. Intenté hacer lo mismo que la primera vez que oí su voz: extendí los brazos. Dios ni contestó a mi plegaria ni dio explicaciones. pero sólo sentí tablas de madera húmeda. la puerta de madera y. como zapatillas de hielo. Arañándolas. Después de aquello siempre tuve mucho cuidado de permanecer cerca de mis anfitriones. Levanté la mirada y vi a mi Santa de pie en los escalones de madera de su despensa. busqué a tientas su falda. que cantaba o probaba la métrica de un verso en voz alta. pero rezaba para que Dios me dejara compensar mi deuda junto a mi Santa. No comprendí hasta qué punto iba a echarla de menos hasta que se quedó inmóvil como una estatua bajo mi cabeza. primero en los pies. No tenía enfermera. Estábamos en la más absoluta soledad. Aún veía la carretera delante de mí.

pero no obtuve respuesta alguna. había escogido aquel día para hacerle una primera visita. imploré. Lo que me salvó en aquella ocasión fue una voz bastante distinta de las de los primeros anfitriones. viudo y sin hijos. Al final el sonido de cascos de caballos ahogó mis oraciones. «Por favor. monstruos y hechizos. Sentí un escalofrío en el corazón. rompí una misteriosa regla de los fantasmas. Le agarré la mano a mi Caballero y me quedé ahí colgada. pero en el instante en que formulé un deseo. cuando caía el telón.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla elogiando sus versos. Estaba tan cerca de mi Caballero como dos postes de la misma valla. me enamoré de los trajes y la diversión de los actores. Volví a rezar a Dios para que me permitiera acompañarle. Tuve otra llamada cercana del infierno cuando estaba en el teatro con mi Caballero. como si nunca pudiera quitarse la armadura. con el mar invernal hasta las caderas. Lo sujeté con fuerza hasta que supe que estaba con él. Caí a través del suelo y a medio camino hacia mi antigua tumba logré detenerme. a los pies de mi Caballero. Al final. Un dramaturgo que se había roto el brazo se reía con un compañero en la habitación contigua del hospital al repetir la aventura que le había provocado la herida. Y así volví a nacer gracias a un salvador que no era consciente. Sujetaba un ramo de violetas en una mano y miraba decepcionado hacia las ventanas con cortinas. Me vi sentada en la seguridad de su carruaje. Un dolor gélido tiraba de mí desde abajo como si estuviera en el barco oscilante de mi propio féretro flotante. Cerré los ojos. no esas historias encantadas. la corriente me llevó a la cálida alfombra seca. y creo que suavicé sus palabras más de una vez para que sus libros fueran aceptados y siguiera llevando el pan a la mesa. pero sus editores sólo publicaban sus libros sobre las Sagradas Escrituras. a los pies de mi nuevo anfitrión junto a las violetas que él había desechado. Mientras contemplaba a los amantes bajo los focos deseé que uno de ellos fuera mi anfitrión. me percaté de que de nuevo estaba perdiendo a mi único amigo. Mientras estaba en la caja junto a su silla. le llamé mi Caballero porque había acudido en mi ayuda cuando estaba sufriendo. Era escritor. —Luché en el umbral de la puerta del infierno durante el resto del acto. me deshice de la frialdad que ya me estaba consumiendo. mientras mi Caballero se desvanecía en un rincón oscuro de una habitación de hospital. relatos que habría contado a sus seres queridos a la hora de dormir. Abandoné el lecho de mi Caballero. Al final. presioné la cara contra su mano y le rogué a Dios que me dejara tenerle. ~10~ . Quiero a mi Caballero. dejadme tenerle». Había ido con dos amigos a ver una producción de Mucho ruido y pocas nueces. Intenté ser amiga suya. me incliné a través de la pared colindante y rodeé con los brazos a aquel joven estúpido. Escribía historias de caballeros y princesas. Eso lo enfurecía y hacía que caminara con rigidez. —Lo retiro —supliqué—. Después de aquello tuve mucho cuidado con mis deseos.

escribía en la cama hasta las cuatro. Celebraba fiestas en su habitación casi cada noche hasta el amanecer. me complacía decirle ideas al oído dormido. pero nunca encontró un compañero. que estaba invitado al evento. honestidad. así que me aferré al señor Brown cuando fue a despedirse de mi Poeta porque se iba a mudar al oeste para entrar en una universidad a casi cinco mil kilómetros. agarro a mi Dramaturgo cuando caía. Lo guardaba en una caja que antes contenía papel blanco. Mi señor Brown era un estudiante devoto. Se sentaba en un parque o en una mesa de la biblioteca y redactaba un párrafo todos los días. invertía por lo menos una hora al día en trabajar en su libro. Había aprendido bien las normas de mi supervivencia durante aquellas décadas: permanecer cerca del anfitrión o arriesgarse a volver al calabozo. Sus obras hacían reír a la gente. no se parecía en nada a mis primeros dos anfitriones. e intentar ser útil. pero el rostro del señor Brown parecía un verdadero espejo de su alma. Me sentaba a los pies de su cama y recitaba poemas escritos por mi Santa hasta que volvía a conciliar el sueño. disfrutar de cada mínimo placer de una existencia siempre indirecta. Vi con meses de antelación que mi anfitrión iba a irse al cielo sin mí. se despertaba al día siguiente por la mañana y transformaba mis ideas sin pulir en versos dorados. Tenía más de doscientas páginas ~11~ . Me sentí aún más unida a él que a los demás. comía poco y murió muy joven y de forma repentina en una de sus fiestas. se vestía y se dirigía al teatro a trabajar. era más susceptible a mis susurros que el anterior. Mi nuevo anfitrión. asustado por una pesadilla. No creo que notara en absoluto mi presencia. Se enamoró sin ser correspondido de muchos otros caballeros. escribía relatos tan apasionados y escuchaba con tal pureza todos los consejos que lo elegí por anticipado. Le escogí al instante. como Horacio sosteniendo la cabeza de Hamlet con su enorme mano. Cuando se quedaba en blanco antes de terminar un poema. le llamé mi Poeta. Desde que cumplió dieciocho años. pero la única vez que pensaba que influía en algo era ciertas mañanas oscuras. algunos con tendencia a los hombres y otros no. Como Cololeridge en su visión del paraíso restituido.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Este tipo. Yo tenía un vago recuerdo de haber sido engañada por una sonrisa bonita. y una lengua honesta. En parte lo elegí porque tenía buen corazón. Un dulce caballero poeta. En apariencia él y sus amigos se tomaban poco en serio su talento. mi Dramaturgo. y aun así parecía absolutamente inconsciente de sus virtudes. luego salía a cenar y empezaba con la celebración de nuevo. cuando se levantaba tras sólo una hora sueño. Tal vez por eso lo llamé por su nombre. Y de verdad creo que ayudé al señor Brown cuando estaba escribiendo su novela. Bebía demasiado. dormía hasta mediodía. Eso le otorgaba un atractivo especial. Mi Poeta se hizo conferenciante al final de su vida y fue mentor de un chico de diecisiete años llamado Brown.

Así que. Me forcé a no hacer caso de las punzadas que sentía cuando él le hacía cosquillas mientras conducía o cuando ella apoyaba los pies en su regazo durante el desayuno. Quería detenerle.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla escritas con esmero a mano. La intimidad dolía porque no era para mí. Al principio fingí que no me gustaba porque había dejado de trabajar en su novela. Cada página era preciosa como un poema. el escalofrío que sintió él cuando la chica se rió de su broma. Era la historia de unos hermanos que luchaban en oposición al rey en un escenario medieval tan rico y misterioso como Xanadu. aunque ella había parado su escritura sin querer. me daban miedo las sombras y los ruidos fuertes. La mano de ella sobre su brazo al hacerle una pregunta. yo imaginaba largas conversaciones que tendríamos si él pudiera verme y oírme. pero. Quería avisarla de que un hombre puede parecer ideal y luego volverse frío y distante sin razón aparente. al fin y al cabo. las pequeñas excusas que cada uno buscaba para tocar al otro. los dos bebiendo té o paseando por el campo. Descubrí que la mejor manera de ayudarle a desbloquearse en la escritura era colocar yo el dedo en la última palabra que hubiera escrito. Cuando las dudas o los pensamientos de la vida mundana le paralizaban la mano. Y así pasaba mi hora favorita del día con él y su libro. Se vieron en una sala de conferencias y se encontraron en la puerta al salir. Deseaba tanto hablar con él sobre el nombre de un personaje o las motivaciones de otro. La manera en que ella le sonrió. riéndonos juntos de sus brillantes ideas. La inestabilidad se apoderó de mí. hasta que dejó de escribir el día en que conoció a su novia. intentaba agarrarle la pluma para instarle a continuar. Me avergüenza decir que sentí celos cuando esa chica entró en su vida. así que habría sido un pecado desanimarlo con susurros al oído. pero intenté quererla como si fuera mi hija. Ninguno de mis anfitriones había vivido con un amante. y. de quien se estaba enamorando era del señor Brown. la dejé en paz. Se casaron cuando él tenía veintitrés años y ella veintiuno. pero aún iba por el capítulo cinco. La situación trasmitía un exceso de confianza incómodo. Yo era del señor Brown y él era mío. pero sabía que no era la única razón. sin duda le estaba haciendo feliz. porque me aterrorizaba el dolor. Me sentía más sola de lo que jamás me había sentido con ningún anfitrión. Cuando él dormía. ~12~ . Eso siempre hacía que volviera la pluma al papel y la sonrisa a sus labios. aprendí a seguirlos a distancia cuando estaban juntos. porque quería al señor Brown. No había ninguna característica en ella de la que me pudiera quejar.. Mentiría si dijera que no valía la pena correr el riesgo. eso jamás sucedería. Por supuesto. pero. de una frase que describía un río y una palabra que dibujaba los ojos de un hombre moribundo. pero sólo lograba atravesarlo con los dedos. ni como él era suyo. Yo me sentaba a su lado o caminaba a su alrededor y le observaba mientras pensaba.. pero no del mismo modo que ella era suya. la rodilla de él que rozaba la suya mientras lomaban un café en la diminuta mesa de un bar tan ruidoso que se fueron a dar un paseo.

Inspirada por aquel regalo. y luego. casi se deslizaba. un álbum de fotografías de la señora Brown cuando era un bebé. uno por uno. ni siquiera una mota de polvo en el suelo. ~13~ . Permanecí tranquila para que nada. Me imaginé ante aquel joven que parecía verme. Al siguiente día de clase. como si me contemplaran desnuda cuando sé que estoy vestida. No podía mirarles de lo cobarde que era. ¿Cómo lo hacía? ¿Me había elegido de algún modo? Aquello me provocaba dos sensaciones fuertes y en apariencia contradictorias. como la vid que gira hacia la luz del sol con un vivo deseo lento pero resuelto. pudiera moverse por mi presencia. en el medio. la metió en el maletín y fuimos al trabajo una hora antes. y al mismo tiempo nada me atraía más. Me quedé quieta como el mármol en el rincón más alejado entre el marco de la ventana y la puerta del armario. y él la había escogido a ella. arrastrando los pies. apreciar el tiempo que pasaba con el señor Brown cuando estaba trabajando. Vi entrar a los alumnos. El señor Brown sacó su vieja caja destrozada. Las cumplí. entrar en el dormitorio sólo cuando estuviera en silencio. Nada me resultaba más inquietante. hacia el pupitre en el que siempre se sentaba. Quería saber si el chico me veía y no tener que preguntarme si estaba mirando a través de mí un mapa del mundo o una lección de gramática. La otra era una sensación casi indescriptible de atracción. hasta que llegó un paquete de su abuelo. el señor Brown invierte una hora al día. intenté acercarme a su esposa susurrándole recetas al oído mientras horneaba galletas o un pastel. Los tirabuzones a la altura de la oreja y sus manitas regordetas se filtraban en mí como aguanieve. cuando el mismo grupo de estudiantes entró en el aula del señor Brown. antes de que lleguen los primeros estudiantes. examinaba una luna creciente que pendía torcida en un cielo de color ciruela y pensaba en cómo sería que me vieran de verdad. entre empujones y risas. cerca de la pared trasera. Un ser humano me había visto. Una era el miedo a ser vista por un mortal. Durante hace más de un año ya. escuchando música individual con cables en los oídos. Yo no era su madre. por fin. saber si realmente era ese extraño humano que veía lo que los demás no podían.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Aprendí las nuevas reglas de supervivencia. me quedé a propósito en el rincón trasero de la sala. Salir de la habitación cuando se besaban. Quería volver a verlo. que se dirigía. y un día obtuve mi recompensa. en trabajar en su novela conmigo a su lado. Yo había elegido al señor Brown. el chico del rostro pálido. Sentada en el tejado en pendiente de la casita del señor Brown mientras él y su mujer dormían y soñaban abajo. dejándole mirar todo el tiempo que quisiera. * * * Ahora temía que las reglas de mi mundo estuvieran cambiando de nuevo. Pensaba que estaba siendo tan amable como su propia madre.

Me sentía humillada. llevaba la camisa blanca con las mangas subidas. sin mirar atrás y provoqué que un montón de papeles cayera revoloteando de la primera fila de pupitres. ~14~ . pero tal vez ese chico fuera una especie de vidente. una vez más pese a haber deseado que sucediera. Nunca había visto a nadie como yo. Se sentó de nuevo y fingió leer la página. Yo estaba desconcertada. Él no podía ser como yo. Entonces se movió. ¿Cómo se atrevía ese deshollinador a hacer añicos mi intimidad con semejante naturalidad y de forma tan brutal? Lo peor fue que en ese momento en que me sonrió. y. Esperé. Era como si me hubiera robado algo. sin saber por qué. me parecía imposible. Luz. Nunca había creído de verdad en los médiums. volvió la cabeza y miró hacia el rincón donde yo estaba. me lo decía el instinto. ahora también estaba enfadada. No parecía tener interés alguno en compartir su conocimiento de mi presencia con sus compañeros de clase ni con el señor Brown. Estaba segura de que fue intencionado. se le salían las largas piernas con vaqueros al pasillo. Pareció vivo y sano por primera vez. Nuestras miradas se cruzaron por un instante. pensé. «¿Cómo puede estar ocurriendo?». Cuando se sentó y se inclinó para recogerlo del suelo. El ruido se fue apagando. salí con brusquedad de la sala. Dejó que el papel que acababan de pasarle se le cayera del escritorio a propósito. se sonrojó. y sonrió. pese a que aún estaba nerviosa y sentía una gran deseo por él. como los demás. El chico estaba sentado reclinado en la silla. No tenía sentido.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla No me moví ni un centímetro y esperé. los murmullos cesaron cuando el señor Brown empezó a hablar. los faldones fuera y la bolsa de libros de color verde oscuro debajo de la silla.

Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Dos Quería estar lejos de todo.. la amenaza de una lágrima en mi universo. fui directa tras él y hablé. No me miró. me pareció que había pasado un año. El camino se bifurcó entre los edificios de la escuela. No tuve fuerzas para contenerme. hacia el edificio de administración. junto al tronco del árbol a menos de cinco metros de la puerta. pero no lo hizo: se paró. caminando.. Para mi sorpresa. ¿Qué esperaba? —¿Y me ves? ~15~ . Sentí un tirón desagradable. con la bolsa al hombro y el pelo caído sobre la frente a un lado. Me quedé cerca del aula. y lo seguí. con los ojos aún clavados en el suelo y. Sonrió. ¿no? Me sobresalté. Cuando por fin se abrió la puerta. El joven caminaba solo. Me había esforzado tanto en ser la observadora satisfecha. Una emoción inexplicable se apoderó de mi corazón. cabizbajo. apenas a diez centímetros de él. y los chicos y chicas alborotados salieron en tropel de la clase y recorrieron el camino hacía otros edificios. Me molestó que el chico se agachara entre la cafetería y el gimnasio. Era mi Conocido tirando de mí hacia un lado y mi Misterio tirando del otro. Solo me sentía confusa. a la espera. Me detuve al ver que se dirigía a un lugar sin salida. reanudó la marcha. Se paró cuando estuvo todo lo cerca del tronco que permitía el camino. pero a quince centímetros de mí. y se quedó ahí quieto. sentía al señor Brown detrás de nosotros. Lo seguí. donde había un pequeño espacio apartado para los cubos de latas y botellas de reciclaje. y ahora estaba esa persona que me vigilaba.. —¿Me oyes? —Tengo oídos. como hacía a menudo en aquel momento del día. tras un momento de rubor. Al final apareció él. y deje que el señor Brown siguiera con su camino solo. Mientras lo seguía. Me asombraba la idea de que tal vez fuera a atravesar el muro.. pero era mentira. Se rompió un hilo. hacia mi árbol. pero no me hacía gracia. me escondí tras el tronco.

Él estaba radiante y relajado. mientras miraba la pila para pájaros vacía en el minúsculo patio trasero. —¿Por qué me ves? —susurré. —Miré alrededor. provocando en ella los mismos sonidos que surgían de la ventana de la cocina. y al volver encontró a su mujer en la cocina haciendo café sin más ropa que una de sus camisetas raídas. Sonrió. Sentía un cosquilleó en el centro. —No me hables. —¡No! —Tenía ganas de regañarle. excepto cuando estaba en la cama o en el lavabo. Empecé a sentir un profundo dolor en las articulaciones de los huesos. Parecía bastante preocupado.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Él seguía con la cabeza baja. Enseguida me arrepentí. los ojos del chico trasmitían tal empatía que no pude soportarlo. como si mi señor Brown estuviera saliéndose del alcance. Ahora me avergüenza contar la historia de lo mucho que me asustaba que alguien me hablara. Su felicidad era tan irritante. Aquella mañana deseé que la ~16~ . pero no había nadie más. aún húmedo de la ducha precipitada.. Cuando me di la vuelta. —¿Qué eres tú? —¿No querrás decir quién soy? —Giró el cuerpo con cuidado hacia mí. Al día siguiente estuve pegada al señor Brown. Empujé a través del frío y huí corriendo como un niño asustado por un búho de noche. leyendo por encima del hombro de los alumnos. Sentí un miedo gélido deslizarse por la garganta. Se dio cuenta de que disponía de algo de tiempo que pasar con ella una de las sillas de la cocina sin reposabrazos. convencida sin saber por qué de que me veían todos los mortales. contando los minutos. Estaba hirviendo de la frustración. —Por supuesto. Sin embargo. Retrocedí un paso. pero me lo imaginé con una chica. cuando el señor Brown nos llevó al colegio. Al día siguiente por la mañana. —Ya no sonreía. No quería. cuando daba esa clase me quedaba en la diminuta biblioteca escolar. No pude evitarlo. el señor Brown se levantó pronto para ir a correr. así que decidí trasladarme al jardín. Sólo tendría media hora para escribir. Todo rastro de modales había desaparecido por el susto. ya que me invadieron unos celos terribles y ardientes. Cualquier otro día me habría molestado que no tuviéramos una hora entera de escritura antes de la primera clase del día. recordarle que no nos habían presentado como era debido. me pregunté qué estaba haciendo en aquel momento el que se había dirigido a mí. y al parecer se compadeciera de mí. giró despacio los hombros y me observó por debajo de un mechón de pelo castaño. «pobre fantasma». —No tengas miedo. pero entonces. incluso sentía un poco de rabia. Oía el gemido de Hamlet..

Sólo una ardilla y un jardinero con un rastrillo. Entonces mi mente dio un vuelco. No podía estar quieta. pero no se materializó. Estaba consternada. Aparté la mirada. cerca de la pared trasera. dejó de prestarme atención. Miré su pupitre. de pie junto a su mesa vacía. —Llega bastante tarde. Sentí que se estremecía todo mi ser. con las mejillas sonrosadas. Pensé que lo hacía a propósito. en el medio. Aún oía sus gemidos de placer. pero detrás de la bandera. Sonó el timbre. ~17~ . Un grupo de chicos vestidos de gris corría por la hierba. no tenía un abanico para taparme la cara ni manera de ocultar mis sentimientos. pero no el que yo quería. El señor Brown escribió una serie de números de páginas en la pizarra. se rieron y sacaron los libros de las bolsas. sino con toda delicadeza. Daban a las pistas de juego. El señor Brown empezó a hablar. o tal vez fuera la mente del señor Brown que se distraía al conducir. escudriñando el camino en ambas direcciones. ¿Qué podía ser peor que esconderse y no saber? Aquella tarde me quedé en el aula. vi que estaba sentado con el libro abierto ante él y una hoja de papel encima. Volví a cruzar y miré de nuevo por la puerta abierta. a él. Me estaba observando cuando se encontraron nuestras miradas. No lo aceptaba. retrocedí despacio hasta la bandera y me calmé. y por fin los chicos y chicas empezaron a entrar. señor Blake —dijo el señor Brown—. Volví a ponerme delante del señor Brown y esta vez fui hasta las ventanas al otro lado de la sala. y dejó la bolsa de libros en el suelo. Creo que no me hubiera visto abrumada por la vergüenza si él no pareciera tan desconcertado. no con mala intención. por lo menos un tiempo. de visita con su familia. Estaba desesperada por él. Pasados unos instantes. cualquier cosa. pero tampoco estaba ahí. Quizá fuera por verme buscándole.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla señora Brown estuviera muy lejos. los alumnos susurraron. Se sentó. me parecía más seguro. y asintió levemente. Estaba al borde del pánico cuando volví hacia la clase y lo vi. educado. pero el que me había hablado no era uno de ellos. con un codo apoyado en la ventana y el viento soplándole en el pelo. Debía de haber entrado cuando yo estaba en la ventana. Me coloqué delante del señor Brown y me quedé en la puerta abierta. Quería que todas las cabezas despeinadas que atravesaban la puerta fueran la suya. que me estaba castigando por alejarme. pero lejos. y él lo veía. aunque lo que descubriera fuera espantoso o aterrador. Y cuando me puse nerviosa por la duración de nuestra mirada. me lo imaginé. nada más. y el que me había visto aún no estaba. Pasó la sombra de un pájaro. ni sentado en los bancos ni de pie en la fuente. entraron una docena de chicos uno tras otro. en todo mi ser. Miré más allá de la pista al asfalto justo al otro lado de la valla. Necesitaba hablar con el que me había visto. casi una reverencia. Aquello me dio el valor para moverme despacio por la pared de las ventanas hasta que me paré en una mesa vacía al lado de la suya. Me miraba por el rabillo del ojo. Dese prisa.

fingió escuchar al señor Brown. entregó una nota al señor Brown y se dirigió hacia nosotros. Estoy deseando volver a hablar contigo». Volvió a escribir en el papel. Al llegar a los cubos de reciclaje donde paramos el día anterior. me hizo gracia. Alguien estaba deseando hablar conmigo. Sin embargo. El seguía con la vista fija al frente. No podía quitarle la vista de encima. Él movió la silla. y luego mi querido protector me lanzó una mirada. —¿Cómo te llamas? —dijo. —Me estaba escondiendo de ti —confesé al final. La cubierta de papel marrón de su libro de inglés estaba repleta de dibujitos de lo que parecían ser animales mitológicos. pero el seguía con la vista fija en la pizarra. por el camino. cerró despacio el libro. Yo no se mentir: el hecho de que no hablara ni escribiera como los demás alumnos de la clase me intrigaba. Cuando sonó el timbre. Recorrió el lateral de la biblioteca y de pronto paro y entró en una cabina de teléfono junto a la máquina expendedora con una reja. pero él era real. yo contemplaba mi oasis. Y. Seré tu amigo». Me sobresalté cuando la chica que normalmente se sentaba en el escritorio que yo ocupaba llegó tarde. Todo mi ser temblaba a la espera de que deslizara la hoja hacia mí. sin girar la cabeza. La cabina era de las antiguas. Se detuvo sólo un instante y luego reanudó la marcha. lo admito. y me guiñó el ojo. Pensé en retirarme hacia la bandera. Me gustó que al parecer no hiciera caso de la chica que ahora estaba sentada al otro lado del pasillo. Lo seguí de cerca por el pasillo. Dejó caer la bolsa a sus pies y me miró a los ojos mientras descolgaba el auricular. no tengas miedo. había un chico y una chica. Con un gesto de la cabeza me hizo una seña. Lo observé. Como un errante en el desierto atemorizado por los espejismos. Miré al otro lado del pasillo y vi que había escrito las palabras «¿Dónde estabas?» Por muy indecoroso que fuera. El tiró del papel hacia atrás y escribió de nuevo. ~18~ . y esta vez dejó que el folio colgara del borde de la mesa como una pancarta para que yo pudiera verla sin problemas. charlando cogidos de la mano. ¿Cómo debo llamarte? —preguntó. Decía: «Por favor. me sentí un poco halagada. Decía: «Sígueme después de clase.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Con el cabo de un lápiz escribió algo en el papel que tenía encima del libro y me lo acercó unos centímetros. Corrí a colocarme contra la pared y vi que el chico metía el papel en el que había escrito entre las páginas del libro. Los demás alumnos ya se habían colgado las bolsas en la espalda y estaban emigrando hacia la puerta. El joven recogió sus pertenencias y dio media vuelta hacia mí. de las que parecían un ataúd de vidrio en vertical. Yo estaba sin aliento—. me ponía nerviosa que hubiera algo tangible que hiciera referencia a mí. hasta la puerta.

añadió—: En el espíritu. Miró alrededor para ver si alguien estaba escuchando a escondidas. Señorita Helen. bueno. —Señor Blake —dije yo. —Ochenta y cinco años. ~19~ . —Sólo he tomado prestado este cuerpo. ¿por qué te escondías de mí ayer? —No sé por qué. —¿A qué edad moriste? —Lo quería saber todo sobre él. me sentía tan perdida. mientras él me miraba a los ojos y yo. no lo estés. —En realidad. Me llamo James. —¿Cuanto tiempo llevas muerto?—pregunté. apenas podía hablar. distraído. —Helen —contesté. —A los veintinueve. —¿Cómo es que me ves? Tenía ganas de echarme a llorar. —Cuando alguien pasó junto a la cabina. que cerró la puerta corrediza. —Es imposible. si me permites la pregunta. —¿Eres Luz? —No podía creerlo. por el modo de moverse entre los Vivos como si fuera uno de ellos. Estaba atónita. no. Parecía muy listo. —Por favor. —Adoptó mi término enseguida—. —Soy como tú —contestó. había dejado que se deslizara por el pecho—. —Luz. Luego se puso contra el rincón de aquel reducido espacio y me hizo un gesto con la otra mano para invitarme a entrar en la cabina de vidrio.. No te veía antes de estar en un cuerpo. —Helen —dijo. sino que hacía mucho tiempo que nadie me lo preguntaba. estaba asustada. pero me dirigí hacia él. Se produjo un silencio tan incómodo.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla No era que se me hubiera olvidado. pero sonreía—. Él sonrió por un maravilloso instante. «gracias a Dios que me ves».. Hasta entonces no me di cuenta de que ahora podía hablar sin que le oyeran los demás. volvió a colocarse el teléfono en la oreja porque. ¿Aún estás ahí? —dijo al teléfono. Al ver que yo me limitaba a parpadear. Sí.

aunque hubiera muerto a los ciento nueve años.. Volvió a dejarme sin habla. aparentaría diecisiete en el cuerpo de Billy. —Señor Blake.. ¿Por qué. —Mejor que yo lo poseyera que. —¿Entonces hay otros como yo? —pregunté. —dudé—. ¿Cómo te adueñaste del cuerpo del señor Blake? —Él lo desalojó —contestó James—. Eso eran dos semanas. —Por favor —dijo. ¿verdad? Me llamo Deardon.. —Suena mal —dije—. Lo abandonó. —James había dejado que el teléfono se deslizara de nuevo. Su espíritu eligió irse. Había algo en él que me desarmaba continuamente. porque me miraba a la cara con gran interés. El cuerpo de Billy estaba tan enfermo que estuve en cama una semana. de todos modos algo maligno podría abordarlo. Me llevé la mano a la oreja. —La palabra sonaba extraña—. Era realmente exasperante. —Parecía emocionado por contarme su extraña aventura. —¿Que qué? —Bueno.. —¿Cuánto tiempo llevas ahí dentro? —Desde el nueve de septiembre. pero el barco aún valía para navegar.? —Me detuve—. —No —respondió—. que ir a la deriva. en mente y alma. —James. pero ninguno como tú. Como un robo. —Ahora parecía avergonzado. —¿Entonces por qué no me viste hasta el lunes? —Fue mi primer día de regreso —dijo James—. la tripulación abandonó la nave. aún fascinado por su propia suerte—. Tal vez me sonroje. si era posible.. La idea de que yo pudiera ser normal para él me producía un dolor inexplicable.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Olvidaba que. Es difícil de explicar. —Cuando su espíritu abandonó su cuerpo. como una casa vacía con la puerta abierta. pero sería un crimen que no me llamaras James. Algo en mi rostro lo había ruborizado. —¿Qué le pasaba? ~20~ . ¿por qué no murió? —Su cuerpo no murió —respondió. —Una espeluznante historia sin desvelar pasó como un destello tras sus ojos otoñales. él sonrió y volvió a levantar el auricular... No te llamas así. Ahora que estoy en un cuerpo humano. veo otros espíritus.. En vez de que el barco se hundiera con la tripulación a bordo.

Parecía hueco. Todo se estaba volviendo igual de curioso que en el País de las Maravillas. ~21~ . con el hombro hizo vibrar la puerta de cristal—. —¿Pero cómo sabías que estaba vacío? —Muchos alumnos de la clase del señor Brown parecían mortalmente aburridos. Yo estaba sujeto a mi lugar fantasmal. Así que aquella tarde lo seguí hasta casa. más exigente de lo que —Lo veía casi todos los días. fue para no volver. Como cuando te pones una concha de mar en la oreja. —Se quedó pensativo un momento—. Y los cuerpos vacíos emiten una ligerísima vibración. Otros días lo había visto entrar y salir de su carne cuando se introducía veneno en la sangre. —James respiró hondo al recordar. Dudo que alguien que no fuera Luz pudiera oírlo. me sentía responsable del chico porque veía que tenía problemas. —¿Un tañido? ¿Como una campana? —No. James vio que un estudiante daba un golpe en la cabina al pasar. Sabía que algo le pasaba al chico.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Al parecer a James le sabía mal contármelo. —Fue por cómo resonó su cuerpo cuando lo abandonó. Sentí que un escalofrío me encogía el corazón. tomó pastillas. —¿Por qué yo he pasado más años que tú y tú sabes todas esas cosas que yo no sé? James se echó a reír. Sin embargo. No estaba seguro de lo que significaba. pero no podía avisar a nadie. pero estaba vivo. no era Luz —dijo James—. como el viento puede soplar por el canalón del tejado y hacer que la cañería ulule como un búho. que a veces sonaba vacío. cuando su espíritu abandonó su cuerpo. pero ahora veo el mundo con claridad. Aquel día. —Me di cuenta de que sonaba a hueco. tomar pastillas o fumar. —Es por volver a ocupar un cuerpo —contestó—. Su espíritu parecía irse a dormir una o dos horas y el empezaba a sonar vacío. —¿Cómo encontraste este cuerpo? —Sonó pretendía. como la viga de una casa. —Tomó tantas drogas que estuvo a punto de morir. esnifó cocaína e incluso inhaló gases de una bolsa. Antes veía a través de un cristal siluetas. Venía al lugar que yo rondaba como fantasma a esconderse de sus amigos. Fue una especie de tañido. Los cuerpos que contienen almas son sólidos. —¿Oíste al chico ulular? —Estaba convencida de que me estaba tomando el pelo. aquel día se encerró en su cuarto.

—¿Dónde está tu lugar encantado? —Cuanto más oía. de lo enfermo que estaba el cuerpo. si rondabas por su casa. Él sacudió la cabeza como si nunca fuera a estar dispuesto a describir algo así a una señorita. Pero cada día recuerdo más cosas. pero aun así parecían irreales. he recordado algunas cosas. Fue horrible. Ahora estamos bien. ni siquiera abrir los ojos ni moverme. más quería saber. los estudiantes y el profesorado se habían desplazado a los aparcamientos. Yo estaba fascinada con sus aventuras. algo maléfico — continuó James—. El problema era que yo no le daba miedo. —¿Recuerdas tu muerte? —Todavía no —contestó—. —Fuimos a la sala de emergencias. —No fue tan grave —dijo—. Pero desde que vuelvo a estar en un cuerpo. —¿Qué ocurrió? —dije yo. Antes había una casa de dos plantas. —Pero al principio debías de estar con tu familia. —¿Tienes algún recuerdo de Billy? —le pregunté. pero su espíritu no volvía. Allí nací. —¿El malvado que intentó atrapar a Billy tenía aspecto de persona o de criatura? —Tal vez había leído demasiado sobre la Tierra Media por encima del hombro del señor Brown. El malvado no se amedrentó hasta que llegó el hermano de Billy y llamó a una ambulancia. Mitch hizo un agujero de un puñetazo en la pared de la sala de espera. —No. —Es un parque a unos kilómetros de aquí. y yo me quedé en el cuerpo de Billy mientras le extraían el veneno.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Lo observé durante siete horas —dijo James. y eso hace que la vida en un cuerpo desconocido sea bastante complicada. así que me metí en su interior e intenté ahuyentar el mal. Se me estaba acabando el tiempo antes de tener que irme con el señor Brown. No lograba apartarlo. Intenté despertarlo. Los caminos fuera de la cabina se tranquilizaron. No sé por qué. —¿Entonces recuerdas tu vida como James Deardon? —Cuando era Luz en absoluto —contestó—. pero consideraba importante conocer la forma del enemigo. Yo debía de estar aterrorizada. ~22~ . —Sonaba como si la historia hubiera terminado. Entonces desapareció. —Entonces sentí que algo malo tiraba del cuerpo.

— Algunas personas leen en el parque —dijo—. Cuando era pequeño. Dolía demasiado. —Lo mío se parece más a una luz que quema y un viento cortante. Nos miramos a los ojos y nos imaginamos el infierno del otro. —Ahora ya está. tenía un caballito de madera que se llamaba Carboncillo porque se le quemaba la cola cuando estaba demasiado cerca de la chimenea. —Pensó un momento—. Luego sonrió—. —No tenías lámparas por la noche ni libros. ~23~ . Un extraño sentimiento de identificación me impresionó.. Pero James no. La mayoría historias de miedo. «Dios tiene que ser una criatura muy extraña para atormentar a James». pero no tengo. De pronto sentí ganas de llorar. —James vio que yo estaba al borde de las lágrimas y rebuscó en el bolsillo. ni siquiera sabía por qué estaba estancado ahí. tenía que volver. —Es horrible. —¿Es como si un agua negra y congelada te aplastara? Me lanzó una mirada de curiosidad. —Poesía no. Era justo que me castigara a mí porque sentía que había pecado de verdad.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —La casa se quemó mucho antes de que yo rondara ese terreno.. al cabo de unos años construyeron un parque —me tranquilizó.. Sólo sabía que no podía alejarme más de treinta metros. —¿Cómo sabías que estabas estancado? —Si intentaba caminar más de treinta metros por el sendero. Con la intención de animarme. Teníamos un campo de almendros y una veleta con un caballo corriendo. Antes de estar en el cuerpo de Billy. dijo: —Una vez leí un tebeo de Frankenstein sentado junto a una niña de diez años. —¿Pasaste casi cien años en una hectárea de tierra solo? —pregunté. Iba a ofrecerte un pañuelo. —¿Qué recuerdas de tu vida como James? Se irguió cuando el conserje pasó junto a nuestra cabina de cristal. —Muy poco. ni Austen. Ni Shakespeare. pensé. —Bueno. Eso me hizo reír. —Se quedó pensativo un momento y abrevió la descripción—.. y aunque lo hiciera.

—Se cambió el auricular a la otra oreja—. No me veo mi reflejo. —Mi perro se llamaba Whirrle —me dijo—. —Se encogió de hombros—. —Se rió. No eres como un cuadro. Una cabeza rubia inclinada sobre un corderito de madera con ruedas. —¿Qué llevabas antes de estar dentro del señor Blake? —pregunté. Un año nos hicimos una balsa y estuvimos a punto de ahogarnos. ~24~ . —Entonces me di cuenta de que no era cierto—.. Sólo mi edad. —Se detuvo pero siguió mirándome. —¿Y qué recuerdas de antes de ser Luz? —me preguntó—.. el pelo dorado y el vestido azul. ¿Qué llevo puesto? —añadí—. mi nombre. —Ya lo sé —dijo. Enseguida me avergoncé. De momento es todo lo que he recordado. —¿Qué más? —No quería oír hablar de nadar. No sé qué decir. luego vio algo en mi rostro que le preocupó. —Él esperaba más—. no una chica. Y sensaciones. —¿Qué aspecto tengo para ti? —Me oí preguntarle. pero James no. Tienes los ojos oscuros y el pelo claro. —James se dibujó el escote del vestido en el pecho. Llevas un vestido con una cinta deshilachada aquí. Me intrigó el modo que tenía de mirarme. —Eres preciosa —dijo—. El resto son sólo imágenes. Eres como agua. —¿De qué color? Él sonrió. No me meto en armarios —dije. y que era una mujer. otras casi clara. Cuéntamelo todo. —Y cuando estoy llena de color. —¿Qué edad parece que tenga? —Eres una mujer. Mi primo me enseñó a nadar en el río. —Tenía veintisiete años —dije—. Un impulso lento y duro de arcilla fría me atravesó el corazón. Me acerqué a James para que se desvaneciera el miedo. en voz baja. ¿entonces qué? —Entonces tienes los ojos marrones. Casi había olvidado que él también había sido Luz—. otras eres gris.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Por un instante me sentí fría y fina como la hojalata. frágil ante el recuerdo a medias de un niño jugando. Me gustaría haber tenido una fotografía de James con su cuerpo. —Nada. A veces estás llena de color. —Mi padre me hacía soldaditos con madera de tilo. —Es difícil de explicar. El se echó a reír.

Es como un milagro. —¿He dicho algo incorrecto? —No. no veía mi reflejo. aún con el auricular en la oreja—. —Pero mi corazón latía con todas sus fuerzas como un ser alado a punto de echarse a volar. —Señorita Helen. —Hablaba en un tono íntimo por teléfono—. pero de pronto me sentí débil. No tengo palabras —me dijo—. puedes atravesar objetos sólidos con la misma facilidad con que harías sumas mentales. Háblame de tu deambular por la escuela. tan desconocida. —Por favor. tienes un estilo especial. Cuando te vi con el Señor Brown. Tenía muchas más preguntas que hacerle. el modo de leer por encima de su hombro. Yo también me reí. Cuando eres Luz. pero no podía quedarme. —Tengo que irme ya. ~25~ . Bajé la mirada. me provocó un mareo. o quizá sólo que llevaba 130 años sin ser oída ni vista. Tal vez fuera porque el señor Brown estaba a punto de irse en coche. —Estiró el brazo para agarrarme de la mano. pero no pudo. si James no hubiera abierto la puerta. como la Dama del Lago. ¿De verdad estábamos bromeando sobre nuestras muertes? —¿El vestido es azul ahora? ¿O estoy clara como el agua? —¿Ahora? —Se me quedó mirando un momento más. —Espera. Y ahora me estás mirando y me hablas. no estoy segura de si habría tenido fuerzas de atravesarla. Estás plateada. Él tardó un momento en hablar. Aquella sensación.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —No lo sé. Fue como si fueras la única en el mundo que me puede entender. de escucharle recitar poesía. ven aquí mañana —suplicó James. Me sobresaltó aquel instante de calidez. Sin embargo. Entonces una punzada fría me indicó que el señor Brown se estaba alejando demasiado. en ese momento. o porque parecía que James hablara desde mi corazón.

mi Poeta. solté un grito de frustración. Cuando se dio la vuelta hacia mí para sacar el coche de la entrada. Dejó caer el brazo que le estaba tocando. por un ángulo de la mandíbula o la curva de las pestañas. —Se que no puedes oírme —le dije—. Vi cómo las estrellas se arqueaban en el cielo. deslicé la mano por su espalda desnuda. abrochándose presuroso la camisa. En ese momento dejó los papeles sobre la mesa y miró los pupitres vacíos.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Tres Me senté en el tejado del señor Brown durante la atormentada lentitud de la noche. cuya furia sorda sólo perturbó a un gorrión en el alféizar de la ventana. Puede verme y oírme. justo cuando empezaba a levantarse. Sin embargo. mientras el señor Brown abría la caja y sacaba las páginas de su novela sin terminar. mientras soñaba. Entonces recordé que solía susurrar a mi anterior anfitrión. Se me relajó el corazón. Siempre me causaba una sensación extraña. Cuando volvió a cubrirse con las mantas. Ojalá pudieras. Rara vez trataba de estar en el mismo espacio que los Vivos. Salí corriendo afuera para esperar en el asiento trasero del coche. —Amigo mío —dije—. Esta vez fue como deslizarse por una cascada. Lo pensé mejor cuando el señor Brown apareció por fin. Aquella mañana. era mi señor Brown. pensando en preguntas que hacerle a James. y estaba junto a la cama del señor Brown cuando irrumpió el amanecer. y se pasó una mano por el pelo. —Me sentía ridícula. Al fin y al cabo. Quiero decirte algo. —Moví los dedos hasta los hombros. He encontrado a alguien. yo tenía alguien con quien hablar después de tantos años de desear conversar con él sin poder hacerlo. lentas como la hierba cuando crece. pero yo no podía enfadarme con él. se parecía un poco a James. con la mano en el regazo. y al mismo tiempo el hecho de hacerle confidencias hacía que mi corazón se agitara como el movimiento de las alas de una paloma—. ~26~ . amaba a su esposa y por fin. como de caída. posé la mano en el respaldo de su silla y me incliné hacia su oreja. Había pasado casi la hora entera de escritura en la cama. Ya no me irritaba por el señor Brown desde que tenía a alguien para mí.

La chica que se sentaba a su lado se volvió para mirarlo. Al oír la voz del señor Brown me detuve y me quedé quieta en el pasillo justo enfrente de James. como si fuera a ver una cara conocida mirando adentro. me encontró sentada en su mesa. El señor Brown miró hacia las ventanas de la izquierda. como si estuviera atendiendo a la diferencia entre un adjetivo y un adverbio. Miró a través de mí. Cuando él entró y escudriñó con astucia la clase.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla El señor Brown se volvió hacia la puerta como si hubiera olvidado algo y estuviera pensando en volver al coche. —¿Naciste o moriste aquí? —dijo en voz baja. El chirrido ensordecedor hizo que el señor Brown interrumpiera la clase y muchas cabezas se volvieran hacia nosotros. pero no lo suficiente. —¿Señor Blake? —le llamó el señor Brown. Acabó inclinándose mucho a la izquierda para ver alrededor de mí. incluso la chica de mi lado. Yo sentí una punzada de placer al pensar que podía taparle la vista. —Sólo quería decírtelo —dije. ~27~ . Intentó no reírse y yo fingí no advertir su presencia. donde se sentó en el último sitio. agarró mi pupitre y acercó la silla un poco más a él. Sacó un lápiz minúsculo del bolsillo y escribió: «¿Cuánto hace que eres Luz?» —Ciento treinta años —le dije. Aquel día. Caminó con calma hacia mí. en voz baja. —Ojalá pudieras alegrarte por mí —le susurré al oído—. Yo me quedé donde estaba hasta que todos los estudiantes se acomodaron. Eres mi único amigo. se frotó la barbilla un momento como si reflexionara. luego pasó de largo y se dirigió a la parte trasera de la sala. mientras esperaba a James. luego extendió el brazo. en broma. luego la puerta a la derecha. El señor Brown sacudió la cabeza y empezó con la clase. Cuando el señor Brown prosiguió con la clase. James estaba sentado con las manos sobre el libro y lo que a ellos les parecía una mesa vacía a mi lado. —Entonces me di cuenta de que ahora tenía otro amigo. Yo me trasladé al escritorio de la derecha de James y me senté. James sacó del libro el mismo papel en el que había escrito el día anterior y le dio la vuelta. —¿Señor? —¿Ocurre algo? —preguntó el señor Brown. no sentí ningún miedo. James me estaba sonriendo. La idea resultaba extraña. Al final retrocedí hacia él. Él miró al frente de la sala. Había varias mesas vacías entre nosotros y el siguiente asiento ocupado. Luego retiré la mano y sonó el primer timbre. o lo intentó. aunque no hiciera falta. que lo asustó. —Claustrofobia —contestó James. Recogió los papeles de su novela sin haber escrito una sola palabra.

y sentía los latidos de su corazón.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Escribe —susurré. Le cogí de la mano y escribí: «No es eso. pero esta vez el contacto era distinto. Él me dejó que le aliviara la tensión y. Entrelacé los dedos con los suyos. —Dios mío —susurró. «¿Por qué rondas en este lugar?». quizá porque James estaba dentro de ese chico. —¡Chiss! —le advertí al soltarle. la que sostenía el lápiz. que veía mis dedos. cuando sentí que disminuía la resistencia. Posé la mano sobre la suya y escribí a través de él: «Es cierto». Sentía que él sabía que mi mano estaba ahí. «Ha sido increíble». podía agarrarle de los dedos. escribió. deseando que se relajara. Esta vez la chica y el chico de delante se volvieron para ponerle cara de pocos amigos. pero nadie le estaba mirando. ~28~ . Con cierta fragilidad. Posé la otra mano en el hombro y le acaricié el brazo derecho desde arriba hasta la mano. —Ninguna de las dos opciones —contesté. aunque no era necesario. Él dijo en voz alta: —¿Entonces por qué. Él volvió a levantar la mirada hacia la clase. «¿Cuál de las dos opciones?». que había escrito yo: escribe.? —¿Señor Blake? —le interrumpió el señor Brown. y bajó la mirada. estoy unida al señor Brown». empecé a moverle la mano con suavidad. e inclinó la página hacia mí. la mano sujetaba ligeramente el lápiz. a la espera.. —¡Señor! —¿Le gustaría compartir algo con los demás? —En absoluto —contestó. No respiraba en aquel momento. Ojalá también pudiera coger el lápiz. Ahora respiraba.. puedo sentirla». mi mano no lo atravesó. James dio un salto. Miró la palabra que había escrito. dispuesta a abalanzarme sobre cada palabra. una mínima inspiración. El emitió un sonido imperceptible. con un ligero temblor. que pensaba «Dios mío. El sol vespertino caía sesgado y cálido sobre su rostro como una lumbre. Tuve esa sensación de caída siempre que tocaba a los Vivos. Por algún motivo. escribió. Tendí la mano y rocé los dedos de la mano derecha de James. escribió. Luego esperó. Estaba tan cerca de él como un gato en una ratonera.

De pronto estaba buscando como un loco su libreta en la bolsa. El señor Brown parpadeó. Tenía la mano fina. fuerte como la de un granjero pero sin cicatrices.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla James tardó un momento en leerlo dos veces. Luego escribí en la última línea de la hoja: «No queda espacio». —James se sentó más erguido en su silla. «Es mi anfitrión». contestó James. Y James escribió: «Qué suerte tiene».» Le agarré de la mano. «¿Habló contigo?» «Por desgracia. Observé cómo sujetaba el lápiz y volvía a leer la última frase. James bajó la mirada de nuevo. Al final le agarré la mano y escribí: «Literatura». sino porque quería sentir los dedos un momento. —¿Le importa darnos una frase con un ejemplo de adverbio? —El señor Brown lo miró con recelo? —Él le miró la mano ansiosamente —dijo James. y pensé que el papel ~29~ . delgada y con los dedos largos. Para mi sorpresa. Tomé de nuevo el control de su lápiz. —¿Por qué no lo intenta usted entonces? —dijo el señor Brown—. Cuando un alumno de la primera fila hizo una pregunta y el señor Brown desvió la atención a otro sitio. Él frunció el ceño un momento al ver aquellas palabras. escribió. Luego yo escribí: «¿Alguna vez has visto el espíritu de Billy desde que te adueñaste de su cuerpo?» James lo pensó un instante. «¿Entonces vas a casa de la familia del señor Blake por la noche?» Tardé un segundo más en soltarle los dedos. vacilé un poco antes de empezar a escribir y me pregunté si él se daba cuenta de que no me detenía por no encontrar las palabras. ¿Señor Blake? —Señor. y luego escribió: «¿Por qué?» Estuve tanto tiempo sin moverme que alzó la vista hacia mi cara. —De acuerdo. no». «Sólo una vez». escribí. James dejó escapar una breve carcajada. «Creo que lo vi un momento vigilándome la primera noche que dormí en su habitación. Él siguió con la mirada fija en la página y escribió: «Exacto».

Arrancó una página nueva. escrito a mano con tinta débil en el frontispicio de lino de un pequeño volumen de piel. inglés». Al final le toqué los dedos y. con letra del señor Brown. y James se agachó y lo recogió. James dejo escapar un suspiro. señor Blake.» Leí las palabras y no le cogí de la mano enseguida. la hoja llevaba el título «W. Los alumnos miraban sus hojas con las notas. La página contenía sólo unos renglones de tinta negra caótica. Él esperó con la mirada fija en la hoja. escribió James en el papel. El joven sentado enfrente de James se dio la vuelta. «Me da miedo abandonar a mi anfitrión. Nadie nos estaba prestando atención. —Esperar desesperadamente —susurré yo. La clase se echó a reír. James escribió: «Seguro que has cambiado de anfitrión antes». Fue sólo un instante. «No te vayas a casa con el señor Brown». 4 de septiembre. —Bien —dijo el señor Brown—. parece que hoy está tomando muchos apuntes — comentó el señor Brown—. ¿Recuerda un ejemplo de dónde no colocar un adverbio? James se limitó a mirarle. pero me pareció que él sentía mi temblor y que lo supo antes de leer mi mensaje. arrugada y rota en una esquina. No hay duda de que la claustrofobia ha mejorado sus conocimientos gramaticales. Con una letra que no era la de James. La hoja bajó en picado y aterrizó en el pasillo. la dejó sobre la mesa y escribió: «Lo siento». escribió. Me quedé fascinada con la imagen de aquella palabra. reescríbelo y entrégalo para mejorar la nota». En tinta verde. James levantó la mirada. y el señor Brown aún entregaba ~30~ .» Con nuestros dedos entrelazados. estaba escrito: «5 sobre 10. —Creer encarecidamente. primero de bachillerato. —Sí señor. —Calma. tal vez fueran imaginaciones mías. Me vino una imagen a la cabeza: «Para Helen». Era una hoja de papel con líneas. «Helen». luego la visión se evaporó.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla saldría volando hasta la fila siguiente. —Señor Blake. «Ven conmigo. La tarea era escribir una página entera de prosa descriptiva. debajo de todo. Me eché a reír. Blake. estudió la distancia que los separaba y arrojó el papel que tenía en la mano a James. señor capitán. Por favor.

Recorrí el pasillo exterior junto a las ventanas. Los libros son aburridos. por algún motivo. Por fin aparecieron los alumnos. Después le tocó a James. James estaba lleno de vida. —Necesito una profesora —susurró. El bibliotecario me mira con desconfianza. El señor Brown había hecho una marca en verde junto a dos palabras mal escritas. escuchando a una chica que leía sin gracia la historia de un chico que moría en brazos de su primo bajo un árbol. Sabía que James me estaba observando. solo porque era James. Me excusé y fui a dar una vuelta. Apesta un poco.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla folios a los últimos estudiantes. entendía las palabras. su voz sonaba tan auténtica que resonaba en cada rincón de mi ser. Entonces me sonrió. no parecía en absoluto la criatura pálida del primer día que nos vimos. pero no le miré a los ojos. que estaba revisando el relato de Dickens antes de que los alumnos lo leyeran en alto por turnos. como a viejo. con cierto rubor: «Esto fue antes de que yo llegara». James estaba leyendo la tarea de cinco puntos con una expresión de cansancio. Se dirigió hacia mí. sin levantar la mirada—. luego me paré y me quedé junto al señor Brown. ¿No ves que estoy de rodillas? No dije nada. fingiendo que se ataba el cordón de los zapatos. —Tienes que venir conmigo —dijo en voz baja. ¿verdad? ~31~ . Necesitaba estar quieta con mi anfitrión un momento. Tuve que salir de la clase. James susurró. James pasó la página y escribió: «Ayúdame». Me incliné hacia él para poder leer también. pero no hacía sugerencias más concretas. No tienes por qué quedarte en la misma sala que tu anfitrión. Estuve suspendida por detrás del señor Brown. Ahora. He utilizado un adjetivo y un adverbio. No leía como los demás. el mismo cuerpo atraía mi mirada como la luna en un cielo sin estrellas. con la bolsa verde al hombro y el pelo al viento. Se detuvo bajo el árbol y dejó caer la bolsa de libros al arrodillarse. —Te mueves por la escuela con total libertad —dijo—. No podía apartar la vista de él. —¿Qué? —La chica de delante miraba a James con cara de fastidio. así que ya estoy satisfecho y me voy contento». Esperé bajo el árbol tras el que me había escondido antes. arriba y debajo de la pared trasera. Aquello me inquietó. —Supongo que tendrás que reescribirlo por él —dije. Decía: «Estoy describiendo la biblioteca en la que estoy sentado. Resultaba raro pensar que sólo dos semanas antes el cuerpo de Billy estaba sentado en aquella aula y que a mi no me importara.

La biblioteca estaba tranquila. Sacó el pequeño lápiz del bolsillo y lo dejó encima de la hoja. James me miró y apartó la bolsa de libros de la silla que tenía al lado. Quiero saberlo todo. —Los libros son aburridos —dijo James. —Bueno. De prosa descriptiva. —Pensaba que querías que te ayudara a escribir. —Suspiró. —Háblame de ti —susurró él—.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Moverse con libertad era una idea muy atractiva. Pasé por el escritorio del bibliotecario y entre las enormes mesas. —Como su lado izquierdo estaba orientado hacia mí. Voy a la biblioteca. Se oían susurros. Vas a escribir como el señor Blake o como tu mismo: Escribía al tiempo que susurraba las palabras en voz alta. lo seguí. —Dicho esto. pisadas suaves. Aparte del bibliotecario y un par de ratones. se me clavó en lo más profundo. Por supuesto. si no te gustan las bibliotecas lo entenderé. —James sacó una libreta de su bolsa y arrancó una hoja en limpio— Una página entera —dijo en voz alta—. podía agarrarle la mano para escribir sin problemas. los chirridos de las ruedas de un carro en el pasillo contiguo. ¿Podemos hacer que el señor Blake sea un poco más inspirado? —Su repentina sonrisa. —Se puso la bolsa en el hombro—. Me senté. Huele a palabras. tres por cada fila. —Tiene un olor familiar —sugerí—. —Cuéntame algo de tus anfitriones —insistió—. ~32~ . —Sobre la biblioteca —susurró. ¿Todos eran hombres? ¿En qué ciudades has vivido? —No tenemos tiempo —contesté. pero no en silencio. pero James no estaba. Debes de haber tenido muchos. se fue caminando por el sendero y se mezcló con los demás cuerpos. Huele a cosa vieja. —Calla —le avisé. —Un mar de sueños atrapados en un palmo de páginas comprimidas. aún sin mirarme—. Empecé a abrirme paso despacio por un pasillo de libros tras otro hasta que lo encontré esperándome en una mesita de estudio encajada al final de la sala. Lo pensó y luego escribió con una sonrisa: «Odio los libros». no había nadie cerca. al tiempo que escribía. Por supuesto. —De acuerdo. Había cuatro sillas. pasaba más tiempo que nadie en la biblioteca escolar. se levantó. —Cubren las paredes como mil puertas de piel que dan a mundos desconocidos —propuse. como una flecha. —Estoy en la biblioteca. sigue a tu profesor si es tu deber. —Muy bien —dijo James—.

Un pánico resbaladizo me recorrió la espalda. pero tómatelo en serio —dije. Soltó otra breve carcajada y escribió: «Siento.. señorita Helen? —Para —susurré. pero se rió y se movió para evitarme. pero también sabía que era importante no dejarme vencer por mis deseos.» Hizo una pausa y prosiguió con «una presencia junto a mí en la silla vacía». —¿Qué piensa en realidad el señor Blake de la biblioteca? —le pregunté.. entonces. Tenía unos minutos. —Debería irme —le dije. «Un silencio como la mente de Dios». ~33~ . —Pero es cierto —susurró. Me reí. El dolor penetró en los huesos.. —James —le reprendí.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Tachó las últimas dos frases y escribió: «Los libros están bien. —De acuerdo. Sentía que el señor Brown se disponía a marcharse y se había parado en la entrada a hablar con otro profesor. Sentía que el señor Brown se estaba desplazando al límite de mi alcance. James me miró a los ojos para asegurarse de que no estaba enfadada de verdad. Luego James escribió: «Al mirar alrededor de la tranquila sala. Se detuvo y después escribió: «Oigo. —Porque una biblioteca es un lugar sagrado —contesté. nada más. —Por lo que he deducido. veo mil cubiertas de piel como puertas que dan a mundos desconocidos». pero intenté que no se notara. Intenté estirar el brazo derecho para controlar el lápiz.» —Silencio —apunté—. Eternidad. luego borró «biblioteca» y lo sustituyó por «bivlioteca». «La biblioteca —escribió— es un lugar sagrado. como cuando me alejé de mi anfitrión durante una obra de Shakespeare. le resulta desagradable porque no hay música y no está permitido comer —contestó James. supongo». Ansiaba pasar más tiempo con James. —Acabamos de empezar —dijo James—. James se lo volvió a pensar.. Pronto se iría sin mí si no me daba prisa. Por lo menos escribe una palabra mal de vez en cuando. —¿Tiene alguna sugerencia. escribió James. No puedes dejarme ya.» —Se supone que eres el señor Blake —le recordé—. —¿Por qué hablas bajo? —dijo él en voz baja.

Sentí el cemento bajo los pies. —Si tienes una idea. * * * Estuve vagando toda la tarde mientras el señor Brown y su esposa hacían la cena juntos. cubos de basura que traqueteaban. Había permitido que el señor Brown me dejara atrás. —Me miró y debió ver cierto desasosiego en los ojos. Empujé contra el frío y cedió en pedazos desordenados. El instinto de levantar un rifle ante aquel animal me puso tensa. Cuando volví a intentar agarrar el lápiz. te estás volviendo un esquizofrénico? —Hola —saludó James. —Tenía gripe — contestó James—. Sólo era un chico con una cicatriz en una mejilla que llevaba una chaqueta militar manchada. y luego la oscuridad quedó atravesada por el blanco. —Grady dice que tuviste una sobredosis —le dijo el chico. el limo de un sótano sucio con goteras o el suelo de una tumba. Empecé a imaginarme abrazándole. porque su sonrisa se desvaneció. abatido. Vomité hasta las entrañas durante días.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Me voy —anuncié. escuchaban la televisión al tiempo que pagaban los recibos. oigámosla. cuando yo me iba. pero me interrumpió de pronto una pared de frío que me bloqueaba. ahora el frío me bajaba como lluvia sobre la cara. Cuando apagaron las luces y se ~34~ . que lo miraba de arriba abajo. levanté los brazos y sentí el lodo mojado. intentando averiguar en qué estaba distinto. Yo me levanté y empecé a irme despacio. Su broma me encantó. leían y hablaban en la cama. Ciega. «Ella amenaza con llevarse su palpitante luz divina de aquí». había estirado el brazo. autobuses. Me hundí en el barro mientras oía risas de estudiantes. No tenía voz para gritar. —¿Dónde estabas? —pregunto el chico —. —¿Qué haces. Estaba sentada en el asiento trasero del coche del señor Brown. Sentí sus latidos al atravesar a James. escribió. como si se desentumeciera. con el sol cegándome por el retrovisor. Es como si ya no nos conocieras. Frunció el ceño a James. —Estuve muy cerca —admitió James. Apartó la hoja de la mesa y se la metió en el bolsillo junto con el lápiz mientras el chico se sentaba enfrente. —¿Qué mierda estás haciendo? Los dos levantamos la mirada. Otro escalofrío de aviso me hizo retroceder. escondió la mano bajo la mesa y se rió de mi frustración. Estábamos lo más cerca posible de tocarnos para ser un espíritu y un mortal.

¿Un niño me tendría miedo? Una voz ~35~ . ni me habían repelido en los trenes. Ninguno de mis anteriores anfitriones había tenido hijos. Nunca les había oído hablar de niños más que como una posibilidad remota durante su noviazgo. pero esto era distinto. O. —¿Cómo se escribe? —preguntó la señora Brown. R. H. La señora Brown soltó otra carcajada. ¿y Butch? —propuso el señor Brown—. riendo en la habitación de los niños de casas que visitaban mis anfitriones. G —contestó él. Por sus palabras supe que habían mantenido aquella conversación varias veces. parques. N. seguramente cuando yo les dejaba solos en la cama. Puede servir para los dos. pero vi que él le cortaba la risa con un beso. Yo me quedé totalmente inmóvil. Estaba a oscuras. —Pensaba que querías esperar para que no parezcas un globo en verano. —Erin —contestó él—. —Tendremos que rascarnos los bolsillos en clases de karate para que no le peguen todos los días. —Una G muda —le explicó él. la voz del señor Brown me hizo parar. —¿De niño o niña? —preguntó ella. Estaba como una pantera enjaulada. Vagué sin cesar por las otras habitaciones. Algo más fuerte que la lógica tiraba de mí.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla acomodaron cada uno en brazos del otro. Un niño en todo mi espacio y cada hora de mi existencia. ¿Tienes algún otro nombre de niño? —Chauncey. —Entonces manos a la obra —dijo ella. —No me importa mientras tú seas mi esclavo. Hacía décadas que no me sentía atraída por los niños. —He pensado en un nombre para el bebé. ¿Era una especie de conciencia instintiva de que un niño advertiría mi presencia? Esa idea me creó un nudo en la garganta. Sería sangre de mi anfitrión. —Tal vez para una niña —comentó—. Ella se rió en la oscuridad. —Está bien. Para niña. —A. La idea me asustaba. Sentí el roce de las sábanas y me dirigí a la sala de estar. I. pero no podía explicar mi pánico. Me senté en el tejado y contemplé las estrellas. a veces movía una cortina o hacía crujir el suelo sin querer. justo cuando atravesaba la pared al jardín. entre dentro y fuera de la pared del dormitorio.

Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla profunda contestó que sí. que era un peligro para los niños. Volé hasta el coche. Pensé en escapar a la clase o la biblioteca. ~36~ . Intente recordar cuando me sentía como en mi casa en los hogares de mis otros anfitriones. y lloré lágrimas secas hasta el alba. sollozaba sin sentir alivio. acurrucada en el asiento trasero. pero vi un destello fugaz de la puerta de un sótano y una estantería de cestas. estaban demasiado lejos. pero cuando me senté en el oscuro garaje. Lloré un manantial sin agua. me eché a llorar. Era una prisionera. De pronto me di cuenta de que ya no me sentía a gusto en casa del señor Brown. pensaba que allí me sentiría más segura. No podía ir sola. pero sabía que era imposible. era una intrusa.

miró el folio y luego leyó—: Una palpitante luz divina me atraviesa por un momento como. —Entonces el señor Brown se paró de nuevo— . ~37~ . Ella se ha ido. Si me preguntan ahora diré que esto sólo es un sitio donde no se puede poner música ni comer. aunque había leído todo el texto.. —Escuchad —dijo entonces—. —El señor Brown hizo una pausa. La biblioteca es una mierda. y yo estoy sentado con la santa patrona de los lectores. Para cuando empezaron a llegar los compañeros de clase de James aquella tarde yo ya me sentía bastante humillada por mi necesidad de consuelo. Pero la biblioteca es un lugar sagrado. miré el manuscrito. Oigo silencio. Siento una presencia en la silla vacía de al lado. El señor Brown estaba ojeando los papeles que tenía en el escritorio. —¿Por qué es una buena descripción? —preguntó a la clase. que se estaba mirando las manos. —Porque la biblioteca en realidad es una mierda —masculló un chico cerca de la primera fila.. Me senté en la mesa de la última fila y no miré a James cuando se sentó a mi lado.. pero sobre todo miró a James por un instante—. Huele a moho. Tal vez observaba los espacios en blanco entre las palabras. El bibliotecario me observa con desconfianza.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Cuatro Al día siguiente por la mañana tenía intención de observar al señor Brown mientras escribía. como una visión de eternidad que se olvida al instante. Los chicos se rieron. como la mente de Dios. El señor Brown había escrito y borrado la misma frase tantas veces que el papel se había desgastado. pero daba vueltas a su escritorio sin parar de pensar en James y de preocuparme por la presencia de un niño en casa de los Brown. Aquí tenéis un buen ejemplo de descripción. —El señor Brown se detuvo y levantó la mirada hacia el aula.. Por fin el señor Brown dejó el papel en la mesa con calma. Ella se ha ido. Cuando sonó el primer timbre. pero fue un ruido débil y poco entusiasta que murió en el silencio... El señor Brown estaba mirando la hoja. —Luego leyó en voz alta—: «La biblioteca huele a libros viejos. Por cómo me miraba sin hablar vi que notaba que algo iba mal. veo una silla vacía. Se paró en uno y lo leyó en silencio por delante y por detrás. Yo me volví hacia James. mil puertas de piel que dan a otros mundos. oigo el tic tac del reloj.

salí a toda prisa de la clase y me escondí justo detrás de la puerta abierta. Con una mano en su pecho. Necesitaba pensar. Una chica de la primera fila levantó la mano. sino arriba. ni nada tan fascinante. Siempre ocupaba el asiento trasero. miedo o éxtasis. es su decisión —contestó el señor Brown. con un pie tocando el bordillo para no perder el equilibrio. le di un beso fugaz en la frente. Me aferraba a él como un bebé a la falda de su madre hasta que estuvo en el coche. no sólo hablaba de su aspecto? —preguntó. aunque el señor Brown no hizo referencia alguna a él. No supe si el señor Brown había obedecido mi orden hasta que giró el coche hacia el sur en vez del norte. Me incliné con la intención de sólo susurrarle al oído. —¿Porque ha dicho cómo olía y sonaba. sonido. Di un salto hacia atrás. pero yo me sentía ruborizada y no le miré a los ojos. En cambio. ¿Qué más? James estaba hundido en su silla como si le avergonzara tanta atención. Entonces tuve una reacción de lo más infantil. se arqueó en su silla y se llevó la mano al pecho. Para mi sorpresa. olor. soltó un grito ahogado. pasamos por un parquecito con columpios y la estatua de un ciervo. —Síguele —dije. Me retiré a la pared trasera. pero cuando mis labios se acercaron a las sienes. metáforas y sentimientos. el pelo al viento y la bolsa verde en la espalda. Íbamos detrás de la bicicleta. allí donde yo le había tocado. —El señor Brown casi lo dijo riendo—. vi a James en su bicicleta. —Así que tenemos imagen. símiles. —Bien. Cuando James llegó a un semáforo en rojo. Seguí tan de cerca al señor Brown cuando se fue que ni una luz podría haberse metido entre nosotros si yo fuera carne sólida. lo alcanzamos. —¿Quién lo ha escrito? —preguntó un chico. Me escondí cuando los alumnos se fueron de la clase del señor Brown. El señor Brown le hizo un gesto con la cabeza. Luego me senté a su lado. detalle. la bicicleta de James bajó en picado a la izquierda. Sabía que se había dado la vuelta para mirarme. Tras girar en Rosewood. que iba unos metros por delante. Cuando arrancó el motor.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla El señor Brown hizo caso omiso de las risitas y miró todas las caras en cierto modo sobrecogido. y en ~38~ . incapaz de saber si su expresión era de dolor. no pude reprimirme. —Si el autor o autora quiere decíroslo después de clase. como si nunca hubiera visto a sus alumnos. no detrás ni debajo del árbol donde James me buscaría. entre las ramas. Toqué el brazo del señor Brown. algo que nunca hacía. vacilante. Oía la voz del señor Brown e intenté que aquel sonido familiar me calmara. Bien. En la esquina de Amelia.

pero no podía entrar. como un niño que se ha caído en un pozo. Bajó la ventanilla. Formulé un deseo como si acabara de ver una estrella fugaz. —Señor Blake —dijo. Cuando llegamos a casa del señor Brown pasados unos minutos. había cometido un grave error. que emitió un leve zumbido. Vi que la ~39~ . Había deseado tener otro anfitrión. como lo había sido con mi Caballero. pero no pude. con la pintura descascarillada. la hiedra ascendía por un lado y había una higuera en el césped. —Sentía que James me estaba buscando. No era una cuestión de amor. que se apartó el pelo de la cara. —Buen texto —le dijo. y eso había cortado nuestro vínculo como un vástago cortado de la viña. Cuando entró él. Lo repetí una y otra vez a modo de conjuro. casi imperceptible. Le envié un pensamiento: «Si me quieres. donde oía sonidos vagos desde la cocina. y eso me serenó durante un rato. Se volvió y vio a James que lo miraba. de madera y maltrechas. como una luciérnaga sin memoria. Podía tocar las paredes exteriores a mi manera. con los dos pies en el suelo y la camisa negra flotando al viento cuando se volvió hacia nosotros. El retrovisor de la bicicleta emitió un destello cuando la metió en la oscuridad del garaje. Intenté atravesar la pared con los brazos y ser fiel de nuevo al señor Brown. —Sí. Daba vueltas sin cesar a la casita y miraba por todas las ventanas. Sin embargo. El señor Brown paró el coche justo en medio de la calle y parecía perplejo. en este caso). Fui hasta la ventana. —El señor Brown subió la ventanilla—. Tozuda. Anhelaba que James fuera mi anfitrión. —Nos vemos mañana. ocurrió algo terrible. yo ya lo sabía. me di golpes contra la misma ventana una y otra vez. ¿Cómo diablos he acabado en esta calle? —Yo miré atrás al irnos y vi que James llevaba su bicicleta hacia el garaje. sólo era la naturaleza. yo no pude seguirle. El número sobre la puerta era el 723. Mi voz espectral ahuyentó a los cuervos posados en el roble cercano.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla un momento el coche del señor Brown fue tras él y entró en la diminuta calle residencial. James se detuvo en la entrada de la tercera. pero lancé un grito. invítame a entrar». Sentí un estremecimiento que me abrasaba como una mecha rápida. Yo me quedé escondida detrás del señor Brown. señor —contestó James. No quería. me di un golpe contra ella. En vez de flotar a través de la puerta cuando él la cerró. Era una casa de color azul claro. Las casas eran pequeñas. Mi espíritu había huido. No había quebrantado tanto la norma de la proximidad como la misteriosa regla de la devoción. Pronto volvería aquel antiguo dolor. Como cuando quise ser uno de los actores a los que observaba en el escenario más abajo. como una hoja chocaría contra un panel sólido de cristal. —Gracias. Setecientos veintitrés. Era como si me bloquearan el paso y no pudiera atravesar el umbral (o la pared.

Él se encogió de hombros. El señor Brown entró y se sentó en la cama. Se tumbó de lado junto a él. —No lo sé. pero cuando intentó sonreír. —Luego dijo—: ¿Has enviado el paquete a mi hermana? —Sí. agarró una horquilla del tocador y se miró en el cristal mientras se giraba y se recogía el pelo. —Es como si tuviera la sensación de haber perdido u olvidado algo. pero aun así no logré entrar. parecía preocupado. —Ya se te pasará. —Se detuvo. pero jugaba ausente con los dedos de la mano derecha de su esposa mientras hablaba.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla ventana del dormitorio estaba entreabierta. Él se estiró boca arriba. —No parece que sea eso —contestó él—. Me siento como si no pudiera recordar. mirando al techo. —Bueno. La señora Brown se inclinó y le dio un breve beso en el hombro. ella se dio la vuelta y lo miró. Al cabo de un momento él dijo: —¿Y si he olvidado a una persona? —¿Quieres decir como a tu profesor de primaria? ¿Alguien así? —¿Hay un momento en que nunca podrás volver a recordar algo? ~40~ . La señora Brown se acercó y se sentó a su lado. Su esposa lo siguió y se dirigió al espejo. apoyada en el codo para que poder observar el rostro de su marido. —Cuéntamelo. No deja de fastidiarme. a la espera de que mi infierno acudiera a por mí.. con la cara en el borde de la apertura y las manos agarradas al marco de la ventana como si fueran barras de una cárcel.. probablemente era eso. —¿De verdad? —insistió ella. Esperé ahí. La señora Brown le acarició el pecho y dibujó círculos suaves sobre el corazón. Vio al señor Brown pensativo y preguntó: —¿Qué ocurre? —Nada —contestó él. Él parecía muy preocupado. Es como cuando sabes que has soñado con alguien pero no recuerdas lo que sucedía en el sueño.

Laura Whitcomb

Entre luz y tiniebla

—No —contestó su mujer—. Tu mente jamás perderá para siempre algo que valga la pena guardar. —Ella le dio un empujoncito en la sien y él dejó caer la cabeza a un lado—. Todo está aquí dentro. Entonces ocurrió algo. Cualquier otra noche él la habría abrazado o le habría hecho cosquillas. Esta vez se limitó a mirar de nuevo al techo. Su esposa se puso en pie y dijo: —Vuelve a la tierra, cariño. Pero él no se rió. Ella se detuvo mientras se desabrochaba los vaqueros, con el ceño fruncido. —Quizás he perdido a mi musa —dijo él—. Me pregunto en qué me he equivocado. Ella desvió la mirada hacia él y sintió una sacudida en su carácter amable. Disimuló la sorpresa dándole la espalda mientras se desnudaba. Estaba inquieta, y sabía por qué: él acababa de romper la ilusión de que ella fuera su musa. Sabía que estaba loco por ella, pero ahora temía no ser suficiente. La señora Brown dobló despacio la camiseta y la dejó encima de los vaqueros en la silla del tocador. —Creo que voy a darme una ducha —dijo ella. Y cualquier otra noche, él la habría seguido al lavabo, pero aquel día se quedó mirando al techo. Era culpa mía. Había pisado una piedra del río antes de encontrar otra. Él se sentó mientras el agua empezaba a correr en la habitación contigua y miró hacia la ventana abierta. Se levantó y se dirigió hacia mí. Apoyó las manos a ambos lados del marco, escudriñó la oscuridad, la brisa que me atravesaba y le revolvía el cabello. Yo me encontraba a unos centímetros, pero estaba solo. No era como hablar con él cuando le toqué el hombro a solas en nuestra aula. Ya no me sentía. Ojalá pudiera aparecer ante él como los fantasmas de los cuentos. Empecé a sentir las plantas de los pies como hielo. Retrocedí con la esperanza de que al final nuestras miradas se encontraran, pero, por supuesto, no podía verme, y yo no lo soportaba. Nunca había abandonado a un anfitrión que no estuviera muriendo. Estaba perdiendo a mi querido amigo, y no se iba al cielo sin mí. Iba a vivir su vida sin mí. Le di la espalda y huí. Una vez escapé de mi infierno y logré abrirme paso hasta la puerta de mi anfitrión. Empecé a caminar en la que esperaba que fuera la elección correcta. Cuando sentí que el dolor me atravesaba los huesos, mantuve en mente el número que había memorizado como una brújula. Setecientos veintitrés. Volvía estar en las aguas heladas, tiraban de mí hacia abajo en la oscuridad, los demonios rugían encima y el lodo me invadía la garganta. Estiré los brazos en un intento de derribar el sucio muro, pero era una tabla, como el lateral de un rudimentario ataúd. Me agarré a la madera y empezó a desmenuzarse en pequeños pedazos podridos. El agua se colaba entre los tablones con un grito.

~41~

Laura Whitcomb

Entre luz y tiniebla

Un animal, un venado negro, se erguía por encima de mí. Se mantenía muy quieto incluso cuando el viento hacía que las hojas y palos dieran vueltas en una salvaje danza de mayo. Entonces me di cuenta de que sólo era la estatua de un ciervo, y tras él vi dos columpios que se agitaban en un movimiento salvaje. Estaba demasiado frágil para moverme. Sentía como si fuera a deshacerme en pedazos si intentaba levantarme, así que me quedé cerca del suelo y dejé que todo lo demás se agitara por encima de mi cabeza. Mi infierno y una tormenta se mezclaban de forma extraña. En realidad no oía nada más que el grito del viento y todo lo que llevaba, pero sabía que alguien me llamaba. Miré alrededor y, en la esquina de la calle, vi una silueta. Se llevó una mano a la cabeza, tal vez para evitar que el viento le diera en los ojos. No, se estaba apartando el pelo al viento. Echó a correr hacia mí. Cuando vi que era James, me esforcé por levantarme, pero fui arrojada a la locura de la danza y me quedé atrapada en un árbol por encima de su cabeza. Vi que James se paraba en la acera debajo y miraba a su alrededor como si yo hubiera desaparecido. Entonces me vi empujada hacia el cielo, y no veía nada. Solo oía y sentía el viento, pero no paraba de pensar, setecientos veintitrés. Al final choqué contra la hierba de un pequeño patio. La hiedra se agitó sobre una pared de madera de color azul claro, y luego James estaba de pie junto a una higuera que se sacudía al viento. Él estaba escrutando la calle, pero cuando me dirigí hacia él me vio y se me quedó mirando. Yo me acerqué a rastras, intentando evitar deslizarme por el agujero en la tierra que me arrastraba de los pies como un remolino. Parecía aterrado. Yo debía parecer un monstruo, cubierta de barro, arañando la hierba. Me tendió una mano, pero yo no quería arrastrarlo adentro. Se dejó caer sobre las rodillas, trató de agarrarme con ambas manos y el pánico se apoderó de él al ver que no podía. Al final se abalanzó sobre mí y no pude evitar abrazarle. Yo rezaba para no arrastrarle conmigo. Al cabo de un segundo el viento se había suavizado hasta convertirse en un suave silbido. Arrodillado junto a mí, esperó hasta que lo miré, luego se levantó despacio y empezó a retroceder hacia la casita azul claro, un pie tras otro, como un funambulista. Yo también me incorporé, concentrada en el viento que le alborotaba el pelo. En las otras salvaciones siempre había estado clara la unión de espíritu y anfitrión. Aquello era distinto. Lo seguí, me sentía débil como si el mundo se hubiera descolorido. Él subió los peldaños del porche hacia atrás, un paso cada vez, y yo lo seguí. Tenía la mirada fija en su rostro, perfecto como el de una escultura. Él abrió la puerta y entró de espaldas, luego se apartó a un lado y me invitó a entrar con una seña, como había deseado que hiciera el señor Brown. Lo seguí hasta la casa, y él cerró la puerta. Sólo entonces me percaté del ruido. La música estaba alta y se oían muchas voces, había mucho humo y poca luz en la pequeña sala de estar.

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Laura Whitcomb

Entre luz y tiniebla

Una docena de hombres y mujeres, todos con botellas de cerveza y cigarrillos encendidos, se movían en grupos inestables y sudorosos, diciendo palabrotas, riendo y sin hacer mucho caso a James. Sólo uno, un hombre fuerte y tatuado sin camisa, lo miró. —¿Adonde has ido? —le dijo. —A ningún sitio. —Tenía que gritar para que le oyeran por encima del barullo. —Haz los deberes —le ordenó el hombre. —Es viernes. —¿Qué? —El hombre puso cara de pocos amigos y se llevó una mano, con la botella de cerveza, al oído. —¡De acuerdo! —chilló James. Pasó a gachas por el túnel del salón. Se paró en una puerta con un agujero del tamaño de una pelota de béisbol que casi la atravesaba. Abrió la puerta y esperó hasta que yo entré para cerrarla. Era un cuarto pequeño, iluminado con una luz tenue y alta. Había una enorme cama cuadrada, demasiado grande para un espacio tan reducido, un escritorio diminuto y una silla atestada de revistas, ropa y latas, y las paredes estaban casi completamente cubiertas de fotografías, sobre todo de revistas, pero también había otras más grandes pegadas con chinchetas y cinta adhesiva, incluso en el techo. Algunas imágenes eran de mujeres casi desnudas, otras de guitarras y músicos, de coches, y unas cuantas de atletas en medio de un salto. El espacio encima de la mesa estaba cubierto hasta el último centímetro con dibujos de dragones, insectos y monstruos. Todos llevaban la firma BB. Sabía que aquellas paredes estaban llenas de color, pero todo parecía gris. James me observó mientras yo miraba alrededor. Aun parecía tembloroso, aunque el viento ya había pasado y sólo quedaba un manso aullido al otro lado de la ventana cerrada. Incluso los estridentes chillidos de la música de la otra habitación eran sólo un zumbido sordo. Aquel espacio me parecía tan ajeno que tenía que observar. —Esta es la casa del señor Blake —dije. —¿Le has dejado? Lo cierto era más bien que había perdido al señor Brown en vez de abandonarlo, pero no quería decirlo así. Sentía una pena inmensa en el pecho que amenazaba con apoderarse de mí, hasta que James sonrió. —Acompáñame a mí —dijo, y se encogió de hombros de un modo tan ligero y extraño que enseguida me sentí como si me estuviera tomando a mí misma demasiado en serio. —No seas tonto —le dije. Apartó su bolsa de la silla del escritorio y me invitó a sentarme. —Ahora soy tu anfitrión, ¿no? —me preguntó.

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Entre luz y tiniebla

—Supongo que sí. —Mi anfitrión. Mi James—. Confieso que no ahora no sé qué hacer. Todo esto no me parece muy adecuado... —Estaba perdida. —Yo no sé mucho de nada, pero sé que tú y yo debemos estar juntos. Es lo único de lo que puedo estar seguro. Había dicho juntos. Quería saber qué significaba eso exactamente. —¿Cómo no íbamos a estarlo? —preguntó, sentado en la manta marrón arrugada encima de la cama—. Es como si fuéramos los únicos miembros de una especie o las únicas personas del planeta que hablaran el mismo idioma. ¿Cómo no íbamos a estar juntos? Sus palabras me impresionaron, los últimos de una especie. Aquella frase tenía algo carnal. —Nunca le he sido fiel a un anfitrión que... —dudé—. Bueno, que fuera consciente de mi presencia. Aquello provocó una sonrisa en James. —Te cansarás de mí —dije, de pronto temerosa de que me odiara—. No podría soportarlo. —Señorita Helen, —se rió—, debe de ser una broma. —Entonces volvió a pensarlo—. Tal vez tú te hartes de mí. Es bastante más probable. ¿Te da miedo eso? —No, eso no —contesté. La puerta se abrió de un golpe con una ráfaga de música insistente y entró una mujer dando tumbos, seguida de un hombre. El tipo le rodeó la cintura con un brazo y le metió una mano en la camisa. Ella llevaba una camisa negra corta y una blusa de encaje negra fina como el papel. Se quedó mirando a James. —Eh, Billy. —Hola, Ryana —dijo James, que de pronto sonaba agotado. El tipo miró por encima del hombro de ella y miró a James con el ceño fruncido, sin molestarse en apartar la mano del pecho de la chica. —Maldita sea. —¿Os importa? —dijo James. —Perdona. — Ella se rió. —Podemos ir a otro sitio —¿Cómo cuál? —preguntó el hombre. Llevaba un pendiente y barba de pirata. —¿Qué tal el lavabo? —dijo la mujer mientras volvía a cerrar la puerta. —Lo siento —se disculpó James, ruborizado. Se acercó a la puerta y puso la cadena del cerrojo. Volvió a sentarse en la cama con un suspiro. —¿Quién forma parte de tu familia? —pregunté.

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¿verdad? Es una locura pensar que quieras quedarte conmigo en esta cueva. —Luego echó un vistazo a la habitación—. ¿pero quién era yo para juzgar a nadie? No era más que una voluta de vapor—. Entonces ocurrió algo extraño. Por las pocas palabras manuscritas que se veían supe que era la hoja en la que habíamos escrito los dos.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Sólo el hombre que se dirigió a mí cuando entramos. Yo estaba desconcertada. —Entiendo. Es el hermano de Billy. Un ejemplar de un libro de historia del arte con una pegatina que decía «$1. Se dirigió a la puerta y retiró la cadena. pero Mitch vendió el equipo de Billy y el ordenador para pagar la sala de urgencias cuando el chico estuvo a punto de morir. una revista de fotografía destrozada. Parecía enfermo. un libro de bolsillo desgastado de relatos. —Te lo prometo. Me miró a los ojos y se dio cuenta de que yo no lo entendía. Prométeme que no lo vas a contar. me sentía más cómoda cuando James parecía contento.. un ejemplar sobado de una antología de poemas de Robert Frost y. Volvió a la cama y guardó de nuevo con cuidado los tesoros en la caja. No habla del tema. se quedó pálido. Me reí al oírlo.. La semana pasada intenté cambiar las fotografías y arreglar este desastre. pero cuando Mitch me vio pensó que estaba teniendo una crisis nerviosa y se disgustó tanto que volví al desorden. Esto debe de ser como una cárcel para ti. Lo siento. así que. Estaba exultante de placer: yo era parte de su tesoro escondido. Entonces advertí un trozo de papel de líneas doblado en la caja del tesoro. Él sonrió. un diario con una pluma de punto de libro y un lápiz de color morado oscuro metido en la cinta elástica que lo mantenía cerrado. pero creo que nuestra madre murió y nuestro padre está en la cárcel. ~45~ . Se encogió de hombros. Mitch. —Tú vivías en un mundo de libros. —Sacó una caja de debajo de la cama y la abrió—. —No pasa nada. Lo siento mucho. —Me gustaría poner a escondidas mi música favorita. Vi como metía la caja del tesoro debajo de la cama. —Parecía una vida deprimente. Sacó un objeto tras otro y los dejó encima de la cama.00». —Pero tengo un tesoro secreto. por último. música bonita y cuadros en las paredes de la casa del señor Brown. Me reí al reconocer el tipo de tesoro al que se refería. —Me temo que estaba siendo un egoísta —dijo al final—. así que es difícil de saber. Mientras James me miraba.

tan cerca de donde James dormía. —Uno de esos pequeños imbéciles está al teléfono —dijo. es que tú me veas y me oigas. —Lo que más me importa en mi mundo. —Ya lo sé —replicó James. páginas de libreta arrancadas con criaturas con los ojos inyectados en sangre y haciendo rechinar unos colmillos que chorreaban. señor. —El teléfono. Se sonrojó y el tono de melocotón tan saludable de las mejillas le devolvió todo el color al mundo para mí. Me sorprendió el modo en que la ropa se le adhería y se volvía transparente. Una joven con un vestido blanco de algodón y nada más estaba de pie junto a una cascada. Estaba tan poco acostumbrada a las atenciones que me hacía ser atrevida. —No va a venir —dijo James. ~46~ . —Esta noche no vas a ningún sitio —dijo.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Las cuevas fueron las primeras bibliotecas —le recordé—. —Y mejor que no vea por aquí a ese mierda. la boca abierta. Se me quedó mirando un rato. he hecho algo terrible. me sorprendió. —Entonces estoy en deuda contigo. Cuando James volvió a entrar. pero. rodeada de las paredes con fotografías. con las piernas musculadas y las fosas nasales humeantes. Te he atraído para que te alejaras de un lugar sano a uno oscuro porque no quería estar sin ti. James se limitó a mirarlo. Tenía la cabeza inclinada hacia atrás. Los bordes de las hojas se agitaban ante la corriente que provocaba mi curiosidad. pegada a la pared junto a la cama. Yo estaba sola. La puerta volvió a abrirse de un golpe y se asomó su hermano Mitch. los ojos cerrados. Estudié las ilustraciones de Billy encima de su escritorio. Y las primeras galerías de arte. irritado—. ¿Quieres atender? James se incorporó de un salto y lo siguió fuera de la habitación. parecía preocupado. Entonces vi una imagen de una revista. de pie entre su hermano y yo. y no James. Había visto bastantes imágenes de ese tipo en las camisetas de los chicos o las tapas de los libros. Una sensación ardiente parecida a los celos me subió hirviendo por las piernas hasta que recordé que la decoración la había escogido Billy. Estaba a punto de cerrar la puerta cuando Mitch la abrió con una mano. señorita Helen. Lo entenderé perfectamente si no me eliges a mí. —Aun así.

—No te estoy mintiendo —dijo James—. —¿Tienes sueño? —preguntó él. No soy como los demás con los que has estado. ~47~ . así que me tumbé. mientras el señor Brown estudiaba un párrafo de prosa que le encantaba. Creo saber de quién son estos bosques. encima de la cama. En el techo. Por raro que parezca. demorándose en su giro preferido de la frase. A su hermano se le ensombreció el semblante. La ansiedad se apoderó de mí al imaginarme sola por la noche mientras James dormía. —¿Qué has tomado? —Nada —respondió James. —Tranquila —dijo. Creo que yo nunca tendría el valor siquiera para intentarlo. Era la imagen de un lobo al refugio de unos pinos oscuros. Oía el viento fuera y la voz de James dentro que me apaciguaba. sin querer pasar la página cuando yo quería. Mitch le puso cara de pocos amigos un momento. Quiero preguntarte tantas cosas que no sé por dónde empezar. temblorosa en todo mi ser. —¿Tú dormías? —pregunté—. con el pelaje grueso para el invierno y los ojos dorados fijos en el fotógrafo. —Me estás mintiendo y te voy a patear el culo. no le importará que pare aquí. —Disculpa —dijo—. Pero puedes descansar a salvo conmigo. Me miró un rato. Al recordar al señor Brown y mi lucha en la tormenta me calmé enseguida. Soy como tú. —Se sentó con las piernas cruzadas. había una fotografía en la habitación que se parecía un poco a James. James volvió a colocar la cadena y se sentó en la cama de nuevo. ¿Cuando eras un espíritu? —En realidad. —Ya lo sé —contestó James. El ruido al otro lado del pasillo había desaparecido.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Porque estás castigado hasta que yo lo diga. no —dijo—. Es que no quiero ir por ahí con tus amigos. como si me leyera el pensamiento. Sacudió la cabeza y cerró la puerta. James se sentó en la silla. aquello calmó al tipo. saltaba a la vista que se sentía ilustrado. —Me duele la cabeza —dijo James. Pero en el pueblo se encuentra su casa. —No tienes por qué quedarte aquí encerrado —le dijo. —Has sido muy valiente al convertirte en uno de ellos —dije—. ante sus bosques cubiertos de nieve. Me acercó a la cama y yo obedecí. sacó la caja de debajo de la cama y escogió un libro.

Vi a James dormido en el suelo con una chaqueta enrollada en forma de almohada debajo de la cabeza. ~48~ . Observé su rostro. Él no abrió los ojos. pero la lamparita junto a la cama estaba encendida y emitía un brillo tenue como una vela. —Métete en la cama. Me acerqué al oído y volví a susurrarle. James. entreabiertas. Se movió despacio y se sentó de cara a la cama. relajadas. Aun así.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Cuando volví a despertar vi que la luz de arriba estaba apagada. bello y de una palidez dorada bajo la luz de la lámpara. Vi cómo se elevaba su pecho y caía de forma casi imperceptible. no pude. por supuesto. Al final extendí el brazo para apagar la lámpara pero. Me arrodillé junto a James. no abrió los ojos. Se incorporó en el colchón y se volvió a dormir enseguida. y sus manos. con los dedos largos tan quietos. —Acuéstate —susurré. La música y las voces se filtraban desde el resto de la casa. pero arrugó la frente como si estuviera concentrado en descifrar una lengua muerta.

y él se había caído de la cama. Al parecer me había quedado dormida sobre la manta junto a James. Yo estaba estupefacta. Cuando aparté la mano. Se volvió hacia la cama y nos quedamos mirando. Descubres las normas cuando las rompes. Me había quedado dormida. entre la pared y yo. Se frotó los ojos como si el cuerpo de Billy aún necesitara descansar. Cerró la puerta y se pasó una mano por el cabello. le pregunté: —¿Te duele? Sacudió la cabeza. Yo lo empujé hacia la manta y volvió a tumbarse. también desconcertada por el hecho de que hubiéramos dormido en la misma cama. ~49~ . —Es como. —Luego se encogió de hombros—. —¿Por qué pude dormir anoche si no he dormido desde mi muerte? Aún parecía muy cansado cuando se sentó en el colchón a mi lado. sobresaltada pero inmutable. a través de mí. y ahora estaba a sus pies.. James con el pelo alborotado y la marca de la arruga de la manta en la mejilla y yo. —Tal vez porque ahora no estás sola. —¿Has descansado? —me preguntó. El único problema de ser Luz es que no tienes un mentor que te lo explique todo. aún adormilado. Cuando volvió al cabo de un minuto.. No. respiró hondo y enderezó la espalda. iluminada por la luz del sol y la lámpara de la mesita de noche. Era casi tan raro como que alguien me hubiera visto. no se parece a nada de lo que he sentido antes. Él pronunció alguna disculpa y salió con sigilo de la habitación. Es maravilloso. Observó con los ojos entrecerrados la pequeña habitación. Igual que la vez que le besé. Sin pensarlo. —Se lo pensó mejor—. tumbada en su cama.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Cinco De pronto me invadió una sensación tan profunda de caída que solté un grito ahogado. posé una mano en su hombro. yo aún estaba sentada en su manta marrón. —¿Sientes frío? Soltó una breve carcajada.

Antes de adueñarme de un cuerpo no veía ni a unos ni a otros. que supiera que era Luz. en vez de la sensación de caída me sentí como si volara. —¿Y cómo puedes olerme? —pregunté. se rió de mí. —No hace gracia. Se colocó la mano en la mejilla. buscan algo o a alguien que han perdido. En aquel momento empezó a llover fuera. como una flor que se abre ante un repentino calor. ¿qué te dicen? —Nada —contestó James—. y él tendió la mano y me tocó la mano cerrada. —¿Qué otros fantasmas has olido? —Sentí una ridícula punzada de celos. — Sonrió—. Nos tumbamos.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Yo me acosté a su lado. Apartó la mano de la mía y la miró. —¿Cuántos hay? ¿Ves alguno ahora? —La idea me puso los pelos de punta. Me estás tocando a mí dentro de él. Ni siquiera entre ellos. limpian las ventanas de un edificio que ya no existe. Pero aun así sólo he visto uno como tú. —¿Y qué hacen durante todo el día y la noche? —Por lo general repiten alguna tarea del pasado. En cierto modo casi resultaba escandaloso. —De nuevo se deleitaba compartiendo conmigo el peculiar conocimiento que al parecer se adquiría al robar un cuerpo—. Algunos fantasmas saben que han muertos y otros no. Yo la abrí. y él colocó la palma de la mano contra la mía. Estaba elevándome a través del tiempo hacia él. Me pareció muy triste. como un recuerdo. Vuelven a pie del colegio. —¿Por qué podemos tocarnos? Cuando tocaba al señor Brown él no me sentía. —Y los que creen que siguen vivos. Cuando su carne tocó mi espíritu. —Porque no estás tocando sólo los dedos de Billy —contestó lames—. pero por otra parte era tan natural como dos briznas de hierba que se rozan al viento. No me ven ni a mí ni a nadie. Supongo que es un residuo del pasado. y el silbido que provocaba la lluvia era como una cortina sonora a nuestro alrededor. Hay dos tipos de fantasmas. La volvió a mirar y luego se olió la palma. —Hueles a jazmín —se maravilló. —No lo entiendes. —¿Te refieres a este chico? —James señaló con la cabeza los pies de la cama. mirándonos. —Los fantasmas desprenden aromas. Cuando me asusté. ~50~ .

sin más: —Por supuesto. Dijiste que sólo lo habías visto una vez. como aquella vez en la cabina de teléfono. Había un minúsculo lavabo vacío con ~51~ . —Cinco. Él dijo. No hay tantos como pensaba cuando vi el primero en el pasillo del hospital. botellas y papeles arrugados por todo el suelo y los muebles. Pese a saber que no veía ninguna aparición en el cuarto con nosotros. Me pregunté cómo sería ir volando de casa en casa a tu antojo. pero no creo que esté unido a nada. Había latas. aún me inquietaba la idea de que en cualquier momento pudiera ocurrir. La lluvia había quedado reducida a una fina bruma. En el otro dormitorio Mitch estaba durmiendo. —Y ahora yo soy el sexto anfitrión —dijo. como un niño fugitivo. y el grifo goteaba. —En realidad no lo sé. Obvié la envidia que había sentido por lo que el señor Brown había compartido con su novia. —Siento haberte engañado sobre lo de ver un fantasma —dijo. Salí de la habitación de James y paseé por el resto de la casa. —Me sentía confusa de nuevo—. —¿Cuántos anfitriones has tenido? —me preguntó. En la sala de estar un hombre en bata y con un pañuelo atado en la cabeza dormía en el sofá con el brazo encima de los ojos. Demasiadas novedades en poco tiempo. No podía explicar mi cobardía. —¿Dónde crees que está Billy ahora? —pregunté—. —Sí. despatarrado encima de las mantas. y me aparté de él hacia el rincón. La tensión zumbaba como insectos a mi alrededor. En la cocina el fregadero estaba repleto de platos. diría. —¿Cómo los elegiste? Le hablé de forma sucinta de cada anfitrión y cómo me había hecho con ellos. La idea de describir mis sentimientos hacia su vida amorosa me daba ganas de encogerme como un abanico y esconderme. —Miró los esbozos de Billy colgados de la pared por toda la habitación—.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Tienes razón. con la esperanza de distraerme de un posible plan de huida. los pantalones desabrochados. con un zapato puesto y el otro no. así que no está unido a su hermano o la casa. —Intentó no sonreír—. Necesito estar sola un poco —le dije. Tal vez esté deambulando. Sonaba liberador y al mismo tiempo solitario. James se encogió de hombros. De pronto me sentí abrumada. Sólo he visto una docena más o menos desde entonces.

~52~ . Yo tenía miedo. y al chocar con la cama se sentó en ella. Allí me detuve ante algunas imágenes pegadas a un corcho junto a la puerta trasera. pero no creo ni que me oyera James. La puerta debía de estar abierta—. —Debería llamar a la puta policía ahora mismo —le gritó Mitch—. El niño pequeño gritaba de la risa. retrocedió de un salto de la sorpresa. Como un animal peligroso avanzó a toda prisa por el pasillo. pero salí corriendo. agarrando la bolsa con el puño. Me paré no sólo por la carita sonriente. pero si no invisible. ¿Qué mierda es esto? A James le costaba respirar y aún no veía nada. Caminó de un lado a otro un momento. —Lo siento —dijo James. ¡El puto retrete está roto! —Oí un sonido hueco como de choque de porcelana y luego un sonido que me dejó helada. Mitch sacó la mano y le dio una bofetada tan fuerte que James cayó hacia atrás en la cama y se dio un golpe con la cabeza en la pared. Las venas se le salían en el cuello y los brazos. o tal vez debería decir la de Billy. y el mayor imitaba el bramido triunfante de un culturista. mamón —gritó Mitch. Se llevó la mano a la cara e intentó sentarse. con un zapato blanco. que se estaba desabrochando la camisa con la que había dormido. Oí un movimiento en el pasillo. Si quieres matarte. Mi James. «No. Mitch sujetó una bolsa transparente con polvo blanco en la cara de James y la agitó. Mitch caminaba a trompicones hacia el lavabo. castaño. con la cara de la propietaria ausente del recuerdo.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla la luz encendida y un pequeño porche trasero donde el tejado goteaba agua de lluvia hacia una brillante bolsa de basura negra. la esquina de una falda de color verde claro incluida en la imagen justo por encima de la rodilla. recordé. —Tenía la cara roja de la rabia. James. Su mano era una vibración pálida. Mitch volvió a golpearle. ya no es tuyo». —¿Eres idiota? —gritó—. En una de las fotografías. Deseé que fuera lunes en vez de sábado para poder ir al colegio con James y ver a mi señor Brown. en un segundo plano. —Maldita sea —gruñó Mitch desde el lavabo. muy común en las madres y abuelas. Su madre. Mitch fue hacia la puerta de James y la abrió de una patada. Se puso en pie y se apartó de Mitch contra la pared. tenía sangre en la comisura de los labios. que debía de ser la de James. vete a vivir a la puta calle. un niño de doce años de pelo negro sujetaba del revés por los pies a un chiquillo de cuatro años. Mitch sacudió la mano con la que le había pegado como si la cara de James fuera veneno. la pierna esbelta y desnuda. Yo mantuve las distancias y entré en la cocina. sino la mano y la pierna femeninas ligeramente borrosas que aparecían en el margen de la escena. Yo solté un grito. —Que te den. Tienes un nuevo anfitrión. dispuesta a agarrar a los niños si necesitaran un rescate.

—Se excusó. volvió a entrar la silla en el cuarto y la colocó a sus pies junto al escritorio. Se encogió de hombros y lo volvió a guardar. Se dirigió de inmediato al armario ropero y abrió todos los cajones. —¡Eres una buena mierda! —Mitch dio una patada tan fuerte a la silla que chocó contra el marco de la puerta y salió despedida al pasillo. Me miró. —¿Qué te pasa? —Cierra la puta boca —le ordenó Mitch. No sabía qué decir. —Siento que te hayas asustado. No he tomado nada. Sacó dos botas militares arañadas y metió la mano en cada una. te lo juro. avergonzado. y yo me senté en la cama. —Estoy bien. La furia salió de la habitación. No lo recuerdo todo. Se dio cuenta de que llevaba la camisa abierta y se abrochó pudoroso el botón del medio. Se le torció el gesto y sacó algo escondido ahí. Ahora se movía con sigilo. Esperé mientras observaba a James. Al otro lado del pasillo las cañerías empezaron a silbar al encenderse la ducha. Entonces se oyó el ruido de agua que corría en la cocina. que se tocaba la mandíbula con cuidado y se daba toquecitos en la sangre con el dorso de la mano. Yo lo observaba mientras miraba dentro de la pantalla de la lámpara junto a la cama. Volvió a fruncir el ceño y sacó el libro de arte. Se quedó inmóvil hasta que de pronto se dio la vuelta. Oí la voz adormecida del tipo del pañuelo que dormía en el sofá. Mitch sonreía mientras palpaba debajo de la cama. ~53~ . —Se me olvidó eso —dijo James—. Sacó la caja del tesoro de James y miró en el interior. empezando por el de arriba. Suspiró. Mitch abrió el armario y hurgó en el montón que había en el suelo del mueble. Se abrió la puerta del dormitorio cuando entró Mitch. se puso de rodillas y colocó la mano donde yo me había sentado en la manta. miró debajo de la ropa arrugada y tanteó los lados y la parte superior de cada compartimento. Luego me miró a los ojos un rato. —Debería ducharme.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla — Ya te dije que esa noche estaba muy contuso dijo James—. —Se levantó rígido. Mitch volvió a enfurecer. sin rabia. En cuanto vio la revista se echó a reír y la volvió a dejar. Me puse en pie en la manta y retrocedí hacia el rincón mientras él metía la mano entre los colchones y rebuscaba. —¿Te has hecho daño? —pregunté. En la portada vi una mirada fugaz de una mujer con un bañador diminuto que salía de una piscina.

me quedé en el alféizar de la ventana. o era sólo James? Empezó a recoger los zapatos del suelo. El otro tipo salió del pasillo al tiempo que se metía la camisa en los pantalones manchados. y todas las hojas estaban húmedas y limpias. observando a James. como un mirón. —Me voy —dije. Tenía que verle ponerse unos pantalones y un jersey por la cabeza. —Queda media pizza. Mitch y su amigo se fueron de la habitación de Billy cuando cesó el ruido del agua de la ducha. Se los puso y yo tenía intención de parar. —Necesito que me lleves. cerca de la ventana del dormitorio. A lo mejor deberíamos ir a la tienda. y se dirigió al armario ropero. —¿Tenemos comida? —gritó James en voz alta—. pero cambió de opinión. —¿Qué haces aquí todavía? —preguntó Mitch—. Me senté despacio en la cama. Mitch empujó la caja de nuevo debajo de la cama y se levantó. Limpia esto si quieres hacer algo. Me sentía bastante culpable. Era todo él. como si fuera culpable de algo. Tengo que ir a trabajar. pero no era sólo la novedad de su desnudez lo que me cautivó. se dejó caer en el sofá y se hizo con la cajita que controlaba la televisión. ¿En realidad era la forma de su pecho o el músculo del brazo lo que me traía. Cuando salió del cuarto. volví a atravesar la pared y me lo encontré en la sala de estar. ~54~ . que lanzó la toalla a un rincón de la cama y sacó unos pantalones cortos grises del cajón superior del armario. —Necesito ropa —dijo para disculparse. El sol intentaba abrirse paso entre las nubes. como si no quisiera hacerme esperar y fuera demasiado pudoroso para verme llegar antes de estar vestido. atravesé la pared enseguida y me quedé en los arbustos fuera de la casa. —Pareces un agente de la brigada de estupefacientes —comentó. Cuando James apareció en la puerta. Dejó la puerta abierta al pasillo. sin saber por qué aún con mucho cuidado de no causar el menor movimiento aunque los dos hombres ya se habían ido y se oían sus voces en la cocina. llevaba una toalla a modo de falda y aún le goteaba el cabello. No volví a la habitación sino que.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Estaba empezando a abrir el libro de poesía cuando apareció el hombre del pañuelo en la puerta. Mitch apareció en la puerta de la cocina. Entonces hice algo que nunca había hecho: contemplé a mi anfitrión mientras se vestía. No vas a ir a ninguna parte. pero se vistió rápido. pero no podía evitarlo. tan ajeno a los demás hombres.

—Pásatelo bien —dijo. James encendió la televisión. Espérame.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Deja de quejarte. —¿Qué has dicho? Mitch le puso una gorra destrozada en las manos a Benny. Lo cierto era que hasta entonces no lo había echado de menos. —Deberíamos irnos de aquí. Benny —dijo James sin mirarle. y el amigo agarró una botella de cerveza medio vacía de la mesita delante de James. —Si hago más que eso en un día Mitch pensará que me estoy volviendo loco. Se deslizó en el sofá hasta que casi estaba recostado. Se produjo una leve pausa antes de que hablara James. —Es el inconveniente de la carne. Tenemos que ir a trabajar. —Estará fuera durante horas —dijo James—. Quédate por aquí sentado y menéatela con la MTV. Benny se paró con la cerveza casi en los labios. apareció una película de persecuciones de coches y apagó el sonido. Luego miró por la habitación y me encontró merodeando en el rincón. —No le hagas caso. ~55~ . —Que te jodan. luego se sentó y apagó la televisión. Antes de poder extender el brazo y tocarle. Vi que corría de habitación en habitación. pero ahora escuchaba el crujido de los mordiscos de James y veía que el jugo salpicaba en una bruma momentánea. —Pensaré en ti. tener que comer. Mitch y su amigo cogieron las llaves y las chaquetas tejanas. Miró la puerta hasta que oyó el motor de un coche que se alejaba por la entrada. ¿Inconveniente? Hacía 130 años que no probaba una manzana. —Se rió de James—. y uno gris más débil en la mandíbula que no había visto. los platos en el lavaplatos de la cocina y la ropa y la toalla en la lavadora del porche trasero. James esperó hasta que los dos hombres cerraron la puerta principal. Vi que se ponía los zapatos y sacaba una manzana de un cajón de la nevera. metía la basura en el cubo. como si siempre estuviera traduciendo de una lengua a otra. James se dio la vuelta. Entonces advertí el morado de color rosa en la mejilla de la mano de su hermano.

el extremo oeste.. Se notaba que le encantaba la fuerza del cuerpo humano. El problema —continuó. Caminó el tramo que le quedaba hasta mí y dijo: —Doble o nada. pero sólo sentía envidia. La gente de los bancos inferiores no lo vio. Caminaba sin prisas mientras se comía la manzana. con el pelo en los ojos. dos hombres entrenaban a un niño minúsculo que intentaba levantar un bate de madera que pesaba más que él. En el campo. —¿A qué velocidad podías desplazarte tú cuando eras Luz? —pregunté. —Aunque la gente de abajo no lo ~56~ . —Tú ganas —dijo. —Señaló el campo de béisbol que había una manzana más allá y dijo entre jadeos—: La fila superior de la tribuna descubierta. Se rió con tantas ganas que cuando me vio al final del edificio por delante tuvo que pararse y apoyar las manos en las rodillas.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Cerró la casa y yo lo seguí por el césped y el asfalto bajo un cielo oscuro con un extraño rayo dorado que se inclinaba hacia un lugar invisible en la lejanía. —Sonrió y de pronto echó a correr. Pasamos por el parquecito con la estatua del ciervo donde los columpios estaban abarrotados de niños que gritaban y mujeres que charlaban rodeaban la mesa de picnic. James giró a la izquierda en la esquina y cruzó la calle. —dijo. Intenté recordar la sensación de correr con mis piernas. Arrojó el centro de la manzana a un montón de hojas apiladas y me miró. escogiendo las palabras con cuidado— es que mis sentimientos hacia ti están cambiando. pero bullía de actividad: las dos filas inferiores de la tribuna estaban llenas de padres. —Una carrera. Trepó hasta el asiento más alto de la tribuna a mi lado. Se sentó y observó la escena. No puedo expresar con palabras cómo me siento al poder hacerte preguntas que nadie más que nosotros entendería. y sentí un dolor que me paralizaba el corazón. Yo estaba tan impresionada por la imagen de su silueta esbelta cuando se le pegaba la ropa por el viento que esperé hasta el último momento para llegar antes que él. abuelos. James corrió hacia ellos. lo sentía. sonaba a tragedia—. recobrando el aliento. Estaba poniendo fin a nuestra conexión.. El parque era un campo de béisbol. sin volverse hacia mí. —Helen —dijo. hermanos pequeños que veían a veinte niños pequeños con uniforme que jugaban a la pelota. —Ya lo sé. —El problema. El sonido de mi nombre me sorprendió—. —¿A qué velocidad puedes moverte? Nunca se me había ocurrido pensarlo.

y el niño de la base de meta se dio la vuelta. —No tengo valor para estar sin ti ahora que he estado contigo —dijo James. —Probablemente te parezca absurdo. sin mucho éxito. olvida lo que te he dicho. pensé. y sus seguidores le gritaban frases de ánimo.. Haré lo que quieras. ya que fui yo quien te invitó. Otro niño pequeño intentaba sacar una pelota blanca de una tribuna de plástico roja. no sólo en la voz sino todos mis pensamientos. pero aún me sentía herida. Se oyó un repentino alboroto de gritos cuando la pelota blanca dio saltos y rebotó en la hierba. Aquello me dejó helada.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla oía. Sería mi novio si pudiera. Me daba la sensación de que se estaba preparando para abandonarme. —Yo nunca me alejaría de ti. dime qué quieres. bajó la voz—. —¿Quieres decir que si tuvieras más carácter me dejarías? —Pensé que iba a reírse. Me esforcé por recobrar la voz. pero. ¿Qué puedo hacer? «No me abandones». Mereces ser feliz. Ahora me miraba a los ojos. —¿Qué quieres? —Quiero probar una manzana —dije. —Sería tu novio con pasión. Nunca me dejarías salir del columpio de tu porche. Es difícil tenerte conmigo pero no poder cogerte de la mano ni besarte. pero estaba muy serio. Costaba recordarlo. si las cosas fueran distintas.. pero tal vez estaba equivocado. —Pero soy un cobarde. Un hombre dice algo que pretende ser halagador para compensar el mensaje real. por favor. —Por favor. Sólo estoy en el cuerpo de un chico. pensé. Bajó la mirada con una expresión sombría. Recordaba esa sensación de antes de ser Luz. pero soy mayor que tú. —Te olvidas de que no soy un niño —me dijo—. ~57~ . Estoy seguro de que no sientes lo mismo por mí. Volvió a mirarme. —No puedo mentirte —dije—. Yo estaba perpleja por la emoción de que me amara mezclada con el miedo a que se estuviera despidiendo. Si te consuela de algún modo estar conmigo. Me gustas. No sé.. —James suspiró y miró atrás al campo. «Y tus labios».. Me reí al oírlo. James era muy joven de corazón.

Vi que se le aceleraba el pulso en la garganta. —Me tumbé en su lugar. igual que la primera vez que me dirigió la palabra. —Dime cómo fue —le pedí. —¿Quieres salvar a alguien? —preguntó. con delicadeza—. el morado destacaba como un beso de pintalabios. No lo perseguiste. —¿Y si pudieras? —preguntó. James estaba mirando el campo. Sería como si un caballero le dijera a una criada: «¿Te gustaría dar muerte también a un dragón?» —No podría —dije. Desde dentro.. Esperó. y me esforcé por seguir ahí hasta que sentí su carne —dijo—.. Quiero decir salvar el cuerpo de Billy. —Me dijiste que lo salvaste. —Pero yo no soy como tú. Los gritos y las risas subieron de tono cuando los niños se quitaron las gorras y fueron a saludar a sus padres en la hierba de abajo. Tengo que quedarme hasta que el cuerpo muera o alguien quiera entrar. Me observó. hacia los gritos de sus padres antes de iniciar la carrera hacia la primera base. —¿Alguien? —Estaba atónita—. ese es el problema. ~58~ . Volvía a estar temblorosa. Mis miedos eran fuertes. El tono era neutro. Me parecía que no tenía sentido. si su espíritu está aún vivo en algún lugar. —¿Cómo te introdujiste en él? —pregunté. Ni siquiera cuando anhelaba pasar las páginas del libro del señor Brown o morder la manzana de James lo pensé. Algo en mi voz sorprendió y despertó a James. con el rostro pálido. carne con carne. —Te ayudaré —dijo. No. Él se echó a reír y me miró de soslayo. —¿Crees que he robado este cuerpo? —preguntó.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla sorprendido. en su cuerpo. —¿Puedes salir cuando quieras? Parecía compungido. pero la idea de poder tocarle la mano de verdad. sin mirarme. —¿He dicho algo que te moleste? —dije. —¿Que no eres como yo? —Yo quiero ser valiente. No trasmitía sentimiento alguno con las palabras. ¿Alguien como nosotros? —O Billy.

pero peor. —¿Cómo sabes que no puedes salir? —pregunté. Era como el dolor que sentiría si intentara abandonar mi lugar fantasmal. antes de adueñarse de su cuerpo. Un pájaro en un árbol al otro lado del campo lanzó un grito y penetró mis pensamientos como una hoja de cuchillo.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —O algo malvado. de la misma manera. —Parecía como si no quisiera describir el resultado—. No hizo ningún comentario al respecto. —Necesito pensar —le dije. —Cambié de opinión al cuarto día e intenté irme. Ahora estábamos a solas. Escondida tras la tribuna. lo vi caminar por el césped y me imaginé a James observando a Billy. y me hundí debajo del banco. ~59~ .

Cada vez era menos entretenido. despierto. y otras en el acto. practicaba el atravesar paredes. volando pero cautiva.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Seis Como un estandarte. como un relámpago. mesas y rosales. Antes de que James pudiera contestas. un mosaico de partes oxidadas juntas. —Tal vez nos resulta más fácil a los que rondamos personas en vez de lugares. y pronto pude vagar por sus habitaciones sin pensar más que en el canto de los pájaros que atravesaba la cortina de encaje. que doblaba la esquina. —dijo. —¿Tú no podías atravesar objetos? —A mi manera. con torpeza. junto a una pelota blanda podrida. —Se rió. pero cuando acababa de unirme a mi Santa. Me dejé caer por el techo y me encontré a James tumbado en la cama. como un aro de humo. Siempre tenemos que atravesar puertas para mantenernos a su lado. —Lo haces tan bien.. —¿Dónde diablos has ido? James se incorporó.. —Me miró de arriba abajo. fui flotando tras él y luego me senté en el tejado de la casa de la calle Amelia. y me pregunté si en ese momento yo era transparente o colorida—. —¿El qué? —Materializarte.. Sonrió sin mostrarse sorprendido de verme aparecer en el rincón. ~60~ . la puerta del dormitorio se abrió de un golpe y apareció Mitch que chispas en el pasillo. Hacía años que no pensaba en eso.. —Mentira —dijo Mitch—. a veces despacio. No con tu elegancia. Te he llamado al llegar al trabajo. durante horas hasta que vi el coche de Mitch. —A ningún sitio. —No he visto que hubiera mensajes.

Eso calmó a Mitch. James parecía estar en blanco. —¿Has tenido suficiente tiempo para estar sola? —me preguntó James. Esta noche salimos. —Tienes razón —admitió James—. —Te juro que si descubro. —¿Te he dicho que podías salir? —No pensaba que te molestara que me fuera a dar una vuelta. —Mitch suspiró—. —Entonces tú escoges el trabajo —dijo James—. —¿De verdad sufriste daños cerebrales? —dijo Mitch—. —¿Estás hablando solo? —¿Qué más te da? —dijo James. He ido hasta la zona de recreo y he visto una liguilla. —Bueno. Nada de mierda. he dicho que he llamado. No es justo. ¿verdad? —¿De tu amigo Chris? —El hermano de Rayna. capullo.. Vienes con nosotros. —Ya sé qué trabajo hacías.. ¿te suena? Está de permiso. —De acuerdo. —No lo hago. —Mitch sacudió la cabeza.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —No he dicho que haya dejado un jodido mensaje. Mitch volvió a la puerta. —¿Con quién estabas? —Con nadie —mintió. —Chris se quedará el fin de semana. —No me estoy metiendo en problemas —interrumpió James. ~61~ . —Trabajo todo el día y tú estás ahí sentado viendo partidos de béisbol. —No vas a dejar el colegio. ¿dónde estabas? —He ido a dar una vuelta —contestó James. pásatelo bien. He cerrado la casa. —Me refería a los fines de semana. y Mitch lo notó. luego se fue. Esta noche quiero que estés donde pueda verte. —No me mientas. debería buscar trabajo. seguro. Frunció el ceño a su hermano. Bueno. Estaré bien. No sabes de qué diablos estoy hablando. imbécil. —Sí. joder.

cada aroma y sonido. Y tal vez tuviera razón. ~62~ . —Dijiste que recordabas cosas nuevas todos los días. Quería saber todo lo que recordara. ¿Qué has recordado hoy? Pensó un momento. De pronto me invadió un deseo repentino. Las imágenes de las camisetas. Estaba ansiosa por seguir sus pasos. interpretó una actuación como si fuera un mimo. desde una calavera con una serpiente que se arrastraba por la cavidad ocular hasta lo que pretendía ser un charco de vómito. Ya te he contado todo lo que recuerdo. estaba riendo. ¿Y si eso lo hacía más fuerte que yo? Me daba miedo que si me introducía en un cuerpo fallara y cayera en picado en mi infierno para no volver a verlo nunca. todo. No había forma de saberlo. Tal vez James fuera distinto. al ver la hierba e imaginar un jardín ahí con James a los dos años correteando descalzo o mirando la pista de juego e imaginando a James como Luz caminando por las bases en la oscuridad. —Recuerdo el sonido de nuestra mecedora —me dijo—. era tan opuesto a la personalidad de James que me encantaba. pero sentía una sed inagotable de sus recuerdos. —Llévame a tu lugar encantado —le pedí. en vez de una serie de anfitriones. todos los colores que pudiera evocar de su vida anterior. El tejido de la camiseta era tan fino que veía la forma de la clavícula. —Ya lo he hecho —dijo James—. —¿Por qué no me lo has dicho? —Me sentía casi molesta. Le tenía pavor a la mía.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla * * * Durante mis meditaciones en el tejado casi había decidido dejar que James me ayudara a abordar un cuerpo vacío. Donde está la pista de baloncesto. —Pensaba que te entristecería —confesó. Crujía en el lado izquierdo. ese era mi lugar encantado. —Cuéntame todo lo que recuerdes de tu vida como James. Había rondado un lugar. Cuando por fin sacó el jersey marinero que había llevado todo el día y se puso una camiseta lisa marrón. Mientras veía cómo se preparaba para una noche con Mitch. me hizo reír tanto que las fotografías de la pared se agitaron como mariposas. Pese a que no consistía más que en mostrarme la parte delantera de las camisetas de Billy. una tras otra. la curva del músculo. pero aún me daba miedo que mi espíritu de Luz no pudiera con aquello.

Mitch se encogió de hombros. Una mantequera. miró a James con recelo. Luego James miró a su hermano. Cuando por fin apareció Mitch poniéndose la chaqueta vaquera. ¿Por qué? —Me da igual —dijo James—. Se volvió y me miro en el asiento trasero. al tiempo que se ponía la chaqueta. ¿Hace demasiado viento allí? —Pregunto James mientras bajaba la ventana. James tuvo que esperarle en la puerta principal. —Cállate —dijo James. pero viví en una residencia masculina con el señor Brown durante dos años. El Rusty Nail era un edificio grande en forma de granero con un enorme cartel de neón en el que brillaba el nombre con luces rojas fuera y una plaga de vejestorios cowboy y mineros que llenaban del suelo hasta el techo en el interior.. Mitch arrancó en la entrada y siguió por la calle Amelia.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Me disculpo por adelantado por si mis compañeros te ofenden esta noche —dijo. —¿Qué vamos a hacer esta noche? —preguntó James. A lo mejor vemos una película.. Seguí a los dos hombres hasta el coche destartalado y me senté tras ellos en el asiento trasero. la joven de ~63~ . te has peinado? —¿No es lo que me has dicho que haga cincuenta malditas veces? — exclamó James. En el bar predominaba un velo de humo. Mitch sacudió la cabeza. Helen la inquebrantable. Me sentía halagada porque olvidara que el viento no me podía despeinar. —¿Qué? —dijo Mitch. —¿De verdad? —Parecía impresionado—. —Enciéndeme un cigarrillo. una reliquia de mis días olvidados tan anticuada como un carro romano. Tras muchos avisos de Mitch para que se diera prisa. —Gracias —dije—. —Quiero decir. rota e inútil. No quiero que las cosas. Estaba demasiado sorprendida para contestar. —James apoyó el codo en la ventana—. —¿Qué has hecho. —Mitch aún parecía perplejo—. En el asiento trasero —añadió James. se vayan volando por todas partes. y en el comedor se oía un ruido ensordecedor. estaba colgada a lo alto en una pared. —Nunca había funcionado. —Vamos al Rusty Nail... —Si no fuera tan caro te llevaría a hacerte un escáner del cerebro — afirmó Mitch. Mitch y James se encontraron con Rayna.

Yo me aparté de ellos y me quedé en el rincón junto a una cabeza de búfalo colgada de la pared mientras se trasladaban a un sitio más grande. Billy advirtió. que le dio un empujóncito a Chris. Había estado en muchos restaurantes con mis anfitriones. pero con James era distinto. una chica pechugona de rizos negros y una camiseta roja con un dragón verde. ¿Podéis llevaros a Libby? Los seguí a distancia mientras se dividían en dos grupos en el aparcamiento. y al final se dirigieron hacia la puerta y volvieron a ponerse los abrigos. sobre todo con el señor Brown. Los hombres mayores fueron a inspeccionar el camión nuevo de Jack y las mujeres acorralaron a James contra el coche oxidado. —La ex novia. Ella le sonrió y le dio un golpe juguetón en la muñeca como si fuera él quien estuviera coqueteando. Ya estaban bebiendo. James estaba sentado lo más lejos posible de Libby sin salirse de la mesa. —Supongo —contestó James. Quiero pasármelo bien. James. Libby estaba sentada entre Mitch y James. como pequeños escarabajos de color carmesí que saltaban sobre la rodilla de James. sentado en el extremo. —¿Vamos a bailar? —preguntó—. ~64~ . Libby se estiró y el dragón de la camiseta se expandió con un rugido sordo sobre sus pechos. no pensaba en eso —dijo Libby. Demasiado joven para ti —le —Joder. —Es su hermano. como si fuera una rata muerta. escudriñó la sala hasta encontrarme. —No. la hermana de Dawn. Había más gente con ellos: Chris. Los demás comían. Al parecer se llamaba Jack. dijo Rayna. Él levantó la mano y se la puso a Libby en el regazo. Entonces hubo una discusión sobre películas. —¿Quién es Jill? —preguntó Libby. Dawn. las uñas brillantes. —¿Quién es este? —preguntó Libby. reían y fumaban cigarrillos.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla la noche anterior. que llevaba el pelo negro corto y un vestido negro corto y Libby. con la mano en el muslo de éste. un hombre musculoso con la cabeza afeitada y un tatuaje de un tiburón en el dorso de la mano. —Ya conoces a Mitch —contestó. éste —dijo. sentada en la barra con su pirata al lado. —¿Mitch está bien con lo de que Jill lo haya dejado? —preguntó Dawn. mirando a James. —Somos cinco en nuestro coche —le dijo Rayna a Mitch—. su chica. Era consciente de mi presencia.

No. James se rió y volvió a tantear el desgarrón. pero no se adentró lo suficiente. —Nada. Puedo ser muy convincente. Mitch tenía la mirada lija en la carretera. y yo fui con él. El coche dio un giro brusco y Libby se rió. Dios —se lamentó Mitch. —¿Qué pasa? —pregunté. Llevaba escrito la palabra «troyanos». Da igual. —¿Qué te pasa? —le preguntó Mitch. Doy todo tipo de masajes geniales. Cuando se fueron a ver las películas. —No te preocupes. Palpó una rasgadura en la tapicería. —Oh. —Por Dios —dijo Mitch—. que redujo la velocidad y dejó caer la cabeza en el asiento.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —¿Qué es este morado? —preguntó Rayna. Yo hablaré con él. —No —susurró James. Lanzó una mirada rápida al retrovisor. Se sentía tan aliviado que se dejó caer como si estuviera exhausto. Libby estaba con las otras chicas. Libby se sentó delante. —¿Es por nosotros? —Libby parecía sorprendida. James ocupó el asiento trasero. —Luego se inclinó hacia el oído y deslizó la mano por el brazo de Mitch hasta que se perdió de vista—. Doy unos masajes de espalda geniales. ¿Qué estás haciendo? James intentó volver a meter el sobre en el agujero del forro de la puerta. cariño —dijo Libby—. —¡No! —dijo James—. Luego se oyó el sonido de una sirena y empezaron a verse luces en el carril contrario. que colocó una mano en la nuca de Mitch —. luego cerró los ojos de dolor. —¿Quieres que me siente detrás contigo? —se ofreció Libby. que se dio la vuelta en su asiento y le guiñó el ojo. Abrió el sobre y miró en el interior. —Pareces tenso —dijo Libby. con Mitch. pero miraba al otro lado del aparcamiento a Mitch como un gitano de carnaval para adivinar su peso. que le observaba por el retrovisor —. Mientras íbamos bajó la deslumbrante luz de las farolas. La miró más de cerca y tiró de la esquina de algo que parecía un cuadrado de papel. James tenía la mano sobre el pomo de la puerta. Esta vez sacó un sobre diminuto. siento habértelo preguntado. gracias. ~65~ . Mitch aparcó junto a la acera y metió la cabeza entre las manos. que levantó la cara de James hacia la farola. James lo dejó escapar fuera. Se quedó blanco.

¿Podría enseñarme su permiso de conducir y los papeles. y el primer agente le apuntó con una linterna a los ojos. El otro agente se unió a su compañero. Yo me sentado carpeta. James se agachó tras el asiento—. —¿Quién va con usted. ~66~ . ¿Iba muy rápido? —No. con las luces resplandeciendo a través del parabrisas como un aviso de un faro. Le grité a James: —¡Ahora! James abrió la puerta del coche. que estaba dentro. masticaba chicle y rellenaba un formulario en una Mitch salió del coche. Desvió la linterna hacia el asiento trasero—. inspeccionaron el coche con las linternas y les hicieron pruebas de alcoholemia a Mitch y James para ver si estaban borrachos. Tiró el sobrecito por la alcantarilla. en contradirección. ¿Va todo bien. —¿Qué he hecho? —preguntó Mitch. —Buenas noches —dijo el agente de policía. por favor? James se acercó a mí y susurró: —Avísame cuando el otro aparte la vista del coche. señor? —Una amiga y mi hermano pequeño. —¿Es su hermano? —preguntó el primer agente. Atravesé la puerta y vi que había otro hombre sentado en el coche de policía. señor. —No te metas con él —advirtió Mitch a Libby al bajar la ventanilla. comprobaron los documentos de identidad de todos. baje del vehículo. James salió del coche. —¿Por qué no me ha dado una prueba a mí? —preguntó Libby. —Usted baje del coche. Por favor. observando al otro agente. señor. chicos? —preguntó el policía. como ofendida. —¿Has bebido esta noche? —Una cerveza —contestó Mitch. Vi que el otro agente se agachaba para sacar una bolsa de plástico de una caja en el suelo. pequeña dirigí al coche de patrulla. Ninguno lo estaba. —Claro —dijo Mitch—.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla El coche de la policía aparcó de cara al vehículo de Mitch. —¿Le importaría bajar del vehículo? —dijo el primer agente.

sin ni siquiera mirar el dragón —. Me suena tu cara. los demás muy por delante. —¿Y ahora qué? —preguntó Mitch. —Tengo que ir a mear —dijo James. cuando James alzó la mirada por la ventana y se acercó a mí. es muy mala idea. No estaba segura de qué sentía él. —Ahora voy —contestó. Yo esperé junto al coche y. Mitch hizo que Libby se sentara sola en el asiento trasero. —En mi opinión —dijo el primer agente. —Se rió. Me estaba poniendo un poco cariñosa. Yo he provocado que diera ese giro. Luego miró de reojo a James—. yo me quedé junto a su puerta. —Ya saben —dijo. Yo caminaba a su lado. manténgase en su carril en lo sucesivo —le dijo a Mitch—. cuando los demás salieron del coche. —Tiene una de esas caras comunes —dijo Mitch—. señora. como si fanfarroneara—. En el cine. por favor. Era una sensación muy extraña. Abrió la puerta y se levantó despacio. atravesé la puerta del coche y me senté en su regazo. En el aparcamiento del cine. masticaba con la boca abierta mientras observaba a Mitch. Libby comió un poco. pero James no salió.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Bueno. —Arrancó un talón de la libreta que tenía en las manos y se lo entregó a Mitch. Y. —Hablaba bajo. —No. Sentía un hormigueo que me recorría el cuerpo allí donde estábamos en contacto. es bastante probable que usted sí haya bebido pero que no sea menor de edad y tenga un conductor asignado. Me quedé detrás. —¿Sabe? —dijo. —Es aterrador no saber lo que el chico pudo haber hecho que pueda volverse en mi contra. pero se sentó al lado de Libby cuando se fue. Libby ocupó su sitio y Mitch buscó a James. suspendida en el pasillo. como Jack y Rayna. Mitch le lanzó una mirada recelosa. James se encogió de hombros como si no supiera lo que quería Yo admiraba su dominio del lenguaje corporal del siglo XXI. Dawn y Chris se sentaron juntos. Rayna ofreció a todos cintas finas de caramelo rojo. pero estaba agarrado con fuerza al pomo de la puerta y el respaldo del asiento. No me miraba. —Por favor. respete a su conductor —increpó a Libby. —¿Te han dicho alguna vez que pareces un actor de cine? —le preguntó Libby. Gracias. Los agentes se limitaron a mirarla. coqueta—. —¿Lo que has encontrado en el coche era el tesoro de Billy? James suspiró. ~67~ . pero Mitch se dio la vuelta y lo miró.

Y James también estaba sentado quieto. como un cuadro sonoro. con tres personas encajadas en la parte trasera del coche de Rayna. Libby se volvía para mirar a Mitch cada pocos segundos. Era una vergüenza la manera en que las películas modernas asfixiaban las historias con canciones y cargaban todos los momentos con ruidos y palabras. Libby se fue con su hermana. pero Mitch estaba quieto. haciendo el amor con la música fuerte. James estaba mirando la pantalla. James miraba la pantalla pero se movía inquieto ante los sonidos de gemidos y gritos. no es él. Mientras la luz moteaba las caras de la gente. Se dejaba poco a la imaginación. la luz de la película movía sombras sobre la silueta de su brazo. — Libby arrugó la frente—. Ella bajó la ventanilla cuando estaba a punto de irse y saludó. Yo bajé la mirada y preferí contemplar la mano de James. la mayoría de veces observaba al público en vez de la pantalla cuando iba a ver películas mudas con mi Caballero.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Ese chico de. se reclinó hacia atrás y me miró. Se había quitado la chaqueta y vi cómo se le levantaba la camisa marrón y caía al respirar. ¿cómo se llama esa película? No. —¿Quién es esa actriz a la que te pareces? —dijo Mitch con un sarcasmo que pasó inadvertido. Pregúntaselo a Rayna. Se sentó a un asiento del pasillo y yo ocupé el lugar vacío a su lado. Libby susurró algo al oído de Mitch y. Al leer los ojos de los actores. excepto durante una escena en la que el hombre y la mujer que robaban bancos y huían de la policía estaban desnudos. Chris y Dawn con las cabezas juntas. —¿La del anuncio de Levis? —dijo. yo veía cómo cada uno creaba en su corazón una historia distinta a partir de las mismas imágenes. Las dos parejas estaban acurrucadas. pero colocó el brazo en el reposabrazos y yo presioné sus dedos con los míos. Mitch se dio la vuelta y lo miró. A decir verdad.. La música era más integral. Rayna sujetaba una cinta de caramelo entre los dientes y dejó que Jack se la comiera hasta que se besaron. se forma un lenguaje secreto en tu mente. —Chiss. Mitch se volvió y se la quedó mirando un rato. espera. Echaba de menos las películas mudas. —¿Qué te pasa? —susurró. Te pareces al otro tío.. ~68~ . —Le hizo callar Libby. —No. sino que las resaltaba. El hecho de que fueran mudas no hacía que las emociones se perdieran. Cuando las luces se volvieron tenues. James volvió pero se acomodó en la fila casi vacía detrás de Mitch y el resto. la otra tía —dijo Mitch—. encantada. cuando volvió a mirar la pantalla.

Cuando nos paró la policía. yo en el asiento trasero y James con el brazo en la ventanilla abierta. James se llevó una camiseta interior blanca y unos pantalones cortos al lavabo y volvió con la ropa puesta. Él dudó. —Entonces anoche dormiste —dijo. —Luego preguntó—: ¿Tuviste un verdadero amor? —No —contesté—. ¿qué te hizo Libby para que dieras ese giro? —preguntó James.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Llámame algún día —gritó. Se sentó en su cama. —Bueno. Se tumbó sobre la manta cerca de la pared y dejó un espacio para mí. —Luego miró a James—. ¿por qué diablos te escondías en el asiento trasero. —Creo que no. Mitch se fue a la cama y yo me senté en el escritorio de James. Me invadió un tremendo placer cuando me di cuenta de quién era la modelo. —¿Tenías esposa cuando eras James? —Intenté fingir que no me importaba la respuesta. —No quiero oír ni una puta palabra más sobre ella —gruñó Mitch. —No sabes mentir —dijo su hermano—. Mitch se limitó a mirarla. Sólo un marido. Entre los dibujos de monstruos había uno nuevo. por el amor de Dios? —No me estaba escondiendo —contestó James. ~69~ . Volvimos a la calle Amelia. Nunca juegues al póquer con dinero. —Gracias —dijo James. Me senté con él. —Bueno. cuando te consiga ese trabajo genial podrás llevarme tú. Se produjo otro silencio. —Menos bromas. Era un esbozo a lápiz de unos ojos. Sonrió con sus dientes blancos de niña y los rizos negros botando. —¿Por qué? —Por comprarme la cena y esas cosas. —Sí. parecía enfermo. James se rió. No se parecía en nada a las feroces criaturas que lo rodeaban. —Esa Libby es una pasada —dijo James cuando estábamos junto al coche destartalado. Cuando los seguí hasta la casa. —Vale.

Se levantó. —Lo siento —dije. incómoda y halagada a la vez. Todo irá bien. que descansaba sobre la manta. —Es culpa mía —balbuceé. de cara a él. puedes volver a oler la hierba. Sin embargo. —Lo siento —dijo—. Y beber agua. Sonaba tan seguro que no tenía más remedio que creerle. Un recuerdo fugaz de piel caliente bajo una sábana fría hizo que me sonrojara. sentí un cosquilleo. —No quería ofenderte —dijo James—. preocupada por si le había parado el corazón sin querer. —No me preguntó los detalles. y yo no podría habérselos dado. deseaba con todas mis fuerzas tocar a James. Se puso rojo. Salí de la cama hacia el rincón del cuarto. Puedes agarrar una piedra y lanzarla. levanté una mano hacia la suya. —Por favor —dijo James—. no podré dormir. —Creo que no sabré adueñarme de un cuerpo —confesé. yo dormiré en el suelo. Sacudí la cabeza. Cuando te metes en la carne. Si no. —Me pregunto por qué no recuperaste todos tus recuerdos cuando te metiste en el cuerpo de Billy. Me acosté y lo observé. —Te encantará —me dijo—. —Agarró la almohada y se tapó con ella. Soltó un grito ahogado y abrió los ojos asombrado. Me dirigí a la cama y me tumbé. —Volveré por la mañana —le dije. Me has sorprendido. contenta de estar en su ~70~ .Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Lo siento. le atravesé con la mano desde los muslos hasta su corazón antes de retirarla. no —susurró—. Yo sabía que yo no quería recordarlo todo. Quería desaparecer. —Que el agujero en los peldaños de nuestra casa parecía un ojo de gato. —No. Descansa en la cama. —¿Qué fue lo primero que recordaste cuando te convertiste en Billy? Sonrió. Luego vi que movía la mano hacia los pantalones y presionaba la dureza que se veía bajo la ropa contra su cuerpo. Tenía un brazo a un lado. —Mañana buscaremos a alguien que necesite ser salvado —dijo en voz baja. con la almohada aún sujeta delante. Sin pretenderlo. Me recosté. No pasa nada. —A lo mejor se necesita tiempo.

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cama en vez de sola en el tejado. Apagó la luz, se estiró en el suelo y se puso la almohada debajo de la cabeza. —Tal vez mañana probarás una manzana —susurró.

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Siete

Cuando la penumbra anterior al amanecer empezó a perfilar objetos donde no se veía, el marco de la ventana dibujó una cruz en la pared y convirtió el pequeño cuarto en una capilla. En el suelo, junto a la cama, James se incorporó de un respingo, como un perro que oye un disparo. Me miró allí sentada en su colchón. —No te vayas —dijo. Mientras se duchaba, paseé por la casa. Al atravesar la puerta del lavabo, oí el eco del agua que corría y, junto a la habitación de Mitch, una voz. No entendía las palabras, pero se percibía cierta angustia en el tono. Atravesé la pared y vi a Mitch durmiendo con una sábana encima hasta el torso desnudo. Entonces vi mejor los tatuajes: alrededor del brazo izquierdo, una cenefa celta; en el derecho, una cadena de espinas y, encima del corazón, una espada del tamaño de una mariposa. Parecía sumido en un sueño profundo, pero hablaba. —Capullo. —La cara, con los ojos bien cerrados, pasaba de la rabia al dolor en un instante. Se puso a llorar, y movía el brazo derecho por encima de su cuerpo como si intentara liberarse ele algo. Luego se sentó al dar un grito y abrió los ojos. —Mierda —murmuró. Se frotó la cara donde las lágrimas no habían tenido tiempo para derramarse y se sacudió. Miró el reloj y suspiró. —Odio el tercer domingo del mes. James me encontró esperándole en su cuarto. Apareció con la toalla y sacó ropa del cajón y el armario. Me sonrió. —Cierra los ojos. Yo estaba sentada de cara a las ventanas, le observaba por el reflejo. No me di cuenta de que sabía que lo estaba mirando hasta que se abrochó los pantalones y luego imitó un gesto de forzudo mirando hacia la ventana antes de ponerse la camisa. Me di la vuelta, incapaz de sentirme de verdad avergonzada. Entramos en la cocina y vimos a Mitch tomando una taza de café. —¿Estás listo? —le dijo a James.

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—¿Para qué? —El tercer domingo de mes —contestó Mitch—. Sólo porque no fueras el mes pasado no significa que te hayas librado. No voy a ir a pasear con Verna solo. James hizo una pausa. —Verna. De acuerdo. —Era obvio que no recordaba ese ritual mensual —. Ve a trabajar, ¿de acuerdo? Mitch frunció el ceño. —¿Qué? —Trabajas los domingos por la mañana. Mitch lo miró extrañado. —Sabes lo de mamá —dijo—. Hace cuatro putos años que tengo libre medio día el tercer domingo de mes, ¿qué te pasa? —Me llamo Billy, y soy un drogadicto en recuperación. Aquello hizo reír a Mitch, que estuvo a punto de escupirse el café en la camisa. James parecía encantado. Hicieron el desayuno juntos, sin hablar demasiado. Mientras comían la tostada y los huevos, Mitch empezó a relajarse, como un reloj abandonado, con la mirada perdida. Cuando llegaron al coche, estaba tan pálido que James le preguntó: —¿Te encuentras bien? —Odio el tercer domingo de mes. —Era lo único que decía Mitch. Fuimos en coche varios minutos en silencio, pasamos la zona de negocios y nos dirigimos a las afueras. Cuando estábamos entrando en la siguiente ciudad, Mitch giró hacia un pequeño centro comercial. —Ahora vuelvo —avisó. La pequeña tienda de comestibles en la que Mitch entró era la única que estaba abierta. —No tengo ni idea de a donde vamos —me dijo James. Al cabo de un segundo Mitch volvía al coche con un ramo de claveles rojos. —Debemos de ir a la tumba de su madre —susurró James. Mitch entró, parecía tenso, y lanzó las flores al asiento que había entre ellos. —Bonito color —dijo James. Por algún motivo eso hizo reír de nuevo a Mitch. James lo observó mientras conducía. Al cabo de unas manzanas, entramos en el aparcamiento de un edificio de apartamentos y una mujer pecosa y sonriente de unos cincuenta años los saludó desde donde estaba sentada en una pared calcinada del edificio. Llevaba un bastón con la punta de goma y una bolsa de la compra. —Aquí está información. la tía Verna —dijo James, que intentaba obtener

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—¿Tía? —Mitch lo miró irritado. James observó a la mujer que se dirigía renqueando hacia ellos, apoyada en el bastón. —¿No era la mejor amiga de mamá? —preguntó. —¿Tenemos que hablar de esto? —Mitch estiró el brazo para abrir la puerta trasera. —Hola, chicos. —Entró Verna, y se inclinó para ver mejor la cara de James—. Tienes buen aspecto. El coche volvió al tráfico. La mujer se colocó en el asiento al lado de mí. Llevaba el pelo caoba y gris recogido en una cola y vestía como una pintora de casas. —¿Cómo estás, Mitch? —preguntó. —Tirando —contestó. A medida que nos acercábamos a un enorme césped flanqueado por lápidas a la derecha, James se puso tenso, examinaba con la mirada cada fila de tumbas, pero Mitch no giró en la puerta del cementerio. Lo pasamos de largo, así como el hospital del condado, y entramos en el aparcamiento del tercer edificio. El letrero decía: «St. Jude's». Era un bloque de cemento que no parecía más alegre por las flores de colores que abarrotaban la entrada. James parecía confuso, Mitch irritado, y la mujer que iba con ellos bastante feliz, como si fueran a una fiesta. Aparcaron en un espacio marcado para visitas, y yo los seguí hacia la entrada. Los chicos caminaron más lento por respeto a su amiga. —Billy, ¿puedes aguantar esto? James cogió el bolso de la mujer y ella se puso a empujar con las dos manos el bastón. Cuando entraron por las puertas de cristal, Mitch y la mujer fueron enseguida a la recepción y firmaron en una hoja de papel en una carpeta. —Buenos días, Karen —saludó Verna. La chica del mostrador sonrió. —¿Cómo está su rodilla, Verna? —Podría ser peor —contestó ella. Yo iba detrás de James. —A lo mejor la madre de Billy no está muerta —dijo él. Aquellas palabras sonaban esperanzadas, pero su voz tenía un tono de presagio. Mitch empezó a seguir a Verna por el pasillo a la izquierda, pero se volvió hacia James.

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—Hola. vi mis manos que arrancaban el papel marrón de un librito azul como si el hecho de esperar un segundo más para una novela nueva me fuera a volver loca. tu favorito. escondía un libro debajo de un archivador. —Verna rebuscó en la bolsa y sacó una revista fina—. una carta de Belle y una receta que creo que te gustará. Sarah —dijo. agarró el bolígrafo sujeto a la carpeta con una cadena fina y firmó debajo del nombre de Mitch: William Blake. Por un momento confuso. Seguimos a su hermano por el pasillo. James lo hizo y se quedó cerca de la cama. Verna fue directa a la cama. Mitch dejó las flores en la bandeja junto a la paciente y se refugió en la silla junto a la pared. y James miró la portada de la revista de ex alumnos sin abrirla.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Date prisa. —Verna arrastró la silla junto a la cama hasta los raíles de metal y agarró la mano lánguida. Llevaba las uñas cortadas y una alianza de boda en el dedo anular. pero éste estaba pensando y no levantó la mirada. Vi que la chica. —Tengo el boletín de ex alumnos. y ahora era James el que parecía irritado. la más lejana. James estaba de pie en la puerta. el único color que se veía en su rostro. Tendió el brazo y tocó con dulzura la mano de la madre de Billy. —Estamos todos aquí. Voy a ponerlas en agua. —Anuncios —leyó James en voz alta—. cariño: Mitch. James fue al mostrador. —Te he traído algunas sorpresas. le dio un beso en la mejilla a la mujer que miraba y le dejó una mancha de pintalabios. sentada tras el mostrador. No era un texto de hospital. Llevó las flores al pequeño lavabo adjunto. sino un volumen manoseado con una esquina arrugada para marcar el punto. a los pies. —Hizo un gesto no muy amable con las flores y salió volando un pétalo. James pasó las páginas hasta que encontró el año correcto. —Clase del setenta —dijo Mitch en voz baja. poneos en contacto con Vicky Hanson si ~75~ . —¿Por qué no le lees a tu madre? —Verna le dio a James la revista y la silla—. James miró a Mitch. El comité de organización de la trigésimo quinta reunión se reunirá en febrero para pasar el fin de semana en el lago Florence. Los chicos te han traído flores. Entramos por una puerta blanca a una sala desinfectada donde una mujer en camisón con diminutas torres Eiffel estaba sentada inmóvil en una cama mecánica. La visión se desvaneció tan rápido como había aparecido. De color rosa. Billy y Verna. Por favor. Su rabia era tan fuerte que se percibía en toda la habitación. —Hizo un gesto para que James le llevara la bolsa de la compra.

—Adiós. apoyó los codos en las rodillas. Veamos. Verna recogió su bolso. —James miró a la mujer de cera. con una mano sobre los ojos como si intentara dormir..Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla queréis ser voluntarios. Ya estaba en la puerta. cariño. —Verna volvió a darle un beso en la mejilla a la paciente—. sujetándole el bolso. Para entonces Mitch estaba reclinado en su silla. —Verna leyó en voz alta una carta de una amiga llamada Belle sobre su hija que se divorciaba de un ludópata y la amputación de la pierna de su perro Chloe. —La próxima vez te traeré ese relato sobre la venta del patio — prometió—. mirando al suelo. Le dejó la silla. Mitch estaba esperando en el ~76~ . mamá. Ha dejado una esposa. —Adiós. sus dos hijos. —Gracias —susurró. Mark Hogan ha abierto su tercer concesionario BMW en Seattle y aceptará a los alumnos de Colfax que quieran solicitar un trabajo. pero me asusté cuando Verna atravesó mi cuerpo para dejar el jarrón de plástico blanco con flores en la mesa situada junto a la cama. Me incliné para tocarle el brazo. Le llamaban palomilla por las orejas. James seguía mirando a la madre de Billy. —Defunciones —siguió leyendo James—. la sesión de visitas había terminado. James saludó a la mujer silenciosa con un gesto infantil. y se frotó los puños como si estuviera esperando la condena de un jurado. Mitch se levantó. —James dejó de leer cuando Verna le tocó en el hombro. Se inclinó hacia delante.. mamá —dijo Mitch sin mirarla. Greta Zenner Wong. —¿Te acuerdas de Mark Hogan? —preguntó Verna a la madre de Billy—. —Se quedó junto a Verna. chicos. —Adiós. Se detuvo de nuevo al final de la cama y se inclinó para tocar levemente la silueta que formaban sus pies bajo las sábanas. Parecía que le costaba más caminar que antes. echó un vistazo a la página—. Vermont. Decidle adiós. V Hanson en casa punto com. Sería muy guapa si no estuviera enferma. Sobre todo los que se reían de su camioneta Ford del sesenta y cinco. Al cabo de una hora. no era consciente de mi presencia desde que entramos en la habitación. cansado de la batalla. apareció una enfermera en la puerta. le dolía el peso de su armadura. con una voz mucho más animada. James se sentó en la silla al otro lado de la cama de Verna. más desgastaba a Mitch. Luego. Negocios. Yo me desplace despacio al otro lado de la cama y miré a la madre de Billy. David Wong murió de un ataque al corazón el uno de agosto en Livingston. Cuanto más se prolongaba la visita. Me retiré a la puerta. y cuatro. Te mueres de risa.

—No. Mitch encendió la radio y puso música durante todo el trayecto hasta el edificio de Verna. —De acuerdo. ya puedo sola. —¿Qué? —preguntó Verna. Ella lo miró asombrada. —¿Quieres que te acompañe a la puerta —preguntó. pero miró por el retrovisor y cambió de opinión. —¡Adiós! —Ella saludó. —¿Sin poder hablar ni moverse? Cuando volvimos a pasar por el cementerio. —Cuando lo miré perpleja. —Nada —contestó James. —Fantasmas en el cementerio. añadió—: No está vacía. Vi que quería hablar. —¿Puedo dar una vuelta si no me meto en líos? —preguntó James. James por fin me miró. —Siete —susurró.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla coche cuando ellos firmaban a la salida en el mostrador. —Ya que he sufrido daños cerebrales. fascinada por el frágil caminar de Verna. James se acomodó en el asiento delantero. En cuanto sonó la música. Me horrorizó la idea de ese tipo de infierno. —Ve tú delante —dijo James al abrirle la puerta. James también salió y le ofreció el brazo. Una vez detrás. —Supongo que sí. las lápidas que pasaban volando atrajeron su mirada como la oscilación de un péndulo de un hipnotizador. Cuando bajó Verna. —Mitch suspiró—. Yo los seguí. James se inclinó hacia mí y susurró: —No sonaba a hueca. James fingió ver la televisión mientras Mitch leía la sección de deportes del periódico. su madre aún está en su cuerpo. —¿Siete? —pregunté. pero el coche avanzó por la calle antes de que James pudiera contestar. Al final se puso la chaqueta y cogió las llaves. ¿puedes recordarme hasta cuándo estoy castigado? ~77~ . Cuando regresamos a la calle Amelia. —Le han encantado las flores —le dijo Verna a Mitch. yo me quedé detrás. Enciéndeme un cigarrillo.

caras barbudas con gafas de sol reflectantes. cubiertas de azul con aros en la nariz. con la frente arrugada. El señor Brown odiaba ir de compras. —¿Dónde vamos? —Adonde va la gente en septiembre una tarde de domingo. Miraba alrededor de vez en cuando. rostros con granos y aparatos en la boca: todas pasaban por al lado. «a la caza». Me sentía mucho menos nerviosa entonces que la noche anterior. ahora ya sé qué comprarte por Navidad. —Bueno. se bebió un vaso entero de zumo de naranja y dijo—: Vamos a cazar. Cerca de la entrada a una tienda enorme. incomprendidas como palabras extranjeras.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Hasta que yo lo diga —fue lo único que dijo. Ató la bicicleta a un aparcamiento fuera del enorme centro comercial y entramos en aquel oscuro ajetreo. Al final se levantó y volvió caminar. música de varios tipos se mezclaba en ondas desconcertantes. —Esa —susurró. sentada delante de él en la mesa de la cocina. Caras arrugadas con gafas grandes y gruesas. llevaba pantalones de chándal y una chaqueta con ~78~ . James se movía despacio contra la corriente. pero no se centraba en mí. James recorrió todo el centro comercial tres veces conmigo a remolque. rostros de bebé medio ocultos por chupetes de plásticos. * * * Era extraño seguir a James cuando iba en bicicleta. Se sentó en un cenicero de piedra. observando a una pandilla de jóvenes se comían en mesitas redondas. así que hacía años que no iba a un sitio así. * * * Observé a James mientras se comía un bocadillo de mantequilla de cacahuete. una mujer de unos treinta años se agachó a atarse la zapatilla deportiva. al centro comercial —contestó. en medio del lado equivocado del tráfico. —Cuando terminó. El pelo castaño mal cortado le cubría la cara. Me parecía tan rocambolesco el encontrar un cuerpo abandonado que me daba la sensación de que aún no había nada que temer. —Siempre me he preguntado a qué sabía —dije. Tardaríamos días en encontrar a alguien a quien salvar. Estaba abarrotado de gente y se oían murmullos.

pero al parecer un cuerpo era la única manera de estar de verdad con él. No quería que mi espíritu se pegara a nadie que no fuera James. tomó un puñado de agua. luego se inclinó. Y cuando esté sola. con ~79~ . pero la cara no parecía nada sana. James se dio la vuelta y fingió mirar el precio de un albornoz en un perchero a su lado. Luego dio un sorbo largo y se incorporó. métete en su interior. —Pégate a ella —susurró—. ya que James estaba a sólo unos centímetros al otro lado de la puerta. No será como con Billy. cuida su cuerpo. pero no sabía si procedía de la mujer o de las luces de las joyerías. Entró en la tienda y la seguimos tres pasos por detrás. ¿No lo oyes? Cuando la mujer se levantó. La mujer se miró en el espejo como si hubiera olvidado que hacía allí. el pelo cayó hacia atrás y dejó al descubierto un rostro enjuto con una sombra de tensión alrededor de la boca. me puse a su lado en el espejo y le toqué la mano izquierda. un cubo de metal y una señal de advertencia por los ladrones. No sentí nada parecido a tocar al señor Brown o a James. —Estaré aquí —dijo James. —¿Está vacía? —Escucha —susurró—. —James se paró cuando la mujer dudó en la intersección de pasillos—. Entonces la mujer giró a la izquierda y la seguimos hasta que abrió una puerta que decía «Señoras» en la otra pared. posada en el borde del lavamanos. A regañadientes.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla capucha. Era un cuarto diminuto con un retrete y un lavamanos. hizo gárgaras y la escupió. como si fueran dedos de los pies congelados y resucitados por un baño caliente. tenía marcas de pequeñas cicatrices como si la hubiera atacado un gato. Aunque aún tenía miedo. pero pronto perdería la oportunidad de estar a solas con ella. La mujer vacía estaba sola. Estaba pálida y tenía ojeras. Empecé a oír un leve zumbido. con la mano derecha al lado de su mano izquierda. —¿Y si hay un demonio al que no le doy miedo? —No toma drogas. Tal vez tuviera un cuerpo atlético. Su carne desprendía un calor picante. No tenía necesidad de seguir a esa mujer. Se volvió a mirar en el espejo. atravesé la puerta del baño justo cuando ella la estaba cerrando. —¿Qué hago? —Tenía los nervios a flor de piel. Yo me escondí detrás de James mientras se acercaba despacio a ella. Con la mano derecha encendió el grifo. Me pregunté si podría encajar tras aquellos labios y devolverles la sonrisa. Yo me acerqué. Es una atleta.

los otros pedazos reflejaban deformidades monstruosas pero permanecieron en la pared. cuando se abrió la puerta del lavabo de mujeres y salió la mujer de la chaqueta con capucha. con las trenzas castañas colgando. Me daba tanto miedo el verme intentando salir de ella. Al oírlo. Estiró el brazo izquierdo al frente y mi mano derecha fue arrastrada por él. Intenté salir de ella. pero tenía el ceño fruncido como si no se reconociera. Veía imágenes fugaces de sus manos que intentaban agarrar el pomo de la puerta en su dormitorio oscuro. sorprendido. —¡Helen! —James estaba al otro lado de la puerta y sonaba asustado—. con la ~80~ . Desapareció tan rápido como había surgido. pero estaba encallada. James golpeó la puerta con el hombro. se irguió negro como la cabeza de una cobra. ¡No lo hagas! Sentí que una rabia punzante me subía por los dedos y con él el deseo de arañar la mejilla donde estaba oculta la mitad de mi cara y rasgarla hasta sangrar.. El pomo se agitó. Su cosquilleo caliente me subió por el brazo. La mujer se estaba mirando a los ojos. retrocedió y rompió el espejo. mi ojo derecho miraba por el suyo izquierdo el reflejo de sólo una mujer. Me adentré más en ella. pero aquel movimiento ya no hacía que la carne temblara o se encogiera. La mujer del espejo me estaba mirando a los ojos. Mi miedo hizo que las perchas se balancearan suavemente alrededor. Se oyó que llamaban a la puerta. Lo que me estaba mirando no era una mujer. La niña había abandonado ese cuerpo cuando aún era adolescente.. yo tenía un ojo dentro de uno de los suyos y el otro en el aire. sufría arcadas y bebía agua mientras lloraba. —¡Helen! —James aporreaba la puerta. pero el pomo giró cuando lo tocó. luego agarró el lavamanos mientras yo luchaba por adueñarme de ella. La mano que yo poseía sólo daba sacudidas en el aire. sentí un temblor. aunque los pulgares estaban en lados contrarios. Ahora los huesos contenían algo inamovible que se elevó como un charco de alquitrán y luego. La criatura cerró la mano derecha en un puño. invisible. Desde el fondo de su corazón pasó volando un recuerdo. Pero no era la mujer la que sonreía. Miré fuera del círculo de camisones de algodón y vi que James retrocedía un paso. lo notaba porque hizo una mueca con los labios. Sólo cayó al lavamanos un fragmento de espejo. la criatura me sacó del cuerpo y yo atravesé volando la pared hasta un estante de ropa fuera del lavabo. Cuando la oscuridad alrededor de su boca se encontró con la comisura de mis labios.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla una gota de agua en la barbilla. una niña de diez años que escupía en el lavamanos de un lavabo. Su padrastro fumando un cigarrillo en silencio en el porche mientras su madre la reñía por volver a mojar la cama. Con un gruñido de disgusto. Sentía la definición de cada uno de sus dedos. Me estaba viendo. desde un escondite en el estómago de la mujer.

Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla mano derecha ensangrentada en dos nudillos. ~81~ . —Lo siento mucho —susurró. Miré alrededor. Judy o algo así. dispuesta a luchar. —¿Estás seguro? —Tiene un aire de pureza. pero el alivio que reflejaba su rostro no ayudó a mitigar mi pánico. aún temblaba. —Tuvo que recobrar el aliento. Ella no paraba de mirar hacia atrás al salir. —Está vacía —susurró. Sólo quería estar a solas con él. lo siento mucho. Procedía de aquella chica. con el pelo rubio bien peinado y colgando sobre los hombros. un sonido flojo como un dedo que se mueve sobre el borde de una copa de cristal. Estaba mirando al suelo. Por fin salimos de la tienda al centro comercial y nos dirigimos despacio a la entrada donde empezamos. en el regazo. No lograba apartarme de él. le dieron un golpe en las rodillas con las bolsas de la compra. Lo seguí a un rincón tras un estante de zapatillas—. —Es segura. Al final me miró a los ojos durante un rato—. pero la chica ni se inmutó. James se detuvo en el flujo de gente que caminaba de modo que una pareja que iba de la mano tuvo que separarse y rodearlo por los lados. Te lo prometo. ¿Había alguien dentro de ella? —Algo oscuro. —Va al colegio de Billy —susurró James—. —Quédate conmigo —supliqué. me sonaba. Las máquinas de aquí dentro me han confundido. Se llama Julie. Entonces lo oí. —Él sabía que estaba mintiendo. La chica del banco. Pensaba que sonaba vacía. lejos de todo el mundo. Vi a una adolescente que llevaba un vestido de lino amarillo y zapatos marrones. La chica. sentada con un bolsito marrón entre las manos. Un par de mujeres pasaron delante de ella. la de amarillo. sin saber qué le había llamado la atención. —¿Estás bien? —Sí. Me coloqué al lado de James. e indicó con la cabeza una dirección—. —Todo lo que pueda. contra una enorme planta en una maceta. —Allí —susurró. Sin avisar. Se apartó a un lado. No volverá a pasar.

—Suena fantástico. Es un atlas de la Biblia. así que me aferré a Jenny mientras salía presurosa con su madre del centro comercial hacia el aparcamiento. Su respiración era superficial y tenía la mirada perdida. casi como si llevara corsé. —No lo sé — contestó Jenny. Jenny levantó la mirada hacia la mujer. El vehículo. ~82~ . La madre de Jenny apretó un botón en el monedero y las luces de un coche granate se encendieron y se apagaron. que emitió un breve pitido. La madre de Jenny vio cómo James desaparecía entre dos filas de coches. Tendí la mano y agarré a la chica del brazo. cuando Jenny se movió. —¡Jenny! —Una mujer delgada con un vestido gris y tacones se acercó a la chica—Vamos. saludó al pasar y gritó: —¡Hola. Estaba fría como un bloque de hielo. Me senté a su lado. —Tu padre ha ido a recoger el pastel. Él me hizo un gesto para animarme. Las dos se colocaron a los lados. me llevó con ella. Se supone que debemos estar en el parque a las cuatro y ya son más de las tres y media. James nos observaba desde su sitio junto a la planta. tenía el símbolo de un pez y un pequeño letrero que decía «El aborto es un asesinato» en el guardabarros trasero. Será mejor que vayamos a casa a cambiarnos. me acerqué a la chica de amarillo y me paré unos centímetros delante de ella. —He encontrado algo que creo que funcionará para el premio de la puerta —dijo la mujer mayor—. No era como tocar al señor Brown o a James.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Lenta como una tortuga. cariño. mamá. Jenny! Las dos se pararon a mirar. Sin embargo. —¿Era un chico del colegio? —preguntó. esbozó una sonrisa mecánica y se levantó despacio del banco como si fuera humo. Floté tras ella y miré a James para que me orientara. —Me estremecí al oír el tono inerte de Jenny. pero esta chica estaba en una postura muy formal. James pasó en su bicicleta. pero tampoco como la mujer oscura. Me pregunté si sería difícil aprender a imitar el modo en que las mujeres del siglo XXI se sentaban y se ponían de pie.

A no ser que te parezca que hace demasiado frío. los sonidos del exterior quedaban amortiguados de un modo extraño. limpio. Había un mostrador inmaculado con un fregadero reluciente. Recuérdamelo —Coge la cámara —murmuró Jenny. EI garaje en el que se metieron era más bonito que el de casa de Billy.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Ocho —Te he planchado los pantalones cortos de color beige. ~83~ . —La madre se rió. —Tienen la voz muy bonita —dijo Jenny en un tono neutro. Vi un póster de una paloma que descendía en la puerta y una planta de hiedra con unas campanillas de color querubín al lado que colgaban del techo. —Teri y Jeff van a cantar un dueto. —Me parece bien —dijo Jenny. —Tendría que llevarme la cámara —dijo la madre—. sentía el sabor del pánico como un trozo de metal. lo suficiente para guardar dos coches y un barco. cariño —dijo la madre de Jenny—. —Jenny miraba por la ventana. Yo estaba escondida en el asiento trasero. Parecía un coche fúnebre: grande. —Quiero decir antes de volver al coche. ¿Y si nos habíamos equivocado de nuevo y algo esperaba en su interior? —¿Te han devuelto el jersey azul de la tintorería? —Creo que sí. podría haber cambiado de opinión y salir flotando hasta él. tonta. Era enorme. —La madre de Jenny daba golpecitos con el enorme anillo de diamante en el volante mientras conducía. Pero no estaba. aunque estaba vacío cuando entramos. miré hacia atrás con la esperanza de ver a James y su bicicleta. Si nos hubiera seguido. ¿Qué había hecho? Me estaba uniendo a un anfitrión que jamás elegiría. pero tenía los ojos clavados en la hierba en vez de en lo que había más allá. una nevera blanca impoluta y un tablón de herramientas con todos los martillos y sierras perfectamente perfilados con pintura blanca en la pared. La madre de Jenny apretó un botón bajo el volante y esperó a que las fauces mecánicas del garaje de cerraran antes de salir del coche. Cuando la puerta estaba sólo medio bajada.

que se paró en la mesa del comedor a leer un titular del periódico. —¿Ya casi estás. primero el derecho y luego el izquierdo. dobló el vestido y la ropa interior con delicadeza antes de meterlo en el canasto de la ropa. Era tan ~84~ . Habría sido más adecuado escoger una mujer de mi edad. sólo una quietud absoluta. Podría ser lo último que viera antes de una eternidad de dolor. —¿Estás lista? —Se oyó la voz de su madre al otro lado del pasillo. Estaba quieta. Pasaron por una enorme cocina resplandeciente. —Casi. Jenny siguió a la mujer a la casa con el monedero sujeto contra el pecho. señorita? —dijo su madre. pero necesitábamos un barco abandonado y. Luego los zapatos. Pensé que seguramente estaba vacía. y yo me quedé de pie frente a ella. pensé. como una máquina que respondiera al giro de una manivela. Me incliné hacia su frío espacio. Puso las medias en una bolsa de red con cremallera y guardó los zapatos en una caja en el estante del armario. pero aún me daba mucho miedo tocarla. Parecía bastante vacía. le toqué la mano. Sentí un escalofrío estremecedor. se detuvo como si estuviera en trance. —contestó Jenny. los dedos delicados y morenos sobre la cama de encaje blanco. «Se ha parado». el escritorio: todo inmaculado. James estaba en un cuerpo igual de joven. como si se rindiera. Seguí a Jenny hasta su dormitorio y vi cómo se desnudaba. Era muy joven. Con las bragas y el sujetador blanco a juego. sentada en el borde de la cama. Las paredes estaban desnudas excepto por un cuadro de unas manos rezando y un póster de Jesús con niños alrededor de sus rodillas. Se quedo sentada de nuevo como si la luz del piloto se hubiera apagado. Otra caja del armario contenía unos zapatos de lona blancos. No daba esa sensación de caída ni el calor del peligro. pero aún podía haber una oscuridad oculta. y de un cajón lleno de calcetines bien enrollados en bolitas sacó un par blanco. Jenny parpadeó y volvió a moverse. pero se tumbó boca arriba de forma tan generosa. Encontró unos pantalones cortos y un jersey en unas perchas y se los puso. bien doblado. Si algo se revelaba y no podía aferrarme a esta chica desde el interior de su carne. tal vez volvería a caer en el infierno. vamos —dijo la madre.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Vamos. la alfombra. No podía imaginarme intentando introducirme en su cuerpo mientras no estuviera quieta. Se movía como si fuera sonámbula. como si tocara una estatua. luego Jenny dejó a su madre. Mire su cuarto. Se puso los calcetines. Retrocedí. El tocador. Sentada junto a ella. decorado con rosas amarillas y de encaje blanco como una niña pequeña. La chica estaba sentada como si estuviera hipnotizada. al fin y al cabo. y se ató los cordones en lazos simétricos. que tuve que intentarlo. Estaba nerviosa.

—Hola. «Hazlo». Una gran pérgola daba sombra a tres filas de mesas de picnic cubiertas con plástico blanco. ¿Estás segura de que no está jugando a béisbol? Jenny se dirigió a la mesa más cercana donde una mujer con una botella estaba dando de comer a su bebé. ¿dónde está Dan? —preguntó una mujer a la madre de Jenny. Luego quitó los pocos pelos dorados de las cerdas del cepillo y. pero sólo con los labios. Hola. ~85~ . Ya debería estar de vuelta. Yo me acomodé en el asiento trasero. cariño —dijo la madre de Jenny mientras conducía. No había ni perfume ni maquillaje.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla violento que me incorporé de nuevo y miré a la chica. que estaba abierto al pasillo. Randy. La madre se había puesto un vestido de algodón y una chaqueta de lana a juego. —Estás muy guapa. —Probablemente es tímido. Los ojos ni siquiera estaban vivos. los tiró en la papelera de mimbre blanco. me dije. Su madre ya ha hablado conmigo. Jenny se levantó y se dirigió al tocador. —No te olvides de la cámara —gritó Jenny mientras enjuagaba el cepillo sin mirar al espejo. —No —contestó Jenny. Creo que lo hará. —Hola. y la observé mientras se lavaba los dientes con un cepillo de dientes rosa. —¡Gracias! —La madre de Jenny apareció en la puerta—. Tú también estás guapa. Cogió el cepillo y se lo pasó despacio por el pelo. me sentía cobarde. —Cathy. tras dejarlo en su sitio. —Jenny miró al bebé—. —Cinco minutos —gritó su madre. Jenny —saludó la mujer. —Gracias —contestó Jenny—. y dos de ellas estaban abarrotadas de platos de todas las formas envueltos en papel de plata. Pero no pude. La seguí al lavabo. —Ha ido a buscar el pastel. Se metieron en el aparcamiento de un gran parque donde ya esperaban cincuenta coches. pero no creo que la chica ni siquiera mirara la ropa. Ella respiró hondo y se sentó. como un cementerio de comida. sólo un cepillo. un peine y una Biblia blanca. acariciándose los mechones con la mano libre con cada movimiento. —¿Brad Smith te ha pedido para salir? —preguntó la madre. ¡Vamos! Jenny sonrió.

incluso Jenny lo dijo. Alguien gritó: «¡Vamos. pero había mucha gente. Quería volver a tocarla. He tenido que caminar medio kilómetro para comprar cuatro litros. —¿Dónde estabas? —se quejó—. un hombre con un polo verde llegó presuroso con una gran caja rosa. meticulosa como una bailarina que practica en la barra. Todos menos yo. —Oh. el pastor hizo que los hombres llevaran la mayoría de bancos de madera. Algunos hombres se quedaron detrás del círculo. amén. ha sido culpa mía. —Hola. Cuando el pastor bajó la mano. pero nadie se sentó. Comió muy poco y se limpió la boca con una servilleta de papel tras cada bocado. Cuando una mujer de pelo cano con una gorra de béisbol roja hizo sonar una campanilla. cachorrilla —le dijo a Jenny. todo el mundo se trasladó a las mesas de picnic. —Señor —resonó la voz del pastor—. Gracias por todos tus regalos. El ~86~ . pastor Bob!». —Hola. Reinaba el silencio excepto por el llanto de un bebé. Me había olvidado poner gasolina en la furgoneta. Observé a Jenny al caminar por la cola y se servía una ración diminuta de cada plato. —Se oyó el eco del amén. Las pusieron formando un gran círculo y todo el mundo se reunió. En el nombre de Jesucristo. sin darse cuenta de que era demasiado tarde para que él la oyera. Luego se fue a llevar la caja del pastel a la mesa de la comida. se echó a reír y dijo—: Señoras. las sillas de terraza plegables y las mantas a la hierba. Estaba preocupada. sonreía y asentía mientras el chico sentado a su lado no paraba de hablar. El pastor. Cuando recogieron la basura. Una docena de mujeres sacaron montones de platos de papel y cajas de cubiertos de plástico. pero miraba al cielo y no vio cómo el pastor Bob golpeó la bola. El pastor Bob también cerró los ojos. que atrapó el segundo base. Cuando la mujer de la campanilla indicaba cómo iba a funcionar la cola de la comida. Jenny aplaudía sin ganas. Ella dejó escapar una carcajada insegura pero aceptó el beso que él le dio en la mejilla.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Seguí a Jenny hasta el campo de hierba. Protege a todos los miembros de tu rebaño que no pueden estar con nosotros hoy. papá —dijo ella. donde había varias personas sentadas en mantas y sillas de playa que gritaban a los que estaban jugando a la pelota en el campo de béisbol artificial. levantó una mano y los demás cerraron los ojos. pero ninguna mujer se quedó de pie. decidnos a los hombres cuál es el plan aquí. El único hombre con traje estaba dispuesto a batear. Bendice esta comida por tu bondad y voluntad. Las sombras se estaban alargando en el parque. sudoroso pero sonriente. La madre de Jenny le hizo una mueca.

Abrí los ojos y vi un montón de cabezas que me miraban preocupadas. No nos alteremos demasiado. podemos confiar en que Él nos protegerá. en un momento. pero no iba a permitirme escapar. Me llevé la mano a la boca al oírme gritar de asombro. Su postura era muy correcta. pero con la cabeza baja.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla pastor contó la historia de Daniel. —Es sólo que no ha comido suficiente —dijo el padre de Jenny. Yo me quedé detrás de Jenny. y se estaba quedando dormido mientras ella le acariciaba el pelo. Intenté imaginarme a James. El tintineo del cristal que vibraba me envolvía. ~87~ . —Ha sido durante la oración —susurró alguien. —Y tenemos la fe de Daniel —estaba diciendo el pastor Bob—. un niño pequeño estaba estirado en la hierba con la cabeza en el regazo de su madre. Cuando obedecemos su voluntad. sentado en una toalla. —Dame esa manta. Oremos. los hombros y las rodillas. Me quedé en su interior y. me sentía como una escultura de hielo que se estuviera haciendo añicos. Jenny cerró los ojos y unió las manos. Pasé por encima del niño adormecido y me senté donde estaba Jenny. Abrí los ojos y vi que todos se habían vuelto hacia mí. Se sentó en el extremo de un banco con su madre al lado y su padre a los pies de su esposa. Aquel sonido fue sustituido por un ruido como de reventón. ¿No es cierto? Porque sabemos que Dios acallará las bocas de nuestros enemigos. —Oí que susurraba la madre de Jenny. el tacto de su camisa que me atravesaba la piel. ¿verdad? —Algunas voces contestaron en voz baja: «amén»—. y luego el suelo se levantó y me vi a oscuras. la mía. Mis párpados. No podía hablar. Entonces ocurrió. dentro de sus dedos. Me sentía como si me estuviera presionando contra mármol frío. Junto a Jenny. Estaba asustada. cariño. Aun estaba temblando. Oía voces alteradas. Yo estaba abrumada por tener a tanta gente pendiente de mí. Me cogió por debajo de los brazos y las rodillas—. Incluso noté los zapatos ceñidos y la diferencia entre sus brazos calientes dentro del jersey y las piernas frías expuestas a la brisa. Sentí su silueta. como si estuviera rezando. La sensación del brazo fuerte del padre a mi alrededor. Vi destellos de color rosa al ver sombras delante de mi cara y luego la luz del sol brillando a través de mis párpados. que sobrevivió toda la noche en la oscuridad extrema rodeado de leones hambrientos. sonriéndome. Sentí el cosquilleo del pelo de Jenny que me acariciaba en la mejilla. Decidí que no podía estar esperando eternamente. empecé a temblar. —Oh. —Tal vez ha sido el Espíritu Santo —comentó otra voz.

El que me tocaran. Volved todos a la reunión a rezar. —¿Estás a punto de tener el periodo? —susurró. Me castañeteaban los dientes. —A lo mejor ha tenido una visión —dijo alguien. No pude evitarlo. —Estaba de espaldas al campo de hierba. La sostuve con ambas manos. Descubrí que si apretaba la taza y la soltaba. el perfume. escuchando.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla El padre me dejó en un banco junto a una de las mesas de picnic. que rondaban alrededor. la sal de un mar olvidado. Me di la vuelta y vi al pastor y al padre de Jenny. Un hombre con uniforme de policía estaba junto a ellos. Jen? —preguntó. Rompí a llorar. —Cathy escudriñó la mesa de la comida. Oía dos voces bajas que cantaban una canción de cuna. —¿Necesitas comer o beber algo? —¿Tienes una manzana? —Creo que no. que me acariciaba el pelo nerviosa—. Dios —susurré. con un niño dormido en el hombro. para mi sorpresa. me envolvió con la manta que tenía en el regazo y me dio un pañuelo. —¿Qué ha pasado. parecía preocupada. Me limpié la cara húmeda con el frágil papel y la miré. Cathy me trajo una taza de plástico amarillo medio llena de un líquido oscuro. El peso de las —preguntó. Dan. Cathy. Lo comprobaremos en tu calendario cuando lleguemos a casa. Era impresionante su espléndido sabor. —No lo sé. —¿Mamá? —Sólo quería decir esa palabra y ver su reacción. Yo me ocupo de ella. pero desprendía un ligero olor peculiar. —Sólo está avergonzada —dijo la madre de Jenny. el sudor. hacía un ruido extraño. —No pasa nada —dijo Cathy—. Cathy me miraba extrañada mientras me bebía el refresco. tapándome con las manos y. —Me he sentido muy rara —dije. —¿Qué. Había visto antes el plástico. —Esta noche te vas a acostar pronto —dijo Cathy. Al final respiré hondo y dejé de llorar. y le pareció raro. producía lágrimas. Era tan suave como parecía. Estaba demasiado fascinada para sentir miedo. ¿Gelatina de lima? ¿Y un refresco de uva? —Sí. incluso el jabón que usaban para lavar la ropa cuando me daban abrazos para despedirse. ~88~ . devastada—. —Oh. Oler a la gente. Todo era increíble. sorprendida por el sonido de mis palabras pronunciadas por la voz de Jenny. pero nunca lo había tocado. por favor. La fuerza de todos esos ojos que me miraban directamente. La madre de Jenny. cariño? Me reí.

y Carthy me rodeó la cintura con el brazo. verdad? Me limité a mirarla un momento. —Bueno. no —dije.. como el refresco de la taza. cantar y caminar por la calle donde la gente apartara el hombro para pasar para no chocar conmigo. —¿Quieres ir conmigo o con tu madre? —Me da igual —contesté. Enseguida me quité la ropa. ¿no has tenido una visión ni nada parecido. Yo estaba un poco asustada por lo que pudiera recordar sobre mí misma. ya que. hasta la ropa interior a conjunto.. Solté una carcajada. aunque el calor de su brazo en mi cuerpo era reconfortante. Me toqué los suaves pechos blandos y el agujerito del ombligo. Estaba aturdida de la curiosidad. Moví los dedos de los pies y los contemplé como si me hubieran salido alas. —Nos vemos en casa. — Vaciló—. pero al principio no rememoré nada.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla cosas. Me maravillaba la fuerza de mis piernas. supongo que nos encontramos mejor —dijo Cathy. dudosa. —Dan —susurró Cathy —. cerré la puerta y me miré en el espejo. Como el cuerpo de Billy. Tenía ganas de correr. fui presurosa al cuarto de Jenny. Dan se acercó y me cogió de la mano. —Vienes conmigo. Cathy me cogió la manta del regazo y la dobló. quería caminar sola. Me encantó que los pasos hicieran que se balanceara el pelo. no tenía recuerdos. Tras intercambiar algunas palabras en voz baja con el pastor Bob. Me acerqué al espejo y me levanté el pelo para estudiar la forma de las orejas. —Que yo recuerde. Me levanté de un salto. . ni rastro del trauma que había provocado su huida. ~89~ . Casi no podía creer que fuera cierto. A diferencia de la mujer del espejo. no vi imágenes del pasado de Jenny.. Me estiré e incluso probé a saltar un poco al caminar. Era todo un regalo ser joven de repente.. Cuando estuvimos sentadas en el coche. hipnotizada por mi silueta desnuda en el espejo de la puerta del armario. no has. Me senté en la cama y me quité los zapatos. Sentí que el corazón de Jenny se aceleraba al pensarlo. Entonces me acordé que James dijo que hasta que no estuvo dentro de Billy no recordó su vida cuando era uno de los Vivos. —Dan se dirigió a una furgoneta blanca. Una vez en casa. pero yo era esa chica de ojos de color avellana de pelo rubio y dedos delgados y morenos.Vámonos. preguntó—: Jen. —Puedo caminar —dije. di un par de vueltas y acabé con una elegante flexión de piernas. Mi peso cuando me levantaba y me movía.

Pensé que estaba recordando. como una imagen fantasmagórica que un artista hubiera pintado encima. Se aclaro la garganta y empezó a leer: De Amy Christopher. Luego entré en el lavabo en el que le había visto lavarse los dientes. como si nunca hubiera estado en mi propio cuerpo cuando era una Viva. Avísame cuando te hayas duchado y vendré a leer contigo. Estaba abducida por aquella sensación. Mi padre me dice que si estoy viva es porque una vez un elfo mágico le robó la llave mágica. Saqué el pijama de encima. así que me metí. —Me trasladé a la cama cuando ella se sentó en el borde. También era muy curiosa la necesidad de orinar y la sensación de hacerlo. y me puse la parte de abajo—. —¿Todo listo? —preguntó Cathy. Era increíble. No sólo volvía a ser breve. Intenté pensar en cómo contestarían los alumnos del señor Brown. No. Cathy dejó la revista un momento y dio golpecitos con las manos en las mantas a los lados de las piernas para envolverme como en un capullo. —Un momento. la oreja un poco más redonda. Parece que haya pasado un tornado. —¿Estás visible? —dijo Cathy desde el pasillo. — ~90~ . encantada por la suavidad fría de las sábanas. —Veamos. me senté en el tocador y no paré de cepillarme el pelo una y otra vez. ¿Elijo yo primero? —Muy bien. que los volví a guardar en la caja de la que había visto sacarlos a Jenny. Era una tarea extraña y maravillosa. Ya voy —grité. Abrí la puerta y Cathy se dirigió enseguida al cajón superior del armario y sacó una agenda pequeña. sino joven. un golpe en la puerta ahuyentó aquella imagen. bien doblado. mientras observaba el laberinto de la oreja de Jenny y la línea del cuello. Yo recogí la ropa y la puse en el canasto. vi otra garganta. Sin embargo. Me lanzó una mirada de intriga. no deberías empezar hasta dentro de una semana y media. —Entonces Cathy miró el cuarto y frunció el ceño—. —Miré en el armario y abrí los cajones. el pelo rizado en vez de liso. Volví a mi habitación. Todo era nuevo. Abrió las mantas. el cepillarme los dientes y saborear la menta. —Guardó la agenda—. —Vale —dije. Ella se encogió de hombros y salió al pasillo. de pie en el pasillo con una pequeña revista en la mano. al tiempo que me abrochaba la parte superior. Cathy abrió la pequeña publicación y pasó un par de páginas. excepto los zapatos. —Lo siento —me disculpé. —Sí. El cuello era mas pálido. —Agradable y cómodo —dijo—.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Por un instante. —Aquí hay uno llamado «El milagro de la llave desaparecida».

civismo. Cathy me miró extrañada y cogió la revista. Mi abuelo siempre estaba en la entrada. —«Estrechad el camino». Fue un ángel del Señor el que me salvó cuando sólo tenía diez años. Cuando el río iba alto o se habían producido tormentas. en el cuarto no había librería. Se pasaba los dedos largos por el escaso cabello cano. Sentí una punzada. Cómo ser niñera y un diccionario de la Biblia. Cogí la revista. No mires abajo. Siempre indicaba al forastero el camino Al puente que había construido en la tierra de sus ancestros. Sé que no fue un elfo. —Te toca. No te des la vuelta. —Me dio un beso en la mejilla y olí la loción con aroma a rosa y algo parecido a limón en su pelo—. historia. —¿Te encuentras mejor? ~91~ . Estaba tan intrigada por leer aunque fuera un poema trillado que salté de la cama en cuanto se fue de la habitación y busqué los libros de Jenny. Para mi sorpresa. —No olvides tus oraciones. Alguien me estaba leyendo. Cathy sonrió al terminar. de Prentice Dorey —leí en voz alta. álgebra). Indicaba el camino a todos los carros y carretas. Dan entró en la habitación y me sonrió. Es estrecho. Pero si no paras de caminar Dios te hará avanzar». Se llamaba En su época. y que en el fondo de su corazón él también lo sabía. Volví a las mantas cuando oí pasos en el pasillo. Pasé las páginas encantada y me detuve en un poema breve. Con un sombrero manchado de sudor en la potente mano. pero en cambio me eché a reír. Sin impedir jamás el paso no verles la piel. sólo unos cuantos libros entre dos sujetalibros de metal encima del armario: cuatro libros de texto (ciencias. pero le habría perdonado cualquier cosa al autor. Yo estaba al borde de las lágrimas. Le diré a tu padre que venga. es cierto.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Cathy hablaba con la entonación de una niñera que lee a un niño pequeño —. Era un texto torpe. Le dijo: «Sigue tu camino. como si el universo me la hubiera jugado. Un granjero le preguntó si la caminata era segura.

Se acercó a la cama y me besó en la frente.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Asentí. olía a gardenias. pero la camisa. ~92~ . por alguna razón. La piel olía a jabón.

«prebélico» implicaba una separación del tiempo. En la casa sólo se oían los leves sonidos y crujidos de cuando los seres humanos están descansando. No me parecía una época muy lejana. Encontré una cuchara en un cajón y probé la pasta. Echaba de menos que el señor Brown dejara cebollas y aguacates colgados en cestas de metal en la despensa. donde todo parecía formar parte de la comida. arroz metido en una caja de goma. antes del gran diluvio y después. Prefería incluso la cocina desordenada de Billy a aquella sala extraña. pero el cuerpo de Jenny era mi escapatoria al mundo presente. ~93~ . entre risas. El suelo y la cocina eran uno. así que sólo encendí la pequeña bombilla de encima del los fogones. Aun más delicioso que el refresco de uva. Cogí una y le di un mordisco. la cocina estaba tan limpia que resultaba extraño. Yo misma era de antes de la guerra. pero aún no estaba acostumbrada a ciertos términos. Quería esperar a que los demás se hubieran acostado antes de investigar. Excepto las peras. que dividía el tiempo en dos. La cocina de Cathy parecía sospechar de la comida. Lo abrí y lo olí. Había un cuenco con peras verdes como una ofrenda en el altar del enorme mostrador. Me moví a escondidas por el silencioso comedor hacia la cocina. A continuación investigué la nevera.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Nueve Me quedé en mi cuarto. me obnubilé tan rápido que tuve que sentarme para acabármela. rompí una esquina del incomodo envoltorio. así que me senté a leer el libro de historia de Estados Unidos de Jenny. Por lo menos en casa de Billy un ratón podría sobrevivir un par de noches. como «prebélico». demasiado exaltada para dormir. Tras husmear un trozo de pan envuelto en papel de plata. Y luego recordé la cocina de mi infancia. el periodo anterior a la guerra civil norteamericana. Miré en los armarios y encontré un tarro de plástico de mantequilla de cacahuete. tarros de salsa. Era tan fino que la piel de plata casi no pesaba. A lo largo de los años había leído libros de historia con mis anfitriones. Igual que el uso del término «antediluviano». latas de verduras. Me daba miedo encender la luz. las bolsas de algodón de alubias y patatas podían respirar el mismo aire. El pote que colgaba en la oscura chimenea siempre olía a sopa. todo bocado de comida estaba sellado del mundo. Yo me había quedado en las páginas anteriores de la historia.

Encendí la lamparita del escritorio y empecé a leer los títulos. separado en una sección para él y otra para ella. toda entera. filas de cosechas que se convertían en largas islas finas. pero estaba sola. Pensé en buscar el nombre Blake.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Me sorprendió mi reflejo en el cristal tintado de la puerta del horno. por supuesto. influir en la gente. estaba llena de libros sobre golf o manualidades. el sueño humano. había una pared entera de libros. el suelo alrededor de las raíces que se reblandecía hasta que un árbol fuera arrancado de la tierra y cayera. Tumbada en la comodidad de las sábanas limpias. Apagué la luz de la cocina y fui con sigilo por la casa explorando todas las habitaciones excepto el dormitorio principal. la dieta de la biblia. y muchas cintas con la etiqueta «sermón» y luego la fecha. todos los libros eran sobre prácticas y estrategias de negocio. no había librerías. Estaba tan poco habituada al sueño de los Vivos que apenas podía abrir los ojos. recordé el poema que le había leído a Cathy. por un momento. me rendí. y pensé que podía despertar a Mitch. como en las iglesias. Al final. el Nuevo Testamento. mejorar la memoria. Era tarde. James había visto a Billy una vez. Para mi alivio. porque era la cara de Jenny la que me miraba. Desilusionada. había estado bajo la lluvia. cerca de grifos y duchas cientos de veces. La siguiente fila eran libros sobre cómo incrementar las ventas. Retrocedí de un paso de la ducha y ~94~ . Por fin encontré el estudio. estaba aterrada. La imagen de la lluvia que hacia crecer un río. reparar tu coche. Los últimos dos estantes contenían una serie de enciclopedias. Ni un libro de poesía. amontonadas debajo del teléfono de pared. esa dulce y pesada droga. junto a la habitación de Dan y Cathy. ¿Podría estar observándome Jenny? Miré en todos los rincones. pero me daba miedo. una con las páginas amarillas y otra blancas. pero ahora. En el estante superior. No me reconocí. La casa de Jenny estaba limpia como un santuario eclesiástico y. pasos para el éxito. Me puse tensa al darme cuenta que su espíritu podía estar cerca. al encender el grifo de la ducha y sentir la explosión de agua fría que pinchaba como si fuera hielo en la piel de Jenny. En el siguiente estante había una serie de libros con una cinta de audio. me retuvo durante el resto de la noche. * * * —¡Levántate y sonríe! —Cathy aporreó mi puerta a la mañana siguiente y me hizo salir de la cama del susto. leyes contractuales y cómo llevar a cabo investigaciones. La siguiente fila. cascadas. Durante mis años de Luz. Ni una novela. ¿Por qué iban a querer ella o Billy quedarse ahí a observar las vidas que habían abandonado? Entonces vi un juego de guías de teléfonos de la ciudad. mejorar tu habilidad para hablar en público.

Tal vez por eso Mitch tuvo que registrar los cajones de Billy en busca de veneno y el lavabo de Jenny estaba lleno de pastillitas azules para la ansiedad. Antes expulsaban a los niños de la habitación cuando había que tratar cosas de adultos. Y las descripciones del efecto de cada pastilla: «para el dolor o la fiebre». el mismo mecanismo que en el baño del señor Brown. —¿Qué te pasa? —preguntó. un vestido verde oscuro y un jersey fino marrón. Me tragué la amargura y me metí en la bañera. Ahora estaba caliente como leche materna. Usando las manos. Tras el espejo de la pared vi un armario con botellitas. para llevar en el colegio. si te gusta más. La acepté. Poco después se puso caliente como la sopa. Creo que utilicé correctamente todos los productos diarios que encontré en el lavabo de Jenny. en descensos bautismales. intentando apartar de la mente las imágenes de madera podrida. me senté y abrí la lata del desayuno con cierta dificultad. Casi había olvidado el chocolate. Necesitaba todo mi ingenio para lograr cosas sencillas. Miré y vi a Cathy que me miraba incrédula. Le di un golpe a la pequeña palanca que canalizaba el agua desde la ducha por encima y dejé que saliera a borbotones del grifo de abajo. Aquello me recordaba cómo había cambiado la vida de los niños en el último siglo. incluso en pelo. Me dio una pajita de plástico envuelta en papel blanco. ya que Cathy no se quejó. Al final bajé otra palanca. Cuando empecé a buscar comida en los armarios de la cocina ella me miró intrigada. ella contestó: —La próxima vez puedo coger el de fresa. como utilizar una cuchilla de plástico rosa o un secador de pelo eléctrico. —¿Siempre desayuno esto? —dije. le quité el papel y metí la pajita en la bebida. El sonido y la sensación del agua congelada me revolvió el estómago. y al parecer escogí un atuendo adecuado. Leí tai diminutas instrucciones del médico: «Tómese un comprimido tres veces al día con las comidas». Tal vez porque me había malinterpretado. Ajusté el botón y mantuve la mano en el agua pero el cuerpo fuera de la bañera hasta que recobré el aliento. me metí en la corriente de líquido. Abrió un cajón y me puso una lata de metal en las manos. ahora veían asesinatos y violaciones todas las noches por televisión. Volví a la cocina. me lavé. —¿Dónde está tu bolsa de los libros? Volví al dormitorio de Jenny y encontré una bolsa de cuadros marrones de lona debajo del escritorio. ~95~ . olvidando que sonaría extraño. Todavía asustada. y el agua empezó a llenar la bañera. Entré con cuidado y dejé que el agua subiera sólo diez centímetros. Metí los cuatro libros de texto dentro y el monedero marrón con el que había visto a Jenny en el centro comercial el día antes. Bebí un sorbo y sonreí. amarillas para el estrés y blancas para dormir.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla me encogí en la alfombrilla.

sacó un bolígrafo del bolsillo de la camisa y me lo ofreció sin molestarse en mirarme. Aquella mañana estaban iluminadas por una bombilla clara desde arriba. Pasado un momento. la de la enorme pantalla de televisión. Avancé unas páginas y encontré un pasaje de las Escrituras de Proverbios. Cathy cerró los ojos. que te hice salir de Egipto. —Su voz tronó en toda la habitación. Abre nuestros oídos a tu palabra. de un lugar de esclavitud. Pese a lo que estaba impreso en la tapa. las de delante. —Era evidente que esperaba que su hija entendiera esa orden. Me agaché enseguida y recogí el diario de la alfombra mientras los padres de Jenny abrían los ojos. —No querrás que lleguemos tarde —dijo. pero no me había fijado en las tres sillas blancas colocadas en el rincón. Llevaba impresa la palabra «diario». Levanté el libro y me senté. Haz que nuestra voluntad sea la tuya. era pequeña. Las sillas estaban de cara unas a otras y separadas sólo unos centímetros. pensando en pinos sin saber por qué. La letra de Jenny. En una había una Biblia. estaban arrancadas. dio un golpecito en el libro marrón. porque estaba segura de que era suya. «Éxodo 20: Entonces Dios pronunció estas palabras: Yo soy el Señor. Cathy me dio una palmadita en la espalda al pasar. con el lomo de la encuadernación estirado y recortado y los dientes de pergamino abiertos. mucho más alto. Lo abrí y vi en el frontispicio el título «15 de mayo hasta». —Al rincón de la oración. tu Dios. «Mas el muchacho consentido avergonzará a su madre. y luego los dos cerraron los ojos. colocó la mano sobre la Biblia y respiró hondo como si estuviera escuchando una sinfonía maravillosa que yo no oía. Dan cruzó las piernas. Eran los diez mandamientos.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Me senté y sorbí. No cortadas ni eliminadas con cuidado. Dejé la lata y la seguí por el pasillo a la habitación de después del dormitorio principal. Había visto ese cuarto la noche anterior cuando buscaba libros. las palabras escritas con esmero en tinta azul en la primera página no eran una entrada de diario. sino arrancadas. Fascinada. Pasaron unos momentos en silencio. La primera página que quedaba era del 7 de julio. pulida. pensé. pero vi que casi la mitad de las hojas. —Dios mío. amén. yo los observaba. La cubierta antes contenía tal vez cien páginas. Cathy cogió la Biblia y se sentó en la silla. Cuando Dan habló. en otra un libro de piel marrón. de lo que Dios exigía—.» Dan apareció tan de repente que cerré el diario de un golpe. Miré el libro en un regazo. y di tal respingo que el diario se cayó al suelo. Limpia nuestros corazones de pecado. No tendrás otros dioses delante de mí». sonrió a Cathy. Se sentó en la tercera silla. Acepté ~96~ . y deliberadamente oscura. sino una larga cita de la Biblia. En el nombre de Cristo. La fecha final estaba en blanco. Al ver que yo dudaba.

el cuerpo. con los dedos duros y morenos. Mientras leía. Balanceaba la pierna cruzada. le pasó la Biblia a su marido. los zapatos planos. 22:3. Al final entendí que tenía que escribir en el diario en su presencia. 22:3 —repitió. —Tú mismo has visto lo que hice a los egipcios. —Proverbios —dijo Cathy de nuevo. —Levántate. el bolígrafo en sí era una maravilla. le devolvió la Biblia a Cathy. —Los incautos y son castigados por ello —leyó Cathy. Dan también me miró. —El hombre precavido ve el mal y se esconde. escribía con letra pequeña y pulida lo más parecida a la de Jenny que podía. Aunque el pasaje no me producía placer alguno. Cathy avanzó con diligencia hasta el pasaje correcto y se dio la vuelta en su silla para encararse a mí. Sentí un martilleo en el corazón. No llevaba alianza de casado. Empecé a apuntar el dictado. Le dio a Cathy un cuadradito de metal del bolsillo y ella lo miró. ¿Podría escribir como Jenny? Intenté abrir el bolígrafo y descubrí que había que darle un giro para que sacara la punta. Ahora Dan balanceaba el pie mientras Cathy leía. que había estado dando golpecitos con él con alegría como una niña en la rodilla. insegura. —Cathy espero mientras yo trabajaba. las piernas. Me levanté. Tenía el tobillo delgado como el de una joven. pero se detuvo al verme. —Proverbios. Cuando terminó. Abrí la libreta y busqué la primera página en blanco. —Cathy me asustó al inclinarse y comprobar la distancia desde la rodilla hasta el dobladillo del vestido con la pequeña cinta de medir. con el pie dando patadas al aire sin hacer ruido. Él estaba con los brazos en jarras y no me miraba a los ojos sino que me estudiaba: la cara. El mejor invento desde la imprenta. y te traje a mí. negros y con hebilla como las zapatillas de la escuela dominical de una niña. yo observaba el zapato de Cathy. Encontró la página que quería del libro.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla el bolígrafo y Cathy. Acabé mi escritura y probé a ofrecer el bolígrafo a Dan de nuevo. —Es un vestido de colegio —dijo ella—. No ha encogido. Él lo cogió y se puso en pie mirándome. luego estarás en mi posesión entre todas las personas. Tomó aire para empezar a leer. ~97~ . —Está creciendo —dijo Dan. —Proverbios. —Obedece mi voz —leyó Dan— y respeta mi pacto. y cómo te aguantaba en las alas de las águilas. porque todo el planeta es mío.

me agaché y la miré por la puerta abierta. —El tono indicaba que el peligro era inminente. —Sonreí y cerré la puerta. —Viste este vestido la semana pasada —le dijo—. cariño. no se mueve. Ella se quedó mirándome. —¿Quieres jugar a un deporte? Dejaste las clases de ballet para tener más tiempo para estudiar. —Ya lo hablamos en el colegio de secundaria. así que le di un beso en la mejilla. —Inclinó la cabeza perfectamente peinada hacia mí. matemáticas y ciencias. ella movió la mano en círculo. que caminaban hacia el colegio. —¿Y los deportes? —dije. —Date la vuelta —ordenó Dan. Dan volvió a estudiar mi cuerpo . chicas. cohibida por no saber su nombre o cuáles se suponía que eran mis amigos. civismo. —Que tengas un buen día. una con uniforme de animadora. Intenté no establecer contacto visual con los demás estudiantes. —No importa. como mínimo sabía que Jenny estaba en una clase de historia. —¿Estoy bien? —Estás guapa. por fin empecé a pensar hasta qué punto estaba fuera de lugar. pero Dan se despidió de nosotras—. Pasamos al lado de dos chicas. Que tengáis un buen día. cuando Cathy le devolvió la Cinta. Al salir. y el extraño perfume de cereza que Cathy se debía de haber puesto no ayudaba. Por sus libros. La luz no se transparenta. Los uniformes dejan el estómago al descubierto y la coreografía es poco adecuada.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —No está más alta —se quejó Cathy. como si inspeccionar la ropa de Jenny fuera su trabajo y ella estuviera siendo rebajada de categoría. así que yo imité el gesto y me di la vuelta. —Cathleen. Se subió en el bordillo delante del instituto. Al ver que yo dudaba. Empecé a quitarme el jersey. con la esperanza de que me indicara si esperaban que lo practicara. * * * Mientras Cathy me llevaba a la escuela. Me dirigí a la oficina de administración y esperé en el mostrador ~98~ . Quítate el jersey. —¿Qué piensas sobre las animadoras? —pregunté a Cathy. listaba un poco aturdida de los nervios. los tirantes están escondidos. Cathy parecía ofendida.

pero ahora sentía el ligero calor de su cuerpo. la señorita López. —¿Qué puedo hacer por ti. —Aquí tienes —dijo Olivia. sujetando el maletín. los números de las aulas y los nombres de algunos profesores. señorita Thompson? —dijo.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla hasta que la recepcionista. pero yo sólo sonreí. Prácticamente salí corriendo del edificio al patio. Sentí que me daba un vuelco el corazón cuando llegó a mis oí dos una voz familiar. pero estaba emocionada de estar tan cerca de él. colgó el teléfono. Me senté en silencio ~99~ . incluso el jabón con el que se había duchado. Sin alzar la vista. —Gracias —dijo. Aunque me había vuelto tan tangible como él. Estaba justo a mi lado leyendo la nota. —¿Algún mensaje? —preguntó el señor Brown. —Olivia deslizó su silla de oficina hasta el ordenador que había en una mesa contra la pared y tecleó algunas palabras. y me entregó la hoja de papel. Levanté la mirada hacia él. —Ningún problema. Ahí estaba James. salió de mi boca una mentira espontánea. de pie en un banco de piedra. el seguro casi no cerraba. Tenía el mismo aspecto de siempre. Me impresionó su complejidad sólida y consistente. La habitación olía a pegamento y tinta derramada. A continuación miré por la ventana. Cuando llevaba la caja apretada en el maletín. Me dio lástima. pero no de muchos estudiantes. —¿Me puedes dar una copia de mi horario clase? Ella me miró intrigada. Respire. olía la piel del maletín. observando la multitud de estudiantes. Dos chicas que no conocía saludaron a Jenny al pasar. pero de pronto recordé que no me iba a reconocer. el señor Brown se dio la vuelta y se fue. pero James no estaba en ninguna parte. Me subieron los colores a las mejillas. con la camisa azul que tan a menudo llevaba los lunes. con aroma a salvia. era igual para él de invisible que antes. Se inclinó sobre el mostrador cuando Olivia le entregó un trocito de papel del buzón marcado para el señor Brown de la pared. Tal vez ni siquiera conocía a Jenny. Conocía el colegio. —Para la Iglesia. Vi que no llevaba la novela. El señor Brown la llamaba Olivia. Ahora era yo la que estudiaba el gentío. Olivia estaba hablando por teléfono de nuevo. con la intención de hablar con él. —¿Para quién? Para mi sorpresa. y hoy el maletín iba ligero y vacío.

Yo asentí. —Civismo. Me llevó detrás de los cubos de reciclaje donde hablamos por primera vez. Yo no tenía freno. Se produjo un momento incómodo porque no sabía si debíamos fingir que nos estábamos encontrando. me quedé quieta. Presioné mi cara contra el pecho. aula 100. Las dos bolsas de libros cayeron al suelo y él me estrechó entre sus brazos con tanta fuerza que me quedé sin aliento. probando los músculos. los huesos y la humedad que me provocaba calor. Era abrumador sentir de verdad su cara presionada contra la mía. los brazos tan fuertes y el latido de su corazón. Di tal respingo cuando sonó el timbre que el chico que se sentaba detrás de mí se rió. Cuando rodeó con sigilo a un grupo de chicas y de pronto se plantó a sólo unos centímetros delante de mí. Al final me puse también a saludar. edificio A. no lo sabía. El calor de su piel hizo que me deshiciera en lágrimas. James me soltó. Duró sólo un instante. —¿Helen? —preguntó.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla durante una clase sobre sedimentos. Yo estaba paralizada de la emoción. Los dos estábamos sin aliento. Saborearlo sólo me hacía estar más hambrienta. luchando contra el asombro de que yo fuera real. A él aun le costaba respirar. con el pelo oscuro caído sobre un ojo. de puntillas para ver por encima de los demás. James miró el sendero para ver si nos estaban mirando. ~100~ . y lo perdí de vista de repente porque no era lo bastante alta. con el pelo oscuro al viento. Volvía a rodearle el cuello con los brazos y lo absorbí. Me estaba abriendo paso entre la multitud hacia el edificio C cuando vi una cabeza conocida a lo lejos. James se estaba dando la vuelta. Ahuyenté la imagen y sólo estaba James. —Espera —dijo—. Él se quedó de piedra al ver la cara de Jenny y yo observé mientras saludaba entre la gente en mi dirección. pero los pocos estudiantes que se veían corrían hacia las aulas. Me tenía presionada contra la pared y me dejó en el suelo. El olor del pelo. totalmente inmóvil hasta que se giró hacia mí. La sensación era escalofriante. me rodeó la cara con las manos y me besó. era mejor que la comida. Tuve que correr para seguirle el ritmo. Podría haber pasado una hora o cinco minutos. ¿Qué clase tienes ahora? Tardé un momento en recordarlo. Un recuerdo me sacudió: mis dedos en un pelo de color trigo y una garganta peluda con una diminuta cicatriz en forma de media luna. pero él me cogió de las manos y se las puso delante. Paramos cuando volvió a sonar el timbre. pero me cogió de la mano y tiró de mí entre la multitud. Deslicé las manos por debajo de su camiseta para sentir el suave calor de su espalda. Oí que algunos estudiantes hacían ruidos obscenos y una chica se reía.

—Se me olvidaba. Por suerte.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —¿Y en el tercer turno? —Prácticas de biblioteca. Cuando tuve mis libros ordenados. pero hasta ahí llegó mi castigo. Agarró la mía y me puso el asa en el hombro. Al cabo de un segundo. Me apretaba con fuerza. La práctica de biblioteca consistía casi sólo en ordenar libros. se había dado la vuelta y corría por el sendero. pero cuando entré todo el mundo se me quedó mirando. me dirigí a la biblioteca en busca de James con una sed salvaje. pero no lo encontré. Uno estaba dormido. Conseguí encontrar mi siguiente clase. —James —dije. Llevaba el carrito cargado arriba y abajo por los pasillos. escogí unas cuantas novelas y poesía. Había algunos estudiantes elaborando estudios independientes sentados en escritorios o las mesas largas de delante. Noté el aspecto infantil de mis muñecas delgadas y las manos pequeñas. Sólo podía pensar en la dulzura de su piel sobre el músculo duro de la garganta bajo mis labios. —Nos encontramos aquí justo antes de la sala de estudio. Miraba el espacio en blanco entre las páginas. —Siento llegar tarde —dije. Me senté en la parte trasera y no oí ni una palabra. —¿Y el cuarto? —Sala de estudio. Me encantaba lo que sentía al pronunciar ese nombre en voz alta. con la mano en mi nuca. nuestras bolsas de libros aun estaban en el suelo donde las habíamos dejado. ¿Era mucho mayor la primera vez que me sentí así? Cuando volvió a sonar el timbre. con una leve reverencia. Tenía mi libro de texto abierto pero las palabras eran tan ininteligibles como las huellas de un ratón. —¿Cuántos puedo sacar? * * * ~101~ . era escandaloso que un cuerpo tan joven palpitara de deseo. —Lanzó una mirada rápida alrededor y me volvió a besar. leyendo o escribiendo. Él sonrió. como si tuviera que asegurarse de que yo era real. —¿Sabes dónde está tu clase? —Hace más tiempo que estoy en este colegio que tú. Los dejé en el mostrador de delante y miré por encima del montón. Alguien se rió y el profesor hizo una marca en su libro de asistencias. Y el fresco y limpio aroma a bosque de su pelo.

Luego intentó levantar mi bolsa. A los pies de una escalera de madera hecha a mano. Se levantó. A menudo me sorprendía que las mujeres modernas de los libros y las películas fueran agresivas. Era como una cabaña en un árbol. sujetándome de los hombros. —Ya sabes que ahora hacen libros de bolsillo.. en el mundo sólo hay dos como nosotros. ¿Qué ha pasado? —He descubierto que se pueden sacar veinte libros cada vez de la biblioteca del colegio. James me cogió de la mano y me llevó al teatro del colegio. Arriba había una plataforma ya preparada con una gruesa cortina negra a modo de cama de terciopelo. cabizbajo y agarrando con una mano la viga que había encima. —Si de algún modo me estoy aprovechando de la situación. Nunca lo había experimentado siendo un espíritu. tal vez para evitar que presionara con todo el cuerpo contra el suyo. sonó como un disparo de rifle. Uno de los zapatos se cayó de la plataforma y fue a parar al escenario. Incluso la señora Brown me asombraba con sus ~102~ .Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Cuando James me vio esperando junto a los cubos de reciclaje. ¿Quién iba a hacer mejor pareja a los ojos de Dios? Era todo lo que él necesitaba saber. Estaba muy oscuro. seis metros más abajo. Lo seguí detrás del auditorio hasta la puerta de emergencia abierta con una regla de madera. Le toqué la cara. Se produjo una confusión de ropa entre los besos. Era extraño quitarle la ropa sin vergüenza. cogió las dos bolsas y las empujó debajo de una mesa.. —Por lo que yo sé —dije yo—. empecé a subir. —Dios mío —exclamó—. Él intentaba quitarme el vestido por la cabeza mientras yo me peleaba con sus pantalones vaqueros. Me abrió la puerta y se cercioró de que nadie estaba mirando. no quiero ponerte en un compromiso. —Me entregó su bolsa y cogió la mía con las dos manos—. El suelo era amplio como un bote de remos y. pero él dijo: —Espera. que tenían demasiados botones de metal. sin dudarlo. a través del estrecho paso entre bastidores flanqueado por escaleras y lienzos altos estirados en marcos de madera. —Señorita Helen —dijo James—. Sonaba a hueco como una cueva y olía a moho y virutas de madera. que empujaran a sus compañeros a la cama o detuvieran ascensores entre dos plantas. Señaló a lo alto y. Ven conmigo. era un hermoso lago de oscuridad. aunque podía ponerme de pie sin agacharme. yo estaba de pie junto a mi rebosante bolsa de libros. Me quité los zapatos y sentí el tejido con los pies descalzos. El escenario. James tenía que bajar la cabeza. Me besó un rato.

Nos reímos abrazados. Él empujó aliviado. No contestó. Una profunda embestida me hizo retorcerme hacia su silueta y agarrarme. Mientras yo presionaba su zona lumbar contra mí. Aunque no recordaba quién me había enseñado de joven o qué palabras escogí. —James —dije. —¿Te estoy haciendo daño? —preguntó. —¿Cómo te adueñaste del cuerpo? —me preguntó. Me levantó de la tela con los brazos alrededor de la cintura. —¿Ha sido tu primera vez? —pregunté. Entonces me sorprendió mi propio atrevimiento. Él colocó su camisa y mi jersey encima de nosotros como mantas. Se estremeció conmigo un momento. —Sentía que le temblaba todo el cuerpo. —Estoy bien. visible pero muda. si existía. —Ah. me imaginaba que el altillo navegaba por un río y nos llevaba corriente abajo en una noche sin luna. me quedé con los ojos en blanco y una ola de dulzura me recorrió todo el cuerpo hasta el cuero cabelludo. Pero aquello era nuevo. un susurro con cada empujón. —No lo sé. y un agudo dolor me hizo gritar. pero empezamos a tiritar. aumentado el interés del señor Brown tan rápido que yo apenas tenía tiempo de escapar. Mis respuestas eran suaves como el canto de un pájaro. dispuesta a abrirse a sus órdenes. Teníamos la piel húmeda y había corriente en el altillo. conocía bien el protocolo: la chica espera. Alrededor las sombras latían al ritmo de los sonidos de James. ~103~ . James me tapo la boca con la suya e interrumpió el beso cuando arqueó el cuerpo. —Luego se echó a reír. Las profundidades por encima de nosotros se movían con cuerdas invisibles y luces oscuras como el dulce balanceo de las ramas en los árboles por la noche. No lo sé —dije. Me sentía casi mareada. pero esperó—. Él bajó la mano para orientarse hacia mi interior. —Me refiero a Jenny. Me sorprendí al reírme de eso. Cuando nos enterramos en la cama de tela negra. sólo nos separaba la piel.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla repentinas seducciones. era el secreto. Todo parecía nuevo con James. El objetivo es el placer del hombre. —No. Por fin volvió a respirar y me miró. Me volvió un leve sonido a la garganta. y el de la mujer. —¿Es tu primera vez? —preguntó. No supe que había gritado hasta que oí el eco. un eco procedente de la oscuridad de catedral.

me miró con una sonrisa extraña. —Levantó la mano derecha y dobló el dedo índice por la mitad—. —Sólo visiones fugaces. Cuando se ponía el delantal. Podemos quedarnos aquí hasta la una. recorría la silueta de mi mandíbula y el omoplato con la punta de los dedos—. —¿Tienes un vale para la comida? —preguntó. —Veamos. No sé por qué me había imaginado soledad después. —Me puso las manos a los lados de la cabeza y me besó con intensidad mientras movía los dedos en el pelo. en bancos y en la hierba. —Se rió—. —No. Parece que alguien te haya hecho esto. Paramos bajo un árbol. Esta mañana he recordado que a mi madre le faltaba medio dedo. Bajé la escalera descalza. —No lo sé —dije. ya que había olvidado fijarme—. —Intentó enseñarme la pequeña danza de sus dedos. Cuando llegamos al patio ya estaba lleno de estudiantes sentados en las mesas. porque a los pies de la escalera James se arrodilló delante de mí y me los puso. Había encontrado el zapato que me faltaba en el escenario. insólito. —¿Qué pasa? —pregunté. —¿Aún no has empezado a recordar cosas? —preguntó. —No me gustaban los sentimientos que acompañaban la mayoría de mis recuerdos—. —¿Y perdernos la comida? —Me senté—. tiraba de los lazos así. aún me abrazara. Era increíble. Dime qué más has recordado tú —dije. Cuando los dos cogimos las bolsas de libros.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Me metí en su interior en un picnic eclesiástico durante la oración. Nos vestimos el uno al otro. —¿Dónde vives? —me preguntó James. luego James bajó primero y me sujetó un zapato. —Estás despeinada. Di un salto cuando sonó el timbre. tan concentrado en cada una de mis palabras y gestos. aquí. Luego me puso la cara en el cuello e inspiró. —Me estaba mirando. y me besó en la garganta—. —Los dos tenemos segundo turno para la comida —dijo. ~104~ . comiendo bocadillos y comida en bandejas de la cafetería. que cuando mi corazón se calmó y el cuerpo se relajó. Tampoco me sé mi número de teléfono. —Pensaban que había tenido una visión. Aun no he probado una manzana.

aunque no sabía qué. —Bueno. Me hizo gracia. la danza del apareamiento sin cortejo. —Thompson —contesté. —Esto es —dijo. deleitándome en cada bocado. una gran manzana roja y un pequeño cartón de leche. divertido. se probaban con intentos torpes de robar placer antes de que les hicieran daño o les odiaran. Lo dejé y fingí sentirme ofendida por la sugerencia de que yo pudiera suspender algo.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Busqué el monedero en mi bolsa. una cajita de chicles y una cartera. Escogí un huevo duro. —Debes de haber suspendido el examen de conducir —me dijo James. considerando lo que acabábamos de hacer. señorita Thompson de Lambert Drive —dijo James—. —No toques eso —dijo cuando nos acercamos a tres bandejas humeantes de algo con salsa marrón. Pelé y me comí el huevo y luego el pan. Nos sentamos en la hierba y él me vio comer. Su pasión era tan cándida que no podía mostrar la más mínima vergüenza por el deseo que sentía hacia él. Había un cepillo. —¿Qué es? —pregunté. ¿Quieres comer conmigo? Cuando yo era joven era raro que una novia viera el brazo descubierto de su prometido o él el tobillo de su novia antes de la noche de bodas. Su deseo era desvergonzado porque lo ofrecía al completo. Con James nada era descuidado. De lo contrario tendrías una foto en el permiso. Los chicos y chicas se escondían en los montones de la biblioteca o detrás del gimnasio e intercambiaban fluidos sin promesas de amor. una bolsita de tela. Me dio un gajo de la naranja. Había algo en el permiso de conducir que me molestaba. y estuve a punto de derretirme. —¿Entonces cuál es tu apellido? —me preguntó. James eligió un bocadillo y una naranja. un pañuelo. un panecillo. El libertinaje propio de bacanales con el que los jóvenes se exploraban aún me sorprendía a veces. un espejo. al encontrar mi permiso de conducir. ni siquiera amabilidad. Tendí la mano y froté el envoltorio ~105~ . La abrí y James sacó una tarjeta de plástico con una banda negra en el dorso y el emblema del colegio delante. —Nadie lo sabe. ni un movimiento era gratuito. Dejamos las bolsas de libros bajo el árbol y James me hizo sugerencias disimuladas al pasar junto a la comida en la cola de la cafetería. —Vivo en Lambert Drive —dije.

—Es diferente —dije. De nuevo una imagen: hojas de arce. La imagen era de una silla de ordeñar de madera. pero James no les hizo caso. humo de una chimenea de piedra gris. De pronto una repentina tristeza breve se apoderó de mi corazón. Me estremecí. Miré por todas partes en la cartera de Jenny. —No.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla de plástico de su bocadillo entre los dedos. la recepcionista. —A lo mejor lo tienes escrito en la cartera —sugirió James—. No te asustes. grandes como una mano y de un color naranja intenso. así que yo tampoco. suave del desgaste. Sólo había una identificación del colegio. —¿Dónde está tu taquilla? —preguntó. —De pronto me detuve—. Había sufrido varios momentos así desde que conocía a James. Vino conmigo y esperó fuera mientras yo volvía a la oficina. James me hizo recobrar la conciencia al atrapar una gota de leche en la comisura de los labios con un beso. Oí los gritos y risotadas de algunos estudiantes detrás de mí al verlo. Después de la comida James decidió que no podía arrastrar la bolsa de clase en clase. James sonrió. estaba tomando una taza de café. Al morder la manzana sentí lágrimas en los ojos. una tarjeta de teléfono y un billete de veinte dólares doblado en cuatro. Luego probé la leche. Ni siquiera sé si mi madre me lleva en coche a casa desde el colegio. No tengo ni idea de cómo llegar. apoyado en el codo. harina sobre una mesa de madera. un permiso. Olivia. Allí encontré yo la combinación de la taquilla de Billy y del candado de su bicicleta. Pero debería. ~106~ . —De una manera diferente —le dije. —Las vacas modernas —me explicó. —A lo mejor tendremos que pasar la noche en el auditorio. —Madre mía. —¿Te gustaba tanto el sabor de las cosas al principio de convertirte en Billy? —pregunté. James se me quedó mirando. Se puso de costado. —¿Quieres decir que tu familia da más miedo que la mía? —preguntó. al parecer embelesado. fascinada por la suavidad. —Tal vez debería avisarte que mi familia es muy religiosa —le dije—. un vale de comida. —No lo sé.

James llevó mis libros a la taquilla 113. preocupada. —¿Crees que tengo que esconderlos? —le pregunté. estoy enamorada y eso me hace estar terriblemente despistada. Quería estar en la clase del señor Brown con James.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Hola otra vez. —Ten cuidado con tu corazón —me advirtió. Me giré y vi a una joven de aspecto rudo con abalorios en la cabeza que me miraba—. Quedamos en el aparcamiento al final del colegio. Sonreí. abrió la taquilla y encontramos un bolígrafo. por eso. —Ah. —¿Me puedes dar mi número y combinación de la taquilla. —Mitch pensaría que estoy loco. Al leer los números. Después del colegio le esperé al final del aparcamiento. por favor? Se me quedó mirando. Llené el espacio con dieciséis de los veinte libros y me quedé con Romeo y Julieta. —¿Por qué? —Fue lo único que se me ocurrió. pero sus ojos trasmitían cierta preocupación. —Eh —me llamó una voz de chica. un libro de poesía y Cumbres borrascosas. Por el tono pensé que bromeaba. —Es un yonqui. cada vez me preocupaba más al ver que no aparecía. —No te conozco de nada —dijo—. El timbre sonó demasiado pronto. una lata de chocolate del desayuno y una pajita envuelta en papel. Pero deberías alejarte de él. Asistí al resto de clases. pero no podía. Me dedicó una sonrisa extraña y luego miró en una libreta y copió la información en un trozo de papel y me lo dio. —¿Por qué no te llevas a casa los libros de la biblioteca? —le pregunté a James. A menos que les tapara las cubiertas. ¿Estás saliendo con Billy Blake? Estaba demasiado sorprendida para contestar. sin atender a la lección de matemáticas ni a la película sobre la Segunda Guerra Mundial. y me incliné hacia ella—. —¿Por qué ibas a esconder literatura? —Tendrías que ver mi casa. —¿Para la iglesia? —En realidad —dije en voz baja. ~107~ . —Me limité a mirarla mientras se retiraba las trenzas con abalorios por encima del hombro y se fue. Jane Eyre. y sus amigos dan miedo.

. —¿Quiénes son los amigos de Billy? —pregunté—. eso no me asustó tanto como lo que vi a continuación. Él apartó la mano—. —Deslizó la mano hasta mi cintura. Me eché a reír. Sin embargo. y movía la boca como si cantara solo. —Cinco.. Se enfadaron cuando no. veinticinco —susurró james—. doce. —Piensa en todas las cosas increíbles que pueden pasar esta noche que me puedes contar por la mañana —dijo él. De pronto sentí frío en todo el cuerpo. Vi que se dirigía a la esquina. cuando ya no fui con ellos de noche. tuve que resistirme con todas mis fuerzas para no ir corriendo hacia él. —La clase de lengua no es lo mismo sin ti —me dijo. ¿saldrías conmigo? —me preguntó. aunque no tenía pies. —Ya he ido al cine contigo. Sentí un cosquilleo de terror en el estómago cuando apareció un coche granate. sentía un picor en la piel. Cuando vi que James se acercaba. Es uno de ellos. De pronto el fantasma del hombre se desvaneció como si hubieran corrido una cortina entre nosotros. Doce veinticinco. ¿Podemos ayudarle? —No. cinco. Si te pidiera una cita. Sentí el calor de la mano de James en la espalda. sólo quiero estar contigo.. La tristeza lo envolvía por completo. —Ahí está mi madre —dije. Es como la Navidad. Empujaba un carro con bolsas de plástico.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Tenía el corazón acelerado. —Escogió las palabras con cuidado—. pero pasaron dos profesores. Había un hombre al otro lado de la calle. incluso a esa distancia. Sus piernas se volvían más delgadas en las rodillas hasta formar un palo que le salía como una pipa desde la espalda. No quiero ir con ella. cinco. No sabe que está muerto. —¿Nos ve? —pregunté. —¿Y si necesito hablar contigo? —susurré mientras el coche se acercaba a donde estábamos en la acera. con la mirada perdida al frente. Yo no podía hablar y tenía los ojos llenos de lágrimas—. Estuvo a punto de besarme. —No pasa nada —susurró—. Una chica me ha avisado que tenga cuidado con ellos. ~108~ .. —Supongo que me han dado la espalda —dijo James—. —No —dijo—. Al mirarlo noté un dolor en el pecho.

Cerré la puerta y lancé una última mirada a James. y me senté. abrí la puerta y conseguí sonreír a la mujer que estaba al volante. Paró el coche.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Entonces vi la cara de Cathy. —No te preocupes. Me saludó con la mano escondida. —Quiero besarte —dije. Es un caballero. fui al coche. Es simpático. —Un chico. ~109~ . —Recuerda lo que te digo sobre los chicos que coquetean contigo. Cathy se puso tensa. y las puertas se abrieron con un ruido mecánico. —¿De verdad? —Cerró las puertas con un chasquido siniestro. Estaba sonriendo hasta que me vio mirando a James. —Yo quiero más que eso —me contestó James. sin apenas disimular la pena en la voz. —¿Quién es ese? —preguntó. Le di la espalda mientras me ponía la bolsa en el hombro. —Hola —dije. Me sentía prisionera.

Antes de llegar al canasto de la ropa sucia de Jenny. Yo salí con las bragas mojadas envueltas en la ropa seca. —Ponte algo. Encendí el agua del lavamanos y empecé a frotar la prenda. —No tengo —admití—. —Pensaba que este semestre no tenías clase de lengua. ~110~ . No quería perder el olor a James. —¿Cariño? —Cathy abrió la puerta enseguida tras un suave golpe. Te veo en la mesa a las cinco. pero volvió a guardar el libro en la bolsa. Ella se limitó a levantar las cejas y cerró la puerta de nuevo. mirando uno de los libros de la biblioteca. me asusté al ver a Cathy junto a mi bolsa abierta. casi es la hora de los deberes —dijo—. subí al lavabo de Jenny y me bañé como antes con una taza del lavamanos para verterla en la cabeza. —Cathy salió de la habitación con un cepillo en las manos. Yo di un salto y me arrepentí de no haberla cerrado. ¿Te has duchado? —No. Me he bañado. ¿Qué haces? —Sólo estaba lavando un par de cosas a mano. —¿Te encuentras bien? —Me miró las manos—.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Diez Cuando llegamos. pero me daba miedo que alguien lo notara en mi piel. pero ella seguía preocupada—. Ella estaba atónita—. Sólo me gusta leer. como si necesitara expulsar a Shakespeare. ¿Pasa algo? —pregunté. —Dejé de frotar las bragas y las escondí en el puño—. en el cabello. encontré una mancha de sangre en las bragas. al tiempo que giraba en las manos Romeo y Julieta. Cathy no parecía muy convencida. —Le sonreí. —¿Qué es esto? —preguntó. Cuando me puse la ropa de Jenny y estaba recogiendo la ropa sucia. utilizando una pastilla de jabón en forma de rosa del plato. —Una obra de teatro.

Recorrí la casa y me la encontré sentada en la mesa del comedor con una caja al lado y un bloc delante. Sólo podía pensar en James. —Quería preguntarle algo de un libro —balbuceé. capítulos aleatorios. tras lo que me parecieron horas. aunque no sabía si diario o semanal. cada una sellada con una pegatina dorada. sentada bajo un árbol. que vigilaba a su hermana pequeña por si se caía por un agujero. me costaba retener ideas. Estaba en su clase de lengua —dije. Marqué el cinco.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Me puse ropa limpia y llevé los libros de texto al estudio. Cathy era mi cuidadora. pero Cathy no estaba. Aunque Cathy probablemente tenía treinta y cinco años o más y yo me quedé en los veintisiete. —¿Hola? —Estoy escondida en el estudio. La caja tenía la etiqueta de «correspondencia» y estaba cubierta de papel floreado rosa. y yo la que había aterrizado en una tierra extraña. civismo y matemáticas. No me había molestado en apuntar los deberes. Dejé la habitación en la penumbra y cogí el teléfono con cuidado. Miraba a Cathy de vez en cuando mientras fingía leer historia. como la navidad. ~111~ . cinco. Tenía el corazón acelerado mientras sonaba. —¿Puedo hablar con Billy? —pregunté. Mitch se echó a reír. Como una niña. Tenía un bolígrafo rosa y me sonrió cuando me senté enfrente. cinco. veinticinco. No podía pensar con la suficiente rapidez. —¿Estás segura de que quieres hablar con Billy? De fondo. volví a mi cuarto y dejé los libros ahí. —Buen trabajo. Pero sólo era una ilusión. Simplemente leía para mis adentros. Luego la oí al oído. —¿Qué quieres? —preguntó Mitch. ella movía los labios ligeramente al escribir. doce. Sin esperar a descubrir qué significaba. Era un ritual entre madre e hija. ordenaba las palabras en líneas rectas y su vida en párrafos limpios. —He terminado —dije. Luego me trasladé en silencio al estudio y me encerré ahí. oía la voz de James que preguntaba quién era. lo que en cierto modo era verdad. —Soy una chica del colegio. Cathy tenía cuatro cartas escritas en sobres a la izquierda. Necesitaba ser tan lista como Alicia para tender un puente entre el mundo de Jenny y la calle Amelia. —¿De parte quién? Estaba un poco nerviosa. me sentía como la hermana mayor de Alicia. Te llamaré cuando haya acabado. —¿Sí? —contestó Mitch. y sentí un alivio increíble.

—Viene alguien —susurré. —¿No hay manteles? —me preguntó—. Podría pedir permiso a tus padres para salir contigo. Me senté. —Sólo son manteles —dijo. en vez de algo importante. Los dos me miraron. —No. sería en realidad algo tan sencillo como no saber en qué armario estaban los platos. y colgué sin ni siquiera despedirme. Oí un ruido en el pasillo. Intentaré sacar el tema durante la cena. —No era extraño —dije. Por eso durante el largo recorrido hasta la cocina me sumí en la desesperación. Nunca sé qué hacer ni cómo actuar. Debería contarte cómo aprendí a hablar. que ojeaba el periódico. —¿Estás bien? —Da mucho miedo —confesé—. Yo puse con cuidado cada juego de plato y cubiertos en un mantel. —Tu madre me ha dicho que estabas hablando con un chico extraño en el colegio. —¿Habías hablado con él antes? —preguntó Dan. caminar y sentarme en un sofá como Billy. pero Cathy seguía enfadada. Cathy. De milagro. no se dieron cuenta de que yo rebuscaba. y Dan. —Mamá está lista para que pongas la mesa. con el ceño fruncido. Para cuando ellos se sentaron en los extremos de la mesa. No sé por qué. pero algo me decía que lo que les haría percatarse de que no era su hija. No sabía si Jenny le había dirigido antes la palabra a Billy. —El tono era tan controlado que sabía que el tema no era en absoluto casual. Contuve la respiración y grité cuando Dan abrió la puerta. a punto de llorar.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Oía que James se alejaba con el teléfono lo máximo posible de Mitch. como no reconocer a una abuela. No paro de cometer errores terribles. —Sé exactamente cómo te sientes. Hasta que Cathy no llevó la comida a la mesa no se detuvo. la tensión me había provocado dolor de cabeza en la sien. ¿Qué te pasa? Dan dejó la jarra de agua en la mesa y sacó tres rectángulos de tela azul del armario de porcelana. —No lo sé —susurré—. —Se rió—. —¿Te he asustado? —preguntó. aliviada por no haber hecho mal nada más que resultara sospechoso. Hablaron del día de Cathy mientras pasaban los platos de comida. —Creo que debería venir a visitarte —dijo James—. que estaba cocinando estofado. ~112~ .

Ni hablar. por supuesto. —¿Es que la gente no vale nada para nosotros a menos que sea de nuestra iglesia? —les pregunté.. Sabe que no puedes tener citas fuera de la iglesia —replicó.. por el amor de Dios. —Cathy se había quedado sin aliento. Cathy dejó el cubierto. Había pronunciado esas palabras antes de darme cuenta de lo duras que sonaban. Nunca salgas con un chico con la esperanza de que se convertirá. Mi estómago amenazaba con devolver lo poco que había tragado. —Miró a su marido como para explicar su inocencia de un crimen. Tenía la absurda sensación de acabar de ser sentenciada sin juicio. —Eso es discutible —dijo Dan—. —Brad Smith. pero los dos dejaron de comer. Demasiado tarde. sacudiendo la cabeza de esa manera tan rotunda—. Luego se volvió hacia mí. Y era sólo a una fiesta de la iglesia. pero había estado con James y Mitch una mañana de domingo y sabía. —¿Por qué? —Pensaba que ya habíais hablado de eso. Cathy se apoyó en la silla de la impresión como si la hubieran disparado con un rifle.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Lo veo en el pasillo. —No se lo he preguntado —contesté. —No. —No seas ridícula. Dan lanzo una mirada de reproche a Cathy. —Pensaba que habíamos quedado en que era demasiado joven para citas —dijo Dan. ¿no quedamos así? Los cristianos que clamaban haber nacido de nuevo deberían pensárselo dos veces antes acatar esas oraciones. Respiré hondo. No va a tener citas durante un año más. —Leemos cada palabra de ese libro juntos. Mamá mencionó que a lo mejor alguien me pediría una cita. —¿Va a alguna iglesia? —preguntó Cathy. A lo mejor me pide una cita. —Bueno. Esperaba que sonara natural. —Podría invitarle a la iglesia —dije. que no iban—. —¿Entonces no es de la Iglesia? —preguntó Dan. ~113~ . Del grupo de jóvenes. Lo dice en el primer capítulo. —El corazón me latía tan fuerte que me hacía temblar la visión con cada latido—. —No. —Cathy sacudió la cabeza—.

. y la aproveché. También había una carpeta con la curiosa etiqueta de «Progreso». siempre en silencio. Empecé a caminar de un lado a otro. Durante el resto de la cena. —Los chicos del instituto que no van a la iglesia —le interrumpió Cathy — no quieren ser amigos de las chicas del instituto. Cathy se levantó y se llevó mi cena a la cocina sin decir nada y volvió con un vaso de agua. me quedé callada. Cuando la mesa estuvo recogida me quedé un rato perdida. Estaba demasiado nerviosa para comer. la lámpara estaba encendida y oía el terrible estruendo de Dan hablando por teléfono. Me coloqué frente al tocador y me cepillé el pelo una y otra vez. Necesitaba pensar. En el primer montón ~114~ . ¿puedo tener amigos que no sean cristianos? Podría estudiar con un amigo. De regreso en mi cuarto. y bebía el agua despacio como una flor. Intenté sentarme en la cama y leer poesía. Lo dejó delante de mí. pero para mí fue un alivio. pero no recordaba su significado. bolígrafos y cintas de goma. Había visto antes esas iniciales. que estaba entornada. Al parecer era mi puesta en libertad. —Lo siento. La abrí y vi los informes de Jenny divididos en grupos. con la rodaja de limón flotando como un pez muerto. Estarás en ayuno y con la Biblia. —Ve a tu habitación —dijo Cathy—. mañana mismo te vas de ahí. Por fin me senté en el escritorio y abrí el cajón. y con cada movimiento pensaba: «Sólo doce horas más». miraba cómo mi sombra se deformaba y bailaba en la alfombra. Cathy estaba ocupada envolviendo comida con gestos nerviosos y ruidos fuertes. pasé el pan cuando me lo pedían. me levanté y empecé a retirar con cuidado los platos de la mesa. pero así te han enseñado a hablar con tus mayores. pero no podía estar quieta. Nos gusta que vayas al colegio con chicos de otras fés. —Basta. Había el típico surtido de clips. —Sabes perfectamente que hago negocios con católicos y judios. Sabía que negarle la comida a Jenny era un castigo. En el interior. Dan giró la cabeza hacia mí. —Luego me apresuré a decir—: Entonces. —Dan me apartó el plato de comida y lo dejó en el centro de la mesa. —¿Qué te da miedo? —le pregunté. Recorrí el pasillo como si fuera Luz de nuevo y escuché en la puerta del estudio. despacio como un cañón que cambia de objetivo. En un compartimento había un botón de plástico con las letras QHJ. estaba tan nerviosa que no sabía qué hacer. Dan llevó dos de las bandejas de servir.. ¿Cómo iba a escapar? Cuando Cathy y Dan terminaron. todo bien clasificado con separadores de plástico.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Jennifer Ann. pero luego se fue de la cocina sin decir nada.

de las tres clases que aparecían. vete a la cama. El semestre siguiente. —Tienes que vigilar la lengua. —Cuando tengas el corazón limpio. Me desnudé y me puse el pijama como la noche anterior. Había dado siete asignaturas y sacado siete sobresalientes. He pensado que esta noche podría leerte yo algo —dije. —¿Estás bien con Dios? —preguntó. Cathy ya estaba sentada en mi cama con la revista en el regazo. Cuando volví del baño. Eres el poema oculto en mi corazón. el de primavera. fue igual. —Es sobre el cielo —la tranquilicé.» En voz alta contesté: —Sí. Empecé a escribirle una carta de amor a James. siempre sobresalientes. «No —pensé—. dos eran un sobresaliente bajo y una un notable. El golpe fuerte hizo que dibujara una cicatriz de tinta en la parte baja del papel. El tercer informe era de la escuela de verano y. Cerré la carpeta y busqué un cuaderno y un bolígrafo. Te releo. Sin embargo. Esa fecha me sonaba. jovencita. aunque sabía que no había necesidad. te memorizo. pero envolvían mis pensamientos de angustia y me calmaban. sonriendo. pero no lograba situarla. Ojalá pudiera expresarlo aquí.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla estaba el informe del semestre de otoño del año anterior encima. cada momento que pasamos separados». No quiero otra cena como esta. El hecho de ser el secreto de tu corazón me llena de gozo. La fecha del informe era el 6 de julio. Podía decirle todo lo que quisiera al día siguiente. Me metí bajo las mantas y cogí el libro de la biblioteca de la mesita de noche. —De acuerdo. Me miró a mí y la Biblia. con una expresión gélida. —No podía enfrentarme a las consecuencias de decirle que no. Junté las manos como si rezara. —Miré su revista—. ~115~ . en mi jaula. cerrada encima del tocador. Eran frases tontas. pensando en mí. Escondí la hoja en el cajón superior del escritorio cuando Dan abrió la puerta. Cathy frunció el ceño. —Yo tampoco. Te imagino en tu casa. infantiles. me senté en el pequeño escritorio y escribí: «Estimado señor. doce horas son como doce años para mí. —El portazo hizo que el cuadro de Jesús se tambaleara en la pared. pero ya me está castigando.

pero comunicaba. Mientras yo seguí leyendo. que parecía tan lejos. Como la noche antes. Para ver si les importuno Pero no cierren la puerta. Oh. pero ella no se movía. ¿podría prohibir yo? Cerré el libro y esperé. ella miraba al suelo. En la cocina. —Es de Emily Dickinson. cogí el teléfono con cuidado de la pared y marqué el número de James. si fuera un caballero De túnica blanca Y ellos la mano menuda que llamaba. con los labios apretados como si saboreara algo amargo. —Aplanó la revista que tenía en el regazo—. —Cuidado con lo que escoges de la biblioteca. me quedé en mi cuarto hasta que la casa estuvo en silencio y me aseguré que al mirar al pasillo estuviera a oscuras. miró atrás como si esperara verme sacar un libro de brujería de debajo de la almohada. De pronto se me ocurrió que podría contestar Mitch. —Sabes perfectamente que me refiero a cuentos y poemas sobre Dios. Di tus oraciones y no te dirijas a él sin el corazón arrepentido.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla ¿Por qué me impiden la entrada al cielo? ¿Acaso canto demasiado fuerte? Pero puedo decir poco Tímida como un pájaro. en vez de buscar comida. —¿Qué tipo de poesía es esa? —preguntó. Espero que los ángeles me pongan a prueba Una sola vez más. ¿No crees que sería más adecuado leer algo inspirador antes de dormir? —¿No te has inspirado? Ella levantó las cejas. —Antes de salir. Levanté la mirada. un sonido que ~116~ . —Cathy se levantó y se puso su número de En su época bajo el brazo—. No necesitaba mirar la página porque era uno de los favoritos del señor Brown.

cerca. —Cuelga —dijo ella. ¿Hola? —repitió el señor Brown. El agradable sonido leve de una risa me penetró. —¿Quién es? —Oí que preguntaba su esposa.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla reconocí pero que me asustó con su irritante volumen ahora que lo tenía justo en la oreja. pero no podía decir palabra. —No le oigo —dijo.. aunque fuera sólo esa sencilla palabra. —Si es una llamada obscena. recordé la amenaza de Dan de sacarme del colegio. Había tapado la parte inferior del auricular con la mano. pero el sonido de mi llanto debía de haberle llegado. pero la línea se corto. De repente fui presa del pánico. Era muy educado.. Luego le susurró a la señora Brown: Oigo a alguien. —¿Hola? —El sonido de su voz. —Si es un ordenador. pásamela —se rió ella. luego de la soledad. Volví a descolgar el teléfono y marqué un número que me sabía de memoria tras unos de oírlo. incluso con quien no conocía. Cuando dejaba el teléfono. ~117~ . Pensé en decir algo. —¿Hola? —preguntó de nuevo. era adorable—. sólo para oírle hablar más. Preguntar por un nombre inventado para que me dijera que me había equivocado de número. Cerré la boca y sentí las lágrimas calientes en la cara. Me vino la idea horrible de que Cathy y Dan decidirían meterme en un internado cristiano para chicas. Estaba Probablemente estaban leyendo en la cama o desnudándose.

intenté abrir el cinturón de seguridad. La única vez que Cathy me habló fue justo cuando el coche giró hacia el colegio. Cathy parecía distraída. pero en cambio vi al señor Brown. en busca de James. —Cathy me miro como si acabara de darme instrucciones concretas gracias a las cuales nuestra vida se mantenía en equilibrio. Yo escuché palabra por palabra y apunté: «¿Para qué habéis de ser castigados aún? todavía os rebelaréis. —Tenía la extraña imagen de un baile de disfraces en el que demonios y ángeles llegaban con los trajes intercambiados. —Lo intentaré. Fuera cual fuera el motivo. Unas voces con una calma poco natural cantaban una canción llamada Bendito perdón. —No te dejes engañar por el diablo. Escogió un pasaje de las escrituras a conciencia y tamborileaba los dedos en la rodilla mientras Cathy leía del libro de Isaías. Aquella mañana nos aleccionó sobre los peligros de desobedecer la voluntad de Dios. Durante el trayecto.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Once Al día siguiente por la mañana subí al coche. o quizá Cathy le había alentado mi afición por Dickinson. Entonces ella puso la radio del coche en la emisora religiosa KDOV. Toda cabeza está enferma. y una voz ronca me gritó por la apertura: «¡Vete a casa!» Cuando llegamos al colegio. lo seguí a ~118~ . mejor para mí. y un ligero dolor entre las piernas me hacía sonreír. Una ranura como un buzón se abrió al final. estaba decidido a recordar que la terquedad conducía al desastre. que parecía bloqueado. Había tenido una conversación tensa con Dan antes del rincón de la oración. recordé un sueño extraño que había tenido de estar a las puertas del cielo como el cantante de villancicos de Dickens dando patadas al suelo para mantener el calor e intentando mirar por las ventanitas. y todo corazón doliente». Tal vez aún estaba enfadado conmigo por mis modales en la mesa la noche anterior. Como una novia que echa de menos a su padre. * * * Entré despacio en el patio.

esperé mientras él leía en el mostrador un folleto de su correo. pero no como Jenny. Se suponía que debía estar en clase de civismo. una chica con una sonrisa llena de aparatos se paró a mi lado. Olivia aún me observaba cuando salí. quisiera recordar cada detalle. El reloj avanzaba cada dos minutos. Me vio. Y ahí estaba el señor Brown. mi Caballero. sentado en su escritorio. leyendo un montón de papeles y con el bolígrafo verde preparado. —Gracias. pero no me atreví a mirarle a la cara. Me la quedé mirando. Pegada en mi taquilla había una nota que cuando se desplegaba decía: «Aparcamiento. la piel rasgada del maletín. Estudié su rostro. 11:15». Sabía que el señor Brown tenía el turno libre. balanceando un bolso de flores. así que el estudio de la Biblia será el jueves a la hora de la comida —dijo. la chaqueta de pana desgastada que la señora Brown seguía intentando tirar. Lo seguí hasta el edificio de administración y me atreví a seguirle hasta dentro de la oficina. la fina línea de piel más clara donde desaparecía el moreno al borde de su alianza de boda. —Mañana hay horario reducido. luego desvió la mirada y enseguida me volvió a mirar.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla distancia. La clase era lenta como un hielo que se derrite. De pronto se me ocurrió una idea. pero ahí estaba él. ya que se fue. Parecía atrapado en el tiempo. No era cierto. como si yo hubiera hecho un ~119~ . Entré y me coloqué a su lado. Recordaba hasta el último pelo de la cara de los demás: mi Santa. la cicatriz donde se había cortado en el pulgar cuando viajaba con mochila. No oí el timbre cuando sonó. Olivia estaba al teléfono. Tan rápido que me sentí incómoda. Busqué a James en el mar de estudiantes pero no lo encontré. Dudé en la puerta. La caja de su manuscrito no estaba. ¿pero qué le diría Jenny? Salió de la oficina sin decir nada ni verme. Me volví hacia el señor Brown. contenta sólo con ver ese color de pelo conocido. Siempre lo había deseado. Sólo quería estar con James. la manecilla segundera giraba con elegancia. Al llegar a mi clase de geología. también quería hablar con el señor Brown. así que fui al árbol delante de su clase y me quedé mirando la puerta abierta hasta que tuve el valor de acercarme. En cambio le miré las manos que sostenían el papel. Giré la hoja de la libreta que tenía delante y empecé a escribir. —Al parecer fue suficiente. el señor Brown. pero la minutera retrocedía un poco y luego daba un salto hacía delante cada 120 segundos en una danza terrible. con la cabeza gacha sobre una mano. mi Dramaturgo y mi Poeta. como si supiera que no era Jenny. Una voz en mi interior me instaba a hablar con él. Me di cuenta que la clase había terminado sólo porque los alumnos de delante se levantaron y pasaron a los pasillos.

Nos quedamos suspendidos en ese frágil momento. ¿Es un poema? — preguntó. Apreciaba mucho su atención. entonces se me saltaron las lágrimas. perdóname — dije—. las palabras que escoges. es corto.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla retrato de él. ¿En qué clase estás ahora? —Este semestre no tengo clase de lengua —dije. He pensado que si le podía leer lo que había escrito me podría dar algún consejo. Querido señor. las ideas que concibes. lo que me provocaba un rubor en las mejillas—. ya que el resto me lo sabía de memoria—. me dije. pero ahora era difícil de soportar. —Me invitó a sentarme enfrente—. —Aún estaba petrificado—. las frases que escribes. Él se reclinó en la silla—. Como el nuevo pozo de llantos que ~120~ . —No —contesté. y me aclaré la garganta porque sonaba como un ratoncillo—. Jenny. —Sonrió—. furiosas y repentinas. pero no es cierto. Sé que a veces sentías que formaba parte de ti y que mi pérdida dejaría un hueco en tu corazón. Todo lo que haces. pero no era yo. No exactamente. y dejé que mi bolsa diera un golpe en el suelo junto a la silla en la que me senté. Clavé la mirada fija en el papel que tenía en las manos —. directamente a mí—. Oí que su silla chirriaba contra el suelo y sentí su mano en mi cabeza. —Fantástico. pero eso no me detuvo. —Carta de una musa a su poeta —leí. Me eché a llorar entre las manos. Siento no haberme despedido. rara vez había oído esas palabras de labios de un estudiante. pero entonces se giró y me miró a los ojos. ¿verdad? Pensaba que me iba a ir corriendo de la sala si no avanzaba. Me gusta fingir que yo era el centro de tu talento. levantando la cabeza. me quedé quieta frente a él y hablé. así que me acerqué al escritorio. mi única salida. El estaba sorprendido. —Estabas en mi clase el año pasado —dijo—. Entré pero me quedé cerca de la puerta. «Atrévete». ¿Te puedo ayudar en algo? Esperaba que no viera que apenas podía hablar. siempre dependen sólo de ti. —¿Un cuento? —Bueno. —Buenos días —me saludó. Por favor. tuve que irme y no pude llevarte conmigo pero ahora me siento angustiada. en silencio. —Entonces alcé la vista. —He escrito un texto. —Por supuesto. —Él me estaba mirando.

Sólo oía a medias sus preguntas inquietas. Siempre había querido hablar contigo de la escritura. Ahora estaba sentado en el escritorio a mi lado. Lo acepté tal vez con demasiada familiaridad y me limpié la cara. No entendía que se había terminado la búsqueda. Es muy bonito. hablado. Pero es difícil de explicar.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla encuentra un niño en el abrazo de su madre. —Por favor. —Tengo que pensar en el resto sola. puedo llevarle a la oficina de orientación. Me había mirado. ¿verdad? —preguntó. inténtalo —dijo. Gracias. Quería mentir. Estaré bien. bajé la cabeza hacia mis brazos en el escritorio y lloré aún con más fuerza. ¿Conoces al señor Olsen? —No pasa nada —dije. —Parecía inseguro—. «Para ti». era el señor Brown. —Le devolví el pañuelo. me entraron ganas de reír otra vez —. Nos vemos —dije. señor Brown. —Yo no te he enseñado eso. me puse la bolsa al hombro y le entregué el papel—. al fin y al cabo. blanco. Eres un profesor maravilloso. pero. —Luego le sonreí. al tiempo que me restregaba los ojos de nuevo. tranquila y sin vergüenza—. —Por favor. —Ah. —Era extraño. y me soltó el brazo—. No podía contestar. El mantenía una mano firme en mi brazo. —Estaba leyendo en voz alta —intenté explicarle. Cuando por fin me hube desahogado y tenía la respiración entrecortada levanté la cabeza. dime qué te pasa —dijo. doblado. Sentía una libertad peculiar. —Me levanté. El parecía dudar. —Gracias dije. * * * ~121~ . pensé. Me dio su pañuelo. y luego me eché a reír sin saber por qué—. Si no puedes contármelo. Esa era mi recompensa. vi que no sentía la necesidad de hablar con él durante horas sobre su novela. —Salí de la habitación y no sentí necesidad de mirar atrás. escuchado. limpio. —Sí que lo has hecho. —No —contesté—. —¿Pero no es lo único que te hace llorar. aún caliente del bolsillo. —No pareces estar bien —me dijo. aún temblorosa—.

Solté un gritito y él arrancó. Él me agarró de la mano y me llevó a los peldaños del porche. Cuando volví a abrirlos. —Tengo miedo. abrió la número 77 a una velocidad sorprendente y con garbo. vestida sólo con una sonrisa. James desató su bicicleta del aparcamiento. —¿Qué hacemos aquí? —pregunté. Me resultaba familiar. le daba a los pedales con la fuerza de un corredor. pero no porque hubiera montado en bicicleta antes. el viento azotaba mis cabellos como si fueran cintas. Cerré los ojos cuando pasamos por una fila de coches aparcados. que estaba sentado en el sofá. —¿Por qué? Se rió mientras tanteaba en la repisa encima de la puerta y sacaba una llave. estaba a horcajadas encima de Mitch. —Se colocó encima de la barra del medio y balanceó el vehículo entre las piernas—. Estaba nerviosa cuando me senté de lado en el manillar delante de él. Una vez de regreso en el aparcamiento. Nos inclinamos a la derecha y salimos a la calle mucho más rápido de lo que me habría gustado. —Tú mantén el equilibrio —me instruyó. —No pasa nada. Aunque costaba que entraran. —Me puso las manos en la cintura y me levantó cuando yo di un saltito. era la manera de viajar siendo invisible cuando eres Luz. Libby. y nos dirigimos hacia la calle. pero James dijo: —Mitch se debe de haber dejado la radio encendida. —Hoy vamos a comer en mi casa. Yo me agaché por detrás de James. que se quedó quieto.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Hacia las once y cuarto James ya estaba en la curva del apartamiento. Llegamos a la calle Amelia demasiado pronto. nos quedamos petrificados en la puerta. —Me estaba riendo. James me ofreció una mano cuando salté y dejó la bicicleta apoyada de lado en el césped. El garaje estaba cerrado. sin nada puesto más que sus tatuajes. ~122~ . Aún no oía la música. Cuando James abrió de un empujón la puerta. consiguió meter nuestras dos bolsas en el pequeño espacio y cerró la puerta. Respiré hondo el aire fresco. ingenua. Sube. luego me llevó a la fila de taquillas fuera de la cafetería. —¿Alguna vez has montado en bicicleta? —Sonrió. Agarró mi bolsa de libros y me dio un beso. pero lo decía en serio. —Confía en mí —dijo James. confuso. me invadió la calma. —Vaya —exclamó Libby. —No.

con toda naturalidad. Billy. —Claro que no. —Lo haré —lo tranquilizó James. —Libby me saludó con una manita de niña. ¿Qué haces en casa? —Es mi hora de comer. Entre en el salón que había visto antes. no quiere —replicó Mitch. pero nunca lo había olido. —¿Puedo utilizar el coche si os lleváis el de Libby? —preguntó James. estás muerto. James me besó. sal y cierra —le ordenó. —No tiene nada de malo cambiar de opinión —dijo James. —Por Dios —murmuró Mitch. —Hola. Se produjo una pausa. También es mi hora de comer. —Vamos a buscar algo de comida —dijo Mitch. —Es una amiga —le dijo James. como si no pudiera creerlo—. Hola. ¿quieres venir? —No. imbécil.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Libby —dijo James.. y la radio se silenció. Se supone que tienes que estar en el colegio —dijo Mitch. —¿No le dijiste a Rayna que antes te cortarías una mano que salir con Libby? —susurró James. Yo retrocedí un paso y me quedé en el porche.? —Mitch parecía enfadado. Entonces Libby me vio y sonrió. —Me he dejado un libro aquí —dijo James—. —Sólo para volver al colegio y a casa después. Se dio la vuelta en el marco de la puerta y apartó la vista—. Mitch siguió a Libby y bajó los peldaños del porche. —Yo conduzco —dijo Libby—.. —Si pasa algo. mientras él y Libby subían a su coche rojo abollado. En cuanto la puerta se cerró detrás de nosotros. Presionaba con fuerza como si estuviera perdido en el mar y extrajera agua fresca de mi interior. Libby salió al porche ajustándose el sujetador. —Hola —saludó. Me levantó con un abrazo en la ~123~ . Mitch se limitó a mirarme de camino por el césped. capullo. —Calla. —Coge tus cosas. —Lo siento —se disculpó James. pero me quedé escondida. luego Mitch suspiró. Olía a cerveza y hojas de pino. Entonces lo oí muy cerca de James. —Oía el roce de ropa incluso por encima de los sonidos de guitarra de la radio—. —¿Qué coño. irritado.

—¿Te he hecho daño? —Me apartó el pelo de los ojos. ¿no? Mudarnos a otra ciudad y decir que tenemos veintiún años. —Me reí. —¿Qué quieres comer? —preguntó. Podríamos mentir. La habitación olía a tinta. —Quiero dormir toda la noche contigo —dije. Creo que es por él. y él no me oye. Sentí un absurdo orgullo por estar lo bastante viva para volver a oler y saborear el mundo. Señalé los pantalones con un pie y me eché a reír. —Nunca volvería a tener pesadillas contigo en la cama —dijo James. para mi sorpresa. —Ayúdame. El parecía intrigado con el plan. —¿Tienes pesadillas? Parecía avergonzado de haberlo dicho. Conseguí quitarle la camiseta. ~124~ . Grité al oír el crujido del bastidor cuando caímos encima. —Quiero dormir contigo toda la noche. Yo lo observaba todo el tiempo. Le aviso de algún peligro. —¿Por qué tenemos que fingir que somos jóvenes? —insistí—. Era como si acabáramos de inventar el sexo. —¿Qué sueñas? —pregunté. todos los días —le dije. Para celebrar mis sentidos. Tenía los vaqueros en los tobillos. —¿Cuándo? Bueno. me estaba besando el cuello como si ansiara la sal que contenía y. pero los botones metálicos de los pantalones estaban apretados. Después. una alquimia mágica que sólo dos espíritus podían crear. le besé en el hombro desnudo para saborear la piel. los pies apenas rozaban el suelo. —No. —Siempre le estoy gritando a Mitch. Se quitó a patadas el resto de la ropa y también me quitó la mía con cuidado. casi tenemos dieciocho años. me puse a llorar.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla cintura. —Estiró la sábana encima de nosotros y me abrazó. Cuando tengamos dieciocho podremos crear un hogar juntos. De nuevo me sorprendió mi deseo explícito. y me llevó a su habitación. —Algún día. James parecía aliviado de que hubieran cesado las lágrimas. Luego me vio la cara y añadió—: Pronto. pero yo no podía hablar. Y lo hizo. —Entonces me di cuenta que aún llevaba el vestido y James los calcetines y los zapatos.

—Estoy de rodillas —dijo—. —Era un juego de la clase de lengua —aclaró.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Bueno. El repentino frío en mi piel hizo taparme los pechos con los brazos cruzados. pero entonces vio el reloj del escritorio. ¿cuándo es tu cumpleaños? —le pregunté. Por un momento pensé que pretendía consumar el compromiso matrimonial. pero James me agarró con suavidad de las muñecas y me abrió los brazos como alas como si fuera un pintor que recolocara a su modelo. el botón era tuyo. Cuando estábamos vestidos y nos dirigíamos a la cocina. —En octubre —contestó James. quiero —contesté. Era un botón de plástico con las palabras «Eres mi casa». —¿Qué es? —pregunté. Cogimos una manzana y una botella de agua de la cocina. ¿Quieres casarte conmigo? Algo en mi interior susurró una advertencia: «Eres demasiado feliz. Entonces me acordé del señor Brown jugando con sus alumnos el año anterior. Me refiero al cumpleaños de Billy. y James me llevó al garaje por la puerta interior. —Sí. —Smike —dije. impaciente—. en cualquier momento te despertarás». James metió la mano en el bolsillo. y me colocó el botón en el vestido—. —¿Me estás pidiendo que me case contigo? Se puso a horcajadas encima de mí. Pero no lo escuché. necesitamos un compromiso de verdad. con una rodilla a cada lado de mi cuerpo. —Tengo un regalo para ti. de manera que la sábana parecía una capa en los hombros y yo me quedé desnuda debajo. —Al ver lo atónita que me quedaba. ~125~ . Yo no paraba de acariciar el botón como si fuera un amuleto mágico. Tú y yo podríamos haber arrasado con el arcón del tesoro. encantada incluso antes de oír la historia. —Muy bien. —Sacó un disco pequeño y lo sostuvo delante de la cara como un monóculo. —Tenemos que volver. Si recordabas qué personaje decía la frase. —¿De qué trabaja Mitch? —pregunté. —Se rió—. me dejó clavada en el colchón y se incorporó. añadió —: Bueno. James metió la mano debajo del guardabarros delantero izquierdo del coche de Mitch y sacó una cajita diminuta que contenía una llave. —¿Sólo queda un mes? —En realidad trece meses.

Lo reconstruyó de restos de otra gente. Subió con mucho esfuerzo—. sin aliento. Izquierda el freno. al entrar—. Luego se mordió el labio. James me miró estupefacto un instante. Por fin se limpió los ojos con la camisa y suspiro. —No se había inventado —murmuró. —Arrancó el motor y me miró—. Se puso rojo. ¿Te estás riendo de mi edad? Aquello no ayudó. —Perdone usted —dije. —No me dejan tener pretendientes —dije—. Ni te imaginas la criatura que llega a ser este coche —dijo. —¿De qué hablas? —Parecía casi molesto por mi reticencia—. —Como Frankenstein. Me indicó con un gesto que me callara. y le volvieron a temblar los hombros. no como el de Cathy—. James aparcó en una calle lateral. Le di un mordisco de la manzana y se calmó. intentando parecer ofendida—. y le caían lágrimas por las mejillas. ¿No dejaban conducir a las mujeres? —Aún no se había inventado el coche —le dije. —Eso no me ayuda —comenté. Me encantaba el olor a coche de aquel vehículo. —No sé conducir —me excusé. Lo siento se disculpó. Enseguida me coartó la imagen de la casa de Jenny. no podía enfadarme con él. Los automóviles no han cambiado tanto. Justo cuando llegamos a su taquilla sonó el timbre. luego se inclinó con una carcajada tan incontrolada que pensaba que iba a dejar de respirar. derecha el acelerador. Él levantó la cara. —Retiró las caderas hacia atrás en su asiento y señaló los pedales—. Abrió la puerta metálica de un golpe y sacó mi bolsa de los libros. y abrió la puerta automática del garaje. —¿Mañana tenemos horario reducido? —pregunté de pronto. pero no me miraba. Me senté y empecé a comerme la manzana. ~126~ . Tienes que practicar para aprobar el examen. —¿Puedo venir a visitarte esta noche? —preguntó. Sin embargo. Tendré que intentar encontrar una grieta en la fortaleza. Cerca del colegio. James me abrió la puerta del copiloto. —Como un caballero. —¿Por qué todo lo que dices suena tan atractivo? —susurró. Deberías conducir tú. —Exacto. —No hace falta que tengas los recuerdos de Jenny —dijo James.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Es mecánico.

pero yo sabía que lo inquietaba. Queremos hablar contigo. —Hola. todas vestidas con faldas y pantalones cortos rojos y blancos. Había una chica. tenía el cabello enmarañado hasta los hombros y llevaba una chaqueta vaquera sucia llena de palabras que había escrito él. creo. Son de Wilson. —Hola. se puso tan pálida que yo estaba convencida de que se iba a desmayar. —No creo que le guste mucho. Al cruzar la mirada con la de la chica. Sentí un escalofrío—. Quiero decir. ~127~ . Dan. Se había parado y tenía la mirada fija en James. Después del colegio. Entonces me di cuenta de mi error—. Mitch no sabía cuándo tuvimos el último. —No lo sé animadoras.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Se me había olvidado. —Me senté y me puse la bolsa en el regazo. a unos diez metros de nosotros. El mismo joven que se había parado a hablar con James en la biblioteca se dirigía hacia nosotros con otro chico. La chica lívida. El de detrás el pelirrojo. aunque saltaba a la vista. ni el coche granate. —¿Quién era? —pregunté. —Entonces le dije algo que me sorprendió—. pero una amiga retrocedió unos pasos y le susurró algo. James me dio la vuelta con suavidad pero con firmeza y me dio un empujoncito. —A lo mejor no se acuerda —dijo James—. Sin embargo vi al padre de Jenny que se acercaba con su furgoneta. Parecía una ambulancia. pero la mirada de Dan parecía de asombro. cachorrillo. Creo que a Cathy eso la habría molestado. —contestó James—. Yo me fui sin mirar atrás. Últimamente he cambiado mucho. papá. que caminaba con un grupo de veinte personas o más. Él miró para ver qué me había llamado la atención. cruzó los brazos al verle y se dejó convencer por la amiga para irse. —¿Desde cuándo me llamas padre? —preguntó. —Blake —se oyó una voz. —James dejó escapar una risa. tan blanca. no vi a James en el aparcamiento. padre. con los ojos muy tristes. Dejé de escuchar y le puse una mano en el brazo. —Pero Cathy probablemente me recogerá pronto. Parecen —Conoce a Billy —dije. Me saludo e intenté disimular cuando me quité el botón y me lo metí en la bolsa de libros. —Lo siento.

—Es martes —me recordó—. ¿verdad? —Se rió. —Abróchate el cinturón —ordenó. Estiré la cinta del hombro por el pecho y percibí el suave aroma a gardenias. —Mientras salía del colegio. ~128~ . no soy Jennifer. ¿dónde pensabas que estaba? Suspiré. Está en la reunión de misioneros. cansada de cometer errores. —No.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Puedes llamarme padre. —¿No vas a decidir que de repente quieres que te llamen Jenifer. —Para mí siempre serás mi cachorrillo. —¿Dónde está madre? Quiero decir mamá. miré atrás con la esperanza de ver a James.

—Los justos son audaces como un león. aunque no me había obligado a practicar la conducción. —Bueno. Dan se volvió frío y agarró con más fuerza el volante. Reinaba la misma tranquilidad absoluta que en un museo cerrado. ~129~ . un crujido en el suelo me asustó. le oí hablar por teléfono. Cuando llegamos a casa. Ahí estaré si tengo que estar. —Su voz cambió de tono—. — Me estaba llamando cobarde y. gracias. —No. Aquel día no tenía sangre en la ropa. Cuando intentaba retroceder hacia mi habitación. si no te importa. ¿Qué te pasa? —Frunció el ceño. —Quiero estudiar mucho esta noche —mentí—.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Doce —¿Quieres practicar? —preguntó Dan cuando estábamos a unas manzanas del colegio. Me metí en mi cuarto y ya estaba sentada en la cama. Fui de puntillas al estudio y entonces. cuando me acercaba a la puerta entreabierta. No sabía dónde estaba Dan en la casa. Al parecer fue suficiente. Quiero que estés orgulloso de mí. pero yo sentí pánico en cuando comprendí—. de acuerdo. subí corriendo al lavabo y me bañé. Intenté imaginar lo que diría Jenny para suavizar su mal humor y demostrar respeto. —¿Practicar qué? —Podríamos ir al aparcamiento del Market basket. tenía una fuerte sensación de haberle desobedecido. — Me guiñó el ojo. Mañana tengo un examen. —Oí el miedo que trasmitía mi voz. Era como un yugo de calor que me aplastaba. —¿Son tus deberes? —Sí —mentí. Se relajó y me puso una mano en la nuca. con R meo y Julieta (aunque del revés) tapándome la cara cuando llamó a la puerta y entró.

Miré a la puerta. Las de encima eran como las de la caja de película: pequeñas. todo su cuerpo de la cabeza a los pies. sentada en el ~130~ . Fue un milagro que no se diera cuenta de que Jenny no tenía clase de lengua ese semestre. pero estaba cerrada. desnuda. hurgando en las botas de Billy como una serpiente sedienta de huevos. Había cogido la obra de Shakespeare con tanta prisa que la bolsa de libros estaba volcada. pero nada que vibrara. todos los pasos eran medidos. Otra era un conjunto de palomas desdibujadas en un ascenso en grupo. di un golpe sin querer al cajón inferior. que se miraba en el espejo de su armario mientras saltaba. congelada en el aire. Como en un ballet. Una era de una mano pálida. Saqué el botón y mire el fondo del cajón del armario. con imágenes en blanco y negro. Había más o menos una docena. algunas tenian palabras escritas a mano con tinta negra debajo de la imagen. en aquel momento vi a Mitch. Intenté buscar una explicación. Tal vez había mensajes para mí. Por alguna razón. Otra eran las huellas de un gato en el parabrisas de un coche. cuadradas. Luego vi un trozo minúsculo de cinta de color crema que sobresalía del medio de un lateral. en el espacio de debajo. Una era de Jenny. Jenny. Desenrollé con cuidado la funda de almohadón. el destello de la cámara delante de su cara creaba una estrellita brillante donde debería aparecer su cabeza. y las estudié una por una. ya que todo lo que hacía que se salía de la rutina diaria se notaba. Tuve que arrodillarme para buscarlo. Vacié el cajón de bufandas y guantes. Estaba fascinada. No había dos personas iguales. Tiré de él y el falso fondo se levantó. Encontré algunas bufandas y medias y un gorro de punto. pero el botón que James me había dado se cayó y rodó sobre el borde hasta llegar debajo del armario. Saqué despacio los secretos de Jenny. Debajo había algunas fotos más grandes. Cada respiro contaba. como los demás cajones y estantes del armario. hecha una bola. temerosa de que entrara alguien. Cuando mi mano notó el disco. sonaba a hueco. Dentro había tres objetos: una cámara llamada Polaroid. había una abultada funda de almohadón de color lavanda y un sobre de cáñamo. Me convencí de que era correcto mirar. estirada para tocar una hoja en la rama de un árbol. Debajo estaban las palabras «El gesto de Adán». Le di unos golpecitos. el revolotear de alas congeladas. A continuación abrí el sobre y saqué un montón de fotografías. pero casi me daba miedo abrirlos. Sentí que me daba un vuelco el corazón. probablemente la de Jenny.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Tienes el pelo mojado —comentó Dan. El fondo estaba forrado con un papel de tela de algodón a cuadros amarillos y blancos. también en blanco y negro. La coloqué bien. Allí. Se oyó un ruido raro que me pareció curioso. Sacudí el cajón y volví a oír el ruido. vestida con un fino camisón blanco. un paquete de película dentro de una caja azul con la etiqueta «Blanco y negro» y una bolsita de plástico con algunos billetes de dólar y unas monedas. con la frente arrugada a propósito. Lo volví a envolver. pero antes de poder hablar me dejó sola.

la última. Era una imagen inquietante porque nunca la había visto así. Esa tenía un trozo de cinta blanca en la esquina superior derecha con las palabras «El fantasma espera» escritas. El sonido de la puerta principal me hizo volver a la realidad. cogí una bufanda y empecé a doblarla. —Desde que te desmayaste el domingo estás rara. Otra era de Jenny. pero nunca con el alma de Jenny dentro. ~131~ . Una era de sus pies. —Sonrió—. —Esbocé mi mejor sonrisa—. La oscuridad tras ella y que rodeaba todas las curvas de su silueta hacía que su piel clara pareciera brillar. Con la barbilla apoyada en las manos y mirando a la cámara con una paz absoluta. era la cara de Jenny. sentada con una maleta a su lado en la cama. supuse que era ella. Avísame cuando tenga que poner la mesa. —Ordenar algunas cosas —le contesté. Puedes ir conmigo. uno subiendo por la pared en el arco que formaba en medio de un paso y el otro levantado dando un giro. Sí. tomada en el espejo del tocador. La había visto conmigo detrás de sus ojos. volví a poner el fondo falso en su sitio. a su lado. con una camiseta blanca en la cabeza. ¿Qué te pasa? —Estoy bien.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla suelo delante del espejo del armario. —No tienes que salir con cualquier chico. ¿De acuerdo. vacía. —Es martes —dijo—. Mientras oía que Cathy se acercaba por el pasillo llamando a Dan. —¿Es esta noche? —¿Esta noche? —repitió la expresión y su sonrisa se desvaneció—. —¿Qué haces? —dijo. —¿No te gusta Brad Smith? Estaba tan sorprendida que no contesté. Platos de papel para la noche de juegos. Hablaba del chico con el que ella había quedado que me llevaría al baile de la iglesia. con la cámara en la alfombra. hawaiana? —¿Hawaiana? —Coloqué la bufanda que acababa de doblar en el cajón y me puse a doblar otra—. Justo cuando abrió la puerta. Volví a meter todas las fotografías en el sobre y lo puse junto con la funda de almohadón en el fondo del cajón. —Mañana tengo un examen. la más impresionante. sin llamar. No sabía dónde estaba la cámara. —¿Dónde tienes la cabeza? —Frunció el ceño. Por primera vez me pregunté dónde estaba y me sentí mal al ver que nunca lo había pensado. como una bailarina de folk que se dirigiera al techo. mirando el montón de ropa. Yo iré de acompañante.

—Mejor no preguntes —dije en tono de broma. y al parecer sirvió. aunque me daba la sensación de que no era ni su esposa. Volví a colocar la ropa en el cajón y recogí el botón que James me había dado. ni su hija ni la comida lo que le hacáa sonreír. un sombrero y un trasatlántico. Había visto muchas pizzas. —¿Has acabado de estudiar? —preguntó. Se fue del cuarto riendo. —Esta vez ni seré la planchita —dijo—. No cantaban ni tocaban el violín junto a la chimenea. Quiero ser el barco. Colocó tres diminutos juguetes de metal en una esquina del tablero de juego: un perrito. menos se necesitaban unos a otros. —No sabía lo del Monopoly —dijo. pero no daba en absoluto un aspecto festivo. así que lo clavé en el exterior de la bolsa. La enorme televisión estaba apagada. Parecía que acabara de recordar una broma pero no tuviera intención de repetirla. Al parecer era un espacio sagrado. No contaban historias en el porche. pero se oía música suave de algún lado. —Voy a ordenar. —Entonces se detuvo—. Cathy no estaba en el comedor ni en la cocina. Cuando sonó el timbre de la puerta. Aunque habría sido más fácil utilizar las sillas del rincón de la oración. pero nunca la había probado. Cuantos más inventos estaban a su disposición. aún mojada del baño. Me sorprendía el maravilloso olor que desprendía. Cuando la encontré. —Sí.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Lo siento. estaba colocando tres sillas plegables alrededor de una mesa de juegos entre dos sofás en medio de la sala de estar. gritó: —¡Dan. —Fue lo único que se me ocurrió. La distancia que se veía tras sus ojos mientras sacaba el juego me entristeció. Dejó la pizza en el borde de la mesa junto a uno de los sofás. ¿Qué te ha pasado en el pelo? Me toqué la cabeza. Se había puesto una camisa informal y nos sonreía. Era como si los seres humanos hubieran perdido la capacidad de divertirse. Nos vemos en el estudio en media hora. veían la televisión. Dan entró en la sala de estar con una caja de pizza en una mano como si fuera camarero. —No jugamos desde el mes pasado —dijo Cathy ~132~ . sino que encendían el equipo de música. es la pizza! Al cabo de un minuto. no las tocó. Tenían un juego de mesa llamado Monopoly. Cathy dispuso finos platos de plástico con cuchillos y tenedores envueltos en servilletas de papel como sorpresas de Navidad. Estaba a punto de ponerlo en mi bolsa de libros cuando pensé que daba igual.

Entendí mejor ese juego. —¿Cathleen? —Dan intentó sonar dulce pero no lo logró.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Es que más tarde tendré que ir a la oficina —dijo—. a la espera de ver si se defendía. —Cathy parecía cansada—. Yo la observaba. Intento ganar un buen sueldo para garantizar que mi familia está atendida. —¿Jen? —llamó Dan. Me puedo quedar una hora. deseaba poder sentarme en el tejado. Estoy aquí. No se había dado cuenta de que su esposa había elegido otra opción al escoger una ficha que era el símbolo de la libertad y la aventura para dejar atrás la planchita de ama de casa. Me fui enseguida porque me daba la sensación de que Cathy quería que saliera de la sala. sacó la plancha en miniatura y la cambió por el barco. —Sé que es una noche familiar —decía él—. Cathy se detuvo y se lo quedó mirando. —Me parece bien —dijo Dan. Papá. ve a buscar refrescos y tazas. —Me prometiste que las noches del martes serían sagradas. —Podemos jugar al Monopoly —dijo Dan—. No sé si tendré tiempo. —Sonaba más como si fuera su padre que su marido—. Ella al final miró a su marido a los ojos y le dedicó una sonrisa que yo sabía que era falsa. mamá y el cachorrillo —dijo. —No. escuchando las voces de los padres de Jenny. es más rápido. —Jenny. No creo que sea mucho pedir que me apoyes y me entiendas en mi trabajo. ¿No crees que preferiría jugar al Monopoly que hacer papeleo? Yo estaba al otro lado de la puerta. pero tengo que ir a rehacer una cuenta con Steve. Por desgracia fue fácil encontrar las tazas y la botella de refresco en el mostrador de la cocina. Cathy sacó otra caja y la abrió. Os daré dos partes iguales de mi capital cuando tenga que irme. Había visto al señor y la señora Brown jugar con sus amigos varias veces. Cathy sirvió el refresco y yo me senté en el medio como una mascota. Cathy aún parecía disgustada cuando entré. por favor. Se levantó. Dan sirvió una porción de pizza en cada plato. recogió el Monopoly y deslizó las fichas de nuevo en la caja. ~133~ . que lo lanzó a la caja—. —Cogió la caja. —Hago lo que puedo. Volví por el pasillo a paso de tortuga. está bien. Vamos a jugar al Scrabble.

¿Qué has dicho? —Está bromeando —dijo Dan. Había pasado mucho tiempo. Yo tenía algo pesado en la cadera izquierda. —Amén —dijo Dan. inspeccionaba la porción en la mano. Abrí los ojos.. Estaba de pie mirando una mesa vacía cubierta con esa tela pintada. Entonces me vino a la mente un mantel de color hueso con violetas azules pintadas en las esquinas. La pizza era deliciosa. Escogí siete fichas y las coloqué en fila en el banquito de madera de mi organizador del Scrabble. —Querido Dios. pero sabía que me estaba observando. Masticaba lenta. —No hagas una oración en silencio. Era como una receta de salsa de tomate pero con más pimienta y menos dulce. pero entonces Dan dijo: —¿Por qué no bendices tú la mesa hoy. Aunque las ventanas estaban cerradas. cachorrillo? Bajaron la cabeza. los cristales vibraban en los marcos. Miré alrededor de la habitación tenebrosa. Estoy segura que no era la típica oración de Jenny. Amen. Junté las manos e intenté recordar una oración. La mesa temblaba. Bendice esta comida. debí de hacer un sonido de sorpresa. —La voz de Dan me despertó. Un recuerdo al observar un terrón de azúcar moreno disolverse en una cazuela de tomates cocidos se desvaneció cuando Cathy habló. porque los dos me miraron. con los ojos cerrados. Al probar por primera vez el refresco de raíces. —Sonreí—. se levantó y le dio un beso en la mejilla. —Sonrió. Me relajé cuando el calor de la boca desapareció y dio paso a un sabor dulce parecido al anís y la vainilla. En casa de los Brown no bendecían la mesa. —¿Cerveza? —Cathy me puso cara de pocos amigos—. intentaba entender las especias. el fregadero y la bomba. ~134~ . Me gusta. y me sacudió un miedo espeluznante. Por un momento oí las contraventanas temblando y las ramas que daban golpes contra la pared exterior. aliviada de ver los platos de plástico quietos delante de mí. Estuve a punto de cometer el error de probar la pizza que tenía en el plato mientras Cathy colocaba las piezas del Scrabble hacia abajo. estudiaba cada sabor. Cathy con las manos juntas bajo la mejilla.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Esa es mi chica.. —Escoge las letras. Dan miró el reloj mientras Cathy doblaba la hoja superior de un trozo de papel. los bordes floreados de la tela revoloteaban como si estuvieran vivos. Cerré los ojos e intenté concentrarme. la chimenea con el recipiente colgando. No miré a Cathy. la escoba de paja en el rincón oscuro. —Volví a cerrar los ojos. y una ráfaga de aire fantasmagórica levantó la tela blanca en toda la mesa. —Como la cerveza de jengibre. agradecida por no volver a aquella tela blanca temblorosa—.

Da gracias por lo que tienes —dijo. Lo sé. Ella le miró. cuando Cathy iba a la mesita junto al sofá. Parecía que a ella también le faltaba el aire. Él salió corriendo de la sala como si se lo llevara el diablo. Será mejor que me vaya. Hasta luego. pero jugué mis turnos sin levantar sospechas. voy a colgar. Dan se paró para observarla. me parece bien. —Colgó y volvió a la mesa sin mirar a Cathy. no te preocupes. —Recogió la caja de la pizza y la botella de refresco—. e hizo un círculo en la puntuación que figuraba debajo de su nombre. ¿acabas de llamar? — Se detuvo—. El juego continuó casi en silencio hasta que Dan utilizó sus últimas letras para formar la palabra «correr». con el auricular en la oreja—. —Lo odio. en voz baja. —Es un juego de suerte. Todo saldrá bien. ¿Qué tal? —Escuchó —. —Por si es una llamada obscena —añadió. El teléfono volvió a sonar. De acuerdo. los platos y las tazas. Sonó el teléfono y. —No contestaban. Cathy jugueteaba con las letras. Ayudé a Cathy a recoger el juego. contestaré yo. —El hecho de que susurrara hizo que Cathy se parara para escuchar—. Volvió a la mesa. —Lo sé —susurró ella. y Dan se levantó. como si se pudiera cortar el aire. —¿Sí? —Cathy dudaba con el auricular en la oreja—. —Ha ganado papá —dijo Cathy. ~135~ . En la habitación reinaba una falsa calma. En media hora o tres cuartos. —Cathy se sentó—. Yo también me siento así. —¿Sí? —dijo. se inclinó hacia donde estaba sentada Cathy recogiendo las piezas del juego y la besó en la mejilla—. No quedaban más piezas. Si vuelven a llamar. Se han debido de equivocar de número. —Otra pausa—. que lo observaba. Cogió tres letras. Dan se encogió de hombros. —No has cogido —le recordó Cathy. No le oigo. Steve. —Lo intentaré —dijo. y nos dio la espalda—. —¿Se han equivocado? —preguntó Dan. ¿Debería marcar el sesenta y nueve? —No —dijo él—.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Prefería la pizza al juego. —Antes de salir.

—Jane Eyre —contesté. aún más desconcertada. —¿Qué estás leyendo? —preguntó. Cuántas veces había cerrado el libro el señor Brown justo cuando yo quería empezar el capítulo siguiente. Decidí hacerle una promesa a Dios. Ahora sólo me detuvo el aspaviento de Cathy. Tras una pausa dijo—: Soy yo. Una tuya y una mía. volví a Jane y el señor Rochester. —Escuchó—. —Se detuvo—. Tenemos dos facturas de gasolina del sábado. Con un cuidado extremo. Habría preferido esconderme en mi cuarto o escaparme para llamar a casa de Billy. ser amiga de la madre de Jenny. como podría haber hecho con mi Santa. Pero dijiste que te habías quedado sin gasolina el domingo. Pensé que estaba bien. pero el pensar en James me inspiraba bondad. De acuerdo —dijo al final—. colocaba las hojitas en montones. yo la observaba y me di cuenta de que hablaba del día en que entré en el cuerpo de Jenny. Digo que no lo entiendo. No. Llevé un libro. No estoy diciendo eso. cada vez bajaba más la cabeza sobre el pecho hasta que se miraba el puño—. —Escuchó. luego fue a un teléfono y marcó. Cuando era Luz era muy frustrante no poder leer más que hasta donde mi anfitrión quisiera. —Tengo que leer. ¿dónde estás? —Colgó y volvió a la mesa. Podríamos sentarnos juntas como cuando eras pequeña. con la cara sonrojada y pálida a la vez. Intentaría ser tan amable con Cathy como lo era James con Mitch. Estábamos pasando una noche en compañía agradable. leí en silencio Jane Eyre y avancé hasta su llegada a Thornfield. Como no me miró. — Ella se paró y cerró el puño—. ¿Dónde estás? —Y luego—: ¿Por qué no lo has cogido? —Le daba vueltas al cable—.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —¿Qué tal una noche de trabajo? —preguntó—. —Colgó sin decir adiós y volvió a la mesa. —Una pausa—. —Mientras escuchaba. y yo hago las cuentas mientras tú haces los deberes. Era mi voto. aunque me resultaba casi imposible no pensar en James. —¿Sí? —Ella escuchó—. Al cabo de un minuto. corrió a su silla y alisó las arrugas del recibo de la gasolina. picoteaba una calculadora diminuta con el bolígrafo y garabateaba notas en los márgenes. no he dicho eso. Leía cifras de comunicadosdos y facturas y comprobaba que fueran correctas. Me senté enfrente de ella y. Estoy hecha un lío —dijo—. —¿Qué diablos? —Se quedó mirando una hoja de papel. —¿Cómo iba a estar mal el recibo? Sale de un ordenador. Ya lo sé. ~136~ . sonó el teléfono. y Cathy una caja forrada de papel de color marrón y crema con la etiqueta «Facturas». Se me olvidaba que ya has hecho los deberes. Era una experiencia totalmente liberadora poder pasar las páginas a mi antojo.

—Jane se está empezando a enamorar del amo de la casa. —¿Qué pasa en tu historia? —preguntó al cabo de unas puntadas. Asintió como si el haber leído una docena de novelas rosa en su juventud significara saberlo todo. Retiró la aguja que colgaba y siguió cosiendo el nuevo botón en su sitio. —Mi abuela me leía en voz alta mientras yo enguataba. los comparó con los demás botones de la camisa hasta que encontró uno que combinara. La aguja y el hilo. de todos los tamaños. La idea de poder oír la voz de James en cuestión de segundos me dolía. —«¿Eras feliz cuando pintabas estos cuadros?».Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Apartó los recibos con la mano temblorosa. La camisa que desdobló debía de ser de Dan. De pronto sentí nostalgia. ¿La camisa estaba un poco estirada. Se trasladó del asiento delante de mí al de mi lado. colores y formas. señor. Estaban un poco sueltos. La olió y. le preguntó el señor Rochester en ese momento. luego le dio una sacudida como para olvidar la idea. Cathy sonrió. el cuarto desde abajo. Se paró y miró la camisa. La observaba por el rabillo del ojo. No. como si se la hubiera quitado deprisa. pero creí percibir un ligero olor a gardenia de la tela. donde había mejor luz. Eso había cambiado desde mi muerte. o eran imaginaciones mías? Tocó los botones arriba y abajo para ver si estaban bien sujetos. Le faltaba un botón. —¿Leo en voz alta? —me ofrecí. No estaba husmeando para ver si la camisa estaba limpia. pero al cabo de un segundo Cathy había vuelto con una cesta de costura y una camisa en un brazo. se la quedó mirando un momento. sé que no podía ser real. Mientras estaba de pie con la caja bajo un brazo. pero la muñeca delgada de Cathy cuando retiraba una puntada me recordaba la de mi Santa. En pocas palabras. Mis anfitriones masculinos no se arreglaban la ropa muy a menudo. Dentro había un tesoro escondido de botones. Tiró de la tela que rodeaba el lugar donde estaba cosiendo el nuevo botón. olió el cuello de la camisa. dijo: —Vuelvo enseguida. Era blanca de manga larga. Tuve que reprimirme para no ir al teléfono cuando se fue de la habitación. Sacó unos cuantos blancos. sí. «Estaba absorta. Primero Cathy sacó una cajita y la abrió. Me lo tomé como un sí y empecé a leer. si así fuera habría empezado por debajo de las mangas. A continuación cogió una aguja y extrajo con destreza los hilillos que quedaban del botón anterior. pintarlos era disfrutar de uno de los placeres más ~137~ . aunque seguía con la cara vuelta hacia el libro. y era feliz. Entonces hizo lo que pensaba que haría yo.

«Pero debo decir» —continué— «que habitabas una suerte de tierra soñada del artista al mezclar y distribuir esos extraños tintes. Se oyeron unos tacones y un crujido cuando se iba con el teléfono a otra parte—. —No del todo —dijo. Tenía el semblante sereno fijo en el arreglo—. cueste lo que cueste». pero no lo sabía. dejé que pasaran algunas páginas y reanudé la lectura sin preocuparme de si encajaba—. le sabrá amarga. ¿Alguna novedad? Estuve a punto de contarle lo de las fotografías escondidas.. ¿Les dedicabas muchas horas al día?» Cathy suspiró. «¿Cómo lo sabe? Nunca la ha probado. luego cerré el libro y me acerqué al teléfono que estaba junto al sofá como una ladrona. «Y sin embargo eres tan ignorante en la materia como este camafeo. Mi corazón empezó a latir el doble de rápido. sólo me ha dicho que aunque yo le haya pillado con Libby. —«Pareces muy serio. «Entonces aun se degenerará más.» —Creo que ya basta de lectura por hoy. —¿Te ha hecho daño? —No. y lo conseguiré. —Miré a Cathy para ver si le interesaba. «Tengo derecho a obtener placer de la vida. según tus propias palabras. Mitch me ha echado un sermón.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla profundos que jamás haya conocido». «Probablemente. recogió la ropa y se puso en pie—. Ahora sí me dijo—.. así que dejé de leer y la miré de reojo con la cabeza baja. Intenté leer algunas palabras más. han sido pocos». La vi salir. —¿Estás solo? —pregunté. Me duele un poco la cabeza. pero me quedé helada al oír que se encendía la ducha de Cathy. Cathy me miró. yo no puedo practicar el sexo en esta casa hasta que tenga dieciocho años. escuché el suave susurro de la ropa al recorrer el pasillo y esperé a oír la puerta de su dormitorio al cerrarse. Me sentí aliviada al oír que contestaba James. —«No tenía otra cosa que hacer. ¿pero por qué debería ser así. —Yo vuelvo a tener problemas. —Cathy sonrió con educación—. eran vacaciones» —Leí. señor». si puedo obtener dulce placer? Y puedo lograrlo tan dulce y fresco como la miel salvaje que la abeja reúne en el brezal. Vendré a arroparte más tarde. ~138~ . y creo que podría haber cambiado a un poema de Byron o un soliloquio de Shakespeare y ella no lo habría notado. «Eso no es decir mucho» —Leí—. «Tus placeres. Para comprobar mi teoría.» —Entonces Cathy se detuvo a media puntada y escuchó sin volverse hacia mí—. —Cortó con cuidado el hilo. muy solemne» —Leí—. «Le picará.» Al oírlo. señor». —Se rió—.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunté. Por absurdo que parezca. —A veces tu padre y yo discutimos.. Una voz en la distancia por detrás de James le hizo detenerse y decir: —¿Qué? —Luego me susurró—: Tengo que irme. ¿estuve aprendiendo en la tabla de lavar o me sentí victoriosa tras desplumar a un pollo muerto? No lo recordaba. —Por supuesto. Me dejó Por qué los cristianos sólo deben salir con cristianos en la mesita de noche y me dio un beso en la mejilla. estaría en su cama. aquello me calmó al instante. —¿Entiendes por qué no queremos que hables con chicos extraños en el colegio? —Me estáis protegiendo. insensible. un inmaduro. —No pasa nada —me tranquilizó—. tenía el pelo recogido con un trozo de hilo grueso y las puntas mojadas de la ducha. un chaval. Pero no es nada preocupante. —Se apretó el cinturón de la bata—. de nuevo.. —Porque Billy es un irresponsable..Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —¿Por qué? James se echó a reír de nuevo. Intenté recordar mis clases. * * * Cuando Cathy fue a llamar a la puerta de mi dormitorio. —Algo que no estaba diciendo en voz alta le ~139~ . No estará en casa cuando estemos juntos. parecía más joven. ¿Había llevado a su hermano a trabajar con él o le había enseñado a afeitarse? Quizá los ritos de transición se habían extinguido. Miré el libro horrorizada. —James se detuvo— . —Queremos que escojas bien y que tengas un buen matrimonio cristiano. Una serie de días que llegarían a ser siempre pero que empezaban con el día siguiente y el próximo beso. y me llevó un libro. Tal vez también había enseñado a Jenny el ritual de planchar la camisa de un hombre y descongelar la nevera. Pensé que al día siguiente. Para Cathy probablemente era como un tesoro de sabiduría que pasaba de madre a hija. Me pregunté qué le había enseñado Mitch a Billy sobre cómo hacerse un hombre. y se fue.. Llevaba una bata de franela v zapatillas. Sin maquillaje.. Cathy se detuvo en la puerta.. —Buenas noches —dije.

Soy dichosa. oí el pestillo de la puerta que se cerraba con suavidad y lo volví a oler. Entonces oí chirriar la puerta del garaje. —Di tus oraciones. ~140~ . Apagué la lámpara y dejé el libro en el suelo. Luego cerró la puerta. —Asintió para convencerse—. Ella suspiró. Al cabo de un momento. Cerré los ojos y me quedé muy quieta. —Es verdad. El mismo aroma ligero que creía haber imaginado en su camisa blanca. Oí el crujido de los tablones del suelo del pasillo y el pomo de mi puerta girar. No podía dormir. que no tienen casa y que no pueden alimentar a sus hijos.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla puso los ojos llorosos—. Hay mujeres en este mundo cuyos maridos las pegan. Sentía que debía decir algo. Tengo mucha suerte. Leí Jane Eyre hasta que el reloj marcó la 1:37.

Muéstrale el camino de lo sagrado. Púrgala de todas las ambiciones impuras. una intrusa en el templo de esa chica. Dan se acercó a mí y me coloco una mano pesada en la cabeza. Estaba sudando bajo los dedos de Dan. —¿Sobre qué? —pregunté. Entonces recordé por qué el 6 de julio. Cuando hablé. ~141~ . Alguien había arrancado lo que hubiera escrito en su diario. No tenía esperanzas de ir al cielo. Toqueteé los bordes de las memorias perdidas de Jenny. Nos sentamos con las Escrituras en la mano. la oveja a la que no le permiten entrar en el rebaño. me resultaba familiar. La imagen de Abraham levantando una espada sobre la cabeza de su hijo me estremeció. —¿Quieres contarnos algo? —dijo Dan. Él te dirá qué debes hacer. Aun más escalofriante fue la humedad caliente de la mano de Cathy en mi espalda. Reprimí el deseo de escapar. te invocamos. Dan ya aguardaba con las tres sillas. «rechazó la palabra del Señor». un día después que Jenny llevara a casa un informe no del todo perfecto. Nos has bendecido con esta hija. —Cúrala del engaño y la terquedad. Tal vez me perseguirían como un demonio. y al día siguiente por la mañana ella se sentó en el rincón de la oración y escribió con pulcritud las palabras «Honrarás a tu padre y a tu madre». Ojeé las transcripciones de Jenny y las frases volaron: «abominación de Dios». la fecha de la carpeta de evaluación de Jenny. Durante la oración en silencio. pero es tuya. mis palabras se solaparon con el «Amén» de Dan. — Señor. Aparta sus pensamientos del pecado. Dale la fortaleza divina ante la tentación. Ven al corazón de Jennifer Ann y purifícala. —Dile toda la verdad a Dios en la oración —me avisó—. El diario que tenía en las manos empezaba el 7 de julio. rogaba a Dios que entrara en mí pero estaba segura que Dios no tenía ningún interés en consolarme. «castiga toda desobediencia». —La voz de Dan era un timbre muerto en mis huesos—. Señor.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Trece Cuando Cathy me llamó al rincón de la oración.

Yo me encargo de esto. pero Dan seguía agarrándome.» ~142~ . —«Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —No soy vuestra hija.. —Tu voluntad es la voluntad de Dios —dijo Dan—. fornicación. —Sabemos que lo estás intentando. Dan retrocedió un paso. Cathy parecía aliviada. Me había prometido a mí misma ser buena con Cathy. Agarró la Biblia y caminó mientras leía en voz alta. Apartó la mano de mí.. —Quiero decir que no soy quien vosotros creéis. Dios los entregó a una mente reprobada.. —Di marcha atrás lo mejor que pude—. —No hables así a tu padre. —Ya no puedo seguir fingiendo que soy Jenny —dije. Cathy no paraba de mirarnos. estando atestados de toda injusticia. —Jennifer. —Me arrepentí antes de verle la cara a Dan. Repítelo. —Me agarró más fuerte en el cráneo hasta que me dolieron los ojos y me sudaba el cuero cabelludo. Probablemente sólo forma parte del proceso de crecimiento. Como si debiera tener otro nombre. para hacer cosas que no convienen. ahora más pesada. No iba bien. Me siento muy distinta. avaricia. —Deja de decir tonterías ahora mismo. —No se me ocurría cómo explicar la falta de Jenny. —Cathy estaba al borde de las lágrimas. y ahora la estaba asustando. —Cathleen —le reprendió Dan—. —Explícate —dijo Dan. perversidad. Por fin Dan me dio una ligera sacudida en la cabeza y me soltó.. Tenía el diario en las manos. Dan habló como si respondiera a una blasfemia. —Vuestra hija. —Me temo que no me vais a creer —dije. maldad. así que añadí: —Más cerca de Dios. somos tus padres. me picaba la cabeza por debajo —. —Casi me siento como si fuera otra persona. Me daba miedo que no me creyerais. Siento que he cambiado. lo sujetaba con todas mis fuerzas. —Discúlpate con tu madre. —Tengas cinco años o ciento cinco. —Cathy estaba tan perpleja que no podía pronunciar palabra. Aflojó un poco la mano. —Dan volvió a ponerme la mano en la cabeza. —Mi voluntad es la voluntad de Dios —dije. —Lo siento.

~143~ . ¿verdad? Gracias a Dios. murmuradores. aborrecedores de Dios. —Cuando me quedé mirándola me dijo—: Los miércoles tienes estudio de la Biblia. Tenía un archivador abierto en la silla del escritorio. —Es Dickens —la tranquilicé—. Fui al dormitorio y me encontré la Biblia de Jenny en el tocador. ¿Qué haría Jesús? QHJ. —No tienes clase de lengua —dijo Cathy. homicidios. —Los dan en la clase de lengua. contiendas.» —Leyó Dan. Como si fuera a intentar quitarlo de la bolsa para examinarlo en busca de huellas. un montón de cartas.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Estaba tan contenta que ya no me tocara que casi me reía. algunos discos de música. pero reprimí ese instinto asustadizo. El verso que Dan le había dado para dictarme era de Efesios. —«Llenos de envidia. Tal vez leería los cantos de Salomón a James en la cama. Luego se me ocurrió otra idea y abrí el cajón inferior del armario. puse el brazo encima del botón. En la cocina. escondida bajo la Biblia. vi a Dan por la puerta entreabierta que cogía dos libros de la estantería y los guardaba en el maletín. pero tenía la mano agarrada al borde de la silla. —«Vestíos de toda la armadura de Dios. Al pasar por el estudio. pero la idea de ver a James borró de mi mente el desconcierto al ver la conducta de Dan. como un hombre que borra sus huellas. Metí la cámara Polaroid en la bolsa. Era curioso. Recitó el resto de la lista y cuando le pasó la Biblia a Cathy estaba rojo. para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. que tenía sólo medio día de clase. Había algo extraño en la manera de ajustar los libros que había devuelto. engaños y malignidades. una foto enmarcada y una pequeña placa de madera donde decía «Excelencia de la Cámara de Comercio en la pequeña empresa». —¿De dónde has sacado ese botón? —me preguntó Cathy cuando íbamos al colegio. detractores. Ella asentía como un corderito para mostrar su aprobación. Es académico. o nunca lo supo. Llenó el maletín con un extraño surtido de cosas: vi una navaja. —No te olvides de la Biblia. se había olvidado. Cathy me dio una lata de desayuno.» Iba por la mitad del pasaje cuando me di cuenta que estaba escribiendo con letra curva que no se parecía en nada a la de Jenny. —Me lo ha dado un amigo —le dije. Eso significaba. —¿Por qué no llevas el botón que te envió la abuela? —dijo Cathy—.

Una vez en el colegio. todas las clases duraban sólo media hora. el no haber comido nada desde la noche anterior o recodar lo que vi en el maletín de Dan. Era lo que uno se lleva cuando sabe que la casa se va a quemar. los laterales de marfil estaban rallados y marrones del uso. para que no se doblara. luego lo capté en la película. Estaba demasiado inquieta para estar sentada en la mesa. Un montón de cartas estaba atado con una cinta. pero todo se volvió gris en un momento y oí un eco deformado como si estuviera debajo del agua. Cuando veía algo que pensaba que a Jenny le gustaría. No fui al resto de clases y me quede merodeando por los senderos durante los siguientes turnos. Lo vi pararse a hablar con un chico de camino por el patio. Dejé el penique perdido y sin reclamar con un deseo. la pared blanca del edificio de administración tras él parecía un lienzo preparado. y me despedí de ella sin sentirme nada culpable de mentirle la próxima vez que la viera. me volví a colocar la bolsa al hornillo y desaparecí entre la gente. sino una imagen antigua en blanco y negro de sí mismo sujetando un pez que había pescado. Incluso el señor Brown. el primer turno me pareció durar horas. una ardilla sentada en la hierba junto a una señal que decía «Prohibido pisar la hierba». saludaba por encima del hombro. A continuación un conserje y un profesor que no conocía me estaban ayudando a levantarme. la puse entre dos libros. —Pórtate bien —me avisó al salir. ~144~ . Desde la noche en que me fui de su casa para irme con James. No era lo típico que coger para ir de viaje de negocios. De camino a la clase me agaché para recoger un penique del suelo y luego me incorporé demasiado rápido. Aun así. Me pareció una forma muy inquietante de vivir la vida. abría la cámara como había visto hacerlo al señor Brown y le hacía una fotografía.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —No todo lo que es académico es moral —dijo Cathy. Me molestaba su recelo hacia la literatura. Estaba gastada. un momento robado de la vida del señor Brown. Como otros días de horario reducido que había pasado con el señor Brown. pero no dije nada. Se veía el maletín abultado porque llevaba su novela. Le observé en la distancia y esperé hasta que empezó a despedirse del alumno. Metí la fotografía en la bolsa y. No sé cuál fue el motivo. Tras asegurarles que no me hacía falta ir a la enfermería. Las fotografías eran un fondo gris que se convertía en imágenes como fantasmas que se materializan. La navaja que Dan metió en el maletín no era nueva. me quité el cinturón lo más rápido que pude. —¡Que Dios os bendiga a todos! —dije. Una hoja muerta atrapada en una ventana. La foto enmarcada no era un retrato reciente de su familia. parecía nervioso. Estaba sonriendo. Hoy parecía ser el de siempre. Observé cómo se oscurecía la imagen en el resbaladizo cuadrado de papel.

Las normas de este mundo eran humo que se podía disipar con facilidad. —Antes de llegar yo —susurró—. No estaba segura de si me había oído. A Inglaterra. que celebraban su inminente libertad bromeando entre ellos. los chicos chocaban con las chicas a propósito y soportaban las reprimendas con alegría. —Y África. Soy un irresponsable. me escondí en el baño de las chicas. —Estamos bien —le dije. hice varias fotos en blanco y negro y las guardé con el retrato del señor Brown. —Y en barco —dije yo—. Se me calmó el pulso. No se me había ocurrido hasta ese momento. —No. James se me acercó al oído. —¿Tu madre sabe lo del horario reducido? —susurró. Acababa de entrar en el teatro con luz tenue cuando una mano me agarró por la cintura y James me llevó a la última fila de asientos. No había razón para que esos dos cuerpos no pudieran engendrar vida. tanto como cuando el señor Brown nombraba a su futuro hijo. y los alumnos se reunieron en el auditorio para celebrar una asamblea. Nos sentamos en silencio con las manos cogidas ocultas por el reposabrazos hasta que el pasillo se despejó y todo el mundo estuvo sentado. Sentí miedo enseguida. pero tras una pausa dijo: —En tren. —Mitch tiene razón. —¿Por qué? —Por no usar protección. ~145~ . intentando hacerse la zancadilla. El director intentó hacer callar a la sala. Sin embargo. El director anunció algo y las animadoras bailaron al ritmo de una cinta de música. James no pensaba en niños. James se inclinó hacia mí pero se detuvo cuando un guardia de seguridad entró en nuestra fila por el otro lado y se quedó ahí para ver el programa. Me pareció una tontería. Durante las pausas. Billy podría haber estado con una chica con una enfermedad mortal para ti.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Mientras transcurrían las clases. —Y China. Hacia las 11:30 la jornada casi había acabado. Teníamos que hablarnos al oído. —Cuando estemos casados. deberíamos viajar —dije. Caminé por los pasillos abarrotados con mis compañeros de clase.

Cuando el aplauso por el baile se apagó. Cuando el animal se adentró de pronto en el tráfico. no se dirigió a las bicicletas. —¿Era tu perro? —le pregunté. y James me llevó hasta la puerta y agarró mi bolsa de libros cuando salimos a la luz del día. —No tengo perro. Unos metros más allá.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla James me apartó el pelo de la oreja. Dos coches más también pitaron. James me agarró de la mano. —¡Diggs! —James se metió en el tráfico. Posé la mano en su garganta y sentí el latido de su corazón. nos quedamos de pie cogidos de la mano con las bolsas a los pies. pero caminamos para no llamar la atención. Se había distraído. Los alumnos pasaban en bicicleta y a pie. —Se me ha roto la cadena. Sentía que tenía ganas de correr. —¿Qué haremos para ganar dinero? —pregunté. no a mí. algunos se reían y gritaban a las ventanillas de los coches que pasaban. respiró hondo y reprimió las lágrimas cuando el conductor del coche que había frenado bajó la ventanilla y gritó: —¡Imbécil! James retrocedió en la curva mientras se reanudaba el tráfico. Intenté armonizar mi pulso con el suyo. pero el mío era más rápido. me dio un vuelco el corazón por el pobre animal. sino que me llevó hacia la acera. igual que yo. Cuando llegamos al aparcamiento. James dio un respingo al oír un redoble de tambor. Al final el cuerpo de estudiantes se dispersó. en la parada del autobús. —Yo fregaría suelos por ti —le dije. —Yo haría cualquier cosa. Se oyó el aullido di un coche al frenar a unos centímetros de sus manos extendidas—¡Cuidado! —Tenía los ojos desorbitados. Le agarré del cuello de la camisa. donde la banda estaba entrando por los laterales. Cavaría zanjas por ti. como un pretendiente en mi porche al que le reclamara un toque de clarín. y temblaba mientras el perro se escapaba entre las piernas con sensación de culpa por la calle y hacia un callejón. —¿Vamos caminando? —pregunté. mi mano colgaba encima de su corazón como una medalla. —Podemos leernos el uno al otro todas las noches. Observaba a la banda. James. Miró al escenario. Un coche tocó la bocina a un perro gris y blanco que cruzó la calle al trote junto a la alcantarilla. pero ninguno esperó con nosotros el autobús. Un anciano que leía el periódico estaba sentado en el banco. —¿Entonces quién es Diggs? ~146~ .

Las sombras. ~147~ . fue como si estuviéramos de luna de miel. Me sentía en casa. —Anoche me recordó una vez que Billy tenía trece años e intentaban echar a un ratón del garaje. Tonterías. como una trenza desatada. mientras el autobús traqueteaba bajo postes y cables. como si pudiéramos ir a cualquier sitio juntos sin más equipaje que las dos bolsas que llevábamos y ser completamente felices hasta que la edad mortal nos convirtiera en polvo. escapando en diligencia. Quería besarle. Una mujer que empujaba un cochecito pasó por delante de nosotros. ¿No podíamos encontrar dos cuerpos jóvenes abandonados de nuevo cuando aquellos murieran? Cuando llegó el autobús. pero cuando volvió a mirarme a los ojos. Caminamos por el estrecho pasillo asegurándonos de que no dábamos golpes a los pasajeros con las bolsas. Mi James y el James de antes. Me lo ha contado su amigo Benny. por supuesto. me pregunté por qué los años tenían que detenernos. Cuando ocupamos una fila vacía en la parte trasera. observando las manos de los ancianos sentados a nuestro lado como pájaros. Me sentía feliz al imaginar a James y Mitch divirtiéndose juntos. El cambio de tema fue tan repentino que no contesté. pero dos monjas se sentaron justo detrás de nosotros. Billy se puso la máscara de monstruo para asustarlo. No lo sé. —Echa de menos a su hermano —dijo James. James estaba tan cerca de mí que una de ellas habría cabillo en el asiento con nosotros. pasaban volando por su cara como una película muda. una imagen ligeramente distinta de la otra. James metió varias monedas en la ranura junto al conductor. El lloro ronco de su bebé me encogió el corazón. Entonces James me rodeó con su brazo protector la cintura y sentí que algo en mi interior se relajaba. sentí frío en la piel. Mitch se rió tanto que apenas podía respirar —dijo James—. bajé el tono de voz. —La última novia de Mitch no le dejó. ambos ocultos tras los ojos de Billy. Incluso entonces. pero se encogió de hombros y sonrió—. —¿Estás seguro que la casa estará vacía? James sonrió pero tardó un momento en hablar. la luz aun titilaba sobre sus rasgos como los lados iguales de una fotografía estereoscópica. Me contó docenas de cosas que había hecho que yo no recordaba. Sin saber por qué.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —¿Diggs? —Pareció desconcertado por un instante. —Él puso fin a la relación porque la pilló dándole droga a Billy. —Mitch te quiere —dije.

Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Te quiere. James abrió la puerta muy despacio. y me volvió a besar. sonriéndoles pero sin recordar que no llevaba sombrero para hacerles un gesto. —Tenemos horas. conoce a alguien que pueda vendernos Sonreí al pensarlo. Con una patada hacia atrás James cerró la puerta de su dormitorio. Ahora las monjas nos miraban. —Quiere a Billy. Recuperó la sonrisa. Estábamos abrazados. —Se rió entre los besos. —No quiero esperar trece meses —le dije. Era inútil. La luz de la ventana se reflejaba en sus ojos como la luna. Entonces recordé lo que había llevado. Al oírlo me miró y colocó mi pierna a su alrededor. ~148~ . —Se paró a mirarme. Se fue antes que llegaras a tocar su cuerpo. Ojalá yo sintiera ese amor por Cathy y Dan. es evidente. —Oía el miedo en mi voz—. —No expulsaste a Billy. James miraba la pared donde una columna impresa asomaba a través de una foto de revista de un coche deportivo. pero yo en realidad pensaba: «Tenemos toda una eternidad». Pensé si alguien añoraba de verdad a Jenny. pero aun así hicimos el amor como si sólo tuviéramos una hora robada. Sabía por qué. pegados y húmedos. —¿Hola? —Al parecer estábamos solos. pero también pensó en Mitch al descubrir que Billy lo había abandonado. —A lo mejor Billy documentación falsa. no es verdad —dijo. * * * Aunque no se veían los coches de Mitch y Libby. con las mejillas sonrosadas y la camisa medio abierta—. La manera en que James se llevo la mano a la frente. aunque lo disimulaba. Me imaginaba teniendo siglos por delante para nosotros. me consoló de nuevo y sentí ganas de besarle. pero vi una sombra en la sonrisa de James por un instante. —Lo siento. Nos imaginó huyendo juntos. —Creo que escribía para un periódico. La envidia se apoderó de mí. se balanceó encima de mí y deslizó las manos debajo de mis caderas. Estaba impresionante. No.

Se rió y la cámara escupió la foto como una rana de metal que nos enseñara la lengua. Me tumbé apoyando la cabeza en su hombro. con la expresión tan igual. Podemos salir los dos en la fotografía. Se me heló la sangre tan de repente que me mareé. observando cómo aparecían las caras: dos amantes sonrientes y un poco desenfocados. luego James dijo: —¿Puedo quedármela? —Sí. que habíamos tirado con todo descaro entre la ropa. justo cuando el destello de luz nos deslumbró. los hombros desnudos y el pelo alborotado contra la almohada blanca. —Pero nos hemos encontrado. —Señorita Helen. tan dispuesto a poseerme como cuando cerró la puerta de una patada. Sabía que intentaba consolarme. que tenía el brazo más largo. —Sonríe. Como un niño con zapatos nuevos. me escapé de sus brazos y saqué la cámara de mi bolsa. Abrí el seguro y orienté la lente hacia él. James me acercó a él. Se acercó la fotografía al pecho y la dejó ahí. no pasa nada. estoy impresionado. —¿Por qué? Me reí. Intenté sujetar la cámara lo bastante lejos de nosotros y poder apretar el botón. ¿Por qué nos hemos quedado rondando esta vida? —Yo hice algo terrible —confesé. Ven aquí. le aparté la sábana. pero aun había algo mal. —¿Por qué crees que es así? —preguntó—. me quitó la cámara. Pusimos las caras muy juntas y. Nos pasamos un minuto admirándola. se tumbó con la fotografía en alto mientras aparecía la imagen. —Me hizo una señal para que volviera a la cama. —No. subí de un salto a las sábanas y él colocó el brazo debajo de mi cabeza cuando nos tumbamos—. James. Enseguida se cubrió el regazo con la sábana. a mí y a sí mismo. —Tú y yo nos quedamos en la Tierra por alguna razón. —Podemos verla los dos —dijo al final.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —¿Puedes pasarme la bolsa? Me movió debajo de él. ~149~ . —Es mía —le dije. Me dio la cámara pero no me dejó coger la foto. la agitaba por encima de mí mientras yo intentaba arrebatársela.

No recordaba mi pecado. —¿Qué es lo último que recuerdas? —Me sorprendió preguntar algo así. Nos enrolamos en el ejército el mismo día. Le leía libros infantiles. Sin embargo. —¿Qué recuerdas. pero desde el momento en que hablé contigo. —Dios no me perdona —dije. yo te perdono —dijo James. su respiración se ralentizó. Me acarició el pelo. — Frunció el ceño como si le doliera la cabeza al evocar imágenes—. —¿Por qué iba a querer recordar un horror? No sabía si Dios me había robado los recuerdos como castigo. Recuerdo un árbol. —No me acuerdo. James estaba enamorado de mí. con la vista fija en el hueco de la garganta. y vivíamos encima de una panadería. Pensé que notaría mi falta de sinceridad. Esta mañana he recordado leer en el lecho de mi madre enferma. —Miró al aire delante de mí como si ajustara su telescopio—. pero me sentía como si me estuviera alejando de él. pero era una bendición. La prueba era que tenía prohibida la entrada al cielo. recordé algunas cosas. ~150~ . era lo único que quería. Una lágrima caliente se me escapó de las pestañas y se mezcla con la sal de su pecho. —Mi padre se volvió a casar y mi primo y yo fuimos a Nueva York. —Tozuda. pero se me hizo un nudo en la garganta. Hace frío. y eso lo convertía en un juez benévolo. he recordado más. —Fuera lo que fuera. Como si se ausentara. no se quejó. Eran palabras sencillas. Trabajaba en un periódico. Dijo una palabra que no esperaba. —Después de introducirme en Billy. —Sólo lo que te he contado —mentí. Sentí que se le enfriaba el cuerpo—. —¿Cómo lo hacemos? —pregunté. —Estaba mirando a través de mí. —Tal vez si descubriéramos por qué nos abandonaron aquí podríamos ser libres para estar juntos —dijo. Nuestras habitaciones siempre olían a pan. como si la fuerza de la gravedad nos estuviera desparejando. James se apoyó en un codo y me miró. James giró la cadera hacia la curva de mi oreja. su aliento me hacía mover el pelo.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —¿Qué? —preguntó sin esperar un momento. pero no fue así. pero sabía que era grave. Tal vez odiaba recordar sus últimas horas tanto como yo. de antes de ser Luz? Vi agua oscura que pasaba rápido a través de una tabla rota.

Presioné su frente contra la mía. Se tumbó boca arriba. aunque no estaba en el cuerpo de Billy. Le toqué la cara con las dos manos y la volví hacia mí para obligarle a mirarme.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Intenté calentarle con la pierna encima de la suya. —Diggs —le llamó James. —¿A qué te refieres? —pregunté. —Hace semanas que estamos aquí y no han avanzado ni un metro. se convirtió en un cielo invernal. Colocó una mano en mis costillas y me presionó el estómago con la palma como si hubiera visto una herida fantasma. tan clara que dolía. Sabía que veía más de lo que decía. el pelo más claro. Me quedé cerca de su hombro. Se sobresaltó y me miró a los ojos. Estaremos aquí hasta el día del juicio final. una historia en la que ni podía intervenir más que observando. El uniforme de James estaba tan sucio y desgastado como el de su amigo. Estaba pálido. Sentí que volvía a ser Luz. pero la sonrisa era de James. — James se rió—. como si me hubiera convertido en otra persona. y luego salió y se quedó cerca del tronco del árbol. Diggs empezó a subir por los pinchos metálicos que convertían el árbol en una torre de vigilancia. —¿James? —le susurré al oído. las manos en los brazos. Estaba sentado a horcajadas en una rama gruesa y agarrado al tronco negro de un enorme árbol sin hojas en un paisaje tan desértico como la luna. Era como si me hubiera colado en un recuerdo suyo. Tenía los ojos más oscuros. estrecha como una tumba. pero llevaba el casco colgado en la espalda como un platillo de metal en vez de en la cabeza. * * * Una luz blanca. —¿Entonces qué pasa? ~151~ . rezando para que aquella alucinación terminara. Miró abajo a seis metros un rostro pequeño que observaba la trinchera. —Oh. Me aterrorizaba el miedo que veía cristalizado en sus ojos. Diggs miró la trinchera. Tanto el joven como el agujero en el que estaba agazapado estaban cubiertos de ceniza. —Cometí un error. Dios —susurró. El miedo se trasmitía de su palma de la mano a mi pecho. observándole como si fuera mi anfitrión. —Murieron todos —dijo. —¿Se mueven? —gritó a James. pero él no me oía. Flotaba sin forma junto a un hombre que sabía que era James.

No había pájaros. James miraba incrédulo una ola de uniformes cubiertos de ~152~ . ¿me estás diciendo eso? —Créeme. Hasta que James vio un agujerito en la corona. —James sonrió. misterioso y final. —Un nido. Se oía un resuello cuando Diggs respiraba. Se estiró hacia arriba y con dos dedos levantó el óvalo. El primer día de regreso me daré un baño caliente mientras me tomo una cerveza fría. Subí con él detrás del casco. —No. —Podría subir y bajar en un minuto. Oculto tras el tronco. sino un sombrero de niño. Debía de ser azul antes. donde una mancha redonda y oscura temblaba en la rama más alta. Diggs se paró a tres metros del suelo y miró a James. y se aferraba a la corteza ennegrecida con las rodillas. Cuando James lo miraba. utilizando sólo cortes profundos en la corteza y las ramas rotas para impulsarse hacia arriba. —Sacudió la cabeza—.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla James miró hacia lo alto del árbol. —No creo. oí un trueno de nuevo y el susurro de lo que pensaba que era lluvia a lo lejos. Los ruidos sordos eran truenos. —Es un nido —dijo James. —Tarta de melocotón —dijo James. ni siquiera un escarabajo. —Susan O'Reilly —dijo Diggs. —Vamos a jugar —dijo Diggs—. O Brodie te matará. James pudo agarrarse con el brazo al tronco. Casi no se oía nada. La parte superior del árbol estaba destrozada. saltaba por sí solo con un zumbido como un insecto. y ahí arriba hay un nido. Entonces me di cuenta de que el susurro no era lluvia. ni ratones. expedía un humo suave en un punto. —Voy a subir —le dijo James. pero estaba mirando el supuesto nido. no miró al otro lado de las planicies áridas. James se echó a reír y salió de la cuerda que estaba usando de apoyo. Diggs empezó a bajar. Entonces vi que no era un nido. pero por lo demás no había vida. no proyectiles. un sombrero de bebé. Por un momento pareció cobrar vida. subió más alto. Un soldado tosía a medio kilómetro de la trinchera. Los alemanes han convertido hasta el último palo y piedra en polvo con sus bombas. pero las ramas más altas se elevaban al aire como un tritón. —Te dispararán —le avisó Diggs—. La línea enemiga acordonada con alambre de espino en el horizonte. pequeño y sin ala.

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lodo que huían de los sacos de arena de los enemigos. Dejó caer el sombrero y buscó el pito que le colgaba del cuello de una cadena. Una bala le atravesó la mano y le salpicó la sangre en la cara. Se le movió el brazo y la cadena se rompió. Grité pero no podía tocarle. James vio cómo el silbato se caía con una lentitud Imposible y rebotaba en el casco de Diggs. Éste alzó la vista, con el sombrero de bebé en una mano. James abrió la boca, pero no pudo decir nada. Respirando con dificultad, vio que la corriente de hombres avanzaba hacia la trinchera helada de abajo. —¡Diggs! —gritó. Su amigo le sonrió, agitando el sombrerito, luego dio un salto atrás como si alguien le hubiera dado una palada en el estómago. Cayó sobre una rodilla y luego al suelo. Sin apenas tocar los pinchos, James bajó medio árbol y se cayó. Yo volé con él, quería que parara. Si era su muerte, no quería verla. La pared de uniformes entró a gritos en las trincheras. James agarró la cara de Diggs, pero tenía los ojos cerrados. El abrigo estaba rasgado en la cintura, negro y húmedo. James presionó una mano en el estómago de Diggs, con la sangre corriendo entre los dedos. —Oh, Dios. —Aún intentaba sujetar a Diggs cuando una bala sonó contra el casco por detrás y otra le daba en la cabeza detrás de una oreja y le hacía rodar en el barro donde se paró boca arriba, mirando el tronco del árbol, sin parpadear. Era su último recuerdo. Lo recordaba. * * *

Aún tenía los ojos abiertos cuando me di cuenta de que estábamos de nuevo en la cama de Billy. James volvía a estar en su cuerpo, tumbado boca arriba, pero no me veía, ni a mí ni la habitación. Miró al techo y se tocó frenético el cuello y el pecho, como si buscara la cadena y el silbato que llevaba cuando era soldado. —¿James? —Le toqué el brazo. Estaba tan frío que me asusto. No contestó, se tapó la cara y se echó a llorar. Le besé y le froté el pecho, intentaba consolarle. —Ya ha pasado —dije—. No mires más. Vuelve conmigo. Dejó de llorar, pero siguió con los ojos tapados. —Es hora de acabar con esto —le dije—. Diggs ya no esta, ninguno de ellos. Todos han seguido adelante. —Lo observé mientras se destapaba la cara y miraba al techo—. No tienes por qué volver —le dije. James respiró hondo. —Estaba aquí —dijo.

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—No —dije—. Estamos de nuevo en casa de Billy. —Diggs estaba aquí, en la habitación. —James buscó en todo el techo y miró a mi alrededor en los rincones—. Ha dicho que hace años que intenta decírmelo. Me daba miedo que un espíritu se hubiera introducido en la habitación y yo no lo hubiera notado. —¿Qué te ha dicho? —Que era un idiota. —James me desconcertó al echarse a reír. Se sujetaba las costillas como si fuera una risa antigua y poco habitual que pudiera partirlo en dos. Me acercó hacia sí y me abrazó—. No pasa nada — me dijo. Estaba de nuevo en el presente, pero cambiado. Lo sentía, y me daba miedo. Le habían quitado un peso de encima, parecía desatado, como si fuera a salir flotando de mis brazos. James me miró un rato como si quisiera contarme cómo era el cielo pero no encontrara las palabras. Al final dijo: —Entra en tu infierno y dale un empujón. Corre a través de el, yo te estaré esperando al otro lado. No tenía ni idea de por dónde empezar, y estaba convencida que no era tan fácil como él lo planteaba. —No temas recordar. —Me sonrió—. ¿Qué dices, señorita Helen? No habíamos oído que se abría la puerta, pero la voz nos atravesó como una ballesta. —Fuera de aquí. James se sentó y me colocó detrás de su cuerpo como si pensara que Mitch fuera a lanzar algo. —¡Poneos la puta ropa y largaos de aquí! —Nos dio la espalda mientras buscábamos el vestido y las bragas. Por un momento incómodo me quedé agachada detrás de Mitch, con el brazo entre sus pies para coger la bolsa de libros. Me sentía como un elfo a punto de ser aplastado por un gigante. —Lo siento —dijo James. —Cállate —dijo Mitch. Me levanté de un salto y retrocedí. James intentaba ponerse los pantalones pero estaba perdiendo el equilibrio. —Hoy había horario reducido... —intentó decir. —¡Fuera! —le interrumpió Mitch. —Es culpa mía... —empecé a explicarle, pero James me puso un dedo en los labios y me dio la cámara. Mitch se dio la vuelta y se apartó a un lado, furioso, con todos los músculos tensos, mientras salíamos corriendo de la habitaron, yo con la

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bolsa y los zapatos agarrados contra el vestido abierto y James, medio desnudo, con la camisa y las zapatillas de deporte bajo el brazo. Mitch nos siguió hasta la puerta principal y la abrió de un golpe tan fuerte que dio contra la pared. —Ninguna chica volverá a poner un pie en esta casa contigo le dijo a James—. Llévala a casa, y si no has vuelto en media hora, llamaré a la policía. Nos quedamos sin habla en la alfombrilla mientras la puerta se cerraba de un golpe. * * *

Lo intenté, pero no podía parar de temblar. Terminamos de vestirnos en el porche, un hombre y una mujer nos miraban al otro lado de la calle desde la entrada. Fuimos caminando a la parada del autobús, James con mi bolsa al hombro. Un coche de policía pasó por delante en silencio. Nos cogimos de la mano sin hablar. Aún nos queda el altillo del teatro, me dije, pero la idea de no poder ir a su casa, y no podíamos ir a la mía, me aterrorizaba. Al pasar por el parque, James me rozó la mano con el pulgar fuerte, como si intentara reanimarme de nuestro naufragio, pero tenía la mente en otra parte. —No deberías acompañarme hasta casa —dije, cuando llegamos al banco del autobús—. No volverás en media hora. Me rodeó con el brazo y me atrajo hacia él de modo que mi cara quedó oculta en su cuello, pero no me escuchaba. Sentía el latido fuerte de su corazón y que se le ponía tensa la garganta. Sabía que me estaba ocultando algo. Me retiré y lo miré para ver qué podía ser. Entonces mi corazón empezó a latir con fuerza. No lo decía en voz alta porque no quería que fuera cierto. —Tenemos que devolver los cuerpos —dije—. ¿No es cierto? —Se encogió de hombros y me miró a los ojos. Recé para que dijera que no, pero asintió. En el fondo sabía que el tener a James era un sueño, y ahora estaba despertando. —No podemos —dije—. Ni siquiera sabemos cómo hacerlo. —Él se limitó a cogerme la cara entre las manos y besarme. Su manera de estudiar mi rostro era terrible, como si fuera a salir volando al cielo sin mí y quisiera recordar el color exacto de mis ojos. —Aun no —dije. —Todavía no —admitió. Por encima del hombro de James vi que el coche de Mitch doblaba la esquina un edificio más abajo, pero se alejó hacia el sur.

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—Por ahí va Mitch —dije. James se dio la vuelta, pero el coche oxidado ya había cambiado de carril y desapareció. El autobús llenó la calle con el zumbido de diesel. James subió conmigo lo suficiente para dejar dos monedas, luego bajó en la curva y me dio la bolsa de libros. —Te veo por la mañana —dijo. —Nos vemos por la mañana. —Sonrió cuando la puerta se cerraba. Nos miramos mientras yo iba a un asiento junto a una ventana abierta. Muchos pasajeros salían por la puerta trasera, así que tuve tiempo de inclinarme para tocar su mano extendida. James se dio la vuelta como si hubiera oído que alguien le llamaba. El coche de policía que había pasado por delante antes apareció en la curva. James me soltó los dedos. —Vete a casa. Dos agentes de policía se acercaron a James mientras la puerta trasera del autobús se cerraba. —¿William Blake? James me despidió por última vez para tranquilizarme y les dijo: —Sí. Aún estaba asomada a la ventana cuando oí que un agente decía: —Queda arrestado por ser cómplice de violación. Les grité, pero mi voz quedó ahogada por el rugido del autobús mientras se alejaba de la curva. Los agentes le pusieron a James las manos en la espalda y le esposaron las muñecas. El conductor del autobús me avisó que me sentara. El coche de Mitch apareció en la curva y salió de un salto. Corrí a las puertas traseras, pero no se abrieron. El llanto de un niño en la parte trasera del autobús me hizo dar un puñetazo contra el cristal. Rogué para que se detuviera el autobús, tiré del cordón hasta que paró el timbre. Me abrí paso hasta la puerta delantera y me quedé enloquecida en el peldaño, aunque el conductor me dijo que sólo podía abrir la puerta en las paradas designadas. —¡Es una emergencia! —dijo el anciano de la primera fila. Intenté mirar atrás para ver lo que le estaba pasando a James, pero mis lágrimas convirtieron la imagen al otro lado de la puerta de cristal en una mancha plateada. Al fanal dos manzanas más al norte, las puertas se abrieron y salí corriendo, con la bolsa tan pesada que la dejé en la acera. Cuando llegue tambaleándome a la parada del autobús, no quedaba rastro de James, Mitch ni la policía.

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Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla ~157~ .

—Siento haberte disgustado —dije. —¿Dónde estabas? Abrí la puerta y me senté con la bolsa de los libros en el regazo. —Me puse el cinturón de seguridad. —¿Dónde están tus medias? ~158~ . mirándome las rodillas. Dio un respingo al oír mi voz y me miró como si fuera una aparición.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Catorce Estaba absorta. asustada pero aún demasiado aturdida para adivinar lo que ella haría o diría. Le temblaban las manos cuando guardó el teléfono móvil en el bolso. —¿Por qué no me has llamado? —Lo hice —mentí—. pero Cathy no arrancó el motor. Estaba tan agotada que pensaba que no podría decir una palabra más. —Se me olvidó. no veía nada fuera de la ventana del autobús. —No pasa nada —dijo Cathy. como si volviera a ser aquel día por la mañana. No conseguí contactar. —He ido al parque a estudiar. Quería quedarme dormida y despertarme con James libre. —¿Por qué no me has dicho que tenías horario reducido? —Aun parecía más asustada que enfadada. que se dirigía de nuevo hacia el norte. y vi que yo no era la única razón de sus ojos llorosos. No sentí nada hasta que divisé el coche granate solo en el aparcamiento del colegio. Cathy tendió la mano para girar la llave en el encendido y se paró. —¿Mamá? —Me incliné en la ventanilla del copiloto y vi que Cathy había llorado. pero no tenía energía para que me importara qué ocurría. Bajé del autobús y crucé la calle. Se sorbió la nariz y se miró en el retrovisor al tiempo que se abrochaba el cinturón.

—Fue lo único que dijo. y me pregunté cómo era el perdón. Frunció el ceño pero no dijo nada más al respecto. estaba lívida. donde la mesa estaba puesta para dos. un latido ausente. me tambaleaba en la puerta de la cocina. comiendo pizza. —¿Hay algo que quieras contarme? —preguntó. Yo ya estaba muy preocupada por James. bendice esta comida. aunque el cuarto estaba lleno de vaho del calor. Amén. bocadillos calientes de queso y ensalada de manzana. desnuda y temblorosa. en lo alto de un árbol. Cuando bajó la cabeza para rezar. Bebí agua e intenté comer un bocado de ensalada de manzana. He tenido que tirarlas. Me tragué la bilis y Cathy me agarró fuerte del brazo. —Se me han roto —le dije—. pero me llevó al baño y yo no protesté. viendo la televisión. en casa con Mitch. Por fin me vestí y salí al comedor. —¿Dónde está papá? —Normalmente aquel silencio habría sido una bendición. no era James. Me imaginé que James estaba bien. y la insólita falta de interés de Cathy por mi mal comportamiento lo estaba empeorando. Me senté a su lado y me puse una servilleta en el regazo. ~159~ . sopa de pollo. Se me volvió a parar el pulso. —Señor. pensé que era demasiado sospechoso decir que había decidido dejar de llevarlas. Intenté convencerme de que Mitch había llamado a la policía sólo para asustar a Billy y darle una lección. —Cathy abrió los ojos y sirvió la sopa con diligencia. —¿A qué te refieres? —Cuando eras pequeña me lo contabas todo. A mí no me resultaría tan fácil. como un agujero en el corazón. Me senté. Sonó el teléfono cuando aun estaba sentada en la bañera. —Sonaba a traición. pero sabía que había algo más. —Trabajando. Me sobresalté cuando una esponja que flotaba en la superficie del agua me dio en el brazo. pero aquella noche parecía peligroso. Vi la paz en su rostro al volver. cerré los ojos y respiré como un rehén mareado. Cathy suspiró y dejó la cuchara. James se había enfrentado a su pesadilla y Dios le había perdonado. pero me revolvió el estómago.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Moví la bolsa para taparme las piernas y volví a mentir. como una trampa de cazador. y me dio un vuelco el corazón. Me encontraba mal cuando entramos en la casa. Tenía mala cara. Le dije que sólo necesitaba descansar. Me dejó sola y fue a hacer la cena. Cathy no se acercó a la puerta del lavabo. pero el olor a comida me mareó de nuevo. Me lo imaginé de soldado. —No todo —contesté. Cathy llevó la cena.

la que utilizaba para tomar las fotografías grandes y frías que había encontrado. —Siento haberme pasado de lista contigo. —Se paró para dar un sorbo vacilante de agua. No quería causar más problemas y que me cortara las alas. —No quería decir eso —dije. y su insistencia me hostigaba como una correa. —¿Estás saliendo con alguien en el colegio? —me preguntó. ya lo sabes. la que no necesitaba un laboratorio para revelar las imágenes. y que tú le interesas. —No te pases de lista conmigo. Alguien con quien pasas tiempo. pero era lo único que quería Cathy. dobló la servilleta y la volvió a dejar en el regazo antes de mirarme a los ojos. Pero Jenny se las había ingeniado para esconder la otra. La pregunta me hirió como una bofetada. —¿Saliendo de qué manera? —Íntimamente —dijo Cathy. demasiado ruborizada para mirarme a los ojos. Ella recobró la compostura. Pensaba que lo habíamos superado. —¿Antes de qué? —De que papá te quitara la cámara. —¿Qué quieres que te cuente? —pregunté. Lo último que quería era que me forzaran a hablar. comprenderás por qué no te he hablado de él. Dio un golpe con la servilleta en la mesa. —No te atrevas a volver a comportarte como antes.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Todo lo importante. —Nunca he tenido una cita. —Hay alguien en el colegio que te interesa. Dan le había quitado la cámara a su hija. pero no ayudó—. Entonces me miró. —¿Entonces qué tienes que contarme? ~160~ . la que hacía fotografías instantáneas. guardabas secretos. Me dejé caer hacia delante sobre los codos. —¿Quién es? —Parecía a punto de llamar a la policía. No me encuentro bien. A Cathy le temblaban los puños. Esperé hasta que volvió a hablar. ¿no es cierto? —Como no va a nuestra iglesia. y su rostro pálido se tiñó de rojo. —Siempre lo cuestionabas todo.

cuando por fin leyó el aparato de vidrio—. Y yo le intereso. y me dejó sola. Comunicaba.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Me interesa alguien en el colegio —dije—. Vi un espacio vacío donde antes se balanceaba una plaquita sobre un diminuto pie. a Dan guardando cosas muy especiales en su maletín. ella se colocó a mi lado y me puso un termómetro bajo la lengua. retiró la silla y se levantó. hasta que oí el agua del fregadero de la cocina. miré la habitación y sentí un escalofrío. Me sorprendió tanto que me limité a mirarla. —Y pídele perdón a Dios cuando confieses tus pecados —dijo Cathy. Me puse bajo las mantas. —¡Vete a tu cuarto! * * * Dudé en la puerta de mi dormitorio. daba golpecitos con el pie. ~161~ . Cathy había encontrado la cámara. Cuando me abrochaba el pijama. Cathy me miró con frialdad como si la hubiera insultado. Apretó los labios. —Fuera. con los ojos llorosos. Además de tener un novio infiel. con el corazón aun acelerado. —Personal —repitió la palabra como si fuera a buscarla en el diccionario y poner en cuestión mi jugada en el Scrabble—. Me quedé ahí. Intenté sonreír. —Hablaremos de eso más tarde. —Prefiero no decírtelo. tenía los brazos cruzados con decisión. escuchando el zumbido intermitente. —Tenía la mente distraída. Me asusté tanto cuando abrió la puerta que solté un grito. había cometido el extraño pecado de hacer fotografías. ¿Cómo se llama? No quería introducir el nombre de James en esa peculiar lo cura. Di tus oraciones —dijo. Miró al suelo. sin mirarme. —No tienes fiebre —me dijo. La bolsa de los libros estaba abierta y el contenido apilado con cuidado dentro. miré las estanterías y recordé. una súplica constante. —Lo haré —le dije. Volví con sigilo a mi habitación y me cambié para acostarme. pero aun es nuevo y es personal. ¿Necesitas un ibuprofeno? —Sacudió el termómetro como si lo castigara. —No —contesté. Me senté con ella en silencio durante un minuto. sin querer. Luego añadí—: Siento haberte hecho enfadar. Rezaba sin parar. sujetaba el termómetro como una vela—. luego fui de puntillas al estudio y llamé a James.

En el escenario vacío reinaba una oscuridad imposible hasta que una franja de luz solar entró como un reflector. Levanté la cabeza y me limpié las lágrimas con las mangas. Pensé en llamar a comisaría y preguntar por James. * * * Encendí la radio del coche de lo tenso que estaba el ambiente. ~162~ . delicada y amarilla como papel cebolla que se movía de un lado a otro en la oscuridad. parecía que no hubiera dormido. con el vestido largo flotando tras ella y la cabeza llena de tirabuzones inclinada sobre un librito. Me asomé en el borde del altillo y vi a una mujer. La tela negra aún estaba ahí. y cerró los ojos. incomprensible. volviendo a cruzar el pasillo. como el estómago de una serpiente sobre la piedra. Cathy estaba inclinada hacia delante al conducir. con el libro sujeto contra el frágil corazón. Quería esconderme en un agujero. sus tintineos por el lavabo. Me quedé en medio del patio. demasiado nerviosa para leer. Lloré contra mi jersey para que nadie me oyera. la ausencia de reprimendas era un mal presagio. pero la cámara y todos mis libros aún estaban ahí. agarraba tan fuerte el volante que veía los músculos tensos de los brazos delgados que sobresalían por el jersey. Apenas se acordó de decirme adiós. La olí con la esperanza de encontrar un rastro de James. Al parecer aquella vibración hizo que la imagen se desvaneciera con una llama invisible. El timbre sonó tan fuerte que me recorrió las costillas como un tren al pasar. cantando y haciendo ruido mientras dejaban sus cosas en la primera fila de asientos.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Miré en mi bolsa de libros. no me hicieron preguntas ni me dieron órdenes. examinando todas las caras que pasaban. una larga oración en silencio con sólo unas palabras de enseñanzas de las Escrituras. Dan y Cathy estaban discutiendo por la mañana cuando entré en la cocina. Lo oí de nuevo. sólo la vaga sensación de que alguien apagaba la lámpara. en algún lugar. escuchando los ruidos de Cathy caminando por el pasillo. Me llegó un ligero aroma encantador a cera. Me senté en la cama con la luz encendida. y ella movía los labios como si grabara los versos en la memoria eterna. y. La vi marcharse y me sorprendió que no atropellara a los estudiantes que cruzaban por delante del guardabarros. De nuevo. pero James no era uno de ellos. El rincón de la oración fue breve. pausado. pero sólo olía a pintura. pero enseguida pedí ir al servicio. No recuerdo quedarme dormida. aunque sospechaba que en parte era por mí. Oí la clase de segunda hora de teatro hablando. pero quería esperar hasta que Cathy se fuera a la cama. Leía en un tono bajo. La lámpara de papel brilló hacia mí. El susurro de un papel de lija me hizo parar. así que me subí al altillo vacío del teatro. Fui a mi primera clase. No me besó.

— Sonreía. me sentía como si no tuviéramos un idioma en común. por favor? Camine a su lado. Los nombres se tachaban a medida que llegaban tarde los alumnos. esperándome. dejó el teléfono cuando entramos en el edificio de administración. estaba preocupada por él. pero tan desinhibidos que parecía que inventaran la poesía por primera vez. Olivia se dio la vuelta desde el teléfono. aunque acababan de empezar. ¿Por qué me escondía? Julieta no se quedaría sentada en la cama llorando hasta que se la llevaran a casarse a París. —Está en libertad bajo fianza —dijo. El señor Olsen. Salí corriendo y fingí que no la oía llamar a Jenny. Tal vez James había llegado tarde al colegio. —Jennifer Ann. Allí había la lista de alumnos ausentes para que la oficina pudiera ponerse en contacto con los padres. Bajé. ¿Quién es? me preguntó. Frustrado finalmente.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla La voz firme de su profesor los interrumpió y ordenó a dos alumnos que subieran al escenario. Alguien de fondo hablaba con ella—. sujeté la bolsa contra el pecho y mantuve la cabeza baja. Cathy parecía a punto de romper a llorar en cualquier momento. Las dos voces eran como patos torpes. marqué el número de su casa y contestó Libby. En la cabina de teléfono donde James y yo hablamos. —¿Está Billy? —No —dijo. me sentía como si me hubieran pillado robando. Fui a la oficina y miré en el tablón que colgaba de la pared cerca de los buzones de correo. Era Shakespeare. me quedé sin aliento. pero sus ojos. Nunca hablaba cuando escuchaba por teléfono. No le sorprendió verme. estaba fuera de la cabina. tenemos que hablar contigo en el despacho del director. Cathy estuvo a punto de decir algo. —¿Qué hacéis aquí? —pregunté. oscuros y tensos. Dan y Cathy se levantaron de dos sillas situadas junto a la pared lejana. sin importarme si los alumnos de teatro me veían. Salí. me decían que era una trampa—. pero Dan la interrumpió. Reconocí los versos. La energía con la que marcaba y volvía a marcar en su teléfono móvil era lo más animado que le había visto hacer cuando estaba con el señor Brown. Era un hombre afable al que nunca había prestado mucha atención. Me dije que debía ir a buscarlo. Las palabras se filtraron hasta mí. ¿Vienes conmigo. pero el nombre de Billy no estaba marcado. De pronto me sentí estúpida. en silencio como un prisionero de guerra. Dan estaba tan tenso que le temblaba el cuello. —Soy una amiga del colegio. —Jennifer. Romeo estaba convenciendo a Julieta para que se dieran su primer beso. Cuando entramos en el despacho del director. luego colgó. ~163~ . por alguna razón. por favor. espera a que te den la palabra. el psicólogo del colegio.

parecía encantado con su puesto detrás de la gran mesa. aislada y a la espera. el señor Olsen se quedó junto a la silla de Cathy. ~164~ . —El señor Flint se alisó la corbata y ajustó la sonrisa—. levanté la mirada y vi que el señor Olsen parecía muy angustiado por el interrogatorio. te memorizo. pese a no querer abrir la boca. El señor Brown era educado con él. Dan se aclaró la garganta y emitió un gruñido de advertencia que la hizo callar. Tu madre ha encontrado esto. Nunca usaba el nombre de Billy. No saben nada de James. con el teléfono móvil en la mano como si esperara el indulto del gobernador en el corredor de la muerte. pensé. —Yo soy el responsable cuando ella no está —contestó el señor Flint—. pero tras la mesa estaba el subdirector Flint. Se levantó a medias y me llevó a una silla junto a la mesa. cada momento que estamos separados». Déjeme hacer mi trabajo. —¿A quién le escribías esto? Sabía que estaba roja. —¿Dónde está la directora? —pregunté. pero a ninguno de los dos nos gustaba. —A nadie —mentí.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla La directora no estaba. Descartado. pero no podía evitarlo. Nadie se sentó en la silla frente a la mesa. —Me dio un trozo de papel en una funda transparente como si fuera una prueba en un juicio. «No digas nada». —Hoy está fuera de la ciudad. —Tenemos que hacerte algunas preguntas —dijo el señor Flint. —Sólo es un chico —farfullé. La cogí y me ruboricé al reconocerlo. Y terminaba con la frase: «Te releo. —Jenny. Como un usurpador del trono orgulloso. Sabía que tenía que decir algo. tus padres se han dado cuenta que últimamente estás con alguien —dijo el señor Flint. —¡Jennifer! —susurró Cathy. —¿No le dijiste a tu madre que había alguien especial en el colegio? — dijo el señor Flint. Sus cumplidos eran superficiales y la sonrisa forzada. Les devolví la carta. El señor Olsen se colocó tras la mesa y le susurró algo al subdirector que le irritó. Empezaba con las palabras: «Señor: doce horas son como doce años para mí».

lo quise tapar por instinto donde lo llevaba enganchado en la bolsa. La foto que le había hecho con la cámara de Jenny. Quince. Me sobresalté. Me limité a mirarle. —Cathleen —dijo Dan. ¿verdad? —Daba golpecitos en la mesa con un bolígrafo y se movía en su silla de jefe como si estuviera pegado al suelo—. Cathy se volvió hacia mí. El año de nacimiento. —¿Has hecho tú esta fotografía? —El señor Flint me dio otra funda con una sola foto en blanco y negro dentro. sigue siendo violación. tenemos que saber la verdad. Sé de qué van Jane Eyre y Cumbres borrascosas. El señor Flint volvió a mirarme. pero no pasa nada».Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Aunque eso fuera cierto —dijo Cathy. Vi la fotografía. —Ya te lo dije. ~165~ . Leí la carta. la verdad no». —¿Quién te ha dado ese botón? —me preguntó Cathy. «No. La foto que Cathy me debió robar de la bolsa del colegio. Entonces me acordé de lo que me molestó del permiso de conducir de Jenny. Pero tienes que contarnos qué pasó para que podamos ocuparnos de ello. Vi la cara del señor Brown en el patio. —Le confesaste a la señorita López que estabas enamorada. —¿Qué fotografía? Dan le puso una mano en el brazo. Es muy serio. —Los libros que estás leyendo. Era más de un año menor que Billy. No podía ser. no son propios de ti. como si esperara que Dan la pegara. El señor Flint levantó una mano a los padres de Jenny para que tuvieran paciencia. Me lo dio un amigo. No te estamos culpando —dijo—. Deja que él haga las preguntas. «He poseído el cuerpo de vuestra hija. con la pared blanca del edificio de administración tras él. —Basta —le reprendió Dan—. y me sorprendió ver que se dirigía al subdirector. Tratan de chicas que se enamoran de hombres casados. Sólo tiene quince años. miraba hacia atrás por encima del hombro. Cathy también dio un respingo. —Encontré la ropa interior que intentaste lavar. pero ella continuó. pensó. y no a mí—. Cuéntanos qué ocurrió. llorosa. —Hasta la secretaria del colegio dice que se ha dado cuenta de sus sentimientos —dijo.

Sentí ganas de reír. como si lo hubieran llamado. Tenía la extraña sensación de que Dan disfrutaba más diciéndome lo de la llamada de lo que le disgustaba. digiriéndome despacio con ácido. —El subdirector lo llevó a la silla frente a la mesa. Esta mañana hemos descubierto que llamaste a casa de ese profesor el lunes por la noche. y que miraba al señor Brown y se imaginaba cómo me había encaprichado de su cara y su silueta y cómo él se había percatado y me había acorralado en un aula oscura. Entonces entró el señor Brown.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Sí —contesté. ¿Iban a perseguir a James mediante el botón de la clase del señor Brown? —No le cubras —suplicó Cathy. luego clavó su mirada en mí. El agente Redman. —Tim Redman. Debía de ser el hombre que había visto en el picnic con un bebé durmiendo en el hombro de su uniforme. no es el señor Brown. Era obvio que no le habían explicado por qué. Miró confuso a Dan y Cathy. Nos ha hecho un favor. Empecé a sentir un frío en el corazón que me subía por la garganta. —Cállate —ordenó Dan. Bueno. cada vez más nervioso. al darme cuenta de que aún tenía su fotografía. pero no. la idea de que lo hubiera hecho. Entonces Dan me miró—. Sentía que el señor Brown quería leer mi rostro. —¿Creéis que el chico es el señor Brown? Por fin Dan habló. pero no soportaba mirarle a la cara. Con las manos sudorosas. Sabía que Cathy me estaba mirando e interpretaba mi angustia como pasión. sí. —No —dije—. luego al psicólogo. presioné su fotografía contra las piernas mientras oía que el señor Flint le presentaba a los padres de Jenny. Lo miré. como una silla eléctrica. llamé a su casa. Así que un policía de la iglesia de Jenny había ayudado a Dan y Cathy a espiar a su hija. Y ella obedeció y se llevó un dedo a los labios. Estaba confusa. —Toma asiento. ~166~ . «¡Corre! —pensé para mis adentros— ¡Es una trampa!» —¿Querías verme? —Miró al señor Flint. en medio de la sala. le di la vuelta en mi regazo para esconderla. Me volvió a mirar y preguntó: —¿Estás bien? Asentí y. Me sentía como si el aire me estuviera absorbiendo. un miembro de nuestra iglesia. presa del pánico. es agente de policía —le dijo al señor Flint—. lejos del resto de muebles. El señor Brown se sentó. Me horrorizaba que pudiera pensar que le había acusado de algo.

—Bueno. —Suspiró—. —Pero es especial para ti —dijo el subdirector. —¿Estabas solo con ella? —preguntó el señor Flint. y palideció—. ~167~ . —¿Estaba llorando? —Sí. —¿La puerta estaba abierta o cerrada? —Abierta —dijo. Ya no parecía tan seguro. Sentí un peso encima de él. Estaba disgustada. —El señor Brown se volvió hacia mí en busca de apoyo. Jamás haría eso. Tal vez la cabeza. —¿La has visto alguna vez fuera de clase? —En mi despacho durante mi hora libre —dijo. no me acuerdo. —No. —Se frotó las palmas en las rodillas—. —¿No te llamó el lunes por la noche? —El señor Flint levantó la cabeza como si le hubiera descubierto. sin percibir la emboscada. —¿Alguna vez has tenido contacto físico con esta estudiante? —El señor Flint sonaba como si hubiera visto demasiados dramas de juzgados. El señor Brown miró al señor Flint a los ojos. Creo. —No —dijo el señor Brown—. —En la pausa entre esas dos palabras. vi que se daba cuenta de lo que estaba pasando. —¿Alguna vez has tenido relaciones sexuales con esta alumna? —No —contestó el señor Brown. ¿Conoces a esta alumna. sí. un horror que le oprimía el corazón con tal fuerza que tuvo que respirar hondo para continuar. o la mano. Jennifer Thompson? —Sí. Le toqué el brazo. que daba golpecitos en la mesa de nuevo y giró la silla. pero yo no podía hablar. —¿Por qué lloraba? —No lo sé. Se volvió hacia Cathy y Dan para tranquilizarlos—. —¿Alguna vez te ha llamado a casa? —preguntó el señor Flint. Sí. —¿Nunca? —No. —No.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Michael —dijo el señor Brown—.

—Ah —dijo el señor Brown. Cuanto más intentaba estar tranquilo. Sólo me lo leyó. oculta dentro de Jenny. pero ahora esa idea me aterroriza «Por favor no intentes explicarte». —No escribía sobre mí —explicó el señor Brown—. Vi en sus ojos que sentía que había algo fuerte entre nosotros. rogué. Miré a Dan y a Cathy. No se ha aprovechado de mí. —Es de Jennifer. más ganas tenía yo de tocarle. —Michael. La frustración me hizo ponerme en pie. Me percibía. —Ella te dio esto. El señor Flint paró un momento y dijo: —Pero le quieres. —Pero dices que no tienes relación con ella —dijo el señor Flint. pero lo reconocí enseguida. —¿Jennifer? —No hice caso de la voz de Dan. —¡Basta! El señor Flint me miró. El señor Brown se levantó a cogerlo y se volvió a sentar para leerla. Ella miraba al señor Brown como si fuera un monstruo al que le diera miedo enfrentarse. —Se aclaró la garganta. ¿no has pedido su expediente esta misma mañana? Apartó la vista de mí y miró al señor Flint. pero le faltaba algo en la mirada. —¿Dónde te lo leyó? —preguntó el subdirector. Sólo vi el dorso del papel.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla El señor Brown me miró sin saber qué responder. Tenía la expresión gélida.. y esta mañana parecía que había estado llorando. de apoyar mi cabeza en su nuca como había hecho tantas veces. Sacudió la hoja para que estuviera recta en la funda de plástico. Sentí una punzada de frustración que me hizo cerrar los puños. —El señor Flint sujetaba una funda de plástico con una hoja de libreta dentro. —Ayer se te cayó en la oficina —explicó el señor Flint. —El señor Brown siempre me ha tratado con respeto y amabilidad. En otro momento habría dado cualquier cosa por oírle decir que me conocía y me quería. Se le tensó la mandíbula igual que cuando intentaba reprimir las lágrimas. su compañía perdida.. —Estaba preocupado por ella porque el martes estaba disgustada. ¿verdad? —Sí. ~168~ . Dan le agarraba fuerte de la muñeca como si fuera una esposa.

Juro que el señor Brown no es mi amante. Nunca le haría eso a su esposa. me rendí en silencio. Te avisaremos si tenemos más preguntas. me retiré. ~169~ . —Las dos partes dicen que no ha pasado nada. Sabía que el silencio que se produjo antes de contestar era una condena. —Se colocó en el centro de la sala—. —No necesito mentir sobre su inocencia. Gracias. pero me sentía demasiado desdichada para levantar la cabeza. —Miré a aquel hombre a los ojos sin hacer caso de la malicia—. La voz del señor Olsen era tensa. con la foto envuelta en plástico en los puños. —Prometo que investigaremos la situación a fondo —les dijo a Dan y Cathy. —La voz del señor Flint sonaba a veneno. y sabía que me estaba mirando cuando salía de la habitación. me quemaba en los oídos—. tenía la cara roja. Se volvió hacia el señor Brown—. —¿Te pidió que le guardaras un secreto? —El veneno del señor Flint también me quemaba en los ojos—. El señor Brown se levantó despacio. Se ilumina cuando ella le sonríe. Algunos secretos no hay que guardarlos. Ahora me toca hablar a mí. con la esperanza de que me ofreciera alguna escapatoria. —Más tarde —fue lo único que le dijo el señor Flint. levanté la funda de plástico que contenía mi única fotografía de él. Michael.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Me flaquearon las piernas y me volví a sentar. y oí un grito de Cathy—. ¿cómo lo sabes? —preguntó. Harías todo lo posible por no causar problemas al señor Brown. La sala se quedó en silencio corno un reloj parado. ¿verdad? —Sí —dije. —¿Incluso mentir? Volví a dejar la fotografía del señor Brown en la mesa. La habitación se quedó en absoluto silencio durante un rato. aunque lo conocía desde que tenía la edad de Billy... —Jennifer. —¿Señor Flint? —Dan hablaba con tono de abogado—. Miré al señor Brown y no tuve fuerzas para mentir. —No del modo que creéis —dije. Mi hundí quedado sin defensas. —Me detuve al darme cuenta de que el señor Flint me estaba frunciendo el ceño. —¿Puedo hacer una sugerencia? —El señor Olsen tenía el teléfono móvil preparado. Usted ha tenido su turno. El señor Flint se puso rígido. Está completamente loco por ella. —Jennifer. —Traedme una Biblia —dije. Me senté. sé que eras una persona muy generosa.

me imaginaba con un hombre adulto. Cathy le dijo algo en voz baja y él encendió la radio para que no les oyera. me quedé sentada en el coche. en el asiento de detrás de Cathy. tenía la mirada un poco ausente. Temblaba de la energía desesperada—. Dan me agarró del codo y me llevó a la casa. Tengo que ir a un sitio. ¿Qué era lo que yo no veía? Creía que su hija pequeña había sido mancillada. En un momento. pero al cabo de un momento Cathy desapareció y Dan se quedó en mi puerta. mirándome con una expresión extraña. era una mirada de fascinación. Sal del coche y entra ahora mismo. Cuando llegamos. Cathy me tenía agarrada de la cintura y me llevaba al dormitorio de Jenny. —Vamos.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Mañana sacaremos a nuestra hija de este colegio. —Jovencita —dijo. y ninguno de los dos me hablaba. —Ni siquiera sabía qué iba a decir. —Me desabrochó el cinturón y empezó a recoger mi bolsa. Tengo que volver. —Tengo que hacer una llamada —dije—. Salí del asiento trasero y miré alrededor del garaje al tiempo que seguía farfullando como una lunática. Me senté en la cama y. —Es difícil de explicar —dije—. una vez el enfado se había aplacado. —Me he dejado cosas en la taquilla —balbuceé—. Sentí una punzada de pánico que me atravesó como un relámpago. No era como la música en el coche de Cathy. —Hizo una pausa para crear efecto. Tengo que ocuparme de algunas cosas. tenía el discurso pensado de mucho antes—. Estuve todo el camino de regreso a casa sentada como una muñeca. por la puerta abierta. y ese mismo agujero oscuro me estaba mirando en aquel momento. ¿Qué pasaba? Creía que su hija de quince años tenía una aventura con su profesor de lengua del colegio y. sino una sinfonía con muchos violines. a Dan le ~170~ . no era el dolor de un hombre que no había sabido proteger a su hija. y una demanda ante el departamento de educación. Dan chasqueó los dedos y Cathy se apresuró a levantarse y me levantó de la silla por un brazo. con la mandíbula tensa—. como si tuviera tres años. —Jeniffer Ann. Lo que faltaba era la pena. Simplemente sentía curiosidad por mí. Necesito tiempo. aunque en el despacho del director estaba enfadado. pero sólo sentía rabia. Dan conducía. Sentí un escalofrío en todo el cuerpo. observé a los padres de Jenny en el pasillo que susurraban exaltados. manteniendo relaciones en un aula vacía. —El señor Flint parecía haberse quedado sin habla. Vi el miedo en el rostro de Cathy tras su rigidez y decisión. La mirada que le lanzaba. y Cathy tuvo que abrirme la puerta. Cuando Cathy volvió al pasillo. No les entendía. cállate —me ordenó Cathy. Vamos a presentar cargos penales.

—Sólo un minuto. —Valium —dijo con brusquedad—. animales. —¿Puedo hablar con Billy? —No —dijo Mitch—. Voy a pedirte cita en el médico. No tenía un plan real. Había tomado el autobús urbano varias veces para saber qué parada quedaba cerca de la calle Amelia. Tenía cara de pocos amigos. No podían encarcelarle por quererme. pero no pude evitarlo. Apagué la luz. Salté a la inquietante perfección del patio de Dan y Cathy. pero necesitaba estar con James. Mientras me dirigía a la casa de la calle Amelia. abrí con suavidad la ventana de la habitación y saqué primero el pie derecho. ~171~ . me lo habían prohibido. Aunque Cathy y Dan me enviaran a otro colegio. nos encontraríamos. Amontoné ropa. —Te despertaré para cenar y nos contarás la verdad. —¿Qué es? —pregunté.. pero estaba demasiado nerviosa para sentarme. sin camisa. Él también era menor de edad. Mitch contestó. vi dos coches en la entrada. Ni siquiera llevaba suficiente dinero en el monedero para el autobús. el parque. —Tómatela —dijo con rotundidad—. Me pregunté si así abandonó Jenny su cuerpo. Cuando desvió la mirada para ver si Dan todavía estaba en la puerta. con un perro diminuto que asomaba de su bolso. me dio una moneda. Dan desapareció de mi vista y yo acepté la pastilla y la cogí entre el pulgar y el dedo índice. tenía ganas de correr pero no quería llamar la atención. Sabía que no debía llamar a la puerta. Se lo agradecí. pero me dio tanta vergüenza que me dirigí al fondo donde no pudiera verme. Salí del patio lateral y caminé por la calle. Estaré en la puerta trasera.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla cambió el semblante y volvió a poner cara de desaprobación. pero me la guardé en la mano cerrada. No había mascotas. con la mirada sombría. ni siquiera una mala hierba contaminaba el silencio allí. Ni siquiera pensé en llevarme la cartera. Cathy se acercó a mí con un vaso de agua y una pastilla en la palma abierta. en la biblioteca.. la coloqué en medio de la cama y tapé el montón con la manta. el de Mitch y el de Libby. un día tuvo que escapar y colocó una manta sobre su cuerpo y se fue con sigilo. fingí que me ponía la pastilla en la lengua. pero una anciana en un asiento de delante. Que no te quepa duda. Y acuéstate. de pie en el escalón. el centro comercial. Intenté imaginarme a James explicando que se habían retirado los cargos contra él. Cathy cerró la puerta y metí la pastilla en un pañuelo antes de tirarla en la papelera blanca de mimbre. Me tomé el agua y retiré la cabeza un poco hacia atrás al tragar. No puede ver a nadie.

la cabeza me daba vueltas. el de la estatua del venado. —¡Mamá! ~172~ . Echó a correr y metió los dedos en la valla para tocar los míos. Me acordé de la chica con uniforme de animadora. Me miró a los ojos un momento y me soltó las manos—Espérame en el parque. No me podía ir sin por lo menos ver a James. —No es por ti. Se me encogió el corazón. ¿Qué te han hecho? —Estoy bien. Me quedé ahí en la entrada unos momentos. —¿Estás bien? —pregunté—. cómo miró a James hasta que su amiga se la llevó. Vi que la ventana del cuarto de Billy tenía la cortina corrida. Pero no me acuerdo de lo que ocurrió. —Tengo que devolverle su cuerpo —dijo James. —Miró tras él para asegurarse que no nos miraban—. Al final decidí acercarme por el patio lateral de gravilla de la casa de los vecinos. * * * Me senté al pie de la estatua. y cerró la puerta de un golpe. —¿Irás a la cárcel? —Quieren que testifique contra ellos. Entonces apareció él. Entonces yo no era Billy. pero sabía que no iba a mentir. Habíamos decidido que debíamos devolver los cuerpos que habíamos robado. a horcajadas en una lápida de cemento en la hierba decía: «Nuestra Mitzy». Tenía ganas de gritarle que les contara lo que quisieran oír. —¿Mitch te dejará venir? —No. Miré al patio de Billy con los dedos dentro de la cadena que los unía.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Vuelve al colegio —me dijo. Una chica de otro colegio dice que Billy se paró a mirar cómo dos amigos suyos la violaban. pero una voz me hizo levantarme de un respingo. No sabía qué hacer. —Tenía las manos heladas—. —Iré a la policía y se lo explicaré —dije. La entrada estaba vacía y las ventanas a oscuras. Salió del porche junto a la lavadora y la secadora y escudriñó el patio con discreción como si hubiera oído que alguien le llamaba. pero no teníamos un plan para hacerlo. —¡Aquí! —dije.

daba patadas al aire. No hablamos hasta llegar a la parada del autobús. Mareada. —Mis padres creen que tengo una aventura con el señor Brown —le dije. Logramos subir al autobús sin que nos atraparan. pero estaba tiritando. —Lo he estropeado todo. No me hizo caso y se reclinó hacia atrás. ~173~ . casi como si buscara las instrucciones secretas para atraer a Billy Blake de nuevo a su cuerpo. Sonriendo. algo indescriptible que sólo era propio de James. Miraba hacia mí. Estiró una mano y corrí hacia él. Pensé en decirle que sólo tenía quince años. me senté agarrada a la pata de acero del venado y esperé unos diez minutos hasta que vi a James. pero el columpio se quedaba del todo quieto. Saltó entre risas y desapareció como una luciérnaga que se apaga. jabón de la ropa. James me abrazaba con fuerza. James leyó el mapa de la pared encima de los asientos. sin mirar a los coches por si veía uno oxidado. —Diles que soy yo —dijo James. tomó espacio y luego se lanzó hacia delante hacia el aire. —¿Qué? —Todo su cuerpo se puso tenso. pero no me hablaba a mí. una sal dulce.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla El parque estaba desierto excepto por un niño pequeño sentado en un columpio vacío que brillaba como la luna lleva. No hacía frío. pero oculté la cara en el cuello y aspiré su aroma. Me acurruqué contra él al tiempo que rezaba para que el autobús llegara pronto.

mirando a la madre de Billy. —¿Quién es tu amiga? —le preguntó Verna. pero se paró a respirar y sonrió a Verna. El apellido de mi padre o de mi marido. Dejé el bolígrafo y seguí a James. Nos paramos en la puerta y Verna sonrió. La mujer se lo quedó mirando. y le estaba pintado con cuidado las uñas de los pies de color rosa pálido.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Quince Esta vez. la madre de Billy estaba sentada en una silla de ruedas. ¿cómo iba a hacer que Mitch viniera de visita? James no la escuchaba. Verna tenía en el regazo los pies descalzos de la mujer callada. El tenía prisa. Cuando llegamos a su habitación. Se lo pensó sólo un segundo. en una vida que no recordaba. —¿Eres la mejor amiga de mi madre? —Desde que teníamos dieciocho años. Los pasillos olían a jabón fuerte y a café. Me di cuenta de que después había escrito «Lamb». —Verna. —Si no fingía que necesitaba que me trajerais. ~174~ . abierta como una flor. —Claro. ¿sabes cómo pueden afectar las drogas al cerebro? —preguntó James. James se acercó. y olvidé escribir el nombre de Jenny hasta que ya había escrito «Helen». Llevaba un albornoz amarillo con rosas pequeñas. cuando James entró en el hospital yo fui tras él. cariño. —Supongo que ya no hay secretos —dijo. —Soy Jenny —dije. —¿Me puedes contar qué le pasó a mi madre? No me acuerdo.

Tenías doce años. Verna parecía muy confusa. y te arrojó por la ventana. Esperaba que James recibiera algún tipo de mensaje. —Por favor. ~175~ . —Ella tenía el cuerpo rígido como si fuera de cera. —James le tomó la mano derecha e intentó mirarle a los ojos. Bajó el pie izquierdo recién pintado de Sarah y se apartó cuando James se arrodilló frente a la silla de ruedas. casi como si le riñera—. —James se puso la mano derecha de Sarah en la cara—. pero no sé cómo decirle que vuelva. Dime qué debo hacer. —¿Cómo se llama? —preguntó James. La luz del techo se reflejó en la alianza de boda cuando el dedo anular de Sarah tembló. pero pintó la uña con brillo y le miró muy seria. —Gracias —dijo. —¿Qué está pasando? —La voz de Verna trasmitía miedo. ¿verdad? —dijo James. Mitch en el trabajo. Mitch cree que si él hubiera estado ahí os podría haber salvado a los dos. Yo estoy ocupando su lugar. James siguió mi mirada y vio el movimiento. Ayúdame —dijo James. —¿Por qué no lo paré yo? —Cariño —dijo. Billy no está muerto. pero no pude contestar a la pregunta que se reflejaba en sus ojos. Él utilizó un sujetalibros en vez de la mano y no paró. —En Glisan. tú y tu madre en casa. —Sarah. Aquella pregunta la confundió un momento. —Tenía los ojos llorosos—. pero ella tenía la cabeza inclinada hacia delante y la boca fláccida—.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Tu padre estaba bebiendo. Tocó el anillo con un dedo y dejó de temblar. Los dos lo habíamos oído. pero yo tampoco me acordaba. —Y creo que Mitch me culpa. ¿qué puedo hacer? Entonces Verna me miró. —Sarah —le susurró—. excepto un leve movimiento que se inició en la mano izquierda. —Mira—dije. —Billy. ¿Mitch nunca te ha llevado? —¿Dónde está? —preguntó. y le besó la mano. —Por favor —dijo James—. Verna se puso un poco incómoda. —¿Dónde tienen encerrado a mi padre? —le pregunto a Verna.

James me apretó la mano más fuerte. Sentí que lo invadía la urgencia y su cara caliente de rubor. —Es él —susurró. estaba reuniendo fuerzas.— Te llevo. No como cuando hacíamos el amor. —Verna cogió el bolso. por favor. pero ahora cada sollozo me resonaba en la cabeza. —No lo sé. —Los dos estábamos temblando. Verna nos miró nerviosa cuando nos fuimos a toda prisa. quédale aquí con Sarah. Cuando era Luz nunca oía el llanto de los niños. su presencia también me inquietaba. —James me agarró la mano—. —No. me frotaba los dedos con tanta fuerza que me hacía cosquillas. Como un caballero antes de la batalla. observaba el horizonte. «Por favor —pensé—. Un niño en brazos de un hombre tres filas más atrás lloraba de cansancio y me dolió en el alma. Entonces yo temblaba de ~176~ . me daba miedo que marcara el final de mi tiempo con James. Sin embargo. miré atrás y al otro lado de las puertas de cristal vi que Verna utilizaba el teléfono de la recepcionista. Cuando estábamos a medio camino del aparcamiento. Observé todos los cristales con la esperanza de ver el espíritu de Billy Blake. —¿Qué va a pasar con nosotros? —Estaba sentada abrazada a él con las piernas encima de las suyas. Por favor. pero sólo uno mío. * * * James tuvo que quedarse junto al conductor del autobús durante los primeros metros para que le aconsejara sobre dónde hacer trasbordo. agarró mi mano y se la puso en el pecho. La doble imagen desapareció.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Justo en las afueras de MLK. —No lo sé. Cuando James fue a sentarse a mi lado. Sentí una alegría repentina. no me dejes. si podía. Había dos reflejos de él.» Miré por la ventana al otro lado y vi una doble imagen. pero no de la misma manera. James por fin me miró y me besó como si saboreara agua del pozo antes de adentrarse en el desierto. —¿Quién? —Billy. algo que estaba ocurriendo le había llamado para que volviera. Cuando tomamos un segundo autobús y nos sentamos en primera fila. —¿Qué vas a decirle a su padre? —le pregunté.

pero éste no se inmuto. Mitch escondió la cara entre las manos. Quería fotografiar la nuca de James. pero no entendí lo que decía hasta que se apartaron del mostrador y se acercaron a la entrada. aún furioso. pero veía que le temblaba la muñeca. Yo estaba tan cerca de la puerta que Mitch estuvo a punto de chocar conmigo cuando entró como un huracán. Firmó en la carpeta. Se acercó un guardia y llevó a uno de los hombres por el pasillo y tras una esquina. El hombre del mostrador sacudía la cabeza a James. Agarró a James del brazo. ~177~ . una mujer enorme con un bolso gigantesco y una chica pálida con un parche en el ojo. Había una extensión enorme de césped frente a la oficina. De nuevo James habló demasiado bajo para poder oírle. parecía haberme olvidado. Una vez dentro. como si hubiera salido corriendo tan furioso que no se hubiera dado cuenta. y James de exaltación. No me puedo creer que los protejas. —¿No hablas conmigo? ¿Te escapas sin más?—Mitch tenia las manos en las caderas como si estuviera enfadado. Mitch volvió al mostrador y abrió la cartera para enseñarle el permiso de conducir al hombre del mostrador. Le vi la cara a Mitch mientras andaba alrededor de James y se colocaba entre su hermano y el pasillo. James se acercó a Mitch. pero éste no se daba por vencido. —Si buscas putas respuestas. cómo el pelo dibujaba flechas oscuras en el cuello húmedo. Oí el susurro a ácido de Mitch. Pensé que ojalá tuviera la cámara de Jenny. La prisión del condado Glisan era una cuadrícula de color pizarra.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla miedo. pero sólo una camiseta interior. —¿Te has vuelto loco? —Necesito verle—dijo James. y no era de rabia. situada fuera de las enormes vallas. Media docena de personas esperaban en sillas de plástico que rodeaban una mesa baja cubierta de revistas arrugadas: algunos hombres negros de mediana edad con camisetas de bolos. Me recordó a un mausoleo donde no quieren que los cadáveres se escapen. James susurró algo que no oí. —A lo mejor te va bien —gruñó Mitch—. Diles lo que hicieron esos dos capullos. yo tengo una —dijo Mitch—. —¡Mierda! Los demás visitantes estaban mirando a los hermanos. como un cazador que persigue a un oso y un niño que sale de casa la noche Halloween. esperé junto a las puertas de cristal mientras James hablaba con el hombre de uniforme de detrás del mostrador. Ver cómo es ahí dentro. Llevaba pantalones vaqueros y botas.

. Me puso cara de pocos amigos. pero seguía sintiéndome como una delincuente. Estaba a punto de sentarme en silencio y fingir leer una revista cuando alguien me habló. el que había hecho un favor a Dan. —¿Dónde están tus padres? —He venido con mi amigo —le dije. pero no sabía hasta dónde explicar. amable como un médico que está a punto de decirte cuánto tiempo te queda de vida. —¿Por qué no estás en el colegio? Estuve a punto de decir algo. Me senté sujetando el cinturón con las dos manos. había investigado líneas. En su identificación se leía Redman. el policía del picnic de la iglesia. * * * El cinturón del coche patrulla del agente Redman olía a tabaco y menta. James colocó un brazo alrededor de la cintura de Mitch y. —Te llevaré a casa. Podría haberme ido. ¿pero qué? ¿Que me habían sacado del colegio porque tenía relaciones sexuales con el profesor de lengua? Se le ensombreció el semblante. Me sonaba. —¿Qué haces aquí? —preguntó al acercarse. —¿Jenny? Alcé la vista y vi a un policía alto con bigote rubio de pie en el vestíbulo. Vi que el agente Redman se acercaba al hombre del mostrador. Creo que se ha despertado. —empecé. y vi que Mitch acariciaba la cabeza de su hermano con la mano enorme cuando doblaban la esquina del pasillo y desaparecían. —Espera aquí —me ordenó. intercambiaba unas palabras con él y hablaba por teléfono. No oí todo lo que decía. con una carpeta. —El padre de mi amigo.. Me dejó sentarme en el asiento del copiloto. demostrado que había llamado a casa del señor Brown. pero enseguida sonrió y se puso la carpeta bajo el brazo.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Un guardia se acercó a ellos y Mitch agarró a James de la camisa como si pensara arrastrarle hasta la sala de visitas a la fuerza para enfrentarse a su padre. El guardia los guió por el pasillo. pero se rió y dijo: —Mejor que vuelvas a mirar. pero estaba esperando a James. éste se relajó. copiado registros telefónicos. ~178~ . cuando estiró la mano en la espalda de su hermano. Se me quedó la boca seca cuando colgó y se acercó a mí.

—¿Con quién estabas? —preguntó Dan. pero Cathy se movía corno un animal enjaulado. —Yo te daré clases en casa. —Eso se lo dijo a Dan—. —No soporto que me mientas —dijo ella. Ella le lanzó una mirada dura. Dan tenía el semblante sereno. Su padre está en la cárcel. Eso me heló la sangre. Dwayne y Dotty lo hicieron con su hijo. ~179~ . pero no se me ocurría. Se llama Billy Blake.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Estaba tranquilo y no me pregunto a quién visitaba en la cárcel. Me la quedo en casa. El agente Redman me agarró con suavidad del codo cuando subíamos los peldaños. Dan estaba quieto como una estatua. En la entrada de casa de Jenny. sino un aviso. Cathy parecía arrepentida. Me senté y ella se puso a dar vueltas hasta que Dan terminó de hablar con el agente fuera. —Lo siento —dije. con la voz quebrada—. a punto de quebrarse. —El chico con el que estaba hoy es con el que estaba saliendo. se sujetaba el estómago como si intentara evitar vomitar—. y deseé que hubiera otra forma de mantener al margen al señor Brown. —No sé en qué estás pensando —dijo Cathy. y. como si le diera miedo lo que pudiera oír. y ella se puso a caminar de nuevo. Las drogas aún son peores allí. —¿Te importa algo lo que le hizo ese hombre? La mandíbula de Dan se puso tensa. Cathy me agarró con fuerza del brazo y me llevó a la sala de estar. —Con un amigo del colegio —le dije. no era sólo su nombre. pero Cathy sólo frunció el ceño. Cathy parecía enferma. No podía mirarles a los ojos. —De nuevo. —Es como si no te conociera —dijo ella. —¿Sin colegio? —Me temblaba la voz. sacudió las manos y luego cruzó los brazos tan fuerte que casi se oyó. Cathy estaba en la puerta y Dan en el porche. — Él le hizo una mueca. Y no voy a enviarla a ese colegio privado. —Os contaré la verdad —dije—. —¿Sí? —Ella se me quedó mirando. —Cathleen. No me ofreció un baño ni una pastilla. Estoy preparada. aunque en realidad no parecía hablar conmigo. así que clavé la mirada en el suelo. me abrió la puerta como un pretendiente. —No vas a volver a ese colegio —dijo Cathy—. aunque me miraba. vi que Dan se ponía tenso dispuesto a contestarle.

En cuanto pronuncié esas palabras. otro olor que no era comida. La casa estaba igual de ordenada que la de Cathy pero se oía el zumbido constante de la bomba del acuario. supe que esa frase era un error. yo con un cuenco de macedonia en el regazo. —El sábado es el funeral. Entonces advertí un cuenco con flores blancas en la mesita del café. iluminada desde dentro. La cara de Jenny se reflejaba en el envoltorio de plástico. Fuimos a una casa que era casi exacta a la de Dan y Cathy. Una mujer delgada con el pelo corto negro que me recordaba a una bailarina dijo la bendición y dirigía la discusión. con pantalones y jerseys con botoncitos de perla. y contenía una docena de peces que daban vueltas sin parar en el agua.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Podéis sacarme de ese colegio si queréis. Vas a venir conmigo al grupo de mujeres. pálida y deformada de una forma que pensé que a Jenny le habría gustado hacer una fotografía. hablaban y movían platos. Miré al frente a la pecera y dejé que aquellas criaturas brillantes en forma de hoja me hipnotizaran. Me dieron un plato de comida. Me ofrecieron asiento al otro lado de la pecera en la sala. Por favor. Me escogió un jersey de punto blanco y una falda. Un grupo de mujeres. ~180~ . ¿Cómo esta tu madre? —Saldrá adelante —contestó una mujer pelirroja. El tema era la gestión del tiempo. Yo observaba a los peces que daban vueltas. —No voy a quitarte la vista de encima. no le hagáis daño. —Lo siento mucho —decía una voz—. lavando platos. todas de la edad de Cathy. que me puse sin rechistar. pero hacían digresiones. pero no estaría bien acusar al señor Brown. grandes alianzas de casadas y zapatitos planos. Tenía el estómago vacío. Cathy se estiró el pelo y se limpió las manos en la falda. pero tal vez desde dentro se veía distinto. pelando melocotones. Me miraron intrigados. Sentía náuseas incluso al beber limonada. Había algo más en el ambiente. Parecía un sitio agradable y tranquilo. me dieron la bienvenida y me dijeron que esperaban que asistieran más jóvenes. —Lo investigaremos —dijo Dan. una pequeña servilleta de encaje para las rodillas y un vaso de limonada. * * * Cathy me tuvo dos horas cortando melón. Era grande como una bañera. Eran flores. pero el olor a comida me mareaba.

que su padre se ha ido al infierno? Obviamente sorprendida. Tenía el corazón acelerado. Dejé el plato de comida con tanta brusquedad sobre la mesita del café que se cayeron dos bolas de melón y rodaron por el mantel como globos oculares. Vi cómo estuvo a punto de escupir su plato de bolas de melón con atún. Pensaba que para Dios no había límites. —¿Estás diciendo que Dios no puede hablar con alguien que está inconsciente? —pregunté. Mientras escudriñaba los rostros alrededor de la mesita de café. Era como si le diera vergüenza que alguien me oyera hacer preguntas tan básicas. ¿Por qué tiene que oírlo alguien que no sea Dios? —Eso es discutible —dijo la bailarina—. ¿Cómo sabes que no acogió a Dios en su corazón antes de morir? —Todas las miradas se clavaron en mí. Cathy susurró: —No acogió al Señor en su corazón antes de morir. —Bueno —dijo alguien—. —¿Estás diciendo que Dios sólo puede hacer lo que está escrito en la Biblia? —pregunté. vi que las flores eran falsas. es una pena. Era una muerte cerebral. Aquello provocó una ola de susurros molestos en la sala. Todos los tenedores se pararon a medio movimiento. Oí el grito de Cathy. Estaba en coma. Cathy le lanzó una mirada cómplice. ~181~ . se ha ido a un gran vacío —le corrigió la bailarina—. ¿Por qué tiene que decirlo en voz alta? ¿Tiene que oírlo alguien? —Creo que no lo entiendes —dijo la bailarina. Me volví hacia Cathy. ¿Qué tipo de madre pensarían que era? —¿Cómo lo sabes? —le pregunté a Cathy. Sentía una fuerza inexplicable que me erguía la espalda—. —Yo también —dije—. hechas de seda y plástico. —No.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —¿De quién hablan? —preguntó alguien. ¿No había capilla en el hospital? —No podía manifestarse —dijo la bailarina—. como si pusiera fin a la discusión. —La Biblia no dice nada de eso —dijo la bailarina. y sólo se oía el burbujeo del acuario—. La bailarina nos observaba desde el otro lado de la habitación—. y la pelirroja se incomodó. —El padre de Elaine se ha ido al cielo —le dijo Cathy. Se limitó a mirarme. Me zafé de Cathy y las miré asqueada. —¿Qué dicen. Cathy me agarró del brazo. No era cristiano.

y oí casi un sollozo de Cathy. Me di cuenta de que aun sujetaba el vaso de limonada. con las manos con temblores tan fuertes que se le cayeron las llaves dos veces antes de arrancar el coche. pero. apoyada en el coche en la oscuridad hasta que Cathy salió corriendo a bus carme. era capaz de hacer cualquier cosa. hiperventilando. ¿Quién os creéis que sois? —Todas estaban boquiabiertas. por desgracia. ni el perfume de Cathy. ¿Cómo podéis ser tan arrogantes? No sabéis dónde ha ido su padre. tan aturdida que se le quebraba la voz. Alguien se había frotado contra la ropa de Dan. pero. Sentí una fiebre que me abrasaba las sienes. Yo había llamado a Dios infinidad de veces.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Dios puede hacer cualquier cosa —dijo la pelirroja—. Ocupé el asiento del copiloto a unos centímetros de ella. pero estaba segura de que habían entrado sin dificultades en el cielo. tal vez tenía que usar las palabras correctas. dejé el vaso junto a los ojos de melón con tal fuerza que la mitad del contenido se derramó—. eufórica. La pelirroja vio que era capaz de hacerlo. —Dios también me habla a mí —dije. todas parecían sorprendidas—. —No tenéis ni idea de lo que es morir o ir al cielo o no —les dije—. —Dios nos habla a través de su palabra —logró decir la bailarina. Me levanté. ¿Qué tal ese tema de debate? —Me aparté el puño de Cathy de la falda y salí de la casa. Me esta diciendo ahora mismo que alguien de esta habitación ha cometido adulterio. Esperé. pero lo había olido en la camisa de Dan y en su coche. pero Cathy parecía estar muy lejos. Una de las mujeres de la sala lo llevaba. porque se llevó la mano a la cara para protegerse. Una de vosotras tiene relaciones sexuales con el marido de otra. ~182~ . Y no procedía del arreglo floral falso. ¿Qué habían dicho esas mujeres para enojarme tanto? ¿Que ese hombre que no había mencionado a Dios en su último suspiro ahora estaba en el infierno? Ninguno de mis anfitriones había mencionado a Dios en voz alta en sus últimos momentos. Lo sabe y lo ve todo. Gardenias. Luego recordé mi promesa de ser amable y me sentí confusa. y lo reconocí. se había sentado en el asiento del copiloto con el cinturón de seguridad presionado contra la piel de la garganta. Me quemaban los músculos. Sin embargo. Por un segundo pensé en tirarlo. —Mañana te llevo a terapia —dijo. como un conjuro mágico que requiere precisión. * * * Al principio caminé por la entrada. Entonces volví a percibir ese olor dulce. —Estudié sus rostros con la esperanza de adivinar quién había estado con Dan por la expresión de asombro en la cara de la mujer culpable.

—No tienes ni idea de lo que has hecho. Un aullido. La mano con la que sujetaba el teléfono le temblaba. temblorosa y mojada. intentó marcar el teléfono y se le cayó al asfalto. Sentía el sabor a metal en la boca. Presa del pánico. con las manos muy juntas—. —Estoy bien —dije. ~183~ . Se fue porque prefería deambular en el limbo que vivir con vosotros.. Acércate a mi corazón.. Paré y sentí un cosquilleo en las manos donde había estado golpeando la ventanilla. Levanté la mirada y vi que Cathy intentaba marcar un número en el móvil. de pronto enfadada otra vez. —Quiero caminar. y Cathy me gritaba y sujetaba con fuerza mi cinturón de seguridad. y el peso de la niña pequeña en la cadera. aterrorizada. Muchos coches estaban pitando. Era un llanto de niño. sin importarme la dirección. Oí el chirrido del coche cuando abrió la puerta del conductor. Luego vi agua correr por unos peldaños oscuros frente a mí. —Has arruinado la vida de tu hija —le dije—. —¿Qué? —Me dijo cuando salía del coche. Cerré los ojos. tenía ganas de pegarle. Lodo y agua. parecía una cortina. —¿Qué dices? Suenas como una loca. También se oía un chirrido horrible y un choque desde arriba. El vehículo estaba parado en medio de la calle. —Jennifer Ann. vuelve aquí. llorando y tosiendo. Lo que parecía un ladrido se convirtió en la bocina de un coche. Me puse a caminar por la acera. Intentaba parecer enojada. Vi que estaba pegada al cristal. pero no el tono estridente y seco de un recién nacido. —¿Todo esto es por la cámara? —¡Escucha! —Avancé un paso. pero trasmitía miedo. estaba congelada. donde se hizo añicos. Un aspersor del patio contiguo me empapó al cerrar la puerta. Conocía ese sonido. No trataba de tocarme.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Dios —susurré. aunque no sé qué. Me acurruqué. y ella lo notaba. —Sólo quería escribir lo que sentía y hacer fotografías. aferrada a mi delantal con las manitas. Hizo un gesto para disculparse con un camión que pitaba. Me miró boquiabierta. Se paraba a unos metros. —Me seguía a distancia. pero puse una mano sobre el aparato. Eran lágrimas sinceras de una niña de dos años asustada. Creo que dije algo en voz alta. El agua chocaba contra la ventanilla de mi lado. Me volví hacia ella. La voz que oí no era de Dios.

Ya voy al coche.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Estaba justo frente a ella. Dan estaba poniendo algo en el maletero de su coche. los pasajeros observaban aquel raro drama: una madre asustada y su hija angustiada llorando en el asfalto en un barrio ajeno. Recordé llorar a los pies de mi primer anfitrión. Cuando subíamos por la entrada. pero murmuraba para sus adentros. y se fue. Si Mitch hubiera descubierto que Billy no ~184~ . Devolvió el móvil y la camioneta se fue. y no sé cómo salir de su cuerpo. ayunaba y copiaba las Escrituras hasta que ya no lo soportaba más. pero ya no puedo más. y Cathy estaba pidiendo al conductor que le dejara el móvil. Cathy se volvió hacia mí. y. Fui a la habitación de Jenny y me senté en su cama. Esperé a que Cathy me abrazara para consolarme. Cathy mantuvo las distancias hasta que ya estaba acomodada en mi asiento de nuevo. Aún le temblaban las rodillas. Había aparecido una camioneta azul. —Las lágrimas le corrían por la barbilla—. con los brazos cruzados. El aspersor se detuvo justo cuando me acercaba al coche. Era muy extraño sentir su carne tan caliente bajo la mano. Cathy estaba arrodillada en la acera. No dijo nada durante el resto del trayecto. pálida y manchada del maquillaje. Jenny nunca volvería. pero siguió sin hacer ademán de tocarme. en cuanto oí las palabras. Era extraño. Lo había dicho en voz alta. Cerró la puerta de un golpe y esperó. pero no pasó. He intentado encajar en vuestra casa. la ropa que había utilizado para simular un cuerpo bajo las mantas estaba bien amontonada junto a la almohada. me lo creí. — Me arrodillé junto a ella y la agarré el brazo. Decía sus oraciones. Estaba atrapada en su cuerpo y su vida para siempre. Dos coches más se habían detenido. querer cogerle la mano. —Vete a tu cuarto —dijo Cathy. —Jenny intentaba obedeceros. Me estás haciendo daño. La luz del porche de la casa al otro lado de la calle se encendió. sentada muy cerca del volante. pero yo me quedé arrodillada y lloré entre las manos hasta que oí que Cathy hablaba con alguien. Alcé la vista. —¡Jenny está muerta! Le solté el brazo. Los coches pitaban y Cathy se puso en pie a rastras. —No —dije. mientras salíamos. —Lo he intentado. y me levanté—. mi destino más probable era un psiquiátrico. Sin embargo. Un perro nos ladró desde el patio de al lado. —¿Quién se ha ido? —Y yo también lo he intentado. —Jenny. pero ahora era Cathy la que lloraba. Por un extraño instante. recogiendo las piezas del móvil. me imaginé que llegaba la policía y me llevaba a la misma celda de James.

—Dan suspiró. Dan estaba de pie junto a las sillas. había doblado con cuidado los jerseys y las blusas con botones. humillas a tu madre delante de sus amigas y montas una escena en una vía pública.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla estaba. como un personaje secundario. Y mañana tu madre conseguirá material en la oficina del distrito para estudiar en casa. jovencita —insistió Dan. Cathy me pidió que me sentara. ¿Por qué no llamáis a mi amigo? —Ya lo he hecho. Creo que deberíamos llevarla a urgencias —susurró. pero ella sucumbió al instante. —He hablado con su hermano mayor —dijo Dan—. —No te pongas histérica —dijo Dan en voz baja. Fue tan inesperado que ni siquiera me pareció una palabra. la ropa estaría tirada dé la rabia. —El señor Brown nunca me ha tocado —les dije—. —Arrodíllate —ordenó Dan. No podía creer lo que estaba oyendo. Los dos se quedaron de pie. fingiendo que le dolía tener que decírmelo—. Me ha dicho que la única chica con la que se ha visto Billy últimamente era alguien llamada Helen. como si eso lo explicara todo. abrochados hasta el cuello. —¿Por qué te iba a llamar Helen? Sabía que si intentaba volver a explicarles el motivo real me ingresarían en un psiquiátrico. Cathy. —De rodillas. Sentí que la derrota se me agarrotaba en las costillas. en cambio. Billy Blake dice que no tiene novia. una fuerza nerviosa. Al otro lado de la pared oí voces nerviosas que se elevaban y bajaban de tono. La Biblia y la revista no estaban. pero no las palabras. Cathy daba vueltas tras su silla. Miraba al suelo cuando me dijo que fuera al rincón de la oración. Cuando Cathy abrió mi puerta por fin. —Te hemos concertado una cita para una sesión de orientación con el pastor por la mañana —dijo Dan—. Cathy emitió un sonido como si estuviera tan frustrada que fuera a emitir vapor. —Ha tenido algún tipo de ataque —dijo Cathy. —Estamos preocupados por ti —me dijo Dan—. —Soy yo —dije. Nos mientes. ~185~ . Tenía rascadas en las rodillas del asfalto—. tenía el rostro rígido. Me arrepentí de haberla asustado tanto. así que lo hice en mi silla habitual. —A lo mejor le daba miedo admitirlo.

el teléfono. una frase cada vez. pero aproveché la oportunidad. El crujido del paso de un hombre en la escalera de madera. pero a veces las madres con las mejores intenciones matan a sus hijas de todos modos. Se tapó la boca al salir de la habitación detrás de Dan. como un museo habitado por los muertos: cazas de rompecabezas sin terminar y juegos que no aportaban alegría alguna. y ella me había entregado a los leones. Dan había mentido sobre el motivo de su retraso al picnic de la iglesia. —Déjala —le dijo Dan. olía la mezcla familiar de heno mojado y leche ~186~ . Luego me dijo—: Vendré a abrirte. —Reza para obtener perdón y orientación —ordenó. Haz que James esté a salvo y déjanos estar juntos. un equipo de música con el que nadie bailaba. Levanté el auricular en silencio y marqué. Quería recordar todo lo que me había dicho. Sabía que intentaba salvar a su hija. Quería imaginarme a James con todo detalle.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Obedecí y me arrodillé dentro del pequeño círculo de sillas. pero mi mente no me ayudaba. Cathy estaba sentada en su silla y unió las manos. No paraba de ver imágenes extrañas que aparecían y se desvanecían como nubes que pasaban por un campo y revelaban un lugar y luego otro bajo la luz intermitente. recordar cada segundo en el altillo del teatro. convencida de que así se detendrían las imágenes. y yo me quedé arrodillada en la luz fuerte. Abrí los ojos. Volví al rincón de la oración y me arrodillé. Vi un edredón de retazos que yo sacudía en un sencillo porche de madera. Un gorrión con una pata que salía revoloteando de la bomba de agua a medida que me acercaba. No sabía lo que pasaría si volvían y me descubrían. El mismo teléfono que había utilizado una vez para hablar con James. Al mirar alrededor de aquella habitación oscura y sin vida de la casa de Dan y Cathy. y Cathy sujetaba el teléfono con una mano y el recibo de gasolina en la otra. El suave golpe de mi balancín mientras lo movía dentro y fuera de la alfombrilla de la chimenea. ventanas que daban a un jardín en el que nadie había escrito un poema. Aquello me inquietaba. pero lo que de verdad me asustaba eran los olores. Una cuerda con camisas y pantalones colgados como si cobraran vida. Había un objeto bonito en la habitación. pero ahora oía cosas que no pasaban en casa de Jenny. El quejido agudo de la savia de un tronco en el fuego. —Por favor. Le había pedido ayuda. La sala estaba muy quieta. el que Cathy había utilizado para llamar a Dan y hacerle frente. con los ojos cerrados y las manos unidas con fuerza. Me miró por un terrible segundo. Grillos al otro lado de la ventana abierta del dormitorio. Vi cómo Cathy se levantaba despacio. El que había interrumpido la partida de Scrabble. Señor —recé—. pero la casa de la calle Amelia comunicaba.

como para ahorrarme la vergüenza que me atraparan a medio camino en el patio. aquí no hay ningún James. Me senté y le miré. riendo y charlando. pero estaba en el suelo. Los sensores de movimiento están encendidos ahí fuera —añadió. Ni siquiera quería parpadear. con música de fondo. no podía pensar más allá de aquella sencilla necesidad. Tenía el semblante inescrutable. Recé para pedir ayuda. ~187~ . Nadie fue a darme las buenas noches. sin saber si esperar simpatía o enfado.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla caliente. sólo dije una palabra. Se cortó la línea. —¿James? _¿Quién? —La voz era distinta y sonaba confusa. Hubo una pausa un segundo y luego Billy Blake me dijo—: Lo siento. Sonaba como si hubiera varias personas. Benny. No recuerdo desplomarme. tumbada de lado cuando oí la puerta. contestó al teléfono. como a crema de vainilla. Esperé hasta que la casa estuvo a oscuras para salir con sigilo al pasillo. Cuando Benny llamó a Billy y éste contestó. el amigo de Mitch. pero rezaba por encima del sonido de un viento creciente con los ojos abiertos de par en par. Podría haber pasado una hora o varias. Esta ha mareada y tenía las piernas entumecidas cuando entró. el saquito de lavanda dentro del armario de la ropa de cama y el aliento dolorosamente dulce de un niño. No tenía los ojos cerrados. Fui de puntillas a la cocina para estar lejos del dormitorio principal. —Vete a la cama —dijo Dan—.

Ya es mayorcita. —Hola. Ve a buscar tu jersey negro. Hablaba por teléfono. Nos vemos allí.. Lo haré en cuanto ella vuelva —dijo. —Suspiró—. Ni siquiera recordaba haberme puesto la ropa por la mañana. ~188~ . —Se volvió hacia mí con una naturalidad que me indicaba que pensaba que estaba solo—. con el auricular sujeto en el cuello—. Lo veía por primera vez esa mañana. cachorrillo —dijo—. —Estaba en el pasillo mirándole—. ¿Cuánto tiempo? —Escuchó. mirando en el cajón del escritorio. Sé lo que me hago. —¿Qué? Le di la espalda y entré en mi habitación sin decir nada.. No había habido rincón de la oración—. Recordé asqueada el peso opresivo de sus manos sobre mí cuando le pedía a Dios que me hiciera obediente. Al entrar en la casa. la secretaria me ofreció una pastilla de menta de un tarro en forma de corazón como si tuviera cinco años. con el coche parado. supuse que Dan no me oía. pero no en susurros como era habitual. Pensaba que temblaba porque tenía frío—. Salí y dejé a Cathy en la entrada. ¿Te has olvidado algo? Sabía que lo había desconcertado porque se olvidó de estar enfadado conmigo. —No te atrevas a volver a tocarme —me oí decirle. levantó una llave y la observó —.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Dieciséis —¿Tendrás que volver —dijo Cathy. — Pensé que hablaba de mí hasta que añadió—: Y Jenny también. —Dejó caer la llave en el bolsillo. —¿Qué tipo de emergencia? —estaba diciendo. Dan se paró y me miró. Me abroché el cinturón y pensé en decir que no podía abrir la ventana de la habitación. No hay por qué sentir. Luego soltó una risita—. Estaba en el estudio con la puerta abierta. pero llevaba un vestido sin mangas. Lo tengo controlado. Cuando llegamos a la oficina de la iglesia. pero no lo hice. estarán bien. —¿Por qué has tardado tanto? —preguntó Cathy cuando cerré la puerta de un golpe.

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Entre luz y tiniebla

—El pastor Bob ha tenido una emergencia —dijo—, pero uno de los consejeros adicionales hará las sesiones esta mañana, si os parece bien. Judy Morgan. —Por supuesto —dijo Cathy—. Judy es maravillosa. El ambiente estaba enrarecido por el olor a azucenas muertas y velas de cera. —Puedes recogerla en una hora —dijo la secretaria. —No. —Cathy se sentó en el sofá de la pared con el bolso en el regazo —. Esperaré aquí. Antes de poder siquiera sentarme a su lado se acercó una anciana por el pasillo hacia nosotras. Se daba toquecitos en los ojos con un pañuelo y parecía avergonzada de que Cathy y yo fuéramos testigos de sus lágrimas. —Pasa —me dijo la secretaria. Al parecer iba a entrar sola en la sesión de orientación, porque Cathy no se movió. Recorrí el pasillo y abrí la puerta donde decía «Pastor». Nada más entrar, sentí el olor. La mujer tras el escritorio hablaba a un botón rojo en el teléfono. —¿Has dicho Jenny Thompson? —Me miró como si la hubiera sorprendido cogiendo dinero del plato de la colecta. Presionó la luz roja y se apagó. —Hola, Jenny. —Sonrió, pero estaba pálida. Ocupé la silla al otro lado de la mesa y olí el aroma a gardenias. En cuanto mi espalda tocó la silla, ella recobró la compostura. Me miro con fría sabiduría. —El pastor Bob ha tenido que ir a una urgencia en el hospital —explicó, al tiempo que se acariciaba el pelo negro corto. ¿Cómo había dicho la secretaria que se llamaba? Jenny lo habría sabido. Y Cathy debía de conocerla muy bien. Era la bailarina de la noche anterior. —¿Te encuentras mejor? —preguntó—. Anoche parecías disgustada. —Mejor. —¿Qué te ocurre? Pensé en muchas otras respuestas, pero dije: —Mis padres creen que un profesor del colegio se está aprovechando de mí, pero no es verdad. —¿Por qué lo piensan? La noche anterior llevaba un jersey azul con margaritas y su perfume favorito. Intenté recordar su expresión al oír la palabra «adulterio», y me pregunté hasta qué punto le había hablado Dan del tema del señor Brown. —Eso no importa —le dije—. Pero no es mi amante.

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—Él no —repitió—. ¿Hay alguien más? Las palabras parecían veneno que salía de su boca, y el perfume me estaba provocando un picor en los ojos. —Sí —admití. —¿Quién? —El jersey de aquel día era negro con rosas. Pensé si tenía una flor distinta para cada día de la semana. —Un chico del colegio. —Jennifer, ¿has dejado que ese chico te tocara? —Al ver en su expresión que me estaba juzgando me ardieron las mejillas. Cruzó los brazos de bailarina. —Bueno —dije—. Ya sabes cómo funciona. Te enamoras y quieres hacer más que sólo cogerle de la mano. —Pero sabías que no estaba bien —me recordó. —Estoy segura de que tú te debes de haber sentido igual —dije—. Sabes que es pecado, pero quieres estar con él, todo lo que puedas, sin importar nada. Harías cualquier cosa para tener sólo un minuto más con él. Casi puedes sentir su cuerpo entre tus brazos cuando estáis solos en la cama. La señora bailarina estaba pálida de nuevo. Buscó nerviosa un cuaderno y un bolígrafo. —¿No te has sentido nunca así? —pregunté. No contestó, pero fruncía el ceño como si tomara notas. El bolígrafo daba golpes torpes en el cuaderno. —Cuéntame cómo evitas tú ese tipo de tentación en tu vida —dije—. Necesito aprender. Ella dejó el bolígrafo. —Por supuesto, no es como si él tuviera novia y nosotros nos viéramos a escondidas —dije—. Eso sería distinto. —Creo que el pastor debería reunirse contigo —dijo. Me levanté. Me miró. —La señora Leighton te concertará la cita. —Lo que usted diga. —Me encogí de hombros—. No hace falta que salga, yo se lo diré a mi madre. Parecía aliviada. Salí por la puerta y, en vez de ir a la derecha hacia la mesa de la secretaria, fui a la izquierda y abrí de un empujón una puerta que daba al aparcamiento trasero.

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No sé de cuánto tiempo dispuse hasta que enviaron a la policía a buscarme. Tomé los callejones traseros porque no tenía dinero para el autobús, y no quería que Cathy o Dan me siguieran demasiado rápido. Cuando encontré el camino a la calle Amelia, empecé a recordar lo que había oído al teléfono la noche anterior. Desde entonces, había intentado convencerme de que James aún estaba, que me había colgado sólo porque había alguien cerca, que intentaba protegerme. Pero la verdad me hacía sentir las extremidades pesadas, como metal líquido que me llenara las piernas. Recordé el triste vacío de quedarme en la Tierra mientras cada uno de mis anfitriones moría, preguntándome por qué Dios no me dejaba seguirles. Arrastré los pies hasta que los vi, a Billy y Mitch, de pie en la entrada. En cuanto Billy me miro a los ojos lo supe. —Dame una llave inglesa—dijo Mitch, y se agacho junto al bastidor oxidado. Billy me vio dos casas más allá en la acera, mirándolo, y él me miró. —Despierta —dijo Mitch al deslizarse debajo del coche de espaldas. Billy sacó una herramienta de la caja de fruta que tenia a los pies y la dejó en la mano que asomaba entre las ruedas. Miré a la cara a un desconocido, un chico guapo pero al que no conocía. Me puso cara de pocos amigos y se apartó el pelo de los ojos con un movimiento de la cabeza, no con la mano como lo haría James. —Eh —dijo. Me quedé atónita. Me acerqué sólo para asegurarme. Billy se limpió las manos en la camiseta de calavera manchada y se acercó a mí. —¿Te acuerdas de mí? —pregunté, intentando evitar el temblor en la voz. —Claro —dijo—. Vas a mi colegio. —¿No recuerdas nada más? Entrecerró los ojos y se encogió de hombros. —Te llamas Jenny algo. —Entonces el pánico se apoderó de él—. ¿Es por el juicio? —No. Se relajó, pero me sentía tan sola al estar con él que tenía el corazón encogido. —¿Querías algo? —preguntó. —Necesitaba saber si estabas bien —le dije. Parecía perplejo. Retrocedí un paso para alejarme de él. —Éramos buenos amigos —dije.

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—¿Sí? —Sacudió la cabeza—. Me descoloqué un poco —dijo—. No me acuerdo de todo. —No sonaba vacío. Era Billy por dentro. —No pasa nada. —Me di la vuelta para marcharme. —Lo siento por lo que sea que hiciera —dijo. Corrí aunque apenas podía ver. El viento frío hacía que me lloraran los ojos, pero me sentía seca, vacía para producir lágrimas reales. Probablemente Mitch debía de estar en el trabajo y Billy en el colegio, pero Mitch debió de dejarle estar en casa como si fuera día libre, y, lo supieran o no, era una bienvenida. Pero era una celebración que yo no podía compartir. Algo había ocurrido en la cárcel que devolvió a Billy a su cuerpo. Intenté imaginar las palabras mágicas que lo habían llevado a casa. Cuando Mitch miró a los ojos a su padre, ¿toda su rabia por fin explotó e hizo sonar una alarma en el vacío en el que deambulaba Billy? ¿El chico había acudido corriendo a su cuerpo a tiempo de agarrar a su hermano cuando la rabia se transformó en pena, el deseo de abrazarle y que él le abrazara demasiado potente para resistirse? Si la pasión era la fórmula mágica, ¿por qué no me había oído Jenny gritar a Cathy la noche anterior y había vuelto? ¿No había oído llorar a su madre? Veía todos mis errores delante de mí como barrotes de hierro. No debería haber llamado ni escrito al señor Brown. Nunca tendría que haberle fotografiado ni ido a verle al despacho. Debería haber hecho que James me llevara de nuevo al altillo del teatro en vez de a su cama, donde Mitch nos pudiera ver. Debería haber pasado de largo del cuerpo de Jenny, haberme quedado con el señor Brown y que James se enamorara de una chica humana. Estaba tan cansada... empecé a soñar, aunque con los ojos abiertos y caminando por el asfalto y las calles. Soñé que veía a James, no con la cara de Billy, sino con la del soldado. Bajaba de un árbol enorme hacia mí, aunque la lluvia le goteaba del pelo. —Llevas uniforme —le dije, como si me estuviera preguntando qué llevaba puesto. Al cabo de un segundo, estaba sola en la entrada de casa de Jenny. El garaje estaba abierto, pero sólo había aparcado el coche granate. Oí un ruido extraño desde la casa como si un lobo estuviera destrozando los muebles en el interior. Estaba demasiado agotada para sentir miedo. Entré para enfrentarme a lo me esperara. Me encontré a Cathy quitando fotografías enmarcadas de las paredes y abriéndolas frenética, tiraba los marcos y los cristales con rugidos de furia y rompía las fotografías o las arrugaba como si fueran demasiado duras para romperlas. No me vio. Tenía lágrimas y maquillaje en las mejillas. Miro el desorden pero se dirigió a la derecha hacia un cristal con sus zapatitos, lo rompió y lo trituró contra la alfombra al correr por el pasillo.

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—¿No te he dicho que te vayas a tu cuarto? —Seguía con el libro. De nuevo pareció olvidarme.. Era un sombrero de copa de metal. por favor. —¿Dónde está papá? —pregunté. lo partí en dos y le volví a poner los trozos en las manos lacias. Entró como un huracán en el estudio y saco el juego del Monopoly de la estantería. supongo. lo abrió por el medio. Vete a tu cuarto. al montón de libros en la alfombra.. Ahora está bien. —Hablaremos más tarde de eso. perpleja. lo rasgué de forma brutal por el medio. La seguí cuando fue al estudio y empezó a quitar libros de las estanterías y a amontonarlas en el suelo. eso es bueno. Con firmeza. se levantó de repente y lo lanzó con todas sus fuerzas con un alarido. —¿Qué ha pasado? —le pregunté. se llevó el Scrable por delante y las casitas de plástico y las letras de madera se mezclaron a sus pies mientras se agachaba y buscaba entre el caos. la miré a los ojos y le quité el libro de las manos. Abría con brusquedad cajones de la mesa y rebuscaba en su interior. en un susurro. que tenía problemas —le dije—. sonó y se cayó al suelo cerca de mí.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla La seguí. Era como si la alegría de amar a James seguida del dolor de perderle hubiera impulsado algo en mi interior —¿Qué ha hecho papá? —pregunté. Se limpió la cara con las dos manos y se alisó la ropa. Entonces me vio. pero levantó una mano para detenerme. ¿Por qué tienes que pelearte conmigo? ¿Por qué no me ayudas? Me acerqué. me encontraba mal. Tenía algo pequeño en la mano. tiraba bolígrafos y. Cogió uno de los libros de gestión del tiempo. —Bueno. Avancé un paso hacia ella. Se tragó un sollozo y me miró. Antes me sentía débil y aturdida. El objeto golpeó contra la ventana. —¿Dónde estabas? —preguntó. Quería hablar con ella. sentí una fuerza parecida a cuando dejé boquiabiertas a las señoras de la iglesia. —Lo limpiaré después. apoyó todo su peso encima pero no pudo romperlo en dos. —Entonces se sujetó el estómago como si estuviera enferma. ~193~ . pero entonces vio el desorden que bahía provocado y empezó a temblar. —Quería sonar severa. pero entonces. otras cosas suyas. —Tenía que ver a mi amigo. pero estaba tan cansada que me limité a observar. al ver el dolor de Cathy. retorciéndolo por el lomo—.

Aún estaba apagando a pisotones trozos de fragmentos manuscritos de las Escrituras que habían entrado en la habitación y que amenazaban con derretir la alfombra cuando Cathy dejó el bote rojo en los pies y se tambaleó. Rompí las páginas del diario en trozos y los lancé por encima de nuestras cabezas. El zumbido ensordecedor del detector de humos hizo que las dos gritáramos. Solté un grito y me aparté de un salto cuando ella lanzó lo que parecía coñac por encima de las sillas rotas y el papel destrozado. Se mudan a San Diego. La seguí. —Lo siento —le dije. que estaba medio enterrada en el algodón y la rescaté del líquido. ahora éramos aliadas. Ya no se reía. Tenía el pelo suave como el de una niña. Le acaricié el pelo y recordé querer tocar a mis anfitriones cuando lloraban. le puse la mano en la cabeza. Las llamas se ondularon más rápido y alto de lo que esperábamos.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Ella estaba tan sorprendida que se me quedó mirando y se le cayeron los trozos a los pies. y el relleno salió volando por todas partes. Cathy logró romper la pata de una y el cojín de la otra. Luego fuimos corriendo a la vez hacia el trío de sillas. Me acerqué a ella. como un gemido atormentado. Se va a divorciar de mí y se va a casar con Judy Morgan. yo nunca me podría de parte de Dan contra ella. encendió una y la lanzó a las sillas. La alfombra del lavabo era suave como una cama. pero recogí la Biblia. ~194~ . A continuación Cathy cogió la caja de cerillas al lado de la chimenea. Entonces me aparté y esperé a ver qué más quería destrozar. Luego pasó por mi lado al ir al pasillo. pero ahora se reía. casi temerosa de que saliera corriendo como un animal. Vi en sus ojos un destello de complicidad. Se quedó colgando en dos piezas mudas. Cathy fue corriendo a buscar el extintor de detrás de la puerta y roció el fuego con espuma blanca. —Se ha ido —dijo—. luego se desmoronó en el suelo del lavabo. La seguí al estudio. Temblaba y tenía la voz ronca. Dimos saltos hacia la carcasa de plástico pegada al techo justo en la puerta. Me coloqué junto a ella y me miró durante un momento extraño. Se abalanzó sobre el retrete y vomitó. Nunca había estado en el dormitorio principal. llorando con la cara en las rodillas. —Gracias —dijo en voz baja. Tras unos segundos de placer. Fue corriendo al armario de la pared y volvió con una licorera de cristal. Cathy se tapó la boca y corrió al dormitorio principal. donde la Biblia y el diario estaban cada uno en su silla. pero no llegábamos por unos centímetros. Me agaché mientras Cathy lo rompía en pedazos tirando la licorera vacía. El humo olía a caramelo. Sentada junto a ella. Se paró en medio de la habitación mirando el rincón de la oración. Me eché a reír también. Cathy aun temblaba. pero cuando era Luz nunca había podido sentir su pelo ni secarle las lágrimas.

—Ni siquiera sé qué pensar de Dios. Fui demasiado estricta. como si se fuera a echar a reír. Tiré de una toalla del colgador que tenía encima y se la di. —Se detuvo. Se tragó un llanto y levantó la mirada—. ¿Qué te ha dicho esta mañana en el despacho del pastor? —Nada. —¿A qué te refieres? —Te estás rebelando —dijo—. con un extraño brillo en los ojos del dolor—. —Nadie lo sabe —le dije. Dice que soy demasiado rígida —me dijo. que todo el mundo en su vida se enterara. Aquellas palabras infantiles me sacaron de mis pensamientos. y ahora también me odias. —¿Puede ser que sea un hipócrita? —dije. —Siento haber sido rígida contigo —sollozó Cathy. mirando al vacío. —De pronto parecía desconcertada—. Ya no está cómodo viviendo conmigo. Me dijo que no podíamos quedar fuera de la iglesia. Me miró durante medio segundo. Me imaginé a James caminando despacio por las bases del campo de béisbol vacío por la noche y el fantasma de su amigo Diggs intentado hablar con él durante todos estos años. Sentí una repentina pena en el pecho. parecía asustada—. Dios te ama. —No tienes que ser como yo. mojé una toallita y se la puse en la mano. —No me quiere. —Ni siquiera era del grupo cuando lo conocí —dijo. Se sienta en el banco de la iglesia detrás de nosotros todas las semanas. Que yo soy demasiado rígida. queriendo liberarlo. pero vi que la realidad irrumpía.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —Ella se sentaba ahí en el grupo de mujeres como si no pasara nada. ~195~ . Él fue quien me enseñó. Me levanté. —Me miró como si no le fuera a creer si no me lo decía a la cara—. Las lágrimas la vencieron de nuevo. la tristeza por todas esas noches de desesperación pegado a mí con tanta fuerza que no podía respirar. —No te odio. Nunca volvería a oír su voz. Sabía que no oiría a James llamarme esa noche ni la siguiente. ¿Mentía sobre Dios? —No te preocupes —intenté sonar reconfortante—. No sé qué estoy haciendo. — Cathy me miró asombrada—. la idea de estar sola. al tiempo que se limpiaba la cara—. —Miró el maquillaje en la toalla y rompió a llorar de nuevo con la toalla en los ojos.

Miraba la alfombra. Si Jenny estuviera destrozada por un chico del colegio que le hubiera roto el ~196~ . Cathy agarró la fotografía con los dedos temblorosos y la miró. Una tristeza inesperada se apoderó de mí. ¿por qué me deja aquí atrapada? ¿Por qué me da a James y luego me lo quita?» Cuando entré con la taza de té. —Le di la foto sin título de las alas de pájaro borrosas y me inventé un título—. No me podía mover. Le di una de Jenny. —Le pasé una fotografía de Jenny saltando con una luz en la cara—. Se llama «Ángeles». Cuando volví con el sobre. sentada con la cabeza baja sobre las rodillas levantadas. le hacía un té. Se quedó con las imágenes de Jenny esparcidas como pétalos en una cama nupcial. Me quedé en el pasillo mucho rato. —Le enseñé una fotografía de una mano que intentaba tocar una hoja—. —No pasa nada —dije—. desnuda. Esta se llama «Espíritu». —Lo que te ha pasado en el colegio.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla En todo momento mientras la levantaba y la ayudaba a lavarse la cara. como hacía James. olía el dulce olor a humo de lo que había sido el rincón de la oración. mientras le acariciaba la espalda. La dejé que se apoyara en mi hombro y esperé hasta que sentí su respiración lenta y que se relajaban las manos antes de irme. y luego el llanto la hizo toser tan fuerte que le costaba respirar. quemé tus fotografías. Cathy tomó mis manos entre las suyas y se las llevó al pecho. Cathy alisó la superficie de la fotografía para borrar una huella. ¿Ves? Se llama «El gesto de Adán». —¿Quemaste mis fotografías? —pregunté. —«Yetsemaní». Cathy se inclinó hacia mí para ver todas las imágenes. Cathy estaba llorando de nuevo. No te dejaba tener amigos. Cathy asintió. me miró con los ojos de par en par. Le di su té. Mira. con el rostro escondido. Me senté a su lado en la cama y saqué las fotos de Jenny. —¿Mis fotos? —Te aparté de Dios —confesó. —No todas —le dije. —Y esta. Sus lágrimas se habían convertido en un llanto lento y caliente. le daba un sedante y la sentaba en su cama. —Es culpa mía —dijo cuando le puse una mano en el hombro. le tapé las piernas con las mantas y me fui a mi cuarto. —Y esta. —No —le dije. pensaba: «¿Qué pasa con Dios? ¿Me quiere? Si es así.

Conté treinta y tres. o no. No había nadie. con el agua hasta los hombros. Vi que eran bastante pequeñas. Muy cerca. Cogí una pastillita blanca de la botella y la miré. como una abejita que agitara las alas. ¿James y yo habíamos engendrado un niño? Ni siquiera eso. jamas podría decirle a nadie quién era. pero ella hacía tiempo que se había ido. plana y suave en el agua caliente. Entonces me sentí observada. pero necesitaba acabar con todo. Me resultaba la miliar. el señor Brown estaba en una sala llena de niños. Cerré los ojos y respiré hondo mientras las pastillas descendían por la garganta. pudo conmoverme. Pero James se había ido. Me puse una mano en el estomago. susurrar en la oscuridad como niñas en el desván. Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal. Era el momento de parar. intrigado por la ~197~ . pero la droga ya me estaba debilitando los brazos y la cabeza como si fuera nieve pesada sobre las ramas de un árbol. Necesitaba a su niña. Era como el botón del vestido de un bebé. habría sido capaz de llorar con Cathy. Pero había alguien. pensé. espejo y bañera. pero sólo vi agua oscura. Sentí que se me encogía el estómago al tragar el cuarto puñado. Aquellas ideas deberían haberme detenido. Sentí que los párpados empezaban a relajarse y el corazón me latía despacio. Pensé que tal vez no sobreviviría a aquello. Podrían haber estado abrazadas toda la noche. Tragué y a continuación probé con dos. Entonces sentí en mi interior un cosquilleo mínimo. O Dios me aceptaba en sus brazos. No muy lejos. así que tomar varias de una vez no era difícil. No recordaba cuándo me había tomado el último. pero no podía hacer nada por ella. Pero no podía hablarle a Cathy de James. como el asesinato. Y sólo a unos kilómetros. muchos de los cuales ya habrían oído rumores. Nunca podría contárselo a nadie. sabía que lo que estaba haciendo no iba a ayudar a Cathy. Billy y Mitch intentaban revivir un motor oxidado. y me sacudió el miedo. Se me aceleró el pulso. Abrí los ojos y miré el lavabo.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla corazón. Con el vapor inundando el cuartito. coloqué el bote de pastillas en el rincón de la bañera. Me desnudé. sólo baldosas. Entré. animándose a ser valientes una noche de ruidos extraños y sombras. Cuando fui al lavabo de Jenny y empecé a llenar la bañera. Me agarré al lateral de la bañera con una mano cuando me resbalé hacia abajo. ni un atisbo de esperanza. En algún lugar lejano se oía una sirena. y que Dan tal vez pensara que Jenny lo hizo porque él las abandonó. me sumergí despacio en el agua caliente y apagué el grifo. Oía el goteo del grifo al agua de la bañera y los ruiditos de los pájaros al otro lado de la ventana. pero mi mente y mi corazón ya se estaban durmiendo. abrí el armario tras el espejo y bajé el bote de somníferos. el marido de Cathy tenía entre sus brazos a una mujer que no era su esposa y se sentía aliviado de haberlo hecho por fin. Me la metí en la boca y tomé un poco de agua caliente. Intenté imaginar el cielo.

se estaba llenando poco a poco de lluvia. el desván. —Me senté en un montón de leña y ella se escondió en mi pecho. herramientas rotas. deseando con timidez que yo muriera. Corre. Me la coloqué en la cadera mientras encendía la lámpara de la estantería y buscaba el taburete de madera que utilizaba de reserva ahí abajo. pero sonreí y dije: —No pasa nada. llorando. Ahora había algo más en el lavabo. Una presencia oscura y nauseabunda. Yo di un respingo y la abracé con fuerza.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla pizca de vida que quedaba en mi interior. Aunque el desván no era mayor que un armario. que aún no tenía dos años. El sonido distante de cristales rotos me hizo arrepentirme de no haber tapado con una manta la estantería de mis libros favoritos. Estaba allí.» Sentía que el agua me hacía cosquillas en el cuello. pero no se movió para salvar el cuerpo que antes fue suyo. sólo es una tormenta. con los ojos de par en par y los labios un poco separados como si fuera a hablar. mi niña. Cerré los ojos e intenté verla. con barro y congelada bajaba por la pared del sótano y los peldaños. que llegaba a los cinco ~198~ . Nos habíamos refugiado en el desván cuando la rama de un árbol roto atravesó la ventana del dormitorio y el poste de una valla suelta destrozó una ventana de la cocina al cabo de un momento. «Por favor —le dije en mis pensamientos—. Había vuelto. con los puños agarrados a mi vestido negro y el delantal sucio y las piernas alrededor de mi cintura. Una pequeña cara ovalada de ojos grandes y pelo dorado. Algo que ocurría había hecho que Jenny volviera. no encontraba el taburete. «Corre —pensé—.» * * * Agua negra. cariño. sólo leña. Sin embargo. yo me voy. Un trueno y un destello hicieron que la niña gritara y rompiera a llorar. El agua. que al principio parecía tan sólido. —Tranquila. mis cestas de paja en los estantes bajos. El demonio salió de la base de la pared y atravesó las baldosas. El rugido que se oía fuera me puso de los nervios. La misma oscuridad que me había expulsado del servicio de mujeres en el centro comercial. lloró y se aferró a mí con todas sus pequeñas fuerzas. Al parecer el espíritu de Jenny no lo veía. La mano agarrada al lateral de la bañera se deslizó y cayó al agua. Sentí que estaba justo detrás de mí. pero entonces me agarré al lateral para girarme a mirar y tiré las pastillas que quedaban de la botella y rodaron por el suelo como un collar de perlas roto. Estaba de pie en el otro extremo de la bañera y observaba con complicidad. luego le di golpecitos en la espalda con alegría. Mi hija. cariño. entra.

aunque sabía que estaba a kilómetros. La sujeté de la cintura mientras se colaba por el agujerito. La lámpara emitió un siseo y la lucecita dorada de detrás se apagó. luego empecé a cortar los tablones de la puerta del desván con una azada rota. No se movía un centímetro por mucho que la golpeara. No podía dejar a la niña en el suelo. Ve con Fanny. Incrédula. Tal vez por el río. farfullaba cuando el agua le daba en la cara. la niña se dio la vuelta y miró por el agujero. —No a casa del abuelo —dije. Ahora iré. La tormenta que ululaba al otro lado de la boca del desván parecía terrorífica. pero la solté del cuello y le señalé el agujero.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla centímetros en el suelo. y me trasladé al hueco en los tablones irregulares—. Sabía a metal y tierra. reflejaba la luz de la lámpara como pequeños gusanos dorados que aparecían y se desdibujaban. Tosí cuando una pequeña ola me sorprendió. la cerraba. Yo iba despacio. Luego corrí a la puerta y empujé. Me castañeteaban los dientes cuando cogí a mi hija en brazos y dije: —Cariño. o el depósito de agua. El agua ya me llegaba por el hombro. demasiado cerca del río—. observé durante diez segundos mientras el lago empezaba a elevarse por las piernas. El agua me llegaba a la barbilla. ~199~ . Algo la bloqueaba. Pasado medio segundo se oyó un choque que sacudió todos los fundamentos de la casa y provocó que me temblaran los huesos y los dientes. pero no paraba de entrar agua. ¡Corre! —Una cesta que flotaba me chocó en el hombro. A casa de Fanny. Rompí la madera con los dedos ensangrentados y llamé a mi marido. grité y me puse en pie enseguida. La niña dejó de respirar un momento. Una vez libre. Corre a casa de Fanny. Volví a la puerta y arañé y grité a la tozuda madera hasta que por fin se rompió un tablón y vi el exterior. —¿Mamá? —dijo. Cuando el segundo trueno me dejó sorda. La niña lloraba tan fuerte que miré atrás y vi que incluso en el montón de leña. se cogía al pelo y lloraba. Protestó con gritos salvajes. El enorme tronco de nuestro roble estaba cerrando la puerta del desván a empujones. porque estaba colina abajo. La niña me agarró de la cabeza. pero el agua me llegaba ya al cuello. —No pasa nada —le dije. ve corriendo a casa de Fanny. Escupí el agua. El agujero por el que veía el mundo exterior sólo era del tamaño de un gato. De pronto el agua oscura entraba a borbotones en nuestro escondite por las junturas de las puertas de madera inclinadas. el agua le llegaba al pecho. La subí y la senté en la estantería. El tiempo se ralentizó hasta convertirse en una agonía mientras buscaba herramientas. así que la senté en el montón de madera y embestí la puerta con todas mis fuerzas. luego lloró aún más fuerte. pero no se movió.

Tienes que ser tú. Tuve una sensación de caída en el vientre. No de mi cuerpo. «Toma este cuerpo —le dije en mis pensamientos—. aún tibia pero no caliente. Jenny no respiraba. Entonces los ojos se abrieron. las dos estaríamos envueltas en un edredón debajo de la cama arriba. casi en el borde de la bañera. y luego todo mi ser salió a la superficie de mi cuerpo. intenté gritarle. Jenny lo estaba observando. «Si existes —le dije a Dios—. con el pelo dorado suelto en la superficie del agua que se oscurecía a medida que se mojaba. el demonio estaba más cerca del cuerpo que la chica. ni siquiera podía mover la superficie del agua. «¡Despierta!» Se le movió el pelo hacia los hombros. Intenté tocarla. pensé. Mi mano salió a la superficie de la bañera.» Jenny se deslizó en el agua con su cuerpo. pero no era la mía. grité en la bañera con la chica desnuda durmiendo abajo como una muñeca blanca. Parpadeé y dije en voz alta: —He matado a mi hija. Supurando como el lodo negro. era el suyo. Desde arriba un grito estridente me atravesó como una hoja y se cortó como si la inundación se hubiera tragado a mi niña entera.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —No me esperes. cariño —dije—. pero era etérea. Furiosa. Si hubiera sido más lista. Subí flotando y el cuerpo se hundió. pero estaba muda como cuando era Luz y rondaba al señor Brown. «¡Despierta!» Había movido tantas veces una cortina o asustado a un pájaro que se echaba a volar cuando intentaba ser silenciosa e invisible. «¡No!». Me acerqué todo lo posible a la cara de Jenny en el agua os cura y grité: ~200~ . y ahora que estaba desesperada por sacarla de su apatía. Otro golpe estremecedor me hizo tragar agua y sentir arcadas. Yo no puedo volver a pasar por eso. Un sonido hueco como de caracola vacía empezó a sonar bajo desde la bañera. pero la oscuridad que había entrado en el cuarto seguía allí. ¡Corre! —Se dio la vuelta y desapareció en la tormenta. ayúdame. una burbuja se elevó desde la cara y los párpados empezaron a cerrarse.» Me agaché en el agua y acerqué los labios a su oído. Semejante arrogancia me sacó de mis casillas. pero al cabo de un segundo. ¿No se daba cuenta de que ya no estaba vacía? La oscuridad subió por el lateral de la bañera. demasiado pesado para flotar. Había vuelto a su cuerpo. «Gracias a Dios». Entonces sentí una mano en el estómago. Sentí el agua en la barbilla. se relajó en el agua y la tiñó de un gris humo. y la carne tembló. Quería decirle que se fuera.

¿Te encuentras mal? —Jenny apago el grifo v escuchó. Voy a llamar a la policía. Era como si no supiera dónde estaba. Luego el sonido de la voz de Cathy que iba por el pasillo. El demonio desapareció y dejo la bañera clara. Era como una cometa atrapada en un árbol en la esquina del techo.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —¡Lucha! Su cuerpo se movió. Luego Jenny salió al oír el timbre de la puerta. temblaba y lo miraba sorprendida. —¿Jenny? —Cathy probó en el pomo. Yo la observaba desde arriba. Parecía paralizada. Estaba desconcertada y temblorosa. El pomo de la puerta se sacudió hasta que las pastillas del suelo empezaron a vibrar. Se sentó en la bañera. Las dos voces hablaron en un susurro. Jenny no contestó. —Jenny hablaba tan bajo que nadie la oyó. Ahora estaba llamando a la puerta del lavabo. Jenny vomitó y gritó horrorizada al ver las pastillas blancas en el agua de la bañera con ella. pero la puerta estaba cerrada—. y Billy Blake estaba en el suelo de baldosas. quién era ni quiénes eran sus enemigos. con los ojos de par en par de miedo. ~201~ . —Estoy bien —gritó Jenny. Encendió el agua Caliente bebió un sorbo. Te habla tu madre. del grifo salía agua caliente sobre sus pies. Sonó una y otra vez hasta que se oyó la voz de Cathy. desnuda y mojada. La puerta se abrió de un golpe con un crujido de la madera. —¿Jenny? ¿Puedo hablar contigo? Luego Cathy: —Cariño. con las rodillas delante de ella. —Voy a llamar al 911. vació el agua de la bañera y apartó las pastillas cuando se colaban por el desagüe. Vio las pastillas en el suelo de baldosas. Luego una voz de chico. tosiendo y escupiendo. Jenny se tapó. Sonaron las bisagras —¿Te has hecho daño? —Era la voz del chico de nuevo. —Lo digo en serio —dijo Cathy al otro lado de la puerta Puso una voz calmada pero severa—. presa del pánico. con un somnífero aplastado bajo el zapato. ha venido alguien a verte. volvió a abrir los ojos y se sentó. —Acabó aporreando la puerta. tensa y elevada. Confusa y asqueada. —¡Abre la puerta! —Cathy se estaba poniendo frenética—. Déjame entrar ahora mismo. —No.

Billy cogió una toalla y se la colocó sobre los hombros al arrodillarse junto a la bañera. Tenía agua oscura hasta la barbilla Sus brazos no eran sólidos y su voz ~202~ . —Yo también. Estaba segura que veía una luz delante y a James sonriéndome como a través de un agujero en el cielo del tamaño de un gato. —Siento haberte dicho que no me acordaba de ti cuando has venido a verme hoy —dijo. Deje de luchar. mientras estudiaba la fotografía. Le miró a la cara y le preguntó. —No lo sé —dijo. luego respiró. con la mandíbula trémula. —¿He ido a verte? —Le miró a la cara como si intentara recordar un sueño. Se sentó y. Somos nosotros —dijo. Ella miró a Billy. —Últimamente tengo problemas para recordar las cosas —le dijo él. Yo lo vi todo desde el rincón del techo por encima de ellos. Era lo único que quería pero sabía que sólo era un sueño. él frotaba con suavidad la toalla que llevaba ella en el pelo mojado. Con las manos mojadas. como si fuera increíble. y sentí que James me estrechaba entre sus brazos desde detrás. con los hombros desnudos. el agujero estaba en la punta del desván.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla —¿Estás bien? —preguntó. pero ahora estaba saliendo del lavabo a través del techo. —Sí. aunque parecía avergonzada: —¿Te llamas Billy? Él se echó a reír. aún perpleja. sino porque poe fin iba al cielo. —Pareces feliz conmigo —dijo. es verdad. —Cuando te fuiste encontré esto en mi habitación. Sentí que mi corazón se abría como una flor. Una dolorosa mezcla de deseo y pérdida se apoderó de mí. y me envolvía un frío gélido y la oscuridad. —Sacó algo del bolsillo de atrás y se lo enseñó—. Jenny miró las caras de la fotografía con lágrimas en los ojos. dos caras sonrientes muy cerca. borrosa y superpuesta. excepto un trozo donde la tormenta se agitaba con relámpagos encima. —¿Helen? —Oí su voz junto al oído. no sólo porque Jenny se hubiera salvado. sujetó los lados de la pequeña fotografía en blanco y negro. Para mi desgracia. —Sí.

por encima de la superficie del agua. Me puso cara de enfadada. Agarré el borde de la madera partida e intenté abrirlas. luego su rostro pálido desapareció de la vista. Se estaba fundiendo conmigo. —Ven conmigo —dijo. pero me había quedado sin lágrimas. Volvía a oír su voz en la oscuridad. que me rescataste con tu grito repentino en la noche y me sacaste de la cama fría de tu padre para arrojarme a tus brazos. Mi querido confidente. —No puedo. pero estaba seca como una calavera. y susurró: —Tozuda. Horrorizada. mi niña. asustada. Me cayeron unos trocitos de astillas negras en las manos. Nostálgica del placer de nuestros cuerpos unidos. —Puedes abrir estos muros —dijo—. mi peor momentó me perseguiría durante toda la eternidad y Dios me enseñaba mi alegría no merecida al otro lado de los barrotes. oí de nuevo su vocecita desde fuera. mi amiga. Se echó a reír. —Sólo Dios puede derrocar estas paredes —le dije. Tú los construiste. te he estado esperando. Corre. —¿Mamá? —Miré al agujero de la puerta del desván y vi la cara de mi hija que me miraba. ~203~ . tenía ganas de llorar. Tú. Vive. Si pudiera estar segura de que iba a sobrevivir. podría estar en paz por muy fuerte que fuera la tormenta y muy frío que estuviera mi cuerpo. —Mamá. Vi que su manita agarraba la rama justo al otro lado de la apertura. Levanté la cabeza. —Cuélgate de las ramas cuando camines —le dije. No me esperes. Empezaba un nuevo capítulo de mi infierno. la acerqué al agujero y dije: —No. cariño. —¡Corre! —«Tú. Mi salvadora de los sueños oscuros.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla estaba en mi cabeza. puedes sobrevivirme». Quería llorar. —En realidad no estás aquí —le dije. en mi interior. A lo mejor podía cambiar la pesadilla. mi niña. pensé. pero el agua me llenaba la boca. —Sí —dijo él. Un rayo de esperanza invadió mi corazón. no me esperes. Me presionaban como el calor. —¿Mamá? ¿Por qué no se iba? Quería gritarle. Tú.

mamá. Sin embargo. su nieta que le tiraba del delantal y sonriendo hacia arriba con sus dientecitos cuadrados. ¿No me oías llamarte? Si en mi último suspiro. hubiera abierto los ojos en el agua. y yo sólo podía pensar: «Vivió. nunca nos culpó a nadie. —Se rió y me ofreció su mano arrugada—. James me dejó en el suelo pero me sujetaba con un brazo como si no soportara soltarme. Año tras año me escondí tras mis anfitriones sin querer oír. cerré los ojos y me imaginé el infierno. y yo no era una sombra. Me cogió la cara entre sus manos y me dio golpecitos en la mejilla como cuando tenía dos años. En una mesa. Y estaba James. el pelo. sus dos hijos pecosos corriendo por la cocina. los sinsontes cantaban y se contestaban entre sí. Pero estaba riendo—. abrazó mi cuerpo mojado y me levantó como una novia en el umbral. En la claridad de su mirada vi su larga vida. como un viento cálido. Mi hija vivió». La agarré y salí del desván a sus brazos. sopló en mi pelo y en mi falda moviendo el agua que me llegaba a las rodillas. Cuando sonrió..Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Entonces la vi. mi Caballero. —No. mi Dramaturgo y mi Poeta. entero de nuevo y alto. Era tan real como el jardín que me envolvía. Llevaba su uniforme. pero ella me levantó la barbilla porque se negaba a permitir otro momento de arrepentimiento. La luz nunca había sido tan ingrávida. en la sombra. Me dio un beso ligero en los labios y salió del agua. Estaba lleno de detalles. No era un sueño. Y había un grupo de soldados sonrientes que bebían vino de una botella y nos observaban divertidos. La alegría. A través de esas manos sentí la danza ligera de su espíritu. La brisa olía a jazmín. Me habían quitado un peso del pecho. el guiño de su marido cuando tocaba el violín bajo la barba pelirroja. Subí el último peldaño con la mano extendida hacia él. Nunca le había perseguido mi muerte. ~204~ . mi Santa. Te he estado esperando. la luz se filtraba por las hojas que se movían. habría visto que la había salvado abriendo aquel agujero en la puerta del desván. se colocó en los peldaños mojados y me besó allí donde ella se había agarrado a mí para sobrevivir. un puñado de lágrimas congeladas. Los ojos grandes de mi hija estaban en la cara suave y redonda de una mujer con el pelo con mechones grises. en las sientes. —¿Dónde has estado? —Mi hija sacudió la cabeza. vi sus hoyuelos.. ¿Cuánto tiempo llevaba lamentándome? ¿Medio siglo? Me daba tanta lástima haberla hecho esperar que rompí a llorar. Sin importarme que estuviera goteando barro. cuando la muerte me engulló. la frente. se volvieron hacia mí mientras conversaban. cuatro caballeros conocidos tomaban el té. como si fuera la invitada de honor. Estaba mi roble. Me miraba desde la luz.

Nuestras vidas se solaparon con la misma naturalidad que dos briznas de hierbas que se acarician. Con el dolor olvidado y la ropa seca y limpia. libros leídos. corazones rotos. Veía y sentía todos sus días y él los míos. Fin ~205~ . Volvían todos los recuerdos. La dulzura de esas imperfecciones superaban de lejos los lamentos. no tuve la sensación de caída como cuando era Luz y tocaba a un Vivo. No era sólo el calor de un momento robado a una carne prestada. Ahora nos tocábamos como dos almas. Cuando me levantó la barbilla. Canciones infantiles. Y cuando nos besamos. míos y de James. los dos Luz. traje a James hacia mí. discusiones olvidadas. el jardín se balanceó y ascendió flotando.Laura Whitcomb Entre luz y tiniebla Aquel lugar verde donde me encontraba con James giraba despacio alrededor como una cajita de música.

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