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ANTOLOGIAS DE LECTURAS LEEMOS MEJOR CADA DIA QUINTO GRADO

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LECTURAS PARA QUINTO GRADO
LECTURAS PARA QUINTO GRADO

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Published by: Jose Luis Martinez Mendez on Jul 31, 2011
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La estampa que vamos a leer muestra la vida de un niño que está comenzando a prepararse para ser
zapatero, hace más de cien años, en la capital del país.

Don Teófilo quería que su hijo perfeccionara el oficio de zapatero en la Escuela Industrial
de Artes y Oficios de San Jacinto, que acababa de abrir sus puertas. El establecimiento
poseía un edificio muy grande, casi de una manzana; tenía por lo menos dos pisos y ofrecía
clases para artesanos de diversos oficios.
Don Teófilo fue a entrevistarse con el director, y le dijo:
–Éste es mi hijo Fidencio, ya sabe leer y está aprendiendo el oficio de zapatero
conmigo. Quisiera que estudiara por las tardes, aquí con ustedes.
–Ahora sólo tenemos lugar para alumnos internos –lo atajó el hombre de barba y
bigote engominado, y agregó–. Venga en enero.
Como su papá lo necesitaba en el taller, Fidencio se conformó con tomar clases de
dibujo dos noches por semana en la Academia de San Carlos. La mayoría de los
compañeros de Fidencio eran artesanos. Cerca de ochenta tomaban clases en un salón de
paredes despintadas y mal alumbrado. Para complementar las clases, cuando podían, los
jóvenes acudían al gabinete de lectura para artesanos que había en la biblioteca de
Catedral.

El hijo del zapatero juntaba los materiales que sobraban en el taller. Poco a poco
reunió la cantidad suficiente para hacer unos zapatos, los primeros que elaboraba

íntegramente. Cuando remató las últimas puntadas, Fidencio pensó para sí: “Los voy a
llevar al tianguis de San Hipólito a ver quién quiere comprarlos.”
El joven esperó con impaciencia la llegada del domingo. Aquel día se levantó más
temprano que de costumbre, sirvió agua en una palangana y rápidamente se lavó la cara.
Después, se sentó a desayunar un poco de atole y pan que le sirvió su madre.
–¿Por qué estás tan nervioso? –le preguntó en la mesa doña Remedios.
–Yo creo que no va a ir a Tacubaya con nosotros porque quiere vender en el
mercado los zapatos que hizo –interrumpió Dolores con picardía.

–¡Ten cuidado!, el jefe militar decretó antier el estado de sitio y hay que guardarse
temprano en las casas –dijo su padre, preocupado.
–Regreso pronto –contestó con resolución el muchacho.
Tacubaya era una villa cercana a la ciudad. Sin embargo, ir a pie resultaba cansado.
Sólo los que tenían dinero hacían el viaje a caballo o en diligencia y arribaban a la villa en
menos de media hora.

Carlos Illades, El niño zapatero. México SEP-FCE, 2004.

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