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CATERINA PRADO

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Ilustración Tapa

Colofón

Se quedó solo, a media luz, sintiendo el vació y observando la caja de libros que hacía unos días había traído desde la bodega. Al fin se había decidido a hacerles un espacio en el estante y ahora, sentado en el suelo, con la soledad instalándose, era un buen momento. Abrió la caja y comenzó a sacarlos uno por uno. El primero fue “La Divina Comedia”, una edición antigua y tan a maltraer que sus hojas estaban sueltas. Tuvo que acomodarlas y reordenarlas. Mientras hacía esto mecánicamente,

el deseo de salir de ese infierno se hizo intenso: entendió que había tenido su tiempo de paraíso y que sólo le quedaba el purgatorio, un eterno penar. Decidió dejarlo a mano. Al tomar el libro siguiente, un recuerdo lo encandiló: su pelo rojo revuelto, su piel muy blanca, mal vestida pero adornada con muchos collares, caminando directamente hacia él, mirándolo tan intensamente que el resto del mundo desapareció por unos instantes. Se sintió perdido y perturbado. El día que conoció a Tania, traía en sus manos “Memorias de una Joven Formal”. Ahora era lo único que le quedaba de ella y volvía a sentirse desorientado, inquieto, así es que lo puso donde pudiera verlo.

Volvió a la caja y tomó “Sartre y Beauvoir”. Ella se lo había regalado con una dedicatoria: A pesar de nosotros mismos, seré tu cómplice, y tú serás mi incondicional, como Jean Paul y Simone. Las lágrimas se detuvieron cuando tomó el cuarto libro, “La Broma”. Recordó el susto inmenso y la rabia que había sentido mientras corría por toda la facultad buscándola el día en que los pacos entraron por primera vez a la universidad. Ella se había devuelto a esconder los manifiestos anti-dictadura que estaban camuflados dentro de las páginas de ese libro y mientras corría, pensaba que ese descuido podría devastar sus vidas. Fue una época de sobresaltos e

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incertidumbre, llena de prejuicios, donde algunas carreras no eran bien vistas o definitivamente eran un riesgo, y así se lo hizo sentir su familia cuando decidió estudiar filosofía. “El inútil de la Familia” fue el cuarto libro que acomodó mientras pensaba Inútil, comunista y ahora desolado... todo un ganador, y una mueca irónica se le instaló en la cara. Oh, aquí estabas! Siempre le gustó la historia rusa, con sus tragedias tan mágicas, con esa intuición del destino siempre presente. Triste, tomó y acomodó a los últimos zares “Nicolás y Alejandra”. Siguió con toda la colección de “Caballo de Troya”, que en la adolescencia le abrió la mente a posibi-

lidades distintas... para luego perder la fe. Cuánto le serviría creer en algo ahora. Detrás de éstos venía “La Insoportable Levedad del Ser”. La fragilidad de la existencia ahora tenía sentido. Miró al final de la caja y solo quedaban dos libros: “Cien años de Soledad” lo guardó rápido, sin tocarlo, como deshaciéndose de su propia historia. Y el último fue La Tregua. Lo tomó con devoción. La imagen de Tania llenó sus ojos, la dulzura de su voz le hería los oídos. Ahogó un grito y se desplomó en el piso, desparramándose, inundando el espacio y el tiempo con su llanto.

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