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UNA LANZA POR SARMIENTO

B. APL, 44. 2007 (79-85)

UNA LANZA POR SARMIENTO

Luis Jaime Cisneros


Academia Peruana de la Lengua

En 1938, un joven de veintisiete años fecha en la ciudad de Cuyo


(Argentina) sus primeros versos. García Román, su seudónimo. Se había
educado con un sacerdote, que lo tenía bien informado de Lebrija. Pronto
tuvo que emigrar el cura, y Domingo Fausto Sarmiento quedó sin maestro.
Tenía poca escuela y ninguna universidad. Había escapado de que lo
fusilaran a los 18, y en el comedor de su casa, armado solamente de su
voluntad, había aprendido a traducir libros franceses con un parvo
diccionario como ‘maestro y guía’. Los 22 años lo habían sorprendido en
Valparaíso, empleado en una casa de comercio, y ahí se propuso estudiar
inglés. Tal como había hecho con el francés, eligió un modelo y tropezó en
Franklin. Fue luego capataz de una mina en Copiapó. Allí supo que
dominaba ya el nuevo idioma y se entregó a la lectura de Waverley novels.

En 1837 los cuyanos habían comenzado a regresar al país. Muerto


Quiroga, la paz volvía a los espíritus. Sarmiento, muy enfermo, consiguió
permiso y regresó. Es entonces cuando ‘nace’ el escritor Sarmiento. Nace
tarde a la poesía, como tarde lo alcanzarán los hechos más significativos de
su vida. Pero, aunque tarde, no es hombre que ahorrará etapas. Por eso
inicia su carrera de escritor escribiendo versos y se acoge al pudor de
esconderlos de sus compañeros. Pero busca un juez. Quiere alguien ajeno
a la provincia y que viva en Buenos Aires. En Buenos Aires se halla, recién

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llegado de París, y asumiendo la responsabilidad de haber importado el


romanticismo, un poeta: su libro circula como breviario de toda una
generación. El libro incorpora nuevos temas: la patria, la soledad, el desierto,
la pampa. Pero Sarmiento no elige a Esteban Echeverría. Quiere un crítico,
no un poeta. Busca un hombre distinto y distante. Y elige a un abogado,
mayor que él, autor de una celebrada tesis doctoral y de ensayos sobre
estética, y autor de un resonante discurso inaugural del Salón Literario de
Buenos Aires, discurso que parecía interpretar la fe juvenil de esa hora.
Juan Bautista Alberdi no era solamente abogado y ensayista. Los salones
porteños lo celebraban también como autor de valses y minués. Esta
condición de músico en Alberdi no era desdeñable para Sarmiento. Había
leído un curioso ensayo de Alberdi: «Nuevo método para aprender a tocar
el piano con la mayor facilidad». Al iniciarse el año 38, le escribe una carta
de la que únicamente conocemos estos fragmentos:

«Aunque no tengo el honor de conocerlo, el brillo del nombre


literario que le han merecido las bellas producciones con que su
poética pluma honra a la república, alientan la timidez de un joven,
que quiere ocultar su nombre, a someter a la indulgente e ilustrada
crítica de Ud. la adjunta composición».

Ignoramos de qué obra se trata. Al proseguir, Sarmiento la describe


de modo que permite una ligera reconstrucción:

«En su escasez de luces y de maestros a quien consultarse, el incógnito


ignora aún si lo que ha hecho son realmente versos».

No pide mucho. Ni siquiera solicita respuesta, y anuncia que sabrá


interpretar un «silencio instructivo». Pero Alberdi contestó. Formuló una
que otra recomendación, corrigió asuntos de métrica, sugirió lecturas (Byron
y Lamartine, sobre todo). El dardo ha dado en el blanco. Al responderle,
Sarmiento revela su nombre: tiene que anunciar que ya ha leído a Lamartine
y que conoce a Byron:

«Pero la lectura de estos autores me desalienta a la par que es mayor


mi admiración por ellos. ¡Es tan alta la poesía en sus versos!»

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Y agrega esta nota personal, estrictamente biográfica:

«Nacido en esta provincia remota de ese foco de la civilización


americana, no he podido formarme un género de estudios a este
respecto, y si no fueran algunas pequeñas observaciones sin
regularidad, hechas en la lectura de algunos poetas franceses que
han llegado a mis manos, como igualmente ingleses, y la luz que
pueden suministrar las observaciones de La Harpe en su curso de
lectura /…! Diría que las reglas del arte me era absolutamente
desconocidas».

Este es todo el poeta Sarmiento de la hora inicial.

II

En 1886, a los 75 años de edad, Sarmiento escribe lo siguiente:

«La belleza ideal se resiste a entrar en aquellos moldes y cajoncitos


que se llaman versos, sin tener que encogerse y perder sus formas
para no sobresalir, o bien llenar el espacio con algodoncitos, a fin
de que la idea no quede como diente flojo, bailando en un alvéolo
demasiado grande».

Reacio a la ortografía académica, tampoco pudo adaptar el verso


a su naturaleza de escritor. Sarmiento tuvo ojeriza por el verso y logró
transmitirla a los versificadores. Nadie supo de su secreta afición al verso
hasta que, al publicarse la obra póstuma de Alberdi, surgieron a la
publicidad sus cartas juveniles y revelaron el seudónimo. No fue el verso
un entretenimiento ni llegó a ser una violenta pasión. En 1839 aparece
Sarmiento fundando El zonda, periódico de apenas una semana de duración.
Pero en 1841 reaparece en Chile con toda la garra de lo que sería en esencia:
un periodista y un escritor vigoroso. Era la misma pluma destinada a escribir,
en 1845, la vida de Quiroga, donde la prosa redime al versificador frustrado.
Ahí aparece magistralmente descripta la pampa, todavía desconocida de
Sarmiento, «iluminada por la adivinación del sentimiento, recurso lírico,
por excelencia».

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El éxito del Facundo fue rotundo. Y el renombre de Sarmiento,


inmediato. Emprende viaje a Europa, y hace escala en Montevideo,
hervidero por entonces de poetas desterrados. Mientras los prosistas
argentinos emigraban a Chile, en el Uruguay se reunían los poetas. El
viaje, descrito por Sarmiento en libro especial, resulta interesante porque
ilustra su actitud frente a los poetas y frente a la poesía. Se expresa con
gran fervor del gauchesco Bartolomé Hidalgo, pone fervorosa unción para
hablar de Echeverría y dedica únicamente dos líneas al ‘poeta’ Mitre. A
fines de febrero del 46, evoca de este modo su llegada a Río de Janeiro:

«Suban Uds. la temperatura algunos grados, hasta hacerla tropical,


y entonces los mismos insectos son carbundos o rubíes, las mariposas
plumillas de oro flotante, pintadas las a veces, que engalanan
penachos y decoraciones fantásticas; verde esmeralda la vegetación,
embalsamadas y purpúreas las flores, tangible la luz del cielo, azul
cobalto el aire, doradas a fuego las nubes, roja la tierra, y las arenas
entremezcladas de diamantes y topacios. Paseóme atónito por los
alrededores de Río de Janeiro, y a cada detalle del espectáculo siento
que mis facultades de sentir no alcanzan a abarcar tantas maravillas».

Importa detenerse un instante, porque los recuerdos se abren de


pronto, entre playas y paseos, elogios de mujeres y paisajes, para destacar
un hallazgo sorprendente:

«Una joya encontré en Río de Janeiro: Mármol, el joven poeta que


preludia su lira cuando no hay oídos sino orejas en su patria para
escucharlo (…) El peregrino, que no verá la luz porque a nadie interesa
leerlo, es el raudal de poesía más brillante de pedrería que hasta
hoy ha producido la América. Byron, Hugo, Beranger, Espronceda,
cada uno, no temo afirmarlo, querría llamar suyo algún fragmento
que se adapta al genio de aquellos poetas…»

América se queda atrás, y en el recuerdo del Sarmiento viajero se


confunden en enriquecida impresión la naturaleza tropical y la poesía de
José Mármol. Recorre Sarmiento Europa, Estados Unidos, Canadá y llega
a desembarcar, en 1848, en Valparaíso. Su libro inmediato, Viajes por Europa

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(1849) reúne las cartas escritas a lo largo del viaje. El libro sembró discordias,
generó polémicas, avivó disgustos y anudó amistades. Con el propio
Echeverría ocurrió algo singular, que vale destacar porque ilustra una época
importante de la vida literaria. Refugiado en Montevideo, había sido
elogiado por Sarmiento en un pasaje del Facundo. Era explicable, por tanto,
que sintiera curiosidad por saber qué decía Sarmiento, ahora que se habían
conocido, al narrar su viaje al Uruguay. Este es el comentario respectivo:

«Echeverría no es ni soldado ni periodista: sufre moral y físicamente,


y aguarda sin esperanza que encuentren las cosas un desenlace para
regresarse a su patria, a dar aplicación a sus bellas teorías de libertad
y justicia (…). El poeta vive, empero, aún a través de estas serias
lucubraciones. Echeverría es el poeta de la desesperación, el grito
de la inteligencia pisoteada por los caballos de la pampa, el gemido
del que a pie y solo se encuentra rodeado de ganados alzados que
rugen y cavan la tierra en torno suyo, enseñándole sus aguzados
cuernos. ¡Pobre Echeverría! Enfermo de espíritu y de cuerpo,
trabajado por una imaginación de fuego, prófugo, sin asilo, y
pensando donde nadie piensa, donde se obedece y se sublevan, únicas
manifestaciones posible de la voluntad!…»

En verdad, la neurosis había hecho presa por entonces de Echeverría,


y no entendió la dosis de evidente simpatía que la nota de Sarmiento
entrañaba. «Pensando donde nadie piensa» era una afirmación tajante de
admiración en Sarmiento. No alcanza Echeverría a advertirlo, y en carta a
Juan Bautista Alberdi arriesga esta triste confesión:

«Hago muy poco caso de los elogios de Sarmiento, porque no


entiende de poesía ni de crítica literaria; pero han debido herirme
sus injurias, porque soy proscripto como él y lo creía mi amigo (…)
y me ha declarado ex cáthedra, cual otro Hipócrates, enfermo de
espíritu y cuerpo, lo que equivale a decir que valgo como hombre y
como inteligencia poco menos que nada (…) ¿Quién es Sarmiento
para llamarme lucubrador? ¿Qué cosa ha escrito él que no sean
cuentos y novelas, según su propia confesión? ¿Dónde está en sus
obras la fuerza de raciocinio y las concepciones profundas?»

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La cosa no queda ahí. Echeverría exige satisfacción pública, y anuncia


venganza si es que no la obtiene. Felizmente las cosas con Alberdi no
tuvieron repercusión mayor. La tuvo, sí, aunque años después, el fragmento
que Sarmiento había dedicado a Bartolomé Mitre, con quien había querido
ser escueto, según vimos. Claro es que había aprovechado para comparar
la aptitud poética de los proscriptos con la de los españoles: «las musas
argentinas (…) lo divinizan todo, hasta la desesperación y el desencanto».
No es que Sarmiento esté describiendo. Entendámoslo bien: está
ironizando. El pasaje siguiente confirma esa intención:

«Yo os disculpo, poetas argentinos!... Haced versos y poblad el río


de seres fantásticos […] Y mientas otros fecundan la tierra, y cruzan
vuestros ojos con sus naves cargadas de almo río, cantad vosotros
como la cigarra; contad sílabas, mientras los recién venidos cuentan
patacones; pintad las bellezas del río que otros navegan; describid
las florestas y campiñas… mientras el teodolito y el grafómetro,
prosaicos en demasía, describen a su modo y para otros fines, los
accidentes del terreno […]! Cuántos progresos para la industria, y
qué saltos daría la ciencia, si esta fuerza de voluntad […] en que el
espíritu del poeta está […] clavado en su asiento, encendido su
cerebro y agitándose todas sus fibras, se empleara en contar una
aplicación de las fuerzas físicas para producir un resultado útil»

Cuando Mitre contesta, muchas cosas han pasado. Rosas está


derrotado. Mitre se halla en Buenos Aires y escribe una documentada y
erudita Defensa de la poesía: aprovecha para hacer la historia de la tiranía y
el destierro. Nadie quemó un grano de incienso al tirano. Eso solo hace a
todos los poetas acreedores «a la corona cívica». Mejor lo leemos:

«Entre nosotros –dice Mitre– la tiranía de Rosas ha merecido algunas


coplas vulgares, porque la poesía que tiene el sentimiento de lo
bello, huye de la fealdad moral, a la par que se apasiona por la
virtud y la justicia, que son un reflejo de la belleza ideal sobre la
tierra».

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Aunque aceptó la lección, Sarmiento exaltará más tarde la poesía de


la acción. Cree en ella, no en la poesía verbal. Pero Mitre había dicho en su
réplica que Sarmiento tenía «más de poeta que de filósofo». No era ciertamente
una intención peyorativa. Mitre adivinaba que en Sarmiento la poesía era la
fluencia con que le manaban la acción y la idea. Y quizás convenga anotar un
dato curioso: en las memorias de Sarmiento, cuando regresa de Norteamérica,
ya electo presidente de la Argentina, podemos leerlo:

«Seré, pues, Presidente. Hubiera deseado que mi pobre madre viviese


para que se gozase en la exaltación de su Domingo».

Seguidamente recuerda a sus amigos muertos. Y cuando evoca a los


suyos (su hogar, sus hermanas, su hija) los congrega con estas palabras: «los
poetas menores del corazón».

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