El suicidio indoloro

Miguel Huezo Mixco Alrededor del mundo existen organizaciones defensoras del “derecho a morir dignamente” (DMD). Operan en la Web y se les puede seguir en Facebook. Su misión consiste en ayudar a que las personas puedan morir de acuerdo con sus creencias particulares. Estamos hablando de la eutanasia. La “buena muerte”. En la mayoría de países, incluyendo El Salvador, dicha práctica está penalizada. Sin embargo, cada tiempo ocurren casos que consiguen escapar de las frías estadísticas de suicidios --la décima causa de mortalidad (1,5%) en el mundo--y generan debate sobre el derecho a “adelantar” nuestra propia muerte. Tal es el caso de Carlos Santos Velicia, 66 años, malagueño y guía turístico de profesión, cuyas últimas fotos miro mientras leo el reportaje publicado por el escritor Juan José Millás en El País (España) el pasado domingo 5 de diciembre. La pieza es estremecedora.

Millás (Premio Nacional de Narrativa 2008), tiene dos años menos que Santos Velicia y al final revelará que él también es socio de DMD. Carlos salió de su casa en Málaga hacia la última parada de su peregrinación y se reunió con Millás un día antes de ingerir su cóctel letal en un cómodo hotel del viejo Madrid para contarle su historia y ayudar a generar debate sobre la eutanasia. "Sólo quería de mí que le ayudara a dar testimonio de su decisión para provocar un debate acerca de la eutanasia", dice el escritor. La muerte asistida ha sido tema de muchos libros, debates y de algunas películas, como “Las invasiones bárbaras”, quizás una de las mejores que he visto en mi vida. Pero la historia de Santos Velicia está lejos de ser una ficción. Carlos contempló el suicidio cuando la vida le regaló dos graves e inesperados infartos de miocardio. Tenía poco más de 50 años. Quedó jodido. Para empezar, sin trabajo. Cuenta: “Tuve que plantearme mi vida (…) me voy a suicidar, pero a mi manera”. Pasarían quince años para que llegara la decisión final. Entre tanto, otros males comenzaron a aquejarlo: incontinencia urinaria, hernia discal, insuficiencia cardiaca, taquicardia, arritmia. Lo peor de todo fue un tumor en la columna vertebral que lo condenaba a padecer terriblemente. Comenzó a darle vueltas a la manera de adelantar su muerte. Las opciones de pegarse un tiro o lanzarse desde un octavo piso se le hicieron desagradables. “Soy una persona pacífica, no me gusta la violencia”, explica. Entonces tomó contacto con Exit, de Australia. Después con Dignitas, de Suiza. Estos, a su vez, le recomendaron buscar a la DMD de Barcelona, quienes lo remitieron al grupo de Madrid. Durante su conversación le habló a Millás de su novela inédita “El hombre dividido”, que escribió durante los últimos quince años de su vida. Allí cuenta sobre sus paseos. Había conocido la mitad del mundo, pero para su último viaje llevó solo un pijama, camisa, calcetines, zapatillas, calzoncillos y los componentes del cóctel de autoliberación. “He ido desprendiéndome de todo (…) no llevo ni cadena al cuello, no llevo nada, el barco ha llegado al fin del viaje”, le dice. Al día siguiente, acompañado de un voluntario y una voluntaria de DMD, se tomó a cucharadas, entre bromas, el puré de pastillas pulverizadas revueltas con yogurt que él mismo había preparado. Una hora más tarde se quedó dormido. Después dejó de respirar. Sin sufrimiento, sin dolor, jugándole la vuelta a una perspectiva clínica aterradora. Un final feliz para una vida intensa. Vale la pena pensárselo. Uno se va haciendo viejo. (Publicado en La Prensa Gráfica, 9 de diciembre de 2010) Foto: Sofía Moro/ El País

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful