King Flyp, lárgate de aquí...

Miguel Huezo Mixco King Flyp ya ha triunfado. Nos guste o no, este jovencito reguetonero, que hasta hace poco se ganaba la vida arriando vacas en Morazán, ha hecho en meses lo que a muchos les toma años o toda una vida. No es solo que su video “Abandonado” tenga más de 500 mil visitas en YouTube, o que el pasado fin de semana haya estrenado en televisión el primero de una saga de cuatro episodios que cuenta la historia de su vida y sus triunfos. El asunto es que King Flyp se ha convertido en un héroe. Un héroe, sí, admirado por miles y repudiado por miles. Pero unos y otros tenemos que aceptar que estamos frente a un auténtico fenómeno social y cultural que nos está hablando de algo más que de reguetón. King Flyp es, como se dice, “un bicho” salido de la nada que está arrastrando a jóvenes y viejos a entonar sus canciones, que se ha abierto espacios en periódicos, radios y televisoras importantes y está en boca de todo mundo. A menos que uno sea demasiado envidioso, esto solo puede producir admiración. King Flyp es un auténtico hijo del reguetón. Este género musical nació en el seno de grupos marginados y excluidos como resultado de una fusión entre el reggae, un género de los años 70 creado en Jamaica por descendientes de inmigrantes negros, y el hip hop, el movimiento musical de las fiestas callejeras en los barrios más populares de Nueva

York. Quizás algunos recuerden a un músico panameño llamado El General, nacido en el empobrecido Barrio de Río Abajo. Por sus letras toscas y lascivas, muchos lo consideraban detestable. Edgardo Franco --ese era su nombre-- es uno de los padres del reguetón. Comenzó a los 12 años a grabar en casetes sus canciones, y se las entregaba a los buseros panameños para que las pusieran en los alto parlantes de sus máquinas. King Flyp pertenece a esa estirpe. Quienes lo han visto en vivo dicen que su fuerte es el “rapeo”: la recitación rítmica de rimas y juegos de palabras. Pero no hace falta un oído muy cultivado para decir que no es un buen cantante y que ni siquiera baila bien. Pero tiene un arrastre que no han conseguido cantantes salvadoreños como Arquímides o Armando Solórzano, ni agrupaciones como Area 503, Jimmy y Angel, o XD Five Ft & Dj Emsy, jóvenes todos con mayor formación musical. Pero más allá de la calidad artística de King Flyp lo que tenemos frente a nosotros es el desafío de un jovencito en un país donde no hay casas disqueras, ni un importante público consumidor de productos culturales. El riesgo es que su popularidad se vuelva espuma, que no consiga cosechar los beneficios de sus creaciones y se vea en la necesidad de regresar a Morazán, a tronarse los dedos. Por eso la pregunta es: ahora que King Flyp ha alcanzado ese nada despreciable éxito, ¿qué sigue? La respuesta es muy sencilla. King Flyp debe irse de aquí, y pronto. Conservando su sencillez, debe ir a cultivar sus habilidades artísticas y a proyectar mejor su talento lejos de este páramo. ¿Quién le echará esa mano? ¿Tendrá este rey de la música que cruzar los desiertos o los mares en procura de un sueño más grande? ¿Y qué tal si triunfa este hijo del pueblo? Si King Flyp tiene esperanzas, también las tiene este país. Y si fracasa, todos habremos fracasado un poco, otra vez. Cuando hablamos de King Flyp, estamos hablando de algo más que reguetón. (Publicado en La Prensa Gráfica, 19 agosto 2010) Ilustración: "Costumbres gitanescas. Los músicos viejos", Fundación Joaquín Díaz.

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