Todos los años, el veintiuno de octubre, aparecía por el cementerio del pequeño pueblo un atractivo joven que se quedaba

el día entero frente a una de las tumbas más antiguas. Los rumores e historias sobre éste eran bien conocidos, pero algo en él impedía que nadie se acercase a preguntarle. El más increíble de todos narraba como éste había ido, año tras año desde que la mujer, cuyos restos descansaba en esa lápida, murió. Pero eso fue hace más de 200 años. Una lápida que cuidaban de mantenerla intacta, inalterada por el paso del tiempo. Esa mañana de 21 de Octubre, al poco de abrir las puertas del cementerio, el joven entraba y se dirigía con un magnífico ramo de lirios blancos a la lápida de la mujer. El encargado no le dirigía la palabra de puro miedo, pues llevaba trabajando allí casi cuarenta años y, mientras él ya era casi un anciano, el joven permanecía apuesto. A pesar de todo no huía, pues ya sabía que a la hora de cerrar, éste se habría marchado de la misma silenciosa manera con la que había llegado. Era el misterio de su juventud perpetua y un algo oscuro, casi demoníaco que le rodeaba lo que impedía que nadie se le acercase. Sólo una persona se le había acercado desde que había adquirido aquella aura oscura que le rodeaba. Ella no le temía. Le sonreía cada vez que iba a comprarse algún libro donde trabajaba, y la calidez que le transmitía cada una de sus miradas, conseguían que se le saltasen las lágrimas. Se enamoraron tan profundamente que, cuando le confesó lo que era, ella se negó a abandonarlo, a salir corriendo y alejarse, como pensaba que haría. Muy al contrario, dejó atrás su familia y todo lo que había conocido para estar con él. Y así fue durante largos y felices años. Pero a diferencia de sí mismo, ella cambiaba. Envejecía. Inevitablemente, la muerte se la llevó una noche, de manera tranquila, sin dolor. No era una exageración decir que, desde ese día, su corazón se había roto millones de veces por todas y cada una de las innumerables ocasiones que recordaba que ya no la tenía a su lado. La habría seguido si en su mano estuviese, pero era imposible. El milagro que suponía su existencia, lo que entonces había deseado su madre para salvarle y darle la ocasión de disfrutar del mundo presente y futuro, se había convertido en una maldición desde el mismo momento en que su amada exhaló el último de sus suspiros un veintiuno de octubre. Los recuerdos eran lo único que le mantenían cuerdo. Por eso iba año tras año a verla en su tumba, porque sentía que allí, éstos volvían con más fuerza. Y, sólo por unos instantes, le parecía captar su caricia en la mejilla. Aunque no fuese más que el viento. Los lirios decoraban la lápida cuando el atardecer empezaba a oscurecer el cementerio. El joven les dio la espalda y se encaminó a la salida. Si uno se fijaba, podría ver pequeñas gotas cristalinas en sus pétalos y hojas, gotas que tenían cierto toque salado.

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