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Cap 21. Susana y Francesco Scarampa

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El restaurador y la madonnina della creazione

XXI.- SUSANA Y FRANCESCO SCARAMPA
Tal vez había suficientes motivos como para que Susana rehusara quedar a solas con el italiano, pero se sorprendió a sí misma al descubrirse sin miedo y, aunque nada daba a entender que hubiera pasado completamente el peligro para sus vidas se sentía inclinada a confiar en aquel misterioso extraño, de manera que ambos recorrieron, en tenso silencio, el largo corredor de la casa hasta la larga escalinata de mármol que comunicaba la vivienda con la planta baja, donde se encontraba la galería propiamente dicha y su despacho. El edificio donde se ubicaba la galería era un antiguo palacete de tres plantas cuya integridad Susana se había esforzado en mantener y, aunque estaba en pleno casco antiguo de la ciudad, pocas eran las personas que sabían realmente de su existencia puesto que no se encontraba abierta al público. Los compradores habituales, un reducido grupo selecto y adinerado de fuera de la ciudad, solía concertar una cita con semanas de antelación. Era debido a este hecho por lo que no había sido necesario aislar los pisos superiores, destinados a vivienda y taller, de la planta baja, donde se llevaba a cabo la inspección de las obras. Susana cayó en la cuenta de los inconvenientes de esta disposición cuando, mecánicamente, se dispuso a desconectar el sistema de alarma que protegía la parte inferior del edificio. - No creo que sea necesario ya hacer eso –repuso Francesco Scarampa al verla acercarse al panel de control-, mis hombres la inutilizaron para poder entrar; pero no se preocupe, mañana mismo enviaré a
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Salvador Bayona

alguien para que le instale un nuevo sistema, esta vez con medidas de seguridad reales... si no le importa, claro está. Lejos de tranquilizarla, las palabras del italiano la llevaron a un extraño estado de inquietud: ahora no sólo ellos, sino todas las obras de su galería se encontraban a merced de aquellos hombres y si cumplía finalmente su cortés amenaza serían rehenes del italiano indefinidamente. Tras respirar profundamente tomó de nuevo el control de sí misma y se dirigió al despacho, un pequeño espacio acristalado desde el que se controlaba toda la estancia con poco más que su mesa, un archivador, un mueble bar y un diván. - Usted dirá –dijo cerrando la puerta tras el italiano, y viéndole observar el pequeño despacho con ojos inquisidores, prosiguió-. Aquí es donde hago mis negocios. Al mismo tiempo que ella se apoyaba, desafiante, en el filo de la mesa, Francesco Scarampa tomó asiento en uno de los butacones frente a ella. Debido a la altura del tablero las piernas se encontraban ligeramente dobladas, lo que permitió que la falda se levantara dejando al descubierto gran parte de sus muslos. Aunque reaccionó de inmediato volviendo a extender la prenda hasta la medida de su elegancia, no dejó de advertir una cierta expresión en los ojos de aquel hombre que, lejos de molestarla, provocó en ella una estimulante sensación aduladora. Entonces, por primera vez, pudo fijarse en los rasgos del italiano, intentando encontrar sin éxito el origen de aquel principio de fascinación que despertaba en ella. En realidad no se trataba de un hombre excesivamente corpulento, como le había parecido desde su perspectiva inicial, pero aun así el sustantivo “coloso” aparecía insistentemente en su pensamiento. Lo que su sencillo traje dejaba fuera de toda duda es que se encontraba ante un hombre adinerado pero elegante, y con pocas ganas de atraer la atención sobre sí mismo. Sus amplias manos, cuadradas y suaves, aunque de fortaleza evidente, juguetearon por un instante con un tintero de plata del taller de Cellini antes de juntar sus dedos frente a los pequeños labios para empezar a hablar. Susana no sabía cuántas veces a partir de ese momento vería repetirse aquel gesto, y hasta qué punto se acostumbraría a él. La forma de su rostro no era especialmente llamativa salvo por la nariz moderadamente grande y recta y un mentón cuadrado típicamente italiano oscurecido por la sombra de la barba que ya había comenzado a aparecer a aquellas horas de la noche. Sin embargo el conjunto armonizaba con un cutis suave, libre de imperfecciones, salvo por una pequeña cicatriz en forma de uve cerca de la
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ceja derecha. Pero fueron sobre todo sus ojos los que atrajeron su atención: de color miel, parecían esconder un oscuro brillo en su interior, un tesoro oculto destinado sólo a quienes él quisiera entregarlo; caían sobre ellos sendos párpados tristes que los reducían a la mínima expresión y que eran rematados en sus extremos por pequeñas e interesantes arrugas. - Me alegro de que siga con vida todavía, señorita Susana. Siento mucho decirle que mi primer impulso al enterarme de la subasta fue tomar las vidas de los responsables en compensación por la deshonra sufrida, pero ahora me alegro doblemente de no haberlo hecho. - ¿Y puedo saber cuál ha sido el motivo que le ha llevado a ello? –de algún modo ella ya sabía que su arrogancia tenía algo que ver con aquello y no estaba dispuesta a abandonar el juego-. - Digamos que, en primer lugar, una reflexión más detallada me condujo a la siguiente reducción: ustedes tienen arte y quieren dinero, y yo tengo dinero y me gusta el arte... y el dinero. Matarles habría sido como volar una veta de oro porque estropea los rosales del jardín: ¿entiende usted lo que quiero decirle? - Entiendo. ¿Y en segundo lugar? - Y en segundo lugar, debo decir que la encuentro a usted una mujer asombrosamente inquietante, capaz de haber creado este magnífico negocio usted sola y, si me lo permite, mucho más hermosa en persona que en las fotografías que tomaron de usted mis hombres. Por primera y única vez aquella noche Susana bajó la mirada. No es que no estuviera acostumbrada a recibir aquel tipo de halagos, pero las circunstancias que rodeaban a aquel encuentro y el peligro que todavía les rondaba a ella y a sus compañeros hacían especialmente impropia esa observación. Aunque, en el fondo, ella sabía que no era únicamente la impropiedad lo que la había llevado a azorarse de aquella manera. - No pretendía violentarla en absoluto - No lo ha hecho –Susana se rehizo, orgullosa-, en absoluto. Pero creo que quería usted hablar de negocios, ¿no es así?. - Por supuesto. Verá, lo cierto es que me informado un poco sobre usted antes de venir a verla, y debo confesarle que encuentro encomiable el trabajo que ha llevado a cabo durante los últimos años. Según mis informes, su galería ha facturado en torno a los tres millones y medio de euros por ejercicio, al menos “legalmente”, y ha
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mantenido una discreción sin igual dentro del mundo del arte. ¿Voy bien encaminado? Se ha ido usted un poco por abajo, pero esa es la cantidad aproximada... y, efectivamente, hemos declarado todos nuestros ingresos, aunque gran parte de ellos se han invertido en este mismo edificio, nuevas adquisiciones y nuestro taller de restauración de la planta superior. Por lo demás, la actividad de la galería es completamente... “normal”, salvo que el profesor nos facilite oportunidades excepcionales. Tenemos sólo la clientela que queremos tener: en nuestro caso, un exceso de fama resultaría perjudicial, como puede verse ahora por la situación en la que nos encontramos. ¿Perjudicial?. ¡En absoluto! –el italiano sonrió con apariencia de sinceridad-. Nada de esto es perjudicial para ustedes, querida señorita Susana, salvo que quieran que así lo sea. Al contrario, lo que pretendo es hacer aún más próspero su negocio. ¿Perdón? –Susana no podía comprender a aquel hombre, que tan pronto mostraba el látigo como el terrón de azúcar-. Verá, heredé la responsabilidad sobre la familia recientemente, a la muerte de mi padre, el hijo Laura y Beppo, y desde entonces me he dedicado básicamente a diversificar el negocio de manera que las cosas no nos han ido del todo mal, de hecho van lo suficientemente bien como para buscar nuevos ámbitos de inversión. ¿Me sigue? Por supuesto. Pues bien, el arte es desde hace algunos años, además de una deliciosa afición, un terreno propicio para que yo... digamos que “invierta con seguridad y discreción” el fruto de mi trabajo. Ahora creo que le estoy entendiendo de verdad. Debo decir que cuando empecé a hacer averiguaciones sobre usted me encontré con la sorpresa de que pocas, pero muy selectas personas, conocían de su existencia. Eso fue lo primero que me hizo cambiar mi decisión inicial. Por decirlo de manera paradójica, la falta de atención pública es lo que captó mi atención sobre ustedes. ¿Y qué pretende, entonces? Muy sencillo: quiero que trabajen para mí. ¿Y porqué un hombre como usted se interesa por unos simples falsificadores de arte como nosotros?
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Ustedes no son simples aunque sí sencillos y eso es una virtud impagable y, si me permite decirlo, tampoco creo que sean falsificadores en sentido estricto. - ¿Qué deberíamos hacer? - Sencillamente, seguir con su trabajo. De vez en cuando yo les proporcionaré algunas obras que deberán... restaurar, o maquillar... o sencillamente actuarán de intermediarios en transacciones económicas entre otras dos empresas de mi grupo... todo ello a cambio de una sustanciosa comisión, por supuesto. Como ve, básicamente no se trata de nada que no hayan hecho hasta ahora, sólo que ahora lo harán para mí. A cambio de ello, ganarán más dinero en un año que todo el que hayan podido ganar hasta ahora. La perspectiva de formar parte de la red de blanqueo de Francesco Scarampa la sobrecogía. En cierta medida se trataba de una inigualable oportunidad de conseguir la riqueza y el poder por los que siempre había luchado, pero en su interior sentía encogerse el estómago de la forma parecida a cuando sacaban a la venta una nueva pieza... y le agradaba aquella sensación. En realidad la actividad de la galería durante aquellos años no se había desarrollado al margen de la legalidad salvo en unas pocas ocasiones en las que, como con aquella tabla, se habían llevado a cabo sustituciones de piezas destruidas durante la guerra, sin embargo no creía que aquel trabajo que le proponía el apuesto italiano excediera su capacidad y, además... - ¿Qué pasaría si me negara? Scarampa se incorporó del butacón acercándose a ella con un movimiento rápido pero delicado. Sin apartar sus ojos ni por un instante de los de ella se aproximó hasta quedar descaradamente cerca y susurró: - Que yo esperaría fuera a mis hombres... y lo lamentaría muchísimo. Un intenso olor a madera noble y exótica la inundó con el susurro del italiano. La varonil mano de éste, que colgaba laxa del brazo, rozó su muslo, provocando el ella un ligero sobresalto. Instintivamente la pierna rehuyó este inesperado contacto cerrándose con un pequeño espasmo. Ambos lo habían notado, pero Scarampa no había movido ni un solo músculo. Su mano pendía, con un balanceo casi imperceptible, a un par escaso de centímetros de su muslo, la misma distancia que separaba sus labios. Susana aspiró de nuevo aquel sugerente aroma y, sin saber porqué, comenzó, lentamente, a mover su pierna hacia los dedos que, como raíces aéreas de un árbol tropical, deseaban acariciar su piel. - 131 – Todos los capítulos de la novela en http://jungladeasfalto.com

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