UNA PARADA A MITAD DE CALLE

Charlie cerró la puerta de su casa y empezó a trotar. Habiendo recorrido dos cuadras, se fijó en una mujer que iba caminando delante suyo. Ella traía puesto un vestido amarillo. Las medias veladas, el saco y los zapatos de tacón, eran negros. Cuando la mujer iba a empezar a cruzar la calle, Charlie dejó de mirarla y observó que un carro se movía en dirección a ella. Ésta ni se daba por enterada, así que, preocupado por su bienestar, le gritó lo primero que se le ocurrió para llamar su atención y empezó a correr mucho más rápido para alcanzarla. La mujer iba ya por la mitad de la calle cuando volteó a mirar a Charlie, que paró en ese momento dos pasos después del andén. En sus ojos, un esmeralda brillaba alegremente entre el bronce de su iris, pero todo rastro de felicidad los dejó mientras miraba al hombre que se reflejaba en ellos. Charlie no entendía por qué ella no corría, y mucho menos por qué lo miraban unos ojos alarmados. El automóvil estaba a punto de golpearla. Incapaz de hacer algo más, cerró sus ojos: no podía verlo. Los abrió un segundo después al no resistir la ansiedad. La mujer estaba todavía parada a unos dos metros suyos en perfectas condiciones, lo observaba con la misma alarma en los ojos, horrorizada, y además, gritaba. Un instante después Charlie sintió un fuerte golpe en su costado izquierdo. Sus piernas le fallaron y ya no fue responsable de lo que su cuerpo hacía. Giró sobre sí mismo encima de una superficie metálica dura y fría para luego impactar en el rugoso cemento que un momento antes tenía bajo sus pies. -Misión cumplida- dijo la mujer, que desconocía que Charlie todavía la escuchaba.

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