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. Este ejemplar no tiene costo alguno. El uso indebido de este ejemplar es responsabilidad del alumno.

EDiY.4RD S . TYLOR

La culttira u civilizacivn, cn sc~itidoc1no~r;iiicoailipIio, es aquel lodo complejo q u c incluye c l curiricimirntn, lns cicencins, cl arte, la m u r a l , el dereclio, las cristumbi-cs y c~iíil:-\q~iici-:! i-nf h31iiiio. y caoi pacidades adquirrdos por cl Iioinlirc cii c u n i l i r ~riiiL,niIii'ci 1 1 ~ 5u::cla dad. La situación de la cultura en las rtivctsas ~o:icd:idcs ~3c rspecic la Iiumiina, cn la incdidn en q ~ i c riitedc Lcr irivcsli;.~;l.~ sc.gUri ~ ) i . ! i ~ ~ i p : u ~ generales, es u n o b j e ~ oapto paTa el estudio de las Ieycs dcl pensarnlento y la acción del hombrc. Por una piirtc. In iiniforrnidad que cn tan gran medida caracteriza a Iír civiliz:ici6n debe atriburrse, en bucna parte, a la accion iinifoi-me dc causas rinirornies: mientras que por otra parte sus distintos grados delien coilsiderarsc etapas de dcsnrrrAlo o e\.oluciiin, siendo cada unn cl resuliado cle la historia anterior y colaborando con su aportiicihn a la cunlormacihn de la l~istoria iuiuro. Esius voliin~cnes del ticncn por objcto Ia investig;ición de estos des grandcs principios en divcrsas secciuncs L ~ Cla ctiiofii-;ifia, con espccinI rttcncili~ a 13 civiliznci¿in tlc lai irili~is ~ I I ~ c ~ . I O ~ - C * en relación con las naciones superiores. ! hTiie4ti.05 modernos invcstigadoi-es dz las ~ i c r i ~ i ; :dc 1;i ii~itiii-alcza s inorgánica son los primeros cn recoiioccnr,I~rcrny rtci~trodc c , ~ i scampos concretos tic trabajo, la uriidnd d t la nni~irnlcza,Iri Iijcza de sus leycs, cl coilcrciri rit-den d c causa-efccto por rl que cada hecho rlcpcrirlt- clcl qtrc lo Iia prcccclido y actea sobl-c r.1 q u e Ic: sucedc. Conrpi i-i?íic~if ii-rnriiicrilc la doctriria pitagorica d r l ortlcn q u c iodo lo pcnclt-a en c cusitios unilmci-sal. Aiirnlnn, con Arict6tclcs, qtre la E naliiralc7a no estií llcna de episodios incohercntcs, como una m l l a trtigcdia. Estrii~ :icucrdo con Leihnjtz cn l q u c C1 jlnn-ia .nii a ~ j o clc o nlci, cjuc la natiii-al :a :icti~a a salto^ (In 11121iicn':igil i::~! ,is par saut)., as1 COI I (<gran principio, narrnalrncntc pucu ~01i-iplcrtclo, de que nar s i n una t n ~ U r ist:l ~ c : c T I ~ I~ . : ~ I ~ ~ P Osc O :' ~ C de5conoceii c5tas icic,,:, ~uiidarnentalcs c s t i ~ d i a rI n cstructrria y los :il liábitos de las plantas y dc Iris animales, ni incluso a1 investigar las Funciones inferiores del hombrc. Pera cuarldo llegamas a los procesos superiarcs del sentimiento p la accion del hombre, dcl pensamiento v ci lenguaje, cicl conocimicnlo y el nrlc, aparece un cambio

Tylor, E. B. (1975). La ciencia de la cultura. En Kahn, J. S. (Comp.), El concepto de cultura (pp. 29-46). Barcelona: Anagrama.

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cn el tono de 1a opinirjn prevaleciente. En gcneral, el mundo no estk prepararla parn ncyptar el estudio general de la vida humana como una i-aina dc Inq ciencias naturales y a llevar a la práctica, en un rcntirlo iimplio, cl precepto del poeta de explicar la moral como las COCX- n a t u r a l c s ~ ~ . Para muchos entendimientos cducados parece resuItar algo presuntuosa y repulsiva la concepción de que la historia de la especic humana es una parte y una parcela d e la historia de la naturaleza, que nuestros pensamientos, nucstra ~ o l u n t a dy nuestras acciones se ajustan a leyes tan concretas como Jas que determinan el movimiento de las olas, la combinacian de los ticídos y las bases, y el crecimiento de las plantas y los animales. La prii~clpalrazón rle este estado popular dc opini6n no hay qiic hustarta miiy Icioq. Muchos aceptarían de bucna voluntad una cien: 3 cIe !n liisiot i : >I 4~ ICS prcseninra con una substancial concreci6n 1 [Ic 10.: pt-incipiuc rlc las pruebas, pero n o sin ra7Ón rechazan los ~ i ~ ! c i i i r [ u r 5c Icq r i l rcccn. por cstar inuy por debajo dc los nivcles ;i~ r-irntificos. E1 vcrdadcro cnnociniicnto, a n t r s o deqpues, siempre supera esta clase ae resistencia, mientras quc la costumbre de oponerse a la novedad rinde tan excelente servicio contra la invasi6n de dogmatisrnos especulativos, que a veces sc desearia que fuese mris fuerte de l u que es. Pero otros obstáculos a la investigación de las leyes de la . naturaleza humana nacen de consideraciones rnetaflsicas y teolbgicas. La noci6n popular dcl libre albedrío humano no s610 implica libertad para actuar septin rnotivacioncs, sino también el poder de zafarse a la continuidad y actuar sin causa, una combinacidn que se podría rjcriipl i Eicar, api-usimadamcntc, con el símil de una balanza que ri vcccs a c t u a s f c c manera normal, pero tarnbibn poseyera la faculT Tnd dc nioi-ersc por si misma, sin pesas o contra ellas. Esta concepcidn de la acciún anhrnala d e la voluntad, que escasamente hace falta decir que es incompatible con el razonamiento científico, subsiste como opinibn patente o latente en las entendimientos humanos y alccta fuertemente srrs concepciones te6ricas de la historia, aunque, por regla general, n o se exponga dc forma destacada en los razonamientos sistcmdticos. De hcclio, la definición de la voluntad humana como estrictamente ajustada a motivaciones es el Único fundamento científico para tales inucstigaciancs. Par suerte, no es indispensablc añnrlrr nqiii otra m54 a la lista de disertacioncc sobre la inter. vcncicín ~oSrc:-taturaly la causal iral, sobre la libertad, Ia prex al>rcsurarnos a escapar de clc5iin:ic-irjir y la rc5pnnsabilidacl ],\S rc:::ciric.s dir In Iilcisuffa iians 11 y Ia ieolugia, para empczar u11 vralc méís ~ q p ~ r a n ~ a d o l - u n tcrreno m65 viable. Nadie ricgarA por que, corno cada bombrc sabe por cl testimonio dc su propia conciencia, las causas naturales y concretas determinan cn gran medida la acrion humana. Entonces, dcjando dc lado las ~onsideracioncs sobre las intcrfcrcncias sobrenaitiralcs y la espontaneidad inmotivada, tomemos csta admitida existencia dc la5 causas y efcctc1s naturales como nuestro suelo y viajcnlos por C1 mientras nos sostienga. Sobrc ertas m i r r n x h n w s 1 ~ ~icnciilsf i ~ i c i l f * e r q i g u e i cada T'ez crin ma5 ~ n, tlir C r i : ! : , l : ~ i i 7 \ ~ i , , ; i c i O ic!c la> 1 r ~ e s ~ de Ir? riatlir.ziicza. rarnpocu cs

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necesario que estas limitaciones estorben el estudio cientifico de la vida humana, en el que E s verdaderas dificultades son las prActicas a dc la enorme complejidad de los datos y Ia impcrfeccihn de los m&todos de obse~aci6n. Ahora bien, parece que esta ~oncepcibnde Ia voluntad y la conducta humana c o m o sometidas a leyes concretas, de hecho la reconccen y la manejan Ias mismas personas que se oponen a ella cuando se plantea en abstracto como un principio general y se quejan entonces de que aniquila el libre albedrio del hombre, destruye su sentido de Ia responsabilidad personal y le degrada convirtitndolo en una rnLquina sin alma. Quiencs dicen estas cosas pasan sin embargo gran parte de su propia vida estudiando las motivaciones que dan Iugar a la accilin humana, intentado conseguir sus deseos mediante ellas, tramando en sus cabezas teorías de car6cter personal, seconociendo cuAles son 10s efectos probables de las nuevas combinaciones y dando a sus razonamientos el carhcter final de E verdadera invesa tigaci6n cicntifica, dando por supuesto que si sus chlculos salen equivocados, o bien sus datos dcben ser falsos o incompletos, o bien su juicio ha sido imperfecto. Tal pcrsona resumir5 la experiencia de años pasados en relaciones complejas con la sociedad declarando su conviccidn de que todo tiene una raz6n en la vida y que cuando los hechos parecen inexplicables, la regla es esperar y observar con la esperanza de que algún dia se encontrar& la clave del problema. Esta obsemaci6n humana puede haber sido tan estrecha como toscas y prejuiclosas sus deducciones, pero, no obstante, ha sido un filósofo inductivo *durante m i s de cuarenta años s n saberloi. Prácticamente i reconoce leyes concretas al pensamiento y a la acción del hombre. y simplemente no ha tenido en cuenta, cn sus estudios de Ia vida, todo el tejido del albedrio inmotivado y la espontaneidad sin causa. Aquí se supone quc no deben tenerse cn cuenta, igualmente, en estudios mAs ampIios y que la verdadera filocofia de la historia consiste en ampliar y mejorar 10s metodos de la gente llana que forma sus juicios a partir de los hcchos, y comprobarlos frente a los nuevos datos. Tanto si la doctrina es completamente cierta como si lo es en parte, acepta la misma situabdn desde la que buscamos nuevos conocimientos en las lecciones de la cxpcnencia y, en una palabra, todo el dccurso de nuestra vida racional se basa en ella. .Un acontecimiento cs hijo de otro, y nunca debemos olvidar Ia familiaii es una observación que el jefe bechuana hizo a Casalis, cl misionero africano. Así, en todas las &pocas y en Ia medida cn que pretendfan ser algo m65 que meros cronistas, tos historiadores han hecha todo lo posiblc para no limitarse a presentar simplemente la sucesi6n, sino la cuncxibn, de los acontecimientos en su narraci6n. Sobre todo, se han esforzado por elucidar los principios generales de la acci6n humana y explicar mediante ellos los acontecimientos concretos, asentanclo cxpresamcnte o dando por tácitamente admitida la existencia d e una filosofía de la historia. Si aIguien negara la posibilidad de estabicccr de este modo leves históricas, contamos con la respuesta que en tal caso Boswell dio a Jolinson: ~Entonces,

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ed reduce toda la historia a una especic de almanaque., Nn dr:bc prender a quienes tengan cn cuenta la ahriimadora cornplej idad de ios problemas quc se plantean ante el historiaílur- general quc, sin embnrzo, los trabajos dc tanto5 cminentcs pensiidorcs no hayan conducido todavla a la historia más qrre hasta el umbral de la ciencia. Los datos d e que ticne que extraer sus conc1usioncs cl Iiistot-iador con al mismo tiempo tan diversos y tan dutlosos quc es difícil llegar a nna visión completa y clara d c su participrrcirjn cii una cuestiiin concreta, y dr este mudo se hacc irresislible la icntacibil de entresacarlos en apoyo de alguna teoria chapucera y dada dc2 curso de los acontecimientos. La filosofía d e la historia, que explica Icis fencirn enos d c la vida de1 hombre en c1 pasado v predice los futuTOS retni ticndose a leyes generales, en realidad es una niateria quc. en gran me. J i d n , en el actual estado dc nucstros conocirn~entus,es air~cil de rcar inc111so par un genio quc cuentc con Jn ayuda clc una extensa :stipación. Sin embargo, liay secciones de ella que, aunquc con lante dificultad, pareccn rclativarncntc accesibles. Si estrec?iamos ampo de invesrigaciiin del conjunto d e l historia a lo que aquí a henios dcnorninado cullura, la lirstoria no rlr: las tribus y las nacioncs, sin^i de las condiciones dcl conncimicntu, la religirjn, el arte, Iris tostumibres y otras semcjantcs, la larca investigadora queda situada aentro dc Tírnites mas n-ioderadcis. Todavía padcccinos e1 mismo tipo de dificultades quc estorbaban la temfitica mAs amplia, pero muy dfsn-iínuidas. Los datos no son tan caprichnsamcnte Iieterogeneos, sino qiie pueden ~Iasificarsey compararse dc una forma mris simple, al mismo tiernps que la posihílídad de deshacerse dc los asuntos ex& gcnos y de tratar cada tema dentro de su a d ~ c u a d o irco de d atos, ma cn conjunto, hace más factible un razonamiento s6licl o que c:n el n caso de la historia general. Esto puede hacer que aparb,,,, garlir de iin brevc examen preliminar del problema, cómo pucden clasificarse 5, nrrlenarse, etapa tras etapa, en un probable ordcn de evoluciiin, los fcnrjmenos de la cultura. 1 Examinados con una visión amplia, el car5cter y el hábito de la especic humana exhibcn al mismo tiempo esa similitud y consistencia de los fentimenos quc condujeron al creador dc proverbios italianos a declarar que rttoda el rniindo es un paica, cttutto il mondo 2 pacsen. La igualdad genera! dc la naturaleza humana, por una parte, y la iguaIdatE gcncral de las condiciones d e vida, por utrri, esta similitud y consistencia sin duda pucde trazarse y estudiarse con especial idoneidad al comparar razas con aproximadamente e1 mismo grado de cir.ilizació*i. Poca atenci6n necesita dedicarse en tales comparaciones a las fechas de la historia ni a la situacibn en cl mapa; los antiv o s suizos quc habitaban en lagos pueden ponerse junto a los a t e cas medievales, y los ojibwa de América del Norte junto a los zulúes de hfrica dcl Sur. Como di io cl doctor Johnson despectivamente cuando leyh sobre los hahilanles de la Fatagonia y los habitantes de las jsTas de los mares dcl sur, en 105 viajes de H a ~ ~ k c s ~ ~ ~ o r t h , eun conjunto rlc salvaje5 cs come cualquier olroil. Cualquier museo ctnolbgico puede dcri~cislrarhnqta qii6 punto es cierta esta ~ent.raIi%n..c. L l
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; ~ ~ i quc sc Iiacen a los espiritus de los mucrtos y a los olros seres u s espirituales, al orientarse liacia el este para el culto, la purificación dcl ceiernonial o la limpieza moral por medio del agua o de1 fuego. Estos son unos cuantos ejemplos variados de una lista de cientos, y la tarea del ctnógrafa es clasificar tales dctalles con la perspectiva d c descicrar s u distribucibn en E geografía y en la historia, y la a relación q u e oliste entre ellos. En lo que consiste esla tarea puede cjemplificitrsc casi perfectamente comparando estos detalles de la cl[Ii i i t r i ~ L J I I 1:ih espccies vegetales y animalcs tal como las estudian Ir15 r i ; ~ t u ~ ~ [ i sPara .el etnógcafo el arco y la flecha es una especie, t;~s 1:i cuslui~itirr-cie aplaslar el cráneo de los ninos es una especie, la prkcricn dc reconocer los números por decenas es una espccie. La disiribuciun ~ c o g i - i f i c a c estas cosas y su trasmisión de una regi6n d a otra titilen que estudiarse como el naturalista estudia la geografía de sus es1)ecics bcitAnicas y zoologicas. Igual quc ciertas plantas y ariinialcs : o son pccu aliares de cicrtos distritos, E mismo ocurrc con t i ~ iii~trumen ~ comc el boumerang australiano, el palo y Ia ranura pulinesia ric rncender el fuego, los pequefios arcos y fleclras que se utilitün ccimo Irinclctas las tribus del istmo de Panamá, y algo parecitlti con I. i i r l í hos imitos, a rte4 y costumbres que sc encuentran aisJ<ILIW x 0 n ; t ~con cretas. Ijgual que cl catAio.go de todas las espccies CJI - i. t i c p I a ~ i t a i. ~ t.l i.i-r i , i r c > ----r e c c n t ala flora y fauna, así los artículos y ~eu rIc ir1 \.idti ~ c n c r - a dc un p uchlo representa esc conjunto que den* l ri-iinamos culiura. Y al igi al que en las regiones remotas suelen aparecer vezelales y animales que son anáIogos, aunque dc ningtina rnancra idénticos, 10 mismo ocurre con los dctalles de la dvilizacihn de s u s habitantes. Hasta qué punto existe una verdadera analogía entrc la dilusiún de las plantas y los animales y la difusihn de la ciitilizaciiin, rcsulta bien perceptible cuando nos damos cuenta de hasta q u é punto ambas han sido producidas al mismo tiempo por Inc misrnns c:t~isas. Distrito tras distrito, las mismas causas quc han in!riidiicir?o 1ilarit:is cultivadas y los animales damécticos h a n traida cori cli:!s cl arte y el conucimiento correspondientes. El curso tIc Tris rrcontcci~nicntos quc 1lcr.O caballos y trigo a America, ILevo con cllcis cl uso dcl fusil y del haclia d e hierro, rnicntras que a su vez cl conjuntn dcl mundo recibib no solo el maíz, las patatas y los pavos, sino la coslumbre de fumar tabaco y la hamaca de los marinoc. hlcrccc tcncrsc rn cuenta la cuestión de que las descripciones de fcnii~ncnosculturatcs similares quc sc rcpiien eri distintas partes rlcl niundo, c i ~ realidad, apartan una prueba accidcníal dc su propia niitcnticidarl. Hrice algunos años, un gran liistoriador rnc plante6 uri;i p r c y u i i f a s u t r c estc punto: utCOrno puedcn calificarse dc datos I;is ~\iprisicioi~c< las costumbres, rnilos, creencias, etcétera, cle una rIc r ; i l ~ ~ t .I!: ..i 3c basiilr cn cl testilrioriiu de algún viajero o misioiici r i qiiC 1xr~~Ic, crrn ubscru;idor silpcr ricial, mas o menos ignorante % ~ r l t 1.1 Ir.n;ii;i i t i ~ ! i ~ e r i a . n:irrarlor d c ~ r u i d a r l u UH de una charla sin seIeccion, una pci-\otra con prejuicios o incluso obstinadamente mentirc53733. E ~ t a c~iehtiUn,en rcalrcirid, dcbe tencrla el ctniigrafo clara y constnntcmcilte prcscnte. Pcir supuesto, estil obligadu a juzgar lo me-VA-

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jm posible la veracidad de todos los autores que cita y, si es posf- 1 ble, a consepir varias descripciones que certifiquen cada punto de cada Iocalidad. Pero por encina de todas estas medidas de pr.ecauci6n está la pm-eba de la repeticibn. Si dos visitantes independj entes a distintos pafsec. pongamos un musulmAn medieval a Tartaria Y U inglCs conternporAneo a Dahomey, s un misionero jesuita en 13rasil Y 1in wesle;yano en las islas Fiji, coinciden en describir al@ arte, riti3 o mito anhlogo entre los puebIos que han visitado, resulta dificil o I mposible: atribuir esta coincidencia a algo accidental o a fraude . . voluntario. La historia de un guardabosques de Australia puede objctarse quizás como un error o invención, pero ¿conspira con 61 el ministro metodista de Guinea para engañar al. pública contando la misma historia? La posibilidad de la mistificacidn intencional a no intencional suele quedar descartada cuando las cosas son de tal forma que se. hace una exposicibn simiIar en dos paises remotos por das testigos tales que k vivi6 un siglo antes que B y B no parece haber tenida nunca noticia de A. Quien tan s61o eche una ojeada a las notas a pie de pigina de la presente obra no necesitara mhs pruebas de hasta quk punto son distantes los paises, separadas las fechas, distintos los credos y Ios caracteres de los observadores en el catálogo de los datos sobre la civilizaci6n. Y cuanto mbs rara es la afirmacibn, menos probable es que varias personas en varios lugares puedan haberla hecho equivocadamente. Siendo esto asi, parece razonable juzgar que las exposiciones se hacen en su mayor parte con veracidad y que su estrecha y regular coincidencia se debe a que se recogen los mismos hechos en distintos distritos culturales. Ahora bien, los datos más irnportantcs de la etnografía se garantizan de esta forma. La experiencia lleva al estudioso, al cabo de algún tiempo, a esperar y encontrar que los fenlirnenos culturales, como cons~cuenciade las causas similares que actiian con gran amplitud, deben repetirse una y otra vez en el mundo. Incluso desconfia de las exposiciones aisladas para Ias que no conoce paralelo en otro lugar y aguarda a que su autenticidad se demuestre por dcscripcioncs similares de otra punto del globo o de otro extremo de la historia. De hecho, este medio de autentificacidn es tan fuerte que el etnógrafo, en su biblioteca, puede a veces hacer la presunción de decidir, no sllo si un concreto explorador es un observador honcsto y perspicaz, sino tarnbikn si lo quc narra sc conforma a las reglas generales dc la civilización. .Non quis, scd quid.s Pasaremos ahora de la distribución de la cultura en los distintos paises a su diíusi6n dentro dc estos paises. La cualidad de la especic humana quc m9s ayuda a hacer posible el estudio sistemhtico de la civilizaciOn es el notable acuerdo o consenso tacita que hasta cl morncnio inducc a pohlacinnes entcrac a unirse en cl uso rle la misma Ienfriia, a s c p i r la iniznia religiún y las ~ustiirnhi-cstrar!icioiialcc, a asentarse en cl mismo nivel gcneral de aste y conocimicntos. Este . estado de cosas es el que I-iasta cl momento liacc y o ~ i b l c representar las inrncnsas masas de detalles por unos pocos dalos carac!:ristic~ic, y una vcz asentados, las nuelros casos recogidos por nucvos obhcrva.

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dorcs simplemente ocupan su luear para dcmostrar la cor-rccciiiii dc la clasificaciGn. Sc descubre q u e cxiste tal r e g ~ l a r i d a h e n compola sicihn de las sociedades humanas que podemos no tener en cuenta las diferemias individuSeX y, & este modo, generalizar snbrc las e artes y opiniones de naciones enteras, iguaI que cuando vemos iin ejitrcito desdc una colina nos olvidamos de los saldados intlividuales, quienes de hecho escasamente puedcn distinguirse de la masa, mientras q u e vemns cada regimiento comri un c ~ i c r p o organizado. exteridiCndose o concentr5ndosc, desplaz5ndose avanzando n cn retirada. 'En alguna, ramas del estudio de las leyes sociales es ahora posible pedir ayuda a la estadística y aislar, por medio dc inventaríos clc cohradorcs de impuestos o dc tablas de oficina de seguros, algunas acciones concretas de las comunidades humanas muy enlrcmezcladas. Entre los modernos estudios sobre las leyes de la acci6n humana, ninguno ha tenido un efecto tan profundo como las generalizaciones de M. Quetelet sobre la regularidad, no s610 en materias coma la estatura media y los indicec anudes de nacimientos y deCunciones. sino en la repetición, año tras año, de productos tan oscuros y en apariencia incalcuIables de la vida nacional como las cifras de asesinatos y suicidios, y la proporción dc las mismas armas criminales. Otras cifras llamativas son la regulñridad del niimero de personas que mueren accidentalmente en las calles de Londres g del nrirnero de cartas sin direcci6n que se depositan cn 30s buzones de correos. Pcro al examinar la cultura de las razas inferiores, lejos de poder disponer de los datos aritméticos cuantificados de la moderna estadística, tenemos que juzgar la situaci6n de las tribus a partir de las descripciones imperfectas que prcporcionan los viajeros o los misioneros, o incluso razonar sobre las reliquias de las razas prehistdricas cuyos mismos nombres y lenguas se ignoran sin la menor esperanza. Ahora bien, a primera vista, puetlen parecer materiales tristemente incornplctas y poca prometedores para la investigaci6n científica. Pero, de hecho, no son ni inconcretos n poco prometedores, sino que proporcionan datos que son villidos y i concretos dentro de sus limites. Son datos que, por la forma diferenciada en que denotan la situación de la tribu a que corrcspondcn, reaImente soportan la comparación con los productos de la esladise tica. E hccha es que una punta d e flecha de piedra, un bastún 1 . tallado, un ídolo, un monticulri funerario en que se han enterrado esclavos y propicdades para uso del difunto. una descripci6n de los \ . sitos de un hechicero para provocar la lluvia, una tabla dc nurnerales, la con jueaciún de un vcrbo. son coqas q u e por sí solas maniriestan Ia situación de un puebIo cn un punto concrcto de la cultura con tanta
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veracidad como Ios números tabulados [le falleclmientas por venenos y de cajas d c té importadas manifiestan. de Coma diferenic. otros resuItados parciales de la vida general dc toda una comunirlnd. Que toda una nacihn tcnga un traje especial, armas y kier~arnientas especiales, leyes especiales sobre el matrimonio y la propiedad, doctrina refigiosa p moral especial, constituve un hecho destacahle quc apreciarnos muy poco parqnie pasamos toda nriestra ticla e n medio

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de ~ I l o sLa ctnoprriría tiene quc ocuparse c<pccíalmcnte (11- t:il~,-uiali. darlcs gcncralcs de 13s masas d e 1iunil-ir.e~o r p n i 7 : i ~ l ~ t s . ci;:ir::i [i!), S.,L mientras sc p ~ ~ ~ ~ í l lsnbl-z la cuI~ut-a u n a tidibu r i r!c unn narión l7ii. {le y se dejan de lado Ins pecriliaridadci dc los indivir!iio.; q l i c In cnmponen por tener poca impciriancia para cl rcsuliatio pi-incipni. debemos tener cuidado en no oli~idar lu que cornpurir c\tr! rcsultcir:~ principal. Hay personas tan absortas cn las distintas iitlas rlc !os Individuos que no pueden comprender la nociun ~ l c nccibn dc 13 13 cornrrniriad como conjuntci; tal observador, incapaz de iinn visihn ai-iiplia de la sociedad, sc describe pcrrectanicnle con cl rliclici c!c que ~ I O Sárboles no le dcjan ver el bnsqucn. Pcru, por utrn ~iart:', cl tilusofo puede estar t a n absorta c n s u s lcycs gencrnlcs rlc ln c7i:cilirlad como para olvjdarsc de 105 actorcs indirirluaIci r1:i.c cnrnpcii3cn 13 sociedad, y d e Cl prictfr: decirse quc c bosquc no le deja vtr los l Arboles. Sabcmos corno las artcs, las costumbres y las idenq se conforman entsc nosotros por la accibn combinada de muchoq indívi. duos, los motivos y los efectos de cuyas acciones sueleii aparecer completamente diferenciados a nuestra vista. La historia de un inrento, una opinibn o una ceremonia es la historia de la sugerenciri y la modificación, el estimulo y la nposición, el bcncficio personal y el prejuicio partidista, y en Ia que los individiios implicados actuan cada uno semrn sus propias niotivaciones, determinndns por sil carricter y circunstancins. De este niodo, a vcccs obccrvnrnoq a in~liii:!i?i,s que actúan por sus propios fines sin tener muy en cuenta s u s cfccto.; a la larga sobrc la sociedad, y a veces teilemos qr:c cstudi:ir rnm I mientos del conjunto de la vida nacional, dondr los individuos que coopcran en ellos qucdan por completo fuera de nuestra obqer~acfon. Pero considerando que la acción social colectiva es la mera resultante dc muchas üccioncs individuales, resulta claro que estos dos mCtodus de invcstipacilin, si se siguen correctamente, deben ser absolutamente

cohcrcntcs. M estudiar la repctición de las cost~imbreso las irleaq concretas en distintos distritos, así coma su prcbalecencia dentro de cada klistrito, aparecen ante nusutros piiiebas quc se repiten constantcmente de la causacibn regular q u c da lugar r i 10s l c n ~ r n c n o sdc 3 3 vida humana, y de las leyes de mantcnimicnto y dir~isiúns t . ~ í i nla? cuales cstos fenémenos se estableccn en forn-iü dc coii~liciuncsi-rorqmales permanentes de la sociedad en los concrcios estadios dc 13 cultura. Pero, si bien concedemos toda su importancia a 10s dato.; relativos a estas condiciones norinalcs de la sociedad, debemos tener cuiclnclo en evitar el pclipro que puedc atrapar n1 estudioso incauto. Desde luego, Ins upinioncs y los hribitos qite pertenecen en comun a las masas de la humanidad son en gran medida eI resultado de u 1 1 juicio correcto y una sabiduria práctica. Pero en gran medida no es así. Que muy numerosas sociedades humanas Iinyaii creidn en la influencia del mal de ojo y la existencia d e l a bú~ctlncclcrtc, i i a ~ n n sacrificado esclavos y bicncs a los espiritus rlc los tici;ip3r~ci~lci... havan traspasado tradiciones sobrc gigantes que rnntnri 1non .;t riin5 i ' hombrcs quc sc convierten en bcctins, tudo c s ~ op~icrlcco<trLsci.ii.

Tylor, E. B. (1975). La ciencia de la cultura. En Kahn, J. S. (Comp.), El concepto de cultura (pp. 29-46). Barcelona: Anagrama.

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, ' n z ~ i n a I ~ l ~ . r i ~ cqtlc fuc prndiicirlo cn loi cntctlrEimicntoq dc los iilc tioriibrt-s poi. caiisnr; cficientcs, psrci n o S S rnznnable sostcncr qiic ' 1: :i : c l q r l L L I L ~ ~ ~ I O Iw:in t ~ e n ~ f ~ c t o sEas , creencias correctas y la ? os 1irslori;i :iulcnlic;i. E5lo parccc :r prirncra viqta una prro-rull;ida, ~ ' c r l j , rlc I i c ~ l i c icrs ln iicyación rlc uiin ra1:icin qiic nfrcta prrifunda1 i i r ~ i t c cnii~ndrrnicntci al rle iuda la hiirn~atiidnd,con cxccpcibn dc u n a pequefia rninoriü critica. En términos pnpuliircs, lo que dicc todo el mundo debe ser cierro, lo que hace iodo e l niundo debe cstac bien - d l u u d ubiquc, quod scrnpcr, guod ab omrtibus crcd~turnc s t , hoc crt vere propricqucbCatholicumir-, ctcéicra. Existen divcrsos rOpicos,

c s p c c i a l m ~ n tcii I R historia, el dcrccliu, la IiIosolía y la tcolligin, en ~ q u c incluso Ins pcrconas cducadas cntrc Iaq q ~ t c irnos clifícilmcnrc TI\ Il~:!~in 3 v c r quc 13. C ~ U S ~ I T quc lo? hnil-ibrcs sostienen iina ripipor n ~ ; c ~ ro i pi'nclicaii t ~ n ncoqturnbre, no cnnstituyc ncccsariari~cntcuiia I .izrin I ~ C Fli:ii..l qile t e n ~ a q u c I ~ x c r l n t~ a\i. Aliorn Iiicn, las colecciones [Ir, rl;iTrii c.liic~rr';ifico< poncti tan dc~iac;idnmcntca la vista quc el L i i rlc iiii-ticnsnq niultiturlcq clc humhrcs sobre deicrminadas i i arliciunc\, c i ccncias y usoi snn pcculinrmeritc susceptibles dc ser t~iiIiza(l~s col110 dciensa dirccta tic cst:as mismas instituciones, q u e incluso las sintiwns naciorics barbaras soii convcnctdns para quc mantengan sus opiniones contra las llamadas ideas modernas. Como personalmcnte me ha ocurrido mas de una vez encontrar que mis colecci~ncs tradiciones y creencias se institucionalixan para probar dc su propia vcrdnd objetiva, sin un adecuado cxamen de las razones por las quc renlmcntc fueron recibidas, aprovecIio csta ocnsibn para Iiricrr notiir q ~ i c misma argurnentnci6n sime igualmente bicn para la rlcniustiai-, con cl fuerte y amplio consentimiento dc las naciones, ~ I I C licrsa cs pIana y que la visita dcl demonio cs una pesarlilla. la ifabicndo clcmostrrido que 10s detnllec de la cultura pueden clasjficarsc rn gran número de grupos ctno~frficos,de artes, creencias, costumbres y dernhs. aparece la siguiente consideracibn de hasta quE punto los 11cchos arganizados en cstos Fnipoc se han producido cvolucicinando unos de otros. Escasamente es ncceaario dccir quc los grupos cn cuestiiin, aunque se mantienen unidos por un carhctcr comun, dc ninguna manera cstdn exactamente definidos. Volviendo a tomar el cjrrnpln de In Iiistnria natural, puede dccirsc que hav espcC ~ C F qtle tienden R ditidirsc rápidamente en variedades. Y cuando . . , q ~ i Crclncioncs riencn C F t m grupos lino? con otros, \.ilc' ; L.~.,,.LII\.: ! c~ itTcn:~.qiie t.1 cqtiicliriso tlc loz habiio.; dc ln humanidad ticne una :R:-,3~i i,-nt;iiri vjlirr c) cszudiu\o d e Ins cspecics rlc plantas y mimaT c ~ . [111tr(*r ) < r i n i i i r a l i < t n s c5ri plantcacl;i In ciic-tion cIc si 11 tcorin I : clc 1;i cvnliicici!i (Ir una cspccic a otra c.: tina dcscripci&n de lo quin icalrr~c~ntc ocLirr.c. ri un sitnplc r.sqireni:i i d c ; ~ lutif 1~;ii-nla cln~itic:ici611 clc I:ri. c<lir.ric=., cilro 01-igcl~ ha sido rvnlmcntc inrlcpcridicn2r. Pcro rntrc los ~.tiiíigi.a[oi taxiste tia! cucqtivn srihre la posibili~ladde quc nrr FRS CSPCCICS (Ic instrunieiltos, hribitos o crecttcini, Iiayan ercilucionarlv t i n o 5 rle ritsui, purks In cvoluci~indc la cultura la r'cconoce nucslro coiiirci ni ii.iito m:is l ami1inr. Las inccnciones rnec:inicas proporcionan r * i ~ i i ~ p J r i t :? C ' C I I : I C ~ O ' ; c!P~: ~ i l > o drwrrolln qiie n I n 1 n r ~ : isufre 13 ~C tlc
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Tylor, E. B. (1975). La ciencia de la cultura. En Kahn, J. S. (Comp.), El concepto de cultura (pp. 29-46). Barcelona: Anagrama.

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civilizacibn. En Ia historia de las armas de f u e p , se ha pasado de Ia tosca llave de rueda, en que una rueda de acero dentada daba vueltas por medio de un muelle contra un trozo de pirita hasta que una chispa prendía en el cebo, condujo a la invenci6n d e la rnAs Ú t i l IIwc de chispa, dc las que todavía cuclgan algunas en las cocinas de nuestras granjas para que los niños matcn pfijaros en Pu'avidades; la llave de rliispa, con eI tiempo, se convirtib modificada cn la llave de percusibn, que ahora. esti cambiando su antiguo dispositivo para pasar de cargarse por la boca a cargarse por la recámara. El astrolabio medieval se transformb en e1 cuadrante, dcccartado ahora a su vez por los marinos, que utilizan el rnhs delicado scxtantc, y asi pasa la historia de un arte y un instrumento a otro. Salcs ejcrnploc de progresi611 nos son conocidos como historia directa, pero esta nací611 de desarrollo esti tan metida en nuestros entendimientas que por medio de ella reconstruirnos sin escrfipuIos la historia perdida, confiando en los principios generales del pensamiento y la acci6n del hombre como guia para ordenar correctamente los hechos. Tanto si la crbnica explica o guarda silencio al respecto, nadie que compare un asco con, una ballesta dudar& de que la ballesta ha sido una evotuci6a del instrumento más simple. RsI, entre los taladraaores para encender por friccibn, claramente aparece a primera vista que el taladrados que funciona con cuerda o arco es una mejora posterior del instrumento primitivo mds tosco que se hacia girar entre las manos. Esa instructiva clase de ecpecimenes que a veces descubren 10s anticuarios, bronces celtas modelados según el pesado tipo del hacha de piedra, escasamente resultan expUcables si no es como primeros pasos en la transici6n de la edad dc piedra a la edad de bronce, en la que pronto se descubre que el nuevo material es apropiado para un diseño m6s manejable y menos ruinoso. E igualmente en las otras ramas de nuestra historia, una y otra vez se presentan ante la vista series de hechos que pueden disponerse coherentemente unos a continuación de otros en un concreto orden evolutivo, peso que difícilmente pueden invertirse y hacer que sigan el orden cantrario. Tales son, por ejemplo, les datos que hc agregado en un capitulo sobrc cl arte de contar, que tienden a demostrar quc, por 10 menos en este aspecto de la cultura, Ias tribus salvajes han llegado a su situacihn mediante aprendizaje y no por pCrtiida de 10 aprendido, mediante clcvaci6n desde lo inferior m i s bien q u e por depradacihn desde una situaci6n superior. Entre los dates que nos ayudan a rastrear el curso quc ha scgilido realmcntc I n civilizaci~n del mundo, se encucntra 13 gran clase de hecllos que he creido conveniente denominar in~roduciendo tercl mino us~ipervivencia~*. trata de P ~ O C C W S , c ~ ) s t u m b r c ~ , Se opinjo* nes, ctc., que la fuena de T costiimbrc Ila irnnsportndo a una situaa ci6n de la sociedad distinta dc aquelIa en q u e turicron su htigar original y, de eTte modo, sc mantienen como pruebas y ejemplos de la antigua situación cultural a partir de Ia cual ha evolucionado la nuera. Asi, conozco una anciana de Sornersetshire cuvo telar a mano data de I n bpcica anterior a la intrnducción de la ~ l a n s a d e r a~ 0 l a n -

Tylor, E. B. (1975). La ciencia de la cultura. En Kahn, J. S. (Comp.), El concepto de cultura (pp. 29-46). Barcelona: Anagrama.

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te., cuyo noreduco accesorio iiuncn ha api-clirli~Ioa utilizar, y In lic visto tirar su latiradera de maiin a mano rlc la turma i.crtlndri~nn.ieriic cliyi;a, csta anciana no va un sigIo por clciras de su tiempo, sino quc es tin casa dc supcrvivcncia. Tnles ejemplos srieien ~iiicernoc rctroccdcr a lor hhbitos dc hace cicntos r incluso miles de alioc; la fogata de1 solsticio de verano es una supcrvircncia; la cena dc Difuntos los campesinos bretones para los espírituq de los muertos cs una crvivenciri. El simplc mantenirnicnto dc las costumbres antiguas cs una partc de la transición dc 1 antiguo a I nuevo y dc los 0 o npoc cnmbiantcs. Los asuntos scsios dc la sociedad antigua pucden vcrse metarnorfoseados en juegos de las gencracioncs posteriores y S1u i seria5 creencias agotarse en cl folklore infantil, mientras quc las coitumbrcs quc conlini~nnde la vida tic1 virmjo mundo pueden m-, dificarse en Zurmas d r l nuevo mundo, todñvia poderosas para bici1 o para mal. A vcccs los viejos pcnsamicntoc y prficticas brotan dc 1nuevo, para sorpresa d e un mundo que las crcia muertas o rnoriburidas dcstte miicho tiempo antes; en este caso las supen~ivcncias -. b e trnnsiormnn en renacimjcntos, como de forma tan llamativa ha ocurrido ultimamente con la historia dd modcrno espiritualisrno, un asunto muy instructivo dcsde el punta de ~ ' i s t adel ctnbgrafo. De hcclio, cl e s t u d i o dc los frindamentos d e las supervivcncins nu tienc poca importancia prictica, pues Ia mayor parte de I quc o llamamos supersiici¿in esld incluido cn las supcrvivencias y dc esta forma quetia abierta a1 ataque d e su mtis ~nortiilenemigo, Iri explicaciUn raxonada. Sobre todo, insignificantes como son en si mismas la Innyor parte dc las supervivcncias, su estudio es tan efectivo para rastrcar e! curso dc la ei.oliición Iiistúrica, únicamente gracia.; a l cua 1 cc p o ~ i b l ecomprender su significaciiin,que se convicrte en un Duritu vital de la investigación etnografica conseguir una visiiin lo rnk5 clara posibIe dc su naturaleza. Esta irnportnncia debe justificar la t:xtcnsi~n que aquí se dedica al cxarnen de las supcrvivencias, a Partir de juegos. dichos populares, costumbres, supersticinncs y simil ..-,~arcsque puedan servir para sacar a la luz la forma en que funcionan. El progreso, la Jepadacíón, la ~ u p e ~ i ~ c n ce1arenacimicnto, la i , modificación, Iodos ellos son modos de la conexion que mantiene unida la compleja red dc la civilización. K o hace falta mSs que una ojeada a las detrttles tririalcs de nuestra existencia diaria para hacernos pensar quE Iejos estamos de ser rcalnicnte sus crcridares y qué cerca dc ser 10s transmisores y modificadores de Ios productos de las cdades paqadas. Mirande la habitacibn en que vivimos, podcmos cemprohar cufin Icjus está de entenclcr correctamente tan siquiera tcta quien s61o conoce su propio tiempo. A q u i estA la emadresclva~ de Asiria, alli Ia Elcur-de-lis de Anjou, a'lredcdor del techo hay una cornisa can una orla griega, el estilo Luis XIV y su antecesor el Renacimiento se repartcn el espejo. Transformados, traslarlados o mutiIados, tale^ elementos Ilcvan todavía su historia clarnmcnte cstampada sobre rllos; v si la historia m á s lejana todavía es meno.; 15~11 rlc Iccr. no pndcnios aryirncntnr qur. puc?io qiic n n soniris cnp:iccc

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cle distinguirla con claridad, cn conscc~rcncia zilti n o tiay liistoria. Y csto es asi incl11.0 crin 1:is royitic ~ l c rr-+:ir q c c irsan lo5 hombres. Los rabitos de la c t i a q u c t ; ~ ílc los pcsti1lü:c.q n'cii3r.nc< ~ ~ I I . - \ ~ I ; ' I Iinr I

si solos cbnio h a n IIcgado a cle-encrclr cn t:rti

;1'3\i:1.~!ti.;

ri:~!:rii~n;oc;

pero l s alzacuclI~s( b a n r i s ) de los ~ l 2 inri5 inrrlc.siic nri ti-ac!msan 7'1 o i su historia al oju, y resultan absoluiiitlicritr ~ i i ~ ~ l i l i c , i l ill.~ ;,. ii qiii: i ti uno vc las etapas intermedias por las qut: lian dcsccritlicto dcsdc los m5s utiles cuellos anchus, como el qiic Ilct'a hIiiton c n su rctrato, y que recibieron 511 n u l n b r ~d c la <caja dc ciirion* (#bancl-bus.) cn
que solían guardarse. De Iicclie, las libros rlc 11nies que rniic%tran cómo una prenda csccia u mesni6 por etapa\ grndurrlcs jvse transforrnv en otra, ilustrcin con mayor Fuerza y claridad la r1:ituralcza dcl cambio y el crcciniicnto, el renacimiento y la dccnrlcrlcia, q u c se producen año tras ano cn cuestiones mlls iniportnntcs rle 1i: ~ i d n Er: les libros, tambjcn. xemcis a cacla autcir n o si110 L.:I < i r i i i \ i ; i o 110:. . sí misino, sino ociipriiirlo cl lugar q u c Ic correslionde t.n In lii~tori,,; cn cada filósofo, rnatcni:itico, quimico r i priein \c.r:ios VI : r ~ n ~ ~ o n í ! ~ rlc su educacivn: cn Lcil~nir a Descarlcs, en Ilaltrin n 1'1-ie?tlcy, en Miltnn a Homcro. E1 estirdio del lcngiiajc qrriziis ha licclio mi*, que ninggín otro por apartar dc nuestra concepción de Iri cicciiin y e1 pensamierito humanos I n idea d c invencibn azarosa arbi[r.riria, sustituydndola por una teoría de la evolución medtaritc la cooprracibn de los hombres indivisl~ialcs, trwi.5 de proccsos razonilhlcs e intelia g i b l e ~cuando se cunuccri todos las datas. Rudinientaria Lomo todavía es I n ciencia de la cultura, se están volviendo fucrtc.5 10s sintcmas dc quc los renUn~ci~cis pnrcclin n-iis espunt3ncos c. in~i:otivnque dos pucdcn dc~riostrarsc,110 obstniitc, qtic r \ i L t i i ctii-ii;iiL,iicl:~!r~~ cri un campo dc C ; I U S B - C ~ C ' C ~ Lan cicrtamentc cciriio los hcc!ius dc 13 U inecjnica. ;Que sc considera popiilnrmi.~itc i:i,i,, rticl:~c~!:~ii:l;tc'o c incontrolabIe quc los prtiductos de Is imaginacion q u e son los mitos y las fábulas? Sin embargo, cualquier investigación sisteinitica de In mitología, hecha a partir dc un amplia recolección de ciatos, niostrarii con bastante claridad en talcs esfuerzos de la imaginacibn, a la vcz, una cvuluciíin de etapa a etapa y la producibn de una unitorrnidad coma consecuencia de Ia uniformidad de la causa. Aquí, como en todas partes, la espontaneidad inmotivada parece retroceder mas v mhs al refugio rodeado por los ncgroc precintos de la ignorancia; como el asar, quc todnv~amantienc su Iugar cntre el vulpo conlo verdadera causa clc los acantecirnicn~risde otr:i Icirrria i i ~ c r y l i c r i l i l c ~ , mientras que para las personas edrrcadas Iiacc ticri~poquci 110 sip~irfica nada s i nu cs cstn rnisma ignur:iriciri. Sulu c~i:inrlri cl Iioriiiirc i i i i consigue ver Ia conexiUn d c los acorilcciiliicntu> ~ictlclc3 L C L C ~cn 13s nociones de impulsos arbitrarios, caprichos sin causa, a7ar, ahyurdu e indefinida incxplicabilidad. Si los juegos infanliles, la4 coctumbres sin objetivo y las supcr\ticiones absurdas se ~on5idcraiicsponiiineos porqtie nadie pucde decir evactamcnte como aparecen, la d i r n ~ o c i o n puede recosdarnvs el efecto similar que los e.;ce~itticos Iiábilos de una planta de arroz s i h c ~ t r c tuvieran wfirc la filrisofia dc una tr:\iri de piclci rojas. c i i riti-ri caso di5piics~:i a vcl- c i i I,I arinoniri di: i:i

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ii...

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.. . : . c i ~ i clih<toqile unti voluntnd p c i ~ o n a lquc la pohct'nasc, El IWS t s p i i itu. tliccn r c t r i s tcrilogo.; qiou.;, I i i f o totlas las cosas cxccplri
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rw7 siIvc%tre nparcciri por casualidad.

*El Iiri:ii!~rcr. di j r i I\'illicli-n von H~iriiboldt, asiempre riiocia lo qiic c s i i 111 nlcnnce rlc la m:ina ( d r r Mcnscli k n u p f t i~iirncrn n Vor11:it:~lc.iic~ : i . . I . s t a nriciun clc, la continuidad dc la civilizaciúrt contc.: ]:id:! cri n~fiairna no r s n i n p i n principio filosrifico caduco, sino qirc sc. viirT~.r ~ir:icticti por la consideraciiin dc qiic aquellos que dc<c:in enrcndcr sus propias vidas deben conocrr las etapas por la4 q ~ i csus opiniuiics y hhbitns han Jlcjiado a ser lo quc son. Auguslc Conitc eqcnsamcnte subrevalor6 Ia necesidad de este cstudio de 13 er.oliiciÓn cuanclri dechra al principio dc su FIlnsofia Posifiva que
~nirij:una conccpcibn puede cntendcrse cxccpto a travss de su h i s t e riai*, y su trasc acepta ampliatse a la cultura en gencrnl. Confiar en ver la superficie dc la vida moderna y comprendcrln por simple inqpcccicin cs una filosoffa cuya debilidad fficilrncntc puedc compro1nr.r. 1 r n s ~ : i n ~ xri nlmiicn explicando cl trivinl dicho amc lo dijo c iin pajarito)>f.3 little-hird ~ o l d me*), sin cstar cnterrido dc la vieja. C ~ L ~ C I ~ Ct Lleiiyinj e ric los p:íjaros y las bestias, d e la quc el doctor ~l I* ~ Dn<vrin, cn su inlrolduccibn 3 los Crreiiios il'orrirgos, trazB tan razonab1cmcntc sus orig cncs. Los intenios de cxpIicai a la luz de la razbn cosas que ncccsitan la luz de la historia para mostrar su significacikn puedcn ejemplificarse con los comentarios de Blackstonr. Para cl pcinsamicnta dr Rlackctone, c1 dcreclie de los plebeyos rle llcvrir sus bcstias a p ~ s t a ra las tierras comunales ticne su origen y cxplicación cn el ~ i s t e m nfeudal. <Pues cuando los cefiores de los feudos conct.rlían ~ ~ ; i t c c t a de iicrra a Ins nrrcnrlatarios, por servicios rcalis zadri5 (J. PO:- tcnli~;ir,e5tos arrcndatai-ios no podian arar la tirira sin 11,'-11 i k , L.,:. < ii,*iti;ls 110 podían rnaritencrsc sin pastos; y los pastos o r i o p ~ c l i n t irciti~c!:uirsc mAs quc e11 l s baldíos riel señor y en 13 i i c i irl. b c I-nti?cc,ho n o ccrcnciaq rlc ello.; y de Itis otras arl-endaiaiiri.i. Por tn:Itu, ln ley Ilc~rabaanejo cl dcrccIio dc las tierras comui i a l r ~comn alru inseparaihlr dc la conccsi8n dc las tierras; y éstc fuc r l orfgcii clc 12 ti erra t:om iunal li, r t c é l e r a . Aliar-a hicn, aunque nacla hav rle irracional cn ilicacibn, no cst6 de acuerda en a h w l u t o con In Icy teuibnica crra que pre\~afccibcn Inglaterra desde ~nlrc-lloantcc d c 1:i ~~~~~~~~~~i y cuyos residuos nunca lian normanda drsriparecir!n por complctn. En la a n t i F a comunidad dc alden, inclusci la iicrt.3 ciiliivablc, situada en Ins grandes campes cemunalcs ~ r i d : i;i~ r i q t ~salilci en nuestra paiq, n o liiibia pasado a ú n n consi I : ' ~ . : ; .I~:~J;~':,!,::!,*\ ;iislaila<, micntras qur 105 pastos de los barbecho% Y I r > < t.nsii-ril<ii 1 10% bnlclicir: pcrtcnecinir cii comiin a Ins cahczas de { : i r i i l i . i . Tli:~r!c :iqiiclIvs dias, cl cambio dr la propiedad cotnunal a la ini!tridiinl Iin !r;in~fiiriiiado cn sil mayor parlc cstc sistema del r b i c i r i ni~rnclci,jici'ci todavía sc mantienen loq dcrcchos q u e disfruta cl r;iiiipcsinri rlc qire sii gnna~lnpaslc c n la iicrrn comiannl, no como una rcincesicín de1 senor fcudal, sino c n cuentn quc los plcbeyos la POscian nnicq dr. qiic cl scñor rcclarntira 13 prol-iicdad del Saldio. Siemprr r.< p c l i r r r i - % niqlar rinn cosliirnhrc de q i i 5iiiccción a los aconte-

Tylor, E. B. (1975). La ciencia de la cultura. En Kahn, J. S. (Comp.), El concepto de cultura (pp. 29-46). Barcelona: Anagrama.

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cimientos pasados, tratándola romo un hecho aislado del que qe pucde uno deshacer siniplemente mcdiante una explicaci6n plau. siblc. Al llevar a cabo Z gran tarea de la etnografía racional, la invesa tigacirin de las causas que han producido los fen6mcnoc cuIturalcs y Ias Ecyes a que esthn subordinados. es dcscable conseguir un ccqu+ ma tan sistemitico como sca posible de Ia cvoluci6n de esta cultura en sus muchas lineas. En el siguiente capitulo, que trata dcl desarra. 110 de la cullura, se intenta hacer un esbozo dcl curso tc6rico de la civjlizacidn cn la especie liurnana, tal como en conjunto parece concordar mcjor con 10s datos. Al compatar los distintos cstadios de rivj2jzación entre las razas conocidas por la hi~toria,con la ayuda de las deducciones arqueolSgicns hechas a partir de los residuos dc 'las tribus prehistdricas, parccc posible juzgar d c forma aproximada la temprana situaci6n general de1 hombre, que dcsde nuestro punto de vista debe considerarse como una situacibn primitiva, cualesquiera que hayan sida las situaciones anteriores que pucdan haberIa preccrlido. Esta situacidn primitiva hipotctica corresponde en un grado considerable a la de las modernas tribus salvajes, que, a pecar de SU diferencia y distancia, tienen en cornfin ciertos elementos de cirilizaci6n que parecen mantenerse en general de una etapa temprana de la cspecie humana. Si esta hipbtesis es cierta, entoncei, a pesar de la continua interferencia de la degeneracibn, fa principal tendencia de la cuItura desde los origenec a los tiempos modernos ha sido del salvajismo hacia la civilizaci6n. Con el problema de esta relacihn entre la vida salvaje y la civilizada, se relacionan casi todos los milcs dc datos que se tratan en los sucesivos capitulo5JLas supcrvi-r-encias mlturalcs, citaadas a todo lo largo dcl curso de Ios hitos la ci~iIizacibn en cstado de progreso, llenos dc significación para quicncs pueden descifrar sus signos, incluso ahora constituyen cn rnedio dc nosotros monumentos temprarios de1 pensamiento y la vida dc los bhrbaros. Su investigaci6n dicc rnuclio cn favor de la concepción de que los europeos pueden encontrar cntre 3 0 q habitantes dc GroenJandia o los mnories muchos rasgos para reconstruir el cuadro dc sus propios antepasados primitiios. 2 continuaci6n viene el proble, ma del origen del l e n p a j c . Oscuras como siguen estando muchas partes dc este probIema, sus planteamientos mas claros se abren a F invcstigacidn de si el Icnguaje tuvo sus orígenes cn la humania dad en cstado salvaje, y el rcsuItado dc la int7esti~ñciiin que. q c ~ i i n es todos loa datos conecidos, tal debc haber sido cl caso. Partiendo del examcn del arte de cantar, se muestra una consecuencia miicho m:is concreta. Puede afirmarse con conlianza que no sOlo se encuentra este importante artc cn estado rudimentaria cntre Ins tribus salvajcs, sino que datos satisfactorios demuestran q u e la nurneraciún se ha desarrollada por inl,ención racional desdc un cstado inferior hasta aqucl que nosotros poseemos. El examcn de la mitologia que contiene el prirncr volurncn sc ha hecho en su mayor parte desde l a perspectiva espccial, sobrc los datos rccogidos para propósitos cspcciales. de rastrcar la rclnci6n entre los mitos dc las tribus 531-

Tylor, E. B. (1975). La ciencia de la cultura. En Kahn, J. S. (Comp.), El concepto de cultura (pp. 29-46). Barcelona: Anagrama.

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vajes y sus anaIogías en las naciones rn5s civila;idnc. El tema tle td investigacihn va más al15 para demostrar q ~ i clos prin-icros creadores de mitos aparecieron y florecicrori cntrc Iiis Iiordas salvajes, ponie:ndo en pie un arte quc más culturalizndos sucerores contiiiunrían, hasta que sus productos se f o s i l i ~ a z o ncn Ia sirpersticiiin, sc tomar.on equivocadamente por historia, se conformarori y arroparon de no esia, a se dejaron de Iado por extravagancias mentirosas.
QU iris en ninguna otra parte se necesiten m6c 13s concepciones as ampIi; de la evoluci6n histórica que cn el esriidio dc la rcligion. A pesíIr de todo lo que se ha escrito pars que el muntlu sc familiarice con las tenlopias inferiores, las ideas poprilares d e su lugar en la histor ia y de su relación con 10s credos de las nacioncs superiores sigueri siendo de tipo nredievnl. Es hermoso contraponer los diarias d e al! ?nos misioneros con los Ensayos de EiJax MüIIer, y colocar el *JIx . uuiu 3r el ridicula incapaz de apreciacibn quc el cele hostil y cstrccha a prodij: cuntra el brahmanismo, el budismo y cl zoroastrismo, junto a la simpatía católica con que un conocimiento profundo y amplio a puede examinar aquellas fases antiguas y nobles d e l conciencia rc. ilgiosa del hombre; y tampoco por el hecho de que Ia religi6n d e las tribus salvajes pueda ser ruda y primitiva, cn comparacihn con los grandes sistemas asiáticos. eslB situada en iina po~iciónciernasiado baja para merecer interés c incIuso respeto. El problcma ente se sjtúa entre la cornprensihn y la no crimprensiiin. Pocas nas que se entre-men a dominar los principios generaIes d e la S salvaje volverdn nunca a considerarla ridicula, ni su conocin o superfluo para eI resto de la humanidad. Lejos dc ser sus crecn cias y prhcticas un montón de basura de distintas extravagancias, : consistentes y 16gicas en tan alto grado que empiezan si exhi:on bir Ios principios d e su formación y desarro110 en Cuanto se clasifican nnr -, l c - - a psoximadamente que sea; y estos principios se demuestran esencialm ente racionales, aunque operan en las condicio~lcs mentales d e una i; yorancia intensa e inveterada. Con un sentido de la intencián invesi.igadora muy estrechamente emparentado con el de la teología AU C - L 1 U estras dias. me hc puesto n examinar sistemáticamentc cl desarrollo, entre las razas inferiores, de1 animismo; cs decir, la doctrina de lasi almas y los otros seres espirituales en general. M5s dc la mitad de la prcsente obra la ocupa la masa de datos procedentes de todas las p;irtcs del mundo q u e muestran la naturaIeza y la significacibn de este v a n elemento de la filosofía de ln rcliyibn, y rastrcn su transinisión, expansih, restricción y modificaciún a todo lo largo de1 ciIrso de la historia hasta cl centro de nuestro pensamiento moderno1. Ni son de poca importancia práctica las cuestiones q u e tienen que Pdanlearce en tal jntcnto de trazar Ia evoluciiin dc determinados ritos y ccremonias prominentes, costumbrec: tan instructivas coinci los pi'ofundos poderes dc la religión, cuya expresi0n y rcsultada pr8ctico r:onstituyt?TI. Nri obstñnt e, en estas investigaciones, hechas desdc un punto dr vista etnográf i r o m5s bien quc tcol6gic0, h a lrabido poca necesidad . . de en rrar en controversias directas, pcre, par otra parte, me he torna-

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Tylor, E. B. (1975). La ciencia de la cultura. En Kahn, J. S. (Comp.), El concepto de cultura (pp. 29-46). Barcelona: Anagrama.

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Tylor, E. B. (1975). La ciencia de la cultura. En Kahn, J. S. (Comp.), El concepto de cultura (pp. 29-46). Barcelona: Anagrama.

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uri nri.li!~ci ::iritci.inl n scr utilizado cn niicstra invesiigacihn; inuchos c ~ t ~ i d i o s r sc octlpan act~inlrncntedc d a r fol-ni3 a cstc material, aun+ i> cric. pcicu pucdc haberse hccho todavía en comparaciiin con lo que q i r ~ \ c l üpor Iiacri-; y no parece ya cxcesivo decir quc Tos vafros esbozos dc u n a fllosnfia [le la historia de lo5 origerics cstán comcnzando a poncsse a nuestro alcance.

Tylor, E. B. (1975). La ciencia de la cultura. En Kahn, J. S. (Comp.), El concepto de cultura (pp. 29-46). Barcelona: Anagrama.

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