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Bourdieu, P. El Oficio de Sociólogo. Presupuestos epistemológicos. Siglo XXI Argentina (2002)

Bourdieu, P. El Oficio de Sociólogo. Presupuestos epistemológicos. Siglo XXI Argentina (2002)

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Todos los que han escrito sobre los principios de la ciencia han
hablado de la relación estrecha que une a la analogía con las
teorías o las hipótesis. Me parece, sin embargo, que la mayor parte
de ellos ha interpretado equivocadamente la manera en que se
plantea el problema. Ellos presentan las analogías como "auxilia-

* Sería necesario agregar que el recurso de la analogía, aun en su rol de
instrumento de invención de hipótesis, no es fecundo sino cuando se apoya
sobre el esfuerzo para generalizar y trasponer teorías ya establecidas: como
lo señalan M. Cohén y E. Nagel, "el sentimiento confuso de parecido" por el
que comienza psicológicamente el proceso científico conduce "a la hipótesis
de una analogía explícita de estructura o de función" sólo cuando, por el
rodeo de un proceso discursivo, la hipótesis considerada presenta "ciertas analo-
gías estructurales
con otras teorías ya sólidamente constituidas" (M. R. Cohén,
E. Nagel: Art Introduction to Logic and Scientific Method, Routledge & Kegan
Paul, London, 1964, pp. 221-222 [hay edición en español: Introducción a la
lógica y al método científico,
Buenos Aires, Amorrortu, 1969]).

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EL OFICIO DE SOCIÓLOGO'

res" al servicio de la formación de hipótesis (término por medio
del cual se han habituado a designar lo que prefiero llamar teo-
rías) y del progreso de las ciencias. Pero, desde mi punto de vista,
las analogías no son simples "auxiliares" para el establecimiento
de teorías, sino que son parte integrante de teorías que, sin ellas,
estarían completamente desprovistas de valor y serían indignas
de este nombre. Se dice frecuentemente que la analogía guía la
formulación de la teoría, pero que una vez formulada la teoría,
la analogía ha desempeñado su papel y se puede, en consecuencia,
dejarla de lado u olvidarla. Tal descripción del proceso es radical-
mente falsa y frecuentemente peligrosa. Si la física fuera una
ciencia puramente lógica, si su objeto solamente consistiera en
establecer un sistema de proporciones verdaderas y conectadas
lógicamente entre sí, sin que ningún otro rasgo caracterizara su
desarrollo, se podría aceptar esta presentación del problema. Una
vez que se hubiera establecido la teoría y mostrado que conducía,
por medio de una deducción puramente lógica, a las leyes a ex-
plicar, se podría, sin ninguna duda, abandonar el soporte de una
analogía, carente ya de toda significación. Pero si esto fuera así
tampoco hubiera sido necesario utilizar la analogía en la etapa
de formulación de la teoría. Cualquier iluminado puede inventar
una teoría lógicamente satisfactoria para explicar la ley que se
quiera. Se sabe muy bien que no existe por el momento ninguna
teoría física satisfactoria que explique la variación de la resistencia
de un metal en función de la temperatura: ahora bien, no me ha
costado más de un cuarto de hora la teoría que he propuesto en las
páginas precedentes; y sin embargo es, lo sostengo, formalmente
tan satisfactoria como cualquier teoría física. Si la teoría debiera
sólo responder a este criterio, nunca nos faltarían teorías para
explicar las leyes establecidas; un escolar podría, en un día de
trabajo, resolver problemas que, en vano, han preocupado a gene-
raciones de científicos, limitados al proceso vulgar de ensayos y
errores. Lo que "no marcha" * en la teoría que acabo de impro-
visar, lo que hace que sea absurda e indigna de más de un instante
de atención, es precisamente el hecho de que no haga intervenir
ninguna analogía; en la medida en que la analogía no intervenga
en su construcción, la teoría está desprovista de todo valor. [. . . ]

* En las páginas precedentes el autor ha ensayado, a manera de juego,
formalizar un cuerpo de definiciones y de proposiciones que formalmente den
cuenta de un conjunto de leyes experimentales establecidas.

LA CONSTRUCCIÓN DEL OBJETO

279

No hay ninguna dificultad en encontrar una teoría que explique
lógicamente un conjunto de leyes existentes; lo que es difícil es
encontrar una que, a la vez, las explique lógicamente y haga
intervenir a la analogía querida [...]. Considerar que la analogía
es una ayuda para la invención de teorías es tan absurdo como
considerar que la melodía es una ayuda para la composición de
sonatas. Si la música nos exigiera sólo la satisfacción de las leyes
de la armonía y los principios formales de desarrollo, todos nos-
otros seríamos grandes compositores; en realidad es la ausencia
de sentido melódico la que impide que la simple compra de un
manual nos lleve a las cumbres de la aptitud musical.
En mi opinión, la creencia perversa según la cual las analo-
gías no serían otra cosa que una ayuda momentánea para el
descubrimiento de teorías se basa en una representación falsa de
la naturaleza de las teorías. Decía más arriba que es un lugar
común afirmar la importancia de las analogías en la formulación
de las hipótesis y que al término "hipótesis" se lo utiliza habitual-
mente para designar proposiciones (o sistemas de proposiciones)
que prefiero llamar teorías. Corregida de este modo la aserción
es verdadera, pero son muy raros los autores dispuestos a reconocer
que las "hipótesis" de las cuales hablan constituyen en este caso
una clase específica de proposiciones que, en particular, no se
confunde con la clase de proposiciones llamadas leyes; de hecho
existe una gran tentación por considerar que la hipótesis no es sino
una ley de la que aún se carece de prueba.
En este caso se podría considerar con todo derecho que la
analogía es un simple auxiliar en el descubrimiento de las leyes
y que pierde todo su interés cuando la ley ha sido descubierta. En
efecto, una vez propuesto el contenido de la ley a verificar, el mé-
todo destinado a elaborar la prueba de su verdad o su falsedad de
ninguna manera descansa en algún uso de la analogía; si la
"hipótesis" (en el sentido teórico en el que yo la entiendo) fuera
una ley, se podría poner a prueba su verdad, como la de cualquier
otra ley, examinando si las observaciones que se afirma que están
unidas por una relación constante, lo están o no en la realidad.
Según que la prueba sea positiva o negativa, la ley debe ser consi-
derada verdadera o falsa y la analogía no tiene en esto nada que
ver. Si la prueba fuera positiva, la ley será considerada verdadera
aun cuando aparezca ulteriormente que la analogía que la sugirió
es falsa; y si la prueba fuera negativa, la ley será falsa por más
completa y adecuada que pueda parecer la analogía.

280

EL OFICIO DE SOCIÓLOGO'

Pero justamente una teoría no es una ley; no puede, a dife-
rencia de una ley, ser verificada directamente por la experimenta-
ción; y el método que ha sugerido la construcción de una teoría
no es extrinseco a la teoría. En efecto, frecuentemente sucede que
se admite una teoría sin que sea necesario proceder a ninguna
experimentación suplementaria; en la medida en que descansa
sobre experiencias, frecuentemente estas experiencias han sido
hechas y son conocidas mucho antes de que la teoría sea formu-
lada. La ley de Boyle y la leyóle Gay-Lussac eran conocidas antes
que se concibiera la teoría dinámica de los gases; y la teoría fue
aceptada, o en parte aceptada, antes de que otras leyes experimen-
tales, susceptibles de deducirse de ella, fueran establecidas. La
teoría representó en este caso un progreso del conocimiento cien-
tífico que no se desprendía ni de un aumento del capital de cono-
cimientos experimentales ni del establecimiento de leyes nuevas.
Las razones por las que se la aceptó, debido a que aportaba un
conocimiento válido que no estaba contenido en las leyes de Boyle
y de Gay-Lussac, no tenían nada de experimentales. Estas razones
remitían directamente a la analogía que la había sugerido; junto
con la validez de la analogía hubieran desaparecido todas las razo-
nes para admitir la teoría.
La afirmación de que la teoría no es una ley es particular-
mente evidente mando se consideran teorías que contienen nocio-
nes hipotéticas que no están enteramente determinadas por la
experiencia; por ejemplo, nociones como las m, n, x, y, z, de
la teoría dinámica de los gases en su forma más simple. En efecto,
en este caso la teoría establece algo (especialmente proposiciones
que se refieren a nociones consideradas separadamente) que no
podría ser ni refutado ni confirmado por la experiencia; establece
algo que no puede ser pensado como una ley, porque todas las
leyes son siempre susceptibles, si no de una confirmación, por lo
menos de una refutación por la experiencia. Evidentemente se
podría objetar que la posibilidad de considerar que la teoría
no es una ley se aplica al género particular de teoría que se ha
tomado como ejemplo. En el caso límite en que todas las nociones
hipotéticas estuvieran dadas por el "diccionario" (que sirve de
base a la teoría) como conceptos susceptibles de medición, la afir-
mación es mucho menos evidente; en este caso se podría formular,
a propósito de cada una de las nociones hipotéticas, una afirmación
que, aun cuando no sea todavía una ley establecida, pueda ser
confirmada o refutada. [... ] Es necesario, pues, considerar aten-

LA CONSTRUCCIÓN DEL OBJETO

281

tamente los casos en que el diccionario de base pone en relación
las funciones de ciertas nociones hipotéticas (y no de todas) con
conceptos métricos, y en que estas funciones son lo suficientemente
numerosas como para determinar todas las nociones enunciadas por
la hipótesis. Es cierto que aquí se puede formular, a propósito de
cada una de las nociones, proposiciones susceptibles de ser someti-
das a la experiencia. En nuestro ejemplo, si un litro de gas tiene una
masa/volumen de 0,09 gm, cuando la presión es de un millón de
dinas por centímetro cuadrado, entonces, en virtud de este cono-
cimiento experimental, se puede afirmar que v tiene un valor de
1.8 x 10 cm/seg: se puede formular así una afirmación precisa
a propósito de la noción hipotética v, a partir de datos estricta-
mente experimentales. Si el "diccionario" de la teoría mencionara
un número suficiente de funciones para otras nociones, sería
posible realizar afirmaciones experimentales del mismo tipo con
sus temas respectivos. Si una teoría puede reducirse así a una
serie de afirmaciones precisas que remitan a datos experimentales,
¿no debemos considerarla una ley o, por lo menos, como una
proposición que no difiere de la ley desde el punto de vista de su
significación experimental?

Sostengo, sin embargo, que no es así. El sentido (meaning)
de una proposición, o de un conjunto de proposiciones, no se reduce
pura y simplemente al sentido de cualquier formulación que pro-
porciona su equivalente lógico y que puede ser extraída por desim-
plicación. Queda siempre una diferencia de sentido. Y por sentido
de una proposición entiendo las nociones que se movilizan en el
entendimiento cuando se formula la proposición. De este modo,
una teoría puede constituir el equivalente lógico de un conjunto
de proposiciones experimentales y, no obstante, significar algo
completamente diferente; y, en la medida en que es una teoría,
importa más su significación que sus equivalencias lógicas. Si la
equivalencia lógica representara todo lo que está en juego, la teoría
absurda que he improvisado más arriba tendría tanto valor como
cualquier otra; pero es absurda porque no significa nada, es decir,
no evoca ninguna noción si dejamos de lado las leyes que explica.
Para una formulación teórica el poder de movilizar otras nociones
es más importante que su reductibilidad lógica a las leyes que
explica y que no contienen todo lo que ella dice. Las leyes no pre-
tenden decir {mean) más de lo que dicen (assert). En la historia
de la ciencia, frecuentemente las teorías han sido aceptadas y
consideradas de gran valor aun cuando, según la opinión genera-

282

EL OFICIO DE SOCIÓLOGO'

lizada, no fueran completamente verdaderas y no constituyeran
el equivalente estricto de leyes experimentales, por la razón de
que ellas organizan intelectualmente nociones a las que se estima
intrínsecamente válidas.

NORMAN R. CAMPBELL

Physics: the Elements

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