Madre: Hace un año, mañana 31 de enero a las 9:00 hrs.

Me llamó por teléfono Lalo, tu sexto hijo, el menor, mi hermano, para avisarme que te había encontrado muerta en tu cama. Preparé mi ausencia de la imprenta y después de medio día, acompañado de Martha, mi esposa, llegamos a tu casa. Te encontré dentro del féretro. Tu cara expresaba paz y tranquilidad. Cuando Esther, tu tercera hija, mi hermana, que vivía en el mismo terreno, notó que no salías desde temprano de tu casa, como acostumbrabas, te tocó, no contestaste y le llamó a Lalo, quien tiene llaves de tu casa, y así pudieron entrar, pero rompiendo un vidrio de la puerta, porque pusiste seguro por dentro. Después de levantar, vestir y arreglar debes haberte sentido mal y te recostaste. Lalo te encontró en una esquina de la cama, boca arriba y el brazo derecho colgando. En tu regazo estaba Frida, la perrita de Erick, tu nieto, hijo de Jorge, tu segundo hijo, mi hermano. Tu cuerpo aún estaba tibio. Desde mi llegada a tu casa hasta el velorio tuve oportunidad de hablar de ti con varias personas. América, la médico que te estuvo atendiendo en el pasado más reciente me explicó que habías muerto por un paro cardíaco. Recuerdo muy bien que padecías de presión arterial alta, que te estabas medicando para controlarla. Te habían diagnosticado también aumento en el tamaño de tu corazón. Meche, la señora que te ayudaba en la limpieza, fue muy extensa en su plática. Ella estuvo contigo la noche anterior a tu muerte. Estabas preocupada porque te sentías cansada y adormilada. En misa te habías quedado dormida. La médico te dio un medicamento que te provocó más sueño. Además estabas mortificada porque necesitabas un electrocardiograma y no tenías dinero para pagarlo. Yo te había prometido depositarte el dinero, cuando hablaste conmigo una noche antes. Meche me dijo que te gustaba comer lo bueno, lo mejor y el precio no te importaba. Agregó que te sentías muy orgullosa de tener un hijo como yo. También te quejaste del abandono en que te tenían mis demás hermanos. Areli, tu nieta, hija de Paty, tu quinta hija, mi hermana, me dio su versión. Llegó en cuanto se enteró de tu muerte. Te encontró acompañada de Lidia, tu primer hija, mi hermana y Esther tu segunda hija, mi hermana. Quienes intentaban quitarte los anillos que tenías en tus dedos, cosa que impidió.

Areli habló contigo la noche anterior y te quejaste de lo que "alguien te estaba haciendo la vida de cuadritos": las cobijas de uno de tus perros aparecían mojadas cuando tu te ausentabas. Hermino o Luis eran lo posibles sospechosos de la broma de mal gusto. Luis, tu yerno, esposo de Esther, no te hablaba. Hermilo, esposo de Angélica, tu nieta, hija de Esther te había ofendido días antes. Angélica ni Esther no se daban por enterada y no intercedieron para defenderte. Tus últimos días los viviste en un calvario rodeada de gente que te necesitaba pero también te odiaba. Erick manifestó que él iba a darte el dinero necesario para tu electrocardiograma. Ahora que has perdido la vida parece ser que muchos iban a salir en tu auxilio. Tu muerte fue rápida y sorpresiva, como si te hubieras sumergido en un largo y profundo sueño del cual ya no despertaste. Si yo pudiera elegir mi forma de morir escogería la tuya. Cuánta gente muere violentamente o después de largas agonías. Moriste íntegra, fuerte físicamente y mentalmente lúcida. La noche en que te velamos dormí en tu cama. Es un lugar mullido y cálido. No sentí frío. Entre muchas de mis mortificaciones, cuando pensaba en ti, estaba el imaginarme verte sola en tu casa, en tu cama, pasando frío. Después de eso sentí un gran alivio. Llegó mucha gente a tu velorio. No hubo espacio para tantas flores. Una buena parte la llevaron al patio trasero. No me imaginé que te conociera tanta gente. Para la mayoría tu muerte repentina fue una sorpresa, te veías tan bien. Fuiste enterrada en la misma tumba de tu esposo Francisco Vega Pacheco, mi padre, en Xochitepec. Me enteré de parte de Areli que tu no querías ser enterrada tan lejos de los tuyos, pero nadie, excepto Esther hizo algo para elegir el lugar donde tus restos mortales descansaran. Al retornar a tu casa todos tus hijos, mis hermanos, hicimos un pacto: olvidaríamos todo lo sucedido en la relación contigo y los demás, para bien o para mal, y haríamos todo lo necesario para mantener una relación franca y cordial entre nosotros. Y así ha sido. Cada mes nos reunimos para atender los asuntos que dejaste pendiente, tus deudas, tu falta de testamento. En la última reunión Lalo, que es quien lleva el control de los ingresos y gastos nos informó que se había terminado de pagar el último préstamo que pediste. Lo que se recolecta por las rentas de Angélica, Luis y Javier se va a destinar en el futuro para rehabilitar el aplanado de las paredes. Vamos a intentar rentar tu casa para oficinas. ¿Te imaginas que todo esto hubiera sucedido cuando vivías? Pero no, cada hijo se encerró en su propia problemática y tu viviste sola y limitada económicamente los últimos días de tu existencia. "Qué ironía".

En las reuniones de tus hijos, mis hermanos, también nos platicamos la forma como la vida nos trata. En las últimas visitas que te hice, acompañado de Martha, mi esposa, nos regalaste platos, cucharas, ollas, cacerolas, adornos... Casi estoy seguro que tu ya presentías tu muerte y quisiste dejar un recuerdo duradero. Lo lograste... Desde tu partida usamos la vajilla que nos diste. Todavía ahora, cuando el teléfono de la imprenta suena después de las 19:00 hrs., que es la hora en que acostumbrabas llamarme, quisiera escuchar: "¿Ola Manolito... Cómo estás?" y esa llamada ya nunca volverá a ser la tuya. Qué gran pesar oprime mi corazón al no poder escucharte más. Yo nunca pensé que tu ausencia definitiva me fuera a provocar tal pesar. La oportunidad de convivir más contigo había terminado. No más contactos, no más comunicación. Que lamentable. Creemos que vamos a vivir por siempre. No tienes idea lo importante que fuiste en mi vida. Tus atenciones y cariño son parte fundamental de la forma como enfrento la vida, soy un individuo seguro de mi mismo. Es la mejor herencia que pude haber recibido. Manuel Vega Velázquez, tu hijo consentido.

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