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Martin Lutero

A LA NOBLEZA CRISTIANA DE LA NACIÓN ALEMANA ACERCA


DE LA REFORMA DE LA CONDICIÓN CRISTIANA (1520)
[Nota: texto escaneado a partir de la edición: Martin Lutero, Escritos políticos, Tecnos, Madrid,
2001, pp. 3-20.]

Este manifiesto An den christlichen Adel der deutschen Nation von des christlichen Standes
Besserung es el primero de los tres grandes escritos reformadores de 1520. Lutero se dirige a las au-
toridades seculares, porque ya no acepta la tesis medieval de la superioridad del orden eclesiástico
sobre el laico, ya que «todos los cristianos pertenecen, en verdad, al mismo orden y no hay entre
ellos ninguna diferencia excepto la del cargo» (WA 6, 407).
Este escrito debe situarse en la perspectiva de los agravios (gravamina) y de la necesidad de re-
formas, que desde hacía años preocupaba a los alemanes. Lutero ofrece unas propuestas de reforma
muy detalladas, después de haber atacado las tres murallas que los «romanistas» se habían construi-
do: 1) la superioridad del poder eclesiástico, 2) el monopolio de la interpretación de la Escritura, y 3)
la supremacía del papa sobre el concilio.
An den christlichen Adel... se publicó hacia el 12 de agosto de 1520 y en una semana se agotó la
primera edición de 4.000 ejemplares. Pocos escritos de Lutero tuvieron tanta influencia en la opinión
pública alemana.
Al manifiesto le seguirían los otros dos grandes escritos de 1520: De captivitate Babylonica ec-
clesia praeludium (La cautividad babilónica de la iglesia), en Werke, WA 6, 997-573 y Von der
Freiheit eines Christenmenschen (La libertad del cristiano), en Werke, WA 7, 20-38.
En De captivitate Babylonica... aborda Lutero la reforma de la teología, especialmente la doctri-
na de los sacramentos. Reduce los sacramentos de siete a tres y en la doctrina de la eucaristía comba-
te los tres «cautiverios»: 1) el robo a los laicos de una de las especies (vino-sangre), 2) la doctrina de
la transubstanciación, y 3) la idea de que la misa es una buena obra y un sacrificio.
En Von der Freiheit eines Christenmenschen ofrece Lutero una síntesis de la vida cristiana, del
cristiano como ser libre, basada en su tesis fundamental de la dualidad del cristiano: «el cristiano
consta de dos naturalezas, la espiritual y la corporal. Atendiendo al alma, es denominado hombre es-
piritual, nuevo, interior; se le llama hombre corporal, viejo y exterior en relación con la carne y la
sangre» (WA 7, 20).
El texto de An den christlichen Adel der deutschen Nation von des christlichen Standes Besse-
rung está en la edición de Weimar (WA), vol. 6, 404-469. La traducción sigue este texto, pp. 404-415
(es decir, la primera parte, antes de las propuestas concretas de reforma).

JESÚS

Al venerable y digno señor Nikolaus von Amsdorf1, licenciado en Sagrada Escritura, canónigo de
Wittenberg, amigo mío especialmente benevolente.
Dr. Martinus Luther.

¡La gracia y la paz de Dios, ante todo, venerable, digno y estimado señor y amigo!
Ya ha pasado el tiempo del silencio y ha llegado el tiempo de hablar, como dice el Eclesiastés2.
De acuerdo con nuestro propósito he reunido algunas propuestas referentes a la mejora del orden
cristiano para presentarlas a la nobleza cristiana de la nación alemana, por si Dios quiere ayudar a su
iglesia mediante el orden seglar, pues el orden eclesiástico, al que con mayor razón corresponde, se
ha convertido totalmente en indigno para semejante tarea. Envío todo esto a su Excelencia para que
lo juzgue y, si es preciso, lo corrija. Me hago cargo de que no dejarán de reprenderme por atreverme
1
Nicolas con Amsdorff (1483-1565), profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Witten-
berg. Acompañó a Lutero en la disputa de Leipzig contra Eck (1519) y a la Dieta de Worms (1521).
2
Vid. Eclesiastés 3, 7.
yo a tanto, un hombre despreciable y apartado del mundo, por atreverme a dirigirme a tan magnos y
elevados estamentos en asuntos tan graves e importantes, como si no hubiera en el mundo nadie más
que el doctor Lutero para preocuparse por la condición cristiana y para dar consejos a gentes tan ex-
traordinariamente inteligentes. No pido disculpas, que me reprenda quien quiera. Quizá sea todavía
deudor a mi Dios y al mundo de una necedad; me he propuesto ahora, si lo logro, saldarla honrada-
mente, pasando incluso por bufón. Si no tengo éxito me queda aún una ventaja: nadie tendrá que
comprarme una capucha ni regalarme un peine3. Todavía está por ver quién le pone los cascabeles a
quién. Debo cumplir con el refrán: «En todo lo que el mundo hace debe estar presente un monje,
aunque hubiera que pintarlo»4. Muchas veces ha hablado un tonto con sabiduría y muchas otras per-
sonas listas han hecho el tonto groseramente, como dice Pablo: «El que quiera ser listo, vuélvase ne-
cio»5. Además, como no sólo soy necio sino también un doctor en Sagrada Escritura con juramento,
estoy contento de la oportunidad que se me presenta de responder a mi juramento de una manera ne-
cia. Os ruego que me disculpéis ante los medianamente inteligentes, pues sé que no merezco la gra-
cia y la benevolencia de los muy inteligentes, que con tanto empeño he buscado con frecuencia: de
ahora en adelante no las quiero tener ni quiero tampoco tomarlas en consideración. Dios nos ayude a
no buscar nuestra honra sino sólo la suya. Amén.
Wittenberg, en el convento de los Agustinos, la víspera de San Juan Bautista del año 1520.

A la Serenísima y Muy poderosa Majestad Imperial y a la Nobleza cristiana de la nación alemana.


D. Martinus Luther.

¡Ante todo, la gracia y la fuerza de Dios! ¡Serenísima Majestad! ¡Muy graciosos y queridos se-
ñores!
No ha ocurrido por mera curiosidad ni por desatino que yo, un pobre hombre particular, me haya
atrevido a hablar a vuestras altas Dignidades: la miseria y las cargas que oprimen a todos los órdenes
de la cristiandad, especialmente a los territorios alemanes, han movido a otros, no sólo a mí, a gritar
en muchas ocasiones y a pedir ayuda; ahora también me han obligado a mí a gritar y a clamar que
Dios quiera dar a alguien el espíritu para que socorra a esta miserable nación. Algo han intentado va-
rios Concilios6, pero esos intentos han sido obstaculizados por la astucia de algunos hombres y la si-
tuación ha empeorado; la maldad y la perfidia de esos hombres pienso examinarlas ahora —Dios me
ayude— para que, una vez conocidas, no puedan ser en lo sucesivo tan dañinas y perturbadoras.
Dios nos ha dado como Cabeza una sangre noble y joven, despertando con ello muchos corazones a
una buena y grande esperanza; nos corresponderá a nosotros contribuir con lo nuestro y usar con
provecho el tiempo y la gracia.
Lo primero que tenemos que hacer en este asunto es, antes que nada, proveernos de gran serie-
dad y no emprender nada con la confianza puesta en una gran fuerza o en la razón, aunque el poder
de todo el mundo fuera nuestro, pues Dios no puede ni quiere tolerar que se comience una buena
obra con la confianza puesta en la propia fuerza y razón. Dios la echaría al suelo y nada se podría ha-
cer, como dice el Salmo 33, 16: «No vence el rey por su gran ejército, no escapa el soldado por su
mucha fuerza». Y es por este motivo, me temo yo, por lo que sucedió hace años que fieles príncipes
como el emperador Federico I y el otro Federico7, así como otros muchos emperadores alemanes,
fueran pisoteados y oprimidos de manera tan lamentable por los papas, aunque el mundo los temía;
quizá confiaron más en su poder que en Dios y por ello tuvieron que caer. Y en nuestra época, ¿qué
otra cosa ha elevado tan alto al ebrio de sangre, Julio II8, sino, presiento yo, el que Francia, los ale-

3
Como fraile, Lutero llevaba capucha y tonsura.
4
Alusión al dicho monacus semper praesens o quidquid agit mundus monachus vult esse secundus: se
encuentra en Muziano (1471-1526) como título de una poesía y también en un sermón de Geiler von Kar-
serberg (1445-1510).
5
Vid. 1 Corintios 3, 18.
6
Concilios reformadores fueron el de Constanza (1414-18), el de Basilea (1431-49) y el 5.° Lateranense
(1512-17).
7
Federico I Barbarroja (1152-1190) acordó en 1176, después de la batalla de Legnano, una paz poco ven-
tajosa con el papa Alejandro III. Federico II (1212-1250) no salió triunfante de su lucha con el papado.
8
Julio II (1503-1513), más guerrero que eclesiástico, había formado la liga de Cambrai en 1508 contra
Venecia y la Liga Santa en 1512 contra Francia.
manes y Venecia se han apoyado en sí mismos? Los benjaminitas derrotaron a cuarenta y dos mil is-
raelitas porque éstos habían confiado en su propia fuerza9.
Para que no nos suceda lo mismo con este noble Carlos debemos estar conscientes de que en
este asunto no tratamos con hombres sino con los príncipes del infierno, que a gusto llenarían el
mundo de guerras y sangre sin dejarse superar. Aquí hay que emprender la tarea con humilde con-
fianza en Dios, renunciando a la fuerza física, y hay que buscar la ayuda de Dios mediante profundas
oraciones, no teniendo ante los ojos nada más que la miseria y el dolor de la desventurada cristian-
dad y sin tomar en consideración lo que la gente mala haya merecido; si no lo hacemos así, el juego
se iniciará con gran apariencia, pero, cuando se avance, los espíritus malos causarán tal confusión
que el mundo entero nadaría en sangre y sin haberse logrado, no obstante, nada. Procedamos, por
tanto, con el temor de Dios y con sabiduría. Cuanto mayor es el poder mayor es la desgracia si no se
actúa en el temor de Dios y con humildad. Si los papas y los romanos han podido confundir hasta
ahora a los reyes entre sí con la ayuda del diablo, lo pueden seguir haciendo si procedemos con nues-
tra fuerza y nuestra capacidad y sin la ayuda de Dios.
Los romanistas10 se han rodeado, con gran habilidad, de tres murallas con las que, hasta ahora,
se han defendido de que nadie los pueda reformar, por lo que la cristiandad entera ha caído terrible-
mente. En primer lugar: cuando se les ha presionado con el poder secular han establecido y procla-
mado que el poder secular no tiene ningún derecho sobre ellos sino que, antes al contrario, es el po-
der espiritual quien está por encima del secular. En segundo lugar: si se les quiere censurar con la
Sagrada Escritura responden que nadie, excepto el papa, tiene capacidad para interpretar la Escritura.
En tercer lugar: cuando se les amenaza con un concilio, pretextan que nadie puede convocar un con-
cilio, excepto el papa. Así que nos han robado subrepticiamente los tres látigos para poder quedarse
ellos sin castigo y se han situado en la segura fortificación de estas tres murallas para practicar todas
las villanías y maldades que ahora estamos viendo. Y cuando tuvieron que celebrar un concilio 11 de-
bilitaron su eficacia previamente, pues los príncipes se comprometieron bajo juramento a dejarlos
como estaban, dando además todo el poder al papa sobre la regulación del concilio; por esta razón da
igual que haya muchos concilios o que no haya ninguno, prescindiendo de que siempre nos engañan
con ficciones y filigranas. Tanto temen por su pellejo a un concilio libre y verdadero que han intimi-
dado a reyes y príncipes para que crean que sería contra Dios el no obedecerles a ellos en todas sus
astutas y maliciosas fantasmagorías. Que Dios nos ayude ahora y nos conceda una de las trompetas
con que se derribaron las murallas de Jericó 12 para que derribemos de un soplo también estas mura-
llas de paja y de papel y nos ayude a desatar los látigos cristianos para castigar el pecado y a revelar
la astucia y el engaño del demonio para que nos perfeccionemos mediante el castigo y recuperemos
su clemencia.
Ataquemos, en primer lugar, la primera muralla.
Se han inventado que el papa, los obispos, los sacerdotes y los habitantes de los conventos se de-
nominan el orden eclesiástico (geistlich) y que los príncipes, los señores, los artesanos y los campe-
sinos forman el orden seglar (weltlich), lo cual es una sutil y brillante fantasía; pero nadie debe apo-
carse por ello por la siguiente razón: todos los cristianos pertenecen en verdad al mismo orden y no
hay entre ellos ninguna diferencia excepto la del cargo, como dice Pablo (1 Corintios 12, 12 y s.): to-
dos juntos somos un cuerpo, pero cada miembro tiene su propia función con la que sirve a los otros;
esto resulta del hecho de que tenemos un solo bautismo, un solo Evangelio, una sola fe y somos cris-
tianos iguales, pues el bautismo, el Evangelio y la fe son los únicos que convierten a los hombres en
eclesiásticos y cristianos. El hecho de que el papa o el obispo unja, haga la tonsura, ordene, consa-
gre, vista de manera diferente al laico, puede convertir a uno en un hipócrita y en un pasmarote, pero
no puede hacer nunca un cristiano ni un hombre eclesiástico. Por ello, todos nosotros somos ordena-
dos sacerdotes por el bautismo, como dice San Pedro en 1 Pedro 2, 9: «Vosotros, en cambio, sois li-
naje elegido, sacerdocio real, nación consagrada» y el Apocalipsis: «Hiciste de ellos linaje real y sa-
cerdotes para nuestro Dios»13. Si no existiera en nosotros una consagración más alta que la que da el

9
Vid. Jueces 20, 21. El texto bíblico dice 20.000.
10
Así llama Lutero a los partidarios y defensores de la soberanía papal. La idea de las 3 murallas está en
la Eneida de Virgilio, VI, 549. También el Vadiscus oder die römische Dreifaltigkeit de Ulrich von Hutten
(1488-1523).
11
El 5.° Concilio Lateranense (1512-17) no realizó sus proyectos de reforma.
12
Vid. Josué 6, 20.
13
Vid. Apocalipsis 5, 10.
papa o el obispo nunca jamás se haría un sacerdote por la consagración por el papa y por el obispo y
no se podría celebrar la misa ni predicar ni confesar.
Por esta razón, la consagración por el obispo no es nada más que la elección por él de uno de en-
tre la multitud, en lugar y en nombre de la asamblea —todos ellos tienen el mismo poder— al que le
ordena ejercer ese mismo poder para los demás; de igual manera que si diez hermanos, hijos del rey,
herederos por igual, eligieran a uno para que gobernara la herencia por ellos: todos ellos serían reyes
y con igual poder, y, sin embargo, se encomienda a uno su administración. Lo digo todavía con ma-
yor claridad: si un grupo de cristianos seglares piadosos fueran hechos prisioneros y los llevaran a un
desierto y no tuvieran entre ellos ningún sacerdote ordenado por un obispo y, de común acuerdo, eli-
gieran a uno, casado o no, y le encomendaran el ministerio de bautizar, celebrar misa, confesar y pre-
dicar, sería un verdadero sacerdote como si lo hubieran consagrado todos los obispos y papas. De
aquí que, en caso de necesidad, cualquiera puede bautizar y confesar, lo que no sería posible si no
fuéramos todos nosotros sacerdotes. Esta gracia y este poder tan grandes del bautismo y de la condi-
ción cristiana nos los han destruido totalmente y nos han hecho que los desconozcamos con el dere-
cho canónico. Era así como hace tiempo los cristianos elegían a sus obispos y sacerdotes de entre la
multitud, y éstos eran posteriormente confirmados por otros obispos sin toda la ostentación que reina
ahora. Así fueron obispos San Agustín, Ambrosio, Cipriano14.
Ahora que el poder secular está bautizado igual que nosotros y tiene la misma fe y el mismo
Evangelio debemos dejarles ser sacerdotes y obispos y debemos considerar su oficio como un minis-
terio que pertenece y sirve a la comunidad cristiana. Pues quien ha salido del bautismo puede glo-
riarse de estar consagrado sacerdote, obispo y papa, aunque no corresponda a cualquiera desempeñar
tal cargo. Ya que todos nosotros somos igualmente sacerdotes, nadie debe darse importancia y atre-
verse a desempeñar ese cargo sin nuestro consentimiento y nuestra elección, pues todos tenemos
igual poder; lo que es común nadie puede tomarlo por sí mismo sin la voluntad y mandato de la co-
munidad. Y si ocurriera que alguien fuera elegido para este cargo y fuera destituido por sus abusos
estaría entonces igual que antes. Por ello, en la cristiandad un orden sacerdotal no debería ser otra
cosa que un cargo: mientras está en el cargo, va delante; si es destituido es un campesino o un ciuda-
dano como los demás. Es igualmente verdad que si un sacerdote es destituido ya no es sacerdote.
Pero ellos se han inventado los characteres indelebiles15 y dicen la tontería de que un sacerdote des-
tituido es, sin embargo, diferente a un simple laico. Sí, ellos sueñan que un sacerdote nunca puede
dejar de ser sacerdote, que no puede convertirse en seglar; todo esto son leyes y habladurías inventa-
das por los hombres.
Se sigue de aquí que seglares, sacerdotes, príncipes, obispos y, como dicen ellos, «eclesiásticos»
y «seglares» no tienen en el fondo, verdaderamente, ninguna otra diferencia que la del cargo o fun-
ción y no se diferencian por su condición, pues todos pertenecen al mismo orden, como verdaderos
sacerdotes, obispos y papas, pero no pertenecen a una única y la misma función, del mismo modo
que tampoco entre los sacerdotes y los monjes tienen todos una única y la misma función. Y esto está
en San Pablo (Romanos 12, 4 y s. y 1 Corintios 12, 12 y s.) y en Pedro (1 Pedro 2, 9), como he dicho
antes: que todos nosotros somos un solo cuerpo de la cabeza, Jesucristo, y cada uno es miembro del
otro. Cristo no tiene dos cuerpos, uno seglar y otro eclesiástico; es una sola cabeza y tiene un solo
cuerpo.
Aunque ahora se les llama eclesiásticos o sacerdotes, obispos o papas, tampoco están separados
de los demás cristianos y no tienen mayor dignidad que la de tener que administrar la palabra de
Dios y los sacramentos; ésta es su función y su cargo; la autoridad secular tiene en su mano la es-
pada y el látigo para castigar a los malos y para proteger a los buenos. Un zapatero, un herrero, un
campesino, todos tienen la función y el cargo de su oficio y, no obstante, todos están por igual consa-
grados sacerdotes y obispos y todos deben servir y ser útiles con su cargo o función a los demás, de
manera que todas esas diferentes funciones están dirigidas a una comunidad para favorecer el cuerpo
y el alma, de la misma manera que cada uno de los miembros del cuerpo sirve a los otros.
Mira ahora con qué espíritu cristiano se ha dicho y establecido que la autoridad secular no está
por encima de los eclesiásticos y que tampoco puede castigarlos. Esto quiere decir tanto como que la
mano no puede hacer nada si el ojo sufre una gran calamidad. ¿No es antinatural, por no decir anti-
cristiano, que un miembro no ayude al otro, que no lo defienda de su ruina? Sí, cuanto más noble es
14
Agustín, obispo de Hipona, padre de la iglesia latina (354-430); Ambrosio, obispo de Milán, padre de la
iglesia latina (340-397); Cipriano, obispo de Cartago (hacia 210-258).
15
Carácter indeleble, imborrable. Según la doctrina católica los sacramentos del bautismo, confirmación y
orden imprimen carácter, un sello imborrable.
el miembro más deben ayudarle los otros. Por ello digo yo que, puesto que el poder secular está or-
denado por Dios para castigar a los malos y proteger a los buenos, hay que dejarle desempeñar su
cargo libremente, sin impedimentos, en todo el cuerpo de la cristiandad sin tomar en consideración a
las personas, sean éstas el papa, los obispos o sacerdotes, los monjes o monjas o lo que sea. Si para
obstaculizar a la autoridad secular fuera suficiente el hecho de que es un oficio inferior, entre los mi-
nisterios cristianos, al de predicador, confesor o al orden eclesiástico, habría que impedir también
que los sastres, zapateros, canteros, carpinteros, cocineros, bodegueros, campesinos y todos los ofi-
cios laicos diesen al papa, a los obispos y a los sacerdotes zapatos, vestidos, casa, comida, bebida o
rentas. Si se deja a estos seglares desarrollar sus trabajos sin impedimentos, ¿qué van a hacer enton-
ces los escritores romanos con sus leyes, que utilizan para escaparse de la acción del poder secular
cristiano y con las que pueden obrar abiertamente el mal, dando cumplimiento a lo que dijo San Pe-
dro: «Entre vosotros habrá falsos maestros que introducirán bajo cuerda sectas perniciosas»?16
Por ello, el poder secular cristiano debe desempeñar su ministerio libremente, sin impedimentos,
sin tomar en consideración si afecta al papa, a un obispo o a un sacerdote; quien sea culpable, que lo
sufra; lo que ha dicho el derecho canónico en contra es una mera presunción romana. Pues S. Pablo
dice a todos los cristianos: «Sométase todo individuo (creo que el papa también) a las autoridades
constituidas, pues no en vano lleva la espada; con ella sirve a Dios, castigando a los malos y pre-
miando a los justos». También S. Pedro: «Acatad toda institución humana por amor del Señor, que
así lo quiere»17. También ha anunciado que vendrían hombres que despreciarían la autoridad secular,
en 2 Pedro 2, 10, como, en efecto, ha ocurrido con el derecho canónico.
Yo creo, por esto, que esta primera muralla de papel está derribada desde que el poder secular se
ha convertido en un miembro del cuerpo cristiano y, aunque tiene una función material, pertenece sin
duda al orden eclesiástico; por esta razón, su función debe ejercitarse libremente, sin impedimentos,
en todos los miembros de todo el cuerpo; debe castigar o actuar donde la culpa lo merezca o la nece-
sidad lo exija, sin tomar en consideración a los papas, obispos o sacerdotes, por mucho que amena-
cen o excomulguen. Aquí radica la causa de que los sacerdotes culpables, en cuanto son entregados
al derecho secular, sean privados previamente de su dignidad sacerdotal, lo que ciertamente no sería
justo si la espada secular no tuviera un poder anterior sobre ellos por ordenamiento divino. Es tam-
bién excesivo que en el derecho canónico se ensalce tanto la libertad, el cuerpo y los bienes de los
eclesiásticos como si los laicos no fuesen espiritualmente tan buenos cristianos como ellos o como si
no perteneciesen a la iglesia. ¿Por qué es tan libre tu cuerpo, tu vida, tus bienes y tu honor y no los
míos, si somos realmente cristianos iguales y tenemos el mismo bautismo, la misma fe, el mismo es-
píritu y todas las cosas? Si un sacerdote es asesinado se pone al país en entredicho; ¿por qué no ocu-
rre lo mismo cuando es asesinado un campesino? ¿De dónde proviene diferencia tan grande entre
cristianos iguales? ¡Sólo de leyes e invenciones humanas!
Tampoco debe ser ningún espíritu bueno el que ha inventado tales excepciones y ha dejado los
pecados sin castigo. Pues si estamos obligados a luchar contra el espíritu del mal, sus obras y sus pa-
labras y a expulsarlo tan bien como podamos, tal como nos ordena Cristo y sus apóstoles, ¿de dónde
se deduce que tengamos que callar y no hacer nada cuando el papa o los suyos pronuncian palabras o
realizan obras diabólicas? Si por causa del hombre abandonamos el mandamiento y la verdad divi-
nos, que habíamos jurado en el bautismo apoyar con cuerpo y alma, seríamos verdaderos responsa-
bles de todas las almas que por esta causa fueran abandonadas o seducidas. Esta frase que está en el
derecho canónico debe de haberla dicho el mismo príncipe de los demonios: «aunque el papa fuera
tan perniciosamente maligno que condujera a las almas en tropel al demonio, no se le podría, sin em-
bargo, deponer»18. Sobre esta maldita y diabólica base construyen los de Roma y son de la opinión
de que antes hay que dejar que se vaya todo el mundo al diablo que oponerse a sus villanías. Si fuera
suficiente para no poder ser castigado el hecho de que uno esté por encima del otro, ningún cristiano
debería castigar a otro, ya que Cristo manda que cada uno se tenga por el más humilde y pequeño de
todos.
Donde hay pecado no hay ninguna excusa contra el castigo, como escribe también S. Gregorio19:
que todos nosotros somos iguales, pero la culpa hace a uno súbdito del otro. Veamos ahora cómo se
comportan ellos con la cristiandad; le toman su libertad sin ningún fundamento en la Escritura, con

16
Vid. 2 Pedro 2, 1-3.
17
Vid. Romanos 13, 1-7, 1 Pedro 2, 13.
18
Según Decretum Gratiani, I, Distinctio 40, can. 6.
19
Gregorio I, papa (590-604). Vid. Regula Pastoralis, II, 6, en MIGNE, PL 77, col. 34.
su propia malicia, mientras que Dios y los apóstoles la han sometido a la espada secular, por lo que
hay que temer que es un juego del anticristo o de su inmediato precursor.
La otra muralla es todavía más débil y absurda, ya que quieren ser ellos los únicos maestros de
la Escritura aunque no aprendan nada de ella a lo largo de su vida; sólo a sí mismos se atribuyen la
autoridad y hacen el payaso ante nosotros con palabras vergonzantes diciendo que el papa, sea bueno
o impío, no puede equivocarse en la fe, pero no pueden aducir ni una letra al respecto. Aquí tiene su
origen el que tantas leyes heréticas y anticristianas, incluso antinaturales, estén en el derecho canóni-
co, de lo que no es necesario hablar ahora. Como confían en que el Espíritu Santo no los abandona,
por muy incultos y malvados que puedan ser, añadirán astutamente lo que quieran. Si así fuera, ¿para
qué sería necesaria o útil la Sagrada Escritura? Quemémosla y demos satisfacción a los ignorantes
señores de Roma, habitados por el Espíritu Santo, que sólo puede habitar en efecto los corazones
piadosos. Si no lo hubiese leído me habría resultado increíble que el demonio utilizare tales torpezas
en Roma y ganara adeptos.
Pero, como no vamos a luchar contra ellos con palabras, traigamos la Escritura. S. Pablo dice, en
1 Corintios 14, 30: «si a alguien se le revela algo mejor, aunque esté sentado y escuche al otro en la
palabra de Dios, el primero que está hablando debe callar y ceder». ¿Para qué serviría este mandato
si hubiera que creer solamente a aquel que habla allí o está sentado arriba? También Cristo dice, en
Juan 6, 45, que todos los cristianos serán enseñados por Dios. Pero puede suceder que el papa y los
suyos sean malos y no sean verdaderos cristianos y que no estén enseñados por Dios ni tengan un en-
tendimiento recto y que lo tenga, por el contrario, un hombre sencillo: ¿por qué no habría que seguir
a éste? ¿No se ha equivocado el papa muchas veces? ¿Quién iba a ayudar a la cristiandad cuando el
papa se equivoque, si no se pudiera creer en alguien diferente que tenga la Escritura a su favor?
Por esta razón es una fábula inventada y no pueden aportar ni una letra para demostrar que sólo
el papa puede interpretar la Escritura o confirmar la interpretación. ¡Ellos se han tomado por sí mis-
mos esta facultad!20 Y cuando dan a entender que esta facultad le había sido dada a S. Pedro, pues a
él le fueron entregadas las llaves, está bastante claro que las llaves fueron dadas no sólo a S. Pedro,
sino a toda la comunidad. Y además, las llaves están ordenadas, no para la doctrina o el gobierno,
sino sólo para perdonar o retener los pecados, y es una invención todo lo demás que deducen de las
llaves. Lo que Cristo dice a Pedro: «pero yo he pedido por ti para que no pierdas la fe»21 no puede
extenderse al papa, pues la mayor parte de los papas han estado sin fe, como ellos mismos deben re-
conocer. Cristo, además, no ha rezado sólo por Pedro, sino también por todos los apóstoles y cristia-
nos, como dice Juan 17, 9-20: «Padre, yo te ruego por éstos que me has dado y no sólo por éstos
sino por todos los que van a creer en mí por su mensaje». ¿No he hablado con suficiente claridad?
¡Reflexiona tú mismo! Ellos deben reconocer que hay entre nosotros cristianos piadosos que po-
seen la verdadera fe, el espíritu, el entendimiento, la palabra y el pensamiento de Cristo. ¿Por qué,
pues, habría que desechar su palabra y su entendimiento y seguir al papa que no tiene ni fe ni espíri-
tu? ¡Esto significaría la negación de toda la fe y de la iglesia cristiana! Además, no es el papa sólo
quien ha de tener razón, si es verdadero este artículo: «creo en una santa iglesia cristiana»; o ¿tene-
mos que rezar también «creo en el papa de Roma», reduciendo así la iglesia cristiana enteramente a
un hombre, lo que no sería sino un error diabólico e infernal?
Además, todos somos sacerdotes, como se ha dicho antes, todos tenemos una fe, un Evangelio,
un solo sacramento: ¿cómo no íbamos a tener también el poder para apreciar y juzgar lo que es justo
o injusto en la fe? ¿Dónde se queda la palabra de Pablo, 1 Corintios 2, 15: «el hombre de espíritu
puede enjuiciarlo todo mientras a él nadie puede enjuiciarlo» y 2 Corintios 4, 13: «tenemos todos el
mismo espíritu de fe»? ¿Cómo no íbamos a sentir tan bien como un papa incrédulo lo que es o no
conforme con la fe? Por todos estos y otros muchos pasajes tenemos que convertirnos en libres y va-
lientes y no tenemos que dejar enfriar el espíritu de la libertad (como lo llama Pablo)22 con palabras
imaginarias de los papas, sino que debemos juzgar libremente todo lo que ellos hacen u omiten se-
gún nuestra fiel comprensión de la Escritura y obligarles a seguir el mejor entendimiento y no el
suyo propio. Hace años Abraham tuvo que escuchar a su Sara, que había sido sometida a él con una
dureza que nadie ha superado en la tierra23 y también el asno de Balaam fue más listo que el mismo
profeta24. Si Dios habló entonces a través de un asno contra un profeta, ¿por qué no iba a poder ha-
20
Vid. Decretum Gratiani, I, dist. 19, can. 1, 2.
21
Vid. Lucas 22, 32.
22
Vid. 2 Corintios 3, 17
23
Vid. Génesis 21, 12.
24
Vid. Números 22, 28.
blar a través de un hombre piadoso contra el papa? Más todavía, S. Pablo reprime a S. Pedro por es-
tar equivocado en Gálatas 2, 11 y s. Por esto corresponde a todo cristiano, por haber aceptado la fe,
comprenderla y defenderla y condenar todos los errores.
La tercera muralla cae por sí misma cuando caen las dos primeras. Si el papa actúa contra la Es-
critura, nosotros estamos obligados a defenderla y a castigar al papa y a corregirlo según la palabra
de Cristo, Mateo 18, 15: «Si tu hermano te ofende, ve y házselo ver, a solas entre los dos; si no te
hace caso llama a otro o a otros dos. Si no te hace caso, díselo a la comunidad y si no hace caso ni si-
quiera a la comunidad, considéralo como un pagano». Aquí se le ordena a todos los miembros que se
preocupen de los demás; cuánto más tenemos que hacerlo nosotros cuando quien actúa mal es un
miembro que gobierna la Comunidad, que, con sus obras, causa a los demás mucho daño y escánda-
lo. Si debo denunciarlo ante la comunidad tengo que reuniría ya.
No tienen tampoco ningún fundamento en la Escritura para atribuir únicamente al papa la facul-
tad de convocar o aprobar un concilio sino sólo en sus propias leyes que valen en cuanto no perjudi-
quen a la cristiandad y a las leyes de Dios. Si el papa es culpable, pierden su vigencia tales leyes por-
que es perjudicial para la cristiandad no juzgarlo mediante un concilio.
Así leemos en los Hechos de los Apóstoles 15, 6 que no fue S. Pedro quien convocó el concilio
de los apóstoles sino que fueron todos los apóstoles y los ancianos; ahora bien si esto le hubiese co-
rrespondido únicamente a S. Pedro no habría sido un concilio cristiano sino un conciliábulo herético.
Tampoco el famoso Concilium Nicaenum fue convoca do ni ratificado por el obispo de Roma, sino
por el emperador Constantino; y después de él otros muchos emperadores han hecho lo mismo y han
resultado ser los concilios más cristianos de todos25. Si sólo el papa tuviese el poder de convocarlos,
todos habrían sido heréticos. Incluso cuando miro los concilios que ha hecho el papa no encuentro
que se haya realizado nada especial en ellos.
Así pues, si la necesidad lo exige y el papa es dañino para la cristiandad, el primero que pueda,
como miembro fiel di todo el cuerpo, debe hacer algo para que se celebre un con cilio auténtico, li-
bre, y nadie mejor que la espada secular puede hacerlo, especialmente ahora que es también cocris-
tiana, cosacerdote, coeclesiástica, copoderosa en todas las cosas y teniendo el deber de desempeñar
con libertad su cargo y función, que han recibido de Dios, por encima de cualquiera, si es necesario y
útil que los desempeñen. ¿No sería un comportamiento antinatural que, en un fuego en una ciudad,
todos tuvieran que permanecer inactivos y dejar que el fuego quemara todo lo que pueda arder sólo
porque no tuvieran el poder del burgomaestre o porque el fuego afectara, quizá, a la casa del burgo-
maestre? ¿No está cada uno obligado a movilizar a los otros y a convocarlos? Con mucha mayor ra-
zón se está obligado en la ciudad espiritual de Cristo, cuando se levanta el fuego del escándalo, sea
en el gobierno papal o donde quiera que sea. Lo mismo ocurre cuando los enemigos asaltan una ciu-
dad: el honor y el agradecimiento lo gana el primero que reúne a los demás. ¿Por qué, pues, no iba a
merecer el honor quien denuncie a los enemigos infernales y despierte a los cristianos y los convo-
que?
No tiene ningún fundamento que ellos digan que no es lícito luchar contra su poder. Nadie en la
cristiandad tiene poder para hacer daño, para prohibir que se combata el daño. No hay otro poder en
la iglesia que no sea para su perfeccionamiento. Por esta razón si el papa quisiera utilizar el poder
para impedir que se celebre un concilio libre, se impediría con ello una mejora de la iglesia y, por
consiguiente, no debemos tomarlo en consideración ni a él ni a su poder y, si ex-comulga y truena,
habría que despreciarlo como a un loco y, confiando en Dios, ex-comulgarlo y expulsarlo, a su vez,
como se pueda, pues tal poder temerario no es nada, ni tampoco lo tiene y pronto se destruye con un
pasaje de la Escritura donde Pablo dice a los corintios: «Dios me ha dado el poder para mejorar la
cristiandad, no para destruirla»26. ¿Quién quiere saltarse este versículo? Es del diablo y del anticristo
el poder que combate lo que sirve para el mejoramiento de la cristiandad, por lo que no hay que obe-
decer a ese poder en absoluto sino oponérsele con el cuerpo, los bienes y con todo lo que podamos.
Y si sucediera un milagro a favor del papa y contra el poder secular o si alguien provocara una
plaga, como pretenden que ha sucedido muchas veces, hay que considerar que han sucedido sólo por
el diablo, por haberse roto nuestra fe en Dios, como el mismo Cristo ha proclamado en Mateo 24,
34: «saldrán cristianos falsos y profetas falsos con mi nombre, con tal ostentación de señales y por-

25
El Concilio de Nicea (325), el primer concilio ecuménico, fue convocado para examinar la disputa so-
bre el arrianismo.
26
Vid. 2 Corintios 10, 8.
tentos que extraviarán a los mismos elegidos» y S. Pablo dice a los tesalonicenses que el anticristo
será poderoso en falsos milagros por obra de satanás27.
Retengamos, por tanto, que el poder cristiano no puede estar contra Cristo, como dice S. Pablo:
«no tenemos poder alguno contra Cristo, sólo en favor de Cristo»28. Si el poder realiza algo contra
Cristo es el poder del anticristo y del demonio, aunque lluevan y granicen milagros y plagas. Mila-
gros y plagas no prueban nada, especialmente en estos últimos tiempos, muy calamitosos, para los
que toda la Escritura ha anunciado falsos milagros. Por esto tenemos que agarrarnos a las palabras de
Dios con fe firme, y entonces el diablo dejará sus prodigios.
Espero que con todo lo anterior se destruya el miedo falso y engañoso con el que los romanos
nos han creado, durante largo tiempo, una conciencia apocada y pusilánime y que se vea que ellos
están sometidos a la espada, igual que todos nosotros, que no pueden interpretar la Escritura basán-
dose en su mera fuerza y sin conocimientos y que no tienen ningún poder para prohibir un concilio
ni para hipotecarlo ni para coaccionarlo o quitarle su libertad; y si lo hacen queda claro que pertene-
cen verdaderamente a la comunidad del anticristo y del demonio y no tienen nada de Cristo, salvo el
nombre.

27
Vid. 2 Tesalonicenses 2, 9 y ss.
28
Vid. 2 Corintios 13, 8.