Documentos para la discusión

Informes sobre Desarrollo Humano en Venezuela

La equidad en el Desarrollo Humano:
estudio conceptual desde el enfoque de igualdad y diversidad
Yolanda D’ Elia y Thais Maingon

© Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo – PNUD Primera edición, 2004 Hecho el Depósito de Ley Depósito Legal: lf64520033002516 ISSN: 1690-6551 ISBN 980-6524-10-1

Edición y corrección de textos al cuidado de Helena González Diseño Gráfico: Michela Baldi Impreso en Venezuela en Editorial Torino

Presentación
Los trabajos que se reúnen en esta Serie: Documentos para la Discusión. Informes sobre Desarrollo Humano en Venezuela del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) responden al deseo de contribuir con la ampliación del debate y la búsqueda de estrategias válidas para el desarrollo del país. Se trata de promover la discusión de esta importante materia desde diferentes ópticas con el propósito de identificar los caminos y alcanzar una visión compartida para el logro del Desarrollo Humano de Venezuela y con ello nutrir el proceso de preparación, elaboración, producción y difusión de los Informes sobre Desarrollo Humano en Venezuela, ya sea en la fase que acompaña el proceso de gestación de los Informes o bien en la fase posterior a su publicación. Esperamos que estos Documentos se constituyan en un nuevo espacio de diálogo acerca de los problemas cruciales del país, para lo cual se han promovido alianzas institucionales e invitado a estudiosos de la vida nacional a escribir artículos sobre temas de su competencia. En ocasiones, sus puntos de vista no se corresponderán estrictamente con el enfoque del desarrollo humano, en otras se intentará un acercamiento a éste y también, en otros casos, los estudios serán de naturaleza empírica o conceptual, con el objeto de enriquecer nuestro propósito de diálogo fundamentado. Dentro de esta perspectiva los Documentos se orientan en dos vertientes distintas pero complementarias entre sí: por un lado, ser insumo para una reflexión acerca del Informe que sobre el tema de la Equidad y el Desarrollo Humano se ofrecerá al país en el año 2004; por otro, dar continuidad a un debate en torno de los Informes sobre Desarrollo Humano publicados con anterioridad. En esta oportunidad el trabajo que presentamos ha sido resultado de una alianza con la Agencia Alemana de Cooperación (GTZ). Y, como en otras ocasiones, no podemos dejar de señalar que el esfuerzo para ofrecer al país esta Serie se sostiene en la convicción que sintetiza una frase con la cual día a día se alcanza mayor identificación: el desarrollo es desarrollo, sólo si es humano.

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Índice

Introducción Parte I. El concepto de equidad: fundamentos y enfoques Visión general La equidad y lo justo La equidad y las diferencias Los ejes que fundamentan la equidad El eje de igualdad y justicia El eje de universalidad y diversidad La equidad en el marco de la igualdad y la diversidad Parte II. La equidad en el desarrollo humano Relación entre equidad y desarrollo Las dimensiones de la equidad en el desarrollo humano La dimensión de los derechos La dimensión de las oportunidades La dimensión de las opciones La equidad en temas del desarrollo humano Pobreza y calidad de vida Ciudadanía e integración social Gobernabilidad y deliberación Conclusiones Referencias bibliográficas

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La equidad en el Desarrollo Humano: estudio conceptual desde el enfoque de igualdad y diversidad

La equidad en el Desarrollo Humano: estudio conceptual desde el enfoque de igualdad y diversidad
Yolanda D’ Elia y Thais Maingon

Resumen
Tomando de los debates acerca de la equidad algunos criterios claves [la igualdad y la diversidad, lo que define la equidad como una igualdad de oportunidades orientada por las diferencias], el propósito de este trabajo es construir una definición integradora del concepto, no restringida a mecanismos de redistribución de recursos o bienes entre personas o grupos menos favorecidos. Este sentido amplio de la equidad supone que la sociedad se ocupe de las circunstancias, los contextos y las situaciones sociales, económicas, políticas y culturales que influyen en las condiciones de partida y horizontes de vida de todos, debiendo atender en forma adecuada y suficiente las desventajas que vayan en contra de aspectos vitales de la existencia humana y responder a las diferencias en términos de características personales, contextuales y proyectos de vida que impiden realizar a plenitud estos aspectos. También lleva a reconocer que es necesario pasar de una igualdad formal, política y/o distributiva a una igualdad real, de carácter social y moral, porque las injusticias tienen raíces profundas en la realidad social y porque es haciendo énfasis en el poder que las personas deben ganar sobre sus vidas, individual y colectivamente, como pueden vencerse las distintas formas en que las inequidades operan en esta realidad. Desde el punto de vista del desarrollo humano, ello implica enfrentar simultáneamente la complejidad de varios planos y dimensiones eliminando cualquier forma de discriminación o trato desigual y superando toda forma de inferiorización o subyugación que impida a las personas ser reconocidas en sus especificidades propias y desarrollarse de acuerdo con sus fines y objetivos diversos.

Queremos dejar constancia de la colaboración recibida por el equipo de expertos del PNUD-Venezuela encargado de la elaboración del Informe Nacional de Desarrollo Humano, bajo la coordinación de Angel Hernández y Claudia Giménez, y las participaciones de Vanessa Cartaya, José Luis Fernández-Shaw, Giovanni Reyes, Oscar Floreani, Félix Seijas, Silverio González, Rosa Paredes y Jesús Robles. Este estudio se inspiró en los esfuerzos de reorientación de las políticas públicas en Venezuela que con el nombre de Estrategia de Promoción de la Calidad de Vida se realizan en el marco del Proyecto de Cooperación MSDS-GTZ, bajo la coordinación de Jesús Robles y la asesoría de Armando De Negri Filho y Magally Huggins Castañeda.

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Introducción
El presente estudio está dirigido a construir una definición amplia del concepto de equidad inscrito en el paradigma del desarrollo humano, llevándolo a un campo de carácter ético-normativo [que se asocia con la idea de lo que es justo], a un campo contextual [el relacionado con las múltiples formas de inequidad que tienen lugar en el seno de una sociedad como producto de relaciones y jerarquías de poder que afectan tanto las condiciones y los modos de vida como las posibilidades de surgir y desarrollarse como sujetos sociales igualmente válidos], y a un campo de múltiples e interrelacionadas dimensiones de acción [en los planos de los derechos humanos, del acceso a bienes y servicios, de capacidades alcanzadas y alcanzables y, del conjunto de estos en dirección a la ampliación de las opciones de vida que tienen las personas] para superar las distintas manifestaciones de inequidades en toda su dinámica y complejidad. Las teorías que se han ocupado del tema coinciden en vincular la equidad con diferencias y/o desigualdades –no de cualquier tipo sino aquellas– vinculadas a condiciones o situaciones de injusticia. Tampoco se trata de cualquier forma de injusticia –ya que no toda definición de lo justo da cabida al planteamiento de la equidad– sino de las que reclaman un sistema político y social de reconocimiento, de pluralidad, un sistema más inclusivo de relaciones e intereses complejos entre sujetos y actores diferentes. Para llegar a esta definición, en la primera parte del estudio se trabajan dos ejes político-filosóficos estrechamente vinculados al tema. En uno, la equidad significa lo que es igualmente justo entre unos y otros, y tiene que ver con los aspectos sustantivos de la vida que todos debemos alcanzar y donde la sociedad debe garantizar igualdad y justicia en el acceso y la capacidad de realización de estos aspectos. El otro, busca más bien lo que se ajusta a las diferencias de unos y de otros y se relaciona con el reconocimiento de los sujetos y con la configuración de poderes que éstos tienen para participar en la vida social. Estos dos ejes se conjugan para dar con un concepto que define la equidad como una «igualdad en las diferencias», entrelazando los

criterios de la igualdad y la diversidad. Esta concepción supera lo que la igualdad jurídica o distributiva no puede lograr y, a la vez, intenta corregir las visiones excluyentes del universalismo ilustrado de los últimos siglos. En la segunda parte del estudio se plantean los puntos de conexión de este concepto con el paradigma del desarrollo humano, así como las distintas dimensiones a través de las cuales la equidad opera para avanzar en la expansión de los derechos, las oportunidades y las opciones de calidad de vida de todos[as]. Al final, bajo este concepto, se abordan brevemente algunos temas centrales del desarrollo humano como son la pobreza, la ciudadanía y la gobernabilidad. Es importante aclarar que este estudio se encuentra en plena elaboración y que las razones para realizarlo responden a las exigencias de una realidad social caracterizada por escenarios que ofrecen cada vez menos opciones para hacer posible la vida, alcanzar una buena vida y hacer que ésta sea perdurable, es decir, nos encontramos frente a una realidad regida por un orden que desde el punto vista humano no es sustentable. Los crecientes problemas de desigualdad y pobreza, de individualismo y fragmentación de la vida social, de malestar con la política y con las capacidades del Estado, de exclusión, intolerancia y violencia, así como la degradación de los recursos naturales y el ambiente reclaman enfoques alternativos, nuevos códigos y coordenadas para superar los obstáculos que impiden una mayor igualdad y justicia social, la inclusión y el reconocimiento mutuo, la democratización del poder, la construcción de una ciudadanía activa y el reaprendizaje del conflicto y de la deliberación como vías para la no violencia. Por eso el interés de someter este trabajo a discusión.

Parte I. El concepto de equidad: fundamentos y enfoques
Visión general
La equidad ha ocupado un lugar importante en las concepciones filosóficas, sociales y políticas desde la

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antigüedad1 y sus definiciones han ido variando a lo largo del tiempo de acuerdo con el comportamiento y el contexto social e histórico de cada sociedad. Abarca temas de gran profundidad filosófica y política; comprende múltiples dimensiones y tiene una extensa aplicación en la construcción de sociedades, en las interacciones humanas, en las perspectivas ideológicas y doctrinarias, en las decisiones de la vida social y económica, así como en las distintas esferas de la acción pública, tanto en lo que se refiere al acceso en materia de políticas, recursos y servicios, como a sus repercusiones en el estado y la evolución de las condiciones sociales. Diversas definiciones e interpretaciones le han atribuido cierta ambigüedad y, por esta razón, es a menudo objeto de fuertes controversias. A veces, la equidad se utiliza para sustituir categorías conceptuales con las cuales no puede intercambiarse, como se ha hecho en el caso de la igualdad, y en muchas ocasiones se menciona sin expresar explícitamente sus premisas subyacentes ni los propósitos a los que contribuye. En este estudio entendemos que a pesar de estas características ambiguas y polémicas, la fuerza del concepto radica en su capacidad de denuncia, reivindicación o exigencia de un «hacer lo necesario» para transformar condiciones, prácticas o decisiones que afectan desfavorablemente la dignidad, la calidad de vida y la convivencia humana.

equidad tiene como punto de partida un «algo fundamental» –necesidad, capacidad o potencial– en el que nadie debe estar en una condición de desventaja, si es posible evitarlo (Málaga, 2001, p. 179), porque siendo algo característico y esencial a la vida humana, su falta absoluta o realización incompleta causa daño, reduce las posibilidades de vivir bien o constriñe la propia vida, además de no haber ninguna razón aceptable3 para que no pueda ser realizado por todos, o por quienes en particular estén limitados o privados de alcanzarlo. En consecuencia, la omisión o ausencia de una acción conducente a eliminar cualquier obstáculo que impida su desarrollo, o más bien dirigida a favorecerlo, es ética y moralmente reprobable e intolerable. En segundo lugar, la responsabilidad con ese algo sustantivo tiene para la equidad un carácter social y no solamente individual. Hablar de equidad tiene sentido si se entiende que las personas no son entidades abstractas ni aisladas, sino seres en continua interacción cotidiana e imbricadas en relaciones, redes y estructuras sociales que dan cierta organización a la sociedad y cuya dinámica tiene una incidencia determinante en la distribución de poder, de derechos, de oportunidades y de opciones a los que las mismas personas y grupos pueden tener acceso, ejercer y disfrutar. No es posible entonces hablar de equidad si no es en la trama de las relaciones y estructuras sociales existentes y de los

La equidad y lo justo
La equidad se define como un principio asociado a valoraciones éticas, morales y políticas2 sobre la idea de lo que es «justo». En función de este imperativo, la equidad orienta una acción consciente y deliberada dirigida a impactar en los determinantes sociales, culturales, políticos, económicos e institucionales que producen tratos, condiciones y/o posiciones «injustas», vistas como «innecesarias», «evitables», así como «inaceptables» en la vida concreta de las personas dentro de cada sociedad y cada cultura y, por consiguiente, factibles de ser resueltas o superadas por la intervención de la misma sociedad mediante los distintos recursos que ella maneja [legales, políticos e institucionales, materiales y no materiales]. No toda definición de lo justo es compatible con una concepción de equidad. En primer lugar, la
1 «Ya desde la antigüedad, Confucio, Platón, Aristóteles, la Biblia y los Vedas habían explorado el concepto de equidad y habían aportado diversas acepciones e interpretaciones», PNUD (1999, p. 3). 2 Para Fernando Mires (2001), la ética, la moral y la política son tres momentos/espacios estrechamente relacionados. La ética es una moral discursiva o reflexiva del bien y del mal, cambiante, discutible y perfectible a partir de las experiencias sociales y culturales. Es decir, se constituye de manera relacional, de uno con los otros. La moral, en cambio, es una ética pos-discursiva o de dictamen, implica una interiorización individual de la ética colectiva y relaciona al individuo con la institución que determina el poder moral. La política es la moral inscrita en las normas, leyes e instituciones. Cada uno de estos momentos/espacios comprende al otro como en una especie de cadena, sin embargo, cada uno tiene su propia dinámica. 3 Siguiendo la argumentación de Martha Nussbaum (2000), no puede haber razón aceptable si eliminar prácticas o conductas nocivas para la vida de las personas no resta nada fundamental a la sociedad o a la cultura; mientras que, por el contrario, mantenerlas produce más pérdidas que contribuciones.

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LA EQUIDAD Y LO JUSTO La equidad es un principio ético-normativo, asociado con lo justo, que comprende los siguientes aspectos: - Parte de un algo fundamental (necesidad, capacidad o potencial) en el que nadie debe estar en desventaja. - Tiene carácter social y no solamente individual. - Incide en la distribución de poder, derechos, oportunidades y opciones. - Tiene por función cerrar las diferencias injustas.

grupos sociales que dentro de éstas, tomando prestada una frase de Calderón (2002), construyen y reconstruyen sus identidades y la orientación de sus acciones, desde los otros y con los otros. La equidad está emparentada con el bien que una sociedad debe garantizar a sus miembros, porque de otra manera se ponen en peligro las aspiraciones más preciadas de los seres humanos, como son vivir y vivir bien, y en entredicho la razón de ser y hasta la propia estabilidad de la sociedad. Este bien colectivo sólo puede llegar a ser considerado como tal si en la dinámica de las relaciones y estructuras sociales existentes todos y cada uno tienen igual posibilidad de realizarse como seres humanos y ciudadanos con igual valía. Es decir, si todos pueden verse liberados realmente de condiciones adversas o privativas y/o de categorías socioculturales que lleven a «vivir menos o ser menos» (Sen 1983, citado por Sagasti, 1999); o, en palabras similares, que «cada una de las personas sea tratada de manera digna de atención y en la cual cada una haya sido puesta en condiciones de vivir realmente en forma humana» (Nussbaum, 2000, p. 115).

4 Vilas (2001, pp. 21-22) llama a esto la «antropología del individualismo posesivo». De acuerdo con este enfoque «la gente se mueve en la vida buscando la maximización del beneficio individual; el bien común o interés colectivo no existe o es la agregación simple de los intereses individuales. Se afirma así que es la búsqueda del interés o de la ganancia individual la que conduce al bien colectivo, como una especie de derivación contingente o eventual. Al contrario, sólo se consigue que la gente actúe en función de un supuesto bien colectivo y en contra de su provecho individual si se ejerce coacción o se amenaza con ejercerla; es decir, violentando su libertad de elección. Esta concepción identifica y reduce la ética moral a la ética de la competencia y el mercado, y fundamenta el ejercicio de la libertad en el goce de la propiedad. El egoismo es erigido en condición de virtud fundante del orden racional, vale decir, del buen orden».

Vista así, la equidad tiene muy poca o ninguna cabida en aquellos enfoques donde lo justo se refiere a dejar a cada quien la responsabilidad individual de cargar con sus propias circunstancias y posibilidades, dando a entender que los males derivan de las características intrínsecas que cada persona trae consigo. En estos enfoques los seres humanos son entes totalmente independientes y aislados en su propia concepción del bien, orientados sólo por su beneficio propio y el de no ser perturbados por ninguna interferencia ajena. Se les desvincula así de los valores, relaciones y estructuras sociales, culturales, económicas y políticas, asumiendo que las personas nacen siendo desiguales y que no es legítimo que éstas quieran cambiar su suerte o el rumbo predestinado de las cosas4. Por tanto, vale más que todas las personas sean tratadas en idéntica forma, sin ningún tipo de privilegio o prerrogativa, para que puedan libremente y con el mismo chance labrarse sus propias capacidades y/o méritos. Bajo esta concepción pueden considerarse perturbaciones injustas: la parcialidad con algún sector de la sociedad, la intervención en las estructuras sociales y económicas o la injerencia en las prácticas de vida de las personas aun cuando haya suficientes razones objetivas sobre los perjuicios que puede traer no hacerlo. En cambio, para la equidad, éstas pueden ser medidas justas si hay razones para esperar que con ello se superen situaciones contrarias a la dignidad, el bien vivir o la convivencia social. En la equidad lo justo se enfrenta al hecho de que las personas tienen diferencias en sus condiciones de partida, circunstancias y capacidades, lo que afecta sus horizontes de vida independientemente del talento o del esfuerzo realizado. Las ventajas o desventajas que estas diferencias producen no son producto de una ley «natural», del azar o de la suerte, o del comportamiento singular de algunas personas, sino que obedecen a desigualdades y a jerarquías en el orden social existente que de manera sistemática crean tratos, posiciones y condiciones diferenciales en el acceso y control sobre el poder, la riqueza, la propiedad, los derechos y las oportunidades, e intervienen en el menoscabo de identidades y opciones de las personas y grupos humanos para realizarse en aspectos fundamen-

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tales de la vida. De no haber acción contra estas desigualdades y jerarquías se deja a los más aventajados o aptos las mejores oportunidades y mayores beneficios mientras que los que han vivido en permanente desventaja corren los mayores riesgos y cargan con los mayores costos. En este sentido, ofrecer respuestas a estas injusticias es una exigencia y una obligación ética y política, porque sus mecanismos provienen de la base social y no de las habilidades individuales para escapar de ellas. Es condición previa a la equidad la existencia de una igualdad de carácter indeclinable, ni por la fuerza ni por aceptación de un trato injusto, donde se reconoce a todas las personas facultades legales y sociales como seres humanos y miembros de la sociedad, para hacer o exigir todo aquello que forma parte de necesidades y capacidades humanas y obliga a la creación de reglas y mecanismos que garanticen el pleno ejercicio de estas facultades así como la obtención de resultados tangibles. A partir de este vínculo, la equidad entra en acción como una justicia que genera oportunidades adecuadas y suficientes en forma de acceso a recursos y/o a medios, y de capacidades para alcanzar resultados valiosos de calidad de vida. En este sentido, la equidad tiene la función de cerrar las diferencias desfavorables o injustas que niegan o limitan la realización plena de facultades humanas –vistas como derechos– y que son producto de desigualdades y jerarquías que se expresan de distinta manera según las características, circunstancias y capacidades de cada persona y de cada grupo social en su vida concreta. El principio de igualdad ha estado presente en todas las culturas y momentos de la historia de la humanidad, por lo que no se trata de un patrimonio exclusivo de sociedad o cultura alguna. Cuando por el influjo de los valores del pensamiento moderno los aspectos fundamentales de esta igualdad se han relacionado con la propia condición humana, estos se han convertido en derechos de carácter universal traducidos luego en agendas públicas, políticas y legislaciones internacionales y nacionales. No obstante, en sociedades donde las desigualdades son amplias y están enraizadas en la cultura, como sucede en las latinoamericanas, lo que ha prevalecido es una igualdad

nominal que no se aplica en las relaciones y prácticas sociales y que los enfoques de justicia más influyentes en nuestras sociedades han pretendido reemplazar por un concepto de equidad reducido a políticas sociales de carácter caritativo o asistencial para los más necesitados o débiles que los despoja de su condición ciudadana y humana. Planteamos aquí que la equidad, en su concepción clásica, está necesa-riamente inscrita en un marco de igualdad social que pugna por convertirse en derecho pleno. En su definición clásica, atribuida a Aristóteles5, la equidad significa la perfección de lo justo (Rovere, 1998) por efecto de la heterogeneidad de desventajas y desigualdades sociales que afectan la vida concreta de las personas y, frente a las cuales, el criterio de la igualdad resulta insuficiente e incluso «injusto» porque, aplicado rigurosamente o sin el recurso de otros criterios, puede contribuir a mante-nerlas y reforzarlas. La equidad, en la concepción aristotélica y desarrollada sobre todo en el campo jurídico, es un principio de «justicia superior» (Vilas, 2001; De Negri, 2002) que rectifica las insuficiencias de una igualdad sometida a la «objetividad o imparcialidad» de la normativa legal6 o a la aplicación de una prescripción universal. Lo justo para unos puede ser injusto para otros cuando no se contemplan las diferencias de circunstancias, de oportunidades y de condiciones previas que presentan las personas y que adquieren relevancia ética y moral atendiendo al mismo sentido de justicia. El juicio de valor en esta visión no está atado a ninguna ley moral fundamental o preeminente, sino a una ética que responde a los contextos sociales reales y a las evidencias que la misma realidad produce.
5 Según Aristóteles: «La naturaleza misma de la equidad es la rectificación de la ley cuando se muestra insuficiente por su carácter universal (...). La ley tiene necesariamente carácter general y, por lo tanto, a veces demuestra ser imperfecta o de difícil aplicación en casos particulares. En tales casos, la equidad interviene para juzgar, no a partir de la ley sino a partir de la justicia que la misma ley está dirigida a realizar. Por lo tanto, anota Aritóteles, la justicia y la equidad son la misma cosa: la equidad es superior, no a la justicia en sí sino a lo justo formulado en una ley, que por razón de su universalidad, está sujeto al error» (PNUD, 1999, p. 3). 6 Véase en este mismo trabajo la definición clásica de equidad en el Recuadro 3.

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RECUADRO 1 LO JUSTO DESDE DISTINTOS ENFOQUES DE IGUALDAD
Esferas de igualdad Igualdad de trato ante el Estado y la Ley como individuos y ciudadanos libres. (Liberalismo político) Igualdad en el ejercicio de intereses individuales en procura del beneficio propio y/o de la propiedad. (Utilitaristas y Libertarios) Lo propio No injerencia del Estado en los intereses o preferencias individuales al beneficio propio y a la propiedad, lo cual se resume en las frases: A cada quien según sus intereses individuales en el máximo de beneficio posible o Dar a cada quien según lo que produce y los instrumentos que posee. Proporcionalidad de ingreso por mérito y necesidad, que se resume en: Dar a cada quien según sus méritos y necesidades. Igual acceso a bienes políticos, dando más a los más desfavorecidos, lo que significa: Dar a los más desfavorecidos lo básico de bienes políticos igualmente valorados. Lo justo Lo imparcial Objetivos Igual acceso a medios de justicia. Esto se expresa en: No favorecer a unos perjudicando a otros.

Igualdad de ingresos por méritos y necesidades. (W. Letwin) Igualdad de libertades y oportunidades para poseer bienes políticamente valorados: derechos, libertades, poderes, oportunidades, ingresos y riqueza. (Teoría de la Justicia de John Rawls) Igualdad en diversas esferas de bienes socialmente significativos materiales y no mate-riales, económicos y no económicos. (Las Esferas de la Justicia de Michael Walzer) Igualdad de acceso a recursos e igualdad de niveles o posiciones de bienestar. (Karl Marx y enfoques igualitaristas)

Lo merecido

Lo básico

Lo equilibrado

Igual acceso a bienes socialmente significativos de acuerdo con los criterios de distribución de la naturaleza del bien. Esto se expresa en: Dar a cada quien en forma equilibrada según los diferentes criterios de distribución de cada esfera de bien. Igual acceso a la riqueza social dando más a quien más necesita y pidiendo más a quien más puede. Esto se ha expresado con la frase: De cada uno de acuerdo con su capacidad y a cada uno de acuerdo con su necesidad.

Lo necesario

En un ejemplo jurídico, si la sanción que una ley impone cuando se infringe una norma es la misma para el pobre que para el rico, resulta justa porque es igual pero es inequitativa porque ha tratado a uno con demasiada severidad y a otro con suma generosidad. En otro ejemplo (De Negri, 2002), si un sistema universal de salud o de educación no contempla la equidad, aun cuando todos tengan la misma oportunidad de acceso algunos recibirán cosas que no necesitan y otros cosas que les serán insuficientes, porque existen desigualdades previas y porque las capacidades de control sobre los recursos y las opciones también son asimétricas,

trayendo en consecuencia que los que están en peor situación obtengan menos de lo que necesitan y los que están en mejor situación utilicen más de lo que en verdad requieren. Según De Negri (2002), no basta con reconocer que unos tienen más acceso a los servicios que otros; para ser realmente equitativos es necesario cerrar las inequidades de los estatus de salud, educación, alimentación, etc., así como las inequidades en las condiciones socioeconómicas y en la distribución de la riqueza. El principal fundamento de la equidad es la justicia, entendida como igualdad, pero supera aquellas

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tesis que insisten en que lo justo sólo llega a una igualdad formal o jurídica, a una igualdad de libertades para hacer lo que queremos o a una igualdad de acceso a recursos, ingresos o riqueza. La equidad invalida así la creencia en una igualdad «automática» atribuida a la existencia de iguales condiciones jurídicas, a la omisión de restricciones a la igualdad en el uso individual y específico de las libertades, y va más allá de una justicia mínima para grupos específicos o de una justicia distributiva para toda la población. Todas estas formas de igualdad son parte de derechos fundamentales pero no son suficientes cuando se trata de lidiar con las desigualdades sociales. La equidad tiene como base una toma de posición ética, moral y política ante desventajas que impiden una plena «igualdad social», por consiguiente, enfrenta diferencias producto de relaciones de poder y categorizaciones sociales que rompen el vínculo social y que –sin razón valedera, por lo demás inadmisible desde el punto de vista humano y social– alejan a sectores de la población de contar con iguales derechos e iguales oportunidades de participar en la sociedad con la mejor calidad de vida posible. La equidad y la igualdad están unidas pero no pueden reemplazarse una a la otra. La equidad se define como igualdad de oportunidades pero ésta no es factible sin una real igualdad de derechos y de poderes plenamente aceptados y socialmente ejercidos. Es así como en una sociedad excluyente, con fuertes divisiones sociales –donde unas personas tienen derechos y otras no, y amplios sectores de la población viven en absoluta pobreza– es poco lo que la equidad puede aportar. De hecho, países con ingresos relativamente bajos pero con políticas inclusivas y vigorosas para ofrecer a todos la seguridad de medios de vida así como suficientes oportunidades para el desarrollo de capacidades humanas vitales tienen menores desigualdades y éstas están menos polarizadas que en países con ingresos muy altos pero indiferentes al tipo de vida que llevan las personas. Por otra parte, la igualdad será injusta si no hay equidad para asegurar que todos tengan igual acceso y posibilidades de realizarse, adecuando las respuestas a las diferencias que por desigualdades o por características propias de

LA EQUIDAD Y LA IGUALDAD La equidad y la igualdad son principios estrechamente relacionados, pero no significan lo mismo. En una sociedad verdaderamente justa, los principios de equidad e igualdad no se anulan uno al otro, ambos se aplican porque son interdependientes: ninguno es suficiente sin el otro. La equidad se asocia con oportunidades, mientras que la igualdad tiene que ver con el reconocimiento social y legal de derechos y el ejercicio de poder. En una sociedad donde las personas no se reconocen como iguales, es difícil que haya oportunidades para todos. En una sociedad de iguales donde no hay equidad, habrá una igualdad restringida porque todos somos diferentes desde el punto de vista biológico, social y cultural, y necesitamos cosas distintas en tiempos distintos.

las personas y de los grupos humanos existen en sus contextos de vida concretos. Habiendo hecho la distinción entre equidad e igualdad conviene también distinguir entre la inequidad y la desigualdad, utilizadas frecuentemente como categorías de similar significado. La desigualdad puede definirse como ausencia de igualdad o como la distribución desigual de un atributo entre un conjunto de personas, hogares, entidades geográficas, países. En ambas acepciones se utilizan criterios y medidas relativas que tienen una función más bien descriptiva y no implican necesariamente juicios de valor (Grañeras et al., 2003; Ferrán, 1994). Esto significa que no toda desigualdad puede juzgarse como un hecho injusto: por ejemplo, cuando se trata de la ausencia de igualdad entre mujeres y hombres respecto de un conjunto de características biológicas propias de cada uno; o cuando decimos que, en general, el nivel de ingresos debe variar en relación con la edad y la experiencia. La desigualdad se convierte en inequidad cuando se quebranta algún criterio relevante de peso moral y social, volviéndose insuficiente un trato o una distribución igualitaria para obtener un resultado equitativo. La equidad puede demandar una distribución desigual de recursos a favor de una igualdad de resultados, ajustándose a las diferencias biológicas, sociales y político-organizacionales determinantes de las desigualdades existentes (Almeida, 2000). Por

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ejemplo, la distribución de una canasta de alimentos con iguales componentes nutricionales para todos los hogares indicará una desigualdad cero pero será injusta al no considerar el criterio de las necesidades nutricionales por edad, sexo, condición (en el caso de mujeres embarazadas o de personas enfermas, por ejemplo, que constituyan ese hogar)7. «Las consecuencias de pasar por alto esas diferencias entre los individuos pueden llegar a ser muy poco igualitarias al no tener en cuenta el hecho de que considerar a todos por igual puede resultar en que se dé un trato desigual a aquellos que se encuentran en una posición desfavorable» (Sen, 1992, p. 13). En este sentido, cuando la desigualdad se lleva al campo de la equidad significa, en primer lugar, que el principio de igualdad en algún espacio, nivel y/o grupos humanos se ha convertido en un criterio relevante de justicia o en una «igualdad fundamental», siendo un imperativo ético, moral y político superar estas diferencias, cualquiera sea su tamaño y sus exigencias, y sin importar cuántas personas se encuentren involucradas. En segundo lugar, será importante saber las posiciones relativas de todas las personas afectadas en función de lo que éstas necesitan para alcanzar lo justo y, en tercer lugar, será indispensable adoptar esquemas de respuesta «no igualitarios» o «desiguales» desde un punto de vista positivo para cumplir con este objetivo. Así, «igualdad y desigualdad son conceptos antagónicos pero a la par complementarios para el ser humano. En cambio la incompatibilidad entre equidad e inequidad es absoluta» (Grañeras et al., 2003, p. 2). La equidad ha adquirido cada vez más importancia para los gobiernos y las luchas sociales, mostrando cuán frágil ha sido la igualdad de derechos y de oportunidades en los contextos sociales e institucionales de América Latina pero, por otra parte,
7 Nussbaum (2000, p. 108), explica que: «...los individuos varían mucho en sus necesidades de recursos y en sus capacidades para convertir los recursos en funcionamientos valiosos. Algunas de esas diferencias son directamente físicas. Las necesidades nutricionales varían con la edad, la ocupación y el sexo. Una mujer embarazada o en el tiempo de lactancia necesita más alimento que una mujer no embarazada. Un niño necesita más proteínas que un adulto. Una persona cuyas piernas están sanas necesita menos recursos de movilidad, mientras que una persona parapléjica necesita más recursos para lograr el mismo nivel de movilidad».

también es sensible a los cuestionamientos que se han hecho al universalismo «ilustrado» de los procesos de modernización económica y social, los cuales surgieron desde una visión unilateral del Estado sobre la base de su capacidad de agregación de intereses y de control sobre la sociedad. El Estado de Bienestar o Desarrollista, como suele llamársele en América Latina, permitió construir una base de derechos sociales pero parcialmente garantizados a través de la masificación del consumo de bienes y servicios, y canalizados mediante sistemas clientelares, fragmentados y estratificados, unos de carácter asistencial y selectivo y otros de carácter contributivo y de más amplios beneficios, los cuales tuvieron en común una visión muy restringida de la equidad. Esta universalidad se organizó desde afuera, por encima de los ciudadanos[as] mediante un orden de regulaciones sociales y económicas que a la postre generaron «exclusión» y una ciudadanía «fracturada», donde unos han sido más ciudadanos que otros. Tal como señala la CEPAL (2000): «(…)ni la política social ni el desarrollo [en la región] han logrado las características del Estado del Bienestar, ni alcanzado los niveles de universalidad, solidaridad e integralidad esperados; al contrario, la inequidad, la exclusión y la segmentación han sido las características del desarrollo en la región». El malestar con estas tradiciones universalistas se ha hecho palpable en las exigencias de grupos y movimientos sociales por su reconocimiento como sujetos sociales con iguales derechos, ya no solamente demandando ser incluidos como iguales en las políticas, sino también serlo de manera diferenciada de acuerdo con sus especificidades propias [los niños y niñas, las mujeres, los indígenas, los ancianos y ancianas, las personas con discapacidad, etc.]. Esto ha dado motivo al surgimiento de concepciones de lo justo que colocan el acento en la diversidad, entendida a partir de valores de pluralismo, autonomía y solidaridad, y que reclaman una igualdad ajustada a las experiencias sentidas, actuadas y vividas de los seres humanos en sus contextos de vida concretos y luchas por surgir como sujetos sociales específicos, a través de procesos que buscan fortalecer la identidad, la organización y la participación.

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Estas concepciones proponen que para alcanzar una igualdad social plena es necesario desarrollar procesos sociales, culturales, jurídicos e institucionales que lleven a que la igualdad sea internalizada en los planos de la vida concreta de los ciudadanos[as], considerando los diferentes significados socioculturales, la heterogeneidad de necesidades [biológicas, subjetivas y sociales], y la acción de las personas como actores sociales en sus ubicaciones socioeconómicas concretas y en sus experiencias culturales vividas, buscando más bien una justicia de resistencia, de cuestionamiento y de acción política. Calderón (2002) expone que el poder no puede ser externo a la sociedad y a las relaciones sociales existentes. Una óptica desde la diversidad implica, por tanto, la construcción de poderes o el «empoderamiento social» a través del cual cada persona se asume como ciudadano[a] con los mismos derechos que los demás y, a su vez, es considerado[a] por los otros como igual. Esto significa pasar de una igualdad reconocida por el Estado y de mecanismos ejercidos desde su propia voluntad y capacidad, hacia un reconocimiento recíproco y de relaciones sociales orientadas por la igualdad entre los propios ciudadanos[as]. Ello implica entender la igualdad de otra manera. Para Touraine significa aceptar que «somos iguales entre nosotros sólo porque somos diferentes los unos de los otros» (2000, p. 63). En consecuencia, todos tenemos valores, necesidades y aspiraciones distintas que deben ser igualmente válidas dada nuestra igual condición de seres humanos semejantes; y todos presentamos desigualdades en relación con aspectos o esferas importantes para llevar una vida plena y también de acuerdo con la connotación sociocultural de nuestras múltiples identidades. Esto quiere decir que la diversidad significa dar mayor importancia a las diferencias –entendidas como una afirmación positiva de la identidad y del poder de los sujetos– de manera que las injusticias no afloren únicamente en relación con posiciones, tratos o condiciones desfavorables respecto de lo que es común entre todos, sino que también sean reconocibles en la imposibilidad de expresarse y vivir la vida según las especificidades de cada sujeto.

El problema de ver las diferencias solamente desde la óptica de la igualdad simplifica el análisis a un esquema de variables dicotómicas: incluidos/excluidos, iguales/desiguales, favorecidos/desfavorecidos, que esconde la heterogeneidad y complejidad de las injusticias humanas. Estas dicotomías se configuran a partir de un «parámetro sujeto» que no permite explicar injusticias relacionadas con el género, la edad, el origen étnico o socioeconómico, que se interrelacionan en una persona concreta y que se generan precisamente cuando los sujetos no se reconocen ni mucho menos se aceptan en sus diferencias mutuas. Facio, en relación con las diferencias de género, explica: «...la igualdad garantiza que seremos tratadas como seres humanos plenos, sólo en tanto y en cuanto seamos semejantes a los hombres/varones, y que seamos tratadas desigualmente en todo los que nos diferencia de los hombres/varones» (1992, pp. 29-30). No se hace visible una identidad propia y, por lo tanto, no es posible reconocer ni necesidades ni aspiraciones separadas que configuren opciones distintas a las del sujeto central. Por otra parte, Sen (1992) añade que el hecho empírico de que todos seamos distintos hace posible comprender la complejidad y la necesidad de ampliar las bases de información pertinentes para hacer juicios acertados sobre los problemas de desigualdad. La igualdad en un aspecto de la vida no significa haber superado todas las dificultades para alcanzar una vida mejor. De esta manera, la diversidad humana exige la interconexión de múltiples igualdades en variados aspectos para generar un conjunto de oportunidades y capacidades reales que permitan alcanzar lo que las personas tienen razones para valorar. La configuración de estas igualdades exige una variedad de instrumentos de equidad que permita corregirlas o superarlas. La diversidad ofrece una visión que amplía los alcances de la equidad si se entiende como un plano que no puede prescindir de la igualdad. La igualdad es la base de la diversidad dentro de una concepción universal de justicia de carácter ético. En defensa de los valores universales Nussbaum (2000) establece que es necesario un marco normativo universal sin el cual nos privaríamos de un punto de apoyo crítico tanto para

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juzgar valores y prácticas indeseables o nocivas para la vida como para exigir alternativas «emancipadoras» en contextos sociales y culturales particulares. Este marco debe ser lo suficientemente amplio y flexible para cubrir toda diversidad compatible con la dignidad humana pero no abierto de manera absoluta a cualquier diversidad, puesto que ello significaría aceptar prácticas inhumanas o de dominación sobre otros que por ser distintas o particulares de una sociedad o cultura deben ser toleradas por las personas que pertenecen a ella. Según esta autora el marco universal no pretende imponer una visión uniformadora o paternalista opuesta a la libertad de las personas, ni refuerza una postura etnocéntrica que atente contra un supuesto relativismo cultural o moral pues, si no existiera esa base común, Trachitte (2000, p. 2) señala: «¿de qué manera nos posicionaremos ante situaciones de fuerza, violencia, abusos, discriminaciones evidenciadas en el interior de esas prácticas culturales? El sentido de justicia indica, por tanto, que hay que comparar ‘algo’ pero no que tenga que compararse ‘todo’; ese ‘algo’ implica juzgar con los mismos estándares de justicia todo caso de humillación o vejamen».

La equidad y las diferencias
La equidad es un concepto que entrelaza la igualdad y la diversidad para cumplir con un doble propósito: que todas las personas tengan igual oportunidad para alcanzar un algo fundamental que es propio de los seres humanos, y que esas oportunidades expresen todas las opciones posibles para la realización personal de cada uno como sujeto con identidad y condiciones de existencia propias. La equidad supera dentro del campo de la justicia lo que la sola igualdad jurídica o legal, la igualdad política o de libertades y la igualdad distributiva o de recursos no pueden lograr, convirtiéndose en vehículo de una igualdad social y cultural y en meta a ser alcanzada como una «igualdad basada en las diferencias». Esta forma de concebir la equidad supone otro sentido de justicia, con otras bases más apegadas a la realidad e incluso más humanas, objetivas y científicas. Estas bases señalan que: – El valor central de la igualdad en toda sociedad y cultura es la vida humana. Lo común a los seres

humanos está plenamente dentro de todos nosotros y no fuera de nosotros. Todos estamos dotados de las mismas capacidades humanas para vivir, ser, construir, actuar e interactuar con otros. – En lo empírico lo humano se expresa en infinitas configuraciones o diversidades, es decir, la realidad confirma la existencia de múltiples lenguajes, agrupa-ciones humanas y opciones de vida que cambian en tiempo y espacio. – Nuestras características plenamente humanas y plenamente diferentes exigen, desde un punto de vista ético, moral y político, reconocernos [vernos y aceptarnos] mutuamente como seres semejantes en nuestras diversidades o como «igualmente diferentes», tanto en lo individual como en lo colectivo. Lo anterior significa reconocer que «todos somos distintos y de muchas maneras diferentes» (Sen, 1992) y que, por tanto, «todos necesitamos cosas distintas en tiempos diferentes, así como unos necesitan más que otros» (De Negri, 2002). Tales diferencias existen como un todo interrelacionado en el mundo real, haciendo que cada persona tenga una particular configuración de desventajas que afectan sus posibilidades para surgir y participar plenamente en la vida social. El reconocimiento de las diferencias es lo que otorga la posibilidad de ser tratados igualmente. Como afirma Calderón: «Si no se reconoce que, respetando las diferencias, todos somos iguales, nunca se eliminará la exclusión del otro distinto de uno» (2002, p. 114). También lo expresa Facio cuando establece que «(...) todas las personas valemos como seres humanos IGUALMENTE plenos, y por ende, somos IGUALMENTE diferentes e IGUALMENTE semejantes entre nosotros[as]» (1992, p. 48). En otras palabras, la relación entre igualdad y diversidad se refiere a la «coimplicación (sic) del respeto a todos como iguales, y del respeto a cada uno como diferente» (Thiebaut, 1998, citado por Trachitte, 2000). Esta visión conduce a que, si vemos las diferencias sólo desde una óptica de igualdad, no podremos enfrentar las injusticias que se producen en la anulación o inferiorización de identidades de los grupos humanos. Del otro lado, ver las diferencias sólo

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La equidad en el Desarrollo Humano: estudio conceptual desde el enfoque de igualdad y diversidad

LA EQUIDAD: IGUALDAD Y DIVERSIDAD La equidad, definida desde un enfoque que entrelaza la igualdad y la diversidad, significa: - que todos tengan igual oportunidad para alcanzar un algo fundamental que es propio de los seres humanos; - que las oportunidades expresen todas las opciones posibles para la realización personal de cada uno.

desde una óptica de diversidad hace imposible que todos podamos reconocernos y convivir como seres humanos plenos porque nos hacemos presos de las jerarquías sociales y de los lugares que éstas guardan para cada uno de nosotros dentro de escalas de clasificación muchas veces inhumanas y deshumanizantes. De hecho, solamente podemos ver la diversidad en toda su riqueza si partimos de que somos igualmente reconocidos en nuestras diferencias como sujetos sociales específicos cuando somos igualmente reconocidos en nuestras semejanzas como seres humanos. De no ser así sólo podrá verse la diversidad que las jerarquías crean y permiten reconocer. Ahora bien, al definir la equidad como un principio de igualdad orientado por las diferencias y basado en la conjugación de la igualdad y la diversidad, es necesario explicar que el significado de lo «diferente» cambia dependiendo de si se define desde la perspectiva de la igualdad, como condiciones desiguales, o si se hace desde la perspectiva de la diversidad, como condiciones distintas. Las diferencias desde la perspectiva de la igualdad La perspectiva de la igualdad se centra en aquellas esferas o espacios acerca de los cuales existen razones universalmente válidas para considerarlos relevantes desde el punto de vista de justicia por ser una necesidad común a todas las personas en su condición de seres humanos. Las diferencias aquí son tratadas en su carácter negativo porque lo importante es que todas las personas tengan posibilidad real de acceso y buena posición en estas esferas. Lo justo es que no haya diferencias en aquello donde lo que debe haber es igualdad. Por lo tanto, si existen diferencias es porque unas personas y no otras [exclusión], o unas personas más que otras [asimetrías o diferenciales], tienen

desventajas en algo que social y culturalmente es parte y derecho de todos; y lo equitativo es responder en forma igual o proporcional a las diferencias entre unos y otros respecto de ese espacio o aspecto valorado. La proporcionalidad se entiende como una regla donde mientras más grandes sean las diferencias mayores deben ser los esfuerzos y recursos para reducirlas (Gillon, 2001, citado por Vega, 2001). En esta perspectiva existen a su vez dos formas de tratar las diferencias. En primer lugar, las diferencias pueden verse como tratos excluyentes o discriminatorios que no deberían ser admitidos desde un punto de vista ético, moral y político; lo justo es impedir que estas diferencias tengan alguna injerencia en el acceso o alcance de los espacios o esferas valoradas. Las diferencias se entienden como discriminaciones por origen y/o condición, lesionando derechos humanos universales, indivisibles e interdependientes8. El campo de acción de la equidad son las brechas o los déficit en el acceso a leyes, políticas, recursos y medios de atención para satisfacer necesidades, capacidades o potencialidades humanas, independientemente de las condiciones económicas y las características sociales y/o culturales de las personas. Esta forma de equidad recibe el nombre de equidad horizontal, en la que «a necesidades iguales corresponden respuestas iguales» (De Negri, 2002), o dicho de otra forma, a una situación corresponde un «trato igual entre pares o entre iguales» (Programa Flagship, 2000; Nunes y otros, 2001). Esta forma de equidad ha dado pie a políticas

8 Los derechos humanos, mecanismos primordiales para proteger la dignidad y el bienestar inherente a la naturaleza humana son derechos fundamentales de todas las personas frente al Estado –porque se trata de seres humanos– que comportan una responsabilidad moral y ética ineludible, y deben ser convertidos en norma jurídica obligatoria. El Estado tiene el deber de respetarlos o garantizarlos (derechos negativos) y de organizar formas para satisfacer su plena realización (derechos positivos). Estos derechos abarcan los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, en un plano de igualdad. Tal como señala Ricardo Combellas respecto de los derechos sociales en la Constitución Venezolana de 1999: «Son derechos humanos calificados como preeminentes por la Carta Magna, de jerarquía axiológica y ontológica superior al Estado. No son programas, sino pautas obligatorias para la acción y decisión de todos los órganos del poder público» (Combellas, 2000, p. IX).

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universalistas de derechos y de acceso a servicios sociales para todos, así como a una redistribución horizontal de recursos entre todos los grupos. Una segunda forma de entender las diferencias es aquella que las concibe como producto de la desigualdad de oportunidades. Estas desigualdades se convierten en diferencias injustas o inequidades cuando limitan u obstaculizan la satisfacción de necesidades vitales entre los seres humanos. Sin embargo, desde la óptica de la equidad, las injusticias no son las mismas en todos los seres humanos. La desigualdad es heterogénea y, en consecuencia, debe existir correspondencia entre las características de estas desigualdades y las respuestas dirigidas a combatirlas o a cerrarlas. Lo justo entonces es generar una acción también diferenciada que contrarreste las formas que adoptan estas desigualdades en proporción a su tamaño, tiempos, características, requisitos actuales y condiciones históricas previas9. En relación con esta forma de tratar lo diferente se ha señalado que la equidad admite una acción desigual, en un sentido positivo, si opera a favor de la igualdad. El campo de acción de la equidad son las brechas de oportunidades y de resultados en el desarrollo de capacidades y potencialidades humanas fundamentales. Este modo de intervención recibe el nombre de equidad vertical y consiste en que «a necesidades diferentes corresponden respuestas diferentes» (De Negri, 2002) o, en otras palabras, que se aplique un «trato desigual para sujetos no iguales», porque lo igual no siempre es equitativo (Programa Flagship, 2000; Nunes y otros, 2001). Esta perspectiva de la equidad remite a políticas de redistribución de recursos que tomen en cuenta las desigualdades entre grupos o inter-grupos, y a políticas equitativas de atención que apoyen de manera diferenciada a todos los grupos según sus desventajas y fragilidades sociales. Las diferencias desde la perspectiva de la diversidad La perspectiva de la diversidad se enfoca en los sujetos y de acuerdo con ella las diferencias tienen un
9 Sen (1992, p.14): «Los requerimientos de igualdad sustantiva pueden ser particularmente exigentes y complejos cuando hay que contrarrestar un grado importante de desigualdades previas».

carácter positivo porque lo sustantivo es que cada uno pueda aspirar y realizarse en sus propósitos de vida según sus diferencias. La perspectiva de diversidad adoptada aquí parte de un marco de universalidad que permite la coexistencia de diferentes formas valiosas de actividad humana. Lo justo es entonces que cada sujeto [mujer y hombre de cada edad, en cada grupo social, pueblo o país] tenga realmente control sobre sus opciones y que éstas sean reconocidas, disfrutadas y ejercidas plenamente. Por lo tanto, no se admite que haya una sola opción que invalide o niegue las otras necesidades y aspiraciones diferentes. Es decir, las injusticias vienen dadas por una identidad que se impone como la única posible. Esto pasa por entender que los seres humanos tienen un repertorio diverso de identidades, condiciones de existencia y modos de vida. El reconocimiento de estas múltiples diversidades es condición indispensable para la existencia real de opciones expresadas en derechos, oportunidades y capacidades para realizar plenamente la vida, de la forma más próxima a los valores, experiencias y objetivos de cada uno. La equidad se entiende como una respuesta ajustada a las diferencias de cada uno y en contra de inequidades por causa de relaciones de superioridad/inferioridad tejidas, entre otras formas, alrededor del género, la clase social, la edad y/o la etnia, anulando la posibilidad de la autodeterminación y la autonomía de las personas, en su identidad propia y en lo que valoran como proyecto de vida. Como se desprende de esta reflexión, un trato desigual no siempre es inequitativo ni lo diferente es siempre injusto. La equidad permite tratos desiguales que garanticen una real igualdad y tratos diferenciados en relación con identidades y modos de vida distintos. Por lo tanto, lo pertinente a la equidad no es cualquier desigualdad ni cualquier diferencia, sino todo aquello que esté envuelto en problemas de injusticia; es decir, en tratos, posiciones o condiciones que vayan en contra de derechos inherentes a los aspectos vitales de la existencia humana, o contra las opciones que desde el punto de vista subjetivo deben existir para el surgimiento y la realización de todas las personas. Separar la forma de entender estos problemas de injusticia por discriminación, desigualdad de

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oportunidades o inferiorización de sujetos, sólo cumple con un objetivo pedagógico porque en realidad representan ángulos parciales del mismo fenómeno. Las injusticias se implican unas a otras y se refuerzan mutuamente, operando en su base estructuras de poder con distinto arraigo social, cultural, político o económico. La referencia al poder, como señala Guendel (2003c), no intenta reducir las luchas entre los dominados y los que dominan a pesar de que otros autores señalan la importancia de adoptar la visión de los oprimidos para romper con los supuestos deshumanizantes que hay detrás de las distintas formas de dominación. Para Guendel, se trata más bien de reconocer la existencia del poder cuando operan jerarquías sociales en aspectos donde es un imperativo la igualdad. Cuando estas jerarquías se relacionan con el poder o control que ejercen «unos más que otros» sobre espacios que se consideran fundamentales para la vida (derechos, ingresos, riqueza, bienestar, calidad de vida) se habla de déficit, exclusión, discriminación, pobreza, disparidades y/o brechas; en cambio, cuando se vinculan al poder que ejercen «unos sobre otros», ejerciendo control sobre la identidad y la capacidad de

DIAGRAMA 1 LAS DIFERENCIAS EN EL ENFOQUE DE LA IGUALDAD
(TODAS LAS PERSONAS EN ESFERAS VALORADAS DE LA VIDA)

Igual Punto de Partida

Equidad Horizontal= respuestas no discriminatorias por diferencias objetivas o subjetivas en el goce y ejercicio de derechos humanos

Equidad Vertical= respuestas proporcionales a la naturaleza, magnitud y determinantes de diferencias en la calidad de vida

autonomía, e imponen un modo general de vida que separa a ciertas personas y grupos de las redes humanas y/o los obliga a ubicarse permanentemente en una misma categoría social, se habla de inferiorización, subyugación, explotación, marginación, segregación, opresión y persecución. La persistencia y el aumento de estas desigualdades muestra que la sociedad es indiferente a la igualdad y, por ende, a la equidad. Así, las injusticias expresan la existencia de inequidades, y éstas existen por la falta o la incapacidad de respuesta por parte de la sociedad para incidir sobre las jerarquías y desigualdades sociales que las producen. Las injusticias se expresan de múltiples formas y no afectan a todos del mismo modo, es decir, no somos «igualmente desiguales» (CEPAL, 2000) por lo cual se requiere trabajar sobre el cruce de varias formas de injusticia, ligadas a distintas esferas de igualdad y a las distintas identidades y condiciones de vida que definen a los sujetos. Debido a sus múltiples y complejas interconexiones es prácticamente imposible abordar estas injusticias desde visiones unitarias o parciales, por eso son necesarias perspectivas de equidad que permitan articular sus distintas maneras de configurarse. El entrelazamiento entre la igualdad y la diversidad complementa y potencia el acercamiento a los determinantes, procesos y consecuencias de las desigualdades y jerarquías sociales, ampliando la base DIAGRAMA 2 de información para EL ENFOQUE DE LA DIVERSIDAD Su LAS DIFERENCIAS EN entenderlas y enfrentarlas. (TODOS LOS SUJETOS EN SU IDENTIDAD Y OPCIONES VALORADAS combinación incrementa la probabilidad de llegar )a respuestas más justas y ofrece tres aportes sustanciales al debate sobre la equidad: Igual Punto Q Z F de Partida – El reconocimiento P otro distinto a mí como igual del B (Calderón, 2002) permite reconfigurar la estructura y z p q b la cultura de poder vigente y reconstituir fel tejido social Z a desarrollar un sistema político y social más con miras Opciones diferentes para sujetos diferentes inclusivo (Guendel, 2003c). En esto juegan papel que garanticen el goce fundamental la pluralidad dentro de unaejercicio de derechos y sociedad P humanos múltiple y diversa, y la solidaridad, entendida como adhesión o apoyo a una tarea compartida entre personas que se reconocen como iguales. B – Que las personas se vean liberadas de condiciones Opciones que reviertan el materiales trato a sujetos diferentes de vida deficientes y de prácticas como inferiores y discriminatorias en ael ejercicio de sus derechos reproporcionales sus Q,F diferencias de calidad de vida quiere que los sujetos sean reconocidos y que tengan

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pleno control sobre la conducción de su propia vida. – La interdependencia y la articulación de esfuerzos en virtud de la complejidad de la diversidad humana, donde cada persona es diferente de la otra en sus ventajas y desventajas. Desde el punto de vista de la equidad, las primeras deberán ser preservadas con la mayor expansión de opciones, mientras que las segundas deberán ser eliminadas o convertidas en diferencias positivas. Esto sólo es posible si entramos a evaluar la equidad en los espacios concretos de la vida de las personas.

Los ejes que fundamentan la equidad
La equidad tiene relación con cuatro principios ético-políticos generales que agrupamos en dos ejes: el eje igualdad-justicia y el eje universalidaddiversidad. La igualdad y la justicia10 conforman un primer eje que sitúa la equidad en el plano de los «espacios o esferas» relevantes para evaluar los adelantos y las bondades de la vida de las personas. Las esferas de igualdad escogidas en este estudio giran en torno a la calidad de vida, lo que da otro sentido al ejercicio de la ciudadanía y a las bases de un mayor nivel de gobernabilidad. Este enfoque se diferencia de otros centrados en los ingresos y la riqueza, las garantías jurídicas, las oportunidades o el bienestar material. Estas esferas son espacios comparativos donde se juzga el trato dado, la situación o posición de las personas entre unas y otras. Un segundo eje está conformado por la universalidad y la diversidad, donde el plano central de evaluación son los «sujetos», sus condiciones de existencia y lo que éstos valoran. Los
10 Podemos considerarlo también como el eje de igualdad y desigualdad: no obstante, ya que utilizamos los componentes del eje en su sentido positivo, adoptaremos el término de justicia en vez de desigualdad, desde una visión de práctica que entiende la justicia como cerrar las desigualdades que van en contra de la igualdad fundamental. 11 Sen (1992, p. 30): «para que el razonamiento ético sobre asuntos sociales resulte verosímil, debe implicar la igual consideración para todos en algún nivel crítico. La ausencia de tal igualdad haría una teoría discriminatoria y difícil de entender (…) Una teoría puede aceptar e incluso exigir la desigualdad de muchas variables pero a la hora de defender estas desigualdades resultaría difícil eludir la necesidad de su relación con una consideración igual para todos en un nivel básico sustancial».

sujetos se definen de acuerdo con variables involuntarias cuando son heredadas o no sujetas a control [sexo, edad y otras características de carácter físico, mental o biológico], así como sociales y culturales cuando se trata de categorías que inscriben a las personas en una determinada manera de ser y hacer su vida [género, etapas de la vida y roles, clase social, etnia, entre otras] en contextos o entornos que caracterizan ese modo de vida, donde influyen variables demográficas, sociales, económicas y ambientales. Los procesos de conformación de los Estados modernos y la preeminencia posterior de la modernización económica a nivel mundial dieron pie al surgimiento de perspectivas teórico-filosóficas que circunscribieron la equidad a un concepto reducido, de políticas distributivas o correctivas con débil impacto en la disminución de los problemas de desigualdad de derechos y oportunidades económicas y sociales. Al mismo tiempo, las corrientes globales de un universalismo ilustrado pusieron de relieve la importancia de la diversidad para la ampliación de exigencias de pluralidad y mayor participación social. Estas demandas re-emergentes exigen cambiar el esquema restringido de la equidad y adaptarlo a una concepción de igualdad social basada en la calidad de vida, y a un concepto de diversidad que se apoya en el reconocimiento mutuo o recíproco de opciones humanas diferentes e igualmente válidas. La conjugación de estas dos concepciones permite construir una definición de equidad mucho más amplia y de mayor potencia valorativa y práctica que de ninguna forma pretende suplantar estas dos concepciones sino, por el contrario, darles más fuerza y sentido frente a las problemáticas sociales y económicas actuales.

El eje de igualdad y justicia
El fundamento de la equidad es la justicia y la idea de justicia en las sociedades modernas está basada en la igualdad. La igualdad es un concepto vinculante que significa una relación entre pares o entre iguales. No existe sociedad ni cultura en el mundo que no haya tomado el principio de igualdad como uno de sus fundamentos. Sen (1992) afirma11 que en todos los enfoques éticos sobre el orden social se ha planteado el

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principio de la igualdad en alguna esfera sustantiva de la vida., incluso en aquellos enfoques que han negado o cuestionado el principio de igualdad de manera general. Que la igualdad exista en todos los enfoques no los reconcilia ni hace que ésta pierda su carácter sustantivo, lo que expresa es que la noción de igualdad varía según sea el espacio o la esfera central de igualdad en cada enfoque [libertad, propiedad, utilidad, ingresos, riqueza, derechos, oportunidades, necesidades, capacidades, etc.]. Hablar de igualdad lleva a preguntar primero igualdad de qué, para luego entender porqué ese tipo de igualdad es importante. Es así como puede decirse que el énfasis de la igualdad se encuentra en el plano de los espacios que las personas valoran como mecanismos para alcanzar fines sustantivos de la vida. Sin embargo, la igualdad es un campo abstracto que está en tensión y confrontación permanente con el campo de la desigualdad, es decir, con el poder y el control que en la práctica ejercen unos más que otros sobre estos espacios o esferas de igualdad fundamental, lo cual constituye causa de la producción sistemática y recurrente de injusticias en el trato, el acceso y la posición de las personas. En este sentido, la igualdad necesita una práctica de justicia orientada a corregir, a contener o a eliminar las diferencias contrarias a lo que es su espacio o esfera central. En la igualdad lo importante es evitar ser tratado o considerado diferente, mientras que en la justicia lo relevante es lidiar con lo que de hecho nos hace diferentes. La igualdad tiene como objetivo una igualdad «entre iguales» y, la justicia, una igualdad que se hace práctica real «entre desiguales». Los enfoques liberales Dentro del proyecto de la modernidad, la igualdad permitió la conformación de los Estados nacionales modernos. Según Touraine (2000, p. 15) el modelo era «...una sociedad moderna que fuese al mismo tiempo organizada racionalmente, capaz de tutelar los intereses correctamente entendidos de cada uno y socialmente justa en cuanto establecida sobre un principio absoluto de igualdad». Esta idea de autodeterminación, que valorizó al individuo en su

estatus de sujeto y ciudadano, surge en contraposición a los lazos tradicionales del origen, de la herencia y de las diferenciaciones propias de las sociedades tradicionales, aquellas donde el estatus de las personas depende de su pertenencia a un grupo socioeconómico, etnia o religión, y donde el poder emana de una fuerza superior moral o divina. Así, la igualdad tuvo en su origen un carácter político, como base para constituir una comunidad de individuos libres y soberanos, organizados bajo un orden racional y con facultades para transformar las estructuras de la propia sociedad, es decir, de darse sus propias reglas y estructuras de relación y convivencia. Las libertades tienen entonces un fundamento igualitario y conforman una de las primeras esferas o espacios de igualdad valorados, donde las personas son tratadas con los mismos derechos en su condición de seres humanos y ciudadanos, garantizados por una autoridad política representada en el Estado. A través de una larga historia, este Estado moderno fue creciendo y diversificándose, a la par de marcos normativos y legales que fueron dando contenido a los derechos. Los derechos individuales a la libertad y la vida fueron los primeros en normarse, seguidos por los derechos políticos de elegir y de exigir políticas a los gobernantes; por último aparecieron los derechos sociales, económicos y culturales, hoy incluidos en la doctrina de los derechos humanos universales. Este proceso puede caracterizarse como de ampliación o de universalización de la igualdad hacia las distintas esferas de la vida ciudadana. Dentro de este proceso, el Estado liberal de los siglos XVII y XVIII, cuya única función era asegurar la libertad de las personas, fue transformándose en los siglos XIX y XX en Estado Social dirigido a aumentar el bienestar y a ampliar los derechos y su distribución en el marco de los procesos de modernización social y económica. Frente a las tendencias totalizantes de los Estados socialistas y fascistas y ante las crisis de viabilidad en las que entraron los Estados de Bienestar, los derechos de libertad individual comenzaron a colocarse en el centro del debate, privilegiando las libertades negativas [de la persona, de expresión, de pensamiento y religión, de propiedad y de justicia

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legal] y el Estado abstencionista de la doctrina liberal. Los liberales parten de la definición de un sujeto para quien se preserva la «libertad» o el «poder» de expresar y realizar los propios «intereses». Esta idea defiende la igualdad en términos de libertad absoluta o libertad «negativa», en la cual ciertos derechos no pueden ser negados, quitados o restringidos por fuerza externa alguna12. El poder que tienen los sujetos se entiende como la libertad de hacer lo que quieran siempre que sus acciones no interfieran con la libertad de los demás. Esto se concreta en «...la protección del individuo contra la coerción estatal, es decir, se sostiene que con más Estado hay menos libertad» (Laurell, 2002, p. 50), y ello implica que el poder del Estado debe estar sujeto a limitaciones dentro de un fuerte marco legal. La relación con el Estado y las instituciones representa básicamente un acto defensivo de los individuos ante la desconfianza, la multiplicidad de propósitos y la incertidumbre en la dinámica social. Es importante resaltar aquí que las libertades negativas tienen que ver con los intereses y las relaciones de poder; con los roles, expectativas y aspiraciones; con la participación en las decisiones y con la libre determinación. Su base es el derecho o la pretensión legítima a tener derechos, es decir, a tener el poder de hacer lo que cada persona quiera en su vida. Dado que el Estado se construyó como el centro del poder y sujeto político por excelencia, las relaciones de poder y todos los demás aspectos de la vida pública se concentraron por mucho tiempo en la defensa de los ciudadanos frente a las arbitrariedades y/o abusos del Estado. No obstante, en la vida contemporánea esta idea estadocéntrica del poder, con raíces en un pasado donde lo poderoso podía ubicarse en lugares determinados [la hacienda, la clase, la iglesia], ha ido cambiando a una
12 En la doctrina de los derechos, los derechos negativos «son formulados y regulados para aquel que se encuentra en la posesión del derecho, previendo mecanismos precisos de reposición en el supuesto de que ese derecho sea lesionado», Barcesat (2001, p.1). 13 Calderón (2002) sostiene que el poder hoy no está asociado a una posición particular en la sociedad, sino que está en todas partes y en ninguna a la vez. No se ubica en un solo lugar sino que está presente en las diversas formas de producción de la sociedad y en las diversas relaciones sociales. Ese poder está estructuralmente internalizado.

realidad en la cual el ejercicio del poder se encuentra en todas partes [el trabajo, las tecnologías, los flujos financieros, la escuela, el hospital, el modo de vida, las familias, el género]. Estamos en sociedades de amplias diferenciaciones, donde el poder se ha diversificado cruzando todas las esferas de la vida social (Calderón, 2002)13. Tales cambios han permitido, por ejemplo, que el acto sexual forzado contra las mujeres sea hoy una libertad negativa al ser tipificado como delito en contra de la dignidad y libertad de éstas, y reconocido como un acto inadmisible de poder que en la cultura puede ejercer el hombre sobre la mujer. Con las ideas sobre el «desarrollo» que surgieron después de la segunda guerra mundial, basadas en el crecimiento económico, el liberalismo económico adoptó la idea utilitaria de que el crecimiento económico es el fin principal del desarrollo. Según el pensamiento utilitarista, el bienestar general de una nación depende de la cantidad de bienes y servicios producidos. De acuerdo con esta tradición las sociedades deben maximizar la satisfacción de sus necesidades generando grandes agregados o volúmenes en la economía [la producción, el consumo y la riqueza], sin reparar en su distribución o en los derechos de las personas a su disfrute. Este bienestar se mide a través de la suma global de utilidades [placer, satisfacciones, felicidad] que ofrecen los bienes y servicios elegidos de acuerdo con intereses o preferencias individuales. Dentro de las corrientes más radicales del liberalismo económico, la tradición libertaria ha sostenido más bien que lo fundamental en las libertades individuales es el derecho a la propiedad privada, rechazando toda intervención externa que viole este derecho. Ambos enfoques valoran como esfera de igualdad las libertades económicas que ofrece un sistema de mercado. Los individuos se rigen por la maximización de los intereses, siendo su fin último el beneficio individual y el intercambio de lo negociable, básicamente riqueza y bienestar material. Estos individuos son moralmente independientes en el sentido de que cada uno define y es responsable de su propio bien. En consecuencia, la igualdad se basa en las oportunidades económicas que en forma automática

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distribuye el mercado a través del libre intercambio de los agentes económicos, y para lo cual las únicas reglas válidas son aquellas que garantizan condiciones legales, políticas e institucionales moralmente neutras. Los pensadores más radicales del liberalismo económico afirman que la riqueza es la que da felicidad a las personas y no el reparto de esta riqueza, lo cual significa para ellos despojar a unos para dar a otros. Por eso para estos pensadores la libertad económica es incompatible con la igualdad social y, en consecuencia, la equidad no es admisible en un sistema de agentes económicos verdaderamente libres. Pero como lo indica la realidad social de los países en diferentes partes del mundo, las desigualdades de oportunidades económicas y sociales se amplían y profundizan cuando los sistemas de mercado predominan como mecanismo de integración de la sociedad y de acceso a oportunidades, en sustitución de las funciones de protección social que puede ejercer el Estado y la propia sociedad. De hecho, las desigualdades no sólo afectan a los excluidos, sino también a quienes tienen acceso, debido a que el mercado subvalora las competencias basadas en el talento y el esfuerzo. Al respecto Calderón (2002, p. 50) afirma que: «La igualdad de oportunidades en el mercado no existe, entre otras causas, por la inequidad económica, por la persistencia de culturas de la desigualdad y por el propio reduccionismo económico de la noción ideológica de mercado. (...) El mercado funciona sobre el principio racional de maximización de beneficios individuales, promoviendo una visión de la sociedad desprovista de una noción más sustantiva del bien común, transformando a los individuos más en consumidores que en ciudadanos y favoreciendo el retrotraimiento sobre la vida privada y una concepción egoísta e individualista del futuro». Dentro de un enfoque de liberalismo político, John Rawls (1971) fue quien introdujo la equidad como principio que corrige la idea del bienestar general de los utilitaristas y plantea la necesidad de redistribuir los factores que permiten una igualdad política más allá de las leyes. Para este autor, en una sociedad «justa», democrática y de mercado, la equidad es el factor que permite a los más desfavorecidos participar igualmente

si las instituciones sociales se encargan de distribuir de manera diferenciada lo que él llamaba «bienes primarios» [derechos, libertades, poderes, oportunidades, ingresos y riqueza, entre otros], hasta un nivel que cubra libertades básicas. Para Rawls, la pobreza es producto de la distribución desigual de estos bienes. Haber nacido rico o pobre, o estar mal dotado de talentos, es un hecho que para este autor no constituye el centro de lo que es justo o injusto. Lo que es inaceptable es que las instituciones sociales sean indiferentes a las consecuencias de estas diferencias naturales o sociales, dejadas al azar o a la suerte. Por ello, según Rawls, la igualdad y la equidad son principios fundamentales de la estructura básica de las sociedades democráticas que garantizan posibilidades vitales a todas las personas según su posición inicial. Esto hace necesario que se corrijan los efectos perversos del mercado y que se garantice la universalidad de los derechos humanos (Salvat Bologna, 2003b). Más recientemente, en la década de los ochenta, la llamada «Teoría de los Mínimos Sociales» del liberalismo económico adaptó la concepción de equidad a una compensación mínima transitoria de transferencias y subsidios directos y selectivos a los más necesitados o a la pobreza de base económica, mientras se llevaba a cabo un acelerado proceso de liberalización de los mercados internos para entrar en la dinámica de la competencia internacional. Según este enfoque, el camino para lograr el mayor crecimiento es la eliminación de toda barrera impuesta al funcionamiento del mercado, así como el desmantelamiento de los sistemas estatales de protección universal que signifiquen derechos adquiridos de la población sobre bienes y servicios. El Estado y la política pública se restringen a medidas de compensación, preferiblemente monetaria, y se reducen sustancialmente sus acciones en otras áreas sociales por las distorsiones que, según este liberalismo, produce el mercado. Para Guendel (2003a, p. 4), «(...) el propósito de este enfoque no es acabar con la pobreza sino, solamente, atenderla hasta que el dinamismo del mercado la reduzca a un problema producido por desajustes coyunturales entre los mercados».

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Los enfoques igualitaristas Los Estados de Bienestar generaron una importante cultura de obligaciones y de igualdad en las estructuras y relaciones sociales que aún se mantiene en los países donde alcanzaron mayor desarrollo. A ello se debe que muchos de los sistemas de protección social creados hace casi dos siglos atrás continúen hoy funcionando, a pesar de las permanentes restricciones económicas. En este modelo de Estado, en cada país –de acuerdo con sus especificidades– prosperaron los enfoques igualitaristas de justicia social acompañados de dos postulados: primero, que las cada vez más amplias desigualdades sociales evidencian que las oportunidades están ligadas a las relaciones de poder y a la ubicación de las personas en las jerarquías económicas y socioculturales; segundo, que para que las oportunidades existan es necesario contar con reglas que cambien los patrones de poder y con políticas deliberadas para disminuir esas desigualdades. En este sentido, el BID (1998, p. 45) define la justicia social de la siguiente manera: «La desigualdad y la pobreza se convierten en un asunto ético que reclama intervención externa cuando se reconoce que las condiciones que las generan no son elección de los individuos, sino el legado del pasado o de circunstancias que no están bajo su control». Por su parte Lecaros (2003), en similar planteamiento, expone que tener oportunidades no depende del esfuerzo de las personas, de los países o de leyes y regulaciones más fuertes. Dentro de relaciones de poder desiguales de acumulación-exclusión, las oportunidades son «cautivas». Estas no aparecen espontáneamente ni implican libertad cuando las reglas para obtenerlas son decididas o controladas desde afuera. En un reciente estudio sobre la meta de reducción de la pobreza en los objetivos de desarrollo del milenio acordados por 189
14 (PNUD, 2003, p. 4) «...para una línea de pobreza, cualquiera que se elija, la pobreza varía de acuerdo con la cantidad de recursos que existan en el sistema económico, visto su comportamiento a través del ingreso medio (crecimiento) y, de acuerdo con la distribución de estos recursos, observada por la distribución de los ingresos (desigualdad)». 15 En la doctrina de los derechos humanos, los derechos civiles y políticos no pueden ser ejercidos sin la protección de los derechos sociales.

países del mundo, se afirma que la pobreza es una función empíricamente demostrada del crecimiento y de la desigualdad de los ingresos14, por tanto, para enfrentar el problema es necesario desplegar políticas en ambas direcciones y en particular utilizar activamente las políticas públicas en las áreas de empleo, capital humano, productividad y transfe-rencias públicas (PNUD, 2003) para disminuir los niveles de desigualdad. Necesidades humanas como la sobrevivencia, un entorno vital, la cultura e incluso el desarrollo moral constituyen las esferas centrales de la igualdad dentro de estos enfoques. Estas se asocian con lo que se ha llamado las libertades positivas, es decir, con la alimentación, la vivienda, la salud, la educación, el trabajo, o se derivan del derecho a vivir, bien vivir o más vivir (Peña, 1997), las cuales sólo se pueden conseguir si existe una acción que las favorezca, a diferencia de las libertades negativas cuyo ejercicio depende de que otros no hagan cosas para limitarlas o impedirlas. Estas libertades positivas han sido producto de cambios de valores y de pautas sociales, producto de la generación de nueva riqueza, de un mayor humanismo y de los pactos de convivencia social que además de aumentar la respuesta a las necesidades humanas han asegurado también el desarrollo de las libertades negativas, civiles, políticas, además de los derechos económicos15. Las libertades positivas han consistido en el desarrollo de nuevas y más amplias garantías de acceso a recursos y beneficios materiales y sociales, de tal manera que «...toda persona cuente con las condiciones necesarias para poder participar plena y libremente en la vida social, cuestión que requiere de acciones públicas o estatales para garantizar estas condiciones» (Laurell, 2002, p. 51). Es importante señalar aquí que las libertades negativas se asumen como libertades con un valor en sí mismo o de carácter estratégico, en cambio las libertades positivas se califican como prácticas o programáticas. Esta calificación las ha colocado en un lugar secundario y su exigencia está condicionada por las posibilidades de recursos. Mientras las negativas se materializan en el uso libre e individual que cada uno haga de ellas, de acuerdo con sus intereses, las positivas

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sólo se ven materializadas en el esfuerzo que la familia, la sociedad y el Estado hagan para satisfacerlas. En las primeras se supone la posesión del derecho; en las segundas se parte de su des-posesión, por lo tanto, el ejercicio del derecho se concreta en el «acceso» o en los mecanismos que posibilitan su reconocimiento y ejercicio (Barcesat, 2001). Por largo tiempo las corrientes teórico-filosóficas han girado en torno a si el centro de la igualdad se encuentra en el interés o en la necesidad16. La separación de ambas libertades como cosas totalmente independientes e incluso antagónicas ha ido cambiado con la progresiva expansión de la doctrina de los derechos humanos. Hoy se sostiene que garantizar las libertades negativas no es posible sin garantizar al mismo tiempo las libertades positivas, basándose en la relación interdependiente e indivisible de los derechos sociales y los derechos individuales, ambos necesariamente objeto de garantías jurídicas e institucionales para que puedan ser ejercidos. Esta separación esconde que detrás de los déficit de necesidades funcionan relaciones y estructuras de poder que excluyen a grandes mayorías de las personas de una vida digna. Guendel (2003c, p. 3) establece que «temas como la democracia en la familia, en la escuela, la vivencia de la salud sexual y reproductiva adquieren relevancia para la política social y obligan al Estado a una toma de posición al respecto. Igualmente muchas de la patologías sociales, que anteriormente eran comprendidas como derivaciones de la pobreza o como atributos de condiciones marginales de ciertos individuos se interpretan, en este nuevo marco de referencia, como el resultado de factores socioculturales que inducen a violaciones o prácticas violentas contra los derechos individuales con efectos muy graves tanto en los procesos de construcción de la identidad personal y social de las personas como en la satisfacción de las necesidades». Ciertamente, las libertades positivas no pueden ser tratadas de la misma manera que las negativas; ello impediría cualquier acción y colocaría las necesidades dentro de la esfera de la responsabilidad individual. Pero no es posible que las libertades negativas se ejerzan plenamente si las positivas no se realizan también. Por ejemplo, para asegurar que todos los individuos

disfruten del derecho a no ser lesionados en su integridad física y bienes materiales, no sólo son necesarios sanciones y poderes que las apliquen, es indispensable también una acción positiva dirigida a generar sistemas de seguridad ciudadana que comprenden además de las funciones policiales, las que se refieren a accidentes, desastres, etc. Del mismo modo, no es aceptable que el derecho a no morir por agresión sea más importante que dejar morir a una persona por enfermedad, por hambre, por abandono o por miseria económica. Por eso, el derecho a la vida esta consustanciado con el derecho a la salud y a la alimentación, y ambos son igualmente importantes en el interés de cada persona. En conclusión, las libertades negativas y positivas son inseparables y se implican mutuamente17. Para que las segundas puedan realizarse es necesario, además de su reconocimiento jurídico, que se generen y funcionen de manera segura, adecuada y suficiente los mecanismos para hacer efectivo el acceso comprometido en la norma y que estas acciones sean exigibles y justiciables (Barcesat, 2001, p. 1). Aunque los denominados enfoques igualitaristas ligados a la justicia social difieren mucho entre sí, podemos destacar tres grandes tendencias: • Las socialistas, donde la igualdad se alcanza a través de la propiedad social estatal de los medios de producción. En este enfoque existe el mismo acceso de todos a los bienes y servicios que se consideran esenciales para las personas y que deben distribuidos en partes iguales. Dado que la idea es construir un modelo de sociedad donde no deben existir la escasez de renta ni la desigualdad, las personas son más libres

16 De acuerdo con Sen (1992, p. 35), el antagonismo entre libertad e igualdad es un error categórico puesto que no son categorías excluyentes. «La libertad se encuentra entre los posibles campos de aplicación de la igualdad y la igualdad se halla entre los posbles esquemas distributivos de la libertad». 17 Para Laurell (2000, p. 50) «la libertad positiva resuelve la tensión entre libertad e igualdad precisamente a través de los derechos, ya que estos corresponderían a la satisfacción de aquellas necesidades que permitirían desarrollar las capacidades o potencialidades, colectivas e individuales, requeridas para una plena participación social».

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y en esencia iguales en sus necesidades. Por tanto, los mecanismos de igualdad y justicia no son el centro de estas corrientes, sino que son parte de las contradicciones del sistema social capitalista. Este enfoque se centra en la igualdad de acceso a la riqueza social y exige un proyecto de sociedad totalizante, donde las libertades individuales están restringidas o sujetas a un poder central. • Las universalistas o distributivas, que avanzaron a la par de los sistemas de seguridad social de los Estados Sociales y más ligadas a los principios de libertad y autonomía humana. En este enfoque se plantea que los bienes económicos y sociales fundamentales deben ser repartidos a través de una adecuada y justa redistribución de la renta y de una cobertura que abarque a todos los ciudadanos en toda necesidad objetiva, independientemente de su condición social. Sus objetivos generales son una renta mínima independiente del salario o de la propiedad; seguridad ante contingencias como enfermedad, vejez y/o desempleo; subsidio a la oferta de bienes y servicios básicos y acceso masivo a servicios sociales sin discriminación alguna. La equidad se entiende como una justicia distributiva o mecanismo correctivo de las desigualdades económicas y sociales a partir del reconocimiento de igualdad de derechos en aspectos como educación, riesgos de salud y empleo que permiten poner a las personas en iguales condiciones de partida para entrar en el mercado y competir por los beneficios producidos en la sociedad. • Las feministas, erigidas a favor de la igualdad y la equidad de género, exigen cambios profundos en la sociedad, la cultura y el poder para eliminar la discriminación y la opresión en razón del sexo. En estas corrientes también se plantea la equidad pero cuestionando su asimilación a la igualdad. Para las feministas, la igualdad es la meta superior por medio de la cual hombres y mujeres logren gozar de la misma condición para ejercer sus derechos humanos. La equidad es una medida más bien dirigida a cubrir los déficit históricos y sociales de las desigualdades por género. No obstante, otros enfoques han dado mayor importancia a la equidad cuando se revalorizan las diferencias de hombres y mujeres en perspectivas,

necesidades, intereses, funciones y recursos, las cuales dependen de las orientaciones del género, aunque no exclusivamente, dado que estas diferencias también se encuentran influidas por la clase, la etnia, etc. Reconocer las diferencias también está dirigido a reconstruir las relaciones hombre-mujer sobre la base de sus experiencias y situaciones concretas y a la necesaria asociación entre ambos para superar las injusticias que se producen en sus vidas. En las tendencias anteriores la igualdad no logró convertirse en una regla socialmente reconocida, por tanto, la equidad pasó a ser una alternativa menos exigente, orientada a la compensación o a la garantía de condiciones básicas para aliviar los efectos de las desigualdades, manteniéndolas e incluso reforzándolas. Es en el igualitarismo contemporáneo donde aparece con más fuerza el concepto de equidad. En este enfoque se retoman los aportes que hiciera Aristóteles cuando le imprime a la equidad un carácter de principio de justicia superior y complementario a la igualdad, que rectifica su insuficiencia para atender la heterogeneidad de desigualdades en las condiciones, circunstancias y capacidades de cada persona y de cada grupo. En este sentido, la equidad se adopta como una igualdad orientada por las diferencias: «...la justicia social no puede ser interpretada sólo como distribución igual para todos sin consideración de otros criterios moralmente relevantes. Como establece Aristóteles: los iguales deben ser tratados igualmente y los desiguales deben ser tratados desigualmente en proporción a las desigualdades moralmente relevantes» (Guillon, 2001, citado por Vega, 2001, pp. 58-59). La equidad puede recurrir a una distribución desigual de oportunidades y recursos o a un trato que beneficie a unos grupos humanos más que a otros para cubrir las diferencias o distancias que en ciertos aspectos una sociedad, un gobierno o las personas consideran injustas. Por lo tanto, la equidad se rige por valoraciones éticas y no económicas. Los criterios moralmente relevantes son tomados de las nuevas corrientes universalistas de los derechos humanos que se basan en el bien común, la distribución de este bien y el acceso a la cultura universal, así como de las reflexiones que hicieran el

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propio Aristóteles y más tarde Marx sobre las necesidades, capacidades o potencialidades18 que permiten a una persona funcionar de una manera verdaderamente humana, y que Nussbaum (2000) llama las «capacidades centrales para el funciona-miento humano». De esta forma, este enfoque asume la valoración de las capacidades humanas como esfera central de una igualdad fundamental y la obligación ética, moral y política de la sociedad de proveer las condiciones y los mecanismos para que todos los seres humanos puedan realizarlas considerando la orientación de los esfuerzos que las mismas personas hacen en sus luchas para salir de su situación, de acuerdo con sus intereses y aspiraciones en lo que libremente quieren ser y hacer. El enfoque de capacidades humanas desarrollado tanto por Sen (1992) como por Nussbaum (2000), en contraste con el enfoque utilitarista predominante en las teorías del desarrollo, aporta importantes elementos al análisis de las diferencias. Estos autores señalan que las desemejanzas humanas son muchas y variadas. Estas pueden deberse a capacidades físicas y mentales, a vulnerabilidades de diverso tipo, a la edad, el género y también a las bases sociales y económicas que posibilitan vivir bien y ejercer una libertad real, en tanto poder escoger el tipo de vida que se valora. Las diferencias reflejan que las condiciones de partida y oportunidades de acceso a recursos varían mucho de una persona a otra y que son muy distintas las capacidades para transformar estos recursos en la realización de necesidades o funcionamientos humanos valiosos, es decir, que permitan llevar una buena vida de acuerdo con lo que valoramos en ella19. Por lo tanto, una condición de igualdad formal o jurídica; una igualdad de libertades civiles, políticas o económicas e incluso una igualdad de recursos o bienes sociales, sea a un nivel básico a partir de la redistribución de la renta y de acceso a la prestación de servicios universales –como lo plantea la corriente universalista– o, incluso, donde todos obtengan lo mismo como en la visión socialista, no es garantía de la satisfacción plena de estos funcionamientos valiosos. Para Nussbaum (2000) las capacidades humanas se entienden como lo que hacen y lo que están

en capacidad de hacer las personas para funcionar de una forma plenamente humana. Estas capacidades de funcionar son los criterios para evaluar la calidad de vida y constituyen el espacio o la esfera sustantiva de igualdad. «Si agregamos los datos de diferentes vidas para producir una noción de las diferencias de calidad de vida en el plano de una región, de clase y de nación, es siempre en el espacio de estas capacidades centrales que hacemos tales comparaciones, definiendo según este criterio a los que están en peor situación y a los que están en una posición adecuada» (Nussbaum, 2000, p. 112). Este hecho verídico y complejo de las diferencias humanas exige una equivalencia «justa» entre contribuciones y beneficios de tal manera que cada quien reciba de acuerdo con lo que necesita para realizar plenamente sus capacidades y aspiraciones, y que cada cual aporte según sus posibilidades de esfuerzo, adaptando la máxima de Marx a este enfoque20. Es decir, que nadie esté impedido o privado de realizar las capacidades centrales de la vida, de manera suficiente y adecuada, y que los costos asociados

18 Estos términos tienen significados muy distintos. Debido a las limitaciones en la extensión del estudio no se hace suficiente mención a estas distinciones conceptuales, a no ser en la segunda parte del trabajo donde este tema se trata brevemente en relación con el concepto de desarrollo humano. 19 Sen (1992, p. 139): «La igualdad de ingresos, o –más generalmente– de bienes primarios o recursos, puede no resultar en la satisfacción de necesidades cuando las necesidades varían interpersonalmente y también lo hace la transformación de recursos en satisfacción de necesidades. En la persecución de la igualdad en el espacio del buen vivir, o de satisfacción de necesidades, tenemos que ir más allá de las categorías basadas en ingresos y también de las así llamadas clases marxianas». 20 Se está haciendo referencia a la conocida frase: «de cada uno de acuerdo con su capacidad, a cada uno de acuerdo con sus necesidades» (Marx, 1958, Crítica del Programa de Gotha). De acuerdo con Sen (1992), el tema de las diferencias hizo que el mismo Marx ampliara su visión sobre la igualdad de las necesidades humanas tomando en cuenta las múltiples diferencias contenidas en ésta. Marx «también enfocaba su atención en la necesidad de atender a nuestras múltiples diversidades, incluidas las diferencias de necesidades (...) Una parte esencial de la queja de Marx era el error de ver a los seres humanos «sólo desde un determinado aspecto», en particular el de ver a la gente «sólo como trabajadores» (…) ignorando todo lo demás (...). Como ejemplo Marx se había referido concretamente al hecho de que diferentes trabajadores tenían familias de tamaño diferente» (Sen,1992, pp. 138-139).

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RECUADRO 2 ENFOQUES DE JUSTICIA Y EQUIDAD Clásico
Aristóteles afirmaba que «...la equidad es la rectificación de la ley cuando se muestra insuficiente por su carácter universal» (Abagnano 1974; citado por Maingon, 2001). La equidad «...busca la igualdad de la esencia, pero la diferencia de lo superficial, se busca la igualdad de lo general, la diversidad de lo particular» (Grañeras et al., 2002). A partir de este concepto otros autores definen la equidad como una «cierta especie de justicia, consistente en la rectificación aplicada a cada caso concreto en que los criterios generales de justicia (conmutativa o contributiva) resultan deficientes precisamente por su carácter general. Lo equitativo implica un «enderezamiento» de lo justo legal o general (Vilas, 2001, p. 12); o como una «forma de justicia superior» (De Negri, 2002) que se combina con la igualdad de todos a iguales derechos (universalidad), rescatando las diferencias que expresan desigualdades efectivas en el acceso y la realización de condiciones sociales y materiales para alcanzar una mejor calidad de vida.

Marxista
Aun cuando para Marx los derechos y la justicia son definidos en términos esencialmente burgueses, se puede inferir que el concepto de justicia está asociado con la lucha de clases basada en las relaciones económicas de producción. La explotación capitalista es la fuente de las injusticias sociales y base del poder de las clases dominantes. En este enfoque la justicia está definida como la distribución de acceso a la riqueza y al bienestar social. Las sociedades se aproximarán a la justicia si son equitativas entre los que tienen menos y los que pueden más, según la máxima: «de cada uno de acuerdo con su capacidad, a cada uno de acuerdo a sus necesidades» .

Utilitarista y economía neoclásica
El utilitarismo ha sido identificado por Sen (1999) como el enfoque ético dominante de la economía del bienestar y de la política pública. Sus autores más importantes son: Adam Smith, Jeremy Bentham, John Stuart Mill, Wiliam Staley Jevons, Henry Sidwick, Francis Edgeworth, Alfred Marshall, A. C. Pigou y Wilfredo Pareto. El fundamento de esta teoría reside en las consecuencias que tienen los actos, las normas, las instituciones, etc. sobre el bienestar de las personas. El patrón justo o socialmente óptimo de asignación de recursos es aquel que maximiza la suma agregada de todas las utilidades generadas por todos los individuos en su conjunto, sin prestar atención a su distribución entre éstos, ni a los derechos. Estas utilidades representan placer, felicidad, satisfacción, deseos o cualquier medida de bienestar mental que se juzga por las preferencias (o intereses particulares) de las personas al seleccionar bienes y servicios. El criterio de justicia en la igualdad utilitaria es «otorgar igual peso a los intereses iguales de todas las partes» o «conceder siempre igual ponderación a los intereses de todos los individuos» (Sen, 1992, p. 27).

Libertario
Para los libertarios (F.A. Hayek, Robert Nozick, Milton Friedman y Ayn Rand), lo fundamental en la vida humana es garantizar ciertas libertades personales y los derechos de propiedad privada como prioridad absoluta, cualesquiera sean su distribución entre éstas y sus consecuencias sobre el bienestar de las personas. Están en contra de toda intervención del Estado (incluyendo las atribuciones fiscales con fines redistributivos) o de cualquier acción que restrinja esas libertades y derechos. Se aceptan por tanto las desigualdades económicas y sociales como consecuencias naturales del funcionamiento del mercado, y se critican los conceptos de bienestar social y justicia social. Por eso ha sido identificado como un enfoque incompatible con la equidad y la justicia social. Niegan todo papel a la religión y subrayan la importancia del consentimiento: si dos personas acuerdan hacer algo que no sea perjudicial a una tercera, esto no debe ser prohibido por ninguna autoridad. Algunos libertarios se acercan al anarquismo, otros identifican el individualismo con el egoísmo, y otros equilibran los intereses individuales con los de la comunidad y la tradición.

La justicia como equidad (John Rawls)
La perspectiva de Rawls (1971), plantea una alternativa a la visión utilitarista del bienestar social, empleando la distribución como criterio. La equidad es el principio primordial de justicia y su función es garantizar la más amplia libertad posible en una sociedad de mercado y democrática, a partir de un «contrato social factible» donde las instituciones sociales hagan a todos los individuos poseedores de bienes primarios (derechos, libertades, poderes, oportunidades, ingresos y riqueza). La asignación de estos bienes debe regirse por dos principios: a) el principio de la igualdad: toda persona tiene igual derecho a un esquema plenamente adecuado de libertades básicas iguales, que sea compatible con un esquema semejante de libertades para todos; b) el principio de la diferencia: frente a las desigualdades económicas y sociales todos tienen derecho a poseer los bienes primarios en condiciones de igualdad de oportunidades (sobre todo el empleo), y los menos favorecidos deben ser compensados con un mayor incremento de esos bienes, dentro de una sociedad justa. Siguiendo la tradición del liberalismo político, la libertad tiene para Rawls un valor absoluto; el bienestar material no puede justificar su sacrificio. La pobreza para Rawls es producto de la distribución desigual de la riqueza. La base última de la pobreza se encuentra en las contingencias naturales o sociales (haber nacido rico o pobre o estar mal dotado de talentos), pero estos son hechos que no pueden ser modificados, por tanto no son justos o injustos. Lo injusto es que las instituciones sociales sean indiferentes a las consecuencias de estas diferencias naturales o sociales, dejadas al azar o a la suerte. Esto hace necesario que se corrijan los efectos perversos del mercado, así como que se garantice la universalidad de los derechos humanos (Salvat, 2003).

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RECUADRO 2 (cont.) ENFOQUES DE JUSTICIA Y EQUIDAD Ingresos en función del mérito
El reconocimiento de que las personas son diferentes justifica una distribución desigual de ingresos para ser efectivamente justos (Letwin 1983, citado en Sen, 1992). Ello se expresa en proporciones de ganancias distintas de acuerdo con el talento, el esfuerzo y las necesidades individuales. La igualdad según el mérito significa «a igual mérito, igual trato». La justicia exige que se trate a la gente como personas responsables por sus acciones y, por lo tanto, susceptibles de recompensas o castigos de acuerdo con su conducta (Campbell, 2002).

Neoliberal o de los mínimos sociales
Definido como el enfoque neoliberal de la justicia social, se basa en los derechos que tiene todo individuo a orientar su ámbito privado de acuerdo con sus propios intereses y preferencias por consiguiente, exalta los principios del individualismo, la igualdad de oportunidades de mercado y la libertad. Los ámbitos de justicia remiten a niveles mínimos y a la maximización del bienestar agregado (Vargas et al., 2002). Sus criterios de equidad son: la prioridad, la selectividad territorial y la focalización en los más necesitados. Se justifica la acción pública sólo para mejorar las condiciones de la población más desfavorecida a través de un nivel básico de asistencia, las demás acciones orientadas hacia lo social son distorsiones del mercado, que violentan la asignación eficiente de los recursos. Por encima de esos estándares mínimos, las personas deben ser libres de procurarse en el mercado todos los bienes adicionales que deseen comprar. El propósito es atender las necesidades mínimas hasta que el dinamismo del mercado las reduzca a un problema producido por desajustes coyunturales entre los mercados (Guendel, 2003a).

Igualdades complejas (Michael Walzer)
Walzer (1993) intenta establecer qué es lo justo en todos y cada uno de los ámbitos de una sociedad entendida como un vasto sistema de distribución de todo tipo de bienes materiales y no materiales, económicos y no económicos, como salud, educación, seguridad, identidad nacional, ciudadanía, pertenencia, poder y honor. Existen diversas esferas de distribución según la naturaleza del bien (seguridad, bienestar, dinero, cargos, educación, tiempo libre y poder político), y en cada una de ellas agentes (mercado, estado, familia, burocracia), que distribuyen los bienes de acuerdo con criterios distintos (mérito, necesidades, lealtad, política). El bien social tiene distintos significados por tanto, no puede haber un solo criterio de distribución; cada esfera de justicia genera sus propias normas. Walzer identifica tres criterios de distribución: a) el libre intercambio de bienes, convertibles mediante el criterio neutral del dinero, que no garantiza resultado distributivo; b) el mérito, que requiere de juicios muy especiales y produce distribuciones específicas; y c) las necesidades, que es un criterio realmente distributivo, con mucho valor en sociedades de gran pobreza, que requiere complementarse con otros valores. Los criterios de maximización del mercado tienden a expandirse y a dominar los poderes distributivos de las otras esferas. La idea es que ningún criterio predomine sobre los demás, alcanzando una «igualdad compleja» donde las necesidades sociales se reconozcan en las decisiones políticas (grado de legitimidad) y haya eficiencia en la distribución de recursos temporales y escasos.

Igualitarista contemporáneo
Se trata de un nuevo igualitarismo inspirado en la definición de equidad aristotélica, que trabaja las categorías del bien común, de distribución de este bien y de acceso a la cultura universal con base en las diferencias y no solamente en la igualdad, y opera sobre tres dimensiones: a) igualdad de trato para necesidades iguales, independientemente de cualquier otra característica personal que no tenga que ver con la necesidad, tal como los ingresos, sexo, edad; b) igualdad de acceso en cuanto a la distribución de los recursos y oportunidades; y c) igualdad de niveles de realización o posición social alcanzada (Vargas et al., 2002). Una sociedad será más equitativa si cada quien recibe según su necesidad y si cada cual aporta al financiamiento según su capacidad económica, basado en el principio de «quién más tiene, más aporta», que es la lógica de las estructuras impositivas (Hernández, 2000).

Feminista liberal y contemporáneo
Aborda la justicia como noción que implica igualdad de derechos para las mujeres y los hombres. No hay justificación para negarle a la gente los derechos civiles, políticos, sociales y económicos básicos – así como la distribución de las cargas y de beneficios– por razones de género. Resultan inaceptables las disposiciones políticas y económicas que producen desventajas desproporcionadas para las mujeres. La justicia social se alcanza cuando se eliminan la dominación y la opresión institucionalizadas. La justicia debe promover como valores universales: a) el desarrollo y el ejercicio de las capacidades y experiencias propias, y b) la participación en la determinación de las propias acciones (Young, 1990). Sin embargo, el pensamiento feminista contemporáneo ha ampliado esta visión e incluye una crítica a los derechos básicos y la extiende hasta la justicia como base normativa de la sociedad. Así, entiende la justicia no sólo en lo que se refiere a la distribución sino también a las condiciones institucionales necesarias para el desarrollo y ejercicio de las capacidades individuales y de la comunicación y la cooperación colectivas. Pone el énfasis en las diferencias humanas como base para la reivindicación de la igualdad de resultados y la justicia. Algunas autoras señalan que las diferencias entre géneros no son relevantes para la justicia social pero otras anotan que es injusto el tratamiento igual para los géneros. Young insiste en que la negación de la diferencia contribuye a la opresión y defiende una justicia que reconozca la diferencia (Campbell, 2002).

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a esta realización no dependan solamente del esfuerzo que puede hacer cada persona, considerando sus diferentes impedimentos y condiciones desfavorables. El igualitarismo contemporáneo ha ampliado la equidad hacia varias dimensiones en lo que podemos denominar una «equidad compuesta» cuyas dimensiones son: – La equidad horizontal, o la igualdad de trato para necesidades iguales. Este tipo de equidad se enfoca en el trato y/o la distribución no discriminatoria de acceso a oportunidades y de realización de capacidades humanas debido a condiciones económicas, sociales o culturales, tales como ingresos, sexo, edad, pertenencia étnica, etc. Esta equidad se entiende como ausencia de discriminación o de trato excluyente como seres iguales en su condición humana y tiene una función inclusiva en la sociedad como ciudadanos con iguales derechos y poder para ejercerlos. Esta equidad se entiende como ausencia de discriminación o de trato excluyente como seres iguales en su condición humana y tiene una función inclusiva en la sociedad como ciudadanos con iguales derechos y poder para ejercerlos. – La equidad vertical o el trato desigual para necesidades desiguales. Esta forma de equidad se enfoca en las desigualdades o brechas injustas que existen entre personas o grupos, actuales y previas, y que exigen una distribución o trato no igualitario y suficiente para alcanzar la igualdad justa. Esta equidad puede interpretarse como ausencia de disparidades o desigualdades, tanto en el acceso a recursos como en la realización de capacidades humanas. Puede asimilarse a políticas distributivas cuyo objetivo es dar más a quien más necesita. Siguiendo estos mismos planteamientos, diversos autores contemporáneos plantean que la igualdad no puede ser plena hoy en día si no se considera la participación que en ella tienen los propios sujetos en sus contextos y luchas particulares. Vale mencionar aquí algunos de los elementos centrales de la igualdad a fin de completar este enfoque. Guendel (2003b) establece que la igualdad jurídica o legal, la igualdad política o de libertades y la

igualdad distributiva o de recursos constituyeron los enfoques más importantes del concepto de igualdad. Pero la perspectiva de los derechos humanos amplió estas visiones postulando el concepto de «igualdad social y cultural», en la cual los sujetos humanos se reconocen como personas activas con capacidad para auto-reflexionar e incidir en todos los ámbitos sociales. En consecuencia, la igualdad y la equidad requieren poner el foco en las bases constitutivas de los sujetos y en los espacios de poder que éstos tienen para actuar libremente a favor de su propio destino, tanto en lo que se refiere a la satisfacción de sus necesidades vitales como a la de elegir el modo de vida que valoran. Una persona que sistemáticamente ha vivido en condiciones privativas o de opresión tendrá pocas posibilidades de reconocerse en sus propias necesidades y de exigirlas como derechos o como oportunidades. Un sujeto que permanentemente es negado, despreciado o no reconocido, que ha sufrido agresiones continuas, sean físicas o simbólicas, no tiene otra alternativa que subordinarse a los poderes que lo oprimen o resistir a través de la violencia debido a la imposibilidad de convertirse en actor (Wieviorka, 2001). Así, la identidad y la subjetividad son aspectos tan vitales como la satisfacción objetiva de las necesidades humanas. A medida que la identidad es un recurso desarrollado plenamente, las personas tienen mayor capacidad potencial de plantear sus necesidades, reivindicaciones o demandas a través de formas propias de organización (Oszlak, 2002). De esta manera cobra mayor importancia la relación interdependiente entre la igualdad como justicia que actúa sobre las diferencias sociales dentro de los espacios o esferas de las necesidades y capacidades humanas, y la libertad como reconocimiento de los sujetos en sus identidades, necesidades y aspiraciones propias, vistas ambas como partes de una misma realidad socioeconómica y cultural y que es lo que permite a las personas alcanzar realizaciones valiosas. Esto, señalado por Bustelo (2002), es la base de una «ciudadanía social emancipada» diferente a una «ciudadanía social asistida», donde la igualdad y la inclusión son objetivos fundamentales de la sociedad y donde las personas se constituyen en sujetos sociales

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La equidad en el Desarrollo Humano: estudio conceptual desde el enfoque de igualdad y diversidad

RECUADRO 3 ENFOQUES DE IGUALDAD Y JUSTICIA

Igualdad o justicia liberal, jurídica, política y económica A favor de la garantía de los derechos individuales: derecho de la persona, de expresión, de pensamiento y religión, de propiedad y de justicia legal, derechos que dejan a cada persona libre para buscar su propio bienestar en una sociedad de individuos articulada alrededor del mercado, y en contra de los privilegios o abusos de poder del Estado o del mercado mismo. No toma en cuenta las diferencias sociales o económicas. La igualdad de trato genera una igualdad automática para hacer libre uso de las oportunidades que el mercado ofrece, de acuerdo con los intereses y las preferencias de cada quien. Vista la justicia como individualismo e independencia del bien propio, rechaza toda perturbación ajena a como vienen las cosas dadas en la realidad, de manera que cada quien debe hacer lo que mejor pueda y cargar con la responsabilidad de sus actos, por lo tanto, al no genera mayores obligaciones con los otros, hace del interés general la suma de los intereses individuales. Igualdad o justicia socialista A favor de un proyecto global de sociedad donde no existan la escasez de renta ni las desigualdades. La lógica del comportamiento real del sistema capitalista (no la lógica del ideal ético-político del mercado) socava la igualdad política a través de la hegemonía de clase que reproduce, acumula y profundiza las desigualdades socioeconómicas. Desde esta perspectiva, la desigualdad es inherente al sistema capitalista basado en la estructura de clases y en la propiedad privada de los medios de producción, en el cual la explotación es la fuente de enriquecimiento de las clases dominantes. La igualdad y la justicia distributivas no son suficientes para alcanzar una efectiva igualdad de libertades y oportunidades. La justicia debe partir de un compromiso político y colectivo con los oprimidos y con el cambio radical de patrones de poder y de dependencia económica predominantes para transitar hacia una sociedad basada en la solidaridad humana. Desde esta perspectiva, la máxima es «a todos igual acceso a la riqueza producida colectivamente, por igual esfuerzo e igual necesidad». Igualdad o justicia universalista o distributiva A favor de cierto equilibrio entre derechos individuales e igualdad social y económica, dentro de una sociedad democrática y de mercado. Generalmente se asocia con el Estado Social o de Bienestar. Estas disparidades afectan su acceso a bienes valorados, a causa básicamente del funcionamiento del mercado, cuyas reglas no deben ser alteradas. Bajo esta idea de justicia el bien común se entiende como el logro de mayores garantías de acceso al bienestar, a través de mecanismos redistributivos de la renta, la prestación masiva de servicios sociales y/o la compensación a los más desfavorecidos. Los más desfavorecidos tienen prioridad absoluta, para llevarlo a la condición de sostener sus vidas y de competir por los recursos y beneficios escasos que ofrece el mercado. De acuerdo con esta visión, la máxima es «a los menos favorecidos bienes básicos igualmente valorados, dentro de una igualdad básica de libertades». Igualdad o justicia social y cultural A favor del reconocimiento de todos como iguales en espacios vitales de las capacidades humanas; y de todos como diferentes en cuanto sujetos con identidad y aspiraciones propias. Es una visión que integra las perspectivas liberales y socialistas. De la primera toma los derechos individuales, de la segunda, el enfoque de las relaciones y estructuras de poder que bajo este enfoque permean todas las esferas de la vida. Así mismo adopta la visión del bien común de la igualdad universalista y distributiva, ajustada a la diversidad de espacios de vida y luchas concretas de los sujetos por surgir y conquistar poderes. Abarca una igualdad compuesta y compleja, porque cubre aspectos relacionados con las diferencias que por desventajas sociales se producen entre los individuos en la realización de capacidad centrales de la vida humana y, también, las desventajas que se generan por la anulación de identidades, eliminando toda opción diferente de modo de vida o de libertad de realizar lo que las personas quieren ser y hacer.

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autónomos con una activa participación democrática; o, de acuerdo con lo señalado por Calderón (2002), como el enlace entre la integración social y la participación política que hace posible la construcción de un «sujeto democrático emancipatorio».

continuación analizaremos las implicaciones de estos enfoques y cómo se relacionan con la diversidad. Los enfoques de la universalidad La universalidad es un principio de «inclusión» basado en la necesidad o en algo que necesitamos todos por el hecho de tener en común la condición de seres humanos. En este sentido, la universalidad permitió extender los espacios o esferas valorados de la igualdad a todos los individuos, independientemente de sus características subjetivas. Esto hace que las partes se vean dentro de una unidad, es decir, que todos se reconozcan y a la vez sean reconocidos por los demás dentro de algo que los vincula o los une como iguales. No debe confundirse unidad con uniformidad; la unidad se refiere más bien a lo que es común, similar, global o de pertenencia al conjunto. El principio de universalidad ayudó a la integración social y al desarrollo de la ciudadanía, ampliándola a los distintos campos de participación civil, política y social de las sociedades contemporáneas y haciendo posible el reconocimiento de todos como portadores de los mismos derechos y oportunidades. Este principio es inseparable del proyecto de modernidad. Sus elementos centrales son el bien común, la conformación de una cultura moderna y el desarrollo de mecanismos jurídicos, políticos e institucionales a través de los cuales todos tuvieran acceso a esta cultura y a sus beneficios materiales y sociales. Con la aparición del Estado Social en un número significativo de países a principios del siglo XX, la universalidad fue la palanca del Estado moderno que ayudó a construir esta cultura de sociedad y a generar un modo de integración y de división del trabajo acorde con los procesos de modernización que tuvieron como fines, en primer lugar, proteger y robustecer las economías y, en segundo lugar, construir sociedades socialmente más integradas21. El universalismo «ilustrado», como se le ha llamado, permitió que las personas asimilaran rápidamente los valores de la modernidad (progreso, razón, concordancia social, democracia, riqueza y humanismo). Es decir, que creyeran en una senda de progreso, entendido como una secuencia lineal de

El eje de universalidad y diversidad
Si en el eje igualdad-justicia los espacios para realizar la vida ocupan el primer plano, en el eje universalidad-diversidad son los sujetos el centro de atención, así como sus condiciones de existencia y proyectos de vida; es decir, el criterio relevante de justicia no se aplica a los «qué» sino a «quiénes». Además de considerar las diferencias injustas de acceso o ejercicio de derechos y oportunidades para realizar aspectos importantes de la vida humana, en este eje la equidad también contempla las injusticias cuando ocurre la negación de diferencias relacionadas con la identidad del sujeto, lo cual afecta de manera desfavorable las opciones que tienen las personas para realizar lo que creen importante en la vida. Esto significa que la equidad ayuda a favorecer o a reestablecer el vínculo entre los sujetos y la sociedad, a través de una igualdad basada en el reconocimiento y en el poder que éstos tienen para participar en los asuntos colectivos o que atañen al bien común, ejerciendo plenamente su identidad y modos de vida propios. La idea frecuente que define la universalidad es dar una misma cosa que todos necesitamos o reconocer algo que es igualmente característico en todos. Sin embargo, a lo largo de los procesos de cambio social orientados por los valores e ideales de la modernización, y en sociedades donde ha existido una fuerte cultura de negación del otro, los contenidos de la universalidad se volvieron parciales y excluyentes. A

21 Aguila (2003, p. 1) citando a M. Ferrera define el Estado de Bienestar en los siguientes términos: «un conjunto de respuestas de políticas públicas al proceso de modernización, consistente en intervenciones en el funcionamiento de la economía, las cuales se reorientan a promover la seguridad e igualdad de los ciudadanos, introduciendo, entre otras cosas, derechos sociales específicos dirigidos a la protección en el caso de contingencias preestablecidas, con la finalidad de aumentar la integración social...».

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estados evolucionados de ilustración y racionalidad, estimulados por los avances científicos y tecnológicos22. Se construyó así un marco de regulaciones estatales sobre el mercado y sobre el comportamiento social, y una estructura jurídica, política e institucional a la cual todos los ciudadanos estuvieran sometidos. Esto hizo posible una «cultura de lo social» que amplió el concepto de ciudadanía política hacia otras esferas importantes de la vida [la educación, la salud, la seguridad social] y que, a través de un sistema de protección social estatal, institucionalizó ciertos derechos sociales básicos exigidos por los movimientos laborales y migraciones urbanas. En América Latina, a diferencia de Europa, esta universalidad fue más formal que real, al prevalecer visiones selectivas y restringidas de la cuestión social. Ello terminó por configurar una ciudadanía social «inacabada» (Guendel, 2003a). El rasgo más característico de este tipo de universalismo es la subordinación de las personas a un orden social al que corresponde un modelo de «sujeto» o modelo de lo humano determinado desde fuera por la realidad y el rumbo de la historia, sometido a la norma y a un centro de poder. Este sujeto depende de sus facultades y vulnerabilidades físicas y mentales antes que de sus capacidades culturales, sociales y políticas, y está visiblemente más ocupado en la actividad productiva o en el consumo y menos en el desarrollo de su creatividad, entendimiento y capacidad de disfrute. Además, su identidad responde a los rasgos étnicos predominantes del colonialismo, al género-hombre como autoridad y dueño del espacio público, a las características del adulto-joven que representa la figura de plena madurez y productividad, así como al estilo de vida y la dinámica de quienes viven en la ciudad. Así, como lo señala Dabas (2002, p. 37), el mundo que la modernidad nos enseñó era el del predominio de la razón, regido por leyes científicas que tenían como meta el descubrimiento de la verdad, donde el conocimiento estaba al servicio de la dominación y el aparato jurídico era el que iba a proteger y a regular nuestras relaciones sociales. Un mundo en el que predominaba «el hombre de raza blanca, del género masculino, adulto, racional, urbano, técnico, y todos los demás eran subproductos de la humanidad» (op. cit.).

El resto de las dimensiones de la vida y los demás grupos humanos con distintas características sociales, culturales y políticas tienen un papel secundario o menos importante y, por lo tanto, no se hacen visibles o tienen un estatus inferior como personas o ciudadanos. Se ha llamado entonces «dependientes» a los que no producen renta; «pobres» a los que no tienen capacidad de adquirir bienes; y, en general, «vulnerables», «débiles» o «necesitados» a los que no tienen trabajo o propiedad para proveerse por estas vías de los medios suficientes que satisfagan sus necesidades. En estas categorías «diferentes» entran las mujeres, los niños y los adolescentes, los ancianos, los indígenas y los campesinos; efectivamente, los grupos menos representados tradicionalmente en las distintas esferas de la vida pública, aun cuando numéricamente no sean minorías. Tanto en los enfoques filosóficos liberales como en los socialistas está presente un modelo humano universal. En la tradición liberal política, los sujetos distintos al modelo de ciudadano público se ocultan en la esfera de la vida privada, campo imperturbable del ejercicio de los derechos individuales. En el liberalismo económico están en sistemas carentes de valores alejados de la idea de progreso y estatus económico y, en la tradición socialista, se encuentran detrás de las identidades de clase. De acuerdo con Touraine (2000), en estas tradiciones las personas no están en capacidad de conducir sus propios destinos porque deben regirse por las reglas que imponen los estratos que dirigen los destinos de la sociedad en nombre de la historia, la racionalidad y el progreso. Debido a ello las personas no tienen la capacidad de conducir sus propios destinos, debiendo ser regidas por las reglas que imponen los estratos dirigentes. El orden que regula el acceso de las personas al bien social proviene del Estado en la tradición liberal política, del mercado en la tradición

22 Según Sierra Fonseca (2001, p. 5) «(...) la idea de progreso es propia del mundo moderno, alimentada por los avances de la ciencia, la técnica y las ansias emancipatorias de la humanidad. Consiste en afirmar que la humanidad partió de una situación inicial de barbarie y ha venido mejorando sin cesar desde entonces, como en un continuum hacia el futuro. Así pues, no entraña sólo una revisión del pasado, sino también una profecía sobre el futuro».

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liberal económica y de la voluntad de un poder popular en la tradición socialista23. En estos enfoques las personas se hacen iguales respecto de un solo tipo de sujeto humano dentro de un orden global con una enorme fuerza reguladora e integradora pero en la práctica no son iguales sino semejantes a un modelo no social ni moral que oculta y refuerza desigualdades arraigadas en las tradiciones culturales y en las estructuras socioeconómicas. Este universalismo abstracto y no social se rige por lo que algunos autores llaman la «cultura del uno», caracterizada por prácticas enraizadas de negación del otro y en la cual los distintos –por el hecho de ser diferentes– quedan excluidos del derecho a tener una vida plenamente humana. Esta cultura impide a los diferentes ser reconocidos y aceptados realmente como iguales bien sea por negación del origen socioeconómico y étnico-cultural, por negación de la participación política o por negación de oportunidades económicas y sociales (Calderón, 2002). El sujeto abstracto e impersonal de esta universalidad se construye sobre poderes que se erigen en superiores y se protegen a sí mismos suprimiendo a quienes no se parecen a su pensamiento y modos de vida. Ese sujeto universal debería responder a una definición en la que «quepan todos», sin embargo, ella se parcializa negando a los distintos su pertenencia a una misma comunidad y su participación en el sistema social y político. Young (1989, citado por Goscia, 2000) afirma que en este universalismo se construye un público unificado donde predominan la perspectiva y los intereses de ciertos grupos históricamente dominantes. Goscia (2000) señala que la heterogeneidad de las sociedades contemporáneas se estructura sobre la base de múltiples desigualdades y exclusiones, a las que

23 Touraine (2000, pp. 42-43) señala que: «...revolucionarios y liberales creen en el triunfo final de un orden racional, consecuencia de la reducción más o menos rápida de las desigualdades, de los privilegios y de las formas arbitrarias de autoridad y de poder. (...) En ambos casos se revela la misma esperanza en una sociedad transparente, regulada por principios universales. (...) las concepciones liberales y revolucionarias apelan a una filosofía de la historia y no a una filosofía moral; a una visión del futuro o del fin de la prehistoria de la humanidad y no a una concepción de los derechos del hombre...».

les hacemos el juego cuando hablamos de una ciudadanía abstracta. En este modelo sólo caben los más aptos y forzamos a que los demás se adapten a él. Para Dussel (Lecaros, 2003), las prácticas de negación o interiorización generan un «conflicto ético» que aparece cuando los sujetos socio-históricos [como los movimientos sociales ecológicos, las clases obreras, los marginales, el género femenino, las razas no-blancas, los países empobrecidos periféricos, etc.] toman conciencia de no haber participado en el «acuerdo originario», donde no pueden vivir. Con el avance de los Estados Sociales se fortalecieron los derechos sociales y con ellos una visión de carácter ético y moral de trato y acceso igual al bienestar social y económico, independientemente de cualquier diferencia subjetiva por origen, sexo, pertenencia étnica, edad. No obstante, las garantías constitucionales y legales consagradas universalmente por estos derechos se entendían como una actividad externa ejercida por las instituciones del Estado mediante políticas redistributivas horizontalizadas, prestando poca atención a la redistribución entre grupos. El Estado se constituye en principal actor político y mecanismo de coordinación, integración y regulación de los problemas y desigualdades sociales. Las personas son objetos de atención, ciudadanos asistidos más que sujetos de derechos o ciudadanos activos en las decisiones. El beneficiario central de estas políticas estatales es el trabajador y los sectores medios urbanos, quienes representan la fuerza social de los procesos de modernización social y económica. Estas formas de universalismo parcial y asistencial no invalidan de ninguna manera la idea de universalidad. Los resultados poco alentadores en la disminución de las inequidades, exclusiones y segmentaciones de la sociedad (CEPAL, 2000) no implican –como apunta Trachitte (2000)– desechar los principios de la modernidad pero sí ajustarlos a los tiempos que corren, de profundos cambios en la visión del mundo, en la organización de las sociedades y en la concepción del sujeto. Las instituciones de derechos humanos junto con varios autores han destacado que abstenerse de contar con un marco de universalidad válido para todas las sociedades y culturas lleva a

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RECUADRO 4 CATEGORÍAS DE “LO HUMANO” EN LA MODERNIDAD
Dimensiones Las categorías principales Las categorías secundarias Lo subjetivo, creativo, interno La diversidad y horizontalidad del poder Lo cultural, lo político, lo social La participación y responsabilidad activa Los dependientes Los pobres Lo valorativo y lo ético Los informales, inactivos e incapacitados Los negros e indígenas El género femenino Los niños, adolescentes y ancianos Lo rural-provinciano

Visión del mundo Lo objetivo, determinado, externo La unidad y verticalidad del poder Lo biológico y lo científico El control funcional y la pasividad Organización de la sociedad La producción El consumo Lo técnico y lo instrumental Los trabajadores La raza blanca o mestiza El género masculino El adulto joven Lo urbano-citadino

Concepción del sujeto

reforzar las desigualdades y jerarquías así como los canales a través de los cuales éstas se reproducen y dejan sin apoyo a los ciudadanos para cuestionar y protegerse de la estructura de poderes que se construyen alrededor del orden vigente, incluido el corporativismo del Estado: «…abandonar el universalismo implica estigmatizar a diferentes grupos de la población separándolos del resto de la sociedad y del ejercicio de la ciudadanía. En definitiva se estarían profundizando las diferencias, las desigualdades, iniciando así el camino hacia una sociedad dual» (Levín, 2001, pp. 400-401). Cabe entonces plantear un universalismo de nuevo tipo. En los últimos tiempos el principio de la universalidad ha sido rescatado a partir de la doctrina de los derechos humanos que ha contribuido a crear un marco constitucional y jurídico en la mayoría de los países para proteger a las personas de tratos discriminatorios y opresivos y que promueve el establecimiento de políticas y acciones permanentes dirigidas a mejorar la calidad de vida, sin afectar el derecho a ser diferente. En opinión de quienes abogan por la universalidad, la clave es desarrollar una idea distinta de universalismo que tendría como características principales, las siguientes: – Tiene una base ética y moral que considera a cada persona como igual en su condición de ser humano.

Por lo tanto, no es un orden externo de carácter científico, político o histórico el que dicta quiénes reúnen las características de lo humano, sino las personas quienes, por el mismo hecho de serlo, son portadoras de estos atributos, independientemente de sus características subjetivas, de su cultura o formas de asociarse. Este universalismo se basa en el reconocimiento explícito de la igualdad de derechos a la plena realización de la vida humana, evitando que las diferencias socioculturales se conviertan en factores de exclusión u obstáculo al desarrollo pleno de una buena vida y a la integración de personas diferentes dentro de una misma comunidad o sociedad (MIDEPLAN, 2002). Lo que es semejante no está colocado fuera de los sujetos, sino al interior de ellos y en los vínculos que tienen unos con los otros. – Se reconoce directamente que las personas son seres eminentemente diferentes y sociales y, por consiguiente, con características biológicas e identidades subjetivas distintas, así como diversos modos de vida, necesidades y aspiraciones que cambian con el tiempo y en cada espacio concreto de vida. En consecuencia, no se concentra en una imagen ideal del ser humano sino en un hacerse permanentemente como sujeto. Dado esto, lo que entra dentro de la universalidad no representa un modelo, no es estático ni puede ser decidido

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unilateralmente por grupos24. Este universalismo debe sostenerse sobre el diálogo y el acuerdo entre distintos, aceptando que cada persona participa como un interlocutor válido25. – Postula un núcleo irreductible de derechos humanos que son valederos en cualquier sociedad y en cualquier cultura. Este conjunto fundamental de derechos conjuga satisfacción adecuada de necesidades humanas, superación de desigualdades y pleno ejercicio de libertades individuales. Guendel (2003) expone que si bien los derechos humanos no inciden de manera directa en las estructuras de producción de las desigualdades, su aplicación conduce al establecimiento de alianzas que cruzan todas las estructuras sociales y económicas, al cuestionamiento permanente de estas desigualdades y a la demanda de formulación de acciones que contribuyan a su reducción, lo cual implica cambiar las relaciones de poder que generan desigualdades de ingreso, de riqueza y de oportunidades en sentido general. Dentro de sociedades cada vez más heterogéneas y con graves problemas de desintegración se ha producido una expansión

24 Para Mires (2001, p. 505): «La naturaleza de lo humano no es un ser, sino un hacerse. La condición natural de los filósofos políticos, desde Aristóteles, pasando por Hobbes, Rousseau y Kant, hasta llegar al mismo Rawls y su «velo de la ignorancia», es una hipótesis, si se quiere una ficción necesaria, como el cero en las matemáticas o la nada en la filosofía. Ficción, porque nadie la conoce. Necesaria, porque hay que situar en algún lugar un punto, aunque sea imaginario o virtual, para comenzar a pensar...». Concentrarse en el ser y no en el hacer puede ser excusa para aniquilar o suprimir pensamientos o modos de vida distintos. Este autor sostiene que: «No hay, en verdad, peores guerras que aquellas que se han librado en nombre de la humanidad, pues la humanidad abarca a todos y luego desconoce al enemigo, y con ello, le niega incluso su calidad de sujeto actuante. Como sólo es el enemigo un objeto, puede ser destruido sin escrúpulos pues, al estar fuera de la humanidad no es ni siquiera humano. Destruido el enemigo ya no habrá nadie entonces con quien hacer la paz, y mucho menos hacer la política. En nombre de la humanidad es posible caer en la guerra total...». 25 Así lo afirma Salvat (2003a) «...el universalismo ético es de algún modo ya una realidad, más aún, necesario y posible hoy. Lo que sucede es un nuevo universalismo no puede ya formularse siguiendo el modelo ilustrado, sino que recogiendo la experiencia histórica, ha de buscar configurarse como no etnocéntrico, no parcial y no impositivo. Desde este punto de vista, un universalismo dialógico e igualitario, que reconozca a cada cual como sujeto de derechos en función de su dignidad y de su calidad de interlocutor válido, es decir, como persona...»

importante de derechos que buscan dar un más amplio contenido a las garantías que los Estados han consagrado a todas las personas para la realización de capacidades humanas fundamentales y el reconocimiento de cada persona como sujeto de derechos en sus múltiples identidades por género, por rasgos étnicos, por edades, etc. «El enfoque de los derechos humanos (…) es una perspectiva reciente en las políticas sociales que sistematiza los alcances positivos de los esfuerzos redistributivistas y exigencias que van más allá de la simple satisfacción de bienes y servicios y tocan desigualdades sociales particulares que se vinculan con fenómenos asociados a la construcción de la identidad» (Guendel, 2003c, p. 1). Así mismo, han cobrado mayor fuerza los derechos colectivos o difusos que se vinculan a demandas de calidad de vida, la valoración de las diferencias y de las identidades, la no discriminación, la defensa de roles y la preservación de la naturaleza y del medio ambiente, entre otros (Levín, 2001). De esta manera, el universalismo ético constituye un marco flexible, crítico y amplio que expresa la mayor diversidad de opciones posibles de la vida humana, incluyendo la opción por las tradiciones de cada cultura pero sólo si estas diversidades están en conformidad con los derechos humanos. Detrás de posturas extremas de relativismo cultural o de tolerancia pueden esconderse prácticas discriminatorias u opresivas ejercidas sobre las personas que niegan su derecho a realizar aspectos vitales de la existencia humana. Si partimos de la diversidad suponemos que cada cultura y cada sociedad tienen una configuración heterogénea y, por tanto, es esperable que existan divergencias y conflictos internos en lo que respecta a valores y prácticas de acuerdo con el bien que hagan a las personas. Desechar aquello que no es compatible con estos derechos universales no implica restarle a una cultura o sociedad aspectos sustantivos que amenacen su existencia. Al respecto, las instituciones de derechos humanos hacen hincapié en que la tortura, los castigos crueles, el encarcelamiento por causas políticas y las prácticas discriminatorias por raza, género, edad o condición económica no son características esenciales de la identidad de las culturas.

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Al contrario, protegerlas puede crear problemas mayores que pongan en peligro la continuidad y el desarrollo de las culturas mismas. Los enfoques de la diversidad Frente a sociedades cada vez más heterogéneas y desiguales distintos enfoques han puesto el énfasis en el reconocimiento de la diversidad como un hecho positivo de la vida. La diversidad permite interpretar los procesos de mayor complejidad de las relaciones sociales, las demandas de reconocimiento y participación por parte de grupos y movimientos sociales que quedaron desplazados en las tradiciones del universalismo, discriminados y empobrecidos en sociedades de marcadas desigualdades sociales y económicas, aparte de que posibilita comprender las dimensiones socioculturales y simbólicas de estas desigualdades. La diversidad es un hecho empírico que caracteriza a todos los seres humanos e implica que cada persona es distinta de la otra, no solamente en un aspecto particular sino en muchos aspectos diferentes. Al igual que en el universalismo, la diversidad también se centra en los sujetos pero, de manera contraria a como sucede en el universalismo ilustrado, la diversidad plantea que se hable de sujetos diferentes, en plural, y no de un sujeto humano que se instituye en único modelo posible. Existen varios enfoques que abordan la diversidad. Destacaremos en primer lugar el enfoque liberal y el enfoque comunitarista, para luego entrar a un enfoque asociado con el igualitarismo de carácter social y cultural. • La perspectiva liberal: desde esta perspectiva la diversidad es una argumentación defensiva para preservar en forma absoluta todas las formas de libertades individuales frente a privilegios o abusos de autoridad y se maneja en tensión con la universalidad de derechos y merecimientos porque ello representa romper con el uso pleno de las libertades individuales a llevar la vida que cada quien escoge según sus propios criterios, y porque genera conductas «paternalistas» en las cuales se transfieren a manos del Estado responsabilidades que conciernen a las personas. Cada sujeto representa un individuo cuyas oportunidades provienen de

circunstancias «autogeneradas» para satisfacer sus necesidades, entendidas como preferencias. Sin embargo, no queda claro cuáles son los grados de libertad que puede alcanzar una persona si no existen garantías legales, políticas e institucionales en relación con aspectos fundamentales de la vida como el derecho al trabajo, a la alimentación, a la educación y a la salud, mucho más si se trata de niños y adolescentes, ancianos, enfermos o personas con algún tipo de discapacidad para trabajar. • La perspectiva comunitarista: con ella se asocian las posturas más extremas en términos de pluralismo y relativismo cultural, que consideran el bien colectivo por encima de cualquier bien individual. Aquí la diversidad significa respeto absoluto a las diferencias de cada cultura, a mantener sus creencias, prácticas y tradiciones sin ser objeto de presión alguna que obligue a dejarlas o a cambiarlas por otras. Básicamente aboga por la protección de las culturas ante la propagación de los valores occidentales que se derivan del Estado Moderno y la economía monetaria. Por lo tanto, cada cultura es valiosa y buena en sí misma pero contrariamente a lo que se postula, ello parece invalidar diversidades y antagonismos internos en cada cultura. Hoy más que nunca los valores y las prácticas culturales no se construyen de manera auto-referenciada, tienen numerosas raíces y se mantienen en relaciones de intercambio permanente con otras. Además, no existen las culturas intactas, homogéneas y eximidas de conflictos. En cada una se producen cambios, existen relaciones de poder, distintos niveles de satisfacción de necesidades e inequidades, así como instituciones y normas a través de las cuales se ejercen prácticas discriminatorias o excluyentes. De allí es posible encontrar en cada cultura el surgimiento de oposiciones y luchas en contra de estas condiciones y prácticas, y la demanda de nuevas reglas, derechos y normas distintas a las tradicionales que hagan mejor bien a las personas. • La perspectiva de reconocimiento de la diversidad como característica inherente a la experiencia humana: comprende a sujetos con distintas identidades, lenguajes, modos de vida y prácticas socioculturales, y una

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igualdad social y cultural asumida por todos que reconstruye los vínculos humanos en el marco de una sociedad inclusiva, solidaria y pluralista. Tal reconocimiento significa que todos somos aceptados como personas humanas, con igual poder para participar en la vida social desde nuestras identidades y modos de vida diferentes. Por lo tanto, es un reconocimiento que no solamente hace el Estado en el plano político-institucional, sino que se da de manera recíproca entre los mismos ciudadanos, cambiando la cultura de poder vigente de negación del otro. El reconocimiento de los sujetos no coincide con los sujetos individualistas que postula el liberalismo ni con las culturas homogéneas del comunitarismo. Consiste, por el contrario, en adentrarse en la trama de relaciones y estructuras sociales donde las personas se ubican y actúan en función de sus proyectos de vida, haciendo referencia a un «sujeto personal» que se hace en las experiencias culturales y sociales vividas, dinámicas y cambiantes en el tiempo. Así lo expresa Martín-Baró (1990) citado por Guendel (2003b, p. 5): «...Cuando se habla de la persona humana no se hace referencia al individuo, sino al sujeto social cuya razón de ser se encuentra al mismo tiempo en la vinculación entre la historia personal y social. La concepción que la reduce al individuo desvincula el yo personal con el yo social, desocializando a la persona humana». Esta visión conduce a unir lo que hasta ahora se había manejado de forma dividida. Por un lado, las necesidades y condiciones de vida de todos y, por otro, las identidades socioculturales diversas y con significados distintos de acuerdo con el momento sociohistórico. Esta unidad vincula el plano de lo que son las personas desde el punto de vista de la identidad de clase, de género, de roles o de etnia, y lo que éstas hacen en el mundo material o instrumental para modificar sus circunstancias y crear sus propias formas de vida. Conjugar estos dos planos en un sujeto implica que cada persona es distinta a la otra, que de hecho lo es desde el mismo momento en que corporalmente estamos separados los unos de los otros (Nussbaum, 2000). No se trata por lo tanto de diferencias

particulares de ciertos grupos que los distinguen de una mayoría más homogénea o parecida. Somos distintos de muchas maneras diferentes y la diversidad no implica ver en algunas personas diferencias «especiales» distintas a las del resto. La unidad de estos dos planos es lo que conforma la experiencia humana. En esta unidad tienen tanta importancia las posibilidades que cada persona ha tenido para realizar capacidades fundamentales de todo ser humano como las posibilidades de realizarse en sus necesidades y aspiraciones propias. Este enfoque de diversidad responde a las exigencias de: a) reconocimiento del otro, b) pluralismo, y c) complejidad. a) Reconocimiento del otro La diversidad se vincula con la necesidad de construir una forma de igualdad social basada en el reconocimiento del otro como sujeto. Es decir, se trata de que todos podamos sentirnos parte de la sociedad como iguales, pero iguales en nuestra subjetividad, voluntad y capacidad de acción interna, personal y concreta, con derecho a tener una cultura propia, a decidir sobre el futuro y a producir o crear nuestra propia existencia, a comprometernos, a realizar elecciones y a no ser prisioneros de las normas, de la ley o del grupo. Este sujeto se constituye en las relaciones interpersonales e interculturales. Es reconocido por los demás e implica la capacidad de estar en relación con los otros, aunque se trate de relaciones conflictuales (Wieviorka, 2001). Se trata de conjugar dentro de un mismo marco una igualdad que aboga por las necesidades humanas y los aspectos normativos de una buena vida, donde las diferencias no deben interferir con su satisfacción, con una igualdad en la que las diferencias son destacadas en tanto permiten reconocer a sujetos distintos con un papel primordial en la concepción y realización de distintas opciones de una buena vida, de acuerdo con circunstancias históricas, culturales y políticas vividas. Incluye, por lo tanto, incorporar como necesidad humana el sentido que tiene para las personas la vida así como la acción o el proyecto que cada quien quiere realizar, o sea el hecho de preservar su autonomía y libertad para intervenir y cambiar los rumbos de sus propios destinos o ser autores de su

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propia vida. En consecuencia, las personas ya no son entes pasivos, objetos de atención, ni están absolutamente sometidos a las normas que imponga el grupo, la comunidad o la sociedad, sino seres reflexivos, críticos y con una acción política entendida como la posibilidad de tener voz, de construir alternativas y de tomar decisiones junto con otros. El reconocimiento como sujeto es un acto de dignificación y elemento común a la ciudadanía, la democracia, la libertad y la integración porque implica una relación de encuentro, confianza y reciprocidad entre las personas. En palabras de Mires: «La lucha por el reconocimiento (...) es una ruta de doble vía. Por un lado, el [la] otro[a] se defiende de mí, que quiero apoderarme de su persona como si fuera un objeto, y yo me defiendo de la otra persona para que ella me reconozca como lo que soy: un ser independiente y soberano, es decir, un sujeto. Esa lucha alcanza su punto culminante cuando se establece, al fin, una relación de sujeto a sujeto. En la intimidad, esa relación se llama amor. En la sociabilidad, se llama democracia. En la política se llama civilidad. En la filosofía, se llama autenticidad. En el derecho esa relación se llama «dignidad». La dignidad no es condición innata: es derecho adquirido. Dignidad es, en gran medida, una conquista. Por el derecho a ser dignos luchan todavía millones de personas en este mundo. (...) Ser dignos es ser auténticos. Lo peor entonces que le puede suceder al ser humano es la pérdida de su dignidad. Porque perderla es perderse en uno mismo, es dejar de ser auténticos; es la existencia sin vida» (Mires, 1998, p. 234). El reconocimiento obliga a la reconstitución de los sujetos. La identidad, así como las necesidades, tiene que ver con la justicia cuando formas opresivas de explotación o de subordinación hacen de la persona un sujeto anulado o un sujeto que se niega a sí mismo. Este es el origen del poder, el control de unos sobre los otros, y la razón de porqué las desigualdades tienen una estrecha relación con las restricciones a la libertad de ser y hacer según nuestra elección. Una mayor igualdad social supone reconocernos como iguales y esto se verá impedido si nuestras capacidades a tener una identidad se ven

disminuidas por un dominio que es ajeno a nosotros. Por eso, Facio (1992, p. 54) expresa que lo personal es político: «(...) la discriminación, opresión y violencia que sufrimos las mujeres no son un problema individual que concierne únicamente a las personas involucradas. Quiere decir que todo lo que me pasa a mí y a la otra y a la otra, aunque nos pase en la intimidad responde a un sistema y a unas estructuras de poder y, por lo tanto, son fenómenos políticos y no naturales a los cuales hay que dar respuestas políticas y no sólo individuales». En este sentido, varios enfoques apuntan a lo que podríamos encuadrar como perspectivas de «empoderamiento», personal y social, enfocadas en la reconstrucción del sujeto y en la posibilidad de que los ciudadanos puedan reconocerse mutuamente como iguales dentro de una diversidad de lenguajes y opciones de vida. Esta reconstitución se trabaja, primero, en la autonomía personal, que fortalece el Yo o el sujeto reflexivo, para enfrentar toda forma de dominación y discriminación; y, segundo, en la autonomía moral dentro de un mundo pluralista que fortalece la coexistencia de las identidades culturales y la aceptación de un mundo compartido, quedando así habilitado para el reconocimiento de sí mismo y para el reconocimiento de los otros (Trachitte, 2000, citando a Heller, 1999). En esta línea, Vega Romero (2001) propone una metodología de trabajo que coloca estos procesos primero, en la crítica y resistencia que ciertos sujetos manifiestan respecto al orden existente; segundo, en la promoción de la subjetividad, a través del auto-conocimiento, el desmontaje de las verdades morales y la construcción de acuerdos y alternativas; y, tercero, en la participación ética y política en la toma de decisiones. También otros autores como Quiroz y Medellín (1998) establecen en el enfoque de género tres aspectos de trabajo para fortalecer el sujeto-mujer mediante la confrontación de preconceptos y discriminaciones en relación con la identidad; la capacidad de autonomía –por medio de la organización y las redes– entendida como la capacidad de gobernar el propio destino de acuerdo con la propia intención en el contexto histórico concreto; y, finalmente, la construcción de

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ciudadanía, concretada en el acceso real al ejercicio de los derechos que la sociedad reconoce y de la ocupación y participación en espacios de decisión política. b) Pluralismo La exigencia de pluralismo hace que la diversidad sea una característica de estos tiempos en los que existe un proceso acelerado de diferenciación, disgregación y fragmentación social (Lechner, 1997), gran heterogeneidad de actores y, por ende, mayor multiplicación de intereses, demandas, orientaciones, expectativas y valores distintos, muchas veces en conflicto. Esto nos enfrenta a un escenario de amplia complejidad en las relaciones sociales, que tiene como contrapartida la necesidad de mayor interdependencia y mayor densidad de las interacciones entre instituciones y actores a fin de participar, articular y compartir esfuerzos y recursos. Hoy en día la voluntad de un hombre, de una institución o de un gobierno no es suficiente para conducir y resolver los problemas del conjunto social. La diversidad significa la reconstitución de una estructura interpersonal e intercultural de poderes que tenga carácter pluralista y deliberativo, donde se compartan decisiones y espacios de actividad. Es decir, donde haya lugar para opciones distintas y para que todos puedan participar en las decisiones en cualquiera de las esferas de poder, que ahora no están reservadas a los espacios políticoinstitucionales del Estado, sino que también se ejercen en la familia, la escuela, el vecindario, la empresa, etc. Esto lleva a que cada vez se diluyan más las fronteras entre el mundo público y el privado. De este modo, la diversidad implica cambiar las estructuras y relaciones de poder vigentes que se manejan bajo una arquitectura central y jerárquica, donde un orden y una instancia de control central y superior regula el comportamiento de las personas, con base en la figura de un sujeto humano válido. La diversidad fortalece la pluralización del saber, del poder, de los derechos y de las necesidades de las personas, y recupera el sentido, las capacidades y responsabilidades que tienen las personas en la construcción del mundo. Las formas de coordinación e integración social en esta nueva realidad operan satisfactoriamente en una pluralidad representativa de

la diversidad de actores, opiniones e intereses individuales y colectivos que están dispuestos a comprometerse, es decir, a crear vínculos entre ellos y a desarrollar acuerdos. Según Guendel (2003c) esto puede entenderse como «compromisos reflexivos» entre los diferentes grupos sociales [hombres, mujeres, jóvenes, niños, niñas y adolescentes, personas adultas y adultas mayores] para reconstituir los vínculos sociales, cada vez más debilitados por los procesos de diferenciación. Touraine (2000) resalta la necesidad de reconocer el poder que han tenido los movimientos sociales en la democracia. Una igualdad sin actores que luchan cotidianamente por su reconocimiento y surgimiento no es una igualdad democrática sino una igualdad que enmascara el poder absoluto, terminando por desconocer cualquier forma de participación pluralista. Los movimientos sociales son hoy formas de lucha por la igualdad y la libertad en situaciones concretas de discriminación, explotación, exclusión o persecución, frente a las debilidades de la ley y del Estado. A decir de Goscia (2000), varios autores señalan que centrarse en las diferencias olvidando la idea de considerarnos iguales haría que dejáramos de cultivar el sentido de comunidad y de propósitos compartidos; nada entonces podría vincular a los diferentes y se produciría la desconfianza, el conflicto o el desacuerdo perpetuo. Allí es donde surgiría el pluralismo como una alternativa a las formas de poder que no admiten la diversidad y a la preservación de los lazos de comunidad y el interés común. Como bien lo señalamos en el enfoque del universalismo ético, el pluralismo tiene como base una concepción «dialógica aceptable» en la cual las personas, los grupos, los pueblos y las culturas puedan interpretarse y enriquecerse mutuamente, cooperando y coordinando las acciones de unos y otros, a pesar de la diversidad de creencias y valores (Beuchot, 1997; Salvat Bologna, 2003a). En este sentido, el respeto simultáneo a la igualdad y a la diversidad puede darse si se entiende que los acuerdos respecto de un conjunto de aspectos fundamentales para todos o universales tienen un carácter «contingente, histórico, cultural y político» que depende de varios factores: el nivel de conciencia,

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la voluntad de los actores, la fuerza de los intereses, las condiciones históricas, los medios elegidos y los recursos disponibles (Vega Romero, 2001). La relación igualdad/diversidad se expresa en lo que Touraine (2000) denomina la acción libertadora de los movimientos sociales, que lleva en sí misma orientaciones universales, en tanto la liberación abarca la mía y la de los otros. La diversidad de los sujetos debe verse en la relación que los une con otros, sea porque son un poder al que se enfrentan, sea porque son aliados en la lucha. Estos sujetos y sus luchas tienen una significación histórica y cultural, no son fijas o inamovibles, como señala Lecaros (2003, p. 9): «(...) en la medida en que esas mismas libertades envuelven simultáneamente a millones de personas, se transforman en libertades colectivas. En otras palabras, son libertades individuales, sí, pero que se socializan...». c) La complejidad Parece poco viable en estos nuevos escenarios de sociedad mantener concepciones unidimensionales. Las desigualdades no se comportan de manera homogénea. Si todos fuéramos iguales, la igualdad en un ámbito particular indicaría que hemos superado todas las desigualdades; pero no es así. Según Sen (1992), asumir la existencia de la diversidad humana hace que la igualdad en un ámbito determinado vaya unida a la desigualdad en otro ámbito diferente. La igualdad de ingresos no significa que hayamos alcanzado igual condición nutricional, de salud o de educación porque no todos tenemos las mismas necesidades ni el mismo poder para que éstas tengan importancia. Estas diferencias injustas no pueden explicarse si no tenemos algunas claves acerca de quiénes son las personas que estamos evaluando. Guendel (2003c, p. 3) afirma que «la necesidad es una dimensión absolutamente articulada con la identidad, de modo que no tiene sentido realizar esa separación, ni siquiera para fines analíticos». Si todos somos distintos, cada persona y cada grupo, de acuerdo con sus identidades, presentará un perfil diferente de necesidades. Esta relación es la que permite explicar porqué no todas las necesidades de algunas personas y grupos tienen igual identificación y peso social. Detrás

de las necesidades que llegan a expresarse y a satisfacerse funcionan relaciones de poder que hacen a unos estar mejor atendidos que otros. Sen (1992) establece que la diversidad implica un doble problema para la igualdad: por una parte tiene que ajustarse a la heterogeneidad de los humanos, porque somos diferentes en características personales y en circunstancias sociales, culturales, ambientales y, por otra parte, debe abarcar la pluralidad de espacios relevantes para juzgar la igualdad entre las personas o grupos. A estos problemas se agrega el hecho de que la vida de las personas se desenvuelve en un continuo de etapas, experiencias, procesos y actividades que se van configurando a lo largo del ciclo de vida, desde la infancia hasta la vejez. Cada una de estas etapas vividas condiciona las siguientes en lo que se refiere a la realización de necesidades, la acumulación de inequidades y también a los procesos de construcción de las identidades de los sujetos. De esta manera, la diversidad de los sujetos y el conjunto de aspectos que caracterizan sus condiciones de existencia y espacios de vida, la multiplicidad de esferas importantes para evaluar la posición y condición donde éstos se ubican, así como la pluralidad de experiencias y condiciones que viven desde edades tempranas conforman un perfil complejo de interdependencia e interrelación de aspectos requeridos para entender el conjunto de inequidades que afectan la calidad de vida de las personas y su posibilidad de contar realmente con opciones de acuerdo con sus propias aspiraciones y necesidades.

La equidad en el marco de la igualdad y la diversidad
En el escenario social, político e histórico actual de procesos de desintegración social, de amplias y crecientes desigualdades, de aumento de los niveles de incertidumbre y malestar con la política que minan la confianza en el Estado y en los sistemas democráticos de los países de América Latina, la equidad debe funcionar como un principio ético-

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normativo asociado a lo que es «justo». La equidad permite superar una igualdad limitada que no es suficiente para contrarrestar el poder injusto que tienen unos más que otros sobre aspectos valorados de la vida humana, o un universalismo excluyente que refuerza el dominio que ejercen unos sobre otros, forzados por una voluntad ajena a no poder realizar sus propias aspiraciones y opciones de vida. A partir de la relación que se establece entre el eje de igualdad-justicia y el eje de universalidaddiversidad, planteamos en este punto la construcción de un concepto de equidad enmarcado en el entrelazamiento de dos de sus elementos centrales: el principio de la igualdad y el hecho empírico de la diversidad. La conciliación entre la igualdad y la diversidad, dentro de una idea de lo justo, pasa por entender que la igualdad no supone uniformidad, como tampoco la diversidad supone disgregación (Trachitte, 2000). Ello implica más bien que las inequidades anidan en distintos lugares: en la esfera de los derechos, en la esfera de las oportunidades, del bienestar o de la calidad de vida, así como en la esfera de las características culturales y sociales de la gente. No registrar estas interrelaciones conduce a pasar por alto situaciones injustas que apoyan la estructura de inequidades existente. En esta relación la equidad presenta dos grandes propósitos: – En el plano de la igualdad: que no haya diferencias donde lo que debe haber es igualdad entre unos y otros en relación con un conjunto de esferas relevantes de la vida.

– En el plano de la diversidad: que no haya una sola opción sino un repertorio de opciones de acuerdo con la diversidad de sujetos y sus aspiraciones. En este entrelazamiento, las esferas relevantes de la igualdad –y, por tanto, los «qué» fundamentales de la definición de lo justo– son las mismas que plantea el enfoque del igualitarismo contemporáneo como el espacio de las capacidades humanas para el buen vivir. Estas capacidades se encuentran configuradas desde el enfoque del universalismo ético [no científico ni histórico] en el reconocimiento de un espectro amplio y flexible de capacidades humanas, donde se concilian las capacidades de las personas para liberarse de condiciones adversas y lograr una plena calidad de vida [sobrevivencia, entendimiento, ocio] y las capacidades que les permiten constituirse en sujetos y optar por la forma de vida que valoran [identidad, autonomía, libertad]. Al mismo tiempo, se incorpora en este marco el enfoque de la diversidad pluralista [no individualista, ni relativista] que propone un conjunto de aspectos relevantes que desde el punto de vista biológico, social y cultural se consideran categorías principales en la construcción de los sujetos, es decir, de «quienes» hacen posible establecer una relación articulada entre la identidad de los sujetos y las capacidades humanas. Esta es una igualdad que, como se señaló, representa la mutua implicación del respeto a lo que nos hace semejantes como seres humanos y del respeto a lo que nos hace diferentes como sujetos sociales, y que se ha denominado igualdad social y cultural.

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La equidad en el Desarrollo Humano: estudio conceptual desde el enfoque de igualdad y diversidad

El concepto de equidad que aquí proponemos tiene características compuestas, dado que comprende un conjunto de dimensiones distintas e interrelacionadas, y complejas, ya que incorpora el papel de los sujetos en sus diversas configuraciones. De manera que el concepto se adapta a la complejidad de la realidad social y a la discusión sobre la pertinencia de los enfoques para explicar la dinámica de esta realidad. La composición pluridimensional y la complejidad del abordaje a partir de los sujetos permite trascender los enfoques que alejan el tema de la equidad de la igualdad, en visiones opuestas, y que restringen sus alcances a una justicia redistributiva de oportunidades vistas solamente como acceso a bienes y servicios. La concepción de la equidad propuesta plantea que la responsabilidad con los crecientes y agudos problemas de injusticia en la esfera de las capacidades humanas no se limita únicamente a una dimensión de oportunidades de acceso al bienestar material, sino que involucra otras dimensiones de oportunidades concretas para optar por una mejor calidad de vida. Basados en esta definición de la equidad, la responsabilidad con estas dimensiones no es tarea de un solo actor sino que supone cambios en la configuración sociocultural de las relaciones de poder, así como el impulso social que le dan a estos cambios los propios actores sociales en sus luchas y en la búsqueda de alternativas. La superación de estas injusticias lleva entonces a la articulación de esfuerzos entre el Estado, que ya no se ocuparía solamente de regular o proveer bienes y servicios, y las personas y grupos sociales, que ya tampoco se verían como receptores pasivos de normas y recursos. La equidad como aquí se define significa enfrentar toda forma de injusticia en cada una de estas dimensiones de oportunidades de acceso, de realización y de opciones, como producto del trato que la sociedad da a las diferencias injustas si se ven del lado de las esferas de la igualdad, o como diferencias específicas si se hace del lado de la diversidad de los sujetos. Para abordar estas dos maneras de ver los problemas de injusticia, la equidad adopta tres grandes criterios que se aplican simultáneamente: • Criterio de no discriminación: dada la existencia

de jerarquías sociales que hacen a unos más humanos que a otros, en este criterio la equidad se opone a cualquier diferencia expresada en distinción, exclusión o preferencia que produzca el menoscabo o la anulación del reconocimiento, goce o ejercicio, en condiciones de igualdad, de capacidades y derechos humanos en las esferas política, social, económica y cultural o en cualquiera de las esferas de la vida pública. En este sentido, nadie puede encontrarse desplazado o no respondido en lo que se refiere a estas capacidades o derechos que son inherentes a la persona humana, ni por la fuerza ni por la admisión de una razón de carácter objetiva [p. ej.: los ingresos] o subjetiva [p. ej.: el género]. Para cumplir con la facultad de ejercer estas capacidades y derechos se requieren garantías, por lo tanto, todo mecanismo que sirva a ello también es considerado una capacidad o un derecho que debe ser realizado. A este criterio se asocian las políticas o medidas de equidad horizontal. • Criterio de proporcionalidad: puesto que las personas no tienen las mismas condiciones de partida ni sus trayectorias de vida transcurren en iguales circunstancias, la equidad favorece el criterio de una proporcionalidad «suficiente y diferenciada» para cubrir o cerrar desigualdades injustas con características no homogéneas, tanto en procesos como en resultados. La proporcionalidad incluye un criterio de orden según el cual no puede darse lo mismo a unos y a otros, por lo tanto, justifica un trato diferenciado en lo que respecta a costos y beneficios de acuerdo con necesidades, con el objeto de llevar a las personas a un punto de partida común o a una verdadera igualdad de oportunidades que tome en cuenta las condiciones previas y las situaciones de mayor necesidad y, al mismo tiempo, que puedan alcanzarse resultados equitativos o la condición esperada. A este criterio se asocian las políticas o medidas de equidad vertical. • Criterio de no inferiorización: como somos diferentes y las diferencias cambian en espacio y tiempo, de acuerdo con este criterio la equidad se opone a todo trato, decisión o condición en los que no existan opciones distintas para satisfacer intereses y necesidades también distintas. El trato no discriminatorio que trata a todos por igual, o el trato desigual

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que permite llevar a todos hasta un punto de igualdad tanto en los procesos como en los resultados se hacen inequitativos porque no incluyen a la diversidad de sujetos y su desigual poder en los procesos de adopción de decisiones para realizar proyectos de vida propios, ni en la atención de sus necesidades, tanto en lo personal como en lo colectivo. Este criterio enriquece tanto la equidad horizontal como la vertical26.

Parte II. La equidad en el desarrollo humano
Relación entre equidad y desarrollo humano
Desde principios de la década de los noventa el PNUD ha hecho hincapié en el desarrollo humano como concepto entendido desde una perspectiva que no es la que ha predominado en los esfuerzos emprendidos por los países luego de la segunda guerra mundial para alcanzar el desarrollo. En la concepción tradicional el desarrollo va unido a la generación de renta y al crecimiento económico como fines en sí mismos. Sin embargo, para Mahbub Ul Haq (1995), pionero en la promoción del desarrollo desde la perspectiva humana, esa visión no toma en cuenta que los ingresos y la riqueza se distribuyen de manera desigual y que, por lo tanto, es posible mejorar la cantidad total de renta aunque se siga manteniendo a amplios sectores de la población en absoluta pobreza, con bajos niveles educativos o sin posibilidad de asistencia sanitaria. Según Sierra Fonseca (2001, p. 5): «...ningún país puede sostener niveles elevados de crecimiento sin una sólida base de desarrollo humano. Por lo tanto, el desarrollo humano es el fin y el crecimiento económico es el medio». El volumen de riqueza no es tan importante como el uso que se haga de ella en beneficio de la vida humana, por ello, la seguridad de disfrutar de los beneficios de la riqueza y su reparto equitativo son tanto o más urgentes que el
26 «La equidad como valor debe ser operacionalizada como ausencia de discriminación. Es decir, que no exista poder capaz de traducir la diferencia legítima de género, etnia, cultura, raza, profesión o labor como una inferioridad» (Maya, 2002, p. 1).

hecho mismo de seguir incrementándola. Además, ello permite mejorar la productividad y el funcionamiento de las economías por lo que también es crucial no someter a las personas a costos y sacrificios que atenten contra su dignidad y calidad de vida en nombre de exigencias impuestas por los procesos de producción. Las necesidades humanas no se circunscriben a los asuntos económicos. «(…) se ha tratado de determinar y satisfacer las necesidades humanas a partir de la economía [que sólo considera lo cuantificable en términos monetarios], relegando al olvido o a un plano definitivamente inferior tanto las esferas éticas, culturales, de metodología de gestión y de poder, como los aspectos inmateriales, espirituales y hasta místicos, de los cuales la humanidad sencillamente se niega a prescindir» (Sierra Fonseca, 2001, p. 6). Es posible aumentar la riqueza dentro de sistemas no democráticos o en contradicción con los derechos y las libertades fundamentales, de manera que no cualquier sistema de generación de riqueza es congruente con el respeto a la dignidad humana. La riqueza no puede ser la opción más relevante. Para Mahbub Ul Haq (1995, p. 2): «Una sociedad no tiene que ser rica para lograr la democracia. Una familia no tiene que ser rica para respetar los derechos de cada uno de sus miembros. Un país no necesita ser rico para tratar a hombres y mujeres en igualdad». Se supone que la riqueza no es el fin sino uno de los medios o instrumentos para alcanzar otros fines de mayor importancia relacionados con aspectos que hacen de la vida una experiencia verdaderamente humana, que vale la pena vivir. En la perspectiva del desarrollo humano, las personas son el centro de todos los esfuerzos destinados a conseguir la prosperidad de un país o una sociedad. Las personas son agentes y destinatarios de estos esfuerzos, sean de tipo económico, social, político y cultural. Esfuerzos que deben ir más allá del momento presente, asegurando su sostenibilidad para la vida de las próximas generaciones mediante la protección de los recursos naturales y el medio ambiente. Cada uno de estos aspectos es determinante del otro, por lo que el desarrollo debe ser entendido como un proceso de esfuerzos integrados para alcanzar el mayor enriquecimiento y la mayor expansión de la propia

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vida, influyendo en ello los sistemas institucio-nalizados para el ejercicio de libertades civiles, políticas, económicas y sociales, así como los niveles de igualdad y cohesión social. De esta manera, todo aspecto del desarrollo debe evaluarse en función del bien que deja a la vida de las personas y del poder que éstas han ganado para participar en la construcción de sus propias vidas. El fin del desarrollo debe ser que todas las personas tengan el derecho y la capacidad para vivir y tener la mejor calidad de vida posible. Los medios y los resultados globales del desarrollo deben ser coherentes con este fin y, este fin debe estar permanentemente expresado en ellos. Esto significa enriquecer y expandir los aspectos constitutivos de la vida a través de procesos interrelacionados y permanentes, no los aspectos que están fuera de ella como la producción y la prosperidad material, que sólo son instrumentos a su servicio. De igual modo, es indispensable que los esfuerzos se mantengan a lo largo de la trayectoria de vida de cada persona, asumiendo el hecho de que la vida es un continuo de cambios que implica pasar por distintas etapas. Por eso es importante ver el desarrollo humano como función del concepto de ciclo de vida, donde cada etapa de la vida determina el estado de la siguiente, desde la infancia hasta la vejez. Ese ciclo de vida permite observar los procesos de desarrollo de la vida humana, sus momentos o períodos críticos, las inequidades que se van acumulando tanto en lo que respecta a las condiciones de vida como a la propia construcción de la identidad de los sujetos y, desde el punto de vista de la acción, el ciclo de vida permite anticipar acciones antes de que los problemas se presenten y asegurar que las necesidades y capacidades de cada etapa sean atendidas de la mejor forma posible, garantizando así una larga vida con calidad de vida. Entre la perspectiva del desarrollo humano y el concepto de equidad propuesto en este estudio pueden establecerse tres tipos de conexiones. • La equidad representa un valor que recoge aquello que la sociedad, las instituciones y las personas consideran que son diferencias o condiciones injustas e innecesarias para la vida de las personas y los grupos sociales a los que éstas pertenecen.

• El calificativo de injusto tiene un marco más amplio de interpretación y de intervención que involucra a la sociedad misma y no solamente a las personas, por lo tanto, la equidad es un espacio para evaluar las relaciones de poder y cómo éstas generan tratos, posiciones y situaciones diferenciales que pueden someter a las personas a vivir de una manera no acorde con la dignidad y las condiciones de vida humana. • La equidad comprende un conjunto de dimensiones y criterios orientadores para la formulación de acciones y la puesta en práctica de instrumentos que hagan frente a estas diferencias y condiciones injustas en las múltiples formas en que éstas se expresan. En atención a la primera conexión, el desarrollo humano debe asociarse con valores éticos, morales y políticos de justicia acerca de lo que la sociedad reconoce como inaceptable en la vida de las personas, lo que no puede dejarse a la suerte de cada quien ni admite algún tipo de diferencias porque lo justo es que haya igualdad. Este algo fundamental debe partir de acuerdos plurales y estar en correspondencia con el contenido normativo de derechos y garantías consagradas a las personas. La definición de lo justo en la esfera de la igualdad, en términos del concepto de desarrollo humano, puede entenderse como la capacidad o libertad de alcanzar una buena calidad de vida. Esta calidad comprende vivir más, sin morir temprano y, vivir mejor, mientras se está vivo (Sen, 1992), tener acceso al conocimiento, contar con medios seguros de bienestar y participar activamente en los asuntos colectivos, entre otros aspectos sustantivos de la vida. Pero además, puesto que el centro de esta perspectiva es el sujeto, la justicia entra en acción –desde los sujetos, de la vida que éstos llevan y de las decisiones que pueden tomar para transformarla– como uno de los aspectos primordiales del desarrollo humano bajo la idea de que somos diferentes, lo cual obliga a que sea justo que las opciones de la vida también sean diferentes. Según PNUD (2000): «El desarrollo humano (...) reintroduce la subjetividad de las personas, de los sujetos, como centro y sentidos del desarrollo, al ser el sujeto quien asigna valor a lo que hace y es en su vida». A través del sujeto, la equidad se

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orienta a contribuir con una permanente expansión de las opciones humanas para que las personas se liberen de condiciones adversas a una buena vida y sean habilitadas para construir o realizar lo que es valioso para ellas. En palabras de Mahbub Ul Haq esto significa cumplir con las aspiraciones de las personas, con el progreso que buscan, con lo que necesitan y con lo que quieren hacer (Sierra Fonseca, 2001). Para el desarrollo humano la calidad de vida se encuentra estrechamente asociada con la libertad, superando así los antagonismos entre igualdad y libertad, como lo plantea la doctrina de los derechos humanos. Los aspectos para calificar una vida como buena o mejor dependen del enfoque que se adopte. Según Max-Neff, citado por Sagasti (1999), calidad de vida es lograr la satisfacción de necesidades humanas fundamentales en términos de sobrevivencia, protección, afecto, entendimiento, participación, identidad y libertad, entre otras. Este autor desvincula el concepto de necesidades de sus acepciones económicas tradicionales, asociadas a consumo de bienes y servicios, o con los modos de satisfacción o «satisfactores» de estas necesidades, los cuales se expresan en sistemas y estructuras organizativas, en prácticas sociales, en valores, normas y espacios modificables en tiempo y espacio. Para Sen (1999) y Nussbaum (2000) calidad de vida significa la expansión de las capacidades humanas o libertades para ser y hacer lo que las personas tienen razones para valorar, por ejemplo: no morir prematuramente, buena salud, libertad de movimiento, reflexión crítica, afiliación, control del propio entorno político y material, entre otras. Estos autores
27 Sen (1999b, p. 2): «...¿Qué es el desarrollo? He tratado de argumentar (...) que el proceso de desarrollo puede considerarse como una ampliación de la libertad humana. El éxito de la economía y de una sociedad no puede separarse de las vidas que pueden llevar los miembros de esa sociedad puesto que no solamente valoramos el vivir bien y en forma satisfactoria, sino que también apreciamos tener control sobre nuestras propias vidas. La calidad de vida tiene que ser juzgada no solamente por la forma en que terminamos viviendo, sino también por las alternativas sustanciales que tenemos. (...) Ya que la evaluación de la libertad puede ser susceptible tanto de lo que hace una persona como de las alternativas que tiene, la libertad proporciona una perspectiva más amplia al juzgar la ventaja humana (...). Este es el razonamiento básico para considerar el ‘desarrollo’ como libertad».

comparten el cuestionamiento de Mahbub Ul Haq a la concepción tradicional del desarrollo y establecen una importante distinción entre satisfacción y capacidad y, a partir de ello, adoptan el concepto de «funcionamientos humanos» en sustitución del término «necesidades». Las necesidades aluden a una persona determinada por las circunstancias externas en condición pasiva o de recibir, consumir u obtener cosas. En cambio los funcionamientos hablan de una persona en acción o en actividad, que lucha permanentemente por su surgimiento y realización. Interpretando a estos autores, la vida es un movimiento continuo de realizaciones. Desde que nacemos ponemos a funcionar nuestras facultades humanas y cada funcionamiento logrado es expresión de una vida más humana. El paso de convertir estas facultades en funcionamientos, léase realizaciones humanas, y de poner los recursos en acción para potenciar estas realizaciones es lo que estos autores llaman «capacidades». Y ambos enfatizan en que no sólo es importante lo que las personas hacen o han logrado hacer [por ejemplo, no enfermar o no morir], sino también lo que las personas pueden o están potencialmente en capacidad de hacer [por ejemplo, estar saludable a lo largo de la vida]. En este sentido, para Sen y Nussbaum la calidad de vida es sinónimo de libertad, que es uno de los principales aspectos constitutivos de la vida humana y, por lo tanto, representa el valor central del desarrollo27. Esta libertad se expresa en dos sentidos: como capacidad de «funcionar» alcanzando mayores niveles de calidad de vida, y como capacidad para elegir el modo de vida que cada persona quiere, como un fin en sí mismo. La idea central es que las capacidades para mejorar la vida son libertades humanas porque representan la capacidad que cada persona tiene para ejercer control sobre la propia vida. A partir de su realización las personas pueden hacer pleno uso de la condición de personas y ciudadanos libres, activos y deliberantes. Así mismo De Negri establece que la calidad de vida es la capacidad para alcanzar una mayor autonomía, entendida ésta como capacidad de convertir en actos los deseos. Mejorar la calidad de vida implica

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esfuerzos colectivos y no solamente individuales, porque las condiciones de vida son producto de múltiples causalidades y determinaciones sociales, capacidades de organización y de empoderamiento social. De tal modo que estos esfuerzos deben estar orientados a superar todos los obstáculos que hacen perder posibilidades de autonomía «...como las enfermedades, la falta de alimentos, la falta de agua y de servicios de saneamiento, un medio ambiente degradado, la violencia en todas sus formas, las posibilidades de accidentes, el uso de drogas, la desescolarización, la escasez de renta o el desempleo forzado, incluyendo las deficiencias y barreras económicas a la atención de la salud [abarcando educación, prevención, protección, asistencia curativa y de rehabilitación], así como las dificultades para el ejercicio de una participación, democrática y protagónica, entre otros» (De Negri, 2002, pp. 41-42). La segunda conexión con la equidad: la orientación de los esfuerzos por el desarrollo humano y lograr resultados que hagan bien a la vida humana entraña criterios y prácticas de justicia social para asegurar que los beneficios y los costos del desarrollo vayan orientados a cerrar diferenciales de realización de derechos, capacidades humanas y aspiraciones propias. Esto es posible si el desarrollo está referido a seres concretos, localizados y plenamente sociales, y no a seres individuales y abstractos. Es decir, que el desarrollo humano se preocupa por el tipo de vida que llevan las personas así como por las diferencias injustas que se producen en sus vidas como resultado de las estructuras y relaciones de poder de carácter político, económico y sociocultural. La equidad, en última instancia, trata acerca de las relaciones de poder que se expresan en la ubicación social, la manera de vivir y las posibilidades que tienen las personas para vincularse y participar en el mundo. Cuando estas relaciones están dominadas por la discriminación, la desigualdad o la opresión, no es posible hablar de desarrollo humano; tampoco es posible que las personas apoyen y puedan vivir dentro del orden establecido. En este sentido, PNUD-Panamá (2002) afirma que el desarrollo humano se da cuando los cambios y las mejorías que producen los sistemas económicos y políticos llegan a las personas concretas, en su vida concreta, y cuando,

en contrapartida, las personas se comprometen a apoyar el progreso económico y la democracia. En nuestro continente persisten enormes brechas de desigualdad en las condiciones de calidad de vida con expresiones que van desde la extensa pobreza hasta las exclusiones humanas más denigrantes. En el contexto latinoamericano el Estado Social tuvo importantes logros en la elevación general de los niveles de vida pero modestos y limitados resultados en cuanto a disminución de las desigualdades. América Latina es hoy la región del mundo que presenta las más amplias desigualdades por ingresos y ello no por razones de riqueza o pobreza económica. Otros países con más bajos ingresos tienen menores desigualdades, menos polarizadas. Según un estudio sobre las desigualdades en América Latina (BID, 1998), en esta región 25% de los ingresos es percibido por sólo 5% de la población, y 40% de estos ingresos los tiene el 10% de los más ricos. En el otro extremo, 30% de los pobres reciben apenas 7,5% del ingreso total28. Estas desigualdades lejos de mejorar se han mantenido y tienden a acrecentarse debido al fuerte arraigo de estructuras y relaciones sociales y culturales de negación del otro. Como señala Calderón: «En América Latina la discriminación del otro ha constituido un obstáculo importante para el fortalecimiento democrático y el afianzamiento del ejercicio pleno de los derechos ciudadanos para todos. (...) Esta percepción de la desigualdad ha tenido consecuencias en el ejercicio ciudadano, pues al negar al otro también se lo excluye de pertenecer a una
28 Aun cuando estos datos se refieren a 1998, siguen siendo reveladores de la situación que aquí se plantea porque esta relación continúa profundizándose y deteriorándose. La CEPAL en su último Informe: Panorama Social de América Latina 2002-2003 señala que en los últimos años la distribución del ingreso en la región latinoamericana no ha mostrado resultados alentadores. Al contrario, apunta que desde el período 1990-1997 se ha observado la inmovilidad de los indicadores de concentración del ingreso e incluso una tendencia hacia el deterioro en algunos de los países. El período 1999-2002 muestra una situación similar a la del período 1990-1997: estancamiento y/o deterioro en cuanto a la concentración del ingreso. Ello reafirma la enorme rigidez de la movilidad que presenta el grado de concentración del ingreso de los países de la región, cuestión que limita las posibilidades de avanzar hacia un objetivo de equidad e igualdad. (CEPAL, 2003, p. 8).

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misma comunidad. (...) En tal sentido, (…) la pertenencia a un grupo étnico y socioeconómico determinado, a una zona pobre o rica determinaría la posibilidad de ejercer ciertos derechos» (Calderón, 2002). Estas desigualdades se han incrementado cuando lo económico predomina sobre los aspectos políticos y sociales; cuando existe una marcada exclusión y estratificación en la sociedad; cuando las políticas públicas se restringen a enfoques selectivos y transitorios que traen como consecuencia el debilitamiento del Estado, cada vez más reducido en el plano económico y social, una gran fragilidad institucional para garantizar la normativa y responder a las demandas insatisfechas, y un considerable deterioro del ejercicio de la ciudadanía. En este sentido, para la CEPAL (2000, p. 11) «(...) se requiere de la reorientación de los patrones de desarrollo de la región en torno a un eje principal, la equidad, es decir, la reducción de la desigualdad social en sus múltiples manifestaciones. Esta es, si se quiere, la vara fundamental para medir la calidad del desarrollo. El objetivo no puede ser ni debe ser otro cuando se habla en general de los países con las peores distribuciones de ingreso del mundo». La equidad comprendida como un pilar del desarrollo humano pretende cambiar las relaciones de poder que generan desigualdades; enfrentarlas implica dar preeminencia a los derechos humanos a través de los cuales se establecen las orientaciones éticas y normativas que deberán regir las respuestas sociales ante condiciones inequitativas, además de que representan un elemento central en la reconstitución de los vínculos sociales, integrando en la sociedad a quienes habían sido negados, discriminados o separados de ella. De esta manera, la equidad implica colocar en primer plano la necesidad de concertar compromisos políticos y sociales en torno a la generación de oportunidades reales para que todas las personas puedan liberarse de sistemas que niegan la satisfacción de necesidades vitales, así como de tratos y prácticas que impiden a las personas ser ellas mismas, tomar decisiones sobre sus vidas y convertir esas decisiones en obras y realizaciones importantes. En este sentido, PNUD (2000) ha establecido

la necesidad de que el desarrollo humano apunte hacia procesos en los que las personas se liberen de la discriminación por género, raza, origen socioeconómico, geográfico, étnico o religioso; se liberen de las condiciones que impiden alcanzar un nivel de vida decente; de los obstáculos para desarrollar plenamente las potencialidades humanas o de lo que falta aún por alcanzar en relación con el mejor bien y la mayor libertad posible; del temor o las amenazas contra la seguridad personal, la tortura, las detenciones arbitrarias; de las violaciones a la ley; de la opresión; de las limitaciones para participar en la adopción de decisiones, expresar opinión y asociarse; y de la explotación o de cualquier dificultad que impida tener un trabajo digno. La tercera conexión entre la equidad y el desarrollo humano se da en el conjunto de dimensiones y criterios que orientan la puesta en práctica de mecanismos para solventar las distintas formas en las que se presentan las injusticias. Una primera dimensión es la que se relaciona con los derechos, su reconocimiento y su ejercicio real. La segunda dimensión está compuesta por las oportunidades, entendidas de dos maneras: como seguridad protectora o de acceso a medios dignos y suficientes de vida; y como posibilidad de traducir estas oportunidades en capacidades o en autonomía para llegar a una realización plena de calidad de vida, las cuales influyen en una mayor libertad para participar en la vida económica y política. La tercera dimensión, habiéndose dado las dos anteriores, es la que concilia la igualdad con la mayor diversidad de opciones para llevar una vida valiosa y disfrutar de la libertad de elegir. Las tres dimensiones deben ser vistas como parte de un mismo proceso, aun cuando cada una tenga su propia dinámica y especificidad.

Las dimensiones de la equidad en el desarrollo humano
La equidad en este estudio ha sido definida como la «igualdad en las diferencias» que, en el plano de la igualdad, significa suprimir diferencias injustas

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allí donde lo que debe haber es igualdad, mediante acciones dirigidas al ejercicio pleno de los derechos humanos y a responder de manera proporcionalmente ajustada al tamaño y las características de las brechas de desigualdad en la satisfacción de necesidades vitales de las personas; y, en el plano de la diversidad, se traduce en impedir que una sola opción de vida se imponga como la única válida en contextos sociales y culturales donde deben existir opciones diferentes, lo cual implica el reconocimiento de la diversidad de los sujetos sociales, la pluralidad y el empoderamiento de los sujetos para participar en las decisiones y en el diseño de las políticas y acciones. Si la idea de lo justo en el desarrollo humano es que todas las personas puedan alcanzar una buena calidad de vida a través de la realización de un conjunto de capacidades humanas vitales, y que también todos los sujetos en sus necesidades biológicas, sociales y subjetivas sean reconocidos y puedan tener realmente la opción de elegir y de realizar sus propias aspiraciones, la equidad en esta perspectiva puede descomponerse en tres dimensiones: la igualdad en el ejercicio de derechos, la igualdad de acceso y transformación de oportunidades en capacidades, y la igualdad en el dominio de opciones para decidir y alcanzar realizaciones valiosas, como actores con dominio sobre sus vidas, haciendo que las injusticias sean atendidas sobre la base de criterios de no discriminación, proporcionalidad y reconocimiento de la diversidad.

La dimensión de los derechos
La primera dimensión de la equidad, que opera bajo el criterio de no discriminación, se refiere al reconocimiento y ejercicio de los derechos humanos, particularmente de los derechos sociales y culturales ya que sin ellos las personas pierden toda posibilidad de ocupar un lugar en la sociedad en el que sean tratados como parte de ella en condición de iguales y de poseer facultades reconocidas socialmente para intervenir en la discusión de las reglas que determinan oportunidades para una buena vida. La consecuencia de una sociedad donde la igualdad de derechos no es una norma fundamental de las relaciones sociales y del

marco general de convivencia es la subordinación, sin cuestionamiento, a los valores dominantes; a las desigualdades sociales internas; al debilitamiento de la solidaridad, de la equidad y de la justicia social. Los éxitos y fracasos recaen únicamente en la responsabilidad individual, en las dotaciones heredadas, en las ventajas que da el poder, la riqueza y el estatus de categorías con mayor preeminencia en la jerarquía social. De esta manera, los derechos son punto de partida de la equidad; su reconocimiento y posibilidades de ejercicio son una de las maneras en las que se expresa la equidad. La ausencia o debilidad para garantizarlos constituye un obstáculo para que se generen oportunidades y para que éstas se distribuyan equitativamente entre todos. «Los derechos humanos expresan la idea básica de que todos los seres humanos tienen derecho a arreglos sociales que los protejan de los peores abusos y privaciones y que aseguren la libertad para una vida en dignidad. (...) El enfoque de derechos le otorga legitimidad moral y principios de justicia social a los objetivos de desarrollo humano. La perspectiva de los derechos ayuda a orientar las prioridades hacia los más deprivados y excluidos, especialmente los sujetos de discriminaciones» (PNUD, 2000, citado por Cartaya, 2003a, p. 15). Ahora bien, no basta con que los derechos estén legalmente reconocidos si el Estado o la sociedad desconocen su existencia y en la práctica imposibilitan su ejercicio. En este sentido es importante que los derechos sean definidos en el campo de las capacidades o libertades reales y no sólo en el campo del orden jurídico establecido, el cual puede no ser representativo de las aspiraciones de la sociedad y de los grupos sociales. Para que las oportunidades sean un derecho legítimo de todas las personas se requiere que se hayan convertido en normas legales o en asuntos formales de la justicia, además de que sean derechos con fuerza moral, es decir, normas sociales y culturales reconocidas. Los derechos no solamente constituyen normas legales, son fundamentalmente normas sociales que deben observarse en todos los ámbitos de la sociedad (Guendel, 2003b). Esta es una exigencia para que se establezcan garantías de cumplimiento a través de los medios de que dispone la sociedad ante quienes

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RECUADRO 5 NECESIDADES HUMANAS (MAX-NEEF) Y CAPACIDADES DE FUNCIONAMIENTO HUMANO (NUSSBAUM)
Necesidades humanas (Manfred Max-Neef, 1986) Subsistencia -Salud física, salud mental, salud reproductiva, equilibrio, solidaridad, humor y adaptabilidad. -Alimentación, abrigo, descanso y trabajo. -Vivir en un entorno vital y un entorno social (no vivir aislados). Capacidades centrales del funcionamiento humano (Martha Nussbaum, 2000) Vida, salud corporal e integridad corporal -No morir prematuramente o antes que la vida se reduzca al punto que no merezca vivirla. -Tener una buena salud, incluyendo no enfermar, estar adecuadamente alimentado y tener un techo adecuado. -Libre movilidad y no agresión o limitación a integridad corporal. Sentido, imaginación y pensamiento -Usar los sentidos, imaginar, pensar y razonar, expresada y cultivada en una adecuada educación, incluyendo alfabetización y entrenamiento científico y matemático. -Imaginar y pensar en conexión con la experiencia y la producción de obras y eventos de expresión y elección propia, en lo religioso, literario, musical... -Usar la propia mente bajo garantía de libertad de expresión en lo político, artístico y religioso. -Buscar el sentido último de la vida a nuestra propia manera. -Tener experiencias placenteras y evitar el sufrimiento innecesario.

Entendimiento y creación -Conciencia crítica, receptividad, curiosidad, asombro, disciplina, intuición y racionalidad. -Literatura, maestro, métodos, políticas educacionales y comunicacionales. -Investigación, estudio, experimento, análisis, meditación e interpretación. -Ámbitos de interacción formativa (escuelas, universidades, academias, agrupaciones, comunidades y familias). -Pasión, voluntad, intuición, imaginación, audacia, racionalidad, autonomía, inventiva y curiosidad. -Desarrollo de habilidades, destrezas, métodos y trabajos. -Trabajar, inventar, construir, idear, componer, diseñar, interpretar. Afecto -Autoestima, solidaridad, respeto, tolerancia, generosidad, receptividad, pasión, voluntad, sensualidad, humor. -Amistades, parejas, familia, animales domésticos, plantas y jardines. -Hacer el amor, acariciar, expresar emociones, compartir, cuidar, cultivar, apreciar. -Privacidad, intimidad, hogar, espacios de encuentro.

Emociones -Tener vinculaciones con cosas y personas fuera de uno mismo, de amar a quienes nos aman y cuidar de nosotros, de experimentar nostalgia, gratitud y temor justificado. Apoyar asociaciones que puedan ayudar en momentos de temor o preocupación aplastante. Entre otras, también vivir cuidado por los animales, las plantas y el mundo de la naturaleza.

Razón práctica -Crear una concepción del bien y de comprometerse en una reflexión crítica acerca del planeamiento de la propia vida. Implica protección de la libertad de conciencia. Protección -Cuidado, adaptabilidad, autonomía, equilibrio, solidaridad. -Sistemas de seguros, ahorros, seguridad social, sistemas de salud, legislaciones, derechos, familia, trabajo. -Cooperar, prevenir, planificar, cuidar, curar, defender. -Contorno vital, contorno social, morada.

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RECUADRO 5 (cont.) NECESIDADES HUMANAS (MAX-NEEF) Y CAPACIDADES DE FUNCIONAMIENTO HUMANO (NUSSBAUM)
Necesidades humanas (Manfred Max-Neef, 1986) Participación -Adaptabilidad, receptividad, solidaridad, disposición, convicción, entrega, respeto, pasión, humor. -Derechos, responsabilidades, obligaciones, atribuciones, trabajo. -Afiliarse, cooperar, proponer, compartir, discrepar, acatar, dialogar, acordar, opinar. -Desarrollo de ámbitos de participación, cooperación, asociación a través de iglesias, comunidades, vecindarios y familias. Identidad -Pertenencia, coherencia, diferencia, autoestima, asertividad. -Símbolos, lenguaje, hábitos, costumbres, grupos de referencia, sexualidad, valores, normas, roles, memoria histórica, trabajo. -Comprometerse, integrarse, confundirse, definirse, conocerse, reconocerse, actualizar, crecer. -Socio-ritmos, entornos de la cotidianidad, ámbitos de pertenencia, etapas madurativas. Libertad -Autonomía, autoestima, voluntad, pasión, asertividad, apertura, determinación, audacia, rebeldía, tolerancia. -Igualdad de derechos. -Discrepar, optar, diferenciarse, arriesgar, conocerse, asumirse, desobedecer, meditar. -Plasticidad, espacio-temporal Capacidades centrales del funcionamiento humano (Martha Nussbaum, 2000) Afiliación -Vivir con y hacia otros, de reconocer y mostrar preocupación por otros seres humanos, de comprometerse en diferentes maneras de interacción social, de imaginar la situación de otros y de tener compasión por ésta, de justicia y amistad; significa proteger instituciones que desarrollan tales formas de afiliación y la libertad de reunión y de discurso político.

Respeto por sí mismo y reconocimiento recíproco -Poseer las bases sociales del respeto de sí mismo y de la no humillación, ser tratados como seres dignificados cuyo valor es igual al de los demás. Implica protección contra la discriminación por raza, sexo, orientación sexual, religión, casta, etnia u origen nacional. Trabajar como ser humano, haciendo uso de la razón práctica e ingresando en significativas relaciones de reconocimiento mutuo con otros trabajadores.

Control del propio entorno -Participar efectivamente en elecciones políticas que gobiernen la propia vida, tener el derecho de participación política, de protecciones de la libre expresión y asociación. -Tener propiedad, tanto de la tierra como de bienes inmuebles, no solamente de manera formal sino en términos de real oportunidad y tener derechos de propiedad sobre una base de igualdad con otros, no estar sujeto al registro e incautación de forma injustificada. Juego -Reír, jugar y disfrutar de actividades recreativas

Ocio -Curiosidad, receptividad, imaginación, despreocupación, humor, tranquilidad, sensualidad. -Juego, hobbies, espectáculos, fiestas, calma. -Divagar, abstraerse, soñar, añorar, fantasiar, evocar, relajarse, divertirse, jugar. -Privacidad, intimidad, espacios de encuentro, tiempo libre, ambientes y paisajes.

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han sido designados como principales responsables y representan un espacio de conquistas y luchas llevadas por las personas y grupos sociales; dan cuenta de la autonomía que una sociedad y los diferentes grupos han logrado para hacer valer sus necesidades y aspiraciones, y también pueden ser entendidos como una medida del debate que internamente existe en una sociedad para que éstos se respeten y se hagan cumplir. Las concepciones tradicionales de desarrollo dejaron de lado el tema de los derechos pero hoy las distintas visiones se complementan y nutren entre sí. «Cuando los derechos humanos y el desarrollo humano avanzan juntos se refuerzan mutuamente. Hasta la última década ambos enfoques transitaban por rutas paralelas tanto conceptualmente como en términos de políticas. (...) Promovían estrategias divergentes: por una parte progreso económico y social y por la otra presión política, reformas legales y cuestionamientos éticos (...). Hoy ambos convergen en teoría y práctica y el abismo entre ambas agendas se estrecha» (PNUD 2000, citado por Cartaya 2003a, p. 15). Los derechos humanos permiten crear en cada sociedad un marco de orientaciones éticas en el ordenamiento jurídico e institucional que relaciona objetivos colectivos de igualdad, equidad y justicia social con necesidades democráticas. Estos también forman parte de los acuerdos políticos y sociales de una sociedad, en tanto su consagración como parte de constituciones y leyes vigentes no es garantía real de cumplimiento o ejercicio. Es indispensable, además, un conjunto de esfuerzos continuados y compartidos entre todos los sectores de la sociedad para que sean llevados a la práctica, así como un ejercicio ciudadano dirigido a su exigencia con el objeto de que sean incluidos y permanezcan en las decisiones. Cuando se privilegian los compromisos y las cuestiones éticas, los recursos ya no pueden ser la excusa. Hoy se reconoce que las preguntas siempre estuvieron mal planteadas. «En vez de preguntar: ¿Cuántos recursos tenemos y hasta dónde podemos llegar con ellos?, la pregunta debe ser: ¿Qué recursos requerimos para alcanzar los objetivos?» (PNUD, 2003, p. 6). Aceptar que algunos de los problemas no son superables de inmediato no significa que ellos deban ser sacados de las agendas de decisión política.

Los derechos son considerados hoy en día elementos centrales de los procesos de fortalecimiento de la integración social. Representan el reconocimiento social de sujetos que habían sido permanentemente excluidos de la sociedad, así como de sus intereses y necesidades dentro de los objetivos colectivos. Reaparecen así los derechos sociales y culturales como elementos de inclusión, no sólo como «derechos de acceso» a medios o recursos para la satisfacción de necesidades socialmente importantes para vivir, sino como «derechos a la realización» de una buena vida, de acuerdo con la cultura, los valores y las aspiraciones de cada persona, de cada grupo y de cada pueblo, en un marco de corresponsabilidad individual y colectiva con los otros. Los derechos sociales devuelven identidad social a los ciudadanos y reconocen en ellos iguales poderes y deberes de participación en la vida social. Por eso en los marcos normativos de la ciudadanía es cada vez más importante el reconocimiento explícito de derechos a los niños[as], los adolescentes de ambos sexos, las mujeres y los hombres, los pueblos indígenas, las personas con discapacidad y los ancianos[as], aun cuando su inclusión pueda estar sobreentendida en el marco del «derecho para todos». Del mismo modo que los derechos adquieren un perfil diferente en las sociedades actuales a través de la doctrina de los derechos humanos, la definición y los roles del Estado también comienzan a ser replanteados con el fin de vigorizar el espacio de lo público. El Estado tiene un papel indelegable en la garantía del interés colectivo y en la producción de reglas, instituciones y bienes que no puede proveer otro actor en la sociedad, a objeto de garantizar derechos fundamentales en los campos de la calidad de vida, la justicia y la democracia. Dejar esto al libre criterio de las personas o al mecanismo del mercado tendría consecuencias de amplia injusticia para las personas, no acordes con el principio de una verdadera igualdad de oportunidades, tal como lo plantea la equidad. En este sentido, uno de los principales retos del Estado es la superación de las desigualdades en sus múltiples manifestaciones, incluyendo la pobreza como una de sus mayores expresiones en las sociedades latino-americanas. Esto implica llevar los derechos a categorías de políticas

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La equidad en el Desarrollo Humano: estudio conceptual desde el enfoque de igualdad y diversidad

públicas que rompan con los mecanismos estructurales de su reproducción y, también, privilegiar una mayor intervención ciudadana en la formulación y el cumplimiento de estas políticas. La participación está estrechamente relacionada con procesos de empoderamiento social que permitan la apropiación, el ejercicio y la defensa de los derechos y de la equidad como valores fundamentales.

La dimensión de las oportunidades
La segunda dimensión de la equidad son las oportunidades que tienen como criterio la proporcionalidad. La definición más extendida de la equidad es la que la identifica con la igualdad de oportunidades. En el desarrollo humano podemos entender oportunidad como una condición en la cual las personas tienen la certidumbre, seguridad y confianza de que tendrán a su alcance posibilidades reales, suficientes y adecuadas para llevar una buena vida, verdaderamente humana y ajustada a sus aspiraciones. En este estudio hemos insistido en que la equidad no es compatible con cualquier forma de igualdad. La condición de igualdad no es innata porque existan leyes, normas o mecanismos iguales para todos. Menos aún puede decirse que las oportunidades son iguales si dependen de las posibilidades que tiene cada persona o cada grupo de proveérselas a sí mismo. Al contrario, una real existencia de oportunidades obedece a multiplicidad de factores socioculturales, políticos y económicos que escapan a la voluntad, el mérito o el esfuerzo individual. Es preciso entonces una acción dirigida a generar oportunidades que reconozcan que las condiciones y trayectorias de calidad de vida son diferentes y heterogéneas en cada ser humano y cada grupo social. En el sentido que hemos venido definiendo la equidad en el desarrollo humano las oportunidades deben darse de dos maneras simultáneas: como oportunidades equitativas de «acceso a» y como oportunidades equitativas de «capacidades para». Las primeras se refieren, siguiendo la definición de Max-Neef, citado por Sagasti (1999), a la disponibilidad y distribución equitativa de políticas, recursos y medios de atención que potencien los modos de satisfacción o satisfactores

de necesidades humanas vitales y aumenten las posibilidades de alcanzar una vida mejor. Hablamos entonces de sistemas de provisión de bienes y servicios indispensables para responder a necesidades fundamentales de los seres humanos. Las segundas tienen que ver más bien con reducir o eliminar diferencias en el estatus de capacidades para lograr una mejor calidad de vida. El acceso y el uso que se da a los bienes y servicios no es suficiente para concluir que las personas cuentan con iguales oportunidades porque disponer de la cantidad y calidad de recursos que se necesitan no se convierte instantáneamente en mayores realizaciones humanas. En estas realizaciones intervienen, además del acceso que las personas puedan tener, las capacidades de partida de las personas, sus características personales, sus valores, hábitos y creencias, así como un amplio conjunto de determinantes sociales, culturales y económicos. Es decir, en las realizaciones están implicados los sujetos: quiénes son, qué hacen y qué es lo que pueden hacer, tomando en cuenta su ubicación social y condiciones de existencia. Por eso es tan importante saber cuál es el grado de inequidad en la accesibilidad a los servicios y en la distribución de los recursos, así como cuál es el grado de inequidad en los estados de calidad de vida alcanzados por la población, sus condiciones socioeconómicas y características socioculturales. No es posible valorar la equidad de acceso sin valorar también la equidad en las condiciones de calidad de vida (De Negri, 2002). En lo que respecta a salud, Almeida (2000, pp. 75-76) ilustra esta distinción señalando que: «desde el punto de vista operacional, es necesario distinguir equidad en salud de equidad en el consumo de servicios de salud, puesto que el diseño de políticas es diferente según cada uno de estos objetivos; esto es porque los determinantes de las desigualdades de no enfermar o no morir difieren de aquellas desigualdades en el consumo de servicios de salud. Las desigualdades en salud reflejan, dominantemente, las desigualdades sociales y (...) la igualdad en el uso de los servicios de salud es una condición importante, pero no suficiente, para disminuir las desigualdades de enfermar o morir entre los diferentes grupos sociales». Es importante que ambas oportunidades se

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retroalimenten unas a otras porque quienes hayan tenido mayor capacidad tendrán mayor acceso y aprovechamiento de los recursos. Las oportunidades «de acceso a» Este tipo de oportunidades se refiere a la distribución de medios proporcionalmente suficientes y adecuados a las necesidades de satisfacción de capacidades humanas, entendidas en su condición de derechos. Estas oportunidades comprenden el acceso a las políticas, a recursos financieros y a bienes y servicios, en términos de cantidad, calidad, disponibilidad, estabilidad y pleno uso sin que haya tratos o situaciones discriminatorias relacionadas con barreras geográficas, económicas, políticas, sociales e institucionales. Las oportunidades de acceso dependen del grado de control que las personas tengan sobre los recursos. Respecto de este tipo de oportunidades podemos utilizar a manera de referencia las seis fuentes de bienestar que establecen Boltvinik y Damian (2003). Estas fuentes son: a) los ingresos corrientes (monetarios y no monetarios); b) los derechos de acceso a servicios o bienes gubernamentales de carácter gratuito (o subsidiados); c) la propiedad o derecho de uso de activos que proporcionan servicios de consumo básico; d) los niveles educativos, las habilidades y las destrezas entendidas no como medios de obtención de ingresos, sino como expresiones de las capacidades de entender y hacer; e) el tiempo disponible para educación, recreación, descanso y tareas domésticas; y, f) la propiedad de activos no básicos y la capacidad de endeudamiento del hogar. En el mismo sentido, CEPAL (2000) hace énfasis en una igualdad de oportunidades que tome en cuenta principalmente el acceso al empleo y a la educación como elementos sustanciales de rompimiento con los mecanismos que permiten la reproducción de la pobreza y la desigualdad, así como la discriminación por género. Además propone igualdad de oportunidades de acceso al bienestar material y a la participación en las decisiones y en el espacio público; acceso a los sistemas de justicia, seguridad ciudadana y estilos de vida saludables; así como acceso a múltiples fuentes de conocimiento e información, y a redes de apoyo social y de otra índole.

Incorpora también la idea de que el acceso debe considerar las trayectorias de vida de las personas, de tal manera que las oportunidades se den desde los primeros años o lo más temprano posible, sobre todo al inicio de los ciclos educativos y de empleo. Las oportunidades de «capacidades para» Estas oportunidades se relacionan directamente con el estatus de capacidades de calidad de vida que tienen las personas y representan el dominio o la autonomía ganada sobre la conducción de sus vidas. Comprenden las capacidades realizadas o los estados actuales y acumulados de calidad de vida, valorados desde el punto de vista subjetivo y objetivo por las personas y por la misma sociedad [p. ej.: condiciones de salud, educación, ingresos, calidad de trabajo, calidad del hábitat, etc.], así como las capacidades potenciales o estados alcanzables de calidad de vida que las personas aspiran o imaginan tener a través de sus luchas cotidianas. Estas capacidades dependen del conocimiento y ejercicio de sus derechos, de la comprensión de sus circunstancias [sus causas y evolución] y de la valoración de sus capacidades y disposición de movilizarse para lograr una mejor calidad de vida (Coraggio, 1999). Las capacidades se entienden como el conjunto de necesidades o funcionamientos humanos fundamentales que todas las personas deberían desarrollar a su máximo potencial para tener una mejor calidad de vida. Los recursos o medios que se obtienen a través del acceso potencian estas capacidades pero no las reemplazan. La manera en que entran los recursos en acción depende mucho de las capacidades obtenidas, lo que implica acciones dirigidas a la ampliación de las capacidades para que éstas reflejen verdaderamente la habilidad de cada persona para aprovechar lo que el acceso brinda a las personas. A mayor capacidad, mayor control sobre los recursos. La dimensión de las capacidades representa dentro de la equidad una verdadera igualdad de resultados porque va directo a las condiciones que desde el punto de vista humano es necesario que todas las personas realicen, independientemente de sus características subjetivas.

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La equidad en el Desarrollo Humano: estudio conceptual desde el enfoque de igualdad y diversidad

La dimensión de las opciones
La tercera dimensión de la equidad es la referida a las opciones. La diversidad de los sujetos es lo que da contenido a esta dimensión e implica otras formas de equidad donde se valora quiénes son las personas, a qué grupos sociales pertenecen y cuáles son sus intereses, necesidades y aspiraciones específicas. La valoración de las diferencias humanas en términos de características personales y sociales, como condiciones positivas de la vida, es también un aporte sustantivo de la equidad al desarrollo humano. El sujeto es el que da sentido a la vida, por lo tanto, no sólo es importante que las personas tengan oportunidades en términos de acceso y capacidades para realizarse o para liberarse de obstáculos que impidan la realización de necesidades inherentes a la existencia humana, también es una capacidad vital que las personas se vean liberadas de sistemas que no les permiten expresarse y desarrollarse en sus diferencias así como superar cualquier tipo de discriminación o desigualdad fundada en ellas. En este sentido, «...la medición de la equidad desde la óptica del desarrollo humano presupone la diversidad, sin diversidad no existe la posibilidad de libertad, somos libres porque optamos, y la opción sólo surge de la diferencia, la unidad no produce opción, sin diversidad no hay posibilidad de optar» (Fernández-Shaw, 2003a). Las opciones representan el control real que puede ejercer una persona o un grupo sobre la generación de derechos y oportunidades que lleven a lograr objetivos o proyectos propios. La falta absoluta de oportunidades que hace a unos no poder escoger entre una vida llena de precariedades y otra que realmente los dignifique como seres humanos revela una situación de profunda inequidad; pero también, que no haya sino una opción de vida digna para sujetos distintos es igualmente una situación inequitativa. La variedad de oportunidades, igualmente buenas y válidas, es lo que realmente permite a las personas ejercer la plena libertad de ser y hacer lo que social y culturalmente valoran. En esta dimensión la equidad busca, en primer lugar, que todos seamos reconocidos como parte del conjunto social, no solamente en lo que nos hace semejantes sino en lo que nos hace diferentes; y, en

segundo lugar, que lo que nos hace diferentes tenga una representación válida, impidiendo de esta manera que las diferencias sean causa de negación, inferiorización u opresión de los sujetos. Las opciones comprenden todo lo que permita expandir el abanico de alternativas de calidad de vida, en contraposición a poderes que condicionan, impiden u obstaculizan estas alternativas. Una política, acción, decisión o conducta equitativa será aquella que contemple el máximo de opciones diferentes para atender todas las situaciones, casos o necesidades diversas. En esta dimensión, la equidad buscará la mayor expansión posible de opciones, en correspondencia con la diversidad de sujetos sociales. El desarrollo humano tiene mayor impacto cuando las personas pueden controlar su propia vida, y esto es posible si el desarrollo apunta hacia el fortalecimiento de las luchas concretas en las que cada sujeto busca su propio reconocimiento, es decir, ejerciendo el derecho a ser un actor social que hace sus mejores esfuerzos para realizarse a plenitud de manera auténtica y digna29. De acuerdo con Nussbaum (2000, p. 109): «Tratar a A y B como situados en igual posición porque requieren la misma cantidad de recursos es descuidar de una manera crucial la vida separada y distinta de A y pretender que las circunstancias de A son intercambiables con las de B, lo que puede no ser el caso (...). Para hacer justicia a las luchas de A, debemos verlas en su contexto social, conscientes de los obstáculos que el contexto presenta contra la lucha por la libertad, la oportunidad y el bienestar material». En este sentido, somos distintos de muchas maneras diferentes. Nos distinguimos por características biológicas [sexo, edad, configuración física y mental, etc.], por características sociales [tipos de familias, entorno de relaciones sociales, ambientes laborales, niveles socioeconómicos], y por características culturales [género, roles por etapas de vida,

29 Para Fernando Mires (1998, p. 230) la «autenticidad significa, obviamente, ser uno mismo. Ser uno mismo significa también, obviamente, determinar sus propias decisiones, o por lo menos minimizar al máximo el campo de decisiones que no son propias, de tal modo que la noción de autenticidad está necesariamente unida con el concepto mismo de libertad».

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RECUADRO 6 LOS DERECHOS SOCIALES EN LA CONSTITUCIÓN VENEZOLANA 1999
DERECHOS DE CALIDAD DE VIDA Derecho a la vivienda y a un hábitat seguro Es el derecho a una adecuada, segura, cómoda, higiénica, con servicios básicos esenciales que incluyan un hábitat que humanice las relaciones familiares, vecinales y comunitarias, garantizando el acceso de las familias con escasos recursos a políticas sociales y crédito para la construcción, adquisición o ampliación de viviendas». La satisfacción progresiva de este derecho es obligación de los ciudadanos y el Estado» (Art. 82.) El disfrute individual y colectivo una vida donde exista un ambiente seguro, sano y ecológicamente equilibrado». Es obligación del Estado y la sociedad garantizar un ambiente libre de contaminación, en donde aire, agua, suelos, costas, clima, capa de ozono, especies vivas, sean especialmente protegidos» (Art. 127). Derecho a la salud Es obligación del Estado garantizar este derecho como parte del derecho a la vida, teniendo la sociedad el deber de participar activamente en su promoción y defensa, y cumplir con las medidas sanitarias y de saneamiento,(Art. 83) a través de la organización y financiamiento del Sistema Público Nacional de Salud con carácter gratuito, universal, integral, equitativo y solidario, y en su organización intersectorial, descentralizado y participativo, e integrado al sistema de seguridad social (Art. 84), así como mediante políticas orientadas a elevar la calidad de vida, el bienestar colectivo y el acceso a los servicios; la promoción de la calidad de vida, la prevención de enfermedades, la formación, la producción nacional de insumos de salud y la regulación de la prestación de servicios públicos y privados. Derecho a la seguridad social Comprende los derechos a la protección en salud y frente a contingencias de maternidad y paternidad; enfermedad, invalidez, enfermedades catastróficas, discapacidad y necesidades especiales; riesgos laborales, pérdida de empleo y el desempleo; vejez; viudedad y orfandad; vivienda; y cargas derivadas de la vida familiar, a través de un sistema público de carácter no lucrativo, universal, integral, de financiamiento solidario, unitario, eficiente y participativo, de contribuciones directas o indirectas. Esta obligación establece expresamente, la protección con independencia de capacidad contributiva y la incorporación al sistema de las amas de casa y los trabajadores(as) de la cultura. Derecho a la seguridad alimentaria La seguridad alimentaria es establecida como área estratégica de las políticas del Estado, con la obligación de asegurar a toda la población la disponibilidad suficiente y estable de alimentos para todos(as) los habitantes, así como el acceso oportuno y permanente de éstos por parte de los consumidores (Art. 305) Derecho al trabajo Es el derecho» a condiciones estables, salario suficiente (equiparado al salario mínimo vital), jornada regulada, ambiente adecuado y seguridad(.(Arts del 87al 97), con derecho a prestaciones sociales, garantizando los derechos laborales a los trabajares no dependientes (Art. 87), libertad sindical y prohibición de todo tipo de discriminación y explotación económica. Derecho a entender y a una buena educación La educación es considerada un servicio público garantizado en forma democrática, gratuita y obligatoria desde el maternal hasta el nivel medio diversificado; de calidad, integral, permanente, en igualdad de condiciones y oportunidades. El Estado garantiza la creación y sostenimiento de las instituciones y servicios para asegurar el acceso, permanencia y culminación del sistema educativo, con particularidad en personas con necesidades especiales y discapacitadas, los privados de libertad y todas aquellas personas que carezcan de condiciones básicas para lograrlo. Derecho al deporte y la recreación Es un derecho de todos en beneficio de la calidad de vida individual y colectiva». La educación física y el deporte cumplen un papel fundamental en la formación integral de la niñez y la adolescencia». El Estado asume el deporte y la recreación como políticas de educación y salud pública y garantiza los recursos para su promoción». Su enseñanza es obligatoria en todos los niveles de la educación pública y privada hasta el ciclo diversificado (Art. 111).

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RECUADRO 6 (cont.) LOS DERECHOS SOCIALES EN LA CONSTITUCIÓN VENEZOLANA 1999
Derecho a la cultura Se reconoce a todos como fundamento de la construcción de una nueva ciudadanía, el rescate y protección de los valores que constituyen el acervo de la experiencia colectiva y la producción de cultura como uno de los valores fundamentales para el desarrollo integral de la sociedad, que fortalecen el potencial humano, consolidan los procesos de cambio sociocultural y estimulan las potencialidades creadoras de los individuos, generan riqueza y calidad de vida. Derecho a la participación y a la integración social La participación se relaciona con la construcción de ciudadanía y el respeto al ejercicio de derechos y deberes dentro de una sociedad democrática, plural, justa, solidaria y de convivencia pacífica (Arts. 2 y 3), a los fines de bienestar social para todos(as) con justicia social. Las personas tienen el deber de cumplir sus responsabilidades sociales y participar solidariamente en la vida política, civil y comunitaria. (Art. 132). En los derechos civiles, se consagran el derecho a la asociación. En los derechos políticos, el derecho al voto, a la rendición de cuentas públicas, a la asociación política, a la manifestación y a la participación en los asuntos públicos, directamente o por medio de representantes elegidos(as). En los asuntos públicos, es obligación del Estado y de la sociedad facilitar las condiciones para el protagonismo del pueblo en la formación, ejecución y control de la gestión pública (Arts. 166 y 182), de manera individual y colectiva.

DERECHOS DE SUJETOS Derechos de los niños, niñas y adolescentes Los niños, niñas y adolescentes son sujetos plenos de derecho y estarán protegidos por la legislación, órganos y tribunales especializados (…).(Art. 76) Los niños, niñas y adolescentes tienen derecho a vivir, ser criados o criadas y a desarrollarse en el seno de su familia de origen. Derechos de los jóvenes y las jóvenes Los jóvenes y las jóvenes tienen el derecho y el deber de ser sujetos activos del proceso de desarrollo. El Estado, con la participación solidaria de la familia y la sociedad crearán oportunidades para estimular su tránsito productivo hacia la vida adulta y en particular la capacitación y el acceso al primer empleo… (Art. 79) Derecho de ancianos y ancianas El Estado garantizará a los ancianos y las ancianas el pleno ejercicio de sus derechos y garantías. El Estado, con la participación solidaria de las familias y la sociedad, está obligado a respetar su dignidad humana, su autonomía y les garantiza atención integral y los beneficios de la seguridad social que eleven y aseguren su calidad de vida(Art. 80). Derecho de personas con discapacidad Toda persona con discapacidad o necesidades especiales tiene derecho al ejercicio pleno y autónomo de sus capacidades y a su integración familiar y comunitaria. El Estado, con la participación solidaria de la familia y la sociedad, la equiparación de oportunidades, condiciones laborales satisfactorias, y promueve su formación, capacitación y acceso al empleo acorde con sus condiciones (Art. 81). Derecho de trabajadora y trabajadores El Estado garantizará la igualdad y equidad de hombres y mujeres en el ejercicio del derecho al trabajo. El Estado reconoce el trabajo del hogar como actividad económica que crea valor agregado y produce riqueza y bienestar social. Las amas de casa tienen derecho a la seguridad social…(Art. 88) Se garantiza el pago de igual salario por igual trabajo.(Art. 91) Derecho de los pueblos indígenes El Estado reconocerá la existencia de los pueblos y comunidades indígenas, su organización social, política y económica, sus culturas, usos y costumbres, idiomas y religiones, así como su hábitat y derechos originarios sobre las tierras que ancestral y tradicionalmente ocupan y que son necesarias para desarrollar y garantizar el derecho a la propiedad colectiva de sus tierras, las cuales serán inalienables, imprescriptibles, inembargables e intransferibles… (Art. 119)

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pertenencia a clase, etnia, religión o política]. Estas características se cruzan e interrelacionan en la vida de cada persona y conforman un perfil de diferencias que forma parte de la identidad del sujeto, de lo que es y de lo que quiere, a la vez que establece un entramado de desigualdades como producto de esas diferencias. La adopción de políticas y acciones dirigidas a la apertura de opciones de vida de acuerdo con lo que aspiran los sujetos debe tener en cuenta el reconocimiento de situaciones que sean exclusivas de sus diferencias; que tengan mayor prevalencia en unos y en otros; que impacten de manera diferencial en la calidad de vida de cada uno; que envuelvan causas o determinantes diferentes, y que requieran respuestas diferentes.

desafíos, en lo que sigue se expondrá brevemente la conjugación entre la equidad y el desarrollo humano a través de algunos temas sustantivos como son la pobreza y la calidad de vida, la ciudadanía y la integración social, la gobernabilidad y la deliberación.

Pobreza y Calidad de Vida
La pobreza, en sus múltiples manifestaciones, es una situación que niega el desarrollo humano. Este fenómeno es la expresión más palpable de la privación de capacidades humanas, y llega a niveles inaceptables e innecesarios donde aumentan las probabilidades de morir en forma prematura o de sobrevivir en condiciones no aptas para los seres humanos. En América Latina éste sigue siendo uno de los mayores problemas de la agenda pública y constituye una de las primeras causas de la crisis política y social que presentan los países de la región. Hoy en día la pobreza afecta a amplias mayorías de la población y las tendencias indican que seguirá incrementándose durante los próximos años pero, hasta ahora, los análisis y las propuestas para solucionar el problema se han circunscrito al campo económico, relegando la discusión ética y política a un segundo plano. La concepción más extendida señala la pobreza como la situación en la que hogares o personas carecen de niveles económicos suficientes para atender el costo mínimo de consumir un nivel básico de alimentos, vestido y abrigo en el mercado. Así definida se supone que este nivel representa un valor aceptable de vida que todos deben alcanzar para no ser pobres, por lo tanto, se entiende que una forma de equidad es hacer llegar a estos sectores algunos subsidios directos que transitoriamente compensen parte de esas insuficiencias, hasta que las políticas económicas y el mercado les permitan superar la situación por sus propios medios. Desde esta perspectiva, se entiende la equidad de forma restringida y, en consecuencia, sus alcances serán muy limitados. En primer lugar, se ignora que el mercado no es ni puede ser un distribuidor equitativo de oportunidades, esto es: mayor riqueza o ingresos no significa igual posibilidad de empleo ni de ingresos dignos, debido a la existencia de desigualdades y a la no consideración de la

La equidad en temas del desarrollo humano
Las desigualdades, la incertidumbre y la intolerancia son signos de estos tiempos en los que amplias brechas de injusticia han ido acumulándose a la par que han sido crecientes los esfuerzos por aumentar el bienestar material de los países. Esto indica que no toda la riqueza producida por las sociedades ha servido para avanzar en materia de desarrollo humano en la mayoría de los países30. Frente a estos signos que debilitan los esfuerzos que la sociedad misma hace para alcanzar mayor crecimiento económico es un imperativo ético, político y social volver la mirada hacia los factores estructurales que afectan la vida de las personas. En este sentido, es necesario colocar en el primer plano los temas asociados con la equidad, como son el pleno ejercicio de los derechos sociales y culturales, así como políticas públicas y una institucionalidad que en función del bien colectivo garanticen responsablemente a todos y todas calidad de vida y pluralidad democrática. Con miras a lograr estos

30 El PNUD (2003, p. 2) informa que a pesar de las extraordinarias mejoras que han tenido lugar durante los últimos 30 años aún persisten señales que califican como crisis del desarrollo: «en 21 países se ha producido un descenso del IDH... Se trata de un fenómeno poco común hasta finales de los ochenta, puesto que las capacidades que capta el IDH no se pierden fácilmente». El PNUD encuentra que hay 59 países calificados como de prioridad máxima o alta.

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heterogeneidad de las capacidades de los hogares y personas consideradas pobres. En segundo lugar, implica una equidad que cubre apenas necesidades de subsistencia a un nivel mínimo, necesidades que se supone podrán ser automáticamente satisfechas por los pobres una vez que éstos aumenten sus ingresos totales. Las perspectivas de análisis y enfrentamiento de la pobreza desestiman cada vez más los enfoques que atribuyen sus causas al bajo desempeño de las políticas económicas o a la ausencia de bienestar material para centrarse en enfoques que dan importancia al reconocimiento y ejercicio de los derechos y a políticas dirigidas a cerrar las brechas de desigualdad de oportunidades, lo cual apunta a fortalecer la concepción de igualdad y equidad establecidas. Si en el presente los países cuentan con mayores posibilidades materiales, científicas y tecnológicas que en el pasado, no debería haber razón para que la pobreza persista en estos tiempos. Según la CEPAL (2002): «...la pobreza y la ausencia del ejercicio de los derechos, es decir la ciudadanía, van de la misma mano». Esto significa que la pobreza está caracterizada por una condición de debilidad con respecto a las relaciones y a la cultura de poder predominantes, y no por las características intrínsecas o particulares de las personas o por los niveles de riqueza global alcanzados por un país. A decir de Calderón (2002, p. 98): «Resulta paradójico que la pobreza, tan inmensa en la región, haya generado tan poco debate público sobre el tema de la igualdad y la justicia social. Las inequidades están inscritas en la trama de las relaciones sociales y éste es el eje de comprensión fundamental. La lucha contra la pobreza ha sido generalmente desprovista de sus dimensiones éticas y sociológicas para ser transformada en paisaje estadístico y tecnocrático. Este asunto requiere un juicio sobre las relaciones sociales (...). En tal sentido, la pertenencia a un grupo étnico y socioeconómico determinado, a una zona pobre o rica determinaría la posibilidad de ejercer ciertos derechos». La calidad de vida, situación contraria a la pobreza, considera no solamente el acceso a bases económicas y sociales indispensables para una vida digna, sino la realización de una buena vida a lo largo de las distintas etapas que integran el ciclo vital, desde

DIAGRAMA 4

la infancia hasta la vejez. La calidad de vida comprende una visión integrada de las necesidades humanas que abarca tanto los estados físicos, psicológicos y existenciales de las personas como las relaciones sociales y las relaciones con el entorno, lo que vuelve relativas las definiciones de pobreza y riqueza, porque ser rico o pobre, visto desde el lado únicamente material, no necesariamente indica tener buena calidad de vida. La calidad de vida busca acercarse a la complejidad de la vida cotidiana de las personas, entendida como un todo que se interrelaciona y que sigue un continuo permanente y cambiante. Además, la calidad de vida tiene una enorme fuerza porque ve la acción de las personas en un movimiento permanente de cambios y superación de problemas en su afirmación positiva, es decir, en lo que es deseable y posible lograr, no en lo que hasta ahora hemos alcanzado. Se trata de un lenguaje de capacidades y potencialidades más que de carencias y límites a la superación humana. Enfrentar la pobreza desde una visión de calidad de vida requiere de respuestas éticas, sociales y políticas que apunten a la eliminación de la exclusión y la discriminación de derechos relacionados con la calidad de vida, es decir, una visión que destaque el derecho a vivir y a tener la mejor vida posible, así como el derecho a una cultura en donde se reconozca a los otros como miembros de la misma sociedad. Ello hace que tanto el acceso a recursos como el desarrollo de capacidades convierta estos recursos en realizaciones valiosas. «Las formas dinámicas de la exclusión social [que aluden al sexo, raza y edad en sus expresiones más importantes] no se resuelven con políticas de enfrentamiento a la pobreza, pero cuando tales

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políticas se abordan con visión integral y enfoque de derechos suponen por definición un programa de integración social» (Sojo, 2003, p. 231). El problema de la pobreza trasciende los criterios económicos y se coloca en el campo de los compromisos y las respuestas éticas, sociales y políticas de gobiernos y de sociedades frente a la inseguridad en la realización de necesidades vitales, tratos y prácticas discriminatorias y opresivas, y ausencia de oportunidades y capacidades para alcanzar una buena vida.

Ciudadanía e integración social
Los derechos humanos y los deberes a los que estos obligan trascienden la idea de una ciudadanía territorial o política y tienen una enorme importancia en la preservación y el fortalecimiento del vínculo social en todas las esferas de la vida. El carácter interdependiente de los seres humanos implica que los actos de las personas tienen límites y exigencias en función del bien colectivo. La acción de cada persona afecta o beneficia a los demás, por tanto, nadie puede abstraerse del bienestar de los otros sin poner en juego el propio. El reconocimiento y ejercicio de los derechos, no sólo a los ojos del Estado sino entre los propios ciudadanos, implica la construcción de una condición de pertenencia, de reciprocidad y de cohesión de los miembros de una sociedad. En esta dirección es necesario replantear el tema de la ciudadanía como uno de los principales aspectos de la integración social, que apoya la equidad de oportunidades para decidir y materializar una mejor vida, y que revitaliza el papel de la política y de la democracia hacia el logro de este objetivo en tanto permite que los sujetos se reapropien del poder que los respalda como ciudadanos iguales con características sociales y culturales diferentes, y que actúen y se organicen en la vida social para la conducción de sus propios destinos. Los grupos humanos articulan fuerzas y ejercen poder o influencia en la sociedad de acuerdo con sus intereses y necesidades, creando relaciones y prácticas de diferenciación social allí donde existen deberes con unos y no con otros. A lo largo de la historia de la humanidad han ido apareciendo distintos

mecanismos a través de los cuales las sociedades construyen un modo de integración social para encauzar objetivos compartidos o para resolver sus contradicciones y conflictos. La iglesia, la familia, los sistemas de parentesco, el Estado, las constituciones y las leyes, los sistemas económicos, los sistemas políticos, la educación, etc. han sido canales tradicionales para establecer y socializar estos modos de integración y configurar una voluntad colectiva que oriente y fortalezca el bien común. Sin duda, algunas sociedades han conseguido modos de integración que les han permitido obtener importantes beneficios en riqueza, mejoramiento del nivel de vida y paz social; otras no han sido tan favorecidas, como es el caso de las sociedades latinoamericanas, donde se han profundizado las diferenciaciones sociales existentes, haciendo que los beneficios no hayan alcanzado los niveles esperados ni hayan llegado a todos. Hoy se dice que, en general, estamos frente al agotamiento de los mecanismos tradicionales de integración social y que las sociedades van rumbo a ser más diferenciadas y más polarizadas. En este sentido, la equidad es uno de los elementos que fortalecen los nuevos modos de integración. La diversidad es el reconocimiento de lo distinto, así como la igualdad es una consideración abstracta de nuestra condición de iguales respecto de un algo valorado por todos. La ciudadanía ha ido tomando renovada importancia en la equidad. Los derechos humanos son una forma de poder social que busca hacer posible la realización de necesidades y aspiraciones humanas. Pero su reconocimiento legal no es suficiente, hace falta pasar de la norma a los mecanismos que los lleven a la práctica y que permitan exigirlos. Esto implica, por una parte, sentar las bases de una mayor igualdad y justicia en las reglas de relación y convivencia social, a través de la universalidad «ética» como principio del bien colectivo y la integración social. La universalidad significa el reconocimiento de las necesidades humanas como derechos y que toda persona, poseedora de estas necesidades, es sujeto de derechos en igual valía que las demás. Sin la universalidad no podemos reconocernos como iguales y nos hacemos presos de las jerarquías de poder y de las desigualdades sociales. La universalidad

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de los derechos sociales significa «ciudadanización» o expandir a todos la titularidad de los derechos. Por otra parte, lleva a la puesta en práctica de políticas públicas orientadas a una mejor calidad de vida y a los factores estructurales de las desigualdades y la pobreza, en una perspectiva más integrada de lo social, donde se incluyan los ámbitos económicos, culturales y políticos. Cuando se hace una caracterización de la pobreza implícitamente se está haciendo un reconocimiento del listado de derechos humanos que han sido violentados: desempleo, bajos ingresos, baja escolaridad, abandono escolar, hambre, vejez, enfermedad, invalidez, no acceso a servicios de saneamiento básico, a la salud, a la vivienda. Por lo tanto es indispensable llevar los derechos humanos a categorías de políticas públicas, sobre todo los derechos de tercera y cuarta generación. «Esta nueva generación de derechos, también denominados ‘difusos’, están vinculados a demandas de calidad de vida, valoración de las diferencias, no discriminación, defensa de roles, valoración de identidades, preservación de la naturaleza y medio ambiente. Tienen como titular no al individuo en su singularidad sino a grupos humanos: familia, pueblos, nación, colectividades [religiosas, étnicas, etc.] o la humanidad» (Levín, 2001, p. 405). Un elemento central de esta nueva forma de diseñar políticas es la redefinición de la relación entre el Estado y la sociedad, haciendo fuertes a ambos actores. Es necesario abrir los espacios y dispositivos de participación democrática, la construcción de respuestas y la defensa de intereses desde lo colectivo, así como enfrentar el gran debilitamiento institucional para responder a la magnitud y complejidad de las problemáticas sociales. Estos son signos de cambios profundos en la dinámica social que están produciendo nuevas formas de ejercicio ciudadano.

Gobernabilidad y deliberación
Los procesos de exclusión y desintegración, así como las distintas maneras de malestar, conflictividad y violencia social que estos procesos producen han hecho cada vez más importante la discusión sobre la gobernabilidad, el reforzamiento de la institucionalidad y la democratización de los espacios de

participación ciudadana. Algunos enfoques han planteado una definición de gobernabilidad que enfatiza los aspectos instrumentales y arreglos institucionales que permitan una actuación transparente, eficaz y equitativa de los gobiernos en relación con los principales problemas de la población. No obstante, entendiendo que la gobernabilidad es el campo de la función política y de las capacidades de la institucionalidad pública para gobernar sobre los procesos y acciones que conducen a la primacía y el resguardo del interés colectivo o general de la sociedad, es necesario trabajar sobre los aspectos inherentes a los conflictos de poder y a las desigualdades que desde el punto de vista social, económico y cultural se encuentran en estos conflictos31. La gobernabilidad, a diferencia de las funciones de gobierno, se relaciona con los apoyos políticos para gobernar, con la legitimidad del Estado y con la relación entre Estado y sociedad. Según Arroyo (2001, pp. 10-11), la gobernabilidad es hegemonía, liderazgo, procesamiento político, involucramiento de la sociedad y manejo de conflictos sociales. Se refiere entonces a políticas de Estado y no de gobiernos, donde se producen las interacciones entre actores, intereses y procesos de institucionalidad. En palabras de Pratts (2003), la gobernabilidad trasciende la acción de gobierno para convertirse en una capacidad social, es decir, un atributo colectivo de toda la sociedad donde todos los actores estratégicos se interrelacionan para tomar decisiones colectivas y resolver sus conflictos bajo reglas democráticas que pueden tener distintos niveles de institucionalidad. De tal modo que fortalecer la gobernabilidad conduce a la democratización de los espacios de poder en una sociedad. Esto significa no sólo la necesidad de reinventar el gobierno sino también la ciudadanía. De esta manera se habla de una gobernabilidad democrática y deliberativa que apoye y profundice el ejercicio, los espacios y las capacidades de acción política de los ciudadanos en condiciones de igualdad y

31 Malloy (1992, p. 133) señala que «gobernar una sociedad no es otra cosa que dar solución a los problemas por medio de políticas públicas. El problema de la gobernabilidad no es simplemente el de la distribución del poder o el del acceso al poder sino, básicamente, cómo es producido el poder».

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equidad. Es decir, lograr mayor gobernabilidad pasa por enfrentar los problemas del corporativismo del Estado y de la sociedad, las brechas de representación de los sectores organizados y la estrechez de los espacios de participación y debate político. Una gobernabilidad orientada por la equidad significa la construcción de un marco de democracia que tenga como principios fundamentales una amplia participación de los ciudadanos[as], el pluralismo político y el funcionamiento de estructuras institucionales, jurídicas y normativas que ofrezcan plenas garantías para el ejercicio de los derechos de todos[as]. En palabras de Calderón (2002), esto significa la construcción social de actores autónomos con capacidad política, un régimen democrático legítimo y una participación activa de los actores en la conformación de visiones, en la confección de proyectos y alternativas, en la toma de decisiones y en las posibilidades de llegar a acuerdos de manera deliberativa. La democratización de los espacios y medios de poder a través de los cuales se obtiene control sobre la orientación de las acciones y la distribución de los recursos es requisito fundamental para que los derechos sociales no se conviertan en derechos restringidos de quienes logran convertir sus necesidades en demandas, o en derechos en sí mismos, que no se traduzcan en respuestas suficientes y equitativas para alcanzar el bienestar social y económico de todos[as]. Esto significa la construcción de espacios participativos donde los[as] ciudadanos[as] ejerzan real poder en las decisiones públicas, contribuyendo al fortalecimiento de las capacidades políticas de la sociedad para dominar sobre sus propios destinos y a la organización de respuestas que articulen en lo colectivo objetivos dirigidos a impactar en las condiciones de calidad de vida de los diferentes grupos sociales con universalidad y equidad. La equidad en las políticas sociales se establece en el campo del desarrollo de los mecanismos de redistribución de oportunidades que posibiliten un proyecto social que articule, de forma coherente, las metas sociales y las necesidades democráticas (Almeida, 2000). Para ello es necesario contar con el juicio de cada ciudadano[na] en las decisiones que afectan a toda la sociedad [que

todos[as] ejerzan su voz]; crear espacios públicos colectivos y deliberativos [que todos[as] construyan capacidad de poder en las decisiones, dentro de un orden institucional, plural, conflictivo y abierto], y desarrollar un nuevo contenido ético de las políticas públicas dirigidas hacia la universalidad, la equidad y la justicia social [que la sociedad ejerza una presión irreductible en torno a núcleos esenciales de derechos sociales como obligación pública]. De esta manera, la gobernabilidad democrática será aquella que favorezca la incorporación de actores, la concertación de acuerdos y la articulación de intereses y políticas institucionales en torno a objetivos estratégicos vinculados con la garantía de derechos sociales, la universalidad y la equidad, fortaleciendo las capacidades institucionales de rectoría y liderazgo para alcanzar estos objetivos, abriendo espacios de diálogo y concertación en el marco de relaciones democráticas y expandiendo la ciudadanía en todas la esferas de la vida social, haciendo que los ciudadanos[as] sean los sujetos centrales y actores protagónicos de los espacios y las políticas públicas.

Conclusiones
La equidad funciona como un principio éticonormativo asociado a lo justo, entendido como innecesario, evitable e inaceptable, que puede y debe ser resuelto por la sociedad, mediante su acción, recursos e instituciones, e invoca los compromisos de la ética y la responsabilidad con los problemas de injusticia que se viven en los contextos concretos de nuestras sociedades y que afectan a las personas y los grupos sociales que las integran. El principal propósito de este estudio fue discutir un concepto particular de equidad y sus interrelaciones con el desarrollo humano. La equidad, su contenido y sus potenciales implicaciones para la formulación de políticas públicas se desarrolló a partir de dos ejes. En el primero, que denominamos el eje igualdad-justicia, se resalta la dimensión de lo proporcionalmente justo entre unos y otros; el segundo eje comprende la universalidaddiversidad y la coherencia está dada por lo que se ajusta a las diferencias de unos y otros. La conjugación de

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estos dos ejes identifica un concepto de equidad que combina la igualdad con la diversidad, entendiendo la equidad como la igualdad en las diferencias. Este concepto trata de superar lo que la simple igualdad no puede lograr, al mismo tiempo que intenta corregir las visiones excluyentes generadas por la universalidad. Por tanto, comprender la equidad de esta forma permitiría y haría posible, por un lado, la construcción de políticas públicas que enfrenten las injusticias sociales que se generan por desigualdad o por exclusión y, por el otro lado, rechazar las diferentes expresiones de privación, discriminación u otro tipo de opresión humana. Una característica central del concepto de equidad aquí discutido es el reconocimiento explícito de la diversidad humana, considerada como un aspecto positivo, lo que obliga a adaptar la consideración valorativa de lo igualmente justo. Por tanto, el objetivo de la equidad es reconocer que todos somos parte de un conjunto social no porque seamos semejantes sino también porque somos diferentes y, en consecuencia, nuestra diversidad no debe convertirse en causa de diferencias injustas. La equidad entendida de esta manera tiene un poder potencial de combate contra todas aquellas situaciones en donde se evidencien o se develen tratos o posiciones desventajosas, no sólo respecto de lo que es socialmente valorado dentro de las esferas fundamentales de la igualdad, sino también como resultado de no haber sido reconocidos en nuestras diversidades. La introducción de la dimensión diversidad en el concepto de equidad hace que se modifique la forma en que se entiende lo que es justo liberándolo de las características que le imprime el universalismo «ilustrado» de ser externo, homogéneo y separado de las esferas valoradas por los sujetos, pasando a ser una dimensión integrada y configurada en sus contextos de vida y cuyo sentido y valor están atados a los sujetos. Los elementos constitutivos de la vida son las «realizaciones humanas», es decir, lo que buscamos ser y queremos hacer en diferentes esferas valoradas de la vida. La equidad busca la mayor expansión posible de las capacidades humanas para alcanzar tales realizaciones, considerando que los seres humanos son

distintos de muchas maneras diferentes, lo cual influye en sus oportunidades de realización para elegir y alcanzar el propio bienestar. De acuerdo con el objetivo de lograr un mayor y mejor desarrollo humano, las dimensiones que la equidad asume tienen que ver con las necesidades, capacidades o potencialidades de la vida humana. Uno de los principales desafíos que tienen los esfuerzos de desarrollo humano es alcanzar la equidad de carácter horizontal o la generación de respuestas iguales a necesidades iguales. Esto significa el establecimiento de reglas, instituciones y políticas destinadas a garantizar por el lado de la calidad de vida, acceso igual a políticas, recursos y servicios que correspondan a los derechos humanos; y, por el lado de los sujetos, igual reconocimiento legal y social como ciudadanos con derechos y posibilidades de participación en las decisiones que afectan su ejercicio, superando diferencias de trato, posición o situación que sean resultado de la discriminación económica, social, política, cultural o geográfica. Alcanzar la equidad requiere de un marco general de calidad de vida que alcance a todas las personas a lo largo de su existencia, que dé sentido a sus esfuerzos, que fortalezca sus lazos sociales y que genere mayor confianza y certidumbre sobre el futuro.

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